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Texto digital de Eurídice y Orfeo

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Antonio de Solís y Rivadeneyra
Atribución estilometría
Antonio de Solís y Rivadeneyra Probable
Género
Comedia
Procedencia
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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Eurídice y Orfeo. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/euridice-y-orfeo.

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EURÍDICE Y ORFEO

JORNADA PRIMERA

Hombre, o fantasma, quién eres? que con el rostro cubierto, la acción tarda, el paso incierto, y sin decir que me quieres, en que te siga me empeñas: este es cómo? hablas, o no? más señas haces? pues yo tengo miedo por más señas, No temas. Pues dónde vas? . Llégate, que quiero hablarte aparte. Aquí estoy aparte. Más cerca. . No tengo más. Venos alguien? . Solo estoy: aquí me matan a coces. Oye, pues. . Di. Me conoces? . No por cierto, Pues yo soy. Señor, vuestra Alteza? Tente, no me trates Fabio así. Pues tú tan solo, y aquí? Cerca he dejado la gente, porque me resuelvo a entrar en Tracia disimulado, y habiéndome adelantado te alcancé a ver, al llegar entre ese acompañamiento, y por no ser conocido, de esta suerte te he traído, donde ya te escucho atento lo que en Tarcia te ha pasado, pues viniéndote delante, quisiste ser vigilante espía de mi cuidado, y decirme antes que yo me descubra, si de Irene la rara hermosura tiene cuanto la fama le dio; puesto que a Tracia he llegado a festejarla rendido, de conveniencias movido, mas que de amor convocado. Mil novedades, señor, tengo que decir. . Di, pues, que yo te ofrezco después otra novedad mayor. También tienes relación? pues ya que voy a empezar, y que tú a luego pagar quieres prestar la atención: mira bien antes de oír, cual tiene en ti más poder, o la gana de saber, o la gana de decir? Di tú lo que has prevenido, que lo que a mí me ha pasado, es más para dilatado, porque cuando ha sucedido un pesar, vuelve a encender quien se atreve a repetirle, y viene a ser el decirle el segundo padecer. Pues ya que le echas en sal para decirle después, este mi suceso es, escucha por otra tal. Después, heroico Aristeo, Príncipe de Arcadia invicto, que me aparté de tu lado, con el curioso motivo de ver a la bella Infanta de Tracia, cuyo marido has de ser, y volver luego con las nuevas al camino, de si es tan hermosa, como casamenteros han dicho, en cuyas pinturas son milagros los basiliscos. Y después en fin de haber caminado, y discurrido por esta fragosa tierra, que armada de pardos riscos, y de impenetrables puertos, al caminante molido, le dice mil asperezas, que nunca llevan camino. A la Ciudad de Vizancio, Corte de este Reino antiguo, llegué cansado, y apenas empezaba divertido a ojear ese volumen de vistosos edificios, poniendo en lo más notable a mi atención por registro: Cuando (aquí te quiero atento) en un plaustro de oro fino, a quien arrastraban ocho porporcionados armiños, vena la bella Irene, yo no sé lo que me pinto, pero vaya de retrato: tu repara, que al cirlo no te me mueras de amores, porque sentiré infinito venir al pintar al muerto, queriendo pintar al vivo. Negro su cabello, es monstruo en el blanco frontispicio, porque nadie ha visto Negros en Alemania nacidos. Incapaz está de enmienda un rostro tan bien escrito, que sido borra el cabello, la frente lo saca en limpio. Las corbas cejas parecen alfanjes, no Damasquinos, que en vez de ser de damasco son de terciopelo liso. Sus mejillas me perdonen el silencio, que no digo el color de sus mejillas, porque es vergüenza decirlo. La hermosura de sus ojos, no sigue el común estilo, sin duda para matarte se los hicieron hechizos. Dormidos buscan las almas, y las cautivan dormidos, y aunque dicen siempre presos, nunca la soltura han dicho. Como nadie los atiende, que no muere de improviso, la boca está tamañita de ver tan cerca el peligro. Nácar es el labio intacto, abra el aliento nativo, pues que mucho que haya dentro aljófar como llovido. Cada una de sus manos el ignorante que ha dicho, que es una pella de nieve, no sabe cuantas son cinco. No he visto el pie, pero apuesto, que es tan agudo, y remiso, que siendo bien hecho, tiene calidades de bien dicho. El talle es todo un airoso proporcionado prodigio, miren que talle de estarse un hombre con su albedrío. Lo demás nadie lo puede afirmar, pero yo afirmo, que el faldellín es avaro, que es señal de que está rico. Yo apuesto que ahora estás bendiciendo muy fruncido a Júpiter, por hallarte en un empeño tan lindo. Pero escúchame otro poco, y dirás no muy bendito, porque en esta empresa tienes un competidor, que altivo te quiere ganar de mano, porque primero ha venido, El Príncipe Felisardo del de Macedonia hijo, ha muchos días que está festejándola rendido, y es bellaco para amante, porque es bellaco muy fino. Y el vulgo, que es árbitro ciego de los ajenos designios, como sin juicio se halla, de todo quiere hacer juicio: dice ya, que Felisardo de su afecto conducido, por el agrado de Irene, va caminando al cariño, y en dulce quietud disfruta ocios de favorecido. Esto, señor, esto fue lo que mi voz te previno, esta la beldad de Irene, este el riesgo que te aviso. No hay si no decir quién eres, y tratar de ser más digno, que Felisardo, y echarle del puesto que se ha adquirido, sin desanimarte al ver su fineza en mejor sitio. Que llegando de refresco, tu parecerás más fino, porque siempre es el más tierno, el más reciente cariño. Y en los concursos de Amor, las mujeres de este siglo sientan en peor lugar al amante más antiguo. Mucho me hubiera asustado la novedad que me has dicho, si a tiempo no la escuchara, que el corazón impedido, está con todo mi aliento socorriendo otro peligro. Pues no sabremos, señor, que es lo que te ha sucedido en quince días no más que me aparté de contigo? Y quince días son pocos para haberse producido un pesar, que en un instante suele destruir un siglo? Helo de saber? . Sí, Fabio. Haslo de decir? . Sí, amigo. Pues déjate de rodeos, que por acá va el camino. Escucha, pues. . Ya me tienes de las orejas asido. Prosiguiendo mi viaje, después Fabio, como has dicho, que saliste de mi lado, en ese lugar vecino quise aguardar que volvieses con las nuevas que has traído; y ayer viendo que tardabas, me resolví inadvertido a entrar oculto en Bizancio: quien creyera, Fabio amigo, que en esta resolución se escondiera mi peligro. Era la estación del día, en que al albor matutino, el céfiro imaginado cercaba de oro fingido, Cuando a perseguir las fieras de venablos impedido, con la gente que me sigue me desvié del camino. Y en ese intrincado bosque, del Sol ignorado sitio, siguiendo un ligero corzo, a quien hirió vengativo mi brazo, como si en él fuera el descuido delito, me condujeron sus huellas al seno más escondido, donde una risueña fuente, hija natural de un risco, fecunda un ameno prado, dando perenne principio a tres, o cuatro arroyuelos, que por desiguales giros, cruzando el rústico cuerpo, le son nervios cristalinos, por donde usurpan sus miembros alientos vegetativos. En medio, pues, de este hermoso imitado Paraíso; donde más puro el Fabonio daba a entender al sentido, que discurría templado, no solo en soplar benigno, si no en hacer con las hojas armonía del ruido; descubrió mi incauta vista, hacia el pabellón nativo de un árbol, un bulto hermoso, que me suspendió al principio curioso, ay Fabio! me acerco, la vista al objeto aplico: dormido un Ángel encuentro, siento dócil el sentido, reparo en sus perfecciones, cubre el pecho un hielo frío, doy otro paso hacia el riesgo, late el corazón remiso: vuelvo a ver, pierdo los ojos, temo el daño, amo el peligro; y en fin, si quieres saber disculpas de mi albedrío, antes que a culparle llegues, escúchame Fabio amigo, que de esta suerte la bella dormía en ocio tanquilo, Sin ley el hermosísimo cabello, diluvio de oro, que anegaba el cuello, a trechos a un listón obedecía, y a trechos los preceptos le rompía, vagando tan conforme en cada parte, que del desorden aprendía el arte. De sus mejillas en el campo breve, la púrpura luchaba con la nieve, de su parte la púrpura tenía al cansancio, que al sueño la rendía, de parte de la nieve limitaba el sosiego que el sueño la inspiraba. Y nuetral la victoria, y los despojos de los blancos perfiles, o los rojos, con nuevos resplandores, en dulce paz se unían dos colores. Sus ojos aún durmiendo han intentado buscar a su descuido, mi cuidado, que si el sueño en sus sombras los sepulta, fue solo para herir con mano oculta. Y así como el Aurora entre las dulces lágrimas que llora, me dan de luz algunos desperdicios, que si no son el Sol, son sus indicios. Las pestañas por brújula avarienta, dejaban de la luz más soñolienta un crepúsculo hermoso, que decía, no es este el día; pero aquí está el día, Sobre la blanca mano reclinaba la siniestra mejilla, en que libraba todo lo culto, y todo lo luciente, midiendo airosamente con solo un codo que afirmó en el suelo, el trecho que hay desde la tierra al cielo, En la diestra arrojada sin cuidado, sobre el airoso bulto desarmado, un arco estaba de márfil bruñido, blanquísima lisonja del dormido, y en él la mano, o no se destinguía, o moldura del arco parecía. Yo en tanta perfección arrebatado, me vine a hallar tan torpe de admirado, que pienso que a mi dueño, le copié con lo inmóvil todo el sueño: mas no fue todo, porque mi sentido no imitó la quietud, si no el olvido. Este fue, Fabio, el veneno, este el dulcísimo hechizo, que inficionó las potencias bebiéndole los sentidos: apurele en fin, y pienso que al salir del pecho mío, el alma llevó tras sí algunos tiernos suspiros. A cuyo tumor la Ninfa, sacudiendo el sueño frío, abrió tras un esperezo, que remató en un gemido, los ojos, que si no hicieron nuevo estrago en mi albedrío, acudieron a triunfar de lo que hallaron rendido. Llegué temeroso a hablarla, y apenas herí su oído, cuando se cobró bizarra, y con ademán esquivo, engañando mi esperanza, o temiendo mi cariño, se arrojó entre la aspereza del impenetrable sitio tan veloz, que la carrera me pareció precipicio; y en vez de seguir porfiado me detuve compasivo, De este amor, pues ocupado, de esta pasión impedido, el alma en este tormento, y la causa en este abismo; Loco, despechado, y ciego, a costa del alma, afirmo, que quien dice que el Amor no puede desde el principio llegar sin tiempo a lo sumo, o no quiere, o no ha querido, que no es fuego material, que discurriendo remiso, para llegar a lo ardiente ha de pasar por lo tibio. En fin se te fue por pies? Burló el pensamiento mío. El suceso ha sido extraño; pero sabes lo que digo, que para correr tan poco, has quedado muy corrido: y en efeto has de buscarla? Si Fabio, o perder el juicio, Pues enséñate a correr, por si se te pone a tiro otra vez, y para ello anda unos días conmigo, que corro cuando enamoro, también como cuando riño, No pienso decir quien soy hasta hallarla. Y en qué sitio la viste? Junto a ese bosque, que está a la Ciudad vecino. Pues vámosla a buscar. Vamos. Que presto lo has entendido; ven por aquí. No es posible. Cielos, qué es esto que he oído! Aparta. . Porfías en vano. En Palacio sueña el ruido, que a este campo caen sus rejas. De esta suerte he de impedirlo. j - Qué es lo que cayó a mis pies? Joya parece al principio; pero tente, no la tomes, que será algún basilisco, porque esto parece encanto. Válgame el cielo, qué miro! Qué, señor? . Llégate Fabio, que este sin duda es prodigio. Es retrato? . Y de la Ninfa, que dormida me ha rendido. Raro caso! . Esta es la imagen que en el alma deposito. Veamos señor: esta es? ten, que ya la he conocido. Qué dices? . Que sé quien es. Quién es, Fabio? . No has oído decir aquel Semidiós de Tracia, que al dulce hechizo de su voz calma los vientos, suspende el curso a los ríos, sierras, y árboles atrae. Dices Orfeo? . Ese mismo: Por su fama le conozco. Pues esa que te ha rendido, es Eurídice, su esposa, y son amantes tan finos los dos, que es locura verlos, y si no es locura, es juicio. Fabio, ya no está mi amor para no vencer abismos de estorbos; perdone Irene, que Eurídice me ha rendido. Vamos, pues, hacia esa Quinta, donde viven. . Ya te sigo. Ah Caballero, aguardad, Quién es, Fabio? otro podigio tenemos, hacia acá viene un hombre despavorido, y si no me engaño es Felisardo, el que te he dicho; que sirve a Irene. . Qué dices? Digo, señor, que es el mismo. Qué querrá? . De lo futuro no sé más que un adivino. Aguarda señor. . Aparta. No me oirás lo que te digo. Yo he de cobrar el retrato. No es de Eurídice? . El mismo. Y el que te hallaste en el campo ayer tarde? . Así lo afirmo. Quiéresla ya? . Bien la quiero, pero yo adoro rendido a Irene. Pues qué te importa cobrarle, o no? . Fue preciso de ese balcón arrojarle, por no añadir más indicios a las sospechas de Irene; y si aquí no se le quito a este hombre, puede ser que ella le haya conocido, y llegar puede a sus manos; y que por este camino confirmada, sus recelos justifique sus desvíos: Caballero. . Quién me llama? Escuchadme. . Qué queréis? Yo os lo diré, que me deis el retrato de una dama, que por un extraño caso de esa ventana cayó, desde donde le vi yo en vuestra mano: si acaso le lleváis, ya veis que es justo el volverle a mi poder, pues a vos no os puede ser de importancia, ni de gusto. Aquí es ello, ya su acero está pendiente de un tris. Caballero; qué decís? Esto ha de ser: Caballero, que el tretrato está en mi mano sabéis, si me importa, o no, no he de decíroslo yo: que no lo he de dar es llano, obren pues nuestras pasiones, y no gastemos los dos mas razones, porque vos me venceréis por razones. Tan necia resolución, solo tiene esta respuesta. Y esa tiene sola esta. Resolviose la cuestión. Señores, la Infanta viene. Qué dices? . Que por aquí al Parque baja. . Ay de mí! Caballero, pues Irene llega a estorbar a los dos, detrás de esa Quinta iré a esperar. Yo esperaré, porque iré más presto, Adiós. Por mi decoro he sentido de Felisardo la acción, aún más que por su aficción. En esté Parque florido divertirás tu tristeza. Qué te ha parecido Irene? Ya, Fabio, mi amor no tiene ojos para su belleza. Aquí está. . Sin duda alguna por el retrato ha venido. Quién en el mundo ha perdido tan sin culpa su fortuna! Qué turbado está! qué ciego? Qué airada vuelve a mirarme! Vamos Celia, ven Sirena. A disculparme no he de acertar, mas yo llego: Señora, con tal rigor vuestros ojos me han mirado, que yo sin estar culpado, lo parezco en el temor; pero este afligirme al veros, y este turbarme al miraros, no es de culpa de negaros, de pena si de perderos: y así escuchad mi disculpa, y de esto que me enajena echad la culpa a la pena, y no la pena a la culpa. Ven Sirena, que esto aguarde, anda Celia. . No me habláis? Esto ha de ser. . Me dejáis? Felisardo, Dios os guarde. No os habéis de ir, vive Dios, sin oírme. . Qué he de oír, sino os queda que decir, ni a mí que dudar? adiós. Pues cómo podéis saber, que no os queda que dudar, ni a mí que decir, sin dar mi razón? . Quereislo ver? Conmigo estabais, sacasteis un lienzo, entre él se cayó un retrato, vile yo; ocultarle procurasteis: intenté verle en mi mano, respondeisme muy terrible aquello de no es posible, aparta, porfías en vano. Echaisle en fin de un balcón, de vos me aparto enfadada, salís de allí, quedo airada, recogiendo mi atención; venís muy fino a cobrarle, salgo al Parque por aquí, hallo, como presumí, que habéis venido a buscarles volvéis a turbaros vos, y yo lo vuelvo a sentir: ved si os queda que decir, ni a mí que dudar, a Dios, Bella Irene. No me nombres, Me olvidas? Te desengaño. Sabes mi amor? Sé tu engaño. Mira que es verdad, Sois hombres. Yo he de seguirte. Eso no. . Advierte. No hay que advertir. Escucha. No te he de oír. No habrá piedad? . No. Pues yo para llegar a moverte, sabré morir porque amé, Sabrás? . Sí. Pues yo sabré no reparar en tu muerte. Y yo con verte ofendida sabré el alma reprimir, porque el placer de morir no me vuelva a dar la vida. Ten Anfriso esa lira, que el pecho sin Erudice respira tan tardo, o tan violento, que ni aún para la voz hallo el aliento. Oh qué bien has cantado! el viento se quedó tan elevado, que para ser tu oyente, por un rato perdió lo diligente: porque con blanda fuerza tu armonía le halagaba lo mismo que le hería; pero si he de decirte lo que siento, la letra me ha dejado descontento? y es cosa que me apura, que por veces, señor, que la dulzura de tu canto el oído me penetra siempre cojo a tu voz en mala letra. La letra te dio enfado? No era cosa. Pues qué tenía, di? Ser a tu esposa, a quien celebras siempre enamorado, que te precies señor de bien casado; con tu mujer muy fino: haces lo adrede, o eres acaso tú quien más no puede: para mi es cosa buena, que a la mía la eché dentro de un mes a cada día; Necio, Erúdice hermosa es la dulce prisión donde reposa el alma, sujetando el pecho mío a esclavitud, con visos de albedrío. Hy en el mundo estado tan dichoso como el de un casado, que gustoso, sin manchar con el ocio su sosiego, amor le usurpa lo mejor del fuego? Y ese llamas estado venturoso? Pues cuál, Anfriso, cuál es más dichoso? Muy buen estado es, mas no hay casado, que no quiera caerse de su estado. En ti, Anfriso, no extraño esas razones, porque naciste sin obligaciones. Tú no eres voto, estás enamorado. (dado. Aún poseyendo es fino mí cui- Y el retratillo (espera) que ayer se te cayó de la cartera, tendrá por fino a tu cuidado? Calla, que si llega a saberlo, ha de enojarla: ayer, Anfriso, estando recostado junto a ese río, adorno de ese pra- leyendo unos papeles do, de mi pasado amor testigos fieles, se me cayó sin duda. Si lo sabe mi señora, ocho días está grave. Sabes adónde ha ido, que el deseo está impaciente ya? pero qué veo! no es Erudice aquella? Sí, y con ella viene también, si no me engaño, aquella. Anfriso, has reparado en que viene el semblante demudado? tristes los ojos, fijos en el suelo, mirando alguna vez tímida al cielo? Retorciendo las manos apretadas, y todas las acciones barajadas, sin aliento el mirarla me ha dejado; qué será? Mi mujer viene a su lado, y ella debe de ser causa de todo, que cada día se pone de ese modo. Ya llega: esposa, cómo de esta suerte? que tienes? dónde vas? aguarda, advierte. Orfeo, señor esposo. Dulce prenda, hermoso dueño. Defiéndeme entre tus brazos De quién señora? Del Cielo. Pues qué ha sucedido? Ay triste! Sosiega un poco. No puedo. Hay más rara confusión! Fenisa, dime, qué es esto? Mi mujer lo dirá, que ella habla: que habla de misterio. Señor, todos ignoramos el origen. . Ay Orfeo! la dicha se desvanece, no era nuestra, era del viento; que el bien falta como propio, y se tiene como ajeno. Dímelo ya, que me estás penetrando todo el pecho; padezca yo lo que dices, sin padecer lo que temo, que siempre es mayor el daño; si se mira desde el riesgo. No sé si sabré decirlo, pero estame un poco atento, que aún en todo lo que temes, no cabe lo que padezco. Entré señor, entré esposo, en ese vecino Templo, donde un oráculo fiel, antigua imagen de Venus, despliega de lo futuro los oscurísimos velos, dejándole la fortuna sin novedad los sucesos. Y apenas entre el tumulto devoto, mi infausto ruego rompió con indigna voz el soberano silencio; Preguntándole a la diosa, si tendría el amor nuestro, la dicha que le promete lo firme de nuestros pechos? Cuando, aquí falta la voz aquí se anuda el aliento! aquí el sentido se pasma! y aquí finalmente muerto el corazón, descompone el valor del sufrimiento: todo lo atiende el discurso, todo lo confunde el miedo. La estatua del mármol, parto que labró prodigo ingenio, venciendo el buril apenas lo rebelde con lo lento, se olvidó de la dureza de su materia, y sus miembros a estremecerse empezaron con flejibles esperezos. Y luego torciendo el rostro, como quien oye con ceño, y quiere con el semblante limitar la fuerza al ruego. Congojada al parecer, de ver allá en lo secreto de su idea mi desdicha, comenzó prodigio nuevo. Por sus poros (raro asombro!) a sudar humor sangriento, que temiendo infaustamente de la Diosa el bulto terso, en lo rebelde del mármol dejó durable el agüero. Esto señor, esto esposo, no puede ser sin misterio; el dulce amor que enlazó nuestras almas, se va haciendo en nuestra dicha caduco, si en nuestra fineza eterno! Ah felicidad humana, antiguo rencor del tiempo, pues le parece que basta para tu siglo un momento! Dichoso el que no te encuentra, tu fin solo es verdadero, desde el principio declinas, quién te ha sabido el aumento? Descansa, alienta, respira, que después consultaremos al sabio Tebandro, en cuya ciencia hallaremos lo cierto de esas dudas; y entretanto, pues el apacible seno de este prado, a tus fatigas tiene prevenido el hecho, reclinemos un poco en él, que me tienen muerto el corazón tus ahogos, y necesito no menos que de tu alivio: cantad un rato, mientras consuelo en el pecho de mi esposa lo mismo que yo padezco. Yo procuraré alentarme. No quisiera yo ser ellos, el agüero ha sido extraño; si no es que sudase Venus de ver allí a mi mujer? Qué es cosa de que yo suelo sudar muchísimas veces, y nunca acabo un agüero. Qué letra quieres? . Aquella de los perdidos contentos, que tal vez propios alivios nacen de males ajenos. Volad dichas de Amor al viento, al viento, pues del viento sois, (to volad, volad, subid, que allá en el vien- quizá os encontraréis con mi deseo. Donde estáis contentos vanos, que violencia os arrojó, que estáis tan recién perdidos, tan lejos del corazón? No hay en mí de lo que fuisteis mas señas que este dolor. que es un eco vuestro, y eco que dura más que la voz. Desde el día que en el viento Amor os desvaneció, porque no os halle me tasa la misma respiración: Volad dichas de amor, Aguardad, no cantéis más, que con la música pienso que se han quedado dormidos, Dormidos están, callemos, que para el que duerme, no hay música como el silencio. Así dijeras mujer eso mismo cuando duermo; mas tú eres tan habladora, que no callas, ni por sueños. Déjese ahora de chanzas, y sepa que no tenemos un real; y que los muchancos están descalzos: yo tengo necesidad de un vestido, el mes nos pide el casero, la lavandera ha perdido cuatro camisas, y un lienzo: la vecina nos prestó catorce reales y medio el otro día. Mujer, qué quieres que haga yo a eso? no echas de ver que me pides mas de lo que yo merezco, Esto es fuerza. Esto flaqueza. Animarse. . No hay dinero. Buscarlo. . Hacia dónde hay? Pues batir moneda. Es huevo de freir? Pues qué ha de hacer? Júpiter dirá. . No quiero estar a merced de nadie: gentil marido por cierto. Señora, si soy tan malo; dejarme: esto es casamiento? Apartémonos de aquí, porque no los despertemos, que hay mucho que reñir. Vamos, que esto tiene un buen remedio. Cuál es? . Enviudar. Mal rayo en él. Un mal casamiento, aunque tiene mal sabor, tiene lindísimo dejo. Infelices amantes, que afectando el sosiego, lucháis desalentados con una muerte que parece sueño: Yo soy vuestro destino, que a revelaros vengo, por decreto de Apolo, lo mismo que os induce otro decre- to. Apolo tu grande padre me envía, insigne Orfeo, a que os ponga delante el camino fatal por donde os llevo. Atended, escuchad, evitad si queréis evitar las sendas del destino, que contra mí tenéis el albedrío. Y en vuestra flaca resistencia envueltos os parece que os mando lo que os ruego. Mirad esa cadena, que en círculos eternos, eslabona las causas al engarce fatal del escarmiento. Que de ella está pendiente aquel influjo adverso, aunque arrastra el sentido, romper se deja del entendimiento. Huid de vuestra estrella, que ya os la represento en forma de un cometa, (tos: que amenaza una vida, y dos alien- Atended, escuchad, Detente. . Aguarda. Qué intentas? . Dónde vas? Válgame el Cielo! Erudice? Orfeo? Esposa? . Señor? Adorado dueño; qué te tengo entre mis brazos? Qué entre mis brazos te tengo? Qué miras? Qué te diviertes? Muerto estoy. No tengo aliento. Por esforzarla me animo. Por animarle me esfuerzo. Dormías? . Sí. Parece que me llamabas? Lo mismo me pareció a mí, Es verdad, afligiome un triste sueño. otro me dejó sin alma, Pues qué soñabas? Qué huyendo de un hombre (quiero callar) que fue el que ayer lisonjero me halló en el bosque dormida. Te diviertes? . No por cierto? Digo que huyendo de un hombre, que con veloz movimiento me seguía, en lo más fuerte del curso (qué triste agüero!) la muerte opuesta a mis pasos, me entregó en sus brazos. Cielos mucho apretáis mi discurso. Y tú qué soñaste, Orfeo? Soñaba esposa (ay de mí!) que soñé casi lo mismo, porque en los brazos de un hombre a quien parece que veo ahora, aunque no le he visto, estabas muerta. . Mi miedo aumentas con no decir lo que soñabas. . Deja eso. Haslo de decir. Qué importa el decirlo, ni el saberlo: casi lo mismo que tú soñé; mas qué fundamento quieres que tenga un error de nuestra idea? . Ay Orfeo! soñar los dos de una suerte. quieres que parezca sueño? Sí mi bien, que como entrambos, cuando nos halló el sosiego, sobre el oráculo triste, estábamos discurriendo, y el que sueña las especies que tuvo estando despierto suele revocar, fue fácil, si a discurrirlo volvemos, que durmiéndonos los dos con un mismo pensamiento, en los dos por una senda, caminase al devaneo, y formase de una imagen dos simulacros el sueño. También pudo ser, esposo; que como dos instrumentos acordemente templados, suelen hacer un concierto, aunque la atrevida mano hiera solo el uno de ellos, nuestras dos almas así ha templado el amor nuestro: de suerte, que en dulce unión las mueve solo un deseo, aún cuando estaban dormidas, tan conformes estuvieron, que apenas hirió mi idea la torpe mano del sueño, cuando dentro de la tuya se oyeron los mismos ecos: de suerte, que si a las causas naturales atendemos, sentimos inútilmente lo que hemos visto durmiendo: pues se mueven nuestras almas por unos mismos afectos, y pudo ser armonía, lo que juzgamos agüero. Luego el miedo ha sido inútil? Confieso que ha sido miedo. Al pecho me has vuelto el alma. La vida me has vuelto al pecho, Caballero, si hay piedad en un noble; mas qué veo! Qué he visto! Qué es lo que miro! Esta es la beldad que el pecho dormido me penetró. O me engaña lo que temo, o tiene este hombre las señas del mismo que vi durmiendo! Este es el que me siguió en el bosque, y en el sueño. Yo estoy turbado, y los dos me están mirando suspensos; mas la gente que me sigue se acerca ya: Caballero (si como dicen las señas) de esta Quinta sois el dueño, dad licencia de que en ella halle abrigo un forastero, y estorbad ese tumulto, pues podrá vuestro respeto; que por haberse sabido, que junto a esta Quinta espero a un hombre muy conocido, a fin de acabar un duelo, contra mí se han convocado, y no bastando el acero de mi contrario a impedirlo, está mi valor resuelto a dejarse entre sus iras hacer pedazos, primero que faltar al desafío. . Advertid. Ya es ese empeño no, menos vuestro, que mío, haced como Caballero. . Erudice? Esposo, muerta me ha dejado. A hablar no acierto: con las criadas te aparta, entre tanto que yo llego a sosegar esta gente. Con ellas, señor, me quedo: de ver este hombre tan cerca . temblando estoy, vuelve presto. Temblando voy de dejarla tan cerca de este hombre; . luego volveré, Erudice mía. Con qué disgusto me quedo! Con qué violencia me voy. Por aquí fue. 1. Al valle. 2. Al cerro. 3. No se ha de escapar. Ya llegan, fuerza es ir a detenerlos, adiós. Adiós. Oyes? . Di. Mira que está el forastero en la Quinta. . Pues qué quieres? Que entre tanto que yo vuelvo, no entres en ella. . Eso dices? de solo pensarlo tiemblo. Pues por qué? Porque no gustas. Dios te guarde, hermoso dueño. Mal he desmentido el susto. Mucho he declarado el sueño.

JORNADA SEGUNDA

JORNADA SEGUNDA Fenisa? . Fabio? Qué es esto! a estas horas mi mujer? en gran confusión me ha puesto: ello útil debió de ser, pero no parece honesto. Por esta noche ofreció su Quinta a aquel forastero, que ayer en ella amparó mi amo, y el Caballero no supo decir de no. Este tal tiene un criado; pero honor mío callar, que aquí está el acero airado, y quizá habremos hallado aderezo de enviudar. Este sitio es excelente, porque retirado está del trafago de la gente. Y tu Anfriso? . Queda allá durmiendo maridamente, porque escuché una razón de su amo: este a ofrecerme llegó tanto de doblón; pero mal hago en ponerme a escuras en la ocasión, una luz quiero sacar: oyes, aguarda. Qué ha sido? más debe de ir a acechar, que parece que anda ruido. Mas cerca quiero llegar, tan largo el oído; ten honor, que con este ensalmo sanaras, y visto bien, más vale tener de un palmo la orejas que no la sien. Oyes, Fenisa, el ruido se ha quietado, óyeme presto. No es mal paso, ya me asido, por Dios que me huelgo de esto; para salir de marido. Pensarás que te he llamado para hablarte de mi amor, pues no soy tan mal mirado, que piense que tu favor has de querer darle dado: tu rigor no se amohíne, de que eres honrada, estoy al cabo. Que así lo aliñe! honrada es, yo me voy tan marido como vine. Digo, pues, que mi señor, tan tirano a tu ama adora, que si apadrinas su ardor, serás tú la pescadora del río vuelto de amor: sepa su fineza rara de tu boca, y tu primero estos doblones apara. Doblones! tomarlos quiero, que ella es tal que los tomara. Y ahora mi bien humano, tu rigor (pues me venció ese rostro soberano) mi pasión admita. . Y yo con mi daguita en la mano. Mi Fenisa. . Dónde va? Bien que adoro. . Llevará. Prenda hermosa. Hermosa? niego. (go; Dulce dueño. . Él está cie- trátela más, y verá. Yo no quiero más por hoy, que una mano. . Él ha pedido bien poco, yo se la doy. Fabio, esta luz he traído para: pero muerta soy! Por Dios que la hicimos buena! Terrible aprieto! . De bellos tan turbados me da pena: yo bien riñera con ellos, pero no vengo de vena: ea, Fenisa, a sermón allá dentro; y él advierta, que si mira su afición a mi ventana, o mi puerta, llevará una reprensión. Anfriso. Aquí no hay que hablar. Esposo. . Esos ojos baja; yo no los quiero espantar por si acaso se me cuaja aquesto del enviudar. Esos doblones he dado por engaño; oye ved volvérmelos, o habrá enfado. No le hacen harta merced en habérselos tomado. Que era su mujer juzgué. Son más que unos pobres reales? Con que a ella se los dé no habrá más. . Yo los pondré con los bienes gananciales; más gente viene. . Qué dices? Bien está la luz así? . Oyes. No te atemorices, anda delante de mí, me servirás de narices. Fabio? . Señor. Un cuidado muy grande me hace venir a hablarte. . Pues qué ha pasado? Por dónde podré salir de esta Quinta? . Si cerrado está todo, dónde vas? Hablaste ya a la criada? Buena tercera tendrás, de todo queda encargada: (quiero callar lo demás.) Sabes bien que no hallaré salida? Pienso que no. Pues yo he de salir. A qué, no puedo saberlo yo? Yo, Fabio, te lo diré: Bien sabes que tuve ayer con Felisardo un pesar sobre el retrato, y que luego convocada la Ciudad (por estar bien recibido en ella) quiso estorbar el duelo en defensa suya. Que yo me vine a amparar a esta Quinta, que su dueño, fuese por urbanidad, o por cumplimiento, en ella me hizo esta noche quedar, que yo la acepté, por ver, si en tanta dificultad hallaba alguna esperanza mi amor; que saliste a hablar a la criada, y que yo ciego, afligido, y mortal, quedé entregado al tumulto de mi propia soledad. Pues poco rato después, con ansia de respirar, me asomé a una reja, a tiempo, que Felisardo, que está en el campo: mas que aguardo, ven conmigo, veré si hay ventana, o balcón por donde me pueda al campo arrojar. Si esto es proseguir el duelo, no es mejor con amistad, pues él viene a que le des, decirle que no hay que dar? Déjate de eso, y busquemos salida sin inquietar la casa. Ven; pero aguarda, que aquí parece que hay un balcón, fuego de Dios, y que altísimo que está. abajo se está paseando. Déjame Fabio llegar (por aquí bajaré: quiero . a este necio deslumbrar, porque no intente seguirme) bien dices, dificultad tiene el bajar por aquí: mira si puedes hallar mejor salida, entre tanto que yo hago lo mismo. . Ya le he entendido: esto es dejarme, y si tarda un poco más, le dejara yo; él me engaña como a un niño, alto a costar. . Dicha fue, que el forastero, que oculto en la Quinta está, se asomase a aquella reja cuando le llegué a avisar: luego que supe que aquí se albergó a noche, a acabar el duelo me resolví antes del día, porque hay muchos que impedirle quieran: bien sé que alguno dirá (viéndome tan desvelado) que es necio empeño el cobrar el retrato de una dama a quien ya no quiero, y más cuando ella no me le dio, y fue solo casual el allármele; mas esto que importa, si el empezar el lance fue inexcusable por otro motivo, y ya con hablar en ello se hizo empeño, de calidad que no tiene otro remedio. No me han sentido al pasar, bien se ha hecho. . A este balcón llega un nombre, si será el que aguardo? A Caballero, sois vos el que espero? Allá os diré quien soy. Saberlo quise por daros lugar de que bajéis, ya me aparto, Nunca la seguridad entre hombres como nosotros peligra: tened allá esa espada, porque aquí me estorba para bajar. Bizarro sois, vive Dios. Vos como quien sois habláis. Bajad, pues. Ya Caballero me tenéis aquí. Tomad la espada. Con ella sola me hallaréis. Yo estaba ya reparándolo, un broquel traía, pero aguardad echarele en ese río. Sois Caballero, y obráis como debéis. De la Quinta nos podemos apartar, si gustáis. Vuestro es el campo, yo soy llamado, guiad, y sea presto, porque el día ha comenzado a rayar. Traéis con vos el retrato? Para que lo preguntáis? Para cobrarle. . Cobrarle? Vos lo veréis. Bien está, Señora? . Yo me perdí. Repara. Sin juicio estoy! . Mira. Sin aliento voy! . Advierte. Dejadme aquí: veis que de la vista incierta una ceguedad triunfó, y queréis necias que yo mire, repare, ni advierta? Tú no está en ti. Es verdad. . Y el valor? Está oprimido. Y el discurso? Está perdido. Y la paciencia? . Callad: veis que una ciega dolencia toda el alma obedeció, y queréis que tenga yo valor, discurso, y paciencia? Divertir tu desconsuelo quiero yo. . No lo intentéis. Por qué? . Por qué no podréis: que intempestivo el consuelo, adulando lo exterior con mentirosa inquietud, acuerda de la salud, y deja con el dolor? Dime donde vas, señora, que apenas el Sol dormido despertando ha producido de un esperezo la Aurora, cuando el lecho de sabrigas, y este bosque penetrando, a ti te vas fatigando, y a las fieras no fatigas? es por Felisardo ingrato? dame parte de tu pena: qué, te ha vencido? Ay Sirena, escúchame atenta un rato, ya que el silencio rompiste que mi vergüenza añudó: si amiga, mi mal causó ese ingrato que dijiste, por él me deja el pesar, sin más vida al padecer, que aquella que ha menester la pena para dudar. Qué es posible que te dejes en las manos del dolor? Sabes Sirena de amor? Yo no. . Pues no me aconsejes, que la amorosa dolencia, cuando se llega a apretar, nunca la sabe curar Médico sin experiencia. No te miras ofendida? Eso me trae despechada. No te ves desengañada? Eso me tiene sin vida. Y un desengaño despecha? Sí, porque miro en mi daño lo que duele el desengaño, pero no lo que aprovecha. Pues qué te parece a ti qué deseas? . Solo ver aquel retrato que ayer encendió este fuego en mí; porque quisiera apurar si es de Erudice, a quien quiso primero. . Será preciso para saberlo, intentar que él te vea; pero aquel no es Felisardo? Ay de mí! qué dices? Que viene allí, o yo me engaño, y con él aquel Caballero llega, con quien le hallaste viniendo ayer al Parque. No entiendo lo que puede ser. Sosiega el pecho, que entre los ramos de esta espesura estaremos ocultas, y así podremos saber lo que deseamos. Bien dices, la luz del día es poca, y favor nos da. Apriesa, que llegan ya; alerta esperanza mía. Alerta, Sirena mía. Muy lejos vais. . Aguardad, que esto lo más secreto es del bosque. . Acabemos, pues sacad la espada. . Esperad. Pues qué queréis? Preguntaros (por si después no hay lugar) donde el retrato he de hallar, si acaso acierto a mataros? Habéis andado advertido, en mi pecho lo hallaréis; pero porque no intentéis, si hallaréis el vuestro herido, decir que con vos lidié con esta ventaja, o ya que porque en mi pecho está la imagen que vuestra fue, repuesta me pide en vano contra mí vuestro valor, atribuyendo al amor defectos de vuestra mano. De esta suerte he de igualar nuestra razón, de estos ramos pendiente esté. Pues riñamos. Desde aquí cesa el hablar. Hay más extraño suceso! Pues deseas el retrato, dejámele asir primero, y luego sal a estorbarlo. Bien dices. Tened un poco, sangre os he visto en la mano. Mucho reparáis riñendo. Es en vos en quien reparo, ataos un lienzo, o volvedme el retrato, si dejarlo queréis. Cuando el corazón tenga como está la mano. Pero deténeos, qué es esto! quién el retrato ha tomado? Qué decís? . Aguardad. Suelta. Primero me haréis pedazos. Qué es esto? Terrible empeño! Señora: suceso extraño! este retrato. . Está bien, es la ocasión; guárdale tú. Ya le guardo. Yo, Caballero, me quedo con él. Aay lance más raro! Yo, señora, no reñía. Ya lo he visto, Felisardo. Por cobrarle. . No os escucho. Yo, con que esté en vuestra mano, y no en la de mi enemigo, me reporto. Y yo he quedado bien, con que en vuestro poder no le tengáis. El dejarlo, fue por llegar. Bien está. Señora, aunque el enojaros con tanta razón ha sido. Caballero, no hacer caso de él es lo mejor: quién sois? parecéis de Reino extraño en traje, y aspecto? Ayer llegué, señora, a Bizancio. De dónde sois? . Del Arcadia. Viene Aristeo? Tratando quedaba de su viaje. Días ha que es deseado en Tracia. Que aquesto sufro! Ese favor soberano agradezco de su parte, supuesto que el escucharos de su parte, me parece que a otro fin se encaminaron esas piadades, que ha ser dichoso. Pues que ha juzgado vuestra malicia? aguardad. Que no es culpable el engaño del cazador, que ambicioso de lograr el golpe airado, pone en un blanco la mira, y la flecha en otro blanco. .̱ Esperad. . Qué le detienes? de enojo, y de celos rabio: pues no son estas venganzas las que dan a sus agravios las mujeres como vos, porque en el más castigado, lo que riñe como ofensas, curan como desengaños. Dame el retrato, Sirena; y vos dejad Felisardo, que aprenda en él la respuesta que debo a vuestro cuidado. Herido va el forastero, que a mí me dejó la mano sangrienta, cuando intentó quitarme de ella el retrato. Y aún el retrato lo está; pero qué miro! ah villano, es de Erudice, y te quejas? Ella es: por modo extraño hoy he apurado mis celos. A quién si no a un desdichado esto hubiera sucedido! Con el día has madrugado, y llorando al bosque vienes en vez de venir cantando? Quita de la vista el lienzo, y advierte, que descuidados tus ojos con el cambray, la caza van olvidando. No vengo no a divertirme, detrás de aquellos peñascos yace la profunda gruta que habita el sabio Tebandro, y tratar con él deseo estos violentos presagios, que; mas no es la Infanta aquella? Si es de Erudice el retrato. En mí han hablado, escuchemos Si te hallé ahora empeñado en cobrarle. . No lo entiendo, retrato mío en las manos de la Infanta? . Si a mis ojos tan rendido, y tan bizarro has sabido equivocar esos afectos contrarios, y con la espada desnuda parecer en morado; que puedes decir? . Señora. No prosigas, que no es tanto mi sufrimiento, que aguarde en tu disculpa otro agravio: toma el retrato, que fuiste, (muerta estoy!) de mi cuidado, (pero que digo!) mi amante fuiste (ya lo dije) y cuando fue tan noble tu osadía, no quiero que tu contrario diga, que queda mejor que tú: no le tomas? rabio de enojo. Si no me escuchas. Ya es otro tiempo: el retrato toma. No le he menester, ni le quiero. . Yo lo mando, que no ha de quedar también en esto por tuyo el campo. Yo te obedezco en tomarle, y cumplo con mi cuidado de esta suerte. Qué, le arrojas? pero ya le has arrojado otra vez, y te costó el cobrarle muchos pasos, y una pendencia: esto es ya vileza: ea, Sirena, vamos. No quieres oírme? . No, ya traidor, ya se acabaron mis atenciones. . Qué dices? Qué ya te aborrezco. Raro tesón es el de mi vida, pues no muero al escucharlo! Tu morir? vamos presto, que me voy de mi olvidando, y puede más la pasión, que el semblante, ni los labios, A quién sino a mi pudieran suceder pesares tantos! Quién si no yo tropezara en tan viles desengaños! muerta voy. . Sin vida quedo! Ay amor, y que pesados son tus golpes! . Hay fortuna, que violentos son tus casos! rados. , . Qué es esto, Fenisa? Yo sin sentido me he quedado. Este retrato Fenisa es el que yo le había dado a Orfeo. Pues qué discurres? pero él viene, y apurarlo podrás, con decirle ahora que te le vuelva Buscando a mi esposa; pero aquí está: Erudice mía. Bravo lancecillo ha de ser este de celos, y de arrumacos. Mi bien, qué semblante es este? qué tienes? qué te ha pasado? parece que están tus ojos entre dos afectos varios, ni bien a matar resueltos, ni a llorar determinados, como que enciende la ira lo mismo que apaga el llanto: sin responderme te vas? aguarda. Harasme pedazos primero que detenerme. Qué es esto dueño adorado? Quiéreslo saber? Pues dime, dónde tienes mi retrato? . Seño- Ah traidor, te turbas? (ra. otra seña de culpado. Ayer (qué supiese ya que le perdí!) repasando unos papeles. . Detente, no trates de disculparlo: levántale de la tierra, donde le arrojó la mano que quizá obligar quisiste; y permíteme que el llanto de mis ojos te responda por él, en ahogo tanto, que me copió la desdicha, también su artífice, hallando que no tuviera mis señas, si no fuera desdichado. . Detente, aguarda, señora. Qué fruncido se ha quedado, en fin marido: ah mongiles con qué devoción os llamo! . Qué esto me haya sucedido! cobrar quiero mi retrato, y seguirla: mas qué miro! válganme los dioses santos: que portento tan terrible! que espectáculo tan raro! todo está (no tengo vida) en roja sangre bañado: que teniendo el rostro bello, (la voz me faltó del labio) delicias del Sol pública entre arreboles infaustos. Sedienta esponja este lienzo apure: pero qué hago? con la mal enjuta sangre parece que se ha borrado la pintura: aún este alivio me limitáis, cielos santos? Libre de desvanecerse, no estuviera con ser vano. Mi dulce prenda, sin duda está cercana del plazo fatal: aguarda, detente, violenta, alevosa mano. Háganse lugar si quiera por ser últimos presagios, estos pocos de suspiros entre el golpe, y el amago. Pero cómo me detengo? y no voy ciego buscando mi bien: Erudice hermosa; Llamas, señor? Has hallado a Erudice? No la he visto. Pues vamos tras ella, vamos apriesa. . Aquí viene aquella mujer de todos los diablos, y mía. Fenisa amiga; donde a Erudice has dejado? Por lo intrincado del bosque se entró, señor, suspirando, tan triste, y tan afligida, que para imitar su llanto, a puras aguas se hicieron chamelotes los peñascos. Pues por qué no la seguiste? Porqué volvió con enfado a mí, y me mandó quedar. Ay infeliz! que contrarios efectos me representa la imaginación, que aguardo, que no voy a consolarla, o a ver si en tantos presagios, es dado al entendimiento quitar la fuerza a los Astros. . Oyes, si quieres hallarla, ve poco a poco buscando las huellas de mi mujer, que del menor puntillazo parece que va metiendo todo el bosque en un zapato. Hermano, déjese de eso, que ha mil siglos que no hablamos se sale toda; el muchacho en cosas, y óigame un poco. Hermano; que caserazo requiebro, pero también se lo llaman los cuñados, y se aman como nosotros: (blo. diga hermana. . Lleve el dia- A ti, que no sé a quien dices. La cosa de que hay cuidado en casa. . Que haya en el mundo otra soga vieja en casa? quién tenga casa, ha Ermitaños! Venga acá por vida suya, si sabe que no hay un cuarto, como se fue esta manana sin dejar para recado? Recado yo; que le pidan esto a un marido? casaos. Una olla, acaso una olla, se ha de poner de milagro? no ha de llevar su carnero, su tocino, sus garbanzos, su pimienta, su azafrán, su vaca, su punta de ajo, su perejil, su cebolla, y su repollo? . Casaos. El guisado de la noche, no ha de ser un estofado por lo menos? quién le quita dos maravedís de clavos, tres de canela, y de vino; y de aquí, y de allí dos cuartos? De qué? De aquesto, y de aquello. Digo que está muy bien, casaos. Así, señor: Anfrisillo cayó, y se ha descalabrado, y es menester que se llame al Médico, al Cirujano, y traer de la bótica media docena de emplastos: la sartén de hacer los huevos quebró el jarillo de pico; el pernil se comió el gato, la soga hurtaron del pozo. La soga del pozo hurtaron? pesar de quien me parió, de nada me pesa tanto: la soga? Sí señor mío, la soga. Y no habrá quedado Miradlo bien. Bien lo he visto. No habrá si quiera un pedazo? Para qué? . Para ahorcarme. Tened, tened, que ahora caigo en que un pedazo ha de haber, que estaba para estropajos, y no mudará de oficio, si en vos se viere empleado. Alto, pues, yo me he de ahorcar . Que respires, por salir de mal estado, vamos mujer. . En mi vida os vi andar con tanto espacio. Vamos, pues; pero mujer sabéis en lo que he pensado? En qué marido? En ahorcarme todo entero. A eso tiramos. Sí, más donde fuere el todo, no ha de ir la mitad? . Es llano. Pues si vos sois mí mitad, yo me resuelvo a empezarlo por vos, y conforme os fuere proseguiré mi trabajo. Malos años para vos. Maridos desconsolados, el camino que elegisteis angosto es, pero es largo. Favor dioses. . Espera, suspende un poco la veloz carrera. El viento sigues. Y tan mal te obligo, que atrás le dejas, pero yo te sigo. No te he de oír. A tu piedad apelo. No es posible: cal, válgame el Cielo! Ni una hilacha, ni un esparto. , - Infeliz soy, detente dueño her- Aparta. (moso. No te has de ir: ya fui dichoso en que tu pie divino, cediese a los estorbos del destino, Ay infelice suerte! No suspires. Monstruo feroz, qué quieres? que aún el vital aliento de atropellado te lo niega el viento. Déjame levantar. Aguarda un poco. Un imposible intentas. Ya estoy loco. En si está mi valor. Estás rendida. La muerte me darás. Tuya es mi vida. Pues qué quieres de mí? Yo solo hablarte. (charte. Yo te doy la palabra de escu- Eso mi amor pretende. Di, pues. . Levanta, pues. Prosigue. . Atiende, que más segura estás cuando te veo, porque el respeto templará el deseo: Harmoso dueño adorado, cuya belleza enemiga causa el cuidado, y castiga como el delito el cuidado. Mira que el fuego sagrado que en tus ojos se introduce, contra sus cenizas luce, y fuera de orden parece una causa que aborrece los efectos que produce: acción de tu imperio ha sido este rendirme a adorarte, yo no he puesto de mi parte mas que no haber resistido. Oh enojo mal entendido de esa irritada clemencia! arrástrame la violencia de tu rara perfección y culpas como elección aquello que es obediencia? Caballero, vuestro amor, dónde camina tan ciego? con que materia ese fuego ocasiona ese fervor? A qué aspira vuestro ardor en tan dudosos empleos? A qué vuestros devaneos en afectos tan falibles? aún no están los imposibles seguros de los deseos? Si a precipitarse va vuestra sed descomedida, podrá triunfar de la vida, mas no del pecho en que está. Mi amor te convencerá. Sus afectos van perdidos. Ciegos están mis sentidos. Mis temores alentados. La ceguedad hace osados. El temor hace atrevidos. Ya se empeñó mi desvelo. También se empeñó mi honor, Violencias tiene el amor. Más violencias tiene el cielo. Soy de fuego. . Soy de hielo. . Qué triste voz Sola estás. . Sabré vencerte. me penetra los oídos, Porfiaré. . Darasme muerte. de mi esposa pareció: Cómo lo has de resistir? Cómo lo has de conseguir De esta suerte. . De esta suerte? Y tú que el viento veloz vas siguiéndo: mas qué es esto? ay infeliz, muerta soy! un áspid, que entre la hierba. Pues mi vista te perdió, Pisó el descuidado pie. Piérdate también mi voz, Me ha mordido: y el veneno va subiendo (qué dolor!) por las venas (esto es rabia!) a buscar el corazón. Ahora no has de escaparte; pero que dichoso soy, a mis brazos te permites, sin duda te enterneció mi ruego: pero que veo! que descomedido horror, entre oscuras palideces esconde su perfección! sus encendidas mejillas apaga un frío sudor, y parece que la ahoga su propia respiración: señora, mi bien, qué es esto? Orfeo, esposo, señor, un áspid me ha muerto, el alma se me arranca. Hay turbación cómo esta! Que no me atiendas Orfeo, pero qué es esto que veo! estatua de hielo soy, entre los brazos de un hombre, y el mismo que me fingió, me llama, sin vida estoy: qué es esto, ingrata? Ay esposo, presto los brazos, y adiós. Aparta, daré la muerte a quien los suyos te dio. Déjame morir en ellos. Quién en tal lance se vio! Ya llegó (ay de mí!) ya Orfeo. Qué dices? . Que ya llegó aquel riguroso plazo, que temíamos los dos: adiós esposo, que el alma desampara el corazón. Qué es esto, indignados cielos! mas qué funesto color es este? Su propio peso la rinde: extraña aflicción! esposa: con el semblante procura suplir la vez. Hermoso asombro cuya luz se ignora, Caballero (el juicio pierdo) decidme (sin vida estoy) qué es esto? Orfeo, aquel áspid, que entre la hierba quedó, ni bien muerto, ni bien vivo, de la violenta opresión de una huella se ha vengado, bomitando el torpe humor en el pie de vuestra esposa, a tiempo que llegué yo, y entre mis brazos, movido de tanjusta compasión, alentarla procuraba; ya tiene apoyo mejor, quedad con Dios, que me falta aliento en el corazón para ver a un mismo tiempo su muerte, y vuestro dolor. . al mismo tiempo que se apercibia, crepúsculo violento, que en el día quieres unir la noche, y el Aurora. Caduco resplandor, que se desdora entre el horror de la tiniebla fría, con la presteza que la fantasía suele desperdiciar lo que atesora. Si el basto soplo del común sosiego (que una llama en los dos atemoriza) todo lo iguala con impulso ciego; Por qué razón la luz te tiraniza, y siendo mía la mitad del fuego, a ti te deja toda la ceniza? Mas ay, que ya de su pecho, el tardo aliento faltó, y el disforme peso acude a su centro sin acción; que aguardo, que los remedios no busco: mas ay dolor, que ya su espíritu ocupa lo vago de otra región; loco estoy? sí, no estoy loco, no estoy loco? loco estoy. Qué desordenadas voces! Qué descompuesto rumor! Qué bien reperidas quejas! Qué bien llorada aflicción! Pero qué es aquesto, Orfeo? Amigo? . Señor? Señor? Felisardo, Irene, Anfriso, Fenisa; amigos, mi amor ha sido el más desdichado, que la antigüedad notó, ese espectáculo triste os dirá lo que mi voz no acertare a ponderar; aquel áspid inflamó el blanco pie de mi esposa, y me ha muerto el corazón: loco estoy? Sí, no estoy loco; no estoy loco? loco estoy. Qué asombro tan desdichado! Qué suceso tan atroz! Áspid de todos los diablos, pues era un poco mayor la pata de mi mujer, no la hallara tu punzón, y hubiera donde esparcirse, si traía mal humor? El verle me ha enternecido. El verla me enterneció, Llevadle de aquí vosotros, y vosotras al Panteón de Diana conducid ese miserable horror. Aguardad, no me apartéis de mi bien. . Qué compasión! Dónde me lleváis mi esposa? Vamos, Orfeo, Eso, no, dejadme morir con ella; No le dejéis. . Qué rigor! que de esta violencia no muera? Erudice mía a Dios, que yo te ofrezco bajar, y enternecer con mi voz a los dioses del infierno. Y no serás tú, señor, el primero que al infierno por su mujer caminó, Muerta voy! Sin alma quedo! Qué triste satisfacción de mis celos! Qué violenta seguridad de mi amor! . Oyes Fenisa. . Qué quieres? Mira el áspid que picó a tu ama. . Ya le miro, Pues mujer, ojo avizor, que ahí paran las que dan coces contra el aguijón.

JORNADA TERCERA

JORNADA TERCERA Qué será esto? 1. Intratable viene. 2. Qué rara inquietud? Que no nos mire, ni hable! 1. Extraña solicitud! 2. Desasosiego notable! Adónde nos vas llevando señor? que tan triste, y serio, a todas partes mirando, vas callando de misterio, como si fueras hablando? Habla una hora cabal, que el arenoso Horizonte, de aqueste río caudal, que menino de cristal lleva la falda a ese monte, melancólicos medimos, sin saber lo que intentamos, ni por dónde discurrimos: qué es esto Aristeo? vamos por esta senda, o venimos? vuelve ya señor en ti, que me confundo, y ofusco de andar de aquí para allí. Aguárdate, que ya vi las señas de lo que busco. Y he de entender donde vas por señas? yo no te sigo, si más señas no me das. Quédate Fabio conmigo, y váyanse los demás. Esto es peor: solo yo? 1. Dónde quieres qué aguardemos? Donde ayer Fabio os dejó. 1. Cuidadosos estaremos. . Qué es esto? Estás solo? . No: que conmigo está, señor, el miedo, Conmigo vas: ahora tienes temor? En mí siempre ha sido más la estimación, que el valor: solos habemos quedado; si a matarme es tu venida, no me mates de contado, deja, señor, que mi vida siga, que no está en estado. Ves aquella tosca gruta, que allí a la vista se ofrece tan lóbrega, que parece que el beleño, y la cicuta que la cerca, la adormece? pues un sabió el cerco oscuro habita, que entre eficaces diligencias del conjuro, al ingenio hace capaces los ojos de lo futuro. Pues qué intentas? Entrar dentro, Entrar? a qué? A ver si encuentro alibio para un cuidado. En efecto eres pesado, y así apeteces el centro. Amor con violencia nueva (desde que Erudice está en otro siglo) renueva mis llamas Y ven acá, vas a enfriarte a la cueva? Ya Fabio sabes, que Orfeo en la dulzura fiado de su voz, o en el deseo de sus ojos, ha intentado pasar por ella al Leteo. Ya sé, que desde la cumbre del Tenaro, su armonía va tras una incertidumbre, y hace muy gran bobería, que al infierno, ni aún por lumbre. Pues yo quiero preguntar a Tebandro, si al encanto del concepto singular, se dejaban revocar las leyes de Radamonte? que estoy tal, que he menester esta esperanza de ver a mi Erudice querida, para no perder la vida; y así he venido a saber, si sus ojos gozarán otra vez la luz del Sol. No, que allá no entenderán el canto, porque no están con ese remifasol. Ya a la boca hemos llegado . No sabré yo donde vamos de la cueva. . de hambre, o sueño parece que ha bostezado la tierra, y eres pequeño confite para un bocado. Entra pues. . Esa sería una, y buena; profecia? Y en cueva? Y entrar en ella? Yo señor no tengo estrella, soy horror de Astrología: yo había de tener gana de inquirir muy zahorí; cosas de la otra semana? Pues mañana no está ahí, para saber que hay maña? Quédate pues. Oyes, di al Sabio busca futuro, que tenga piedad de mí, y los diablos del conjuro no los eche por aquí. Ya se ha entrado, y yo me quedo, . No me la dirás en tanto bien será que aquí me siente a estar medroso si puedo: que sea yo tan valiente, que me esté metiendo miedo? dormir quiero, aunque se sueña durmiendo: esta peña fuerte me recibirá halagüeña: no hay cosa que más despierte que dormir sobre una peña. Y como en un desdichado , . Con ansia de castigar Aguarden con la carroza Quédese la gente, y solo Aurelio conmigo venga. por estas ásperas peñas? Entre esta verde espesura, que el Sol no permite apenas. Entre las confusas ramas de esta intrincada maleza. Yace la gruta sagrada. Se esconde la oscura cueva. En cuyo bárbaro seno. En cuya oculta caberna Tiene un sabio. Halla Tebandro. Tosco albergue. Choza estrecha. Pues qué pretendes? Pretendo comunicarle una pena. Pues qué quieres? Quiero, Aurelio, referirle una sospecha. No la podré yo saber mientras vencemos la sierra? que esta espesura penetras? Hanme dicho hoy en Palacio, que Aristeo, es cosa cierta, que está en Bizancio encubierto Tengo indicios de que intento Aristeo ocultamente servir a mi Irene bella. Y como es todo venganzas cuanto discurre la ofensa. es el indicio evidencia. en Felisardo mi queja. Temeroso de que llegue a deslucir mis finezas. las criadas en la selva: ven Sirena, . Quiero que el sabio Tebandro por sus estudios advierta. Quiero que este anciano docto en sus caracteres lea. Que origen tiene este aviso. Que verdad tiene esta nueva. Hacia aquí ha de estar la gruta. La gruta en que vive es esta. Pero quién es? Felisardo! Mas quién es? Irene bella. Pues qué ocasión? Pues qué causa? Te ha conducido? . Te lleva? Por este negado sitio? Por esta inculta aspereza? Sangre vierten mis heridas: mas yo me voy, ve apriesa Sirena: Señora, ya que he debido acaso tal dicha, sepa tu rigor. Qué has de saber? aquel retrato no era de Erudice? . No lo niego, pero en la menuda arena de ese río me le hallé. Qué frivola, y qué violenta satisfacción. . Si no quiere creerme vuestra entereza, satisfagaos el ver ya y a vuestra enemiga muerta, y pues la causa faltó, falten los efectos de ella. De suerte, que sois tan necio, que queréis que os agradezca el que olvidéis vuestra dama cuando la muerte os la lleva: no veis que aquello no fue dejarla, si no perderla. Y que cuando vuestro amor a adorarme se resuelva, será fuerza que yo diga, esta hazaña, esta fineza, no nació de la elección, sino de la contingencia. Decidme, Irene, decidme, que os cansa ya mi fineza, porque Aristeo ha venido, y no os valgáis de la queja para honestar la mudanza. Pues qué? (sin duda fue cierta la relación que me hicieron) sabéis acaso que venga Aristeo? o que en Vizancio esté ya? . Si lo supiera, (perdonad que así os lo diga) ni es mi locura tan cuerda, ni mi enojo tan templado, ni tan capaz mi paciencia, que ya: no sé lo que digo, viven los cielos, que hiciera que en toda Tracia. . Mirad que está durmiendo aquí cerca un hombre a quien no conozco, y no es bien que si despierta, me vea a mí tan sufrida, ni a vos tan grosero os vea. Que sé yo; no estoy en mí: Aurelio, este es hombre, y sueña, A gentil hombre. Señores . demonios, no se detengan, vayan su camino, anden, corran, y vuelen apriesa, que yo no quiero ir allá. Qué dormido está la bestia. Por allí se va el conjuro. Llevarle en brazos es fuerza; tan pesado el cuerpo tiene como el sueño. Que me llevan los demonios, Aristeo: señor, Aristeo. . Espera, a quién llamabas? qué es esto? acaba. . Yo la hice buena! a mi amo he descubierto, y es la Infanta: él me degüella. Dónde está Aristeo? . Dónde está el que nombró tu lengua? Señores, yo no conozco tal hombre. . Pues cómo llegas hacia esa cueva a llamarle? Sonaba, y de mi cabeza lo levanté. . Quién me llama? Es ilusión de la idea, o es verdad esto que miro! no es este el de la pendencia de aquel retrato! Aristeo es este! o mis ojos sueñan, o es el que riñó conmigo. El diablo, señor, lo ereda; ya saben quien eres. . Ya poco importa que lo sepan: disimula, y ven conmigo, que porque no me detengan, no me doy por entendido. Pues bien, qué tenemos? Nueva esperanza. que te ha dicho este inculcador de estrellas? Que de los campos Eliseos sacará a Erudice bella Orfeo, con condición de que a mirarla no vuelva hasta entrar en Tracia, y yo: pero después lo que intenta mi amor has de ver; ven presto, que ya el pecho no sosiega hasta vencer con mi astucia los influjos de mi estrella. . Hay más extraño suceso! Un volcán el pecho alienta: haslo visto, Irene ingrata? Confieso que estoy suspensa! En fin es este Aristeo? Y qué importa que lo sea? No me obligues a que olvide mi respeto; y tu decencia. Pues qué imaginas? No sé. . Dilo. Me irritas: pues niega que aquí veniste a buscarle? niega que. . Detén la lengua que te arroja tu locura a tan profunda bajeza, que aunque mi piedad te busque, te sepultará mi ofensa. No barajes mis razones, que es antigua estratagema de la culpa. . Felisardo, no son dignas esas quejas de mi oído, no te escucho, vuelve en ti, de mí te acuerda, o quéjate como a mí si quieres que yo lo atienda. Amor, y celos, ingrata, todo lo igualan; no quieras que si ultrajas tu decoro, tu decoro te defienda. Felisardo, no he de oírte, ni te entiendo; a Dios te queda, y aprende a sentir mejor, o tú mismo te consuela. Vete, y déjame, que ya, aunque en la demanda muera, no volverán a cansarte mis inútiles finezas. Qué dices? Que no he de verte mas en mi vida. . Lo aciertas, y de negarme a tus ojos me excusas la diligencia. Muerto voy! Sin vida quedo! Paciencia amor! Valor penas! Ay amor a lo que obligas! Ay honor lo que atropellas! . Boga de Sotavento. 1. Vuelve a templar la vela con el viento. 2. Sigue. 1 Camina. 2. Alienta. Quién desmaya? 1. Aguardemos a Orfeo. 2. Vaya. . Vaya. Boga a Babor, canalla sin gobierno. Buen viaje, que vamos al infierno. Esta es la playa, enamorado Orfeo, hasta hoy nunca hallada del deseo: discurre pues, o prodigioso amante, y enternece esas puertas de diamante, pídela a Proserpina atento oído, que aunque de humana voz nunca fue herido, bien puede tu armonía soberana ir segura, que no es tu voz humana. Cómo, Aqueronte, en tanta pena mía, tan desigual dolor tendrá armonía? Ay Erudice hermosa! si al acento de mi voz le sirviera aquel aliento, que al morir me usurpaste; mas ya que sin aliento me dejaste (por decreto fatal del hado impío) vuelve hoy a mi pecho, dueño mío, pues te lo pide el alma enternecida. Señor, adónde vamos? por Dios, que si es posible nos volvamos, que esto (si bien en ellos se repara) es llevarnos los diablos cara a cara; que haya hombre, que neciamente tierno por su propia mujer baje al infierno? Si fuera por su dama, aún eso fuera para el demonio cosa llevadera: pero al que es fino con su matrimonio no lo podrá llevar, ni aún el demonio. Yo bajar al imperio de la brasa, por mujercita que se cay en casa? eso no, que es de inútiles talentos con sus cosas andar en cumplimientos. Bárbaro, estás de chiste aquí, dónde es oficio el estar triste? No sé como lo sufren mis enojos; por la Astigia laguna, que en tus ojos infundiera mi voz eterno sueño, si a la voz no atendiera de tu dueño. Majadero, no miras donde estamos. 1. Parécete señor, que le sirvamos por gustoso este plato al Cancerbero? Plato? eso no. . Dejadle. Olvidar quiero lo gustoso, que en este trance es justo, porque no es el camino para gusto. Venid Orfeo, venid, yo iré delante. Yo me asgo de ti. . Tente ignorante, que si este umbral penetra tu osadía, no verás otra vez la luz del día. Dame esa lira. . Y me he de quedar solo? eso no vive Apolo, que en este sitio, y lejos de tu canto, me dará alferecía del espanto. Toma ese anillo, que el solemne día, que robó a Proserpina, Reina mía, Plutón me dio, con él quedas seguro, y los dos le asistid. Oigan qué puro es el diamante! gran fineza encierra! mas que mucho, si es fondo de la tierra, Vamos divino Orfeo. Apadrinen los Dioses mi deseo. 1. Paréceme (con quien hablo) que tiene de verse aquí algún miedo; no es así? Acertó, digo que es diablo. 1. Lléguese acá. . Mas deseo huir de aquí como un galgo. 2. Mire hacia dentro; ve algo? Fuego de Dios lo que veo. 1. Allí en tormentos, y calma muy apriesa se verá. . Yo? 2. Sí. . Pues me pesará, y me pesará en el alma. 2. Mire con cuan espaciosas llamas aquel fuego viene. Bravísima flema tiene; parece eterno en sus cosas. 1. Tres que están hacia esta quiebra son las parcas. 2. Con medida traen el hilo de la vida. Mozas son de buena hebra, 1. Aquellas tres que señalo, son las furias. 2. Su cabello es de culebras. A verlo, aún están en pelo malo. 1. Aquel, mas ya se escondió, Quién era? 1. El miedo, y se fue. No se ha perdido. 1. Por qué? Porque aquí le tengo yo: Y aquella que miro allí, quién es? 2. La vejez. Acá parece moza. 2. Será, que por eso vino aquí, Y aquella? 1. Es la desventura. Y esotra? 2. Esa es la pereza. Y está de aquí? 1. La torpeza. . Y la de allá? 2. La locura. Esa es mi hija. 2. Por qué? mire hermano lo que dice. Yo sé muy bien que la hice el día que me casé. 1. Ya le han dicho que no diga; Pero que dulce rumor de las furias el rigor, de las parcas la fatiga suspende? . Mi amo es, que su cantar ha empezado. 2. El desorden se ha quietado del abismo. 1. Oigamos pues. Moriste Ninfa bella en edad floreciente, que tu muerte entre flores se oculta cual serpiente. 1. Qué soberana dulzura! 2. Qué armonioso deleite! Ellos se van: a señores. 1. Calla truhán. 2. Loco tente, Moriste, y amor luego rompió el arco impaciente. casto amor, no el que tira flechas de oro luciente. 1. Todo el pecho me arrebata! . 2. Toda el alma me suspende! . Por Dios que me dejan solo; señores, miren ustedes; buena la hicimos, los diablos me han llevado lindamente, Ninguno hay en la selva, que su fin no lamente, oh satiro sea duro, oh virgen inocente. Muriéndome estoy de miedo, que haré en temor tan urgente; de mi sortija me agarro: Pero qué es aquesto? fuese con los diablos, que las piedras seguir a mi amo suelen; y el diamante se acordó de que era piedra luciente. Desventurado de mí, que solo, y muchacho en este Benamejí de acá abajo, no tengo de quien valerme. Yo estoy temiendo algún diablo, que la voluntad me fuerze: Orfeo, ya se ha alejado su voz, señor no me dejes condenado; Dioses santos, yo os hago voto solemne de querer a mi mujer; sacadme a tierra patente, y seré tan buen casado, que será vergüenza verme. Fenisa es toda mi vida: pero qué es esto? parece que en otra región las plantas he puesto súbitamente: cielo claro es el que miro! el que piso es campo verde! sin duda que me han echado por vivo de aquel albergue, porque no inquiete los muertos, o la vida no les pegue. Tierra es esta! algún catarro me ha de dar, según parece, porque es tierra fría, y yo salgo de tierra caliente. Mucho les debo a los Dioses, salí de un peligro fuerte; yo pienso que hay opiniones, que el voto no comprende, como no se revalide cuando el peligro se vence: Dígolo, porque si hallo modo de estarme en mis trece, no he de querer a mi esposa mas de lo que yo quisiere. Pero qué miro! o me engaña el deseo, o allí viene Orfeo, y poco detrás Eurídice; lindamente. ha negociado, qué hermosa viene! un cándido roquete con cosas de tunicela, desde el hombro al pie deciende; mas él no vuelve a mirarla; si habrán reñido, y no quiere dar a torcer su pescuezo? Anfriso. . Dame mil veces esos pies: tu otras mil, si mis labios te merecen descalzar. . Guárdete el cielo Qué hermosísima que vienes! mas tu señora eras buena, y así te está bien la muerte. Calla, Anfriso, no me irrites los deseos. . Pues qué tienes? Ea, no haya más, señor, la cara a tu esposa vuelve, ya sé que para reñir dos amantes, trabar suelen la ocasión de los pelillos, sino alcanzan al copete; por mí has de volver ahora a mirarla. . Loco, tente, que me aventuras la dicha que los dioses me conceden. Si yo os entiendo, otra vez el diablo de paz me lleve: qué es esto? Ay,. Anfriso, amigo! ser yo infeliz, y quererme decir, que en un desdichado aún las dichas se padecen. Los dioses (terrible pacto!) los dioses, al concederme a mi esposa, me mandaron, que a mirarla no volviese hasta que llegase a Tracia; pena de perder la suerte que me han permitido. Rara alcaldada! pero tente, que yo soy gran estadista, y pues tu mirar no puedes a mi señora, tampoco la he de ver, por no excederte en la dicha, que el criado que envidiado llega a verse de su amo, en poco estima la duración de su suerte. Eurídice mía. . Esposo. Háblame, que está impaciente ya mi amor, y cada instante que no te escucha, te pierde. Lo mismo quería pedirte. Quieres saber de qué suerte padece el alma tu ausencia de los ojos impaciente? Solo esposo el escucharte podrá suplir el no verte; di, que ya el alma se asoma al oído, Pues atiende: Señora, el cielo inhumano anda extraño en mi pesar, pues me afligue el desear lo mismo que está en mi mano; que impulso blando, y tirano gobierna este devaneo? Muero porque no te veo, de cobrarte desconfío, y déjame el albedrío para enfrenar el deseo; no ha visto pecho mortal las ansias que en mí se ven, pues lo más fácil del bien, es lo más duro del mal. Perdió de un soplo fatal tus luces el alma mía; mal dije, la noche fría amaneció a mis enojos, y me han cerrado los ojos para recibir el día. Mas si la voz de un amante, cuando el dolor le provoca, mucho mejor que en la boca se articula en el semblante: que importa que yo constante merezca tu compasión, si al pronunciar mi pasión el viento la voz hereda, y en los ojos se me queda el alma de la razón? Tente, esposo, no prosigas: echas de ver que no puede el corazón con los ojos, y entre piedades crueles convocas a los oídos para acabar de vencerle? Dices bien: en fin esposa supiste ya de que suerte perdí tu retrato? . Nada que el gusto del alma aumente allá en los campos Eliseos se ignora. . Saben ustedes en que pensaba yo ahora? En qué? En que si de esta suerte me entregan a mi mujer, no he de saber contenerme, y he de volver la cabeza, porque el diablo se la lleve. En este sitio me dijo Tebandro, si no me mienten las señas, que los vería; pero aquí están, felizmente ha sucedido: el amor, cuando en pasión se convierte, no conoce a la razón: llegad todos; ella viene detrás, cubridla la boca; porque con voces no altere la selva; y con esa banda sus ojos ligad, no acierte por donde mi amor la lleva, pues la leva ciegamente. Si los dioses le mandaron que a mirarla no volviese hasta que a Tracia llegase, no temás; que de esta suerte se ha de hacer, llegad a un tiempo, y venga lo que viniere. En fin esposa; Aristeo fue la causa de tu muerte, intentando mi deshonra? pues por los dioses; que atienden mi razón; y su locura. No es tiempo de roncas este. Dices bien, calle la ira, donde el amor prevalece. Eso señora, los dos te queremos bravamente; mas no te podemos ver. Erudice mía; vienes muy cansada? . No se cansan tras los hombres las mujeres. Mi bien, pues no me respondes? Señoras no nos atiendes? ha señora? . Santos cielos, qué es esto! ahora enmudeces? Si piensa que hablas con otra, cómo a mirarla no vuelves? Erudice. A esotra puerta. Pues si responder no quieres, ya no hay valor: mas qué es esto! Válgame el cielo! Qué tienes? Ay Anfriso! yo me he muerto, rompí las fatales leyes; sin duda airados los cielos, de que a mirarla volviese en la variedad del viento su forma me desvanecen; Erudice, esposa. Orfeo. Mi bien, aguarda, detente, entre los aires su voz menos inferma, que hiere: que yo volviese a mirarla! pese al corazón rebelde! para cuando son las ansias, que en suspiros la resuelven, si sus alas no me sirven para alcanzar a la muerte, que huye tanto la desdicha, que parece que la teme? Anfriso, perdí a mi esposa. Déjame que a Tracia llegue, que yo volveré a buscarte. Orfeo? . Mi bien: No tiene, pues se pregona ella misma; mucha gana de perderse. Por aquí sueña la voz, tras ella voy. No hay mujeres tan fáciles de buscar, como aquellas que se pierden; vamos. . Esposa, no huyas, hermoso dueño detente, que he de morir si me dejas, aunque le pese a la muerte. Sirena oyes? óyesme Celia? Señora, que tienes? Llega, que vengo absorta de lo que he visto. Pues qué ha sido? Discurriendo con Fenisa, la criada de Erudice (en cuyo pecho buscaron alguna luz las tinieblas de mis celos) a este jardín me bajé, y apenas supe que Orfeo perdió el retrato, que ha dado tanta materia a mi incendio, y volvió por Felisardo mi razón, o mi deseo; cuando desde esa ventana (miran si admirarlo puedo) he visto, que entre unos hombres, que con los rostros cubiertos ocultar quieren el mismo delito que van haciendo; por esa vecina senda va (pero llegad a verlo) una mujer de buen traje. Hay más extraño suceso! acá se acercan. O yo me engaño, o tras ellos vienen aquellos dos hombres, que están un poco más lejos. Dices bien, y las espadas desnudan todos. Orfeo parece. Sin duda es él. La mujer se aparta de ellos, y como tiene vendados los ojos, los va supliendo con las manos: vete presto Sirena, y éntrala acá. Ya deseo saber la causa. Qué osados esgrimen el blanco acero! hay tal novedad! el Parque selva encantada se ha vuelto. Mas no es Felisardo aquel, que ahora al confuso estruendo de la pendencia ha llegado? él es sin duda: qué es esto? Hola, criados, salid a defenderle, que el pecho después que oyó su disculpa; no puede sufrir su riesgo. Ya señora hasta aquí llega Felisardo con Orfeo al jardín, y los contrarios, como muy hombres huyeron El uno quedó en el campo. Entrad; pero deteneos, que está aquí la Infanta. Bravo valor traigo del infierno. Qué suceso ha sido este Felisardo? cómo Orfeo? con sangre os recibe Tracia, cuando hacéis su nombre eterno por vuestro amor? . Como soy infeliz, y es justo el cielo, castigando en mi obediencia lo rebelde a sus preceptos. Ya sabes, hermosa Irene, que fiado en el acento de mi voz, bajé a sacar de las sombras del Erebo a mi esposa, pues apenas arrimé el sonoro leño, cuando a mi Erudice bella los dioses me concedieron, con calidad, que a mirarla no volviese, hasta que el suelo de Tracia pisase; y yo, loco, divertido, o ciego, rompí la ley, eso quiso quien la fío a mi deseo. En fin yo perdí a mi esposa, y loco de sentimiento discurrí por ese campo, volviendo a Bizancio a tiempo, que de un tropel de embozados, desnudando los aceros, se apartaron dos, y a mí coléticos se vinieron; mas yo arrojándome osado, que es muy valiente el despecho, de la primera estocada hallé un enemigo menos, a cuya defensa todos! los del tropel acudieron, y a mi lado Felisardo desempeñó mi ardimiento, y me trajo a tu presencia, como si no fuera cierto, que dar vida a un desdichado es dilatar el tormento. Y no se sabe quién fue el muerto? . Todos riñeron con las caras encubiertas. Bien será enviar a saberlo. Señora, si una desdicha merece el oído vuestro, sabed, que en aquese campo en su propia sangre envuelto queda el Príncipe de Arcadía. Quién? El Príncipe Aristeo. Qué dices? viven los dioses que ha sido un errado acierto, pues porque inquietó a mi esposa con torpe indigno deseo le quitara yo la vida, y aún con escrúpulo quedo de ver, que haya obrado el acaso lo que tocaba a mi esfuerzo. Extraño suceso ha sido. Para mi amor por lo menos, aunque es suceso infeliz, es favorable suceso. Entrad señora. . Ay de mí! donde estoy, que el torpe velo que los ojos me aprisiona, no puedo romper? Qué es esto? P. Señora, aquella mujer que viste apartarse huyendo de aquel tropel de embozados es esta; que allá en lo denso del bosque la hallé turbada, y trae un nudo tan ciego en esa banda, con que tiene los ojos cubiertos, que no han podido mis manos desatarle. Llegad presto, descubridla. Cielos, donde me esconderé de mi miedo? Yo llegaré, por si en ella otro torcedor encuentro que mi perdida me acuerde, o mi enojo; mas que veo! Eurídice mía. . Quién? hay dicha mayor! Orfeo? Apenas creo a los brazos! A la vista apenas creo! Es esto sueño, o es verdad! Es esta verdad, o sueño! Pues cómo has llegado aquí? Yo solo sé, que viviendo tras de ti, un tropel de hombres cubriéndome con un lienzo la boca, y con una banda los ojos, me condujeron breve rato, y al ruido de una pendencia acudieron, y yo me pude escapar. Luego fue el mismo Aristeo el que te robó a mis brazos? mas ya me ha vengado el Cielo. Portentoso ha sido el modo! El mismo fue el instrumento de que yo no la perdiese, pues la trajo al Tracio suelo, que fue el coto que los dioses pusieron a mis deseos, y casualmente en él he vengado los intentos. Nadie que el caso atendiere hallará culpa en Orfeo. Antes es bien que celebre Tracia su venida, y quiero aplaudirlo yo, premiando los bien nacidos afectos de Felisardo. Mi amor responda por mí: Y con esto, señores míos, se acaba la gran fábula de Orfeo, sin mi mujer, porque nada tenga de trágico el cuento. Al curioso que quisiere muy atacado a lo cierto de una fábula, que vuelva Erudice a los infiernos, para la segunda parte se le convida, LAUS DEO.