Texto digital de Ingratitud por amor
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Guillén de Castro y Bellvís
- Atribución estilometría
- Guillén de Castro y Bellvís Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto ha sido preparado por Julia Pérez Rojo.
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Pérez Rojo, Julia. Texto digital de Ingratitud por amor. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/ingratitud-por-amor.

INGRATITUD POR AMOR
JORNADA PRIMERA
¡Viva el Condestable! ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva! Y solo él Del soberano laurel Adorne la frente altiva. Ya es nuestro Rey. Disponed, Sin fuerzas la voluntad, Esas voces aplacad, Esas furias detened. ¿Qué hacéis, amigos? Señor, Mirad al común provecho de este reino. Si tu pecho fue siempre su defensor, si su muerto Rey te ha dado el ser que tú ejercitaste con tu valor, si aumentaste con tus hazañas su estado, si aclama por tu persona la plebe, y si la nobleza poner quiere en tu cabeza de Nápoles la corona, ¿Por qué no admites? Quiero que, antevistos sus vaivenes, si viene justa en mis sienes mida la razón primero; porque entre varios asombros suele corona que empieza a ensancharse en la cabeza caerse sobre los hombros, y no viene a ser laurel en ella, pues oprimida, es peso para la vida y para el cuello cordel. ¡Viva! ¡Viva el Condestable! ¡Ay, triste! Señor, advierte la voz común. Es mi suerte infelice por mudable. ¡Condestable! Alzad, señora. No estéis ocupando así lugar que me toca a mí. Advierte. Escucha Di, ahora Hermano, Conde, yo muero. Contra una flaca mujer, por dicha fue menester Unir tan valioso acero importó que fuera tanto, entre marciales despojos, el rigor contra los ojos que dan rendimiento al llanto. No basta, como ves el más delgado cabello de los míos en mi cuelo para ponerme a tus pies donde ya con dolor tierno más que te ofendí te obligo, trayendo preso conmigo al Príncipe de Salerno; que, en cambio de que le di, dando a su prisión piedad, en mi daño libertad, vuele a perderla por mí; porque viendo haber nacido de ella, por mal informado en un pueblo alborotado tanto respeto perdido con burlar un alma y una estrella, entre un mal y un bien, quiere que en los dos también corra una misma fortuna. Y viéndola gobernada de tu mano está señor, en mí alentado el valor aunque rendida la espada. Nuestro padre, último Rey de Nápoles, que en el cielo goce glorias al compás que en la tierra dejó ejemplos, con salud tan inconstante vivió los años primeros, que en su edad adelantó su decrepitud al tiempo y aunque legítimo sé que no soy, en que no puedo culpar mi valor, pues no estuvo en mi mano hacerlo, con que el amor en los dos desde los años primeros tú y mi padre me tuvisteis de que obligación confieso que pagar he imaginado con cuanto hasta ahora he hecho. Empezó a correr entonces Tan por mi cuenta el gobierno de estos estados que fui el alma de sus concejos. Ejercité la justicia tan piadoso y tan severo que hice enmienda del perdón, como del castigo ejemplo, tanto que al suelo caballo blasón propio de este Reino, si que le quitase orgullo, acerté a ponerle freno a su tiempo ejercité con tan alentado esfuerzo desvelo en las vigilancias y en las campañas acero que a cuantos de esta corona son pretensores viviendo a facilitar conquistas se llevaron escarmientos cuatro veces los eché de sus límites, trayendo el desengaño a los ojos y a las espaldas el miedo, y así en Nápoles con más opinión que fuerza, tengo aseguradas fronteras que fingen muros soberbios. Después por verlos bramidos Que Cila y Caripdis dieron, vieron con tiranas manos domar sus erguidos cuellos pasé el faro, castigué el intruso Rey haciendo que fuese un imperio de las dos Sicilias dueño. De esta jornada feliz tan acreditado vengo con tanta opinión a mi espalda mi fama con tanto aliento que arbitro de Italia soy que esta como de un cabello pendiente de mi esperanza, atenta a mi movimiento. El laurel napolitano Me da la nobleza y el pueblo me aclama xxx autorizas pero, sin embargo, de esto, es tan fuerte la razón que, aunque tú y yo procedemos de un mismo padre y en mí es la sangre que yo mezclo con la común tuya y mía, como el sol, con todo, viendo en ti, si no da igual fortuna, más feliz nacimiento, pues legítima heredera y señora de estos reinos eres, haciendo valor de la falta y proponiendo mayor gloria en el poder ser Rey y dejar de serlo, gracias haciendo a mi estrella pues dando influjos a extremos, me facilita ocasiones para que eternice ejemplos. Quiero, Artemisa, que veas en lo que conmigo puedo quién soy, al ser obligado y no a la ambición sujeto, pues, aunque la merecía aquí la esposa que tengo para darle esta corona, al bien me tienes hecho jamás has de hallarme ingrato, pues que de noble me precio. napolitanos xxxx que entre los polos opuestos no caben vuestras hazañas ni aún vistas en pensamientos Artemisa es vuestra reina; que ella se le debe el cetro de oro, que ascendientes suyos dignamente poseyeron. Ella xxx Os representa pudiendo solamente la hermosura fundar su merecimiento. poned sobre su cabeza la corona, advirtiendo que le bastara no más la que su mismo cabello enriza sobre su frente para ser, a pesar, vuestro, vuestra Reina, porque yo, que hasta su sombra obedezco, emplearé en su servicio mi fortuna, mi deseo, mi diligencia, mi espada para mostrarle que vengo entre cajas y trompetas, bélicamente esparciendo reflejos de acero al sol, lisonjas de pluma al viento arbolando estas banderas arrastrando esos trofeos, ostentando estas victorias y esta ostentación siguiendo, no a quitar de su cabeza este círculo pequeño para las sienes adorno y para los hombros peso, sino a mostrar dignamente que las sospechas mintieron cuando en apariencias mías acreditaron sus miedos; pues no solo no le quito su legítimo derecho pero en su nombre y el mío le levanto, le defiendo, y amenazo con castigos cuantos fueron contrapuestos a la razón, que en la tierra es providencia del cielo. Ea, ejemplares patricios; Ea, famosos guerreros, valientes imitadores de los romanos y griegos. Artemisa ¡Viva! ¡Viva! Pues yo a sus pies el primero, besando su real mano, descubro mi heroico pecho. Mirad en ella y en mí eminentes dos extremos; en mí, humildades soberbias, y en ella laureles regios, y juzgad cuál de los dos goza más u alcanza menos: ella que el reino recibe o yo, que le doy el reino. Levanta, hermano, y si yo hasta tus plantas no llego, es por estimar en mí el ser que por tuyo tengo. Defensa de mi razón es mi lealtad. De haber hecho una necedad ¡Qué ufano y qué airoso queda un necio! Mis desdichas esperanzas sobre las nubes se han puesto. Vuestra suspensión admiro. Mi poca ventura temo. Condestable, esa piedad en ti, ese estilo, ese extremo a todos los tiene mudos y nos detiene suspensos; pero yo en nombre de todos diré, animado el respeto, la duda que señalamos la suspensión que tenemos, qué causas tienen. El Rey, cuya memoria, aunque muerto, vive en nosotros, prendió al Príncipe de Salerno, dando evidentes señales, de que fuese culpa de esto el haber puesto en su hija atrevidos pensamientos. No desmintió esta sospecha su Alteza no, pues en viendo muerto a su padre, el xxxx dio por indicio y fue exceso en quien se fundó después el alborotarse el pueblo de la nobleza ofendida tomando atrevido aliento, porque no hay quien no imagine que como le da a su pueblo media alma suya, ha de darle mediante su casamiento la mitad de su corona a su cabeza. Ofendiendo con tan conocido agravio a cuantos no sufriremos que en Nápoles nos gobierne y nos mande un igual nuestro. Si propone el ser esposa de algún Príncipe extranjero la hija de nuestro Rey, todos conformes vendremos en darle lo que le toca. Muchos esplendores veo de justicia y de verdad en esa razón, supuesto que son esotras sospechas nube al sol y sombra al viento porque los reyes no suelen disponer sus casamientos sin tomar de sus vasallos pareceres y consejos. Inconstante en mi fortuna. ¿Qué haré? ¿Pero cuándo hice cobardes resoluciones de amor a los dorados yerros? Condestable, volar un pensamiento, en sí mismo fundado, a superior estado, no es falta, aunque supone atrevimiento en quien, con calma oculta, vive el decoro y la pasión sepulta. A este impulso fatal, a este accidente incapaz de gobierno dio ser el de Salerno, disimulando la veloz corriente de sus ciegos antojos, tanto que apenas se la vi en los ojos. Mi padre, el Rey, que adulación curiosa permitía a su oído, y respeto atrevido mezclaba con vejez escrupulosa. Lo que en ajenos labios pudieron ser envidias hizo agravios y al príncipe mandó rígidamente que prendiese su guarda, dando a cada alabarda mil lenguas, cada una diferente, cuyas publicidades crecen con las mentiras las verdades. Luego en saber las ásperas prisiones en que mandó ponerlo, cadenas en su cuello de hierro, siendo en mí de obligaciones pues él, por causa mía, glorias llamaba a penas que sufría con desvelo amoroso y con valiente pena, envuelta en temores, culpando los rigores y los celos, por quien bárbaramente tantas veces ha sido puente del ofensor, el ofendido, comenzó despreciando la grandeza de la pasión vencida, a congojar la vida, entre mi ingratitud y su fineza, con tan vivo ejercicio que hice de un pensamiento, un edificio. Este en tres años levantarse tanto pudo, siendo tan fuerte, que de un padre la muerte no bastó en mi descuido con su llanto el que yo no le hiciera refugio de mi primo asilo fuera de darle libertad nació el juntarse los nobles variamente, y en la plebeya gente alentar la ocasión de alborotarse y así de la lealtad los vetos rotos todo fue confusiones y alborotos él viendo mi desdicha con tu entrada más fuerte, más temida valerme con la vida quiso, pues no podrá con la espada diciendo que con ella venciese los influjos de mi estrella. Cuando le vi a mis pies entre respetos por quien yo me obligase a instar que remediase con la causa del daño los efectos, y honrase su persona, comprando con su sangre mi corona piedades implorando a obligaciones di aplauso vigilante, y en un amor constante acabé de enlazar dos corazones con unión tan entera que no viviendo el uno el otro muera. Y así, reducís, napolitanos, la común fe que os toca a que ponga la boca en las que simbolizan nuestras manos, y ostentando grandezas, ponéis una corona en dos cabezas, vuestra Reina seré, o si no, a la frente en mi hermano, suprema renuncio la diadema, pues será en mí menor inconveniente que elegir otro esposo con pecho ingrato sobre honor dudoso. xxxx vuestro Rey, pues sus virtudes tanto el mundo conocer, y para que yo goce con mi esposo recíprocas quietudes tendrá con dichas nuevas si no casas, Salerno, un monte, cuevas. Me venciste, señora, pues si estaba triunfante mi persona dejando una corona por un derecho que en razón se funda, tú la dejas, y es justo, por una obligación que estriba en xxxx y así yo, aunque envidioso por xxxx cuanto más considero tu valor, poner quiero diligencia mayor en agradarte y por el mismo filo haré que los demás sigan mi estilo. No, Condestable, con licencia tuya casarse con vasallo suyo la Reina y callo lo demás que a desdicha se atribuya fuera dejar vencidos de un satisfecho muchos ofendidos. Esto se pone mal. Nápoles sea de extranjera persona. Y de la corona a quien más motivos la posea. El humilde respeto, si se apura, llega a vileza y pasa de cordura; y así digo que habiendo de emplearse nuestra Reina en alguno, de nosotros ninguno pudiera a merecerla adelantarse como yo, pues Su Alteza ilustra con su sangre mi nobleza. A razón tan soberbia y tan altiva respondo con la espada. ¿Qué hacéis? ¡Ay, desdichada! ¡Viva la libertad! ¡La razón viva! Toca al arma, soldados. Pasadme el pecho a mí. ¡Infelices hados! ¡Terrible confusión! ¡Ojo la vida! Qué es lo que importa ahora hijo aquí no me llora, y allá suelto un caballo me convida si le empuño, aunque vaya, en él sin alas volaré a la playa. Desembarcarte en Puzol y venirte en tu litera fue acertado. Esta ribera prenda parece del sol, pues tanto tiene engendrado hermoso en ella. Este Ibleo es Posilipo, paseo con razón tan celebrado aquí podrás descansar, en tu tienda. Más me aqueja. ¿Qué mareado no deja si puede con gusto el mar? Ya veo que me diviertes del sobresalto mayor que tuve, pero en mi amor hay diligencias más fuertes. Aquel rumor prevenido en Nápoles, cuyo exceso nos ha, esperando el suceso, alterado y detenido, ¿Qué será? Mucho desmaya tu pecho. Ocasión me dieron las galeras que vinieron para escolta de la playa, porque en Nápoles podría haber disensión y guerra. Apuntando hacia la tierra sus cañones de crujía defenderán esta tienda en trance más peligroso. El Condestable, mi esposo, Me tiene ¡Ay, querida prenda! el alma sobresaltada. Pues tiene, pierde el temor en sus soldados valor, respetos en su espada da un poco al sueño lugar hija, mientras yo procuro disponértele seguro para retirarle al mar en caso que importe. Estoy con tan inquieto empeño, que en vez de letargo al sueño, azogue a la pena doy. Que varios son en la tierra los bienes de la fortuna. ¡Con qué engaños conocen! ¡Con qué peligros buscan! A tener esposo yo de mí aborrecido, nunca dejará de ser tu sombra la luz de mi sol oscura, pero adorando al que tengo la que es en mis ojos suya cuanto luce en mi memoria en su ausencia se deslumbra, y esta en que estoy ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! Ciega, me turba los gustos y los pesares, precipitaba me anuncia. Bien lo hizo el caballero al viento imitó ¡Hijo de puta! ¡Qué bien ha volado! Ahora que reviente y que concluya con su vida. Vaya. Ordoño. Mi señora, como gruta fue tu vida para mí, si no escondía segura, que viendo la retaguardia, ya imaginé que era tuya. ¿Y mi esposo? Necedades emplea y glorias trabuca, quisieron hacerle al Rey y desvaneciendo muchas intercadencias, no quiso. Pesia tal, ¡Qué gran locura! Armas, confusión y turba de gente que a un caballero persiguen, ¡Qué bien se ayuda de su caballo! A balazos se le han muerto ya, y procura escaparse por los pies. Cayendo va. En mí se juntan las reliquias de lo que era, y lo que son disimuladas. ¡Ah de mi guarda! ¡Soldados! Ya se previenen y excusan alrededor de mi tienda. Mis temores ya procuran abrir paso al perseguido, que se anima y llega. ¡Injusta fortuna! ¡Jesús mil veces! Esperad, teneos; sin duda es del Condestable esposa. Gente ciega de confusa aquí os atrevéis ¿No basta que a mis pies, para ser tuya, de esta defensa se valga y de esta sombra se cubra? Esperad, teneos, soldados; que el poder y la hermosura de la singular Duquesa de Montalto le aseguran. Vuelve en ti, aliéntate; ¿estás herido? Mi lucha con mi cólera; no sé. Pues que mi valor te ayuda, no temas ¿qué te suspende? ¿Por qué callas? ¿Por qué dudas? Porque ahora he menester, entre sangrientos despojos, más que el aliento, los ojos, y más que el vivir, poder mirar, admirar y ver, ¡Oh célico resplandor! Quien me hizo este favor y a quien el alma consagro. ¡Válgame el cielo! Milagro hubiera dicho mejor, pues en mi fe suspendido con tanta luz resplandece que aun viendo que fue, parece imposible el haber sido y así en mi mayor sentido, dilatando admiraciones, tan diversas turbaciones causan tus divinos rayos que lo que hasta aquí desmayos son ahora elevaciones. Sin duda el piadoso cielo te puso en ese lugar para que pudieran hallar tanta pena algún consuelo. Pues tras del vario recelo entre la vida y la muerte, por ángel vengo a tenerte. No quisiera haber sido de tal rigor perseguido por no quedarme sin verte, dando, aún no de valor falto a tus pies mi elevación que aún sobre la tierra son de la tierra lo más alto. pero xxxx el sobresalto hace mi temor discreto, pone intervalo a mi efecto, porque ansí con propiedad haya en ti humana deidad, y en mí divino respeto. Notable encarecimiento; pero tú ¿Cómo previenes en ti este milagro? Tienes por divino el instrumento con que Dios le obró, y atento a que la vida que vives me debes a mí, apercibes mal lo que en él tengo yo y alabas quien te la dio por lo que en ella recibes. Además de que aquesto inclina el ser tan pura verdad que toda humana piedad tiene asomos de divina. Pero tú te determina eso allá, pues solo doy yo aliento a decir que soy de término tan cortés que de que tanto lo estés agradecida te estoy. ¿Quién eres? Soy… Es desvío esa duda. Soy un hombre que, antes de saber tu nombre, no osaré decir el mío. Mas con el respeto… ¿El brío para eso te ha faltado? ¿Quién serás? Tan desdichado. Que opuesta gente de guerra ha salido de la tierra y del mar desembarcado; y en mí es común el temor de estos y aquellos, así por no aventurar en ti tu respeto en su rigor, vuelvo a emplear tu valor en mi remedio. No fallo cómo pueda. En un caballo sería menos cruel mi suerte. Te pondré en él yo misma. Agradezco y callo. ¡Hola! Llega; toma, pues ese caballo va ufano espera en su arzón tu mano, y en sus estribos tus pies. Solo falta que me des tus alas. Y alas añado a tu esfuerzo. De obligado al que me das, pues me alienta, voy seguro. Y yo contenta quedo de haberte dado. Soldados ¡Viva Artemisa! ¡Ay cielos! Esta mudanza si me logra la esperanza, también el temor me avisa. ¡Ay, mi bien! Mira, señora, la napolitana gente ¡Qué estilo tan diferente del que tuvo tiene ahora! Porque el pueblo, un animal de tantas caras, es quien con el mal anuncia el bien, y con la bien llama el mal; que en la mudanza importuna con que muda el regocijo y el llanto parece hijo del tiempo y de la fortuna. Ayer con su movimiento te afligió, y hoy te obedece tan conforme que parece que vive en tu pensamiento. Por causar esta mudanza en todos entre tu tierra con instrumentos de guerra disfrazando mi esperanza, para eso tanta gente conduje con mi interés publicase, en que ya ves efecto tan diferentes, para eso posesión tomé tres de esos tres castillos, con que pude reducirlos en tu dicha a mi opinión pues dando a la artillería ejecuciones y amagos de castigos y estragos hice su obediencia mí, porque en viendo derribadas dos casas de la ciudad desnudaron la verdad y vistieron las espadas. Y así, yo pude ponerlos en razón y sujetarlos, pues, como ves, el mudarlos fue lo mismo que vencerlos. ¿Y el Príncipe? ¡Ay desdichada! El de Salerno escapó con vida y sabiendo yo el norte de su jornada, envié por él volando y los mismos que saliendo trae él le fueron siguiendo van a traerlo triunfando y vendrán también mi esposa y su padre, a que tu mano le des. ¡Cielo soberano! Muchas veces soy dichosa. Me han dicho que es muy bella tu duquesa. Es una gloria para mí, y de mi victoria solamente el premio es ella. Amante muy suyo he sido en Sicilia que en la parte donde más gobierna Marte, también se atreve Cupido, y así saqué por despojos de aquella gloria ¡Y qué bellos! Los rayos de sus cabellos y las luces de sus ojos, ya llega el príncipe; extraña variedad. ¡Dichosa soy! Pues quien más le persiguió de más cerca le acompaña. Del que vi ser su enemigo me ofendo. Prevén, señora, con disimular ahora para después el castigo. Las vueltas de la fortuna sueños parecen, y son milagros por mí, por mano de tan bello ejecutor, que suspensa mi memoria. a aquel ángel, que me dio tanta vida con el alma, viendo y admirando estoy. Príncipe. Señora mía. Tente, que ya entre los dos, en fe de lo que ha de ser, no debes a lo que soy lo que haces. Siempre en mí será la deuda mayor, y en el Condestable siempre. Pero ¿Cómo podré yo en la boca lo que apenas cabe en la imaginación? De lo que hice por mí, aunque en tu favor pasó no me debes, lo que hago yo mismo me soy deudor. Mucho temí tu desdicha. Fue peligrosa ocasión. ¿Recibiste alguna herida? Muchas en el corazón de tu ausencia, aunque en el de más sangriento rigor fueran otras, a no hallarse quien me dio libre el arzón de otro caballero, que bien pudiera decir del sol; y al escaparme, fundando en su carrera veloz mi remedio, pude ver que de la ciudad salió mucha gente, levantando banderas de paz, al son de las cajas que abonaban sus indicios, y el mayor fue el ver en los tres castillos las mismas señas; tocó tras esto a mi oído atento, de muchos hecha una voz, que me dio seguridades bastantes, y así el temor perdido en la confianza me puse entre ellos, y estoy en tu presencia, después de entrar con ostentación pomposa y común aplauso en Nápoles, donde amor tan tuyo venció en mi estrella tan extraña inclinación. Y colmó los gustos son míos mi fortuna. La razón es, hija, muy poderosa. Con algún cuidado voy de saber quién fue aquel hombre a quien di vida. ¡Ay Dios! Este es el ángel de mi guarda. Es sin duda. Ya te doy, esposa el alma y los brazos. En notable disfavor mío han sido estos respetos, puesto que tan justos son. Ya mi Duquesa, esperando está tu mano. Y yo estoy, para recibirla, abriendo las alas del corazón. Deme primero la mano Vuestra Alteza. Alzad, mejor me aplico a daros el pecho. Merezca, señora, yo parecer vuestro vasallo. Duque, levantad. Yo soy muerto del Conde de la esposa me lleva la inclinación cómo arrebatada. ¡Ay cielos! ¡Ay de mí! ¿Qué hare? Mi honor se está quejando de mí y no tengo la culpa yo. Duque, Duquesa, llegad al de Salerno, a quien hoy hemos de besar la mano como a Rey nuestro. Razón es pedirle adelantada esa merced. La que yo tendré por tal, siendo medio el deudo y la obligación es que el Duque signifique a Salerno, de quien soy Príncipe, que esta corona será esmalte del amor con que gobernarlos pienso Desde Nápoles. Al son de estas cajas y clarines ejecutaré, señor, vuestro deseo, mostrando obediente estimación. Volveréis a este palacio, ya como vuestro. Él es no, no tiene duda, él es sin falta. Con la extrañeza ¡Qué horror pone el caso! ¡Qué hermosura! Me de extraña turbación. Señora, ¿exceso tan grande empleáis? Teneos valor. No es exceso lo que es deuda Ni es lo justo sin razón Ya, Príncipe de Salerno, tu felicidad llegó a colmar tus eminencias méritos muy tuyos son. Ya, pues mi hermana es tu pecho tus partes acrisoló siendo su esposo, serás de estas finezas crisol. Mi esposa y yo, que una parte somos tan tuya, los dos seremos vuestros padrinos; después, la coronación entre ambos ocupará la majestad superior de ese trono, y yo, contento de poder decir que sois hechuras mías, soberbia que en mí merece perdón, te prevengo que esta mano de mi cabeza arrojó esta corona, y la pone en la tuya, y que elección pudo hacer de aquel asiento en mi persona, y le doy a la tuya, y que tu mano te besaré, aunque ambición tuve de darte la mía, pero mi lealtad venció. No era el hijo de mi madre. En cambio de esto, señor, solo quiero, solo pido, solo suplico que acción tan alta merezca en ti agradecido valor. Condestable, reinaréis vos por mí, pues yo por vos soy Rey. Vuestra confianza será nuestra obligación. ¡Qué bien premiado deseo! ¡Qué bien lograda ocasión! ¿Ojos, qué hacéis, dónde vais? ¡Ay de mí, rebeldes sois! Al valor y al albedrío negáis la jurisdicción. Ha sido hazaña divina. Ha sido necio furor. ¿Quién no alaba tu lealtad? ¿Quién no adora tu afición? A tan extraño mirar honesto recato doy. A mi esposa debo el ser, al Conde el Reino, a su honor, que es la Duquesa, la vida y los tres en mi traición partícipes. Fuera, fuera eclipsar con sangre el sol, y así, ¡ay, ojos enemigos! Obedecerme, o, si no, con el llanto y el acero os sacaré, ¡vive Dios! Pues no ha de caber en mí, aunque pese a mi pasión, agravio por recompensa ni ingratitud por amor.
JORNADA SEGUNDA
Excusar fuera razón este cumplimiento ahora, señores. Siempre, siempre es deuda la obligación. Cuando a ver la Reina voy encuentro al Rey, ¡ay de mí! Entraba xxxx Señor, sí. Loco vengo. Inquieta estoy. Duquesa, ¡ay cobarde amor! ¿Cómo estáis? Teniendo ahora a mi Reina por señora, ¿Cómo puedo estar mejor? Oíd. Vuestra Majestad me dé licencia. Temblando la miro. Qué está esperando, señor, la Reina. Esperad, y advertid que no es acaso el esperaros, ¡ay, cielo! Como cazador al vuelo, como salteador al paso: pues para ver mi cuidado de vos tan favorecido, ni otras fuerzas han podido ni otros medios han bastado. ¿No es mi esposo el Conde, y no señor, la Reina es tu esposa? ¿Tú no eres el Rey? Rigurosa respuesta. Y yo, ¿no soy yo? pues, señor, para tratar lo que mi ofensa ha de ser, ¿Qué fuerzas han de poder? ¿Qué medios han de bastar? Vuelve en ti, y más te dijera a no ver que en esta parte el pararme a desdeñarte es favorecerte. Espera. ¿Qué haces? ¿Qué te obligó? El ser Rey y ver mi muerte en tus ojos. Pues advierte que en mujeres como yo la mano de un Rey, si a ser viene, estando en su lugar, buena allí para besar, no aquí para detener. Déjame. Tente. ¡Ay de mí! xxxxxxxxxxx ¡Ay, cielo! Celosa vengo de mi esposo. Indicios tengo de agravios. Hazlo así Duquesa. Favorecer su disimulo es mejor. eres Rey. Eres fuego amor. ¡Cielos! ¿Qué tengo de hacer? ¿Por qué el pensamiento mío al Rey teme? ¡Ay desdichada! Cualquier merced empleada en la Duquesa, Rey mío, la debe vuestra corona al Condestable, mi hermano, y aún vos. Favor soberano. Es otro yo su persona. A esas mercedes… ¡Qué enojos! …de darlas el alma trato. Los tres a quien soy ingrato tengo delante los ojos, y el amor porfía. Ven, Duquesa. Voy a servirte. Párteme el alma el partirte Conde. Señor. ¡Ay de mí! Los papeles que los dos vimos, es bien decretéis y mucho favor me hacéis, señora, en miraros vos. Venga, pues gustáis, y verlos podré. ¡Qué ciegas porfías! Id, Conde. Desdichas mías, me llevan de los cabellos. ¿Qué es esto, injusto amor? ¿Con qué vil trato siendo de cera, labras en diamante, en fuerte obligación? ¡Ay, fe inconstante, descompuesto valor, loco recatado! ¿Qué laberinto encuentro? ¿De qué trato pues doy un paso atrás y otro adelante? ¿Qué dice tu piedad? Que soy amante. ¿Qué replica mi honor? Que soy ingrato. ¡Terrible confusión! ¡Van a quererla! De igual contradicción favorecida, de amor tirano influjo de mi estrella, en libre vuelo y con fatal caída, dame más fuerza, y déjame sin ella, vuélveme el alma o quítame la vida. Del Rey tan favorecida, para todo atrevimiento tengo ya. Mi pensamiento, puesto que ingrato atrevido, en mi amor ha de emplear toda diligencia humana, Ordoño. Para mañana acabará yo de hablar. temí desconfianza ordinaria en los señores, en ti. Discretos temores, mas no en mí. A tu Majestad me guarde Dios, La Duquesa, ¿Cómo hermosa, Ordoño, di, es discreta? Creo que sí, Ya entiendo. ¿Qué duda ese esa? No es mala, pues, aunque amaga Duquesa bien dispuesta discreción de pura honesta, muchos concetos se tragan, y no habiendo libertad que empuje la ostentación, del labio la discreción es dudosa. Así es verdad. Ven acá ¿Gusta de ti mucho? Si hubiera gustado de mí, la diera un bocado que alcanzara. Es eso, di ¿Quiérete mucho? ¿Contigo habla, pregunta? Responde. Trata de matra al Conde para casarse contigo. Habla en juicio y no te entremetas gracias, que en toda ocasión sé que tus locuras son, por ser fingidas, discretas. Di, señor, que no te pierdo la obediencia ni la ley, porque el respeto un Rey puedo hacer de un loco cuerdo. Sabe, Ordoño, que llevado sin mí a imposible tan bello, cuantas ansias atropello, tantos medios he intentado, pero en ningún lugar halló ni siquiera el decir, pues ni ellos le osan pedir, ni ella ¡Ay, Dios! Le quiere dar. Y así tan ciego en su amor estoy, que mi muerte atajo por un camino tan bajo como el tuyo. Pues, señor, conociendo mi bajeza, ¿Por qué de mi proceder fías? Porque en la mujer tal vez disforme extrañeza hace fortuna dichosa. Sí, porque es de cada día madama bufonería alcahueta más famosa. Además de que he penetrado que eres hombre de importancia para todo. Repugnancia presupones en mi estado, porque si piensas que soy lo que soy, mal desconfías de mí, si las partes mías honras, obligado estoy a saber, que soy hechura del Conde. En tu profesión ¿Qué obliga? Contradicción en cuanto dices se apura, pues si soy ruin, mal puedo servirte, y si honrado, más me excusas. Servirás por interés o por miedo que así en el hombre que alcanza sin honor habilidad para hacer una amistad se apura una confianza. toma este papel, prevente, y esta cadena también, Ordoño, y ánimo ten, ten, pues sé que eres valiente me guarda, a mi justo efecto da, pues sé que eres discreto, y teme al ser que soy Rey. Alto, pues ¿Ya qué hacer puedo cuando entre dos maravillas el oro me hace cosquillas y el papel me pone miedo? ¿Qué haré pues? Cosa cruel. ¡Cuántos y cuántas sin pena por empuñar la cadena hubieran dado el papel! Grande favor me promete el Rey si su fin consigo ellos es oficio de amigo el ser un hombre alcahueta. la Duquesa sale hacer entiendo, como me valga la industria, que antes que salga de estas salas venga a ver el papel, que pues amor de un Rey me ocasiona ansí, no hay temer, que van en mí las leyes de embajador. Volver, pues al Condestable, Claudia, no he visto y si llega decidle que a San Francisco he salido, porque es prueba del amor de una mujer aunque con tan altas prendas, no salir a parte alguna sin que el marido lo sepa y que la silla y criados se pasen a otra puerta. Yo voy Sutil pensamiento muchos años su excelencia salga con tal gallardía que pueda de su belleza sin que le falte jamás, hacer la naturaleza mil jornadas de hermosura y la goce tan contento como está una presumida de discreción, siendo fea. Con algo se han de aliviar los males. Eso fuera si ahí parara, que hay mujer de las feas que se precia, sacando del escritorio la encarnación, que la vean del cuello arriba, marfil siendo de nogal la pieza y a la noche alza la cara para el día de la fiesta. ¿Qué papel es ese? Di. Ahora por la estafeta me la envían de Vizcaya, pues sin que yo lo merezca vive esparcida la fama de que soy tan gran poeta desde el flamenco país hasta la casa de Meca. ¿Pues qué contiene? Serán versos que también intentan galantear a las musas con lo tosco de sus lenguas los vizcaínos, que ya todo el mundo en esta seta quiere profesar de santo sin saberlo que profesa. Repite a ver. Dice así pero mejor vuecelencia lo sabrá leer que yo. Pues ¿Qué tienes? ¿Qué recelas? Recelo que has de culparme, que con diez años de escuela no sepa por mis pecados, leer la primera letra. ¿Cómo, si leer no sabes, publicas que te celebran por tan gran poeta. Buenos, Ya con aquesta presencia vengo a ser de los doctores que no entienden avicena, a cuenta de mula y guantes a cuantos curan entierran. ahora, vuecelencia, advierte que hay hombre que sin que sepa leer con un xxxx bobis disimula su inocencia que en el teatro del mundo mil cosas se representan el uno es muy presumido cuando en los públicos entra sin entender lo que hablan suele amainar la cabeza si el otro por sus virtudes no haya mujer que le quiera dice que le ruegan todas, cuando él a todas las ruega; el otro es muy porfiado, sin entender las materias, y a costa de sus porfías procura enseñarnos ciencia, para que yo diga mal de otros, para que entretenga con ignorancias al mundo, para que todos me metan por atrevido y yo nunca saque a la luz cosa que puedan censurar, pues en mi vida he de gastar una vela. para aprender lo que ignoro es necesario que sepa leer, lea quien quisiere juegue yo, murmuré y duerma, que juntando dos vocablos que la oscuridad engendra, hago que me aclame el mundo por Fénix de los poetas. Escuche, si no le enfado, estas coplas vuecelencia en lo es vanado del tronco de aquella encima que seca es de dédalos volantes laberinto de madera, con cincel en vez de pluma estalló Filis sus quejas, de quien dio los suspirados rayos a mayor esfera. Nunca me has dado más gusto con tus disparates, muestra. De importancia es el oficio si no echara suertes negras. Que al más jubilado en él muy lindos palos le pegan. El Rey; Duquesa ¡Ay de villano! ¿Estas gracias eran las tuyas? Vete de aquí, vete ya de mi presencia. Detén, señora, la ira. ¡Oh, mal haya la cadena! Mas dile, villano, al Rey que solamente me pesa de que no esté en el papel su vida, porque la hiciera más pedazos que desata el mar espumoso arenas cuando van por contra el sol le teje en oscuras nieblas, que a fuerza de rayos puros no se humilde su soberbia. ¡El Rey papeles a mí! ¡Papel del Rey! Y que entienda que tengo en mis ojos rayos que más papeles queman que tengo en el pecho bríos que deidades atropellan, que es el honor poderoso, y no conscientes bajezas tan livianas; vete ya. Por mandarlo vuecelencia me voy, cara ¡vive Dios! me ha salido la cadena. No puedo más. ¿Qué es aquesto? ¿No dabais voces, Duquesa? ¿Yo voces, señora? ¿Cuándo, o por qué causa? Bien muestra el encendido clavel de vuestro rostro la fuerza de la pasión, pues bañado en jazmines y azucenas le roba a sí mismo el nácar que ilustró vuestra belleza. No hay más causa que romper un papel que Ordoño en esta sala me dijo que halló, porque si otra causa hubiera… Basta, Duquesa, ya sé que nos son las quejas vuestras del papel, sino del sueño, que su amor os manifiesta que sean quejas honradas es lo que importar, Duquesa. Porque apenas volverá vuestros deseos, y apenas vuestra voluntad querrá Batir las alas soberbias, cuando sin que al cielo llegue desmentida de sí misma, encontrará precipicios que se acrediten tragedias. Vuestra Alteza advierta y mire que no es justo que me ofenda aunque el alma lo pretenda cuando celosa suspire, cue solo es justo que admire en mi estimado valor, que no recibo favor que a mí me puede estar mal, porque un amor desigual es eclipse del honor. Al deseo castigara, sin gran atrevido fuera que a tan remontada esfera sin prevenciones volara, y las alas le abrasara que suerte, a mi pensamiento, que en su desvanecimiento diera en todo peregrino en la más fatal ruina el más fatal escarmiento. quien ama sin respetar la obligación de su ser, ama por solo tener voluntades que obligar mas yo qué sé ponderar lo que debo a mi cuidado, al Rey no querré obligado galán, que no me está bien gozar de tan alto bien a cosa de murmurando. ¡Qué mal hice en descubrir tan presto mi pensamiento! Mas ¿quién con tanto tormento, puede callar y morir? Comunicar y sufrir un hombre que sus cuidados en otra lleva ocupados, y no poder acertar a darle gusto, es pasar un infierno dos casados. Aguardando que se fuera la Duquesa, a Ordoño vi que salió huyendo, ¡ay de mí! Si algún pensar del Rey era. Conde Hermana. Pues se ha ido la Duquesa, a los papeles iremos. ¡Hados crueles! Dejadme quieto el sentido. ¡Qué terrible confusión! Venceré sus libertades. Conde, pues son tus piedades amparo de mi razón. De mi oculto pensamiento sabe que habiendo creído ver mi esposo agradecido, le imagino descontento: pues cuando con fe piadosa debiera serme constante, por apasionado amante si no por mujer hermosa; pues cuando por mi corona debiera haber estimado la grandeza de mi estado si no el ser de mi persona pues cuando por las finezas de mi constante memoria, debiera tener por gloria mis regaladas ternezas, está de suerte, ¡ay, hermano! que disimulando enojos, se ve sin luz en mis ojos me da sin alma la mano con hielo mis labios toca y siempre que yo le miro veo que ahoga un suspiro desde su alma a su boca. Con esto, ¡ay, Dios! Deja muerta la vida en mi corazón. Indicios bastantes son de mi desdicha es cierta. ¿Qué tienes que tan turbado está en tu rostro de color? Tu mal aliento. Así mejor daré luz a mi cuidado. ¿Tienes tú la misma pena que yo con mi esposo tengo, con tu esposa? A morir vengo. ¿Háblate con alma ajena? ¿Arde nieve, abrasa hielo? ¿Desvíate? ¿Mira al cielo cuando le miras los ojos? ¿Escucha bien tus razones? ¿Muestra con tibios cuidados con los suspiros enfados y en los agrados ficciones? ¿Cuándo tú de azogue el alma tiene de plomo los labios? Ese amenazar agravios fuera en ella triste calma, que bien la entiendo. No, hermano; pues pudieras en tu esposa temer desamor, que es cosa que no asiste en propia mano, que en tu mengua no sería. ¡Qué necia con la pasión anduve! Su pretensión la he visto y ¡desdicha es mía! Hermana, mi esposa es tanto de mi amor señora, que con los ojos ahora las estampas de mis pies. y es tan alma de mi vida que con vario proceder en ella no puede haber para mí cosa fingida con lo cual le facilito el imprimir en tu idea que es imposible que sea cómplice en algún delito contra mí ni contra el cielo, supuesto que tú lo puedas temer. Enojado quedas. ¿Recelas? Nada recelo. Pues, ¿qué me aconsejas, Condestable para enmendar la tibieza de mi esposo? Tu terneza a mi cuidado responde, pero en marido o mujer las causas del enmendarse con la industria han de buscarse, pues con el tiempo han de ser, y más si es Rey, que el tal tiene solo en su comedimiento que pare su pensamiento y que su apetito enfrente. No le apures sus desvelos que opriman sus libertades, con caricias no le enfades ni le persigas con celos, porque eso sería hacer un freno de un acicate, apoyar un disparate y una inclinación vencer. Antes, porque tu hermosura le de apetito y no enfado, con descuido en el cuidado, y haz desdén de la cordura. y si esto no basta, piensa que es desdicha, y con valor, para no morir de amor, trueca en olvido la ofensa. ¡Qué buen consejo me has dado si yo tomarle supiera! Con todo, ya en mí modera la pena, si no el cuidado y así veré los papeles que nos dijo el Rey. No ahora con tu licencia, señora. Enhorabuena. Son crueles mis sospechas. Vuelve a verme. Muero iré a desengañarme si fue el querer ocuparme para tratar de ofenderme. Mis ansias corren tormenta. Mortales son mis desvelos. Yo averiguaré mis celos. Y yo prevendré mi afrenta. Marqués, conozco que pago ingratamente, y querría Mi enmienda, porque ya no es mía, el alma con que lo hago. Con el corazón ajeno, la furia que me provoca es un caballo sin boca, es una boca sin freno. A un amor determinado siempre el consejo le pesa. retrete de la Duquesa es este donde has llegado porque un Rey ¿qué habrá que mande, que entre interés y respeto no pueda? A tan grande efecto obliga causa tan grande. Oye, señor, pasos siento. Es Claudia. Señor, ya viene la Duquesa. Amor previene tan ingrato atrevimiento. Detrás de aquesta cortina de ese retrete has de estar, porque si te ve al entrar no se vuelva. Eres divina. Y tú en este otro aposento, por donde entraste, estarás. Bien lo ordenas. Tú me das, Rey, tu mismo atrevimiento. Claudia ten, quita este manto. ¡Válgame el cielo, en qué calma estoy, teniendo en el alma un desacuerdo, un espanto que algún mal me pronostica! Vete, en mi retrete al cielo quiero aplicar mi consuelo. ¡Qué mal sabe a quién le aplica! ¡Jesús! Señora. Esto ha sido Traición. Oíd. He quedado con el sentido turbado, con el aliento perdido. Mirad. ¡Trance riguroso! Daré voces. No las deis, que si dais voces perdéis vuestro honor y vuestro esposo. ¿Cómo pues, cómo tratáis de esa suerte vuestro honor? Rey, ¡Estoy muerta! Señor. ¿No sabéis, no os acordáis que a vuestra esposa debéis el ser de vuestra persona, a mi esposo la corona y a mí la vida? ¿Qué hacéis? ¿Qué hacéis? Con ansia amorosa hecho de nieve y de fuego, amante atrevido y ciego, en ti, en tu esposo, en mi esposa la desventura prevengo. Atropello la virtud, porque a tanta ingratitud me obliga el amor que tengo. Oye, cuando a tus pies, cuando a tus brazos el alma hecha pedazos, llegué tan perseguido, más turbado el valor que el cuerpo herido, y entre aquellos despojos así tus manos sin mirar tus ojos, creí que eran milagros superiores en mí aquellos favores, pero cuando advertido abrí los ojos, desperté el sentido, y apuré mi ventura, mirando entre mis penas tu hermosura, amor con la piedad el pensamiento llamó de absorto atento con feliz confianza dio a la correspondencia la esperanza, y puso su terneza entre mi obligación y tu belleza. ¿Quién tras eso después, con fe curiosa, tu menor parte hermosa apurando en la idea, debiendo amarte aun cuando fueras fea, no te hubiera adorado, aún más que agradecido, enamorado? Y más yo, no sabiendo que eras prenda del Conde, con la enmienda de este yerro imposible pues lo vine a saber, rigor terrible cuando ya mi albedrío por haber sido tuyo no eras mío. Con todo, con discursos, con ausencias, le hice resistencias, pero como contrario, rebelde, loco, ciego y temerario, viéndose resistido, se esforzó más y me dejó vencido. y de uno en otro lance mis pasiones creciendo, y ocasiones faltándome siquiera para que estas verdades te dijera, rompí la inútil calma de la vida, y resulto busqué el alma. Perdí, dando a tal causa tal efecto, a tu casa respeto, decoro a tu semblante y vergüenza a mi honor, pues por amante ciego en tu amor mi trato reduje a ser correspondiente ingrato, Y quiero…Escucha, espera; no, señora; que me permitas ahora tu mengua, ni tampoco mi gusto, solo, solo pues tan loco me ves con manso acuerdo quiero que tú me ayudes a ser cuerdo. ¿Cómo podré, si ha sido tu locura tan grande que procura mi afrenta? Dando a ella resistencia tan fácil, suave y bella que obligue con el modo, y no desesperándome del todo. No puede ser, porque el desdén piadoso en el escrupuloso Honor, favor parece. Pues ¿Qué haré yo cuando mi pena crece? Advertir en mi fama que ingratitud a tus agravios llama o pues ya he vuelto en mí, viven los cielos que tus locos desvelos, que tus torpes antojos abrasaré con rayos de mis ojos. Vete, señor. No tiene. El Conde. ¡Ay, triste! ¡Ay, Dios! El Conde viene. Ve, tú. ¡Ay de mí! Recíbele en la puerta. De turbada estoy muerta. Y tú aquí, aquí te esconde, Con que aseguras que se vaya el Conde. Sí, haré, pues se imagina velo de mi vergüenza esta cortina. Conde ¿qué estoy haciendo? ¡Ay desdichada! Duquesa, vos turbada. Mejor fuera. ¿Qué es esto? Fiar de la verdad. ¡Ser descompuesto vos, y vos, mudo labio! Por huir del peligro di en su agravio. ¿De cuándo acá, Duquesa, sin los brazos me recibís? Pedazos doy del alma a la boca. Perdonad mi descuido. ¿Qué os provoca la turbación? ¿Qué ha sido? ¡Vos, sol nublado! ¡Vos, color perdido! De cierta niñería fue impaciencia. Es vuestra gran prudencia. ¿Causa, Duquesa mía, que hace tan grande efecto es niñería? No, no, y cuando lo fuera, No turbada, colérica os tuviera. ¿Qué tenéis? ¿Qué tenéis? No, Conde mío cosa que importe. Brío fingís. Allá se llega. Si entra ¡Qué gran desdicha! El alma ciega me guía a que imagine. No sé, por Dios, a qué me determine. Mirad, que reponiendo muda ofensa hacéis la duda. Pues receláis mi engaño, oíd. ¡Jesús, qué pensamiento tan extraño! ¿Qué hago? ¡Ay, Dios, yo muero! Mas, pues le tuve, ejecutarle quiero. Esposo ¿dónde vas? ¡Ah, esposa! Lucho con mi afrenta. ¿Qué escucho? El Rey. ¿Qué hare? ¿Qué siento? No soy cómplice yo en su atrevimiento. Rey, Rey. Soy desdichada. Mi lealtad me detiene y no su espada. ¿Qué injusto honor no tiene torpe lengua? Tu ingratitud mi mengua, no tan solo en mis brazos, pero hasta en m garganta pone lazos. Pero mi afrenta es mucha y ya con mi lealtad mi afrenta lucha, que impulso tuve. ¡Ay, triste! Conde. A tiempo volviste, que a no volver la cara quizá de que eres Rey se me olvidara, porque un Rey imperfecto desmiente a sus espaldas su respeto. ¿Cómo podrá mi mujeril flaqueza resistir la extrañeza de un marido enojado? Muerto estoy, pues mi esposa, ¡ay, desdichado! Dice, siendo cobarde, que es traidora ¡Cielos, cielos enemigos! ¿Es soñado o sucedido lo que he mirado sin ojos y lo que sin alma admiro? Azogue tengo en el pecho, Plomo en los pies, y en un hilo todo yo, libre, me arrojo, y dudoso me retiro. Soy de fuego, soy de nieve, caigo en el aire, camino sobre varios pensamientos, intrincados laberintos. ¡Válgame, Dios! ¿En mi esposa sospechas yo? Mas ¿qué digo? ¡Pluguiera a Dios que sospechas solamente hubieran sido! Evidencias, desengaños Fueran, sí, sí ¿mas no dijo: “No soy en su atrevimiento cómplice yo”? ¿Desvarío, esto es verdad? Mas ¿qué importa volviéndose las espaldas, turbándome los sentidos? Quien teme culpas confiesa. Si, más pudo haber tenido la ceguedad al enojo, que no la culpa al delito. ¡Jesús! ¡Jesús! Que de cosas encontradas facilito y dificulto que el Rey, tras ser ingrato, atrevido, se entrase en mi casa. Bien pudo ser sin que camino le diese mi esposa, sí; pero tenerle escondido en ella no pudo ser. Un Etna soy, un abismo de confusiones, pues ¿cómo, cómo aun habiéndolo visto, pudo creer de mi esposa semejantes desatinos? ¿Qué haré si estando en mi pecho dos contrarios tan divisos, uno la culpa a temores y otra la defiende a gritos? Pero no importa, no importa, en duda me determino. Muera inocente o culpada, porque mi honor quede limpio. Muera mi esposa, eclipsados queden sus rayos divinos, desencájense los polos, abran bocas los abismos, caigan el cielo y en un punto el esférico edificio sea un caos que nos confunda a ella muerta y a mí vivo, pues eso y aún más merece quien desalumbrado quiso fiar el ser buen vasallo de un Rey desagradecido. Aquí encaja lindamente mi excusa ¡Válgame, Cristo! ¡Ah, infame! Señor, señor, advierte que si ofendido te hubiera, no te buscara. Escucho. ¿Qué dices? Digo. Déjame tragar primero este nudo detenido de mi garganta. Un papel y una cadena, si han sido causa de tu enojo… Acaba. Me dio el Rey, y yo previsto de decírtelo en secreto, tomé pasos fugitivos por excusar que la Reina no viera su agravio escrito después… Habla. Amenazado del Rey, que le diera quiso A tu esposa, hube de hacerlo pues ¿quién hay tan atrevido que no obedezca de un Rey un mandamiento preciso? Lo fue también, la ocasión pero pasada, he venido a que sepas… Dilo presto. Que mujer tienes, un vivo ángel, y un puro ejemplo de mujeres. Resucito mi muerta esperanza. Como si hubiera tenido presente al Rey llegué a ella cuando iba a San Francisco, y apenas en mi embajada vio del engaño principios, porque temblaba el papel de su nácar escondido, cuando dijo: “Darle, darle mil palos”, a recibirlos no me atreví. Dijo más: “Dile al Rey”, mas tan perdido de turbado estaba entonces, que entre miedo y desatino no supe en qué fin paró tan enojado principio. Me fui el Rey, le dije al Rey, que de haberle obedecido se quejaban mis costillas; refiriéndole lo mismo a él entonces que a ti ahora. Lo sintió mucho, y ha sido de mí, le dijo al Marqués que le acompañase, arbitrio Civil. Entrose en tu cuarto, a donde ya prevenidos tenía algunos criados, estos le fueron propicios, y los demás, en oyendo el Rey soy, como aturdidos sin replicar le dejaron pasar. Lo que ha sucedido después, no dudo, señor, que ya tus ojos lo han visto, y no sé cómo no has podido estorbar que se llevara a mi señora. Hado equivoco ¿Qué dices? Que yo la vi en una silla, que indicios daba de seguidilla el Rey. ¿Qué dices? ¡Bien, bien has dicho! ¡Qué esposa tengo! ¡Ah, traidor! ¡Valedme, pies! No te sigo, porque hacer de ofensas tales en ti primeros castigos que en los demás, fuera en mí más que valor, desatino. que el Rey se lleva a mi esposa y que ella con él se ha ido. ¡Con el Rey! Viven los cielos, para mí tan pocos píos, que he de matarla en los brazos del mismo Rey, y al Rey mismo. He de matar. Mas, ¡ay, cielos! ¿Qué dije? De haberlo oído en mi boca estoy temblando cegó el enojo al juicio. Porque un vasallo no pude, aunque sea vea ofendido, por mil causas, por ninguna, matar a su Rey ¡Maldito sea honor que a quien le ofende está defendiendo él mismo! ¿Qué haré, pues? ¿Qué haré, para los agravios mío pues veo abiertas tantas venganzas, cerrados tantos caminos? Mas ¿por qué, por qué he de estar afrentado y discursivo si hasta ahora el no ser loco presupone haberlo sido? ¿Dónde voy, si hasta las puertas de mi casa, cuando miro, desdichas mías, no veo? Mal descubriré el camino de mis aciertos ¿Qué estrella me guiará, cuando ya sigo tras la que me influye el paso, tan deslumbrado el tino que me llevará mi afrenta donde sea el honor mío, si no lazo de mi cuello, de mi garganta cuchillo?
JORNADA TERCERA
Triste tu rostro ofrece las señales sin ser de esta ocasión. Señor, ¿qué tienes? No son sin causa, Duque, que los males como vinieran solos fueran bienes, que Salerno, entre empresas desiguales, se pierda, importa poco. ¿No previenes, señor, que con mi gente, si importara, la arrogancia a Salerno castigara? Se quejase de que vive sin gobierno porque a Nápoles quieres agregarle y pues no es más que Nápoles Salerno, porque desde él no puedes gobernarle no bastó al fin tras del acierto tierno la razón con que quise sujetarle a tu intención, pues dijo alborotado: “Ríjale de heredero al principio.” Concebí enojo de su necia pompa, queriendo escarmentar soberbia tanta, aunque no es justo que las leyes rompa de embajador hasta besar tu planta, pero si al son de la bastarda trompa que al bruto anima y al cobarde espanta, me da licencia de volver a verlos, pondré a tus plantas sus erguidos cuellos. Si siguen mi valor ciertas pasiones con quien lucho, remedio conveniente, Duque, al punto pondré. Las ocasiones de agradarte deseo. Nadie siente como yo no tenerla. Mis pendones fue el Condestable a ver, porque la gente de quien fue dueño aclama su presencia, y así volver allá con tu licencia. No mováis, Duque, el pie sin orden mía, que en vuestra sangre mis quietudes fío. Esa obediencia engendra mi alegría. Y vuestra hija en mí tal desvarío. Dejadme que yo busque, siendo mía la libertad que ignore, el albedrío que ame y respete, mi sentido pierdo, pues loco estoy en pretender ser cuerdo. Rey, si diligencias mías pueden, brotando ternezas opuestas a tus tristezas, vencer sus melancolías para a escucha; tus enojos menosprecia mi disgusto, y para comprar tu gusto pide sangre de mis ojos, que no merezca saber. ¿Qué tienes? A morir vengo, si con decir lo que tengo lo dejara de tener yo lo dijera, mas no es tras morir y matar justo el darte mi pesar, creciendo el que tengo yo. Y yo no es pena más cruel para mí. Extraños enojos. Haberle visto en tus ojos sin saber la causa de él. Y demás de esto… ¡Qué enfados! En corazones unidos no parecen repartidos los males comunicados. Cuando son como los míos, no es así. Pues ¡Enhorabuena! Pero a tu confusa pena dale alentados desvíos, deja cuidados violentos, reprime ciegas pasiones desvía las ocasiones reduce los pensamientos. Deja de matarme. Trata de ser Rey. No consideras que al afligidos de veras quien le consuela le mata. Será porque los consuelos son míos, que a ser… Señora, déjame, no falta ahora sino que me pidas celos. Si me señalas amores ajenos y estoy celosa, fuera ofensa. ¡Triste cosa! No llores, por Dios, no llores. Hasta el llorar sientes tanto en mí, que el ser te enajena. Tengo por azar tu pena y por agüero tu llanto, porque eres media alma mía. Ea, pues, si eso te enoja, refrenaré mi congoja y alentaré mi alegraría. Dime, señor ¿ha quedado por ventura…. ¡Qué despecho! …reliquia alguna en tu pecho de aquel nuestro amor pasado? ¿Eso dudas? Oye, mira, dime verdad. ¡Oh, qué enfado! Sí, pues no, mal haya estado onde es honra la mentira. déjame, por Dios ¡Qué ingrata fortuna! Otra vez te dije que tu consuelo me aflige, que tu regalo me mata. No puedo más ¿Qué me quieres? Que con mi desdicha luches, que me estimes, que me escuches, y sepas que las mujeres que a partes como las mías añaden mis cualidades, deben sufrir las crueldades, mas no las descortesías. ¿No te acuerdas, no previenes que a tu engaño agradecida, aventurando mi vida te di la que ahora tienes y que de un vasallo mío te hice absoluto señor del alma? Pues, ¿qué valor te da tan ingrato brío? Eso y más merece oír el hombre que viene a ser hechura de su mujer, mas no lo debe sufrir. Advierte… Nada te abona. …que quien con injusta ley te hizo de vasallo Rey, te quitará la corona. Quitaré yo la vida. ¿Tú a mí? Pues ya estoy jurado por Rey, podré sin cuidado. ¿Qué es eso? Fuiste atrevida. ¿Qué es lo que he visto? ¡Ay, cielos! ¿Cómo, mi agravio sufre, con alientos cobardes, infames pesadumbres? ¡Qué palabras se atrevan, que aceros se desnuden contra mí! ¿No habrá extremo que lo más dificulte? la Duquesa es la causa de esto, y que yo la oculte no es mucho, pues no quiso las veces que la induje decirme lo que yo después celosa supe, cuando tras mi sospecha llegué a mi pesadumbre. y quien calla secretos que los días descubren que es cómplice en el daño que de callar resulte. ¿Qué haré? ¡Ay de mí! ¿Qué haré pues la piedad me instruye, el agravio me anima y todo me confunde? ¿Vos, Duquesa? Señora. ¿Qué tienes, pues descubres perdidos arreboles entre eclipsadas luces? Sabe, que el Rey, tu esposo, el pensamiento inútil puso en sus esperanzas opuesto a mis virtudes. Cállatelo, señora, porque es bien que procure quien profesa corduras facilitar quietudes. al Rey hallé en mi casa, en mi retrete pude hallar al Rey; parece que imposible arguye. Si resistí mi agravio sabrás con que me escuches ahora, en la contraria estrella que me influye, pues tras de una cortina le halló mi esposo. Ocupen toda el alma congojas, todo el discurso lumbres. Lo que después pasó, tan sin sentido estuve, que solo sé que el Rey se fue, y entre inquietudes dejé al Conde, me salí sin hablarle y no anduve un paso cuando hallé al Rey que a ciegas luces mi peligro acechaba, y en viéndome sacude el rebozo al respeto y al valor la costumbre mandando que le siga y que su acción disculpe porque me importa, ¡ay cielos! Yo entonces, que no supe qué hacer para excusar tan varias muchedumbres de daños, engáñele, y tanto con él pude que en fe de mi palabra su obstinación reduje a irme en una silla, fiado en que propuse el ir sin él a donde me señalase. ¿Sufren esto los cielos? Oye; pero apenas traspuse la primer calle, cuando dejé la silla y trujé entre sombras camino y entre tinieblas lumbre, para volver a darte de esta razón, y estuve apenas en la sala cuando a mi padre tuve en los brazos sufriendo tan mal la pesadumbre que fingí un parasismo, y aunque con él le puse en cuidado, me dice sosiegue y asegure mi salud entre tanto que al campo se conduce a traer el Condestable, mi esposo, que presume que a dar a sus soldados orden partió; propuse seguir el fingimiento sin que nadie lo juzgue si hay penas que del alma las penas disimulen. Con que llego muriendo a tus pies, donde ocupe lugar esta desdicha, y si de ella presumes mi honor, con tu piedad mi ignorancia disculpes, mi providencia ampares y mi consejo alumbres. ¡Por qué camino el cielo mis rigores destruyen ofreciendo desvíos a daños tan comunes! No quiero declararte la traza que introducen en mí tantos rigores hasta que de ellos triunfe. esta llave he quitado, por ciertas inquietudes del camarín a Silvia. Te ruego que procures que nadie entrar te vea en él, y disimules, cerrada, tantas penas hasta que allí te busque, y la llave maestra que me queda, asegure que soy yo la que llego porque entre tanto cuide de tu honor y mis celos, si es bien que en mí se junten las dos obligaciones y las dos pesadumbres. Y a tu criada Claudia Me envía aquí, no lo dudes que de tantas desdichas los presagios excusen, si no pudiere afable, aunque con fuerzas luche. Mi vida está en tus manos, tu pecho se asegure de que he quietado el mío con tu valor ilustre, y que de mis respetos no hay cosa que se dude. Sí, haz presto lo que digo. Iré a que se ejecute. La ira bien quisiera venganzas, pero sufre amor pocos rigores contra quien, para dulces regalos de la vida, es de mis ojos lumbre. No se tenga por cuerda mujer que no procure, si puede, en su marido soldar la pesadumbre, porque es un enemigo de quien nunca se huye. ¿Qué me manda Vuestra Alteza? Hacer de ti confianza, que es con la que más se obliga a un desigual. Soy esclava de Vuestra Alteza. La vida, Claudia, arriesgas o mi gracia conquistas con que con breves pasos aquí al Rey me traigas, diciendo que la Duquesa secretamente le llama tanto que ha de entrar a oscuras en su cuarto, y yo encerrada estaré en él en la puerta de donde es bien que te vayas al punto, porque mi ausencia se divierta entre mis damas. ¿Entiendes mi pretensión? Que la obedezca me manda tu Alteza, no que discursos en sus pensamientos haga. Sirve bien, pues eres cuerda sufra yo, pues si me matan los celos, son de un esposo que tengo dentro en el alma. pero la Duquesa, ¡ay, cielos! Con mis discursos se agravia y el Rey ¡ay, injustas penas! Con sus disgustos me mata. no sé si en el pensamiento que mis inquietudes fraguan lo acierto, ya me arrepiento ninguna intención me cuadra. Mi amor piedad solicita, alma tierna y vista blanda, y a ese paso mi desprecio pide rigor y venganza. ¿Qué haré? Que es fuerte el respeto mío, cuando no se atajan primeros atrevimientos en un marido, son causa de obstinación en sus culpas y de rienda en sus palabras. Ahora, pues, varios discursos fingirme en esta cuadra de la Duquesa apagando sus luces, que enamorada al Rey espero, perdone la Duquesa, que esta traza al común descanso aspira, y con retiro y voz baja veré sin en lo que deseo saber hacen sus palabras razón, y si las finezas de mi sospecha no pasan. Traerle de esta manera a mis brazos, que si se halla un marido descubierto y obligado, nunca falta en el conocimiento mi desestima la causa viendo que donde espera tormentas goza bonanzas. mas si hallo tales ofensas que a mi pesar se adelantan reducirme a perderle y a ejecutar mi venganza. Yo estoy, cielos, ofendida, y a mi ofensor quiere el alma matar quisiera la suya y al punto resucitarla porque no hay tan rigurosa mujer que cuando enojada quiera más de hacer de modo que se enmiende quien bien ama. Que con absoluta ley puede la fuerza de amor dar consuelo en un dolor y hacer un hombre de un Rey es hechizo. Vuestra Alteza parece que anda dudoso. Claudia, en fin tan amoroso causa el contento tristeza, que ella misma te dijera que me esperaba, ¿es posible? Vuestra Alteza está terrible. Loco mejor estuviera. Señor, entra y me voy. Estoy confuso. Dudas acorta. Vete. Él es ahora me importa. Valor, que mostréis quien soy. ¿Es el Rey? ¿Quién sino el Rey bella Duquesa, pudiera hablaros sin que rompiera de un gran precepto la ley? Y aun yo, para haber de hablaros, es fuerza de quien soy degenere, con que estoy resuelta a solo adorados. estimo, como es razón el favor que me habéis hecho en llamarme, aunque sospecho que no es por estimación. porque, quien de vos creyera, noble Duquesa, que amor contrastara tal valor, en grande engaño viviera y quien pensara de mí que puede ser mi afición sino fuerza de pasión, no lo acertara y así perdonad este rigor a mi pasión, pues hacer puede que yo vengo a ser el ingrato por amor. ¡Qué roja estoy! No paséis, señora, más adelante, si es que por acción de amante la de la silla tenéis, porque fue del más loable pensamiento, imaginando que os estaba asegurando del rigor del Condestable, pues que arrojando su vista centellas entre los dos, puede que arrojando su vista centellas entre los dos, pude presumir en vos el riesgo de mi conquista. si es que para castigarme quisisteis favorecerme, remedio para vencerme me da y para matarme que esta pasión que atraviesa el pecho con media injusto, causó en la Reina un disgusto de que en el alma me pesa. Bien lo entabla amor que fue. Niñerías de celosa, Y, por Dios, que está quejosa con causa, porque no ve en mí tan solo un agrado, y después que me trae muerto vuestro cuidado, no advierto lo fino de su cuidado. mas del sosiego esperanza tengo con este favor, y, en privaciones, amor más resuelto se abalanza. Llegad, que obligada amaros con tal valor de por medio pienso el último remedio, señor, para sosegaros. Gente he sentido atrevida no juzguéis mi acción, entrad. Mejor es irme. Esperad. ¿Qué dudáis? Que me convida la ocasión, y cuando veo que la tengo, y que de hablaros me la dais, menos amaros vengo, por lo que deseo vencerme. Esperad No importa. Ved que el honor y el consuelo en ello me van. Recelo perderme. Mi suerte es corta mirad, que esto puede ser mi afrenta, presto, que llegan entrad. ¡Qué ingenio no ciegan halaros de una mujer! Vuelve a deshacer los pasos, Claudia, que contra mi honor diste. ¿Qué dices, señor? El silencio en tales casos es también cómplice. Espera. ¿Quién era aquel embozado que iba contigo? Engañado Estás, señor. Di quién era O te quitaré la vida, que aunque esta sala pasaste sin luz, a Ordoño encontraste, que juzgando en tu atrevida acción algún desvarío propio, me avisó, y sin duda que según te miro muda, es más propio, siendo mío. habla, ¿qué dudas? ¿Qué estás temblando? No sé, quisiera, ¿A dónde fuiste? ¿Quién era? Presto. El Rey. No digas más. Vete, Claudia, que imagino, según me siento mortal, que haré por saber mi mal con tu vida un desatino. ¡Que el Rey en mi cuarto ha entrado otra vez con cauteloso medio! Ya no estoy celoso ya paso a estar agraviado si en la silla fui engañado de mi ofensa vengo a ver la fuerza ¿Qué ley poner pudo sin que al mundo asombre, toda la honra de un hombre en manos de una mujer? ¡Ah, Duquesa! Yo entendí que eras puro resplandor del sol, mas ya mi valor queda oscurecido en ti. si la mujer puede así borrar lo más celebrado de un hombre y aventajado hacerle, nunca un marido se tenga por bien nacido si no fuera bien casado. Venga a tierra cuanto encierra este cuarto, pues fiar se puede solo el callar a las bocas de la tierra. aunque muera entre esta guerra inquietarlo es mejor, porque quien tiene valor puede, cuando aquesto emprende, matar solo al que le ofende, pero no ver el error. A la venganza provoco Mi rabia; esperad. ¿Qué acuerdo es este? ¿Hermano, estás cuerdo? Reina, me importa ser loco. Sin duda estimas en poco el cuidado de asentar nuestros celos, pues turbar puedes ahora, este fin esta es de mi camarín la llave, en él ha de estar la Duquesa, adiós, que parto a proseguir mi contento, pues yo ocupo este aposento, desengáñate en mi cuarto. Escucha; dudoso parto es hermana el de tu pecho. en qué trance tan estrecho quedo. Mas sin que el pesar de más rienda, he de quedar del nuevo fin satisfecho. ¡Oh llave fiel y engañosa, ancora en que ahora aferro mi esperanza en morder yerro! También pareces celosa sí, siendo en vueltas dichosa, a la fortuna acobardas y eres maestra, ¿qué aguardas? enséñame a padecer pues burláis tú y la mujer siempre las mejores guardas. esta es la puerta en que apoya su fin mi rigor, y está cerca de ser, ojalá la del caballo de Troya pues de una robada joya nacieron tantos desvelos volvió y no abrió, más recelos nacen. Esperad, que ahora échela doble, señora. ¿Cómo? ¡Ay, Dios! ¡Ah, santos cielos! No han de vencerme traiciones. ¡Qué mal lo advertí! En defensa de la llave, me asegura de otro instrumento la fuerza. Con más turbación me he visto en mirar a la Duquesa que si yo corriera riegos que corre la vida en ella. Amé sus divinas partes, y ya entre confusas pruebas rabia en cristalino espejo volví todas las finezas. Darme la llave mi hermana del camarín ¿quién creyera que no era para esperarme con pacíficas ternezas? Pues, ¿por qué en viéndome pudo, admirada y descompuesta así turbarse, negarme la vista, y cerrar la puerta? mas, no es mi esposa ¡Oh qué necia confianza! Sí, es mujer. no, no es mujer la que es buena, pero si la honra espíritu que se pierda aún por los ojos es fácil. ¡Qué de tormentos me cercan! ¿Qué haré? Retirado es bien que mi silencio padezca hasta hallar puerto mis ansias con cualquier suceso de ellas. La daga que de la mano perdí sin sentido, es fuerza buscar, extraño presagio fue el dejármela a la puerta. Mas ruido oigo en el hierro de la cerradura en ella andan, paso, que sus males escucha siempre el que acecha. No siento ruido ninguno. Sin duda que fue advertencia de Artemisa por probarme. cara pudo ser la prueba. la bujía que turbada cayó de mi mano y fuera dejé, he de buscar ahora porque si vuelve la Reina y mis pesares no sabe por aquí no los entienda que si era el Conde, fue yerro el darme este susto, y si era el Rey fue un atrevimiento que entre ambas vidas pusiera en riesgo, más retirada yo aquí. Si mi esposo fuera. ¡Qué pesar no desterrara! El Rey fue, mi pena es cierta. La puerta abrió, si los cielos lo quieren, aunque por fuerza he de entrarme allá diciendo que el Rey, soy pues si con ella está llamarán traición mi osadía y la sospecha averiguaré, y si no, conoceré si le espera, y en un corazón dos almas sacaré. No hallo la vela, estando aquí la bujía, mas ¡Cielos! Sin duda que esta es daga, a esta puerta daga. aquí hay traición manifiesta. Un Rey no la puede hacer. ¡Ay, cielos! Gané la puerta. Téngase allá, aunque sea el Rey que ¡Vive Dios! Que si intenta que es el Rey el mismo sol atreverse a la pureza que ha sustentado mi honor y mis valores conservan, que abra en su pecho esta daga tantas bocas que no tenga lenguas la fama que basten a poder hablar con ellas Vuestra Alteza, ya olvidado de su valor y nobleza, apagándose la luz con su osada inadvertencia, en su turbación sin duda dejó esta daga, pues crea que es instrumento que el cielo fraguó para mi defensa. Me mandó con una llave la Reina que aquí estuviera sosegando un parasismo, cólera de mi nobleza. Si Vuestra Alteza ha venido con la suya fue cautela. De bajo pecho y si acaso se la concedió la Reina sabiendo mis pulmones fue nueva traición y entiendan entre ambos que cuando en mí no se hallarán, no vivieran respetos tan bien nacidos por los que en el Conde atenta mira, respetando el alma que tan sin causa sujeta la suya a nobles pesares, atropellara, rindiera, a costa de mil tormentos, las más triunfales diademas, porque un átomo del sol no llegara a ser su ofensa. Oye; me enternece el alma. No llegue que cuando pueda burlar su industria este acero con varonil resistencia, no ha de poder sujetarme los dientes, que ya pelean, ensayándose con rabia, para vengarme y advierta que soy la Duquesa yo, y mi esposo el Conde, y estas las columnas en que estriban lo más de las verdades luces de los claros astros, y que es forzoso que entienda a que por mi tiene vida, amparado en la sangrienta persecución de los suyos, y que por mi esposo reina en Nápoles y que pierde obligaciones como estas con su ingratitud amante. Y pues no lo considera ¡Viven los cielos! Que solo movida de lo que intenta, aunque sea solo hablarme aunque solo verme sea, que he de sacarle la vida y salir de esta tiniebla, dando voces de mi agravio, sin que humana resistencia pueda sosegarme. Escucha. No escucho. Oye. Aparte. Espera. divina satisfacción con ella el alma sosiega de mis celos y temores, de mis ansias y sospechas. Mas vale morir con honra que no la vida sin ella. Yo conozco aquellas voces. Descubierto estoy. Apriesa que es la Duquesa. Algún caso triste temo. Esposa, espera. ¡Señora! ¡Jesús! El Conde. Nadie muestras cosas sepa, que estoy loco de contento de tu valor. Hijos. Hermano. ¿Qué esto? ¿En manos de la Duquesa tu daga, Conde? ¿Qué fines fueron los tuyos? Sáquela Yo por quitarle esta cinta, que entre amorosas quimeras reconocí que era mía. Gran ficción. Mucha fineza ¿Qué hay que dudar del amor de los dos? Vuestras respuestas y voces mal tantas dudas puedan dejar satisfechas. hablad, Conde; no tengáis mi corazón en sospecha, pues mi justa ingratitud hoy satisfará las vuestras. Si mi intención en los ojos no habéis leído, Señor, los hombres de mi valor no explican más los enojos. bien sabéis que estoy quejoso de que este reino os he dado, con haberos amparado en vuestro fin amoroso. quédeme con intención en Nápoles de que fuera yo otro Rey, y si pudiera cuanto a la amigable unión, mas ya en volverme sospecho que acierto, porque he pensado que es más veros obligado que quedar yo satisfecho. Conde, amigo, no es razón que a nadie mis intenciones encubra, pues las pasiones de amor, penas de hombre son. Pasión, encantado u hechizo, y aun todo junto confiesa el alma que a la Duquesa me rindió, mas satisfizo mi pecho con su virtud, de manera, que os confieso que he sentido con exceso ver mi injusta ingratitud. Pero ya, Conde, ya siento que del mal que me oprimía me tienen libre este día amor y conocimiento y porque veas que estoy de mi culpa con cuidado, solo es mío el Principado de Salerno; este te lo doy; que pues según la embajada que el Duque trujo, Salerno mi asistencia o mi gobierno pide, en ti deseada dicha tendrá, porque veas que lo que te pude dar solo para gobernar, doy para que lo poseas que a ser mía la corona que de Artemisa he venido a tener, agradecido la rindiera a tu persona. De todo, señor estoy de tal suerte agradecido, que confieso haber tenido nuevo ser, partiré hoy a gozar tanto favor. Hermana, dame los brazos. A ti y al Rey. Nuevos lazos Son. Bien, invicto señor, tu gran valor has mostrado. Y aquí tiene fin, senado, mi ingratitud por amor.
