Texto digital de El imposible más fácil
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Juan de Matos Fragoso
- Atribución estilometría
- Juan de Matos Fragoso Segura
- Género
- Comedia
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- El texto procede de la transcripción automática de un impreso.
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Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El imposible más fácil. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/imposible-mas-facil-el.

EL IMPOSIBLE MÁS FÁCIL
JORNADA PRIMERA
Ya la fiera del Monte al Valle baja. Por acá Silvio. Cloridano ataja. Busquemos a Lisardo. Si oigo este nombre, qué en mí saña aguardo? No cuidéis de buscarme, y el estilo hallaréis de lisonjearme: Seguid la fiebra, cuyo movimiento desacredita montaraz al viento, no quede tronco, que su ser no muestre en toda la república silvestre. Examinad al fin el Horizonte. 1. Al Valle. 2. A la Ribera. 3. Al Soto. 4. Al Monte. O si atájara el curso a tu carrera, el Valle, el Soto, el Monte, o la Ribera! isardo co el Valle, la Ribera, el Monte, el El día va faltando. La noche va cerrando. Con que pierdo del gusto la esperanza. Con que pierdo del odio la venganza. Mi gente está empeñada en seguir esta fiera, que arrestrada, a pesar de las flechas se eterniza, que cuando no devota escandaliza, entraré por el Monte tan adentro, que embarace a mi cuidado el centro. Ay Flerida infeliz! mas quien me nombra, si aún me falta de Flerida la sombra? Calle la voz, ocúltese el deseo, pues solamente me oigo, no me veo al asombro infeliz, y sin segundo, hoy del campo, quince años ha del mundo sin la forma primera, quizá porque fui hermosa siendo fiera. Ay Lisardo cruel! mas lengua infame no tu voz por el viento se derrame, que quien supiere deja el dolor muerto, con que va introduciéndose el aliento, es que ha echado raices el agravio. Volvamos, pues, nueva esperanza mía a esa ingrata, que ignora siempre el día, repitiendo otra vez al Cielo santo, anegando el acento con el llanto, que asombro infeliz soy, y sin segundo, hoy del campo, quince años ha del mundo. Padre amado, Segismundo, a Diós, ya no te veré. Yo me tengo de ir, aunque me vaya por este mundo. A mi hermana no he de ver, aunque me cueste la vida. Consuélame en la partida, que no veré a mi mujer. Que no la pueda olvidar mi voluntad obstinada! Que siendo tan despejada, no la pueda despegar! En vano el remedio aplico. En vano el remedio trato. Eso es remediarme Bato. Mi pergeño Federico, lo mismo de ti pensó, porque no se sabe aquí, si me arrendajas a mí, o si te arrendajo yo. De qué nace tu pesar? De qué viene tu gruñir? Yo no lo puedo decir. Pues tente tieso en callar. Que tu dolor importuno, sino tienes buenos modos, vendrán a saberlo todos, tres por dos, uno por uno. Siempre acía quínolas vi, los cuentos del que es amante, que van a dos, y pasante, o cada uno para sí. Vuelve a que traigan el vayo presto. . Tu rigor condeno, ya le están poniendo el freno: mas dime, querrás lacayo, para andar en esta andanza? Por qué lo preguntas? Quiero introducirme a Escudero, y llamarme Bato Planza. Pues qué mal te desespera? Él de ver mi matrimonio peor que al mismo demonio; y esto, aunque bien la quisiera, no hablaré a Gila en un mes. Pues, porqué tan ofendido con tu mujer has reñido? Por eso, porque lo es. Di ahora tu mal. . Mas sucinta relación quisiera hacerte. Pues empieza de esta suerte. Ya sabes. . Ay bella Aminta! Etela por donde sale, con tan grave contoneo, que parece a las espigas, cuando las arrulla el viento. Deja a mi voz que comete el delito del requiebro; pues no remediáis el daño, que para no ser remedio, si me usurpas las palabras, me dejas los pensamientos. Federico. . Bella hermana? Cómo van los más del pueblo a esta empresa en que consiste de nuestra aldea el sosiego; y mandaste que al caballo pusiesen el aderezo, temo de tu bizarría, que te disponga al empeño, y vengo a impedirte el gusto, por excusarme el recelo. Con asunto diferente estoy a partir dispuesto. Dile, Federico. . Importa a mi designio el silencio. Qué novedad tan sin gusto, o que acaso tan resuelto te ha embargado los sentidos, o te niega el sentimiento? que entre dos que bien se quieten, si se oculta algún secreto, quitan el cariño al alma por dar el recato al pecho. Ay, bien mío! . Ya, y bien mío! Bato, estás loco? . Qué es esto? En viendo que tú te quejas, yo también, señor me quejo, que si no hay quien me lo acuerde, se me olvida aquel afecto. Por si llama nuestro padre, es mejor que estés adentro. Y por si sale aquí Gila es muy mejor. Muestre el pecho el áspid, cuya ponzoña tiene en la duda el veneno. Habla, hermano; aunque no sientas; (en decir tu mal) consuelo, que yo le tendré en oírle, y pues tanto amor te debo, no te lleve la modestia desde fino hasta grosero. Si sabes, que soy tu hermano, si ves, que no lo parezco, pues no me debe la sangre nada de lo que te quiero: si la amorosa coyunda no ha de enlazar nuestros cuellos, si la esperanza del gusto solo es posesión del riesgo; si la fineza es delito, si llegó el daño, y le veo, si porfío, y le conozco, si lo alcanzo, y no escarmiento, y si para remediarme, aún no me conoce el cielo, tu desdén, que me preguntas cuando no ha de hallarse ejemplos, en que busque para alivios un amante los desprecios? Amiota, desesperado de este imposible, a que anhelo, dejo a Belilor, dejo a Albanía, dejo el alma, pues te dejo, restado al mayor peligro, próspero en hallarlo adverso; si me busca la desdicha, la he de salir al encuentro, en el más remoto clima, en el mayor. . Quedo, quedo, no perficciones la culpa: con tanto encarecimiento halló solo (en lo que dejas, que es lo demás) lo demenos: Falso, aleve, vil, mudable, como buscas el remedio tan a costa de mi vida? Ya te ha equivocado el tiempo con el traje de villano la atención de Caballero? Si confiesas, Federico, que está al precipicio expuesto, a nuestra infelicidad: pues esta liga que han hecho en una fe dos errores, en un volcán dos incendios; dónde está la voluntad? dónde está el entendimiento? adónde está la memoria? pues aleve, loco, y necio, me olvidas cuando te acuerdas de que me olvidas primero? Mas no importa Federico, no retroceda tu intento, esa intención se prosiga sin elegir otro medio: que yo publicaré loca de aqueste amor verdadero mi error, y tu alevosía, sin que cesen los acentos, hasta que traiga el castigo en la obstinación del ruego. Aguarda, Aminta, señora, mi vida, mi bien, mi dueño hermana, o cuanto este nombre me embaraza los afectos! Ya que permites hermano, que en la cura sea instrumento mi elección de aqueste cancer que se apederó del pecho, encomienda a tu valor que te sirva de cauterio. nuestro Padre es Segismundo, cuyos blasones soberbios va imprimiendo por el Orbe en los Anales del tiempo. Esa elocuencia deidad, que el horror fija en el viento, ese imposible a que aspira nuestra inclinación, es cierto, que si no se turba infama, tantos celebres trofeos. Y así es el medio mejor (si liberales a un tiempo fortuna, y naturaleza, en tu ser se compitieron) que a la dama de más partes que se conoce en el Reino, a la que la vanidad ajuste el parecimiento con blasones de la sangre, y lisonja del espejo, sirvas forzado, y constante, que yo irritada me esfuerzo a que contra los designios que a mi natural dio el Cielo, las huellas de tu mudanza siga mi aborrecimiento. Por la puerta del agravio tengo de entrar al remedio? Sí, que la infeliz fortuna la necesidad ha abierto. Pues desde hoy, Aminta hermosa lo que mandas obedezco. Pues ya la cíbil mudanza de tu fe mudable siento. Por qué mi bien, si es tu gusto? acaso en esto te ofendo? Si que ofende la obediencia en estos lances tan presto. Cuando se conoce agravio con lo que réplico ofendo? No te culpo, hermano mío, que ya por mi daño advierto, que son estos accidentes circunstancias del remedio. Pues Aminta, aquí del brío, haga el valor un esfuerzo con que rindamos el muro donde está de posta el riesgo. Desde hoy atenderé loco, con apariencias de cuerdo, a solicitar (ay triste!) mi muerte, y tu casamiento. Ayúdame en esta empresa, será tu gusto el tercero, que busque, componga, elija el más. . Calla, pues lo entiendo, que es referirlo desdicha, lo que pensado es remedio. Pues Aminta, a exccutarlo. Federico, a disponerlo. Qué conformasen los hados! Qué permitiesen los Cielos! Qué me aparte de quién amo! Qué deje ir a quién, quiero! Mas va nuestro padre viene. Pues a obras con el silencio. Amados hijos, qué hacéis? aguardáis los Labradores que van a ser vengadores del lugar que ennoblecéis? Yo te juzgué la primera, como sé tu inclinación, Aminta, en esta ocasión, en que han de abrasar la fiera. Aquí estamos a tus pies, ahora mi hermana llegó. Ya para ser feliz yo aguardo que me los des. Oh qué conformes hermanos! mucho estimo vuestro amor. Llega una silla a señor. Valgaos Dios, no habléis de manos. Padre, tu melancolía nos da a todos tanta pena, que de parte de la ajena me atrevo a decir la mía. Si acaso estás disgustado con tu fortuna, señor; porqué vives en Belflor, de la Corte desterrado? que parece esta crueldad que usan los Reyes contigo, que deja de ser castigo, y pasa a riguridad? Si permite que te aflija con tanta infelice suerte del Duque Alberto la muerte, y de Flerida su hija. El caso adverso, y extraño que la sepultó en su afrenta, el Rey Lisardo lo sienta, pues él fue causa del daño. Ese es mi mal (ay de mí!) eso siento, y lo sintieras si tú quien eres supieras: hay desdichada de ti! Siempre quien te habla en la historia de aquel lastimoso día. te trae la melancolía a vueltas de la memoria. Y aunque hacemos la experiencia, nunca la causa sabemos. Dejadme todos. . Qué estre Respóndate la obediencia. Salios acá mentecatos. Hable con mijores modos. No dijo dejadme todos? Yo no soy todos, soy Bato. Mirad la cara a la fiera, que os ha de matar a vos. Eso yo os lo juro a Dios, soldemente que la viera: ahora me voy. . Está bien; me he de vengar, o mal fuego infierne mi anima. . Luego. Y me lleve el diablo. . Amén. Como en declararme tardo. siendo razón tan sucinta, la que decir puede Aminta, qué es hija del Rey Lisardo? Y de aquella que destierra, de sus blasonas ajena, a mi senectud la pena, a su sangre la ruina. De Flerida en quien se advierte la infelicidad cumplida, pues se ha sabido su vida, y se ha ignorado su muerte. Mas ay de mí! si yo digo que nunca a Flerida vi (como es verdad) contra mí sirve Aminta de testigo. Y esto siempre me estorbó, que muy amigo ha de ser quien lo hubiera de creer. solo por decirlo yo; y como el Reino es mi afecto lo tendrá por desvarío, con que arriesgo el honor mío a descubrir el secreto. La Infanta Irene casó con Lisardo, cuando era Príncipe, y la primera de su edad se malogró. Un achaque la violencia del Duque Alberto se advierte, que su agravio le dé muerte; o qué advertida violencia! Y los que eran desengaños dejan mi verdad perdida, pues acabaron su vida en el curso de quince años. Ni es contarlo a Federico remedio. Señor. . Señor. Calla mula de Doctor. Yo tengo de hablar, borrico. Yo soy macho, y esta es ley. Que yo os entiendo conviene. Un criado del Rey viene. Viene un criado del Rey. De su parte le escuché, y acá dentro le metí. Yo de su parte le oí, y norámala le eché. Que tu triste, él congojado, te cansarán voto a Apolo, y más vale un hombre solo, que no mal acompañado. . . Llámale presto, y si en vos el discurso otra vez yerra, y no os arrojáis en tierra al nombrar al Rey, por Dios que de otro modo en el suelo lugar el castigo os dé. Señor, yo me enmendaré, así me dé Dios el Cielo. Ay Dios, qué nueva tan triste! Qué desdicha tan atroz! Viene esta gente borracha? Mansedo, qué os obligó a dar honra a estas paredes con presagios de dolor? . Segismundo, el Rey Lisardo. Qué haces? . Lo que mandó pena de obediencia ahora Segismundo mi señor. Proseguid, noble Manfredo. Esta mañana salió su Majestad a ese monte, o puesto verde del Sol, bruto laberinto, y desaliñado primor, que para buscar el eco no da salida la voz. Entró en lo más intrincado, y empeñose en esta acción, valiente, noble, resuelto, buscando un monstruo feroz, que en todo el Reino de Albanía pone al contorno temor. Y en fin, desde que la noche tendió el negro pabellón nuestro Rey no ha parecido. Ay Dios! El joven más valeroso que Regio laurel ciño. Yo tube felicidad. en conocer a Belflor desde la cumbre, y guiado de la luz, aquí llegó mi cuidado, porque el vuestro me de a quien sepa mejor de las entrañas del monte la rebelde condición. Ea noble Segismundo. Manfredo, no animéis vos a mi lealtad, que no admite otro esfuerzo mi valor: mis nobles, y amados hijos, solo he de quedarme yo en el lugar, que los años no ayudan al corazón. Guía tú por esa parte, sin que quede cazador, Federico, que no huelgue a cuenta de tu atención. Tu Aminta, por esa, lleva listado otro batallón, sin que en toda nuestra Aldea quede un solo labrador. Pues a Diós, amado padre. Pues querido padre, adiós. Que la vida he de perder, o a Lisardo he de hallar yo. Que bien sabes, Federico, granjearme la afición. Con el Rey, o con la muerte ha de encontrar mi valor. Con tu padre cumplirás si ejecutas esa acción. Sígueme Manfredo. Vamos. . Sígueme Bato. Yo? . Vos. Vayan todos, y Dios traiga con bien al Rey mi señor. A la cárcel del silencio, a la noturna mansión, a la lóbrega quietud, y a la estancia del horror, perdido, y solo, el deseo de hallar al monstruo feroz me trae, donde cada tronco err tiene tal disposión, que en la forma de la noche, que es materia del temor, después que la Infanta Irene, mi esposa (ay Cielo!) murió, después que mi padre habita en otro Reino mejor, y después que el Duque Alberto la deuda fatal pagó; de Flerida las memorias, vivas imágenes son, pues solicitas desean, como el estorbo cesó, llevarme desde el delito hasta la satisfacción. Mas ay! que de la fortuna es otro nuevo rigor, cuando a Flerida me niega, ofrecerme la ocasión. Tan distante de mi gente, y de la sálida estoy, que no importan, ni aprovechan; ni los pasos, ni la voz. Y así pues ceñudo el Cielo contra mí se encapotó, con el sueño, y el cansancio, finezas conforme unión; a la tierra me encomiendo, hasta que me alumbre el Sol. Esta es la choza. . Pascual, no hay si no tener rigor. Hoy la fiera ha de morir, que asi Aminta lo ofreció. Hablad más paso. . Ya el fuego que echáis por allí aprendió. Con miedo le echó Bártolo. Echaréis fuego de Dios. Ya por todas partes arde. . Ya se enciende al rededor. Ya la fiera poco a poco se nos vuelve chicharrón. Villanos, cómo atrevidos? Huye, pues se consiguió nuestro intento. . Aminta sepa la dichosa relación. que me quemo, que me abraso, ay de mí! Cielos, favor. Oye fantástica sombra. aguarda ciega ilusión: qué es esto? Por ti, Lisardo, infeliz materia soy, a quien débora el incendio. p , Esta articulada voz es racional, y me nombra; pues dónde está mi valor! si quien va de espacio al riesgo, va al descrédito veloz? Socorro, piadosos Cieos. Ya voy a dártele yo, aunque el mundo mi piedad llame desesperación. el piélago de fuego, Quién eres, di, que el donde (ay de mí!) navego, surcaste tan valiente, que le infamas, pues el incendio retiró sus llamas, cuando haciendo los árboles pedazos, bajel el valor fue, remos los brazos, mi desdicha tormenta, puerto feliz la sangre que se alienta, tu designio reliquia en la bonanza, y viento favorable mi esperanza? Monstruo (donde la acción que en ti se mira, verdad con apariencia de mentira) quién eres, di? no mi atención desveles, que desmienten tus voces a tus pieles; y aunque decir quien soy determinara, tan fuera de mí estoy, que no acertara. Demás, que fuera agravio de los oídos, que ejerciera el labio, cuando es para obligarme a estar atento, mía la novedad, tuyo el portento. Pues eres valeroso (a quien la vida tengo obligada, y la tendré rendida) oye la adversidad que siempre lloro, que de quien eres, solo el nombre ignoro: pues sin que viese nadie donde entraste, el riesgo examinaste, y a lo que alcanzo, tu valor consiste, en que sin vanidad al riesgo fuiste, pues no hay más que hacer de valentía, que deberse a si propio la osadía. El secreto, que importa en causas graves, quien le propone ofende. as lo cierto? . Pues atiende. Mas de tres lustros ha, que en sentimientos, y desdichas, prosiguen mis alientos en una cueva oscura, que asisto por albergue, y sepultura. Concediome la Corte el patrio suelo, y Flerida es mi nombre. . Santo Cielo! Sin duda estás confuso, y suspendido, de haber hallado, lo que habrás oído; y así no me admiro, joven, que te espante aquesta novedad. . Pasa adelante. El Príncipe Lisardo. . A quién esto sucede? . Tan gallardo como traidor, qué fiera tiranía! Ya de mis esperanzas llegó el día. . Me hizo dejar mi padre el Duque Alberto, usando del poder, no del concierto, cuando para empezar a ser amante, dio señas de cruel, no de constante; y cuando por hermosa, la ventura me faltó, que es achaque en la hermosura, con que mi ser, mi honor, mi vanagloria, estrago fue de una civil victoria; trayendo mi desdicha la experiencia, su crueldad, su poder, y su violencia. Diome el Príncipe entonces amoroso la palabra de esposo; pero no fue consuelo el desvarío, que ejecutó conmigo el hado impío: pues su padre a este tiempo, que ignoraba el grave empeño en que conmigo estaba, porque a su estado, y succesión conviene, trató casarle con la Infanta Irene, a tiempo que infamaba mi nobleza, con su estilo común naturaleza; pues mi desdicha contra mi respeto hizo demostraciones del efecto. Publicose en Albanía el casamiento, (oh níégueme la voz el sentimiento?) y en fin después que para resistencia halla aquí la memoria en la apariencia, que había de obedecer al Rey (me dijo) por vasallo, y por hijo, gura que el rigor de su padre sería justo, que él no podía casarse a su disgusto, que amenazaba su justicia al daño, y que así era mejor el desengaño. (Ay Lisardo, que necia es tu malicia, pues no temiste la mayor justicia!) quedé confusa, y loca, suspensas las palabras en la boca, y introduciendo calma en mis sentidos, retraida la afrenta a los oídos, la vital armonía embarazada: mas a la vista no le estorba nada, que aguardaban los ojos al aliento, para que el agua la sácase el viento. Después de este embarazo, encendiendo el discurso en breve plazo, noto, miro, y advierto la ofensa de mi padre el Duque Alberto, que si en mi casa aguardo, veré casar al Príncipe Lisardo; que si en decir mi agravio busco el medio, la afrenta está segura, no el remedio, y en mi padre el riesgo, a darle cuenta, que es tan grande su honor, como su afrenta. En esto vacilaba, y en el alma el discurso fluctuaba, desvelada en mi mal las noches todas, cuando al celebre tiempo de sus bodas, para más circunstancias en mis rigores, me vinieron del parto los dolores: mas del rigor llevada, y de un noble criado acompañada, al descogerse el manto de la noche, dándole albergue a mi deshonra un coche, desamparó la patria fugitiva; al honor muerta, al sentimiento viva; que dispuso del hado la clemencia, que el escándalo fuese conveniencia. Hizo el cansancio treguas de Belflor, de la Coote cinco leguas, donde apenas llegué, cuando una niña di al suelo, y fue su abrigo mi basquiña, para que no lo fuesen las arenas. Bien advierto en decir, que la vi apenas, con un papel, que estaba prevenido, mi criado Leonido esta infelice huéspeda del mundo llevó al noble, y anciano Segismundo, que en esa Villa de Belflor estaba, porque su Corte Albania le negaba, deudo, y amigo de mi padre Alberto. Mas yo por el escollo dejo el puerto, y en tanto, que el criado cuidadoso, sagaz, noble, y piadoso caminaba al Aldea, porque otra vez mi deshonor no vea, desamparando el sitio, donde estaba, fui donde la ignorancia me guiaba; y este bosque medi, cuya maleza tan intrincada, y fuerte, que resiste el embate de la muerte, y donde la buscaba prevenida para mayor tormento, hallé la vida. Aquí del campo soy dueño absoluto, a mis plantas se rinde el mayor bruto. Aquí en la Regia peña el aire peina, y renunciando el ser, me elige Reina. Ese monstruo, lunado que celoso, trueno en las Selvas es, rayo en el coso, reduce a mi obediencia su cuidado, y esa posta del prado, que arismetica es en la floresta, numerando la edad sobre la testa. En fin, me da una gruta el hospedaje, y me rinde contorno vasallaje. Solo a quien le alcanza la victoria, es mi enemiga, ay Dios! es la memoria, y es justo que me aflija, pues no se de mi hija. Siempre noticias de la Corte ignoro, nunca se de mi padre, a quien adoro. y tanto tiempo en mi venganza tardo, que me busca el olvido de. . . Lisardo. Hasta en el viento es justo que me asombre, pues mi esperanza lleva, y trae su nombre. Ninguno pierda el norte de la Aldea. duda esta es mi gente, que desea Ya quedas informado. Sígueme Bato, que hoy nuestro cuidado penetra ya del monte los secretos. No subamos por esos veriquetos. Y sin que lo dilates te suplico, que me digas tu nombre. . Es Federico: asi encubrirme quiero. Pues yo me entro en el monte. . Oye primero. Es cansarte, mas ya mi fe se empeña en buscarte, trayéndome esa seña. Fierida, aguarda, escúchame, oye, advierte. Ya he dicho que mañana saldré a verte. Óyeme: hay rigor tan inhumano! Tu diligencia es, Federico, en vano. Mi fe en servirte, siempre ha de ser una. Ya corre por tu cuenta mi fortuna. Mira que he de venir mañana a hablarte. Trae por seña el bastón, piadoso Marte. Deja, Federico el monte. a, deciende al valle. ncontrarme. Ah de la cima del monte, que del cielos a los umbrales con la antorcha que os gobierna, queréis poner fuego al aire? Ah de esa encumbrada punta, en cuyo altivo remate, del azul campo, y del verde estáis al arbitrio examen? Ay premisas, Federico, de hallar al Rey, que Dios guarde? Con esa pregunta estorba, la que quiero preguntarte. Ya padece mi esperanza el recelo de faltarme. En nada puede parar esto mejor que enpararse. Deja Aminta, deciende al v Nombrémosle por si acaso la voz acierta a encontrarle: Lisardo. . Amigo, Manfredo, no al eco tu lealtad falte, que aún yo estoy fuera de mí, con que no es posible hallarme. Albricias, Aminta. Hermana, baja presto. . Ya voy Antes es mejor ir ten con ten, pues ya no se busca a nadie. Acaba necio. . No quiera Dios, que yo me descalabre por Rey, ni Roque. . Si el Cielo permítiese, que yo hallase a mi hija, Segismundo, ha de verme tan afable, que quien nos vio desconformes, hoy nos reverencie iguales. Un loco diz que hace ciento, y de esto no hay que espantarse, porque un salvaje es más bobo, y nos trae hechos salvajes. Señor, deja que a tus pies desmienta mi susto grave. Levanta, quién sois vosotros? Dos infelices leales vasallos, en quien la suerte quiere oscurecer la sangre. Y aquesta ocasión nos pone. Hoy a tus plantas Reales. Que quien ve la cara al Rey. A la culpa satisface. No en la severa justicia. Si en el benigno semblante. Nuestro padre Segismundo, su gracia, señor, alcance. Tu perdón, Lisardo, logre Segismundo nuestro padre. Sea en buen hora, y no os parezca esta merced favor grande, que ha sido vuestro deseo lisonja de mi dictamen. . Tu nombre la fama explique. Esta acción el mundo alabe. Manfredo. . Señor. . Escucha. . Hermano. . Qué haya quien cace, dando Dios en las despensas conejos a cinco reales? Ya que ha de ser Federico el concierto de esta tarde, grande remedio es el Rey, que cuando llego a mirarle se hace fuego toda el alma, sin que del pecho la parte. Pues mira, no me lo cuentes, que estoy cerca de cansarme de ver tu facilidad, por hermano, o por amante. A la Corte has de volver, porque el cuidado les falte a mis Grandes de no verme, que para un negocio grave voy a ver a Segismundo. Qué traviesa está la sangre! A Belflor, su Majestad gusta de ir, vaya delante los que supieren la senda. Yo quiero, señor, guiarte. Marcharemos felizmente, pues va de vanguarda un Ángel. Sígueme, pues, Federico. En el alma llevo un áspid. . Federico? . Qué me mandas? Ese tronco has de guardarme, que pues tú sabes del monte, los más ocultos lugares, contigo, y con él mañana he de volver a pisarle. El norte de mi obediencia solo en tu gusto ha de hallarse. Ay si mi adorada prenda a esta hermosura igualase! Jesús; qué mala es la guerra, si se parecece a su imagen?
JORNADA SEGUNDA
JORNADA SEGUNDA Viva nuestro Rey. También Segismundo. Tanto uno como otro. Yo más que ninguno. El destierro vemos que mi amo quebranta. Si el Rey se levanta, todos nos sentemos. Oh qué bien haremos, pues que no está sucio. Viva nuestro Rey. También Segismundo. Tanto uno como otro. Yo más que ninguno. Qué hicieras tú, Bato, solo, en el mundo hecho borrico? Como soy melancólico me quijera quedar solo. Déjale de preguntar, y no al ocio el tiempo deis, pues hoy tantas cosas veis todos de que nos holgar. Ea, póngase la mesa. Ves aquí pan, y cebolla. Hasta que venga la holla no quiero ninguna presa. O si viesemos a Bato. Hay alguien que traiga antojos? Echad acía allá los ojos. Echadlos vos, mentecato. Yo sé que yo le columbre, si fuere el que viene allí, en esta bota, que en mí es el antojo una azumbre. Juro a la prieta borrica, pardiobre que yo la veo. Cumpliose nuestro deseo. Mal año como la pica. Salto, y brinco de contento. La boca se me hace miel. Alabado sea el Santísimo Sacramento. Qué traes Bato? . Me mesuro. Dan la holla. Norabuena. Mirad que a todos dais pena. Aqueso yo os lo aseguro. No venís? qué es esto? dadlo. Hay que soy tan divertido, que la carne me he comido, y no viene más que el caldo; y hay que Gila está mirando. Qué es de esta carne, Dios mío? Ahora bien, mostremos brío en contar una mentira. Daca una escudilla, Bato, queres la flor de la Villa. Pidan todos escudillas, que nadie ha menester plato. No hay carne aquí? . Coman pan Qué nos dices? . Lo que es eso Bato, comilón, espera, que a palos te he de matar. Huyamos acía el Lugar, Flora, que está aquí la fiera. Huye Antón. Huye Pascual. . Huye Bato. , n- Tómolo yo de aquí a un rato. No os vais, que no os haré mal: aquí las huellas aplico, determinada a venir contra quien soy, por cumplir la palabra a Federico. A Gila, cómo te alejas? o válgame Barrabás! mas miento, que no te vas, pues con otra tú me dejas. Que te quedases alabo. Ay qué habla! . El temor cese. Usted me ha puesto una ese, y el temor me ha puesto un clavo. Ayer se abrasó la gruta, que ha equivocado mi ser, y hoy contra el daño de ayer busco otra bóbeda bruta. No he prevenido el sustento, ocupada en lo que ves, y vengo a que me le des: el temor que tienes siento, porque nace de mi afrenta; pero la necesidad ejerce aquí su crueldad. Señora, a quién se lo cuenta? Labrador temblando estás. Eres a modo de Enero. No tengas miedo. Si quiero, y aún tengo de tener más. Dime. Hay tal cosa en el mundo. Has visto. Que gran valor es el huir! . Si en Belflor vive el grande Segismundo? Cierto que es ejecutivo en buested el desacierto: cuando se ha visto que a un muerto le pregunten por un vivo? Respóndeme, o la modestia que en mí has visto perderé. Aguarda, que ya lo sé, que eres entendida bestía. Mas Federico ha llegado, que te lo dirá mejor. Dios te guarde, labrador, por las nuevas que me has dado: no te vayas, oye, espera. No habrá cabra, que más corra que yo. . Aguarda, hasta que llegue Federico. Quién me nombra? Quién con el nombre que tienes, y con el bastón que tornas a mi poder reconoce, que tu piedad generosa debe esta infelice vida, que humilde a esas plantas postra. y hasta que de ellas te sirvas, en defenderla estoy pronta: que como es alhaja tuya a pesar de mis memorias, la he de guardar por ajena, si la aborrezco por propia. Hay confusiones tan varias! . ay apariencias tan locas! qué es esto Cielos? que idea, o los comprende, o los forma! Cuando con solo un criado, y conmigo, el Rey se arroja al monte, y a mí me encarga, con atención cuidadosa, que traiga este tronco, y nunca me aparte de su persona, sin que yo sepa el designio que tiene, ni el que le embosca a examinar en el campo las arenas, y las hojas. Cuando yo vengo delante (por si mi cuidado topa al que en Lisardo conozco un alivio) tan en contra se ejecuta mi deseo, que afable un monstruo me nombra, con que hallo el fin de una duda en el principio de otra? Federico, como ofendes con la tibieza que nota mi confusión, el afecto piadoso de cuya gloria, para que en mí se aternice es la estimación custodia. A nada en lo que preguntas, cómo quieres que responda? si solo ignoro, monstruo bello! si lo dudo, fiera hermosa! Qué dices? Ten el caballo. Este es el Rey. Que me esconda es preciso, y por mujer te suplico, que no rompas el secreto de que estoy en aqueste sitio ahora. Yo te doy esa palabra. Pues a los dos nos importa, que yo te aguarde hasta verte, solo otra vez. En buen hora No os embaracéis desdichas, que vida habrá para todas. Federico. . Señor. . Ya me traes fortuna a que oiga aquesta voz, ay de mí! que pronunció la alevosa, cruel, desdichada, infame sentencia de mi deshonra? De alguna novedad dime, si esta maleza te informa? Mi discurso a tu cuidado hoy le obedece, y le ignora, que en la soledad amena (que tan recatado rondas) ha aprendido la espesura el silencio de tu boca. Qué será lo que el Rey tiene? que aunque sus ofensas llora; el corazón no se olvida de que le ama, y le perdona. Nada has visto? . No señor. El fingir es fuerza ahora: pues yo cumplo la palabra, y a Lisardo no le importa. Pues en lo que solicito hoy la desdicha malogra la más celebre atención que conservan las historias. Hoy, Federico, el deseo que a esta maleza me torna, si vivo con esperanzas, se alimenta de congojas. Hoy advierto, que es el mundo, (y la experiencia lo nota) un pereceso pintar; pues la vez que se aficiona, a ejercer el Arte, donde los males, y bienes copia, pone en el lienzo del gusto el pincel de la lisonja, y en dando sombra a la dicha se cansa, y la deja en sombra. Solicito, busco, ay triste! la Reina, la habitadora del monte, cuyo Palacio es esta fábrica bronca, vasallos los animales. y corona mi corona. Qué dices? Ya del silencio los candados la voz rompa, sin que a Flerida descubra, que mi real palabra goza, y he de guardarla el secreto; porque fuera acción muy loca, cuando a pesar de los lustros, que el amor más fino borran, la he sacado del olvido, no tenerla en la memoria. Vive el Cielo, que estas señas contra mi lealtad se forman. Estas señas a mi sangre, y mi espíritu alborotan. Ya sabes, que del deseo ayer seguí la derrota, surcando en el mar del monte las vejetativas hondas. Y antes que trújese el día esta luminar antorcha, (que como guarda del Cielo sale a despojar las sombras) con tu valor, Federico, y en el de tu hermana hermosa, por esas rebeldes cumbres, que al zafir celeste abollan, anticipado vi al Sol, solicita vi la Aurora. También sabes, que a Belflor, con atención cuidadosa, vine a ver a Segismundo, olvidando la memoria del odio, que enbelesado, y heredado no le estorba, sino en la muerte repara, el rencor que en vida cobra. Señor, si de tu cuidado resultaron tantas honras en mi poder; por qué causa no hablaste en él hasta ahora? y en esto. . Aguarda, no has visto, cuando se pierde una joya, buscarla, y callar el dueño, temiendo, que le respondan, ignorando lo que busca, que allí las penas le doblan? Pues si lo has visto, no admires la curiosidad que notas, que en lo humilde de tu aldea busco una perdida joya. Santos Cielos! de mi hija parece que el Rey se informa. Pues para qué señor, dejas a Belflor, con que malogras la ocasión, para saber lo que tu cuidado ignora? No es este el sitio en que ayer me hallaste? Sí señor. . Rotas no ves en este ribazo las reliquias de una choza, a quien el incendio hizo trasunto infeliz de Troya? Sí señor. . Pues oye atento, lo que mi pena ocasiona, que te he de contar la causa, sin que el secreto se oponga, que no quiero que le sepas, y gusto de que le oigas. Aquí el cuidado es visagra de mi atención, y su boca. Ayer el cansancio fuerte me traslado, echado en tierra de la imagen de la guerra a la imagen de la muerte: en despertar tube suerte, cuando aquella choza ardía, y tan gran prodigio había dentro, que yo imaginaba, hasta entonces, que velaba, desde entonces, que dormía. Al fuego el remedio aplico, y libro un Ángel después; (que es fuerza callar quién es) con tu nombre Federico me encubrí. . Ya no os suplico Cielos, noticia mayor. Y aunque procuró mi amor detenerla. . Ya he salido . de mi engaño. . No he podido, porque ligera. . Señor, huyendo unos labradores, a nuestra Aldea llegaron, y tanto temor llevaron, que repartieron temores. Porque las nuevas peores, que la desdicha pudiera prevenir, dijeron; y era el miedo que los llevaba; que en el monte a los dos daba la muerte, ay de mí! una fiera. Desesperada de verte llegué hasta tus pies rendida, y tu gente prevenida me viene siguiendo. . Advierte, que la vida, no la muerte me importa, lo que el Aldea teme. . Pues otra vez sea nuestro ser, quien examine el monte. . En él peregrine la atención, hasta que vea el fin de estos accidentes. Tu gente empieza a venir. Repartidos hemos de ir por tres partes diferentes. Hoy contra el pesar que tienes, por esta parte me empleo. Y yo por aquesta veo, que a servirte mi fe alcanza. Pues ya de vuestra esperanza pendiente está mi deseo. Oíste lo que ha pasado? Ya el desengaño he sabido. Qué quieres? Algún vestido, y encargarte mi cuidado. A todo determinado estoy. . Vamos a Belflor. Elige tú lo mejor. Allí ocuparte procuro. Yo tu recato aseguro. Y yo estimo tu favor. Quién eres? . Tú lo sabrás. Qué fientes? . Un mal terrible. Dímele ya. . No es posible. Qué le he de saber? . Si harás. Pues cuándo? . Tú lo verás. No desmayes. . Eso intento. Camina. . Ya tomo aliento. Ten valor. . Ya me le has dado. Pues tú verás mi cuidado. Tú mi agradecimiento. Aquí está el agua, señor, y no bebáis demasiado, que venís acalorado. Desde la Corte a Belflor he corrido, que este pliego traigo al Rey, y es importante. Él por el monte adelante se fue. . Muy cansado llego. Allí podéis recogido descansar. No puede ser. No trata mal mi mujer, sino a quien es su marido. Tomad zagala, y creed, que más mi fe os satisfaga, que una sortija no es paga en la muerte de una sed. Mil años he de guardarla, otros tantos seáis dichoso. Hay si yo fuera celoso, que ocasión para matarla. A recibir al Rey parto, adiós. Caminad con Cristo. Gila. . Hay que Bato lo ha visto: mas no le he de dar un cuarto; hablarle bien es forzoso. Qué mandáis? . No se me aflija, écheme acá esa sortija al punto. . No quiero esposo, y perdonad por mi vida el abrazo, si os enfada, que si en algo anduve errada, fue de puro agradecida. Yo no sé si tenéis culpa, mas él si te juro a Dios, que de abrázaros a vos nadie puede hallar disculpa. Mirad que somos iguales, no andéis jugando de boca. Luego la mitad me toca, por ser bienes gananciales? . Idos no seáis porfiado. Dámela, no urdamos trama. Dareos un como se llama. Eso ya me le habéis dado. Se os debe a vos la alcábala? No sé, mas la he de cobrar. Siempre riñendo han de estar? apártense noramala. Ya que en el tiempo mejor, que era posible llegaste, pues tú, señor, me casaste, descásame tú, señor. De mi marido las flores os he de contar a vos. Callad ya, que sois los dos sobre necios, habladores. Sin la sortija he de ir? Gila. . Qué mandas, señor? Así como entre en Belflor Aminta, la has de decir, que importa a un negocio grave, en que a todos va el sosiego, que al cuarto se vaya luego de Federico. La llave Fedérico trae consigo, por dónde ha de entrar? Maestra la tengo yo, toma. sipnfulam Muestra. Advierte lo que te digo. Obedecerá tu hija en todo. . No que es bellaca Gila mi mujer, y es, daca. Ay! . Qué tienes? . La sortija. No encubra la lealtad mía al Rey la justa verdad, que a lo que ha sido lealtad, llamarán alevosía. De Aminta, Lisardo entienda (despertándole del sueño) que es su hija, y es mi dueño de mi honor, dando la prenda. Este servicio he de hacer al Rey, y le ha de estimar, mas no me he de declarar, hasta que la vuelva a ver. Y así mi afecto se allana a pensar como ha de ser. Siempre una propia mujer dura más rota que sana. Ya el medio que busco, aplico al feliz logro que aguardo para servir a Lisardo. Ce, Bato. Qué hay Federico? En tu casa hay alguien? . No. Pues al punto he menester un vestido de mujer. Darele al instante yo, que Gila tiene una tima. Ven, que has hechó lo que debes. Y porque también te lleves mi mujer, daré algo encima. . Con equivocas palabras daré al Rey el desengaño. Ninguno busque mi alivio, cualquiera consuelo es vano, que hallé en el campo la dicha, y hoy dejo el alma en el campo. Válgame Dios! qué ocasión tendrá el Rey tan enojado? Si te obliga a tanto extremo la nueva, señor, que traigo, tiene el remedio más fácil, que deja corrido al daño. Cómo preguntas Manfredo un error tan declarado a un esfuerzo cómo el mío? Yo, de que estén conspirados en los confines de Albanía dos mil traidores vasallos; obedeciendo a Polonia, siendo pretexto en el trato alevoso, que somentan el decir, que no me caso, y que ya que suecesor, ni le tengo, ni le aguardo, el Reino de Albanma dejan, por entregarse al Polaco? Yo, Manfredo, he de ofrecerme COI por un tan civil acaso. a la pasión de un enojo, cuando con la de un cuidado basta para que el castigo quede a beber el agravio? No es posible que lo entiendas; no desacredites tanto, de la obligación el gusto, la perdida, que me canso, de que un designio tan noble haga tan civil estrago, Quién lo yerra es la ignorancia, venid Segismundo. . Vamos, que hará ahora mi secreto en su pasión embarazo. Escúchame, Segismundo, y tú, Manfredo, entre tanto un despacho has de escribir de General. . Solo aguardo a que me digas el nombre para quien es. . Quede en blanco. Yo vine a hablaros también, mas veros apasionado, me hacia dilatar el tiempo. No importa, hablad: Cielo santo, . sepa de mi hija, antes que yo llegue a preguntarlo! que con tan mala fortuna lo que solícito hallo, que la duda es conveniencia, según es el desengaño. Pues ya que vuestra licencia he adquirido, ya que alcanzo el medio en vuestros favores, y tanto con ellos gano, sabed, que hoy os restituyo de Federico en el cuarto un espejo tan hermoso, que vuestro semblante airado, la causa entregue al olvido, y venébolo esté, cuando en lo claro del cristal conozcáis vuestro retrato. Guiadme, pues, Segismundo. Venid valiente Lisardo. Aún con tantas señas temo. Ya mi crédito restauro. De vasallos como vos, el Rey ha de ser vasallo. Oh nunca sepa ofenderlos, quién sabe lisonjearlos! Ya que disponen los Cielos, Flerida aqueste milagro, siendo el conducto mi dicha, no en la dilación perdamos el tiempo. . Pues dónde vas? A referir a Lisardo, que eres la misma que busca, que estás dentro de mi cuarto, y que te oculté en el monte: esto nos importa a entrambos, y para el fin tan dichoso que de su intención aguardo, y a mí para que el Rey salga de confusión, y cuidado. Que pues de su boca oíste, Flerida tu desagravio, en ocultarle le ofendo, y en descubrirte te amparo. A tu elección me dispongo. Queda con Flerida Bato, en tanto que vuelvo. . Aú, que se quitó aquellos trapos, norabuena. . Adiós te queda. Ve con él joven bizarro. Ahora bien, señora mía, ya que somos más que hermanos, y ya que la di un vestido de mi mujer, entre tanto que viene su Majestad, requebremos un rato. el Ay de mí! Te hago cosquillas? Calla agnorante. . Ya callo, y pues no hemos de hacer nada, durmámonos mano a mano. Tú, que sin cuidado vienes, puedes dormir. . Ya lo hago; pero yo te daré un remedio contra cuidados. Qué remedio? . Toma unos poquitos de muchos tragos de aquel licor vengativo; pues porque con él andamos, para sacarle a patadas nos viene a dar en los cascos. Discurso a ti me encomiendo para este lance que aguardo. Entra, Gila, que pues quiso mi padre esta reclusión, estar con gusto es preciso, y tu mareada con Bato, en que hurtó el vestido, yerra. Me da una vida de perra, y él se la toma de gato. Gila. . Señora. . No ves una mujer divertida? Sí señora, y por mi vida, que tiene a Bato a los pies. Cuando ayer previne un medio que dar en mi amor tirano, ya mi aleve, y falso hermano ejecutaba el remedio. A quién esto ha sucedido? quién vio tan confusa calma! Lleve el demonio mi alma, sino es aquel mi vestido. Calla: ah cruel Federico! el valor me falta ya Tras estar casado, está mi Bato amancebadito? Quién sois señora? Ay de mí! De vos lo vengo a saber. Celosa está esta mujer. Mal hago en hablar así. Que me oigáis algo apartada . os suplica mi humildad. Decid, pues, y perdonad esta ignorante criada. Vengarme ahora quisiera de Bato. Válgate Dios! Ladróncito me sois vos? aparta, déjame fiera. Sacarle tengo una lonja de aquel pernil. Ay! . Ya se queja. De haber acá el monstruo se metió Monja: qué es esto? porfía fiera, es como Villa por Villa, Valladolid en Castilla, y mi mujer donde quiera. Contigo en igual balanza están uno, y otro afecto, que me detiene el respecto, si me lleva la venganza. Yo en tu pesar alimento el que traigo, de manera, que por entrambas quisiera deshacer tu sentimiento. Que sosiegues te suplico lo celoso de tu empleo, que a Federico deseo, sin amar a Federico. Perdona que no lo crea, que no es fácil agradarle, venir con él, y no amarle. Ahora es tiempo que se vea en ti la seguridad, que quien entra es Federico, y por las dos le suplico manifieste mi lealtad. Ya delante aquel espejo que os encareci tenéis. Aqueste el monstruo del monte es el que en mi cuarto ves. Conoced por hija a Aminta. Tu gusto a Flérida ve. Mas no deis parte a mi hijo del secreto, que ha de ser muy grande su sentimiento, sino se previene en él. Mira no sepa mi padre, que Flerida está a tus pies, hasta que el premio en su honor pueda decirlo más bien. Aquesta confusión (Cielos) ha de acabar con mi ser. El Rey me lleva el amor, y el honor me aparta de él. Esta mujer, quién será? En mi cuarto Aminta, a qué puede venir? cómo, o cuándo? Esa es obra para un mes. Dos bienes que perdí hallo cuando menos los busqué: que un infeliz con la dicha, por yerro acierta tal vez. Dudo yo, y confuso ignoro a cual primero he de ver, siendo entre tanto mi amor en la apariencia desdén. Si a Flerida llegó a hablar, dar muestra fuerza ha de ser de mi voluntad, y estorba la demostración fiel, lo que advierto Federico, que hasta que el premio le dé, parece quererla mal, decir que la quiero bien. Pues si de Aminta el cariño la sangre da a conocer; lo que advierto Segismundo me contrádice también. Hay fortuna tan adversa! cuando experimento que mi mayor felicidad, tan grande estorbo ha de haber? Ya en la cédula Real, como mandaste, dejé el nombre en blanco, y lo traigo para firmar. . Qué he de hacer? Qué confuso está Lisardo! Mi pesar, que sin fin es! Qué ingrato fue Federico! Qué cuerdo procede el Rey! Cansada ya la fortuna de la desdicha cruel, trayendo en el desengaño el bien para mayor bien. En esta publicidad cuando me da a conocer, mas que favor, es agravio. En albricias. Señor. . Qué? Ya de Flerida olvidaste el recato? . No olvide; pero si no me le acuerdas, dejárele de tener: Federico. . Señor. Quiero tu valor, y esfuerzo ver. A los confines de Albania te envío para que des castigo a los alevosos, que a mi dominio, y poder se niegan. Mis labios sellen en la tierra esta merced. Levanta: Flerida mía, a tu recato miré, por cuya causa no he dado a mi dicha el parabién. Tuya es siempre mi obediencia. Que mal Aminta podré . desmentir lo que estoy viendo. Quién fuera baja mujer, . por matar a Federico ahora a celos del Rey! Y así. Qué es esto que veo? Señor. . Qué dices? Tenéis ya olvidado lo propuesto? No, más aquí he menester a todo vuestro cuidado, no, no me descuidaré: adiós, adiós. Él os guarde. Conmigo, Manfredo ven, y vos Segismundo. . Alabo la prudencia (pues se ve en esta ocasión) el Orbe. Qué bien cumple con quien es Alteza. . Yo me voy, porque no soy menester. . Ingrato, vil, que a tu sangre infama tu proceder. Grande Federico adonde piedad, y nobleza hallé. Mal Caballero, villano. En qué te ofendí mi bien? La vida, señor, te debo. Siempre estaré a vuestros pies. Aún ahora me das celos? Que te engañas has de ver. Por ti restauro mi honor. Agradecéselo al Rey. Yo me vengaré, pues puedo. Yo me desesperaré, si en ofensas, y en lisonías entrambas no os detenéis. Noble, galán, Vil, aleve. Leal, piadoso. Infame, cruel. A ver a Lisardo voy. A Lisardo voy a ver. Dónde espero. Dónde aguardo. En su valor. . En su ser. Que premie lo que te debo. Que corresponda a mi fe. Dios permita que no vayas, y Dios te lleve con bien.
JORNADA TERCERA
JORNADA TERCERA Señor, si el remedio tarda, í: todo tu Reino se altera, sin separarse las nobles familias de las pleveyas. No está el daño en los confines, señor, que tu Corte misma es el cuerpo, donde asiste la venenosa materia, y estendiendo su dominio, se reparte por las venas. Como en ti los hijos faltan, la ambición los suyos muestran, con que ya la tiranía tiene vislumbres de herencia. Ya el segundo solicita, quien con la traición alienta. Y ya tu Reino se llama futura de la soberbia. Pues Manfredo, y Segismundo, esos tumultos, que engendra la vanidad, la malicia, y el odio, al castigo anhelan. Pues mi atención, y mi dicha tanto al remedio me acercan, que hoy tiene límite el daño, y porque en la negligencia las prevenciones peligran, y las maldades se aumentan. Al punto, Manfredo parte, y convoca la nobleza de mi Corte, porque asista esta tarde; donde pueda servirme de tribunal de mis vasallos la Audiencia: que hay lances, en que es preciso, que los Reyes no lo sean, dejándose gobernar de los míos que gobiernan. No te pregunto el intento, porque excede la obediencia. . Tu Segismundo, ya sabes, que salimos de tu aldea a noche, y Flerida vino, sin que ninguno lo sepa, sino eres tú, y Federico, que para mi intento es fuerza que tengas tú esta noticia, y los demás no la tengan. Aposentada en Palacio con mi hija Aminta bella está; y por lo que ahora mi voz amigo te acuerda, lo mismo que sabes, es solamente, porque adviertas, que a Flerida has de encubrirle el que Aminta es hija nuestra, hasta que yo lo publique; porque el intento que lleva mi cuidado, es importante lo que encargo a tu prudencia. Quién siempre atiende a servirte, ya te ha dado la respuesta. Cuando a besarme la mano tu hijo Federico venga, para ir a su castigo: de los necios que me niegan, le probaré, hasta que oiga mi designio, porque sea con la letra que le anima, y el cuidado que le alienta, firme vasa, donde estribe la máquina de mi idea. Cuando de mí se déspida, le diré lo que me ordenas. Pues ahora, Segismundo, si el tiempo lugar me deja, he de ver mi hermosa hija, que es injusta resistencia, que el decoro le hace al alma, pues aunque partes se pierda el secreto, es con la sangre ingratitud la modestia: Queda con Dios Segismundo. . Yo avisaré cuando vengan los Grandes; qué justo, y recto la paz, y quietud gobierna! Segismundo. Gran señora. En darme ese nombre yerras, hasta que en mi frente humilde esté la sacra diadema. La palabra que hoy pública el Rey tiene tanta fuerza, que fuera la duda error. Segismundo si viniera a argumentar de mi dicha, si hoy es próspera, o adversa, malograra al verte solo el cuidado que me cuestas. Qué me mandas? Te suplico, como quien la sangre hereda del Duque Alberto tu amigo, como quien postrada llega a tus generosas plantas, como quien de nuevo engendras, pues te debo el ser dichosa, como quien. . Señora cesa, y haz elección de la paga, pues reconozco la deuda. Vame tanto en la pregunta, que temiendo en la respuesta, cuando ocupo en adquirirla, es por tardar en tenerla. Conociste de mi padre: un criado, cuyas prendas fueron tantas, que por grandes se traen consigo las señas, y su nombre era Leonardo? Muy ociosa diligencia fue nombrar a quien merece por su lealtad fama eterna. Pues noble, anciano, y piadoso Segismundo, como esperas a dar alivio a mis males, si de la causa doy muestras? En qué tu discurso tarda? quién hace estorbo a tu lengua? que torpe el ser, el afecto muda la voz con pereza: te miro cuando en mí está dudosa el alma sin rienda, el cuidado al susto vivo, y las esperanzas muertas. De tu deseo ignorado esta es Flerida la senda. Para acabar con mi vida bien Segismundo lo aciertas, di, y ejecute de un golpe su fatal rigor mi estrella, no llevó a Belflor Leonardo una hermosa niña, envuelta en una basquiña pobre? Jamás entró por mis puertas; qué contra la verdad haga . este examen la obediencia! Hay mujer más desdichada; que con tan grave inclemencia libre la fortuna el golpe en mí: ay infeliz! que sea preciso si no se olvida el preguntar por mi afrenta? que cuando por una hija, (que es compendio de la ofensa, testigo de la malicia, crédito de la inocencia) me arrojo a decir mi agravio, tan confusa el alma queda, que por no dudar, adonde la destinó su influencia, aún tubiera por alivio el saber que estaba muerta. A quién sucede, si es noble, . lo que a mí por mi nobleza; pues llega a tener de infamia hoy mi leal apariencia. Señora suspende el llanto, no con el pesar ofendas, cuando la opinión restauras, el crédito que granjeas. Mira, que tu bien se logra, deja el susto, y la tristeza; no se llame desdichada, quien ha de llamarse Reina. Y asegúrate, que espero, antes que las cumbres vuelva a adorar el Sol, y el Alba borde tapetes de perlas, que hoy en ti ha de ver el mundo, (cuando de ti no se acuerda) el imposible más fácil, que otro también se suceda. Qué es lo que dices? Aún más de lo que tengo licencia. Quién te estorba? Quién te estima. Es engaño. . Es evidencia. Pues oye. . Es cansarte. Aguarda. Quiéres que el crédito pierda? No, que venero tu sangre. Pues tu persona los venza. Pues no me digas palabra, que en lo que tu honor se arriesga, mas quiero no tener culpa, que dejar de tener queja. Que sepas que te aguardo, para ir a despedirme de Lisardo, y estés con esta flema? Qué quieres? hagolo por tema. Vive el Cielo, villano. No te vayas al pie, vete a la mano, que Aminta me detubo en esa sala. Y dime Bato. . Vaya noramala, ahora se me humilla, que al hombligo me echó la rabadilla. Dime, dime, qué hacía? Digo, digo, lloraba, y maldecía a su adversa fortuna; las lágrimas bajaban una a una, y estaba tan hermosa con verterlas, que el llanto allí me pareció de perlas. Diome su mano blanca aquesta Reina, que por suya, es blanca, salime por la Villa, compré cogín, maleta, y escobilla: vengo, voyme, y solo pongo tierra pues de la guerra salgo acía la guerra Y di, mi hermana hermosa díjote alguna cosa? envíame algún recado? Si por cierto. Sí, qué dice? Que te caigas muerto. Pues éntrate allá dentro, compondrás esa ropa. Cielo santo, falte la vista, donde sobra el llanto. Baste piadosos Cielos, tener amor, sin añadirme celos! Hermano? . Aminta. Cuándo es la partida? Luego. . Deseando parece que lo estás, según lo apunta Y tú también, según me lo preguntas Merezca, Federico, hay inconstante o por hermana sea, o por amante, saber a quien me dejas, por cómplice, y testigo de mis quejas! quién es este mujer? quién este asombro? Deja Aminta cruel el rigor fuerte, dame la muerte, sin obrar la muerte: no os pida celos por razón de estado, que es vileza pedir lo que me has dado Al Rey amas, y son en mis enojos, testigos mis oídos, y mis ojos, que para mayor mengua, esta noticia es hija de mi lengua, siendo el agravio, que mi ofensa lloro, contra mi amor, y contra mi decoro, pues tu mudanza vil, ciega, y profana, de amante el nombre, y la atención de hermana; No en tu malicia, Federico, ofendas a tu sangre, y mis preudas. Aquesto es proceder en infinito, en fin, yo solo soy el del delito. No has de negar lo que en tu cuarto veo. Y yo no he visto al Rey en tu deseo? Esto es más que afición naturaleza. Y estotro obligación de mi nobleza Federico, no miente mi cuidado. Una vez un soldado; que por Belflor pasaba, era grande hablador, y lo que hablaba, lo aprendió mi lenguaje, para cuando túbiese el mismo traje, y pues ya se ha cumplido hoy la voz al modo del vestido: yo que ahora estaba en vela, siendo de vuestros campos centinela de alforja, y maleta en la emboscada a Lisardo le vi batir la estrada, y a nuestra frente guía. Ya está en la batería, ya se acerca animoso, ya desembaraza el foso, ya pica la muralla, ya la hecha con brío, y da batalla. . El Rey viene imagino. Aquí escondido escucharé su intento. Eso te lo dictó mi pensamiento, porque veas mi amor constante, y fino. Aminta? . Señor. Tan sola? De este modo es el principio, de quien la entrada pretende, para un amante seguro. En tanto que está mi padre acudiendo a tu servicio, bastante guarda me deja, dejándome a mi conmigo. Mucho temo que el recato eche a perder el carino, . porque el estilo amoroso no niega el severo estilo. A Lisardo cuidadosa, siguiendo hasta aquí he venido, pues que en la curiosidad sirve el acaso de aviso. Vuestra Majestad, sin duda hace dichoso este sitio por mi padre, y pues no está en casa, y de nada os sirvo, que me deis, señor, licencia de retirarme os suplico. Ya en el intento de Aminta tiene el alma algún alivio. Tú eres sola quien gobierna los pasos de mi albedrío. Cielos! qué es esto que escucho? Ay Dios, qué es esto que miro? Aminta, has tenido amor? Quién tan fiero lance ha visto! . No señor, solo le he puesto en mi hermano Federico. Justo premio de sus partes será el casarle contigo. . Y si sospecho que el aire de afectos mal atrevidos, es vaporoso tercero, y me trae algún suspiro, estrago, muerte, y ruina seré del asiento mío, porque la respiración no me ocasione al peligro. Oh como la sangre mía hace en tu pecho el oficio! estrago, muerte, y ruina viene a ser tu desdén mismo de la hermosura que lleva tus méritos al olvido. En qué lo fundas? . Advierte que a tus ejemplos remito, Aminta, lo que he propuesto. Cobrarme así determino, . pues como galán desmiento, lo que como padre digo. Quedan más penas fortuna! Cielos, quedan más castigos! De una fuente la corriente, con gala, despeño, y brío corre, mas llegando al tío se duda, olvida, y desmiente? perdiendo el nombre de fuente, halla, nota, y examina su fin, y nunca imagina el riesgo, el daño o la causa, que el tiempo no avisa, y causa estrago, muerte, y ruina. De un almendro en el verdor libre, lozano, y esento, fallece a un aire violento, hermosura, fruto, y flor: todo el tiempo con rigor lo abrasa, huella, y fulmina, y así la más peregrina tema, conozca, y aguarde que llega, y no llega tarde estrago, muerte, y ruina. La mina, en que oculta está el bien, la riqueza, el oro, jamás logra su tesoro, ni enseña, ni ve, ni da: y el Cielo cansado ya, hace, ordena, y determina, que solo gocen la mina el campo, la tierra, el centro, dando en dejándola dentro, estrago, muerte, y ruina. Así el Cielo te siguiera, prodigio, asombro, y deidad, que ostenta con vanidad imperio, adorno, hermosura; mas mira en esta pintura, que a la fuente, almendro, y mina quien lo forma, lo fulmina, y así advierte, goza, y sabe, el tiempo, antes que le acabe, estrago, muerte, y ruina. Que cerca está el sufrimiento de dar en el desatino, Ya de la lealtad me valgo para reprimir el brío. Señor, tan fuera de mí (que se yo lo que me digo) estoy, que atrevida llamo tu proposición delirio. Y aunque es mucho mi valor, poco valor es el mío, porque yo vengo al respeto con que estoy adonde asisto. Lo que su intención me ofende, p es lo que en su sangre estimo. Contaréselo a mi padre, porque remedie el peligro. La desdicha de los celos me faltaba. Federico, qué aguardas en este cuarto? La experiencia de un abismo, que nos importa. . Señor al Parlamento han venido los Grandes, que a su deseo sigue siempre su dominio. Vamos, Segismundo, Aminta queda con Dios, Federico, ven donde tu ser esfuerce lo que propusiere al mío. Ya veo hermano que soy. Cómplice de mi martirio. Quién no es culpada en tu ofensa? Pues quién me lleva el castigo? El Rey. . Tu hermosura. Ay triste! . Cuanto. Vienes? . Ya te sirvo. Porque mira muy despacio el alma este basilisco. De embarazarse la muerte, es solo de lo que vivo. Cielos rigurosos, donde encamináis mi destino, que parecen los rodeos, que os ha faltado el arbitrio. Yo, cuando a Reinar anhelo, yo, cuando el esfuerzo animo, yo, cuando el honor restauro, yo, cuando a la dicha aspiro, tan vivas mis penas hallo, qué mal en mi ser distingo, si soy la misma que soy, o vuelvo a ser lo que he sido? Cuando entendí que en Belflor fuera Segismundo archivo, de aquel pedazo del alma, que en los brazos de Leonido tomó el infelice puerto, tal confusión averiguo, tan sin noticia responde, y tan ajeno le miro, que aún no concede una seña para dudar si es olvido. Mas ay de mí! donde vas, necio, y bárbaro designio? como buscas el remedio por las huellas del peligro? Si al Rey ahora me quejo, que se disguste es preciso; y desobligarle ahora, será el mayor precipicio. Pues aunque me dio palabra de desposarse conmigo, puede mudar parecer, que es su amor contrario mío, y dejará de ser Dios, por acudir a ser niño. La dilación es muy grande, lo que importa es infinito, mi deshonra es lo que siento, y mi honor es el que estimo, pues cumpla con el primero: que si el Regio Laurel ciño, las estampas de la culpa borraran las del castigo. Jesús lo que ha que te busco. Gracias a Dios que te he visto. Segismundo, a todos cuantos estamos en tu servicio en tu busca nos envía por todo Palacio. Vamos: Fortuna, pues eres Diosa, y en tu rueda solo asisto, no sea esta vez perezoso el movimiento continuo. Ah Gila de mi alma. . Qué? Hoy me parto de esta tierra con muésamo. . Ya lo sé. Pues ya que voy a la guerra abrázame. . Déjame. A la sangre de mis venas en piedra la hacen trocar tus desdenes, y mis penas; y así quisiera llorar, para ver si echaba arenas. . Vasallos, hijos de Norte, y de mi Corona Augusta, en quien la naturaleza puede llamarse fortuna. Conclave esforzado, y docto, nobles Albaneses, cuya valentía, y elegancia es tan grande, y es tan una, que solos vuestros aceros saben cortar vuestras plumas. Mi afecto atención os pide, y mi cuidado os consulta la más dichosa elección que en el mármol se vincula. Y cuando el acierto alcanzo, advertido (oh noble junta) que muestro lo que os estimo en lo que el sabio pronuncia, pues me trae la voluntad, y que me lleva la duda. Con pretextos de atención en mi Reino disimulan los aleves que me niegan, sediciones que ejecutan. l Oh cuanto es la traición hija de la necedidad, pues juzga que ha de pasar por lisonja, lo que emprende por injuria: Por ser vuestra la discordia, mi descuido se murmura, las Provincias se levantan, los vasallos se conjuran, la malicia siempre engaños, la ignorancia errores funda. Ciegos en fin me ofendéis, y la causa que os deslumbra es, que notáis la pureza con que estoy, desde que ocupa la infanta Irene mi esposa el tránsito de la tumba, sin solicitar atento con la amorosa coyunda sostituto en quien se copie su grandeza, y su hermosura. Esta es la queja que os mueve, esta es la ocasión que os pugna a sustentar atrevidos vuestra ofensa, y mis calumnias. Y aunque me lleva el agravio, incitándome la furia, aquí vuestra sangre clara ponga a toda Albania turbia: Hoy venigno he de mostrarme, que en vuestra necia locura quiero daros el castigo solo en daros la disculpa. Albaneses, cuyos hombros son de mi Reino colunas, si menos pesa es más grave la máquina de mi industria. Cuando el sol hermoso encubre de nosotros la faz tubia, densos vapores le estorban, no en el descuido se oculta. Pues viendo, que si en Oriente, cuando el mundo lo saluda, con la trama de las sombras se enmáscara la luz pura. Después que sus rayos vencen de la carrera que cursa en la parte, que a las nieblas con la claridad sepulta, nos muestra su gloyo ardiente, en esta ignorancia ruda, sombra que ha tejido el odio con que mi atención se encubra. Mas ya que desenmaraño la trama de mi fortuna, el Sol que os negó el Oriente, en el monte que os alumbra. Vasallos, ya tenéis Reina, ya el sacro yugo me anuncia sucesor, que cuando el Cielo de mis años sepultura, en su ser rejuvenezca quien con el gobierno cumpla. Esta noticia es amigos quien os convoca a la junta; recorred vuestro deseo, y mostrádmele en preguntas, que el crisol de mi deidad purificará a las dudas; y así publique su voz de los que atentos me escuchan, si en la seña que los mueve hay otra causa. . Ninguna. Juraréis todos por Reina a la que el alma asegura, que es más su merecimiento. Por reina todos la juran. Pues gloria, y honor de Albania, la dilación fuera culpa en mostrarosla: vasallos, esta es vuestra Reina Augusta. 1. Cielos, es verdad, o encanto? Quién tan nuevo asombro juzga? Bato. . Señor. A mi hermana busca al punto, que procura mi amor que se satisfaga en los celos que la asustan. Nobleza heroica de Albania. Flerida soy, en mi ilustra el grave intento del Rey, la satisfacción más justa, que en el diáfano elemento el vano metal dibulga. Piadoso conmigo el monte albergue me dio, que nunca para animar mi esperanza, y para encubrir mi injuria, dejando el ser aspereza, dejó de ser espesura. Ya mi suceso, que al mundo escandaliza, reduzca el descrédito en aplauso; y en fin Albaneses, supla de mi fortuna lo adverso, lo feliz de mi fortuna. Quién primero a tu obediencia esta, soy yo, perdonad, que la alegría, y la edad me dan aliento, y licencia. Los años que todos quieren para sí, dejes atrás. y para que vivas más, los desastres no te inquieten. Dios os guarde, Segismundo, yo pagaré vuestro amor. Mi felicidad mayor es que te veneré el mundo. Señora, al Cielo suplico, que en la memoria este día sea eterno. La deuda mía reconozco, Federico. Qué es esto? qué confusión es la que mis ojos ven? Es el fin de tu desdén, y de mi satisfacción. Ya mi congoja desecha, noble, Federico veo. Yo, nunca lo que deseo logro contra mi sospecha. En tu duda me acobardo, porque es descrédito aquí el tener celos de mí, teniendo mujer Lisardo. Pues ya que este alivio siento. Pues ya que olvido el sentir. En la guerra he de morir. Yo viviré en un Convento. Besa a la Reina la mano. Por el sin de mis desvelos. Ay de mí! que de los celos es el imperio tirano, mas ya se lo que he de hacer. Señora, a tus pies está quien el parabién se da de tu fortuna. . El placer que reconozco en tu amor, el que en Segismundo apruebo, y el que a Federico debo, pagará el Rey mi señor, Aminta, en muy breve espacio. y así, antes que nada os pido, que luego la deis marido con que salga de Palacio. Tantas muertes a una vida! Hay mujer más desdichada! Aminta será premiada, y tu Flerida servida. Cesen ya las confusiones, publiquese lo que sabes, Segismundo, aunque hasta ahora por obedecer callaste. Pues digno, señor, que Aminta es tu hija, y que su madre es Flerida, que a Belflor la llevó Leonido, dame licencia para sentir, que de mí, señor, se aparte. Es sueño? Es ilusión vana? Quién tubo dicha tan grande? Hoy vuestro amor ha de ver contra sus dificultades, si es fácil, lo que posible, el Imposible más fácil. Ya Fedérico es tu esposa. Aminta. A tus pies Reales mi desdicha celebre el alma. Tu nombre publique el aire. Tu Corona el Cielo aumente. Y en vuestra piedad alcance Senado ilustre el perdón que aunque méritos no falten, siempre es en vuestra nobleza el Imposible más fácil.
