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Texto digital de La honestidad defendida de Elisa Dido, reina y fundadora de Cartago

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Álvaro Cubillo de Aragón
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Álvaro Cubillo de Aragón Segura
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Comedia
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La honestidad defendida de Elisa Dido, reina y fundadora de Cartago. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/honestidad-defendida-de-elisa-dido-reina-y-fundadora-de-cartago-la.

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LA HONESTIDAD DEFENDIDA DE ELISA DIDO, REINA Y FUNDADORA DE CARTAGO

JORNADA PRIMERA

Tirios, oís? oís? Habéis oído? Cartago por la Reina Elisa Dido. Tirios, oíd, de aquella, y de esta parte, Cartago por Elisa, y su Estandarte. . gremonia incluyo En esta breve, la Real posesión del Reino tuyo. Está bien, de tu amor me satisfago. Elisa viva Reina de Cartago. Y por arcos triunfales entre pisando sus alfombras Reales. Gloria al Cielo que ya veo puesta en toda perfección esta heroica fundación, este de mi nombre empleo, para gloria de Siqueo, le Estrellas pisa, poso, mas túmulo que Artemisa levantó, y contra el estrago del tiempo, será Cartago pira a su fe, y urna a Elisa: juntas vivirán ansí, mi ceniza, y su memoria, siendo esta fábrica historia, que en pórfidos escrbí: salga a luz, y dure en mí con la eternidad mayor, que pudo darle mi amor, duración perpetua adquiera, pues en la piedra primera sacrifiqué mi dolor: que como se usa arrojar al tiempo que se edifica, de la moneda más rica en el primero sillar, para vencer, y triunfar del tiempo, y de sus enojos, mis lágrimas son despojos al pie de la primer torre, que es la moneda que corre en la Corte de mis ojos: mas para entrar a tomar posesión de esta grandeza, a pesar de mi tristeza quise los lutos dejar, desde que empece a fundar, no he visto sus explondores. Ya el mundo en voces mayores que da el clarín de la fama, celebra, aplaude, y aclama, de Cártago los albores. Entra en tu Real Palacio, que ya con toda grandeza una pieza, y otra preza, un espacio, y otro espacio: Prevenido, y adornado le tienes, honre tu planta esa pira, que levanta, al Sol su extremo dorado. Cuantas ricas telas ves, que por el mar inconstante nos comunica el Levante, despojo son de tus pies. Estimo, Andronio, cuidado tan noble, y tan generoso. El Cielo haga muy dichoso tu Reino, y feliz tu estado. Entrad, que ya ver deseo, esta nueva maravilla. Carrago te ofrece silla, la fama inmortal trofeo, pues sobre láminas de oro, verá la posteridad, que es blasón de esta Ciudad la piel dorada del Foro. Mal blasón. Por qué, ignorante? Porque yo digo que son mal agüero, y mal blasón Toro, Ciervo, y Elefante: todos entraremos, pues tenemos la puerta abierta: gran cosa es Ciudad con puerta, y gran cosa es tener pies. Que gr Qué majestuoso! Qué eterno! Qué bien labrado! Dichosa yo, que acabado ur edificio tan hermoso. . Prodigiosa mujer, hermoso agravio la considero de los hombres, Favio, en todo es peregrina. (divina, Tiene aún más que de hermosa, de porque su entendimiento, su cordura, su extremado gobierno, y compostu- su honestidad a todo preferida, (ra, nunca machada, y siempre defendida, su política, y leyes, (yes, afrentan la grandeza de otros Re- Qué hermosura tan grave, calle la lengua, y el pincel la alabe: el hermoso cabello, (bello, regía afrenta de Ofir, copioso, y engaste es relevante al cristal, a la nieve, y al diamante, que en su frente se mira, cuya modesta luz Cellan admira; los arcos dilatados, que resisten el escarchado escollo, y que se visten de aquel mismo esplendor, se corres- a los ojos que negra luz esconden: (ponden y en conforme armonía, de rayos negros fincompone el día: porque en oposiciones tan valientes luce más, cuando son más diferentes. La rosa duplicada de una, y otra mejilla nacarada, a florecer se atreve entre lo más esquivo de la nieve, (dado, y con incendio helado, arde el brío mayor, tiembla el cui- porque están más hermosas flores nevadas, y escarchadas rosas Con igual proporción grave, y serena tira una línea en traje de azucena, aquel comun peligro en quien tropie- (za nuestra naturaleza, la nariz digo, achaque vinculado a la salud de lo mejor pintado: mas aquí con tal gracia, y compostura, que desde el tribunal de la hermosura superiormente libre de opiniones, preside a todas las demás facciones. Los labios carmesíes, afrenta del clavel, y los rubies, son con nuevos colores, risa del Alba, y pompa de las flores: y en ocasiones tales, guarda joyas de perlas Orientales. No tiene el mundo Majestad tan bella Fabio, yo estoy perdido, yo he que bien le facilita (de verla entre Reyes hacerse una visita: y más cuando el amor la considera extraña, Peregrina, y forastera. (ro. Yo que la he visto, tu intención no admi- Hija, nació de Bolo Rey de Tiro, la autoridad Real en nada estrago, visitando a una Reina de Cartago. Si tomas mi consejo, para poderla ver con más despejo, puedes fingirte Embajador que llevas de ti mismo embajada por las nue- que en Numidia has tenido, (vas dándola el parab en a Elisa Dido, de su Reino, y se nueva Monarquía. Dices bien, tu prudencia es norte, y de mis acciones, y que seas quiero (guía en la embajada amigo compañero: mas una duda aquí se me ha ofreci- de más de que es engaño repetido (do muchas veces. Cuál es, señor, la duda? Si como yo he tenido su retrato, ella el mío tuviese, y por él nuestro engaño conocienes saldrá el intento vano. Puedes también fingir que eres hermano del Rey, y con extremo parecido. Divinamente, Fabio has advertido: en tus sabios consejos ve cerca amor de mi esperanza el celebrare contigo, (ejos: Secretario de amor, y fiel amigo, los lances que se ofrezcan, cuando verla merezcan mis ojos, cuando ados distintas luces de ese bello milagro que reduces a tan breve pintura; mire la honestidad, y la hermosura, y conozca en el trato lo que mudo me encubre su retrato: y entonces conmas causa y más fineza podré a sus plantas toda mi grandeza. Y verás de su luz desengañado, que aún es más la verdad que lo pintado. En todo eres discreto, y así no te prevengo del secreto, porque el que es entendido él se nace, y se vive prevenido. Guárdete el Cielo. Ven, que no recelo ser dichoso por ti. Quiéralo el Cielo. . Laureta, tú que en Palacio asistes, no me dirás? Si dirá, que de Palacio, cuanto quieras te dirá; el chisme en la mujer, cuando faltó, ni pudo faltar? Ya sabes::. Ya sé qué sirves a Policena. . Es verdad. Mira si de tus secretos noticias le faltara estoy por decir que sabe mas que tú Quieres callar? Pues mira, en Palacio, a todos los Cabalieros se da licencia para que puedan servir, y galantear: No es la Reina tan severa, que haya querido hacer más de aquello que siempre ha sido: Sirve a Policena, y da en las ocasiones muestras de prudente, y de sagaz. Tiburcio, sirve muy fino a Casandra; pero es tal su desaliño, que tiene la dama asco del galán: porque deslucida siempre, la más atenta, y la más cuerda fineza, aunque obliga, no roba la voluntad. No debe de haberte dado, cual que alhaja este galán. Bruto, qué dices? . Qué soplas la torra a no poder más. Filipo, sirve a Matildle, y es tanta su variedad, y su inconstancia, que nunca firme en un ser le verás. El quisiera cada día ropa nueva; y no hace mal, que es una dama perpetua, peor que censo al quitar. Desatándose va el chisme, no es nada, ella te dirá aún más que saber deseas, porque siempre dicen más? Colatino, sirve a Clori, más preciase tanto, y tan de entendido, que presume de Oráculo, y de Deidad. Habla misteriosamente, hace verlos, y es acá toda presunción de ingenio, un desagrado fatal. Andarlo; por vida mía, esto sin malicia va. Quieres callar majadero? Dejámele preguntar si tiene llave maestra del Cierzo, y del Vendabal. A la malicia de un necio, responder es necedad. Licio, sirve a Dorotea, y hácese tanto lugar, por lo cuerdo, que admitido lindísimamente está. Es cuidadoso, y galante, y tiene de más a más unos humos de brioso, que lindamente le están Como todos estos sirven, tú lo mismo hacer podrás; hablar bien de todas siempre, es ventaja militar sobre todo sueldo, y esta hacerte, sola podía, si de tu dama querido, bien quisto de las demás: querer por solo querer; sin otro premio esperar; hace el mérito mayor, y es estilo muy de allá: sirve, y guarda estos preceptos, que esto de palaciear se viene muy a los ojos. Dices Laureta verdad. Yo te ayudaré no temas, que una criada importa más que un terció de mosqueteros. Esta cadena será principio de lo que debo Laureta a tu voluntad. Con ella me echas prisiones, encadenado me has; mas la Reina, Ana, y sus Damas, a este salón vuelta dan. Ya que en posesión me veo, de mi Reino, y ya que estoy donde dueño vuestro soy, para loorar mi deseo: el hacer leyes conviene, tanto por vuestra salud, como porque la inquietud del libre Pueblo se enfrene. Señora del mundo seas, pues en concertadas leyes, ni el gobierno de otros Reyes, ni de otro Imperio deseas. La costumbre en el vestir de Tiro, observe Cartago, no haya vislumbre, ni amago, que le intente divertir: Por la Ciudad se discurra, y el que esta ley quebrantare, y algún nuevo traje usaré, en pena de muerte incurra. Bien haya yo, que mi sayo nunca ha de ser novelero. Así me hallará el Enero, y así me dejará el Mayo: no si no cada momento andar con nueva invención, achíqueme este braon, alargue este faldamento, ajústeme aquesta manga, no haga ruga este coleto, con que anda el Pueblo inquieto, y todo a la mogiganga. Las viudas sean preferidas, de mi justicia amparadas, en todo privilegiadas, y de la ley defendidas; Mas la que otra vez se case, se tenga por desical, pierda su hacienda, y caudal, y al Real patrimonio pase. Ley es esta que ha de honrar de mi esposo la memoria, para que de mí la Historia hable como se ha de hablar. Gran capricho, yo me precio señora, de algo curioso, dime, era galán tu esposo? Galán? Ignorante, necio, qué es galán? Los que caminan por la esfera que me iguala, no se ocupan en la gala, a mayor laurel se inclinan: Quien fue en el mundo famoso por galán? De quién se cuenta? Yo tuviera por afrenta que fuera galán mi esposo. Y ya que el caso deslindo, sea el hombre sin ademan, galante más no galán, aseado, mas no lindo, y para que más te asombres, respondo a tu desvarío, que fue hombre el dueño mío, como lo han de ser los hombres. Sería como yo, y es cierto, que huyendo de ese ademan, acierto a comerme un pan, pero a ser galán no acierto. Ay queja de algún vasallo? No señora. Si la hubiere, entre quien verme quisiere, que esto nunca he de excusallo. Será mucha humanidad el dejarte ver de todos, habiendo diversos modos, dignos de la Majestad; sin concederte al exceso de hablarte el noble, el villano, el plebeyo, y Ciudadano. Quién os mete a vos en eso? Esto es quererte excusar de ese cuidado el empeño. Desde el grande al más pequeño, me tienen de ver, y hablar: la ley con decentes modos al trabajo me obligó, todos me sirven, y yo tengo de ser para todos. Obligaste, si de bellos no tienes horror, y espanto, a oír la queja, y el llanto. Y quiero llorar con ellos: de flaqueza no me arguyas, ya que mi piedad condenas, que como sienten mis penas, tengo de sentir las suyas. Sea pues en tu estimación el mérito preferido. Esto es haber parecido todo el dueño del hurón. Un Filósofo de Atenas, hombre raro, y singular, espera, y te quiere hablar. Entre, puesto que condenas el hablarme todos; entre, que no ha de haber ocasión en que contraria opinión de lo que he dicho se encuentre. Raro aspecto! Bien señala el traje la profesión. Mas que poca estimación hace aqueste de la gala. Quién le tomó la medida señor Filósofo? . Quién os la tomo a vos también, solo el sastre de la vida. Quien viste a los animales, para vivir pieles bastan, que los que otras telas gastan son hombres superficiales, de la novedad llevado de esta fundación hermosa, ya por el mundo famosa, y a tu servicio inclinado, quise ver en las estrellas lo que destinado estaba de ella, y de quien la fundaba. Y qué has visto? Todas ellas celebre, eterna, inmortal, la señalan, será gloria de los siglos, y la historia; pero de ti influyen mal. De mí? . Un fabuloso Autor, o por lisonja, o por tema, escribir un gran poema en ofensa de tu honor. Qué dices? Si verle quieres en sombra podré mostrarlo. Tanto la mágica puede? En lo fantástico tanto. Quién es este Autor? Virgilio, generoso Mantuano. Y lo que escribe? La guerra entre Griegos, y Troyanos, y la destruición de Troya. Bien. Y hace contemporaneo tuyo a Eneas. Pues no ha más de ducientos, y ochenta años que pasó? . Señora, si; pero en eso está el agravio. A mí me agravia? Introduce a Eneas enamorado de tu hermosura, y a ti burlada de sus engaños. Oh sacrílego escritor! Escucha, que aún oirás algo. Contando está sobre mesa aquel famoso Troyano, a la huida de Siqueo fundadora de Cartago, la destruición de su patria. Contando dice? Contando. Y como el piadoso Eneas del incendio, y del asalto, con retóricos colores, iba las dudas pintando. Oh pensamientos vanos! le Carta, Enmudecieron Tir os, y Troyanos. Y ahora lo estamos justamente, viendo un hombre, que escribe lo que miente. Como permiten los Cielos, que de una pluma los rasgos, a tanta maldad se atrevan? Fulmine rayos su brazo. Era lo mismo que un monte el engañoso caballo, y para abortar venganzas de vivos Griegos preñado, y al lastimoso cuento nunca oído, atenta por su mal estaba Dido, Yo atenta a la relación de Éneas? Tan largos años después de su muerte? Yo oyéndole haré pedazos lo qu En vano intentas vencer la fuerza del han do. Desvaneciose a la vista, fuese por el aire. Extraño prodigio! Ya con agüeros empieza a vivir Cartago. Con buena cosa nos vienen estos señores barbados, uno de pieles vestido, y otro de verdad descalzo. No importa que fabuloso finja, y mienta ese escritor, que no faltará otro Autor más autentico, y piadoso. Qué castigue; y reprenda sus torpes adulaciones; pero porque en opiniones nuestra verdad no se ofenda. En los archivos se escriba para la posteridad, que se fundó esta Ciudad, que émula del tiempo viva. Por mí, cuya fundación generosa, y opulenta, fue a los docientos y ochenta años de la destruición: De Troya, porque después sabulosos escritores, no calisiquen errores de la lisonja interés. Es prevención singular, es debida providencia. Qué cordura! Qué prudencia! nació sin duda a reinar. A reinar decís? (ay Cielos!) que nací, mas decís mal, que aunque vuestro amor conozco nací sin duda a llorar. Pero el honraros me toca: mi Capitán General hago a Alejandro, a Filipo mi Almirante de la mar: en la marcial diciplina sirvan ambos, y en la paz: Andronio, que canas peina, sea en Cártago potestad. Tus años envidie el Fénix. Tu nombre viva inmortal. Ayuda de Camara sea Policena, con tal prerrogativa, que siempre me ha de asistir. . A besar tu mano otra vez me postro. Yo a sentir con desigual pena lo que dificulta mi amorosa voluntad. Yo Alejandro seré siempre la misma. . Siempre tendrás de un albedrío el Imperio, y de un Palacio Real, (a pesar del albedrío) cautiva la voluntad, con que en dos peligros vivo. Que no hay peligro si está firme el dueño, mas la Reina, celosa vuelve a mirar. Mira si el peligro (ay Cielos!) a mi temor es igual. Hoy es día de mercedes, yo quiero llegar, y hablar: y a mí que en Cartago he sido de sus piedras, y su cal, para este nuevo edificio Costillero, qué me das? qué merced me haces? Quién eres? Mucho hay aquí que pensar. . Soy. . Quién eres? que te he oído hablar, y es delito hablar sin decir quien. No es tan fácil lo que preguntas, no hay más que decir quién es el hombre? Pues tiene dificultad decir quién eres? Y mucha. . No te entiendo. Oye, y verás: si es fácil lo que preguntas, habiendo de hablar verdad. Soy, válgame Dios, quién soy? mándeselo preguntar a un vecino mío, que él te lo dirá de pe a pa. . Cómo? Saben mis vecinos tanto como yo, y aún más; porque estudian en lo ajeno. Achaques son de la edad, Soy un destripa terrones, y los supo destripar mi padre, que de un cortijo dicen que fue capataz; soy, bien haya yo que soy un labrador oigazan que en lo ancho de este sayo vivo holgado, y me sé holgar: soy vagamundo en la Corte, a lo zonzo, a lo patan, grandeza del poderoso, y cosquillas del vulgar, cascabel de toda fiesta, de todo baile compás: tiene Alejandro cuidado de mí, y yo como su pan, mira quien soy, y si es el confesarlo algo más. Sirves a Alejandro? . En esto; porque no le sirvo en más, que en comerle medio lado, como cualquiera animal lo sabe hacer. . Lindamente pintado tus partes has: cómo te llamas? . Tabanco. Tabanco? . Sonote mal? porque somos los Tabancos gente de gran calidad. Tan villano a piedra lodo, que no hay más que desear. Hay más notable sujeto, no quiero ser singular: haya de todo, de todo se compone una Ciudad, en la República, menos destraida, y en la más cuerda Monarquía, ha havido bueno, y malo, antiguedad tiene esto, desde que el mundo supo del bien, y del mal. Camarada de Laureta podéis ser, vivid, mostrad, de nuestra naturaleza el uso, y la variedad. Lindas mercedes por cierto! linda manera de honrar! Reina tan preguntadora; ni la ha habido, ni la habrá. Tú quisieras que te diera un bolso de mazapan. Qué es uno? y aún dos quisiera de mazadoblón, que es más. Ya te referí, señora, como algunos días ha que entró Embajador de Yarbas, Lugar para descansar le he dado, y también licencia para que hoy me venga a hablar. Pues ya está aquí. Decid que entre. Señora se ha de sentar? Llegad mi silla al dosel, y ahora no cuidéis más. Notable acompañamiento, que pública su grandeza. Ya ocupa la primer pieza. Llegue. Este bello portento, Fabio me trae sin reposo hasta verle. . Ya verás que el valor nunca fue más, ni puede ser más lo hermoso. Guarde a vuestra Majestad largas edades el Cielo, siendo amparo, honra, y consuelo, no solo de esta Ciudad, obra de su gran concepto, mas del murido. Guardeos Dios, seáis bien venido. . Por vos tanto favor me prometo: qué hermosa gravedad! . Qué dice el Rey Africano? Después de besar la mano de vuestra Real Majestad, para que más le debáis si es deuda la cortesía, el parabién os envía de la tierra que ocupáis, en África, y os suplica (si acaso no os es molesto) no os neguéis al manifiesto de dejar patria tan rica. Y tan propia por la ajena, que aunque siempre acción igual en la autoridad Real se alaba, y no se condena. Se duda al menos, y son debidas por justas leyes, a los convecinos Reyes noticia, y satisfacción. Yo que de su hermano gano el nombre, y con justo aprecio de su Embajador me precio, tanto como de su hermano. Quise, y tuve por favor que en mí esta elección hiciese, para que en vos mereciese las honras de Embajador. Su hermano sois. . Y tan fiel Trasunto en lo parecido que alguna vez me han tenido los que le sirven por él. Con que mucho más se abona su afecto, pues con verdad en mí de su voluntad os informa, y su persona. Dad asiento, Andronio, luego al Príncipe. . Gran valor. . Si os le negué Embajador, por Príncipe no os le niego. A esto, señara, me envía, y juntamente a ofrecer su Reino, Estado, y poder deseando llegue el día, en que os sirváis de mandar o ya en la paz, o en la guerra, sus ejércitos por tierra, sus armadas por la mar. Que sin faltar al decoro que se os debe, podréis ver esfuerzos en su poder, y empeños en su tesoro. Estimo al Rey como es justo las mercedes que me ofrece, y sobre todo agradece mi voluntad el buen gusto. Que le induce, y que le asiste, afecto en su Majestad, digno de su Real piedad que como se alegra el triste. Refiriendo la memoria de su no olvidada pena, así yo en lo que me ordena, escuchad mi amarga historia. Reinando en Tiro, y Sidón Belo Carquedonmí, padre, cuyos laureles Fenices, lamió el Tigres, temió el Ganjes, en dichoso matrimonio tuvo sucesión bastante, vinculando en su Corona oro de tantos quilates. Fue Pigmaleón mi hermano su heredero; y como nacen cobardes siempre las hembras, que la desdicha es cobarde. por mejorar mi fortuna, permitió el Cielo casarme con Siquo (ay dulce esposo! sea en tus aras, y altares digno sacrificio un alma, que te juró fe inviolable.) Quién fue Siquo? . Mi esposo. Oh como empieza a matarme . Cielos, con difuntos celos, que para mi mal renacen! Era Siquo de aquellos Príncipes, en cuya sangre buscan sucesión segunda soberanas Majestades. Rico asaz de la fortuna, pero de los naturales dotes, mucho más que rico, porque sus heroicas partes, costaron estudio al Cielo en la tárea de amables. Estudio al Cielo! jamás oí términos tan graves. Cómo mi amor excedió los términos naturales, páguese de excesos mucho. Rara mujer! . Escuchadme: sin envidiar la Corona, viví religiosa amante de aquel ser, que en las Estrellas por tantas eternidades, a inmortales luces vive, si a caducos gustos yace. Murió mi padre, y dejome con afectos paternales, recomendada (ay de mí!) al que mintiendo piedades, mostró después que entre flores se disimulaba el áspid. Mi hermano (oh pluguiera al Cielo que hasta el nombre se borrase de la memoria, aunque fuese dando a las llamas voraces del olvido, aquel odioso, si bien natural caracter.) Pigmaleón digo, que este nombre de fiera rapante, dividir solo pudiera tan unidas voluntades. Codicioso, y envidioso, de que mi Sicuo juntase, al tesoro de bien quisto, el que heredó de sus padres. Por hacerse injusto dueño del segundo, y por privarle del primero, en un combite le atosigó los manjares. Disparando su ponzoña puntas de sordos diamantes, crudo golpe, que en dos vidas, si en dos pudieron llamarse, mi vida, y su vida, impuso heridas tan penetrantes. Murió entre bascas crueles, y yo rebelde a los males, aún más cruel que el veneno, pues contemplando el cadáver, no le renuncie piadosa los estatutos vitales. Rompí (qué tímido afecto!) la pompa del maridaje, la hermosura de mi rostro, y el llanto de mis pesares. Labré funeral sepulcro a sus cenizas, tan grande que se igualara a mi pena, si fuera posible hallarse fábrica igual en modelos de edificios materiales. Retíreme de la Corte, por no deber a sus calles la memoria de que fueron teatros universales del aplauso de mi esposo. Fuime a una Isla, que yace de Tiro, y Sidón cien millas, tan embebida en la cárcel del mar, tan presa en sus hondas, por una, y por otra parte, que aquella verde esmeralda, que por cada Abril tenace, sedienta de blanca espuma, repite nevado engaste. Propia habitación de un triste, lleve para acompañarme, a Ana mi hermana, y mi amiga, sino un alma en dos mitades, allí con llanto, y suspiros, bañe el suelo, encendi el aire, y en estos dos elementos derrotada, y vacilante, ni convalecí al consuelo, ni zozobre a los pesares. Y viendo que del delito, no era posible vengarme; ni el fiero hermano podía de la codicia olvidarse, por huir de él más segura, fingí con industria, y arte, que ya cansada quería salir de las soledades donde retirada estaba, y a su Palacio acercarme, con mi tesoro: creyolo, que tienen para implicarse los avarientos más pronta la red, que los liberales, escribile, que me diese, pedile, que me enviase, (oh cuánto puede el ingenio!) de su armada cuatro naves, con municiones, y gente para aprestar mi viaje. No así el cosario Neblí, escándalo de los aires, a la rapiña ligero, a la presa que se abate, de las voladoras alas inclina todo el velamen, como el tirano movido de mis cautelosas paces, apresta, dispone, ordena, y manda que se despache la armada, alistando en ella Soldados, y Capitanes. Yo entretanto, previniendo contraierbas, sin negarme a la cautela que piden mal seguras amistades: Setenta cofres de arena hice llenar, si capaces del mayor caudal, testigos falsos de una acción loable. Llegó la armada, embárqueme, y cuando ya de los mares, la espalda robusta opresa, en uno, y otro Gigante, dúplica soberbios Montes, aún a pesar de lo frágil. Cuando del piélago inmenso, las veredas formidables, en remolinos de espuma, que por tanta boca esparcen: Coléricas nos publican la venganza del ultraje, a vista de aquellos mismos traidores, aunque leales. Que obedeciendo a su dueño, robaban la piel del Aries, con resolución, con brío, hice que al mar se arrojasen, aquellos cofres mentidos a la codicia insaciable: perezca, dije, perezca la ocasión de tantos males. Acabe tanto enemigo, tan duro peligro, acabe, para que en justos deseos, segunda vez no me agravien. Confusos todos, y atentos a resoluciones tales, mudos discursos hacían, mirándose, sin hablarse. Volved (les dije) y decid al tirano Rey, que saque de las entrañas del mar, (si tiene su industria llaves) el tesoro que desea, que yo, sin verle, ni hablarle; buscaré nuevas Provincias, que por extraña me amparen, por mujer, me favorezcan, y por sola, me acompañen. Solo siento, solo temo, vuestras vidas, bien lo sabe el Cielo, y vosotros mismos, sabéis, que cuando se halle burlado, viendo mi fuga, y de la burla se agraiie, impaciente en vuestra muerte, ha de querer despicarse: Pero si queréis seguirme, premiando vuestras lealtades, de cuantos bienes, yo tenga, como amigos tendréis parte. Parecioles mi consejo más seguro, que entregarse al impío Rey, y jurando obediencia, en un instante de aquel pueblo de madera, de aquella Ciudad portatil, me hallé Reina, tanto pueden los discursos prudenciales. Resolvime, al fin mandé, las proas se enderezasen al Reino de Chipre, donde con un viento favorable, llegó mi armada, tomando seguro puerto en su margen. Fuy de aquellos moradores tratada con rostro afable, mas porque eran sus delicias contrarias a mi dictamen; porque a mis castos deseos la pureza no manchase vecindad tan prevertida, que enseña, cuando no estrague. Escogí ochenta doncellas de conocidos linajes, para servirme, volviendo segunda vez a engolfarme. Al África doy la vuelta, lluegué a Tunez, ya lo sabes, tome tierra, ya lo oíste; dejé en el Puerto las Naves: y en el Páis conocí lo templado, y saludable del clima, sus dulces aguas, sus frutos, y minerales: Y viendo que concurrían las circunstancias, y partes, que a la mayor fundación hacen hermosa, y constante. Hablando con sus vecinos, concerté que me feriasen, (si fue cautela, disculpen las venideras edades, por el ingenio, el engaño) solo el campo que ocupase la piel desnuda de un toro, pagué el precio, y logre el lance: porque haciendo de la piel unas cintas correales, tan delgadas, tan sutiles, cuanto libres de quebrarse. Circundé con la piel sola, terreno, y sitio bastante para fundar la que ya de edificios, y homenajes. Reciente Ciudad admiras, bella República aplaudes: y como hasta hoy se escriben solo en pieles de animales: Ya las autenticas cartas, ya las cartas familiares, en memoria de esto quise, que Cartago se llamase. Esta es mi Ciudad, en ella para mejor conservarme, hice políticas leyes, y leyes municipales. Señalé cargos, di oficios, hice que luego casasen las doncellas Cipriotas, con los Tirios Capitanes. Repártiles mis tesoros, y en señal de vasallaje: solo el diezmo de sus frutos les obligo a que me paguen. Aquí vivo en paz, aquí como a Reina; y como a madre, me obedecen mis vasallos, porque en afectos ignales, como a hijos los caricie, como amigos los alague. Del menor siento la injuria, la soberbia del más grave reprimo, no permitiendo queja al chico imperio al grande. Esta es mi vida, esta fue la causa porque dejase, de Tiro, y Sidón, mi patria, los ya conocidos lates. A los deseos del Rey, corteses, como galantes, tal satisfacción se debe, guárdela el bronce, y el jaspe. Para que a pesar de envidias, no la consuman, ni gasten rebeses de la fortuna, de la emulación embates, de la codicia intereses, de la lisonja desaires, la sorda lima del tiempo. ni el polvo de las edades. Vuestra Majestad, señora, viva, gobierne, y dilate los límites de su Reino, generosamente grandes, mas allá de lo posible. El Cielo, Príncipe, os guarde; pero qué pretende el Rey? Busca sucesión, casarse. Conmigo? . No es lo que digo cosa en que pueda afirmarme, sola presunción es mía. Y tal, que pudo matarme. Para que gloriosamente mi Embajador se despache, me falta una diligencia. . Y es? Mandó el Rey, que os besase la mano en su nombre. . Y cómo entendéis vos esa frase? Haciéndolo, y no volviendo sin hacer cuanto me mande. Los Embajadores, no han de ser tan literales, que aunque yo pudiera hacerlo sin nota, pues ya se sabe, que los Reyes dan la mano a quien con heroicas partes la merecen como vos: quiero singularizarme, y hacer en defensa de mi honestidad, mas que hacen otros Rey es, y otras Reinas. Pues yo, que por singulares tan raros, no me gobierno empeñado en este lance, no volveré a ver al Rey sin hacerlo. . Qué galente? Lo despejado pública la gran deza de su sangre. Si el Rey casa con mi hermana. ocasión tengo de amarle. Señora, perdona (si aquí mi chanza encajaré) mira que un Poeta dijo, la mula de los Abades pasa el río por la puente, deja singularidades. Ni oír tus razones quiero, ni que en esta ocasión hables. Perdone la chanza, que según esto, aquí no cabe; Tabanco, aquí punto en boca: chitón, y chanza adelante. Vuestra Majestad permita que en su hermosa mano estampe mis labios. . Consultareme a mí misma, y cuando baje la consulta, cuerdamente haréis? . Qué? Lo que os tocare. Siempre estaré a vuestros pies. Vuestra grandeza os levante. Esperare la consulta. Tarde saldrá? Nunca es tarde, si en vuestro Sol amanece tanta luz. Hombre notable? . Yo escribiré al Rey lo mucho que os debe. Siempre ha de honrarme Majestad, mas él os excusará galante ese cuidado, viniendo a veros, y mientras lo hace daréis licencia, señora, que yo os sirva. . Eso es sitiarme, y sitrar mi voluntad. Mejor nombre habéis de darle, pues quien os asiste os sirve. También pudiera excusarse. Esto es justo, Adiós. . El Cielo tanto como al Rey os gurade. Oh Majestad invenciblel o Reina entre Reinas grande, tu virtud, tu honestidad, defendida el mundo aclame. DA

JORNADA SEGUNDA

Si habéis de llorar enojos, ojos convertios en Argos, que sucesos tan amargos bien han menester cien ojos. ofendiérame el cantar, si ya no viniera el canto con la solfa de llorar, tan en traje de pesar, tan en hábito de llanto. Quién esta música ordena quien con libre proceder nos convida a llanto, y pena? Yo no sé quién pueda ser, empero sé, que bien sueña. Si entre espinas, y entre abrojos son siempre mis ojos ríos, quien con inciertos antojos les dice a los ojos míos, si habéis de llorar enojos? Ya mi pensamiento lustra con asombro de la vida: y aunque sea malicia mucha, si la Reina atenta escucha, cerca esta de agradecida. Quién si en discursos tan largos siempre el llanto los aqueja, les dice con nuevos cargos a los yerros de una reja, ojos convertiros en Argos. Tan dudosa está mi fe? Tan corto es mi sentimiento? Tan corta mi suerte fue, que viéndose lo que siento, lo que lloro no se ve? Auméntense mis enojos, ojos repitiendo de Argos para mayores despojos. Que sucesos tan amargos, bien han menestercien ojos, Hola? no hay nadie. Señora, Qué presto para mi pena que cuando otros cantan, llora: ha salido Policena? quien cerca está nada ignora. Quién canta? Quién puede ser con tanto lustre, y valor, ni quien se puede atrever, si no es el que llega a ser eíncipe, y Embajador? Cada día el Príncipe hace lisonjas al alborada del Sol que en tus ojos nace. La música me es pesada, la canción me satisface: porque de lágrimas llena, a más llanto me condena en cláusulas concertadas, y lágrimas bien lloradas, son lisonjas de la pena. Tan presto, ay Cielo! Tan presto Policena respondió? Que me sirve de pretexto para ofenderme. Animo. Eres necio. . Tu molesto, y te quejas tan aprisa, acelerado, y violento, que aunque te provoque a risa, parece cosa precisa haber de decirte un cuento. Ahora para cuento estás? Un lindo de cartapació, con visos de impertinente, dijo a cierto cirujano, mañana tienen de darme, según lo que he especulado, una pedrada en la frente, póngame el seor Licenciado un parche de medio a medio: y el dijo señor hidalgo, aguarde que se la den, y curarle hemos despacio: con lo mismo te respondo; deja que te tire el canto Policena, y trata luego de la cura, y del ensalmo; pero antes de la pedrada, pedir parche es excusado. El príncipe viene, ay Cielo; retírate aquí Tabanco, A ver a su Majestad, cuidadoso he madrugado. No más, Señor? . Pues ha y más qué ver? . La fineza alabo; pero ved ese papel, . que puesto que va embozado en la nema, puede ser que en él tengáis que ver algo. Quién se emboza, muestras da de crueldad. . Asegurado podéis estar de que en él ninguna crueldad os traigo. Deme V. Majestad, Señora a besar su mano, si ya de aquella consulta han bajado los despachos. Mas vive Dios que el papel se me cayo de la mano. No han bajado, aunque ya veo vuestros papeles bien bajos. Muerta soy, qué inadvertencia! . Es memorial? . De turbado estoy sin mí: No señora; pero tal cual es. . Alzadlo. En vuestra mano le pongo. Ay señores, que se ha echado con la carga del secreto. No Príncipe, yo no abro papeles vuestros, que llegan a mi presencia turbados: vos le veréis, pues es vuestro, lo que yo os pido, y encargo, es, que excuséis por quien sois lo escandaloso, y pesado de estas músicas que escucho a las rejas de Palacio, que aunque agradezco el concepto, y os estimo el agasajo, en la viudez nunca tienen buen lugar festivos actos; más ved aquese papel, que pienso que os embarazo. No me juzgue tan grosero Majestad, que cuando estoy en presencia suya, o daros sé lo que he de hacer. . C lugar, cumpliremos todos. Remediose tanto daño: oh Reina Santa! sin duda el Cielo mueve sus labios. para que todo se acierte. . Señor, vedle despacio, que puede ser que os importe. Muda obediencia os consagro: sin duda el papel es suyo, pues despacio me ha mandado que le vea; yo, señora, le veré, siempre esperando favor, y mercedes vuestras. Nunca faltaré al despacho que debo: Ana, ven conmigo. Muerta me tuvo el cuidado; hablale tú, Policena, pues de mi amor sabes algo. Yo, señorá? Vuestra Alteza me excuse de riesgo tanto, pues no ignora, mi empeño. Haz lo que te mando. Laureta, ayúdame tú a salir de este cuidado. Policena, solamente se queda; qué haremos Fabio; Oír a Policina, y ver el papel. . Todo es encanto. Vuestra Alteza es muy dichoso. Y como; pero no es mucho serlo, quien merece tanto en ajenas voluntades. Qué pudiera serlo es llano por lo mucho que me precio de obediente, y de vasallo. No os pese, que yo he sabido que debéis más de un cuidado en Palacio. . . . Oyes aquello? No soy sordo; pero aguardo más noticias. . Yo, señora! Vos. . No si no Pelayo, pues quien ha de ser dichoso: Bien sin la duda me hallo de lo que ignoro, si ya no atribuyo favor tanto al dueño mío. . Quién es vuestro dueño? El Rey mi hermano. Así fuera él bien oído, como sois vos bien mirado. Mosca, ahora digo, que puedes pedir parche al cirujano, que ya tiró la pedrada. Y en el corrzón me ha dado. Yo soy bien mirado. . Vos favorecido, y amado. Pluguiera a Dios no lo fuera? los Reyes tienen amagos de deidad, y en fe de suyos hacen bien vistos vasallos: y si algo tengo yo bueno, es el parecerle tanto, que si le llegáis a ver, no haréis distinción de entrambos. Mucho vuestro hermano os debe Nacimos de un mismo parto; pero mi hermano primero, y creed, que aún no le pago el amor, que debo al Rey. Qué finísimos hermanos, Laureta? . Señora. . Atiende, mira, ay de mí! Si Alejandro está donde pueda vernos? No hagas extremos cuando te vea, que importa en tal caso no hagas caso de una sospecha creída, ni un recelo imaginado. Ya escampa, que lindamente se lo va facilitando. Daré voces. Estás loco? . Si estoy, La boca te tapo con la vida, y el honor, que son riesgos duplicados. Fabio, qué es esto? . Yo pienso que es más de lo que pensamos, y que la Reina sin duda te mira bien. . Qué villano pensamiento! No es posible. Por qué no es posible? Al cabo, no es mujer, a quién amor asiste? No es mujer Fabio; las Reinas no son mujeres. Pues qué son? Del Sol los rayos, que ciegan a quien los mira, aunque lo mismo he pensado, es para pensarlo yo, mas otro no ha de pensarlo, Señor. . Quitaré la vida a quien la hiciere ese agravio: al fin no me dices más? Mucho os dice, quien tan claro os dice, que sois querido. Sopla vivo para entrambos. Esta noche en el jardín pienso que os está esperando gran dicha, y de ese papel podéis mejor informaros. Ya no hay que esperar aquí. Aguardemos hasta el cabo. Concertose mi desdicha, porque no pueda negarlo: sacaré el rostro. Señor, ay de mí! Ay de mí! Alejandro. Qué es eso? No sé que os diga. Qué os alborota? Quedaos, que en cosas que no son mías. Aplicó remedio falso a la pedrada, después de habernos roto los cascos. Adiós, señor, Él os guarde. Harto ha dicho. Vamos, Fabio. Este amor es por lo oscuro, amor fantasma, amor trasgo, no puede ser de provecho, no puede valerme un cuarto, al de Alejandro me atengo. Tente embustera. Mal año. Traidora en ofensa mía. Con los huevos hemos dado en medio de la ceniza. Vive el Cielo Soberano, que si la verdad me niegas de lo que he oído, y mirado, que sangriento, y vengativo:: Ay como estas engañado. Yo lo creo. Ay, quién pudiera referirte todo el caso. Pues quién te impide el decirlo? Ser secreto reservado. Pues como le sabes tú, no podrá también mi amo saberlo? . No puede ser, aunque por decirlo rabio. Eso es darnos con la fresca. Pues, señor, hablemos claro: yo no lo puedo decir. Abrírete yo los labios con esta daga. Soy muda. Habla embustera, sepamos la verdad. mudita? Habla de milagro. Ya digo. Qué? qué dices? Que no hay de tu parte agravio. . Vete mujer, que yo quedo bien muerto; y mal consolado. Oyes, dale otra cadena por lo bien que has uegociado. . De aquel papel o el Príncipe traía, con sospecha quedó la atención mía: Filipo, ven conmigo que deseo, ya que de día este jardín no veo, pasearle de noche. Es permitido deshaogar el ánimo afligido. Y dar, ya que te acosan a millares paso al dolor, y tregua a los pesares Al fin, señora mía, el morirse de pena, es cobardía. Qué calle es esta? La de los cipreses. Huélgome, que por ella me trujeses por lo funesto. Repetido aviso, son sus plantas del bello Cipariso. Dónde la fuente está? os que el Príncipe Allí está la fuente. Llévame hacia el cristal de su corriente. Ya que mi hermana en el jardín se aleja, saldré a esperar al Príncipe a la reja del jardín, donde ya quedó avisado por el papel, que recibió turbado. Si he de creer al papel aquí está, es el punto mismo a donde solo me llama, solo conmigo he venido por cumplir el duelo de este amoroso desafío: Sin firma viene el papel, y aunque Ana me le dio, indicios de mayor dueño, me asombran: Grosero discurso mío, no me toquéis en la Reina; más decir, como me dijo, vedle despacio, que puede ser que os importe, es aviso, de que no necesitaba; qué escrupuloso, y que fino diensa el honor, nunca sea e quien pienso este delirio. Quién creerá, que deseando los favores, y el cariño de la Reina, quiero más, dudarlos, que recibirlos? Quisiera, que me quisiera; pero no por este estilo, sino amando al Rey, que amando su Embajador, es indigno pensamiento, puesto que la adoro, y soy el Rey mismo. Disculpe amor, por ser suyo, este amante desvarío, que cierta dama quería hablarle en aqueste sitio: escribí al Príncipe, y ya Policena lo habrá dichos pero ya en el puesto está, que un bulto allí determino: Es el Príncipe? . Señora, con el modo, y el estilo que habló a la Reina, he de hablar: es quien confuso ha venido al dosel de vuestros ojos, más temeroso que altivo; y quien os estima tanto, que casi está por deciros, que mudéis de consejo. . Cómo? Buscando dueño más digno, que yo a tanta Majestad, cobarde llego, y remiso. Conoceisme? Él ha pensado . que habla a mi hermana, delito es encubrir la verdad, mas pues el secreto es mío, dejarle quiero en su engaño por ahora. . En esto os digo, que de embajador me precio de mi hermano, y de su amigo. Muy fino estáis. . Mi lealtad me aconseja que sea fino. Y a mí me está bien, que si él . para su hermano, advertido a la Reina quiere, a mí me querrá para sí mismo. Malograr tengo tus dichas a costa de un riesgo mío, Aquesta banda tomad. Turbado, el favor recibo, pues cuanto más le deseo, mas le temo. . Hoy desafío cara a cara a la fortuna, caiga todo el edificio. Voces parece que escucho; que os vais, Señor, os suplico. Voyme, pues vos lo mandáis, celoso, y favorecido. Adiós señor. . . Él os guarde; pues calla a lo que le he dicho, la Reina debe de ser. Este paso está impedido. Sabrelo yo franquear con sangre del que atrevido impedir el paso intenta. Para eso la vida estimo, Rayos fulmina su brazo. Cobarde, del brazo mío, aprende el rayo a ser rayo. Abre esa puerta, Filipo. Huiré por aquí, que ya la Reina nos ha sentido, Qué presto, ay Cielos dejó . la reja, y que presto, ay Cielos! para matarme de celos, de mí mismo decendió! Qué aguardas hombre, que aguardas vete, huye, si no quieres, que llegue a saber quien eres. Resoluciones gallardas: . finezas son, que perdí por encubrirle quien era: ay si por mí las hiciera, como las hace por mí! Descúbrete, o vive el Cielo, que haga un exceso contigo, Con tan hermoso ene migo, muchos peligros recelo No respondes? a mis pies la espada rindió, y con lento perezoso movimiento, se va sin decir quien es, Seguírele? O yo estoy ciega, o autoridad mucha arguye, quien huye el rostro, y no huye, quien se rinde, y no se entrega. Solo, y despacio se va. Alza esa espada del suelo, que quien solo, y sin recelo se va, acompañado está. Si gustas, hiré a alcanzarle, y a reconocerle hiré. No, Filipo, dejalé, que es cordura el apurarle; porque hay delitos, que son en las leyes del recato, ignorados, desacato, y averiguados, traición. Ven, que con esto con sigo más segura recompensa, y quiero honestar mi ofensa, por no obligarme al castigo Que el que en mi piedad se fía, con su valor se aconseja, y en la espada que me deja, confirma su valentía. . Muerta me tuvo el temor, ay de mi vida, si ahora mi hermana, que el caso ignora, llegara a entender mi amor. Al fin quieres irre? . Sí, que no quiero yo esperar, después de un siglo de amar, la sentencia contra mí. Y pues ya con fundamento la sé, sigue mis pisadas, que en ofensas declaradas, es infamia el sufrimiento, Estarás muy ofendido Alejandro, de que ayer hablé al Príncipe, y de ver. Ni satisfacción te pido, ni quiero que ese cuidado te cueste mi obligación. Si como tienes razón, no estuvieras engañado, ni yo a dártela viniera, ni te mirara a la cara Si en ti no se anticipara la disculpa, aún menos fuera la sospecha, y el temor; pero haces mayor tu culpa, que anticipar la disculpa, es confesar el error: Y pues el daño prevengo, no hay para que consolarme. Yo no vengo a disculparme, a desengañarte vengo. El salir de estos cuidados, será en ti gloriosa hazaña; a entrambos nos desengaña; quizá estamos engañados; porque es disculpa que tengo, por casera, y por vulgar, satisfacer sin hablar, y darnos con la de rengo. Lo que yo vi, aún quiere negarlo. Qué el Príncipe ayer me hablór Mucho más he visto yo, que lo siento, y que lo callo, y lo he de callar al fin por tu vida, y por la mía, que como hay salón de día, también de noche hay jardín. Eso es traición. No lo niego; pero de tu parte son, la cautela, y la traición. Yo estoy loca, y tú estás ciego, Basta señor, que pues dice, que un gran secreto la obliga, mas tiene que de enemiga. de infelice, yo lo digo, yo señor, que aunque celoso te agravias, de todas aquestas rabias he de ser saludador. Pluguiera a Dios! . Tus ofensas. En mi desdicha estarán. Por lo menos hallarán mayor dueño del que piensas. Este es de mi amor concepto. Ya lo sé; pero verás, que ni puedo decir más, ni revelarte el secreto, y cuando quieras quizá no hallarás sereno el día. Ea leona, leona mía, que aquí Alejandro se está. No está mentecato, loco. Ni yo tampoco estaré, Pues no esté vuesa merced, ni vuesa merced tampoco. Detenían a dos valientes, en pendencia declarada, el uno mostraba espada, y el otro mostraba dientes; nadie los podía quietar, y uno que lo deseaba, dijo, con esto se acaba, dejémoslos pelear, que aquí seremos testigos; y así como los dejaron, ni hablaron, ni pelearon, y ellos se hicieron amigos. Lo mismo ha de suceder, que ustedes; aunque ahora, se arañen; antes de un hora, amigos tienen de ser. Yo me afirmo en mi verdad. Y yo en que engañado estés, y en que has de saber después, mi amor, mi fe, y mi lealtad. La Reina sale, qué espero? De mi verdad te daré satistación. . Para qué? ni la busco, ni la quiero. Tente, dónde vas? . No sé, sé que me voy ofendido. De quién? . Tampoco he sabido de quien. . Pues yo lo sabré. Es tan justa mi quererla. Señora, . Sin mi licencia? Que no se excusa mi ausencia. Pues no te partas sin ella. Advierte. . De replicar puedo llegarme a ofender: Tengo mucho que saber, y mucho que castigar. Cáscaras, por Dios que está de lo de anoche indignada, esta Reina está encantada, o en todo lugar está Dicen que hubo un Rey, tan due ño de su Reino, que en velar sobre él hacia grande empeño, por no dejar de reinar el tiempo que daba al sueño. Llegó a decírselo, cierto quidan: y respondió altivo, cuando velo, soy Rey vivo, cuando duermo, soy Rey muerto? Mas volviole a replicar, con despejo, y con valor: Tratad de vivir, Señor, que es primero que reinar. La madeja que el Sol peina, siempre vive esclarecida, viva el Rey, que con su vida, velando, y durmiendo reina. Yo, Señora? Esto en efecto se ha de hacer. Siempre soy tuyo, con tu voluntad no arguyo. Pescado nos ha el coleto, A dar cuenta de esta alhaja vuelvo a tu presencia, y vuelvo cumpliendo lo que mandaste. Bien está: El desnudo acero vestistes? . Señora, sí, y en talabarte le he puesto. Hiciste bien, porque así con más decencia le veo. Andronio. . Señora? Yo, ni me aparto, ni me alejo de la obligación de Reina, que es un oficio en que el Cielo me puso: El reinar, Andronio, es oficio? . Así lo entiendo. Lo entendéis? Pues entended, que incesablemente celo mi Corte, y Palacio. . Y yo la acción alabo, y venero; mas por qué a mi solamente, me hablas con tanto misterio? Ay de misterio a ministro muy poca distancia, y luego lo sabréis. . Señora. . Yo, como de todos soy dueño, con los cuidados de todos, ni me canso, ni molesto. Es Reina trasgo, que en todo se halla. . Guárdete el Cielo. Sabido he, que el Rey se ha entrado en Cartago de secreto, a la ligera, excusando pesados recibimientos. El Rey, Señora? Sí Andronio, su hermano, que hace, y ha hecho oficio de Embajador, con un achaque pequeño, me escribe desde la cama, que entro el Rey, y que indispuesto él, no le ha de acompañar esta vez. Válgame el Cielo! Malo el Príncipe? Si anoche en la pendencia le hirieron? Y así Andronio, ved apriesa las consultas, porque luego tratemos, y resolvamos, lo que se ha de hacer en esto. Antes, Señora, estos días ha estado el Lugar muy quieto, No hay causas? Señora, no. . Es posible? Yo a lo menos, no he sabido que las aiga. Pues yo sé que sí: y aún tengo noticia de una pendencia, que de Palacio no lejos, hubo esta noche. . Señora. Estáis Andronio muy viejo, y sabré yo (ya que en vos tales remisiones veo) cortar la cabeza a quien tenga tanto atrevimiento, si fue el Príncipe, esto basta. . Por ti lo dice. Ya entiendo, que sabe castigar cuerda con soberanos respetos. Mirad esta espada, Andronio, y sabed prudente, y cuerdo, quien anoche la perdió; pero con tanto secreto, que solamente yo, y vos sepamos quién es el dueño; miradla bien, que por vos salir de esta duda espero: y pues yo gané esta espada, ceñírmela, Andronio quiero, el cognomento de Dido, varón significa, en esto quiero parecer varón, sea mi primer trofeo, veame el Rey con espada, para defender mi Reino: ciñe Filipo. . En tu mano, sea desde hoy rayo de acero. Bien está. Y ahora decidme lo que os parece que haremos, supuesto que el Rey, su entrada de esta manera ha dispuesto. Que V. Majestad salga con su Corte, y sus Consejos a verle, y pues él se ha entrado con la llaneza que vemos, aposentarle en Palacio, que es el más digno aposento. Pues idos luego, y haced la prevención para luego; pero qué ruido es aqueste? . El Rey, Señora, que entiendo que anticipó la visita. Mucho estás finezas temo, retírate Ana, de aquí, tu Policena, haz lo mismo. Como yo al Príncipe gane, no quiero mayor empleó. . Desengañado Alejandro, ninguna desdicha temo. Mis transformaciones, Fabio, me ponen en grande empeño. Sea Va Majestad, después de venir muy bueno, muchas veces bienvenido. No puedo dejar de serlo, cuando a V. Majestad llego, a ver. Válgame el Cielo! no es el Príncipe? Ya empiezan de mi engaño los efectos; pero mi espada en la cinta, varónilmente se ha puesto. Notablemente parece al Príncipe. Un rostro mismo tienen los dos. Qué confusos! qué admirados! Qué suspensos están mirándome todos! Ay tal cosa? ay embeleco. . tan notable? Solamente el diablo; pero no, miento, que está no es obra del diablo, sino de mejor maestro. Esto es fuera de la historia, mas ya a la historia volvemos, Toda es una misma cara, y todo es un cuerpo mismo, vaciáronlos en un molde, salieron iguales; pero la diferencia en los dos, ya conocida la tengo, y nadie la ha de saber de mi boca, Mucho debo, Señor, a fineza tanta, pues habiendo satisfecho las leyes de cortesía, con enviar a mi Reino al Príncipe vuestro her mano; y hermano con tanto extremo, que parece que es todo uno, lo que en él vi, y en vos veo: aventajadas mercedes me hacéis, viniendo vos mismo. Aunque mi hermano es mi amigo, no quedo yo satisfecho, con lo que mi hermano ve, de lo que yo ver intento. De servirme, se ha mostrado en la lealtad de su pecho, en lo que del he sabido, y en lo que vos sabéis de a fe, que le debéis mucho, porque me afirma, que ha puesto el nombre mío, no poco cuidado en obedeceros. Determíneme a buscaros, y como si fuera el veros alguna acción peligrosa, tiemblo, dudo, y me suspendo. junto ejército copioso, al más alisto, y prevengo, dejo mi Corte segura, la ardiente arena penetro. Y al espantoso ruido, de bélicos instrumentos, vencido, y no victorioso, a vuestra presencia llego. Vencido, señor? Vencido. Poco a vuestras armas debo, si con asombro festejan los Cartagineses pueblos. Yo os estimo. Son ociosas tantas armas. Yo os venero. Qué tienen que ver visitas, con ejércitos? . Son vuestros. Los fines a que han venido se ignoran. . A obedeceros, y para mayor blasón, y gloria del vencimiento, pues fuera menos victoria, si mi poder fuera menos. Oh quién pudiera esplicarte . aquellos mismos afectos, que en las ideas del alma padecen fatal incendio al rayode su hermosura. Proseguid, señor, el cuento, Entonces, señora, entonces, fuisteis bellísimo objeto de los oídos, si bien los ojos, también os vieron, con la decencia, y decoro merecido a tanto Cielo; yo os vi. . Vos, señor, me visteia En este retrato vuestro. Mal haya amén, el pincel sacrílego, torpe, y necio, que ocasionó que me viese, quien de mi estaba tan lejos, Del Cielo todo está cerca, nada está lejos del Cielo. Yo, sí, que cómo en sus lumbres? glorioso vive, y eterno, aquel ser que me animaba, tan larga distancia cuento; desde mi pena a su gloria, cuanta en el mal que padezco, es preciso, que acompañe a la viuda de Siqueo. Permita vuestro decoro, decir a mi sentimiento, que envidia infeliz un vivo, dichas que malogra un muerto. Yo, señor (estas razones . disfrazan mucho veneno.) La rosa que nace en Tiro, patria vuestra, y Reino vuestro, y del carmín de sus hojas, os paga tributo, y feudo. Bachilleramente hermosa, os está a voces diciendo, como vasalla leal, que no desprecies su ejemplo? Pues aunque espinas la guardan, no es con rigor tan severo, que de la atrevida mano, que la corta, haga desprecio, gozar se deja, y mayor desdicha en ella contemplo en el rosal deshojada, que en la mano de su dueño Pues allí pálida, y tr murió a los ojos del cierzo, y aquí vive en los aplausos, que es como vivir de nuevo. Dad, pues, a la rosa oído, tomad, señora, consejo, repetidamente humano, y divinamente cuerdo. Que no es razón, que no es justo, que la rosa que en vos veo, en la prisión de esas penas, hojas desperdicie al suelo. Vuestra Majestad, señor, moralice más atento, y no ocasione colores, al mongil pálido, y negro, que le saldrán de vergüenza, ya que en el alma la tengo, para aumentar muchas veces tan debidos sentimientos. Elisa Dido, fue rosa algún día, ya se vieron en el rosal de sus dichas colocados sus deseos. Llegó la muerte, y dejó aquel su explendor primero, tan deshojado, que ya no se conoce a sí mismo. Yo creí, sí, que tuviera mas libertad, y pudieron ser testigos. . Quién, señor? Algunos dorados hierros, que en un balcón escucharon. Qué decís? señor no entiendo vuestras razones. . Mi hermano debe de ser más discreto, pues le oís, y le entendéis. Es entendido, y es cuerdo. Nunca mi hermano, señora, fue entendido en mi concepto, leal sí. . Estoy cuidadosa de sus achaques. Bueno es esto; p creyó el engaño. . S aber de su enfermedad deseo. Si tanto favor le hacéis, tendré de mi hermano celos. Tratad, señor, mis verdades con más piedad, porque demos a esta plática buen fin: ya he dicho que no os entiendo: y si en la primer visita me habláis tan libre, y resuelto, que las excuséis os pido, Primera? . Luego no es cierto? No señora, que ha infinitos siglos, que os he visto, y veo, siendo deudor a mis dichas. Mucho, señor, os detengo, y estaréis cansado ya: yo soy un mármol de hielo, un escollo de diamante, un limpio, y bruñido espejo, a quien ofende la vista, y a quien empaña el aliento: y quien pensare otra cosa, (perdonad, señor, si excedo) porque en llegando a este punto, de mí misma no me acuerdo. Yo? . Qué descanséis es justo. Señora. . Yo os veré luego, Advertir. . Vendréis cansado. Vuestro soy. Cartago es vuestro: a su Majestad, Andronio, dad en Palacio aposento. . Vive el Cielo, que me deja lleno de espanto, y de miedo: qué gravedad! qué entereza! qué cordura! qué respetos! de tan gran Reina, yo estoy de esta confusión en medio, o de otra vez engañado, o de su recato honesto: quien me honró con sus finezas en el sagrado silencio de la noche, a mejor luz me habla con tanto despego: es evidencia, es sin duda, que mis engaños creyendo, ama al Príncipe fingido, y no me estima Rey cierto: a quien nunca lo intentara, venció un entedo a otro entedo, uno embaraza, otro engaña, cuando adelantada veo por aquel mi pretensión, por este la desvanezco: indeterminable estoy, confuso estoy, . Qué es aquesto? No dijeron que en la cama estaba el Príncipe enfermo? la Reina no lo afirmó? y que por este respeto no acompañaba a su hermano; pues cómo ahora le veo? llegaré a hablarle: Señor, en más de un cuidado ha puesto vuestra Alteza, a quien desea servirle con mucho afecto: debió de ser el achaque de poco gusto, y con eso combaleció fácilmente: no responde? no merezco? mas que mucho, si en el gusto está vuestra Alteza enfermo? Esta es otra confusión, . nuevo engaño, lance nuevo: no soy quien pensáis, señora, mayor nací, y puedo menos. Sin duda es el Rey, no he visto . rostros tan iguales: pienso que equivocó sus pinceles nanuraleza al hacerlos: yo hablaba:: . Ya os he entendido. El Príncipe. . Ya os entiendo. Digna Es muy mi hermano. Mereció favores. . Vuestros? No puedo deciros tanto. Ni yo preguntaros menos. Su lealtad? . Muy bien la sé, Es galante. Importaos eso? . A mí? Pues qué le queréis? Saber de su achaque, y verlo, Bueno está. . Bueno, Señor Siempre a servicio vuestro. De mayor laurel es digno. Mucho me decís en eso. De vos pretendo saber. Lo mismo de vos pretendo. Cerró la puerta a mis dudas. Echo la llaye al secreto. Yo temo lo que hablo. . Yo solenizo lo que temo. Si dais licencia, señor. Cómo negaros la puedor Confusa de vos me aparto. Confuso de vos me alejo,

JORNADA TERCERA

Tan bien la espada admití, que habiéndola ayer ceñido, parece que la he traído desde el día en que nací: ya me es ligero su peso, ya mi lado no se extraña, ya su acero me acompaña, y ya su amistad profeso. Ya de su adorno obligada, desprecio los alfileres; pero por qué las mujeres no habían de ceñir espada? Culpa del hombre primero? mas dejemos lo pasado. que ello está bien ordenado; pero yo ceñirla quiero. Y quiero también probar, si de aquí sacarla puedo, solo por perderla el miedo, a solas me he de ensayar. Lindamente la he sacado, y en mi mano lindamente, rayo de acero luciente mi valor la ha colocado. Qué es esto, que llegó a ver? . la espada desenvainada? Vuelva a su vaina la espada, hasta que sea menester. Vuestra Majestad. . Señor, solo hasta aquí? cómo es esto? Qué pundonor tan honesto! Qué hermosísimo valor! Cómo vuestra Majestad, sin avisarme primero? Cuando servir solo espero, sola es mejor mi verdad. Faltar a la cortesía? No falto en quien os adora, pues desde que os vi, señora; soy muy vuestro. . Yo muy mía. No soy el Rey? No se altere vuestra Majestad ansí, hermano suyo nací: ahora veré si quiere al Embajador fingido. Hombre, encanto, o ilusión, que para mi confusión, a Cartago te ha traido el Cielo. . El Príncipe soy, el Embajador, señora. El alma turbada ignora lo mismo que viendo estoy. Pues que sea él el Rey, o sea el Príncipe, es excedes de lo lícito, querer que en mi retrete le vea, descompuesta, y con agravios. Vuestra Majestad se olvida de la merced recibida de su mano, y de sus labios: y pudiera merecer como noches días felices. Hombre, o fantasma, que dices? Solo estoy, no hay que temer: yo soy el mismo, aunque imito al Rey, el Príncipe soy: temiendo (ay Cielos) estoy, lo mismo que solicito! Yo no entiendo. Bien podía de aquesta banda el favor, hacer dichoso mi amor, como de noche de día. Si me habla tan desatento, daré voces, llamaré a mis vasallos, y haré público su atrevimiento. Yo banda? Yo favores? Quién de mí los mereció? Qué noche es esta que dio principio a tales errores? Vuestra Alteza me ha ofendido, váyase, váyase aprisa, y advierta que adora Elisa la sombra de su marido. Qué dicha, albricias amor, albricias pediros quiero, pues ni ayer Rey verdadero, ni hoy fingido Embajador, se descubren, ni se ven flaquezas en su semblante: quien vio que hallase un amante favores en el desdén? Voyme, pero volveré como Rey, pues me convida la semejanza creída, plegue a Dios que firme esté. Cielos, donde me he buscado la dicha a que he venidor En qué mi fe os ha ofendido, que así me habéis castigado? Cuando un hermano traidor tiranamente me arroja de mi patria, y la congoja, la soledad, y el dolor viven tan dentro de mí, que justamente recelo de mirar alegre al Cielo, y el Cielo me trata ansí! Qué un Rey con cifras me ofenda! y que un Príncipe importuno, (que sin duda todo es uno) pues no hay quien sepa, ni entienda, distinguir su rostro, y talle, me digan (libertad mucha) uno que celoso escucha) y otro, que puedo escucharle! Cuando solamente trato del bien que el alma suspira, le parezco a quien me mira, desconocida al recato! A duro achaque del ser, ni mi recato es creído, ni el haber Reina nacido me excusa de ser mujer. Vuestra Majestad, señora, inquieta? Niéguele el Sol indicios de su arrebol, a quien su respeto ignora. Hombre, o Príncipe, o quién eres? si Embajador, atrevido, si Príncipe, presumido, qué me quieres, qué me quieres? otra vez vuelves a ser causa infiel de mis enejos? Lástima tengo a sus ojos, no hay culpa en su proceder: Señora, quien ha sido con V. Majestad tan atrevido, que ocasione disgusto a su grandeza Donde uno acaba otro delito empieza: si por hallarte Príncipe, te arrojas, del debido decoro te despojas: si Embajador te atreves, negando estás lo que al oficio debes. La semejanza ha sido quien os ha tanto enojo persuadido, Señora, y de ella infiero, que el Príncipe mi hermano es un grosero: el Rey os habla, el Rey, y tan airado de ver que os haya el Príncipe enojado, que sin que el fraternal amor lo impida, le quitará los bríos con la vida, y aún en la mía ofrezco igual castigo, porque la parezco, que es culpa, que es delito conocido, ser semejante a quien os ha ofendido. Señor (válgame el Cielo) yo! (qué pena! Qué horror! Qué desconsuelo!) no sé, no entiendo (el alma se despide, que a mi dolor ningún dolor se mide) solo puedo decir (pena terrible) que estoy mirando en vos un imposible: un puñal, que hirió, y curó la llaga, un dolor que atormenta cuando halaga, un Sol, que mira a todos libremente, y mirar no se deja, ni consiente: una pintura tan al arte unida, que da muerte a una luz, y a otra luz vida: Mas digo mal, que de una misma suerte, a entrambas luces me condena a muerte: y ya deshauciada, tiento la ropa, y no averiguo nada, porque en estas mortales confusiones, me asombran, y me afligen ilusiones, que veo, y no percibo, como aquel que está vivo, y no está vivo: y así os suplico, y ruego, que me dejéis morir en este ciego laberinto, implicada, de achaque de haber sido desdichada. Señora. . Oh lances fieros! Mirad? Quién ya no ve, cómo ha de veros? Oíd? . Quién ha perdido toda el alma, no es bien que tenga oído Tened, tened, señora. Vano intento, menos difícil es tener el viento. Brazos tengo, y poder. Es tiranía aprisionar el Sol, y atar el día. Pues yo os tendré. Qué locos desvaríos; ola criados, y vasallos mí os? Filipo, Andronio, Andronio? Lance fuerte! Aquí nos tienes para obedecerte Qué nos mandas? Que hagáis con mucho gusto lo que mandaré el Rey: oh Rey injusto! A vuestros pies, señor, estamos todos. . Rara mujer! gran Reina! Heroicos modos! . Qué nos mandas? Que os vais, Andronio, quiero. Señor. . Que me dejéis. Servirte espero. Bastantemente he logrado la prueba de su inocencia: En esta virtud no hay culpa, en este valor no hay mella, otra fue la que me habló, y libre de esta sospecha, será toda el alma suya: o, quiera el Cielo que sea! Pero quien me pudo hablar en Palacio, no hay quien pueda ser, si no es Ana su hermana, si ya no es que es Policena: pero ella viene, ocasión me ofrece el Cielo, hablarela amorosamente, veamos si hallo luz en su respuesta. Este sin duda es el Rey. De vos, bella Policena, justamente estoy quejoso. Pues de qué es, señor, la queja? De que abonado de tantas razones, de tantas prendas del alma, en vos reconozco ingratas correspondencias. Válgame el Cielo, si es el Príncipe no quisiera errar, mas por si es el Rey, dárele neurral respuesta. Señor, a vuestros afectos, todos estamos en deuda, como vasallos del dueño, en quien heroicos se emplean. Volviome a entrar en las dudas. vasallos decís? o, quiera el Cielo! Vasallos digo. Una luz me alumbra, y ciega. Yo sola una luz descubro. Yo en vuestro desdén mi ofensa. Yo de ofender estoy lejos. Yo de ofenderme muy cerca. Todos vivimos a escuras. En vos el Sol amanezca. No gaste, señor, no gaste lisonjas de esa manera, en quien no se las merece, y ahora deme licencia, que aquí puedo dar cuidado, (tra: Vuestro soy. . El alma es vues- Si es el Príncipe él me entiende, y si el Rey, confuso queda. Sin averiguar mis dudas, nentral en ellas me dejas: oh cuanto duda quién miente! Oh cuánto quien finge yerra! Señor, buscándote he entrado desde la sala primera, hasta aquí. . Déjame Fabio, que me has puesto de manera con tus engaños, que estoy perdiendo el juicio de pena. Pues has de saber, que ya se ha sabido la pendencia de anoche, y que fue Alejandro, celoso de Policena, quien te acuchilló, y el mismo viene a quejarse, que prensa que eres el Rey de tú he mano. Qué dices? . La verdad misma: de ti, a ti viene a quejarse. Buenos andamos! . El entra. Si un noble, señor, si un noble merece la Real clemencia de vuestra Majestad; Cielos, no es el príncipe! Su misma persona mirando estoy! Turbado, y confuso llega. Qué decís? . Yo, Señor? (ja, Hablad . Si no os ofende mi que- el Príncipe vuestro hermanó, malogrando la pureza de un amor de muchos años, que un amante siglos cuenta, me ocasionó; estoy sin alma. Cómo es eso? . Policena. Pues mi hermano habla esa da- A noche, señor, pudiera (mar mancillar grandeza tanta. Cómo? . Tuvo una pendencia en las rejas del jardín. Por ella? Al No lo creáis. Yo, señor? pluguiera a Dios no lo viera. Tal vez la vista se engaña, mas demos que cierto sea, ni él temerá sus peligros, ni en vos es grande la ofensa. Quién ama, señor, no mira en soberanas grandezas. Hizo más que acuchillaros? No señor, mas de manera la Real autoridad le acompañó en la pendencia, que a pesar de mi razón, me echó del puesto su Alteza. Es muy valiente mi hermano. Tal vez la razón se alienta. Decís bien, yo le hablaré, que no quiero yo que el venga a alborotar a Carrago: id con Dios. . Tu nombre sea digna ocupación del mármol, del laurel debida empresa. Qué dices de esto? . Que estamos, si ellos engañados llegan, padeciendo el mismo engaño: Yo pienso que hablo a la Reina, ella severa lo extraña, y aún enojada lo niega. Cuando acaso llegó a hablarla con Ana, hermosa, y honesta, me da indicios que es su hermana quien favorecerme intenta: Alejandro con sus celos, por Policena se queja, ella con palabras claras me da a entender que no es ella. Y yo amante, y engañado, ya Príncipe, o ya Rey sea, en los desdenes me abraso, y me entivió en las finezas, porque el desdén me acobarda, y el favor me desalienta; pero entre indicios, y dudas, padezcan todas sospechas, y no la Reina, que en fin, no puede mentir la Reina. Cuantos han al Rey hablado, piensan que el Príncipe sea; pero conmigo no hay chanza, conocerelo yo a legua: vuestra Majestad, señor, mil veces en hora buena, honre a Cartago, que aunque hay muchos necios, que se ciegan, y a la primera intención, no conocen su grandeza. Yo soy un lince de Reyes, no hay semejanza que tenga conmigo, que le conozco mejor que si le pariera: que el Príncipe, aunque es verdad que en algo se le parezca, es más lavado de cañas, y más cerrado de cejas: y últimamente no tiene la Majestad tan profesa, ni tan de clavo pasado la sagrada pompa Regia. En efecto vos sabéis conocer la diferencia que hay entre Príncipe, y Rey? Ociosa pregunta es esa; conoceré un Rey, aunque entre cuatro sotas venga. Pues Tabanco id, y llamad. Ay, Tabanco, mala es esta: . quien a vuestra Majestad, tan presto le ha dado cuenta de mi nombre? . Ya os conozco, Luego es el Príncipe? . Necia pregunta: llamad a Andronio. Hay confusiones más ciegas? pero enmiéndome, mámola, peguésela a V. Alteza: Mi Príncipe, mi Señor, que Rey a igualarle llega en lo generoso, y grande, en el brío, y gentileza del ánimo, no le viene la corona a media pierna a V. Alteza. . Oís? decid que el Rey le llama. . otra es esta, el Rey? El Rey, qué aguardáis? El demonio que lo entienda: pues, Señor, lo dicho, dicho, sea Príncipe, o Rey sea, que quien ha dos caras vive, sujeto está a dos respuestas. Tabanco? No soy Tabanco, Señor. Graciosa respuesta: Pues quién sois? Quién yo quisiere: Carrago está de manera, que es Rey, quien parece Infante, y Infante, quien Rey parezca; yo también seré Tabanco, cuando serlo me convenga. Pues sed, o no sed Tabanco, Llamadme a Andronio. Que él venga, será dicha, porque puede decir, que Andronio no sea. Pues quién ha de ser? No es fácil? otro que se le parezca; pero yo se lo diré. . Presto. Él será la respuesta. Descubrirme quiero, Fabio, hoy quiero que Andronio sepa todo el secreto, y que lleve de mi pretensión las nuevas; En la honestidad de Elisa, hice bastante experiencia, su hermosura, y discreción, qué libertad, no atropellan? pues qué aguardo? Rey nací poderoso, si ella es Reina: Mi amor se descubra a Fabio, y cara a cara pretendan. En fin persuadido estás de que no te habló la Reina? Sí, pero para mi intento, he de usar de una cautela. Cuál es? . Andronio ha llegado, escucha, y sabrás cual sea. . A saber vengo, Señor, la causa, porque os merezca el cuidado de mandar, que a vesaros el pie venga. Andronio, seáis bienvenido, que en la cordura, y prudencia de vuestras canas, espero el alivio de mis penas. Penas, Señor? . Sí, escuchad, hoy soy Rey. . Nadie lo niega, Ayer lo negué yo mismo, No entiendo esa diferencia? Entendereislo, si acaso en amorosas empresas desdobláis alguna hoja de las mocedades vuestras. Yo soy el mismo que ayer fingí que mi hermano era, y mi Embajador, yo fui dueño de aquellas finezas. Amor transforma los hombres, sin reparar en que sean Reyes, que es Dios poderoso, y sobre los Reyes Reina. Amante de Elisa Dido, disfrazado, vino a verla, y aunque honestamente hermosa, digno recato profesa. He gozado sus favores, testigos son esas rejas, y balcones de Palacio, donde más de alguna estrella pudo envidiar mis venturas, si bien ahora las niega. Esto, Fabio, he de esforzar, puesto que verdad no sea. La Reina, Señor? Si Andronio. V. Majestad arriesga mucho crédito en decirlo. Yo lo digo. . No hay más prueba que la palabra de un Rey, mas como es contra una Reina: En su favor es Andranio. Oh cuánto, Señor, os ciega la pasión! No veis, Señor, que es descrédito, y mengua de su honor? . Quererme a mí? Faltar a la ley de honesta. Sabéis quién soy? Y de Elisa hay quien el blasón no sepa? El África toda es mía. Elisa en Cartago reina. Corto poder la acompaña. Mucha virtud la hermosea. Grandeza es amarla yo. No amaros ella es grandeza. Y si me amase? Eso dudo. . Cómo? Su virtud lo niega. Pues no basta que yo diga, no basta que yo pretenda honrarme con sus favores, y que afirme que los tenga? Basta, Señor. . Vive el Cielo, que si probáis mi paciencia. Señor, templad los enojos, no las pasiones os venzan, Oh amor? Por ti, y contra mí uso y finjo estás violencias. . Yo levantaré esta daga, para que en mis labios puesta, sea testigo, sea testigo de mi amor, y mi obediencia, Guárdala, y seamos amigos. Notable correspondencia . tiene con la espada; el caso, he averiguado con ella. Veinte mil hombres me asisten de Cártago cinco leguas, y de este nuevo edificio a quien sirven de diadema tanto capitel flamante y tanta robusta almena; aunque la piedad le ampare, y aunque el amor le defienda, haré que el rigor no deje en él, piedra sobre piedra. Qué mal digo, cuando adoro. de su Palacio las rejas? Señor. . Andronio, lle vad este recado a la Reina. Vos lo miraréis mejor. Yo me rendiré a la queja. Al fin, quieres persuadirla, afirmando con cautela, que tienes favores suyos? Su constancia, su entereza, su honestidad invencible aquestos medios me enseñan para conseguir mi intento, quiera el Cielo que la venza. . Los balcones de mi casa afirmáis, que pueden ser testigos de que hay mujer que la habita, y que la abrasa. Sí señora; y no te espante oír tan nuevas razones, que de más de los balcones, lo confiesa el mismo amante. Yo haré un castigo ejemplar, yo abrasaré a quien ha sido causa de que Elisa Dido, vuelva de nuevo a llorar, las lágrimas de dolor, que por su esposo ha llorado, viendo su amor profanado, viendo ofendido su honor. Señora. Infelice suerte! hoy mi delito se sabe. Advierte en caso tan grave. Androo. otra vez advierte, que es delito, y no es delito, ni es posible castigar. Si es posible, han de faltar fuerzas a la ley? Lo escrito imposibilita el modo, y en casos tan singulares, donde faltan ejemplares, mejor es dejarlo todo. Mucho mejor, que si ordenas con rigor el castigar, aún vidas te han de faltar, para ejecutar las penas; disímula reportada, los casos que el Pueblo ignora, y te hallarás más señora; más temida más amada. Como hablas tú de esa suerte? Es mi intención conocida, amo el celo de la vida, temo el golpe de la muerte. Tú sabes, tu hacer aprecio de lo que yo he ponderado? Sí, que no siempre un criado está obligado a ser necia: no siempre se ha de esperar el decir a lo picaño; cascaras, mosca, malaño, reventar, despachurrar, y otros términos menores a que la chanza se atreve, que si agradan a la plebe, ofenden a los señores. Y así debes a la queja, en que tu concepto se halla, dejarla, y no averiguarla, como Andronio te aconseja. Qué es dejar? A mi poder no hay dificultad ninguna; dueña soy de la fortuna, los Astros puedo vencer; desvanecere los Montes, arrancaré las Estrellas, y haré que mueran sin ellas, y sin luz los Horizontes, apagaré el Sol con ser su lumbre eterna. . Por más imposible dejarás de hacer lo que no has de hacer. La Reina está muy furiosa, enojada, y ofendida, voymé que importa a mi vida, poner pies en polvorosa. Por aquí escurro, y reniego de tanto enojado Sol; a esto llamó el Español, tomar las de Villadiego. Sabes, que de mi imperiosa voluntad el poder mides? Se que a ti misma te impides, cuanto eres más poderosa. Si ya hubo Rey, que halló delincuente al hijo amado, y habiéndole sentenciado, él un ojo se sacó, por no quebrantar la ley: Por que (si Reina; y Señora soy) dificultosas ahora, que haga yo lo que hizo el Rey. Porque el furor de algún Dios causó aquel bárbaro antojo, y él se sacó solo un ojo, mas tú has de sacarte dos. Mi hermana; pero está aquí, . salios allá fuera. . Cielo, . hoy corre al delito el velo. La Reina habla contra sí. Ya estamos solos, ahora me habéis de decir los dos. Yo, señora? . Vos, y vos, pues que ninguno lo ignora: Qué sacramentos son estos, que tanto encubrís de mí, puesto que me habláis así, tan graves, y tan compuestos? Ya no hay de quien recelar, hablad, ya no os han dejado? Qué importa, si se ha quedado quien nos impide el hablar. Pues quién ha quedado aquí: Quién más me asombra, y divierte. Luego yo soy? Trance fuerte. . Hablad. . Das licencia? . Sí. Pues Para informar mejor a V. Majestad, quiero que oiga otra razón primero: El Príncipe Embajador, y el Rey, es todo una cosa, porque el haberse fingido un hermano parecido, fue estratagema amorosa. Para conocer, y ver con mayor seguridad, las partes de Majestad, hermosura, ingenio, y ser, Que con advertida mano, natural, arte, y destreza, señora, en vuestra grandeza cifró el pincel soberano. El Rey me lo ha dicho, y él satisfecho de su intento se convida al casamiento, Rey justo, y amante fiel. Esta es la primer razón, la otra es, que he averiguado que vuestra Alteza le ha hablado de noche por el balcón. Y también que aquesa espada es suya, testigo es llano esta daga, de su mano contra mi desenvainada. Con rigor, y con violencia, por defender vuestro honor, y vos lo sabréis mejor. pues que visteis la pendencia. Vos me mandasteis, señora, hacer la averiguación, ved aquesta guarnición, ved lo de la espada ahora. No hay diferencia ninguna en labor, dibujo, y ley, y aquesta es del Rey? Del Rey. . Toda es una, , Si es toda una, yo no hallo que pueda haber excusa justificada en quien quiso ser amada, para no ser su mujer. Pues quién (oh suerte infelice) lo afirmas Quién tiene tanta autoridad, que me espantas Quién lo dice? El Rey lo dice: Él lo afirma, y él pretende que favores recibió, lo que en secreto pasó negado, en público ofende. Con armas, guerra, y furor, nos homenaza ofendido, aún más que del nuevo olvido, del cauteloso favor. Y no es justo dar lugar a que abrasadas tus tierras, padezcan injustas guerras, pudiéndolas excusar con dar la mano. . Villano, que estás diciendo? Has perdido el juicio? Elisa Dido, tiene voluntad, ni mano? Padezca el mundo: Testigos sean los Cielos inmortales de mi fe, entre desleales vivo, y muero entre enemigos, Oh villanos! Oh traidores! Señora. . Salios de aquí, sino queréis ver en mí sangrientos vuestros errores. Idos, que os despeñaré desde la cumbre del mismo pundonor, hasta el abismo que en vuestra infamia se ve. Cartago, no os mereció la desdicha en que hoy está. Cómo de ella os librará quién desdichada nació? Yo hablé al Rey? (Oh ciego encanto!) Yo dudosa en mi opinión? Yo culpada? Corazón, sino os desatáis en llanto, corto sentimiento hacéis: Yo en el honor ofendida? Vida, para qué soy vida? Muertes, por qué os detenéis? Qué suerte a mi suerte iguala? Qué pena iguala a mi pena? Pues no aprovecha ser buena, para no parecer mala. Cumpliendo con mi cuidado, orden a Andronio le di, y viene a ser contra mí todo lo que ha averiguado. El Rey lo afirma: Oh cruel testigo contra mi fama! Mi propia culpa me llama al cuchillo, y al cordel, confesaré mi maldad: Hermana. Revudy Señora cuyo casto lecho adora el templo de la lealtad; Yo heblé al Príncipe, yo fui quien ocasionó el engaño, que ha resultado en tu daño: Castiga en mí, venga en mí, severa, cruel, inhumana, tu disgusto, de tal suerte, que purifique mi muerte tu honor . Ay injusta hermana! Qué desgraciada que he sido en hermanos: Cielo Santo, como en parentesco tanto, tan poca dicha he tenido? Esta infiel, aquel traidor, con intención repetida, uno me tira a la vida, y otro me tira al honor. Yo no creí. . Dices bien; que incrédula siempre fuiste. Yo entendí. Cómo entendiste; si naciste sorda al bien? Si al Príncipe desengaño. Que no hay Príncipe, enemiga, el Rey fue siempre, y no obliga tras de un engaño, otro engaño. ha mal haya la prudencia, que me ha tenido tan muda, esta fue, esta fue sin duda la noche de la pendencia! Luego el Rey fingió embajada, y hermandad? Qué cauteloso! mas si quiere ser tu esposo, sin causa estás enojada. Como sin causa, mi pecho a otro dueño? Yo sufrir, que otro llegue a repetir las caricias de mi pecho? Yo abrir la puerta al deseo, para que otro borre, y yo las pisadas que estampó en el Alma mi Siqueo? Antes me acabe el dolor, primero llegue ofendida a supurarle la vida en las llamas de mi honor. Rey viene a vert acompañado de Andronio, Tilipo, Alejandro, y cuantos le siguen. . Hay más ahogos? Cielos, mujer soy, qué qued para más robustos hombros? Ya que V. Majestad, cuerda habrá extrañado el modo, que a su recato advertido, siendo fineza, es asombro. Ya que me habrá ponderado mas que amante, cauteloso, y habrán tenido conmigo, fatal pendencia sus ojos. La disculpe de esta culpa, vengo a proponer, tan otro, que ni soy Rey verdadero, ni Embajador cauteloso. Vasallo, si soy humilde de vuestro inmortal decoro, generosamente grande, y divinamente heroico. No fue dudablé encubrirme, temerle sí, y temeroso me disimulé al peligro, en la industria del embozo: Que como el que mira al Sol pone la mano en los ojos, reparando tanto rayo en aquel cortés estorbo, así yo, que había de ver tanto abismo, tanto golfo de luz, para no anegarme, entré por él poco a poco; tendí la mano al peligro, y volví a la luz el rostro. Responde a su Majestad, Ana, tú que sabes como, tú que no ignoras la frase, tú, que el estilo, y el modo sabes, y pues también sabes lo que en esta parte ignoro. Así V. Majestad me deja? esta ofensa logro, porque idólatra la busco, y porque amante la adoro? Ya se acabaron las dudas, el Rey nos dio lindo cootoo Príncipe Rey le juzgamos, mas los unos, ni los otros, no erramos en los discursos, porque era Rey con dictongo. Esto es, Señor, la verdad. V. Alteza advierta, hoy compro la vida en un desengaño: siempre quedaré dudoso en mi fe, si de otras señas no lo afirman testimonios. Yo hablé a Va Majestad por el jardín, yo ignorante engañada, como amante le di una banda. . Es verdad. salí de la oscuridad, y llegué a la luz del día, bien el Alma lo decía: Fabio, ser dichoso espero, porque ya a la Reina quiero mucho más que la quería. Su firme constancia veo; pero mentiré el favor, porque al viso de su honor venga a hacer lo que deseo. Casarse, es honesto empleo, no hacerlo, es quedar culpada, de mi favor indiciada; pues siendo tan entendida, por no quedar ofendida, escogerá el ser casada: Cautelar mi amor conviene, perdone aquí la verdad. . Ya que Vi Majestad, claros desengaños tiene, de mi agravio, y suyo, ordene con mi decoro su gusto; con siderando, Señor, que el cristal del honor aún hay señales del susto. No fuera amor verdadero mi amor, a dejar senal, y honor que es tan de cristal, para mí mismo le quiero. Primero fue, y tan primero mi amor a cuanto escuché, que de nada me admiré: Yo gocé un favor divino, si por mano ajena vino, vuestro le amé, y vuestro fue. Vuestro el Alma le creyó. vuestro le gozó el deseo, y vuestro ahora le creo, que esto es cierto, esotro no. Si alguna senar quedó, sola vuestra mano Real podrá borrar la señal, darla es acción acertada, porque no quede manchada la pureza del cristal. El clavel, dijo a la rosa, desfavorecido un día, que quien no amaba, no hacía las carávanas de hermosa, y ella respondió, ambiciosa: quien mis favores pretende con cautela, no se entiende: Reina soy, y en mi grandeza siempre ha sido la belleza la parte que más me ofende. Sí, pero el clavel ufano, publicó entre esotras flores. agafajos, y favores recibidos de su mano. Y galante cortesano, con sagacidad mañosa, volvió su crueldad piadosa; con que pudo más en fin la sospecha del jardín, que le esquivez de la rosa. Poco una cautela obliga. Mucho una crueldad ofende. Quién honrada se defiende, nobles voluntades liga. Cuando el mundo así lo diga, yo que a nadie satisfago, haré con mortal estrago el amor, ya vuelto en hielo, que ardán nuevo mongibelo las murallas de Cartago. Arda, y arda quien no piensa que de mi honor provocada, la pica el bastón, la espada esgrimiré en su defensa, Qué espada, como la inmensa virtud, que adoro, y persigo? Y esta lo será, y testigo que aguarde en el corazón, para que por mi opinión Lroponga a tanto enemigo. Ella, pues testigo fue de lo que pretendo yo::: Bien sabe quien la perdió, que honrada se la gané. Y ella que mi honor abona sus filos sabrá oponer a la fuerza, y al poder; pero ya que tu persona haya de ser reservada, en venganza de mi fe, yo estoy más cerca, y sabré arrojarme en esta espada. Qué honrada resolución! Qué valor! Viven los Cielos, que me obliga el desengaño, y me enamora el desprecio. Filipo, está prevenido lo que te mandé? Dispuesto está: Qué haré, Cielos? Qué haré, Cielos? Confusa entre ciertas dudas. . con mis porfías la tengo. Venza lo más riguroso, señor, yo por voto expreso no puedo casarme, y aunque reconocen vuestro afecto, favores, y conveniencias, que hacen dichoso mi Reino, la imposibilidad me excusa; pero no es lo más aquesto. Lo más es, que yo, señor, por Rey vecino, y por deudo, que todos los Reyes tienen un regular parentesco, os quiero, os estimo, y amo; mas por marido no os quiero: Y no os está bien, señor, casar con mujer, que habiendo de ser vuestra, en vuestra cara diga este aborrecimiento. Todo al fin lo vence el trato. Pues si no bastal, acabemos la vida, y con ella acaben tan ilícitos deseos. Corre esa cortina, y vea vuestra Majestad el fuego, donde a ser Fénix de honor me arrebata impulso en esto, Quemarme por no casarme, después de romper mi pecho con aquesta propia espada, mía ahora, y vuestra a un tiempo: será victoria en quien hallen mis cenizas monumento. Qué asombro! Yo, yo, señora, con tanta verdad os quiero, que desisto de la acción: vivid a pesar del riesgo, Vivid vos, y muera yo, porque no os perdáis, os pierdo. Eso basta, y pues el docto no ignora el heroico hecho, a devoción del tablado, elijo del mal lo menos, que es casarme: esta es mi mano. Ahora no, yo soy primero. yo me he vencido a mí mismo, y no es este vencimiento tan corto que le desprecio libre voluntad os debo: vedlo despacio, señora, si os queréis casar: mis Reinos, mi autoridad, mi persona, a vuestros pies os ofrezco; pero si por no casaros, quémaros queréis, al tiempo remito acciones tan grandes, con que dure el galanteo; que amándoos yo, no os agravio, ni sirviéndoos desmerezco. Duré; pues mientras mi vida duraré; pero aquel, fuego, este valor, y la espada, estarán siempre diciendo mi honestidad defendida, contra escritores inciertos. Alejandro, y Policena? El desengaño supuesto, mi mano es esta. Y la mía. Acabose en casamiento, Los que vivieren verán lo que sucede tras de esto; pero Laureta me toca y yo la pido, Yo la acepto. Y Albaro Cuvillo aquí sin la sangre, y el incendio; a su Elisa defendida dio fin, perdonad sus hierros,