Texto digital de El maestro de Alejandro
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Antonio Enríquez Gómez (Fernando de Zárate)
- Atribución estilometría
- Antonio Enríquez Gómez (Fernando de Zárate) Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto ha sido preparado por Iván Rodríguez Caballero.
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Gómez Caballero, Iván. Texto digital de El maestro de Alejandro. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/maestro-de-alejandro-el.

EL MAESTRO DE ALEJANDRO
JORNADA PRIMERA
El gran príncipe Alejandro se levanta ahora, suenen los instrumentos, cantad al sucesor del Oriente. De los luceros de Octavia, negros arpones de amor, sale quejándose el alba, de que se oponen al sol. ¿Qué mucho, si mi albedrío esa deidad sujetó? ¡Ay Octavia! Proseguid. La espada... Bien le sonó. Por entendimiento alumbran, que como deidades son, tiran al alma derechos los rayos de dos en dos. Mi espíritu lo dirá, pues de esas luces vivió. La capa. Proseguid. Bueno, yo llego a linda ocasión. De sus mismas claridades vista cobró el ciego Dios, que ve por la voluntad las luces de su favor. Por maestro de Alejandro, del rey elegido estoy; peligro entre la ciencia, donde falta la razón. Quiero mirar desde aquí este príncipe (el mayor que tiene el orbe), la luz que su espíritu sacó. Denles cuatro mil ducados por el tono, letra y voz. ¡Gran príncipe! Es Alejandro, que no hay más ponderación. Por cantar un tono da un señor como señor, claro está; pero si diera al pobre lo que le dio a los músicos, no dudo que fuera el tono mejor, que no hay voz que sea divina si la caridad faltó. ¿Lidoro, amigo, no oíste esta divina canción en alabanza de Octavia? Como la compuse yo, no me toca la alabanza. Toma este diamante. Son las musas que me inspiraron deidades de tu valor. El premiara los ingenios es de un príncipe blasón. Si lo que escribió el poeta (que pocos escriben hoy) es ejemplar, que los versos, que enseñan con atención a enamorar, no merecen ni lauro ni estimación. Los que enseñan a vivir con virtud alabo yo, porque aquestos son escritos a la luz de la razón, y aquéllos a la delicia; y se distinguen los dos en que los unos son cuerdos y los otros no lo son; pero el mundo está de suerte, que se premia lo peor. Es público que yo adoro a Octavia. Gran señor, y no hay ninguno que diga, que por gala y discreción, aunque no hubiera nacido primogénito del sol, que no merece de Octavia (dejo aparte tu valor) la celestial hermosura. Aunque fue mi inclinación por hijo de Marte, siempre, aquel encendido ardor, de la guerra mi albedrío, Octavia sola rindió. ¡Pues no basta su grandeza para abrasarse de amor la diosa de la hermosura! ¡Ah lisonja! Quien se dio entrada en el alma puso a gran peligro su honor. ¡Qué dulcemente se encanta, a la voz de este Arión, un príncipe divertido! Con la verdad le engañó Que es galán dice Lidoro al príncipe, y no mintió, pero sirve su lisonja de capa a la adulación; y verdades con lisonja, ni lo han sido ni lo son, pues llevan, para no serlo, el engaño y la ambición; ésta, mentira con alma, y aquél, fábula con voz. Tabaco. Señor. ¿Por qué estando aquí no has llegado? Señor, como estaba dado a las musas no llegué. ¿Haces versos? Cual y cual. ¿Son cómicos? Señor, sí soy poeta frenesí con locura virginal. ¿Viste a Octavia? Vi su mucha discreción, gala y belleza, en esta pintura Al vivo la pinto, escucha. Salió Octavia y salió el sol, y asiéndole del cabello, por quítame allá esas luces, puso el día como nuevo. ¿Pues qué diré de los ojos? Es locura hablar en ellos, pues teniendo esclavos blancos, se servían de dos negros. Mirados a buena luz, con linda estrella nacieron, pues las ninfas cada noche se echan a dormir con ellos. Las cejas negras en blanco vistieron el terciopelo, y sobre nieve salían las pestañas de los cielos. Un clavel enano andaba por su boca tan risueño, que dio de mano a la boca con el alba, cuando menos. ¿Cómo está el príncipe? Dijo. Respondí: su mal no entiendo, en no viéndote está malo, en viéndote está bueno. Rióse con señorío, quiero decir, con dos reinos, porque la boca partía, con la risa, los imperios. ¿Qué mal tiene? Replicó. Respondile a lo discreto: Señora, de mal de Octavia pienso que se está muriendo. Enternecióse y llevando a los ojos el tienzuelo (que cuando lloran las damas se enriquecen los pañuelos), le comunicó al cambray a solas su sentimiento; con que al nevado cendal, bien a costa de su dueño, le vino como nacido de perlas este secreto. ¡Ah, señor! Si la miraras esparcir sobre su cuello, en dos partes dividido el cabello, y sin aseo volar luces por el aire a bajar a su elemento. Yo muchos pelos he visto, pero tan largo y tan bello no espero verle jamás; y si tú le ves, sospecho que te llevan aquel día, si tienes entendimiento, asido de voluntad, al cielo por un cabello. Díjome: dile a Alejandro que el rey su padre ha dispuesto darle a la princesa Julia por esposa, que el decreto bajó ahora, según dicen, del solio de su Consejo. Que ya le veré esta tarde, si me concediere el tiempo vida, para que se diga la gravedad de mis celos. No pudo pasar de aquí, porque se asomaron luego, al blanco de las pestañas unos pedazos de cielo, tan bellos y tan hermosos, que dijeron los luceros que son plateros del sol mirándolos muy atentos, que con ser perlas tan niñas que no las hallaban precio. Bien este necio ha pintado en sus amorosos versos a Octavia; de ingenio son, pero es vicioso el ingenio. ¿Qué doctrina sacará este engañado mancebo de esta pintura amorosa? Animar vivos incendios al amor turba el juicio, dañar el entendimiento y destruir por un gusto los remos y los imperios. Mucho pudiera decir en razón de los ingenios; pero pase por cordura lo que se deja en silencio que no faltará ocasión para decirlo a su tiempo. Salgamos a reprimir juveniles desaciertos, que Jos discípulos viven en cuanto dura el maestro. ¡Alejandro, gran señor! Ya, Aristóteles, culpaba vuestra ausencia. Si tardaba el deseo, no el amor, y es fácil el argumento, porque si la imagen vive en aquel que la recibe por luz del entendimiento y vos en mi pecho estáis por lealtad y por amor, cuando no os veo, señor, en el alma os retratáis. Y es discurso prevenido, y muy conforme a razón, el ver por el corazón y no ver por el sentido. ¿Quedamos solos? No dura la dicha con el agravio; mil ducados este sabio me quita de mi pintura. Aristóteles, Señor. Pues por sabio consejero os tiene mi padre, y yo por amigo y por maestro, fuerza será que me deis, como quien sois, un consejo. Señor, el peligro está en acertar con el bueno, que dar consejo es muy fácil; y por más difícil tengo el admitirlo que el darlo, porque si el sabio más diestro le da contra la opinión del que le pide, sabemos que se pone a dos peligros: uno, a disgustar el dueño, y otro a disgustarse a sí; y es desgracia del sujeto, que aplicando un defensivo para dar vida al enfermo, le desprecien la triaca y le apliquen el veneno. Bien sabéis lo que os estimo. Y vos sabéis cuánto os quiero; pero el gusto de un señor es delicado instrumento. Si os habéis de disgustar del consejo y de su dueño, miradlo bien, porque yo he de decir lo que siento. Y porque templéis la ira, sí os disgustase, primero este aviso quiero daros. El consejo es un espejo del sabio, miraos en él; y si no os parece bueno, porque os hace mala cara, el que le dejéis apruebo; pero no le quebréis, que el que tiene algún defecto en la vista, cuando mira al cielo claro y sereno, con ser espejo del mundo le parece bien el cielo; mas siempre le deja sano dentro del entendimiento. ¿Heme declarado? Sí. Pues decid. Estadme atento. Ya sabéis que fui inclinado, de mi heroico nacimiento, a la guerra, y que según me inspira Júpiter regio, me anima mí corazón, me califica mi esfuerzo y mi valor se acredita con los vitales alientos. ¿Es poco ganar un mundo? Yo juzgo que el universo, a mi grandeza, no hay duda, le habrá de venir estrecho; porque según mi valor, para que viva contento, o se ha de ensanchar el orbe, o se ha de hacer otro nuevo, porque este que está criado es para mí muy pequeño. No paséis más adelante. Este militar aliento es propio de vuestra sangre; pero lo que os aconsejo que conservéis, si ganáis (que el conquistar los imperios más consiste en la fortuna que en la fuerza) el mantenerlos, en justicia es el blasón imperial del vencimiento, por ser mejor no ganarlos, que ganarlos y perderlos. Es verdad; pero decidme ¿quién dirá que este ardimiento bélico, aqueste valor, y este espíritu soberbio se ha sujetado al amor? ¿Quién lo ha de decir? Los mesmos que os hicieron esos dioses que están en el firmamento: Venus os da su calor, ¿luego amor infunde Venus? Yo adoro a Octavia, mas bella que viene a verme sospecho, y podrá impedir. Oídme: El águila nueva el vuelo que da primero es salir a gozar de su elemento. El padre le va guiando, y da llama desde lejos, porque no pierda de vista del dichoso nido el centro. Enamórase del sol, échase en sus rayos bellos, y calándose las plumas sobre la esfera del viento, por introducirse rayo, toca la región del fuego. Llámale el padre, mas ella, por agotar el lucero, o no vuelve, o vuelve tarde a su verdadero centro. Aguila nueva salís del ámbito del gobierno. Yo como padre os aviso y os llamo con el consejo: el sol de Octavia miráis, sus rayos os tienen ciego, siguiendo su estrella vais, llamaros es perder el tiempo. En cuanto privan los rayos no se admiten los conceptos; si volviéredes al nido, aquí tenéis al maestro; si allí está la voluntad, aquí está el entendimiento, o cegaos de todo punto, o no me pidáis consejo, que un espíritu no informa cuando está sin vida un cuerpo. Un oráculo de Apolo por maestro me dio el cielo; pero donde reina amor. el sabio no tiene imperio. ¿Octavia, mi bien? ¿Señor? ¿Vos con llanto? ¿Qué pesar pudo al cielo disgustar? ¿Quién ha eclipsado el amor? Mi bien, ¿qué os ha sucedido? Lo que es fuerza que sepas. ¿Por qué, señora, lloráis? Señor, porque os he perdido. Siendo mi amor inmortal, perderme a mí no es posible. Ser vuestra es imposible. ¿Qué decís? ¡Estoy mortal! ¿Quién se me puede oponer? El ser yo tan desdichada. No hay desdicha siendo amada; vuestro soy y lo he de ser. ¿Quién os disgusta? Un rigor. ¿Quién le fulmina? Un pesar. ¿De dónde nace? De amar. ¿Quién lo ejecuta? Un traidor. ¿Contra quién? Contra mi fe. ¿La causa? Quereros bien. ¿Tengo yo la culpa? No. ¿Sabéis el autor? Sisé. Pues habladme claramente, sepa yo, divina Octavia, quién os ofende y me agravia Escuchadme atentamente, príncipe y señor: querer con finezas y suspiros referiros que os adoro, que os idolatro, que vivo en fe del amor que os tengo, que os debo dulces cariños, que anteponéis a la vida Los riesgos y los peligros Será excusado, supuesto que entre dos que se han querido cualquier encarecimiento es hipérbole sucinto. Dejo aparte las finezas, Paso por los peregrinos Favores con que me honráis, Supongo dos albedríos En una sola voluntad, No alabo los siempre vivos, Afectos de nuestro amor, Que no es tiempo, dueño mío, De traer a la memoria, Pundonores tan divinos, Cuando está el honor pidiendo Remedio contra el peligro. Habrá seis horas, señor, Con qué pesares lo digo, Con qué dolores lo siento, Y con qué penas lo explico, Que el capitán de la guardia, De parte del rey Filipo, Vuestro padre, a quien los dioses Concedan de vida un siglo, Llegó a mi cuarto con seis Capitanes escogidos De la guardia macedonia, Y con secreto me dio Que entrase en una carroza, Que me esperaba en el cierzo, Sin que diese de mi ausencia, Ni de mi partida indicio. Obedecile turbada, Sin poder daros avisos, Por estar todos los pasos Cerrados con los ministros. Entré en la carroza, y dando, Con el secreto debido, El capitán a su gente Todo el orden por escrito, Los pegasos voladores, Ligero parto del Nilo, En menos de media hora, A la puerta de un castillo Me pusieron rodeada de cien soldados gelinos. Por el fuerte mausoleo Entré, cuyo obscuro sitio, Al bajar un caracol, De la muerte retorcido, Entendí que me llevaban Al sepulcro del abismo. Salí a una cuadra, señor, Cuyo dórico edificio Con un trono autorizaba La majestad de su sitio. Sentados en él estaban Numancia, Fabio y Lisipo, Sátrapas de Macedonia, y a su lado Federico, de la casa de mi padre sangriento y vil enemigo. Aquí, dijo en altas voces, Viene Octavia, de Utelino Duquesa y de Macedonia Hermosísimo prodigio; Segunda Fiona de Grecia, Pues tiene al príncipe invicto, Alejandro, y sucesor de nuestro sacro Filipo, tan prendado, que desprecia e1 sujeto peregrino de Julia, hermosa princesa de los imperios de Egipto. La desigualdad es grande y si el príncipe, vencido de su belleza, se casa (que es ignorancia decirlo) con Octavia, nuestro imperio será escándalo nocivo de las gentes, y el remedio más eficaz y preciso es que muera Octavia; aquí los jueces vengativos me ordenaron que dijese si estaba por vos rendido mi corazón, o si vos violentabais mi albedrío. Yo entonces... (Aquí, señor, os pretendo agradecido, os invoco generoso y os aclamo compasivo.) Yo entonces, digo, llevada de lo mucho que os estimo, dije: Sátrapas de Grecia y de su imperio ministros, no sólo quiero, idolatro, adoro, pretendo, sigo, fírme, amante, enamorada, a Alejandro; pero digo que los tormentos de Tebas las prisiones de Caylo, los cautiverios de Persa, las penas de los asirios, los incendios de Caldea y de Grecia los martirios, no serán todos bastantes a sacar del pecho mío al príncipe, a quien venero, por amante, por benigno, por esposo, por señor de potencias y sentidos. No hube firmado, señor, el último acento fino, cuando salió de una cuadra un rigoroso ministro con un alfanje en la mano, cubierto el rostro atrevido. Ejecuta, dijo Fabio, presidente vengativo de aquel tirano consejo, nuestro decreto; en los siglos no quede memoria, no, de ese hermoso basilisco. En este dolor, en este impensado torbellino de males, se turbó todo este organizado vidrio, latió con intercadencias el material edificio. A eclipse tocó la vista, a ruinas los sentidos, a delirios las potencias y los delirios ajuicio. ¿Adónde estás, Alejandro? Dije con tiernos gemidos; por ti muero, dulce dueño, por ti me matan, bien mío, y en las aras de tu amor el alma te sacrifico. Aquí llegaba mi afecto, cuando de un oculto sitio salió, que cubierto estaba de un rojo volante sirio; salió el monarca mayor que veneraron los siglos (vuestro padre), a quien el orbe aclama, el justo Filipo. Entre justiciero y pío, asiéndome de la mano (favor que anubló el suplicio), aquestas breves razones con rostro grave me dijo: Duquesa, este horrible amago de la muerte que habéis visto, es de mi justicia un rasgo, y de vuestra ruina aviso. La princesa Julia, esposa es del príncipe, mi hijo, vos estorbáis estas bodas, contra el mandamiento mío. El amor que le tenéis es conocido delirio; el que os tiene, vanidad de su juventud y el vicio. Tomad estado, duquesa, a vuestra sangre debido; yo os daré esposo tan noble, que iguale al blasón antiguo de vuestra-casa; Alejandro de Julia ha de ser marido. Si pretendéis el laurel, si no cesa este cariño, si al príncipe no olvidáis, si dais a su amor oídos, esta sentencia, este horror, este amago, este castigo, que sólo tira a la enmienda y no ejecuta el suplicio; por vida de mí corona y de Alejandro, en quien miro la sucesión de este imperio, que sea en vos un prodigio de la muerte, un desengaño de la hermosura del siglo, sepultando vuestra casa, vida, estado y señorío en las sombras de la muerte o en los reinos del olvido. Esto dijo, y con el orden secreto guarda, y estilo que me llevaron, volví a palacio a dar aviso a vuestra alteza, señor, por quien muero, y por quien… Y supuesto que los hados... (¡Oh quién no hubiera nacido para articular ahora este rigoroso arbitrio!) Supuesto, digo, que el cielo (no sé, mi bien, lo que digo), que los inmortales dioses, de su solio cristalino ordenan, quieren, decretan, mandan (¡tiemblo de decirlo!) que os goce Julia (¡qué horror!), que os pierda yo (¡qué martirio!), que me dejéis (¡qué pesar!), que me olvidéis (¡qué delirio!) Viva la voz en el pecho, y muerto en el alma el brío, os pido, os suplico, os ruego, si con vos han merecido tantos años de finezas, tantos días de cariños, que améis a Julia, señor, que os rindáis a su albedrío, que su belleza adoréis. ¿Vuestro amor fue como el lirio? Flor que nace para ser de las flores el martirio. Julia os merece, señor, ella es princesa de Egipto, dichosa, y yo desdichada; segura, y yo con peligro. Halle gracia en vuestros ojos y yo en los vuestros retiro, ella prive y caiga yo, ella reine sin olvido, ella os goce y yo lo llore, halle premio y yo castigo. Ella nació para amaros, no deis disgusto a Filipo, vuestro padre, ni alteréis aquestos reinos unidos. Lo que fue ya pasó, ya no será lo que ha sido, llévese el mar lo llorado, el Favonio los suspiros, el Céfiro los requiebros y el olvido los cariños. Mi bien, mi señor, mi amante, todo el tiempo lo ha vencido, casaos con Julia, señor, que yo sola sin alivio, sin alma, sin vida, muerta, sin amparo, sin auxilio, perseguida, desdichada, antes que os vea, bien mío, arrullar en otros brazos, asistir en otro nido, viviendo otra voluntad, y seguir de otro destino, daré mi vida a la muerte, para que digan los siglos, para que publique el orbe, para que sienta el abismo la más infeliz tragedia, el más extraño prodigio, que vieron desde los cielos, astros, planetas y signos. En todo el gusto ofendido, en toda el alma agraviado, con justa causa admirado y con mayor suspendido quedo, sí, de haberte oído; y sobre el dolor tirano, el más cruel, el más vano y el más ingrato también, es decirme tú, mi bien, que a Julia le dé la mano. Todo lo que no es vivir de tu amor es ofender la gravedad de mi ser, y es condenarme a morir. El rey no ha de permitir, con cesáreo señorío, violentar el gusto mío, dedicado a tu belleza, que la suprema grandeza no se opone al albedrío. Por los dioses soberanos, que aunque supiera perder la vida... No, dueño mío, muchos años la gocéis; mejor es que yo la pierda por adoraros, pues es el mayor blasón quereros, y el morir por vos después. Casaos con Julia, señor, pues así lo quiere el rey, tenga la razón su esfera, la majestad su dosel, su pundonor la corona, su cumplimiento la ley, el estado su lugar y su decoro el laurel; muera yo por infeliz. ¿Vos me aconsejáis, mi bien, que os pierda? Sí. ¿Vos decís que a la princesa le dé la mano de esposo, cuando habéis de ser mi mujer? ¿Vos con llanto me pedís que a otra dama quiera bien? Sí, porque de otra manera sé, gran señor, que os perdéis. Piérdase la vida, acabe la grandeza y el poder, mejor es que no escuchar que con lágrimas lleguéis a decirme que me case con otra; si os quiero bien, con llanto pedís mi muerte. La vida os pido con él, y la razón es muy clara, si la queréis entender. ¿De qué forma? ¿No habéis visto cuando la tierra tal vez está rebelde en casarse con el más florido mes, que como es su amante el cielo, sólo al cielo quiere bien, y que porque no peligre y pierda la hermosa tez, el cielo (de compasivo) la va halagando cortés, y que con llanto le ruega que no se venga a perder? Pues así yo, dulce dueño, porque con Julia os caséis, viendo que rebelde estáis por ser conmigo fiel, despido aqueste rocío, cuyo nevado tropel de lágrimas, derramadas en favor de vuestra fe, os conserven la grandeza y os afirmen el poder; porque no hay en el mundo, ni nunca lo puede haber, remedio más eficaz, para ablandar de una vez los humanos corazones, que lágrimas de mujer. Señor, que viene tu padre. ¿Qué dices? Que viene el rey. Con él viene la princesa. Mi bien, yo os veré después. Está bien, el cielo os guarde. Yo, duquesa, dispondré. ¿Qué, señor? Ser vuestro esposo. Miradlo, señor, más bien. ¿Qué he de mirar, dueño mío, cuando el alma me tenéis? Dichosa yo, que merezco tan sublimada merced. ¿Oís, señor? ¿Qué mandáis? ¿Que en fin mi esposo seréis? Duquesa, el alma... Acabemos, que viene triunfando el rey. Y a su lado la princesa, Dios te guarde. Adiós, mi bien. Oyes, Elena. ¿Qué quieres? No me puedo detener. En grande peligro estamos. Tabaco, dime, ¿por qué? Amiga, si se descubre (como suele suceder), que los dos habernos sido del hábito de pequé, terceros nos han de dar doscientos en el envés. Yo, hermano, nunca he llevado un papel ni otro papel a mi ama ni a tu amo. Ama mía, yo no sé sino que de noche andáis, con el hábito en los pies, de tercera. Quedo, quedo, el jardín vos le tenéis cultivado a puro embuste. Yo el jardinero seré, mas vos ingerís las plantas, Mentís infame. Está bien; no os hagáis luego de pencas, cuando con ellas os den. Vuestra alteza, gran señora, me diga su sentimiento. Vuestro claro entendimiento mi justa queja no ignora. A casarme, gran señor, con el príncipe he venido, y es desaire conocido de mi grandeza y valor, que heredando como heredo, por mi padre Julio Tiro, el ser princesa de Egipto, heroico blasón de Alfredo, hallé al príncipe prendado, con amor tan peregrino, de la duquesa Utelino, objeto de mi cuidado. Sin dar estado, señor, a la duquesa, sería poner la soberanía de mi esclarecido honor a peligro de adquirir un disgusto de por vida, y a ser celosa homicida la majestad del vivir. Y supuesto que la acción es en mi naturaleza, y que la misma grandeza justifica mi pasión, deme vuestra majestad licencia para partirme adonde el honor confirme su imperiosa gravedad. Que más quiero padecer duelo en el desprecio mío, que un celoso desvarío cometa de mi poder. Que es oprobio conocido y no menos declarado, venir a tomar estado con esposo divertido. Que la ley del pundonor, con decoro establecida, manda que toda la vida viva con sólo un amor; y si Alejandro porfía en querer bien a esta dama, viviendo de ajena llama y muriendo de la mía, no me está bien adorar a quien no me ha de querer, que adorar y aborrecer es necedad singular. Y así, vuestra majestad apague este incendio griego: o cásese Octavia luego, o se me dé libertad. Que más quiero generosa, por conservar mi blasón, morir sin esta pasión, que vivir y estar celosa. Princesa, ya he prevenido para este daño presente el remedio conveniente; ya Octavia tiene marido. El infante de Sidón (Camilo, del rey de Tiro hijo, cuyo ingenio admiro por su rara discreción), esposo será de Octavia. Aristóteles. Señor. De esta elección, ¿qué sentís? Acertada es la elección, si vuestra rara prudencia la ejecuta sin rigor; llamo sin rigor, mirando con los ojos de la unión el tiempo más conveniente debido a la ejecución; porque hay tiempo en que no logra la justicia, por veloz, por activa y rigorosa, el alma de la razón. Vos sois el primer ministro de mi consejo; vos sois mi mayor privanza; sea vuestro parecer el sol de esta amorosa tormenta. Camilo viene, señor, ofrecedle por esposa a la duquesa, que yo os diré mi sentimiento; luego hablaremos los dos. Infante, seáis bienvenido, que ya os culpaba mi amor. ¿Cómo os ha ido en la caza? Del bosque de Macedonia vengo, señor, a rendiros las gracias del superior afecto con que tratáis, quien para servir nació vuestra superior grandeza. Camilo, obligado estoy a los muchos beneficios que de Tiro y de Sidón he recibido, y pretendo (por debida obligación) casaros hoy de mi mano. La duquesa Octavia es hoy de la casa de Utelino (sangre mía), nuevo sol; ésta merece, Camilo, por su rara discreción, por su hermosura y por ser de Macedonia blasón, ser vuestra esposa. ¡Qué escucho! Cuando adorándola estoy, sin que este secreto sepa otro que mi corazón. Señor, por merced tan grande a vuestras plantas estoy, anteponiendo el afecto a lo que puede la voz articular, y pues llega a decir el corazón lo que ha tenido el silencio, a la duquesa adoró el alma por simpatía de las estrellas, que son inteligencias que imponen leyes a la inclinación, preceptos al albedrío y finezas al amor. Dos bodas celebrará Macedonia con honor: la vuestra y la de Alejandro. Quien sin ventura nació, tarde su fortuna logra. Octavia viene, señor, conviene que le deis parte de este concierto, que yo diré lo que me dictare la lealtad y la razón. ¿Octavia? ¿Señor? No puede humano poder violar el decreto singular de los dioses, porque excede aquel impulso divino a nuestra misma pasión. El infante de Sidón por esposo peregrino os ofrece mi grandeza: estimad vuestra ventura. Merece vuestra hermosura esta superior alteza. Y será inmortal en mí este lazo superior, como lo ha sido mi amor. Qué desgraciada que fui. ¡Cíelos, qué escucho! ¿Al infante por esposo me ofrecéis? Sí, Octavia, vos merecéis tener tan dichoso amante, ¿Qué decís? Que fue mi estrella alma del afecto mío, pues impone a mí albedrío leyes para merecerle, (¡Ay de mí!) Bien se conoce, Octavia, vuestra cordura. princesa La nobleza se asegura cuando el horror reconoce. Grecia a un tiempo ha de lograr dos casamientos, duquesa: el de Julia la princesa y el vuestro. Si a ejecutar se llegan los dos, primero se case con el infante la duquesa, que a un amante sirve de norte el lucero que idolatra, y si se ve en otra esfera eclipsado, lo que fue vivo cuidado es desmayo de su fe. Case Octavia, gran señor, primero con el infante; este arbitrio es importante. Está bien. Sirva el dolor de apresurar a la vida la muerte, pues la deseo. Logróse nuestro deseo. Su pasión es conocida. Haga de mi dicha alarde el corazón venturoso. El infante es vuestro esposo. ¡Qué desdicha! El cielo os guarde. Aquí dio fin mi esperanza, aquí mi vida acabó, aquí murió mi deseo y cesó mi pretensión. Era mío, claro está, que había de morir en flor. Mi bien, duquesa, ¿qué es esto? Sospecho que el rey salió de esta cuadra. ¿Hubo consulta en agravio de mi amor? ¿Qué ordenó mi padre? Cielos, matadme, no viva yo: ¡porque no es justo que viva quien sin ventura nació! ¿Qué decís? ¿Qué he de decir, querido dueño y señor, sino que con el infante mi desdicha me casó? ¿Quién lo ordenó? Vuestro padre. Es vana su pretensión, no es posible. ¿No es posible? No, mi bien, viviendo yo; morirá el infante y cuantos se opusieren con rigor a impedir nuestro deseo. Prive, señor, la razón. Oponeros.al decoro de vuestro padre y señor ni lo permite el decoro ni consiente el pundonor. El casar con la princesa es debida obligación, por quien es y porque el cielo así, mi bien, lo ordenó. Revocar este decreto no es posible. ¡Qué rigor! ¿Queréis que me case? Sí. ¿Gustáis que me case? No. Declaradme aquesta enigma. El alma la declaró, ¿No habéis visto que tal vez, al castigar con rigor la madrastra a un niño tierno, articula con la voz el nombre de madre, siendo, por redimir el dolor, o malicia de la boca, o arbitrio del corazón? Pues así yo, como veo que en esta costosa unión corre peligro la vida, digo que os caséis, señor; ¿pero qué viene a importar en tan penosa ocasión, que la boca diga sí, si el alma dice que no? Duquesa, si pretendéis que muera, decidme vos que le dé a Julia la mano, para que diga mi amor, viendo que vuestro cariño en olvido se volvió. ¿Pero qué es amor tirano, tanta flecha y tanto sol? Y duplicando los ruegos, repita de nuevo yo: ¿Tanta munición de rayos y tan severo arpón? Volved, señora, a la aljaba, pues ves que muerto estoy. Si reparáis, dueño mío, en mi celosa pasión, yo podré decir, notando de la princesa el rigor, de vuestro padre el poder (pues son contra mi opinión): para quien no se defiende, bastaba fuerza menor. ¿Y yo qué diré, mi bien, oyendo con tierna voz decir a la que venero, (como deidad superior), que la deje y que me case? ¿Esto dice quien amó? ¿Esto escucha quien adora? Pues en esta ocasión, en esta horrible sentencia, (que mi estrella fulminó), ¿no bastaba de unos ojos el venenoso rigor, sino flechas de buen aire y rayos de condición? ¿Qué decís, príncipe invicto? ¿Así agraviáis mi valor? ¿Así castigáis mi fe? ¿Y así negáis el amor que se debe por derecho a fe que nunca mintió? ¿Yo no amaros? ¡Qué locura! ¿Yo faltaros? ¡Qué dolor! ¿Vivir sin vos? ¡Qué ignorancia! ¿Olvidaros? ¡Qué traición! Si no olvida quien bien ama, ¿cómo puedo olvidar yo? Pues ¿por qué, hermosa duquesa, me pedís con llanto vos, que case con la princesa? ¿Por qué irritáis mi valor? ¿Por qué despreciáis mí afecto, y mi firme inclinación, sabiendo que vuestros ojos mi culpa y disculpa son, y que fueron sus dos luces, en competencia del sol, dulcísimo laberinto del que en ellos se perdió? ¿Por qué, mi bien? ¿Por qué en esta atrevida oposición, en esta adversa fortuna, aunque muera mi opinión, aunque lo sienta mi fama y lo murmure mi honor, dulcemente apetecida idolatro mi pasión? Y como por ella muera, os ruego que améis, señor, por esposa a la princesa, aunque os engañe la voz, que no es pequeña locura, pues no la disculpa amor. Antes moriré primero que le dé la mano yo. Rayo en nublados arroja vuestro padre. No observó mi albedrío, entre las leyes severas del ciego dios, del enojado planeta, la dura constelación. Pues mirad que nos anuncia, desde la estrella menor hasta el lucero más grave, severa disposición. De las injurias del tiempo, si recatando me voy, ya anticipa su prudencia advertida prevención. Y vos, de mi vida impulso, que con negros rayos dos hacéis al sol y la luna afrentosa emulación, no temáis, aunque se oponga el consejo superior de Grecia a nuestros amores, que he de casarme con vos. Pues disponed de mi vida. Ésa idolatra mi amor. La vuestra es sol de la mía y luz de mi corazón Airosísimo peligro. Querido esposo y señor. Menosprecio de la vida. Alma de la estimación. Permitid que las cadenas que tan puro amor forjó... NI se las atreva el tiempo ni la desesperación.
JORNADA SEGUNDA
¿Hasta cuándo, gran señora, el llanto te ha de durar? Deje un poco de imitar al alba tu hermosa aurora. Estas, que destila y llora, lágrimas del alma son, Elena, con la pasión de mi encierro verdadero, luces que alumbran primero mi difunto corazón. Ojos, librad, pues que vais aquesta noche a morir. ¿Para qué queréis vivir, si tan mal os empleáis? Si con el infante dais la muerte a todo un amor, vestid de negro al dolor, que en este precepto justo siempre el casar a disgusto ha sido el luto mayor. ¿Con el infante esta noche te has de casar? ¿Dónde voy? Está la duquesa aquí. No te turbes, aquí estoy. ¿Qué traes, Tabaco? Señora, el príncipe, mi señor, sabiendo que soy criado en la tercera región, y que puedo, si yo quiero, llevar un billete al sol, me ordenó que con secreto (eso no lo diré yo) que te diese este papel sin ninguna dilación, porque importaba no menos que la vida y el honor. El papel es éste, y porque encontré al emperador Filipo, que guarde el cielo, con su cara de león; y temo que, si nos ve en este cuarto a los dos, haga de camino cuatro con mi persona, me voy sin respuesta; porque Julia me ha prometido un jubón con doscientos alamares, vergonzosa guarnición, y quería hacerme de pencas a pie y a caballo no. Espera, Tabaco. Pienso que soy Tabaco de olor, y quiero serlo de humo en esta ocasión. Adiós. Abre, señora, el papel, que aunque mudo, tiene voz. Dice así: “si en el sarao, que por ley de Grecia al sol en sacrificio se ofrece, primero que el ciego amor ate con una lanzada uno y otro corazón, te mandaré al rey, que des al infante de Sidón la mano; responde, Octavia, como soy tu esposo yo, que aunque se pierda esta noche Macedonia, con valor sabré morir o vencer. Tu esposo Alejandro. Adiós. Guarda, señora, el papel, que la nobleza mayor de Grecia acude a palacio; y el rey (con la ostentación mayor que vieron los orbes, a su lado el de Sidón, Alejandro, y la princesa delante celando al sol) viene a esta cuadra. Cielos, concededme valor, o la vida en Alejandro, o, sin él, para blasón de mi honor y mi fuerza, la muerte, pues fue mayor trofeo perder la vida que vivir sin gusto. Yo sospecho que aquesta noche se descuaderna en rigor, a los impulsos de Marte, todo el libro del amor. Si Júpiter soberano no ampara con su poder a Grecia, se ha de perder con este incendio troyano. La mayor felicidad, aunque lo sienta el amor, es sustentar con valor la ley de la majestad. El príncipe, con disgusto, mal disimula sus celos, yo mis penas y recelos y Octavia su poco gusto. La divina honestidad de la duquesa asegura su grandeza, y mi ventura efectos de su deidad. Aunque le pese al poder de esta regia monarquía, ha de ser Octavia mía, o la vida he de perder. Aunque la suerte homicida se oponga a mi señorío, o Alejandro ha de ser mío, o yo he de perder la vida. Aquí ha de obrar la prudencia. Aquí el poder ha de obrar. Todo consiste en amar. Con el amor no hay violencia. ¿Quién mi dicha ha de impedir? ¿Quién se me puede oponer? Amor, morir o vencer. Amor, vencer o morir. Y el mejor arbitrio es, pues el amor me lo da; pero el efecto dirá lo que se verá después. Nobles de Grecia, alentad este lazo superior con el festivo primor debido a la majestad. Cumplid con celo dichoso el sarao, porque el infante, como verdadero amante, le da la mano de esposo a la duquesa; esta ley, por Apolo establecida y de Grecia recibida, hoy confirma vuestro rey. Haga Lidoro la salva al sol de este casamiento. Tu divino mandamiento es la luz, saludo al alba. A las bodas felices, que el cielo con Venus y Adonis celebra gentil en el solio sagrado de Delos, compiten a luces el mayo y abril. Las deidades de Grecia dichosas, que brillan luceros y giran centellas, con finezas del alma amorosas repiten auroras y lucen estrellas. Las mudanzas, que firmes abrazan en coros alados volantes cometas, estaciones se juran de regios planetas, adonde las almas tocan perfectas. Suplico a tu majestad cese el sarao, porque tengo (Ay de mí!) que hablarte a solas. El infante alzó del suelo un papel de la duquesa. Alguna desdicha temo. ¿Qué hicisteis, mi bien? Señor, valerme de tu precepto; tu papel leyó el infante. Cordura fue de tu ingenio. La que nació sin ventura, aró el mar y sembró el viento Quedemos solos: no os vais, Aristóteles, que creo que os he menester aquí. Gran señor, ya os obedezco. Ya estamos solos, infante, decid vuestro sentimiento. No puedo decirlo yo, que es ofender mi respeto; sólo os digo que mi honor es sol de mi nacimiento, a quien no eclipsaron nunca los nublados del desprecio. A la duquesa Utelino (fuese descuido secreto o cuidado de su amor, que sería lo más cierto) se le cayó este papel de Alejandro, cuyo empeño en su valor es fineza y en mi altivez será duelo. Leedle y veréis por él su fírme amor y mis celos, su atrevimiento y mi agravio, su intención y mi concepto. Antes de haberme empeñado, fuera más justo leerlo, pero ahora sólo pide ese peligro el remedio. Para con vos esto basta, de vuestra casa soy deudo; si príncipe es Alejandro y heredero de este imperio, infante soy de Sidón. Volved por mi honor os ruego, y moderad de Alejandro aquel ímpetu soberbio, que hombres como yo no sufren tan ciegos arrojo amientos, que si me excede en provincias, le igualo en el nacimiento. Siempre temí, gran señor, de aquella causa este rayo y de aquel fuego este incendio. Llamadle luego a Alejandro. Él viene aquí, gran señor. Vuestro parecer aprueba, Alejandro, sin pasión: ¿Es vuestro aqueste papel? Todo cuanto dice en él escribió mi corazón. ¿Sabéis que al infante di a Octavia? Yo soy su amante y no he de dar al infante lo que quiero para mí. ¿Qué decís? Que la duquesa de Utelino generosa, si vos gustáis, es mi esposa. Vuestra esposa es la princesa. Aunque a la obediencia ajuste las leyes de mi valor, no habéis de mandar, señor, que yo me case a disgusto. ¿Vos queréis por la duquesa perder un reino triunfante? Yo se lo doy al infante, y case con la princesa. Con liberales misterios dais lo que el valor ganó. En cuanto viviere yo no me han de faltar imperios. ¿En qué lo fundáis? Lo fundo en que aquesta monarquía es para mi valentía un solo jardín del mundo. Éste de muy buena gana doy al infante con gusto. Porque yo, al primer disgusto, se lo quitaré mañana. Y no os admire lo adverso de la fortuna, que obrando con valor está temblando de mi espada el universo. Y si he de ganar triunfante el orbe, en quien me retrato, no es mucho que, de barato, a Grecia le dé al infante. Pues cómo vuestro valor al amor se ha sujetado. Porque nunca es buen soldado el que no ha tenido amor; y si yo no lo tuviera, no me pudiera alentar a vencer y a conquistar toda la redonda esfera. Y es mi razón evidente y mi argumento acertado, que al más tímido ha enseñado el amor a ser valiente. Haced del amor alarde y prudencia del valor; porque este juicio, señor, se ha de reducir muy tarde. Gran señor, la voluntad es esfera del honor y no se rinde al amor la suprema majestad; que aunque es acto indiferente el usar mal del poder, es claramente ofender lo grave del accidente. Querer bien será virtud, cuando el propio sentimiento no ofende al entendimiento, desluciendo la virtud. Amor no hace monarquía, antes por él se perdieron. Los que amaron, no admitieron sutiles filosofías. Amar por inclinación no es amar para ofender. ¿Quién os dijo que el querer no es alma de la razón? Seralo cuando la fama no peligra en el sujeto. Nunca se pierde el discurso por querer bien a su dama. La mejor cría del ser es amar con perfección por la luz de la razón. Eso no puedo entender; decidme, ¿si estoy prendado, no he de amar y porfiar? No señor, no habéis de amar contra la razón de estado. Si os quitarais los años y tuvierais mi pasión, vos mudarais de opinión. Saben mal los desengaños. Basta, Alejandro. Señor, si el enojo no templáis a vos mismo os agraviáis, mirad que es ciego el amor. ¿Qué medio tomar se puede en un negocio tan grave? Lo que os puedo asegurar: que en cuanto no se ausentare el príncipe de la corte, no es posible que se aparte de su amor. Muy bien decís, pero no quiere ausentarse. Yo os diré, en estando solos, de qué suerte será fácil; y por ahora os conviene alguna esperanza darle, de que ha de ser la duquesa su esposa; porque quitando con rigor este cariño, es alentar nuevos males y poner a pique el reino, de perderse o de alterarse. ¿Y si el infante pretende los mismos? Sepa el infante de que tratáis que se ausente Alejandro, porque case al punto con la duquesa, con que templará al instante su pasión y sus recelos. Vos sois político grande, y en todo vuestro consejo he de seguir. Dios te guarde. Alejandro, aunque pudiera vuestra altivez disgustarme, repaso que sois mi hijo; y así, con amor de padre, procuro vuestros aumentos. Aristóteles, que sabe la naturaleza vuestra, me aconseja que os ampare; y que si fuere posible, que con la duquesa os case. Es mi maestro y, señor, téngolo en lugar de padre. No os doy palabra ni puedo, hasta saber del infante el estado de su amor; sólo os digo que reparo vuestra juventud briosa, que es secreto importante para lo que se pretende; y no es bien que se declare que a la princesa Julia —como si fuerais su amante- por razón de estado améis que yo celaré constante vuestra fe, porque veáis logrado un amor tan grande. A vuestras plantas, señor, tenéis esta viva imagen de amor y obediencia. Alzad, Alejandro, el cielo os guarde. Aquí está el príncipe: honor; pues sois celoso juez, salgamos hoy de una vez de este mal pagado amor. Aquí viene la princesa, quiero hacer que no la he visto. En vano el pesar resisto. Voy a hablar con la duquesa. ¿Alejandro? ¿Gran señora? A solas os quiero hablar, sentaos, y mi sentimiento, como príncipe, escuchad. No he de cansaros, sabiendo que está sin gusto un galán con dama que no ha querido; yo seré breve, sin dar que decir al corazón ni al alma que sospechar. Vine a casarme con vos habrá seis meses y más; años para mi decoro, siglos para mi deidad; para mi entereza agravios, si yo me puedo agraviar. Prendado os hallé, señor, (que no lo podéis negar) de la duquesa Utelino; disimuló mi pesar hasta ahora, para vencer tan grande dificultad, con no darme por sentida, que en llegando a declarar una mujer como yo sus celos, la majestad del cielo de su grandeza se desliza, si no cae. Yo, en efecto, no pretendo que por fuerza me queráis, que fuera en vos ignorancia lo que en mí temeridad. Ni quiero que por estado (el arrojo perdonad) os caséis conmigo, siendo este amor sin igualdad; porque tener yo marido y Octavia tener galán es infamia de la vida y oprobio de la amistad, que las leyes del honor escritas con alma están en el libro de la honra, y no se rompen jamás. Si a la duquesa queréis, con ella os podéis casar, y no conmigo, que yo no quiero amor al quitar. Solos estamos los dos, esta enigma desatad, habladme como quien sois, sin engaño ni disfraz, que entre celos y desdenes, si me decís la verdad, vos veréis si os está bien, como a mí no me está mal, que yo tenga entendimiento y vos tengáis voluntad. Pues habló tan claramente, mi padre ha de perdonar; yo no he de engañar a nadie, que la mayor falsedad que hace un galán cuando quiere a una dama, es engañar a otra con el pretexto de que no la quiere mal. ¿Con Julia el príncipe? Quiero lo que tratan escuchar. Señora, lo soberano de vuestra sacra deidad, merece el laurel del mundo; pero como siempre está nuestro espíritu pendiente del impulso celestial de los dioses, nuestras almas son virtud de aquel imán. Antes de veros, princesa, (mi locura perdonad) vi a la duquesa Utelino; necedad parecerá, supuesto que la habéis visto, el quererla yo pintar; porque delante del sol (aunque ella es sol oriental), no es justo que brillen rayos de enemiga potestad. Porque la dama que desea que la festeje un galán, sabiendo que quiere a otra, aunque sea una deidad la primera, a la segunda le ha de parecer muy mal. Y supuesto que yo sé que os tengo de disgustar, paso el retrato en silencio y voy al original. Digo, pues, que a la duquesa, con tan fírme majestad le di el alma...; pero aquí delito de amor será dar que sentir a la vuestra, porque en esta singular fineza con que pretendo encarecer mi lealtad, mi cariño y mi deseo, parecerá vanidad que yo lo diga sin alma, cuando ella la tiene allá. Yo, en efecto, estoy prendado de esta divina beldad, y por esposa en el alma está recibida ya. Y supuesto que os he dicho, sin embozo ni disfraz, que adoro a Octavia y que nunca le he de poder olvidar, el cielo, señora, os guarde los años que deseáis, para gloria del imperio y honor de la majestad. Bien haya tu vida, amén, ¡Hay mayor felicidad! ¡Quedamos buenos! ¿Princesa? ¿Señora? ¡Ah tormentos! ¡Cielos! ¿Parece que con disgusto os halláis? ¿Qué tenéis? Nada, yo muero. ¡Qué desdicha! ¿No me habláis? ¿Dios os guarde para cuando, cielos, mi muerte guardáis? Muriéndome voy de celos, rabiando voy de pesar. Declaróse, pero cuando no se declaran los celos, pues hasta los mismos cielos sienten cuando están amando. Aquí la duquesa está. Si el honor es lo primero, sepamos si vivo o muero. Vuecelencia bien podrá condenar mi atrevimiento; pero no la generosa voluntad con que venero sus virtudes generosas. ¿Qué me manda vuestra alteza? Suplicóla que me oiga, pues le debe a mis finezas atenciones milagrosas. Su majestad, que Dios guarde, a quien debo tantas honras, me ofreció vuestra hermosura, como sabéis, por esposa. Otorgó mi voluntad, que cuando un amante adora, ha menester pocos ruegos, si su esperanza se logra. En el sarao esta tarde, con descuido cuidadosa, me arrojasteis un papel, saeta tan rigorosa, que dio veneno a la vista y delirio a la memoria. En él os dice Alejandro que, a pesar del Asia toda, habéis de ser su mujer, yo vengo a saber, señora, si este lazo superior vuestro corazón otorga; porque si es de parte suya y no de la vuestra, goza, con el desengaño, el alma la seguridad que ignora. Esto pretendo saber, porque pueda el alma sola, o vivir con el favor, o morir con la lisonja; porque en tan grave peligro es confianza costosa ignorar un desengaño y halagar una deshonra. ¡El infante y la duquesa hablando los dos a solas! Escuchemos lo que tratan. Que vuestra alteza me oiga, le suplico, pues es justo que yo cortés le responda. Y pues su noble accidente con todo un desprecio lucha, diré mucho si me escucha y todo muy brevemente. Que yo idolatro a Alejandro, y que él me adora también, no es necesario decirlo, pues se lo dijo el papel que leyó, cuyos renglones con el alma veneré. El intento de arrojarle, como se vio, a sus pies, fue, porque haciendo mudanzas en el sarao, ya se ve, no imaginase que yo las hacía por querer casarme con vuestra alteza, pues nunca lo imaginé; que, como yo no podía de palabra responder, le respondí por escrito; que si en los festines es el bailar hacer mudanzas, a mi dueño no agravié, que como danzaba firme el alma con buena fe, era con vos las mudanzas y las finezas con él. Bien sé que este desengaño no deja de ser cruel para quien está prendado, como vos, en querer bien. Pero si yo tengo amor y el amor no tiene ley, y yo por ley de razón amo al príncipe, no es sino noble el desengaño que desengaña cortés; porque yo no puedo ama lo que no puedo querer. Que como está el corazón prendado, como se ve, de Alejandro, y Alejandro es su dueño y lo ha de ser, no se ha de admirar ninguno, que en este pleito fiel mi corazón de justicia, lleve una vida de rey. Que vuestra alteza merece el soberano laurel del mundo, nadie lo ignora; y que puede pretender la deidad de la hermosura, siempre lo confesaré. Pero decirme que siga del rey la forzosa ley, ni lo permite mi amor ni lo consiente mi fe. Ser su esposa no es posible, quererle no puede ser; que tengo esposo es seguro, que me quiere, yo lo sé. El morirá por mi amor, yo por su amor moriré. Julia no tiene lugar, el rey se cansa también. Y supuesto que este amor ha de tener más poder, pues estoy determinada a morir siempre por él, no se canse vuestra alteza en amar ni pretender, que Alejandro es mi marido y yo he de ser su mujer. Y con esto a Dios se quede, que yo siempre rogaré al cielo que le dé la vida, que su reino ha menester, para gloria del imperio y pundonor del laurel; suplicándole que diga, pues es discreto y cortés, porque alivie, como cuerdo, su pasión y mi desdén. Arded, corazón, arded, que yo no os puedo valer. Con valor le respondió la duquesa. Yo he quedado celoso y desesperado; mas cuándo no lo quedó quien ama y está prendado de belleza semejante. ¡Viven los dioses! ¿Infante? ¿Alejandro? Su cuidado es alma de su disgusto. ¡Estáis triste! ¿Qué tenéis? Con la merced qué me hacéis, nunca puedo estar con gusto. Mi pasión muy bien se deja entender. Ésa pretendo saber. No es buena ocasión, vos la sabréis algún día. Haced del valor alarde porque para luego es tarde. No es tiempo ni yo podría anteponer un pesar que me ha dado un desengaño, hasta remediar el daño. No lo podréis remediar. La palabra que me dio el rey, me la cumplirá. De su parte bien podrá pero de la mía no. La ley de la majestad es el alma de la ley. Esa voluntad del rey pende de otra Voluntad. Pues miráralo primero antes de habérmela dado. Él prometió por estado. Este estado es el que quiero, porque quedaré muy mal si no logro con efecto su palabra y mi concepto. Es concepto desigual. ¿Cómo desigual? Infante, hablemos claro; yo quiero, amo, idolatro, venero, como verdadero amante, a la duquesa, y por ella vida, estado, poderío, ser, imperio, señorío, perderé por defendería; y la majestad, la ley, el estado, la potencia, la justicia y la violencia y todo el poder del rey —pues la tengo merecida— no me han de poder vencer, porque mi esposa ha de ser, o yo he de perder la vida. Pues yo sólo por mi honor a este estado me prefiero. Sabré mataros primero. ¿Qué es esto? Nada, señor. No hay que examinar el daño, sino poner por defecto, como príncipe perfecto, aquel político engaño, a quien por ley general llama, con suma destreza, segunda naturaleza el dominio natural. ¿Alejandro? Gran señor. Retiraos a vuestro cuarto. Vuestro gusto es mi obediencia. Y vos, hasta que Alejandro salga de la corte, estad en el vuestro retirado, que yo sabré, como rey, la palabra que os he dado cumplir, mirando, Camilo, por vuestro honor. Retiraos. Como a dueño os obedezco, y como a rey soberano. En fin, queréis que Apolonio, que tiene al persa cercado, alce el cerco, pues sabiendo que se retiró Alejandro, se ausentará de la corte, duelo haciendo del agravio. ¿Ésto es el fin? Sí, señor, por la parte que el persiano confina con vuestro imperio s e retíre, que este daño se remediará después. Este arbitrio que habéis dado para que Alejandro olvide a Octavia, si no me engaño, es contingente. Señor, lo que yo tengo estudiado aprobará quien hubiere, como filósofo sabio, estudiado en las escuelas. Ejecutad todo cuanto os dictare vuestro ingenio. Gran señor, yo tengo dadas las órdenes convenientes, sólo falta ejecutarlo, y lo que conviene oíd. Ya sabéis que cumple años hoy el príncipe y que Grecia, al convite celebrado, que en público vuestro hijo hace, señor, en palacio con todo lo noble asiste; y que por festejo raro, las damas y las princesas, con majestad y aparato le traen de Marte trofeos, significando este lauro que Venus y Marte, señor, dos planetas encontrados, que con la vista del uno el otro ostenta milagros. Y supuesto que este día, para el alivio que he dado es tan importante, vos al templo de Marte sacro podéis ir, para volver cuando fuere tiempo. Vamos, que pues vos decís que importa el aumento del estado, es justo que se ejecute. Sois príncipe soberano, y a los que quieren ser doctos favorecéis como sabio. ¿Cuándo, Elena, cumplís años? Aún no los tengo medidos. Tienes cuarenta cumplidos, no me trates con engaños. Aún no he visto sacamuelas en mi boca. Eso es verdad, las mujeres de su edad siempre buscan sacabuelas. No es mi cara muy perfecta. Todas os ponéis con vela, sobre la cara de abuela, cada día cara de nieta. Infame, dime: ¿mi cara del tocador? ¿No te acuerdas cuando te hice una visita y te hallé con treinta botes, veinte y cuatro redomillas, tres billetes de Guadix, seis garrafas y una arquilla; que te daban a la mano barro de alguna piscina, necesaria providencia de los cienos de Turquía; y que sacando albayaldes, moro blanco de bujía, albañil de chimeneas, unas negras y otras tintas, te enjalbegaste la cara y, al cubrirla por encima, dijo el rostro buenas noches por no decir buenos días? ¿Y que luego salió a plaza el sebo, la trementina, el buen arrebol sin sol, la mostaza, las ¡anillas, ¡a hiel de boca, el piñón, el azúcar, el atíncar, los cortinos y los matas, los limoncillos, las guindas, las almendras, las pepitas, el alcanfor, el camero, avenate, cevedillas, raíz de lirio, neguilla, gallina prieta, miel virgen, dátiles de Berbería, cebollicas de azucena, vinagre, taragontía? ¿Y que de verte tantas infernales sabandijas, tocaron a descomer el estómago y las tripas? Dime que miento. Villano. Calla, que el mundo se cifra en solos veinte y dos años que tiene ahora de vida Alejandro, y toda Grecia a verle comer convida, los oídos a las voces, las grandezas a la vista. A los años de Alejandro, que siglos felices sean, coronado está de luces el dios de la cuarta esfera. En tan venturoso día debe, señor, vuestra alteza hacer mercedes. Cantad. Mudemos de tono y letra. A la hermosura de Octavia saludaba el claro sol, con el clarín de sus rayos divinas flechas de amor. Buena letra, ahora puedo hacer mercedes. Señor, muchos nobles que son pobres..., te suplico. Siempre soy amparo de la nobleza; fuera de tener ración en palacio, a cada uno tres mil ducados le doy. ¡Qué grandeza! Proseguid con la segunda canción. De los dos floridos meses, la diosa de Judimión casta corona le ofrece luz a luz y flora flor. ¿No hay quien pida más mercedes? Aquí viene, gran señor, una lista de los presos. Ninguno quede en prisión. Los soldados que han servido. Mi tesorero mayor les dé treinta mil ducados. ¡Qué majestad! ¡Qué valor! Las insignias militares, por ley de Grecia y blasón, las diosas de Macedonia consagran a tu valor. Aunque celosa, confieso que sois valeroso joven, segunda envidia de Marte, primera dicha de Adonis. Si os hirió amor con su banda, mi afecto sus velos rompe para ligar sus heridas; los rayos del sol perdonen. Es esa insignia de Marte, por vuestra, la luz del norte, y los volantes de Venus mis bien seguidos pendones. Viven por ley del amor, en nuestros dos corazones, un mal vivo con dos almas y una ciega con dos soles. Con diferentes afectos mis finezas os coronen, pues sin tirarme amor flechas, me coronó de favores. A la que lleváis delante dedico mis tiernas voces, que los firmes troncos mueven y las sordas piedras oyen. ¡Qué hermosa va la duquesa! Todo el poder de los dioses se ha cifrado en su belleza. Oyes, señor, sus dos soles pueden ser soles delante de cuarenta mil doctores, pues en vez de tabardillos, van pintando corazones. ¿Qué militar y bélica armonía en tan festivo día incitan mi valor? ¡Al arma, guerra! Tiemble el ámbito todo de la tierra. ¿Qué es esto? Gran señor, que Macedonia se ha vuelto otra confusa Babilonia; el general Apolonto, que tuvo a Persia cercada, amancilló del imperio las esclarecidas armas. Levantó el cerco, y el persa con vencedoras escuadras viene talando la tierra; llore Grecia esta desgracia. ¿Qué dirá el mundo, señor, si ve las fuerzas postradas de esta corona del mundo y de este laurel del Asia? ¿Qué dirá el orbe? ¿Suspende, Aristóteles, la infamia de Apolonio, cuando el mundo habrá menester ensanchas, si le acuchillo con esta horrible del orbe parca —Grecia vencida—, viviendo este corazón? ¿Qué aguardan mis soldados? Luego al punto toque Macedonia al arma, desencájense estos polos de las celestes bisagras; aliste Marte en su esfera cuantas encendidas brasas arden lucientes cometas, brillan centellas con alma. Marchen las tropas al punto que antes que la antorcha sacra devane tuces al mundo en seis mansiones del alba, he de sujetar al persa, sin que de sus torres altas memoria quede que fueron del campo azul atalaya. ¡Al arma, soldados míos! ¿No te despides de Octavia? ¡Ah, señor! Dad orden luego, que las legiones de guarda marchen al punto. Llevóle la naturaleza sabía. ¿Quieres ver a la duquesa? ¡Toca al arma, toca al arma! Príncipe, señor, ¿qué es esto? ¿Qué ha de ser, Octavia? Nada. Mi bien, ¿pues vos os partís sin verme? Divina Octavia, ¿yo sin veros? Pero el persa, el clarín, la voz, la fama me llama. ¿Lloráis, mi bien? Lloro, señor, mi desgracia; servía mi corazón al vuestro con vida y alma. Yo con el alma y la vida a una gallarda greciana tan bizarra como hermosa, tan amante como amada. ¿No lo dicen los clarines cuando tocaron al arma? El honor, querido dueño, la reputación, la fama, en mi corazón han sido de este rebato la causa. Todos, mi bien, avisaron a las mudas atalayas del ocio que yo vivía en los brazos de mi dama, que oyó el militar estruendo de las trompetas y cajas. Espuela de honor os pica Y el freno de amor me para. No salir es cobardía. Ingratitud el dejarla. Salid al campo, señor, sangre vierta la campaña, que ella me será, sin vos, duro campo de batalla. Salid aprisa, los soldados os aguardan, yo os hago a vos mucha sobra y vos a ellos gran falta. No me enternezcáis el pecho, todo a Marte se consagra. Bien podéis salir desnudo de las militares armas, pues son bronce los rigores, ¿Qué decís, esposa amada? Que tenéis de acero el pecho, pues mi llanto no os ablanda. Duquesa, mi bien, mi dueño, tan dulce como enojada: dadme esos brazos. ¡Qué pena! Id con Dios, que ya se arranca de mi pecho el corazón. ¡Qué fortuna! ¡Qué desgracia! ¡Nunca yo hubiera nacido! Yo os empeño mi palabra de ser vuestro y de poner todo el mundo a vuestras plantas, porque con honra y con fe. Yo me quedo. Yo me parto. Vaya a los persas el campo. Y vaya con vos el alma.
JORNADA TERCERA
Triunfó al persa Alejandro, según lo dice esta carta, y con el triunfo el imperio en mayor peligro se halla. Por no quererse casar con Camilo, puse a Octavia en prisión, y aunque se pierda Grecia, del orbe envidiada, ha de casar Alejandro con la princesa. Son tantas las dudas, que la razón ni se explica con palabras ni puede formar idea en los secretos del alma. Aristóteles, cerremos la puerta a la confianza, quede en los dos el secreto, corra luego la palabra de que la duquesa ha muerto; en la prisión muera Octavia, porque pie da la esperanza, Alejandro, de este amor. Señor, el fuego que labra el amor con el deseo difícilmente se apaga. Poner a riesgo la vida del príncipe, a quien consagra la sucesión del imperio el cielo, fuera venganza indigna de la prudencia. Póngase quemo, la palabra que di al infante Camilo de casarle con Octavia, y a Julia con Alejandro, se ha de cumplir. Si la traza, segunda naturaleza, e n vuestra idea se halla, ¿qué puedo yo replicar? El infante está en Bretaña, y yo Se daré a su tiempo parte de la confianza que entre los dos se acredita. Y al castillo de Girona, adonde está la duquesa —pues que tan cerca se halla de la corte— podéis ir, y a su alcalde —cosa es llana— le diréis este secreto. Y supuesto que de Acaya viene el príncipe marchando con su gente, y la distancia de ir y volver es tan corta, con inteligencia sabia daréis nueva de la muerte de la duquesa. La varia fortuna nunca acredita tan peligrosa mudanza; miradlo, señor, más bien. Esto ha de ser. Decretad esta sentencia fingida, viva inmortal en el alma. Vos habéis de dar la nueva, en virtud de mi palabra de que murió la duquesa; porque quede bien fundada por vos la nueva. Señor, aunque ha sido la crianza del príncipe ley en mí, vos sois supremo monarca, obedecer a mi rey es lo que el cielo me manda. Yo voy, señor, a serviros, pero acordaos que esta traza difícil tiene el efecto, aunque es tan fácil la causa Doy a vuestra majestad, y a mí me le doy también, el dichoso parabién propio de mi voluntad. De la feliz victoria que contra el persa ha tenido el príncipe, pues ha sido de su dolor nueva gloria. Pero que mucho, si fundo en su aliento singular, que ha de venir a triunfar de los términos del mundo. Esa alabanza ha nacido del amor que le tenéis, y es justo que le alabéis, si ha de ser vuestro marido. Es mi estrella tan cruel, que no habiendo en mí mudanza, pone a riesgo la esperanza, siendo la fe tan infiel. ¿Pues vos habéis de dudar, estando Octavia en prisión, la debida posesión? Es difícil de mudar el amor, si es verdadero, en sujeto aborrecido, que le transforma en olvido en que se adquiere postrero. i Viva el invicto Alejandro, hijo del sacro Filipo, príncipe de tres imperios! ¡Viva! El príncipe ha venido, y en instrumentos marciales, con laudes de Marte vivos, el orbe le hace la salva. Y ya en corros repetidos la armonía soberana, Filomena de los siglos, le aclama Adonis de Grecia. ¡Viva el rayo de Filipo, el sucesor del Oriente que al persa deja vencido; inmortal su nombre sea entre los dioses divinos! En el templo de la fama le ofrezcan en sacrificio, laureles Júpiter regio, Marte triunfos peregrinos. ¡Trinad esferas, repetid zafiros, que viva la diestra, que triunfe el invicto brazo poderoso del sacro Filipo! Por aliento de Júpiter sagrado en la grandeza vuestro colocado merezca mi obediencia, de amor inteligencia, el besaros la mano, Siendo de Marte rayo soberano el trono militar, el quinto solio será de vos eterno capitolio. Levantad a mis brazos. Con tan dichosos lazos será inmortal mi vida, vuestra alteza deidad esclarecida, planeta superior de las beldades y honor de las eternas majestades. Me dé a besar su mano. A la diestra de Marte soberano, contra esfera será, si bien dichosa, el alma generosa; ésa os dedica, en fe de mi albedrío, el justo afecto mío. ¿Qué novedad altera mi trofeo, el impulso mayor de mi deseo? La duquesa Utelino, sol de mi amor divino, con la princesa no ha venido a verme. Disimule m i amor, que es ofenderme, culpar celoso al sol de que ha faltado con su luciente luz a mi cuidado. ¿Quedó vencido el persa? De Sidonia puse cerco, señor, a Babilonia, y asaltando sus dóricas almenas, atalayas del sol, de rayos llenas, se cerró, con la fúnebre armonía, el luminoso párpado del día. A Susa pasé luego, llevando la ciudad a sangre y fuego; recogiéronse al fuerte de Virigo los soldados, señor, del enemigo. Cerqué, sobre la inmensa pesadumbre, aquel rayo de Marte, que en la cumbre de! epiciclo propio de la luna, inmortal su fortuna hizo por breves horas. Llegaron nuestras huestes vencedoras trepando a las murallas, y apenas coronarlas pudieron de alentados corazones, cuando se tremolaron sus pendones. Desmóntele el altivo promontorio, y dando vuelta al sacro consistorio, u al templo de Diana, me puse sobre el fuerte de Brizana, que en los confines de los caspios montes bebe del sol los claros horizontes. Los flecheros brisones, asaltando los bélicos balcones, a un tiempo dispararon de la cumbre una nube de dardos, que alumbrando del délfico planeta se opusieron; tan diestros anduvieron, que al bajar por los rumbos sucesivos los clavaron en troncos medios vivos. El fuerte se abrasó y tributarios quedaron los siarios, los caspos, los citones, los medeos y sidones; y los fieros —si montes de la Hircamia— alimentados de la sangre humana, El imperial ejército, pasando los términos, cortando la región de Babel, se puso luego sobre la corte del persiano ciego, a quien el Tigris baña; y talando su pérsica campaña, en diez y siete días la rendimos; preso su rey trajimos, incorporando a tu sagrado imperio, desde el monte Cipro al monte Berio. Veinte y cinco ciudades conquisté, siete naciones bárbaras domamos, quedando el nombre de Filipo solo, del uno al otro polo grabado en los anales de esas láminas sacras imperiales. Y así, conquista, emprende, solicita, tala, reforma, da, castiga, quita, postra, rinde, sujeta, alaba, sigue, abona, pues no puede haber quien te lo estorbe; gima el mar, tiemble el sur, caduque el orbe. De nuevo mis brazos sean lazos de la estrella suma, que alienta mi corazón, que mis blasones ilustra. De mi obediencia forzado vengo a ponerme a la furia de una juventud soberbia ¿Aristóteles? No duda mi lealtad de las finezas, con que vuestra alteza augusta favorece mis afectos, por la suerte importuna. Aristóteles, ¿qué es esto? ¿Quién vuestras canas disgusta? ¿Qué ha sucedido? Señor, no sé yo cómo articula palabras el corazón. Ahora desdicha anuncia esta suspensión llorosa, aquesta elocuencia muda, En el teatro del orbe hoy quiso, por ley injusta, ostentar severamente su decreto la fortuna. A los jardines de Acaya la soberana hermosura de Octavia. ¡Qué escucho, cielos! A quien el mayo dibuja fue que las flores, señor, de la vida más segura, si viven al alba, mueren entre la noche confusa. Eclipsado salió el sol, revuelto en sombras caducas, y entre trémulos desmayos mal rebozada la luna; melancólica bajóse por una alameda adusta, de unos cipreses que fueron del mar atalayas mudas. De ver su tristeza el agua, que por los pinceles cruza en parasismos de nieve, si no se hiela, se turba. Divertíanle sus damas con músicas que no gustan, cuya armonía ajustaban los facistoles de pluma. Caláronse por el viento algunas aves nocturnas, exploradoras cobardes de lóbregas sepulturas. La bellísima duquesa se sentó sobre unas murtas, mirando de un arroyuelo la bien deslizada fuga. Sobrevínole un desmayo, mensajero que articula, con sus luces apagadas la sentencia más segura. Volvió de él articulando, entre palabras confusas: ¡Yo muero, valedme, cielos! ¿La duquesa? Sí, en una de nieve, la blanca rosa perdió la color purpúrea. ¿Octavia? Sí, gran señor. Acudieron las confusas damas que la acompañan, a invocar las luces sumas, fue por instantes (¡qué horror!) el accidente (¡qué injuria!) creciendo, y fue de manera que aquella alba hermosa y pura, aquella viviente flor, aquella aurora divina, en un instante quedó toda la color difunta, sin aliento los vitales, sin ornato la hermosura, sin rayos de luz el sol y sin resplandor la luna. Murió la duquesa. ¡Cielos! Quedose una estatua muda, Alejandro, obre el valor, Príncipe, lo que pronuncian desde su esfera los dioses sentencias son, que se ajustan con las leyes inmortales. Donde la princesa Julia está, no pueden reinar inferiores hermosuras. Descansad, porque se logre de vuestra victoria augusta el triunfo. Vamos, princesa. E! sentimiento, no hay duda, viendo muerta a la duquesa, que el corazón me atribuía; pero si es orden del cielo, ahora podré segura ser esposa de Alejandro. Cumplí vuestra ley augusta. La cumplisteis de manera, con la fúnebre pintura, que aún yo creí que era muerta la duquesa. Como cumpla de su rey el mandamiento el vasallo, no le culpa el engaño, porque nace del ingenio la cordura. Ah, señor. ¿Quién me ha llamado? Tabaco, hierba maluca, tan sonada por el orbe como la mala ventura, pues te ve haciendo una sarta de mundos para que engullas, Júpiter, pues los imperios los tragas como granuja. Ten valor para llevar la ausencia de la más pura deidad, que formó de estrellas la diosa de la hermosura. Si murió Octavia, señor, supla la princesa Julia. Calla, villano. Matome porque me dio por la nuca. Mala lanzada le den a mano que tanto es dura. Cielos, ¿cómo no turbáis esas centellas diurnas? ¿Octavia muerta y yo vivo? Segó la muerte caduca la mejor flor de la tierra, de los cielos la luz pura, la perla del mejor nácar y el sol de la esfera suma. Ya se eclipsó de mis ojos la viviente antorcha en cuya sagrada llama era fénix esta vida ya difunta. Ya no he de verte, beldad con que los dioses se ilustran; ya no he de gozar, Octavia, de tu divina cordura, de tus cariños constantes, de tu gravedad augusta, de tu beldad soberana y peregrina hermosura. ¿Así, mi bien, te ausentaste? ¿Así, esposa, honesta y justa, dejaste a quien idolatra la deidad que el cielo ilustra? ¡Oh rosa, que deshojada fuiste a la aurora purpúrea! ¡Oh dulce paloma alada, que volando a las cerúleas campañas de fuego y nieve, las llamas de amor apuras! ¿Qué importa que me corone de imperio la llama rubia, ni que de mi nombre tiemblen las naciones más adustas, si al alma le falta aquella que fue en la dorada cuna del sol el móvil primero de mis potencias augustas? Pero ya adivina el alma, por seguras conjeturas, quién dio muerte a la duquesa. La razón de estado injusta me quitó mi amada esposa, porque casase con Julia. Tirana ley, este lazo, esta amorosa coyunda rompió, a pesar de los dioses, que las voluntades juntan. Irritado el rey, mi padre, de la pretensión más justa que vio el robador de Dafne, hizo a mi amor esta injuria. El consejo fue cruel —de Aristóteles— sin duda; política que fue siempre mina, que voraz anula, con el fuego del estado, la ignorancia más segura. ¿Qué aguardo, que a la venganza, hidra ardiente de mi furia, no acudo cuando me llama de aquella inocente justa la sangre? Piérdase Grecia, salga la princesa Julia de Macedonia, y turbada esta máquina confusa, delire a ruinas su nombre, caduque a mortales furias este imperio, y vierta el alma esta nociva cicuta, este fuego que me abrasa, celoso ardor que trabuca las potencias racionales que los sentidos ilustran. A mi esposa dieron muerte, ya sus luceros no alumbran mi espíritu, ya apagaron aquellas antorchas puras de Diana; ¡loco estoy! Señor, ahora no usa. ¿Sabes tú quién le dio muerte a mi esposa? Ya caduca. Sí, señor, que la mataron porque te cases con Julia. ¿Quién la mató? ¿Quién? Tu padre, por no ser suegro. ¿Eso dudas? Pues tu maestro. Ése fue el alma de aquella junta. Es filósofo sin alma, que pocos de ellos la usan. Yo me abraso. Yo me quemo. Etna arrojo. Yo furias. Arda Grecia. Arda Bayona, Muera luego. Lleven tunda. Muera Aristóteles. Muera, por maestro de difuntas. Aras haré el capitolio. Serás un rompe columnas. Ya por esta puerta, cielos, que secretamente oculta, al cuarto de la duquesa pasaba; queda difunta de luz, porque aquí solía venir la aurora colura. La palomita de Venus. La deidad de la hermosura. La corderita balando. La castidad de la luna. La métome aquí, que llueve. La majestad más augusta. El ángel más humanado. ¡Qué horror! ¡Qué pesar! ¡Qué angustia! ¡Qué muerte! ¡Qué disparate! ¡Qué crueldad! ¡Y qué locura! Volvióle otra vez la furia. Señor, mira que te matas, y que no hay en Grecia un cura por un ojo de la cara. Médicos hay que te curan, y que por darles el pulso, te darán la sepultura. Di a la guardia, que ninguno entre a verme. Ya se enluta. Saca luces. Aquí están. Vete luego. Voyme a obscuras. A mis capitanes quiero escribir, que mis soldados en Sypra estén alejados: vengar este agravio espero. Los cómplices atrevidos castigaré de tal suerte, que sea espanto su muerte de los griegos y los gidos; pues malogró mi esperanza su rigor para apagar esta llama singular, sea incendio la venganza. Así quiero escribir a César y a Octaviano: vaya lineando mi mano los renglones del vivir. Alcalde, vuestra lealtad, en riesgo tan conocido, sabrá premiar Alejandro. El emperador Filipo, como os he dicho, ordenó (que fue rigoroso arbitrio) que corriera la palabra, desde Macedonia a Egipto, de que erais muerta. Ya sé lo que os debo, Federico, hablar pretendo a Alejandro, para que sepa que vivo en virtud de sus finezas, luego volveré al castillo, para asegurar el orden que tenéis. Mi vida fío de vuestra grandeza. Yo por esta parte he venido, porque de mi cuarto tengo las llaves... ¡cielos, qué miro! Escribiendo está Alejandro. Parece que siento ruido ¿Quién es? Mi bien, Alejandro. ¿Es ilusión del sentido? ¿Es Octavia? Sí, yo soy, que vengo desde el castillo, adonde he estado en prisión, a decirte, esposo mío, que vivo, que el rey tu padre con este engaño ha querido casarte con la princesa. Con el alma te recibo, esposa, mi bien. ¿Es sueño? ¿Que vives, dueño querido? En virtud de que te adoro, ha vivido mi albedrío. Ahora venga la muerte. Al alcalde Federico se debe aquesta fineza. Mi vida te sacrifico. Premiaré vuestra lealtad, pues con valor habéis sido el iris de esta tormenta. Por vos es gloria el peligro. Señor, vuestro padre airado, porque al infante Camilo negué la mano de esposa, me envió presa al castillo de Girona, donde es fuerza que vuelva con Federico, para asegurar al rey. Mi bien, lo que determino, pues permitieron los dioses que mis ojos hayan visto el ídolo que venero y la imagen por quien vivo, es disimular mi agravio, no darme por entendido de que vivís, alentar la pretensión de Filipo, mi padre, ganar a un tiempo los corazones altivos de mis fuertes capitanes, y el sacro laurel invicto que ha de coronar mí frente en los venideros siglos dedicarle. ¿A quién? A vos, adorado dueño mío. Bien debéis a mis finezas ese afecto peregrino; y porque puede venir el emperador Filipo vuestro padre a visitaros, quiero volver al castillo, que yo volveré, señor, con este secreto mismo, a veros y a consultar el remedio más preciso. Aunque sé que ha de costarme este fogoso retiro el disgusto que procede de vuestro agravio y el mío, antepongo vuestro honor a gusto de los cariños que entre dos amantes logra la fe de un casto designio. En vano se cansa el rey pretender a un albedrío que es prisionero de amor, pues vos le tenéis cautivo. Si se transforma quien ama en el sujeto querido, yo vivo sin libertad, pues muero de lo que vivo. Si viniere la princesa, advertid, dueño querido, que si nació para amaros yo nací para serviros. ¿Vos dudáis de mi firmeza, sabiendo lo que os estimo? Como nací desgraciada, s in dicha mi estrella sigo. ¿Si Alejandro es vuestro esposo, qué teméis? Nació de Egipto princesa Julia, señor, yo, duquesa de Utelino. ¿Lloras, mi bien? No, señor. ¿Con suspiros el sol mismo? ¿Con lágrimas el aurora? Advertid. ¿Nunca habéis visto cuando arrancan un clavel del tronco donde ha nacido, que al gemir la verde rama y al dar el postrer suspiro en señal de lo que siente, del alba arroja el rocío? Pues así mi corazón, viendo que mis enemigos le quieren sacar del pecho el alma con que ha vivido, de lo interior de los ojos arroja aqueste rocío, cuyo elevado elemento es, a fuerza de suspiros, aljófar que lo desata del clavel de su cariño. Aristóteles, señor, viene aquí. Lo que os suplico, que no olvidéis mis finezas. De ellas pende mi albedrío. Pues en esa confianza. Será mi amor peregrino. Será mi afecto dichoso. Admiración de los siglos. De los amantes ejemplo. De los laureles prodigio. Para que publique Grecia... Desde Macedonia al Nilo. . que sólo a Alejandro adoro. Yo a la duquesa Utelino. Aristóteles ha sido quien dio este consejo al rey, política cuya ley ha fulminado el valido. ¿Aristóteles? Señor, Valeos de vuestra ciencia contra mi justo dolor. No hay ciencia contra el poder que se ciega con razón de una amorosa pasión. Yo he llegado a conocer que vuestra ciencia me agravia. A vos no os puede agraviar la deidad más singular. Vos disteis la muerte a Octavia. ¿Yo, gran señor? Sí. Mirad que soy del honor espejo. El rey por vuestro consejo (ésta es segura verdad) a Octavia puso en prisión, y por materia de estado dejó su sol eclipsado, pero sabrá mi pasión, de aquella deidad sagrada rayo de mejor oriente, vengar la sangre inocente con los filos de mi espada. No habréis, señor, conocido al hombre que os ha criado. Del rey estoy agraviado y de vos muy mal servido. Yo nunca puedo servir mal, si me ajusto a la ley; porque quien sirve a su rey, es lealtad hasta morir; de mi la obediencia aprende a servir al superior. No es de buen maestro de honor el que al discípulo ofende. Mi consejo nunca dio aliento a la tiranía, que el vapor se opone al día, pero nunca le eclipsó. Vuestro consejo fue ley del estado, y no fue sabia, pues le dio la muerte a Octavia. Yo sólo sirvo a mi rey. ¿Luego ya habéis confesado que fuisteis el movedor de este criminal error? Yo sirvo como criado. ¿Luego aquel sol inocente no murió con pena igual de su muerte natural? Los consejos interiores, aunque tan secretos fueron, los cielos los descubrieron; no trato de los traidores, que yo sabré conocellos y los sabré castigar. No ocupo yo ese lugar. Pues vos sois uno de ellos. ¿Yo traidor? Mi fe condenas si a ese título la igualo, que nunca un maestro malo sacó discípulo bueno. Si ciencia entre los dos como padre repartí, llamándome traidor a mí es agraviaros a vos. Por clases tan inhumanas no pasó mi mocedad, porque de estudiar lealtad me salieron estas canas. ¿Yo traidor? ¡Pesar de mí ¿Os enseñé la lección alguna vez con traición, cuando verdades leí? Discípulo sin piedad os halla mi pensamiento, pues dándoos entendimiento, me negáis la voluntad. ¿Yo traidor? No viva, no, esta caduca ruina; que pues murió mi doctrina, es justo que muera yo. Si en el honor me tocáis, la vida os puede decir, que si os enseñó a vivir, vos a morir la enseñáis. Y pues con desprecio hallo el honor en que me fundo, conquistad, señor, el mundo, pues yo trato de dejado; que más reinos por igual os tengo yo granjeado, adquirido y conquistado con el valor racional, que cuantos en el abismo de la ambición puede haber, pues os enseñé a vencer, como sabéis, a vos mismo. Y así, maestro de honor, puede buscar el estado, porque no esté acompañado un príncipe de un traidor. Aristóteles, oíd, no os vais, que tengo que hablaros. ¿Qué es lo que mandáis? Llegad y dadme luego los brazos, por maestro y por amigo. En ellos os he criado, pero brazos desleales no son de un príncipe. Vamos a lo que importa, que yo os estimo como sabio, y como tal un consejo os he de pedir, notando que mis palabras son leyes de mi valor soberano; y porque veáis que tengo de vos justa queja, al caso hemos de ir, porque consiste en él la vida de entrambos. La nueva que me trajisteis cuando yo llegué a palacio, de haber muerto la duquesa, no es cierta, porque fue engaño de mi padre, presumiendo, con este pretexto falso, que yo casase con Julia; en todo no he de culparos, que las órdenes del rey obedecen los vasallos. Octavia ha venido a verme, que Federico, obligado de su grandeza le dijo el secreto. Yo he notado que se ha de perder el reino si a Octavia le doy la mano de esposo, porque con Julia no ha de casar Alejandro. Ya os descubrí mi secreto, y pues de vos me he fiado, ordenadlo de manera que queden asegurados los tres imperios de Grecia: sin guerra aquestos estados, Julia sin la pretensión, mi padre desenojado, la duquesa sin peligro y yo con ella casado. Él sabe todo el secreto; si Júpiter soberano no pone su diestra aquí, Troya ha de ser el palacio y el mundo, y así conviene luego al punto remediarlo. Señor, vuestro padre viene, luego hablaremos despacio, porque tan grave materia pide consejo muy sabio. Yo lo dispondré de modo (asegurando el estado y cumpliendo con las leyes de maestro y de vasallo) que logréis vuestro deseo. Mi honor pongo en vuestra mano. Vos conoceréis, señor, en lance tan apreciado, que Aristóteles ha sido el maestro de Alejandro. Infante, siempre las leyes de más antiguo blasón fueron con obligación las palabras de los reyes: Octavia vive y será vuestra esposa con efecto, y entre los dos el secreto debida esfera tendrá. Ya sé, señor, el intento, y el secreto guardaré, para que logre mi fe tan felice casamiento. A los grandes he llamado para que juren primero por legítimo heredero al príncipe; ajustando este decreto, después casará con la princesa. Con tan grande arbitrio, cesa el militar interés que amenazaba, señor, este imperio, y yo consigo, siendo Alejandro mi amigo, el más divino favor; pues siendo Octavia mí esposa, en mí un esclavo tendréis. Vos, infante, merecéis gozar la duquesa hermosa, pues con este casamiento y el de Alejandro, consigo el triunfo del enemigo Sirico, que con violento escuadrón pretende entrar por vuestro reino. Señor, sólo con vuestro valor me pudiera yo alentar. Vamos, para prevenir que esta noche el parlamento dé al príncipe el juramento. En todo os he de servir. ¡Tabaco! ¿Señora? Aquí. Di en manos de la princesa. ¿Fuiste a la guerra? Sí fui. Bueno es eso: en Montezumo maté seis mil de un saco. ¿Y de qué suerte, Tabaco? Diles tabaco de humo. Dime, ¿el príncipe.,.? Despacio. ¿.. .no te tuvo por tercero de Octavia? No, que primero tuvo su cuarto en palacio. ¿No eres tú del nuevo empleo quien los papeles llevaba? Sí, señora, yo le echaba las cartas en el correo. ¿De ti Octavia se fiaba cuando la carta escribía? La noche que yo venía siempre la hacía cerrada. ¿Sintió su infelice suerte? Algo tiene de homicida. ¿Hace extremos por su vida? Por su vida y por su muerte. ¿Quiéreme? A más no poder. ¿Adora su muerta estrella? No está tan ciego por ella, que a ti no te pueda ver; y es tanto lo que prefiere —después que Octavia murió— tu persona, que sé yo que en mirándote se muere. Ayer me dijo en la mesa: “pues sin Octavia me quedo, desde ahora, amigo, puedo ver despacio a la princesa”, y de esa razón se infiere, pues ya se muere por verte, de que no puede quererte más de aquello que te quiere. ¿Qué dices? Lo que has oído, y lo que yo he reservado es propio para callado y mejor para reído. Pues antes que jure el reino por príncipe poderoso a Alejandro y a su lado me vea en el sacro solio, le he de escribir un papel; porque si ha de ser mi esposo, me responda libremente su sentimiento, que es propio de quien escribe, decir su pasión. Ya el negro adorno de la noche eclipsa el día, trae luz y espera solo en aquesta galería. Aquí la luz acomodo. Empiezo a escribir. Y yo me retiro poco a poco Del castillo vengo, y todo el palacio anda revuelto; por estar el rey con otros príncipes, no puedo entrar por mi cuarto, y es forzoso por el de Julia. ¡Qué veo! Aquí el peligro es notorio: el rey viene, obre el ingenio, pasemos de aqueste modo delante de mi enemiga. ¡Válgame el cielo! ¡Qué asombro! ¡Qué horror! ¿Octavia no es ésta? Sin duda del sacro trono de los dioses ha bajado. Duquesa, yo dudo como el rey, Alejandro, el cielo, Federico, Amesto, Astolfo. Princesa Julia, ¿qué es esto? Señor, con severo rostro la difunta Octavia ahora fue relámpago a mis ojos; yo vi a la duquesa. ¿A quién? A Octavia, quedando asombro con los rayos de su ira: la exhalación de su enojo a la noche. ¿Qué decís? Orden traigo para todo. De Aristóteles, princesa, ése fue engaño notorio; la imaginación ofrece semejantes alborotos al ánimo. Así es verdad, porque representa a todos las más vecinas especies, y así produce estos monstruos visibles en lo aparente. Sosegaos, que vuestro esposo es Alejandro, no prive esa visión, ese asombro en vuestro ánimo constante. Por mi dueño os reconozco; y para que al alba sea nuestro noble desposorio, a jurar vienen los grandes este lazo misterioso. Sosegaos. Vida habéis dado, oh príncipe generoso, con estas nobles palabras, a mí corazón heroico. Octavia viene, señor, ya está todo prevenido. Dese principio a la fiesta. Las damas con alborozo, por principio de alegría, antes que el lazo amoroso logre el debido trofeo, representan en el trono de Júpiter, pues que bajan, fingidas diosas, al solio una comedia festiva; y después de ella, con adorno y majestad jurarán por príncipes poderosos a Alejandro y la princesa, cuyo regio capitolio es, señor, el que la vista infunde respeto y gozo. Empiece la comedia. Los instrumentos sonoros suspenden con su armonía los más elevados coros. Quien vive de lo que adora, ninfas sagradas del mar, poco tiene de infelice, mucho goza de deidad. Felicidad y hermosura tarde se suelen juntar, que el sol de la dicha tiene por norte la vanidad. Diosa del Parnaso, al solio de la princesa bajad, veréis en dulce himeneo la Diana que adoráis. El bello clarín de pluma, turbado del cielo ya, con voz sonora salude la délfica majestad. Diosa de Júpiter sacro, aurora y casto lucero, bajad a dar luz a la tierra, goce la tierra del cielo. ¿No es Octavia la que miro? ¿Octavia no es ésta, cielos? No fue vana mi ilusión. La duquesa. Deteneos. Sacro emperador Filipo, príncipes de Grecia excelsos, Octavia soy, que he bajado de los palacios etéreos, por mandado de los dioses, a darle la mano luego de esposa al príncipe. Lo que ordenaron los dioses obedecemos los príncipes, y en el solio nos jurará todo el reino por príncipes soberanos. Alejandro, ¿qué es esto? Obedecer a los dioses el divino mandamiento. ¿A mi grandeza este agravio? Gran señor, lo que los cielos ordenaron, fuerza humana no se opone a su decreto. El príncipe, gran señor, tiene las fuerzas del reino. Octavia de la prisión vino a verle con secreto; yo, como muy fiel vasallo, porque estos nobles imperios con guerra no se abrasen, di al príncipe este consejo: La palabra que habéis dado al infante... No la acepto, supuesto que adora Octavia al príncipe; y desde luego suplico al emperador confirme lazo tan regio. Mi palabra ha de cumplirse dándole la mano luego el infante a la princesa; llevando en dote el imperio de Siria. Yo lo confirmo, pues lo ordenaron los cielos. Y yo y Octavia, señor, por favores tan supremos besamos tus pies reales. Porque demos fin con esto al Maestro de Alejandro, perdonando nuestros yerros.
