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Texto digital de El gobernador prudente

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Atribución tradicional
Gaspar de Ávila
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Gaspar de Ávila Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la transcripción automática (corregida con posterioridad) de la edición en la Parte XXI de Nuevas escogidas (1663).

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El gobernador prudente. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/gobernador-prudente-el.

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EL GOBERNADOR PRUDENTE

JORNADA PRIMERA

Sabes acaso que soy Tucapel? Quién te lo niega? Tú mismo nombre te doy, pero en tu arrogancia ciega poco de tu parte estoy; cómo has de ser Capitán, dónde esta Caupolicán? vive ese esplendor que adoro, luminado en rayos de oro, que aliento, y vida nos dan, que quisiera; pero no, que será en tu competencia culpa el enojarme yo. La doméstica prudencia que mi espíritu me dio, quiero ejércitar aquí; en que has sido más valiente? Escucha, y sabraslo. Di, que ya escucho atentamente tus arrogancias en ti. Día, y medio te llevé de ventaja con la viga que en mis hombros sustenté, tan opuesto a tu fatiga, que a ti mismo te admiré. No has visto, di, entre mis brazos hecha una sierpe pedazos, y con silvos sin aliento desvanecido su intento en sus retorcidos lazos? Y no has visto mi buhío entre dibujados soles, a fuerza del poder mío hecho en huesos de Españoles un cementerio sombrío? Cuando corro, no es el bien respiración perezosa de acobardado elemento? no está su Región gloriosa de que la ocupe mi aliento? Y si tiro al blanco, di, no has visto estando tu allí que las saetas tiradas, unas en otras clavadas llegan desde el blanco a mí? Pues siendo así, en que has fundado, dime, el querer oponerte al cargo que no te han dado? En que siendo menos fuerte, puedo ser más esforzado; y puedo en esta ocasión oponerme a la elección, que tu bien puedes tener en más fuerza más poder, y yo mejor corazón; el emprender una hazaña es valor que nunca engaña. Si hoy se vieran convertidas en almas, cuerpos, y vidas, las piedras de esa montaña, o a las arenas del mar se pudieran trasladar, me verías resolver contra su inmenso poder, sin temer, y sin dudar. Baje en forma de escuadrón la imperiosa exhalación de la esfera, y verás luego contra ejércitos de fuego envestir mi corazón. Necio, y arrogante estás. Y tu envidioso, y altivo. Qué intentas? adónde vas? Suelta, Rengo. Vengativo. a tus enojos te das; Aparta, Lautaro, y di que llegue, y verás aquí esa arrogancia resuelta en bajo espíritu envuelta tributarme sangre a mí. Qué es esto? A ti solamente, Colocolo, en mis acciones te respetaré obediente por tus discretas razones, y por tu saber prudente. En cuanto boja, y termina por el ámbito Araucano esta Región de la China, hace tu ser soberano tu militar disciplina. Por qué reñís? Porque quiere Tucapel ser Capitán, y a mi valor se prefiere. Contra ti, Caupolicán? será en vano cuanto hiciere; con el líbano nudoso sustentando el grave peso su espíritu ventajoso, te excedió. Yo lo confieso; pero no es más valeroso, que partes distintas son las manos, y el corazón. Tú eres parte interesada, y aquí es ya ley observada la popular opinión; a ser acertadas vienen las elecciones que tienen aprobación general: supuesto que es causa igual en la que todos convienen. Doce mil Indios tenéis a la vista; y si queréis saber lo que determinan; y a cual de los dos se inclinan; escuchad, y lo sabréis: quien ha de ser Capitán de Arauco? Caupolican. Qué dices? Que convencido me ha dejado el alarido de esos bárbaros, que están ignorantes del valor de mi pecho. Tucapel, cuando es la suerte inferior por causa ajena, ay de aquel que persevera en su error! vosotros Lautaro, y Rengo que decís de esta elección? Por acertada la tengo, y en fe de su aprobación a obedecer me prevengo. Y yo digo, Colocolo, que Caupolicán es solo quien vivira eternamente en el difunto Occidente por el contrapuesto Polo. Pues ahora que tenéis Capitán con quien logréis vuestros altivos intentos, escuchad todos atentos, como otras veces lo hacéis: Bien sabéis que siempre ha sido esta República nuestra la que en Chile ha florecido fuerte, Política, y diestra, después que la habéis regido; porque como un cuerpo humano con imperio soberano tiene siempre un corazón, también en esta Región lo es este valle Araucano. Y supuesto que os ha hecho el Sol parte superior en este oprimido pecho, del arrogante Español, sacudid el yugo estrecho. Por la escuela militar, de su ejercicio sabéis los modos de pelear, sin el valor que tenéis, que este no se puede dar. Y pues ellos mismos son los que os han dado lición, decorad contra sus vidas las penetrantes heridas de su sangrienta instrucción. Tiempo hubo en que pensabáis que eran Dioses los Cristianos, y disculpados estabáis, pero ahora no, Araucanos, que sabéis lo que ignorabáis. Hombres son, y como tales codiciosos, y mortales, pues vemos que heridos mueren, y que sedientos adquieren nuestros preciosos metales. Pues hombres sin más virtud que una hidrópica inquietud, y un ambicioso adquirir; porque os han de reducir a mísera esclavitud? Si el Sol nos da dependencia de su esclarecida lumbre a todos; porque sentencia a tan baja servidumbre nos condena su inclemencia? Tributarios deben ser los que viven sin poder; pero podranlo negar los que saben pelear, y los que saben vencer? Invencibles Araucanos, acaudillad vuestras manos, haced Imperio absoluto contra el inferior tributo, que os imponen los Cristianos. Valor tenéis, pelead, y que pretenden, mirad, estatutos extranjeros domesticar a sus fueros vuestra exenta libertad: que oponiendo a sus rigores vuestros brazos vencedores, ser podréis desde este día de esta opresa Monarquía valientes restauradores. Con admiración atento tus razones me han tenido, y en mi ardiente sufrimiento parece que han infundido nueva sangre, y nuevo aliento; y tanto el mío apetece, que en esta conspiración a nuevos mundos parece que áspira mi corazón, y en sí mismo anhela, y crece. Si de esas vislumbres puras somos igualmente hechuras en el morir, y nacer; en que fundan su poder criaturas contra criaturas? Que privilegio les dío esta Antorcha universal, que quieren que sea yo, siendo en el valor igual, tributario, y ellos no? No siento yo su osadía, solo el menosprecio siento de su endiosada porfía, y de su sangre sediento tengo de verter la mía. Y por Eponamón juro, que en Chile no ha de tener Valdivia lugar seguro, sin dejarle mi poder alma en cuerpo, y piedra en muro Pon de mi parte al matar tanto número de vidas en llegando a pelear, que me sobren las heridas, sin tener a quien las dar. Tucapel, Rengo está aquí, y supuesto que nací también a ser poderoso; no permitas que ande ocioso viéndote matar a ti: no me pienso contentar menos que con ira España a rendir, y conquistar. Dadle, pues, en esta hazaña a Lautaro algún lugar; mas no importa, del poder tomáis el encarecer, que es de vuestro fuego el humo, pero yo que no presumo, sin decir tengo de hacer. Haz la ceremonia usada. A eso voy, aquí esperad, Noble Arauco, patria amada, pedid al Sol libertad, pues de él estáis reservada. Ya con varios instrumentos se mueven todos contentos a celebrar la victoria de esta aún no adquirida gloria en fe de vuestros intentos. A la luz de la luz del Sol, que sus rayos nos darán, Caupolicán. A la aurora del alba del día, que en Arauco resplandece, y a darnos vida amanece con tan fuerte Capitán, Caupolicán. Valentísimos soldados, esta es mi sangre, bebed, aunque sois tan esforzados, que quedarán con más sed vuestros pechos conjurados; bebe Tucapel. Ya bebo. Mezcla tu sangre, y la mía, que con esa unión me atrevo a que en esta Monarquía veáis otro Imperio nuevo. Vosotros Rengo, y Lautaro bebed, porque al mundo deis materia de ejemplo raro, y en mi sangre vinculéis mas esfuerzo, y más amparo. Todos habemos bebido, y todos te apellidamos Capitán constituido. Si a lo Español peleamos con un el cuadrón lucido, con su forma, y su concierto, su abreviado fin es cierto, porque yo tengo guardadas las armas, y las espadas de los Cristianos que he muerto, y nos habemos de armar. Y yo me voy a informar del fin que habéis de tener. Qué Dios te ha de responder, que lo vas a preguntar? En este oscuro buhío, lóbrego, estrecho, y sombrío tiene el mágico Fitón su encubierta habitación. Entra. Con mi poderío consulta con fe más pura la interpretación futura, que solo para el vencer son el valor, y el poder la Mágica más segura. Resplandeciente deidad, quién eres? Guacolda soy. Qué haces aquí? Esperad. Espérate tú, que estoy aquí yo, y a su beldad sabes que vivo inclinado. Tucapel, Guacolda es mía, que a mi palabra me ha dado de ser mi esposa. Sería cuando ignoró mi cuidado Lautaro, pero ya no. A cuál vives inclinada? De los dos me hallo tan igualmente obligada, que mi voluntad me dio licencia para saber con cual de ellos ha de ser mi casamiento dichoso, más dilatado, y gustoso, sin penar, ni padecer? Y dice Fitón que tiene Lautaro tan corta vida, que ya en su amor me previene una esperanza oprimida de un fin que tan cerca viene; y pues con él cierto es que es tan breve el interés del bien, con no me casar quisiera agora excusar lo que he de llorar después, De esto sirven solamente estos falsos agoreros; en la mujer más prudente hallan siempre sus agüeros, fe de verdad aparente. Solo al inmenso poder del Sol debemos creer, como Auror divino, y grave; porque a saber lo que él sabe, le igualara en el poder. Ya el Mágico sale aquí. De quien has sabido, di, el breve fin de Lautaro? Por mi ciencia lo sé claro. También de esa suerte a ti te puedes pronosticar la vida que has de tener, y en el fin que has de parar? Ya lo sé. Y pudiera ser que eso viniera a faltar? Posible será que falte de ese estrellado artesón el iluminado esmalte, y rota su proporción, desencuadernado salte de sus dos quicios, primero que pueda faltarme en nada mi juicio tan verdadero. Que está tu ciencia engañada en mucho probarte quiero; dime el número fatal de tu vida, y sea cabal. Diez años he de vivir agora, y he de morir de mi muerte natural, porque así lo determina la estrella que se me inclina. Muerto soy. Porque le has muerto? Porque veáis que es incierto cuanto dice, y adivina. Mintió este bárbaro bruto, pues terminaba absoluto lo futuro de su ciencia, lo que va de diferencia de diez años a un minuto. Y sus errores aquí se han calificado así, porque siendo verdadera, su muerte en mis manos viera, y se apártara de mí. Supuesto que este mintió en cuanto dijo, la mano de esposo te pido yo. otra vez digo, que en vano lo intentas, que no crió el cielo a quien se la dé, si está Tucapel delante. Confusa estoy, que haré, que uno, y otro es arrogante? Mas yo lo remediaré. En una misma igualdad en mi pecho juzgo, y veo mi gusto, y mi voluntad, y no hallo en mi deseo distinta capacidad para poder elegir; y así pienso remitir a méritos del valor, lo que en otras el amor suele tal vez diferir. Vivir puedo disgustada, si esta elección sale errada, y no quiero yo haber sido la causa, pues no he tenido intención determinada. El que con mayor hazaña se mostrare poderoso a las injurias de España ese elijo por mi esposo. Por el Sol, que ha sido extraña tu ignorancia; quien podrá competir mi valentía, sino es nuestro Capitán? A eso te responderán estos brazos algún día. Si en eso dudosa estás, darle la mano podrás a Tucapel con más gusto. Eres Capitán injusto, y si no te digo más, Porque yo te matara. En tanto que militara tu Estandarte, bien pudieras intentar cuanto quisieras, que en todo te respetara; pero pues libre nací, a ser me voy desde aquí de parte de los Cristianos, y examinaras mis manos para ver lo que hay en mí. Y si es que lo menos soy de vosotros, poco os quito con el disgusto que os doy, y solo a mí me acrédito, pues a los menos me voy. Mas solamente he sentido, que voy a ser tu contrario, cuando tu sangre he bebido, porque eres tan temerario, que has de decir que ha nacido de tu sangre mi valor. Détenle, Caupolicán. Mal sabes mi pundonor; sus débiles fuerzas van al castigo de su error; hombres nos han de faltar que rendir, y que matar, y en él cuando peleemos, una vida más tenemos de quien podamos triunfar. Y tú a Tucapel darás la mano, y te casarás con el que más te merece. Porque se me va, parece que le voy queriendo más. Valientes restauradores de Arauco, Valdivía muera. con todos sus valedores, que hoy la fama nos espera contra España vencedores. A la luz de la luz del Sol, que sus rayos nos darán, Caupolicán. Señor Valdivia, esto siento. Yo no, señor Villagrán, que debo al ser Capitán General, con mucho asiento eligir, y consultar; de más de que puede ser muy dañoso el emprender, donde importa el conservar. Los Indios ya rebelados. son infinitos y son los de Arauco en mi opinión valentísimos soldados. Y habemos de salir mal, si esforzamos este error, siendo tanto su valor, y el número desigual. Porque si acaso perdemos, la victoria de esta guerra, quedan en su misma tierra, y nosotros no podremos, que no nos puede quedar poder para resistir, y es infalible el morir, siendo fuerza el pelear. Y así me parece a mí, que si el Marqués de Cañete envía, como promete, el socorro que pedí, que esperemos defendidos, no envistiendo aventurados, que principios arrojados, prometen fines perdidos. Y con más gente, y poder, si bien es menor la gloria, es más cierta la victoria, y más cuerdo el resolver; esto es lo que me parece. A mí no, si he de decir lo que siento, y argüir con lo que aquí se me ofrece. Los Indios confederados con nosotros siempre están en su fuerza, y solo van creciendo los rebelados. Y si agora al empezar no conocen bizarría en nosotros, cada día habemos de minorar de nuestra parte el poder, cuando el suyo va creciendo, que nunca el entrar temiendo. fue bueno para el vencer. Demás que puede faltar el socorro que esperamos, y siendo así, que sacamos de habernos visto esperar? Mostramos con la intención la flaqueza del poder, y nos han de acometer con mayor resolución. Al castigo de su intento podremos ser ayudados de muchos confederados. con la fe del vencimiento. Y si socorridos, no han de advertir cuidadosos, que estamos menesterosos de aquello que nos faltó; esto me parece a mí. Y a mí también me parece lo mismo. Solo merece ese buen ánimo aquí por la parte del valor ser respetado, y creído. Y aunque tengo conocido en el peligro el error, quiero que se eche de ver resuelto ya a pelear, que supe considerar, cuando no pude temer. Bien sé que voy a morir, pero más quiero animoso perderme por valeroso, que con razón persuadir. Que aunque excusario podía, si en vuestra opinión os dejo, lo que es prudencia, y consejo pasará por cobardía. Y así aunque el daño aprendo el riesgo considerando, voy a acabar peleando, por reduciros muriendo. Dame Valdivia los pies. Quién eres? Lautaro soy, que ya de tu parte estoy por un honroso interés. Todo Arauco conjurado te busca, y Caupolicán electo por Capitán, injusto, y precipitado, con injurias ofendió mi inculpable valentía, y hoy de tu parte querría vengarme en sus vidas yo. Tu soldado soy, pelea. y contra los Araucanos libra en golpes de mis manos cuanto la tuya desea, que aunque su fuerte escuadrón de la esfera el movimiento traslada al fogoso aliento de su ardiente exhalación, cuando quiera amenazarte, menos es la causa ya, pues ya de su esfera está este rayo de tu parte. Y yo por el Rey de España el buen celo te agradezco, y de su parte te ofrezco el premio de tal hazaña. Haz que toquen a embestir, que ya pelear deseo, y por aquel monte veo vuestras armas relucir, porque son las que han tomado a los Cristianos que ha muerto. De tu valor estoy cierto, que contigo he peleado, con Lincoya, y Ascalpí, y puedo decir por Dios, que en ninguno de los dos conocí el valor que en ti. Al arma, al arma, soldados. Hoy veréis, aunque me exceden vuestros brazos, cuanto pueden injurias de enamorados. Desde este monte podrás con Fresa mi amada esposa segura, Guacolda hermosa, ver la guerra, y nos verás con sangre de sus heridas borrar el necio estatuto, y el impaciente tributo que nos imponen sus vidas. Y si las almas no fueran invisibles, desde aquí, viendo su castigo en mí, ver vuestros ojos pudieran, que a fuerza de mi valor las envía mi impaciencia a dar al Sol residencia de su Evangélico error. Solo a ti, querido esposo, te deberá con razón su libre restauración el Araucano glorioso. Hijo de Leocán valiente, mas eres de mi querido, cuanto más veo encendido. tu espíritu inobediente al fuero de los Cristianos. Mata animoso guerrero, que tierna, y amante espero, tus ensangrentadas manos, que en tan altivas empresas hallarás en mi después; porcada herida que des mil ternísimas finezas. Y en valentia, y amor nos iremos compitiendo, tu matando, y yo queriendo, con terneza, y con valor. Perdóname, Fresa mía, que no te doy mil abrazos; porque son tiernos tus brazos, y no los permite el día. Una merced me has de hacer en secreto. Di, qué quieres? habla. Si a Lautaro vieres rendido a tu gran poder, no le mates. Luego ya más le quieres? Solo sé que después que se me fue, tras él el alma se va, y ya en el poder me excede; porque es siempre en la mujer lo que más quiere tener aquello en que menos puede. Bajemos a pelear. Sí, que él son de aquella caja parece que nos ultraja. Compuesto empieza a marchas su escuadrón. Guacolda mía, también me apercibe el bien de tus brazos, que también lograré matando el día. Que le decías agora a Caupolicán aquí con tanto recato? di. Que a Lautaro el alma adora. Pues yo Tucapel, creía que era el más favorecido. Siempre se han correspondido su voluntad, y la mía; ausente a Lautaro veo, y presente a Tucapel; y así tiene ya con él menos que hacer el deseo, que como fácil está, menos a su amor me ajusto, porque el deleite del gusto a lo difícil se va. Qué será bueno que hagamos? Si es parte del vencimiento anticipar el intento, que a recibirlos salgamos. Viva Arauco, Muera España. Ya, Fresa, a mi parecer llegó la hora sangrienta; y el Eclipse de dos sangres sin Sol, ni Luna en la tierra: ya se juntan los Cristianos, y ya los nuestros se llegan; y abriendo puerta a la muerte, se determinan, y yerran. Mira como ya las cajas, formando en el viento apriesa no articuladas razones, dicen su intento sin ellas. Mira tu valiente esposo hecho círculo de esfera, causando mortales sombras con luz de vivas centellas; pero en los Cristianos crece la confiada soberbia, que parece que su Crisma del peligro los reserva; válgate el Sol. Ay de mí! Errole el golpe, no temas, que es diestro Caupolicán, y metió el reparo apriesa, como al jabalí espumoso le circundan, y rodean, y el feroz, y ejecutivo dardos rompe, y lanzas quiebra; Por su valor juzgan todos de su aliento, y de sus fuerzas, que es la parte superior, y rendir lo más intentan. Ay, Lautaro de mi vida! como se ve en tu fiereza, que agraviado te ofendiste, y que ofendido peleas. Él, y tu esposo se juntan, y aunque enemigos se encuentran, con furia indeterminada, parece que se respetan. Ya crecen los alaridos, y el cielo a sus voces tiernas, de condolido, y piadoso se esconde entre nubes densas. Ya caliginoso el aire, que por sí mismo alimenta, de confuso no respira, y entre las voces se queda. Hasta las almas parece, según van saliendo apriesa, que a los últimos acentos de sus palabras se niegan. Mas hay triste! la fortuna parece que ya resuelta por los Cristianos, pronuncia contra Arauco la sentencia. Victoria España. Tiranos de mi Guacolda, y mi honor, agora veréis mejor, si tenéis mejores manos: que presto vais de vencida; pero yo que intento aquí? Que dirá el mundo de mí, si por mi queda ofendida mi patria? un enojo leve me ha de hacer, que vengativo a Chile deje cautivo? que tigre el pecho me mueve? Y a la sangre que bebí de Caupolican parece que en mi pecho se estremece, y está volviendo por sí. Adónde vais, Araucanos? como así queréis perder la libertad, y el poder? Volved contra los Cristianos, volved, que Lautaro soy, de vuestra infamia corrido, y en mi enojo arrepentido. Qué me quieres que aquí estoy? Qué volvamos a envestir contra Valdivia, afrentados de que tan pocos soldados hoy os hay an hecho huir. De tu valor satisfechos, te seguimos todos ya tuya Guacolda será. Y tuyos también mis hechos. Pues ves lo que aquí ha pasado, no es menester informarte de que está en aquella parte mi corazón bien fundado. Mira ya que diferente se nos muestra la fortuna a los de Arauco oportuna, y a los de España inclemente. Ya en el uno, y otro bando van con diferente estruendo los vencedores huyendo, y los vencidos matando. Declarada está la gloria por nosotros, bien podremos bajar sin miedo. Bajemos. Victoria, Arauco, victoria. La victoria se te debe Lautaro, tú la tuviste, pues que volvernos hiciste. con exhortación tan breve. La causa ha sido el valor que con tu sangre bebí, y así te debes a ti lo que hice en tu favor, que de mi parte quería vengar mis injurias yo, y en la ocasión me mudó la sangre que no era mía. Desde hoy eres mi Teniente. Y desde hoy también mi esposo. A pecho tan valeroso le cedo gustosamente la esperanza, y el intento. Siendo así, con esta mano quedo en el valle Araucano premiado, alegre, y contento Qué miras, Fresa? esta es la cabeza funeral del ya muerto General, tan fundado en su interés, que a todo Chile afligió con uno, y otro tributo, y así vino adar el fruto que en sus obras cultivó. Hacer sacrificio quiero de ella a nuestro Eponamón, por víctima, y oblación de este devoto hemisfero: en esta parte ha de haber una piedra espiritada. que de un Sol articulada me suele a mi responder a mis preguntas; hincad todos la rodilla en tierra. Por víctima de esta guerra a tu inmensa potestad, Eponamón soberano, con reverencia, y amor, la parte más superior del más infeliz Cristiano te ofrecemos, y te pido que nos digas lo que haremos, para que en paz conservemos este Reino defendido. El Sol como a mensajero de su pura luz, me envía a decir, que si este día os concedió el fin postrero de la guerra, es porque ha visto que sois todos conjurados enemigos declarados del Evangelio de Cristo. Contra esta gente de España, que con tan falsos preceptos os quiere tener sujetos, os supedita, y engaña; pelead, que él os dará esfuerzo más conocido contra el socorro atrevido, que del Pero viene ya el hijo de aquel Virrey que allí gobierna prudente, a su Rey tan obediente, como observante en su ley, viene ya sulcando el mar; prevenios a la defensa, porque es arrogante, y piensa que os ha de poder domar. Lucero del Sol hermoso, de parte mía le di, que antes moriré, que aquí pueda nadie poderoso introducir por sí mismo, supuesto que nos engaña, los tributos para España, ni a Crisma del Bautismo; y en fe de aquesta verdad todos a prevenir vamos la defensa, y la juramos. Araucanos pelead contra el orgullo Español, y conspirad brava cisma, que la verdadera Crisma es tener contento al Sol. Tanto apetezco su daño, que aunque son mi habitación tinieblas, y confusión, vestido de luz engaño.

JORNADA SEGUNDA

Qué tiempo podrá tardar? Poco, que ya le dejé a la vista del lugar cuando yo me adelante a solamente avisar. Justamente decir puedo, señor Don Luis de Toledo, que nadie logrará el día con tan segura alegría, porque este Reino os concedo que estaba menesteroso del gobierno, y la prudencia de un pecho tan valeroso; si bien en la resistencia que hace, estoy temeroso de que es muy poco el poder que el nuevo Gobernador trae, si pretende poner freño al resuelto valor de Arauco, a mi parecer. Y es la causa? Porque son en esta conjuración los Indios ya rebelados valentísimos soldados, y con rebelde intención dando nombre a los Cristianos de injustos, y de tiranos, saben rendir, y matar, y ponen al pelear el corazón en las manos. Y si los va acariciando con blandura, el daño entiendo que se irá multiplicando, que han empezado venciendo, y han de proseguir negando: que edad tiene Don García? Veinte y dos años. Pedia esta empresa más edad, que aunque es su capacidad tanta como su osadía, la experiencia suele hacer lo más por sí, cuando ya falta al valor el poder. Si en eso el remedio está, menos hay ya que temer. En el juvenil ardor del nuevo Gobernador viene la virtud cifrada, la experiencia anticipada, y en su ser propio el valor. Que esta generosa rama, el antiguo fruto aclama de aquel árbol de Mendoza, por quien España se goza con los triunfos de su fama. Y porque ya la excelencia de su sangre, en dependencia os permita mayor fe, mientras él llega, os diré parte de su descendencia. Lope Manso fue el primero, a cuya valiente espada debe junto con Pelayo. su restauración España, Luego el Infante Don Zuria. su hijo, y de Memorana única del Rey de Escocia, tan dichoso, y fuerte en armas, que se vio por elección siendo amparo de su patria, primer señor dignamente de Altamira de Vizcaya. Don Íñigo Ortiz su hijo, tras él igual en la fama, a quien Castilla la Vieja debe el señor que hoy la ampara. Don Lope Íñiguez luego, cuya juventud gallarda con Bernardo en Ronces valles. puso temerosa a Francia. Y Don Ínigo su hijo, cuarto señor de Vizcaya, a quien Castrojeriz debe su conquista, y su esperanza. otro Don Ínigo López luego tras él se adelanta, a quien Ordoño el Segundo hizo Conde de su casa. Y a este por su valor, por su esfuerzo, y sus hazañas, le dio las Encartaciones, honrándole en su privanza. Y porque en sola esta línea de Mendoza se dilatan tantos Héroes, tanta sangre, tanta fe, y grandezas tantas, a la Casa de Cañete pasaré, a quien dio la fama letras de oro en bronce duro, contra el tiempo vinculadas. Y si pueden sus blasones abreviarse, el decir basta, que con Reyes de Castilla. mezció su sangre, y sus Armas. Don Hurtado de Mendoza, primer señor de esta Casa, Montero mayor del Rey, y de Cuenca amparo, y guarda; Tal fue, que por no ofender su valor con mi ignorancia, paso en silencio el volumen de sus ínclitas hazañas. Casó con Doña María de Castilla, honor de España, hija del Conde Don Tello, y sobrina siempre amada de Don Enrique Segundo, en cuya unión se levanta ostentando Majestades a imperiosas alabanzas. Y Juan Hurtado su hijo, también con valiente espada dio a su nombre envidia breve, valor contra edades largas, Del Maestre Don Rodrigo, honor, y gloria de España, hijo del Adelantado, primero señor de Najera, fue recíproco cuñado, con amistad, y fe tanta, que iguales con el valor de dos hicieron un alma. Dos Infantes de Aragón en Cuenca hospedó en su casa, y con pecho generoso mostró su altivez gallarda. Veinte mil hombres traían, todos con lucidas armas, y ninguno consintió que en la Ciudad se alojara, mostrando en su obligación, como vigilante guarda, que cuidadoso, y bizarro defendia, y regalaba. A este se sigue Honorato, de cuya valiente espada fio Don Juan el Segundo. su Corona, y sus espaldas, porque estando con su gente en la tala de Granada, satisfecho de su esfuerzo, le envió a que le guardara las fronteras de Castilla, y Aragón: y fue tan rara. su asistente valentía, que aseguró su esperanza. Y Juan Hurtado su hilo después, estando en Granada. Doña Isabel, y Fernando, matando, murió a lanzadas, que no le queda que hacer al que con valiente espada. por su Rey pierde la vida, reservando a Dios el alma. Tras este se sigue luego, digno de mortal estatua, Diego Hurtado de Mendoza, que fue Virrey de Navarra. A los Católicos Reyes sirvió también con fe tanta, que justamente adquirió su inclinación, y su gracia. Fue con el Emperador a Flandes, y volvió a España con sus cartas de creencia, satisfechamente dadas, Para que los Capitanes, que en el Ejército estaban, Condestable, y Almirante; solo sus ordenes dadas a boca, cumpliesen luego; y fueron tan respetadas. por sulealtad, y valor, que pareció que reinaba. Leales, y comuneros premio, y castigo en España, haciendo digno su nombre de inmortales alabanzas. Y siendo Marqués segundo Don Hurtado, se adelanta, dando a su posteridad. muerta vida en viva estampa. Al Emperador sirvió, y descansando en su casa de innumerables servicios. en diferentes jornadas, tuno Carlos Quinto nuevas, que el Perú se levantaba, porque Francisco Jirón inquietaba aquellas Plazas. Y haciendo nueva memoria de las valientes hazañas del ya retirado esfuerzo de aquellas prudentes canas, le mandó que se partiese al Perú, porque importaba a la quietud de aquel Reino una experiencia tan sabia. Y al fin le halló la patente en Cañete andando a caza, que es imagen de la guerra, y aún allí le deleitaba, que en cualquier parte que esté, el que en servir se adelanta, las ocasiones le buscan, y las mercedes le alcanzan. Y así, de esta sangre el mundo la sucesión deseada espera, porque se hereden en ella grandezas tantas. Mas ya con labios de bronce este clarín nos declara, que han llegado: lo demás dirán el tiempo, y la fama. Vue. Señoría, señor, sea a Chile bien llegado, que ya viéndole, mejor se ve que el ser deseado fue debido a su valor: que si no en edad madura con alma entendida; y pura ya de este Reino parece que con guerra; y paz ofrece la restauración segura. Quién habla a Vue Señoria es el señor Villagran, Capitán de Infantería. Ya del señor Capitán, de su agrado, y cortesía tenía noticia yo antes de llegar aquí. Cuando Valdivia murio este bastón me dio a mí, y el Gobierno me encargó, y así le pongo a esos pies, y por mayor interés, de él hago aquí dejación, cumpliendo como es razón los mandatos del Marqués; y sirvo a Vue Señoría con este corto presente, tan hijo de mi alegría, como de esta providente tierra, que lo engendra, y cría. Doce barras de oro son. Estimo la voluntad, y agradezco la intención; si bien la posibilidad da causa a la presunción a que discurra advertida ser culpa reconocida hallar presentes sobrados en tierra de conjurados; que se lamenta oprimida. Los que en su Gobierno están, deben, señor Capitán, servir solo de tutores, y no ser usurpadores de aquello que no les dan. Con quien tributa rendido, debe el que es obedecido usar también de clemencia, que nunca está la obediencia segura en el ofendido. Demás, de que es tratar mal al inferior si es leal con intento temerario, hacer lo que es voluntario esclavitud natural. No ha de ejércitar tirano su poder el poderoso, que el Príncipe soberano no llega a ser venturoso por serlo, si no es humano. Demás de que el absoluto cruel, menor hace el fruto, que yo por mi cuenta hallo que es afligir al vasallo dificultar el tributo; Y así no me he de espantar de que se muestre al pagar el doméstico impaciente, procurando inobediente morir por no tributar. Aligerar es razón a los que quedan amigos el tributo, y la opresión, y será en los enemigos menor la conjuración, que no por eso el valor ha de faltar peleando al castigo de su error, que el empezar obligando, hará su culpa mayor. Demás de que los Cristianos. siempre han de mostrarse humanos, que son prudentes acciones conquistar los corazones antes de rendir las manos. Y a mí en efeto me envía aquí el Marqués mi señor, con su intención, y la mía, si a castigar con rigor, a obligar sin tiranía. Y pues vengo a reducir, a dar, y a restituir, mal podré en esta ocasión cumplir con mi obligación empezando a recibir. Muchos Indios he sabido. que están enfermos, y mueren de pobres, por no haber sido curados, aunque los hieren por habernos defendido; y con este liberal presente, y con mi caudal, si bien no es mucho el dinero, para que se curen, quiero que se haga un Hospital; y no los de Arauco esquivos. perseveren vengativos, siempre esteriles, y yermos, que si curo los enfermos, también sé matar los vivos. Suplico a Vue Señoría, que ya que la suerte mía me lo ha trasplantado en Chile, para que no se aniquile mi salud, y mi alegría, que aumentando sus blasones, mandé por justas razones, y todas en mi favor, que en este Hospital, señor, se cure de lamparones. Yo soy un pobre soldado, tuve un gato regalado, que con asistencia rara se refregaba en mi cara juguetón, y colialzado. Y fue tanto el porfiar del gaticinio estregar, y la asistencia fue tanta, que me dejó la garganta con más bocas que un vibar. Y como estamos aquí tan lejos del Rey de Francia, me habré de quedar así sin remedio de importancia, que lo sea para mí, sino es que Vue Señoría hace parte de obra pia en su reciente Hospital el atajo de este mal. Cómo os llamáis? Bocafría. Extraño nombre. Señor, Diego Boca se llamaba sirviendo al Emperador mi abuelo, cuando sitiaba el bosque su gran valor. Presentole un pez un día, y él con notable alegría mando que se lo friesen; mas como lumbre encendiesen tiraban a puntería al fuego, sin consentir, que pudiesen conseguir su intención; y así temiendo, los que le estaban friendo, se apartaban sin freir; y viendo que no comía por su mucha cobardía, afrentando su valor, les dijo el Emperador: solo Diego Boca fría, y al fin mi abuelo frio el pez, y él lo agradeció con estimación no poca, y juntando el fría al boca, Bocafría se llamó. Desde hoy tendréis en mi casa cuantó hubiereis menester. Mas que una madrastra escasa viva tu heroico poder por cuanto el Sol gira, y pasa. Es muy valiente soldado, aunque siempre está de humor. Es porque nunca he sacado mohatra, ni tengo amor, ni pido, ni doy prestado. Qué es esto? Irán a llevar a algún Indio el Sacramento. Allí, sí, es bueno emplear todo este recibimiento. Justo es irle a acompañar. Que buen pronóstico ha sido, que haya el mismo Dios salido, cuando su causa prevengo, que de él parece que vengo esperado, y recibido. Señor Capitán, la espada me dé, y sea preso. A mí: Esta es orden que está dada de mi General, y aquí no debe ser disputada; esto es lo que me mandó, y esto solo debo yo argüir en mi disculpa, que él después allá en la culpa verá si es justo; o si no. A tanta resolución, obedecer, y paciencia, que puesto que es sinrazón, aquí será la obediencia parte de satisfación. Válgame Dios! Don García postrado humilde en el suelo, al Sacerdote porfía que pase por él; el cielo te ampare. De parte mía doy por justa mi prisión, que él que tanto en Dios se ajusta con humilde corazón, no puede hacer cosa injusta: mis culpas sin duda son. Y aunque conmigo desdiga, de su piedad esta vez, a menos temor me obliga que la virtud del juez consuela cuando castiga. Es posible mi Lautaro que hubo tiempo en que por mí ignorante carecí de tu amor, y de tu amparo? Mas ay que es el tiempo avaro, y no vuelve el que se fue, que si no hiciera mi fe puesto el que pasó adelante un siglo por cada instante de los que no te gocé: Tanto al fin mis dichas tienen en ti, que puesto el cuidado en los días que han pasado, triste vivo en los que vienen. Y de suerte me previenen pena, y gusto repartidos, que a no poner mis sentidos mi memoria en mis cuidados, olvidara los gozados, por no sentir los perdidos. Soy tan única en amar, que me esta sirviendo a mí de pena lo que perdí en lo que pude gozar. Pero sabré granjear, solicita ya en mi suerte, lo que tarde en conocertes. y mi corazón rendido, por lo que no te he querido, se dará priesa a quererte. Tan discreta quieres bien después que tuyo me hiciste, que aún con lo que no quisiste, sabes obligar también: y me doy el parabién aún del tiempo que podía gozar, cuando te quería; porque juzgado en rigor la tardanza de tu amor, no estuvo de parte mía. Es tan grande, hermoso dueño, mi amor, que paso mi vida dulcemente entretenida, como en regalado sueño: y en este amoroso empeño, mi rendida voluntad, para hacer de tu beldad dulcísimo pasatiempo, dilatar quisiera el tiempo en siglos de eternidad. Siempre que juntos os veo, considero vuestros brazos de olmo, y hiedra, en cuyos lazos se está logrando el deseo. Hagan dulcísimo empleo vuestras vidas enlazadas, que siempre las estimadas fundamos, cuando queremos, en amorosos extremos esperanzas regaladas. Cómo estás, Lautaro, aquí en tu amor tan descuidado cuando ya a Chile ha llegado aquel que te dijo a ti el mensajero del Sol? Y hanme dicho sin dudar los que le han visto llegar, que es un valiente Español. Que valiente puede ser el que entra en Chile acortando sus tributos, y obligando con blandura, y sin poder? Si hay algo que os pueda dar en su venida cuidado, es solo el haber entrado empezando a granjear; que ese prudente valor ha entrado ganando amigos, para hacer los enemigos menos, y rendir mejor. Y cuidado es menester, que los Capitanes sabios, que entran deshaciendo agravios, muy cerca están de vencer. Dale tú de nuestra parte, Colócolo, una embajada resuelta, y determinada. Di que vuelva su Estandarte al mar, si quiere vivir, y que tome de su intento en Valdivia el escarmiento, si las sombras del morir no le confunden la vida, que solo le advierto yo, que ya el tiempo se acabó en que estuvo introducida su tirana potestad, y su ambiciosa intención por divina imposición de alguna oculta deidad; que ya sé lo que desean, cuando acá los Arancanos con diez rayos en dos manos hieren, matan, y pelean, que es jurisdicción muy corta la de su esfuerzo, y su gente, y tú allá como prudente le di lo que más le importa. Ya que siempre me decís, que en este valle Araucano sirvo de Oráculo humano, hoy mal camino elegís: si queréis amedrentar al que de suyo nació altivo, y se resolvió a morir, o a conquistar. Porque mejor ha de ser que le vais asegurando con divertir obligando, que incitar con ofender. Yo le diré que tratáis de medios, y descuidado estará indeterminado mientras vosotros juntáis vuestra gente; y prevenidos los venceréis sin traición, que siempre en la guerra son los ardides permitidos; y esto me parece a mí. Colócolo dice bien en lo que dice. Y tan bien, que él mismo ha de hacerlo así. Pues yo voy, y tu entre tanto, ya que están en nuestra tierra, treinta mil Indios de guerra, que al mundo ponen espanto, tenlos dispuestos de modo, que apenas sus corazones articulen condiciones, cuando acabemos con todo, sin dejar un Español. Cómo tracemos su muerte, descuida, obliga, y divierte, y vaya contigo el Sol. Parte Tucapel bolando, y di a Rengo, y Tucamán, Lincoya. y Andalicán, que los estoy esperando; Lo demás, Lautaro, a ti te toca, prevén mi gente. Bien sé que soy tu Teniente, y lo que me toca a mí. Que con trecientos soldados se atreva un hombre a venir a conquistar, y a rendir cien mil tigres conjurados? Mañana habemos de ser, sin extranjeros señores, absolutos poseedores de Chile. A tu gran poder, adorado esposo mío, se vea España rendida, como ya por ti en mi vida la fuerza de mi albedrío. No hay cosa que me contente, hasta que le den tus manos a costa de los Cristianos círculos de oro a tu frente. Ni a mí, amante esposa mía, hasta que vea después cardena, y fría a tus pies la boca de Don García. En la forma que mando Señoría se ha hecho, y puede estar satisfecho, que nadie mejor que yo le sirve. Un pregón se ha dado, que los Indios que estuvieren ofendidos, o quisieren quejarse de algún soldado, que vengan luego, y están tan arrogantes, y ufanos de ver que los Arancanos venciendo, y matando van, que no solo su esperanza, fundada ya en su malicia. solicita la justicia, pero pide la venganza. Y solo un Indio Cristiano se queja de Villagrán, de que siendo Capitán, entró, y con resuelta mano de su buhío sacó dos barras de oro. Muy bien; luego otras dos se le den de las doce que él me dio. Falta pienso que han de hacer al Hospital. Poco importa que la fábrica sea corta, si lo es el poder también. Lo primero al gobernar, se sigue el restituir, y luego el distribuir, sin ofender; ni quitar. Que en las obras se condena, y por malo se señala el que consiente la mala, para conseguir la buena. Y así la ley que previene estos casos; mas me incita a volver lo que se quita, que a dar lo que no se tiene. Yo firmaré de mi mano, según lo que alcanzo yo, que desde que Adán pecó, no ha visto el género humano Ministro tan puntual, Gobernador tan prudente, vastallo más obediente, ni tan digno General. Puede ser Vue Señoría General de un escuadrón de Mártires del Japón, todos de la Compañía. Generalísimo puede. ser de los Anacoretas del yermo, a quien los Profetas; pero basta, aquí se quedé, porque aún no he mirado apenas el Flosantorun primero de Víllegas, y no quiero meterme en vidas ajenas. Luego se apreste un navío para el Perú, adonde irán con Aguirre, y Villagrán los demás presos que envío. Sus dañadas intenciones condene la Audiencia allá, mientras yo castigo acá rebelados corazones. Qué igual la grandeza veo, si ellos triunfan como sabios, de convencidos agravios en tanto que yo peleo. Dos partes distintas son letras, y armas, pero aquí las dos se juntan por sí en una conforme unión; y así en la empresa que sigo viene a ser tan necesario, como rendir al contrarlo, el castigar al amigo. Un Indio viejo esta ahí por los de Arauco. Entre luego. Vendrá fulminando fuego. Saquén dos sillas aquí. El que menos se provoca de estos de Arauco, promete en cada ojo un cohete, y un triquitraque en la boca. De que aquí este Embajador; tenga asiento, estoy corrido. Por el honor del vencido se reputa el vencedor; y como miro al blasón a que aspiro en la victoria, por hacer mayor su gloria, les doy esta estimación. Y no podremos perder nada, Arauco no domado, cuando hayamos obligado a los que pueden vencer. Que estando este bien dudoso, ignorancia hubiera sido anticipar el vencido la ofensa del victorioso. Y caso que de este error sobre alguna parte aquí, siempre son buenas por sí las dádivas del honor. Deidad humana Español, claro honor de los Mendozas, que en el primer arrebol de tu juventud te gozas lleno de rayos del Sol; él te guarde. Y él te dé tan viva luz de la Fe, que tu ciego error en ti conozcas. Siéntate, y di a lo que vienes. Sí haré. Por el Estado Araucano, perdóname (el más anciano soy) vengo a decir, si aquí es justo introducir vuestro Imperio soberano? Y pues está en opinión de sabio tu corazón, que le dais, juzga prudente, a nuestro espíritu ardiente culto de otra Religión: cuando es ya rigor impío obedecer mandamientos, de extranjero señorío, que siempre han de estar exentos los actos del albedrío. Si os fundáis en más valor, del nuestro informar podrá haberse visto inferior la parte de España ya, con retirado temor. Y si en menos rustiqueza, mas ha que vuestra destreza tiene escuela; y no diréis que sois, cuando nos culpéis, de mejor naturaleza. Si en más vida, ya sabemos de las que quitado habemos, que igualmente son mortales en todos, como inmortales las almas que poseemos. Y siendo así, que razón, fuera de injusta intención, os determina, y consiente de esta Región de Occidente tan amplia jurisdicción? Si aquel primer hombre Adán, como decís, en su afán libre el mundo poseyó, mostrad por donde os dejó la tierra en que otros están? Y quedaré convencido, si mostráis algún derecho, la guerra puesta en olvido, todo Arauco satisfecho, y Felipe obedecido. Muy bien en esta ocasión muestra Arauco su prudencia, pues fío de la elección de tu edad, y tu experiencia su libre conservación. Porque sabes proponer tan sabio, y tan elocuente por su parte, que a no ser nuestra justicia evidente, me pudieras convencer. Bien sé que os han enojado los tributos que han impuesto los que hasta aquí han gobernado y que deseáis por esto redimir vuestro cuidado. Esta razón nos condena, pero fue por culpa ajena, y con su dueño acabo, pues vengo a traeros yo el alivio de esta pena. Y de haber introducido su jurisdicción mi Rey; supuesto que os ha instruido preceptos de justa ley, con justo derecho ha sido. Si el Papa debe instruir, también mi Rey oprimir con fuerza, y tienen los dos, como inmediaros de Dios, poder para reducir. Y así os pretendo fundar Seminarios Religiosos, donde os puedan enseñar con preceptos amorosos la ley que habéis de guardar. Confieso, que en ser mortales venimos a ser iguales, pero en el conocimiento, en la Fe, y en el intento, sin número desiguales. Y esto sin argumentar se puede aquí comprobar; el quereros redimir, pues venimos a morir por no dejaros errar. Y en cuanto toca a tener mas fuerza, o mayor poder, culpa sería ignorante el discurrir arrogante en lo que habemos de ver. Solo es lo que yo pretendo cumplir matando, o muriendo, con mi honor, asegurando, que he de pelear vengando, si vosotros defendiendo. En parte estoy convencido, y con los de Aranco quiero que trates de algún partido, y entre tanto de tu acero esté el rigor suspendido. Parte, y de su voluntad la resolución postrera puedes saber. Qué bondad, y que valor! no creyera tal ser de tan poca edad; pero en la reportación tiene puesto el corazón, y le falta en lo advertido, que aunque sabe, no ha sabido conocerme la intención. Este ya es temor. No es, que este es ardid cauteloso, como lo veréis después; porque nunca el poderoso entra echándose a los pies. Venimos a restaurar lo que ellos saben ganar, y cuando matan, y hieren, piden partido: estos quieren solamente asegurar, y debajo de traición nos encubren su intención, que en ella arguye malicia argumentar la injusticia, y abrazar la sujección. Pues porque Vue Señoría disimulo el conocer la industria con que venía? Porque me pienso valer de la misma que él traía. Ellos han de imaginar, que espero yo descuidado, creyendo que han de tratar de medios, y en su cuidado los tengo de castigar. El Capitán Belisario públicó venciendo a Marío, que su mayor vencimiento fue el ejecutar su intento sobre el ardid del contrario. Póngase en orden mi gente, y llevará la vanguarda Don Luis. El cielo aumente tu vida. La retaguarda se dará al valor prudente de Don Alonso de Arcila. Hoy en su diestra apercibe el cielo un segundo Atila, que él pelea, como escribe. A un tiempo corta, y afila espada, y pluma. En su honor dudar nada fuera error, que aunque se muestra ofendido, porque preso le he tenido, no he de negarle el valor: con los caballos iremos Don Felipe, y yo. Hoy veremos rendidos por tu saber del Araucano poder los arrogantes extremos. Aunque ve Vue Señoria tan callando a Bocafría, un Alcalde solamente confieso que es más valiente en una Cancillería. Dos cabezas hiendo, y rajo solamente con un tajo, que en cuanto toca a mi espada, al Cid no le debo nada, de lamparones abajo. Sí, pero habéis de advertir, que anticipáis el decir, que primero es el hacer donde es prudente el poder: y solo en el presumir menos valiente os quisiera, que la hazaña verdadera es la que no se previene, y luce mal cuando viene de aquel que menos se espera. C

JORNADA TERCERA

Al fin lo engañaste? Él queda tan descuidado; que ya no hay cosa que daros pueda cuidado; parado ha vuestra fortuna su rueda. Entré para asegurar, difiriendo su poder en su tirano intentar, y déjeme convencer para mejor engañar. Qué talle tiene? Valiente parece. El rostro? Excelente. Airoso cuerpo?. Bizarro, aunque sin mucho desgarro, que es reportado, y prudente. Con particular destreza parece que en sus acciones se extremó naturaleza compasando sus razones su ingenio, y su gentileza, Y si puede el enemigo obligarnos a respeto, y amor, claramente os digo, que le soy en lo secreto del alma inclinado amigo. Y si habéis de hacer por mí algo, solo os pido aquí, que si vivo le podéis rendir, que no le matéis. Yo te lo prometo así; qué gente se ha prevenido? Tomé. Rengo, y Leucorón diez mil Indios han traído de comprobada opinión, y de valor conocido; Y los Caciques también, Lincoya, Malco, Puren, Paicabi, y Andalicán otros veinte mil te dan, para que el mundo te den; y antes que se pase el día te dará su esfuerzo a ti preso, o muerto a Don García. Pero qué es esto? Ay de mí! tu lloras, esposa mía? quién se atreve a deslustrar en tus claros resplandores tu soberano mirar? A mí, Lautaro, temores de que no te he de gozar; Triste de mí; que he soñado, que en estrecha sujección he visto a Arauco domado, y tu altivo corazón de una flecha atravesado. Permitiome el hado impío juntar con tu rostro el mío, y en residencia del sueño los ojos abrí, hay mi dueño! que te vi cadaver frío. Como ya la muerte impía división sangrienta hacía, cada lágrima, ay de mí! que vertía sobre ti, en sangre se convertía. Y ya tan unida estaba la tuya a la que te daba mi corazón, que dudó el alma cuando salió, de que sangre se ausentaba; muerto te he visto. El hermoso rostro enjuga, que engañoso fue tu sueño: vivo estoy, y tuyo. Guacolda, soy. Albricias, querido esposo, haciéndole a Eponamón devotísima oración, se me apareció a mi lado: esta corona me ha dado, y dice, que en opresión se verán hoy los Cristianos; y es el ponerla en mis manos, según me parece a mí, señal que te elige a ti por Rey de los Araucanos. Bien me la puedes poner sin dudar, y sin temer; veamos como me está, que corona que un Dios da, anadle puede ofender: estame bien? A tu frente se le debe el eminente señorio universal, que el dominio natural es el que el cielo consiente. En tus ojos, Fresa hermosa, como en claro espejo, veo mi coronación gloriosa. Y yo en mí mismo deseo tu potestad milagrosa; de suerte está en tu cabeza, que ya la Imperial grandeza reduce constituida los méritos de tu vida a ley de naturaleza. Con avernos anunciado un Dios nuestro vencimiento, persevera en tu cuidado, tu llanto en tu sentimiento: parece que te ha faltado la fe? Entre sombras adquieres fantásticos pareceres? Y cuando despierta estás, crédito a un sueño le das, y a un Dios negársele quieres? en tanto que me detengo para solo armarme, Rengo manda tocar a marchar. En poco podréis dudar ya huyen vuestros soldados heridos, y amedrentados del rayo de Don García. Que lo engañé presumia, y lomos los engañados. Retírate a tu buhío en tanto que te desvío este peligro en que estás. Mi bien, coronado vas, ha en tu Dios, y en el mío. Adónde vas? A impedir su furia, y a resistir la violencia de su acero. Ponte tus armas primero, mira que vas a morir. Ya no hay temor que me impida, si viese del homicida la espada en mi corazón, que nacen con la ocasión los desprecios de la vida. Suelta, o cortareme el brazo, y dejárete con él. Por ser tuyo ese pedazo, rompiera tu golpe en él de esta unión el mejor lazo. Dos almas puedes llevar, pues con dos he de quedar, que si yo al verte morir, con la mía he de sentir, con la tuya he de acabar. Restituyeme el sosiego; vuelve a mis brazos, y luego apesar de tus enojos, te esconderé con mis ojos entre flámulas de fuego. Y si te aflige el rigor del Cristiano vencedor; vuelve a tu primer reposo, te aclamaré victorioso en los triunfos de mi amor. Alguna deidad ha sido en sombras disimulada tu dormitar convencido. Esa es la flecha soñada, y ese el corazón herido: dónde vas? A pelear. Déjame, mi bien, llegar a tu ensangrentada vida, para que tenga tu herida virtud también de matar. Cómo es, decid, vuestro acero Cristianos, tan diferente de los que maté primero? como con tan poca gente hacéis estrago tan fiero? Adónde estás Don Garcia? Aquí estoy. Caupolicán te llama, y te desafía: redúzcase, Capitán, a tu fuerza, y a la mía la guerra. Como valiente te resuelves, pero quiero ver, que despojes primero de esa Corona tu frente; que como he considerado, que a mi Rey se la has quitado, su Católico sujeto juzgo en ella, y el respeto me tiene indeterminado. Y cuando tu valentía superior quede a la mía, quiero, aunque dando vencido, haberte desposeído de esa injusta tiranía. En qué se funda, quisiera saber, esta acción primera del dominio de tu Rey? En instruiros la Ley de Dios, que es la verdadera. Porque con tu muerte veas cumplido lo que deseas, te soy en esto obediente. Si presumes blandamente, con arrogancia peleas; no me espanto que mi gente huya acobardadamente, ni que haya Rey que se atreva a introdución de Ley nueva, con vasallo tan valiente. Mira que es Caupolican el que huye. El Capitán de Aranco? Muy bien lo sé, pero ya el temor se ve en pasos que huyendo van; y aunque lo pude vencer aquí, matar, o prender, tenerlo es más conveniente temeroso con su gente, que vencido en mi poder. Cuando la victoria empieza se ha de seguir, que es flaqueza dejar de lograr el día. Aunque tenga sangre mía, le he de cortar la cabeza al que pasare de ahí. Hemos de dejarlos? Sí. Pues que es lo que se ha de hacer? Tocar luego a recoger, que no he de pasar de aquí. Si huyeron sobresaltados, porque estaban descuidados, muchos son para seguidos, que revolverán corridos de verse tan despreciados. Cuando hay fuerza de poder, se ha de seguirla victoria, pero cuando viene a ser con ardid, la mayor gloria es no volverla a perder. Ya los Indios rebelados han visto a sus defensores huir, y desengañados, han de volver inferiores, y en su culpa escarmentados, Discurre Vue Señoria en todo como prudente: Detendré la Infantería. Yo los caballos. Detente, qué haces? Hoy es mi día, y quiero por desquitar, el decir con el obrar, pues huyen los Araucanos, matar dos, o tres Cristianos, por no dejar de matar. Qué es eso? A un Indio; que fue mi enemigo, le corré las manos, que traigo aquí. Quedo vivo? Señor sí: pero no por mejor fue. Un primo mío mató en el encuentro pasado, cuando Valdivia murió, y no quedara vengado, matándole agora yo: cada día ha menester, que otro le dé de comer, y no hay más terrible pena, que comer por mano ajena, siendo forzoso el comer. Haga manos de los codos, que aunque busqué nuevos modos siempre se vera morir el que ya para vivir los ha menester a todos. Y demás de carecer de lo dulce del rascar, vil desdicha vendrá a ser, si está desnudo, esperar que le vista su mujer; que si se debe inferir, que es posible el no gruñir; aún las que tienen amor, están más diestras, señor, en desnudar, que en vestir. Qué busca Vue Señoria? Una Corona arrojó Caupolicán, y querría hallarla: aquí la vi yo. Algún demonio tenía; siempre en este Valle han sido todos los más hechiceros, y abrase desparecido. Si sois los dos Caballeros, que me deis la muerte os pido. Señor Don Felipe, mía es la India. En cortesía siempre me dejó vencer, pero aquí fuerza ha de ser el sustentar mi porfía. Qué es esto? Habemos traído esta india, y ser queremos cada uno preferido. Esto es hecho, aquí tenemos saetazo de Cupido; y no me espanto por Dios, que la pleite en los dos, que demás que es excelente, son mozos, y están a diente; lo mismo hicierades vos, humana flaqueza mía. Libre los dos la dejad. Advierta Vue Señoría Conozco que es su beldad. la causa de esta porfía. Y si amorosas pasiones. turban honrosos blasones, menos dañoso ser puede, que libre una India quede, que presos dos corazones: que aunque pensar fuera error, que se reduce a delito el gusto donde hay honor, flaquezas del apetito entorpecen el valor. Libre estás. Que no es advierte, mi libertad la que pido, sino que me deis la muerte, y habréis, Cristianos, tenido piedad en mi adversa suerte. Matadme, que ya rendida, de vivir solo ofendida, he de invocar vuestro acero. Levanta, y dime primero, por que aborreces la vida. Capitán prudente, y sabio, a cuyos valientes hechos, la restauración de Chile tiene reservada el cielo. La infeliz Guacolda soy, de aquel Indio que habéis muerto, llamado Lautaro, esposa, poco amante, pues no muero. Por su mucha valentía, llegó legítimo dueño, a las ternezas de un alma, y a las delicias de un cuerpo. Tan conformes nos gozamos, que formaba el pensamiento, por lo que tardo el principio, dulces quejas contra el tiempo. Y tan unidos a un ser, que hice yo en lazo estrecho, pasto común a mi vida, de su regalado aliento. Disculpa, si has sido amante, mi amoroso sentimiento, y perdóname en ti mismo enternecidos afectos. Y si te falta piedad, atribúyelo al no serlo, que solos los que han querido saben disculpar extremos. Dos almas quitó una flecha, y al salir la mía, pienso, que la embargó en mis desdichas la vida del sentimiento. Si no es, que al partir la suya, se comúnicó a mi pecho, por dejar introducida su vital llama en mi aliento. Y si esto imposible fue, por la división del cuerpo, muerta en mi dejó su vida, y yo la vivo muriendo. Cuando ausente le tenía, sin luz mis ojos vivieron, y hasta verle, unos en otros, tropezaban mis deseos. Y agora que ya, ay de mí! ni le busco, ni le espero, porque está en morir mi vida, aún con la muerte no encuentro. Capitán, como le vi le soñé herido, y sangriento, que pronósticos contrarios siempre han sido verdaderos. Desmintiome una Corona, que un ídolo de los nuestros le dio a Fresa, amada esposa de Caupolicán soberbio. Que hoy os verláis, le dijo, a su gran poder sujeto, y Arauco seguro, y libre de vuestro tirano Imperio. Mas solo en mi desventura pudo permitir el cielo, que fuese un Dios misterioso, cuando no lo ha sido un sueño. Y en tan infaustos pesares, solo a tu rigor apelo, pues consiste el bien que busco en la impiedad de tu acero. Solicite un golpe el fin de martirios tan inmensos, que en lo más de las desdichas, piedad es buscar lo menos. Y no son grandes las penas de los que viven muriendo, si a lo breve de una muerte se reducen los tormentos. De suerte lo ha relatado, que me ha enternecido el pecho. y solo por tener barbas dejo de llorar muy tierno. Tu muerte pides Guacolda, con tal piedad, que parezco, cuando estoy más compasivo, cruel porque te la niego. Y porque sepas que nace la crueldad de tu deseo, de la ciega idolatría de tu torpe entendimiento. La Corona que tu dices, ya Caupolicán la ha puesto a mis pies, y envuelta en humo se ha desparecido entre ellos. Demonios son vuestros Dioses, y con engañoso intento, por asegurar las almas, os lisonjean los hechos. Solamente nuestro Dios es, Guacolda, el verdadero, y el que nos hizo de nada, estando siempre en sí mismo. Y si por aquí hay alguno de los tuyos, verás presto comprobada esta verdad con fáciles argumentos. El que anunció tu venida, en este peñasco hueco suele hablar, y responder, si aquí hay demonio, aquí es ello. En este Agnus Dei está un átomo del Madero en que este Dios que te digo vencio la muerte muriendo, Toma, y hablale con él. Muestra Epanomón supremo, que por Deidad te acreditas, con articulado aliento; sal de ese peñasco duro, vuelve por ti, compitiendo con la grandeza que informan de este círculo pequeño. Reniego de su poder. Agora verás en esto, que has adorado engañada un espíritu blasfemo. Este ídolo es nefando, a pagar de mi dinero. Por qué? Huele a chamusquina, y paga el delito en fuego. Desengañada, y temblando, postrada a tus pies, te ruego, que arrepentida me admitas en la Ley de tu Evangelio. Levanta, Guacolda hermosa, levanta, pues hoy el cielo quiere levantarte así, con soberanos misterios. Y pues ya te has reducido, será, a pesar del infierno, tu segunda redención, hija de tu entendimiento. Ven, y darante el Bautismo, que agora, sí, decir puedo, que merezco victorioso laurel, a pesar del tiempo. Y este, sí, es glorioso triunfo, que en más estimo, y más precio darle a Dios una alma sola, que a mi Rey un mundo entero. No me diga nadie nada, que ya vuestra cobardía conmigo está disculpada, después que de Don Garcia probe la valiente espada. En tal edad tanto brío? no bastaba, cielo impío, en la Corona engañosa, puesta en manos de mi esposa, fundar el engaño mío? Muerto es al fin Orompello, Y seis Caciques con él. Echó la fortuna el sello Si no me vengáis, cruel me he de matar. Qué es aquello? El Indio a quien los Cristianos le cortaron las dos manos. Vengarse a voces querría, quíteme él a Don García de entre ellos, y verá llanos en mi rigor sus intentos; pero que he de hacer si vienen templados cuatro elementos en su juventud, y tienen cobardes mis movimientos? El aire le obedeció en el mar cuando pasó hasta nuestra tierra; y luego en sus venas todo el fuego de la esfera se infundió. Si no toca a recoger, era fuerza el revolver cuando el socorro venía: no bastaba valentía, sino prudencia, y saber? Solo siento de su gloria, que los Indios rebelados, ya en nuestro amparo, y concordia van tras él amedrentados a pedir misericordia. a pedir misericordia. A recibir el Bautismo de los Cristianos se va Guacolda. Hecho un abismo de penas, no puedo ya caber de enojo en mí mismo: eres tú el de la experiencia? mal haya el que se fio de tu engañosa elocuencia. Confieso que me engañó, Caupolican, su prudencia: quien en malicia tan diestra creyera de parte vuestra, que un mozo recién venido se hiciera desentendido para darnos con la nuestra? otra le tengo de armar, veré si conmigo sabe fingir, y disimular: a Guacolda en fiesta grave el Bautismo le han de dar: quien duda que sus soldados lo han de asistir desarmados? y pienso con otro asalto cogellos de sobresalto, porque mueran descuidados. Bien dices, tras ellos vamos. Avisa luego a mi gente del intento que llevamos, y marchen secretamente. Ruego al Sol que no volvamos deshechos de la emboscada, con la intención castigada, que es astuto, y valeroso, y ha de vivir cuidadoso de no descuidarse en nada. Déjalos. Si no te alejas, o te tapas las orejas, nos han de aturdir aquí: viene un enjambre tras ti de Indios como de abejas; cómo enjambre? una legión de langosta en escuadrón: y a convertirse en mosquitos, fuera por nuestros delitos la plaga de Faraón. Dicen, que eres San García, y que te quieren besar los pies. Mi humildad podría responder por mí; a tratar de su quietud, y la mía Don Felipe, y Don Luis irán. Yo vi tan quebrado este Chileno pais, que como a vidro cascado, solo le faltaba un tris: ser mereces el primero de los que España. Eso quiero que esté conmigo excusado, que desdice a un buen soldado el parecer lisonjero. Cuerpo de Cristo, ha de ser todo hacer, y más hacer? Dura el juego todavía, y puede en la suerte mía volver el naipe, y perder, y tengo por ignorancia bizarrear la ganancia, sin haberme despedido. Que traes pienso revestido un Carón en la elegancia. Qué dice Guacolda? Esta esperando a que le den el Bautismo, y sabe ya las oraciones muy bien. Muy presto se le dará Los nombres me preguntó, y el de María escogió: díjele, que si quería llamarse Doña María? Y aunque de mí se informó, de esto del don; no he sabido decirle lo que es el don, mas de que es un apellido tomado de mogollón de todos los que han querido. Una hinchazón barrenada, ni adquirida, ni heredada: es un atributo guero; y finalmente es un acero, que hace número y no es nada Y a llamarse pienso yo que ya se determinó redondamente María, sin más don, ni argentería, que como Dios la crío. Qué dicen? Todos están las bocas puestas en tierra, y humildes disculpas dan. Atribuyen de esta guerra la culpa a Caupolicán. Y de haberse rebelado? Dicen, que el maltratamiento del Gobernador pasado fue la causa de su intento, que a tratarlos con agrado, ellos supieran sufrir, obedecer, y servir. Estos son como el doliente, que de miedo se arrepiente, cuando ya sé ve morir. Yo me doy por convencido, en su descargo admitido, que si es dañosa la culpa, siempre es buena la disculpa del que la da arrepentido. Que las minas labrarán dicen, y que poblarán los lugares despoblados. Solo el fin de mis cuidados es ese, si ellos me dan la tierra como la halló Valdivia, no tendré yo razón de pedirles nada: verla quiero restaurada, pero destruida no. Qué tributo han de pagar? Solo aquel que ellos quisieren voluntariamente dar. Será muy poco el que quieren Antes se ha de acrecentar, y entre ellos medir verás con menos corto compás lo que juzgaron injusto, que el que da con proprio gusto, siente menos, dando más. Aunque mira a sujeción el dar por contribución, ya es parte de libertad, hacer de la cantidad ellos mismos la elección. Y cuando de nada pueda servir esta cortesía, nuestro derecho nos queda a salvo. Vue Señoría dice bien: todo suceda como pide su saber. Así se ha de proponer, y que adviertan que el lugar que primero han de poblar, la Concepción ha de ser, porque tenga preeminencia por el nombre, como es justo. Prudentísima advertencia. Ignorar lo que es tan justo es culpable inadvertencia: de los de Arauco no están ningunos ahí? Esos son mas altivos: morirán primero en su obstinación, que rendirse. Mal harán, si arrogantes, y tiranos pretenden los Araucanos impedir nuestro derecho, que si a estos les doy el pecho, para ellos guardo las manos. Solos estamos señor, y solo de ti un favor a solas quiero adquirir. Sin temor puede pedir el que sirve con valor; qué quieres? Los apetitos a buen fin, no son delitos? Es verdad. Y ser podría, no reparando María en estos lamparoncitos, que ella, y yo. Querrás casarte? Eso es para no cansarte. Toda la dificultad consiste en su voluntad, que ella es el todo, y la parte. La mano a Lautaro dio, porque dice que le vio defender los Araucanos; si yo les corto las manos, mejores las tengo yo. Y aunque sean infelices las mías, como autorices. mi persona, y me dé el sí, le traeré de Arauco aquí diez arrobas de narices. De lo que puedes te alejas mucho. Pues no son consejas: porque me dé el sí, y la mano traeré del valle Arancano. once barriles de orejas. Ya dicen que poblarán los diez lugares que están sin población; y es doblado el tributo señalado. que a su Majestad le dan. Porque vea en tu valor la prudencia de tu pecho, y porque juzgue, señor, el servicio que le has hecho viendo el tributo mayor. Con esto ya habréis quedado con parecer reducido, los dos de que fue acertado el no haberles yo pedido, si es más lo que ellos han dado. Siendo este Reino leal, será desde hoy puntual; porque no fue el no querer tributar por no poder, sino por tratarlos mal. Traten solo de agradar los que quieren gobernar, y lograrán su intención, que aún hay en la sujeción modo también de obligar. Solo falta la obediencia de Arauco: aquí hay diferencia de modo, porque en rigor el que niega con valor, pide resuelta inclemencia, pero que tenga primero el santo Bautismo quiero la que por Dios se desalma, supuesto que el darle un alma es el triunfo verdadero. Y en la forma que ha de ser os diré; venid conmigo. Muestre el cielo su poder liberal siempre contigo: digna acción de tu saber. Laurel verde en campo de oro te dé tu mismo decoro. Y aquel Ángel Araucano solamente a mí la mano, y arrástreme luego un toro y arrástreme luego un toro Por aquí embestir podremos en el punto que escuchemos los instrumentos festivos, y con brazos vengativos, nuestra injuria vengaremos. Que es imposible pensar, cauteloso Don García, que entramos en el lugar: Colocolo, esta es la mía y la tengo de lograr. Después que a mí me engañó, no me atrevo a pensar yo que ha de descuidarse en nada. Esta ya no es tu embajada, que vengo en persona yo. Descuidados han de estar, y sin armas para dar el Bautismo a esa traidora, que de su ley transgresora se ha querido condenar. Por aquí es forzosamente el paso, después que ya traiga la crisma en la frente. Nuestra gente embestirá con una voz solamente que demos: y lo has pensado como advertido soldado, que el que nos dejó vencidos solo pondrá los sentidos en su fiesta descuidado. Sin arcabuces vendrán, y por lo menos no harán lo que otras veces han hecho. Fácilmente aquí en lo estrecho de este paso perderán las vidas. Si no previenen el engaño, cierta tienen la muerte. Nadie se mueva ni a embestir sin mí se atreva, que ya parece que vienen. Turbésele al Sol la cara y en pardos eclipses sea su luz siempre menos clara, porque en si el castigo vea de una privación tan rara: armados vienen, que harenos? Por el lugar nos entremos resueltos a pelear. Lo que os puedo aconsejar es, queya nos retiremos, que de este hombre solo siento, según en cualquiera intento es prudente, y advertido, que trae a su Dios metido en su mismo entendimiento. Pues no ha de decir de mí, que tantas veces volví las espaldas, peleemos. Todos contigo lo haremos. Pues ay de Arauco, y de ti! Ea, famosos Cristianos, entre un millón de Araucanos dice entrando en el lugar, que me ha de desorejar el que yo corté las manos: acuda Vue Señoría apriesa, que hoy es el día, si el naipe puede volver, en que es posible el perder. Perdona, hermosa María, que son lances de la guerra. Santiago, España, cierra. Vue Señoría, señor, vino con su gran valor a redimir esta tierra; y así a un mismo tiempo aquí nos da cuidadoso a mí el Bautismo de su ley, mayor poder a su Rey, y laurel eterno a sí, Que con tan heroicos nombres, tal sangre, y tales renombres poco su ser aumentara, si en Chile se contentara con hacer lo que otros hombres; Ea, hijo valeroso de aquel Virrey, porquien ya el Perú vive glorioso; a ellos, que Arauco está de tu espada temeroso, Qué bien se te echa de ver que has heredado el vencer de la sangre de Mendoza, y que España en ella goza los triunfos de su poder. Ya se rinden, ya se dan, y huye Caupolicán avergonzado, y corrido; los que a un ídolo han creído, que glorias no perderán? Tómate cuenta a ti mismo, Aranico, en tu barbarismo, que el vencimiento mayor es el conocer tu error con la crisma del Bautismo. Domado Arauco te ruega, que pues a tus pies rendido ya tributario se entrega, que lo perdones vencido. Nunca mi piedad se niega, que aunque el seros generoso parezca en algo dañoso, solo quiero parecer riguroso hasta vencer, y en venciendo ser piadoso, El verdadero triunfar es poder, y no matar; y así me hace insistir Y al Gobernador Prudente. animoso en el rendir la gloria del perdonar: libre estáis. Nueve victorias te han dado, verde laurel, y has poblado diez Ciudades, persua diendo, peleando, y corrigiendo. Esta el mundo admirado. Y obediente te humilla Arauco la frente; y que eres, dirá, señor, el piadoso vencedor, y el Gobernador Prudente. Dónde está Caupolican? no se rindió? El Capitán Reinoso, que lo siguió, lo trae preso. Bien mostró hecho un segundo Roldán, que es de Valdivia sobrino. Aunque apiadoso me inclino, cuando es justa una venganza justas disculpas alcanza. Y Caupolicán? Previno mi intención tu voluntad, y mi sangre tu piedad; y como clamaba en mí, quise entregártelo así; perdona si es impiedad. Por vida del Rey, tirano, que estoy por darte la muerte por hecho tan inhumano. Qué murió, señor, advierte arrepentido, y Cristiano. Por eso solo, señor, merece perdón su error, que ser pudo si viviera, en su obstinación muriera, y fuera el daño mayor; lo primero que te pido es esto. Y yo convencido, solo por ti le perdono; pero no por eso abono su rigor inadvertido, que aunque las venganzas son disculpas del corazón, la nobleza del poder consistió en poderla hacer, pero no en la ejecución. Porque que más soberanos hechos, mas nobles, y humanos, que tener siempre una vida inferior, y agradecida a la piedad de tus manos? que estado quieres, María? Ser Religiosa querría. Pues tan frío me he quedado, lindamente me ha cuadrado el nombre de Bocafría. El premio de tal acción le toca a su Majestad en esta restauración; y así con la autoridad de una breve relación, a la verdad persuadido, y con causa agradecido, de su Católico pecho, que os dará, estoy satisfecho, el que tenéis merecido. Y porque otra parte cuente el fin esplendidamente, en esta fin da el Autor al piadoso vencedor, y al Gobernador Prudente.