Texto digital de La gitana melancólica
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Gaspar de Aguilar
- Atribución estilometría
- Gaspar de Aguilar Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto (preparado por Germán Vega) procede de Dramáticos contemporáneos a Lope de Vega I (1857).
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La gitana melancólica. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/gitana-melancolica-la.

LA GITANA MELANCÓLICA
JORNADA PRIMERA
¿Tú te acuerdas, peleando, De mí? No. Quiero creerlo. Pues me lo vas confesando. ¿He de acordarme de aquello En que siempre estoy pensando? ¿No ves que suelo pensar Siempre en tu amor verdadero, Y que, en ley de bien amar, Nadie se puede acordar Sin olvidarse primero? ¿Por qué, Irene, has pretendido Decir que la fe te pierdo? Que yo, como amante cuerdo, Por no decir que me olvido. He dicho que no me acuerdo. Tu razón, Numa, no abones; Pues, bien mirado, está llena De engaños y traiciones, Que pocas veces es buena Razón que funda en razones; Lo mejor es confesar Que dijiste el no de veras. Escúchame. No hay lugar. Irene hermosa, no quieras Hacerme desesperar. Que por la gloria que ves Que de tu vista me ofrece Tan soberano interés, Por la tierra que merece Besar tus hermosos pies, Por las lucientes estrellas Que solo a tu perdición Rinden ventaja, pues ellas Son infinitas y son Menos que tus gracias bellas, Por el rubio sol dorado A quien ilustrando vas Con tu resplandor sagrado, Y por ti, que vales mas Que todo lo que he jurado, Que me burlé, no estés triste, Que me anuncias mal suceso. Cuán mal mi pecho entendiste: No digas tal, que confieso Que burlando lo dijiste; Confío de tu valor, Aunque esto es descuido mío, Pues mirándolo mejor. Por la parte que confío Dejo de tenerte amor; En gran confusión me has puesto Con lo que dijiste agora. ; Al arma, alarma! ¿Qué es esto? Al arma tocan. Señora, Conviene que vaya presto, Porque no digan jamás Que he dejado de ser hombre. Numa invencible, ¿do vas? A merecer ese nombre Que de invencible me das; Voy luego a dar el asalto Contra este pueblo traidor, Porque tengo sobresalto Que ha de ser contra mi honor, Si en él por ventura falto; Dios sabe, Irene, cuál salgo Destos gustos, de bien llenos; Pero importa sufrir algo, Porque nadie me eche menos, Y me halle do más valgo; Que por ser tu padre Tito, Nadie el decoro le pierde. Pésame, Numa, infinito Que dejes el árbol verde De mi esperanza marchito. Señora, dame lugar. Si buscas, fiero arrogante, Fuerza para conquistar, ¿Qué fuerza podrás hallar Como una mujer amante? Si buscas muro deshecho, Aquí está mi libertad Por ti puesta en tanto estrecho; Si buscas una ciudad, Babilonia está en mi pecho; ¿Qué quieres, ingrato, hacer? ¿Así pones en olvido Tu nobleza y mi querer? ¿Así dejas lo vencido Por lo que está por vencer? Guerra tus manos me den Primero que en este día La des a Jerusalén. Irene del alma mía, Bien dices, mas no haces bien; Porque aunque quiera sufrir Que mi honra se destruya En dejarme de partir, Por lo que toca a la tuya No lo debo permitir; Y así, me parto y me estoy, Y tanto al ánimo y miedo Iguales parias les doy. Que por mi honra me quedo Y por la tuya me voy; Y no solo por ti es bien Emprender hechos tan grandes, Mas por tu padre también, Que ha cercado, como sabes, A la gran Jerusalén; Y aunque le voy a valer En aquesta guerra fiera, Contrario quisiera ser. Porque tu padre tuviera Un hombre mas que vencer; Adiós. Pues me has de dejar, Que mires por tu persona Solo te quiero encargar. ¡Al arma, al arma! Perdona; Que ya no puedo esperar.Desesperada me dejas En el mar de mis tormentos. Por ver, Numa, que te alejas Más ligero que los vientos, Que ya importuno con quejas; ¿Qué es esto que pienso hacer? Si siendo corta, no puedo Esta ausencia padecer, ¿Cómo he de sufrir el miedo De que eterna pueda ser? Puede ser que el cielo acuda Con un golpe tan mortal, Que no pueda darle ayuda; Mas triste, si ha de ser mal, ¿Para qué lo pongo en duda? Cierto será el dolor fuerte Que ya Imaginando voy; Y es tan contraria mi suerte, que porque no muera, estoy por desearle la muerte.— amor, que eres en la tierra dios de los enamorados, ciego que la luz destierra, y guía de los soldados, por lo que tienes de guerra, quítale a Numa la venda de los ojos, porque ver pueda cualquier que le ofenda, y vuélvesela a poner cuando olvidarme pretenda. Ya que sale de este asalto victorioso mi escuadrón, bien podemos hacer alto. ¿Qué es esto, que el corazón Me da grande sobresalto? Mi padre v¡ene. Mandad, Mario, a mi gente que al punto Se aleje de la ciudad. Todo el bien me viene junto, Si lo que pienso es verdad. Hija Señor. Gloria mía, Solo el verte me faltaba; Porque cuando combatía, Vive el cielo, que pensaba Más en ti que en lo que hacia. ¿Cómo estas? ¿Cómo he de estar, Sino contino luchando Con el temor y el pesar que sintió mi alma cuando mandaste al arma tocar? Dormirías, hija mía, Y el rumor te ha despertado. Pienso, Señor, que dormía; porque el gozo que tenía, sin duda ha sido soñado. Todos. Señor, al real se recogen. ¿Qué se ha hecho En este asalto mortal? Dilo luego. No sospecho, De Numa buena señal. Bien sabes, Tito invencible, que estas murallas soberbias, que un tiempo tuvo la paz, entapizadas con hiedra, Estaban llenas de gente Y de pertrechos de guerra, cuando llegaron los tuyos Con las armas a ofenderlas. Sabrás pues que en comenzando A combatir las almenas, Vieron cómo en los castillos, Tremolaban las banderas. Hablando mejor, temblaban Mas de nuestras gentes fieras. Que las vieron, que del viento Que daba entonces en ellas. Y cada cual, codicioso De tan victoriosa empresa, Arrimaron todos juntos Al muro las escaleras; Adonde estaba de gente Una gruesa nube espesa, Que con truenos de amenazas Arrojó lluvia de piedras. Trabose allí una batalla Tan cruel y tan sangrienta, Que el fuerte muro quedó Todo cubierto de flechas, El sol, de color de sangre; El suelo, de gente muerta; Tu campo de regocijo, Y el alto cielo de quejas. Mas después de retirados, Hallamos, Señor, por cuenta Que son trescientos los muertos, Los cautivos ciento y treinta, Y que esto no cuesta nada; Bien es verdad que nos cuesta La persona del gran Numa, Que en la ciudad queda presa, Porque quiso adelantarse A todos en la pelea; Que de adelantarse a todos, Nacen semejantes penas. Hija, ¿qué te causa espanto? Tenedla, que se desmaya Sin preceder ningún llanto; ¡Mal haya el placer, mal haya Vitoria que cuesta tanto! ¿Desmayose? Señor, sí. El color tiene perdido. Hija mía, vuelve en ti. Padre, de mí no he salido; Que yo nunca estuve en mí. Antes a decirte vengo Que ocupada el alma queda Con el dolor que mantengo; Si hay cosa alguna que pueda Ocupar lo que no tengo. ¡Qué! ¿No tienes alma ? No; Ni a tenerla más me ofrezco. Pues tanto mal me causó. ¿Quién padece? Yo padezco. Y ¿quién es la causa? Yo. Sin duda es melancolía Que del cuento le ha nacido. — Mi bien, mi luz, mi alegría, ¿Por qué ocasión has querido Perturbarla gloria mía? Ensancha ese corazón; Llora un poco, mas no llores, Que me darás más pasión. — ¿Turno? Señor. Los dotores, Haced en esta ocasión Que vengan con brevedad. Haré que vengan al punto.Di, ¿no te causa piedad Ver que me tiene difunto, Irene, tu enfermedad? Serena tus bellos ojos, Que un tiempo, por ser tan bellos, Eran del sol los despojos, Y agora exhala por ellos El corazón sus enojos. ¿No sabes que el ser te di? ¿Por qué dármele no quieres. Enmirar, hija, por ti, O por mí mismo, pues eres Un yo apartado de mí? Mas si nuestros cuerpos son Conformes en la unidad, ¿Cómo el mío con razón Padece tu enfermedad, Y no sabe la ocasión? Y pues no puedo saber Sino sufrir tu dolencia, Sin duda debe de ser Aquesta correspondencia Para solo el padecer. Como mandaste, vienen los doctores. ¡Oh amigos de mi alma y de mi vida! Mirad la gloria de mis tristes ojos, Cuán afligida queda entre los brazos Del que le dio la vida y ser que tiene; De la misma manera que la parra,. Que aunque viene a secarse, porque el tiempo Le quila la virtud vegetativa. Queda abrazada con el árbol suyo. ¿No sabremos, Señor, qué fue la causa Deste mal repentino? En este punto. En este punto miserable y triste. Sin ninguna ocasión, sin causa alguna. Estuvo a pique de perder la vida. Pues Señor, no te aflijas ni congojes; Porque, considerando el sudor frío, La poca calentura, el rostro pálido, Y el color denegrido de los ojos, Es humor melancólico. ¿Es posible Que el humor melancólico la ponga En tan grande peligro? No te espantes. Que otros mayores daños causar puede. Y para mitigar el que le ha hecho, Importa que se alegre. ¿Quién? La Infanta. Si pudiese alegrarse, no sería Nada su enfermedad. Pues si no puede, Mándale luego hacer fiestas y juegos, De manera que pueda divertirse; Que las cosas de gusto y alegría Son de mayor provecho que las yerbas Para esta enfermedad. Mucho me holgara Que fuera menester mi propia sangre Para curar la que es mi sangre propia; Mas, pues haciendo fiestas y alegrías Curar se puede enfermedad tan grande, Quiero poner por obra ese consejo.— ¿Mario? Señor. Procura que mi gente Deje las armas de las manos fieras, Y que toda se ocupe y entretenga En hacer fiestas, juegos, regocijos, Máscaras, danzas, bailes y otras cosas, Para ver si con ello se divierte Mi desdichada hija; y al momento Puedes hacer que se publique un bando- Con el cual se prometan grandes premios A todos lo que en esto se ocuparen; y al que fuere tan diestro, que le pueda Causar el regocijo que pretendo, Alegrando sus bellos, tristes ojos, Le ofrecerás aquello que pidiere, Después que hayan salido con la empresa, No embargante que pida cualquier cosa; Que por el bien de Irene, que es el mío, Daré toda mi hacienda y aun mi vida. Yo me parto, Señor, a obedecerte. ¿Qué es aquesto, Irene amada, Que en tu gusto no me empleas? Si hacer mi gusto deseas, No dejes, padre, hacer nada. Grande es su pena y dolor. La tuya, Señor, no ablande; Que aunque su dolor es grande, La medicina es mayor. Tanto en aquesto confío, Que tengo el alma resuelta En dar con ella una vuelta Por el ejército mío; Pues en todo lo criado No hay cosa, a mi parecer, Tan hermosa como ver Un ejército formado. Quizá el verle será parte Para curar su dolencia. — ¿Dónde vais? Con tu licencia, Queremos acompañarte. No hay de eso necesidad. Queremos ir, si te place, Por ver qué discurso hace, Señor, esta enfermedad. Tu crueldad fue tan crecida, Que, por darle muerte fiera Continuamente, quisiera Darle y quitarle la vida. Pues, hermanos, ¿qué hice yo, Que me tratáis de esta suerte? Diste a mi hermano la muerte, Y al padre que me engendró. Mirad con razón lo hecho; Veréis mi satisfacción. El enojo y la razón Nunca viven en un pecho. Tú has de morir. ¡Oh traidor! No me pesa de mi muerte, Sino por morir de suerte. Que soy Sansón de mi honor; Porque con ella ofrecerme Quise, y morir por vencer; Y así, fuistes menester Tantos mil para ofenderme. Pues en esta guerra vil Dos mil hombres me prendistes, Tres mil atar me pudiste, Y matarme cuatro mil. Y quieran los dioses santos, Porque no muera mi nombre, Que entre tantos haya un hombre Que diga que fuistes tantos. Aquí todos cuentan mal; Mejor es que él mismo cuente Los que le damos. Detente. ¿Quiénes? Nuestro general. ¿Qué es esto, pueblo villano? ¿De qué hacéis tantos extremos? Matar, Josefo, queremos. ¿Matar? Sí. ¿A quién? A un romano. ¿Ha hecho algún desconcierto? Es tan fiero en el combate. Que no hay hombre de quilate Que por él no quede muerto. Y temo, que me dejó A mí sin padre ni hermano; Y así, con mi propia mano Tomo la venganza yo. Sin duda, cobarde gente. Loca, infame, mal nacida, Que no le quitáis la vida Sino porque fue valiente. Mas honra fuera, por cierto, Que ese castigo llevara Primero que no os matara Esos que decís que ha muerto; Que él está, como enemigo, Obligado a pelear, Y vosotros a mirar Que no merece castigo. Mas vuestros pechos ardientes, Que en la venganza se inflaman, No viven si no derraman Sangre de hombres inocentes. Pues si con tal tiranía Los romanos nos cercaron. Fue por la que derramaron Vuestros padres algún día. Que aunque yo sus desvaríos, Como vosotros, heredo, Pues los conozco, lo puedo Llamar vuestros, y no mío. Templad, templad esa furia Tan indigna de alabanza; Que nunca hay sed de venganza Donde no hay fuego de injuria. ¿Los nuestros muerte reciben, Y este ha de vivir aquí? ¿No es cautivo? Señor, sí. Pues con aquesto reviven; Que esto de prender cautivos Hace a la patria dichosa; Pues por ser tan belicosa, Prende los contrarios vivos. Dejadle. ¿A quién? Al romano Quiero que luego dejéis, Si en su lugar no queréis Dejar la vida en mi mano. Luego ¿porque fue homicida, La vida le has concedido? Digo que porque lo ha sido, Le quiero otorgar la vida. ¿Qué queréis? Desta sentencia Pedirle al cielo justicia. Príncipe de la milicia, Espejo de la clemencia, Dame esas manos. No pruebes A estar tan agradecido; Que este bien que has recebido, A tu nobleza lo debes. Hablas al fin como hidalgo. Por aventajarte en todo. No me trates de ese modo. Bien es parecete en algo. Sepamos cómo te llamas. Numa. ¿Numa? Sí, Señor. ¿Tú eres Numa, el triunfador de tantas vidas y famas? Tú eres el fuerte varón Que dio a mis gentes la muerte? El varón soy, mas no el fuerte. Pésame de tu prisión. ¿Por qué de ella te ha pesado? Por tu mal primeramente, Y por la infinita gente Que habrá sin duda costado. ¿Tú puedes quererme bien? I¿Cómo es esto? No te asombres; Que no solo vences hombres, mas voluntades también. Mil cosas te vi emprender desde el muro donde estaba; y aunque en mi daño, me holgaba, Numa, de verte vencer. que los golpes y rigores. daban muertes diferentes: de admiración a mis gentes, y a mi corazón de amores. Y tanto holgada de verle hacer invidioso a Marte, que trasportado en mirarte, me olvidaba de ofenderte. ¡De todo quieres la palma? No basta con pecho altivo tener el cuerpo cautivo, sino cautivarme el alma con tantas obligaciones? La mayor queda por ver. Luego ¿mayor puede ser? Sí ¿Cómo? ¿En duda lo pones? Sabrás que quiero que entiendas, Y entienda Roma también, Que aún tiene Jerusalén Personas que tienen prendas Y aunque no las hay en mí Yo quiero agora probar que soy hombre de fiar, solo en fiarme de ti. Que aunque esto es propia alabanza, confiarme en este aprieto de mi contrario, es efeto de sobrada confianza. Y así, si me das palabra Que la vuelta será cierta, Yo haré luego que la puerta De la ciudad se te abra Yo te prometo. Señor, Que he de volver a morir. Pues al campo has de salir Con nombre de embajador. Y advierte que la embajada Que agora pretendo darte, es de mi parte. y de parte De aquesta ciudad cercada. Dile a Tito que le ruego Y pido con humildad Que destruya esta ciudad, Si pretende, a sangre y fuego. Solo que no la destruya Con este azote siniestro; Porque es mucho daño nuestro, Y poca alabanza suya. Pero si pretende hacer Que nadie se desespere, Y con un concierto quiere Su victoria ennoblecer; Lo que harás en nombre mío. Haré guardar en mi nombre, En señal de que soy hombre Que de un contrario me fío. Si crédito no le da, Ponle al cielo por testigo; Mas está tan mal conmigo, Que aun testigo no será. Y mira bien que le cuentes La hambre y necesidad Que padece esta ciudad, Cabeza de tantas gentes. Todo aquesto que te digo, Con respeto y con amor Dirás como embajador, Y rogarás como amigo. Es tu buen término tal, Josefo, que ser quisiera General porque pudiera Darte gusto general; Pero queda satisfecho De mi intrínseca afición. Ya he visto tu corazón, Que se trasluce en el pecho. Pues, Señor, ¿qué haces acá? ¿Dó vas? A llamarte. Escucha. Y con diligencia mucha Se ha de hacer. Luego se hará. Bien puedes, Numa, salir De la ciudad cuando quieras. Vamos, romano. ¿Qué esperas? Quiérome antes despedir. Mas despedirme no debo De ti ahora, aunque me voy; Que en ti convertido estoy, Mientras este cargo llevo. También yo me siento en ti Tan de veras convertido, Que aun la palabra no pido De que volverás aquí. Porque sé que has de volver Adonde tú mismo estás, Que soy yo. No digas más. Que no sabré responder. Pues para estar satisfecho De que en mi no habrá mudanza, No quieras mayor fianza Que la nobleza que has hecho. Quédate en paz. Dios te guíe. ¿Qué es esto? De mí me espanto, Que en cosa que importa tanto, De mi contrario me fíe. Mas quiero volver en mí Artes que más quejas dé, Pues primero le obligué Con la vida que le di. Y aunque esta es verdad sabida, Yo sé que queda obligado Con haberme del fiado, Mas que con darle la vida. Y por eso, a pensar vengo Que si deja de volver, Por castigarme ha de ser De la duda que de él tengo. Pues sin razón desconfío De un hombre noble obligado. Como mandas te he sacado A Numa fuera. Hijo mío! El cielo dará aparejo Para tu boda algún día; ¿Qué me querías? Quería Decirte cómo el Consejo Te llama. Quiero ir a ver Si hay de remediarnos modo. Yo sé que serás en todo, Como siempre, menester. En puesto alegre me deja, Si, a pesar de mi tormento, Escucha Aber el acento De mi lamentable queja. ¡Ay Aber! Ay mi alegría! ¿Cuándo, di, el tiempo ha de ser En que cumplida he de ver La larga esperanza mía? A Unías siento, y no dudo De acudir a su dolor; Porque me ha hecho el amor Oveja, que siempre acudo Al silbo de mi pastor.— Unías. Señora. Espera, Que ya voy. Sin duda quiere Que con esperanzas muera, Pues ha sido la primera Palabra decir que espere; Que, como las cosas son Tan sujetas a mudanza, Cualquier acto de afición Que empieza por esperanza Para en desesperación. Mas este discurso es malo, Porque la discreta Aber, Como mi esposa ha de ser, Sin duda que algún regalo Debe de quererme hacer. ¿Ya no me quieres hablar? ¿No sabes que no me atrevo? ¿De dó vienes? De buscar A tu padre. ¿Qué hay de nuevo? Hale mandado llamar. ¿Quién? El Consejo. ¿Qué quiere? Remediar con brevedad La gente de esta ciudad. Que, como sabes, se muere De hambre y necesidad; Y así, quieren emprender El postrer remedio agora De poderla socorrer. ¿No lo sabes? No, Señora; Que no se puede saber. Y tú, mi bien, ¿cómo estás? Porque si algo no has comido Enflaquecido estarás. Al menos, envanecido Con el favor que me das. ¿Tienes pan? Ahora me dan Un pan, que hace una comida Mas sabrosa que un faisán. ¿Qué pan comes, por tu vida? Pan con ojos, que es buen pan. Es pan que, por mi interés, No hayas miedo que lo tome En esta boca que ves; Que, como con ojos es, También con ojos se come. Déjate de enternecer; Dime si has comido, Unías. Bien ha seis días, Aber, Que no como. Si ha seis días, Menester será comer;. No hay en toda la ciudad Sino este pan de salvado, Y pues por grande amistad A mi padre se lo han dado, Quiero darte la mitad. Y la otra ¿adónde ha de ir? Mi padre la ha de llevar. Tú ¿qué tendrás? El partir. Y ¿eso es bueno? Sí, que el dar Es mejor qua el recebir; Que pues la hambre importuna Este poco pan reparte Por mano de la fortuna. Para mí la mayor parte Será no tener ninguna; Iguales las partes van; Toma. Mil gracias te doy; Que pues los cielos me dan Pan de salvado, yo soy El salvado de este pan; Y no imagines, Aber, Que yo le quiero llevar Agora para comer, Sino para publicar El valor de una mujer; Llamarle han luz de mujeres Los ingenios más sutiles, Y pues con pan le prefieres A las damas, los gentiles Te darán nombre de Ceres; Que, pues perdiendo se van Todos los nombres que al hombre Más lustre y valor le dan, Para conservar tu nombre Será bien ponerle en pan; Mas, pues por ti le he tomado. Págame aquesta amistad. ¿En qué quieres ser pagado? En que tomes la mitad Desta mitad que me has dado; Luego la has de recebir, Que si yo con esta parte Cuatro horas puedo vivir, Y tú; mi bien, por faltarte, Al momento has de morir, De la vida que me das La mitad toma a lo menos, Y al justo lo partirás, Viviré dos horas menos Y tú, Aber, dos horas más; Toma, por me dar contento. Soy contenta, pues me abona Con eso mi atrevimiento; Voyme. ¿Dónde vas? Perdona, Que quiero entrarme al momento; Que aunque mi esposo has de ser. Gran parte de mi decoro Podría en esto perder.Aunque te vas, yo te adoro Por diosa, y no por mujer; Sepan todas cómo das A las mujeres luz pura. Con que ilustrándolas vas. Porque el sol de tu hermosura Reverbera en las demás; Por decirlo a cuantas son Luego me quiero partir; Luego, porque no es razón Del tiempo que tardo en ir, Quedarte en restitución.¿Qué te parece de las fiestas? Pienso Que Tito ha de volverse como Irene Según anda suspenso y melancólico Procurando con fiestas y alegrías Enternecer un frío mármol duro. ¿Qué tal está la sin ventura Infanta' ¿Por qué la quiere tanto? Es larga historia Dímela en dos palabras. Porque es hija De una reina de Egipto, a quien un tiempo Quiso más Tito que a sus propios ojos Y así, la viste siempre con el traje Que llevaba la Reina su querida. Porque le representa más al vivo La bella imagen de su muerta madre. ¿Que ya murió la Reina? Sí, y por eso Quiso Tito quedarse con Irene, Y llevarla consigo. Escucha, espera ¿Qué gente viene aquí? MAMO. ¿No ves que viene De divertir a Irene por el campo? ¿No le alegra y entretiene La música? El alma mía Con nada, Señor, se aviene, Porque pierde el alegría Conmigo el poder que tiene. No te has visto en los espejos de los rayos del sol rojos, que en las armas desde lejos reverberan y en los ojos hacen gallardos reflejos? No has visto que torneaban muchos al son de las cajas, con las picas se daban de modo que ellas quedaban hechas astillas y rajas? No has visto tantas banderas por el aire tremolando? No has visto algunas hileras que peleaban burlando, por vencer tu mal de veras? Y al fin, ¿no me has visto a mí, que lo procuraba todo? Por qué no te alegras? Di. Señor mío, de ese modo La entristeces. ¿Cómo ansí? porque los de esta pasión están siempre tau ajeuos de la consideración, que nada pretenden menos que lo fundado en razón; Déjala, Sefior, y calla; que el tiempo la ha de curar. B¡en podría yo dejarla, Si el deseo de curarla me pudiese a mi dejar. Aunque de Jerusalén Sago sin alzar bandera, perdóname. ¡Oh grande bien! Numa! ¿Hermano? TUB.WO. ¿Amigo? Fuera Que no soy Numa. Pues ¿quién? Un embajador, que vengo agora de la ciudad. ¿no eres cautivo? Es verdad; Que una obligación que tengo me puso en cautividad. Yo te libraré. No esperes Verme libre Numa amigo, Yo te libraré, si quieres. Numa me llamas? Si. Digo Que no lo soy. Pues ¿quién eres? Mientras la embajada doy, Soy la ciudad, y después Seré lo que siempre soy. Dime la embajada pues, Que ya escuchándola estoy. Oh espejo muy excelente, En quien se mira la tierra, y aun el sol resplandeciente, Respetado en paz y en guerra Por piadoso y por valiente; Suspende el rigor de Marte, Con quien tanto agora privas, Mientras pretendo rogarte Que de la ciudad recibas Las parias que quiere darte; Mas si no hay piedad ninguna En tu pecho soberano, Ve a gozar de tu fortuna, Porque la hambre importuna No te gane por la mano; Que ya están todos de modo, Que los podrás destruir, Pues han venido a sufrir Tan grande hambre de todo, Que la tienen de morir. Postra, oh gran Tito, por tierra Sus pensamientos altivos; Que serán, si son cautivos, Muertos para hacerte guerra, Y para alabarte vivos. Que aunque vencedor te llama Tu gente, es muy ordinario; Que cuando sale la fama Por la boca del contrario, Más se publica y derrama. Deja de escribir tu historia Con la espada y con la lanza, Porque ya es cosa notoria Que el matar es más venganza, Pero el prender más victoria. ¿No sabéis, embajador. Que con cartas me combate Mi padre el Emperador Porque a los cercados trate Con aspereza y rigor? Así que, pues vos sabéis Que mi padre me molesta, A la embajada propuesta Vos mismo daros podéis Desde ahora la respuesta. Bien me puede perdonar La ciudad, que con batallas La pretendo conquistar, Y sus soberbias murallas Por el suelo derribar. ¿No haremos concierto alguno Para que no queden muertos? No me seáis importuno; Que no quiero hacer conciertos Con quien no guarda ninguno. Esto por respuesta os doy. Pésame que digas eso. ¿Eres Numa? Numa soy. Hablemos pues. Sea presto, Porque al momento me voy. ¿Luego? Si. ¿Dónde? Señor, Voy a volver la respuesta. ¿No me diréis, por mi amor, Qué novedad es aquesta De haber sido embajador? Porque no hay a quien no asombre De tan repentino bien; Decidlo. Sabrás que un hombre De los de Jerusalén, Que Josef tiene por nombre, Como en la ciudad me viese Puesto ya el cuchillo al cuello, Hizo que vida tuviese, Y quiso, en paga de aquello, Que esta embajada trujese, Porque pudiese advertir Lo que fuese menester; Pero quísome pedir La palabra de volver. Que al momento he de cumplir. Aunque lo hayas concertado Con tu enemigo, no estás De ningún modo obligado. Agora me obligas más Con el nombre que le has dado, Porque él con mucha afición Me dio el cargo con que vengo; Y así, vuelvo a la prisión Contra mi gusto, pues tengo De volver obligación; Que si volviera de grado Al lugar de do he salido, Todo quedara igualado, Porque él me hubiera vencido, Y yo le hubiera obligado; Que de vencer a obligar Hay muy poca diferencia. ¡Cuán bien sabes esforzar Tu razón! Dame licencia. No te la puedo negar, Aunque solo por tu gusto Tu reputación destruyas. — Háblale, Mario. Di, ¿es justo Que de tus amigos huyas Con tal sobresalto y susto? Perdóname, que te digo Esto, por ser el mayor., Bien está; pero es mejor Que tú quedes sin amigo, Que tu amigo sin honor. Ruégaselo tú también. Deja, Numa, esas quimeras, Porque no parecen bien; ¿No ves que te desesperas Volviendo a Jerusalén, Y que es locura? Eso no; Que antes yo pagar confío A quien la vida me dio. Bueno será que un judío Tenga más valor que yo, Y que me haya de vencer En obligación y en todo. Hora bien, por no perder Este nombre, de cualquier modo Estorbarle es menester.— Hija, ruégale, si quieres, Que determine quedarse; Que lo hará por quien tú eres, Y porque suele emplearse Siempre en servir las mujeres. Habrasme de perdonar; Que por mis penas y enojos Estoy tan hecha a llorar, Que se lo habré de rogar Con lágrimas en los ojos. Poco importará que llores; Que también descansarás De tus penas y dolores. Quizá me cansarán mas Y los sentiré mayores. — Numa, ¿qué cautividad Es esta que fingir quieres Tan contra tu autoridad, Que así matas y así mueres Por volver a la ciudad? Si piensas que han de decir Los que dentro de ella están Que no has querido cumplir Tu palabra, no podrán, Porque luego han de morir; Y pues no ha de quedar vivo Ninguno de cuantos son, Sepamos por qué razón El volver a ser cautivo Fundas en obligación. Ay Numa, no lo permitas; Mira que si en ese abismo Te arrojas y precipitas, Te deberás a ti mismo La libertad que te quitas; No quieras ser homicida De quien en todo te aplace; Basta que Irene te pida La libertad, pues que hace Lo que no pensó en su vida. Ella por sus males llora, Y Numa se habrá pensado Que es por esto. ¡Oh mi señora, Oh luz del que te ha engendrado En el alma que te adora! Suspende el llanto excesivo; Que yo ser cautivo quiero. ¿Que mueres por ser cautivo? No es razón decir que muero; Que antes yo por serlo vivo. Ser cautivo, ¿quieres ver Si encierra misterios grandes? Que por quererlo yo ser, He venido a merecer Que lo contrario me mandes, No te ha cegado el amor, Pues sabes hacer tal prueba. Aunque es ciego el amador. Puede ver mucho, si lleva Los antojos de su honor; Yo con ellos me autorizo, Porque ciertamente sé Que la fortuna los hizo De vidrio, y por eso fue Cada cual tan quebradizo; Y así, me conviene hacer Aquesta prueba de mí. ¿Dó vas? A poder volver. Pues si no me voy de aquí, No lo podré merecer.Tampoco Irene hizo nada. ¡Ay mísera, ay afligida, Ay triste, ay desconsolada, De enemigos perseguida, De amigos desamparada, De la casa del tormento Firme y sólida columna, De las furias aposento, Terrero de la fortuna, Basis del cuarto elemento, Y al fin, destierro del bien. Donde solo el mal consiste. ¿Hija? Padre mío. ¿A quién Dices todo aquesto? ¡Ay triste! Responde. A Jerusalén. ¿Por qué ofendiéndola estás, Siendo una ciudad tan bella, Que escurece a las demás? Porque estando Numa en ella, Esto será y mucho más. Luego ¿Numa es instrumento De sus desventuras? Si. Sin duda sales de ti. IRENE. Pues no salgo con mi intento, Bien es que salga de mí. Un maestro de danzar, Señor, llamado Cipión, Obedeciendo el pregón Que has hecho, quiere alegrar De su alteza el corazón, Y quiere hacer una danza. Dale pues licencia, hija. Pierda de eso la esperanza, Que a mí no me regocija Cosa que estriba en mudanza; Y así, me voy; que mis ojos No han de ver de aquí adelante Sino tristezas y enojos. Sigámosla, no la espante La furia de sus antojos.
JORNADA SEGUNDA
Mucho tarda Josefo. Yo sospecho Que está ocupado en cosas de importancia, De las que tocan al común provecho. Si hubiese de estos hombres abundancia. Nunca venciera el capitán de Roma Con tan grande soberbia y arrogancia. Ya me parece que Josefo asoma. ¡Oh ministro del cielo soberano. Que el fiero orgullo del contrario doma' ¿Cómo no habéis venido más temprano A la justa? Esperaba una respuesta De una embajada que ha salido en vano. Sentémonos aquí. Ocasión es esta De librar esta tierra desdichada Del peligro mortal en que está puesta Aunque de Dios la Majestad sagrada Pretendió destruir aquesta tierra, Que cielo en otro tiempo fue llamada. Y de la excelsa nube do se encierra. Llovió, en abono de tan justo intento, Instrumentos y máquinas de guerra; Y aunque su brazo, con razón sangriento, Vibró de suerte la furiosa lanza, Que ha juntado la punta con el cuento; Y aunque perdió de suerte la esperanza Que del Dios de venganza que esperamos, No viene el Dios y viene la venganza; Y aunque todos Narcisos parezcamos. Que en el claro Jordán, como en espejo. Nuestras recientes lágrimas miramos: Y aunque haya para verlas aparejo En los muertos que lleva su corriente, Llena de sangre, como el mar Bermejo, No será malo, oh capitán valiente, Pues soy cabeza de la gente hebrea , Que algún remedio , aunque postrero, intente; Pero el remedio es menester que sea Dándole a Tito rigurosa muerte, Por la que nos procura y nos desea: Que muriendo de todos el más fuerte, Levantarán el cerco. Peregrina Parece la invención; mas ¿de qué suerte Ha de ser? El Consejo determina Que salga al campo la mujer más bella de toda la Judea y Palestina, Y procure que todos puedan verla , ricamente vestida, y tan hermosa, Que el mismo Tito se enamore de ella , Y que imite a la viuda valerosa Que en un tiempo libró a Betulia fuerte Con fuerza y con beldad maravillosa; Porque salió con tan dichosa suerte Al campo de Holofernes, su contrario, Que le vio y le venció y le dio la muerte. Paréceme remedio extraordinario ; Mas. pues lo quieren todos, yo confieso Que será provechoso y necesario. Aunque hay mucho peligro en el suceso También hay mucha gloria Y ¿hay alguna Mujer que emprenda de salir con eso? Yo entiendo para mí que no hay ninguna Pero vendrá a salir de las más bellas La que diere más gusto a la fortuna; Porque en esta urna hay tres doncellas, Mas bermosas que el sol resplandeciente, Y ha de salir la que saliere de estas. ¿Puedo saber quién son? No se consiente; Pero puede sacar tu mano hidalga La que es razón que este negocio intente; Que como ahora por tu mano salga, No hay parentesco humano que le ayude Ni re medio ordínario que le valga, Mete la mano pues. Bien es que dude , Porqne de ella la sangre se retira, Y toda junta al corazón acude. ¡Válame Dios! Tu flojedad me admira; Pon la mano aquí dentro. Ya está puesta. Saca un papel. Ya le he sacado. Mira Quién ha salido. Aber. Ta hija es esta. JOSEFO. Ya sé que es mi hija Aber. Admirarse no conviene Ni decirlo es menester; Que en la ventura que tiene Se le puede echar de ver. Pésame que la señale Jerusalén, y la elija Para el negocio a que sale, Sin que le valga el ser hija De aquel que tanto la vale. Mas pienso que ha procurado, Viendo que por socorrerla Tanta sangre he derramado, Derramar también aquella Que con mi sangre he formado. Ingrata Jerusalén, A cuántas cosas sujetas Tu nombre, pues eres quien, No solo matas profetas, Mas capitanes también; Pero sin duda he perdido, El juicio en este día; Que haber mi hija salido, Demás de ser honra mía, Permisión del cielo ha sido. Perdona, querida madre, Si te dije alguna afrenta, Porque el amor me atormenta; Que las palabras de un padre no se han de tomar en cuenta. Muéstrese luego el quilate De mi pecho hidalgo y fiel. Salga Aber, salga al combate, Tan bella armada y cruel, Que enamore, venza y mate. La honra, que es lo mejor. Quede en riesgo de perdida; Que entre gente bien nacida Poner en riesgo el honor Es más que perder la vida; Y así, con mi hija amada Quiero a mi patria valer, Pues ha de ser gobernada Por mí, que brazo he de ser, Ella, que ha de ser espada. Yo venceré con destreza Al mejor de los romanos, Y ella con su gentileza, Que es espada de dos manos, Le cortará la cabeza; Que sin salir, quiero ser Causa de su infamia y mengua. — Vayan luego por Aber. Aunque no podrá mi lengua Tu valor engrandecer, Yo sé que tuviera alientos De alabar tus glorias santas. Si, cercado de tormentos, El cielo me diera tantas Lenguas como pensamientos. Tu saliste vencedor De todo cuanto emprendiste, Pues en la guerra de amor A ti mismo te venciste, Que es la victoria mayor. La ciudad se regocija Por ser de tal hijo madre. Ninguno hay que no colija Del buen término del padre La victoria de la hija, Que sin duda ha de vencer. Si en el contrario escuadrón Es como Judit Aber, Tu vendrás, Josefo, a ser Como en Roma Cipión. No quiero hacer granjería De mi sangre ilustre y clara, Ni honra quiero en tal porfía; Que si en ella reparara, No aventurara la mía. Solo fundo mi cuidado En servir continuamente. ¡Oh padre amado'. ¿Qué mandas, que me has llamado Delante de tanta gente, Sin ver que mi honestidad De su punto desfallece? Ya veis, hija, la ciudad Que por nuestro mal padece Tan grande necesidad. Ahora, porque el poder del contrario no la rinda. Quiso el consejo escoger Una mujer la más linda Que en la ciudad puede haber, Para que al contrario fuerte Dé una muerte con sus ojos, Y después lenga tal suerte. Que triunfe de sus despojos, Dándole otra vez la muerte. Tú, hija, por ser hermosa, Saliste por tu ventura; Y pues fuiste venturosa, Poner en esto procura De tu padre alguna cosa. Sal luego a vencer a Tito, Sin que su amorosa llama Dé lugar al apetito; Y en los libros de la fama Quedará tu nombre escrito. ¡Oh padre cruel, airado! Tanto el término y nivel de la honra has traspasado, Que para llamarte honrado le habré de llamar cruel, de mármol tienes el pecho, Pues siendo mi padre, emprendes. De ponerme en tanto estrecho. Bien parece que no entiendes Lo que es el común provecho. Pero de esto no se trate, Hija, de ninguna suerte; Vete a mostrar tu quilate, Y como unicornio fuerte, Muere o vence en el combate. Si no tienes para esto Cuchillo, yo tengo uno De solo acero compuesto; Y es muy bueno, porque en esto No ha de haber yerro ninguno. Lleva el cuchillo escondido Donde nadie pueda verlo. Hasta que hayas merecido De tu contrario esconderlo En el pecho endurecido. Sin esto, adórnate el cuello Con las verdes esmeraldas Y con el diamante bello, Y esparce por las espaldas El rubio, hermoso cabello; Que para empresas tan grandes Te engendré. Padre querido, Basta que tú me lo mandes Para hacerlo. Harto ha sido Que te enternezcas v ablandes, Para que en ejecución Pongas con ánimo y brío La empresa. Tienes razón; Pero dame, padre mío, Primero la bendición. JOSEFO. Hija mía, no hay lugar De darle agora ninguna; Que pues te las quise dar Todas, para darte alguna Te la habría de quitar. Y entienda tu pecho fiel Que esta bendición que invocas, El cielo, aunque está cruel. Te la dará por las bocas De los hijos de Israel. Todos te han de bendecir, Y todos por varios modos Te saldrán a recebir; Pues es verdad que por todos Sales al campo a morir. Mira que en esta ocasión No vuelvas un paso atrás; Esfuerza tu corazón Con imaginar que vas A servir de redención. Abrázame, no estés triste; Que me causarás la muerte. Con eso a mí me la diste. iOh, quién pudiese volverte Al lugar de do saliste! Esta es la hazaña mayor Que ver en mi vida espero. Escucha, Ismael. Señor. Ven conmigo, porque quiero Que sirvas de precursor. Quiero que vayas delante, Y le apercibas la ida Con cierto engaño importante. Yo lo haré. No vi en mi vida Pecho de hombre semejante. Pues quedó tan triste Aber, Un consejo le he de dar. Vamos, que no es menester; Que en su pecho no hay lugar Adonde pueda caber. No hay lengua que mi tormento Pueda explicar ni decir, Pues aquel que haré sentir Será mayor que el que siento. Los que salieron de acá Dijeron que está aquí Aber; Si aquí está, quiérola ver, Y adorarla si aquí está. ¡Ay triste! Ya viene Unías. ¿Cómo le podré contar Esta desdicha? ¡Oh pilar De las esperanzas mías, ejemplo de la lealtad, Invidia del niño ciego, Puerto del mar que navego, Iris de mi tempestad! Mi Aber, mi bien sin segundo, Ya eres mujer de consejo; ¿Qué hacéis aquí? Soy espejo De las desdichas del mundo. UNÍAS. Dime luego tus enojos Antes que al fuego me aticen Las sospechas. Ya los dicen Las lágrimas de mis ojos. Ellas a decirte vienen La ocasión de tantas menguas; Que, como ojos son lenguas. Hay lágrimas que las tienen. ¡Ay Unías! La ciudad (Digo aquellos que la rigen). Viendo que todos se afligen Con esta necesidad, Quieren que una mujer fuerte hermosa salga al real, Y al Capitán General Le enamore y le dé muerte; Y esta infelice mujer Ahora la han escogido. ¿Cómo? Por suerte ha salido. unías. Y ¿quién ha salido? Aber. ¿Aber?; Oh infelice hombre, Pues no muero de agonía! Mas ya el alma se salía, Y la detuvo ese nombre. Pero, Aber, escucha, advierte Que nueva de esa manera No parece verdadera. Pues no me ha dado la muerte. Vuélveme a ser importuna Con la nueva que me ofreces; Dímela infinitas veces Para que me mate alguna. Vuélvela luego a decir Por solo hacerme placer. Unías, no puede ser; Que luego me he de partir. Si aquí no me desespero Por verme de glorias falto; Si con este sobresalto Súpitamente no muero, Y si no me acaba el mal La vida con la paciencia, Será porque en tu presencia Debe de ser inmortal. ¡Ay, Aber, que me has dejado Hecho infierno el pensamiento, Pues yo mismo me atormento Y soy el atormentado! Aunque no tiene el profundo En su modo tantos duelos Como yo, que tengo celos De nadie y de todo el mundo. Di, ¿dónde quieres salir? A morir por ti. ¿Qué dices, Mi bien? No te escandalices, Que por ti salgo a morir; Porque este cargo Importuno. Que emprendo por tantos modos. Aunque parece por todos, Es solamente por uno, Y esto se entiende por ti, Que más que los otros vales. Si dices que por mí sales, Deja de salir por mí. No permita tu hermosura. Ya que en todo me acomoda, Que el tálamo de mi boda Se convierta en sepultura. Pierda este pueblo maldito Su antigua victoria y palma, Primero que tú, mi alma, Quedes en poder de Tito; Porque siento de manera Que él te tenga en su poder. Que el pensar que pueda ser Me ofende como si fuera. Yo quisiera complacerte; Mas si no voy, queda oculta La gloria que me resulta De dar a Tito la muerte. ¿Gloria quieres adquirir De matarle? No haces bien; Porque la gloria es de quien La muerte ha de recebir. Pues si le puedes matar, Le darás tan grande suerte Que tengo invidia a la muerte Que tus manos le han de dar. No vayas, no vayas, digo, Aunque tanto el ir te cuadre. ¿No sabes que de mi padre El gusto y el orden sigo? ¿Como estorbar la partida Puedo en aquesta ocasión? Según esto, no es razón Que por mi gusto se impida. Vete, Aber, por darle muerte De Roma al fuerte caudillo, Y embotarás el cuchillo Que has amolado en mi suerte; Vete por hacer que luego Esparzan tus luces bellas Por todo el campo centellas De vivo, amoroso fuego. Vete por buscar un modo De ofenderme y maltratarme, Y vete, Aber, por dejarme. Que es lo más cierto de todo. Yo parto y muero; y así, Despedirme no podré; Que antes me despediré De la vida que de ti; Que aunque bien es necesario No morir por no perder La vida que es menester Para ofrecer al contrario. Que al fin te vas, homicida Del corazón que te doy? Bien dices que al fin me voy, Pues voy al fin de la vida. ¿Que se fue? Que me ha dejado Como en noche tenebrosa? Que perdí la vista hermosa Del bello sol eclipsado? Sí, pues quedo de manera Que dentro en mí se revuelven Los elementos, y vuelven A su confusión primera; Pero el que saldrá más fuerte En su confusión y abismo, Es el fuego, que en sí mismo Todos los demás convierte. Fuego soy; y así, mi furia Mi ardiente poder enseña, Pues arde en la verde leña De aquesta reciente injuria. Y pues soy fuego infernal, Salir quiero al campo luego, Y abrasándole en mi fuego, Avisar al General Del fiero intento cruel De mi Aber ingrata y bella; Y a él librarele de ella Por librarla a ella de él.Pues ninguna cosa, Irene, De ti el tormento destierra, Que celebres nos conviene De la diosa de la guerra La fiesta, que ahora viene. Quizá en la fiesta hallarás Contento. No he de poderme Con eso alegrar jamás. Pues ¿con qué te alegrarás? Solo con entristecerme. ¿Di cómo, por vida mía? Con un trágico suceso Que incite a melancolía. Pues sabe que verás eso En las fiestas cada día. Que en el campo los romanos Las hacen a mi despecho; Y a poca distancia y trecho De aquí, dejan por sus manos El círculo magno hecho; Adonde saldrán por suerte A luchar los malhechores Con un león bravo y fuerte, Y adonde los gladiatores Se darán también la muerte. Allí podrán ver tus ojos Hombres que, de sangre llenos, Satisfagan tus antojos; Y con enojos ajenos Podrás templar tus enojos. Él dirá la verdad, aunque no quiera; Llevadle bien asido. Turno, Mario, ¿Quién es el desdichado que así viene? Un judío, Señor, que de los muros Salió secretamente, y en los lazos Cayó de tus espías vigilantes. Debe de ser espía. ¿Quién lo duda? No imagines, oh Príncipe excelente, Que está Jerusalén con tantos bríos, Que pretende estorbarte la victoria, Que por la mano de tus obras mismas Te ofrece el cielo soberano eterno; Antes es madre de infinitos hombres Que adoran desde lejos tu grandeza, Y de estos infinitos yo soy uno. ¿Cómo te llamas? Ismael. Sepamos A qué veniste. A darte cierta nueva, Y a pedirte por ella las albricias. Si es la nueva importante, yo las mando. Has de saber. Señor, que el gran Josefo, De la ciudad caudillo valeroso, Tiene una hija, que es, sin falta alguna, La más bella mujer que puede hallarse En todas las provincias del Oriente; Y es tanta su hermosura, que se iguala Con el valor de tu invencible fuerza; Que al fin entre los dos vencéis al mundo Ella vence las almas, tú los cuerpos. Tratar de la hermosura de sus ojos, Alabar sus cabellos, frente y boca, Será ofender al cielo omnipotente, Que la crio con su hermosura misma; Solo puedo decir que, como un Argos, Va contino cubierta de los ojos Que le ofrecen aquellos que la miran. ¡Oh, quién pudiese ver mujer tan bella, Y ofrecerle los míos! Finalmente, Por ser su gentileza como digo, Su padre, con ser sabio, la idolatra; Y viendo que esta tierra ha de perderse, Por no perder su hija, que es su cielo, Quiere enviarla luego al rey de Egipto; Y ha concertado que la saquen fuera De la ciudad, y al punto se la lleven; Mas, como yo supiese este secreto, Me quise anticipar por darte aviso Desta nueva, Señor, tan importante. Porque puedas prender esta doncella Que Dios te quiere dar, como preciosa Piedra que adorne tu victoria insigne. En mucho tengo, amigo, lo que has hecho; Y porque entiendas que lo tengo en mucho Quiero poner por obra lo que dices. ¿Turno? Señor. Tomad doscientos hombres, Y ponedlos de suerte que no pueda La mujer escaparse cuando salga. La vida diera yo por este cargo. Y si dice verdad este judío, Darle heis la libertad, y cuanto pida De cosas de comer y de refresco. Tus manos beso por merced tan grande. Y tú, Mario, entre tanto que me ocupo En divertir a Irene con las fiestas Que en el círculo magno están haciéndolo En honra de la diosa de la guerra, Para que no se engendre algún escándalo Que nacer pueda de la ausencia mía, Quiero que representes mi persona; Y así, te entrego este bastón insigne. Con el cual has de ser obedecido De la romana valerosa gente. Para tales mercedes no hay sujeto En este pecho miserable mío; Que mercedes. Señor, de tanta estima Nadie las puede hacer sino tú propio. Con todo, beso por merced tan grande Tus poderosas manos, y en las mías Recibo y beso este bastón dichoso, Que bien le he menester para apoyarme Mientras llevo en los hombros de mi alma El grave peso que con él recibo. No te quiero encargar ninguna cosa, Pues eres tan señor de todas ellas, Como del corazón de quien las pone En tu poder. Servirte como debo Es el intento principal que llevo. Ruego a Júpiter bendito, Mario, que por tiempo largo Goces el cargo de Tito. Bástale, Turno, ser cargo, Para que pese infinito; Mas con el favor de Dios, También habéis de llevar Parte de este cargo vos; Que menos vendrá a pesar Repartido entre los dos. Para poderlo traer, Tu fuerza invencible sobra. En todo sois menester, Y más en poner por obra La prisión de esta mujer; Que ha de ser con brevedad. Yo me voy luego a traerla A tu presencia. Escuchad. ¿Qué mandas? Delante de ella Habladme con humildad, Digo con grande respeto; Porque en ocasión estoy. Que será de grande efeto. Bien parece que no soy, Mario, como tú discreto, Pues me enseñas de crianza. Después sabréis la ocasión Desta vana prevención. Voyme; que tengo esperanza De salir con mi intención.¿No es bueno que me regalo Con aquella con quien peno? No es bueno que me señalo Por su cautivo? Y ¿no es bueno Que todo viene a ser malo? Pues por creer al pincel Que pintó una perfición, Pierdo el respeto al bastón, Y al que me ha dado con él Tan grande reputación. Pero ¿qué he de respetar, Si aqueste hombre por milagro La supo tan bien pintar. Que desde aquí me consagro Por víctima de su altar? Yo la adoro por criatura Soberana; mas ¿qué intento? Que si esta grande hermosura La formo en mi entendimiento, Adoro mi propia hechura. Y pues ser le pude dar, Quitárselo he de poder Solo para reposar; Que en dejando ella de ser, La dejaré de adorar. Pero aunque por el oír Se rindieron mis sentidos, Quiero, en viéndola venir, Por los ojos despedir Lo que entró por los oídos; Que este humor, lleno do antojos, Que suele llevar la palma De mis glorias y despojos, Le sudaré por los ojos, Que son los poros del alma. Mas sin duda viene agora, Porque Tumo resplandece De suerte que me parece Que debe servir de aurora Del bello sol que amanece. Apenas llegué, Señor, Cuando hallé el bien deseado. Desdeciros es mejor; Que a penas no habéis llegado, Sino a glorias del amor. Desde agora me desdigo; Mas ¿qué haré de la judía? Dejadla un poco conmigo; Que quiero ver si es espía Que viene del enemigo. Aunque soy cautiva, advierte Que para otra cosa valgo. Será para darme muerte. Si supieses a qué salgo, No hablarías de esa suerte. MARIO. Ya sé que fuera de aquí Tu padre quiere enviarte, Para apartarte de mí. ¿Sabrás que salgo a quitarlo La cabeza? ¿Cómo así? Porque viendo que has de entrar La ciudad, y que en nobleza Soy cabeza del lugar, A mí me quiero matar Por quitarte la cabeza. ¿No basta el alma eminente, Que da tan claros indicios De que es sol resplandeciente, Pues muestra por los resquicios Del cuerpo su rayo ardiente? No basta el rostro que quiso Darle el cielo por despojos? Pues si le ves sin aviso, En la frente de mis ojos Morirás, como Narciso; Y al fin, ¿no han de bastar Esos cabellos dorados, Que hacen, por ondeados, En tus espaldas un mar, Do se anegan mis cuidados? ¿Qué también eres discreta? Por Júpiter, que estoy loco De ver cosa tan perfeta. Señor mío, poco a poco; Que yo ya entiendo esa treta. Ya sé que quieres hacer Burla de mí. ¿Tal confías? Sí, Señor. Quiero saber Cómo te llamas. Aber. Abel pensé que decías. Mas fue sospecha ruin; Que aunque somos en tormento Hermanos por cierto fin, Es Abel mi pensamiento, Y tu hermosura Caín. ¿Yo puedo causarte enojos? Si. ¿Cuándo? Cuando sujetas Mi alma con tus despojos, Que es cuando arrojan saetas Los párpados de tus ojos. Por ti muero y por ti vivo; Y así, quejarme no quiero De mi tormento excesivo; Que por la causa que muero También la vida recibo. Eso verdad puede ser. Mas yo no puedo creerlo; Porque ¿cómo has de querer. Morir, Tito, por aquello Que tienes en tu poder? ¿No soy tu esclava, y no veo En tu mano ese bastón? Es verdad. Pues no lo creo; Porque donde hay posesión, No puede caber deseo. ¡Oh bella, discreta Aber! Tan al cabo estás de todo, Que no puedo responder Sino en mi tienda, y de modo Que nadie nos pueda ver. Dame este bien singular; Vamos. Aunque a mi despecho, En la tienda quiero entrar Solo por poder mirar Lo que tienes en el pecho. ¿Posible es que me he de ver Sin esta pena que siento, Y con gloria? Has de saber Que quedarás sin tormento, Y sin poderlo tener. Y; qué! ¿salió de esa suerte La mujer? Sin duda alguna Salió, Tito, a darte muerte; Por eso de tu fortuna Teme el rigor bravo y fuerte. no mires su luz hermosa. Porque del todo no pueda Darte muerte rigurosa; Si al que quiere bien le queda. Por morir, alguna cosa. Guarte, Tito, guarte. guarte; Mira que en el pecho mío Se ensayó para matarte. ¿Dó vas? A morir. Judío, Escucha; que quiero hablarte. ¿Qué mandas? Di la verdad: ¿Por qué darme muerte quiso? Por dar vida a la ciudad. Yo quiero por ese aviso Darte luego libertad. No quiero sino obligarte, Tito, de cualquiera suerte; Y así, demás de avisarte, quiero recebir la muerte que la mujer sale a darle. La libertad ¿no es querida? ¿Por qué la menospreciaste? De mí es tan aborrecida, que porque me la nombraste me quiero quitar la vida.Este hombre debe de ser De aquella mujer amante. Si es galán de la mujer, harto mal tiene. Al instante Ir por ella es menester. No sé por dónde camina. Pues saberlo es necesario. Señor, mi alma imagina Que está en la tienda de Mario. Pues corre aquesa cortina. iVálame Dios! ¿Qué es aquesto? Qué portento Qué visión ? qué prodigio tan funesto Es el que en esta ocasión ante mis ojos se ha puesto? No busquéis, fuertes romanos, Quien hizo esta crueldad, Pues yo con mis propias manos lo hice por voluntad de los cielos soberanos. Yo a vuestro caudillo fuerte Le dividí en dos pedazos, Porque de la misma suerte Que él se puso entre mis brazos, Le puse en los de la muerte. Yo estuve tal, que quisiera Que en todo el pueblo romano Sola una cabeza hubiera, Porque de un golpe mi mano Cortarla a todos pudiera. Y pues esto pude hacer, Dadme con presteza mucha la muerte, que he menester para mi victoria. Escucha, divine, hermosa mujer. ¿Sabes de quién te has vengado? De quien Tito ser confiesa. Estoy tan enamorado De tu hazaña que me pesa De decirte que has errado. Yo soy Tito y de tal suerte Fuiste valerosa y bella. Que no sintiera la muerte Por morir, mas porque en ella Dejara de conocerte. No te aflijas. ¿Que esto es cierto? Que es posible? ¡Ay, hado esquivo! Ay, desdichado concierto! ¿Que eres Tito y estás vivo? Tito soy, pero estoy muerto: Porque muero de invidioso De los hechos soberanos Deste capitán famoso Que rindió a tus blancas manos El espíritu dichoso. Mas puédome consolar, Aunque la insidia me asombre, Con solo considerar Que diste muerte al lugar Adonde estaba mi nombre; El cual también un momento Muerto estuvo en tu memoria, Pero fue grande contento, Porque, aunque muerto, fue gloria Estar en tu pensamiento. Triunfa, oh gran Tito, de mí, Ya que de ti no he triunfado; Que no en balde lo emprendí, Pues tres vidas ha costado La muerte que no te di. Pues sin poder remediarlos, Muere mi padre de duelos Que yo pudiera excusarlos, Mi caro esposo de celos, Y yo del pesar de darlos. Pero pues vengo a sentir La fuerza de este pesar, del mundo quiero salir. Y pues no acerté a matar. Quiero acertar a morir. Dame una muerte tan llena De rigor, que al mundo asombre; Porque mi fortuna ordena Que, pues no eternicé el nombre, Pueda eternizar la pena. Mas ¿para qué pido tal, Pues sé que ha de ser en vano? — Tú, ensangrentado puñal, Que, regido por mi mano, Sabes acertar tan mal, Acaba mi triste vida, Consolareme contigo; Que esa sangre, en ti vertida, Será, por ser de enemigo, Veneno para la herida. Tú, brazo, que tan valiente Fuiste en aquesta jornada. Mátame; que Dios consiente Que, pues dejas la culpada. Viertas mi sangre inocente; Que por el hierro que has hecho Para vengarme y vengarte, Quiero dejarte deshecho, Y cual Cébola, abrasarte En el fuego de mi pecho. Haz tu mismo la Salida, Y salga mi fuego ardiente Por la boca de la herida; Quedaremos juntamente Tú abrasado y yo sin vida. Empieza. Mujer, ¿qué quieres? Que de mi patria te asombres, Y que mires, si pudieres, Cuáles deben ser los hombres, Si son tales las mujeres. Y ¿después de eso? Salir De tan inmenso pesar; Porque me pesa el vivir Mas que le puede pesar Al más alegre el morir. Muerte quiero. Es excusado; Templa tus bellos enojos, Que por haberlos mirado, Conceder quiero a tus ojos Lo que a tantos he negado. Que tal efeto en mí haces, Y así abogas por tu bien, Y así mi furor deshaces, Que por ti a Jerusalén Desde agora otorgo paces. ¿Quieres otra cosa? Ser, En pago de esta alegría, Esclava tuya, y tener Por desdichado aquel día En que te quise ofender. Y juntamente alabar Esta mano, que ha podido Darte vida con errar. Huelgo de haberla tenido Para podértela dar. Oh gran caudillo que en las armas eres Espejo de virtud, donde se mira La fuerte, invicta y generosa Roma, ¿Por qué al descuido tan de veras rindes Ese invencible y vigilante pecho? ¿Cómo? ¿Qué ha sucedido? Vuelve al punto Esos divinos, respetados ojos; Verás la mayor pena, el mayor daño, El suceso más triste y lamentable Que el cielo ha visto con los infinitos Ojos que tiene para ver las cosas. Verás que tus contrarios han salido. Como lobos hambrientos, de los muros, Por no sufrir la hambre rigurosa Que ha tamto que padecen por tu causa; Porque solo la tienen, según pienso, De quitarte la vida y la victoria, Pues según han vivido con la hambre Sin duda que con ella se sustentan; Estos pues han salido en este punto, Y en el círculo magno donde estaba La mayor parte de la gente tuya Celebrando las tiestas de la Diosa; Hicieron tal matanza y tal estrago, Que de todos aquellos que allí estaban No se pueden contar sino los vivos. Decirle ahora de qué suerte ¡a triste! Prendieron a tu hija... TITO. Espera, escucha, ¿Presa mi hija? Sí. ¿Mi hija presa? No quisiera decirlo. ¿Cómo el cielo. Pues sabe todo el mundo que es regido Por el dios de los truenos y relámpagos, No arroja sobre mí con grande furia Un rayo ardiente, que me abrase el cuerpo Y me consuma el alma? pero; ay triste! Que el fuego del amor suple sus faltas. Porque es Irene lumbre de mi alma; Y así, quiero salir en busca suya, Como tigre parida que algún hijo El cazador astuto le ha quitado. Echad esa mujer, echadla luego; Queja no quiero hacer concierto alguno Con los que fueron tan contrarios míos. ¡AI fin Jerusalén ha de perderse, ¡No aprovechan remedios! Junta luego, Turno, la gente valerosa mía, Levanta los romanos estandartes. Manda tocar las cajas y trompetas, Arremete a los muros levantados, Derriba las soberbias cumbres de ellos, Degüella sus rebeldes moradores, Y pon en libertad a Irene luego. ¿Cómo? ¿No hay más sino salir con todo? No te espantes de ver lo que te mando, Pues lo permite el cielo poderoso, Porque no quede piedra sobre piedra Desta ciudad, que fue cabeza un tiempo De toda la Judea y Palestina; Que para que el hacerlo no te admire, Yo, como capitán, iré delante. No se pudo esperar de mi desdicha Suceso más amargo y lamentable. Pues quedo circuida de peligros, Como la fuerte inexpugnable torre Que, del sagrado mar fundada en medio, La combaten los vientos y las aguas; Quiero pues en el daño que se ofrece, Sacando fuerzas de flaqueza, entrarme Por la ciudad, y a costas de mi vida Vengar la muerte de mi esposo amado, Que habrá sin duda de morir agora, Ya que permite el cielo poderoso Que muera por mi patria y por mi esposo.
JORNADA TERCERA
Mientras que de la ciudad Sale el pueblo alborotado, Puedo con facilidad Gozar de la libertad Que el gran Josefo me ha dado. Ya salgo de la prisión, Y a mi Irene ver podré, Que querrá en esta ocasión Formar de mí mucha fe Quejas con poca razón. ¿Está todo apercebido? TURNO. Solo falta acometer A la ciudad. Yo he venido A tiempo que he de poner Los amores en olvido, por hacer como hombre honrado. Acometamos al punto. A Numa tienes al lado. ¿Numa? Todo viene junto, Aunque todo me ha faltado. Cierto, mi necesidad Te trae en tal coyuntura; Pero dime una verdad, ¿Viste a Irene por ventura Presa, Numa, en la ciudad? ¿Presa? ¿Cuándo? En este día. ¿Es posible? Por tu fe, ¿Supiste la pena mía? No la supe, pues vivía, Y pues vivo no la sé. ¿Qué es esto, que estando acá Irene, me fui corriendo, Y ahora la dejo allá? Parece que voy huyendo De donde quiera que está. Mas, pues mi suerte me llama, Librarla pretendo. Hermano, Ven a eternizar tu fama. Por el cielo soberano, Que he de librar a mi dama. ¿Dama tienes? i Ay de mí! Remediarlo es menester.. ¿No respondes? Señor, sí. Y ¿quién es? Una mujer, Que en la prisión conocí. Como eres fuerte mancebo, Do quiera tienes amor. No me hiere amor de nuevo, Porque do quiera, Señor, La vieja herida renuevo. Digo pues que en la ciudad Está la que está en mi pecho, Tan igual en calidad Con tu hija, que sospecho Que han hecho grande amistad. Y si esta amistad hicieron, Fueron sabias y prudentes, Pues un tiempo amigas fueron, Y no sé por qué estuvieron Reñidas y diferentes. Desta enemistad prolija Tu hija encendió la llama, Y es porque el ser de tu hija Le quitó el ser a mi dama, Lo que más la regocija; Y así, vinieron a ser Enemigas. Bien está; Que si podemos vencer, Mi hija en llegando allá Te la dará por mujer. ¿Eso hará? Sí, si el desden De tu dama no lo altera. Ellas se avendrán tan bien, Que, como tu hija quiera, Mi dama querrá también. TITO. Pues desde agora te juro Que serás, Numa, su esposo, Si alcanzo lo que procuro. El ariete furioso Hizo un portillo en el muro; Acometer luego puedes. Hasta los que os amenazan Os hacen muchas mercedes. Pues se os abren las paredes. En señal de que os abrazan. Venid todos a mi lado; Entraré a ganar la joya Por el muro derribado, Como el caballo de Troya, De pensamientos preñado. Aunque pudieron abrir Esta muralla tan alta, No nos dejemos morir; Que lo que de piedras falta, Con hombres se ha de suplir. Ellos harán la muralla Defensiva y ofensiva en la sangrienta batalla; Porque el hombre es piedra viva Mientras que pelea y calla. Aquí quiero dejar puesta La gente del baluarte, Pues es cosa manifiesta Que si por alguna parte Han de venir, es por esta. Todos harán tu mandado Solo por amor de ti. Otra invención he pensado. ¿Y es? Quedarme solo aquí, Junto al muro derribado, Y que todos os pongáis En un rincón escondidos. Porque cuando me sintáis De enemigos combatido, Al mesmo punto acudáis; que los que en el campo están, Como son vanos y locos, No viendo gente vendrán Pocos y viniendo pocos, menos allá volverán. Por Dios, que dices muy bien. Seguir tu gusto imagino. Yo lo imagino también. Con aquesto determino Valer a Jerusalén; Solo me podréis dejar. En buen hora. Solo aquí Me quiero agora quedar, Aunque estriba solo en mí La fuerza de este lugar: Y así, llegándolo a ver, Aunque es valor emprenderlo. Grande yerro viene a ser. Porque pongo en riesgo aquello Que pretendo defender. Que el General no ha de dar En ser temerario y fiero; Que para bien gobernar, Su persona es lo primero Que en el campo ha de guardar. Pero mi amor no consiente Que en aquesta empresa dude; Quiero pues llamar mi gente, y experimentar si acude Al reclamo diligente. — Presto, amigos, venid presto; Que un escuadrón de romanos me tiene en peligro puesto. ¿En qué parte están? JOSEFO. Hermanos, Quise probaros con esto; volveos a vuestro lugar, Que todo está sosegado. ¿No volverás a llamar Si vienen? Ese cuidado para mí se ha de quedar. — ¡0h amada Jerusalén, Bien es que el morir elija, pues quien te dio por tu bien El fruto, que era su hija, le dará el árbol también! Árbol soy, que siempre he sido Cultivado en la batalla, Y para darte apellido be Babilonia, he querido trasplantarme en tu muralla. Quiero, para asegurarme, Ver el cuidado que tienen los amigos de ayudarme. Al arma, al arma, que vienen Los contrarios a matarme! ¿Por dó se ha ido? No sé. ¿Si se habrán ido volando? ¡Qué lindamente os burlé! ¡Oh! Pues si te estás burlando, Yo también me burlaré. Volveos al lugar sabido. Adiós. Esta prevención Hacer agora he querido, Porque esté en esta ocasión Cada cual apercebido. Ya estamos cerca del muro; Ninguno hablando me impida La victoria que procuro. No hay defensa. Por mi vida, El paso tienes siguro. Pues yo a ganarla me obligo. Soldados, vení volando. Ya sé que te burlas. Digo Que ha venido el enemigo. Ya sé que te estás burlando. Josefo, date a prisión. Pues no vienes en un vuelo, Patria de mi corazón, Sin duda alguna que el cielo Permite tu perdición. Comiénzate luego a dar. Pues ninguno me socorre, Bien puedo desconfiar De valerte, que es la torre De Nembrot edificar. Dios permite tu ruina, Sin que te pueda valer, Y pues él lo determina, Ejecutor quiero ser De la voluntad divina. Yo quiero ser el primero Que en ti, para mayor gloria, Pruebe su cuchillo fiero; Porque de aquesta victoria Darte las primicias quiero. Podrás decir que venciste, Y que en aquesto engañaste A Roma, con quien partiste, Pues la victoria tomaste Y los despojos le diste. Venid pues, gente lucida; Tendréis más que deseáis. Pues que a mi patria querida No quiero que la venzáis, Sino dárosla vencida. Yo os entregaré esta tierra, Consumida con mi fuego. Gran bien en este se encierra. Sigámosle. Vamos luego. ¡Armas, armas! ¡Guerra, guerra! Tanta gente ¿es bien huya Sin poderse defender? No huye de tu poder, Sino de la suerte tuya. A quien todos los romanos Suelen llamar Turno el fiero No respetas? No, que muero Por morir en buenas manos: Que pues por mi esposa bella Vengo a morir de esta suerte, Quiero escoger una muerte igual con la causa de ella. ¿No me acabas de matar, Romano? No es menester; Que pues mueres por mujer, Ella te puede acabar.Agora vengo a sentir Que no hay más pesada muerte Que tener un dolor fuerte Y no acabar de morir; Que los dolores que vienen A dar remate a mis llantos, Como son tales y tantos, Unos a otros se detienen. Quieres vencer esta tierra, Y ¿huyes de mi flaco pecho? Sí. ¿Por qué? Porque sospecho Que eres diosa de la guerra.Diosa la llamó el traidor, Y es Aber, mi dulce esposa; Pero, bien mirado, es diosa De la guerra del amor, Y de mis cansados días Es la gloria verdadera.— ¡Aber! ¿Quién me llama? Espera, ¿No me conoces? ¡Unías! ; Mi descanso! ¡Mi ventura! ; Mi contento '. ¡Mi alegría! ¡Mi aurora! , Mi claro día! ;Mi bello sol! ¡Mi luz pura! ¿Por qué ocasión, dime, estás dese modo en el arena? Efetos son de la pena Que con tu ausencia me das. Pues por no sufrir la vida Que por tu causa he pasado, Salí al combate, y me han dado, Como ves, aquesta herida. Mas con ella solo alteran Una de las que me diste; Que después que tú me heriste, No hay lugar donde me hieran. Y así, Aber, si no me han dado La muerte que deseaba, Solo ha sido porque estaba De tus heridas armado. Dime, amigo, ¿es penetrante? Poca fuerza es la que tiene. Pues apretarla conviene. Porque se cure al instante. Muestra el brazo. Si pensara Sanar con esa virtud, Como todos la salud, La enfermedad procurara. ¡Dichoso yo! ¿Quieres darme La mano y alzarte agora? No me levantes, Señora, Para después derribarme. Déjame, déjame, Aber; Que quiero en este lugar Tener, si me han de matar, Adelantado el caer. ¿Cuándo derribado has sido Por quien te está levantando? ¿Cómo puedes decir cuándo, Pues siempre estuve caído? ¿No te acuerdas, dime, Aber, Que a dar la muerte al contrario Saliste, y le diste a Mario Muerte, que vida ha de ser? Bien me acuerdo. Pues si allí Le diste muerte cruel, Por estar sola con él También me la diste a mí. De tu nobleza no dudo, Pero el amor da lugar A que me pueda matar Lo que suceder no pude; Que, según es mi querer, No solo de lo que ha sido Pido celos, mas los pido De lo que no pudo ser. Y aunque mi alma confía De tu noble pecho y fuerte, Yo sé, ingrata, que la muerte Le diste en ofensa mía. Pues aunque digas, cruel, Que no llegaste a tocarle, Cuando llegaste a matarle No estabas muy lejos de él. Y así, no me maravillo, Porque está sabido y llano Que entre su cuello y tu mano No estuvo más un cuchillo. Tú mueres, Aber, por dar A nuestros contrarios muerte, Y yo mucho más por verte Tan inclinada a matar; Que el matar es del varón Por ganar eterno nombre, La mujer basta que al hombre Mate con la condición. Unías, contra mi honor Hablaste, y no lo he sentido. Como es razón, porque ha sido En abono de tu amor; Pues que está mi pecho fiel En querer tan adelante. Que a trueco de verte amante, Huelgo de verte cruel. Si en sangre de mis parientes Dejar puedo ensangrentada La cuchilla de mi espada, Temida de tantas gentes... Tu padre viene indignado. ¿Quién podrá domar mis bríos? ¡Padre y señor! ¡Hijos míos! Huelgo de haberos hallado. Ya veis el daño presente, Y que todos los romanos Quieren lavarse las manos En vuestra sangre inocente; Porque de ella largo plato Les hace Dios verdadero, Después que en la de un cordero Lavó las suyas Pilato. Quiero pues por eso hacer, Con pecho constante y fuerte, Que al poder vais de la muerte Primero que a su poder. Así, habéis de recebir Luego la muerte que os doy; Que, como padre que soy, No mataré sin morir. Eso creo yo muy bien De tus hechos soberanos. No me den vida mis manos, Las tuyas muerte me den. Porque la piedad sería En este caso crueldad. Yo estoy a tu voluntad Más sujeto que a la mía. Padre, a los dos nos podrás Matar con un golpe fiero. Primero casaros quiero, Por matar uno no más; Porque siempre el casamiento De dos uno suele ser. Casaos al momento. Aber, Ya llegó nuestro contento. Este es el dichoso día Que esperaba tan ufano; Dame aquesa blanca mano. Recibe esta mano mía: Yo te doy palabra y fe De ser tu esposa. Yo doy Palabra de que lo soy, Y no de que lo seré. Pues solo puedo decir Que lo soy este momento, Porque en nuestro casamiento No habrá tiempo por venir. Por eso esté cada cual A morir apercebido; Presto, que siento ruido, Y es sin duda el General. ¿Hay gente aquí de la ciudad? Josefo. Que quiere dar la muerte a dos judíos. Josefo amigo, ¿qué sentencia es esta Que ejecutan tus manos invencibles? Cuéntame la ocasión; aguarda, escucha. No permitas ¡oh Príncipe excelente ' Que deje de sacar del mundo agora Estos dos hijos regalados míos, Pues para que no lleguen a tus manos Emprender quiero la mayor hazaña Que ha hecho ningún hombre, y no pretendas Que resulta en ofensa de tu gloria; Porque si en esto pierdes dos cautivos Yo estoy aquí, que serviré por ellos; Y el día que triunfante y victorioso Te reciba tu patria con la pompa Que debe a la grandeza de tu nombre, Con un semblante humilde, y con los brazos Del carro atados a la insigne rueda, Iré con los cautivos y despojos. Déjame pues, Señor, darles la muerte; ¿Qué digo muerte? Vida eterna y santa Pues con ella los libro a los rescato Del duro cautiverio intolerable. No ¡magines, Josefo, que pretendo Triunfar en Roma con tu sangre ilustre, Ni llevar a tus hijos por esclavos, Pues son hijos de aquel que ha sido parte Para que yo alcanzase la victoria; Solo quiero llevarte como amigo Para que me acompañes en el triunfo, Y darte la mitad de aquella honra que mi patria me tiene apercebida; Déjate pues de derramar tu sangre, Que es crueldad. ¡Oh Tito valeroso! No se esperaba menos de ese pecho A quien el mundo llama justamente Verdadero regalo de los hombres; Dame tas manos. Abrazarte quiero, Y a tus hijos también, con tu licencia; Que pues tú en amistad eres hermano, Ellos en amistad serán sobrinos. Tu esclava soy. También, soy yo tu esclavo. Ya que permite el cielo y la fortuna que estés, Josefo, con tan grande gloria Conviene luego procurar la mía, Porque hasta ahora no he tenido rastro De la infelice desdichada Irene, que me llevaron presa los judíos; y asi, conviene que al momento vamos por toda la ciudad, que alborotada está con la desdicha que padece, y hagamos diligencia nunca vista; Que si ella no parece, no es victoria Lo que me ha dado el cielo, sino afrenta, Desdicha, infierno, muerte, llanto, fuego. No lo encarezcas tanto; vamos luego. Andad, perros. No les des; Que nos dan mil buenos ratos. Tan mala esta gente es, que de darles puntapiés tengo rotos los zapatos. ¿Cuántos pudiste prender? Mil Por rico te señalo. Antes no lo puedo ser. ¿Por qué? Porque de lo malo tener mucho es no tener. ¿Cómo a tan gran cantidad sustentarás, por tu vida Con poca dificultad, Pues la una mitad comida Será de la otra mitad. ¿Tú no cogiste cautivos Algunos de estos traidores? No quiero despojos vivos, Que comiendo hacen mayores Los gastos que los recibos. Pues ¿qué cogiste? Dineros. Esos sí que nombre tienen De despojos verdaderos, Y no estos puercos que vienen Contino haciendo pucheros. ¿Puercos los llamas? Infamas Su renombre y apellido. Pues ¿cómo? ¿Tan mal ha sido? Sí. ¿Por qué? Porque los llamas Lo que jamás han comido, Y lo tienen por afrenta. ¿Es posible? Así lo entiendo. ¿Quieres comprarme cincuenta Destos cautivos que vendo? Sí. Pues hagamos la venta. Soldados, ¿en qué se entiende? ¿Agora os habéis parado, Que más el fuego se enciende? Sí, Señor; que este soldado Unos cautivos me vende. Por poco precio se den; Que, pues fue una gente tal, Que por invidia y desdén A su dios vendió tan mal, No han de ser vendidos bien. ¿A Dios vendieron? Un día Leí un libro que trataba De su antigua profecía, Y de cómo se esperaba La venida del Mesía; Donde vi que le trataron Como lobos carniceros, Pues a Judas le dejaron Vender por treinta dineros, Y por treinta lo compraron. ¿Posible es que tal hicieron? Sí. Quiero vengar su afrenta; Y pues tan malditos fueron, Que treinta por uno dieron, Quiero dar por uno treinta. Treinta judíos daré Por un dinero no más. Pues yo te los compraré, Si tan barato los das. ¿Sabéis qué me importa? ¿Qué? Que agora dejemos esto, Y que de cautividad Libremos a Irene presto, Que está presa en la ciudad Con peligro manifiesto. Vámosla luego a buscar, Que yo librarla confío; Mas ¿sábese en qué lugar La tienen? A este judío Se lo quiero preguntar. Amigo, a ti te conviene Decir luego la verdad, Pues si dices dó está Irene, Luego tendrás libertad, Que es lo que ninguno tiene. Di lo que sabes aquí, Y de Numa te confía; Que si una vez dice sí, No dirá no. No querría Que te burlases de mí. Con todo, te lo diré. Con que hacerme libre quieras. ¿Tú lo sabes? Yo lo sé. Pues si lo sabes, ¿qué esperas? Que me des palabra y fe De que al punto que supieres Lo que ofreciendo te estoy, Seré libre. ¿Qué más quieres? Yo juro, a fe de quien soy, Y a fe de quien tú no eres. Que si con tu pretensión Sales, he de dar ejemplo De un hidalgo corazón. Pues sabrás que está en el templo Que edificó Salomón; Porque la tienen atada Los sacerdotes y escribas Junto al ara consagrada, Donde con las reses vivas Ha de ser sacrificada. Como tú de la verdad En lo que dices no excedas, Yo te daré libertad. Vamos luego, porque puedas Dármela con brevedad. Tu ropa me he de poner Para poder verme allí. Todo estará en tu poder. ¿Iremos los dos? Venid; Que todos sois menester. Ya tengo apercebido el incensario Y todo lo demás que en la ley nuestra Es para el sacrificio necesario; ¿Qué pretende el Pontífice? Dar muestra De la firmeza que en su pecho mora Y del valor de su invencible diestra. A Irene quiere dar la muerte ahora, Solo porque es la prenda regalada. Que el contrario mas quiere y mas adora Ya, hijos de mi vida, ya es llegada La triste hora en que la muerte fiera Quiere probar los filos de su espada, Pues vi lo que haber visto no quisiera, Desde el sagrado templo, donde habito, Por una cristalina vidriera. Yo vi la gente del soberbio Tito, Que seguía furiosa el estandarte Donde estaba el blasón de Roma escrito. Y por la mano del sangriento Marte Quedó de nuestra sangre perseguida Regado el suelo por cualquiera parte; Y así, queda postrada y abatida Nuestra gloria, sembrada por el suelo, Sin esperanza que ha de ser cogida. ¡Tú, Santo de Israel, que desde el cielo Miras la gente que llamabas tuya, Tan ajena de gloria y desconsuelo, No permitas, Señor, que se destruya, Sin que a lo menos quede una vislumbre Del resplandor de la grandeza suya! Pero ya sé que tienes de costumbre Derribar por el suelo humilde y llano La mas soberbia y levantada cumbre. Y tú, Jerusalén, pues con tu mano Los profetas de Dios pones por tierra, En ofensa del cielo soberano, No te espantes si Dios te mueve guerra, Y del lugar do su clemencia vive Las puertas tapia y las ventanas cierra; No te espantes de ver que te cautive Las matronas hebreas desdichadas, Y que a sus lujos de la vida prive; No te espantes de ver sus respetadas Cabezas por el suelo andar revueltas Con las lucientes armas destrozadas; No te espantes de ver que van resueltas Las doncellas en tierno hermoso llanto, Con las madejas de oro al aire sueltas; No te espantes de ver que al cielo santo Suba el humo y las quejas, aunque entiendo Que no pueden las quejas subir tanto; No te espantes de ver resplandeciendo Las espadas, celadas, golas, petos, Y de las armas el confuso estruendo; No te espanten, al fin, estos secretos, Que todos son efetos de su ira, Que todos son de tu pecado efetos. Llora, Jerusalén, llora y suspira, Porque el Dios de Israel te restituya La gloria que de darte se retira. Pero deja que el cielo te destruya; Porque, para alcanzar tanta clemencia, Falta disposición por parte tuya. ¡Hola! Señor. Traed a mi presencia La bija del contrario. ¿Luego? Al punto. Que quiero ejecutar esta sentencia. Que pues ya todo el pueblo está difunto, Quiero quitarle al padre el bien que tiene, Porque fenezca el bien de entrambos junto. Darle muerte, si puedo, me conviene; Si puedo, digo, porque tengo miedo A la hermosura y discreción de Irene, Pues cuando con mas cólera y denuedo Quiero matarla, viendo su hermosura, Quedo sin fuerza, y sin enojo quedo. Un judío, Señor, entrar procura. No abráis a nadie de ninguna suerte, Y estará nuestra vida más segura. Bien me puedes, tirano, dar la muerte, Para vengarte de mi padre, Tito, Pues verás en mi pecho noble y fuerte Con letras de verdad su nombre escrito. A hombre que le habéis hecho Bien de tenerle guardado, No puedo hacerle despecho, Pues como a lugar sagrado, Se recogió a vuestro pecho. Templo sois que le asegura; Mas yo, aunque tal os contemplo, Soy en esta coyuntura Sansón, que derribó el templo De vuestra grande hermosura. Perdonad, Irene hermosa, Si mi brazo determina Daros muerte rigurosa, Y para cortar la espina Coger primero la rosa. No ofendas el pecho mío, Villano, con tus palabras. Otra vez llama el judío, Señor, con más fuerza y brío. ¿Qué pretende? Que le abras; Que a darte un aviso viene Del general fiero y bravo. Dile que si prisa tiene, Que espere mientras acabo El sacrificio de Irene. La cual soltó larga rienda Al llanto, y será mejor Cerrarle con una venda Los ojos, porque el temor De la muerte no la ofenda. Dice que te va la vida En abrirle luego al punto. Pues alto, no se le impida La entrada. El bien viene junto, Pues ya la muerte es venida. Para que no podáis ver El mal que causando estoy. La venda os he de poner; Y agradecedme que os doy Lo que más he menester; Que en cualquier tiempo y lugar Al que recibe la muerte Los ojos han de cerrar, Pero en este trance fuerte Al que la muerte ha de dar. Espera; que quiero hablarte. ¿Qué quieres? El General Me envía, Señor, a darte Parte de un terrible mal. ¿De mal quiere darme parte? ¿Qué dices? No ha sido error; Que dar parte es avisar. Déjame pues acabar El sacrificio. Señor, Mira que te quiero hablar. H,ablame pues. Así goces De los invencibles bríos Que en tu persona conoces; Así triunfen los judíos De aquesas gentes feroces; Así el Dios de las batallas Tu gran renombre acreciente; Así del lugar presente Reedifiques las murallas Y resucites la gente; Así de tu honra y valor Quede la fama inmortal, Y así venzas con amor A los que te quieren mal, Que es la victoria mayor; Que en lugar de esa mujer Muera yo de cualquier modo. Mucho la debes querer. Mucho la quiero y con todo la quedo mucho a deber ¿Con qué ocasión has podido tú conocerla? Es mi diosa, y si de ella he merecido conocer alguna cosa es que no la he conocido ¿Luego la ocasión de entrar ha sido para impedir esto? Sí Pues no hay lugar, vete Deshonra es pedir lo que me puedo tomar. Traidor, ¿quién te dio ese mando? Vuélveme tirano luego la gloria que te demando, vuelve la que ya no ruego sino con la espada mando. Espera, aguarda, detente, que daré voces Da voces, que yo sé vencer tu gente. ¿Quién eres? ¿No me conoces? Numa soy. Numa valiente, perdón te quiero pedir del yerro Déjate de eso y apercíbete a morir ¿No basta tenerme preso? Sí si te quiero admitir Suspende el fiero castigo que en esos filos contemplo, pues a ser tuyo me obligo y a darte los que en el templo se han retirado conmigo. La vida te quiero dar a ti y a aquestos tiranos por tener lugar de desatar con las manos a la que me pudo atar. Muestra, mi bien, la infinita luz que el mundo reverencia y como sol resucita esta flor que está marchita en la noche de tu ausencia Numa. Mi gloria. La muerte permite que por ti muera, Pues por medio de la muerte Que ha servido de escalera, Subí a la gloria de verte. Descubrí, señora mía, Esas estrellas, que fueron En el mar de mi porfía Norte que me descubrieron Las Indias de mi alegría. Nazca ese sol, que me quita Las pesadumbres y enojos, Tan colmado de despojos, Que con su calor derrita Los nublados de mis ojos. Reverbere en mi alma tanto, Que me imprima su arrebol, Pues permite el cielo santo Que en el invierno del llanto Tome una capa de sol. Vos, Señora, sois mi dama, Pues que me ha encendido amor En vuestra amorosa llama Con su acostumbrado ardor. ¡Numa, Numa! ¿Quién me llama? Abre las puertas; que viene Tito, de pesar difunto Por la pérdida de Irene. Abrirlas luego conviene. Porque todo venga junto. ¡Qué impensado regocijo Gozará mi padre triste! Hijo, ¿cómo entrar pudiste? ¿Hijo soy? Sí que eres hijo, Pues de las obras lo fuiste. Aunque con pena he llegado A entrar con este vestido, Te dirán lo que ha pasado Estos hombres que he vencido, Y esta mujer que he librado. ¡Irene! ¡Padre! ¿Aquí estás. Mi descanso, mi alegría? No pensé verte jamás. Estampa en el alma mía Los abrazos que me das; Pues después que te he perdido, Mas lágrimas he llorado Por ti, que sangre he vertido. Con ser tanta, que he dejado El Suelo en sangre teñido. JOSEFO. Numa. Capitán famoso. JOSEFO. Cautivo de mis entrañas, Cautivado valeroso. Ya he sabido tus hazañas, Y estoy de ellas envidioso. MIMA. Según eso, amigo amado. Tus obras mesmas codicias. Pues el ser tuyo me has dado, Bien será pedirte albricias De haber mis hijos hallado. ¿Dónde están? Aquestos son. Pues mi corazón les mando. Yo te doy mi corazón En prendas. Yo no sé cuándo Saldré de esta obligación. Oblígasme de manera, Numa, con tu proceder. Que con gran gusto aprendiera Una ciencia que pudiera Mostrarme de agradecer; Porque pudiera decir Que pagué el bien que me hiciste. Solo uno te he de pedir. TITO. ¿Y es? Que me mandes cumplir La palabra que me diste; Pues al punto que emprendías La batalla peligrosa, Dijiste que si salías Con victoria, me darías A mi dama por esposa. Ya saliste con victoria; Cúmplela. Muy bueno ha sido El volverme a la memoria Lo que de ella se ha salido Con la repentina gloria. Digo que yo soy contento; Mas primero es menester Llamar tu dama al momento, Para que se pueda hacer Con su gusto el casamiento. Háganla luego venir, Porque concertado quede El negocio. Has de advertir Que de aquí puede salir, Pero entrar aquí no puede. Luego ¿aquí está? Sí, Señor. Ahora bien, Numa, ya veo Los efetos de tu amor, Ya conozco tu deseo, Que iguala con tu valor. No me ha dado sobresalto Ver que Irene te cautive, Pues de valor no estás falto, Porque lo mas alto vive De contino en lo más alto. Y pues tu mano dichosa Pudo libertarla hoy De la muerte rigurosa. Desde ahora te la doy Por tu legítima esposa. Dame tus pies soberanos, En pago de este contento Que he recebido. Al momento Quiero que os toméis las manos En forma de casamiento. Jamás tal bien merecí Tocar con la mano mía. Tú, hija, ¿no dices si?, ¿Aun tienes melancolía? Tú, Señor, hablas por mí; Cuantimás que se acabó La melancolía triste, Que tantos males causó. Pues tanta gloria me diste. Dichoso mil veces yo. Yo he sido, Numa, el dichoso De que en paz, gloria y sosiego, Quedes de tu Irene esposo; Y con esto, marche luego Mi ejército victorioso Por la gloria que le ofrece Roma, que con esto gana El renombre que merece; Y con esto La Gitana Melancólica fenece.
