Texto digital de El jubileo de Porciúncula
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Juan Bautista Diamante
- Atribución estilometría
- Juan Bautista Diamante Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto, modernizado con posterioridad por Adrián Velasco, procede de TESO.
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Velasco, Adrián. Texto digital de El jubileo de Porciúncula. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/jubileo-de-porciuncula-el.

EL JUBILEO DE PORCIÚNCULA
En vano, bruto, pretendes resistirte a los preceptos del impulso que te rige. Que le precipita. El Cielo te socorra. Dios te libre. Válgame el demonio mismo Ya mis astucias lo hacen. Infelice Caballero, sean refugio mis brazos de este amenazado riesgo. Quién eres, hombre, en quien hallan noble piedad el despecho de mis iras? Aunque todos no ignoran quien soy, supuesto, que otro precipicio mío dio a conocer lo soberbio de mi altivez; que tú ahora no me conozcas pretendo, porque logren mis engaños en ti mayores despeños, pues con Anselmo te traigo desafiado a este puesto, para que muriendo entrambos en vuestro error, no use el Cielo de la divina clemencia, que por conjeturas temo que ha de ejercitar piadoso. No me respondéis? Atento he dilatado decirlo, para que os cobréis primero del sobresalto; mi nombre es Enrico: así pretendo disimular mis cautelas; y inclinado al valor vuestro, fue dicha hallarme el acaso, donde al peligro atendiendo de vuestro riesgo, lograse la ventura que agradezco. Yo os estimo la fineza conque vuestro heroico pecho ha obrado conmigo, y creed que sintiera, vive el cielo, que nada me embarazara el motivo con que vengo desde Asís. Este caballo, indómito a los preceptos de la mano, y de la espuela, por más que intenté resuelto conducirle hacia otro sitio, apartarle de este puesto fue imposible, y irritado mi enojo del ardimento de sus tenaces porfías, le apreté con tanto esfuerzo los ijares, que encendido en mi cólera, y su fuego, desbocado me arrojó desde ese corto repecho que hace esa cuesta; más ya pagó sus atrevimientos, pues a un tiempo ambos caímos yo despeñado, y él muerto; y pues os dije, que aquí tengo que hacer, y supuesto, que me importa quedar solo, os pide mi rendimiento, que a quien le debí un alivio no me malogre un deseo. Yo Laurencio os buscaré. Yo acudo a aqueste Convento de Porciúncula, por ser el más frecuentado Templo de aquesta Ciudad de Asís, porque en él vive el portento de ese Serafín Francisco, de quien el mundo está lleno de sus milagros, y asombros, y así mañana os espero a la puerta de la Iglesia. Y os trae a vos el respeto de ese hombre, que se finge milagroso entre los necios? Yo no tengo devoción ninguna, pues en mis yerros no he conocido jamás ningún arrepentimiento Hacéis bien, que es de cobardes ser hipócritas, pues vemos, que con capa de virtud, muchos encubren su miedo; a Dios le está el perdonarnos mejor que a nosotros, puesto que se malogra su sangre si obstinados nos perdemos; y si no nos perdonare, para qué se hizo el infierno? vos, y yo de nuestras culpas tarde pienso que saldremos. De las mías, jamás juzgan salir mis errores ciegos. Ya este hombre está precito, ahora me importa que Anselmo llegue. Vuelve ese caballo a la Ciudad. Idos presto. Ya me voy. Grandes amigos hemos de ser. Yo lo espero, y no me quedo con vos solo por obedeceros. En Asís os buscaré. Pues que ya en la lid os dejo, a perseguir a Francisco el humilde, va el infierno. Al puesto voy a guardar a Anselmo. señor Laurencio, hacia el sitio señalado iba a buscaros. El mismo intento llevaba yo; mas supuesto que nos vemos, detrás de esta cerca, que hace clausura a aqueste Convento de la Porciúncula, aquí por sitio oculto podemos nuestro empeño fenecer. Pues obre airado el acero. Tened que aunque en la campaña solo se riñen los duelos, pues ninguno ha de excusarlo después, escuchad primero la causa porque a reñir os saco Decidla presto, porque como entre nosotros, solo bastaba el pretexto antiguo, que se conserva en nuestras familias, siendo, vos del bando Turriano cabeza, y yo del opuesto de Vicecomite, cuyo origen ha tanto tiempo que en Milán tuvo principio, sin apagarse el incendio en nuestras casas, creí que este era el motivo, puesto que si alguna tregua han dado vengativos los aceros, siempre recatados arden los rencores en los pechos. Por esa razón, aunque intentó D. César, vuestro difunto padre, apagar aquestos bandos opuestos casándome con Marcela vuestra hermana, porque siendo una la sangre, dejasen de apurarla los denuedos, solo consiguió conmigo las treguas, reconociendo, que tarde, o nunca, olvidarse podían los odios nuestros: mas no es esa la ocasión que nos obliga a este empeño. Margarita de Alviati, es tan soberano objeto de hermosura, y perfección, que el mayor merecimiento no basta para adorarla; mas si alguno hay (esto es cierto) que merezca sus favores, es el mío; vos sabiendo, que la festejo, intentáis pedírsela en casamiento a Roberto de Alviati su padre, y vive. Teneos, que nadie, mejor que yo, merece el divino cielo de Margarita. El valor lo dirá con los aceros. Den para nuestra Señora de los Ángeles: más bueno! hermanos, agora riñen? deténganse. Aparta, necio. Ténganse, digo, a la Virgen, que es la paz de tierra, y Cielos. Aparta. Pues vive Dios, que si saco mi jifero, echo un Herodes, al punto he de tocar a degüello: Padres, salgan, que se matan dos hombres como unos perros. Para el coche. No te has de ir. Que gente llegue a este puesto! Padre. Señor. Apartad que dijeran de mi aliento, que vi reñir a dos hombres, y que los dejé riñendo? Este es Anselmo, y Laurencio. Mi amante. Mi hermano. Qué es esto Laurencio, Anselmo? otra vez queréis volver a resucitar el fuego, que apagado, en vuestros bandos tuvo el valor ya suspenso? ca, cesen vuestras iras. En vano, señor Roberto, solicitáis reportarme; pues aunque se oponga el cielo a estorbarlo, he de vengarme. Lo mismo dice mi aliento. Déjelos usted matar. Pues no basta mi respeto, el decoro de estas damas bastar pudiera. En riñendo, no tengo respeto a nadie. Ni yo tampoco, pues viendo a Margarita, se encienden en mis rencores mis celos. Pues mi atención no os obliga os obligará mi acero. Hermano. Laurencio. Padre. Que se matan todos, presto; vengan, Padres, con garrotes. Reportaos, caballeros. Nadie delante se ponga. Ninguno se ponga en medio, que no atiende a lo sagrado quien de cólera está ciego. Divino Francisco, aquí tu asistencia es el remedio. Por secretas causas suyas aquí me conduce el Cielo. No es Francisco? Este es milagro Por dónde vino? qué es esto? en el desierto no estaba en penitencia? Teneos, Señor, templad de su saña todo el rencor: Caballeros. suspended, que os lo suplico, las iras, y los aceros. pues en cualquiera homicidio es obstinado el despecho, que por vengar un agravio, una ofensa le hace al Cielo. Francisco, qué fuerza oculta tienen tus palabras, puesto, que de mi ardiente coraje has aplacado el incendio? Hombre, qué dominio tienen tus razones, que en mi pecho todo el furor has templado? Acordaros vuestro mismo delito, y permitir Dios que no cometáis el yerro. Es que ponemos los Santos mil fuerzas en lo que hacemos. Pero si me templo ahora, matarle después intento. Pero sin satisfacerme queda aquí mi honor mal puesto, y así aunque lo estorbe el mundo he de matarlo. Qué es esto? Mas inmóvil he quedado al irlo hacer, pese al cielo, que a tanto ultraje me obliga! Recobraos señor Anselmo, y de la misericordia con que Dios os está haciendo tanto favor, no uséis mal, pedidle perdón, supuesto que el perdonó por nosotros a sus enemigos mismos, y merezca yo de entrambos, aunque por mí no merezco nada, supuesto que soy el más humilde del suelo, que cese en vuestro disgusto el odio heredado vuestro. Por vos lo hago. Por vos vuelvo a la vaina el acero. Yo espero que habéis de ser muy amigos. No lo espero en mi vida. Yo tampoco. Seránlo después de muertos, que lo son en la otra vida, hasta las suegras, y yernos. Algún día lo querrá la piedad de Dios; supuesto señor Anselmo, que vos la mayor deuda a Laurencio habéis de deber. Yo deuda? Y tan grande, que os prometo que os ha de dar la mayor gloria que espera el deseo. Yo había de recibir fineza suya? Es muy cierto, y a vos os ha de deber también el señor Laurencio otra deuda la más grande que puede alcanzar viviendo. Yo de mi contrario había de admitirlo? No os entiendo. Qué deuda aquesta será? Cuanto va que no la yerro. Dígala hermano Mollete. No quitarse aventureros las suertes cuando tuercen, que es deuda de caballeros. Haberme templado aquí me debe vuestro respeto; y así oíros más no aguardo. Ni yo escucharos intento, por no ver a mi enemigo. Dios os dé conocimiento a los dos. Ay bella ingrata! mas yo vengaré mis celos. Ha Margarita tirana! tú sabrás como me vengo. Aguardad Padre Francisco, detenedlos, que el empeño se queda pendiente. Padre, ved que es manifiesto el riesgo si amigos no quedan ambos, y que sin amparo quedo si pierdo a Anselmo mi hermano. No os desconsoléis os ruego, fiad de la providencia de Dios, que ella puede hacer lo que mi humildad ofrece, es pedir rendido al cielo por la salvación de entrambos, que lo demás es lo menos. Vuestra virtud solo puede ser de mi vida consuelo; pues si a mi hermano aventuro también a Laurencio pierdo, a quien amo. Esta osadía estos odios de Laurencio van templando en mi decoro el afecto que le tengo. Yo apuesto, que es Margarita la causa de aquesto empeño, pero de Anselmo ha de ser si no me andan mal los dedos. Señor Roberto, id con Dios. Siempre, Padre, soy muy vuestro Queden en paz: vamos Padres, que al desierto otra vez vuelvo Tomemos el coche. Hermana Margarita, allá voy luego por limosna. No la ha dado Roseta, ya? No por cierto. Vamos, Margarita. Vamos: Señora Marcela al Cielo libra el remedio Francisco, fiad de Dios el remedio. Pues el Cielo permite, para ultrajarme siempre, que me quite cuantas vitorias trazo, el soberano poder de este gusano humilde de la tierra, en quien tanto prodigio el Cielo encierra: este mísero hombre, que de serlo tan solo tiene el nombre, pues retrato divino tan de Cristo es Francisco peregrino, que si a su semejanza a todos hizo, a él con alabanza, mas parecido en el nacer le hace, pues como Cristo en un pesebre nace; como Cristo en pobrezas se mantiene, como Cristo humildades también tiene, y logra como Cristo; aquí mi envidia en vano la resisto! tener por más empresas sus cinco llagas en su cuerpo impresas, cuyas cinco corrientes, son de su gracia siempre puras fuentes, y de mi rabia heridas, pues me obliga a mi pesar que sea yo quien diga sus aplausos, y glorias: que desvelo! obligándome hacerlo el mismo cielo; mas aunque él lo permite otra vez, digo que él me estorbe el ardid con que persigo a Laurencio, y Anselmo, no cobarde; el fuego que mi envidia siempre arde a destemplarse, pues lograr prevengo cuantos engaños en mi astucia tengo. Ardan de Asís, en bandos divididos, los oídos, y rencores encendidos; pues si se salva, a ruego de Francisco un alma, de su aprisco, mis astucias previenen que en Asís infinitas se condenen. Esta noche, mi rabia solicita lograrlo pues que ya de Margarita en su casa se miran mis desvelos; a Laurencio y Anselmo, de sus celos movidos y irritados, aquí atraeré, porque los dos osados, mueran en sus errores, ocasionando el logro otros mayores: ya Margarita sale con Marcela, y a Laurencio, previene mi cautela, que de este cuarto encuentre la puerta abierta, y sin estorbos entre. Muerta vengo. No te aflijas, quítate el manto, Marcela; y puesto que nuestras casas están, amiga, tan cerca, que tan solo las divide un tabique, mientras llega a casa tu hermano Anselmo, alivia de tu tristeza el sobresalto conmigo, y antes que el riesgo suceda no le anticipen tus ojos todo el dolor a la pena. Cuidado con el tabique para cuando le acontezca alguna quiebra, que hace muchos vicios en mi idea. Mi padre fue a prevenir algunos medios, que puedan de Laurencio y de tu hermano ajustar las diferencias, y puede ser muy posible lo consiga su prudencia. Ay hermosa Margarita, los medios que esto pudieran ajustar mejor, están pendientes de tu belleza. Ya te entiendo, y otras veces te he respondido, Marcela. Esto importa a mi decoro, aunque yo otra cosa sienta, que nunca a Laurencio he dado en su afecto más licencias que las que en un galanteo pasan plaza de finezas, y yo no puedo estorbar a nadie que bien me quiera, solo negarme podré a corresponderle atenta, Mas en mí no hay voluntad, y cree, que si en mi pudiera caber, que fuera tu hermano quien más me la mereciera. Pues el creyéndolo está, porque mi maña, y cautela le ha dado crédito abierto en un mercader de sedas, y tiene ya en mí por suya la Isla de las Terceras. Roseta, quítala el manto Marcela, y a esta pieza trae luego luces. Aguarda que quiero con tu licencia avisar por la ventana, que tiene correspondencia a mi casa, que si viene mi hermano, me llame Celia mi criada. Pues no irá Roseta a avisarlo? Es fuerza hacerla otra prevención. Pues acompaña a Marcela esta mujer ha de hacer que amor a Laurencio tenga, mas sus amantes arrojos tienen el alma suspensa. Precipitados mis celos, hallando esa puerta abierta de Margarita, el sagrado rompe atrevida mi ofensa, que donde es la deidad falsa por el culto te atropella: mas ella está aquí. Quién es? Quien a tu ingrata belleza, si antes honores rendía, hoy le sacrifica quejas. Pues cómo, señor Laurencio, profana de mi nobleza vuestra osadía el sagrado tomándoos esta licencia? Roseta saca aquí luces. Bastantes luces mis quejas, mis agravios, y mis celos tienen de vos; pues si atenta a mis rendidos afectos negáis la correspondencia, no os habéis negado al culto que os han dado mis finezas; y siendo así es tiranía de vuestra inconstancia misma. Saca aquí luces aprisa, que vive el honor, que reina en mi pecho, que imagino, como sin luz os contempla la razón (dos veces ciego) que no ve vuestra advertencia que estáis hablando conmigo. Con vos sé que hablan mis quejas. Ya aquí están luces: qué miro! cayóse la casa acuestas: Laurencio aquí! que será si agora sale Marcela! Señor, Laurencio. Aguardad, que aunque de vuestra entereza más satisfacción no espero, que despedirme, resuelta, antes que lo pronuncies, me habéis de escuchar atenta. Yo sé, hermosa Margarita, ingrata a decir, no bella iba, más bella, y ingrata en vos una cosa es mesma, que Anselmo os festeja amante, y que vuestra mano intenta a vuestro padre pedir, y sabiendo las finezas conque os adoro, a no haber dádole alguna licencia vuestra atención, no es posible, que a intentarlo se atreviera; y así solo aquí he venido, no a que escuchéis mis ternezas sino a que sepáis que sé mis celos, y mis ofensas, y que con su muerte estoy resuelto a satisfacerlas, con esto a Dios. Aguardad, que no por vos, por mi mesma vanidad me toca ya satisfaceros: Roseta, cierra esa puerta. Señora, mira que saldrá Marcela, y vendrá tu padre. Acaba, y lo que viniere venga, que antes que todo es mi punto Ya está segura la puerta, mas quiera Dios no la hagamos más cerrada. Aunque pudiera, señor Laurencio, traeros a la memoria las prendas que ilustran mi calidad, para que ellas propias fueran quien bastara a acreditar lo que me debo a mi misma: yo no soy de las mujeres, que obligadas a la deuda solo de su sangre, asisten a cumplir con ser atentas, pues tan altiva nací: Mas llamaron a la puerta? Sí llamaron. Quién será? Quién quieres ahora que sea? tu padre, pese a mi alma. Señor Laurencio, a esa pieza que cae al recibimiento os retirad, que Roseta irá con vos. Vuestro honor me obliga a que os obedezca. Y abre luego. Margarita, detenerme ha sido fuerza, pues me dijo una criada, que Anselmo estaba a la puerta. No has de entrar ahora. Como siendo, Roseta, tú misma quien apadrina mi amor haces esta resistencia? Porque mi señor vendrá. Si Laurencio a ver le llega, ha de haber una del diablo. Qué ruido es ese Roseta? El señor Anselmo, que viene por su hermana. Esta pena me faltaba solo. No vengo, sino a que sepa vuestra deidad, Margarita, que mi amor, y mi fineza, sino os merecen amante, os merecen más atenta. No entiendo lo que decís, si es que venís por Marcela, no quiero que os detengáis; vete, amiga. Sin que pueda nadie desde aquí notarlo, veré si su padre era: mas qué miro! no es Anselmo? Aunque escucharme no quiera vuestro rigor; vive Dios que habéis de saber mis quejas. Yo no tengo que saber. Habéis de escucharme. Es necia porfía. Y rigor el vuestro. Pues, Margarita discreta, vuestras quejas oír no quiere, yo entro a buen tiempo a saberlas. Con mi espada las diré. Con ella os daré respuesta. Aquí Laurencio! Acabóse, ya dimos con todo en tierra antes que con el tabique. Pues como en nuestra presencia? Ola como está sin luces aquesto? Ya se remedia mi señor, esto es venir juntos los palos, y piedras. Pues que caballeros sois, mirad por mi honor. Atiendan la cara que pone el viejo al istante que los vea. Quién está aquí? más qué miro? Miren que color aquella. Qué hacéis los dos en mi casa? qué osadías son aquestas? mas mi valor castigarlas sabrá aun antes de saberla. Reportaos señor Roberto, pues está tan satisfecha vuestra duda: Margarita, aquesta atención me deba, con deciros, que sabiendo que en vuestra casa Marcela mi hermana estaba, ha venido mi atención solo por ella. Cuando esa razón me temple, como aquí a Laurencio encuentra mi pesar? Por el decoro de Margarita, me es fuerza satisfacerlos a todos, mi venganza poco cuerda (señor Roberto) buscaba a Anselmo, y juzgando que era esta su casa, que siendo juntas la suya, y la vuestra, le sucedería este error a cualquier cólera ciega, me entré siguiéndole a tiempo que entráis vos, y porque vea vuestra queja, que sin duelo puede quedar satisfecha. Lo que en el campo no hicieron mis resoluciones mesmas, hago aquí, por el respeto de vuestra casa, y nobleza, que es volverme sin dejar satisfechas mis ofensas, yo procuraré salir de los celos que me inquietan, y que me vea ofendido quien amante me desprecia. Atento ha andado Laurencio. Su disculpa sí ha sido buena. Esta templanza de entrambos dan motivo a mis sospechas; en peligro está mi fama, mas yo apuraré mi ofensa. Por no disgustarnos más llevo con vuestra licencia a mi hermana. ve alumbrando Roseta con esa vela. La entrada aquí de Laurencio, con gran recelo me lleva. Yo en la primera ocasión te dejare satisfecha. A Dios Margarita. a Dios. Ha ingrata cuanto me cuestas! donde vais? A acompañar a la señora Marcela, solo hasta la puerta misma de su cuarto; porque cuerda la urbanidad con las damas que tomar estado esperan, no le toca en cortesía pasar nunca de sus puertas, La advertencia solo admito; pero que os quedéis os ruega mi rendimiento. Forzoso es Anselmo que obedezca: pues sin gusto no se debe tomar, ni aun esta licencia. Margarita, pues ingrata te niegas a mis finezas, perdonare de los riesgos apelare a las cautelas. Margarita a recogerte vete a tu cuarto. En las muestras de este suceso, mi padre poco satisfecho queda, yo estorbaré de Laurencio estas osadías necias. Honor, muy buenos quedamos; pues se han pasado a evidencias los recelos que tenía de Laurencio en la asistencia. Ya la puerta de la calle dejo cerrada. Roseta, de esta criada pretendo en sus turbaciones mesmas inquerir si ella lo sabe. Que confiese el viejo intenta. Ven acá, dime el estado que tienen. Yo soy doncella, si por mi estado preguntas. No te pregunto eso necia, di verdad. No he de decirla, si ya estoy con la candela en la mano, señor digo, por el siglo de mi abuela. Sin turbación me responde, ignorancia será hacerla, participe en mis recelos, cuando cualquiera sospecha del honor no ha de fiarse, sino solo a la prudencia, vete. Hacer que confesase tan difícil, en mí era, como intentar que sus años confiese cualquiera vieja; pero de Anselmo ha de ser Margarita, aunque no quiera, que en los órganos de amor, sé yo tocar bien las teclas. Honor, grande es el indico que tienes en mis sospechas; mas el valor por mi fama volverá en las evidencias. Abran padres, o me torno. Deo gratias, como a esta hora viene Mollete? Es que ahora me sacan, padres, del horno. La casa está alborotada de lo mucho que tocó. Pues ábranme luego, y no daré tanta campanada. Acabemos de decir donde viene. ay tal arenga! de dónde quieren que venga? vengo padres de pedir. Tan de noche? No sean riñas, cuantas preguntas demandan, de noche es cuando más andan las demandas con basquiñas: pues para juntar escojo más dinero sin mentir, aquestas horas pedir tapado de medio ojo. Que pide con indecencia por las casas hoy me han dicho. Pues oigan con el capucho que pide mi reverencia; llegó a llamar, y con brío, a la Virgen luego invoco, despídenme, y de allí a un poco digo, ya aguardo Ángel mío; con furia dicen después, perdone hermano, y con gana vuelvo a decir: mire hermana que vengo de mes a mes. Esa es importunación, y gran necedad se mete. Miren que por ser Mollete, tengo grande migajón. A la sopa; pues se topa con culpa, acuda desde hoy. Vean que Mollete soy, y me comerá por sopa, a cenar voy mi porción. Qué porción? La que comido también en el refitorio habrán los padres benditos. De oración, y disciplina nuestra colación ha sido; pues en tan grande consuelo los Religiosos vivimos, viendo que Francisco ha tanto que en divinos ejercicios en el desierto se está, que de no verle afligidos todo es llorar, pues nos falta en él el mayor alivio. Por eso se mortifican? comamos cuerpo de Cristo, que si con Dios él se está no es causa para afligirnos, miren, siempre han sido menos los duelos con pan, y vino. Pida hermano a Dios primero que venga a vernos Francisco. Pídanlo las reverencias, mientras yo me mortifico. En qué ha de mortificarle? En dar algunos pellizcos a la carne de esta polla, que parece que el maldito anda por aquí. A afligir aquestos míseros hijos vengo de Francisco, haciendo desconfíen del alivio de volver jamás a verle, por si puedo prevertirlos. Qué hará ahora nuestro padre? Qué ha de hacer? por no asistiros buscar Provincias extrañas. Qué discurso tan indigno! Fray Ángel, mucho deseo ver en estos ejercicios de la oración, que le pasa a nuestro padre. Es delirio, que nada quieras saber de quien se ha dado al olvido, de ti, y de todos. Qué es esto? dentro del discurso mío, quién así a Francisco ofende? Dudad todos afligidos. Pues divertidos están, pasar este trago elijo, mas cielos, que me atraganto! Qué es esto hermano? En divino fervor empapando estaba el mollete, y el maldito patillas me anda tentando, mientras responden prosigo mi razón más cielos santos, que me ahogo! que el galillo, o gaznate de repente se me ha cerrado. Contrito si en la oración estuviera, se librara del peligro; es posible que no siente ver que nos falte Francisco? No habéis de volver a verle, Este no es discurso mío. Tentación es del demonio. Obra es de nuestro enemigo. Señor, ten piedad de mí, y de tu siervo Francisco merezcan mis ojos ver las luces, y los prodigios. Altísimo Dios permite, que de Francisco divino no me falte la asistencia, y en el fervor encendido, que merece en vuestras glorias se vean mis ojos. Hijos en este carro de fuego por permisión del Impíreo cielo, vengo a consolaros, y visible os participo en esta encendida hoguera de amor el afecto mío, que es tan grande la clemencia de Dios, que aunque tan indigno soy de sus favores, quiere que las glorias que recibo, las veáis todos; porque se iluminen de los visos de sus rayos celestiales, vuestros corazones mismos, seguid estas luces claras. Que favor tan exquisito es este que el cielo hace a Francisco? Ya seguimos segundo Elías tu carro. Ya Elíseos, los divinos rayos que alumbrando ciegan, sigue nuestro amor rendido. Padres, no los coja el carro, vayan atrás un poquito, que nos quemarán las llamas. Que embarace determino la tierra con terremotos, que estos sigan a Francisco, que no den más fe a sus milagros admirados sus sentidos. Su luz por aquí guiando va nuestro feliz destino. Y sin saber por adonde, al desierto hemos venido, donde asiste nuestro Padre. Estos son milagros míos. Mas qué es esto? de repente la luz habemos perdido. Pues de horrores, y de asombros se ha cubierto el cielo limpio. Y la tierra con temblores, nos amenaza peligros. Debe de tener tercianas, y le habrá venido el frio. Conozcan que mi poder también sabe hacer prodigios. Que horror! Qué asombro! Qué miedo! Padres, yo estoy tamañito. Francisco, tu virtud santa sáquenos de este conflito. Y la luz celestial vuelva a enseñarnos tus caminos. Huyendo voy, pues ya el cielo da a sus ruegos el alivio. Serénese el aire, la tierra también; porque a los prodigios los ojos den fe, que a Francisco hace de Dios el poder, y a rayos, y a luces de fe serénese el aire, la tierra también. Qué músicas tan suaves! Ya el terremoto ha cesado: Padres, saben que he pensado si esta es capilla de aves? Cuanto se ve es maravilla. Mas me causa confusión, si acaso será capón su maestro de capilla. En éxtasis elevado allí a Francisco se ve. No le inquiete nuestro gozo Padres míos, hasta ver esos prodigios. Asirle quiero el hábito; porque no se vuele al Cielo como es Serafín. Déjele. Soberana María, purísima Señora, permite que del día de quien eres Aurora, vea en tus brazos de ese Sol querido el dulcísimo bien recién nacido a Jesús humanado, al puro, y tierno Infante, al clavel encarnado, que en el claustro fragante de tus entrañas, siendo intacta rosa encarnó en tu pureza misteriosa. Lógrale en los brazos del alba, gústale, pues que Sol ya le ves, mírale en la Rosa más pura, amale encarnado clavel, lógrale, gústale, mírale. Francisco, mi siervo amado, ya en mis brazos el Sol ves de mi Hijo recién nacido, y humanado por tu bien. Como, divina Señora, mi humildad a merecer os llega dicha tan alta? Aún más merece la fe con que sirves a mi Hijo, más favor te quiero hacer, de mis brazos a los tuyos este encarnado clavel, pasa mi amor. De respeto no se atreve mi amor fiel. tómale que el temor es respeto, gózale, pues que logras tal bien, llégale a tu pecho amoroso, dígale mil ternezas tu fe, llégale, tómale, gózale. Qué favor tan celestial! Que soberana merced! Dios baja a sus manos, Padres, aunque de Misa no es nuestro Serafín. Francisco; Qué siente tu pecho fiel? Siento una llama amorosa en quien mi fe se ve arder, una gloria tan suave, que explicarla no sabré. pues ya has gozado tal dicha: vuélveme a mi amado bien. Toma a mi Señor, Señora, que es incompatible que Jesús esté sin María, y María esté sin él. Quieres pedirme otra cosa? Yo solo te pido; pues tu piedad me favorece, que en la Orden que fundé mi Religión, se concibe eternamente El poder de mi hijo te concede, lo que pides pues seréis tú, y tus hijos en la Iglesia, quien contra el Hereje infiel el estandarte tremole, siempre de su pura fe. Gracias te da mi humildad por tan gloriosa merced. Qué dicha! Qué gran ventura! Qué gozo! Qué sumo bien! Hijos, ya de tantas luces queda vuestro pecho fiel alumbrado, y de esta gracia también la gloria tenéis; y pues nuestra Religión eterna ofrece el poder de Dios que ha de conservarte, seamos nosotros quien más alabanzas le demos, y más frutos, para que de su católica Iglesia nuestra humildad logre ser, quien siempre tremole, santa la bandera de su fe. Eche hermano. Ay tal enfado! Capón, acabarme intentas? Dime cómo no escarmientas con las veces que te he dado? A mí? A mí. Ya se acabó. Venga un poco de repollo. Eche. no hay más de un cogollo, y ese le he menester yo. Pues a Dios hasta otro día. Váyanse con satanás. Qué es eso hermano? No es más de barrer la portería. Barrerla? Si en conclusión de pobres, y bien lo fundo, que los pobres en el mundo basura del mundo son; pero un capón me ha enfadado. Comieron? Eso a placer; pero un capón bachiller en la sopa graduado, tan limpio de faltriqueras que todas las trae vacías, me pedía gollorías, y yo le di para peras. Qué dice? Que el picaron me hizo gestos con la cara, mas dile con la cuchara. Y qué le dio? Un coscorrón. Al próximo, tentaciones fueron del demonio impío. Pues pregunto Padre mío, son próximos los capones? Pues eso hermano ha dudado? vaya, y pídale perdón. Yo oí decir que un capón, no era carne, ni pescado. Su necedad desatina, enmiéndese, o lo sabrá nuestro padre. Y luego habrá abstinencia, y azotina. Enmiéndese, y no habrá tal. Fray Ángel, soy un pobrete. No llore hermano Mollete. No sople hermano Candeal. En Francisco hallar espero alivio a mis sobresaltos, díganme si podré hablar a nuestro padre? Sí hermano. O señor Roberto! qué hay por acá? Muchos trabajos. Pues si con disgusto viene, aunque en su celda encerrado está en la santa oración, le avisaré que ha ordenado nuestro Padre, cuando a todo se niega, que le advirtamos si hay quien con penas le busca. aunque esté muy ocupado, Pues no traigo pocas yo. Espere mientras le llamo. Mucho me huelgo de verle, Roberto, tan acabado, cada día está más viejo, bien disimula los años. Su oficio hace el tiempo, y hacen sus efectos los trabajos, mas diga cómo le va con la mudanza de estado! No me ve como un podenco, la gracia de Dios hermano engorda mucho si quiere engordar sea donado. Hace mucha penitencia? Pues a eso me ha tocado en secreto natural le revelo que soy santo. Habrá crecido en virtud. Que llama crecer, a palmos. Como eso puede el ejemplo de Francisco. Es gran santazo. Muy grandes milagros hace. En lo que toca a milagros tengo yo tantos, que ayer me pidieron dos prestados, y oiga uno que esta mañana hice muy a mi descanso, un cojo, que dos muletas eran sus pies, y sus manos, se encomendó a mí, y devoto viéndole desconsolado, hice oración de tullido, y dentro de poco rato le quité entre ambas muletas. Cosa es que daría espanto; mas cómo quedó? tan bueno, que no pudo andar un paso. Milagro es muy como suyo. Pues de estos tengo otros cuatro; pero en los que más me empleo, son en unos que yo llamo milagros de barbería. No le entiendo. Voy al caso, hago viejas a los viejos. Como? Mire, yo los rapo barba, y cabello, y le pongo una cabellera, y tanto los desfiguro de viejos, que en virtud de lo mondado quedan todos hechos viejas. Perdóneme si he tardado señor Roberto. Los pies me dé. Fin de mis milagros. A mí se humilla? no ve que soy un pobre gusano? Es un espejo de Dios. No soy sino un hombre malo, a Francisco le ha de hablar como yo Roberto le hablo, y aun con menos ceremonias, que entre un noble Ciudadano de Asís, y un humilde Fraile, es bien que diferenciado lo ilustre esté como ilustre, y lo humilde como bajo, venga a mis brazos, y espere. En ellos padre descanso. Qué hace aquí hermano? Deo gratias, estaba Padre esperando, a su caridad, Deo gratias. y qué quería? En sus manos hacer dejación quería del oficio que me ha dado, benedicite. Y por qué? Padre, porque soy tentado de la golosina un poco, y suelo probar el caldo antes de partir la sopa. Pues qué delito es probarlo? Es que apuras probaduras dejo la olla temblando; porque se suele pegar el carnero, y los garbanzos al cucharón, y los pobres no gustan de lo pegado. Mortifíquese. No puedo, que aquel capón de los diablos me hace perder la paciencia. Qué dice? Que soy un asno. Vaya a la Ciudad, y pida Mollete. Déjome en cargo mejor, aunque algunas veces con quien no me da regaño, y hasta el hermano pollino siente ver a los muchachos sin caridad, y él, y ellos andan a coz, y bocado. Vaya. Deo gratias, ya voy. Es un buen hombre el hermano; porque quedásemos solos le envíe de aquí, por si acaso a lo que quiere decirme pudiera hacer embarazo. Ay Padre Francisco. Diga. Que hay dolores tan villanos, que solicita el respeto esconderlos de los labios, o por lo menos que a ellos lleguen con tanto recato, que al explicarlos no tenga la costa de pronunciarlos: mi hija, más si comienzo por aquí mis sobresaltos, con prevenir el motivo presumo que los declaro, que aunque vive en Margarita seguro el esplendor claro que de mi familia hereda su hermosura, es un contrario tan grande de mi quietud, que es de mi sosiego estrago, mayormente cuando veo los libres desembarazos de dos mozos pregoneros ruidosos, de mis agravios: pues sin motivo, según creer debo, y me han contado los criados de mi casa, si se han de creer los criados, a todas horas porfían a contrastar el sagrado muro de mi honor, con duelos, con músicas, y aparatos tales, que presume Asís de fundamento no falso, que hay delito en Margarita, y no es sinrazón pensarlo, que los que su virtud saben, somos ella, y yo, y los falsos indicios de su delito se manifiestan a tantos, que ella, y yo solo no somos bastantes a contrastarlos; y así Padre a su clemencia. a su virtud, y a su amparo apelo de los remedios, que tal vez determinados tuvo mi valor, sabiendo que el que toma por su mano venganzas de honor, cuando ay otros remedios más blandos, no es cuerdo; pues solo sirve la venganza en estos casos de confirmar los indicios, y pregonar los agravios. Anselmo, y Laurencio son Comites y Turrianos, cuya enemistad publica la antigüedad de sus bandos, con que digo, que el consejo de elegir a uno, es vano, dándole mi hija: pues siendo los dos tan contrarios, compraré en el elegido a mi hija un sobresalto, a mi quietud un estorbo, y a mi familia un cuidado: Pues cierto es que al no elegido, sobre su rencor, le añado el desaire de que vea preferido a su contrario; y así, pues, ni en mi es cordura la venganza, ni el reparo de elegir a uno es remedio, ni sufrible el temerario modo de su competencia, falto de medios humanos busco divinos socorros, y a su piedad los encargo. Padre, tome por su cuenta de mi pena los reparos, de mi vejez las pensiones, de mi honor los sobresaltos, los escándalos de Asís, y de tanto mal los daños, antes que impaciente, yo mis desdoros enmendando, haga escarmientos después los que ahora ruegos hago, que en defensa de mi honor, siempre limpio, y siempre claro haré arder estas cenizas que me guarnecen los labios, como avisos del incendio que dentro del alma guardo. Señor Roberto, que ciegos somos los hombres humanos; el Santo Job le pedía a Dios para sus trabajos, paciencia, y no otro remedio, y como proporcionado erró el alivio al achaque, le dio Dios paciencia, y tanto consuelo le dio con ella, que en medio de los asaltos de sus afanes, sufría los trabajos sin trabajo. Desear vivir contentos los hombres, es un engaño que todos le padecemos, es un apetito vano de nuestra naturaleza: pues si lo consideramos, hallaremos que en el mundo no hay consuelo, sino es dado por Dios, que sea permanente; pues como peregrinando estamos mientras vivimos, o rara vez descansamos, o no descansamos nunca; que si la senda no erramos del camino de la vida, solo es la muerte el descanso: en medio de vuestras penas, si mal no lo he reparado, la que más sentís, es veros en el honor defraudado, no siendo así; pues aunque yo estas materias no alcanzo, en cosa que no tenéis culpa, no seréis culpado; y si lo fuereis, no importa, que no hace fe el temerario que dice que estáis enfermo, si vos sabéis que estáis sano: diréis que para la mancha basta el ajeno reparo, que el honor, según los hombres piensan, es tan delicado cristal que aun los pensamientos empañan su limpio espacio. Válgame Dios! que de errores en el mundo ha ocasionado esta necia fantasía, este cuerpo imaginario, este espejo que se enturbia este polvo, este humo vago, y este nada: finalmente que nada es, si reparamos en que le damos los hombres, y los hombres le quitamos, de nuestro honor ambiciosos, y de él de Dios olvidados; vivimos, sin reparar; que el nuestro es nuestro contrario, y el de Dios es nuestro amigo, aquel cierto y este falso; mas nuestra fragilidad nos tiene tan engañados, que una mentira aplaudimos, y una verdad ultrajamos. Perdonadme, si al alivio vuestro, pensáis que he faltado, hablando antes en materias que no ignoráis; pues no falto mientras de Dios os acuerdo, Roberto, a vuestro reparo, que como es Dios vuestro alivio, solo a Dios debo acordaros: pues solo quiero, Roberto, que os prevengáis al asalto, de más penas, de más sustos, de mayores sobresaltos; pero que tengáis a Dios presente para llevarlos, que entonces os será dulce, cuanto ahora os es amargo. La medicina de todos los males, es el amparo de Dios, él es el alivio de los dolores más arduos: quien tiene paciencia tiene a Dios, y el necesitado que no se aplica el remedio, no quiere sanar del daño: vuestra hija es noble, y honesta, muy bien lo sabéis, y en cuanto a que de vuestros enojos apelaréis al estrago de la ira, es un error tan ciego, tan temerario cuanto incierto; pues el modo de enfrenar los destemplados pasos de Anselmo, y Laurencio tiene Dios determinado, no como pensáis, sino con caminos más extraños, con avisos más forzosos, que los misterios arcanos de Dios, son incomprehensibles al entendimiento humano; de tal manera, que es culpa pretender examinarlos, y aunque se viene a los ojos, pensar que el que en mal estado vive, es preciso, y que está ya de Dios predestinado el que vive penitente; muy bueno uno, otro muy malo se ha visto, y se puede ver de un punto en el corto espacio, ser el muy malo elegido, y el muy bueno reprobado: juicios de Dios son secretos, que mientras nos conservamos en este animado polvo, no hay certeza a nuestros pasos, Pedid paciencia, Roberto, y volved, en Dios fiando, y en lo que de Dios confío, que moriréis consolado pasad por los desconsuelos, con Dios, que si acompañado vais de Dios, por las fatigas, llegaréis a los descansos. Tan admirado me deja vuestra voz Francisco Santo, cuanto persuadido; pues ya en Dios, y en vos confiando, creo que se han de acabar mis males, considerando cuanto este prodigio es menos que el de dejar de ser malos Anselmo, y Laurencio. A tiempo llego que me habrá importado. Todo es fácil para Dios. Eso no lo será tanto, y aun tú de esa profecía verás presto lo contrario. No veré. Con quién habláis? Ya Roberto con quien hablo me ha entendido. e Pese a mi! que ni aun invisible alcanzo, modo de que no me vea este hombre. Llámale Santo. Mejor es que me recojan los abismos. Muy barato saliera tu atrevimiento, aquí has de estar entretanto, que de un favor que Dios hace a Francisco, llega el plazo. Reclamo a todo el infierno esta fuerza, y de este agravio. Señor, pues el alma os goza con interiores descansos. Padre Francisco: qué asombro! Pártanse favores tantos con los ojos. Mas a Dios, todo su espíritu dado con Dios habla, y al incendio de los amorosos rayos que de si despide, ciegan todos los ojos humanos: Francisco, a Dios encomienda mis fatigas, entre tanto que yo reverente huyo de tu fuego soberano. Pese al cielo! Quien tuviera, Señor, que sacrificaros. Si tienes Francisco. Qué, mi Dios, que no os haya dado? todo es vuestro, Señor mío, cuanto soy, y cuanto valgo; del mundo solo esta cuerda, y este hábito me han quedado, y también es esto vuestro, dadme, Señor, para daros, otro corazón, otra alma; porque yo nada en mi guardo que ofreceros, Jesús mío. Mete en el seno la mano, y hallarás, que. Mi obediencia se siga a vuestro mandato; pero qué es esto Dios mío? Esto es, que ha determinado Dios, que vea yo que Francisco no desprecia el mundo, tanto como él dice, pues guarda oro. Oye, blasfemo, y veráslo. No me ofreces más? Ni aun eso tenía que poder daros, si vos no lo hubierais puesto donde yo, Señor, lo hallo. Mete la mano otra vez. Si haré, Señor. Daca Engaño es la pobreza que finge. Tú eres, bruto, el engañado. Otra tienes. Sí Señor. Pues dámela. Ya lo hago; y suplicaros quisiera, pues en vos nada es acaso: o eterna Sabiduría! por vos mismo que negado no me sea este misterio, que me acobarda, y no alcanzo. Las tres ofrendas que hiciste desde tu pecho a mi mano, iguales en precio, bien que de diferentes grados, significan Obediencia, en este oro acendrado, la primera; y la segunda Pobreza en el aparato de su valor; la tercera de la hermosura traslado, la Castidad significa: y por estos tres retratos que me das de tres Virtudes, que das en los votos santos de Obediencia, y de Pobreza, y Castidad, confirmado. Son de oro, blasfemo? Son asombro, tormento, y pasmo: Déjame ir. Aún falta más. Quien Jesús mío, alabaros supiera; y quien Señor mío, pudiera, en vos transformado, vivir en vos. Yo, Francisco, quiero hacerte ese regalo; ven donde parezcas yo, y donde diferenciados parezca yo tú, que bien cabe en el amor de entrambos, que Francisco, y Dios se vean uno en otro transformados. Como es pobre Francisco, porque le ama, de vestirse de pobre hace Dios gala. Y Francisco de Cristo, copia admirable, de su Pasión se viste por imitarle. Pues los dos transformados, de su amor fino, Francisco Dios parece, y Dios Francisco. Señor, vos con ese traje? Cuando tu humildad retrato estoy muy galán. Y cómo estaré yo, Señor, cuando retrato vuestra pasión? Gloria a vos, Jesús amado, gloria a vuestro Padre Eterno, y gloria a la unión de entrambos. Gloria al Padre, gloria al Hijo gloria al Espíritu Santo. Gloria a todos, y a mí solo pena? más por qué desmayo? yo haré, Francisco, que quede Roberto desconfiado, que Anselmo, y Laurencio asombren a Italia, que aventurados los honores de Marcela, y Margarita anden tanto, que en todos pierdas a un tiempo el crédito granjeado. Ya, señora, está esperando a oír tu resolución Laurencio. Di mi razón, Roseta. Y yo deseando, que Anselmo el robo cometa de mi ama, por la entrada de esa pared, que cansada estoy de ser recoleta. Llámale. En la noche fundo salir de este encerramiento. Qué aguardas? Voy al momento. Hoy nos echamos al mundo. Roseta. Qué haces sí? Porque mi vista te extraña? Porque toda la mañana burla si te ven aquí. Pues esta noche. Ya estoy en todo, que viene el viejo, vete. Tomo tu consejo. No vas, Roseta? Ya voy. Salga de una vez de sustos mi voz. Como no se halla Margarita, mi amistad sin ti, y como mi casa, aunque un tabique no más de esta en que vives la aparta, nunca merece la di ha de que la pisen tus plantas sin el duelo que pudiera hacer de que no me pagas visita ninguna, vengo a verte que no reparan de la amistad los cariños en ceremonias pesadas. Cómo estás? Sintiendo mucho, que cuando sabes la causa que visitarte me impide, me culpes de poco urbana, y a tu servicio. Parece, que estás algo disgustada? No. Te estorbo? No por cierto. Pues qué tienes? Retirada aquí, lo sabrás Marcela, para que de dudas salgas; cúbrete de este cancel un instante. No hallo en nada inconveniente que pueda oponerse a lo que mandas, aunque novedad parezca, que en la casa de una dama se esconda otra, que no tiene celos que la satisfagan. Miente mi voz pues habiendo visto a Laurencio a la entrada, de una extraña desazón siento poseída el alma, que no sé qué es, más sabrélo, si el indicio no me engaña. Allí está esperando. Quiero, antes que resuelva nada, saber en qué estado tiene mi fortuna, mi esperanza, bien me parece, y si acaso os correspondiere ingrata, de mí ayudado esta noche daréis fin a vuestras ansias; pues para eso en mi traéis quien os guarde las espaldas. Este hombre me huele mucho al remedio de la sarna. Así será. Ya señora Laurencio está aquí. Y el alma llena de un pesar, que es ira, o no sé cómo se llama. Ya estoy bella Margarita, donde ofrecido a las alas de vuestra luz. esto escucho? En ellas sacrificada veáis mi vida: no acierto la senda de enamorarla: pues aunque sé que la adoro todas estas filigranas que repulen los que mienten, no la saben los que aman: ya estoy. Porque no perdamos lo que de la tarde falta, y porque de otra ocasión no os quede, ni aun esperanza, aunque aventure que sepa mi padre mi temeraria resolución; pues tardar puede en volver, poco, o nada, os quiero advertir señor Laurencio, que no se agradan las mujeres como yo con escándalos que infaman, disfrazados en finezas los pundonores del alma: yo os di licencia de amarme; pero está tan recatada, que solo yo conociese vuestras pasiones calladas, y tan al revés en todo de lo que yo os encargaba procedisteis, que presumo que en mandaros acertara, que vuestra pasión a voces dijerais, pues la callarais entonces, según he visto, por no hacer lo que os mandaba. De vuestro publico empeño resultó, que declarara el amor que no tenía Anselmo, pues cosa es llana, que por competiros solo con las iras heredadas de vuestros bandos, tomó pretexto que no tomara, quizá si vuestro ruido su pasión no despertara: Marcela, se vio ofendida, y con razón; pues pensaba, cuando en nuestra calle vos finezas acreditabais, que eran por ella las que vuestro engaño me feriaba, y no siendo de ninguna las creíamos de entrambas. Declaróse entre nosotros esta traición, y en Italia vuestra competencia, a costa de los lustres de mi fama, cerrándose los caminos del remedio; pues el que halla: la razón que es, que seáis de Marcela esposo, falta con que su hermano aborrece lo que su padre trataba: ser yo vuestra es imposible: pues aunque yo lo intentara, atropellando las leyes de la amistad, que estrechada tengo con Marcela, el duelo de Anselmo me reparara, habiendo estado tan cerca de casaros con su hermana, y sobre todo saber que mi padre reprobaba mi intento, que las que nacen con obligaciones tantas como yo, solo sus padres las casan, o no se casan. Y puesto que no hay remedio, ni le puede haber, que valga a vuestra intención, busquemos remedio en vuestra templanza para mi honor; pues ya sobran desenvolturas osadas, desatenciones indignas, presunciones temerarias que contra mí se mormuran en las calles, y en las plazas, que a mi noble sangre ofenden, que a mi anciano padre agravian, que lloro yo, y él padece, que pronuncio yo, y él calla. Para esto os llamé, para esto, pues vuestra nobleza es tanta, de ella me valgo, si es cierto vuestro amor, haga una hidalga demostración, en mirar por el honor de la dama, o desde ahora a mis iras, a mi furor, a mi saña, a mi enojo, a mi rencor, a la cólera bizarra de mi pundonor, haré ministros de mi venganza, y a mis femeniles fuerzas les dará mi razón armas, que nunca a venganzas nobles sangrientos aceros faltan. Fuego de Dios si supiera la que le tengo trazada, cuál estuviera conmigo! hacia la desmoronada pared me llego, no sea que Anselmo vea esta danza. Mucho debo a Margarita, salí de mis dudas vanas. A los cargos que me hacéis bella Margarita. Nada espero que respondáis, sino que al verme arriesgada en que aquí os halle mi padre, no añadáis a mi desgracia otro motivo. Pues yo no he de salir de esta sala, hasta que me oigáis. Ni yo esperar en ella, a causa de que hallándome parezca en escucharos culpada; pero Marcela me impide. oíd. Mas no importa nada, que en no viéndome se irá, y yo volveré a buscarla. Oíd. Vuestras groserías solo está respuesta aguardan. Seguiréos yo. no haréis tal. Esto que ver nos faltaba. Qué es esto? Que no es razón que la fineza se haga descortesía. Pues vos, cómo? No preguntéis nada, y sabed que muy acaso me halle, donde averiguada vuestra inconstancia Laurencio; pero esto es más, que inconstancia vuestro engaño; pero es más, que engaño vuestra fe falsa, y vuestra traición aleve oyese, y desengañada quedase, de cuan indigna mente mi padre trataba mi casamiento con vos, atento a templar la saña con alianzas fingidas de cólera heredadas, quien pudiera en atención de vuestra nobleza villana, de vuestra cautela aleve, y de vuestra astucia osada, borrar hasta el pensamiento de admitiros en el alma, castigando la memoria que acuerda acción tan liviana: pues no contenta con que hoy del pecho ofendido salga vuestra Imagen, lo que estuvo en él, en él castigara, de manera que saliese a publicar mi venganza el corazón hecho polvo; porque no se averiguara en su desunida forma vuestra fementida estampa; pero sabed, advertid, y notad, que si obligada me vi a miraros, no fue acción mía, sino maña del concierto de ser vuestra; porque mi padre gustaba, que yo por mí nunca os diera permisión de que mirarais mi hermosura; que es mirarme? de que allá me retratarais en vuestra idea sin mí, con licencia imaginaria; pero no quiero deberme tan poco, que más palabras me debáis, que siendo mías tienen muchas circunstancias de valor, y no pretendo verlas tan mal empleadas. Oíd Marcela, que yo. Vaya muy enhoramala, y sepa que no escuchamos las que nacimos honradas, amantes riscos, que no miran adonde señalan. Qué es esto Laurencio? esto es Enrico, que estoy sin alma de escuchar a Margarita, y Marcela, una adorada, y otra aborrecida, aunque con privilegio de dama. Pues que intentáis? Que esta noche de vos ayudado, salga mi temor de los peligros, que mi pasión sobresaltan, y que logre la violencia lo que pierde le esperanza; piérdase todo, pues yo me pierdo. No temáis nada, y a disponerlo salgamos de aquí, no oiga esta criada vuestro intento. Bien decís: Margarita; pues ingrata eres a mi amor, perdona mi resolución tirana. Yo haré en ofensa de aquel Francisco que os afianza a todos, tal tropelía, que presto quede frustrada su profecía, tomando de él en vosotros venganza. Más tamañita que yo soy, me tenía la estada de estos hombres: ya se fueron; pero que en el mundo haya sin dar, quien piense tener muy de su parte a la dama que enamora cuando no ay buen suceso sin criada? no es así Anselmo, que afee que festeja, que regala, y que concierta los robos famosamente. Deo gratias, el pobre pan para Francisco. Supuesto que estoy de guarda a este portillo; porque no se averigüe la maula arrimándose al tapiz, alguien que la pared tapa, que acabadita de abrir amaneció esta mañana, y este es Mollete, quisiera hablar con él dos palabras. No hay quien dé pan a Francisco. Hermano entre. Entro hermana; ay. Qué es eso? Tropezar. En qué tropezó? En su casa, ay. Donde le duele? Aquí. Qué le ha dado? La tentada A ver? No se acerque tanto, que quien tropezando anda está cerca de caer: arredro demonio vayas, y tengámonos en buenas Fray Mollete de la Mata; despácheme. Aguarde un poco Venga el pan que es tarde hermana. Diga, cómo no se acuerda? Ya no me acuerdo de nada, sino de hacer penitencia a las horas señaladas. A qué horas? A mediodía, ya la noche, y cuando hay gana de mortificarme, suelo hacerla por la mañana. Y cómo la hace? Comiendo. que también esto se llama hacer penitencia. Y no hace otras? Con estas me basta para ser santo a mi modo. Trae silicio. No reparas en que soy Mollete crudo, y estoy ya como una masa? trae el pan con mil demonios, o daremos con la fama de toda mi santidad en la ceniza malvada. qué hace aquí hermano? pedir bendita sea tu llegada, que si tardaras un poco toda la virtud volaba. Dale limosna que es tarde, y cierta luego. Está en casa Marcela con mi señora. Pues cierra cuando se vaya, que yo me voy a mi cuarto por no estar bueno. Deo gratias, yo pediré su salud a Dios, y verá mañana muy mejorado Roberto lo que mi oración alcanza. Discursos no me aflijáis; pues Francisco os afianza. Venga el pan, y a Dios. Mollete toma dinero? Si hermana, que los donados no somos, Frailes, y de mejor gana tomo dinero que pan; porque si bien lo repara, el dinero sabe a todo, y por eso a mi demanda pienso volver muy aprisa; porque esto del pan me cansa, cuando el hermano jumento no puede llevarla carga. Pues tome, y vaya con Dios. Eso de muy buena gana; pero póngalo en el suelo, no sea que se me vaya algún dedo hacia los suyos. Pues qué importa? Casi nada. Tome, y no sea embustero. Jesús, las cosas que allana el dinero! venga, aprisa, mujer, que me desbaratas la santidad. Vaya el tonto hipocritazo. Deo gratias, perdóneme, que no se usan rosetas en las sandalias. Que haya de estar yo a pie quedo aquí, porque estoy pagada? mal haya amen la mujer que de los hombres se paga. Ya es de noche, y no ha de haber luz aquí según trazada está la maula, y ya el viejo se habrá zampado en la cama, levanto el tapiz, y miro si está aquí Anselmo. Quién llama? Está todo prevenido? Ya mis criados aguardan. Toda la casa está a escuras. Cuando llegue con tu hermana, pues a acompañarla viene, mataré la luz, que a causa de matarla solamente entraré ahora a tomarla. Mucho te debo Roseta. Demasiado de bien pagas. Roseta. Ya voy señora; no te vea cuando salga. De la luz nos retiremos, y si a vos os embaraza el respeto, yo por vos la robaré. Los que aman no recelan nunca, Enrico. Mi valor os acompaña; o que de delitos piensa sacar de aquí mi venganza. Mucho dejarte me pesa; mas como mi hermano anda tan inquieto, su cuidado me vuelve amiga a mi casa. Pasa con la luz, Roseta, mas qué has hecho? Casi nada caer, y matar la luz. Estás ahí. Sí. Qué aguardas? Pues el acaso os ayuda, id a lograr la esperanza. Enciende aprisa. Ya voy. Su engaño mi engaño abraza. Pues tarda Roseta, voy yo por luz a estotra sala. Yo te guiaré por donde ya prevenidos te aguardan los que acompañan a Anselmo. La puerta hallé. Pues mi hermana esta aquí, y llevarla es fuerza. Quién, hay de mí! Hermana, calla. Ya voy. Esta es Margarita Puesto que callar me manda, obedézcale. No debe de ofenderse, pues que calla. Llévala aprisa. Sí haré: logró mi amor su esperanza. Ay infelice de mí! Margarita es, que engañada, dio en manos de mis criados: sígueme por aquí, hermana. Hermana me llama a mí! Pues ya tengo aseguradas a Margarita, y Marcela, porque no me impida nada, cierro el portillo que abrió camino a mis esperanzas. Roberto, padre, señor. Porque no pueda escucharla Laurencio acaso, esta puerta cerraré: ya mis venganzas comienzo en aquellos propios, Francisco, que asegurabas. Padre, señor hay de mí! Que ruido es este en mi casa. Padre, señor. Ya oigo apenas su voz, y en toda la casa no hallo a mi hija, cielos! pero por aquí a buscarla saldré: más ay, que también está la puerta cerrada, y a mi fuerza es imposible abrir, pues la llave falta. Aguarda, traidor, cualquiera que seas, que aun esta espada tiene filos: Tu Francisco, cómo así me desamparas? dónde estas que no socorres mi pena? Roberto aguarda de Dios el consuelo, que esté trabajo que te esperaba es para el que te previne, de humilde paciencia te arma, que esta última tormenta te asegura la bonanza. Espera Francisco; pero ya a mis tristes ojos falta, si bien interior alivio he sentido en sus palabras; llore mis males, más llore como Francisco me encarga, y deme paciencia Dios, pues no le pido venganza. Sin saber cómo, o por dónde, se nos ha desparecido nuestro Padre. Habrá acudido adonde algún mal se esconde, que en el esta ocupación muchas veces suele verse, pues sabe desparecerse cuando está en conversación. Qué hacen, Padres? Esperar que vuelva su Reverencia. Y yo, que me dé licencia, de que deje de ayunar, o permita en conclusión, que podamos de consuno yo, y nuestro hermano, de ayuno hacer mucha colación. Váyanse con Dios, hermanos, que hacer oración quisiera por una petición mía. Pues esa ya es cosa hecha. Encomiéndenos a Dios nuestro Padre. Si quisiera. Y quede en paz. Padre mío, cuando allá con Dios se vea suplíquele que me libre de tres cosas. Cuáles? Estas. Roseta, el capón, y el hambre, que todas tres me atormentan. Venga, y deje desatinos. Vaya con Dios. Norabuena, más mis peticiones Padre. Vaya. Voyme, pero cuenta. Ya que estoy solo, Señor, salga en lágrimas deshecha mi petición por mis ojos, que son las más sabias lenguas para vos, pues nadie llora, que su ruego no aprovecha. Contra los hombres Señor, contra la frágil materia de este barro quebradizo ay tres enemigas fuerzas; y aunque contra ellas también ay vuestra suma clemencia, en ella, para pediros, confiada mi bajeza, os suplico que atendáis a mi ruego, de manera, que haciéndome a mí una gracia, vuestras almas no se pierdan. Y vos Reyna Soberana de los Ángeles, la Iglesia, que se honra con vuestro nombre, honrad con pedir por ella. Cuanto Francisco a Dios pide Dios a Francisco se acerca, por darle a la rogativa el valor de su asistencia. Y para la intercesión baja con Dios a la tierra la Abogada de los hombres, de los Ángeles la Reyna. Para que pueda esperar favorable la sentencia. Él se humilla, y Dios le ensalza, que solo de esta manera, la humana Esencia, mortal, se muda en Divina Esencia. Con la humildad que pregona, a tan sumo grado llega, que de una virtud rendida fabrica una gloria eterna, para que aprendan los hombres el camino de tenerla Francisco, vi tus deseos, y con cuanta diligencia tus Religiosos, y tú solicitáis la defensa de las almas, y así pide, para que a tu instancia sea concedida la salud de los hombres. En la tierra que estampan mis labios, doy gracias a vuestra grandeza. Pide a mi Hijo Francisco. Con tal Abogada, es fuerza que del pleito de los hombres salga en favor la sentencia. Y así, pues vos me alentáis, cuando vos me dais licencia, Santísimo Padre nuestro, yo humilde pecador, tierra inútil, y frágil, pido a vuestra verdad inmensa, que para el consuelo humana les concedáis indulgencia de los pecados a cuantos con confesión verdadera, contritos, en esta Casa entraren, y que se entienda, que absueltos han de quedar de la culpa, y de la pena: pasando este Jubileo, para mayor gloria vuestra, Señor, a que por los muertos los vivos ganarle puedan, para que en el Purgatorio le gocen los que le esperan; y que a todas nuestras Casas le sea concedida esta gracia, que espera lograr, como principal Cabeza, de Porciúncula el Convento, para la edad venidera. Y vos, Señora, pues es en favor de vuestra Iglesia mi petición, amparadla, honradla, y favorecedla. Altísimo Señor mío, lo que aquí Francisco os ruega, es en favor de las almas, que amáis con tanta terneza, concededle esta merced a honra mía, y gloria vuestra. Si haré, Madre Soberana: Ya concedido te queda el Jubileo que pides, aunque tan extraño sea: mas quiero que a mi Vicario, a quien potestad entera di de atar, y desatar en el Cielo, y en la tierra vayas, y que de mi parte le pidas la Indulgencia. Gracias a vos Señor mío, y a vos, Soberana Reyna de los Ángeles, que al hombre dais nueva paz en la tierra. Qué es esto, Padre? Alegría. Padre, qué luces son estas? Para las almas, hermanos. Todo el Convento se altera. Qué es esto? Un bien soberano. Sané de mis tres postemas. Vamos, que a Perosa he de ir Luego que el día amanezca. Misterio hay en su jornada, Y mayor de lo que piensan. Si voy con él, de esta vez temo ser santo de veras. Aquí de toda la impura Monarquía, a quien excedo, ya que yo solo no puedo contrastar a una criatura. Ministros, con cuyo fuego mi actividad se conforma, de vosotros uno, en forma de Ángel de luz, venga luego; que no es la primera vez que en forma más superior ha perturbado el rigor de mi infernal altivez. No se dilata mis penas este nuevo ardid que trato, obedeced mi mandato da Ya estoy aquí como ordenas Ya sabes, que aquel contrario nuestro, aquel que luce ansioso, sobre todos, temeroso, y sobre mi temerario. Aquel que al ver en mi intento, sensualidades no escasas, hizo lecho de las brasas, en que encendió mi tormento. Aquel que a otro impulso breve, de mi infiel desasosiego, por si no lo hizo el fuego, me abrasó sobre la nieve. Aquel, cuyas voces graves logran eternos renombres, siendo, además de los hombres, predicador de las aves. Aquel, que sobre mis hombros, cuando estoy más acechando, sale vencedor, triunfando de luchas, riesgos, y asombros. Aquel que el Cielo conquista, restaurando por sus ruegos, mancos, cojos, mudos, ciegos, manos, pies, voces, y vista. Aquel, cuyo aliento fuerte hace en su oración rendida (dando al yerto nueva vida) retroceder a la muerte. Aquel, que de las acciones vio antes los movimientos, y desde los pensamientos prevé las ejecuciones. Aquel, que ya en cierto modo es de la Fe fuerte risco, y finalmente Francisco, que es donde lo digo todo. Favorecido del Cielo, con prodigio tan notorio, buscó al Pontífice Onorio para lograr su desvelo. También sabes, por mi daño, que al proponer su deseo, le concedió el Jubileo para un día en cada un año; y que aunque contradicciones dispuse, no lo resiste; pero donde Dios asiste, Qué importan mis invasiones? Aun no se halla señalado el día que estoy temiendo, y así contigo pretendo en esa forma ilustrado, que nunca llegue tal día, perturbando de ese hombre el ser, la vida, y el nombre con una, y otra osadía. Haz que prevarique, al ver tus ardides, y mudanzas, para cuyas acechanzas llevas todo mi poder. Y así ve al punto que eterno tu nombre haré desde aquí, advirtiendo que va en ti conmigo todo el infierno. Salir vitorioso ofrezco. Contrasta ese fuerte risco. Batalla contra Francisco. Qué aguardas? Ya te obedezco. Y yo en la forma que asisto a Laurencio, estar intento visible junto al Convento. Loado sea Jesucristo. Siguiendo van mis desvelos este asombro singular. Limosna para alumbrar a la Reyna de los Cielos. Que me forcéis, Soberano Señor, a mayor dolor! juzgo que se halla mejor con el nuevo oficio, hermano? Es que con él no hay brega de muchachos, ni capón que me cause desazón. Y por lo que se le pega. Deo gratias, dinero yo? no soy hombre de esos tratos. Y el que metió en los zapatos, de dónde se le pegó? Jesucristo, que lo ha olido! No engañe al mundo sin seso. Y qué tiene que ver eso con la limosna que pido? por qué habla así, diga hijo, a un santo humilde, y sincero? Porque es un grande embustero El demonio se lo dijo. Todo el día, sin acción, solo la oración me inquieta. Y ora pensando en Roseta? Es parte de la oración. Mas a furia me provoca el bigardo, hipocritón. Pues si me quito el cordón he de atacarle la boca. Agradécele al sagrado de esa hechura estarme quedo. Me da limosna? No puedo. Y para eso es mal hablado? sin embargo me conviene las injurias perdonar, bese, y Dios le dé que dar. Quita infame. Eso más tiene? Repare, sino la ha visto, que es Imagen de María; bésela, pues. Aún porfía? La ha de besar, voto a Cristo. Qué esto sufra! Por S. Pablo que da de infiel testimonio: quién es, hermano! El Demonio. No dijera más el diablo. Venga a la Iglesia, y llorando confiese. Vaya el ladrón. Mas que me quito el cordón, y que le llevo arrastrando. A mí? Ya lo verá presto. Y tú el tormento que paso. Que me quemo, que me abraso; confesión, Padres. Qué es esto? Qué ha de ser? triunfar el mismo que siempre de mí ha triunfado: ya huyo de tu sagrado al profundo de mi abismo. Padre, quien es este hombre, que me ha dejado a pellizcos requemadas las potencias, y azufrados los sentidos? Alce la Imagen del suelo, y otra vez inadvertido de si no la aparte: este es el Demonio. Padre mío, quien dice que es? El demonio. Va de retro basilisco. Bien podía conocerle. Pude; pero en este siglo, no es novedad, Padre, que haya demonios desconocidos. Recójase, y dese luego una disciplina, hijo, no esté tan dentro del mundo, que le espera gran castigo si algunas conversaciones no evita, en que anda perdido. Peor el mes de Enero azotes? mire que hace mucho frio. No importa. Sea por Dios; pero solo. Lo que he dicho haga, y no hable con Roseta. Ya huyo de ese peligro. Pues para qué va a buscarla al monte entre forajidos, como Laurencio, y Anselmo? Digo que soy un pollino, y que no hablaré con ella; porque sé que este edificio es tierra, y se desmorona en aplicándole el pico. Esta fue la causa, Padre, porque le dije afligido pidiese a Dios me librase de este demonio atractivo de Roseta, y hasta ahora nuestro Señor no le ha oído. Si el pecador no se ayuda, el ruego es ocioso. Es fijo; mas ya hago por ayudarme, y puedo poco conmigo. Advierta que le prevengo, que el demonio al tiempo mismo que la hable ha de estar con él. Siempre así me ha sucedido. Pues ahora ha de llevarle si la habla. No hará el maldito, que me coseré la boca a dos cabos si la miro; benedicite mi Padre. Haga luego lo que he dicho. Deo gratias, y han de ser muchos los azotes? A su arbitrio lo dejo, porque le importa. Pues no llegaran a cinco. Señor, nunca como ahora el desconsuelo continuo de la aflicción que padezco, me atormenta, no lo admito, porque cada día soy peor, y es justo castigo que vea crecer los tormentos, quien no cesa en los delitos. Sin embargo, como sois Criador, y Redentor mío a vos con mis penas llego; porque sin vos no hay alivio: consoladme, gran Señor, como otras veces benigno, cuando padecí aflicciones lo habéis hecho compasivo. A mis yerros no atendáis, sino al amor infinito, con que a todas las criaturas ostentáis vuestro cariño; en cuyo conocimiento, mi mayor consuelo estribo: que aunque yo tan malo soy, como confieso rendido, en vuestra misericordia, constantemente confío; porque sé que es infinita, y que pueden, aunque míos, numerarse mis pecados, pero no vuestros auxilios. Con vos espero, Señor, consolarme; y así os pido, que me asistáis, como causa eficaz de los alivios; porque sin vos, con quién puedo consolarme yo? Conmigo, que soy ministro del Cielo; infierno contra Francisco. Ministro del Cielo eres, y sin Dios me has ofrecido el consuelo? o cortedad de mi balbuciente juicio! y como el sentido ciegas cuando das luz al sentido! Por qué, aun estás de esa suerte, si a consolarte he venido? Porque dudo lo que veo al escuchar lo que has dicho; y a no venerar postrado la forma con que te miro, como Ministro del Cielo, que otras veces me ha asistido, discurriera, que eras malo; porque aquel que inadvertido, sin Dios ofrece consuelo, no puede ser buen Ministro. Yo no digo que sin Dios te he de consolar, Francisco, antes vengo de su parte a decirte, que el estilo con que te tratas, no puede permanecer, y que es fijo, que sino miras por ti corre tu vida peligro. Dios quiere que el hombre viva, porque le haga más servicios: para ir feliz a gozar de Dios, hay muchos caminos; pues tan cansado estás, deja los ayunos, y silicios, no ha de ser todo oración, penitencias, y martirios; tiempo ay, procura aliviarte, regálate compasivo, pues Dios. Tente, no me digas más, que ya te he conocido, y si reparares que no te conocí al principio, como otras veces lo he hecho, aun sin permitirte visto, desde luego dudé que eras lo que a entender das altivo; pues te juzgué malo entonces, y ahora te lo confirmo. En esa apariencia falsa, con que otras veces te he visto figurado en tantos, donde es la verdad artificio, y falso lo artificial; en aquellos que atrevidos dan a entender las acciones solamente con los visos, lo exterior muy hacia el Cielo, y lo interior muy del siglo, corderos en la apariencia, y leones en los oficios, sin llaga lo descubierto, y dañado lo escondido, que es lo mismo que ahora haces: pues hacer lo referido, es dar a entender que es Ángel, quien es como tú en el siglo; mira si bien te conozco, sabiendo que en lo que he dicho, son demonios verdaderos los que Ángeles fingidos. En cuanto a que yo me alivie, y regale compasivo, quiero tomar tu consejo; porque no digas Impío, que no me has servido de algo; espera, y verás que alivio, y regalo doy al alma, amparadme Jesús mío. Aguarda Francisco, mira; pero en vano se lo impido, Qué es esto infierno? Triunfar de ti, y de todo el dominio de mi poder, ya desnudo sobre una zarza le miro. O pese a mi ardid! que así se ha vuelto contra mí mismo; porque me mandáis Señor, que venga yo a ser testigo de este prodigio, y de otros que le esperan? ya teñido con su sangre, se transforma en coral el que era lirio, a cuyo riego la zarza a pesar del yelo impío, y contra el tiempo de rosas se ha cubierto, y ya servido de Ángeles, y Serafines, entonando dulces himnos a vestir le ayudan tiernos, diciendo en coros distintos. A ti, Señor, alabamos, confesando tu dominio, a ti eterno Padre toda la tierra venera altivo, aclamándote siempre, Ángeles, Astros, Cielos, y Serafines, Santo, Santo, Santo. No es nuevo, Señor, que goce favores tan excesivos, sin mérito vuestro siervo. Mira que te espera Cristo, y su Santísima Madre en la Iglesia. Ven Francisco. Pues ya que me permitís, Señor, que deje este sitio, y no puedo estar ocioso, voy a aumentar vengativo entre Laurencio, y Anselmo los rencores encendidos, que por disposición mía, hasta ahora no se han visto solos, y quiero abreviar que perezcan vengativos, antes que los dos se deban la fineza que les dijo Francisco, y quede por falso como ha de ser ya preciso, cuando uno se halla irritado, y otro se advierte ofendido, aquel por mirar celoso su dama entre otros cariños, y este por creer en su hermana la ofensa, y honor perdido todo por mi ardid; del cual han resultado homicidios, de parte a parte arrojando fuentes de sangre esos riscos. Vamos, que ya de estas rosas, que con colores distintos hizo producir el Cielo del nacarado rocío, llevó algunas que ofrecer a huéspedes tan divinos. De aquí a la Iglesia de flores estará lleno el camino. No han de tocar en la tierra tus pies en todo este sitio. Pues del himno repetid los dos otra vez conmigo, lo que cantasteis, diciendo, con Ambrosio, y Agustino A ti, Señor, alabamos, confesando tu dominio, a ti eterno Padre toda la tierra venera altivo, aclamándote siempre, Ángeles, Astros, Cielos, y Serafines, Santo, Santo, Santo. Ya en la Iglesia estás. Y ya todo lo que veo admiro. Francisco llega a mis brazos, porque soy agradecido. Los temores pierde, pide cuanto quisieres, Francisco, que teniéndome a mí, nada ha de negarte mi hijo. Señor, después de ofreceros estas rosas que os dedico por favores tan excelsos beso vuestros pies divinos; y pues vos, Señora sois mi abogada, y lo habéis sido en el pleito que sabéis, de que ya en vista he tenido sentencia en favor, ahora, para la revista os cito, en que espero confirmarla Santísimo Señor mío, gobernador de los Cielos, y la tierra, ya benigno el Jubileo sagrado que os pedí, está concedido por vos y vuestro Vicario; solo falta, Jesús mío, que el día en que ha de ganarse en este año, y sucesivos se declare y porque sea el que vos fuereis servido; porque en todo sepan, que es voluntad vuestra; os suplico le señaléis, no por mí, sino por los infinitos merecimientos sagrados de vuestra Madre, a quien pido como a mi abogada alegue de mi demanda el motivo. No solo como abogada, sino como parte asisto: pues por las causas que en otra ocasión dije; ves hijo cuán interesada soy en lo que pide Francisco? No puedo negarme yo Madre, y Señora al preciso, y precioso ruego tuyo, y de mi siervo querido; y así le señalo el día segundo de Agosto, y digo que empiece desde el primero a vísperas, por el mismo en que se vio libre Pedro de Advíncula, siervo mío, de las cadenas de Herodes. Y como sabrán que ha sido voluntad vuestra ese día? Eso déjalo a mi arbitrio, y vuélvete a mi Vicario luego, llevando contigo algunos de tus hermanos, que de esto han sido testigos, también lo serán las rosas, lleva algunas, que Propicio mandara que se publique Onorio lo que yo he dicho. Tres blancas, y coloradas, otras tres rosas elijo, para más señal, un nombre de la Trinidad que admiro. Presto te verás en Roma, queda en paz. Ten entendido, que yo no te he de faltar: Pues por tan raros prodigios. A ti, Señor, Alabamos, confesando tu dominio, a ti eterno padre toda la tierra venera altivo, aclamándote siempre, Ángeles, Astros, Cielos, y Serafines, Santo, Santo, Santo. Suspenso no acierto a hablar. Elevado está el sentido. O gran Santo! Oh varón justo! Qué admiración! Qué prodigio! Vuestras plantas. Vuestras plantas. Qué es lo que hacéis? alzad hijos, y dadle gracias a Dios por favores tan continuos; y pues lo habéis visto todo, los dos habéis de ir conmigo como testigos del caso, y ha de ser desde este sitio, sin hacer más prevención: no será largo el camino de aquí a Roma; caminemos, que vamos bien asistidos, Bien se conoce, pues ya, sin saber por dónde ha sido en el monte nos hallamos. De Dios son los beneficios. Sea alabado su nombre. Aquí aleve. aquí enemigo. Laurencio, y Anselmo son. Qué es lo que veo! Qué miro! Disimular es forzoso. Disimular es preciso. Laurencio, Anselmo, qué es esto? Ya somos los dos amigos. Ya los enojos cesaron. Mucho me alegro de oíros, y si un impulso supremo no me obligara divino a dejaros en el riesgo que puede haber, si es fingido lo que decís, me quedara; pero a creeros me obligo, porque es del Cielo la acción que ahora rige mi albedrío. Yo paso a Roma, a traer señalado el día festivo de este Jubileo grande que el Señor ha concedido, ganándose por los muertos, del modo que por los vivos; con cuyo aviso, que es cierto, pues el mismo Dios lo dijo, y ahora mueve mis labios, no tengo más que deciros, sino solo, que ya va llegando el caso que he dicho; en que una muy gran fineza, aunque extrañéis el principio se ha de deber uno a otro. Que fuera de mi disignio está Francisco. Que lejos se ve del intento mío. Y pues me obliga a dejaros así superior motivo; discurrid, y veréis que ay misterios en creeros amigos. Sospechosa es su amistad. Yo que la crea, me admiro nuestro Padre. Son de Dios incomprehensibles los juicios. Sin movimiento he quedado! De admirado aún no respiro! Yo os infundiré mi aliento para vuestro precipicio, y que Francisco no logre la profecía que os hizo. Pero cómo me reporto? Pero cómo me reprimo? Quitándome en Margarita el alma. Habiendo perdido todo el honor en Marcela. Sin haber hasta hoy podido encontrarle cuerpo a cuerpo? Sin haber logrado el brío otra ocasión como esta? Qué aguardas? Esto, enemigo. O si entre ambos perecieran, ahora que en sus delitos están con más fuerza! El Cielo me valga: suspende el filo, y no acabes de matarme hasta que yo: Señor mío, haced que Laurencio sea de mi salvación motivo. Pídeme cuanto quisieres, que ya en el lance que miro no puedo negarme a nada, de que te ofrezco rendido, como ilustre Caballero, la palabra de cumplirlo. Mira que es ardua la empresa. Segunda vez la confirmo. Yo la aceto; y ya que el Cielo me ha dado justo castigo, privándome de que logre el Jubileo divino que a Francisco concedió el mismo Dios; y has sabido, que puede también ganarle por el que ya ha muerto, el vivo: debate yo esta fineza, pues muero, ya que te fio mi salvación en tu mano; haz la diligencia, amigo, por mí, y advierte que muero fiado en lo prometido, y en que es la fineza esta que me harás, y el Santo dijo. Señor, ante vos, ardiente juzga este afecto encendido. Pequé contra vos, usad vuestra clemencia conmigo. Yo no pude dar palabra de más, ya espiró. Infinito Señor, que baste un instante solamente de contrito, para que sea vuestro aquel que fue tanto tiempo mío! no le cumpla la palabra este que queda a mi arbitrio. Suspenso me deja: yo confesarme arrepentido hallándome en el estado que me tienen mis delitos? Cómo es posible que encuentren disposición los sentidos? Pero él murió confiado en mi palabra, preciso será; no es sino imposible que yo la cumpla, si miro, que el que hace el ofrecimiento, sin saber lo que ha ofrecido, queda libre, pues no tiene obligación de cumplirlo. Pero esto no es para ahora; lo que importa es que escondido. quede el cuerpo en esta gruta, y se oculte el homicidio, hasta que de Margarita logre yo el cielo divino: pues si se publica, es fuerza hacer mayor mi delito, debiendo ser por más causas de la justicia seguido; el cielo me desvanezca la confusión con que lidio. Pues yo para no perder a los dos, como imagino; ya que él quiere que se ignore la muerte, he de ser fingido Anselmo, no de la suerte que a entrar llego en el precinto, sino con su misma forma hacer que parezca él mismo, disponiendo; pero como perturbaré de Francisco el intento, ahora que está con el Vicario de Cristo, diciéndole? Santo Padre, el día que he referido es el que se ha señalado por el mismo Dios que dijo, de su parte os lo afirmara, de que traigo por testigos los Religiosos presentes, de más de los fidedignos, que en esas rosas tenéis, de que ya os dije el prodigio. Pues no puedo embarazarlo, no vea yo más mi martirio. Cuanto Francisco refiere, los dos, y otros machos vimos. Y el mismo Dios le mandó que nos trajera consigo. Por el mes de Enero rosas, con tal fragancia, es preciso que confesemos que es obra del Cielo. Así lo decimos; pero solo reparamos, como en Perosa advertimos, ya, que con esta Indulgencia tan singular, será fijo cesar en la devoción de las que se han concedido a la tierra Santa. Ya los Apóstoles Divinos, S. Pedro, y San Pablo en Roma. Lo que una vez está dicho, por Nos, no ha de revocarse; y más cuando atento miro la persecución que hace a la Iglesia Federico, y que se puede aplacar de Dios la ira al continuo fervor; de los que enmendados confesaren sus delitos, ganando este Jubileo: ya se moderó al principio a que fuese solo un día en cada año; y así unidos, pues nos consta por verdad, ser voluntad del Divino Redentor nuestro, y sagrado Sumo Pontífice Cristo, cuyas veces en la tierra tenemos, Nos permitimos, y concedemos a todos los Fieles, que arrepentidos, y confesados entraren perfectamente contritos en la Casa señalada de nuestro siervo Francisco, desde primero de Agosto a vísperas, hasta el mismo tiempo del día siguiente, por el Jubileo dicho, y Plenísima Indulgencia, remisión de sus delitos, y pena hasta el dicho instante, desde el día del bautismo, y esto por todos los años para siempre, cuyo alivio, y remisión absoluta logre el muerto por el vivo, que se aplicare el sufragio, como si lo hiciera él mismo. Así se publicará dentro de la Iglesia, y sitio de Porciúncula, asistiendo a esto los siete Obispos del Espoletano Valle, para quienes Nos contigo enviaremos nuestras letras. El alma de regocijo no cabe en mí: Santo Padre, otra vez vuestro pie pido. Esta es obra celestial. Dios en su voz ha influido. Rara merced! Favor grande! Todo se debe a Francisco: vuelve por las letras luego, y vete en paz. Señor mío, enfrizado sea tu nombre por los siglos de los siglos. Mucho a vuestro ardiente celo la Cristiandad ha debido. La salvación de las almas crece por vos. vamos hijos. Ya con gran puntualidad vamos llegando los dos a la Iglesia, hermano. Dios le pague la caridad, y a mí con su providencia, a quien suplico me asista, pues me ha quitado la vista me conserve la paciencia. En ese llanto, aunque rudo, hermano, le he de ayudar, de qué cegó? De llorar. De llorar? ya no le ayudo, que aunque a la piedad resista, fuera inadvertencia clara que yo a llorar le ayudara viendo el peligro a la vista. Su reparo no me admira, mas yo en mi desasosiego estimo mucho estar ciego, por no ver si alguien me mira, no hay remedio que equivalga al que en Francisco contemplo; y así le busco. En el templo entremos, Jesús me valga! entre solo. Que le ha dado? Un mal, que a veces me inquieta que el demonio de Roseta venga a tentarme al sagrado? cotre que no faltará quien al Padre avise aquí. Mire que vuelva por mí. Si haré: pero no será, según claro testimonio, peor que a fuera me inquiete? no hay duda. Hermano Mollete. Mas que me lleva el Demonio? Dios me libre de estos yerros. Porque tantos días ha que al monte a verme no va? Por no echar por esos cerros. Al fin le he buscado yo, no me habla hallándome aquí? hermano está mudo? sí, luego va le enfado? no. Esto no es hablar los dos, sino hacer señas, protesto que no hay más malicia en esto que la que sabe mi Dios. Pues cómo? Ay tal apretar! Aun a hablarme no se allana. Jesús! no se canse, hermana, porque no la puedo hablar. Pues porque así se obligó a callar cuando le hablo? Porque no me lleve el diablo. Qué diablo embustero? Yo solo en la verdad os toco. Vele allí que viene listo, porque la hable, Jesucristo sea conmigo! Él está loco; voyme sin dar ocasión, con Laurencio a algún enfado, confieso que me ha dejado Mollete en gran confusión. Volved Enrico a decirme lo que os pasó, que os confieso que, o no os he entendido bien, o es imposible creeros, quizá lo motivará la ausencia, que por pretextos precisos que tuve, hice del monte. Sin duda es eso; pero para que podamos hablar de espacio sin riesgo, si cosa muy importante no os ha traído al Convento, mejor es volver al monte. Si lo que decís es cierto, aunque a conferir venia con Francisco un grave empeño, en que me hallo algo dudoso: ya será ocioso mi intento, pues me sacáis de la duda. Eso es lo que yo pretendo: no la hay en lo que os he dicho; pues con la forma de Anselmo he desmentido su muerte; con todos hacer pretendo, con este lo mismo: pues así apartarle resuelvo del discurso con que lucha. Pues volvámonos, que atento quiero otra vez escucharos. Y yo otra vez lo refiero: cuando aquella ausencia hicisteis fiando a mi noble celo la asistencia de Marcela, compadecido a su ruego, dispuse que se acabasen vuestros rencores sangrientos; y a mis grandes persuasiones es ya tan amigo vuestro, Anselmo, que atropellando su pundonor. Deteneos, que vuelve a tomar mi duda, más fuerza en que viva Anselmo. Pues porque no la tengáis, sin hacer ahora duelo, de que ocultasteis de mí lo que ha contado él mismo; sabed que de aquella herida que le disteis en el puesto, a que ya vamos llegando, mejoró en un breve tiempo; pues un parasismo solo os hizo creer que era muerto, ocasionado de grande falta de sangre. Confieso que me ha convencido en todo lo posible del suceso; y no sabéis lo que estimo amigo, quedar absuelto de una palabra que entonces le di, cuyo cumplimiento, como imposible en mi estado batallaba con mi acuerdo. Así me lo dijo él mismo, y yo en la forma de Anselmo le acabaré de quitar, si le ha quedado el recelo, haciendo que el, Margarita, y Marcela a un mismo tiempo concurran en este sitio, ahora, para que nuevos precipicios se introduzcan en sus dañados alientos; veamos ahora en que estriban de Francisco los portentos. Proseguid. Pues como he dicho es ya tan amigo vuestro Anselmo que atropellando su punto os ofrece luego a Margarita. Qué escucho? Asegurándoos atento, que no ha ofendido en su honor, que siempre rebelde al ruego, firme roca ha sustentado de su honor el privilegio. Cómo queréis que lo crea? Del mismo modo que Anselmo ha creído lo que os pasa con su hermana; pues es cierto que hasta aquí no habéis salido de la línea del respecto. Como mi intento era otro de aquel engaño el, suceso me hizo sustentar la ofensa por odio, no por afecto; y Margarita qué dice? Ella os lo dirá más presto; ya que me trae a este sitio, no sé qué impulso violento muy otra de la que antes estaba. Qué es lo que veo? esta novedad extraño, y ya apurarla pretendo, aunque en nuevas iras arda de mi cólera el despecho. No prosigáis de esa suerte en discursos pocos cuerdos, debiendo estar vuestro juicio de parte de mi respeto: que es presumir que cabía en mi generoso aliento, acción que no fuese ilustre a pesar de cuantos riesgos en la fuerza, y la amenaza formará el atrevimiento? Y que es entender también, que Anselmo puede ser dueño (aunque lo haya asegurado) de mi albedrío ofreciendo mi persona a quien no sea mi esposo, pudiendo serlo? Tan olvidada me tienen vuestros locos devaneos, vuestras osadías fieras, y escandalosos estruendos, qué queréis que yo me olvide, que habéis sido el instrumento de mi pública deshonra, como os dije en otro puesto otra vez, aun con menor ocasión de la que hoy tengo? Es buen modo de obligar a una ofendida, estar cierto de que puede haber faltado a su estimación, haciendo mérito del desahogo, y cariño del desprecio? Ea Laurencio, corregid tan barbaros pensamientos; y pues tenéis ocasión (mucho despeñarme temo) en que dar honra a mi padre, que sin ella se ve ciego por vos borrad las injurias con el honor, aunque luego la muerte me deis vos propio; y no culpéis que mi ruego la circunstancia atropelle de haber de ser solo vuestro, y no mío como ha sido contra mi punto, sabiendo, que hace incurable el achaque la dilación del remedio. Airosa quedaba yo si se casara Laurencio con otra, habiendo yo estado en su poder tanto tiempo. Aquí he menester fingir para lograrse mi intento. De qué os suspendéis? De ver una dicha, que aún no creo; y me admiro de que culpes, dueño mío, los extremos de un cariño, que paso los límites del exceso. De tu firmeza, y constancia bien asegurado quedo, y así, pues soy ya tu esposo. Mucho hay que decir en eso. Para mi humor, solo falta que esta pretenda lo mismo. Qué hay que decir, si por él sin reputación me veo? Y yo, por quien la he perdido sino por él? Fuera bueno, en quien atento quisiera, cumplir uno de dos duelos, huir del que se halla cerca, y acercarse al que está lejos? No era mejor que mi hermano, si es mi hermano, quien grosero, olvidándose de mí, infamia tal ha propuesto, te diese satisfacción, que es solo a quien toca hacerlo, y no entregar a su dama, vil, a su enemigo mismo, menospreciando el agravio que en su hermana se le ha hecho, aunque no haya sido más que el escándalo el pretexto? De más, de que es imposible que mi hermano (ni lo creo) contra su reputación haya ese trato dispuesto. Miente quien lo ha asegurado, quien lo ha creído, y quien ciego lo ha pensado también, y yo en presumirlo miento; pues aunque Anselmo lo diga miente también el primero que anteponga vil hermano, a su honor propio el ajeno, y tú, falta amigo, bosquejo de nuestra amistad lo atento, no cumpliendo tú, traidor, la obligación de más peso, y yo me halle despreciada, se han de abrasar en mi incendio, tu falsedad, su vileza, tu traición, y mi desprecio. Aguarda, que entre las dos ajustaremos el duelo, quitándole yo la vida; y si osados, y resueltos mi honor no privilegiáis, haré con los dos lo mismo Margarita, esposa: inmóvil he quedado! más que temo? siendo cierto que estoy libre de la palabra. No es cierto. Por dónde, aquí? No os admire, que estas son obras del Cielo, que ha tomado por su cuenta vuestra salvación, y ciego, porfía hacéis del pecado, y resistencia del premio. Reniego de mi poder; pues cuando entendí resuelto, en forma de Anselmo, hacer prevaricar a Laurencio, se desvanece mi industria por Francisco, de quien ciegos, a pesar de mis ardides, van mis temores huyendo. Muera el traidor. A mis manos muera el aleve. Qué veo! Qué miro! Francisco aquí toda me ha cubierto un yelo! Aquí Francisco! aun apenas me ha quedado movimiento! Pues como, si Anselmo vive quedo yo ligado? ese es yerro de vuestro juicio, y engaño del demonio, que ha dispuesto con su forma, desde el día que vos matasteis a Anselmo en este sitio, estorbar en los dos un bien eterno: y para que no aleguéis ignorancia en el suceso, volved los ojos al sitio que le entrasteis, sabiendo, que en nombre de Dios os hago este último recuerdo. Esperad; pero en mi duda que aguardo? si al ver. Laurencio. que asombro! Qué admiración! Otro nuevo ser aliento! Cómo te olvidas de mí estando tan cerca el tiempo en que como noble debes cumplirme el ofrecimiento, que a la hora de mi muerte me hiciste por cuyo medio tu salvación aseguras, y yo saldré, como espero en la divina clemencia, de las penas que padezco? Mira que se va llegando el día del Jubileo, y que tu disposición necesita de algún tiempo, en el cual, sino me cumples la palabra, yo me quedo de penas cercado, y tú serás de otros escarmiento. No seré, que ya en el alma luce mi arrepentimiento, deshaciéndose, a dolor, el corazón en el pecho. Ya, Anselmo, voy a cumplirte la palabra, si no muero antes: Francisco, intercede con la Reyna de los Cielos, que como Abogada, asista a la vista de mi pleito. Qué espero con tal prodigio? Qué aguardo con tal portento? Que arrepentida. Que humilde. No busco ya. No pretendo. La confesión de mis culpas? La confesión de mis yerros? Francisco, pídele a Dios, que temple lo justiciero. Salgamos al campo apriesa; por Cristo que está el Convento reventando. Es gran portento La multitud aun no cesa. Gran día, con gran razón, la Cristiandad ha tenido. La publicación ha sido con bien rara admiración. Los Obispos ordenaron publicaste el Jubileo Francisco, a cuyo deseo de ser para siempre, hallaron replica, y aunque quisieron decir dos de ellos extraños, fuese solo por diez años, para siempre repitieron. Con que al tocar el suceso, vieron ser su voz divina, Las cosas de la cocina me privaron de ver eso, y estimo la relación: pero qué bulla hay allí? Aguardémonos aquí, que todo es admiración, Hijos, otra vez me dad los brazos con gran fervor, que yo, en nombre del Señor, que acetó vuestra humildad, a los tres os aseguro la salvación. Y a mi eterno todo el volcán del infierno, pues allá aun no estoy seguro para obligarme a ver esto. Los tres, por vuestra virtud, cobramos nueva salud. Y nuestro bien manifiesto. En tan venturoso lance. Besa a tu padre la mano otra vez. Del Soberano Dios la bendición te alcance. Esta es la suerte prevista que os dije en tanto dolor, y para verla mejor, Dios os concede la vista. Es verdad; ya sin enojos la luz veo, que os consagro. Hija, qué es esto? Un milagro, que el Santo traía entre ojos: Viva en nuestra compañía nuestro Padre. Y siervo vuestro. Viva. Viva el Padre nuestro, que sigue al Ave María. Ved, Padre, qué debo hacer para cumplir lo ofrecido? Con todo habéis ya cumplido; cuando lleguéis a saber de Marcela, y Margarita, que en el Convento declara mi hija su humildad rara, el hábito solicita que ofrezco. Felice soy, si de otro empeño he salido. Bien con Anselmo has cumplido Y yo las gracias te doy; pues por lograr con notoria contrición por mí el empleo de este Santo Jubileo voy a gozar de la gloria, y tú a la gloria has pasado por mí, pues te di oración de la enmienda, en cuya acción se ve lo profetizado por Francisco, y sucedido con tan notoria certeza hoy, que la mayor fineza el uno al otro ha debido. Mortales, crezca el fervor con este ejemplo que veis; pues con Francisco tenéis con que aplacar al Señor. Raro prodigio! El infierno me reciba. Yo rendido, padre, ese hábito os pido. Tendréisle, y el bien eterno. Para que aquí dé el deseo principio a fin que remedia, y se acabe la Comedia comenzando el Jubileo.
