Texto digital

Texto digital de El iris de las pendencias

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Gaspar de Ávila
Atribución estilometría
Gaspar de Ávila Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de Dramáticos contemporáneos a Lope de Vega I (1857).

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El iris de las pendencias. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/iris-de-las-pendencias-el.

Logo BICUVE

EL IRIS DE LAS PENDENCIAS

JORNADA PRIMERA

¿Qué es esto? Tu hermana soy. Y ¿qué pretendes? Sacarte De esta calle, y enseñarte Lo que has de hacer. Bueno estoy, Basta; en efeto, ¿que has dado En perseguirme? ¿Qué quieres? Son piadosas las mujeres Con amor y con cuidado; ¿Qué quieres de una mujer Que, habiéndole tú pedido la mano, te ha despedido Resuelta, sin atender A tu hacienda y calidad, Cuando el sol con su limpieza Puede en actos de pureza Competir su vanidad? Y tienes cansado el mundo Con estar eternamente En esta calle asistente, Con un desvelo profundo, Que según tu pensamiento, Gasta las horas baldías; 0 te han sobrado los días, O te falta el sentimiento. Ya no es mi asistencia amor; Que es solo curiosidad, Por ver si otra voluntad Es digna de su favor. Y en averiguando yo Que tiene galán, me iré, Y libre la dejaré Si por él me aborreció; Y si con causa es querido, Y por mejor le prefiere, En las partes que él tuviere Veré las que no he tenido. Ahora bien, tu hermana soy, Y claro está que sería No ayudarte culpa mía, Pues tan de tu parte estoy; Deja de ser porfiado Con tus vanas diligencias, Galanteos y asistencias. En que vives murmurado; Y yo te enamoraré A tu dama. ¿Estás en ti? Si no lo cumpliere así, Porfía, y yo callaré. Tendrás con eso en mi vida Una perpetua obediencia. Como esperes con paciencia, Yo te la daré rendida; Que en la industria y el poder De mi ingenio cabe todo. Dime, por tu vida, el modo. Después lo podrás saber; Que, por sacarte de amante, Soy tu tercera desde hoy. Siguiendo tus pasos voy. Pasa, don Luis, adelante. ( Yante.) ¿Está cerrada la puerta? Si, Señora. ¿Falta alguno De mi familia? Ninguno. Bien sé que he dejado abierta La de vuestra confusión; Mas, porque de ella salgáis, Este papel que miráis Me han escrito a mí, en razón De que un alcalde ha querido Venir cuidadosamente A buscar un delincuente Que está en mi casa escondido; Y yo, que ignorante estoy De esta culpa, os he juntado, Por salir en mi cuidado. Del que tengo y del que os doy; Y porque quiero saber Quién de los limites pasa De mi gusto, y en mi casa Menosprecia mi poder, Apadrinando un delito Que ni yo he visto ni sé. Parece que vuesancé Me mira de hito en hito. Hoy hace treinta y tres años, Como quien no dice nada, Que no he sacado la espada Con naturales y extraños, Y con mis tres y cuartillo De ración y quitación, He profesado de hurón En mi pobre aposentillo; Aunque yo sé cuándo fui El asombro de Sevilla, El tártago de Escamilla Y el líbrenos Dios de ti. No seáis impertinente; Que no he de escuchar agora Vuestras vejeces. Señora, Yo no he visto el delincuente. Pues nosotras bien se ve El ánimo que tenemos Y la culpa que tendremos. Lo que solamente sé Es que es vana la intención De encubrirme lo que pasa, Porque he de mirar mi casa Hasta el último rincón; Tú parece que has perdido El color. En mi lealtad... Confiésame la verdad: ¿A quién tienes escondido? Y advierte que tu malicia Confesada, ampararé Tu causa, y que no podré, En viniendo la justicia. Pues, Señora, satisfecho De la merced que me haces, Pues con ella satisfaces Los temores de mi pecho, A un veinticuatro serví En Sevilla, el cual tenía Un hijo, que a mí me hacia Muy gran favor; vino aquí, Y en una pendencia ayer Mató un hombre; vilo yo, Y aunque en la Inclusa se entró, Donde le iban a prender, Aquí a casa le he traído, Porque esté, en menos sagrado, Mas seguro su cuidado. Y ¿dónde le has escondido? En el desván está agora, Y tan escondido ya, Que hay. Señora, donde está Telaraña que lo ignora, Y aun su misma sombra, que es La que está en él recogida, Parece que, confundida, Busca el cuerpo de quien es. ¿Viste si alguno le vio? Claro está que pudo ser Si se ha llegado a saber Así lo imagino yo: Y supuesto que ha de entrar A buscarlo la justicia, Con cuidadosa malicia De que aquí lo puede hallar, No quiero yo, ni es razón, Tener de qué dar disculpa, Cuando aventuro en la culpa Mi recato y mi opinión; Sácale de aquí. Señora, Siempre ha sido permitido Concederle al afligido Las leyes de embajador Una mujer principal; Que yo sé que si le vieras, Que tú te compadecieras, O piadosa o liberal. Ahora bien, bájale aquí; Verele. Dente los cielos Vinculados los consuelos, Porque no falten en ti. Yo a lo menos bien sabía, Del cuidado con que andaba, Que algún enredo ordenaba Lo que bajaba y subía. Dos echadas puede dar A los premios de la plata, Que es quien solamente trata de subir y de bajar, Y al turco, que hiende y raja Entre volantes de nube, Si se dijera que sube, Como se dice que baja. ¡Jesús, cuál viene! Enterrado Ha estado en su desventura, Porque de la sepultura Parece que lo han sacado. Don Beltrane nos conceda, Por su inmensa perdición, Empanada admiración De tan grande polvareda. No hay de qué tener temor Por agora. Así lo entiendo. Esta casa está vertiendo Preceptos de embajador, Y siempre será segura; Que llegan con torpes manos Atrevimientos humanos Al templo de la hermosura. Bien podéis salir seguro, Caballero, no temáis. Tanto cielo administráis, Que de vuestra luz procuro Nueva vida y nuevo aliento; Que poco en tanta deidad Pudiera una adversidad Quitarme el conocimiento. Flor de vuestro sol hermoso Vendré a confesar que soy, Y con propiedad os doy Este imperio poderoso. Pues siendo el sol material, Entre ardientes resplandores, De las plantas y las flores Progenitor celestial, Por virtud comunicada Que tienen de su luz pura, Está de vuestra hermosura Tan puramente animada. Luz hermosa puede dar. Como el sol vida y aliento Por parte y por instrumento, Y aun se puede aventajar En el darla y el tenerla, Cuanto va de ser criatura Con alma en tanta hermosura, A ser criatura sin ella. Dile que haga relación De la pendencia. Ignorante, Cuando es lo más importante El librarle, no es razón Que yo, de piedad ajena, Aspire por su disculpa A examinarle la culpa Para excusarle la pena; que en un corazón activo, Por sí mismo generoso, No es justo que lo curioso Dilate lo compasivo. La justicia viene aquí A buscaros, y quisiera Que en mi casa no os prendiera, Ya que os amparáis de mí; No por extrañeza mía, Sino por solicitaros Los caminos de libraros Con más piadosa hidalguía; Que veo en lo que he sentido, Siendo ajenos los cuidados, Que hay delitos prohijados Sin haberlos cometido; Y a San Jerónimo quiero Que os vais, pues allí podréis Estar sin que peligréis; Donde a buscaros prefiero Vuestra libertad mejor. El cielo, señora mía, Os pague la cortesía De tan piadoso favor. Infalible es su prisión Si la justicia entra agora. Nadie se inquiete.—Teodora, Por el cuarto del balcón Mira quién llama. Yo soy. Si es justicia, no abrirán Hasta que os vais al desván. DON JUAN. Vuestro humilde esclavo soy, Y de vos favorecido; Si ese volumen ardiente De rayos que se consiente Congelado y detenido Se indignara a mis enojos. Fuera imposible temer La causa del padecer Delante de vuestros ojos. Los mozos de silla son. A muy buen tiempo han llegado Para lo que yo he pensado. Dios te alumbre la intención. Por la puerta del postigo Que salga en mi silla quiero, Beltrán, este caballero, Y como que van conmigo, Vayan con él mis criados; Que así se desmentirá La sospecha. Claro está. Mucho os deben mis cuidados, Y para satisfacer La obligación en que estoy, En decir que noble soy Está cuanto debo bacer. Hasta que este caballero Esté lucra del lugar. Lo puedes acompañar, Que así lo mando y lo quiero; Y estos cien escudos lleva, Por si fueren menester. De tu piadoso poder Has hecho bastante prueba. Después querrán que un cristiano Sirva y calle. ¿Qué le hizo Agora este advenedizo. Según dijo, sevillano, A mi ama, que así dio Cien escudos en doblones, Y luego en nuestras raciones Está mirando si yo Merezco tres y cuartillo 0 tres y un cuarto? En Turquía Sirva de noche y de dia, Y en un palo a Peralvillo, si no me fuere a meter ermitaño, y ermitaño Que coma con desengaño Cuanto se pueda comer, Con su achaque de sayal Y labrados de ataujía, Veinte escudos, sin porfía, billete ni memorial. que siempre sois. Caravana, EI postrero en cuanto hacéis! Brava flojedad tenéis, Tortuga de carne humana Sois en conchas de vejez; Si habéis de ser escudero de aquel pobre caballero, Porque así importa esta vez, ¿Qué esperáis, cuando la silla Por la puerta del postigo Ha salido, cabrahigo Con calzones? Tarabilla Con manteo, a discurrir Disparates. Pues, don Bueso, ¿Quién os mete a vos en eso. Sino en callar y servir? Veinte escudos me han metido, dados a quien yo me sé, Sin por qué ni para qué. No me acordaba que han sido Dados de vuestro dinero; Mas perdonádselos vos, Supuesto que os hizo Dios Católico y escudero; Y en tanto que no lo hacéis, Solo por consejo os doy Que sigáis la silla. Voy, Porque no me argumentéis. Agora, que ya he llegado A los umbrales del templo, Di que se vuelva la silla. Muy bien dices. ¿Cómo el cielo, Entre peñas convencidas Y averiguados desvelos, En un triste corazón Permite amantes afectos? ¿Qué naturaleza es esta? Pero de mi parte quiero Disculparme a mí conmigo. Si, en su providencia inmenso, Hace Dios a imagen suya Una criatura, en quien vieron Juntos, en un solo instante, Mi vida y entendimiento La inmortalidad de un alma, Confirmando y concediendo Privilegios de divina A la hermosura de un cuerpo; Y pareciera disculpa De mi amor, perdone el cielo, Poner yo la inclinación Donde él los merecimientos.— ¿Pendencia es aquella? Sí; Y este que viene corriendo Y con la espada desnuda Es Beltrán.— Beltrán, ¿qué es esto? En llegándome a lo vivo Del honor (nací en Oviedo, De padres que en la virtud Lo pudieran ser del yermo, Y en la pureza y lo limpio Dos lunas de dos espejos De cristal inmaculado), Y por la espada reviento, Como otros por los ijares, Como alguno que... Beltrán, Si lo has dicho, lo que has hecho, Lo que dijeres, te sobra; Y si no, eso tendrás menos De culpa —A tu lado estoy; Vuelve a embestir. Yo sospecho Que quedó la mía encima, Conforme el libro del duelo. Pues ya que estás en sagrado, Dime lo que es. Oye atento: Tres años ha que un demonio, En forma de caballero Pretende y cansa a mi ama, Hecho en la calle estafermo; Y como nos vio salir Cuando salimos, al sesgo Llegó y preguntó muy falso, Entre amante y majadero: Va tu ama en esa silla? — Sí, le dije; pero viendo. Después de haberla seguido. Que saliste de ella, en celos, en ira, en cólera y rabia Todo el espíritu envuelto, Me esperó para embestirme; Pero yo, que no soy lerdo, Viendo que se resistía Su espada, al salir le intento Sobre un tajo voleado Dos mandobles tan resueltos, Que, A no salir al camino Con un reparo flamenco De hombre de tapicería En la historia de los griegos, Esta es la hora en que está Mareado de celebro Y en mareta de vaivenes. Dando traspiés por el suelo; Pero esta es la hora ya Que estoy en su pensamiento Hecho cenizas sin urna Y esparcido por los vientos. Porque hombres de esta calaña, Entre cejijunto y terco, Tienen, con perdón de Troya, En cada enojo un incendio. Si es mal sufrido, Beltrán, También lo soy; y si el cielo Contra tu vida arrojara Ardientes rayos, y en ellos Hacer pudiera reparo Mi noble agradecimiento, Puesta al peligro mi vida, Te restaurara del fuego. A tu casa has de volverte Y yo también; que no quiero Que encuentre con mi delito La pesquisa de sus celos, Y que la justicia sepa Que estoy en este convento, Y venga y me saque de él. Sí; pero ¿cómo lo haremos? Hombre, ¿estás endemoniado? ¿Quién es este? El escudero De casa. Pues ¡ay de ti! Si no fuera por el pelo De no sé qué; que es, en suma, Pronóstico de los tiempos. Ya parece que me corre Nueva obligación, y quiero, Sin reparar los peligros, Despreciar el escarmiento. Detente; que ya parece Que dos o tres caballeros Lo reducen y lo llevan. — ¿Qué hay, Caravana? Qué es esto? Estando este Lucifer De don Luis de Acevedo En esta puerta primera, Que da principio al convento, Apenas me vio llegar. Cuando me embistió, diciendo: Este es también de su casa; ¡ Muera !» Y si no me mosqueo, Y las amosco también, Esta es la llora que tengo Voleado el ojaldrado U barrenado el garguero. ¡ Arredro vayas, Satán ! Paréceme que le veo Encajados en los ojos Dos cohetes tronaderos, Con su estallido y sus chispas. ¡ Extraño encarecimiento ! Vuesancé ¿ha visto correr Algún loro jarameño? Sí he visto. Pues más fue estotro. Sin Jarama, tanto y medio. Lo que es el buen Caravana Sabe muchísimo de esto, Porque ha sido dominguillo. Estos ocho escudos debo Al susto que habéis tenido. Se asustará por momentos. ¿Fué con vuesancé Alejandro? ¿ Es mucho un esportillero, Un espantajo de higuera, Dos zurdos y un patituerto? Este que sacó la espada Y colérico y resuelto Os embistió, está ofendido De Beltrán, y le aconsejo Que entre encubierto en su casa, Y a vos os pido y os ruego Que vais delante, y le abráis Con recato y con secreto, Y sin que nadie lo entienda, El postigo. Estará abierto Sin que los quicios lo entiendan, Aunque rechinen.Sí creo; Que es para untar y ablandar Muy lindo aceite el dinero. Agora me falla a mí Examinar otro intento. Detente y no digas mas Contra mi lealtad; que pienso Que aprehenden culpas mías Tus injustos pensamientos, Y son vergüenzas del alma, Y las estoy padeciendo. Noble nací, como sabes, Y solamente pretendo Que en casa que he recibido Beneficios no haya riesgos; Porque más posible fuera Verse, Beltrán, en el tiempo Sin el orden natural Gobernada por precetos De obediencia la locura, Y un cadáver por su aliento, Que faltar yo, arrebatado De los amantes afectos De una pasión distraída, A un justo agradecimiento. En dejándote yo en casa, Lo que pienso hacer primero Es sola una diligencia, Que importa, según entiendo. Este hombre tiene una hermana, A quien llama todo el pueblo El Iris de las pendencias, Porque enfrena sus intentos. ¿No has visto el cielo cubrirse de cendales verdinegros, Para dar a los mortales Horror, espanto y desvelo, Y después el arco hermoso Salir al estrago opuesto. Desmintiendo del amago El caliginoso ceño? Pues así contra el furor de este espíritu revuelto El arco de su hermosura Corrige los movimientos. Y por ser muy grande amiga De mi ama, solo quiero Verla primero y pedirla De esta desdicha el remedio, Diciéndola que te vuelves A mi casa, por si el tiempo Descubriere estos indicios, Que reconozca el intento. Y vamos; que ya anochece. Bien sabe amor que pretendo Mostrar en cuanto se ofrezca Mi noble agradecimiento. No solo estoy admirada, Pero, si posible fuera, De mí misma me escondiera, Corrida y avergonzada. ¿ Yo confusa? Yo turbada. Cuando jamás me ha debido Amor un ¡ay! consentido? Pero quiere su poder En las culpas del querer Vengar lo que no he querido. Afecto de ánimo ocioso Y olvido de la razón Es amor, cuya intención Mira a un veneno sabroso; Pero si es tan poderoso, Que a un ligero movimiento Quiere reducir mi intento, Hacer debo en esta acción, A golpes de inclinación, Reparos de entendimiento. A un tiempo miré y sentí, De donde es justo que infiera Que aquella pasión primera Estaba dispuesta en mí. Mi naturaleza vi Incapaz de resistencia; Pero esto fue con violencia De ajeno poder, y es justo Que amor, preciado de justo, Se resista a una potencia. Tan retirada te veo, Tan melancólica y triste, Después que aquel hombre viste En tu casa, que deseo Averiguar si tenia Algún veneno en los ojos, Para dar a tus enojos Principio. ¡Ay Teodora mía! No sé cómo te decir Lo mismo que yo quisiera Que nadie de mí supiera; Y retírome a sentir, Por ver si puedo gastar. Sin ajena admiración Ni riesgo de mi opinión, La culpa del desear. Lo que estás enamorada Se conoce en tu lenguaje. Esto es hablar en ultraje De mi pasión, afrentada De ver mi facilidad. Y ¿de eso estás encogida, Retirada y ofendida? No es traición la voluntad De una mujer recatada; Que ese es un leve accidente, Que se imprime fácilmente En un alma descuidada. Y aunque des tantas señales De escrúpulos de tu honor, En los pecados de amor Estos son los veniales; que, aunque en tan fáciles modos La estimación se limita, Con sola el agua bendita Del tiempo se quitan todos. ¿ Dónde el escudero está? Doña Juana le envió A llamar, y pienso yo Que para venir será. Que me huelgo mucho es llano De verla, Teodora, aquí. Como no me hable a mí En el amor de su hermano. — ¡ Jesús mil veces! ¡ Qué recio ! Una de dos, sin dudar: O trae dinero que dar, O debe de ser muy necio. En nadie puede tener Disculpa este atrevimiento Sino en la justicia, y siento Que vuelva otra vez a ver Mi casa, una vez mirada.— Ábreles; que yo me iré Al Presidente, aunque esté Cerca de mal despachada: Que, mediante estos rigores, Están siempre defendidas Nuestras haciendas y vidas De otros peligros mayores; Pero siempre el que traspasa Las leyes de la razón Dice en su imaginación: «Justicia, y no por mi casa.» Válgame el cielo ! No has de entrar. Si eso pretendes, haré que el alma y la voz a un mismo tiempo se encuentren. Tan a deshora en mi casa? Qué intentas? Nadie se altere; que cada voz tiene en mí determinada una muerte; Y porque veas que a ti en mis intentos crueles privilegiada te admito, Escúchame atentamente; que no entro en tu casa agora amante, como otras veces, sino a castigar delitos, tan hijos de tus desdenes, que en la creación de su culpa pudieran reconocerte principio y causa primera de cuantos el alma siente. dejo aparte los agravios que me has hecho, en que me debes de asistencia y de esperanza tres junios y tres diciembres, y el haber visto salir de tu casa y con tu gente un amante en tu misma silla, para solo enloquecerme; que esto en tu naturaleza disculpa bastante tiene, si en todas es general ser buenas por accidente, y sobre gustos, al fin, no hay disputa, porque siempre tenéis en cualquiera error la disculpa de mujeres; pero tener un criado tan infame y tan aleve, que se atreva a un tiempo mismo a engañarme y ofenderme, y con manos atrevidas me pierda el respeto, en este se disculpará el castigo aI paso que se resuelve, porque afrentosas injurias de un hombre bajo merecen demonstraciones impías y crueldades impacientes, y porque sea la capa que arrojaron tus desdenes a mi rendida esperanza, acosada tantas veces, aquí ante tus ojos quiero vengarme y satisfacerme, dejando su infame lengua clavada en estas paredes. Y no pienses que es temor eI venir con esta gente, sino por sacarte el muerto, que aun esta atención me debes; he de mirarte la casa, por si en ella el insolvente criado tuyo desprecia los castigos que no teme, para que tu familia, Amedrentada en su muerte, Sangriento mire el cadáver De aquel ofensor rebelde, Y porque vea y admire Esta exhortación tan breve, Una crueldad que le avise Y un rigor que la escarmiente. ¡Cielos! Mi hermano está aquí, Y engañarle me conviene, Para librar a Beltrán, Si es que matarle pretende. ¿No dices tú que te estorbo Tus enojos y cuestiones, En mi una rémora asida A tu rápida corriente, Y que en mi fácil piedad Tus designios retroceden, Violentas ejecuciones Detenidas tantas veces? Pues agora, agora sí que verás que te desmienten mi valor y mis deseos, Pues te incito a que te vengues. Beltrán fue a pedirme agora Que a ti, hermano, te pidiese Que le perdones la ofensa Que ha cometido imprudente, Y en su turbación he visto Que algún agravio pretende Que le perdone tu sangre, Tan heroica al mundo siempre. Y basta saber si ha faltado Al respeto que te debe. Le encerré en tu cuarto, adonde Esta llave le detiene. Mira tú en la cantidad Que te ha ofendido, y si fuere Agravio contra tu honor, Mátale; que allí le tienes. Dame a mí la llave. Toma. Hoy tu corazón valiente Te constituye en el mundo Ejemplo de las mujeres.— Venga don Pedro conmigo, Y los dos aquí se queden Para guardar esta casa, Porque nadie salga ni entre Hasta que traiga a los ojos de esta mi enemiga siempre La infame lengua y la mano Del que enseña y del que ofende. Supuesto que está en mi casa Beltrán, a ti se te debe Este ingenioso remedio Con que engañas y diviertes. Que a mi hermano, que es amante, Tan coléricas le cieguen Impaciencias de su enojo, Alguna disculpa tiene; Pero vosotros, que aquí Hacéis protección rebelde A la resuelta osadía De esta juventud ardiente, ¿Qué disculpa dar podéis Al mundo, cuando repruebe Conspiración tan injusta, Tan baja y tan insolente? ¿Diréis que le acompañáis Por ser sus amigos? Miente Amistad que en los horrores Acompaña y desvanece; Que solo aquel es amigo Que desengaña y advierte Traiciones, que en el honor Desacreditan y ofenden. A nosotros no nos toca Averiguar si pretende Vengarse de sus agravios Justa o cautelosamente, Sino amparar sus designios, Que es la obligación que tienen Los que deben ser amigos En las causas que se ofrecen. Y supuesto que a nosotros Su culpa nos reprehendes, A tu hermano has engañado Solo a fin de que se fuese; Pero poco nos importa Que su valor esté ausente; Porque sabremos mirar La casa, y si verdad fuere Que en ella Beltrán está, Por nosotros solamente En la ofensa que le hizo, Le habernos de dar la muerte. Esperad; ¿adónde vais? ; Ay de mí, que ya no tienen Remedio mis desventuras, Si el cielo no las defiende ! ¿No hay quien nos ampare aquí En tal desdicha? En mí tienes El socorro y la venganza, Supuesto que se resuelven Cinco rayos de una mano, Esfera en término breve, Donde es cada movimiento Una exhalación ardiente, Y cada golpe tirado, La crueldad de muchas muertes. — ¿A qué esperáis, si atrevidos... Espera, aguarda, detente Y escucha. Será imposible, Cuando está echada la suerte. A ellos; que aquí estoy yo. Y yo, que entre dos arneses También meteré una punta, Con todos sus alfileres. Agora, que ya mi hermano Está fuera, menos tienen Que temer mis inquietudes En el riesgo de esta gente. ¿Cómo está este hombre en mi casa? Agora solo agradece Y estima; que yo sé el cómo, Y sabrás cuanto quisieres. Después de cerrar la puerta. Por si ya mi hermano vuelve, A quien pretendo librar De sus desatinos siempre. Eternamente obligada. Me resuelvo a obedecerle, Pues conozco que en tu ingenio Algún ángel me defiende.

JORNADA SEGUNDA

La notable oscuridad Y la gente que llegó La pendencia nos quitó, Pero no la enemistad. Y ¡que yo tan fácilmente Me resolviese a creer La industria de una mujer Que ha intentado solamente Engañarme ! Estoy corrido, Vive el cielo. Vuestra hermana Es piadosamente humana, Y sin culpa os ha ofendido. Cuando imagino que el celo no fue de haceros pesar, Y la podéis perdonar. Pienso sin duda que el cielo Se la dio a mi inclinación, Porque sea con injuria En domesticar mi furia La cuartana del león, Pues aunque está deseada De mi intención belicosa Alguna ocasión forzosa Adonde pueda mi espada Bizarrear y lucir, Con tan nuevas diligencias Me deshace las pendencias, Que me muero por reñir. Y tanto en este embeleco Pacífico inquieto soy, Que solo al campo me voy A sacar la espada en seco, Porque una vez que pudiera Castigar la tercería De un infame, pretendía Resistirse en la contera. Juntos estaban allí El amante y el culpado, Y pasó lo que he contado. De cólera estoy sin mí. En celos puede caber Consuelo; que tal vez son La sombra de una aprehensión, Y pueden dejar de ser; Pero ya de mi enemigo Vista la ofensa a los ojos, Solo ponen mis enojos La esperanza en su castigo; Y si de mis pensamientos La ejecución no fiara, Pienso que aun no respirara En la fe de mis alientos. — ¿Y don Pedro? Anda a buscar Al que a su primo mató; Que ayer, cuando nos siguió, No lo sabía. ¡ Qué azar Bien sé que he sido esperado. DON LUIS. Y aun deseado habéis sido; Pero con lo que he sabido, Os recibo disculpado, Y mi fe y palabra os doy Que, en saliendo victorioso De este disgusto penoso. En que tan inquieto estoy, Que tengo de ir a buscar Vuestro enemigo con vos. Mil años os guarde Dios. Esperad, que he de cerrar Esta puerta; que no quiero Que mi hermana en esta acción Nos impida la intención, Como en el lance primero. ¿Quién llama tan recio ahí? doña juana. (Dentro.) Abre; que tu hermana soy. DON LUIS. No puedes entrar; que estoy Ocupado. Para mí No ha de haber puerta cerrada En mi casa, o vive el cielo. Que las derribe en el suelo. Si está ya determinada, Abrir será lo mejor. ¿Qué quieres? Saber tu intento; Que temo en tu atrevimiento Consultado algún error. Luego ¿no juzgas en mí Capacidad y advertencia Para tratar con prudencia De lo que me importa? Sí; Pero en tanta juventud Se harán contradicion El enojo a la razón Y el disgusto a la virtud; Que el mucho determinar De tu orgulloso poder Te dejará resolver, Pero no considerar. Un precipitado arroyo. Cuando recién engendrado, De sí mesmo despeñado, Es de las flores apoyo, Solo se sabe arrojar, Mas no en su orgulloso brío; Que cuando llegue a ser rio, Será tributo del mar. Supuesto que ha de morir Mi enemigo, y que le has dado Nueva fuerza a mi cuidado, ¿ De qué te sirve impedir Lo que no has de remediar? Que el juntarnos no es, por Dios, Mas que advertir a los dos Que solo le he de matar. Valiente resolución, Consultada en tres, sería Disculpada valentía Y bien lograda intención; No tienes vergüenza, di, Cuando en este justo error Corrida está en mi valor La sangre que tengo en ti De haber oído en tu intento Tan convencida bajeza; Que si es la naturaleza Principio del movimiento, Y la parte principal. Donde no cabe accidente, ¿Cómo puede ser valiente Quien determina tan mal Una traición consultada? La aprobación de mi gusto Te toca en todo. En lo justo De una intención acertada; Pero no en la demasía De un precipitado error, Donde falla tu valor A tu sangre y a la mía; Y pues no ha de haber disculpa Con que pueda disculparte. Quiero que estén de mi parte Los estorbos de mi culpa; Y vosotros, que amparáis Segunda vez el veneno Que él vierte, ¿no fuera bueno, Si es que su bien deseáis. Desengañar su intención, Y no juntar en tres vidas Tres intentos homicidas Contra un solo corazón? Qué de causas han venido De mal estado a peor Por lo fácil de un error Resuelto o mal entendido! Dejad de esforzar su queja: Que no es el que más resuelve La culpa el que la disuelve, Sino aquel que la aconseja; Y porque veas que estás En tu sospecha engañado. Sin que nadie te haya dado Causa, escucha y lo sabrás. El entrarme sin llamar, Porque está la casa sola, Perdonad; ¿quién es aquí Don Luis de Acevedo? Sombra Debe de ser arrojada De aquel cuerpo que me informa Las noticias de un agravio Y el alma de mis congojas; Don Luis de Acevedo soy, Y en mi verás... Nadie ponga Mano a la espada, primero Que al informe de mi boca Los oídos; que no es justo Que haciendo guarda y custodia Del sagrado de esta casa Mi confianza, le rompan Privilegios tan debidos, nobleza tan generosa, Y no presuma ninguno Que en la prevención heroica De mi corazón se excusan Los peligros con lisonjas. Porque si el cielo arrojara En parasismos de sombras Caliginosos diluvios Con llamas abrasadoras, Y con ardientes bostezos Esa región vagorosa De los aires fulminara Con repetida discordia De elementos encontrados De rayos inmensa copia, Es la invasión de mi pecho Por sí tan vanagloriosa. Que les diera la atención Que a la más humilde antorcha Que del fuego material Pacífica luz informa. Hombre u demonio o quién eres, ¿Qué furia infernal te arroja Soberbiamente a intentar Temeridades tan locas? ¿Qué pretendes? Que me escuches. Ya te escucho. Pues agora Sabrás la ciega ignorancia de los celos que le enojan; De Sevilla, patria mía (Breve seré), con la ociosa Juventud de libres años (República que imperiosa, Sin ajena dependencia, Determina por sí sola A la voluntad agravios, Y leyes a la memoria), Llegué a este piélago inmenso, Mar con tempestad, sin olas, Cuando el poder las deshace O la industria las acorta, En cuya navegación, Un bajel dado a la borda, Política estratagema De las fortunas que goza, Y filialmente, uno de estos Que con lo hermoso aprisionan, Con la libertad cautivan Y con el aire remolcan, Como el sol al occidente Las luces de quien se adorna; Y tan ciego las seguía, Que no vi otra más dichosa Voluntad, que en posesión Del rosicler de esta aurora Seguía sus movimientos Con vista tan cuidadosa, Que pespuntada con ella, les va pisando la sombra; Y apenas por mis palabras. Amantes y afectuosas, Puesto el deseo en la voz Arrojé el alma a la boca. Cuando culpo mi osadía Con prevención tan heroica, Que fue el empuñar la espada Su primera ceremonia; Detener quise cortés De locura tan celosa Los primeros movimientos, Que no amó quien los ignora; Y sin querer escucharme, Con resuelto acero forma En medio círculo un tajo En la soberbia española, De coléricos impulsos Demostración peligrosa; Pues metiéndole la capa, Y con una punta sola Di fin a sus bizarrías, Y principio a las congojas De un error ejecutado, Una sangrienta discordia, Un delito convencido Y una muerte lastimosa; Y para que no parezca En la apariencia y la sombra De este trágico accidente Una mujer virtuosa Os advierto que aunque estaba Anoche tan a deshora En casa de doña Inés, De nada fue sabidora; Que un criado que fue mío, Con inclinación piadosa Me había metido allí. Aunque pudiera con otras Circunstancias convenceros, Quien por decir esa sola Se mete en tantos peligros, Crédito merece en todas. ¿ Cómo se llamaba el muerto? Don Alfonso de Espinosa. Yo soy su primo, y te busco. Advierte, hermano, que agora Te ofende a ti esta venganza; que fuera acción afrentosa, Indigna de quien tú eres, El dar en tu casa propia Ocasión al desamparo De un hombre que a mí me consta Que te ha dicho la verdad. Dice bien que a mí me toca Defender la inmunidad De este sagrado que él toma; Y supuesto que en mi enojo Se suspende o se revoca La primera causa mía, No han de ofenderle las otras. — Caballero, idos con Dios; Que justo será que os ponga En libertad mi nobleza, Si pudo ser ella sola La que os dio entrada en mi casa. Dele a vuestra sangre heroica El cielo felices dichas. Para que os sirva con todas. En la calle reñiré Con él. Eso no; que agora A mí también por mi honor El estorbarlo me toca; Que estando yo aquí, era dar A la atención maliciosa Del pueblo qué interpretar; Que son siempre sospechosas Las pendencias que se causan Adonde hay mujeres mozas; Y no es bien que mi opinión Consienta que se anteponga A una culpa sin agravio Una malicia afrentosa. Solo me ofende y me agravia Quien me impide y quien me estorba Una venganza tan justa. Que lo apresurado os sobra Os advierto, porque un hombre Que de esta suerte se arroja En casa de su enemigo. Siempre es evidente cosa Que lo hallaréis tan valiente Como lo ha mostrado agora. Ábrele. Ya he remediado De una ejecución forzosa Los primeros movimientos, Y agora menos importa El abrir.) Id a buscarle. Si es que tanto os ocasionan Bizarrías de una vida Tan noble y tan valerosa. Mi sangre voy a vengar. Yo a defender tu persona. Yo a descifrar mis ofensas. Y yo a remediarlas todas. Amor y honor a un tiempo han competido En la breve palestra de mi vida; Uno de mis errores homicida, Y el otro mis flaquezas persuadido. Amor de dos potencias se ha valido, Memoria y voluntad van de vencida, Una culpa en el alma resistida, Solo al entendimiento se ha rendido. Mis sentidos al arma están tocando, Por conquistarme a fáciles empleos, De mi virtud los muros asaltando. Y a pesar de la muerte y sus trofeos, Aunque padezca el alma peleando, Viva mi honor y mueran mis deseos. Notablemente, Señora, Andan las disposiciones De tu honor por los rincones. Temo a don Luis, Teodora. Pues ¿tú tienes culpa? No; Que bien sabes claramente Que está mi pecho inocente, Y que estoy sin ella yo; Pero hay culpas al formar Una desdicha que viene, Que aun aquel que no las tiene No las sabe disculpar; Porque ¿quién dudar podría, Viendo en mi casa, Teodora, Un hombre tan a deshora, Que no fue por causa mia? Pero yo averiguaré En ella quién fue el culpado De haberle (¡ay de mí !) encerrado Segunda vez. Solo sé Que cuando a dormir volvió, Beltrán andaba aturdido, Solícito y confundido, Y Caravana trocó Un doblón esta mañana. ¿Qué quietud será dichosa, Ni qué virtud poderosa Contra la malicia humana? ¿Dónde Caravana está? En casa, pero ha quedado Del susto desvencijado, Y anda derrengado ya, Porque, después de cerradas Las puertas, en el portal Con valentía mental Quedó tirando estocadas, Haciendo en un remolino, Aunque con vejez bizarra, Movimientos de panarra, Con estocadas de vino. Pues líbreos Dios de que yo Saque la rabisacada, Que, de puro acicalada, Vieja afeitada, engañó Una vez que la saqué. ¿Qué hicisteis? Degollar Las tres partes del lugar. Esa la de Herodes fue. Miente como una Herodías La que dijere que soy Herodes yo. Buena estoy En las desventuras mías, Para que nadie procure Disgustarme. Pues, Señora, Mande vuesancé a Teodora Que me deje y no me apure. Llegaos, Caravana, acá; ¿Qué tenéis? Yo lo diré. Y yo. Mande vuesancé Que me deje. Baste ya; Que me enojaré, a fe mía. Tiempos hay para el placer Y el pesar; que no ha de ser Pasto común la alegría. El más probado argumento De la ignorancia es el dar Regocijos al pesar, En lugar del sentimiento; Porque mal podrá decir Que nació para saber Quien llega a desconocer Aquello en que ha de sentir. ¿Vos no fuisteis, Caravana, Con el hombre retraído Que estuvo en casa escondido, De muy bonísima gana? Y puedo dar testimonio, Sin ser escribano yo, Que si no se transformó en hombre, siendo demonio. De maledite exifora, Que no sé cómo ha podido Estar en casa escondido. Yo sí. Bueno está, Teodora. Mal conoce vuesancé La doncellita que tiene; Si un ángel del cielo viene, Donde ella conmigo esté, Con orden particular De que me deje, recelo Que se ha de volver al cielo Sin poderlo negociar. Doña Juana. Dios te dé El consuelo que me has dado. Bien debes a mi cuidado Lo que yo debo a tu fe; Si bien son debidos medios Los de esta solicitud. Que, como de tu virtud, te dispongo los remedios, Y en tanto que tú no quedes Pacíficamente ociosa, En pena tan cuidadosa No he de dejar tus paredes; Toma este manto. Señora, No pienso que la mañana Por celajes de oro y grana, Al sol que los montes dora, Recibe en lenguas de flores, Por cuyos varios cambiantes Suenan cítaras volantes Entre arpados ruiseñores, Como esta casa de ti, Y de tu amparo y favor El viviente resplandor Que nos da la vida aquí, Porque en el mayor pesar Que a nuestra quietud se atreve, Eres calor sobre nieve, Y no la dejas cuajar. Cuando a tu casa venía A solicitarte humano El corazón, por mi hermano Y su voluntad lo hacía, Y no era mi causa, no; Pero agora, que he sabido Los disgustos que has tenido, Solamente vengo yo, De mi inclinación traída, A remediar tu pesar, Porque tengas que estimar, Justamente agradecida; Y no pido que a mi hermano Quieras; que en esto es forzoso Impulso más poderoso Y fuerza de ajena mano Para excusar sus desvelos, Si tu pecho le aborrece; Pero en tanto que padece, No le des con otro celos. Yo te lo prometo así, Y que no habrá mientras viva, Si en eso tu gusto estriba, Otro pensamiento en mí. Así lo permita Dios En favor de mi desvelo; Que esta rogativa, el cielo Sabe que es común de dos. Agora, que estoy de ti Satisfecha, te diré Lo que he visto y lo que sé. El hombre que estuvo aquí Escondido, valeroso, Resuelto y determinado, En su espada confiado Y en su espíritu animoso, En mi casa, Inés, entró, Y en prueba de la lealtad Que debía a tu piedad, Con todos le disculpó; Y para que más te asombres, Esto hizo, despreciada Su muerte, ya consultada, Y el peligro de tres hombres. Solo a deciros agora La culpa que yo he tenido Vengo, y del ser atrevido Perdón os pido. Señora; Que si en vuestra casa yo Segunda vez me escondí, Solo fue ponqué temí Lo mesmo que sucedió; Y tres veces que he venido A este sagrado dichoso, La una fue temeroso, Y las dos agradecido; Que no fuera hidalga acción De mi valor si me fuera De Madrid y padeciera Vuestra piadosa intención: Que el que de noble da indicio, el que recibió repara, Debe esperar cara a cara Los riesgos del beneficio; Que con esto satisface. Y no hay culpa que le den, Supuesto que estima el bien, Y defiende a quien le hace. Si vos no hubierais venido A despediros, creyera (Perdone la acción primera, En que os vi tan atrevido) Que el valor y la grandeza De vuestro pecho valiente Pudo ser por accidente, Y no por naturaleza. Ya dije... Cuanto podéis Decir vos está entendido. Admirado y conocido; Y no es justo que os canséis, Cuando pienso que no cabe En vuestra mucha atención el hacernos relación De aquello que ya se sabe Porque esto suele ofender. Oh Madrid, cielo del sol De este hemisferio español ! no me hagas parecer fácil en la voluntad, que indeterminado veo los afectos del deseo entre una y otra deidad, Mucho en la corle se debe al que amando persevera, pues halla luz de otra esfera a cada paso que mueve. y si los ojos que abrió al paso que va mirando, a ese mesmo va olvidando por lo que ve, lo que vio. Para asegurarme a mí, Váyase este hombre, cuidados. Pensamientos inclinados, Detened la causa aquí. Señoras, licencia os pido Para partirme. Si os vais Por el peligro en que estáis, Yo la doy. Y yo la impido; Que aunque podéis, delincuente, Temer alguna venganza, Poned vuestra confianza En mi espíritu valiente; Que todo Madrid me llama, Por fáciles diligencias, El Iris de las pendencias, Acrecentado mi fama; Y fuera intento inhumano Que a vos en mi voluntad Os coja la tempestad, Teniendo el arco en la mano; Y porque más satisfecho Os deje en mi este blasón, Yo os alcanzaré el perdón De la muerte que habéis hecho. Los riesgos se han conjurado De lo de espada y broquel, Y juntos y de tropel Embisten nuestro cuidado. Tu hermano viene de suerte, Que con cada movimiento Trae su espíritu sangriento. Notificada una muerte, Y el semblante del valor Tan sin color natural, Que hacer puede Fuencarral Pajuelas de su color. Menester será esconderos. En eso solo, Señora, Podéis perdonarme agora; Que no pienso obedeceros. Mirad que llega. ¿Qué importa, Si Introducir fuera error Cobardía en mi valor. Por ser la distancia corta? Que hiciera mayor mi pena Y mi bizarría escasa, Si lo buscara en su casa Para esconderme en la ajena. Aquí me dicen que ha entrado Otra vez, y claro está Que siendo así, que estará Su delito comprobado; Pero si es verdad que entró Resueltamente infiel, ¿Quién podrá librarlo a él De que yo le mate? Yo. ¿Qué haces aquí tú? Que soy Tu hermana, en primer lugar Advierte, y podré excusar El decir a lo que estoy. Porque estando satisfecho De que está tu sangre en mí, Hablaré en tu causa aquí, Sin el cargo que me has hecho. Pues ¿qué intentas o procuras? ¿Donde pretendo vengar Mis ofensas? Remediar Tus ignorantes locuras; Que en tu ofensa prevenida, Quise juntar esta vez La prudencia de juez Al cuidado de ofendida; Y por mi causa ha venido, Que yo le envié a llamar, Para solo averiguar Si alguna culpa ha tenido. ¿Con qué se disculpará Un hombre que se resuelve Aunque le llamen, y vuelve A esta casa donde está, Cuando otra vez me ofendió? Quien pensare que hay en mí... Ya he dicho que estoy aquí Y que soy tu hermana yo; Y pues debo a la opinión De tu sangre defender Tu casa, esta ha de ser Bastante satisfacción; Porque si posible fuera Bajar con poder humano Ese fanal soberano, Mariposa de su esfera, Para solo competir La pureza y el honor De doña Inés, fuera error Querer el sol presumir Ventajas y bizarrías Con la mayor claridad Que vio en humana beldad El volumen de los días; Y porque puedas estar Seguro tú de tu parte Escucha, don Luis, aparte: Con ella te he de casar); Y así debes en rigor. Pues naciste caballero, Amparar un forastero Con piedad y con valor, Porque así puedan mostrar Tu nobleza y tu poder; Que sabes favorecer, Y supieras castigar. DON LUIS. No puedo satisfacerme Con otra causa mayor; Que supuesto que es mi honor El suyo, no ha de ofenderme Con una infame bajeza, Cuando dármela procura Por mujer, y me asegura Su noble naturaleza. Mucho me huelgo de verte A vista de tu enemigo, Porque veas tu castigo En lo fácil del creerte Del mismo que te ofendió, Cuando debieras pensar Que te podía engañar. Ya estoy satisfecho yo, Y está con razón en mí Este indicio asegurado; Porque esta vez fue llamado de mi hermana, que está aquí. Si tú, don Luis, estás ya Desengañado en los celos, La inquietud y los desvelos Que tu cuidado te da, Porque sabes cuanto pasa De una hermana tan fiel, Yo es fuerza reñir con él, Y no será en esta casa; Que, porque nadie me pueda Mis intentos estorbar, Al campo le he de llevar. Justo será que os conceda Ese partido. Yo no, Porque él mató con disculpa, Y no hay traición en la culpa, Y estoy de su parte yo. Si pretendes defender Al mesmo que te ofendía, Cuando no era causa mía te pude yo obedecer; Pero agora, que sé ya Que este a mi primo mató, Solo a mí me debo yo El castigo que hoy tendrá; Y si piensas que confío De ti el poderme vengar De tu enojo para obrar. Desnaturalice el mío. Que está, imagino, por Dios, Tu soberbia mal fundada. Pues saca por él la espada, Y reñiré con los dos. Reparo en que eres mi amigo. ¿Qué importa, si yo te absuelvo de esa obligación, y vuelvo A referir lo que digo? Mejor lo averiguaremos En otra parte, por Dios. Seguidme, y vamos los dos. También los cuatro podremos. ¡La justicia! Mi esperanza Tuvo fin aquí, y quisiera Remediar que no impidiera La justicia mi venganza. Ya es causa de vuestro honor; Que han de pensar que ha traído La justicia el ofendido, Culpando vuestro valor; Y el pueblo interpretará Por sí maliciosamente Esta acción indiferente. ¿Con qué se remediará? Con salir vos y decir Que habéis a don Juan buscado Y que no le habéis hallado; Que de vos lo han de inferir, Que sois la parte. Pues voy A retirar la justicia. Si con esto la malicia Del pueblo ha de ver que soy Quien por sí solo castiga Las ofensas de un agravio. Bien será, pues sois tan sabio, Que así se entienda y se diga.— Por la puerta del postigo Saca tú a don Juan, hermano; Que el prenderle es caso llano, Si esperáis. Veníos conmigo; Que con más seguridad En el campo nos veremos Los cuatro. Y allí podremos Averiguar la verdad. Si después han de reñir, ¿Qué importa haberlo excusado? Del más cercano cuidado Se ha de procurar salir; Que después otra salida Otra invención y otro medio Nos ofrecerá el remedio. En riñendo soy perdida; Que esto todo ha de parar En sospechas contra mí. Confía, estando yo aquí, De mi industria tu pesar; Que aunque es tan sangriento el modo, Y a tanto temor me obliga, Sígueme, que soy tu amiga, Y he de remediado lodo. Y esto sobre mi conciencia; Que su heroica bizarría Los Alpes descuajaría, Si pudieran ser pendencia.

JORNADA TERCERA

En San Jerónimo estás, Y venga lo que viniere; Que para el que te quisiere, Bien en sagrado estarás; Y si te parece a ti Que el desafío aplazado no te obliga, y el cuidado De haber muerto un hombre sí, A deshora te tendré Una mula prevenida. Cuando no sea la vida Menos que el honor, me iré; Demás de que doña Juana Me mandó que no me ausente. Ese es mandato eminente De potestad soberana, Y le debes la obediencia; Que si de tu parte está, Segura en todo estará Tu detenida asistencia. El perdón me ha prometido Que alcanzará. Pues haz cuenta, Si lo pide o si lo intenta, Que está el perdón concedido. Lindamente aseguro De don Luis el recelo. Contra el humano desvelo Parece que se engendró; Si supiera que en Turquía Hay algo que remediar, A Turquía sin tardar Un punto se partiría; Que se ha enviciado de modo Por inquirir y saber Cuanto puede suceder, Para remediarlo todo, Por darse este gusto, sí, Que en todas sus asistencias Pregunta ya: «¿Qué pendencias Hay que descuajar aquí? » ¡Ay Beltrán, y qué mujer! Tan afectuosamente Y con un mal accidente Me estorbe el ay del comer,. Si no has vuelto la casaca, O es perinola tu amor, Donde están juntas, Señor, Las letras del pon y saca. ¿No has entrado en un jardín, Donde en las flores hermosas Te arrebató de las rosas La vista el rojo carmín, Y en vistoso parecer De floreciente beldad La casta virginidad Del purpúreo rosicler, Y apenas fuiste a cortar Aquella que te agradó, Cuando otra luego te dio Mas gusto en mejor lugar, Y fue pasando el deseo De una en otra, hasta que el gusto, En cualquiera parte justo, Se rindió al último empleo? Pues así yo en doña Inés La primera rosa vi, Pero luego apetecí Otra que miré después; Que, aunque me enseñó el amor, Dos rosas castas y puras En igualdad de hermosuras, La postrera es la mejor; Demás de que ya sería, De don Luis obligado. La culpa de mi cuidado Especie de alevosía. No es lo que admiro, Señor, Que mudes la voluntad, Sino la facilidad Del polvorín de tu amor. Parece, según te veo, En estas materias dar Tu parecer y culpar, Que has vivido sin deseo. Trecientos he deseado En esta vida no más. Bueno de cientos estás. Son cientos, y hanme picado Tener cien años de vida, Libre de toda contienda; Cien mil ducados de hacienda. Sin que nadie me los pida; Y para que de accidentes Me pueda el tiempo librar, Sin socaliñas estar Cien leguas de mis parientes. El cielo, don Juan, os guarde. Y a vos, señor don Luis, Os dé lo que le pedís. Del tente perro es la tarde. Si es que de mi os confiáis, Veníos conmigo. Si haré. ¿Sabéis dónde vais? No sé Mas de que vos me lleváis; Y si aquí posible fuera Por inspiración divina Saber a lo que se inclina Vuestro pecho, aun no quisiera Saber, don Luis, para qué Me lleváis; que es baja acción Quitarle a vuestra intención Los méritos de mi fe. Una vez ya confiado De que mi amigo habéis sido, Solo me hará agradecido Lo que no hubiere dudado De vuestra mucha nobleza; Que hacer en el beneficio Del noble infame un indicio, Es convencida bajeza; Y en aquello que ha de ser. Es valor el confiar; Que sobra el examinar Donde es forzoso el creer. Cuando no me hubiera dado Vuestro espíritu valiente Satisfacción evidente, De vos me hubiera informado Tan cortesana hidalguía; Que hace demonstración de su noble corazón Quien fácilmente confía, Que, como llega a juzgar En sí una fe satisfecha, Para creer sin sospecha, Saca de sí el ejemplar; Y el que, de lealtad ajeno, Solo nace a ser culpado, De su infamia aconsejado, Duda en el crédito ajeno. Bien podéis seguramente Guiar, que siguiendo os voy, Y a todo obediente estoy. ¡Qué corazón tan valiente! ¿Adónde vas? Solo a ver En lo que esto ha de parar, Por solo no preguntar Lo que puedo yo saber; Que después que sea forzoso Que yo en ello no me halle, Lo he de oír en cada calle Añadido y mentiroso; Y así los cielos, sentidos De mentirosos antojos, Nos fabricaron los ojos Tan cerca de los oídos. Quédate, y con brevedad; Que hemos de ir solos los dos. Depáreme un ángel Dios Que me cuente la verdad. Bien os podéis detener; Que un alcalde apresurado Parece que viene al prado, Y al templo os podréis volver; Que de él os vendré a sacar, Aunque tarde. Vuestro soy, Y siempre dispuesto estoy A obedecer y estimar. Sin duda que en dependencia De anoche quiere reñir Dos a dos, y concluir Los tines de la pendencia. ¿Que pueda el libro del duelo Meterse de hoz y de coz Con este estilo feroz En los disgustos del suelo, Sin que ninguno le espante? ¿que eche el saber profundo Del cielo un búfalo al mundo. Envuelto en un cuero de ante, y muy cubierta una abada De conchas a su medida. Cuando sabe que no es vida, Que a nadie le importa nada? y ¿que haya un hombre nacido Con su pellejo al quitar, Que se le puede pasar con un papel retorcido? Doña Juana remedió Lo primero, y yo me fundo En que sepa lo segundo, Por lo de por sí o por no, Contra bélicos desprecios; Que su rara inteligencia Descuajará una pendencia Entre dos cuñados necios.Solamente, doña Juana, Cuando tu presencia gozo, Seguridad me conceden Disgustos tan peligrosos. Generosamente pagas. Di que agradecida informo Del consuelo de mis penas Y alivio de mis enojos; Que eres tal, que, a ser posible, Pusiera en tu gusto solo Esta inclinación contraria A tu hermano por soborno de tantas obligaciones, Si los cielos misteriosos no dieran a las estrellas Este imperio de nosotros. Pídele que me enamore Al influjo luminoso Desa campaña de luces, En quien miro mis estorbos. Pondré mi naturaleza En tus manos, y gloriosos Mi espíritu y mi saber Dirán que le debo solo A tu discreto poder Un prodigio misterioso; Tan prodigio, como hacer, Si yo misma me conozco, Que vuelva a dejar de ser Lo que ha sido entre nosotros, Para templar las discordias De los elementos todos. y ese fanal de los días Que por eclíticas de oro Azules páramos gira, Siempre claro y siempre hermoso, de menos luz nos informe, Y por contrapuestos polos Saque del mar contra sí Salpicados promontorios. Yo sé que lo has de querer. Ruego a los cielos piadosos Que lo permitan así, Cuando de mí reconozco Que será en mi inclinación Apasionarme los ojos, Dar sentimiento a una piedra, Y a un cadáver vida a soplos. Tranquilidad de pendencias, Arbitrio que de sí solo Saca al humano discurso El remedio de los otros; Agora, agora si es tiempo Que desenvaine el heroico Dictamen de tu saber La espada de los socorros. Don Luis, tu hermano, y don Juan Al Prado han de salir solo Para darles la batalla A don Pedro y don Antonio. Remedia, como el primero, El segundo terremoto; Serás montante con alma, Y arco de paz sin bochornos. Y agora si, doña Juana, Que ya nuevamente invoco el auxilio de tu ingenio Con alientos temerosos: Porque imposible parece Que con humanos estorbos Remedies mi honor, si riñen, Contra un pueblo malicioso. No hay imposible conmigo. Mientras yo mi manto tomo, Ponte el tuyo y ven conmigo; Verás qué fácil te informo Del consuelo de tus penas. Pues con fingidos ahogos Y con la voz desmentida Pienso sacarlos a todos Del desafío aplazado. Diré a voces que conozco Que has nacido de ti misma Para prodigios y asombros. Y contigo los ganados, Pacíficamente ociosos, Se excusarán las pendencias De los perros y los lobos. Este sitio señalé, Y aquí dije que esperase El que primero llegase. A San Jerónimo fue A llamar el retraído. Si a un advenedizo ampara, Y enemigo se declara, De mi valor ofendido, Serale imposible ya El Impedir mi venganza; Que la parte que me alcanza de sangre clamando está En mi ardiente corazón, Donde cada movimiento de este vengativo intento Me da una respiración. ¿ Sois don Pedro de Espinosa? El mismo, Señora, soy. Dejadme alentar; que estoy Tan afligida y llorosa, Que aun la voz que articulada Permite mi admiración, Se está en su respiración Competida y no formada; Y compasivo os espero, Cuando soy una mujer Que parte llegué a tener En el disgusto primero de la muerte desdichada de vuestro primo, y agora También siente lo que ignora Vuestra nobleza engañada. Los dos esperando estáis A otros dos para reñir, Y es imposible venir, Que en vano los esperáis; Mientras estáis aguardando, Don Luis, su amigo, impaciente, La ida del delincuente Está aprisa concertando Por la puerta de Alcalá, Para poder desmentir Los que le pueden seguir; Apadrinándole irá. Ea, vengador valiente, De la más pura afición Que en amante corazón Introdujo llama ardiente, No permitáis que el rigor De un homicida sangriento Deje en mayor sentimiento Vuestra sangre y mi dolor; Que, como leona herida, A quien arpón venenoso De africano cauteloso Quitó la rugiente vida Con espantosos bramidos, Y esparciendo por los vientos Emponzoñados alientos. Mis impacientes sentidos Le irán siguiendo. La dama Por quien sucedió la muerte. Es esta, que así lo advierte De su honor la ardiente llama; Presto veréis que le doy Remedio a tanto pesar. Lo que importa es abreviar. Seguidme. Siguiéndoos voy. ¿Qué dices de esto? Que ya Conozco que con razón Excedí de tu opinión Tu ingenio; que ¿ quién creerá Que supiste hallar aquí Solo un remedio que había, Para que sin cobardía, Ni juzgar malicia en ti, Se apartaran del lugar Que tenían aplazado? Lo ingenioso y acertado Fue el no poderlo excusar; Que yéndose el delincuente, Solo el esperar sería Achaque de cobardía, Y no prevención valiente. Aunque es grande tu valor, Menos fue lo que creí. Cuando te enamore a ti, Lo echarás de ver mejor. Tu hermano, ya que es forzoso Desmentir la voz de suerte, Que no pueda conocerte. ¡ Qué espíritu tan medroso ! Aquí han de venir los dos, Y parece que mi aliento Me asegura el vencimiento. Mal podéis juzgarlo vos, Pues no hay manos tan valientes Que puedan asegurar Ventura que ha de pasar Por fáciles accidentes; Demás, que es opinión mía, Don Luis, que en causas tales Son imperios desiguales La dicha y la valentía; Y justamente condeno Vuestra opinión, que, en rigor Juzgado, no es mi valor Limitación del ajeno; Porque yo podré saber Que reñiré hasta morir, Pero no podré medir Lo que el otro puede hacer. ¿Sois don Luis de Acevedo? El mismo, Señora, soy. Veníos conmigo. Aquí estoy A cosa que ya no puedo Dejar de esperar aquí. Y supuesto que no sé Quién sois, y que faltaré A una palabra que di, Que me perdonéis os pido. El desafío aplazado, Cuya palabra habéis dado, Para engañaros ha sido; ¿No es aqueste caballero Sevillano? Sí, Señora. ¿Habeisle sacado agora De San Jerónimo? Espero Que lo demás me digáis; Que en eso verdad decís. ¡Qué engañados venís A este sitio donde estáis! ¿ No es don Pedro de Espinosa uno de los dos que aqui Estáis esperando? Sí. Con intención cautelosa A un alcalde cuenta dio, Porque a prenderle viniera, Que en desafío le espera El que a su primo mató; Y como os vengáis conmigo, Vos quedaréis satisfecho De que es verdad lo que ha hecho. Fuerza ha de ser, y ya os sigo; Que si aquí no he de esperar Mas que el riesgo y la prisión De don Juan por su traición, Locura será aguardar; Pero decidme primero, Señora, ¿en qué habéis fundado Este piadoso cuidado? En designios que no quiero Que por agora sepáis; Que lo primero es libraros, Y lo segundo informaros De lo que en esto ignoráis. ¿No vamos juntos los dos? A la vista os seguiré, Y en bien y en mal correré Una fortuna con vos; El alcalde que yo vi Es este, que en su cuidado Parece que lo ha mostrado. También yo lo pienso así; Pero advertid que os importa Verle el rostro a esta mujer. El alcalde. No hay que ver En distancia que es tan corta. doña juana. Hoy he de quedar vengada De tus desdenes, traidor. Este es sin duda rigor De alguna fe despreciada. Como no haya en lo tramado Del embuste arquitectura, Y esté en la agudeza pura Del ingenio lo enredado, Pienso que, en comparación de la más torpe mujer, Es el mismo Lucifer Enredador motilón. Entre su pez, que es su algalia, Y el embustero donado, Un mestizo han trasplantado En salta en barco de Italia, Y en viendo yo que han quedado, Pues así lo han prometido, Su hermano favorecido Y mi don Juan perdonado, Descalzo, pobre y a pie, Mísero, encogido y solo, Iré desde polo a polo, Y carteles fijaré, Y en trabadas competencias Probaré que doña Juana Es y ha sido, en carne humana, El Iris de las pendencias. ¿Quién sois, que me habéis traído A mi casa? ¿Quién pudiera Remediar de esta manera Un pensamiento atrevido, Sino yo? Pues tú ¿qué intentas Con este ignorante error? Pienso que en mi deshonor Solicitas mis afrentas; Suéltame; que si en los dos... No has de apartarte de aquí sin escacharme; que en mí espíritu puso Dios para saber conservar tu honor, tu sangre y tu ser, y lo que has de agradecer es lo que piensas culpar. hoy se ha de casar contigo dona Inés, y claro está que el pueblo interpretará, si riñes con tu enemigo, con malicia esta pendencia, y podrá ser que después encuentre con doña Inés la causa en la dependencia; y no quiero, puesta en medio que tu sangre y de tu hermana, que sea culpa mañana la que hoy puede ser remedio. Y ¿con qué has de disculpar eI dejar el puesto yo que don Pedro señaló, sin morir o sin matar? Advertido todo está, que también los dos salieron con otro engaño, y se fueron. aunque de tu industria ya puedo pensar que lo has hecho por mi honor y por tu ser, si yo no lo voy a ver, no he de quedar satisfecho que es piadoso tu valor; y discursiva podrás cuidar del riesgo no más, sin reparar en mi honor, cuando se deja entender que no milita, ni es justo, las flaquezas de mi gusto en lo heroico de mi ser. Señor don Juan, ayudadme a detenerle. Señora, su honor importa agora lo contrario. Perdonadme, que será fuerza volver al sitio que hemos dejado; que no es tan fácil cuidado dejar por una mujer los hombres un desafío, cuando pueden sospechar lo que no tiene lugar en su corazón ni el mío. Y si os conociera yo, Ni rayos que fulminara el cielo, no me apartara del lugar que señaló vuestro hermano; porque hay culpas donde no pueden tener la satisfacción poder, ni crédito las disculpas. Y ya ¿qué podré creerte, si de doña Inés el pecho le ofreciste, y no lo has hecho, para mejorar mi suerte? Hasta la noche me queda de término, y si no es triunfo tuyo doña Inés, nada tu amor me conceda. — Fuéronse, y aquí entra agora el empezarme a valer De mí contra esta mujer; Pero ya viene Teodora, Que está del caso advertida, Y desde este punto empieza La ingeniosa sutileza De una invención prevenida. Para lo que hemos tratado Vengo prevenida ya Con mi manto. En todo está Conocido tu cuidado, Y el premio que has de tener Te aseguro yo. ¡Ay Señora ! Mi ama. Pues ya, Teodora, Te he dicho lo que has de hacer. Confieso, señora mía, Que mi hermano no ha tenido Razón si no ha procedido En su amor como debía; Que una principal mujer, Con lágrimas derramadas Y quejas tan bien fundadas Se debe favorecer; Y a no estar en casa ajena, Creed de mí que os quitara El dolor, y que os sacara De la duda y de la pena; Pero de mí os confiad, Y agora idos con Dios; Que yo lo haré, porque vos Logréis vuestra voluntad. ¿Qué es eso? Una grosería De mi hermano; que el mejor Amante sabe en su amor Usar de una tiranía; Es la que de aquí se va Una mujer muy hermosa, Rica, honesta, virtuosa Y principal; pero está Tan rendida y tan amante. Que si antes llegado hubieras Arrodillada la vieras. Con afligido semblante, Porque a mi hermano le pida Solo que la quiera bien, Y que a otra olvide también, Que es agora la querida. ¿A dos quiere, y dos le quieren? ¿Cómo quererle? Le adoran, Gimen, suspiran y lloran, Y en competencia se mueren. ¿Qué dices? Lo que has oido. ¿A dos, y en mi tiempo? Sí. Luego ¿me ha engañado a mí El tiempo que me ha querido? Este es mundo, Inés hermosa; Confieso que te quería Mi hermano y que te asistía Con atención cuidadosa; Pero amante mariposa De otra luz, las alas mueve, Tornos gira y luces bebe; Porque no siempre el amor, Para ostentar su rigor, Se conserva en fuego y nieve. También tiene el sufrimiento Su término y su medida; Que no siempre está una vida Dispuesta en el sentimiento Cuando hay también escarmiento; Y supuesto que te enfadas De que siga tus pisadas. Los dos habréis remediado, Tú la ofensa de su enfado, Y él sus culpas dilatadas. ¿Qué hubiera sido de mí Si yo le hubiera querido? Ya por lo menos no ha sido, Y sobra el enojo en ti. Si viera mis pensamientos Despreciados, me parece... Esto es hecho, ya le escuece, Pues busca encarecimientos; Y desdichado el amante que tiene puesto su gusto En quien recibe un disgusto Con pacífico semblante. ¿Que hayan podido tres años De porfía, de sufrir, Perseverar y asistir, Ser cautelosos engaños? Miente quien dice que de veras ama El que más persevera en su porfía; Porque al paso que un hombre desconfía, Mas en su enojo que en su amor se inflama. Naturalmente un corazón desama Cualquiera resistencia que desvía El premio que esperaba y pretendía Por los efectos de su ardiente llama. No es acto positivo, según veo, En el amante la mayor fineza Entre las dilaciones de su empleo; Que aunque el tiempo asegure su firmeza Dilatada es venganza del deseo Aquello que es amor cuando se empieza. Aquí, Señora, acabó Nuestra quietud; don Antonio (Arredro vaya el demonio) Y don Pedro, pienso yo Que en casa... ¡Ay. señora mía ! Los desafiados entran, Y todos cuatro se encuentran. Y este sin duda es el día En que no cabe en tu modo El poder librarme a mí. No temáis; que estoy aquí, Y he de remediarlo todo. Quien falta a su obligación, Si es caballero, no quiere Parecerlo. Quien dijere.., Los cuatro tenéis razón. Y antes que de vueslro intento La resolución digáis; Escuchad lo que ignoráis. Que si en vuestro pensamiento Esto no me toca a mí, Por mujer, será razón El daros satisfacción De la culpa que hay en mí; Y brevemente os diré Lo que es forzoso dudar: A los cuatro del lugar Del desafío saqué; Que la mujer que llegó Con extremos diferentes Y lágrimas aparentes A divertiros, fui yo; Y este designio bien llano Se juzga de parte mía, Pues en el campo temía Los peligros de un hermano. Y agora, si ya he podido Dejaros ya satisfechos. Supuesto que vuestros pechos Tan igualmente han cumplido, Escuchadme solo vos. Señor don Pedro Espinosa, Si a vuestra sangre es forzosa La cortesía en los dos. ¿Porque mató a vuestro primo, Queréis reñir con don Juan? ¿En qué culpadas están las partes que en vos estimo? Quédese la indignación, Que colérica arrebata La razón, para quien mata Con ventaja y con traición; Y no para perseguir A un caballero valiente Y bizarro, que igualmente Pudo matar y morir; Que fuera acción desmentida De vuestra naturaleza El verse tanta nobleza A un accidente rendida; Demás de que el hombre sabio Infamias ha de vengar Por su sangre, y no formar De una desdicha un agravio. Pe suerte me ha persuadido Vueslro ingenio que quisiera Que mayor la ofensa fuera. El perdonar convencido A la luz de la razón. Me habéis abierto los ojos, Y en mis pasados enojos Os doy por satisfacción el dar a don Juan la mano, Con el perdón que he sabido Que vos le habéis ofrecido. De corazón tan humano Solo esperé lo que veo. En mi un esclavo tendréis. A doña Juana debéis Cuanto hago. Así lo creo, Y a don Luis pedir quería, Pues sabe mi calidad, Que le dé mi libertad A quien me ha dado la mía. Porque sé que él lo desea. Doy la mano. Y yo, cautivo En vuestro ser, la recibo, Para que el alma os posea. Yo solo he quedado aquí De tu promesa ofendido. Espera, verás cumplido Lo mismo que prometí Con esto. — Ya, doña Inés, Te dejaré en posesión De tu quietud y es razón Que tu licencia me des; Porque es forzoso casar A don Luis, con tu licencia, Con quien sabes. Mi paciencia Debes de querer probar. Resueltamente te digo Que he de casar a tu hermano Con mi gusto y de tu mano. Pues dime con quién. Conmigo; Pero he de saber agora Quién son las damas que tiene, Supuesto que me conviene Cuando es mi esposo. Teodora; Que enternecen causas mías Corazones pedernales, Sin los astros celestiales, Como tú un tiempo decías; Porque para enamorar Basta el humano saber; Que tibiezas de mujer Con mujer se han de curar. Aunque a mí me ha perseguido Teodora, si vuesancé Me la da, me casaré. Sois viejo para marido. ¿Cómo vuesancé se aleja, Señora, del qué dirán? Cien escudos os serán Satisfacción de la queja. Y estos modos de ofrecer Vuestros pesares limitan, Pues el no poder os quitan, Y os añaden el poder; Que a un viejo, cuya tragedia Por minutos se concluye, Quien lo casa lo destruye, Y quien le da lo remedia. Y pues yo lo he remediado Todo, que pida es razón Vuestro dichoso perdón, Siempre de mí deseado; Porque así queden mejor, Este favor concedido, El poeta agradecido, Y satisfecho el autor.