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Texto digital de El hércules de Ocaña

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Juan Bautista Diamante
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Comedia
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El texto, modernizado con posterioridad por Adrián Velasco, procede de TESO.

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Velasco, Adrián. Texto digital de El hércules de Ocaña. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/hercules-de-ocana-el.

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EL HÉRCULES DE OCAÑA

JORNADA PRIMERA

Qué tienes?                               qué he de tener? De qué vienes desabrido? He jugado, y he perdido. Pues es milagro perder? Es milagro en mi valor. Qué tiene que ver el juego  con el ánimo? Reniego  de la fortuna Peor fuera, hermano, otro suceso,  porque el perder, y jugar,  se remedia con pagar. No está mi pesar en eso,  sino en haberme ganado  quien me ha ganado.                               Por qué? Porque no blasone, en fe  de ser más afortunado. Lo que la fortuna da,  no enoja por desatino. Mudarle el juego imagino,  y quizá no ganará.  Para qué es bueno picarte? Para desquitar mejor  lo perdido. y no es peor,  si no puedes desquitarte?  que será muy mal contado,  y me correré de pillo,  que digan; D. Pedro Trillo,  hoy de perderse ha enojado. Mi pesar no es indecencia,  ni mi enojo lo ha de ser. Para qué es bueno perder  el caudal de la paciencia?  y aunque disimules más,  ya he conocido tu enojo,  y si es de la envidia antojo,  en rara locura das. Locura es, sentir que pueda  nadie excederme, y ganarme,  cuando solo el enojarme,  para desaviteme queda? Pues de qué te has de enojar?  ya sé que tu desazón  la causa tu emulación,  y fue locura intentar   en las fuerzas competir  con Céspedes, que en España  llaman Hércules de Ocaña,  queriendo solo me dijo y dio  las tuyas, con tu disgusto;  sin que repare lo ardiente,  que suele estar lo valiente  distante de lo robusto. Por eso quiere al valor  apelar mi bizarría. Si mi amor no le desvía                                                              de este tema, ay de mi amor!  No fuera mejor dejar  que le pudiera vencer  a fuerzas, que aunque mujer,  mejor le puedo igualar  yo, que en mi naturaleza  tanto excederse procura  mi aliento, que mi hermosura  se extraña en mi fortaleza?  yo, que ligera he podido,  con mi veloz movimiento  corrido dejar al viento,  cuando correr he querido?  yo, que en los faltos veras,   en esos Prados amenos,  que se hace la tierra menos,  para que yo falte más?  La vara arrojo bizarra,  tan ligera, y tan derecha  que desmiente como flecha  todas las señas de barra.  A un carro, cuando a correr  las mulas el miedo avisa,  bien sé yo, que con más prisa  nadie le hace detener.  Y aunque por habilidades  que dan aliento a mi brío  vencerle no desconfió,  en fuerzas, ni agilidades.  Solo aunque luche mejor  con él Trillo, no luchara,  porque no se disculpara  con la dicha del favor. En la admiración podrás  esa ventaja tener,  porque siempre en la mujer  los aplausos crecen más. En la razón los alcanza  mi aliento. Creo tu brío,  pero yo solo del mío he de fiar mi venganza. Qué venganza? La que lidia,  por secreta oposición,  a pesar de tu razón,  con la fuerza de mi envidia. Que a los dos tan desigual.                                                              voluntad los Cielos den!  que a lo que yo quiero bien,  quiera mi hermano tan mal?  y sino consigo ser  de este duelo medianera,  bien sabe amor, que en cualquiera  de los dos voy a perder.  Repórtate hermano, y mira,  que ahora estás enojado. Ya estoy, Leonor, reportado  el disimular mi ira                                                              importa. De esta templanza                                                              mal se asegura mi miedo. Porque en declararla, puedo                                                              aventurar mi venganza,   hoy al campo quiero ir. Sospecha el sitio me da,  porque quien al campo va  gana tiene de reñir. Luego vuelvo. Mal podré  mi susto disimular. Hoy le tengo de matar. Por dónde lo estorbaré? Esto ha de ser. En los dos                                                              mucho mi amor aventura. Ya es empeño. Qué locura! A Dios Leonor. Pedro, a Dios,  que de mi desasosiego,  templar pretendo el dolor  con una industria. Leonor!                               Primo! Doña Ana!                               D. Diego! A verte, Leonor, venia. Y yo a saber, primo vengo   aunque encontrar a D. Ana,                                                              es azar de mi deseo;  como en la apuesta te fui  con Céspedes? A buen tiempo                                                              le acuerda fu desazón! Mucho de encontrarme huelgo  aquí a D. Diego. Perdí  lo que aposté. Yo lo creo,  que es el hombre de más fuerzas  que hay en España.  Por eso,  a fuerzas de ganapán,  dice el refrán, hierro en medio, Bien dices, pero sin causa  el matarle, será yerro. Gracias a Dios, que una vez  hable a mi gusto D. Diego. Dígolo, porque hay distancia  desde la barra, al acero. Claro está que hay diferencia  de la pujanza al aliento. Hoy delante de Leonor,                                                               acortaré su desprecio. De cólera no me cabe                                                              el corazón en el pecho!  Don Diego, pues de esta casa,  el cercano parentesco  os hace tan dueño, yo,  con vuestra licencia, quiero  irme, que tengo que hacer. Si puedo ser de provecho,  iré con vos.                               No, que voy. Dónde? A la casa del juego,  que allí pienso desquitar  mi enojo, o perder de nuevo. Mal engañará al oído,                                                              lo que en su semblante veo. Aquesta es buena ocasión Que le dejéis solo siento,  y más cuando no tenéis qué hacer aquí. Qué despego!                                                              y qué hermosura! no en vano,  como la adoro, la temo,  para que muera mi amor   en la cárcel del silencio. Leonor, si tiene que hacer Eso, Doña Ana, no entiendo,  solo entiendo, que mi casa  no es palestra de deseos,  y así, seguid a mi hermano. Ya señora os obedezco,  por no escuchar de D. Ana                                                              quejas, que en mí lleva el viento. Seguidle; que importa.  Basta para que yo. Deteneos, que a mi honor también le importa. Para eso puede haber tiempo,  y no lo habrá para esto otro,  según juzga mi recelo. Yo iré en su alcance, Leonor,  con mi obligación cumpliendo. Escucha. Qué he de escucharte? Dividida el Alma llevo. Qué cansada es una queja! Qué tirano es un desprecio! Cómo con Trillo te fue?  Aunque es muy valiente, no  tiene las fuerzas que yo;  y ha dado, no sé por qué?  en quererme competir,  con tanto desasosiego,  queja fi reduce el juego  a términos de reñir.  Él está opuesto conmigo,  cuando yo, de buena gana,  por lo que quiero a su hermana,  me holgara de ser su amigo. De tosco tiene presunción,  con que a ser acedo aspira,  tanto, que pienso que mira  por el zumo de un limón. Conmigo tiene la tema. En la primera ocasión de su enojo, el diaquilón  madurará la postema;  mas riñendo no se ha de ir,  porque es tu valor profundo. Con cuantos hay en el mundo  no sintiera no medir  la espada, y con él sintiera  hacer pruebas del valor,   porque idolatro a Leonor,  y enojarla no quisiera. Pues yo, con ser tu criado,  soy de valiente importuno,  solo con ponerme alguno  de tu valor desechado,  en quien cuarenta Holofernes,  Orlandos, y Durandartes  en mí hallarán muchos Martes  Miércoles, Jueves, y Viernes.  Que aunque soy un Labrador,  tal vez una espada empuño. Deja locuras, Ortuño,  y di, si has visto a Leonor No, pero he visto a Isabel. Qué dijo?  que melindrosa  encubría, como hermosa,  lo piadoso en lo cruel.  Entró a ver a Trillo luego  su primo, y en el portal  me escondí, y vi, por mi mal,  al criado de D. Diego  por quien yo de celos crujo,  por si Isabel le prefiere,   que al somormujo la quiere,  y me enfada al somormujo;  y si hacerla cocos viene,  le haré un harnero el redaño. Ortuño, sino me engaño  Trillo hacia nosotros viene. él es, y si muy hinchadas  trae las temas, claro está,  que la postema querrá  que le abras a cuchilladas. En vuestra busca he venido. Pues ya me habéis encontrado. Despedid a ese criado. Por qué, si bien le he servido? Porque a solas quiero hablar  a Céspedes.                               A qué aguardas? Voyme, más desde unas bardas  el suceso he de escuchar. Ya estamos solos. Pues vamos  de Esperanza hacia el Convento Saber no podré el intento,  antes que al campo salgamos?  pues si habemos de reñir,   en saliendo del lugar,  lo que la lengua ha de hablar,  las manos lo han de decir.  Y si la ocasión no fuere  justa, no será razón  el reñir sin ocasión,  y así decídmela. Quiere  ver mi emulación bizarra,  ya que a todo me vencéis,  si con la espada tenéis la dicha que con la barra?  si con heroica osadía,  con altivo pundonor,  desde la fuerza, al valor.  salta vuestra valentía?  si hacia el honrado interés,  vuestros alientos lozanos,  corren también con las manos  como corren con los pies?  y al fin, quiero examinar,  con mi valor de este modo,  si como ganáis en todo,  en todo habéis de ganar? Yo no lo he de resistir,   mas si va a decir verdad,  venceros en amistad,  no es causa para reñir;  porque ocasión tan liviana,  Qué razón darnos pudiera?  (poco por él le temiera,                                                              sino temiera a su hermana)  y decid. ya, entre los dos, no tenemos que argüir,  pues no tengo que decir,  más que he de reñir con vos. Mirad, que vamos saliendo  al campo.  ya lo he mirado,  y parece que he tardado,  según el llegar pretendo. Tiempo hay, y pues la ocasión no la ha podido vencer,                                                              perdone amor, que ha de ser  primero mi obligación. De rabia el pecho se quema. ya no tenemos que hablar,  pues en el campo he de estar  de parte de vuestra tema.   Sacad la espada.                               ya sale  a vengar mi airado enojo, No es tan fácil el antojo. que el brío a la fuerza iguale?                                                              mas yo le pienso apurar. Aunque Trillo es esforzado,                                                              según soy de desgraciado,  temo, que le he de matar. De cólera apenas ven                                                              mis ojos.                               Valor extraño! Mas yo porfío. En su daño. Muerto soy.  Y yo también;  mas ya no tiene remedio,  que pude hacer por mi Dama,  mas, que aventurar, omiso,  el crédito de mi espada?  y si la razón me libra,  no ocasionar la desgracia  de las iras de su enojo,  ninguna razón me escapa;  pues no le dará en la pena   mi sentimiento ventaja,  si a manos de su desdicha  murió también mi esperanza;  sin mí estoy. Señor, advierte,  que del intento avisada,  sino del triste suceso,  que vi desde aquellas tapias,  tan airada, como hermosa,  Leonor a este sitio baja,  de todo el lugar seguida,  y de nadie acompañada. Qué dices? No ves la bulla? Si todo el mundo bajara  contra mí, no le temiera,  y temo a Leonor airada,  huir quiero de su vista,  que aun desde lejos me abrasa.  Quién de mi atención creyera,  y quién de mi amor pensara,  que por no verá Leonor  volviera yo las espaldas? Deja para mejor tiempo  todas esas mermeladas,   y mira que llega.                               Tu  puedes quedarte a esperarla,  a ver cómo sus rigores,  aunque sin culpa, me matan. Buena comisión me dejas. Y después irás a casa,  pues por aquesta desdicha  esfuerza perder a Ocaña;  pero si he perdido el gusto  Qué importa perder la Patria? Vamos al caso señor,  qué he de hacer?  Dile a mi hermana,  que con mi ropa, te dé  lo que hubiere de oro, y plata,  y infórmala del suceso. Eso es decirme que traiga,  para hacer este viaje,  el cofre, y la media manta. Que yo en la Barca de Acequia  te espero.  Por si te salva  la buena fe de tu amor,  más que el palo de la Barca.  Y dile, Ortuño, a Leonor;  pero no la digas nada,  pues primero mis suspiros  llegarán, que tus palabras;  pero bien puedes decirla,  como mi pena. Qué aguardas? Bien dices, pues a mi alivio  están las puertas cerradas. Yo te alcanzaré muy presto. A Dios, Leonor soberana,  aunque tú eres quien me dejas,  pues yo te llevo en el Alma. Pardiobre, que de esta vez  el trillo dejo, y la arada  siguiendo al amo, perdonen  los majuelos, y las parvas:  pero cuál viene Leonor,  ya del suceso informada  mezclando pena, y enojo  a un tiempo el fuego, y el agua?  No rompe toro celoso  las cortezas, y las ramas  de un árbol, como su furia  viento, y tierra despedaza.   Qué fuera, que viendo que huye  el que sus enojos causa,  en mi vengarse quisiera,  teniéndome por su capa?  quiero retirarme, por  no esperarla cara a cara. Muerto mi hermano, y yo viva? Prima mía, las desgracias  que ocasiona la desdicha,  y la traición no las causa,  no digo que no se sientan,  pero que se sientan basta. ya sé, primo, que mi hermano,  envidioso de la fama  de Céspedes, su peligro.  se labró con su arrogancia.  (Que presto con la disculpa                                                              encontró mi amor, mal haya  afecto, que aun en la ofensa  sabe introducir la maña.)  Pero no puedo excusar  que mi dolor, que mi saña  en canto pesar, se expliquen  con el llanto, y con la rabia. Si gustas, mejor será   volverte, señora, a casa,  que a vista de la desdicha,  está sorda la templanza. Antes quiero, que el sangriento  espectáculo me vaya  disponiendo el corazón  a rigores, y a venganzas,  para que de él más aprisa  todas las piedades salgan. Aquí está la buena pieza  de Ortuño. Demonio, calla,  he muerto yo a tu señor? Pues qué quieres que le haga? Prenderle, por ser criado  de Céspedes. Ay qué gracia!  también Angulillo acusa,  pues si le doy dos puñadas,  yo sé, que por los hocicos,  le he de derramar la cara. Pues que, no quieres prenderle Antes quiero que se vaya,  porque de aqueste suceso  cualquiera memoria mata.  Yo la obedezco; algún día,  Isabelilla picaña,  me lo pagaras, y tú,  Lacayuelo de mohatra. Anda, cedazo de mosto. Lobillo casero, anda. Todo el lugar a este sitio  viene. Qué haré en pena tanta.                                                              cuando están de mi tormento  equivocando las ansias,  un cariño que me sobra,  y un hermano, que me falta?  Pero como se introduce,  a vista de mi desgracia,  esta del Alma ilusión?  esta del gusto fantasma?  Cuando mi sangre estoy viendo  por el suelo derramada  sin que mi atención convierta  todo mi agrado en venganzas,  todo mi cuidado en iras,  todo mi desvelo en sañas?  esto ha de ser, tú, Don Diego,  de llevar el cuerpo trata   de mi hermano, que en haciendo  sus obsequias, doy palabra  a los Cielos, de seguir  de Céspedes las pisadas.  ya huellen del Mar la espuma,  ya de los montes las ramas,  ya busquen del Sur el oro,  o ya del Norte la plata,  y de no volver jamás,  hasta mirarme vengada  de la muerte de mi hermano,  a ver los Muros de Ocaña. Varonil esfuerzo! Mienten  las Amazonas, que tanta  fama en el mundo tuvieron.  con Leonor, y por la barba,  pues pueden las Amazonas  con ella quedarse en amas. A pesar de las basquiñas,  Es machorra de importancia. y has de ir sola a tanta empresa. Cualquier criado me basta. Yo, si tú me das licencia.  pues tanta parte me alcanza   en la muerte de mi primo,  iré de muy buena gana  a acompañarte, y servirte. Mas con una circunstancia,  que yo sola he de vengarme.  con ser tú el que me acompañas. Siempre tu gusto ha de hacer  quien a servirte se allana,  que ocasión pudo el amor                                                              darme más acomodada  para lograr mi deseo,  y para huir de Doña Ana. Velilla, allá vamos todos. Como deje de ser mandria.  bien puede ser.                               Eso bonda. Que me obligue. Santas Pascuas. Vamos, primo. Leonor, vamos A que mi rigor.  Mis ansias, Logre.  Consigan. Disponga. Mis deseos. Mis venganzas.  muera, muera quien me enoja,  aunque sin culpa me agravia. A pesar de mis temores,                                                              viva, viva mi esperanza. V. Excelencia, divierta los cuidados  mientras pasan la barca los criados,  en aquesta Ribera. Patria parece de la Primavera,  porque el Tajo la baña,  o porque empieza aquí el Abril de España,  que de Aranjuez ser término publica,  en estar de esmeralda, y plata rica. Del Tajo el blando ruido  entretiene la vista, y el oído. Gran gusto es contemplar esta campiña  vieja en Octubre, y en el Marzo niña. Así la ociosidad se habrá llenado  con ese alivio. Y tanto, que he pensado,  que el descanso no gozan de la tierra,  los que no están criados en la guerra,  que lo que allá nos sobra  en cualquier día de la paz se cobra;   que un siempre holgarse manso,  por ser continuación, ya no es descanso.  Yo, casi estoy violento  cuando no escucho bélico instrumento,  que a marciales empresas apercibe,  donde, aun quien muere, para siempre vive.  Pero si en parte la atención me halla  donde el clarín no alienta, el parche calla,  todos los ratos para mí son buenos,  con que me huelgo más, a holgarme menos. A la Barca he llegado,  solo de mi desdicha acompañado,  y su pasaje espera mucha gente,  lucida, al parecer, y el que está en frente,  de grandeza, y valor, mucho pregona  con la callada voz de la persona:  saber quién es quisiera. Decid, que no me espere la litera:  prevénganme caballo,  que sin la gota, en el mejor me hallo. A prevenirle voy.                               aquí os espero. Quien es, señor, aqueste Caballero,  a quién parece que hace el campo salva? Sino le conocéis, el Duque de Alba.  Bien conocer pudiera a su Excelencia,  que ya me lo había dicho su presencia. Un hombre, con respeto, y con cuidado,  en mí, sino me engaño, ha reparado. Cuanto a la vista ofrece,  de hombre honrado parece. El Duque en mi repara, y no me atrevo                                                              a besarle los pies, porque no es nuevo,  el que no es conocido,  que pueda peligrar de entremetido. Saber quién es deseo,  que es digno el hombre de cualquier empleo.  Llamadle. Gran respeto da su fama. Llegad, que el Duque mi señor os llama. Llegaré a besar sus pies. No estéis así, levantaos. A los pies de V. Excelencia  estaré más levantado. De vos, por vuestra persona,  deseo saber, y tanto,  que de vos, más que curioso,  me he de informar muy de espacio. Noble en Ocaña nací,  y no muy afortunado,   que la dicha, y la Nobleza,  tal vez suelen ser contrarios.  Llámome Diego, señor,  de Céspedes.                               Sois, acaso  a quien tanto nombre dan  de robusto, y de bizarro,  pues del Hércules de Ocaña  le acreditan sus aplausos? A varias agilidades  me incliné desde muchacho,  ejercitando la fuerza,  ya en la lucha, ya en el falto,  ya haciendo pluma una barra,  y ya haciendo plomo un carro,  y aunque he apostado con muchos,  hasta hoy nadie me ha ganado. Y que causa os ha traído  en traje de Cortesano  a este paraje?  Señor,  pues nada puedo negaros,  y más cuando vuestra sombra  me puede servir de amparo;  hoy he dado a un Caballero,   (y aun a mí) muerte en el campo,  no por ser yo más valiente,  por ser él más desgraciado. Es buena maña del brío  el alabar al contrario. Y temiendo la Justicia,  a quien la lealtad ha dado  tanto poder, en la noble  atención de los vasallos,  como me hallé, me he venido  a esperar aquí un criado,  que para cualquier intento  me traerá lo necesario. Y qué derrota queréis tomar?                               Ya, la de Soldado,  ejercitando las fuerzas  de la guerra en el trabajo. Eso me parece bien;  que allí matar peleando,  de su Rey por la razón,  es crédito, y no es enfado. Probar pretendo fortuna  en los bélicos Palacios  de Marte, donde le logran   por los riesgos los aplausos. Para tan honrado intento  Flandes os está llamando;  el Invicto Carlos Quinto,  que guarde Dios muchos años,  de su Imperio para gloria,  y de la fe para amparo,  Plaza de Armas en Bruselas  hace, de los Luteranos  para castigo, y asombro,  de sus rebeldes contrarios,  y a mí en Cádiz, de orden suya,  la Armada me está esperando,  para embarcarse conmigo  la gente que se ha juntado  para esta empresa, que toda  ya va a los Puertos marchando.  Y yo la iré recogiendo  en los prevenidos vasos,  pues desde Cádiz a Flandes  he de ir a España costeando. Y yo, en tan buena ocasión,  he de seguir vuestros pasos. Y yo os tomo la palabra. De cumplírosla me encargo.  Y ahora, porque deseo  ver de vuestras fuerzas algo,  es verdad lo que me han dicho,  que detenéis con las manos  una rueda de molino? Si queréis averiguarlo,  a ese molino lleguemos,  puesto que está tan cercano,  veréis, si es verdad, o no. Venga el Molinero, y vamos. A la puerta está. Buen hombre,  si el molino está parado,  soltadle por mí una presa,  que quiero ver un milagro Si haré, señor: este no es  Céspedes, pues boro a un canto,  aunque más valiente sea,  que le he de dejar burlado. Casi parece imposible. Veréislo facilitado,  si Dios quiere.                               Bravo aliento! Ahora veréis si es bravo.  Vive el Cielo, que a la piedra   más de una presa han echado,  pues tanto se me resiste!  Pero aunque reviente, en vano  la traición ha de vencer. Detúvola, aunque ha brotado  sangre, para detenerla. Brava pujanza de brazos! Contra un engaño, a mi costa,  os habéis desengañado. Sin verlo, no lo creyera,  y aun viéndolo, he de dudarlo. Dadme licencia que vaya  a lavar lo ensangrentado. Muy bien lo habréis menester. Pagarámelo el villano. Raro hombre! En fuerzas, señor,  nadie podrá aventajarlo. Si tiene tanto valor,  yo llevo bravo Soldado. Ay, qué me ha muerto! Qué es eso? Ay, qué me ha descalabrado! no es Céspedes? sí señor.  Así castigo, villanos,  vuestra malicia. qué ha sido? Perdonadme, si enojado,  a vuestra vista, procuro  pareceros temerario,  porque he tenido razón. Pues en qué os ocasionaron? A la rueda del molino,  con malicioso cuidado,  habiendo de echarme una,  dos presas, señor, me echaron,  y fue mucho detenerla,  y no reventar, fue harto;  pero bien pienso que quedan  de su traición castigados. Qué os parece del Mancebo?                                                              por mi vida, qué es un rayo!  Con tan gran bellaquería,  vuestro valor, no me espanto,  que se enojase; a esa gente,                                                              con dineros acalladlos,  que aunque ocasionen, lastiman  estos pobres Aldeanos. Yo voy.  De vuestra grandeza  en todo se ven los rayos. Ya que el criado esperáis                                                              a hacer mi jornada parto. Lleve Dios a V. Excelencia  con bien.                               mas decidme, en tanto,  Qué hay del intento?                               Seguiros. Mirad que en eso quedamos. No vi más heroico pecho. No vi aliento más bizarro. Ya Flandes será mi Norte,  y aunque es País tan helado,  pienso, que no ha de templar  el fuego en que yo me abraso,  Pero seguiré del Alba  las luces, ya que los rayos  del Sol de Leonor, se han puesto  a mi dicha tan temprano.  Qué poco me duró el día!  que presto, en mis sobresaltos,  marchitando mi esperanza,  se echó de la noche el manto!  Ortuño tarda, y yo quiero   irme a la venta acercando,  que ya anochece, y estoy,  sino rendido, cansado;  pero no es Ortuño aquel? Dame, si quiera, los brazos,  aunque haya tardado un poco,  de albricias de haberte hallado. Qué traes?                               tu ropa; el borrico  para mí, que soy un asno,  y a ti, por ser Caballero,  te he traído tu caballo;  unas cadenas, mohosas  de haberlas guardado tanto,  pero valen lo que pesan,  y lo que pesa no es barro.  un bolsillo de doblones,  de reales de a ocho un paño,  y esta carta de señora. Y cómo queda? Llorando  tu larga ausencia.                               Y Leonor? Ahí te aprieta el zapato,  y para andar, dale una   cuchilladita a ese callo. qué dijo? está echa un veneno  y téngote por tan blando  amador de su hermosura,  que te holgaras de tomarlo. Qué dijo? mil perrerías;  yo me escapé de sus manos  por gran milagro. También  yo la quiero por milagro. No sienten con mayor furia  cuatro tigres de a diez años.  la falta de los hijuelos  que el cazador ha robado,  como Leonor ha sentido  la pérdida de su hermano. De mi desdicha me admito,  de su pena no me espanto;  mete las caballerías  luego al punto, pues estamos  a la puerta de la venta,  con que saldrás de cuidado Y comerán, y nosotros   también comeremos algo. Bien es menester. Yo solo!  de caminar vengo harto;  a huésped; nadie responde. Ve a acomodar el ganado,  que como haya venta basta  para aliviar el cansancio. Ya voy Ay Leonor: perderte  en mi es el mayor trabajo; a huésped, huésped; ninguno  responde? Ortuño has atado  las cabalgaduras.                               Sí;  mas válgame San Hilario! Qué tienes? No ves un muerto,  tendido de largo a largo? Qué importa, el huésped será,  y a aquese Lugar cercano  toda la gente habrá ido  por la Cruz para enterrarlo;  de eso te asustas?                               y es bueno   ver un difunto muy lacio,  para la color del rostro? No se ven a cada paso?  de cuando acá eres gallina. Con muertos nunca soy gallo. Dios en el Cielo le tenga,  y por si, o por no veamos  si hay que comer? Para eso  ya yo estoy desbalagando. Junto al bufete me siento,  por si en el cajón hay algo,  aquí está un jarro de vino. Presto diste con el jarro. Por taza no quedará,  ni por manteles. Buen plato! Yo quiero poner la mesa,  pues ya pan, y queso he hallado;  Ortuño, alcanza esa luz. Cuál? la del muerto? el bellaco  que tal hiciera.                               Pues yo  la alcanzaré, perdonando  el señor huésped.  Yo tengo  el corazón hecho andrajos,  ay señores de mi Alma,  sabe Dios que estoy temblando! A fe que no es malo el queso,                                                              llega a alcanzar un bocado. No podré, porque los dientes  los tengo ya traspillados. Toma un trago. Pues el vino  no me sana, estoy muy malo. Brindis, señor huésped, por Dios  que es el huésped cortesano,  pues para hacer la razón,  parece que se ha sentado. Ay; qué se levanta el muerto!  diez leguas de aquí te aguardo. Si se acostó sin cenar,  y es el camino tan largo  que ha hecho hasta la otra vida,  lléguese, y tome un bocado; él lo hace como lo digo;  el difunto es bien mandado: la luz apagó, no importa, que a este acero, ya estos brazos,   ningún horror amedrenta;  dónde estas, que no te hallo? Entrad, que en la venta hay ruido. Agradece, temerario,  a la Cruz que está a la puerta,  de quien eres, en mi agravio,  tan devoto, que no fueras  a Flandes tú. Caso raro!  mas de mi valor anuncia  gran fortuna este presagio. Dentro está Céspedes muera. Los Molinos se han juntado,  sin duda, en ofensa mía. Entrad, y muera. Despacio,  cobardes, que aunque estoy solo,  de mí estoy acompañado. El diablo que le resista. La luz se ha caído. Huyamos. Esperad, que para mí  son pocos, muchos villanos. IORNADA SEGUNDA.

JORNADA SEGUNDA

Bravo País! Que un Manchego  alabe en el mundo nada,  que no sea Mancha; que mas  hiciere un Gallego? Rara  es la aversión que has tomado  con Flandes. Si a ti te agrada,  a mí no y tómense votos,  digo, Hidalgos, cual tomaran,  la cerveza de Bruselas,  o el tintillo de la Mancha?  Que alabe un hombre de bien  tiene donde se regalan  con purgas, pues la cerveza,  si en las boticas se usará  venderla, era más que una  pócima descomulgada,  que en llegando a las narices,  le hace echar a un hombre el Alma  Y sobre esto cara, y  otras mil cosas, que calla  el asco, bien haya, amen   la Mancha, de los dos Patria,  donde al pobrete que llega  con sed a cualquiera casa,  le dan un jarro de vino,  en pidiendo un poco de agua. Mucho te dura el cariño. A mi sí, pero a ti pajas. A mí, no es mucho, que en flor  me deje allá una esperanza. Yo en fruto una posesión,  con veinte y cinco asanzadas  de unas uvas, que cada una  puede henchir una tinaja.  Mas dime, ya que a Bruselas  llegamos, después de tantas  fortunas, tantas pendencias,  y tantas cositas malas  como los dos hemos hecho,  aunque todas muy honradas,  a qué venimos?                               aquí,  Ortuño, está el Duque de Alba,  como has oído, y aquí,  asistiendo a la Cesárea  Majestad de Carlos Quinto,   tengo creído, que aguarda  siempre leal ocasión para pasar a Alemania,  sirviendo al César, que así lo dice la común fama  Vile en las Barcas de Acequia  como sabes, y inclinada  su grandeza de mi esfuerzo,  quedo a mi honor obligada  Entonces no le seguí,  y porque sabes la causa,  la callaré; pero hoy,  que sé que en Bruselas se halla,  vengo a Bruselas, a ser  recuerdo de la palabra  que allá me dio su Excelencia,  ocupándome en las armas  del Emperador Invicto,  pues si el Toledo me ampara,  haré desde hoy mis venturas  iguales a mis desgracias. Qué desgracias, hombre? Tú  te quejas? que dejas que hagan,  si no te quejas por ellos,  los pobres que descalabras?   tú hablas mal de las fortunas,  cuando en queriendo, le paras,  como rueda de molino,  la rueda de la inconstancia?  Que intentas que no consigas?  dime, en ti no son hermanas  fortuna, y naturaleza,  siendo en los demás cuñadas? Ay Leonor!                               Ay te pica?  pues Céspedes, rasca, rasca  la memoria; pero advierte,  que es el amor una sarna,  que porque la rasquen, pica,  y duele cuando la rascan. Pues tú, qué sabes de amor? Pues yo no nací con Alma?  no soy Ortuño el de Yepes,  si usted el Céspedes de Ocaña.  Ay ausente Isabelita. Ya sé que intentan tus chanzas  divertir mis pensamientos. Qué es divertirte? engañas,  que boto a Cristo, que tengo  un amor como una casa.  Pregunta por el Palacio. Voy puesto que nadie pasa,  a esta casa, a preguntar,  mas pienso que está cerrada. Pregunta por esa reja Por dónde? En que reparas! En dos juguetes de nieve,  en dos brinquitos de plata,  que allá se llaman mozuelas,  y en este País Madamas;  llégate, llégate.                               Yo? De qué sirven pataratas?  señor mío, doña otra,  cuando doña una falta. Cantan?                               No, pero parece  que quieren.                               A eso llegara. Y entendieras bien la lengua? Es aquí tan estimada  la Española, que es posible  ser la letra Castellana. Presto saldrás de la duda.  Cómo?                               Como, porque salga  limpia la voz, la cantora  se barrió ya la garganta. mas ola, que por acá  suenan voces, y algazara;  ya voy estando mejor  con Flandes.                               Dudo la causa  de este regocijo.                               A estos  que las máscaras de caza  preguntarse la podemos,  puesto que por aquí pasan. Sea bien venido  el Cesar de Alemania,  adonde, por servirle,  el amor se disfraza. Danzad, Españoles, que hoy  la lealtad está obligada  al gusto. Aunque no entendemos  mas que de danzas de espadas,  para los dos todo es uno. Ya estoy obediente, damas,   á serviros, ya que no se altere por mí la usanza;  pero decidme, aunque el tono  en la letra me declara  algo de lo que procuro,  el motivo de que nazca  la parte que ignoro.                               Oíd,  y sabréis que fiestas varias. Hoy al César festejan  los galanes, y damas,  adonde por servirle  el amor se disfraza.  Tararararara, tarararara. Déjalos ir con mil diablos;  que haya quien guste de danzas!  bien haya la habilidad  que puede hacerse sentada,  que no muele al que la tiene  y al que la escucha regala!  tocar, y cantar, es lindo;  solo una cosa en la Mancha  me enfada.                               Y qué es? Zapatear,   porque al son de una guitarra,  de un tamboril, o pandero  se muelen a bofetadas  las manos, los pies, los muslos,  y muchas veces las caras, Vamos!                               Mira que parece  que canta la que tocaba Pues escuchemos.                               aquí  te llega.                               Ruido no hagas. Esgrimid contra el amor,  del albedrío las armas,  que es cobardía en dios  a su violencia las Armas. No canta malla Flamenca! Muy bien la letra declara!  así el Poeta suspiraba  que en el concepto se engaña,  porque rendirse al amor,  no es cobardía.                               Ignoraba  que tú te habías rendido Quién está en esta armonía?  Quien serviros solicita,  y quien también deseara  dar a entender, que debiera,  quien tan dulcemente canta,  no deslucía con la letra  do que con la vez regala. Para la calle, habéis hecho  la proposición muy larga. Pues manda de abrir, la puerta,  y hablaremos en la sala. Queréis entrar? Va poquito. Entrad por esa ventana. No da licencia la reja. Pues andad con Dios. Madama,  y si por la reja entramos,  lo sentiréis?                               A qué causa? Pues advertid que entraremos. Oh qué Española arrogancia!  id con Dios. Primero quiero,  que veáis, que lo que hablan  los Españoles, lo cumplen,   pues si mi intento estorbara  un monte, del mismo modo  que esta reja, le arrancara Búrlense con Cespedillos,  como si fuera de masa! Huye Nise.                               Muerta estoy! Prevengan dos almohadas,  que vamos a la visita. Si más adelante pasa  vuestra osadía, veréis  cómo queda castigarla. No penséis que estamos solas. Mas que estéis acompañadas. Arnesto, Filipo. Enrique. La casa esta alborotada. Pues aquí no hay más remedio. Qué?                               que entrar a sosegarla,  dando muchos torniscones  a estos Arnestos que llaman  estas señoras, que a mí  para enfurecerme basta,  que haya quien piense, que hay   en Españoles jactancia,  lo que es valor; ven que luego  veremos al Duque de Alba. Salgan cubas de cerveza  por puertas, y por ventanas. Mucho debo Duque amigo  a la Flamenca lealtad. Y quiere tu Majestad  ser de la deuda testigo. Para poderlo notar,  disfrazado así he venido. Y yo gran, señor, molido. De qué Duque? De danzar,  pues porque no forme quena  de estas máscaras ninguna  en todas las calles, una  nos toma, y otra nos deja. Es en festines usada,  esta llaneza en Bruselas. Bailar con botas, y espuelas,  es cosa muy descansada. Vos os cansáis fácilmente. Y vos, señor?                               En verdad   que no.                               Con la mocedad,  ningún trabajo se siente. Sentémonos sin porfías. Y que dirán los mirones  de ver que dos rapagones  se cansen de niñerías Duque de Alba. Gran, señor. La edad no se ha de contar, Si eso pudierais mandar,  fuerais, Santo Emperador. Muera el Español, amigos, Sino os socorréis del miedo  a mis manos.                               Y a las mías, mala la hubistes Flamencos. muera.                               A Céspedes vinagres  queríais matar?                               Qué es eso? Céspedes dijo? la banda  te pon en el rostro.                               A ellos Qué es esto Duque?                               Señor,  que de un Español mancebo,  sale huyendo de una casa,  una sarta de Flamencos,  y pienso que le conozco. A todo Bruselas, menos  al Emperador, y al Duque  haré pedazos. Huyendo  vamos de su furia. Huyamos. Muerto soy. Ay qué me ha muerto! Gran día de Sacristanes. Por Dios que sacude recio  el Español.                               Duque aprisa,  porque no ofrezca el estruendo,  descubríos a esa gente. Digo, señor, no veremos  otro poco de pendencia,  que riñe el Españolejo,  como un mismo Satanás. Andad, que no es tiempo de eso  pues si crece más la gente,   que le han de matar recelo. Es afición.                               Sí, señor,  pues por excusar el riesgo  de un Español, y como este  aventurara yo un Reino,  id, iré yo.                               Para que,  si los que vienen huyendo  nos le traen aquí.                               Llegad  con el rostro descubierto. Esperad, caballa. Huyamos,  que se ha soltado el Infierno. Que aguardáis vosotros. Dale  a ese pelibermejo, Teneos, ola, no me veis, A gallinas.                               A conejos. El Duque de Alba es, Ortuño, Y estos que se nos pusieron  al lado, quiénes son?                               Serán   algunos Nobles Flamencos.  algunos Nobles Flamencos. Quiero fingir que le riño;                                                              como, Español desatento.  Céspedes es vive Dios;                                                              pero volvamos al cuento,  que esto importa por ahora:  como, Hidalgo, poco cuerdo,  en tiempo que la quietud  nos tiene el uso suspenso  de las Armas, dispensando  el ocio de los festejos;  no encuentro con la mohína                                                              de enamorado a su aliento. Reñidle, que os entibiáis. Si supierais quien es, creo  que me mandarais honrarle. Pues quién es?                               Céspedes, y esto  es lo más que hay que decir,  aunque parezca lo menos. quién es Céspedes?                               Un hombre  tal, que si vuestro respeto,  y el mío, por vos, aquí   no le enfrenara, es muy cierto  que os dejara hoy a Bruselas  despoblada de Flamencos. Duque. Pues no os sonriáis,  que no es encarecimiento. Pues gobernad vos el lance. Escuchad como lo intento. Por no enojarme aun de burlas,  con un Español, hago esto. Algún riesgo le imagino                                                              de esta consulta, y resuelvo  con voz fingida alentarle  a que le excuse, que puesto  que hayan de lidiar después  venganza, y cariño, esto  le debo a la obligación  que hoy a su lado me ha puesto,  y a la deuda de Venus  por tantos Mares siguiendo  dos pasiones, que a un no sé  cuál puede conmigo menos,  y pues el disfraz le da  lugar al común festejo,  de él me valdré, sin que nota   dé mi recato a mi intento. Hidalgo, quien está aquí,  os ha asistido en el riesgo,  desde aquí adelante hará  lo mismo.                               Yo os agradezco  Caballero a un tiempo propio  las dos atenciones; pero  entended, que mi peligro  no pasa de aquel respeto. Pues quién es este señor? No le conocéis? No.                               Luego  sois forastero?                               Es así. De dónde?                               Lo que os ofrezco.  tened entendido, Hidalgo,  que lo demás no es del cuento. Quedo advertido.                               aquí estoy  para todo vuestro empeño. Si fuere menester algo,  aquí estaré, señor Manchego  Pues señor Flamenco, de qué  me conoce?                               Eso a su tiempo. Sea de ese modo.                               Oíd;  quiénes sois Soldado?                               qué es esto? Esto es ser un Santo el Duque,  y no caer.                               No me debo  admirar, que una vez sola  me vio.                               pues calláis? qué es esto?  quiénes sois, Soldado? Responde. No responder, fue creyendo  que me hubiese conocido  V. Excelencia, y darle tiempo  para acordarse de dónde. Veis aquí que no me acuerdo,  que tengo poca memoria. Tendréis mucho entendimiento. Con vos también? Y aun con vos  se sacudirá el mozuelo.   Decid, que causa tuvisteis  para tanto desafuero,  como alterar una Corte? harto grande.                               ya la espero. A Bruselas llegué hoy,  a poco práctico, haciendo  diligencia de buscaros  al Duque de Alba que creo,  que si no viniera, me honrara. Pues decid, no os estoy viendo? Pues sois el gran Duque vos? Pues no me habéis visto? Entiendo?  que donde a mí Vu Excelencia. Cogióme. De medio al medio, Pero en la intención prosigo.  Pasada delante.                               Haciendo  diligencia, como dije,  de buscar al Duque, a tiempo  llegué a un a casa, que estuvo  cerrada, y en ella viendo  una reja abierta, vi   unas Damas, que me dieron  licencia de visitarla,  en fe del impedimento  de la reja que tenía  Apliqué la mano al hierro,  y desencabé la reja,  qué es lo menos que hacer suelo;  entré a lograr mi visita,  y hallando unos hombres dentro,  que fiados en ser muchos,  disimularon el miedo,  los descalambré, y en fin,  esto, señor, no es más que esto. Pues que queda aquí quehacer Que se curen los enfermos. Por damas fue la pendencia?                                                              ha ingrato! Digo, son celos?                               Es rabia En linda ocasión. Ahora que reparo en ello,  como, hidalgos, no miráis,  que estando aquí descubierto  el Duque de Alba, no es justo  que estéis los dos desatentos   de recatados.                               Porque ahora los conoceremos. Nos sirve aquí de ejemplar. Quién? Ese Hidalgo, cubierto  delante de vos.                               Sabed,  que con este Caballero  no hace ninguno ejemplar,  aunque da a todos ejemplo,  y así, descubríos.                               no es fácil Mirad.                               estoy muy resuelto Y yo también. Si ello es fuerza                                                              pagaros lo que aquí os debo,  y no podéis excusar  el lance, aunque yo lo siento  por el Duque, a quien estimo  más que a mi vida, no puedo  faltar a mi obligación,  y así, aquí estoy, Caballero. Flamenquillo aquí esta Ortuño   no tengas de nada miedo. A qué aguardáis no me oís? Excusar quiero el empeño. Infeliz soy; vive Dios. Mal se va poniendo aso. Que habré acogido Lo que os pareciere. Pues esto es so que resuelvo,  que hombre honrado es hombre, a quien  trata el de Alba con respeto:  y así excuso que me vea  Céspedes. Tened secreto,                                                              y una mujer amparad,  si acaso sois Caballero,  a quien le va vi da, y honra  que no la vean. Con menos  teníais para mí harto. Ya pasa de atrevimiento;  llegad, descubridle aprisa. Duque de Alba, si es el duelo  estar descubierto vos,  también yo estoy descubierto, y de mi duelo le excuso. Pues yo del mío le absuelvo.  Esto es, no empeñará quien  paga tan mal. No os entiendo. Ven, Isabel: yo tampoco;  ven, que si falso le encuentro,  de mi cariño olvidado,  y dado a los devaneos  de otro amor, con los rencores  que mi venganza ha dispuesto,  he de hacerle más pedazos,  pero sepamos primero,  si me os vida, y si me agravia,  que ya imaginado llevo  como pueda ser sin nota. Mira que andará Don Diego  loco en busca tuya.                               Suerte  ha sido, que este suceso  no haya visto, y mi pasión  en él.                               Día es más a menos. vamos, quien de vos se fía,                                                              seguro está.                               Yo os lo ofrezco Guárdeos el Cielo mil años.  id con Dios.                               á Dios mancebo. Qué es esto, señor?                               es, Duque  esto que veis.                               No lo entiendo, Pues yo no puedo decirlo. Ni yo quiero ya saberlo. Pues que quedan divertidos,  ven, Ortuño, iré siguiendo  a estos embozados.                               Pues  a qué fin?                               Porque sospecho. Dónde vais?                               no habiendo nada  que hacer aquí, a mi primero  designio.                     y cuál fue?                               buscar  al invencible, Toledo,  generoso Duque de Alba. No os digo que soy el mismo? También yo os digo, que el Duque  me conoce.                               Siendo eso  de esa suerte, es Carlos Quinto  quien quisiese ahora conoceros. También yo a su Majestad  Cesárea; pues a eso vengo,  conocer quisiera, dando  mi vida al ilustre empleo  de su servicio.                               Pues vos  no conocéis, según eso,  al Emperador?                               Yo no. Pues es bueno que hagáis duelo  de que un hombre como el Duque  de Alba, falte a conoceros,  cuando vos no conocéis a Carlos Quinto.                               los hechos  de su grandeza, conocen  los más remotos Desiertos;  y yo aunque a su Majestad  no conozco por si mismo,  le conozco por su fama;  y aunque desigual sujeto,  lo que hay de una luz a un rayo   y de una flor a un lucero,  soy, en su comparación:  me motiva sentimiento.  que quien de mise ha olvidado,  no se acuerde, por lo menos,  de mis hazañas.                               Qué hazañas? Tantas, que es libro pequeño  el volumen de los años  para numerar su exceso Holgareme de saber  algunas.                               Nunca yo cuento  elogios míos a nadie. Ved, Céspedes, que ya quiero  conoceros; que quien gusta  de escuchar vuestros sucesos,  es la Majestad del César, inclinado a vuestro aliento,  y obligado de mi informe. Ahora tenemos esto?  el Emperador, no mas  era el Hidalgo encubierto? qué aguardáis?                               yo señor, cuan do  Qué es eso, Céspedes?                               Esto,  es ver de repente al Sol,  y quedar a su luz ciego;  oír junto de una vez  de todo el mundo el estruendo;  y es darles a los sentidos  improvisamente el lleno  de su efecto a cada uno,  y ocupados en su efecto,  sin socorrerse uno a otro,  quedarse todos suspensos. No se ha disculpado mal;  entendido es. Duque, eso  sabido se estaba ya. Porque señor.                               Porque es cierto,  que no puede haber valor,  donde no hay entendimiento. Cóbrate, que te has turbado. Yo, Ortuño, me lo agradezco,  que al mirar en Carlos Quinto  un hombre a todos supremo,  un supremo sacrificio   debió hacerle mi respeto,  Y este fue mi turbación,  para que sirviese, atento,  a un hombre tan singular,  un tan singular obsequio. No comenzáis?                               Sí señor. Levantarse algún enredo,  que en las hazañas es uso. Verdades tengo yo, necio,  para llenar de alabanzas  a todos cuantos mintieron.  Ya que V. Majestad,  por honor mío, o festejo,  que ocio no cabe, señor,  en vuestro cuidado Regio.  Quiere saber hasta aquí  de mi vida los sucesos:  dos circunstancias excusen  de mis palabras los yerros.  Y es la primera, ofrecerme,  sin frases, y sin aseos,  pero con verdades claras,  a serviros; siendo luego  la segunda, gran señor,   de mi obediencia el empeño. Ya, Céspedes, os escucho. Esto no tiene remedio,  Romanzón hay de hora y media. Oídme, pues.                               ya os atiendo. Yo, Invictísimo Monarca,  cuyo dilatado Imperio,  ocupando tanto, aun viene  a vuestra grandeza estrecho,  Diego de Céspedes soy;  en el Reino de Toledo  nací, en la Villa de Ocaña,  de tan honrados abuelos,  Que siendo muy vano yo,  fueron Hidalgos tan ellos,  que me excuso de nombrarlos,  holgándome de tenerlos.  Desde el día que las luces  vi del Sol, aun sin acuerdo  de conocer que eran luces,  fue tan notable mi aliento,  que a poco más de dos meses  de mi vida, según debo  creer de las experiencias   que después mi mano ha hecho,  y según oí decir  a mis mayores, durmiendo  en la cuna una mañana,  con el descuido de un sueño,  a quien no descomponían,  ni cuidados, ni deseos:  De una escamada serpiente  me sobresaltó el sediento  apetito de robarme  los relieves, que del pecho  dejó en mis labios la sobra  de nuestro primer sustento.  Sentíla, y las manos tiernas  aplicando al duro cuello,  tanto la apreté, estrechando  el camino verdinegro  de su aliento, que soltando  los lazos que hizo en mi pecho,  por sacudirse del nudo,  llenaba de horror el viento:  Ya enroscando las escamas,  ya desarrugando el cuerpo,  hasta que rendida al duro  torcedor, viendo que menos   la apretaba, ya cansado,  todo su cuidado puesto  en una respiración,  pudo lograrla muriendo;  Pues a no aflojar la mano  del primer, tenaz, intento,  aun para salirse el Alma,  no hallara camino abierto.  Dormido dizque me hallaron  De este modo; seria cierto,  que el cansancio de la lucha,  me llamaría al sosiego.  O cierto también seria,  que con mi contrario muerto  me entregaría al descanso;  pues en cualquiera suceso,  se duerme mucho mejor  con un enemigo menos.  De otras cosas singulares  de mi infancia, no pretendo  gran Carlos, daros noticia,  porque si ya no lo ha hecho  la notoriedad, peligra  su certeza en mi recuerdo.  Y porque si ya la fama   lo ha dicho, no hay porque necio  diga yo, lo que por mi  está mi fama diciendo.  Y así, pasando a la edad,  donde ya el entendimiento  pone ley a la razón,  atenta distribuyendo  el Alma a cada sentido  la ocupación de su empleo;  en ella será forzoso  detenerme, y deteneros;  porque desde ella comienzo  la historia de mis progresos,  Bordado del primer bozo,  el labio apenas me vieron  diez y ocho años, cuando ardiente  mi espíritu, o cuando ardiendo  en la noble emulación  de hacerme a todos supremo.  Rendía en la lucha a cuantos  robustos, fuertes mancebos  solicitaban mis brazos,  envidiosos de mi esfuerzo.  Pues ninguno hubo tan fuerte  que al torcido nudo estrecho   hasta caer, se soltase  del cáñamo de mis nervios.  Tirando la barra un día  con un valiente mancebo,  que era la opinión de España,  tan fuerte como soberbio.  Sobre su tiro se puso  a esperar el mío ciego,  o presumido de que  tan largo le hubiese hecho.  Roguele que se apartase  cortes, pero tenaz viendo  su pertinacia, que así tocaba ya en mi desprecio.  Añadí a su barra otra  de treinta libras de peso,  y puesto en la raya el pie,  dando media vuelta al cuerpo.  Con tal violencia arrojé  de la mano los dos hierros,  que el tiro pasaron juntos  las barras, y el hombre, y creo,  Que moverle de allí fue  grande hazaña de mi aliento,  pues no hay en el mundo cosa,   tan pesada como un necio;  Ganaba tan ventajoso,  a todos cuantos quisieron  correr conmigo, que estando  una vez entre mis deudos,  Y otros Hidalgos de Ocaña,  que hay muchos, pero muy buenos,  tratando varias materias,  no sé cómo salió a cuento;  La presteza de mis pies,  a que dijo el uno de ellos,  que apostaría conmigo  a cual llegaría primero  a una parte señalada.  Y yo respondí riendo,  y entendiendo la intención  que venía en el concierto  hizo traer de su casa,  Un caballo, a quien le dieron  forma, y materia sin duda,  todos los cuatro elementos,  pues siendo un vivo tizón  de humo le vistió su fuego.  Y siendo una roca firme  su constancia le dio el suelo,   siendo bergantín su espuma,  agua a los vivientes remos.  Y siendo garza a sus plumas,  le dio su región el viento,  en este pues confiado  me dijo el Hidalgo, estos  Son los pies con que yo corro,  y yo dije, ya lo veo,  mas señalad la carrera,  y sea de los dos premio.  Si yo ganare, el caballo  así como está, y si pierdo  la cantidad que valiere,  y quedando de este acuerdo;  Señalo ya temeroso  de mi público denuedo  una carrera tan larga,  que recele el buen suceso.  Mas fiado de mi propio,  y animado de mí mismo,  montando el de un susto, y yo  quitándome el ferreruelo.  Tan arrebatadamente  partimos que dudó el suelo  de seis estampas hollado,   si le corría dos vientos,  O si seis plantas le crían,  pues siendo los movimientos,  tan sumamente veloces,  tan igualmente eran recios.  Que el golpe de lo pisado,  se desmentía en lo presto;  iguales fuimos gran parte  de la carrera, más viendo  Yo que en el último trozo,  era la igualdad defecto,  dando más fuerza a las plantas,  rompí a la igualdad el medio.  A tiempo que el noble bruto  rindió el fogoso ardimiento,  u de la espuela afligido,  o injuriado del suceso,  Que hasta en brutos españoles,  hay honrados sentimientos,  reventó en fin, y llegando  yo ya victorioso al puesto.  Perdí el caballo, señor,  pero gané el aderezo,  de estos comunes aplausos,  por ordinarios nacieron   Tantas monstruosas envidias,  que hidras unas de otras siendo  a cada cuello cortado  sucedían muchos cuellos.  Aborrecido en mi Patria  fui por singular, defecto,  que es lástima que le tengan  los Españoles, pues siendo.  Luz de todas las Naciones,  logran a los Extranjeros,  las manosas alabanzas,  que unos a otros se dijeron.  Fui envidiado finalmente,  y aborrecido por esto,  pero de ser envidiado,  quedé gustoso en extremo.  Que dar lastima, es desdicha,  y dar envidia trofeo;  mirábanme mis amigos,  con disimulado ceño.  Con vergüenza mis contrarios,  y todos aun mismo tiempo,  me trataban gran, señor,  sin amor, más con respecto.  Creció esta pasión de modo   en mis opuestos, que yendo  a Ciudad Real a unas fiestas  donde en concurso acudieron  Los valientes de la Mancha,  me vi de todos objeto.  llego la tarde de un día,  que entre algunos bruto fieros;  Que lidiaban en el coso,  ya la industria, y ya el esfuerzo,  uno salió tan sañudo,  tan feroz, y tan ligero,  Que desafiando al aire,  le vencía en lo violento,  al horror en lo sañudo.  y al escándalo en lo fiero  Vaya, encendida, la piel,  a quien toscos cabos negros  adornaron, parecía  llama que del carbón seco.  Salía de pies, y manos  a guarnecerle de fuego,  levantado de cerviz,  corto de la mano al pecho.  Ancho de lomo, y probado  de remolinos a trechos   nunca en fiera de su especie  perfectamente se vieron.  Ni lo bruto tan galán,  ni tan hermoso lo feo,  lleno el coso de gemidos,  limpiándole de toreros.  Y reparando en que solo  le había dejado el miedo  por ejercitar la furia,  viendo su sombra severo.  Trabó con su misma sombra  un asalto tan sangriento,  que ya jugando la saetas  ya los dientes esgrimiendo;  Y ya batiendo las manos  por deshacerse a si mismo  en su vana semejanza,  la tierra tiraba al Cielo.  Y recogiendo en las puntas  tal vez algunos fragmentos  que desde el aire bajaban,  los deshacía en el viento,  porque a formar no volviesen  quien le enojase en el suelo.  Mucho rato de la tarde   gastó la atención en esto;  y luego a mise volvió,  como quien dice: este empeño  toca a Céspedes; veamos  como sale de este duelo.  Entendí por los semblantes  las Almas, y de un ligero,  salto, dejé la barrera  en que tenía mi asiento.  Levantóse la algazara  de unos, y otros a este tiempo,  entre victoria, y peligro,  que dudaron, y creyeron.  Llegué al toro, que aguardaba,  admirado del suceso,  y como el que busca, debe  acometer de los recios  torcidos arcos asido,  por donde flechaba incendios  de uno, y otro torno, adonde  me hube menester entero.  Estampé en la arena subía  el grave, nervioso cuerpo:  soltéle, y acometido  otra vez, hice lo mismo,   hasta que a la última lucha,  poniendo el último esfuerzo,  le desencabé la testa  de los doloridos nervios.  Dándome con el postrer  gemido el postrer trofeo.  Aquí fue donde la envidia  imprudente, prorrumpiendo,  me acometió toda junta,  tomando para pretexto,  que sin fiesta había dejado  la Ciudad, el toro muerto.  Saqué la espada valiente,  y necesitado, hiriendo  a cuantos se me acercaron,  y poco a poco saliendo  de la Plaza, y la Ciudad,  me hallé en el campo, de nuevo  enemigos perseguido,  pues todos los Cuadrilleros  de la Hermandad intentaban  prenderme, o matarme; pero  yo me di tan buena maña,  que en espacio muy pequeño,  dejé a la Santa Hermandad   con muchos Hermanos menos.  Volví a Ocaña, donde en muchas  pendencias, a que me dieron  causa las emulaciones,  dejé muchos escarmientos.  Siendo el último de todos  la muerte de un Caballero,  a quien maté en la campaña,  matando en él un empleo  de mi albedrío, pues era  hermano, de todo el bello  extremo de la hermosura,  la discreción, y el aliento.  Matéle, y a mí con él,  pues por su muerte, perdiendo  la esperanza de mi amor,  dejé, de mi amor huyendo,  mi Patria, como si fuera  posible huir de un afecto,  que en todas partes se abriga,  astuto áspid, en mi pecho.  Aventuras del camino  dejo de contar, y dejo  de decir, que paré un coche,  que cuesta abajo corriendo,   seis negras mulas de Almagro  llevaban, no solo haciendo  parar su curso, sino  cejando su movimiento,  y esto lo dejo, señor,  advertido, conociendo,  que nada ha hecho, quien nada  hizo en el servicio vuestro.  Pero atendiendo desde hoy  de esta ventura al empleo,  ambicioso de lograrla,  al pájaro, que en sí mismo  tiene su cuna, y su pira,  venceré el rápido vuelo,  y prendiéndole las alas,  pluma a pluma, deshaciendo  su inmortalidad, haré  de su adorno ceniciento  un catre para mi fama,  y las sobras recogiendo  de su descompuesto aliño,  haré a mi honor un cimero,  que corone la celda  de mis altos pensamientos.  Al de Sajonia rebelde   pondré a vuestros pies, y si esto  fuere poco a vuestro aplauso,  disponed vos el precepto,  pues no hay riesgos, no hay peligros,  no hay temores, no hay recelos,  que mi espíritu acobarden,  que sobresalten mi aliento,  que mi intento retrocedan,  que no logren mis deseos,  y más, Invicto señor,  cuando ya vano me veo,  de ver que habéis escuchado  la historia de mis sucesos. Hombre raro!                               Sí señor,  no os lo dije yo?                               Pues esto  es señor un desayuno,  para lo que habemos hecho, Vos también sois alentado? Si faltara él, era cierto,  que Céspedes me llamaran. Cómo? Como en mil reencuentros,  me he tragado a la fortuna,   y Céspedes no lo ha hecho. A la fortuna? es acción  que pocos la consiguieron. La fortuna de la Mancha,  es de huevos, y torreznos. Quiénes sois en fin?                               Esta espada  os podrá decir su dueño. Pues de quién la espada es? De Ortuño.                               Vos, según eso  sois Ortuño?                               Sí señor,  pero aunque dice el letrero  de Ortuño, por mí lo dice  la fineza de su acero,  que yo le he dado más brío  del que le dio su Maestro;  y esto es hablando de veras. Quién os abona?                               Si puedo  abonarle, yo aseguro,  que es un honrado Manchego. Vamos a acabar del día  lo que falta en los festejos,   de la Ciudad, porque cuando  bañe el Sol nuestro Hemisferio,  con las luces de mañana,  Duque a Brandemburg marchemos  que hasta rendir la soberbia  del de Sajonia, no acierto  a descansar la fatiga.  y vos puesto que el empleo,                                                              solicitáis de servirme,  vuestros honrados alientos  disponed a la jornada,  atendiendo a que pretendo  ocupar vuestro valor,  y premiarle a un mismo tiempo,  porque afición me debéis,  y advertid, que del suceso  de esta tarde no me enojo,  por veros tan forastero,  que es fuerza que no sepáis,  que no ha de haber más estruendos,  tales días que festines,  danzas, músicas, juegos. La ocasión, señor. Ya está  perdonado vuestro exceso.  Señor Céspedes. Señor. Esta noche nos veremos,  que hemos de ser muy amigos. Soy yo muy esclavo vuestro. Vamos Duque                               Plegue a Dios  que con danzas no encontremos. Ortuño, buena fortuna  ha sido la de hoy. No iremos  a alguna hostería de estas  a tomar algún refresco. Tienes hambre? Pero mucha. Aquí están (aunque yo llego  con arto miedo de que  me conozcan) Caballero,  una de aquellas Madamas,  (que fabrique estos enredos.  Leonor) dice que desea,  hablaros con menos riesgo  del que en su casa amenaza,  indignada al valor vuestro  de las de esta tarde digo.  Ya Caballero os entiendo.  no es este uno de los dos  que a mi lado se pusieron. Y que sea, o no que importa,  señor mío, vamos presto,  y a mí no me llama nadie. Pues vamos para qué.                               Esto  es preguntar. Por si acaso  algo en que servirla tengo  a esa señora guiad. Pues la Ribera es el pasto. Si al rio nos desafían  contigo solo es el duelo,  porque yo sé nadar. Plegue a Dios que lo acertemos,  hacia donde será el rio,  pero por aquí dijeron. Rato a que a Isabel aguardo,  pero ya viene con ellos,  válgame la industria a quien  yo ocasionada del tiempo,  sepa sin ser conocida  si debo vengarme, o debo   abandonar los rencores,  que mal hallados recelo,  que quieren huir del blando  hospedaje de mi pecho Allí esta quien os aguarda, Ya ignorada beldad llego.  no sé si lince, o si ciego  a la presencia gallarda  de vuestro hermoso primor,  que con corteses despojos  porque no cieguen los ojos,  da templado el resplandor,  hablad                               A traidor aleve!                                                              más penas disimulemos  hasta que junto apuremos  todo el veneno.                               que os mueve  a callar, mandadme. Ay ingrato! Que obligaros solicito,  ved, que el silencio es delito, Caballero en mí es recato,  y por eso nos decía,  que una de aquellas Madamas   de quien probasteis las llamas,  es muy grande amiga mía;  pidióme que de su parte,  os declarase por ella,  no sé qué llama, o centella  de amor, y aunque en este arte,  no haya estudiado en mi vida  deberos deuda forzosa,  que es la dicha muy hermosa,  sobre ser muy entendida,  es rica, y tiene parientes  Nobles, y esta aficionada  de vos, porque es inclinado  a los hombres muy valientes,  queredia, pero ya vos  visto, habiendo su verdad  la queréis no es la verdad.  Ea para entre los dos?  que os pareció la más bella,  que es la que a vos me ha enviado,  que os parece del agravo  de una, y otra ardiente Estrella;  pero teniendo buen gusto,  como os pudo parecer,  ved lo que he de responder,   porque me tenéis con susto. Mi señora, aunque yo siento,  que gozando la ocasión,  es el disfraz la razón  de vuestro entretenimiento,  por lograrosle diré,  que a esta dama que ideáis  de mi parte le digáis,  que nunca solicité  más de un amor,                               En el agua  cayó, socorredla aprisa, Ay infelice de mí! La corriente no nos deja. Que es ello Ortuño.                               que allí  de una barca que navega  lo rápido de ese río,  dio una mujer una vuelta  hasta el agua, sin que nadie  la socorra                               Mujer, sea  quien fuere a mi vista, no  ha de perecer, licencia  dadme para que a esto ceda,   y esperadme aquí.                               Que hiela  hombre, no te eches al agua. Oíd vos. Que vaya mi abuela. Ved, que contra la corriente  no podrá hacer resistencia. Arrojaos al rio aprisa. Digo Flamenco, y Flamenca,  que os importa que me ahogue  no hayáis miedo que perezca,  y sino mirad que presto  volvió otra vez a la arena,  con la mujer en los brazos,  que será una linda pesca. Válgame el Cielo. Cobrad  el aliento. Será fuerza,                                                              pues vos me amparáis. Doña Ana.  pues que es esto en tan soberbia  fortuna vos.                               Isabel,  es verdad esto, o Novela,  Ella es Doña Ana, señora, Tápate bien no nos vea,  porque si me reconoce,  se echa a perder mi cautela. Ola, Ortuño. Que me mandas? A nuestra posada lleva  a mi señora, Doña Ana,  y haz que un cuarto le prevengan  decente, que yo al instante  te sigo.                               Para que sepas,  Noble Céspedes, qué injusta,  y siempre cruel mi Estrella  me trae desde España a Amberes,  y de Amberes a Bruselas,  en alcance de un traidor.  pero del susto, y la pena,  se vuelve a pasmar el labio. Infeliz Doña Ana bella,  templa ahora las pasiones,  que yo te ofrezco que en ellas  quedes gustosa.                               En la fe  de esa palabra se templan   mis males, y mis injurias. Parte Ortuño, y diligencia,  se hará luego de la ropa. Vamos. La palabra vuestra  de mis pesares me alivia. Bien podéis fiaros de ella,  id con Dios. Quedad con Dios, Señor, da presto la vuelta,  que una jornada te aguarda  mañana, y la noche llega. Por no dejaros aquí,  hasta que me deis licencia,  falto a aquella obligación. En dándome la respuesta  de lo que os dije, podéis iros muy enhorabuena. No mintió, quien me informo,  y pues ya la noche cierra,  le he de matar para ver  si con su muerte granjea  a Leonor, mi amor saliendo  de la celosa sospecha  que me mata.                               Harás muy bien. En fin diréis, chanza sea,  o sea verdad, que adoro  a una distante belleza.  a quien di el Alma en mi Patria,  y perdonad la licencia  de responderos a vos,  pasa tiempo, o verdad sea.  con este desembarazo,  que es en mi naturaleza  tratar la verdad, aunque  contra todo el mundo sea. Felice yo que esto escucho. Partamos de la galea. Mira cómo le sacudes. Llegad todos, que aunque pierda  la vida, le he de matar. Dificultosa es la empresa,  cobardes.                               Dame esa espada. Para eso la truje. Muera.                               A traidores! No es posible  que le hagamos resistencia,  Huyamos. Yo no huyo nunca. La voz de D. Diego es esta,  y pues se arriesga por mí,  razón es que le defienda. Perdí la ocasión, fortuna. Aguardad. No hay porque deba  pasar de aquí vuestro brío. Quien se pone en mi defensa,  es estorbo a mi venganza?  dejadme.                               Ved que resuelta  estoy en que no paséis. Grosería fuera necia,  esforzar más la porfía,  pues confieso, que si fuera  mía el Alma, que no es mía,  a vuestro valor rindiera,  pero que puede rendir,  quien el Alma tiene ajena? Pues más de lo que pensáis  os estimo esa fineza;  id con Dios, Español Noble. Guárdeos el Cielo, Flamenca   valerosa. En qué quedamos? En que me dejé en mi tierra  el albedrío.                               Y decidme,  la jornada que os espera  mañana, qué significa? Ir en servicio del César. Pues tan apriesa?                               No sé,                                                              voz lo que el Alma recela  de ti, pero es ilusión. Seguiré amante sus huellas,                                                              no partís? Quiero, y no puedo. Pues qué os para? Una sospecha,  que no me atrevo a decirla,  aunque me atrevo a tenerla. Y quien la causa?                               El valor  que he visto en vos, pues creyera  ser.                               De quién? De quien adoro.  Engáñase vuestra idea,  que yo para otra os procuro. Dejad que en la duda cuerda  vaya de un engaño dulce,  aunque imposible parezca. Venciste, amor. Piedad, dudas! Id en paz. Quedad con ella. Ay Céspedes, cómo vas?  ay, señora, cómo quedas? IORNADA TERCERA.

JORNADA TERCERA

Vive Dios, que estoy sin mí. Señor, qué tienes? qué es esto?  cuando todo el campo está  alegre, ufano, y contento  con la victoria del César,  pues el orgullo soberbio  de Brandemburg, se ha rendido  a su Católico acero;  Tú solo estás triste?                               Ves,  ese aplauso, ese festejo,  con que altivas se remontan  las Águilas del Imperio?  pues todo para mí es  un torcedor, un tormento,  que ha de acabarme la vida. No dirás la causa?                               Necio,  si sabes (pierdo el sentido)  que a Céspedes aborrezco,  de suerte, que sobran causas  para el odio que le tengo?  si sabes que dio la muerte  a mi primo, a cuyo efecto,   esa ingrata, y yo venimos  aquí a Céspedes siguiendo,  yo a ver mi muerte, pues Carlos  por su valor, y su aliento,  le estima tamo, que aun esta  victoria, que le dio el Cielo,  a su esfuerzo la atribuye,  para que yo pierda el seso?  Y si finalmente, hay triste!  en Doña Leonor advierto,  que el dilatar su venganza,  y no pagar mis afectos,  es, que a Céspedes se inclina,  que me preguntas que tengo,  si ves que reinan en mí  ira, amor, envidia, y celos? Pues como Doña Leonor,  habiendo a su hermano muerto,  puede quererle?                               Veamos  si hace fuerza este argumento;  ella está ofendida?                               Si. Es valerosa.                               En extremo.  Vino a matarle?                               Sin duda. Tuvo ocasión? No la niego. Pues mujer determinada,  que puede, y no quiere hacerlo,  solo amor la obliga, mira  si lo que imagino es cierto,  y así, pues Leonor se olvida  de su ofensa, en mi desprecio,  daré fin, con darle muerte,  a mi venganza, y mis celos. Señor, qué dices? tú quieres  ponerte en tan grande empeño?  con un hombre, que es echarle  hombres, como echar sombreros  a la tarasca, qué intentas?  que se te olvide tan presto  los prodigios que hizo en Flandes  para que tomes ejemplo,  mira lo que en esa Plaza,  segunda vez queda haciendo,  sin haber en todo el campo  quien le aguarde. Por no verlo,   me vine aquí.  Ya presumo,  que le aclama el capo. Cielo  que esto escuche! Y ya triunfante,  llega, señor, a este puesto. Viva, Céspedes, viva,  eterno nombre su valor reciba,  sin que la envidia a mormurar se atreva. Viva mil veces, viva.                               Viva, y beba. En mi vida vi fuerza tan extraña,  vive Dios que es el Hércules de España,  y aun quedo corto mucho,  pues se excedió a sí mismo. Qué esto escucho!  irme quiero de aquí, que de esta suerte  ocasión buscaré de darle muerte. Cuatro herraduras rompe. Eso no alabo,  que es dar en la herradura, y no en el clavo. De nuevo a su valor mi vida ofrezco. Yo, señores Soldados, so agradezco,  pero aquí la alabanza es excusada,   porque pienso, por Dios, que no he hecho nada. Como no? si en el campo están tendidos  más de treinta pobretes.                               Y tullidos,  dense prisa a buscar luchas iguales,  que presto llenara los Hospitales,  que al que abraza apretado,  entra derecho, y sale corcovado. Corrido estoy de oírlos,  tomen ahora aquestos dobloncillos,  con aquesta cadena,  y váyanse por Dios, que me da pena  no tener más que darles.                               Es un rayo. Alejandro contigo, fue un Lacayo. Cada Soldado de estos es un caco. Vayan a mi barraca, entrenla a saco,  que algunos vestidillos habrá en ella. Solo por prendas tuyas será Estrella  con seguirlos ahora el que pudiere. Me llene el diablo a mí si tal creyere. A la barraca.                               Dios os lo reciba. Vítor, Céspedes, vítor, viva, viva. Por Dios señor, que has andado   como un Aquiles, un Héctor  en el campo. Pues Ortuño,  que le debiera a mi aliento  si menos hubiera obrado?  fuera, de que, que trofeo  es vencer treinta gallinas,  fanfarrones, y soberbios,  la toma de Brandemburg,  es la que ahora en extremo  me tiene alegre.                               Por Dios,  que no se te debe menos  en ella, porque tú solo. Basta, Ortuño, que yo creo  que así el Cesar lo conoce,  y el Duque de Alba, a quien debo  las honras que tú habrás visto,  y a mí me sobra por premio,  saber, que así lo conozcan,  para quedar satisfecho.  En fin, día de la Cruz,  de quien devoto en extremo  soy, se ha tomado esta Plaza;  mas dejando a un lado esto;   no reparaste en Bruselas  en la Dama, que cubierto  el rostro me llamó al tío,  a cuyo piadoso esfuerzo,  como redije, debí  la defensa de aquel riesgo?  supiste acaso quién era? Yo? estás loco, ni por pienso,  así lo supieras tú. Vive Dios, que el juicio pierdo,  y si alguno, de quien era  me tomara juramento,  dijera, que era una Dama,  ay de mí, Ortuño! a quien ciego,  por su hermosura la adoro,  y por su rigor la temo. Quién es? Doña Leonor Trillo.                               Qué dices? No nos cansemos,  o es Doña Leonor, Ortuño,  o con su voz mi deseo, Ara, señor, no te canses,  y si tú me dieras.                               Necio   no me mates, dime, es ella? La misma que dices.                               Cielos,  ya las sospechas, son dichas. Y lo que digo, haré bueno. Quién te lo dijo?                               Isabel,  que con aquel traje mismo  la acompaña; yo imagino,  que Leonor te ama en extremo. Pues porqué? Porque te sigue,  y la mujer que siguiendo  viene a un hombre, algo le quiere, Antes me ha dado recelo,  y de nada me aseguro;  pero aguárdate, que creo  que pasa una Procesión  por el campo, y según veo,  en ella triunfando traen  aquel Sagrado Madero,  por ser hoy su día, en gracias  de tan felice suceso. Bien dices.                               Pero qué miro?   cuando todos por el suelo  a la Cruz se humillan, no  ves en un corro de aquellos,  seis Flinflones, que se están  sin quitarse los sombreros?  vive Dios!                               Adónde vas? Espera aquí, que ya vuelvo,  que a hacer voy que se haga Cruces  estos Herejes soberbios. Bien haya quien te parió!  ya les entra sacudiendo;  donde él pusiere la mano,  no habrá menester maestro.  Vive Cristo, que los abre!  señor, dale a ese bermejo,  que ese es dos veces Hereje. Villanos, así pretendo  vengar, en tan vises vidas,  el Culto que reverencio. A ellos, señor. Huyamos. Qué importa? si yo. Qué es esto? El Duque. A mala sazón   viene; yo me templo en vano. Vos con la espada en la mano?  decid luego la ocasión. Señor.                               de vuestra mohína  saber la causa es preciso. Es, que a unos Herejes quiso  enseñarles la Doctrina. Por qué ha sido la pendencia? La causa que he dicho, fue. Decidla presto. Si haré,  pues lo manda V. Excelencia  Yo, señor, en conclusión,  a ser devoto me inclino  de aquel Madero Divino  que obró nuestra Redención  En Procesión le sacaron,  y los pechos que le vieron,  de gozo se enternecieron,  y en el suelo se postraron.  Seis Herejes, con extraña  ceguedad, desprecio hicieron  y cubiertos se estuvieron.  Pensé que estaba en España,   y apurada la paciencia,  acrisolando mi Fe,  a los seis descalabré,  y acabóse la pendencia. Lugar, y tiempo, señor,  primero habéis de mirar,  que es menester hermanar  la prudencia, y el valor,  Que aunque fue tan bueno el fin,  como se deja entender,  en la guerra suele haber por menos que esto un motín.  Aunque reñirle es forzoso,                                                              por ser en esta ocasión,  sabe el Cielo, que la acción  me deja bien envidioso.  Excusad otro alboroto,  señor Céspedes, porque  conviene así; y no pensé  que erais, por Dios, tan devoto  de la Cruz: más ya que el hecho  disculpa vuestra intención,  yo haré que la devoción  os salga muy presto al pecho. Oyes? Hábito tendrás.  Dame, por tan gran favor,  las plantas.                               Andad señor,  que merecéis mucho más,  vos le habéis dado un buen día  al César Céspedes hoy,  y así, yo en su nombre os doy  ahora la compañía,  que fue de Don Iván de Prado. Vuecelencia sabe honrar. Así se debe premiar  a tan valiente Soldado. Desbocado va el caballo,  gran peligro corre el César,  no hay quién le socorra?  Cielos, qué escucho!                               aquí Vuecelencia  espere, que he de librarle. Eso a mí me toca.                               Espera,  tente, que un bizarro joven  con extraña ligereza,  al bruto indócil alcanza,  y en medio de la carreta,   sacando el luciente acero  le desjarretó las piernas. Y al César trae en los brazos. El cielo conmigo sea. Ya, gran señor, más que miro!                                                              Céspedes me vio, estoy muerta,  mas quiero disimular. Cielos, Leonor no es aquella?                                                              mas disimular importa  hasta ver que intento tenga,  sin darme por entendido. Ha gran señor.                               Vuecelencia  no se altere, este es desmayo  nacido de la violencia  del bruto.                               Quieran los cielos  que solo desmayo sea. Ya vuelve.                               Válgame el cielo!  Duque, primo.                               En hora buena  os vean señor mis ojos,  que temí alguna tragedia  en vuestra vida.                               Mejor  lo hizo Dios                               El cielo quiera  guardaros, señor invicto,  para amparo de la Iglesia. Adónde está aquel Soldado,  que cumplió con la fineza  de su lealtad?                               Gran señor  aquí está a las plantas vuestras. El sobrescrito a lo menos  me ha dado muy buenas señas  de vuestro valor, llegad. Solo con besar la tierra  que pisáis, seré dichoso. Decidme la patria vuestra. Señor mi patria es Toledo. Juráralo yo, en la guerra  todos prueban bien, y vos,  yo lo tomo por mi cuenta,  que no seáis el menor  de los que han salido de ella,  cómo os llamáis?                               Yo D. Iván  de Abendaño.                               La nobleza  que tenéis, bien se os conoce  en el brío, y gentileza. El serviros solamente  puede hacer noble a cualquiera. Ha mucho que sois Soldado? Bisoño soy.                               Así empieza  el valor, ahora Don Iván,  yo os hago de una bandera  merced, que para adelante  en los puestos que se ofrezcan  yo me acordaré de vos. Vivas edades eternas. Yo he dado una compañía  hoy a Céspedes, y de ella  puede Don Iván ser Alférez. Esa es para mí honra nueva. Ya es Céspedes Capitán? Y buen Capitán                               Pues tenga  entendido, que también  muy gentil Alférez lleva. Los valientes, gran señor,  se conocen muy apriesa,   y ahora, puede venir  tu Majestad a la tienda  a descansar                               Para mí  no hay descanso que lo sea,  Duque amigo, hasta domar  estas rebeldes cabezas,  que contra Dios, contra el mundo,  nuestra Religión infestan,  Iván Federico me han dicho,  que alojado en la ribera  está del Albis, y así haced que con diligencia  las tropas marchen al Albis. Al punto haré lo que ordenas. Señor, tu causa defiendo,  vuelve por tu causa misma. Señor Alférez Don Iván,  mucho le debo a mi Estrella  en esta dicha.                               Yo a mí  me he dado la norabuena  también señor Capitán,  que aunque yo no sé quién sea  vuestra merced, dice mucho   el talle con la presencia. La vuestra señor Alférez  tan satisfecho me deja,  por vuestro grande valor,  y ser los dos de una tierra,  que os afirmo, que un cuidado  bien grande que dejé en ella,  le habéis traído con vos. Aunque no soy estafeta  de cuidados por ahora  son tantos los que me cercan,  que no lo extraño, y así decidme por Dios cual sea  el vuestro, para que yo  si le he traído le vuelva. Bien disimula, ha tirana! Ha cielos, que me detenga                                                              el amor, y convertir  sepa en agrado la queja! Digo, pues, que cierta dama  de calidad, y de prendas,  por un disgusto que pudo  formarle la contingencia  me olvida ya.                               Que pensáis   todas son de esta manera. Y pienso que quiere a otro. Yo me holgara conocerla  para decirle a esa dama,  que era cargo de conciencia  no pagar vuestra lealtad. Os parecéis tanto a ella,  que con decíroslo a vos,  imagino acá en mi idea,  que ella lo escucha.                               Por D  si habláis de aquesta manera,  que mude de compañía. No hablaré más, pues quisiera  señor Alférez, que fuese  nuestra compañía eterna. A marchar tocan. Pues vamos. Ay amor! los cielos quieran  que halle un medio mi vengan  entre el cariño, y la ofensa. Mi Alférez Doña Leonor,  quien vio tan rara novela! A señor Capitán.                               Qué  me mandáis?                               Saber quisiera  si mi desgracia os olvida  de mí.                               Estoy tan en ella,  que Don Diego de Alvarado  haré que os pague la deuda;  sin duda, hermosa Doña Ana. Solo Céspedes quisiera,  que de mí no os olvidarais. Vos lo dejad por mi cuenta,  que él cumplirá su palabra,  y yo también mi promesa.                                                              De este injusto monstruo ingrato  seguiré amante las huellas,  porque acabe con mi vida,  quitar le obligue a mis finezas. Reniego de tan maldito  oficio.                               Triste estás hoy,  que tienes?                               Amiga estoy  puro marchar marchito,  que un pobrete por la escarcha  marche a una boda, a un bateo,   una merienda, a un burco,  haya, marche, que bien marcha;  pero marchar un soldado,  haciendo honor lo robusto,  ello bien puede ser gusto,  mas es gusto muy cansado. Dime, y el Cesar, porque  de su caballo se apea? Para que consuelo sea  de los que marchan a pie,  a pie marcha, y va delante,  no sé dónde halló esta ley,  de que después de ser Rey  volver pueda a ser Infante. En todo es Príncipe Augusto. Más augusto fuera en todo  yo a ser Príncipe.                               En qué modo? En hacerlo todo augusto,  ejemplo a los míos diera,  y en quejándose un vasallo,  de que iba a pie, y yo a caballo,  me entrara en una litera. Pase la palabra ahora,  que hagan alto.                               Linda frase,  hágase allá el alto, y pase  la palabra mi señora. Para qué este alto será? Para espulgarnos.                               Gracejo.  muy frio.                               Eso en el despejo  de cada pobrete va;  oyes, estos Luteranos  con quien vamos a chocar,  según he oído contar,  son unos malos Cristianos;  y si a espulgarnos se aplican  mientras las suertes se truecan,  y matamos los que pecan,  mataremos los que pican. Mande señor hacer alto  por poner en este sitio  el ejército en batalla,  que la marcha que ha traído,  lleva la gente sedienta,  y como está cerca el rio,  no yendo ya en escuadrones  formados, era preciso   desordenarse, y logrará  la ocasión el enemigo. Yo confieso, que jamás  tan fatigado me he visto  de la sed.                               Eso escucho  Céspedes, y de improviso  se nos quitó de delante,  y temo, que a hacer ha ido  alguna de las que suele. Yo doblar le vi ese risco,  y alejarse de las tropas,  y pensé que había salido  con orden, que de esta suerte  fuera en el valor invicto,  de tan bizarro soldado  menos culpable el peligro. Que disimulado el odio  ha derramado mi primo,  pues acusándole el yerro  con la alabanza del brío  lo refiere por denuedo,  y lo culpa por delito. El viene a sacarnos ya  de duda.  Monarca digno  de más laureles, que estrellas  tiene este azulado libro,  tener sed mostraste y yo  de ardiente celo impelido,  salí a buscar agua, y viendo  tras de ese monte vecino  un pozo, me acerqué a tiempo,  que armados, y prevenidos  diez Sajoneses estaban  en el ministerio mismo.  Pretendí desalojarlos,  y habiéndose defendido,  desbaratando a los cuatro,  puse en huida a los cinco;  y este para que te traiga  el agua viene conmigo. Como quien no dice nada. Ya escampa, y llovían ladrillos. En verle obrar tan bizarro  se enciende más mi cariño. O valor nunca imitado  a esta hazaña, a este servicio,  no hay premio que corresponda,  mas pues diez habéis vencido,   los mismos escudos sobre  cualquiera sueldo os aplico;  venid agora a mis brazos. Tus pies por grandeza elijo. Mi rabia aumenta, y la envidia  verle tan favorecido. Beba Vuestra Majestad. Eso no, Duque amigo,  que fuera a vista de tantos  dar de mi flaqueza indicio,  este mismo daño sienten  otros muchos, si advertimos  en el ejército, y tienen  valor para resistirlo;  pues si a un Monarca supremo  le viesen menos sufrido,  que a un pobre soldado, que  dijeran de mí los siglos Y así, derramando el agua  hago esta acción por mí mismo  porque ningún mal contento  mormurar pueda atrevido,  que en saber sufrir fue menos  que los otros Carlos Quinto. Raro ejemplo de templanza  De celo rato prodigio! Ya la muralla fuerte  de Belburg gran señor se ha descubierto Es venturosa suerte;  las escuadras se acerquen en concierto  que hoy el día ha de ser de más memoria  que los Anales dejen a la historia.  Ya estamos Duque a la vista  de Belburg, que es plaza fuerte,  adonde Iván Federico,  Duque de Sajonia, tiene  todo su ejército junto. Los Electores rebeldes,  de su faceron cautelosos  le amparan, y favorecen. De la Católica Iglesia  el sagrado celo entiende  mi espíritu belicoso,  y no porque ellos me nieguen  el vasallaje me irrito,  sino porque solamente  intento arrancar las torpes  raíces con que el Hereje  de Lutero va infestando  estas Provincias, y hacerles   guerra a todos sus secuaces,  porque de este incendio, de este  contagio, en toda Alemania  vestigio ninguno quede. A no estar, señor, el albis  de por medio, brevemente  viera el rebelde su estrago. El rio es quien le defiende. Su profundidad, señor,  es el estorbo más fuerte. Estando en el mundo yo,  no hay ninguno, porque en este  difícil caso al valor  se ha de apelar solamente. De qué modo?                               El enemigo  César invencible tiene  en la contra puesta orilla  sus barcas, osadamente  pasaré este golfo a nado,  y a sus pequeños bateles,  cortando les las amarras  con la espada, o con los dientes,  que todo en mi fuerza cabe,  los remitiré por puente   en que tu ejército pase. Toda mi atención suspende  su valor.                               Pasmo es del mundo. Noble Céspedes valiente,  menos importa perder  de Belbur la plaza fuerte,  que un Soldado como vos,  y no quiero que se arriesgue  vuestra persona en un lance  imposible de emprenderse. Señor Vuestra Majestad  por cuenta mía lo deje,  que cuando no se consiga  poco en mi vida se pierde.  Españoles valerosos,  cuyos altivos laureles,  exentos del rayo han sido  adorno de tantas frentes.  Vosotros, que del Romano,  siendo emulación a valiente,  más allá de lo posible  os eternizasteis siempre.  A la más heroica empresa  os llama el bronce elocuente   de la fama a ganar nombre;  mirad que un Cesar os mueve,  un Duque de Alba os anima,  para que gloriosamente,  por singular esta, hazaña  entre las suyas se cuente;  Albis en tus ondas frías  recibe este impulso ardiente. Raro valor! con la espada  en la boca el cristal vence. Céspedes invicto aguarda. Tente señor.                               qué es tenerme?  yo sigo a mi Capitán,  y venga lo que viniere. Bizarro espíritu Duque  muestran Capitán, y Alférez. No es mucho ser Rey del mundo  quien estos vasallos tiene. Por la fe de Caballero,  que su despecho merece  premio de eterna memoria. Venciendo van la corriente. Vive Dios que estoy corrido  de que una mujer afrente   mi valor, y he de seguirla,  que para abrasar la nieve  basta el fuego de mis celos. Tras los trece arrojan siete,  o lo que el ejemplo obliga! Vuestra Majestad parece  que se alegra con mirarlos? Pues no queréis que me alegre?  eso sí bizarros hijos,  Duque envidioso me tienen,  y a no ser yo, ser quisiera  Céspedes. O qué valiente!  tenéis razón de envidiarle,  que lo propio me sucede. Yo lo creo.                               Vive Dios  que no hay más que hacer. De suerte,  que vos no hicierais lo mismo? Mucho aprieta los cordeles. Estoy ya viejo señor,  pero si menester fuese  no solamente a las aguas,  a los volcanes ardientes,   arrojándome.                               Teneos,  que todavía estáis verde. En tocándome al valor  siempre me he estado en mis trece. Abrazadme, que esos bríos  me han remozado, de suerte,  que porque no me riñáis,  callo lo que el pecho siente. Ha del rio, vive Dios,  que nadan como unos peces. El fin del caso veamos. Ya de la orilla desprenden  las barcas, y las conducen  para que pasen mis huestes,  o Españoles valerosos Ya se acercan los bateles. Duque el albis nos reciba. Y su espumosa corriente,  se humille a los Estandartes  de quien la Iglesia defiende. Si el rio fuera de Esquivas,  mi sed sirviera de puente,  y le pasara a pie enjuto,  pues le apurara las heces.  Que Carlos de Gante en fe  de su fortuna se atreve  a pasar el Albis?                               Mira,  como conduce su gente  en nuestras barcas, y algunos  nadando ese golfo vienen. Hazaña tan prodigiosa  aún más que de hombres parece. Dispara, derriba.                               Mata. Muchos en las aguas mueren  con los tiros que disparan  los nuestros. Cielos valedme. No temáis D Diego que  mi brazo heroico os defiende. Huyendo van tus soldados. Aguardad, yo haré que esperen. Ya estáis libre del peligro  del agua señor Don Diego,  que lo que estuvo en mi mano  hacer por vos, ya lo he hecho. Confieso que a tu valor  invicto Céspedes debo   la vida, que ya no es mía,  por ser toda de tu aliento.  Herido en aqueste brazo  quedé, sin los movimientos  para nadar, con que ya  me vi anegado en el riesgo.  Tu ligero buzo entonces,  veloz te calaste al centro,  y en los hombros me sacaste,  para que quedase al tiempo  escrita esta noble hazaña,  por timbre de tus trofeos. No quiero que agradezcáis  lo que hice yo por mi mismo,  que hombre que a mi lado tuvo  valor para altos intentos,  de mayor fineza es digno,  mas solo de un modo puedo  decir que fue el beneficio  singular.                               Saberlo espero. Es que le hice por un hombre  que envidioso de mis hechos,  intentó darme la muerte,  y sin acordarme de ello,   le di la vida, que yo  de esta manera me vengo. Yo confieso mi delito,  y si perdonar los yerros  es propio de ánimos nobles. guardad señor Don Diego  no hablemos en esto más,  soy vuestro amigo, y supuesto,  que agradecido os mostráis  de vos un favor espero. qué me mandáis?                               Conocéis Doña Ana de Cisneros,  una señora Española,  que os viene a Flandes siguiendo? Si conozco, y también sé  obligación que la tengo.  Ella de mí se ha valido  para con vos.                               No pasemos  adelante, que por vos,  darle la mano os ofrezco. Sois noble. Vos me enseñáis  Céspedes ilustre, a serlo.  Que haces señor, cuando el César  por el campo discurriendo,  y a su lado el Duque de Alba,  van avanzando a lo grueso,  te quedas con los heridos? Si Ortuño, porque más quiero  yo la vida de un amigo,  que el más glorioso trofeo. Don Diego es tu amigo?                               Si,  vino a mi lado, y por eso  me empeñó para que yo  no le dejase en el riesgo. Vitoria por Federico. Mentís borrachos.                               No puedo  dejar de ir a la batalla,  entre estos sauces cubierto  os quedad, que yo por vos  volveré, si vivo quedo. Eso no, porque la herida  ha sido en el brazo izquierdo,  de suerte que no me estorba,  y pues en la mano tengo  el acero, y tengo vida,   he de emplear el acero. Pues seguidme.                               Vive Dios,  que cada cual es un Héctor,  que me detengo? qué aguardo?  esperad Herejes, perros,  que en vuestro alcance va Ortuño  que es honra de los Manchegos. Viva España, ea Españoles,  seguidme todos, y a ellos. Vitoria por Carlos Quinto. Su nombre heroico aclamemos. A Dios se debe la gloria Y después de él, al inmenso  valor de ese heroico brazo,  digno de renombre eterno. En fin que Iván Federico,  queda vencido!                               Y bien puedo  decir, que Céspedes tuvo  gran parte en este suceso. Apartad. Qué ruido es ese! Es que Céspedes trae preso  al de Sajonia.  A tus pies  Monarca Augusto te ofrezco  rendido a Iván Federico,  de esta manera cumpliendo  con lo que te he pro metido,  bien que de aqueste trofeo,  como dueño de la acción  la gloria al Duque debemos. Señor postrado a tus plantas,  pido el perdón de mis yerros. Quitadle de mi presencia.  y llevadle prisionero,  y a vos Céspedes, por esta  hazaña premiaros quiero  con un hábito, y dos mil  ducados de renta.                               El cielo  aumente vuestras vitorias,  pues otra merced os quiero  pedir gran señor.                               Decid. A vuestra Majestad ruego,  que me case con Don Iván  de Avendaño Qué es aquesto?   estáis en vuestro juicio? El pide lo que deseo Esto señor os suplico. No os entiendo. Yo me entiendo,  que el que tenéis por Don Iván,  es disfrazando el secreto,  Doña Leonor Trillo, a quien  desde mis años primeros,  por su valor, y hermosura  festejé amante, y atento,  y porque yo más dichoso  a su hermano cuerpo a cuerpo  maté en campal desafío,  me vino a Flandes siguiendo,  para tomar la venganza,  que suspender quiso viendo,  que mi diestra en vuestro aplauso  obraba gloriosos hechos,  de su valor hizo alarde,  siempre a mi lado sirviendo  con la atención que habéis visto.  Sed gran señor medianero  para que me dé la mano,  porque se acabe con esto   su rencor, y mi esperanza  logre tan dichoso empleo. Declaróse. Caso extraño! Aún dudo lo que estoy viendo. Señora doña Leonor  huélgome de conoceros.  y de saber que hay mujer  de tan varoniles hechos,  nadie como vos conoce  a Céspedes, y supuesto,  que fuisteis su Alférez, ya  sabréis si es buen compañero,  si vale mi intercesión,  y no se os hace violento,  yo quiero ser el padrino,  y hallarme en la boda quiero,  que todos somos Soldados. Con tan gran favor no puedo.  resistirme, esta es mi mano. Cuerpo de Cristo acabemos. Señor Céspedes lograd  mil años tan noble empleo. A España habéis de ir casado  vos también señor Don Diego,   conocéis aquesta dama? Con mi obligación cumpliendo,  por vos, por ella, y por mí,  que es el motivo primero,  le doy la mano de esposo. Yo con el alma la aceto. Para más triunfo del día,  señor en la Plaza entremos. Y aquí el Hércules de Ocaña  dé fin, perdonad sus yerros.