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Texto digital de La humildad soberbia

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Guillén de Castro y Bellvís
Atribución estilometría
Guillén de Castro y Bellvís Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido modernizado por Paula Peña Navarro y Urko Sánchez Astorgano.

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Cita sugerida

Peña Navarro, Paula y Urko Sánchez Astorgano. Texto digital de La humildad soberbia. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/humildad-soberbia-la.

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LA HUMILDAD SOBERBIA

JORNADA PRIMERA

No has de casarte con ella. Pues tú lo mandas no haré, mas dime, señor, ¿por qué? Si es bien nacida, si es bella, rica, honrada. Y por querida de un alma, ¿sumo interés que es ya de los dos? Porque es tan rica y tan bien nacida, y tú tan pobre. Y no soy en mi tierra conocido por honrado y bien nacido, ¿supuesto que pobre estoy? ¿No soy hidalgo? Es verdad, mas no has llegado a saber, del tener y no tener, que da y quita calidad. Pues si con prenda tan alta pudiese señor casarme, con su hacienda podrá darme la calidad que me falta. A estar en solo su mano eso que dices sería, mas está doña María sujeta a padre y hermano. Es muy rica, y sus parientes tales, que del Rey lo son. Y darías ocasión de grandes inconvenientes. Además, que te certifico que tanto a faltalle viene al que es pobre, que aún no tiene ánimo para ser rico. Para ser Señor del mundo ánimo me sobra a mí. Yo, ha más años que nací y en esta razón me fundo. Ves aquí que te has casado con la mujer que te quiere. De tu pobreza se infiere que no es igual a su estado. Tu atrevimiento se nota, desde el amigo al pariente se ofenden, el Rey lo siente y su Corte se alborota. Si a ser perseguido vienes por armas, hijo ¿qué harás? ¿Qué bandos sustentarás si aún tu sustento no tienes? Si pretende su malicia que por pleito se defienda tu persona, ¿con qué hacienda defenderás tu justicia? Que la justicia difunta no quiere moverse a nada, sino le doran la espada desde el pomo hasta la punta. Y cuando quieras por ley verte del Rey defendido, ¿con qué cara sin vestido irás delante del Rey? Que ya para que autorice una razón puesta en duda la verdad ha de ir desnuda, mas no el hombre que la dice. No te oirá porque imagino que es él bien nacido y pobre diamante engastado en cobre, que no le tienen por fino. Retrato sin guarnición que no luce, aunque retrata reliquia sin oro o plata que entibia la devoción. Míralo bien, y verás en las cosas que te digo con cuánta razón te obligo. Y cuando no hubiera más, de que dirán que tomaste, engañaste y persuadiste mujer que no mereciste, no lo has de hacer. Baste, baste. Del todo estoy convencido. Lo que mandas he de hacer. Y ahora acabo de ver qué es ser pobre y bien nacido. Mas ya traças imagino para dejar de ser pobre, y tendranme sin el cobre si soy diamante, por fino. Mi retrato, si retrata lucirá con guarnición, y obligará a devoción cual reliquia entre oro y plata. ¿Cómo? Dejando esta tierra, si tu parecer lo abona, por servir con mi persona a Francia o Inglaterra. Pues ¿cómo? ¿Y dejarme a mí aunque la razón te sobre, afligido, viejo y pobre quieres hijo? Padre, sí. Pues, aunque contigo estoy, ya tu gusto satisfago con el gusto que te hago, más te quito que te doy. Acabaré de tristeza, hijo del alma, la vida. Antes, señor, mi partida aligera tu pobreza. Pues con irme habré escusado el sustento que me das y será tu vida mas siendo menos tu cuidado. Si con mi sudor supiera sustentarte, cosa es clara que hasta mi sangre sudaría porque tu sustento fuera. Sudarala en trabajar para darte de comer; pero sabrela verter, pues no la supe sudar. A su costa he de comprarte hacienda, y vuelto a tus ojos con enemigos despojos enriquecerte y honrarte. Con riqueza y opinión volando volveré a verte, sino me corta la muerte las alas del corazón. Pues Inglaterra y Francia tienen guerra, y tan reñidas serán mi muerte o mi vida, mi pérdida o mi ganancia. Allí romperé este lazo de nuestras miserias, hecho a puro valor del pecho y a pura fuerza de brazo. Resuelto y determinado, a esto mi persona aplico, pues tanto importa el ser rico para parecer honrado. Y porque lleve esta palma este intento que me guía, dejaré a doña María de los ojos, no del alma. Y no he de volverla a ver hasta que pueda sin miedo decirle al mundo que puedo merecerla por mujer. Hijo, ya veo esos bríos, esos altivos intentos nacer de tus pensamientos y ser nietos de los míos. Pero en mis años cansados no lograrás tu deseo. Mas pues tan rico te veo de pensamientos honrados. Ya la riqueza mayor me dejas cuando te vas, mas vivo no me hallarás si vuelves. ¿Por qué, señor? Tus temores son extraños. ¿Cómo llevará mi vida el pesar de tu partida en la carga de mis años? Derribarala el exceso de mal tan cierto y propicio; que es muy viejo este edificio para sufrir tanto peso. Haralo el cielo mejor. Ayúdeme quien me guía. ¿Qué es esto? Doña María es la que miras, señor. Señores. Mi prenda amada, ¿qué has hecho? ¿Qué te ha obligado? Un disparate acertado y una libertad honrada. ¿Qué, señora? ¡Extraño efecto! di. Tengo. Acaba. Comienza. Por mi honestidad verguenza y por tus canas respeto. Di, señora. Lo que pasa, ¿no dices? Oye, ya digo, que soy tuya don Rodrigo, y vengo a estarme en tu casa. Sosiégate. Cobro aliento. No te aflijas. No me aflijo. Digo, señor, que es tu hijo padre de mi pensamiento. Halo engendrado en mi pecho. Y mi padre, que es cruel, quiso que saliese de él, y aunque quiso, no lo he hecho. cómo el Infante de Navarra me pedía por mujer y que sería negocio tan importante y de tanta calidad, en el mundo asombro eterno. Yo, que solo me gobierno por sola mi voluntad, reparé en lo que me dijo. Temí, dudé, que en efecto fue de mi Padre el respeto y fue el amor de tu hijo. Tuviéronme un rato muda. Luego respondí turbada: “Un señor, el que se enfada de mi respuesta, y mi duda”. Diciéndome necia y loca, dijo que iría de allí a darle al infante el “sí” que no llevó de mi boca. Yo, temiendo el ser forzada de mi don Rodrigo ausente, me he venido solamente de su amor acompañada. Ampárame, pues colijo que te obligo en buena ley, pues dejo un hijo de un rey por casarme con tu hijo. ¿Qué haré? Que esta ocasión me la da para dudar. ¿De qué suerte he de pagar tan precisa obligación? ¡Ah, cielo! No te congojes. Tuyo soy prenda, querida. Sosiégate por mi vida, no te alteres ni te arrojes. Abrid, romped esa puerta. Esta casa he de abrasar. ¿Qué es esto? Cria. Puedes entrar, ya estaba, señor, abierta. ¿Quién es? Cielo soberano, mi hermano es aquel cuytada . Matarame . Esta es mi espada, si aquel, señora, es tu hermano. Oh, vil hermana. A esta injuria mil venganzas le prometo. Repórtate. Tu respeto será freno de mi furia. ¡Válgame el cielo! ¿Qué veo? Villana, enemiga, Esenta, tan grande hiciste mi afrenta que la miro y no la creo. Sosiégate, que vendrás enojado. He de saber a qué vino esta mujer antes de enojarme más. ¡Respondedme a lo que os digo! ¡Ay, desdichada! ¿No habláis? ¿Que os suspendéis? ¿Que os turbáis? ¿No respondéis, don Rodrigo? Si vuestro amor la obligó, castigaré su insolencia. De mi padre en la presencia siempre estoy sin lengua yo. Y, pues en esta jornada interrogados de vos venimos a estar los dos, yo sin lengua, él sin espada. Para excusar nuestra mengua, si él responde que sí hará mi espada defenderá cuanto dijere su lengua. Hable mi padre por mí, que yo reñiré por él. Alto pues responda él. De cólera muero. Di, ¿a qué vino esta mujer a esta casa? Yo imagino que pues ella sola vino, sola sabrá responder. Responda sola su boca, que yo no sabré decir más de que la vi venir. Responderé, pues me toca. Ayúdeme Dios. Yo digo que a esta casa donde estoy he venido porque soy su mujer de don Rodrigo. Fue mi suerte. Viome, vile, sirviome y, para premíarle, de la ventana a la calle escuchele y respondile. Y es mi esposo, pues es llano que la de honrada opinión apenas da una razón cuando promete una mano. Yo, como vi que forzada la mía quisieron dar, a quien no la ha de llevar que no se la den cortada. Huyendo del trato injusto, cuyo recelo me abrasa, me vine a estar en mi casa, pues me casé con mi gusto. ¿Con un hombre que no es bueno para escudero en la mía te has casado? Probaría como mi aliento es veneno sino fuese. Calla, espera. Que has de morir te prometo. A no tenerte respeto callando le respondiera. Señor, engañado te has porque nadie te advirtió que no tienes más que yo sino solo el tener más. Pero tengo más valor, más calidad, más nobleza, más linaje, más riqueza y más honra. No, señor. Calla. Repórtate. ¡Ah, Dios! Pero en saliendo de aquí, mi espada hablara por mí. Mira bien que entre los dos no hallarás más diferencia de ser yo pobre y tú rico; que es igual, te certifico, la sangre y la descendencia. Sirvieron nuestros pasados en un tiempo y a unos reyes, sustentaron unas leyes, tuvieron unos estados. Unas haciendas ganaron, solo los hados quisieron que los tuyos las crecieron y los míos las gastaron. Pues siendo igualmente buenos, si bien lo miras, verás que vienes a tener mas lo que ellos gastaron menos. Que en sangre y en calidad venimos a ser iguales, no lo dudes. Y, ¿en qué anales está escrita esa verdad? Luce en una y otra historia y mi boca lo acredita, que aún es más que estar escrita. Ya caduco y sin memoria. ¿Qué verdades? Señor quedo. Ya mi paciencia se acaba. Que un tiempo las sustentaba y ahora decillas puedo. Ya esto corre por mi cuenta. Y digo. Toma, villano. Haré pedazos la mano con que intentaste la afrenta. Ay, matadle. ¿Y han de osar? Señor. Hijo, eres honrado. Que sin mano me ha dejado para poderle matar. Matadle, muera. Qué vanas pretensiones. Yo soy muerta. Los que entraron por mi puerta saltarán por mis ventanas. Espera y veréis. Yo muero. Que en ocasiones honradas, los pobres dan cuchilladas más que los ricos dinero. ¿Con qué le podré ayudar? ¿Dónde vas? Quise salir para ayudarte a morir ya que no pude a matar. Ya, señor, no es menester. A nuestro honor satisfice, lo que me tocaba hice. Mira lo que importa hacer. No sé. ¿Dudas? Don Rodrigo, contigo me has de llevar. No da el tiempo más lugar. Vente, señora, conmigo. ¿Dónde vas? Que en un abismo me dejas. Iré de aquí, pues mis contrarios vencí, donde me venza a mí mismo. Una cosa pienso hacer, sino es de gusto, de honor, pues sé que tiene valor el padre de esta mujer. Quizá dará a mis cuidados remedio él mismo. Recelo algún daño. Ayude el cielo mis pensamientos honrados. vâse Mi fe, gran señor, te empeño. Que como no he pretendido merecerte aún por mi dueño, cuanto ahora has referido hasta aquí tuve por sueño. Tu mucho valor se ve y mi nobleza, aunque poca y con ser la ambición loca, no sé a quién credito de a mi suerte o a tu boca. Mas a tu boca cual ves creo y con razón me alegro; que sabida cosa es que el merecer ser tu suegro tú me le darás después. Don Álvaro, en mi presencia, pues te muestro voluntad, no apoques tu calidad; que diré con tu licencia que es soberbia esa humildad. Eres Zúñiga y desciendes como yo de la Corona de Navarra. Y pues lo entiendes, en abatir tu persona te ofendes a ti y me ofendes. ¿Tú no tienes por blasón cadenas con una barra? Pues hare restitución de cadenas a Navarra y de barras a Aragón. En todo tan liberal Dios contigo se mostró, y quiso criarte tal, que sino agotó el caudal parece que le agotó. A tu alteza los pies beso por merced tan de tu mano, digna de tan buen suceso. Y hoy, pues por yerno te gano, de contento pierdo el seso. Hoy el cielo te ha entregado a Doña María, bella de sus virtudes traslado, pues lo que has más alabado es lo menos que hay en ella. Nuestra sangre tu bondad por ser tan tuya engrandece, mas es tal su honestidad, que de un rey la calidad puesta a su lado oscurece. Su padre ser no quisiera por dalle más alabanzas. Si tan bella no la hiciera, fundaría mis esperanzas en otra que reina fuera. Pasando por esta calle, de don Álvaro un criado que estaba aquí me ha avisado. Traidor, ¿qué has hecho? Entregalle quiero a su hija. ¿Ha pasado lo que por mí, por mujer? Temo un fin triste y funesto, que por engaño me ha puesto de mi padre en el poder este aleue . ¿Qué es aquesto ? Si das licencia, señor, pues para entrar la tomé, a don Álvaro diré la sentencia que mi honor ha dado contra mi fe. Digo, diré la ocasión que en su busca me ha traído. ¡Que terrible confusión! Cielo envidioso y corrido de mi gusto y mi elección, ¿Qué es lo que veo? Mujer, ¿qué fuerza tras sí te lleva? De un ciego amor el poder. Decid, don Rodrigo. Hoy prueba de mi valor he de hacer. De tu hija la afición, don Álvaro, he procurado; y en descuento y galardón prendas del alma me ha dado, porque honradas prendas son. Esposo suyo me ha hecho en su intento, por estar de mí su honor satisfecho; y queriéndola casar a tu gusto y su despecho, vino a mi casa y quería mejorar mi suerte escasa; mas pues yo a doña María ni la saqué de su casa, ni la llamé de la mía. El volvértela, señor, aunque es a mi costa elijo, y advierte que este rigor no es hijo de tu temor, que de mi valor es hijo. Mas de ella me he despedido, que nunca mi honrado intento de casarme a hurto ha sido. Ni jamás he pretendido clandestino casamiento. Si es que ha de ser mi mujer con gusto tuyo la quiero, tus deudos lo han de saber. Y aún del mundo aplauso espero, si el del mundo es menester. Y así a tu hija te entrego, que es lo que pude entregarte. La pasión me tiene ciego. Ma. ¿Que esto he venido a escucharte? De mi paciencia reniego. Que este gozar no ha querido pudiendo tanta hermosura. Ma. Ah, traidor, que has preferido tu nobleza o tu locura al amor que me has tenido. ¿Quién vio gloria más turbada? En vano el humor enxugo enjugo¿ que ofrece mi edad cansada hoy los filos de la espada serán vuestro dulce yugo. Los cuellos he de cortar que tales lazos pretendo. Si es que no te lo defienden mis manos. ¿Qué osas hablar? Ma. Terribles llamas se enciende. ¿Qué es aquesto ? En mi presencia tal libertad. Y en mi casa, ¿Quién vio tan grande insolencia? Ya los limites traspasa. Perdona mi inadvertencia. Por ti respeto le tengo a quien cual ves me ha tratado. Ma. Para morir me prevengo. ¿Que sea tan desdichado? ¿Que esto a ver ahora vengo? En triste día nací, nunca tal fin prometí a mis nobles esperanzas después de las alabanzas que a esta mi enemiga di. Que bien que viene esta afrenta. Con tu licencia me voy. Gran señor, ya que en tormenta conmigo lidiando estoy. ¿Qué tal el cielo consienta? Después esos caballeros por ricos, bravos y fieros, pueden mandarme avisar si se atreven a probar su oro con mis aceros. ¿Que aún te atreves? Oye, espera. ¿Quién me llama? Yo arrogâte , por muy doble y falso amante. ¿Qué quieres? Morir quisiera. Que en presencia del infante de su afición muestras de aquesta infame atrevida! Pues dejas, con tu partida, rota nuestra firme fe. No quiero en mí cosa unida. Tú me diste esta cadena en prendas de tu memoria cuando la más triste pena trocaba yo en dulce gloria. Y, pues tu amor me condena de tu desprecio al rigor, justo es que la restituya pues le quitaste el valor; que ya por ser cosa tuya es falsa como tu amor. Tómala y de tu memoria, como de ella, me deshago. Quisiera por darte el pago deshacerte. ¿Quién tal gloria gozó con tan dulce halago? ¿Quién tal pudo imaginar? ¿Que a tal estado he venido? De esta suerte remediar su pobreza he pretendido. No ha de poder contrastar tal hazaña el negro olvido. Que diga que yo le di la cadena, ¿porque de ella me aproveché? ¡Ah, prenda bella! Perdona lo que hice aquí, porque es fuerza de mi estrella. No te valdrá ese sagrado viejo loco, padre infame de aquel villano arrojado. Que hará quien sangre derrame ya tan fría. ¿Quién te ha dado licencia para quebrar de mi palacio las leyes? ¿Que así se ha de atropellar el respeto de los reyes? Tú, señor, puedes juzgar. Pues sabes bien donde llega de una venganza el furor si es sobrado mi rigor, pues tanto mis ojos ciega. ¿Qué es lo que ha dado ocasión para hacer tan gran salida? La que me dio aquesta herida que hoy su hijo, en ocasión de ventaja conocida, dentro en su casa me ha dado. Aquí es bien que me refrene. ¿Que nunca un mal solo viene? ¿Que esto me estaba guardado? Como un áspid se mantiene de su veneno mi pecho de rabias, penas y enojos. De esta confusión sospecho que son la causa estos ojos. Di, don Diego, ¿qué te han hecho? Señor, si acierto direlo . Yo podré con tu licencia Contarlo; porque recelo que impidiera su impaciencia a su lengua. ¡Justo cielo! ¿Que esto sufro? Dices bien. Dilo tú, porque a don Diego su enojo le tiene ciego. Mudo me tiene también. ¿Que esto miro? ¿Que a esto llego? Esta dama, señor mío, pretendiendo sujetar hoy su padre su albedrío por su sagrado tomar quiso el pobre albergue mío, que mal la pudo guardar. Pues de su hermano don Diego, con venir de enojo ciego, ni la encubrió, ni guardó pues luego tras ella entró brotando llamas de fuego. Y con un viejo que ha dado la sucesión de la espada a este báculo pesado, fue una hazaña harto escusada mostrarse tan arrojado. Señor, en mi cara honrada pretendió poner la mano su furia desenfrenada, mas hizo su intento vano mi hijo, que fue mi espada. Rompiosela . Con razón acudió por ser honrado a su honrada obligación. Pues que vive en mi cuidado, ya está muerta en mi opinión. Esta mujer ha deshecho mis intentos y mi honor. Advierte, padre y señor, que esta salida que he hecho no ha sido en tu deshonor. Pero porque mi salida no la afee algún villano, cásame con mi homicida y darás vida a una vida que es hechura de tu mano. ¿Quién sufrió tan gran dolor? ¿Quién vio tal atrevimiento? ¿Quién gozó mayor favor? Por el alto firmamento que es una Fénix de amor. Por tu corona te ruego, señor, que lugar me des que aplaque este infame fuego, con sujetar a tus pies su cabeza y su amor ciego. Ese cuidado destierra, si es que nace ese cuidado de lo que hemos concertado. Que mal me dará la tierra lo que el cielo no me ha dado. No me espanto de su pena, pues que veo que ha nacido de que un infante ha perdido por su yerno. Hoy se refrena con lo que me has ofrecido, señor, mi enojo. Y advierte el remedio que he de dar en una ocasión tan fuerte. El que yo acabo de hallar. No temo la misma muerte. Mal puesto queda mi honor si esta aleue no se casa con don Rodrigo, señor. Que si la tuvo en su casa, quien quita que de su amor en mi oprobio y en mi mengua a su salvo haya gozad. Y aunque así no haya pasado, ¿quién refrenará la lengua del vulgo desenfrenado? Don Juan, lleva esta mujer que un tiempo fue mi contento y busca tu hijo al momento, con quien hoy puedes hacer su infeliz casamiento. Pero después le dirás, que pues tanto me obligó, se guarde. Enojado estás. Porque pienso cortar yo ese lazo que tu harás. Ma. Si gozo mi dulce esposo, no habrá pena que me aflija. Con todo en llevar tu hija me tengo por venturoso. vanse El cielo mi amor corrija. Desecha tanta pasión pues que todo bien se ha hecho. Mi mal me revienta el pecho. Desharele el corazón a quien mi brazo ha deshecho. Muy gran parte de tu tierra talada está y destruida. Hoy acabaré la vida o el poder de Inglaterra. Que pues en razón me fundo, y es tan propio el interés, saldrá de Francia el inglés o el francés saldrá del mundo. Si te acudiesen con gente tus aldeas rebeladas, tus esperanzas logradas vieras señor fácilmente. Con término extraordinario proceden. A mi juicio no acuden a tu servicio, ni se rinden al contrario porque acuerdo habrán tenido. Y a la mira están, señor, hasta verte vencedor, temiendo el verte vencido. Viven así más seguros, pues viniéndote a valer mal pudieran defender con poca gente sus muros. Porque les faltara a ellos la que te dieran a ti. Pues valdrame el cielo a mí para que pueda valellos . Porque aunque mi gente es poca, como animoso me siento, para animallos mi aliento sale ardiendo de mi boca. Con esto y con mi razón, ya Francia y victoria escucho. Aunque tu valor es mucho, tus contrarios muchos son. Y esperan a Talabote, el inglés de tanto nombre, que es muy posible que asombre, acobarde y alborote tu gente su nombre solo. Ese es un fuerte varón. Pone grima su opinión desde el uno al otro polo. Pues yo no le temo en ley de la razón que sustento. No todos el pensamiento tienen y el valor del rey de Francia. Para en semejante hecho como en el que yo me hallo, cualquier honrado vasallo tiene a su rey en el pecho. En los míos hay valor Y, pues que conmigo van, teniéndome a mí tendrán en los pechos mi valor. Lograr pienso mi deseo, y hoy en mi escudo han de ver como al cielo he de volver las lises de Clodoveo. Ya las inglesas banderas se divisan. Ea , Francia, que hoy procuro tu ganancia, ordenad esas hileras. Y en ese espacioso llano esperaré la batalla. Esfuerzo para esperalla me dé el cielo soberano y valor para vencella . vanse . No corre más diligente el viento; gallarda gente, lúcida, infinita y bella. A muy gentil ocasión aunque pobre llego aquí. Desde muy lejos oí este estruendo y este son. Y el corazón procurando con sus alas lo que emprendo, de puro venir batiendo me habrá traído volando. Gallarda cosa es la guerra, ya muero por ser soldado. Los poderes se han juntado de Francia y de Inglaterra. Qué bravos y qué galanes, gusto es ver un campo entero dando el sol en el acero y el viento en los tafetanes. Ya de la una y otra parte ordenan su gente toda; qué bien todo se acomoda, qué bien todo se reparte. Unos a otros se espantan, unos y otros se arrodillan; ya las cabezas humillan, ya los ánimos levantan. Tocan una trompeta dentro. Sin duda aquella señal lo será de acometer. Ya acometen, he de ver hoy un estrago mortal. Por Dios, que tiembla la tierra de su estruendo y arrogancia. Dentro. San Dionis. Dentro. San Jorge, Francia, Brava cosa. Dentro. Inglaterra Todos muestran gran valor, con mucha igualdad son buenos; mas son los franceses menos, y llevan ya lo peor. Pero, cielo, ¿yo he de vello sin pelear que me espanta? A un punto se me levanta el ánimo y el cabello. A Francia quiero valer porque a Inglaterra iguale, que el honrado siempre vale a quien más lo ha menester. Dentro. San Dionis, Francia. ¿Qué hago? Dentro. Ea san Jorge, Inglaterra Español soy. Cierra, cierra, cierra España, Santiago. Ah, franceses, la opinión no sustentáis que tenéis, ¿a vuestro Rey no valéis? Ríndete. Date a prisión. Antes perderé la vida. Aquí Francia, san Dionis, llevaréis la flor de lis cortada, mas no cogida. Este el rey sin duda es. Ocasión es de que vea mi valor. Tu bien desea un español, rey francés ¡Bravo, Soldado! Él merece gran premio por esta hazaña. ¡Qué bravo herir, cosa extraña! Rayo en la furia parece. Con su esfuerzo da a los míos ánimo, ejemplo y valor. Ya con llevar lo peor parece que cobran bríos. Por el cielo que se mete entre los ingleses tanto que ha de morir, cielo santo grandes prodigios promete. Un hombre tan prodigioso, ya llega al mismo guión del inglés, brava ocasión, ¿quién es hombre tan famoso? Quitado le ha de las manos al que le trujo, y rastrando le saca, y riendo y matando. Por los cielos soberanos, que es hombre de grande estima, ¿qué espero? Bien es que vaya, la inglesa gente desmaya y la francesa se anima. Algún ángel debe ser que ha enviado en mi favor el cielo. Con su valor, no pongo en duda el vencer. Tocan otra vez al arma y entrase Dentro. Francia, victoria, victoria. Inglaterra vencida. Dalde al cielo por mi vida las gracias de tanta gloria. ¿Qué se ha hecho aquel soldado que tanto honrado nos ha? Pues no parece, será ángel del cielo enviado. Búsquenle. Mucho me aflijo, que mi desnudez me afrenta. Aquí se me representa cuanto mi Padre me dijo. Con ver que el rey me ha llamado, medroso estoy y encogido, porque el pobre de corrido no osa decir que es honrado. de esta mi villa, señor, puesta sobre su muralla te vi vencer la batalla. Y por verte vencedor, aquí a darte el parabién he salido. Oh, mi sobrina, fue la causa peregrina del vencella . Vila bien. Vi un esfuerzo varonil, que es razón que el mundo asombre, y vi en poco rato un hombre hacer pedazos a mil. Vile quitar el guion que tu contrario traía. Vi que fue su valentía de tu victoria ocasión. ¿Qué es del? Buscándole van. Cuanto tengo he de ofrecelle por premíalle y por valelle Llegaré, mas, ¿qué dirán? No creerán que gané el guión. Que le cayó al hombre que le ganó dirán, y que yo le hurté. Cual me tiene mi pobreza llegar quiero, mas no oso. Oh, soldado valeroso, que duda vuestra nobleza. Ya de mi sois conocido. Llegad, que el rey os espera. Oh, quién encubrir pudiera con el guión el vestido. Aquí está el que fue, señor, ocasión de tu victoria. Será eterna la memoria de hazaña de tal valor. ¿Quién eres? Un español, aunque pobre, bien nacido. Pues, habiéndome servido en mis tinieblas de sol, ¿te escondías? Me escondí de tu soberana alteza, por ser nube mi pobreza muy escura para mí. Salí de mi patria amada con prisa y obligación de una precisa ocasión, aunque de pesar, honrada. Y como pobre he venido, A un tiempo vine a gastar la paciencia y el vestido. Llegué cuando dar querías la batalla que venciste y te serví como viste, con las pocas fuerzas mías. La mancha de mi pobreza teñir con la sangre fiera de tus contrarios quisiera; y ofrecerme a tu grandeza. Y, si medroso y corrido de tus ojos me escondí, fue porque al mirarme vi que aún no estaba bien teñido. Harelo en otra ocasión. Sirviéndote en esta guerra, y ahora de Inglaterra, te sirvo con el guión. Levanta, famoso godo. Abrázame, nuevo Marte. No tengo para premiarte harto con mi reino todo. Pero ahora porque esperes con el tiempo mejor pago, maesse de campo te hago, del tercio que tu quisieres. Escogerás de mis gentes los que más gusto te den. Yo quiero premiar también unos brazos tan valientes. Y, ahora, vente a mi lado. No tengo que responder, ¡Oh, qué gallarda mujer! ¡Oh, qué valiente soldado!

JORNADA SEGUNDA

No os aflijáis, mis soldados. Es grande necesidad la nuestra. A su majestad le aprietan muchos cuidados. La guerra es larga, y yo sé que le ha faltado el dinero; mas con todo, hablalle quiero. Y este papel le daré, donde pido que al momento dos pagas os mande dar de socorro. Hemos de estar entre tanto pico al viento. Denos alguna receta para quien con hambre está mientras el papel se da, se recibe y se decreta. Haré yo lo que pudiere. Tomad. Alejandro imita. ¿No es Madama Margarita? Esperad. El diablo espere, que al darnos hubo de ser que viniese esta franchota. Toda el alma se alborota cuando miro esta mujer. Por ver este hombre he venido, diciendo que al rey venía. Qué valor, qué gallardía, y aún sé bien que es bien nacido. Seguiré a quien te acompaña, si es que licencia me das. Dios te guarde. ¿Cómo estás, famoso blasón de España? Tan honrado de tu alteza, mira tú cuál puedo estar. Al mundo puedes honrar, bravo talle. Gran belleza. Vuélvete aquí como estabas con tus soldados, de bello gustaré, y trata de aquello que cuando salí tratabas. Mucho gustaré de ver el trato de los soldados. Todo es jugar a los dados. Todo es ganar y perder. Socorro piden ahora, que pasado el pelear todo es pedir, todo es dar entre soldados, señora. Siempre pide el que no tiene, y el que tiene siempre da. Pues eso en costumbre está, el dar más tú al justo viene. Bien decís. Tomad, sargento. Repartí entre mis soldados estos quinientos ducados. En un pañuelo se los da. Vos, capitán al momento, venderéis esta cadena, Dale una cadena. y a los vuestros socorred. Vosotros tomad, tened. Va dando a todos. Sacaré un alma de pena. Yo quisiera tener más, mas si mejoro de suerte, podré más. Español fuerte, qué bien tratas, qué bien das. Mil gustos me ha dado el ver el dar tuyo y su tomar. Para solamente dar, Señora, es bueno el tener. ¿Luego tú cuánto más das? Recibo mayor contento. ¿Qué bien das? Y mejor siêto . Toma, dales, dales más. Dale una bolsa. Si haré, para solo dar tiene excusa el recibir. Esto os podéis repartir. A repartir y a jugar. Alto. Espera Ma. Cuando das tienes gusto? En gloria estoy. Pues por dártele te doy. Toma, dales, dales más. Tomad, tened. A mí. Quedo. Tomad vos. Aire he tomado. Y yo, de cuanto me has dado, con solo el gusto me quedo. Porque es de mayor fineza para mí que todo el oro. Quisiera darte un tesoro, hay tal hombre. Hay tal belleza. Di, y en que sueles tener el gusto fuera del dar. Señora, en el pelear, herir, matar y vencer. Ya en liberal, ya en valiente, en buenos gustos te empleas; ¿qué sientes cuando peleas? ¿Cómo matas tanta gente? Cuando quiero pelear como humano, al fin recelo la muerte, un horror, un hielo me hace temer y temblar. Pero luego, este temblor de corrido me hace fuerte, olvidome de la muerte y acuerdome del honor. Y como alcanzalle espero y no me ocupo en pensar en morir, sino en matar, mato siempre, y nunca muero. Único debes de ser, gran valor, ¡ay, cielo santo! Pues ya sé que gustas tanto del dar, como del vencer. ¿Has tenido, haste aplicado a otros gustos? Sí, he tenido. Nací de mujer. ¿Has sido? Di “eres”. Enamorado. Pues un hombre que se emplea en solo Marte. ¿Por qué? Si el mismo Marte lo fue, ¿es mucho que yo lo sea? Sin duda mi suerte es mucha. Ay, que enamorado está. Quizá de mi lo estará, bien me mirar. Bien me escucha. Pues un valiente soldado, ¿ternezas de amor consiente? El valiente es más valiente cuando más enamorado. Que la mujer tiene amor al hombre en obras y en nombre. Y así, el que fuere más hombre, le parecerá mejor. Y el que es amante, señora, ya es Adonis, ya es Sansón, porque según la ocasión aquí mata y allí llorar. Bien dices, con todo es bien que los que fueren soldados en la guerra los cuidados a solo el cielo los den. Porque está a morir dispuesto el soldado cada día; buena quimera es la mía. Ya me predica, ¿qué es esto? ¿Tú no tienes devociones para el peligro en que estás? Tengo las que tú me das con tan cristianas razones. Y una reliquia traía de mi tierra y la perdí. ¿Cuándo? El día que te vi. Ese fue dichoso día. Dice quealla quiso bien, y desde que a mí me vio no quiere. Pues tengo yo culpa en eso, toma, ten. Dale una cadena, y un retrato suyo en ella colgado. Ponte esta cadena al cuello, y este relicario en ella, que una imagen tiene. ¿Es bella? Al menos quisiera sello . Tus pies beso, ya me encanta su hermosura y su buen trato. Vive Dios, que es su retrato, ¿Cómo se llama esta santa? Es una mártir francesa, poco en España famosa sin nombre. Oh, mártir gloriosa. Besa el retrato. Mucha devoción es esa. Fue postres de tu sermón y pone esfuerzo a mi fe. ¿Qué martirio el suyo fue? Sacáronla el corazón. ¿Y por dónde? Por los ojos. ¿Cómo los tiene tan bellos? Pudo salir sin rompellos . ¡Oh, milagrosos despojos! Besa el retrato. No habrá Imagen española más devota para mí que esta francesa. Y, aquí, ¿ disteme su imagen sola? Oh, ¿hay reliquia que adorar suya? Las alas te he dado de su corazón sacado. Con ellas podré volar. ¿Y dónde? Volaré tanto, que llegue hasta el mismo cielo. Mártir bella, qué consuelo. ¿Devoto estás? Soy un santo. Besa el retrato. Pues tan devoto te veo, ponte esta banda ceñida Dale una banda. al brazo, porque es medida de la mártir, del deseo. . Y plumas de sus colores llevarás en tu sombrero. Quitase las plumas del tocado y daselas . Lo que pisan besar quiero. Ya ésto pasan de favores. Estimo el ver que presumas crecer mi honor y mis galas. Pues te di en la imagen alas, quiero que les pongas plumas. Con esto a las ansias mías daré fin. Hay dicha igual, ¿qué es aquesto? El memorial que tú para el Rey traías. Ya sale y darsele quiero. ¡Ay, Dios! ¿Si me habrá entendido? Que decirle no he podido que le leyese primero. Tus pies beso. Qué hay que hacer, honrador de mi corona, amparo de mi persona y esfuerzo de mi poder. Qué se os ofrece, decid, don Rodrigo valeroso, como el de Vivar famoso que en España llaman Cid. En este verás más llano lo que quiere. El mío es. Esta huella de tus pies, que es ya hechura de tu mano. ¿Si le ha faltado el sentido? Mi papel le dio en efecto; . que siempre da el más discreto en necio por divertido. ¡Válgame Dios! Y, ¿qué leo? Terribles mis miedos son. ¿Qué tiene el rey? Ilusión debe de ser, no lo creo. Quiero volvelle a leer. Qué desdicha, qué temor. Perdido tiene el color, y tiembla, ¿qué puede ser? . Que coma el pobre soldado vuestra majestad ordene. Este memorial ya viene entendido y decretado. Y su dueño no estará muy pobre. Rigor extraño. Porque aquí sino me engaño no pide, sino que da. Pero a procurar me obligo que menos dé. Estoy muriendo. A tu majestad no entiendo. Pues yo sé bien lo que digo. Es negocio de importancia. ¿Qué es eso? A falsa, sin ley. ¿Qué tiene conmigo el rey? Importale al rey y a Francia. Por. Entrad. ¿Qué es eso? Una espía que han prendido estos soldados. Así aplaco mis cuidados, . y aquesta carta traía. ¿A quién dice? A don Rodrigo. ¿Y qué más? De Villandrando. ¡Ah, cielo! ¿Qué estoy mirando? ¿Carta a mí? ¿Y del enemigo? Dadla acá, traición ha sido. Así logro mi esperanza, derribando esta privanza por quien la mía ha caído. Ya el rey en su cara pinta otro enojo. Dos traiciones; de esta letra en las razones hay veneno, y no en la tinta. Por el servicio pasado procuro aplacar mi fuego, don Rodrigo, salíos luego de mis reinos de esterrado. Arrimad luego el bastón. Pues, ¿por qué? No repliquéis, destos papeles sabréis. Señor. Sí, tengo razón. Dale los papeles. Y no los leáis aquí, porque el ver que habéis sabido cuánto me habéis ofendido no me provoque. ¡Ay, de mí! Señor. Callad, no hay ninguna replica aquí. ¿Qué esperáis? Que quiero ver como os vais. A mudanzas de fortuna. vese ¿Hay cosa más peregrina? ¿Hay traición más bien trazada? ¿Hay mujer más desdichada? Veníos conmigo, sobrina. ¿Ésto es guerra? Si esta guerra dura más, buenos estamos. Si par Dios, no cultivamos sino dos palmos de tierra, porque no osamos perder de vista nuestro lugar. La tierra sin cultivar nos habremos de comer. Y aún la cultivada os digo, pues por ella van sembradas tantas armas aceradas, dará acero en vez de trigo. ¡Par diez! Ese fruto espero por comelle , aunque me mate; y haré de bronce el gaznate para comida de acero. Tal vida, ¿quién la desea? Siempre armado de alto a bajo, armado voy al trabajo, armado vuelvo a la aldea. Armado llego a comer, armado a cenar, ¿qué es esto? Y armado, par diez, me acuesto. Y pésale a tu mujer. Pullas aparte. Oh, traidor, opinión tiene el mancebo. Y como platico, llevo por armas este asador. Gentil tonto. Queréis ver cómo es arma singular, si nos sobra quién matar y nos falta qué comer. Con esto, el intento es a los ingleses matallos , y en matándolos, asallos , y comérmelos después. Bien, par Dios. Así está Francia, por el marquesado sucio de Saluces o Salucio . Más es tema que ganancia. Han dado en aquesta guerra los reyes, las paces huyen; y el uno y otro destruyen a Francia y a Inglaterra. ¿Qué hará ahora de matar éste? ¿Quién? ¿Quién? ¿Talabote? Jesús. Que el nombre alborote de este inglés. ¿Quieres callar? Cuerpo de tal del diablo espanta menos el nombre. ¿A quién habrá que no asombre con su fama su vocablo? En tal desdicha que espero, de infinitos horizontes deshacer quiero los montes y talar los campos quiero. ¿Oyes, Arnau? No habléis recio. Pues a furia me provoco, lo que hizo Orlando por loco, haré por loco y por necio. ¡Que esto mi desdicha ordene! ¿Es Talabote? Sí. En fin, que en hablando del ruin, luego viene. Luego viene. Huye, Pierres. Ven, Ramón. Hola, Arnau. De pena muero. Si al portal llegas primero, no cierres. Villanos son. vanse . Papeles, ¿tan desdichado es posible que haya sido? Mil veces os he leído y cien mil considerado. Mostradme otra vez la pena que ha causado el desvarío de un descuido propio mío y de una traición ajena. Lee un papel. Lucen, gallardo español, honrador de mil Españas, en mis ojos tus hazañas como en tus armas el sol. Vi los tuyos levantados para verme, vime en ellos, y porque deseo vellos más libres que recatados. Seguro de mi desdén, te he querido asegurar que los puedes levantar, y aún el ánimo también. Para pretender de mí, en lo razonable y justo, cuanto fuere de tu gusto. Margarita. ¿Que le di éste al rey? ¡Desdicha mía! Pero tan turbado estaba, que imaginé que le daba el otro que yo traía. Luego con mucha razón en su gracia descompuesto, le sirvió el enojo desto para cama a esta traición. Lee el otro papel. Pues el Rey Eduardo, nuestro señor, / en Inglaterra está presto a darte / lo que te ofreció, has tú con brevedad lo / que le ofreciste, valiéndote del favor de / Madama Margarita, de quien me escribes / que estás tan favorecido. / Y sin firma, ¿yo ofrecí cosa al inglés? ¡Ah, fortuna! ¿Yo recebí carta alguna? ¿Yo carta alguna escribí? De envidia de mi privanza ha cortado algún traidor el hilo de mi favor y el árbol de mi esperanza. ¡Mi descuido y su traición dejaron pena infinita, en peligro a Margarita y en afrenta mi opinión! En desdichas tan colmadas, ¿qué remedio puede haber? Esta aldea debe ser de las que están rebeladas. Si pudiese reduzillas al servicio de su rey, vería mi buena ley. Pero emprendo maravillas indignas de un hombre humano, mas con ello he de salir, aunque aventure a morir a las manos de un villano. A del muro, hola. ¿Quién va? Un hombre soy. Qué feroz en el talle y en la voz, ¿si es él? Hola. Sí, él será. ¿Sois Talabote? ¿El inglés? Grande es su opinión extraña. Un caballero de España, hechura del rey francés, soy. ¿Qué quieres, español? Abridme, que quiero entrar. Aquí no damos lugar a que entre un rayo de sol. Por eso ciegos estáis, y rebelados, ¿no veis que a vuestro honor ofendéis si al rey vuestro no ayudáis? Por defender nuestra tierra no le vamos a servir. Alto, abrid. No hemos de abrir ni aún a toda Inglaterra. ¿Cuánto y más a un español? Bajad presto y abrid luego, o entrará un rayo de fuego sino entra un rayo de sol. ¿Y seréis vos? Yo seré. Cosa brava. Y cosa cierta será el romperos la puerta con el puño o con el pie. Y si a enojarme comienzo, y un lienzo de la muralla derribo, será canalla vuestras mortajas su lienzo. ¡Brava cosa! Que se atreva sólo un hombre a estos extremos; ¿queréis que abramos y demos todos sobre él? Piedras llevaba, chuzos, picas y alabardas. Y a pura cos y garrote, aunque fuera Talabote, morir. Español, si aguardas, entrarás. Bajad, abrid. Abrid esas puertas, dalde . Abren y entrase . Moriréis todos. Matalde . Pues tengo el nombre del Cid, sus obras he de tener. Muerto soy, Jesús. Jesús. Sin duda, de Belcebú el hijo debe de ser. ¡Huye! ¡Corre! Ya te sigo. Es ligero como un ave. Probaréis a lo que sabe la espada de don Rodrigo. Don Rodrigo eres, tente . ¿El español? Sí, canalla. ¿Por quien venció la batalla nuestro rey? Señor, detente. Ya todos te obedecemos, y si antes te nombraras, con solo el nombre escusarás el rigor de tus extremos. Todos somos inclinados a servirte. Ordena, guía, ¿qué nos mandas? Yo querría que fuesedes mis soldados. Sirviendo al rey desde aquí en la ocasión que podremos. Pues tus soldados seremos. Decid “sí” todos. Sí, sí. Vivanos tal capitán, pues sus soldados nos llama. Y, obligados de tu fama, muchos a serlo vendrán. Quizá por este camino vera el rey que soy honrado. Por las señas que me han dado, que será aquel imagino. A retirar, a esconder. Allí hay hombres. No te asombres, aunque veas llover hombres ¿los hombres han de temer? ¿Qué quieres? Saber querría si eres don Rodrigo. Sí, yo soy. Buscándote a ti he gastado todo el día. En la villa te busqué, donde el rey está alojado. Que saliste de esterrado Supe; te seguí y te hallé. ¿Qué quieres? De Inglaterra el escudo y el blasón: la honra de su nación, el asombro de la tierra, el milagro de los cielos. Con bravos títulos viene ese nombre. Y aún los tiene mayores, mas dejarelos . Y Talabote, te digo, que es de lo que él se honra más, me envía. En esta verás si te trata como amigo. Pues por su enemigo estoy mientras sirvo al rey de Francia. No es pequeña tu arrogancia. Humilde soberbio soy. Lee la carta. La fama de tu valor ha perdido el / respeto a mis oídos y, pues eres hombre / que has merecido que en mi presencia tuviesen / lugar tus alabanzas, deseo mucho / verme contigo, y para esto te señalo la / ribera del río Lera, donde de hoy en / ocho días te esperaré. Y, si osas venir, / daré crédito a lo que de ti me han referido. /Talabote. / Es su arrogancia infinita. Ven, que respondelle quiero de espacio. Pero primero, escribiré a Margarita. . No me tenga por ingrato, ni piense que soy traidor. Ay, que tengo más amor cuanto más de matar trato. Sígueme, ven. Ya te sigo. Soldados de buena ley, ¡Viva Francia! ¡Viva el rey! ¡Viva! ¡Y viva don Rodrigo! ¡Hay honra! Con mil recelos me tiene el tardar mi esposo. ¡Buenos estamos, ah, cielos! Yo, de afrentas temeroso; tú, apasionada de celos. ¿Qué has temido? Como veo de este infante el proceder, temo mi mengua. Y aún creo que ya me ofende el hacer público su mal deseo. Anda libre, es atrevido, carrera ahora pasó. Y, tanta gente ha venido, que él corre en mi calle y yo en mi casa estoy corrido. Corre tu honor por mi cuenta y por la tuya, y por él su caballo a quien revienta, siendo el menor cascabel pregonero de mi afrenta. No te congojes, señor. Templa el fuego que te abrasa; que pues yo tengo valor, segura tienes tu casa y más seguro tu honor. Ya sé que tu pecho es robre a su pasión amorosa, pero, aunque el valor te sobre, mirote mujer y hermosa, y veome viejo y pobre. Y entre la humana flaqueza no está nuestro honor seguro, mientras tenga tu belleza por defensa un viejo muro con asaltos de pobreza. Ésto me trujo temiendo, ésto me tiene temblando porque ofende con su estruendo más un príncipe sirviendo, que un caballero gozando. ¿Qué importa que sirva y halle gusto en su esperanza vana? Pues por la tarde y mañana, cuando él pasea mi calle, cerrada está mi ventana. Si me envía algún recado, se va quien le viene a dar de mi desdén arrojado. Y si alguno le ve entrar, ¿a qué pensará que ha entrado? Con eso y ver su porfía, dirá que ventana o puerta aunque en son de hipocresía está cerrada de día estará de noche abierta. Quien quiera puede tener mal pensamiento, y tenelle honrado yo. Has de saber, que no tiene una mujer honor con solo tenelle . Las mujeres opinión con la honra han de tener para probar su intención; porque honradas han de ser y parecer lo que son. El infante lo hace mal y yo no se lo sufriera, si para no ser mi igual del rey sobrino no fuera su sangre, a no ser real. Sosiégate, si es que obligo con lágrimas tus cuidados; y haz que venga a estar conmigo, deshaga estos nublados, el sol de mi don Rodrigo. Segunda pena me da el ver que hayáis presumido que sabiendo donde está le obligo a estar escondido, en mi pecho si estar. Pero por el cielo santo que de él sabido no he. Pues, ¿cómo se tarda tanto y no escribe? No lo sé. Sabré resolverme en llanto. El infante. ¿Hay tal rigor? ¿Hay tal fuerza? Esta belleza ha hecho libre este amor, a esto me obliga. Señor, en mi casa vuestra alteza, ¿para qué este pobre viejo te puede ser importante? Mataranle si le dejo. Mas vendrá el señor Infante a pedirme algún consejo. Como obligado os estoy, vengo a veros. Suerte escasa. Sillas. Como solo soy el que se sienta en mi casa, solo hay una. Esa le doy. El venir algo cansado a recebilla me obliga. Y cuando la hayas dejado, con un rótulo que diga que solo en ella has estado, arderá en pública llama. ¿Para qué tal maravilla? Porque no diga la fama que en mi casa te dan cama, sabrá que tomaste silla. Y aún la silla que has tomado te defendiera con brío, si como vasallo honrado, no viera que está tu tío en la del reino sentado. Dejad tanto pundonor . Dejar la vida querría en las manos del dolor. Señora doña María, ¿estáis buena? No, señor. ¿No os sentáis? Señor, no. Estáis encogida, ¿qué tenéis? ¿Teméis algo? ¿Qué os turbáis? No, señor. ¿En qué dudáis? A todo “no” respondéis, ¿no me habláis? No. Respondió con razones acertadas, que en semejantes jornadas para solo decir “no” tienen lengua las honradas. Y esta que véis en ausencia de mi hijo lo ha de ser, y tanto que en mi presencia ni aún un “no” ha de responder si yo no le doy licencia. Dádsela pues y, don Juan, si queréis que hacienda os sobre. ¿Dónde tus razones van? Soberbio sois para pobre. Tú necio para galán. . Oh, mal haya mi pobreza. Pues, ¿qué la pobreza os debe? Por ser tanta su bajeza, pierde el respeto a la nieve de estas canas vuestra alteza. Y de mí no se recata, porque el oro, aunque no mata, suele esforzar al acero. Pues por eso daros quiero un tesoro de oro y plata. Seréis rico. Porque así podáis cobrar desde ahora el respeto que os perdí, diga a ésto esta señora tras tantos “noes” un “sí”. Pues vos tendréis qué comer y ella tendrá qué gastar. A mí me toca el hablar, que ya es honra el responder, si hasta aquí lo fue el callar. De pregunta tan pesada, enmudecida la lengua diera lugar a la espada, y la razón en mi mengua, calor a mi sangre helada. Mas la tuya es de mi rey, y es de leal mi opinión. Eres viejo. En qué ocasión dejó Amor de tener ley, aunque no tuvo razón. Siendo don Juan caballero, que ninguno lo es mejor, ¿por ventura es ley de amor querer comprar con dinero prendas de tanto valor? ¿Y no sabes que dejé riquezas, y muchas, yo? Porque en mi gusto pesé mi fe y el oro, y cayó la balanza de mi fe. Y no te acuerdas, infante, que a querer yo, ¿hubieras sido mi esposo? Pues arrogante, no te quise por marido, ¿y querrete por amante? Y, aunque lo hubieras de ser, pudiera ahora estorballo tan mal trato y proceder. Como quien compra un caballo, ¿conquistas una mujer? Tenme por quien soy a mí, y gasta allá tu tesoro. Y no pienses que aunque fui tan de piedra para ti, gusto de engastarme en oro. Aprende a ser cortesano, y juzga que soy honrada. Detente, hermosa enojada. Quita. No llegues la mano, o descolgaré la espada. Infante, tente , señor. En esto a mi rey no ofendo, porque defiendo mi honor. ¡Espadas! ¡Entrad corriendo! Disimular es mejor. ¿Señor infante? Marqués. Mostrabale aquesta espada. La mejor del mundo es. Y a una desenvainada, es muy propio sacar tres. Pues quieren disimular, de ellos engañar me dejo. Qué temor y qué pesar. Gran valor tiene este viejo. Volveremos a envainar, porque lo más importante diga el marqués. Yo diré con licencia del infante. O grima al mundo pondré, o seré dichoso amante. Ya el rey espera a don Juan y a ti en palacio señor. Qué buenas mis cosas van. Venid luego. ¿Cuándo? Ahora. ¿Sabéis vos a lo que van? Dilatase el casamiento de esta dama y don Rodrigo; y quiere el rey que al momento se haga. Morir me siento. Esto a vuestra alteza digo, y el secreto. Callad. También me mandó buscar a tu alteza. ¿Para qué? Para darte su lugar en su ausencia. Luego iré. Como estas comunidades inquietan a Castilla, piden algunas ciudades su presencia, y en su silla te deja. Por mis edades, ¡Viva el rey, nuestro señor! Con tan buen gobernador quedarán todos contentos. Y entonces mis pensamientos podrán lograrse mejor. ¡Vamos! Iré con recelo. Yo he de morir o gozarte. Tras de tanto desconsuelo si es la razón de mi parte, de mi parte será el cielo. ¡Socorro, dinero! Ea pues, al momento se os dará; que esta Villa bien podrá daros dos pagas. Y aún tres. Ya está cercada, y su gente para hablarte desde el muro han levantado seguro. Del muro dos Soldados levantan seguro, y dicen. Ya llego. Español valiente, ¿Qué quieres? Ya no sabéis que así pago mis Soldados, vosotros como obligados cuatro pagas les daréis. Sería una suma extraña, porque aquí infinitos vienen. Por ser infinitos tienen segura vuestra campaña; Y al Rey sirven. Aun cortallos cosa imposible ha de ser. Pues ellos han de comer, y yo no puedo pagallos. Las Villas circunvecinas por turno los han pagado, y a esta vuestra le ha tocado hoy el hacello. Imaginas que hay algún tesoro en ella para tanta cantidad. Paréceme una ciudad por grande, lucida, y bella. Y donde hay casas hay gente, y donde hay gente hay dinero; y pues el que pido espero, enviadlo brevemente. Porque si con él no aplaco a mis Soldados canalla, derribarán la muralla, y a la Villa darán saco. ¿Espera un poco, no ves? Escucha Señor. Ya escucho. Que será el dinero mucho de cuatro pagas. Sean tres. No tenéis que replicar; bajad ya. ¿Qué hemos de hacer? Los que tienen mi poder para pedir y pagar, En lugar donde paguéis mi gente con brevedad, sumarán la cantidad, y vosotros la daréis. Ya vamos. Mientras se dan esas pagas. ¿Cuántas? Tres, me veré con este inglés que es en Francia otro Roldán. Pues Talabote me llama iré. Cap. ¿Y solo? Solo quiero saber si tiene este fiero las obras como la fama. Cap. En paz ve. los Soldados todos, y queda solo don Rodrigo. Todo el camino ocupará mi memoria Margarita, aquella gloria de aquel sujeto divino. Un Villano le envíe, y una carta y tarda tanto, que de mi pena me espanto, porque es mayor que mi fe. Ya sé que a doña María tengo grande obligación, pero la nueva ocasión a nuevo intento me guía. No está en mi mano el querer aquí, y aculla olvidar; con todo tengo pesar de que la haré de ofender. Esta francesa me tiene el corazón abrasado. Arnau villano. Es Arnau, ¿Como has tardado? No tarda mucho el que viene. Ventura ha sido encontrarte. De contento pierdo el seso, ¿Respuesta? Todo el suceso pudiera Señor contarte. Mas basta saber de mí que llegué, la hablé, y me habló, dila el papel, respondió, y está la respuesta aquí. Esta Villa mía me ha dado por cárcel / el Rey, y sé que ha sabido por una espía / que esta noche quiere el enemigo dar / un asalto en su ejército; está alerta, y / sirvele en esta ocasión, que así conviene / para el fin de nuestros intentos, y a Dios / que el tiempo no me da más lugar. / Margarita. / ¿Qué pienso? si el desafío me deja vivo en el puesto, podré al Rey serville en esto que me manda el dueño mío. El Campo del enemigo está lejos? Estará dos tiros de piedra, está de nosotros, si bien digo. Y está tras aquella peña, y sobre ella misma vi una tienda. Si está allí Talabote, hare una seña. De allí le podrás mirar. Don Rodrigo dice a voces, y Talabote responde de dentro. Hola. Hola. ¿Si está a solas? Hola. Hola. Tantas olas, borrascoso está este mar. ¿Será Don Rodrigo? Así levanta un lienzo. Seguro le doy. Seguro me pide, ya le aseguro de todos, sino de mí. Hace seguro con otro lienzo. Baja a lo llano. Ya voy, partámonos el camino. Talabote. A eso voy. Cielo divino temblando de miedo estoy. Pero a semejantes hombres aún la tierra ha de temblalles; que feroces en los talles, que gigantes en los nombres. De los pies a la cabeza es fuerte, y gallardo es. De la cabeza a los pies muestra gracia, y fortaleza. Por Dios que admiran, y encantan a quien los está mirando; cómo se miran temblando, el uno al otro se espantan. Bien vengas Español, suerte. Dios te guarde Ingles robusto. El verte me da gran gusto. Grande le tengo de verte. ¿Qué osaste venir Rodrigo? De valiente examinado con esta empresa has quedado. Tú me honras. Yo lo digo. ¿Eso sobra? Y esto es calificar tu valor. Examíname mejor, y gradúame después. A lo que dices me obligo, porque deseo agradarte; o quien pudiera matarte, y hacerte después mi amigo. Que tus hazañas famosas a esto pueden obligar. Si sabes resucitar, podrás hacer las dos cosas. Hacellas quiero al revés. ¿Cómo? Ya el milagro espero. Seré tu amigo primero, y matarete después. Sentarte quiero a mi mesa, comer contigo en un plato quiero, vamos. Ese trato de solo oille me pesa. Quien a su mesa me espera, y quien me da de comer en su plato, ha de tener en mí amistad verdadera. En obligación expresa me pone, cuando me llama la mujer para la cama, y el hombre para la mesa. Y así no quiero aceptar el fruto de tu deseo, pues como tú no grangeo amigos para matar. ¿Que quieres perder la vida luego? Si el matarme es cierto el gusto de haberme muerto será salsa en tu comida. Di en mi cena, que ya ir se quiere el Sol a esconder. Tendremos menos que hacer, pues no habrá Sol que partir. ¿Que te atreves? Por los cielos que tus intentos merecen mil alabanzas. Parecen a dos nobillos con celos. Vuélvete en paz, porque estoy de tu esfuerzo enamorado. Pues saben que me has llamado, y han de decir que me voy Como vine, no es razón, que los llamados se obligan a reñir, porque no digan que dieron satisfacción. ¿No te obliga el ver que entablo el darte vida?, ¿a qué aspiras?, ¿no temes cuando me miras? ¿no tiemblas quando te hablo? Pues tu locura se ve, matarete, no hay dudar. ¿Por dónde me has de matar?, ¿por el pecho, o por el pie? Como diestro, y como fuerte señala el golpe primero. ¿Tiénesme en poco? No quiero ya sino darte la muerte. Ya será pequeña tilde escrita en tu historia Inglesa. Humildad soberbia es esa. Y esa soberbia es humilde. Mas dejemos esto a un lado, pues nos ha dejado el Sol. Que no emprende un Español resuelto, y determinado. Meten mano, y sienten que tocan al arma. ¿Es arma? El asaltos es. ¿Pues sin mí? Quien allá fuera. Gallardo Español espera. Detente, famoso Ingles. Gran falta hará mi persona a mi Rey. También podía hacelle falta la mía a la Francesa corona. Suspendamos la batalla, valdré a mi Rey, y tú a ella procurarás defendella, procurare derriballa. Y si nos vemos los dos, veremos cual puede más. En mi pensamiento estás, buscarete. A Dios. A Dios. Éntranse todos, y dicen dentro Ingleses, y Franceses, y huye Arnau. Ay. Den. No sé a qué se refiere S. Iorge. Den. S. Dionis. arma, arma, guerra, guerra. Den. Francia, Francia. Den. Inglaterra, bella Londres. Den. Gran Paris. Que a esperarme no te obligues, por lo oscuro te adelantas. Eres furia que me espantas, eres sombra que me sigues. Ríndete. ¡No suelo yo rendirme, a cielo ofendido! de cansado estoy rendido, pero de cobarde no. Antes que la noche oscura cerrase, te conocí en la seña Real, y en mi está tu vida segura. Y no la ha estado mi suerte de este infeliz suceso, el Rey soy, y soy tu preso. Tampoco quiero prenderte Noble Rey de Inglaterra, solo estriba mi ganancia en que haciendo paz con Francia tenga buen fin esta guerra. Si esto me ofreces, estoy presto a darte libertad luego. Estimo esta amistad, y esa palabra te doy. ¿Cómo sabré a quién la he dado? Esta pluma has de tener Dale una pluma de las que le dio al Madama por seña. ¡Y no he de saber quién eres! Soy un soldado en quien tanto el honor labra, que osa pedir la suma de lo que vale una pluma, cuánto y más de una palabra. Perdona, y guárdala bien, que cuando mejor me esté la pluma te pediré, y la palabra también. Pues a Dios, que yo me voy adonde mande tocar a recoger, por pagar la obligación en que estoy. Dichoso en extremo he sido. Ríndete. Infeliz soy. Hieren a don Rodrigo de una flecha. El Rey es, herido estoy. Entre peñas he caído. Mi desdicha lo ha causado. Cierta ha sido mi sospecha, la voz del Rey, y esta flecha a un mismo tiempo han llegado. Pues no dio en el corazón, como la voz salga fuera yo valdré a mi Rey, espera. Ríndete, y date a prisión. Eso no, villano. Aquí te daré la muerte airada. Detén el brazo, y la espada, o ejecuta el golpe en mí. Que mi victoria alborotes, sabes que enojado estoy, y que Talabote soy. Seas cien mil Talabotes. ¿Quién eres tú, que conmigo muestras cólera arrojada? El que tuvo comenzada. hoy la batalla contigo. Alto pues, matarte quiero. Pelea, y calla, que es mengua vestir con la voz la lengua, si está desnudo el acero. Pues hombrecillo repara. Poco mi valor te estima, mi sangre hidalga me anima corriéndome por la cara. Muerto soy, injusta suerte, o vil fortuna. Suspenso estoy del valor inmenso con que le dio fiera muerte. Ya tienes, Rey, libertad. Y vos ,amigo, habéis hecho el más valeroso hecho que se ha visto en nuestra edad. ¿Quién sois? Esta banda mía teñida en sangre te doy; dale la banda que a él le dio Madama. Tómala, y sabrás quién soy, si te la pido algún día. Dicen de dentro Soldados que buscan al Rey de Francia. ¿Dónde está el Rey? Pues tu gente viene ya, no espero más. don Rodrigo. Oye, escucha, ¿Dónde vas? Espera, leal valiente. Los cielos hago testigos de que te dejo la vida. ¿Rey? ¿Señor? Fuerza escogida, mas estos son enemigos. A ellos. No hay que temerme, por tu amigo vengo a darme. ¿Cómo, Rey, vienes a honrarme, cuando pudieras vencerme? Vi a mi gente vencedora, pero vime a mí vencido. Yo y todo me vi perdido, y veo que gano ahora. Todo cuanto me ha pasado sabrás después. Pues Señor, si gustas, será mejor recogernos a poblado. Vamos pues, que de ti fío como amigo mi persona. Segura está tu corona Señor, en el Reino mío. Ya a recoger han tocado. A hospedarte me prevengo, tan grande contento tengo, que me parece soñado. ¿Qué habrá hecho don Rodrigo?, ¿cómo no sé lo que ha hecho? Pues que le llevo en el pecho, y con el alma le sigo. ¿Si mi papel recibió? ¿Si hará lo que le escribí? Mi esperanza dice “sí”, pero mi recelo “no”. Esta tardanza importuna me tiene el sentido loco, que estrella tan poco a poco da la vuelta a mi fortuna. O acabeme de subir, o acabeme de bajar. un Criado. Ya te puedes alegrar. ¿Venció el Rey? Y han de venir él, y el Inglés a tu casa, que quiere hospedalle en ella tu tío. Ya no es mi estrella para mis gustos escasa, ¿Y el Español don Rodrigo hallose en esta batalla? No se dice. Pues se calla. Mi poca suerte maldigo. Criado: Solo dicen que un soldado que quien es no se ha sabido al Inglés tuvo vencido. Al Francés tendrá obligado. Si, pues solo pudo hacer que cuando Francia entendía que Inglaterra vencía, tocasen a recoger. Y al fin por su causa han hecho paz los Reyes. Él merece que le honren. No parece. Que es don Rodrigo sospecho. Bien me dice el corazón que es él, pues él solo es digno de valor tan peregrino. Tocan dentro cajas. ¿Qué escucho? Será el pregón que los Reyes han mandado que se haga. ¿Y qué contiene? Asegúranle si viene gran favor a este soldado. Y perdónanle delitos que destierros le levantan. Estos sucesos espantan. Y jamás se han visto escritos. Mas los Reyes vienen ya. A recebillos iré; ¡Ah fortuna! Si veré a quien en mi alma está. Han sido dos hazañas milagrosas. Y parecen hechura de una mano, que en el alma deseo ver su dueño. Este pregón ha sido acertadísimo, porque no parecer habiendo hecho cosas de tanto nombre, o es que tiene algún grave delito cometido, o está de mi presencia de esterrado. Deme tu Majestad tus reales manos. Dádselas, Eduardo, a mi sobrina. Besaré yo las suyas muchas veces; y ahora que nos mira menos gente, y es de quien hay segura confianza, os mostraré la seña que me ha dado el soldado valiente. Es esta pluma. ¡Ay cielo, no me acabe el alegría! Mis plumas son aquellas. Y esta banda me dio por seña quien me dio la vida. Y mi banda es también !Ay cielo eterno! Loca estoy de contento. ¿Margarita, conocéis estas prendas, que os alegran con extremo tan grande? Por ser tanto no lo puedo decir, y decir quiero quien es el dueño de estas prendas mías; mas ya mi honestidad me lo defiende, y el respeto que dejo a tu persona. Decildo Margarita, yo os perdono aunque me le perdáis. Tus manos beso, y puedo asegurar que un hombre os tuvo Reyes; a ti vencido, a ti obligado, y es don Rodrigo el español valiente: mas pues el viene ya, acredite él mismo esta verdad. Gran cosa. O fuerte Godo. don Rodrigo. Con los pies de dos Reyes tan invictos quiero honrar mi cabeza. Alzad. Alzalda, que es razón que dos Reyes la levanten, yo por vuestro cautivo me confieso. Yo que la vida os dejo a todos digo. Yo muero por decir lo que quisiera. Hasta ver levantado mi destierro no quise parecer en tu presencia, ni esta herida tampoco curar quise; porque viendo mi sangre derramada en tu servicio, veas que no ha sido jamás traidora, y que causó la envidia la traición que me puso en tu desgracia. De todo me aseguran vuestras obras. Yo las gracias te doy de que empleaste también las prendas mías. Tus pies beso. ¡Ay ángel de mi alma! ¡Ay Sol del mundo! Rey supremo mi pluma, y tu palabra espero. Mi palabra es ya cumplida, y tu pluma está aquí, ponla en tu fama. Dame la banda tu Rey poderoso. Tuya es la banda, y mi poder es tuyo. Pluma, y banda pondré de aquí adelante por blasón de mis armas. Son tus cosas don Rodrigo de suerte, que no es justo que se dilate un punto el premio de ellas; da la mano de esposo a mi sobrina, que yo sé bien que logro dos deseos, y comienzo a lograr el que yo tengo de pagar tus servicios. Tanta gloria lo mejor es callarla, y recebilla. Muda me tiene a mí. Ofrecerme quiero para padrino en tan felices bodas. Tu indigno esposo soy. Yo lo soy tuya. Danse las manos, y sale un Caballero Castellano que viene de camino. No dilates un punto don Rodrigo el leer esta carta. ¿Cómo? Espera, delante de los Reyes? Pues le importa no menos que la vida de su padre, mandadle que la lea. Leedla luego. ¿Vienes de España? Y por los aires vengo, y aun pienso que he tardado. Ay Dios, ¡Qué veo! Va leyendo la carta, y demudándose el color. ¿Qué tiene don Rodrigo, que le incitan aquellas letras? ¡Cielo tal desdicha! ¡Mi padre preso, y yo no puedo dalle remedio ya! ¿Qué es eso don Rodrigo? Con tu licencia mi desdicha digo. Sabed poderosos Reyes que en Valladolid la noble, que es mi tierra, cien mil años quien la gobierna la goce. Recibí yo de una dama muchos honestos favores, quiso casalla su Padre, dejándome a mí por pobre. Ella temiendo su fuerza, y estimando mis amores, dejó su casa, a la mía llegó con pasos veloces. Entró su hermano tras ella, descompúsose, obligome; salió herido, fuese, fuime, y llevé a su hermana entonces a las manos de su padre, diciéndole que era hombre que su hija no quería sin su gusto, él enojose, desobligome, ausenteme, y vineme a Francia, donde No sé si poner tilde por el ritmo del poema por mis pequeños servicios me dan los premios mayores. Mi padre me escribe ahora que le tienen en prisiones, y tiene mandado el Rey que la cabeza le corten, si en espacio de dos meses no hiciere que nos desposen a mí, y a doña María, que así es de la dama el nombre. Mirad si es grande mi pena, y si es mi desdicha enorme, pues cuando gozar quería tan alegres ocasiones, aquella sangre que es mía en el alma me da voces. ¿Es de compasión mi pena, de celos, o de temores? ¿Que tengo en el pecho cielos? Español no te congojes. A España puedes partirte, que es bien que tu pecho noble pues es tan honrado, acuda a honradas obligaciones. Llevarás cartas del Rey que te acrediten, y honren; si con ellas, y las mías en Valladolid te pones a los pies del Español, ¿Quién duda que no perdone a tu padre, y con tu gusto tus negocios acomode? Bien puedes ir confiado. Iré, pues que me socorren en necesidad tan grande tan soberanos favores. Tu esposa soy don Rodrigo, contigo he de ir, no me enojes. En mis hombros, y en mi alma irás por llanos, y montes. ¿Dónde irás, que no te siga? ¿Dónde iré, que no te adore? Fin del segundo.

JORNADA TERCERA

Déjame. Vuelve por mí. Daré voces si porfías; a tus locas fantasías te vuelves, cuando creí que, como Gobernador, apurabas mi justicia, es sobrada tu injusticia. Di que es sobrado mi amor. Pues el Rey viene, y sabrá tu loca esperanza vana. Sí, pero vase mañana, y mi amor nunca se va. Ireme yo. Que te obliga, escúchame una razón. No la tienes. Mi afición hará que, al menos, la diga, pues que ya tu don Rodrigo. Ese nombre me ha parado. Se ha casado. ¿Se ha casado?, ¿Quién lo dice? Yo lo digo. Y hoy llega a Valladolid a ver a su Majestad. Cielos, mi vida acabad, o mis querellas oíd. Pues hizo tan mala prueba don Rodrigo, a mí. ¡Ah traidor! Pídeme ahora un favor por albricias de esa nueva. Déjame. No llores tanto. ¿Dónde vas? Iréme luego donde me abrase este fuego, donde me anegue este llanto. O hazme primero un favor. ¿Que habrá que por ti no haga? Mátame con esa daga, pero yo lo haré mejor. Quiere tomalle la daga. Suelta, el Rey es. Muerta voy. Yo con el alma te sigo. Casado mi don Rodrigo, ¿y yo viva? Loca estoy. ¿Pues Infante, habéis sabido este don Rodrigo fuerte a que viene de esta suerte? Sé que esperado, y temido es ya su valor profundo de todos. No es maravilla que atemorice a Castilla quien es asombro del mundo. Si es que con mano no escasa tus magnos antecesores con mercedes, y favores honraron mi antigua casa. Y si en mi poder Señor por ti su crédito aumenta, toma a tu cargo mi afrenta, pues es tan tuyo mi honor. Don Rodrigo este villano pues en el trato lo fue quebró a mi hija la fe, rompió a mi hijo la mano. Y ahora triunfando viene adonde le vean mis ojos, mezclando con sus despojos los que de mi honra tiene. Remedia con tu poder esto, o remítelo al mío; que deudos tengo, y aun brío para morir, o vencer. Y yo con licencia tuya le quiero desafiar, y en el campo averiguar de mi persona a la suya Lo que tanto a mi honor toca: esto te suplico, así Arrodillase. espero Señor el sí, y el ánimo de tu boca. Sosegaos, que yo me obligo pues es propio el interés el Marqués. a remediallo ¿Marqués que sabéis de don Rodrigo? Que con cajas y banderas de colores diferentes, entre escuadrones de gentes tan lúcidas, como fieras; Ha entrado ahora marchando con espanto, y maravilla en la Villa, y ya en la Villa de recelo están temblando. Dicen que de la prisión a su Padre sacar quiere, y aún temen más. Si eso hiciere será desdicha, y traición. Peligro puede correr mi persona, y esta Villa. Y será Rey de Castilla, como traidor quiera ser. Ya culpo el atrevimiento de hacer en mi Corte entrado, y mi Reino alborotado dando banderas al viento. Pero pensar que es traidor, su fama no lo consiente. Manda recoger tu gente, que no es menos, ni peor que la que él trae de Francia. Morirán por tu corona. Resuelto estoy, mi persona será de más importancia. Con respeto, y no con miedo, ha de obligarse el honrado. Tomaste acuerdo extremado. Lo mismo decirte puedo. No perderé la esperanza de castigar su malicia. Yo pienso haceros justicia. Yo pienso tomar venganza. El peso de tantos años, los pesares de estas penas, los hierros de estas cadenas, los recelos de estos daños; hacen en mí el sentimiento aún más grande que la queja, por solamente esta reja da el Sol en este aposento. No viene a darme consuelo ni un amigo, ni un pariente, porque el Rey no lo consiente, porque lo permite el cielo. Ni tampoco lo he tenido de un hijo tan deseado; el lugar alborotado ha gran rato que he sentido. Cajas tocan a marchar, mucha gente veo venir, cosaletes relucir, y banderas tremolar. ¿Para qué se habrán juntado? Mis ojos se engañaran; a famoso Capitán, a valeroso Soldado. A retrato del valor, azote de la arrogancia; a restaurador de Francia, turbada lengua ¿ a Señor? No acertáis. ¿Quién esto dijo? Loco de contento un hombre que olvidado de tu nombre no ha osado llamarte hijo. ¿Qué veo? ¿Padre querido? Porque vienes muy honrado, y el verme en tan bajo estado no te dejase corrido. ¿Padre, que a escucharte vengo tal razón? ¡Muero de pena! ¿Qué cosa tengo tan buena yo, como el Padre que tengo? Llegad franceses hileras, y a mi Padre podéis ver; aquel viejo me dio el ser, abatid esas banderas. Será mi mayor hazaña debajo sus pies ponellas; pero no, que tengo en ellas las armas del Rey de España. ¿Mas verame el mundo a mí? ¿Cómo diré lo que siento? Adorando este cimiento, porque te sustenta a ti. Ya estás rico padre amado con enemigos despojos; ya cumplo vuelto a tus ojos la palabra que te he dado. Tu bien nacido me hiciste, mi estrella rico me ha hecho; reliquia soy de tu pecho, retrato de lo que fuiste. Con esto, y haber traído mucha gente, y un tesoro, devoción daré entre el oro, y luciré guarnecido. Hijo abrazarte querría, no puedo de donde estoy; estas lagrimas te doy de tristeza, y alegría. Recíbelas. Y recibo con ellas tanto pesar, que pienso que ha de montar más el gasto, que el recibo. Ahora pues he llegado don Rodrigo, hijo, a verte cobre el tributo la muerte, que harto tiempo le ha esperado. Que pues fue con ser cruel en esperar comedida, primero que me le pida yo la convido con él. Y es tiempo. Tú huirás donde yo pueda gozarte, el Rey mandara sacarte del lugar adonde estás. ¿Celebráranse las bodas entre ti y doña María? Que es mujer. ¡Desdicha mía! Que lleva ventaja a todas. ¿Con qué lengua le diré que con otra estoy casado? Paréceme que has mudado el color. De amor mudé. ¿Cómo así? Más gente viene: el Rey, y sus grandes son. Que alboroto, en confusión esto, y aquello me tiene. El talle. Rey soberano. Dice lo que el alma es. Mientras me postro a tus pies pido que me des la mano. Primero quiero que os deis por mí preso. Yo lo soy, y con mi prisión estoy honrado, pues vos la hacéis. Sol. Viva nuestro General, y muera. Estad sosegados, mirad franceses soldados que este es mi Rey natural. Y tu su vasallo fiel. Si oigo esa voz levantada veréis desnuda esta espada que ahora la rindo a él. Grande valor ha mostrado. Tómela tu Majestad; no es dudosa mi lealtad, que es de la tuya un traslado. Ni es menester que me avises con voces Padre, ¿Qué esperas? Aquí están estas banderas porque con tus pies las pises; y aquí tienes mi cabeza si merece algún castigo. A buen hijo. Don Rodrigo. Gran lealtad. Y gran nobleza. Ya he visto vuestra lealtad. Aun del enemigo agrada una cosa que es honrada. ¿Pues porque tu Majestad me prende? Porque he sabido que a una mujer principal burlastes. ¿Quién dice tal? Yo. Paso, yo os he prendido por venir alborotando el mundo, y mi Reino más. Si en eso hay culpa, verás que la cometí ignorando. Yo salí, Rey poderoso, De esta villa, que es mi tierra, como pobre despreciado huyendo de mi pobreza. Fui a servir al Rey de Francia, no diré lo que hice en ella; porque propias alabanzas resultan en propias menguas. Y por eso hay en la fama tantas alas, tantas lenguas, a ellas remito mis causas; solo diré que por ellas en Francia fui respetado, temido en Ingalaterra. Con despojos de enemigos sino soy rico, lo fuera a no dar de hacienda mía diez tantos como me queda. Pues saliendo vencedor de entre infinitas empresas, tuve de solos despojos infinita la riqueza. Con todo tengo en Borgoña veinte y siete Villas buenas, de ellas compradas, y algunas ganadas en buena guerra. Y últimamente los Reyes de Francia, y de Inglaterra, publica cosa en el mundo por mi causa hicieron treguas. Y por premiarme el Francés, que como Alejandro premia, me caso con su sobrina, y dióme un millón con ella. Con tres Ciudades mis Villas llegó a número de treinta. Supe luego la prisión de mi padre, y que inquietan comuneros tu corona, y tus Ciudades alteran. Vine de Francia a Castilla, y de más lejos viniera: si entré en tu Reino tocando los instrumentos de guerra, desplegando tafetanes entre ordenadas hileras; aspiré a que los que vieron la humildad de mi pobreza, de mi prospera fortuna también la soberbia vieran. Pecado fue de ignorancia, que si de malicia fuera no vinieran respetadas tus armas en mis banderas. Ni gente española tuya mezclada con la francesa, apellidando tu nombre en alardes, y reseñas. Pero banderas, y gente, armas, vida, honra, y hacienda, todo está sujeto a ti, con mi persona sujeta. Tu preso soy, y señor para prenderme, no era importante tu persona, tu autoridad, y grandeza. Un niño que el nombre tuyo pronunciar supiera apenas, con el me llevara donde te prestara la obediencia; que es mi lealtad Española, y mi humildad es soberbia. Lo que te suplico Rey, que, pues por mi estaba presa de mi Padre la persona, libertad ahora tenga. Servirate en mi lugar en estas civiles guerras, acaudillando esta gente que te truje para ellas. Dará el ver que sangre mía la acaudilla, y la gobierna, para su lealtad seguro, y esfuerzo para su fuerza. Harame la cárcel viejo, harale mozo la guerra; y tú de un vasallo humilde harás la humildad soberbia. Lo que pides quiero hacer, traedme a su padre aquí. Que bien el ser que te di me pagas con darme ser. Suplícote que a los dos nos des campo, y ocasión que cierta averiguación hagamos. Que bien por Dios. Vera. Baste, pues está su persona aprisionada; volviendo de esta jornada eso que dices se hará. Tu Majestad señalo muy buen tiempo, y ese espero; que no soy hombre que quiero reñir con ventaja yo. Di la que piensas tener, ¿o en que a mí me la has tenido? No es harta haber aprendido a pelear, y a vencer. Aprende en esta jornada a herir, vencer y matar, y en sabiendo pelear prueba conmigo tu espada. Porque la igual experiencia haga las armas iguales. Bien de la lengua te vales. No más. O santa obediencia. Este hombre tiene valor. Ya le estoy aficionado. Dios inmenso. Padre amado. Hijo, perdona Señor, Si el respeto te perdemos. No te cause admiración que una extremada ocasión obligue a grandes extremos. Tanto mi hierro te cuesta, que esté sujeto a tu cuello; troquemos, que es justo hacello, esa cadena con esta. Pónele don Rodrigo una cadena de oro, y quítale la de hierro. Sera ahora más pesada para mí. Pónmela, ten, y trocaremos también con esa ropa esta espada. Notables sus cosas son. A mucho me han de obligar. Ahora falta trocar con el báculo el bastón. Y si yo pudiera hacello, tu mucha edad trocaría, Padre, con la poca mía, tus canas con mi cabello. Si de ingenio, y corazón contigo también trocara, con tu valor gobernara ya la espada, ya el bastón. Desnuda la espada. Si mi valor es traslado del tuyo, el original, será el perfecto. Ya es tal, que mi flaqueza ha esforzado. Ya vuelvo a mi ser primero, que en un vasallo de ley tanto puede el ver su Rey en un espejo de acero. En su presencia me vi, mirele luego en mi espada; y pienso que gobernada es ya por él, no por mí. Ya pues le voy a servir lo que ha sido a mi pesar en el báculo temblar, será en la espada blandir. Y ahora deme los pies, pues hasta aquí de turbado aun su mano no he besado. Levantaos, y vos Marqués, a vuestro cargo tomad la prisión de don Rodrigo. Por merced la acepto, y digo que me honra tu Majestad. ¿Dónde con él estaré? Donde quiera me honraras. En el Castillo que más cerca de mi Campo esté. Tu Padre ve a consolar, y recibir a mi esposa. Tendrelo a suerte dichosa, ¿Pero dónde la he de hallar? En el camino estará poco trecho de esta villa. El Infante a recebilla con toda mi Corte irá, que es justo. Y la iré a servir. Mi agravio pienso vengar. Yo aprenderé a pelear. Y yo aprenderé a sufrir. He soñado este suceso, ¿Quién lo sufre?, ¿quién lo ordena? cielo quitadme la pena, o no me quitéis el seso. Sufro, peno, muero, rabio. ¡Qué ingratitud! ¡Que rigor! Don Rodrigo tanto amor mereció tan grande agravio. Que tiene esposa, y con ella viene contento, y ufano, donde le vea al villano triunfar de mí, y gozar de ella. Vil traición, infame ley, ¿Esto es sentir, o es rabiar? Aquí al Rey he de esperar, y echarme a los pies del Rey. Que me deje le diré prendas de mi honestidad; mujer seré sin verdad, pues él es hombre sin fe. Y en mayor obligación pondrá el Rey esta mentira, si primero con la ira no me arranco el corazón. Sin duda lo hubiera hecho si el Rey no viniera ya; pues tan ofendido está, que me revienta en el pecho. He de partirme al momento, las postas aparejad. Si obliga a tu Majestad ser noble mi nacimiento; si es verdad que sangre mía tiene de la tuya el ser; si pueden de una mujer lágrimas, pena, y porfía. Don Rodrigo, ese villano, me quitó. ¿Qué dices? Di. Por más obligarte a ti, a mi padre, y a mi hermano. Aunque corrida Señor de verguenza. Decid. Digo que me tiene don Rodrigo. ¿Qué? La prenda de mi honor. Castiga, Rey, la malicia de quien burló mi esperanza, o habrá en los hombres venganza, si en los Reyes no hay justicia. O pedirésela al cielo, si no te la veo hacer. A honor fundado en mujer, que presto das en el suelo. ¿Quién la pudiera matar? Su sentimiento he notado, mil colores han mudado, mucho dicen con callar. A mi cargo he ya tomado justicia, y venganza y todo; si estas cosas no acomodo veré el mundo alborotado. Sosegaos por vida mía, de mi palabra os fiad. No servir tu Majestad segunda afrenta sería. Hacen dentro ruido, y sale un Grande. Será la francesa, quiero recibilla. Y ella a verte viene ya. Veré mi muerte en ella, y por vella muero. Vuestra Majestad me dé las manos. Señor, alzad. Lea vuestra Majestad estas cartas. Sí haré. Aquella deje de ser la que causa mis enojos; ya me lo dicen sus ojos, que mirar. Que aborrecer. El ver a doña María me da pesares extraños, que en efecto algunos años la tuve por hija mía. ¿No es don Juan? Hablalle quiero, hermosa nuera gozáis; mas Señor, ¿No os acordáis de que yo lo fui primero? No os serví, no os regalé, no nos tuvimos amor; no miraste por mi honor, ¿Por el vuestro no miré? Padre. En el alma me aflijo, mas no tengo culpa alguna, tendrala vuestra fortuna. Mi fortuna es vuestro hijo. De mi suegro tengo celos, ¿A ser mi esposo que hiciera? Mucho me mira mi nuera, perdonad Señora. Apartase de ella. ¡Ah cielos! Que os sirva en todo, y dé gusto, me han escrito los dos Reyes; mas de mis Reinos las leyes me han obligado a ser justo. Pide la parte agraviada justicia, y mientras la pida no podre veros servida hasta vella averiguada. No puedo romper la ley, perdonadme. Vuestra Alteza trata con mucha aspereza a una sobrina de un Rey. Pero Rey tan poderoso nunca mal trato ha tenido; así te suplico y pido De rodillas. que me vuelvas a mi esposo. De tu Majestad confío. Señora no estéis así. Volvédmele vos a mí, pues que primero fue mío. ¿Y esa es cosa averiguada? Ojala pluviera a Dios que lo fuera entre las dos con la lengua, o con la espada. Perdona Rey, que estoy loca. Atadla, que no se pierda. Era menester más cuerda que sois vos. Callad la boca. Son mujeres. Qué ocasión. Qué ocasión. Si no calláis, juzgaré que os le partáis imitando a Salomón. Que me le darás confío si hace tal tu Majestad, pues no quiero la mitad, y echarás de ver que es mío. Pues yo su cabeza pido, ya que otra enmienda no espero; que mi honor no estará entero mientras él no esté partido. ¡Ay española! ¡Ay francesa! Notable cosa. Extremada, daré fin a esta jornada, y veréis cómo se pesa la justicia en mi balanza. Yo tendré pues es razón con mi esposo la prisión, si logras esta esperanza. No os quiero ser tan cruel, adonde está podéis ir. Que no me ha muerto el oír que se vaya a estar con él. Mas ya trazas imagino para ver este traidor. Con tu licencia, Señor, voy a ponerme en camino. Muy bien. Iré a acompañarte. De tal confusión que espero. Hermana, vengarte quiero. Hija, quisiera matarte. Mírame, quiero miralla. Verme quiere, quiero vella. ¡Ah, quién pudiera comella! ¡Ah, quién pudiera matalla! Qué rigores de mi estrella inquietan mi fortuna; vime ayer sobre la luna, y hoy apenas puedo vella. Qué favorable, que esquiva se muestra a tiempos, espanta ver que a priesa me levanta, con qué furia me derriba. Confuso estoy y medroso, porque soy como he notado en mi tierra desdichado, y en las ajenas dichoso. ¿Qué querrá doña María, y Margarita qué hará?, ¿a qué el Rey me obligará? Gran confusión es la mía. Quiere el Rey que don Rodrigo se halle en esta batalla, porque mucho valor halla en él, y su orden sigo. De mis ruegos obligado he de hacer que salga ahora, fingiendo que el Rey lo ignora, con ser él quien lo ha mandado. Triste está, y suspenso, pues ¿Daos gran pena la prisión? Por ser en esta ocasión la tengo grande Marques. Vine a servir en Castilla a mi Rey con mi persona, y no sirvo a su Corona. Obedecella es servilla. Ya la obedezco, pensando que en esto la estoy sirviendo; pero más que obedeciendo le sirviera peleando. Deseaba que en España vieran como yo peleo, y el no lograr mi deseo me tiene con pena extraña. Qué buena ocasión me ha dado. Y el verme así no os asombre, y un hombre preso no es hombre, pues mal puede sello atado. Con mucho deseo estoy de serviros, y agradaros; ¿Qué daríais por hallaros en la batalla de hoy? ¿Qué decís Marques? Daría. A mi gusto se acomoda. Después de mi hacienda toda la mitad del alma mía. Por sola vuestra amistad, en vuestro valor fiado os libraré. ¿ Habéis pensado si ofende a su Majestad el romper yo la prisión? ¿Si es traición? Lealtad inmensa, yo me encargo de esa ofensa, y aseguro esa traición. Algo debéis de saber, a vuestro cargo lo dejo, y a recibir me aparejo el bien que me habéis de hacer. Vamos, pero vuestra esposa viene. A quitarme el pesar, aunque la habré de dejar en ocasión tan forzosa. Fuera espero, a Dios. A Dios. ¿Señor mío? ¿Amiga fiel? Dios os guarde. Después del, para adoraros a vos. ¿Triste estáis? Con mil recelos me tiene vuestra prisión, y el pensar en la ocasión con mil sospechas, y celos. Poco fiais de mi pecho, falta de amor debe ser. No temo lo por hacer, pero oféndeme lo hecho. Que no tienen ofendido a un amante corazón solo las cosas que son, sino también las que han sido. Si os viera cuando nací con ninguna os ofendiera, porque en naciendo os quisiera, mas os quise cuando os vi. Y como ahora obligado fuerais mi bien solamente; pero estimad lo presente, y olvidaréis lo pasado. Si os canso, la culpa echad al extremo de mi fe. Saber quiero cómo fue el gustar su Majestad de que vinieseis aquí. Pedile para serviros licencia, pero deciros tengo mil cosas que vi. ¿Qué vistes? En una dama que es vuestra, vi una belleza que dejé a naturaleza más cuidado que a la fama. Dejaos de eso. Ya no quiero enojaros. ¿Qué hay Soldado? ¿Es papel? ¿Quién os le ha dado? ¿Es billete? Sol No tengo claro este fragmento . Un Caballero. Bien a fe, que este confíe Leyendo el papel. tanto de sí, que me aplace. Extrañas mudanzas hace, ya se enoja, ya se ríe. Soldado espérame fuera. Sol. Ya te espera quien me envía. Y pues Margarita mía. ¿Saber que tienes quisiera? Por cierto intento del Rey he de partirme. ¿A que efecto? Dame el papel. El secreto me obliga a mi buena ley. ¿Pues secreto para mí? Sí, no siendo solo mío. ¿No quieres? No. No porfío, ¿Y qué has de partirte? Sí. ¡Ay triste! Señora mía, perdona. Suerte cruel. No ha de ver que en el papel don Diego me desafía; Porque no quede con pena, y porque no ha de saber estas cosas la mujer, queda a Dios. Ve, enhorabuena. Con mil sospechas estoy. Y siempre en mi pecho estas. Sin abrazarme te vas, dame vn abrazo. Sí doy. Abrázala, y vase. ¿Qué tengo? ¿Qué siento, cielos? con que hielo me ha dejado; cómo me aprieta el cuidado, cómo me abrasan los celos. ¿Si es de mujer el papel? ¿Si por desdicha lo envía la misma doña María? Más, ¿Qué espero? Iré tras él. Y el hábito he de mudar, será libre proceder; mas, ¿Qué no hará la mujer cuando se siente abrazar? Quizá que el camino erré divertida en mi cuidado; o se tarda aquel Soldado que a don Rodrigo envié. Con el nombre de mi hermano le envié a desafiar, solo por tener lugar de hablalle, ¡Oh, amor tirano! Si eres fuego, ¿Cómo enfrías? si eres hielo, ¿Cómo enciendes? si eres niño, ¿Cómo ofendes? y si ciego, ¿Cómo guías? ¿Dónde me llevas sin seso a don Rodrigo cruel? pero el Castillo es aquel donde el Rey lo tiene preso. ¿Si es él? Que sujeta estoy a este recelo importuno; tres han salido, ya el uno le señala que yo soy. Mas solo le van dejando, claro que es él, estoy viendo; de celos estoy ardiendo, y de cólera temblando. ¿Qué le diré, que ya viene? Y en semejante ocasión dice muy mal su razón el amante que la tiene. Pues está cerca el Real después de ver a don Diego sino me mata, iré luego a servir al Rey. ¿Hay tal? ¿Qué imperio tiene conmigo, que hecha un mármol me ha dejado? Mas será el que amor le ha dado. A don Diego. A don Rodrigo. ¿Cielo, que voz es aquella? Otro tiempo fue más clara. ¿Pues por qué os cubrís la cara? Por no espantaros con ella. ¿Luego espantarme podría? Y algún día os agradó. ¿Qué escucho? ¿Quién eres? Yo. ¿Qué veo? ¿Doña María? Como tu sombra te sigo. ¿Qué Circe te ha transformado? A todos nos ha mudado tu mudanza, don Rodrigo. A ti el gusto, y a mí el ser, a mí el cuidado, a ti el nombre; a mí de mujer en hombre, y a ti de hombre en mujer. Pues en mudarte lo has sido, en mujer te has transformado; de suerte que hemos mudado tú el género, yo el vestido. Y así pues tomaste el ser de mujer para mudarte, no será mengua el matarte aquí con otra mujer. Villano, infame, traidor, donde estoy te probaré que fue el romperme la fe injusto pago a mi amor. A don Rodrigo estoy viendo allí con doña María; a traidor, saber querría lo que hablan, no lo entiendo. Estoy lejos, mas si allí me acerco, verme podrán. ¿No respondes? ¿Qué hablarán? Temo. ¿A quién temes? A ti. Mil batallas he vencido, mil peligros he pasado, mil asombros me han contado, pero a ti sola he temido. Mi razón debes temer, y mi agravio que es tan fuerte; que es fuerza para tu muerte lo flaco de una mujer. Traidor mejor lo imagina, dejando yo por tu ley a un sobrino de un rey, me dejas por la sobrina? Pero porque me entretengo, mete mano, he de matarte. Disculpa no quiero darte, pues bastante no la tengo. ¿Qué hare ahora, triste suerte? Si quieres matarme, aquí estoy, que el temor a ti le tengo, que no a la muerte. Con blandura he de obligalla, mi espada. Infelice estrella. Toma, y mátame con ella. No es vida para matalla, Que fue mía. Airados cielos, ya imagino como ahora de la muerte a esta traidora, pues que me mata con celos. ¡Que me matan, don Rodrigo! ¿Qué escucho? ¡Hado feroz! yo conozco aquella voz, voy tras ella. Y yo te sigo. Eso no, que me escondí, traidora, en este lugar por no dejarte pasar, y por matarte. ¡Ay de mí! Don Rodrigo, que me matan. Así saldré de cuidado. La misma voz me ha llamado, o es otra, que encantos tratan de enloquecerme. Ah Señor, aquí que me dan la muerte. Llegaré tarde a valerte, que está lejos, a traidor. Tírale una daga. Pero llegara esta daga más ligera que mis pies. ¡Ay que me has muerto! No ves tanto amor cuán mal se paga. ¡Ay cielo! El alma me cuesta. Hanme las fuerzas faltado. Tente, espera. Esposo amado muerto me has, tu daga es esta. Ella me dio muerte airada, y también de celos muero. Amenázame, huir quiero, pero ya arroja la espada. Ya llora, ya gime, espanta. Tu pena conozco y siento. El dolor, y el sentimiento le ha añudado la garganta. No le puede responder, aunque veo que se muere; la tengo, pues él la quiere, por muy dichosa mujer. Con cuantos extremos prueba a hablalla, dándole abrazos; al cielo mira, en los bracos la tiene, en ellos la lleva. Ay amigo, vuestra esposa que poco puede serviros. Con mal formados suspiros le responde a cualquier cosa. Tocan dentro arma en el Campo del Rey. Arma tocan, mas aquella la batalla debe ser que aguardaba, su mujer dejó, por hallarse en ella. ¡Lo que ha podido su ley! Pues del Castillo a la puerta se dejó su mujer muerta por ir a servir al Rey. No da bramidos un toro como ahora los va dando; él su muerte va llorando, y yo mi desdicha lloro. Voime, pues el hado ordena por ser para mí más fiero que a ella le mate su acero, y a mí me acabe su pena. Mucho cuidado tengo. Que ha vencido nuestro Rey la batalla ten por cierto, porque la mala nueva corre mucho, y no hubiera tardado lo que tarda la buena que esperamos. Dios lo quiera. Este es don Diego. Infante albricias pido. ¿Venció el Rey? Ha vencido, y sosegado con la victoria sus vasallos todos; y yo me adelante a darte esta nueva. Agradezco el cuidado, ¿Cómo ha sido? Viose el Rey al principio en grande aprieto, pero el gran don Rodrigo que aunque sea grande enemigo mío, es gran Soldado le sirvió con hazañas milagrosas, y estas, después de Dios le dieron vida, victoria, y honra, y hoy sin duda llega a esta villa. ¿Pues, como pudo hallarse en la batalla don Rodrigo? Hallose rompiendo la prisión, y algunos dicen que fue orden del Rey. ¿Y dónde queda? A cargo del Marqués como antes viene preso, y apesarado de un suceso lastimoso en extremo, dio la muerte el mismo a su mujer. ¿Queriendo dársela? Diósela por desgracia, mas de espacio podrás saber un caso peregrino. Lo que ahora a tu alteza le suplico, pues dio el cielo lugar a mi justicia que al Rey se la acredite. Con mil gustos haré cuanto pudiere, aunque se quede del todo mi esperanza mal lograda; ya viene el Rey, a recebille vamos. Aquí le he de aguardar, y suplicalle que a mí, y a don Rodrigo nos dé Campo, que honrado moriré cuando en él muera; y si tengo vitoria, será grande la honra, y opinión que me resulta de haber vencido un hombre tan famoso. Yo lo veré, don Álvaro. A mi honra causa gran perjuicio el dilatallo, cásese don Rodrigo, pues ya puede. Es muy presto. Señor pues eres justo, esta es la hora que esta humilde casa se ha de ver levantada por tu mano, o abatida, y sin honra para siempre. Sobrado me apretáis. Rey poderoso apriétanos la afrenta. El Marqués viene, sabré lo que con él tiene tratado. ¿Pues Marqués, don Rodrigo dónde queda? Ahí fuera le dejo haciendo extremos que enternecen los hombres, y las peñas; hame dicho Señor que le perdones, porque no ha de casarse, y te suplica que le cortes primero la cabeza. Hate hablado su Padre. Luego viene. Páguelo su cabeza. No es posible, yo le dejo la vida, ¿Cómo puedo pagalle con la muerte? Y él me deje la honra a mi Señor. Esto es justicia, y por ella pedimos su cabeza. Soy cristiano, y no quiero. Tu palabra; no más quiero pedirte, tú la diste, de que si en el espacio de dos meses no daba conclusión al casamiento, a don Juan cortarías la cabeza; pasó el plazo que diste. ¿un pobre viejo tiene culpa? Ninguna, mas su hijo si advierte su peligro, querrá luego lo que rehúsa. Pues Marqués, decidle Que, si no se desposa, yo no puedo no cumplir como he puesto mi palabra; no es malo el pensamiento, oíd infante. No ha sido poca suerte el no hallar menos mi persona en palacio, fue secreto de una amiga del alma. Don Juan viene. Servirete Señor como lo mandas. ¿Qué hay don Juan? No he podido con mi hijo con ruegos, amenazas, maldiciones, que haga lo que mandas, está loco. Haréis lo que el Infante os ordenare. Ley es tu gusto para mí. Pues vamos. Si te obligan, Señor. Baste, ya entiendo lo que queréis, dejadlo. Don Rodrigo te responde, que siendo Rey tan justo, y pudiendo cortalle su cabeza, que es la que tiene culpa, la de un viejo no cortaras, que está inocente en todo. Impórtame ablandar este diamante, y con sangre ha de ser. Licencia pide para besar tu mano. Dile que entre, y comerá conmigo, que esta honra le quiero hacer por lo que me ha servido. Tal honra ha de tener quien me la quita, alborotarse ha el mundo. ¿Qué es aquesto? Algún misterio encierran estas cosas. En que vendrá a parar tan gran desdicha. El cielo guíe los intentos míos. y excuse disensiones, y alborotos. Señor si mi cabeza te ha ofendido mandámela cortar, aquí la tienes. Levantaos don Rodrigo, esa cabeza es buena para amparo de la mía; más honra os quiero hacer. Los pies te beso. Denme una silla, y la comida traigan. ¿En qué ha de parar esto? Infante, ¿Hicistes lo que os dije? Señor, ya viene a punto. Sentaos en esa silla, don Rodrigo. ¿Cómo podré? No repliquéis, sentaos. Pues lo mandas, Señor, ya te obedezco. Comed ese principio con los ojos. ¿Pues cómo merecí tales enojos? ¡Que a mi padre puedo ver por mi causa de esta suerte! quien pudo dalle la muerte? Solo un Rey lo pudo hacer. Que mi Padre cielo amigo por mi culpa se desangre; estoy por beber su sangre, pues he sido su enemigo. Pero en tan grave tormento mis ojos han de bebella; en ellos puedes ponella, y honrarás mi sentimiento. Que si a mis ojos la das, dirá quien viere mi enojo que tengo sangre en el ojo, y sangre tuya que es más. Mas pues en ellos la tengo, ¿Cómo con mi honrada ley pues que no puedo a mi Rey en los otros no te vengo? He de ser Sansón segundo si mi cólera no templo, pues lo que él hizo del templo estoy por hacer del mundo. Solo del Rey la persona de mi brazo está segura. Ya es tiempo. Tener procura más respeto a su corona. Hijo vivo estoy, y puesto por orden del Rey aquí. De vello estuve sin mí. ¿Muerto he quedado, qué es esto? Hijo. Por verte nacer fue bueno el verte morir. Su muerte os hice sentir, por hacérosla temer. Y advertid, que si no hacéis en lo razonable y justo cuanto fuere de mi gusto, de veras la sentiréis. También os di, don Rodrigo, al delito de no hacer a vuestro Rey un placer, este pesar por castigo. A vuestra lealtad probé, de quien estoy satisfecho; y dispuse vuestro pecho para que contento esté. Que esta vida que os he dado vuestra pena ha de aliviar, y por podérosla dar fingí habérosla quitado. Pues el buen discurso os sobra, haréis como el que se huido con todo el caudal perdido, que estima mucho el que cobra. Y os doy más, pues corresponde la obligación al deseo, la Villa de Ribadeo, y con título de Conde. Y esta ropa os doy también con que comáis en mi mesa. Dejando por ley expresa, que a vos, y a los vuestros den los que heredaren mi estado su real ropa el mismo día que es hoy de la Epifanía por la Iglesia celebrado. Conmigo habéis de comer. Besarte los pies es justo. Pero por hacerme gusto acompañado ha de ser. Dando a quien debéis la mano de esposa. En esta ocasión el no servirte, traición sería, Rey soberano. Demás de que echo de ver en lo que el cielo ordeno, que para mío guardo tal valor en tal mujer. Infinita es mi alegría. Tu esposo soy. Yo tu esposa. Para que sea dichosa la humildad soberbia mía. Abrazaos. Quien tal creyera. Abrazándose los tres. ¿Quién tanto bien esperaba? Y aquí, Senado, se acaba esta Historia verdadera.