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Texto digital de El hospital de los locos

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José de Valdivieso
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José de Valdivieso Segura
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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El hospital de los locos. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/hospital-de-los-locos-el.

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EL HOSPITAL DE LOS LOCOS

Locura, engañada estás si de la empresa que sigo en ser sospechoso das. Es muy fuerte tu enemigo y muy desarmada vas. Dime, ¿al Engaño no llevo con que al más santo me atrevo y al mal logrado Deleite, cuyo fantástico afeite es de los necios el cebo? ¿No llevo aquesta escopeta en favor del apetito, a quien la razón sujeta, con que los rayos imito que vibra el sexto planeta? ¿No llevo a ese sabio mudo y a este cortesano rudo entre esta nieve mi fuego? ¿No llevo a este lince ciego, y aqueste armado desnudo? ¿No llevo en mi pecho tierno todo el poder del infierno con que sabes que he vencido cuanto una mujer no ha sido y un Niño que lo es eterno? Que uno y otro se libró, Él por ser Dios encubierto y ella porque alas tomó, con que volando al desierto de mis aguas se escapó. No es bien, Culpa, que te enojes con quien tu gusto procura. Ni tú es bien que así te arrojes, si no es que como Locura conmigo te desencojes. Pues mi buen ánimo ves, no hay por qué tan bravo estés; cese tu furia y enojo. Rabia escupo, fuego arrojo de que consejo me des. Y pues eres la portera de los locos que aquí están, guarda aquesa cárcel fiera; que estas manos te traerán al Alma por prisionera. Parto, Culpa, a obedecerte, como a mi rey y señor. Parte, Locura, y advierte no echen menos su rector. Guardaré tu cárcel fuerte. Gusto, Deleite, me das, mirando cuán otro estás con el disfraz que has tomado. ¿No voy bien disimulado? Tan bien que me engañarás. De niño me disfracé con aqueste sayo tosco. Extremada traza fue. Cual culebra, aquí me enrosco; mas allá me soltaré. Nadie se teme de un niño, y aqueste rústico aliño a amor y a gusto provoca; pondré veneno en mi boca y zarzas entre el armiño. Y tú, cauteloso Engaño, letrado de mi consejo, ¡cuán bien entre el pobre paño te finges un grave viejo, encubridor de mi daño! Llevo armado un fuerte lazo entre este pobre sayal; de Jael la leche y brazo, de Joab llevo el puñal y de Dalila el regazo. Del Alma que solicito la victoria facilito si vence en esta ocasión el Engaño a la Razón y el Deleite al Apetito. Pues partamos, porque creo que saca al Alma el Deseo, como suele, a recrearla. Vamos, que de esta batalla espero el lauro y trofeo. Tres partes había de estrellas encima la impirie bola, siendo yo de las más bellas; me derribé con la cola la tercera parte de ellas. ¿Con Dios te pones, ingrato? Pues vos lo quisiste ser cuando comiste sin plato. Hechizome una mujer. Dios con la mano del gato. Yo me hallé en esa reyerta, enmascarada y cubierta. Verdad es; bien dices, Gula, pues quedó como una mula, y echáronle de la huerta. Habrá en mí arrepentimiento, que no le habrá en vos, ni en vos; y acabarse ha mi tormento. De querer yo ser par Dios, ni lloro ni me arrepiento. ¡Qué buena trinca ha salido! ¿Dónde vas, viejo podrido? ¿De qué es, Envidia, el pesar? En los tres no hay que envidiar. ¿De eso la tristeza ha sido? Vete, Envidia, a los desiertos, y haz allá tus desconciertos. Deja estos tristes cautivos. Viejo, ve a enterrar los vivos y a desenterrar los muertos. Pues si una culebra saco, yo haré al borracho glotón, vomite a Ceres y a Baco. No me como el corazón, como vos, viejo bellaco. Bien mi intento trazo y fundo; si tantas riquezas tengo y es mi poder sin segundo, a ser emperador vengo. ¡Qué perdido viene el Mundo! ¡Hola! ¿No me respondéis? Es que no me conocéis. ¿Quién ha soltado estos locos? Manda, potro si da, poco, ¡qué poco seso tenéis! ¿Qué hace aquí este loraduelos, padre infame de los celos? ¡Vaya fuera, que me enfada! Gula, tu cara me agrada; dame tus brazos. Darelos. Pues si yo me quito el freno mezclaré al loco poltrón en su gloria mi veneno. ¡Brindis! Paró la razón. Bueno, ¡a fe de Mundo, bueno! Locos, ¿veis que estoy aquí, que casi el mismo Dios fui? ¿Y tú no ves que aquí estoy, y que todo el mundo soy? Pues, ¿y qué se me da a mí? No me debes conocer, pues que conmigo te igualas. ¿Sabes lo que quise ser? Bien lo muestran esas alas sobradas para caer. ¿Querrás decir que caí? Pues ¿eso yo no lo vi, que te recibí en mis faldas cuando, cayendo de espaldas, viniste a dar sobre mí? Caduco y afeminado, azotado en el diluvio y en Sodoma chamuscado enriza el copete rubio, que tú morirás quemado. ¡Afuera, afuera! Apartar; pasará mi majestad, y adoraréis mi hermosura, mi gracia y desenvoltura, mi donaire y libertad. ¡Ah, carne, seas bien venida! Despliega, loca, la rueda, para quitarme la vida; que entre perlas, oro y seda, mi muerte traes escondida. ¡Oh, mi mayor enemigo, de mis pecados castigo, pues que quiera, que no quiera, abrazado esta hechicera he de llevarla conmigo! Carne, de abrazarte tengo. Dame, Gula, mil abrazos, que contigo me entretengo, y en aquestos bellos lazos a estar en mi esfera vengo. ¡Qué trae de galas la loca, con que a los necios provoca! Y entre tus afeites vanos, trae más podre y más gusanos que tiene lista tu toca! ¿Eché yo a Adán del vergel, y di favor a Caín para que matase a Abel? ¿O como vos, viejo ruin, vendí al hijo de Raquel? No; mas ¿quién quedó burlada cuando en lascivia abrasada de aquese Josef hebreo halló, en vez de su deseo, una capa con nonada? De tu discreción me espanto, Carne, y del caso que has hecho de quien está loco tanto. Éntrate en mi blando pecho, rendido a tu dulce canto. Fanfarrón, mucho me enfada ver tu atrevimiento loco, por tu apariencia dorada. Hablas mucho y haces poco; prometes y no das nada. ¡Habla el vano cascabel, muy vestido de oropel, con que a los bobos engaña; siendo su cetro de caña, sil corona de papel! Eres tu mayor tormento, y quien colgó del saúco al Apóstol avariento. ¿Quién sois vos, galán caduco? Quien soy. Un loco hace ciento ¿Quieste conmigo igualar, que hasta el cielo me subí y hice a Luzbel levantar? Y aun, para abrazarte a ti, vino el cielo a reventar; tanto mi culpa le carga, que no la pudo tener, por ser culpa que le amarga. Pesada debió de ser, pues que se echó con la carga. ¿Quieres conmigo danzar, Mundo? Sí, mi amada: empieza. Gula, ¿quiéresme ayudar? Ándaseme la cabeza. ¡No hicieras tu vientre altar! Pues da quien dance por ti. Sí haré; danzará por mí, a la abajada de un cerro, alrededor de un becerro, todo un pueblo a quien rendí. Y si no daré una dama, que es la hija de Herodías, que sabe un baile de fama. Esas son hazañas mías tales el Mundo las llama. ¿Quieres danzar? El Saltarelo. ¿Ya no saltaste del ciclo? ¿Quién es el vil que me ultraja? Mejor es danzar la Baja. Danzareisla vos, mochuelo. Una vez me hiciste el son, y con Eva de la mano, danzamos el estordión. Y os volvieron el Villano con la azada y azadón. ¡Hola, loco! Poco a poco. Yo no sé quién es más loco que el que, rompiendo sus fueros, sin pensarlo se halló en cueros, y un ángel que le hacía el coco. ¿Qué quies, Mundo? La Pavana. Y sé el Caballero bien. Pavón de presunción vana y caballero también; pero soislo de agua y lana. ¿No haremos que aqueste calle? ¿Quieres conmigo salir y mostrarnos tu buen talle? Por vos se puede decir: la loca lo tañe y lo saca a la calle. La Zarabanda inventé y la Chacona saqué; pero todo me es cansado. Vaya el arte acá, Peinado. Ese un carretero fue. ¡Hola! La locura viene con el rebenque en la mano, y de sacudir nos tiene. ¡Podrá esperarla un alano! ¡A huir, que huir nos conviene! ¡Oh, locos desvanecidos, temerarios atrevidos! ¡Mataperros, no nos des! Yo os castigaré después, en vuestras jaulas metidos. Culpa, sin ti mal me va, porque sin ti nada valgo; que la Razón voces da, y necio y corrido salgo de que rendida no está. No quise llegarme cerca, sino andarme por la cerca, para, en hallando ocasión, poner la cuerda al fogón y deslumbrar este terca. ¿Cómo el deleite lo ha hecho? El apetito movió con el gusto y el provecho; mas la razón nunca dio a sus hechizos el pecho. De aquesa necia presumo que por bachillera y sabia levanta esas torres de humo, pues abrásale la rabia con que al infierno perfumo. Llama, Engaño, a la Razón, que se asome al torreón, y déjame hacer a mí, pues armada traigo aquí la escopeta sugestión. Trae esta fiera escopeta, entre lascivas pelotas, pólvora infernal secreta, de las regiones remotas que mi grandeza sujeta; y trae de Dios el olvido, y el papel de amor rompido; trae el desprecio del cielo, que sirve al necio de velo, que encubre lo que ha perdido. ¡Ah, Razón! ¿Llamas, Engaño? Al homenaje te asoma. Querrás hacerme algún daño. Caerá la simple paloma, aunque pese al Desengaño. Entre esa inocente piel he visto disimulado un basilisco cruel, la muerte en vaso dorado, y el absintio entre la miel. A fe que eres muy discreta. ¿Por soberbia quies cogerme? Requiere aquesa escopeta. ¿Qué hace el Alma? Holgarse en verme. ¿Y el Deleite? La inquieta. ¿Está con ella abrazado? No; ni el cielo lo permita. ¿Un niño te da cuidado? ¡Ay, que dentro suena, grita! ¡Triste! Burlada he quedado. El Deleite la enamora. Buena ocasión es ahora; ¡dispara, Culpa, dispara! Alma querida, repara... Y tú, presumida, llora. ¡Ah, Deleite, de error lleno! ¿Así, infame, das veneno a quien tu gusto celebra? ¡Sacude, Alma, la culebra que se te ha entrado en el seno! Mira cercadas de espinas esas flores engañosas, a quien ciega te avecinas; el cuchillo entre las rosas, el fuego entre clavellinas. Deja aquese amigo aleve, muladar lleno de nieve, enhechizada manzana, muerte dulce, sombra vana, falsa risa, sueño breve. ¡Que te abrasas! ¡Que te quemas, y, el pobre barquillo roto, por un mar de fuego remas! Ciego llevas el piloto, ¡bien es que perderte temas! Quítate allá, porfiada. ¡Alma triste y desdichada!... ¿Quién hay, Culpa, que te iguale? Calla, porque el Alma sale, con el Deleite abrazada. Digo que eres como un oro. ¿Y un abrazo no me da? Tu gracia y donaire adoro. Tía, ¿sabe dónde está? ¿Dónde? En los cuernos del toro. Esas manos se me den, y aquesos brazos también. No quiero, que no me quiere. Culpa, el corazón le hiere. Hola, Madre; hágalo bien. ¿No te quiero? ¿Ansí te quejas cuando el corazón me robas y enhechizada me dejas? Abrázame; ¿qué te alejas? Así engañas a las bobas. Por tu dulce amor me muero. Aquesa belleza adoro. ¿Adónde voy, hechicero, preso entre cadenas de oro? ¿Sabe dónde? Al matadero. ¿Qué tienes en esa boca, que entre su fuego me abraso, si acaso a mis manos toca? ¡Paso, niño, paso, paso..., que harás que me vuelva loca! Es tía, que la retozo. Digo que tienes donaire, y en tus brazos me gozo. Aprieta bien, que soy aire. ¿No eres mi gozo? En el pozo. ¡Ay mi regalo y mi bien! Esas dulces manos ten, que entre tus gustos me muero. Mire, tía, aqueso quiero. Hola, madre: ¿Hágolo bien? Y estás bien entretenido. ¿Es tu madre? Y mi ventura. Dichosa madre habéis sido. Quien parió tanta hermosura será madre de Cupido. Pues ¿y qué hacéis por aquí? Como por vos me perdí, vine en vos misma a buscarme. Por vuestra podéis mandarme; serviros podéis de mí. Porque cansada vendréis, aquí en una casa mía os ruego que descanséis. No le diga que no, tía. No haré, si vos lo queréis. Es, Alma, un rico hospital, del cual ninguno se escapa que vio del aire el cristal, desde el sacristán al papa, y desde el rey al zagal. Dirás, en viéndote en él, que es la torre de Babel, y es un hospital de locos, donde sanan los más pocos de los que vienen a él. Soy rector de este hospital. ¿Hay allá enfermos de amor? Haylos de cualquier mal. Hiriome este encantador con sus labios de coral. Venga, no le dé disgusto. Ir con los dos me da gusto, porque, mirando a los dos, me acuerdo poco de Dios, y mucho de los dos gusto. Hijo, conmigo te ven. Más quiero aquesta señora, que me ha parecido bien. Tu belleza me enamora. ¡Hola, madre! ¿Hágolo bien? En llegando a la posada abriremos la empanada, aunque os ha de dar pesar. ¿Por qué? Porque habéis de hallar entre dos platos, nonada. Vos a la Razón guardad. Puto viejo, allá os quedad; que yo no gusto de viejos. Pues ¿son malos mis consejos? Mejor es esta beldad. Cuenta con la Razón ten. Tus obras fama te den. Alma, vos sois alma mía. Y vos la de mi alegría. ¡Hola, madre! ¿Hágolo bien? Alma, ¿sabes cómo estás condenada a eterno fuego, si no te vuelves atrás? Ciega vas tras otro ciego, y donde él cayó, caerás. Como simple corderillo, das la garganta al cuchillo, y en un laberinto estás, de donde nunca saldrás si no te ases de mi ovillo. Alma, enternézcate el llanto de aquestos ojos que dejas ciegos por amarte tanto, y no cierres las orejas, como el áspid, al encanto. ¡Soberana Inspiración, que en esa alegre región vas coronada de estrellas, inclina tus luces bellas a ver tanta perdición! Lo que la importa la inspira, alumbrando aquestos ojos a quien cegó la mentira. ¡Mire yo tus rayos rojos, en quien el cielo se mira! ¿Qué es lo que quieres, Razón? ¡Oh soberana visión! Dame a besar esos pies; y es justo que me los des, pues que mi remedio son. Ya sabes que el alma mía tras el deleite se fue, viendo lo que a Dios debía; ciega y triste me quedé a la sombra oscura y fría. Enmascarado su mal, la llevan al hospital, donde, para rematarla, le da contina batalla un ejército infernal; entra allá, que si allá vas y tus consejos la das, saldrá a buscar la Razón, llevarla he a pedir perdón y en mí un esclavo tendrás. Razón: Por hacerte gusto y porque mi oficio es de hacer lo que pides, gusto. Dame, Inspiración, los pies. Darte un abrazo es más justo; mi afición está cierta, que haré por que se convierta todo cuanto fuere en mí. ¿Piénsasla hablar luego? Sí; en el umbral de la puerta. Vete con Dios. Él te guíe, y al Alma en esta locura su auxilio eficaz la envíe, pues la sanará esta cura, aunque la Culpa porfíe. ¡Tápala, patán, tan, tan! ¡Guerra, guerra, guerra, al cielo y a la tierra! Ella la fruta me dio, y tengo la culpa yo? Rector vil, ¿quieres matarme ¡Que estoy rabiando de hambre! Todo el mundo tras mí llevo: ¿qué mas quiero, qué más quiero? Que por vos, la mi señora, la cara de plata, correré yo mi caballo, a la trápala, trápala, trápala. ¡De mañana están borrachos los bellacos, los bellacos! Yo, el mejor de los querubes, que nací como el aurora, que oro esparce y perlas llora, con que enriquece las nubes, ¿a un hombre había de adorar hecho de ceniza y lodo? ¡Pese a mí y al mundo todo, y a quien mas puede pesar! ¿Por un hombre me destierra? ¡Buenas sus justicias van! ¡Afuera, tapalapatán, guerra al cielo y a la tierra! ¡Entre tanto desconsuelo, bien es que el llanto no cese como que en cueros me viese todo el cielo, todo el cielo! La mujer me enhechizó con una manzana bella, y aunque me hizo morder de ella, ¡yo tengo la culpa, yo! Rector vil, de hambre me muero; al punto me manda dar las mesas de Baltasar y las comidas de Asuero. Dame si tienes fiambre del Pueblo ingrato que dornas, el estiércol de palomas, ¡que estoy rabiando de hambre Si entre mi frígido afeite, entre mi hechizo y mi encanto, en el anzuelo del llanto pongo el cebo del deleite; si en él pican los Alcides, los indomables Sansones, los discretos Salomones y los invictos Davides; y si todo el mundo entero, enlazado en estos ojos, es de mis triunfos despojos..., ¿qué más quiero, qué más quiero? A aquesas luces, que adoro, consagro aquestos plumajes, galas, invenciones, trajes, perlas, piedras, plata y oro; los peces que la mar cría, los animales del suelo, las bellas aves del cielo, y el cielo del alma mía; los ámbares, los olores, los juegos, cazas y pescas, las yerbas y flores frescas y el fruto de aquestas flores. Y, al fin, cuanto el cielo tapa os daré para gozarlo, y correré mi caballo a la trápala, trápala, trápala. Mirad al necio Luzbel dando voces, como loco; y esotro necio no poco, padre del que mató a Abel; y allá el borracho glotón, que siempre de hambre se muere; y la bellaca que aun quiere herir este corazón; y el mundo con sus penachos haciendo muy del galán; y están todos, como están, muy de mañana borrachos! ¡Alto, fuera de la sala! ¡Arte allá, bestia mayor! Salid, que viene el rector. ¡Venga muy en hora mala para vos y para él, y para quien bien le quiere, y para quien no dijere: para vos y para él! Calla, que trae una loca, que fue de Dios bella estampa. ¿El Alma cayó en la trampa? Carne, tu instrumento toca. Bien os está el capirote. ¡Hola! Tus brazos me da. Alma, huélgome que ya os dieron en el cocote. Vuestra venida celebro, aunque no me conocéis. Esta noche llevaréis, Alma, un famoso culebro. No conozco aquesta gente; Señor, decidme quién son. Quien gasta la colación, pagad luego la patente. Locos, apartaos allá. Apartaranse. ¡Ea, pues! ¿Respondes? ¿Pues no lo ves? Y bien respondido está. ¡Pues vuélveme a replicar, o incítame a que me enoje, y, vivo yo, que te arroje al abismo del penar! ¿Pretendéis, gente cruel, tras mi pena y desconsuelo, que arroje aquel monte al cielo, y que a Dios le dé con él? ¡Oh, cómo el traidor blasfema! Decid, ¿no sabéis los dos, infames, que soy par Dios? Cada loco con su tema. ¿Cómo tu lengua se atreve delante de mi presencia?... ¿Eres tú más que la esencia que adoran los coros nueve? Pues, con temerarios modos, cuando mi hermosura vi, al mismo Dios me atreví. Ansí me lo paguen todos. Aqueste loco es de atar. Atadme vos, cariharta. ¿Quién eres? ¡Cócale, Marta! Mono es que sabe trepar. Echadle nuevas prisiones. Cuando de diamante fueran, mis fuerzas las deshicieran, y a ti, si a echarlas te pones. Bellaco, viejo Mal-hagas, respetad a esta señora. Pues ¿quién es? La perra mora, que viene por vuestras bragas. Furor tiene. Es un furioso, que, aunque siempre está enjaulado y en llamas encadenado, no tiene hora de reposo. ¿De qué tan furioso está? De una soberbia caída. ¿Tiene peligro su vida? Antes nunca morirá. ¿Que siempre vive muriendo? Es su tormento sin fin. Soy un negro serafín, que vuestras tachas entiendo. Lástima me da el mirarlo. Yo no la tengo de vos. ¿Sabéis quién soy? ¿Quién? Par Dios. ¡Par Dios a pie y a caballo! Ángel diz que quiso hacerme el que a los demás crio, y tan hermoso me vio, que tuvo envidia de verme. Volviome un fiero avestruz mi mismo yerro comiendo; caí do vivo muriendo, hecho un lucero sin luz. Así cae el que se atreve. ¿Y vos, viejo, no caíste? En efecto, ¿un ángel fuiste? Y soy el diablo que os lleve. Soy quien sé beberme un río y tragarme entero un monte; espantar ese horizonte, cuando al cielo desafío; soy quien vomita centellas del infierno de mi daño, y soy un dragón, que empaño con mi aliento las estrellas. Locura, a este loco ten. No hayáis miedo. Airado está. ¿Quién os trujo por acá? El Deleite. Hizo él muy bien. Alma, deja ese insolente, y mira al Género Humano. ¿Cuál es? Mira aquel anciano. Pues es algo mi pariente. Decid, ¿de qué enloqueció? De ser muy enamorado; diole su dama un bocado, con que el seso le quitó. Hizo en su estado mudanza. Ya su desgracia imagino. ¿Quién sois vos? Soy un pollino... tras ser de Dios semejanza. Virrey fui de todo el suelo, y allá, por cierta desgracia, privome el Rey de su gracia, y, pardiez, dejome en pelo. Enojose la Razón, tiró el Apetito coces, dieron los dos muchas voces, y hubo mucho mojicón; perdí el ser noble e hidalgo por seguir mi antojo ciego; vi un cuchillazo de fuego, y di a correr como un galgo. La tierra produjo abrojos, frío el aire, el sol calor, estas entrañas dolor, y lágrimas estos ojos. Una mujer me brindó (que esto nunca olvidaré), y aunque ella la causa fue..., ¡yo tuve la culpa, yo! ¡Concertarme esas razones! Aquesto pasa sin duda. Pues con todo el cuerpo suda el Señor Quiebra-terrones. Pésame de su desgracia por el bien que en ella pierdo. Por la pena será cuerdo. Mejor diréis por la Gracia. ¿Quién soy no me preguntáis? No importa no conoceros. Soy quien le pesa de veros tan galana como estáis. ¿Cómo me queréis tan bien? Como es en mí natural darme gusto vuestro mal, y tormento vuestro bien. No quieras que te requiebre quien no deja hueso sano. Hacedlo vos, casquivano, que vendéis gato por liebre. Deja esa melancolía, y pues eres bella y moza, mi riqueza y gustos goza, y los de esta hermana mía esparciré a esas estrellas, de rosas y de jazmines, alfombras de mis jardines, que pisen tus plantas bellas. Darete arroyos de plata, piedras, diamantes, rubíes, los corales carmesíes y las telas de escarlata; las lanas, sedas, brocados, plantas, animales, aves, dulces músicas suaves y extraordinarios guisados. Del mar te daré el tesoro, de aquellos ojos las perlas, que si ésos llegan a verlas, las verás cubiertas de oro; darete lo que me pides, darete lo que imagines. Y yo haré los matachines con las orejas de Midas. Mundo, tus brazos me das. De gusto y contento salto. Deja el cielo. Está muy alto; estese el cielo ahora allá. ¡Ah, Gula! ¿No nos hablamos? De vuestro cuello me cuelgo. ¿Holgaisos? Mucho me huelgo. Pues comamos y bebamos. Buenos mis intentos van. Carne, al Alma me provoca. ¡Ya está loca, ya está loca! ¡Loca está! ¡Tapalatán De rosas nos coronemos; vino oloroso bebamos; no haya flor que no cojamos, ni prado que no pisemos. Entreguémonos al gusto, al ocio, al vicio, al placer, al deleite, a la mujer. Mucho de tus cosas gusto. Vive alegre, Alma divina; vive alegre en verte aquí. ¡Esta vida, pesi a mí! No el ayuno y disciplina. Ande la fiesta y banquete, el sarao y la canción, el juego y murmuración, el baile, el mote, el billete. Ande la gala, el donaire, la risa y desenvoltura. ¡Ven, ventura, ven y dura!... Abre la boca, y paparás aire. ¡Oh, qué bien los dos hacéis! Toma mi cetro y corona. ¡Esta sí que es vida bona! Al freír me lo diréis. ¡Hola, venga la comida! Venga, que comer deseo. Bebió el agua del Leteo, rematada está y perdida. Repica aquesa guitarra y tú el panderete toca, que hoy triunfo del Alma loca. Bebió el zumo de tu parra. Llégate a mí, amada Carne; tú, Gula, a mí te avecina. Alma, parecéis espina metida entre cuero y carne. Hoy tu vitoria publico. Andiamo o mangiar, madonna. ¿Dónde vamos? A Chacona. Pues vámonos por Tambico. ¡Vita, vita, la vita bona! ¡Alma, vámonos a Chacona! Al hospital de la Culpa vino enferma esta señora, a quien el sol del Deleite dio una terrible modorra. A la cama de Cupido, que es de espinas entre rosal, llevan a la pobre dama, que entre sus males se goza. Es la Gula la enfermera, y la Carne la doctora, que cual médico ignorante la manda que beba y coma. Es el Mundo boticario, que las píldoras le dora, dándole agua del olvido de sus fingidas redomas. Ella, cual simple cordera, lleva arrastrando la soga, y con ir al matadero, repite en voces sonoras ¡Vida, vida, vida bona! ¡Vida, vámonos a Chacona! Locura, cuidado ten, y entre aquella gloria falsa ponle la engañosa salsa que hace mal y sabe bien. En medio de la comida, cuando con más gusto coma, de los cabellos la toma, pues no habrá quien te lo impida, y llevarasla arrastrando a la más triste prisión que inventó mi confusión, adonde viva penando. Enjaulada en una reja, pondrás entre sus prisiones tristes desesperaciones del bien eterno que deja. Quítale la luz del cielo; represéntala su mal. Parte, ministro infernal, y haz lo que te mando. Harélo. Será su tema cruel, tal, que la gloria le quite, y yo liaré que la visite la Carne, Mundo y Luzbel. Buscando vengo ocasión de poder al Alma hablar, que nunca ha dado lugar a ninguna inspiración. Tiénela a su infame mesa el Mundo falso engañada, la vil carne enhechizada, y el torpe Deleite presa. Mas ¿qué es lo que adentro suena? ¿Posible es que vengo a vello? ¡Cómo! ¿Que te han puesto al cuello una pesada cadena? La Carne el rostro la araña, el Mundo vil la atormenta, la Culpa penas inventa, el Infierno la acompaña... No es ésta mala ocasión, pues que sola veo que queda enjaulada, donde pueda escuchar mi Inspiración. Hacia la reja me voy, que ella hacia la reja llega. ¿Qué es esto? ¿Cómo estoy ciega? ¿Cómo atada y ciega estoy? ¿Qué tristes fieras prisiones en esta jaula me enlazan? ¿Cómo airadas me amenazan negras y horribles visiones? Infierno, la boca cierra. ¿Por qué me quieres tragar? ¡Sorberme quiere la mar! ¡Ahogarme quiere la tierra! ¡Triste! ¿Qué es lo que he perdido? ¡Triste! ¿Qué es lo que he ganado? La puerta el cielo ha cerrado, y de luto se ha vestido. ¿Quién se ha muerto? ¿Quién se ha muerto? Ángeles, ¿de qué lloráis? ¿Para qué voces me dais?... Que es dar voces en desierto. Buscáis mi remedio en vano, pues Dios, con ira no poca, trae un cuchillo en la boca y una navaja en la mano. Envainad aquesa espada... ¡Ángeles, poneos en medio! ¡No hay remedio! ¡No hay remedio! ¡Alma triste y desdichada! ¿Quién hablaba aparte allá? Alma amada, ten sosiego. Temo una espada de fuego que amenazándome está. Detenla, mancebo rubio; tenla, del puño la toma... ¡Mira el fuego de Sodoma! ¡Mira el agua del diluvio! ¿Vienes preso o estás loco? Huye, que te prenderán y en cadenas te pondrán. ¡Huye, huye! Escucha un poco. ¡Que me quemo! ¡Que me abraso! ¡Que me abraso! ¡Que me quemo! Un monte de alquitrán temo, y, una mar de azufre paso. Alma, dame atento oído; oye sólo una razón. ¿Quién eres? La Inspiración. Sabe que tarde has venido. No pierdas la confianza, pues, mientras dura la vida, serás de Dios recibida... Con alguna espada y lanza. Alma enferma, en Dios espera: llama a tu Dios. ¡Ay, Dios mío! De tu remedio confío si lloras de esa manera. ¡Ay, miserable de mí, que ha sido mi culpa mucha! Alma, tu remedio escucha. Atenta te escucho; di. Alma, retrato de Dios, bello espejo en quien se mira para su cielo criada, para su esposa escogida: de la casa de tu padre, noble en casta, en bienes rica, pidiéndole tu porción, saliste a buscar la vida. Del alacrán del deleite, que con el extremo pica, siendo peste su dulzura, de peste quedaste herida. Diote un letargo cruel, una modorra continua, cuyo frenesí furioso te tiene loca y cautiva; de esta fiera enfermedad está a peligro tu vida: si quieres ponerte en cura, darte he médico y botica. Será el médico divino la misma Sabiduría, que dio vida, cuerpo y sangre para hacer las medicinas. Es la botica la Iglesia, llena de drogas divinas, de aromas simples, compuestos, de yerbas, flores y epítimas, de esmeraldas, de rubíes, de topacios, margaritas, de jacintos, de bezares, de perlas y piedras finas, diacoral que al triste alegra, diamargaritón que anima, manos Christi, siempre abiertas, que amor y perdón destilan, lágrimas que manchas sacan, y sangre que culpas quita, Tiene un palo que por santo, en el árbol de la vida, tiene tres clavos de amor, azotes, lanza y espinas, y de su divino rostro bofetadas y salivas. Tiene en un vaso guardado vino mezclado con mirra, una esponja con vinagre, y con hiel una bebida. Tiene en siete cajas de oro los tesoros de sus Indias, donde en siete sacramentos su vida y su muerte cifra. Es Pedro el dispensador de esta celestial botica; de gracia da sus tesoros... Alma, llega arrepentida; mira que del cielo vengo a revolver la picina, para que, echándote al agua, pises con salud su orilla. Contra el espíritu inmundo, que como a Saúl te incita, oye la arpa de mi lengua, y huirá a las aguas estigias. Mira que para tus ojos te traigo el pez de Tobías; para tu asquerosa lepra, del Jordán las aguas limpias; del diluvio en que te anegas, el arco en las nubes mira, y a la paloma de Gracia, que te trae de paz la oliva; y pues estás, Alma, enferma, de la culebra mordida, vuelve a ver la de metal, que da salud con la vista. ¡Ánimo, Esposa de Dios! Que Él a buscarte me envía, y Él mismo vendrá a buscarte, como a la oveja perdida. Inspiración soberana, que me consuelas y animas, sácame de aquesta reja, llévame en tu compañía; siento mis yerros y engaños, mis pecados y malicias: serán fuentes estos ojos para llorar mis desdichas. Sal, Alma; que poder tengo del que tu bien solicita, para romper de esta reja aquestas cadenas frías. Sal, Alma, llégate a mí; flaca estás; a mí te arrima; la Razón te está esperando para hacerte compañía. Vamos, santa Inspiración, llévame aquesa botica, adonde está mi salud y el remedio de mi vida. Culpa, ¡que el Alma se va! ¡Que la prisión ha rompido! ¡Triste yo! ¿Qué es lo que he oído? La Locura voces da. ¡Corre, Culpa! ¡Corre, corre! Portero, ¿de qué te quejas? El Alma rompió las rejas, porque el cielo la socorre. ¿Qué dices? Aquesto pasa. ¡Corre, porque huyendo va! ¡Corre, aguija, que aún está a las puertas de tu casa! ¡Que el cielo me haga este mal, sabiendo que es verdad clara que es mi esclava, y que en su cara lleva mi hierro y señal; y que aunque se mire en ella, mientras no se arrepintiere y sus pecados gimiere, no pueden echarme de ella! ¡Llama a Luzbel, llama al Mundo, al Engaño, a la Mentira, a la Traición, a la Ira, a las Furias del profundo! Venid y húndase la tierra, que el Alma se nos escapa. ¡A la trápala, trapa, la trapa! Guerra al cielo, guerra, guerra, que el Alma se nos escapa! ¡A la trápala, trapa, la trapa! ¿Cómo, enfermos, no llegáis a aquesta insigne botica, donde el cielo comunica la salud que deseáis? Llegad, si queréis salud; llegad, si queréis consuelo; llegad, si queréis el cielo, que da el cielo su virtud. Debajo de aquestas llaves, que son del eterno coro, tengo el divino tesoro de sus medicinas graves. Estas llaves os darán de Dios cuerpo, sangre y vida, dándose el pan por comida, sirviendo de velo el pan. ¿Mas qué gente es la que viene? ¡Oh, vice-Dios en la tierra! ¡Oh señora, en quien se encierra el bien que al Alma conviene! Viene, Padre santo, aquí el Alma enferma y herida. Vengo en busca de mi vida, que, como loca, perdí. La Inspiración me encamina a que diga que pequé. La cortina correré de esta botica divina. ¿Piensas, porque huyendo vas, que estás libre de mis lazos? ¡Ay, padre, dame tus brazos! Alma, en los de Dios estás. Esposa del alma mía, en mi casa estás; no temas, pues te has venido a sagrado, bien es te valga la Iglesia. Llega aqueste pecho roto, herido por tu defensa; entra en este corazón, y verás cuánto me cuestas. A esta ventana te asoma, y podrás mirar por ella cómo tengo las entrañas, para tu remedio abiertas. Abrí la bolsa del pecho por pagar todas tus deudas, y como di cuanto tuvo, dejeme la bolsa abierta. Entra en lugar de mi sangre, vertida por tus ofensas; pues ella sale por ti, bien puedes entrar por ella. Vertí para tu rescate el tesoro de mis venas; sangre di, lágrimas pido; lágrimas tus ojos viertan: tu amor del cielo me trujo, tu amor me dejó en la tierra, tu amor me hirió en el madero, que heridas de amor son éstas. Llega a estos brazos abiertos; hazte de aqueste olmo hiedra, para que subas al cielo, que hasta allá su altura llega. Allega, paloma amada, haz el nido en esta piedra, que vierte arroyos de sangre para sanar tu dolencia. No haya más: dame la mano; yo perdono tus ofensas, que me da gusto tu llanto; llora, que en llorar me alegras. Esta botica que ves, por tu bien dejé en la tierra; pide para tu salud sus drogas y sus riquezas. Lo que a tu dolencia importa es la amada penitencia, que abre las puertas del cielo, y entra, sin llamar, por ellas. Para transformarte en mí, siendo yo tu vida mesma, quiero, Alma, que seas por gracia lo que yo soy por esencia: yo soy Dios, y Dios serás, con aquesta diferencia. Vosotros, fieros ministros, id a vuestra cárcel fiera, que de la confesión santa quedará más que el sol bella. Cese tu justa fatiga, pues que Dios salud te da. Su absolución tiene ya. San Pedro te la bendiga. Culpa fiera, ¿qué esperamos? Que no hay ver aquellos ojos. A nuestro hospital, de hinojos, desesperados volvamos. Llego, como cierva herida, a aquestas fuentes de amor, y al hombro del Buen Pastor, como la oveja perdida; como el pródigo arrojado, al anillo y a la estola, y de entre una y otra ola, llego al puerto deseado. Llego, como indigna esclava, a segunda redención. Y aquí comience el perdón adonde el acto se acaba.