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Texto digital de Los indicios sin culpa

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Atribución tradicional
Juan de Matos Fragoso
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Género
Comedia
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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Los indicios sin culpa. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/indicios-sin-culpa-los.

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LOS INDICIOS SIN CULPA

En casa de Mompabón voy a jugar, quedese. Hace oscuro. Solo iré, no importa. En esta ocasión me pesa de ser obediente. Váyase con Dios, que tarda, recoja al cuerpo de guarda, señor Sargento la gente, que son las diez. Con justicia, pueden Capitán llamarla, Alejandría de la Palla Convento de la milicia, Muerto soy. Espere ahora. . Jesús. En qué parte ha sido? En esta casa es el ruido. Cierra la puerta, señora. Capitán, vamos de presto. Aguarde que sale gente. Mas descansado se siente mi corazón; mas qué es esto! Caballeros, quien su honor esta noche ha satisfecho en esta casa, y han hecho la hazaña de más valor, que contará Lombardía, pide que paso le deis; y si lo soy, ya sabéis se debe a la cortesía, que los nobles se acrisola, suplicoos no se me niegue, o será fuerza lo ruegue la boca de esta pistola. Con la muerte troplezo en cada paso, Perdonadme señora. Qué triste caso! Ay. . Verdad desdichada. Tristes voces. Hay mísera criada. Quién es? . Una infelice, esta muerte lo dice; si eres Enrique mira a Octavio muerto: ya tu bien que espira? Válgame el Cielo santo! que no es Enrique. Qué dididido llanto los temores resiste, y el caso di de esta trajedia triste, que por la puerta ahora pasamos, y el rumor tan a deshora nos detuvo y queremos saber la causa de este ma! que vemos. No sé más de que es cierto que Octavio está sin vida, y Porcia muerta. Este es desmayo, pues mi mano toca con vida los alientos de su boca, y porque remediemos a esta dama, Conozcámosle primero. que necio empeño, id con Dios. El Cielo os guarde a los dos. . Él os libre Caballero; no esperemos que otro salga, esta casa nos invoca, el sozorrerla nos toca, aquel su suerte le valga. . este difunto ahora dejemos (y a mi casa esta señora llevad Sargento) hasta saber el caso de este triste fracaso; tu cierra aquesta sala. Un Ángel es en hermosura, y gala. Vuestras piedades sigo. A vuestro amparo, cuanto puedo obligo. Has de aguardar a tu padre? Leyendo le aguardaré, este cuidado heredé desde que murió mi madre. Si juega, presta paciencia. Deja esa luz. Y en efecto que has de hacer Este Soneto que Carlos hizo a mi ausencia pasaré, que mis pasiones así las suelo engañar. Voyme por no perturbar; amor todo es ilusiones. . Desde que me aparré, señora mía, de tus divinos ojos, vivo ausente, los términos pisando al Occidente, como la tarde al espirar del día. Muero como centella que solía vivir por cuenta de la unión ardiente, que se deshace en humo brevemente, desunida del alma en quien vivía. Parte (con luz) pero después la hereda con su postrero parasismo el viento, pues de la propia suerte me consumo. Que este ardor breve, que en mi vida queda de ti procede, y como está violento, es centella que presto ha de ser humo. Dame albricias, señora, Carlos te viene a ver. Entre en buen hora, que amor todo lo allana: Entre Carlos, Diana. Parece desvarío, entra Carlos. Querido ausente mío. Querida Beatriz mía. Hurtó la noche la ventura al día: Diana mira a la puerta. Está Beatriz de mi culdado cierta. Carlos, que vuelvo a verte. Los dos murieron, que dichosa suerte No merecen tus ojos mis desvelos. No me agradezcas que te vea. Ay Cielos! dime mi bien que tienes, si a verme vienes, o a matarme vienes? Vengo, señora mía, con honra libre del mayor cuidado; tuyo como solía. Importa que esta noche. Estás turbado? sosiégate. Bien puedes, me guarden de tu casa las paredes. Siempre, Carlos, quien vive amante, como yo, si de su ausente una carta recibe, en rompiendo la enigma diligente con los ojos pasea primero sus renglones, que la lea. Y si encuentra en la carta, confusamente una palabra triste, de los ojos la aparta; vuelve a leerla, y el temor resiste otra vez sus enojos; y el mal no sabe, aunque le ven sus ojos, pues de la propia suerte, Que viene tu padre. Ay triste! bien sabes los aposentos del jardín, en ellos puedes esconderte. Presto, presto. Baja por esa escalera. No me has de ver? Sí, mi dueño, para saber lo que traes, que te he visto, y no te veo; apriesa Carlos, apriesa, cierra el postigo. Ya cierro. En esta casa, señora, que habéis de hallaros prometo, padre, y amparo; estaréis oculta, mientras sabemos la causa de esta tragedia: Y pues del desmayo vuestro os cobrasteis fácilmente, dad muchas gracias al Cielo; que la cota de ballena, que es gala, y defensa a un tiempo, resistió tantas heridas, como os tiraron al pecho. Vuestra nobleza conozco, en las piedades que veo. Qué es esto, señor? Beatriz, un desdichado suceso; mas pues no sabéis, señora, como papel de amante te recibo; quiero Carlos leerte, para saber de ti; pero concibo temores al deseo; a aunque te mir o no queréis, que es lo cierto decirnos el agresor, volveré con el Sargento, a inquirirle, y amparar vuestra casa. Caballero, no sé más de que nací. Desdichada porextremo: a esta dama, y su criada. preben Beatriz aposento: Vamos, guardeos Dios señora. Guardeos, señores, el Cielo. No conocer aquel hombre no fue bien. Calle Sargento; riña solo sus pendencias, conocerle, si por cierto; parécele que quisiera? no hay más de a un hombre resuelto, y restado conocerle? si él no teme, siempre temo a quien hago sinrazón; la pistola fue lo menos, la razón es más valiente, no me pesa de lo hecho. Triste estáis, mas en mi casa habéis de hallar, a lo menos una criada, que os sirva; y para vuestro consuelo una amiga que tenéis. No sé señora que tengo, que por extraño los males los ignoro, y los poseo. Sois Napolitana? Sí. . Vivís sola? Dueño tengo. Y cómo os llamáis? Clavela. Hermoso nombre es el vuestro, y por vida de las dos han sido, Clavela, celos estos pesares? Señora, no sé más que queda muerto sin ocasión en mi casa de mi patria un caballero, de una vala disparada de una pistola, que el trueno , ignoré la causa, que darme muerte quisieron, que al ruido me desmayé; que en vuestra casa me veo como veis; esta es mi historia, que no me aflijáis os ruego, Pues no suelo ser prolija; mas impórtame el saberlo, que grandes sospechas junto. . Oye Diana, que ha hecho una notable pesquisa contra Carlos mi recelo. No estaba en Nápoles Carlos, y sin avisarme de ello, a Alejandría se ha venido, no es de Nápoles el muerto, no es de Nápoles Clavela, y vienen los dos a un tiempo como ves, ella asombrada, el misterioso, y suspenso. Ella llena de temores, él aunque animoso, huyendo como quien busca sagrado del crimen que tiene hecho. No es hombre Carlos, no es hombre, Diana, que el mejor de ellos, ausente se muda como veleta de arpón al viento. Mal haya quien por ninguno la voluntad pone a riesgo. Al fin, Floreta, no sabes si fue Enrique. No lo creo, escondime como he dicho temerosa en mi aposento en oyendo la pistola: déjalo, señora, al tiempo, que es viejo, y parece mozo en descubrir un secreto. Perdonadme, qué trataba, señora, de disponeros un cuarto, porque tengáis el debido alojamiento que merecéis. Dios os guarde, amiga alegraos. No puedo, la verdad descubrirá el dolor de mi tormento. Al fin de Nápoles sois. Sí señora, no lo niego. Camarada de mi padre fue un bizarro caballero Napolitano. Quién era? Don Carlos Coloma. Ay Cielos! Todo el color ha perdido, demos otra vuelta celos; . conocistes a don Carlos? No me apretéis. Yo os aprieto. Vive en Nápoles? Dejadme. Lloráis, Bago lo que debo, y hace el llanto lo que quiere, y resistirle no puedo, como suele el desierrado de su patria, que en oyendo. su dulce, y amado nombre, vierte lágrimas su pecho, sin poderlas detener las presas del sufrimiento. Así yo señora mía, todo el corazón deshecho sin poderle resistir, salen lágrimas, rompiendo las pestañas de los ojos, que como presas quisieron detenerle, más fue en vano, que no tiene ningún tiempo la avenida de un pesar a las pestañas respeto. Detened Clavela el llanto, que a vos os hacen provecho las lágrimas que vertéis, y con ellas me habéis muerto. No entendí daros pesar: Lágrimas tristes, volveos por cortesía, no es justo que el hospedaje paguemos en enfados; perdonadme, ya lo procuro, y no puedo, que estoy tal, que viene el llanto cuando no me da consuelo: y supuesto la merced que me hacéis, y que os merezco, dejadme llorar a solas. Aqueste cuarto es el vuestro. Diana toma esa luz. Con vuestra licencia entro. Seguro Carlos está, califica con secreto su traición, Beatriz, que importa, que no den voces tus celos. A la noche el alba pura, sigue con nuevo arrebol, que si continuara al Sol fuera menor su hermosura; precede la sombra oscura, a los celajes que ostenta, pues tú como el alba alienta, divino honor, que a una hora saldremos, yo, y el autora ilustrados con la afrenta; véngueme, y puede mejor decir el Orbe por mí, que llegué, y vi, y vencí con secreto, y con valor. Mas ya piadoso el amor se duele de mí, pues llego cuando entre penas me anego a ver con suerte feliz, en el cielo de Beatriz, el iris de mi sosiego. No ha de saber mis sospechas. Califícalas de espacio, mientras que viene tu padre, que yo acudiré entre tanto a esta dama, la luz toma, y cuando cante, cuidado, que es señal para que salgas. No he de decirla mi agravio, porque es desaire, que un noble le cuente, aunque esté vengado. Carlos. Beatriz, tú con luz, que dirá el Sol. Dirá Carlos, que no se aprovechan de ella los ojos enamorados. Dirá el Sol, cuando corriendo las pestañas de tus ciaros ojos, el día, que son de su lecho regalado las cortinas, y despierte la margen del Podorando, dirá quitando a la hierba la bordadura del campo, que a la luz de sus bujías hizo la noche con granos, y fue al principio rocio, y volvió aljotar el austro; dirá entonces que le ofendes, pues de resplandor extraño te vales para brillar, que sentirá por agravio, que pida luz a las flores, la que da luz a sus rayos. Dirá menos lisonjero, con propia virtud brillando, que como no es pretendiente de mayor suerte habla claro; dírame entonces el Sol, lo que triste dudo, cuando los secretos de la noche, saque en público al tearro del día, y veré yo triste la causa de tu recato, lo que tus miedos publican, y lo que ocultan tus labios; y dirame conociendo, mi amor, mi fe, tus engaños; no te empeñes más Beatriz, que no vino a verte Carlos. Dudas de mí como suelen bajar de la sierra al llano, de nieve los puros rizos, hilo a hilo desatados; y juntos en crespasondas, y entre trenzas de alabastro, y esmeraldas ir al mar, ya de prisa, ya de espacio, ya derechas, ya torcidas, ya entre peñas, ya entre ramos; y aunque estos ven su camino, los impedimentos altos llegan a su centro, a donde en sus cóncabos palacios, con un peine de coral, componen sus rizos blandos: Tal yo que en ausencia tuya, en lágrimas me desago a pesar de inconvenientes, y bien por cáminos varios, como a su centro los ríos, precisamente he llegado, después de muchas desdichas a descansar en tus brazos. Inconvenientes caminos, venir cuando no te aguardo; como vienes, no es venir, como el río al Occeano, antes es entre sus ondas, sin velas, timón, reparos, traer una nave al viento arrancar fuerte un peñasco; reventar por el fogón un tiro, romper un rayo las nubes, salir la flecha rota la cuerda del arco, que parten sin intención, y suelen parar con daño. No te entiendo, o estás otra; si has de darme muerte alcabo, dame muerte más aprisa, que es crueldad matar de espacio. Dios te guarde, dura más que numera el Fénix años; tan tuya soy como siempre. Pues no me niegues tus brazos. Quiéres que te ruegue yo? No mi bien. Aparta Carlos. Qué temes. Esas pistolas están armadas? qué aguardo que no me voy. Esta sola, porque estotra, por un caso la disparé aquesta noche. Esa es nave hecha pedazos, ese es peñasco valiente esa es la flecha, ese el rayo; aquese es de bronce, el tiro por el fogón reventado, y su carga como todas, me han dado la muerte, Carlos. No la hubiera más sentido el duro pecho de Octavio. Mucho callas enemigo, . y dices mucho callando. Por los campos de mondego. . Esta es seña, mas de espacio te veré, toma esa luz. No te merezco una mano? Caballeros veo asomar. No me olvides. Ya me tardo. Ni sé si vienen de guerra. Aguardate. Estás cansado. Ni sé si vienen de paz. Diana vendrá entre tanto. Al fin me dejas? Es fuerza. Qué rigor! Qué sobresaltos! Qué desdenes! Qué traiciones! Cuando volveré a tus brazos. Qué confianza. Soy tuyo? Apártate. Ya me aparto: Mas dime Beatriz, qué tienes? Temor. De mí? De que acaso dispares otra pistola, que me dé la muerte, Carlos. Pues ninguno te acompaña, no has ganado, que has perdido? Cien doblones. Y haurán sido, acuñados en España, donde ninguno se topa, que apenas se apura, y sella, cuando los destierran de ella a las Provincias de Europa. La Española Monarquía, debe sustentar sus siervos. Eso llaman criar cuervos: Mas dejando la porfía a los que en el caso están; como fue tan largo el juego? Faltó el Capitán Don Diego de Vargas. . El Capitán. juega de conversación; a que jugaste, y con quién? Pintas. A quién dijo bien? Ganó el señor Mompabón. No quedaría quejoso ningún mirón, a fe mía. Profesa la bizarría del de feria. Es generoso soldado el Gobernador, mas ya llegamos con esto a la calle, donde has puesto el non plus ultra de amor, donde para que se asombre, vive tu dichoso empleo; Porcia, o Clavela, que veo que la barajaste el nombre, muchas veces reservado, misterio para conmigo. El secreto no te digo, por excusarte un cuidado. Soy criado, dices bien; en Octavio está mejor, de cuya lealtad, señor, fías tu dama también. Franquéase a la amistad lo más íntimo. Por Dios, que amigos como los dos, no ha visto la antiguedad; porque sin temor de agravio asiste en su compañía; si tú una parte del día, todo lo restante Octavio: Y como ven que la cela, hace que el vulgo publique, que no es cuidado de Enrique, sino de Octavio, Clavela, yo que al caso estoy atento, infiero de esta cuestión, que eres tú la conclusión, y es Octavio el argumento. Será razón que publique, que merezco su beldad. Sola la casa esta, válgame el Cielo! de que accidente me previene el hielo, que a vencerme porfía: Floreta, Octavio, dulce prenda mía, Aguado. Hasta la muerte llamaron a mi padre de esa suerte; mas fue por ironia, porque siempre sin agua lo bebía. A nadie en casa no veo. Ah habido aquesta noche Jubileo, que por salir una mujer brillante a la calle de noche roz agante, Perdiste la vanidad del merecimiento, Enrique, que las glorias repartidas se aumentan con algún modo, que no son dichas del todo las que pasan escondidas; antes su secreto, y sabio, lo que el vulgo piensa, apoyas. Pues yo me llevo las joyas, llévese el aplauso Octavio. Yo te sirvo de criado aurá dos meses, o tres, porque no he visto Holandés, tan bien Españolizado; y a lo que el vulgo murmura, crédito he querido dalle. Que la verdad sepa, o calle, que le importa a mi ventura, mas sus discursos inciertos, ajusta con lo que pasa, pues para mí está su casa, como sus brazos abiertos. No es amante en conclusión, como otros que suele haber, que se contentan con ser dichosos en la opinión, con ser Enero en aguas, y en zapatos, irá a rezar a Herodes, y a Pilatos, si hay en alguna parte particular, no tienes que cansarte, que por oír de gorra una Comedia, aunque la hayan oído, y sea trajedia, con las Coplas del Sastre de Toledo, que es cuanto decir puedo; y haga el galán Juan Lope, y los graciosos Roque: autor de grande brío, y grande fama, y baile su mujer, y haga la dama, irán a media noche, con ademán de aparta allá ese coche. Buenos van los barbados, bien nos le pueden dar, Jesús que enfados: donde por lo que digo saldrán con más pellizco que un bodigo, y pasarán por todo, aunque pasen un piélago de lodo. Mas bien sé dónde mi señora iría, sin duda fue a beber aloja fría; que si una dama, Enrique, se le antoja? con mal de madre irá a beber aloja. Pues como dejó abierta de su casa la puerta. Ese secreto ignoro, aquí entra bien, pregúntáselo al toro. Abre esa sala. Ay Cielo! lleno de sangre el suelo, y la casa desierta; cierto el dolor, y la ocasión incierta: que presto se ha mudado mi venturoso estado, que menos tiempo dura, en amor la ventura, que en las sierras la nieve, a donde copo, y copo el Sol la bebe. Yo vi una nave errante sobre los hombros del undoso atlante, desde los muros de Asterdan un día, rebelde patria mía, tan hermosa, y serena, de gallardetes llena, que un ramillete a todas parecía; que del mar en la concha se mecia, o al Abril, que de flores opulento le paseaba por el mar el viento; y vi súbitamente enfurecerse el humido tridente, y sorberse sus olas. Flámulas, gallardetes, banderolas, que la alagó para mayor ruina el mar con su lisonja cristalina; no es de otra suerte el más dichoso amante, que nave entre las ondas inconstante, que el mar la sorbe cuando más constante, porque no ha un instante de la serenidad a la tormenta; pues que amante, que nave se confía del amor, ni del mar seguro un día; ni quien será tan loco, que presuma que ha de ser firme el nieto, ni la espuma. Así se queja el corazón más fuerte, que en Holanda ha nacido, calla, advierte, qué emos de hacer ahora? Que llore el alma, lo que el alma ignora, que salga el dolor, como del ardiente cañón impulso el plomo. En el mayor tormento muestran los corazones su ardimiento; no te turbes, ni ofusques, mejor es que del mal la causa busques; como el Médico adulto, que en la sangre conoce el daño oculto, y hasta hallarle, su ciencia añade, a una experiencia, otra experiencia, Y pues la sangre ves, y no conoces de que causa procede, no des voces, sino Médico experto, Cosa es cierta. Octavio, Octavio, a esotra puerta. El pecho tiene abierto de mi dueño en la alcoba, Octavio muerto; contra mi honor, y mi vida se han conjurado las penas, y vienen a ser conmigo, más crueles las inciertas: qué es esto amigo? . Señor, no sé más que la prudencia, nunca confía su dama al mayor amigo, piensa lo que de aquí se deduce, y saca la consecuencia. Cuenta las olas del mar; y a números las estrellas. reduce, y en otra parte los males que paso: cuenta las confusiones que tengo, y las dudas que me ciegan; y en dos partes divididas, una con la otra las resta, y en el número verás, que montan más mis sospechas. Ausente no está mi dueño, no está su casa sangrienta, no yace en su lecho Octavio; sin vida no son aquestas demostraciones de agravios: Pues dolor mío, revienta; la causa busca, pues el mal es cierte Cómo? Por las señales de aquesta sangre, encontrarás tus males. Toma Aguado una vela. El rastro va al alcoba de Clavela, y si no es ilusión, o son antojos, de lo que suelen suponer los ojos, en la alcoba hay un bulto. da voces, no la respetes con tan claras evidencias; mas no puede ser que Octavio se atreviese a su honor, y ella como señora, nacida con obligación, y prendas, segunda Judich de Italia, con valerosa cautela, con su muerte asegurase el peligro de la afrenta. Mas no fue conmigo un día, tan fácil, tan poco cuerda; que en Napoles, con su honor mis cortos servicios premia: no dejó por mí su casa siendo extranjero, que apenas sé quien soy, solo ilustrado del corazón que me alienta, no puede haber como yo, quien sus favores merezca en su casa, a quien Octavio intentó hacer resistencia. Mas como pudo olvidar mi voluntad su nobleza, mi fe sus obligaciones, mis memorias sus finezas; que si conmigo fue fácil, pudieron lágrimas tiernas, reducir un imposible con esperanza, y promesa de ser su esposo; y al fin cuando una señora hierra, para dorar su defecto, hace honor de la fineza, que no tiene su opinión un casto amor por afrenta. Mas si en Octavio no hay culpa, preciso ha de ser que sea culpada, si ya los dos no concurren en la ofensa; y fue acción de algún celoso, denme los Cielos paciencia, que estoy entre mis pesares, como el herido en la guerra, que ignorante del impulso siente el dolor de la flecha; paciencia me den los Cielos, denme los Cielos; paciencia. No me admira que así llores, no me espanto que lo sientas, que la herida del amigo es muy penetrante ofensa. En que podía parar tanta confianza necia, tanta amistad, tanto alago, tanto Octavio con cautela; Octavio cuando comías, y si dormías la siesta; Octavio cuando iba al río, Octavio cuando a la Iglesia, Octavio cuando cenaba, Octavio siempre con ella; que mucho que hiciera Octavio, las Octavas de tus fiestas. No son, Aguado, estos tiempos para gracias, mas espera, quién es? Don Diego de Vargas. Es Enrique? Quién pudiera ser, Capitán, sino un hombre tan desdichado que encuentra muerto a un amigo y en parte que es la menor de sus penas su muerte, se las comparo con otras que están secretas. Téngoos Enrique afición desde que os trato, y me pesa que os haya alcanzado parte, y no menos de que es fuerza prenderos, pues sois Enrique de mi compañía, y era vuestra camarada Octavio; venid, porque demos cuenta al Gobernador del caso, pues es bastante sospecha hallaros aquí, y de vos sabremos lo que nos niega una dama que encontramos desmayada, y si no muerta, fue por defender su vida una cota de ballena, o de gropos que los usan, como quien anda en pendencias Y si es gracia, no me agrada; y si es prevención, no es necia. No digáis más, que ya sobra, todo lo demás que queda; esta es Capitán mi espada. Ceñios Enrique aquesta. Al fin nobleza Española. Perdonadme, en esta puerta dos hombres queden, en tanto que el Gobernador ordena otra cosa, dónde vais? Iba a rezar a la Iglesia, porque tengo devoción de oír Maitines. Buena es esa. Era muy mala, Sargento? Aquesto ha de ser Paciencia. Vamos señor Capitán, tu corazón no te pierdas, pobre de aliento, y de brío, cobardemente en la adversa, valiente te restituyes en el dolor con prudencia; con recato en el agravio, Mala noche hauréis Mirad si causa he ten En efecto no he podido que me saquéis de un cuidado. Decid quién sois? No lo veis: Una mujer infeliz, reconocida Beatriz a la merced que me hacéis. Una mujer, ya lo veo; y cruel con quien la ruega; pues tan ciegamente niega a un beneficio un deseo. Si os he dicho que Enrique mi voluntad se acrisola, no me mandéis Espeñola, que quien soy os comunique; porque mi casa, y honor, en tan públicos agravios, l Puedo hablarte señora? Si Floreta, bien puedes. con silencio el alma sienta; y sin prevención se vengue; muera mi amor, Porcia, muera en mis memorias callando; que eternamente se venga quien antes de los castigos anticipa las querellas. deba el silencio a mis labios, que no le debe a mi amor. Mayor secreto se ve fiarse de la amistad. Aunque os diga la verdad no me creeréis, yo lo sé, que cuando está sin decoro no luce el metal mejor. Siempre tiene su valor de cualquiera suerte el oro; y pues crédito hallaréis, y mi fe que es verdadera, decidme amiga siquiera, de qué a Carlos conocéis? hacedme este beneficio. No le conozco. Está bien, mucho ha confesado, quien niega con tan grande indicio. Viste una nube, int festiva de alegre idea, que en el aire se menea con popular atención, entreano, y otro cordel preñada secretamente, re uno, eñada secretam ec Oye ahora. Fui a ver a Enrique, que con tanto exceso las dos lloramos, como sabes, preso; y vile de repente, venir acompañado de más gente: (con que dolor lo digo) de dar sepulcro a su difunto amigo. Despidiéronse todos, y a una calle le llevé para hablarle, destápeme, miro me fijamente, troncó un suspiro, y arrugó la frente, y como no lloraba, y el corazón estaba entre angustias, y enojos, sudaban las dos niñas de los ojos; y amenazando con su llanto al suelo, como acontece en el Verano al Cielo, cuando turbio lo miras toda la tempestad terminó en iras; porque después me diga muy Fuero; Vete Floreta, vete, que no quiero disculpas de mi agravio, sin ocasión a otabio le quitaron la vida; y a Clavela con una, y otra herida dar la muerte intentaron, yo lo creo; mas pues libre me veo, que contra la malicia testigo fue en mi abono la justicia. Yo me parto, y tu dueño logre sus años con mejor empeño; y sin oírme se ausentó, y colijo, que al apartarse dijo; que para empresas grandes, la razón de mi Rey me llama en Flandes. te, lo, de rayos que al aire miene con polvora, y con papel; y después de haber al Cielo fulminado con rigores tantos rayos voladores, se cae, y estando en el sue cuando piensan que estinguido está el fuego que la inspira, de en cuando en cuando respira otros con mayor tronido: Y cerca de ella verás, que no llega quien la atiende, porque escarmentado entiende que queda en la nube más; de esta suerte es la fortuna, Floreta, que me atropella, que cuando entendí que en ella no quedaba pena alguna mas que las que anoche tuve, miro con nuevos ensayos, que arrojando tantos rayos quedan otros en la nube, que me han llevado de encuentro. Y no se ha acabado aquí, que más rayos contra mí tiene lá nube allá dentro. Qué has de hacer? Morir, Floreta, si Enrique me deja sola: Mas vos cortes Española, permitid pues sois discreta, que a Enrique vaya a buscar, y haced que me den un manto. Guardáis un secreto tanto, que me enseñáis aguardar. A noche os trujo a esta casa mi padre, y sin su licencia no habéis de salir, paciencia. Advierte con lo que pasa, si sabia en mi mal anduve, juzgando lo que estoy viendo, pues van contra mi saliendo otros rayos de la nube. A que venga mi señor, Enrique un galán soldado espera con un criado en el patio. Buena flor, con buen achaque se topa, fácil es de conocer; esto es señora, volver un amante por su ropa. Verele. Que tal pensó, qué dices? estás en ti; si él no te buscara, sí; pero si él te busca, no; que con los hombres de bien se ha de hacer para tenerlos asidos de los cabellos, las mámolas de un desdén. A ver a don Carlos voy, y esto has de hacer. Yo lo haré. Con esta traza saldré del laberinto en que estoy, pues vuestra suerte feliz trujo a Enrique, yo dispenso, verle podéis. Ni por pienso; eso señora Beatriz, no es cosa que me desvela. Decislo de corazón? No os parece que hay razón, Eso señora Clavela, es como sacarse un ojo. Si él entrara. Buena estáis, yo haré que a Enrique veáis, sin desaire del enojo. Mas que en viéndole te ablanda, Todo Enrique lo merece. El de Nápoles parece, y tu pareces de Holanda. Aquí está Clavela Enrique lógrósete la invención; ay dulce quejoso mío! Qué he de hacer. Mudar color, plantar de cuerpo en nicho, y arqueando el gabión, morder el labio, arrugar la frente que Dios te dio, sorberte algunos suspiros; y has de hacer en conclusión, lo que en la Comedia hace un amante muy feroz; irte, y no irte, después de fingir con más primor: Que prado cuando se planta. en el teatro Español; de celoso te aseguro, que nos entiendan los dos, como si hallado se hubieran a ensayar esta invención. No le mires. No es posible; que como la rosa soy, que la da el Sol cuando sale. la vida que la quitó, quiero volver a mi ser, veo a Enrique que es mi sol, y es fuerza mirar a Enrique para tornar a ser flor. Esa postura no es buena, que es muy blanda, esta es mejor, esta es crespa, y esta arisca, esta fiera es de Vezón mozo de muy buenas gracias, mas de mala condición. No se desmiente con señas el sentimiento interior. Qué solicitas? Disculpas, Y qué sientes? Mucho amor. A qué veniste? No busca un juez, que la obligación, o la voluntad le prenda en el delito mayor, por parte del reo adoptivo sus descargos; así yo que obligado de Clavela como enamorado estoy; para absolver su delito, busco la satisfacción. Ya no puedo tener más dividido el corazón. Violentos tengo los ojos. Qué tardanza. Qué dolor. Yo le hablo. Yo me llego. Mas a dónde está el honor. Como se olvida un agravio. Depóngase la razón, Olvídense las sospechas. Enrique. Mi bien, fue herror, no hablo Clavela contigo; quédate señora a Dios, que buscando al Capitán a quien tengo obligación, mandó le guardase aquí su hija, que es la mayor beldad que produjo España: Engañome, fue traición. Esperad sabréis Enrique, que aquesa ponderación; esa alabanza, aunque justa, es agravio contra vos, si es desprecio contra mí. Que entre los que amantes son, o lo han sido, y los sucesos dejan en respeto amor; ser ingrato, es gran vileza; y ser grosero es peor, que hay muchos nobles ingratos, pero descorteses, no. Mas vamos a lo que importa, ya que os veo, oíd amor, quien le llámara de tú, que es muy despegado el vos. . De que os podáis ir a Flandes, mil parabienes me doy; que si es mucho mal perderos, miraros preso es mayor; y tanto de veros libre me alegro, que entre los dos os pierdo de buena gana, porque no estéis en prisión: mas ya que estáis libre Enrique, y que no ignoráis quien soy, secreto que está encubierto a los criados; ay Dios! decís muy falso, y severo, muy pálido de color, muy detenido de llanto, muy duro de corazón, muy negado a la disculpa, muy descompuesto de voz, muy válido de ironias, y muy privado de amor. Desencuadernada el alma, unida la sinrazón, olvidado de mis prendas memorioso de quien sois; hombre al fin, y hombre extranjero: si floreta no mintió, corra por cuenta del Cielo de un agravio tan atroz, la venganza; al fin decís, y con segunda intención: vete Floreta, no quiero disculpas sin ocasión. A Octavio le dieron muerte, y a Clavela, sin razón lo intentaron, yo lo creo, porque se logre mejor; parto a Flandes, que me llama de nuestro Rey la razón; hah fiel soldado! por cierto dará el Rey nuestro señor sus gajes, que quien ha sido en Italia, qué blasón! traidor con una mujer, será con su Rey traidor. Afrentas contra mi Enrique, dudas contra mi opinión; tu celos, me desatino! tu amenazas, que rigor! tu ironias, que malicias! tu quejas, qué injustas son! tu olvidarme, qué castigo! tu dejarme, qué dolor! ootro dueño, qué imposible! tu dudoso, que ilusión! pero el estilo he perdido, no digo tú, si no vos: Mas hablo contigo Enrique, y a pesar del pundonor, vence el afecto al enojo, enternecida mi voz. Tú digo, querido, mas Enrique que en su estación el árbol, a quien la vid con amorosa lavor la enrosca, para que vivan dos vidas con un verdor; dos plantas con una plubia, dos ramas con una unión; porque enteramente sean una alma, aunque tienen dos, en cuyos ojos ahora, en cuyos desdenes hoy, calificaré mi fe como el oro en el crisol; y si me diere muerte tu rigor, sabrán que fue crueldad, y no razón. Dulce coecho del llanto, blandas querellas de amor, bien repartidas tristezas que poderosas que sois; hay mi dueño! ay prenda mía! Ay Enrique! ay mi señor! Pero si es fuerza dejarte, que pretendo, donde voy. A mis brazos. No es posible. Por qué? Porque tengo honor. Quién te le quita? En tu casa, un amigo que murió, como sabes, que ya sé de la forma que pasó; y esas señales violentas escritas en tu jubón, que son rasgos, que me dicen, si letras formadas, no; Enrique, en aqueste pecho hay oculta una traición. Ahora sí, dueño mío, cumples con la obligación de amante, y de Caballero; quéjate, tienes razón, bien dudas, con causa temes, no te culpo; mas rigor fuera irte, sin decirme a mi propia la ocasión, para que yo te responda; ya Enrique sabes quien soy, ya conoces mis verdades; y a una mujer como yo, aunque la quiten las nubes un poco su resplandor, espera lucir más clara, porque siempre el Sol es Sol; y si no te satisfago, tu irás, y yo sin honor me quedaré, y por lo menos te diré, vete con Dios, pues no tiene más ventura la que sin dicha nació. Escucha aparte. Cueartada se llama. Con Mompabón jugaba a la propia hora que la muerte sucedió; y así nos soltaron luego, mas no sea entre los dos huérfana, dime en secreto quién ha sido el matador? Yo no puedo ser testigo, Estás preñada? Bufón, no sé nada, nones digo. Si sabes. Niti fistol. Dime a solas quien fue el hon- que armado como un reloj (bre salió de casa. Non sacho. Todas las criadas sois. devotas en todas lenguas de la santa negación, por la moza de Pilatos, y el gallo de la Pasión. Si fuera Carlos, la muerte me diera a mí con razón, mas a Octavio no es posible: fuese Carlos. Loca estoy; valientes son las sospechas, valientes, más ciertas, no. Mi señora os pide, y ruega, que desde aquel corredor; mientras que viene su padre divertáis vuestra pasión, viendo su jardín, y en él un Adonis, invención de una fuente de alabastrro, verter por la herida atroz cristales sobre las flores, en vez de porpúreo humor. Ven, porque a solas hablemos, y porque pensando estoy, que de Adonis las heridas servirán de acusación contra ti, pues le dio muerte secretamente el rencor de un celoso asegurado. Pues Enrique a Octaviono. . Entrémonos dentro Aguado. Floreta, con que ocasión. Porque importa a la maraña. que ahora salgan otros dos. Carlos, no he podido más. Ningún embarazo abona tanta dilación. Perdona, que en mi ocupación verás mis disculpas. No hay ninguna, para tu injusta tardanza. La más vecina esperanza suele alargar la fortuna; sabe Dios, con el cuidado que estoy, desde que te vi tan secreto para mí, para todos tan turbado, como me ha dicho Diana. Mas porque goces del día, quiero de esta celosía abrir, Carlos, la ventana, y en mi jardín tus enojos engaña, de flor en flor. Ya están en el corredor, ya los mira, ya sus ojos califican un agravio. Ay triste, Carlos que ves? no es Porcia aquel Holandés? no es el amigo de Octabio? aún vives, ha honra mía! que poco a mi esfuerzo debes. Qué miras, que no te mueves divertido. Discurria en tu jardín, o Beatriz, y el suceso ponderabs de una flor que a noche estaba muerta entre sombra infeliz; vila con aliento ahora, y lloré su corta suerte, pues se escapó de la muerte para no ver otra aurora; porque el tiempo florecida le va quitando el color, y no le queda a la flor una hora, Beatriz, de vida. Triste de ella, y de mí, pues dice su enigma, y cautela, que aquesta flor es Clavela, y el tiempo don Carlos es. Disimulemos venganza. Tu padre viene, señoras Qué ha habido? Una fe traidora, que marchitó mi esperanza. Sin despedirte te vas? Dice Diana, que viene mi padre, y no me conviene que estés en mi casa más; yo le voy a divertir, que fácilmente será, y Diana dispondrá, por donde puedas salir. Mira Beatriz que es rigor, que me has de poner advierte en peligro de la muerte. Importa más que mi honor; quédate a Dios, que a despecho del corazón, que se abrasa, no has de quedar en mi casa, ni prenda tuya en mi pecho, otro pesar, Cielo injusto! más aplicar es melor los remedios a mi honor, que al mal que padece el justo supla mi cuidado el riesgo con una acción atrevida: Importa perder la vida, cuando con razón la arriesgo; ya del corredor se han ido, de mi parte está el honor, y avergonzado el valor. Y yo agraviado, y corrido, tomaré satisfacción, porque si a Beatriz descubre quien es Porcia, y me la encubre: he de perder la ocasión; la casa sé, y al jardín, pues ha cerrado Diana saldré por esta ventana, a dar a mis penas fin. No basta Enrique. Es cautela? Son verdades, y son mías. No te canses, que porfías, deja la capa Clavela. Déjame el alma enemigo, que ya este nombre te doy; y advierte que Porcia soy, pues Clavela no te obligó. Porcia, cuando Porcia fuiste, fue tu fe constante, y cierta; mas para estar encubierta, mudar el nombre quisiste; el de Clavela elegiste, nombre para mi cruel, que en el más verde vergel me advierten las dudas mías, que no vive cuatro días, conforme vida un clavel. Si en Nápoles con dolor, vimos un monte deshecho en humo, cuando en mi pecho de miedo se escondió amor, con justa causa mi honor tu mudanza ha de temer, que más fácil es creer, si en tu paterno orizonte en humo se mudó un monte, que se mude una mujer. No respondo, que modesta me excuso, cuando me apocas que tienen quejas tan locas, solo un mentís por respuesta. Enrique, tan buena suerte, vos en mi casa? Oh, señor, licencia el Gobernador, que sabe que en esta muerte no tengo culpa, me da para Flandes, y así vengo por la obligación que os tengo por la vuestra; a quien está reconocido mi amor: de esta dama que vivía conmigo me despedía. Bien me honras, a traidor! Paréceme, Enrique, bien. No has de irte. Qué pretendes? Ver tus ojos. Mas me ofendes, y me cansas. Qué desdén. Dame tus brazos. Espera. ṉ̱. Oye Capitán ahora, porque es delito callar, lo que publicarse importa: No te he de decir quien soy, porque a mi nobleza sobra para tus empeños, cuando mi necesidad informa. Nací en Náposes, y el año de treinta, cuya memoria será terrible, perdís el imperio de mi propia; aquella fúnebre noche, que pareció que la trompa del luicios mandaba al polvo que se volviese a su forma; cuando el ardiente Volcán de la montaña de Soma, lanzas escupio a los Cielos, por la cenicienta boca: a la playa nos salimos de noche en confusa tropa; juzgando que la ruina era en Nápoles forzosa, que a un tiempo la coronaron ardientes nubes de bombas, y a un tiempo titubearon, como en la rama las ojas los edificios, y así con lastimosas congojas, y triste miedo, en la playa nos estuvimos tres horas, como jarcías de una nave derrotada entre las ondas, hasta que ceso el temblor; y con acciones heroicas, para volverme a mi casa, se entrego de mi persona Enrique, y cortés seis días, mientras que Nápoles llora; que era todo confusión, que era todo babilonia, me asistio piadosamente, me cónsolo en mis congojas: recogió el Cielo su ira, y vio su misericordia Nápoles; y yo obligada de esta voluntad traidora, fui de un mal a otro peor, fui de unas penas a ouras, de un peligro a otro teligro, y de una troya a otra troya. Mas en este tiempo, hay triste! las estrellas que confrontan las almas correspondidas, lo dulce de las lisonjas, me pusieron en estado, que estaba de amores loca; precieme de agradecida, y no fue mucho, perdona, si previene mi secreto, disculpas a mi deshonra, que algo tiene de vergüenza la que sus delitos dora: Al fin decirlo no puedo, que los pesares me ahogan; ya sabes lo que se cumple, y lo que después se llora; seguía un hermano mío las banderas Españolas, y retírose a mi patria cuando vivía gozosa, pues le quedaba a mi honor el recurso de las bodas; mas viendo que era imposible, ofrezco a Enrique mis joyas, y persuado que me saque de mi patria, que no hay cosa difícil a una mujer, cuando ama, al fin me roba, y de Octavio acompañado, me trajo aquesta colonía de Milan, a donde fiero, cuando entendí ser su esposa, sin más causa que adorarle, que pues la sabes no es poca, ingrata Enrique me dejas, enamorada, y sin honra; y así Capitán valiente, mis protecciones te tocan, por los empeños primeros, porque una mujer te invoca, desdichada porque para ilustrar tus memorias. Irse, por vida del Rey, que a su gusto, o a su pesar, Enrique se ha de casar con vos. . Es rigor. Es ley? Es razón, y yo lo quiero. Mirad. No tengo que ver; esto, Enrique, se ha de hacer, o en la campaña os espero. Señor Don Diego de Bargas, en causa de menos porte, no niega término un Juez, para sentenciar un hombre a muerte, y vos me quitáis el honor que se antepone a la vida, que no hay vida como la honra en un noble, ni siempre en sus propias causas tienen razón, aunque lloren las mujeres, y el derecho. algunas veces se rompe, como está en papel escrito las lágrimas de un informe; ni se argumenta en el campo con los aceros, a donde la verdad de la justicia no se deduce a cuestiones, sino afuerzas, porque en él, la dedicen los estoques. No reuso, vive Dios el duelo, bien se conoce; pues aplauden mis hazañas el Monferrar, y el Plamonte; mas en vos una deidad que reverencio, me encoge para ofenderos, de suerte que me hallarades inmóvil a la defensa; y así no acempto el duelo conforme a sus leyes, por no ser iguales las armas; porque cuando con mi espada, y daga a vuestro pecho me arroje, pelearéis con el respeto, que son las armas mayores, y quedará mi verdad sangrienta de sinrazones: Pues reduzgamos mejor a leyes las opiniones, y adbitro sed, que informado, o nos cóndene, o conforme: y quiera el Cielo, que Porcia, que este don Diego, es su nombre, la tenga, para que halléis a vuestro precepto dócil, el deseo, y no rebelde al dueño que se le opone. Verdad es que la saqué de Nápoles, por temores de sus deudos, que impidieran casarme; porque en las Cortes en estos casos, permiten muchas veces los señores un desigual galanteo, porque un casamiento estorbe; que aunque nací en mi Pais, con sangre, y con deudos nobles, la nobleza de estos Reinos, es moneda que no corre en los extraños: ahora pasemos a lo que importe, que aquesta hoja conviene que en la memoria se doble. A Lombardía la truje, como lo refiere, adonde no con mayor sentimiento, se dividen en el bosque dos ramas que las crió la agricultura conformes, que me apartó de sus brazos, que hace el amor sin dolores de dos corazones uno: Mas no puede aunque blasone de deidad, hacer sin pena de uno dos corazones; confuso me parto a Flandes, porque de su casa un hombre salió, como vos sabéis. Prevenga satisfacciones, Porcia, a las dudas que tengo, que con mi honor se conformen; que no he de ser como algunos, que dicen su agravio a voces, cuando repite una dama su obligación, y a la postre, o la verdad, o el amor los casa, y suelen por dote llevar su propia quererla, para que el pueblo los note. Ahora ha llegado el tiempo, en que la hoja desdoble; para que sepáis que soy Holandés, y de la Prole de los Príncipes de Oranje, conocidos en el Orbe; de cuya sangre procede mi madre Madama Clori, paréceme que decís, no encontráis en sus renglones a mi padre, y que es infamia del hijo, cuando le esconde; es verdad, mas los de Holanda, que el mar Occeano corren, prisioneros de Asterdan hicieron los Españoles, aranzón que es el rescate en nuestro idioma el más joven: Con que lágrimas mi madre lo repitió muchas noches, fue uno tan dulce dueño de su honor, y sus favores, que nací después de libre, para que jamás se doren en mi patria de mi madre los hierros de estas prisiones. Crecí, y buscando a mi padre, que se llamó Illan de Robles, he penetrado la Europa con diligencias veloces, y a pesar de mis desvelos, ni por las señas, ni el nombre no le he hallado, porque muera desesperado, y me enoje, con haber sido, que el ser es gran dicha, mas un hombre no ser le fuera mejor, si el medio ser no conoce: Mas tan vano Capitán estoy, aunque me baldonen de tener sangre Española, que primero que me otorgue por su esposo, pondré el pecho, de una airosa pica al vote, de un rayo a la ardiente herida. de un mosquete al presto golpe, de un puñal a la violencia; y cuando por disfavores, no satisfechas mis dudas, despreciados mis temores, o paren en evidencias, o no pasen de ilusiones, me forzaren a casarme: Vive Dios porque no ignores Porcia mi resolución, que con los blandos listones que fueren nuncialeslazos, he de ahogarme, y no me estorbes que más gloria será tuya, si ya es fuerza que me goces, sospechoso que difunto, honradamente me llores; mas tanto de unos confío, y por causas superiores tanto respeto os confieso, que en vuestros labios se ponen. Ya que escuchado me habéis, don Diego, mis excepciones, pensad mis dudas, pensad también mis obligaciones; y si os parece que debo, y no es al honor discorde, casarme en discurso ciego a la prudencia se postre; En ti mi honor consiste. Raro caso. Parece que estás triste. En más secreta parte, donde no nos escuchen quiero hablarte; vente Porcia conmigo. Ya Capitán te sigo, y ya a vivir procuro, que en tu elección mi honor está seguro. Madama Caa dijo, que bien dudas, Enrique, al fin mi hijo. Don ente Ya y ya a vivir que en z- Clorí dijo. dispónganse las sospechas, mi jornada se reveque, no esté querelloso amor: lo que está en pesar se borre; placeres sea el pesar, las voluntados se logren: Vos mandad, y yo obedezco; vos dad el si yo le otorgue; vos sedcausa, y yo el efecto, mi dictamen se depone, todos mis juicios suspendo, y al vuestro estoy tan conforme, que en esa antesala aguardo, quien con Porcia me despose. . be. Vete Beatriz. Cerrada está la puerta, salir no pudó Carlos, yo voy muerta. Dónde me llevas Capitán? Señora, dejad que cierre ese postigo ahora; que Enrique está seguro, que por ti lo procuro, y porque no se ausente, temiendo que en mi casa le violente; como viste quería, y tú piensas que ha sido traca mía; y para asegurarle, y que estés cierta, de la calle mandé cerrar la puerta: y no me oyen. Prevención extraña. Dame tu mano. Usase en España Capitán este trato? para aquesto me encierras con recato: Porcia soy, y primero daré el pecho a las brasas, o a tu acero, si agraviarme pretendes. Pobre de mi vejez, Porcia, que entiendes, que acciones tan villanas, pueden ser de mi sangre, y de estas canas. No quieres que me asombre; yo dar la mano a un hombre que no sea Enrique, y que a mi honor le dre. Bien me la puedes dar, como a su padre que lo soy en efecto; muy bien me ha parecido su respeto: noble mujer parece, bien a Enrique merece; no es posible le ofenda; mas no hay Doctor que aquesta ciencia entienda Padre eres de Enrique? Sí señora. Temblando estoy, esta es mi mano. Ahora entra la mía, jura que un secreto has de guardar. Sí, Capitán, prometo. Has de jurar que la importancia es mucha. Por la vida de Enrique. Pues escucha. Nací Porcia en la Augusta, en la eminente Metrópolí España, que hermosea, el Tajo, haciendo fugitivamente un foso cristalino a una trinchea, donde se ve como en cristal luciente, aquel Cesáreo monte, que rodea; que para estar bizarro en las batallas, compone en el espejo sus murallas. En este, pues, olimpo Castellano, trono del pie de la mejor Aurora, que Oriente fue de tanto sol Cristiano, que Ocaso fue de tanta Luna Mora, sangre me dio aquel Ector Toledano Garci Perez de Bargas, que hasta ahora en el aplauso vive, en cuyas sumas, la fama confesó pocas sus plumas. Nací en la noble casa, que merece ser de la Europa octava maravilla, adonde pieza a pieza resplandece el arte, y la escultura de Castilla; tan hermosa, y conforme, que parece, a quien viene a Toledo, si el Sol brilla, de las ninfas del Tajo, y de la Vega, escritorio de plata, hasta que llega. Pasé la infancia entre nobleza rica, que a belicas acciones me previno, que conmigo sus glorias comunica el Marqués de la Torre mi sobrino: joven pasé a servir con una pica en los Estados, y a mi honor convino surcar el mar, a donde el Luterano temió mis ondas más que al Occeano. De unos piratas de Asterdan un día fui prisionero, que en el mar salado, en un patache a mi Pais venía, con menos prevención que confiado; múdeme el nombre, y fue cautela mía, por no hacer mi rescate más preciado; y mientras fui del Holandés despojos, lo fui también de unos divinos ojos. Madama Clori, por extremo hermosa, y no menos Católica que bella de la parte inmortal, y más preciosa, mas dueño fue que mi albedrío de ella; respondió a los principios rigurosa, mas dejome en efecto sin quererla, la edad no quiere que el suceso explique, basta saber que dimos ser a Enrique. Mi prisión supo el Archiduque Alberto, y remitiome crédito al instante, con que a muy poco precio la concierto; ignorando mi nombre el protestante, que a Madama no menos encubierto viví, temiendo que su amor constante, por detenerme en la prisión dijera, tan loca estaba en Asterdan quien era. Partí a Bruselas, y costó a Madama mi libertad, más perlas que entre albores la fresca aurora prodiga derrama, cuando redíimide prisión las flores; mas yo que aspiré a rayo de la fama por no enfriar en nieve mis ardores, la dejé, no sin quejas, y contiendas, y en sus entrañas de mi sangre prendas. Llegué a la Corte Bélgica, y en ella hallé una carta, en que a llamarme envía mi pariente mayor, y obedecerla fue la respuesta, tanto le debía, y sin quedar de la Mádama bella imagen viva, en la memoria mía, mudable mozo saludé lozano las águilas del cielo Toledano. Para casarme me llamó en efecto con doña Ana Mójica; al fin ordena mis desposorios, porque yo sujeto la libertad con gusto a su cadena; alcanzome un gobierno su respeto cuando pasó a Sicilia el de Villena, y acompañado de mi dulce esposa, de Levante surqué la mar undosa. Después pasé a Milan, donde dejando niña a Bearriz, dejó sin luz al mundo; y a Italia mis bríos continuando, como Flandes me vio Marte segundo, sin que jamás, ya tierras variando, ya siguiendo la guerra en quien me fundo, mercedes esperando de Felipe, que guarde Dios, que al Fénix anticipe: Me haya acordado que dejado había, bien que olvidase a la Madama hermosa; prenda que mis cuidados merecía, y parte de mi sangre generosa, fue ingratitud en el primero día; y luego amor de mi querida esposa, luego costumbre, y como tanta ha sido, prescribió en mis memorias el olvido. Hasta que Enrique, como viste ahora las despertó, cuando sin arte dijo, que era mi hijo; porque quien ignora, si yo fui Illán de Robles, que es mi hijo; y aunque debo servirte por señora, desamparada, y sin honor, colijo que a Enrique debo más; si bien primero que ser padre, fui Porcia, Caballero. Mas por la Cruz de aquesta, que si tiene tu honor reparo, a costa de su vida, y a tu venganza, o gusto le conviene, que le has de ver en porpúrea teñida; mas no querrás que mi consejo ordene, En vano, ha herida mortal! remedios la ciencia aplica, que la pócima más rica suele acrecentar el mal; y pues mi desdicha es tal, que cuando busco favores, áspides hallo traidores. Venenos quiero buscar, que así podrá ser hallar entre los áspides flores. Váyase a Flandes Enrique, y quede yo sin honor, ni le replique mi amor, ni mi verdad le replique. Su padre le comunique quien es, y su sentimiento; buscar remedios intento, y en la desdicha en que estás, honor pues no puedes más, déjate llevar del viento. Vengo señora admirada sin que sepa de Octavio el homicida, que contigo se case, ni prolijo por darte honor arriesgue el de mi hijo. Entre, y hablete Enrique, yo le dejo absoluto el Imperio a su albedrío, ni le violento Porcia, ni aconsejo, ni le obligo a casarse, ni desvío, la permisión depongo del consejo, y a su elección devuelvo el juicio mío, acierte, o yerre, entre los dos procuro estar neutral, mas por los Cielos juro, que cuando ciego de su amor intente, o por fuerza, o respeto estando incierto, darte la mano, que he de hacer valiente, primero que dudoso la de muerto: mas yo sé no querrás si eres prudente; y así llamaré a Enrique, que estoy cierto que tú no has de querer aunque él lo quiera, con las dudas que tengo ser mi nuera. s de ver que en un tiempo están, Beatriz rogando a un galán que no conozco, turbada se esconda; y a su criada de aposento en aposento; solo a Enrique, y sin contento en la sala que le viste, confuso. Aguado, y yo triste, y el Capitán descontento mandó señora cerrar las puertas, y te habló luego, y sale después don Diego, no sin muestras de pesar, mucho en tan corto lugar la fortuna ha reducido, que si bien no lo he entendido, colijo por muchos modos, que hay mal en todos, y en todos no huelga ningún sentido. Acosta de mi dolor he venido averiguar, que no hay tan grande pesar, que no pueda ser mayor. No te digo su rigor, que no creerás que es verdad que en menos de la mitad de un día haya tantos, pues para menos males, es breve término una edad. Vos esta acción gobernad, que mi discurso repara, que siempre en tragedias para la forzada voluntad. Libre sois, libre os quedad, que no soy de parecer, que os dé el consejo mujer, ni vuestras dudas explique, pues vos las sentís Enrique, vos las podéis absolver. Casaos con Porcia, que es justo pues la amáis, mas ved primero, que el honor a un Caballero le ha de casar, y no el gusto; pero lo justo, o lo injusto; vos los elegid, yo me voy: Su padre de Enrique soy, y aunque de veros me alegro, soy muy malo para suegro, si satisfecho no estoy. Qué hay Floreta? Desconsuelos. Y por allá? Pesadumbres, báibenes de incertidumbres, y ver a Enrique con celos, que los ladrillos escarba. Ella llora. Y el suspira. El uno al otro se mira, Ya todos tiembla la barba. No hay acción que no se note. Pues de qué sirve un criado? Ya no se miran Aguado. En la vaina del cogote han zabullido los ojos, y con cóleras mentales, que de reveses mortales, que de mándobles de enojos, que de tajos de intención, que de estocadas de encuentro se tiran ojos adentro al gusto, y el corazón. Gran dolor! Grande a fe mía. Qué dices? Que vivir quiero, que todo lo miranero, y el de nada se dolía: más chitón, que se enternecen de aquel Serafín los ojos, y aparta los labios rojos, Clavela, que me parecen, tan conformes en beldades, y en el color tan igual, una cuenta de coral, dividida en dos mitades. Señor Enrique, a la fuerza del hado, al rigor del cielo, no hay potestad en el suelo que la contraste, o le tuerza; y quiere mi dicha corta su decreto riguroso obedecer, que es forzoso, donde el resistir no importa; todo me sucede mal, que es el propio desvarío, querer detener un río, que una desdicha fatal; y así, sin que de mi parte tenga el amor sentimiento, ni el honor quejas consiento que de sus brazos me aparte, y que si es razón me olvide, que no se case, y me deje, que me culpe, que se queje; mas solo mi amor le pide por paga, y por desempeño de deuda tan excesiba, que no quiera mientras viva que será poco a otro dueño: Esto le pide mi llanto, que puede si le procura, hallarse de más ventura, mas no que le quiera tanto. Escucha Porcia, que soy como un juez, y de mi agravio, y de la muerte de Octavio haciendo la causa estoy; y es fuerza en estos enojos, bien que los indicios mientan, bien que lo contrario sientan, creer lo que ven los ojos, que no sirve de consuelo en las dudas, que me abrasan; saber que en este mundo pasan por la permisión del Cielo, que ni culpa, ni disculpa, ni severo, ni propicio; muchas culpas sin indicio, muchos indicios sin culpa, y aunque tú estés inocente, y sin culpa en el delito, hallo contra ti en lo escrito, información evidente. Remití el caso a don Diego, que aumenta la pena mía, pues el favor que te hacía aún para menos que ruego; y así conforme a razón depuesto lo que colijo, desecho en llanto prolijo, dividido el corazón, como quien toma el papel, sobre quien la pluma anima: Y al hijo de más estima condena a muerte cruel, resuelto, severo, y firme de mi propió ser ajeno, por lo escrito te condeno a dejarte, y a morirme, y aunque uno, y otro lo sienta, es fuerza a nuestro despecho como yo con el derecho, tú con tu estrella violenta conformarte, queda a Dios, que yo no puedo valerte, pero de cualquiera suerte por la vida de los dos que han de ver arderprimero la nieve del monte austrial, siendo el carbón su cristal, siendo su cumbre el brasero, que te olvide aunque lo intente que está en mi pensamiento, como está el viento en el viento; como en la fuente la fuente, como flor en su cogollo; y tan fija Porcia bella, como en el Cielo una estrella, como en el mar un escollo, y si pretendo quitar de mí tu nombre, recelo que me ha de buicar el Cielo, o me ha de sorber el mar. Tan solo a vam. ese acuerdo le suplico, porque yo le certifico le merezco esa merced; y pues tan justificado por el agravio, o delito, tan de buena gana escrito, y también desmenuzado se conforma en condenarme; con razón, o con malicia, y hombre de tanta justicia, quiere sin vida dejarme, y sin honra de este modo, ni me defiendo, ni arguyo, que un ingenio como el suyo tendrá leyes para todo; que yo sé que quien me culpa tan letrado, si quisiera, como yo desvaneciera muchos indicios sin culpa: Y pues que no es de provecho la opinión que alguna vez hace atropelle el juez los términos del Derecho, Dios le dé mejor ventura que la mía donde fuere, que yo iré, pues que lo quiere donde en perpetua clausura, mi vida consumirán presto tan duros fracasos, que para tan tristes casos, tiene Conventos Milan. Duro lance! Más forzoso. Gran pesar! Consuelo tiene. Noble intento! Así conviene. Buen corazón. Valeroso; nací noble, y soy mujer, que me sabré retirar donde le sepa olvidar, como le supe querer. Permite que te acompañe hasta Milan. Eso no; esto Enrique se acabó, y será razón que extrañe lo que permitiera ayer con disculpa, y esperanza de mi esposo, confianza muy necia; y pues no ha de ser, solairé donde castigue mi desatino amoroso, que de otro, que de miesposo no será justo me obligue de ninguna suerte así, porque después no me arguya por mi vida, y por la suya, que no ha de pasar de aquí. Qué rigor! De mi se queja. Qué despego! El que merece. Qué dolor! Poco enternece. Mucho pierdo. Quién lo deja. Mi honra. Mi desventura. Que no he de verte? Jamás. Qué cruel, Porcia, que estás. Vuesa merced que procura, ni yo que estoy esperando, si el alma quiere partirse, que el más triste despedirse, es despedirse callando. Muerto estoy. Dónde te ha dado? dónde sientes el dolor? En el alma, en el honor, y pues sin Porcia he quedado, vamos a Flandes. La guerra cualquier cuidado destierra, y hallarás si de amor tratas, damícelas como natas a poco precio en tu tierra: y no hay remedio mejor, para curar tu dolor, pues Porcia tan mal te paga, que poner sobre tú llaga un emplasto de otro amor. Por divertir su tormento, llegó un músico a tocar a un triste, y dulce instrumento, de la lira que engañar suele el dolor con su acento, y aquel rumor celestial que mueve cuando le oíste un monte, y para el cristal, siendo tan alegre mal a dentro sonaba al triste. No apliques, que ya te entiendo. Si ves que me estoy muriendo, decir gracias, es error, que sueña mal al dolor la lira que estás tañendo. Pues con qué te alegraras? Viendo a Porcia. Malo estás, Soy ya piedra. Bien sería, que en estos casos jamás ha de vencer la porfía; mas veré si no se haido, para alegrar tu sentido. Sí, Aguado. De buena gana esta, gaita Zamorana has aplicado el oído. Dónde vas Aguado, vuelve: desde ese cancel, Enrique, que cubre aquese tapete he oído, no sin contento tu resolución valiente; ánimo noble naciste, no es menester que te esfuerce Mejor me fuera morir. Vivir es bueno. No siempre; fu ese Porcia. Aquesta tecla sueña bien; allí le duele. A Milan quiere partirse, y con términos corteses he ofrecido acompañarla, y podrá ser que lo acete. Pues dame ahora licencia, pues lo quiso así mi suerte para ir a Flandes. Importa, Enrique, que no te ausentes, porque aunque esdificultoso; y muy duro de creerse; que este sin culpa, es posible, y mientras se sabe, puedes estar honrado en mi casa: Hijo, no te desconsueles, presto sabrás soy tu padre. Es mi amor tan obediente a tu gusto, el como ignoro, que no me hallarás rebelde a ningún precepto tuyo. Ven acá, que galán eres; vive tu madre? En Bruselas, que la echaron sus parientes por Católica de Holanda. Casose? Pues cómo puede una mujer de sus prendas con un hijo. Razón tiene; acuérdase de tu padre? Jamás sus memorias pierde Qué dice de él? Que pagó mal su amor. Dios lo remedie. Que era el hombre más biza que vio el Páis. Y no miente. Que era entendido. irro Eso no, no verán que lo confiese. Que la conquistó con versos. Despacio estaba. Papeles. guarda suyos. Y eran míos, no copiados como suelen. Muchas veces revolviendo, su memoria está de suerte, que quien la mira después, se espanta de que saliesen tantas lágrimas del pecho por los ojos, y que queden. lágrimas para otro día Vive Dios que me enternece. otras viendo su deshonra, con aquel dolor que siente, la razón enfarecida en mí, de mi padre quiere vengarse como en suimagen, y ella misma se suspende. al ejecutar la herida, y dice llorando: vete, que culpa tiene el retrato, de lo que el dueño comete. No me espanto, que el olvido fue grande, de que se vengue, a fe de soldado pobre. Has le oído? Entre Holandeses. La conoces? Cómo a mí, fue gran mujer, muchas veces sirviendo joven en Flandes, a Asterdan de los rebeldes fui con treguas, y a tu madre la vi, y en sus casas tiene cuatro torres con un foso. Buenas señas das. La nieve no era más blanca, tenía por mejillas dos claveles, y en una un negro lunar, que entre la púrpura alegre, parecía fino clavo de África, no del Oriente, puesto en medio de un clavel: Yo la vi de aquesta suerte un día, estaba Madama tocándose libremente, los cabellos esparcidos, y igualados con un peine de márfil, si no era parte de su mano a un balcón verde, y dorado, que caía a su jardín, de un retrete vestia Clori un jubón de lama blanca, y juzguele cubierto de sus cabellos, como algún blanco se viese, de oro el jubón que tenía rayos del Sol por ribetes, aforrado en lama blanca, y acuchillado a reveses; respiró entonces el Alba, como en el Verano suele, y el hermoso engaño vi, que por su rostro, y su frente tremolaban pareciendo (oh quién decirlo supiese) ondas de oro divididas sobre cristal transparente; con que atención que la vi, que hermosa estaba, ha vejeces! Llama Aguado una criada. Entra Roma. Que me quiere el señor Jerusalén. Diome con ochos, y nueves. Yo te llamo, día Beatriz, que es Enrique nuestro huésped, que adorne los aposentos del jardín. . Qué triste suerte! Voy a avisar a Beatriz por si remediarlo puede. . Mas quiero que veas primero si te agradan, di que espere. Oyes Flánchula, no vayas. Abre esa puerta. No quiere abrirse aunque se lo ruego a empellones. . Esta viene, que es maestra a cualquier parte. Así me abran incoelis. Mira si son a tu gusto, que está escalera deciende a los aposentos, vamos, que poco contento tienes, qué mal hallado que estás? No te riyeras si vieses, que quien hoy se ha de morir, para mañana previene comodidades, señor, hombre que perdió sus bienes, mas cor dura es prevenir sepulcro donde le entierren. El mal, y el bien, no es constante, que los más dichosos tienen muchos días de pesar, y el más triste alguno alegre. No se asombra el animoso, cuando el Cielo se oscurece con vapores, aunque mira desencuadernar sus ejes; ni al rumor de los tronidos rinde la vida, que al fuerte en la tempestad mayor el rayo solo le vence. Tú eres hombre, y Caballero, tu Español, tu noble eres, tú del Príncipe de Oranje belicosa sangre tienes; tu arrancar sabes del alma tu pasión, tú eres valiente: tu mataste en Monferrar, tú en Flandes servir pretendes, tu ignoras lo que es constancia, tú te apresuras la muerte, tu niegas la providencia,; tú a ti propio te aborreces, tu desesperas cobarde, tú te rindes sin vencerte, O nunca naciera al mundo quien al relámpago muere. Viste en el Mayo florido una mata de claveles, estrellas de los jardines sobre el firmamento verde; que quien la cultiva es mirando un cogollo fértil brotar un nuevo clavel al tiempo que otro fallece; y no porque aquel murió la arranca, ni se entristece, viendo le dará fecunda uno por otro que pierde. Ves aquí Enrique una mata que es la fortuna, y contiene un clavel, aqueste es Porcia. Bien con su beldad conviene esta es tu dicha; encubierto otro está en el borón verde, que es otra dicha, esta es tu padre, tú el cultor eres; y al mismo tiempo que miras, que aquel nacido fenece, descuella el otro clavel, porque no te desconsueles, que aunque haya perdido a Porcia, la fortuna, que está siempre produciendo, te dará un gran bien cuando no pienses: y no es desdichado a quien nace un bien cuando otro muero El bien que he perdido lloro sin ver otro. No me entiendes, veamos los aposentos, que mientras tus males sientes está brotando una dicha la fortuna, no te quejes, que su luz conserva el Sol, todo es vida hasta la muerte, y ahora para ti están rubricándose mercedes. No hay más misterio, que verte sospechosa, y que estés triste. Pues porqué Carlos saliste de este aposento, de suerte que las sospechas confirmas que yo tengo, y con fe ingrata a esta dama que me mata, que no conoces afirmas, cuando mirándola estoy, como al Sol por vidriera, en tu pecho, mas espera. Tu padre es. . Muerta soy. No temas. . Soy infeliz. Carlos es. Fortuna varia; que presto cobras un gozo: La honor en que reparas. Vendido estoy, Capitán; son estas las esperanzas que me traes, donde Carlos. se vengue de mí, qué infamia! Sin juicio estoy, vive el Cielo, qué dudas hombre? que hablas, que estoy incierto a tus quejas, y a este agravio estoy sin alma. Reportaos señor Don Diego, dad lugar a una venganza, pues no os ofendo, y Beatriz está sin culpa. Ah villana! Aquí estoy, si a mí me buscas; ca don Carlos, que aguardas, no le ampares Capitán. Yo amparar a quien me agravia, muera don Carlos, Enrique. Oye primero la causa: Bien sabes cuando partí de esta Ciudada mi patria, a donde apenas llegué, cuando Porcia, que es mi hermana, faltó una noche, y en ella faltaron de sus posadas, Enrique, y Octavio, y nunca con presunciones tan claras, llegué a imaginar que Octavio de plebe Napolitana, aunque bizarro, era dueño de esta acción, y de mi infamia, quedé cierto del agravio, y incierto de quien me agravia; y notando que una afrenta en sangre Coloma, es raya en el cristal de un espejo, a donde todos reparan; y dejando la hermosura, ponen la vista a las faltas. Yo velando, y discursivoo para saberlo, di traza de robar a los percachos de las Provincias de Italia, los pliegos que la estafeta, es del Orbe la Aduana, donde todo se registra: al fin encontré una carta para Nápoles de Octavio, con la fecha de Alejandría, con señas que me obligaron a escribira un camarada se informase con secreto, de su ocupación, y dama. Respondió lo que bastó, dispóngome a la venganza, tomo al instante caballos, llego esta noche a Alejandría, y solo porque no quise más amigos que estas armas, que obedecen con presteza al corazón que las manda; con las señas que traía, busco la calle, y la casa, hallola abierta, entro en ella, cebo una pistola, y tanta fue mi dicha que veo a Porcia con Octavio, y una vala le arrojo por una reja, que abierta a un zaguán estaba; muerto soy, dijo; yo entonces saco aquesta de la vaina, paso al patio, entro brioso, aunque turbado a una sala, que se alteran los sentidos al bien, como a la desgracia: Miro al uno agonizando en su sangre, y desmayada a Porcia, cuyas acciones restituyeran mis ansias, que no se hiere con gusto donde el sentimiento falta. Al fin, al pecho alevoso di cuatro veces la espada, júzguela muerta, salí, no sin riesgo; y cuando el alba en los montes, por el día las rojas banderas alza, miro mi acero, y le vi sin sangre, y esta mañana, porque es el agravio lince la descubrí en esta casa: Entro en ella a darla muerte, cierran las puertas turbadas, encuentro buscando a Porcia a doña Beatriz de Vargas, por asegurarla dije, que a un soldado de importancia dejaba muerto; ella entonces con aquella sangre hidalga, con aquel valor, y brío con que nacen en España las señoras, me ofreció este cuarto, mientras daba cuenta a su padre, y apenas pusimos en él las plantas, cuando entraste, y pues lo dicho sabiendo mi intento, basta; dame lugar Capitán, que con la sangre liviana de aquesa fiera que ocultas, de este extranjero que amparas pues tuvo parte en mi afrenta, mis agravios satisfaga; no impidiendo mis intentos, para que vuelva a mi patria, con descanso mi dolor, con reputación mi fama, mis desvelos con quietud, con logros mis esperanzas; este brazo con victoria, y con honor está espada. Irase Porcia a Milan. No señor, bien está en casa. Así te salvo Beastiz, y prosigo mi venganza. Mientes Carlos? No Beatriz. Pues quién es Porcia? Mi hermana. Advierte, Carlos, que el vulgo, que pocas veces se engaña, creyo lo que cierto afí más, y así lo sintió Alejandría; yo solo su amante soy, yo la saqué de su casa, yo la trucea esta Ciudad, y cumpliré la palabra que la debo, más primero, aquella sangre que clama he de vengar, si no quieres que tus agravios te valgan para compensar tu enojo, porque soy aunque te agravias, tan noble, que a no ser tú el hipérbole, y la raya última de la nobleza de Nápoles, y de Italia, no te eligiera por deudo a no ser Porcia tu hermana. Haslo acabado conmigo? Basta Caballeros, basta. Será bien, señor don Carlos, que dé esposo a vuestra hermana que es tan bueno como yo? Y honor darás a mi casa. Pues yo me encargo libraros de esta muerte, a Porcia llama, y de lo que ahora vieren contaré después la causa. En la puerta del jardín, Porcia, Floreta, y Diana, nos han estado escuchando para entender la maraña. Cómo a los ojos de Carlos vengo, señor, a tus plantas vergonzosa. Un hijo tengo en una Extranjera dama; querrás casarte con él? que yo te doy la palabra de casarme con su madre. Sí, a Carlos, y a Beatriz, que yo sé que lo desean. Quiéres tú? De buena gana. Pues cómo puedes así casarte con otro, ingrata. Aún no me entiendes, tú eres, y Porcia lo sabe, acaba, y mira si estaba el Cielo de ti olvidado, pues hallas en esta ocasión dichosa, esposa, padre, y hermana; que yo soy Illán de Robles, tú don Enrique de Vargas. Dame tus pies. A tu esposa da los brazos. Con el alma. Tu yerro agradezco Porcia Carlos, a mercedes tantas nuestros brazos os respondan. Yo no he dicho a la criada un pensamiento de amor, y por eso no me casan. Y porque el Autor da fin, si sus estudios no agradan, de los Indicios sin culpa, pide perdonéis las faltas.