Texto digital de Firmeza, amor y venganza
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- Comedia
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Firmeza, amor y venganza. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/firmeza-amor-y-venganza.

FIRMEZA, AMOR Y VENGANZA
JORNADA PRIMERA
Ya es tan fuerte mi pesar como inadvertido el riesgo, pues aún yo mismo le ignoro siendo yo quien le padezco. Qué dices, señor? Qué digo? ay de mí! . Tu pesar siento. No sé desdichas por donde vuestro laberinto inquieto rendir pueda a mi esperanza, mas ya me dice el concepto, que en ocasión de amar, basta saber que el amor es ciego. Bendada la voluntad motiva al entendimiento, fuérzale, y como va ciega, en un laberinto mesmo, sin poder verse al vivir, solo se miran muriendo. Cautivome el albedrío, engañome, y cuando pienso verme señor de mí mismo a mí mismo aún no me veo. Cuyo altivo precipicio, tayendo entrambos a un tiempo, ella muere por vivir, pero yo vivo muriendo. Cierto es, que al amor pintaron ciego, pero no es por eso. Que otra causa puede haber? otra. . Di porque. Por eso, por amar cuesta los ojos. Calla Frisón, calla necio, siempre estás de humor: ea dime, viste a Astrea? . Si por cierto, y aqueste papel me dio que te diese. . Duro acero le contempla ya mi amor para avasallar mi pecho. Cuando se confederan la firmes za del amor, con la soberanía del poder, mal los podrá contra decir la voluntad más firme. El Rey me ama, es poderoso, y así aún- que olvidaros será imposible, auséntaros de mí será fuerza, has ta tanto que el cielo olvidado de su riguroso alarde os dé el blasón de vuestro merecimiento. El azar de una pasión suspender puede el consuelo de la constancia que admiro, y del dolor que contemplo, tirana impiedad de un Noble, que el Rey ama a Astrea: ay cielos! si acaso me vio en su casa el Rey no es posible. . Es ciera porque no te puede ver. (ro, Ya por mi echar de ver puedo lo que pueden en el mundo la voluntad, y el imperio, que son a mi parecer un humano firmamento, que ni los muda lo altivo, ni los rinde lo soberbio. Qué haré entre dolor tan fuerte? que haré en pesar tan sangriento? casarme contra su gusto con Astrea, no lo apruebo, aplacarle, no es posible, ausentarla, no es acierto, ponerse a peligro, es duda; pedirla, es atrevimiento, ausentarme yo, es bajeza, despedirme yo, es agravio, que es en un Rey la ambición, . Hay temeridad más loca? flecha desparada al viento; que a contradicción más fuerte, rayo del voraz incendio, al más humilde agasaja, y castiga al más soberbio. Juzgando que a Astrea adoro, y que ser suyo pretendo, juzgará que a su hermosura, emulación de su Imperio, idolatra mi afición, subiendo a lo más excelso de su altivez, mis finezas, y asestando el arco al pecho, si al subir, pareció rayo. mi amor, será al bajar fuego, que abrasará el más vil tronco, como le halle más dispuesto. No hibrá consuelo a mis penas, en quien absorto, y suspenso, entre mis ansias admiro, atropellándose a un tiempo, la muerte con mi esperanza, la vida con mi tormento: La vida porque no es vida, cuando le falta el aliento a quien vitaliza amor. La muerte, porque supuesto que a la mortalidad debe este que es inmortal feudo de los hombres: así amor, tiene en el vital aliento otro tributo más firme: y en mi entrambos compitió venció el tributo de amor, ejecutando su acero, y no venció el más activo, sino el que llegó más presto. Aquí no hay sino paciencia. pues dejarla así, es desprecio, . que he de hacer, viven los cie que es temeridad injusta? pedirle al Rey, no es acierto; . Paciencia señor, ya ellos. querrá ser ya atrevimiento tu locura, calla altivo, huye de mí vete necio, no recompenses mi agravio. Más que me come? esto nie que no me puede tragar. Sufrir callando desvelos aún no lo permite amor, que poco le debe al riesgo quien sufre callando ofensa, sin poder quejarse al mesmo que fue crédito al agravio, y lisonja al menosprecio, y en tanto desconsuelo, mi ausencia lloro, y su valor ofendo. Mucho siento que a mí ase antepongáis la tardanza del vuestro. . a rigor tirano? mi padre sabe la causa. pues que el efecto pública. Señor, si acaso ocultara mi pecho el menor resquicio de los secretos del alma, por no ofenderos a vos entre la oculta borrasca de un olvido, en su rigor ella misma se abrasara. No sé señor, . Qué bien finges! lo que se sabe por causa, que antes que lo sepa yo, lo puede olvidar la fama. Bien sabes que el Conde Carlos puede dar nobleza a Italia, poder al mayor Imperio, puerto a la mayor borrasca. En los confines de Escocía pudo acreditar su fama solo el belico instrumento, a quien sujetas las armas de la presunción sangrienta del Príncipe de Tesalia, solo a vista de su esfuerzo, puede decir, la arrogancia que el competir es peligro pues el vencer no es hazaña. Según esta acción, advierte, que encubrir tu amor da causa para presumir, hay triste, que el casto carmín agravias de mi honor, pues que me quitas ser párticipe de tantas finezas como del Conde recibes. . Ya me avasalla mi amor, sabeddon Enrique, que es la voluntad humana flecha que despara el arco para herir desde su aljaba, bien cuidadoso el acero, al que descuidado mata. Bien pudo herir la afición del Conde débil mudanza la castidad de mi pecho: mas eso será porcabía, que cuidedoso su amor me topó a mi descuidada. Y si tuviereis recelo, o quisieréis más provanza, atendedme: Ya habréis visto la ociosidad de una Dama, que en el cristal de su espejo su casta beldad estampa, sin que lobruñido ofenda aunque lo vistoso iguala. Pues de aqueste modo el Conde pudo ser que su esperanza estampe en mi casto amor: más como es cristal el alma, nunca su hermosura ofende la ociosidad de quien ama. Es la obligación forzosa, que conforme a nuestra casa demos estado a los hijos: Bien ves la poca distancia que hay del estado de Carlos al mío, pues que se igualan: que te prometo, hija mía, que si hallara yo ventaja con que venciera mi estado el del Conde, lo excusara, pues fuera casarte así querer cautivar mi casa. Esto no es decirte, Astrea, que te cases; solo es causa de saber con que ocasión, o con que pretejto te ama el Conde, que si supiera que con otro fin (contraria suerte me fatiga) el Conde lo hiciera, o lo imaginara. (yo contra mi honor presumo) . castigara su arrogancia, (contra mí mismo peleo) . sujetando a aquesta espada con el rigor la defensa, con la impiedad la arrogancia. Padre, y señor, si os ofenden mis razones: suerte ingrata! Ya se ausentó. . qué tristeza! si os ofenden mis palabras. Quien le habrá informado (ay cielo solo con llorar descansa el pensamiento) que Carlos en mi amor idolatraba? Que bien dibujó el acento líneas, que a primerinstancia pincelaron en su agravio el rengión de mi desgracia! Que he de hacer? seguirle intento hasta su cuarto: Lisarda ven conmigo. Ya obedezco. Favorezca amor mi causa. Sin que pueda consolarme, estando en mi amor tan firme, más hago yo en no morirme, que hará el dolor en matarme. Después que te conocí, contra el tiempo, y la fortuna, no es mi victoria ninguna pues no te he vencido a ti: Yo juzgo que estoy sin mí, pues mi amor pudo faltarme, y es fuerza en ti el agraviarme para aumentar mi pesar: con que me obligo a llorar. Sin que pueda consolarme. Locura será el amar si amor no es correspondido, pues que priva del sentido que tiene para estimar: Verdad es de este ejemplar el dolor para afligirme, la esperanza en desmentirme, y no hay más loco deseo, pues que deslizar me veo. Estando en mi amor tan firme. Fuerte batalla han formado. la pasión, y la tristeza: y en tan notable aspereza tengo en mi considerado, que la tristeza ha reinado más en mí, para abatirme: y aunque más quiero afligirme, en no poder consolarme, si hace mucho en no matarme. Mas hago yo en no morirme. Cese en mi llanto el rigor, pues tan humilde me ve, que yo me atormentaré mucho más con el amor. No fe aumente su valor de herirme, y atormentarme, y si ve menospreciarme, que se cansa en afligirme? pues si yo quiero morirme, qué hará el dolor en matarme De amor se queja, ay rigor, que hasta el poder avasallas! Tirano amor, que te ausentas no huyas de mi esperanza, que aunque soy Rey, no es posible que temas mis amenazas. Antes yo puedo temerte, pues me rindes, y me mandas, teniendo en tu mano el cetro de la fuieción tirana. Cantad, si puede el acento contra aflicción tan amarga. Ya que de mi amor las glorias mis finezas no permiten, permíteme que te adore, ne. HAay dolor triste, que mientras más te ausentas mas me afliges. Cetro y corona, me obligan a tan hermoso imposible, y viéndome de ti ausente la sujeción no permiten. Ay dolor triste, que mientras más te ausentas más me afliges. De tu deidad obligado, sin que mi pesar se alivie, nuevas me da el corazón que muere pues sin ti vive, Ay dolor triste, que mientras más te ausentas más me afliges. Con la ausencia de tu amor huyó mi vida infelice, morir contigo es fineza, vivir sin ti es imposible. Hay dolor triste, que mientras más te ausentas mas me afliges. Mi amor pública la letra, callad. Nada al Rey le agrada. Quién podrá aplacar el fuego, que mi corazón abrasa? Si lloro, aumento mi pena, si sufro, ablando mis ansias, si las público, me agravio, si las oculto, me agravian: Que consuelo habrá que baste, si para olvidar no bastan imposibles? Federico. Ya parecen temerarias vuestras acciones, que un Rey debe de tal fuerte usarlas, que no desdiga a su Imperio alguna atención tirana: que ta P todas las demás se ultrajan. Si es amor quien te aventura, y en resistencia contraria tiraniza a tu opinión, quita delante la causa, que suele ser muchas veces el verla ocasión de amarla. Suspended pesar tan fuerte. Mal, Federico, mostrara la obligación de quererte, si en confusión tan contraria te negara mi tormento lo que le aprisiona el alma. Formaron en mi ambición una desigual batalla los sentidos, de una parte la voluntad, triburaría a la ceguedad de amor, tributo en cuya fianza quedó hipotecada al riesgo la fragilidad humana. Por otra parte el rigor de una hermosura, que ingrata al desearla es gustosa, pero al conseguirla amarga: Y es mucho siendo hermosura, que tenga tan mala cara. En la plaza de la envidia capitanearon ambos, asestando en mí sus flechas la voluntad, que tirana contra su dueño pelea valiéndose de sus armas: parias rindió a la hermosura, sujetando a su esperanza las fuerzas de su opinión, teniendo a mayor hazaña poder amarla vencido, que vencer para no amarla. En esta invasión sangrienta, y en esta viva borrasca cautino la voluntad la no medida distancia del amar al merecer: Amé, más como inhumana la acción del merecimiento no fue bastante a alcanzarla, quedó el merecer perdido en la dilatada playa del amar, sin que pudieran la ambición, o la esperanza, dar un paso en conseguirla, que aunque está cerca quien ama sin el blasón de sus glorias se desmiente la esperanza. Mas hoy verás, Fedetico, si acaso en mis amenazas, en mi rigor, y en su agravio, en mi cólera, y sus ansias, ya que en el cortés aplauso, o en la fingida alabanza, no hallo imán de mis deseos, le he de hallar en mi venganza. Federico. . Hay pensamiento! Señor. . Como amor se paga de mi traición? causa injusta! Riguroso estás: qué mandas? Muera Astrea. . Astrea mue Cómo, Federico, agravias (ra tu valor? qué me respondes? Que muera pues tú lo mandas. Si al paso de mi amor quieres con la adulación tirana seguir mi pasión, advierte, que amor como injusto manda. Si eres vasalloleal así tu sangre avasallas, pues que para darme gusto me aconsejas la venganza. Desdichado el Tribunal de un Rey? que cosa hay más falsa! pues que nunca la verdad llega desnuda a sus plantas. Viva Astrea, Astrea viva, y solo muera quien ama. . Señor, yo pierdo el sentido, vamos de aquí. En lo que has dado, yo estoy aquí bien hallado. Yo no, que estoy bien perdido de ver tu necia porfía. Pues que pretendes? . Señor, que huyas de aquí, que el rumor de la gente . Es cobardía, de ver tu cobarde enfado pierdo el juicio. . Habrá que ver, que le tenga por perder hombre que está enamorado. Ya cerca su casa está. Gran bulla viene, señor. Qué cobarde es el temor! qué dices? . Qué huyeron ya. Esta es la reja: aquí amor: haz la seña . No responde. En esta calle te esconde, que yo llamaré mejor. Aparta. Astrea, Lisarda. Quién llama a Lisarda? . Yo, no es Astreas ay de mí. . No, que Enrique su padre guarda la casa con gran cuidado, y corre riesgo tu vida, porque ha sabido: perdida soy si me ve. . Qué cuidado? Enrique viene. . Oh pesarl Toma este papel, y a Dios. . Paréceme que los dos hablando están. . Ya dudar de mi riesgo es imposible: mi vida, que he de perderte? posible será no verte, que olvidarte no es posible. La corta dicha mía ha informado a Enrique mi padre de tu a- mor: ausentarte de mí será for- zoso, hasta tanto que la injusta fuerte, cansada de rendir parias al agravio, borre las mal forma. das líneas de nuestro aborrecí- miento. Guárdete el cielo. Quien más que a sí te estima. Duplicada saña infiero entre un desdén, y un pesar, y en mí los veo luchar sobre quien será primero. El rigor tiene más fuerza a que mi desdicha cuadre, que el pesar; como es de padre, es pesar; mas no es bajeza. Mucho le debo a su amor, pero no a su confianza, que amarla el Rey no es privanza, pues para ser vencedor, aunque él quiera sujetar, si le saben resistir; que intento podrá decir, pero no que pudo amar. Con su padre fácil es la respuesta, pues de aquí colegirá, que por mí no queda el casarme, pues siempre con fin semejante la he querido, que el amor con otro fin, es rigor, pues solo es fingidamente quien de aqueste modo ama, y así ofende su valor, puesto que su propio honor es el honor de su Dama. Bien sabe Astrea, y el cielo (aunque es agraviar en mí su valor) qué pretendí amarla, mas con recelo de que mi esposa ha de ser, con que acrédito mi fama, pues quien la quiere así Dama, mejor la querrá mujer. Hay atención más profana? Señor, mira que es exceso, que te haga una mujer peso siendo cosa tan liviana. A Enrique quisiera hablar, para poderse pedir Astrea: empiece a vivir quien no acaba de penar. No sé a que puede llegar el recelo de tu padre, que ha dado en estarse en casa para que no pueda nadie hablar a Carlos! . No temas Lisarda, que aunque mi padre esté aquí, he de hablar a Carlos: cierre puertas; ponga llaves, que si no me guardo yo poco importa que me guarde. Ello es rigor. . qué he de hacer sino sufrir? . Muy amante estás pues sufres tu agravio. Ese es agravio ignorante, y no me puedo ofender: aquesto no es disculparme. Quien podrá guardar mi honor mejor que yo? eso es constante, pues lo que me importa a mí, mejor lo haré yo que nadie. Considera, que el honor es citara, que al tocarse, si le desdice el compás del tono, van muy distantes las voces, y al enmendarlo las rinde, sin acordarse, que suele apremiar las cuerdas ser causa para que salten. Bien puede con la pasión de su honor, aconsejarme su sentir: mas para eso solo el aviso es bastante: pero si para el recato le parece conquistarme con fiereza, y con agravios, es parecer ignorantes, porque aunque más cuerdasea puede ser que tal vez salte. Clega su rigor me tiene, y si esto pasa adelante es insufrible tormento, y piensa muy mal tu padre, si juzga que con la fuerza, ha de poder sujetarte, cuando nunca en las mujeres supo el amor ser cobarde. Contradecir a su empeño no es posible, porque es padre, y obedecer es lo menos. Es tu atención muy constante, mejor fuera que el cariño para esta ocasión guardase, cuando aquesto en las mujeres aún ruego al cielo que baste. Bien puede faltar mi vida, pero no podrá faltarme mi amor, aunque más me asijan las ansias, y los pesares. Tuya he de ser siempre, Carlos, mi dolor no te acobarde, que él solo quita la vida, pero no quita el amarte. Bien sé yo, que en mis desprecios te ha de caber mucha parte, y querré más mil agravios, que el menor de tus pesares. Desde que la voluntad dibujó el sútil semblante en las líneas de mi afecto, en quien lo hermoso, y lo amable descrédito fue al olvido, y imitación a lo amante, estampándose en mi idea otro ejemplar semejante, con que el recíproco amor pudo muy bien agraviarse, porque se faltó a sí mismo solo porque a vos no falte. No hay que temer, Conde Carlos, que si en el mar naufragante de tu ausencia, y tus memorias, la voluntad peligrase, ofendiéndome a mí misma, formara opinión provable, que o yo no fuera quien soy, o no dejara de amarte: porque aunque pueda el olvido, por el rigor de mi padre, obligarme a que me ausente, no me obligará a olvidarte. Así como el arroyuelo, cuya dilatada margen es despeñado edificio del raudal de sus cristales, surcando playas de espuma, hiriendo el risco inconstante, hasta que atrevida cumbre, o inhumano balvarte, límites pone a su origen, y término a sus raudales, hallando ya, que ambicioso, de cansado, u de arrogante, rompe la prisión oscura de la que inhumana cárcel cautiva en grillos de aljófar perlas que tributa al Ganjes. Pues de aqueste modo Carlos podrá ser, que el valvarte de tu ausencia, me interrompa (no bien advertido ultraje) la victoria del quererte, y la fineza de amarte. Pero volviendo al origen de nuestro amor, es constante, que aquellas pasadas glorias, de tal modo han de obligarme, que dudo igualen su sangre que rebosando en la cumbre de tu memoria inviolable, recompensará él mil veces si alguna dejé de amarle. Tuya he de ser siempre, Carlos. Ciertos son ya mis pesares. que no te he de ver más, Carlos? Habrá rigor semejante? Advierte que viene Enrique. Quién viene, ay de mí? Tu padre. Disimularé mi agravio. Astrea. . Señor: si sabe, Lisarda, si oyó mi pena, soy perdida. . En mi combaten los más contrarios afectos, que naturaleza, o arte pudieron fingir: honor, que despeñas inconstante a quien la opinión del duelo hizo tu firmeza frágil. Inquieto está: qué peligro! ̱. Corazón, no me avasalles, acaba ya. . Señor mío, ya veo en vuestro semblante inquieto el corazón vuestro. Es así. . Quién puede osarse a borrar de vuestro pecho la alegría? . En un instante está un pecho divertido en tantas dificultades, que aunque receloso está, como su pesar es grande, sabe quien está ofendido, pero de quien, no lo sabe. Quitadme ya tantas dudas. ̱. Pues atendedme, escuchadme. Sabréis, que fue la prosapia de Don Enrique mi padre, y vuestro avuelo, tan noble, arrojo parece en mí) los que con su vil vitraje quieren infamar mi honor: díganlo antiguas edades, y en piramides de mármol el bronce, que a los mortales pública en lenguas de acero lo que no es justo que callen para acreditar su honor, porque en casos semejantes, es bien, que insensible el mármo! publique quien fue mi padre. De aquesta prosapia ilustre nací yo, para que instable tronco de aquel primer árbol, sus hojas no marchitasen las vanaglorias del vulgo, que con tal tributo nacen, deuda de su propio honor, los que heredan noble sangre. Dos hijas, Estela, y Cloris tuno: aquí Astrea es constante, que te repita el acento su ejemplar. No en sus cristales el Sol, cuando generoso Fénix de su amor renace en las sombras de su olvido, para dará los mortales en púrpuras de su oriente el rejo carmín que esparcen, vertiendo rayos de aljófar los que en su vistosa imagen solo contra si compiten lo vistoso, y lo triunfante. Y no la pureza misma puedo decir, sin que ultraje el glorioso vencimiento de su gentileza, esmalte de la diguidad que ocupa, haciendo vistoso alarde de lo eminente, y lo altivo, dedlo humilde, y lo arrogante: que igualo en la honestidad a mis dos hermanas, calle la pasión, hable el esfuerzo, cuando los castos umbrales de mi casa, recelosos aún de que yo los hollase, temieron, porque el honor viendo que solo hablar baste, aún conociéndome a mí por su hermano, fue bastante tal vez para que el recato, como nunca violó a nadie en las puertas de su ofensa; tuviese, sin más examen, celos de mí, por si acaso hubo alguno, que ignorante, lo que era causa de honor lo juzgase por ultraje. Todo esto que he dicho, Astrea, tan solo es representarte el papel de mi deshonra, sin que quieras escucharme, que mal discreta responde quien no responde a su sangre. Que amabas al Conde Carlos bien lo supeyo, y bien sabes, que te avisé del peligro para que no peligrase tu honor, entre la borrasca del vulgo, en quien se combaten lo peligroso a lo honesto de alguna acción, sin que baste ser noble en su vencimiento si la juzgan por cobarde. De todo esto te avisé, lo que no puedes negarme: pero todos mis desvelos fueron bajel fluctuante, que en el mar de mi esperanza hicieron su fuerza frágil. Segunda vez me repites la ofensa, sin que excusarte puedas, porque yo lo vi, aunque en casos semejantes, cuando peligra el honor, bastaba el imaginarse. Ahora verás si tengo razón yo para quejarme de tu loco atrevimiento: bien merece este lenguaje quien hasta en la voluntad quiso negarse a supadre. Yo vengaré tu traición, dejando en ti a los mortales ejemplo, para que adviertan, que si el honor peligrase, no hay más valor que la ofensa, ni más traición que el ultraje. Señor (grave pena siento, que mi dolor me acobarde) Señor, no permita el cielo, ni esos Astros celestiales, que llegue a ofender mi amor en un átomo a tu sangre. Si acaso amé al Conde Carlos fue, señor, para casarme, pues con título de esposo, será permitido amarle. Que de otra suerte, señor, no fuera solo agraviarte en la deuda de mi honor, sino también agraviarme: y pues que me toca a mí, fuera de tócaros parte a vos, el desprecio mío, creed que sabré excusarle: que perdido en las mujeres el honor, es como el áspid, que ejecura en si la ofensa, cuando no halla en quien vengarso Sabréis que es primero, Astre la voluntad en los padres a la unión del Matrimonio, venid conmigo. . El femblante me tiene este loco amor, lleva demudado Enrique. Veréis que para casarse, no hay más ley que mi precepto. El cielo su furia aplaque. de su esposa, en mi venganza. , , e. Esto es así. . Federico, que dices? . Que el Conde Carlos siempre junto a mí mi agravio. pretende para su esposa a Astrea. . Notable agravio! con el insufrible amor de Astrea, que temerario cautivó mi voluntad, estuve un tiempo engañado, contemplando el Sol hermoso de aquellos hermosos rayos, que fueron horrible incendio, bastante a abrasar un mármol. Mas ya que sé, Federico, que ocupaba el Conde Garlos afectado el corazón, finezas de su amor casto: no acusaré su injusticia, solo acusaré el agravio del Conde, pues me interrumpe bien declarado contrario su noble correspondencia, cuando en repetido aplauso, yo llevo solo la injuria, y él lleva su gloria en cambio. Repíteme, Federico, segunda vez el engaño de mi amor, dime si es cierto, que se casa el Conde Carlos. Mira si es sueño, o fingida llusión, porque no acabo de persuadirme a que pueda alguna atrevida mano a estorbar mi pensamiento con el atrevido engaño de su opinión. . Ello es cierto. Con sospehas, con cuidados con mí mismo vacilando, que haré cielos? si le ofendo, es sospehar el agravio Si me detérmino a honrarlo, será ofenderme, pues veo Respóndeme, Federico, y no como apasionado de mi voluntad, y dime, que hicieras tú en este caso. oi prendada la afición de algunos hermosos rayos, batallase el merecer, con el amar, hasta tanto, que divertido en tus glorias te vieses tan arriesgado en su amor, que compitiendo (aquesto con el recato que se le debe a una Dama) con su amor, hiciese asalto algún enemigo injusto, o algún aleve contrario, para sujetar tu amor a los codiciosos lazos de su amor correspondido, y vieras que sujetando estaba ya a su rigor aqueste triburo humano de la muerte, sin que puedas librarte del que tirano solo te daba la muerte por llevarse solo el lauro. Señor, pues que a mi elección lo dejáis, sabed que es falso el supuesto. . Pues por qué? Porque llamas tu contrario a quien busca a su elección esposa; antes fuera ingrato, si una vez correspondido no correspondiera al cargo de aquel encendido fuego, que pudo abrasar a entrambos. También decís, con injuria de su honor, que el Conde Carlos pretende daros la muerte, sabiendo que es el vasallo mas leal de vuestro Reino: y esto, señor, es agravio de su valor. . Federico, si mi vida está en los brazos de Astrea, y me quita a Astrea, no es darme la muerte? Es falso, que la causa del morir mas inmediata, no es Carlos, si no solo tu amor, luego por defender tu contrario, es falsedad de ti mismo decir que te mata Carlos. Bien defiendes, tu opinión. Esto no puedes negarlo. Por lo menos, Federico, me negarás, que es ingrato quien pretende por su esposa; cuando pudiera excusarlo, la Dama que otro desea? y más, cuando este es vasallo será traidor a su Rey? Señor, aquese no es calgo. Supongo para respuesta, que el amor es voluntario, que tal vez no estima a un Rey la que estimará un esclavo. Solo porque el parecer es diverso, y donde el trato dispuso la voluntad, no pueden formar agravio la altivez, ni el poderio, que para quien ama es claro, que no hay más poder que el gusto, ni más Rey que el agasajo. Esto señor es deciros en breves razones, cuanto agraviáis la voluntad de Astrea, porque si avaro su valor, no os corresponde, para que os cansáis? si acaso queréis que con el rigor os estime, ferá en vano, que no es bueno para amor si no lo que es voluntario. Esto supuesto, señor, aquí parentesís hago de mis razones, y ahora vuelvo a aquel primero cargo que le haces contra tu amor, acreditándole ingrato contra su Rey: aquí os ruego que me estéis atento un rato. Doy, señor, que sea tu Dama Astrea, bien sé qué es falso, mas para aquí lo supongo: será acaso tu contrario, quien ignorando el amor que la tienes, y ignorando que es cosa tuya, la quiera para indisoluble lazo, tributo del casto amor, qué es el matrimonio santo? No por cierto, que la ofensa ha de suponer agravio. Ahora voy al supuesto, si os quejáis de que ultrajado os desestima, y que ingrata (como vos decís) al cargo de su Reyos aborrece, como de aquesto olvidado me decís, que es vuestra Dama y si no lo es, que agravio formaréis de su opinión, cuando está inocente Carlos! No he de escuchar tus razon yo estoy ofendido. . Acaso formáis ya duelo de mí? de aqueso, Rey, no me espanto, que mejor le hará de mí quien le ha sormado de Carlos. Carlos muera. . Y tu piedad? Carlos muera. Horrible espanto! aplacarle no es posible. Yo le buscaré en su cuarto, y allí le daré la muerte. Sin culpa morirá Carlos. Hoy empieza mi rigor para que acabe un tirano. Ya estoy cansado, señor, de buscarle. . Frisón llega, que en esta calle ha de ser. No queda calle, ni puerta, donde no andemos corridos. Aquesta, según las señas, es su casa llegar quiero. Señor, y deberás piensas casarte? . Pues quién lo duda? Y por cuanto tiempo? . Necia tu porfía ha de obligarme a hacer en ti una vileza. Como no sea casarme, todas las demás que quiera vuesa merced puede hacerme. Llama, Frisón, a esa puerta: no es menester, que ya sale Enrique. Mi honor desprecia, . tirano, como no llego a que entre tu sangre mesma? Dalce consuelo del alma, padre de mi hermosa Astrea, yo quiero llegar, aparta. Yo disimularé penas, mas ha de ser. Noble Enriqu Querido Carlos, violenta . pronunciación es del alma. No excusada diligencia me obliga abuscaros. . Carlos que tal sufra, que tal sienta, . delante de mi enemigo: solo Carlos la presteza os debo en esta ocasión, pues con mayor diligencia os ha buscado esta tarde mi cuidado, sin que pueda tener tal dicha el deseo. Pues señor (ya me sujetas . dolor, sufre pensamiento) ya que hoy ha sido primera la dicha, os quiero decir la obligación con que atenta mi cortedad os buscaba, si bien señor será ajena de vuestro consentimiento. Cualquiera, como sea vuestra, será obedecida, Carlos, aún más que si propia fuera. Pues yo os cojo la palabra. Pedid, Carlos, que quisiera que estuviera en mi poder el mundo, no con violencia de su ambición, ni su imperio, si no solo porque adviertas quiero cumplir mi palabra esto como no pidieras cosa injusta, que en tal caso no me obligara violenta la palabra que os he dado. Esto es negarme la pienda de mi amor, mas no es posible, que siempre eres mía, Astrea. Pues Enrique. . qué te tuibas? Lo que os pido. . Qué es? A Astrea vuestra hila por esposa. mayor aumento a mi casa, mas como el casarse sea nacido de voluntad, no sé yo si acaso Astrea querrá casarse. . Y si acaso quiere me dais vos licencia para casarme? . Si Carlos. Cómo mis dichas se aumenta! próspere el cielo tus años, tus plantas besar merezca por tal favor. Con tu padre está hablando, que recelas? llega. . Detente Lisarda, no sé qué oculta tristeza se ha apoderado del alma, porque segunda vez sienta su dolor, y mi tormento. Más que es otra novia esta. Caballero, una palabra quiero con vuestra licencia hablar a Carlos, qué importa. El Rey quiere en consecuencia de unos celos (así oculto otros celos por si intenta conocerme) daros muerte en vuestro cuarto esta noche, esto os aviso, y quisiera estar a tu lado, a Dios. Señora bien veis que es fuerza saber quien me da la vida. No busquéis más diligencia que saber, que una mujer que os estima. . El Rey violenta muerte quiere darme, cielos! No sé qué piadosa estrella me favorece: a mí el Rey? grave dolor! grave pena! Bien favorecido estáis. Os prometo que aunque quiera deciros quien es la Dama, no puedo. . Ni lo consienta mi petición. . Solo sé, que le debo a su defensa la vida. . Fineza extraña, no sé qué dolor me apremia el corazón, pena fuerte! Perdonad si os hago ofensa en prometeros mi brazo; que ya como a hijo es fuerza, que como propio tu agravio pueda correr por mi cuenta. El cielo por tal favor os guarde: ya sé que es deuda de vuestro valor. . A Dios Carlos. Pues al arma penas. Ya que del luciente Febo cesó infausta la carrera, para apresurar el día, dando a la noche licencia, a que con el negro manto de las opacas tinieblas encubra el Páis del mundo, dejando que las Estrellas si exhalación de sus rayos, suplan de su luz la ausencia. He de buscar mi enemigo, aunque en la encumbrada Esfe del viento, de mí se esconda, o en las oscuras cabernas del abismo, por escolta tenga su profunda Esfera. No me ha de quedar del Sol un atomo que no ofenda, desmintiendo rayo a rayo, por si insensible Planeta pueda ser que allá en su cielo tenga escondida mi ofensa. Ni el viento en sus crespas holas con que su rigor despeña, siendo causa de sí mismo, lo que es de sí mismo ofensa. Ni el fuego volcán furioso en sus herradas centellas, norte del voraz incendio, si descuidada pavesa de su luminosa antorcha, a reflejión de las flechas, sepulta entre sus cenizas, lo que con su luz festeja. Ni en sus fugitivas olas el mar, piramides densas de su nevada hermosura, de cuyo cristal franquea, haciendo de sus espumas pensil bordado de arenas. Y no han de ocultarle, en fin; agua, fuego, viento, tierra, aunque viva en sus entrañas, de la ejecución sangrienta. Que un corazón agraviado, siente en su opinión tal queja, que si en si hallara la culpa, en si vengará la ofensa. Que espero? aquesta es su casa, y sin duda esta es la puerta de su cuarto; y pues la noche me da bastante licencia con las sombras del ocaso, quiero retirarme en esta sala, que aquí vendrá Carlos, donde en su sangre revuelta me dará la vida ingrato, pues es ingrata su ofensa. Ya salió el Rey. . A buscarle será sin duda. . No temas. Pues no he de temer, Lisarda, si sé que el Rey con violencia quiere dar la muerte a Carlos. y si el aviso no llega, para que pueda esconderse de la prevención sangrienta del Rey, morirá mi esposo. Pues dudas de su nobleza, de su bizarría, y sangre, de su brazo, y de sus fuerzas, que no podrá defenderse mano a mano con cualquiera que su estimación agravie, y su vencimiento ofenda? Si lo dudo, que a su Rey esconderse no es bajeza, porque es la persona Real un ejemplar, una idea de la divina, a quien todos deben igual reverencia. Vamos aprisa, ay de mí. Adonde? si esta es la puerta de su cuarto, aquí estará, y puedes hablarle. . Espera, Carlos, Carlos, noble esposo de mi honor, Carlos que esperas? Tres veces dijeron Carlos: Quién a Carlos llama? . Ciertas son ya mis dudas, que miro? aquí el Rey? . Esta es Astrea, la que ingrata a mi esperanza principio fue de mi ofensa. Sean señor vuestras plantas el sagrado, a quien atenta a vuestra piedad, suplica favorezcáis la violencia de una mujer ofendida. Levantad. Cómo se anegan en lágrimas ya mis ojos! En mi casa el Rey, que espera mi rigor? . Pues con mi esposa está el Rey, cierta es la ofensa. Enrique está a vuestros pies. Cielos, mi padre, que pena! Aquí he de excusar el riesgo, Enrique. . Grande es la deuda de mi obligación. . Aquí está Carlos, que desea bésar tus pies. . Esto más? Yo castigaré la fuerza de mi ofendida opinión, Enrique, Carlos, Astrea, aunque parece excusada la que es propia diligencia. de visitar vuestra casa, es atento a que las fiestas de vuestro nucial aplauso se aumenten con la presencia de mi persona. Así Carlos, aquesto con la licencia de Enrique, y con vuestro gusto, podéis dar la mano a Astrea de esposa. . Prospere el cielo tu fama. . Vitoria tengas da quien tu nombre avasallas. Ruego a los cielos que seas inmortal, porque los siglos quede vuestra fama eterna, Cómo mi furor suspendo? aquesto no es recompensa de vuestro merecimiento, porque aqueso Carlos fuera, pasar más de lo posible arrepentida soberbia. Como olvida la venganza? No puede, señor, la lengua publicar vuestro valor, solo la fama os convenza de Príncipe generoso. El cielo os guarde. Aquí penas: yo daré la muerte a Carlos, . o no vengaré mi ofensa.
JORNADA SEGUNDA
JORNADASEGUNDA De aquesta suerte de Carlos vengaré el atrevimiento: dadme al punto, Federico, tinta, y papel, porque quiero escribir al de Milan acerca de que hablaremos (to los dos después. . Ya está pue aquí, señor. . Aquí enojos, si vuestro rigor suspendo por no dar la muerte a Carlos, me la doy a mí, y es cierto, que en peligros de un acaso debo escoger el más cuerdo. Tirana ambición, que puedes en tus torpes pensamientos sujetar el desacato del que soberano pecho juzga por acción piadosa de su nobleza, y su imperio, vengarse, en quien de su agravio no puede tener (es cierto) ni más causa que la ofensa, ni más culpa que el desprecio: y haya quien diga, que escoge el menor mal, cuando atento a que en la inocente sangre, de inhumano, o justiciero, quiera vengar lo que es culpa de su mal regido imperio. Y puede tanto el rigor, teniendo en su mano el cetro; que es su razón el delito, y su parecer el duelo. Con esto logro mi amor si no muere mi deseo. Con Federico es forzoso disimular. Este pliego entregara Carlos, ap que es persona de quien tengo mas que propia confianza, y más para aqueste empleo, que es un negocio del Daque de Misan, cosa en que siento tener que ocupara Carlos, más por ser cosa que puedo fiar de su obligación. Tienes oculto el veneno con apariencias de honor. Por esa ocasión me atrevo a ausentarle de mi casa. Eso, señor, es lo menos para quien desea ferviros. Así le oculto el concierto de su muerte, de que aviso al de Milan: llamad luego a Carlos, para que al punto se parta Ya os obedezco. Disponed, cielos, mi amor, llama del mortal incendio, que mi corazón abrasa haciendo pavesa el pecho, Si de aqueste modo, Astrea, no llego al merecimiento de ser vuestra mi afición, y de ser yo todo vuestro, no sé cuando he de alcanzar lo que por mi suerte pierdo: y más cuando en mi combaten tan diversos pensamientos, no excusada diligencia para que en un pecho honesto puedan hallar ocasión tantas memorias del tiempo, que para vencer mi engaño tengo ya perdido, y pierdo, que aunque soy yo apasionado lo juzgo inútil, supuesto que nunca llega mi amor, y siempre se pasa el tiempo. Ya tenéis, señor, a Carlos presente. . Ya está sujeto a vuestras plantas, señor, el que con menos acierto puede ser que os obedezca, pero no con más deseo. Yo vuestro afecto conozco, y bien conocido tengo lo que os debe mi Corona en dilatado progreso, pues que debe a vuestra sangre ver dilatado su Imperio, en las Águilas partidas que a tus hazañas debieron coronarse solo el lauro, pues fue solo el vencimiento. Dónde camináis, lisonjor? si apresuráis vuestro vuelo en la adulación injusta, fundaréis solo en el viento lo afectado de mi honor: detened ya vuestro vuelo, y porque no baje más dejadme que suba menos. Fue Rodulfo vuestro padre de quien mayores secretos que de mí mismo fiar pudo de mi Reino el Cetro. Diganlo las invasiones de Alemanía, en quien soberbio su brazo mató más hombres que tiene átomos el viento. Aquestas, y otras hazañas de tal modo merecieron para conmigo el aplauso, que luego al primer encuentro le hice gracia del Condado de Salberí, que es hoy vuestro, no Carlos para premiar sus hazañas, porque es cierto, que para quien vence, solo servir a su Rey es premio: Mayores glorias le diera mi brazo, si injusto el cielo no le acortara la vida, para que pagara el feudo de los mortales, más quien dilató en vida mi Imperio, aunque para todos muera, nunca para mí está muerto; que el esfuerzo en la nobleza es siempre un vivo recuerdo, que dice, aquí muere vivo, quien aquí vivió muriendo. Y porque fenixrenazca en vos el que amor paterno, si sucesor de su sangre, imitación de su esfuerzo. Quiero que vuestro valor despeñándose hoy al riesgo, merezca por sus victorias suspender su nombre al viento. Que los que heredaron sangre pueden decir que nacieron, hijos para la nobleza, no para el merecimiento. Ni pueden llamarse nobles, aunque nazcan Caballeros, si con su esfuerzo no imitan la estirpe de quien nacieron. Que solo es nobleza propia la que empieza de sí mesmo. Hoy quiero que empiece, Carlos, tu valor, notorio acuerdo, que sois hijo de tal padre. Bien sabréis ya los encuentros que ha tenido mi corona, formando bandos diversos sobre la razón de estado, la que otros llamaron duelo; aunque con aqueste nombre, no puede tocarle al Reino, cuando el agravio de un Rey, nunca pasa a menosprecio. Valiéronse del Estado de Milan, a cuyo empeño confederaron sus fuerzas, y unidos todos a un tiempo con reseña de enemigos a su Rey, de contrapuesto echaron bando en Milan, en que restaron el cetro de mi corona, y que al punto hiciese treguas, diciendo que a no hacerlo de esta suerte, sería suyo el vencimiento. Y para más agraviarme enarbolan ya soberbios las banderas de mi ofensa, y tiene en su pendón puesto, vlva el Duque de Milan. Como si ya el vencimiento se hallara tan de su parte, que tiranizado imperio fuese el despojo a su asalto. Y así Carlos he propuesto, que en forma de Embajador lleves al Duque este pliego, para la conformidad de estos Estados, atento a que vuestro proceder (proceder al fin discreto) sabrá bien desempeñarme de su yugo; que molesto con el peso de su ofensa, tanto fatiga mis Reinos: que tengo por imposible pueda aplacarse el incendio de la invasión tirana, y del que furor sangriento, batalla usurpando ufano, con un poder dos imperios. Tan solo con la obediencia puedo, señor, responderos. Mal responde la inocencia, a lo que encubre el veneno. Pues la brevedad importa. Partíreme al punto. Ay cielos! que pesar siento en oírte Llos, tiranizar el respeto de su honor. . Si muere Car- muy grande imposible venzo. . Sí, más es en hierro frío. No sé qué finge el aplauso del Rey para mí, sospecho que el subirme tan aprisa, ha de ser bajar más presto. A Milan, muy buen despacho, que este es un Duque soberbio, y por tener más moneda nos hará cuartos, y es cierto se nos conoce la marca. No es, Frisón, lo que más siento, dar la vida por mi Rey, si no que a partir me atrevo en las postas de mi honor, y de mi agravio en el viento. Obedecerle es ya fuerza, aunque su traición recelo, que yo seré fiel vasallo, y él será Rey poco atento. si quiere darme la muerte cuando yo solo pretendo morir porque viva el Rey, vencer, porque viva el Reino. A Astrea avisa, Frisón, de mi partida, que temo? Voy señor, hay mi Lisarda, y como ausentarme siento! Mas aquí vienen las dos. Parece que está suspenso Carlos. . De qué puede estarlo? Es señora, que está enfermo. Su indisposición ignoro. Es de mal de casamiento, y este no le entienden todos, que es un linaje de enfermos pegadizos como sarna. Sarna pícaro. . Es muy cier- que la sarna, y la mujer, (to, todos comen. . Majadero. , , . Carlos. . Astrea suspenso me tiene un pesar. . Ya dudo si es el Rey el instrumento de mi ofensa, y de su agravio. En verdad que no me atrevo a deciros la aflicción que para déjaros siento: ya lo dije. . Pues dejarme bien podréis vos, mas yo ofendo mi voluntad, en deciros aquesto en mudo silencio, que os podrá dejar mi amor. Ausentarme será cierto, mas déjaros imposible. Auséntaros, a que efecto? A que soy vasallo. . Y basta ser vasallo? ya recelo, que sabe que el Rey intima mi amor, y quiere violento ausentarse: en peligro está mi honor en concepto de Carlos, pues que anticipa a lo que parece riesgo su ausencia: notable empeño de mi honor. . El que obedece no se puede llamar dueño de sus acciones, y así el Rey manda, yo obedezco. Más mis dudas me atormentan. Señor Frisón. . quién me frisa? y si es por sacarme el pelo vaya a frisar a otra parte. querido. . Ese es mi dinero, que anda muy enamorado, y se usa en este tiempo dar los celos al amante, ya la balsa los requiebros. Mi esposo. . eso no, que es ierro casarse, guarda. . Por qué? Porque está un hombre sujeto a tener mucha paciencia. Para que son los aceros? Muchos más tiene un cuchillo, y tiene el cabo de cuerno. Eso has de decir, me nguado? Si saben ellas hacerlo, que mucho que yo lo diga? y eso no es lo que más siento. Pues qué sientes más, Frisón? Qué para un hombre en tintero, y va a parar a Escribanos. Pues eso es malo? hay talnecio? mas de cuatro. . Aquese ofi- para mujeres es bueno, (cio que han menester tener aire. Mas dejémonos de cuentos, y vamos a lo que importa: bien sabes que ya me ausento, porque vamos a Milan Carlos, y yo, a un embeleco que no nos importa, solo te sé decir, que yo intento volver acá hecho Letrado, que eso se hace con dos tejros, grande barba, y mucha prosa; y si se ofreciere en verso también sé ponerme en quintas, pues hice a san Reculemus dos quintillas, y otras obras que he tenido en verso suelto. Al fin yo volveré rico, y los dos nos casaremos por el tiempo que quisieres, echaremos coche nuevo cada vez que regoldares, tendremos hijos, y nietos si parieres, si no no, que eso a tu elección lo dejo. Y cuando te vas? . No sé, lo que fueremos más presto nos ahorraremos de vida, porque yo, Lisarda, entiendo que allá nos quieren matar. Pues como nos curaremos? Aqueso es cosa muy fácil. Horrible es el sentimiento de vuestra ausencia: ay dolor! qué he de hacer? no puedo menos El despedirme de vos me obliga a buscaros, siento en el alma vuestra ausencia, más pues que lo quiere el cielo. A Dios Enrique. A Dios Carlos. De vos, Astrea, no puedo despedirme, porque el alma se queda, aunque yo me ausento; A Dios Lisarda: qué pena! A Dios Frisón. . A Dios celos Dudas de un temor me asligen con tan vanos fundamentos: Carlos a Milan, al Duque, en ocasión, que confieso no haber visto los Estados más conformes, ni más ciertos cada cual a la obediencia del que es su señor supremo. Enviarle el Rey, y verle yo en mi casa, es fundamento para sospechar, que a Carlos quiere dar la muerte: o necio pesar! qué es lo que pronuncia. mi lengua, pues torpe acento quiere hacerme a mi ofendido por condenar su desprecio. Astrea. . No cesa el llanto de aplaudir el rigor fiero del Rey, pues que de mi ausenta, quizá, señor, con pretejto de su Embajador, a Carlos, siendo en la verdad soberbio bo can contra mi esperanza. Porque causa, o a que efecto ha de ser lisonja Carlos a su enojo? . Grande empeño! Si digo, que porque el Rey . me amaba, mi honor ofendo, con que es fuerza que en mí misma vengue el atrevido acero de su arrogancia; si digo que es del Rey solo el deseo ausentarle, por si acaso puede de mi pecho honesto alcanzar algún favor, para aplacar el incendio que su corazón inquieta, es querer, darle yo celos, y por una y otra parte soy yo quien mi honor ofendo. Señor, bastantes señales son las vnestras, pues si el Reino en tranquilidad conforme, y en pacifico sosiego, ni pide treguas al Duque de Milan, ni el vencimiento se pública por su parte, sino que en tranquilo esfuerzo tiene su Estado conforme, como el Rey con este intento hace Embajadora Carlos? Aqueso mismo contemplo, y pues que pública el vulgo la maldad, con que en silencio quiere vengar su arrogancia, con el seguro secreto de hacerle su Embajador dudar su muerte no puedo; que sospechas informadas hacen el caso más cierto. Pues vengue el cielo mi agravio. Pues vengue mi ofensa el cielo. Para mí ha de vivir Carlos, aunque en pedazos deshecho le vea mi amor. . Oh injusta traición de tu noble pecho! Pues como ofendes, señor, a quien por el honor vuestro diera mil veces la vida? y como Rey poco atento a la obligación que debes a tu Corona, y tu Imperio, solo pagas con agravios a quien aumentó tu Reino. Quién se ocupará en vengarte de quien ingrato, o sangriento quiera alborotar las paces en que se conserva el cetro de tus Estados, si pagas con una traición un riesgo? No quiero vengar mi agravio, solamente dejo al cielo, que como me das ofensas te dé a tu traición el premio. Ya están las postas aquí. Hiciste la dingencia que te mandé? Sí señor. Y está la letra dispuesta, y aceptada la cobranza de los mil escudos? . Esa letra es de muy buena forma: hecha está ya la maleta, poco vino, y muchas botas, y al fin toda la esperera aguifa de pelear. Habrá semejante ofensa? que me aparte yo del alma, siendo cuerpo de su esencia? Paréceme a mi imposible, porque la naturaleza está en los dos tan unida, y de tal modo dispuesta la unión, que nos vitaliza organizada materia, en quien introduce el alma las sensitivas potencias que la informan, que parece imposible conveniencia, que informe a la unión el alma, si desgregada materia aparta la acción, que informa de lo que es naturaleza. Dos cuerpos pueden vivir, pero con un alma mesma en los dos, y así es preciso, que estando la unión compuesta de los dos extremos, nunca pueda yo ausentarme de ella, pues el ausentarme, es causa de que la naturaleza, viéndose opresión sin alma, sin sensación las potencias, deje de informarse viva, antes de informarse muerta. Muy gran Filósofo estás. Infiere gran sutileza el amor, si es verdadero. Ya habrán comido esas bestias, y podremos caminar: más para mí es cosa cierta, que es muy fuera de camino. Averiguar conveniencias no es de vasallos leales. Vamos pues, Frisón, que esperas? pon a la puerta las postas. Pues para que he de ponerlas, si tienen allá hecho el tiro? Acaba Frisón, que esperas? présteme el viento sus plumas. Ello acabará en tragedia. Esto me escribe Eduardo. Grave rigor! . no lo niega mi pasión. . Es cierto que tiene heredada soberbia de su riguroso alarde de la antigua descendencia de los padres. . No lo entiene esta es la carta, y en ella dor verás lo poco que debe el cerro de Ingalaterra a la piedad, pues no atiende al blasón de la nobleza de Príncipe, en quien compiten, si de Príncipe se precia, justicia, y misericordia. Escuchad la carta mesma. Reconociendo los Estados de mi In perio, y yo en cabeza de ellos, la mucha justicia que observa el Es tado de Milan, que hoy es vuestro contra los que a fuerza de conque rados contra la persona Real, pre tenden usurparle la Corona de su Imperio, os envío en forma de Embajador, para mayor se creto, a Carlos Conde de Salbe. ri, para que venguéis en él la traí- cion cometida contra mi Coro na, dándole la muerte. Bien pudiera darle muerte el Rey. . Por más encubierta de sus deudos, que sin duda será gente, a quien se deban atenciones. Puede ser. Y para excusar sospechas quiera ausentarle del Reino para darle muerte fiera. A buen tiempo hemos venido. Pero no con buena estrella. Pues porqué? . Allá lo veremos Juntos están. . Señor, llega, que bien puedes ir seguro, porque juzgo que no hay dueñas por acá. . Calla Frisón, llegar quiero: vuestra Alteza me dé las plantas. . Qué brío! Qué valor! . qué gentileza! Levantaos. . qué humano es el Duquel en vuestra presencia tenéis a Carlos, a quien el gran Rey de Ingalaterra, y mi señor, con pretejto de confederar las treguas de los Estados, me envía, porque con la diligencia de vuestro brazo se aplaquen de los Estados las guerras, que tanto inquietan sulmperio. Notable discreción muestra! Yo he de dar la muerte a Car- parece imposible, inquieta (los vive el alma. Conde Carlos, en semejantes materias pide tiempo la atención: id, y descansad, que es fuerza, que después responderé. Llevadle al cuarto, que cerca la torre, y dadle la muerte al punto. A Dios. Él os guarde. Es posible que consienta darle la muerte? ay de mí: de este puede haber sospecha de traidor? engaño fuerte! Vos llevaréis la respuesta al Rey mientras vuelve Carlos. A señor, como me tiembla la Aquí es ello, si me matan, cosa es cierta que voya algún pastelero, y en los de acuatro me almuerzan y allí habrá pastel Frisón. Cómo de ingrata, o soberbia la presunción le castiga. Así excusaré las quejas de mi tardanza, Frisón, con este importa que vuelvas al Rey. Buen papel tenemos: si acaso fuese receta con su recipe de palos. Díreisle, que quién inquieta sus vasallos está muerto, y yo siempre a su obediencia para cosas de su gusto. Pues guarde yo mi cabeza, y venga lo que viniere. . Si la ejecución sangrienta de Carlos se habrá olvidado: cierto que no fuera ofensa de mi mandato. Aquí está muerto Carlos. Grave pena! Fuerte pesar! Triste agravio! Lastimoso caso! . Ofensa de su valor. . Muerte injusta! Grave rigor! Gran tristeza! Y vos Carlos infelice, cadaber ya, si sangrienta venganza de un Rey injusto, de vos diré, sin que ofenda su persona, o el recato su deshonor, que tu inocencia retrata una muerte viva quien es una vida muerta. Dadle luego sepultura, su muerte siento, y mi pena. No sé qué sueño profundo de rendido me acobarda, luchando con mi deseo, batallando con mis ansias, y de puro avasallarme sujetando mi arrogancia, como vencido me deja el cuerpo tronco sin alma, cuando en sus lugubres sombras corriendo sus luces marcha ligero a esconderse el Sol, si con aquesto descansa mi confusión. Reposando está el Rey, y mi esperanza puedo lograr, llegar quiero para que entre dudas tantas sepa yo quien mata a Carlos, siendo la suerte contraria, o a quien le debe la vida. Sueño es este, el Rey levanta la mano. Muere traidor. Soñando está la venganza de su enemigo, yo escucho. Muere ingrato. La arrogancia repite segunda vez: sacadme de dudas tantas, cielos benignos, que escucho? Muere Carlos. . Si me enga- los sentidos, que es aquesto? Iñan si es ilusión, si es mudanza de alguna aprensión falible. Carlos, en ti el Rey maltrata la opinión: aún siendo sueño C , . me parece que le agravia: no es posible que sea a Carlos? Muere Carlos. . Ya tirana tu impiedad me califica la que en mí pudo ser falsa atención del pensamiento. Pues dime, Rey, que provanza de traidor puedes hacerle, cuando ninguno le iguala? No es la pasión quien lo dice: no son, Rey, no, sino tantas vitorias como recibes, y ha recibido tu casa, siendo Campión de tus bandos hasta peligrar su fama para defenderte a ti, cuando en la oscura borrasca de tu dilatado Cetro, tú mismo honor peligraba. Dime pues, Rey, si merence serlo quien con temeraría adulación menosprecia. la sangre, que en su venganza vido repartida en fuentes para acreditar su fama. Dime, Rey, es este el premio que de tu valor alcanzan los que sirven tu Corona? Este será, pues que ufana tu mano para pagarle, su vertida sangre ultraja. Que se hicieron los blasones que recibió la prosapia de Carlos, sirviendo atento tus armas en la campaña, enarvolando el pendón, bibrando asturo la lanza, disparando fuerte el arco, atajado las murallas de tu enemigo, y venciendo a más hombres con su espada, con su valor, y su riesgo, mas que todas las escuadras, siendo solo en merecerlo, capitaneando ufana su mano en el vencimiento: Y tú, Rey, tantas hazañas quieres borrar de su nombre, porque queden sepultadas en las sombras del olvido vitorias, que aunque ocultarlas quisieran, quedarán siempre vivas en la eterna fama. No ocupes, Rey, más el cetro, que no es Rey quien así ultraja la nobleza en sus vasallos, quizás para no premiarla. No te ofendo como a Rey, si no como a quien me agravia, que una mujer ofendida no suspende la venganza. Y porque veas que pude darte la muerte en tu casa, y no vengué tu traición por alguna oculta causa, te he de quitar la corona, y ponértela a tus plantas, solo porque sepas, Rey, perdonar a quien te agravia, pues te deja sin ofensa quien de ti recibió tantas. ̱. Venciome el sueño, que veo? parece que se levanta entre mil confusas voces una crepitante llama, que abrasa todo el Imperio de Ingalaterra, por causa a quien yo vivo soñaba litigando el cetro de mi corona; provanza es bastante, pues le veo ruina abatida a mis plantas, desechada la corona de mi cabeza, que ingrata parece que a ajeno dueño se inclina, pues que usurpada, sujetándose a los pies, de la cabeza se aparta, que es darme a entender, que Carlos, sabiendo que el Duque trata darle por mi ocasión muerte, quiere en pública venganza oponerse a mi corona, quitarme el cetro, amenazas son todas de mi injusticia, que ella misma me hace causa, para que sepa que sigue un castigo a una arrogancia. Viva, y viva mil veces Carlos, la acción inhumana de mi rigor vuele al viento, no que de señal que agravia. mi justicia, Carlos viva. Es posible que mis armas batallaban para ofensa de quien mi corona ensalza? como yo ofendo mi honor? mi honor digo, cosa es clara, que a su propio honor ofende quien ajeno honor ultraja. Yo venganza? yo? es posible? Licencia, señor, aguarda Frisón de parte del Duque. Más ciertas son va mis ansias, decid que entre. . Entrad Frisón. Dadme vuestras plantas. de que doy la muerte a Carlos, . qué tristeza es esta? . Carlos está ya cuerpo sin alma, como alguno que yo veo: esto os lo dirá la carta de Rodulfo, aunque mi dicho para mala nueva basta. Qué dices, que murió Carlos? que presto asentó la espada mi rigor, amigo Carlos? En eso pagáis la extraña voluntad de su afición, porque siempre me afirmaba que se moria por vos. Esta es sin duda la llama que entre sueños vi, que pena! su muerte me despedaza el corazón. . Hay mi Carlos. Mátame a mi suerte ingrata. Yo voy a avisar a Enrique, y Astrea de su desgracia. Aqueso me toca a mí, ven Frisón, atenta el alma, se arrepiente del agravio de su inocencia, que aclama contra mi valor ofensas, contra mi poder venganzas. Será ilusión del sentido. No fue sino verdad clara, que vi enfurecido al Rey, y que entre sueños vengaba, en la inocencia de Carlos, el tesón de su arrogancia. Y suelen los sueños ser una viva semejanza, en quien pronuncia la muerte, que aqueso solo retrata el sueño, lo que en la vida quiso vacilar el alma, que aunque está la voluntad sin las potencias que causan el albedrío en los hombres casi del todo forzada, parece que representa, aún en su dormida calma, lo mismo que formar quiso la propia aprensión humanas entre sueños vido a Antonio la miserable Cleopatra, Reina de Egipto, que todo el Reino desbarataba, porque dio favor a Casio, y Bruto, habiendo en su casa dando horrible muerte al Césa bien se vieron las batallas de Sicilia, a cuyo fin se dieron en toda el Asia, para avasallar a Egipto, y Palestina, entre tantas invasiones, que soberbias arruinaron las murallas de Palestina hasta tanto que quedó presa Cleopatra. En sueño el mismo Antonio vido desnuda la espada de Pompeyo, en que su muerte cruel tirano amenaza. Y que para su defensa, un soldado de Cleopatra, huyendo del fuerte César una barquilla cosaría tendió las velas al Austro, y en ella a Pompeyo mata en los brazos de su esposa Cornelia, principio a tantas vitorias como alcanzaron. Verdades fueron sonadas, mira pues si veryo al Rey intimando la venganza de Carlos será bastante indicio del que le agravia, infamando su persona, borrando el blasón que ensalza en piramides de bronce inumerables hazañas, que dan memorias al viento, y nobleza a su prosapia. Sueño fue, mas no fue sueño el que a Pompeyo avasalla, rindiendo entre sus cenizas la vida con la amenaza de Marco Antonio? y no fue sueño el que mató a Cleopatra entre los brazos de Antonio, cuando a tomar la venganza fue Lepido, y Octabiano? ilusión fue imaginada, pero verdad infalible: luego bien digo Lisarda, que el Rey da la muerte a Carlos. Imaginaciones varias te han de acabar. . Ay de mí! Astrea, grave mudanza miro en tu rostro. . Señor, aunque el aliento me falta, me parece a mí que en veros está el recobrar el alma. No hay que temer. ̱. Bueno es esto. Escucha señor las ansias que mi corazón ofenden, pero temo que son tantas, que podrán atropellarse, pero la que más agravia vuestro honor, y mi desprecio, es señor, acción tirana de su valor, que vi al Rey que entre sueños vacilaba, inquieto el corazón, que daba saltos al alma, que en una lucha sangrienta, y en una viva borrasca, sin pulsos, y helado el pecho, con sí mismo batallaba, dando voces, muera Carlos, muera quien mi honor agravia, muere pues traidor, repite, muere traidor, pues me matas quitándome así la vida, sin que me quede esperanza de mi vida, pues me quitas la esperanza de gozarla: mira señor si es ya cierto, que litiga la venganza de el Rey contra mi esposo, para que venza inhumana su traición, yo para siempre tendré fijado en el alma, que el Rey dio la muerte a Carlos. Ay de mí, yo para siempre tendré fijado en el alma, que el Rey dio la muerte a Carlos, está diciendo enojada Astrea a Enrique, hay peligro! quien habrá que satisfaga una opinión verdadera, con una sospecha falsa. Calla que está el Rey aquí. Hay enemigo. . Turbada está, no es buena ocasión, mas al sin aventurarla es preciso: Noble Enrique, hermosa Astrea. . Palabra puede ser que en vos ofenda, la que en otros obligara. Cosas son que las dispones el tiempo, y la injusta parca del rigor las lisonjea; y para más olvidarlas bastará saber, que el cielo por alguna justa causa lo dispone así. . Señor, que decís? Dura palabra! que vuestro esposo. . Ay de mí! Carlos es muerto. Venganza cielos. . Hay rigor más fuerte? Carlos está muerto? . Elada la ha dejado el accidente. Llama aquí un Dotor, Lisarda, porque no hay otro remedio, que con dos, o tres sustancias la quitará el accidente, y también para matarla si quisieren, no hay remedio mas acertado. . Llevadla a su cuarto, por si acaso el accidente se aplaca. Mucho pesa. . Calla necio. Siempre sois todas pesadas, Y vos, Enrique, venid a un negocio de importancia que quiero tratar con vos. Denme los cielos venganza. Bien sabéis, que a vuestro gusto estoy siempre. e Ami presencia os mandé llamar, Enrique, porque podáis como amigo darme vuestro parecer para la mayor tragedia que se ha visto en pecho humano, y esto no es encarecerla, pues me va la misma vida. Dadme, Enrique, esta respuesta: a que se obliga el vasallo, cuando la muerte sangrienta de su Rey está pendiente de su valor? . Bien pudiera agraviarme de que vos me pidáis una respuesta, que no la ignorará nadie, pues sabéis con evidencia, que es obligaciónforzosa del vasallo, cosa es cierta, poner por su Rey la vida, todo su valor, su hacienda, y lo que más es, su honor: y aquesto, señor, se entienda empezando de mí mismo el primero. . O sangrienta adulación! ay Marqués, hay noble Enrique, bien muestre la obligación de vasallo leal, las razones vuestras han dado valor al alma en las oscuras tinieblas, que su presunción oprimen, teniéndola tan sujeta, que se resuelve a morir en las manos de la ausencia. Atiéndeme, noble Enrique, y porque no te parezca, que sirves a dueño ingrato, Enrique, por recompensa, ves aquí mi firma en blanco, tómala. Enrique, no temas: disponed de mi Corona, de mi Reino, que quisiera ser señor de todo el mundo, como soy de Ingalaterra. Esto no por ambición, sino solo porque fueras señor de todo el Imperio, sujetando a tu grandeza el mar en sus crespas olas, el viento en su altiva essera. En cambio de lo que os ruego disponed, Enrique, de esta Corona, que es el Imperio de mi poder, no te ofendas de lo que te pido, Enrique, que si por vos se ofreciera lo mismo que por mí os ruego no dudéis de mi firmeza, que venciera lo imposible para quitarte la ofensa, opresión de la memoria, que tus finezas ausenta. Hy de mí, hay dolor más fuerte hay pesar, que tanto apremias mi pensamiento, ay de mí. Mal, señor, correspondiera a la deuda de vasallo, si mi vida, si mi hacienda, si mi honor, segunda vez, y mil veces, no pusiera a vuestras plantas, mandad, señor, que mi vida mesma despedace, que mi honor (esto, señor, como sea en favor de vuestro brazo) pueda de alguna manera peligrar en vuestro gusto, y últimamente, la ofensa más injusta, o más tirana; mas aleve, o más sangrienta, padeceré solamente, para que decirse pueda, que es noble para su Rey quien a su Rey se sujeta. Qué queréis de mí, señor? aquí estoy en tu presencia, manda que vengue tu agravio, manda que imposibles venza en servirte. . Ay Enrique. Quién es, señor, el que apremia tus pesares? . Vuestra hija, que la adoro, y me desprecia. Quien en tan estrecho lazo se haura visto? pues cualquiera resolución que yo tome ha de ser para mi ofensa. Por una parte obligado, vínculo de mi promesa; por otra parte ofendido con la abrasada centella de mi honor. Solo me pesa, señor, que como a hombre bajo me tratéis, pues con promesas queréis vincular mi agravio, para que mi sangre pueda hallar en ellas su infamia rebozada con la ofensa. Pero ya ofrecí mi honor, ya di mi palabra, es fuerza que pueda faltar mi vida, mas no podrá faltar ella. Yo os prometo declararme a mi hija, y si finezas (nuevo imán de mis agravios) pudieren, señor, apenas en el arco de su amor desparar vendadas flechas al blanco de tus suspiros, yo lo prometo, y adviertas, señor, que podré obligarla con voluntad, no con fuerza. La vida me has dado. Enrique. Pluguieran los cielos fuera la vida, como mi honor no padeciera la afrenta de una injusticia obligada: ya es obligación, ya es deuda cumplir a lo prometido: tan solo, señor, me queda un favor que suplicaros. (pera Pedid mi honor mismo. . Es- señor, me tenéis a mí por hombre de tal bajeza, que había de obligar tu fama con semejante flaqueza, como ofender vuestro honor? no señor: solo quisiera deciros mi sentimiento antes que formar la queja delante de quien la juzgue apasionado. . Ya atenta la voz pronuncia su agravio. Es posible, Rey, posible, que en tan noble pecho pueda caber traición semejante, como manchar la nobleza de mi sangre, cuando siempre entre sus rompidas venas ha regado tantos campos en vuestro servicio? es esta la paga, que de tu Imperio esperaba yo? así premias tantos años, que en tus armas se ocupó la descendencia de nobles progenitores, ya en la paz, y ya en la guerra, poniendo a riesgo sus vidas? Dime, señor, son aquestas las victorias que alcanzaron estas manos en defensa de vuestro valor, y enfama de vuestro Imperio? así intentas quitarme a mi la esperanza para redimir las prendas de mi honor, en mis entrañas, es esta la recompensa? Advertid, señor, que os toca, si acaso alguno quisiera ofender vuestro vasallo, salir vos a la defensa. Mirad, señor, si vos mismo con el cariño, o la fuerza intentáis solo agraviarme, que bien que me defendiera? Son estas, señor, las gracias que dais al cielo por vuestras viforias, volviendo el Reino que os dio Dios para clemencia, en latrocinios, en robos, y en una profunda cueva de maldades, de delitos, de rigores, y de ofensas, donde falta la justicia, donde reina la violencia, donde sobran los agravios, adonde todo es afrenta. Mas que puede haber, señor, donde la injusticia reina? Fueron, señor, a este fin tan repetidas promesas, partiendo conmigo el Reino? es cierto, y quiero que sepas, que no era aqueso obligarme, antes así me desprecias, pues mientras subiera más bájara con más afrenta. Aqueste es mi sentimiento, señor, y aquesta es fineza que vuestra reputación me debe. Pues que las quejas os repito solo a vos, porque vos sabéis la ofensa, no quiero de vos venganza, que sois mi Rey, solo sea testigo de tanto agravio el cielo, que solo queda este consuelo a quien siente, y este dolor a quien premia.
JORNADA TERCERA
JORNADA TERCERA Sin duda quiere obligarte pues que tanto solicita tus favores. . Yo excusara, aunque sea arrogancia mía, sus finezas, por su agravio: y más cuando su injusticia me las da sin merecerlas, quiere que no las admita, pues no son buenas mercedes las que no están merecidas. Si quiere acaso pagarme. con su agasajo la vida de Carlos, no es ya fineza, pues su entrañada malicia en secreto me disfama, y en público me acredita. Si juzga con el favor desarraigarme el acibar de mi agravio, y que yo prive con su persona, no estima la humildad con que responde mi desdén a su malicia, que es humilde la privanza cuando es en persona indigna. Querer, señor, aplacar tu dolor no es injusticia. Si es, porque el aplacarle es renovar la fatiga de un corazón agraviado, y así mientras más porfía en repetir sus favores, es fuerza que me repita la causa, y que por curarla me renueve más la herida; El Título me envió, con un castillo, y seis villas del Condado de mi esposo, y aquí es fuerza que yo diga, que quien me levanta tanto desea verme caída, pues siempre baja más presto el que sube más aprisa, y es fuerza que el edificio que a más altivez aspira, al fúnebre precipicio de su soberbia atrevida, sea siempre el más altivo el que más se precipita. Querer subirme ahora el Rey al ser de su Monarquía, estando tan olvidada, a persuadirme me obliga, que es causa de su interés, pues subirme tan aprisa puede en un Rey la violencia, mas no puede la justicia. Tu padre viene. Qué dudas? venga, Lisarda, por cierto en buen hora. . El avisarte puede ser agravio. . Esto no es agraviarme, Lisarda, sino de puro contento de ver a Enrique mi padre, que ha mucho que le deseo para aliviar mis suspiros. Algunas veces confieso, amada hija mía Astrea, que está tal el pensamiento, que con ignorar la causa puede conocer su efecto. Que cierto estoy, hija mía, de aquese recato honesto, que os causará admiración la causa con que a vos vengo. Si bien puedo bien fiarme de tu raro entendimiento, que disculparéis mi ofensa (si acaso en mí puede serlo lo que toca a obligación,) Qué dudáis? válgame el cielo, no suspendáis las razones, que de vos saber pretendo, que dudarlas es ofensa. Pues digo, Astrea, que atento escuché al Rey esta noche, pidiéndome con secreto, que pues estaba en mis manos su vida, diese el remecio más conveniente a la ofensa, que traspasándole el pecho, vendría a entregar la vida en su propia sangre en vuelto, yo como nací vasallo, (inadvertido condeno mi promesa) le ofrecí, como cualquier Caballero debe en favor de su Rey, la vida el honor, el riesgo. Mas quien juzgara que un Rey, con la lisonja del premio, obligara a sus vasallos, si no a lo que es más honesto? Al fin, yo quedo obligado con la palabra, respeto, que en personas como yo, es caudal de tanto precio, que solo puede la muerte bortarla, y de mi confieso que la que le doy al Rey siempre la cumplo, supuesto, que si me falta la vida, se la cumpliré muriendo. Ofreciome en recompensa de su petición, el Reino, la vida, el honor, y todas las demás cosas, que necios, ciegos de su ciego amor, suelen ofrecer, sabiendo, que solo dura el cumplirlas, mientras dura su provecho. Con lágrimas en sus ojos me persuadio, que el remedio de su vida, era el ámaros, quien vio caso más sangriento? que delante de mí mismo fuerzas de un Rey poco atento, solo por un necio amor me perdiesen el respeto. Yo por cumplir mi palabra, amada hija mía, os ruego que améis al Rey, ay de mí! (pues así mi honor ofendo.) Padre, y señor, si yo acaso no conociera el intento de vuestro honor, me obligaran las palabras, que suspenso, contra vuestra misma fama pudo formar el acento, a que dudase, si pudo con vos la ocasión del premio, pues en cosas de mi infamia me obligáis a obedeceros. Mas como vuestro valor conozco, con el ejemplo de una voluntad profunda nacida de amor paterno; podré excusar el enojo, que de vuestro pensamiento pudo nacer, con que a vos, y a vuestro Rey manifiesto, que yo estimo más mi sangre, que él puede estimar su cerro, Y que si como es señor de este limitado Reino, lo fuera de todo el mundo, tuvieran el mismo efecto sus razones, porque siempre se fuera mi honor el mesmo. Bien conozco, que es mi Rey, y que nacimos sujetos, pero el albedrío tan libre, que no quiso el Dios supremo, con ser el que lo dispuso, sujetarle a su precepto: pues como podrá hombre humano sujetarme a mí a su intento, y obligarme a lo imposible? no ha de poder, no, que es cierto que no podrá Rey humano, lo que no pudo el eterno. Tantos dones como ofrece a mi voluntad, confieso que pueden ser estimables, adquitidos por buen medio. Pero al contrario, señor, por otros modos diversos, lo que allí sirvió de estima, servirá aquí de desprecio. Porque la riqueza humana, el blasón, y el vivir mesmo, adonde falta el honor, son de poco fundamento. Señor, yo estimo el aviso con la estimación que debo, pero os advierto, señor, y segunda vez, que tengo hecho propósito firme de ofrecer al Rey primero, no digo solo esta vida, dos mil que me diera el cielo, antes de ofender mi honor, que tuviera por más cierto morir para la opinión, que no vivir para el riesgo. Vivas para eterno nombre mil años, dente los cielos tanto valor, tanta fama, que dejes tu nombre eterno. Dadme los brazos, y a Dios, que quiero avisarle luego de vuestra resolución al Rey, porque su deseo tiene puesta la esperanza en los átomos del viento. . Que puedan en pecho humano caber tales pensamientos, que procure la deshonra, a quien le desea el premio? No me puedo persuadir, Lisarda, a que por lo menos, pueda aquesto en pechos nobles nacer tan horrible efecto, porque tiene un no se que la nobleza por lo honesto, que antes que su propio honor, procura siempre el ajeno. Que haya en el mundo quien vengue lo que llama ofensa, haciendo la traición más rigurosa, que cupo en humano pecho, quitándome a mí el honor: con que a persuadirme vengo, que nunca le tiene propio el que procura el ajeno. Mas ya que en su confusión pueda haber atrevimiento, en mí puede haber castigo contra su blasón soberblo. Y al fin al fin soy quien soy, aunque inhumano, o indiscreto, procure borrar mi honor, con que bien decir del puedo, que quien atiende a su gusto, no puede ser muy atento. Lisarda. . Frisón. Qué dudas? Ya yo te tenía por muerto. Si no es que fuese de hambre, no sé yo como sea eso: que allá de puro cuitados, no dan sino pan de perro. Y Carlos? . Gentil gazapo, pues le tiraron al vuelo: a él se la armaron con carta, como otras la arman con queso. Y al fin, Frisón, murio Carlos? Así pluguieran los cielos estuviera quien yo miro. Pues dime a quién miras, neclo? A quien tengo de mirar, que lleve el diablo al que veo? Mas ya, que se me olvidaba, quiero volver a unos celos, que habéis de tener guardados, aunque nuestro casamiento se tratara luego al punto. Pues dígame, él a mi celos? por tan vendida me tiene que me llega a mí con eso? Comprada os digo que estáis, que vendida no, y confieso que no valéis vos un cuarto, con que yo no he menesteros, y para que valgáis algo, os tengo de echar el sello. Sello a mí? vaya el marcado. Que me matan sin remedio, ya tengo lo apaleadó, lo demás ello veremos, mas tu a mí? Yo a él, qué piensa? Vaya, que allá nos veremos. Él se acordará de mí, señor sacudido. . Esto consiento yo, y en mis barbas, tu págaras. . Qué le debo? Deidad, en quién nuevo amor más tus victorias anuncia, rindiéndome a tu esperanza, por un amor que no escuchas, mírame en tal afición solo por ver tu hermosura, compitiendo con las selvas donde las flores madrugan. No te apartes de que amor mire tu beldad profunda, que en él mirarla es fineza, y en vos ausentarse es culpa, porque es tu belleza tanta, que al ver su deidad confusa los pájaros en el viento forman Abriles de pluma. Y eclipsados en sus rayos por aurora la saludan, en el matiz de sus luces todas sus glorias disculpan, abatiéndose a sí misma, y enfalzándola en sus plumas, que Amarilís es más bella, aún los cielos no lo dudan. Y no puede el vencimiento ser alarde a su hermosura, que poco le debe al riesgo quien con la verdad dispura, y aunque el vencer es fineza, vuestras glorias no asegura, que para verdades tales, solo victoria no es mucha, Es la deidad a quien amo, tan próspera, y tan fecunda, que aunque desdice a la imagen que idolatra en su pintura solo con el desearla, promete bien la disculpa de cuantos sin dicha viven, y que no la alcanzan nunca. Y pues no rinde obligada, vano su respeto encumbra, que responder no es delito, aunque el desdeñar es culpa, pero bien puede quien ama vivir, que aunque más se oculta con los aciertos de amarla, nadie muere sin ventura. No corresponder ingrata, es obligación injusta, porque despreciar finezas, no es amor, sino locura, con que vives obligada, no obligar es cosa injusta, que lo ingrato en la belleza, aún ha menester disculpa. Escucha ya mi afición, que no puede ser oculta, cuando en las alas del viento le sirve mi amor de plumas: no te hagas sorda a mis ruegos, que no oírlos no es disculpa, no es sorda la que no oye, sino aquella que no escucha. Con las luces de tus rayos, y el blasón de tu hermosura, matizas glorias al Austro, en perfección sin segunda, pues la beldad de tu rostro todo lo alegra, y lo muda, solamente una esperanza queda en tu presencia oscura. Y pues que no te obligaron s finezas que aventuras, teniendo solo por premio mi deseo, y tu hermosura, yo muero sin esperanza, blasonando mi fortuna, dichosa el alma mil veces que muere en penas tan justas. Bien dijo quien al amor le dio nombre de infecunda pavesa, que se deshace cuando en sí mesma procura abrasar, con que se ofende en remontarse en sus furias, si acaso solo el amor se ofendiera a sí, acción justa le llámara yo al amar: empero cómo tributa al objeto en quien transforma la voluntad, que confusa, atenta solo al amor, y no atendiendo a la injuria que puede hacer a quien ama esto digo quien no gusta de sus finezas) por verse señor de lo que aventura, aunque a sí mesmo se ofenda, entre la opresión que astuta fatiga más su esperanza, para renovar la injuria, a su mesmo objeto ofende, formando de una hermosura el agravio que merece su injusticia, o su fortuna. Que como no es fuerza amar, si no es en quien la disculpa del afecto se permite, hace mal el que importuna, que si finezas no alcanzan, no lo han de alcanzar injurias. Ay Enrique, cada instante es mil años, a quien duda de alcanzar lo que desea, busca engaños, traza astucias, y como mira imposible lo que su atención dei fusa le facilita, un instante que lleva encrespada pluma del viento, como desea el blanco de su hermosura, mas le parece que tarde, mientras que no le ejecuta. Pues ya podéis dar consuelo a vuestra pena. Qué escucha lavoluntad? . Que ya Enrique está a tus plantas. . Aún duda la felicidad del verle mi amor cuando le aventura. Enrique. . Señor, ya temo su ejecución. Levanta, para que no diga el suelo, que logró tal esperanza: Enrique. . Cómo vasallo nací, señor, a tus plantas, sujetando el albedrío a quien es mayor Monarca. Decir que el obedeceros está en voluntad del alma, no es acierto, que el mandato del Rey rinde, y avasalla, porque es cifra, que recoge lo que su poder alcanza. Mandasteisme que obligase fuerte contra mí la espada, a apagar aquese incendio de la crepitante llama, que tiranizado aplauso dices que tu vida abrasa. Y aunque sé, que no pudiera obligarme a tan contraria torpeza de mi opinión, con tu voluntad tirana, que servir al Rey es bueno, pero mejor es mi fama. Yo a mí mismo me obligue a tan imposible hazana, que obligarme yo es fineza, y obligarme es arrogancia, para quien sabe, que nunca en promesas voluntarias puede obligarse el honor, que quien arriesga su fama, o no tiene que perder, o éstima en poco su casa. Todo aquesto lo supongo, mas ya que di la palabra, lo menos es el cumplirla, aunque a mí me obligó darla, Saber, que aunque la pasión sobre, y falte la esperanza, no puede dudar, que a un Rey nunca la justicia falta. Mas ya que me vi obligado, os promete mi palabra, que propuse vuestro amor, por ver si acaso obligada de tantas finezas vuestras, unastra piedad alcanzará ser dueño de su afición: propúsele tantas ansias como vuestra voluntad a su afición sujetaba. Mas como se estima poco en quien de verás no ama, aunque más se las repito no pudieron obligarla. Firme en su resolución me prometio, que estimara que la concediera el cielo mil vidas en solo un alma, para ponerlas al riesgo de quien la sangrienta calma deleuror, y del incendio, su celoso honor abrasa, afirmando una y mil veces, que fuera acción excusada, que la sobrara la vida puesto que el honor la falta. Padre soy, puede ofrecerme, pero no pude obligarla, que un padre manda en lo honesto; pero en lo injusto no manda. Ofrecile vuestro Reino, que eran las riquezas tantas le dije, que en su hermosura a las estrellas alcanzan. Pero con el mismo empeño. de la color demudada, me dijo, que a los humildes es tan solo a quien aplacan las riquezas, que a quien tiene desde su antigua prosapia el blasón de su nobleza, poco le hace la privanza. Que es mejor en su opinión vivir en la eterna fama, con el nombre de invencible, que entre cosas tan contrarias, más vale pobre, y con honra, que no rica, y deshonrada. Esta es su resolución, bien veréis vos que no falta por la palabra que os di, pues os cumpli la palabra, mas como advertí al principio solo os prometí el rogarla, hicelo, no fue posible que mis ruegos alcanzaran la más pequeña fineza pera cumplir tu esperanza, Esto es así, mi cabeza está señor, a tus plantas, disponeda vuestro gusto de mi vida, y de mi casa, que lo que me toca a mí, solo a tus pies se avasalla. Y tomad de mí, señor, esta razón, que por causa de amor a nadie se obliga con la fuerza, o la venganza, que lo que en la voluntad puede formar en el alma, no lo formara el agravio con más que intime, por causa, que no puede alcanzar nunca, quien desde luego no alcanza. Pues podrá cuando no pueda mis finezas, la arrogancia. Qué turbación! . Qué fiereza! Grave injuria! Acción contraria a la piedad. . Torpe injuria! de aqueste modo se ultraja el honor en pechos nobles? De este modo se avasalla una acción, que en rojos bronces hiciera eterna la fama? Luego al punto os ausentad de mi presencia. . Así pagas mi firmeza? Al punto, Enrique, os ausentad, sin que valgan palabras que lleva el viento. Ya os obedezco, tirana adulación del poder. Federico, pues no bastan finezas para vencerla, ni aplausos para obligarla, baste la resolución de mi poder. . Así agravias la presunción de tu Imperio? Hasta aquí solo esperaba ver su determinación, mas ya que veo contraria su afición a mis finezas, y es imposible obligarla, vencerá mi atrevimiento lo que mereció su infamia. Quien no temerá el rigor de un ofendido? . Lisarda, pues como puede temer quien no tiene justa causa para que el temor le oprima? Sin estar averiguada, suele el poder muchas veces usar para quien ultraja del rigor de su justicia. Eso menos me acobarda, que si es justicia no puede menos que con justa causa ofender a quien no ofende, ni agraviar a quien no agravia, Ofenderle al Reyno puedo, que eso en mi fuera mudanza, pues debo estimarle siempre como a supremo Monarca: tampoco puedo agraviarle, porque es atrevida saña el agravio, y a mi Rey, aunque mi vida faltara, no faltara la afición de quien como a Rey le ama. ya ha ausentado el Rey a Entique vuestro padre, que amenaza mayor ofensa en tu honor. Engañaste, pues. Lisarda, que aunque me falte mi padre nunca el ser quien soy me falta: y la nobleza en ausencia despide de sus murallas rayos contra el atrevido, que con sufuror abrasa. lo casto de su belleza en la intrepida borrasca, en quien compite el honor contra la atención tirana de quien su pureza ofende, y de quien su honor ultraja. Que siempre se es una misma la obligación heredada de vivir para el humor y morir para la infamia. Si quiere vengarse el Rey tome de mí la venganza, que aquí me tiene sujeta cuando quiera ejecutarla, y deje a mi anciano padre vivir en su antigua patria. Si quiere darle la muerte, porque venga su arrogancia en quien no cabe defensa, que su furor satisfaga, siendo ofensa de su Reino, y afrenta de sus hazañas? Ya dio la muerte a mi esposo, si ahora quiere renovarla, ejecute en mí el acero, y repita en mí su espada, y no en mi inocente padre, que es propio de sangre ingrata sujetar al albedrío a más abatida infamia. Está su furor sangriento, belico ardor de la llama del fuego que le sujeta, tan rígido en la venganza, que avasalla al más altivo la fuerza de su amenaza. Pues tenga por cierto el Rey, que en mí el mismo efecto hagan las finezas, que el agravio, que cuando el favor no basta en su repetido aplauso, para obligar a quien ama, menos bastará el agravio para el fin de su esperanza. Solo una cosa me queda que pueda sentir, Lisarda, en medio de tantas penas, y es, que mi padre me falta: hay de mí, que ofensa has hecho, padre, y señor, pues que tantas aflieciones te apasionan, indicios de la amenaza que ejecutara el acero de la opresión más tirana? No quiero que me conozcan, sin que me pueda ver nadie he de llegar a mi casa, porque el furor arrogante de su presunción tirana, aún no pueda imaginarme poco atento a su precepto, pues mandó que me ausentase de Londrés, y como veo, que en los casos semejantes, que tocan a honor, y fama, no puede el Rey obligarme: vuelvo a mi casa obligado de dudar, si peligrase un átomo de mi ofensa, y de mi honor un instante. Gente viene. . Qué es aquesto Aunque soy el valvarte de la opresión de su fama, quiero con disimularme ser crisol, en quien se afinen los fugitivos cristales; perlas que tribura al suelo, siendo el aljófar que esparce dos fuentes en sus dos ojos, que divididos raudales, nevado carmín del rostro, si de su belleza esmalte, en su hermosura compiten, saliendo todos triunfantes. Qué es esto, ay de mi Lisarda? mucho se acerca. . Escuchadm No hay que temor, pues no puede entrar nadie, sin examen de quien es. . Ay que peligreo que bien puede asegurarse? Hermosa Astrea, tan solo hases. que mí qu Mira si es ánima en pena, pensamiento es ignorante porque si es enamorado, con razón puede llamarse, que tiene el ánima en pena, y aún tener alma no es fácil. Gran peligro me acobarda! Ya llega a nuestros umbrales, Lisarda, que pena ! ay cielos, en su atrevimiento instable pretende entrar. . Oye Astrea. Que de tal modo acobardes. tu valor! respondele. Ya es fuerza no ocultarme. No he de responder, Lisarda. Responde, Astrea, a tu padre. Hay padre mío, pues como, no mandó que os ausentaseis el Rey? . Sí, mas no es posible. que de ti pueda ausentarse, por el riesgo de tu honor, pues pretende disfamarte con la fuerza, y con el riesgo de tu firmeza constante. No es posible, padre mío, que siendo yo el valvarte que más defiende su honor, pueda nadie conquistarle, que aunque el riesgo de mi vida, belico rigor de Marte, con las armas de su ofensa viera ya que peligrase, primero que a mi enemigo rindiera el tusón constante de mi honor, diera la vida al rigido vasallaje, que con el imperio injusto pretendiera hacer ultraje, faltando la vida en mí, porque mi honor no faltase. Fuego, fuego. Qué es aquesto? fuego dicen. . El semblante pierde el nacar de tu rostro. Más quien puede ocasionarme tal peligro? . Dolor fuerte! Fuego, fuego. . ya cobarde resisto a mi pecho. Gente viene. Astrea, no avasalles tu valor, que aqueste fuego no ha de poder apagarse, porque es la llama de amor. A mi es fuerza el retirarme, porque he de fingir la ausencia. ya te sigo. . Pena grave! Fuego, Fuego, lleguen todos. 2. Todo se abrasa. . Que nadie salga a mirar el incendio, que aunque fingido acobarde al más valeroso pecho, y que quieran más quemarse, que no escuchar mis finezas. 1. Todo se abrasa, ya arden las piramides, que al viento igualan. . Conocéranme, y no tendrán que temer, que la llama de amor arde, pero no quema su afecto. 2. Con la pabesa se abaten las torres del edificio, no quedará a vida nadie, si no escapan del incendio. Fiero volcán, duro áspid que no se aplacan tus furias, pero yo haré que se aplaquen. 1. Echad las puertas, que aguardan? 2. Fuego, Fuego. Que no basten tantas astucias, Astrea, para ver yo tu semblante! Vamos todos, todos vamos, que aunque mi corona infame he de usar de mi rigor, de mi injuria, que más vale que pueda yo dar la muerte, que no que pueda matarme. A que ha llegado el rigor a estado tan miserable, que fuerzas de su arrogancia. a mí misma casa ultraien? Como no castiga el cielo tan atrevidos disfraces, con que mi nobleza ofenden, y mí mismo honor combaten. Mándome ausentar el Rey, y ahora es fuerza ausentarme. no a atención de su precepto, sino a fuerza de mi sangre, que siente tanto la ofensa que de su arrogancia nace, que si le fuera posible que solo con ausentarme se borrara la opinión, que a mi noble honor combate, le pareciera al partirme dos mil años un instante. A Dios hija, a Dios Astrea, que no pueden tantos males como mi pecho acobardan darle lugar para hablarte, que como ver yo tus ojos no sentiré el apartarme de las perlas, que repiten en repetidos raudales tan notable sentimiento, y división tan notable. Que aquesto la fuerza obliga de quien rinde vasallaje, que la obediencia de un Rey solo reina en noble sangre, Qué dices? . Qué? que tu padre no ha de volver más a verte. Esta mañana partió a Barcelona. . Suspende tus rigores, parca injusta, si acaso no quieres vermo en púrpuras de mi sangre caminar hacia la muerte. A Barcelona mi padre? seguirle ya, no es prudente consejo de mi atención. Apresurad los desdenes, Rey injusto. . Sin más causa que obedencer solamente, me dijo que se ausentaba, que es señal muy evidente, que le habrá ausentado el Rey. Es así. . Mas aquí viene. A mi casa el Rey, que dudo, pudo en el mundo ofrecerse tal disfraz? . Es imposible resistirle. . Antes prudente, le obligaré con razones, que parezcan más patentes para agasajar su amor, si es que irritado pretende, o quitarme a mi el honor, o dara Enrique la muerte. Esto ha de ser de este modo. Pues ya llega el Rey. Pues llegue. Señor, ya cayó el ratón. Cercad esta puerta todos. Es porque no roya el lazo. Haré alarde de mi enojo: que miro? este es mi enemigo. A tus plantas, poderoso señor, tienes, quien humilde tu favor invoca, propio blasón de tanta nobleza. Aún más que divino rostro, me parece su hermosura. Astrea, suspenso, absorto, vacilando entre mí mismo me tray el rigor furioso, de que sorda a mis finezas, a tantos hechos heroicos, como ha formado este brazo, desde que el luciente Apolo, vertiendo luces al Austro, amanece en el despojo de las adustas tinieblas, hasta que entre tanto golfo, quiere dorar su hermosura, del mar los bastos escollos. Solo para ver si puedo entre el orgullo amoroso, alcanzar favor que pueda satisfacer el asombro de tus finezas, que aquesto es deuda en los más heroicos. Mas puesto que es imposible, brillando el cuchillo corbo, sujetará mi fiereza, lo que no pude a mis ojos. Pribándote del honor, para que el fin afrentoso, acabe el rigor cobarde de tus rebeldes oprobios. Cómo me escuchéis atento, estoy obediente a todo. Príncipe noble de Europa, César invicto Ildefonso, digno por tus claros hechos de tan invencible tronco. Corona del sacro Imperio, del que sin segundo asombro dilate el cetro, hasta tanto que iguale el nevado Apolo. Monarca invicto del Orbe, de cuyo blasón heroico, grande Rey de Ingalaterra te apellidaron Alfonso. Terror del humano Imperio, heredado patrimonio, belico ardor, que en la fama pudo dar valor al Ponto. Escucha de una mujer, con ánimo generoso, lo que en las lenguas del mundo hace tu rigor notorio. Si no agravian las injurias mujeriles, cuidadoso me dad atención, que en mí no pueden pasar a oprobios. Ingrato Rey te apellidan, del mundo rigido asombro, si por tus horribles hechos fiera horrible, horrible monstruo. A los rigores tan fácil, a los agravios tan prompro, a las injurias tan fuerte, a la impiedad tan furioso, a la ambición tan atento, como a la justicia sordo. Sediento de sangre humana, fiero alarde de tu enojo, tienes a cargo más vidas, en tu general destrozo, que minutos tiene el Austro, y más que el Zefiro soplos. Y lo que más te acredita es, que si en tiempo tan corto es tu inhumanidad tanta, viniendo a más belicoso, viéndote tan inhumano te tendrán todos por monstruo. La oscuridad de tu infamia, la imitación de tu enojo tiene por su tiranía, en lugubres calabozos, los que en su vertida sangre hicieron tu nombre heroico. Y últimamente señor, tienes a tus pies tu enojo. Yo soy hija, bien lo sabes, de Enrique, el más generoso vasallo de vuestro Imperio, a vuestro favor tan promto, que en el despeñado risco, que desde el monte fragoso vive en la esfera del viento, hasta el más humilde escollo. supo avasallar triunfante, para haceros más glorioso. Quién dilató vuestro Imperio si no es el anciano arrojo de mi padre? y quien, señor, tantas villas en contorno sujetó a vuestra corona, si no el brazo victorioso de mi padre, siendo todas de su fortaleza aborto? Y en pago de tantas glorias como su esfuerzo animoso alcanzó de sus contrarios, le ausentáis, gran Rey Alfonso. Casi no pronuncia el alma, porque no pueden los ojos, aunque más lloran su ausencia, tener junto a si a quien solo fue de su vida principio, y de su nobleza asombro. No bastaba, no bastaba quitarme a Carlos mi esposo? Aquí es fuerza que repita aquel despeñado golfo, que me repite su muerte, en lágrimas que a mis ojos si no son mares, pudieran ser precipitado arroyo, en quien material de nieve puede ocupar los escollos, brotando espumas de perlas por lágrimas de mis ojos. Quitásteme media vida, dije mal, porque tan solo me quedó el vital aliento con que el natural informo. Sirviéndole de instrumento a tu daño escandaloso, recuerdo, señor, que el alma le está haciendo más notorio, que faltó entera la vida, cuando me faltó mi esposo. Y para mayor venganza, cuando bastara a tu enojo, dos vidas en sola una alma; precipitado destrozo de la ambición más sangrienta y el impetu más furioso, quieres quitarme la vida, quitándome el honor propio, que puede decir que muere, quien vive para el oprobio. Yo estoy resuelta, señor, parece terrible arrojo, a dar primero mil vidas en público consistorio, que entrégaros el honor: y así, invicto Rey Alfonso, toma este acerado alfanje, quítame ya. Rey, los ojos, que no viendo mi deshonra, no sentirá el débil tronco, que ya no es mi vida más con rigor tan afrentoso. Ejecuta el golpe fiero en el sangriento destrozo de mi cabeza, y apaga el vitalizado aborto de mi vida, y en mi sangre, de tu rigor testimonio, precipitado el acero, teñido en el carmín tojo, transforme esta vida ingrata en cadaber afrentoso, que como quede mi honor entre su blasón heroico, muera mil veces mi vida, si queda mi honor glorioso. Resolución temeraría, llamadme a Enrique, notorio quedará entre los mortales, escrito en mármoles rojos tan notable vencimiento. Obedecerte es forzoso. y en fin todo aquesto para en boda, y si no me engaño, se da un alegrón mi panza. Imitación de los siglos, para mayor alabanza, viviras eternamente. en las glorias de la fama: De aquesta salgo casado, pues buen ánimo, Lisarda. ̱. Podéis ser, Astrea, ejemplo de las matronas Romanas, quedando ejemplar al mundo, porque ocupe eterna fama tu valor. . Denme los cielos favor entre tan contrarias atenciones, como afligen mi vida con la borrasca de mi honor, y aciertos tales, que venza en mí su arrogancia. Ya tenéis, señor, a Enrique a vuestros pies. . Temeraria ocasión de mi deshonra. . Rey Alfonso, a vuestras plantas tenéis el menor vasallo. Levantad, Enrique, basta. Ausentome tu precepto, que no juzgué que obligara a la anciana edad que miras la ley, que opiniones causa. Si queréis darme la muerte, vuestra es mi vida, que aguardas? acaben ya tantas penas, tomen puerto tantas ansias, tengan fin tantos suspiros, apaguense tantas llamas como mi pecho combaten, y mi corazón abrasan. Cesad Enrique. . Señor. Escuchadme a mí la causa con que os llamé a mi presencia. Lógrese ya mi esperanza. Fidelísimos vasallos, quienes por tantas hazañas merecéis el blasón noble de vuestra antigua prosapia, dadme atención, para ejemplo de Ingalaterra, y de Italia, al más prodigioso alarde, que en las matronas Romanas halló nombre de invencible para eternizar su fama. Esta que tenéis presente es la sucesión amada de Enrique, y es la Condesa de Salberí, a quien aclaman el valor por la más firme, la virtud por la más casta. Seis años ha, que ocupado en tan amorosa hazaña, suspenso, ablorto, y confuso vivo, sin que la esperanza venza la menor fineza de su emulación contraria. Llegué a ofrecerla mi vida, mi persona, y todas cuantas. grandezas ocupa el Austro desdé Ingalaterra a Italia. Mas como entre pechos nobles no pueden hallar entrada finezas, si las repito, más mi petición ultraja. Yo di la muerte a su esposo, aquí es fuerza confesarla, cuando mi piedad intenta restituirle la infamia. Todo aquesto por si acaso pudieran hallar mudanza en su endurecido pecho mis amorosas palabras. Escúseme aquí el amor, que entre competencias varias lo que la fineza niega, suele alcanzar la arrogancia. Hoy pues se atrevió mi brazo al sagrado de su casa, adonde llegué atrevido a que mi rigor vengara el desprecio de una injuria, el agravio de mi infamia. Fáltole el vital aliento, rindió su vida a mis plantas, vinculando el albedrío a los filos de mi espada. Y para que vea hoy el mundo, que no ha de quedar sin paga la opinión más victoriosa de su invencible constancia. Esta es, vasallos, mi esposa, y vuestra Reina, por causa, que no es Rey el que no premi del mismo modo que agravia, Responda solo el silencio, Cristianísimo Monarca, con lágrimas de mis ojos, pues no pueden las palabras. Dadme las plantas, señor, y vos, hija mía amada. Los brazos sean, señor, lazo inmortal. . Cosa estraña Yo os doy los brazos, Enrique y con los brazos el alma. Viva vuestro nombre eterno viva eterna vuestra fama. Y aquí acaba la Comedia, si de vos perdón alcanza la torpeza de su acento, con que supliréis las faltas de quien con mayor acierto hoy sujeto a vuestras plantas se promete fin dichoso, Firmeza, Amor, y Venganza
