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Texto digital de La luz del Sol de Oriente, San Ignacio en París

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Atribución tradicional
Diego Calleja
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Diego Calleja Segura
Género
Comedia
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El texto procede de la transcripción automática de una suelta sin datos de imprenta (Madrid. BNE: U/11264).

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La luz del Sol de Oriente, San Ignacio en París. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/luz-del-sol-de-oriente-san-ignacio-en-paris-la.

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LA LUZ DEL SOL DE ORIENTE, SAN IGNACIO EN PARÍS

JORNADA PRIMERA

Teneos, Alberto. Dejadme, Don Francisco, que a este necio, hipócrita, perdulario le dé el castigo. Teneos: que esa furia, ese lenguaje, ese arrojo, es muy ajeno de usarse con el señor Don Ignacio? Pues qué es esto? Qué ha de ser? estar ahora a una reja divirtiendo con Madama Laura un rato perdido, por hacer tiempo de que pase vuestro victor, que de el grado de Maestro esta noche os da la Escuela de Paris, cuando resuelto ese hombre, cuya importuna hipocresía padezco años ha, llego a la reja con la voz baja, diciendo, que temiesemos a Dios, que la muerte, que el infierno, que el pecado, y otras cosas de este jáez, que me hicieron, por ver, que a Madama Laura, mas que a mí, perdía el respeto, salir de mí, quise darle de cintarazos, y en esto llegasteis vos a valerle; que a no llegar, yo os prometo, que a su hipocresía llegara de una vez el escarmiento de andar, como él decir suele, ya sea tema, ya deseo, para dar luz a mi Alma, hecho sombra de mi cuerpo. Antes, señor Don Francisco Jayier, que al señor Alberto respondáis, que es verdad todo cuanto os ha dicho, os prevengo, que a la verdad no faltara, quien es tan gran Caballero. Es verdad: yo he pretendido, que los lucidos talentos de gala, de bizaría, nobleza, valor, y ingenio, que el Cielo a logro le ha dado, no le desperdicie a el Cielo. Este es el fin, ya él lo ha dicho, de andar sus pasos siguiendo, En Alcalá quise hacerme su amigo, y no quiso serlo: aquí en Paris con mi asunto prosigo, y hace lo mismo: Pues ha de estar persuadido, que en desistir de mi intento, sé que desagrado a Dios, y no haré tal, porque tengo por más bien ganarle un alma, que excusarme de los riesgos, no solo de sus ultrajes, mas de sufrir el infierno. Con esto a Dios, y de el grado, que hoy os da Paris, me alegro, como si su Santidad su Nuncio os hubiera hecho. Adiós. Adiós. Esperadme. Alberto aquí, mientras vuelvo de acompañar al señor Don Ignacio. Y a qué efecto? Al de rogaros a solas, que desistáis del empeño de reducir a este hombre; que es un atrevido, y temo, porque en efecto es mi amigo, que os injurie, y os venero como a mi Padre mirad si alguien perdiera el respeto a mi padre, si era fuerza sacar yo la cara al duelo. Qué honrado porte de mundo, señor Javier, es el vuestro! Qué bien mostráis lo gallardo, fácil de unir a lo cuerdo! No me pesa: pues al fin prendas de honrado, discreto, y animoso, si no hacen un Santo, ayudan a serlo. Pues mirad Vos sois amigo de ese hombre: decidle, os ruego, que tema a Dios, que en Madama Laura deje galanteos, que de otras obligaciones le estorban el cumplimiento. Persuadidle a que confiese con frecuencia: que con esto, suyo, y mío os mostraréis amigo más verdadero. No me atreveré, señor Don Ignacio, a prometeros hablarle en esos prudentes, y espirituales medios de reducirle: que yo, ya lo sabéis, no me empleo mas, que en seguir mis estudios, procurando mis augmentos. Yo para convertir almas, ni tendré maña, ni celo: maña, porque no lo uso: celo, porque no le tengo. Pedidle a Dios, que uno, y otro me dé, que antes fuera yerro, querer a otro convertido, no estándolo yo primero, Tan cuerda desconfianza os premie Dios con haceros, de la habilidad que os falta, y del fervor, que echáis menos, para ganarle las almas un milagroso compuesto. Adiós. Mas partid seguro, que si ahora, o en algún tiempo, este hombre quiere injuriaros, reducirle no prometo con espiritualidades, que yo esas cosas no entiendo; mas lo que es hasta romperle la cabeza, yo os lo ofrezco. No hagáis tal, ni tal digáis, que ofendéis a Dios. No pienso yo tal, que no habrá quien culpe darle su pago a un soberbio cobarde, que a otro se atreve, solo por verle indefenso. Esa es májima del siglo; no de Dios: estad, pues, cierto, que no seréis para Dios, ni para mi amigo bueno; hasta vivir en el mundo antipoda de sus fueros. Pensad mucho en esto. Qué es antipoda? Que os confieso, que tal palabra jamás llegó a mis oídos; pero Alberto espera dejadme a solas con él. Ya os dejo, y quiera Dios, que algún día los antipodas opuestos no sean por vos en los pasos de andar camino del Cielo. . Perdonad, Alberto, el rato, que os he hecho esperar; y puesto, que el tiempo de que a este barrio llegue el Victor, nos da tiempo, quisiera que a una pregunta respondáis, que voy a haceros: Sabéis quién es este hombre, tan humilde, tan modesto, y tan Santo? No he sabido nunca quien es: lo que os puedo de él decir, solo es, que andaba vestido un sayal grosero, huésped de un hospital pobre en Alcalá, y por el pueblo, que envuelto tenía en la duda de si era, o no era bueno, explicaba la Doctrina Cristiana, añadiendo luego, no sé qué ejercicios de un librillo, que había compuesto, y embelesaba el juicio de algunos, que los hicieron. Que yo los hiciese quiso: no quise; ni el cumplimiento, que instaba de una palabra; mas no es de la ocasión esto. También me acuerdo, que el día que dejé a Alcala, siguiendo al Virrey de Cataluña, Duque de Gandía excelso, con quien, por cierto resguardo, me acomodaron mis deudos, por la Calle Mayor todos vimos, que llevaban preso a este hombre a la cárcel, sobre si explicaba unos misterios, que no entendía: en Paris donde vine a los progresos de mis estudios, le hallé juntando unos compañeros de su ralea, y lo más que en esta materia siento, es, que se le hayan llegado cuatro excelentes ingenios Españoles, que en Paris estudiaban, y aún vos mismo sé que los habéis tratado. Por señas, que todos ellos pueden honrar el Concilio que se ha de juntar en Trento. Esto no más sé de este hombre. Pues que me atendáis os ruego, veréis la veneración, que se debe a tal sujeto. Don Ignacio de Lóyola es este, un gran Caballero Vizcainó, en cuya tierra, aunque todos privilegio tienen de primeros nobles, su linaje (y os lo quiero decir en frase de Escuelas) es primero de primeros. Siguiendo en sus verdes años, ya galán, ya Palaciego la Corte de los Señores Reyes Católicos, dieron de valiente hartas señales sus bríos: pues en Toledo dicen, que envistió a una calle de espadachines mozvelos, que sin intención le habían ajado no sé que aseo, y a cuchilladas los hizo retirar: notad que aliento, que aún a ruines en cuadrilla los supo vencer su esfuerzo! Después siguió la Milicia, y de Pamplona en el cerco, defendiendo desde el Muro las instancias del asedio, de una vala herido en tierra cayó, quien dirá si el Cielo dispuso en el tiempo mismo, que empezó Martín Lutero a sembrar sus heregias, sembrar un contrabeneno en Ignacio? Mas soy parte apasionada, y no quiero hacer con mis conjeturas prevención a los sucesos por venir; de Dios son gloria: de él es Dios su cumplimiento. Estaba convaleciente en su casa ya; y queriendo aliviar, leyendo algo, el ocioso afán de enfermo, pidió de Caballerias algunos libros, de aquellos engaños tan bien sufridos, que cuando el entendimiento mas de ellos se está burlando, le están más entreteniendo. No los hubo, y le llevaron, Ol Providencia, y cual vemos venir sus designios grandes en un leve acaso envuelto! libros de Vidas de Santos; en cuyo devoto cebo resaltó, su fantasía, no una vez sola, el cotejo; di, por qué no podré yo hacer lo que hicieron estos? Aquí su gran conversión empezó; tampoco intento conjeturar, que si en libros hubo su principió, y veo, que sigue la calidad de su raiz el aumento, tantos libros dará al mundo su conversión; pero dejo también esta conjetura, que es discurrir solo, y temo, que retarden mis discursos la realidad de sus hechos. Bien, que si tantos escritos a la luz de el Universo salen, de Dios serán gloria: de eles Dios su cumplimiento. Venció al fin en esta lucha su razón a sus afectos; y apenas a Dios él sí le dio, cuando el aposento. en que estaba, estremecido tembló, como que el infierno, triste adivino de el mal, que le hace de Ignació el celo, entre sus recios gemidos, diese un gemido más recio. Luego a sanarle su herida bajó el Apostol San Pedro, su devoto, y por ventura le hizo este favor en premio de no se qué Poesía, que Ignacio le había compuesto; que el Cielo solo es quien sabe premiar bien un buen ingenio. María, Señora Nuestra, de quien siempre fue muy tierno devoto Ignacio, también bajó a verle, y en su pecho la castidad tan sin lucha le dejó, que ni un pequeño amago de impuro, dicen, que asusta su pensamiento: Bien, que él con sus proseguidas penitencias; como cuerdo, trata las seguridades, con la cautela de riesgos. Dejó su casa; y sus armas veló como Caballero, ya de otra mejor Milicia, de Monsérrate en el Templo. A la Cueva, de Manresa. de allí partió; en cuyo centro de ayunos, de penitencias, de aspereza, tales fueron sus extremos, que al más Santo le parecieran excesos, a no medir los fervores de Ignació con sus extremos, Esta Cueba fue el Teatro en que representó el Cielo, con cuanta ventaja excede su paga a nuestros obsequios; pues le dio allí tantas luces, éxtasís, arrovamientos, revelaciones, y auxilios, que al fin allí se escribieron, sin más estudios, ni letras, que oración, y entendimiento, los ejercicios, allí un tratado de el Misterio de la Trinidad, y al fin, allí, sin duda, el modelo de algún prodigioso asunto formó, cual es no sabremos decir: de Dios será gloria, dele Dios su cumplimiento. Visitó a Jerusalén a pie, y descalzo, añadiendo a las penurias de pobre otros malos tratamientos, que él se buscaba, con ansias de más sufrir No es pequeño indicio de esto lo mucho que ha padecido en los Pueblos de Alcalá, de Salamanca, de Barcelona; y no es menos lo que en Paris, estudiando, padece de menosprecios, de calumnias, de amenazas, de ultrajes, de abatimientos, heridas, que aún al más noble parece que le hallan cuerpo. Don Ignacio de Loyola, esto es. 1. Victor el Maestro Don Francisco Javier. Victor. te el estruendo Ya parece que de vuestro victor aquí llega, tras él voy, que luego hablaremos más despacio. Adiós. Victor el Portento Español. Victor el Rayo. Tomillo, todo es lo mismo, Español, qué rayo. Así, Lobato, se lo confieso, que también soy Español. Y de qué parte? De Meco, un Lugar, que no le acaban de perdonar los Gallegos. Por qué? Qué se yo por qué. Mi criado, y el de Alberto son, porque no me conozcan de ellos recatarme quiero; no presuman, que este aplauso yo por vanidad somento. De a dónde es Lobato? Soy Andaluz. Qué ministerio en casa de Alberto tiene? Comer, y holgar, y a su tiempo acompañarle a reñir sus pendencias, y sus duelos. Mejor es el mío, pues soy Astrólogo. De embeleco. Sirvo a mi amo. Don Francisco Jabier; mas aquí en secreto, a su amo también sirvo. es De Sabe, que hay un Pueblo, qué llaman Alcalá? Sí. Y otro Huete? También selo. Pues de qué sirvo sabrá, si hace de ellos un compuesto. Es mentira, que a mi amo le he servido en todos tiempos, como hombre de bien, y honrado, y me diera a mí ese empleo, no a un pícaro. Y es mejor sentir no serlo, que serlo? Sí, alcahuete. Envidiosillo. Mi amo a mí tal desprecio! los sordos nos han de oír, si ello averiguo, que es cierto. Venga, Tomillo, que el victo: se alarga. Si haré, diciendo: Victor mi amo Don Francisco Jabier, el mayor Ingenio, que se halla desde Paris a los Antipodas. Cielos! qué armonía esta palabra me hace, que aunque no la entiendo, despierta en mi fantasía unos léjanos deseos; tampoco sabré decir, por qué, ni de qué los tengo; pero sean lo que fueren, que si ahora son debaneos, y han de ser gloria de Dios, de eles Dios su cumplimiento. . Esto es fuerza. Eso es matarme, Aunque el llanto es cumplí (miento, le estimo. Yo nunca miento finezas. Si al ausentarme, Laura, de vuestra presencia, tan fina estáis, bien espero ser el amante primero, que hace dichoso la ausencia. Cuando, Arnesto, desde el día; que empezó nuestra amistad, habéis visto falsedad en mí? pues la cortesía de admitir yo por mi estado, sin recelo de otras quejas, conversación en mis rejas, y visitas en mi estrado, no es falsedad. Dijo uno, (no lo diría por vos) que hermosura para dos, no era dicha de ninguno. Mas cuantos os notarán en Paris lo despejada? Ah días, que concertada estoy con el que dirán. Tal fuego de eso me abrasa, que no me le apagará todo el estanque, que está arrimado a vuestra casa. Por qué de él os acordáis? Envidia mi amor su hielo. Y de arder mucho, es consuelo esta ausencia que buscáis? No la busco yo, Madama; pues ella a buscarme viene, que un amante noble tiene otro albedrío en su fama. Carlos Quinto, por vengar no sé qué alegada injuria de nuestro Rey, con tal furia ha empezado ya a talar la Francia, que lo mejor de nuestro Reino ha ganado; viene al sin acompañado de sus Grandes, y mi honor no me permite otra ley, que ir sin dilación alguna, a que la mala fortuna me halle al lado de mi Rey. Adiós, pues. Y cuándo os vais? Al punto. Fina os seré. Y a la vuelta os hallaré fina? Cómo me dejáis. Y nada en decirlo miento, que un indiferente amar, tan fácil es en mostrar un pesar, como un contento. Qué hay Flora? Qué ya llegó la tal criada Española. Ayer ofrecí a Loyola recibirla, porque instó tanto el buen hombre, que en mí fue su ruego señorio, y casi sin albedrío, y aún por fuerza la admití. Y es lo bueno, que ya dada la palabra, me riñó en la reja; pero yo! Mas vamos a la criada. Qué ropa trae? Limpia, y llana, y un Retrato en el menaje, de Lóyola, con un traje extraño, pues la sotana es parda, y sobre el linte? de su puerta, en devoción le puso sin dilación. Cómo se llama? Isabel. Es hermosa? Envidia rara me dio. Honrada es a mi ver. De qué lo infieres? De ser poca ropa, y buena cara. Y qué hace? Esperando está a que licencia le des de entrar. Entre. A vuestros pies mi fortuna se verá feliz, si infeliz se vio, ya en su suerte mejorada. No es linda cara? Extremada. Así la tuviera yo. Alcese amiga: y qué hicieran tus locuras? Qué? Madama, no sufrir, sirviendo a un ama, que otras, y otros me sufrieran, Y de dónde es? De Alcalá de Henares. Lugar nombrado es en letras. Por el grado, que a mí de infeliz me da serlo puede. Y a qué vino a Paris. A él me condujo un deudo anciano, el influjo siguiendo de mi destino. Aa muerto: y en tan escasa suerte pienso que he de hallar el honor, que ando a buscar, y el bien todo en vuestra casa. Y qué inelusión ha tenido con el buen Ignació? Sola ser Don Ignacio Loyola, como Santo, agradecido. En Alcalá le ampararon mis padres, le socorrieron, de sus calumnias le hicieron salir bien; y aún le pintaron en un cuadro, que conmigo traigo en todas mis fortunas, y ha obrado conmigo algunas maravillas Bien me obligo, a que si ves el retrato, notaréis la gravedad con que influye honestidad, otro día verle trato despacio: veer qué ruido ay en la antésala, Flora. Dos criados son, Señora, de Alberto. Qué es lo que he oído! Deje el papel. Yo he de dalle, o a él con algo. De los dos uno conozco. Por Dios, que si estuviera en la calle. En ella, qué había de hacer? Allá, Lobato, lo viera, Diga, qué hiciera? qué hiciera? Qué hiciera? echar a correr. Flora, a otro cuarto te pasa con Isabel. Ven verás. Cielos un estorbo más? Amiga, toda la casa. Saldré de mi confusión volviendo presto. . , Decid, qué contienda es esta? Oíd, Madama, nuestra cuestión. Yo, soy un hombre, que vengo de buenos, y al atrevido, qué me llame mal nacido, mi Fe de Bautismo tengo con que le desmentiré. Mi padre anduvo en Sevilla el coche atrás, y él en silla: qué honrado cochero fue! Mas Dios le perdone, amén, que su oficio no me diera, que a serlo, ahora no sintiera engorros de hombre de bien. No soy vano, ni importuno; mas (aunque lo diga yo) con más fuerza no tiró de la jabega ninguno. Qué alabanza en la Almadraba no tuve! En el Arenal, qué aplauso! y callo, que mal parece hombre, que se alaba, Al fin sirvo a mi Señor en todas sus ocasiones, como mis obligaciones piden, y hoy el pundonor me quita de traer papeles con gajes de aquí, y de allá, que es prevenda que se da solo ha criados muy fieles. Y sabido a quien ha dado este cargo? es a ese ruin, entremetido, mastín, pícaro, y disimulado. Ved si esto es razón, o no? pues no se hiciera en Turquía tan grande superchería con un hombre como yo. Y qué dices tú? Qué tuerza lo valiente a otro ejercicio, Lobato, porque este oficio mas quiere maña, que fuerza. Que me valga un cuarto espero trato, que no me ha de honrar, pues en todo buen contar, va el cuarto tras el tercero. Cocido, no forcejudo, en malicias quiero ser, que es mejor, para comer lo cocido, que lo crudo. Si un billete a dar me entrego, entre maridos, o hermanos, no he menester muchas manos, pues me basta medio pliego. Tú, que al llevarle supones grandes fuerzas con exceso, dime, tiene este más peso, que oblea, y suplicaciones? Y si saberlo queréis, Madama, él os lo dirá, tomadle, y no os pesará, como el porte no paguéis. Aquí un Soneto me envía Alberto; he de responderle con otro, y a componerle voy luego a mi Escribanía. Y puesto que el buen Lobato quisiera darme el papel por lucir de honrado, y fiel, y a Tomillo en este trato solo el interés le llama; ya que el arbitrio me hacéis, conformaros prometéis con mi acuerdo? Sí, Madama. Pues contentaros prometo a los dos de esta manera, toma un doblón tú; y espera tú, llevarás un soneto. . Oh grandísima! Callar, que sale una moza aquí: mucho ha de hacer quien tras mí corra, si me ha de alcanzar. . De saber no vi la hora, si es él, mas yo no lo dudo, Lobato? Suspenso, y mudo estoy: qué es esto, Señora? vos en Paris! en tal casa! en tal traje! Ya que dio Tomillo el papel: mas Cielos, qué es lo que mirando estoy, tan absorto, que la vista me turba el juicio, y la voz! Habla Lobato, qué es esto? Hasta al llegaba yo; dila a ella que hable, y qué es esto sabremos los dos. Con quién Isabel está tan presto en conversación! No sois vos Doña Isabel de Castilla? Sí, yo soy, la que no extraña ese olvido, la que no admira ese vos, la que al veros aquí calla, que quien la restauración de su honra busca solo, necia fuera en sentir hoy hallaros tan descortés olvidadizo, y traidor. Aquí hay misterio, escucharlos es bien; con más atención. Pues fiera, quien a Paris te ha traído? Y eso os dio al verme, el primer cuidado? no me pesa, que el menor humo de celos, es seña , de que aún arde el corazón. Con Don Albaro mi tío vine, en llegando murió, que achaque de nobles canas es mortal un deshonor. El Santo Ignacio esta casa, en que apenas ha que estoy una hora, en que servir, bien acaso me buscó. Dije acaso, porque hallaros presto, a la fortuna doy, que no fuera tan dichosa a ser mía la elección, pues una que hice le cuesta tantas menguas a mi honor. Y si más queréis saber, sabed, que resolución traigo de seguir el pleito, que ya en Alcalá salió en favor mío, las firmas vuestras, que testigo son de mi verdad, tan conmigo las he traído, que no quise fiarlas jamás de llaves, que una traición es tan bárbara en sus tratos, que muchas veces cambió solo a un pedazo de hierro el oro de más valor. Pues si ellas están contigo, y quitándotelas hoy puedo romperlas, qué aguarda, enemiga, mi furor en quitartelas? Ignacio Santo, defendedme vos. . Aún yo saldré a defenderla. Quién ha de ampararte? Yo. Qué horror! Qué miedo! Qué acaso! Qué es esto, que aún no intentó el Yo ser palabra mía, cuando fue de Ignacio voz! Con este traje le vi en Alcala, si me voy a Hermitaño, he de traerle. Ya por adentro cerró el cuarto, dando a ella tiempo, y a mi estorbo el bastidor de la pintura, que acaso contra mí se desprendió del llimel; mas vos Madama, pues colijo de la acción, que estabades escuchando, por qué ofrecisteis favor a la que viene a estorbar la amistad entre los dos? Pues decid, mi pensamiento oísteis entonces? No; vuestra misma voz oí: pues cuando mi indignación, quién ha de ampararte? dijo, salisteis diciendo, . De que doy fe. otro testigo! Mas de qué es la admiración, si yo sé, que tal palabra mi labio no pronunció, y de esta pintura dice de Isabel la devoción, que ha hecho milagros con ella, este será alguno: Vos Lobato, llevadme al punto ese cuadro, donde yo en mi cuarto pueda verle siempre. Linda comisión! Ingenio pareceré de los que se usan hoy, de sonetos, y pinturas cargado, y sin un doblón. Y vos, Alberto, en mi casa no entréis más, pues se albergó en ella Doña Isabel de Castilla, y yo me estoy aún muy moza para hacer tercerías a otro amor. . Esto es influjo de Ignacio sin duda; pues vive Dios, que he de buscarle, y en él vengar tanto sinsabor como me ocasiona. Ya que he conseguido la unión de Laura con Isabel, a cuyo ejemplo: mas vos por acá, señor Alberto, qué intentáis? Engañador, hipócrita, darte muerte a puñaladas. Si Dios os lo permite, matadme, que de rodillas estoy rendido: y os doy a un tiempo mi cabeza, y mi perdón. Pero qué es esto? ay de mí! que se me ha muerto el vigor de el brazo: al menor impulso en él no me queda acción: de mármol al movimiento está; pero no al dolor, que entre rabiosos latidos se trasmina el corazón: qué me muero! qué me abraso en mudo incendio! Señor, de qué das voces? qué tienes? y por qué está en oración nuestro Padre? Ay! que me hallas de Dios el justo rigor temiendo. Pues ya no hay que temer, que aquí estoy que un Portugués bravo, dijo lo mismo en tal ocasión. Qué hace el Padre? Contra él cometer quise un atroz delito. Matarle quise, y el brazo en pasmo, y ardor helado se abrasa. Cielos! qué es esto? Fuego de Dios! Piedad! piedad! Santo Ignacio. Dios mío, gracias os doy de que alma, y cuerpo sanéis en este hombre. Ea, valor, querido mío, pues ya sano estáis. Qué admiración! que a su contacto no siento de el mal la seña menor! Pues como a Dios, a él, y al mundo no doy la satisfacción, de que un pecho noble puede ser vicioso, ingrato no! Santo Ignacio, a vuestras plantas hacer una confesión general prometo: ofrezco enmendar la diversión de mi vida: ofrezco estár a cuanto me mandéis vos. Y le queda el brazo sano para ofrecer más: y yo que también, aunque no muestro, soy un grande pecador. Llegad, Alberto, a mis brazos, y entended, que desde hoy hemos de ser muy amigos, Dadme otró abrazo; que no soy melindroso, ni austero, ni me espanta, que un Garzón tan airoso, tan bizarro, y galán, bendigaos Dios! tenga de amor, o de ira un tropiezo: Andad, Señor, que una herida es, bien curada, como la que no se dio. Ya veréis cuanto es mi trato llano, y sin afectación! Pues qué, si hablo, de saber lo aficionado, que sois a Sonetos; yo os ofrezco de leeros más de dos míos, que aunque con trabajo, y con mucho borrador, hice en mis floridos tiempos también mis coplitas yo. Amadme mucho veréis cual cumplo mi obligación: por señas, que habéis de haces esta noche, por mi amor una cosa. Aquí le carga de disciplina, oración, y cilicios, u de boda, que es penitencia peor. Santo mío, Padre amado, ya os he dicho cuanto estoy pronto a obedeceros. Pues ambos esta noche sois a cenar mis convidados en mi posada. Mejor. Yo iré. Y yo con buena gana. Os hago saber, que hoy cierto regalo de el tiempo un devoto me envió, a que tengo convidados otros nueve amigos, son los más Españoles: Id veréis el llano candor con que todos nos tratamos. Y luego, queriendo Dios, después de cena, una hora, tendréis de conversación muy honesta, y muy alegre: Allí oiréis con gran primor, sin lo pesado de sabía, chistosa la erudición. Adiós, y venga otro abrazo, Oh extraño hechizo! quién vio unir tanta austeridad a tan cortés devoción! Lobato, no deje de ir. Cuidado me tendré yo. Deme un abrazo, que espero verle un grande Campeón en Italia: un gran Soldado del señor Emperador. Esta es pieza nueva, Padre, qué es Campeón? Ahora baste esto así: vaya con bien. No alcanzó tal confusión, qué ser Campeón será? Mas si presto a tragar voy como un can, que entienda un Albañil, que es lo peón. . Buscar importa a Javier, y decirle lo que pasa: mas no es él! en esta casa Francisco, qué puede ser! Dijéronme, que si veer, Padre, y Señor os quería, en esta casa podría: y preguntaros quisiera; si supistéis cuya era? Francisco, bien lo sabia. Es mujer? No voz ajena salga de vos pronunciada, sino es tenedla callada, para el día en que sea buena. El más cuerdo la condena de libre. Tal no hagáis vos: y aquí para entre los dos, sabed, que aunque gente pía la condena, aún todabía no la ha condenado Dios. Si algunas dejan su exceso, porque las han exhortado, luego vuelven al pecado. Y qué tenemos con eso? Que es grave dolor confieso, que vuelva a su perdición, quien lloro a mi exhortación; mas para que se arrepienta otra vez tomo a mi cuenta el ayuno, y la oración. Porque una mujer perdida sola una noche no peque, (notadlo bien) daré en trueque todo el afán de mi vida. Yo temiera la caída de tratallas, y de bellas. Hicierais bien, que son ellas peligrosas al más santo; mas mirad, temedlas tanto, que sea imposible quererlas. Qué haré para que me aliente propósito tan seguro? Que el ser, o no ser impuro, no lo aprendáis contingente: Prepesito tan valiento os dará santos despojos, de temerlas, los enojos os quitará. Y cuál diréis que es tan firme? El que tenéis de no sácaros los ojos. De ofrecimientos de humano tan sin peligro os quisiera, como si se os ofreciera tocar el Sol con la mano. Dios puede hacer que sea en vano en vos, riesgo que a otros toca: y aún si soñando os provoca, os haga al no consentir, la fuerza de el resistir, echar sangre por la boca. Y cómo para este estado tendré los medios propicios? Haciendo unos ejercicios, que tanto habéis reusado. Buen compañero os he hallado. Quién? . . Alberto. Estoy dudoso. Pues no estéis si no gozoso. Hacerlos con él os pido. Veis como él arrepentido de un día, hace un fervoroso! Él a noche ha de cenar con nosotros, y después, un gracioso medio es, con que le he de aficionar a tratarnos: Acordar os podréis de aquel Soneto, qué hice ayer? Y qué discreto! No os digo que le alabéis, sino que le repaséis para esta noche. A qué efecto? Oíd bien. Al que nos muestra horror, porqué no nos huya, le hemos de entrar con la suya para salir con la nuestra: Pues ya sabéis cuanto es diestra de Albertó la Poesía, y darle a entender querría, como se puede juntar, con ser Poeta, el amar adiós. Pues así decía: Pues así decía: No me mueve, Señor, para quererte el Cielo, que me tienes prometido: no me mueve el Infierno tan temido, para dejar por eso de ofenderte. Tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en esa Cruz, y escarnecido: muéveme el ver tu Cuerpo tan herido: muévenme tus afrentas, y tu muerte. Muéveme, en fin, tu amor de tal manera, que aunque no hubiera Gloria, yo te amara, y aunque no hubiera Infierno, te temiera. No me tienes que dar por que te quiera, porque si cuanto espero, no esperara, lo mismo que te quiero, te quisiera, Bien lo habéis dicho! Yo infiero que versos, solo al decir sirven bien; no al convertir un Alma. De Dios espero, que vos, aunque os considero con esas dudas succintas, convirtáis veces distintas, con naipes al pecador. Yo con naipes! Sí señor, vos con naipes, y a las pintas. Nunca los tomé en la mano, porque aborrezco su juego. Está bien. Vámonos luego, no llegue Alberto temprano, que ya muere el Sol. No en vano os dais tanta prisa al ver, que el Sol en su anochecer, luz al Antipoda abra. Válgate Dios por palabra, que no acabo de entender!

JORNADA SEGUNDA

JORNADA SEGUNDA Qué hace Jabier? Después que salió de los ejercicios, en que callando, y rezando, con reprensiones, con libros, con oración, con encierro, con ayunos, con silicios, y disciplinas, se ha estado un mes muy entretenido: hace lo que suele. Qué es? Estarse en todo su juicio, después que Antipo das sabe que ay, y qué son, discursivo sobre una esfera, y un mapa midiendo leguas, y sitios de el mundo, con un compás desparrancado, que a brincos le va diciendo igualmente distan Málucos, y Chinos; de Caramanchel de abajo, de Pinto al Cairo lo mismo hay cien leguas más, o menos, que hay desde el Cairo hasta Pinto. Y lo mejor es, que suele con tal certeza decirlo, como pudieran los que andan los más días un camino, que hay de Madrid a Ballecas, o de Toledo a Burguillos, que unos, y otros lo supieran pan por pan vino por vino. Yo, que soy en esta ciencia tan camueso, o tan perito, que de diez leguas que mida, no sabré cuantas son cinco: le digo, que no se canse, porque leguas, y distritos se saben solo al andarlas: pues aunque vaya en pollino a jornada de seis leguas, me canso a las dos, y digo, que haya quien al mundo llame redondo! Es un desatino, que a mí dos leguas se me hace más largo que un infinito. Mas todo calle, con verle dar muy en ello suspiros, sobre que no haya quien ir quiera a bautizar los Indios Antipodas! Pero yo le respondo, Señor mío, hay muchos Mares enmedio: hubieran ellos nacido por acá, y a menos costa de agua, hallaran su vautismo. Mucho, Tomillo, he gustado de oírte. Poco me admiro, que como en vuestros Sermones tenéis, al reñir delitos, amargores de aceituna, os sazonáis con Tomillo. Qué amargores? Yo los paso, pues después que convertido está Alberto, no me ha dado un real más: si le visito, muy mucho de enhoramala me envía, con tal respingo, que parece que yo tengo la culpa de estar contrito él: échese a sí la culpa, supuesto que él se lo quiso. Pues qué diré de Lobato? No ha echado más un cuartillo, aunque pagársele quiera, ni un bocado, aunque le brindo a convites, y de balde; siendo así, que mil fruncidos se desmandan, cuando son a costa ajena los vicios. Basta, y avise a su amo que estoy aquí. Está dormido: le despierto? No, Parece que habla entre sueños. Dios mío, quien podrá en sus flacos hombros el peso descomedido de este bárbaro gigante llevarle solo? Francisco, qué es esto? Ol amado Padre, feliz yo, que cuando gimo un soñado peso, hallo tan real en vos el alivio cuando despierto. Apostemos, que como es tan presumido de tirar la barra, era soñar, que le pasó el tiro un arrierro de la Mancha. Qué soñabáis? Un delirio. Una carta de mi padre poco antes había leido, que entre otras cosas caseras de mi gasto, me di aviso que mi hermana, que en Gandía Religiosa está, le ha escrito, que mis estudios no estorbe: porque de cierto ha sabido, (ni dice de quien, ni como, y aún de contarlo me río) que Apostol de un nuevo Mundo he de ser, si los prosigo. Quédeme dormido entre este tan donoso desvarío, llevando en mi fantasía entonces también, un vivo dolor, de que los Infieles Antipodas se han perdido, y se están perdiendo tantos como entender es preciso, de no haber quien los alumbre en su zafio barbarismo; de suerte, que están ajenos de que hay Dios, y quien es Cristo. De especies tan desatadas unio el sueño en sus deliquios una chimera, compuesta de lástima, y vaticinio. Pareciome, que en los hombros llevaba un bárbaro Indio, tan descomunal, que al peso, el corazón oprimido, buscando respiración, de que formar un suspiro, desperté, dando mis voces el eco de sus latidos. Este es el sueño. otra vez habéis soñado lo mismo? No. Pues si otra vez sucede, podrá ser que en nuevos visos explique su voluntad Dios, si algo quiere deciros, Salte, Tomillo allá fuera. Me convengo, que no he visto a Madama muchos días, y voy a ver si la pillo cual que cosa. Y en efecto, qué habéis de los ejercicios sacado, qué vocación en ellos habéis tenido? que elegir estado es el más principal motivo de hacerlos, que Alberto ya, y aún su criado, me han dicho, días ha, cual es la vida, que han resuelto en sus designios. No me habláis? No fácilmente a responderos me animo, hasta que me expliquéis, como sabrá distinguir mi juicio, cual entre caminos varios, y todos buenos caminos, es por el que Dios me llama? Ni fácilmente decirlo sabré yo; mas respondedme: Qué fue lo más repetido, que en la Oración os hablaba; y temiades oírlo, tanto, que todas las veces que se ofrecía, remiso le andabáis a Dios mudando conversación? Me habéis visto el corazón? No es del caso eso; decidme os suplico: Qué estado era el que temíáis? y él, para ser elegido, aún con el miedo, que daba al natural apetito, os andaba en la Oración sobornando el albedrío? Os miro con tal respeto, os amo con tal cariño, que porque no se me quejen, de usar con vos de artificios, que el cariño, y el respeto son puntosos, os lo digo. Lo más que se me ofrecía era, que dejando el siglo, y en él cuantas esperanzas o tengo bien, o mal finjo: dejando mi libertad, y aún dejándome a mí mismo, mi arbitrio de una vez diese para siempre a vuestro arbitrio. Ved que sujestión! formada de los vagos desvaríos, que en la Oración suele un alma padecer! porque si miro vuestro provecho, qué habíais de hacer cargado conmigo, ya pobre, y sin mí? que aún hoy, que soy libre, y algo rico, para vuestros menesteres tan poco, y tan mal os sirvo. Dejadme, que entre los tiernos gozos, que me da el oíros, os abrace. O! Santo Dios, . y cuanta gloria colijo vuestra, que resulte de este dudar, tan mal entendido! Mas antes, que se resuelva, démosle algo al regocijo. De manera, mi Javier, que porque me veis mendigo; y que no podré con galas, ni regalos asilliros, ni con otras conveniencias de caballeroso estilo, teméis entregaros todo a mi voluntad? Pues digo, que os prevengáis de respuestas, porque voy a concluiros. Respondedme: En los tres días, que estuvisteis por mi arbitrio, sin comer, y sin beber, qué os faltó? Nada. Prosigo. En treinta días de encierro, de solo, y contemplativo, echasteis menos el fausto de galas, y de atavios? No Pues vamos adelante: Disciplinas, y silicios, que usabades, os dejaron, manco, acaso, ni tullido? Tampoco. Pues en buen hora andad acá, que conmigo si a los dos, lo que nos sobra, nos falta, poco hay perdido. No le andéis regateando a Dios su mayor servicio: Mirad, que como decíáis, muy poco ha, que el cariño, y el respeto son puntosos; (sois discreto, está bien dicho) también tiene Dios su punto, y siente, que resistidos, un alma de bien le vuelva a la cara los auxilios. Casi estoy por resolverme. Antes me decid, qué juicio, en sabiduria, y virtud, hacéis de los ocho amigos vuestros, y míos? Que pueden, ya lo dije, de un Concilio ser honra. Bien: pues a todos los veréis comprometidos en mí, mas quién entra? Quién habiendo afuera sabido, que aquí estabáis, aquí os busca, que no hay donde vuestro asilo mi fortuna delincuente no busque para su arvio. Pues a qué venís? Dios quiera, que haya a buen tiempo venido. A que hay una novedad en mis p Decidlos todos, y porque enterarse pueda, el señor Don Francisco, de ellos, y lo generoso se siga a lo compasivo, aunque yo el principio sepa, contadlos desde el principio, ñor Don Fra En Alcalá de Henares, Patria bella de ingenios, y hermosuras, nací el día, que en mi oróscopo infausto, dura estrella, no con luces, con rayos influia: Pobres fueron mis padres, y aún quererla de su necesidad, fue su hidalguía, que como en ella es bien, que todo sobre, pobre, y hidalgo es ser dos veces pobre. Ya para Religiosa destinada alegre estaba yo, que a la edad tierna agrada solo, lo que solo agrada a quien la quiere bien, y la gobierna: Mas ay! qué falté a Dios! y desgraciada, lloro mi suerte. Ol Cielos, no sea eterna la deshonra, y la pena con que lucho! No os divertáis, Jabier, atended mucho, Noble, galán, discreto, y atrevido era Alberto, y me vio: nunca me viera! pues fie de un deseo arrepentido, que cédula, y palabra me cumpliera. Hasta Paris siguiéndole he venido, y cuando yo esperaba, que saliera de ejercicios, a hacer mi honor felice, me hallo con un papel, en que me dice, que otra, y mil veces su palabra envía de ser mi esposo; y todo su menaje, ropa, y vestidos, que me remitía, para ayuda de costa a mi viaje: Que a Alcalá me volviese, y que ofrecía, a mí la honra, el lustre a mi linaje restituir después que penitencia haga de sus delitos en mi ausencia. Con mucho empeño en el papel me encarga, que os recate el designio de su acuerdo, por que va dice, a una jornada larga, que teniades vos por desacuerdo: de suerte, Padre, que a mi suerte amarga le queda solo el llanto. Pues sois cuerdo, decidle, vos Javier, que es fuerte cosa querer, quien dejó a Dios, ser muy dichosa. Sabré yo? Por qué no? Tal accidente, y otros muchos trabajos, Dios envía, Señora, al que faltó desobediente al llamamiento, que de Dios tenía: Padre, y Señor, voy bien? Muy lindamente; más cuidado, Jabier, no llegue el día en que usando de el propio silogismo, os podáis vos a vos decir lo mismo. Volveos a casa, señora Doña Isabel, y el vestido más galán, que Alberto tenga, más rozagante, y más rico, enviadle a mi posada. No alcanzo vuestros designios; pero solo obedeceros me te toca, Yo agradecido, Señora, a tantas limosnas, y a tantos buenos oficios, que me hicieron vuestros padres, he de procurar serviros, hasta que honrada a la Patria volváis con vuestro marido: y proseguid con Madama leyéndola aquel líbrito? . . Ahora mi Javier, hacedme placer, que en vuestros amigos, un caballo (no sea el vuestro) me busquéis, y remitidlo con Tomillo a mi posada, cuanto antes, que ha de ir conmi- y si a serviros faltare (go: un tiempo, ya habéis oído, que está bien servido solo, el que se sirve a sí mismo. Adiós. No podré saber dónde vais? Dónde me dijo Alberto, que le llamaba Dios, y quise resistirlo; mas ya sabéis cuanto estorbo es la dureza de juicio, para obedecer: lo más que temo, es saber, que el sitio donde va está muy cercano de el Campo de Carlos Quinto, y si le hacen prisionero, (que aún de pensarlo me aflijo) pierde esta pobre Señora: mas quedaos, y solo os pido, que en vuestra oración roguéis adiós, que de este camino resulte en vos la eficacía, que deis a su Santo auxilio; en Alberto, el cumplimiento a tanto honor tan debido: y aún en su criado, verse el medio tan inaudito, con que puede a un alma Dios llamar en los ejercicios. . Mandarme a mí, que me quede yendo a tal riesgo, es lo mismo, que mandar, que un hierro olvide de el imán los atractivos. . Volvió Isabel? No señora; mas que la has cobrado advierto mucho cariño. No acierto a estar sin ella una hora. No hay en la naturaleza cosa más digna de amada, que una mujer desgraciada, entendida, y con belleza. Esta lo es todo, y prudente, con honesta gravedad, llora su calamidad sin extremos de impaciente. Si su tristeza la apura me la cuenta, y nunca echó la culpa a quien la engañó, si no a su poca ventura. Si de Alberto entre las dos habla, dice con gran tiento, que no es causa, es instrumento, con que la castiga Dios. Yo, que la lengua Española aprendí, gusto infinito de que me lea un librito, que ha compuesto el buen Lóyola. Si vieras de la manera, que cuando a leer se aplica, lo que no entiendo me explica, lo que entiendo me pondera! Cierto, que no nos engaña quien dice, en esta me fundo, que las mejores del mundo son las mujeres de España, Sea así, mas su ejemplar por qué no imitas, Madama? No en todo lo que se ama se ama el quererlo imitar. Yo confieso, que tal vez riño mi desenvoltura, más enseñada a la anchura, me congoja la estrechez. A vencerme no me obligo, yo contra mí! Duro cisma! pues qué me he hecho yo a mí mis para guerrear conmigo? (ma Como mi pecho se halla tan débil, quisiera yo hallarme buena, mas no con victoria, por batalla. La pintura, que he traído de Ignació, viéndola, lucha con mi pecho, que la escucha, y se hace desentendido. Tal estos días me vi, en lo que huyo, y lo que abrazo, que me sirvo de embarazo, y no sé qué hacer de mí. Llorar, la vida pasada, hacer una confesión, con disciplina, oración, y hay B antes si lo consideras, me tiene en el mal de asiento, temer mi arrepentimiento, que lo he de tomar de veras. Mas quién es? Quién ha mil días, Madama, que a vuestros pies no se ha puesto, y habrá un mes de eternidades. Qué frías busonadas! Ya es enfado el que Tomillo me da, Pues digo, de cuando acá no es el tomillo salado? No sois la que de sutil alabó mi industria rara? Lo truan te perdonara; mas te aborrezco lo vil. Cómo, como estáis crueles, porque Alberto arrepentidó está, y Arnesto se ha ido? Pues no hay quién dé más papeles? Seis traigo aquí; este es de un rico, que si ahora os enojáis conmigo, y os desvocáis, perdéis quien os haga el pico, Este. Nos viene a dar vaya, o a estáfar a mi señora? Dale algunos cuartos, Flora, porque me deje, y se vara. Toma, cuero, este dinero, y salte. Son trazas vanas, echándole estas botanas, querer que se salga el cuero. Pero para no cansar, pues llevo ya mis efectos, y es mi oficio de discretos, que no saben porfiar: ya me voy, y aunque pagado de vos, a todos diré, que no os veré más, porque me habéis con mosca enviado. . Ve si está ya en su aposento Isabel. Y viene aquí. Ya que a Ignacio remití, el vestido en todo intento obedecerle: Señora, perdóname si he tardado. Siempre el deseo ha pensado, que tarda el bien. Aquí, Flora, está, como cosa extraña, y me salgo a la almoadilla, a cantar cualque coplilla, que Isabel trajo de España. . Quérida siéntate aquí, que solo en tu compañía mi necia melancolía está bien hallada; y di, pues ya ves que me divierte tanto tu hablar ingenioso, y leiste ya el penoso ejercicio de la muerte; qué concepto era el que ayer me empezabas a decir, de que en la muerte el morir no es lo más; pues qué ha de ser? La mayor penalidad de la muerte, no es que dio fin a la vida, si no principio a la eternidad. En cualquier vida es constante, que el morir no es grave daño, pues aunque agonice un año, sufre el golpe en un instante. Luego lo que hay que temer, de el morir, solo es lo eterno, pues nos arriesga a un infierno, que fin no puede tener. Ya lo percibo con harta congoja de el corazón, que no halla respiración sin suspirar. Esta carta de Arnesto te traen ahora. A que mal tiempo ha venido! Mas leer su contenido qué impide? Vuélvete, Flora, y canta algo, para que nos divierta; que acompañe a Fabio le di. Qué arañe mas, que toque, le diré. Coplas son, que muy preciado de que hablar sabe Español, y son los versos criso! de esta lengua, me ha enviado algunos, y si deseas oír, leeré para ti. Para ti, ni para mí es conveniente que leas. Por qué? Porque es desacierto, creer la falsa fineza, de el que hay gaste su viveza en decir que queda muerto. Siempre en versos han mostrado su fineza los amantes. No quitan los consonantes la malicia del pecado. Dirá que espera venir a tus ojos sin mudanza; y no es más esta esperanza, que un continuo consentir. En el más amante viene toda la fineza a ser, que engañada una mujer, se deshonre, y se condene. No leas, pues que mejor será oír el desengaño de este libro, que ese engaño. Es el engaño trai- y el desengaño leal; (dor. el uno dolor sin mal; y el otro mal sin dosor. Valiente concepto! En mí le esplicaré, si tú quieres? Eres lustre de mujeres! vuelve, Flora, otra vez: di. En la mujer el amor, porque engañarte apetece, y ella misma le agradece, Es el engaño traidor. Mas si con juicio cabal lo discurre, verá en él, que su pasión es la infiel, Y el desengaño leal. De uno, y otro no es mortal, el que a la pasión corrije, pues por más, que nos aflige, El uno es dolor sin mal. Entre los dos, lo peor es pensar que nos conviene, pues lo más mortal, que tiene El otro es mal sin dolor Esta bien; pero me atengo, a padecer el engaño, que nunca me aflige un daño, si yo no sé, que le tengo, Leeré otro ejercitio? No, que ahora quisiera leer esta carta, y responder. Adiós. Luego en vano yo gasto mi solicitud, que es confianza baldía. esperar la mejoría de quien teme la salud. Apeate de el caballo, y en dejándole seguro, sígueme, que si Dios quiere, presto hallaré lo que busco. Señor, para gloria vuestra dad cumplimiento a mi asunto, sin que reparéis cuan tibio de mi parte le procuro. Atado, y seguro queda el caballo, en que ni un punto, en las muchas leguas, que hay desde aquí a Paris, te pudo mi ruego hacer que subieras: y cargado de ese bulto, que tampoco de él fiaste: por no perderle, discurro que sería: hiciste bien, pues sea en poco, o en mucho, no hay cosa que no se pierda cuando se fía de un bruto, Dónde vas? Sígueme, y calla, que ya desde aquí descubro la cueva, donde engañado de su fervoroso impulso, dijo Alberto que venía, sin discurrir, que el más duro esta lo de penitencia es desvariado rumbo, faltando a la obligación de matrimonio tan justo. Alberto, Alberto. Quién llama? Pero lo que veo dudo. Pues, Padre, y Señor, qué es esto? Ay! que pilongo, y que mustio está! si es arrepentirse esto, con razón lo excuso. Esto es venir a deciros, cuanto os engaña el discurso vuestro, que aún mayor pecado fía él desquite de muchos. Pecado es, querer a un tiempo de mis pasados insultos, ser yo mismo de mí mismo juez, instrumento, y verdugo? Verdago, instrumento, y juez, aunque es él concepto cuito, y está bien dicho, es pecado: porque, os quita todo junto cumplir con lo que es justicia, honra,, conveniencia, y gusto. Hay no es nada lo que va de uno a otro, y de otro a uno! Yendo a Paris, habrá un año, que me hallé entre estos incultos paramos con esta cueva, en que parece que puso la naturaleza el arte de fabricar sin estudio a un corazón penitente una casa de refugio. Ya veis su entrada impedida de leganos, y de juncos: y el interior pavimento lecio compone oportuno de pizarras, y de hortigas, donde es cada vuelco un susto; que atemoriza, y que hace penoso el sueño, y no mucho. Estando en los ejercicios resolví Yo no lo dudo, proseguir en esta cueva; con el pecado de injusto: No nos cansemos, Señor, que vuestra vocación, juzgo, que es solo cumplir la grave obligación que se puso; y así, manos a la obra, entregadme luego al punto cilicios, y disciplinas, y con Tomillo en lo oscuro de la cueva entrad: poneos el vestido más de el uso, que teniades, que aquí os le traigo. Me confundo de ver esto! Mas el saco cuyo ha de ser, Padre? Tuyo. Me place, porque en efecto será saco, mas no hurto. Vos lo mandáis? Dios lo manda. Así: pues no dificulto obedecer, si con Dios, y vuestros órdenes cumplo. Bendito sea Dios, que ya verá su honor claro, y puro la honestísima innocencia de Doña Isabel, en cuyo pecho está el amor de Dios, dando a mis voces su influjo, Y quien no se compadece de un corazón, que si tuvo un primer yerro, le suelda no cometiendo el segundo? ,y Ea, Señor, ya está aquí muy galán nuestro Cartujo. Presto le has vestido! Ese reparo le pondrá alguno, sin veer, que en el vestuario todo estaba muy a punto, y debajo del sayal hubo el Al, que dice el vulgo. Ea; mi querido, en ese caballo, que traer dispuso mi cuidado, os volveréis a Paris: para el consumo del viaje en el arzón van dineros, no son muchos; mas para vos, y Tomillo bastarán. Mui lindo triunfo será volverme lacayo quien caballero me trujo. Que yo desposado os halle cuando vaya, será justo; y en cuanto a vuestro criado, partid, Alberto seguro, que de él os dé buena cuenta. Ya, Padre, nada os disputo, vuestro soy, vuestro seré. Adiós. Porque conjeturo, que el Campo de Carlos Quinte no está muy lejos, y algunos Soldados a sus pisajes se alarguen, id con estudio, de que no erréis el camino. Tampoco eso me da susto: porque el Daque de Gandía viene en el Campo, y no dudo, que me valga al conocerme, pues ya fui criando suyo. . Padre, encomiéndeme a Dios, no me cojan que desnudo de Gandías, y Gandallas, no tengo Duque, ni Dueo. . De los tres, que en ejercicios entraron, ya cumple el uno su vocación quiera Dios que todos logren el fruto, que pretenden, que es por varios estados, y varios rumbos, poblar el Cielo de Almas, y de virtudes el mundo. Mas no acierto a dudarlo; No es Javier quien se apea de un que atado a un árbol deja. (caballo y viene aquí? Tuviera mucha queja mi respeto, y mi amor de mí si al punto, Padre, que os vi empeñado en el asunto de reducir a Alberto, No viniera tras vos, porque no acierto por fuerza, que no venzo, ni querría a dejar vuestra amada Compañía, Y más vengo a deciros, que resuelto a seguiros estoy en todo, y en cualquier estado pobre, abatido, humilde, despreciado, porque al fin me ha resuelto en el camino lo que voy a contar. No lo adivino. Don Francisco de Borja, de Gandía excelso Duque, con la cetrería está cerca de aquí, que esta Campaña retirado el Francés, toda es de España, y da lugar a tal divertimiento. No hallo dificultad, prosiga el cuento. Al fin, unos Soldados me encontraron, y a presencia del Duque me llevaron: oyó mi nombre, y dijo que sabia de la revelación, que el otro día os contaba risueño Ya me acuerdo tamibién, y que a otro sueño esperamos saber lo que Dios quiera Dejome proseguir. Y cómo era el trato que le hicisteis? Excelencia le di. Bien anduvisteis, mas a un Señor tan llano no fuera mucho hablarle como a hermano, qué más decís? Que luego en vuestra voluntad, Padre, me entrego, sin dilación alguna, ni embarazo. Qué quisierades vos, que un tierno abrazo os dé ahora, por veros reducido? Pues no os veréis en eso; que he sentido, (y que alegre) notaros bien hallado, contar que con un Duque habéis hablado; y sea por castigo, o por enmienda, he resuelto robar hoy vuestra hacienda, de que presto os veréis desposeido, sin déjaros acuestas, ni el vestido. les regare Mas qué es esto? Es una Garza, que recién herida, y muerta, aquí ha caído. Sin duda es de las que el Duque vuelas no debe de estar muy lejos de nosotros. Y tan cerca, que a cobrar, al parecer, su Garza, a nosotros llega. Pájara no vi en mi vida más hermosa, ni altanera, ni que más a los Alzones case las vueltas, Hacia allí cayó. Oh señor Don Francisco! Vuexcelencia me tiene a sus pies. Y a mí, que ninguno se reserva, siendo Español, de estimar a un Señor de tales prendas. Esperad: nos hemos visto otra vez? ya se me acuerda. A Virrey de Cataluña pasaba yo, a la hora misma, que por la Calle Mayor de Alcalá llevaban presa vuestra persona: después supe que de esta tormenta, y de otras muchas, salisteis más lustroso, a la manera, que el oro más fino sale de el crisol, que más le acendra, Don Ignacio de Lóyola os llamáis, vuestra nobleza la primera es de Vizcaba. Mirad, si con tales señas, y tales noticias, tengo de admirar que en esta tierra andéis peregrino, y pobre: y más si pienso que sea la causa alguna calumnia de las que el vulgo os inventa. Si es esto veníos conmigo, que yo aseguro, que el César estime un hombre, de quien tanta santidad se cuenta. De Don Francisco Javier soy compañero en la Escuela de Paris, no he de dejarle. Veníos los dos. Esa oferta guardad, Señor, para el tiempo en que las mercedes vuestras a mí, y a mi Compañía, grandemente favorezcan. Y porque no se os olvide, solo ahora os pido por prenda, vuestros ojos. Pues mis ojos de qué sirven? De que vean, gran Señor, en esa Garza lo que va de viva a muerta en la hermosura, y cuan presto su amor en lástima trueca. Muy poco ha, que la veríáis (ya la vi veces diversas) esconderse del Azor entre las nuves, que negras de envidia de su hermosura, mas que la abrigan, la nievan, Parece, que con las alas, por meter paz en la guerra, que hacen las nuves al Sol, blancos cendales despliega. Pues qué cuando el aire cruza! No dirán si no que piensa, que es Emperatriz, según alta, grave, y muda vuela. Qué hermosamente gallarda al Sol las plumas acerca! dando a entender, que a su espejo sus dos zafiros afeita, sus blancas garzotas pule, su crespo copete peina. Y en qué para esto? Miradla de un instante a otro qué fea! y como en un cenagoso pantano dio, y está envuelta en lodo, y sangre; qué horrible, mírela bien Vuexcelencia, que apenas podrá decir si era ella, o no era ella la que antes vio en tal altura, y ve puesta en tal miscria. Si es emblema, bien pintado está; mas no sé que quiera decirme. Dejarlo al tiempo, que lo descifre. Pues venga por despedida, un abrazo. Ah de alcanzar la fineza también a mi compañero? Norabuena. Norabuena. , r . Llegad los dos a mis brazos. O! Cielos, y si pudiera Ignacio entre dos Franciscos tener dos manos derechas! Me ofrecéis así los dos de hacerme, cuando convenga, buena Compañía? Sí. Pues a gloria de Dios sea. Pero, Señores, cuidado, que habéis de mi estado cerca, y que las persecuciones son contagio que se pega. Si os acontecen trabajos, pensad, cuando os acontezcan, que habéis de mi Compañía sacado el mal, y paciencia. mas antes de despedirnos, será bien que os agradezca el abrazo; repartiendo entre los dos estas prendas. Esta Garza, que el rigor de la muerte hizo tan fea, en vuestra memoria, idea será de Garza mayor. Llevadla, y pensad, Señor, que a vuestra gran calidad dará nueva claridad otra fealdad, que le ofusque, como Vuexcelencia busque la luz en la fealdad. Señor Don Francisco, a vos este báculo os entrego, que es descanso sin sosiego en los cáminos de Dios. Las dos prendas en los dos tan opuestas han de estar, que está en vos ha de cortar los vuelos, para subir: y este en vos ha de influir las alas, para bollar. (tienda, Yo, Padre, aunque no lo en- por vuestro el aviso estimo. Yo en mi corazón imprimo la dadiva de esta prenda. Con él será bien, que atienda. Con ella a pensar me atrevo, Que en esta Garza compruebo Que en este báculo fundo. Que yo dejaré este mundo. Que yo buscaré otro nuevo. Adiós señores. , ios. Y a no olvidar el emblema. Yo os confieso, que tampoco le he entendido. No os dé pena, que no os toca a vos, Francisco, sino es lo que ahora resta. Ya no os acordáis, que os dije, que hoy había vuestra hacienda de robaros? Todo el mundo que fuera mío quisiera, para poderle pasar a Dios por las manes vuestras. Creolo, y aquí os prevengo, de que si os hace extrañeza lo que habéis de veer ahora, no dudéis que verdad tenga; y si la dudáis, adios acudid por la respuesta: porque solo Dios lo sabe. Llegad conmigo a esta cueva. Lobato? Quién va, quién llama? Salid, salid acá fuera. Válgame Nuestro Señor! Quién pensara que vinieran sus dos mercedes a verme a mí, que soy una bestia? Qué hacéis aquí? No pecar: pues como su Reverencia al darnos los ejercicios en la plática primera tantos males de el pecado dijo, le guardé las vueltas: y aquí me estoy todo el día no pecando. Pues no era vuestra vocación, decidla vos mismo. Tengo vergüenza. No ay de qué, decidla. Pues digo en Dios, y en hora buena, que estando en los ejercicios erre, que erre muy terca tuve una imaginación. Y de qué? De irme a la guerra; donde a Dios, al Rey, y a España bravamente los sirviera. Pues esa es la vocación que habéis de seguir, apriesa os desnudad ese traje. Padre nuestro, va de verás? Sí, qué habéis de ser Soldado. Pues los Soldados no pecan? No lo dilatéis. Pues vaya, que a Dios le darán la cuenta los ejercicios; mas digo, y como vestirme piensa su caridad? El vestido ya os le tengo aquí, y bien cerca, y con armas, y caballo. a̱ . Ya Javieren la Comedia de esta vida, no haréis más papel de galán: en ella el de humilde Religioso os toca: y si es confecuencia, que en la Comedia se vista de el papel que representa cada uno, esta sotana será para vos muy buena, y para estotro esas galas; que hermosas, ricas, y nuevas de un Soldado, serán traje, y en vos ya son indecencias. No solo, que me conforme es bien, mas que os agradezca, amado Padre, en el trueque usura de tanta medra. Espada, capa, sombrero, armas, y cuantas preseas traigo conmigo, le doy gustosísimo; y aún esta postiza fealdad, que hace tan feménil la soberbia, o entregada, o arrojada, le doy: y a las plantas vuestras que esa sotana me deis, os pido, que si por ella fuera menester la vida darle, la vida le diera: Y si al lado de el caballo, ya suyo, lo permitierais, luego al instante sirviendo le iré de mozo de espucia. Si es la terneza, o el gozo la que la vista me ciega con el llanto, no sabré decir; mas qué? impertinencia eso mía es; se llorar sabe el gozo, y la terneza? Mas qué bien sobre el coleto las carabinas me sientan! Mas el diablo es la peluca, que no me apaño con ella. Levantaos, que la solana yo os ayudaré a ponerla. Si no fuera en el tablado, qué brava ganga que fuera, llevarme con los calzones zaparos, jubón, y medias! Esta sotana, Jabier, si el deseo no me engaña, la maravilla de España más ilustre os ha de hacer. Con ella habéis de correr hasta donde nace el Sol: A su luz nuevo arrebol daréis, y el juicio profando dirá, que Dios ganó un mundo solo con un Español. Yo os la ceñire: que airoso estáis! me habéis parecido, cual si se hubiera vestido un Astro de Religioso. Astro seréis luminoso, y con tanta claridad, y luz de tal novedad, y qué bien que lo haréis vos! que a buscar humano a Dios guiéis la Gentilidad. Ea Padres, a la paz de Dios, mientras yo a la guerra voy también, donde si Dios me ayudare, aunque perezca de hambre, no pienso pecar para cóminos siquiera. Id, y vuestra vocación haga el temor de Dios cierta. Temer a Dios, santo, y bueno! mas que al enemigo tema Lobato? no se hable de eso: ya veréis con cuanta priesa en las Historias de España por azañero me cuentan. . Vamos a Paris. No veo la hora, de que me vean nuestros ocho compañeros vestido así, y todo sea para la gloria de Dios. Sea muy en horabuena.

JORNADA TERCERA

otra visita he de hacer después de esta, y como estára retirado, que sepáis, es conveniente, Jabier, a donde vamos: Ya Alberto os dije que se casó, que a su casa se llevó su esposa y en tal concierto viven los nobles casados, que en ellos Dios se complace. Casamientos, que Dios hace. siempre salen acertados. Yo que a los Padres debí de Isabel mucho favor, su conveniencia, y su honor, acreedores contra mí siempre los he confesado: y su honor restituido, su conveniencia he querido; que haga más feliz su estado. Viendo, pues, que Alberto save muy bien la jurisprudencia, y no arriesgo mi conciencia en solicitar, que un grave cargo en España le den, luego al señor Presidente de Castilla, que es pariente mío, y mi afecto también, el suceso le escribí, pidiéndole, que a los dos casados honre, y a dios antes lo mismo peda. Dios lo ha hecho, y le ha enviado un buen puesto, yo con él vengo, por dar a Isabel su dote. Si hemos tardado bien nos podéis perdonar, que ha sido a más no poder. Y aún al saliros a veer ya, es el castigo tardar. Con buenas cortesamas pagáis de este pliego el porte: o es, que a vivir en la Corte se enseñan Useñorias. Estrañoe Al de Alcalde de Corte os viene el Decreto: esto contiene este pliego: y aún aquí, porque en Paris no sabrían darle de España la moda, para dote a vuestra boda esta Garnacha me envían. Dadsela, Jabier, con gana de pagarle el parabién, que en otra ocasión también él os dio de la sotana Esta Garnacla, en que espera afán grande vuestro oficio, es uu hanrado silicio, que la alma trae por defuera. Mi Buriel aún más ligera da la sentencia penal; pues siguiendo cada cual la senda de su instituto, en mi padece lo bruto, pero en vos lo racional. Tomadla, y pensad, que es llano que en sentenciar erraréis, si al fallo, y qué mal podréis!) no dejáis el ser humano. Ol Alberto y en cuanto os gano pagándoos el parabién! pues los estados se uen con empleo desigual, vos en hacer bien, o mal; mas yo solo en hacer bien. Los dos buscamos dos palmas, vos quitando, o no, partidas haciendas, honras, y vidas, yo solo en ganar las almas. Bien sé, que a un Juez en sus palmas, si es justo, le trae Dios: y en nuestro empleo los dos, yo pediré como humano, que me tenga de su mano, pedídselas ambas vos. Si estudiar es conveniente en una, y otra fortuna, la Ley de Dios no es más de una, que se alcanza fácilmente: No hay quien vuestras leyes cuente, y opuestas a cada paso: en una no habrá fracaso en que dudar, ni temer, y en muchas es menester, o errar, o acertar acaso. Ya que persuadido estoy a que son estos honores de el Padre Ignacio favores, y nuevas gracias le doy: Tomo la Garnacha, y voy a responder, que acertado saldrá el mío, y vuestro estado, tomando con fin glorioso, vos la sotana gustoso, yo la Garnacha forzado. Igualmente me parece, que Dios en un grado imprima el desprecio que se estima, y el honor que no envanece. Y aún esto segundo crece el mérito en mi opinión: pues cuando sufre un baldón un Religioso con gloria, mas de la media victoria lleva ya en su profesión, Mas veerse un Juez agraviar sin vengarse, es a mi veer lo grande que puede hacer quien a Dios quiere agradar. Y en cuanto a que el castigar es hacer males, también lo confieso sin desdén: que un Juez discreto, y cabal, más bien hace haciendo mal, que muchos haciendo bien. Nadie contra un Juez insulta, que cuando leyes aprende, las estudia; las entiende, las sabe bien, y aún consulta: y si tras eso resulta algún yerro, no se nombre esto por culpa ni asombre, pues después de lo que supo, hizo cuanto debió, y cupo en los límites de hombre. Uno está bien respondido, y otro bien aconsejado; y porque a mayor cuidado hoy de mi Casa he salido, adiós. Así nos dejáis, sin tomar siquiera asiento, donde el agradecimiento muestre lo que nos honráis? Deteneos. Padre Ignacio, esperad. Voy satisfecho: pues sabéis que Dios lo ha hecho dadle las gracias despacio. Vamos, Javier. Quién con vos lo excusará? Qué alegría! Isabel, esposa mía, Qué es esto? Pagarte Dios la justicia, que casado conmigo, ya me cumpliste, y estarás en la que hiciste a ser buen Juez enseñado. Salir al punto importó el viaje a prevenir. Y te piensas despedir de Laura? Pues por qué no? Sin riesgo a todo me obligo, pues los dos juntos ifemos, y ambos nos despediremos. Sea, pues, si has de ir conmigo Que es recelo conjeturo. No es cierto. Pues qué es? Saber, que nunca daña tener lo seguro, mas seguro. Bien puedes pedirme albricias, Tomillo, pues esta noche, que hará felices mis ansias, aquí Laura me responde. Pues si las pido. Mis brazos te daré. Muy lindo porte, y más perdiendo un tan buen consonante de doblones. Tercero más desgraciado no se ha visto con los hombres, que las Lauras, y las Floras riñen, mas también socorren. Mi amo Javier, que seguía. otro rumbo, y otro norte, y en bizarrías honestas se empleó no más, lejome. Alberto, ya está casao, y también me desconce. Volviste a Paris, volví a servirte, y aunque logres favores de pretendiente, solo a ofrecerme te pones brazos: piensas que yo busco de pretendiente favores? Toma, que el gozo no supo lo que debí hacer entonces: y porque tanta alegría en mí no la extrañes, oye. Después, Tomillo, que a Francia dejaron los Españoles, volví a Paris con mi Rey, y hallé en Madama rigores tales, como que ya hubiera madado en piedra lo dócil. juzgué que efectos de ausencia serían, hasta que informe tuve de que eran tristezas. de un corazón, que entre inmóblí, y arrepentido, hacer suele bulto de las aprensiones. Dijéronme, que en su cuarto tiene el retrato de ese hombre, llamado Ignacio, y que ha oído hablar la pintura errores de un santástico delirio, que aprende, y piensa que oye. Escribila, que también Ignacio, con persuasiones conmigo intentó lo mismo, varias veces; mas que en orden a la enmienda, aunque le hoía muy cortés en sus informes, el otro oído guardaba a mis hermanas pasiones. Que siendo los dos oídos, será bien que en lo que en voces se entra a molestar por uno, por otro se desahogue. Qué hiciese lo mismo, al fin, persuadida de mis dones, y mis versos, que un soneto no hay corazón que no postre, cuando en su papel envuelta alguna joya se pone: Me espera esta noche, y dice, que en uno de sus balcones Flora estará, y que cantando, porque no mi entrada noten, me avisará cuando pueda entrar o esperar, conforme a lo que diga la letra. Mira si en tales favores la esperanza de mi dicha es mucho que me alboroce, Y he de ir contigo? Sí Pues a prevenir voy capote, que me arrope por defuera; y una bota, que me arrope por adentro; dos camisas, papahigo, escalfarotes, y unos guantes aforrados: porque si hiciere esta noche el frío que la pasada, espero que nada sobre. Pues qué si bien se me acuerda de el estanque, que está a borde de la casa de Madama, y de él ahora recogen el hielo para el verano! bota dije, es muy mediocre resguardo, un pellejo lleno he de llevar que me aforte. No llamáis? No, porque menos importará que me note de grosero, que perder esta ocasión, si se esconde. Vos en ese taburete os sentad, que bien se oye desde aquí cuanto tratemos: y advertid, que aunque se enoje habéis de callar a todo. Señor Arnesto, perdone la amistad, que sin aviso, licencia de entrar me tome. Qué enfado este! Hicierais mal en llamar, que eso supone ser la casa ajena, y esta por vuestra es bien que se nombre. Vive Dios, que lo agradable, (. que hablé en otras ocasiones tiene la culpa. Unas sillas llega. Llégolas, y voyme a entretener con mi amo de marras, que ya está pobre, y humilde, y me sufrirá, que es muy propio dé guillotes burlarse de el que no temen llevar cuatro torniscones. Qué hay! amo pasado! calla! por Dios, que no me responde: Esto pienso que en su casa llaman, guardar capirote. Mejor, que mejor, que así le diré dos quemazones, en desquite de lo mucho que me hizo servir entonces, A eso solo venís? Pues qué habrá, que más os importe, que templar a Dios las iras, y conseguir sus favores? Madama Laura, que hoy escándalo es de la Corte, ejemplo fuera, a no ser por vuestras persecuciones: que presentes de regalos preseas, versos de amores, y continuos galanteos, no merecen otro nombre: pues son calladas violencias, que instan a que se provoquen los antes casi rendidos femeniles corazones. No la persigáis. Qué miente, digo, quien le dio el informe al buen Padre. Qué es esto Ignacio? Un Caballero tan noble sufra! más así, qué es esto, va por Dios: Dios me perdone, Parece que se remueve este amo, no sea que torne a guapo, y a mí, y a Arnesto eche por los corredores, Trae, Padre más que decirme? que cansa. No se alborote vuesa merced, que su bien intento solo. Pues logre. en otra parte esas mañas de hipócritas invenciones. Ya esto no puede sufrirse: como habla así con un hombre cómo el señor Don ignacio? Mas caballero! Soltose, si acierta a traer espada, y broquel, le hace gígote, Francisco, qué es esto? vos tan descompuesto! Llevome sin libertad, el mal uso, de no sufrir sinrazones. Perdón le pedid al punto de rodillas. Y aún conforme, a que le bese los pies, será razón que me postre. Oh mi Santo! o mi querido! . qué bien tomáis las lecciones! Señor Arnesto, los pies le dad, y que no ocasione vuestro enojo otra vez, fío en Dios. Qué satisfacciones tan sin tiempo! tu Tomillo, que iré sin falta esta noche, ve luego, y avisa a Laura, en saliéndose estos hombres. . Mejor es antes, que estoy con miedo de que se enoje mi amo, y ya no parecen de Tomillo mis calzones. . Levantad: qué buena hacienda hemos hecho! no os con goje, pues sacaréis de este lance, que han de ser las prevenciones de antemano en la paciencia; qué si de susto nos coge el sufrir, será sin gusto, que al mismo sufrir corones Y esta noche en penitencia, porque otras ocupaciones esta noche tengo, iréis, y avisaréis que conformes nuestros ocho compañeros estén mañana en el Monte de los Mártires, Iglesia de Nuestra Señora, en donde renovaremos los votos que ya hicimos, y esta pobre manada de diez ovejas después verá, que dispone de ella Dios. Oh quiera él mismo que inúnde en su gloria el Orbe. Doña Isabel dice aquí, que ella, y su esposo se irán presto a España, y que vendrán a despedirse de mí esta tarde, y la pintura de su Ignacio le daré, que conjella me quedé por un tiempo. Gran ventura Doña Isabel ha tenido, pues me dijo su criado, que en España le habían dado un gran cargo a su marido. Siempre a los buenos verás aumentar más su alegría; y ay de mí! que cada día me voy adcudando más! Tal vez propongo, y astuto el vicio que en mi supongo, me hace creer que propongo yo, y que otra yo ejecuto. Si al retrato voy de Ignacio, temiendo que en mi batalla he de oirle lo que calla, huyo de verle despacio. Mas decirte aquí pretendo una extraña confusión; claro está que es aprensión; mas óyome lo que aprendo, Después que Arnesto se fue, muy en paz con mis pasiones, y apartada de ocasiones viendo el retrato me hallé. Al verle me parecía, que mudamente me hablaba, y aún también que me miraba con muy risueña alegría. Volvió Arnesto y a mi empleo quiso volver yo sin brío, conociendo mi albedrío de parte de su deseo: a la pintura miraba, y era, o que yo lo aprendía, o que ella se entristecia, muy de otro semblante estaba. Y en fin sea, o no apariencia, cuando le tengo delante un espejo es su semblante, en que miro mi conciencia. Temiendo, pues, que Isabel se le lleve, determino, que el Pintor, nuestro vecino, me saque una copia fiel. Llámale, y que traiga, di lamina también, que en ella le pinte, y pueda traella siempre conmigo, y así, pues va te dije, y penetras cuando Arnesto ha de venir, no dejes de prevenir para el balcón Arpa, y letras. Voy a llamarle; hay más tierno juicio de mujer perdida, que juntar en esta vida la devoción, y el infierno? . Cuando en tanta confusión, vago, mudable albedrío, has de empezar a ser mio, y no de mi inclinación? Si te manda mi pasión, dónde está tu indiferencia? Mas ay! que con mi conciencia, sabiendo que es mala, pruebo, que yo soy la que me llevo por mi gusto a la violencia. Volvió Arnesto, y la amistad antigua fue la culpada: que ay! de la que está en señada a querer sin voluntad. Cielos, vuestro amparo dad a un alma, que así se ve, y si esta es mudanza, que de resolución se fía, y esperáis a que sea mía, nunca me arrepentiré. Mira, qué presto! Ya aquí está cuanto es menester. Sentaos aquí, por coger mejor luz; pero que vi! de otro semblante se ofrece, y que contra mí se enoja. Que llamas de fuego arroja por todo el rostro, parece. No viene la encarnación me dida; fuerza es mezclar, si la tez he de imitar, gran parte de hermeilón. Madama, yo he visto al Padre, y no es esta su pintura, que a este rostro no hay mixtura de encarnación, que le cuadre. Procurad: yo estoy turbada, tomar bien la simetria. Notad, que, o es ceguedad mía, o otra vez está mudada la cara. Y aún esta vez cetrino está, y amarillo. Señora, no hay cardenillo para imitar esta tez. (to Qué congoja! en vuestro asump- proseguid. Ya se ha mudado otra vez: me habéis llamado a que le pinte difunto? Bien decís: ya me acobardas Retrato. Y dice, a mi veer, que mudes de parecer, en lo que esta noche aguardas. Fuerza es que de obra levante: Madama a Dios, que sin duda no habrá quien pinte a quien muda de colores cada instante. Esperad. No hay que decirme, que es el que se ha de pintar, como el que se ha de salvar, en rostro, y en gracia firme. . Contra ti va la pedrada. Basta, que se ha hecho el Pintor también mi Predicador. No es más serlo tu criada? pues no hay cosa más ajena de las Comedias, Madama, que una criada a su ama le predique, que sea buena. Qué es esto? que ni aún pintado quierc. Ignació estar conmigo! Despide tú a Arnesto, y digo, que saldrás de tu pecado; pero como has de enmendarte; si a este cuadro imitar quieres, solo en mudar pareceres empezando a retratarte? Qué frialdad! La del balcón si que lo será esta noche. Oye, que ha parado coche. Alberto, y Isabel son. O! Señores, no conviene decir con lo que he sabido, que sea muy bien vonido, bien; que a despedirse viene. Y vuestro amor me permita, que a mi ruego estéis atentos, dejando los cumplimientos de vna afectada visita. De Lóyola la pintura vuestra, que tengo prestada conmigo, quise copiada, que quedase por segura prenda en memoria, y amor de lo que a Ignacio debí el día que os conocí, bella Isabel: un Pintor, en Pasis muy afamado, hoy lo intentó, y no ha podido darle un firme colorido, porque varios ha mudado el rostro: esta maravilla a mi antigua devoción sobre añade una afición tan vehemente, que en cumplilla, y en que mío el cuadro sea, gastaré mi hacienda; ved, si queréis esta merced feriarme a joya, o presca; si ya de quien tanto es ama no os mueve el rendido ruego: qué decís? Qué desde luego es vuestro el cuadro, Madama; y más digo, que a la hora, que mañana le veamos, porque a despedirnos vamos de Ignacio, y Nuestra Señora de los Mártires, en cuya Iglesia Ignacio ha de estar con otros, que a renovar han de ir una sunción suya, le pediré que os visite que os ame, y con Dios también en procurar nuestro bien, su intercesión acredite. Notable es la devoción, que le va cobrando el mundo a este varón sin segundo: Hasta Italia su opinión llega: porque aquel criado; compañero de mis vicios, el que salió de ejercicios con vocación de Soldado, a el Ejército de España admira, viéndole obrar con valor tan singular, y devoción tan extraña: que acude a las obras pías me escriben, y que rezando va en las marchas, y en parando comulga de ocho a ocho días. Que el sombrero, y el dinero reparte, sin que le sobre, el dinero con el pobre, y con todos el sombrero. Que si hace falta el que avisa de el enemigo algún trato, se lo encargan a Lobato, y trae lengua muy aprisa. Que si de espada, o pistola le alaban, con gran fervor dice, me las dio el señor Padre Ignacio de Lóyola. Que su vocación a todos les cuenta: con que estendida tiene de Ignacio olpudida la fama por varios modos. Pues porqué ocasión no ha habido de poderoslo contar, el caso más singular, que a Ignacio le ha suce dido, en Alcalá fue, tu ausente estabas, Preso quedó cuando salí, con que no lo supe. Oíd brevemente. apiadelioa En Alcalá salió de sus prisiones, a que mudase el traje sentenciado Ignacio, que entre mil acusaciones, solo a vestirse bien, fue condenado: Crédito grande fue de sus acciones, saber que el mal vestido fue culpado, y admiración, que hubiese un Juez tenido por inocente a un hombre mal vestido. Alcalá siempre (y no por patria mía lo digo) centro ha sido generoso, de sabra, y de piadosa Clerecia, que a más sabio se sigue más piadoso. Un Sacerdote, pues, por Dios pedía para vestirle, y quiso misterioso, que ya que bien Ignacio se vistiese a costa de la hacienda de Dios fuese. Discurria de Ignacio acompañado, porque a su vista su razón abone, que aún la limosna de un necesitado la consigue mayor, quien más supone: Mas a Ignacio (en pedir poco enseñado) o le fue; le fue , en calle, en casa, en puerta, y en esquina, rosa en la cara, y en el pecho espina. Había en el Lugar un Caballero, Don Lope de Mendoza se llamaba, que sin duda fue el solo, y el postrero, que sangre tan ilustre avergonzaba: Con su lengua, medroso del agüero, veneno en vez de sales derramaba: que contra Ignació en ciega antipatia, creía todo cuanto creer quería. Quemado muera yo dijo arrojado, estando Ignació al Sacerdote junto, si este no merecía estar quemado; y la palabra Dios le tomó al punto. Aquel día llegó de un deseado Príncipe el nacimiento, y al asunto Don Lope fue a una Torre, y desde arriba tiraba el Pueblo pólvora festiva. Al parecer pavesa desmandada prendió en la que llevaba prevenida pólvora, poca fue, mas fue sobrada para perder quemado allí la vida; sentencia de sí mismo pronunciada, fue aquella tarde, y presto padecida: supolo Ignacio, y con amargo llanto, no más de é , dijo el Santo. Extraño caso! Espantoso! Sería nunca acabar querer los muchos contar de este varón prodigioso. Ya anochece, adiós señora. Dios con bien lleve a los dos. El mismo quede con vos. Dame tú un abrazo, Flora. Ay! quien te fuera a servir de esclava; y no errada en esto. Aunque no es hora, que Arnes. venga, ya puedes subir, (to y canta algo en el balcón al estanque más cercano, notaré aquí si está a mano, oír bien arpa, y canción. Que no me oigan bien recelo con pajarilla cantando, noche en que se están elando las pajaritas del Cielo. Ol pensamiento: mas ya no es tiempo de que me acuses un yerro, que a no enmendarse, se hace más si se discurre. Por el lado del estanque, que cante Flora dispuse, que está de la vecindad lejos; y no es bien que guste de que mi pecado añada otro, en darla que murmure. La claridad de la luna, que calle, y campo descubre, estorbo es; pero qué noche ay, que al Cielo algo le oculte? Luna no me alumbres, que esperan mis ojos veer con otras luces. Instrumento, y voz se dejan oír aún de quien no escuche, qué hará Arnesto, que esperando la seña, que ya le puse, los otros cuatro sentidos hará que en oír se ocupen. . Blanca luna fría, tu luz no parezca, deja que anochezca de veras un día. La sombra me envía un sol de más lumbres: Luna, no me alumbres, que esperan mis ojos veer con nuevas luces. Ya llega Arnesto, y ya es hora de que a Dios templar procure la ira, que contra este hombre tantos años ha, que encubre. Dios mío, si a vuestro enojo fuego llamáis, no repugne mi cuerpo desnudo, echarse a que los hielos le munden de ese estanque, y vuestro enojo en él su fuego supure, su rayo desnudo envaine, sus brazos airados cruce. . A tu luz divina es mejor gobierno, ser en el infierno bella Proserpina, que en calle, y esquina darme pesadumbres. Luna no me alumbres, que esperan mis ojos veer con otras luces. Ya, Flora, parece tiampo de que varias letras mudes, en que entienda que le aviso, que se espere, o se apresure. Ruido hay en la calle, canta lo de el arroyo, que alude a detenerse. Por cierto lindo brásero de lumbre, para quien tiene las manos casi ateridas! No dudes, que llegue al balcón por más que Enero contra mi empuño carámbanos, que a su velo los destemple, y los aguce. Metaforas importunas siempre por frialdades tuve, que será esta, que diciendo vengo helado te concluye. Mas vivieras como vengo, que al pellejuelo que sude le he hecho desde casa, y no está lejos, una azumbre. Tres traía, y tan templado estoy, que si se consumen presto las tres, que si harán, no hayas miedo de que guste otra gota, aunque de sed perezca, y la noche dure. No atiendes, que ya de el arpa su enan las cláusulas dulces? Solo atiendo a que el lucero, que ajos, y migas influye en los Pastores, asoma. Espero que me asegure la voz, si entrar, o no, puedo. Yo aquí el sieltro me arrebuje. Canta que espere, que aún gente ay, que la entrada dificulte, Detente arroyuelo, que helado de el alba esperas las luces, mejor lograrás en su cara de rosas el hielo que sufres. Qué espere, dice, o! el tiempo, que un instante solo incluye! Ya no hay gente: canta algo, que a venir presto se ajuste. Fuentecilla ven presto, deja la cumbre, y atropella por flores blancas, y azules, Al punto voy. Desdichado, anda, que mientras tu cumples con tus lascivos deseos, que al infierno te conducen: yo en este erizado hielo le pediré a Dios, que mude la sentencia, que va en rayos viene, si no te reduces. Qué espectáculo horroroso es este que me confunde tanto el aliento, que apenas sé si me anima, o se hube! Padre Ignacio, ni aún el pecho halla voces, que pronuncie. Llega, Tomillo. Ya llego a ver como se zambulle, vive Dios, que hasta el goliete metido está! Quién tal sufre! No de mi penalidad lástima tengas inútil, las eternas que te aguardan solo es bien que te atribulen, Oíste una voz? Y aún de Ignacio me parece. Bien presumes: que él, y Arnesto con la luna claramente se descubren desde el estanque, y la orilla hablando: quien hay que dude que es convertirle, ay de mí, que culpa de todo tuve! Cierra el balcón rompe el arpa, que fin a mis vicios puse, pues tan gran suceso no hay dureza de que no triunfe. Cómo yo no peco, no hago zalamerías que asusten. Que se le tenga estancado cosa de tan poco fuste, como decir, yo propongo, y después, que el diablo ahulle, Adiós lo ofrecéis? Adiós lo ofrezco así, y que procure, de celo tan nunca visto, dar señas con mis costumbres: que sean ejemplos a quien a precipicios induje. Salid, Padre, y a velliros permitid, que yo os ayude, Si ya mi llanto no forma otro estanque, que os inunde. . Ya este amo Francés está cogido del Santo, y de su culpa arrepentido, que al nadar en ibierno es consecuencia coger un mal Francés con evidencia. Ayudando a vestirle está en con- apuesto que resulta, (sulta: que haga unos ejercicios, que es el sanalo todo de los vicios. Mas ahora, que me acuerdo, para que en discurrir el tiempo pier- pudiendo helado, o tibio (do, a mi pellejo darle algún alivio. Cuestión fuera reñida de los viejos cual más se alivia de los dos pelle- este, a quien quito azumbres, (jos, o el mío que le ahorro pesadumbres? Mas el vestido es poco, y es ligero: presto acabaron. Digo que os espero en la Iglesia, a que vamos a donde un Sacerdote, que llevamos, os podrá confesar, y a vuestro intento después la comumón os dará aliento. Ya veréis mi obediencia. . Y vos también. No puedo en mi conciencia. Pues por qué no podéis? Estroche moche? (che. . porque bebr después de media no- Qué alegre que está la Aurora! no es maravilla si aprende, que nace a ser semejanza de María, que se alegre. Ya, Señora, en vuestro Templo confío, que estén mis nueve compañeros aguardando: y aún para que os reverencien, bien como las Hierarquías son número congruente, Rogad a vuestro Jesús, que a esta manadita breve propicio le sea, en cuanto solo su gloria pretende. Mas no es Javier el que sale de la Iglesia, y aquí viene? Él es, que aún a media luz le conozco, porque hubiese de ser él, quien sale al mismo tiempo, que el Sol en Oriente, O mi Javier. Ya esperando todos estamos, que llegue en vos nuestro amado Padre, el fuego, donde renueve cada uno de nosotros su espíritu, como el Fénix, que el nombre de Ignacio fuego significa. Que no dejen, de ser siempre muy discretas vuestras palabras! No os pese, que nunca he visto reñido lo santo con lo elocuente. Decid de mi parte a Fabro, que la Misa no comience hasta mi avaso, y si acaso cualque confesión se ofrece, que muy de espacio la oiga: y si a despedirse vienen de mi Alberto, y Isabel, podréis decir, que se esperen, mientras yo en esta Capilla ruego a Dios, que en cuanto fuere para su servicio, y gloria, nos sea propicio siempre. . Que Arnesto confesar quiera primero que recogerse! Amo antiguo, habrá quien hoy a un oculto penitente, que allí aguarda? Sí, en la Iglesia le podéis decir que entre, y de mi parte, decidle a Fabro, que le confiese: que Alberto, y su esposa es bien recibir, pues cerca vienen. Y también es bien, que un rato, solo el tablado no quede. . Seáis, señores, bien venidos, y el Padre Ignacio os advierte, que aquí le esperéis. A todo estaremos obedientes. Y gustosos, pues ganamos este rato más de verle: pues desde aquí en la Capilla, que está orando, deja verse. Aguarda, señora. Deja, que busque la sed ardiente de mi corazón su alivio en Ignacio. De esta suerte, Madama, venís? Qué es esto? Qué ha sucedido? Qué tienes? Ya que la dicha ha querido, que los primeros que encuentre seáis los dos, que ya sabéis mi mala vida, atendedme: De antigua correspondencia, a pesar de mis desdenes, admití otra vez mi ruina: que se tuerce fácilmente el corazón, cuando sabe acía el lado que se tuerce. Entre esperanzas, y sustos de arrepentimiento débil, en que lo considerado agrava, si no resuelve: esperaba yo la noche: llegó al fin, y como suele, por si vienen enemigos, una atalaya ponerse, me puse a un balcón, quizás para mostrar de esta suerte, que se aguardan los amantes como enemigos que vienen, y que un torpe amor espera con señales de quien teme. A Ignacio desde el balcón oí; mas no claramente lo que con mi amante hablaba, desde adonde, y lo que fuese, no faltará en las Historias quien lo diga, y lo celebre. Medio arrepentida, y medio despechada, al recogerme, en la cara de el retrato de Ignacio advertí, y hallele sudando sangre vertida por los ojos, y la frente. Dudé el hecho, aplique un lienzo, que aquí por testigo viene, si mi llanto no ha borrado el humor que le enrrogece. Sentí el corazón al punto tan trocado de repente, como si uno le arrancasen, y otro en mi pecho pusiesen. A verle vengo, y pedirle, que una clausura me encierre a su arbitrio; y pues la dicha de hallaros me favorece, os pido, que apadrinada de los dos a sus pies llegue: a donde de Magdalena pueda, ay de mi! prometerle, ya que imité lo perdida, que imite lo penitente. Yo iré a buscarle. Ay! mi Laura, y que nueva tan alegre para Ignacio! De rodillas, junto a un Altar deja verse con otros Padres. Qué dulce ruido de música es este? No hay incensario, que tenga la fragrancia a que aquí huele! Qué es esto, aún el corazón arrodillárseme quiere! Mi Padre, Ignacio, me encarga, que a ti, y a los otros nueve, que hoy son de tu Compañía, propicio los sea siempre. Siempre, siempre, siempre. 1. Por tu fervor, Ignacio, las virtudes celestes coronarán tus hijos de palmas, y laureles. Siempre, siempre, siempre. La Religión, que a fundar irás desde aquí, la debes llamar mía, porque nombre, y gloria de Jesús cele. Cele, cele, cele. 1. En charidad fundada un mutuo amor promete, y entre Dios, y los hombres finezas, que conserve. Cele, cele, cele. Estos Mártires serán de tu Religión, que dejón en las Naciones incultas la heredad de el Cielo fértil. Fértil, fértil, fértil. 1. Mira tus muchos hijos, como su sangre vierten, porque para la gloria fruto la tierra lleve. Fértil, fértil, fértil. Dignidades en mi Iglesia, aunque de ellas los exentes, tendrán tus hijos, que humildes merecen más, cuando ceden. Ceden, ceden, ceden. 1. A Púrpuras, y a Mitras, y grados obedientes, aún con el reusarlas, muestran que las merecen. Ceden, ceden, ceden. De tu familia. Escritores, en materias diferentes, tantos habrá, que en los siglos mas no hayan visto mis fieles. Fieles, fieles, fieles. 1. De cuantos Escritores ilustres que tuvieres, celo virtud, y letras de tu modelo aprenden. Fieles, fieles, fieles. Queda en paz, y a decir vuelvo que a ti, y a los que vivieren siempre de tu Compañía, propicio los seré siempre. Siempre, siempre, siempre, 1. Por tu virtud, Ignació, las virtudes celestes coronarán tus hijos de palmas, y laureles, Siempre, siempre, siempre. Padre Ignacio, aquí Madama Laura está, que No me tieno que decir; que viene sé contrita, y aunque parece, que viene a eso solo, a más de lo que imagina viene. Francisco? Qué mandáis? Solo, que me oigáis muy brevemente: Veis esta mujer, que un día os hizo extrañeza el verme por pecadora en su casa; pues si cual esta supieseis ya con Dios, os diera envidia, quien de verás se arrepiente. Llevaos esta licioncita de paso: y porque aproveche, cuando hallaréis pecadores a la exortación rebeldes, tened espera, que mientras viven, convertirse pueden. Yo saldré luego. Y yo ofrezco ser al aviso obediente. Qué falta? Solo decir todos con voces alegres: Que San Ignació en Paris fue la Luz del Sol de Oriente.