Texto digital de El juramento ante Dios y lealtad contra el amor
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- Jacinto Cordero
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- Jacinto Cordero Segura
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- Comedia
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El juramento ante Dios y lealtad contra el amor. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/juramento-ante-dios-y-lealtad-contra-el-amor-el.

EL JURAMENTO ANTE DIOS Y LEALTAD CONTRA EL AMOR
JORNADA PRIMERA
No toquen sonoras cajas, ni belisonas trompetas, quitaos, soldados, las galas, las plumas, y la braveza. para que con alegrías me reciben, y con fiestas, ya que murió mi esperanza amanos de ingrata ausencia? Casada Lenía, mal haya el que confía en firmeza de mujer, si esta es la paga, y al fin su mudanza es esta. ingrata Infanta, a dios ruego que en rigor, dolor, y pena te abrases como me abraso, para que mis ansias sientas. Laurel ingrato bajad, no coronéis mi cabeza, que si os merecí por armas, por desdicha os desmerezca. bastón, buscad otro dueño de más ventura, que os tenga, que no es bien que un desdichado vuestras victorias posea. Señor, que ellas en Palacio, advierte que a verte llega su Majestad, y la Infanta, que te reportes es fuerza. Y fuerza que amor, y celos al alma den nuevas fuerzas: sufrid, tufrid ansias mías, ya que el rigonos despierta. Cuando, Conde vitorioso entráis con triunfantes muestras, tan turbado, y tan confuso os miro de esa manera? Qué suspensión así os tiene? que emulación, qué tibieza? que nueva, Conde, os han dado o a vueltas de aquesta ausencia, que con tal rigor os tratas que os tiene en tanta tristeza? No por venir vitorioso, en mí el ánimo se altera, muchas victorias te he dado, no es la primera, Rey, esta. Eferos son de un dolor los anuncios de esta pena, y es la mía tan mortal, que pido a vuestra grandeza no me pregunte la causa. Quién informarte pudiera, Conde, de mis desventuras. En los ojos las enseña. La victoria contad Conde. Pasa, Rey, de esta manera. Con tu Ejérpito animoso, a vista de él de Bohemia llegué, señor poderoso, cuando dicen las trompetas, que ya se casa mi ingrata. Señor, que te pierdes. . Pierda, que perdida la esperanza, ya no hay remedio que tenga. Cónde, qué es lo que decís? Bien estamos, a otra puerta: señor, a su Majestad no respondes? Bien quisiera, pero quien ama olvidado, que ha de responde? trompetas dije, señor, que tocaban al son que cajas alientan corazones orgullosos, para empezar la pelea: salieron luego los celos. otra vez vuelve a su tema: señor. . Déjame Perilo, que su alquitrán en mis venas éxhala ruego, que obliga a que aquí diga mi pena. Mal de amor padece el Conde, según lo dicen las muestras: divertírele en mandarle, parécete bien, mi Lenía? Razón será que le envíes: y yo quede en mi tristeza. No paséis, Conde, adelante, y vuestro amor de mi entienda, que siento vuestras desdichas, cual si mías propias fueran. Volved a verme mañana, habráos pasado esa pena, leeremos, Conde, esta carta del Rey Albanes, y en ella veréis que casa la Infanta. Ay Dios, mi muerte es ya cierta, dadme vuestros pies Reales: y plega a Dios que no vuelva a los ojos enemigos, donde el furor se acrecienta. Ay Conde amado, rigor ha sido de adversa estrella, que sirva a dueño tirano, pues que me casan por fuerza. Aunque indigno, y desdichado, es bien que vuestra grandeza me dé a besar hoy la mano, ya mudable en esta ausencia. Levantad, Conde, del suelo. Ya, ingrata, mi muerte es cierta, tú la causa, y mis desdichas, pues contra mí se conciertan. Moriré, que amor lo manda, daré voces. . No me ofendas, sabe Dios, mi Vitorino, lo que tus ansias me cuestan. A Sirena, como encantas, y con tu encanto me llevas. Conde, Conde de mis ojos, mi padre me casa a fuerza, el alma está en tu poder. No la quiero, ingrata Lenía. Que mal pagas tanto amor. Mal pagaste tú mis penas, pero eres mujer, que mucho, si la mudanza en ti reina? voy loco, el cielo te guarde. Idos, Conde, en hora buena. Dios guarde a tu Majestad: hay que tormentos me esperan. Ins. Que de desdichas me alcanzan. Cond. HAy que cuidados me cercan. Vanse el Conde, y Perilo. Rey. Qué causa puede haber, hija, para que al conde suspenda de suerte que le ha dejado sin sentido y con mil quejas? Inf.Pues cómo, padre, y señor, me preguntas en su ausencia por la causa de sus males, soy obligada a saberla? alguna pena amerosa podrá ser que le divierta. Rey. Pena de amor cuesta tanto? Inf. Y como si tanto cuesta; Plubiera a Dios no costara, menos el alma sintiera, ¡ay Conde, loco te vas, y sin sentido me dejas, mis ojos tras tisa han ido, y toda el alma me llevas. Rey. Qué dices? Lif. De amor no sé, y así atonita y suspensa, no acierto a decir, señor, lo poco o mucho que cuesta. Rey. No, es Lenia, poca ventura no saber de amor las penas. cuidado me ha dado el conde. Iuf. Tú eres causa de sus quejas, tú la de mis desventuras, y yo la de sus miserias. Vanse, y sale Felino Príncipe de Albania de camino, y Silvio criado, Rosaura, y Beatriz criada. Prin. No quise, hermosa Duquesa, pasar sin ver este día tan peregrina belleza. Duq. Tal merced, y cortesía, efecto es de esa grandeza. Prin. Mucho me hubiera pesado, si bien en esta ocasión sin ver hubiera pasado tanta gracia y discreción como en vos he contemplado, Duq. Vuestra Alteza se adelanta. Prin. A exageraros no acierto; que en este bosque encubierto se crie tan bella planta! Silvio, sus ojos me han muerto. Como en tanta soledad pasáis la vida, señora? que es mucha reguridad, que esté escondida el aurora en montes de tempestad. Duq. Crieme, señor, aquí entre estos campos y flores, y como en ellos nací. Prin. Para matarme de amores. loco amor, mi ser perdí. Duq. Aquí me hallo más contenta, que si en la corte viviera. este bosque me alimenta, tal vez matando la fiera, que escapar veloz intenta. Prin. Por serlo de esta espestura diera yo mi estado y ser, diera toda mi ventura, diera todo mi poder por gozar tanta hermosura. Duq. Adonis va vuestra Alteza a ser de otro, en quien verá la misma Venus, que da envidia con su belleza. Cria. Perdido el Príncipe está. Prin. La belleza que decís es sombra que no os iguala. Duq. Qué bien, Príncipe, encubrís su hermosura en vuestra gala; no sé qué tengo, Beatriz. Prin. Flechas de oro tita amor de sus ojos celestiales, que en vidrieras de cristales ponen respeto, y temor a tormentos tan mortales. Señor, paciencia, estás loco? mira que atenta te mira. Pues cuando el alma suspira, hago en detenerla poco, cuando a detenerla aspira? Ahora, amor, me matáis con ojos de una Duquesa? de haberla visto me pesa, si el tormento me dobláis. Suspenso, señor, estáis, y aún parece divertido, ocupa vuestro sentido la Infanta en esta ocasión? Ocúpale otra afición; por sus ojos me he perdido. Cuando a emplearos, señor, vais en tan hermosa Infanta, otra hermosura os encanta? parece que es gran rigor. Efetos son que hace amor. Cuando salí de mi tierra no me oprimia esta guerra, en el camino he topado quien el alma me ha robado, y sin ella me destierra. En el camino hubo quién? maravilla harto rara. Quién, señora, imaginara nacer tal mal de tal bien? Duquesa, los ojos ven, y en viendo apetecen luego, sale luego amor, que es fuego, y en empezando a pegar, es fuerza el morir, y amar, sin tener algún sosiego. En este bosque podéis divertir dos, o tres días esas ansias, y porfías, si es que en él os atrevéis: no es bien que de aquí paséis, si vais tan en amorado, divertid ese cuidado, y olvidad esa pasión. Estimo, como es razón consejo tan acertado. Si en este bosque descansa mi corazón, no hará poco, que en el con la vista toco alientos de una esperanza: mar de amor, dulce bonanza me promete tu osadía. Procurad vuestra alegría, que en el podéis descansar, si es que se os olvida amar donde nació la porfía. Aquí la noche me aguarda cuando la muerte me espera aquí de una ingrata fiera la sentencia me acobarda: de su persona gallarda en aquel balcón oí requiebros; con que perdí la vida, y la libertad, aquí me dio su beldad más favor que merecí. Aquí las noches pasaba entretenido, y gozoso, aquí amado, y venturoso mil favores escuchaba: aquí Lenía me adoraba: mas ay de mí, que rigor, no me despiertes amor, que sirven glorias pasadas, si llegan a imaginadas, de aumentar más el dolor. Aquí de glorias pasadas haré alarde entretenido, mirando mi bien perdido: que sirven estas pisadas? hay glorias imaginadas, sombras locas de mi amor, para que con tal rigor ahora me atormentáis, si con vuestra pena dais al alma nuevo dolor? Rejas, que atentas oís mis quejas, y mis amores, como a mi dueño, entre flores, que salga no le pedís? si con verme, no decís, que ahora la quiero más, pues pongo agravios atrás, y vengo a penar muriendo, ofendido, y loco entiendo. Mira, señor, dónde estás. Deja locuras a parte, que es flaqueza conocida que rindas a amor la vida, si venciste en campo a Marte: no des al valor descarte, véncete a ti, pues que está Lenía casada, y vendrá por momentos. Calla loco, que quien se vence, ama poco, o enamorado no está. Ejércitos mil venciera, mil enemigos matara, nuevos mundos conquistara, todo posible me fuera: pero no amar, considera que es imposible; ay que muero, casada Lenia, primero me sepulte vivo aquí la tierra, pues te perdí, cielos, aquí desespero. Elvira, el Conde parece, llámale, así Dios te guarde. Casi me tiene cobarde ver que el Conde te aborrece. Llama, que él me quiso bien, y quien ama, tarde olvida. Hy mi esperanza perdida, si es quien ha abierto mi bien? A caballero? Quién llama? Elvira os llama, señor? Sombras locas de mi amor, mi propia ofensa os desama. Dile aquesto de mi parte. Señor Cónde, no me habláis? Sola Elvira, sola estáis? La Infanta me manda hablarte. A mí la Infanta, a qué efeto? De algún efecto será. Pues ya casada no está? Forzada solo os prometo, no sabéis cual la tenéis, loca está, por vos suspira. Dile mucho de eso Elvira. Qué de engañarme tratéis? Ya no quiero más engaños, ni sufrir tantos desvelos, porque me abraso de celos en el potro de mis daños. Quise a la Infanta, eso lloro, porque la amaba de suerte, que aunque es causa de mi muerte, con todo, Elvira, la adoro. Mandome el Rey a la guerra, fui, vencí, y vitorioso, veo que espera su esposo, y de su amor me destierra. Di pues. Elvira, a esa ingrata, que aguarde al Príncipe, en quien espera el gusto, y el bien, y yo el mal con que me mata. Dile, que goce mil años la esperanza de su amor, mientras yo lloro el rigor que me han hecho sus engaños. Dile, que en dulces abrazos goce alegre su esperanza, mientras lloro su mudanza metido en celosos lazos. Dile, amiga, cual estoy, cual me tiene, y de que suerte, y dile, que con mi muerte justo pago a mi error doy. Dile, que el Conde está loco, la ocasión ella la sabe, y dile, que no me acabe con matarme poco a poco, Que no me engañe atrevida; con disculpas, con enojos, y que no verán sus ojos al Conde en toda su vida. Conde, Conde, tal rigor contra un alma que os adora? A cielos, la voz sonora es aquella de mi amor. Qué haré? ireme atrevido? pero no, que amor no puede consentir en esto, quede el Conde aquí sin sentido. Cónde, no me respondéis? cómo de esa suerte os vais? como, Conde, no escucháis a quién tanto amor debéis? Quién debe a quién, homicida? si a mi amor tú le pagaras, ni estas quejas escucharas, ni yo perdiera la vida. Qué disculpa habrá que cuadre a la mudanza que has hecho? Tú siempre estás en mi pecho, pero forzome mi padre. Ay Conde mío, hay señor, vois sois luz de aquestos ojos, el alma en dulce despojos se os ofrece con amor. Vos sois el bien que me agrada, y el que mi fortuna ordena, vivir sin vos, será pena, con otro dueño, forzada. Lágrimas mil he llorado, mil tormentos padecido, por vos, mi dueño querido, Conde mío, esposo amado. No fue la ausencia bastante a conquistar mi valor, venciome, Con de, el rigor de mi padre, no os espante. Fui mujer en la flaqueza, y de temor obligada, no osé replicar en nada, de lo que ahora me pesa. Que quisiera, y fuera poco, perder, Conde, allí la vida, mas que escucharte, afligida, diré que el Conde está loco. Yo la loca vengo a ser, porque le adoro de suerte, que por no ver vuestra muerte, una locura he de hacer. Hoy quiero que amor se vea en campo, Conde, con vos, para ver cual de los dos puede más, o más pelea. Llevadme, mi bien, de aquí, vuestra la Infanta ha de ser, que quiero que echéis de ver que para vuestra nací. Hoy perderé mi decoro, porque salgáis de ese engaño, y me aventuro a este daño por lo mucho que os adoro. Válgame Dios! qué es aquesto? que confusión tan extraña! Llevadme, mi bien, a España, y sea esto, Conde, presto. Aquí veréis si he querido, aquí cuanto os he adorado, pues por vos pierdo el Estado en que heredera he nacido. Esto ha de ser, que mi honor por vuestro amor se aventura, y advertid que esta locura que nace de mucho amor. Infanta, luz de estos ojos, gloria de este triste pecho, que en alegría deshecho, te ofrece alegres despojos. Como podré agradecer tanta merced, tanto amor, tan señalado favor como el de tu proceder? Pero, mi bien, como puedo hacer lo que tú me mandas? Pues Conde, cobarde andas, cuando yo he perdido el miedo? Señora, pues mi lealtad? No es más riesgo el de mi honor? faltote, Conde, valor, mía fue la necedad. Maldiga Dios la mujer que con hombre se declara. ̱. No tal rigor, prenda cara, que me harás enloquecer. Acabose mi afición, quedad, Conde, para loco, ya que estimastes tan poco declararos mi intención. En vuestra vida me habléis, no digáis que os he querido, pues tan necio habéis nacido, que aquesta ocasión perdéis. ̱. Señora, Infanta, mi bien, vos os vais, y de esa suerte? causa seréis de mi muerte si me abrasa ese desdén. ̱. Linda locura por cierto, impertinencia extremada, declarose, y enojada, pides ahora concierto? Amabas? pues qué querías? que más querías si amabas? en que, Cónde, imaginabas? que poco amor la tenías. Ahora quejas, y voces, por cierto gentil maraña: no dijo, llevadme a España? Quiéres que te mate a coces? Ya por fuerza los darás con buen aire, y lindo brío, hiciera tal desvarío en su tiempo Fierrabras? Que la llevases de aquí te dijese a ti la Infanta, por Dios, señor, que me espanta. Que te espanta tanto a ti. Vive Dios, que tonto soy, mas si a mí me lo dijera, que yo, señor, la quisiera. Por matarte, loco, estoy: si el Rey su padre me dio el ser que tengo, y estado? Enamora en despoblado, pero acá en la Corte, no: Hermitaños solicita, y no Infantas, que es rigor. Manchar no puedo el valor de mi sangre, aunque me incita el amor. . Lindo primor, del ya no esperes buen fin, que llevas mal polvorín para el arcabuz de amor. Cómo va da mi ventura? Peligro corre, señor, más determinado amor, siempre imposibles procura. Diste a la muralla asalto? has visto como, o por donde entra al sol que se me esconde, cuando más de su luz falto? Dime, Silvio, lo que has hecho, que negociado, y que visto de la gloria que conquisto, que me abrasa amor el pecho. Procuré, gran señor, como man- daste, ver el Palacio todo, y su belleza, con las más circunstancias que mán daste para intento fatal de una ardua em- presa, no las de Ciro vencen el engaste, ni las que nos pintó naturaleza, émula de dibujos; y pinceles, que por imitación dío mil laureles. Entre mil peregrinas cuadras be- llas, confusión de la vista, y laberinto, con más frisos que el cielo tiene es- trellas: vi grandezas, señor, que aquí no pin to, en cuadros de pinturas vi centellas de amorosas historias: vi sucinto un paraiso alegre, y rutilante, que su belleza al Sol quedó triun- fante. Salen las puertas a un jardín peque- ño, que deleita la vista su hermosura, sútil Cupido esta de airado ceño, bomitando entre jaspes plata pura: convida su hermosura a un blando sueño, que en mil cristales deshacer pro- cura la espuma, por temer que nazca de ella, otra Venus allí de agua tan bella. No me pintes los árboles, y fuen tes, sus aguas, sus cristales, y sus flores, no su belleza aquí quiero me cuen- tes, cuéntame solo, Silvio, mis amores: dime, pues, si has hallado inconve- nientes, a que pueda gozar de los favores de la Duquesa, a quien gozar pre- tendo, que con pinturas necias no me en tiendo, dime presto el camino que has ha llado al remedio que pide mi esperanza Acabose el jardín. Y mi cuidado en dilatarle tú, pena me alcanza. Vese de hiedra verde, coronado un arco, a quien por gloria le dese cansa un jazmín, que arrimado le hace es paldas, entre visos alegres de esmeraldas; éntrase en su hermosura deleitosa, suspensión de la vista, y breve en canto: vese al entrar en él Venus llorosa; y Adonis muerto, si con tierno es- panto llora Venus su suerte rigurosa. Y yo lloro que tú me tardes tanto que no acabes de darme a manos llenas esas glorias de amor, para mis pe nas. A la mano derecha hay una puerta que es Oratorio en fin de la Duquesa y a la siniestra mano otra concierta en perspectiva igual a esta grandera esta que aquí te digo queda abierta camarín de aquel cielo de belleza donde sale a rezar, ya que acostado quedan todas las dueñas, y criada, Yo tengo prevenido al jardinero con dádivas, señor, para escondero en este Paraiso lisonjero, dichoso si tu amor goza esta suerte en él has de quedar, mira primero que es noble la Duquesa, y esto ad vierte, que si la gozas, mira lo que haces, porque nacen mil guerras de estas pa- ces. Deja, amigo que pueda agrade. certe ese extremo de amor, ese cuidado, deme esos brazos tu dichosa suerte, pues la gloria mayor junta me has dado. ̱. Cómo te la deseo se concierte. ̱u. Ningún Príncipe tiene tal criado. Los pies beso, señor, a tu grandeza. Hoy gozaré, Rosaura, tu belleza. , h ̱̱. Cerraste? . Ya está cerrado. Llégame el bufete aquí, que quiero escribirle así a mi hermano mi cuidado: que a Dinamarca ha llegado laureado, y vitorioso, y el parabién es forzoso que se le dé de mi parte. ̱. Él es un heroico Marte esforzado, y valeroso. ̱En esta carta se queja de su ventura, y su mal. ̱Mal padece? . Y mal mortal dezales, Beatriz, el que le aqueja: lla Infanta Lenía le deja vierta por el Príncipe Albanés. yeza Gallardo el Príncipe es, stadi y aficionado te está. ad ero Beatriz, si a casarse va, que me importa ese interes? den ̱. Señora, es fuerza querer laun Príncipe tan galiardo. uierte ̱e En quererle me acobardo, porque su esposo ha de ser. Y no puede el cielo hacer que tuyo el Príncipe sea, si tu hermosura desea, estando loco de amor? Ay Beatriz, que ese favor solo en la Infanta se emplea. Qué importa que diga aquí que me quiere, y que me adora, si es Lenía sola el Aurora de ese loco frenesís no Beatriz, déjame a mí, que aunque el Príncipe es galán, y mis deseos se van tras su brío, y tras su talle, mándame mi honor que calle, aunque éxale su alquitrán. Y he de callar, y sufrir este amor, que así me trata, y he de resistirme ingrata, y como ingrata morir; mi pena no ha de sentir, aunque la suya me cuente, que no sé. Beatriz, si miente, es hombre, temo su engaño, y es fuerza el llorar mi daño, si el alma en esto consiente. Ni te aconsejo, ni doy parecer en pena igual. Aunque padezca este mal, con él Beatria, bien estoy, mujer en efero soy, de él aficióneme luego, pero no es amor tan ciego, que no resista esta furia, que teme el alma esta injuria, y el incendio de este fuego. No tratemos de esomas, mi Beatriz, si te parece. Tu hermosura bien merece ser Reina y ya lo serás. Doñosa. Beatriz, estás, cántame mientras escribo, que solo gusto recibo cuando te escucho Sirena: si hay mal, me quitas la pena. Quiéres de amor? Con él vivo. De tu hermano es la canción, Perilo me la ha enviado, que un Poeta aficionado puso a su amor suspensión. Coronistas de amor son, que sirven con plaza muerta. El que a escribir bien acierta, luego le paga la fama. Contra si la envidia aclama, quien con glorias la despierta. Quejoso está Vitorino de que se case la infanta, por gusto del Rey su padre, con el Príncipe de Albanía. Siente la Infanta su pena, y llorando su desgracia, con el Conde se disculpa, y llora con él sus ansias. Conde, Conde amigo, dice, no he sido yo la culpada, cásame mi padre a fuerza, tuya es, Conde, vida, y alma. Ay que rigor, mi Beatriz, si contra gusto la casa su padre, pena es terrible, lástima tengo a sus ansias. Prosigue, que me da gusto ver quejas de amor cantadas. Oye, señora, la letra. Con gusto escucha quien ama. No la quiero, ingrata, no, que con falsedad me engañas, eres mujer, y así es fuerza que te vistas de mudanza. Qué propia en los hombres es, mi neatriz, esa palabra, y ellas que falsas que son, que mudables: Beatriz canta. Llevadme, mi bien, de aquí, (dijo la Infanta gallarda) que vivir sin vos, no es bien, con otro dueño forzada. Qué amor, que fe, que fineza, que firmeza, y que constancia, amor nació en la mujer, con el cimiento en el alma, y así, Beatriz, se aventuran: y los hombres que mal pagan, mal fuego los queme amén. Amén, yo daré las pajas. Prosigue, que quiero ver sus extremos en que paran. Llevadme a España, señor, que más quiero desterrada vivir con vos pobre en ella, que ser Reina en Dinamarca. No es posible (dijo el Conde) que me será mal contada traición tal, si la ejecuto. Por cierto que tuvo gracia, No cantes más, mi Beatriz, que me ofende lo que cantas, ni acabar de escribir quiero para el Conde aquesta carta. Éntrate a dormir, Beatriz, que me entro a rezar, descansa con el romance, que yo diré al Conde en lo que falta. Que por ser leal al Rey, no sirva mal a su dama, que parece cobardía, y me ofende el ser su hermana. Bravamente lo has sentido. Por mujer. Beatriz, no basta? que rigor a tanto amor, tu pena, Lenía, me cansa. Ya se ha entrado la Duquesa a su devoción, y el alma temerosa me atormenta, y todo un hielo me abrasa. Con temor estoy, qué es esto? ahora el valor me falta? que escuadrones me suspenden, o qué ejércitos me aguardan? No es una mujer? qué horror me detiene, y embaraza? Jesús, que es lo que me oprime, que apenas muevo las plantas? Cuando, cobarde, retiro los pasos, y las pisadas: en esta puerta hay escrito de letra antigua, y mosaica un letrero, qué dirá? pero esta luz; aquí carta, y de la Duquesa! quiero, pues no la tiene cerrada, guardarla, que quiero ver estas letras que señalan. Mira que te mira Dios, dicen todas él me valga, la Duquesa sale, amor, ánima mis esperanzas. Válgame Dios, muerta soy, que es aquesto, sombra vana? eres visión? qué me quieres? ola criados, criadas. Cese el rigor, mi Duquesa, cese el rigor, mi Rosaura, no des voces, que a tus pies Felino, señor de Albanía, Príncipe suyo te ofrece la Corona; qué te espanta? no te admires, no, de verme, tú la cuipa tienes, calla, no des voces, que te afrentas si aquí, Duquesa, me hallan. Vite, amete de improviso, y nacieron en el alma volcanes de amor, Duquesa, que puedo hacer si me abrasan? Declárete mi intención, resistístete enojada, con desdenes rigurosa, con desprecios, y amenazas: que he de hacer, si amor me anima, cuando tu desdén me mata? Ea Duquesa invencible, paga mi amor, mi fe paga, pues la ventura te tiene para este triunfo guardada. Repórtese vuestra Alteza, y por donde entró le salga, o vive Dios que ha de ver dentro en su pecho estás balas. Advierta lo que le digo, y mire que soy Rosaura; Duquesa de aquesta tierra, no de Dinamarca Infanta. Vaya a casarse, y no busque pesadumbres para Albanía, que tengo un hermano yo que le hará temblar la barba. Y cuando en Corte le esperan con libreas, y con galas, no trueque amor por disgustos, ni busque glorias forzadas. Hermoso dueño, mi bien, gloria mía, como el alma tenéis tan cruel, Duquesa, contra un Príncipe que os ama? La pistola me apuntáis? vuestras son todas mis armas, no tiréis, no, que esos ojos para matar solo bastan. Rendido estoy qué queréis? amor me alienta, y ampara, vuestro esposo soy, Duquesa, amor que reina lo manda. Ardase el mundo con guerra, como viva en vuestra gracia, hay Duquesa, que rigor. Ay Sirena como encantas. Amor le tengo, que haré? soy mujer, y amor me mata: Príncipe, nunca imposibles por tal camino se alcanzan, id norabuena a la Corte. No hay Corte sin esa gracia. Este Palacio es mi Corte, y no es razón que yo salga de Corte que corta tanto en lo vivo de mi alma. Vos sois la Reina, Duquesa, para vos nací, que Albanía con la Corona os espera, que soy su Príncipe, y basta querer yo que reinéis vois, para que humilde, a esas plantas, os adoren, gloria mía. Qué engaños, Príncipe, tratas. Verdades son, que nacidas fueron, bien mío, en el alma. No las creo, no, Felino. Pues si empeño la palabra? No hay palabra, que eres hombre, y siempre con ella faltan. Falta el que no tiene amor, pero quien de verás ama nunca faltó, mi Duquesa, a obligaciones tan altas, Qué pretendes? Ser tu esposo. No lo creo, que me engañas. Si te engaño, el cielo mismo se conjure en mi desgracia. Príncipe, no estoy segura; mil temores me acompañan. Pues si lo firmo, Duquesa, no te parece que basta? Toma la pluma, y escribe. Cuanto quisieres me agrada, Qué largos en prometer son los hombres, y si alcanzan, que cortos en cumplir son, no sé qué recela el alma, que en memorias apercibe historias de sus mudanzas, Ya escribí. Muestra, y veré. Qué hermosura, amor, que gracia toda el alma, y las potencias por los ojos me arrebata, que donaire, y que belleza, amor en tus glorias para, que si hoy la Duquesa gozo, que más espera quien ama? Ni con esto estoy segura. Pues qué quieres más? señala, pide más, si hay más que pidas a quien tu amor idolatra. Jura ahora. A dónde? . Aquí. Todo haré por gloria tanta. Mira, Príncipe, que juras, y que Dios mira esta causa. Por él juro aquí, de ser tu esposo, bella Rosaura, aunque se oponga a mi gusto toda la fuerza de Albanía, de Dinamarca el poder, del mundo todas las armas, porque es tu esposo felino, y te empeña la palabra. ̱. Ya, Príncipe, estoy segura, tuya soy. . A gloria tanta responde el alma por mí, si da lugar en tal causa la gloria como hoy espera, tal dicha como hoy alcanza. .
JORNADA SEGUNDA
JORNADA SEGUNDA Gocé de amor la ocasión; amor, que dichoso estado me has dado en satisfacción, quererla es obligación, amarla es dulce porfía, que una mujer que se fía de un hombre, es grandeza Real pagar con término igual la prenda que de honor fía. Gocé regalos, y amores, gocé con estrechos lazos en glorias de amor favores: pero oprimido en temores de ver lo que escrito está en un papel; que me da celos, por ver lo que trata, que amores en el retrata a quien viene, o a quien va. qu , Gallardo General mío, siempre vuelvas vitorioso, que en tu valor generoso mayores victorias fío: mil parabienes te envío, y yo dártelos quisiera; pero como en campo, y sierra, no acertaré a declarte los parabienes que darte en la gloria que te espera. doces mil años favores del Rey, tu heroico señor, más merece tu favor; que a todos matas de amores: tus glorias sean mayores, que yo acierto a desear, quisiérame declarar, pero a quien es tan discreto, los parabienes prometo, y abrazos quisiera dar. Los parabienes prometo, y abrazos quisiera dar: que habéis llegado a mirar ojos, con mortal efecto? que entendimiento perfecto puede detener la furia de tan rigurosa injuria? ninguno, siendo este tal, que no hay pena tan mortal como mi rabiosa furia. Afuera amor hechicero, furia loca, y pertinaz, que bien te pintó rapaz el que te pintó primero: llegaste a ver lisonjero este veneno, o papel, y no te informaras de él lo que decía si quiera, antes que palabra diera a esta Medea cruel. Mas que ley me ha de obligar a que cumpla la palabra, que este desengaño labra; y que aquí llego a mirar? puédeme el mundo forzar a que case con mujer que tiene ajeno querer? no papel, que si la di; fue porque no conocí tan ingrato proceder. Di la palabra, y firmé ser su esposo, por mi daño, mas es fuerte un desengaño, cuando tan claro seve: yo mismo a mí me engañó en no leer que decía esta venenosa arpía, esta sentencia que mata, pero ya, Duquesa ingrata, cesó la obligación mía. Vuestro será mal tan fuerte, y bien lo habéis merecido, al Príncipe habéis perdido, y en perderle, vuestra suerte: yo llevo celos de muerte, pero vengarme es forzoso, di la palabra de esposo, mas ya cumplirla no puedo, y con vengarme en fin quedo cuando vengado, celoso. Adiós, Duquesa, que amor hoy me destierra de ti, mucho te quise, mas vi en un papel mi dolor; no me culpes de traidor, que yo te amara, y quisiera, y mi palabra cumpliera: pero como puede ser, si es fuerza, ingrata, temer que otro amor tu pecho altera? Contento estará tu Alteza. En fin aqueste es criado, y el negárselo es grandeza: no merecí su favor, desprecio, Silvio, mi amor, y vi con sangrienta espada una mujer enojada, y celosa de su honor. Apresta caballos luego, que al punto me he de partir. No te piensas despedir? No, Silvio, porque voy ciego, bomitan mis ojos fuego, y no me preguntes más, mira que muerte me das, Yo darte muerte? es injusto. Esto importa a honor, y gusto, pupel, tú me acabarás. Qué es esto, Lenia querida, que así intentas darme enojos? levanta, mi bien, los ojos, da aliento a mí triste vida. Que extraña melancolía ha causado esta tristeza? no eclipses esa belleza con tan pertinaz porfía. De que ha nacido tu pena me cuenta; así Dios te guarde, no me la encubras cobarde con encantos de Sirena. En los ojos se declara la pena del corazón, y así sus efetos son los que salen a la cara: Y en la tuya, Lenía, he visto, que algún disgusto lo ha hecho; no aflijas, hija, mi pecho, que en vano el furor resisto. Dame cuenta de tus males. de tu pena, y tu dolor, sienta con igual rigor hoy tu padre extremos tales. No me hablas? no respondes? que tienes que estás mortal? algún riguroso mal dentro en el alma me escondes. Qué mal puede haber secreto que tanta pena me dé? Yo, mi Lenía, no lo sé, pero veo en ti el efecto. Ay Conde, Dios te perdone la pena que me has causado, tú me has llegado a este estado, tu desprecio en él me pone. Padre la melancolía que me atormenta es mortal. No entender, Lenía, tu mal, es mayor confusión mía. Ay mi Elvira, loca estoy, mi pena me ha de matar. Señora, disimular. Cómo puedo? un Etna soy. Qué confusión tan extraña es la que a mí me atormenta, si el declararme me afrenta, cuando tanto amor me daña, Si veo al Conde, me enciende la cólera, y confusión, terribles mis ansias son, cuando su vista me ofende! Re Quieres que canten? . Señor, la música me entristece, pero si a ti te parece. Canten algo por mi amor. Si gustas, tu gusto es justo que a mí me parezca bien. e. Fabio, la Infanta entreten, canta algo que la dé gusto. Canta, y sea sin templar, o no cantes por tu vida. Elvira yo estoy perdida, tanto amor me ha de matar. Tiranas penas de amor, que sin razón os incita a atormentar con agravios quien en vuestras glorias fía. No me atormentéis, cesad, con lisonjeras mentiras, con falsedades ingratas, con crueles tiranías. que buena letra. . Extremada. Qué discreta que es, mi Elvira, Siendo de amor, serlo es fuerza. Canta Fabio, que me alivias. No creo engaños de amor, cuando extremos no acreditan, que palabras cuestan poco, y menos cuesta el fingirlas. El que tiene amor de veras, no repara en perder vidas, ni le refrenan lealtades, y miente, si hay quien lo diga. Y miente trecientas veces quien otra cosa imagina, que letra tan extremada, ay Dios, la pena me quita, o me la dobla, que amor con extremos martiriza. Cuya es esa letra, Fabio? Por mala diré que es mía. Y el pensamiento? . Señora, me la dio. . No me lo digas, mujer era, Fabio, quien te le dio, y en fin querría. Ah frágil naturaleza, pensión que pagar obligas al mismo Rey; que amor puede hacer estas tiranías: pero si él no, quien podrá, Parece, Lenía, querida, que te diviertes un poco. Toma Fabio, esta sortija, por lo bien que lo has cantado. Eternas edades viva vuestra Alteza, para hacerme mercedes tan excesivas. El Conde pide licencia para entrar. Ay suerte mía, moriré si aquí le veo, aunque le adoro, mi Elvira. Quieres que entre, Lenía, el Conde, que estuvo en él a porfía pintando naturaleza los extremos de sus dichas? Señor, si gustas, bien puedes, cólera, y amor porfían en mi pecho a darse guerra. Aunque se maten de envidia, vencerá amor, Lenía hermosa. Di al Conde que entre. Si aviva mi agravio con su presencia, y mi pena resucita. Deme vuestra Majestad a besar su mano invicta. Conde amigo, Dios te guarde. Y vos, señora. Algún día sentiréis lo que habéis hecho. Ya lo siento, y mis desdichas, pero mi lealtad me fuerza cuando más tu amor me incita, Conde, la guerra pasada ya con amistad se liga, todo venció tu valor, obligación es precisa hacer cuanto pidas, Conde, pide, si hay algo que pidas. No hay que pedir, gran señor, a tu grandeza excesiva, que tú sin pedir me premias, cuando humilde me acreditas, Y pues se acabó la guerra, y mi mal crece a porfía, fatal estrella a mi suerte, desgracia de quien soy digna. Pido a vuestra Majestad, que licencia me permita para partirme a mi tierra. Ay Dios, que se ausenta: Elvira, mi mal crece, amor me mata, pues se va el Conde; desdichas, que me queréis juntas todas? pero venid que sois mías. Ay de quien padece penas, callando males, que giran sobre piramides locas, que a nuevas ansias me incitan. Pues Conde, cuando mi Corte quiere celebrar las dichas de la Infanta en hacer fiestas, os queréis con tanta prisa ausentar de ellarno Conde. Señor, Rosaura me obliga a que yo me parta luego, porque la presencia mía importa en aquel Estado: mis celos me martirizan. No sé, Conde, que tenéis, que os he mirado estos días triste, y confuso, que causa hay que os molester decidla, no me encubráis nada, Conde, pues mi amistad os anima. Señor, mi pena es mortal, y porque veas si obliga tu amor al Conde, oye un poco porque quiero referirla. y Di que me alegra escucharte. El Cónde está loco, Esvira, y yo más que él estoy loca, de avergonzada, y corrida. Miré para mi desgracia dentro de tu Corte misma, Rey poderoso, una dama, que es de la hermosura cifra. No te cansaré, señor, pintando su gallardía, solo diré que su gracia, y el incendio de su vista, pudiera abrasar a Troya, y a España dejar perdida, sin más armas que sus ojos, ni más guerra que sus niñas. Creció amor con el poder, porque si almas tiraniza, siempre voluntades deja a un tierno yugo rendidas. Entre amorosas centellas, paseos, fiestas, visitas, papeles, músicas tiernas, extremos que fuego atizan, me vi de su amor pagado con tanta igualdad, y dicha, que al paso de estas memorias crecen hoy las penas mías. Cinco años duró este amor con finezas tan altivas, que en todos pienso que el Alba copos formaba de risa, quizá porque adivinaba mudanzas de esta enemiga. Con estas glorias de amor mis penas se entretenían, mis suspiros engañaba, mis quejas tristes sufria. Así pasaba dichoso tiernas glorias fingidas, penas de amor con amores, que ahora me martirizan. En este estado, señor, estaba, cuando tú un día me diste el bastón Real, y por General me envías de tu campo victorioso, contra Bohemia; dilira mi alma en esta ocasión, y mis potencias diliran. Despedime de sus ojos, dando en llanto a la partida ributo en lágrimas tiernas, os de perlas tan finas, que en visos de amor mostraban lisención de ser fingidas. uí, presenté la batalla, y fue la victoria mía, que un General con amor, hictorias vence, almas quita, liércitos desbarata, a mil peligros se anima. al fin, señor poderoso, con preseas de honor ricas, entré en Dinamarca alegre, un Martes, dandome prisa los deseos de mi amor, memorias de ausencia impía. Coronado de laurel me vio aquí tu Corte misma pisar estrellas de honor. y adulación de la envidia. Apenas llegué a tu Corte, cuando al instante me avisan, que estaba con otro dueño casada la prenda mía. Si el fuego de cuando mozo hoy tus memorias avina, para juzgar estos males, mira tu cual quedaría quien ausente la adoraba, si presente se la quitan. Visité su noble padre, recibiome cual solía, y entre amorosos abrazos, parabienes dio a mis dichas, cuando solo para males dárseme entonces podían. Junto al padre estaba, ay Dios, enriqueciendo una silla, con resplandores de gracia, crepúsculos de aquel día. Formé con los ojos quejas a los suyos, que fulminan rayos de evidentes llamas, que sin matar tiranizan. Ay Dios, con que gracia estaba, ya turbada ya afligida; si de verme avergonzada; y con vergüenza me mira. Aquí sus ojos me dieron entre amorosas caricias, disculpas de mis desgracias, satisfacciones perdidas. Despedime loco entonces, y lo restante del día pasé en lágrimas bañado; por desfogar las primicias de un corazón que brotaba centellas de amor tan vivas, que el alma tiranizaban entre celos, y porfías. Bañó Febo sus caballos en el mar, dejando a Cintia su esfera desocupada de los rayos que fulmina. Fui a las tejas de mi ingrata, por donde un tiempo solían escuchar glorias alegres mis venturas ya perdidas. Salió a verme, y disculparse, mas que disculpa podía tener en abonación, que amor pudiese admitirla? Que la forzará su padre me dijo, y que compelida de su rigor, consintiera: a cielo, aquí martiriza la pena a mi corazón, y a un nuevo furor me incita, que adonde amor reina, Rey, nunca hay fuerza que le oprima. Allí fueron mis extremos, que pudo en lágrimas vivas ver mis ojos hechos fuentes, y lastimada, y corrida, me dijo: Llevadme a España, Conde, que a tanto me obliga vuestro amor, que mi honor quiero se abrase en tales cenizas. Yo que a su padre, Rey, debo tanta voluntad, que fía los secretos de su pecho, y de su honor comunica conmigo los de más peso, quedé como aquel que mira en dos peligros su muerte, y perplejo solicita elegir el menor de ellos, aunque allí al mayor me inclinan mi adversa suerte, o mi estrella, para que mueran mis dichas, pues quise siendo leal a su afción peregrina, dar muerte a sus esperanzas, y a su honor allí dar vida. Ella, que juzga enojada mi lealtad por cobardía, me vitupera, y se enoja, me reprende, y se lástima. Dejome, y fuese, señor, tan furiosa, y tan corrida, que en su rigor vi mi muerte, y en sus quejas mis desdichas. Hoy dicen, que entra su esposo a gozar las alegrías de mi prenda en dulces lazos, para que muera de envidia; para que rabie de celos quien ve sus glorias perdidas Y así, señor poderoso, si tu grandeza acreditas con tan augustos favores, con mércedes tan cumplidas. Deja que deje tu Corte, y en una aldea me rinda a este mal, a este dolor, que a la muerte me dedica. No permitas que yo esté donde celosas arpías me estén dando muerte infamoo si veo el bien que me quitan. Lástima tengo de verte, Conde, tan enamorado, tan confuso, y lastimado, y en tan rigurosa suerte: siento en mi Corte perderte, y sabe Dios, si quisiera que esa pena que te altera la pudiera remediar, que yo sé que tu penar han fremedio entonces tuviera. Pero di, Conde, la dama que en tal estado te pone, que yo haré que te corone entre sus brazos por rama. Poner peligro a su fama, sesús, señor, tal no haré. ̱. Dime la causa, porque. Pues que no la digo, importa, que es mi ventura tan corta, que en este trance se ve. ̱. Conde, en un mal tan extraño un medio se ha de elegir, y por no verte morir, elegirse el menor daño: no te hagas, Conde, ese engaño, Rey soy, y quiero ayudarte, y pues que me obligo a darte la que estimas por mujer, para que quieres perder la vida con ausentarte? Si te declaras, tendrás por mujer la que deseas, por tu vida que no seas tan remiso, y pertinaz: quien puede ser, que tú más no merezcas, Vitorino? hablar al padre imagino, si tú me dices el nombre. Temo, señor, que te asombre, que es poderoso, yo indigno. Si el Conde no se atrevió a lo que ella le pedía, en vano es ya la porfía, si corrida la dejo: y no te aconsejo yo, señor, que tomes a cargo querer librarle de un cargo en que si lealtad le abona, qu le quita amor la corona que mereció en tiempo largo. Señor, mi mal es extraño, y mi pena es infinita, pues ni tu amparo me quita de tan poderoso daño: deja que llore mi engaño en esta ausencia importuna, si es tan corta mi fortuna, que aunque quiera tu poder dármela aquí por mujer, ya mi esperanza es ninguna. El Príncipe mi señor en este instante se apea, y ya con gloria desea. Darme la muerte. . Ay amor, que poderoso rigor es el tuyo contra mí. Que desdichada natí. A recibirle salgamos. Qué buenos, Lenia, quedamos. Vos lo quisistes ansí. Ya no tienes que salir, que el Príncipe llega a verte. Con tan venturosa suerte puedo, gran señor, decir, que no tengo que pedir, ni más bien que desear, pues pudo el alma llegar a vistas de tal ventura, y a sombra de esta hermosura ya con gloria descansar, Las manos me dad, señor. Príúcipe, con tal exceso? Que soy indigno confieso, de tocar vuestro valor: y vos, señora, si amor merece correspondencia, pídoos, que me deis licencia que toque en gloria tan alta, esa mane, que hoy estlalta extremos de tal presencia. Señor, sea vuestra Alteza muchas veces bienvenido. Ah ingrata. Tú lo has querido. Qué peregrina belleza! perdona fiera Duquesa, que tu traición me ha trocado. Hay hombre más desdichado, que entre celos, y entre enojos, he de ver con propios ojos hoy tan celoso cuidado? Vuestra Alteza me parece la divierte alguna pena. No anda la Infanta muy buena, melancolía padece. Qué causa hay que así entristece tan peregrina hermosura? Tener tan poca ventura, que he de casarme a disgusto: traigo, señor, poco gusto, aunque ya el alma procura divertirse de este mal. Quién, señora, lo ha causado? que me pone en gran cuidado veros en extremo tal: que con gloria siempre igual, alegre os quisiera ver. Ya verme no puede ser alegre en toda la vida; con vuestra alegre venida gusto el alma ha de tener. Si es lisonja, la agradezco, y si favor, me hará loco, y así dadlos poco a poco, que indigno no los merezco. La propia vida aborrezco, que ya le adora esta ingrata? y en dar favores remata la pena de mi pasión? que lealtades de amor son disgustos con que me mata. Vendréis, Príncipe, cansado, y es justo que descanséis. Que buen amor me tenéis, en qué punto, y en que estado? No puede cuando me espera un tormento tan mortal, con veros cesará el mal: Cese, mi Infanta, el cuidado que os entristece, y altera. Oh enemiga, ingrata, y fiera. Ay Conde todo es fingido. El amor que me has mostrado, ya, ingrata, desesperado me ausentaré, si perdido. Tu Conde, no lo has querido: que me culpa tu rigor? Solo te culpa el dolor del amor que aquí declaras. Ay, ay, si no repararas en lealtad contra tu amor. Ay, ay, si no repararas en la lealtad contra tu amor: a fuera loco furor, a Conde, nunca llegaras donde la Infanta escucharas con pena tan infinita, pero si amor no limita tan excesivo tormento, venga más, que el mal que siento a nuevas penas me incita. Ay mi Infanta, el alma siente, perderte en esta ocasión, y ya mis tormentos son celos de agravio presente: ahora el Príncipe intente gozar lo que mereció, goce del bien que perdió, dígate alegre favores, que yo solo en tus rigores me abrasaré vivo yo. Ya no más, pena importuna, para que me atormentáis? y que bien que a mi amor dais este pago, esta fortuna: ya mi esperanza oportuna es bien que llore mi suerte, ay Lenía, que mal tan fuerte es el que triste me espera, porque sin ventura muera quien llega, Infanta, a perderte. Yo finezas de lealtad, cuando en Volcanes de fuego me tiene amor loco, y ciego? que notable necedad: amor ingrato, parad, no me atormentéis cual loco, id conmigo poco a poco, dadme estas penas de espacio. Señor, que estás en Palacio, mira no te escuchen loco. ̱. Déjame, Perilo, aquí, no me atormentes también, que perdido el mayor bien, con el también me perdí. ̱. Si le falta el frenesí, Perilo lo ha de pagar? ̱. Que el Príncipe ha de gozar tanto bien? bravo rigor! ̱. Si tienen bula, señor, quién se lo puede quitar? ̱. El Conde vivo ha de ver enlazada en otros lazos su prenda, sin que sus brazos no señalen su poder? que paciencia ha de tener? La de un marido paciente, que cuando ve salir gente de su casa, se hace ciego. Oh fuego en amor, y fuego. En quién aquesto consiente. Los ojos de Lenia hermosa se emplean en otro dueño, ea, que debe ser sueño. Y cosa tan fabulosa, que es ya del Príncipe esposa. Calla villano, atrevido, calla infame, mal nacido, calla ignorante grosero, que porque no callas muero, y pierdo loco el sentido. Aquella gloria de amor, fin y extremo de hermosura, retrato de nieve pura, de perfecciones primor: aquella en quien el candor de la luz del sol parece, nube que en sombra escurece las luces todas del día, ay mi Infanta, ay Lenía mía, dichoso el que te merece. No mereció mi ventura gozar de tanta belleza, que es desigual mi bajeza de tu sangre, y tu hermosura: acabe mi desventura a manos de tu poder, Reina de Albania has de ser, gozate en ella mil años, que quien nació para engaños, que gusto espera tener? Adiós Corte, adiós Palacio, a dios mi Lenía querida, que el Conde parte sin vida. Pues vámonos más a espacio, que dice el Médico Acacio en el capítulo octavo, que un clavo saca otro clavo: y si lo adviertes, señor, por no provar tu dolor, in diebus méis amabo. Sácame un caballo al punto, que quiero partirme luego. De tu brevedad reniego. Ve presto, que estoy difunto. Pues mándame enterrar junto de tu cueva, si te mueres: a maldiras seáis mujeres, mirad lo que hacéis aquí. Mi Lenía, que te perdí. Cónde amigo, que me quieres? no des voces por tu vida, que me acabarás ansí: que te ausentas, Conde amado, que te destierras al fin? Perdidas las esperanzas con que hasta ahora viví, ya sin ellas, y en tal suerte, fuerza es, Infanta, el partir. No te vayas. . Cómo puedo hacer lo que dices, si he de ver con propios ojos gozar de tu belló Abril el Príncipe en dulces lazos? a celos, suerte infeliz, que eres de otro dueño Infanta? mi Lenía, que te perdí? Hoy, Victorino, te ausentas, cómo he de poder vivir? pero vida, y sin tus ojos, no nació, no, para mí. Dios te perdone; ya es hecho, la culpa tuviste en fin, que tu pudieras, ay Conde, llevarme muy bien de aquí en brazos; de mi esperanza te diera un leño sutil, para surcar mares, velas, y cáminos para huir. Mis suspiros dieran viento, mis quejas dieran allí alivio a las tempestades en mar de tormentas mil. Y cuando no por los mares quisieras llevarme ansí, caballos tiene mi padre de España, y Guadalquivid, que dejan atrás el viento, porque al Céfiro sutil tienen por padre enefeto, mas ya sé que no nací para lograr mi esperanza, rigor de estrella civil: que yo sé que si no fuera la mía tan infeliz, ánimo, tienes tú, Conde, para oponerte a sufrir tormentas por anchos mares, y guerra hasta ver tu fin. Mas no nació, Vitorino, de tu valor, hoy aquí se confirma en mi desgracia mi poca suerte: a vivir te vas a tu propia tierra forzado de un frenesí, que te lleva, porque acude quien por ti llega a morir. Allá busca en otra dama otros labios de rubí, otros ojos de más gracia, aliento de ámbar sutil. Todo hallarás con más gusto, todas te querrán servir, que eres muy para estimado con ese cuerpo gentil. Pero, Conde, quien te quiera mas que Lenía, no, que en ti puso toda su esperanza con tan interno matiz, que ni ausencia, ni mudanza, ni la muerte, dividir podrá tu amor, de mi pecho, ni mi memoria de ti, por más que ingrato te ausentes: y mira que has de vivir en él a pesar del tiempo; vete, y déjame sin mí, lloraré con tiernas ansias lágrimas de mil en mil, ausente aquí de tu gracia, siempre siendo lo que fui. Yo, mi Infanta, sin tus ojos, triste, y confuso, a morir voy en brazos de mi pena, sin ver tu hermoso carmín. En el campo retirado, los días pienso asistir, si celos no me acabaren: pocos serán, aunque a mí me parecerán sin verte, siglos de eterno sufrir. Allí a solas, de mis males haré alarde: para fin de mis tristes esperanzas, que aquí quedan hoy, aquí las dejo, Infanta, enterradas de bajo de ese chapín, túmullo débil, y fácil de ostentación mujeril. Yo a otra dama alzar ojos? yo más amor? yo rubí de otros labios? no mi Infanta, muera yo, si ha de venir a mi pensamiento cosa, que no sea amarte a ti. Cásate, goza ese dueño tan dichoso, y tan feliz, que hoy gozará tus favores, yo nunca los merecí. Si en lo mejor de mi suerte pone la fortuna eclipsí, el Rey me debe esta deuda, pagármela quiso, y vi, que como soy desdichado no fui posible el decir que tú eras la causa, Infanta, de mi tristeza infeliz. Adiós, que en el alma llevo esos ojos de zafir, émulos de cuanta gracia tiene tu rostro sutil, Así te vas? . Ay que es fuerza. Me dejas? . Qué he de decir? que preguntas? . Nada, Conde, que ha de hacer Lenía sin ti? Y el Conde sin esa gracia, cómo, Infanta, ha de vivir? Quién nunca te conociera, Quién hermoso Serafín, no hubiera visto esos ojos, asunto por quien perdí la libertad que ya lloro. Bien mío, me has de escribir? Suspiros serán correos, que vendrán a verte aquí; mis ansias serán las cartas, y lágrimas por matiz señalarán tristes letras: ya sabrás que han de decir, que queda el Conde sin alma: Pues a diós, Conde, de mí te aseguro hacer extremos, que basten a interrumpir mi casamiento, y mis bodas con encantos de Merlín: y el Príncipe vuelva a Albanía sin casarse . Vuelve, y di lo que has dicho, Lenía hermosa. Te espantas de esto? fingir sabemos mal las mujeres, que es amor maestro sutil cuando en el alma se estampa, seguro puedes partir. Los brazos. Y el alma en ellos. Ay Dios que yo siento en mí de nuevo penas mayores. Sin ellas puedes vivir, pues que la Infanta te adora. Adiós, mi bien. . Adiós, fin de todas mis esperanzas. Firme siempre hasta morir. De mi parte vas seguro, si yo lo quedo de ti. Temo. . Qué temes? Mi suerte. Animo, saber sufrir, que es Lenía tuya, a diós Conde. Adiós, bello Serafín, cómo me apartas los ojos? Cómo te ausentas de mí? Cómo te vas sin mirarme? Si salen de mil en mil lágrimas a verte, Conde. Ah cruel ausencia. . Infeliz. Imposible de mis ojos. Porque quisiste lo fui. Infanta? Cónde? . Bien mío? Pena, es forzoso partir. Yo te perdí, y hallé penas. Todas serán para mí. Yo las llevo. . A mí me quedan, vete. . Ya voy a morir. Mal haya el rigor, que aparta. Dos que se quieren así. .
JORNADA TERCERA
JORNADA TERCERA Señora, que novedad causa en ti tan cruel belleza? no eclipses tanta tristeza con tanta riguridad. De unos días a esta parte te veo, Rosaura hermosa, tal vez airada, y celosa, y siempre sin declararte. Que tienes, que así te has puesto con luto, sin ocasión? de que tus suspiros son? no sé que imagine de esto. No sosiegas en la cama, ni levantada sol en mil tristezas te anegas, efeto propio en quien ama. Nacio de amor, por ventura, ese mal, esa pasión, que aflige tu corazón? Nació de mi desventura. No me importunes, ni enfades ya con preguntarme tanto, déjame triste en mi llanto, y no apures necedades. No preguntes más de aquello que te quisieren decir, que es necio el que quiere abrir a fuerza del alma el sello. Y pues que a ti no te doy cuenta, Beatriz, de mi mal, entiende que es desigual de la tristeza en que estoy. Y males dichos a quien no los sabe remediar, mas sitven de atormentar, que de dar gusto, ni bien, Déjame, déjame un poco aquí a solas por tu vida, que el mal que tengo, convida a la tristeza que toco Vete, y cierra norabuena la puerta de ese jardín, deja que llore mi fin, deja que sienta mi pena. Ay como temo que amor ha sido causa en efecto de ese escondido secreto, de ese tirano dolor. Cierra, y vete. . Ya me voy por no cansarte, y cansarme. Déjame a solas quejarme del laberinto en que estoy. A vos solo, Dios mío, llegaré con mis ansias, como testigo de ellas, y juez de esta causa. A vuestros pies divinos, hoy de aflicciones tantas, remedio pediré, que solo en vos se halla. En vos le halló David, como en sus Plalmos canta, que a quien en Dios le busca, nunca remedio falta. Vos, que de entre leones, fiado en vuestra gracia, a Daniel sacasteis del peligro en que estaba. Y del horno a los Niños, que entre confusas llamas vieron su muerte triste, y Jonas en el agua. Vos, que en tronos de gloria pisáis estrellas sacras, providencia debida a grandeza tan alra. Vos, poderoso Rey, que escogisteis tiara de espinas, por más pena que vuestro amor señala. Vos; que en Cruz vencedor a la serpiente ingrata, pisasteis la cabeza de su soberbia vana. Vos, solamente Rey, de Reyes, y Monarcas, ante quien todos son gusanos, polvo, y nada. Si lo fue detuvo el Sol con vuestra gracia, y montes hubo quien con ella los mudara. Yo, Señor poderoso, que llego confiada, aunque indigna, por ser pecadora, y tan mala. Con todo, Jesús mío, amante de mi alma, por quien sois, por la Cruz, por esas cinco llagas. Por esos pies divinos, por esas manos sacras, selladas por mis culpas, y por mi enclavadas. Por los golpes, y azotes, corona y bofetadas, por todas las afrentas que en vuestra Pasión santa padecistes, Dios mío, os pido, que mi causa amparéis cual testigo, y serlo vos me valga. Testigo sois, Señor, mujer soy, y fiada en juramento, di las prendas de mi alma. De un tirano, que ausente me ha dejado burlada, me quererlo, Señor, traedle a vuestra gracia. No perezca mi honra, ni dejéis que afrentada se vea, Señor mío, mi sangre en esta causa. En mil peligros vivo, que si mi hermano alcanza a saber mi locura, mi vida es excusada. En vos, Señor divino, pongo mis esperanzas, y mi justicia pongo a tan divinas plantas. Los sentidos me dejan, y las penas me cansan: pero hay Dios, que es aquesto, que el sueño me quebranta. Y me rinde el poder a que ocupe en sus aras mis sentidos perdidos entre desdichas tantas. Dónde en pasos tan extraños me lleváis confusión mía? que cuando el alma porfía ciertos son tristes engaños: entré en Palacio, y mis daños voy temiendo por instante, si se me ofrecen delante por tapices de color, bayetas que a mi dolor hacen salva naufragante. Todo el Palacio cubierto de luto, que ha sucedido, que en un silencio escondido con persona alguna acierto? si acaso Rosaura ha muerto? que en tan triste confusión me adivina el corazón el mismo mal que sospecho, y no caberme en el pecho, nace de alguna ocasión. Salir quiero de esta duda, y acabarlo de ver todo, pues ya mi pecho acomodo a suspensión que es tan muda. Con tan soberana ayuda victoria espero tener. Aquí habla una mujer en el Oratorio a solas. Y en tan levantadas olas yo no me pienso perder. Esta es sin duda mi hermana, rezando quedo dormida, toda de luto vestida, que confusión tan tirana! Si vuestra gracia se humana a quien se ampara de vos, favorecedme, mi Dios: a Dinamarca he llegado, ya en el Palacio me he entrado. Qué suspensión tan atroz! Allí veo al Rey sentado, y Lenía la Infanta allí, y al Príncipe miro aquí, que la mano le ha tomado. A sueño triste, y pesado, que hasta en sueño me den celos; pero cuando otros desvelos llevan tras si tanto honor, no tengáis lugar, amor, de correr más paralelos. Rey, el Príncipe, que viene a ser de la Infanta dueño. Jesús, que pesado sueño. Dada palabra me tiene, que me la cumpla conviene, mi esposo en efecto es ese Príncipe Albanés: mi honor me debe, señor, ese ingrato, ese traidor, lo demás sabrás después. Qué es esto, en que estoy metido? mi temor se ha confirmado, el Príncipe la ha gozado, y yo mi honor he perdido; aquí queda sin sentido el hombre de más valor, aquí para su rigor la fortuna siempre abara, quien de una vez acabara con trances de tanto honor. Ay quién de aquesto se exima? no, que estos trances son tales, que en las casas más Reales entra este villano clima: uno más que otro se estima, y menos agravios siente, pero quien este presente que veo a mis ojos yo, con el dolor no acabó, no es honrado, ni es valiente. Era este el luto que había por las paredes colgado? era este el laurel sagrado que mi valor merecía? cuando a mi Rey a porfía confía en mí su poder, le tiene una vil mujer, para deshonrarme así? mal hayan leyes que aquí afrenta mía han de ser. ̱. Señor, justicia os provoque con igual peso, que es ley, sangre vuestra tengo, Rey, o tendrá mi hermano estoque. n Ingrata, si a mi honor toque has dado tan desigual, como en presencia Real del Rey defender ya puedo el deshonor en que quedo avergonzado, y mortal? ̱. Ea Rey, esto ha de ser, o Dinamarca a porfía ha de ver que sangre mía sus fuerzas puede vencer. Antes que de una mujer se viera el Conde afrentado, pudieran tener cuidado de mi espada, y mi valor, más corrido, y sin honor, que tal puede haber quedado? Al arma. Rey poderoso, que justicia no me hacéis, que en este papel veréis la firma de este alevoso. Ah trance en honor forzoso, pero acabar es mejor de una vez con mi dolor, que no que en extremos tales queden mis venas Reales con sangre en manchas de honor. Válgame Dios! caso extraño! Mi Dios, amparadme vos, que solo sombra de un Dios me librará de este daño. Señor, conozco mi engaño, y mi perversa osadía, pertinaz fue mi porfía, misericordia, Señor, pudo forzarme mi honor a tan grave tiranía. Si pueden lágrimas mías, hermano, padre, y señor, detener hoy el rigor de tan nobles fantasías: cesen honradas porfías, y cese rigor tan fiero, considéralo primero, mira que tu hermana soy, a tus pies humilde estoy, mátame, toma tu acero. Muestra mujer, vete donde ni te vea, ni te escuche, porque mi pecho no luche con la cólera que esconde. Victorino, hermano, Conde, amparo, padre, y señor, no es hecho de tu valor ese que emprendes tan ciego. Qué he de hacer, cuando tu fuego, ingrata, has puesto a mi honor? El yerro que cometí esa cédula disculpa. Antes, ingrata, te culpa, fiando tu honor ansí: por un papel das aquí la prenda que tanto vale, quien a pagártela sale, si no un papel de un tirano? que a faltarle al Conde mano, quién habrá que se le iguale? La mujer que su honor fía a un hombre por un papel, que se queje, cuando en él faltare lo que confía: papeles ay, que de un día para otro no valen nada, porque suele estar quebrada la dirá que le pasó, y si el Príncipe casó, este importa poco, o nada: si no casó, tengo espada con que pienso averiguar, o con vos ha de casar, o si quedaréis burlada: esa librea enlutada de esas paredes se quite, que no es bien que se marchite, siendo vivo mi valor, que sé yo cobrar mi honor, cuando haya quien me le quite; y mi esfuerzo no permite, que aunque yo le halle casado, deje mi honor agraviado, y mis poderes limite: que quiere que facilite peligros en la ocasión, y arder verá, cual Nerón, a Dinamarca, en mi fuego, si el Príncipe loco, y ciego se burla de mi opinión. Verame armado de acero en la Corte de mi Rey, propio estilo, hidalga ley de un tan noble caballero: con la lanca ver espero, y con la espada después, si es el Príncipe Albanés de mejor sangre que vos. Y el juramento ante Dios se cumplirá de esta vez. Hay tormento cómo amar? hay rigor cómo querer? hay pera como no ver lo que se llega a adorar? déjame, Elvira, llorar, que bien lo merece el Conde, porque en todo corresponde a mi amor, y voluntad, más debo yo a su lealtad, más amor en él se esconde. Yo sé que en más penas vive, que padece más tormento, que tiene más sufrimiento, que más disgustos recibe: que en memorias apercibe su corazón lastimado; y sé. Elvira el gran cuidado que tiene el Conde de mí, y sé, que fuera de sí vive en mi amor transformado. Es hombre galán, y ausente, y es muy propio en hombres tales olvidar prendas Reales por las que tienen presente. No puede tan fácilmente quien tanto quiso, olvidar, por hombre, galantear es fuerza en toda ocasión, pero siempre el corazón vive donde sabe amar. h. Un pie me dé vuestra Alteza, y albricias me dé también. Qué albricias quedan que darte? toda el alma te daré. No quiero almas, señora, que no soy yo san Míguel. ̱. Deja donaires a parte, Perilo, y dime, mi bien cómo queda? Sin tus ojos, que no hay más que encarecer. Esta carta te lo diga. ̱. Muestra, que en ella veré las ternezas de mi amante, las finezas de un querer. ̱ Que de suspiros ha dado. Dime, Perilo, quién es de esos suspiros la causa? ̱. Pues eso quieres saber, siendo tu dueño amoroso de su tristeza cruel. Todo el camino iba haciendo en consonancia frailer una música entonada, de ay, ay, ayes, que a saber entonarlos hoy Perilo, que ver tuvieras afe. Graciosa música cierto, la nema quiero romper. Dueño mío, sin tus ojos tal voy, que decir no sé ausente, si tengo vida: mas que vida ha de tener quien se ausentó de esa gracia, gloria de mi altivo bien? Temeroso, y desterrado, celoso siento perder la esperanza que me anima, si hay esperanza que den a quien padece estos males, temiendo que eres mujer, ay Lenía, si no mudable, combatida de quien es más venturoso que el Conde: Dios te me guarde, y te dé la vida que te deso en esta ausencia cruel. Tuyo siempre, Victorino. Yo siempre tuya seré, Conde amado, hasta la muerte, y letras con tanto bien, por tuyas ya las adoro, y en el alma las pondré, Carta de un dueño querido, que ausente por su querer, padece en ansias mortales temores de mi desdén, cuando amor glorias promete a vuestro dueño diréis, que soy suya, y que soy firme. Que gran milagro en mujer. Que los Imperios del mundo para ofrecer a sus pies, eran cortos, letras mías: pero no puedo ofrecer mas que una vida tan suya, que se arriesgará por él a mil trances de fortuna, si hay fortuna, o si hay vaiben, que detenga amantes glorias entre quien sabe querer. Aquí gracia, y después gloria, por siempre jamás Amen. Dime, Perilo, del Conde muchas cosas, cuentame por el camino que hablaba? toma esta cadena, ten, dime todo. Todo, todo? Todo al fin quiero saber. Y al Príncipe nada? Acaba, que eres. Ya yo me lo sé, tonto, cuanto de aquí miro, y cuantos aquí me ven, que la desean, pues sirvan este oficio de trainel, y llevaran por cadenas sogas de esparto Frances, y en un bórrico docientos; pero hay padrinos de bien, que les quitan los tocinos. Acaba necio. Poder tiene vuestra Alteza solo para con ese desdén tratar al señor Perilo, que es hombre de mucho ser. Primeramente, señora, como el Troyano, diré, Infandom Regina subes; Qué dispárate tan cruel, estás loco por ventura? Sin ventura lo estará, si me quitas la cadena, que me ha hecho enlo quecer, Qué humor tan alegre cría este metal, que se fue a nacer entre Flamencos de la Eitiópica tez. Acaba ya por tu vida. De esta vez va Puso el pie mi señor en el estribo, y santíguose en Frances: yo por no irme en ayunas, hice traer un pastel, que fui comiendo acaballo, luego a su salud brindé. Y él en cólera encendido, o en amor (terrible ley) dijo: Déjame Perilo, que no estoy para poder soportar tantas locuras: yo con esto reporté el humor por no enojarle, y dije con mi poder: Qué llevas, señor? qué llevas? y él con un ansia cruel respondió: Celos, y agravios, temores, y amor. Qué bien; decir solo amor bastara, para hacerle enloquecer, cuanto más amor, y celos. Allí entonces me admiré, por ser el Conde tan hombre, que entre mil batallas es furia de Marte arrogante, rayo fatal, que se ve predominado de estrella sin resistencia, que en él se cifra el valor, que infunde todo el celeste poder. Y hechos sus ojos dos fuentes, como un niño, allí juzgué que no hay valor en los hombres para resistirse a quien entra por los ojos fácil: y entrado dentro una vez, para desfogar pasiones, bomita allí fuego cruel por arcaduces de penas, y vienen ojos a ser alambiques que distilan la sustancia de este bien. Discretamente has hablado. Sollo yo tanto, que a ser Catedrático en España, llevara por justa ley una catedra mondonga, si me opusiera a comer morcillones, y morcillas, nabos, y carapatel. Notable humor gastas siempre. Soy veraniego, y tal vez por divertirme lo hago. Habla a propósito, y bien esta vez por darme gusto. Porque le tengas, haré todo cuanto quieras, pide. Que digas, sin exceder, los extremos que hizo el Conde. Pues como aquí acertaré, que no estoy enamorado? y hablar de amor con poder, quien no ama, es imposible. Después de que caminé con el Conde cuatro leguas, a la sombra de un laurel se apeó, porque una fuente le hizo la salva al beber de sus cristales nativos, copos de nieve sin pez: y viendo el Conde en las aguas un entonado tropel de bulliciosas espumas, dijo: Oh nieve, que encendéis el fuego que amor abrasa, sepulero en mi pecho haced, para que maten las aguas este fuego que aquí veis, que en vivas llamas consume un corazón tan fiel, que agraviado dice amores, y con amor vence el ser, traidor a quien adora, por ser leal a su Rey: a dios Lenía, a diós bien mío. Y volviéndose a poner en el caballo, se parte, llegándole hasta los pies las lágrimas que llorana, y por Cristo que lloré, mas soy hombre, no me espanto, porque nací de mujer: que si mi padre pariera, ni el mismo Matusalen me hiciera echar una lágrima. El Rey sale. Salga el Rey. Vete, Perilo, y espera, que luego he de responder. En un bodegón metido la respuesta esperaré, que sin algo de manduca no hay respuesta que me den. Sal a esos miradores por tu vida, verás, hija querida, al desposado, vestido de encarnado, y blanco, cier que admira su concierto, y vizarría, que por darte alegría alegre sale a correr, donde iguale su ventura tudivina hermosura sal, que espera, verás la Primavera en los colores: sal a hacerle favores, con mirarle: ne te agrada su talle? qué es aquesto? hana mañana has puesto el plazo tuyo, y con esto concluyo el casamiento: hoy por darte contento, así se pone, porque le galardone tu belleza; a esparcir tu belleza sal un poco, verasle poner loco en verte Infanta. Ahí padre, que me espanta tu rigor, si un tirano dolor así me trata, para que se retrata tu paciencia en hacer resistencia a mal tan fuerte, hay si saliera a verte, Conde amado, que amoroso cuidado fuera el mío, pero forzarle a un río la corriente, es gusto impertinente, es fuerza es- traña, que lo que aquí me daña, me entris- tece, y ausente me parece infierno todo, a un volcán acomodo el pecho mío, es fuego, es hielo frío, es rabia, muer te. Para que de esa suerte te atormen- tas? ven, y verás atentas con que gusto las damas, como es justo, dan favo- res al Príncipe, y amores le hacen todas, verás galas de bodas tan altivas. Mil años, padre, vivas, para ver glorias a tu poder tan señaladas, mientras crueles espadas, me tras- pasan, mientras mi pecho pasan penas ta- les. Ya sueñan los pretales. Fuera, afuera. Ya empieza la carrera, por tu vida que entres, Lenía querida, a darme gusto. Que le tengas es justo, padre ama. do: no viera entrar al Príncipe arras. trado. Ah mal haya el caballo. Si le ha muerto? Por el pecho se ha abierto. Caso extraño! Mal haya tanto daño, y fiestas ta les. Qué terribles señales! que habíá sido? El Príncipe ha caído. Oh feliz suerte! si hallara en la caída triste muerte. Válgame Dios! qué es esto? en brazos desmayado, y descon puesto, tu esposo triste sale, no hay gusto, que un pesar luegono iguale. Qué terrible caída! Ay Príncipe, y señor, que estáis fin vida. Llega, hija, a tu esposo, en tus brazos le anima, que es for- zoso. Ah mal hayan las fiestas. Bien hayan, ruego a Dios, mías son estas, nunca tales han sido. Ay Dios, misericordia, Señor, pio Ya vuelve poco a poco. Señor, vos me valed, pues osino noca todo mal me sucede, vuestra gracia, mi Dios, todo lo puede, ya estoy arrepentido, y me pesa de haberos ofendido. Sentisos va mejor, Felino amado? Mejor, señor, estoy, Dios me ha alumbrado, que engañado he vivido, que ciego, deslumbrado, y que per- dido: o caída dichosa, si para llorar culpas venturosa. Qué pena es esa extraña? decidla, que me aflige, porque os daña. Muerto, señor, he estado, y el Tribunal de Dios he visto aira- do, su divina justicia, mis culpas, mis pecados, mi mali- cia, que engañados vivimos los que apetitos necios consegui- mos, que ignorantes andamos los que gustos inormés procura- mos, si llevamos a cargo larga cuenta que dar de tiempo lar- go. Para que son deseites en la vida, si ha de quedar el alma al fin per- dida, y con mortales penas arder con fuego eterno en mil ca- denas, cuando vi temeroso Op término breve, transito forzoso. Hay hora peligrosa, temida, si esperada, al fin forzosa, quien de yos se acordara; todo porque con tal memoria no pecara, viendo por tras tiempo largo terrible tribunal, juicio amargo. Que amargo a quien se ha visto ante la luz de Dios, oí tan mal quisto, que se quisiera echado en el infierno mismo sepultado, a trance riguroso, aún a los mismos Santos espantoso. Cuanto en estrecha cuenta me dan mis culpas, culpa que me afrenta sin tener obra buena, que me quite, mi Dios, de darme pena, para tenerme amargo grave la culpa, débil el descargo. Pasa un día, otro día, y yo siempre obstinado en mi por- fía, como bruto ignorante me venzo de un deseo naufragante, hay día temeroso, recto el juez, y allí que riguroso. Solo fueron clamores, sonora trompa allí de mis errores, ay, y como alcanzado me he visto solo, en brazos del pe- cado, condenado al infierno, ya para nunca os ver, Señor eterno. Qué recta, y justa cuenta da el hombre ante su Dios, como atormenta un solo pensamiento, que todo entra en la cuenta por momento, que cuenta tan perdida dará quien no la tiene con su vida. Con que pena, y tormento vive en llamas de fuego el pensa- miento, y mi pregón decía: Así se paga ingrata tiranía, siendo Dios el testigo, de su mano te viene este castigo. La grita de demonios, parecía incendio del dolor que en mí se via, si penoso tan fuerte, que en penas inmortales se con- vierte, ay Señor, quien tal viese, como es posible, ay Dios, que os ofendiese? Y a tenebroso velo, que aclaró vuestra luz un claro cielo, soy otro diferente, poderoso, Señor, Rey, solamente sois vos del cielo, y tierra, con vos quiero yo paz, conmigo guerra. Y pues libre de penas salgo de aquel infierno, y sus cade- nas tan rigurosas, tanto, háganse aquí mis ojos mar de llan- to, para salir a nado del tirano poder de mi pecado. Y así, Rey poderoso, buscaréis otro Príncipe, que esposo sea de Lenia hermosa, que ante mi Dios casé con otra es- posa, él es testigo de esto, y así es fuerza cumplir lo que he propuesto. Permisión suya ha sido, que lo cumpla, el Señor hoy ha que- rido, un papel lo ha causado, que con celos de verle, la he deja- do, y si ella tiene culpa, mi honor ante mi Dios hoy me d culpa. Que con un sayal pobre, es bien que lo pedido ante Dios, cobre: quitando alegres galas, laberinto de culpas, y obras malas, y en un desierto a solas huya del mar del mundo a tantas olas. Estas insignias de luto, Rey poderoso, y señor, librea de mi ventura, debida sola a quien soy. Te dirán, que no me atrevo a decirte, señor, yo, que a tus pies llega agraviado el Conde, y falto de honor. No vengo a pedir justicia, que no la quiero aquí, no, campo solamente pido contra un cobarde traidor, que sin honor me ha dejado, y ausente me la quitó, mientras defendí tus tierras, armado de sola sol en la campaña, arrogante (de, las mías me salteó. Quién vuestro honor pudo, Con- quitaros, en la ocasión que en la guerra me ganasteis mil victorias solo vos? Con engañosas cautelas, palabras falsas de amor, juramentos mal cumplidos, y otras palabras, que son colunas de este mi agravio, un caballero traidor pudo engañar a mi hermana. Quién vuestra hermana engaño? decidlo de presto, Conde, que no tendré yo valor si no os hiciere vengado, aunque arriesgue mi opinión, y el poder de mi Corona. No quiero aquí más favor, ni más justicia que al campo sacarle, y verá quien soy en el valor de mi espada, que quiero Rey, y señor, ver si cautelas de Ulises, o si engaños de Sinón, aquí han de poder librarle de mi cólera, y furor. No he menester más justicia, que me basta mi razón para asegurar el campo, que yo solo basto, yo. No han de llevar los letrados este caso por favor, ni Bártulos, ni lasones han de juzgarlo, ni vos. Cosas que importan, Rey, tanto, yo de parecer no soy que se satisfagan más, que con partirnos el sol. Que antes que hoy vuelva al Ocaso ha de ver quien me agravió mi agravio triste vengado, y el juramento ante Dios. Acabad ya de sacarme, Conde, de tal confusión, contadme lo que ha pasado, sepa yo quien se atrevió a vuestra nobleza, Conde, ya vuestro honrado blasón. ̱. El Príncipe, Rey, ha sido quien me ha quitado el honor. Príncipe, aquestas hazañas indignas de quien sois son. ̱. Vuestra Majestad me escuche. No hay escúcharos, que soy juez, y parte en el caso, satisfacerle es razón, que no es nada por ventura vuestra sangre mejor, no. Yo siempre heroico señor, acudiré como es justo a tan noble obligación, pero este papel fue causa, que en un bufete dejó, que celoso me ausentase; que con mujer que de amor trata otro hombre por papeles, como puedo tener yo satisfacción de casarme? Oh caballero traidor, pues la carta que a mi hermano estaba escribiendo yo, dándole los parabienes de haber vuelto vencedor de Bohemia, ya que culpa puede darme, cuando estoy tan disculpada? no Conde, que aqueste engaño es traición. Celoso pude engañarme, marido, y esclavo soy vuestro, pues lo quiso el cielo, y lo ha permetido Dios, que cumpla ya la palabra, que en su presencia di yo: esta es mi mano. Y la mía la que ganó esta ocasión, que puse en Dios la esperanza, y nunca jamás faltó a quien en su gracia espera. Ya, Conde, yo solo estoy, y con razón agraviado, pues aquí por vuestro honor queda la Infanta burlada. No quedará. Cómo no? Esposo tengo yo, padre, tan noble, y de tal valor, que al Príncipe se aventaja, Qué dices? Qué pude yo escoger para tu Reino un Aquiles, un Ecipión. La dama a quien yo quería era la Infanta, señor, perdona mí atrevimiento, dignos mis servicios son del premio altivo que aguardo para laurear mi amor, que estos hierros de amor nacen, y tú por obligación prometiste darme, Rey, si me declarase yo, la dama aquien adoraba. Tu ventura te la dio, ya, Conde, la Infanta es tuya; Y yo vuestro esclavo soy, Augusto Numa, y Pompilio, Alejandro premiador. Levantad, Conde, a mis brazos, que un vasalló como vos no merece menos premio. Y Perilo, gran señor, por ventura es de vayeta? Diez mil ducados te doy. Vivas más años que un suegro, si acierta a ser gruñidor. Aquí verás, Conde amado, si cumplí mi obligación. Todas, Infanta, son mías, y yo vuestro esclavo soy. Y aquí, Senado, se acaba la lealtad contra el amor, por propio nombre, y cumplido el juramento ante Dios,
