Texto digital de Jerusalén libertada
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Jerusalén libertada. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/jerusalen-libertada.

JERUSALÉN LIBERTADA
JORNADA PRIMERA
Soldados fuertes, a quien ha elegido el Rey del Cielo; y que del Asia espanto, libres por mar, y tierra os ha traído a restaurar su Sepulcro Santo: Vosotros, que a Antioquia habéis vencido y que, llegando aún más allá de cuanto el Ganges riega en bárbaras Naciones, árbolaste la Cruz en sus pendones. Si vuestro patrio nido habéis dejado, no por vencer tanta enemiga tierra, sino por ver el muro conquistado, que la gloriosa Cruz de Cristo encierra: Ya el tiempo de esta empresa se ha llegado, vibrad las armas, empazad la guerra, antes que el Rey de Egipto a Palestina. venga, en socorro de Sien Divina. de la Ciudad tenéis los santos muros, poned en libertad tantos Cristianos, que en ella están en cautiverios duros: Fundad Templos, y albergües soberanos donde los peregrinos más seguros lleguen buscando a Dios con pies devotos a ver las Aras, y a cumplir los vetos. Ea, Príncipes famosos; ea, Tancredo, nuevo terror del Asia generoso; ea. Reinados valiente, horror, y miedo del flechero Persiano belicoso: Vuestro Caudillo soy, yo soy Gofredo, General (aunque indigno) tan dichoso, que entre vuestro valor, jamás vencido, de Dios, para esta empresa, fui elegido. Vosotros, que ya el pecho habéis cruzado, para mostrar lo que a esta guerra os guía, con la gloriosa enseña que os he dado Vosotros, que la Cruz habéis alzado, a quien se debe como a Dios Latría, y en quien el Peniz renació triunfante, y a la tanta Ciudad tenéis delante, Esta es Jerusalén (sino os espanta la clara luz de su Divino Oriente) que sobre das collados se levanta, haciendo a dos montañas una frente: Esta que vemos es la Tierra Santa, donde se obró el milagro reverente de nuestra Redención, cuando fue visto morir de amor la Humanidad de Cristo Allí al Oriente entre el florido suelo tiende el Jordán sagrado sus cristales, este es el Olivero, y el Carmelo aquel monte entre cumbres desiguales: Veis allí al Austro el soberano Cielo, restauración de nuestros largas malas, Belén, digo, sagrada, donde un día el Sol nació del Alba de María. Salve (oh Santa Ciudad!) Norte de aquella. mayor luz que abrevió sus explendores en la más pura, y más hiermosa Estrella que vio con rayos de su luz mejores. Salve (oh Belé!) donde una Virgen bella adorada de Reyes, y Pastores, mirando en Carne a Dios se vio en un punto a la Virginidad el parto junto. Salve (oh gloriosa Puerta!) que el camino miraste en sangre, y en funesto espanto, cuando en sus hombros el IsancDivino llevó la leña al Sacrificio santo. Tú, por quien soy del Asia peregrino, pues en tu nombre este pendón levanto, favorece (gran Dios) tu causa, y sea tú mismo honor el que por si pelea. Presto verá el Cedrón por los umbrosos valles de Joaphat, de horror cubier- corriendo a sus cristales sanguinosos, si ya no detenidos con los muertos. valles de Galboé, por sus desiertes varán (antre mis brazos homicia, con sangre sus arenas confurdióss, De el Rey de Jerusalto dos bravos Embajadores, de paz, te piden licencia. Entren, y en mí tienda ponle dos sillas. Furioso traje! de Hircana Tigre se viste; y la cabeza disforme de un León, es la celada. Tu frente el Cielo corone de más laurales que años, para que tus triunfos logres Guérdete Hía. Sentaos, y vuestra embajida decid luego. A Ulises oí y después oirás a Aquile, porque como mis blasones solamente son mi espada, y mis paces, mis rigores, mi brazo solo, y mi acero, son mi ley, y mis razones. Gran Duque de Lotaringía, gran Capitán, cuyo nombre con temor escucha el Asis, con admiración los Orbes. Digno más en esta guerra, porque siguen tus pendones tantos valientes Soldados, y tantos Príncipes nobles, que por los Reinos ganados en tan remotas naciones, cuyos despojos arrastran tus Soldados vencedores. victorias llegan al Libano Monte, en las famosas Provincias que riega el sagrado Orontís. El Rey de Jerusalén te pide, que te reportes, y con gozar te contentes de vencimientos mayores. que en cambio de que a Judéa tus ejércitos perdonen, sacando de Palestina. tus soberbios Escuadrones, asegurarte promete le nuevas alteraciones, con que del Turco, y del Persa lo que las ganaste goces. Uniendo los dos las Armas, uniendo fuerzas conformas, qué importarán de sus gentes los arrogantes blasones? Si entras en Jerusalén de paz, vistiendo en su Corte al málafas la hermosura, y la valentía albornoces. Tedará algunas Reliquias de vuestras adoraciones, de las que decís, Cristianos, que divididas son Dioses. Si aunque ganes más Imperios, no puedes ganar más nombre, si perdiendo una victoria se pierden tantos honores. Por qué por el bien seguro, el incierto mal escogas? Cerca están los precipicios de las fortunas mayores. Si los Turcos, los Egipcios vuelven a ponerse en orden, en riquezas tan valientes, en Armas tan superiores con qué fuerza has de esperarlos? dónde huirás de sus furores? Fuiste en que el rey de grecia te ha de socorrer entonces, confianza en Griegos pones? no sabes ya sus engaños? la Griega fe no conoces? Yo quiero que sean del Cielo estos fatales favores de no vencerte jamás, porque tus Armas socorre. Vencerate aquel mayor enemigo de los hombres, vencerate, al fin, la hambre, que tiene fuerzas mayores. Centra la hambre forzosa, qué máquinas, dime, opones? qué lanza, qué acero empuñas? quemados tienen sus montes aquestas providas manos de aquestos habitadores, talados tienen sus campos, y destruidos sus bosques. De donde dime gofredo te has de sustentar? de dónde han de socorrer tu campo tus hambrientos gastadores? Dirás, que en tu Armada esperas, si el mar tus quejas no oye, del viento pende tu vida, en que favorable sople. Cuando el mar tijas, y el viento, no padrán (en liga entonces mi Rey, el Turco, el Persiano) juntar Armadas mayores. Cuando, al fin, no se juntasen; y con nuevos Paladrones entrar quieras la Ciudad, y apretado cerco formes. Jerusalén es tan fuerte, tiene tantas municiones, está tan bien bastecida, que primero que la tomes, primero que de sus muros ganes la primera torre, habrá dado el Sol mil veces enteras vueltas al Orbe. que tantos daños vosotros que tantos daños esperáis (fuertes Varones) coged con tiempo las velas, temed del viento los golpes, Mahoma quiera, Gofredo, que mejor consejo tomes, para que respire el Asia, si, al fin, las Armas depones. Si celebra mis victorias tu Rey con tantas memorias, lauro será de mi frente; aunque de ellas solamente se deben a Dios las glorias. Cuanto a la amistad propuesta de todo el valor pagano, cuante a la liga propuesta del epgicio y del persiano te daré fácil respuesta. Sabrás, que cuanto mi Armada, cuanto mi gente alentada en mar, y tierra ha sufrido, por acercarnos ha sido a Jerusalén sagrada. No he de alzar el cerco en tanto que en libertad no pusiate de Cristo el Sepulcro Santo; antes el Jordan espere correr más sangre que el Janto. La paz vuestro error destierra? guerra, y paz mi pecho encierra; guerra, o paz escoged luega. Guerra, guerra a sangre, y fuego. Pues aquí os traigo la guerra. Vais este airado tropeo de Hirrania Tigre? veis esta de fiero León nemeo anchada y furiosa te está Aquí está vuestro deseo. La guerra pides, Cristiano Guerra pido. Aquesta mano a batalla os desafía, quede desde aqueste día abierto el Templo de Jano. veté a mis manos rendidas. Mas presto en estas campaña: con vuestras sangrientas vidas alzar é horribles montañas, No basta decir, Argante (pues soy rayo fulminante para daros horror fiero? Cual quiera Cristiano acero es rayo a cualquier Gigante, Mira, cuál será el que aguards? Sabes la foria qué esperas? Presto volveré. Ya tardas; pero allá iré, aunque vencieras a las infernales guardas. Di al Rey, que acepto la gunn Presto verás cuanto hierra el consejo que has tomado, Cuándo? Cuando Argante airado cubra de muertes la tierra. Aquella famosa espada aumentará tu valor, al Rey de Persia quitada: toma, Argante. Este favor verás en la guerra aitada como agradecerle espero. Aguárdame, Argante fiero, En el campo me hallarás: presto, Gofredo varás trocado en rayo tu acero. A Jerusalén, Soldados, el que os ánima es Gofredo; romped sus muros sagradas: ea, Reinaldos; es, Tancredo, venced aquesos cercades. Esta de Cristo es la tierra, allí la causa se encierra de nuestra empresa famosa, guerra aclamad rigniosa. Guerra, al arma. Al arma Guerra. Así han llegado seguros los Cristianos atrevidos a cercar mis fuertes muros? Si están bien fortalecidos, qué times daños futuros? Qué ardides bastan extreños, si para mayores daños: en ti su defer la apeya? Mi Ciudad mejor que Troya sufuera el cerco diez años. Estén de tus rayos llenas, si igualaren tus Almenas con los Arietes Romanos. y a los cautivos Cristianos dabla, señor, las cadenas: Que en su alegría considero muchas señas atrevidas. Eso no, porque primero serán sus infames vidas su mismo sepulcro fiero. Con esa víctima impura victoria Alá te asegura; que haciendo tales castigos serán de tus enemigos estos campos sepultura. Qué temes fuerza Divina, si Arminda está en tu favor? Segura es a Palestina, si está en tu ayuda, señor, la ciencia de mi sebrina. Ella sola puede hacer con su Mágico saber, que al Francés venga a faltar el habré en que respirar, las fuentes en que beber. No es mucho, que estéo seguros, si beldad, y ciencia, Arminda, son las guardas de estos mures. Presto ha de ser su homicida la fuerza de mis conjuros. Presto los encantos míos las fuentes y a los rios bañando es fuego inhumano, beberá el infierno cristiano veneno en cristales fríos. Presentales la batalla, que de mi furia animado, verás como el Francés halla en cada menor Soldado una encantada muralla, Haré, que tiemble la tierra dor de el Criniano se encierra, sus tiendas abrasaré, y el Orbe trastornaré, para darle mayor guerra, Con ese valar constante pienso humilar sus aceros, vencer su fuerza arrogante. Ya de su Embajada fieros vuelven Soliman, y Argante. Gran Rey de Jerusalén, arma tus fuertes Soldados, de guerra en el muro estén; pues los valientes Cruzados la paz te niegan también. Con aquella cortesía, que tu valor soberano a Gofuedo le debía, fai de su campo Cristiano tu Embajador, y tu Espía. Díjele el valor que encierra tu gente, si pertinaz no deja libre tu tierra, y negándome la paz, publicó Argante la guerra. Acetol el Duque, y luego cuantos el pecho cruzaron, con fatal desasosiego, a tu Ciudad aclamaron la guerra a sangre, y a fuego, La silla arrojé, y atenta su gente al horror que estampo, que ya en mis ojos revienta, desafié a todo el campo a la batalla sangrienta. A mis airadas razonas todos en pie se pusieron, con furiosas intenciones; salime, y vi, que lucieron las Marciales prevenciones, Gofredo entonces se vero me dio esta espada que ciño, tomela, y dije más fiero: presto verás como tiño en tu sangre aqueste acero. Tu gente anima, Aladino, porque en el campo Cristiano, que viene, al fin, imagino, o todo el poder humano, o todo el poder Divino. Rabio de enojo impaciente. Que así el Francés, más constante, en mi amistad no consiente! Qué haré, Ismeno? Qué haré, Argante Qué haré en furor tan ardiente? Qué, miedo ahora conciertas? Viste a los Reinos oscuros las negras bocas abie tas? Deja, Aladino, los muros, abre a tu Ciudad las puertas, y pon esta espada a parto; verás si al Cristiano impidas, arando fuera en su Estandarte enda Soldado un Alcides, dada Capitán un Marte. Oyándoos atentamente, en los dos he conocido el consejo diferente; en ti, el valor etre vido, y en ti el esfuerzo prudente. Mas yo resuelvo, señor, en calo tan apretado, que es bien, con traza mejar, templar el furor osado con el prudente furor. Quiero que un ardid extraño a todo el valor iguale; valga el ingenioso engaña, donde la ciencia no vale, reparé Arminda este daño. Arminda lo ha de podar? Sí, señor, porque si Armina es tan hermosa mujer, y beldad tan entendida, qué fuerza no ha de vencer? Ella, pues, que como sabes, de la Magia entiende tanto, formando encantos más graves aunque no es menor encanto el de sus ojos suaves. Al campo enemigo vaya, y porque en rostro, y vestido mayoras hechizos haya, bañe el rostro amor fingido, y el traje olor de Pancáis; que si enciende su hermosura, si engaña su hechicería, si suspende su dulzura, bien podrás por ella un día tener victoria segura. Cómo? Apartando a Gofredo de la empresa comenzada, o rindiendo en imorada a Reinaldos, o a Tancredo, Con este nuevo favor, oh Princesa de Damasco! al mundo pondré temor. Desde el Oliental peñasco, que es frente al Jordan mejor, al Atroyo de las Palmas, al Monte de las olivas abrasaré en dulces calmas; Hamas tenderé lascibas a los cuerpos, y a las almas. Presto, Aladino, verás, su vida en mis brazos presa; que Gofredo vuelve atrás de la principal empresa. qué empresa no acabarás si das al abismo miedo de tus encantos vencido? Si no pudiere a Gofredo, uné a Reinaldos vencido, apreso veré a Tancredo. la consejo, Ismeno, sigo. Parte, pues, Arminda, y vea ecampo del enemigo etra engañose Medés: por ti a encantarle me obligo; por tu fe y mi religión, verás, que estos vencimientas ignos de mi ciencia son. ̱ Deja los encantamientos de la Mágica ilusión, que ls fuerzas varoniles, las Armas no han menester los engaños mujeriles sina morir, o vencer con el esfuerzo de Aquiles Qué hermosa viña quien es tan bella y fuerte guerrera sino es del campo Frances? En la brillante cimera, y en el luciente pavés, a Clorinda he conocido, la Mora más bella, y fuerte. que en todo Egipto ha nacido. Palas sería de esta suerte con el Trovano vencido. Famoso Rey Aladino, cuyo nombre tiembla Enropa, cuyafama escucha el Asia, hasta el Reino de la Aurora. Tú, que a pesar del Cristiano, que ya inquieta tu Corona, de Damasco, al Monte Nevo, los ricos tributos gazas. que distila tus aromas, parias el Libano ofrece de sus mieras olorosas. Tú, a quien de Tito, y Sidón, para tus granas pomposas, las púrpuras te tributan sus mismas nativas conchas, Clorinda soy; si mi fama, en cuanto el Sol arrebola en su Oriente, y en su Ocaso, no has escuchado famosa. Aunque si escuchaste un tiemgo las mujeres valeresas, que la entiguedad celebra en sus sagradas historias. Yo soy, famoso Aladido, la que sus laureles borra, o a mi pecho se han pasado todas las almas de todas. Clorinda sol, que sabiendo que a Jerusalén ahora llegó el Francés atrevido, soberbio con sus victerias? Sabiando, llega Gofredo, que con sus gentes furiosas bañó de sangre el Orontes, ganó el Reino de Antioquia. El que del Turco, y del Persa, vio tantas Escuadras rotas, de cuantos alfanje empuñan; a cuantos el arco corban. Hoy en tu ayuda he venido, no con fuertes Amazonas, como ya Pantasilea condajo en favor de Troya. Bien que en el Asia mi fama, emulación generosa de la que a manos de Aquiles cindió sus valientes glorias. Sola mi persona traigo, aunque basta mi perlona a todos esos Cristianos, si vuelvo a enlazar la gole. Si corrigiendo un caballo la ligereza espumosa, embrazo este fuerte escudo, y empuño esta lanza sola. Presto con sangre Cristiana verás del jerdan las olas, que al mar no puede llegar, o llega con plantas rons. Presto me verás, flecuando mis saetas venenosas, hacer las unas escudos de las puntas de las otras. Ya yo, conozco a Gofredo, que en el cerco de Antio quia hemos probado los dos las espadas sanguinosas. Ya yo conozco a Tancredo; mas, ay, ardientes memorias! solo por hallarlo vengo pisando abrasadas sombras, Oh amor, qué valor no humillas! despojo sol de tus pompas, rendida sigue Clorinda el carro de tus victorias. Ya yo conozco a Reinaldos, cuya espada, en Asia sola Tridente ha sido del mar, rayo de la tierra toda. A Jerusalén te cercan; pero, Aladino, qué importa, si está Clorinda en tu ayuda, que para mil mundos sobra? Qué caminos anda el Sol, Clorinda fuerte, y hermosa, donde no suene tu fama, y tu nombre no se oiga? Aqueste bastón es tu yo, General hermoso, toma a cargo aquesta Ciudad, rige tú mis gantes todas. Adonde tienes a Argante, que con fortaleza propia no pidiera A tlante ayuda, al hombro las cinco Zonas, Dónde estás, Clorinda, sobe todas las humanas fuerzas, pues son las tu vas groriosas, Siendo tú mi General, tiemblen mis manos fogosas (pues ya les fulminan rayes) aquestas Cristianas tropas. Deten, valeroso Argante. esa espada fulminosa, que mientras no la suspendes no tiene Marte más honra. Qué venenos en la vista! qué viboras ponzoñosas en ella escondes, Clorinda, airadamente amorosa! como enciendes mis sentidos en llamas abrasadoras! volcanes mi pecho espira por muchas ardientes bocas. Alto, pues, vamos al mure, y bajen desde sus rocas las esferas abrasadas en alcancias, y bomvas, Viva el valor de Clorinda. Vamos, divina Belona, que tu hermosura bastara, que las almas no perdona. Aquesta noche procuro mirar por donde el asalto daremos mañana al muro: por aquí está menos alto. Sí, pero está más segure Por qué? Porque este do sospecho, que es el Calvario, y si el miedo no me engaña (que de noche es temetario) no tengo por buena hazaña inquietar al mal Ladrón, que ha de estar aquí enterrado, o que piense, en conclusión, que nos habemos soltado de un paso de la Pasión. y aún Judas pudieras ser tira, Tristán, lo que dudas. Muy bien lo puedes creer, pues cualquier criado es Judas en el besar, y el vendar. No tuvo Judas razón mas qué no hará un despensero? Ay, imposible afición, qué fin en tu muerte espero! Quieras, que del mal Ladrón lleve a un Sastre una costilla, que debo en Francia la hechura de estas calzas? Que no humilla tu fuerza, amor! qué segura alma podrá esistilla? Que tu pasión no han vencido las armas? Cómo, si encierra las escuadras mi sentido qué paz hallaré en su guerra, si en su furor ha nacido? Ay, Tristán, desde aquel día, que el alcance victotioso de los Persianos seguía, y que paré caluroso junto aquella fuente fría desde que Clorinda bella, descubierta la celada, llegó tan cansada a ella, dejó mi alma abrasada casi a la menor centella. Qué ley, de quien no la guarda, qué fe, de quien no la tiene, tu imposible amor aguarda? Mi vida amor entretiene con la esperanza que tarda. A Clorinda he de buscar, en dando fin a esta guerra, que en Antioquia ha de estar, o en cuanto toda la tierra mira el Sol, y ciñe el mar. Si en Antioquia señor la hablaste, si tal desdén dado ablandar tanto amor; si allá de Jerusalén se sabe el cerco mejor quien duda, que por buscarte venga a socorrer el muro y si amor la enseña el arte aún aquí no estás seguro. De qué? de que venga a hablarte Gente en el muro he sentido. Fiado en esa montaña, está desapercibido por aquí el muro, Qué hazaña intenta, amor, mi sentido! Buscando vine a Tancredo, en socorro de Aladino, por ver si encontrarle puedo en el sangriento camino de esta guerra. Habla más quedo, que en aqueste campo oscuro gente siento. Quién al Cielo quiere atreverse seguro, sin baja ceniza al suelo? Quién le guarda? Un rayo puro, una furia, que en la tierra todo lo deja deshecho. con más rigurosa guerra; una mujer, que en el pecho a Marte, y amor encierra. Clorinda soy. Cosa es clara, pues su voz he respetado como si su voz bajara del Ciela. Si acertado? Y aún Profeta; hoy, repara. Clorinda soy, no os da miedo mi nombre? Y es bien me asombre, pues vivir sin él no puedo. Quiero decírles mi nombre; para que sepa Tancredo, que estoy en Jerusalén. Ella estará bien guardada con tal belleza, y es bien, que siendo Ciulad sagrada, Ángeles por guarda esté Estará al menos segura de quien llegare atrevido, si defenderla procura mi amor. otra vez he sido Faeton de aquesa hermo sura. Tancredo sui, que a tus manos debe piedad tan gloriosa. Fuerte Sol de los Cristianos! Divina Palas hermosa! tú en sus muros soberanos? tú en Jerusalén, señora? Pero hallarte solamente vine desde Persia ahora, y fuera a la Libia ardiente, de Sierpes engendradora. Andará mi voluntad con el Sol igual camino. Si tiene con tu deidad el socorro más divino, qué teme aquesa Ciudad? qué teme, si en ti ha venido todo el Cielo en su favor? Tu valor nunca vencido, que es enemigo mayo:: la guarda nos ha sentido. Vete a tu tienda, mi bien, que tengo en mis dichas miedo, que te he de perder; también por ti perdono a Gofredo. Yo por ti a Jerusalén. Franceses fieros, ascuad o eruzado, mañana he de empezar la ampiesa santa; ya la maquins fuerte se ha acebado, que sobre las murallas se levanta: El Sol apenas nacerá, beñado en el sacro Jerdan, cuando otra planta mayor, que vio Scipión sobre Cartago, sea de Jerusalén furioso estrago. Tú puedes solo libertar el muro, pues tantos Rayes tu valor inclina, que el velo de tu Fe, piadoso, y puro, merece bien hazaña tan divina, En tu espada, Reinaldos, asís la destruición de toda Palestina: tú la Torre gobierna. Verisla llover al muro uo Mongibel defa Cubierto el rostro de dega velos hablarte quiere una gallarda Mor Dile, que entre, Parece que los Cielos abrevia en luces tan divina Aurora; no vieron tal belleza Chipte, ooo en Venus, ni en Diana! Alzad del suelo, enguja el llanto de tu luz serén; y di la cansa de tu amarga pena Príncipe invicto, y famoso cuya fama tiembla el Ganjes, cuyo nombre, aún en los Cielas respetan los dos Atlantes. Generoso vencedor, pues tu piedad es tan grande, que tus conquistados Reines adoran tus pies triunfantes. La fama de tu clemencia. tanto puede, tanto vale, que con ser yo tu enemiga, de ti he querido ampararme, Aunque contrarios en Fe, la tengo en ti tan constante, que por ti cobrar espero la Corona de mis padres, otros, contra su enemigo, de sus amigos se valen: yo pido al revés, Gafredo, victoria contra mi sangre. Cuando a otros quitas los Reinos y sus soberbias abates, ya te pido yo, que el mío me testituyas, y ensalces. Princesa soy de Damasco, y el Rey Arbolán, mi padre, hermano fue de Aladino, si es razón que así le llamen, El Rey de Jerusalén, cuya Ciudad hoy combates, cuyos muros, ruego al Cielo, coronen tus Estandartes. Matió mi padre, y mandó su tutela entregarme porque en poder de mi tío con pompa igual me criase. Pensó, que de su lealtad pudiera, señor, fiarse mi poca edad, y mi Reino; hasta poder gobernarle. Mas viendo, al fin, que crecía Reina de las voltantades, y esperanza de mi Reino, que ya pretendía casarme, entró en Damasco Aladivo, y matando sus Alcaides, tomando todas sus fuerzas, conquistando sus Ciudades, volvió a esta Ciudad, adonde la vida quiso quitarme, porque faltando mi vida, atrrición asegurase. Escápeme de sus manos, y esperando que llegases acercar aquestos muros, como Católico Marte, a pedirte viene ayuda (oh Sal de los Capitanes!) una perseguida Reina, una mujer miserable. Las lágrimas que derramo sobre tus plantas Reales, mueva tu piadoso pecho, para que en ella me ampares; antes que Aládino aleve stos despojas arrastre. Por aquestos pies, adonde rendidos Imperios yacen así estas manos gloriosa aqui esta conquista acaban del Sepulcro de tu Dios, que mi triste vida guardes, que mi Reino restituyas, para que tuyo le llames. No me niegues el socorro, pues no pretendo quitarte de este famosa conquista, ni pido fuerzas tan grandes, Con diez Caballeros tuyos, y los vasallos leales que tengo dentro en mi Reino, espero, señor, cobrarle, Dame tu ayuda, Gofredo, porque amparador te llame, porque piadoso te adore, porque vence lor te cante, porque tu nombre famoso todos los siglos le aclamen, todos los Orbes leteman, todos los Cielos la ensalcen. Bella Reina de Damasco, si por Dios no se arbolasen estos cruzados Pendonas, de Dios elegidos antes para aquesta empresa suya; si por él no se empeñasen estas Cristianos estoques contra esos Turcos alfanjes, no el socorro que has pedido, estas fuerzas Miritares llevaras luego a Damasco; mas si aquestos celestiales Muros de Sion, primero no conquistan mis Infantes, por qué a las victorias mías el curso quieres pararle? Daja que sobre el Sepulcro estas Vanderas levante, que a cobrar después tu Reino palabra doy de ayudarte. Oh infeliz estrella mía! ya no me queda otra parte, pues que el amparo me niegas de donde socorro aguarde. No a ti te culpo, aurque puedes pequeño favor negarme; al Cielo sí, que en ti ha hecho la piedad ineorable. Pues donde huir no me queda, quiero al tirano entregarme, porque mi inocente vida sus fieras manos acaben. Oh peregrina hermosura? con que rayos penetrantes has tresposado mi pecho, que ya entre tus ejos arde; Iré en tu ayuda, si el Cielo tantas vidas me quitase cuantos rendidos deseos viven en tus pies constantes. A quien no obligan, señor, unas lágrimas suaves de una beldad desdichada, que te pide que la ampares? No puede ya tu piedad resistirse a ruegos tales, pues de tu campo no pide los valientes Capitanes. Yo, que aventurero sigo tus Banderas immortales, iré, si me das licencia, porque secorro no falte. Baste ya, Reinal dos, baste, dale la ayoda que pide, con ella a Damasco parte. Mas no mi consejo esperes, aunque mi licencia aguardes; vete, y permitan los Cielos, que el tiempo te desengañe de las desdichas que encubren tan prodigiosos azares. Tú, del Persiano, y del Turco tantos despojos ganeste? tú, tienes sangre Francesa? tú sigues tan inconstante estas Vanderas de Cristo? qué, cuando espero gararle vertió su inocente Sangre, en los peligros me dejas con enemigos tan graudes? Vete engañado, y vencido de esta Sirena suave, que Dios nos dará su ayuda, cuando la tuya nos falte. perdone el mundo y pendones cuantos despojos triunfarte espera colgar Gofredo cuando aquesta empresa acabe. Perdone Jerusalén, que en las banderas fatales de amor, obediente sigo otras órdenes más graves. Dulce encanto, que suspende, belleza, que persuades, lágrimas, que derramadas enternecéis los diamantes, muchas almas, y una vida hoy en tu socorro parten; tiemblen de mi acero cuantis tales agravios te hacen. Darete a Damasco, y luego verán tus triunfos Marciales del Cielo las cinco Zonas, y del mundo las tres partes, genroso amparo mío que en las pasadas edades, a ser yo Venus, le dieras mayores celos a Marte. Llevándote yo en mi ayuda, qué defensa habrá que baste cuando a Damasco cercaran todos los distintos mares? Tú mi Reino restituyes, y mis enojos deshaces; dichosas perdidas mías, pues han merecido hallarte. Tu luz seguiré, aunque pises de Libia los arenales, aunque tus plantas compitan con las nieves de los Alpes
JORNADA SEGUNDA
Hoy fuiste, famoso Argante, en Cristianos Escuadrones el rayo más fulminante, rompiendo hasta sus Pendones cuanto topabas delante. Y yo mirando, que aprestas tanta máquina contraria, y tantas vidas supuestas, desde el muro sagitaría flechando estuve saetas. No más, Argante, no quiero de los muros amparada, esi embotar este acero: presto me verás airada vencer al Cristiano fiero. Has visto una Torre alzar, que más furioso Gigante el Cielo quiere asaltar? pues aquesta noche, Argante, su máquina he de abrasr. Cuando tu valor ardiente, sin que la muerte le rinda, te arrebata osadamente, dejas a Argante, Clorinda, entre la plebeya gente? cuando tal furia derramas, que la torre ardiendo en fuego vence las ajenas famas, quieres que entre el humo ciego mire yo subir las llamas? también yo quiero salir a matar para vivir; también sé yo de qué suerte está la vida en la muerte, pues sé en tus ojos morir. Hoy del Cristiano homicida tendremos los dos mil palmas, pues con fuerzas repartidas, tú matarás con dos almas yo pelearé con dos vidas Tu acero ampara estos muros; muerta yo no hay que temer les vengan daños futuros: más muerto tú, en qué poder podrán esperar seguros? En vano, Clorinda, son contra mi resolución las excusas que has buscado, juntos habemos guiado un mismo fuerte Escuadrón, juntos hoy en esta fe, si me guías donde vas, esas plantas seguiré; mas si me dejas atrás adelante pasaré. Alto, si me has de seguir; vámonos a prevenir para esta empresa dudosa. Vamos, Clorinda famosa. A dónde vas, a morir? a donde vas a entregarte con tal belleza a la muerte? no quieras precipitarte, teme la contraria suerte, que ha empezado a amenazarte. Detente, Clorinda amada, teme la fortuna airada que triste fin te promete. Echose la suerte: Alete, ya yo estoy determinada. Pues detenerte no espero en precipicios tan graves de tanto lloroso agüero, una historia que no sabes quiero decirte primero. No ves que Argante me espera? déjame. Dónde ligera vas a tan funesta gloria? Di, pues. Escucha tu historia miserable, y verdadera. El grande Rey de Etiopía en cuyo anchuroso Impario vive en paz, y Reina ahora, rigiendo su adusto pueblo, la Ley adora de Cristo, el que siendo Dios Eterno, dicen, que de Madre Virgen hombre nació verdadeto. Esclavo yo de la Reina, Moro Egipcio, en su aposento era guarda de sus Damas, rayos del Sol, aunque negros. Era de la Reina el rostro adusto, si, mas tan bello, que al Sol excedía más puro, en su tierra amar eciendo. Toda la nocha más triste eran sus crespos cabellos, todo el más sereno día eran sus ojos serenos. Celábala el Rey amante con abrasados desvelos del más atrevido Sol, aún a los rayos primeros. Adorábale ella, cuando con más sospechoso incendio tanta hermosura guardaba a los ojos de los Cielos. En la misma cuadra, a donde estaba su casto lecho, una blanca imagen era de su negra vista objeto. Era la imagen devota, a quien con puros deseos humildemente ofrecía muchos sagrados inciensos. Be una Virgen que traía en la Luna sus pies bellos, por manto el Sol, y la frente zorona da de luceros. Quedó preñada, y naciste: oye el más grave suceso. Naciste de negros padres, a esta imagen pareciendo, y viose en caso tan nueve, que de la imaginacin son estos grandes efectos. El furor del Rey tu padre, tu madre entonces temiendo, consejo a mi amor le pide, y yo le di este consejo: Que encubriendo de tu padre los ya conocidos celos, como la causa Divina de tu hermoso nací miento, Y poniendo en lugar tuyo otra de su color negro, poco antes nacida, fuese de su dolor el remedio. Hazlo así y tu hermosura entregó a mi blando pecho, mandando me afectuosa, que te bautizase luego Caminé contigo a Egipto; a donde en mi patrio suelo, como sabes, te he criado, de tantas ciencias espejo. Allí de flechas armada, tras el Jabalí soberbio, penetrando de los montas los más religiosos senos. Allí venciendo en las armas, a los soldados más diestros, en la escaramuza fiera el Caballo revolviendo. La fina adarga embrazando, arrojando el duro fresno, flechando la ardiente bira, y jugando el fuerte acero. Mi Ley, Clorinda, seguiste, que por descuido, o por yerro, hasta ahora no he cumplido de tu madre el mandamiento. Qué visiones no he tenido, que me han perseguido en sueñas para que te bautizase? esta noche en su silencio, una Doncella, mas pura que el Sol, cuyos blancos velos es de la Aurora vencian, mostrándome airado ceño pues bautismo no la has dado, me dijo (ay triste suceso!) bañada en su misa sangre letendrá Clorinda presto. Partiose, al fin, de mis ojos, y yo en más luces, mas ciego quedé, cuando despertaba a la primer luz de Febo. Deja, Clorinda esta empresa mira que tu vida temo, nira estos gran es prodigios, teme estos tristes agüeros, Alete, en la relación de mi nacimiento altivo, agradezco, tu intención, pues sé que por ella vivo; ero en mudar Religión, tómo he de mudar el ser? no me resuelvo hasta ver cual me parrce mejor. Y en lo que tirnes temor, que la vida he de perder, te respondo, finalmente, que he de seguir con Argante aquesta hazaña veliente, cuando mirara delante a todo el Infierno ardiente. Ay, mi Clorinda querida! cuanto a esta empresa temida tiene mi pecho temor. Espera tú en mi valor, y ruega a Alá por mi vida. Ya Reinaldos, Arminda, vercido sigue tus hermosas plantas, con alma tan rendida, que cuando fuera tu hermosura a cuantas Provincias mira Apolo, cuando Damesco fuera tado el helado o todo el Clima ardiente, más firme te siguiera, donde por coronar tu frente hermosa todo el Orbe venciera. Cuando entraste en la tienda de Gofredo abrasando mi alma en tus amores, Sol fuiste con saetas, tayo fuiste de flores. Cuando con tanta pena socorro le pediste, para cobrar tu Reino, tan suave Si rena de mis sentidos fuiste, que cuando Ulises fuera, no me atara a la nave, donde si te escuchara segunda vez mutiera. Pequeños son, si mis intentos mides con mi firme deseo, los trabajos de Alcides, si has de ser de mi amor dulce trofeo pues por ser virte, Arminda, el mar abreviaré como Teseo, con muchas almas, y con poca vida; La compuesta belleza, Reinaldos generoso, la airosa gentileza en el desprecio hermoso de las perlas, y flores, los olores Sabeos que espiraba el vestido, los más libres deseos el más libre sentido. El socorro pedido, con engañoso llanto para cobrar mi Reino, todo fue dulce encanto, para que, o ya veniciendo la hermosura, o obligando la pena, trajese los mejores Capitanas de tu campo Cristiano, a mi prisión oscura, o a mi mortal cadena. vences pensé a Gofredo, para obligarle de su grande empresa; vencer pensé a Tancredo el alma entonces en mis brazos presa encenderte pensé, Reinaldos mío, disfrazando en mis ojos el veneno; todos fueron engaños de mi tío, consejo fue de Timeno, viendo al Rey Aladino en su Ciudad cercado; mas ya troque, Reinaldos, el cuidado, erré todo el destino, erré toda la empresa, y el camino: pero ya no me pesa, pues que tu fuiste la mayor empresa. Vencerte pretendí, mas ya mi vida está a tus pies rendida: matarte pretendí, mas ya que espero cuando a tus ojos muera? Reina soy de Damasco, finalmente; si correspondes ardiente, de mi Reino tendrás el señorio, una corona le daré a tu frente, y un alma te daré, Reinaldos mío. En más estimo, Arminda, llamarme dueño de tus ojos bellos, en más estima el alma agradecida hallar tu gracia en ellos, que el Reino de Damasco que me ofreces cuando Damasco fuera cuanto mira la esfera. Mas cuando de tu amor lisonjeado me ciñeran la frente más coronas, que los Orbes de Zonas, pues ya no has menester el favor mío no dejaré la empresa comenzada, hasta que del Jordán el fanto Río heba libre el Cristiano; hasta que el peregrino en el mármol de Cristo Soberano llegando, al fin, devoto, absuelva su camino, cumpla su voto. El mundo todo atento, para esta grande empresa se conmueve desde el que el Tanáis bebe, hasta el que habita el Nilo, que de Mensí: Egipcia las Pirámides besa; y quieres tú que deje yo esta empresa Está el valor Cristiano abreviado en su mano, esgrimiendo en su acero los rayos de Vulcano, las saetas que vibra el Parto fino está Gofredo altivo, si a Marte no espantoso, representando al vivo a Josué glorioso: esta Tancredo, tayo fulminoso del Asía, que rendida entre sus plantas su valor confisa y quieres tú que deje yo esta empresa Sabes que estás en mi poder, Reinaldos sabes que a mi poder no hay fuerza algún si en mi ciencia se emplea, sahes que soy afrenta de Medés, conjurando los montes de la Luna? Cuando en ti se abreviara el futor de los abismos ciegos, cuando a tu encanto, Arminda, las esferas déjaras suspendidas, (ruegos no has de mirar mis plantas detenidis Cómo no? ingrato, espera: Dioses del Lago Aberro, encendida Meguera, que del abismo eterno en los Reinos oscuros os rinden mis conjutos, llevadnos juntos donde en las remotas partes del Oriente el Palacio se esconde de la Mágica Arminda, llevadle al lazo de mi amor asila, dentro del campo cristiano mucho querría no perderte mientras esta airada mano es espada de la muerte. No temas, que el paso fiero todo el mundo me detenga porque cuando el mundo entero impedir el fuego venga, me queda, Argante, este acero. ̱Esta es la Torre, procura, ve en dando fuego sigamos enda a la Ciudad segura. No temas que nos perdamos, maque la noche es oscura. ̱ Síguame, Clorinda. Espera, pues tanto furor derramas, verás la Maquina fiera dishecha en ardientes llamas, prestar rayos a la esfera. Ya se ve abrasada en fuego la Torre, y ya al Cielo sube, entre tanto abismo ciego. toda una encinada nube; ya con más desasosiego, la guarda nos ha sentido: no la escuchas? Guerra, guerra. Quieres que el fuego encendido, que en mí de tu amor se encierra, mate al Cristiano atrevido? que el poder del mundo viene sobre nosotros. Llegad; quien tan grande valor tiene para tal temeridad? Dos Moros armad os fueron, que tan furiosos llegaron, tan fuertes se resistieron, que la Máquina abrasaron, ya la Ciudad se volvieron. En la airada confusión de tanto Clarín sonante, de tanto fiero Escuadrón, perdí al valeroso Argante sombras cuantas piso son. Y el aire denso, y oscuro, que del gran fuego ha quedado, roba a mis ojos el muro, y a mis plantas ha borrado el camino mal seguro. Por el sangriento camino que deja (entre sombra incierta de esta noche tenebrosa) este soldado valiente, sigo su planta furiosa. Parece que sueña gente. De su espada rigurosa envidioso vengo a estar, pues aunque a su acero osado mi gente he visto matar, con envidia me he parado a verle herir, y matar. Qué quieres, que de esta suerte siguiendo mis pasos vas? qué buscas? di. Guerra, y muerte. Pues guerra, y muerte hallarás en aqueste brazo fuerte. Presto verás mi furor. Quién eres, que así has podido resistirte a mi valor? Quién verá el tuyo rendido, si el tuyo fuera mayor. Sabes que mi pecho encierra todo el valor abreviado de aquesta sangrienta guerra? Sabes que mi acero airado es incendio de la tierra? Rayos, como el Cielo, tira mi espada. Contra esos rayos volcanes mi aliento espira. Del infierno soy desmayo. De los Cielos soy la ira. que será gran desventura, que aquesta hazaña valiente encubra esta noche oscura, no tanto valor ardiente. Que en día más secreto un teatro merecía cubra de la noche el seno Mirando tu valentía la suspensión te condeno. Hasta morir, o vencer, vuelve a la batalla. Espera. Qué puedes de mi querer? Sabar quien eres quisiera. Para qué? Para saber, en la gloria de vencerte, o perdiendo aquesta gloria, a quien en trance tan fuerte deba tan alta victoria, o la honra de mi muerte. Dime tu nombre, si el ruego tiene en las armas lugar. Yo siempre mi nombre niego, mas soy quien pudo abrasar la Torre en ardiente fuego: Uno soy de los Soldados que la máquina encendieron. Oh Cielos conmigo airados! tus brazos son los que fueron a tal valor destinados? Estas son las mismas manos, que la Torre en humo ciego dieron a los aires vanos; y yo quien maté mi fuego en sangre de los Cristianos. Presto acabarás en él, que haber tan bárbaro hablado, y callar tu nombre infiel, ambas cosas me han llamado a la venganza cruel. Presto verás tu intención muerta a mi terrible saña. Rindete. Mis brazos son como el roble en la montaña al atrevido Aquisón. Cansado está tu valor. Ahora de nuevo empieza. Mira si es grande tu error, que muerta tu fortaleza, pelea solo el furor. Pero esta mortal herida. acabará nuestra guerra. La fuerza tengo perdida: muerta sol. Cayó en la tierra. Yo te perdono mi vida. n esta batalla grave del alma no, antes que acabe dale bautismo a mi alma, para que sus culpas labe. ̱ Ay despierto corazón! qué presagios adivinas? aclara esta confusión, qué dolores imaginas? muertos mis luceros son. Cielos, Clorinda es aquesta! Ay luz del Sol eclipsada, en tanta noche funesta! o victoria desdichada, pues que dos vidas me cuesta! cuanto mejor, noche fría, fue tu silencio profundo? ahora amanece el día para descubrir al mundo esta aleve culpa mía? Ay, mis amados despojos! dónde sepulcro os daré? a donde, en tantos enojos, mi muerto Sol llevaré? parece que abre los ojos. Vives, Clorinda?es el Cielo con mi dolor más clemente? mas, ay, triste desconsuelo, que ni sueña clara fuente, ni corre libre arroyuelo, donde poder bautizarte: en tantas almas vertidas, quiero a mi campo llevarte donde cure tus heridas, o pueda, al fin, sepultarte. Hoy el segundo asalto hemos de dar a la Ciudad Divina por más que de lo alto bajé los rayos que su ardor fulmina; hoy porque os sirvan de alas, al muro arrimaréis fuertes escalas, que si atrevidamente os quemaron la Torre de madera; oy Escuadrón valiente, habéis de ser otra Ciudad entera, que a los muros opuesta arriméis otra Máquina funesta. n las mantas de acero al muro llegaréis más defendidos, abatirle primero, preste, soldados, los veréis rompidos, que quien por Dios pelea, cerca está la victoria que desea; Qué haré nos hoy atentos en la conquista de esta santa tierra, si ya no hay bastimentos? isaltan ya los nervios de la guerra? porque Aladino airado fuego es el campo ameno, letal espira el aire, ardor extraño; las fuentes son veneno, qué remedio ha de haber, en tanto daño, si el Saldado más fuerte bebe en cristales disfrazada muerte? Qué haremos ya, Gafredo, si faltan hoy nuestros valientes Polos, Reinaldos, y Tancredo? sifaltan estos, que bastaban solos, de su valor seguros, Vosotros que nacisteis al bertar de Dios el Árbol santo; vosotros que vencisteis, siendo del Asia universal espanto, batallas tan famosas, así humilláis las frentes generosas? O con razón me quejo de que penséis, que su favor se acaba, quien el mar bermejo, cuando su pueblo huyendo caminaba por sendas más suaves, locorro nos traerá de nuestras naves. La desgracia os concedo de faltar en mi campo las columnas Reinaldos, y Tancredo; estas son de la guerra las fortunas: mas ninguna os espante, cuando hay David contra el mayor (Gigante. Reinaldos está vivo, si. Tancredo aquesta noche ha (muerto, si aquel valor altivo, ue ya la sangre hasta los pies cubier dejastes junto al muro, sepulcro tiene de su sangre puro Tened hoy confianza ha de hacer tal venganza, que venza la de Tito, y Vespasiano. Tristán. Señor. Adónde esta Tancredo? O a mi amo esconde la cueva a donde creo que haciendo penitencia está la Gula, o el Cuervo de Eliseo; tan mal el no comer se disimula, asta el Jordan los campos ha talado.que tengo por más cierto, que más la hambre que el valor le ha No es aqueste Tancredo, (muerto. con un soldado muerto entre los brazos? Generoso Gofredo, deje que estos sangrientos dulces lazos ponga en tu tienda, y luego mi historia te diré de sangre, y fuego a fijer el pendón sobre sus muros? Quién será el joven fuerte, que en guerra tan cruel, y tan piadosa Tancredo ha dado muerte? Mujer, señor, parece. Y tan hermosa (si mal no he conocido) que ser el Sol de Asia ha merecido; Gran Capitán, a quien Dios por tan gloriosas hazañas dichosamente ha elegido para aquesta empresa santa. Después que cruzando el pecho partimos todos de Francia, de conquistar animosos estas divinas murallas. Después que la Cruz seguimos de tus Banderas sagradas; de tantas varias Naciones. estas famosas Escuadras. Y después que conquistamos siete Provincias en Asia, donde el Reino de Antióquía gano mi brazo, y mi espada. El día que victoriosos de tantas gentes Persianas, nos el alcance por las sangrientas campañas. Yo, que en un fuerte Español, que mordiendo las escemas del freno, el limado acero de espuma, y sangre argentaba, cansado ya de matar, sangre corriendo las armas, hasta los pies del Caballo, de tantas vidas contrarias, oyendo una clara fuente, que de una verde montaña, por mirarlos más hermosos sus cristales despeñaba. Para refrescarme en ellos el calor que me abrasaba del Sol; que al León entonces encendia las espaldas. Dejo el Caballo, y apenas me acerqué a la fuente clara, cuando una doncella hermosa (por la misma ardiente causa. de refrescarse en la fuente) a Caballo llegó armada; airosamente se apea, y mirándome gallarda; Oriente haciendo a su Sol al quitarse la celada, de la mayor hermosura espejos hizo a las aguas. Era Clorinda (ay de mí!) aquella Mora gallarda, primera Palas de Egipto, segunda Venus del Asia. Aquella que tantas veces (de ti Antioquia cercada, conmigo probó su acero, contigo midió su lanza. Mirela, y a un mismo tiempo; en su vista arrebatada, abrasada de sus ojos voló en cenizas mi alma: Oh matavillas de amor! nacido apenas estaba. cuando ya volaba altivo, cuando sus triunfos aclama. Con la celada se cubre, que a no sentir que llegaban otros armados Ginetes, combate me llamara La silla al Caballo ocupa, y embrazando bien la adarga la lanza puesta en el ristre, de mí se partió bizarra. Mas como en mi pecho entontes tan firme dejó su estampa, que la mano de la muerte solo ha de poder borrarla. De aquellas pasadas guerras entre el ruido de las armas; hallé a Clorinda, y amor, aunque de fe tan contraria, de mis puras elecciones la ocasión asegurada, concertó nuestras estrellas; y firmó mis esperanzas. Aquesta noche, que oyendo hacer señales la Guarda, juntarse los Elcuadrones, y tocar apriesa al arma, talí a mitar la ocasión; y vi, que toda abrasada la máquina de madera era una Torre de llamas. Y sabiendo, que dos Moros con dos encendidas hachas de Jerusalén salieron a tan atrevida hazaña, furioso, con mis Soldados, hasta la Puerta Dorada llegué, que al socorro abierta los dos Moros aguardaba. Cerráronla prestamente, viendo, señor, que llegaban las venganzas de mis manos en iras más abrasadas. Desesperado volviendo mire entre las sombras vanas un Soldado, a quien mi gente villanamente cercaba. Envidioso me detuve a ver la valiente espada, con que haciendo rostro a todo los hería, y los mataba. Dejando de cuerpos muertes toda la tierra bañada, como sangriento León partió con feroces plantas. vilas yo, y más airado, sintiendo que me acercaba, a mi fe volvió, y furiosos empezamos la batalla. Tres veces la suspendimos cansados ya, y otras tantas volvimos airadamente con más furor a empezarla. Cerramos, y finalmente cayendo a mi ardiente saña con una mortal herida, pues que ya a mis pies acaba. Yo, amigo, te la perdono, me dijo, como a mi alma agua le des del Bautismo, que todas las culpas lava. Huyó a este tiempo la noche; salió más llorosa el Alba a ver mi desdicha, y luego (ay tragedia desdichada!) conocí a Clorinda (ay Cielos! elóseme en la garganta la triste voz, y las venas corriendo nieve abrasada. No morí luego, aunque pudo matarme la misma causa, porque mi muerte a su vida era pequeña venganza. Matarme quise, y detuve la mano al acero airada, o por morir muchas veces, o porque el dolor bastaba. Viendo, pues, atentamente, que señas vitales daba, en llanto mezclé la mía por tantas vertidas almas. Atele, al fin, las heridas, cuando yo muerto de tantas, a vista de su enemigo sangre otra vez derramaban. Muerto yo, y ella mal viva, en mis brazos desmayada agua le di de Bautismo en la fuente más cercana. A tu tienda la he traído donde curando sus llagas tu des la vida a Clorinda, ella a mí la que me falta. Dulce, y lamentable historia! digna de ser dilatada a los venideros siglos en los bronces de la fama. Si la antiguedad divina, que a la memoria consagra tantas historias famosas, la de tu amor escuchara: Cesen hoy todas, cyendo ya que a su nombre levanta Clorinda en sangrientos jaspes, sino en mármoles de hazañas. Tancredo fuerte, a mi campo los mantenimientos faltan, nuestras Naves, desde el puerto, a darnos socorro tardan; o porque del Rey de Egipto te opone la fuerte Armada, o porque el socorro impiden sus enemigas escuadras. Reinaldos, que al lado tuyo de aquesta empresa sagrada. era otra fuerte columna contra esas fuertes murallas, es prisionero de Arminda, aquella beldad tirana; que se le llevó engañado con relaciones tan falsas. Reinaldos está encantado en la deliciosa casa, que en Oriente tiene Arminda para las vidas que engaña. Tancredo, esta emprasa as tuya, tú has de libertarle el alma de la beldad que le enciende, la Sirena que le encanta. Cómo partiré, si dejo la mía en piisiones tantas? como librará a Reinaldos quién sus cadenas arrastra? Si está mi vida en Clorinda, si el alma al partir me falta, qué valor tendré sin vida? qué vida tendré sin alma? qué gusto, sin alegría, si naufrago en en tantas ansias? Viva sanando Clorinda, o muera llorosa en ansias; o déjame que piadoso, si ya Clorinda Cristiana; pisa las regiones claras, hacerla un sepulcro, a donde entre víctimas de Arabia, llorosa inscrición declare su ventura, y mis desgracias. Tancredo, esto ordena el Cielo, él imperioso te manda, que a rescatar a Reinaídos luego al Oriente te partas. Mira, Tancredo, este he cudo, que con más divina traza que la que llevó Perseo en el escudo de Palas, quizá le ha formado el Cielo; en esta lumbre acerada ha de cobrarse Reinaldos, mirándose en él la cara. Toma, y pártete al momento, con estas gloriosas armas, en el Palacio de Arminda a Reinaldos desencanta. Qué no he de ver a Clorinda? que a tan dudosa jornada, de mi aleve mano herida, he de partirme, y dejarla? Sin mirarla has de partirte; un Barco en el mar te aguarda, en que venciendo sus ondas, seguro al Oriente vayas. Parte, y en ausencia tuya, ten en tu fe confianza de que sanará Clorinda de aquestas mortales llagas. Si Dios mi persona elige para una empresa tan alta, cumplir obediente quiero sus órdenes soberabas. Qué nuevo valor que siento! qué fuerza del Cielo extraña en mi pecho has infundido, que en nobles iras se abrasa embrazando aqueste escudo: Si cuando su acero embrazas sientes dolor tan divino, también sentirás la causa. tiemblen mi escudo, y mi acero cuando a Reina dos guardarán como el Vellocino en Colcos las Serpientes encantadas. Cuando el Castillo de Arminda entre veladoras guardas del Cerbero me impidieran las tres hermosas gargantas. Tú, Tristán, has de ir conmigo Volverá la edad pasada; seré yo tu Gandalín, y tú mi Amadís de Gaula. Pero con dos condiciones te serviré esta jornada, si eres Caballero andante, de escudero de más fama. Con que has de llevar dineros que a los Caballeros que andan a desencantar doncellas es medicina extremada. Y la segunda, Tristán? Tener cierta la posada, que es triste cosa que andemos por selvas, y por montañas. Ven a ponerme las armas, ensilla luego el Caballo: Dame, Gofredo, tus plantas. Parte, famoso Tancredo, y Dios en tu ayuda vaya.
JORNADA TERCERA
Aquí, Reinaldos mío, sirven a tus amores el Pueblo de estas flores, y el cristal de este río; ámbar corren los vientos al compás de mis dulces pensamientos Porque mi amor repares, que mi deseo confiesa, abreviaré tu mesa los vientos, y los mares, que quien en ti idolatra vencerá las finezas de Cleopatra Ocuparate el sueño (si duerme quien bien ama) la historia en dulce llama de tu rendido dueño; y será el lecho, en suma, en batallas de amor campo de pluma Si mil almas tuviera por humildes despojos de tus divinos ojos espejos los hiciera; porque vieras, Arminda, rendirte muchas almas una vida. Mas si a tus pias ahora mil almas no prevengo, una sola que tengo como cien mil te adora: epulcro sean tus brazos de quien ya muere en tan divinos lazos Dulcísimas Sirenas tantad, cantad mis glorias, olvidad sus memorias pretad sus cadenas, sea prisión más grave de sus sentidos vuestra voz suave. Con la rosa se compara de la verde edad la flo que su florida belleza nace, y muere con el Gozad los dos vuestros ayos, toged las rosas de amor, gozad la ocosión, primero que se pierda la ocasión. Oh qué bien cantan Arminda! o como es su dulce voz cadena de mis sentidos, de mi alma suspensión! Gocemos el tiempo ahora que está nuestro Abril, en flor, antes que edad ligera marchite la de los dos. Don Reinaldos, nuestros lazos envidia (oh admiración!) a las palomas de Venus, bella Madre del amor. No es Clarín el que ha sonado? Oh prodigioso rumor! divertir su temor quiero: vuelve a mis brazos, que son mis músicos, que te cantan la batalla del amor: escucha Al arma, Soldados. Dadme mis armas, ya voy: Dadme mi escudo, y mi espada. Pierde, mi bien, el temor: para quien las armas pides, si yo adoro tu prisión? Al arma, las que seguís las banderas del amor, no quede humana belleza; que no penetre su arpón. Para mí, Reinaldos mío; sobra todo su rigor. Para mi sobra su fuego, pues que tan vencido estoy. otra vez el Clarín suena. Oh, siempre airado clamor! del Mar procede la causa de tan grande confusión. Sígueme, veré quien puede (a pesar de mi rigor) argos del tesoro mío, surcar el Mar tan veloz. Sígueme. . Aguarda mi bien. Pondré a los Cielos temor, enfrenaré todo el Mar, detendré en su curso al Sol. Este, Tristán, es el Puerto; gracias a Dios, que pasamos por tanto undoso desierto: Isla encantada pisamos. Ya por mi temor lo advierto: Todo muestra horror sagrado; qué Mago está Isla esconde? Ya, Tristán, hemos llegado de Arminda al Palacio, a donde Reinaldos está encantado. Este es de Arminda el jardín: si habrá Reinaldos oído la prevención del Clarín? Bien lo entenderá, si ha sido Qué lascivo sueña el viento! dime, Tristán, un lo sientes? Sabes, señor, lo que siento, que para los impotentes este es bravo encantamento. Qué estancia tan soberana! Ya yo me abraso de amor: que parece, es cosa llana, donde el Troyano Pastor te dio a Vesus la manzana. Que dice aqueste Padrón, y esta Corneta pendiente? Encantos de Arminda son. Hoy veré si eres valiente. Ya deseo la ocasión. Que no hubiera yo probado una selva de aventuras! Andante soy desdichado. Has leido esas locuras? Y aún fui Escudero encantado. Oh qué brava historia esperas, si vences estos paises! papilla darles pudieras a treinta y dos Belianises, si estos encantos vencieras. Tú, que al Palacio de Arminda por senda vas tan secreta, detén la planta atrevida; no toques esa Corneta, porque perderás la vida. Por Dios, que es bravo rigor; si es encantado Sotillo, un silvo fuera mejor. Toce, Tristán. Ni aún oírlo. Ya la Vocina he tocado; yo veré si hay quien me rinda. Espera, Tancredo, osado, verás si puede Clorinda vengar su honor agraviado. Oh nuevo engañoso enredo! si mal herida quedaste como al Oriente llegaste? Engañado estás, ancreda, que no estás en el Oriente, sino en el campo Cristiano, donde tan valientemente vertió mi sangre tu mano Luego mi brazo valiente a libertar no ha venido a Reinaldos, que en su amor le tiene Arminda vencido? Ni tu conoces tu error, ni Reinaldos preso ha sido. Saca el acero, tirano, pues Clorinda está delante. Tres cosas he de vengar, tres te han de quitar la vida, el quererme bantizar, y dejarme tan herida, y el no volverme a curar. Pues si eres mi prenda amada abrázame estrechamente, deja el escudo, y la espada, muera yo gloriosamente para que quedes vengada. harete en ellos pedazos. Si eres encanto, y quimera, apretado entre mis brazos dejaré tu sombra fiera. Abrazados se han hundido: o desdichado Tancredo, qué triste fin has tenido! qué haré (ay de mí!) que va el miedo en las calzas lo he sentido? Qué fuerza de encantos gravis (oh oscura confusión!) viste de temor mis pasos, mis ojos llena de horror? Entre sombras, y entre luces de esta Mágica ilusión, allí nacen muchos días, y allí se muere un Sol. A la figura abrazado; que a Clorinda retrató, parece que a los abismos bajamos juntos los dos. todo es engaño de arminda que Clorinda quedó jurida infelicemente, muerta al haz del amor. no suena arroyuelo alguno triste escucha humana voz porque a estos campos desiertos ninguna planta llegó. donde vas el caballero mira, en peligro mayor, que los pasos de tu vida todos a la muerte son Sin duda que estas montañas, cuya encantado temor son las prisiones de Arminda, son ya mi mortal prisión. libra a Reinaldos, Tancredo, venza el miedo tu valor, mira, que aquesto; engaños escantos de Arminda son. Si son encantos de Arminda, que los de Circe venció, como Ulises los oídos, cubrité mis ojos yo. sila vez siguiendo del clarín guerrero si parece armado un Caballero; tis quién traerle a estas montañas pudo? Válgate el Cielo! que bien empuña aquel broñido acero! El mismo me ha librado. é bien embraza aquel luciente escudo! que ardiente luz! que noble ardor encierra cuya belleza te finge avirtud de las armas, y la guerra! datan dudosa empresa me has guiado? Quién eres tú que en este inculto suelo e Palacio de Arminda has profanado? abes, que de ella con mayor desvelo, que los Hesperios frutos, es guardado? Sabes que sus encantos venecer puedo mijor, que Alcides, pues que soy Tancredo? suido está toda Eurapa puesta en guerra por mirar la Ciudad de Dios vencida, por conquistarle a Dios su misma tierra; con sus engaños te detiene Arminda? honor de ls Darineles, con sus encantos tu valor encierra? vurive, a donde en la empresa comenzada gofredo espera tu valiente espada tu acero así le adornas de esplendores? tu frente ciñe aseminado acanto? y tu vestido está espirando olores? rompe de Arminda el engañoso encanto, y mira en este espejo tus errores. Disculpa de mis hierros pueden darte hilando Alcides, y llorando Marte. Ya mi antiguo valor, Tancredo, siento, ya la prisión del alma he desatado; rompase del vestido el ornamento, pues todos mis sentidos ha enlazado; mas como huiré de aquese encantamento, si en este la birinto estoy cerrado? cómo saldré, Tancredo? con qué estilo en Creta volveré a coger el hilo? Ya el socorro te traigo prevenido, un Barco nos espera en aquel puerto, que por orden Divina me ha traído por los peligros de este mar incierto: sígueme. Aguarda. Mas qué voz he oído? dejó Arminda en este bosque mudo, Este es Tristán, que mal herido, o muertos os de aquestos montes baja despeñado. Abrazado de Clorinda, para matarte, o prenderte Este es Reinaldos (oh piadoso Cielo! arminda esta nueva circe bajaste al abismo apenas, cuando tu Escudero triste, preso un vestigio le lleva por aquellas aires libres Desapareció, y perdido de una espa lunca a la boca mis pies una Gigante impide. Quién eres? pregunta, y luego; Escudero sois le dije, y flor de les Gandalines. Commigo estás en batalla, me respondio si no envistes con esta encantada cueva, que por minas de alcrevite llega donde está tu amo; yo entonces, que por seguirte, o por hallarte, intentara aventuras más terribles, lanzándome por la cueva, me hallé en el infierno, y vide cuan necio que anduvo Orpeo en querer a su Eurídice. Pues como, sin ser Orpeo, tan presto de ella saliste? Porque viendo me cercado de Fantasmas y de Esfinges, porque de mí se dolieran, que era casado les dije; y luego un diablo piadoso, vuélvete, me dijo, y vive: pero qué voces impiden nuestros pasos? Dónde me lleva tu rigor la vida? detente a ver mi pena lastimosa. Mira que ya se nos acerca Arminda. Vamos antes que llegue más furiosa. Así dejarme quieres ofendida? vuelve, vuelve la planta rigurosa; detente, escucha, pues que así me dejas al triste son de mis amargas quejas. Huye, Reinaldos, de su vista ardiente, y no la escuches dulcemente airada, mira que viene rigurosamente de más beldad, y más veneno armada. Vete. Tancredo, que su vista hermosa mis libres pasos dulcemente enfrena. No te venza, Reinaldos, engañosa, huye la dulce voz de la Sirena. Vuelve, amigo, a mi prisión dichosa. Ya me vuelvo rendido a tu cadena. Mírate en este espejo. Suelta. Espera. Déjame, Arminda, falsa, lisonjera; déjame, aparta; sabes, qué me aguarda en la conquista de Sion, Gofredo, dónde mi honor, y mi persona tarda? Al mar, Reinaldos. A embarcar, Tincredo. Por Dios que la Morí que si a mí me rogara. . Pues no po teducirte a mi amor, escucha ahor, oye piadoso una mujer que llora; Una cosa no más, pedirte quiero; es que me lleves, pues que me has tend que el vencedor no deja el prisioner antes le lleva en su carro alido: esto añade a tu triunfo verdadeto que adora tu prisión quien te ha vero mite el campo Cristiano, y veantus como el número aumento a tus depr Déjame que te lleve yo el escudo, o que tu escudo en las batallas se; pase este pecho, a tu rigor desnudo, el que el tuyo, mi bien, herir desea; qué bárbaro ha de haber, que sea tantru que quiera herirte, cuando entones que tu vida en mi pecho está amparda o mire esta hermosura despreciada que si vuelves en Asia a Palestira, seré tu Caballero en todo cuanto dirre lugar mi Religión Divina Vuelve al tirano del Sepulciosa Ya el Bajel nos aguarda enla matina. Quédate, Arminda, adiós, y desdores tu sangre, y tu beldad con tus error Perdí en tan sangrienta histo a la gran Jerusalen; cayó en Clorinda su gloria, ganó el Cristiano también con su muerte la victoria. Mi error culpan, Aladino, cuando de sangre un camino abrí entre muertos Cristianos? culpe, Clorinda, a sus manos: aquel valiente destino, que a no cerrar tú las puertas, si a mis ruegos las dejaras, esa misma noche, abiertas, hasta las tiendas miraras de sangre todas cubiertas; Si yo abriera a tu porfía, tanto Escuadrón te seguía, que mi Ciudad se perdiera. Derirasme tú, que hiciera mi muerte eterno el día, mas ya fue su fatal suerte: clorinda murió y con ella jutió la beldad más fuerte. ̱Ay, Clorinda! hay pura Estrella, quien podrá vengar tu muerte? llore el asia tu valor llore tu muerto esplendor tu adusto reino oriental En mi venganza fatal etemplará tu dolor. Ecuche Jerusalén venganza que prometo; oígala el cielo también porque tan airado efecto rayos sus iros me den que juro, con más firmeza; por su ya muerta belleza vencer en campo a Gofredo, natar al traidor Tancredo, y traerte su cabeza. Muera el Cristiano, y reciba venganza esa furia ardiente. ̱Defienda esa espada altiva la Corona de mi frente. Viva Argante. Argante viva Pues deja aquesta prisión, deja estos muros, que son les que impiden esta hazaña; pon, Aládino. en campaña este cerrado Escuadrón. Deja que en batalla fiera aquesta mano guerrera pidiendo campo a Gofredo ara matar a Tancredo) te de la victoria entera. Mas (qué mata villa extraña! no ves en un carro ardiente, del viento haciendo campaña, una mujer, que la frente del muro de luces baña? Ya baja por el espacio; ya baja por él al suelo. Este es, mi. Arminda, el consuelo de esta Ciudad combatida. Quién a Armind pues sin mi ayuda has vencido, veré al Cristiano deshecho. El Orbe dejo encendido, porque es volcán es mi pecho, y furias es mi sentido. Yo, que de amor abrasaba, o dulcemente encantaba cuanto llegaba a mirar, vencia sin pelear, y sin saberlo triunfaba; de Reinaldos soy vencida, Reinaldos me ha despreciado, huyó burlando mi vida, y siguiéndole, he quedado mas que vengada, ofendida. Yo, que al abismo dol miedo, vencida soy de Tancredo, que de Reinaldos traidor, con fuerza más su perior, rompió el encantado entedo: siguiéndolos mi destino, huyendo mi arido aliento, corrimos igual camino, yo, en carro de fuego el viento, ellos, el mar cristalino. Al arma, Rey valeroso, cuyo espíritu brioso deshará este gran combate, fulmina rayos de Marte, cual Júpiter animoso: que yo, con mayor fiereza, con esta airada belleza prometo mi Reino entero al que de Reinaldos fiero me trajere la cabeza. A Tancredo mataré, vengando la muerta vida; que ya en Clorinda adoré; y tu agravio luego, Arminda, en Reinaldos vengaré. Pues que ya el socorro es tal. mañana es día fatal, mañana es el día postrero, que ver al Cristiano espero en la batalla campal. Yo tu Ciudad guardaré. Mañana a Palas Divina en Jerusalén veré. Llegad los dos a mis brazos, llegad, que en ellos mejor, repartido igual amor, os forma amorosos lazos: quien, sino aqueste valor, venciendo aquestas fortunas, libre a Reinaldos trajera? ya no temeré ningunas, pues tengo la fuerza entera en dos tan fuertes columnas. Tuya fue la inspiración, tú, Gofredo, lo venciste; obras de tus manos son, pues tú el consejo pusiste, cuando yo la ejecución. Habla a Clorinda, y sabrás lo que debo a tus heridas. En las que tengo verás, que te dejé muchas vidas. Muchas almas hallarás en estos braces, Tancredo, donde con heridas nuevas las flechas de amor excedo. Si tantas en mi renuevas, como en él las vivir puedo? bastan las que amor me dio, sin tus manos homicidas. De las que en mi pecho abrió vierten sangre otras heridas; qué enemigo las miró? No acuerdes tanto dolor de aquesta mano villana. Vida le debo a su error, pues vivo en tu Ley Cristiana. Yo muero en la de tu amor. Así disfrazado Aquiles, ese traje afeminado cubre tus fuerzas sutiles. Pero si Alcides hiló, si como ahora me ves tan lascivo se adornó, también sabes, que después mil imposibles venció. Dile el miedo que has tenido cuando en su carro de fuego fuiste de Arminda seguido. Llamando al abismo ciego, ha venido hasta entrarse por el muro, que con los encantos de ell; le tendrá por más seguro. Cuando al Jnfierno atropella la fuerza de su conjuro, está en nuestra ayuda el Cielo. Yo tengo el favor Divino contra el Mágico desvelo; y contra el Rey Aladino el mayor poder del suelo. Qué fue tan difícil caso? Con tú mismo hermoso brío salió otra Clorinda al paso. Qué es este? algún desafío Este es Argante el Cirtaso. Francesos, más arrogantes que los Gigantas roembrudos, que atreviéndose a los Cielos bajaron cenizas muchos. Vosotros, que en largo cerco asaltáis aquestos muros, soberbios con las victorias de los Persianos, y Turcos, despertad, pues. de la empresa; que si todo el Orbe junto a Jerusalén viniera; si sobre ella les dos lustros. (que sobre Troya los Griego mirara el poder del mundo, yo solo la defendirta; solo este brazo robusto pusiera en Jerusalén, para los siglos futuros, al Olimpo por muralla, y por solos a Neptuno. Mientras que el Cedrón dorás: aquestos valles ocultos de Josaphat, y corriere el Jordan cristales puros, no habéis de ganar, Cristianos de vuestro Dios el Sepulcre. Ya conoce mi furor aquese Francés orgullo; ya me habéis visto en campaña; cuando embrazo aqueste estudo fuerte acero, y esta fitra lanza empuño, romper vuestros escuadrones; ya en los asaltos confusos habéis tenido mis furias por animados trabucos. flaté: Dudón, y a Camilo; predí a otón, maté Rodulfo, Guido, Ormano, y Rugero, y cuerpo, a cuerpo a Rarmundo, Quemé al lado de Clorinda. aquella Torre, que opuso contra estos muros Gefredo, cuando por rayo me tuvo, aquella noche, de tantos tristes funestos anuncios, en que yo perdí a Clorinda entre el sangriento tumulto: aquesta Divina Palas, que ya delatarme pudo lo dulce de su veneno en lo hermoso de su bulto, mataste, traidor. Tencredo; esta venganza procuro; por lo cual armado, y solo en estos campos te busco. Porte a Caballo, Tancredo, que en él te espero, y te juro de hacer con tu sangre aleve a Clorinda airado culto Espera, furioso Argante, serás de mis plantas triunfo, o seas primero Alcides, o seas Marte segundo. Espera, furioso Argante, será Tristán tu Verdugo, pues cerca de aquí te aguarda. del Calabrés el fruco. Cen tu licencia, señor, iré en seguimiento suyo. Parte; que en nombre de Dios la victoria te aseguro. Veo, Tristán Aurque al perrazo le bañn Mágicos zumos; yo le envainaré este acero, si no se muere de susto. Fa vencedor de Oriente, Escuadrón determinado a tanta empresa valiente, tenéis la ocasión presente. Mañana es el postrer día de esta empresa soberana, mirad, que si no la mía, de vuestro valor, mañana, la honra de Dios se fía. Tiemblen cuanto escudo embraza vuestro Cristiano furor; venced cuanto el mar abraza del Cármelo, hasta el Tabor, y desde Tiro, hasta Gaza. Por sus escuadras romped, esos muros escalad, a Jerosalén venced, y en la sagrada Ciudad la Cruz de Cristo poned. Daré a los siglos memoria ganando el mármol de Cristo. Adiós deberéis las glorias: vamos, que en el Cielo he visto señales de la victoria. Tú del encuentro primero derribarme del Caballo? tu resistirme a mi acero? La mayor empresa callo; porque así vencerte espero. Cuál es la mayor empresa. si tan presto ha de acabar tanta arrogancia Francesa? La que tengo de alcarzar en vencerte, tan apriesa, que nadie impida esta hazaña: más presto verás, que el suelo tu vertida sangre baña. Aquesto consiente el Cielo; si tiene el Orbe mi saña! Qué miras, Arvante fiero? qué contemplas suspendido? De esta Ciudad, considero, el Imperio suspendido, y que vengarlo no espera, Por qué? Porque si ya son ruinas de su grandeza tanto Cristiano escuadrón, es, Tancredo, tu cabeza pequeña satisfacción. Presto verás, arrogante, cuando te rinda esta mano, a quien tu viste delante. Quién será aqueste Cristiano que batalla con Argante? desvía loco, atrevido; sabes que aquesta batalla conmigo aplazada ha sido? Sé, que pudiste aplazarla, mas yo acabarla he podido. Esto espera mi furor muertos los dos a mis brazos, aún es victoria menor: llegad, y os haré pedazos. Oh Marte glorioso mío! qué hazaña de ti no espero, con más valor, y más brío? Vuélvete, que aqueste acero acabará el desafío. Quita, mi bien, la celada, porque al Sol le des desmayos. Oh furia del Cielo airada! para cuando son tos cayos? estando mi diestra armada viva mi furor te mira? en tan celoso suceso, hoy me das, vil Deyanira, toda la sangre de Neso? con otro Alcides espira. Cuando por vengar tu muerte salgo a matar a Tancredo, viva, y con él llego a verte? mas pues hoy vengarme puedo, hoy moriréis de una suerte. Hoy, con furiosos desvelos, a pesar de vuestro Dios, verán mis furias los Cielos: hoy os mataré a los dos con las rabias de mis celos. Antes, si tu brazo espera de los dos entera palma, la batalla hará cualquiera. pues somos los dos un alma. Qué fuerades mil quisiera, para mi enojo mortal. Deja ese furor gallardo, y si tu venganza es tal, mañana, Argante, te aguarás en la batalla campal. Si tienes mayor deseo, allá te espera mi espada, pues con dos vidas peleo. La mía, en sangre bañada, será de entrambos tropeo. Mañana espero, arrogante. Allá os pienso hacer pedazas. Si eres Líbico Gigante, serán de Alcides mis brazos. Morirás en los de Argante. Ya de la dudosa Aurora, la primer luz descubierta, abre las puertas de oriente en las manos de azucenas. Este es el último día, en cuyo tearro esperan ver la tragedia mayor tantas Naciones di versas. Esta es la parte del muro, de David la Torre aquella que el Rey de Jerusalén ha encargado a mi defensa. Oh generosa Ciudad! gloria del Asia, primera, qué de máquinas te asaltan! qué de enemigos te carcan Ya en la tienda de Gofredo el tojo pendón se muestra de la batalla campal; y ya las torres se aprestan para igualar estos muros; allí sus gentes ordena el Rey Aládino, abriendo a Jerusalén las puertas. Ya el campo de los Cristianos la batalla le presentan, formando sus Escuadrones en anchurosas hileras. Oh hermosas iras de Marte! o qué furor representan los animosos Caballos! como vuelan los Penachos! como brillan las Cimeras entre las menguantes Lunas, y las cruzadas banderas la llamando a la victoria las africanas jabebas las trompetas Cristianas larma tocan apriesa. ya se acercan los caballos ya los Escuadrones cierran; valgame el cielo y que furia les vecinos montes tienblan. Con el rumor de la noche, yel polvo con nubes densas ala oscura noche roba nuchas airadas tinieblas. Dede aquel la Torre, pienso fecharles tantas saetas, que de mis fieros rigores estudos sus pechos sean. Ríndete, que soy Gofredo, antes que mi espada fiera rendida ponga a mis plantas tu coronada cabeza. Sabes que soy Aladino, el grande Rey de Judea, cuyo nombre tiembla en Asia cuanto el tojo mar encierra? Tirano, del mármol santo ya Jrrusalén me espera: hoy pondré la Cruz de Cristo sobre sus altas almenas. Rindete. Matando mueren los Reyes cuando pelean. Hoy con tu muerte, Aladino; le daré fin a esta guerra. Seguidme, viles Cristianos, seguidme, que Árgante os lleva el desprecio de la Cruz. Quítésela al Duque Ugon, y llegando en su defensa mil atrevidos Cristianos, cubrí Como no vienes, Tancredo, Por muchas sendas de sangre seguí tus fuciosas señas. Tú la Vandera arrastrando, que tantos Cielos respetan? hoy con tu fuingre enemiga lavaré tantas ofensas. Cubierto estás de la tuya: mucho, Tara credo, me pesa, de que tu pecho haya sido aljaba de tantas flechas, Por qué, Argante? Porque ahora tan poca vidla te queda; que te quiten estas manos, que tantos rayos aprestan. Como quiité tantas vidas en la batalíaa sangrienta, traigo mis armas, Argante, de ajena sangre cubiertas. Mas hoy, que nuestra batalla no hay causa que la suspenda, porque es Clorinda, en el campo, la fuerte Pantasilea, verás si perdlí el valor: si las monta nas del Etna fueran tus iras las tuyas veréa mis rmianos deshechas. Mis brazos son los de Alcides, si eres hijo de la tierra. Levanta reme hasta el Cielo, para borrar sus Estrellas. Motirás a mis rigores: pues no te cindes? Qué esperas? sabes que tengó mil vidas? Aunque tantas vidas tengas, bastarán tan ta heridas, para que por una de ellas, bárbaramente animosa, salga tu alena soberbia. No déjaras, que Clorinda, pues que to fuiste su estorbo, acabara el desafío? Tuyos son estos despojos, pues de tus manos herido tuve que vencer muy poco. Santas que esta empresa es mía. Yo conde el Pendón glorioso. Yo se lo he quitado a Argante que le arrastraba furioso, quedando, aún después de muerto, dando a los Cielos asombro. Yo he vencido la batalla. Bien tus hazañas conozco, mas yo le pondré en el muto, pues que le cobré yo solo. Yo os quiero partir la gloria: tu, Reinaldos animoso, mientras que pone Tancredo sobre el muro el Pendón rojo, bajando por él a un tiempo, abre al campo victorioso de Jerusalén las puertas. Ado ese partido tomo. Perdiose Jerusalén, cayó su imperio ambicioso, y en mar de sangre su gente vencidos yacen escollos. Ya van subiendo sus muros, sin que puedan ser estorbos contra sus armadas torres tantos volcanes fogosos. Con los que muertos derriban ciegos los profundos fosos, escalas forman los unos para que suban los otros. Ya la Torre de David ganó Tancredo ambicioso, y a abrir las puertas Reinaldos baja con fiero alboroto. Victoria, Jerusalén. Ya el Imperio reconozco de tu santa Ley Cristiana, por quien con pecho amoroso, la de mi fe, y mi deseo, con Reinaldos te perdono. Yo también la Cruz adoro, pues es mi amor tan dichoso en merecer de tus brazos las dulces prendas que adoro. Entrad, vencedores fuertes, llegad a besar devotos de aquesta Ciudad de Dios Oh gran Capitán! es el Cielo en lugar tan corto. Ya de aquestas manos muerto, Aqueste Divino montr perdido el real decoro, yace en el campo Aladino, y sus Elcuadrones rotos. De nuestras valientes manos en cristales sanguinosos al Río Jordan tribatan muchos sangrientos arroyos. Suden los fragrantes trofeos Monrañas de cuerpas muertos de los persianos y moros con tantos lazos dichoses, padrón horrible levantan de sus cadaveres propios. o Carrne cn los muro en el sacre Templo, y rompe los menguantes rostros, que a tantas Lunas vencidas Vamos, pues, donde ade un rayo es ya prodigioso. Vamos al Sepulcro, a do Esta es la Crudad Divina, Y aquí da fin (aunque ha dentro del terreno globo donde Dios obró astamente la Redención de nosotros. Salpicada de su Sangre se vio esta tierra que toco cuando de la Cruz Divina llevó el dulce peso al hombro Por aquí pasó, ventira aquel Cápitán glorioso la muerte, cuando las le quitó tantos de pojos. Ya le acabó nuestra en vamos, con pies Religio a colgar del santo Templo como triunfales adam esas Lunadas Vanderas, aquesos Alfanjes corbos Oh gran Capitán! es Cloriuda, el lazo amoro! hoy también mi amor agu Aqueste Divino montr que encubierto es fiero descubierto amor hermos es la bellísima Arminda que ya del Bantismo solo el agua santa te pide; y yo más afectuoso el fin de tantos deseos. Suden los fragrantes trofeos arda primero el incienso del Arabe, no remoto, con tantos lazos dichoses, dando fin vuestras pasión o Carrne cn los muro en el sacre Templo, y en festivos desposorios el desendo Himeneo calce los cotervos de oro Vamos, pues, donde ade el Divino Mauseolo. Vamos al Sepulcro, a do cumplamos el santa voto. Y aquí da fin (aunque ha el nuevo Taso tan corto) Jerusalén conquistada por gofredo valeroso
