Texto digital de Herodes Ascalonita y la hermosa Mariana
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Cristóbal Lozano Sánchez
- Atribución estilometría
- Cristóbal Lozano Sánchez Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la transcripción automática de un impreso.
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Herodes Ascalonita y la hermosa Mariana. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/herodes-ascalonita-y-la-hermosa-mariana.

HERODES ASCALONITA Y LA HERMOSA MARIANA
JORNADA PRIMERA
Guarda, espera, detente, esposo, dueño, y Señor, por qué me hieres y huyes? por qué me matas? Ay Dios! Si fue sueño, si fue sueño? Si ha sido vana ilusión la que me ha robado a sustos, sangre, fuerza, brío, y valor? Todo es sombra cuanto encuentro y tal con el miedo estoy, que aún para llamar me faltan alma, vida, aliento, y voz. Quitarme la espada a mí para injurias, eso no. Que son desaires que manchan sangre, lustre, fama, honor. Apenas me hallo conmigo, que un susto que hiere atroz al más valiente le postra vigor, fuerza, pulso, acción. Pero quién habla aquí dentro? . Mas quién sueña en el salón? . Esforzaos, aliento mío. Animémonos, valor. Hola, quién::- La Reina es esta. Profana: . Perdido soy. Atrevido: . Fuerte lance! . Este sagrado. . Ay dolor! Pasos siento, y no responden. . Huyamos de la ocasión. Pues por vida:- Ya no atino con la puerta. Que haga yo:- Ay tal desdicha! Pedazos al autor de la traición. Que así desatine un miedo! Que así se atreva un traidor! . Oh pesar de mi fortuna! Oh pesar de mi pasión! mas ya he hallado. Señora? Con quién aleve. . No son ofensas, si no recatos los que piensas. . Ya el rumor sueñan algunos despiertos: hola, luz aquí. . Quién vio que una lealtad se convierta en especie de traición! Señora, quién? Quién hermana? Mas ay Cielos! Mas ay Dios! Josel, mi esposo aquí, y descompuestos los dos a oscuras, y sin testigos! detente imaginación, que para mujer celosa es insufrible rigor, desmentir, que no hay ofensa en riesgos de la ocasión. Ni sé lo que por mi pasa, ni sé lo que viendo estoy; porque hay lances tan urgentes, que al desengaño mayor le harán que verdades juzgue mentiras que el daño urdió. Josel estará corrido, pues se mira entre las dos con la culpa hecha cordel, y arrastrando la razón. Salomé estará celosa, confusa Isabel, y yo entre agraviada, y confusa, mar de penas hecha estoy. Desháganse, pues, los nudos de este aprieto, y sin ficción diga cada cual la causa, que a este lance le movió. Apúrese esta verdad, porque una imaginación, hecha escándalo del vulgo, mancilla mucho un honor. Y pues yo fui la primera a quien cual dormida flor rápido cierzo de asombros de todo el lustre la ajó; pues fui la primera, digo, que arrastrada de un temor, violentada de una injuria vine aquí, dadme atención: Del Pontifice Hircano Regia alcuñía, que aún hoy con la vejez la espada empuña contra Antígono aleve su sobrino, porque llevado de un feral destino la dignidad le usurpa, y la corona, y esta según la fama lo pregona, a Herodes mi marido se la han dado el Cesar Marco Antonio, y el Senado, porque según sus leyes, ya los Romanos quitan, y hacen Reyes; de aquesta, pues, estirpe esclarecida construy los presudios de mi vida, y a la primera Aurora de Diana, me apellidaron la hermosa Mariana, como si con llamarse, o ser hermosa vinculase una dama lo dichosa; porque antes de ordinario la ventura huye a todo correr de la hermosura. Caseme cual sabéis, casi forzada, porque siempre al amor fui roca helada, si bien estimo, y quiero a mi marido, según la obligación con que he nacido, que no consiste; no en lo cariñosa ser la mujer honrada, y virtuosa. Abrevió el prologo, y callo por sabidas las desazones mal, o bien reñidas, que hay entre dos casados cuando son naturales encontrados. Antigono ayudado de los Partos causó en Jerusalén horrores hartos, y Herodes más atento huye el estrago que miró sangriento; déjame en este fuerte mientras procura mejorar su suerte; danle como ya he dicho la Corona, honra toda debida a su persona, y estándole esperando ver triunfante, me sucede un presagio semejante. Apenas (bien empiezo) apenas digo mal hallada conmigo (que la que es infeliz, y desdichada, aún consigo mismo está muy mal ha- llada) me recogí esta noche a mi Palacio, y al sueño me rendí por breve espacio, cuando soñaba (si es que lo soñaba) que un hombre hacia mi lecho se acercaba cubierto el rostro, y descubierto el pe- (cho, todo a lo bravo hecho, libres los brazos, viles las acciones, y sin formar razones con halagos villanos a asir me fue grosero de ambas manos. Vistéis al áspid, que en la verde gra- aliña cauto mal mullida cama, (ma y sin prestarle antídoto el veleño rinde todo el veneno al dulce sueño, y el labrador que llega descuidado le pisa acaso, o cogele el arado, y sintiéndose herido revuelve del coraje enfurecido, y contra quien le bruma, hiere, y toca rayos vibra en ponzoña por la boca? Pues yo del mismo modo al ver tocarme de mano ajena, empiezo al punto ha armarme de tantas iras, cólera, y enojo, que por ojos, y boca fuego arrojo. Asustada, colérica, impaciente, la sangre aún con lo helado algo caliente (porque en batalla que al honor se apela, la sangre aunque se asusta, no se hiela) descompuesta la ropa (que si riño es escusado, claro está, el aliño) aunque en lo que tocó a pechos, y cuello, lo que faltó al cambray, suplió el cabello: que hay cabellos también tan comedidos, que a un desnudo le prestan los vestidos, porque no brujulee un mal mirado lo que solo a un marido es reservado. Así, pues, de revuelta ardiendo en furia el rebozo le quito al que me injuria, y conozco (ay de mí!) que es mi marido, que desnudo un puñal (pierdo el sentido!) me amenaza cruel (olance fuerte!) y viéndome ya en manos de la muerte cúbreme de un sudor, toda hecha un con ansias llamo al Cielo; (hielo; voy a tenerle el brazo, falta el brío, mírole tierna, y digo esposo mío? y al pronunciar fue la pena tanta que anudada la voz en la garganta merendí entre el desmayo, y la congoja, marchita flor, que un cierzo la deshoja. Quedose entonces, pienso, enternecido; que no es bronce un marido, que al ver difunta el alma que ha adorado, por más que se sospeche de agraviado, deje de hacerse todo a la ternura, que es gran ídolo a un hombre la her- mosura. Dejando, pues, el golpe en el amago, suspende el que iba a hacer sangriento estrago; toma la puerta, y yo más alentada salto del lecho, y así mal aliñada hasta esta cuadra le salí siguiendo, hallome a oscuras; siento que anda huyendo otra persona; y yo más en el caso, apurándole al miedo todo el vaso, procuro conocerle, y al ruido salís las dos, y halláis que tengo asido a Josef de este brazo: Cuente él ahora, dejado el embarazo, vergüenza, susto, y miedo que le oprime, como, con quien, y aquí la espada esgri- (me? Hermósssima Mariana, a quien ya respeto, Reina, precioso imán de las luces, bella emulación de estrellas, aunque Salomé me escuche tan celosa como atenta, y aunque de nombre de agravios a fementidas sos pechas. Diré lo que me ha pasado, sin permitirle a la lengua revoce con los engaños las verdades desenvueltas. Apenas me contó el tiempo veinte hermosas Primaveras, y en galanteos de mozo di la libertad apenas, cuando una hermosura noble, corsaría de las bellezas, bandolera de las vidas, pirata de las potencias, me robó el alma de modo, me cautivó de manera, que con ser libre el arbitrio la hube de adorar por fuerza; pero con tanto decoro, con tal arte con tal cuenta, que jamás supe su gusto, ni supo mi afición ella; bien es verdad, que los ojos se hablaban medio por señas, y en silencio se decían lo que callaban las lenguas, que para amarse dos almas cuando las rige una estrella, no es menester que se hablen, basta solo que se vean. Al tiempo, pues, que infeliz iba ya a romper la nema del secreto, haciendo esposa, la que idolatraba prenda, la hallé casada con otro, y empecé a llorarla ajena. Oh mal haya, amén, el hombre, que cae por su neglicencia de la cumbre de unas glorias al abismo de unas penas! En fin, callado a lo cuerdo, matando en el pecho el Etna que me abrasaba, y borrando el hechizo de la idea, dime por desentendido de aquel amor, porque es mengua, en quien es hombre de bien dejar rastros, o dar muestras de amor, que no ha de lograrlo con humanas diligencias. Hable la experiencia, hable el mundo, pues no hay quien pueda decir que en mi pecho vive, rige, asiste, manda, y reina más mujer que Salomé, aunque no me lo agradezca, porque con ella casado olvidé el amor de aquella. Al punto, pues, esta noche cubrió el aire con vayetas, y entre los muchos silencios aliñaba por lo negra la cama en que duerme el día, tendiendo colcha de estrellas, cuando estando con mi esposa después de delicias tiernas librado en un grave sueño, juzgo soñando, que llega desaforado aquel hombre, que en mi amorosa tragedia me ganó por más dichoso la joya que amé primera. Arrebátame la capa, y del cinto me descuelga, el puñal, mírame airado; y yo, la cólera inmensa hecha dogal, y el juicio apurado en la impaciencia, le pregunto: qué qué busca? que qué quiere? qué qué intenta? lo que intento, y lo que busco, respondió con faz serena, es matar a mi mujer con armas, y capa vuestra. Desapareció con esto, y yo al rayo de la pena, al golpe del sobresalto, al susto de la inclemencia; desperté sudando hielos, la vida en intercadencias, el valor descuadernado, falto el pulso, el alma muerta: sosiegome un rato, y como un sueño trágico aprieta mucho, cuando toca en parte que hay quien lo llore, y lo sienta, requiero a tiento la ropa, y escucho si está despierta mi esposa, siento que duerme, y llevado de una necia curiosidad, dejo el lecho, y a medio vestir, y apriesa tomo la espada, y saliendo con pisadas bien secretas, vine a ver si encuentro al hombre, que tantos sustos me cuesta. Me hallé Señora, contigo harto Sol para tinieblas, harto Norte para golfos, harta luz para tragedias; y pues ya están apuradas, que han sido locas quimeras, y fantásticas ficciones las que a todos nos desvelan: recogete tú a tu cuarto, y dándonos tu licencia, iremos a darle al sueño lo que de la noche resta. Con más confusión me voy. Deje los miedos tu Alteza. Y tu Salomé, qué dices? Que aún no sé si estoy despierta según lo que escucho, y veo. Muerta voy. Y yo más muerta me voy abrasada en celos, de ver con la desvergüenza, que habla Josel en su dam estando yo en su presencia. Mucho llevo que pensar de estos sueños, que a una misma hora a los dos los perturban, los asustan, los despiertan, y los sacán de sus camas, y los hacen que se encuentren sin luz, a oscuras, y solos: o pesia a mi mal, o pesía con quien a vista de agravios pueda hacerse a la paciencia. o o. Dame, Lázaro, el vestido, y deja de ser cansado. Qué Demonios te han picado para hacer tan mal marido? pues dejando a una mujer en la cama como un Sol, sales a hacer caracol antes del amanecer? Vueltas das, y tornos haces, ya te elevas, ya suspiras, ya al Cielo levantas iras, ya escupes al suelo agraces. Que no le aproveche a un hombre andar fino, y ser leal? qué no le baste su mal de quien le agravie, o le asombre, sino que haya de sufrir los celos, e impertinencias de una mujer? . Mil paciencias se pueden a Dios pedir, para cosas semejantes. La pretina. Mas Señor, dime por tu vida, hay flor como estarse dos amantes diciéndose a media noche una, y otra quemazón, y hacer luego la razón, aunque sea a troche moche? La balona: mi mal crece; que hay ley que obligue a un honrado, a aborrecer lo que ha amado, y a querer lo que aborrece? dura prisión! fuertes grillos! Quién que ases del cabello esta ocasión. . Aquí es ello: ya escampa, y llovian ladrillos. La espada: mujer terrible! Solo por una razón, tanto enojo, y desazón? Que estés tan ciego es posible, que a mis ruegos mármol frío, áspid sordo a mis favores, todo para mi rigores, todo para mi desvío, y no tengo de llorarlo? y qué reñirlo no tengo? Con no mirarla me vengo. Ello mejor es dejarlo mientras pasa la mohína. Bien haces de no mirarme. Ponme esa capa, y ve a darme un caballo. Mal se atina cuando un hombre anda de mal, quizá por nuevo querer, a mirarse en su mujer, si hay por allá otro cristal. Salomé viven los Cielos que no te ofendo, ni agravio; cierra a las quejas el labio, pon freno a tus locos celos. A recibir a tu hermano salgo, témplate te ruego. Cómo podré en tanto fuego? Ea, yo tomo la mano para estas paces: Señor llégate a ella, por tu vida, que está de celos perdida, y es mujer, y tiene amor. Ve a lo que te mando, y calla, no irrites más mi paciencia. Cargo es por Dios de conciencia si no llegas a abrazarla. Yo abrazar? . Pues yo abrázar? Señora acércate un poco. Hola, Lazaro, estás loco? Loco, quiéres la dejar? Muy bien dices, muy bien haces, porque es locura a mi ver entre marido, y mujer entrar nadie a poner paces. Mas destiérrense ya enojos, cese ya tanta crudeza; mira aquella gentileza; Porque me parto, Señora, os doy los brazos. . Pegó lindamente el cebo. . Y y un alma os doy que os adora. Ea, yo voy a ensillar: Dios os haga bien casados, porque andar siempre en enfados son cosas para rabiar. Cesen clarines, y cajas, que cuando encuentro desaires, no es bien que el clarín me nombre, ni que me pregone el parche. Cuando arrastrando victorias, tremolando tafetanes, ya Rey de Jerusalén me aclama el mundo triunfante, el castillo de Masada, custodia, en cuyos celajes, me guarda la mejor perla que vio el nácar en cristales, tan envuelto está en silencios, tan sordo, tan mudo yace, que no hacen la menor salva de sus altos homenajes. Qué habrá sucedido, Cielos, para que tan mal me traten en honras siempre debidas a las altas Majestades? Si se habrá muerto Mariana? o pensamiento cobarde, calla, y no des a la lengua el pesar que imaginaste! Si fuera muerta mi esposa, cuando una alma en dos mitades igualmente nos anima toda junta en cada parte, no era forzoso, que yo en parasismos leales, despulsados los alientos, y roto el vital estambre, hubiera también pasado los destrozos de cadáver? claro está; pues si me miro sano, animoso, arrogante, no es claro que este valor lo anima todo aquel Ángel? Pues siendo Mariana viva, dulce Ángel de voluntades, bello hechizo de las flores, blanco armifio de los Alpes, qué frácaso, qué desdicha, qué infortunio, y qué dejastre puede haber acontecido para descuidos tan grandos? A del Castillo, Soldados, vuestro Rey llama, escuchadme, Herodes soy, atendedme, si es viva mi esposa, nadie se embarace en pena alguna, aunque entre la sed, y hambre del cerco hayan perecido toda mi casa, y mi sangre, aunque me hayan sido aleves los más finos Capitanes, aunque hayan en mis tesoros hecho estragos formidables, aunque me hayan hecho insultos, aunque hayan muerto a mi padre, porque viviendo Mariana, tengo un Cielo, y es bastante. Mas ya en un potro, que al viento le ha robado todo el aire, sin que le presten las alas rigores del acícate, se acerca un joven gallardo, que con el tropel que trae, entre la espuma, y el polvo, que el fogoso bruto esparce, parece rayo de Júpiter, o algún aborto de Marte. Ya bizarro de la silla con ligereza se abate, y a mí se viene, y conozco que es Josel: salgo a abrazarle. A tus pies: Válgame el Cielo! Cómo es esto, tropezaste? No es mucho que me deslumbre, llegando a tus pies Reales. Aquí están, Josef, mis brazos; mas antes que en cosas hables, dime cómo está mi esposa? Buena, bizarra, y galante, aunque llorando, y sintiendo de tu ausencia los achaques, ella sale a recibirte. No quiero más dicha: dame otras mil veces los brazos, y en pago de nuevas tales serás Virrey de mi Imperio, y un mundo quisiera darte. Soy tu esclavo. . Eres mi amigo: y mi hermana? . También sale a recibirte: está buena. Huélgome: Dios te la guarde. Para causa de mi muerte. Abatan los estandartes a las plantas de mi esposa. Ya será lisonja en balde, cuando yo estoy a las tuyas. Aún mi pecho es poco atlante para un Cielo, en quien adoro un Sol, un alma, y un Ángel. Cómo estás? . Buena me siento: traes salud? . Para adorarte: y tú, Salomé, no llegas? Muy tu hermana como sabes. Que aborrezca yo a este hombre, cuando más finezas me hace: no sé qué estrella es la mía! Que de tal suerte me arrastre . de esta mujer el hechizo, que aunque vea sus desaires mas me encanta, y enamora! Qué inquieto el corazón late, qué sin sosiego anda el pulso, qué sin brío está la sangre después que he mirado al Rey con la misma forma y traje, que a noche la fantasía me le presentó espantable? Mariana? . Qué me quieres? Que con más gusto me hables. No sabes qué este es mi dejo? Y es un dejo de vinagre. Cuéntanos de tu jornada. Pues tú gustas, escuchadme: Después que me salí huyendo por los montes, de peligros que ocasionaron las armas de los rebeldes bullicios, dejándoos bien pertrechados en este excelso Castillo, roca opuesta a los báibenes, fuerte defensa a los tiros; me fui para el Rey de Arabia implorando sus auxilios, y como bárbaro en fin rompió las leyes de amigo: que está el mundo tan ingrato, que en viendo a un hombre caído, le faltan todos negando hasta a los padres los hijos. Viendo, pues, que en toda la Asia no me quedaba camino para llevar adelante el rumbo de mis designios, determiné de valerme, fiado de mis servicios, de las Águilas Romanas, a cuyo poder invi son feudatarios los Orbes desde el Austro al Polo frío. Mas sabiendo que Cleopatra, Reina excelente de Egipto, es del grande Marco Antonio todo el mando, y el hechizo, quise llevar sus favores, y hallé en ella tanto asilo, tantas honras, y finezas, tanto agasajo, y cariño, que a no tirarme del alma la que idólatro cautivo, en su Reino me quedara a pagar sus beneficios. Con cartas suyas fui a Roma, y anduvo Antonio tan fino, que hablando en mi causa al Cesar, y los dos bien entendidos de Antigono, y sus maldades, me fueron los dos padrinos, para que todo el Senado me diese todo su auxilio. No pienso ha llegado hombre a la dicha en que me he visto; pues habiendo entrado en Roma, pobre, estraño, y fugitivo, salí en siete días solos Rey electo, honrado, y rico, y en medio de los dos hombres mayores que tuvo el siglo. Cargado, pues, de estas honras, en un embreado pino, cometa errante del mar, potro alado de sus vidrios, me hice a la vela, y llevando los vientos siempre propicios, en menos de treinta días, que por mares, y caminos gaste sin darle al cansancio la menor hora de alivio, llegué a Siria, allí mostre mis despachos a Ventidio, para que con sus legiones Romanas, fuera conmigo a meterme en posesión del Reino; y aunque al pri de Antigono soborn anduvo muy flojo, y que el oro, y dádivas siempre ablandan pechos de risco) en fin, de Antonio avisado, que cumpliese bien su oficio, juntándome once legiones, con otros treinta mil Sirios, y más de séis mil caballos, puse a Jerusalén sitio. Cinco meses duró el cerco, en el cual tiempo tuvimos hartos encuentros, y en uno me vide en harto peligro. Fue el caso, que habiendo un día hostigado al enemigo junto a una pobre aldehuela, y dejando en sus ergidos promontorios de hombres muertos en su misma sangre tintos, como escapé de la lid, tan fatigado, y rendido, bus qué en una casa albergue, y en un lecho sin aliño, desnudándome las armas, y quitando los vestidos, me eché a reposar un rato; cuando agabilladas miro, que de otro aposento oculto (donde al parecer huidos estaban) salen tres hombres cada cual su acero limpio en la mano, y sin osar embarazarse conmigo (aunque pudieran matarme) se huyeron despavoridos. Dejé el descanso, que en caso, que hay avisos con prodigios, no es valor, si no locura, menos preciar los avisos. Apreté entonces el cerco, y entrando por un portillo, que a fuerza de los trabucos desmoronaron los tiros, cien hombres los más osados, y siguiendo su designio otros, no menos valientes, se abrieron tanto camino, que dentro de pocas horas los homenajes altivos de la gran Jerusalén, y sus ricos edificios se poblaron de Romanos, hechos tumbas de Judios. Fue el estrago tan sangriento, tantos los muertos, y heridos, que hechas las calles arroyos de cangre, formaban ríos. Creciera más la matanza, si yo al verlos ya sin bríos, pidiendo misericordia entre voces, y alaridos, no mandara que cesasen muertes, robos, maleficios, y en especial desacatos contra el Templo, y sus Ministros; que aunque sea en cruda guerra, es bárbaro desatino, digno de un castigo eterno, profanar lugares pios, y en los que piden clemencia ejecutar homicidios. Cesó el cerco, y la crueldad, aunque el Romano caudillo, que pensaba con los robos tornar sus soldados ricos, lo sintió mucho; mas yo le agasajé comedido, resarciéndole con dones los que evité desperdicios. Con esta acción entre el pueblo gané aplausos infinitos, arrojándose a mis pies los más rebeldes rendidos. Perdón general di a todos, Salvo al perverso, y maldito de Antigono, como a causa de los daños sucedidos. Preso le remití a Roma, y allá Marco Antonio hizo que pagara con la vida sus traiciones, y delitos. Sosegué, en fin la Ciudad, mostreme a todos propicio, tomé posesión del Reino, entré en el Alcázar rico, pagué, y despedi al agasajé a los vecinos, hice mercedes, di indultos, honras, gracias, beneficios. Y aunque soy Ascalonita, porque viesen los Judios, que más que sus propios Reyes les he de observar sus ritos, creé Pontifice Sunmo: y el Templo, pasmo del siglo, que edificó Salomón, y que le asoló el Asirio, trato de reedificarle con los aparatos mismos de majestad, y grandeza con que floreció al principio. Tu padre Hircano, y mi suegro, que arrastrado, y fugitivo moraba allá en Babilonia, ya le tengo conducido a Jerusalén, y allí con Alejandra, y contigo, es poso, he hija, ambas Reinas, remozará sus prolijos años, y reinaréis todos en mi gusto, y albedrío. Vamos, Mariana, a la Corte, porque en solio cristalino, coronándote las sienes del sacro laurel que ciño, goces descansos, yo glorias, tu favores, y servicios, yo consuelos, y alegrías, tu regalos, y yo alivios. Dilate el Cielo tu imperio hasta los remotos Indios, y haz de mi cuanto mandares: poco mis penas reprimo, pues con nada tengo gusto. Subamos, pues, al castillo, mientras descansan mis gentes. Holgaranse los vecinos, gran Señor, con tu presencia. Si es que merece un mendigo gozar algunas migajas, relieves, o desperdicios de tu esplendidez, permite ponga en tus pies mis hocicos. Quién eres? . El protector de todos los Lazarillos. Qué gente es esa? . Una gente, que con un dictamen pio sirven de guiar los ciegos, aunque quitan de camino la vista a muchos. . Pues cómo? Engañando a motolitos, quitándoles la pecunía. Dirá, Señor, desatinos, si le escuchas. Y es tu nombre? . Lazaro. Te irás conmigo? No iré. . Por qué? Porque yo soy esclavo de quien sirvo, y un esclavo si no tiene mucho de ungüento amarillo con que poder rescatarse, siempre se queda cautivo. Darante cuatro talentos. En tocando iré contigo. Vamos, esposa, que es tarde. Vamos, Señor. Sin juicio estoy de considerar cuanto toco, y cuanto miro. A noche soñé, que el Rey procuraba embravecido sacar a su esposa el alma por mil rojos orificios. Ahora le veo tan hecho al agasajo, y carifio, que aunque ella está desdeñosa la idolatra los desvíos. Luego me engañó la idea? Claro está, pero qué hechizo tiene esta mujer de mí, si al paso que me lastimo de sus penas, y desgracias, me embarazo al paso mismo de ver que la hacen finezas: válgate Dios por prodigio! Señor. . Esc a sabes que eres m si amigo. Mi Rey eres. . Deja ahora ceremonias, y artificios, cuando te abro de mi pecho el más secreto escrutinio. Pues qué mandas? . Ya sabrás, que aunque por advenedizos nos trata el Hebreo, somos del linaje claro, y limpio de Antipatre, Griego Alcides, Campeón de Alejandro invicto. O, si desde aquí pudiesen percibir bien los oídos algo de lo que me afligen mis sospechas, y juicios! Desde estos troncos acecho, no sea que el secretillo le arme a mi amo algún lazo, que este Herodes es maldito. Supuestas obligaciones, dime ya en lo que te sirvo. Mira Josel, yo me hallo tan celoso, tan perdido, que me están royendo el alma ponzoñosos basiliscos. Válgame el Cielo, qué es esto! Ay de mí! celoso dijo. Yo idólatro en Mariana tanto, que, o son bebedizos, que me ha dado el mismo amor, o son de encanto prodigios. Mosca tiene el buen Herodes según andan los respingos. Mas a saber, vive Dios, que los rayos del Sol limpios la miraban en mi ofensa, a rayos de incendios míos le destrozara sus rayos, o le abrasara sus giros. Por Dios que hay escamonea; no doy por mi vida un pito. Todo estoy hecho de mármol! Toda soy un mármol frío! Pues quién, gran Señor a ti? Tú, Joses. . Yo soy perdido! a a ti Señor? V Oye. . Desde aquí las lío. Tú sabes, digo, si acaso a mi esposa le han escrito? Alentad ya corazón. Cobremos, alma, algún brío, Las pesadumbres, y riñas, que con su madre he tenido, sobre achacarme las muertes de Aristóbolo su hijo. Ay hermano de mi alma! Y de Antigono el impío, con otros de su linaje, objetándome el arbitrio, para conservarme Rey, dar fin al esclarecido linaje de Machabeos, cuyo derecho les quito? sabrase esto por acá? Aunque se ignora, imagino es bien decir, que se sabe, con que atajaré el delirio del Rey celoso, que piensa que proceden los desvíos de su esposa de otra causa. Oh, si sabrá deslucirlo! Qué imaginas? Gran Señor, discurriendo estoy conmigo, y me acuerdo que tu esposa tuvo un día cierto aviso, que hasta ahora le ha encubierto, y hecha toda a los sus piros, dada a las lágrimas toda, desde entonces no la he visto su rostro alegre: esto pasa. Oh, qué bien lo ha divertido! y más yendo yo ya en ello a llorarlo, y a sentirlo. Su madre la escribiría, y si es eso, llore siglos, que yo que retratos suyos en poder ajeno he visto; pensaba viven los Cielos, viendo su poco cariño, que estaba a otro lado el gusto, (que mal hago aún en decirlo) y si así fuera, pas mán al mundo con su castigo. En el honor ni en el cetro, nadie, nadie me haga tiros, que no están de mi seguros, deudos, padres, mujer, ni hijos. . Muchos avisos son estos: pensamiento, id advertido, que si encontráis con un Rey, será echaros a peligros. Y yo de parte de Dios requiero con este aviso, que se guarden deste Herodes hombres, mujeres, y niños, porque yo le veo con ojos, que ya que no haga tocinos, ha de atocinar a tantos, que aún el mismo Jesucristo no se ha de asegurar de él, si no se va huyendo a Egipto.
JORNADA SEGUNDA
JORNADA SEGUNDA Has requerido esas puertas? Si Señor, todo está solo, todos los cuartos vacíos, y hechos al silencio todos. Pero qué causa, qué causa inquieta a tu pecho heroico, para negándote al sueño, y saltándote al reposo, salir a la media noche de tu cama, y con ahogos, can suspiros, y con ansias, dar vueltas de un cuarto en otro, ir a llamarme confuso, recibirme algo lloroso, mandarme mire el Palacio, sin hallar en cuanto toco, sino es de: pechos que miro, y consusiones que ignoro? Qué es esto, Señor, qué es esto? Ay, Joses, qué estoy loco? tan sin saber lo que busco, que apenas sé de mi propio; que cuando acometen juntos los males, y los asombros, anda el alma en alta mar, y aunque el juicio es el piloto, se embaraza en la tormenta, y se va a pique en el golso. Traje a mi esposa a la Corte, como sabes, y muy otro hallé a todo mi Palacio, envuelto en mil alborotos, causados por Alejandra, sobre el caso lastimoso de que ya te di noticia de haberse ahogado Aristóbolo su hijo, y cuñado mío; y como hice tan notorio al mundo mi sentimiento, porque muchos maliciosos me acumulaban su muerte; yo pensaba que esto solo se quedaba, como dicen, aquí para entre nosotros; pero esta tarde al soltar las riendas de luz Apolo, despeñando sus caballos, en el Occeano undoso, siento que apriesa me llaman; salgo fuera, hallo a un propio con un despacho sellado del Príncipe Marco Antonio, en que me manda que al punto, depuestos todos estorbos, parta para Landicea donde se halla, y muy quejoso de las muertes, y crueldades, que me acusa el Reino todo, en que es forzoso el remedio, si no hay pruebas en mi abono. Piensa tú cual me hallaría leyendo tan rigoroso decreto, en que el menos mal para un Rey es el oprobrio. Pero como en estos lances es el callar mucho ahorro, disimulando la pena, y dando vado al enojo, doblo el pliego, callo el caso, y con cautela dispongo, y hecho voz, voy a otras coras; abro, pues, mis escritorios, tomo joyas, y dineros, que en los pleitos, y negocios es el dar la mejor prueba, y el mejor padrino el oro. Dispuesto así mi viaje, a mi cuarto me recojo, hallo llorosa a Mariana, y pensando (aquí me corro) que eran lágrimas por mí las que bañaban su rostro, me eché hidrópico a beber a las fuentes de sus ojos. Consuélola como amante, alágola cariñoso, hasta que el sueño hizo treguas entre amores, y coloquios. Quedó dormida; mas yo, que entre mis ansias zozobro, a hacer discursos me arrimo, y a desvelos me acomodo; que poco importa la pluma, y el descanso importa poco, si hay cuidados que atormentan hechos verdugos, y potros. Desvelado, pues, estaba, cuando con un rumor sordo siento que andan en la puerta, y de a poco rato oigo, que con secretos acentos, y mal pronunciado tono, me llaman: Ah Rey? ah Rey? y apenas, quién es? respondo, sobresaltado en el lecho; cuando dejándome solo en la mano este papel, huyó apriesa, sin ver como quien me llamaba confuso, y me avisaba piadoso. Lavántome de la cama, asustado me recobro: no digo nada a mi esposa, a tiento la espada tomo, requiero a oscuras la cuadra, abierta la puerta topo, salgo, y tuerzo la llave. busco una luz, y descojo el papel, y hallo mi muerte (luego verás lo que lloro, que si ahora me detengo podrá acabarme el ahogo.) Consulto todo el valor, mil discursos hago, y formo (si es que está para discursos quién está de penas loco.) En fin, como Rey resuelto, y atado como celoso, voy a llamarte a tu cuarto, y hago miremos curiosos pieza por pieza, la casa. hasta hallarnos aquí solos en este retrete: Ahora cierra esa puerta, y lo propio haré en esta. Vive el Cielo que estoy pasmado y absorto! Pon ahora aquí esa luz, y oye atento. Ya te oigo. Alejandra, vuestras quejas hemos visto, y las juzgamos justas. A Herodes hago llamar a Laodicea, donde asisto con mi campo. No sé co- mo librará, que aunque, aunque es mi amigo, es antes la justicia; y así por esto, como por vuestra hija Ma- riana, a quien deseo ver en estremo, por la admiración que causa su retra- to, procuraré daros gusto. Marco Antonio. ¿Que sienets, Josef, desto? Que es justísimo tu enojo, y que Alejandra te vende. Y no más? . Pues esto es poco? Ay Josel! mal discurres en mis agravios notorios, que unos tiran a la vida, y al honor ofenden otros; y cuando en las dos ofensas se halla un pecho generoso, la vida se deja a un lado, y cárgase al honor todo. Y así, aunque siento el agravio que contra mi suegra formo, (pues ya conozco que es ella la que ha escrito a Marco Antonio) aunque siento que procura quitarme por todos modos la fama, el Reino, y la vida, aunque siento mi desdoro, (que lo es grande para un Rey ir acusado a otro solio) aunque siento todo esto, todo es sentimiento poco, cuando ha heridas de la honra rabio abrasado, y celoso. Cómo? Oh de quién tienes celos? Aguarda, y sabrás el como: No ves que dice esta carta, que está Antonio deseoso de ver a mi esposa? . Sí. No sé como me reporto, y que por este respeto se holgará que tenga logro lo que Alejandra me acusa? Ya lo advierto, y ya lo noto. Luego es buena consecuencia, que enamorado, no solo querrá quitarme la vida, sino deshonrarme, y todo. No se sigue bien, Señor, te suplico, si no hay otro fundamento. . Haile tan grande, que eso es quien me tiene loco. Estando en Alejandría, donde Cleopatra, y Antonio hacen Corte los Inviernos, dados al regalo, y ocio; andando un día mirando por un salón espacioso ras, que que arrebataban los ojos, entró Marco Antonio acaso, y hablándome cariñoso, me dijo: Herodes amigo, aunque los retratos todos, que aquí de mujeres miras, son de la hermosura asombros, atiende, y repara en este, que con afecto curioso Cleopatra le estima en mucho, y yo en secreto le adoro. Dícenme que es una Hebrea, que se ha alzado con lo hermoso, tanto, que para Deidad la han de sobrar muchos votos. Amola, y no sé quién es, búscola, su patria ignoro, temo celosa a Cleopatra, callo lo propio que lloro. Y pues tú en Jerusalén, aunque es de hermosuras golfo, sabrás, claro está, quien sea la que es ídolo de todos, dime, dime si conoces esta beldad que te informo, porque yo me parta a verla, a costa de mis tesoros? Esto me estaba diciendo, mientras yo pasmado, absorto, confuso, muerto, sin alma, estaba vadeando ahogos, viendo era mi Mariana también retratada al olio, que la imaginé allí viva con dejarla entre vosotros. Como responder no pude, Antonio me miró al rostro, y viéndome demudado, y con muestras de celoso, qué sientes? (me dijo) y yo, que esta es mi esposa respondo, y sin decir más palabra, llorando a sus pies me arrojo, levántame con sus brazos, y dice con alborozo: amigo, si es prenda tuya, aquí acabó mi amor todo. Esto me pasó en Egipto, cuando fui a buscar socorros, ajusta ahora, y coteja los unos cabos con otros, y verás si es evidente cuanto temo, siento, y lloro. Válgate Dios por Mariana, y qué imperio misterioso tienes en mí, pues que siento estos celos como propios! Qué dices, Josef? . Que estoy discurriendo en tus negocios. Discurramos. Discurramos. Pascémonos un poco, y va de discurso. Temo pierda el juicio. . Si es notorio, que Antonio amaba a Mariana, y ahora escribe aquí Antonio, desea verla; no está claro, que podrá en son del negocio quitarme en Siria la vida, y alzarse con la que adoro? Bien podrá ser. Cómo es esto? vive Dios de un alevoso. Señor, reporta, qué haces? Con mi esposa vos, ni otro? Yo? Señor, qué es lo que dices? Vos a mí? . Prodigios toco: . mira que hablas con Josef. Ea, pensé que era Antonio: arrebátome la furia: no es mucho, que estoy celoso, y celos, si hacen infiernos, no es milagro que hagan locos: Pero volvamos al caso. Caso es harto lastimoso. pues, antes que le enjugue al Alba el Sol los sollozos, parto Josel, a morir, porque ir al pleito es lo propio con las sospechas que parto, y con los riesgos que topo. A Mariana te encomiendo, mi Reino en tus manos pongo; pero has de jurarme aquí por el Dios en quien adoro, que si yo muero o me matan (con harto dolor lo nombro!) me has de matar a Mariana, porque es la luz de mis ojos, y aún después de muerto yo, no me la han de gozar otros. Juraslo así? . Así lo juros hay caso más portentoso! Pues con eso iré contento; pero mira (aquí me ahogo) que conserves a mis hijos, pedazos del alma hermosos, el Reino. . Seré seal. Cuidarás por todos modos de mi Marlana. . Servirla tendré por mi mayor logro, pues merece su hermosura que a sus plantas. Cómo? cómo? finezas? . Señor reporta. Vive Dios, que de los hombros te he de quitar la cabeza. Mira, Señor. No me ahorro con nadie en tocando a honor. Tente, o perderé el decoro: yo soy Josef. Tú eres? baste, pensé que era Antonio. Señor, cuida de tu vida. Son los celos muy furiosos: vámonos a recoger, y en el tratado negocio, Josel, lo dicho, dicho. Serás muy servido en todo: de confusiones voy muerto. Y yo voy de celos loco. Si es que podemos ya un rato murmurar, Isabel mía, mientras tu ama, y mi ama se dan dos cardas de riñas, va de cuento, dime tú, pues ya sé lo bien que atisbas, lo que pasó en tu cuartel anoche, a la despedida. Habría por plato de ante requiebros de mantequillas, y serían las aceitunas cuatro zunvidos de abispas, porque Herodes, y Mariana son del amor una cisma, él muy diablo, ella muy Ángel, él celoso, y ella esquiva: y no dudo que haya habido una brava tropelía de celos, y remoquetes, con mil pesías, y por vidas. Ea, murmura también. Qué quieres, Lazaro, que diga? Serás la primer criada, que no sabe la cartilla. Mi Señora, esta mañana al pedirme las basquisías, la hallé tan hecha a las penas, y tan deshecha en las iras, que con ser atrevimiento me determiné a decirla, me díjese sus cuidados; y ella en llanto convertida como el Alba::- Aguardate, que aquesa pintura es mía. Viste al Alba entre las coles, que madrugándose apriesa, porque no la aceche el Sol setanda por las hortalizas; y el Sol quizás enojado, medio la noche fría salga a darle la camisa: y ella de ver que la ha visto desnuda llanto destila, porque él tenga que enjugarle llanto, y perlas todo el día? pues así Mariana: ea toma la hebra, y aplica. Lindo humor gastas. Pues di, no es podrirnos bobería? Mi Señora, pues, bañadas en lágrimas sus mejillas me contó, que anoche el Rey, dejándosela dormida tomó la posta, y partió, dicen, la vuelta de Siria. Y ella engañada, pensando, que allí a su lado dormía, al tentar la cabecera halló un papel, cuya tinta era veneno en palabras, que mal formadas decían: e Mariana, aunque yo me ausento, amirad que estoy a la vista, oy aunque vuestra madre, y vos ome vendéis vendré con vida, Mira tú, qué sufrimiento bastará a estas demasías? Dices bien, y yo imagino, que quien esta llama atiza es mi ama Salomé, que celosa de sí misma, como su hermano, anda hecha despertador de las riñas. Es una salsa, si piensa, si sospecha, si imagina, que entre Mariana, y Josef hay más que una afición limpia. Isabel, ello está el mundo de tal suerte, y de tal guisa, que aunque personas de bien se hagan honradas visitas, aquellos que más mal viven no les dejarán que vivan; pero doblemos la hoja, que salen ya. Allí te arrima. Si le dais rienda al dolor, será quitaros, Señora, la vida, que sé que adora vuestro esposo, y mi Señor. No sé yo, que tenga amor quien se va sin despedir; ni sé que puedas decir, al dejarme este papel, amenazándome en él, como has visto; y al mandar a mi madre desterrar de mis ojos, (ah cruel!) Si Herodes como Tirano, dicen, que a mi hermano ahogó, qué maravilla es que yo sienta el matarme a un hermano? Y si a él, dices que es llano, que le ha causado mi madre, aunque el modo no me cuadre, no lo extraño, pues colijo, que hay casos que por un hijo hará una traición un padre. Mas dime, Josel, di. Oh quién hablarte pudiera! Isabel, salte allá fuera. Lázaro, vete de aquí. Fiar os podéis de mí, por más que haya que fiar. Borracho, quieres callar? Quedo, que aún no lo he probado; pero yo me voy. Qué enfado! Quédense a desenfadar: Dime, Josel, por tu vida, lo que me fuiste a decir, que no me espanta el morir, según me cansa la vida. La color tienes perdida; dime, dime, hay más rigor? Antes es tanto el amor que te tiene el Rey: Aquí se ahoga la vo Oh qué pena! oh qué dolor! digo que el Rey te ama tanto (ya, Señora, te lo cuento) que bajo del juramento, que ya en parte lo quebranto, me ordenó entre pena, y llanto (tanto en los celos se apura) que porque de tu hermosura nadie goce, si él fáltase, por mi mano te quítase la vida (cruel locura!) estoy tan arrepentido de ver que se lo ofrecí, que todo hoy no estoy en mí, ni sé en lo que me he metido. Aviso fue prevenido aquel sueño que tuviste, pues con tus armas dijiste, que la vida me quitaba el hombre que más me amaba. Eso es quien me tiene triste. Pues mira (perdida estoy!) deja esa pena, y despecho, que tengo muy ancho el pecho, y soy Reina, y soy quien soy. Tú verás que desde hoy te sirvo, y te estimo en más. Y al cabo me matarás. No haré. Pues, y el juramento? No me obliga. Y qué es tu intento? Querer bien. . Oye, y sabrás: yo, Josef, quise a un hombre, con tal secreto, y recato, que él lo ignora, aunque le trato, y no entiende aunque le nombre; y para que más te asombre, de este recato el valor, estimo en tanto mi honor, que antes perdiera la vida, que me mostrara rendida al hombre a quien tuve amor. Una cosa es ser casada, y estar libre es otra cosa, que esta puede andar airosa, y aquella ha de ser honrada: vivir podré disgustada en esta amorosa calma, mas me he de llevar la palma contra el propio que he querido; porque quien tiene marido, no ha de enajenar el alma. Si es esto, Señora, hablar conmigo, podré decir, que hasta a una alma morir, sin darla con que penar: querer bien sin agraviar se puede donde hay valor, que aunque es vidrioso el honor, y de un amor forme agravios, mientras no sale a los labios nadie condena a un amor. Calle, pues, el labio, y calle el alma en rigor tan fuerte, sin que riesgos de la muerte tanto amor puedan quitarle: alivio en sus penas halle, mal que no tiene ya cura; y pues amó sin ventura la hermosura que perdió, pasese con lo que amó, y no ame más hermosura. Si el Rey celoso cual ves se ausenta sin ver mi cara, qué hiciera si se faltara una mujer a quién es? Yo he de postrar a mis pies todo pensamiento infame; y por más que nos disfame tu esposa, según he oído, siempre soy de mi marido, que le ame, o no le ame. Siempre soy de mi marido, que le ame, o no le ame; mucho me advierte la Reina, recogeos pues, pensamientos, no perdáis por atrevidos lo que habéis ganado cuerdos. He de entrar aunque le pesé. Detente, que soy portero, y me cargarán la pena. Apártate, o vive el Cielo. Al amago de esa mano, por cuyos cristales dedos llueven rayos de jazmines, y granizan caramelos, me humillo, me rindo, y postro. Salomé es esta: a buen tiempo! . Si acaso he estorbado yo la visita, y no me vuelvo, llamad; Señor, a la Reina, y decidla que no vengo a desazonar sus gustos, ni a estorbarla sus empleos, que estará ahora penada muy hecha a los desconsuelos, muy de lágrimas sus ojos, y habrá menester entiendo, para no anegarse en llanto el alivio de los vuestros. Decidla, que no se aflija, que aunque anduvo el Rey grosero, por el logro de su ausencia, podrá perdonarle el yerro. Mas para qué os doy leciones, cuando vos sois tan atento, que sabréis acariciarla, con donaires, con aseos, con halagos, con finezas, y aún iba a decir requiebros, si no temiera la lengua herirla con los acentos! Eso no es para escuchado. Ni para sufrido aquello. Son malicias cuanto piensas, Son verdades cuantas veo. Lázaro vente conmigo. Lazaro estate aquí quedo. Voy, y no voy. Qué te mando? Digo, Señor, que obedezco. Qué te digo? . Aquí me estoy. Libre Dios de un majadero. Pues, Señor, aquí de Dios, como, o de qué suerte puedo con dos dueños encontrados servir a un tiempo a dos dueños? Uno ven, otro no vayas, uno grave, otro severo, uno Tigre, otro Holofernes, uno loco, otro protervo, uno amenazando furias, y otro mirándome al sesgo. Y no soy aquí más de uno, y así concertaos primero, o dejadme en hora mala, o llevadme a los Infiernos. Quédate, pues, a servirla. Venció el femenino sejo: o mujeres, o mujeres, y qué poder es el vuestro, pues cuando más ofendéis nos lleváis de los cabellos! Para apurar ya mis dudas, y salir de mis recelos, he discurrido una traza; que caba mucho el ingenio cuando en los lances de amor le pican a un alma celos. Este papel, que entre otros me escribió mi ingrato dueño, cuando más que ahora amante me hacía sus galanteos, está equivoco de suerte, sin nombre, fecha, ni tiempo, que hoy puede a cualquiera dama aplicarse; y así intento ayudado de este mozo en la traza, y el secreto enviársele a Mariana, como que le envía Josef. Si ella está de achaque libre, es fuerza que con imperio se armara toda de agravios contra los viles desprecios; que la que es mujer honrada siente tanto los festejos atrevidos, que los purga con mares de sentimientos. Con que no me estará mal (oh permítanlo los Cielos) que eche a Josef de sus ojos, y me le vuelva a mi gremio. Si está tocada, es forzoso, que no estrafará los versos; tomáralos recatada, y los guardará en silencio; y entonces visto mi agravio, y ya el juego descubierto; más esto quédese aquí, que yo sé lo que haré en esto. Señores, diranme acaso lo que estará consintiendo esta mujer, toda furias, y hecha toda vivoreznos? Que como de celos rabia, y al criado muerde el perro, que sé yo si acaso piensa que soy el tercero de ello, y endemoniada procura, que aquí me tercién los huesos? Va de traza. Ea, que embiste. Lázaro mío? Oh qué bueno! mío? yo me endiacitrono, y hecho alcorza tus pies beso; mándame cuanto quisieres. Confiado de tu ingenio, de tu lealtad, de tu fe, quiero que para un empeño me ayudes. . Se ha de reñir? No, Lazaro. . Que a ser eso lo hiciera de mala gana, Tú has de llevar con secreto a la Señora Mariana::- Quién me llama? A lindo tiempo. Allá te hablaré después. aquí Señora, no pienso que hay quien te llame; mas ya, ya lo entiendo, ya lo entiendo, como aquí Josef estaba pensariáis que era Josef, yo quiero con tu licencia llamarle. Qué esto consiento? Atrevida, desleal, ingrata, viven los Cielos. Paso, paso, Mariana. Si aquí no andan los cabellos a falta de los chapines, no doy por la riña un bledo. Mariana soy con más honra que vuestros padres, y abuelos; pues vos sois una Idúmea sangre intrusa en los Hebreos, y yo soy de Regia stirpe sangre ilustre cuanta tengo, que aunque vuestro hermano es Rey, quizá le dieron el Cetro, no por derecho que él tiene, si solo por mi derecho. Pero dejando esto aparte (que me corro mucho de esto) qué modo es cuando mi honor es más puro, limpio, y terso, que esa lampara que alumbra hermoso velón del Cielo, qué modo es, digo, que vos sin prudencia, sin respeto, sin cordura, sin recato, desvelada, sin sosiego, me registréis las acciones, me andéis los pasos midiendo, salpicándome la fama con vuestros infames celos? No basta que el Rey mi esposo ande cual vos mal atento, sino que vos aticéis tanta brasa, y tanto fuego? No me bastan, no, mis penas de ver a mis padres presos, de haberme muerto a mi hermano, y desterrado a mis deudos, sino que añadáis pesares, furias, iras, desconsuelos, lástimas, penas, desdichas, rabias, ponzoñas venenos? Pues emendaos, Salomé, poned a locuras freno, atajad las demasías, suspended atrevimientos; donde no, viven mis iras, que a rayos de mis incendios, sepa castigar maldades, y sepa vengar desprecios. Ah dicho vuesa merced, digo Majestad? No quiero oír vuestras demasías. No es ese buen miramiento. Hablad con vuestro criado. Yo, Señora, en qué te ofendo? Qué esto sufra mi paciencia! mal haya, amén, el respeto; mas yo os juro:- Qué decís? Al criado estoy diciendo. Conmigo, Señora, hablaba. Idos, Salomé, con tiento. Abrasada voy en furias, ven, y te diré acá dentro, lo que has de hacer. Si no pone, por ser Dios quién es, remedio, verán que esta rasca barbas me mete en un grande aprieto. Apenas cubrió la noche la luz con sus pardas sombras, y en la cochera del mar metió Febo la carroza, cuando dejando en Belén mis criados, y las postas, adonde me he estado oculto repasando hartas congojas, me vine aquí de rebozo de mi Alcázar, cuya obra fabriqué entrando en mi Reino, tan galante, y primorosa, que excede a la de David, en grandeza, ornato, y pompa. Y como es pensión terrible, la que una mujer hermosa carga sobre su marido, cuando celoso la ronda; al labrar este palacio, abrí con artificiosa traza esta puerta en el lienzo de esta bien pintada alcoba, sin que los ojos más linces puedan descubrir la toca. Corresponde a la muralla en una torre famosa, cuya llave yo reservo, para poder sin zozobras, aún cuando me finja ausente, como ha acontecido ahora, entrarme sin ser sentido al retrete de mi esposa. Como hoy me partí sin verla, tanto su beldad me postra, que vuelvo ciego a sus luces a abrasarme mariposa. Pasos oigo, y una luz se acerca; yo apago estotra. y me escondo; veré oculto cuando siente, y cuando llora; que es Mariana muy sentida, y cuando penas la enojan, llora gracias por los ojos, y echa perlas por la boca. Qué ese lancé te pasó? Ay, Isabel,, que estoy loca de ver su desenvoltura. Es muy terrible. . Es traidora; más lindas cosas le dije. Oh quién se hallara en la obra! Te desnudaré? . Es temprano, y no vengo más que a solas contigo a llorar mis males. Quieres cante alguna cosa! Sí, Isabel, un tono triste. Tomaré el arpa. . Ay, congojas, acabadme ya la vida, pues ya la razón me sobra, y no pudiendo una a una, juntaos, y acabadme todas. Llorando a su ingrato amante la hermosa Infanta de Tiro, al mar aumenta con perlas, y al aire enciende en suspiros. Vuelve le dice, con ansias, tirano de mi albedrío, pues no es escollo mi pecho, ni mis ojos basiliscos. Sin despedirte te ausentas, quizá porque el rigor mío me arranque del pecho el alma entre rojos desperdicios. Oh que bien trajiste el tono a mi tragedia medido, pues si fue Éneas ingrato, Herodes es más esquivo. No cantes más, déjame un rato a solas conmigo. Pues avisa en siendo hora. Pienso, que al sueño me rindo, que es propio de la tristeza adormecer los sentidos. Qué linda ocasión que gozo, para que a este hermoso hechizo le haga el alma mil halagos, y en mis brazos mil cariños. Pero quién? (válgame el Cielo!) un bulto? (qué es lo que miro!) hombre aquí, y a tales horas! al arma, rigores míos. Asiendo de los cabellos la ocasión, por haber visto, que Isabel se ha ido allá fuera, y la Reina se ha dormido, vengo con pasos de estambre, sin oír aún lo que piso, a ver si puedo ponerle en la mano el papelillo, y escurrir luego la bola, porque según imagino, el papel no es de alfileres, sino de juncos marinos. Y ya que me encargué en darle, y hacer tan infame oficio (aunque peor es salir a robar por los caminos) quiero darle, sin que sepa, que yo el alcahuete he sido, y así cumpliré con todos, sin haber jugado limpio. Llego, pues; mas qué es llegar? vive Dios, que a andar no atino; que deslumbra mucho un Sol aún con los ojos dormidos. Qué querrá este vil criado? qué intentará este atrevido! Herodes, esposo, adónde? Valedme santos del Limbo, porque yo ya huelo a muerto, según me voy hilo a hilo, Soñando está, y habla en mí. Si despierta soy perdido: póngola el papel, y escapo. , , . Desi Primero, infame. . Aquí espiro. Quién está aquí, esposo? cómo (la luz apagué) Rendido, Señor Rey, Señor Herodes, estoy como un corderillo. Suelta el papel, suelta. Suelto tanto, que no es para dicho. Isabel, Isabel? . Calla; que no gusto, ni permito, que me encuentren entre afrentas, dondé pensé hallar alivios. o Alguna desdicha temo, pues no sé con el designio, que el Rey ha vuelto a Palacio. Mariana? . Yo detérmino . con achaque de ir por luz escapar de este peligro: o si encóntrase la puerta! No respondes? . Ah cogido quizá las de Villadiego. Esposa? . A esotro postigo. Hallela, y voy a hacer gente. Qué tenga yo tan mal tino! Y tú dónde vas? Qué encuentro! mejor fuera de un novillo. Dime al punto. Esto es deguello: o quien fuera ahora cochino, que para escapar Herodes vale más que ser su hijo! Dime quien de este papel, tercero, infame te ha Señor. . Acaba. Será mejor meterlo esto a gritos? Diga, pues; mas di primero, tienes desnudo el cuchillo? Y que si tardas saldrá presto de tu sangre tinto. Qué crueldad! favor, Señores, que matan a Lazarillo. Suelta infame, y no des voces. Yo me agacho, aunque imagino, que por hebra del olor me han de sacar el ovillo. Gente se viene acercando a las voces, y al ruido, y no es bien que aquí me encuentren luchando con mis delirios. Vine amante; hallo agravios, a lo menos presumidos, y aunque imaginados celos, sacán mucho de juicio. Y así, pues, de este papel sabré a lo que se hace el tiro; yo me vuelvo a mi viaje, que no estoy para carifios, por más que a mi esposa adore, cuando sos pechas, indicios, imaginaciones, sombras, paños, cuadros, y edificios, me representan desdichas, y amenazan precipicios. 1. Pisando miedos mbras, y revolviendo un abismo de confusiones, me traen unos ecos doloridos, grita, tropel, y alboroto, que en este aposento mismo, concha de la mejor perla, dosel del Sol más lucido, sonaban, o me he engañado; y aunque peco de atrevido, pues de esta secreta puerta he quebrantado el pestillo, vengo a mirar todo el cuarto, y a hacer de todo registro. Pero todo está en tinieblas, y parece que es delirio querer sin luz hallar luz, y encontrar con los avisos. Ello ha degollado Herodes, pienso, a todo el Judaismo, pues no se rebulle un alma. Qué es esto? Santo Toribio! Quién aquí? Ay que me envainan. Andad ya. Qué de prodigios! Mi Rey, mi Señor, mi Dueño? Herodes, esposo mío? ,Señora. Mas hay triste! Tú, pues, cómo! (a hablar no atino) . Vine aquí. Dónde está el Rey? Qué Rey? que solo escondido he hallado a este criado. Víneme aquí por el frío, por si encontraba a Isabel. Me haréis perder el juicio. No, lo pierdas no Mariana, que harto le tienes perdido, pues nos traes a ver al Rey, y hallo a mi esposo contigo. Qué es esto, Cielos, qué es esto? Encantos, y laberintos: yo he visto al Rey con mis ojos. Pues si entró, por do ha salido, si allí no le han encontrado, y yo en esta puerta asisto? Pues aquese es el encanto. Busquémosle divididos. Josel, desgraciados somos. Ya lo noto, y ya lo miro. Todo lo encuentro fracasos, Todo lo encuentro peligros. Estar alerta conviene. No temo si no hay delito. Los celos buscan traiciones. También hallarán castigos. Dios me saque de este encanto. Líbreme Dios de este abismo. A. NA!
JORNADA TERCERA
Reposa contenta el ave, que con providencia suma, hace olandas de su pluma más astuta, y menos grave; del Alba al albor suave trina con dulce armonía motetes, por ver que el día rompe la nocturna calma; y teniendo yo más alma tengo menos alegría! Descansa contento el bruto, cuando al descoger la sombra cama aliña en verde alfombra menos grave, y más astuto; y apenas le quita el luto al Alba la noche fría, cuando con bruta agonía hace plato entre el placer; y teniendo yo más ser, tengo menos alegría! Cruza amante el arroyuelo, galanteando a las flores, dando abrazos por favores, ya corriente, ya hecho hielo, todo su afán, y desvelo es irse de flor en flor, haciendo con gran primor dulces quiebros a despecho; y teniendo yo más pecho, tengo yo menos amor! Despliega el votón la rosa al despertar la mañana, y con basquiñas de grana lo amanece el Alba hermosa: y el Sol aunque vergonzosa la mira, con ardimientos entre sus rayos sedientos la agasaja, y la convida; y teniendo yo más vida, tengo yo menos alientos! Josef? Señora mía? Cómo tan temprano aquí? Como nunca estoy en mí, salí a ver si amanecía: viendo el jardín hecho día, luego el alma adivinó, que en ti la luz madrugó a darles vida a estas plantas; y así, si tú te levantas, qué mucho madrugué yo? Deja de lisonjearme, Josel, porque estoy tal desde la noche fatal, que el Rey a atemorizarme vino (si no fue a matarme) que por más que me reprimo, me esfuerzo, aliento, y animo, no tomo placer, ni gusto, y así entre penas, y me atormento, y me lastimo. Ya en tanto tiempo podías haberte desengañado, en que fue solo el criado quien causó tus fantasías. Dar fin a las penas mías tú solo, Josel, pudieras. De qué forma? hablas de veras? Con matarme. . Eso es rigor. Tú dijiste, que era amor. Son del Rey esas quimeras. Señora. . Señor. Qué traes? Qué quieres? Vengo difunta. 2. Vengo muerto. 1. Pues qué ha sido? Habla, acaba, que me asustas. Sabrás, pues (a hablar no acierto.) Las palabras se me anudan. Hay confusión cómo esta! Hay semejante locura! Yendo a buscar a Isabel entre verás, y entre burlas, para cantarla a lo dulce cuatro pares de aleluyas. Encóntreme en tu aposento, que como sé que madrugas, llevaba luz, y lo hallé Sin ti dos veces a oscuras. Y apenas sin ceremonias dos requiebros nos saludan, (que no hay que andar con rodeos, si decir verdades puras) cuando vimos (aquí tiemblo) que el cuarto se descoyunta, abriéndose en los paies una profunda rotura. Quedamos casi difuntos cuando como de una gruta vimos salir (aún lo dudo) a tu esposo. . Lindas dudas, cuando me ha puesto mi cuerpo con doscientas mataduras. A quién? . Qué dices? Al Rey. mi Señor. Oh suerte dura! Dilo claro: a Herodes vimos, que con la espada desnuda, y en la mano una linterna, iba entrando a hacer visura. El pensaba hallarte a solas, y yo al punto, que pregunta por ti, del modo que estaba sin arte, y medio desnuda escapé, y tomé la puerta. Y a mí me cargó las bulas; porque en pegando conmigo ardiendo en saña, y en furia sobre un papel, aún de marras, volvió a hacerme repreguntas. Yo viéndome apretar tanto la gaita de la asadura, y que no estaba en un tris dejarme la vida a oscuras, canté la verdad de plano, contando virtudes tuyas, y diciendo, que mi ama me hizo hacer la travesura; que hay mujer, que por vengarse, y por salir con la suya echará a un marido a Herodes, y a un mozo a la sepultura: (esto es allá un cuento largo) mas él que a su hermana juzga por Santa, y es un demonio, comienza a darme una tunda de patadas, que no sé como me traigo figura. Si es encanto, o no es encanto, como cuando hubo la duda, esto nos ha acontecido, id a verlo, pues os busca. Qué enigmas, Cielos, son estas? qué prodigios? qué aventuras? que aunque más el alma aliente me atemorizan, y asustan? Vamos a ver la verdad de esta enigma tan oculta; que un Rey, por extremo amante, si golfos de celos surca, por más Majestad que tenga, hará extremos, y locuras. Yo no he de ver más enigmas, ellos allá la descubran, pues irme al degolladero cuando ya voy de dos zurras. Qué es esto, hermano, qué traes tan demudado el color, tan de pendencia el semblante, tan ahogada la razón, tan sin aliño el vestido, tan sin arte el pundonor? Como tan sin Majestad, tan solo, y a esta sazón (pues apenas a las puertas del Alba ha llamado el Sol) entran en Jerusalén, cuando acá se imaginó, que arrastrados tus contrarios hicieras ostentación en la Corte, al son de trompas, de tu potencia, y valor? qué cosas hay que te aflijan? qué enemigo, o qué traidor te conduce a tal estado de tristeza? . Celos son; celos me quitan la vida, celos me manchan mi honor, celos me traen de esta suerte, que causas menores no; que quien para mujer propia mujer hermosa busco, por más honesta que sea, se carga mucha pensión. Pues si solo eso te aflige, iguales vamos los dos. Pues tú de quién tienes celos? (ya adivino mi dolor) A cuando es Joses tan atento. Ya estamos en la ocasión; qué haremos, alma, que haremos? declararos es rigor, pues ha de pagar con la vida la traición; si calláis, es lid perpetua, y tormento contra vos; cual, pues, de estos dos extremos elegís? (pesia mi amor!) ea, mueran los traidores. De qué estás con confusión? De descubrir yo lo mismo, que quisiera callar yo: Sabrás, hermano, o qué pena! que tu esposa, o qué dolor! con mi marido, o qué muerte! tiene gran conversación, (que a quien entiende esto basta) que a los vidrios del honor el aliento los empaña, y el tratarlos los quebró. La afición es muy de atrás, causas, tus ausencias son; que mujer moza, y hermosa, y ausente el marido, hoy se tiene por maravilla la que cuida del honor. Hartas cosas vi, y callé, porque nunca imaginó mi pecho, que aquellas cosas ahondaban en la afición. Mas cuando con más descaro la máscara se quitó la vergüenza, fue esta vez, pues es rara la ocasión en que no los hallen juntos siempre a solas a los dos. Decláreme con Mariana, y tales cosas me habló, hasta meterse en linajes, que revienta el corazón de refrescar las heridas, que indefenso recibió. Esto pasa: si tus celos nacen de esto, justos son; Rey eres, tuya es la causa; haz justicia, y clama a Dios. Oh pesar de mi fortuna, pues cuando el alma pensó hallar en ti desengaños, halla pruebas del dolor! Cuando me ausenté de aquí, (ya sabrás la confusión de aquella noche) quité por más que lo resistió, a Lazaro este papel; y tanto me embarazó, cuando Antonio me llamaba, publicar mi detención, que abrasado en vivos celos reservé para mejor ocasión averiguarlos: salió el pleito en mi favor, y Antonio anduvo galante, con que apagué otro turbión de otros celos, y sospechas: parto, pues, tras de mi honor; llego oculto hasta mi cuarto; hallo a Lázaro, y feroz le amenazo con la muerte, con que al punto confesó, que tú el tal papel le diste para Mariana. Ah traidor! Mas con lo que tú me informas, yo pienso que me mintió, y que se le dio Josef. Tente, que no quiero, no, que se la cargue esta culpa; esto mi ingenio trazó para ver si Mariana correspondía a su amor. Pues con eso me has quitado muchas cargas de pasión; y pues de esto le haces libre, lo demás mirémoslo, Salomé, con muchos ojos; porque en los casos de honor, si no se va con gran tiento se suele hacer tal borrón, que un crédito se desdora, y se mancha una opinión. Basta, que estás ya muy tierno, pues que juzgas por mayor agravio escribir dos letras, que tener conversación, Quiero mucho a Mariana, y quisiera, vive Dios, que nadie hablara mal de ella por más que la acuse yo. Veis ya como no está aquí. el Rey, ni hay rotura abierta? Señor yo vi, aquí una puerta. Juro a Dios, que yo la vi, y que es verdad cuanto hablo. En fin se desvaneció. Quizá el diablo la cerro, supuesto la abrió algún diablo; mas es posible. h , Ay Dios mío! Tenle, que sale, Señor. Caso raro! . Bravo horror! Decid ya si es desvarío? Esta ha sido invención rara, al fin de un Rey, y celoso. Mas quisiera ver a un oso, que volver a ver su cara: irme es medio más suave, mas él vuelve hecho una fiera. Que tal descuido tuviera, que aún, no torciera la llave! ya la han visto, y la han abierto; disimulemos, . Señor? conmigo tanto rigor? Qué airado mira! es toy muerto! . Estad, Señora, en buen hora. Deme vuestra Majestad sus Reales pies, idos, y dejadme ahora. Señor?cóo, pues yo? . Haced lo que os mando, y no os turbéis. Vos mi lealtad conocéis? Por eso os hago merced; tomad, Josef, esta llave, y entraos por aquí a mi cuarto. e pu. El cuello me huele a esparto con esto, y conilo que sabe. Moy, Señor, a obedecerte; pruvados, miraos en mí, e ayer al valido fui, oy voy a buscar mi muerte. sariana? Salios vosotros. Dios dé a vuestra Majestad cinco mil años de edad: corramos como unos portos. Qué es esto, Herodes, qué es esto? que he reprimido mis labios por no decir pesadumbres delante de los criados. Al cabo de tanta ausencia, de tantos días al tabo, cuando son las quejas mías vienes rigores formando? mas no lo extraño, que es propio siompre de aquel que ha agraviado adelantarse en las quejas para encubrir sus agravios. Sin despedirte te fuiste: Dios sabe si lo he llorado, que desaires a quien siente, son heridas para llanto. Veniste, y cuando pensé vinieras tierno a mis brazos, vienes falseando paredes, que en eso se ve eres falso. Para qué, di, fue esta puerta tan oculta, y a mi cuarto? Mas ya entiendo tus recelos, y si piensas que te hago traición por haberme visto a tu amor escollo helado, áspid sorda a tus finezas, mármol frío a tus halagos, te engañas, Señor, te engañas, porque es mi honor tan honrado, que no le iguala en pureza la pureza de esos astros: que la que es mujer de bien, aunque tenga mal hallado el gusto con su marido, no por eso ha de agraviarlo. Bien lo has visto, bien lo has visto las veces que habrás entrado oculto a verme en mi lecho; sino es que entraste (ah tirano!) para darme tú la muerte, que encomendaste a otro brazo: Pluguiera a Dios no volvieras; pero no, vivas mil afíos: muera yo viviendo tú; que aquello fue hablar acaso, porque en mí, Josel, cumpliera lo que te juró en tus manos. Vive Dios de un desleal: y tú, cierra ya los labios, y cuando agravios encuentro P no te justifiques tanto. Así se le guarda a un Rey el recreto? Ah vil cuñado! para que quiero más pruebas, cuando hay delitos tan claros? Pues de qué, de qué te alteras ni pon qué sulminas rayos de enojo, cuando ya sé, que como me quieres tanto, aún muerto tú, no querías gozase en otros brazos? Por modo de encarecerme este tu amor, aunque extraño, se explicó Josel conmigo, (que mal hice en declararlo) y así, Señor, por tu vida, por mi amor, por todo cuanto sueles decir, que me estimas, te suplico::- . otro cuidado: . por él ruega; al arma, honor. Que por mí no venga daño a Josel. y. Ya, qué espero? Que le debes. A qué aguardo? Muy buenas correspondencias. Así le dé Dios el pago: esto es hecho: aquí acabó de confirmarse mi agravio. Cuanto Salomé me ha dicho, y aún el papel que ha negado, los casos de mi locura; (que no fueron muy acasos cuando pensando era Antonio le juzgaba mi contrario) descubrirme mis secretos, romper juramentos santos, rogarme por él Mariana, todos son indicios claros de mi deshonor, y afrenta; pues eche la muerte el fallo. Qué iintentas, Señor, qué intentas? Castigar a temerarios. Mátame a mí la primera. Eso se verá despacio. En qué te he ofendido? En mucho. Tu hermana te habrá informado. Mi hermana es una Idúmea, y no hay que hacer de ella caso. Picose? Ah traidora vil! . yo soy la que menos valgo. Por qué ruegas por Joser? Porque desatinta he andado en decir lo que me dijo. Él anduvo más villano. Y si piensas que otra cosa mueve a mi pecho bizarro, ni que hay contra tu decoro de ofensa el menor amago, te engañas, sí, vive el Cielo; y así súplicas dejando (que súplicas pueden poco con un corazón tirano) exámina, inquiere, busca delitos, procesos, cargos, prende, atormenta, castiga, cruel, rigoroso, y bravo; que cuando un triste perezca a manos de los engaños, ya se sabe, que el suplicio se hizo para desdichados. Muera yo, muera Josel, mátanos, Señor, a entrambos, porque han de ser los castigos iguales con los agravios. Acábenos un veneno, quítenos la vida un lazo, o si hay sed de nuestra sangre, saca ese acero gallardo, y abre puertas del coral en mi pecho de alabastro; que los que cumplen más bien con el duelo de lo honrado no hacen cuenta que se vengan, si no se tiñen las manos. Porque yo de todos modos triste, penosa, llorando, desabrida, viva, o muerta, daré testimonio claro, que muero inocente rosa, que aunque el Sol la ha castigado con lo inmensó de sus lumbres, con lo ardiente de sus rayos, no por eso, no por eso dejan de saber los prados; que ella murió casta, y pura; y él castigó temerario . Mucho puede una hermosura, mucho arrastra un dulce encanto; mas sen socando el honor, se queda el amor a un lado. Muera, muera; pero tente; tentelengua, y habla paso, que hieren más los acentos, que un rigor ejecutado. Muera; pero no se diga, que en casos que afrentan tanto, la sentencia ha de ir a sordas, y la ejecución callando. Daré cuenta a mi consejo, y ellos miren allá el caso, que las causas de los Reyes necesitan muchos sabios. Lázaro, no me atormentes, qué ha passado? dilo presto. Qué hay Señora, mucho mal, y que Herodes anda suelto, que es más que diablo, y fulmina rayos, que tiembla el infierno. Mi Señor está enjaulado, que aún es algo más que preso, pues la puerta por do entró es un secreto tremendo. Mariana está muy llorosa, dando más perlas a un lienzo, que la Aurora cuando el Sol la arrastra de los cabellos: los Grandes andan confusos, los dos consejos suspensos, los de la guardía aturdidos, todo el Palacio revuelto. Unos a otros se miran, sin poderse sácar de ellos, sino todo admiraciones, todo espantos, y silencios. De mi se recatan todos, y aún señalan con el dedo, quizás pensando que soy el tercero de estos cuentos. Y así yo con tu licencia quiero, Señora, irme a un yermo a imitar a San Elias, aunque huyan de mí los cuervos. Mas vale ser Hermitaño, que es oficio honrado, y bueno, que no aguardar que un verdugo me mánose el pescuezo. Oye, espérate. . No estamos en tiempo de detenernos, que anda el caso de tropel, no me lleven de un encuentro. A dónde hallaré a mi esposo? Pues eso es lo que sé menos. Y el Rey? Dicen se ha encerrado. Y Mariana? En su aposento. Y llora mucho? Qué es pasmo. Eso si pesia mis celos, llore, llore, sienta, pene, gima, brame, y haga extremos, que aún no me doy por vengada mientras con vida la veo: ven, busquemos a tu amo. Yo voy tras ti: vive el Cielo, que esta mujer es un diablo, y que solo sus enredos han de ser causa que pierdan honra, y vida muchos buenos. Muerte, si habéis de venir mucho pienso que os tardáis, que aunque el vivir me alargáis, es más muerte este vivir: contento habré de morir, pues la causa por quien muero, fue del alma amor primero; pero con recato tanto, que aún con palabras de llanto jamás dije, yo te quiero. Si ha sido delito amar sin hacerle al Rey agravios, juzguenlo todos sus sabios, que no lo quiero juzgar: Si amar, ver, y visitar a la Reina con lisura, lo juzgaren por locura, y castigaren por loco, muera yo, que todo es poco, pues me mata una hermosura. A esta Torre reservada me mandó venir el Rey; y en él la obediencia es ley, aunque manda apasionada: ya la noche desgreñada manto de estrellas se ha echado, sin que para mi cuidado descubra la menor luz; pero bástale un capuz a quien muere desdichado. Pon la luz allí, y ten cuenta con esta puerta, Isabel: Josef? (Ah pena cruel!) Qué voz divina me alienta! O Señora! pues qué intenta aquí vuestra Majestad? Vengo a darte libertad, Josel, entre mil desmayos, porque llueve el Cielo rayos, y es grande la tempestad. El Rey, según he sabido, ya tu sentencia ha firmado; a un cuchillo ha condenado tu vida (pierdo el sentido!) Mi causa, la ha remirido al Consejo Senedrín; y también saldrá mi fin, que en semejantes agravios son pocos sesenta sabios si un Rey levanta el motín. Yo arriesgada, y sin temer ira, enojos, ni rigor, (porque sé tener valor, aunque me miro mujer) sin reparar en perder la poca que tengo vida, vengo a ser agradecida a la que honesta afición siempre vi en tu corazón grata, honrada, y comedida. Joyas, dinero, y caballo, junto a esta puerta te espera; vete en paz, que no quisiera este intento malograrlo: y tan gozosa me hallo de que en tan penosa calma lleve mi valor la palma, que aunque muera yo, que he echado la vida en renta, y que me debes un alma. En tus soberanas plantas pongo la boca, y los ojos, rindiendo el alma en despojos por pagar mercedes tantas; tu heroico blasón levantas hasta las celestes cumbres: a tus pies rinda sus lumbres el más galante farol, que es bien que se humille el Sol a quien templa pesadumbres. Pero quedo tan corrido, confuso, y avergonzado, que temo quedar quebrado en deudas de agradecido: déjame morir te pido, que no puedo obedecerte; porque fuera rigor fuerte en tan penosa partida irme yo a buscar la vida, y dejarte a ti en la muerte. Demás que diera ocasión, dejando a parte lo ingrato, que hay entre los dos mal trato, pues me voy de la prisión: no manchemos la opinión con lance desacertado, porque un vulgo mal hablado, es mucho lo que deshonra, y es mejor morir con honra, que no vivir afrentado. Adelante. . Apriesa. A la torre. Señora, la guardia sueña. Me, habrán sentido; ay dolor! huye, Josel, por mi amor. Ya no es posible. Oh qué pena! El Rey, gran Señora, ordena, paséis al cuarto de adentro. Todo es muertes cuanto encuentro! . Y vos, Josel, aquí entrad. Esto es morir. Qué crueldad! Oh si me tragara el centro! Ya estamos, alma, en prisiones, mostrad, mostrad valentía, que siempre es de pechos grandes hacer pecho a las desdichas. Para ahora es el aliento, para aquí las bizarrías, que no hay mayor altivez, que saber morir altiva. Muérase con inocencia, y más que nunca se viva, que la vida de la honra es siempre la mejor vida. Honrada lo he sido, y tanto, que aún con vivir desabrida, y haber tenido afición a otro que me la tenía, jamás, ni aún con pensamiento le di al honor una herida, porque en el mayor impulso supe vencerme a mí misma. Y así, vengan ya las penas, rigores, tormentos, iras, aprisionen, atormenten, partan, destrocen, dividan este cuerpo, cuya sangre regando estas losas frías, clamará al Cielo venganzas, y a Diós pedirá justicia. Muero inocente. Ay de mí! la vida a Josel le quitan, por mi causa, por mi causa; aquí el valor se aniquila, aquí desmayan los bríos, aquí el corazón palpita. Ya no soy yo Mariana, ya lo valiente se humilla, ya lo alentado se postra, ya lo bizarro se eclipsa. Ay de mí! s Mariana, es Quién eres, dama divina, que me alientas con tu voz, y con tu vista me alivias? Yo soy la Fama, que vengo a darte muchas noticias para templar tus congojas, y aliviar tus agonsas. Tiende los ojos serenos, por esos aires, y mira las crueldades con que Herodes destruye las más familias. Mira allí a tus padres muertos, y hasta los hijos que crías, con que ya la Regia estirpe de tu casa está extinguida. Mira a todo el Senedrín ahogado en su sangre misma, que aún el rigor no reserva a un Senado de justicia. Mira a Belén, y a sus Pueblos hechos tal carracería, que bermejean las casas con ríos de coral tintas. Mas de cien mil inocentes dan al cuchillo las vidas; para que tengan los Cielos más estrellas que los sirvan. La causa de muertes tantas, es una mortal envidia de Herodes, porque no haya quien el laurel le desciña. Mas ya un Niño, Sol hermoso, aunque entre pajas se abriga, nace gran Rey de Juda, y deseado Mesías. Espérate, Fama, aguarda: qué Doncella peregrina, orlada de un Niño Sol, que en sus brazos acaricia, es la que por aquel valle va medrosa, y huye apriesa? Esa es Madre del gran Rey, y Doncerla, aunque parida, que huye del tirano Herodes a las remotas Provincias. Seguirela? Con el alma. Cómo se llama? María. . Dulce nombre. Es gran Señora. Su madre? Ana se decía. Gracia sueña. Y mucha gracia; y así, pues, tu participas de dos nombres tan heroicos, Mariana, Ana María, aliéntate en tus trabajos, anímate en tus desdichas, que yo haré tu fama eterna a pesar de tiranías. Válgame el Dios de Israel! Es encanto? Es santasía? Son sueños, o son verdades las que ha tocado mi vista? Pero qué dudo, qué dudo ser verdad lo que me anima, cuando alborozada el alma me está vertiendo alegrías? Ea, venga ya el verdugo, tienda, tienda la cuchilla, que si a tantos inocentes deguella una tiranía, que hasta la Madre de Dios huye por salvar la vida, no es mucho, que yo perezca, y el cuello al acero rinda, cuando muero como noble, y hay fama que se pública la inocencia castigada de Herodes Ascalonita. Sordinas por la mañana, y haber hecho cadahalso, y no parece Josef, ni la Reina, malo, malo. Andar todos aturdidos, los Ministros a caballo, los Escribanos confusos con procesos, malo, malo. Estarse quemando el dueño, ser yo el vecino, y criado, haber verdugo, y Herodes; harto os he dicho, mirarlo. Mas qué alboroto es aquel, que a las puertas de Palacio divide en tropas la gente, y el grito levanta en alto? Vive Dios, que he de ir a verlo, que si he de morir ahorcado, por demás es el andar huyendo de los espartos. Hola? dadme la comida; descanse el pecho, descanse, pues las manchas de mi afrenta las he lavado con sangre, venga el agua; mas qué es esto? Señor mío, no te espantes, porque la sangre que viertes tiñe todos los cristales. Y tú qué me das aquí? No hallo otro lienzo que darte, pues sangre de Josef mancha las olandas, y cambrayes. Ahora lloras? tú no fuiste quién sus culpas me acusaste? Fueron celos. Pues con celos diera la muerte a mi padre. Salpicado en sangre miro cuanto me ponéis delante, cuchillo, pan, y manteles; y si es que por motejarme de cruel lo hacéis; por vida de Mariana, que acabe; mas qué digo? con quién fuiste tan presto, lengua, a encontrarte? Vive Dios que esta Mariana hace del alma, y deshace como quiere, pues no importa que haga mi rigor alardes, para que el amor inmenso con que la idólatro amante deje de hacer sus efectos templándome los pesares. Válgate Dios por Mariana! Hola? Señor Al instante se suspenda del castigo la ejecución l Ya es muy tarde. justicia, Cielos, justicia. Qué alaridos lamentables son estos? Yo lo diré. Acaba presto. Escuchadme: salió la hermosa Mariana, aquel Sol que idolatraste, aquella luz de tus ojos, por más que el rigor te engañe, salió, no como otras veces con el sestivo ropaje, que la adornaba el aseo, y la componia el arte; sino envuelta entre vayetas, mas con ellas tan galante, tan por los cabos hermosa, que haciendo gala al día le añadió luces, y al Sol prestó Majestades. La Corte que se abrevió en la plaza con ser grande, cotos de damas gallardas, variar tropas de galanes, con el vulgo, que confuso sus puestos previno antes, se hicieron todos al llanto, cuando vieron el talante, lo bizarro del despejo, del dulce mirar lo grave, con que sin hacer melindres, ni turbados ademanes, se apeó de la carroza, y del teatro espantable fue subiendo la escalera, como si hubieran de darle allí de todo un Imperio la corona de diamantes. Tal fue aquí la vocería, tal la grita, que aún el aire de embarazado parece que dio muestras de quejarse. Y cuando tanta ternura en su pecho ocasionarle pudo un diluvio de perlas, o de lágrimas dos mates; tan sereno tuvo el Cielo de su rostro, que al mirarle pareció esculpida en mármol, o en mársil preciosa imagen. Con majestuoso meneo por el tablado adelante, hasta la enlutada silla cuenta los pasos fatales. Siéntase, y con un suspiro, que a un brazo hiciera dar sangre, dijo: no lloréis vasallos, que os juro, que muero martir, honrada como quien soy, e inocente como un Ángel. No habló más, si no mirando al verdugo, que cobarde de ver tanta valentía, tiembla sin saber qué hace, ella le pusó en las manos el cuchillo, y con donaire, desabrochando el mársil del cuello con sus cristales, acaba, dijo, no temas; y él ya entonces sin turbarse, de dos golpes derribó de aquellos hombros atlantes la cabeza más hermosa que respetaron deidades. Qué dices infame? calla, calla, calla, y no me engañes: Mariana muerta, y yo vivo! Desde aquí desengañarte podrás sin hacer estremos. Ay d Funesto trance! Es verdad esto que miro? o son acaso disfraces? o apariencias de la idea? o sombras porque me espante? Mariana, Mariana, dime: eres tú la que cadáver yaces vertiendo la vida por púrpuras, y corales? eres tú? dimelo presto, porque este brazo derrame más sangre en venganza tuya, que el Nilo arroja en cristales. justicia, los, justicia. Vengadme, Cielos vengadme; Mariana, Mariana, a ellos. Señor? Hermano, qué haces? Mariana, aquí de mis iras. Huye, no nos descalabre. El juicio ha perdido. Ay Cielos, quién vio desdicha más grande! Mariana, sin ti no hay vida. Mariana, vengan pesares, Mariana, lluevan desdichas, Mariana, rayos me abrasen. Y si penas, y tormentos, dolores, fuegos, volcanes, rabias, iras, y desdichas, no bastaren acabarme, abrame este acero puerta en el pecho, y tinta en sangre, salga el alma pregonando, quien tal hizo, que tal pague. Y aquí tiene fin la historia trágica, y todas verdades, de Herodes Ascalonita, con la muerte lamentable de la más bella Mariana, muerta por celos infames. Si alguno por más extenso quisiera ver sus crueldades, lea a Philón, y a Joseso o a Pineda en sus F
