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Texto digital de El hamete de Toledo (Burlesca)

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Comedia
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El texto procede de Carmen Pinillos Salvador.

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Pinillos Salvador, Carmen. Texto digital de El hamete de Toledo (Burlesca). BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/hamete-de-toledo-el-burlesca.

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EL HAMETE DE TOLEDO (BURLESCA)

JORNADA PRIMERA

Las seis son (¡fiero pesar!). ¿Cómo no han de ser criados enemigos no excusados si nos hacen madrugar? Este trabajo sufrir no puedo, perdone mi ama. ¡Quién tuviera buena fama para irse a echar a dormir! Mas no servir me conviene, que mi ama enojada está desde que mi amo se va hasta que mi amo viene, porque el rey, que le destierra, viendo a mi amo tan capaz, le envía con mucha paz a que se mate en la guerra; y Toribio (¿hay tal pesar?) a soldado se metió, y desde que se ausentó no vive en este lugar. Pero no quiero afligirme, antes consolarme quiero, que si de un pesar me muero será bastante pudrirme. Ahora bien, cuadros y estrado ver quiero antes que me abroche, cosa que alguno esta noche por mí los haya limpiado. Mas no, a las mil maravillas cabales están, y bellos, y el farol por los cabellos pero de asiento las sillas. San Juan es éste, a él me humillo, santo bendito, agraciado; a la fee, aunque no ha pecado, que el polvo he de sacudillo. Este es San Pedro, oh belleza de mártires, santo honrado, que el morir acuchillado se le puso en la cabeza. Y aqueste cara de Pascua San Lorenzo, buen cristiano, que de hablar con el tirano diz que estaba como en ascuas. Ya esta sala aderezada está muy famosamente; ya estará el agua caliente y la grasa salcochada; ahora voy a destajo a entrar en conversación con un puchero sin flor con su lengua de estropajo. Esta cortina a mi ver la luz a esta cuadra ciega, y es tan poco palaciega que todos le hacen correr. ¿Quién llama? Una mano. ¿Y es? De un hombre. Diga su nombre. ¿Ya no he dicho que es un hombre? ¿Pues cómo se llama? Sí es. ¡Toribio! Marina ¿Tú eras? ¡Jesús!, no te conocí. Pues yo sí, Marina, a ti, cuando te di para peras. ¿Hay tal?, ¿y cómo te vienes sin saber cómo ni cuándo?, ¿y cómo has venido? Andando, Marina, aquí te me tienes. ¿Y señor? Ahora vendrá para lo que tú quisieres; ¿y señora? Buena está. ¿Qué hay de nuevo por acá? Solo lo que tú trajeres. Toribio, infame, atrevido. Señora, yo soy perdido. ¿Cómo? Aquesta… Majadero. …porque no le tengo entero daba un abrazo partido. Marina, ¿cómo esto pasa? ¿Que esto suceda en mi casa? Sí, señora, y en cualquiera. ¿Hay cosa, que nos cogiera con las manos en la masa? Preguntéle de sus hechos, señora, a Toribio aquí, pero jamás entendí lo tomara tan a pechos. ¿Pero qué cajas son estas cuyos ecos repetidos aturdiendo los sentidos son al oído molestas? Mirad ahora quién llama y estad después advertidos en acordarme que os riña. Mi señor, algo remiso, para besarte las manos licencia pide atrevido lleno de marciales zompas. ¿Quién dices, mi esposo? El mismo. ¿Y adónde está? En la antesala. No le vean los vecinos, y entre muy en hora buena. ¿Pues qué importa le hayan visto si es señor? Si como lo es fuera mi padre, salido de mis entrañas, Marina, hiciera con él lo mismo, que en materias de mi honor eso no hay burlas conmigo. ¿Podré entrar, mujer? Sí, hermano, entrad pero no hagáis ruido. ¿Y queréis darme los brazos? Si fueran de oro molido, y el alma también con ellos. Loado sea Jesucristo. ¿Quién es este que se ha entrado? Hamete, un esclavo mío, un moro gran caballero, familiar del Santo Oficio. Si tantas honras me hacéis, siendo de todos indigno, no es mucho que desde Argel venga dos veces cautivo. Tráigotele presentado. El agasajo te estimo. ¿Y sabéis servir? Muy mal. ¿Y qué más? Leo y escribo. Pues si no sabéis más que eso, aunque seáis muy entendido, os venderé en buen mercado; ¿y cómo le hubisteis, primo? Doncella, señora, me hubo. Señor, seas bien venido: permite sorba las yemas de tus dedos con mi hocico, si las llaves de tus manos no han echado los pestillos. Alzad, Marina, del suelo. ¡Válgame el cielo!, ¿qué miro? Hamete me está clavando los ojos por el codillo. Marina. Señora mía. Sube a tener prevenido… Virotes de amor, haced que ésta se emperre conmigo. ¿Podré atreverme a pedir que me digáis, dueño mío, como lo ha de saber otro, cómo en mi ausencia os ha ido? Sí, mi bien, porque el amor con que a adornarte me inclino manda entre los dos no haya secreto ni pan partido. Dejaros para irme a Argel (yo confieso mi delito) disparate fue, señora, mas llevó mucho camino; porque mi señor el rey (que en los siglos de los siglos vida tenga perdurable allí a par del Credo mismo), viendo la ocasión presente y habiendo de mí entendido que sin ser alfaharero le he hecho muchos servicios, viene y ordena y ¿qué manda?: que a la hora, al tiempo mismo para Argel me parta, y yo, que no tengo nada mío, para obedecer al rey me partí con mis amigos en una armada famosa, que era de treinta navíos, los cuales conté, según después acá lo he sabido. Componíase la armada de veinte mil escogidos soldados viejos, mujeres, hombres, muchachos y niños, y fue cuerda prevención, porque con ello pudimos hacer gente cada y cuando que lo pedía el peligro. En diez mil hileras iba todo el campo repartido, que el que las hizo sabía muy bien cuántas eran cinco, y cien piezas de batir, que cuando es un enemigo poderoso importa mucho para hacerle un grande tiro. Con esta armada marchando desde Antártico a Calisto, nos miró con malos ojos la puente de Leganitos. Era por diciembre cuando el aire en violentos giros amoló contra nosotros sus tijeras y cuchillos. Desnudóse el sol los rayos, caer dejó el papahígo, y las nubes arrojaron pelotas como granizo. Con el mar a los batanes jugó el viento embravecido, y era de ver cuál echaba la armada por esos trigos. Dio, pues, con mi nave al traste en la playa (¡gran prodigio!) y en seco saltaron todos los que en mojado caímos. Mas, piadosa, la fortuna favorable nos previno el horno de un pastelero que dio a nuestra armada abrigo. Era en aquesta sazón rey de Argel Mahomete el Chico, y aunque era rey le trataba el perro como un obispo. Sus vasallos, gente cruda, aunque en maldades cocidos, hombres de muy mala ley, aunque en servirle muy finos. Y aunque todo el año estaba en su palacio escondido, sin dejarse ver del pueblo, estaba el rey muy bien visto. Mandó tocar un clarín, a cuyos fieros graznidos como moscas se juntaron todos sus grandes, y chicos. Y desque los tuvo juntos les dijo: «Señores míos, ya vustedes ven que está en la playa el enemigo, y en un milagro nos puede matar como unos cochinos. Pues manos a la labor, porque juro a Jesucristo, que si Argel toma y nos mata lo doy todo por perdido.» ¡Oh palabras de los reyes, jeringas de los oídos, que a corazones de cera los hacéis un batorrillo! Pues apenas le oyen cuando Argel, hasta allí estriñido, como una canilla de hombres se iba por los caminos. El número que salió no es posible referirlo, como hormigas a montones, como chinches a racimos, como langostas a saltos y escaparates a brincos. Era, en fin, de aqueste campo Hamete el fiel caudillo, y aunque bien no le querían era de todos malquisto, y la mitad de su gente después de haberla yo visto la emboscó en una montaña que estaba haciendo pinicos, y delante de sus tropas, hecho un escuadrón lucido, ricamente aderezado de cien moros capuchinos, con buena orden, y a compás, con mucha flema se vino, corriendo Hamete hasta aquí, llegó a emparejar conmigo. Viéndole, pues, ya tan cerca (segunda vez lo repito, que por todo el mundo entero no de he callar lo que digo), le supliqué: «Seor Hamete, no haya más, seamos amigos; dos ejércitos estamos para dar un estallido. Si nos matamos no doy por nuestras vidas un higo»; y él, callando, me responde: «Pelear es mi disignio; y aquel a quien Alá santo dársela fuera servido, San Pedro se la bendiga», y otra palabra no dijo. Yo viendo su desvergüenza, luego al instante publico un bando, y ante escribano que dello dé fe, me obligo de darle cuarenta reales en ochavos navarriscos a cualquiera que matando a Hamete le traiga vivo. Mas dentro de un cuarto de hora le dio al campo un tabardillo, que de una parte y de otra caían como mosquitos. Viéndose Hamete sin gente, roto, alcanzado y perdido, él mismo vino a entregarse así que se vio cautivo, por ganar el gran bellaco los cuarenta prometidos; y esta es la verdad del caso según mentirse ha podido. Todo, que es cosa de ver, queda como lo has mandado. ¿Y dispusiste el asado? Agora empieza cocer. ¿Los torreznos? Lampreados. ¿Y el solomo? Con la polla. ¿Y en la ensalada hay cebolla? No, sino huevos asados. ¿Y el braserillo? Con lumbre, y la bota lleno el cuajo. Pues vamos a echar abajo, esposo, la pesadumbre. Marina. ¿Qué es tu intención? ¿Por qué un imposible labras? Que me oigas cuatro palabras debajo de confesión. Bien está, ¿mas a qué efeto? Tú lo sabrás, de mil modos. Dilo. Si guardas secreto. De guardarlo te prometo, y de decírselo a todos. Pues si me eres leal… Soylo, el cielo me es testigo. Pues mira que te lo digo en secreto natural. Dilo, y cesen tus afanes. He llegado a sospechar que no se te puede fiar un secreto de alacranes. ¿Que en tal disparate dé tu condición encogida? ¿Pues he dicho yo en mí vida más de todo lo que sé? Llama, si no es ilusión, el corazón en el pecho, mas si no es lo que sospecho, ¿qué me querrá el corazón? Pues sabe que son mis daños tantos, tantos mis enojos, que ha que peno por tus ojos, dos más a menos, cien años. ¿Qué es lo que miro? ¡Ay de mí! Que aunque una hora cabal no más habrá que te vi, el amor que puse en ti es de tiempo inmemorial. ¿Hay tan gran bellaquería? Y de suerte me desvela aquesta fineza mía, qua apuesto que te quería desde el vientre de mi abuela. Esto va malo, sin duda, si mi industria no lo ataja, porque si Hamete embadaja sin remedio me encornuda. Hamete, bien apercibo… Traidores, ¿este es buen trato? Hoy moriréis, si aquí os mato. ¡Ay, que me ha cogido vivo! De susto mortal estoy. Que aquesto mi suerte ordena? Toribio, no tome pena, basta que yo se la doy. Que no quiero que me nombres; traidor, ¿conmigo tus, tus? Di, ¿qué decías? Jesús, aquí ha de haber muertes de hombres. Pues cierto, y en mi conciencia que no tiene culpa, no. ¿Cómo? Maldito sea yo. Toribio, tenga paciencia. Mi mal ya no admite dudas, mi agravio ya es evidente. Mira que estoy inocente como el ánima de Judas. Si va a decir la verdad, Toribio está muy pesado. ¿Qué mucho, si me ha cargado de aquesta la liviandad? ¿Liviandad, yo que a las rocas imitando mi dureza soy Faraón con belleza y soy un Nerón con tocas? ¿Yo que de amantes precitos, ricos de nobles deseos, de todos sus galanteos se me ha dado a mí dos pitos, oigo aquí tales razones sin que me lleve el demonio? Quizá será testimonio de malvadas intenciones. Lo que ha hablado aquí Marina ha estado muy bien hablado. Y yo lo defenderé cuerpo a cuerpo y mano a mano. ¡Ay Dios, y qué inadvertida anduve en aventurarlos! Toribio, Hamete, ¿mi honor?… Aparta. Quítate a un lado. ¿Mi honra? Desvía, necio. ¿No apartas? Esto va malo. ¿Pues qué pretendes, Hamete? Darle muerte. ¿Mas matarlo? No has de acertar. ¡Hola, hola! Muerto soy. Y yo acabado. ¿Pues de qué morís? No sé, pregúntaselo a mi amo, que él sabrá de qué morimos, puesto que nos ha holeado. ¿En qué quedamos, Hamete? Toribio, ¿en lo qué quedamos? Yo amar pretendo a Marina. Yo morir por sus pedazos. Yo estorbaré el que la sigas. Yo pienso hacer otro tanto. Vustedes miren lo que hacen; vayan en quererme a espacio, que puede ser, si se matan, que no les salga barato.

JORNADA SEGUNDA

Marina por aquí viene, y pues ocupada está sin duda no tardará sino en cuanto se detiene. ¿Qué antojo aquí me provoca a querer esta doncella, pues que solo estoy por vella con la barriga a la boca? Pidióme aquesta mañana, que anda haciendo unos colchones, por no meterla a montones, que la cardase la lana. Tanto el peso me taladra que así reventando voy, y es la tarea tan larga después que he visto el colchón que vengo con tentación de echarme aquí con la carga. Pero todo es por demás si por Hamete me muero, aunque desdeñarle quiero para que él me apriete más. Pene un poco y sepa el perro que a mí no me le ha de dar, que no le ha disculpar de que me le dio por yerro. Si la vista no me engaña aunque lo ignore, lo creo, que a cierraojos le veo: salta agora, cierra, España. Partir quiero de corrida, solo porque él me detenga, porque excusa mucha arenga una mujer detenida. Detén el paso, Marina, con que arrastrando me llevas, para darte… ¿Qué? Unas nuevas por estrenar. En cecina las puedes poner, Hamete, y después me las darás. Pues que tan aprisa vas, escucha, niña, y diréte cosas que yo no las sé, y que sé que tú las sabes. Mas que nunca, Hamete, acabes, pues con ello no me iré. Mas dime qué me darás y entrará todo en las cuentas. Si con poco te contentas, daréte esta alma, y no más. Mas si como otras mujeres se precian con sus amantes de que las den para guantes, te daré para alfileres. Y si de cosas manuales se pagan las más cartujas, como te di para agujas te daré para dedales. Para peras no es razón, pues no riñes ni te inquietas; daréte para agujetas si quieres ser postillón. Y aunque ves que no me enfrasco mucho por conceptos tersos, saber quisiera hacer versos no más de por darte un chasco. ¿Sabes tú que soy cristiana? Viniendo de Guadalupe, por una carta lo supe que me han de escribir mañana. Ya me empiezo a calentar; de amor me coge la zorra; cuando todo turbio corra ¿en qué me puede engañar? Y más que si dél me fío ya no viene a ser ultraje; el puto de su linaje ¿no es tan bueno como el mío? Dame una mano, traidora. No quiero ser importuna, pues diz que una no es ninguna y lo verá mi señora; no pidas más, por tu vida, que harás que me desespere, que a una mujer que se quiere no es razón que se le pida. Y una verdad más te digo: que luego que pueda ser me he de desnudar por ver si me has cortado el ombligo. Buena desvergüenza, ¡ay Dios! De la mano no la deja; sin duda alguna pareja pretenden correr los dos. ¿Si acaso piensan que duermo, y por eso la canalla prevenir quiere la valla por correr al estafermo? Y según miro las faldas a Marina, me prometo querrá ponerle por peto el colchón a las espaldas. Las varas que se han dejado a tomar voy por detrás, dos varas que cargan más cuando estoy tan envarado. Y pues tan poco me cuesta acechar por la mampara, quiero ver en lo que para, para hacer para la fiesta. Pues conforme las marañas van enlazando los moros, ya que son ciertos los toros ha de haber toros y cañas. ¿Que en fin me quieres? Te adoro, y en estos mares que surco por ti me volviera turco a no haber nacido moro. Por el cielo soberano, que de amarte estoy tan ciego, que por no, no ser gallego dejara de ser cristiano. Mas porque no se resista tu cara al darme la salva, aunque es tan mala una calva fuera por ti calvinista. Nada de esto te agradezco, la lanza. Te lo merezco. ¿Pero no me dejarás, pues me tienes de tu mano, la mía?, dime, tirano. Si tú los brazos me das. Yo fuera la más dichosa, mas tú me pides de modo que temo me pidas todo hasta dejarme sin cosa. Afuera, afuera, afuera, aparta, aparta, aparta, que entra el valeroso Muza cuadrillero de unas cañas. ¡Que venga este mentecato agora a echarme a perder! Él sabrá lo que ha de hacer otra vez, si esta le mato. Detén la furia, villano, que reviento de denuedo. ¿No le he dicho que esté quedo?, ¿pues él por qué alza la mano? Por darte mil mojicones. Si un paso más se abalanza, en la punta de la lanza le he de mostrar los talones. ¿En qué paró mi solaz? Aquí me importa fingir que, porque los vi reñir, acudía a meter paz, y llamar pretendo a voces: ¡señor, señor, santo Cielo! ¿No ve que en la ley del duelo están prohibidas las coces? El caballo se ha rendido. ¡Señor, señor, ah, señor! Y pues me sobra valor, quiero entregarme a partido, con que la lanza en la boca me deje sacar. Señor. ¿A traición me das, traidor? ¿Qué voces son estas, loca? Riñendo entraron los dos sin salir deste aposento; yo me iba, no me iba, miento. ¡Y bien que miente, por Dios! Yo estaba, pero no estaba, ya no me acuerdo qué hacía cuando empezó la porfía. Acaba, Marina, acaba. Ya lo he dicho, aqueso fue. Con eso estoy satisfecho bastantemente, y sospecho que lo que pasó no sé. Vos me lo diréis, señora, ya que vuestro entendimiento, como nunca está de asiento, ha llegado a tan buena hora. En el cigarral, señor, pues tan cerca viene a estar, si allá me queréis llevar para pasar el calor mucho más aprisa puedo referiros lo demás. Pues, Marina, Hamete, harás, Toribio, como estás quedo, cada cual lo que le toca; sin prevenir parte luego. Yo voy a encender el fuego. Yo a soplarle con la boca. Yo ya sé lo que he de hacer. No diréis que de corrida no sois luego obedecida en cuanto queréis, mujer; ¿tenéis acaso otro antojo?, que aun lo cumpliré mejor. Uno me basta, señor, pues no tengo más de un ojo. En eso, mujer, sois cuerda, aunque en perder ojos no, y así el ojo que os quedó mirad por él, no se os pierda. Ya sabéis vos cuán avara la mano en eso me tomo, y así guardo a este ojo como a los ojos de la cara. Decidme, ¿no sabéis nada de lo que me habéis contado? Marina, Hamete el criado, ¿paréceos buena ensalada con la pebre de un colchón? ¡Grande indicio! No hay cuidado. Ni culpa. Chico pecado. Mas grande la tentación. Si dais en tener agüeros, sois cansada. Y no adivina. Vestida estaba Marina y esos no estaban en cueros. Vos me dejáis satisfecha. Pues vamos. Es acertado. ¿Ya no hay pena? Ni cuidado. ¿Ni temores? Ni sospecha. Cual suele el gato atisbando los pájaros o ratones que, sin sentar los talones, de puntillas va pisando las tejas y los desvanes para poderlos topar, hasta que viene a jugar con ellos a los batanes, así yo, que, por coger aquesta Marina ingrata, solo asiento de la pata lo menos que es menester. De cada planta haga espía quien tiene tanto padrastro, para que no topen rastro si hiciere carnicería. ¡Qué cuadros, qué compostura! En todo se corresponde, apenas se topa dónde poder echar la basura. Mas sobre todo es el bosque donde imitando los lazos de la yedra con mis brazos bien podrá ser que me enrosque. Si no se abre, madre, ¿por qué le llaman escaparate? Si no tiene llave, ¿por qué le llaman escaparate? ¿Qué Progne o qué golondrina es esta que escucho aquí? ¿Si será Marina? Sí, que esta es la voz de Marina. Si no tiene cerrajas, ¿por qué le llaman escusabarajas? Si no caben alhajas, ¿por qué le llaman escusabarajas? Otro ruiseñor es éste, y enamorándose van, como apartados están por juntarse. Que le cueste un poco más de cuidado haré con maña y con arte: Toribio está desta parte, y Marina de aquel lado; buscar a Marina quiero y hacia donde está me voy; menos veloz que ella soy pues ha venido primero. Marina, sin que me digas lo que das, no lo que tienes, por qué vas ni por qué vienes, que eso me importa dos higas, sin que metas más arengas ni, en fin, que me digas más, conviene, ya que aquí estás, que aquí más no te detengas; no he de oírte otra palabra. Que me place. Por aquí cantando a Marina oí, que canta como una cabra, y agora que su mastín no la guarda, ha de saber para qué nació mujer serrana, y más serafín. Ando haciéndola unos versos y en ellos, aunque no apunto, punto por punto repunto diversos casos adversos. Tan celoso y receloso y proceloso me tienes, que bienes ni parabienes oso a pedir, aunque esposo, donde vienes y previenes darme de esposo el reposo. Quizá que amor por aquí a pocas coplas que escriba para gato me reciba desde su zaquizamí. Mas en esta inculta breña la veo hablar con el perro; si se han juntado por yerro quiero hacerles una seña, y así los podré inquietar con las cítaras süaves con que se ahuyentan las aves deste noble muladar. ¿Las campanitas al alba? Señas de rebato son. Es toda esta confusión, de los pájaros la salva no te dé pena, mi bien. Ruido haciendo, y rumor, quiero llamar: ¡Ah, señor! A señor llama también, y para que no nos halle juntos, cuando venga aquí, vete, Marina, por ahí, yo echaré por otra calle. Hecha una víbora parto; ya me voy. Pues vete, amiga; cogió Toribio en la liga con su culebra un lagarto. Helo, helo por do viene el moro por la calzada, y pues para esta estacada una estaca se previene, no fuera puesto en razón pues viene con tanto agrado, que a un huésped que es tan honrado le aguarde sin prevención; otra tomo. ¿No le he dicho que conmigo no se meta? ¡Oh, quién supiera una treta! ¿Qué quiere? Lo dicho, dicho. ¿Zancadilla, perro, a mí? ¿Váleste, en fin, del zancajo? Echar por la boca el cuajo te tengo de hacer aquí. Si le parece razón, pues los dos tenemos manos, riñamos como cristianos y esté quedo el zancarrón. ¿Qué desvergüenza es aquesta? ¿En pendencias cada día? Yo os juro, por vida mía, que harto el reñiros me cuesta. Si doña Lorenza sabe que habéis reñido los dos, temo con razón, por Dios, que antes que os riña os alabe. Ya su condición sabéis, y así pues no será justo que más os tenga con susto; lo que no fue no diréis. Es muy poco poderosa con los dos mi intercesión, pues que en nada atáis razón ni decís cosa con cosa. Mas bien informado estoy, y pues conviene al remedio que se ponga tierra en medio, a ti, Toribio, te doy de Olías vara y gobierno. Alcalde quiero que seas, y que rijas sus aldeas como un alcalde moderno. Tus manos beso y tus pies; a Hamete esta vez me arrojo si en descampado le cojo. Las gracias no me las des, pues te has criado en mi casa. Y si esta Marina, o duende, más por doncella se vende, he de tomarla a la tasa. ¿Has de obrar con más despejo? Voto a Dios que los destruya; ¿soy acaso hechura tuya o hechura de algún conejo? Mal sabrán con quién se toman, pues haré, cuando se atrevan y sin convidarme beban, que con su pan se lo coman. Vete luego a prevenir, no te estés un punto quedo, que yo voy luego a Toledo y tú luego has de partir. Cuando a tanto exceso pasa lo que conmigo hace aquí, no es justo honrándome a mí que le deshonre su casa, y así pretendo callar cuanto he visto y cuanto siento. Avisarásme al momento. Tu mano vuelvo a besar. Ve con Dios. Adiós, señor. Señor, tu esclavo a tus pies tienes. Alabo esa fineza de amor. Yo te juro, en mi conciencia, que aunque me falte el alivio que me causaba Toribio le supla con tu prudencia, que como tus travesuras amaba cuando muchacho gustaré que sin empacho andes siempre a tus anchuras. A la fortuna dos clavos el que trata pone fijos, a los esclavos por hijos y a los hijos por esclavos, que el echarse a puerta ajena el hijo ha de ser al cabo y tengo siempre al esclavo como con una cadena. Y para más prueba baste de que el esclavo prefiero que en él tengo mi dinero y en hijos quien me le gaste. Abrázame. Alá te guarde; de oírte tengo vergüenza. Que vamos doña Lorenza quiere a Toledo esta tarde, y aunque ha bajado a las huertas ve tú luego a prevenir recado para partir. No es menester que me adviertas más lo que tengo de hacer; yo y Marina nos veremos y allá los dos trataremos de todo lo que ha de ser. No sé qué melancolías me ha dado este cigarral, que sin tener ningún mal ando mala ha muchos días. Mejor me hallaba en Olías, que en fin es huerta mayor, y hace allí menos calor de invierno que en el estío, y aquí tirito de frío, bañada siempre en sudor. No hay lugar como es Olías, sin el estruendo de coches, allí las noches son noches y allí los días son días. Allí, sí, mis alegrías daba por otras a trueque y todos allí, aunque peque, eran gustos para mí; en fin nacieron allí la capona y zarambeque. Dios me lleve allá otra vez, que allí le tenía en paz, con mis manos el solaz y de mi mano el jüez. Donde suena el almirez del reloj sobra la voz, pues la que es menos veloz por llegar a la nariz se va como una lombriz tirando una y otra coz. Tan enternecido estoy que desde Olías, si puedo, un pasadizo a Toledo he de trazar desde hoy; palabra y mano te doy que ya lo tengo dispuesto y a efetuarlo saldré presto la segunda vez siquiera, que ni siempre a la primera es razón que se eche el resto. Ya he mandado aderezar por Hamete los jumentos (¿para qué son cumplimientos?); que tratase de albardar, y a Toledo ir a cenar; mas dime acaso si sabes: ¿tenía Hamete las llaves del portal en que están? Sí, que en los ojos se lo vi, que se le pusieron graves. Es mucha su compostura y estimación natural, y a todos en general mira con mucha mesura. Yo le quiero que es locura, y sé que me lo merece, pues si alguna vez se ofrece que trabajar en la huerta, me deja a mí con la espuerta y él se está quedo en sus trece; por eso a Toribio agora de Olías le he hecho alcalde. ¿Y dístesela de balde la vara? No, mi señora, con pensión, que a cualquier hora, siendo menester, acuda a quien le pidiere ayuda. ¡Ah, Olías, si verte puedo! Si a Juanelo hallo en Toledo, el pasadizo no hay duda. Heme venido a Toledo por desmentir la sospecha, si dijese algo Toribio de haberme visto en la huerta con Hamete (¡hay tal desdicha!) ¿Que de su cuerpo no pueda siendo una mujer esclava cosa hacer que no se sepa? ¿Siempre han de estar sobre todo y con los ojos alerta, si me falta o no costura y si hago o no buena letra? Cierto que es vida cansada; ¿y haya mujeres que quieran ser esclavas? No me espanto: habrá de todo en la tierra. A Dios le estoy dando gracias de que este instante no venga a atormentarme Toribio. ¿Qué gracias, dime, son esas Marina? No, no te azores o te pondré las pigüelas. Lo de similis con similis tiene, por Dios, mucha fuerza, y así no te echo la culpa, que eres en otra lengua, ni de ver se espanta nadie un perro con una perra. ¿Que tales oprobios oiga? ¿Que escuche tal desvergüenza? Vive Dios que he de quejarme a quien castigarte pueda. No te azores, no te azores, estáme, Marina, atenta, que esta vez, si no me engaño, ya viene a ser la postrera: a Olías voy por alcalde. Yo te doy las norabuenas; ¿cuándo te partes, Toribio? Muy tarde, pues que te alegras. Las norabuenas me vuelve, pues para entonces se quedan. Mi señor vendrá primero, y al punto luego por letra partiré por esos aires. Con el diablo, si te lleva. Sola una cosa te pido. ¿Qué habrá que no te conceda cuando te vas? Que si pares perrilla, que a mí me quieras por compadre; mas si perro, al perrazo que le engendra. ¿Que esto escuche? ¿Que esto sufra? ¿Que esto calle, esto consienta y aguarde que en cortesías a mí Toribio me venza? Por la tetilla le ha dado, según Marina lo muestra; en fin, esto se acabó o desta suerte se queda. Pero mi señor es éste, como por su casa se entra; no entran con más confianza hidalgos en la taberna. Ya se remata el despacho, ten un poquito paciencia. Prométote que me han dado cosquillas ya las espuelas. Dale prisa. A eso voy. A quien le duele la muela, que se la saque. Bien dices. Bien digo?, ¡qué linda flema! Turbada, si no me engaño, la miro a doña Lorenza. ¿Marido? ¿Señora? ¿Amigo? ¿Qué me quieres? Allá fuera. Suplícoos que suspendáis vaciar esa boca mientras que entro a firmar un despacho. Aguardaros será fuerza. Yo no le he de callar nada, quiero que todo lo sepa, y si no tengo razón, que me valga norabuena. Hamete y Marina juntos, él doncel y ella doncella, dos estrupos y un sexto sin ser parientes ordenan. ¿He tardado? No, señor. ¿Tenéis salud? Estoy buena. Pues decid, que ya os escucho. Pues digo desta manera: este perrazo me huele, que a él le ha olido la perra de Marina. ¿Qué decís? Mas desto no tengáis pena, que en un aposento juntos los hallaréis. ¿Va de veras? Ellos burlándose estaban. Por moro de buenas prendas le tuve a Hamete hasta aquí. A la morilla le esperan los hierros puestos al fuego. ¿Y si con ellos se quema? A importar vendrá muy poco: si se abrasa, que se encienda. ¿Al moro no será bueno darle una tunda? Sea. Hasta que a los dos divida, salir de aquí no quisiera por no ver cosas que el vulgo las nota de lisonjeras. Hoy sabrá qué son Marina en sus mejillas las letras de mi nombre y de don Marcos; pero Hamete ya se queja; yo me voy. ¡Ay, ay, ay! De esta manera se vengan, infame perro atrevido, no cometidas ofensas. ¿Palos a mí, que general he sido? ¿Palos a mí, que tantos he vencido en el campo de Orán por mi persona? ¿Palos a mí, que tuve ya ceñido del Imperio otomano la corona, de una estatua de bronce derribada y del suelo la alcé con esta espada? ¿Palos a mí, que el golfo de Biserta manché de sangre en míseros cristianos? ¿Palos a mí, que tanta gente muerta los pulgares dejaron de mis manos? ¿Palos a mí, que dentro de una espuerta al enano maté de los enanos, y a no morir quemado el mismo día le matara al siguiente a sangre fría? ¿Hierros a mí, señora? ¿Hierros a mí, como a esclava, cuando todo el mundo alaba la cara que le enamora? ¿Marina? ¿Hamete? Detente, que el corazón me penetra como un papel cada letra de tus mejillas y frente. Sobre los palos no arguyo, mas de que así te castigan, y que esas letras no digan mi nombre y digan el suyo. De enojo reviento y rabio con cada letra que encuentro. ¿Y han calado muy adentro? No me han pasado del labio; en la boca lo verás. ¿Son con tinta o con carbón, con lápiz o con jabón? No, sino con un zis zas. Por el santo zancarrón que en la cúpula más hueca de la gran casa de Meca se tiene en veneración; por Alá santo y sagrado, señor de los horizontes, más antiguo que los montes y mucho más empinado; por el siglo de mi abuelo, más noble que no los godos, y de mis parientes todos que tenga Dios en el cielo; por vida de mi señor, que es lo que puedo jurar más fácil de ejecutar y que cumpliré mejor, que sin que él me aconseje mate su generación, pidan después confesión y désela algún hereje. ¡Ah, don Marcos!, disponte, que el primero morirás, pues cuando mucho ¿habrá más que el andar un año a monte?, y en deshaciendo los tuertos, Marina, de la conciencia, iréme a hacer penitencia contigo por los desiertos.

JORNADA TERCERA

Hoy con mi rigor haré una venganza sangrienta: muera, y muera por mi cuenta, que yo la satisfaré, y aunque su rigor no igualo, y soy su esclavo en mi afán, no porque me da su pan me ha de dar también su palo. Ya en su cuarto recogido le tendrá su esposa bella, que dél cuida mucho ella, porque le ve tan perdido. Llegaréme a su pesar ejecutando mi enojo, que bien sé que de mi antojo hablará bien el lugar. Tirano, ahora sabrás, cuando el ofenderte vieres, tu muerte. Dime, ¿qué quieres? Matarte. ¿Aqueso no más? Sí, que no te ha de valer usar siempre tiranía. Vuelve a hacer eso otro día, que tengo mucho que hacer; dime, ¿qué causa has hallado para tan fiero rigor? El teneros mucho amor, como soy vuestro criado; ya el tiempo es más oportuno para que dejes matarte. En fin, ¿pretendes vengarte sin que lo sepa ninguno? Sí, señor. ¡Justa piedad! ¿Muere mi mujer? También. Deja que goce ese bien. Yo no podré de verdad. ¿Por qué me quieres matar con tormentos tan atroces? Señor mío, no dé voces, mire que le haré un pesar; muere, que es ya dilación. En fin, ¿muerto me has dejado? Tan muerto que has empezado a tener buena opinión. Ya me quiero prevenir. ¡Qué dulce muerte me dio! ¿Pues no te lo dije yo que eras fácil de morir? ¿Que no remedie el poder las invasiones del miedo? Señor amo, estése quedo mientras mato a su mujer. ¡Piedad, soberanos cielos, doleos un poco de mí! Hola, ¿quién mata hacia sí? Yo soy, no os cause desvelos. Despachad con atención a mi mujer luego al punto. Por vos lo haré, buen difunto. Pues muera por mi intención. Muere, traidora arrogante, pues me has quitado el reposo. Tu intento ha sido famoso, Dios te lo lleve adelante. Muere, traidora. ¡Ay de mí, que muero sin confesión! Alabo tu devoción, mas siempre mato yo ansí. Ya me ha muerto tu inquietud, ¡oh venganzas desdichadas! Quizá aquestas puñaladas te darán mucha salud! Muerto me has, ¡qué maravilla! Pues no se me da dos bledos. Por no rezar yo dos Credos, me ha dado esta pesadilla. Ya riguroso y sangriento la vida les he quitado; voy a ver si lo sagrado me vale de algún convento. Esclavo, húyete, provoca ese torpe desacierto; ¡cómo me has dejado muerto con la palabra en la boca! ¡Hola, criados!, ninguno me escucha; ¿pues qué he de hacer? Mirad que me echo a perder. ¿Señor? Ya me escucha alguno. La herida de par en par te dejó abierta el tacaño. ¿Dónde tienes el araño? Aquí, salvo sea el lugar. En fin, ¿te hirió su poder cogiéndote descuidado? En buena hora sea mentado; también mató a mi mujer. Vos solo tenéis la culpa por andaros entre perros; un señor con sus iguales entre los malos y buenos. Por Dios que me huelgo mucho, que cuando yo os aconsejo estoy muy bien informado de todos los más discretos. ¿Qué diablos tenéis, decid? ¡A lo que obliga el respeto! Sabe, amigo, que el esclavo me ha dado de medio a medio. ¡Jesús, qué grande desdicha! Pues mi muerte es lo de menos, que también con mi mujer todo lo que quiso ha hecho. ¡Lo que me pesa tu muerte! Téngame Dios en el Cielo. Avisaré a la justicia para que deste suceso escriban lo que quisiere a los siglos venideros. Veme por un confesor. El cirujano es lo mesmo; sin más dilación iré. Busca a mi vida remedio. Yo he de hacer que le […] para mayor escarmiento. Hijo, pues eres la parte no perdones por dinero. Aguarda, haré que te curen. No me moriré tan presto. Adiós, señor, que me parto. Adiós, hombre, que me quedo. ¡Lo que puede la obediencia! Ya alcalde soy todo entero; porque del mando y del palo no se me escape el gobierno. Mejor me estaba en la casa de mi señor, donde atento por los ojos de Marina andaba echando los sesos; y no ahora, que me tienen las ocupaciones preso. Ven, lo más es ser lacayo, que ser alcalde es un yermo. ¿Qué de hacer en Olías, vecindad de pasajeros, adonde aun para el delito no tienen los vicios tiempo? Quiero de los desa aldea irme informando primero que haga visita en la cárcel y sentenciarles los pleitos. Llamar quiero al escribano. ¿Oís?, venid a consejo y traed todas las causas. ¡Aquí están todas! Veremos. ¿Pues no vamos a la cárcel? Hoy no podré soltar presos; leed. Es dificultoso. Pues informadme primero. Vos juzgáis como queréis. Antes no hago lo que quiero; empezad. ¿Por qué razón? Por esto, esotro y aquello. Por delincuente […] Antón de Ramos, preso, ¿Qué es la causa? No se sabe. Retráigase y la sabremos; vaya adelante el informe. Sois famoso consejero; la hija del sacristán pisa por flaquezas […]. La causa está sustanciada. Antes no, pues que la han preso; soltadla, que las flaquezas son necesidad del tiempo. Gil de Lama ha un año sigue… ¿Qué es lo que sigue, escribano? No se sabe. Pues hacedlo ahorcar luego al instante. En palacio hacen lo mesmo. Fileno confiesa que mató a su mujer, condenado a muerte; ¿qué mandáis en este caso? Que le den luego tormento. ¿Para qué, si ha confesado? Por confesar, majadero; proseguid. Tenle, Pascual, no se escape, porque el perro ha muerto a Pedro de Cubas. Dios perdone al tabernero; alcanzadle, pues no es fácil. Huyó hacia el Ayuntamiento. ¡Válgame Alá soberano, y las palabras del Credo! Señor mío, álcese usté, u me arrojaré en el suelo. ¿Que a manos de este villano mis desdichas me trujeron? Matadme, que aqueso busco. Pues no lo hallaréis tan presto. ¿Para qué os han de matar? Para infinitos remedios. Señor, este ha muerto a Cubas. ¿Qué tenemos para eso? ¿Aconsejóselo esotro? ¿Mirara más bien su cuento? Agradezco la piedad, como el castigo agradezco. Tras eso, como en su tierra haced que le empalen luego. Mirad que es contra mi gusto. Eso, Hamete, bien lo creo. ¿Os acordáis de Marina? Sí, que siempre fue mi dueño. Esa palabra os ahorque, que no perdono con celos. En la iglesia los cristianos siempre hallan seguro puerto; esta torre me valdrá. Ni aun la picota, si puedo; seguidle. Ya está en la torre. Protestadle que sentencio, y decídselo con brío. Ya humilde se lo protesto; entregaos por Jesucristo. Mucho me obliga tu ruego, mas, así Dios me perdone, que yo no he de obedeceros. Ea, arrimaos a la cárcel. Con ladrillos la defiendo; ¡agua va!, crueles villanos. ¡Ah, puerca!, vacíe más quedo. Entregaos. Fuera de abajo. Hametillo, estése quedo, que le va en esto la vida. Aunque me importa, no quiero. Mire que le está muy bien, tome de mí este consejo. Fuera de abajo, que mancho. ¿Reduciréle? Con esto te he de acumular un hurto. ¿Eso que importa? Un tormento. Por eso he de defenderme. Esto no tiene remedio; dejad cerrada la torre, que yo iré al punto a Toledo, que la ciudad me socorra con danzas, bailes y juegos, y entretanto, al arma todos, dadle, si pidiere, huevos, para que entregue la fuerza faltando el mantenimiento. Todos te lo aseguramos. Y todos lo prometemos. Hamete, voy a servirte. Camina, que aquí te espero. Después que perdió la vida mi ama, estoy encerrada, y aunque no estoy bien hallada parece que estoy vendida. Y Hamete (¡penas tiranas!) a quien aquesta alma adora, como era su negra mora me alcanzaba a las mañanas. Mis desdichas, sus locuras, pienso que le han apartado; mire si es grande pecado hacer cuatro travesuras. Él huyó muy neciamente y lo ha sido por mil modos; huir sabiéndolo todos ¿no fue hacerse delincuente? Sí, porque fue temerario en reñir porque me amaba; dijera que me sacaba Hamete por el vicario. Y no agora, aunque su hacienda supla la pena atrevida, que no ha de salvar su vida aunque con ella se venda. De los palos ofendido huyó, no como discreto, que si él guardara secreto no le hubiera sucedido; este discurso despierta me tiene sin sosegar. ¡Ah, Marina! ¿Podré entrar? Sí, pero abre esa puerta. ¿Podré hablarle dos razones a mi amo? ¿Y qué será? Que Hamete encerrado está. ¡Que nunca falten soplones! Yo vengo a hacerle testigo que contra Hamete socorra. Jamás un alcalde ahorra el pesar al más amigo. ¿Llamaréle? ¡Hola!, que os llama un alcalde, oíd, señor. Hame mandado el dotor que no responda en la cama. Mirad que es negocio grave; ¿por qué tratáis de jugar? Yo no he de poder pagar, que gano poco, y no cabe. Señor, el alma se abrasa; a mi señora he de hablar. No la tratéis de buscar, porque ya no vive en casa. La dilación que está haciendo penas en mi pecho labra. No puedo hablaros palabra porque estoy convaleciendo. ¿Que dilates lo que pido? ¿Qué tienes, que así te olvidas? Estoy por unas heridas en la cama retraído. De parte traigo de Hamete un pleito que despachar, porque le quiero ahorcar. ¿Quién con mi esclavo se mete? Yo, que, aunque llamo prolijo, en mi torre le he encerrado. Por Dios que me he lastimado como si perdiera un hijo, que aunque a mi mujer mató y a mí me dejó por muerto, me ofende este desconcierto pues conmigo se crió. Milagro fue conocido; era santa mi señora. En mi ánima pecadora que hasta hoy no lo había sabido. ¿Y tú al fin de tus heridas sanaste? Por mis pecados. ¡Que haya hombres endemoniados que se anden buscando vidas! Pues no le saldrá barato, si nos socorres bizarro. Cuatro acémilas y un carro le lleven para su hato. Voy a prevenirlas luego, que le he de hacer castigar. Si albricias me quieres dar, te lo diré. No las niego. De Olías un labrador me ha dicho que han preso a Hamete. Quien sin reparar promete, sufra tan grande rigor; vete luego a prevenir para mi amigo un regalo; venlo, pues no soy tan malo, de hambre no se ha de morir. Quiero irles a reprehender, porque su opinión desdora que aunque mató a su señora quizá no lo quiso hacer. Mis celos veré vengados. Hoy rabiaré de contento. Marina, mucho lo siento. Mis celos mueren ahorcados. Voyme a sentir lo que pueda. Y yo a buscar a mi amo. Esta esclava fue el reclamo de la red adonde queda. Hoy vengo por justa ley, pues que me han dado licencia, a registrar tu conciencia. Yo soy criado del rey. Cristiano podrás gozar del cielo segura palma. Los diablos lleven mi alma si no me deseo salvar. Deja de tu ley la plaga, mira que te lo he avisado. Estudiante, no seas cansado, desbautizar no me haga. Hoy es el día postrero del término de tu vida; vuélvete a Dios, homicida. Pues le he dicho que no quiero. Si algo que restituir tienes, dámelo escondido. ¿Pues aún no estoy convertido y ya me empieza a pedir? Moro, no esté temerario, trátese de confesar, mire que le haré rezar una parte de rosario. ¡Oh, tormentos excesivos! Pues las vidas que quité, ¿cómo las restituiré? A redención de cautivos. No me ajusta tu razón. Esto lo tengo estudiado, y si no le ha contentado, bulas de composición. ¿Ya las tenazas no ves, y allí dos frailes franciscos? ¿Yo he de morir a pellizcos? Socórrate San Ginés; pero allí su amo viene, quizá le convertirá. Si él quisiere, morirá; amigo, ¿qué es lo que tiene? ¡Que viva aqueste tirano! De verle se ha entristecido; aqueste fue al que tendido le dejaste de tu mano. Y tu ama a quien ofendiste ayudándola a morir, ¿no pudiera malparir con el susto que la diste? Y a mí, ¡riguroso exceso!, me ofendió tu alevosía, pues sabe que cada día no estoy enseñado a eso. Si la muerte me han de dar, ya el reñirme es excusado. Como eres mi fiel criado te trato de acomodar. No me canse tu porfía; con mi ley estoy gustoso. ¡Qué mozo tan virtuoso! Tu ánima con la mía. Si me quieren obligar, tráiganme a Marina bella. Pero en viéndote con ella te hemos de martirizar. Sí goce de esta atención, y pierda luego la vida. El hombre tiene perdida toda su reputación. ¿Y serás cristiano? Sí, pero tráiganmela luego, que si no al punto reniego. Eso y más hará por mí. ¡Hola, vayan por Marina! Venga, que he de andar galante. Con solo estar yo delante, tiene inspiración divina. ¡Lo que pueden las mujeres! ¡Brava fue su devoción! Confiesa con atención, y dime lo que quisieres. Voy con el verdugo a hablar mientras se confiesa Hamete. Señor mío, ¿quién le mete en lo que no ha de ajustar? Confiesa, Hamete querido, tus pecados uno a uno. No me acuerdo de ninguno. Cierto que es muy entendido. ¿Se le olvida otro pecado?, que con atención le escucho. Lo que le he dicho no es mucho. Él queda muy ajustado. Ya aquí tu dama querida tienes presente. Pues muero, toma este abrazo postrero, y huélgate, por mi vida. Así, esposo, lo prometo, pues siempre te tuve amor. Quédate con mi señor, y guárdame este secreto. El verdugo está aguardando a quitarte la camisa. Voy, pues es acción precisa, no piense que estoy jugando. Voyle a exhortar en la fe, que él va bien catequizado. Voy al bautismo arrestado, pues él se va por su pie. No tendré consuelo; ya va a ser cristiano, dejándome viuda sola en tantos daños. Hamete querido, pues que pierdo tanto, yo haré que te venguen todos tus vasallos. Pediré clemencia a quien no la ha dado, iré a la justicia gimiendo y llorando. Le diré: «Señor, a mi esposo amado por un testimonio sacan al teatro.» No dormiré en cama en los despoblados, ni comeré nunca en manteles blancos. La barba y cabello me han de crecer tanto que no me conozca un moro africano. ¿Mataréme? No, que eso es excusado, pero el ruido siento de Hamete el bizarro. Voyme por no ver que el verdugo falso hoy juegue con él al santo mocarro. Ya a todos escucho, no he de ver su estrago, que quien quiere mucho no espera milagros. El valor que me has mostrado se ha de conocer aquí. Yo lo padezco por mí, quítesele ese cuidado. Muerte es muy aventurada; su paciencia al cielo plugo. El demonio del verdugo tiene la mano pesada. Otra vez vuelve a morder la rigurosa tenaza. Sor sacristán, ¿es mi maza? ¿Ahora lo ha echado de ver? ¡Qué rigurosos dolores! Tendré paciencia, por Dios. Aquí, para entre los dos, no hay burlarse con señores. Todo el vulgo te ha clamado: consuélate en tanto daño. Por esto solo cada año he de ser atenazado. Fuerte dolor le sujeta; no siente si tiene lobo. ¿Usted piensa que soy bobo? Muy bien sé dónde me aprieta. Maltratado a todas luces le tiene el martirio fiero; de verle solo me muero. Matóme, ¡Jesús y cruces! Ya todo el lugar espera tu conocida vitoria. En fin, ¿mi muerte es notoria? Pues muérome por postrera. Ya el espíritu ha rendido, pero ha muerto como un santo. Yo bien hiciera otro tanto, si no quedara perdido. Y este es, ilustre senado, de Hamete el traslado fiel, perdonadnos, pues a él aún no le hemos perdonado, que yo bien sé de su acierto si vivieran sus razones, pidieran también perdones. No podré, que ya estoy muerto.