Texto digital de Lides de amor y desdén
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Juan Bautista Diamante
- Atribución estilometría
- Juan Bautista Diamante Segura
- Género
- Zarzuela
- Procedencia
- El texto, modernizado con posterioridad por Adrián Velasco, procede de TESO.
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Velasco, Adrián. Texto digital de Lides de amor y desdén. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/lides-de-amor-y-desden.

LIDES DE AMOR Y DESDÉN
A la más que las otras, Diosa divina, la belleza procura tener propicia, y el mes que a sus altares se sacrifica, cuente los regocijos, y no los días. Eterno viva el aplauso de Juno, y porque se admita, vaya de fiestas, vaya de bailes, y de alegrías. En esta Quinta, que el mar con sus espumas salpica, tapete de esa montaña, que con las estrellas frisa, pues del gran Templo de Juno volvemos, hermosas hijas alegres, hasta que el Sol vuelva a prestar luz al día. De mañana la edad breve, que el día de hoy nos termina, pasemos con regocijo, porque la noche vecina no nos acuse de haber faltado a la ley sabida de la Februalia fiesta que a la Diosa le es debida, llamada así por el mes, que este culto le dedica. A Juno sacrificad loores, decid que viva en su imagen celebrada, su deidad esclarecida. A la más que las otras, Diosa divina, la belleza procura tener propicia: Vaya de fiestas, vaya de bailes, y de alegrías. En vano bruto soberbio, al riesgo te precipitas, si tu destino, y mis hados, no corren a una acción misma. En vano airado elemento contra mi valor porfías, y contra el poder del hado. El bruto se precipita desde la cumbre, hasta el valle. La nave al escollo arriba. Piedad Dioses! Favor Cielos! No salga el día, si ha de matarme Cloris, ver que te mira. A la marina, a la selva. Ni el Alva salga, si de verte ha de darme celos el alba. Qué extrañeza de accidentes. Qué variedad de armonías. El aire turban, y alegran. Fácilmente se averigua, si del monte descender vemos que le precipita un joven en un caballo, y mirando a la marina, parto de una nave ser, que a las peñas dio la quilla. Otro joven infelice, que aquel, perdiendo la silla, y este a la orilla arribando, dicen. Triunfé de las iras del mar muriendo. Vencí la desbocada porfía del bruto, aunque sin aliento. Cuando con dulce armonía, Venus, y Adonis, pues ser los dos, los dos merecían, entonan. El Amor viva, Deidad que de dos almas hace una vida. Aunque pretende obligarme de esta piedad la hidalguía, a compadecerla tanto, aquel acento me irrita, que entre compasión, y enojo me oprime lo que me obliga. Tanto aquella voz ofende mis oídos, que aunque lidia la compasión con mi enojo, vence a la piedad la ira. Qué es que viva Amor, bastardo acento? Que es que Amor viva, voz traidora? Piedad Cielos! Piedad Dioses! Aun respiran? Que culpa tienen su puesta la que de Amor los malquista Amaranta, y Fénix, estos que dos acasos destinan a vuestro amparo, de que otro acaso contradiga vuestras forzosas piedades. Señora, por los dos mira. Señora, a los dos atiende. Si es con Amor la ojeriza de vuestro desdén airado, Qué importa, hay congoja mía! que tarde espero templarte en las crueles, y altivas condiciones de Amaranta, y Fénix, no sé si diga, enemigas de Amor solo, ú de su padre enemigas. Que importa, digo otra vez, que de la piedad amigas no os neguéis a la piedad, siendo cosas tan distintas piedad, y Amor, cuando es una del ánimo noble hija, y otra es hija del deseo. Dónde. Qué extraña Provincia! Estoy. es esta que habito. Aténgame a que ellos vivan, sin deber a los melindres, de estas dos señoras lindas nada, que después veremos, como las cosas caminan, bien dices, Rustico. Calla. Quién de admirado no mira! Y quién de atento no ove! Quien no sabe a quién obliga! Quien ignora con quien habla! fuerza es, Deidades divinas. Preciso es bellas Deidades, Que solo hable con la vista. Que enmudezca en la atención Porque si acertar codicia, solos los ojos no yerran, explicando lo que miran. Solo no yerra el silencio cuando el respecto le explica. En buenos paños parece, que se han criado, Florilla. Veremos más adelante, que al principio todo brilla, Rustico, pero después el oro se vuelve alquimia. Porque sepáis extranjeros derrotados, si a eso aspira vuestro deseo, con quien habéis de hablar, son mis hijas las dos que veis, Amaranta, y Fénix, y es mi familia rustica, pero obediente la restante compañía que a ellas, y a mi nos asiste, en esta estación festiva de Juno: Yo soy Evandro, Mayoral de esta Campiña, y aunque en ella descendiente declara, Estirpe divina, feliz patrimonio hoy, por el culto que dedica a Juno, poblando el monte de su templo de aras pías, la mayor parte de Europa, y puesto que os di noticia de quien soy, sepa el motivo, que a los dos os encamina por mar a ti, a ti por tierra a serviros de esta Quinta, pues extraños, y infelices, no hay como yo me resista de asegurar, que sea vuestra el tiempo que fuere mía. Todo el Cielo está en sus ojos Luz da al sol su luz divina. Qué nuevo accidente extraño es el que a mirar me obliga? Qué novedad es que yo, de mirar no me resista? El o algo miran las dos, pues no los pierden de vista. Qué han de mirar malicioso! Ello dirá, si es malicia. Qué miras Fénix? Y tú, bella Amaranta, qué miras? Yo, nada ni yo tampoco Bravo agasajo seria, que sin darle al que rodó si quiera alguna bebida de contra caída, y sin que se mude una camisa, el que nadó por Febrero, uno bola, otro sardina, les obliguen a contar, de dónde son, y adónde iban. Aguarda el suceso, y luego lo que hallares fiscaliza. Ya vuestro suceso espero. Ya aguardo vuestra noticia. Quién a preceptos divinos puede haber que se resista? Y qué dilación no fuera grosera a leyes divinas? Y así porque en nada falte. Y así, porque en todo diga. A lo que debo. quien soy. No hay quién ampare mi vida? no hay quién mi vida defienda? Socorred todos a Olimpa, pues ya sin aliento lucha con la fiera. Que peligra, y es dama, dicen las voces, permitidme que la asista Librarala mi valor. Guardaos en la quinta hijas, mientras a esta deuda acudo Rayos mi espíritu vibra sígueme Fénix. Verá en mí el bruto su ruina. Vamos todos. Al repecho, a la espesura, a la cima. Yo voy también por huir de ti. No porque te siga, voy yo tras ti. Pues por qué? Porque sepas que no libra el refugio de las fieras, del peligro de las lindas. No hay quién mi vida defienda? no hay quién ampare mi vida? De quién te ves ofendida? preciso es que no te entienda, hermosa madre. Hacia aquí sonó el acento. El lamentó, sonó hacia aquí. De tu intento el fundamento me di, Que al verte quejosa te creen ofendida, confusa la vida, y el alma medrosa. Cuál puede ser la razón de que el Solio soberano dejes, y en el ser humano ofendas tu estimación? Cuál es pretexto de un daño, que labras en la apariencia, mandándole a mi obediencia que te asista en el engaño? Habla Venus bella, porque mi desvelo olvide el recelo de oír tu querella. Contra quien, madre, me di es el arte que procura añadir a tu hermosura tu cuidado? Contra ti. Contra mi? Y de mí te vales? Sí, que solo tu poder a ti se puede oponer, que a más de ser desiguales, a ti las fuerzas divinas, es imposible lograr lo que debo procurar, si contra ti no te inclinas. Cupido, al horror por mi amante ruego, de quedarte ciego, y no ser amor. Que amor no seas intento, porque de dos intenciones que corren a ser pasiones, se pare el curso violento, Y ciego te solicito, solo para asegurar, que entre no ver, y mirar, no es la ceguedad delito. Pues solo ha de ser en logros de amor, disculpa el primor de mirar sin ver. Y en fin, porque no discurras en lo que debes hacer, sabe, Cupido, que ajada, y ofendida tu altivez de Fénix, y de Amaranta indignamente se ve, tanto que injurian el culto de tu divino laurel, siendo a vuelta de tu agravio. Mi agravio también guardar de Diana la tirana ley. De Anteo, y Lisipo, que hoy triunfo empezaron a ser de sus soberbias, llegando a ser trono de sus pies, despeñado uno del monte, despedido de un bajel, otro las dos protecciones me tocan, Cupido, en fe de ser de Apolo amenazas. Pues no ignoras que siempre amparo yo lo que ofende él? Sobre el empeño forzoso de mi venganza cruel paso aquí siendo de Anquises, una, y otra rama fiel; Troyanas nobles reliquias me obligan a defender sus vidas, pasión más noble, obligación más cortés, pues Anquises; pero calle El labio, pues ve, que habla en mis mejillas el rojo clavel. Siendo Troyanos, llegaron por su destino infiel a pisar los Sacros Gotos, de Juno, y segunda vez, a despertar sus rencores, de donde debo temer otro peligro, pues Juno ofendida ha de creer que es desatención en ellos. Lo que acaso fue. lo que fue destino, y desdicha es; esto sentado, volviendo en mi emulación, a ser enemiga de Diana, pues ella mi opuestas es, paso a preguntar con causa, mas que bastante, porqué siendo en Cloris, y Amaranta, y Fénix les triunfos tres, que en este monte nos tocan. Para ella han de ser los dos, y uno solo para mi altivez. Si hacen los vasallos Reinos, mas imperio vendrá a ser el de Diana que el mío, si dan fuerzas al poder los tributarios, mayor de Diana el solio es, que un afecto noble añade mucha majestad a un Rey: pues aunque sea uno solo. Si es como ha de ser, de cada deseo fabrica un laurel, Y puesto que va explicada mi (no sé si acertaré en llamarla envidia, sí, que hidalga envidia, y también) Mi obligación advertida, ya invocado tu poder, para que Anteo, y Lisipo templen lo que iban a arder, Fénix, y Amaranta borren La tirana ley de que en la hermosura viva lo cruel. Desde hoy, a no ser amor has de pasarte, porque no sean tus flechas hoy las que han de vengarme, pues comunes venganzas hacen deslucido el triunfo en fe de que estrechan conocidas las cláusulas del poder con que amor no seas solo. Contenta estaré. que en no siendo amor olvido has de ser. Ellos la amante pasión olviden, ellas el infiel uso airado de rendir, a fin de no agradecer. Veamos, sin que motives tiranías al desdén, como el desdén por si obra, porque veamos también, como sin ti la hermosura Sabe no temer, puede resistir y quiere vencer. Solo hallo un inconveniente, y no muy pequeño, pues Cloris de quien mención hice de Anfriso amante fiel, uno, y otro Semidioses de este valle, en quien se ven tus muchas leyes amor reducidas a una ley, han de peligrar sin ti. Pues preciso es que faltando, faltes a los dos también. No sé lo que haga, más cuando mayor fuerza no se ve en la pasión vengativa, que en la compasiva, y pues a fin de esta ejecución con voz fingida aparte a los dos casi rendidos de la una, y otra cruel, ya es tiempo de que tu auxilio. Muestre su poder en no ser amor sin dejar de ser. Aunque responder pudiera que lo que en mi eterno es, dejar de ser, no es posible, no te quiero responder, por no dilatar el logro que deseas, y porque ay medio, en que como dices, pueda sin dejar de ser no ser, al sueño busquemos. Pues sabemos que él, sin ser muerte, o vida vida, y muerte es. Yo me entregaré por ti de su triste palidez, al obscuro imperio duerma mas no falte madre, que es quitarle al mundo el amor tiranía muy cruel, y suspenderle, aunque sea delito, es culpa cortés, pues cuanto está más suspenso. Un raudal se ve que lo que antes pierde lo cobra después. Duerma el amor por ti Venus mas repara Venus, que no importará que duerma yo, si tú estas despierta pues queda en tus ojos divinos de mí, flechas el poder, en tu mano mi deidad, y mis a las en tus pies, o duerme tú, o enamores, Pues no importa, que a mí no me vea quien a ti te ve, y porque no se dilate tu intento, conmigo ven de Astrea al palacio obscuro, porque guiados después de Astrea al sueño lleguemos, donde entregándome a él, quedará el amor dormido por ti, si es posible hacer que duerma el amor por Venus. Cuando Ver uses, por quien siendo ciego, lince suele ser. Por el valle. Por el monte. Estrago debió de ser de la fiera, pues no se oyen las voces. Apuraré tronco a tronco la montaña. Puesto que intentas hacer esta fineza, Cupido, y que al socorro cortés del peligro que fingí, llegan, quisiera deber otra fineza a tu amor. Manda, y te obedeceré. Pues es, que duermas, Cupido, y no duermas. Para qué? Para que Anteo, y Lisipo, seguros dormido estén, y para que Anfriso, y Cloris despierto te logren, pues basta la dura amenaza de su destino cruel, sin estorbarles la dicha de mirar, y de querer. Eso en ti consiste. Cómo? Solicitando tú Qué? Que Anteo, y Lisipo, me vean dormido, haciendo también, que Anfriso, y Cloris, no lleguen dormido a poderme ver. Véanme despierto ahora, Cloris, y Anfriso, y después dormido Anteo, y Lisipo podrán verme. Dices bien, y para lograrlo así, las dos voces fingiré, que aquí os traigan, llevando con la astucia que intenté, tras mi a Lisipo, y Anteo. Traza como tuya es. Cloris? Anfriso. Ya llegan. Quién eres tú, que Anfriso no siendo me obligas a arder? Quién eres tú que, no siendo Cloris me haces padecer? A dónde su voz oí? Dónde su voz escuché? Respóndeme rosa pues eres su aliento. Pues eres su labio, dímelo clavel. Ahora que felices quedan, mi intento proseguiré: sígueme. Sin ley te sigo. Ay, Cupido! Ay Venus! Qué? Nada ha de importar que duerme Cupido. si queda despierta Venus por él. Hacia aquí sonó, más ojos, qué es lo que dichosos veis? Como del día desmayan las luces, si Cloris defiende de Apolo el laurel. Como las sombras se atreven al Sol, si en su amparo ven, que por Anfriso apresura la Aurora el paso risueño de su amanecer. No puede ser, no puede ser, que haya sombra que con el Aurora, y con el día no sea cortés. Ay Cloris, de quien adoro la hermosura siempre fiel, y por quien temo un aleve destino, en quien tu muerte, y mi muerte se ve. Ay Anfriso! de quien amo la siempre constante fe, y por quien del hado que es nuestra amenaza, recela mi amor el ceño cruel. Vive tú, que no importa mi muerte, y sirve tu vida de acreditar de amor el poder. mas porque dulces acentos no traten materia, que es tan dolorida por sí, como acordarnos, de que si pasa nuestra esperanza imposible, a querer ser posible amor, y esperanza. a un tiempo hemos de perder la armonía, deja Cloris, reparando, en que no es bien, que hable quien padece mucho, sin señas de padecer: preguntémosle al destino; ay poco durable bien! Qué culpa tienen mis ojos de haberte visto, si fue tan natural el mirarte, como adorarte después? Y cuando en mi hubiese sido delito el mirarte; qué delito en ti es ser hermosa, para no dejarte ver: Déjame llorar. Aguarda. Anfriso, el llanto detén, suspende el dolor, recoge la rienda del padecer, discurriendo en que es cierta la desdicha, no ha de haber para excusarla camino, como si cierta no es, no hay razón para temerla, acordándote, de que en esta elevada cumbre, cuyo corpulento ser, es toldo de mucho Cielo, de mucho mundo dosel. Nacimos los dos, tu Anfriso, hijo del húmedo Rey de las ondas, y hija yo de Flora, Reyna también de los campos, por remedio, según supimos después, de un riesgo que nuestras vidas habían de defender, a peligrar comenzamos, desde el instante cruel en que vimos de la luz el trémulo amanecer, pues abrir el Sol los ojos, y abrir las almas también al amor, fue una acción sola, aunque dos quisieron ser: de las Dríades, Criados, Ninfas de ese monte, que en troncos, y hojas explican su verde robusta ley, fuimos los dos, y advertidos fuimos, Anfriso de que no nos amasemos, como si fuera posible hacer que una advertencia estorbase de una pasión el poder la amistad de dos estrellas, de dos verdades la fe, de dos almas el amor, y de un destino el desdén. Para remedio de un riesgo nacimos, volviendo a hacer mención del primero aviso, siendo el segundo después que huyésemos de querernos, y esto se deja entender, que es de querernos de suerte, que la esperanza cortés pase a posesión grosera; y es claro el discurso, pues amor que no quiere a más que amar por solo querer, sin aspirar a otro logro, no puede ser culpa, si es culpa villana es amor, que se anima a poseer. Pues siendo cierto que es culpa este que se opone a aquél, aquél que a este se opone, delito no puede ser: en la primera amenaza de nuestra parte se ve tan ignorante la culpa, como se conoce, pues nacer que no es culpa en nadie, delito en nosotros es; bien, que inocente delito, pues se cometió al nacer en la advertencia segunda de dejarnos de querer. Si nos queremos, Anfriso, sin aspirar a otro bien mas de el de querernos solo, bien claramente se ve, que no hay que temer, supuesto que puro nuestro amor es, y solo el amor impuro es el que debe temer, con que de parte del riesgo primero, no he de creer, que ajena culpa componga nuestro peligro, ni que, sin delito en el segundo riesgo incurramos, a fe de que donde no hay delito, castigo no puede haber, de suerte que es mi sentir, que volvamos al placer, olvidados del pesar, solicitando a merced de Juno, que en su gran Templo la voz su Oráculo dé a nuestro temor, y entonces lloremos, si hubiere qué. Si hubiere razón, sintamos, sin apelar a la ley del consuelo, padezcamos, y muerte el dolor nos dé: pero en tanto, denos vida amor, pues de los dos es vida el amor, que dos almas sabe reducir a un ser. Dices bien. Digo bien. Que el temor anticipa el peligro, la vez que el peligro perezoso es. Por aquí. Mas retirados huyamos de este tropel él estuvo. De estos mi tos nos sirva el verde cancel mientras pasan: ay Anfriso! Ay Cloris divina! Qué? Tiene ese trisco el alma de cera, si se compara con mi amante fe. Todo el monte discurrí, sin poder hallar ni ver a quien poder defender. Defiéndeme a mí de ti, mas no podrás, ay de mí! porque es fuerza peligrar de tu ausencia en el pesar, y no sé cuál en mi amor es más violento el dolor de no ver o el de mirar. Osado extranjero, bien se conoce que lo eres, pues de amor práctica, quieres en la roca del desdén: si que la muerte te den no buscas por atrevido, cierra el labio fementido, que será alevoso agravio, que la culpa de tu labio sea pena de mi oído. Si más me sigues, haré blanco tu pecho a este arpón. La herida de un corazón, es lisonja de una fe: dispara, y no sentiré: tanto la muerte que siento, máteme el arpón violento, si no bastan tus enojos, o entre tu arpón, y tus ojos, se reparta mi tormento: yo quiero morir. La ofensa. que haces mi oído, advierte, pues es tal, que de tu muerte, no basta la recompensa; y así al mirarme suspensa, repara en que tu atrevida culpa deja defendida tu vida de mi rigor, por buscar pena mayor, con que castigar tu vida. Si aquel amor es verdad, felices corazones? Y mal nacidas pasiones si es cierta aquella crueldad? En qué ofende tu deidad, quién el alma te rindió? En qué tu culto ofendió, quien supo a ti dedicarme? En que se atrevió a mirarme. En que a verme se atrevió. Yo de verte cegaré. Yo cegare de mirarte. Que sobran los ojos, donde los afectos persuaden. Que no necesita de ojos el corazón de un amante. Cierra los labios también. Sí haré, Fénix. Que no hables, es también lo que procuro. En eso has de perdonarme. Que para adorarte, Fénix, no necesito de hablarte. Que un infelice no tiene más alivio, que quejarse. Ni aun eso. Ni aun esto. Ni aun eso pero. ya es conveniente templarme. Disimular es forzoso, porque no pueda culparme haberle oído Amaranta. Porque el delito le calle de haberle escuchado a Fénix, sin duda engaño del aire fue el que creyó nuestro oído. no he visto en el monte a nadie. Mas que a este extranjero, Fénix. Ya este si quieres mirarle? Yo para qué. Y para qué yo. Las dos por esta parte entraron. Y aquí las dos están. Ay amor cobarde! Ay osado amor! Pues ya, hijas del engaño fácil, que nos sacó de este sitio, en él nos vemos como antes, aprovechemos al día lo que falta de la tarde, oyendo a estos extranjeros jóvenes, porque se pase a ser aviso el deseo, y porque si acaso cabe en su fortuna, reparo en nuestro abrigo le hallen. Vaya, que ya por lo menos se habrá oreado el navegante, y ya el rodado se habrá bizmado algo. Que no calles? Vamos Anfriso, supuesto, que queda ocupado el valle donde nuestro amor no estorba del monte las soledades. Mi norte eres, Cloris mía, imán te seguiré amante, vamos donde todo sea, sin estorbos adorarte. Que cuando se juntan, dos almas amantes, si el amor las une, las estorba el aire. Porque otra vez no interrumpa el acaso la no fácil noticia de mis sucesos. Porque otra vez no baraje mis sucesos la fortuna, oíd todos. Escuchadme. Mi nombre es Anteo. El mío. Lisipo. Extranjero pase adelante tu discurso, sin culpar que no repare en que hablabas, que no suelen hacer discretos los males. El que ha de hablar, Extranjero, has de ser tú, y perdonarme, que tarde el reparo hiciese, por no haberte oído antes, que me robó los oídos el ruido de los pesares. Prosigue tú. Tú prosigue. Del Sagrado Templo salen rayos que abrasan el monte, llamas que encienden el aire. Ello debe de importar pues este par de romances se ha embarazado dos veces. Cuidado para adelante. Socorro Cielos! Clemencia! indicio de culpa grave manifiesta este castigo. Todo se ha enlutado el aire. Del Sacerdote de Juno son las voces lamentables. Todo se ha escondido el día. Del enojo formidable de Juno me he de valer, para mi intento. Ayudarte es mi obligación. El Sol se nos ha ido a otra parte. Seguidme hijas. Amaranta Fénix. Flora. Badulaque. Amaranta hermosa? Sí. Fénix? Lisipo? A ampararte me obligo, por infelice. por extranjero, a guiarte me resuelvo. Piedad noble! Noble acción! No así la llames. Por qué? Porque, ni aun piadosa te atrevas a imaginarme. Yo me agarro de este, y guíe donde quisiere. Al instante que el horror cese, Cupido, los volveré aquí, por darte lugar de que a Astrea acerques, pues ya sus sombras esparce. Ya te entendí. Ven conmigo, ven conmigo. Que durase quisiera el asombro. Fénix. Que fuera el horror durable quisiera Amaranta. A fin de que este bien no se acabe. Yo no he de soltarle, aunque me lleve de aquí a los Alpes. Triste madre de Morfeo, para que a tu hijo llames, toda la Deidad de amor por Venus te persuade, acerca las pardas sombras. porque ellas puedan guiarme de su confuso palacio a la soñolienta cárcel, Astrea opuesta del día: Ya Deidad de las Deidades, del trono de las tinieblas desciendo para guiarte. Sigue mis confusas huellas, porque puedas acercarte por los pasos de la noche, de Morfeo a los umbrales: De su imperioso dominio verás la prisión suave, donde está preso el cuidado, siendo el descuido su alcaide. Veras la región, a donde solo pueden igualarse los felices, y infelices, faltos de bienes, y males. Donde las venturas cesan, donde cesan los pesares, y donde, si alguna logran, tienen quietud los amantes. Donde los villanos celos pierden su ser formidable, aherrojados al olvido de quien el silencio es llave. Donde todas las acciones a una acción rendidas yacen, donde el discurso no sirve, donde la razón no vale; y donde más ya sus puertas de marfil bruñido abren las esperanzas que solas no pierden aquí su imagen. Quien al palacio del sueño osa llegar sin que pague el medio ser por tributo de que no viva, y descanse, no llegue nadie, donde no se permite que llegue el aire, y a donde iguales, suplen las fantasías por las verdades. No me conocéis? Sí Astrea Y a mi! No puede ignorarte la esperanza amor, que a ti te debe su ser constante. Pero qué buscas? Al sueño. Vesle allí más despertarle le toca al Alva. Desvelos, también en la noche caben, llámale Astrea. Morfeo, hijo de Erebo. Quién hace, en el curso de la noche que de la quietud me aparte? Astrea. y Cupido. Y bien, Qué me queréis? Entregarte yo a Cupido que te busca. Y yo a tu ley sujetarme. Haber de dormir, Cupido, solo pudo desvelarme, que no hay cosa más difícil, que hacer que el amor descanse. Oh tú, que de mis mansiones buscas las seguridades, como si pudiera el sueño a ti de ti asegurarte. Ven donde mi solio sea tu lecho aunque no agradable, pues de amor no lidian menos ideas que realidades. Depón la dorada flecha, porque de gemir descansen, el arco, y los corazones, que oprimes y que combates. Sean ilusiones tuyas en las pasiones amantes que dormirte vieren, cuantas fueron primero verdades. Cantadle al amor vosotras, para que se desengañe, de que es niño, y que se duerme a los arrullos suaves. Duerme Amor, y de mi imperio el cetro gobierna fácil, dete el sueño su dominio, pues tú le has dado tu imagen. ay del mundo, pues yo duermo. No quiera nadie. No quiera nadie, que duerme el Amor, las vidas descansen. Silencio, silencio, no gima nadie, que duerme Cupido, no pene nadie. Y en tanto que duerme, las penas se acaben. Entrad donde del asombro os aseguréis. Dejarte, Amaranta, son mis penas. Perderte, Fénix, mis males. que admirable albergue es esto. Lisipo. Anteo qué cárcel es la que habitamos? Yo sueño dos mil disparares. Qué dices? Que estoy soñando, que hay en el mundo quien pague lo que debe, y que no se usa que pida prestado nadie? que hay Amor en las hermosas que son los hombres constantes, que hay firmeza en los ausentes, y que las habilidades tienen valor que hay poeta que otros poetas alabe? ricos que a los pobres busquen, y sobre todo que el arte de torear que antes fue juego, se ha reducido a coraje, como si pudiera un bruto enojara un hombre grande? Calla necio, y dónde estamos nos di, si acaso lo sabes? Que me duermo todo sé, siendo esta seña bastante para pensar, que es el templo de Morfeo el que delante tenemos, que en este monte de Esparta situado, yace, y vive Apolo que es él, pues al querer acercarme a su puerta de marfil, tanta bocaza se me abre: no lleguéis. Porque no. Pero suspenso al aliento casi. Casi torpe el movimiento. me embarga un susto agradable un dulce sueño me ocupa. No lleguéis de la puerta del sueño a pisar los umbrales, que duerme le Amor, y podréis despertarle. Con qué pereza me muevo. Con que pesadez tan grande las plantas guío. Allí un Joven hermoso dormido yace. Allí duerme un Joven bello. Y al ejemplar de su imagen duermen en mí mis pasiones. Para ver que efecto hacen mis prevenciones fingiendo los acentos de su padre de Fénix, y de Amaranta, rémora seré. A esta parte, Fénix, y Amaranta, puesto que se ha serenado el aire, seguid mis voces. Aquí se oyó la voz de mi padre. Perdí a Cloris con el susto. Perdí a Anfriso. Huya de parte, donde las nobles pasiones se olvidan. La vista aparte de donde el Amor se duerme. Todo es bostezar, y darle. Si le hallaré? Si veré sus luces bellas? No pasen de aquí vuestras atenciones. No ves, Fénix que no hacen, aunque nos ven en nosotros, reparo los dos. Es fácil, que no nos hayan mirado, aunque nos viesen? Que al trance de llegar aquella puerta, mueren las felicidades. Huyamos, pues te encontré, de peligro tan notable. Advirtámoslos por ver, si enmiendan las ceguedades. Salgamos de aquí Lisipo. Venga quien pueda llevarme. Lisipo? Anteo? No veis. Llego a saber qué me mandes. Llego a saber, que me ordenas? Nada. Yo resuelvo echarme. Guárdete el Cielo Amaranta bella Y el Cielo te guarde, Fénix hermosa. Supuesto que se han visto en las señales logradas mis intenciones. Qué sin razón! Qué desaire! Sígueme Anfriso. Sí haré. A seguir he de obligarme el olvido de Lisipo, y Anteo, la fe agradable de Anfriso, y Cloris, siguiendo para los que son amantes, que viva el Amor despierto, porque las que amar no saben hallen dormido al Amor, a cuyo fin se da al aire la voz de las esperanzas, diciendo. No quiera nadie, no quiera nadie, pues duerme el Amor, las almas descansen, las vidas sosieguen, los deseos calmen, y en tanto que duerme, las penas se acaben: silencio, silencio, no gima nadie. Amaranta, a tanto empeño. Fénix, a empeño tan grave. Solo es remedio la ausencia, sígueme. mientras afables: por los que se han de querer, dice la esperanza amante. Voyme a dormir cuatro días. No inquiete nadie, quietud que al amor, eterno le hace. Todo el monte arde el furor de Juno, y dura la noche. Invocad el blanco coche del alba. Duerma el amor. Deja aurora tarda, deja el lecho ocioso de tu anciano esposo, que el mundo te aguarda, nazca en sus primores la voz de las aves, la tez de las Flores. Y a los caballos de jazmín, y rosa doy a vuestro lamento, desterrando del término del viento la noche tenebrosa; huya la sombra perezosa, y fría del candor de la Aurora, que lo que el Alva soñolienta llora, es gorjeo del día. Cobren la luz las apagadas flores que pierden las estrellas, encendiendo del Sol a las centellas sus marchitos colores: vuelvan con asechanzas más suaves a murmurar ufanas las fuentes, que guardaron cortesanas el sueño de la aves. El arroyuelo la opresión tirana del yelo desabroche, y del castigo que le dio la noche se queje a la mañana. Los dulces, los amantes ruiseñores, con sonoro concierto pues vive en ellos el amor despierto, entonen sus amores vuelvan a su desvelo los amantes, descansando en su olvido, los que presumen al amor dormido, de su engaño ignorantes, y ya que ve mi resplandor el suelo reciba ser segundo cobre color de mi color el mundo al ejemplar del Cielo. despierta Cloris mía, que el alba hermosa por tus la labios de rosa pronuncia el día. nunca durmieron ojos que los desvelos de amor supieron. Aunque rendido me vi al sueño, me ha despertado un no sé qué que ha cantado, y llorado por aquí. Sábelo, más no es forzoso, no quiero, cómo que no hará? que fuera que yo quisiera dar en curioso? mas yo de esto he de tratar, siendo hombre tan descuidado, que pregunto si he cenado acabando de cenar? Yo que una vez me quite, los calzados y el vestido, y por natural olvido con golilla me acosté? Yo que una noche, no breve trecho, que estaba nevando me fui sin sombrero, andando con la cabeza a la nieve, y sin notar mi pereza, que el sombrero me faltaba, por dónde, me preguntaba, se me enfría la cabeza? hasta que después de estar en casa de un caballero, eché menos el sombrero, porque me le fui a quitar. Yo cuidadoso, más ola, Florilla es esta en rigor, si me trata de su amor habré de escurrir la bola, que aunque poco la quería, según me va desde ayer, pienso que la he de querer mucho menos cada día. Rústico? Qué manda usté? Cómo me hablas de ese modo? Porque en fin se acaba todo. Y qué es todo, necio? Que? todo lo que era sentir, todo lo que era llorar, todo lo que era penar, todo lo que era morir, mas callemos, que Amaranta, y Fénix, aquí han llegado. Sin duda, que algún cuidado tan temprano las levanta. Fénix? Amaranta? Di, cómo tan temprano el lecho dejaste? Porque en el pecho, siento un nuevo frenesí Y tú lo pronuncias? Sí. sin que parezca acción loca, que el mal a que me provocas una ignorada pasión no cabe en el corazón, y se sale por la boca. Qué padeces? Un desvelo? De qué procede? No sé. Ay de mí, que en ti encontré señas de mi desconsuelo! Pues qué sientes? Un recelo aleve, un susto traidor, que con fuerza superior quiere pasarse a locura, pues le calla la cordura, y le pronuncia el furor: viste acaso de mis ojos librarse algún albedrío; viste quién al desdén mío no tributase despojos? Vi rendirse a tus enojos muchas almas por trofeo, y también vi, ay devaneo! muchos trofeos en mí, pero todo lo que vi se borra con lo que veo. Quién, pues, grosero blasona librarse de nuestros fueros? Y quién a nuestros desdenes se niega? Lisipo. Anteo. Qué dices? Que aquí los dos llegan sin duda de veros ocasionados. Y no es bastante el motivo? Es cierro. Respondió el acaso, Fénix? Amaranta, ya lo veo, mas disimular importa. Hallen sus estilos necios en nuestro desdén castigo. Y puesto que no sabemos mas de que sea soberbia en nosotras echar menos en estos aquel tributo que los otros nos rindieron: mueran a nuestros desdenes. mueran a nuestros desprecios, pero recelo, ay de mí! Qué? Que no nos entendemos las dos, y que nos entiende. Quién Amaranta? El silencio, que él solamente se explica, sin peligro del respecto. Rústico, que es que si cosa, que la quiero, y no la quiero, que la digo, y no la digo, que la siento, y no la siento? Florilla, es algo, y no es algo, es aquello, y no es aquello, es lo otro, y no es lo otro, es lo mismo, y no es lo mismo. Acertástelo, simplote. Tengo lindo entendimiento. No es nuevo el nacer el día, bella Amaranta, No es nuevo Fénix hermosa, que el Sol nazca de vuestros luceros. Que deis al Cielo hermosura. Qué decís? que no os entiendo. Que siendo aurora divina, sois primera luz del Cielo. Que alumbran por vuestros ojos. de Apolo los rayos bellos. Si nos engañamos, Fénix en el pasado suceso? Parece que sí Amaranta, mas ven que así lo veremos. Oíd. Oíd. Qué queréis? Agradecer pretendemos el hospedaje cortés, que a vuestro padre debemos. Y no más? No más. Qué más? Inadvertido. Grosero. No haber sido fulminado de rayos, que hacer pudieron de una villana osadía un político escarmiento. Haber sido perdonado vuestro loco devaneo de un enojo que no quiso más que pasarse a desprecio. Si motivé por hablar vuestro soberano ceño, no os olvidéis de que fue partido que mi tormento le pidió a vuestra deidad, cuando a la dicha de veros ferié todo el albedrío, de que la adoré me acuerdo, pero tan confusamente, que en lo que olvido padezco: mal haya afecto dormido, que tiene el dolor despierto. Si os ofendí por callar primores que merecieron vuestros divinos aplausos, fue, hermosa Fénix, precepto, que me impusisteis, y yo prometi observar atento, cuando al miraros os di una alma fiel por trofeo. Verdad es que me rendí a sus ojos, pero siento tan remisa la pasión, que parece que lo sueño, y sin poder explicarla, de callarla me avergüenzo: mal haya afecto que es fino con semblante de grosero. Esto parece verdad, No lo creamos tan presto, buscad a mi padre, y dadle, aunque sobradas las creo, las gracias que pretendéis, pues a él debéis el obsequio de serviros, si hizo algo, quien cumplió consigo mismo, porque nosotras, ni mudos, ni retóricos queremos veros, ni oíros: ven Fénix. Así, señora, lo haremos. Mas que no se van? Nos siguen? No, Amaranta. De ira muero. De ira rabio Linda cosa fuera, que se usara de esto. Allá en la villa, menguado. Su luz me arrastra, y no puedo seguirla. Ay triste! Mi norte se pierde, y perderle dejo. Esta es traición de Cupido. Pues para triunfar lo bello necesita del amor? Sí Fénix. cual te las tengo, dicen ellos. que lo hermoso, aunque por si tiene imperio, no tiene por si dominio, y esto se prueba, en que vemos hermosuras infelices, viendo no hermosos sujetos, dichosos que el amor hace parecer, según sus fueros, tal vez humano lo hermoso, y tal divino lo feo. Pues qué haremos? Qué? morir triunfando de nuestros mismos soberbios afectos. Hijas? Señor. Lisipo, y Anteo? mucho de haberos hallado, ay infelice! me alegro, si puede alegrarse, quien viene de temor muriendo! Qué traerá de nuevo el amo? Alguna cosa de viejo. Pues qué traéis, señor? Qué tienes? Tuyos son nuestros aceros. Nuestras vidas te aseguren Dinos tu mal. Ya comienzo. llegué al gran templo de Juno del fervoroso deseo de mi obligación llevado al primer albor del Cielo, a saber, sin mí lo digo! a inquirir, sin mí lo acuerdo! a notar del terremoto pasado los fundamentos. Pisé los cotos sagrados apenas, cuando esparciendo a todas partes la vista, vi marchito, árido y seco, cuanto ayer era florido, y verde a pesar del tiempo, lisonja de los Abriles, injuria de los Eneros. Las amontonadas reses, que ofrendas del culto fueron, despedidas de la llama, privilegiadas del fuego, sin actividad la lumbre, y sin que le obligue el viento, torcido el humo de boto, que antes subía derecho, en señal de que no admite Juno lo que le ofrecemos. Toqué las doradas puertas, cuyos quicios a los ruegos, suaves siempre al impulso de mi porfía, gimieron. Entré finalmente, donde trémulas las luces, viendo de las mal vivas antorchas, que por derretirse, ardieron, noté que lloraban, cuanto iban destilando al suelo, que llora en ojos divinos, quien no tiene sentimiento. No aquí, a mi horror, no a mi pasmo la voz, ni el labio detengo, que acordarme de mí, fuera dejar lo más por lo menos. Guio la turbada planta, los cobardes ojos muevo, y llego al altar, adonde hace el simulacro el templo, y de funesto cendal, halló su rostro cubierto, negados sus resplandores, y eclipsados sus luceros: pregunto, qué ajena culpa? y mi exclamación oyendo el Sacerdote de Juno, envueltos, barba, y cabello en bruta ceniza, que fue sacrificio primero; con voz mal articulada me respondió en grave acento: bien dijiste, ajena culpa, aunque cuya es, no comprehendo, turbando los sacrificios las venganzas, ha dispuesto de la Diosa algún Troyano, la planta enemiga ha puesto en los sagrados de Juno, porque solamente habiendo otras veces sucedido estos sacrílegos yerros, las amenazas se han visto de sus enojos severos. Ay de quien ha de templarlas, dijo dándose al silencio, por un rato resonó del temeroso, hay el eco, él confuso, y yo turbado, estábamos, cuando oyendo de repente voz divina en no conocido cuerpo: por orden suyo deje los sacros lugares luego, y a buscaros descendí del monte al valle, advirtiendo que lo que manda la Diosa, es lo que oiréis de ese acento de esa advertencia suave, que le oigo, y no la veo, pues ordena, que en venganza de Juno. sean desempeño dos humanos sacrificios de dos sacrílegos yerros. Y a no saberse quien soy debo al piadoso suceso casual que lo impidió. Sin duda favor de Venus fue, que el acaso estorbase mi noticia. Estamos buenos? eres Troyana, Florilla? Como tú, Rústico, Griego. No sé, Amaranta, qué piense de la mudanza que veo en sus dos semblantes. Calla, no sea el reparo nuestro movimiento de desdicha, que no sé si sentimos. Luego pueden ser los dos? No sé más ser el suceso tan próximo a su llegada, no es indicio muy pequeño, ni descuido de algún Dios, que las dos lo reparemos, solamente donde juzgo que están seguros sus riesgos. Seguros sus riesgos? Si, que es culpa de nobles pechos venganzas civiles. Ay, Amaranta! que no es eso. Pues qué Fénix? Tú lo sabes, y aun yo. Lo que es no apuremos en nosotras como sea, lo que es desdén para ellos. Escuchad lo que la Diosa ordena. sean desempeño dos humanos sacrificios de dos sacrílegos yerros: cuantos los sagrados cotos, cuantos pisáis los amenos distritos en monte, y valle del mal venerado Templo, sabed su ofensa de mí, si no os la dijo primero la pavorosa, aunque muda retórica de su ceño. El enojo de la Diosa tiene el justo fundamento, de que Troyanas reliquias se atrevan a su respeto. Y manda porque no sea venganza, que sea obsequio de su desagravio, el puro raudal de inocentes pechos, porque aborrecida sangre no manche el sagrado suelo. En los sacrílegos, quiere que sea indulto el desprecio, humildes vidas resuelve, que templen su airado incendio, que injurian los sacrificios las cenizas del soberbio. Seguid al Templo mis pasos, cuantos oís mis acentos, donde oiréis más explicadas las leyes de sus decretos, diciendo por los que eligen los destinos para el riesgo. Ay del que siendo inocente, castigos padece ajenos. Qué aguardáis que no seguís los soberanos preceptos? ay de mí, si en Amaranta, y Fénix cae el agüero! Sin mí he quedado, al saber de mi desdicha el efecto. Sin mi estoy de haber oído de mi desgracia el estreno. Seguid mis pasos, ninguno al orden falte, diciendo; como imanes de aquel norte con doloridos acentos. Ay del que siendo inocente, castigos padece ajenos. A dónde vais? A serviros. Quedaos los dos. A Que efecto, si manda Juno, que todos suban al Sagrado Templo? A efecto, de que no habla con vosotros el decreto. Por qué? Porque si inocentes sacrificios busca, es cierto que culpados sacrificios no los tendrá por obsequio, y porque temo que a vista de la compasión que espero en todos, viendo rendidos al yugo inocentes cuellos, amotinado el dolor, no haga la ira desprecio, que de divinos desdenes no entienden humanos pechos. Luego presumís? Ni yo, ni Amaranta pretendemos presumir, ni saber nada de vuestros semblantes mismos, ú de quien los comunica os informad, sin debernos, ni pagarnos atenciones que a nosotras nos debemos. Y si mientras queda solo el valle, conocéis riesgo de que libraros debáis, y no es piedad la que muestro, si no presunción, libraos. Huid, más yo me despeño. Señora. Señora. Nada. nos digáis, que nada oiremos. Rustico ven. Para qué? No eres inocente, necio? Sí, más quiero ser bellaco, y a ir contigo no me atrevo. Qué es esto ofendida Juno? Airada Juno, qué es esto? A dónde de tus rigores seguro estaré? Qué puerto hallaran mis desventuras que me libre de tu ceño? Si fue violencia del hado? Si fue del destino afecto? Por huir de tus venganzas llegar aquí? Pero Anteo me oye. Lisipo me escucha, mas qué me recato, puesto que sospechada mi culpa me llama a excusar el riesgo? Pero por qué disimulo cuando librarme resuelvo de oír baldones, que afrentan mi noble sangre, diciendo, que es tan infeliz, que aún no merece ser escarmiento? Ay de mí triste! Ay de mí! Suspirar aquí, es defecto. que si es remedio el suspiro de lo que padece e pecho, no está bien con el achaque quien solicita el remedio: fuera, de que aquí no tienen los suspiros ningún precio, ninguna piedad los llantos, ningún valor los tormentos; porque aunque se pena aquí, es aquí el dolor tan cuerdo, que el que más padece, vive con su dolor más contento: porque aquí son las pasiones de tan noble fundamento, que el que las padece más, es el que las siente menos. Aquí el esperar, es culpa; el pronunciar, sacrilegio; el desear, grosería: y solo entre los afectos que son aquí peligrosos, el silencio, y el respeto tienen un valor que casi se acerca a merecimiento. El respeto, porque teme, y porque calla el silencio: y finalmente, aquí ay callando, penando, ardiendo al rigor sacrificados, más mártires que en Marruecos que hay Ante Cristo de amor in divinos ojos bellos: aquí que mete cañitas de desdenes por los dedos. Déjanos, Rústico. mande a sus criados, Anteo, que no he comido su pan, aunque he dormido su sueño. Por tu vida, que nos dejes. De ese modo me convengo, que su cortesía obliga mucho: ara, yo subo al templo a ver si toca a Florida la amenaza que así pienso de los que me ha dado malos tener algún rato bueno. Yo me resuelvo a buscar, cuando no alivio, consejo en las dudas que me afligen. A procurar me resuelvo consejo, cuando no alivio a las dudas que padezco. Señor Lisipo, asentado que nos hizo compañeros, aunque no sé si un motivo lo casual de un suceso, de vos resuelvo valerme para una duda que tengo, y para un riesgo que aguardo. Yo pagar, señor, Anteo vuestra justa confianza hidalgamente prometo, con no recatar de vos otra duda, y otro riesgo. Decid, pues, y me hallaréis más pronto al peligro vuestro que al mío. Cuando no hubiera más razón que ser primero en la confianza vos, bastaba esta, y así os ruego que lo seáis en el alivio. Quejaos de vuestro precepto si al obedecerle echaréis algo en mi replica menos, pues por empeñaros más; prosigo yo. Y yo os atiento. Nací en Lavinia, Ciudad que fabricó en su destierro el piadoso Eneas, cuando a las venganzas del Griego, si no a las iras de Juno, en ruedas de humo se vieron los altos muros de Troya ser lastima, y escarmiento de Eneas, pues descendiente, porque excusarme pretendo, de no forzosas noticias a fin de no ser molesto. Herede su noble sangre, y herede en su sangre, envuelto el rencor de Juno, como si en los Troyanos primeros no pudieran a pagarse sus hidrópicos sedientos odios con mares de llanto, y con montañas de fuego. Doce años vi de la luz, propicios los rayos bellos en doce veces, que Apolo vivió las casas del Cielo, cuando mudando el semblante piadoso en rigor severo, para complacer a Juno, quiso mostrarse mi opuesto, pues amenazó mi vida su Oráculo, con pretexto de que sería mi culpa enojo de Juno, siendo de mi culpa desagravio otra vida, cuyo efecto veo hoy cumplido, que nunca, aunque apasionados fueron del Oráculo divino, mentirosos los agüeros. Odiado entonces de cuantos el fatal destino oyeron (que no quiere padecer nadie por delito ajeno) guardé la vida infelice a merced de algunos deudos, que olvidando su peligro cuidaron de mi remedio, Guardé la vida, y perdí la libertad, pues viviendo en un monte, a quien el mar fue líquido carcelero, salobre valle de espumas marco de cristal desecho. En este, pues, del principio de mis años breve imperio, donde eran mudos, bien que vasallos atentos los riscos que en su firmeza su lealtad me prometieron. Gasté de mi edad primera los floridos años tiernos, rindiendo al oso en la lucha, como al ganchoso, ligero bruto que en toscos guarismos le muestra su edad al viento en la tendida carrera, de cuyo curso violento alguna vez ofendido mi enojo satisfaciendo, prendiéndole de los lustros le confundía los tiempos. Viví así, si así se vive, hasta, que ya más mancebo, y hasta, que ya más cansado de mi inculpable destierro, discurrí en dejar el monte como si fuera lo mismo la intención de mi disignio, que el logro de mi deseo; mas como lo que ha de ser, va tomando en breve cuerpo forma, y como no hay principio, que a fin no vaya dispuesto, una, de las muchas veces que a ejecutar mis intentos bajé del mar a la orilla en un recogido seno, que era bostezo del monte, y descuido de los vientos, vi una nave, y porque distan sus costados del terreno, sin más discurso que aquel anhelante movimiento, que en el corazón, es prisa de fenecer los deseos, me arrojé al cristal rizado y vivo bajel, haciendo proa de la frente, como de pies, y de manos remos. Tanto oprimí las espumas. a uno, y otro impulso incierto, que temí, que me anegasen, cansadas de mi denuedo, aún más que de mi ignorancia: mas como dije primero, no habiendo de derogarse de los hados el decreto, no pudo impedir el mar la resolución del Cielo. Entré en la nave, y hallando todo su combés desierto, sin piloto que la guíe, sin vela, ni marinero, requisitos necesarios, cuya noticia me dieron libros que a mi soledad servían de compañeros, y compañeros amigos, pues sin mudanza, ni riesgo a todas horas los halla, quien tiene amistad con ellos. Hállala desaviada, de cuanto forzoso, creo tanto, que ya arrepentido quise echarme al agua, a tiempo que, o terral viento, o resaca del mar, sacando del puerto el embreado promontorio de su máquina de Abeto. Al ancho mar la entregó con tan veloz movimiento, que monstruo de dos especies en el aire, y en el centro el medio cuerpo era garza, y delfín el otro medio. Corrí páramos de nieve, sin más norte que el primero, sin más náuticas faenas, que los embates soberbios del agua, a cuyo castigo gemía el herido leño, sin más discurso, que dar tosco alimento grosero a la vida, y sin mudanza mayor, que trocar el fiero traje en político adorno, o casual, o dispuesto. Corrí el campo de Neptuno, seis auroras, que naciendo el Sol por puertas de nácar vio en el mar seis monumentos cuando a la séptima airado Eolo vibró soberbio. No toqué, despedazando árboles, y masteleros de bajel mal gobernado le volvió ataúd funesto, o pelota del destino, pues con impulso violento; desde la losa de espumas, a la pared de luceros, le sacaba, y le volvía, con palabras de los vientos. Tan cerca me vi unas veces de los ignorados senos da Neptuno, que apurar pudiera huésped violento, de sus confusas arenas los escondidos secretos del ámbar, que suda el árbol del cristal que cuaja el viento, de la perla que congelan los albores soñolientos, como del coral, que en rudos mal explicados reflejos, es verde tea, que alumbra los salobres monumentos. Tanto otras veces vecino me vi de los macilentos sustitutos que el Sol deja, al declinar de su imperio, que a saber cuál es el Astro mi auxiliar, y cual mi opuesto, pues son dos de cualquier vida, parciales, y comuneros al enemigo borrara la luz que da al firmamento, y de sus rayos aleves a oscuras dejara el cielo, pasando al Astro propicio los apagados incendios del cruel, porque se vieran, uno espirando, otro ardiendo, con las lumbres del piadoso las tinieblas del severo. Chocó en fin en esas peñas, y entre viviendo, y muriendo a las plantas de Amaranta me arrojo, que feliz puerto fueran de mis desventuras, si como memoria tengo, de que me tendí a sus ojos no hubiera acaso grosero entibiado las centellas de mi justo rendimiento. Estos hasta aquí, Lisipo, son los extraños sucesos de mi vida, mi destino este, que cumplido veo. mi deseo, el de morir, de no consentir mi empeño, que inculpable vida pague la culpa que yo cometo; y demostrar, finalmente, vuestro parecer, siguiendo que en cuanto no fuere ofensa soberana, ni recelos, ni amenazas, ni destinos, ni desventuras, ni riesgos, acobardan mi valor, avasallan mis alientos, sobresaltan mi osadía, atemorizan mi esfuerzo; porque contra la fortuna, y contra sus duros fueros, soy la ojeriza del hado, y soy el Troyano Anteo. Primero me dad los brazos, y oídme ahora, que luego veréis que fue obligación lo que pareció cortejo. Ignorando mis principios me crie en un valle ameno, que a espaldas de esta montaña es de su mitad asiento. Proporcionadas riquezas de un piadoso anciano, fueron los bienes de mi fortuna, porque Tiresias muriendo (que así se llamaba) falto de legítimo heredero, de su cariño llevado, y a la obligación atento de mi crianza me dio los bienes que le dio el Cielo; dejome a su despedida entre muchos sentimientos un pliego cerrado, y mal articulando el acento, me pidió que obedeciese lo que en él decía, en premio de la lealtad, y el amor que mostraba en mis aumentos. Troyano eres Lisipo, me dijo, y interrumpiendo un parasismo sus voces, dio su espíritu al Leteo, codicioso de observar los ignorados preceptos más que curioso rompí la sellada nema al pliego, y leí, si lo pronuncio, mas es vigor de mi aliento que de mis alientos, pues templar el susto de un pecho donde late el corazón con horribles movimientos, no es efecto de los labios, sino del valor efecto. Tú has de morir, o por ti una hermosura, si al Templo de Juno los cotos pisas, que así el Oráculo en Delfos lo pronosticó de Apolo en tu infausto nacimiento. Leí, y prosiguiendo al fin aunque sin mí prosiguiendo, que ocupan mucha osadía una lástima, y un riesgo, Vi ser Troyano, y que Anquises felice, amante de Venus, fue mi ascendiente, glorioso en el cuidado, advirtiendo de Tiresias, cuan costosas sus nobles fatigas fueron: pues en más de cinco lustros supo hacer, que los deseos de mi libertad no viesen nunca los vedados suelos, unas veces con halagos, y otras veces con despegos. Obedecíle, después de su muerte dos Febreros, u dos meses que a la Diosa, son de dos años obsequio, y este queriendo también, por apartarme del riesgo, como los otros salir de Esparta, al querer hacerlo: sobre un caballo de Frigia tostado alazán inquieto, cuyo aliento, y cuya piel eran humo, y eran fuego. Tan dilatado de crines, tan veloz de movimientos, que por no pisar las trenzas que le pendían del cuello, si acaso el suelo tocaba, era concurso tan presto, que presumían los ojos que pisaba sobre el viento, o que por dar a las crines, siempre limpios los espejos, de las manos, recataba las herraduras del suelo. Bien formado de caderas, bien dilatado de pechos, obediente a los avisos del acicate y del freno. Si corría, parecía alterado mar Bermejo, que olas haciendo de espuma para apagar el incendio de su cólera, surcaba lo propio que iba esparciendo; y si paraba, era risco tan inmóvil, que en si mismo la respiración guardaba de sus volcanes inquietos, porque no le desmintiese de risco aquel movimiento. En este, pues, como dije, bruto obediente y soberbio, quise huir el anunciado peligro; como si a riesgos determinados hallaran las diligencias remedio. Bien se vio aquí, pues apenas a la tienda medí el tiento, ajustándome en la silla, y terciándome en los yerros, cuando olvidando su estilo, y burlando mi precepto, tomó del monte la senda que se fenece en el Templo, con tanta velocidad, que volando, y que corriendo; por lo veloz era rayo; por lo ruidoso, era trueno, y relámpago encendido por el color, siendo a un tiempo en ruido, piel, y violencia, rayo, relámpago, y trueno. Llegó el sitio amenazoso, volando, más cuando menos prestos suelen ser los pasos que corren hacia los riesgos, y sin darme más lugar, que aquel del conocimiento de mi desdicha, al gemido de un ay de mí, partió luego a castigar su delito, arrojándose soberbio, o avergonzado del monte, en cuyo segundo intento, arroyo precipitado pareció, que descendiendo desde alta cumbre, a hondo valle baja en pedazos desechos. El ya muerto, y yo no vivo llegué a las plantas, que fueron mi sagrado en Fénix bella, si mi encanto sus luceros. mas de esto, aunque no me olvido no cabalmente me acuerdo, pues aunque rendido amante a su Deidad me confieso, es con verdad tan confusa, que tiene indicios de sueño. Llegué, finalmente, donde vi cumplidos los agüeros del destino, y donde vi ser tan uno los sucesos nuestros, como una también la razón de padecerlos: y puesto que de cualquiera, el desaire, es también duelo de entrambos, por nuestra deuda, sea lo que hacer debemos, parecer de entrambos, pues siguiendo el dictamen vuestro; me hallarán los precipicios, siempre constante; los cielos, siempre osado; los horrores, siempre intrépido; los riesgos, firme a las iras de Apolo, y de Juno a los desprecios. Sean no paga mis brazos, sino indicio. huyamos presto del monstruo, que a la venganza del Juno sale del templo. Ay de mí infeliz! Ay triste! Mueran los Troyanos fieros, y vivan Cloris, y Anfriso. No os opongáis al decreto de la Diosa, quebrantando los soberanos preceptos. de qué nacerá este ruido? Yo se lo diré, que a esto me fui endenantes de aquí: esto es, si quieren saberlo, que las suertes han tocado, de dos ofensas, supuesto, que son dos los sacrificios. A Anfriso, y Cloris, del fiero enojo de Juno, y es, que se ha amotinado el pueblo contra no sé qué Troyanos, que tienen la culpa, y luego, que el Sacerdote de Juno, le manda, que se esté quedo. y luego, que se ha emboscado la fiera en lo más espeso; luego, que tiene por nombre, la fiera del desdén; luego, que da licencia la Diosa, que pueda valiente acero, sin su enojo, defender de los inocentes, y esto no es muy fácil que el desdén tiene unas púas de acero, que a más de cincuenta pasos sacan un alma de un cuerpo. Luego que es impenetrable, porque en lugar de pellejo, trae un vestido de conchas, que las crueldades le dieron. Luego, que a los sorteados los traen por aquí, y luego, que yo me vuelvo a saber, si hay otra cosa de nuevo, para venirla a contar con otros ochenta luegos. Ya aquí no hay que discurrir. Ya que pensar no tenemos. Pues debemos defender sus vidas. Ay del que viendo inocente castigos padece ajenos Publicad la gran piedad de la Diosa en su severo enojo. Cumplió el agüero en nosotros su crueldad. Si Cloris, y al verte así, sabe mi amante dolor, que no hubiera en mi temor, si no hubiera riesgo en ti. Del Oráculo atended a las piadosas palabras, donde la intención divina vera la duda explicada. Manda la piadosa Juno, la ofendida Diosa manda, que templen dos sacrificios, de dos enojos la saña; y manda, porque su justicia no sea venganza que todo el término de hoy tengan las amenazadas, vidas de los infelices, a quien culpó la desgracia; Porque haya, quien en su defensa tome la demanda. Sin que el que feliz venciere la fiera del desdén, haga injuria a la reverencia, de ser de Juno envidiada; Ya sean armas, las que se le opongan, divinas, y humanas. Y esto da en satisfacción, de que solo a las Troyanas osadías solicita enfrenar las arrogancias; Pues clara, muestra la clemencia para la amenaza. Y puesto que rigurosos parezcan, dientes, y garras, del desdén domesticado, podrá verse a la constancia; de quien le haga, lid con la firmeza, si non con la espada. Del Oráculo las voces, esto ordenan, y esto encargan, desde las iras severas a las clemencias hidalgas; y así lo mandan, saber a riscos troncos, flores, y plantas Ay de quien paga, culpa que se comete con la desgracia. Al Templo cruel llegamos a consultar nuestras ansias, y hallamos nuestras desdichas; ya consultadas. No mi pena siento, no, tu pena sí, y que no haya más vida para la muerte de nuestra esperanza. Oiga mis quejas el Cielo, y no para consolarlas, pues no hay consuelo a dolores, que hieren las almas. Tu despojo de una fiera? quien vio: ha crueles entrañas! de jazmines, y claveles hacerse vianda? Bien se conoce, que amor duerme, pues que no rescata tu perfección de la injuria, de fea amenaza. Veráse el amor vencido del desdén en confianza, de que mueren dos amantes hoy a su saña. Veránse dos inocentes corazones a las armas del desdén rendidos, solo porque se aman. Mas no se verá, que al Cielo cerróles ojos le faltan para llorar desventuras de ajena causa. Ay de quien paga culpa, que se comete con la desgracia. Cubridles los tristes ojos, porque sin noticia va van, y al determinado sitio, guiad sus cobardes plantas, que teatro de sus muertes ha de ser. Ay de quien paga, Culpa que se comete con la desgracia. Ay de quien sufre disimula, y calla, lágrimas, y suspiros, penas, y ansias, Sigamos el dolorido tropel, para que no se salga incierta nuestra intención. Y pues la Diosa irritada, dice, que sean divinas, o resistencias humanas, las que a la fiera se opongan, sin excluir las Troyanas osadías de contienda, que a los dos solos nos llama así para pretenderla, como por ocasionarla! De norte nos sirva el triste lamento, porque así hallada la fiera del desdén, muera a nuestras nobles espadas, o acaben nuestras desdichas al enojo de su saña. Eso no ha de ser así. Pues cómo, Deidad sagrada, que sin conocer quién seas nuestra reverencia causas? Como que al oírte, todo el discurso se embaraza, pues me suspende el respeto de obligación que me arrastra. Con armas fatales, pues ningunas son de importancia para la escamosa piel, si Vulcano no las labra. Y cómo tan pronto riesgo sufrirá espera tan larga? No se pierde tiempo, donde el tiempo nunca se gasta. Déjanos ir. Es inútil vuestro valor. No nos hagas, la injuria de detenernos. Cesando aquí por mi causa, vuestro intento, se hacen mías vuestras glorias, o vuestra infamia. Pues quién eres? Ah del sacro Palacio. Ninfas gallardas de Venus. No dijo Venus? Sí Anteo. Ventura extraña! Lleguen en hora dichosa al nunca pisado alcázar, perdonadas del incendio las dos reliquias Troyanas. En hora felice lleguen a coronar sus hazañas, patrocinadas de Venus de la más dura amenaza. Y donde las armas tomen que al desdén humilde le hagan. De admirado el labio sello! De confusa la voz calla! Vulcano, Esterope, y Bronte: ha de vosotros, que a instancia de mi ruego la oficina mudáis al monte de Esparta. Qué, adorada Venus, quieres? Qué, divina Diosa, mandas? Que para dos intenciones, a un logro determinadas, dos pasadores labréis, de materia tan templada, y de tan dura materia, que sin que resista nada, sus puntas muerdan violentas de la fiera las entrañas: como que al aspaventoso ruido la cárcel blanda de ese Cupido, que al sueño rinde su Deidad sagrada, pues sin amor, no es posible vencer del desdén la saña: Qué hacéis, pues? Obedecerte. A los yunques. A la fragua. Divinas fuerzas previene Venus, que al desdén contrasta; porque desdenes Divinos, desprecian fuerzas humanas, Viento, agua. Que a suspiros, y llantos se hacen las armas, que de los desdenes vencen la saña. A los gemidos despierte de amor la Deidad sagrada, con que se quejan los yunques de que sus flechas no labran. Venga, siga. Que no es justo que duerma, cuando dos almas al Desdén sacrifica dura venganza. Para vencer del desdén las sin razones tiranas, a ruegos labra las flechas, y a rendimientos las fragua. Viento, agua, que a suspiros, Etc. Des haga a los dos estruendos del ocio la cárcel blanda, el amor, si acaso duerme, quien durmiendo no descansa. Venga, siga, Etc. No la hermosura se fie que no pasare de humana enojos que al amor hieren, si hay flechas, que al Desdén matan. Viento, agua, que a suspiros, Etc. No amor consienta dormido baldones que le maltratan, despierte por Venus, pues por Venus dormido estaba. Venga, salga, que no es justo, &c. Las flechas me da Morfeo. pues despierto a las instancias de Vulcano obedecer deben sus voces mis plantas. Ay de las sinrazones de las ingratas, pues despierto Cupido toma sus armas. Divina Venus, qué aquí haces? Buscarte. A qué causa? A causa de que estas dos flechas ya perfeccionadas, que a ser muerte del Desdén, suspiros, y llantos labran des a los Troyanos nobles. Ay Fénix! que cuanto estaba mas suspensa mi pasión, crece con más finas ansias, porque el Desdén no resista a sus violencias la entrada. Tomad los dos. Y partid, con más de una confianza que ya es tiempo mientras vuelve a veros quien os aguarda vitoriosos y felices. Deja que rocíe tus plantas. Tu Cupido, a Fénix bella te presenta y Amaranta, pues aquí llegan, tu fuerza en sus disimulos haga, que demostraciones sean los afectos que recitan, para que en Lides de Amor, y desdén, hoy declaradas contra el enojo de Juno, y la crueldad de Diana, logren Venus, y Cupido la vitoria deseada, voy a obedecerte. Amor de vuestro triunfo se encarga, seguidme Ninfas, y todo lo aparente se deshaga. Puede ser esta fortuna verdad en nuestras desgracias. No en discurso ocupemos tiempo de tanta importancia, asentando, que también las desventuras se cansan. Despertó amor, y con él mis penas enamoradas: ay Amaranta divina! Aunque de tus duras flechas, blanco nuestros pechos hagas, vencerán nuestros desdenes. Perdonad bella Amaranta, y Fénix, si mis arpones en ofensa de Diana, y desagravio de Venus, ejecutan lo que manda, Ay infelice de mí! Ay de mí infeliz! Qué aguardan nuestras ya ardientes pasiones, que a costa de vida, y alma no socorren los peligros de Fénix, y de Amaranta, A morir en su defensa vamos. Quién busca? Quién causa? Los dos causáis nuestras penas. Los dos buscáis nuestras ansias. Pero aunque el traidor Cupido solicita las venganzas de Venus, han de triunfar las crueldades de Diana. Venciendo nuestros desdenes, venciendo nuestra constancia. Pues porque hermoso milagro. Porque deidad soberana. tanta Crueldad con quién muere? Tanto rigor con quién ama? Ay Amaranta! Y ay Fénix! pero pese a la villana pasión que quiere los ojos hacer puertas de las almas! Pese al afecto traidor que con alevosa maña quiere ser humo en los labios del volcán que el pecho guarda! Divina Amaranta? Hermosa Fénix? Ya la fiera baja a ser de las inocentes, vidas sangrienta amenaza. ay de quien paga culpa que se comete con la desgracia. Liunpo, Anteo. Las voces de Venus allí nos llaman, y aquí el amor nos detiene. Qué haremos? Que a cumplir vayan nuestras vidas con aquella obligación. Y las almas le queden para trofeos de Fénix, y de Amaranta. Qué es esto Amaranta? No no sé, Fénix, más pues baja el monstruo horrible, sepulcro sean sus brutas entrañas de nuestras pasiones, antes, que libres al labio salgan. Bien dices, no logre amor su intento, vamos ufanas donde nuestras vidas sean al Desdén sacrificadas. Seguid mis pisadas, porque no mueran dos vidas que importan dos almas. Qué afecto tras sí me lleva? Qué pasión tras sí me arrastra? Pasión más hidalga, y afecto que por ser noble os busca, y os guarda. Ya sin mi te sigo, acento, Ya sin mí sigo tus plantas. Y ya violentada quiero contra el uso de mi saña. Seguir tus pisadas porque no mueran dos vidas, que importan dos almas. Dejadlos solos, pues ya llega el término aplazado, y al sitio determinado llegando su suerte va. Ay de ti! Ay de ti! que entras, donde no puedes volver a salir. Quién sabe de mí? Quién sabe de mí? Si hay quien sepa de un infeliz. La pena escuché de Anfriso. La voz de Cloris oí. Que no es remedio no ver de la desdicha de oír. Anfriso, di, si me oyes? Si te oigo, Cloris, y si te veo, que de mirarte quiero dichoso morir. Vean, pues, tus adorados ojos mis ojos, y en mi no parezca inobediencia, el que es de amor frenesí. Que medroso sitio es este a donde muere el jazmín, donde fallece la rosa, y donde espira el Abril? Pálidas funestas señas son de nuestra muerte aquí, perder su candor lo blanco, y lo rojo su carmín. Asustadas cuantas flores mires, dicen entre sí, hoy nuestro florido imperio ha de tener mustio fin. Mas porqué lo que padecen las flores, siento yo así, si cuando ellas su hermosura, pierdo yo mi vida en ti? No a los labios robe el llanto el tormentoso gemir que suele avivarse el fuego al aire de un hay de mí! mas ay que el escandaloso estruendo se escucha allí! Ay que la fiera se acerca a nuestro infelice fin! Ay que la amenaza escucho de su espantoso gemir! Ay que a su fiereza veo la descollada cerviz, a cuyo asombro! Y a cuyo pasmo. La vida rendir siento. Siento que la vida de mi temor quiere huir. Quién sabe de mí? Quién sabe de mí? Si hay quien sepa de un infeliz! Contra mi esgrime la garra, Vibra contra mí el marfil. No muera Cloris. No muera Anfriso. Y yo sí. Y yo sí. Pero para qué esperamos villana muerte civil, pues donde hay amantes penas, no hace falta otro morir? Válgalo el delirar de mi labio. O el partir de mis acentos lo diga, pues al ver. Al discurrir, que te he de ver espirar. Que te he de ver no vivir. Es lazo, el dolor violento. Tosigo es la pena vil. Cloris? Anfriso El postrero favor sea permitir, que en tus brazos, más la planta echa pesada raíz, Pues yo en los tuyos, más ay! que siento a mi planta hundir sus duros hombros la tierra! A su peligro asistid Ninfas de Venus hermosas. Ay de mí triste! Ay de mí! Cloris adorada, ya muero feliz, pues ya sin ti muero muriendo por ti! Aguarda, y más duro No hagas un sentir que por padecer se tarda en morir. Ya muero! Ya muero! Y ya veo cumplir de dos amenazas el trágico fin. O felices vosotros que de amor morís, si morir por querer se llama morir. El monstruo a los tristes llega. No sufras, Juno que así padezcan dos inocentes. Ya vuestros ruegos oí. en vano pasar intentas bruto horrible sin pedir licencia al fatal arpón que despido contra ti. Venus guía tú la flecha que haciendo al arco gemir parte a obedecerte. Golpe dichoso. Acierto feliz! Ya en humo resulta muero la fiera airada. Y ya aquí llegan los dos victoriosos. Triunfé del Desdén, decid que vivan los dos Troyanos. A dónde está por aquí un Desdén? Ya no hay Desdén. El uno, y otro feliz, Troyano vivan eternos, y perdonados. Y a mí se me deban sus aplausos, Venus hermosa, y no a ti, pues templados mis rencores, al notar, al discurrir, que soberanas presencias, injuria trágico fin, no me opuse a tu Intención, y borrando desde aquí los odios antiguos, quiero a sus dichas permitir de Fénix, y de Amaranta las dos bellezas, a fin de que a Himeneo glorioso, que aguardo anuncio feraz de su unión, a cuyo intento también vuelven a vivir Anfriso, y Cloris, llegad a vuestras glorias. Gentil manera de negociar. Quién se puede resistir a tu precepto? Dichoso yo que tu mano adquirí. Yo que tus brazos logré. Y yo que acabadas vi las crueldades de Amaranta, y Fénix. Para que aquí clemencia sean en Juno, o astucias sean en mí, se acaben Lides de Amor, y Desdén, con repetir Que muerto el Desdén se verá vivir, un logro que amor aguarda feliz.
