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Texto digital de Fingir por conservar

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Atribución tradicional
Desconocido
Atribución estilometría
Gaspar de Ávila Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido corregido por Esteban Cabreros y Farto García a partir de un manuscrito de la BNE.

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Cita sugerida

Esteban Cabreros y Farto García. Texto digital de Fingir por conservar. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/fingir-por-conservar.

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FINGIR POR CONSERVAR

¿Qué tenemos con haber defendido ese lenzuelo a cuchilladas? Hacer lo que debo, si del cielo quiera visto caer un rayo que lo abrasara, resuelto me abalanzara. Fineza fuera de amante, pero el mundo, el ignorante, chamuscado te llamara. Cayósele en el torrero a mi dama de la mano. Sí, señor, pues majadero En tu espíritu, villano, ¿qué me culpas? Lo primero, el ponerte a pretender una dama de palacio, ventura en que es menester mucha dicha y mucho espacio sin otra cosa que hacer. Tal es tu continuación, y tanta tu elevación siempre en una misma parte, que es menester mosquearte como a tabla de turrón. Eres más que un alemán en Escocia forastero, aunque brioso y galán, de poquísimo dinero y de muchísimo afán. Ya saben todos quién eres, lo que estimas, lo que quieres, tu ser y tu calidad, pero todo es vanidad si no hay plus con las mujeres. Ama, pero a la ligera, a mujer a quien le digas que estampe la llave en cera y que abrevie en tus fatigas la resolución postrera y no la dificultad de una dama autoridad, donde es lo que más se alcanza, esperanza de esperanza, en premios de eternidad. ¿Cuánto más vale, hablador, la pena de un bien perdido que el premio de un bajo amor? Nada en el despose y donde puede consolar, señor, tanto es más el sentimiento cuanto es más lo que se pierde. ¡Qué cansado atrevimiento! Mi conciencia me remuerde porque diga lo que siento. Otra tenemos aquí. : ¿Sois vos, acaso, el que allí en el terreno cogió un lienzo que se cayó a Laura? : Yo le cogí. : Los que con vos han reñido sin obligación lo han hecho. Yo la tengo y yo os le pido. : ¿Y fundáis vuestro derecho? : Es, a quien se le ha caído, mi dama, y así me atrevo. Dos yemas tiene este huevo. : Vos, caballero, con darle me obligáis, y yo, en llevarle, hago también lo que debo; y así os vengo a suplicar que le déis sin replicar. Supuesto que aquí sería el no dar vos grosería, y en mi infamia el no cobrar. ¿Laura es vuestra dama? : El ser forastero solamente disculpa el no saberlo. ¿No sale el sol de su oriente tan claro al amanecer como al mundo esa verdad llena de intentos constantes de fe, de amor y lealtad? : En duplicados amantes contiene esta voluntad, y juzgo a la contenida del lienzo almendra parida en una cáscara, dos. : ¿Qué sería, sabe Dios, vuestra demanda admitida si yo no pudiera hacer el mismo cargo a la culpa del dejarme convencer? Y así os daré por disculpa la que vos podéis tener: desde que en Escocia estoy, verdadero amante soy de Laura. : ¿Cómo? Esperad, ¿Laura os tiene voluntad? : El alma sé que la doy, pero en el quererme a mí soy indigno, y no lo creo. : ¿Y a mí conocésime? : Sí. : Pues, ¿cómo a lo que deseo os atrevéis? : Porque vi un cielo que me inclinó en quien ya me arrebató el ángel inteligencia de su divina presencia cuanto en mi ser le di yo, y mal podré convencerme con causa tan superior. : Pues yo habré de resolverme a castigar el error y a ofender. : Yo a defenderme. : Mirad. : Ya no hay que mirar. : Por noble os quiero avisar, que si para persuadir cortés he sido en pedir, cruel sé también matar. ¡Hoste, puto! Lo que sé es que primero estaré sobre mi sangre en el suelo, que a nadie de este lenzuelo que en mi vida vincule vuestras manos, persuadidas, están a ser homicidas. Y así, no le quiero dar por tener con qué limpiar la sangre de mis heridas. No saquéis la espada aquí, que estos que vienen conmigo os han de matar, y a mí sólo me toca el castigo, pues yo sólo me ofendí. Dice muy bien, juro a Dios. Mañana quiero salir al campo a reñir con vos, y porque podamos ir disimulados los dos, démonos fingidamente las manos. : Con tal amigo no hay humano inconveniente. ¿Dónde espero? : En el postigo de la vega hacia la puente. : Nunca menos esperé de vos. A las diez del día aguardo. : A las diez iré. : ¡Qué nobleza! : ¡Qué hidalguía! : ¿Diole ya? : Ya le cobré : Triste de él si no le diera. : ¿Dístele la mano? : Sí, de amigo. : ¿Quién tal creyera? En toda mi vida vi conformidad tan ligera. Relámpago de amistad pareció en la brevedad: en la mitad de la injuria, del enojo y de la furia se apareció el amistad. Pero ya que te has librado del rayo, pon tu cuidado en otra mujer, señor, adonde sea tu amor palpablemente premiado, que eres forastero. Teme que éste con celos se queme, y hay mozas en el lugar de pesares al quitar que están diciendo: ¡cómeme! Treinta te traeré yo aquí, todas sin madre y sin tía. Pues, ¿eso qué importa? Di. No haber quien a sangre fría diga que miren por ti. Siempre amonestan gruñendo que hay veces y enfermedades, y aunque ellos entren queriendo enfrenan las voluntades escuchando y advirtiendo: dama huérfana es gran cosa. Con una esperanza honrosa me divierto y me entretengo. A la posesión me atengo, que es más breve y más gustoso. ¿Eres, Guarín, consejero o criado? Lo postrero. Pues quien sirve no aconseja. No está dos dedos de hereje un amante verdadero. ¿Vístese el rey? Ya se viste, y ahora van a llamar los músicos. Si está triste, eso es querer aumentar la pena en que el alma asiste, que la música es acción que aumenta cualquier pasión del alma en su mismo ser. También se deja entender, comprobada esa razón, que crecerá su alegría si la tiene. Alegre estaba ayer, y así lo decía. Todo lo que empieza acaba, y no es siempre un mismo día que como al amanecer se sigue el multiplicar la luz del sol su poder, así también un pesar se sigue siempre a un placer. Un filósofo decía, cuando en el mal padecía, que entonces contento estaba, porque allí solo esperaba los gustos que no tenía. Y así el triste asiguarse puede de que ha de alegrarse aunque el bien en lo futuro venga, pues solo es seguro lo que tarda en esperarse. Solo en la Infanta parece que en su continua tristeza sin esperanzas padece, y en tan superior grandeza dudo la causa. ¿Merece a lo menos su virtud vivir por justas razones, libre siempre en la inquietud de las forzosas pasiones de su ardiente juventud? Según el Rey, ha sentido el ver tan triste a su alteza en sus penas ofendido; su misma naturaleza parece que se ha vestido. Tanto al verla se desalma con los sentidos en calma, justo premio a su obediencia, que en recíproca asistencia vive en dos pechos un alma. Tanto deben tus tristojas a la inquietud de mi pecho, que con [Así en el manuscrito. Es evidente que falta texto] parece que te le debo y que no hay hermana, advierte, imposible en tu deseo como del poder humano no excedan tus pensamientos. Resérvale al sol su luz y deja a los elementos sin reprimir su poder, sus incasables efectos, y pide atrevidamente asustada a lo que puedo, y que es el fénix verás pequeño encarecimiento. Si quieres galas, Milán que ha de quedarse, prometo de sus telas de oro rizo, encarecido y desierto si joyas tantos diamantes brillarán en ti que el cielo los consulte a sus estrellas ardientísimos luceros. Si divertirte pretendes, haré que te junten luego por ti sola en todo el mundo los más lucidos ingenios, y si a la caza te inclinas, verás en montes diversos lisonjera la codicia de mis ventores ligeros. Si quieres volar, no son tus altivos pensamientos tan prestos como las alas de los pájaros que tengo. Verás Ícaros de pluma, no fatigados del fuego, asaltar la esfera a puntas acuchillando los vientos y la garza fugitiva tras su arrebatado vuelo bajar herida y medrosa ensangrentando elementos. ¡Pide, inclínate, apetece! Verás en mi entendimiento con el gusto de agradarte disculpados tus extremos. Hermano, si ya en mis penas puede ser el sentimiento insufrible, es viendo en ti tan sentidas las que tengo. Natural condición mía es ésta, y cuanto más quiero divertirme, crecen más mis no entendidos desvelos, y tan sin causa se aflige mi vida en lo que padezco que milita en mis tristezas ocioso mi pensamiento. ¡Divertid a Margarita! ¡Músicos, cantad! Que quiero ver si se introduce a voces en sus penas el remedio ¡No cantéis más! ¡No cantéis! ¿Otro tono alegre y nuevo? De ninguno he de gustar. ¡Dejadme sola! Idos, luego. De nada gustas Señor, cuanto es posible me esfuerzo y no puedo más. Enrico, publica en todo mi reino que el que con mayores fiestas, más arte y mejor ingenio divertiere a Margarita tendrá en mí por justo premio cuanto quisiere pedirme. Así lo hare. Dete el cielo, en breve círculo de oro el más dilatado imperio. Enrico, deja a mi hermano en su cuarto y vuelve luego. Inquietudes de mi vida, ¿por qué me aflijáis? ¿Qué es esto? He de morir por hacerles resistencia a mis deseos. ¿Qué tirana potestad es esta, que en mis intentos a mí contra mí, me quita la jurisdición que tengo? Un hombre, un ser, una vida forman rigores opuestos contra el natural discurso de un fácil entendimiento. No me ha dado el cielo a mí por su universal decreto libre albedrío, y es libre lo que hago y lo que puedo, los principios de los daños tienen fáciles remedios y se van dificultando al paso que van creciendo. Y quiero apagar la llama ahora que empieza el fuego, antes que se abrase el alma en este amoroso incendio, rendida mi autoridad a un alemán forastero dándome amor por los ojos, disfrazados sus venenos. Advertid flaquezas mías, que parece menosprecio el ponerle a mi entereza dudosos los vencimientos. Y así quiero que se diga contra mis vanos intentos. Las piernas te he de cortar si no te vuelves. El amista me verás luego inquietar un lugar a letra vista con pedir y vocear. Denle a este pobre tullido, que se ha visto bueno y sano y serás el que ha perdido, sin las siestas del verano te inquieto estando dormido. ¿Qué me quieres? El color dice que vienes, señor, a reñir, y soy criado tinto en seda y golpeado en el batán del valor. Y hasta que vea venir al rifador campesino sólo no me tengo de ir Y fundarlo. En ser resino y no querer descubrir la hilaja en que viene tu contrario y te previene emboscada, ¿qué dirá el mundo? ¡Qué loco está el que tal criado tiene! ¡Vive Dios, que te he de hacer pedazos si no te vas! No es tan gustoso el placer que ahora esperando estás que no lo pudiera ser el divertir tu cuidado. Fénix venga el esperado y seré con planta aguda una atalanta barbuda por lo ameno de este prado. ¿Quieres que te mate? Di. Eso es lo que no he querido desde el día en que nací. Asistencia, señor, pido como Iglesia. Helo aquí. ¡Con máscara! Extraño error. Pienso que viene, señor, así porque no le entiendas. De algunas carnes tolendas se soltó este campeador. ¿Qué es esto? ¿En qué habrá fundado este hombre, si es el que espero, venir así disfrazado? No es posible. Caballero, si el tenerme con cuidado no os importa, en cortesía os pido que os descubráis el rostro. ¡Qué grosería! Si yo soy a quien buscáis, cumplido he de parte mía en esperaros aquí, y de venir vos así dudo el intento y quisiera saber si posible fuera. ¿Qué es lo que queréis de mí? Si sois Enrico y salís al desafío aplazado, ¿con qué intento os encubrís? Y si venís enviado, ¿para qué me confundís? La espada tiene empuñada. Yo no he de sacar la espada con vos sin veros primero el rostro, porque no quiero que esta acción me salga errada. ¿Qué tal hombre podéis ser, que cuando llegue a tener dicha de haberos vencido sea yo el que ha perdido los méritos del vencer? El hecho más liberal del que sale o desafía es cuando es la causa tal mostrar mayor valentía, siendo con persona igual. Y así viene a ser error aventurar mi valor adonde pudiera ser mengua infame el no vencer y culpa el ser vencedor. ser puede que Enrrico quiera con persona desigual afrentarme. Y mayor fuera, imaginado ya el mal, la culpa si la tuviera, demás de que yo en razón juzgar debo en esta acción culpa en vos determinado a reñir y disfrazado no arguye buena intención. Y al fin, para concluir, el rostro os tengo de ver o en la demanda morir. ¡Vete ahora! Obedecer es justo si has de embestir. ¡Aquí de Dios! ¡Ay, señor, que me ahogan! ¡Ah, traidor! Dejadme libres las manos y conoceréis, villanos, vuestra culpa en mi valor. Ahora echarás de ver si fundaba mis razones en lo que podía ser. Nunca teme las traiciones el que no las sabe hacer. Esto importa a tu quietud, y puedes agradecida pensar que doy a tu vida méritos en tu virtud, que por ti sola he mandado que le saquen del lugar. Por aquí he de disfrazar mi intento. Por el cuidado a los pies de vuestra Alteza pongo mi boca, y me holgara que el remedio se lograra con negarme a mi tristeza. Desde el punto que he sabido que Carlos ausente está, el alma penando ya no acepta ningún partido, y no de lo justo excede, porque es siempre en la mujer lo que más llega a querer aquello en que menos puede. Cuando le tuve, señora, presente, yo con saber que le podía querer no le quise, pero ahora con mis deseos se irá el alma en este disgusto, porque el deleite del gusto a lo imposible se va. Y así, fundado en razón puede mi conocimiento agradecer el intento pero no la ejecución, y por no dar otro día a vuestra Alteza cuidado con este inconsiderado amor, que de parte mía inquieto su autoridad para más segura vida. Le suplico que me pida licencia a su majestad, en Miraflor retirado está mi padre y querría que con la asistencia mía viviese más alentado. De más de que vuestra Alteza, si desea mi quietud, en esta solicitud debe mostrar su nobleza. De lo que hice por ti parece que estas sentida. Antes estoy ofendida, señora, de ver en mí un natural tan injusto que dispuesto a padecer, es torpe en agradecer tal favor. Y así, me ajusto solamente a castigar esta necia inadvertencia con retirar su imprudencia a más rústico lugar. Solo por la cortesía con que has sabido quejarte seré siempre de tu parte, sin que falte por la mía esforzar tus pensamientos, y solo he de reservar contigo el no dar lugar a distraídos intentos. A mi hermano pediré que te de licencia, y hoy que a caza a los montes voy, Y yo misma te dejaré en tu casa. El serte ingrata ignorante culpa fuera. ¡Ay, Laura! ¿Quién te dijera que un mismo amor nos maltrata? Ausente voy a morir, Carlos, porque tú te vas. Que en lugar donde no estás ya es imposible el vivir. Atributos les sean dados a la luz que Dios crío, que nube de mascarados es ésta que arrebató nuestros cuerpos descuidados. Ahora veréis, villanos. Con pistolas en las manos. ¿Qué intentas? Solo acabar procurando castigar la intención de estos tiranos. Lee, señor, el papel que te dejan y veamos lo que te dicen en él. ¿No es mejor que los sigamos? : ¡Desesperación cruel! Lo mismo es seguir sus huellas que solicitar por ellas nuestro breve fin los dos, porque es un rayo de Dios cada pistola de aquellos. El sacaros del lugar ha sido por escusar con vos una alevosía, pero moriréis el día que en él volvieréis a entrar. ¡Buenos habemos quedado! Con tal fuerza de rigor, ermitaños del amor. Sin blanca y en despoblado el día se nos atreve con la ventisca y la nieve que traspasa helada y fría hasta el alma. ¡Ay, Laura mía! ¡Ay, el diablo que me lleve! Pues aún estamos así y estas suspirando aquí. Sin mí y conmigo me abraso, y así voy sintiendo al paso que estoy sin Laura y sin mí. Mil muertes pasar quisiera por ella, y que el dueño fuera del fin de tales empleos lograra muchos deseos si muchas veces muriera. : Tres caminos hay aquí, ¿por cuál iremos, señor? Un pastor he visto allí. ¡Hola! ¡Ah buen hombre! ¡Ah, pastor! Es dar voces al sofí. Oigan, ¡y qué recostado está sobre su cayado! ¡Hola, ah, pastor! ¡Vive Cristo! ¡Que no responde y me ha visto! Potestad a lo callado imagináis que tenéis, pero vos responderéis. ¿A dónde vas? A llegarme más cerca para informarme. Desdichas que me queréis, desdichas que me queréis. ¿Posible es que Enrico sea el dueño de esta traición? No, que no es bien que se crea que en un noble corazón cupiese hazaña tan fea. Pues, si él no ¿quién puede ser? El juicio he de perder. ¿Qué es eso? Muy poco, o nada, Contar arco o cuchillada porque sepa responder. Hoy vengarán mis rigores en uno de estos traidores, encorvados ignorantes, a todos los caminantes que han preguntado a pastores. Después de un hombre deshecho, afligidos alma y pecho, responden al preguntar: no hay donde poder marrar que el camino es a derecho, y apenas ha caminado cien pasos el desdichado que camina sufre y calla cuando cien caminos halla cuando jugando el pastor XXXX con él lleva sobre treinta coces un cintarazo cruel. Herido va dando coces y sus mastines tras él , que andan jugando al cruzado. El pastorcillo nobel llevó sobre treinta coces un cintarazo cruel; herido va dando voces y sus mastines tras él. De aquella casa, señor, donde llegó, sale gente pienso que a darle favor. No espere de tu imprudente desatino y fin mayor. A caballo, señor, viene un hombre anciano tras ellos y pienso que los detiene. Imposible es detenellos si el villano escuadrón tiene propósito de embestir. Pues no será cobardía contra tantos el huir. Si fue tuya la osadía, mío será el resistir, el defender y esperar. Éstos son. ¡Mueran! Villanos, primero habéis de probar la resistencia en mis manos, que en las vuestras el matar. ¡Deteneos! Tente, Hernando. Dese el jodío a prisión, pues que se anda acuchillando por nuestra jurisdicción. Juez soy, y yo os lo mando, ¿Sabíais que ese pastor era mío? No, señor, pues solo aquel que pretende ofenderme a mí me ofende, que no consiste el rigor de la ofensa en la ignorancia, sino solo en el intento. ¡Qué bien pensada elegancia! Que os hayan herido siento. No es la herida de importancia. Pedrada al soslayo fue. En mi casa os curaré, que aunque en rústico hospedaje, principio de vasallaje con mis deseos haré. A ese pastor preguntó el camino ese criado ¿Y por qué no respondió? Está muy bien castigado, que mucho ha que sé yo que en su terca grosería cabeza descortesía; contraria a nuestra nobleza siempre está su rustiqueza obrando por bastar día. ¡Todos os volved! Ya os tengo echado el ojo. A eso vengo. Vos correríais más que un gamo si se tardara nostramo. Al citarazo me atengo. Socorred aquel halcón. Señora, aquí vuestra Alteza. Ojos, ¿qué veis? Corazón, ¡disimulad! La tristeza, el llanto y la confusión con que Laura da a entender lo que siente vuestra ausencia me hicieron interceder con mi hermano en su licencia, y así os la vengo a traer. A Vuestra Alteza, señora, beso por tan gran favor los pies. Ya salió el aurora, Guarín. Con nube, señor, y nubes de piedra. Este es Carlos. Ya lo veo. Y el alma vuelve a luchar de nuevo con mi deseo. Ya empiezo aquí a descansar. ¿Quién es? A este caballero han herido unos villanos, y en mi pobre albergue quiero curarle. : ¡Qué intentos vanos los míos! : De celos muero. : Bien sé que penando estás, mas no temas, que hoy verás lo que yo hago por ti. Mejor dijera por mí, pues soy la que siento más. Federico, aunque he traído a vuestra hija, no ha sido con intento de dejarla, sino por mejor culparla el intento que ha tenido. Y así, pues que sois prudente, quiero sin que aquí la absuelva amor de padre y ausente, que la mandéis que se vuelva conmigo resueltamente, pues si aspira a los aumentos de sus nobles pensamientos no es justo quedarse aquí, cuando ella sabe que a mí me desvelan sus intentos. Si replico podrá ser que diga por qué lo hace y me ha de echar a perder. De suerte me satisface para tal favor envolver, que si a mi padre no viera, dos años que no le veo, sin replicarme volviera. Pero si puede el deseo de una hija verdadera permitir en mi obediencia una fácil resistencia a vuestra Alteza suplico que me dé por Federico, mi padre, breve licencia de dos días. Que este bien me pregunta vuestra Alteza le suplico yo también. Por mostrar más su grandeza juntos quiere Amor que estén. Mucho apretar ha de ser el negar yo esta licencia porque tiene amor paciencia dos días y padecer Es, señora, mi tormento insufrible. Así lo siento, y aún me puedo adelantar a decir que en el pesar no es ajeno el sentimiento. Por dos días solamente os permito que gocéis de Laura, pero impaciente y enojada me veréis si fuéredes inobediente, y aun solicitando extremos de venganza, si hay porfías de más tiempo. En ir seremos puntuales. ¡Por dos días! Linda enfermera tenemos. A tiempo más oportuno no estimará más ninguno su hospedaje y su agasajo. Si quiere por el atajo, de dos días sobra el uno. Dejadme sola, y aquí advertid que solamente entre Enrique ¡Qué imprudente en mi resistencia fui! Cuanto pude resistí los principios del querer a fin de no padecer, mas, ¿quién llegara a pensar que era mío el intentar y de Amor el resolver? Lo que más pude deberme fue usar del conocimiento de la culpa en el intento para mejor abstenerme cuanto pude defenderme. Me defendí en la inclemencia de una arrebatada ausencia, pero no excusé el rigor que tanto es más el amor cuanto es más la resistencia. Los dos días se han cumplido y no vuelve Laura. ¡Ah, cielos! ¿qué es lo que quieren mis celos de mí cuando estoy rendido? Este también afligido llora el ya pasado día del plazo de su alegría. Con sentido corarazón, ya sombras de su afición, he de remediar la mía. Mirando estoy el veneno de esa pasión que te mata. Señora, adoro una ingrata que juzgó en poder ajeno cuando esperaba sereno el cielo y tranquilo el mar de mi amor. Con apartar dos almas que dividí yo propio, me he muerto a mí con volverlas a juntar. Yo confieso que he tenido la culpa, pero has de ver que en penar y padecer tus pasiones me he vestido. Padezca y pene ofendido tu corazón alterado, que pues yo la causa he dado. Con ella te he de casar, y así podré remediar mi intención y tu cuidado. A mi hermano he de decir que la casade placer de Federico ha de ser nuevo aliento del vivir que llegó a desminuir con tantas melancolías. Y tú allí con tus porfías y yo con mi autoridad grangearemos voluntad, dulce paz y alegres días. Temo que haya grangeado Carlos su favor, señora. ¡Ay de mí, que el alma llora lo mismo que has lamentado! Su Majestad. ¡Ten cuidado! En callar mi pensamiento, pago en esto el sentimiento que debes a mí piedad. El alma en su eternidad negará al mayor tormento. ¿Cómo, Margarita, estás? Después que del campo vine, razón será que me incline a no estar triste jamás. Allí con igual compás en amantes ruiseñores oirás dulces amores, y de arroyos el cristal, protector universal en república de flores. Con sentidos siempre atentos y alegres, formar allí, señoría, de por sí la libertad de los vientos, los pajarillos contentos, teniendo el que menos trina. ¡Oh, grandeza peregrina! De libertad siempre rico por sustento de su pico la providencia divina, la verdad siempre en su ser, en su centro la quietud y en sí misma la virtud sin dudar y sin temer. Yo he venido a conocer del sitio la soledad, su virtud y su verdad, que será el darme licencia para una breve ausencia el fin de mi enfermedad. De suerte en mi gracia estás, que quisiera darte yo la vida que Dios me dio para que vivieses más, pero pues tú me la das con tus gustos esperados. Elige de mis criados los que quisieres llevar, y parte luego a gozar la quietud de tus cuidados. Entretanto que tú allí diviertes tu pensamiento, tu dichoso casamiento pienso yo tratar aquí. Cuanto soy renuncio en ti. Eres dueño de mi ser. Y tú lo vendrás a ser también de mi voluntad. Goces del Fénix la edad y de César el poder. Licencia tenemos ya, pide albricias a tu amor. El dar mi boca es mejor a tus pies. Tuya será Laura. Y tuya es también ya mi vida. : Tanto me ajusto a padecer tu disgusto, y tan de tu parte estoy que has de presumir que soy interesada en tu gusto. Por ti le he roto a su Alteza la palabra. Andas diciendo que estás mala, y no te entiendo. Robusta naturaleza debes, Laura, de entender, o a tu salud contradices, pues solo en que tú lo dices se te puede echar de ver. Y cuando yo, con fe humana, crédito te doy piadoso, hallo que tu rostro hermoso me desmiente en nieve y grana, y en medio de estos agravios más creo con fe segura el color de tu hermosura que las quejas de tus labios. Pero estoy agradecido de que el asistirme a mí te obligue a mentir así. ¡Qué mal que me has entendido! Pues, ¿en qué puedes culparme conocido el pensamiento? Mucho agradezco el intento, pero no el ocasionarme aparecer desleal con su Alteza en no cumplir mi palabra. Con decir que fue verdadero el mal saldrás de la obligación, pues es bastante disculpa. No hay en los nobles más culpa que engañar con la intención, y así me importa que luego te partas sin replicar. También en mí el no dejar vida de tanto sosiego. Déjame encubrir aquí, que por lo menos con más amor y más fe podré vivir contigo y sin mí; y así habremos grangeado huyendo aquella inquietud: yo el vivir con más quietud y tú con menos cuidado. La palabra juntamente dimos los dos. Yo, señor, soy mujer y soy menor, y ninguna ley consiente que siendo menor de edad la cumpla. A mi honor conviene. No sabes tú lo que tiene para mí esta soledad. Pues elige al que quisieres de buen juicio que diga si en todos tiempos obliga la palabra a las mujeres, y si dijere que no, desde aquí te absuelvo y digo que te quedarás conmigo, aunque lo padezca yo. ¿Quién hay que ser pueda aquí advitrio en esta ocasión? ¿Carlos no es en tu opinión muy bien entendido? Sí. Bastará que él te condene. De buen juez has fiado tu justicia y mi cuidado. Sí, señor. Pues aquí viene. ¿Estás en ti? ¿Tengo yo de dejarme sopear de un pastor que dio lugar a su culpa? ¿Por qué no? Jamás inútil hormiga de esta casa ha de tener, Guarín, contra ti poder, para cuanto haga y diga que donde yo he recibido buenas obras juntamente debes padecer prudente y sufrir agradecido. Si el más sufrido y pequeño de esta casa me pisara la boca, a mÍ respetara el ofensor por el dueño; y aún me juzgará obligado también que son en rigor beneficios del rigor, privilegios del criado. ¿Qué es eso, Guarín? No es nada. Algún demonio, señor, sea entrado en este pastor a quien di la cuchillada. Su mujer y él sin parar toda la noche y el día andan con una porfía tras mí. Después de pagar todos los medicamentos, dicen que el que le ha curado dice que queda atontado, y que he de darle alimentos. ¡Miren qué hermano segundo de señor o qué casada de su marido apartada por divorcio! En todo el mundo tengo más que el Fénix terno que traigo, señor, encima, cuya sencillez me anima en los miedos del Infierno. Ni ha de haber juez que en nada, visto el pleito, me condene; probándole yo que tiene disculpa mi cuchillada, que aunque atontado pudiera quedar, no queda peor si él era tonto, señor, antes que yo se la diera. Yo tengo de sentenciar su causa. Pues que abreviéis os pido, porque tenéis otra también que juzgar entre Laura y yo. Si aquí a uno de los dos pudiera ofender, la remitiera o me reclusara a mí, que es tan igual el deseo de serviros y agradaros que no quisiera juzgaros. Y si es será porque veo que entre tal hija y tal padre no puede haber diferencia tan grande que mi sentencia a un mismo tiempo no os cuadre. : La palabra que a su Alteza tenemos dada sabéis, y yo, según procedéis, vuestro valor y nobleza. Dice que por ser mujer y menor se ha de inferir que no la debe cumplir, y no se quiere volver a la corte, y yo que estoy mancomunado con ella. Quisiera, Carlos, volvella. Si bien obligado estoy a sentir lo que es mitad del alma, pero es mayor en la parte de mi honor mi ser y mi autoridad. Un hombre que ha de advertir de su nobleza ha de ser verdadero en prometer y puntual en cumplir, que los nobles diferimos de aquellos que no lo son en hacer obligación, en cumplir lo que decimos. Y si es verdad comprobada que es infamia en la mujer decir lo que no ha de hacer, mal puede ser reservada de ninguna ley que diga que se puede disculpar con los nobles el quebrar la palabra en que se obligue. ¡Este es el punto! Juzgad si Laura debe o si no irse o quedarse, que yo observo vuestra verdad, que en un buen entendimiento cabe el saber disidir las leyes. Y el no cumplir con ellas en un intento amoroso. ¿Qué he de hacer? De Federico obligado y de Laura enamorado. Recto juez he de ser, que aunque en mi sentencia veo redimido mi cuidado no he de juzgar cohechado de mi ambicioso deseo, y es infamia del honor que pueda nadie alegar que lo han podido turbar las torpezas del amor. Mas, si se va, ¿qué he de hacer? En este confuso abismo de pesares, si yo mismo me condeno a padecer, grande ha de ser el tormento, pero será más valor alimentar el dolor con no callar lo que siento. La que tiene el padre aquí alcalde segura irá a juicio. Él mirará si me quiere bien por sí. Mal sabe el viejo engañado a quien ha hecho juez. Yo aseguro que esta vez sale en costas condenado, porque aunque Carlos confiese que Laura se debe ir, ¿quién duda que ha de decir el auto a prueba y estése? En tal sangre no ha de haber imperfección que la ofenda ni culpa que la pretenda aniquilar y ofender. La palabra es ley expresa, y un contrato es hecho ya donde el noble que la da obligado se confiesa. Y así debe quien la dio cumplirla, sin atender a la poca edad ni al ser supuesto que se obligó. Esto es lo que yo he juzgado y habéis jurídicamente sentenciado. El alma miente cuanto se ha confiado. Miente la satisfación que tuve de este tirano y miente el amor villano en mi loca presunción. Miente en todos mis sentidos el crédito que le di y miento yo, pues en mí los disculpé divertidos. Miente la vil confianza de mi ignorante deseo y todo miente, pues veo desmentida mi esperanza. En este juicio estás condenada a prevenir hoy tu partida. A morir me quedo en tanto que vas, juez falso y fementido de baja naturaleza, en quien puso la ignorancia poca fe con pocas letras. Tirano legislador, que en la rota de mi ofensa, ingrato y falso rompiste mi mal premiada firmeza. ¿Cómo voluntariamente me has condenado a que vuelva a la Corte, cuando vivo por ti fuera de ella? Si es verdad que, como dicen, es imagen verdadera el ausencia de la muerte, tú me matas, pues me ausentas. En esto has pagado injusto mis deseos, ¿así premias un alma, un ser y una vida; con tres rendidas potencias? ¿Es ésta, a fingidos ojos, la elevación, las promesas a lo mortal de una vida? En lo asegurado, eternas son éstas: las mudas voces del silencio, de tus penas articuladas con alma y encarecidas sin ella. ¡Poco, traidor, me quisiste! Y tampoco que es ya ofensa, pues queriendo yo quererte no has querido que te quiera. No con tanta ingratitud pagó su hospedaje Eneas, que él se ausento, pero tú me envías cuando te quedas. Yo me volveré a la Corte, duro corazón de piedra, por castigar con olvido mis intrantes finezas y porque no diga el mundo con voluntarios desvelos jurídicas inclemencias. ¡Señora! ¡Ah, mi bien! ¡Ah, Laura! ¡Oye, escucha! ¡Ingrato! Suelta, que me pierdes por tu gusto y no es justo que me tengas. Padre y señor, ya me vuelvo. ¿A dónde? Laura, pluguiera a Dios que sin replicarme, obediente me creyeras. ¡La Infanta viene! Prevén tu disculpa o tu defensa, que yo disculparme pienso con solo tu inobediencia. Ahora sí que verás si viene Enrico con ella, que es estimar al que quiere y ofender al que desprecia. Ahora sí, que también antes puedes ver. ¿Qué intentas? Pagar en sangre vertida los delitos de mi lengua: como juez te ofendí y como amante me queda el dolor en la disculpa y acero para la ofensa. ¡Suéltame el brazo! ¡Detente! Que te he de ser tan opuesta que no quiero que te mates solo porque lo deseas. ¡La Infanta! ¡Helo de matar! Huye, que es fingido. ¡Espera! ¡Huye, que te mataré! El demonio que lo entienda. No he visto en toda mi vida tan hidalgo corazón ni bondad tan conocida. Este es, Señora, el herido. Muy bien le conozco ya. ¡Ay, Dios! Reventando está por hablar. ¿Habéis sabido quién es? Y no lo he preguntado y lo he llegado a saber, que en su trato y proceder, cuanto puede ha mostrado, y con muy justa aprobación. Viven los que nobles nacen, pero solo en lo que hacen vengo a juzgar lo que son, porque ha de ser extremada si llega a ser conocida más la virtud adquerida que la nobleza heredada. Y quiero en nuestra amistad que sea esta obligación hija de mi inclinación, y no de su calidad. De suerte se halla aquí, que pienso que se estará conmigo y que no será tan presto. Créolo así. Lo mismo pienso hacer yo. ¿Y cómo habéis permitido que Laura no haya cumplido la palabra que me dio? Solo el amor la disculpa. Fácilmente os creeré, Federico, que yo sé que nació de amor su culpa. Ella se ha de declarar, y pienso usar de un ardid amor, paciencia y sufrid, si es que os queréis conservar. Carlos fue, Señora, aquí juez, y de parecer que se debía volver, dejándome solo a mí. No están conformes los dos. Mis celos se van templando y mi amor acrecentando. Mi vida, Carlos, sois vos. Ahora es tiempo, Señora, de hablar en mi casamiento porque conozca el intento con que mi alma la adora como a dueño verdadero de cuanto soy y seré. Como lo dices lo haré, porque a Carlos también quiero despojar de su esperanza, por lo que tu amor es justo, y por la parte de gusto que igualmente nos alcanza. ¿Cómo te va en tu pasión? Aborreciendo de suerte, que veo en Carlos mi muerte y la suya en mi intención; y es, señora, de manera que por no haberle querido dejara de haber nacido si en mí imposible no fuera. Afuera dejen la danza, que se resfría. Esta es la familia mía, que os viene a regocijar. No será cosa que aporte rustiqueza mal regida. Si acá tenéis esta vida tarde volveré a la Corte. Esta Infanta se lleva la flor que los otros no. Yo he de llegar. Eso no. Mira que estáis atontado. Soy el marido y me ha mandado el cura que hable yo. Sois un jumento. ¿Hay tal dar en mí? Siempre habráis a tiento. Pues jumento o no jumentoel macho tiene de obrar. Mira, ¿quéhabéis de pedir? ¿Qué? Justicia y elementos. Mal año para milientos letrados en rehortir. Gila y yo, señor, venimos a que nos den grano esta que también lo mandara. Y si no, nos despedimos Apartaos, necios, de ahí. ¿No veis que está aquí la Infanta? Pues la señora elefanta nos hará justicia aquí. ¿Qué pedís? ¿Justicia y qué? Y mal año que os de Dios. Y mal año. ¿Estáis en vos? ¡Dejadme hablar! ¡Lo diré! Qué bondad tan ignorante. ¿Qué habráis aturdido? Pues me doy por cohondido. Echaos vos acá delante. Lo que queremos pedir es justicia y elementos a Dios y al Rey. Alimentos deben de querer decir. Este de las vigarradas que está con esto otro acá es un jodío de allá que se anda a dar cuchilladas. Y tal fue la que le dio en buen hora se contado al pobre de mi velado que un ojo se le saltó, y dicen que ha de vivir atontado y atordido. He le aquí el ojo escurrido que no me deja mentir. Mire, su mostrosidad, si es razón que lo sostente parezca aquí el delincuente. ¡Llámenle! A Guarín llamad. ¿Por qué codician los reyes, si así en esta rustiqueza se vive mayor grandeza, otra vida ni otras leyes? Yo, Federico, hasta ahora os culpaba retirado y ya estaréis disculpado para conmigo. Señora,aquí con esta aldeana republicana me entretengo y paso con lo que tengo contra la ambición humana. Aquí estoy servido y mando y , aunque es esfera más corta, lo que sobra poco importa. Y vos, señora, quitando con el gusto del placer los estorbos del vivir, y vivo para morir con limitado poder. Como sabio os gobernáis, como cuerdo discurrís, bien las cosas advertís y como prudente obráis. Muy sin aliento llegáis. ¡Vive Cristo que mentís! ¿Qué es lo que de mí sentís que de esa suerte habláis? Lo que es sin aliento, no, pero vengo a no sé qué y soy mortal y, aunque sé que no he sido creo yo, algunos por alargar el día del quemadero suelen ensartar y quiero, sino temer, recelar. ¿Has herido a este hombre que está aquí? Un cinturazo le di, sino es que se le ha caído. ¿Qué le pedís? Elementos. Otro mundo en su poder deben de querer hacer. ¡Qué hermoso par de jumentos! Por aquí quiero encajar lo que mi amo fingió. También se los pido yo por él me quiero matar, por él me quiso matar mi amo. Y después que vi suya resuelta intención me palpita el corazón y no soy señor de mí. Y si también los lacayos ganamos lo que comemos démelos él, pues nos vemos si el tonto yo con desmayos. ¿Qué es lo que ganáis sirviendo? Catorce ducados gano en invierno y en verano. Pues di, ¿qué sirves perdiendo y no ganando? Mandar por tu vida quiero yo que te den ciento. ¡Eso no! Mis catorce me han de dar. Ciento son más. ¿Más? Sí, Antón. Pues, por Dios, que tomo y vengo y a mis catorce me atengo. Dalle a vuestra perdición. ¿No puede ser, Gil mío, que estos que parecen dados no sean tan buenos ducados como los que yo tenía? Sírveme a mí. ¿Tiene ganado? No, pero yo lo tendré.´ Sí porque, si no, no iré si tengo de estar sobrado. Solos os quedad aquí Laura y vos. Esperad fuera. Aquí escucharlos quisiera sin que me vieran a mí. Ahora es el tiempo, amor. Asiste en esta consulta por mi parte o dificulta mi vida con tu rigor. ¿Conocéis a Enrico? Así me supiera conocer a mí. Vime en el placer de su bautismo y corrí, si mal no me acuerdo yo, cañas en su nacimiento en un pedazo de viento que en cuatro pies me movió. Tan velozmente corría que, del partir al parar, sin poder determinar, la vista se confundía. ¿Y sabéis su calidad y su hacienda? Sí, señora. Siempre supe cómo ahora su sangre y su cantidad. También sabéis que le quiere mucho mi hermano y que alcanza favor de su privanza con que a muchos se prefiere. Todo, señora, lo sé. Y yo también que restaura su quietud, si hacéis que Laura el sí y la mano le dé. No pudiera vuestra Alteza con diferente favor, y calificar mejor, el alma de mi nobleza. Y es tan generosa ya en el dar y el persuadir que encubre con el pedir las grandezas con que da. Y lo agradezco admirando, porque mucho más entiendo que es el obligar pidiendo que el hacer mercedes dando suya has de ser. ¡Ay de mí ! Si me resuelvo a negar el sí y la mano han de echar a Carlos también de aquí; y es el remedio más sabio el fingir y el dilatar, porque así podré excusar el disgusto y el agravio. Muy bien muestra vuestra alteza en la acertada elección de Enrico la inclinación de su amorosa grandeza, pero antes de disponer mi resuelta voluntad, dar cuenta a su majestad es justo. Así se ha de hacer. Pues yo le voy a escribir. Y yo a publicar también tanta dicha y tanto bien. [Y yo a penar.] Y yo a decir a mi amo que es a cielos, que no me quiso creer , que es, un pero, que ha de ser, si se metió en sus desvelos, tan ignorante a mujeres que sois claramente he visto cuaja enredos, vive Cristo y desparrama placeres; y van para maldeciros faltando los modos ya, que aun el diablo no querrá llevaros por no sufriros. ¿De qué das voces? No es nada, lozanías son del pico por el alma. Con Enrico está ya Laura casada. ¿Estás en ti? La licencia del Rey espera no más. Loco imagino que estás. La loca es tu inadvertencia, pues no quisiste creer al principio que tres cosas son para el hombre dañosas: voluntad corte y mujer. ¿Laura voluntariamente dijo que sí? Sí, señor. Sí dijo, y con tal sabor como si entre diente y diente le hubiera puesto el deseo la pechuga de un faisán. ¿Pues cómo viviendo están mis sentidos? ¿Cómo veo menos que muriendo yo en tan sentidos enojos luz y aliento en boca y ojos? Hable el alma, pues me dio motivo a tales extremos. Hable, pues se precipita. Hecho es esto locurita en soliloquio tenemos, Ahora bien, esto ha de ser resolviéndome a morir ausente por no asistir la causa del padecer; sígueme ofendido y sabio si es que encubro de esta suerte da venganza de mi muerte a quien no siente el agravio. Muy bien haces ¡Vamos! A no verte monstruo fiero, ángel con alma en quien vi cautivo mi entendimiento. Víbora con sangre humana engendrada en mis deseos, por no verte si en mis ojos está mi arrepentimiento; y por no verte, basilisco hermoso, en quien puso el cielo con vivos rayos de luz lo mortal de tu veneno; por no verte, que no es justo que te dé muerte ofendido a la crueldad de tus manos la gloria del vencimiento. Ingrato Eneas me hiciste, poco hospedaje te debo si cuando te he dado el alma a sólo morirme ausento. Tú eres la ingrata enemiga que a sangre y vida hay deseos, satisfacción con injurias desengañas con desprecios. Dale a Enrico la mano y dale cuanto yo puedo, que para envidiar sus dichas bástame a mí mi tormento. Si los indicios del bien fueron míos, suyo el premio que el ser dichoso hasta el fin no consiste en parecerlo. Fuerza querrás alegar, pero mienten tus intentos; que no hay culpas convencidas donde hay amor verdadero. Mi venganza puede ser del que tú viste supuesto, que sin voluntad castiga la que se entrega a otro dueño. La Infanta y tu padre pueden disponer tu casamiento, pero sin ti contra ti no pudieran resolverlo. Si te obligó la firmeza de tu amante, firmes fueron mis propósitos, tirana. Pero eres mujer, al fin, y fúndonse tus preceptos en que sea el más dichoso el que te apetece menos. Quédate y dale la mano, que yo me voy. Vive el cielo, que no has de salir de aquí sin escucharme. ¡Ay de mí! Enrico, voto en tu favor el tiempo que estas voces pronostican tu dichoso casamiento. Llega y agradece a Laura los favores que te ha hecho, que ya sin dificultad pretende hacerte su dueño. Parece que estás dudoso. Faltará al conocimiento de este bien si fácilmente creyera que le poseo. El dificultar las dichas es conocer con respecto la estimación que se debe a favores tan supremos. Laura, delante de mí, ha conocido ya el premio que se les debe a las partes de tan noble caballero, tan cortés y tan prudente, en que claramente veo que es hija su inclinación de mi sangre y mis deseos. Y mi voluntad tan mía, después que amante me veo, que lo más que estimo en mí es la gloria del ser vuestro. ¿Qué he de decir? Muerta soy, que adoro a Carlos y siento el no poderle decir que los engaño fingiendo. La vergüenza no le deja responder. Pártete luego, que en esta carta le pido licencia a mi hermano. El viento será conmigo, señora, si con vida voy y vuelvo respiración perezosa de acobardado elemento. Señor Carlos, porque sé que seguramente puedo fiaros por Laura el gusto de su alegre casamiento, a sus bodas os convido. Oigan, que nos da culebro. ¿Qué he de hacer, Guarín? Fingir. Sabe Dios lo que me alegro. Decir quiero mi intención. Si a solas con él la dejo podrá ser que la enternezca sus lástimas y sus ruegos. Harto te han dicho mis ojos. Ven conmigo. Aquí me pierdo. Pasa adelante. ¡Ay de mí! Ya voy, pero voy muriendo. Buenos habemos quedado ¿Qué has querido esperar esto? Sí, he querido para asirme a las columnas del templo. Ya no le baja a esta historia de puro vieja. Esto es hecho. ¿Para qué quiere la vida quien ha de vivir muriendo? Dálida es Laura y quítome en la ocasión el cabello, y por ella me han sacado los ojos del sufrimiento. ¡Mueran todos! ¡Todos mueran! Si yo solamente quedo pues no hubo, Guarín, tortilla ni lacayo filisteo. Yo me doy por mareado y en vísperas de aturdido, porque no estás reducido si estás ya desengañado. Tuvo vinculado en ti, Laura, el gusto. O quiere o no si el amor se le acabó; y dice jaque de aquí y ha de ser jaque y callar, siendo el replicar en vano como alarbe africano tras poner el aduar, que hay mujer muy fina amante que en pasando el apetito juzga, señor, por delito las finezas de su amante. Y sólo parece justo, si se considera bien, hurtarle el cuerpo al desdén en acabándose el gusto. Mucho quisiera, Guarín, que en aquestos casos fueras entendido con más veras para argumentarte el fin, y reducirte mejor. El amor que es verdadero es no poder lo que quiero, que en pudiendo no es amor. Y con mis penas aquí mi corto poderme excedo, que en aquello que yo puedo poca fuerza hay contra mí. ¿Has querido? De un tirón año y medio. ¿Y tú has podido contra ti lo que has querido? Mi poco de suspirón y vuelco de cama había, pero a la que quise yo dejé porque me aturdió otra amiga que tenía, también algo borrascosa, de estas a quien da el deseo el deleite de acarreo, que no hay en el mundo cosa más imposible, por Dios, que averiguar y saber las culpas de una mujer en estando juntas dos. Siempre era el que en casa hallaba de la otra y parecía niña de Herodes la mía, que en todo inocente estaba honra en lo culpativo. Y así, señor, he quedado de este amor escarmentado, como caballo festivo que a los peligros se entrega, guardando al día el decoro pero XXXX del toro cobra miedo y no se llega. Pero dejado esto aparte, ¿qué sales aquí a esperar a la vista del lugar? Querrás, sin duda, vengarte de Enrico que ha de saber la carta del Rey. Guarín, cuando está tan cerca el fin el más discreto saber es esperarle. Señor, soy curioso apresurado. Pues repara en lo cansado de un necio preguntador. Todo al que hizo que quiere, que sepas sin argüir yo te lo sabré decir. ¿Y si un cristiano se muere de pura curiosidad? Morir, que no es mala suerte defenderse de la muerte de una tan gran necedad. Todo hasta la ejecución está en griego para mí. La que se devisa allí, Guarín, en aquel balcón, ¿no es la Infanta? Sí será, que como pueda, señor, verte sobre un asador imagino que estará. Si sales ha de saber dónde vas, qué determinas, qué haces, a qué te inclinas, si comes, si has de toser. Hasta de los estornudos se informa. En ese cuidado verás si soy desgraciado. Contra mí hablarán los mudos, hace las partes su Alteza de Enrico; y tan vigilante que quiere tener delante mis acciones su grandeza que me ha visto padecer y teme en tales enojos que mis labios y mis ojos a Laura han de enternecer. A rayos de Dios, dispuestos con causa, bajad aquí fulminados contra mí; buenos deseos son estos. Poca falta hará mi vida, mucho es lo que siento en ella; contraria tengo mi estrella sobre un alma perseguida. Bajad, que un hombre os espera. Pero no bajéis, que creo que el aliento del deseo os volverá a esta esfera. Enrico viene. Al lugar te vuelve luego. Este creo que es el primer Filisteo en quien pretende empezar. Avisaré a Federico. Tantos cuantos pasos doy a la gloria donde voy, tanto más glorioso y rico va mi espíritu alentado acrecentado en mi ser. Más gustos que poseer después de haber deseado más alma para gozar, más tiempo para asistir más vida con que adquirir y más fe con que obligar. Que solo siento una cosa en mis bienes desabrida, que es el juzgar una vida mortal siendo tan dichosa que en tanta felicidad trasladarse fuera justo, las dilaciones del gusto en siglos de eternidad, a miserable pensión de humanas glorias, que vengo a gozarlas y aun no tengo asentado el corazón. Pero si ya traigo el sí del Rey y pude llegar aquí, ¿en quién pudiera hallar el inconveniente? En mí. Carlos soy. Pues, ¿qué se ofrece? Querer que gocéis el bien que decís sin que haya quien presuma que lo merece. Laura, como ya sabéis, os elige; y quiero yo pensar que a mí os prefirió por méritos que tenéis, porque os juzgarán mejor los que viene despreciarme, y yo quiero consolarme con vuestro mucho valor. Este lenzuelo que veis es aquel por quien ya fui desafiado, y aquí os pido que le cobréis. Que fuera culpa afrentosa y yo por tal condeno dejar en poder ajenos las prendas de vuestra esposa. No tenéis que recelar por lo que sabéis hacer lo que pudierais temer, y debierais esperar que en el intento que tengo no cabe traición. Y os juro que podéis reñir seguro, que yo sin máscara vengo. Al agravio de mi honor, antes de sacar la espada, satisfago comprobada mi disculpa en mi valor. Es verdad que yo salí con máscara al desafío. El salir solo fue mío, pero la ofensa que allí os hice a más potestad miraba su ejecución. Que en mi reino la traición por ajena autoridad, y no de mi honor, desdice porque, sobre haberos yo desafiado, cayó el mandarme lo que hice. Sabe Dios que a pensamientos más nobles debo el dolor de la culpa y del rigor, pero cuando los intentos se resuelven a mandar con tan superior poder se deben obedecer, y no se han de argumentar. Y si toda vuestra está la presunción contra mí, en lo que hoy hiciere aquí veréis lo que puedo allá, que soy noble y soy valiente en el obrar y el decir, y con matar o morir satisfago solamente. Ah, Carlos, ¡qué gran valor te dio el cielo! Solo arguyo que aleccionado del tuyo te ha parecido el mayor. ¿Quieres dejarlo? Sería dar a entender que temí el día que te ofendí y que la traición fue mía. Mis pensamientos ajenos de piedad se han de inclinar a persuadir con matar. Pues muere el que menos puede ¡Detente, Carlos! Sí haré, porque tu voz solamente le fuera ahora obediente, y ya en esto te pagué tu hospedaje y tu cuidado; pues no me queda que hacer más por ti que el detener un golpe determinado. Tan hidalgo ha procedido tu espíritu generoso que me dejas envidioso cuando estoy agradecido; de donde vengo a pensar, por lo que te he visto hacer, que sabes agradecer mucho más que yo obligar. ¿Por qué causa habéis reñido? Que no la queráis, Señor, saber os lo suplico. Error fuera, habiendo obedecido mi voz, el ser replicada la vuestra y aún fuera engaño. ¿Qué, siempre has de ser extraño? Señor Enrico, no es nada. En una cabeza sola que tiene un hombre, ¿has de andar sin pincel a dibujar con reflejos de amapola? ¿Qué le queda a un luterano que hacer es su infame cisma si en el desván de la crisma pones tan sin Dios la mano? Si el brazo se precipita cuando es la ocasión honrada levantar de cuchillada y dar una estocadita, que hace menos ruido. Lo que os tocaba exponer, dispuestos en la ocasión, el brazo y el corazón con alentado poder; y así reñimos los dos sin diferencia ninguna. Pero púsoos la fortuna contrario el suceso a vos, y porque podáis mejor presumir lo que podéis quiero, Enrico, que llevéis el premio al vencedor. ¿Veis aquí el lienzo? Con él os podéis atar la herida porque la sangre vertida lleve su disculpa en él. Y podremos alegar los dos que habemos cumplido: yo en haberle defendido y vos en no le dejar. Qué bien de vuestra nobleza, Carlos, habéis informado cuando vencido obligado. ¿Quién vio jamás tal grandeza? Sin duda queréis mostrar que habéis sabido vencer, valiente en el defender y generoso en el dar. Vuestro seré eternamente a mi cuenta ya su son, que ha habido ya trasquilón y no es segura esta gente. Si entramos en el lugar en pena y cólera tanta imagino que la Infanta te ha de mandar desollar amante Bartolomico, ya, escurre. De esta culpa les habré de dar la disculpa a su Alteza. Federico, los ojos del poderoso no se han de ver enojados, que suelen precipitados castigar, y así es forzoso no acompañaros. Adiós. ¡Carlos, oíd! ¡Esperad! Esto importa. ¡Perdonad! Pues vaya el cielo con vos´ Desde aquí han visto, Señora, mucha gente las espadas de los dos desenvainadas, pero ya mi padre ahora con ellos estará. ¡Cielos, dadme nuevo aliento aquí para fingir! ¡Ay de mí, que van siendo mis desvelos mayores, y no sé cuándo he de decir mi pasión! Ya os entiendo, corazón. Bien sé que os vais disfrazando y fingiendo; y fuerza es dar más esfuerzo al padecer, pues calláis por no perder y sufrís por conservar. Ruego a Dios que Carlos sea, si ha reñido, el victorioso. Carlos tenga el fin dichoso que mi vida le desea Esta es, señora, la carta que trae Enrico y aquí dice que, además del sí de su majestad, que parta vuestra Alteza manda. Y luego… ¿Qué importa que luego sea? Sin lo que un alma desea, ¿adónde tendrá sosiego? ¿No vino Enrico? ¡Ay de mí! ¿No preguntará primero por Carlos? Confusa espero la respuesta. Ya está aquí, pero está, señora, herido. Pues, ¿y Carlos? Se ausentó. ¿Carlos es ido? Temía a vuestra Alteza. El herido es mi corazón. Fingir me importa un gran sentimiento de la herida para hacer que le vayan a traer. Pues ¿cómo ese atrevimiento se consiente? ¿sin castigo un hombre que hirió a mi esposo? ¿A padre poco amoroso como padre? ¡Infiel testigo de mis injurias! ¡Tirano de mi quietud! Vive el cielo, que no ha de haber en él suelo sagrado para la mano de aquel que me deja así, sin alma y sin sufrimiento. El no descubrir mi intento me excusa con esto a mí. A esforzar su amor me aplico y que le traigan haré, bien haya quien causa fue de que quieras tanto a Enrico. Laura muestra en su afición su valor y su entereza, y con su amor su nobleza ¿Quién duda que en la ocasión le aconsejasteis que huyera? Bien os pagó el hospedaje con un atrevido ultraje, trato indigno de una fiera. Solo advierta vuestra Alteza. No tenéis que os defender porque le habéis de traer, que le importa a mi grandeza. No tenéis que replicar, padre. Justa es la sentencia y ya contra mi paciencia a obedecer y callar. Os enseñó ser iguales de ver causas tan fundadas, y más cuando son juzgadas por las personas reales. ¿Qué es esto, Laura, mi bien? Porque Carlos os hirió sin castigo se ausentó. Se enoja. Gracias le den a tal amor. ¿Quién creyera tal fineza? Venturoso el que nació a ser esposo de una fe tan verdadera. La herida, mi bien, no es nada, y si por pensar lo hacéis que algunas prendas tenéis en su poder, engañada estáis. Que este es el lenzuelo que venturoso cogió cuando hecho al suelo llegó blanca nube de ese cielo. No digo que le cobré por fuerza, que fuera error, generoso y vencedor me lo dio y yo lo tomé. La prenda que tuvo mía voluntariamente dio, sin amor restituyó lo que sin fe poseía. ¡Ah, fementido! ¡Ah, villano! Vuelve a escuchar mi disculpa; verás rendido en mi culpa un imperio soberano. ¡No huyas, que tuya soy! Esto es saber obligar y querer. ¡El lamentar baste ya, que vivo estoy! El irse siento no más. ¿Hay tal estima de amor? ¡Qué bien has dicho! Señor, vámosle a buscar. Irás en vano. Si yo supiera por dónde va, le buscara y en los montes no dejara tronco oculto o rama entera. ¿Cómo no? Dadme su caballo y dejadme, aunque mujer. Seguir, buscar y saber, y veréis si yo le hallo. Dejadme afrontar los vientos, conoceréis si me alejo de vosotros, como dejo absortos los elementos. ¿Qué elementos me han de dar si se va él abigarrado? Por donde tengo el ganado a él y a su amo vi cruzar al monte del corvejón. ¡Pedid Justicia! ¡Justicia! A mal haya tu malicia y tu villana intención. Ya tenéis con quien buscar, padre, al delincuente aquí. La Infanta lo manda así y no os podréis disculpar. O redimid mi cuidado, o que no me caséis pido con hombre que fue ofendido de otro que no es castigado. ¡Buscárele en tierra y mar si tanto importa! Los dos iremos, y ruego a Dios que nadie le pueda hallar Gracias se den al Señor entre dientes y cantando, que nos vamos alejando de las marañas de amor. Hay maretazo, hay XXXX y ten más gracias se den, que veo que quieres bien otros cuando no lo muco. Sólo sé, Guarín, que voy con los sentidos en calma y que voy dejando un alma en cada paso que doy. Un purgatorio desierto pudieras poblar así en dos días. ¿Vesme aquí, que parezco vivo? Muerto estoy. Decir, querrás, triste. Muerto en una eternidad. Pues, Señor, si eso es verdad yo apostaré que le diste. ¡De humor estás! ¿Qué he de hacer si fui soldado del tercio, del amor y su comercio, y han tocado a recoger? Lo que importa es caminar, porque tal la Infanta es que despachará cien pies hasta la lengua del mar. El pastor bizco hacia dentro solo nos vio atravesar el prado y empezó a dar voces saliendo al encuentro; y si es que nos vio subir al monte y fue a dar aviso, lo espeso del paraíso no nos pudiera encubrir. ¡Vengan, Guarín, que aquí estoy! Que poco importa en mi suerte ir huyendo de la muerte cuando solo a morir voy. ¿Otra mortandad? ¿Tú te olvidas que eres finado o mueres con duplicado como pulgo del pirú? Esto es hecho, los camellos de Faraón se han soltado y el pastor nos ha soplado que viene delante de ellos. ¡Por acá, que están aquí! ¡Ah, Judas tuerto! No es nada. Horro de la cuchillada os ibas a pesia a mí. En viéndote una linterna en la cara dije luego: Este es Judas medio ciego que el prendimiento gobierna. Carlos, a prenderos vengo. La vida me ha de importar el llevaros al lugar. ¿Pues ya, qué defensa tengo? Muy grande. ¿En qué? En mi poder, que yo solo he referido, Carlos, a lo que he venido, pero no lo que he de hacer. Grande confieso el rigor con que amenaza su Alteza, pero nunca en mi nobleza fue poderoso el temor. Y no solamente quiero no prenderos ni llevaros, sino también no dejaros prender, que así solo espero cumplir con mi obligación; que si vos con lo que hiciereis por mí el golpe detuvisteis, yo estorbo la ejecución. Bien os podéis ir. Señor, advierte que he de perder la vida. Si por hacer lo que importa a vuestro honor la perdéis, queriendo ella que merezcáis por injusto, obrad libre, a vuestro gusto que granjería es perdella. Convencido estoy. Por mí, bien os podéis ir. Pudiera por mí solo si quisiera, pero eternamente fui menos que otro en no hacer tanto y así, en el satisfacer, estimar y agradecer generoso me adelanto. Preso voy. Vais a morir, que está la Infanta enojada y es rigurosa. Informada de que me dejasteis ir ha de ejecutar en vos su enojo determinado, y no es siendo yo culpado justo el padecer los dos, que no he de temer, es cierto, de la muerte la inclemencia. Ya es difunto de presencia, otras dos veces se ha muerto. Pero pues yo no me vi en la otra vida al quitar. ¿Podréme, Señor, quedar a ser ermitaño aquí? Al fin ¿ no queréis quedaros pudiendo? Quiero poder decir que lo pude hacer y que no quise dejaros. Vos, en haberme hospedado y en dejarme libre ahora, dos veces me habéis aquí piadosamente obligado. De rodillas pediré vuestro perdón. Solo está la gracia en que quiera allá la Infanta, aunque sea en pie. De albricias voy a pedir más que vale mi ganado. La elefanta abigarrado os ha de mandar freír. Señor, que fríe su Alteza. Yo soy sólo el delincuente, Guarín. Y miente y remiente quien, faltando a su grandeza, me acomodase el delito. Pero ser puede esta vez que tenga estrella de pez y muera inocente y frito. Aquí salgo a descansar a solas, para vivir. ¿Cómo puedo yo fingir y no dejar de penar? Mal pregunto por librar y por adquirir lo amado mi corazón alterado finge y siente , y así en todo puedo disfrazar el modo, más no engañar el cuidado. ¡Corazón, disimulemos! Basta ver si Carlos viene. Advertid que no os conviene si perderle no queremos. Encubrid vuestros extremos, que después podréis probar lo bien que sabéis amar con encubrir el dolor, pues dos veces es amor el fingir por conservar. Denme albricias si hay dineros, que se huelguen de ser míos. ¡Pardiez! que los dos jodíos vienen como dos corderos. En sólo tu gusto dejo cuanto quisieres ahora. Del de los fuelles, Señora, no quiero más que el pellejo. Verdugo cíclope apelo. A Carlos tienes aquí. ¿Soy tu Padre? Señor, sí. Pues, si lo soy, vive el cielo que si te muestras cruel con Carlos he de enojarme. ¿Qué haré yo para quedarme a solas aquí con él? Perdonado está por mí, que mi enojo puedo yo decir que se me acabó desde el punto que le vi. Hablad los dos a su Alteza, que diligencia es bastante; y no le pongáis delante hasta hablarle. ¡Qué nobleza! Qué bien se le ha conocido la calidad que la abona y qué fácil que perdona después de haberse ofendido. Vamos Enrico, esperad. Carlos, vos aquí. Aquí estoy Y yo aquí también, que soy su verdadera mitad. Aquí me tienes, harpía. De mis inútiles venas vierte la injuriosa sangre después de beber sedienta. Llega, enemiga, ¿qué aguardas? Que no me resisto, llega, que soy preso voluntario y espero sin resistencia. Acaba, abrevia, ejecuta y podrás quedar contenta si es lisonja de mi vida el no durar en tu ofensa. Al fin, huyéndote vas. Como la nave ligera que en la ráfaga impelida vuelve el timón a la tierra. Como de plumas y arpones herido corzo que vuela a morir donde los ojos que le ofenden no le vean. Como inferior injuriado de menos débiles fuerzas y leal desposeído de tiranas inclemencias. Y, finalmente, iba huyendo como quien ama y se ausenta sin premio y sin esperanza, y aún con huir no me dejas. Es hecho. Resolvamos intención mía los besos del alma, que ya no es tiempo de fingir sufriendo ofensas. Bárbaro amante, ofendido de tu ignorancia y tus quejas, ¿cómo pudo aborrecerte quien te adora y te desea? Juro a Cristo que lo quise decir siempre. ¿Cómo intentas dejarme cuando te vas con la vida que me llevas? ¡No te disculpes, traidor! Querrás decir que mi lengua te engañó, pero ¿qué importa si no estaba el alma en ella? Misteriosa ha conservado tu peligrosa asistencia, y en lo que me debes más es en lo que más te quejas Que soy mujer decir puedes. Esperarás tú y creyeras que fáciles no se mudan las mujeres de mis prendas Yo te adoro y te he traído tan fingida a mi presencia que con lo que aborrecía disfrazado Amor me cuestas, pero ya puedes volverte si lo estimas o lo intentas, que ahora que estoy sin culpa no importa que tú la tengas. Yo aseguro, ingenio mío, que no hay ahora finezas torpe cuando más importa. Hocicadura resuelta. Aunque en tus acciones das claras y evidentes muestras para dar crédito en fe a tu ignorada nobleza, para lo que pienso hacer importa que yo la sepa de ti mismo por saber tu sangre y tu descendencia. Dime, ¿quién eres? Soy hijo segundo de la princesa Margarita de Alemania y de Carlos de Bohemia. No digas más que eso. Basta para que a tu estirpe deba el amor que te he tenido. Antes de saber quién eras, tuya he de ser, Carlos mío. Si juntaran las estrellas su poder para impedir que tu humilde esposa sea. ¡Ay, Laura, con qué palabras! Con ningunas que su Alteza. Si quieres ser mío, Carlos, escucha y espera. Imposible es dilatar mi ausencia, que en esta carta vuelve a mandarme que parta mi hermano y he de llevar conmigo inquietudes mías a este hombre, o mi voluntad tormentos de eternidad hará el curso de mis días. Yo me voy, a Carlos llevo por castigarle mejor con el ejemplar rigor que a tu sentimiento debo. Señora, aquí cometió el delito y aquí es bien darse el ejemplo también. De esto, Laura, gusto yo. Vuestra Alteza debe hacer lo que en justicia pretendo, la jurisdicción defiendo de mi padre. En mi poder no hay más ley que resolverme a decir lo que es mi gusto. Las leyes en lo que es justo podrán también defenderme. Como ya le ha perdonado a contradecir se mueve que vuestra Alteza le lleve por no verle castigado. Pues si ese fue su temor por ella hable en su castigo, que si le llevo conmigo es por premiar su valor. Si tú le pudieres dar más que yo le dejaré. ¿Darasle más? Sí daré. ¿Qué dices? Lo que probar podré ahora. Mi quietud le debo. Yo mi vida. Pues yo quiero agradecida acreditar mi virtud. Vuestras deudas pagaré. Haz por él cuanto pudieres. Haz mucho si bien me quieres con más dicha y con más fe. Yo le puedo dar favor con mi hermano y que sea tal que le haga general suyo por su gran valor, y que le dé puedo hacer crédito, estado, hacienda sin que acusado se ofenda de la envidia su poder. Esto es lo que puedo y digo, que si piadosa y fiel más puedes hacer por él, que le dejaré contigo. Cuanto tú has dicho que harás es darle de ajenos bienes y no es dar lo que no tienes, que aunque ofrecido des más, espléndida y generosa, más con menos le daré. ¿Más? Sí, señora. ¿Con qué? Con esta mano de esposa. Ella echó el fallo sin miedo. ¿Qué has hecho? Así satisfago lo que le debéis; le pago con darle lo más que puedo. ¿No le aborrecías? Dar quise esfuerzo a mi intención; en la boca y no el corazón, en fingir y conservar. Lo que soy habéis sabido. Lo que es un noble obligado, aún con quedar engañado, no acierto a estar ofendido. ¿Sabéis quién es? Claro está, de la Infanta Margarita es hijo. Al respeto incita. Honor con él se nos da. Callado he mi voluntad y, con no darla a entender cuando es sin fruto, he de hacer virtud la necesidad. Lo que prometí que haría cumpliré. Y ya que aquí no hay criada para mí, ¿haya algo de argenteria? Mil escudos. Calidad tendré contra los lacayos, diez calzas y quince sayos, aunque he de dar la mitad a este pastor aturdido. ¿Y en que libráis los quinientos? Antón, en los elementos, que es en lo que habéis pedido. Y porque la dilación de más días es suave, aquí la comedia acabe: la boca y no el corazón.