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Texto digital de Ir por el riesgo a la dicha

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Atribución tradicional
Juan Bautista Diamante
Atribución estilometría
Juan Bautista Diamante Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto, modernizado con posterioridad por Adrián Velasco, procede de TESO.

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Cita sugerida

Velasco, Adrián. Texto digital de Ir por el riesgo a la dicha. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/ir-por-el-riesgo-a-la-dicha.

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IR POR EL RIESGO A LA DICHA

La divina Margarita,  tan bellos sus años cuenta,  que cuando se los aumenta,  parecese que los quita,  con festivos aplausos muchos se logren,  adonde un año cumple mil perfecciones. Celebren (mal finjo) atentos  (ah Porcia cruel) primores  vuestros, parleras las flores,  y sosegados los vientos,  tantos logréis sin mudanza,  en hermosa perfección,  que deje la posesión  envidiosa la esperanza. Que bien suenan, generoso  dueño mío, y de Milán,  las finezas de galán  en las licencias de esposo.  Ha cauteloso!                               Mi fe  os adora: Aun no me mira.                                                              Porcia!                               Témplese la ira. Constante.                               Ya yo lo sé. Los dos te miran.                               Temor  confesarán mis recelos  si al mirarme esta con celos  me viera aquel con amor. Témplate señor.                               No sé. Disimula.                               Ya lo intento. Hasta lograr.                               Que tormento! Lo que procuras.                               Si haré. Carlos tarda.                               Porcia estás  firme en ser su esposa?                               Pues?  que es gusto tuyo no ves? Pues cuidado.                               Tú verás. Bueno es rogarte.                               Aun así está el amor receloso,  que es el Duque poderoso,   y conspira contra mí. Manda que canten.                               Bien dices,  por disimular lo haré:  cantad.                               Mal paga da fe. Ay finezas infelices! Bien pueden vuestros años,  mudando estilos,  parecer corteses, más no cumplidos. Carlos, Duque generoso  de Milán, Carlos Ursino. Ya llega                               Feliz destino. Llego a Milán vitorioso,  y yo como interesado,  en gloria que no es ajena,  vengo por la norabuena  de lo que él os ha ganado. En mis brazos, que es razón  que así a los dos satisfaga,  halle su padre la paga,  y él deje la obligación. Pues hoy no hay razón que impida  que a todos, señor, honréis,   si a mí una merced me hacéis os quedaré agradecida. Decidla, que de no hacerla  estuviera disculpado,  porque me habéis dilatado  el gusto de concederla. Carlos, pues, que de Ferrara  vitorioso a Milán llega,  por mi intercesión pretende,  señor, las mercedes vuestras. De tan grande intercesión  es mérito (ay Porcia bella)  sin saber lo que pretende  Carlos, darle a V. Alteza  la autoridad necesaria,  para que sin mi le pueda  premiar; y pues la tenéis,  honrada Carlos con ella. De honor tan supremo, sola  es digna vuestra grandeza;  pero yo obraré con él  lo que conveniente sea,  que aunque en diferentes casos  la curia falta me hiciera,  mucho acierto en el presente   me ofrecen las experiencias. No se ha aceptado el Duque. Bien urdida va la tela. Lo que debe a Margarita  mi hijo!                               Que estás suspensa? Temo a mi fortuna, Nise. Pues hay más que no temerla? Pero pues hice la gracia,  no será razón que sepa  que es la merced?                               Si señor;  mas puesto que Carlos llega,  la noticia del oído  a la vista se reserva,  que la que toca a los ojos  es la noticia más cierta. Entra con el pie derecho. No sé qué el alma recela,  aunque hoy a Porcia ha de darme  según dice la Duquesa;  pero será de la dicha  este sobresalto.                               Llega,  y venga lo que viniere   en casándonos con ella. A vuestras plantas señor. Señor a las plantas vuestras. Quita necio.                               Necio quita? Divertido el Duque, apenas  mueve la vista.                               Ay de mí! Pues de que agora te quejas. Quiero mucho a Carlos, Nise.  y temo que la sospecha  de nuestro amor, en el Duque  causa el efecto que muestra. Si el secreto ha sido tanto,  Qué temes?                               Mi mala estrella. Rara pasión!                               Mi hijo Carlos Mirad que Carlos.                               Violencias  qué me queréis!                               Y Arrumaco  con quien son, aunque más sean,  valientes los Rodamontes,  bravos de primer tijera,   valientes de la dotrina,  y tremendos de la legua:  parece que está elevado. Qué decís Carlos?                               Él juega Que a vuestras plantas invictas,  en una ofrecer quisiera  más vitorias, que la fama  con mudos aplausos cuenta,  y no por la gloria mía,  que civil interés fuera,  sino por veros, señor,  de cuantas pobladas selvas  de espuma escasea el mar  a surcos de quilla exentas,  y de cuantos dilatados  climas esconde la tierra. Aunque a mí vuestra lealtad  me obliga, no la respuesta,  puesto que entre Margarita,  y yo las lealtades vuestras  partidas, me toque a mi  oírlas: pero a su Alteza  premiarlas, que esta lisonja  ha querido que le deban,   el premio, y servicio, y pues  yo con oír, de mi deuda  salí, salga de la suya,  con premiaros la Duquesa. Pues si ha de ser de ese modo,  señor con vuestra licencia  da Porcia la mano a Carlos. Válgame el Cielo!                               pimienta. Que este es el premio mayor  que Carlos de vos espera. Y gusta Porcia?                               Señor.  los que tienen la obediencia  por albedrío.                               Ah tirana! Con gusto viven en ella. Y vos Carlos?                               Para mí  no hay dicha, señor, que pueda  igualarse a la de ser  esclavo de Porcia bella. Ni para mi hay más tormento  que sufrir en mi grandeza,  y en mi amor, que la enemiga   que yo adoro, y me desprecia,  porque Duque de Milán  nací, de otro dueño sea,  que es política del uso  mal introducida, y necia  por el ejemplo, querer  que el superior siempre tenga  igual el semblante, firme  la constancia, la modestia  en su punto, el sufrimiento  vasallo de la impaciencia,  y en fin todo como debe  ser pero no como fuera,  si este uso vil no tirara  a las pasiones la tienda. Qué es esto señor?                               no se Carlos. Mire vuestra Alteza  que me convierte en agravios  las que tuve por ofensas. Pues si sabias que yo  aleve, rara imprudencia!  digo, cobrémonos males. Como es justo que os entienda,  os entendí, llega Porcia.  Porcia mira.                               Soy ajena. Celos también.                               No estorbéis,  señor, la palabra vuestra. No, pero Porcia dilata  mi muerte.                     Qué es esto?                               Era  mandarme el Duque, señora,  que vuestro gusto obedezca,  dándole a Carlos la mano,  que merece su fineza? Que dices falsa?                               Ya voy  señor, Carlos, a qué esperas? Carlos. Yo solo señor  aguardaba esa licencia. Feliz fortuna! Dichoso  premio!                               Rigurosa pena! Disimula. Estoy sin alma!  Sobre ser cordura es fuerza. te has casado? esta pregunta, Para ignorante la lengua,  que esta pregunta no tiene  nada más de lo que suena. Señores, vamos de aquí,  que pues dama, y galán quedan  casados aquí, sin duda  se ha acabado la Comedia. Carlos, aunque yo os logre  esta dicha, fue su Alteza  a quien la debéis, testigo  es este gusto que muestra  de vuestra suerte, llegad  por los dos a agradecerla. Por este favor.                               Dejadme. Zarazas  en nuestra ausencia  tuvo principio este amor  del Duque. Que es esto penas?                               Señor. Si ya me habéis muerto,   Qué me queréis?                               La prudencia  manda al dolor.                               Pero suele  el dolor no obedecerla:  Porcia?                     Gran señor.                               lograd  que esto mi dolor consienta,  y vos Carlos, sí, vos, Carlos  con Porcia, la voz se yela. Mucho daño de este mal  previenen mis experiencias. Pues sin saber la vitoria  así os vais?                               Esto es saberla,  o intentarlo, ven Otavio. Guarde el Cielo a vuestra  Alteza. Si este dolor que me mata  no halla en el despecho enmienda,  no te quejes de mi Carlos,  de tu desdicha te queja Ya Porcia tienes marido. Que en eso decirme intentas?  Que yo salí de mi empeño,  pues te di a quien te defienda,  mira por ti. Que te paga  ventajosamente, muestra  mi atención, con no tener  por agravio esa advertencia. Ven te dejaré en tu cuarto. Ya voy. Casada ya es fuerza  que atienda en Carlos el Duque  los blasones que atropella. Ya que los estorbos, Carlos,  no me impiden la licencia  de verme en tus brazos. Porcia  al abrazarme tropiezas? No, Carlos, me precipito  para llegar más apriesa. Y yo agradecido al ver  lo que me obliga esa deuda,  pongo los brazos; porque antes  de llegar a mí los tengas. Es hora señora Nise?  no abraza usted? Si me ruega. Te ensancharás, y no quiero  que por mi te pongas fea,  Qué hay en esto?                               Calla, y oye,  que yo no sé nada.                               Ah perra Dobla para luego.                               Qué? La hoja de nuestra arenga. La Duquesa aguarda.                               vamos, Hoy Carlos esa tibieza,  mérito es de mis desdichas;  pero no de mis finezas. Pues Porcia.                               enmudece Carlos.  y advierte que esta es materia,  donde la satisfacción  suele empeorar la queja. Bien dices.                               Por qué callaste? Porque decir Porcia bella  que te adoro, es muy común  a tu oído; y así enseña   mi suspensión, dio a mis ojos  el oficio de mi lengua;  porque lo que oías antes,  ahora Porcia lo veas. Discreto eres!                               Y tú hermosa? Soy tuya.                               Dichosa estrella! No digo esto                               Nada digas. Pues tu concepto me enseña,  ya que tienen tus oídos  de lo que soy experiencia  daré lugar con los labios  a que los ojos lo sepan,  no vienes?                               Sí, ya te sigo. Mucho aquí se discretea,  aquí anda el no sé qué, Nise,  y el no sé cómo por señas,  al no sé cuándo me envía;  porque el no sé qué me lleva  a no sé dónde, el juicio  que al no sé por dónde vuela. No seas malicioso,  Aguarda señor. Qué quieres?                               Espera. Voy acompañando a Porcia. Primero es oírme.                               Suelta. Mira.                               Nada hay que mirar,  ya esa locura que altera  tu quietud, ponle hijo Carlos  por Alcaide tu presencia,  por guarda tu estimación,  tu respeto por cadena,  que en cárcel donde el honor  juzga, para que a la puerta  del dolor, que son los labios,  no se atreva la indecencia  de parte de la cordura,  es bien que hagan resistencia,  prudencia, y estimación;  porque al respeto le deban,  Alcaide que los asista,  guarda que nunca los pierda,  prisión que los asegura,  y quietud que los defienda.  Ya te entiendo. eso procuro,  mira que Porcia se aleja. Vamos padre.                               Vamos hijo. Ay de aquel a quien su incierta  fortuna dentro del puerto  le asusta con la tormenta! Bien estás, Carlos, casado;  porque Porcia es muy honesta:  pero pienso que soltero  mucho mejor estuvieras. Aquí te manda esperar  el Duque.                               Su sentimiento  tiene a Milán descontento. Nunca fue cuerdo el pesar:  pero es Carlos tan bien quisto,  que del Duque la pasión  culpan todos.                               Y es razón. Solo en tu hermano no he visto  señas del dolor de Carlos. No te admires, que es discreto,  y los que ocupan lugares   preeminentes, si son cuerdos  políticos, han de obrar  de manera con sus dueños,  que, o la amistad no les deje  reparar en los defectos,  o les niegue la lealtad  el uso de conocerlos. El Duque, señor.                               Enrique,  vete Julio.                               Ya obedezco. Busque remedio la vida,  Enrique, Octavio, yo muero:  pero no muero, pues hallo  en el dolor que padezco  un mal, a donde la muerte  fuera agradable remedio:  Carlos, sin querer me mata,  o para acertar queriendo  me ha muerto Carlos: pues nace  de su amor mi sentimiento:  diréis los dos, claro está,  (yo propongo, y yo resuelvo)  diréis que si las pasiones  se sienten en los atentos,   es obligación sufrirlas  como padecerlas, puesto  que a los hombres diferencia,  no el dolor, sino el efecto,  del dolor con voz en unos,  pero en otros con silencio;  a que yo responderé,  viendo cuan sin él padezco,  que entre los otros alivios  se me perdió el sufrimiento;  pues si el valor se ha acabado  para sufrir, y el despecho  es quien obra, no os admire  que se a injusto el decreto,  que la impaciencia dispone,  si quien la obliga al despeño  es un amor, y un amor  auxiliado de unos celos.  Carlos ha de morir hoy,  que no tiene culpa veo,  mas yo tampoco, y me mata,  con que habiendo de ser cierto  que ha de morir de los dos  el uno, su muerte apruebo,  que es razón entre dos males,   que avisan precisos riesgos  curando el que importa más  dejar el que importa menos. Oiga mis quejas el Duque. Muera Carlos. Que ya es tiempo.  pero qué escucho!                               Avisarle  me toca, ya que no puedo  embarazar su desdicha,  valiéndome de otro medio. Con su muerte, mi fortuna  asegura los recelos,  que los méritos de Carlos  peligrosa la tuvieron. De qué os suspendéis?                               Ha injusto No contradecirle intento                                                              para lograr el aviso. Oír a Enrique pretendo. Que decís                     Señor.                               Señor. Cuan detestable, cuan fiero  debe de ser el delito,   que tiene a Octavio suspenso! Que resolvéis?                               Muera Carlos No muera Carlos.                               qué es esto?  Enrique amigo de Carlos  dice que muera, y opuesto  de Carlos Octavio, dice  que no muera; no lo entiendo:  pero si entiendo, que Octavio  émulo de Carlos, viendo  el peligro de su honor,  quiere que viva muriendo,  y Enrique quiere que muera  por dejar su honor sin riesgo  iguales para su muerte,  y su vida, en los dos veo  los votos, pues encontrados  votasteis los dos opuestos,  que muera el uno, y que vio,  el otro; y cuando pretendo  dar semblante de razón,  sino razón a mi intento:  ya que a votos se reduce  mi alivio, para que efecto   tenga en la muerte de Carlos,  a tu voto añado el fuego  de este volcán que me abrasa,  mis penas, mis sentimientos,  mi amor, mis ansias, mis iras. Y añadid también mis celos,  que solo ellos pueden ser  disculpa de muchos yerros. Señora yo.                               Yo señora. Callad traidores.                               Infiero  que vuestra Alteza se olvida  de su modestia.                               No es eso,  sino imitaros, pues cuando  recibo de vos ejemplo,  no puedo yo estar modesta  estando vos desaten, o;  y pues me llego a este punto  mi dolor, sufridle, puesto,  que el dolor tiene licencia  de no parecer modesto:  lo case a Porcia, juzgando,  que de vuestros devaneos   la aseguraba; no aquí  me valgan mis sentimientos,  sino la razón, que cuando  es tan grande, señor creo,  que se ofendiera, al mirarse  valida de otros esfuerzos.  Para asegurar a Porcia  se la di a Carlos; su aliento,  su calidad, sus aplausos,  y sus lealtades, al tiempo  que empeñan vuestros favores,  motivan vuestros despeños;  no por mi interés, si acaso  lo presumís, le defiendo,  sino por vos, que es tirano,  y más fi hay más el pretexto  de vuestra resolución;  y cuando dos veces dueño  os miento, me aflige más  ver es faltar a vos mesmo,  que ver que a mí me faltéis,  que si de mi ofensa puedo  absolveros, perdonando  mi ultraje, no puedo el vuestro,  que este está en mí como mío,   y este está en vos como ajeno.  Tener el dolor no os culpo,  que sois humano más debo  culparos no resistirle  por el casi parentesco  que un Príncipe soberano  tiene a lo divino, puesto  que a su adoración nos mueve  el engaño de creerlo,  que es muy penoso el achaque,  yo lo sé, pues lo padezco  con las mismas circunstancias,  Federico, aunque con menos  alivio; pues cuando vos  os entregáis al despecho,  desde el amor a la ira  trasladáis vuestros afectos,  y yo solamente paso  desde mi amor a mi ruego.  Pues querer vos, Duque invicto,  a Porcia, más que yo os quiero,  no pueden ser mayores  vuestros celos que mis celos.  Tampoco, pues, en que estriba  poder, menos vuestro esfuerzo,   que el mío, vencerme yo,  y vos no poder venceros.  Pues si lo ignoráis, yo no;  porque es, si queréis saberlo,  que como son en mi justos  los sentimientos, los tengo  de mi parte, y como están  de mi parte, los sujeto:  mas como en vos son injustos,  y torpes los sentimientos,  os ponéis vos de su parte,  y hacéis lo que mandan ellos.  Ea, señor, Margarita  Gonzaga; pero troquemos  méritos que fueron míos,  por honores que son vuestros.  Vuestra esposa casó a Carlos,  por encubrir un defecto,  en vos por honrar a Porcia,  que en los antojos del pueblo  peligraba su opinión,  no con poco fundamento;  de suerte, que interesados  nos vimos en el empleo  de Carlos, vos, Porcia, y yo,   vuestro lustre, mi respeto,  y su honor, dándole a Carlos,  valiente caudillo vuestro,  en Porcia un premio, que suena,  más a castigo que a premio.  Ea, señor, que es injusto;  y al mirar que os reprehendo,  no yo, sino vos en mí,  suspended vuestros despeños;  volved en vos, imitando  mi fineza en lo que os quiero,  mi constancia en lo que os sufro  mi ley en lo que os enmiendo,  mi lealtad en lo que os callo,  y en todo mi sufrimiento,  sin que de ningún traidor  llegue el cobarde pretexto  conspirado contra Carlos  a ofender lo que defiendo;  que si al Duque mi señor  de esta manera agradezco  la templanza de sus iras,  a otro cualquiera le advierto,  que entre esta modestia guardo  para inobedientes freno,   venganza para traidores,  y enojo para soberbios. Oíd, esperad.                               No aguardo,  señor, porque lo que debo  oír de vuestras palabras,  de vuestras obras lo espero.  Carlos, fuerza es avisarte,  sufre por huir el riesgo  la sospecha del aviso,  y al verte afligir; consuelo  halle tu tormento injusto,  en mis injustos tormentos. Enrique, Octavio.                               Señor. Mirad cual es el incendio,  pues lo que intenta apagarle,  es lo que da fuerza al fuego.  Razón tiene la Duquesa,  pero amor tirano, y fiero  troco en iras los agrados,  las blanduras en estruendos,  la razón en tiranías,  las ternezas en despechos,  en violencias los halagos,   discurso en devaneos;  Carlos quiere lo que adoro,  Carlos goza lo que pierdo,  Carlos; pero muera Carlos  antes que vuelva mi acento  a ofenderme los oídos,  muera Carlos, pues yo muero:  bruto soy, nada me impide,  ya me desboqué, y advierto,  que a un caballo desbocado  sirve de acicate el freno. Enrique, del superior  se ha de observar el precepto  justo, o injusto.                               Si Octavio  avisaré a Carlos, luego  que pueda, y después al Duque  asistiré, que así puedo  compasivo, y obediente  cumplir con amigo, y dueño. Qué hay de nuevo honor de Abril? No mientas.                               Por esta Cruz  que eres linda a buena luz,  y no a moco de candil;   y Porcia?                               Porcia me mata. Persevera en el retablo  de angustias? Me lleve el diablo  si no es todo patarata,  cuando atendiéndola estoy,  por ver de que su mal nace,  según los gestos que hace,  juzgo que juega al rentoy:  las manos con mil enredos  encrucija, y no repara,  que es menester peine para  desenredarle los dedos:  suspirar quiere, es donaire  mirarla, y llorar a prisa,  mas llorar la otra es risa,  pues que suspirar es aire. Luego miente.                               No arguyamos  mas, las que mujeres fuimos,  que yo no lo soy, sentimos  de manera, que engañamos;  y allí está quien con enojos,  a peligro de cegar,   un día para llorar  se echó tabaco en los ojos. Ah buena gente.                               Y tu amo  Qué hace?                     Dices Carlos?                               Si Pues a quien me sufre a mi  yo mi criado le llamo. Qué hace, pues?                               Con mucha maña  cuidadoso de sus medras  para tirar después piedras,  presumo que las apaña;  y como yo estoy temblando,  cuando dispara el bendito,  me he quedado tamañito  de andarme siempre agachando:  Pero sus cosas dejemos,  y a las nuestras, Nise, vamos,  que es lástima que perdamos  este rato que tenemos:  quiéresme tú mucho? Mucho.                               Qué tanto?  Mucho.                               No más? Oye bobo, y lo verás. Di discreta. Escucha.                               Escucho, Como quiere al aceite la lechuza,  Como al Verano quiere la chicharra,  Como el vinoso al zumo de la parra,  Como el Balón calzones de camuza. Como el caballo manso ama la bruza,  Como el músico malo a su guitarra,  Como a la noche el cuarto de Navarra,  Y como a Zaida el derretido Muza. A ti de esta chicharra fiel Verano,  De esta lechuza aceite, blanco buzo  De esta perla, quererte es caso llano, Quiéreme tú, pues ves que me espeluzo,  Y serás, si te tengo de mi mano,  Mi chanflón, mi chicharro, y mi lechuzo. Poco me quieres.                               No estás  contento? eso es golloría. Oiga, oiga usted reina mía,  verá que la quiero más.  Como el grullo que grazna por la grulla,  Como el que cacarea por la polla,  Como el aquel que por la burra atolla,  Y como el tal, que por la perra aúlla. Como el gazapo que la sancha arrulla,  Como el polluelo que la garza empolla,  Como el pichón, que la sin hiel arrolla,  Y como ama en Enero el que maúlla: Te quiero yo, que en tu beldad me atollo,  Gimo por ella, cacarco arrullo,  Rebuzno, ladro, y con tu luz me arrullo.  Quiéreme tú, seré si te rebullo  Todo junto jumento, gato, pollo,  Aguilucho, conejo, gallo, y grullo. Quiéresme? Como a mil cosas,  y tú?                               No oyes mis razones? Pues deja comparaciones,  que en efecto son odiosas,  Carlos.                               No encuentre conmigo  que anda muy preguntador. No me haces algún favor? Toca, y a más ver, amigo.  La mano me das? Es llano;  pero debes advertir,  que así no podrás decir  que me has tomado una mano. Qué honestidad tan atenta!  qué recatado desdén!  mas oyes, aquí entra bien  ser lo mismo, ocho que ochenta. A Dios.                               A Dios. Arrumaco,  Qué haces?                               Un poco de gana  de dormir, cerrar los ojos,  y desplegar la bocaza. Llega esa luz.                               A esta hora  te pones a leer cartas? Recatado este papel                                                              me dio un hombre  Es cosa clara.  si el hombre no era da estofa,  que el papel será de estafa. Válgame el cielo! Señor,  mira bien si dice casa,  o celda, donde se lleve  la cantidad señalada,  y ahorra de admiraciones,  que estos piden la amenaza  y a quien no da lo que dicen,  le dan ellos lo que mandan. Pon ahí la luz, y vete. Pues tan despacio te hallas  te diré yo lo que dijo  a un hombre que visitaba  muy despacio una señora,  a quien el dicho enfadaba:  pues como el tal una noche  lugar diese a las criadas  de irse a costar con su flema,  viendo ella que no quedaba  quien le cerrase la puerta,  dejando las almohadas,  dijo a su visitador;  esta es la llave de casa,  cuando usted se vaya cierre,  y échela por la ventana:  cierra tú, y a Dios, que yo   voy a cerrar con la cama. Qué es esto ilusiones; pero  como ilusiones se llaman?  verdad es. A Carlos buscan  mis temores, que aunque el alma,  está segura por mí;  pero él no está asegurada;  por aquí está, y un papel  toda la atención le embarga. Que mueras: Válgame el cielo! Intenta el Duque. Él me mata! Pues por qué?                               Por infelice. Sin culpa.                               Culpa es desgracia Porcia. te adora. No tiene. Más logro que ser tu esclava Culpa.                               No es culpa quererte Pero.                               mi muerte declara El Duque.                               Si el Duque aleve Tiene poder.                               Yo constancia. Y Octavio, y Enrique, aleves  te han de matar; pues que aguarda  mi despecho, que no irrita,  no contra el Duque venganzas,  sino contra Porcia (cielos!)  pero si no está culpada;  por qué ha de morir? Responde,  que porque soy desdichada. Entre todas las fatigas,  que fieras me sobresaltan:  esta excede a todas, pues,  es la mayor, más tirana  sin razón de la fortuna,  dar ocasión necesaria  en tales casos a un noble,  para perderle a sus ansias  el respeto, publicando  las pasiones que callaba. No, Carlos, tú has de enseñarme   ese papel, y repara,  en que si tienes razón,  para que yo muera, es vana  en la fuerza de tenerla  la prevención de ocultarla  de ti, de mí, y del papel  salga, Carlos, consultada  la resolución, y piensa,  que si el papel se declara  en mi desestimación,  y eso mi muerte adelanta  en tu voz; yo que pretendo  dejar mi opinión sin mancha,  por ti, y por mí, solicito,  que demos a la amenaza  el valor tú de emprenderla;  pero yo el de ejecutarla:  aunque también quiero, Carlos,  que si ese papel no empaña,  como no hará, el esplendor  de mi siempre pura, y clara  opinión, de quien codicia,  limpios candores el Alva,  sino la empaña también,  quiero que sombras no haga   en tu ofuscado discurso  la ceguedad, pues si falta  luz en ti para mirar,  la luz que a mí me acompaña,  aunque sea en mí la luz  natural, si en ti es bastarda,  no verás la que yo tengo  para que el temor no salga,  en mi verdad de tenerla,  de tu razón de dudarla:  quitémonos los embozos. Qué dices?                     El Duque.                               Calla  que si a decir vas que el Duque  es injusto en lo que agravia  su estimación, mi lealtad  ofendes, como si pasas  a escrupulizar mi pena,  injurias mi confianza;  y puesto que dos materias  sean las dos tan sagradas,  que a quien las oye, y las sufre,  igualmente agravien ambas,  porque no discurras, ni hables   en cosas tan arriesgadas;  toma el papel, que no quiero  que adelantes temeraria  el juicio, ni que acortes  el reparo, porque es llana  consecuencia en las acciones,  donde es acierto el callarlas,  que el prevenirlo que sobra,  suele decir lo que falta. Yo Carlos.                               Eres mi esposa. Celoso.                               Qué te acobarda! Nada.                               Así lo creo, Porcia. Si al rumor de estas palabras,  teme la que está sin culpa,  qué hará la que está culpada?  que mueras intenta el Duque,  Porcia (ay de mí!)                                Pasa, pasa,  adelante, que no tienes  culpa, prosigue.                               Y me agravia.  que quien dice que no tengo   culpa, mal asegurada  creyó que puede tenerlas  y todo el tiempo que gasta  en la infame duda, debe  restituirle a mi fama. Para lograr lo que emprendo,  dicha es que no esté cerrada  la puerta, porque el ruido  mi recato embarazara:  Carlos.                               Falso, aleve amigo. Ay de mí!                               Detén la espada,  Carlos, y advierte que sufro  los baldones que me infaman,  por proseguir el intento,  que me ha traído a tu casa;  pues cuando a guardar tu vida  vengo, si ha sido contraria  tu presunción, la desmiento,  porque es consecuencia llana,  que quien no fuera tu amigo,  de tu vida no cuidara:  la razón ignoro, Carlos;  pero el Duque,                               Qué más clara  evidencia de ser cierta  su amistad, que ver que calla  atento a su buena ley  de mi desdicha la causa,  por librarme los oídos  del peligro de escucharla? El Duque.                               Si es la noticia  común, por qué tiempo gastas  en oírla?                               Porque es fuerza  que Enrique se satisfaga,  de que saber mis desdichas  ocasionó mis palabras:  toma Enrique de tu ofensa  la enmienda en mi confianza. Quien motivó esta apariencia,  fue la prevenida traza  de mi amistad.                               No prosigas,  Dices bien, que nos infaman  las dudas, gaste el remedio  el tiempo que el ocio gasta. Pues qué remedio hay? Discurre,  en que es riesgo la tardanza,  y en que te importa el secreto,  y a Dios, que aunque está pagada  la deuda de mi amistad,  la de mi lealtad aguarda. Fuese?                               Sí, Carlos. Pues, Porcia,  luego que se asome el Alva  a los balcones del día,  con mucho secreto a Parma  se dispondrá nuestra fuga. Vamos, donde la amenaza  de tu muerte, no me asuste. Donde la fuerza tirana  de un torpe deseo; pero  demos treguas a las ansias. Nise.                               Señora. Arrumaco.                               Señor. Puertas, y ventanas  cerrad.                               Esta noche todos  la habemos hecho cerrada. Ay Porcia! de tu hermosura  nace toda mi desgracia. Yo quisiera ser muy fea,  Carlos, como te agradara. Cierra por allá, Arrumaco. Cierra, Nise, y cierra España,  cierra la puerta de en medio. Ya está.                               La del lado vaya, Dejad abierto.                               Señor El Duque a estas horas: mala. Y retiraos.                               Sí señor. Qué hacéis?                               Yo mucho. Yo, nada. Por un lado el Duque, quien  a mi amo se lo chismara,  cumpliendo con mi lealtad!   mas quien me mete a mí en danza  que cuando para mejor,  en paloteado para;  pero yo haré tal ruido,  que todos los de la casa  despierten.                               No hagas rumor. Es que esta vela tomaba. Quien creerá después que el Duque  a estas horas a esta sala,  pudiese llegar, sin culpa  de criado, ni criada? No os vais? Yo, a hacer mucho ruido. Y yo a hacer la retirada. Ya sin disculpa, pues no  la busca quien no la halla  para delitos, a quien  las pasiones acompañan  resuelto, ya no a que muera  Carlos, sino a que la ingrata  Porcia, en mi poder alivie  mis fatigas con sus ansias:  el medio eficaz, Otavio,  de que se vea lograda   esta intención, pues la hora,  y el sitio el intento amparan,  es que tú al tiempo que yo  ruido haga en esta cuadra,  forzando a que a ver  quien hace el ruido salga,  con quien te acompaña entres  a donde Porcia descansa,  descuidada de mi amor,  y de su mal descuidada,  y desde el lecho, ocasión de mis tormentos llevada,  Porcia, a mi quinta con ella,  me aguardes hasta que vaya,  o a disculpar mi violencia,  o a agradecer su constancia. Los inconvenientes mira,  Pues son tantos                               Quien repara  la dificultad Otavio,  hace más que repararla,  para decir que la entiende,  se aventura a no hacer nada,  que cuando todo se yerre,  no puede errarse la espada:   haz lo que te digo.                               Y mueran,  Carlos, señor, y su fama;  porque tu gusto es primero. Así mi ambición descansa  sin discurso, pues no quiero  ver lo que el amor me arrastra,  sino dejarme llevar  de este engaño que me alaga  la fantasía; dispongo  así mi dicha. Ola, faca luces Saca luces, ola. Quién; pero el cielo me valga! Quién; pero válgame el cielo! Cubrirme, y mal, es a causa  de que el respeto me vean,  y no me vean la cara. Sombra de un cuerpo que acuerda  una apariencia que engaña,  pues siendo lo que parece,  no eres lo que retratas:  descubre el rostro.                               Qué dices,  Carlos? el su muerte labra;   no descubráis tal, hidalgo,  solicite aquí la maña  desmentirle la sospecha  de excusarle la desgracia:  hidalgo, no os descubráis. Atento mi padre trata  el lance mejor que yo,  con la pasión le tratara. Débaos yo estar encubierto,  que esa vergüenza declara,  vuestra nobleza, y no es justo,  que cuando indecente os halla  vuestra sospecha, sepamos  quien sois, sin ser temeraria  la sospecha, pues quien obra  bien, nunca el rostro recata. Pero advertid, Caballero,  que hay honor en esta casa  para defender de vos  la más inútil alhaja,  la más olvidada prenda,  la más.                               Basta, Carlos, basta. Por no arriesgar la intención  le consiento la arrogancia.  Y vos volveos.                               Traición. Ya es tiempo. Inés, Celia, Laura. qué escucho, Cielos!                               Esposo. Porcia, ya llevan mis ansias,  mi valor en tu defensa. Porque no puedas lograrla  te estorbaré yo.                               Eso no,  que quedo yo a que no vayas. Mira que soy.                               Por no verlo  mato las luces.                               Canalla,  Carlos Ursino os castiga. El Duque.                               Tendré la espada. Muerto soy!                               Esta es la puerta,  yo haré Octavio te venganza. Carlos.                     Porcia.                               Luces, ola.  Venlas aquí.                               qué fantasma! Es Octavio el muerto?                               Si. Amigos, no quede sala,  que no registre el enojo. cierra esa puerta.                               cerrada. Y tú Carlos, a qué esperas? Carlos mío esa ventana  que cae al Parque.                               Ella piensa,  que está sucio pues le vacía. Sea asilo de tu vida. Porcia, eso me dices? calla;  y el peligro de mi honor? Con morir no le restauras. Líbrate tú, hijo, que Porcia  queda muy asegurada  conmigo, y con su valor. Pues eso, padre, me mandas? Yo te lo mando, y tu vida  se aventura en lo que tardas. Romped la puerta.                               Qué esperas?  Viendo ya que es necesaria  mi fuga los brazos tuyos,  y tu bendición                               El alma  te doy yo en ellos.                               Yo en ella  la de Dios, porque te caiga. Vamos, que cerca está el suelo. Mi honor, padre, esposa.                               calla,  que me enterneces.                               Al Parque,  se ha echado por la ventana,  seguidle.                               El Cielo te libre. Vuelva el Cielo por tu causa. No llores.                               Déjame, Nise,  que aunque yo excusarlo quiera,  no puede dejar el llanto  de tener parte en mis penas. No añadas ociosamente  esta más a tus tristezas,  pues el llanto en las desdichas,  más aflige que remedia. No lloro yo por hallar  descanso, ni porque sea  remedio el llorar, haciendo  la fatiga conveniencia,  sino porque se publiquen  de mis ansias las querellas,  que penas que no se lloran,  parece que se consuelan;  y también lloro, por ver,  que a mi fortuna acrecientan  del Duque las tiranías,  nuevos linajes de ofensas;  y como del poder vive  acobardada la queja,  no te espantes que las voces   en lágrimas se conviertan,  que quien no puede quejarse,  hace de los ojos lengua. Si pero llorar arreo  tanto, es tempestad, no es pena;  y más que pesar denota  humedades de cabeza.  Las rosas de tus mejillas  en tanto cristal se anegan,  y de milagro se escapan  a nado las azucenas;  y si hacer no quieres una  sopa de agua tu belleza,  será menester ponerte  dos carrillos de vaqueta. Pues me consuelas de burlas,  no sientes mi mal de veras,  o te parece que puedo  burlarme de la violencia,  con que mi desdicha apura  mi sufrimiento?                               No creas,  que no siento tus pesares;  pero consolarte es fuerza  para que al remedio acudas,   que si a tus ansias te entregas,  solo es forzoso que faltes,  señora, a las diligencias  conque mejorarse puede  esta fortuna.                               No hay senda,  Nise, que al remedio vaya,  si en la muerte no se encuentra. En buena parte la buscas. Por eso hallar no se deja. Pero no es mejor camino  aflojar algo la cuerda  al sentimiento, y abrir  a la esperanza la puerta?  Todo el tiempo o mejora,  y aunque hoy, señora te veas  tan afligida mañana,  puede ser que estés contenta;  y si tú quisieras                               Basta,  no prosigas, que sospecha  de tu ignorancia mi enojo,  si a ser malicia no llega,  que no es, ni sé lo que quieres  decir lo que yo quisiera.  Yo señora, como veo,  que por la muerte violenta  de Octavio, vienes a estar  sin marido, sin hacienda,  pues toda la ha confiscado  la justicia, sin que de ella  te puedas valer, y veo  que el Duque.                               Otra vez lo yerras?  necia eres, pues necesitas,  Nise, de dos advertencias;  pero para que lo aciertes,  cuando consolarme quieras,  y si en su atención lo ignoras,  porque en la mía lo aprendas:  Sabe, que el Duque es quien hace  mayor mi mal, con su ciega  obstinación, pues no siento  tanto de Carlos la ausencia,  de mi hacienda el desperdicio,  de mi casa la tragedia,  la talla que ha publicado  de Carlos por la cabeza,  y el verme al fin reducida  a las comunes miserias,   cuanto que el Duque (ha tirano!)  me tenga en Palacio presa,  por cómplice de la muerte  de Octavio, como si fuera  el ser yo quien soy delito;  pero cuando es cosa nueva,  que sea la razón culpa,  si ha de juzgarla la tema,  conque en aquesta prisión,  no solamente se arriesga,  el gusto; pues si yo libre  en esta ocasión me viera,  con seguir a Carlos, todo  fuera alivio en vez de pena,  y más cuando los intentos  de mi prisión se enderezan  a las locas esperanzas  del Duque, mal le aconseja  el poder del agasajo;  sin duda el designio yerra,  pues cuanto al riesgo camina,  tanto del favor se aleja.  Piensa acaso que al examen  de la opresión de la fuerza,  con que la necesidad   mis atenciones aprieta  ha de flaquear la constancia,  ha de ceder la entereza:  aquesta al deseo frágil,  y cobarde al riesgo aquella?  pues engañase, que al paso  que su sin razón me apremia,  con invencibles socorros  mi ilustre sangre me alienta;  y yo le aborrezco tanto,  que sin que de mi nobleza  me valga, en mi condición  me sobran muchas defensas,  y así otra vez; pero mira,  quien entra por esa puerta. Yo podré poco, o el Duque                                                              vencerá sus resistencias. A criadas! de las honras,  víboras, que al pecho fieras,  que os agasaja en veneno  le pagáis lo que os calienta. Esto me dio para ti,  y esto es para Porcia.                               Venga,  que engorda una pretensión,   si con dádivas se ceba:  yo haré Julio de las mías. Mejor es de las ajenas,  facilitando de Porcia  la obstinación.                               Por mi cuenta  queda ya.                               Y por la del Duque  quedará la recompensa:  dónde está Porcia? Vi entrar a un hombre cargado,  con gran deseo quisiera  saber a qué viene aquí: Quién es? Del Duque un criado,  que quiere hablarte. Que intenta  de nuevo contra mí el Duque? Ya sabe quién eres, llega,  lograré esta diligencia. Señora, el Duque atendiendo  a que la justicia tenga  su lugar, ya que ha dejado  que te confisque la hacienda,  y la de Carlos también,   porque las leyes lo ordenan:  en este cofre te envía,  en joyas, dinero y letras  la cantidad, que podrá  por agora hacer que sea  menos molesto el embargo,  queriendo de esta manera,  lo que quita su justicia,  que lo supla su grandeza. Decidle al Duque el enojo;  casi entorpece la lengua, Toda mi atención esta  pendiente de su respuesta. Decidle al Duque que yo,  no he menester más riqueza  que mi opinión, y que excuse  apurar más mi paciencia,  creyendo que con regalos  mis sentimientos se templan,  sin atender a quien soy;  pues en la gente plebeya,  solo la dádiva hace  que disimule la queja  de su grandeza, o mi estado,  piedad, no peligro fuera,   si viniera el agasajo,  sin achaques de fineza;  y así pensando que da,  a quitarme más no venga;  pues en la galantería  disfrazada está la ofensa. El quitar dando, señora,  solo del reloj se cuenta,  pues ya nos tiene quitado,  lo que da cuando a dar llega:  no del Duque, que pretende  con tan generosas muestras,  dar a entender su piadoso  deseo. Que aún no te enmiendas?  Pues tus desaciertos dudas,  yo haré, Nise, que lo creas. Como un tigre está.                               Y vos ya  a qué esperáis?                               A que veas  que este presente es del Duque. Y qué importa que lo sea,  si el ser suyo solo basta  para que yo no le quiera?  Pues yo no le he de volver,  porque con orden expresa  me mandó, que le dejara,  aunque tú no le admitieras. Volveos con él, que os está  muy bien, que si no resuelta  a él, ya vos una ventana  os enseñará la puerta. O, Porcia, mil veces Porcia! No os vais?                               No hay burlas con ella:  yo voy a decir al Duque  lo que su atención desprecias. Y aun no sabrá bien como es,  por más que se lo encarezcas. Oyes.                     Ya voy tras ti.                               Nise Todo embarazarlo intenta. Dónde ibas? Iba a cerrar,  porque a enfadarte non vuelvan  con más presentes. Ya entiendo.                               Vete.  Yo daré la vuelta. Qué es eso? Qué ha de ser? nada. Nada?                               Nada, por más señas. Ya que su constancia he visto,  ir a hablar al Duque es fuerza,  por ver si el ruego o la industria  tanto peligro remedia,  si es que el poder desbocado,  ay razón que parar pueda. Tu condición me perdone,  que no has andado discreta  en desestimar del Duque  la generosa largueza:  viendo que por tantas partes  la necesidad te cerca,  para lo cual el presente,  muy bueno al presente fuera. Cómo te daré a entender  que del Duque las finezas,  son veneno para mí,  pues que me mata con ellas? Admitiendo sus regalos  para socorrer tus penas:   yo que le quieras no digo,  solo digo que te quieras. Y te parece decente  en mujeres de mis prendas,  admitir que la regale,  quien sus favores desea? Ese, señora, es melindre:  quieres tú que su grandeza  de lo que da la piedad,  quiera hacer el amor prenda? Amor loco, ciego, y niño,  en todos, Nise, se muestra,  sin diferencia, y en todos,  si como ciego tropieza,  como loco se apasiona,  y como niño se queja;  y así el Duque sin mirar  quien es, lo que da hará deuda,  furioso querrá cobrarla,  y llorara si la niegan. Y es mejor morirse de hambre? En mi es mayor conveniencia  el morir de mi desdicha,  que el vivir de su fineza. Eso se entiende contigo,   que la religión estrecha  sigues de tus pundonores,  y en ella morir profesas,  mas no con quien tiene menos  honradas impertinencias  como yo, que por comer  renegaré de mi abuela. Tú Nise puedes buscar,  ya que la fortuna llega  a ponerme en este estado,  donde ese mal no padezcas,  y para curarte a ti  enfermarme a mi pretendas. Mira una cosa, es que yo  con buen celo te encarezca  el aprieto con que estamos,  por ver si así se remedia  y otra, que de mis lealtades  esa ingratitud entiendas,  y más cuando a mí contigo  el Duque me tiene presa. Eres muy leal.                               El perro  de San Roque no me llega,  menos el pan, al zapato,   menos el Santo a la media. A Carlos voy a escribir,  tú Nise, entre tanto espera  aquí Arrumaco, y avisa  en viniendo. Norabuena,  si dura el cerco, de hambre  se ha de entregar esta fuerza,  no habiendo quien la socorra,  y teniendo quien la venda. Nise.                     Arrumaco.                               Y mi ama? Ahora escribiendo está  a Carlos.                               Y cómo va? Yo estoy muy mala en la cama. qué tienes? De hambre canina  a estar mortal casi llego. Pues haz que te pongan luego  un emplasto en la cocina. Aun de yerbas ningún daño  me hiciera.                               Yo me mantengo   con ellas, desde que tengo  los achaques de Ermitaños  que entre robles, y quejidos,  siempre Carlos, y yo estamos,  y por disparate echamos  el sueño por esos trigos. Buena suerte nos tocó. Ya Carlos, y Porcia piensas  que hace menores ofensas? Solo mi mal siento yo. Y qué hay del Duque? Que fruto  de su amor no llega a ver. Por eso vienen a ser,  si ella Porcia, Carlos bruto:  pero aunque el Duque no alcanza  favor, ya de su cuidado  habrás alhaja tocado  por cuenta de la esperanza. Así se desacredita  mi entereza en lo constante,  soy yo como otras, bergante? Sí, tú eres muy honradita,  que afectas mucho el ayuno  hipócrita de atenciones,   y tomarás dos doblones  de mejor gana que uno. Tú siempre eres atrevido. Y tú eres muy vergonzosa. Yo había de tomar cosa? No te la habrán ofrecido. Sí han hecho.                               y por ti ha quedado? Si por mi lealtad no fuera,  harto dinero tuviera. No habrá sido de contado,  que yo por mi cuenta tomo,  Nise de tu buena fe,  que en dándote un buen porqué,  tú darás un cuándo, y cómo. Pícaro.                               Ten por tu vida  el enojo.                               Mal podre. Partamos, y callaré  el que eres linda partida. Pues quieres que satisfaga  de tu hablar mal la intención,  he de ser como el ladrón,  que lo que le azotan paga?  No sino que me socorras:  pues sabe Dios que no puedo,  aunque en el campo me quedo  andar a caza de zorras,  mi sed anda vagamunda,  tu Nise, pues eres cuerda,  para que no se me pierda  dale de vino una tunda,  redimir mi vejación  con lo que adquieres podrás:  pues que no te cuesta mas  que cumplir tu vocación. Para mí me lo quisiera. Deja un poco para mí. Avisar que estás aquí,  voy a Porcia.                               Ni se espera. Que no lo quiso tomar? Antes por una ventana,  dijo que lo arrojaría,  y a mí si la porfiaba. Busca a Nise. Voy.                               Que así mi amor, mi atención, mis anos   desprecie? de sus rigores  aprenderán mis venganzas  Enrico.                     Señor.                               Conoces  a Lelio el bandido.                               Extraña  pregunta! solo señor  le conozco por la fama. Pues él muy bien te conoce,  y en el camino de Parma  te espera, con el seguro,  que le ha dado mi palabra  a él, y a cuantos forajidos  su atrocidad acompañan,  tres millas de Milán, darle  en llegando allá esta carta,  que ya yo le he dado aviso  que eres tú el que ha de llevarla,  y haz cuanto antes que ejecute  lo que en ella se le manda;  porque importa a mi servicio,  y a más el recelo pasa. Aunque obedecerte es fuerza  será preciso que parta   confuso, que rigurosas  parecen las circunstancias. Así conviene, y a ti  te importa también: qué aguarda? Otra duda. Haz lo que ordeno. No sé qué me dice el alma. Pues con desprecios, y celos  aun tiempo Porcia me mata,  mueran mis celos, quizá  vivirán mis esperanzas. El Duque.                               San Timoteo. Ya te ha visto.                               Santa Eufrasia Nise.                               Señor. Quién está contigo? Caí en la trampa.                               Es. No lo digas.                               Quién es? Su madre, y ya se va. Aguarda,  no eres criado de Carlos?  Aun peor está que estaba,  yo, señor, yo.                               No te turbes. Pues desvergüenza tiene harta. Qué le diré? cuando niño  fui criado de esta casa,  matáronme de hambre en ella,  y vengo como fantasma  a pedir en cortesía  sufragios a esta muchacha. Si habrá venido Arrumaco,  Mas cielos!                     Porcia.                               no es nada,  ya con esto mis preguntas  dejará por sus demandas. Qué busca aquí vuestra Alteza?  tampoco le desengañan  mis firmes resoluciones,  que a más experiencia pasa?  no sabe que inútilmente  en mi los deseos gasta,  y que sus estimaciones  menos obligan que agravian?  pues qué pretende? Ser Fénix,  Porcia, de tu hermosa llama. Se abrasa?                               Si. Resucita?                               No. Pues para qué se abrasa. Para que el amor no diga  que de tu amor no me mata,  que en tu esquiva condición,  ya sé que encuentran mis ansias,  primero con las cenizas  que no con las esperanzas. En qué parará esto?                               Amar  contra el gusto de la dama,  solo esas penas consigue,  y más cuando se declara  contra la opinión también,  con demostraciones tantas,  déjeme con mi desdicha  vuestra Alteza, mi desgracia  no haga mayor, que es fineza,  que está mal aconsejada:  pues quien ofende, por donde   imagina que agasaja,  y perdone que mis quejas  ya atropellan mis palabras,  y serán modestas menos,  cuanto más atropelladas,  ven Arrumaco. Detente.                               Conmigo. No sino el alba. Y llevarás a tu amo Esto sufro?                               Aquesta carta. Detenla Nise. El demonio  que la detenga. Mi rabia  la seguirá, aunque la preste  plumas su esquivez ingrata. A dónde va vuestra Alteza? Que siga al amor, y salgan  a embarazarme los celos  con pena tan impensada! Vos aquí?                               Qué la diré? Mucho esta pasión le arrastra.  Vine a que supiese Porcia,  que con su rigor me mata,  que mi justicia (ponzoña  alienta el pecho) no pasa  los límites de lo justo;  porque sus quejas no hagan  injuria lo que es razón:  pues no es ofensa adorarla,  y apenas se lo propuse,  cuando, dura pena! agrada,  dando crédito a su enojo  mucho más que a mis palabras,  se fue. Y quiso vuestra Alteza  seguirla, que es circunstancia  que acredita su justicia,  y su grandeza no estrague. Corrido estoy, y no acierto  a responderla.                               Que tantas  mercedes no estime Porcia,  ella es poco cortesana  si oye una satisfacción,  como si fuera amenaza. No haga burla vuestra Alteza,   ni con cautelosa maña  creyendo lo que presume  encubra lo que declara. Disimule vuestra Alteza  mejor, y no dará causa  a que sus satisfacciones  burlen mis desconfianzas:  pues hallarle en este cuarto  casi la color turbada,  descompuestas las acciones,  torpe la voz, y las plantas  presurosas, y decirme,  que ostentar solicitaba  su justicia, y que por esto  vuelve Porcia las espaldas  al favor, atropellando  por la atención de vasalla,  o es querer volverme loca,  o creer que en mi ignorancia,  no han de disonar razones,  que están tan desacordadas. Que diré cuando mi enojo,  el discurso me embaraza  tanto, que a menos razón  resistirse no acertara.  No responde vuestra Alteza? Siempre las quejas se engañan,  si de parte no se ponen,  de lo mejor: pues se labran  de la razón, a pesar  su misma ofensa, y pues nada  satisface a vuestra Alteza:  deme licencia que vaya  a no escuchar contra mí  sospechosas acechanzas,  y a ver si puedo templar  este fuego que me abrasa,  sin estorbos que me impidan,  y sin quejas que me enfadan. Señor, cuando en vuestro cuarto, Esto solo me faltaba. A buscaros va mi ruego,  aquí mi temor os halla? Alejandro ha entrado, o como  me huelgo de ver que halla  a cada paso un quejoso,  el Duque! mire cómo anda,  que su sinrazón le acuerdan:  pues porque en sus yerros caiga  es bueno que quien ofende   tropiece con los que agravia,  aunque sus celos confirme  Margarita; pues los halla  tan declarados, es fuerza  que Alejandro satisfaga. La Duquesa viene haber a Porcia solicitada  de lo mucho que la quiere,  y yo vengo acompañarla,  y ya a mi cuarto quería  volverme. No sobresalta  tanto mi sospecha, el ver  la Duquesa aquí No es mala  ocasión para excusar  los recelos que me causa  el que esté Porcia tan cerca,  acreditar yo su falsa  intención: a ver a Porcia  venía, y solicitaba  que el Duque también la viera,  porque el favor dispensara  en su prisión, más volviendo  a mi ruego las espaldas,   a su cuarto se volvía,  haced vos segunda instancia,  que lo que no hace por mí,  puede ser que por vos lo haga. De mi disimulación  querer se valer su maña,  disignio tiene.                               Eso mismo  suplicaros deseaba,  representándoos que Porcia  no es en la muerte culpada  de Octavio, y en su prisión  puede peligrar su fama;  pues pensará la malicia  que la ocasiona otra causa. Váyase con su marido  Porcia, señor, que las ansias  de su amor no echarán menos  los cariños de su patria. Mis celos me acuerda, y quiere  que olvide mi amante llama,  mal hace; porque los celos  antes encienden que apagan:  pero por satisfacer  de entrambos sospechas tantas,   sin apartarse mi amor  de lograr sus esperanzas;  pues podrán ser más posibles  de la Duquesa, apartada  Porcia, ya que a todas horas  mis intentos embaraza,  esto ha de ser, porque tanto  ruego despachado salga  en algo, ya que no en todo,  Porcia a su cuenta se vaya  con vos, siendo de estar libre  indicio el mudar de casa  para con todos, más sea  con las mismas circunstancias  para mi justicia, puesto  que aunque Porcia no es culpada  para prueba del delito,  conviene el asegurarla,  y esté en parte donde puedan  mis deseos alcanzarla. Eso señor es dejarnos  en el mismo estado. Basta  que no le parezca, si es  en lo que el riesgo topaba.  No era mejor que con Carlos. No prosigas; que me matas. Se fuera? No, pues así el delito se quedará  sin ningún castigo. Advierte. No tenéis que advertir nada. Que esté más lejos del Duque,  ya es alivio. Asegurada  quedará así la Duquesa. Aunque el riesgo no se hallara  de todo punto mi ofensa,  estará más desviada. Alerta cuidado mío. Deseos míos alarma;  porque consiga una fuerza,  lo que un halago no alcanza. Este es el sitio sin duda,  por ser fragoso lugar,  a donde Lelio ha de estar,  para que a buscarme acuda:  lo que de este bandolero  pretende el Duque, imagino   que es contra Carlos Ursino,  que su loco amor infiero,  que vengar la resistencia  de Porcia en él solicita,  o juzga que facilita  su favor con su violencia:  que es contra Carlos colijo  del Duque, puesto que a mi  cuando el rigor le advertí,  que me estaba bien me dijo,  y aunque dio muerte a mi hermano  por más que mi enojo altera  esta traición, no quisiera  que corriera por mi mano,  que cuando vengarse de él  solicita mi valor  el no querer ser traidor,  no es dejar de ser cruel,  que haré si pasa a obediencia,  mi recelo en esta acción,  sin que falte a mi opinión,  ni del Duque a la obediencia;  no dar la carta es faltar  a la orden del Duque, dalla  es ponerme a ejecutarla   de mi crédito a pesar:  pues qué haré donde no hay medio?  ver el suceso, quizá  en él le hallare, pues ya  no tiene esto otro remedio.  ya tarda Lelio Un cuidado  que mal sosiega.                               Si erré  el sitio. Hasta el llano a pie  desde la cumbre he bajado,  por si acaso encuentro en él  Arrumaco.                               Yo imagino  que este es de Parma el camino. Cielos no es Enrico aquel?  él es, si a buscarme viene? Sí, que tres millas están  estos bosques de Milán. Sin duda noticia tiene,  de donde estoy, ocultarme  quiero por ahora, y ver  lo que intenta que ha de ser,  muy a su costa el hallarme.  Pero si acaso las señas  no me mienten.                               Caballero: De aquestos enmascarados  debe de ser uno Lelio. Vive Dios que le han salido  al paso unos Bandoleros. Pues ya me habréis conocido,  descubríos.                               No conocemos  a nadie. Yo me he engañado,  y he dado en manos del riesgo:  pues qué queréis? que las armas  nos entreguéis, y el dinero,  y las joyas que llevareis. No han de lograr el intento. Tomad estos cien escudos,  y dejad las armas. Bueno,  o las armas, o la vida. Para que andáis por rodeos,  matadle?                               No será fácil.  Y más teniendo este acero  a vuestro lado. Huyamos,  que son dos rayos del cielo. Dejadlos, no los sigáis,  pues huyen; pero qué veo? Qué os admiráis? Carlos soy. No me admito, sino siento  que os vengo a deber la vida,  cuando mataros pretendo. El haberos socorrido,  fue de mi valor empeño,  bien podéis no haceros cargo  de lo que yo a mí me debo. Aunque vuestra bizarría  obre por si no por eso  de embarazar a mi enojo,  deja el agradecimiento. Ved lo que os está mejor,  que lo que me toca en esto,  es no reusar el lance,  ni ocasionarle de nuevo. En que repara mi duda,  si yo he de entregarle luego  a la muerte con la infamia,   que ya presumida temo,  no será más noble acción  matarle yo, pues que tengo  obligación de matarle,  por haber mi hermano muerto,  sin que por lo agradecido  quiera abandonar lo atento?  sí, que esto será valor,  y será vileza aquello. Qué resolvéis?                               que tiñamos. Pues riñamos. Llegad presto,  que aquel es Enrico.                               Ahora  este debe de ser Lelio,  pues me ha conocido.                               Carlos  tu vida tiene gran riesgo,  porque estos son mis amigos,  y con ventaja no quiero  lograr mi venganza, y más  cuando a tu valor confieso  obligación, y así quede  para otra ocasión el duelo,   vete.                               Si me voy creerán  que es más que obediencia, miedo;  pues podrá pensar que huyo  quien no sabe que obedezco. Es que quiero de esta suerte  hacer mi obligación menos. Eso no ha de ser a costa  de pensar que yo huyo de ellos. Matad a quien se le opone. Si pudieren.                               Deteneos,  que es deslucir mi opinión,  no suspender los aceros,  este duelo a los dos toca  no más, y si le fenezco  con vuestra ayuda, es preciso  quedar mi valor mal puesto,  y cree que nunca te quise  matar, pues ahora no quiero Tu mira lo que hacer debes;  porque lo que yo hacer debo  es obedecerte solo. La fineza te agradezco,  yo te buscaré.                               En buen hora,  y pues ya sin nota puedo  de este embarazo salir,  y acompañado te dejo,  yo me voy.                               No es este Carlos  Ursino?                               Válgame el Cielo!  por qué lo dices?                               No más  que por saberlo de cierto,  que dicen que es muy bizarro. Por si tiene otro pretexto,  hasta que Carlos se vaya  no daré del Duque el pliego. Yo me voy hacia Milán  por ver si Arrumaco encuentro;  a Dios Enrico                               A Dios Carlos,  y mira que te aconsejo  que no asistas estos bosques,  que te va la vida en ello. Yo te agradezco el aviso. No tienes que agradecerlo  que lo hago, porque ninguno   te dé la muerte primero,  de muchos que lo desean. Con todo guárdete el cielo. Enrique, ya que has quedado  solo, el disignio deseo  saber del Duque, pues sé  que yo de ti he de saberlo,  para lo cual te esperaba  con el seguro que tengo  en este sitio.                               Esta carta,  (si estará ya Carlos lejos)  te dirá lo que has de hacer. Pues con tu licencia leo.  Teniendo a Carlos Ursino  en las manos y teniendo   obligación de matarle  y orden del Duque, que intento  tienes, que de esa manera  le dejas ir?                               Yo no vengo  informado del disignio  del Duque, y hacer no quiero  por mí, infame una venganza,  que hacer honrada pretendo. Pues yo, que aguardo? seguidle,  porque en mi ha de ser primero  el obedecer al Duque. Siempre temí este suceso. Repartíos en el camino,  y el bosque                     Vamos.                               Recelo,  que ya no habéis de alcanzarle. Sospechoso es tu consejo,  seguidle aprisa, y matadle. Mucho que le alcancen temo,  que su valor me ha obligado,  aunque me ofendió su acero. Que dijo, Nise, que esta noche abierta  a mi amor del jardín la tendrá puerta   de esta quinta, a donde hoy se ha retirado  Porcia, para dar fin a mi cuidado?  pues aunque no lo sepan sus favores,  hoy tengo de triunfar de sus rigores: Y dijo que vinieses sin ruido,  solo de tus de seos asistido. Ya he mandado a las guardas  que se retiren.                               Y en las sombras pardas  una Música fuese,  seña para que Nise conociese  que estabas esperando,  y bajé a abrirte, cuando  dejé toda la casa recogida. Y la Música está ya prevenida? De esos olmos se encubre entre los huecos. Con eso solo lo sabrán los ecos;  es Julio del jardín esta la puerta? Sí señor.                               O quien ya la viera abierta!  los Músicos avisa,  que da mi amor a mi esperanza prisa? Quiéres que hagan la seña? Que aun segura no esté la que desdeña?  sí, y di que estén cantando   aun cuando yo esté dentro deslumbrando,  así tantos recelos:  pues pensarán que son tiernos desvelos  de quien sigue, y no alcanza,  y no de quien da fin a su esperanza, Yo voy a que se logre tu cuidado. Y yo quedo a esta puerta recatado. Arrumaco, gran dicha fue encontrarte. Y mayor dicha fue señor librarte  de los que te siguieron. Aunque alcance sus pasos no me dieron  sus voces sí.                               Son mucho más veloces,  y andan menos los pasos que las voces,  el suceso, según me lo has contado,  es notable.                               Por dicha me ha escapado. La noche te valió.                               Su sombra ha sido  la defensa mayor que yo he tenido:  que el Duque de esta suerte  solicite mi ofensa con mi muerte?  pues me advirtió su intento riguroso  de Enrico aquel aviso misterioso,  y no lograrle al tiempo que me vieron,   sería que después me conocieron;  mas volviendo al estado  de Porcia, pues es todo mi cuidado,  ya que leer su carta no he podido,  por encontrarte habiendo anochecido,  que al fin ya está en la quinta?                               aunque de paso  tu padre me lo dijo, y es el caso,  que el Duque lo ha dispuesto. Algún disignio tiene el Duque en esto,  que en quien desengañado amar procura  ni es la crueldad, ni es la piedad segura:  pues alerta honra mía.  que aunque de Porcia mi atención confía,  cuando ostenta piedades lo quejoso,  se debe temer más al poderoso. Ya estamos en la quinta,  si es que la obscuridad no la despinta. Lleguemos con recato.                               De quién? Haz lo que te digo mentecato. No hay nadie, y son ociosos tus desvelos, Jamás hay soledad, donde hay recelos;  pero no es instrumento este que suena?  cuando erró los pronósticos la pena!  Ahora digo señor que hay gente mucha. Parece que cantar quieren, escucha. Al arma, al arma Cupido,  que arrogante, y vitoriosa,  de rayos de nieve armada,  corre la campaña Aurora. Bien cantan, y bien publican  sus acentos mi deshonra. Harto es que con el sereno  no tengan las voces roncas. Si no me engaño, a la puerta  del jardín esta una sombra. Bulto es, y será postema,  y más si la abren agora. Llega a conocer quién es,  porque a mí no me conozcan. Yo.                               Sí. No conozco a nadie. Qué temes?                               cualquiera cosa Pues esconderé en la yedras  que esas paredes embozan. Eso de esconderme, vaya. Parece que a cantar tornan.  La tierra, el agua, y el aire  te obedecen, y ella sola  montañas de nieve opone  a tus llamas vencedoras. O lo que tarda una dicha  cuando más presto se logra! No escuchas que abren la puerta?  falsa, para mi honor.                               Sopa.  debe de dar de favores  Nise por allá a estas horas. Ce.                               Es Nise? Es el Duque?                               Sí. Miren la perra traidora,  que predicaba lealtades,  lo que le habrán dado! mosca. Entrar puede V. Alteza,  ya está recogida toda  la casa.                               Y Porcia? En su cuarto,  desvelada, pero sola. No perdamos la ocasión.  Sígame.                               Amor vitoria. Ay tan gran bellaquería!  miren esta bergantona  lo que hacer sabe! esta ha sido  quien tiene la culpa toda. Calla y ven tras mí, Arrumaco  que infamemente blasona  de aliento mi vida, pues  no me mata esta ponzoña!  mira si cerró la puerta. Y muy cerrada.                               No importa  que yo tengo llave, vamos. Mas que de esta vez me ahorcan A quien le dio la fortuna  estrella más rigurosa! Para cuando es el veneno,  que tanto rayo enarbola,  si hoy el arco de marfil  sereno la cuerda aflojas. Desde que escuché estas voces,  que blandamente ruidosas,  alimentar solicitan  una esperanza animosa.   Aún más desvelada que antes  me tenían mis congojas,  pues cuando solas las dejan,  tal vez las penas reposan.  Con esta luz de mi cuarto  he registrado la corta  estancia, y en ella a Nise  no he encontrado, y recelosa  el alma no sé qué indicios  allá dentro la alborotan,  mas no siempre las desdichas  tienen unas señas todas.  No puede ser que en el cuarto  este de mi padre agora,  asistiendo a la prolija  pensión de su edad penosa?  sí; pues sosiéguese el pecho,  no todo ha de ser zozobras,  que quien el daño se anuncia,  es quien los daños se dobla. Porque cuando tu poder  de tantos triunfos blasona,  una esquivez por ser bella,  ha de infamar tus vitorias. Ya yo, señor, he cumplido   lo que ofrecí, aquí está Porcia. Quiero llamarla, y dejar  luz aquí: Nise. Señora. Vos aquí? pues como, a penas  me respondéis.                               Qué te asombra,  Porcia, siendo tú mi dueño,  que yo a tus voces responda? Muerta estoy: ha infame Nise!  justamente me ocasionan  mis confianzas, sabiendo  tus traiciones alevosas. Dejé a Arrumaco, porque haya  menos un testigo que oiga  mi desdicha, y a estorbarle,  ciego mi valor me arroja. Porcia, yo te adoro, y pues  contra el poder se malogran  las resistencias, procura  hacer a mi amor lisonjas. Qué poder? pues hay poder,  a quien torpe reconozca  jurisdicción mi entereza,  si cuando faltasen todas   las fuerzas de mi constancia  me daré muerte yo propia,  primero que de mi altiva  fama la atención deponga? O gloria de las mujeres,  y de mi pundonor gloria! Pues si el ruego no te obliga,  el rendimiento te enoja,  y el alago te enfurece,  por ver si el poder te postra. Al arma, al arma Cupido,  que arrogante, y vitoriosa,  de rayos de nieve armada,  corre la campaña Aurora. La música me provoca. Valedme, cielos. Ya es tiempo  que mi valor la socorra. A pesar de tus desdenes. Quien en mi casa a estas horas  da voces?                               Si es Alejandro  pero muera quien me estorba. Siguióme.                               Carlos aquí!   Vos, señor!                               Aliento cobra,  que ya sé lo que te debo. Mis desdichas se mejoran. Con el acero en la mano,  y aquí?                              Hay aquí quien me enoja. No lo ocasione una ciega  pasión.                               En vano me exhortas  cuando Porcia; pero ya  convirtió su Sol en sombra. Qué aguardas?                               A que se vaya. Estar esta cuadra sola,  y el Duque enojado, alguna  confianza me ocasiona. Ya que esta ocasión perdí,  vamos, donde mis congojas  soliciten mis venganzas. Y yo iré con esta antorcha  a alumbraros, mientras lo hace  el desengaño con otra. Ah Porcia ingrata! Ha tirano  Áspides mi pecho aborta. Carlos, qué habemos de hacer? Aventurar mi persona. Pues no hay otro medio?                               No,  porque si es forzoso, Porcia,  ir por el Riesgo a la Dicha,  o ir por la muerte a la honra. Cruel pirata del viento,  por más que tus plumas vuelen,  airado el fuego castigue,                                                              cuanto el viento favorece  con presunción de tus alas,  sangriento te desvaneces;  o crueldad! que corto imperio  tus propias iras te ofrecen.  Si eres Monarca de cuanto  en vuelo el aire suspende,  no apures de tu dominio  el vasallaje que tienes.  Reinar, es tener vasallos;  porque la corona, siempre  en la lealtad se sustenta,  mucho más que no en la frente.  O infeliz imperio aquel  donde mérito no tiene  el rendimiento y es culpa,  como si delito fuese,  la fineza avasallada,  que aunque brutos resplandece,  A esto fulminado aborto  tu pompa se desvanece,   que de la injuria del plomo  ser pluma no te defiende. Digo que seis mil cofrades  brujos del mosto me lleven,  pellejos, que de lo caro.  son guardas de lo que beben,  como cuatrocientas cubas.  desde S. Martin, a Yepes  si de correo de a pie  mas a mi amo sirviere:  jurar de rocín sin freno? Qué dices? Si pintas fuesen  fuera famoso ejercicio  correr alegre a las veinte. Y Porcia. Ricas ampollas  guarnecerán mis juanetes;  hasta los pies, por el vio,  se bajan los pelendengues. Que dices? Con esta carta  puedes darte un bravo verde;  y cuidado algún amigo  montaraz no nos aceche!  Desde la noche infeliz  que la multitud aleve  de los criados del Duque  me apartó de ella; no pueden  sosegar mis ansias, pues  más sospechosas me ofenden. Hijo, yo estoy viejo. Sí. Tu esposa pobre. No miente. Poderoso el Duque.                               Zape.  uñazas el caso tiene. Fiera noticia, que abrigas  en tu embozo tantas muertes,  desnudando al corazón,  porque más herido quede. Lacónico escribe el viejo;  pero en tres dicciones tiene  más tierra que desde Parla  hay sin viñas hasta Ostende.  El refugio de la duda  a la atención no le niegues,  no quiera con el amago darme sangriento la muerte;   templa el rigor, si hay rigor  que contra el honor se templó. Templanzas buscas? al arpa  de David que te consuele;  o válgante los Templarios. Mi honor ha de estar pendiente  del poder de mi enemigo?  cuando la vida se arriesgue,  qué importa? muera, y no viva,  quien con tantos accidentes  vive, si llamarse vida  la de un desdichado puede. Quieres tomar de memoria  la carta que tantas veces  la repasas?                               Porcia amada  tu pobre.                               Aquesto le duele. Viejo mi padre.                               los padres  son los más de aquesa suerte. Poderoso el Duque, hay triste! Los Duques aqueso tienen  ultramarinos.                               Al pecho   veneno abreviado vuelve  a repetir el tormento  de la ponzoña que viertes,  pero qué importa el poder? El pero mil agrios tiene,  que el poder todo lo rinde. Tu labio, villano, miente. Que roca hacia mil escudos  no bailará el zarambeque? El oro a la noble sangre,  mas que acaricia, la ofende. Lo que alegra al corazón,  al semblante no entristece. Solo en los villanos pechos  el oro ha topado albergue. Que de nobles que tomaran  hallarle en su casa siempre. Porcia. Mi ama, señor,  es ejemplo de mujeres,  que no hay quinientas como ella,  va un cuartillo de sorbete. Viste a mi esposa?                               Eso dices?  así tú, señor, la vieses   hacer calcetas, que en esto  fundado el sustento tiene,  y en Milán estas alhajas,  casi de balde se venden,  que en medias, masque en calcetas  gastamos los Milaneses. Y cómo queda?                               Muy pobre  mas tan linda como suele. Muy pobre? Y con tanto estreno,  que desde el Lunes al Viernes  no ha tenido un panecillo  que llegar a los claveles  de sus labios, y se quedan  con bella fragancia alegres  los claveles, y jazmines  dándose diente con diente. Ay de mí! qué es lo que escucho!  que ya resistir no pueden  los ojos del corazón  la parte que el llanto vierte,  Que culpa, dueño querido,  para que te ofendan tienes?  los delitos de tu esposo,   como a tanta costa quieren  que los pague tu belleza? De ordinario eso sucede;  pues hay en el mundo muchos  que pagan lo que no deben,  y los que deben no pagan. Que me confisquen los bienes,  y que Milán me pregone  porque a Octavio di la muerte  obra en esto la justicia,  como la justicia debe;  pero querer que mi esposa,  y mi padre, que inocentes  están padezcan mi culpa,  no cabe en humanas leyes. Si cabe, y como que cabe  golpe en bola de corchetes. Los amigos de mi padre  tampoco le favorecen. Amigos hay de provecho,  mas no hay amigo que preste. Y mis parientes.                               Señor,  son vasallos obedientes;  y como el Duque ha mandado,   el que su socorro os nieguen,  como algunos toreadores,  que yo tengo entre mis dientes,  en negarse a los socorros  son muy finos los parientes. Para que quiero la vida. Para aquello que se quiere. O muera yo de una vez! Nadie muere de dos veces. Asegure mi fineza  dos vidas con una muerte. Errado vas en la cuenta. De qué suerte? De esta suerte:  Setenta y seis Navidades  tu padre cumplió en Diciembre  y ya declina en la vida,  pues va por brevis, et breve.  Tu esposa, que es una santa,  en vigilias penitente,  ayunando, se irá al cielo  derecha, porque no tuerce.  Doy que vuelvas a Milán,  y doy, señor, que te prenden,  sobre una mula mohína   se la caran diligentes  con gorra, capuz, y chía  de bayeta de Alconcheste,  vanguardia de pregoneros,  retaguardia de Olofernes:  Al son de las campanillas,  que son lenguas de las fuentes,  Frailes, que se desgañitan,  y que tú no los entiendes.  Un cadalso levantado,  y que el buen lugar te ofrece  la justicia, pues la silla  te da en lugar preeminente;  que con pasos de pavana  a tomarla osado llegues,  y que te sientes de modo,  que es el modo que se siente;  que te ponen una liga,  y que no es la liga verde,  que te alabe todo el pueblo  el gran valor con que mueres,  que aun de morir, vanidad  hacen muchos inocentes;  que es tu cuchillo el verdugo,  y que el grito de la gente   repita, Dios te socorra,  que descabezado quedes,  que vas a gozar de Dios,  o a donde mi Dios quisiere.  Si haces este disparate  si la cuenta no me miente,  es cortarte la cabeza  aun antes que te degüellen. Que lejos de la razón  fueron tus discursos siempre. Vamos a España, señor,  que en Madrid a cuatro meses  nos haremos poderosos  en el aire, si tú quieres,  porque sopla la fortuna  al buen trato de los fuelles. Pascual, y Menguilla  se casan alegres,  él por ser un asno,  y ella por ser siete. El ruido de aquella quinta,  que es nuestro piadoso albergue  contra tantos bandoleros.  a boda, señor, me huele. Pues dónde vas Arrumaco?  A ensuciarles los manteles. A Milán parte conmigo. Lléveme un asno si fuere,  hasta meter en la plaza  socorro para cien meses. Deja locuras.                               Señor,  permite que del banquete  saque diez apoplejías;  al convite no te niegues,  mira que hay sopa dorada,  gigote, carnero verde,  gallinas como unas pavas,  tan mal peladas, que temen  los que las ven en los platos,  que al gallinero no vuelen. Porcia querida, a tus ojos  amante tu esposo vuelve,  aunque aventure la vida  otra vez por socorrerte. Y yo que a la dicha boda  disparado como un cohete  me parto, y en dicha mesa  como un templo he de ponerme:  riesgo, y mesa me convidan;   pues mesa digo me fecit,  que por el riesgo a la dicha  solo se va de esta suerte. Con la licencia que tengo  de salir de la prisión,  que esto no se entiende con  la libertad que mantengo.  todo Milán he corrido  para vender las calcetas,  y rompiendo las soletas  las calcetas no he vendido. Poco importa, que Importuna  se muestre más irritada  con sus bienes la fortuna;  a mi corazón amante  no le asusta su poder,  pues cruel no ha de torcer  lo firme de mi semblante  a su tirana violencia,  en repetido rigor  le está diciendo el honor,  que es mayor mi resistencia. Señora, que hemos de hacer,  que no he podido alcanzar  un huevo para cenar?  Poco importa no comer. No comer? rica receta;  desdichada es la criada  que sirve a mujer honrada,  que es peor que a mal Poeta;  cuando el Duque tan galante. Qué dices?                               Con gentileza. No le nombres.                               A una Alteza No le nombres.                               A una Alteza Nise.                               Desprecias amante. Ya te he dicho. Este bolsillo. Como, atrevida.                               Atestado  de doblones.                               Le has tomado? No es peor un tabardillo? Como Nise, dime infiel,  me maltratas de esta suerte?  con él te daré la muerte, Toma, y mátame con él.  Ha criados! siempre avaros. Para tu defensa agudos,  embrazando estos escudos,  haremos dos mil reparos. Sombra de la falsedad,  de mi ese engaño retira,  que visos de la mentira,  to empañan a la verdad. Y quién por el oro anhela? Muchas. Cómo puede ser? Si presto lo quieres ver,  arrójale en la cazuela. Enemiga de mi honor,  que con torcedor sangriento  atropellas el decoro  de mi sangre, vuelve luego  ese peligro esa injuria  con que ultrajas el respeto  de la opinión que me ilustra. Que fatigado que vuelvo,  de discurrir por Milán,  para asistir como debo  a Porcia con el reparo  preciso.                               Si el Duque ciego  pretende.                               Que es lo que escucho Ultrajar.                               Apenas llego  a ver a Porcia, y el paso  me priva rigor tan fiero! Vuelve presto, no dilates  ese escandaloso riesgo. Peligros de los criados,  cada día sois más fieros. Con repetidos engaños  no apures mi sufrimiento. O que lindo! este bolsillo  medió el Duque con secreto. Eso importa remediar:  para volverle a su dueño  este veneno engañoso  que alaga con su veneno.  Disimula Nise.                               Así me arrebatas el dinero?                               calla. Sí haré, aunque por pobre  sea sospechoso el viejo.  Pues disimula Alejandro,  yo disimular pretendo. Hija querida, estas cosas  se han de gobernar con tiento,  porque achaques del honor  piden suaves remedios;  sino es público el agravio  gobiérnese con secreto,  de suerte, que la prudencia  castigue más que el denuedo.  Con la sombra de la noche,  mascara de mi tormento,  por Milán he discurrido  buscando en los nobles pechos  la limitada piedad,  que suele alcanzar el ruego.  Toma, Nise, el natural  afán, enmienda violento,  y no desconfíes, Nise,  otra vez, que es caso cierto,  que deudas que al cielo tocan,  corren por cuenta del cielo;  repara la causa justa  que te movió a tal empeño. Temblando estoy, lo que puede   una reprehensión a tiempo. Verá mi razón el Duque:  a Dios Porcia, que no puedo  resistir de la fatiga  el ya común rendimiento;  pues torpe muevo la planta;  mas ay, que si considero,  que es el peso del honor  el que oprime con más peso,  que me admira el que me oprima  si conmigo el peso llevo?  A Dios Porcia. De su rostro,  más que de sus voces, siento  las ansias de su dolor,  repetir los desconsuelos  que siempre la noble sangre,  recatándose al acento,  explica con la mejilla,  del alma los sentimientos. Mas que con esto: doblones  se vuelve a casar el viejo? Lo que la atención no enmienda  enmendará el escarmiento. Esto primerito es pan,   y lo segundito queso,  lo tercero rabanitos,  y lo cuarto lo tercero.  Ricos platos. Son muy malos? Así fueran ellos buenos. Tu amante memoria, Carlos,  alivia lo que padezco. Amante camaleón,  que te sustentas del viento;  sé cortesano avestruz,  y sabrás gastar los yerros. No vencen resistencias  a los amantes pechos,  que el desdén acrisola  la voluntad más fina en el despecho. Qué música será esta? De algún Príncipe secreto,  que derrama su caudal  en los oídos ajenos,  pues le cuestan cuatro tonos  sustentar seis majaderos,  que yerran en una noche,  cuanto en un año aprendieron. Común alivio, los ojos   descansan al blando sueño,  halle el dolor un letargo,  para alivio de un tormento. Quien no adora imposibles,  le acusa lo grosero,  que no es amor aquel  que tiene por más justo el rendimiento. Esta es la seña del Duque;  con grandísimo secreto  los Príncipes galantean,  ellos salen, cuando menos,  con dos coches de cantores,  diez rocines de respeto,  gran cantidad de broqueles,  machos lacayos Gallegos,  que callan por la librea,  y la rompen los cocheros.  Porcia se durmió; que haré?  que al Duque faltar no puedo,  ni a mí, viendo que obro mal;  pues aunque ya me arrepiento  de lo que al Duque ofrecí,  si no se lo cumplo, temo  su enojo, y un Duque airado  es peor que cien infiernos.   Ello ha de ser de esta suerte;  abierta la puerta dejo,  y la luz quito, y así viendo el cuarto oscuro, es cierto  que el Duque se volverá,  sin faltar a lo propuesto. Estar abierta esta cuadra,  y sin luz, tengo por cierto,  que es para que en ella aguarda  a Nise.                               Carlos. Qué es esto? Carlos mío.                               No es de Porcia  este mal formado acento?  según conjeturo aquí,  entregada al blando sueño  debe de estar, Carlos dijo:  ea fortuna, logremos  algún hurtado favor;  que aunque no fuese mi intento  tan atrevido, el acaso  disculpa el atrevimiento. La puerta he topado abierta,  Qué será?                               Topar abierto. Descuido será de Nise. Por S. Rorro que lo creo,  que Nise, sin ser discreta,  tiene descuidos muy buenos. Qué oscura que está la pieza? Oscurita, y huele a queso. Que la ceguedad del Duque,  sin más razón que su imperio.  prosigue en atropellar  mi honor?                               Ay Duques traviesos! Ay Porcia lo que me cuestas! Ya llegué al hermoso cielo  de Porcia.                               Dichoso yo,  que a ver a mi esposa vuelvo. Imitar la voz de Carlos  procuraré.                               Vamos dentro. Porcia adorada, mi bien  Carlos soy.                     Carlos.                               Qué es esto? Mal haya querido Carlos   quien maltrata nuestros pechos,  que importa que el Duque intente  con tan engañosos medios  atropellar mi cariño,  si en el corazón te tengo  Carlos mi bien, dueño mío. Otro demonio tenemos. El corresponderte amante,  es pagar lo que te debo  Porcia querida.                               Tomates. Porcia dijo.                               Caramelos. No es tiempo de discurrir  en quien es; porque no quiero  que una venganza tan justa  se embarace en el respeto. quien con mi nombre se atreve  cruel, airado, sangriento  a profanar mi decoro. Válgame todo mi aliento!  terrible lance! este es Carlos. No le mates.                               Calla necio. Sin luz, por si el que te ofende   es traidor de cumplimiento. Carlos esposo, ay de mí!  quien con tu nombre. En tu pecho  villano.                               Déjame a mí. Por Dios que se tiran recio. Las ordenes que di a Enrique  mal las dispuso con Lelio. Yo Carlos a quien te ofende  pedazos haré.                               Mi puesto  guardaré como Roldan. No mandarán sacar hachas  de piedad los mosqueteros? La puerta encontré. San Lesmes,  las quijadas me han abierto. Padre, señor, Alejandro,  Nise, Nise, acudid presto. Porque no pueda librarse  con la dilación resuelvo,  no gobernar este lance  como yo, sino prendiendo  a Carlos, lograr venganza,   que me cuesta tanto empeño. Riñan hacia las ventanas. Luces.                               Enemigo fiero. No escaparas de mis iras,  que rumor es este cielos! Señor que soy Arrumaco,  mira que tiras derecho. Donde enemigo te ocultas? Carlos, Porcia qué es aquesto? Muere villano pues diste  paso a mis ofensas.                               Nego,  que a mí me abrió más cabeza,  que no puerta el que va huyendo. Hijo, qué es esto?                               Ay de mí! Porcia.                               Sin voz el aliento. Carlos.                               Repetida injuria! Dime tú.                               Para que Cielos  quiero la vida.                               Señor,   rompe mi inocente pecho,  si mi verdad ocasiona  en tu duda algún recelo. No, Porcia, que en tu inocencia  el mejor recurso tengo,  para quietarte mis iras  las fatigas que padezco. Que confusiones son estas,  hijos, decídmelo presto. Señor.                               No lo digas Porcia  bástele a mi desconsuelo  no castigar el agravio  sin doblarme los tormentos. Señor, en aquesta sala  estaba un hombre encubierto. Hombre disfrazado aquí!  como, cuando, pudo cielos,  entrar! Nise, tú le viste? Señor, yo estaba durmiendo,  por aquesta Cruz bendita. Pues que juras, no te creo. Hijo, por dónde escapó? Por aquel postigo viejo,  que nunca ha sido cerrado.  Vamos en su seguimiento. Retírate, amada Porcia. Esto es tocar a degüello. Tú también señor. Qué dices? Registrar la quinta quiero. Mas que el Duque, tres de bastos  fue el que nos salió al encuentro? Pues tan fuera de la ofensa,  y del agravio tan lejos  estoy, que quieres quitarle  a mi enojo menos ciego  la dicha de que a tu lado  castigue un atrevimiento Sígueme Arrumaco. Vamos,  di Santiago, ya ellos. Siga mi enojo tus pasos. Tirana Nise, que has hecho? Nise, Nise, ni he sabido  lo que puede ser aquesto. Fue el Duque a quien diste entrada Quieres que eche un juramento?  yo al Duque? mal me conoces,  sabiendo lo que te quiero;   tomar algunas cosillas  de muchísimo provecho  para darte, es la verdad. Lo mismo expreso que muerto  prendedle, matadle, muera. Volvedme a romper el pecho,  ay infelice de mil Buena por Dios la tenemos. Carlos, Carlos. Muera, muera. Esta es voz de Fariseos. Antes que a Carlos deis muerte  a mí me quitad primero  la vida, muera a tu lado. Con tener tan buen aliento  las dos vamos al socorro  con malas bocas de fuego. Aunque por otro cobardes  me tenéis, en mi denuedo  habéis de hallar arrestado  vuestro castigo en mi acero. Muera, pues a tanta costa  se defiende. Deteneos,                                                              dejadme que me levante.  Muera.                               Esperad, caballero,  levantad, que a vuestro lado  a quien sabrá defenderos  tenéis.                               Pues entrambos mueran. Sea sin daño de tercero. No vi aliento más bizarro. Lo mejor es que escapemos. Aguardad. Que es aguardar,  cuando corren más que un censo. Puesto que os debo la vida,  no me diréis caballero  quiénes sois? Aqueste es Enrique. Buena por Dios la tenemos. Un hombre noble, que acaso.  pasando por este puesto  le dispuso la fortuna,  la dicha de socorreos. Carlos.                     Si Enrique.                               San Lesmes. Lo mismo que a vos os debo   me debéis, que si en el bosque  vos me librasteis de un riesgo,  yo encubriendo vuestro nombre  excusé que os diese Lelio  la muerte, y pues que pendiente  quedó entonces nuestro duelo,  aquí, pues, ya estamos solos,  como noble Carlos quiero  la venganza de mi hermano  satisfacer, que no apruebo  perder ninguna ocasión,  dando reparo al atento. Yo me doy la norabuena  de hallaros en este puesto,  que porque vos quedéis bien,  le doy gracias al suceso,  y aunque aquel riesgo me avisa,  cumplir conmigo es primero. Tomadas quedan las calles,  embestí todos a un tiempo,  porque no se escape Carlos. La justicia caballeros. Peligroso estáis Don Carlos. El reparo ha de ser vuestro. Que se acercan, y me zurran   la badana del coleto. Don Carlos en, este lance  hagan treguas los aceros,  pues, ya veis que la justicia  a vos os viene siguiendo,  y en mi fuera mucha culpa  el no libraros del riesgo. Enrique con esta, ya  dos veces la vida os debo. No es noble el que su venganza  fía del enojo ajeno,  escapad por esa parte  que yo les salgo al encuentro. El mismo peligro a vos  os amenaza.                               Yo puedo  librarme, diciendo el nombre. Más que nos dan pan de perro. Pues no puedo en mi fortuna  hallar para el mal remedio:  pues por cualquier parte se halla  cercada de tantos riesgos,  hoy he de hacer una acción  que quede inmortal al tiempo. Que intentas.  Sígueme, y calla,  que tú has de ser instrumento  del arrojo que he pensado. Para todo estoy dispuesto. Enrique a Dios.                               Él los libre. Alto señor acabemos. Corona de aquel risco  la fugitiva plata,  del Sol a los incendios  deshecha al valle baja. Dejadme, no cantéis más,  que mis repetidas ansias  a cada acento se doblan,  y en cada acento me matan. Cantad por si su tristeza,  la templa la consonancia  de vuestras voces.                               Señor. Mal el que adora descansa,  de que me sirve el poder,                                                              si de mi poder me aparta  una sombra siempre opuesta  a mis tristes esperanzas? De su Imperio se olvida;   y así en despeños paga  mirar de ajena pompa  la corona injuriada. Aquesto a mí me sucede. Aquesto al Duque le pasa? Ay Porcia! adorado dueño. Mal disimula quien ama. No cantéis.                     cantad.                               Parece  pasión de semana Santa,  que anden, y ténganse dicen. Por vos.                               yo quedé sin alma. El que prosigan les digo. Ella la lleva trocada,  la Duquesita señores,                                                              es grandísima bellaca. Jamás el Duque a los nobles  negó en su cuarto la entrada. Qué es aquesto? Gran señor.                               Qué decís? A vuestras plantas  tenéis a un vasallo noble,   a quien la fortuna airada  atropella con sus iras  los honores de mi casa. Alzad del suelo.                               Primero  que a veros llegue la cara,  permitid que el corazón  que en lágrimas se derrama,  respire de la congoja,  que con violencia tirana  hiriendo solo al honor,  más fieramente maltrata.  A Carlos, hay hijo mío!  le pregonan por las plazas  por traidor, culpa que ignoran  las lealtades de mi casa,  que haber señor incurrido  en tan vergonzosa Infamia  de Carlos, fuera verdugo  cuando verdugo faltara.  Que por la muerte de Octavio  (aquí la atención me valga)  la justicia le castigue  conforme las leyes mandan,  no es pedir que le perdonen,   sino mirar por su fama,  muera, porque mató a un hombre,  cuando no es otra la causa;  pero señor, que le Ultrajen  con editos que le infaman,  de cargos que su inocencia  libre sabéis que se halla,  no es razón que lo permita  vuestra piedad soberana:  para que muera señor  la muerte de Octavio basta,  culpas que no ha cometido  le ilustran más que le ultrajan,  y solo el que las fulmina  cruel debiera pagarlas.  Que nos confisquen la hacienda,  y nos vendan las alhajas,  y que su esposa, y su padre  Ileguen a miseria tanta,  que me obligue a que pidiendo  ande yo de casa en casa,  esto no importa, hay de mí!  que el ser pobre a nadie agravia.  Que ministros poderosos  de noche a mi casa vayan,   y que sin hacer su oficio  faciliten las entradas,  y con capa de justicia  quiten a mi honor la capa,  haciendo mayor la ofensa  con aquesta circunstancia. Estos testigos lo digan,  que ellos mi ofensa declaran;  muevan a vuestra piedad  estas venerables canas,  espejo, en que airado el tiempo  sus desengaños retrata.  Y vos, bella Margarita,  así el cielo edades largas  os guarde, y veáis del Duque  la sucesión dilatada,  que el amor, vasallo vuestro,  os desea, que esta causa  amparéis, puesto que Porcia  con Carlos está casada  por vos; y pues que dichoso  logro fortuna tan alta,  si quiera a Porcia, señora,  honrad la como a criada. Enternecida me deja.  Cuánto, Alejandro, me cansa. Siempre quise bien a Porcia,  yo seré vuestra abogada. Y serán sus peticiones  en derecho bien fundadas. En qué Alejandro os ofende,  que así le volvéis la espalda? Si otra vez de mis Ministros  se atreve vuestra ignorancia  a hablarme, sin el respeto  justo.                     Señor.                               Basta, basta Baste, pues gustáis; y vos  no me entendéis? Di en la trampa. Y vos, tomad, y decidle;  ya me entendéis, sin palabras,  a quien ya habréis entendido,  al Duque, díjolo el alma,  decidle, pues, que de vos  recíbalo que me infama;  y otra vez no procuréis ver la puerta de mi casa,  aunque el Duque os ocasione,   porque entre dos que la agravan  si hay para el Duque atenciones,  habrá para vos venganzas. Mal año más con el oro  se ha de dorar la amenaza. Mal están con las espías  los soldados de la guarda. Qué es esto?                               Yo lo diré  en menos de cien octavas:  Vuestra Alteza, señor Duque,  es hombre de su palabra? Qué decís?                               Lo dicho dicho En los nobles nunca falta. Las palabras de los nobles  son como fiestas quitadas,  que se guardan las votivas,  y las otras no se guardan. Decid que queréis.                               Señor,  los cuatro mil de la talla;  malas lenguas dicen que,  muy de contado se mandan  a quien entregare a Carlos.  Ay hijo de mis entrañas!  si a venderte este traidor  por el interés se pasa? Eso es cierto. Y más mi muerte. Pues sí es cierto, santas Pascuas  y si se dieren por peso,  un cajero camarada  tengo, que para recibos  tiene famosa romana. Infiel criado!                               Arrumaco,  no me dirás lo que trazas? Tragaranla estos señores,  si es que no saben la maña.  que no ofende a su amo quien  obedece lo que manda. Y conocéis quien a Carlos  ha de entregar?                               Linda gracia,  como a mí. Le conocéis? Eso señor,  como hay plata. Quien le ha de entregar decidme  Quién? un amigo del alma. En todo Milán, señor,  la voz fija se dilata  de que ha parecido Carlos. Ya la venta está ajustada,  por un Judas, que su pan  comió cuatro mil semanas. Decid a donde está Carlos. Adonde, señor aguarda  que vos.                               Qué miro! Hijo mío,  Que has hecho?                               Sus culpas paga. Ceguedad! Arroyo extraño! A su juventud malograda:  ay triste padre infelice! Sola esta vez no te engaña  mi lealtad, yo le vi entrar.  Primero la fiera parca  norte cruel de mi cuello  con su mano siempre airada, ni vida que Carlos muera.  Pues el justiciero os llaman,   el que hagáis en mi justicia  misma justicia os manda  que ni yo al cuchillo me entrego. Muera yo, pues fui la causa. Muera yo, señor, primero. Si un padre puede ser paga  de los delitos de un hijo. Bravos pasos de garganta. Su hermosura me enternece. Mucho esta piedad me llama. Con morir pago la culpa;  mandad luego a vuestras guardas  que a los ministros me entreguen  y porque contento vaya,  a mi padre, y a mi esposa  haced que les den la talla  que ofrecen vuestros edictos;  con mi vida, los dos salgan  de la opresión en que miro  a su nobleza ultrajada.  Haced me esté bien, en premio  de servicios, y de hazañas,  que en más dichosa fortuna  debieran ser envidiadas:  la muerte os pido por premio,   no haga, señor mi desgracia,  que porque la solicito  me falte vuestra palabra:  cumplid muera yo, y con eso  de tantos tormentos salga. Cómo es esto? por su honor,  la muerte a Carlos le agrada,  y yo por mi honor no olvido  una pasión que me arrastra?  Ea ceguedad despierta,  que pues la razón te llama,  no es bien que duerma en su imperio  disimulada mi infamia;  pero amor, ya es tarde, honor  sírvale a tus nobles aras,  reducido a luces, cuanto  la ceguedad empanaba. O quien pudiera vencer  del Duque la destemplanza! Señor si con una vida  aquesta vida se paga,  muera yo. Alejandro muera. Que va que vamos sin blanca. Porque de acción tan famosa   quede memoria a la fama,  yo, como Duque os perdono,  y mando que a vuestra casa  restituyan los honores  que antiguamente gozaba;  porque Porcia, y vuestro padre  Iloréis de Carlos la falta,  mas no la falta de bienes;  que así premia quien agravia. La vida le conceded. Mal vuestra Alteza me trata;  yo cumplo con lo que puedo,  que cuando parte se halla  la justicia no perdona. Pues Enrique a vuestras plantas,  como parte, señor, pide,  que viváis por tantas causas.  Yo a Carlos, señor, perdono,  porque es acción más hidalga  dejar sin venganza a Octavio,  que vengarle con infamia. Le perdonáis?                               Sí señor. Hablarais para mañana. A costa de mi corona   la noble acción os feriara,  y a tan noble deuda sirvan  estos abrazos de paga. Dichoso yo, que he salido  de tan sangrienta borrasca. Y porque premiado que des,  permito, Carlos, que a Parma  partas con tu esposa, donde  te asegures de que acaba  mi porfía. En tus favores  a nuevo ser me levantas. Siempre he sido vuestro amigo Con las manos doy el alma  en premio de esta fineza. Y aquí la comedia acaba,  casándose los galanes,  pues no se casan las damas. Y Ir por el Riesgo a la Dicha  logre el fruto a vuestras plantas