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Texto digital de El jenízaro de Hungría

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Atribución tradicional
Juan de Matos Fragoso
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Juan de Matos Fragoso Segura
Género
Comedia
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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El jenízaro de Hungría. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/jenizaro-de-hungria-el.

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EL JENÍZARO DE HUNGRÍA

JORNADA PRIMERA

Donde, gran señor, tan recatado de tus huestes te alejas? qué cuidado puede obligarte a tanta demasía, cuando cercada ya tienes a Ungría, y esta noche el asalto procuramos de tu invencible diestra? a dónde vamos? Dónde, por este bosque pavoroso, que el Danubio guarnece cuidadoso, cuando sus verdes márgenes quebranta, nos conduces, señor, con prisa tanta? No eres tu Federico, a quien la fama de todo el Norte Emperador aclama, cuyas Águilas tocan con la pluma de los dos Mares la erizada espuma? Dinos tu pena. . Dinos tu cuidado. De un enemigo ardor vivo abrasado. Si condena a arrastrarte ese enemigo, ve confesando, que ya voy contigo. Qué ardor tu pecho siente? Cada cual de tu voz está pendiente. Catarro. . Gran señor. A este olmo puedes los caballos atar. Ya, porque quedes libre de ese cuidado, cada cual como loco queda atado. Conde, y Ricardo valientes, a cuyo valor, y esfuerzo deben el aplauso y fama las Águilas del Imperio: no os admire, que hasta ahora, con torpe, y mudo silencio, os recatase la causa de mi amoroso tormento: que como todo es del alma, y es tan dulce su veneno, de él no quiso daros parte, solo por lograrle entero. Ya sabéis, que el Rey de Ungria, contra mis armas opuesto, tomó animoso las suyas para quitarme resuelto a Bohemia injustamente, pues para honestar su intento, pública, que ha sido siempre sujeta al Ungaro Cetro. Pero yo en defensa mía, viendo que osado y resuelto iba talando los campos de Alemania a sangre, y fuego, salí a buscarle animoso, fiado en un bruto negro, turbado asombro del aire, noble exhalación del viento, en cuyo bajel con alma, haciendo sus manos remos, en torbellinos de espuma fue borrasca de sí mismo. Y con la piel que tostó en la llama de su aliento, envolviéndose en abismos de polvo, que hacía inquieto, con el ardiente coraje, parecía desde lejos nube preñada de horrores, de quien era a un mismo tiempo lluvia la crin esparcida, furioso relincho el trueno, relámpago la herradura, y rayo el mismo corriendo. Trabose en fin la batalla de uno y otro campo y ciegos de furor los embestimos, de cuyo bizarro encuentro, de cuyo choque furioso (que aún de referirlo tiemblo) fueron tantas las astillas, que de las picas salieron a ese móvil estrellado, que el Sol desde su Emisferio pudo ver por celosías todo el teatro funesto. Por mi quedó la campaña, y su Ejército siguiendo, ayudado de vosotros, sitio a la Ciudad he puesto de Ungria, que a no servirle de foso el Danubro, pienso, que ya sería su orgullo de la violencia trofeo. Hoy supe como el de Ungria pidió, afligido del cerco, socorro al Inglés su amigo, temeroso de mi empeño. El Príncipe Feduardo, de Inglaterra heredero, con veinte mil hombres bruma del mar los hombros soberbios. La causa porque en persona viene el Príncipe, estoy cierto, que es por estar inclinado al soberano sujeto de la Princesa Matilde, que hereda de Ungria el Cetro. El Rey su padre, con él hecho tiene este concierto, que en paga de este socorro le da a Matilde por premio, y él para lograr su mano, se ofrece al heroico empeño. Que se oponga contra mí nada importa, solo siento, que Feduardo se case con Matilde, pues suspenso desde que vi su hermosura, cifrada en un breve lienzo, copia que el pincel dispuso para admiración del tiempo, fue el amor tan poderoso, y tan extraño el afecto, que en el pecho se introdujo, que desde entonces confieso no tuve más gloria, que vivir de mirar su cielo, morir de ver su belleza, que en accidentes diversos, cuando la olvido, me abraso, cuando la adoro, me hielo. Precepto injusto de Amor, de diferencias compuesto, pues neutral en dos pasiones, fin que muera, a tener llego la congoja en la alegría, y el alivio en el tormento. Amigos, yo estoy sin mí, que esta pasión, este incendio me condena la memoria a eterno desasosiego. A la margen de este río, de cristal líquido espejo, tiene Matilde una casa de placer, a donde el tiempo, que dura la guerra asiste, y a donde (ay de mí!) sospecho, que espera alegre a su amante para matarme de celos. Con dos Soldados no más sé que esta noche en secreto con Matilde a desposarse viene el Príncipe, y que luego se vuelve a la guerra a dar fin a sus nobles intentos, para lograr posesiones después de acabado el cerco. Matilde jamás le ha visto, con que para lo que emprendo, es el motivo mayor, que pudo pensar mi ingenio. Esta es la causa porque en las sombras del silencio del Real os he traído por entre este bosque espeso. Tres vienen con Feduardo, tres somos también, que atento a no reñir con ventaja, así la acción he dispuesto. Al Príncipe he de dar muerte, por ver si puedo con esto de mi amorosa esperanza lograr el fin que pretendo. Cuerpo a cuerpo he de matarle, que como vive en mi pecho Matilde, a su vista nunca puede ser traidor mi aliento. Y si acaso la fortuna hoy me concede el acierto de que muera mi enemigo al rencor de mi ardimiento, con sus armas, y las cartas que lleva, fingirme pienso ser él mismo, y desposarme con Matilde y dando luego la vuelta a mis Escuadrones, descubrirase el secreto, con que la paz aseguro de Alemania, y de estos Reinos; porque una vez ya casado, a pesar de sus intentos, claro está, que el Rey de Ungría tendrá por dicha el empleo. Esta es, amigos, la acción, que con vuestro lado intento: este es el norte que sigo, este el triunfo que apetezco, esta la empresa a que aspiro, para cuyo fin no quiero más disculpa que mi amor, ni más luz, que vuestro aliento. Con eso, señor, consigues la paz de todo el Imperio. Y entrambos de tu elección la fineza agradecemos. Yo no, porqué si venimos a matar a un hombre, es cierto, que gusto ninguno me hace quien me convida a un entierro. Tú no supones aquí. Pues para qué me trajeron? Para tener los caballos. Yo aquí no juego a los cientos. Para cuidar de ellos digo. Yo no me entiendo con ellos. Pues por qué? Porque a relinchos conociéndome en el eco, como se ven con catarro, cebadilla están pidiendo. Gran señor:: . Tened la voz, que me parece que siento hacia esta parte ruido. Por junto de ese repecho bajan, señor, tres caballos. Hacia dónde van? . Yo pienso, que van a ganar la sota. Salgámosles al encuentro. Sin duda este es Feduardo: muera al furor de mis celos. Importa, para no errarlo, reconocerle primero. Eso por mi cuenta corre, el camino le atajemos, porque con su muerte, amigos, consigo el mayor trofeo. Tú no vayas con nosotros, y aguarda en aqueste puesto. De mil amores. . Mi espao será de lealtad ejemplo, pues todo el poder del mundo, yendo a tu lado, no temo. . Los tres la llevan armada con el Inglés: plegue al Cielo no le hallen fallado, pues con solo un triunfo pequeño puede fallarnos el Rey, con que los dos compañeros es fácil perder la polla, y llevar con la de Rengo. Qué buena ocasión aquesta para un soliloquio! pero está mi temor muy cerca, y el Emperador muy lejos Válgame Dios lo que tardan! Mas Cielos, qué es lo que veo! igual valor tienen todos: Que alentados, y ligeros de los caballos se apean los Ingleses! con qué esfuerzo sacan la espada bizarros, y se envisten cuerpo a cuerpo! Tres contra otros tres combaten con valor mas ya los nuestros parece que se publican vencedores. De mi aliento será tu vida despojo. Muerto soy! válgame el Cielo! Dios te perdone: a Dios uno. Ay de mí! rabiando muero. Que te lleven mil demonios: por Dios, que los tres cayeron. Dente sepulcro esas peñas, ilustre infeliz mancebo, que aunque la muerte te he dado, no es menor la que padezco, de ver en mí la piedad, arrastrada del deseo a la razón, que antepuso la injuria de lo severo. Ya quedan muertos los tres. Fuerte ha sido el vencimiento, pues cuando al campo dos salen a pelear cuerpo a cuerpo, en el brío son iguales; que en este lance el trofeo no es ventaja del valor, sino dicha del acero. Aquestas cartas hallé al uno. . Ayuden mi intento: ahora nuestros vestidos por los suyos trocaremos, y antes de partir importa, que con prudente silencio queden los tres sepultados, porque de aqueste suceso no quede rastro, o señal, con que aseguro mi intento. Ya con el Sol desde aquí se mira el dístrito ameno de la Quinta. Pues, amigos, hagamos lo que os advierto. De nuestra lealtad lo fía. En eso estriba el acierto. Digo, y habrá en esa boda pabos? . Ea, vamos presto. Tus pasos, señor, seguimos. Lo que importa es el secreto. . En esta estancia florida, que humilde el Danubio besa, podéis cantar, mientras sale del peinador la Princesa, a hacer de ese cristal puro noble espejo a la belleza. Para ser hermosa envidia de Abriles, y Primaveras, Matilde a su frente añade las rosas de Inglaterra. El tono es de gusto, Laura, De tu alabanza es la letra, que celebra la ventura del nuevo esposo que esperas. De mi padre tengo aviso; que a darme la mano hoy llega Feduardo, con pretexto de que al instante se vuelva, la posesión dilatando, hasta dar fin a la guerra. Esto han dispuesto los dos; si bien, Laura, no me pesa, pues son los triunfos de Amor mayores cuando se esperan. Al Príncipe nunca he visto, y estoy con duda, o con pena, si ha de parecerme mal, o bien. Oh tirana fuerza de la política humana! O pensión de la grandeza, que al fuero de ajeno gusto mi mano ha de estar sujeta! Que la Corona de un Rey se ha de labrar de mi pena y que ha de ser mía el alma, y suya la conveniencia! Ley sin razón, pues no es justo, que a quien solamente hereda por indulto una elección, haga la elección violencia. Y si esto es costumbre antigua de los Príncipes, hicieran menos libre el albedrío, o más suaves las penas. A no perderse el retrato de Feduardo en la tormenta con que naufragó el Navio, presto, señora, salieras de ese cuidado. . Galán dicen que es sobre manera. Como él me parezca bien, no importa que no lo sea; mas al fin, sea el que fuere, el obedecer es fuerza. Hoy tendrás el desengaño. Di que prosigan la letra. De un fino amor obligado, hoy ganar su esposo intenta a fuerza de armas, el cielo de su divina belleza. Dice bien, que si el trofeo consigue de aquesta empresa, para que le quiera yo, de mi cuidado es ya deuda. La gala de las hazañas es la que más lisonjea, que el valor es hermosura del hombre, y los ojos lleva: que quien por razón se rige sin la voluntad que es ciega, mas le obliga un hecho noble, que el talle, y la gentileza. Lo valeroso enamora, pues las mujeres más precian con bizarría el desaire, que sin valor la fineza. Contra el Alemán asombro opone su heroica diestra, porque el de Ungria le ha dado en premio a Matilde bella. Con las fuentes, y las flores, qué bien la música sueña! Tened, que si no me engaño, desde un caballo se apea un hombre y parece que hacia esta parte se acerca. Sin duda, que de tu esposo vendrá a darnos buenas nuevas. Quién será? No tiene el mundo mejor caballo; la yegua, que ha parido al hipogrifo, fue con él niño de teta. Bien haya quien te dio paja, bruto Andaluz, noble fiera, que por tus hechos leales no merecías ser bestia. Quién es, señoras, aquí, de entre todas, la Princesa? Llega, Inglés, con más respeto, que la que ves es su Alteza. Déjame besar, señora, la planta, el pie, la chinela, que sustenta ese alabastro, aquese brinco, esa perla de su hermosura; y si es mucho, sea no más que en la suela, que no reparo en puntillos. Ingiés, quién eres? La fiesta, el pasatiempo, la risa, y gorja al fin palaciega del Príncipe Feduardo, y de su persona cerca tengo plaza entrenida, aunque él tal vez con llaneza me sirve a mí. De qué os sirve? Me sirve de sacamuelas. Y cómo os llamáis? Mi nombre es de virtud tan secreta, que hace a todos echar roncas. De qué suerte? Es cosa cierta, porque me llamo Catarro, y Español soy. . De qué tierra? De Baños y de Fuen Fría, si bien por línea derecha viene todo mi avolorio del Solar de las Cabezas, de quien nació Doña Tos, y Don Romadizo, que eran padres de Don Estornudo, que casó con Doña Flema, y engendraron a Doña Asma, que salió tan mala bestia, que dará la muerte a un Santo, tan valiente, y tan severa, que a todos hace hablar bajo, aunque un gran Príncipe sea. Esta, señora, es en suma de Catarro la ascendencia, de quien por siempre jamás libre Dios a vuestra Alteza. Y a qué venís? Vengo a daros del Príncipe alegres nuevas, que queda de aquí dos millas, haciendo unas breves treguas con el sueño, por llegar descansado a ver la esfera del Sol en vuestra hermosura; yo me adelanté con prisa para ganar cuidadoso las albricias de que llega. Agradezco ese cuidado: dale ese diamante, Celia. Yo le aceto como esclavo, aunque no traigo licencia de recibir, si no fuere dinero, alhaja, o cadena. Y el Príncipe viene bueno? No le duele pie, ni pierna: los Adonis, y Narcisos son para con él badeas. los vientos viene poblando de plumas a la ligera, sobre quien pienso, que el Sol está granizando estrellas de diamante en los penachos, de joyas en la librea: no me dejará mentir, pues ya por entre las sendas de esos olmos le diviso. Con qué gala, y gentileza desde el caballo se arroja El venga muy norabuena a ser de todo este Reino honor, amparo, y defensa. No me ha mentido la conía, que en el alma tengo impresa, de que es aquesta Matilde. Tú, Catarro, me lo enseña. Aquel de las plumas blancas es el Príncipe. . Presencia tiene gallarda; no he visto hombre más galán. . Ya llega casi turbado a tus plantas. Dicha ha sido no pequeña, Laura, que acertase a ser de mi gusto, el que es por fuerza. A vuestros pies, gran señora, llego turbado, que fuera . no hacer del temor alarde, poco extremo en mi fineza; pues el que al Sol mira osado, no sin peligro se empeña, que quien ama temeroso, acredita su firmeza. Alzad, Príncipe, a mis brazos, que es justo que los merezca quien sabe arriesgar amante los suyos en mi defensa, cuando peligraba Ungría. . Cómo viene vuestra Alteza de salud? . Quién felice logra la soberana influencia de vuestro cielo, no puede padecer mal, que no sea todo apacible descanso; pues cuando de Inglaterra salí a ver vuestro retrato, el alma, que os ama atenta, interiormente me dijo: Seguro vas, que si llevas por fijo norte a Matilde, ya te sigue nueva estrella. Yo soy la que participo de esa luz, pues si a la guerra os conduce Marte airado solamente en mi defensa, bien puedo decir gustosa, y asegurada en la vuestra, que tengo en mi ayuda ya benigno el mayor Planeta. El brazo pone el valor, la dicha el Cielo la ordena; luego si vos sois el cielo por quien se rige mi diestra, a vos se os deberá todo el acierto de la empresa, que aunque la acción sea mía, la victoria siempre es vuestra. El Imperio de Alemania he de hacer que os obedezca, y que vuestra frente Augusta enlacéis con su Diadema. Este aplauso os asegura mi firme amor, y haced cuenta, que al Emperador tenéis postrado a las plantas vuestras. Yo no soy, no, Feduardo, sino un esclavo, que espera, sin el interés de amante, lograros la conveniencia. Su bizarría me obliga, no menos que su fineza, a rendirle el corazón; pero atención, resistencia. Aviso de esta venida tuve de mi padre, y cierta noticia de vuestro esfuerzo, y del valor, que os alienta. Mándame que os dé la mano, y el alma os daré con ella, que a precepto tan dichoso está de más la advertencia. Estas cartas os envía, . bien podéis abrirlas. . Fuera desatención en mi agrado, y culpable diligencia, pues quiero gastar en veros lo que en leerlas pudiera. Hace muy bien, no las abra, que de cumplimientos llenas, son cartas de marear, y ahora estamos en tierra. Después de casaros, quiere mi padre, que deis la vuelta, la posesión dilatando hasta dar fin a la guerra. Todos aquellos favores, que caben en la decencia de mi decoro, he de haceros, que de mi amor ya son deuda. Querer tan presto apartarme de vos, parece violencia, que aumentarme la esperanza, es dilatarme la queja. Vuestro padre cuanto pudo me ha dado en vos luego fuera en vuestro amor gran delito intimarme la sentencia. Príncipe, quien tiene amor, con un favor se contenta, que una esperanza segura, como posesión se precia. De que suerte he de hacer yo de vuestro amor firme prueba, si faltáis al sufrimiento con el rigor de una ausencia? El mostrarme en esto esquiva, es piedad de mi belleza, pues después sirve de aplauso lo que ahora es resistencia: y aún vos de este desdén mío debéis págaros, pues lleva de más un merecimiento, y de menos una ofensa; pues si para vos me guardo en la posesión postrera, lo que he tenido de esquiva, vendré a tener de más bella. Es verdad, yo vengo en ello; y así, de vuestra presencia, después de casarme, intento partirme esta noche misma. Escuchadme ahora aparte. Ricardo, sin duda el César toda su dicha aventura, si no consigue la empresa de la posesión. . Es cierto; mas él lo hará de manera, que no lo yerre, pues tiene industria, maña, y cautela. Dadme lugar, que en secreto, señora, esta noche os vea. Válgame Dios! qué aventuro? . no es ya mi esposo? sí: fuera ingratitud no escucharle, cuando me obligan sus penas. Qué respondéis? Que ha de ser de modo que no se entienda. Cómo ha ser? Esta noche podéis hacer la deshecha de que os partís presuroso, y dando luego la vuelta podéis entrar al jardín, donde mi amor os espera. Dichoso con tanto bien, ya no hay peligro que tema. Qué estarán hablando aparte? Como sabe la Princesa, que suele al Príncipe darle mal de corazón, discreta le estará diciendo algunas palabras para que vuelva. La Música proseguid: venga, señor vuestra Alteza por esta estancia florida a la que feliz le espera. Sirviéndoos iré delante. Cielos, mi ventura es cierta. . A los Músicos me arrimo, que de ordinario es su tema de regalar el Catarro. Confuso el temor me lleva. En un lazo misterioso hoy dos Coronas se estrechan, imitando el maridaje del clavel, y la azucena. , Z En aquesa enseñada dejad la Galeota al tronco atada, de ese alamo copado, que la encubra de ramas coronado. Peligro no temáis, que la espesura de estos sombríos bosques asegura el fin de nuestro intento. (miento, Fatimán, aunque es grande tu ardi- temeridad parece de tu brío entrarnos por la boca de este río, si advertido lo notas, pudiendo conducir tres Galeotas, que en alta mar dejamos, cuando fin ellas con peligro vamos. Fatimán es valiente, y es Soldado, y con grande atención habrá mirado lo que más nos conviene, y pues con tal secreto a Ungría viene, le será necesario. De valiente se pasa a temerario. Para que no culpéis mi atrevimiento, cada cual mi razón escuche atento; El Gran Señor, cuyo nombre es gloria, y terror del Asía, vive ofendido, y quejoso del Imperio de Alemania; pues Federico arrojado con su Ejército en campaña, de la Misia, y de la Rusia todo el terreno avasalla, que sin duda Alá le cría para castigo y venganza de nosotros, y de aquellos, que el justo Alcorán ultrajan. Supo, que con el de Ungría tiene sangrientas batallas sobre quitarle a Bohemia, que juzga tiranizada. Y mientras unos con otros en vivas guerras se abrasan, intenta el gran Amurates dar principio a su venganza. Por esto, amigos, me envía, porque encubierto, y con maña penetre las intenciones de su orgullo, y de sus armas. El poder, y la defensa con que las Fronteras se hallan, para que pueda sin riesgo entrar por la Transilvanía. Si con cuatro Galeotas estos sitios navegara, pudieramos ser sentidos, y se pusieran en arma las costas, y descubiertos, nuestras vidas peligraban, y fuera no obedecer lo que el Gran Señor me manda. Por esto, amigos, las dejo en alta mar, y con maña por la boca del Danubio entro a registrar sus playas, por si acaso encuentro en ella algún hombre de importancia de quien me informe, y le lleve al Gran Señor por hazaña. Como discreto discurres, tu grande lealtad te ensalza, y así, ya por tu consejo perderse, no importa nada. Si el mío prudente admites, parece acción acertada no salir de aqueste bosque, hasta que la noche parda con su sombra nos encubra, pues poco al día le falta, y puedes dar libremente ocasión a lo que trazas. Dices bien, que ser pudiera, que desde aquestas montañas descubriesen los Pastores la Galeota en las aguas. Encubra el hurto la noche, pues ya aquesa luz de nacar el mar descanso le ofrece. Vive Alá, que gente pasa: escondámonos aprisa, Fatimán, entre estas ramas. Cuántos son? Tres bien armados. En eso nos aventajan, dejarlos pasar conviene, pues nos hallamos sin armas, y en nosotros viene solo la pura industria, y la maña. Con esa sola, infinitos han cobrado lauro, y fama. . Hecho animoso y valiente. El valor todo lo alcanza. Mejor que ruego de buenos, fue siempre el salto de mata. Traza fue de fino amante, con que la guerra se acaba, pues casado con su hija, de una vez queda ajustada, y al Ungaro le está bien las paces con Alemania. Qué dicen? . No los entiendo. Ten cuenta con lo que hablan. Gente noble me parece en el lenguaje y las armas. Sin lograr de su hermosura la mano, no le importaba, y con la posesión tiene a Matilde asegurada. En el jardín le dejé encubierto entre las ramas de unos jazmines floridos, que su dicha publicaban; porque Matilde salía, me dijo que le esperara, a la margen de la fuente donde nos dijo sus ansias. otro dice que atrás viene, hombre será de importancia, puesto que estos le obedecen, y gran dicha nos aguarda. Este es el sitio, Ricardo, donde en sangrienta batalla perdieron las nobles vidas los tres Ingleses. . El alma me enternece esa memoria. Son políticas humanas, a que debe obedecer quien de lealtad busca fama; mas ya la fuente apacible con su murmúreo nos llama a esperar. . Yo por aquí voy a buscar la gandaya, por si hallo entre zarza Moras alguna zarza Cristiana con quien despicarme un rato, y decir cuatro, o seis chanzas. Hay tan notable locura! Cómo hay rústicas manzanas, hay gorronas montesnas, como Pastores de Arcadia. En la fuente le esperemos. Digo que no puede errarla. Por qué? Porque nadie ignora el barrio de Cantarranas. Amigos, sin duda alguna, que el Caballero que aguardan se queda atrás; lo que importa es tener pronta la barca, que al encuentro le saldremos, y cuando imagine que habla con los suyos, quedará maniatado: (dicha extraña!) llevarle cautivo espero al Gran Señor. . Tente, calla, porque pasos he sentido. Sin duda él será, que pasa. Memoria, imagen, o asombro, qué me oprimes, y acobardas? Feduardo, qué me quieres, que no te veo y me espanta tu sombra entre aquestas peñas, a donde con mano airada te di la muerte? Si acaso vienes a tomar venganza, yo, yo::- Mas, Cielos, qué susto, qué presagio, qué amenaza entre pálidos temores, sin voz me ha dejado el alma? Sin duda, que este suceso trágico fin me señala. Pero como mi valor se rinde a una sombra vana, cuando vengo venturoso de lograr mis esperanzas, siendo la luz de Matilde mariposa enamorada, que en dulces incendios arde, para coronar sus ansias? En susto me atemoriza, un pavor me sobresalta. Válgame el Cielo! qué es esto? pero en cuanto este horror pasa, quiero llegar a esa fuente para templar en sus aguas este fuego: allí parece, que ya los míos me aguardan. Dadme el parabién, amigos, de mi ventura, que es tanta, que no admite otro deseo: abrazadme. Ya te abrazan para prenderte, o matarte. Ah traidores! Ya la espada le he quitado. . Atadle presto de pies, y manos. . Canallas, así lográis vuestro intento: ha pese la suerte ingrata! Amigos::- . Cierra la boca: demos con él en la barca. Ya que me lleváis cautivo, dejad que pueblen mis ansias estos montes de suspiros, pues dejo en Matilde el alma. No veremos qué es aquesto? Este también con él vaya, porque no avise a los otros. Por Dios, que es linda la gracia: Turcos, mirad que soy Moro. De qué tierra? De Morata, cinco leguas de Madrid. Villano, si eres de España, como te finges ser Moro? Yo nací en las Alpujarras. Matilde, espola querida, queda a Dios. Adiós, Madama. Vaya el perro. Tú lo eres. Llevadle. . Miren qué caras para dolerse de mí! malditas sean sus almas. A Constantinopla guía: ya yo logre mi esperanza tal eta tan tra caa a leta caa A.

JORNADA SEGUNDA

De tu gran resolución pendiente está toda Ungria. Celia amada, Laura mía, pues las dos en mi afición llevasteis igual la palma, siendo en el más noble empeño cada cual tesoro, o dueño de los secretos del alma, escuchad. . Di tus fatigas. Ya sabes nuestra lealtad. Hoy os quiere mi amistad más consejeras, que amigas. Bien os acordáis las dos de aquella apacible noche, que el Príncipe Feduardo por el jardín, tierno Adonas, logró de Venus más casta los amorosos favores. Bien la metafora aplico a mi pena, pues sin orden, fábula, o sueño parecen mis tragedias, y rigores. No fue ligereza el darle licencia para que logre, como esposo mío, el premio de tan lícitos amores; porque además de ser suya mi mano, el amor dejose llevar de aquel artificio con que vence corazones; y aunque el melindre afectado del decoro, no perdone el que le diese obligada de mi honor las posesiones; por lo menos me disculpa ver, que era mi esposo entonces, y no puede haber ultraje a donde el delito es noble. Negose a mis tiernos brazos, solo a conducir veloces contra el Alemán soberbio sus valientes Escuadrones. Quedé llorando su ausencia, cuyas perlas desconformes al contrario de la Aurora dejaron mustias las flores. Con menos luz salió el Alba a dar vida al Horizonte, siendo de su infausta suerte pronóstico mis temores. Veinte años habrá que falta, y otros tantos que esos montes, poblados de mis suspiros, repiten su dulce nombre. Feduardo, Feduardo, digo al viento y en el bosque esparcido el triste acento, Jojóbel eco me responde. Bien dice, pues desde el tiempo, que vive ignorado, sobre la pena que enluta el alma, el traje visto de horrores. Volviéronse los Ingleses sin su Dueño ilustre, a donde en vez de laurel, arbolan luto de horribles pendones. Alzó el Alemán el cerco, porque corrió voz conforme, que su Emperador faltaba, cuyo prodigio en el Orbe puso admiración, pues siendo en el suceso conformes, Feduardo, y Federico iguales fortunas corren. Quedó mi padre sin guerra, yo no, porque en batallones de pensamientos resisto de tan dura ausencia el golpe: ayudando al sentimiento ver, que de mi esposo entonces en mis entrañas quedaron prendas de aquel hurto noble. Recatelo de mi padre con maña, y cautela doble, porque nunca de ligeras culpase mis atenciones. Fíngime enferma, y vosotras asistiéndome conformes, me ayudasteis, hasta que, por triunfo de los dolores, di al Sol dos bellos infantes, que le dieron confusiones a mi pecho, pues partido vi el secreto en dos temores. A diferentes Aldeas vosotras la misma noche mis dos pedazos del alma, mis dos vivos corazones los llevasteis a criar: bien que en ti, Celia, mostrose contra mi airado el destino, pues luego fuiste por donde los Turcos pudiesen verte, que en esta sazón traidores a la margen del Danubio se apoderaron feroces de aquella inocente prenda, pues tú con pasos veloces, por escapar con la vida, la fiaste a sus rigores. Mis temores me disculpan. Antes culpo a tus temores; Que mal hice en acordarme de tu suceso! llevome el natural sentimiento para que otra vez le llore. En fin, el que cupo a Laura, en esa Aldea criose con tosco sayal, por hijo de uno de sus Labradores, siendo mí mitad del alma con quien el Cielo dispone, que sea de Feduardo vivo retrato este joven. Y ahora que ya mi padre rindió a la segur indócil de la muerte el noble aliento, seudo común de los hombres; y hoy, que el gobierno de Ungria sobre mis hombros se pone, y Cetro que es tan pesado, requieré manos de un bronce: A Palacio hice traerle, para que conmigo logre a un tiempo de Inglaterra, y de Ungria los blasones. Y como en rústico traje se ha criado, antes que noten en él algunos defectos, he hecho que le alicionen en las Artes liberales, porque con su estudio borre de aquel primer desaliño las rústicas impresiones. Bien, que cuando por mayor le hice de este caso informe, reconocí en su discurso capacidad, y razones, que de altivo le acreditan, sin que su sangre desdoren; que tal vez con las fortunas se heredan también los dones. Y como siempre este Reino lleno está de sediciones, y suele haber controversía entre plebeyos, y nobles, cuando por Príncipe todos le juren, si en los rumores accidentalmente hubiere repugnancia que lo estorbe; vosotras, como fieles testigos del caso, entonces publicando la verdad, seréis de esta acción el norte; porque estando las dos siempre en el intento conformes, me serviréis de reparo al riesgo que se conoce; haciendo con el apoyo, que de las dos se compone, que mi hijo empuñe el Cetro, y mi designio se logre. Quién ha de haber que se oponga a la verdad? qué razones hay contra intento tan justo vuestra Alteza es de la Corte con raro extremo querida, y el Príncipe con los dones de que le ha adornado el Cielo, merece que le coronen. Según le asientan las galas, y airoso el talle descoge, no parece que ha vivido entre rudos Labradores. Ayer dispuse que viese un Tigre, y León feroces batallar, porque su furia le infundiese inclinaciones al valor, que tal vez sirve de ejemplo un bruto a los hombres. De ver sería el combate. Mas qué miro! entre las flores, que esta galería adornan, y su hermosura componen, sale el Príncipe a vestirse. Callad, que entre los verdores de estas yedras encubierta he de escuchar sus razones, para ver si de Palacio le han entrado los primores, y veré a lo que se inclina con más afición. . Logrose tu gusto. . Escuchadle, pues. Haremos lo que dispones. De ese cristal el reflejo apartad, que no me agrada: un hombre solo la espada ha de tener por espejo; y es mejor, sin otros modos, el mirarse en su luz bella, que el que obrare más con ella, será el más galán de todos. 1. Este es, señor, el acero, que darosle está a mi cargo. De que le hiciese tan largo culpo al inventor primero. 2. En qué funda vuestra Alteza su razón? En que es exceso, y se excusaban con eso las reglas de la destreza, pues en combates fatales serviria de más gloria, que se diesen la victoria los brazos, y los puñales; porque es injusto rigor, que en las empresas de Marte pueda el valor, que es sin arte, vencer sin arte al valor. 1. El sombrero. Eso ha de ser; pondrémele, a mi pesar. Si a hodias le he de quitar, para qué le he de poner? El sombrero solamente se inventó (sabia hidalguía!) mas para la cortesía, que para adorno a la frente; y así, el quitarle me agrada al que le quita rendido, pues más pechos ha rendido el sombrero, que la espada. El quitarle es gallardía, pues si uno lo mira atento, menos que el humo, y el viento viene a ser la cortesía. Y así, la acción más honrada, que un Príncipe ha de observar, es, que mucho pueda dar a todos con lo que es nada. Discreta razón, señora. Es copia de Feduardo hasta en la voz. . Mucho tardo en no ir a besar ahora la mano a la Reina. Ya es la diligencia ociosa, pues ella más cuidadosa os viene a ver. . Cómo está vuestra Alteza? . Muy contenta de haberos, Príncipe, oído, y que tengáis entendido la obligación que os alienta a generoso, y discreto. Es fuerza el serlo desde hoy, porque conozcan que soy de tan noble causa efecto. Qué hicisteis, Enrique, ayer? Vi de las fieras la lucha, y en esta esfera hubo mucha acción, que admirar, y ver. De aquel Tigre, y León fuerte, de qué suerte fue el combate? Si gustáis que os lo relate, fue, señora, de esta suerte. Hizo seña el clarín para la justa de dos brutos, y mientras el acento, que en metal engendró fuerza robusta, formado en voz, se resolvia en viento, aro mostró grave el León la faz augusta, y dominando el circo a paso lento, rizó de su furor al fuego ardiente la cola por penacho de la frente. Ruge feroz, y al eco pavoroso con la manchada piel el bruto Hircano, medio asustado se paseaba airoso, como el que le respeta soberano; más viendo que le enviste riguroso, burlándole el impulso, al aire vano tan alto brinco dio, que pudo a horrores formar su piel un arco de colores. Ya de cerca, con iras, y despechos, miden las garras de márfil valientes, y tanto con rencor se unen estrechos, que un animal parecen de dos frentes: coléricos las ancas, y los pechos se trinchan con las uñas, y los dientes, y asidos con la furia de horror llena, hechos un globo, ruedan por la arena. Vuélvense a dividir y más sangrientos se arman de horror, y encrespan las gargan- túrbanse a su furor los Elementos, (tas, tantos los choques son, las iras tantas: por asirse otra vez brincan los vientos, tiembla la tierra al golpe de sus plantas, y de la vista fulminando enojos, con el ceño también riñen los ojos. Ya se sosiega el bruto coronado, ya se retira el Tigre enfurecido, de bárbaro furor aquel bañado, este de roja púrpura teñido: ciéndese cada cual de fatigado, treguas dando al combate repetido, y abriendo las dos bocas sin alientos, solo con respirar están contentos. Mientras cobran valor, el alevoso Tigre, reconociendo el fin futuro, por la espalda le rompe sanguinoso la parda dura piel con arpón duro: irrítase el León, y riguroso le arranca el corazón del centro oscuro, que hasta un bruto también se desobliga, y las traiciones bárbaras castiga. Pues de ese ejemplo animado, venga, Énrico, el fiero insulto, el doblez, la alevosía de un Emperador injusto, que a traición mató a tu padre, según publican algunos. Y aunque ahora no parece, conozca el Conde Rodulfo, (que en ausencia rige el Cetro) que eres en valor, y orgullo imitador generoso de las hazañas de Arturo. La soberbia de Alemania, la fábrica de sus muros caiga al fuego de tus iras resuelta en polvo, y en humo. El eco de tus clarines por sus concabos profundos asuste de tus Vanderas pálido el matiz purpureo. Heredero eres de Engría por mí, y por el padre tuyo te toca de Inglarerra el ser Príncipe absoluto. A Inglaterra te parte, y con el socorro tuyo contra Alemania te muestra rayo, asombro, horror y susto. Las cartas que de tu abuelo para mí tu padre trujo, llevaras, porque te sirvan de acreditar nuestro asunto. Mientras que esto pasa, yo una Armada te aseguro, que en pesados leños brume del mar los hombros cerúleos. Y en sabiendo que en campaña pones Ejército, al punto trocando en pólvora el ambar, y el rico adorno en escudo, saldré a ser de sus fronteras de Marte asombro segundo; porque vengando a mi esposo, y restaurado el tributo de Bohemia, aqueste brazo, regido de heroico impulso, sirva al Imperio de estrago, y de noble ejemplo al mundo. Esa licencia esperaba, señora, del labio tuyo, para desatar en iras la voz del silencio mudo. Sosegado en blando lecho no me verá el Sol desnudo, ni el peine en mi frente hará iguales rizos, y surcos; ni me adornaran las galas, que desde ahora renuncio, hasta que de tanto agravio tome el desempeño justo. Y antes que conozca Ungría, que soy, señora, hijo tuyo, he de vengar este agravio, y así lo prometo, y juro. Dices bien, quede entos todos aqueste secreto oculto, que después de la venganza, el publicarle es más justo. Yo haré que de esta venganza sueñe dilatado el triunfo desde el Alemán nevado, hasta el Etrope adusto. Mi sentimiento a qué aguarda? Eso sí, borde este luto luciente acero, que explique nuestro dolor, e infortunio. Veré a mi padre vengado. Aqueso, Enrique, procuro. Solo aquesta gloria espero. Solo esta venganza busco. Que si airado: . Si resuelta: Blandeo el asta::- El hierro empuño::- Brotarán rayos los montes. Correra sangre el Danubio. De mi pesar lo sospecho. De mi dolor lo aseguro. Pues, señora, a la venganza. Él seguir tu intento es justo. Yo con mi poder te amparo. Yo con mi valor te ayudo. 2. Porque sea conforme en ese triunfo la gloria de los dos, u de ninguno. . De la tarea empezada, Catarro, aquí descansemos. Mejor es que reneguemos de vida tan desdichada. Yo veo que en ti florecen los años, y que estás mozo, no hace en ti la edad destrozo. Los pícaros no envejecen, tú con el nombre de Alberto disimulado aquí vives, y a veces favor recibes del Jefe; yo flaco, y yerto agua saco aquí sin fin, aunque el corazón arranque, desde la noria al estanque, y del estanque al jardín. Mire qué dicha, y qué gloria me estaba aquí prevenida, pues al cabo de mi vida me han hecho cabo de noria: del agua soy vivo erario. También mi frente la suda con el trabajo. . Sin duda nací en el signo de Acuario; y si acaso mi destino un trago de vino fragua, como la sal en el agua, se me vuelve en agua el vino. Ya que mi hado severo a elemento tan extraño me inclinó, por menos daño me pusiera a aguardentero: allí mejor me estaría, que en fin es oficio breve, y siempre acaba a las nueve, y se huelga todo el día. Desde que al gran General Coraide sirviendo estamos, mucho mejor lo pasamos. Yo, señor, lo paso mal porque no estando muy harto, y con merienda segura, pienso entre tanta verdura, que me he de volver lagarto. Pero, señor, quien pensara, que un Príncipe tan altivo como tú, pobre, y cautivo, a tal pobreza llegara? Es la fortuna inconstante, y así, en el bien, y en el mal ha de tener siempre igual el varón fuerte el semblante. Con el Gran Señor, mejor lo pasaba mi agonía, porque el Gran Señor tenía mil cosas de Gran Señor. Presentonos sin empacho a Coraide, ese mozuelo, a quien tú con tanto anhelo criaste desde muchacho. Con lo cual yo quedé cojo, y hago cuenta con mi queja, que me han tirado a la ceja, y me dieron en el ojo. Amigo, ese desamparo no te cause desconsuelo, que algún día querrá el Cielo mostrarnos el Sol más claro. Hoy, que llegó victorioso a esta Corte de Amurates, Coraide, cuyos combates le han hecho en Asia famoso, de este ejercicio tan bajo en que está nuestra humildad, le pediré con piedad, que nos alivie el trabajo. Por Genizaro de Ungria ser conocido alcanzó. Ese nombre mereció por su heroica valentía: del Turco es ya General. Dicen que es mozo de manos, inclinado a los Cristianos. Y de Lngria natural: Fatimán le cautivó aquel mismo año que a mí, y niño le trajo aquí; bien que después que creció, entrando fue en la privanza de Amurates, que al momento mandó, que fuese instrumento yo de su noble enseñanza. De las armas la destreza, y de hacer mal a un caballo, capacidad en él hallo de valor, pulso, y certeza. Ejercítole mi brío en esto con gran primor, y le tengo tanto amor como si fuera hijo mío. Él de mí vive obligado, por ti, y por mi pediré, y si no lo hace, sabré, que en todo soy desdichado. Haz que me haga, sin más burlas, Muley, que es cargo de ley. Y qué viene a ser Muley? Un alquilador de mulas; o si no, me hago Maluco. Qué puesto es para alcanzarlo? Esto es ser de su Serallo Guarda Moras, que es Eunuco: pero allí con gran tropel baja de besar la mano al Gran Señor, y a lo llano se viene de este vergel: aquí de espacio hablaremos a Coraide el nuevo Marte. Dices bien, hacia esta parte conformes nos retiremos. . Norabuena victorioso, lleno de triunfos, y hazañas, venga a ser gloria a la Corte el que es asombro del Asía. Quién creerá, viendo mi brío hoy con tanto honor augusto, que aquí me conduce el gusto de ver a un esclavo mío, que si no se murmurara, que a los Cristianos me inclino yo, con afecto más fino lo que le estimo mostrara! Válgame Dios! qué aficiora es esta de mi deseo, que cuando a ese joven veo le me alegra el corazón? Este alfanje a quien guarnece por pomo el ruba mejor, te presenta el Gran Señor, en señal de que agradece las harañas de tu espada, y también para el turbante te remite este diamante, que vale un Reino. . Pedrada. Estimo de su grandeza un favor tan soberano, cuando de su heroica mano me bastaba por fineza haberme en público honrado, dándome por más blasón de sus Armas el Bastón; que si espanto al Asia he dado, y con fortuna diversa quité el Laurel de la frente al Tártaro en el Poniente, y a donde el Sol nace al Persa, fue solo porque su gloria se dilatase en el mundo, pues solo en aquesto fundo la atención de mi memoria. Con esto das a entender a Amurates tu cuidado. Esto es mostrar obligado lo que debo a su poder. Ver estos jardines quiero, y quien pule su primor. Zalamelec: yo, señor, soy tu indigno jardinero. Muy bien guarnece el jazmín estos cuadros, y estas fuentes. Muchas hierbas diferentes tengo añadido al jardín. De las muchas di una sola. En ese apacible cerro añadí la flor del berro, que es una flor Española. Y de qué enfermedad cura Sus virtudes son muy sanas, abre de comer las ganas, y afirma la dentadura: llagas antiguas encarna, y para hacer de ella alarde, se ha de usar de tarde en tarde, porque si no engendra sarna. Qué más flores hay? Yo infiero, que una que planté este mes te ha de dar gusto. . Y cuál es? La espuela de Caballero. Qué más? . otras mil verduras, pepinos, y verenjenas. De qué sirven? Son muy buenas para sanar calenturas: pedir quisiera a tu agrado un favor. . Qué es? Bien me sopla: quisiera en Constantinopla ser del tocino obligado. No pasa acá. . Soy pollino: como estos Turcos sin fe son todos romos, pensé, que comerían tocino. Y tu compañero Alberto dónde está? Puesto a tus plantas, que con esto me levantas. Halle en mis brazos el puerto tu valor, a quien alabo. Tu esclavo soy. Desde hoy más, Alberto, el nombre tendrás de mi amigo, y no de esclavo. De tu brazo valeroso nobles Artes aprendí, hasta que a la guerra fui para volver victorioso. Él no premiarte, no ha sido defecto en mi voluntad, si no que la poca edad me disculpa en el olvido. Hoy, que sé que desde niño te debo la educación, es justo que mi afición te recómpense el cariño. Con servirte más leal la deuda se galardona. Hoy cerca de mi persona has de tener puesto igual; que el amor con estas leyes la obligación satisface. De esta a los dos nos hace Bajaes, o Belerbeyes. En noble agradecimiento siempre el favor pagaré. Desde que le cautivé, solo hoy le he visto contento. Toma asiento, Fatiman, y en aquesta verde estancia, entre sus flores gocemos . del blando aliento del Aura. Gustoso tu lado ocupo. Siéntate, Alberto. . Repara, que soy tu esclavo, y no es justo, que de otro indulto me valga. Siéntate, que bien merecen este favor esas canas. Por obedecerte en todo . es fuerza hacer lo que mandas. De las lecciones que un tiempo me diste, Alberto, estimara volver a pasarlas todas. La destreza de las armas requiere grande experiencia, pulso, osadía, y pujanza, y estas tres cosas en mí, con la edad caduca faltan; pero cuando tu gustares lo haremos. . Con qué gallarda destreza sobre un caballo solías blandir la lanza! En mi juventud, no mal domaba un bruto: la escarcha del tiempo a las bellas flores tiranizar suele el nácar. Da atención, Coraide, al canto, que celebra tu alabanza. Prosiga, pues. . Ay de mí! murieron mis esperanzas: de qué me sirve este alivio, si me ha de doblar las ansias? Al Persa infiel la victoria ganó osado con sus armas, que en tiernos años las dichas le han dado más nombre, y fama. Qué bien la música suena! Mas la Militar me agrada. El Aleman Federico, un tiempo con mano osada, en el Mar, contra Amurates, venció la mayor batalla. Dice bien, con seis Galeras . destrui toda la Armada, y gano a Constantinopla, si un temporal no me ataja. Si yo allí me hallara entonces quizá el triunfo le ganara. Quizá no, pues si llovieran . más Turcos:: (loca arrogancia!) sin duda vive algún fuego entre esta ceniza helada. Mas Coraide le venciera con su generosa espada, si en la mitad de sus triunfos la vida no le quitara. Con la libertad la vida perdí, que de las desgracias . de un rigoroso destino no es dueño la industria humana. No cantéis más. Muy bien haces, si no quieres que mis ansias, entre abrasados suspiros, broten con el llanto el alma. Deja, Coraide, que canten tus nobles hechos, y hazañas. Qué importa ahora, qué importa, que aquese esclavo con ansia llore, o no llore sus penas? Enternécenme sus canas. Es muy de espíritus nobles tener piadosas entrañas: cantad. . No cantéis. Alberto, de qué te afliges? qué causa pudo intempestivamente moverte a terneza tanta? Qué sentimiento te obliga a que con lástima extraña la venerable megilla bordes con hilos de plata? Cuando no es propio en un triste llorar memorias pasadas? Válgame Alá, qué secreto . es aqueste que me arrastra, que las lágrimas que llora Alberto, las siente el alma? . Fatimán, vuelve a Amurates, y de mi parte las gracias le da por tantos favores. Gloria mereces más alta: guárdete Alá. Idos todos. Haremos lo que nos mandas. . Yo a solas me voy también a muquir una ensalada, que como ando entre estos perros nunca el vinagre me falta. . A mis ojos has debido, Alberto, una heroica hazaña, en que no llorasen, cuando vi que los tuyos lloraban. Dime la razón por qué cuando mis aplausos cantan, te enterneciste? qué oculta pena en tu silencio guardas? Templa, padre mío, el llanto de que tu rostro se baña, si no pretendes, que el mío del pecho en diluvios salga. Parte conmigo tus penas, y quién eres me declara, que por las divinas luces del Sol, que cuanto avasalla pondré a tus plantas rendido. Si estar cautivo te agravia, y la libertad pretendes, yo mismo en tu misma Patria te pondré seguro ahora si temor puedes contarla, n la causa lo consiente, de tus suspiros la causa. Generoso ilustre joven, por cuya valiente espada aclaman tantas victorias las Banderas Otomanas; tu mucha piedad me anima en las penas que me ultrajan, a que de tu pecho fie el peso de mis desgracias. Bien, que por ser tú de Ungría me has dado esta confianza, pues amparar los Cristianos te toca por muchas causas: aunque cautivo, y tu esclavo, nací de ilustre prosapia. Mira si alguien nos escucha. Pendiente de tus palabras me tienes: todo está solo. Yo soy:: el llanto me ataja, y la vergüenza. . Prosigue. Digo, que yo soy::- . Acaba. El infeliz Federico, Emperador de Alemanía. Tú eres Federico? . Sí. Tú, quien con victorias tantas fuiste prodigio de Europa, y admiración de la fama? Pluguiera a Dios no lo fuera, si en esto las dichas paran. Suceso extraño! prosigue. Del laurel las hojas altas ciñeron mi altiva frente diez años, cuando pernaba negro cabello, que el tiempo pobló de injurias nevadas. Del bruto Andaluz más fuerte la fiereza desbocada, sin acícate, y sin freno, la indócil cerviz domaba. Cargado de acero duro en las rebeldes campañas me encontraba el Sol despierto, siendo en mis hombros las armas de mayor gala, pues siempre que amanecía, quedaban bordadas con los relieves del puro aljófar del Alba. En medio de mis victorias, Amor que todo avasalla, me rindio a la hermosura de una deidad más que humana, de una divina Princesa, a tiempo (ay de mí!) que estaba capitulada con otro. Pero yo, como del alma brotaba ardientes suspiros, di la muerte al que intentaba ser su esposo y con el nombre del muerto, su mano blanca merecí, junto con ella la posesión deseada. Ojalá, que así no fuera, pues por esta acción osada quizá el Cielo me castiga: era mozo, y no me espanta. Para aclarar la cautela, de mi esposa hermosa, y casta me despedí, cuando al centro llegando de una montaña, cuyo ceño oscuro ofrece miedo al Danubio, a quien baña, me cautivó Fatimán con otros Turcos, que estaban ocultos entre sus peñas; pero fue traidora maña, que si juntos no me cogen, y a un mismo tiempo me abrazan, no menos que con las vidas su atrevimiento pagaran. Yo hiciera:: mas nada hiciera, que son fantasías vanas. Conmigo al golfo se entregan; bien hicieron, pues su barca al aire de mis suspiros más ligera navegaba. Alargando iba los ojos hacia mi querida Patria, a donde en prisión más dura dejaba cautiva el alma. De dar en seco iban libres sus naves en mis desgracias, porque mis lágrimas tristes crecían del mar las aguas. Considera, ilustre joven, de la fortuna contraria el poder, pues en un hora, de Emperador de Alemania pasé a ser pobre cautivo en prisión tan triste, y larga. No he podido dar aviso de esta desdicha a mi Patria, pues por odio antiguo el Turco ningún Alemán rescata, que los que cautiva, injusto luego a cuchillo los pasa; y a conocerme Amurates, Coraide, era cosa clara, que con mi muerte daría feliz logro a su venganza. Con traje Inglés me cogieron los Turcos, y yo con maña dije, que era Ingles y pude así evitar mi desgracia. De allí a un año, poco menos, volvió a las Ungaras playas Fatimán, y aquí te trajo por triunfo de sus hazañas. Al Gran Señor te presenta recién nacido, y con tanta estrella aquí te criaste, que por tus acciones raras, de Amúrates mereciste el valimiento, y privanza. Siempre te inclinaste a mí desde tu primera infancia, y yo en mis brazos, con verte, tal vez mis penas templaba. Cuando tu música oí, que mis tragedias cantaba, me enternecí: no te espante, pues fue un afecto del alma. Por muerto me tiene el mundo, cuando yo sin esperanza vivo arrastrando cadenas, que aún de oro fueran pesadas. Mi esposa ausente padece sin saber de mí: Alemania, por sus Electores, ya que tendrá Rey, cosa es clara. Yo estoy cautivo, y sin quien en tanta aflicción me valga: en la prisión entré mozo, y hoy peino blanca la barba. Contra mí los Elementos se conjuran todos y hasta (oprimido de los años) mi intento me desampara. De ti este secreto fío, que mi silencio guardaba; y si acaso al Gran Señor, por servirle, lo declaras, moriré contento, viendo, que aquí mis males se acaban, o invocaré tu piedad con arrojarme a tus plantas. Federico, alza a mis brazos, que ofendes mi confianza en sospechar, que en mi puede caber una acción ingrata. Yo matarte? descubrirte? mucho mi fineza ultrajas, cuando sabes, que antepongo la piedad a la arrogancia. Vive ese estrellado móbil, en quien la antorcha más clara al torno azul de sus ruedas las hebras de oro debana, que antes que apague en la espuma el bello incendio de nácar, que has de lograr por mi mano la libertad deseada. Ya estás libre; y porque sepas, que aquí mi afición no para, yo mismo en persona quiero acompañarte a tu Patria; porque si algunos rebeldes se te opusieren, mis armas, volviendo por ti, aseguren el Cetro Augusto que aguardas. Al punto haré que aperciban mis naves; y si esta hazaña la culpare el Gran Señor, no temeré su amenaza, que como yo sus favores, él ha menester mi espada; y si esto no me perdona, muchos Reyes tiene el Asia a quien servir, que a mi brío ningún riesgo le acobarda. Con eso me has dado vida: deja que el suelo, que estampas, bese mil veces. . Qué es esto? padre, gran señor, repara, que eres Federico. . Soy un esclavo, a quien amparas: dame esa mano, hijo mío. Para qué? . Para besarla, ya que los pies no permites. . De amigo te la doy: basta; señor. . Todo el ser te debo. Con mi afición no te engañas. Siempre estará en mi memoria. Quién puede entender el alma! callar, Federico, importa. Nunca el silencio en mi falta. Tu dicha consiste en eso. Pendiente está de tu gracia. Pues a Dios. Adiós. El Cielo te pague acción tan bizarra, que si a ver llego a mi esposa, te daré el Imperio en paga. . (mania Conde Rodulfo, a quien la Alta Ale- por su Gobernador el Cetro fía, contra el rencor del Príncipe de Albanía, que ser Rey de este Imperio pretendía: ya sabes, que Bohemia, y Transilvanía daban tributos al Laurel de Ungría, y no he de permitir, que en sus espumas las Águilas del Sol bañen las plumas. Tiranamente Federico osado a Bohemia engañó; tu ahora atento vuélvenos lo que está tiranizado, si no pretendes ver tu fin sangriento. Cien naves por el golfo dilatado rijo, cuyo velamen dado al viento, juntas parecen, con soberbia altiva, Ciudad, que anda en las ondas fugitiva. No dirás, que primero con blandura no te ofrezco la paz, si esto concedes. Volver lo ajeno en ti será cordura, cuando de la razón en nada excedes. Con veinte mil Infantes la llanura pueblo de esa Campaña, verlos puedes; y pues que tu discurso no lo ignora::- Di tu resolución. Responde ahora. Cuando por Federico en la Corona entré, de las grandezas sobstituto, Bohemia, que por suya se pregona, al Imperio feliz daba tributo: el no entregarla mi lealtad abona, siendo de mi valor guardarla el fruto; y aún cuando el entregarla justo fuera, solo por la amenaza no lo hiciera. Ni esas naves, ni duros batallones, por tierra y mar en tropas divididas, bastarán a asustar los escuadrones de mis robustas haces prevenidas, porque si árbolo al aire sus pendones, vuestras soberbias quedarán vencidas, porque aún en mi lealtad, si bien se advierte, vive de Federico el brazo fuerte. Brazo de Federico? o quién le viera, para que una venganza de él tomara! De Federico tú? . Con él midiera la espada, y cuerpo a cuerpo le matara. Si cualquiera de estos la verdad supiera de lo que callo yo, cómo le amara! . Que en fin, Cónde, no acetas el partido? Con no escucharos tengo respondido. y Pues prevente a la ruina mayor, que han visto los siglos: yo haré que esa gruesa Armada, que huella montes de vidrio, contra tus muros opuesta, entre el horror de sus tiros, postre a vívoras ardientes tus soberbios obeliscos. Yo haré, que talen tus campos, y de sus mieses los rizos penachos, sirvan de alfombras al triunfo que solicito. Yo haré, que por todas partes mis Bágeles divididos, hasta el sustento te estorben, para ultraje de tus bríos. Yo haré, que al punto mis huestes te pongan por tierra un sitio, que de Numancia, y Cartago sea ejemplo endurecido. Yo haré::- . Yo haré::- Tened, bastan las arrogancias, que he oído, para lograr más valor; pues de ordinario hemos visto, que lo que sobra en las voces, suele faltar en los bríos. Todo el poder me acompaña de Ungria. . Que es corto digo. De Inglaterra no temes las armas? . No las admito. Y mi valor? . Es muy corto. Y mi razón? . No la admito. En el campo lo veremos. Para entonces lo remito. Toca al arma. Al arma toca. Solo en la razón me fío. Vuestra amenaza no temo. Presto verás tu castigo. . Si no es que primero aquí te abrase el aliento mío Pero qué veo! . Del Turco Embajador ha venido, y quiere hablarte. . Querrá firmar las paces conmigo: di que entre Gracias a Dios, que en tierra estamos de Cristo. Lleguemos. Alá te guarde, Emperador. . Yo no admito, Embajador, ese nombre, porque este Imperio no es mío: Gobernador de él me nombro, que aunque muchos han querido legitimarme en el Cetro, que es solo de Federico, por la lealtad que le debo, yo nunca lo he permitido. Gallarda acción! Noble pecho, de mayor Imperio digno! Dime ahora tu embajada. Amurates, que es tu amigo, de Constantinopla envía a decirte, como es vivo vuestro Emperador. . Qué dices, noble Turco, que ese aviso me ha dado el ser? cómo es eso? En su Palacio cautivo ha estado hasta ahora oculto, pues descubrirse no quiso, temiendo el odio heredado de Amurates vengativo. Con él ya piadoso, ahora te envía a pedir conmigo su rescate. . Gran ventura: El precio más excesivo, cuanto tengo, cuanto valgo, y cuanto este Imperio rico contiene en sí, te daré, que al valor de Federico todo es menos, nada es más: di el precio, que a un tiempo mismo lo verás ejecutado, aún primero que sabido. No te pide oro, ni plata. Pide algún Reino, o Castillos por el rescate? . Tampoco. Qué es lo que pide? . Ese fino amor de tu noble pecho, cuya lealtad más estimo: Federico soy. . Qué escucho! No le ves el lobanillo, que tiene en la frente? . Cielos! besaré tus pies invictos. . Conde, levanta a mis brazos. Y Catarro hace lo mismo, dándote, Conde, mil besos, como a Sancho ocho besitos. Su poder en los Cristianos muestra Alá, pues nunca he visto mayor lealtad. . Es en eso cada Alemán un prodigio. Vuestra Majestad, señor, venga al lugar, donde finos le juren todos los Nobles aquel vasallaje antiguo. Caballeros Alemanes, vuestro Emperador es vivo, decid, que viva dichoso. Viva el César muchos siglos. Esta ventura, Coraide, a tu fineza he debido. Hasta dejarte en el Trono no han de descansar mis bríos. Yo a la salud de este aplauso iré a echarme veinte pistos.

JORNADA TERCERA

JORNADA TERCERA Genizaro el más valiente, que ha visto el Planeta rojo; emulación, si no afrenta, del Albanés Castrioto; de taporria estimo favor, que ahora es ocioso, pues para empresas mayores reservo tu aliero solo. Ya los Inglese onocen mi valor; Matilde, y todos en mí, para lo que intenta, han de hallar bastante estorbo. Al Gran Señor hará falta tu persona, y brío heroico, y sería en mi delito poner en riesgo notorio la vida, que más aprecio, y por dueño reconozco de mi fortuna, a quien debe mi frente el laurel frondoso. Sin riesgo a Constantinopla has de volver. . Tú a mis ojos de aquesa suerte me afrentas? Yo sin riesgo, cuando todos como lisonja los busco, y casi nunca los topo? Aa de decirse en el mundo, que Coraide valeroso volvió la espalda a la guerra, que él mismo vio por sus ojos, y que su amparo no dio al que es menos poderoso? Tú a mí de un gusto me privas, a mi natural tan propio, cuando sabes, que de balas es solo el plato que como? De perdigones a mí me sabe mejor que todo. Mas sabré, que de tu agrado vuelvo a mi Patria quejoso. Tiene Coraide razón, pues por servirte brioso, se vuelve manco a su tierra. Manco se vuelve? pues cómo? Si señor, pues si no riñe, él se comerá los codos. Advierte, que es perro fino, déjale que salga al coso, que este es sabueso de Irlanda, y es castizo, aunque es cachorro. Pues mi fineza, y cariño te ha causado tanto enojo, en esta guerra también de que me ayudes te honro; mas será con condición, que tú mis preceptos todos has de obedecer. . Si haré, y aqueso mismo propongo. Pues desde ahora, Coraide, por Emperador te nombro, mientras durare esta guerra el Cetro en tus manos pongo, y aqueste Bastón recibe, . en fe de que así lo otorgo; manda gobierna mi Imperio, como tuyo, que aún es poco galardón a las finezas, que en tu valor reconozco. Yo os mando, vasallos míos, que conformemente todos obedezcáis sus mandatos, como si fuera yo propio. Viva Coraide. . Ese aplauso he de merecer con otros; si bien un don tan supremo no aceptara, a no ser todo nacido de la obediencia, que te juré. . De este modo los Césares de Alemania honran los pechos piadosos. Pues, señor, ya que cercado te tiene todo el contorno. salgamos a la campaña para su fatal destrozo. Bien Coraide te aconseja. Con su razón me conformo, que el no salir, es dar muestras de que tu poder es poco. El ir contra ellos, es ir contra mí, pues de sus toldos, que hacen Ciudad la campaña, mío ha de ser el despojo; porque en sabiendo Matilde, que su imaginado esposo es ya muerto, y que la paz pende de un secreto solo, se trocará en regocijo tanto belico alboroto. Ese secreto no alcanzo. Ya sus designios conozco. Busquemos al enemigo. No haga tal, que es un demonio cada Ingles, de un puntapie, señores, un Ingles loco, me echo tan alto, que pude apagar el Sol de un soplo, y por no dejar a oscuras al mundo, lo deje todo. Y no te heriste al caer? No, porque caí redondo en cas de una colchonera, que si no, me hago mil trozos. Gran señor, un noble Ingles desde el caballo brioso se apea, y licencia pide para hablarte. . Viene solo? A los que le acompañaban hizo retirar. . Decoro gasta el Inglés. . Dile que entre. Este es. . Qué gallardo mozo! Guarde tu vida, Emperador, el Cielo, para que en ella logre mi desvelo. Tú seas, Caballero, bienvenido, que en el rostro, en el garbo, y en el brío eres copia de Adónis, y de Marte: de qué parte me buscas? De mi parte, porque de otra alguna no pudiera buscarte mi valor. La voz modera, Inglés, que está delante Federico. Dice bien: Caballero, baje el pi que a todos nos aturde. Aqueste acento es en mi natural, y no violento, y quiero hablar así, por gusto mío, que yo también soy Rey de mi albedrío. Por Dios, que en la voz fina, mas parece capón, que no gallina. A lo que vienes di, pasa adelante. Callardo es el Ingles, pero arrogante. Pues para que no extrañes mi osadía, de Inglaterra soy, y soy de Ungria, rama por quien se ilustra mi grandeza, con que puedo decir soy en nobleza tan bueno como tú. Qué escuche a un loco! Tan bueno como yo? no será poco: en lugar de ofenderme, vive el Cielo, que me contenta el brío del mozuelo. De la pasada guerra, y daños graves, bien, Federico, las tragedias sabes. De aquesa antigua gloria apenas me ha quedado la memoria; y aún sospecho que tú, joven lucido, no eras entonces a la luz nacido. Dice la fama, que tu brazo fuerte ico a Feduardo ilustre dio la muerte. La fama no se engaña. No cuentes esa gloria por hazaña, que eso a traición sería, y en fe de esta verdad, te desafía mi valor cuerpo a cuerpo en la campaña. Sal, y verás como en tu sangre baña mi vengativo acero su filo agudo por rigor tan fiero. Sal, y verás como veloz mi espada venga la noble sangre derramada. Sal, y verás iguales mis fuerzas contra ti; y si no sales con el grande temor de ver mi brío, todo tu Imperio junto desafío. Qué sufra Federico a aqueste necio! Él no irritarse de él es más desprecio. Cuerpo a cuerpo di muerte a Feduardo, y cuerpo a cuerpo a ti, mozo gallardo, lo mismo haré, y mejor; pero sintiera, que en ti solo castigo tal cupiera. Salir a la campaña a mí me toca a castigar, señor, su furia loca. Por qué te toca a ti? Porque me ha hecho sobstituto del Cetro, y de su pecho; y si al Emperador desafiaste, conmigo, vano Ingles, conmigo hablaste: este bastón no ves? De ira estoy ciego! pocos entrambos sois para mi fuego. Coraide, esto contigo no se entiende. Yo solamente busco a quien me ofen- En lo que desafías (de. conociendo se están tus cobardías; por qué como medrosa al muro no se atreve tu acción vana? has venido a embestir la barba cana? Si fuera Turco yo, yo confesara aquesa cobardía cara a cara, pues todos flacos sois. De qué lo infieres? De que tocas traéis como mujeres. Si lo quieres probar, llega a mis brazos. En los míos te haré dos mil pedazos. Yo, yo saldré contigo a la campaña. Mira que tardas. Tu valor se engaña en pensar que me obliga, cuando espero salir con él. No importa, que primero con este Turco yo salir procuro para quedar entonces más seguro, y procurar buscarte. No lo podrás hacer, que ha de matarte: conmigo tienes tu mejor partido. Por qué? Porque mostrándote ofendido de mí, la razón llevas de tu parte: además, de que no pienso maltratarte, sino con la hoja fina darte en el campo un poco de doctrina. Y diestro quedará toda su vida, si es que le enseña a usted la zambullida. Seguridad no busco en la pelea; y pues tanto este Turco lo desea, y tú con voz prudente le has alabado aquí por más valiente, solo por esa causa ahora intento salir con él al campo, y ver su aliento. Señala el puesto tú. En esa colina, que está de nuestro Ejército vecina, hasta el primer albor del Alba aguardo. En empresas de honor nunca soy tardo. La prudencia, y cautela aquí me valga, que aunque permito, que Coraide salga, le ganaré primero por la mano, . y verá su escarmiento más temprano. Queda con Dios, Genizaro valiente. Inglés, guárdete Alá, que entre tu gente no he visto cuidadoso, ni joven más galán, ni más brioso. A tu vista cualquiera será fiero: más bizarro eres tú. Ah, como espero, que esta noche has de ser rayo de Marte. Y después de vencerte, y de matarte, al César buscaré con la mohína, que he menester un poco de doctrina. . Vamos al foso a ver, y la muralla, Fatimán, mientras llega la batalla. Mucho, señor, me espanto, que al atrevido Inglés sufrieses tanto. No sé qué se tenía, que robó mi afición su gallardía. Atrevimiento fue, que le condena, el llamarte traidor. . Y a boca llena. El traidor me llamó? Aqueso ignoras? Digo, que los valientes tienen horas, por eso no quisiera yo matarle, sino como a muchacho castigarle, que la misma viveza, arte, y desvelo solía yo tener cuando mozuelo. Ricardo, los Soldados más lucidos estén para mañana prevenidos, que hacer con ellos la facción espero. A disponerlo iré, señor, primero. . En la muralla, con sagaz cautela, vaya Catarro a hacer la centinela. Centiqué? Centinela, no lo entiendes? Andan en la muralla muchos duendes? Es menester estar con gran cuidado toda la noche. . Pese a mi pecado! Acaso son cermeñas las murallas, que han de venir los otros a roballas? Señor, he de hablar claro aquí, y sin freno? yo para centinela no soy bueno. Pues por qué? Porque estando yo sin bulla, me quedo en pie dormido como grulla, que de moler esparto en la mazmorra me ha quedado el achaque de modorra. En qué te han de ocupar? Yo nada quiero, sino ser tu lacayo, o tu cochero. Yo soy hombre ruin naturalmente, no quiero ser Sargento, ni Teniente, ni Soldado de a pie, ni de a caballo, porque vive Cristo, que es erallo: Si me conozco yo. . De aquesta suerte querrás vivir en paz? . Hasta la muerte. Conde, la noche llega, y las trincheras es menester rondar, con las hileras del Tercín, que estuviere mejorado. Bien lo puedes fiar de mi cuidado. Vamos: por más que trato de encubrillo, no me puedo olvidar del Inglesillo. . Viva yo, y coma bien, tenga doblones, y vayan norámala los bribones: esté yo alegre, y juegue bien la taba, que en muriéndome yo todo se acaba. . No menos de mi valor, que de mi ardiente coraje, llamado a este sitio vengo dispuesto para el combate de aquel valeroso Turco, que soberbio, y arrogante hizo de mi algún desprecio, de que ahora he de vengarme. Que aunque yo de Federico vivo ofendido, el mirarle en su rostro aquella nieve de sus canas venerables se me eló para el impulso el brazo, el golpe, y la sangre: pero si él vertió la mía, como se trueca en piedades mi furor? muera a mi enojo él, y aqueste Turco infame, y cuantos para mi ofensa se pusieren de su parte, pues logrando este trofeo dejo vengada a mi madre. Amparado de la noche, sin ser sentido de nadie he llegado al sitio, donde haré de mi enojo alarde, castigando una osadía, que las Personas Reales, cuando la ofensa lo pide, en secreto han de vengarse. Bien que quisiera piadoso, como a rapaz castigarle, que si me ofendió su voz, también me inclinó su talle. Este es el Turco sin duda. Este es el Inglés: cobarde me siento para ofenderle. Eres tú quien arrogante me trataste de soberbio, y vano? . Yo soy: mas antes, que orgulloso, o vengativo mida contigo el alfanje, quien eres me has de decir; porque si te venzo, acabe de conocer de quién pudo quedar mi valor triunfante, pues siendo grande el sujeto, sabré que el trofeo es grande. Hijo de Matilde soy, Reina de Ungría. . Pesares, . qué es lo que escuchando estoy! hagamos de espacio examen. En secreto me ha criado, sin que hasta ahora de nadie fuese conocido. . Cielos! Porque al honor de mi madre convenía estar oculto. Mucho género de males me aguarda, mi ofensa es cierta: ha mujer vil! . El alfanje saca ahora, osado Turco, que ya con quien riñes sabes. Tú eres hijo de Matilde? Si soy. . Y quién fue tu padre? Mas que valiente, pareces coronista, o informante; hijo de mi aliento soy, otra respuesta no aguardes. Callar de su padre el nombre . es evidente gravamen. Este es el sitio en que espero hacer del valor alarde: con otro está. . Qué haré, Cielos! otro hombre contigo traes, y cauteloso me engañas con preguntas desiguales? no importa, que para entrambos es este acero bastante. Mira como has dado indicios, Inglés, de que eres cobarde, pues te acompañas con otro: mi valor lisonjeaste, pues los dos veréis mi aliento. De buena industria te vales haciéndome el cargo, siendo tú quien otro echa delante para cogerme a traición. Yo, ni a aquella, ni a esta parte, Caballeros, favorezco, solos entrambos llegasteis, y solos estáis los dos: detente, amigo Coraide, que soy Federico. . Cómo, señor, un tan gran desaire me solicitas, sabiendo, que dirá aqueste arrogante, que acompañado he salido, cuando tengo por ultraje no ser yo solo en el mundo quien Reinos, e Imperios gane? aparta. Tente. Qué intentas? Estorbar, que no le mates, porque me importa su vida todo el honor. . Raro lance! De qué suerte? . Examinando de su voz ciertas verdades, que si son como imagino, tomar es fuerza en su sangre la más horrenda venganza, que hayan visto las edades. Si eres noble a los dos deja. Hasta que tú me declares quien te dio el ser, no es posible. No lo he de decir. . No trates de detenerme. . Si es fuerza, que comencéis el combate, reñid; pero vive Dios, . que habéis de quedar iguales: la victoria de ninguno ha de ser. Afición grande tengo a los dos y no sé cual tiene en mi amor más parte. Tente, Énrico, no le ofendas, suspende el furor, Coraide. Mas con tus ruegos me indigno. No me detengas. Rapaces, pues no os obliga el respeto, será mi enojo el montante. Turbado estoy! . Mudo quedo! No sé qué imperio notable . tiene en mí su voz valiente, que me obliga a respetarle. Sola esta vez decir puedo, . que he temido su coraje, aunque han temblado los Persas la luz de este corvo alfanje. Tú a la Ciudad te retira, no repliques. Fuerza es darte gusto en eso, mas qué digo! yo en esta acción tan cobarde! No te vas? Ya yo me voy. Y tú, Enrico, a tus Reales puedes volverte. . Si haré. A qué aguardáis, rapaces? Su respeto me ha vencido. . Dominio tiene en mi grande. . Solo he quedado, y no pienso, que he de hallar en todo el aire, por cuya cuenta respiro, aliento para mis males. A lo que este mozo dijo daré crédito? no es fácil; mas sí, que si él lo pública, cómo es posible dudarse? Hijo de Matilde, cómo de esta edad? En razón cabe, que Matilde su decoro con tanto olvido ultrajase? Válgame Dios, si es mi hijo? qué de dudas me combaten! Pero no, que si él lo fuera, no era posible que a nadie ocultase este secreto, puesto que en nombrar su padre ganaba honor, y Matilde de él pudiera hacer alarde; pues siendo de su marido, libre estaba del ultraje; por lo menos tiene Enrico veinte años, que son cabales los que yo estuve cautivo: como tan presto en su sangre faltó aquel noble respeto? Que en fin pudo ser mudable Matilde? sí, que es mujer: no, que aunque es mujer, es Ángel. Yo no lo entiendo y confuso, entre varios uracanes, naufrago el discurso ciego navega abismos de males. Qué volcán es este, Cielos, que en incendios naturales, vergonzoso entre la nieve de estas nobles canas arde? A dónde, ofendido honor, vuelvo cuerdo, siendo amante? vuelvo amante, siendo noble, sin que mis penas me acaben? Los amantes se comparan a las palomas leales (qué propia comparación!) o por las fecundidades, según dicen unos, y otros, o porque son tan iguales, o mejor porque sin duda, siendo la más mansa esta ave, la más celosa es de cuantas le miden el cuerpo al atre. Que es ver a un triste palomo, cuando de ver carearse al otro al comer del trigo su dulce consorte fácil? Y quizás atenta al grato, acosada de la hambre, no divertida al amor, tiene celosos combates, tristemente compasivo, ya comienza a pasearse. Apresura la carrera, da vuelta: o, como barre con las alentadas alas el suelo como estandartes! Cómo ensangrienta los ojos! o qué de énconos mortales derrama al pico, y al cuello eriza el blanco plumaje! Qué enojado que le encrespa! no son alas las que esparce, arcos parece que flecha en las plumas que reparte. Harpones dirige al otro, al corazón que le late traslada el azul matiz, que riza al cuello constante. Ya intenta, ya se detiene sin poder determinarse, entre amoroso, y terrible: qué roncos quejidos salen de su pecho! o cómo envuelve lo triste de sus pesares con la sordo del arrullo! Oh como el pico arrogante, colérico, y presuroso amuela en los pedernales! Qué tienes, palomo? qué? qué inquietudes te combaten, fincero animal? qué miedos te perturban, cándida ave? En fe, di, de qué violencia de la inocencia pagaste el furor a lo terrible del amor, y das bastante ocasión al pensamiento de precipicios fatales? Qué tienes? Qué ha de tener? tiene celos, que es bastante causa, para que peligre la cordura menos frágil: que una pasión amorosa en los propios animales, tiene despecho, y razón, celos, tormentos, pesares. Mas para que de una vez salga mi honor de este lance, de mis honrados temores he de apurar las verdades. Lugar la noche me ofrece, pues antes que el Alba esmalte de carmín los orizontes, para examinar mis males hablar pienso con Matilde, y aunque sea el riesgo grande, sabré si mi ofensa es cierta; y si no, con declararme quien soy, se acaba la guerra: quiero a su tienda acercarme. Temeraria acción emprendo! pero no me ha visto nadie, con que me aseguro más; Fatimán solo, y Coraide no lo ignoran; mas qué importa? Confusas oscuridades de amor, celos, y sospechas, quitadme la vida, o dadme más luz en el desengaño, para que feliz se llame, quien emprende un imposible, menos esposo, que amante. . Ya con el valor heroico, señora, tus nobles haces te aseguran la victoria. Hoy verán los valuartes de esa Ciudad su ruina deshechos en polvo, y sangre. No seré yo la primera, que ejecutiva intentase darle la muerte alevosa a mi esposo; los añales, o la traición acuerdan otros prodigios más grandes. Noble venganza me anima, ilustre rencor me trae a trocar galas de Venus por los adornos de Marte. Ah de entender Federico, que heredé del Rey mi padre el valor con la Corona, y que osada he de quitarle a Bohemia, siendo asombro de sus fuertes Alemanes, hasta abatir la soberbia de tanto orgullo arrogante. En tu tienda está, señora, un anciano venerable, cuya presencia da indicios de ser noble, y quiere hablarte: de dos Turcos se acompaña gallardos. . Qué novedades son las que están en mi pecho! haz que entren. Noble Coraide, mucho estimo la fineza. Yo, señor vine en tu alcance, viendo que solo quedabas, y porque pueda ayudarte traje a Fatiman conmigo. Ya estamos en los Reales del enemigo, tu ahora emprende lo que gustares, porque a tu lado primero he de morir que dejarte. Callardo aliento te anima, lo que te pido es, que calles, y de todo cuanto oyeres no admires las novedades. Con lo que antes me has dicho, ya estoy, señor, en el lance. Y Fatimán no lo ignora. Laura, no sé qué señales he visto en este hombre, que mi imaginación combaten: quién puede ser? . Presto puedes de esa duda asegurarte. Entre el amor y venganza, turbado el corazón late, y endos afectos a un tiempo me siento osado, y cobarde. Laura, en el modo, en el brío, en la presencia, en el talle me parece:: mas qué digo? tristes memorias, dejadme. Llegad, que aguarda su Alteza. Arrojo ha sido notable. De su voz también espero hacer otro nuevo examen: decid quien sois, Caballero, vuestra voz no lo dilate, pues toda el alma pendiente tengo de vuestro semblante. Un hombre soy de dudas combatido, más amoroso, y menos obligado, de una sombra, un objeto profanado, que estás canas machó con torpe olvido. El semblante de púrpura teñido, el cabello de escarcha coronado, con un horror no más le han afeado sinrazones de un pecho fementido. No soy quien soy, pues tímidos recelos confunden el dolor con la esperanza de ver sin culpa tus hermosos cielos. Muera infeliz quien la verdad alcanza, pues si al castigo aquí me obligan celos, la duda me suspende la venganza. Su voz me ha causado asombro: si no aclaráis el enigma, Caballero, no os entiendo. No es muy confusa la cifra: Bien te acordarás, señora, de aquel venturoso día, que el Príncipe Feduardo te dio la mano. . Está viva esa memoria en mi pecho, que quien ama nunca olvida. Bien te acordarás también, que en aquella noche misma a verte el Príncipe entró por el jardín, cuya dicha aplaudieron unas yedras, que a un verde laurel asidas, menos amantes tuvieron de tanto cariño envidia. Así pasó. . También sabes, como a una estancia florida trasladasteis el descanso, porque las flores vecinas fuesen testigos alegres de tan estrecha caricia. No hay duda. Tampoco ignoras, que de la joya más rica le hiciste dueño dichoso. Fue cierto. . Y que con festivas lisonjas de fino amante besó tu mano divina, hasta que al romper del Alba, entre lágrimas, y risa, te dijo el Príncipe Dueño querido del alma mía, Matilde, mi bien, señora, a la guerra vuelvo, y fía de mi valor, que a pesar de la Alemana cuchilla, la Corona de Bohemia ceñirá tu frente altiva: pues cuando::- . Detén la voz de señas tan conocidas, que como el pesar, también suele matar la alegría. Tú sin duda eres mi esposo, porque acá en el alma mía tu voz, tu talle, y razones la verdad me profetizan: como a mis brazos no llegas? Porque primero esta limpia hoja de acero ha de ser sangriento estrago a tu vida, si no es que des a mis celos la satisfacción cumplida. Estas canas y este acero, que igual candor les matiza, manchadas con una afrenta, y de tu error ofendidas, quieren volver por su honor: mira ahora como explicas la verdad, pues ves pendiente el brazo de la justicia, honoroso, y vengativo; advirtiendo prevenida, que de tu sangre bañado, la mancha mi afrenta quita. Pues dime, esposo, en qué pude ofenderte? qué noticia falsa te ofusca el discurso, que a tanto arrojo te obliga? Que lengua infame ha manchado de la honestidad más limpia la luz, que apagar intenta el soplo de la malicia? Cuando esperaba en tus brazos todo el logro a la alegría, hallo en tus ciegos furores enojo en vez de caricias? Mátame, esposo, mil veces, que para quedar sin vida, en mi una amenaza injusta es solo bastante herida. Dime la razón. . Detente, no disculpes atrevida tu traición, cuando mis celos tan patente la examinan. Quién es un soberbio Enrico, que a costa de mi desdicha ser hajo tuyo pregona, y que oculto le tenías para hacer menos culpable tu ciega infamia, y la mía? Quién es el villano asombro, que le dio el ser? porque sirvan, los dos en sangre anegados, de desempeño a mis iras. Quién es:: . Suspende el enojo, que ya mi pena se alivia, viendo el descargo tan fácil del error que le imponias. Tu hijo es Énrico. . Cielos, qué he escuchado! atención mía, . vamos al examen. Cómo tu cautela le tenma oculto? . Porque ya sabes como mi padre quería, que el plazo se dilatase de la posesión debida a nuestro amor; y al instante, que a Trono de mejor vida pasó su espíritu noble a gozar eternas dichas, hice traer a la Corte a Enrico, que hoy se pública de Inglaterra heredero, cuando succesor de Ungria. De su valor amparada, hasta Alemana venía a tomar justa venganza en sus huestes enemigas, pensando que Federico con traición, y alevosía te había dado la muerte. Loco me tienen mis dichas: perdona, esposa, mis celos, que en ti el amor los aviva, porque acabase dichosa en trofeo la ignominia. Espera, señor, que quiero darte entera la noticia de lo que pasó: Sabrás (oh pensión de la desdicha!) que con Enrique nació otro Infante el mismo día. Dos fueron los que de un parto vieron la luz repetida del Sol, mas tan infeliz fue para el uno su vista, que el primer aliento apenas respiró, cuando su vida rindió (con la libertad) feudo a la prisión esquiva de unos bárbaros tiranos. Cómo ha sido? . El mismo día que nació, yendo a llevarle Celia a esa Aldea vecina, le cautivaron los Turcos, que con temor, Celia misma, por escaparse, en sus manos se lo dejó. . Gran desdicha! Oye, señor y sabrás la más rara, y peregrina historia, que ha visto el mundo, y aún a mi propio me admira, por las señas que tenéis del tiempo, y demás noticias: yo fui quien le cautivó del Danubio en las orillas, y al Gran Señor le llevé, que en su Palacio le cría. Este es, señora, Coraide el que está presente. . Dichas, qué escucho! . Y por más señas, le topé del cuello asida esta joya de diamantes, . que por rara, y exquisita desde entonces me acompaña. Esto la verdad confirma, que es la propia que llevaba, y que le puse yo misma. Raro caso! Extraño asombro! Siempre por cierta esta dicha tuve desde que a Alemana me trajo la estrella mía. Oye, desde que en mis brazos te tuve, esta verdad misma me estaba diciendo el alma. Sin mí tan grande alegría me tiene dadme los brazos. Tente, esposa, que atrevidas tus huestes tocan al arma. Quitadle, amigos, la vida, o prended Federico. Quién le nombra? Quién codicia tu muerte, pues a mi padre mataste, y ahora me quitas el honor; muere a mi acero, y esos perros, que acaudillas, mueran también. Tente, Enrico. Hermano, escucha. No miras, que es tu padre Feduardo? Esa es cautela fingida, que yo muy bien lo conozco. Di quien eres. . Bien porfía. Que te engañas. Tú te engañas. Porque se aclare el enigma, Énrico yo soy tu padre, y Matilde esposa mía. No eres tú el Emperador de Alemania? . Es cosa fija, que el Príncipe Feduardo no vio a Matilde en su vida, porque antes murió a mis manos cuando a casarse venía, y yo fingiendo ser él, canteloso el mismo día me desposé con Matilde. Pues, señor, mil siglos vivaas, y dadme ahora los brazos Solo esperaba esa dicha. Hermano, llega a abrazar Yo tu hermano? Esa noticia en la Ciudad la sabrás cuando me saques de pila. Con que aquí Don Juan de Matos, para que otra vez os sirva, con vuestro perdón da fin al Genizaro de llugria.