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Texto digital de El infamador

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Juan de la Cueva
Atribución estilometría
Juan de la Cueva Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto (preparado por Germán Vega) procede de BVMC.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El infamador. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/infamador-el.

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EL INFAMADOR

JORNADA PRIMERA

El infamador Juan de la Cueva Con próspero viaje y favorable viento navega a quien espera la riqueza; del mar no siente ultraje, que a su furor violento el oro aplacar hace la fiereza. Huye de él la tristeza, todo le es favorable, no le contrasta nada; tiempla como le agrada a la Fortuna fiera y variable cual yo, que a mi deseo, con mi riqueza lo que quiero veo. No me pone en cuidado ninguna cosa humana, porque a medida del deseo me viene; de todos so estimado, y de gloria mundana por mi riqueza igual ninguno tiene. Al que más le conviene por decendencia ilustre, si le falta el dinero casi no es caballero; si lo tiene un villano es de gran lustre, porque con la riqueza hoy se adquiere la gloria y la nobleza. Huélgome de hallarte tan contento, y más de oírte engrandecer tus bienes haciendo alarde de ellos, dando al viento cuenta particular de los que tienes. Publico lo que siente el sentimiento. Bien está, mas que en eso te refrenes por parecer te doy, porque es torpeza de ánimo amar tanto la riqueza. Como te hizo el cielo incapaz de ella, tienes oír su nombre por odioso; que el pobre no se harta de ofenderla, de invidia de ella y no de virtuoso; publica que no quiere poseerla, que huye de su trato peligroso, dando a entender que es justo despreciarla, supliendo así el defecto de alcanzarla. No sé yo quién desprecia la riqueza, porque me río cuando voy leyendo de algunos que eligieron la pobreza, sus bienes libremente repartiendo; tenerla en tanto tengo yo a torpeza, que parece que vas ennobleciendo tu persona, y que el ser y la memoria recibes de ella y no de tu alta gloria. Yo entendí que eras menos majadero. Y aun yo creí otra cosa, que no digo, de ti, pues en más tienes el dinero que de tus padres el blasón antigo. ¡Necio! Píntame agora un caballero más que el Cid o que el godo rey Rodrigo, que sea pobre, y ponlo en competencia con un rico de oscura decendencia: Verás a cuál se inclina la victoria de las dos diferencias que publico, y entenderás cuál vive en la memoria: el noble pobre o el villano rico. El uno muere, el otro vive en gloria, el pobre enfada, el rico certifico que es acepto, aunque sea el propio enfado, y el pobre es confundido y desechado; y para prueba de esto quiero darte por ejemplo el discurso de mi vida; dejo la estimación que en toda parte a mi persona ha sido concedida; los trofeos de amor quiero acordarte, pues sabes que no hay dama que rendida no traiga a mi querer por mi dinero, y no por ser ilustre caballero. ¿Qué razón hay, que así generalmente ofendas por las malas a las buenas? ¿Cuál mujer a mi amor no fue obediente? ¿Cuál no aplacó de mi deseo las penas? Muchas; y hay más que te diría al presente que estrellas tiene el cielo y Libia arenas. ¡Bárbaro! ¡Si las hay nómbrame una, porque yo no me acuerdo de ninguna! ¿Tan flaco de memoria estás agora que no te acuerdas cuántas no acetando tu demanda, con saña vengadora te dieron la respuesta amenazando? Dejando las demás, sola a Eliodora te quiero señalar, a quien amando tan encendidamente procuraste y con tanta inquietud solicitaste. Aún no está ese negocio concluido, que a Hortelio estó aguardando aquí que venga con Teodora, que a Eliodora han ido a pedirle que oírme por bien tenga. ¿Eso intentas?, ¿aún no la has conocido? ¡Espántome que tanto se detenga en ti una pertinacia tan molesta, sabiendo claro que tan poco presta! ¿Estás en ti? ¡Agora entiendo y creo que has perdido el juicio! Di, villano: ¿qué mujer hay que pida mi deseo que no la tenga luego de mi mano? Quiero reírme de ese devaneo, pues tienes conocido y sabes llano la constancia de aquel constante pecho que siempre te ha tratado con despecho; y conosciendo el yerro que sustentas y que no hay cosa humana que te guarde, ruego a Dios que no llores lo que intentas. ¿Qué tengo que llorar? ¡Calla, cobarde, que hoy te haré que veas claro y sientas quién soy! No hagas de esto más alarde, mas oye a Hortelio, que te trae el recado que aguardas: darás medio a tu cuidado. ¡Hortelio viene!, ¡oh venturosa empresa! Anda, mi Hortelio, ¿ya no ves que aguardo?, y la respuesta a tu demanda expresa, que en el deseo de saberla ardo. ¡Sosiégate! ¡Quien tiene el alma opresa cual yo, tendrá por perezoso y tardo al suelto Euro, al presto pensamiento, si ellos le traen remedio a su tormento! Señor, lo que podré decirte en esto, que fuimos do mandaste yo y Teodora la vieja. Yo en la calle quedé puesto, y ella entró a negociar con Eliodora. No te sabré significar cuán presto negoció, que no en medio cuarto de hora volvió donde yo estaba, de manera que no podía conocer quién era. Traía el rostro así cual si arrastrado fuera por riscos y ásperos abrojos; el cabello a raíz todo cortado, lanzando sangre por la boca y ojos; sin manto, saya, toca ni tocado, que de ello hizo el vencedor despojos; y de esta suerte vino donde estaba, que vencedora en triunfo la esperaba. Llamome por mi nombre, y advertiendo en el sonido de la voz cansada, fue a la pobre Teodora conociendo, aunque en todo venía diferenciada. Preguntele del caso; ella temiendo que la viesen y en verme avergonzada, con su mano alzó un lado de mi capa y así con ella lo que pudo tapa. Díjome que torciese una calleja que con la casa de Eliodora linda, y la llevase a casa de una vieja que vive allí, que llaman Terecinda. Hícelo así, y al punto que empareja con la puerta, la vieja se reguinda por un desván, y baja más ligera que subir suele el fuego a su alta esfera. Teodora, sin que cosa me dijese de aquel caso, me dijo que al momento con toda priesa a te buscar viniese, que ella luego será en tu acatamiento. Dejela cual mandó y como volviese por la calle Real, mi desatiento fue tal por darte nuevas de Teodora, que sin pensarlo di con Eliodora. De su casa a la calle iba saliendo con sola su criada Felicina, y dijo así, como me vio, riendo: ¡bien negoció la nueva Celestina! No le osé replicar, y ella siguiendo su vía sin hablarme más camina, y el camino del río dirigieron y yo me vine y ellas dos se fueron. ¿Que no te dijo quien así la puso? Señor, no se aclaró comigo en cosa. ¿Es posible? Alterado estó y confuso, de horror tremiendo el alma congojosa, porque entender que sola se dispuso Eliodora a maldad tan rigurosa es yerro. ¡El padre y ella lo trazaron, y los demás que al hecho se allegaron! Y así protesto y juro de vengarme y de vengar la vieja en los que fueron; que vida, hacienda y honra ha de costarme satisfaciendo a quien por mí ofendieron. ¡Sosiégate, señor! ¿Osas hablarme? Osarete decir que si hicieron a la maldita vieja tal afrenta, que no es razón ponerla tú a tu cuenta. A mi cuenta la pongo, pues yo he sido la causa, y por mí debe ser vengada; y si Eliodora en ello ha consentido, Eliodora será la ejecutada. Señor Leucino, por merced te pido que no se alterque en este caso nada, pues viene allí la vieja. Ella dé cuenta del caso incierto y de su cierta afrenta. Hijo Leucino, ya veo en verte salud y vida. Madre, seas tan bienvenida cuanto el bien que más deseo. Aquí estoy sin ti afligido, revuelto en mil pesadumbres, aguardando que me alumbres de todo lo sucedido. Pensarte el caso contar se me renuevan mis penas, y la sangre por las venas siento de temor helar; mas siendo de ti mandada, aunque huye la memoria renovar la triste historia, de mí te será contada: Sabrás, Leucino, que fue hoy a casa de Eliodora, y siendo oportuna hora a hablar con ella entré; hallela en un corredor, de muchas dueñas cercada, ricamente aderezada, revuelta con su labor. Levantáronse en el punto que yo entré, y ella alargando su mano y la mía tomando me sentó consigo junto; las dueñas se desviaron por no ser impedimento y usar de comedimiento, y así a solas nos dejaron. Quedando a solas con ella, que era lo que deseaba, queriendo hablar no osaba, y osando paraba en verla; volvía en tan duro aprieto tras mil consideraciones con prevenidas razones, y tampoco eran de efeto. Al fin sacudí el temor y apresté la lengua muda, viendo que al osado ayuda Fortuna con su favor; díjele: bella Eliodora, vida y señora mía, perdonadle esta osadía a vuestra sierva Teodora. Yo vengo a sólo deciros que deis lugar que Leucino, pues cual sabéis es tan dino, ose ocuparse en serviros; notoria es su gentileza, discreción y cortesía, su donaire y bizarría, su hacienda y su franqueza; no tenéis en qué dudar, bien podéis condecender, que tan ilustre mujer tal varón debe gozar. Ella, que estaba aguardando el fin de mi pretensión, en oyendo esta razón dio un grito al cielo mirando, y dijo: ¡dime, traidora! ¿Qué has visto en mí?, ¿Qué has oído o qué siente ese perdido del nombre y ser de Eliodora? ¡Si las cosas que contemplo no impidieran mi ira fiera, a bocados te comiera dando de quien soy ejemplo! En diciendo esto se fue y las dueñas acudieron, y de mí todas asieron, que sola entre ellas quedé: las unas me destocaban, las otras me descubrían, otras recio me herían con mil golpes que me daban; después de estar muy cansadas de tratarme como digo, dijeron: ¡este castigo no nos deja bien vengadas! Los cabellos me cortaron con crueza que da espanto, y sin tocado ni manto en la calle me arrojaron. Dejáronme de esta suerte, y aunque sin fuerzas ni brío, vengo ante ti, señor mío, a consolarme con verte; aquí estó, y si alguna cosa resta que hacer en esto, no entiendas que lo propuesto me ha dejado temerosa. Madre Teodora, no sé con qué respuesta te acuda, que tengo la lengua muda y el alma cual no pensé; y así, pues ha sucedido y a lo hecho no hay remedio, acomodemos el medio que remedie lo perdido. Ve, Tercilo, con la madre, y treinta escudos doblados que me tienes, le sean dados sin que lo sienta mi padre; y tú, madre, ve en buen hora, que yo hago juramento de vengarte a tu contento. ¡Besa tus manos Teodora! Tercilo, di a Farandón que lo quedo aquí aguardando. Señor, yo haré tu mando. ¡Sin punto de dilación! Hortelio, ¿sabrás llevarme a donde Eliodora fue? Por donde fue bien sabré. Eso bastará a guiarme. Yo determino ir allá, y puesto delante de ella proponerle mi querella y oír qué respuesta da; si fuere en darme favor pedirele el premio luego, y en no acetando mi ruego he de usar todo rigor. Con gran priesa a llamar me envía mi amo. ¿Qué me puede querer? ¡Dios sea comigo y me vuelva a los ojos de quien amo, libre de riesgo, afán, prisión, castigo! ¡Ah, Farandón! ¿Quién llama? ¡Yo te llamo! ¡Señor, ya vengo! Dime presto, amigo: ¿vienes de armas bien aderezado? ¡La de Ioannes me fecit traigo al lado! No has menester tú más, que tu braveza suple, y el corazón, la falta de armas. ¿De qué puede servirte mi fiereza, si en los casos de riesgo no me armas? ¿Temes? No temo yo ni esta es flaqueza. Lo que temo es a ti que te desarmas, que yo los cueros tengo de serpiente. ¡Vamos!, que bueno vas, no venga gente. Antes que nos deje el día, Felicina, ¿qué haremos? Señora, que desechemos la triste melancolía; y vamos por este prado cual solemos a espaciarnos, que esto podrá repararnos del riguroso cuidado. Tu parecer me contenta: sigue ese estrecho camino por donde Betis divino de la vista no se ausenta. Aquí te puedes sentar, que la Vega deleitosa y la ribera espaciosa se dejan mejor gozar. ¿No te agrada este ruido que Betis hace hiriendo en las peñas, y saliendo riega el Prado y verde ejido? Mira cómo da la vuelta y se nos desaparece, y acullá se nos parece la frente en ovas revuelta. Deleitoso y agradable, Felicina, es todo esto; y la quietud de este puesto, apacible y saludable. Aquí mitiga el cuidado su ansia y congoja dura, gozando del aura pura y la suavidad del prado. ¡De muy buena voluntad pasara yo aquí la vida! ¡Restaurarla, de perdida, fuera esta suavidad! ¿Qué rumor es el que suena? No sé, gente me parece. ¡El alma se me entristece! ¡Yo estoy de valor ajena! ¡Ay, sin ventura, de mí! ¿No ves quién viene?, ¡ay, cuitada! ¿Si viene a hacer vengada a la vieja en mí y en ti? No hablemos, calla agora; podrá ser que no nos vea. ¡El cielo así lo provea! Sí hará. ¡Esfuerza, Eliodora! Dime, Hortelio: ¿qué camino tomó Eliodora de aquí? Aquel que se aparta allí. Anda, que tras ti camino. Señor, dende aquí las veo. ¿Tú las ves? Yo no... ¡Es verdad! ¡Las espadas aprestad, que ya estamos do deseo! Eliodora, el duro amor cuyo poder me sujeta, que venga ante ti me aprieta a ofrecerme a tu rigor; no llames atrevimiento el venir a tu presencia, pues amor me da licencia y mi fe consentimiento. Estoy de tu pretensión, caballero, tan corrida, que quisiera dar la vida por respuesta a tu razón; mas por no hacer notoria tu demanda, y que se entienda cosa que mi honor ofenda, dejo de gozar tal gloria; porque quiero asegurarte que si amor te trae encendido, que es tiempo ocioso y perdido si piensas en mí emplearte; y así te ruego, si sientes qué es honor o qué es deshonra, que mires lo que es mi honra; lo que no, que no lo intentes. ¿Cuál dureza de diamante no se hubiera enternecido a mi ruego? ¿Cuál ha sido en el mundo semejante? ¿Sola tú quieres triunfar de mi contento y victoria? ¿Sola tú quieres la gloria de ser amada y no amar? Pues, Eliodora, yo estoy determinado a morir, o darte muerte o cumplir el fin que pretendo hoy. Bien podrás sacarme el alma forzado de tu pasión; mas cumplir tu pretensión no, ni honrarte con tal palma. Quiero ver quién me defiende que no haga mi querer. ¡Señor, no quieras hacer lo que al cielo y Dios ofende! Pon delante la nobleza de los padres de Eliodora para refrenar agora el furor de esa fiereza. No tengo que mirar nada. ¡Suéltame!, ¡no me detengas! ¡Cuando en este pecho tengas esa espada atravesada! ¡Oh dioses de cielo y tierra que miráis mi triste estado: alguno de mí apiadado me dé ayuda en esta guerra! ¿Que no me quieres soltar? ¡Sosiégate, señor mío! ¡Ninfas de este bosque y río, salidme agora 'ayudar! ¡Y tú, Betis glorioso, que mi peligro estás viendo: envíame un dios corriendo con socorro presuroso! ¿Tanto ha de poder tu fuerza, Felicina, que me impida ser mi voluntad cumplida y que de mi intento tuerza? ¡Esto ha de ser de esta suerte! ¡Dioses, diosas!, ¡dadme ayuda! ¡Yo quiero ver quién te ayuda o quién osa defenderte! Deja, Leucino, aquesa virgen bella y advierte atentamente lo que digo, porque yo vengo a sólo defenderla y darte si la ofendes cruel castigo. ¿Quién eres tú, que a la defensa de ella osas ponerte y a hablar comigo? Quién soy yo lo diré. ¡Vete, Eliodora, con quien la excelsa Híspalis se honora! Y porque entiendas la deidad que tengo y que soy de los dioses celestiales, yo soy la diosa Némesis, que vengo a dar castigo a semejantes males; los bienes premio y los males vengo, y véngolos de suerte en los mortales que con aquesta mano poderosa doy la vida o la muerte rigurosa; la cual te diera aquí, y con este intento (sin que me lo impidiera cosa alguna) vine volando de mi etéreo asiento que está fijado encima de la Luna, y viendo que tu horrible pensamiento, que te condena a muerte, en cosa alguna no ofendió la doncella, quiero darte aviso, aunque era justo castigarte. Y por dar fin a mi razón, concluyo que mudes parecer y que a Eliodora no sigas, que tu intento con el suyo diferencian cual noche y blanca aurora. Esto te cumple y el remedio tuyo es este que te doy, y desde agora puedes aparejarte, que excediendo de esto, se te apareja fin horrendo. ¿Qué os parece el caso? ¿Haos espantado? ¿Qué llamas espantar? ¡Por el pesebre do el caballo del Cid estuvo atado, que debes de entender que el hombre es liebre! ¿Quieres, si en algo te dejó agraviado, le corte un brazo o una pierna quiebre, o a bofetadas le deshaga el rostro, de suerte que la deje hecha un mostro? No pongáis duda, yo lo entiendo y creo que esta es forma fantástica que ha sido por hechizos sacada del Leteo al mundo, y no la diosa que ha fingido; que Eliodora, entendiendo mi deseo y que a forzarla estaba resumido, conjuró 'aquel espíritu que fuese quien me ocupase mientras ella huyese; y así quiero, pues ella usó de arte para poder librarse de mis manos, usar de industria yo, que no sean parte para librarla sus hechizos vanos. Veré si hay otra diosa que la aparte de mí; y para el efecto oídme, hermanos: estad comigo, porque cumple al hecho entenderme y que sea al momento hecho: Luego que dé su luz la blanca Aurora, una junta en mi casa hacer quiero de alcahuetas, que juntas a Eliodora hablen, y entre ellas enviaré a Porcero; éste, como sabéis, punto ni hora falta de estar comigo y por dinero venderá su linaje, y cada día me dice que hará a Eliodora mía. El padre de Eliodora, que es Hircano, favorece a Porcero y le da entrada en su casa, do tiene tanta mano que por él es regida y gobernada; éste hará lo que deseo llano como le sea alguna cosa dada, y así quiero, pues él se me ha ofrecido, valerme de lo que él me ha prometido. Camino es ése de alcanzar tu intento, que no es posible no hacer efecto llevando tan seguro fundamento y siguiendo un acuerdo tan discreto. Vamos a reposar, y el descontento que me ha traído a su rigor sujeto huya de mí gozando de Eliodora, aunque pese a la diosa vengadora.

JORNADA SEGUNDA

¿Tan grande atrevimiento ha de sufrirse? ¿Que a mi deidad, temida y acatada, la ofendan sin que pueda resistirse? ¡Ay, triste Venus, ya menospreciada, tenido en poco tu poder eterno, de los dioses y aun hombres maltratada! ¡Ay, triste Venus, pues en llanto tierno se convierten los triunfos que has ganado del mundo, el cielo y del horrible infierno! ¿Soy Venus yo? ¿No soy la que forzado truje al gran Jove a convertirse en toro y pasar con Europa el mar a nado? ¿No le hice volver en pluvia de oro por Dánae, en cisne por gozar de Leda, y dejar por Egina el alto coro? Pues si soy Venus yo, ¿quién hay que pueda resistir el querer y mando mío? Mas no lo soy, pues Némesis lo veda. No vedará ni en mi deidad confío si no saliere en esto con mi intento y pagare su ciego desvarío, que no sin causa, tracendiendo el viento, vengo a buscar al Sueño perezoso aquí a Cimerio desde mi alto asiento; y pues mi ansia no me da reposo, quiero llamarlo y dar principio a un hecho que ha de hacer mi nombre más glorioso: ¡Ah, dios del Sueño!, ¡deja el blando lecho!, ¡sal donde estoy de aquesa cueva oscura presto, que así le cumple a mi derecho! ¿Quién con tan grandes voces me apresura y me manda dejar mi blanda cama? ¡Váyase!, ¡no me estorbe mi dulzura! ¡La diosa Venus es la que te llama! Sal, de ti sacudiendo la pereza y la flojedad torpe que te ama. Diosa de Cipre, ¿quién a la aspereza de este monte Cimerio te ha traído, dejando al sacro Idalio tu grandeza? Oye atento. Sabrás que yo he venido a tu horrible caverna a demandarte favor en un negocio sucedido; y porque detenerme en recitarte el caso no conviene, sólo quiero de lo que hacer debes avisarte: Tú has de enviar un sueño con ligero vuelo, a la gran ciudad que Betis riega, que es Híspalis, de Marte y Febo impero. Aquí está una doncella que me niega el vasallaje y contra mí se indina, de vana presumpción y altivez ciega; tiene nombre Eliodora, y aunque es dina de toda gloria, cumple a mi servicio que se someta a mi deidad divina; y así quiero que usando tu ejercicio me aduerma a Felicina su criada, que cumple para ver lo que codicio. Gran diosa en Gnido y Pafo celebrada, hija de Jove y madre de Cupido, temida de los dioses y adorada: tu mando será presto obedecido, y así para cumplirse tu deseo, el sueño enviaré luego que has pedido. No será Iceladón, aunque de él creo que hará lo que mandas, ni a Fantaso, mas el que allá enviaré será Morfeo. Éste es tan diestro cual conviene al caso, y así quiero llamarlo, porque el vuelo levante y deje ya el terreno paso. ¡Ah, ministros del sueño, don del cielo!: ¡recordad a Morfeo, que dejando la blanda cama pise el duro suelo! ¡Presto!, ¡no aguardéis más, que estó aguardando! ¡Ea, Morfeo, apriesa!, ¡apriesa, amigo! ¡Apriesa, que la noche va pasando! ¿Qué es lo que quieres? Ya me ves contigo, desviándome así de mi reposo. Oye, Morfeo, y advierte lo que digo: Conviene que dejando el perezoso sueño, a Híspalis vayas con presteza, los vientos precediendo presuroso; allí has de aquejarle con graveza a Felicina, moza de Eliodora, con sueño profundísimo y pereza; has de tenerla así sin que señora sea de sí, sin que se mueva o sienta, hasta que a Venus le parezca hora. Dios de Cimerio, si eso te contenta no me detengas. Déjame ir corriendo, que detenerme tanto me atormenta. Así cumple, y las alas descogiendo, haz camino por esa sombra obscura. Así será, tu mando obedeciendo. Venus, diosa de eterna hermosura, ya que a cumplir tu mando va Morfeo: ¿qué quieres más de esta caverna dura? Que a tu reposo vuelvas, que el deseo de ver el fin que intento concluido me llama, y la ocasión que acercar veo. Así cual lo deseas veas cumplido, y queda, excelsa diosa, en paz agora, que a restaurar el sueño voy perdido. Yo quiero ir a casa de Eliodora y la forma tomar de Felicina, y ayudar a Porcero y a Teodora; que teniendo Eliodora tan vecina la llama de mi fuego poderoso, el odio perderá y será benina con Leucino, y yo habré triunfo glorioso. Bien medrarás, Farandón, en esta mercadería, que aun bien no se muestra el día y vas hecho postillón. ¡Mal haya quien se sujeta pudiendo libre vivir, por no venir a servir de alcahuete y estafeta! Mi amo quiere hoy hacer de alcahuetas una junta, y desque la tenga junta pedirles su parecer. Vengo a llamar a Teodora, que vive aquí. Llamar quiero; luego avisaré a Porcero y a Terecinda si hay hora. Durmiendo debe de estar. ¿No oye?, ¿quién está acá? ¿Quién llama? ¿quién está allá? ¡Han visto qué golpear! Abre, madre, que yo soy. Teodora, ¿no me conoces? ¿Tan presto me desconoces? ¡Ya te conozco!, ¡ya voy! ¡Cuán sin cuidado dormía! ¡Mal haya quien la parió! ¡Y estoy levantado yo antes que saliese el día! De aquí me puedes hablar, que abrirte no puedo agora; que he menester más de un hora para vestirme y bajar. ¡Buena estás a esa ventana! Madre, a lo que vengo aquí es a que vayas tras mí. Harélo de buena gana. ¿Quieres otras cosa, amigo? Díjome más que te diga que a Terecinda tu amiga llames y lleves contigo. Hijo, di que su demanda al momento cumpliré, y comigo llevaré a mi comadre, cual manda. Madre, yo voy a aguardarte. ¡Ve, hijo, que tras ti voy! A los diablos te doy, y aun a quien me envía a llamarte. Esto queda negociado; resta llamar a Porcero, que vive allí. Llegar quiero, que ya estará levantado. ¡Ah de casa!, ¿aún duerme agora? ¿Quién llama?, ¿quién está ahí? ¡Yo llamo!, ¡yo estoy aquí! ¡Oh, qué venturosa hora! ¿Qué hay por acá, Farandón? Mi amo te envía a rogar que le vayas a hablar luego, sin más dilación. ¡Vamos! Mas, ¿quieres que echemos un par de rehilanderas, con una tajada y peras? No, que en casa lo haremos. Quiero ver si puedo algo y que se entienda quién soy, haciéndole saber hoy a Eliodora lo que valgo. Mudareme en Felicina, a quien el Sueño detiene, y pues al hecho conviene, Venus, ¿qué aguardas? ¡Camina! Camina, pensamiento, donde vivo, no te deviertas ni el camino tuerzas; dile a Eliodora el mal que sufro esquivo, y que tú solo en mi dolor te esfuerzas; que las vitales fuerzas desfallecen, y el cuerpo miserable la parte corruptible le deja en el terrible dolor que sufre, al mundo ya notable, y que el alma desierta anda vagando, el alma donde vive procurando. Por buena priesa que traído habemos, fuera de casa es ido ya Leucino. Bien cerca está, pues desde aquí le vemos y aun a nosotros tuerce su camino. ¡Ah, Farandón!, ¿qué haces?, ¿qué tenemos?, que ya me tienes de aguardar mohíno. Señor, ya vengo, y el señor Porcero. ¡Venga, que a él sólo por remedio espero! Beso, señor, tus manos generosas. Porcero amigo, el cielo te acompañe y repare mis ansias trabajosas, de suerte que quien digo no me dañe. Teodora y Terecinda presurosas vendrán luego, y permíteme que engañe el sueño con dormir sólo un momento. ¡Anda, vete! Oye tú mi pensamiento: Ya sabes, ¡oh Porcero, amigo mío!, el deseo que enciende mi cuidado, la pena, el odio, el áspero desvío con que soy de Eliodora desdeñado; y pues lo sabes, sabe que confío que ha de ser mi tormento remediado mediante tu favor, siguiendo un orden que reduzga a razón este desorden. Ya te conté que habiéndole a Eliodora dado un recaudo mío, las criadas viendo airarse de oírlo a su señora, contra la vieja fueron indignadas. Acordándome de esto, quiero agora venidas las dos viejas que llamadas son, para que tú y ellas deis un medio que conmueva a Eliodora a mi remedio. Muchas veces, pidiéndome consejo sobre este caso, he dicho abiertamente lo que te cumple, como astuto y viejo y como aquel que más tus ansias siente; y tú sin advertir lo que aconsejo, acudes al remedio diferente de tu salud, de suerte que agora dudo que haga el ruego lo que el mando pudo. Porcero, no me hagas imposible lo que consiste en sólo tú querello; que bien sabes que sé que esto es posible, y más que esto, queriendo tú hacerlo. Remedia mi dolor y mal terrible, que yo te doy la fe, si alcanzo a vello, que de mí hayas tan honrosa paga que el galardón al hecho satisfaga. No es cosa nueva usar, señor, comigo en mi necesidad de tu largueza, que las obras presento por testigo, pues han enriquecido mi pobreza; mas volviendo al negocio, yo te digo que me tiene perplejo su graveza; mas ten cierto de mí que aunque perezca he de hacer que hoy tu mal fenezca. El tiempo es conveniente, cual demanda la pretensión del caso que seguimos: que el padre no está en Híspalis, que anda en su hacienda, que es lo que pedimos. ¿Que el padre no está aquí? Yo veo mi banda prevalecer, y el premio conseguimos. ¡Sus, amigo!, ¿qué aguardas? ¡Sigue un modo! ¿Vendrán las viejas que han de ser el todo? ¿Eso aguardas no más? ¡Tercilo, parte! ¡Llámame a Farandón que venga luego!, ¡qué las torne a llamar!, ¡ve sin tardarte, que estoy aquí y estoy ardiendo en fuego! Bien puedes de esa llama resfriarte si en su venida pones tu sosiego. Veslo allí donde viene voceando, con la espada en la mano amenazando. ¡Cualquiera que dijere que este agravio puede satisfacerse sin castigo digo que miente, y salga luego al campo, donde al contrario le haré que diga o a bofetones le haré que lance la lengua con el ánima revuelta! ¡Déjalo! Oigamos qué ocasión lo indina. ¡Reñegaré de cuanto el duelo escribe, de las leyes germanas y birlescas, y de cuanto aprendí del padre Lorca, si hombre dejare en esta calle a vida, si no es que Dios lo libra por milagro o a mí me traga el centro de la tierra! ¡Echando viene fieras amenazas! ¡Sosiégate! ¡Veamos en qué para! ¡Otro goce el abrazo y los regalos de doña Magandina, mis amores, si en la venganza del agravio hecho no hiciere hoy en hombres más estrago que hizo sobre Troya el poder griego! ¡Historiador se hace! O yo me engaño o viene con la carga delantera, y antes que caiga es bien que lo llamemos, si saber quieres qué lo trae colérico. ¡Ah, Farandón! ¿Quién llama? ¡Yo te llamo! ¡Oh, señor, que me coges de tal suerte que por mejor tuviera no encontrarte, porque según la cólera me enciende, el no verme te fuera más seguro! ¡Deja el enojo y dime qué te enoja! ¡Haré lo que me mandas como debo, que a ser otro llevara otra respuesta! Sabrás, señor, que vino como suele a la posada doña Magandina de Zúñiga, mi moza de respecto; trújome unos arenques de Galicia con una media que mercó en el pósito, y un pedazo de queso de Mallorca; un plato de aceitunas con pimienta con mucho alcaparrón, y berenjenas curtidas en vinagre con especias; y un gran jarro de mosto de Cazalla que pasaba de más de cinco hojas y de más de un azumbre la medida. Tendió el canto del manto sobre el poyo por manteles, sirvió de servilleta el mandil del caballo, y de esta suerte muy a nuestro sabor le dimos fondo; y como hubiese en esto detenídose, salió para volverse a su botica. ¿Es boticaria doña Magandina? No, mas llaman botica adonde gana. Eso no sabía yo. Pasa adelante. Al fin, señor, poniéndose en la calle para ir su camino, volvió a verme; y Argelilla, la moza del vecino, sin respeto ninguno le echó encima una caldera de agua del fregado, llena de berzas verdes, brodio y mugre, que la cubrió de arriba abajo toda aquel ñublado espeso de cocina. Yo, que vi tal agravio, salí fuera diciendo que era hecho de ruines, lo cual sustentaría con la espada; aparose Argelilla, y sonriéndose de vella cual estaba, dijo: amigo, ¡tenga en esas razones más templaza o haranle que sea menos bravo! Alcé el rostro, que nunca yo lo alzara, queriendo responder, y a este punto trastornó sobre mí un noturno vaso con un hedor pestífero, que el rostro me cubrió todo y me dejó de suerte que conocerme nadie no pudiera; ni aun se llegara nadie a conocerme según era el olor que de mí echaba, que he menester mudar hasta los cueros si quiero despedirlo, que la ropa a tiro de arcabuz no hay aguardarla. Aquí acudieron más de mil muchachos y empiézanme a dar grita, y con palmitos y suelas de zapatos a tirarme unos por una parte, otros por otra, de suerte que temiendo su violencia me encerré en casa, en su poder dejando a doña Magandina, mis amores, que tomándola a cargo la pusieron peor que a mí, y sobre aqueste agravio vengo a dar muerte a toda aquesta calle; y aun estoy por matar a los poetas y a los historiadores, porque oyendo tal hazaña no quieran escrebirla y de ella hagan la memoria eterna. ¡Si hubieras de matar los que conozco, tenías que hacer docientos años aunque mataras cada día un ciento! Mas dejando esto aparte, al punto parte y tráeme aquí las viejas que llamaste. Ya vienen. ¡Mil diablos se las lleven y a quien con un amén no me ayudare! Salud tengas, señor mío, tú y la noble compañía, convenciendo la porfía de Eliodora y cruel desvío. Madre, seas muy bien venida a dar vida a quien te espera, tú y la honrada compañera. Honrada sea tu vida. Dejemos comedimientos y al propósito vengamos, que lo que en hablar tardamos es atajar mis intentos; y así quiero proponeros en dos razones el caso, que esto sólo hace al caso, sin cansarme y deteneros. Ya sabéis cómo Eliodora, ocasión de mi cuidado, en oyendo mi recado se volvió contra Teodora; resta agora que, no obstante su ira, busquemos medio que de ablandar sea remedio aquel pecho de diamante. Ésta ha sido la ocasión; en vuestras manos he puesto mi honra, y por lo propuesto entenderéis mi intención. Conformaos en un acuerdo, y este acuerdo sea de suerte que acabe mi pena fuerte y admire al hombre más cuerdo. Parecerá cobardía decir lo que de esto entiendo, como quien estuvo viendo su constancia en mi osadía; mas con todo esto no huyo de tomarme a ver con ella y aun hacer, si alcanzo a vella, mover el intento suyo. Yo, como quien tiene entrada, me profiero a dar la puerta cuando quisieres abierta, y a Eliodora apaciguada. Haré que oiga tu razón, y si se altera de oírte, podré también acudirte y aplacar su alteración. Como la entrada me des y a Eliodora que me aguarde, yo quedaré por cobarde si hoy rendida no la ves. Espantada estoy de oírte, comadre, ¿do tu buen seso, que en cosas de tanto peso al fin osas proferirte? Promete verte con ella, no rendirla tan de presto, que es mucho lo que has propuesto conociendo el valor de ella. Terecinda, ¿estás burlando? ¿Do tu sutileza y maña, tu esfuerzo, tu industria extraña, que ha sido absoluto en mando? Teodora, con la experiencia He ya alcanzado a saber que es vanidad prometer las cosas en contingencia; Que Eliodora no es quienquiera para prometerla luego, Pues por interés mi ruego convencerla no se espera. ¿No es ésa costumbre tuya? Tú, que habías de animarnos, ¿eres en desanimarnos? ¡No sé a qué me lo atribuya! Esto no es quitarte el ánimo ni enflaquecer de mi esfuerzo, porque en los riesgos esfuerzo y al flaco hago magnánimo. No impido lo que acometes, mas digo que sea de suerte que aunque recibas la muerte salgas con lo que prometes. Bien sabes que si me aguarda, aguardándote Eliodora, no me espantará Teodora, mas si te ha de aguardar temo; y esta es la dificultad que en este negocio hallo, para poder acaballo con mucha felicidad. Yo he dicho, y torno a decir que la puerta haré de daros y a Eliodora haré a escucharos. Eso sólo hay que pedir; que si la puerta nos da y nos oye, yo aseguro que el pecho de mármol duro más que cera se pondrá. Pongamos manos en la obra; vámosle luego a hablar, porque en dejando pasar la ocasión, tarde se cobra. Bien dices, ¡vete con Dios!; y de aquí a un cuarto de hora que tú estés con Eliodora, iremos ambas a dos. A aguardaros allá voy. Queda en paz, y tú, Leucino. Al cielo tengas benino porque acabe mi mal hoy. Terecinda, consultemos este negocio y veamos las señales que hallamos o lo que en contra tenemos. Paréceme que conviene. Tercilo, éntrate tú allá; tú, Leucino, ponte acá y aguarda a ver lo que viene. De este modo se asegura nuestro negocio; está quedo, óyenos sin tener miedo, que en esto está tu ventura. Pon la vista al Oriente, en cuanto que aderezo estos lizos, mojados en la onda de Flegetón ardiente, y pongo el aderezo para que el triste Averno me responda si de la estancia honda donde tiene su asiento del Érebo la reina poderosa, espíritu saliere y otra cosa; ten cuenta y mira el viento si cuervo o si paloma pareciere, o siniestra corneja se ofreciere. Con prósperas señales de fatídico agüero se nos demuestra el cielo generoso en ocasiones tales, si en esto es verdadero el disponer del Hado venturoso. Hoy será victorioso Leucino desdeñado, que en este punto con ligero vuelo dos palomas bajar vide del cielo, que Venus ha enviado, y sobre un verde mirto se pusieron y cogiendo dos ramas de él, se fueron. Tiende en tomo esos lizos, por donde yo derramo estas cenizas del Trinacrio monte, y con fuertes hechizos, a responder me llamo los espíritus negros de Aqueronte. Antes que el horizonte se cubra, ¡oh triste Huerco!, a quien con ronca voz fuerzo y apremio, dale a mis obras el debido premio, y ponme en este cerco una señal que el fin que intento aclare, por donde yo lo que será declare. ¡Por la virtud que tiene esta esponjosa piedra, desde el nevado Cáucaso traída, que en este vaso viene! ¡Por esta blanca yedra, que en la cumbre del Hemo fue cogida, que luego sea movida tu voluntad al ruego!, ¡oh Plutón!, ¡oh Proserpina hermosa! ¡Y sin negamos de este caso cosa, nos deis aviso luego si la demanda mía y de Teodora moverán hoy el pecho de Eliodora! ¡No pases adelante, Terecinda, en tu apremio, que siento estremecerse el hondo centro! ¡Que tu voz resonante forzó que nos dé el premio que pedimos al dios que vive dentro! ¡Oh congojoso encuentro!, ¡la Muerte nos envía por respuesta!, ¿qué es esto, Infierno duro? ¿Tan poco es lo que puede mi conjuro? ¿Ésta es la fuerza mía? que hacer suele que ese reino tema y de ver enojarme de horror trema? Refrena tu aspereza, que con la dura muerte también se nos demuestra una corona que el temor y crueza deshace y dulce suerte promete, con que el miedo se abandona; a Leucino corona, dando a su pena dura descanso. Ve, Leucino, y esas sienes rodea con ella, que seguro tienes el premio, y tu ventura te concede que en triunfo de vitoria des muerte a tus trabajos hoy con gloria. Pues Amor corresponde a mi deuda debida, quiero con ella laurear mi frente; mas, ¿cómo se me absconde?, ¿cómo la veo perdida ante mis ojos, viéndola presente? ¿Cómo agora está ausente? Sin duda se fue al cielo o algún dios la llevó para ponerse. Quiero apartarme aquí; ya deja verse. Para el bien de mi duelo, de esta vez no es posible no cogerla. ¡Ya la tengo!, ¡ay de mí!, ¿do está?, ¿qué es de ella? Leucino, no te quejes por ver que se te absconda esa corona. Vuelve acá y advierte que no está en que la dejes, que no te corresponda a tu deseo la piadosa suerte. Toma y lleva esa muerte que declara que muere hoy tu trabajo. Y vamos ya, Teodora: veremos la respuesta de Eliodora. Al caso se requiere que vamos ya, y más punto no tardemos, pues señales tan prósperas tenemos.

JORNADA TERCERA

Camina ya, Porcero, pues te llama la próspera ventura a eternizarte en un hecho de honor, provecho y fama, que promete a los astros levantarte; hoy tu nombre en el mundo se derrama si tienes a Eliodora de tu parte; hoy en riqueza alcanzarás más bienes que Minias, Creso, Craso ni Aquimenes. No es tiempo ya de diferir momento de verme en la presencia de Eliodora y hacerle mudar el casto intento, que tan rebelde estuvo con Teodora; hoy de Leucino acaba el cruel tormento y mi triste pobreza se mejora, que Eliodora, a quien veo, aunque rehúya, hará mi voluntad contra la suya. ¿Qué me dices, Felicina, de los libros que leímos anoche, pues ambas fuimos mohínas de su dotrina? Eso te quise decir, y por no usar de osadía, llena de melancolía te dejé y me fui a dormir. ¿Notaste cuál nos ponían a las míseras mujeres? ¡Con bien necios pareceres los Momos nos ofendían! Quise, así tengas sosiego, hacerlos 'ambos pedazos, y hechos muchos retazos, arrojarlos en el fuego. Yo seguro que he de ser reprehendido y culpado, porque tres días han pasado que no os he venido a ver; y aunque conozco en la culpa que no hay con qué me disculpe, como yo mesmo me culpe es bastante por disculpa. Porcero, de cualquier modo que lo hagas es hacernos merced, mas venir a vernos es merced que excede a todo. Esa ilustre voluntad tengo tan creída así, cual sabe el mundo de mí, sin lisonja y con verdad; mas dime, aquello dejando, pues es negocio tan llano: ¿que es de mi señor Hircano? ¡A comer le estó aguardando! ¿Está fuera de Sevilla? Sí, que a un negocio importante con Crasilo y con Durante tres días ha que fue a Almensilla. ¿En qué te has entretenido en su ausencia estos tres días? En cien mil melancolías, con dos libros que he leído. ¿Tan grande letora eres? Sí, mas estos me han cansado, porque todo su cuidado fue decir mal de mujeres. Suplícote que me nombres los nombres de esos autores que ofenden vuestros loores. Son dos celebrados hombres. ¿Qué hay que celebrar en ellos si ofenden vuestra bondad? Mas, dime con brevedad quién son para conocerlos. El uno es el Arcipreste que dicen de Talavera. ¡Nunca tal preste naciera si no dio más fruto que este! El otro es el secretario Cristóbal del Castillejo, hombre de sano consejo, aunque a mujeres contrario. ¡Cuánto mejor le estuviera al reverendo Arcipreste, que componer esta peste, dotrinar a Talavera! ¡Y al Secretario hacer su oficio, pues de él se precia, que con libertad tan necia las mujeres ofender! Cierto que tienes razón y en eso muestras quién eres; que decir mal de mujeres ni es saber ni es discreción. A la puerta oigo llamar. ¡Ve a responder, Felicina! ¡A Venus, diosa divina, mujer la viene a mandar! ¡Ya voy, señora! ¿Quién llama? Felicina, di a Eliodora que hablarle quiere Teodora, su sierva y quien más la ama. Yo llevaré tu recado y traeré luego respuesta. ¡Venus!, ¡la ocasión se apresta! ¡Ten el fuego aparejado! Señora, la vieja viene. ¿Qué vieja? La que mesamos. ¿Que aun osa venir do estamos? ¿Tan poca vergüenza tiene? ¿Díjote qué es lo que quiere? Dice que le des licencia para verse en tu presencia. ¡No será mientra viviere! Pues sólo quiere hablarte, permite, señora, vella, que yo vengo en nombre de ella esto mesmo a suplicarte. Viene a pedirte perdón si en algo te dio disgusto, y pues lo que pide es justo, acepta su petición. ¿Qué te parece, Porcero? ¿Que es razón que hable yo a quien tal cosa intentó? ¡Sí, pues yo soy el tercero! Conmoverate a piedad verla cual viene temblando, su inadvertencia llorando y acusando su maldad. Dame lástima y dolor oír lo que se lastima de tu enojo, y lo que intima tu ardiente saña y furor; y así después de otorgarle licencia de entrar a verte, le has de hablar de tal suerte que tu habla sea animarle. Pues tan buen padrino tiene, Felicina, dale entrada. ¿Ha de entrar acompañada con otra vieja que viene? ¡Dales a entrambas la puerta! Sí daré, y a ti tal fuego que des, perdiendo el sosiego, al amor el alma abierta. ¡Madres!, ¡bien podéis venir, que licencia os da Eliodora! ¡Dios te haga, gran señora, te logre y deje vivir! Mas dime: ¿está ya aplacada del enojo que tenía? ¡Por vuestras vidas y mía que no se acuerda de nada! Dame, señora, esas manos con piedad para besarlas y con lágrimas regarlas contra tus enojos vanos. Madre, ese comedimiento está en mí muy escusado, que no merece mi estado tan honroso cumplimiento. Si lo que en razón mereces se te hubiera aquí de dar, Juno te debe adorar, pues su deidad le engrandeces; y dejando esto a una parte, por ser cosa tan sabida, vengo a que seas hoy servida de escucharme y no alterarte. Como sea tu razón tal que no ofenda mi oído, será tu deseo cumplido y acepta tu petición. Hija, mi deseo es servirte, mi ánimo darte gusto, aborrecer tu desgusto y huir de deservirte; y con este presupuesto podrás, señora, entender que yo no podré hacer cosa que se aparte de esto. Aunque el otro día alterada, aguardar no me quisiste, agora que me admitiste sabrás que esta es mi embajada: Leucino te quiere y ama, el cual envía a pedirte que le permitas servirte sin ofensa de tu fama. Bien conoces su nobleza, su ilustre sangre y valor, la fuerza del casto amor con que adora tu belleza. ¿Qué hablas, desvariada, maldita vieja, enemiga de mi gloria?, ¿quién te instiga? Dime: ¿estás endemoniada? ¡Vete!, ¡no pares aquí! ¡Y tu boca no se abra, que en respondiendo palabra tomaré venganza en ti! Tiempla, Eliodora, esa ira. No te alteres con tal furia, que hasta agora no te injuria mi razón, que así te aíra. ¡Traidora, no hables más! ¡Deja luego mi presencia! Modérate con paciencia y tu sinrazón verás. ¿Esto llamas sinrazón? Sí, porque en lo que te dice no hay porqué te escandalice ni te prive de razón; que si Leucino te pide por su mujer, ya le ha sido de tu padre concedido, y así no se descomide. ¿También sigues tú su parte? En esto la razón sigo. ¡Pues yo a ti como enemigo debo en todo recusarte! No te alteres de esa suerte. Mira que el señor Porcero es amigo verdadero, si en su proceder se advierte. Así tenga yo la vida cual el señor le aconseja. Dígame en qué, buena vieja. Sí diré si soy oída. Di, que yo te daré oído. Pues que tú me das licencia, como quien tiene experiencia te diré lo que he sentido: que demandarte Leucino por su mujer no te ofende, si en matrimonio pretende gozar tu valor divino; y así debes conceder la demanda de Teodora, y a Porcero desde agora por más amigo tener. Deja esa ciega pasión, deja esa riguridad; admite en tu mocedad compañía de varón; vuelve el odio riguroso en placer y regocijos; toma esposo y habrás hijos, de Venus don glorioso. ¡Venus no tiene en mí parte, y así quiero carecer de su fruto y su placer! ¡Mira no sea en castigarte! ¡No puede en mí su castigo! Señora, pueda razón, que dejando la pasión vengas a lo que te digo. Siendo lo que te conviene, razón será que lo hagas, y que en fe le satisfagas al que no es razón que pene. Trujérate mil ejemplos de reinas, ninfas y diosas que amando son hoy gloriosas, con estatuas, aras, templos. ¡Enemigos de mi honor!: ¡haced de mí larga ausencia! ¡No estéis más en mi presencia, que me encendéis en furor! ¡Y tú, falsa Felicina, que tal consejo me das!: ¡no me hables ni veas más, y con los demás camina! ¡Sin efecto hemos venido! ¡Mal lance echamos, Teodora! ¡Nada conmueve a Eliodora! ¡Ella nos dejó y se ha ido! No es parte el irse. Advertí y conocedme quién soy: que soy Venus, aunque estoy en traje mortal, y así id luego y decí a Leucino lo que pasa, y que por fuerza la saque, que esfuerzo y fuerza le daré, y favor divino. ¡No os detengáis!, ¡partid luego! ¡A cumplir vamos tu mando! Id, que en caso tan infando se me abrasa el alma en fuego. Quiero esta forma dejar a Felicina su dueño, y enviar al dios del Sueño, que no es tiempo de aguardar. ¡La falsa de mi criada, que también me persuadía! ¡Sin dubda que ella venía con los demás conjurada! Dar quiero aviso a las damas, que si a casa se viniere, cuando tal maldad hiciere la arrojen en vivas llamas. ¡Morfeo, parte volando! ¡No te detengas aquí! Yo me voy, cumpliendo así, Venus, tu precioso mando. A mí me conviene ir luego a darle a Leucino aliento, y que venga en un momento en ira y coraje ciego; que no cumple a mi deidad que Eliodora se resista de mi amorosa conquista sin hacer mi voluntad. ¡Traidora!, ¿osaste volver ante mí? ¡Vuelve huyendo! Señora, yo no te entiendo si no te das a entender. ¿Que no me entiendes, traidora? ¡Vete!, ¡no me des respuesta!, que mi voluntad es esta: ¡Sigue a Porcero y Teodora! ¿A quién me mandas seguir sino a ti para servirte? ¡Ya no sirve el comedirte, que a mí no me has de servir! Señora, ¿que es tu pasión?, ¿en qué te ofendí jamás, si no es amarte más que a la vida y corazón? Di, falsa: si tú me amabas, ¿cómo agora el ruego fiero de las viejas y Porcero seguiste y me aconsejabas? De eso todo estó inocente. ¿No me hallaste en la cama? ¡Después de urdida la trama se quiere hacer que no siente! ¿No estuviste agora aquí con las dos viejas Claudinas? Señora, ¿echas bernaldinas?, ¿qué dices?, ¿estás en ti? Yo, desde que me acosté hasta agora, he estado envuelta en las sábanas, que suelta del sueño jamás quedé. Hortelio y Farandón, amigos míos, armas y corazones aprestemos, que ya acabó mi ruego a los desvíos de Eliodora, mi ansia en sus extremos. Pague los insolentes desvaríos que siempre usó comigo, y no aguardemos a razones, mas haga el duro apremio que por fuerza me dé el rogado premio. Ésta es la casa. ¡Sus!, ¡ganad la puerta! ¡No nos tardemos más, que así conviene! ¡Que viva ha de ir comigo o quedar muerta, aunque en su guardia Némesis la tiene! ¡Agora veo la horrible muerte cierta! ¡Ay, sin ventura, que Leucino viene! ¡Cierra esa puerta apriesa, amiga amada? ¡No puedo, que la tienen ya ganada! Tu dureza, Eliodora rigurosa, me trae cual ves a la presencia tuya a pedirte que elijas una cosa: ¡morir aquí o que mi mal concluya! No será tu amenaza poderosa para que por temor mi honor destruya, que no me espanta la espantosa muerte, la cual recibiré con pecho fuerte. ¡Recibirás con muerte triste afrenta! Anda, que no hay afrenta que me afrente estando de tu vano intento esempta, ni hay cosa que mi ánimo amedrente. ¡De esta suerte has de ir, pues te contenta! ¡Justicia! ¿Tal insulto se consiente? ¡Calla, traidora! ¡Guarte tú, inhumano! ¡Ay, que me ha muerto!, ¡ay, cielo soberano! ¡Con esta mano le daré venganza a mi criado, a quien cruel has muerto! ¡Si llegares a mí, de tu esperanza verás el fin con ver tu pecho abierto! ¡Justicia!, ¿no hay Justicia?, ¡la tardanza en irla yo a llamar es desconcierto! ¡Mira que morirás si te defiendes! ¡Tú morirás si a mí llegar pretendes! ¡Tened a la Justicia!, ¿quién ha sido?, ¿quién ha privado de la vida este hombre? ¡Esta mujer, ajena de sentido, por haber de crueza tal renombre! ¿Es verdad que este insulto has cometido? ¡Sí!, ¡yo le di la muerte!, ¡y no te asombre que si un punto a venir te detuvieras, muertos a esos dos cual ése vieras! Bien claro dice que ella le dio muerte, y la sangrienta daga lo declara. Sin apremio confiesa el hecho fuerte, que en decir la verdad no ha sido avara. ¡Hijo!, ¿qué es esto?, ¿qué contraria suerte te ha sucedido? Una hazaña rara en maldad: que esta pérfida le ha dado sin ocasión la muerte a mi criado. ¿Súfrese tal maldad, tan dura afrenta? ¿Tal suceso en mi casa? ¡Oh, justo cielo!, ¡dame venganza o haz que yo no sienta tal infamia, dejando el mortal velo! Ilustre Hircano, el caso que atormenta tu ánimo y provoca a triste duelo, no se remedia con hacer extremos, pues estorban que el hecho averigüemos. Dime, Leucino, qué ocasión tuviste de haber venido adonde estás agora, si este muerto contigo lo trujiste y por qué causa lo mató Eliodora. Ella confiesa, y pues presente fuiste al suceso, declara, si en ti mora verdad, todo el suceso de esta historia porque yo la encomiende a la memoria. Pluguiera a Dios se abriera aquí la tierra y a mí solo en su centro me tragara, y en el sulfúreo reino que en sí encierra en cuerpo y alma como estoy lanzara, antes que yo viniera a darte guerra, tu maldad, ¡oh Eliodora!, haciendo clara; mas soy forzado y por apremio digo la verdad, recelando el cruel castigo: El caso es que yo, hallando un día a Eliodora en la bética ribera, quedé en ver su belleza y lozanía cual nieve al sol o cual al fuego cera; hablele, y con honrosa cortesía me respondió y preguntó quién era; yo satisfice a su pregunta, y luego los dos nos encendimos en un fuego. Levantose, y poniéndose en camino para volverse, dile yo la mano y ella me dio la suya y hizo dino del primer don que da el Amor tirano; llegando aquí me dijo: ve, Leucino (pegando al mío su rostro soberano) y esta noche podrás volver a verme, si piensas en amor corresponderme. Hícelo así, y luego que la obscura sombra ocupó con su tiniebla el suelo, inspirado de Amor y mi ventura, seguí la suerte que me daba el cielo; hallela a una ventana, que la pura Luna miraba, y luego sin recelo me bajó a abrir, y yendo a sólo vella gocé a mi gusto aquella noche de ella. De esta suerte han pasado ya dos años que ella a mi casa y yo a la suya yendo hemos vivido, usando mil engaños, nuestro fuego con ellos encubriendo; tras de esto, añadió a un daño muchos daños esta cruel, su natural siguiendo, y fue que en este amor que me fingía por ese muerto sin descanso ardía. Viéndose el triste mozo combatido de esta inconstante, me llamó en secreto y el caso me aclaró, y de mí sabido de otras personas, la dejé en efeto. Ella, de ira el ánimo encendido, la venganza eligiendo por decreto, a llamarme envió y que me rogaba trujese a Hortelio, porque así importaba. Yo, triste, inadvertido de mi daño, vine, y nunca viniera, porque al punto que llegué le dio a Hortelio un golpe extraño que en tierra lo arrojó, cual veis, difunto. Revolvió sobre mí, yo con engaño le hurté el cuerpo porque estaba junto, y pasó el golpe; entonces, de ella asiendo, entrastes a las voces acudiendo. ¡Calla, fiero! ¡No pases adelante, que lo dicho a mil muertes te condena, y al infierno el gran Júpiter Tonante te arroje a padecer eterna pena! ¿Esto es verdad? Señor, verdad bastante, ¡No dice cosa de verdad ajena! Eliodora, ¿qué dices tú sobre esto? ¡Que todo es falsedad cuanto ha propuesto! ¿Falsedad? ¡Verdad pura es la que digo! Y tú, ¿qué entiendes de esto?, ¿sabes algo? ¡Que es maldad cuanto dice ese enemigo! ¡La verdad digo a fe de hijodalgo! Farandón está ahí, que es buen testigo de todo lo que pasa; pues no valgo en este caso yo, él te lo diga, que ha sido el secretario en nuestra liga. ¿Qué dices, Farandón? Señor, que es cierto cuanto Leucino mi señor declara; que yo me hallé en todo y fui al concierto la primer noche, y esta es verdad clara. ¿Por qué y de quién ha sido este hombre muerto? De celos que Eliodora en crueldad rara tuvo de él, y porque dio a Leucino cuenta de su amoroso desatino. Ésa es traición, que no le di la muerte sino por evitar la injusta fuerza que me quiso hacer!, ¡y en esto advierte que es verdad, y tu vara no se tuerza! No torcerá, mas yo haré ponerte donde tu voz, que así a hablar se esfuerza habiendo hecho un crimen semejante, cese. ¡Y quitá ese cuerpo de delante! ¡Llevad esta a la cárcel, y sea puesta en estrecha prisión do esté segura! Será de mí una razón propuesta, si a hablar tu licencia me asegura. Di, que nunca jamás me fue molesta. Digo que no sea puesta en prisión dura Eliodora, mas libre, y sea llevado mi hijo y crudamente castigado. ¡Ella es digna de muerte y no Leucino, y así mi hija sea castigada como rea, pues ella abrió el camino para este mal, y así sea ejecutada! ¡Mi hijo solamente es el que es dino de muerte, pues por él es infamada, quebrantando tu casa, cual ha dicho, si se tiene memoria de su dicho! Si ella a él la entrada no le diera, no la infamara él ni la gozara; y pues ella la puerta le dio, ¡muera!, y él quede libre, que es justicia clara. ¡Esa mesma razón a muerte fiera le condena! ¡Esa ley mesma lo ampara! ¡Que el hombre puede entrar donde quisiere o do le dan la entrada si pudiere! Cese vuestro alboroto, y sea cumplido lo que tengo mandado. ¡Partid luego con ella, y a ese mozo llevá asido, y a Leucino también por preso entrego! ¡Que castigues mi hija sólo pido! ¡Que la sueltes y muera mi hijo ruego! Lo que en ley debo ejecutar sobre esto, vamos, que todos lo veréis muy presto.

JORNADA CUARTA

¡Rompa la voz de mi lloroso acento las sidéreas regiones! ¡Oiga el mundo mi mal y la crueza que hoy intento! Y nadie entienda que en crueza fundo dar a mi hija muerte cual dar quiero, ni que me inspira Furia del profundo, que yo no tengo el corazón de acero, ni nascí de los riscos ni montañas, ni me crio dragón ni tigre fiero. Hombre soy, de hombre tengo las entrañas, tiernamente cual hombre me lastimo y lloro mis fatigas tan extrañas; mas de este sentimiento me reprimo viéndome por mi hija en tal afrenta, que su muerte no siento y mi honra estimo; y así, aunque muera, es causa que no sienta con la terneza que debía su muerte, viendo ser ella la que así me afrenta. Ejemplo es este que al varón más fuerte y de mayor constancia pondrá espanto, y le hará dudar la extraña suerte. Pudo el honor de Hipodomante tanto viendo su hija de Aqueloo forzada, que le dio muerte sin oír su llanto; Órcamo enterró viva su hija amada porque le robó Apolo su pureza, dándola así a su honor sacrificada. Pues si de estos se canta por grandeza dar a sus hijos muerte por su honra, dársela yo a la mía no es crueza, que no me ofende menos ni deshonra la maldad que mi hija ha cometido si la nobleza de quien soy me honra. Al fin yo estó en que muera resumido en la prisión, pues ha de morir cierto por justicia, su término cumplido; así será mi daño más cubierto, que no verla sacar de las prisiones ajusticiar, el día descubierto; así confundiré las opiniones que en esto hay, pues dándole un bocado lo acaba todo, y solas mis pasiones empezarán hasta que sea acabado. El son de tus tristes quejas hizo en mí tal impresión, que abrasando el corazón el cuerpo sin alma dejas; y no sólo tu dolor me tiene de aquesta suerte, mas ver que quieres dar muerte a Eliodora con rigor. Felicina, así conviene que muera por su malicia y no en poder de Justicia, pues al fin de morir tiene. Yo le tengo aparejado, aunque tal crueldad se note, por arras, tálamo y dote, un mortífero bocado. Tales confaciones lleva y va hecho de tal modo, que no está en comerlo todo para morir quien lo prueba; tú lo tienes de llevar, y mándote que en secreto lo pongas luego en efeto y me vengas a avisar. Señor, mándame otra cosa y hazme de esta escusada. ¡No hay que replicarme nada, sino ir luego presurosa! Esto es lo que cumple en esto y cumple a ella y a mí: yo voy a traerlo aquí. ¡Aguárdame en este puesto! ¡Ay, triste de ti, Eliodora, sin culpa ofrecida a muerte, cuya miserable suerte Híspalis y el mundo llora! ¿Es posible que he de ser ministro de tal crueldad, y que mi fidelidad tal hecho ha de cometer? Ya te he dicho, Felicina, que cumple que vayas presto: lo que has de llevar es esto, que es la cierta medicina. El secreto y diligencia no tengo que encomendarte. Yo voy a casa a aguardarte. ¡Tú ejecuta con violencia! ¡Desventurada de mí! ¿Dónde voy?, ¿qué razón sigo? ¿Qué Megera va comigo?, ¿qué Alecto me lleva así? ¡No es posible que no sea furor infernal el mío, pues tan ciego desvarío el alma me señorea! Mi señor manda que dé a Eliodora este bocado, que entiende que su mandado puede más que no mi fe. ¡Engañado está en razón! ¡Contrario camino sigue, porque no hay ley que me obligue a sacarme el corazón! Mas, ¡ay!, ¡en qué duda estó, de contrarios combatida, sin poder darle la vida ni dejar de morir yo! ¡Forzosa ha de ser mi muerte, porque si muere Eliodora, Felicina, que la adora, seguirá la mesma suerte! La cárcel es esta, ¡ay, cielo!, ¡cómo la muerte me cerca, y a Eliodora se le acerca la mesma miseria y duelo! Ambas hemos de acabar, que razón lo manda así; y pues cumple, ¿qué hago aquí? ¡A dársela quiero entrar! ¿De quién serán mis quejas y mi mal entendido, en estado tan triste y peligroso, cielo, si tú me dejas y no les das oído, mostrándote a mi llanto riguroso? ¡Tú, que del afrentoso insulto que sin culpa soy culpada, sabes la verdad pura! ¡Tú, en mi angustia y tristura, aclara mi inocencia condenada! ¡Ya que pague la vida, que no sea mi pureza así ofendida! ¿Qué haces, señora mía, en tu miserable suerte? Estó esperando la muerte por momentos cada día. Ten, señora, confianza, que el cielo, a quien tú te quejas, oído dará a tus quejas y a tu inocencia venganza. En él pongo mi justicia, pues él sabe la verdad; él guarde mi honestidad y castigue esta malicia. Sí hará, y así lo entiendo de su bondad y clemencia que has de salir por sentencia libre de este insulto horrendo; y en confianza de aquesto, te traigo un regalo aquí. ¿Regalo? ¡No es para mí, que el mío pasó muy presto! La muerte podrás traerme, que es el regalo que espero; que otro regalo no quiero ni otro puede apetecerme. Espera en Dios el remedio y comamos esto agora, mas con condición, señora, que has de partillo por medio. ¡Pártelo tú de tu mano! Sí haré, y será igualmente. ¡Oh ánimo de serpiente, con un ángel soberano!, recibe de esta tu sierva esta conserva en regalo. ¡No ha estado el donaire malo! ¿Flores me das por conserva? ¡Señora, el yerro fue en mí, que turbada en tus dolores dije conserva por flores! ¡Bueno está!, ¡quédese ahí! Allá dentro nos entremos, porque gente oigo venir. Tras ti voy. Bien puedes ir, que no es bien que aquí aguardemos. ¿Quién ha visto tal mudanza? ¡Volverse en flor el veneno! ¡Prodigio es, y es tan bueno que me da buena esperanza! Doy la palabra que quisiera en esto hacer, señor Peloro, vuestro mando, cual siempre mi deseo está dispuesto, lo que es serviros sólo deseando; mas en esta ocasión, juro y protesto que ni puedo ni es justo, contemplando de Reicenio las culpas y maldades, infamias y otras mil atrocidades. Cierto que yo, señor, venía informado muy diferente de eso que os he oído, porque a entender me dieron que aún pecado para estar preso así no ha cometido. No hay preso que confiese que es culpado, aunque sea en Derecho convencido: siempre se justifican de inocentes aunque cien mil testigos vean presentes; y porque no entendáis que es pasión mía o rancor que le tengo, estad atento; oiréis que se le prueba en solo un día, después que se cumplió mi mandamiento: una mujer le pide, a quien servía con promesas, que en firme casamiento sería su marido, y de él gozada con otra se casó y dejó burlada; otra presenta de él una querella, diciendo que una hija infamó suya; él se desdice, habiendo dicho de ella cosas que es justa ley que lo destruya. No hay casada, viuda ni doncella, ni hay deuda suya contra quien no arguya y ofenda con su lengua, y demás de esto con su cuñada cometió un incesto. Esto hay de Reicenio, y más que callo de este que al mundo con su lengua infama. ¡Mirad vos si es justicia perdonarlo o si será arrojarlo en viva llama! No tengo que decir sino dejarlo, y porque a toda priesa ya me llama un negocio, haré de vos ausencia. ¡Siempre para os servir estó en presencia! ¿Traeisme la sentencia ya ordenada para notificársela a Eliodora? Señor, sí, sólo falta ser firmada de ti, lo cual podrás hacer agora. ¡Séame de palabra recitada! Dice de esta manera: Que a la hora que todo el pueblo sea congregado, para el fiero espetáculo ayuntado, de la cárcel la saquen con prisiones sobre una mula, y lleve de delante pregoneros que digan en pregones su crimen en voz alta y resonante; vuelta de andar las estaciones que la ley manda, sea al mesmo instante en la pública plaza degollada, donde quedando muerta sea dejada. Buena está, yo la firmo de esa suerte. Id a notificársela al momento a Eliodora, y apréstese a la muerte, pues ella fue ocasión de su tormento. Con la razón que debo obedecerte, voy, señor, a cumplir tu mandamiento. ¡Cumple que sea con presta diligencia! Será así ejecutada tu sentencia. ¡Pague con muerte el crimen cometido y muera la que así con tal torpeza el blasón de sus padres ha ofendido, sin tener advertencia a su nobleza! Aquí es la cárcel donde soy venido. Quiero notificarle con presteza la sentencia a Eliodora. ¡Ah, carcelero!, ¡abrí!, ¡ah de la cárcel!, ¿no hay portero? ¿Quién sois?, ¿qué demandáis 'aquesta puerta? ¡So escribano real de aquesta Audiencia! ¡Volveos, que no os puede ser abierta, y no habléis ni hagáis más resistencia! ¿Qué es esto?, ¿estoy durmiendo?, ¿es cosa cierta lo que he visto delante mi presencia? Sin duda estoy soñando. ¡No!, ¡estoy cierto, que claramente veo que estoy despierto! Quiero volver y dar razón de esto al juez, que aguardándome ha quedado; que yo no sé qué haga o diga en esto, que voy sin mí de ver lo que ha pasado. ¡Huélgome que venido hayas tan presto! Si vengo presto traigo mal recado. ¿De qué suerte? ¡De suerte que temiendo estoy aquí de lo que vi tremiendo! ¿Qué traes?, ¿qué te alborota?, ¿qué te altera? ¡Sosiega el sobresalto! ¡Di qué ha sido la ocasión que te trae de tal manera, sin color, sin aliento, sin sentido! Yendo a notificar la muerte fiera a Eliodora, el entrar me fue impedido por dos salvajes que hallé a la entrada de la cárcel, que de ellos es guardada. ¿Salvajes? ¿Has soñado esa locura? ¿Soñado? ¡Ve allá!, ¡tú verás si es cierto, porque des a mi sueño la soltura, si duermo, o tú, señor, estás despierto! Ella es melancolía si se apura. ¡Vamos allá!, ¡reiré tu desconcierto! ¡Igual me reiré yo! ¡Esa es la puerta! ¡Llama apriesa!, ¡serate luego abierta! ¡Ah de la cárcel!, ¿no hay quien dé respuesta? ¡Quien responda sí hay! Mas, tú qué quieres, que tu jurisdición aquí no presta, y así te puedes ir, que no hay qué esperes. Por Diana esta guardia fue aquí puesta para defensa, si ofender quisieres a Eliodora su virgen, cuyo apremio quitará como a virgen de su gremio. ¿Qué rumor oigo?, ¿qué clamor resuena? ¡Dame noticia de esto, justo cielo, que el temor de sentido me enajena y la vista me ofusca un negro velo! Juez, que tienes puesta en tu cadena mi virgen, sin tener de mí recelo, dime: ¿en qué ley fundaste tu sentencia? ¿Cómo procedes con tan gran violencia? ¿Sólo el dicho de un bárbaro inhumano, disfamador de la bondad inmensa de las mujeres, tuvo tanta mano contigo que les hagas tal ofensa? ¿Que temiendo tu ira de tirano, del Cintio monte venga a ser defensa de la intacta Eliodora, yo Diana, diosa de decendencia soberana? Y porque el hecho horrible sea punido y en su gloria Eliodora restaurada, ¡su padre Hircano aquí me sea traído! ¡Llevad vos, escribano, esta embajada! ¡De mí será ese mando obedecido! Tú, Diana, en los bosques adorada, en el Infierno y en el alto Cielo, servida en el Parnaso, en Cintio, en Delo: Suplícote que a ira no te mueva porque contra Eliodora di sentencia, pues la muerte de un hombre se le prueba y de ella es confesada sin violencia. La ley sola me guía, ella me lleva, ella es y no yo quien la sentencia, de suerte, ¡oh pura virgen!, que no hay culpa en mí, pues la justicia me disculpa. No merece por esa muerte muerte, sino vida y eterno nombre y gloria, cual se verá en el fin de aquesta suerte en la declaración de nuestra historia. Diosa, que facultad me das de verte y a mi bajeza ofreces tal victoria: obedeciendo tu preciso mando estoy do me mandaste, en ti adorando. Hircano, solamente la injusticia que te hacían y la ofensa horrible me trae a ser ministro de Justicia y a dar castigo a un caso tan terrible. ¡Pague el fiero Leucino su malicia! ¡Pague, que ya a los dioses no es sufrible! ¡Hipodauro!, ¡Demolión! ¡Señora! ¡De la cárcel sacadme aquí a Eliodora! Verás, Hircano, abierta y claramente la poca culpa que tu hija tiene; verás que en todo siempre fue inocente y verás a quien de esto el daño viene. Ya tienes a Eliodora aquí presente. ¡Quitadle esas prisiones! ¿Qué os detiene?, que no es razón que el duro hierro apremie a quien espera que mi mano premie. Llégate acá, Eliodora gloriosa, vivo esplendor de mi virgíneo coro, por quien tengo mi suerte por dichosa y por quien me engrandezco y más me honoro, y esta corona ciña tu espaciosa frente, adornada de esas hebras de oro, y esta virginal palma esté en tu mano, premio dino a tu intento soberano. ¿Cuándo fue, excelsa diosa, a mi bajeza merced tan generosa concedida? Vista, Eliodora, bien vuestra pureza, a vuestro casto ánimo es debida; y para que se entienda su grandeza, los presos de quien sois así ofendida saquen aquí. Verán su maldad clara y lo que en gloria vuestra se declara. Justo es que muera el hombre que ha infamado mujer, o sea casada o sea doncella, viuda, honesta o de cualquier estado que sea, ora la sirva o huya de ella. Traído so ante ti por tu mandado. De ti ante mí Eliodora se querella, en razón que con ánimo atrevido infamada de ti sin causa ha sido. Si tienes que alegar, responde luego, pues del callar gran daño te resulta; y que digas verdad te pido y ruego, que a Dios, cual sabes, cosa no hay oculta. Virgen, a quien el casto y puro fuego la gente más remota y más inculta del mundo te consagra en culto eterno, haciéndote del cielo guía y gobierno: Ya que así soy en tu presencia puesto, y puesto 'acusación por Eliodora, debo decirte la verdad en esto, que la verdad ha de aclararse agora; y así digo y declaro que el honesto cuidado que en el casto pecho mora de Eliodora, jamás dio al ruego mío cabida, ni me oyó sin dar desvío; y así digo que fue de mí infamada injustamente en cuanto dije de ella, sin que debiese en cosa ser culpada, y esto es verdad, que fue por ofenderla. ¿Fuete de ella ocasión alguna dada? No, sino viendo no poder moverla a mi querer, determiné vengarme con disfamarla, pues huía de amarme. ¡Al fin que por enojo y corrimiento la disfamaste, y no por culpa suya! ¡Ése fue sólo mi final intento! ¡Oye pues la final sentencia tuya! A ése que afirmó con juramento lo que no fue verdad, porque concluya su mala vida, sea llevado luego y echado vivo, como está, en un fuego. ¡Oh, virgen Delia!, ¡muévate mi llanto y ten piedad de la miseria mía! Ministros míos, ¿qué aguardáis ya tanto? ¡Andad con él!, ¡acabe su porfía! ¡Hoy tendrá fin su vida y su quebranto! ¡Hoy es mi fin y postrimero día! ¡Y es justo, pues que fui testigo falso contra Eliodora, cuya gloria ensalzo! Si en ti, diosa Diana, veo que falta piedad, ¿adónde iré a pedir consuelo, si en tu glorioso corazón se esmalta tal dureza y se olvida que es del cielo? Leucino, agora la crueza asalta mi tierno pecho, y con sangriento celo quiero vengar mi virgen ofendida por ti, y su honra restaurar perdida. No te podrás quejar que nunca fuiste avisado de aqueste trance duro, pues a la diosa Némesis oíste que huir de esto te sería seguro. Una corona y una muerte viste haciendo las dos viejas su conjuro, y atribuiste el caso prodigioso a tu favor con disponer dudoso. Del modo que mandaste ha sido hecho tu mando, y en ceniza convertido queda aquél que huyendo el leal derecho testificó lo nunca sucedido. ¡Éste, que sin piedad en duro estrecho puso a Eliodora, a un grave peso asido lo arrojad en el Betis y allí muera, porque tal muerte tal maldad espera! ¿Es posible que no has de conmoverte, delia Diana, al tierno llanto mío, y que remisa en darme cruda muerte así me mandas arrojar al río? ¡Eso no te repara de tu suerte! ¡Repáreme tu etéreo señorío! ¡No hay lugar ya! Demolión, ¿qué aguardas? Y tú, Hipodauro, ¿en qué razones tardas? ¡Sin hablar más razón, vamos, Leucino! ¡Oh dioses inclementes e inhumanos, que entre tantos no hubo un dios benino, sino todos crueles y tiranos! ¡No blasfemes con tanto desatino! ¡Átale ya, Demolión, las manos, y desde aquí podemos arrojarlo! ¡Teneos, salvajes!, ¡suspendé el echarlo! Diana, no permitas que sea echado en mis líquidas ondas ese fiero, ni su maldito cuerpo sepultado en el bético seno de mi impero. Manda que sea a las fieras arrojado o al fuego, cual su horrible compañero; no en mí, que volveré a lanzarlo fuera, como lo echaren vivo, a la ribera. Betis, honor de la vandalia gente, entre los ríos del mundo el más famoso: no me niegues en esto tu corriente. ¡Muera en ella este infame, al cielo odioso! Diana, no es razón ni se consiente dar sepulcro a ese injusto tan honroso, que cuando sea tu voluntad cumplida, valdrá más esa muerte que su vida. Llevadlo luego, y vivo así en la tierra dadle el último fin y alojamiento. ¡Virgen!, ¿por qué tu pecho así destierra la piedad que tiene en él su asiento? ¡No demande piedad el que así yerra! Vamos de aquí, que es gran detenimiento, y falta celebrar el alegría de tan alegre y venturoso día. Excelsa virgen, dame tu licencia que en vuelo baje a mi húmido profundo y mis ninfas envíe a tu presencia a celebrar la fiesta y día jocundo. Anda, que bien merece esa excelencia y que la Fama esparza por el mundo el casto y claro nombre de Eliodora, cantándolo del Betis al Aurora. ¿Estás, Hircano, satisfecho de esto? ¡Nunca yo fui capaz de tanta gloria! ¡Y tú, juez, aprende a ser modesto y esculpe este alto ejemplo en tu memoria! Y pues la noche viene en vuelo presto, dando aquí fin a nuestra ilustre historia, vamos con esto en Híspalis entrando, el triunfo de Eliodora celebrando.