Texto digital

Texto digital de La invencible castellana

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
José de Cañizares
Atribución estilometría
José de Cañizares Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la transcripción automática de un impreso.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La invencible castellana. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/invencible-castellana-la.

Logo BICUVE

LA INVENCIBLE CASTELLANA

JORNADA PRIMERA

Qué me dices, Isabel? Esto que te digo es cierto, o es Don Alvaro, señora, y Escarpín su lacayuelo el que le acompaña, aunque en traje estén tan diversos, o yo quemaré mis libros. Ay Isabel, como creo, que pretendes con mis dichas adular mis sentimientos! no burles más de mis penas. Qué es burlar. soy mujer de eso? No sé qué hiciera Isabel (pero que es en vano pienso) para salir de la duda. Mi amo, señora, el buen viejo, está fuera? . Esta manana, con exquisitos misterios, más temprano que otros días se me despidió, diciendo, que a negocio que importaba a los dos, y sabría luego, iba. . Mas que volver quiere . al tema del casamiento, A buena hora, y más con la nueva que me das:: ha Cielos, si fuese una vez de un triste verdad la dicha! Supuesto que vi salir a su padre, éntrame, Escarpín, siguiendo. que abierta he visto la puerta. Por eso se zampa el perro; más cuidado, no salgamos con una costilla menos cada uno. . Aunque Don Alonso llegase, Escarpín, a vernos, nunca me ha comunicado, pues él la guerra siguiendo, y yo la Corte, jamás me ha visto con que no temo me conozca. . Pues Violante retirada en su aposento está, y no es hora que venga mi padre, Isabel, tan presto, llama a ese Moro, que afirmas que es Don Albaro, saldremos de la duda, . Para qué, querido adorado dueño, te ha de costar un cuidado, quién no merece un recuerdo? Para qué mandas que llamen a aquel que con el deseo, con el alma, de tus soles sigue clicie los incendios? Sin duda (ay de mí!) que estoy ausente, Inés, de tu pecho, pues el mandar que me llamen, es haberme echado menos. Sin duda:- . Ay Albaro mío, qué poco, mi bien, te debo, pues después de tanta ausencia, quejas me vienes pidiendo! más bien haces en pedirlas, porque de ti tantas tengo, que sin que a mí me hagan falta, darte las bastantes puedo. Tú en traje de Moro! tú de esta suerte! ya recelo, no se haya vestido el alma de los resabios del cuerpo, trayendo infieles al verme el disfraz, y el pensamiento; mas mientras dura la duda, perdóname, que no acierto a no celebrar mi dicha: dame los brazos. . Y en ellos una, y mil veces el alma. Acaben, pese a mi abuelo, y no anden en pataratas. Escarpín, toca esos huesos. Calceta del corazón, que al hilo de mi deseo, menguándole las fatigas se has crecido los contentos, abraza, y aprieta. . Hermoso vienes de traje, y de gesto. Fui Cristiano, y vuelvo Moro, por cierto acontecimiento, que fue renegar preciso. Renegar? . Sí, cuando menos, mas fue de cuantas borrachas ha criado el universo, como tú. . Ah pícaro infame! Son tan varios los sucesos de mi desecha fortuna, Inés, que sin mucho tiempo no es posible referirlos; solo lo que decir debo, es::- . Aguarda. Isabel mía? Señora? . Ponte en acecho en esa puerta, por si alguien de casa viene a este puesto, y cierra esotra. . Está bien. Ahora seguros nos vemos, mi padre tardará un rato, y yo por salir de inmensos temores, desconfianzas, (y aún no sé si diga celos) detérmino tus disculpas oír. . Pues yo, Inés, me huelgo, que al mismo tiempo me alivio, te satisfago, y me quejo. En tanto que ellos lo parlan, hablemos los dos. . Hablemos. Ya sabes, hermosa Inés, que habrá seis anos y medio, que por mi bien, y mi mal te vi una tarde en Toledo: Por mi bien, pues desde entonces (si bien que cautivo, y preso) tan gustosamente animo, tan dichosamente anhelo, que idolatrando en los lazos los que nunca juzgué hierros, por todas las libertades no trocara el cautiverio. Por mi mal, pues declarado contra mí el destino adverso, me hizo padecer injurias, sustos, pesares, recelos, temores, desconfianzas, fatigas, ansias, tormentos, y en fin ausencia. no más, que en solo esta voz comprendo cuantas expliqué, y sobraran a haberla dicho primero. Fue la tarde que te vi, una, que al común paseo bajaste a conseguir triunfos, para repetir desprecios; a que descuidado yo del no prevenido riesgo, bajé en un bruto alazán, tan dócil, y tan soberbio, tan humilde, y tan altivo, que a la obediencia del freno, y al aviso de la espuela, tal vez galán desmintiendo, aún su movimiento mismo con su tardo movimiento. Las arenas de la playa estampándose en el pecho, parece que con los brazos ya bajando y ya subiendo, en la brunida herradura iba debañando el viento, y tal vez, cuando le quise violentar con el precepto, rayo de sí despedido, sin dar distinción, ni tiempo, partir correr y parar dócil, veloz, y perplejo, aún los que más le miraron, le miraron, no le vieron. Hallete a ti, dueño mío, sentada en el margen bello, verde cenefa del Tajo, cuyos mirtos corpulentos están las aguas rayando, y están las otidas lamiendo. Flora del pensil hermoso, Ceres del florido imperio besaban tu airosa falda los rosas que produjeron de tus ojos los descuidos, bien que mirándose en ellos, si a las luces animaron, a los rayos fallecieron: propio ejercicio del Sol, que la flor que en el bostezo del Alba brotó dormido, después marchita despierto. Parose al verte el caballo, qué mucho, si pasmó al dueño, pues obró con tal violencia en mi atención ese objeto, que trasladado al sentido, pasó al corazón tan presto, que antes que yo a prevenirlo, se adelanto a poseerlo: con que cuando para hablarte volví a cobrarme a mi centro, noté el corazón tan otro, como tenerle antes de esto ibre de cualquier dominio, y hallarle después sujeto, tanto, que dudando si era aquel corazón el mismo, que antes tenía, intenté arrancarle de su asiento, viéndole rendir cobarde; mas volví a mirarte luego, y por la buena elección le perdoné el rendimiento. Referirte cuan rendido te llegué a hablar, cuan severo tu ceno me respondió, que no obstante fui siguiendo tu coche al llegar tu padre, y las ansias, los extremos, las finezas, los suspiros, los pesares, los desvelos, que me costó conseguir una piedad de tu afecto, es excusado Inés mía; pues si referido dejo lo que sabes, es por solo endulzar con este acuerdo la amarga historia, de tantos pesares como padezco: y como quien usar quiere de un fuerte medicamento, suele tomar prevenido con que templarle primero, así yo con los pasados gustos, dichas, y contentos, la memoria de mis penas templar un poco deseo; que sin esa prevención, no sé si tuviera esfuerzo para padecerlas juntas, cuando juntas las refiero. Y así diré solamente, que mis ansias, mis obsequios, mis finezas, mis carinos alcanzaron, y pudieron deberte alguna piedad al principio, atención luego, y en fin honesto carino: (déjame referir esto, que parece que lo gozo el instante que me acuerdo) pero como en él (ay hermosísimo dueño) no hay momento sin zozobra, ni hay instante con sosiego: envidioso de mis dichas, como si para otros pechos le hiciera falta el placer, que estaba yo poseyendo, quiso robármele injusto; y por un extraño medio se valió de la fortuna, que aunque siempre han sido opuestos, de perseguirme los dos mano y palabra se dieron. Con Diego Perez de Vargas, un Infanzón Caballero, hijo de Don Mendo Vargas, quien hoy tiene el valimiento del Rey Fernando en Castilla, por un extraño suceso (callaré, que fue accidente de amor) tuve cierto encuentro, y como siempre mi Casa, por dependiencias, y feudos de la Casa de los Laras, siguió su partido, haciendo el Rey contra mí; y los míos razón de estado sus celos: se declaró, contra mí, ayudando a su pretexto de Don Mendo el odio injusto, con que en paraje pusieron mi lealtad, de que por no mirarme ultrajado, y preso, (porque solo con mi muerte vencerá Fernando el ceño) a los Moros me pasase, que es el asilo postrero de la Nobleza de España en estos míseros tiempos, donde se tiene a refugio, y no a traición este medio. Qué presto, (como antes dije) entran las penas! qué presto aquellos pasados bienes presentes males se hicieron! Pues un infelice día, que en los espacios amenos de un jardín te esperé, Inés, triste, afligido, y suspenso, para darte esta noticia, te vi entrar (oh lance fiero!) tan risuena, tan hermosa, con tal gala, y tal aseo, con tal donaire, y tal brío, que dije a mi pensamiento, o como se ve que estoy cerca, en mi destino adverso, de perder mi bien, pues nunca me ha parecido tan bello: Notaste tú mi tristeza, y porque mi sentimiento fuese mayor tus caricias mas que nunca se excedieron. Batallaba el disimulo con el cuidado allá dentro, hasta que ya el corazón, vencido de tanto peso, por los ojos exprimido, me hizo en lágrimas deshecho, pronunciar de mi partida el infelice decreto. Robó el susto a tus mejillas el rojo esplendor sangriento, de tal suerte, que los dos quedamos mudos a un tiempo. Pero el natural valor, que siempre fue adorno excelso de tu corazón bizarro, venció tu temor, diciendo: Albaro, siendo tu honor el que se halla de por medio, primero es él: yo, a pesar de mi vida, te aconsejo sigas el rumbo que el hado destina al influjo nuestro. Mas pues es fuerza ausentarte; aquí las lágrimas fueron) toma, llévate (dijiste) esta prenda, y desprendiendo del muelle un retrato tuyo, me le diste, que hoy conservo entre mis alhajas, como ídolo a quien doy inciensos: Puse la rodilla en tierra, y mil veces prometiendo ser tuyo, a pesar de cuanto fuese opósito a mi intento, la besé, y bané con llanto tu blanca mano, mas esto, mejor es no referirlo, que es volver a padecerlo. En fin, dejando a Castilla, me partí a Arjona, y sabiendo mi arribo el Moro Alamir, me recibió tan contento, que desde el primero día árbitro soy de su Reino. Ausente, y triste me hallaba, cuando supe que el Gobierno de Martos, esta Frontera, de sus servicios en premio a Don Alonso Meneses tu padre (Inés) le ofrecieron; que él aceptando, venía con su familia, y sus deudos a servirle, aunque a Violante (causa del pasado empeño con Diego Perez) no supe si también traía. Yo viendo, cuanto piadosa mi estrella, ya que vencida a mi ruego no me daba los alivios, me acercaba los consuelos, me arrojé a venir a verte hoy, pues fronteriza siendo esta Plaza, que a los Moros admite para el comercio de comprar, y vender, era posible mezclarme entre ellos. De aqueste disfraz vestidos pudimos llegar a tiempo Escarpín, y yo, de haber visto el norte que deseo, la dicha por quien suspiro, el imán por quien anhelo, el sol a quien idolatro, la imagen que reverencio; por quien las pasadas penas, las fatigas, los tormentos, los sustos, las amenazas, las desdichas, y los riesgos, son venturas, son favores, son halagos, son remedios, son delicias, son placeres, son gustos, y son contentos: pues en mi bien, y mi mal, t stanto imperio, Iné que no hay bien si no te miro, que no hay mal cuando te veo. Albaro, aunque sea forzoso::- Señora (ay de mí!) . Qué es eso? Que señor mayor::- . Acapa. La escalera va subiendo. Ira de Dios! . Qué he de hacer? Retírate a este aposento, que él entrará, y a su cuarto pasará al instante. Presto, que sube. . Ven, Escarpín. Que va que nos pilla el viejo, y nos da una zurribanda! . Isabel, vete allá dentro. Oye desde aquí. . Ya escucho. Secretico? por pienso, sin pasar por mi advana. . Ya, Inés, que solos nos vemos, pues para casos de honor cualquier testigo es un riesgo:- Qué escucho, si vio que entraba Don Alvaro en casa, Cielos! No es ya tiempo de negarme la verdad, Inés, no es tiempo de andar en necias disculpas buscando extraños rodeos. Si me vio entrar; Escarpín? Muy buena hacienda hemos hecho, Tú has de hablarme claro. Yo; señor, si, cuando:- . Escuchemos. No te turbes, que no aspiro, Inés, con lo que te quiero decir, a darte pesar. Vuelva a cobrarse el aliento. No es lo que pensé. . Ya sabes, que ha días que te he propuesto, que intentaba darte estado; pues siguiendo yo el manejo del Militar ejercicio, (a donde nunca tenemos más patria, mas domicilio, más estancia, mas asiento, que el que nos permite el vario concurso de los sucesos) es un terrible embarazo a un Soldado, y ya tan viejo, andar cuidando mujeres, cargado lo más d el tiempo de vuestras delicadezas; y aunque en ti no hay nada de eso, pues tu pecho varonil (contella en fin de este fuego) me excusa de mil enfados, sustos, y desabrimientos; no obstante, estás ya en edad, y es preciso que pensemos, qué ha de ser de ti. Oyes? . Sí. En qué vendrá a parar esto? Y así, conociendo yo desde que te he hablado en ello, cuanto a mi gusto tu gusto está, hija mía, sujeto, te tengo casada ya. Con quién? Con un Caballero, Don Diego Perez de Vargas se llama, quien trae el puesto a esta Plaza por el Rey de mi Cabo subalterno. No sabe él nada del caso, porque solo con Don Mendo su padre de aquesta boda he tratado los conciertos. Esta mañana ha llegado a Martos, a donde a efecto de recibirle salí tan temprano solo quiero que sepas, como ha de ser tu esposo, y que manteniendo tu decoro, no le trates con tu acostumbrado ceño. En esos cuartos de abajo le prevén el aposento, hasta que ponga su casa: nada que decirte tengo, que a persuasión sonar pueda, pues tu obediencia contemplo. Solo puedes retirate a ponerte los aseos que sole is, y los adornos; que él, y yo a verte vendremos, y es fuerza parecer bien a quien ha de ser tu dueño. Oye: entrose a su cuarto. Por Dios que queda os frescos. rpín. Ven, Esca Dónde va Todo el caso he estado oyendo. Adónde quieres que vaya? a darte ocasión, y tiempo de irte a componer, que a quien espera función tan presto de boda, el embarazarla será un grandísimo yerro: vamos de aquí. . Si señor, que es muy grande atrevimiento traernos a ser testigos de bodorrios contrahechos. Don Albaro, escucha, aguarda, mi bien, mi vida, mi dueño. Eso sí, aleve, eso sí, ensaya en mí los requiebros que has de decirle a tu esposo, para cuando llegue a serlo: prosigue, que bien empiezas. Claro está que bien empiezo, pues solo tú de mi alma has de tener el imperio: Qué importa intente mi padre casarme, si yo primero, que a otro amante dé la mano, sabré darle fin sangriento a mi vida? . Malos años en quien tal hace por ellos. Yo olvidarte? . Sí, tirana; epues qué tienen que ver estos engaños, que ahora pronuncias, traiciones, y fingimientos, con tener tanto tiempo ha tratado tu casamiento con tu padre, sin haber resistido a su decreto? Y así, mejor es me dejes ir, donde plegue a los Cielos, que las nuevas de mi muerte te lleguen, Inés, tan presto, como las de tu mudanza a mí; y pues que no es bien hecho, que sin adornos te halle tu esposo, éntrate a ponerlos; y adiós. Oye. . Señor, vuelve por aquí. . Escóndete presto, Albaro. Esconderme yo? Sí, que No quiero, piérdase todo, pues nadie respetos guardó con celos: vamos. . No puedes salir, que te ha visto desde adentro. Qué haremos? Tengan ustedes, que yo he discurrido un medio: dame esa sortija. . Qué quieres hacer? Ya, Inés, dejo con la noticia a tu prima muy gustosa, mas qué es esto? qué Moros son estos? . Es, jonior, que venir vendendo este sortijo de pedras, entrar los dos acá dentro, porque jonioria llamar: tú querer comprar? . Veremos; damela, no es mala, Inés. Si señor, y yo te ruego la compres porque ha de ser alhaja muy de mi aprecio. Qué pedís por ella? . Poco; y antes rogarte pretendo no la compres, pues si tiene alhajas de más provecho, y de más gusto, tu hija no podrá echar esta menos. Si echaré tal, que me falta para acabalar, un juego, y estimo por su constancia los diamantes. . Según eso, no debéis de tener prendas de firmezas; y a ese efecto la solicitáis? . Morillo, vienes a darnos consejos, o a vender tu mercancia? Estar borracho este berro. Cuánto vale? . Treinta escudos. Pues toma, y entro por ellos. . Vive Dios, pícaro::- . Tente. Albaro, ese sentimiento, si es por quedar prenda tuya en mi poder, yo prometo volvértela. . Antes, ingrata, puedes feriarla a tu dueño. Plegue al Cielo: . No te escucho. Pues tú verás: . No te atiendo. Que el tiempo: . No hay tiempo. Moro, aquí tienes tú dinero. . Zalamele. Si tuvieres alhajas de aqueste precio, y de este gusto, no dejes de volver acá en pudiendo. Mal podré volver senora, que ya esperanza no tengo de que sea mi mercancia de valor, ni de provecho; y así, los Cielos te guarden. A fe que es ladino el perro. Morillo, vuelve otro día, y el bolsillo partiremos de los treinta. . Si joniora, ves aquí que espalda vuelvo. Hija, adiós, hasta después. Adiós, señor. . No van buenos los dos danzantes? . Qué importa, si yo::- Buscándote vengo con un placer, prima mía. Trocadose han los extremos, pues me hallas con un pesar. Con un pesar? mucho siento no poder acompañarte en tu dolor; mas si es cierto, que dos extremos unidos forman templado un compuesto, de buena gana dará parte del gusto mi pecho, para unirla a tu disgusto, porque con eso quedemos, aunque yo fin tanto gozo, tú sin tanto sentimiento. Yo te estimo la fineza; mas pues siempre sobra tiempo al pesar, y al placer no, dime la causa primero de tu alegría. . No ignoras aquel pasado suceso, que a tu casa me condujo. Oye, verás, si me acuerdo: Sé, que en poder de tu padre estabas, y habiendo muerto en tu tierna edad, quedaste a cargo de un tío nuestro: Sé, que anhelaban tu mano los primeros Caballeros de la Corte, entre los cuales dos hicieron más empeño por conseguir tus favores; que a tu decoro atendiendo, al uno favoreciste no más, de que el otro ciego, y indignado, vengar quiso el desaire, o el desprecio, y aguardándole una noche, junto a tu reja riñeron; que salió uno herido, y que todo este caso sabiendo tu tío, y mi padre, aunque siempre se ignoraron los sujetos de la pendencia, quitarte de la ocasión previnieron; y viendo que no podía dejar de dársele empleo a mi padre, de la Corte distante, a solo el efecto de ausentarse de ella: . En fin, contigo, Inés, me trajeron, donde, aunque supiste el caso, tu prudencia, y mi silencio jamás han dado lugar a que sepas quienes fueron los que riñeron por mí; pero ya ha llegado el tiempo de que sepas la mitad. Cómo? Como ahora mismo mi tío me entró a decir, que un nuevo huésped tenemos. No te dijo más? No más: harto me ha dicho con esto; pues Diego Perez de Vargas es uno de los sujetos de la pendencia pasada. Oiga el diablo del enredo! Y quien fue de mis favores, es, el único objeto: n y así, sabiendo que yo vine a Martos, considero, que a fin de continuar tantas finezas como le debo, haya, prima, pretendido, esto: mas que otro alguno, este mi ventí Y pues le no solo a este Lugar, pero a nuestra caasa es preciso, para que ocasión busquemos de hablarle, que me acompanes; pues de esta manera puedo corresponde su fineza, sin deslucir mi respeto. Dame, Violante, los brazos; pues bien dajiste primero, que un buera compuesto fabrican unidos varros extremos. Por qué lo dices? . Porque esa noticia me ha puesto tan de otro semblante, que desde ahora te prometo, muy alegre hacer por ti cuanto gustares. . Y a eso, qué te mueve? . Algún motivo, que sabrás. . Cuándo? Muy presto: cuida tú de que te quiera mucho aquese forastero, que nos irmporta a las dos. Esas enigmas no entiendo. Yo me explicaré. . Ya vienes el huésped, y nuestro viejo. Salgamos a recibirlos. yo cuanto deseo Vamos: me saques de tantas dudas! Ven, quie después hablaremos. Solo estás cartas, señor, y este retrato, han hallado en su equipaje. . Excusado juzgo, que fue mi temor, e encuentra un indicio pues no contra Dona Alvaro, que pueda des lucir su fe; y pues pasado este oficio, no tengo ya que saber, las cartas vuelve a dejar aquel lugar, Tarif, donde no se eche de ver, que nadie las ha tomado: o le doy, el retrato pues de averle visto, estoy tan confuso, tan turbado, que al contemplar el primor de la divina hermosura, que contiene su pintura, (oh ciega astucia de amor!) motiva en mí tal placer su perfección singular, que da el llegarla a mirar ansia de volverla a ver. e Hiciste lo que he mandado? Ya en el lugar las dejé, de donde antes las tomé. Viendo que se había ausentado Don Albaro, sin licencia mía, llegué a recelar; y el quererme asegurar me hizo hacer esta experiencia, y ver sus cartas, por si correspondencias tenía con su Rey (ay pena mía!) pero solo descubrí una apacible traición, que esta beldad, aunque muda, está labrando sin duda contra mi imaginación; pues al mirar su belleza::- Señor, Don Alvaro viene. Disimular me conviene. Deme los pies vuestra Alteza. Los brazos será mejor Don Alvaro, aunque bien sé, que no os merece mi fe, mi confianza, y mi amor, tan extraña novedad, como haberos ausentado, sin haberme cuenta dado, desde ayer. . De mi lealtad juzgo que estáis satisfecho, y yo de que juzgaría vuestra Alteza, que sería esta ausencia en su provecho. En mi provecho? por qué? Porque habiendo yo sabido, que vuestra intención ha sido proseguir la guerra, en fe de que la tregua espirando, os la tiene declarada Castilla, y con gente armada acomete el Rey Fernando los Campos de Andalucia; a Martos, esa Frontera, por ser la Plaza primera, ayer pasó mi osadía a ver si había novedad, que el projimo rompimiento, que ya muy cercano siento, avisase. . Aunque es verdad, que acudir a mi defensa le es preciso a mi cuidado, no tengo determinado por donde hacerle la ofensa a Castilla, y divertir a Fernando esa jornada, que intenta contra Granada, de cuyo Rey Alajir aliado, me es preciso recómpense la amistad: e más supisteis novedad, de qué importe darme aviso? No señor, (ha suerte fiera!) novedad ninguna hallé: (mas miento, que si encontré, pues una ingrata, una fiera, intenta darme la muerte.) Yo estimo vuestro cuidado. Yo también fui a ese recado. Escarpín? pues de esta suerte, sin hablarme? . Aunque soy ruin, dadme a besar vuestros pies, pues este, gran señor, es el lugar del Escarpín. Cómo os va? . Mil testimonios de gusto doy de contino, mas como aquí falta el vino me llevan dos mil demonios, No lo permite la ley; que Mahoma lo privó, y así no lo bebo yo. Pues de qué os sirve ser Rey? Calla, loco. . Es la verdad; a toda la Gloria viera, si dos horas estuviera borracho su Majestad. Pues tocino? . No lo abona Mahoma. . Pues sin tocino un Rey, y sin beber vino, limpiese con su Corona, que yo no la he menester. Bien le podéis perdonar. Id, Albaro a descansar. En igual a disponer a Martos mi vuelta voy, para poder mi lamento desahogar tanto tormento. Cielos, qué había de ser hoy dueño de Inés mi enemigo! Dios os guarde. Y Alá a ti: tú, Escarpín, quédate aquí, que tengo que hablar contigo. Conmigo? . Y solos los dos: llégate aquí. . Qué me llegue? Este quiere que reniegue: mala muerte te dé Dos. Bien sabes cuan singular afecto te tengo. . Es llano: ay que el Moro es Italiano, y me empieza a requebrar. Tú has de guardarme un secreto, y hacerme un gusto. . Está loco? Si él se me acerca otro poco, aqueste espadín le espeto. Conoces este retrato? De fiero susto salí: ?no es de Inés? . Acaba. . Sí: pero este, con gran recato, Don Albaro mi señor le tenía; cómo está en tu mano? . Eso sabrá luego tu cuidado. Amor, bien va sucediendo: Y pues sabes quien es la hermosura, que traslada la pintura, pídeme cuanto interes el mundo adquiere, y admira, por decirme con verdad, quién es aquesta beldad? Hurdirele una mentira. Mas mira, que si esta vez me mientes, sin más tardar, te he de mandar ahorcar. San Blas me guarde mi nuez: ese retrato es, señor::- Ya aguardo a que lo confieses. De Doña Inés de Meneses, hija del Gobernador de Martos. . Y por qué, di; tu amo le tiene guardado? Pues lo más he confesado, no importa mentir aquí: porque son primos, y ahora trata mi amo un casamiento a esa dama; y a este intento le envío la tal señora para el novio ese retrato. Casamiento, estando ausente de Castilla? . Ella consiente, que desde aquí se haga el trato. Que en Martos, amigo, está esta divina belleza? La verdad digo a tu Alteza. Pues nada de mí sabrá tu amo, admite esta cadena, y guarda fiel el secreto, que hacerte favor prometo: (felice ha sido mi pena.) Cada uno de su bien trate, que aunque en esto a mi señor falte, fuera mucho peor un apretón de gaznate. Buscaré la causa bella (pues sé que en Martos está) de mi pena: o feliz ya el rigor, con que mi estrella me redujo a padecer! Y si en Don Alvaro veo, que conduce a mi deseo, de él me tengo de valer; mas si guarda a mi pesar el bien a quien me rendí, guárdese Martos de mí, porque la he de ir a abrasar. Oh que bien que acusa Alcino, Orfeo de Guadiana, unos bienes sin firmeza, y unos males sin mudanza! Pues habiéndonos dejado en nuestro cuarto, se aparta Don Alonso de nosotros, ya que cae aquesa sala a este jardín, bien podemos, Lúquete, a su verde estancia salir. . Sea en horabuena, ta, ya que es tu ventura tan que siendo todo tu anhelo, por estar aquí tu dama, venir a Martos, no obstante de ver, que te descalabran por ella, el Gobernador te trae a su misma casa, adonde Violante está. Drege? Cómo, Villano, me hablas en que pudo ser mi intento venir a ver una ingrata, que traidoramente aleve, que engañosamente falsa, por otro amante me deja, con otro galán me agravia? Venir a Martos no ha sido mas que obedecer la instancia de mi padre, quien del Rey sacó para mí la plaza de Sargento Mayor de esta Frontera; y pues aunque haya venido a su casa, no es venir a verla, ni hablarla, en tu vida me hables de eso. Callaré como una estatua; y pues que de otra materia se ha de hablar, estas que cantan quienes son? . De Doña Inés serán, sin duda, criadas; ven por este lado. . Voy. Pues fuera de casa se halla mi padre, y tu tío, y es de cumplirte la palabra que te di, buena ocasión; porque veas cuan empeñada estoy en que el forastero te sirva con vida, y alma, llega a hablarle, que yo voy a guardarte las espaldas, y a hacer que canten, porque se diviertan los de casa: ven, Isabel. . Vamos, que no sirve quien embaraza. Quién creyera que siendo esta la ocasión que deseaban con más ansias mis finezas, la estén temiendo mis ansias? Pulsa las templadas cuerdas de su citara dorada Qué hermoso jardín! . En él, ya las flores, ya las plantas rejuvenecen matices de púrpura, y esmeralda; mas qué miro! . A mí se acerca; dudosa muevo la planta. Señor, vuelve allí los ojos, verás la mejor estatua del jardín. . Disimular será mejor, sigue, y calla. O no me ha visto, o no quiere hablarme. . Hermosas, y ufanas están las flores. . Qué importa, si toda esa pompa varia es ultraje de la noche, si fue ostentación del Alba, y ni es primor, ni es belleza, ni es dicha, la que se halla sujeta al ciego accidente de intempestiva mudanza? A ti te lo digo hijuela. Conmigo parece que habla. Y al són desata los montes, y al son enfrena las aguas. Sigue esta senda. . Ah señor Don Diego Perez de Vargas. Quién me llama? Quién creyera no verse tan desairada, que vos por ningún motivo le volvieseis las espaldas. Decís bien, que pues ha sido, o cobardía, o infamia, volverlas al enemigo, cuando no tienen mis ansias mayor contrario que vos, debo esperar cara a cara. Qué mandáis? . Antes que os hable en esotras circunstancias, vos seáis muy bienvenido. Y vos estéis bien hallada: equeréis otra cosa? . Oíd. Anden, y ténganse, vaya. Bien sabéis cuantas finezas me debéis, si mal pagadas, dígalo el ver cuan mudado os tiene mi ausencia. . Aguarda, que no puedo sufrir, siendo la que estés culpada, te empieces a quejar tú, aleve, engañosa, ingrata; Sabes que estuve seis años hecho amante salamandra de la luz de tu belleza? Sabes que siempre me hablabas de noche por una reja, y que yo, en la confianza de que a mujer como tú solo un objeto le basta, continuaba en mis carinos, hasta que una noche (ha falsa!) encontré a tu reja un hombre, que al llegar a tu ventana, me dijo. Nade a este puesto osa llegar, que no salga escarmentado, pues de él le despejaré a estocadas? e Que renimos; que la suerte le dio (ha aleve!) la ventaja de que me hiriese, y que supe que era el que te galanteaba Don Albar Perez de Castro? Que habiendo pasado a casa de su tío, ni buscaste ocasión, forma, ni traza de satisfacerme, y que se ausentó después Don Albar, quizá porque ya sabia, que tú después te ausentabas, y quiso seguirte? Pues qué cautelas ideadas, contra tales evidencias tienes? . Verdades del alma; pues plegue al Cielo::- Ay!? al Cielo ya por testigo me sacas? eso es viejo. . Daré quejas, publicando a voces altas mi verdad. . Huiré de oírlas. Buena anda la zalagarda. Quién creyera:- . Yo lo creo. Que yo pude:- . En vano tratas satisfacerme. Qué es esto? qué voces son estas? . Nada, señora. . Mucho, Inés mía; y pues que capaz te hallas de todo, ya que no quiere oírme (pena tirana!) Don Diego, escúchete a ti; tú, prima, le desengaña de lo que lloro en su ausencia, lo que siento por su causa. Ya que por la puerta falsa del jardín, el jardinero, dándole cuatro de plata, y diciendo, que querías ver el jardín, nos dio entrada; e a qué es, hombre del demonio esta venida? . A que nada quede en mí de una alevosa; y ya que el retrato falta del sitio en que le tenía, sus papeles, y sus cartas la traigo, a que de una vez ella, y sus reliquias salgan de mi pecho. . Si supiera del Moro la pampringada. Pero espera ella esta allí con Diego Perez de Vargas hablando; (ah infiel!) escuchemos, ocultos de aquestas ramas. Oh que bien canta su vida! cuan bien llora su esperanza! Mal pagáis una fineza tan constante, y tan hidalga. Cuando de ajena traición he aprendido, en imitarla, de otro es la culpa, y no mía. Yo no he de ir desairada: vos habéis de proseguir en las finezas pasadas, por mí. . Qué escucho! Con celos ya no hay finezas que valgan. Se os dará satisfacción; y si no viereis que basta, no hagáis lo que os pido. . Cielos él la pide celos:: . Tapa. Y ella da satisfacciones. ̱ Y no ves a la picana de Isabelilla, con el fámulo, hacer pataratas? Aquí de mis celos. on esas disculpas son vanas; y así hasta que por mis ojos vea que se desengañan mis celos, no podré hacer, señora, lo que me mandas: ven, Luquete. Adiós, querida. Adiós, mi bien. . Ah picaña! Oye, espera. . Para qué le detienes, y le llamas? ve tras él, que como dices no has de quedar desairada. Albaro, tú aquí? . Sí, aleve, a traerte con dos causas (una, a aquella cruel duda, y otra, esta evidencia clara) tus cartas, y tus papeles, pues inútiles alhajas son en quien pierde a su dueño. Advierte, que yo si hablaba con quien vistes::- Inés mía, hablaste por mí en mis ansias a Diego Perez? . Qué escucho? Sí. . Pero, ay Cielos! Aguarda. Qué he de aguardar, prima mía? detén, detén a Don Albar, no me siga, que ese fue en la pendencia pasada quien riñó con Diego Perez; y sabiendo que aquí estaba, sin duda a buscarme viene: y pues no le di esperanza jamás a su amor, que a tal atrevimiento bastara, antes que a esotro le vea, dile, (ay de mí!) que se vaya. Con que esotro amante tuyo; que hasta ahora me ocutabas, es Don Albaro? . Sí, Inés. . Habrá suerte más infausta? Buenos estamos. . Con otro, jestitos? . Ay! . Rasca, rasca. Señor Don Alvaro, ya ve usted lo que se me encarga; usted se vuelva, y no enoje la hermosura que idolatra. Si haré, mas será a no ver, que tú con otro te casas. Ah traidor que al ver tu culpa vuelves corrido la espalda. Ah aleve, que al ver mi agravio, porque no hable, te adelantas. Que tú eres el que reñiste por Violante a cuchilladas! Que tú eres quien de tu amor con Diego Perez tratabas! Ella te dio el desengaño, pues preguntó, si reparas, que si había hablado por ella; y por ella hablé. . No es mala la disculpa, aunque es antigua, pues siempre hay prima, o hermana a quien echarle la culpa. Ahora sí, desengañada, que me iré yo a componer, si la boda se me trata. Y ahora sí, que iré yo a ver si es tan mudable otra dama. Ven, Isabel. . Escarpín, vamos. Pero aguarda, aguarda; e las cartas, y los papeles, que antes de ahora me dabas, aónde están? . Qué, me los pides para engañar con tus trazas a otro amante? no ha de ser; engañarme a mí te basta. Vuélveme tú mi fortija. Querrás mejor emplearla en Violante? no, perdone, hasta que a mí me dé gana de arrojarla. . Adiós. . Adiós; y idos a sentir con tantas prendas:: . Qué? No haber logrado de Violante una esperanza. A quién la quiso por tema jamás le pudo hacer falta. Y usted, Reina: . Y usted, Rey: Se me anda en chancharrasmanchas con otro? . Es mi gusto. Ah infame! ah traidora! Hermosa planta. Si te cojo en el gárlito te he de matar a patadas. Vaya, que es un picaron. Vaya, que es una bo

JORNADA SEGUNDA

Viva el valiente Alamir, viva nuestro Real Caudillo. Loco, tú vienes también pesaroso, y discursivo? Pues digo, no soy de carne yo también? si usted ha visto recelos en Doña Inés, que le obligan a que el grito ponga en el Cielo, qué haré yo con tan claros indicios, como ver, que me retoce un pícaro advenedizo mi moza? aunque eso no es lo que más siento? . Pues qué ha sido? No poderla hacer a coces vomitar los higadillos. Si tú no fueras tan loco, bien pudiera yo contigo descansar de mis pesares; mas tienes tan poco juicio, que ni ese consuelo el hado permite al tormento mío. Como no me hables que deje de sentir marchito unos celos, que a la frente ya quizá me habrán salido, discurramos. . Discurramos en tanto que ha aqueste sitio el Rey Alamir se acerca, que hacer reseña ha querido hoy de sus Tropas, con quienes dará a la guerra principio este ano contra Castilla: yo antes de haber conocido a Inés adoré a Violante su prima, aunque mi cariño jamás, llegando a obligarla, me dio bastante motivo, viendo a Inés, de amar a Inés. Sí, que no eres nada esquivo; y otra, a lo menos es otra. Ah Isabel! Qué haces? . Suspiro acía acá dentro. . Ya bu ves a tu locura? . Rey mío, déjeme usted que resuelle, que el celoso es como el vino, y si tiene aire el pellejo podrá avinagrarse el juicio. Con Diego Perez reñí de noche, y desconocido. Y al primer choque le diste en la cabeza dos chirlos. Nada de esto supo Inés, pues fue antes de haberla visto. Y aunque la hubieses mirado, hubieras hecho lo mismo. Ausenteme después de esto, adonde entre Moros vivo; y sabiendo que venía el bello norte que sigo a Martos, a verla fui, disculpando mi delirio acía el Moro, con decir, que fue a inquirir los designios que el Rey de Castilla observa. Adónde por tus oídos escuchaste, que su padre la casa con tu enemigo Diego Perez. . En fin, quiere el rigor de mi destino, que esté con Inés Violante, para que cuando advertido llegue a renir su mudanza, no solo no halle camino de culparla, pero que huya del cargo que hacerme quiso. Y antes de ahora no pudiste saber que traía su tío a Violante? . No, Escarpín, porque el que me dio el aviso me escribió, que Don Alonso de la Corte había salido con su familia, la cual era, cuando nos partimos, su hija sola, y sus criados, que después, según colijo, trajo a Violante a su casa. Y en fin, qué sacas en limpio de todo lo imaginado? Que por lo que he referido, hoy más que nunca, me hallo o sin esperanza pero aunque aventurar sepa vida que tan poco estimo, a pesar de inconvenientes, de amagos, y de peligros, he de ver si puede más que el rigor del hado impío la fe de un constante amor; y ya que yo a conseguirlo no llegue, no ha de ser otro dueño del bien a que aspiro. Con volverle a abrir los cascos, arreciando otro poquito, lo conseguirás en breve: e mas sabes, señor, qué digo? Qué? . Que son graves tus penas, mas no montan un pepino comparadas con las mías. Cómo? . Cómo las que has dicho están aún por suceder, mas los celos que yo gimo, ya estarán a la hora de esta engendrados, y aún nacidos. Calla, loco. . Vive Dios, que estoy hecho un cocodrilo. Pícaro, un hombre ordinario ha de tenor garbo, y brío de saber estar celoso? Pues pregunto, no se dijo lo de áspides son azules por los Lacayos coritos? Por los Lacayos? . Es cierto; pues si andan de azul vestidos, y un hombre celoso es áspid, áspid azul, es lo mismo, que con celos un Lacayo, según dijo un estrivillo. Tú eres un disparatado, y es el mayor desatino que yo haga caso de ti: mas tente, que a aqueste sitio el Rey viene. En yendo a Martos he de hacer un barbarismo. Viva el valiente Alamir, viva nuestro Real Caudillo. Don Albaro? . Gran señor? Cómo no habéis asistido a la resena? . Un cuidado (mejor dijera un delirio) me trae todos estos días fuera de mí. Pues qué ha habido, Don Alvaro? declaraos: no sabéis cuanto os estimo, y la mayor amistad que os deba el afecto mío será no encubrirme nada que conduzca a vuestro alivio? equé os hace falta en mi Reino? Cuando tan colmado vivo de favores vuestros, nada espero ni solicito, gran señor, pues más que cabe en la esperanza, consigo: la pena que siento, es un dudoso pesar continuo, que ni aún yo sabré explicarlo, acostumbrado a sentirlo. Y vos, Escarpín, parece, que estáis también pensativo. Cada uno está como puede. Qué tenéis? . Hallome ahito de unos áspides, y estoy regoldando basiliscos. Quién os ha enojado? Un diablo de mal genio, y buen hocico. Calla loco; perdonadle, señor. . Somos muy amigos Escarpín, y yo. . Sí, cierto; e piensa usted que necesito de su favor? . Ya lo veo. Aquí, como en cualquier sitio, más vale, que hidalgo honrado, ser bufón entremetido; y así, si algo se ofreciere, aquí estoy, harto os he dicho. Anda, pícaro. . Pues hecha la reseña, me es preciso marche el campo, mis intentos, Don Alvaro, descubriros debo, por la confianza que en vuestra fe deposito. El Rey Fernando el Tercero de Castilla, ha pretendido fabricar a sus empresas Trono eterno, Solio invicto de los últimos fragmentos de nuestro Imperio Morisco. Bien sabéis, que de Granada tuve ya el último aviso de como aquel Rey aunque capitulaba partidos ventajosos a Castilla, no quiso Fernando oírlos: y así siéndome forzoso dar favor, prestar auxilio a mi Aliado, romper con Castilla determino. Diez y siete mil Infantes, valerosos, y escogidos, con seis mil ginetes Moros, en mis Banderas alisto, no siendo lo más mis Tropas, sino el ser yo su Caudillo. Yo domaré la cerviz de tan fuertes enemigos, hasta que tiemblen mi nombre desde el Betís, hasta el Miño; pues cuando no me moviese la causa que he referido, desagraviaros, Don Albar, ofrecí, y he de cumplirlo. Ya llegó el tiempo, en que vea Fernando, cuanto ha perdido en perder un Infanzón como vos que vuestros bríos hoy los temerá contrarios, pues no los amó propicios: y puesto que es la Frontera, por la parte que le envisto, Martos, ardan sus almenas al incendio que respiro; y después, en cuanto puedan correr los ginetes míos, todo lo tale la llama, todo lo agoste el cuchillo. Retrocederé valiente a poner a Martos sitio, que estos motivos me fuerzan; aunque si verdad os digo, no son ellos tanta parte en que siga este designio, que os descubro, como cierto frenesí, cierto delirio, que (según dijisteis antes, hablando en otro sentido) ni aún yo me atrevo a explicarlo, acostumbrado a sentirlo. Pues qué motivo, señor::- Ay! que cuanto yo le he dicho, parla el demonio del Moro. Puede turbar el tranquilo reposo vuestro? Qué calle le diré, si este borrico entiende señas. . Mi pena, de amor, Alvaro, ha nacido. Adiós, él se va de copas. Qué haces? Quitarme un mosquito. Una beldad soberana amo, sin haberla visto. Toma si purga maldita sea la vida que te hizo. Amar sin ver cómo es fácil? e si ya no es que del oído se valga Amor? y en tal caso, por la noticia, un prodigio podrá aficionar el genio, mas no encender el carino. Al contrario juzgo yo, que a un objeto discurrido la retórica dar suele más primor con su artificio, que el que pudiera tener realmente, con que es preciso haga lo bello más fuerza imaginado, que visto. Bien pudiera responder a tan nuevo silogismo, mas no pudiéndome dar el triunfo que solicito más gloria, que la que logro quedando de vos vencido, fuerza es que calle mas quien es el sujeto divino, que a un Real pecho inquietar puede? Ahora parla. (Jesucristo!) No es ocasión por ahora de que lo sepáis, más fío a palabra de quien sois, quev doy. Si me daréis si yo os la pido. Sin saber cual es? Quién solicita serviros en todo, en nada repara. Pues es, de que en los designios de mi amor, me ayudaréis constante, esforzado, y fino. Tenedme por un villano, si no cumplo lo que digo. Si él supiera lo que ofrece: en buena estoy yo metido! Quién será esta dama, Cielos, que ama del Rey el capricho? alguna Mora será. Hoy pasaréis vos conmigo a Martos, donde seréis mi Embajador, y yo mismo os tengo de acompañar, a ver si con buen partido quiere su Gobernador dar la Plaza. . No imagino, que el valor de Don Alonso de Meneses a ese arbitrio se rinda. mas a qué fin a un riesgo tan conocido, yendo vos queréis poneros? Importa a otros motivos, y yendo vos, como sois pariente (según me han dicho) del Gobernador, podréis persuadirle. . Quién os dijo que yo soy pariente suyo? Alguien. . Pues os ha mentido. Qué decís? pues de una hija que tiene, vos no sois primo? Yo primo? . Miradlo bien. Si señor, por aquel tío, que fue nieto de tu madre, y abuelo de su sobrino. Estás borracho? Señor, quien tal decir ha querido mintió, que con Don Alonso, ni el más distante resquicio tengo yo de parentesco. Disimular es preciso, pues él disimula. Yo lo juzgué así; a preveniros vamos, Don Alvaro, y ved lo que me habéis prometido, que en llegando la ocasión, aunque os deba algún amigo quererle dar una alhaja, que está solo en vuestro arbitrio, sabiendo yo merecerla, he de ser yo el preferido. Cielos, qué enigmas son estas? Escarpín. . Señor. Has visto tal tropel de confusiones! Es cosa que estoy sin juicio. Yo de Doña Inés pariente! equien será el que le habrá dicho tal embuste al Rey? . El diablo, que como estos son sus hijos, les cuenta cuentos el padre. Vive Dios, que si averiguo quién es::- . Bien merece dos coces para un panecillo. . Ven. Y has de pasar a Martos? Siempre me será preciso. He, pues descubriose todo, no doy por mi vida un higo. Yo ayudar para un empeño de amor al Rey! no haber visto la Dama, decir que soy pariente de quien no he sido, y pasar él propio a Martos! no entiendo este laberinto. Ni quiera Dios que le entiendas, por los siglos de los siglos. Yo he tenido noticia en este Pliego de lo que el Moro intenta; y así luego es preciso partáis, a que la gente marchando prontamente, le entre el socorro a Martos necesario, que viniendo el contrario tan fuerte, y poderoso, no es razón entregarnos al reposo. Cuanto antes partiré, pues es preciso, teniendo acá ese aviso, le sepa el Rey, a cuya altiva gloria quizá se le reserva esta victoria; y pues que sus Pendones, seguidos de Cristianos Escuadrones, son contra el Moro hoy día católico terror de Andalucia: con el socorro, que traer no dudo, quedando en tanto vos a ser escudo de toda esta Frontera; y en fin, mi brazo, que valer espera por muchos, si fulmina en cada amago una invencible ruina, llorará el Moro su castigo luego. Bien lo creo de vos, señor Don Diego, que en fin sois Vargas, y en los Castellanos, mas que dice la voz hablan las manos: jalentado es el mozo! Ay que no es nada. Para mi yerno no me desagrada. Si al campo salgo yo determinado, de Moros he de hacer un estofado, pepitoria, almodrote, cárnero verde, chullas, y gígote. Muchos es fuerza que haya de ese modo. Yo mataré carniza para todo. Ponerme en marcha intento, aunque no sé si mi agradecimiento partirá pesaroso de volveros la espalda, bien quejoso de que en mí me le lleve, sin págaros en algo lo que os debe. Qué decís no he entendido. Que me hallo tan de vos favorecido, atendido, hospedado, servido, agasajado, que podía ser fuga aquesta ausencia, pues no halla a tantas deudas competencia, y es fuerza, pues no pago, que huya en tanto que no la satisfago. Mientras estéis ausente, no pienso yo vivir ociosamente, yo le daré al infiel algún mal rato. Ya verá el perro quien se lleva el gato al agua. . Adiós, señor. Guardeos el Cielo: Alentado y galán es el mancebo: válgame Dios! cuando veo estos mozos, se me acuerda de aquella mi edad pasada, la ya olvidada soberbia: jo como pasan los anos! no había día que no hubiera por mi causa, en el Lugar, dos docenas de pendencias; mas aunque el rayo pasó, no se han muerto las centellas, venga el Moro y nos veremos. Aquí está mi padre: llega Violante, y pues determinas ver si un resquicio penetras de la intención de Don Diego, háblale, que yo la vuelta daré luego. . Bien está: Señor? . Sobrina? Una queja, bien que amorosa, me trae dudosa a vuestra presencia. Y a no haber venido tú, ya yo buscadote hubiera para hablarte en eso mismo; que según me das las senas de queja, y amor, son unos mi cuidado, y tu advertencia. Don Diego Perez de Vargas, habiendo llegado a vuestra casa, (así introduciré lo que mi cuidado intenta) supe::- . Que yo le hospedaba; no es así? y te hizo extrañeza trajese a mi casa un hombre, galán, mozo, y con hacienda, teniendo en ella hermosura, y haber permitido en ella algunas cortesanías con especie de llanezas; pues como sepas callar, y ayudar mi intento sepas, te descubriré el motivo de que tanto a mi amor deba Don Diego Perez de Vargas. Cielos, ya es otra materia esta, si él sabe, que fue Don Diego el que mi belleza sestejó en la Corte? . Yo pretendo en tu parentela introducir a Don Diego. Sin duda mi dicha es cierta. Casarle quiero, Violante, y ya he tratado esta idéa con su padre. . Habrá mujer de más venturosa estrella. En sabiendo con quien es, sé que estarás contenta, Sí señor: por mí está hablando, . y quiere de esta manera declarar su pensamiento. Él tiene muy lindas prendas. Y tú muy buena elección; imas con quien casarle intentas? Con quién? con Inés mi hija. Con Inés? . De qué te alteras? De nada: (válgame el Cielo! qué he escuchado! yo estoy muerta!) No lo he pensado muy bien? Claro está, pero sabe ella lo que intentas? . Sí, Violante. Ah traidora! y lo cautela de mí? Y él, señor, qué dice? Nada sabe a lo hora de esta. Y vino por eso a Martos? El vino a su dependencia. Y cuándo ha de ser? . Parece, Violante, que estás inquieta. Señor, cualquier buen suceso hacia mi prima, me alegra. Pues mira, ella viene aquí, no me ha dado la respuesta de su intención, ni sé yo si el tal novio la contenta: si se lo pregunto yo, podrá ser que la vergüenza le embarace el responder libremente; y así, de esta cortina oculto os escucho: quédate tú aquí con ella, y hablala del caso y puedes (pues eres tú tan discreta) persuadirla a que no intente perder esta conveniencia. Si haré: buena estoy! yo misma . soy de mis celos tercera. Violante? . Prima? . Pudiste salir de aquella sospecha? No, más salí de otro error. Cuál? . Primero que lo sepas, me es preciso me disponga en forma de enhorabuena. El viejo ha hablado a Violante. Atento estoy. . Ya, cual sea, la espero. . Pues muchos anos goces, cue s, y poseas, en apacible hime eneo de Don Diego la fineza. De qué Don Diego? . De noche. De Vargas: te haces de nuevas? Ay ay, mi padre me ha hablado, sobre que casarle intenta conmigo pero son otras, prima mía, mis ideas; y así, no siendo eso fácil, no juzgué yo que era fuerza darte cuenta de ese caso, que en solo amago se queda; pues sé yo que a ti:: . Ella va . a decir que me festeja: equé es a mí? . A ti. Calla, Inés, que en nuestro amor, bien pudieras haberme dado noticia (que no me entienda una seña) de la elección de mi tío. Los genios no se violentan. Cómo la diré, que está su padre oyendo? ay tal pena! Y más cuando yo queriendo sabes que estoy:- . A ti misma: bien merece tu hermosura, que tú a ti misma te quieras. No la hablaré más en ello. Qué es esto? ni hablar me dejas! no te he contado:- . A mí, Inés? Desde que dijiste que era::- Quién había de ser? . Don Albar, el otro de la pendencia. No ha de haber forma que calles? Déjame, que ya estás necia; epues qué importa estando solas, que viendo que tú me cuentas, que Diego Perez de Vargas riñó una noche a tu reja con Don Alvaro, antes que Don Albaro a mí me viera, y que tú a Don Diego quieres, y a Don Alvaro desprecias, sanándome de mis celos, te cuente yo en recompensa, que un día Don Albar Perez de Castro, en la margen bella me vio del Tajo en Toledo, y desde ento ces mi hermosura, y es el dueño de mi vida, y mis potencias? Pues como a Don Diego yo era fácil que admitiera, si amo en otra parte? . Adiós, mira si algo más te queda que decir. . Cielos, qué escucho! yo traje a mi casa misma el galán de mi sobrina! y mi hija, según las senas, quiere a otro que no conozco! yo hice hermosa diligencia con esconderme. Señor? Miren qué cara! Ello es fuerza disimular, hasta que en todo se ponga enmienda: e qué haciáis las dos? . Divertirnos, comunicando tristezas. Yo imaginé, que placeres; epero qué clarín Sirena, de metal, rompe los vientos? Señor, si le das licencia, un Embajador del Moro quiere entrar. Que entre hola, llega una silla. . Todo cuanto dijisteis oyó, y mis senas no aprovecharon de nada. Válgame Dios! qué me cuentas? Buenas estamos! (qué va, que nos pone que es vergüenza? Llegad, Don Alvaro. . Y vos? Yo estaré a la sombra vuestra, pues no me toca otra cosa. Guárdete Dios. Con bien vengas. Qué miro el original del retrato, no es aquella? Don Albar Embajador del Moro! . juntas mi estrella, . siempre ha de ponerme, Cielos, lo que hube, y lo que desea! Allí está la buena alhaja. A qué aguardas? A que atiendas: Alamir, gran Rey de Arjona, a cuya Corona excelsa, viniéndole el Orbe estrecho, corto Imperio el Mundo fuera: Viendo cuanto el Rey Fernando ofende, amenaza, inquieta de los Moros Españoles las Coronadas cabezas; y al mismo tiempo, sabiendo cuanto de agraviar se precia a sus Infanzones, pues muchos por varias ofensas desnaturaliza el odio, y la sinrazón ahuyenta, por dos tan graves motivos le ha declarado la guerra. Y supuesto que ha de ser la primera que padezca en la invasión de sus armas el horror de su violencia, esta Plaza, a quien las canas de tu gran juicio gobierna: A mí, como Castellano, que siguiendo sus Banderas, profugo del patrio nido, la injusticia me destierra; por su Embajador me elige, para que más fácil sea la persuasión, en quien hable a su estilo, y en tu lengua: que a Martos le entregues dice, y que cuantas conveniencias, y partidos intentares, vendrá en que te se concedan; pero a no hacer lo que pide, verás arder las almenas al incendio de sus iras; de suerte, que Troya nueva Martos:: . Detente, no pases a pintar esa tragedia que amenazas, pues no es fácil que por ahora suceda: Don Albaro de Meneses es quien tiene la defensa de Martos, y bien lo sabes, que de solo el nombre tiembla cuanta canalla producen las Africanas arenas. También Don Albaro Perez de Castro es el que la asedía, y está enseñado a lograr muchos triunfos. Qué oigo, penas! eno es el que nombró mi hija? ya le importa a mi cautela conocerle más, que no ha hecho mala elección, si volviera del Rey a la gracia, algunas hazañas de ti nos cuentan en Castilla. . Cuando el Rey me atendió benigno en ella, di a su frente más laureles, que él a mi lealtad ofensas. Aunque los Reyes agravien, el que de noble se precia, sufre por quien es. . Tal vez la tolerancia es bajeza. Y han de decir en Castilla, que un Fidalgo suyo emplea sus armas contra su Patria? Sí, pues su Patria desprecia sus hijos. . Andad, señor, que las pasiones nos ciegan. Yo no vengo por consejos, para ti te los reserva; y respóndeme. . Quién sabe hablar con tanta paciencia, sabe muchas cuchilladas dar, Don Alvaro, sin ella. Presto vendrá la ocasión. Pues mientras el caso llega, yo os he menester a solas, entrad en esotra pieza, y idos vosotras. . Violante? Qué dices? Que yo estoy muerta: equé querrá mi padre hacer, pues con Don Alvaro entra? No sé, desde esotra sala podremos estar alerta. El pícaro de Escarpín, qué ojos de demonio me echa! Aquí me quedo. . Esta bien. Ah pícara, quien pudiera traspasarte de mal de ojo el corazón! . Mi prudencia ha de examinar mis dudas, ,si es que pudiera y he de ve al servicio de Fernando, reducir mi diligencia a Don Albar, pues bien sé, que el mayor obsequio fuera, que pudiera hacerle al Rey: entrad. . Venid. Qué te quedas? No acierto (ay de mí!) dudosa, a mover la planta. . Buena ocasión me da la suerte, no de cobarde la pierda. Digo, como la va a usted con el verdecillo, Reina? Habla conmigo el bafón? Claro está que hablo con ella. Pues diga. . Dulce, adorada, sinrazón de mis potencias, permite que el corazón, cuando por el labio vierta su pasión::- . Qué es esto, Moro? lay osadía más ciega! con quién hablas? Con quién puedo hablar, (oh Cristiana bella!) si no es contigo? que dueño de mi alma te apoderas de su dominio, aún sin darte mi permisión la licencia. Osado, Africano, si el acaso de que llegas a este sitio, a tanto arrojo te da aliento, considera, que puede ser que no salgas tan sin castigo como entras. No ha sido, hermosa tirana, acaso el que tú me debas el amor que te consagro; mira esta copia perfecta de tu beldad, y en su imagen el motivo de mi pena. Cielos, no es este el retrato que di a Don Alvaro? suelta. Mientras que de mi embajada las circunstancias se queda apuntando Don Alonso, para que escribirlas pueda al Rey, a este sitio salgo. Mira, idolatrada prenda, si hay razón que me permita amarte, sin que Viven los Cielos, villano:- Qué es lo que escuchan mis penas! Inés, Alamir, qué es esto? Oíd aparte; se os acuerda, que no ha mucho que me disteis palabra, de que en cualquiera lance amoroso me habíais de ayudar? . Sí; mas qué intenta vuestro cuidado. . Deciros, que es Inés la dama bella, que os dije que idolatraba; y así, mientras mi fineza la explica mi amor, os ruego, que vuestra atención divierta a su padre, pues a un Rey, hoy vuestra prima granjéa por esposo, si admitiere mi obsequio, y mejor se emplea, que en el novio que tenéis elegido para ella: idos, y haced lo que os ruego. Llegó la fatal. . Advierta vuestro error, que no es mi prima Inés. . Ya para desecha basta conmigo. . No basta, pues os miente quien os cuenta, que yo pretendo casarla. Yo sé que es vuestra parienta. Qué es esto, señora? . Yo, como quieres que lo sepa? Vive Dios, que os engañáis. ̱. Vuestra palabra me alienta de que seré el preferido, mereciendo el merecerla; y así, idos. . Qué es que me vaya? no me obliguéis: . Suerte adversa! A que os diga::- . Qué? Que Inés es mi dama, y quien se atreva a mirarla, de mi acero será víctima sangrienta. Qué dices, traidor, Inés es tu dama? . Como hay brevas. Pues muere a mis iras. . Antes te hará mi aliento pavesa, que no hay amistad con celos. Ove, aguarda, escucha, espera. Ay, que Qué es esto? Fingir aquí será fuerza; y pues declarando que quiere a mi dama, es bajeza, que a recibir agasajos de este Moro, mi honor vuelva: válgame este acaso esto es hacer lo que me aconsejas. Cómo? . Cómo ya resuelte a servir en esta guerra a mi verdadero Rey, para ver si se granjean mis hazanas el perdón que a mis errores les niega: Le dije a ese noble Moro, que me ha acompañado en esta facción, volviese a su Rey, llevándole la respuesta de la embajada que truje, y dándole también cuenta de mi intención: arguyome con osadía, de que era traición faltar de su Re ey a la amistad y la deuda. Enfadome se tomase tan excusada licencia: volvió a replicar y quise mitigarle la soberbia; saque la espada y sacola, esta ha sido la pendencia. Pues quien al Moro le mete en esas delicadezas? vaya con Dios. . Ya me voy; mas mira que se somenta mayor traición en tu Casa, que puede ser te comprenda mas que a mi Rey, pero él toma la venganza por su cuenta; y antes que borde manana el Alba el campo de perías, lloraréis su indignación cuantos intentáis su afrenta. A esto, y mis dudas, no sé si ha de bastar mi prudencia: Don Alvaro, yo me alegro de ver cuanto os aprovechan mis consejos. . Ya tenéis pronto a las órdenes vuestras un Soldado más. que con él nada ay que tema; más sabed para otra vez, que mi casa no es palestra, si se os ofrece reñir; y en esta, y otras materias, sonado un atrevimiento se satisface, y se venga: ven, Inés. Di eso a Don Albar. . Mi señora::- Qué? . Te ordena no te vayas, y que luego al instante des la vuelta a su cuarto. Bien está. . Señor, hay tales novelas, como pasan con nosotros! Ven, que como el Cielo quiera, ha de triunfar la bonanza del ceño de la tormenta. Esto a decirme te envía? Sí señora, y que él se va manaña, y aunque no es ya por amor, por cortesía vendrá luego mi señor a despedirse de ti. Venga; pero aguarda aquí, que siento afuera rumor: escóndete aí mientras vuelvo, no vean que de noche estás en este sitio. Esto más? yo esconderme no resuelvo, mejor es ver si podré escaparme, Pisad quedo, no hagáis ruido. . Todo un miedo voy moviendo en cada pie. Viendo que está más distante su cuarto, Inés, mi señora, ha elegido estéis ahora en el cuarto de Violante, que ella aquí os vendrá a buscar. Qué novedad ha causado haberme, Isabel, llamado? Ay! que hay mucho que contar. Pues qué ha habido? . Mi señor sabe todo vuestro cuento. Cascaras! Mas ruido siento, que os escondáis es mejor, por si es alguno de casa, y hasta estar mi ama aquí, no salgáis ambos de ahí. Ya no es mi ventura escasa, pues habiéndome aguardado, como Isabel me avisó, y anochecido me abrió la puerta, y en fin, he entrado donde podré disculparme con mi bien: ven a esconderte. Vamos. Yo he venido a verte, no, ingrata, por confesarme satisfecho de tu error, sino porque una acción es, que yo proceda cortés, y otra ofenderme tu amor. Don Diego viven los Cielos, que si jamás te ofendí, si yo motivo te di para tan injustos celos, aquesta ausencia me mate; y porque veas mejor cuanto celebra mi amor, que con más piedad me trate el ceno que me has mostrado, a tu criado escondí, porque algún rumor sentí, dígátelo tu criado: Lúquete, es verdad? (ay Cielos!) Qué es lo que mirando estoy! Estatua de mármol soy. Ahora, ingrata, son mis celos ilusión? . Qué he de decir? Y esto oculto tu honor tiene? sin duda en tu busca viene mi enemigo, aunque a morir vendrá a mi venganza. . Yo no excuso en cualquiera parte nuevamente escarmentarte. Quién mayor desdicha vio! Aunque traigas compañía, nada cuidado me da. Caballeros, arre allá, que no es ninguna la mía. Aquí dices que quedaron? mas qué miro! suerte fiera! Don Albaro, escucha, espera. Allí las voces sonaron. Hallé la puerta cerrada, y adentro otra vez me vengo. Ya yo mi enemigo tengo; pícaro, saca la espada. Ay, que se matan! . Aquí se oyó el ruido, mas qué es esto? Don Diego? . No sé que diga. Dn Albar? . A hablar no acierto. Violante? . Yo estoy sin alma. Isabel? . De miedo tiemblo. Inés? . Señor? . Dime, acaba; qué escándalo es el que veo? o si no, tu pecho vil pasará, ingrata, este acero. Señor:- (no sé lo que digo) de Violante al aposento pasé, cuando vi: . Qué intenta . decir Inés? . Yo no acierto con las palabras. . Acaba. Cuando oímos que dijeron::- Arma, arma, guerra, guerra, traición traición, fuego, fuego. Tened, qué escucho? . Señor:- (válgame este acaso, Cielos) Qué será esto? . Qué ha de ser? lo que os estoy refiriendo: Dijeron lo que ahora escuchas las Centinelas, y oyendo Don Albar (que como sabes se quedó en la Plaza, a efecto de ayudarte en esta empresa) de este rebato al estruendo, entró la espada en la mano a darte aviso, y Don Diego le siguió poco después, con el propio pensamiento sin duda, ambos por la puerta del jardín, que a este aposento cae no es verdad? Es así: a su disculpa ayudemos. Siguiéronlos sus criados, y nosotras que a este tiempo en el cuarto de Violante estabamos juntas, viendo entrar tan despavoridos dos hombres con los aceros desnudos, dimos las voces que oíste. Valiente enredo! Pues como yo del rebato no he oído el rumor? . Pues eso no se conoce, que es por estar tu cuarto más lejos? Traición, traición. A las armas, que válidos del silencio de la noche entran los Moros la Plaza. . . Abrase el incendio lo que no quema el cuchillo: guerra, guerra, fuego fuego. Verdad es cuanto aseguras; Yo os estimo, Caballeros, el aviso, y el socorro, cada uno acuda a su puesto rechazando al enemigo. Ea, valiente Don Diego, al muro y pues vos, Don Albar, queréis tomar mis consejos, borren presentes hazanas los pasados desaciertos. Ya os sigo: Lúquete, ven. Mi bien. . Dile esos requiebros, ingrata, a ese amante, que te viene a Martos siguiendo. . Oye, hasta otra ocasión, que mano a mano nos matemos. Acepto. . Ay de mí! asustada, hasta en mi sombra rropiezo. Y ahora qué dirás, ingrato, pues no bastando el primero lance, por Violante vienes a meterte en otro empeño? Yo no he reñido por ella, sino porque él, mis alientos no infamase de cobardes; y pues ahora no puedo dejar de acudir a este nuevo accidente, dejemos satisfacciones, y quejas para otra ocasión. Marchemos, he de y tu guarda Qué ha de hacer el busón? A ellos, Soldados míos. . . Africanos, vengad así mis desprecios: arda Martos a mi furia. Guerra, guerra, fuego, fuego. Isabel, tráeme una espada de mi padre, traela presto. Ay, señora, di, qué intentas hacer? . Cumplir con mi esfuerzo, pues en oyendo la Caja, y el Clarín, no cabe dentro mi espíritu de mí misma. Aquí la tienes. El Cielo me valga. . Qué oigo! no es de Don Alvaro este acento? si le dan muerte? ya voy, Albaro, mi bien, mi dueño, a librarte. . . No habrá quien me favorezca? . Mas, Cielos, de mi padre es esta voz! ecómo puedo, como puedo dejar de favorecerle? 1. . Pues nos han ganado el Pueblo, al Castillo se retiren mujeres, niños, y viejos. Arma, arma. . Padre, espera. Ay, señores, y qué miedo! Cielos, favor. Mas mi amante se queja aquí de mi afecto; perdone esta vez la sangre, que es el amor lo primero: Albaro mi bien, ya voy. Ay de mí! Pero qué oyendo estoy! mi padre es aqueste, perdone mi amor, supuesto que es antes mi obligación: e quien se vio entre dos extremos tan iguales, dos distancias, dos imanes, dos afectos, que el corazón dividido está, sin saber a un tiempo, si deje aquello que elijo, si elija aquello que dejo? Qué determinas? . No sé. 1. Al Gobernador han preso. Mas si lo sé, que esa voz toda mi duda ha disuelto, pues me asegura, que está preso mi padre, y no muerto y pues por lograr su cange, le han de guardar, a qué espero, que no socorro a mi bien? para que si algún proverbio, en abono de los hombres, dijo en los pasados tiempos, antes que todo es mi dama, pueda yo decir en estos (en favor de la firmeza de los mujeriles pechos) antes que todo es mi amante, en tanto que dice el eco::- Arma, arma, guerra, guerra, traición, traición, fuego, fuego. y0

JORNADA TERCERA

Alto, y pase la palabra. Ya habemos llegado a vista, valerosos Infanzones de León, y de Castilla, de Martos, ese infelice Pueblo, que envuelto en centizas yace de suerte, que aún de él han perecido las ruinas. Ya divirtiendo el orgullo, que me inclinó a la conquista del mejor Reino, que ostenta el poder de Andalucia, vengo a exponerme en persona con las infaustas noticias de tal estrago, a las armas de Alamir, a cuyas iras sin mí, no hay fuerza que baste, ni ejército que resista, aunque más que su invasiora, a mi cólera motiva la intención de castigar al que traidor acaudilla sus escuadras, y quizás para vengarse le Don Albar Perez de Castro hoy la espada vengativa desnuda contra su Rey; y aún, como algunos me avisan, del Moro Embajador, hace que hasta sus conceptos sirvan contra su patria, al despique del horror con que la mira: más presto (pues la razón asiste a la causa mía) será a mis pies su cabeza pedestal, que en sangre tina mi planta, para escarmiento de quien tal ejemplo siga. Y puesto que a vos, Don Diego, del común estrago libra la suerte, para poderme informar de tal desdicha; en qué estado está hoy la Plaza? Oye la más peregrina acción, señor que a los siglos la fama, el tiempo, y la envidia podrán informar: la noche que las Escuadras Moriscas, protegidas de las sombras, asaltaron esa Villa, fue tan común el estrago, que ya a las llamas activas, o ya al triunfante cuchillo, apenas quedó una vida: el Gobernador herido, fue preso, después que altiva su espada, cortó más cuellos, que ruda segur, espigas. Su infelice Guarnición, hasta las últimas líneas, manteniendo sus defensas, aún primero que rendida, fue degollada, no dando tiempo la furia enemiga a que a su fuerte Castillo pueda (mientras otros lidian) retirarse un hombre con que solo los que se retiran son las mujeres, y niños, porque en tan común fatiga su multitud inocente no fuese muerta, o cautiva. Apoderose Alamir de fragmentos, y cenizas, mas no de la Plaza, pues Amazonas vengativas las mujeres, que el Castillo numerosamente habitan, de Doña Inés de Meneses (que es del Gobernador hija) alentadas, con las armas que dentro del Fuerte había, sus tiernos pechos vistieron, y con Banderas tendidas, por los horrores de Marte truecan de amor las delicias: aquella embraza el escudo, maneja estotra la pica; una el duro parche hiere, otra el hueco bronce inspira, ya reparten Centinelas, ya reparan con faginas; y en fin, femenil escuadra, de varonil disciplina, parecen reglado cuerpo de veterana Milicia. Por su Caudillo juraron a Doña Inés, y atrevidas, no solo el Muro defienden, mas con las arrojadizas armas, a los Sitiadores acometen, y castigan. Hizo su llamada el Moro, ofreciéndoles las vidas, haciendas, y libertad, porque el Castillo le rindan, donde Don Albaro está, que mal herido, ellas mismas al Castillo retiraron, entre algunos que agonizan. Pero esta proposición de tal suerte las irrita, que apenas llegó la noche, y ya los Moros dormían, en fe de que a tan flejible enemigo desestiman, cuando, valerosa Inés, hizo la primer salida, dejando mil y quinientos cadaveres, que les digan, (en roja frase de tanta tida) ra v infiel purpu cuanto a un tan debil contrario debe recelar quien lidia. Ultimamente, ha tres meses, que tenaces, y atrevidas defienden el Fuerte, a quien el Moro no le conquista, quizás vistiendo el temor traje de cortesanía; pues aunque osado lo intente, del valor que las ánima, en la victoria que anhela, su escarmiento solicita. Este es, señor el suceso mayor, la acción más invicta, la hazana más immortal, que en las Historias antiguas de Griegos, ni de Romanos, la Fama en bronces rúbrica, para heroica consecuencia de cuanto coraje habita en los fuertes Castellanos, si esto obran, si esto practican Espáñolas Amazonas, las Mujeres de Castilla. Ah guapas de toda mi alma! allá está mi Isabelilla, yo sé que saque su parte. Hazana es, Don Diego digna de que mármoles la graven, y de que en bronces la escriban; pero en fin, Don Albar Perez (mas eso mi pecho estima que todo) esta prisionero? No señor, que aunque podía, en fe de que cierto duelo, a que le busque me obliga, para hacerle mil pedazos, cumplir con la sana mía; una cosa es el motivo de mi rencor, y el que diga la verdad es otra. él vino a Martos, y convencida de Don Alonso Meneses su cólera, o su malicia, se quedó en la Plaza, a fin de servirte en la vecina guerra que te amenazaba, juzgando, que olvidarias de esta suerte tus enojos; y en defensa de sus le hirieron, y retiraron. A buen tiempo solicita perdón, ya es tarde. . Señor, en las Majestades brilla la piedad, mas que el rencor. Castigar alevosías no es rencor de la venganza, que es deuda de la justicia, Don Albaro es Infanzón de nobleza muy antigua. R. Mayor razón, para que mejor a sus Reyes sirva. Reconocido su error, ya su perdón solicita. Tardó el arrepentimiento, y halló la piedad dormida. Los obsequios la despiertan. Qué es esto? cuando debíáis ser vos su mayor contrario, por la enemistad que incita vuestros pechos, quizás causa del odio que en mi examina, volvéis así por su causa? Aquesta es deuda precisa de quien yo soy; pero al tiempo que por él, señor, os pida, le buscaré para darle muerte, que mi bizarría no se venga con la lengua, teniendo espada en la cinta. Y yo haré a su Lacayuelo, que mi amor no me compita, o poco podré. . Venid, Don Diego, que pues retira, y estrecha su campo el Moro, sabidor de mi venida. a una parte del Castillo, dejando por una línea libre su puerta, habéis de ir de mi parte, a que permita Inés, que entre Guarnición que le defienda, y remita preso a mi Campo a Don Albar, adonde prometo, a vista de ambos Fuertes, que un Verdugo su cuello infeliz divida. Pésame, señor, de que tu precepto me a a llevar tal embajada. Basta ser voluntad mía. Antes vengaré mis celos: a Violante, quien creería, que pudiesen tus finezas ser tanto tiempo fingidas! Vamos a Martos, que si Isabel se me Escarpina, la he de sacar un Luquete, con una daga vuida. En el regazo de Venus descuidado Adonis duerme, siendo el catre en que descansa el arpón con que se hiere. No cesen (oh valerosas Compañeras mías!) no cesen entre los ecos marciales las consonancias alegres. La espada, en senal noble de cuan poco el pecho teme, que el incendio nos amague, y el acero nos infeste. Dadme el sombrero: y más hoy, que en nuestra defensa viene marchando el Rey Don Fernando, a cuya vista se ostente, que mujeres Castellanas son mucho más que mujeres. Ay Don Albaro! que aunque celosa tu amor me tiene, quejosa tu fe me agravia, (los guantes) el defenderte del riesgo que te amenaza me obliga a que emprenda aqueste ciego delirio de amor, y que arrestada, y valiente, todo por ti lo aventure, y nada sin ti reserve. El bastón) Y pues ya es hora de que las Guardías se entren a las puertas, las Patrullas se nombren: tú a cargo tienes, Violante, por Subalterna, disponer lo que se ofrece. Vea el mundo, amigas mías, que porque no se violente nuestro honor, porque un tirano no quebrante nuestras Leyes, trocando el guante a la malla, los lazos a los arneses, el abánico a la lanza, la cotilla al coselete, nos tiemblan los escuadrones, y que en lides diferentes las que con los ojos triunfan, también con los brazos vencen. Dígalo el ver, que un descuido tanto al Alarbe le cueste, que una noche, de tres tercios, le degollamos la gente. Ea, Amazonas invictas, mienten las antiguas, mienten, pues hay de aquellas a estotras las distancias que se advierten, que aquellas muchos las dudan, y a estotras todos las creen. Triunfe el rencor, y la ira, nadie de su ser se acuerde; afuera el vano perfume, a un lado el cobarde afeite, y de todas las costumbres solo la Música quede; la Marcial, para que irrite, la blanda para que temple, diciendo letras, y trompas, cuando a un mismo tiempo suenen::- En el regazo de Venus descuidado Adonis duerme. Viva nuestra Capitana, viva Inés. . Viva, pues debe nuestro sejo a su valor, que de nosotras se cuente, que hubo mujeres heroicas, que tal hazaña emprendiesen. Ah Cielos, quien a Don Diego viera, para que pues quiere el hado que esté Don Albar en el Castillo, pudiese satisfacerle sus celos! Digo, y de las Isabeles qué hablará la Fama, cuando o diga, que ord el Sargento Isabel. Gómez? Siempre dirá lo que debe. Todas, Inés, alentadas de tu valor, se te ofrecen. Yo nuevamente os estimo la fineza. . Ya la gente revienta porque haya choque, y al Moro que me cupiere, de la primer cuchillada le he de hendir hasta los dientes. Calla, Isabel. . Vive Cristo, que yo haré que ellos me sueñen. Cada una acuda a su puesto, señoras, y las que queden con la Música, prosigan. Vamos, pues, diciendo siempre: Viva Inés, nuestro Caudillo, viva el Sol de las Ineses. . Prima. . Qué quieres? Ya sabes, que prometido me tienes, que en ofreciéndose lance, en que pueda airosamente satisfacer a Don Diego Don Alvaro, tú has de hacerle que lo ejecute, porque en sus recelos se aquíete, y vuelva a mi amor. . Si haré. Bien sabe Alvaro, cuan leve motivo tuvo, pues yo le mostré despego siempre. Pues tuviste muy mal gusto, que más Don Albar merece. Bien está, con que me rines, en igual de agradecerme, que te dejase mi ceño libre a Don Albaro? . Advierte, que quiero que no le quieras, mas no que me le desprecies. Necia anduve, ya lo veo: a Diós, y si se ofreciere, cumple tu palabra. . . Adiós: Has visto, Isabel, más fuerte vanidad? Soy yo tan fea, que para que se me agreguen trofeos, es menester que mi prima me los deje? No por cierto; y si a chufletas en esta ocasión se viene, podrá ser que en un instante rocín, y manzanas rueden. No seas loca. . Valga el diablo su alma, pues quien se mete con su Don Diego de noche? Oyes, Isabel, no tienes tú mi retrato? . El que al Moro quitaste? Sí, toma. . Tenle, que ahora he de averiguar, pues aquí Don Albar viene, como llegó a aquella mano. Y mi galán mequetrefe viene con él. . Bella anés. Don Albar, cómo te sientes de tus heridas? . Amado dueño hermoso, cómo quieres que se sienta quien tan grandes finezas a tu amor deber A mi amor? . Sí, dueño mío. Engañado estás, si crees que yo para hacer por ti las que finezas parecen, me valgo de aquel carino que supones. . Pues qué puede moverte a que al verme herido me retires a este Fuerte, adonde, para asistirme, no hay regalo que no inventes, no hay primor que no ejecutes, no hay caricia que no muestres a mi fe, tanto, que más que a remedios, convalece mi salud a la alegría de ver lo que te merecen mis finezas? . Con que ya del todo convaleciente te hallas? . Sí, Inés. Pues si hasta hoy vistes obrar de esa suerte a quien más causa tenía, injusto, tirano, aleve, que de atender a tus males, de solicitar sus bienes; ya desde hoy convalecido, pues peligro no se teme en tu salud, y el veneno que en mi pecho se contiene, sin ese riesgo, pod a tus oídos verterse desde la copa del labio, verás trocadas las suertes, siendo ceño el que era halago, siendo ira el que era deleite, despego el que era cuidado, y lo que era vida, muerte. Si de esa forma nos tratan, de qué sirve que nos dejen por gallos de este Castillo? Calle el trasto, si no quiere que le rompa la cabeza. Ya no hay aquí quien resuelle, seor Sargento. . Pues qué causa he dado yo nuevamente para todo ese rigor? El que a Violante festejes, y no contento con que riñas por ella, te vuelves a reñir a vista mía segunda vez. . Si hay quien quiere provocarme, he de obrar yo remiso, para que piense que lo dejo de cobarde? No, que amor es muy valiente. Bien has visto, Inés, cuan poco la solícito. . Si tienes recibidos mil desprecios, lloradas mil esquiveces, y si estoy yo de por medio, equieres que te considere tan necio, que prosiguieras con tantos inconvententes? no los hubiera::- . Y te amara sola a ti. . Mira, que mientes; y para prueba mayor de cuan poco, Albaro, aprecies mi amor, qué es de aquel retrato que yo te di . Hado inclemente!) yo, sí, cuando: . No te turbes, que si dado se le hubieses a Violante, para prueba de tu amor, no es bien te cueste tan buena elección, un susto. No, Inés mía, me atormentes, que yo le tengo:: . En el pecho, que es donde suelen traerse tales alhajas, en prueba de que el corazón las quiere: e qué va que le traes en él? No le traigo (pena fuerte!) en el pecho, porque quiso el hado, que me le deje entre mis alhajas; oyes, no es verdad? Lo que dijere apoya. Yo soy, señora, quien de que él no le trajese tiene la culpa, pues no se le puse donde suele tomarle. . Infame, por ti esas cosas me suceden; vive Dios: . Criádito está a las manas el sirviente. No, Don Albaro, te irrites, que estás enfermo, y te puede hacer daño, que el retrato le tengo yo:; a ver, es este? Válgame el Cielo! . Te espantas? Cómo en tu poder le tienes? Cómo tú se le habrás dado a Violante. . Engaño es ese, que yo ha días que le busco. ̱ Con que mis alhajas pierdes? Es que yo, Inés: . No me nombres, ingrato, jamás te acuerdes de mí, que hasta aquí llegaron mis finezas; vete, vete de mi vista, que esto, injusto, traidor amante merece la que, por solo ampararte, tanto su lejo desmiente, que, monstruo de amor, las armas maneia, el horror emprende de Marte, hurtándole a Palas las iras, y los laureles: ya no verás, que un extremo haga por ti, en que me quede sena del pasado amor. . Pero qué Clarín es ese? Señora, un Moro, con blanca Vandera de paz, que tiende, salvo conducto te pide para hablarte. . Decid, que entre: retírate tú. . Será Alamir que otra vez viene a enamorarte. . No sé; q sease lo e e Es, que quieres tu sentir, y extrañas ver, que otros sienten. Retírese también él. Señor guapo matasiete, obedezco, hasta que haya lugar en que se me ferie un abrazo. . Por si es él, a la vista estar conviene. . Guárdete Alá, hermosa Inés. El Rey es: Dios te prospere, Moro. . Qué beldad! ha Cielos! en quien el enojo vence, qué no triunfará el halago? Siéntate, y di a lo que vienes. El poderoso Alamir, Rey de Arjona, quien por verse de ti despreciado, supo, del incendio que le hiere, hacer a Martos pavesas, te pide, que consideres con cuanta facilidad, de este Presidio rebelde el agigantado bulto, a sus impulsos fallece, pues ya cadáver de piedra; le son miserablemente rotos destrozados miembros murallas, y capiteles: y puesto que este Castillo, entre las cenizas leves en que ardió esta infeliz Plaza, cuando solo se mantiene mal apagado, carbón de yerta hoguera parece: y que no le ha conquistado, en fe de que no se avienen las verás con que te estima, con: . Advierte, osado Moro, que recojas esa especie, si no quieres, porque vuelvas con la respuesta más breve, que te haga de la más alta almena arrojar, de suerte, que bulto formado caigas, y en pocos átomos llegues. Témplate, que no pretendo, divina Inés, ofenderte, pues más temerá mi Rey tu enojo, que cuantas huestes Castilla pueda formarte para lograr defenderte: y así digo, que mi Rey cortés, afable, y valiente, sabiendo cuanto se infaman sus adquiridos laureles, con que en femenil victoria su cuchilla se ensangriente, detérmina perdonar este Castillo, y volverte a tu padre, que cautivo (como ya sabes) le tiene::- Ay de mí! . Cómo un partido le concedas, que pretende. Dile, Moro, en qué te paras? no te suspendas, que a trueque de ver a mi amado padre libre de rigor tan fuerte, no habrá (aunque imposible sea) imposible que te niegue. Pues es, que para despique de que traidor le vendiese, le des, para castigarle:- A quién? . A Don Albar Perez de Castro. . Válgame el Cielo! 3 Lo oyes, Escarpín? Ella nos entrega al Moro; y él::- . Qué? Nos fríe en aceite. Oye, a ver qué le responde. En qué, dime, te suspendes? él sabe, que este Castillo le guarda, y él te promete alzar desde luego el cerco, y eterna en la fama hacerte, viendo que haces que las armas de mi gran Rey te respeten. Toma, si aprieta. . Oye atento, Moro, que inundar pretendes de confusiones mi pecho, di a tu Rey, que hasta esa aleve proposición sufrir pude tan bárbaras altiveces; y que pues se determina a tal, que el Castillo queme, que abance sus altos muros, as d nteles, que destruya que abrase cuantas le habitan, si tan fácil le parece; mas que no pida, que a quien por forastero, o por huésped se alberga de mis piedades, injustamente le entregue: qué es entregarle? primero de la púrpura caliente de tanta plebe de Alarbes, de tanto vulgo de Infieles, hará brotar este acero al campo otras nuevas fuentes: primero:- . No así te irrites. Qué no me irrite? anda, vete, antes que tu infame vida el primero impulso pruebe. Pues mira, que si a su enojo le aumentas, en los crueles áspides de celos, otros rencores que le somenten, no habrá cariño a que atienda, ni habrá sejo que respete. Obre yo lo que yo debo, y él haga lo que quisiere. Pues prevente a su rigor. Prevéngase él a su muerte. Alá te guarde. . Ay de mí! e dime, antes que así te ausentes, cómo está mi amado padre? Como tú quieres tenerle: triste, y lleno de prisiones. Pues::- . Qué? . Dolor inclemente! mas no importa, vete, Moro. Hasta aquí sufre, y padece; mas de aquí adelante::- . Qué? Mucho será si le vieres. Oye. . Espera. Mas Don Albar, dónde vas? . Dónde no cueste una inútil vida tanto como el pesar que tú sientes. Quién te ha dicho que yo siento? La mujer es una sierpe. No es sino un Reduan. Déjame, que a tus pies me eche, si hay caudal con que tan grandes finezas agradecerte. Finezas, aleve, ingrato, pues acaso las mereces tú? . Pues tan nobles extremos, qué son? . Cumplir solamente con quien soy: pues fuera bueno, que de mí el mundo dijese, que a un hombre, a quien quise bien, le entregaba yo a la muerte? Y será bueno que diga, que yo permití que llegue el padre de la que adoro a un riesgo tan evidente, sin impedirle? . Sí, pues: . pero otro Clarín al Fuerte hace llamada, otra vez te oculta. . Estrella, qué quieres de mi vida? . Prima mía? ; Violante, tú tan alegre? Sí, Inés, porque es el que llega al Castillo Diego Perez de Vargas: ya es ocasión de cumplir lo que me tienes ofrecido. . En esa puerta ponte de guarda, y haz que entre, verás qué presto obedezco tu precepto. Si supiese, tirana, que aquí te había de hallar, a no obedecerle quizás me obligara el Rey. Ay Don Diego, fácilmente espero que de tus celos el desengaño te llegue, pues mi amor: . Qué es eso? Nada: llegad. . Seré bien breve, Inés, nuestro Rey Fernando hoy me envía a agradecerte la defensa de esta Plaza; y porque aunque tú la pienses mantener no está segura mientras que no la guarnecen Tropas, a aqueste Castillo te ordena, que entrar las dejes, retirándote a su Campo, como contigo le lleves a Don Albaro de Castro, a quien, por causas que tiene, piensa cortar la cabeza, en quien muchos escarmienten. Qué oigo, Cielos! . Eche usted otra sardina, seo huespe Mándame decir, que en premio te esperan cuantas mercedes solicites, que al rescate de tu padre se te ofrece, y darte esposo, según tu calidad, juntamente; esto es a lo que yo vengo, mira qué has de responderme. A lo primero, que yo le suplico, que no intente privarnos de tanta gloria, como de ver que fenecen las mujeres una hazana, que empezaron las mujeres. Y a lo segundo, que siendo mi esposo Don Albar Perez, no tengo valor de darle, para que inocentemente muera de infames calumnias acusado. . Eres quién eres. Que yo le pondré en campaña, donde lanza a lanza pruebe a sus traidores contrarios, que en cuanto le achacan, mienten; y así, que a su Majestad, mientras no le mereciere perdón para el que es mi esposo, no he de entregarle este fuerte. No sabes tú cuan gustoso con esa respuesta vuelve mi pecho, pues aunque soy contrario suyo, no quiere mi valor que otro le injurie, sino que él por si se vengue. Garvosa estás, Isabel. Qué cosa, señor Luquete? otros celos! vive Cristo, que si me enfurruño:- . Tente. Has oído el desengaño? Sí, mi bien. . Pues si supiese, que aquí te había de hallar, ingrato, puedes creerme, que no te hubiera buscado. Qué presto vengarte quieres! ven, que quiero, si me escuchas, oírte, y satisfacerte. . Adiós. diós. Ello, usted ha de hacer de las que suele, Qué dice el bribón? . Ahora, como podrás defenderte de que a tus plantas me postre, de que tus estampas bese? edirás que es esta fineza, que no debe agradecerse? Sí, pues no la hago por ti, sino por mi solamente. . Lloras? Lloro el ver, Don Albar, los enemigos que tienes. Y esa no es fineza? . No, que es piedad. . Oh rigor fuerte? epues tan noble te gobiernas, y tan hidalga procedes, que ni aún agradecimiento quieres, que entre las que ejerces te desluzca una fineza? Sí, pues para que se premien, basta que las haga yo. Pues no he de llegar a verme obligado ya, sin forma, Inés, de corresponderte, yo te quitaré esa gloria. Cómo estorbármela puedes? Yéndome al campo enemigo a que el Moro me atormente, a que Don Diego me mate, a que mi Rey me deguelle; que ya no tengo valor de ver, que por mí te dejes abrasar, y que abandones tu sangre por defenderme: ven, Escarpín. . No señor, váyase usted si quisiere, que yo no quiero deguello antes de los Inocentes. . Mi dueño: No hay que estorbarme. Mi bien:- . No hay que detenerme, Don Albar: . Esto ha de ser. Cómo que ha de ser? no adviertes, que mando yo en el Castillo? Y eso, a qué motivo viene? A que podré yo estorbarte. De qué forma? . De esta suerte; hola. . Señora. Ese hombre ha hecho un delito, prendedle. Mirad que: . Daos a prisión Advertid, que si me diere, a por cortesanía, que es como las Damas prenden; mas no queriendo: . Qué haréis? hola, a la torre traedle. Si iré, como vayas tú, esa es la prisión más fuerte. e Ay, Albaro, y lo que cuestas a quién de veras te quiere! Ay. Inés, lo que en mí labran primores tan elocuentes! Venga preso también él. Vamos cuatrocientas veces; epero usasted de liviana, siempre ha de estarse en sus trece? Hable con modo el borracho, que yo haré lo que quisiere. . Rey Fernando el tercero valeroso, a esto a tu campo vengo, esto te pido, cuanto gané valiente, y venturoso te restituyo, por mayor partido; porque aquel que me ha sido huésped infiel, no tenga confianza de poderse eximir de mi venganza. Si a su Rey no perdona, pues siguiendo el partido de los Laras ultrajó mi Corona; ecomo quieres si atento lo reparas, que te respete a ti, siendo su trato para su mismo. Rey torpe e ingrato? Qué dice Inés, Don Diego? Que aunque entren el Castillo. a sangre, y fuego, no ha de dar a Don Albar. (cho. Eso ha dicho? Tiene mi sangre, y sigue mi capri- O si lograsen, Cielos, su venganza mis celos! por ver si la persuado, a vista del Castillo aprisionado a su padre he traído. . Don Alonso? Señor? . Seáis bien venido, mucho siento que estéis de aquese modo. Por serviros, señor, lo paso todo. Decidme, qué locura es esta, que en Inés constante dura? Señor, es hija mía, y se habrá y más cuando a quien dice que es su esposo, no parece forzoso que ella deba entregarle. Pues qué piensa poder de mi guardarle lleguemos hacia el Fuerte. El rigor compadezco de su suerte: Don Alonso. . Don Diego. A sentir mucho llego veros sin libertad: si Inés quisiera::- Bien librarme pudiera; pero pues no lo hace, razón justa tendrá que lo embarace. Los dos hemos de hacer nuestra llamada Malo será que en eso esté empeñada. Veamos en qué consiste. A ver si a mi persona se resiste: Ah de esa elevada torre. Ah de ese altivo homenaje. Fernando soy, atendedme. Alamir soy escuchadme. Qué queréis? . Atiende, Inés: Ya por mi embajada sabes, que ofendido de Don Albar pretendo la muerte darle. No ignoras, que por las causas, que obligan a mi coraje, matar a Don Albar quiero. Tú, contra el precepto grave de tu Rey, le das favor? Tú, deseando irritarme, le auxilias, contra mis iras? Ahora vengo yo a rogarte::- Ahora vengo yo a pedirte::- No le niegues. . No le guardes. Y pues no debes tenerle:: Y pues no puedes guardarle::- Mira si prudente:- Mira si cuerda::- Evitando males::- Has trocado tu intención. Has mudado tu dictamen. No, Fernando, no; Alamir, que primero, que en mi falte ese intento, faltarán esos Orbes Celestiales. Eso sí, querida Inés, muestra que tienes mi sangre. Pues ya que nada contigo pueden, Inés, mis piedades, y viniendo con un ruego; me vuelvo con un desaire, mis rigores te precisen: al son del clarín, y el parche, declararé que los tuyos son traidores, son infames, si a Don Albar no me entregas. Fuerte rigor! . Dolor grave! No temas, padre, (ay de mí!) que aunque sé, que es el más grande golpe el que toca al honor, yo intentaré remediarle. Claro está: enojado Rey, ya que contigo no caben razones, que más pudieran moverte, que no irritarte, no lo que la culpas debe la hermosa inocencia pague: a ponerme en tu poder voy. . No será eso tan fácil. Pues ya que a Fernando, Inés, determinas no entregarle, entregámele a mí. . Toma estotro conlo que sale. Menos a ti, Moro aleve, te le daré; pues se sabe, que lo que allí ser pudiera castigo, es en tu coraje celosa injusta venganza. Pues mira que de tu padre soy dueño, y puedo: . Qué puedes? Por darte en rostro, matarle: hola, llevad al suplicio ese caduco, llevadle. Ay de mí! Alimir, espera, dame a mí la muerte, dame, y no le ofendas. . Pues haz lo que pido. . Qué? S. Entregarme a Don Albar. Eso no, que partido en dos mitades el corazón, morirá con cualquiera que le falte. Cómo sufres, Inés mía, que a quien te dio el ser ultrajen? Hija, yo muero gustoso, como tú a tu esposo salves. Di en fin, lo que determinas. Sin que al uno desampare, dar socorro al otro. . Cómo? Resguardando mis piedades a. Don Albar, y saliendo con mi Escuadrón a quitarte a mi padre. Ea, Amazonas Castellanas, ea, parciales, seguidme todas. . Inés, no amparamos deslealtades contra nuestro Rey, ninguna te seguirá. . Extraño lance! Entrega a Don Albar Perez, que así acaban tantos males. Qué es lo que decís, villanas? eestas vuestras amistades son esí pagáis el que por mí vuestro nombre aclamen? ey el juramento rompéis de aquel prestado homenaje? Contra nuestro Rey, no estamos obligadas a observarle. Ya oyes, Inés, lo que todas a voces te persuaden, y ya están determinadas a entregar al Rey las llaves, para que entrando el Castillo, prenda a Don Albar. . Ah infames! De poco nos sirvió, Inés, mis dichas, ni tus piedades. A qué esperas? . A qué aguardas? A que no salga triunfante de mi valor mi destino: Albaro? . Qué intentas? . Dame los brazos y de esta almena hasta ese profundo valle, midiendo ambos la distancia, y a que lleguen a vengarse tantos, como lo desean; en uno, y otro cadáver, de su injuria, y su crueldad, solodos padrones hallen. Eso no; yo he de morir solo, pues solo en alcance mío vienen. . Pues sin ti tengo:: . Qué, Inés? De arrojarme por no ver la muerte tuya; pues aunque mi Rey te ultraje, aunque mi padre fallezca, aunque el Moro me amenace, aunque mis gentes me dejen, nada es tanto en mi dictamen, como el que tú mueras, pues antes que todo es mi amante. Detente, mujer. . Espera, Inés. Señora. . Qué haces? Mujer varonil! aguarda. Qué quieres? . Qué? perdonarte a ti, y a tu esposo. . Eso lo harás solo por tu parte, que yo por la mía no quiero: Soldados, a los Valuartes, coca al arma. . Toca al arma, que yo sabré ese dictamen impedir. . Ea, Soldados, a la defensa. . Al combate. Y mientras tanto, llevad a ese viejo, y degolladle. Poco importa, que una vida, que ya agoniza, se acabe. Arma, arma, guerra, guerra. La que quiera eternizarse, me siga. . Todas ahora harán lo que tu mandares. Ven, Escarpín, que yo haré, que no le salga de balde la empresa al Moro. Ello para todo esto en descalabrarse. Guerra, guerra, al arma, al arma. Al opósito. . Al avance. Cuál anda la sarracina. ̱. Cielos, dudoso anda el trance de la batalla. . Ay de mí! s él Qué o? . A tus plantas yace, Alamir, que de esta suerte te mis t ad Albar perdones. porque a Don Que esto mi fortuna trace! Válgame el Cielo. . Don Albar, qué hacéis? . Traerle a su padre a Doña Inés, y pagarla algo de tanto como hace por mi amor. . Victoria España, Padre, déjame abrazarte. Ya huyeron los enemigos. Mas he muerto de mil canes. Bien su escarmiento le llevan rubricado con su sangre. Pues ahora, glorioso Rey, solo falta que las paces me concedas. . Yo veré como deben otorgarse; y tú, valerosa Inés, pues tanto a tu amor constante debe Don Albar, por ti llegue a mis brazos. . Y en tales lazos, viva mi lealtad eternamente. . Con darte a Inés, y premiar a entrambos, mi enojo se satisface. Y yo con lograr la mano, señor::- . De quién? De Violante, satisfecho de mis celos: que pues que vos perdonasteis Don Albar, yo también tengo los brazos de darle. Vuestro soy eternamente. Dulce fin a tantos males. Si han de lograr estos gustos, venturosos los pesares. Isabel, con una mano dos no pueden contentarse. Si tal. . Cómo? Dando al uno la mano y al otro el guante. Y con esto, y con un victor, si acaso a mano se hallare, acabará la Comedia o es mi amante. a de