Texto digital de La lealtad en las injurias
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Diego Figueroa y Córdova
- Atribución estilometría
- Diego Figueroa y Córdova Probable yJosé Figueroa y Córdova Probable
- Género
- Comedia
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La lealtad en las injurias. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/lealtad-en-las-injurias-la.

LA LEALTAD EN LAS INJURIAS
JORNADA PRIMERA
Necio, siempre han de matarme tus disparates, haciendo, que mi paciencia se apure? Pues barajar, y juguemos las manos libres, los dos, que en esto de ser molesto, tú también eres de plomo. Hy mayor atrevimiento? vive Dios. . Paso, señor, que no es justo, no, por cierto ni aún pecador, que maltrates a quien busca tu sosiego. Que te ha hecho mi lealtad, que para ti es un veneno cuanto hago, y cuanto digo, sin haber echado el resto? Si yo quiero andar, te paras ni quiero pararme, luego cáminas más que de paso, por apurarme el aliento. Si quiero comer, respondes, que has almorzado; aunque en esto tu cuerpo gruna otra cosa, porque lo gruña mi cuerpo. Todo sucede al rebes, cuanto digo, y cuanto pienso, tanto, que nos llaman todos ya, los novios de Hornachuelos. Pues mi don Diego, por Cristo, que en la farsa de tus duelos, he de hacer yo mis papeles, u he de salir al momento de tu casa. . . Pues infame, si consiste solo en eso, que dejes de atormentarme, vete al instante. . Primero he menester ajustar lo que me debes del tiempo que te he servido. . . Pues vaya de cuenta; y acaba presto que me estás moliendo el alma. En nombre de Dios comienzo. Seis años aura cabales, cuatro, o cinco más, o menos, que entré, señor, a servirte, y que me hiciste escudero de tu caballo. . . Es ansí; pasa adelante. . El concierto fue, que cada mes ganase diez y seis reales y medio, y de comer como un padre; aunque, la verdad diciendo, ni aún como un hijo he comido? y ansí, a cuenta del sustento, que me ha faltado, pudieras, si no te enojan mis ruegos, añadirme otros dos reales cada mes, o por lo menos cada dos meses. . . Borracho. añade otros cuatrocientos, como acabes, y me dejes. No te enojes, ya resuelvo la cuenta, que está enda uña. Pues hecho computo el tiempo que te he servido, me debes uno, dos, sí, bien me acuerdo, tres mil ducados . . Tres mil? Y tan tres mil, que protesto de no recibir un cuarto, sin que los cuente primero, Ay, Clarete, que distantes el mío, y tu pensamiento tienen ocupada el alma! pues tu en donaires, y juegos te entretienes, y yo vivo solo a cuenta del tormento. Pues declara te conmigo, para que los dos busquemos el alivio a tus pesares. Ya sabes, que amante ciego, de Blanca, vivo en sus rayos, por beber su luz atento. Y que ella, atendiendo fina a mi leaitad, y a mi ruego, corresponde a mis finezas, pues por un jardín ameno, de quien yo tengo la llave, algunas noches iolemos darsque decir a las flores, (que inmanes, a los requiebros de los dos, nos lisonjean con la voz de sus alientos. Ya sabes también, que Celia, prima de mi hermoso dueño, y su amiga que esto suele ser el mayor parentesco, de su amistad obligada, somenta nuestros deseos, hablándonos en su casa, por vivir pared en medio de Blanca, y tener también una puerta por adentro, que a entrambas casas responde, Ya sé todos tus empeños, por ser la segunda parte de tu amor, y tus desvelos. Solo ignoro la ocasión de tus penas, y por eso te suplico me las digas, para buscarte el remedio. Federico de Florencia Duque, que vive en los ecos de la fama esclarecido, digno Atlante de su imperio, muy galán, sin ser malquisto, si en presunción muy discreto, muy generoso, y afable, que en un señor no es lo menos: y en fin amante muy fino de Blanca: aquí de mi aliento, cada suspiro es un rayo, y una acfin Solicita sus favores tan cortés, y tan atento, que equívoca su grandeza con la humildad, y el respeto. Y aunque hasta agora no he visto en Blanca ningún exceso, que ponga su honor en duda, ni malogre mis deseos. Que pino verde, gigante del bosque, Príncipe encelso de sus contornos, no vive, aunque elevado, y soberbio, sujeto a morir ruina de los suspiros del cierzo? Que diamante, hijo del Sol, parto del oscuro centro de la tierra, no se rinde del martillo a los efectos? Pues si los diamantes duros, y hasta los erguidos cuellos de los troncos no perdona la política del tiempo; Blanca, que nació mujer, cuyo nombre vive expuesto de la mudanza traidora al infame privilegio, que ha de hacer solicitada de un poderoso, en quien vemos, si los afectos más vivos, más seguros los aciertos? Que ha de hacer, sino rendirse de tanto contraste al peso, de tanta centerla al rayo, de tanto enemigo al riesgo, y ser, aunque más presuma de valiente en el empeño, diamante al martillo duro, tronco a los soplos del cierzo? Yansí, Clárete, el mejor medio, en tantos desconsuelos, que me ofrecen mis pesares, es, ponerle tierra en medio a mi amor, donde sepulte mi esperanza sus deseos. A Flandes quiero partirme, donde imagino, sirviendo al Gran Monarca de España, sin acabar en mi pecho las reliquias de mi amor, ocultarlas por lo menos: de modo, que ni a los labios permita salir por yerro, la gravedad de un suspiro, ni la humildad de un afecto. Que estando mi Rey delante, aunque me abrasen los celos, el remedio es imposible, y es infalible el tormento. Porque veas que te sirvo, sin replicar, te obedezco, y te apruevo la partida; aunque de mi parte advierto, que no puedo acompañarte, porque yo no tengo celos: y si es mi dama Florencia, hasta ahora no me ha hecho, porqué me ausente, y la deje. Acaba, loco. . Ya vuelvo ol la hoja, y quiero servirte, pues cuando no tenga premio mas que volver gran soldado, que esto es fácil, voy contento. o . Pues cómo lo facilitas? De esta suerte, estame atento. Llamando al uso la moda, Monsiures los Caballeros, a la manteca buturo, patrones a los Flámencos, a la taberna osteria, páis los campos amenos, la caballeriza estala, y otros disparates de estos, me verás en cuatro días anoup soldado hecho, y derecho Digo, que me has convencido. Y yo también te lo creo, que soy hombre muy actino A en convencerlos, don Diego. Pero dime, has de auientarte, sin ver aquel Ángel bello? Esta tarde determino ir en casa de don Pedro, nalno padre de Celia su prima, homob a pedirle, que a Fisbertoio su hijo escriba, que en Flandes se halla al presente, sirviendo al Rey de España, y si acaso me ofreciere su cabello la ocasión, hablaré a Blanca. A mí me maten, si guero no nos saliere el viaje. Pues por que? . Porque al momento que la veas, en sus rayos te derrites como sebo. Prima, si en el rostro a veces suele conocerse el daño, o yo padezco un engaño, o tu algun daño padeces, No lue dirás la oarón de andar tan triste estos días? Ay, Celiarlas ansias mías, son señas del corazón. Que como tengo delante o siempre el daño que recelo, solo le busco el consuelo en la lengua del semblante. No puede dejar su centro esta pena inaccesible, que si el medio es imposible, mejor se siente hacia dentro. Mas pues nunca te he negado de mi pecho lo interión; y sabes ya de mi amor la fineza, y el cuidado, Quiero decirte la pena, que ansí me inquieta cobarde, Por eso enbíe esta tarde a llamarte con Elena. Y pues en mi casa estás, y nadie aquí nos escucha, habla. . Mi pasión es mucha, escúchame, y la sabrás. Ya sabes, que don Diego, ciego de amor; y de mirarme ciego, aplaudiendo mil veces su ventura, se acreditó abrasado en mi hermosura. Ya te dije cambién, como mi pecho, de sus demostraciones satisfecho, agradecido examinó su llama, que estos son los principios de quien ama; pues cuando menos entendí pagarle, desuerte, prima, comencé a adorarle, que el principio que dio la cortesía, pavesa se encendio en el alma mía; y yo, menos cruel, y más turbada, de agradecida vine a enamorada. Paseaba la calle don Diego, tan airoso, que su talle aunque el honor me daba a mí la culpa se trujo anticipada la disculpa. Y cuando en tiernos lazos, solo faltó el cariño de los brazos, aud para que con las glorias de himeneo se cumpliera feliz nuestro deseo. nnosel p El Duque. Blanca mi hermana, en el cuarto de mi prima está, y mi pecho se avima a descirla a esta tirana lo que debe a mi cuidado, que es su rigor tan terrible, que muero de un imposible, y vivo desesperado. Tu hermano es este. . Después te contaré mi agonía. Blanca hermosa, prima mía, aquí tenéis a esos pies mi vida. . Pues Carlos, primo, vos conmigo tal exceso? Que estoy perdido os confieso, aquí mi esperanza ánimo, porque en vos prima querida, que rendimiento no es cierto? por vuestra causa estoy muerto, volved a darme la vida. Sepa mi fe en esta calma, aunque la hayáis despreciado, que os he dicho mi cuidado, en los retretes del alma. Que como vos; prima bella, toda la ocupáis agora, no será mucho, señora, que lo hayáis sabido de ella. Pudiera haberme enojado, Carlos, vuestro atrevimiento, y hacer con un escarmiento infeliz vuestro cuidado: no sé que habéis visto en mí de descuido, o liviandad, que con tanta libertad me habéis ofendido aquí. Acaso vuestros enojos han visto, si se repara alguna seña en mi cara, algún indicio en mis ojos de descompostura efecto? sed más advertido vos, que nos perdemos los dos, si me perdéis el respecto. Señora, viven los cielos, que es terrible esta mujer, amor que llega a querer tiene en sus propios desvelos, aunque de cuerdo blasone ocasiones de atrevido, pues su mismo ardor ha sido la disculpa que lo abone. Y supuesto que excusaros queráis de mi fe amorosa, dejad vos de ser hermosa, dejaré yo de enojaros. Más me agravia la fineza, con que ofendéis mi decoro. La fe con que yo os adoro, se hizo en mi naturaleza, no puede dejar de amar. Ni yo dejar de entender, que me queréis por querer hacerme solo un pesar. Cómo excusaré el agravio, que fundáis en mi afición? Volviendo hacia el corazón lo que os propusiere el labio Nunca os hablara importuno, si en vos tuviera esperanza. Que sabéis vos lo que alcanza el pecho de cada uno? Luego ya menos ingrata os admira mi tormento. No sé, primo, lo que siento, que me alivia, y me maltrata. Salga mi amor de su centro, pues piadosa le pagáis. Ahora digo, que ignoráis lo que se siente hacia dentro. Reportaos, que es muy temprano para ser lo que decís. Vos misma os contradecís. No está el amor en mi mano. Puede estar en vuestro pecho. Eso, primo, es groseria. Vos causasteis, prima mía, los agravios que os he hecho, pues decís, que nadie sabe lo que siente otro cuidado. Mis palabras le han vengado, . bien merezco que se acabe de descubrir mi afición, puesto que anduve tan loca, que lo que negó la boca, lo confiesa el corazón. O yo me engaño, o mi prima quiere a mi hermano. . O es fue- o Celia, mi dulce dueño, (ño, mis esperanzas anima. O soy loca, o soy tirana, o aborrezco lo que estimo, pues he tratado a mi primo tan necia, y tan inhumana. Sin sus favores, que medro? Declararme quiero agora. Don Carlos. . Prima, señora? Como que busco a Pedro, , . he de hablar a Blanca bella: pero su hermano don Carlos es el que miro. . Paciencia. Por Cristo, que el tal hermano nos ha cogido entre puertas. Ea, cuidado, a Don Diego tienes en campaña, vuelvan a la vida mis temores. Don Diego, agora que intenta? pero querrá hablar a Blanca. El señor don Diego, Celia, que busca en tu casa? cielos, o dadme la muerte fiera, o sepa que quiere este hombre, que las colores diversas que en el rostro le han salido, me dan claras evidencias de mi agravio, y de mis celos! Disimular será fuerza por mi primo: Caballero, quien os ha dado licencia de entrar en aquesta sala, sin reparar que está en ella, quien en su vida os ha visto? Perdonad si poco cuerda mi resolución, señora, os da motivo a esa queja; que buscando a vuestro padre vengo, para que escribiera al hijo que tiene en Flandes, porque mañana se apresta mi viaje a esos paises, y de camino quisiera llevar cartas a Fisberto, para que con ellas tenga en mi un amigo constante. Qué es esto que escucho, penas! cielos que es esto que veo! sin duda que en tanta ofensa, o está muy vivo el agravio, o está la venganza muerta. Entrando agora en mi casa, me dijeron aquí fuera, que me buscabáis, don Diego. Andares, aquí me cuelgan por un pie, o por una mano, si mi don Diego no acierta a hablar por boca de sastres, que mienten a boca llena. Dile Clárete a don Diego, que aquesta noche me vea por el jardín. . Al instante haré lo que tú me ordenas. Toda esa merced, don Diego, que me hacéis, es cosa cierta que la debéis a mi amor, que vuestro padre en las guerras de Flandes, y yo, servimos debajo de una bandera, mas de diez, a doce años, vinculando tan estrecha nuestra amistad desde entonces, que eran una cosa mesma nuestras acciones, don Diego: y ansí me alegro que tenga en vos Fisverto un amigo, a quien pagarle la deuda en que estoy a vuestro padre. Vamos, porque escribir pueda, y quiera haceros el cielo tan feliz en las sangrientas lides, que la fama a voces, cantando vuestras proezas, con sus cien lenguas ocupe los términos de Florencia. Siempre estaré a vuestros pies. Vos Carlos, y Blanca bella, perdonad, si no os he hablado, que los cumplimientos fueran con vosotros excusados. Solo serviros desea nuestro cuidado. Fortuna, siempre contra mi severa, si Blanca es leal, prometo sacrificarme a tu rueda: pero si Blanca es traidora, y mis agravios fomenta, o librame de la vida, o permíteme el ausencia. Ya mi esperanza se anima, que desvanecida, y ciega, entre ilusiones de fuego, la vi consumir pavesa. Ya mi garganta la olla, la tengo menos dispuesta al cañamo, y al esparto: Voyme agora a una taberna, donde ahogue los temores, que he tenido; y donde pueda, entre pasos de garganta, hacer pasos de Lucena. Con vuestra licencia quiero déjaros, pues me aconseja vuestra discreción, que nunca los porfiados aciertan. Yo he de vencerme a mí mismo, porque de mi amor se entienda, que si atrevido os ofende, también humilde os respeta. En nuevas obligaciones me pone vuestra prudencia, creed que sobre pagarlas. Esa palabra os aceta mi amor. . Y yo os la confirmo, Fija fortuna tu rueda, pues viento en popa la nave de mi ventura navega. Solas habemos quedado, gue, Blanca, tus penas. o sí De nuevo, Celia, condenas a tormento mi cuidado. Mas pues nada te encubrí, fuera necia groseria estragar la cortesía, recatándome de ti. El Duque de Florencia, a quien celebra Italia en competencia, previniendo a sus partes generosas, giras, que las aplaudan numerosas; dio, prima, en festejarme, aunque mejor dijera, que en matarme, a tiempo que mi amante, muda la voz, y pálido el semblante, destemplados los ojos, señales ciertas de quien tiene enojos, y alborotado el ceño, me dijo: Blanca mía, hermoso dueño, Federico, en tus luces abrasado, émulo se dispone a mi cuidado; yo en tus rayos hermosos loco, y ciego, mientras más los admiro, más me anego; yo su vasallo soy, él es mi dueño, ya verás lo difícil de este empeño. Esperar buen suceso en esta calma, ni me lo anuncia, ni lo dice el alma; pues vemos, para pena más terrible. que un imposible sigue a otro imposible. Mejor será, me dijo, aunque lo lloro, que yo pierda la vida, y tu decoro, en mármoles, y bronces esculpido, viva, a pesar del tiempo, y el olvido; dijo, y sin aguardar que le responda, cual piedra despedida de la honda del villano robusto, me dejó con la vida, y sin el gusto. Que mi pecho le adora, harto te lo acredita en lo que llora; que es un amante ingrato, bien te lo representa con su trato: que se quiere ausentar, ya tú lo oíste; que yo sin alma quedo, ya lo viste: de suerte prima, que en mi mal esquivo, muero de amor, y despreciada vivo; y ansí, para llorar este tormento, me viene muy pequeño el sufrimiento, De suerte, prima, he sentido tu disgusto, que he juzgado, que tú me lo has escuchado y yo te lo he referido. Busquémosle, pues, un medio al dolor que estás pasando, y no mueras del mal, cuando! puedes vivir del remedio. Por el jardín, esta noche, ha de venirme buscar, luego que el Sol en al mar sepulte el dorado, coche. Y si no pudiere acaso, por ser mi fortuna escasa, mañana vendrá a tu casa; que pues esta puerta paso nos da a la mía, vendré a hablarle; como otras veces. Donde, sin otros jueces, que tu amistad, y mi fe, estorbaré su partida. Siempre haré, Blanca, tu gusto, aunque exceda de lo justo. Pues a Dios, prima querida. Mil años te guarde el cielo, y quiera en mal tan extraño, darte, prima, un desengaño, para excusarte un desvelo . Si va a decir la verdad, siempre que vengo a estas fiestas, vengo tan lleno de miedo, que es como si no viniera. Porque ajustando estos lances un hombre con su conciencia, halla Gigante la culpa, y la disculpa Pigmea. Pero ya, señor, estamos metidos en la palestra, y empeñados por las costas, hiende, raja, abrasa, y quema; popues tienes aquí a Clarete, que en la primera refriega hará maldita la cosa, si mi Dios no lo remedia. Yo te lo creo, Clárete; que en esto de la pendencia eres un gamo en huir. Mira, el huir no es afrenta denoche, porque denoche todos los hombres son dueñas, menos los que no lo son. Luego de día peleas con más valor? . Si señor, que de día, a espaldas vueltas, voy corriendo, y como hay gente, que estorbarme el paso pueda, y juzgo, que mi enemigo me va dando para peras, nunca acabo de dar gritos, diciendo a la gente: Fuera, por caridad que se aparten, miren que va sobre apuesta, hasta que puedo acogerme al sagrado de una Iglesia, donde quedo retraído. Pues porqué, di, te condenas, siendo el que huyo a retraerte? Bien fácil es la respuesta, si; digo, que por cobrar opinión en las tabernas de valiente: porque hay hombres, que a sí mismos se condenan, haciéndose delincuentes, y agresores de la legua, de una muerte tan vemal, que si el cargo se les prueba, no la han tomado una mano, ni en su vida, aunque más mientan, la han comido, ni bebido: y es su vanidad tan necia, que por parecer valientes, quieren parecer mil penas. Siempre has de hablar desatinos? vuelva a juntar nuestros lazos Mucho el afecto te empeña. Calla, necia, este es don Diego. Blanca sir duda es aquesta. Yo llego a hablarle. . Yo llego viva mi esperanza muerta. a hablarla. . Pero es vergüenza, que siendo yo la ofendida, llegue a hablarle la primera. Pero es desaire en mi amor, que un afecto le enterbezca, cuando un agravio le incita, si un impulso le fomenta. Este parece Clárete. Esta es Inesilla, y piensa, que sus pedazos me matan. Sin duda el pícaro intenta, que yo primero le envista. Más cuidados, que recelo, si está en don Diego mi vida? Mas amor, que regateas, si tienes la vida en Blanca? Yo llego. Llegar me es fuerza. Don Diego? . . Señora mía? En hora buena amanezca segunda Aurora a mis ojos, vuestra celestial belleza. En hora buena el jardín, hecho hermosa primabera, en el gremio de las flores os introduzca por Reina. En hora buena publiquen vuestros ojos, que en presencia del Sol radiantes infunden nueva luz a las tinieblas. En hora buena, don Diego, sin recelos, ni quimeras, vengáis a ser de mis ojos puena luz, y vida nueva. En hora buena el aumor, sin fingidas apariencias, con coyunda más estrecha, En hora buena el olvido vuelva su luz a mi estrella, y de los brazos del sueño Yo. Blanca divina, siempre he vivido solo alcuenta de ser muy esclavo tuyo. Yo, don Diego, si te acuerdas, cuando dejé de ser tuya? Mis brazos serán la esfera. Mis brazos serán el premio, Mas qué digo? que unpa Mas que intenta al mi locura? yo los brazos a quien se parte, y me deja, sin más razón que su gusto? Yo los brazos a una fiera, que en los mayores alagos mas me encanta, y me atormenta. Salga el veneno del pecho: ponte, Ines, en esa puerta, mira no venga mi hermano. Salga, pues, la contraierba de este fuego en que me hielo, y este hielo que me quema. Don Diego, aunque habéis hallado. piedad en el alma mía, todo ha sido fantasía, no evidencia del cuidado: Vivid de hoy más avisado de que ya vuestra traición me privó de la razón; y este favor que os he hecho, no lo debáis a mi pecho, debédselo a la ilusión. Blanca, aunque poco advertido agora, os rendí la palma de mi vida, nunca al alma echa a perder un sentido, los otros cuarro han querido disculpar en mi el ardor, con que os propuse mi amor: y ansí, aqueste desconcierto, no lo debcis al acierto, debedlo, Blanca, al erron. Cuando dije, que os amaba, se equivocó el alma mía, Cuando dije, que os quería, loca mi atención estaba. Ya en mí la pena se acaba. Ya en mi fenece el tormento. Ya diré en vano, que siento vuestra traición en mi daño. Ya le ofrezco al desengaño la gloria de mi escarmiento, Pues, don Diego; altoa tener esos consuelos ingratos. Pues. Blanca, en tan viles tratos alto a parecer mujer. Yo supe amar, y querer. Yo fui de mi amor despojos. Yo tuve amantes enojos. Yo lloré. Yo vivi en calma. Dígalo a voces el alma. Dígalo el llanto en mis ojos. Lloráis? La razón ordena, que me descomponga tanto. Posible es, que en ese llanto oficio hagáis de Sirena? Dio al través en el arena vuestra fe con la mudanza, que en vuestro pecho se alcanza: y estás lágrimas han sido, quien sepulta en el olvido mi ya difunta esperanza. No es mi amor, Señora mía, tu hermano vino de fuera, mira que habemos de hacer. Don Diego, un rato me espera, que presto saldrá mi hermano, y volveré a darte cuenta de mis intentos, a Dios. Y ella, hermana compañera, tiene también que decirme? No; pero darte quisiera. Que? . Muchisimos araños, A un sastre con esa leva, que esto de arañar los lastres lo tienen de su colecha. Qué piensas hacer agora? Esperar que Blanca vuelva, y escuchar de cortesía, y no de amor, sus quimeras. Y si ella te desenoja, muy cariñosa, y muy tierna, serás bronce a sus suspiros, serás mármol a sus quejas. Mas, si no miente el sentido, gente parece que suena en la puerta del jardín. Toma, Clarete, no sea que alguna intención traidora se disponga en nuestra ofensa: abre esa puerta. San blas, santa Agata, santa Tecla, que nos abren por de dentro, fin ser ninguno doncella. Parece, que tengo miedo. Vive Dios, que abren la puerta, retírate entre estos ramos. , que compiciendo sus rayosd Con esta llave maestra de la casa de don Carlos, que consiguió mi cautela de una criada de Blanca, vengo a que riuda la fuerza lo que se niega al poder; que cuando el alma se anega, ni el discurso hace su oficio, vía ni obran por si las potencias. Vn vulto solo distingo, que las oscuras tinieblas de la noche descomponén a los ojos la evidencia. Embozádico a estás horas, con mil palos se contenta mi vida en aqueste lance. Esta parece la puerta, que sale a el cuarto de Blanca. , , o Mi hermano ha salido fuera, y ansi vengo a encareceros agora. . Que, Blanca bella? Válgame el cielo, que miro! pues señor, de esta manera vuestra Alteza a aquestas horas, sin que yo? pero estoy muerta! Blanca está ya en el jardín, quiero llegarme más cerca, por prevenir este lance. Blanca mía, hermosa prenda, de cuyos ojos divinos rayos el alba bosqueja, no vengo a obligarte agora, como otras veces, a cuenta de bien sentidos afectos, de mal pagadas finezas. A ser escándalo vengo de las flares; a sencena, biv imob eclinse a el Sol ensuesfrradio aol A ser contagio del aine, con los ahogos que alianta mi pecho vengo resueltona lna Y a ser ardiente cometa, on que engañe con mis suspiros el vívil de las estrellas ol En fin a coger l t me resuelvo, que mis penas tienen merecido, a costa del fuego que me alimenta. Mirad lo que resolvéis, y advertid; que amor os ruega por una parte; y por otra el Gran Duque de Elorencia. Aiplance más apretado! quiero escuchar la respuesta de Blanca: dónde consiste ao idesenguño; o mi ofensa. El Duque miene resuelto, y en esta ocasión es fuerza desanecer sus intentos, menos cruel y más tiernada Señor (aquí del engaño) nunca ha visto vuestra Alteza desprecios en mi evidentes, pues el ser vasalla vuestra me detiene en los favores, y me oprime en las finezas. Ya bebí todo el veneno. Blanaa, el amor que se precia de constante, y verdadero, nunca mira en conveniencias; dadme siquiera una mano, templaré el incendio en ella, que me está abrasando el alma; Para quién daros desea el favor más dilatado, (mucho el peligro me empeña) daros la mano, señor, demostración corta fuera. Dejad, Blanca de mis ojos, esta honrada resistencia. y dadme esa blanca mano, Ya se apuró mi paciencia. Primero que lo consigas, verás en mi pecho un etna, que vengativo en cenizas tus esperanzas convierta. Válgame Dios, que desdicha! Pues como traidora intentas, estando escondido un hombre: pero no es tiempo de quejas, hasta que vengue ofendido con su muerte mis ofensas. Mientras se cascan los dos, me escurro por esta puerta, que es dichoso el escarmiento, que se hace en cabeza ajena. Dónde te esconden las sombras? O! si encontrara la puerta, para lograr un designio, en que mi honor interesa cumplir con la obligación de la lealtad que me alienta. Que no le encuentre mi brío. Que en nada mi dicha acierta. Qué viva yo de mis males. Que no pase mi violencia del impulso que me anima. Ya mi suerte no es adversa, pues con la puerta he encontrado. Aunque te oculte la tierra te he de seguir vive el Cielo! Fortuna inconstante, y fiera, que solo para matarme tienes fija la violencia; pues ves que adoro a don Diego, y que engañado se ausenta, o truécame el sentimiento, o permíteme la queja.
JORNADA SEGUNDA
JORNADA SEGUNDA Qué no le reconociste? Tan oscuro el homenaje de la noche discurria las campañas celestiales, que ese pabellón del cielo, ese de luces errantes fijo volusiien, negado de la Luna a los celajes, todo prodigios lo hermoso, todo amores lo brillante, lo encubrieron de manera, que aunque lo seguí constante, persuadido de mis celos, a la vuelta de una calle. vine a hallarme, aunque ofendido, sin él, y con mis pesares. No era muy valiente él, pues se retiró cobarde, siendo uno solo el contrario. Prometote que arrogante, fue un César en el jardín, siendo escándalo del aire su acero, y a mi violencia oposición de diamante: viven los cielos, que diera, aunque apasionado hable, por conocerle mi estado. Quizá, señor, no era amante de Blanca, sino su hermano; pero dejando esto aparte, piensas proseguir tu amor, y en el incendio que aplaudes arder salamandra viva, sino mariposa errante? Fabio, el amor verdadero, que blasona de constante, siendo roca a los vayuenes del imposible más grande, ni el olvido lo desmiente, ni la ingratitud deshace, lo que en el alma fabrican impresiones inmortales. Amor solamente vive de afectos tan singulares, de finezas tan altivas, y de impulsos tan leales, Que ni el tiempo, y sus ruinas, aunque suelen por instantes hacer escarmientos vivos los más fuertes homenajes, y en desengaños de polvo volver colunas de jaspe, no basta, aunque más presuma, a desmentir las señales del amor, que apesar suyo, es llama que siempre arde, roca inmoble al pricipicio, bronce a las adversidades, con que los ados animan sus efectos incostantes, que como es alma el amor, nunca muere, y siempre nace. Pues tu amor, que solicita, cuando en Blanca siempre hallaste imposibles los remedios, y precisos los pesares? Morir pretendo primero, que se apure, que se acabe este fuego en que me abraso, y cuando el amor no baste fuerza, viven los cielos, ha de vengar mis desaires. Luego por fuerza procuras tu remedio? . No te espantes, que albeces la tiranía tales desconciertos trae, Pues no me has dicho, que Blanci te habló anoche, muy afable, muy cariñosa, y muy fina? Qué importa, si llegan tarde sus fingidas apariencias, pues el embozado amante, que en el jardín se ocultaba, me ha dado claras señales, de que en Blanca son fingidos, los favores que me hace. Digo que tienes razón; mas como podrán lograrse con la fuerza tus intentos? Ya has sabido, que una llave tengo del jardín de Blanca. Ya sé, qué fueron bastantes una cadena, y volsillo, cebo de empeños más grandes, con Ines, criada suya, para hacer que te entregase la llave. . Pues oye agora el empeño que no sabes: Con esa misma criada he concertado esta tarde, que me ha de entrar esta noche en su casa, y ocultarme en el retrete de Blanca. Por Dios que el riesgo es notable, y mayor tu atrevimiento, teniendo un hermano Atlante de su cielo, que la guarda. Su hermano vive ignoranto de mi amor, y fuera de esto, Jues me ha dicho, que sale todas las noches, y asiste, hecho un argos de la calle, de una dama a quien festeja hasta que el alba brillante sale a dar vida a las flores, dejando el undoso catre del mar, porque las Sirenas, oficiosas, y constantes, le mullan para la noche los traspostines de jaspe. Notable resolución! mira, señor, lo que haces. Fabio, el intento que sigo mi amor, que es juez, y parte de mi vida, lo dispone, tus consejos llegan tarde. Yo con avisarte cumplo. Uule Dios, que eres cobarde. Esto, señor, es lealtad. Y esto, Fabio, es avisarte, que a los intentos de un Rey, no es prudencia hacer alarde de necias contradicciones: que aunque son las majestades deidades acá en la tierra, tal vez sucede mudarse. el viento de la privanza, y dar la fortuna al traste. Digo, señor (loco he sido) que jamás sabre enojarte. Eso te importa, si quieres vivir en la dicha estable. Es mi incendio, prima mía, tan hijo de mi pasión, que se niega a la razón, y vive en la fantasía: Desde aquel dichoso día, que por no ser porfiado, me fui confuso, y turbado, sin apurar vuestro intento, me busco en el pensamiento, y me encuentro en el cuidado. Desde entonces mi albedrío solo a dudar le condeno, pues ni lo confieso ajeno, ni lo público por mío: Todo, Celia, es desvarío, que facilita el engaño, pues mi amor, para más daño entre las dudas que alcanza, ni vive de la esperanza, ni muere del desengaño. Sacad, pues, aqueste encanto de confusiones, y enojos, y dad lugar a mis ojos; para que dejen el llanto: No sufra, no pene tanto, quien vive solo de amar, vuelva mi vida a mirar del Norte la hermosa esfera que conduce a la ribera de las fatigas del mar. Atenta a la obligación de mi honor, firme, y constante, aún no he fiado al semblante lo que siente el corazón: No es en mi poco atención este descuido que sigo, pues cuando más me mitigo, recatando el pensamiento, aún no cabe lo que siento en todo lo que no digo. Amor en firmes despojos, de vuestra parte se ofrece, y cuando más se encarece, más lo acreditan mis ojos: Tierna entre tantos enojos, me compadezco obligada, quede de hoy más animada vuestra fe, y sepa advertida, que quien vive agradecida, cerca está de enamorada. Pues según eso, en rigor, amor prima os he debido. Mi pecho está agradecido, mas aún no os confiesa amor. Eso es crecer mi dolor. Esto es guardar mi decoro. Declarnos, que no ignoro que os merezco algún cuidado, Basta que sois porfiado, digo, primo, que os adoro. Vitoria amor: yo he vencido. Vitoria amor: yo he triunfado. Ya Celia se ha declarado. Ya Carlos se ha persuadido. Ya el tormento que he sufrido. Ya la experiencia que he hecho. Le viene a mi gusto estrecho, Nueva esperanza recibe. Pues Celia en mi pecho vive. Pues Carlos vive en mi pecho. En todo soy desgraciada, no le he podido encontrar. Ello ha sido porfiar. y en fin no hemos hecho nada. Núnca esperaba yo menos de mi rigunosa estrella. Mal haya quien fía de ella, ni aún los aciertos ajenos. Que cuando busco a dón Diego, sin que repare mi honor las malicias, y el error del vulgo inconstante, y ciego; para excusarle el cuidado de su celosa impaceincia, dándole satisfacción, conque en tan grandes desvelos se desengañan sus celos, y se cobre mi opinión no le haya podido hallar, si saber si se ha ausentado: por cuanto en un desdichado no fuera cierto el pesar. Mi hermano. Blanca es aquella; hablarla quiero mas no, que pues de mí se encubrió, debe de importarle. . Estrella, siempre contra mi tirana, y en mis bienes peregrina, si blasonas de divina, como eres tan inhumana? Por Dios, que aquella tapada mi hermana me ha parecido; pero error sin duda ha sido, que Blanca es muy recatada, y no se haurá aventurado a salir sin mi licencia. Mas para hacer la experiencia, basta haberlo imaginado: vive Dios que he de saber, pues la duda he consentido, si se engaña mi sentido, o es mi hermana esta mujer. Con vuestra licencia voy a hablar al Duque. . Turbado el color Carlos me ha hablado, y juzgo a fe de quien soy, que a su hermana ha conocido: detenerlo es conveniente. Luego que Celia se ausente, vendré a buscarla advertido. Primo, está tarde salí al mar; porque en sus arenas, quiero divertir las penas, que amor ha causado en mí: no será fineza en vos dejarme, venid conmigo. A obedeceros me obligo, puesto que vive en los dos un alma, quiza me engaña la presunción que me anima. Mucho me debe mi prima, vamos. . . Mi fe os acompaña. Deja, señor, el pesar, que te conduce a morir. Para que quiero vivir si vivo para penar? No será más acertado, en esta infelice suerte, morir, si sola la muerte puede acabar mi cuidado? Tu deseo es bien notable; que es morir? linda porfía, muera, señor, una tía, que es la vida perdurable. Que no es bien, que se señale tan avara esa pasión, que haga caso tu afición de una Blanca que no vale. Porque está moneda es tan extraña, y desválida, que si la hallara perdida, no la alzara un Ginoves. Don Diego es aquel, señora. Ya mi suerte no es cruel, pues he encontrado con él. Llega, pues, hablale agora. Y pues vives padeciendo, busca el remedio advertida: mejor tenga yo la vida, que agora la estoy vendiendo. . Pues a la noche ha de ser del Gran Duque de Florencia; mas esto a fe de criada, que no lo hago a mal hacer. Blanca es aquella. . Si a ti te lo parece, a mí no. No puedo engañarme yo. Yo puedo engañarme, sí; pero que sea, u no sea, que intentas hacer, señor? Aquí ha de lograr mi amor la venganza que desea. De que suerte? . . A Blanca bella la he de enamorar, fingiendo amarla, no conociendo, que estoy hablando con ella. Yo he de decir, que la olvido, aunque lo sienta mi amor, y que se mudó al rigor de su mudanza el sentido. Qué diciendo tantos males de su traición mis desvelos, será fuerza, que los celos sintamos los dos iguales. Pues va de fieción, seño; ya el oírte me desvela. Denme los celos cautela para vengarme de amor. Esta ocasión, Laura bella, . que de hablaros he tenido, mas al alma la he debido, que al acierto de mi estrella: Que como vivís en ella, y os guarda como en su centro, aunque os ponéis al encuentro de mi amor, si se repara, antes que afuera os hablara, os reconoció acá dentro. Dos años, constante, y sabio, ha, que os amo, tan atento, que no supo mi tormento la retórica del labio: Mas viendo el alma el agravio, con que el silencio revoca mi voz, tanto se provoca, Laura, en aquesta ocasión, que se vino el corazón por la senda de la boca. Don Diego, ingrato, prefiere a mi fineza otra dama; bien de mi dicha se infiere, que vive para la llama y para el descanso muere. Advertid, que malograr tanta erudición en vano, sin objeto a quien amar, si os divulga cortesano, no os excusa de vulgar. Que si amante festejáis a cuantas veis, no es perfeto el amor, pues solo amáis mientras ocurre el sujeto de otra dama a quien veáis. Malograr lo bien hablado, donde no sois conocido, es descuido con cuidado, si eficaz desvanecido, si discreto confiado. Demodo, que si he de hallar salida a tan grande error, ha de ser acreditar la necedad, y el amor con el nombre de vulgar. Bien puedo haberos amado. desde el instante que os vi, con amor tan recatado, que casi me callo a mí las ansias de su cuidado. Bien pude yo comprender tan imposible un amor, que activo en el padecer, si se quema en el ardor, se hiela en el merecer. Luego si yo os he querido, si mi pecho lo ha callado, si lo dice de oprimido, ni fue necio mi cuidado, ni mi amor vulgar ha sido. Mirad si os adoro. Cileos, esto es celos! ay rigor más cruel que sus desvelos! que tenga origen de amor este mal que llaman celos. Qué decís? Qué vuestro empleo se encarece tan leal, tan ajustado al deseo, que siempre os quisiera mal, porque tan amante os veo. Porque os adoro, esta llama dejáis sin remedio arder. Sí, que quien deja una dama, por segundo parecer, es muy poco lo que ama. De dónde se considera, y no sin razón se funda, que esa pena lisonjera, olvidará la segunda, como olvidó la primera. Y yo no tengo de ser blanco, donde la mudanza, que en vos he llegado a ver, acierte con la esperanza, y yerre en el proceder. Con ese baldón que dais de mudable a mi albedrío, cuando más le acreditáis, aquel mismo desvarío que encarecéis disculpáis. Que si mi amor por esa dama ardía tan activo en el alma, y dilatado, que por ser tan amante mi cuidado dude tal vez de la fineza mía: Si, más la pena que el favor quería, firme al desdén, al parecer osado, por no llegar a tan feliz estado, sin el riesgo, el dolor, y la porfía, Luego cuando vivió correspondido amor, y ya se mueve a la venganza, por desmentir la queja de ofendido: Que mude la traición a la esperanza, no fue mudanza, no, sino de olvido, sacar olvido fue para mudanza. Amor, que solo vive en su cuidado, es un ser que mudanzas no recibe, pues quien supone amor, dice, que vive, a pesar de los términos del ado: Siempre vive el amor acreditado dentro de las finezas que apercibe; que como el alma su impresión escribe, nunca puede borrarse su traslado. Bien diferente vuestro pecho ordena sus aciertos, pues busca lo desdichado, con vivir inconstante en los desvelos. Que amor que solo es hijo de su pena, ni vive alos alagos de la dicha, ni muere a la fatiga de los celos. . Pero si en ellos me abraso, de que sirve acreditarle al amor lo verdadero, y de la mudanza fácil, abominar lo indecente, con el apoyo de infame, cuando mi pecho encendido de celosos bracanes, arde mongibelo, y dura para ser vivo cadaber? Mal Caballero, traidor, ingrato, fingido amante, eres tú? . . Detén ingrata la voz, no padezca el aire tu aliento; no porque el aura, a esos hermosos corales, no redujo cuanto imperio festeja Flora agradable, en desperdicios del Mayo, cuyo florido homenaje, todo aromas solicita la armonía de las aves. Sino porque el aire, como tal vez suspiros amantes de tu pecho, discurrieron sus leves actividades, hasta que desvanecidos, se mezclaron tan iguales, que parecieron efectos de la Región donde nace, y entósices fueron favores tus suspiros, y desaires, son ya los favores tuyos, quiero yo, Blanca, excusarle desaires tuyos al viento, porque discurra suave, sin saber que son traiciones las que vio finezas antes. Cierto que un laurel merece, don Diego, tu amor constante, que sirva honrosa diadema a tus afectos leales. Que como yo no he escuchado de tu boca, ah falso amante! requiebros, que conducidos para otro sujeto, errantes, se vinieron a su centro. Porque tus requiebros saben, que te adoro, y que los ecos de sus dulces asonantes, solo en mi pecho consiguen correspondencia agradable. Y ansí, aunque tu pecho aleve los condujese a otra parte, se erraron, con tal acierto, que excusaron el desaire de otro dueño, que pudiera no admitirlos por mudable. Tú. Blanca, estás inocente, y no le diste una llave del jardín a Federico, por donde entra a visitarte todas las noches. Don Diego, eso es afrentar mi sangre, y mi honor, y vive el cielo, que aunque mujer, sabré darte la muerte, y vengar mi ofensa. d. . La pasión te obliga a tales extremos, y a mí me obligan tus traiciones a vengarme: ya no he de verte jamás. Ya no he de oírte, ni hablarte, aunque me cueste la vida. Pues el engaño. El ultraje. De tu amor. De tu desprecio. Me obliga. Me persuade. A que te niegue ofendido. A que te olvide inconstante. Vamos, Clárete, de aquí. Vámonos, Ines. . Aguarden bustedes, que yo procuro hacer estas amistades. Cómo entre tantas traiciones. Cómo entre ofensas tan grandes. Aura consuelo a mis penas? Aura remedio a mis males? Yo os lo diré fácilmente: Haciendo cada uno alarde de los descargos que tiene; y si no fueren bastantes, pasando algunas mentiras, con máscara de verdades. Yo, auque es dudoso el remedio, digo, que oíré de mi parte a Blanca. . Y yo de la mía, quiero, don Diego, escucharte. En fin, como ya te dije, de Celiafanorecido, vivo de adorarla solo, Clicie de su Sol divino; y está tarde, en la experiencia que amor de su pecho hizo, volví a nacer en la dicha Fénix mejor de mí mismo. Y aunque es verdad, que mi gusto pudiera haberme tenido más ocioso en el tormento, y menos promro al peligro; con todo eso una tristeza me tiene tan divertido, que apenas sé de mi vida. Pues declarate conmigo, si acaso puedo aliviarte. Aguarda, que si los visos de la Luna no me mienten, presente la causa miro de mis pesares: Lisardo, la misma tapada he visto, que me pareció mi hermana, quiza son engaños vivos, que la ilusión me propone. pero dudoso; y prolijo, no descansará mi pecho, hasta apurar este indicio. Mi hermano: válgame el cielo! toda soy un hielo frío. Cubrete bien, que tu hermano, por haber ya anochecido, no te puede conocer. Aquí ausentarme es preciso; y pues aún no hemos quedado satisfechos, ni han podido componerse nuestras dudas, a hablarte me determino. mañana en casa Celia, que será sin más testigos campaña de nuestro duelo. Vete, pues, que yo advertido, si te siguiere don Carlos, estorbare sus disignios. Pues a Dios, don Diego. A Dios. Aprisa, cuerpo de Cristo, que está echando unos ojazos, que parece un basilisco. Sígueme, Lisardo. Vamos. Que a reconocer me animo este demonio, o mujer. Caballero, cierto amigo me ha encomendado esta calle, y ansí, cortés os suplico, no intenteis pasar por ella, que si lo hacéis, es preciso defenderla mi valor. Perdonad, si no me obligo a obedeceros agora, porque me importa infinifo pasar por ella. Esto es hecho, Pues hable el acero limpio, que es lengua que dice, y hace. A ellos, cuerpo de Cristo, mueran, y viva Clarote, aunque dé en sangre tinto. Muerto soy, válgame el cielo! El queda con lindo aliño, pasando plaza de atún, en lo largo, y lo tendido: que habemos de hacer agora? Buscar remedio al peligro, que nos previene este lance. Y pues nos hemos valido de esta casa, que es de Celia, procuremos escondidos librarnos de la justicia. No viene mal el capricho, si nos sale bien, entremos. Pon esa luzimás que miro! don Diego? pues que ocasión os mueve a ejercer los bríos, desnudo el honrado acero, y en cólera el rostro tinto? Sobre unas palabras, Celia, con dos hombres he tenido. una cuestión en la calle, y el uno de ellos herido queda, y por esta ocasión procuré buscar mi asilo en vuestra casa, señora, donde huyamos al peligro de la justicia la cara, que pienso nos ha seguido, y ansi es forzoso ocultarnos. De esta cuadra en el retiro, aunque es el cuarto de Blanca, pues por aqueste postigo se mandan entrambas casas, podéis los dos encubriros del rigor dela justicia, que yo piadosa me animo a defenderle la entrada. Vivas más años que un rico, que a pesar de su heredero suele vivir treinta siglos. Aquí me dicen, que ha entrado, y yo intento vengativo buscarlo, aunque lo sepulten las cabernas del abismo. Vos desnudo el blanco acero? vos el semblante perdido. entráis agora en mi casa? decid lo que ha sucedido, si queréis verme con vida. Sobre apurar un indicio he tenido una pendencia, donde a Lisardo han herido: bien conocéis a Lisardo, a quien mi privanza hizo fiel Acates de mi vida; y el agresor del delito en vuestra casa se esconde, y ansí, prima, determino registrar toda la casa. Basta que Carlos ha sido quien con don Diego riñó: aquí importa divertirlo, porque no mire este cuarto. Primo, hasta agora no he visto el agresor que ducís; más supuesto que os han dicho, que se ha ocultado en mi casa, venid, que yo solicito buscarlo, y acompañaros. Por favor tan excesivo de nuevo os ofrezco el alma. Mi obligación he cumplido; vamos, Carlos. Vamos, Celia. Quieran los cielos divinos dar lugar a mi venganza, y ocasión a mi castigo. Buenos venimos los dos, aquí el refran se ha cumplido de un ciego guía otro ciego. Siempre han de ser desvaríos los que dices? Cuando el miedo mejores efectos hizo? Dame tú, que no le tenga, y me verás al proviso más discreto que une sado, que se hace desenténdelo a los claveles de hueso, porque no entienda el vecino las faltas de su mujer. Para busón eres frío. Sí, pero tengo mil sales. Este cuarto, señor mío, es de Blanca mi señora, aquí podrán, escondido, lograrse vuestros intentos. Debo estar agradecido a la fe con que me sirves, y a premiártela me irrito: que no es poca obligación, cuando en Blanca siempre he visto la ingratitud tan constante que en su memoria me obligo a vengarme, siendo rayo, que abrase su honor altivo. Pues a Dios. Viven los cielos, que es aqueste Federico, que con medios tan infames, de la Majestad indignos, procura empañar los rayos del honor cándido, y limpio, que en Blanca vive, a pesar de los celos que he tenido. Al cuarto de Celia paso, por darla esta noche aviso, de que mañana a don Diego en su casa he prevenido, para apurar de una vez, puesto que de amarle vivo, su traición, y mis agravios. Viven los cielos divinos, que he de entrar en esta sala. Ya es mayor nuestro peligro, que este es don Carlos, que haremos? Confuso estoy, y indeciso! Aquí he encontrado una puerta. Pues entremos, y escondidos, prevendremos este lance. Mi señor, don Carlos, primo, advierte. . No hay que advertir, que este acero: mas qué miro! confuso estoy, y turbado! con el Duque, inadvertido, mi acero vibró sus iras. Qué es esto, cielos divinos! si eran don Diego, y Clarete los que estaban escondidos en este aposento, como, porque yo pierda el sentido, se han ausentado los dos, y están Blanca, y Federico en su mismo cuarto agora? Hermano, yo no he tenido culpa, que al cuarto de Celia pallaba, y confusa admiro, que esté su Alteza en mi cuarto? Señor, vuestra Alteza ha visto, que divertido mi acero, sin conoceros, previno su defensa en vuestro agravio; mas ya, a vuestros pies rendido, os pido el perdón humilde. Hay mayores desatinos? que siendo yo quien le ofende, me pida perdón él mismo de agravios que no me ha hecho! . Todo es sueño cuanto miro: seguirle quiero el humor, pues de esta suerte consigo salir bien de aqueste lance. Alzaos, Carlos, que yo asisto a mi piedad muy constante. y ansií os perdono. Los siglos vivas del Fénix, que nace hijo, y padre de sí mismo. Venid, señor, por mi cuarto. A compañarlo es preciso. Toda esta noche es engaños. Honor, pues tienes indicios de que el Duque quiere a Blanca, vive de hoy más advertido, siendo roca a los vayuenes de tan valiente enemigo. De suerte he quedado, si en las dudas que concibo, que ni me busco en la pena, ni me encuentro en el alimo. Nada acierto en mis pesares y solo sé en mis peligros, que amante adoro a don Diego, y que el traidor fementido, quiza porque lo conoce, desprecia el afecto mío. Aquí está don Diego, Blanca. Aqueste es otro prodigio: pues don Diego, como aquí de esta suerte? No me admiro de tu duda, mas no puedo satisfacer este indicio: basta decirte, que agora en la calle dejo herido un criado de tu hermano; más por tu casa es preciso, antes que vuelva don Carlos, salir de aquí. Yo me animo a sacarte de este empeño, aunque eres traidor conmigo. Yo satisfaré tus dudas. Señora, por JesuCristo, que nos pongas en la calle. Ven, don Diego. Ya te sigo. Yo también a las ancas de mi amo, y sus delitos.
JORNADA TERCERA
JORNADA TERCERA Al que vive de sirviente, debió de criarle el cielo para azar de la fortuna, de sus iras para objeto, y para infelice blanco de sus honrados aciertos, y blanco de tantos tiros, que lo trata como un negro, Viose desgracia mayor, que vivir un hombre siendo tonto, si su amo es tonto, necio, si su amo es necio? Con el albedrío esclavo, que libre le ha dado el cielo, pues la recibió en Florencia, y está cautivó en Marruecos. Mi señor me ha prevenido, que le aguarde en este puesto, porque está tarde se ha visto con Blanca, y quedó dispuesto, por ser forzoso el peligro, prosiguiendo sus empeños en Florencia, pues el Duque, procurando a un mismo tiempo lograr finezas de amante, dando fin a sus intentos, que se saliese con él de su casa, pues con esto, casáudose con mi amo, y ausentándose al momento de Florencia; olvidaría Federico sus desvelos. Blanca, pues, que enamorada, tiene tan amante el pecho, que a la fineza de amor le apura todo el incendio, Por prevenir este lance, sin la oposición del riesgo, le ha dado parte a su prima, y entre las dos convinieron, que por la casa de Celia saliese Blanca en oyendo, que dé las nueve el relox, y ansí prevenido espero, con un valor que parece, que estoy temblando de miedo, El Duque, a quien es preciso obedecer como a dueño, que le aguarde en esta calle me dijo, porque ha dispuesto dar una música a Blanca, por ver si su hermoso cielo, persuadido de las voces, saliere a ocupar los hierros de alguna reja, que sea tercera a sus pensamientos: mas un hombre se pasea, haciendo cara al terrero, y es fuenza reconocerle. Diez nombres, si no son menos, se van hacia mi acercando, acabose, aquesto es hecho, la terciana del temor me ha dado de medio a medio, y es más que la calentura, el frío, porque ya tiemblo: mas que dudo, si hay algunos, que arrogantes, y soberbios, parecen vistos, y son tratados, como un cordero. Meterme quiero a valiente, y embestirle. A Caballero? Qué es lo que quiere, seo hidalgo? Ajaque sueñan los ecos: mas no es regla cierta, que en los crudos de este tiempo, no es valor lo que reluce, sino ademan, y meneo. En cortesía le pido, si no desgracia de esto, que me diga, si se obliga de buenas palabras. Tengo de muchos modos el gusto: más porqué lo dice? . Pienso, que he dado en canta la piedra: porque suplicarle quiero se vaya veed luego alpunto, u si no, que se este quedo, que yo nunca fuerzo a nadie. Digo, que no solo quiero hacer lo que me ha pedido, pero desde aquí le advierto, que deje la calle. . Cómo? pues hela tomado a peso, para dejarla? . No gusto de burlas, váyase luego. No soy hombre que me corro. Fabio? . Señor? Qué es aquesto? Este hidalgo, que pasea la calle. . Pues al momento despeje. . De mil amores, que llevado por bien, pienso, que en lo cortés no me excede el más preciado de atento: mirad si queréis mandarme otra cosa fuera de esto? Que os vais muy en hora mala. Para vos, no hay más remedio, que obedecer, y callar: por no parecer grosero me voy como un rayo agora, y queden muy satisfechos de que a ser de otra madera. (no. Qué? . Me fuera como un true- Dejaste ya prevenidos los músicos? . Ya los tengo en la esquina de esta calle. Pues avisa, que no quiero que canten, que no es razón despertar entre sus ecos la mormuración que vive confundida en el secreto; y tu vuelvete a Palacio. Sin replicar te obedezco. Qué variedad es aquesta! mas que me admiro, si vemos, que los amantes se mudan como veletas de viento? . Solo he querido quedarme, por ver si el hombre encubierto, que en el jardín se dispuso a ser blanco de mi acero, vuelve a gozar los favores de Blanca. En aqueste puesto mandé esperar a Clarete, que no ha venido recelo: en fin es cobarde, y teme su peligro. . Si lo encuentro, he de quitarle la vida. Más un balcón han abierto, Blanca será, que me espera. Mas si no me engaño, hicieron ruido en las rejas de Blanca. Dos hombres parados veo, don Diego, y Clarete son: sois vos, señor? Sí. . Al momento sere con vos, esperadme, que ya bajo. Caballero, de esta voz que habéis oído, solo es respuesta mi afecto. Yo solo de aquesta voz soy el absoluto dueño, Este es el Duque, ay de mí! y en esta ocasión no tengo remedio que me asegure. Este es el hombre encubierto, . que fue objeto de mis iras en el jardín. . . otro medio no me ofrece la fortuna, que cautelaso, o resuelto sacar de la calle al Duque, y excusar a Blanca el riesgo de que la vea en la calle, Ya es fuerza reconocerlo, mas no ha de ser dando nota en la calle. . . Caballero, no me parece acertado que se acabe nuestro duelo a las puertas de una dama, que tiene su honor expuesto a murmuraciones locas, cuando en el campo podemos acabarlo sin testigos, brazo a brazo, y cuerpo a cuerpo. Lo mismo quise advertiros, más pues salís al encuentro de mi pensamiento, vamos. Seguidme. . Ya os va siguiendo mi amor, donde mi venganza la fáciliten los celos. Persuadido de mi honor, vengo a examinar atento, si el Duque ronda estás puertas, y de Blanca amante ciego, u vive de sus favores, u muere de sus desprecios. Argos seré vigilante, que cauteloso, y secreto, no me aparte de la calle, hasta asegurar mi pecho, de los temores que paso, de las penas que padezco. Y si Blanca es la culpada, sabré yo, viven los cielos, aunque aventure la vida, castigar sus desaciertos fáciles, y con su sangre lavar la mancha que ha puesto en mi honor, que siempre ha sido roca a la impresión del tiempo, lautel que resiste el rayo, imán que vence al acero, Águila que al Sol se opone, y entre cambiantes diversos, ni se deslumbra en sus rayos, ni se abrasa en sus incendios. Don Diego es aquel, Ines. Pues a qué aguardas? lleguemos. Ce, mi bien, vamos, antes que venga a estorbar el viejo tanbuena ocasión. . Que escucho! esta es Celia, vive el cielo, que de su casa se ausenta, y me dice estos requiebros en nombre de otro galán. Vamos de aquí, no busquemos el peligro en la tardanza. Ingrata, Celia, qué es esto? Este es mi hermano, ay de mí! Este es mi señor, por cierto que la havemos hecho buena, aquí nos da pan de perro. Descompuesta, y liviana, sin atención, sin respeto, equivocando tu sangre en tú mismo atrevimiento, sales de casa a estas horas? y para indicio más feo, buscando un hombre, aquien amas tan fina: aquí de mis celos, que anteponiendo a mi honor el logro de tus deseos, te vas con él, sin mirar del vulgo incostante, y necio, la murmuración tirana, las malicias, los extremos, conique apasionado borra del honor más limpio, y terso, la pureza, cuya infamia vive en las voces del pueblo, sin que jamás la desmientan los caracteres del tiempo. Él me ha tendo por Celia su dama, y mi prima, viendo, que por su casa he salido: ánimo perdido aliento, que aún vive en mí la esperanza . de que se enmiende este hyerro Cuando en tus divinos ojos, cual errante marinero, que agricultor de las ondas, con el harado del leño, a pesar de la fortuna rompe montañas de velo. Gozaba, Celia, mis dichas, si la borrasca, y el miedo del mar de amor; pues tú misma favorable a mis deseos, viento en popa me llevabas a los cariños del puerto. Cuando mujer te mentiste a la mudanza, pues vieron en tus afectos los míos, tan bien sentidos afectos, ya mudable, y ya mujer, que con esto lo encarezco. Liviana ofendes tu sangre, traidora incitas mi pecho a venganzas, que ocasionan tu desengaño, y mis celos: vive Dios; pero es vergüenza, que pueda tanto un afecto en mí, que baste a obligarme a las leyes de grosero. Pero que mucho, si estoy tan fuera de mí, tan ciego, tan divertido en la pena, tan hallado en los desvelos, que ni vivo en el alivio, ni muero en el sentimiento? Pues Celia: aquí de mis iras! tú has de decirme: estoy muerto! el nombre; todo me abraso! del galán rabiando muero! que esperabas esta noche, si en venganza de mis celos, he de quejarme ofendido, publicando tus intentos a las fieras, a los hombres, a las plantas, a los cielos, a las flores, a las aves, aumentando en los efectos de mi llanto la infiuencia de todos cuatro elementos; al viento con mis ahogos, a la tierrra con mis ecos, al agua con lo que lloro, con lo que suspiro al fuego; para que en venganza mía, publiquen, Celia, tus hierros, las fieras con sus bramidos, los hombres con sus afectos, los cielos con su influencia, las flores con sus alientos, las aves con sus canciones, las plantas con el silencio. Y en fin, para que irritados del agravio que me has hecho, fingiendo dulces alagos, entre engaños manifiestos, tu infamia a voces repitan, agua, tierra, fuego; y viento. No sé qué remedio, hay triste! pueda, en tantos desconsuelos, dar alivio a mis pesares, pues si a fingir me resuelvo la voz de Celia mi prima, me pongo, sin duda, a riesgo de que me conozcá Carlos, y temerario, y sangriento, sin que basten mis disculpas, me quite la vida luego. Callas, y el rostro me encubres? ha ingrata! como contemplo tu traición en tu recato! que es muy propio de los reos huir la cara al delito, y ocultarle en el silencio, por no echar a la vergüenza las culpas que cometieron Aunque este puesto he dejado, a ocuparle otra vez vuelvo, que una cosa es sen gallina, y otra cumplir lo que debo. Si aurá venido mi amo? allí los vultos contemplo de dos mujeres, y un hombre, qué dudo? aquel es don Diego, y ellas Inesilla, y Blanca, quiero llegarme: Por cierto, que es de alabar la llaneza de estaros, con tal despejo, arrullando cual pálomos, sin advertir vuestro riesgo, y sin dar parte a Clárete, que ha traído tanto tiempo vuestro galanteo al hombro, como si lo hubiera hecho. Este, según lo que ha dicho, es el criado, o tercero del hombre que Celia espera. Villano, viven los cielos, que has de decirme quien eres, ú la furia de este acero ha de quitarte la vida. La ocasión me da el cabello para volverme a mi casa, que aunque Clarete, temiendo la amenaza de mi hermano, puede declarar mi empeño, quiza en tantas confusiones, sabrá callar, conociendo, que en callarlo, y en decirlo se aventura un mismo riesgo; y de cualquiera manera será mi peligro menos en mi casa que en la calle: vamos, Inos. Tarde vengo de la visita, que Laura me detuvo tanto tiempo, por vivir los dos tan cerca. Que viene a importar, supuesto, . . Aparte quisiera hablaros. que tu padre no te estorba que la visites, si a tento a su virtud, y nobleza, antes sirve de escudero, llevándote algunas veces a su casa. . Vive el Cielo, que has de responderme a todo lo que te pregunto, o tengo de hacerte dos mil pedazos. Este es mi primo, lleguemos, que está de pendencia, Elena. Señor, responder no puedo, que estoy sin habla por Cristo. Pues infame, aqueste acero, sabrá abrirte muchas bocas. Si vale con vos mi ruego, os suplico lo dejéis. Pues ingrata, agravios nuevos? no bastaban tus traiciones? Buscando a don Carlos vengo, Mirad lues bien que me aflija porque le importa a mi honor. Qué dices? vuelve en tu acuerdo: yo, traidora? Vive Dios, que apuras mi sufrimiento y que he de darle la muerte a pesar de tus enredos, que favor de mi enemigo será contrario precepto: habla, o muere, infame. Carlos? Don Pedro vino a mal tiempo, vuelvo el acero en la vaina, que aunque su hija me ha muerto, no será bien que declare en la pasión de mi acero su deshonor, si este hombre temeroso en tanto aprieto declara aquí la verdad: que es lo que mandáis don Pedro Tu padre es este, que haremos? Escuchemos retiradas, que los cargos que me ha hecho mi primo, me han obligado a que aguarde en este puesto. Pues en yéndose mi padre podré apurar el misterio de la traición que me imputa. Yo me escurro, pues me veo sin opilación que me haga tomar por fuerza el acero. Carlos; yo vengo informado de que a Celia festejáis, o el escándalo que dais me tiene desesperado. Que el vulgo como ignorante, nunca mira si se inflama las virtudes de una dama, sino el cebo de un amante. en pena tan importuna de ver, que corre fortuna la modestia de mi hija. Y aunque pu diera irritado hablar aquí más severo, la satisfacción que espero mis enojos ha templado. Celia en sangre os es igual, y no es tanta su pobreza, por la falta de caudal. Y aunque era más justa cosa, por ser hombre, y Caballero, que vos llegaráis primero a pedirla por esposa. Yo de mi parte os la ofrezco, que el duelo en esta ocasión, no tiene comparación con las dudas que padezco. Sacadme de esta porfía, y advertid, para obligaros, que yo he venido a rogaros, y que Celia es hija mía. Solo me faltaba agora, para acabar de perderme, que a Celia venga a ofrecerme, cuando a otro dueño, traidora, rinde el gusto, y la elección: disimulando en mi agravio, las finezas para el labio, para el alma la traición. Qué decís? Que os ha engañado, quien os dijo inadvertido, que amante, y desvanecido en Celia puse el cuidado. Porque mi pecho, en rigor, siempre esquivo, y siempre extraño, aún no conoce el engaño de los alagos de amor. Según esto, perdonad, si a serviros no me inclino, que yo solo determino vivir en mi libertad. Ha traidor! ah fementido! quien creyera de tu amor tal mudanza, tal rigor! perdiendo estoy el sentido. Mirad, Carlos, que no ignoro, . Por la puerta falsa intento aunque negarlo queráis, que a Celia calanteáis, y que es perderme el decoro negarlo, cuando os está tan bien el ser su marido. Digo, que no la he querido, y que estoy resuelto ya. Y ansí, dejad la porfía, siendo el cargo tan liviano, que no se debe la mano por cualquiera niñeria. Vive Dios, que ese desprecio es soberbio, y licencioso, y que por ser tan dichoso, os habéis pasado a necio. Y en los desdenes que hacéis, es justo que se colija, que no estimáis a mi hija, porque no la merecéis. Pero en el campo me obligo a enseñaros, aunque viejo, que si os he dado el consejo, también os daré el castigo. Seguidme; el pecho se abrasa, por la banganza que espero! Con vuestra licencia quiero llevar don Pedro a su casa estas damas, al instante vendré a cumplir nuestro duelo. Aquí os aguardo. El recelo de que no venga el amante de Celia, y con él se ausente, me obliga a llevarla agora a su casa; ven traidora! Hay hombre más insolente! que cuando escuché en su labio el desdén con que me mata, dándome nombre de ingrata, procure aumentar mi agravio. llevar aquesta mujer. porque no llegue ha entender su padre su atrevimiento. Ven, cruel. . Vamos señora, que no es justo entrar en casa por aquí. . El pecho se abrasa, ha fementido! . Ha traidora! Aunque escaparme he querído del Duque, tan vigilante me siguió, siempre costante, qué mi intento ha desmentido: mas como es la confusión de Florencia tan extraña, y en la oscuridad se engaña la más despierta atención, metiéndome en una casa se pasó el Duque delante, y yo me vuelvo constante a el puesto en que amor me abrasa. Nadie juzgue a cobardía esta acción, que a toda ley, huir la cara a mi Rey, mas que miedo es osadía. Que los basallos honrados han de tener en rigor, para ofender su señor, los aceros embotados. Ya Celia queda segura, y ya vuelve mi cuidado al desafío aplazado, donde mi incendio procura. Aunque es don Pedro mi tío, por padre de Celia ingrata, que pues su desdén me mata, que lo escarmiente mi brío. Mi honor solicita atento vengarme de vuestra injuria, y ya se mueve mi furia adaros un escarmiento: venid al campo. ̱ . Ay de mí! Este es don Carlos, que sabe la culpa; mi pena es grave! de haber intentado aquí sacar a su hermana bella esta noche de su casa, siempre es mi fortuna escasa, siempre es mudable mi estrella. Salir es fuerza a campaña, o es me llama mi enemigo, donde a mostrarle me obligo el valor que me acompaña. Que si remiso; y leal al Duque le huy la cara, no puedo, si se repara, a Carlos siendo mi igual. Ya os sigo. Quieran los cielos, pues tiranos me maltratan, que pues los celos me matan, que no se acaben mis celos. Mucho don Carlos se tarda, sin duda que arrepentido está de haberme ofendido, o mi razón le acobarda. Vanos los recelos son, que Carlos es Caballero, y no faltará su acero a cumplir su obligación. No son de mi edad cansada los ardores que me irritan, más los agravios me incitan a que vuelva a la posada. Juventud mi obligación, que en mí, aunque el tiempo se atreve, si todo el cabello es nieve, todo es fuego el corazón. O, si don Carlos viniera! Con la noche oscura, y fría perdí al hombre que seguía, y mi afectó considera, que a la calle aura venido de Blanca, para gozar el favor, que a su pesar le descompuse ofendido. No me engaña la ilusión, pues un hombre se pasea a su puerta; ya desea vengarse de él mi atención. Este es don Carlos sin duda, cumplió como Caballero. Mucho tiempo ha que os espero, perdido, y ciego en la duda de vuestra tardanza. . Cielos, él es, pues me ha asegurado, que se perdió en el cuidado, cuando yo me hallo en los celos! Sacarle quiero de aquí; al campo os lleva mi intento. Allá veréis el aliento, que el honor dispone en mí. Al campo habemos llegado, y puesto que en tantas dudas puede acreditar la espada lo que el honor dificulta. Excusemos las razones, y hable aquela lengua muda, cuyas ruinas son palabras, y cuyas razones puntas. Escuchad, señor don Carlos, que no es bien que se confunda vuestra atención en las iras, cuando mi pecho divulga satisfacciones, que pueden absolverme de las culpas que sin razón ofendido vuestro pecho me acumula. Cielos, qué es estoo que veo! no es don Pedro a quien escucha mi atención; este es don Diego, que entre razones confusas satisfacciones me ofrece. Atender quiero a las suyas, aunque de nuevo se ofusquen mis pensamientos, que nunca, por más que el riesgo le incite satisface quien no injuria. Antes que la lid empiece, echemos a los que ocupan, pues ya es de día, del puesto. Mas señor, tu Alteza supla con su prudencia mis hierros, que por vuestra vida Augusta, que os he tenido por otro. Vuestra lealtad me asegura: no es don Pedro quien me ofende porque ya en su edad caduca, ni caben celos, ni amor. Decid, pues, que ya os escucha mi atención. Blanca, tu hermana. Blanca don Diego pronuncia escuchemos, que me importa, para salir de una duda. Aunque bronce a mis suspiros, después de finezas muchas, que debió a mi amor constante, conocí por más ventura, que pagaba mi cuidado. Hermana, cruel! Ha injusta! En este tiempo el Gran Duque forcado de su hermosura, en la luz de sus dos soles mariposa ardió difunta. Yo, por excusar los riesgos del poder, después de algunas ocasiones, de quien pudo librarme la noche mustia, pues por un jardín: mas esto no os importa. Ya mis dudas se han confirmado enidencias, don Diego es la causa muda de mis pesares. . . En fin, porque de una vez acuda el remedio a las cautelas, de que Federico usa, sacar a Blanca resuelvo de su casa en las oscuras sombras de la noche, y dando parte a Celia de esta fuga. Porque de vuestro cuidado nuestros intentos se encubran, convénimos, que saliese entre las sombras nocturnas de esta noche, por la casa de su prima. . Amor, escucha satisfación a tus celos; pues ya es fuerza que presuma de aquella mujer tapada, que en mudeció a mis injurias, que era Blanca, y no era Celia; pues aunque después ocupa Celia el puesto de la otra, alguna razón oculta pudo traerla a la calle. Aunque otra cosa presumas, esta es, Carlos, la ocasión de atreverme, en tantas dudas, a sacar tu hermana hermosa, sirvame aquí de disculpa el poder del Duque injusto, que no fue en deshonra suya, el intento de llevarme tu hermana, pues se aseguran, dándole mano de esposo, tus quejas, y mi fortuna. Pendiente de la respuesta de don Carlos se víncula mi atención. d. . Qué me respondes? Que aunque conveniencias muchas, sin medios tan atrevidos, sin acciones tan injustas, pudieran haceros dueño de mi hermana, ya no excusa mi honor, que seáis su esposo, y esta mano os asegura, de su parte, que lo sois. Vive el cielo, que se aunan sus voluntades, y yo no puedo, en tantas angustias, por el honor de don Carlos, declararme! . . Mi fortuna está a vuestros pies, amor, hoy es la vitoria tuya. Levantaos, que esto ha sido cuanto a volver por la injuria de mi honor; pero en la nota de sacar de la clausura de mi casa a esa tirana, tantas razones os culpan, que aunque sea vuestra esposa, nunca el indicio se ilustra que habéis dado de atrevido. Y pues ya es de día, acuda vuestra defensa al acero, y este duelo se reduzca a la ejecución del brazo, sirviendo su estancia muda, de los adornos del prado, a uno de los dos de tumba. Don Carlos, mi fe os protesta, que este acero se desnuda por defender vuestros golpes, que ofensas con vos no usa. . Caballeros, deteneos. Para, que entre la espesura del bosque se oyó el ruido. Que la Majestad Augusta del Gran Duque esta delente. Qué disensiones promulgan en vuestros pechos constantes leyes de venganza injustas? Confuso ostoy! Yo turbado! Cómo, sin razón alguna, contra mi padre, don Carlos, el bruñido acero empuñas? Pues como contra tu tío el blanco acero desnudas? Anoche, Carlos ingrato, entre las voces confusas, que tuviste con mi padre, escuché; gran desventura! que al campo con él salías. y disponiéndonos juntas Blanca, y yo, a excusar los riesgos, que en este lance se aunan, hemos venido hasta aquí: Mas sí vuestra Alteza ocupa su grandeza en componerlos, quien duda, señor, quien duda, que los odíos fenecieron, y las amistades triunfan. Aunque estando de por medio. vuestra Alteza, no es cordura el pedir campo a don Carlos, vuestra Alteza no atribuya a mi vegez este empeño, que cuando el honor caduca, solo en vengar sus agravios, cualquier atención resulta. Don Carlos ha de casarse con mi hija, o las injurias se han de lavar, que me ha hecho, con mi sangre, o con la suya. Pues Carlos, porqué ocasión, siendo vuestra sangre una, no os convenís con don Pedro? Ya, puesto a sus pies, pronuncia mi amor, que Celia es su dueño, y que yo de su hermosura soy esclavo; que la adoro, a pesar de las confusas ilusiones, que intentaron desvanecer mi fortuna. Celia es muy esclava vuestra. Tú, Blanca, porque se luzca mi elección, dale a don Diego la mano. . De esclava suya se la doy. Paciencia, cielos, que aquí no será cordura descomponerme irritado; pues más que un gusto, me ilustra saber usar del poder: Gozad la rara hermosura de Blanca muchas edades. Por más que el tiempo presuma, viva vuestra Alteza Fénix a las edades futuras. Y aquí la Comedia acaba, perdonad sus faltas muchas.
