Texto digital de El legado mártir
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Luis de Belmonte Bermúdez
- Atribución estilometría
- Luis de Belmonte Bermúdez Probable
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la transcripción automática (corregida con posterioridad) de una suelta sin datos de imprenta (BNE: T/55317/28).
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de El legado mártir. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/legado-martir-el.

EL LEGADO MÁRTIR
JORNADA PRIMERA
No es mala resolución. Ni yo la tengo por mala, Guillelmo, si bien la iguala la fuerza de mi pasión, quiérele tan tiernamente que le da el alma en despojos, Quitársele de los ojos si es ese el inconveniente. Blanca, a tus ruegos constante, enseña, si persevera, que se labra mal con cera la dureza del diamante y, en fin, cuando la mujer da por enredo en terrible con ruegos es imposible, conde, el poderla vencer. Si ahora a tu hermano alejas, por esperiencia verás que puede la ausencia más que los suspiros y quejas y, pues que Marte sangriento contra la iglesia te llama, dale el bastón a su fama y logre tu amor su intento. Orden le di de partirse, dudo si me ha obedecido, que, aunque yo le he despedido, él no acierta a despedirse. Toma la iglesia por capa cuando en partir se detiene diciendo que no conviene hacer guerra contra el papa, y es que su honor y su brío le están al alma diciendo que ignore lo que pretendo y tema el intento mío. Mira qué dichosa medra goza mi hermano crüel si es solo el olmo y laurel donde se encaja esta yedra. ¿Qué más gloriosos despojos que ver templarse los rayos al eclipse de desmayos del sol de sus mismos ojos? No, no le dejes partir, no goce por mí este bien, mas será eterno el desdén, no vayas déjale ir. Antes que empiece el camino, te vuelvo otra vez señor a suplicar... Valduino, si lo dejas por temor, dime tu intento. Imagino... Imagino yo también. Si también imaginaras, y aun si imaginaras bien, a hacer guerra no enviaras o dijeras contra quién. Si es consejo que te dan, en jornadas de importancia no saberse adónde van ignórelo toda Francia, no lo ignore el capitán. Ni en discurso humano cabe pensar que hay buen pensamiento en cabeza, aunque sea grave, que con atrevido intento combata de Dios la nave. ¿A qué empresa de importancia de soldados y armas veo tanta bárbara arrogancia? Pasa España el Perineo, amenaza el turco a Francia, bien sé que no te desvelas en pensar que en mí hay temor, mas temo que son cautelas y, dudando en mi valor, pones al honor espuelas. Obedecer y callar es lo que al seldado toca, hermano, prisa y marchar, que allá te dirán a boca lo que se ha de conquistar, que un fuerte el blanco ha de ser en que la guerra consiste; marcha, pues llevas poder. Si no es de la iglesia, embiste, que cierto estará el vencer. ¿Dónde es el fuerte? Es en Francia. ¿Y es fuerte del rey acaso? No, mas llega su arrogancia conmigo a negarme el paso para empresas de importancia. ¿Y el fuerte es tuyo en derecho? Sobre eso está la porfía: la juridición sospecho que es de mi casa, no mía, mas a mí me debe el pecho. ¿Y al dueño quieres prendelle? Prendelle no, que ausentalle basta para que yo huelle el fuerte que he de quitalle si una vez llego a vencelle. Al fin, ¿no es cosa posible que yo sepa tus desvelos? Por ahora es imposible. Mira, señor, que los celos son linces de lo invisible. Si es tu gusto, voyme, pues, por que de mí no te quejes, que soy tu hermano y francés. Como tú el campo no dejes, yo veré el fuerte a mis pies. De su casa sí y no suyo, ¿qué fuerte es este, señor? Más bien su malicia arguyo que ha de ser contra mi honor, si yo la guerra concluyo, que iba a hacer guerra sangrienta contra la iglesia entendí, mas, al fin, erré la cuenta, pues voy solo contra mí por capitán de mi afrenta. Contra el daño que prevengo tanto la fortuna lidia que a ver a mi hermano vengo deshecho en fuego de envidia por una Blanca que tengo. Mi ausencia, esposa, acrecienta la esperanza a mi enemigo de mi desonra y tu afrenta, ten buena cuenta contigo, pues mi honor queda a tu cuenta, pero bien puedo temer, cielos, la fuerza y poder aunque haya honrados estremos, pues por mi daño nos vemos yo ausente y ella mujer. «Los obispos de la parte de Francia que confina con los Perineos, desterrados de sus iglesias por los herejes de Albí y príncipes que los favorecen, hallándose sin fuerzas para resistirlos y que los legados a latere que su santidad envía a aquel reino, asistiendo en la corte del rey a otros negocios, no pueden acudir a este, como él pide, suplican [humildemente] a vuestra santidad envíe un legado que atienda solo a las cosas de la fe, que, asistido de los dichos obispos, esperan será su ida de gran fruto para el servicio de Dios y aumento de la fe católica». Leyose esta petición, padre fray Pedro, en Tolosa y es la causa tan forzosa que pidió resolución. Gusta el papa —ya lo veis—, fuerza es dejar el convento porque en Tolosa es su intento que por su legado estéis y porque él hasta Fuenstía no era justo que viniese a que la cruz os trajese y la comisión me envía. Tiene, al fin, la iglesia allí gran necesidad de vos, debeisla acudir por Dios, por vos, por ella y por mí; por vos, cuyo celo es santo; por Dios, a quien ofendió; por ella, que os engendró y por mí, que os amo tanto. Lo más de su gente ciega, el fiero albigense error, ya rebelde a su criador la fe verdadera niega. Inocencio, la opinión advirtiendo que adqueristis cuando su legado fuistis en Francia en otra ocasión, en esta con gusto igual os nombra. La causa es grave y su santidad bien sabe que es muy corto mi caudal. Poco es mi valor, señor, para una empresa tan alta. Mirad que sienten la falta de vuestro celo y valor. Su santidad os envía a decir —¡piadoso exceso!— que no temáis el suceso, que el papa Inocencio os fía. Todos hemos de ayudar a tan católico celo, la nave gobierna el cielo segura de viento y mar, que, cuando borrascas fieras de bárbaras herejías alteren las ondas frías, saldrán de limpias esferas. Vaya fray Pedro en buen hora, empresa tan importante, sin que le turbe ni espante quien nuestra verdad ignora porque el hereje blasfemo para que el mundo se asombre apenas oirá su nombre cuando, con medroso estremo, aunque ahora inobediente, rendirá, si en Dios espera, la cerviz soberbia y fiera hasta pisalle la frente; y, si el hereje obstinado se defiende, vivo estoy, conde de Monforte soy y tengo en Francia mi estado, los herejes de Tolosa mi brazo han de conocer y que voy a defender la iglesia de Cristo esposa, porque soy embajador de mi rey en graves casos no voy siguiendo sus pasos Quisiera... No repliquéis. A todo estoy obediente. ̱Rayo de la iglesia ardiente quemaréis y alumbraréis. Ame el mundo, el mundo tema a su poder sin segundo, entienda por vos el mundo cuanto alumbra y cuanto quema y por que el poder esté en vos más firme y seguro a vuestro pecho por muro pongo este escudo de fe. Por la comisión que os da Inocencio en este caso, su poder propio os traspaso en la cruz que os pongo ya. En nombre de Dios amén, la cruz os fijo en el pecho, guardadla bien, que sospecho que habéis de tener de quién. Aunque pequeña, no hay duda que os ponga su peso asombro, pues Dios, tomándola al hombro, hubo menester ayuda. Navegad por el profundo mar de errores bravo y fiero, pues vais asido a un madero bastante a salvar el mundo. Antes temo, si la luz no me ofusca y deja absorto, que le dais pecho muy corto siendo tan grande la cruz, y no es mucho, siendo estrecho al ajustarse los dos, pues le sobró cruz a Dios, le falte a la cruz mi pecho, pero podeisme atajar, con que es fácil de entender que sabrá al hombre estender quien a Dios supo estrechar, mas, pues voy con ella honrado, yo le haré tal acogida que pienso volver crecida la cruz que niña me han dado y entiendo, por que aproveche, de suerte el pecho aplicalle que alguna vez venga a dalle la sangre en lugar de leche. Fray Roberto, ¿quiere ir conmigo a empresa tan alta? Pues, padre, ¿a mí qué me falta? ¿No puedo yo perseguir herejes? Sin letras no, que los ha de argumentar. Todo eso hemos de ahorrar en estando en Francia yo. ¿Si algún hereje me encuentra? Mire que armados están de letras. Dice el refrán que la letra con sangre entra, pues, si quieren aprender, las letras que he de llevar ya yo sé cómo han de entrar: con un garrote ha de ser. La empresa a mi cargo tomo, ya me parece que embisto. ¿Qué dice? Que juro que han de hallar por el plomo. Padre, después no se queje. ¿No tiene miedo? ¿Yo, miedo? En no diciéndome el Credo cabal, no me queda hereje porque son perros ingratos a la fe en que han de vivir y a voces lo han de decir sin dejar Poncio Pilatos porque también fue importante y estas verdades me obligan, que, aunque hay curiosos que digan que Pilatos fue un bergante, yo no me meto en historias, basta ver que está en el Credo, y lo han de cantar, si puedo, con palabras tan notorias, tan humildes y obedientes que el mundo lo ha de escuchar. ¡Ah, padre! ¿Quiere callar? Pues ¿han de hablar entre dientes de un hombre como Pilatos? Eso es echarme un albarda. Vámonos, padre, ¿qué aguarda? Vamos. La de Mazagatos ha de ser. Si estos estremos hace, se habrá de quedar. ¿A Poncio habían de quitar del Credo? Allá lo veremos. Armas y gente daré cuando menester las haya. Es grande favor. Pues vaya, padre, armado con la fe, que ella ha de prestarle el brío. Inocencio me le ha puesto. Pues, Pedro, a Francia, que presto ver lo que vale confío. Si Dios me ayuda, podré convertillos y vencellos. Pues déjenme a mí con ellos, que yo los convertiré, aunque el padre se autoriza más presto. Ya yo le temo. Pues ¿no podré, si los quemo, convertillos en ceniza? Mire qué facilidad, estos son buenos despachos sin causarse entre borrachos predicando la verdad. Vamos, que de la cocina he de llevar un jifero, que hay hereje palabrero que piensa con su dotrina cornuda, por Cristo eterno, que, en hablando disparates, le he de dar por los gaznates y volteallo al infierno. ¿Qué hora será? Las nueve. Harás luego prevenir por que Roberto las lleve recado para escribir. ¿Qué nueva ocasión te mueve? La ausencia de mi marido. ¡Que amor una vez no fuera quien te hubiera divertido! ¿Qué dices? Si me atreviera, ya tú lo hubieras sabido. Temo el hablarte de amor, que eres mujer muy soldado y espántame tu rigor. Si en él me hubieras hablado, fuera tu espanto mayor. No es amor para mujeres de soldados y, así, yerras si en un yugo verlas quieres, ellos muriendo en las guerras, ellas viviendo en placeres. Esto te advierto. Por mí yo lo doy por advertido y advierto también que aquí ninguna tiene marido soldado fuera de ti. Tú alcanzas ese primor, otras dirán confiadas que para empresas de amor de las mujeres casadas la más sola es la mejor y solo digo, señora, que el conde es mozo y galán, con talle y gracia enamora, tras quien los ojos se van de muchas damas, ahora es príncipe soberano de esta provincia que ves, apacible, cortesano y, para decir lo que es: es de tu marido hermano. Cuatro años ha que te adora sin que en ellos su afición, cuando más se enciende y llora, te haya asomado a un balcón la menor parte de un hora. Con nada de esto quisiera que te obligara a quebrar de tu condición tan fiera, solo que a tanto llamar respondas un «no» siquiera. En lo que pedís, señor, no hay lugar ni puede haberle. ¿Qué hay aquí? Quiebra de honor, que, en llegando a responderle el «no», también es favor. Necia estás y, si en tu vida, en mi llaneza fiada, perseveras atrevida, harás por necia y cansada que te castigue y despida. Trae recado de escrebir, que solo mi ausente dueño puede el alma divertir, que otro amor es burla y sueño; vivir honrada o morir. Mas ¿qué estruendo es este? Mira quién ha entrado en casa. El conde tu cuñado. Al cielo admira la traición con que responde al que solamente aspira a servirle. ¡Oh, fiero hermano, más bárbaro, más tirano que los mostros más feroces!, mas, pues e Dios no conoces, será el reprimirte en vano. Ya con temores me aflijo en esta aleve conquista, llama a Dionisio mi hijo porque quiero que me asista mientras su intento corrijo, que, aunque su edad es tan breve, como mi sangre le mueve, le da en mi honor abrasada la razón anticipada si alguien a mi honor se atreve. Medrosa y confusa voy. Tu hijo más que puede hacer? Siendo yo quien soy, es bien que mi aliento herede, pues sangre honrada le doy. Cumple diez años apenas y ya le hierbe en las venas sangre que ilustra el valor para defender mi honor y para sentir mis penas. (Como hermosa está turbada.) Mi obligación he cumplido en visitaros, cuñada. Merced es que he recibido por lo excesivo escusada. Quien tan mal nombre le da, Blanca, manifiesta en eso que la ofende el verme ya, entre hermanos no hay exceso. ¿Vuestra excelencia cómo está? Estaré para serviros si estáis para moderaros. Que traigo puedo deciros excelencia para daros, y [humildad] para pediros. ¿No hay sillas? No es maravilla que visita de señor, aunque hermano he de admitilla, con el freno del temor, no con la igualdad de silla, con temor que me detiene, no con lugar que me iguale la recibo cuando viene. Mal a tus intentos sale, con cuidado se previene. Si el no sentaros no es porque en pie estamos mejor, sillas. Mayor interés es almohada, señor, en que estaré a vuestros pies. ¿Qué sabéis de Balduïno? No he tenido nuevas de él después que aquel propio vino. En esta ausencia por él serviros yo determino, que, pues que yo le ausenté, razón será que yo acuda a la falta que os causé. Ama y teme, quiere y duda. Pues, si duda, venceré. Ella te iba a responder. Mas después se arrepintió, es condición de mujer. ¡Ah, señor! Si ella dudó, lo menos falta que hacer. Que está empeñado sospecho y aun lo dicen las alhajas pobres de este humilde techo. Blanca yo he de socorreros. Señor, en esta ocasión me toca el satisfaceros, bríos de soldados son, que no falta de dineros. De estas salas son las telas con que están más guarnecidas sin engaños ni cautelas astas de lanzas rompidas, despedazadas rodelas. Sillas ginetas labradas al africano ganadas, ocupan estos salones y no hay otras guarniciones sino la de las espadas. En la cuadra más perfeta de las que en mi casa ves por inclinación secreta es la puerta medio arnés, llave la de una escopeta. Aquí no ofuscan la luz pebetes negros que ahúman, su olor es tormento y cruz y solamente perfuman cazoletas de arcabuz. Por esto, y no por pobreza, señor, pasamos así. Entre hermosura y belleza depositó Marte en ti gran parte de su fiereza. ¡Qué hermosa y qué brava estás! Señor, que se os hace tarde. Pues yo me voy. ¿Ya te vas? No puedo hablar de cobarde. Comienza y luego podrás. Blanca, que a la nieve afrentas, Blanca hermosa de mis ojos, tributarios de los tuyos de un mar del llanto copioso., apenas catorce abriles hizo tu edad venturosos y coronaron de flores la hermosura de tu rostro. Cuando apadriné a mi hermano por mi desdicha dichoso, yéndoos los dos a casar, trece años hace este agosto. Entonces te vi y entonces, con verme y mirarte solo, viste y venciste en un punto infeliz, pues no te gozo. Tantos ha que soy tu esclavo y no entiendas que propongo tiempo largo, que por ti servirte siglos es poco. Los nueve callé mis penas y al altar de tu decoro ofrecí silencio humilde, cara ofrenda de un celoso. Los cuatro he dicho mi amor, si no lo han dicho mis ojos, que son las lenguas del alma, si de la verdad abonos. Si en ellos no te he servido, mis temores reconozco, muerto al rigor de tus labios, ciego al desdén de tus ojos. ¿Qué perlas oriente cría, qué rubio metal Pactolo, qué plumas el viento leve, qué aromas el mar undoso, qué invenciones o qué galas fueron de Milán despojos, qué nobleza vio el francés, el español qué tesoros que no pusieran humildes por mi gusto y por tu antojo por alfombra de tus pies lo florido de sus colmos? Todo lo tuvieras, Blanca, mas nada has querido; todo lo aborreces por no verme, que soy blanco de tu enojo. Inventé justas, torneos, jugué cañas, corrí toros y en invenciones y letras dije «a sola Blanca adoro». Todos me entienden, tú sola, tirana de mi reposo, por no remediar mi pena gustas de ignorarlo todo. Navegué ya, Blanca mía, de mis desdichas el golfo y con vientos de favores llegué a tu puerto dichoso. Si no te merezco dama y el verte condesa solo puede obligarte a quererme, hechos tengo dos divorcios, el tercero haré por ti; mira, Blanca, a qué me pongo; matemos a Balduïno, que amor que vive envidioso de las venturas ajenas es un portento, un asombro, rayo que palmas derriba, espada en manos de un loco, herido tigre en los montes, furioso toro en el coso, espín entre espuma y sangre despedazando los troncos; una locura agradable. un desatino dichoso y un fuego que abrasa el alma; todo niebla y sombra todo. ¿Y todo lo que pronuncias eres tú? ¿Qué dices, mostro? Loco estoy. Pues, si lo estás, conde, con esto respondo: soy casada, quiero bien y no hago caso de locos. Aguarda, Blanca. ¡Ah, mi bien! Más su desprecio me abrasa. ¡Que es posible que en su casa me trate con tal desdén! Amas y casada estás para no estimar mi fe, cruel, pues yo trazaré que no estés casada más. Muera mi hermano importuno, que todo el bien me robó, que, pues no te gozo yo, no ha de gozarte ninguno y, ya que mi hermano infiel es centro del alma tuya, yo le sacaré la suya por que no vivas en él, que, si por menor tesoro, divino Júpiter, vos os hicistis, siendo Dios, menudos átomos de oro, si es que en vos hay poder tanto, triunfad de un mostro cruel, transformadla ya en laurel, será Dafne de mi llanto. Mira que te vas perdiendo, la furia y voces enfrena. Resultas son de mi pena, estoy penando y muriendo. ¿Qué estruendo es este? ¿Qué voces tan sin límites ni tasa, no estando mi padre en casa? Ya son mis ansias feroces. Entienda quien la atropella que da molestia a mi madre y que, a falta de mi padre, quedo yo por hombre en ella. Por Dios que el rapaz pasa los términos de la edad. ¡Jesús, qué gran novedad! ¿Vuexcelencia en nuestra casa? Sí, sobrino, vengo a veros a vuestra madre y a vos. Tenemos, señor, los dos muy mucho que agradeceros. Ya habréis hablado a mi madre. Y sabido que está buena. Pienso por su mucha pena que la hablastis de mi padre, que siente mucho su ausencia, Y yo la siento, en verdad. Es a su mucha lealtad debida correspondencia. Sin conoceros, señor, de otro me encolericé, perdón os pido, que a fe que fue inadvertido error. ¡Jesús!, Dionisio, esos bríos en edad tan tierna son claro indicio del blasón digno de sobrinos míos. Seréis muy gran caballero con el ánimo heredado. Ser, señor, muy gran soldado en vuestro servicio espero. Valor el rapaz encierra. Esta casa es encantada, toda es de Marte engendrada, todo es armas, todo es guerra. ¿Que a guerra os vais inclinando? Aunque en nada tengo maña, a un bridón hecho de caña gusto de andar manejando, de suerte por el vergel boca y ijar le apercibo que, como si fuese vivo, me siente en estando en él. En carrera es cosa rara que bien cola y crin reparte; al picarle, qué bien parte; al llamarle, qué bien para; en tocando alguna caja, de suerte se encoleriza que, cuando menos se eriza, piedras y herraduras raja; y ha sido por mí el ensayo en él de tanta importancia que, en diciendo «iglesia» y «Francia», luego embisto como un rayo. No son malas propiedades. A este aborrezco ya ha días y ahora entre niñerías le he de decir las verdades. Pero, si es caña, por Dios, nunca buen potro será. Bueno o malo, bastará para salir contra vos. Esta es la verdad, si en ella descubro algún enemigo, como en mi casa la digo, saldré al campo a defendella, que, llevando a Dios por guía, niños Hércules habrá y caña que ser podrá feroz caballo algún día. ¿Dónde vas, rapaz? Adonde pueda, venciendo los años, descubrir traidores pechos para saber castigarlos. ¿Cómo el respeto me pierdes? Aun mayores desacatos cometen hombres y Dios los sufre. Yo soy muchacho y hablo sin pensar que ofendo porque, en llegando a pensarlo, no serán palabras solas. Pues ¿qué han de ser? Lengua y manos. ¿Contra quién? Contra enemigos del pontífice romano. ¿Cuáles son? Vos lo sabéis y quien está a vuestro lado. Holgáreme conocerlos. Mas ¿qué queréis, aumentarlos? Por saber quién son lo digo. Si de eso gustáis, miraos y conoceréis quién son. ¿Esto sufres de un muchacho? Porque lo es lo he sufrido. Pues ¿ha de atreverle a tanto? Si adoro al sol de su madre, han de ofenderme sus rayos. Ciego estoy. Y el atrevido es menester castigarlo. Sobrino, seamos amigos. Señor, soy vuestro vasallo y ofreceré por serviros, breve vida y cortos años contra herejes. (¡Vive Dios que el rapaz me va quitando la esperanza de vencer el prodigioso milagro que en su madre considero!) Dionisio, llevo a mi cargo el cuidar de vuestra madre y también de vos en tanto que está vuestro padre ausente. Escusad esos cuidados porque el regalo mayor de mi madre se ha librado en no recebir ninguno porque de ajenos regalos, de diligencias ajenas y de solícitos pasos no necesita esta casa porque casas de soldados como quiera pasan bien y yo, como sé que guardo las órdenes de mi padre en los honestos recatos de su casa hasta que vuelva, podré, señor, suplicaros que deis fin a las visitas y no empecéis los regalos porque es desairada cosa que, empeñado en enviarlos, [se te] vuelvan a la cara [como los] gatos el paso. ¿Esto a quién ha sucedido? Lleno de confuso espanto llevo el corazón, Guillelmo, que me está diciendo a saltos que ha de ver mi afrenta el mundo a manos de este muchacho.
JORNADA SEGUNDA
Gracias al cielo que estamos dos jornadas de Tolosa. Por Dios que ha sido graciosa la jornada que llevamos si a ser arzobispo fueras; pase, al fin, que hasta el infierno, aunque el camino es eterno, siempre a tu lado me vieras. ¿No es tiempo ya de que dejes estas peregrinaciones? Tú, frinfrón y ellos frinfrones, yo, hereje y ellos herejes. ¿Qué hereje debo de ser, pues que sin comer te sigo, que a mí no me importa un higo que ellos no quieran creer en todo lo contenido? En los artículos santos ya tiene temores tantos. Nacen de no haber comido. Pues en España le oía blasonar de varón fuerte. Entonces, si bien lo advierte, del refitorio salía, habíame echado a pechos, después de honrada porción, de lo puro un cangilón que en los pasos más estrechos de garganta organizaba una música divina que, encerrado en la cocina, como un silguero cantaba. No es mucho, por el decoro de quién soy, que en breves plazos hiciera un toro pedazos, aunque fuera hereje el toro, pero, caminando hambriento, ¿a qué hereje chabacano se ha de atrever un cristiano? Dios nos prestará el aliento. Comiendo, yo me atreviera a metellos por camino, que fiar de un pergamino nuestra fe santa es quimera. Haga balas las plomadas y el pergamino tacos y verá de estos bellacos las cabezas abolladas, que este es el perfeto celo. Dios haga a su voluntad. Individua Trinidad, poderoso rey del cielo, estas pisadas que doy serán dichosos testigos que contra los enemigos vuestros en el campo estoy. Ya por la cruz me contemplo, ved si es bien que me aperciba firme escuadra donde estriba la torre de vuestro templo. Ruégoos, hacedor divino, que los rayos de esta cruz se muestren para dar luz a los que van sin camino. De vuestra piedad las muestras vea yo en esta ocasión, vuestras estas almas son, reducid las almas vuestras. En un punto es el que toco, con quien peno y con quien lucho, que a vos os costaron mucho y ellas se pierden por poco. De vos mismo apelo a vos, aunque ante vos no hay disculpa, pues se quedan por su culpa vos sin sangre, ellas sin Dios. Padre, padre, un gran reparo se me ha ofrecido, en verdad. Diga si es dificultad. Es un punto no muy claro. ¿Cómo hablaré algarabía franchota, que yo no sé más de «monsiur lo Rué» y «pays de Picardía»? Y otras cosas a este talle no aprendí, aunque más me sobre, más que a despedir un pobre. Calle, fray Roberto, calle. ¡Qué poco que siente! ¿Hay tal? Los hombros dirán si siento y si tengo sentimiento de una hambre garrafal que los sentidos me quita; comamos. ¿Por qué jura? Andémonos siempre echando agua bendita sobre sepulcros de muertos como las viejas de allá de España enfádese ya de reñir mis desconciertos. Si quiere que trabajemos en esta viña perdida, ande a todo la comida, comamos y prediquemos. Donosa la traza fue que, para dalles remedio a pícaros, sea buen medio ayunar y andar a pie. Todo lo ignora. Sí ignoro. Poco trabajo le aflige ¿Falta más? Ya se lo dije. Pues pase adelante un moro. ¡Cierto que al cielo provoca! ¡Por Dios que, aunque más se canse,...! Cansado voy. Pues descanse debajo de aquella roca y animarase la enferma carne si algún sueño toma. Mientras que yo duermo, coma. Mientras que yo como, duerma. Árboles, fuentes, ríos que a esta tierra ofuscada con engaños de tantos desvaríos fertilizáis por tan prolijos años porque le dais a tan ingrata gente unos la sombra y otros la corriente. Esta es ocasión gentil, que, si se queda dormido, a escusas traigo escondido un pedazo de pernil. Cumbres de altivos montes que hacéis para servirle al sol de basa disformes horizontes por quien nos da su luz breve y escasa porque no sois, cayéndoos a esta vega, ciegos sepulcros de esta gente ciega. Esta vez él se ha quedado, salga, señor zancarrón, que esta es muy buena ocasión, que estamos sin convidado. Los que al Alcorán se ajustan que estraga al gusto aperciben, sin vos andan, sin vos viven, ¿cómo comen, de qué gustan? Ya que en adorar se peca un hueso, es gran compasión no ser vos el zancarrón de la gran casa de Meca. Puesto que perdida hallo a Troya, escusa tuviera si por un cochino fuera como fue por un caballo. Descansa, hijo amado, reposa, nuevo Atlante de los cielos, sosiega enamorado, que me traen desvelada tus desvelos, duerme, duerme, pues ya por tu provecho cama de flores mi regazo he hecho. Si así te precipitas contra el furor de herejes proceloso y a Francia solicitas comprando con trabajos mi reposo en justo cambio, deuda igual pagando, mientras que duermes tú, te estoy velando. Este laurel y palma serán frondoso muro de tus sienes, descanse y duerma el alma, que por el noble lecho que ahora tienes das de envidia querellas a los cielos y a mi querido esposo justos celos. Divina iglesia que adoro, por quien los gustos del suelo te sacan los que en el cielo serán inmortal tesoro. Dadme a gustar de esa palma y de ese noble laurel corona del gusto fiel, vivo sustento del alma, ese es mi manjar sabroso. ¡Por Dios que no lo probéis! ¿Qué os guardáis, que lo escondéis? (Él lo ha visto, esto es forzoso.) No me sobró más de un hueso. Es presto. Digo que apelo de la escusa. A Dios del cielo, cuya ley guardo y profeso, digo que más no ha sobrado. A su tiempo. Es mi sed mucha. Pues con sed, ¿quién tal escucha? ¿Pide tocino salado? ¿Por qué para darme enojos dilatáis bien tan divino? No ha de probar el tocino aunque le salten los ojos. ¿Aun no hay oportuno día? ¿Y cuándo será? Presto, que te guarda Dios para una dichosa guerra. Queda en paz. Aguarda un poco, Roberto. Cuerpo de Cristo. Aquí no estaba, ¿no has visto? Dime, amigo. ¿Si está loco? ¿Qué es esto? No nos habló. (Tocino, chitón.) ¡Buen cuento! ¿Dónde traes el pensamiento? Yo apostaré que voló sobre las siete cabrillas, tu sueño es extraordinario, siempre acaba en relicario y en descubrir maravillas que Dios tiene reservadas. No sé cómo el sueño trazo, que nunca yo me embarazo en cosas tan levantadas porque sueño, cuando mucho, que no soy fraile y, si voy, camino y con sed estoy, sueño que una fuente escucho. Suéñome que estoy comiendo con otros de mogollón, que duermo como un lirón, y es verdad que estoy durmiendo, mas tus sueños propiamente son sueños. ¿Por qué sentidos dejastis inadvertidos de descansar dulcemente?, que os causo envidia confío, pues en lo que hecho habéis vuestro descanso perdéis por que yo no goce el mío. ¡Oh, sueño!, ¿en qué dulce llama me abrasaste? Sin razón el mundo, como en blasón, de muerte imagen te llama y, si lo eres, hoy convida mi sueño a trocar tu suerte, pues la imagen de la muerte vi hecha imagen de vida. Soñemos presto, que es tarde. Vamos, fray Roberto, vamos. Flores, guirnaldas y ramos adornen hoy nuestro alarde. Los pastores del ejido y zagalas del aldea háganse una pina y sea nuestro sacristán oído. Padre, aguarde, que me huelen a herejes estos villanos y se han venido a las manos. Gozar de los campos suelen en coros entretenidos Que escuchen al sacristán dijeren ellos, irán como una alheña molidos. Será el sermón un pracer. Senteos todos. Quedo, quedo. Empieza. Yo empiezo el Credo como se debe creer. «Tenemos, hermanos míos, obligación a creer en Dios Padre Todopoderoso, criador del cielo, pero advertid que no fue Dios quien lo crio todo, como hasta aquí os han dicho». ¿Está contento decillo? Aguarde. ¡Flema es la mía! ¿Aquella no es herejía de las de machamartillo? ¡Juro a —él me perdone y me quiera perdonar—... que el sacristán ha de andar por alto! No hay quién abone, padre, sus temeridades. ¡Y sus flemas son muy lindas! ¿Adónde va? A dalle guindas porque ha dicho las verdades. Téngase, padre, por Dios, luego el rigor ejecuta. Sacristán, hijo de puta, ese Credo os valga a vos. «Digo, pues, que hubo dos principios, uno de todos los bienes y otro de todos los males, que fue con Dios y el demonio; Dios crio todas las almas y el demonio todos los cuerpos». ¡Andar pavitas! Sosiegue, fray Roberto. Del diablo lo he de ser. Calle. Yo hablo, ¿quiere que también reniegue?, pues no se me da dos clavos del mundo. Ya me provoca. No he de callar si la boca no me la cose a dos cabos, comigo no hay ademanes. Dios cuanto vemos formó, concedo, porque crio aun hasta los sacristanes; el demonio va criando cuerpos, niego, ¡voto a Dios! Padre. No es nada, los dos estamos argumentando, Dios es criador, fe es segura, concedo, tiene razón; pues, hereje bujarrón, si es el demonio criatura —plega a Dios que me aproveche, perro, aquí te he de pescar—, ¿qué criatura ha de criar si no es un ama de leche? Vanos tus intentos van, quémenle, que yo lo mando. ¿Qué hace, padre? Estoy quemando en estatua al sacristán. Hermanos, ¿qué ceguedad, qué fantasmas, qué ilusiones os mueven los corazones a creer esta maldad?, pues sois simples labradores, católicos tantos años, ¿qué os mueve a tantos engaños y a tan bárbaros errores? Por la muerte que pasó Dios, puesto en cruz en el suelo, por su pasión, por el cielo que para el alma crio, por la Virgen soberana que locuras no escuchéis y en la ley firmes estéis de nuestra iglesia romana, que es condenación eterna esto que oís predicar, hombres. Dios, que el regular por otra ley nos gobierna. Padre papista, el sermón es del Espíritu Santo, que, como le entiendo tanto, me habla en el corazón. ¿Quiere que aguardemos más? ¿Oyes, pícaro borracho? Hoy verás que te despacho a cenar con Satanás, deja esta seta quemada, que ¡por Dios, si no la dejas, que han de ser ambas orejas en ti la mayor tajada! Cree, hereje confirmado. ¡Por amor de Dios, señor! ¿Quién te hizo predicador antes de estar ordenado? Vosotros, gente picaña, pagá también vuestra. Sírvanos para disculpa, que el sacristán nos engaña. ¿Tú crees en Dios? Padre, sí. ¿Qué hace? ¿Qué he de hacer? ¡Juro a Dios que ha de creer a palos! ¡Palos aquí! Por bien... No hay bien que les cuadre sin palos. Por que te deje, di el Credo, ladrón hereje. Sí haré. Di. Creo en Dios padre, Todopoderoso, criador del cielo y de la tierra. Y a ti te crio también, con ser un perro. Sí creo. Ya reducido le veo Pues no me parece bien, que lo debe de fingir. Esto ha de ser por amor. Muy gentil predicador envía el papa a convertir, ceniza has de quedar hecho. Creo en Dios humildemente. ¿Firmemente? Firmemente. ¿De buen pecho? De buen pecho. ¿De todo tu corazón? De todo. Sin faltar nada. Sí, señor. Pues, gente honrada, a ponerse en procesión. Digan, como yo dijere, que habrá palo. Por sus puntos respondiendo iremos juntos. ¿Y creeréis? Lo que él quisiere. Ayuden luego a cargalle la alforja, pues no le quemo al sacristán, que aun me temo que fuera mejor quemalle. Digan todos «Padre nuestro». Padre Nuestro. Todos respondiendo van, el último no percibo, tengo de quemalle vivo, diga, señor sacristán. Al sacristán imagino que otra vuelta se le forja, no meta el guante en la alforja, no tope con el tocino. Son principios soberanos y para empresas mayores, pues, comenzando pastores, terminarán cortesanos. Creed todos. Pues creamos. Si no habrá palo, por Dios, digan todos. Venganós. De este, pues no lo quemamos. ¿Qué gente entró, capitán? Hasta cuatro mil soldados. ¿Están todos alojados? Acomodados están. Es buena gente. ¿Y qué dice el mundo de esta facción? Que ha de aumentar tu opinión por que tu nombre eternice la fama, pues por tu hermano te opones hoy a la misma iglesia. Luego esta es cisma. Dalle ese nombre es en vano, no es cisma, pues con razón solamente defendemos las haciendas que tenemos contra la loca opinión de ese Inocencio Tercero que, de la seta ofendido que en Albí se ha introducido, junta un ejército fiero. Habla con más reverencia del pontífice romano, que estoy yo aquí y, si mi hermano con tan bárbara licencia lo que dices pretendiere ciego en tanta confusión, yo seguiré mi opinión y él el error que quisiere y ¡vive Dios!, en quien creo como la iglesia romana, llena de luz soberana. Lo confiesa que, si veo, si advierto, si escucho aquí más sacrílegos errores, que empiece por los menores y acabe el castigo en ti, dándole a un tronco sangriento tu cabeza, ciego Otón, por católico blasón y por hereje escarmiento. Advierte... ¿Qué he de advertir del que esta licencia toma? Al papa que asiste en Roma como a Dios te has de rendir, hinca la rodilla en tierra oyendo su nombre santo. General, no apremies tanto, que solo para la guerra en que me puedes mandar te da tu hermano el poder. El poder puede vencer, mas yo puedo castigar. No en fe de poder ajeno tan vanamente confío, que con solo el poder mío te castigo y te condeno. Solos estamos los dos. Rendido estoy y obediente. Bien dices, que no es valiente quien se opone contra Dios, porque el loco, el temerario deben estimarse en poco; quien a Dios se opone es loco, ¿qué más loco que un setario?, que su seta tan errada quiere que el pueblo la guarde, luego el hereje es cobarde por la lengua y por la espada y, pues desengaños toco, quiero, aunque llegaron tarde, tratarte como a cobarde y dejarte como a loco. Verás que en vano porfías. Esta carta de tu hermano trajo un correo. ¡Ah, tirano cruel de las dichas mías! ¡Ah, memorias, ah, temores, ah, sospechas, ah, desvelos, ah, rigores de los cielos —si hay en el cielo rigores—! Piedades son las que envía en la mayor confusión, pues mis desdichas que son donde nacen quien las cría. En el infierno sospecho que su rigor se engendró, pues, si las engendro yo, ya es un infierno mi pecho. «Aunque mi primer designio fue ganar el fuerte, que te signifiqué, ya me hacen divertir de este camino los buenos intentos de Inocencio Tercero, que para echarme de mis tierras pone en campo treinta mil hombres, publicando una nueva cruzada y por general el conde de Monforte; resistirás sus intentos con la gente de tu cargo y deja al mío el premiar tu valor. El conde de Tolosa». ¿Hay más ciego barbarismo? En delitos se despeña, que, como la iglesia enseña, llama un abismo a otro abismo. ¿Caudillo de herejes yo? ¿Yo contra la iglesia? ¡Ah, cielos!, que estos eran sus desvelos que a mis celos añadió. Para quitarme el honor —¡qué honroso laurel, qué palma!— me envía a que pierda el alma, pero ¿qué dará un traidor sino abismos despeñados y confusiones eternas? Señor que el cielo gobiernas entre espíritus alados que en dulce fuego encendidos y llenos de alegre espanto llamarante nombre santo, presta luz a mis sentidos, ciego estoy, confuso estoy, no en misterios de la fe, valiente roca seré, hijo de tu iglesia soy. La confusión que me espanta, el dolor que me atormenta, el agravio que me afrenta, el hechizo que me encanta, es mi honor rey soberano, ¿qué más sensible dolor que ver que el riesgo mayor nace de mi mismo hermano? ¿Iré a remediarle? Sí. ¿Dejaré su campo? No. Fuerza y poder me faltó, que hermano menor nací, pero la iglesia es mi madre, el campo quiero dejar, dispuesto estoy a negar por ella a mi mismo padre. Prevén una posta luego. Siempre te debo servir. ¿Adónde quieres partir? A ver la luz, que estoy ciego. Soy pastor de una ovejuela que me la intenta robar un lobo, voyla a librar de la más feroz cautela que vio maldad insolente, que vio desvergüenza humana, que animó crueldad tirana estando su dueño ausente. Voy a morir o a libralla de boca y manos tan fieras. Temo que perderte quieras, que, si nos da la batalla el enemigo,... Villano, tú el enemigo serás, pues contra la iglesia vas, que, si es caudillo cristiano y católico el que llega, tú a resistirle disponte, que es rayo que abrasa un monte: a uno alumbra y a otro ciega; tú quedaras abrasado y ciego a su resplandor y yo con vista mejor, pero con mayor cuidado. Volved, cielos, mirad, cielos, por vuestra honra y la mía. Ya marcha su infantería. ¿Qué nubes de helados yelos turban tu heroico valor? ¿El campo quieres dejar, sin caudillo ha de quedar? Si hay oveja sin pastor, como yo el ejemplo he sido, de un fiero hermano engañado, quede sin guarda el soldado, no la mujer sin marido. Solo un hombre soy, si en dos partes no es posible estar y a la una he de faltar, falte a quien ofende a Dios. Gobierna, rebelde Otón, el campo, mas no por mí, que, aunque su caudillo fui, no sustituyo el bastón por el poder que he tenido, que no le quiero. Esto advierte, declarada está la suerte, soldado soy perseguido de mi hermano y, pues lo soy, aunque es oculto el desprecio, más estimo, Otón, más precio el nuevo riesgo en que estoy por verme hijo obediente de la iglesia, a cuyo cargo vivo, cuando el infame cargo de general de esta gente. ¿El bastón me dejas? Sí. Pues ¿qué te mueve? La fe, porque tu campo tracé que aquí se pierda por ti y a la iglesia estoy dispuesto a dalle en confuso alarde un enemigo cobarde para que venza más presto. Seré un rayo en la campaña, Muerto del rayo, dirás. Peleando me verás. Que el campo tu sangre baña. A tu hermano represento. Copia serás de un traidor. Su nombre me da valor. Y será arrepentimiento. Tú le tendrás de ofendelle. Tú le tendrás de imitalle. Mil vitorias pienso dalle. Sin armas pienso vencelle. Es un asombro francés. Es un bárbaro sin Dios. Sabrás quién somos los dos. Sabréis la iglesia quién es porque en vida tan perdida para que el mundo se asombre no merece de hombre el nombre hombre que de Dios se olvida. Gran palacio y brava guarda tiene el conde, ha de pensar que venimos a rogar, pues el temor no acobarda a frailes, hombres de bien. Fray Pedro al paso le espera, ya le habla y considera su loca ambición también, ya vienen a este salón, querrán hablar más de espacio, pues no me asombra el palacio como me den ocasión. En venir tan solo humillas la persona y la embajada cuando estaba alborotada toda Francia, llegad sillas. De que bueno hayas llegado me alegro. Y que bueno estés es mi mayor interés. Yo soy el interesado, aunque el papa y cardenales me escriben, sin merecello, locuras. Repara en ello, conde, y verás que te vales de la fuerza, que no es justo darles título tan nuevo. Con la justicia me atrevo y ayudado del disgusto. A este hereje he de aguardar aquí fuera y, si me enfado, me he de llegar por un lado, y lo he de zapatear. En darme la absolución podrás luego resolverte. Yo tengo de obedecerte en lo que fuere razón. No hay razón que más esperes. Advierte, conde... No más la absolución me darás. Haré cuanto me pidieres, como cumplas. ¿Qué es cumplir? El juramento que hiciste. ¿Que le cumpla me dijiste? Provocarasme a reír. El papa piensa.. Señor, con moderación. ¡Qué enfado! ¿He de dejarle mi estado que a sangre y fuego en rigor lo tale? ¡Qué disparate! Pide el papa... Pide el papa... querrá pedirme la capa. Con más respeto se trate de su santidad, señor. Quédese aquí, no haya más y tú en absolverme harás lo que estuviere mejor. Paces que tienes firmadas con descuido o con cuidado tres veces las has jurado y tres están quebrantadas. Bien, pero advierte que es justo que a mí tu gusto se ajuste. Es lo que la iglesia guste. Gusto yo. Pues yo no gusto. Tú harás lo que yo quisiere. En lo que tengas razón. Razón es mi absolución. Cuando penitencia hubiere. ¿Por quién te muestras tan fuerte? Por la iglesia lo he de ser. Sabré a la iglesia ofender. Sabrá la iglesia ofenderte. Presto la iglesia verá... Presto verán tus fronteras... Yo levantaré banderas. Banderas tienen allá. No me ha de dar un legado razón porque no me absuelve. Falta en quien no se resuelve en cumplir lo que ha jurado. Los herejes de tu tierra la iglesia no ha de sufrir: o los has de perseguir, o ella les ha de hacer guerra. Según esto, bien dispones que a tu perdón se provoque, pues antes que al arma toque, al campo das escuadrones. Cese, pues, tanta malicia, que, si aquí obediente estás, misericordia hallarás y, si rebelde, justicia. ¿Sabes mi valor? Pues no. Y, si a la iglesia importuno, ¿sabrá defenderla alguno? Sabré defenderla yo. Es mi poder sin segundo. Ella a rebeldes abrasa. Yo la echaré de su casa. Ella te echará del mundo. Verá mi fuerza cuál es. Sentirás su fortaleza. Yo humillaré su cabeza. Ella te pondrá a sus pies. Que estás en Tolosa advierte. Cuando quisieres saldré. Darte la muerte podré. Que no temo yo la muerte. Sabré a la iglesia hacer guerra. Y ella defender su capa. Yo salgo a turbar al papa. Yo salgo a abrasar su tierra. Dicen que la noche es capa que cubre delitos feos vestida de sombras mudas y de cobardes silencios, pero yo soy excepción de la voz del vulgo necio, pues en las sombras confusas busco el honor que defiendo. Mi casa es esta. ¡Oh, pesares, oh, presunciones, oh, celos!, no desatinéis a un alma cuando ha menester consejo. Dos hombres vienen. Señor, ¿qué pretendes? Ya estás necio en divertir mis cuidados cuando ves que estoy resuelto. Parados están. Sospechas, venced los escuros velos de la noche y encubridme para penetrar su intento. No te canses, que he de entrar a hablar a Blanca. No puedo dejar de ignorar el modo que, estando ausente su dueño y de noche que parece en el recato y silencio de su casa que pudiera prestar clausura a un convento, cómo intentas, cómo quieres desvanecer su respeto siendo imposible la entrada. Disimulando y fingiendo. Hablando están y la voz aun no se dilata en ecos para que escucharla pueda. Fácil es lo que pretendo, fingiré que soy su esposo. Prosigue, pues, el intento y amor te ayude. A mi puerta llamaron. ¡Valedme, cielos, para no morir de asombros de ver mi honor padeciendo! Favor, fortuna. ¿Quién es? Parece que estáis durmiendo. ¡Oh, agravios!, este es el conde y respondió como dueño de mi honor, porque decir «parece que estáis durmiendo» suena a imperio y que le ha dado posesión quien vive dentro. ¿Qué he de hacer en tan visibles afrentas si no hay consejos que restauren lo perdido aunque aperciban remedios. ¿Quién es? (Mi sobrino es este.) Yo soy, Dionisio. ¿Esto es sueño? Decid el nombre. Tu padre. Dejaré corrido al viento, que, si en la prisa le igualo, llevarle ventajas puedo en la alegría, señor, ya voy a abrir. No hay venenos que arrebaten y enfurezcan el alma con el tormento en que agoniza la vida como el que estoy padeciendo. Mejor es morir a manos de este bárbaro que ciego quebranta leyes divinas que no padecer viviendo tan afrentosa vergüenza. Un hombre viene, Guillelmo. Pues matarle, si pretende pasar. ¿Quién es? (¡Qué resuelto es el honor en los nobles!) La justicia. Pues volveos, que importa. ¿Quién sois? El conde. ¿Así perdéis el respeto a su nombre? ¿Con engaños pensáis, su nombre fingiendo, cometer algún delito? El conde soy. ¡Vive el cielo que he de castigar aquí tan atrevidos intentos!, pues ¿el conde mi señor había de estar ofendiendo a esta puerta la opinión, el decoro y el respeto de su mismo hermano cuando le está en el campo sirviendo? Dejad las armas los dos porque he de llevaros presos. ¡Viven los cielos, villano!, pues vienes tan loco y ciego que desconoces la voz y el nombre, que dé escarmientos a Tolosa con tu muerte. Mal sabes lo que defiendo, mas verás que la justicia turba tus locos intentos. ¡Rayos despide! En mi vida llegué a ver el rostro al miedo, sino ahora. Retirarme [para] dar la vuelta luego me importa. ¿Cómo no aguardas para guardalle el respeto al nombre que finges? ¿Tanto pude tardarme que a tiempo no llegase? ¿Si es mi padre el que riñe? Por lo menos con mis voces le ayudara. ¿Qué he de hacer si conocieron quién era y quieren matarle por el católico celo con que defiende la iglesia? Todo soy asombro y miedos. ¿Dónde lo podré buscar? ¿Dónde se quedó Guillelmo? ¡En notable riesgo estuve! Un hombre viene, el deseo le pide albricias al alma. Quiero proseguir mi intento. ¿Es mi padre? Sí, Dionisio. Mirad que ponéis a riesgo con vuestra vida las nuestras. Unos ladrones quisieron quitarme la capa. Entrad, que, aunque es vuestro pecho el centro del valor francés, no saben guardar a nadie respeto las desdichas. Un soldado, porque su peligro temo, siento que se haya quedado. ¿Cómo se llama? Guillelmo. Yo le esperaré a la puerta si volviere. (Amor, no temo, si el cielo despide rayos, gozar el bien que pretendo, pues tan dichosa ocasión me ofreces.) Gracias al cielo que se ha librado mi padre entre el valor y el silencio de ladrones o enemigos. Retirándose pudieron librarse, mas a mi puerta un bulto miro. Este sin duda es Guillelmo. Entrad, que ya está mi padre en casa. ¡Válgame el cielo! ¿Quién ha engañado a mi hijo? ¿Será el conde? Yo soy muerto si no remedio mi honor. Segundo lance me ha puesto mi desdicha. Ya esta noche no podréis —a lo que entiendo— hablar a mi padre. Advierte que le importa cuando menos el honor que yo le vea. Pues yo también os advierto que en el cuarto de mi madre no será posible el verlo. Dionisio, el honor le importa. Pues hasta el mismo aposento de mi madre habéis de entrar. (Cubierto de torpes miedos. llevo el corazón. ¡Ay, honra, en qué peligros me has puesto!) Laura, pues ¿no me pidieras albricias? Seáis bienvenido. Señor... ¿Qué te ha suspendido? Dame los brazos, ¿qué esperas? Primero a las manos fieras del más hambriento león, traidor conde, esta es traición, ¿no haya quién me defienda.? Ya te he dado por ofrenda el humilde corazón. Señor —¡ay, cielos!—, ¿qué he visto? Conde, ¿con mi madre vos, perdiendo el respeto a Dios? ¿Cómo la furia resisto? En vano, conde, conquisto honras en mi edad primera si vos con alma tan fiera me las queréis estorbar, dando a la infamia lugar que cuando mayor me espera. Rapaz, pues ¿a mí te atreves? Ahora lo podréis ver. ¿Dónde yo podré saber cómo tú las plantas mueves, dónde por honras que debes das los agravios que advierto? Esto es sueño. ¿Estoy dispierto? Este es peligro mayor. A guardar vengo mi honor ya de un traidor descubierto. Yo soy quien te acuchille con el nombre de justicia, que a tan bárbara malicia pienso que importante fue, mentido mi nombre hallé en tu voz. Pues ¿qué pretendes que tan loco te defiendes, tan vano y tan presumido? Que entiendas que ya he sabido que como traidor me ofendes. En tu casa estoy. En ella me has pretendido afrentar, donde mi honor se atropella; a los cielos se querella mi honor, que ofende un villano. ¿No adviertes que soy tu hermano? Fuera bien que lo advirtieras por que del cielo temieras castigos para un tirano. Saca, bárbaro, la espada por que, aunque villano fuiste, piense el mundo que pudiste ponerte en defensa honrada. En fortuna desdichada nos hemos de ver. La puerta dejé por descuido abierta y entró un confuso tropel de gente. ¡Oh, noche cruel!, ¿por qué dilatas mi afrenta? El capitán de la guarda con una escuadra ha venido para ver lo que le mandas. A dichoso tiempo vino. Date a prisión. Con la vida pagaré, que no permito agravios sin que los vengue. Ya es locura, Balduïno, tu valor; rinde las armas. No ha de ser tan enemigo tu hermano que no se templen sus rigores. ¡Ay, Dionisio, ay, esposa!, no sabéis la calidad de un delito que se atreve a Dios, la fuerza me obliga, a tus plantas rindo la espada, hermano cruel. Llevadle a una torre. Fío de tu clemencia y piedad. Mientras él vive conquisto sin fruto, verás, ingrata, cómo a tus plantas derribo esta yedra que te enlaza. Pocos son eternos siglos de tus pretensiones locas para vencer mi albedrío. Esposa. Lo que me encargas es mi honor y te suplico que de mí no desconfíes. Guárdete Dios. ¡Ay, Dionisio!, presto te verás sin padre, que este fiero basilisco tiene en el poder la vista y mata al que está rendido. Pues yo prometo a los cielos, amado padre, si vivo, de hacer la mayor venganza que ocasionaron delitos, que bronces eternizaron ni que guardaron archivos para que Francia conozca entre sangrientos prodigios que para vengarse Dios sobran las fuerzas de un niño.
JORNADA TERCERA
¿Qué tiene el conde? Durmiendo estaba ahora. ¿No oíste las voces? Turbado y triste favor estaba pidiendo. Los acentos escuché de su voz. Efetos son del sueño. ¡Guillelmo, Otón, que me matan! Desperté, fue sueño, sí, sueño ha sido, pero imagen fue también de la muerte. Pues ¿de quién ese temor has tenido? No sé, amigos, a mis pies cayó la daga homicida. Ahora goces la vida, sueño ha sido; bien lo ves. ¿[Esa] terrible aprensión no habrá quien le satisfaga? ¿No echas de ver que tu daga con la turbada pasión con que dejaste la silla en que estabas reposando es la que cayó? Dudando estoy tan gran maravilla. ¿Quién fue el traidor inclemente?, para dejarle burlado, que, aunque delito soñado, será el castigo evidente. ¿Adónde está Balduïno? Preso en la torre, señor, de palacio. ¡Oh, vil temor, oh, confuso desatino!, de vergüenza no me atrevo a decir quién es el dueño de mi muerte y de mi sueño, que este es prodigio más nuevo. Si peleando en la campaña con la iglesia, a quien persigo, me matara el enemigo, fuera el sueño honrosa hazaña, pero en mi casa servido y de la guarda cercado, de mi gente respetado y de la estraña temido. Sueño que a las manos muero de un niño. ¡Qué confusión! ¿Si fue sombra, si ilusión? El último plazo espero, que, aunque fue sueño en rigor, tanto el temor me acobarda que las horas que se tarda es el espanto mayor. Pues burla ilusiones vanas cuando te sobra el poder, mata al que te ha de ofender. Son prevenciones que ganas la vida en ellas. Advierte que es un niño el ofensor. Luego es burlado el temor de tu encarecida muerte. Amigos, jamás temí ni jamás me acobardé y de un muchacho temblé y muerto a sus pies caí, pero advertid... Gran señor, muerto a sus pies te imagino. Es el niño mi sobrino. Ese es prodigio mayor, que el cielo, cuando en el sueño castigos suele avisar, toma para castigar instrumento el más pequeño y, pues el cielo te avisa, muéstrale agradecimiento, dando muerte al instrumento, pues ves que tu frente pisa. Es niño y téngole amor, que es a su lealtad igual. ¿Qué importa que sea leal si fue en el sueño traidor? Pues ¿queréis que muera? Sí, esto le importa a tu vida. ¿Quién ha de ser su homicida? Los dos que estamos aquí. Basta que su padre muera. Muy bien dices, que bastaba soñando que él te mataba. Pues yo matarle quisiera porque mientras vive es vano el fruto que amando espero. Muera su hijo primero. Y muera después mi hermano. ¿Dónde tan deprisa vais? Dejadle, no le matéis. Señor, aquí me tenéis. Alma, ¿que os acobardáis? Detente, sombra cruel, si habla tu padre por ti no es bien que vengues aquí lo que yo castigo en él. Advierte, señor, que soy quien más servirte desea. ¿Con qué ilusiones pelea el alma? A tus pies estoy tan humilde y obediente como muestra mi lealtad. ¿Qué pides? Que la piedad... aguarda, señor, detente. No pido que no se vea su causa y que le castigues, solo que el rigor mitigues por que mi madre le vea. ¿Dónde está? Aquí fuera aguarda su bueno o su mal suceso. Entre, pues, a ver al preso. Guillelmo, avisa a la guarda que le deje ver. El cielo te pague tanta piedad. Señora, aquí me esperad, que el cielo os dará consuelo en la vista de mi padre, que esta piadosa licencia ha de templarla sentencia. A ser dichosa tu madre. Voyle a avisar que venís a verle. A morir con él, dijeras mejor. Crüel, firme en matar. ¿Qué decís, conde? Que, si eres mujer que a su esposo tiene amor, concédeme a mí un favor sin o le quieres perder. ¿Es mi honor el suyo? Sí. ¿El honor es bien? También. Pues no parecerá bien quitalle el bien que le di. No me juzgara cruel si por mí la muerte espera, cuando esté bien considera que se lo lleva con él. ¡Ah!, más quiere —advierte en ello— viendo que puedo arriesgallo, morir por solo guardallo que vivir para perdello. ¡Qué ciega en tu honor estás! ¡Y tú en mi afrenta qué ciego! Ya que no el rigor, el ruego veré si te alcanza más: bellísima ingrata mía, abrevia importunos plazos, dame tus hermosos brazos. Bárbaro conde, desvía. ¡Ay, cielos, y qué memorias de su muerte y de mi afrenta ya mi temor me presenta! ¿Quieres ocupar historias, conde, de bárbaros citas que el ser humano ofendieron?, que en la sangre que vertieron descubren que los imitas. ¿Qué remotos horizontes entre abismos te criaron? ¿Qué fieras te coronaron por prodigio de esos montes? ¿Al cielo, a tu hermano, a mí pierdes el justo decoro? Blanca, si ves que te adoro, transformado estoy en ti. Dame la mano y verás sereno el sol que te niego. Darela primero al fuego. Tente, hermano, ¿adónde vas? Voy a quitarte mil vidas, si tienen poder los cielos para volverlas, villano, como las fueres perdiendo. ¿Soy yo quien te enojé? Sí. Pues, si es mi vida el objeto donde tus iras ensayan lo feroz de los tormentos, ¿por qué aguardas que se yele con la dilación del tiempo el fuego que han encendido las venganzas de tu pecho?, si no es que, como pretendes siempre airado y siempre ciego hacerme blanco afrentoso de tus mortales venenos, quieres dilatar mi muerte hasta que me vista el tiempo de canas para que digan que soy el blanco que has hecho, pues, cuando en tu mano estribe la duración de los tiempos y eternidades te pinte lo bruto de tus deseos, aun en tu misma locura ha de tener fin el tiempo y te has de cansar de darme la vida que ya desprecio y entonces qué breves plazos, pues son los siglos momentos, conocerás sin disculpa, bárbaro hermano, tus yerros. Contra la iglesia levantas el brazo, yo la defiendo y han de ver con sangre mía sus católicos trofeos. Tú la oprimes, yo la guardo, tú la afliges, yo la aliento, tú la injurias, yo la adoro, niégasla y yo la confieso, pues mira qué oposición de tan distantes estremos, que a ti te amenaza libre y a mí me regala preso. Es Dios el que la gobierna y su poder tan inmenso que te ha de atemorizar con la prisión de estos hierros. Mi muerte será tu asombro, mi agravio tu menosprecio, tu delito mi corona y mi deshonra tu miedo. De todos irás temblando, de todos irás huyendo, copia infeliz de Caín para los siglos postreros. Teme a Dios, vuélvete a Dios, porque aun le sobran remedios para delitos mayores como te arrepientas de ellos. Esposa, no humanas honras son ya las que te encomiendo, si bien en honras de Dios cifradas las nuestras vemos. Honrar a Dios es guardar como suyos sus preceptos, pues guardar tu honor, señora, es divino mandamiento. Furioso enemigo tienes, pero, si temes al cielo, triunfarás segura y libre del que te ofende soberbio. Entrad, quitadle la vida, divida su infame cuello un verdugo. ¿Adónde vais? Puedan lágrimas y ruegos con vosotros. Señor mío, reciba el rigor consejos, moderaciones la ira y el enojo sufrimientos. Es tu hermano y es mi padre; mira sin él cómo quedo y cómo, si tú le matas, podré pedirte remedio. Destiérrale si te enoja por que a su sombra busquemos nuevo reino, nuevo amparo peregrinos y extranjeros Mira, señor, que de un golpe quitas tres vidas; si puedo con mis lágrimas humildes templar la furia a tu pecho, te suplico... ¿Qué decís, madre? ¿Son esos los medios que aplicáis con quien pretende daros a precio de ruegos la afrenta con que procura manchar el honor que heredo? No, madre, mi padre muera, huérfanos los dos quedemos, que la virtud resplandece en los oprobios del tiempo. Lo que me decís repito, lo que me enseñáis aprendo, refiero lo que advertís y lo que prestáis os vuelvo, que en la educación primera lo que niños aprendemos se queda fijo en el alma por luz del entendimiento. ¿Esto sufro, esto permito y no los abrasa el fuego de mi furia? La venganza está en tu mano. Guillelmo, muera luego Balduïno. Verás cómo te obedezco. Y yo mismo quiero ver, para más venganza, el suelo tinto en su traidora sangre. Señor, ¿vos tan descompuesto? Legado, seáis bienvenido si acaso vienes resuelto a darme la absolución. En tu mano está el remedio. Ya di el orden al alcaide para que ejecute luego. Si el remedio está en mi mano, yo lo pondré tan violento que te pese de enojarme. Por la causa que defiendo poco importa el darte enojos. ¿Tú me pierdes el respeto? Si tú le pierdes a Dios, ¿qué te espantas si le pierdo al que va contra su iglesia? Sabes que matarte puedo... Sé que seré venturoso, conde, si a tus manos muero por una causa tan alta, que ha de estar atento el cielo a la vitoria que aguardo en mi propia sangre envuelto. Primero me has de absolver. Si te reduces primero, si das la obediencia al papa, si a los herejes blasfemos persigues, si a Balduïno le das libertad... ¡Prendedle! Fraile villano, verás. Padre fray Pedro, ¿qué es esto? ¿Quién a tocarle se atreve estando aquí fray Roberto? Todo hereje se desvíe o le meteré seis dedos del amolado en el cofre del pan. ¿Este atrevimiento permites? ¿Qué fraile es este? El diablo, pues, si suelto las pihüelas, juro que hemos de andar a pescuezo. Padre, ¿la fe se defiende de esa suerte? Yo me entiendo, padre, que hay herejes sordos y, si les hablamos quedo, se nos vienen a las barbas. Pues ¿qué pretende? Pretendo una plaza. ¿Para qué? Para hacerla quemadero. Sin duda que aqueste es loco. ¿No ve que irrita con eso la furia del conde? ¿Y, padre, qué vendré a perder en ello? ¿No seré mártir también? Desvíense, digo. No entiendo cómo lo ha de ser, si quiere con soberbia y menosprecio defenderse aquí. Pues, padre, ¿hase de ir un hombre al cielo hecho muñeca? Las armas jamás al martirio fueron necesarias en los santos. Pues yo soy mártir manchego y he de llevar tres de boca antes del Confiteor Deo porque ser mártir a secas eso dejarlo podemos para los niños de Herodes, que nunca se defendieron. Pícaros, mártir me fecit, mi fiesta a tantos de enero, mas juro ha de ir con vísperas. Pues ¿mis ruegos no bastan? Arda Bayona, padre. Dejadle, que quiero que el legado se reduzga por bien. Vuestro bien deseo, pero haciendo lo que manda el papa. ¿Que yo no puedo en mi tierra y en mi estado hacer mi gusto? Bien presto lo podrás cumplir. Di el modo. Matando al legado. Dejo la ejecución a tu brazo y deja a mi cargo el premio. En saliendo del estado Otón y yo le daremos la muerte. Muera el villano, de Tolosa te destierro por insufrible. Dichoso seré, conde, si padezco por la fe persecuciones, pero lo que lloro y siento es que padezca naufragios por ti la nave de Pedro. Mira por tu causa ahora. También la tuya es mi centro, que él es hechura de Dios y le costó el mismo precio que Pedro y Pablo. Pues yo irritado te aborrezco. El papa te descomulga. Su poder es burla y sueño. Su poder es el de Dios. Ni le estimo ni le temo. Morirás excomulgado, conde, si yo no te absuelvo. Por no ponerme a tus pies niego al sucesor de Pedro. No ausente su luz el sol sin que le mates, Guillelmo. Con la luz del sol verás que deja el campo sangriento. ¡Ah, hidalgos!, ¿cómo quedamos? ¿No echas de ver que el respeto del conde nos ha estorbado que ahora no te matemos? Pues ¿saben lo que han de hacer? Seguirme y tener silencio, si es que son hombres de bien, y verán cómo sustento en ayunas lo que dije. Pues ¿qué dijiste? Refiero que son herejes borrachos ellos, sus hijos y nietos, adiós, y a ventura vengan, que en el campo los espero. Faltó el humano consuelo, hijo, en desventuras tantas. Mueve las turbadas plantas para que nos libre el cielo de este común enemigo. Huyamos, madre y señora, podrá ser que el campo ahora nos quiera dar más abrigo que este bárbaro homicida. ¡Ay, Balduïno, ay, señor, tan lastimoso dolor me habrá de acabar la vida! Si la perdió, considera que, defendiendo la fe, mártir venturoso fue. ¡Quién imitarle pudiera! Dios escoge los sujetos para poderle servir y manda para vivir usar de medios discretos. Viviendo se sirve Dios también. ¿Y cómo podremos, si en tanto riesgo nos vemos, guardar la vida los dos? El ir desterrado siente. Siento los futuros daños. ¿Salimos de entre picaños y le pesa? A aquella fuente llega, padre, una mujer y un muchacho Madre mía, el fraile que el papa envía a amparar y defender la fe católica viene adonde estamos. En tanto dolor nos ofrece un santo el cielo. ¿Si acaso tiene, señora, noticia alguna del preso hermano del conde? Por mí el dolor os responde: trocó la humana fortuna mis dichas en desconsuelos. ¿Quién sois, señora? Su esposa con mi hijo, la forzosa muerte con tantos desvelos voy huyendo, ¡ay, padre mío! Todos vamos desterrados y solo por mis pecados, mostrad generoso brío en los trabajos, señora. Si murió mi esposo a manos de un traidor, ¿qué alientos vanos prestarme podrán ahora mis desventuras? ¿Murió firme en la fe? Un raro ejemplo de católicos contemplo en su muerte. Pues logró dichosamente la vida. Eso solo es mi consuelo. Padre, yo le vi morir y, por que pueda advertir de su muerte repetida el celo y valor cristiano, breve relación le haré. Con gusto le escucharé. ¿Sentareme yo? Sí, hermano. Mandó con bárbara furia el conde, venciendo ejemplos de monstruos —porque en los hombres dudo que pudiese haberlos—, que le quitasen la vida a su mismo hermano, intentos que la piedad natural se retiró por no verlos y, así, fueron los ministros de tan bárbaro decreto brutos sin discurso humano, fieras sin humano aliento. Notificada la muerte, pidió un confesor —¡ah, cielos, que le negase este bien con saber que era el postrero!—, dijeron que no le había y ya puede ser que el miedo destierre los sacerdotes de donde es hereje el dueño, hincose, al fin, de rodillas y dijo: «Amigos, protesto, que soy hijo de la iglesia, y que he vivido, y que muero católico en la defensa de sus divinos decretos, y pido perdón a Dios de mis delitos y excesos. A mi hermano y mi señor diréis, amigos, que ofrezco esta muerte por que Dios le alumbre el entendimiento y que vuelva a confesar la misma fe por que muero, que mil veces le perdono y a los que son instrumentos de mi muerte y de su enojo», dijo y, sacando del pecho esta cruz, pudo dejalla entre lágrimas y besos. Si digo blanda, es palabra ociosa, que el fiel madero solo para Cristo fue áspero y duro y, muriendo, quedó blando y amoroso porque mostró los efetos del diamante que se ablanda con la sangre del cordero. Echome su bendición y, al fin, inclinando el cuello, levantó el brazo el verdugo; lo demás no pude verlo porque el sensible dolor, derribándome en el suelo, privó al alma los sentidos por que, al volver en su acuerdo, viese inanimado un tronco en su misma sangre envuelto y la difunta cabeza dividida un largo trecho. Diome valor la piedad y su helada sangre aliento para prometer venganzas de tan mortales trofeos. Limpié su amarillo bulto, padre, con aqueste lienzo por que la memoria viva en los olvidos del tiempo. ¡Ay, difunto padre mío!, dije al cadáver, si al cielo le agradan también castigos para cristianos ejemplos; si en divinas escrituras logradas venganzas vemos de Dios por una mujer que fue redención del pueblo de Betulia, que animosa cortó el arrogante cuello de aquel temerario ssirio sepultado en vino y sueño; y aquel muchacho pastor derribó al jayán blasfemo y libró al pueblo de Dios; también su pueblo defiendo, hereje es quien lo gobierna, contra Dios van sus deseos, pues resplandezcan sus obras en imposibles sujetos. Niño soy, difunto os miro, pobre y perseguido quedo, pero, si el cielo me ayuda, al mundo daré escarmientos, asombros a la ambición, a la desvergüenza miedos, vitorias a la humildad, al valor cristiano ejemplos, castigos a la herejía y a la iglesia previlegios. Ahora es bien que busquéis en tan penoso destierro, madre e hijo, amparo honroso. Cerca está el alojamiento del capitán de la iglesia que con católico esfuerzo persigue el campo rebelde, en él hallaréis remedio. Es el conde de Monforte, cuyo valor, cuyo celo dará a la iglesia vitorias con enemigos trofeos. Dios os guarde, Dios os guíe, confiad que os veréis presto libres de vuestro enemigo, que yo, como más le ofendo, quiero salir de su estado por cumplir su mandamiento. ¡Quién pudiera acompañarle, padre!, porque su destierro es glorioso por la causa que defiende. Ruegue al cielo que nos ampare. Sí haré, hijos; vamos, fray Roberto. Plega a Dios que no tengamos esta tarde algún encuentro porque voy dado al diablo con Tolosa y, si me apeo de la obediencia en que voy,... ¿Qué ha de hacer? Echalle un reto. ¿A quién? Al conde y su ánima. Pues ¿por qué? Porque lo ha hecho pícaramente en dejarnos ir a pie. Para ir al cielo no busque comodidad. Hágolo por ir más presto, que en el servicio de Dios es bien que vamos corriendo. Del espíritu se entiende. Monda nísperos el cuerpo, pues por Dios que, si él se queja, que el alma tiene mal pleito. Allí van unos soldados. Madre, aguarde y llamarelos por que nos lleven al campo de Monforte. Buen suceso será si aciertan a ser católicos. Yo te espero, hijo, al margen de esta fuente. Y espere en Dios el remedio. Parado junto al arroyo está el fraile, aquellos fresnos me han de encubrir para dalle la muerte sin que los cielos le amparen. Si el tiro aciertas, aguarda un dichoso premio, capitán, y el cargo honroso que le di a mi primo Alberto de general de mi campo. Por solo servirte, aliento, alma, y presto hoy le verás hacer pardo monumento la arena que va pisando. Cielos, ¿si es sombra del miedo que lleva el alma? ¿Es el conde el que ya medrosa advierto? Él es por que mis desdichas lleguen al trance postrero Tanto aborrezco este fraile que no tuviera sosiego si yo mismo no le viera dar la muerte y, así, vengo siguiendo la ejecución para lograr mis deseos. ¿Dónde me podré librar? Otro más feliz suceso te aguarda. Mira el cristal de aquella fuente. Guillelmo, ¿si es la ninfa de las aguas que a su margen va esparciendo los rayos que engendran flores que para mí son venenos? ¿Sin dueño estás, Blanca hermosa? Yo seré desde hoy tu dueño, pues no hay resistencia humana que pueda estorbarme el serlo. ¿Qué dices, bárbaro conde? Cielos, es verdad. No creo lo que están viendo los ojos. Sin fruto son los remedios que aplicas. ¿Quieres acaso que estos árboles atentos a tu injuria te defiendan? Defenderanme los cielos, que tienen poder divino. Verás cómo no los temo en ejecutar mi gusto. Ahora, valor, es tiempo que supláis mis pocos años, pues conocéis que defiendo tan justas obligaciones. Villano conde, ¿qué imperio quieres tener sobre un alma cuando ves que te aborrezco? ¿Qué importa, si yo te adoro, para salir con mi intento? Señor, advierte que el campo de tu enemigo soberbio... ¡Oh, qué pesado que estás! Tu mismo peligro advierto, ya cierra con las escuadras de tu gente. ¿Hubo más necio criado? Dame tus brazos, Blanca mía, y templa el fuego que penetra el alma. ¡Tente!, y no pierdas el respeto. Adiós. ¿Esta afrenta sufro? Sin armas estoy. ¡Ah, cielos, dadme favor! Mal podrás, cuando resistas mis ruegos, resistir amantes brazos. Pues tú verás cómo puedo darte la muerte y libralla si no te defiende el cielo. ¡Muerto soy! Temor alegre tiene el sentido suspenso porque es castigo de Dios. Señor, no es tarde si veo mis culpas y las conozco. ¡Muera el fraile, muera! Socorredme, Dios eterno, pues que ayudáis al que os llama; herido de muerte vengo, mas Dios me guarda la vida hasta que le dé remedio. Sírvame esta justa muerte de penitencia. Confieso que pequé contra el gran Dios de los ejércitos. Pedro, ven si eres vivo a ayudarme en el peligro postrero. Pues mueres arrepentido, nombre de Dios te absuelve. ¡Nuevo prodigio! Las vidas perdieron los dos a un tiempo Venció la iglesia el rebelde escuadrón, huyó temiendo el católico poder. Y llegáis, señor, a tiempo, que el conde pagó sus culpas. Y, muerto el santo fray Pedro, ¿cómo quedará en Tolosa piedra sobre piedra? El fuego tomará venganza justa de este sacrílego pueblo. Pues abrazados los veis, creed que en la muerte fueron amigos en Dios y el conde murió por el santo absuelto, mató a su hermano y mi padre, que era el forzoso heredero del estado. Vos lo sois y en Tolosa he de poneros en la posesión dichosa. Señor, por lo que intereso como madre de Dionisio, el amparo os agradezco y, pues que tiene Tolosa tan arruinados los templos, un convento fundaré donde gaste el breve tiempo de la vida. En mí tendréis siempre el favor que os prometo y, en tanto, al cuerpo glorioso del sagrado mártir Pedro demos sepulcro dichoso. No me llegue nadie al cuerpo del santo, que a mí me toca por su padre compañero, y, si lo hemos de enterrar, advierto que el conde muerto, aunque haya muerto católico quince veces, que no quiero que se entierre junto al santo. Pues ¿dónde? En un ciminterio. Pues no le vendrá muy ancho si se está el sepulturero ocho meses en abrillo. Honroso ha de ser su entierro y aquí tiene fin, señores, del santo mártir san Pedro la comedia; yo os suplico que perdonéis nuestros yerros.
