Texto digital de El hércules de Ocaña
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- Atribución tradicional
- Juan Bautista Diamante
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- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto, modernizado con posterioridad por Adrián Velasco, procede de TESO.
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Velasco, Adrián. Texto digital de El hércules de Ocaña. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/hercules-de-ocana-el.

EL HÉRCULES DE OCAÑA
JORNADA PRIMERA
Qué tienes? qué he de tener? De qué vienes desabrido? He jugado, y he perdido. Pues es milagro perder? Es milagro en mi valor. Qué tiene que ver el juego con el ánimo? Reniego de la fortuna Peor fuera, hermano, otro suceso, porque el perder, y jugar, se remedia con pagar. No está mi pesar en eso, sino en haberme ganado quien me ha ganado. Por qué? Porque no blasone, en fe de ser más afortunado. Lo que la fortuna da, no enoja por desatino. Mudarle el juego imagino, y quizá no ganará. Para qué es bueno picarte? Para desquitar mejor lo perdido. y no es peor, si no puedes desquitarte? que será muy mal contado, y me correré de pillo, que digan; D. Pedro Trillo, hoy de perderse ha enojado. Mi pesar no es indecencia, ni mi enojo lo ha de ser. Para qué es bueno perder el caudal de la paciencia? y aunque disimules más, ya he conocido tu enojo, y si es de la envidia antojo, en rara locura das. Locura es, sentir que pueda nadie excederme, y ganarme, cuando solo el enojarme, para desaviteme queda? Pues de qué te has de enojar? ya sé que tu desazón la causa tu emulación, y fue locura intentar en las fuerzas competir con Céspedes, que en España llaman Hércules de Ocaña, queriendo solo me dijo y dio las tuyas, con tu disgusto; sin que repare lo ardiente, que suele estar lo valiente distante de lo robusto. Por eso quiere al valor apelar mi bizarría. Si mi amor no le desvía de este tema, ay de mi amor! No fuera mejor dejar que le pudiera vencer a fuerzas, que aunque mujer, mejor le puedo igualar yo, que en mi naturaleza tanto excederse procura mi aliento, que mi hermosura se extraña en mi fortaleza? yo, que ligera he podido, con mi veloz movimiento corrido dejar al viento, cuando correr he querido? yo, que en los faltos veras, en esos Prados amenos, que se hace la tierra menos, para que yo falte más? La vara arrojo bizarra, tan ligera, y tan derecha que desmiente como flecha todas las señas de barra. A un carro, cuando a correr las mulas el miedo avisa, bien sé yo, que con más prisa nadie le hace detener. Y aunque por habilidades que dan aliento a mi brío vencerle no desconfió, en fuerzas, ni agilidades. Solo aunque luche mejor con él Trillo, no luchara, porque no se disculpara con la dicha del favor. En la admiración podrás esa ventaja tener, porque siempre en la mujer los aplausos crecen más. En la razón los alcanza mi aliento. Creo tu brío, pero yo solo del mío he de fiar mi venganza. Qué venganza? La que lidia, por secreta oposición, a pesar de tu razón, con la fuerza de mi envidia. Que a los dos tan desigual. voluntad los Cielos den! que a lo que yo quiero bien, quiera mi hermano tan mal? y sino consigo ser de este duelo medianera, bien sabe amor, que en cualquiera de los dos voy a perder. Repórtate hermano, y mira, que ahora estás enojado. Ya estoy, Leonor, reportado el disimular mi ira importa. De esta templanza mal se asegura mi miedo. Porque en declararla, puedo aventurar mi venganza, hoy al campo quiero ir. Sospecha el sitio me da, porque quien al campo va gana tiene de reñir. Luego vuelvo. Mal podré mi susto disimular. Hoy le tengo de matar. Por dónde lo estorbaré? Esto ha de ser. En los dos mucho mi amor aventura. Ya es empeño. Qué locura! A Dios Leonor. Pedro, a Dios, que de mi desasosiego, templar pretendo el dolor con una industria. Leonor! Primo! Doña Ana! D. Diego! A verte, Leonor, venia. Y yo a saber, primo vengo aunque encontrar a D. Ana, es azar de mi deseo; como en la apuesta te fui con Céspedes? A buen tiempo le acuerda fu desazón! Mucho de encontrarme huelgo aquí a D. Diego. Perdí lo que aposté. Yo lo creo, que es el hombre de más fuerzas que hay en España. Por eso, a fuerzas de ganapán, dice el refrán, hierro en medio, Bien dices, pero sin causa el matarle, será yerro. Gracias a Dios, que una vez hable a mi gusto D. Diego. Dígolo, porque hay distancia desde la barra, al acero. Claro está que hay diferencia de la pujanza al aliento. Hoy delante de Leonor, acortaré su desprecio. De cólera no me cabe el corazón en el pecho! Don Diego, pues de esta casa, el cercano parentesco os hace tan dueño, yo, con vuestra licencia, quiero irme, que tengo que hacer. Si puedo ser de provecho, iré con vos. No, que voy. Dónde? A la casa del juego, que allí pienso desquitar mi enojo, o perder de nuevo. Mal engañará al oído, lo que en su semblante veo. Aquesta es buena ocasión Que le dejéis solo siento, y más cuando no tenéis qué hacer aquí. Qué despego! y qué hermosura! no en vano, como la adoro, la temo, para que muera mi amor en la cárcel del silencio. Leonor, si tiene que hacer Eso, Doña Ana, no entiendo, solo entiendo, que mi casa no es palestra de deseos, y así, seguid a mi hermano. Ya señora os obedezco, por no escuchar de D. Ana quejas, que en mí lleva el viento. Seguidle; que importa. Basta para que yo. Deteneos, que a mi honor también le importa. Para eso puede haber tiempo, y no lo habrá para esto otro, según juzga mi recelo. Yo iré en su alcance, Leonor, con mi obligación cumpliendo. Escucha. Qué he de escucharte? Dividida el Alma llevo. Qué cansada es una queja! Qué tirano es un desprecio! Cómo con Trillo te fue? Aunque es muy valiente, no tiene las fuerzas que yo; y ha dado, no sé por qué? en quererme competir, con tanto desasosiego, queja fi reduce el juego a términos de reñir. Él está opuesto conmigo, cuando yo, de buena gana, por lo que quiero a su hermana, me holgara de ser su amigo. De tosco tiene presunción, con que a ser acedo aspira, tanto, que pienso que mira por el zumo de un limón. Conmigo tiene la tema. En la primera ocasión de su enojo, el diaquilón madurará la postema; mas riñendo no se ha de ir, porque es tu valor profundo. Con cuantos hay en el mundo no sintiera no medir la espada, y con él sintiera hacer pruebas del valor, porque idolatro a Leonor, y enojarla no quisiera. Pues yo, con ser tu criado, soy de valiente importuno, solo con ponerme alguno de tu valor desechado, en quien cuarenta Holofernes, Orlandos, y Durandartes en mí hallarán muchos Martes Miércoles, Jueves, y Viernes. Que aunque soy un Labrador, tal vez una espada empuño. Deja locuras, Ortuño, y di, si has visto a Leonor No, pero he visto a Isabel. Qué dijo? que melindrosa encubría, como hermosa, lo piadoso en lo cruel. Entró a ver a Trillo luego su primo, y en el portal me escondí, y vi, por mi mal, al criado de D. Diego por quien yo de celos crujo, por si Isabel le prefiere, que al somormujo la quiere, y me enfada al somormujo; y si hacerla cocos viene, le haré un harnero el redaño. Ortuño, sino me engaño Trillo hacia nosotros viene. él es, y si muy hinchadas trae las temas, claro está, que la postema querrá que le abras a cuchilladas. En vuestra busca he venido. Pues ya me habéis encontrado. Despedid a ese criado. Por qué, si bien le he servido? Porque a solas quiero hablar a Céspedes. A qué aguardas? Voyme, más desde unas bardas el suceso he de escuchar. Ya estamos solos. Pues vamos de Esperanza hacia el Convento Saber no podré el intento, antes que al campo salgamos? pues si habemos de reñir, en saliendo del lugar, lo que la lengua ha de hablar, las manos lo han de decir. Y si la ocasión no fuere justa, no será razón el reñir sin ocasión, y así decídmela. Quiere ver mi emulación bizarra, ya que a todo me vencéis, si con la espada tenéis la dicha que con la barra? si con heroica osadía, con altivo pundonor, desde la fuerza, al valor. salta vuestra valentía? si hacia el honrado interés, vuestros alientos lozanos, corren también con las manos como corren con los pies? y al fin, quiero examinar, con mi valor de este modo, si como ganáis en todo, en todo habéis de ganar? Yo no lo he de resistir, mas si va a decir verdad, venceros en amistad, no es causa para reñir; porque ocasión tan liviana, Qué razón darnos pudiera? (poco por él le temiera, sino temiera a su hermana) y decid. ya, entre los dos, no tenemos que argüir, pues no tengo que decir, más que he de reñir con vos. Mirad, que vamos saliendo al campo. ya lo he mirado, y parece que he tardado, según el llegar pretendo. Tiempo hay, y pues la ocasión no la ha podido vencer, perdone amor, que ha de ser primero mi obligación. De rabia el pecho se quema. ya no tenemos que hablar, pues en el campo he de estar de parte de vuestra tema. Sacad la espada. ya sale a vengar mi airado enojo, No es tan fácil el antojo. que el brío a la fuerza iguale? mas yo le pienso apurar. Aunque Trillo es esforzado, según soy de desgraciado, temo, que le he de matar. De cólera apenas ven mis ojos. Valor extraño! Mas yo porfío. En su daño. Muerto soy. Y yo también; mas ya no tiene remedio, que pude hacer por mi Dama, mas, que aventurar, omiso, el crédito de mi espada? y si la razón me libra, no ocasionar la desgracia de las iras de su enojo, ninguna razón me escapa; pues no le dará en la pena mi sentimiento ventaja, si a manos de su desdicha murió también mi esperanza; sin mí estoy. Señor, advierte, que del intento avisada, sino del triste suceso, que vi desde aquellas tapias, tan airada, como hermosa, Leonor a este sitio baja, de todo el lugar seguida, y de nadie acompañada. Qué dices? No ves la bulla? Si todo el mundo bajara contra mí, no le temiera, y temo a Leonor airada, huir quiero de su vista, que aun desde lejos me abrasa. Quién de mi atención creyera, y quién de mi amor pensara, que por no verá Leonor volviera yo las espaldas? Deja para mejor tiempo todas esas mermeladas, y mira que llega. Tu puedes quedarte a esperarla, a ver cómo sus rigores, aunque sin culpa, me matan. Buena comisión me dejas. Y después irás a casa, pues por aquesta desdicha esfuerza perder a Ocaña; pero si he perdido el gusto Qué importa perder la Patria? Vamos al caso señor, qué he de hacer? Dile a mi hermana, que con mi ropa, te dé lo que hubiere de oro, y plata, y infórmala del suceso. Eso es decirme que traiga, para hacer este viaje, el cofre, y la media manta. Que yo en la Barca de Acequia te espero. Por si te salva la buena fe de tu amor, más que el palo de la Barca. Y dile, Ortuño, a Leonor; pero no la digas nada, pues primero mis suspiros llegarán, que tus palabras; pero bien puedes decirla, como mi pena. Qué aguardas? Bien dices, pues a mi alivio están las puertas cerradas. Yo te alcanzaré muy presto. A Dios, Leonor soberana, aunque tú eres quien me dejas, pues yo te llevo en el Alma. Pardiobre, que de esta vez el trillo dejo, y la arada siguiendo al amo, perdonen los majuelos, y las parvas: pero cuál viene Leonor, ya del suceso informada mezclando pena, y enojo a un tiempo el fuego, y el agua? No rompe toro celoso las cortezas, y las ramas de un árbol, como su furia viento, y tierra despedaza. Qué fuera, que viendo que huye el que sus enojos causa, en mi vengarse quisiera, teniéndome por su capa? quiero retirarme, por no esperarla cara a cara. Muerto mi hermano, y yo viva? Prima mía, las desgracias que ocasiona la desdicha, y la traición no las causa, no digo que no se sientan, pero que se sientan basta. ya sé, primo, que mi hermano, envidioso de la fama de Céspedes, su peligro. se labró con su arrogancia. (Que presto con la disculpa encontró mi amor, mal haya afecto, que aun en la ofensa sabe introducir la maña.) Pero no puedo excusar que mi dolor, que mi saña en canto pesar, se expliquen con el llanto, y con la rabia. Si gustas, mejor será volverte, señora, a casa, que a vista de la desdicha, está sorda la templanza. Antes quiero, que el sangriento espectáculo me vaya disponiendo el corazón a rigores, y a venganzas, para que de él más aprisa todas las piedades salgan. Aquí está la buena pieza de Ortuño. Demonio, calla, he muerto yo a tu señor? Pues qué quieres que le haga? Prenderle, por ser criado de Céspedes. Ay qué gracia! también Angulillo acusa, pues si le doy dos puñadas, yo sé, que por los hocicos, le he de derramar la cara. Pues que, no quieres prenderle Antes quiero que se vaya, porque de aqueste suceso cualquiera memoria mata. Yo la obedezco; algún día, Isabelilla picaña, me lo pagaras, y tú, Lacayuelo de mohatra. Anda, cedazo de mosto. Lobillo casero, anda. Todo el lugar a este sitio viene. Qué haré en pena tanta. cuando están de mi tormento equivocando las ansias, un cariño que me sobra, y un hermano, que me falta? Pero como se introduce, a vista de mi desgracia, esta del Alma ilusión? esta del gusto fantasma? Cuando mi sangre estoy viendo por el suelo derramada sin que mi atención convierta todo mi agrado en venganzas, todo mi cuidado en iras, todo mi desvelo en sañas? esto ha de ser, tú, Don Diego, de llevar el cuerpo trata de mi hermano, que en haciendo sus obsequias, doy palabra a los Cielos, de seguir de Céspedes las pisadas. ya huellen del Mar la espuma, ya de los montes las ramas, ya busquen del Sur el oro, o ya del Norte la plata, y de no volver jamás, hasta mirarme vengada de la muerte de mi hermano, a ver los Muros de Ocaña. Varonil esfuerzo! Mienten las Amazonas, que tanta fama en el mundo tuvieron. con Leonor, y por la barba, pues pueden las Amazonas con ella quedarse en amas. A pesar de las basquiñas, Es machorra de importancia. y has de ir sola a tanta empresa. Cualquier criado me basta. Yo, si tú me das licencia. pues tanta parte me alcanza en la muerte de mi primo, iré de muy buena gana a acompañarte, y servirte. Mas con una circunstancia, que yo sola he de vengarme. con ser tú el que me acompañas. Siempre tu gusto ha de hacer quien a servirte se allana, que ocasión pudo el amor darme más acomodada para lograr mi deseo, y para huir de Doña Ana. Velilla, allá vamos todos. Como deje de ser mandria. bien puede ser. Eso bonda. Que me obligue. Santas Pascuas. Vamos, primo. Leonor, vamos A que mi rigor. Mis ansias, Logre. Consigan. Disponga. Mis deseos. Mis venganzas. muera, muera quien me enoja, aunque sin culpa me agravia. A pesar de mis temores, viva, viva mi esperanza. V. Excelencia, divierta los cuidados mientras pasan la barca los criados, en aquesta Ribera. Patria parece de la Primavera, porque el Tajo la baña, o porque empieza aquí el Abril de España, que de Aranjuez ser término publica, en estar de esmeralda, y plata rica. Del Tajo el blando ruido entretiene la vista, y el oído. Gran gusto es contemplar esta campiña vieja en Octubre, y en el Marzo niña. Así la ociosidad se habrá llenado con ese alivio. Y tanto, que he pensado, que el descanso no gozan de la tierra, los que no están criados en la guerra, que lo que allá nos sobra en cualquier día de la paz se cobra; que un siempre holgarse manso, por ser continuación, ya no es descanso. Yo, casi estoy violento cuando no escucho bélico instrumento, que a marciales empresas apercibe, donde, aun quien muere, para siempre vive. Pero si en parte la atención me halla donde el clarín no alienta, el parche calla, todos los ratos para mí son buenos, con que me huelgo más, a holgarme menos. A la Barca he llegado, solo de mi desdicha acompañado, y su pasaje espera mucha gente, lucida, al parecer, y el que está en frente, de grandeza, y valor, mucho pregona con la callada voz de la persona: saber quién es quisiera. Decid, que no me espere la litera: prevénganme caballo, que sin la gota, en el mejor me hallo. A prevenirle voy. aquí os espero. Quien es, señor, aqueste Caballero, a quién parece que hace el campo salva? Sino le conocéis, el Duque de Alba. Bien conocer pudiera a su Excelencia, que ya me lo había dicho su presencia. Un hombre, con respeto, y con cuidado, en mí, sino me engaño, ha reparado. Cuanto a la vista ofrece, de hombre honrado parece. El Duque en mi repara, y no me atrevo a besarle los pies, porque no es nuevo, el que no es conocido, que pueda peligrar de entremetido. Saber quién es deseo, que es digno el hombre de cualquier empleo. Llamadle. Gran respeto da su fama. Llegad, que el Duque mi señor os llama. Llegaré a besar sus pies. No estéis así, levantaos. A los pies de V. Excelencia estaré más levantado. De vos, por vuestra persona, deseo saber, y tanto, que de vos, más que curioso, me he de informar muy de espacio. Noble en Ocaña nací, y no muy afortunado, que la dicha, y la Nobleza, tal vez suelen ser contrarios. Llámome Diego, señor, de Céspedes. Sois, acaso a quien tanto nombre dan de robusto, y de bizarro, pues del Hércules de Ocaña le acreditan sus aplausos? A varias agilidades me incliné desde muchacho, ejercitando la fuerza, ya en la lucha, ya en el falto, ya haciendo pluma una barra, y ya haciendo plomo un carro, y aunque he apostado con muchos, hasta hoy nadie me ha ganado. Y que causa os ha traído en traje de Cortesano a este paraje? Señor, pues nada puedo negaros, y más cuando vuestra sombra me puede servir de amparo; hoy he dado a un Caballero, (y aun a mí) muerte en el campo, no por ser yo más valiente, por ser él más desgraciado. Es buena maña del brío el alabar al contrario. Y temiendo la Justicia, a quien la lealtad ha dado tanto poder, en la noble atención de los vasallos, como me hallé, me he venido a esperar aquí un criado, que para cualquier intento me traerá lo necesario. Y qué derrota queréis tomar? Ya, la de Soldado, ejercitando las fuerzas de la guerra en el trabajo. Eso me parece bien; que allí matar peleando, de su Rey por la razón, es crédito, y no es enfado. Probar pretendo fortuna en los bélicos Palacios de Marte, donde le logran por los riesgos los aplausos. Para tan honrado intento Flandes os está llamando; el Invicto Carlos Quinto, que guarde Dios muchos años, de su Imperio para gloria, y de la fe para amparo, Plaza de Armas en Bruselas hace, de los Luteranos para castigo, y asombro, de sus rebeldes contrarios, y a mí en Cádiz, de orden suya, la Armada me está esperando, para embarcarse conmigo la gente que se ha juntado para esta empresa, que toda ya va a los Puertos marchando. Y yo la iré recogiendo en los prevenidos vasos, pues desde Cádiz a Flandes he de ir a España costeando. Y yo, en tan buena ocasión, he de seguir vuestros pasos. Y yo os tomo la palabra. De cumplírosla me encargo. Y ahora, porque deseo ver de vuestras fuerzas algo, es verdad lo que me han dicho, que detenéis con las manos una rueda de molino? Si queréis averiguarlo, a ese molino lleguemos, puesto que está tan cercano, veréis, si es verdad, o no. Venga el Molinero, y vamos. A la puerta está. Buen hombre, si el molino está parado, soltadle por mí una presa, que quiero ver un milagro Si haré, señor: este no es Céspedes, pues boro a un canto, aunque más valiente sea, que le he de dejar burlado. Casi parece imposible. Veréislo facilitado, si Dios quiere. Bravo aliento! Ahora veréis si es bravo. Vive el Cielo, que a la piedra más de una presa han echado, pues tanto se me resiste! Pero aunque reviente, en vano la traición ha de vencer. Detúvola, aunque ha brotado sangre, para detenerla. Brava pujanza de brazos! Contra un engaño, a mi costa, os habéis desengañado. Sin verlo, no lo creyera, y aun viéndolo, he de dudarlo. Dadme licencia que vaya a lavar lo ensangrentado. Muy bien lo habréis menester. Pagarámelo el villano. Raro hombre! En fuerzas, señor, nadie podrá aventajarlo. Si tiene tanto valor, yo llevo bravo Soldado. Ay, qué me ha muerto! Qué es eso? Ay, qué me ha descalabrado! no es Céspedes? sí señor. Así castigo, villanos, vuestra malicia. qué ha sido? Perdonadme, si enojado, a vuestra vista, procuro pareceros temerario, porque he tenido razón. Pues en qué os ocasionaron? A la rueda del molino, con malicioso cuidado, habiendo de echarme una, dos presas, señor, me echaron, y fue mucho detenerla, y no reventar, fue harto; pero bien pienso que quedan de su traición castigados. Qué os parece del Mancebo? por mi vida, qué es un rayo! Con tan gran bellaquería, vuestro valor, no me espanto, que se enojase; a esa gente, con dineros acalladlos, que aunque ocasionen, lastiman estos pobres Aldeanos. Yo voy. De vuestra grandeza en todo se ven los rayos. Ya que el criado esperáis a hacer mi jornada parto. Lleve Dios a V. Excelencia con bien. mas decidme, en tanto, Qué hay del intento? Seguiros. Mirad que en eso quedamos. No vi más heroico pecho. No vi aliento más bizarro. Ya Flandes será mi Norte, y aunque es País tan helado, pienso, que no ha de templar el fuego en que yo me abraso, Pero seguiré del Alba las luces, ya que los rayos del Sol de Leonor, se han puesto a mi dicha tan temprano. Qué poco me duró el día! que presto, en mis sobresaltos, marchitando mi esperanza, se echó de la noche el manto! Ortuño tarda, y yo quiero irme a la venta acercando, que ya anochece, y estoy, sino rendido, cansado; pero no es Ortuño aquel? Dame, si quiera, los brazos, aunque haya tardado un poco, de albricias de haberte hallado. Qué traes? tu ropa; el borrico para mí, que soy un asno, y a ti, por ser Caballero, te he traído tu caballo; unas cadenas, mohosas de haberlas guardado tanto, pero valen lo que pesan, y lo que pesa no es barro. un bolsillo de doblones, de reales de a ocho un paño, y esta carta de señora. Y cómo queda? Llorando tu larga ausencia. Y Leonor? Ahí te aprieta el zapato, y para andar, dale una cuchilladita a ese callo. qué dijo? está echa un veneno y téngote por tan blando amador de su hermosura, que te holgaras de tomarlo. Qué dijo? mil perrerías; yo me escapé de sus manos por gran milagro. También yo la quiero por milagro. No sienten con mayor furia cuatro tigres de a diez años. la falta de los hijuelos que el cazador ha robado, como Leonor ha sentido la pérdida de su hermano. De mi desdicha me admito, de su pena no me espanto; mete las caballerías luego al punto, pues estamos a la puerta de la venta, con que saldrás de cuidado Y comerán, y nosotros también comeremos algo. Bien es menester. Yo solo! de caminar vengo harto; a huésped; nadie responde. Ve a acomodar el ganado, que como haya venta basta para aliviar el cansancio. Ya voy Ay Leonor: perderte en mi es el mayor trabajo; a huésped, huésped; ninguno responde? Ortuño has atado las cabalgaduras. Sí; mas válgame San Hilario! Qué tienes? No ves un muerto, tendido de largo a largo? Qué importa, el huésped será, y a aquese Lugar cercano toda la gente habrá ido por la Cruz para enterrarlo; de eso te asustas? y es bueno ver un difunto muy lacio, para la color del rostro? No se ven a cada paso? de cuando acá eres gallina. Con muertos nunca soy gallo. Dios en el Cielo le tenga, y por si, o por no veamos si hay que comer? Para eso ya yo estoy desbalagando. Junto al bufete me siento, por si en el cajón hay algo, aquí está un jarro de vino. Presto diste con el jarro. Por taza no quedará, ni por manteles. Buen plato! Yo quiero poner la mesa, pues ya pan, y queso he hallado; Ortuño, alcanza esa luz. Cuál? la del muerto? el bellaco que tal hiciera. Pues yo la alcanzaré, perdonando el señor huésped. Yo tengo el corazón hecho andrajos, ay señores de mi Alma, sabe Dios que estoy temblando! A fe que no es malo el queso, llega a alcanzar un bocado. No podré, porque los dientes los tengo ya traspillados. Toma un trago. Pues el vino no me sana, estoy muy malo. Brindis, señor huésped, por Dios que es el huésped cortesano, pues para hacer la razón, parece que se ha sentado. Ay; qué se levanta el muerto! diez leguas de aquí te aguardo. Si se acostó sin cenar, y es el camino tan largo que ha hecho hasta la otra vida, lléguese, y tome un bocado; él lo hace como lo digo; el difunto es bien mandado: la luz apagó, no importa, que a este acero, ya estos brazos, ningún horror amedrenta; dónde estas, que no te hallo? Entrad, que en la venta hay ruido. Agradece, temerario, a la Cruz que está a la puerta, de quien eres, en mi agravio, tan devoto, que no fueras a Flandes tú. Caso raro! mas de mi valor anuncia gran fortuna este presagio. Dentro está Céspedes muera. Los Molinos se han juntado, sin duda, en ofensa mía. Entrad, y muera. Despacio, cobardes, que aunque estoy solo, de mí estoy acompañado. El diablo que le resista. La luz se ha caído. Huyamos. Esperad, que para mí son pocos, muchos villanos. IORNADA SEGUNDA.
JORNADA SEGUNDA
Bravo País! Que un Manchego alabe en el mundo nada, que no sea Mancha; que mas hiciere un Gallego? Rara es la aversión que has tomado con Flandes. Si a ti te agrada, a mí no y tómense votos, digo, Hidalgos, cual tomaran, la cerveza de Bruselas, o el tintillo de la Mancha? Que alabe un hombre de bien tiene donde se regalan con purgas, pues la cerveza, si en las boticas se usará venderla, era más que una pócima descomulgada, que en llegando a las narices, le hace echar a un hombre el Alma Y sobre esto cara, y otras mil cosas, que calla el asco, bien haya, amen la Mancha, de los dos Patria, donde al pobrete que llega con sed a cualquiera casa, le dan un jarro de vino, en pidiendo un poco de agua. Mucho te dura el cariño. A mi sí, pero a ti pajas. A mí, no es mucho, que en flor me deje allá una esperanza. Yo en fruto una posesión, con veinte y cinco asanzadas de unas uvas, que cada una puede henchir una tinaja. Mas dime, ya que a Bruselas llegamos, después de tantas fortunas, tantas pendencias, y tantas cositas malas como los dos hemos hecho, aunque todas muy honradas, a qué venimos? aquí, Ortuño, está el Duque de Alba, como has oído, y aquí, asistiendo a la Cesárea Majestad de Carlos Quinto, tengo creído, que aguarda siempre leal ocasión para pasar a Alemania, sirviendo al César, que así lo dice la común fama Vile en las Barcas de Acequia como sabes, y inclinada su grandeza de mi esfuerzo, quedo a mi honor obligada Entonces no le seguí, y porque sabes la causa, la callaré; pero hoy, que sé que en Bruselas se halla, vengo a Bruselas, a ser recuerdo de la palabra que allá me dio su Excelencia, ocupándome en las armas del Emperador Invicto, pues si el Toledo me ampara, haré desde hoy mis venturas iguales a mis desgracias. Qué desgracias, hombre? Tú te quejas? que dejas que hagan, si no te quejas por ellos, los pobres que descalabras? tú hablas mal de las fortunas, cuando en queriendo, le paras, como rueda de molino, la rueda de la inconstancia? Que intentas que no consigas? dime, en ti no son hermanas fortuna, y naturaleza, siendo en los demás cuñadas? Ay Leonor! Ay te pica? pues Céspedes, rasca, rasca la memoria; pero advierte, que es el amor una sarna, que porque la rasquen, pica, y duele cuando la rascan. Pues tú, qué sabes de amor? Pues yo no nací con Alma? no soy Ortuño el de Yepes, si usted el Céspedes de Ocaña. Ay ausente Isabelita. Ya sé que intentan tus chanzas divertir mis pensamientos. Qué es divertirte? engañas, que boto a Cristo, que tengo un amor como una casa. Pregunta por el Palacio. Voy puesto que nadie pasa, a esta casa, a preguntar, mas pienso que está cerrada. Pregunta por esa reja Por dónde? En que reparas! En dos juguetes de nieve, en dos brinquitos de plata, que allá se llaman mozuelas, y en este País Madamas; llégate, llégate. Yo? De qué sirven pataratas? señor mío, doña otra, cuando doña una falta. Cantan? No, pero parece que quieren. A eso llegara. Y entendieras bien la lengua? Es aquí tan estimada la Española, que es posible ser la letra Castellana. Presto saldrás de la duda. Cómo? Como, porque salga limpia la voz, la cantora se barrió ya la garganta. mas ola, que por acá suenan voces, y algazara; ya voy estando mejor con Flandes. Dudo la causa de este regocijo. A estos que las máscaras de caza preguntarse la podemos, puesto que por aquí pasan. Sea bien venido el Cesar de Alemania, adonde, por servirle, el amor se disfraza. Danzad, Españoles, que hoy la lealtad está obligada al gusto. Aunque no entendemos mas que de danzas de espadas, para los dos todo es uno. Ya estoy obediente, damas, á serviros, ya que no se altere por mí la usanza; pero decidme, aunque el tono en la letra me declara algo de lo que procuro, el motivo de que nazca la parte que ignoro. Oíd, y sabréis que fiestas varias. Hoy al César festejan los galanes, y damas, adonde por servirle el amor se disfraza. Tararararara, tarararara. Déjalos ir con mil diablos; que haya quien guste de danzas! bien haya la habilidad que puede hacerse sentada, que no muele al que la tiene y al que la escucha regala! tocar, y cantar, es lindo; solo una cosa en la Mancha me enfada. Y qué es? Zapatear, porque al son de una guitarra, de un tamboril, o pandero se muelen a bofetadas las manos, los pies, los muslos, y muchas veces las caras, Vamos! Mira que parece que canta la que tocaba Pues escuchemos. aquí te llega. Ruido no hagas. Esgrimid contra el amor, del albedrío las armas, que es cobardía en dios a su violencia las Armas. No canta malla Flamenca! Muy bien la letra declara! así el Poeta suspiraba que en el concepto se engaña, porque rendirse al amor, no es cobardía. Ignoraba que tú te habías rendido Quién está en esta armonía? Quien serviros solicita, y quien también deseara dar a entender, que debiera, quien tan dulcemente canta, no deslucía con la letra do que con la vez regala. Para la calle, habéis hecho la proposición muy larga. Pues manda de abrir, la puerta, y hablaremos en la sala. Queréis entrar? Va poquito. Entrad por esa ventana. No da licencia la reja. Pues andad con Dios. Madama, y si por la reja entramos, lo sentiréis? A qué causa? Pues advertid que entraremos. Oh qué Española arrogancia! id con Dios. Primero quiero, que veáis, que lo que hablan los Españoles, lo cumplen, pues si mi intento estorbara un monte, del mismo modo que esta reja, le arrancara Búrlense con Cespedillos, como si fuera de masa! Huye Nise. Muerta estoy! Prevengan dos almohadas, que vamos a la visita. Si más adelante pasa vuestra osadía, veréis cómo queda castigarla. No penséis que estamos solas. Mas que estéis acompañadas. Arnesto, Filipo. Enrique. La casa esta alborotada. Pues aquí no hay más remedio. Qué? que entrar a sosegarla, dando muchos torniscones a estos Arnestos que llaman estas señoras, que a mí para enfurecerme basta, que haya quien piense, que hay en Españoles jactancia, lo que es valor; ven que luego veremos al Duque de Alba. Salgan cubas de cerveza por puertas, y por ventanas. Mucho debo Duque amigo a la Flamenca lealtad. Y quiere tu Majestad ser de la deuda testigo. Para poderlo notar, disfrazado así he venido. Y yo gran, señor, molido. De qué Duque? De danzar, pues porque no forme quena de estas máscaras ninguna en todas las calles, una nos toma, y otra nos deja. Es en festines usada, esta llaneza en Bruselas. Bailar con botas, y espuelas, es cosa muy descansada. Vos os cansáis fácilmente. Y vos, señor? En verdad que no. Con la mocedad, ningún trabajo se siente. Sentémonos sin porfías. Y que dirán los mirones de ver que dos rapagones se cansen de niñerías Duque de Alba. Gran, señor. La edad no se ha de contar, Si eso pudierais mandar, fuerais, Santo Emperador. Muera el Español, amigos, Sino os socorréis del miedo a mis manos. Y a las mías, mala la hubistes Flamencos. muera. A Céspedes vinagres queríais matar? Qué es eso? Céspedes dijo? la banda te pon en el rostro. A ellos Qué es esto Duque? Señor, que de un Español mancebo, sale huyendo de una casa, una sarta de Flamencos, y pienso que le conozco. A todo Bruselas, menos al Emperador, y al Duque haré pedazos. Huyendo vamos de su furia. Huyamos. Muerto soy. Ay qué me ha muerto! Gran día de Sacristanes. Por Dios que sacude recio el Español. Duque aprisa, porque no ofrezca el estruendo, descubríos a esa gente. Digo, señor, no veremos otro poco de pendencia, que riñe el Españolejo, como un mismo Satanás. Andad, que no es tiempo de eso pues si crece más la gente, que le han de matar recelo. Es afición. Sí, señor, pues por excusar el riesgo de un Español, y como este aventurara yo un Reino, id, iré yo. Para que, si los que vienen huyendo nos le traen aquí. Llegad con el rostro descubierto. Esperad, caballa. Huyamos, que se ha soltado el Infierno. Que aguardáis vosotros. Dale a ese pelibermejo, Teneos, ola, no me veis, A gallinas. A conejos. El Duque de Alba es, Ortuño, Y estos que se nos pusieron al lado, quiénes son? Serán algunos Nobles Flamencos. algunos Nobles Flamencos. Quiero fingir que le riño; como, Español desatento. Céspedes es vive Dios; pero volvamos al cuento, que esto importa por ahora: como, Hidalgo, poco cuerdo, en tiempo que la quietud nos tiene el uso suspenso de las Armas, dispensando el ocio de los festejos; no encuentro con la mohína de enamorado a su aliento. Reñidle, que os entibiáis. Si supierais quien es, creo que me mandarais honrarle. Pues quién es? Céspedes, y esto es lo más que hay que decir, aunque parezca lo menos. quién es Céspedes? Un hombre tal, que si vuestro respeto, y el mío, por vos, aquí no le enfrenara, es muy cierto que os dejara hoy a Bruselas despoblada de Flamencos. Duque. Pues no os sonriáis, que no es encarecimiento. Pues gobernad vos el lance. Escuchad como lo intento. Por no enojarme aun de burlas, con un Español, hago esto. Algún riesgo le imagino de esta consulta, y resuelvo con voz fingida alentarle a que le excuse, que puesto que hayan de lidiar después venganza, y cariño, esto le debo a la obligación que hoy a su lado me ha puesto, y a la deuda de Venus por tantos Mares siguiendo dos pasiones, que a un no sé cuál puede conmigo menos, y pues el disfraz le da lugar al común festejo, de él me valdré, sin que nota dé mi recato a mi intento. Hidalgo, quien está aquí, os ha asistido en el riesgo, desde aquí adelante hará lo mismo. Yo os agradezco Caballero a un tiempo propio las dos atenciones; pero entended, que mi peligro no pasa de aquel respeto. Pues quién es este señor? No le conocéis? No. Luego sois forastero? Es así. De dónde? Lo que os ofrezco. tened entendido, Hidalgo, que lo demás no es del cuento. Quedo advertido. aquí estoy para todo vuestro empeño. Si fuere menester algo, aquí estaré, señor Manchego Pues señor Flamenco, de qué me conoce? Eso a su tiempo. Sea de ese modo. Oíd; quiénes sois Soldado? qué es esto? Esto es ser un Santo el Duque, y no caer. No me debo admirar, que una vez sola me vio. pues calláis? qué es esto? quiénes sois, Soldado? Responde. No responder, fue creyendo que me hubiese conocido V. Excelencia, y darle tiempo para acordarse de dónde. Veis aquí que no me acuerdo, que tengo poca memoria. Tendréis mucho entendimiento. Con vos también? Y aun con vos se sacudirá el mozuelo. Decid, que causa tuvisteis para tanto desafuero, como alterar una Corte? harto grande. ya la espero. A Bruselas llegué hoy, a poco práctico, haciendo diligencia de buscaros al Duque de Alba que creo, que si no viniera, me honrara. Pues decid, no os estoy viendo? Pues sois el gran Duque vos? Pues no me habéis visto? Entiendo? que donde a mí Vu Excelencia. Cogióme. De medio al medio, Pero en la intención prosigo. Pasada delante. Haciendo diligencia, como dije, de buscar al Duque, a tiempo llegué a un a casa, que estuvo cerrada, y en ella viendo una reja abierta, vi unas Damas, que me dieron licencia de visitarla, en fe del impedimento de la reja que tenía Apliqué la mano al hierro, y desencabé la reja, qué es lo menos que hacer suelo; entré a lograr mi visita, y hallando unos hombres dentro, que fiados en ser muchos, disimularon el miedo, los descalambré, y en fin, esto, señor, no es más que esto. Pues que queda aquí quehacer Que se curen los enfermos. Por damas fue la pendencia? ha ingrato! Digo, son celos? Es rabia En linda ocasión. Ahora que reparo en ello, como, hidalgos, no miráis, que estando aquí descubierto el Duque de Alba, no es justo que estéis los dos desatentos de recatados. Porque ahora los conoceremos. Nos sirve aquí de ejemplar. Quién? Ese Hidalgo, cubierto delante de vos. Sabed, que con este Caballero no hace ninguno ejemplar, aunque da a todos ejemplo, y así, descubríos. no es fácil Mirad. estoy muy resuelto Y yo también. Si ello es fuerza pagaros lo que aquí os debo, y no podéis excusar el lance, aunque yo lo siento por el Duque, a quien estimo más que a mi vida, no puedo faltar a mi obligación, y así, aquí estoy, Caballero. Flamenquillo aquí esta Ortuño no tengas de nada miedo. A qué aguardáis no me oís? Excusar quiero el empeño. Infeliz soy; vive Dios. Mal se va poniendo aso. Que habré acogido Lo que os pareciere. Pues esto es so que resuelvo, que hombre honrado es hombre, a quien trata el de Alba con respeto: y así excuso que me vea Céspedes. Tened secreto, y una mujer amparad, si acaso sois Caballero, a quien le va vi da, y honra que no la vean. Con menos teníais para mí harto. Ya pasa de atrevimiento; llegad, descubridle aprisa. Duque de Alba, si es el duelo estar descubierto vos, también yo estoy descubierto, y de mi duelo le excuso. Pues yo del mío le absuelvo. Esto es, no empeñará quien paga tan mal. No os entiendo. Ven, Isabel: yo tampoco; ven, que si falso le encuentro, de mi cariño olvidado, y dado a los devaneos de otro amor, con los rencores que mi venganza ha dispuesto, he de hacerle más pedazos, pero sepamos primero, si me os vida, y si me agravia, que ya imaginado llevo como pueda ser sin nota. Mira que andará Don Diego loco en busca tuya. Suerte ha sido, que este suceso no haya visto, y mi pasión en él. Día es más a menos. vamos, quien de vos se fía, seguro está. Yo os lo ofrezco Guárdeos el Cielo mil años. id con Dios. á Dios mancebo. Qué es esto, señor? es, Duque esto que veis. No lo entiendo, Pues yo no puedo decirlo. Ni yo quiero ya saberlo. Pues que quedan divertidos, ven, Ortuño, iré siguiendo a estos embozados. Pues a qué fin? Porque sospecho. Dónde vais? no habiendo nada que hacer aquí, a mi primero designio. y cuál fue? buscar al invencible, Toledo, generoso Duque de Alba. No os digo que soy el mismo? También yo os digo, que el Duque me conoce. Siendo eso de esa suerte, es Carlos Quinto quien quisiese ahora conoceros. También yo a su Majestad Cesárea; pues a eso vengo, conocer quisiera, dando mi vida al ilustre empleo de su servicio. Pues vos no conocéis, según eso, al Emperador? Yo no. Pues es bueno que hagáis duelo de que un hombre como el Duque de Alba, falte a conoceros, cuando vos no conocéis a Carlos Quinto. los hechos de su grandeza, conocen los más remotos Desiertos; y yo aunque a su Majestad no conozco por si mismo, le conozco por su fama; y aunque desigual sujeto, lo que hay de una luz a un rayo y de una flor a un lucero, soy, en su comparación: me motiva sentimiento. que quien de mise ha olvidado, no se acuerde, por lo menos, de mis hazañas. Qué hazañas? Tantas, que es libro pequeño el volumen de los años para numerar su exceso Holgareme de saber algunas. Nunca yo cuento elogios míos a nadie. Ved, Céspedes, que ya quiero conoceros; que quien gusta de escuchar vuestros sucesos, es la Majestad del César, inclinado a vuestro aliento, y obligado de mi informe. Ahora tenemos esto? el Emperador, no mas era el Hidalgo encubierto? qué aguardáis? yo señor, cuan do Qué es eso, Céspedes? Esto, es ver de repente al Sol, y quedar a su luz ciego; oír junto de una vez de todo el mundo el estruendo; y es darles a los sentidos improvisamente el lleno de su efecto a cada uno, y ocupados en su efecto, sin socorrerse uno a otro, quedarse todos suspensos. No se ha disculpado mal; entendido es. Duque, eso sabido se estaba ya. Porque señor. Porque es cierto, que no puede haber valor, donde no hay entendimiento. Cóbrate, que te has turbado. Yo, Ortuño, me lo agradezco, que al mirar en Carlos Quinto un hombre a todos supremo, un supremo sacrificio debió hacerle mi respeto, Y este fue mi turbación, para que sirviese, atento, a un hombre tan singular, un tan singular obsequio. No comenzáis? Sí señor. Levantarse algún enredo, que en las hazañas es uso. Verdades tengo yo, necio, para llenar de alabanzas a todos cuantos mintieron. Ya que V. Majestad, por honor mío, o festejo, que ocio no cabe, señor, en vuestro cuidado Regio. Quiere saber hasta aquí de mi vida los sucesos: dos circunstancias excusen de mis palabras los yerros. Y es la primera, ofrecerme, sin frases, y sin aseos, pero con verdades claras, a serviros; siendo luego la segunda, gran señor, de mi obediencia el empeño. Ya, Céspedes, os escucho. Esto no tiene remedio, Romanzón hay de hora y media. Oídme, pues. ya os atiendo. Yo, Invictísimo Monarca, cuyo dilatado Imperio, ocupando tanto, aun viene a vuestra grandeza estrecho, Diego de Céspedes soy; en el Reino de Toledo nací, en la Villa de Ocaña, de tan honrados abuelos, Que siendo muy vano yo, fueron Hidalgos tan ellos, que me excuso de nombrarlos, holgándome de tenerlos. Desde el día que las luces vi del Sol, aun sin acuerdo de conocer que eran luces, fue tan notable mi aliento, que a poco más de dos meses de mi vida, según debo creer de las experiencias que después mi mano ha hecho, y según oí decir a mis mayores, durmiendo en la cuna una mañana, con el descuido de un sueño, a quien no descomponían, ni cuidados, ni deseos: De una escamada serpiente me sobresaltó el sediento apetito de robarme los relieves, que del pecho dejó en mis labios la sobra de nuestro primer sustento. Sentíla, y las manos tiernas aplicando al duro cuello, tanto la apreté, estrechando el camino verdinegro de su aliento, que soltando los lazos que hizo en mi pecho, por sacudirse del nudo, llenaba de horror el viento: Ya enroscando las escamas, ya desarrugando el cuerpo, hasta que rendida al duro torcedor, viendo que menos la apretaba, ya cansado, todo su cuidado puesto en una respiración, pudo lograrla muriendo; Pues a no aflojar la mano del primer, tenaz, intento, aun para salirse el Alma, no hallara camino abierto. Dormido dizque me hallaron De este modo; seria cierto, que el cansancio de la lucha, me llamaría al sosiego. O cierto también seria, que con mi contrario muerto me entregaría al descanso; pues en cualquiera suceso, se duerme mucho mejor con un enemigo menos. De otras cosas singulares de mi infancia, no pretendo gran Carlos, daros noticia, porque si ya no lo ha hecho la notoriedad, peligra su certeza en mi recuerdo. Y porque si ya la fama lo ha dicho, no hay porque necio diga yo, lo que por mi está mi fama diciendo. Y así, pasando a la edad, donde ya el entendimiento pone ley a la razón, atenta distribuyendo el Alma a cada sentido la ocupación de su empleo; en ella será forzoso detenerme, y deteneros; porque desde ella comienzo la historia de mis progresos, Bordado del primer bozo, el labio apenas me vieron diez y ocho años, cuando ardiente mi espíritu, o cuando ardiendo en la noble emulación de hacerme a todos supremo. Rendía en la lucha a cuantos robustos, fuertes mancebos solicitaban mis brazos, envidiosos de mi esfuerzo. Pues ninguno hubo tan fuerte que al torcido nudo estrecho hasta caer, se soltase del cáñamo de mis nervios. Tirando la barra un día con un valiente mancebo, que era la opinión de España, tan fuerte como soberbio. Sobre su tiro se puso a esperar el mío ciego, o presumido de que tan largo le hubiese hecho. Roguele que se apartase cortes, pero tenaz viendo su pertinacia, que así tocaba ya en mi desprecio. Añadí a su barra otra de treinta libras de peso, y puesto en la raya el pie, dando media vuelta al cuerpo. Con tal violencia arrojé de la mano los dos hierros, que el tiro pasaron juntos las barras, y el hombre, y creo, Que moverle de allí fue grande hazaña de mi aliento, pues no hay en el mundo cosa, tan pesada como un necio; Ganaba tan ventajoso, a todos cuantos quisieron correr conmigo, que estando una vez entre mis deudos, Y otros Hidalgos de Ocaña, que hay muchos, pero muy buenos, tratando varias materias, no sé cómo salió a cuento; La presteza de mis pies, a que dijo el uno de ellos, que apostaría conmigo a cual llegaría primero a una parte señalada. Y yo respondí riendo, y entendiendo la intención que venía en el concierto hizo traer de su casa, Un caballo, a quien le dieron forma, y materia sin duda, todos los cuatro elementos, pues siendo un vivo tizón de humo le vistió su fuego. Y siendo una roca firme su constancia le dio el suelo, siendo bergantín su espuma, agua a los vivientes remos. Y siendo garza a sus plumas, le dio su región el viento, en este pues confiado me dijo el Hidalgo, estos Son los pies con que yo corro, y yo dije, ya lo veo, mas señalad la carrera, y sea de los dos premio. Si yo ganare, el caballo así como está, y si pierdo la cantidad que valiere, y quedando de este acuerdo; Señalo ya temeroso de mi público denuedo una carrera tan larga, que recele el buen suceso. Mas fiado de mi propio, y animado de mí mismo, montando el de un susto, y yo quitándome el ferreruelo. Tan arrebatadamente partimos que dudó el suelo de seis estampas hollado, si le corría dos vientos, O si seis plantas le crían, pues siendo los movimientos, tan sumamente veloces, tan igualmente eran recios. Que el golpe de lo pisado, se desmentía en lo presto; iguales fuimos gran parte de la carrera, más viendo Yo que en el último trozo, era la igualdad defecto, dando más fuerza a las plantas, rompí a la igualdad el medio. A tiempo que el noble bruto rindió el fogoso ardimiento, u de la espuela afligido, o injuriado del suceso, Que hasta en brutos españoles, hay honrados sentimientos, reventó en fin, y llegando yo ya victorioso al puesto. Perdí el caballo, señor, pero gané el aderezo, de estos comunes aplausos, por ordinarios nacieron Tantas monstruosas envidias, que hidras unas de otras siendo a cada cuello cortado sucedían muchos cuellos. Aborrecido en mi Patria fui por singular, defecto, que es lástima que le tengan los Españoles, pues siendo. Luz de todas las Naciones, logran a los Extranjeros, las manosas alabanzas, que unos a otros se dijeron. Fui envidiado finalmente, y aborrecido por esto, pero de ser envidiado, quedé gustoso en extremo. Que dar lastima, es desdicha, y dar envidia trofeo; mirábanme mis amigos, con disimulado ceño. Con vergüenza mis contrarios, y todos aun mismo tiempo, me trataban gran, señor, sin amor, más con respecto. Creció esta pasión de modo en mis opuestos, que yendo a Ciudad Real a unas fiestas donde en concurso acudieron Los valientes de la Mancha, me vi de todos objeto. llego la tarde de un día, que entre algunos bruto fieros; Que lidiaban en el coso, ya la industria, y ya el esfuerzo, uno salió tan sañudo, tan feroz, y tan ligero, Que desafiando al aire, le vencía en lo violento, al horror en lo sañudo. y al escándalo en lo fiero Vaya, encendida, la piel, a quien toscos cabos negros adornaron, parecía llama que del carbón seco. Salía de pies, y manos a guarnecerle de fuego, levantado de cerviz, corto de la mano al pecho. Ancho de lomo, y probado de remolinos a trechos nunca en fiera de su especie perfectamente se vieron. Ni lo bruto tan galán, ni tan hermoso lo feo, lleno el coso de gemidos, limpiándole de toreros. Y reparando en que solo le había dejado el miedo por ejercitar la furia, viendo su sombra severo. Trabó con su misma sombra un asalto tan sangriento, que ya jugando la saetas ya los dientes esgrimiendo; Y ya batiendo las manos por deshacerse a si mismo en su vana semejanza, la tierra tiraba al Cielo. Y recogiendo en las puntas tal vez algunos fragmentos que desde el aire bajaban, los deshacía en el viento, porque a formar no volviesen quien le enojase en el suelo. Mucho rato de la tarde gastó la atención en esto; y luego a mise volvió, como quien dice: este empeño toca a Céspedes; veamos como sale de este duelo. Entendí por los semblantes las Almas, y de un ligero, salto, dejé la barrera en que tenía mi asiento. Levantóse la algazara de unos, y otros a este tiempo, entre victoria, y peligro, que dudaron, y creyeron. Llegué al toro, que aguardaba, admirado del suceso, y como el que busca, debe acometer de los recios torcidos arcos asido, por donde flechaba incendios de uno, y otro torno, adonde me hube menester entero. Estampé en la arena subía el grave, nervioso cuerpo: soltéle, y acometido otra vez, hice lo mismo, hasta que a la última lucha, poniendo el último esfuerzo, le desencabé la testa de los doloridos nervios. Dándome con el postrer gemido el postrer trofeo. Aquí fue donde la envidia imprudente, prorrumpiendo, me acometió toda junta, tomando para pretexto, que sin fiesta había dejado la Ciudad, el toro muerto. Saqué la espada valiente, y necesitado, hiriendo a cuantos se me acercaron, y poco a poco saliendo de la Plaza, y la Ciudad, me hallé en el campo, de nuevo enemigos perseguido, pues todos los Cuadrilleros de la Hermandad intentaban prenderme, o matarme; pero yo me di tan buena maña, que en espacio muy pequeño, dejé a la Santa Hermandad con muchos Hermanos menos. Volví a Ocaña, donde en muchas pendencias, a que me dieron causa las emulaciones, dejé muchos escarmientos. Siendo el último de todos la muerte de un Caballero, a quien maté en la campaña, matando en él un empleo de mi albedrío, pues era hermano, de todo el bello extremo de la hermosura, la discreción, y el aliento. Matéle, y a mí con él, pues por su muerte, perdiendo la esperanza de mi amor, dejé, de mi amor huyendo, mi Patria, como si fuera posible huir de un afecto, que en todas partes se abriga, astuto áspid, en mi pecho. Aventuras del camino dejo de contar, y dejo de decir, que paré un coche, que cuesta abajo corriendo, seis negras mulas de Almagro llevaban, no solo haciendo parar su curso, sino cejando su movimiento, y esto lo dejo, señor, advertido, conociendo, que nada ha hecho, quien nada hizo en el servicio vuestro. Pero atendiendo desde hoy de esta ventura al empleo, ambicioso de lograrla, al pájaro, que en sí mismo tiene su cuna, y su pira, venceré el rápido vuelo, y prendiéndole las alas, pluma a pluma, deshaciendo su inmortalidad, haré de su adorno ceniciento un catre para mi fama, y las sobras recogiendo de su descompuesto aliño, haré a mi honor un cimero, que corone la celda de mis altos pensamientos. Al de Sajonia rebelde pondré a vuestros pies, y si esto fuere poco a vuestro aplauso, disponed vos el precepto, pues no hay riesgos, no hay peligros, no hay temores, no hay recelos, que mi espíritu acobarden, que sobresalten mi aliento, que mi intento retrocedan, que no logren mis deseos, y más, Invicto señor, cuando ya vano me veo, de ver que habéis escuchado la historia de mis sucesos. Hombre raro! Sí señor, no os lo dije yo? Pues esto es señor un desayuno, para lo que habemos hecho, Vos también sois alentado? Si faltara él, era cierto, que Céspedes me llamaran. Cómo? Como en mil reencuentros, me he tragado a la fortuna, y Céspedes no lo ha hecho. A la fortuna? es acción que pocos la consiguieron. La fortuna de la Mancha, es de huevos, y torreznos. Quiénes sois en fin? Esta espada os podrá decir su dueño. Pues de quién la espada es? De Ortuño. Vos, según eso sois Ortuño? Sí señor, pero aunque dice el letrero de Ortuño, por mí lo dice la fineza de su acero, que yo le he dado más brío del que le dio su Maestro; y esto es hablando de veras. Quién os abona? Si puedo abonarle, yo aseguro, que es un honrado Manchego. Vamos a acabar del día lo que falta en los festejos, de la Ciudad, porque cuando bañe el Sol nuestro Hemisferio, con las luces de mañana, Duque a Brandemburg marchemos que hasta rendir la soberbia del de Sajonia, no acierto a descansar la fatiga. y vos puesto que el empleo, solicitáis de servirme, vuestros honrados alientos disponed a la jornada, atendiendo a que pretendo ocupar vuestro valor, y premiarle a un mismo tiempo, porque afición me debéis, y advertid, que del suceso de esta tarde no me enojo, por veros tan forastero, que es fuerza que no sepáis, que no ha de haber más estruendos, tales días que festines, danzas, músicas, juegos. La ocasión, señor. Ya está perdonado vuestro exceso. Señor Céspedes. Señor. Esta noche nos veremos, que hemos de ser muy amigos. Soy yo muy esclavo vuestro. Vamos Duque Plegue a Dios que con danzas no encontremos. Ortuño, buena fortuna ha sido la de hoy. No iremos a alguna hostería de estas a tomar algún refresco. Tienes hambre? Pero mucha. Aquí están (aunque yo llego con arto miedo de que me conozcan) Caballero, una de aquellas Madamas, (que fabrique estos enredos. Leonor) dice que desea, hablaros con menos riesgo del que en su casa amenaza, indignada al valor vuestro de las de esta tarde digo. Ya Caballero os entiendo. no es este uno de los dos que a mi lado se pusieron. Y que sea, o no que importa, señor mío, vamos presto, y a mí no me llama nadie. Pues vamos para qué. Esto es preguntar. Por si acaso algo en que servirla tengo a esa señora guiad. Pues la Ribera es el pasto. Si al rio nos desafían contigo solo es el duelo, porque yo sé nadar. Plegue a Dios que lo acertemos, hacia donde será el rio, pero por aquí dijeron. Rato a que a Isabel aguardo, pero ya viene con ellos, válgame la industria a quien yo ocasionada del tiempo, sepa sin ser conocida si debo vengarme, o debo abandonar los rencores, que mal hallados recelo, que quieren huir del blando hospedaje de mi pecho Allí esta quien os aguarda, Ya ignorada beldad llego. no sé si lince, o si ciego a la presencia gallarda de vuestro hermoso primor, que con corteses despojos porque no cieguen los ojos, da templado el resplandor, hablad A traidor aleve! más penas disimulemos hasta que junto apuremos todo el veneno. que os mueve a callar, mandadme. Ay ingrato! Que obligaros solicito, ved, que el silencio es delito, Caballero en mí es recato, y por eso nos decía, que una de aquellas Madamas de quien probasteis las llamas, es muy grande amiga mía; pidióme que de su parte, os declarase por ella, no sé qué llama, o centella de amor, y aunque en este arte, no haya estudiado en mi vida deberos deuda forzosa, que es la dicha muy hermosa, sobre ser muy entendida, es rica, y tiene parientes Nobles, y esta aficionada de vos, porque es inclinado a los hombres muy valientes, queredia, pero ya vos visto, habiendo su verdad la queréis no es la verdad. Ea para entre los dos? que os pareció la más bella, que es la que a vos me ha enviado, que os parece del agravo de una, y otra ardiente Estrella; pero teniendo buen gusto, como os pudo parecer, ved lo que he de responder, porque me tenéis con susto. Mi señora, aunque yo siento, que gozando la ocasión, es el disfraz la razón de vuestro entretenimiento, por lograrosle diré, que a esta dama que ideáis de mi parte le digáis, que nunca solicité más de un amor, En el agua cayó, socorredla aprisa, Ay infelice de mí! La corriente no nos deja. Que es ello Ortuño. que allí de una barca que navega lo rápido de ese río, dio una mujer una vuelta hasta el agua, sin que nadie la socorra Mujer, sea quien fuere a mi vista, no ha de perecer, licencia dadme para que a esto ceda, y esperadme aquí. Que hiela hombre, no te eches al agua. Oíd vos. Que vaya mi abuela. Ved, que contra la corriente no podrá hacer resistencia. Arrojaos al rio aprisa. Digo Flamenco, y Flamenca, que os importa que me ahogue no hayáis miedo que perezca, y sino mirad que presto volvió otra vez a la arena, con la mujer en los brazos, que será una linda pesca. Válgame el Cielo. Cobrad el aliento. Será fuerza, pues vos me amparáis. Doña Ana. pues que es esto en tan soberbia fortuna vos. Isabel, es verdad esto, o Novela, Ella es Doña Ana, señora, Tápate bien no nos vea, porque si me reconoce, se echa a perder mi cautela. Ola, Ortuño. Que me mandas? A nuestra posada lleva a mi señora, Doña Ana, y haz que un cuarto le prevengan decente, que yo al instante te sigo. Para que sepas, Noble Céspedes, qué injusta, y siempre cruel mi Estrella me trae desde España a Amberes, y de Amberes a Bruselas, en alcance de un traidor. pero del susto, y la pena, se vuelve a pasmar el labio. Infeliz Doña Ana bella, templa ahora las pasiones, que yo te ofrezco que en ellas quedes gustosa. En la fe de esa palabra se templan mis males, y mis injurias. Parte Ortuño, y diligencia, se hará luego de la ropa. Vamos. La palabra vuestra de mis pesares me alivia. Bien podéis fiaros de ella, id con Dios. Quedad con Dios, Señor, da presto la vuelta, que una jornada te aguarda mañana, y la noche llega. Por no dejaros aquí, hasta que me deis licencia, falto a aquella obligación. En dándome la respuesta de lo que os dije, podéis iros muy enhorabuena. No mintió, quien me informo, y pues ya la noche cierra, le he de matar para ver si con su muerte granjea a Leonor, mi amor saliendo de la celosa sospecha que me mata. Harás muy bien. En fin diréis, chanza sea, o sea verdad, que adoro a una distante belleza. a quien di el Alma en mi Patria, y perdonad la licencia de responderos a vos, pasa tiempo, o verdad sea. con este desembarazo, que es en mi naturaleza tratar la verdad, aunque contra todo el mundo sea. Felice yo que esto escucho. Partamos de la galea. Mira cómo le sacudes. Llegad todos, que aunque pierda la vida, le he de matar. Dificultosa es la empresa, cobardes. Dame esa espada. Para eso la truje. Muera. A traidores! No es posible que le hagamos resistencia, Huyamos. Yo no huyo nunca. La voz de D. Diego es esta, y pues se arriesga por mí, razón es que le defienda. Perdí la ocasión, fortuna. Aguardad. No hay porque deba pasar de aquí vuestro brío. Quien se pone en mi defensa, es estorbo a mi venganza? dejadme. Ved que resuelta estoy en que no paséis. Grosería fuera necia, esforzar más la porfía, pues confieso, que si fuera mía el Alma, que no es mía, a vuestro valor rindiera, pero que puede rendir, quien el Alma tiene ajena? Pues más de lo que pensáis os estimo esa fineza; id con Dios, Español Noble. Guárdeos el Cielo, Flamenca valerosa. En qué quedamos? En que me dejé en mi tierra el albedrío. Y decidme, la jornada que os espera mañana, qué significa? Ir en servicio del César. Pues tan apriesa? No sé, voz lo que el Alma recela de ti, pero es ilusión. Seguiré amante sus huellas, no partís? Quiero, y no puedo. Pues qué os para? Una sospecha, que no me atrevo a decirla, aunque me atrevo a tenerla. Y quien la causa? El valor que he visto en vos, pues creyera ser. De quién? De quien adoro. Engáñase vuestra idea, que yo para otra os procuro. Dejad que en la duda cuerda vaya de un engaño dulce, aunque imposible parezca. Venciste, amor. Piedad, dudas! Id en paz. Quedad con ella. Ay Céspedes, cómo vas? ay, señora, cómo quedas? IORNADA TERCERA.
JORNADA TERCERA
Vive Dios, que estoy sin mí. Señor, qué tienes? qué es esto? cuando todo el campo está alegre, ufano, y contento con la victoria del César, pues el orgullo soberbio de Brandemburg, se ha rendido a su Católico acero; Tú solo estás triste? Ves, ese aplauso, ese festejo, con que altivas se remontan las Águilas del Imperio? pues todo para mí es un torcedor, un tormento, que ha de acabarme la vida. No dirás la causa? Necio, si sabes (pierdo el sentido) que a Céspedes aborrezco, de suerte, que sobran causas para el odio que le tengo? si sabes que dio la muerte a mi primo, a cuyo efecto, esa ingrata, y yo venimos aquí a Céspedes siguiendo, yo a ver mi muerte, pues Carlos por su valor, y su aliento, le estima tamo, que aun esta victoria, que le dio el Cielo, a su esfuerzo la atribuye, para que yo pierda el seso? Y si finalmente, hay triste! en Doña Leonor advierto, que el dilatar su venganza, y no pagar mis afectos, es, que a Céspedes se inclina, que me preguntas que tengo, si ves que reinan en mí ira, amor, envidia, y celos? Pues como Doña Leonor, habiendo a su hermano muerto, puede quererle? Veamos si hace fuerza este argumento; ella está ofendida? Si. Es valerosa. En extremo. Vino a matarle? Sin duda. Tuvo ocasión? No la niego. Pues mujer determinada, que puede, y no quiere hacerlo, solo amor la obliga, mira si lo que imagino es cierto, y así, pues Leonor se olvida de su ofensa, en mi desprecio, daré fin, con darle muerte, a mi venganza, y mis celos. Señor, qué dices? tú quieres ponerte en tan grande empeño? con un hombre, que es echarle hombres, como echar sombreros a la tarasca, qué intentas? que se te olvide tan presto los prodigios que hizo en Flandes para que tomes ejemplo, mira lo que en esa Plaza, segunda vez queda haciendo, sin haber en todo el campo quien le aguarde. Por no verlo, me vine aquí. Ya presumo, que le aclama el capo. Cielo que esto escuche! Y ya triunfante, llega, señor, a este puesto. Viva, Céspedes, viva, eterno nombre su valor reciba, sin que la envidia a mormurar se atreva. Viva mil veces, viva. Viva, y beba. En mi vida vi fuerza tan extraña, vive Dios que es el Hércules de España, y aun quedo corto mucho, pues se excedió a sí mismo. Qué esto escucho! irme quiero de aquí, que de esta suerte ocasión buscaré de darle muerte. Cuatro herraduras rompe. Eso no alabo, que es dar en la herradura, y no en el clavo. De nuevo a su valor mi vida ofrezco. Yo, señores Soldados, so agradezco, pero aquí la alabanza es excusada, porque pienso, por Dios, que no he hecho nada. Como no? si en el campo están tendidos más de treinta pobretes. Y tullidos, dense prisa a buscar luchas iguales, que presto llenara los Hospitales, que al que abraza apretado, entra derecho, y sale corcovado. Corrido estoy de oírlos, tomen ahora aquestos dobloncillos, con aquesta cadena, y váyanse por Dios, que me da pena no tener más que darles. Es un rayo. Alejandro contigo, fue un Lacayo. Cada Soldado de estos es un caco. Vayan a mi barraca, entrenla a saco, que algunos vestidillos habrá en ella. Solo por prendas tuyas será Estrella con seguirlos ahora el que pudiere. Me llene el diablo a mí si tal creyere. A la barraca. Dios os lo reciba. Vítor, Céspedes, vítor, viva, viva. Por Dios señor, que has andado como un Aquiles, un Héctor en el campo. Pues Ortuño, que le debiera a mi aliento si menos hubiera obrado? fuera, de que, que trofeo es vencer treinta gallinas, fanfarrones, y soberbios, la toma de Brandemburg, es la que ahora en extremo me tiene alegre. Por Dios, que no se te debe menos en ella, porque tú solo. Basta, Ortuño, que yo creo que así el Cesar lo conoce, y el Duque de Alba, a quien debo las honras que tú habrás visto, y a mí me sobra por premio, saber, que así lo conozcan, para quedar satisfecho. En fin, día de la Cruz, de quien devoto en extremo soy, se ha tomado esta Plaza; mas dejando a un lado esto; no reparaste en Bruselas en la Dama, que cubierto el rostro me llamó al tío, a cuyo piadoso esfuerzo, como redije, debí la defensa de aquel riesgo? supiste acaso quién era? Yo? estás loco, ni por pienso, así lo supieras tú. Vive Dios, que el juicio pierdo, y si alguno, de quien era me tomara juramento, dijera, que era una Dama, ay de mí, Ortuño! a quien ciego, por su hermosura la adoro, y por su rigor la temo. Quién es? Doña Leonor Trillo. Qué dices? No nos cansemos, o es Doña Leonor, Ortuño, o con su voz mi deseo, Ara, señor, no te canses, y si tú me dieras. Necio no me mates, dime, es ella? La misma que dices. Cielos, ya las sospechas, son dichas. Y lo que digo, haré bueno. Quién te lo dijo? Isabel, que con aquel traje mismo la acompaña; yo imagino, que Leonor te ama en extremo. Pues porqué? Porque te sigue, y la mujer que siguiendo viene a un hombre, algo le quiere, Antes me ha dado recelo, y de nada me aseguro; pero aguárdate, que creo que pasa una Procesión por el campo, y según veo, en ella triunfando traen aquel Sagrado Madero, por ser hoy su día, en gracias de tan felice suceso. Bien dices. Pero qué miro? cuando todos por el suelo a la Cruz se humillan, no ves en un corro de aquellos, seis Flinflones, que se están sin quitarse los sombreros? vive Dios! Adónde vas? Espera aquí, que ya vuelvo, que a hacer voy que se haga Cruces estos Herejes soberbios. Bien haya quien te parió! ya les entra sacudiendo; donde él pusiere la mano, no habrá menester maestro. Vive Cristo, que los abre! señor, dale a ese bermejo, que ese es dos veces Hereje. Villanos, así pretendo vengar, en tan vises vidas, el Culto que reverencio. A ellos, señor. Huyamos. Qué importa? si yo. Qué es esto? El Duque. A mala sazón viene; yo me templo en vano. Vos con la espada en la mano? decid luego la ocasión. Señor. de vuestra mohína saber la causa es preciso. Es, que a unos Herejes quiso enseñarles la Doctrina. Por qué ha sido la pendencia? La causa que he dicho, fue. Decidla presto. Si haré, pues lo manda V. Excelencia Yo, señor, en conclusión, a ser devoto me inclino de aquel Madero Divino que obró nuestra Redención En Procesión le sacaron, y los pechos que le vieron, de gozo se enternecieron, y en el suelo se postraron. Seis Herejes, con extraña ceguedad, desprecio hicieron y cubiertos se estuvieron. Pensé que estaba en España, y apurada la paciencia, acrisolando mi Fe, a los seis descalabré, y acabóse la pendencia. Lugar, y tiempo, señor, primero habéis de mirar, que es menester hermanar la prudencia, y el valor, Que aunque fue tan bueno el fin, como se deja entender, en la guerra suele haber por menos que esto un motín. Aunque reñirle es forzoso, por ser en esta ocasión, sabe el Cielo, que la acción me deja bien envidioso. Excusad otro alboroto, señor Céspedes, porque conviene así; y no pensé que erais, por Dios, tan devoto de la Cruz: más ya que el hecho disculpa vuestra intención, yo haré que la devoción os salga muy presto al pecho. Oyes? Hábito tendrás. Dame, por tan gran favor, las plantas. Andad señor, que merecéis mucho más, vos le habéis dado un buen día al César Céspedes hoy, y así, yo en su nombre os doy ahora la compañía, que fue de Don Iván de Prado. Vuecelencia sabe honrar. Así se debe premiar a tan valiente Soldado. Desbocado va el caballo, gran peligro corre el César, no hay quién le socorra? Cielos, qué escucho! aquí Vuecelencia espere, que he de librarle. Eso a mí me toca. Espera, tente, que un bizarro joven con extraña ligereza, al bruto indócil alcanza, y en medio de la carreta, sacando el luciente acero le desjarretó las piernas. Y al César trae en los brazos. El cielo conmigo sea. Ya, gran señor, más que miro! Céspedes me vio, estoy muerta, mas quiero disimular. Cielos, Leonor no es aquella? mas disimular importa hasta ver que intento tenga, sin darme por entendido. Ha gran señor. Vuecelencia no se altere, este es desmayo nacido de la violencia del bruto. Quieran los cielos que solo desmayo sea. Ya vuelve. Válgame el cielo! Duque, primo. En hora buena os vean señor mis ojos, que temí alguna tragedia en vuestra vida. Mejor lo hizo Dios El cielo quiera guardaros, señor invicto, para amparo de la Iglesia. Adónde está aquel Soldado, que cumplió con la fineza de su lealtad? Gran señor aquí está a las plantas vuestras. El sobrescrito a lo menos me ha dado muy buenas señas de vuestro valor, llegad. Solo con besar la tierra que pisáis, seré dichoso. Decidme la patria vuestra. Señor mi patria es Toledo. Juráralo yo, en la guerra todos prueban bien, y vos, yo lo tomo por mi cuenta, que no seáis el menor de los que han salido de ella, cómo os llamáis? Yo D. Iván de Abendaño. La nobleza que tenéis, bien se os conoce en el brío, y gentileza. El serviros solamente puede hacer noble a cualquiera. Ha mucho que sois Soldado? Bisoño soy. Así empieza el valor, ahora Don Iván, yo os hago de una bandera merced, que para adelante en los puestos que se ofrezcan yo me acordaré de vos. Vivas edades eternas. Yo he dado una compañía hoy a Céspedes, y de ella puede Don Iván ser Alférez. Esa es para mí honra nueva. Ya es Céspedes Capitán? Y buen Capitán Pues tenga entendido, que también muy gentil Alférez lleva. Los valientes, gran señor, se conocen muy apriesa, y ahora, puede venir tu Majestad a la tienda a descansar Para mí no hay descanso que lo sea, Duque amigo, hasta domar estas rebeldes cabezas, que contra Dios, contra el mundo, nuestra Religión infestan, Iván Federico me han dicho, que alojado en la ribera está del Albis, y así haced que con diligencia las tropas marchen al Albis. Al punto haré lo que ordenas. Señor, tu causa defiendo, vuelve por tu causa misma. Señor Alférez Don Iván, mucho le debo a mi Estrella en esta dicha. Yo a mí me he dado la norabuena también señor Capitán, que aunque yo no sé quién sea vuestra merced, dice mucho el talle con la presencia. La vuestra señor Alférez tan satisfecho me deja, por vuestro grande valor, y ser los dos de una tierra, que os afirmo, que un cuidado bien grande que dejé en ella, le habéis traído con vos. Aunque no soy estafeta de cuidados por ahora son tantos los que me cercan, que no lo extraño, y así decidme por Dios cual sea el vuestro, para que yo si le he traído le vuelva. Bien disimula, ha tirana! Ha cielos, que me detenga el amor, y convertir sepa en agrado la queja! Digo, pues, que cierta dama de calidad, y de prendas, por un disgusto que pudo formarle la contingencia me olvida ya. Que pensáis todas son de esta manera. Y pienso que quiere a otro. Yo me holgara conocerla para decirle a esa dama, que era cargo de conciencia no pagar vuestra lealtad. Os parecéis tanto a ella, que con decíroslo a vos, imagino acá en mi idea, que ella lo escucha. Por D si habláis de aquesta manera, que mude de compañía. No hablaré más, pues quisiera señor Alférez, que fuese nuestra compañía eterna. A marchar tocan. Pues vamos. Ay amor! los cielos quieran que halle un medio mi vengan entre el cariño, y la ofensa. Mi Alférez Doña Leonor, quien vio tan rara novela! A señor Capitán. Qué me mandáis? Saber quisiera si mi desgracia os olvida de mí. Estoy tan en ella, que Don Diego de Alvarado haré que os pague la deuda; sin duda, hermosa Doña Ana. Solo Céspedes quisiera, que de mí no os olvidarais. Vos lo dejad por mi cuenta, que él cumplirá su palabra, y yo también mi promesa. De este injusto monstruo ingrato seguiré amante las huellas, porque acabe con mi vida, quitar le obligue a mis finezas. Reniego de tan maldito oficio. Triste estás hoy, que tienes? Amiga estoy puro marchar marchito, que un pobrete por la escarcha marche a una boda, a un bateo, una merienda, a un burco, haya, marche, que bien marcha; pero marchar un soldado, haciendo honor lo robusto, ello bien puede ser gusto, mas es gusto muy cansado. Dime, y el Cesar, porque de su caballo se apea? Para que consuelo sea de los que marchan a pie, a pie marcha, y va delante, no sé dónde halló esta ley, de que después de ser Rey volver pueda a ser Infante. En todo es Príncipe Augusto. Más augusto fuera en todo yo a ser Príncipe. En qué modo? En hacerlo todo augusto, ejemplo a los míos diera, y en quejándose un vasallo, de que iba a pie, y yo a caballo, me entrara en una litera. Pase la palabra ahora, que hagan alto. Linda frase, hágase allá el alto, y pase la palabra mi señora. Para qué este alto será? Para espulgarnos. Gracejo. muy frio. Eso en el despejo de cada pobrete va; oyes, estos Luteranos con quien vamos a chocar, según he oído contar, son unos malos Cristianos; y si a espulgarnos se aplican mientras las suertes se truecan, y matamos los que pecan, mataremos los que pican. Mande señor hacer alto por poner en este sitio el ejército en batalla, que la marcha que ha traído, lleva la gente sedienta, y como está cerca el rio, no yendo ya en escuadrones formados, era preciso desordenarse, y logrará la ocasión el enemigo. Yo confieso, que jamás tan fatigado me he visto de la sed. Eso escucho Céspedes, y de improviso se nos quitó de delante, y temo, que a hacer ha ido alguna de las que suele. Yo doblar le vi ese risco, y alejarse de las tropas, y pensé que había salido con orden, que de esta suerte fuera en el valor invicto, de tan bizarro soldado menos culpable el peligro. Que disimulado el odio ha derramado mi primo, pues acusándole el yerro con la alabanza del brío lo refiere por denuedo, y lo culpa por delito. El viene a sacarnos ya de duda. Monarca digno de más laureles, que estrellas tiene este azulado libro, tener sed mostraste y yo de ardiente celo impelido, salí a buscar agua, y viendo tras de ese monte vecino un pozo, me acerqué a tiempo, que armados, y prevenidos diez Sajoneses estaban en el ministerio mismo. Pretendí desalojarlos, y habiéndose defendido, desbaratando a los cuatro, puse en huida a los cinco; y este para que te traiga el agua viene conmigo. Como quien no dice nada. Ya escampa, y llovían ladrillos. En verle obrar tan bizarro se enciende más mi cariño. O valor nunca imitado a esta hazaña, a este servicio, no hay premio que corresponda, mas pues diez habéis vencido, los mismos escudos sobre cualquiera sueldo os aplico; venid agora a mis brazos. Tus pies por grandeza elijo. Mi rabia aumenta, y la envidia verle tan favorecido. Beba Vuestra Majestad. Eso no, Duque amigo, que fuera a vista de tantos dar de mi flaqueza indicio, este mismo daño sienten otros muchos, si advertimos en el ejército, y tienen valor para resistirlo; pues si a un Monarca supremo le viesen menos sufrido, que a un pobre soldado, que dijeran de mí los siglos Y así, derramando el agua hago esta acción por mí mismo porque ningún mal contento mormurar pueda atrevido, que en saber sufrir fue menos que los otros Carlos Quinto. Raro ejemplo de templanza De celo rato prodigio! Ya la muralla fuerte de Belburg gran señor se ha descubierto Es venturosa suerte; las escuadras se acerquen en concierto que hoy el día ha de ser de más memoria que los Anales dejen a la historia. Ya estamos Duque a la vista de Belburg, que es plaza fuerte, adonde Iván Federico, Duque de Sajonia, tiene todo su ejército junto. Los Electores rebeldes, de su faceron cautelosos le amparan, y favorecen. De la Católica Iglesia el sagrado celo entiende mi espíritu belicoso, y no porque ellos me nieguen el vasallaje me irrito, sino porque solamente intento arrancar las torpes raíces con que el Hereje de Lutero va infestando estas Provincias, y hacerles guerra a todos sus secuaces, porque de este incendio, de este contagio, en toda Alemania vestigio ninguno quede. A no estar, señor, el albis de por medio, brevemente viera el rebelde su estrago. El rio es quien le defiende. Su profundidad, señor, es el estorbo más fuerte. Estando en el mundo yo, no hay ninguno, porque en este difícil caso al valor se ha de apelar solamente. De qué modo? El enemigo César invencible tiene en la contra puesta orilla sus barcas, osadamente pasaré este golfo a nado, y a sus pequeños bateles, cortando les las amarras con la espada, o con los dientes, que todo en mi fuerza cabe, los remitiré por puente en que tu ejército pase. Toda mi atención suspende su valor. Pasmo es del mundo. Noble Céspedes valiente, menos importa perder de Belbur la plaza fuerte, que un Soldado como vos, y no quiero que se arriesgue vuestra persona en un lance imposible de emprenderse. Señor Vuestra Majestad por cuenta mía lo deje, que cuando no se consiga poco en mi vida se pierde. Españoles valerosos, cuyos altivos laureles, exentos del rayo han sido adorno de tantas frentes. Vosotros, que del Romano, siendo emulación a valiente, más allá de lo posible os eternizasteis siempre. A la más heroica empresa os llama el bronce elocuente de la fama a ganar nombre; mirad que un Cesar os mueve, un Duque de Alba os anima, para que gloriosamente, por singular esta, hazaña entre las suyas se cuente; Albis en tus ondas frías recibe este impulso ardiente. Raro valor! con la espada en la boca el cristal vence. Céspedes invicto aguarda. Tente señor. qué es tenerme? yo sigo a mi Capitán, y venga lo que viniere. Bizarro espíritu Duque muestran Capitán, y Alférez. No es mucho ser Rey del mundo quien estos vasallos tiene. Por la fe de Caballero, que su despecho merece premio de eterna memoria. Venciendo van la corriente. Vive Dios que estoy corrido de que una mujer afrente mi valor, y he de seguirla, que para abrasar la nieve basta el fuego de mis celos. Tras los trece arrojan siete, o lo que el ejemplo obliga! Vuestra Majestad parece que se alegra con mirarlos? Pues no queréis que me alegre? eso sí bizarros hijos, Duque envidioso me tienen, y a no ser yo, ser quisiera Céspedes. O qué valiente! tenéis razón de envidiarle, que lo propio me sucede. Yo lo creo. Vive Dios que no hay más que hacer. De suerte, que vos no hicierais lo mismo? Mucho aprieta los cordeles. Estoy ya viejo señor, pero si menester fuese no solamente a las aguas, a los volcanes ardientes, arrojándome. Teneos, que todavía estáis verde. En tocándome al valor siempre me he estado en mis trece. Abrazadme, que esos bríos me han remozado, de suerte, que porque no me riñáis, callo lo que el pecho siente. Ha del rio, vive Dios, que nadan como unos peces. El fin del caso veamos. Ya de la orilla desprenden las barcas, y las conducen para que pasen mis huestes, o Españoles valerosos Ya se acercan los bateles. Duque el albis nos reciba. Y su espumosa corriente, se humille a los Estandartes de quien la Iglesia defiende. Si el rio fuera de Esquivas, mi sed sirviera de puente, y le pasara a pie enjuto, pues le apurara las heces. Que Carlos de Gante en fe de su fortuna se atreve a pasar el Albis? Mira, como conduce su gente en nuestras barcas, y algunos nadando ese golfo vienen. Hazaña tan prodigiosa aún más que de hombres parece. Dispara, derriba. Mata. Muchos en las aguas mueren con los tiros que disparan los nuestros. Cielos valedme. No temáis D Diego que mi brazo heroico os defiende. Huyendo van tus soldados. Aguardad, yo haré que esperen. Ya estáis libre del peligro del agua señor Don Diego, que lo que estuvo en mi mano hacer por vos, ya lo he hecho. Confieso que a tu valor invicto Céspedes debo la vida, que ya no es mía, por ser toda de tu aliento. Herido en aqueste brazo quedé, sin los movimientos para nadar, con que ya me vi anegado en el riesgo. Tu ligero buzo entonces, veloz te calaste al centro, y en los hombros me sacaste, para que quedase al tiempo escrita esta noble hazaña, por timbre de tus trofeos. No quiero que agradezcáis lo que hice yo por mi mismo, que hombre que a mi lado tuvo valor para altos intentos, de mayor fineza es digno, mas solo de un modo puedo decir que fue el beneficio singular. Saberlo espero. Es que le hice por un hombre que envidioso de mis hechos, intentó darme la muerte, y sin acordarme de ello, le di la vida, que yo de esta manera me vengo. Yo confieso mi delito, y si perdonar los yerros es propio de ánimos nobles. guardad señor Don Diego no hablemos en esto más, soy vuestro amigo, y supuesto, que agradecido os mostráis de vos un favor espero. qué me mandáis? Conocéis Doña Ana de Cisneros, una señora Española, que os viene a Flandes siguiendo? Si conozco, y también sé obligación que la tengo. Ella de mí se ha valido para con vos. No pasemos adelante, que por vos, darle la mano os ofrezco. Sois noble. Vos me enseñáis Céspedes ilustre, a serlo. Que haces señor, cuando el César por el campo discurriendo, y a su lado el Duque de Alba, van avanzando a lo grueso, te quedas con los heridos? Si Ortuño, porque más quiero yo la vida de un amigo, que el más glorioso trofeo. Don Diego es tu amigo? Si, vino a mi lado, y por eso me empeñó para que yo no le dejase en el riesgo. Vitoria por Federico. Mentís borrachos. No puedo dejar de ir a la batalla, entre estos sauces cubierto os quedad, que yo por vos volveré, si vivo quedo. Eso no, porque la herida ha sido en el brazo izquierdo, de suerte que no me estorba, y pues en la mano tengo el acero, y tengo vida, he de emplear el acero. Pues seguidme. Vive Dios, que cada cual es un Héctor, que me detengo? qué aguardo? esperad Herejes, perros, que en vuestro alcance va Ortuño que es honra de los Manchegos. Viva España, ea Españoles, seguidme todos, y a ellos. Vitoria por Carlos Quinto. Su nombre heroico aclamemos. A Dios se debe la gloria Y después de él, al inmenso valor de ese heroico brazo, digno de renombre eterno. En fin que Iván Federico, queda vencido! Y bien puedo decir, que Céspedes tuvo gran parte en este suceso. Apartad. Qué ruido es ese! Es que Céspedes trae preso al de Sajonia. A tus pies Monarca Augusto te ofrezco rendido a Iván Federico, de esta manera cumpliendo con lo que te he pro metido, bien que de aqueste trofeo, como dueño de la acción la gloria al Duque debemos. Señor postrado a tus plantas, pido el perdón de mis yerros. Quitadle de mi presencia. y llevadle prisionero, y a vos Céspedes, por esta hazaña premiaros quiero con un hábito, y dos mil ducados de renta. El cielo aumente vuestras vitorias, pues otra merced os quiero pedir gran señor. Decid. A vuestra Majestad ruego, que me case con Don Iván de Avendaño Qué es aquesto? estáis en vuestro juicio? El pide lo que deseo Esto señor os suplico. No os entiendo. Yo me entiendo, que el que tenéis por Don Iván, es disfrazando el secreto, Doña Leonor Trillo, a quien desde mis años primeros, por su valor, y hermosura festejé amante, y atento, y porque yo más dichoso a su hermano cuerpo a cuerpo maté en campal desafío, me vino a Flandes siguiendo, para tomar la venganza, que suspender quiso viendo, que mi diestra en vuestro aplauso obraba gloriosos hechos, de su valor hizo alarde, siempre a mi lado sirviendo con la atención que habéis visto. Sed gran señor medianero para que me dé la mano, porque se acabe con esto su rencor, y mi esperanza logre tan dichoso empleo. Declaróse. Caso extraño! Aún dudo lo que estoy viendo. Señora doña Leonor huélgome de conoceros. y de saber que hay mujer de tan varoniles hechos, nadie como vos conoce a Céspedes, y supuesto, que fuisteis su Alférez, ya sabréis si es buen compañero, si vale mi intercesión, y no se os hace violento, yo quiero ser el padrino, y hallarme en la boda quiero, que todos somos Soldados. Con tan gran favor no puedo. resistirme, esta es mi mano. Cuerpo de Cristo acabemos. Señor Céspedes lograd mil años tan noble empleo. A España habéis de ir casado vos también señor Don Diego, conocéis aquesta dama? Con mi obligación cumpliendo, por vos, por ella, y por mí, que es el motivo primero, le doy la mano de esposo. Yo con el alma la aceto. Para más triunfo del día, señor en la Plaza entremos. Y aquí el Hércules de Ocaña dé fin, perdonad sus yerros.
