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Texto digital de Ícaro y Dédalo

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Atribución tradicional
Melchor Fernández de León
Atribución estilometría
Melchor Fernández de León Segura
Género
Comedia
Procedencia
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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Ícaro y Dédalo. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/icaro-y-dedalo.

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ÍCARO Y DÉDALO

JORNADA PRIMERA

JORNADA Venid, venid alegres, moradores de Delos; venid del Sol al Templo, hoy que del año el primer solisticio, hace en la esfera su círculo bello: venid del Sol al Templo. Ay Ledal amado peligro de mi dolor, si habrá tiempo. Que queja tan enfadosa. De ser menos tu desprecio. Venid, y en sus aras, fragrante el obsequio, ardan las aromas, entre los reflejos. , . Venid del Sol al Templo, hoy que del año el primer solisticio hace en la esfera su círculo bello. Venid, y elevando (. al don el afecto para consumirle le sobre el incendio. PRIMERA , . Venid del Sol al Templo hoy que del año el primer solitticí hace en la esfera su círculo bello. Antes que te entres, Florilla, al sacrificio, te ruego, en fe del ansia, con que procuré, ya ha tanto tiempo, (aunque no es como lo digo) darte a entender que te quiero: que me saques de una duda, que ha muchos días que tengo, sin que quiera preguntarla; porque soy uno de aquellos, que por no dar a entender el que ignoran algo, han hecho voto, con lo presumido, de no salir de lo necio. Mas ya que tu confianza me absuelve del juramento, rompole, y pregunto así: qué cosa es este embeleco de Solisticio, que anda nuestras cabezas rompiendo de seis en seis meses? qué significa? de qué Reino es este vocablo? pues en llegando a todos, veo repetir en altas voces: (Templo, Venid del Sol al hoy que del año el primer, Satiro, amigo, a tu duda. responderé con un avento, Había en un corro un día muchos hombres, a uno de ellos. dio gana de estornudar: dijo otro, Dominus tecum, (porque también puede usarse. Dominus tecum de Delos.) otro se llegó al oído a otro; advierte que tenemos, por si hay quien lo repita, uno, y tres otros, al cuento. Preguntole; me diréis lo que significa esto de Deminus recúm? y él tercer otro, encogiendo los hombros, le respondió, mucho ha, señor, que deseo saber eso propio yo; pero sin duda sospecho, que es bueno para el catarro, pues que de ordinario veo decirlo, cuando estornudan:: aplicalo tú, al intento; pues para mi es Solisticio, lo que a él fue Dominus tecuma y no me detengas, pues. vuelven a decir los ecos, Qué prodigio! Qué terror! 1. Qué pasmol: 2. Qué ansial 32 Qué miedo! Satiro, lo que escuchamos, no es lo que oímos primero? Sin duda este sacrificio debió de salirles huero. Callad, suspended las voces. Encárcelad los acentos. Pues el fatal Vaticinio. Pues el oráculo fiero. Nos dice. Cerrada, Leda, (según el justo decreto de Apolo) sosiegue el susto, que está amenazando a Delos. Y haciendo la Religión tumulto el bárbaro Puebio, monstruo a quien desvocar hace la novedad de un aliento: repiten. Cerra la. Leda, (según el justo decreto de Apolo) sosiegue el susto;, que está amenazando a Delos. A tu lado está Lidoro, vuelve, señor, por tu afecto. Qué importa? Plebe ignorante, (ay Leda, divino dueño del alma, que te idolatra, lo que pierdo, si te pierdo!) Qué importa que ese mentido. simulacro, a quien han hecho. ser deidado la interesada Religión de los inciensos: desagradecido al culto, que le estamos ofreciendo, dijese, que amenazada nuestra Isla está del riesgo; de que por Leda se halle. sujeta de extraño dueño? Para que por el aleve, el riguroso, el incierto, el tirano, y quizá por el envidioso decreto, a resolución tan cruel, tan dura, nos arrojemos. Para que viva cerrada, en un oculto, un estrecho sitio, en que el aliento, aún no pueda salir como aliento. Qué mayor pesar, que más seguro dolor, más cierto os puede sobrevenir con la verdad del suceso, que el que por el amenaza hoy os tomáis, impidiendo de la hermosa luz de Leda, los soberanos reflejos? Ya os digo, que es envidioso coraje de Apolo, viendo, que desde que arden sus ojos, está su culto violento. Qué importa, que airado un Sol, se enoje, cuando tenemos, propicios dos, y se halla con duplicado consuelo, mejorada la fortuna, entre el motivo del riesgo? Que importa. Ninguno impida el oráculo, y si necio lo estorbare, su castigo ataje su atrevimiento. Pues aquí no te hago falta, voy a convocar atento mis parciales, porque unidos te asistan en este empeño. De ti lo fío, Lidoro. Bien puedes, porque mi pecho, al fuego de la amistad, aviva más el aliento, y de lo que sucediere, volveré a avisarte presto. . Vasallos. Padre, señor, Periandro (airado Cielo, tanto rigor contra una vida infeliz!) qué es aquesto? como remisos, cobardes, ingratos, y desatentos, a esa permanente luz, que envenenados reflejos, a tornos brillantes rige, la política del Cielo? Como desagradecidos al continuado, al perpetuo explendor, con que os asiste, resucitando, y muriendo, ya en Cuna hermosa de nácar, ya en rico Panteón de hielo, os atrevéis a impedir su soberano decreto? No pronunció, que cerrada, fuese público escarmiento del hado, en cuyo fatal destino, mil veces vemos, castigarse lo inculpable por delincuente? no es cierto, que en sus nunca averiguadas sentencias, hace más peso, la culpa de lo infeliz, que el delito de lo reo? Pues si yo soy el más triste, el más desgraciado objeto, de cuantos Astros le beben su brillante movimiento, por qué queréis impedir, que mi desdichado aliento, hoy pague como delito aquel influjo primero, que me persigue? Vasallos, no atendáis a los lamentos de mi padre, a las instancias de Periandro, a los ruegos, de quien piadoso intentare librarme del cautiverio. Fabricad Cárcel, con cuyo oscuro lugubre centro, nunca encuentran los veloces, lucientes pasos de Febo: que yo propia, sin que sea necesario aquel esfuerzo, que hace una Plebe, movida del primer fervor del celo. Ya sea valor, ya sea ira, sea coraje, sea despecho, yo propia me entraré en ella, con ánimo tan resuelto, que todos quedéis dudosos, en conocer si lo ha hecho, la ausia de lo voluntario, o el rigor de lo violento. Sin que se oiga en mi disculpa; en mi favor, en mi riesgo, pronunciar nunca mi voz infelice. Piedad Cielos! Qué voz desgraciada fue la que acabó tu lamento? Quizá de mi cruel destino hija, sería, queriendo, que ni aún aquel breve alivio, aquel tasado consuelo, me quedase de decir: A las ondas. Los vientos. Lágrimas. Y suspiros, vayan corriendo. Y crezca la borrasca con el consuelo. Segunda vez impedida, se ve tu voz de otros ecos, cuyo tormento es el propio, que el que dijo. Piedad Cielos! A lo que de aquí se alcanza a distinguir, el estrecho, el triste, el instable buque, de mal gobernado leño, tres bultos trae, zozobrando, en los impulsos violentos de las ondas, entre cuyo fatal albergue los vemos, que ya contrastado el pino, de los escollos soberbios, del último choque aguarda, para ser su monumento, las irritadas espumas. Piedad Dioses! Piedad Cielos! Socorred todos sus vidas, vasallos. Nada atendemos, sino a que se cumpla el justo decreto de Apolo. Pueblo infame, Pueblo cruel: acaso os faltará tiempo, porque ahora a una desdicha acudáis, para que luego se cumpla la mía? Ya, que no es necesario veo nuestro amparo; pues que rotó con el émvate postrero quedó. Y no tan infeliz, como se juzgó, pues siendo sunto a la orilla, parece, que vuelto en piedad el riesgo qe las peñas, de sepulcro le ve convertir en puerto. No le arriendo la ganancia a sus costillas, Y envueltos en trozos mal divididos, se arrojan ya. Piedad Cielos! Qué horror! Qué pasmo! Qué susto! Qué hermoso porrazo dieron Infelices navegantes, si acaso el destino fiero de vuestros hados, dejó alguna fuerza al aliento. Si acaso vuestras desdichas os dejan voz. Si el tormento no anuda el labio, Decid, quién sois? Adónde severos Astros estoy? En los brazos, de quien piadoso, y atento cuidará de vuestros males. Adónde hallará tu riesgo favor. Adónde te encuentre, y tan al paso primero, otra desdicha, que pueda consolarte, Si los Cielos me arrojaron a tus plantas. Y si mi destino adverso logra tu amparo. Si yo soy tan feliz(pero ay Cielos!) que a tus pies estoy. Con causa, mis desdichas agradezco. Rara hermosura! (perdona, Libia, si acaso te ofendo, que es muy para reparada tu beldad. Pues los severos influjos han permitido, que desarrugado el ceño de su cólera, concedan, el que hayáis tomado puerto, para que estéis más seguros, mas gustosos, más contentos; advertid, que las arenas, que pisáis, son las de Delos: yo su Rey, Leda mi hija, (o si permitiera el Cielo, novedad que dilatara el oráculo.) Si veo a Ycaro vivo, mis penas alivien su sentimiento; pues por la rara, y precisa ocasión de mi despecho, no tuve arvitrio en dejar mi patria, y venir fingiendo, ser su hermana: o pundonor, lo que haces! Como el severo desdén, mío otra vez mira, a quien una vez vio, Cielos! quien este Joven será, que puede. A tus plantas puestos, si antes por él ampararnos, ahora por conoceros estamos los tres, Alzad, y pues cobrado el aliento os hallo restituidos del susto, saber deseo quién sois? Ay Leda, que poco la vida estimarte debo, si apenas la he recibido cuando a tus ojos la pierdo? Dédalo soy, infeliz asunpto de los severos Astros, que con mi fortuna probaron sus movimientos. Nací en Atenas, de padres nobles, a cuyo desvelo debí, que mi educación gobernasen con Maestros de todas Artes; cuidado muy propio de heroicos pechos, pues yerra quien imagina, que le basta al noble, el serlo, para que no necesite de ilustrar el lucimiento, de lo que debió a sus padres, con deberse algo a sí mismo. Aproveché los estudios; pues con el buril ligero, con el pincel, con la lija, a ejecutar llegué diestro, pasajes, líneas, matices, en cuerda, lámina, y lienzos Cuyas Artes enseñé, a Ycaro mi hijo, siendo la Música, en la que más se aprovechó, pues su aliento inclinado a la armonia, instruido del precepto, hace mover lo insensible, hace parar lo ligero: Labré Estatuas, dando al Marmos robusto, no solo cuerpo, si no en la estatura, un casi esperado movimiento: y tanto, que pasar pudo el cuidado más atento, el defecto de lo inmóvil, por maña de lo suspenso, Pero en lo que puse más cuidado, mayor desvelo, fue en la Architectura, dando a los ideados diseños del dibujo, cuerpo hermoso, que en Torres, Palacios, Templos se descollaron a ser alta congoja del viento. Trató, Atenas, de labran a aquel Simulacro bello de Palas, titular Diosa suya, desde su primero origen, Templo Sunptuoso en que estar; a cuyo efecto se dividió la Ciudad, en parcialidades: siendo la una en favor de que Flavió, también insigne Architecto, diese para el Edificio, los acertados modelos. Y la otra en favor mío, con que trocado el intento, por el rencor de las dos, si antes a tratar vinieron fábricas, después ruinas trataron, pues todo el Puebio en dos partes dividido, convirtió en cólera el celo. Con cívil discordia, todo era saña, todo acero, todo ira, todo rabia, padando en licor funesto, los Tronos del Aréopago, y las Sillas del Museo. Quiso la suerte, que en uno de los trabados encuentros hallase a Flavio, y mudando aquel competir primero de lo docto, a lo esforzado, y de la ciencia al aliento, fue más venturoso el mío, porque falseándole el yelmo, de una penetrante herida cayó difunto en el suelo: cuya novedad dispuso dejar en mi contra el ceño de todos, siendo preciso, por el conocido riesgo, que me amenazaba, fiarle a la fuga el vencimiento? Salí de Atenas, llevando conmigo el cuidado tierno, de Ycaro, y Libia, hijos míos entrambos (fingir intento ser Libia mi hija, por no . añadirla el sentimiento, de que sepan sus fortunas) y entregándome a los vientos, y a las ondas, llegué a Creta; en cuyo segundo riesgo, ya que es fuerza que lo diga, te he menester más atento: Llegué a Creta, donde estuve debiéndole al hado adverso algún alivio, con el favor, que Minos, Supremo Rey suyo, me hizo; hasta que sobrevino el sentimiento, de que su Isla infestase, aquel monstruo, horrible, y fiero, del Mino. Tauro, de cuyo origen hablar no quiero, si es cierto por horroroso, y si no lo es, por incierto, pues por entrambas razones es disculpado el silencio: solo diré era terror de toda la Isla, supuesto, que viviendo la asombraba, y la asombraba muriendo. Pues oráculos fatales su vida amparaban, siendo siete doncellas, y siete jovenes, tributo feo, en que cada año libraban su lastimoso alimento. Testigo fui de tan grande confusión, y discurriendo, que entre el estar muerto, o vive podía partir el medio de estar encerrado; pues, ni era estar vivo, ni muerto; Ofrecí a Minos, labrar un ingenioso, un secreto Edificio, con tal arte, y con tal primor dispuesto, que en sus nunca averiguados, nunca sabidos rodeos, nadie acértase a salir, para asegurar a un tiempo de la fiera, y de la Isla, los destinos, y los miedos. Aprobolo el Rey, y dando principio, se vio tan presto acabado, que parece le fábricó el pensamiento. El nombre de Laberinto le puse, empezando luego a experimentar la Isla el impensado consuelo. Mas mi desdicha incansable, monstruo que vive sediento de mis fatigas, dispuso, o por envidia, o por ceño, dijesen al Rey, que yo había sido el instrumento mas principal, para que naciese el horrible, y fiero Mino Tauro, en cuya falsa. culpa, tampoco hablar quiero, que hay delitos tan impropios de caber en nobles pechos, que se culpa más, el que llega a disculparse de ellos. Basta decir, que los Grandes, los Nobles, y los Plebeyos, de Creta, se conjuraron contra mi vida, volviendo de un instante a otro, en ira, el agradecimiento. De cuyo impulso obligado, llevando conmigo estos pedazos del corazón, me arrojé a las ondas, siendo un frágil Barco, acogida de tres míseros alientos. Y apenas entre las ondas nos vimos, cuando los Cielos, y los Mares irritados, al querer sepultar fieros nuestras vidas, una hola nos arrojó en este Puerto, tan feliz, donde los sustos, ansias, desdichas, tormentos, cesaron algún instante, pues mi suerte por lo menos, no me quitará la gloria. de estar a tus plantas puesto. Llega a mis brazos, porque hoy la piedad de mi afecto en ellos diga. Pues vino Dédalo a tan feliz tiempo, sea el que labre la Torre en que Leda esté, Qué es esto? Yo lo diré: Habiendo oído ese Monstruo novelero del vulgo, ser quien llegó hoy derrotado a su Puerto, Dédalo, Artifice grande, a quien aplauden los ecos de su fama, aprovechando la ocasión, para el decreto del Sol, con muevo tumulto, esfuerzan aquel primero, diciendo, sea él quien labre la Torre; más resistiendo su violencia, otro tan grande número de los afectos, de la libertad de Leda, a quien convocó mi aliento, para que tú la defiendas, dicen unos. El precepto de Apolo se cumpla. (demos Y otros. La libertad defen- de la Jufanta, mueran todos los que lo estorbaren. Cielos! ya es este nuevo peligro. Esperanza, cobra aliento. Ay Leda, divino asombro! Y ya los bandos opuestos se oyen decir. Arma. Guerra. Vasallos míos, qué es esto? Viva Leda. Muera, quien estorbaré los decretos de Apolo. , . Todo desdichas. has de ser, hado severo? Ya es tiempo de que el amor de Júpiter, muestre el fuego, que han infundido a sus rayos, los soberanos luceros, de Leda. Qué es esto, Dioses? Válgame el bendito suelo! Mas inhumano, mas cruel asombro, que los primeros, imagino que es este, pues que toda la máquina Celeste, se desune. Qué horror! (Cielo? Qué desconsuelo! Qué haremos todos, si se cae el La luz se esconde. (vea. El Orbe tituvea. El Sol bello, no hay nadie que le El Aire de las nieblas ocupado, (rra. parece que cuajado, asiento quiere hacer sobre la tie- Piedad, clemencia, Dioses. Arma. Guerra. Florilla. Satiro, qué dices? Dime, tienes cabales las narices? porque las mías ya con tal porrazo, ya pienso que les falta algún pedazo. Todo es horror. . (. En la tenaz porfía, de las nubes quedó difunto el día. Adónde, Leda, estás? . O quién pudiera, acogerse al sagrado de la esferal Periandro. El temor no encuentra nada, que no sea un susto más. . Ay desdicha da, que en las nieblas perdida, el aliento no acierta con la vida! el susto, el sentimiento, embarga al movimiento, dejando confundido, el uso de un sentido, a otro sentido. Pues en el cruel, en el terrible ni el oído, ni el labio, (agravio, distingue, ni artícula en sus anhe- otro concepto más, que: (los, Piedad Cielos! En quién podré hallar aquí, que todo es asombro cruel, alivio para el infiel, hado que me sigue? En mí. Quién eres voz, en quien ven, no solo dulce respuesta mis dudas, sino que esta tempestad aplaca? Quien los rayos envía, los rayos serena, el día enajena, restituye el día, porque en la porfía de dulces crueldades, estén apacibles las contrariedades. Aunque pueda estarle bien, tal prodigio a mi pesar, ya es nuevo asombro el dudar, pueda no solo ser quien. , . Los rayos envía, los rayos serena, el día enajena. restituye el día: porque en la porfía, de dulces crueldades, estén apacibles las contrariedades. h Cómo puede unirse, di, ser asombro, y ser piedad, tormenta, y serenidad, en un propio tiempo? Así. Sacando de mi pecho, hecho arigores, y a piedades hecho, el furor soberano, vibrando con mi mano el rayo, porque fuera un encendido susto de la esfera; y serenando luego, con vistoso sosiego, el Iris, que en colores, llena el aire de flores; conozcas que yo he sido, quien de tu amor herido: Los rayos envía, los rayos serena,. Mi confusión no se muda, si bien lo advierto, con esta respuesta; antes la respuesta está creciendo la duda. Y así supuesto que ha sido, lo que oigo tan disfrazado, con más luz en lo ignorado vois que no en lo respondido? Júpiter soy, que dejando la entre cuya hoguera (esfera, nació mi sosiego, (go; bajo a encender mi luz en tu fue- pues viendo mis suaves felices eno- lo que arden tus ojos, (jos, brillantes, y bellos, (viven ellos? por qué ha de haber rayos donde Dale licencia a mi noble locura, que con tu hermosura, mejorar intente, el alto dominio a luz más ardiente. Dueño serás de las sacras mansiones, donde mis pasiones, se verán premiadas, (das, solo en la dicha de ser desprecia- El Cetro mayor, el más Soberano, tendrás en tu mano, rigiendo con ella, (estrella. la planta, la flor, el ave, y la Pues estrellas, aves, flores, y plantas, con luces, con plumas, matices, fras (gancias, te miran, te adoran, te buscan, te 1. Pues estrellas. (aguardan? 2. Aves. 3. Flores. 4. Y plantas. 1. Con luces. 2. Con plumas. 3. Matices. 4e Fragancias. 1. Te miran. 2. Te adoran. 3. Te buscan. 4. Te aguardan. (flores, y plantas. , . Pues estrellas, aves, Y así Leda. Cierra el labio y la aleve pasión deja, que cuando explicas tu queja, es cuando mueves mi agravio. Quién, dime, te ha persuadido a este intento tan tirano? Acaso lo soberano puede borrar lo atrevido? Engañaste, si imaginas, que conocido el error, no castigara el amor desatenciones divinas. Vete, pues. No lo resisto; pero lo que aquí he ostentado no es por ser más porfiado, sino por ser más bien visto. Sin que el poder, y la gloria; quiera hacer en tu presencia, segura mi resistencia, sino rica tu victoria. Cuando llego a ponderar mi dominio, es por decir, que tendró más que rendir; teniendo más que mandar, Y podrá temblar el ceño, que merece una porfía, disfrazarse la osadía, con la grandeza del dueño? No, pero si mi deidad se rinde, no es sinrazón tratar como presunción, las señas de la humildad? Sí, pero no diferencia en nada mi sentimiento, acción, que aún el rendimiento ocasiona la indecencia. No, pero cuando mi amor se rinde a mi padecer, todo el brío del poder se mira vuelto en temor. Sí, pero al desdén helado, de mi ceño riguroso, ofende lo temeroso, como ofendiera lo osado. No, porque ardor no se llama, el que el respeto eterniza. Sí, pero hay también ceniza, que ofende como la llama. No, porque yo en mi cadena. Sí, porque yo en mi rigor. No quiero más que morir de mi amor. No quiero más que morir de mi pena. Aquel acento que oí, por mi respondió. También por mí. Pues qué dijo? quién habló por él, y por mí? Que si mi firme dolor, vive acá en mi sentimiento, pagado con su tormento. , . . No quiero más que morir de mi amor. Que si el hado me condena, a pena no ocasionada, si he de morir desdichada, , . . No quiero más que morir de mi pena Cómo pueden, di, los hados. afligirte, si a vencer llegas al que sabe hacer dichosos, y desdichados? No susto, ni pena alguna el oráculo que ves te cause, que yo a tus pies, haré que esté la fortuna; para que tus vanidades, repitán en quien quisieres, con álhagos de placeres, iras de infelicidades. Sin que llegue mi dolor a pedir agradecida estés, pues para mi vida, , . . No quiero más, que morir de mi amor. Porque a tu pasión no cueste porfía, que a ofender pueda mi decoro. Donde, Leda, te escondes? Mi padre es este. La tempestad sosegada, vuelva a buscar mi porfía, la más bella luz del día. Vete, porque asegurada la confusión, que causó tan gran asombro, hacia aquí vienen buscándome, y si me encuentran contigo. No tienes, Leda, que temer. Ni tú tienes que esperar: vete. Qué te he de dejar? Mira. Qué no te he de ver? Ycaro. Acaba. El rigor templarás. Oh qué porfía! Y mi ansia? Qué tiranía! Y mi deseo? Qué horror! Por no dejar tu desdén, sobre cruel irritado, me voy, más voy consolado, con que sepas que soy quien, Los rayos envía, los rayos serena,. En el asombro, y espanto, como me debió causar, Júpiter, a desear llegué, se fuera, no tanto por no oír, que su atrevido, sú siempre alevoso agravio, quebrantase con su labio las quietudes de mi oído: como por ver si hacia aquí se acerca (qué es esto Cielos!) una voz (crueles desvelos! cuyo dulce acento oí ser del Joven (qué crueldad!) que arrojado (qué porfía!) hoy llegó (qué tiranía!) a mis plantas (qué impiedad!) porque acá en mi corazón, a examinar triste llego, que crece desasosiego, la que nace compasión, y en mi pecho temeroso, traidoramente se escucha, no sé que susto, con mucha inquietud para piadoso: y más cuando este temor, a escucharle me condena. No quiero más que morir de mi pena. No quiero más que morir de mi amor. Este que más cerca oí es Ycaro, huir intento, porque no mi sentimiento diga: mas quien está aquí? Quien a los aires les fía su ansia, no porque la deja, sino por ver si la queja; se esconde entre la armonía. Qué es esto destino atroz? Y por ver si acaso trueco. Me voy huyendo del eco, y tropiezo con la voz? Con mi apacible sentir. Adónde está mi desdén? Este mal, que es todo bien. Mucho mejor es huir. Espera. Todo es temor. Mira que. Todo es dudar. Escucha. Qué he de escuchar? Sabe, que. Qué he de saber? a no entenderte me obligo. Sí mi pena viendo estás, que tienes que saber más de aquello que no te digo? No ves yno, formar razón, mi medrosa indiferencia: pues por qué más elocuencia buscas que mi turbación? Y que ha de venir a ser mas indecente mi oír; no lo aciertas tú a decir, y he de llegarlo a saber. Y ya que no me defienda de lid, que conmigo luche, no bastará que te escuche? quieres también que te entienda? A ver donde Ycaro está salgo. A ver si acaso Leda en el horror: mas qué miro! Porque mis amantes penas no descansan: mas qué veo! Con el Joven, que la arena pisó derrotado, habla. Con la piadosa belleza de la Infanta está. Despacio tormentos. Ansias apriesa. Pero escuche lo que hablan. Mas lo que hablan atienda. Pues ya que de tus piedades consigo, que explicar pueda mi dolor. Qué es lo que oigo? Adónde halló tu severa benignidad, aquel modo de socorrer mi deshecha fortuna? pues si en las ondas mi vida despojo era; y para que sea despojo de las llamas, la reservas, la vida no me permites, sino la muerte me truecas. Ha falso! Pero que injusta, que villana, que grosera, mi queja es; pues mejorada a tan dulcísima pena como morir a tus ojos. Qué dices? Que si es ofensa a tu respeto. Prosigue. Ah tirana! que le dejas hablar. Será tan dichosa mi muerte en su dulce hoguera, que el aire de mis suspiros, con aquellas ansias lentas, que la congoja permite, sea el propio quien la encienda, Cómo atrevido. Ay de mí! Profanas. Si tu licencia. El sagrado. Me permite. De mi rigor. Que mi pena. Si conoces. Te declare. Que yo soy. Ah ingrato! Hh fiera! Que sé yo quien soy, pues mudo, mi desdén hablar no acierta, y solo me ofende con lo que de decir me deja. Que yo soy vuelvo a decir, pues lo permites; quien lleva desde que te vio en su pecho aquel rumor de. Arma, guerra. Qué es lo que escucho? (cumpla. El decreto de Apolo se Leda viva. Vasallos, qué es esto? Ya la tempestad deshecha, vuelva a su primer intento nuestra causa. Arma, guerra. Quiero salir. Aquí Libia? Aquí Periandro? Es esta, y . ingrato, traidor, la paga de mis amantes finezas, cuando de mi patria huyendo partí? Toda la extrañeza . de tu rigor, ha venido a parar en que te vea. Mira. Estáis en vos, pues cómo? Qué he de mirar, si te encuentra? Cómo he de estar, si te hallan? Mis desdichas. Mis sospechas. Advierte, que yo. . De cuando a ca la atrevida lengua, Estaba. Mueve. Diciendo, El acento. Guerra, guerra. Del oráculo, el decreto se ejecute. Viva Leda Pues mi ofendida esperanza? Pues mi mal pagada pena? Pues mi escondido dolor? Pues mi amorosa tarea? Se injuria. Se desestima. Se disimula. Se augmenta. Diga con ella. En ansias. Fatigas. Tormentos. Y quejas. Pues es guerra el amor. Al arma, guerra.

JORNADA SEGUNDA

JORNADA SEGUNDA Dejadme todos, dejadme, ninguno irritar intente mi dolor, pues que le irrita, el que procura, y pretende, que limitados alivios, inmensos pesares templen. Mira que. Qué hay en qué mire? Piensa que. Qué hay en qué piense? Pues si ni piensas, ni miras, darás por esas paredes. Pluviera al Cielo, que un rayo, vibrado de la celeste cólera, mi corta vida abrasase, y consumiese. Tú, señor, alguna vez te has muerto? porque no debes de saber lo que es morirse, según lo que lo apeteces. Mira que es el disparate mayor, que ejecutar puede una persona, la vida, es el trasto más alegre del Mundo; fin ella nada puede lograrse, ni verse, y con ella, los mayores pesares se desvanecen. Entregar al dolor, todo el aliento, es una especie de cobardía, que deja por rendirse de vencerle. El ánimo generoso, no ha de permitir le deje sin valor, aquella propia aprensión que le acomete: resí Que ese loco ignorante, en quien no puede caber el sentir, procure como quien no le comprenende, consolarme, no me admiro: que tú, Lidoro, lo intentes, admiro, sabiendo que ninguno llora, y padece mas sin alivio, si sabes, que desde el día en que alegres los Moradores de Delos, en el Solisticio ofrecen sacrificio al Sol, mis ansias, hidras nacen, hidras crecen, Si sabes, que la tirana voz del oráculo, advierte la ruina de Delos, dando por remedio, que se cierro a Leda mi injusto Dueño. Si sabes que de la plebe el número convocado por ti, y por mí, aunque defiende la libertad de la Infanta, más felice prevalece la que su prisión desea: Si sabes, que las aleves ondas del Mar arrojaron a nuestras Marinas, este Dédalo, para que todos de su primor se valiesen; obligándole a labrar aquesa Torre, que fuerte guardase a Leda: si sabes, que en tan rasados, tan breves días su edificio acaba, que en él de hoy (o si muriese antes de verlo!) a la oculta prisión conduces crueles a Leda: si también sabes, que para que no le quede a mi dolor circunstancia, que prolija no atormente; Ycaro, felice joven, que en sus desgracias merece la piedad de Leda, añade a mis males la inclemente ira de los celos: como presumes que caber puede en mi mal alivio? Cómo también sabes, que pues fieles mis parciales, te ayudaron, paraque se defendí ese la libertad de la Infanta: mas recobrados, mas fuertes en otra ocasión, sabrán asaltar, la Torre aleve, que Dedalo labro: y sabes también que ahora padece él la propia pena; pues el Rey, para que tuviese satisfacción nuestro bando, que la libertad defiende. de Leda, y para que todos, vean, que aunque condesciende, con el contrario, despica el sentirmento de verse sin la Infanta, castigando la habilidad, como especie de delito (desdichado. del tiempo en que esto sucede!) Mandó que al instante mismo, que la Torre feneciese, en otra, Dedalor pague una culpa, que no tiene: que el que nació desgraciado, aún yerrá, cuando obedece. Y labes, que si fue su hijo Ycaro, quien tus crueles. celos causó, te los templa; ya que no te los remedie, el saber que con su padre, la propia pena padece; pues también es hoy el día, en que se oye, que se alternen con los lamentos de Leda, que el propio Cielo los siente, los de los dos, que publican cuando unos, y otros se mecclen. Muera quien vive. Viva quien muere, Pues en penas tristes. Pues en males crueles. La muerte será consuelo a la vida. La vida será rigor de la miuerte. Acompañando su queja, la que igual dolor padece, diciendo en acorde ansia: . Muera quien vive. . Viva quien muere. Pues en penas tristes, Pues en males crueles, (vida. La muerte será consuelo a la La vida será rigor de la Y juntos todos repiten, (muerte, por si a los Dioses les mueven a lástima sus desdichas. Muera quien vive, viva quien muere, pues en penas tristes, pues en males crueles, la muerte será consuelo a la vida; la vida será rigor de la muerte. Llegad apri esa a la Torre, Quédate en paz, amada prenda mía, acabe ya de romperse vida, que de ver cerrada a Leda, solo depende. Injustos Dioses, injusto Pueblo, bárbaro inclemente, no hay remedio? No hay remedio. Pues si no hay remedio; ese anciano infeliz, que trujo lo tirano de su suerte, no solo a ser infelice, sino a que infelices fuesen otros por él, su desdicha pague. Pague, pues merece la desgracia mayor pena, que la culpa. Ay hado aleve, que poco sintiera yo mis pesares, sino fuese por perder la luz de Leda! Tú Libia, pues una eres de las que eligió mi hija; para que aquí la asistieses compañera de sus males, paciencia, que en ellos tienes alivio a los tuyos. Ea celos, vuestras iras pueden descansar con mi cuidado, que de día, y noche vele. Y tu desgraciada hija perdona; pero no puede el alma, la voz, el llanto, articularse, moverse, porque ha pedazos la vida se deshace. No intentes razones que a mi dolor mas que disculpan, ofenden. (Ay Ycaro!) pues no ignoro, que yo, más tampoco puede el llanto dejar, que el labio diga lo que el alma siente. Como tanto dolor suyo, hoy sufrir mi valor puede sin vengarle? Disimula, hasta que la ocasión llegue de poderlo hacer. Permite, señor, pues quedan tan breves instantes para apartarnos, que tierno los aproveche con mi hermana Libia; cuyo amor ha sido tan fuerte, tan constante, que su lazo no ha de poder disolverse, ni de los siglos la industria, ni los filos de la muerte, siendo mis acentos suaves, los que hoy a explicarla lleguen mi mal, sin que la armonía nada del tormento temple; porque con ella, del alma todas las pasiones crecen. Ay Leda, si de este modo hablar contigo pudiese! Cómo puedo yo negarme a suplica tan decente, y más cuando me dilatas, el que a mi hija me lleven. Ycaro, no tu pasión . a declararte te empeñe. Mucho haré si mi dolor no explica lo que padece, ay Libia! no hablo contigo, . ay Leda, si me entendiese. Quédate en paz, amada prenda mía, idolatrado bien de mi porfía: quédate, pues me deja de tu vista el tirano, el inclemente hado, que no consiente, que tu vista se empeñe con mi queja. Acompañete tanto dolor, como respiro, o en el ansioso envate del suspiro, o en el inmenso piélago del llanto; porque entre mi quebranto, si te miro perdida, pues vas sin mí, no vayas sin mi vida. Vencerá la distancia, que impidiere nuestro infeliz aliento, el curso alado de mi pensamientos y si tan lejos fuere, que allá no lleguen peregrinas huellas, mi fe verás escrita en las estrellas. Allá verás la que mi amor redujo; a que fuese elección antes que influjo, verás como no cesa, en lo que amor influma, y verás como yo la volví la llama, aunque de allá la recibi pavesa; pues la creció el ardor, el pecho mío entre la dulce luz del albedrío. No te olvides de mí, que si esta gloria consiguen mis pesares, cuando allá te acordares, juntos mi voluntad, y tu memoria, entenderse podrá nuestro tormento, con la luz que le da el entendimiento, Ya, pues, que mis amantes fatigas, mis constantes llamas, de quién es menor pavesa, toda la esfera ardiente. Cesa, cesa; cierre el injusto labio, que ostentando fineza, y siendo agravio, tu intención con tu acento contradices, y no me dices, lo que a mí me dices. Por qué injusto tirano, (mienta el alma una vez) aleve hermano, disfrazando tu aliento, que el engaño me deja, quieres que sea tu queja, solo motivo vil de mi tormento? Si de tu sentimiento la causa no soy yo, porqué me llamas, y con tus ayes mi fineza inflamas? Quédate, ingrato aleve, que a la prisión me entrego, donde cerrado el fuego, de mi amor ofendido, empezaré a vivir con el olvido. Y hasta que le consiga, contra la pertinaz, y la enemiga pasión, conjure penas, y desvelos, corajes, y rigores, porque en tantos dolores, se irrite más la rabia de los celos, ya que han podido tanto, que ni mi fe constante, ni mi llanto, en horror tan funesto, en tu mudanza pudo hacer. su prisión. Qué es esto? Qué furor! Qué rabia! Qué ira! Enajena. Muda. Vuelve. Tanto vuestro sentimiento? Ay de mi infeliz! déjeme . arrastrar de mi pasión. Nuevo susto el alma siente . de este afecto. otra sospecha, fortuna! A la Torre llegue la Infanta, no se dilate Hado inclemente! Cruel dolor! Fatal destino! Fiero mal! Tirana suerte! No te asuste la prisión; Ycaro, que fácilmente hemos de burlar sus iras. Abrid las puertas, y entren los prisioneros. Llegó el cruel instante rebelde de mi desdicha. No hay remedio? Ninguno tiene. Padre amado. Y que haya vida, que se resista, a tan fuerte, tan triste mal! Te vas, bello imposible? Queda aleve, injusto dueño. Llevadlos, Oigan la prisa que tienen. . Pues es el último, instante. . Pues el postrer punto es este. . Digan mis pe- sares tristes. . Repitán mis penas. crueles. Muera quien vive. Muera quien vive. Viva quien muere. Viva quien muere. Pues en penas tristes. Pues en penas tristes. Pues en males crueles, Pues en males crueles. La muerte será consuelo La muerte,. (a la vida. La vida será rigor de la La vida será, (muerte. Aunque estén sordos los Cielos, buclvan, decir mil veces. Muera quien vive, n , Por qué ha de morir en aleves prisiones, quien solo con ceños, con iras, rigores, enciende los rayos, del Dios de los Dioses? Por qué ha de estar donde niegue al Mundo sus resplandores; llegando a dudar la noche, y el día; aquella que es dueño de días, y Qué hará la tierra, si falta (noches? a sus plantas, y a sus flores, (cu aja, el suave explendor que dulce las y el bello matiz, que benigno las do- Cómo han de correr las fuentes, (re? en consonancias acordes, si perlas, que ufanas, y alegres las rien, veis que cerrada, y triste las llore? Como ha de mover la esfera, su eterno brillante orden, si ceño tirano de eclipse funesto, los Polos que mueven su círculo es- Por qué ha de morir (conde? en aleves prisiones, quien solo con ceños, con iras, rigores, enciende los rayos, del Dios de los Dioses? No morirá, pues mi amor penetrará aquella Torre; (los, de cuya altura medrosos los Cie- temiendo que lleguen sus pontas en- Y sobre este hermoso Cisne, (cogeno. que el aire puebla de albores, de cándida nube, mullida la nieve, la esfera del fuego verá que la rompe. Y así animado Bajel, tus blancas velas descoge, (guras, que en mis suspiros, y en Leda ase- el viento en mis ansias, y felice tú Por qué ha de morir, (norte. Dura suerte! Triste mal! Cruel dolor! Fiera fatiga! Ay Ycaro! Ay alevoso dueño de las ansias mías! a consolarte no llego, señora, y aunque podía no hacerlo, por la razón de que tienen mis desdichas tan ocupado el aliento, en el pesar de sentirlas, (que hasta la respiración, su breve senda limita) no es por eso, sino porque a la aleve tiranía de una estrella tan airada; quien en templarla porfía con el consuelo, el consuelo mas que la templa, la irrita. Dices bien, o quién pudiera saber si fue aquella ira, lo que han temido mis celos! Que fueses, señora mía, tu condenada del hado, por Princesa, a quien fatigan, siempre los crueles destinos, no es mucho; pero Florilla, una mondonga, con quien jamás los Astros se tiran; por qué ha de padecer riesgos de persona Real? No miras, que hay suerte tan rigurosa, que no solo martiriza, al que aflige, sino que su contagiosa nociva rabia, a los otros su daño inficiona, y participa? Y no me dirás, en que pasaremos la porfía de las horas? . En llorar. No hay ojos para dos días, O si el pesar, afligiendo al corazón con tal prisa fuese, que el llanto acabase de derramar esta vidal Ay de mí! Pues te paseas, ya cumples con la precisa obligación de los presos. Si no me engaño, se mira por una de estas ventanas, la rigurosa, la impía prisión de Ycaro. Ah tirana! que ya yo sé lo que miras. Y como, por mi sospecha, a declararme con Libia no me atrevo. Cantaremos? No sé por donde. Qué ira! Procure. Qué sentimiento! Alcanzar. Qué tiranía! Cantaremos? A saber. Qué pesar! Señora mía, acaso te ha puesto sorda la Torre? qué más haría un calabozo? Cantad, por si su melancolía se templa: de celos rabio. A otro lado determina mi dolor ver, si es que halla alguna seña, que diga. (cuentro, Dónde estás, que no te en- perdida libertad mía, mas qué mucho si te esconde la prisión de mi desdicha. Quién te dijo que cantases? y ya que sin orden mía lo hiciste, quien a tu voz el tosigo dictaria, de un concepto, que ajustado, a mis penas enemigas, oráculo cruel numera su dolor? Yo no entendia. Reventó el volcán. Qué fuera de disgusto! Qué porfía! La letra; pero irá otra; que para eso se alista, variedad de ellas en el facistol de la almuadilla. Cómo, si aquella es la Torre, en que le cerraron, fía tampoco a los accidentes, que no sale a que la vista pruebe a ejecutar la propia diligencia que la mía? Como no buscas tu amante, descuidada Torrolilla, cuando sabes que te espera, en esa rama vecina? Villana, viven los Cielos que tu descortes porfía acabe. Señora, tente. Como otra vez atrevida prosigues, sabiendo que mi tormento martitiza esa voz? Si yo supiera. Vete de aquí. Atiende. Mina. Idos todas, nadie quede conmigo. Si al dolor fías todo el aliento. Ninguna quede. Vámonos apriesa. No os vais? Bien a mi pesar te dejo; porque adivinan mis celos tu intento: voy a ver si el hado me guía alguna parte, por donde alcance a ver mi desdicha a Ycaro, para culparle su aleve, su fementida traición, pues que desde Atenas arrojada, y fugitiva, sabe que ando por su amor disfrazada: estrella impía, cuando has de cansarte? Ya, que consienten mis desdichas el corto alivio, de que sola quede ; pasión mía, que haremos pues, cuando yo todo mi desdén rendía a la persuasión; qué pena! de aquel joven, qué porfía! quiere el hado, que no solo la sinrazón se le siga de la prisión, sino que el alivio que podía tener en mirar, qué ansial procurase hallar su vista desde su Torre, ventana, que descubriese la mía me falta, y aunque sirviera de consuelo, el que podía ser su fábrica de fuerte dispuesta, que no permita el que se registre nada desde ella, me le quita aquel recelo tirano, que pudo obligar a Livia a enojarse tanto, que era muy impropia ira, para cariño de hermana, vuelva otra vez mi aflígida pena, a mirar desde aquí. Lo que se ve, es cristalina mansión del Mar, alterada de la rigurosa ira de los vientos, rotos pinos, sirtes crueles, rocas frías. Desde aquí bosques, y selvas, en cuya quietud se miran frutos bellos, dulces flores, que cerca está, que vecina de un elemento, y de otro, la quietud, y la fatiga, para que componga esta inabrigable armonía. Desde aquí se ve, que pena es mirarlo! la porfía de Periandro, que anfioso, en acecho a mi desdicha andas procurando verme: qué siempre aquello que irrita se halle, y no lo que consuela! Desde aquí, si no es que finja el ansia, a Ycaro veo; ál es, pues que me lo avisa aquel desigual rumor, con que el corazón palpita. De su Torre a una ventana está, pulsando la lira: o quien pudiera decirle para templar sus desdichas! . Ay amado dolor? ay fiel fatiga! ay dulce sentimiento! ay Leda mía! No me atrevo a responderle, pues mi decoro peligra si me escuchan, y más cuando dirá, si me oyere Libia. a o . Ay tirano dolor ay cruel fatiga! ay dulce sentimiento! hay pena mía! Esta evidencia que oigo, mis recelos acredita: de la ventana apartarme quiero, por si su malicia quiere examinar mi pena, que no pueda descubrirla; veré si ella se desvía de adonde está, no me oiga, si es que con ella repita. 3. Ay amado dolor,. Hay tirano dolor,. Por estotra parte; pero qué es lo que mis ojos miran! Qué hermoso pajaro aquel será, que de la vacia región del aire, animado buque con sus velas rizas navega el inmenso golfo de tanta inconstancia fría? Y diferenciando rumbos, aquí se acerca, y desvía, a tornos de pluma, y nieve, la vaga mansión matiza. Y ya veo, que acercando mas su cándida porfía, sobre la Torre parece, que no solo se termina su vuelo, sino que hay triste! amainando las tendidas velas, en la Torre entra: huiré de tan peregrina novedad; pero el asombro, el espanto, la fatiga, el susto, el ansia no deja movimiento: Flora, Libia. No temas de quien viene rendido amante, a la prisión injusta de aleve Cárcel, a crecer tus victorias, no tus pesares. Quién eres monstruo engendrado entre especies tan distintas, que con pluma, y voz, aliento, y alas, vuelas, y suspiras? Quién eres? que aunque pudiera acordarme la fatiga de tu tempestad, tu voz, cuando te mostró mi ira el mismo ceño, que ahora, en mi condición esquiva, es impropio conservar memoria, aún de mis desdichas. Y pues acordarme puedo, solo, de que a tus porfías cerré el oído, no juzgues, que porque la tiranía de tanta prisión estreche la desgracia de mi vida, has de hallar con la desgracia, menos constante la ira. Por qué más iras buscas. que mi tormento, si en su siempre callado dolor atento, yo propio me castigo lo que me quejo? Por acentos no pases estos suspiros, y pues son los postreros ayes que animo: bástenme que sean muerte, no sean delito. De ese cándido Cisne sigo el ejempio, pues mi acorde ansia, mi suave acento, mezclado en lo que canto, va lo que muero. Estas voces que el labio vierte cobarde, aún más que por alivio por muestra salen, de las llamas que dentro del pecho arden. Y así. Suspende el acento, que tanta traición anima; cierra el fementido labio, que tan torpe voz pública, no des ocasión, a que volviendo el rigor en ira, me castigue yo a mi propia, la inculpable tiranía, que así te ciega, tomando de mí, venganza en mi vida. Vive tú, muera solo quien tanto siente, que sus eternos males la vida crecen, y solamente vive, porque padece. Di, qué intentas? Esperar. Dime, qué esperas? Sentir. Qué puedes lograr? Morir. Y si mueres? Adorar: porque en el pesar de mi eterno amor, caber puede en su dolor, adorar, sentir, morir, y esperar. Vete. Cómo podrá el alma? Huye. Cómo huirá la vida de un cónvate tan divino, que en la dichosa porfía de su soberano riesgo, quién más huye, mas peligra? Pues daré voces. Tampoco te valdrán, pues confundidas quedarán con los acentos de la imposible armonía, que aquí me asiste; de suerte,. que las quejas que publican, la escondan, y las quejas que yo padezco repitan. Cielo airado. , . Dueño mío. No consientas. , . No permitas. Que mis males. , . Que mis ansias. Baldón sean. , . Sean desdichas. Cielo airado, no consientas, que mis males baldón sean. , . Dueño mío, no permitas, que mis ansias, sean desdichas. Sordos Dioses. , . Claras luces. Cómo crueles , . Cómo activas. Dais alientos. , . Dais rigor. A este aleve? , . A esta enemiga? Sordos Dioses, como crueles, dais alientos, a este a leve? , . Claras luces, como activas, dais rigor, a esta enemiga? Huiré de ti. Seguirete, hasta que las ansias mías te merezcan. No es posible. La piedad a mis fatigas. otra vez mi voz pregunte. otra mi acento repita. Di, qué intentas? , . Esperar. De mí; qué esperas? , . Sentir. Qué puedes lograr? , . Morir. Y si mueres? Adorar. Por más que ande tu deida en mentidos fingimientos, no has de lograr más fineza; que esta violencia del ruego, , . Aunque en el pesar de tu eterno amor, caber pueda en su dolor, adorar, morir, sentir, y esperar.

JORNADA TERCERA

JORNADA TERCERA Padre, y señor, deja, que pues mis rigurosas penas no me permiten que viva, me permitan el que muera, Deja que de esta ventana, que nos dejó la severa piedad del Rey, arrojado al Mar, mi sepulcro sean las espumas, no cruel lástima me estorbe. Cesa, Ycaro: de cuando acá tú con tan loca impaciencia te precipitas? Aparta. Hijo, tente, mira. Suelta, que he de ver si acaso basta el Mar, para una pequeña vida. Estás en ti? No estoy en mí, que si en mi estuviera, no bastara la razón a contrastar tan inmensa crueldad: mi delirio solo es, quien la vida alimenta. Sosiégate. No es posible el que yo sosiegue. Alienta. Cómo he de alentar. Descansa. Señor, es en vano. Prueba a decir tu pena. Eso si haré, pues repetir penas, aunque hay quien dice que alivia, yo sé muy bien que atormenta. Mirando estaban mis ansias afligidas, desde esa ventana, la fuerte Torre, en que esta encerrada Leda, por si acaso descubría, como otras veces en ella, al dueño hermoso del alma. Muy bien disculpada queda tu pasión, pues que merece Libia, que tales finezas paguen las suyas: no extrañe nadie, que la pasión ciega de mi hijo disimule, pues cuando el honor se arriesga de una Dama, debe un padre poner los medios que pueda, sin faltar a su respeto, conducir para la enmienda: Qué me dices? Que te engañas, si que hablo por Libia piensas: mirando estaba repito, la Torre, cuando en la esfera del viento: un Ave descubro, cuya hermosa ligereza, rodeando a nevados giros la alta, la sublime esfera, que en ella arde, mariposa, de su dulce incendio era, y después que varios tornos hizo, alagando en diversas puntas, el suave apacible peligro de tanta hoguera, fue tan feliz, que logró entrar, donde la conceda, la fortuna de la llama, el honor de ser pavesa. Yo, que veo cuanta más razón mi dolor tuviera, para conseguir tal dicha, midiendo la diferencia, que hay de una ignorancia brutas a una suspensión atenta. Desesperado, envidioso, de que las alas excedan en mérito a los suspiros, y las plumas a las quejas, he de arrojarme a las ondas, porque ya que no me sea posible, imitar mi suerte, su felice ligereza, posible me sea morir: si no es que mi dura estrella permite, que aún ese golfo, monstruo horrible, en cuya inmesa crueldad caben tantas vidas, la mía admitir no quiera. Y así resuelto, constante, atrevido, loco. Cesa, pues cuando juzgas que está tu desgracia más ajena de poder tener alivio, tiene el alivio más cerca. Puede haberle? Si le hay. No le dilates. Espera, miraré si es que las guardas, cuya prolija asistencia, por no perdernos de vista, todos nuestros pasos cuentan, están de suerte distantes; que escuchar mi voz no puedan. No es posible, que nos oigan por esta parte. Por esta tampoco, pues a bastante distancia, allí se pasean. Habla, pues, Dime, al entrar en la prisión, no te acuerdas, te dije, que este pesar, Ycaro, no te afligiera, pues burlaria mi industria, sus rigores bien apriesa? Bien me acuerdo; pero como nunca más me hablaste en ella, temí que algún accidente no prevenido, la hubiera frustrado. Di, para qué has presumido, que era el haber traído ocultas, cuando entramos aquí, estás plumas? Para ejecutar alguna de las diversas fábricas, con que tu industria mañosa se divirtiera. Y dí, para que será haberle ido hurtando a esa antorcha, que nos asiste, alumbrando la funesta prisión aquel derretido humor que allí la alimenta, y tan desagradecida a su luz, que a un tiempo era; repartir el beneficio, y experimentar la ofensa? Será, para que no habiendo instrumentos, y materia con que ejércites el arte de labrar Estatuas; venga a suplirse con la suma docilidad de la cera. No ha sido eso. Pues qué ha sido? Oye, y sabrás la más nueva industria, que pudo el arte hallar entre la experiencia: y no le quite el ser rara la opinión de verdadera; pues elegantes escritos, y autorizados, esperan ser Coronistas de tanta averiguada extrañeza. Yo, en los ratos que he mirado divertida, la despierta vigilancia de os Guardas, (observando antes mi ciencia, para este arrificio, modo, medidas, puntos, y reglas) estoy labrando unas alas, con tan rato arte dispuestas, que en él se ve renovada, la grande naturaleza. Empiezan pequeñas plumas su fábrica, y de pequeñas, van creciendo a proporción hasta tener la perfecta medida, que necesitan, uniéndose las extremas puntas suyas, con la asable venignidad de la cera, afianzada en el torcido cañamo, que las sujeta: después ladeadas un poco, para que cóncabo tengan, en que recibir el suave viento que llegare a ellas, Estas se han de acomodar en los hombros, de manera, que dejen libre el impulso del brazo, que las gobierna: y estando bien colozadas donde digo, es cosa cierta, que saldremos, de la injusta prisión, en que estamos, Cesa, padre, y permite que el alma, (ya que no sabrá la lengua con su limitado estilo, agradecer tan suprema merced) te explique cuan grande mi agradecimiento sea: pues de este modo podrán mis amantes ansias tiernas, llegar a la soberana, a la venturosa esfera donde Leda está. Detente. Y podré lograr? Espera, que aunque has oído la industria, que escuches el riesgo queda; y pues la fortuna sabes, es bien que el peligro sepas. Yo he de ir delante de ti, y tú has de observar la misma línea que llevan mis alas, sin que te desvíes de ella; porque si mucho te bajas, con la humeda marea de las ondas, cera, y pluma, que se destemplen es fuerza. Y si también subes mucho, y con el Sol se calienta, ya conoces que es igual el peligro de la cera. Entre dos extremos, vas bien, porque de esta manera, ni los ardores derritan, ni las aguas humedezcan. Ni abajo mires, ni arriba, pues igualmente te arriesgas a desvanecerte, cuando el vago golfo navegas, si mirares las espumas, o mirares las estrellas. Esto has de hacer, y pues falta para que a perfección venga, instrumento tan extraño, solo de hoy la tarea, quiero proseguir. Repara, en que las guardas se acercan. Disimula. 1. En qué se pasa el tiempo? Son tan ligeras . sus plantas; pero mal digo, sus plumas, que aún la severa quietud de un aprisionado, no las siente, no las cuenta. 2.Oráculo es su palabra. 1. Por reconocer que sea mas estorbo, que no alivió, aquí la plática nuestra, nos apartamos. Muy bien hacéis, pues nada consuela a un triste más que estar solo. 2. No le ha de valer su ciencia para salir de la Torre. Ya van tomando la vuelta, asegurados de que sobran en su Centinela. Y así, Ycaro, mientras yo voy perficionando esta maravilla, que ha de sor milagro a las venideras edades, puedes cantando, como otras veces, dar vuelta, y en conociendo que vienen (guen. avisarme, porque a verlas no lle, Bien descuidado puedes estar con mi atenta vigilancia: ea fortuna, ya poco tiempo nos queda, para averiguar si es varia, o constante tu rueda, pues mi desdicha hasta ahora, siempre fija te contempla. No cantas, Ycaro? Ya te obedezco, y ten gran cuenta con mi voz, porque ella propia, con el concepto que encierra, te avisará cuando hay riesgo, y cuando proseguir puedas. Artificiosa abeja, que del néctar fragrante, tu panal compones, pica, pica las flores: pues en tanto que el céfiro dura estás bien segura, que no se marchiten, que no se deshojen. Abejuela, que mañosa, disimulas tus traiciones, y entre apariencias de alago, tu cólera aguda escondes: pica, pica las flores,. Con qué propiedad que junta, Ycaro, en aquella letra, la diversión, y el aviso, y en metáfora de abeja, en tanto que de las flores, liba el apacible néctar, me está asegurando el susto, del peligro que me acecha. Cuando chupes el rocío, que el tierno nácar recoje, y en copa de ambar bebieres, perlas que el Alba compone: deja, deja las flores. pues si el céfiro suave no dura, aún no está segura, que no se marchiten, que no se deshojen. De que lo deje me avisa, sin duda las Guarndas llega. 1. Rara dulzura. 2. Su acento aprisiona, y embelesa los sentidos. 1. De este modo divierten ambos sus penas. Prosigue en tú afán constante, pues ya logras que le ignoren, del cierzo las asechanzas, y los sustos de la noche: pica, pica las flores, pues en tanto que el céfiro dura, estás bien segura, que no se marchiten, que no se deshojen. Ea noble industria mía, esta fatiga postrera de tu fábrica admirable, último término sea. Si venturosa consigues, que el glorioso afán se logre, bien mereces que a tus alas mas alto asunro corone: deja, deja las flores, que si el céfiro suave no dura, aún no estás segura, que no se marchiten, que no se deshojen. Ya lo dejara, aunque tú quien me avisara no fuera, pues ya veo senecido su artificio. No se pienda. instante, que suele ser uno, solo quien arriesga las más veces, que se logren las acciones que se intentan. Y así, padre, pues, parece, que el viento benigno templa. su calidad, sin que pase. mas que a susurro su fuerza, y las Guardas retiradas no se descubren. . Espera, Ycaro, que la estación en que está el día, no deja tiempo para nuestra fuga, pues tocando la postrera línea de su luz, y estando ya tan vecina la negra noche, con el ceño oscuro de enmarañadas tinieblas, es peligroso el salir, pues aunque la dicha nuestra lo logre, no descubriendo con cierto aviso, la tierra que tomamos, es mayor el riesgo a que nos condena el peligro de las ondas: y así cuando mal despierta el Alba, dicte a la Aurora dulces cláusulas de perlas, y ella las vaya enseñando, en suave catedra tierna, a fuentes, aves, y flores, a riscos, troncos, y peñas, saldremos. . Ay de mi triste! que rabiosa es la impaciencia, que acompaña a un desdichado, si mira el alivio se acerca. Ycaro mío, otra vez, y otras mil a decir vuelva. Qué, señor? Que a mí me sigas, porque temo. Nada temas. Que estas ondas. Es en vano. Han de tomar, Qué recelas? De ti. Es pensamiento injusto. Es cobarde sospecha. Plegue a Dios, no haya quien diga Oh cuanto hierra, quien con barquilla pobre el ancho Mar navega! pues lleva, para golfos de ardor, alas de cera. Oíste el presagio aleve, que ajustándose a la adversa fortuna, que nos persigue respondió? La vida tiembla al escucharle, y la voz en el labio tituvea: el corazón se quebrantas y parece que disuelta, esta humana architectura al frío sudor que engendra la congoja, se deshace, desvanece, y enajena. Y si es que alguna razón puede pronunciar la lengua, solamente es la que dice: , . . Oh cuanto hierra, quien con barquilla pobre el ancho Mar navega! Quebrantemos estas alas, en cuya débil materia fundamos la confianza, falten ellas, pues que ellas ocasionan nuestro susto, creyendo que se dijera esta vez por su artificio: , . . Pues lleva, lleva, para golfos de ardor alas de cera. No las rompas, que si es indisoluble sentencia, que puso el Cielo, en los fijos renglones de las estrellas: y no hay para su decreto recurso, ya que no pueda romperse, pueda a lo menos hacerse ilustre la pena. Muramos; pero muramos con especie tan suprema de muerte, que llegue a ver vida que envidia la tenga. Dices bien, demos al aire las alas, sin que se crean vagos baticinios, que quizá el aire los engendra. Sin que turbe. Sin que estorbe. Sin que ataje. Ni detenga. Eco fatal que publique. Voz que repite agorera, , . Oh cuanto hierra, quien con barquilla pobre el ancho Mar navega! pues lleva, lleva, para golfos de ardor, alas de cera. Aguarde allí retirada la Músiza que llevamos, para que como otras veces la han oído, aquí el engaño al venir juntos, se pueda disimular; mientras tanto que damos vuelta a la Torre, para que bien resguardados de sus Centinelas, logre su fin, mi noble cuidado. Están todos prevenidos? Todos quedan convocados, y al punto que oigan la seña, que les avise, el asalto darán a la Torre. fortuna, hoy está en tu mano, como otras veces, mi vida; pero ya diferenciando ser este el último esfuerzo, que hace mi valor, llevado de mi cariño, siquiera. hoy, asístale tu amparo. Señor, mira lo que intentas, que yo sin fuerza me hallo para ayudarte, pues soy desde que nací, pesado para estas manifaturas de escalas, trepas, y asaltos: ayudete por lo menos, en darte consejos sanos. Qué se te da a ti, que Leda cerrada esté? si los hados lo han dispuesto, qué te metes tú, señor, en quebrantarlos? Déjala estar a la sombra, que quizá la está aguardando algún tabardillo a fuera, si sale por esos campos. a caza, como las más Princesas hacen, y vamos a dormir, no la despiertes, que es un prolijo agasajo, aunque lleve la intención de que la libres. Villano, calla, o vete. Lo segundo haré. Ven, Lidoro, dando vuelta conmigo a la Torre. Oscura noche, Los pasos que doy, parece los piso con piernas de manjar blanco. Nada sueña. Cómo, que nada suena? por el Santo Apolo, que acá en mi miedo, hay un ruido temerario. No hay Astro que se descubra, y parece que asustados se esconden, solo las sombras, llenan el funesto espacio del viento; ni bruto se oye, ni Ave nocturna cruzando el airé gime, ni el lento, el leve susurro manso del céfiro de las hojas, inquieta el leve descanso. Mudos corren los arroyos, y sin que pueda escucharlos, la que los espera, ansiosa vigilancia de los prados. Todo es quietud, y silencio, solo se oyen apartados ecos, que dulces alternan. Oh cuánto hierra, quien con barquilla pobre el ancho Mar navega! Qué conforme a mi dolor la letra es! pues empeñado se ve en el piélago inmenso, de los desdenes tiranos de Leda, con la pequeña barca de mi triste hado: siendo el riesgo tan seguro; como aquel que temerario, el Sol asaltar intenta. , . . Pues, lleva, lleva, para golfos de ardor, alas de cera. Vamos por aquí, Lidoro, reconociendo los pasos de la Torre. No se llame amor el que ha perdonado fineza alguna, aunque sea rindiendo, y abandonando su deidad: dígalo yo, que así desciendo del Sacro Solio, arrancando una estrella de sus Pabellones claros, no solo, a adorar de Leda los desdenes soberanos, sino celoso a saber, si es que ayuda lo tirano de su ceños el que se ocupe con otro fino cuidado, mas feliz que el mío, pues, lo dio a entender el extraño rigor, con que a mis finezas resistió. h - Oh es engaño de la vista, o miro un bulto. Bulto no más? un bultazo es, que tiene de andadura mas de trece leguas. Pasos siento. Reconocerele? No, Lidoro, pues si acaso es alguna Centinela; ha de llegar a empeñarnos, o en conocernos, o en que se inquieten, por evitarlo los demás guardas, y así se aventura en los dos casos nuestro intento; mejor es el que sin hacer reparo nos retiremos. Y como que es mejor. Voyme acercando. Centínela es, pues se llega, y así antes que obligados. a responder nos hallemos, sígueme, Lidoro. Vamos, y muy apriesa. Que en viendo. por estotra parte el Campo, asaltaremos la Torre. Ya te sigo. Ya tomaron la vuelta, y sin duda son las guardas, cuyo desvelo, aseguran todo un Cielo, cerrado en una prisión: para que en los dos, qué pena! se encuentre la suerte esquiva, de aquella cerrada vida, y arrastre yo la cadena. Válgame amor! si habrá sido en su desdén irritado, padecer yo despreciado, ser otro favorecido? Suspéndete pena atroz, en tan cruel triste agravio, mira que no puede el labio, con la llama de la voz. La Torre es esta, y aunque subir a ella podía, quiere la sospecha mía examinar, si es que ve seña alguna de sus celos. Mas como puedo advertido, ver nada; si se han vestido. lugubre capuz los Cielos? Jamás la negra porfía, de la noche cubrió tanto, con su señoliento manto, el claro rostro del día. Una sombra a otra atropella, con tan tupido embarazo, que con el estrecho lazo, aún no respira una estrella. En tanto que el explendor del día acierta a lucir, salga mi ardiente sentir, a suspirar su dolor. Si podrán oír mis desvelos. algo, que les asegure? Con el silencio procure ver la rabia de mis celos, si con el cuidado Leda, sale a la ventana. Quiero ver y si con el lisonjero silencio, oír la voz puedo. de Ycaro, Todo es calma, muda, torpe, y soñolienta. Nada vive. Nada alienta. No sé que me dice el alma. Ea, sonora armonía, ve donde mi dueño está. . Si el aire responderá a mi duda? Ay Leda mía! Mas qué he oído? Qué he escuchado? Ya se logró mi desvelo. Seguro es ya mi recelo. Cierto ha sido mi cuidado, O quién pudiera decirle, que estoy aquí. O quién pudiera saber, quien el dueño era de esta voz! Rabio al oírle. Mis quejas desdichadas, oye divina Leda, para que con el gusto, de que las oyes muera. Ohielas, y si acaso a tus piedades llegan, me dirán la distancia, que hay de desdicha a queja. Ay de mí! ay de mí! ay de mi pena! si por aire, los aires se la llevan. Que ignore aquí mi tormento, voz, que mueve su crueldad, como puede ser deidad, deidad que ignora un acento, y qué sufra sin vengarme? Que esto oiga, sin descubrirme a este aleve? Que en mi firme fe, no pueda declararme? Cuando en las tempranas hume decidas perlas, destrenzare el Aurora su desvelada greña, verás que mis suspiros, apresurados vuelan, a que en tus dulces aras, tierno holocausto sean. Ay de mí! Ay de mí! ay de mi pena! si por aire, los aires se la llevan. Ya no puede más la ira disimular el tormento: salga el volcán, que oprimido deshace en llamas el pecho: y pues por la oscura noche, no puedo saber el dueño de mi dolor, he de ver sin ella, si saber puedo, quién es tan feliz, que log quejarse como me quejo; y así, pues a mi poder rinden sujeción, los Cielos, consultando con mi arbitrio, sus iguales movimientos; prevertido el regular orden, constante, y eterno, que han conservado adelante, el Aurora los reflejos de el Sol, para que descubran su cruel motivo mis celos: no dure la noche más, de lo que ha durado, haciendo que se desencajen todos los Orbes con este acento. Ah del arrebol luciente, que en armoniosos reflejos, restituye lo que hurtó, la noche con su silencio? Ha de la llama fragrante, que tierna va previniendo los montes, porque después los vaya dorando Febo? Ha del Aurora? . Quién llama? Júpiter soy, cuyo ruego te persuade a que sacudas los parpados soñolientos, para que tu luz descubra, quién es el tirano dueño, que logra ser tan feliz, que sabe matarle a celos. Despierta, aunque se adelante tu regular movimiento, y destierra con tus luces la sombra. e. . Ya te obedezco. Qué impensada luz descubre su explendor? Qué dulce estruendo se oye en el aire? Qué rara claridad, inunda el viento? 3. Cómo se adelanta el día? Qué prodigio! Qué portento! Para seña suave, de que la tierna Aurora el hemisferio dora, porque la noche acabe, ya sacuda su blanda pluma el Ave. Ya la rosa no siente el cautiverio helado, y el botón asustado entrega al nuevo Oriente, el nácar de sus hojas impacientes. Ya la fuente desata su aprisionada risa, y como el Sol la avisas, alagueña dilata, al margen verde su fecunda plata. Ya desasido el viento, de la muda tiniebla, los Horizontes puebia con su apacible aliento, siendo sucurro acorde movimiate, Y los vientos, las fuentes, las rosas, las aves, dicen a un tiampo, con sucurros gorjeos, con risas, y fragrancias en dulce armonía, que ya viene el alba, que ya viene el día. El día se ha adelantado. Cómo amanece tan pesto? Rara noveda Tadmiro! Pues el seguro silencio, en que reinaba la nache, se ve de la luz deshecho. (fuentes, , . Y los vientos, las las posas, las aves, dicen a un tiempo, con sucurros gorjeos, con risas, y fragrancias, en dulce armonía; que ya viene el alba, que ya viene el día. Ya Júpiter, ya puedes. ver con mis claros reflejos, quien tus celos ocasiona, y tu agra Ya lo veo pero mirando la ofensa, y el hermosísimo dueño, que me la ocasiona, casi- de la ofensa no me acuerdo. Y así huyendo de sus ojos, atenderé a mi tormento, y apartados de su hechizo, podrán arder más los celos. Y ese joven venturoso verá, que aunque vence al ceño de Leda, vencerino puede, ni mis iras, ni sus riesgos. Teman, teman las ondas, teman, teman los vientos, porque Júpiter arde en llamas de celos. El exceso de la luz turba con rumor violento la vista. Y en su suspensión se ha reducido el aliento. Todo es prodigios el aire. Ycaro, ven que ya es tiempo, de lograr la dicha. Este mi padre es, qué me detengo en ir a entregar al aire mi esperanza? Un torpe hielo discurre en las venas. Hijo. Ay Leda mía, que presto he de morir, o he de ser dichoso! A mover no acierto las plantas. Toda soy susto. Cuando escucho. Cuando atiendo. Lidoro, por la Marina, pues ya cogido el estrecho de la Torre está. Traición, traición, Soldados. Qué es esto? Arma, guerra . 1. A la Marina, 2. Al Foso, 3. Al Muro. 4. Al Estrecho, 1. Traición, porque Beriandro asalta la Torre. Cielos! qué rumor será este?sa Júpiter con sus extremos, a violentan vuelve? Ea. Leda, ingratísimo dueño, a librarte van mis ansias, que aunque tus desdenes bellos me maltraten no es lo mismo tu ingratitud, que mi empeño. Esto más, fortuna? Y pues me asisten tus ojos bellos, segura está la victoria. Arma, guerra. . Por el puesto; que al Mar confina, es por donde nos han salido al encuentro. Seguidme todos. . Yo, no soy todos, y así no quiero seguirte. Qué confusión! Qué escándalo! Qué gran miedo! Dónde estás, Ycaro? 1. Guardas de la Torre, que hacéis, viendo que Ycaro, y Dédalo huyen de la prisión? otro nuevo susto? 2. Seguidlos, 3. Pues quién ha de seguir, si en el viento humanos pájaros vuelan? 4. Qué prodigio! Qué portento! Hijo, de mí no te apartes, Ya te sigo. Teme el riesgo, Qué sufio! Qué sobresalto! ero A ellos, Lidoro, Que bien que me estoy quédito, mirándolo desde lejos. Ycaro. Ya no me llames, que pues que libre me veo de la prisión, entregados al aire mis nobles vuelos, y descubro en esa Torre a Ledas mi dulce dueño, no he de seguir ese rumbo, sino asaltar sus luceros. Mira que te pierdes, hijo, teme tu fatal despeño. Mas qué veo? Mas qué miro? No es Ycaro, el que los vientos navega? No es el ingrato origen de mi tormento aquel que los aires cruza? Qué pájaro extraño, y nuevo es aquel, que vuela, y habla? Papágayote casero, déjate coger, verás, que contigo me enriquezco. Trae junto a mí las escalas, que yo he de ser el primero, que asalte la Torre. Al arma. Todo es asombro, y estruendo, lo que se mira, y se oye. Vuelen, vuelen mis pensamientos, y en los brazos del aire crecará el fuego. Toda soy un hierto tronco. Toda soy un mudo hielo. Lléveme el aire, pues ligero viste las plumas de mi deseo. Suba a la esfera del dulce incendio, donde los rayos alombran tiernos. Vuelen, vuelen mis pensamientos, Ahora verás tu castigo, pues el ardor de mi fuego, con sus luces deshará, Ycaro, tu atrevimiento. Hacia la Torre se llega. Oiga lo que va subiendo, sin duda que saquear quiere un nido de vencejos. Ánimo, Lidoro amigo, pues que ya cerca nos vemos de la Torre. A la Muralla. . 1. En vano nos defendemos. Ay de mi triste! pues los reflejos, del Sol perturban, mi noble vuelo. Con que inflamado, mi triste aliento, solo el suspiro, dice en el pecho: Vuelen, vuele mis pensamientos,. Ay de mi infeliz! parece, que en desigual movimiento, el que empezó fácil giro, prosigue veloz despeño. Ay triste! que las ligeras plumas, que mañosas fueron las que le libraron, ya caen arrojadas al suelo. Si te desplumas, no doy dos cuartos por tu pellejo. Ay Ycaro! Ay de mi triste! Ingrato, pues que yo peno, pena tú. Muera de ardores, pues que yo de ardores muero. Ay de mí! que ya sin ordene tirubea. Ya deshecho el prodigioso artificio de las alas por el viento zozobra. Ay triste! mas como halla piedad en mis celos? Ya es tiempo de que escondas, Mar, en tu golfo ciego, este amante infeliz, llegue su fuego a darle nombre a tus saladas ondas, y cuantos te surcaren, y tus rizas espumas las cortaren, con quillas embreadas, a tu piedad fiadas, digan, este es sepulcro cristalino, que en urna de cristal puso el desti- de Ycaro, enamorado, (no que muere, sin que pueda gozar la luz de su adorada Leda. h . Ay de mí! que ya arrojado a las ondas cae, y veo, que Júpiter vengativo ha sido la causa. Cielos! ya mirando tal desdicha, en piedad el rigor vuelto, muero de pena. Ya están vengados mis sentimientos. Ycaro, hay triste! la voz se ahoga con el tormento. Para mayor pena viven mis congojas. Entrad dentro, . y libertemos a Leda. Quién vio tales cosas? Cielos! otra novedad? Seguidme: ea ingratísimo duaño, libre estás, que mis fortunas, compiten con mis desprecios. Ven, pues, en la quiera orilla del Mar, prevenido tengo un Bajel, para que huyamos los rigores. Ya no quiero vivir. Mira. No procures sacarme del cautiverio, en que estoy, porque mis ansias; Advierte. Ya nada advierto. Pues perdona la indecencia, que quien osado, y resuelto, se atrevió a asaltar la Torre, no ha de permitir, que el riesgo se malogre con dejarte y así conmigo te llevo. Seguidme, Soldados míos, y traed cuantas el centro de la prisión damas suyas esconde. Válgame el Cielo! No podrás, porque yo haré, que se atajen tus intentos. Rara baraunda suena en toda la Isla. Diciendo. Arma, guerra, que a la Infanta llevan robada. Al encuentro salid todos. Ay de mí! que al opósito saliendo el Rey impide. Oh fortuna rigurosa! Qué es aquesto? Una traición. No es traición, redimir de un cautiverio una inocente hermosuras y pues es justo el intento, al arma. 1. El Rey está aquí. Habrá más susto! otro estruendo se oye. 2. Llegad Soldados: aquí, señor, te traemos a Dedalo, el infeliz, que de la prisión huyendo, por los aires monstruo raro, amainó su corto vuelo, y le prendimos. Yo soy, quien voluntario me entrego a la prisión, pues mirando; que Ycaro, mi hijo, es muerto a manos de sus arrojos, nada pierdo, cuando pierdo la vida. Ni yo tampoco, pues aunque estuve fingiendo ser su hermana, mas dolor me llega a originar, siendo su amante, que disfrazada con este nombre, sus celos, su olvido, y su muerte, lloro, Mis temores fueron ciertos. . así amante. Y así loco. Desesperada. Resuelto. 2. Diré. A la prisión se vuelva la Infanta. Peligro nuevo. No ha de volver a la Torre, porque el destino primero, que la amenazó, se ve ya de Júpiter deshecho. . Qué explendor inunda el aire? . Qué luz se es- parce en el viento? Con la libertad de Leda, vuelva a su alegría Delos, pues se cumplió de los hados aquel riguroso ceño. Y para que asegurada quede la Isla, desciendo del Solio, donde me juran Dios de los Dioses los Cielos, para que con la venganza, y con la piedad a un tiempo, me vean compadecido, los que irritados me vieron, Y porque Dedalo, y Libia, logren también el consuelo, ya es Ycaro nuevo Astro, añadido al Firmamento. Pues digan las voces, pues digan los ecos, Júpiter viva, viva, viva Leda, viva Delos. Todo es prodigios el aire! Toda la Isla es portentos! Para mi nada es alivio! Para mi nada es consuelo! Sintamos dolor, sintamos. Esperanza cobra aliento. Júpiter viva, viva, viva Leda, viva Delos. Y yo al Sol agradecida de revocar su decreto, desde ahora me consagro Sacerdotisa en su Templo, que es justo con el Sol viva yo, que también por luceros a Castur, y Polux, he de añadir al Firmamento. Yo seguiré tus pisadas. Yo sentiré mis tormentos. Yo lloraré mi perdido Ycaro. Y yo muy contento de que ninguno se case quedaré. Yo haré lo mismo. Aunque falte la espenanza, Y pues el alivio veo. Y aunque mi desdicha lloro. Y aunque mi dolor padezco, , . Digan las voces, digan los ecos: Júpiter viva, viva, viva Leda, viva Delos.