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Texto digital de Esclavitud más tirana y libertad más gloriosa

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Esclavitud más tirana y libertad más gloriosa. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/esclavitud-mas-tirana-y-libertad-mas-gloriosa.

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ESCLAVITUD MÁS TIRANA Y LIBERTAD MÁS GLORIOSA

JORNADA PRIMERA

1. Ya, señor, hemos llegado a la quinta, en cuyo centro está el Príncipe logrando a tu quietud el sosiego, en la discreta enseñanza de la virtud de Pompeyo. Aquese cuidado solo me ha traído, que deseo saber si mi hijo enmienda con el sabio documento de Pompeyo, la indomable inclinación de su genio. Ya de mi venida está avisado, con que presto saldré de este laberinto, que en confusiones navego. 1. Si no me miente la vista, o no me engaña el deseo, Pompeyo, señor, parece, que a tus pies llega. Ya el miedo, entre las desconfianzas, sobresalta todo el pecho. Dame, gran señor tus pies. Pompeyo amigo, primero es bien, que de mi cariño den indicio los estrechos lazos, que mi amor previene en los brazos, que te ofrezco: qué hay del Príncipe? Señor. Qué dudas? habla, supuesto, que no me podrás decir tanto, como yo rospecho. Pues supuesto, gran señor, que no ha de extrañar tu pecho la noticia, que en mi voz pronunciara el sentimiento, te diré. Nada me digas, pues ya en tu confusión veo mi desgracia: hay hijo mío, con cuanto susto peleo Prosigue amigo, y no extrañes en un padre los efectos de este dolor, cuando busco corregidos sus defectos; y en su propia obstinación, cuando los dudo, los temo. Y teme bien, que el muchacho. es tan dócil, que sospecho, que ha estadiado para tigre, o ha aprendido para suegro. Bien creeréis de mi lealtad, que habrán sido mis preceptos, tan hijos de mi obediencia, como de mi fiel deseo. Mas de Roberto, señor, es tan indomable el ceño, tan incorregible el uso, tan desapacible el genio, que ni le enmienda el aviso, ni le reporta el consejo; cuya soberbia altivez. con voluntario despecho a su precipicio ofrece, lo que le niega a lo atento. No hay atrocidad, señor, no hay travesura, no hay riesgo, que no emprenda su malicia, que no ejecute su aliento, sin que a su condición fiera, ni a sus arrojos soberbios, basten a enmendar humildes las voces de mi respeto. El otro día, señor, a un Zagal de nuestro Pueblo, sin jugar quínolas, hizo pericón. Co Hízole de todos palos, y pericón quedo hecho. Tras Florilla mi mujer anda a respingos, y pienso, que ha conocido su flor. Y cuál es? La flor del berro. No hay Zagala, no hay mujer, que ya el valle pise ameno, ya el egiro alegre huelle, que descortés, o grosero, atrevido no profane, o no solicite fiero. Calla, calla (ay de mí!) calla, que me has traspasado el pecho; y aunque cuidadoso vine a saber de mi Roberto, no sé si te agradeciera el volverme sin saberlo. Qué es esto, Cielos Divinos? qué es esto, sagrados Cielos? porqué así me castigáis? Posible es, que en tanto empeño, no siendo mío el delito, ha de ser mío el tormento. Suspende, señor, el llanto, deja el dolor, advirtiendo, que son estas travesuras hijas de su edad, y el tiempo podrá enmendar con los días sus errores. Ay, Pompeyo, que no quisiera mi amor, que de este rapaz lo inquieto, aún más que la corrección le enmendase el escarmiento! Búscale, y a mi presencia le trae al punto, que quiero deber más, que a la noticia, a la evidencia. Voy, pero ya él sale de su fiereza dando indicios, porque al verlo, desengañado conozcas de su rigor el incendio. Cielos, no habrá quien me libre de aqueste diablo cojuelo? No ha de librarte de mí todo el poder del infierno. Roberto, hijo, dónde vas? como así tan descompuesto en mi presencia? Es que ha dado en que habéis de ser mi suegro de par en par. . A mi furia solo le faltaba aquesto. No respondes? Qué sé yo, que es de mi poder desprecio el que una humilde villana seresista a lo supremo de mi poder. Yo, señor, aquí solamente siento el que apelase a la ruerza, para conseguir lo que yo de gracia hubiera hecho. Oh constancia de Matrona varonil! o claro ejemplo de Porcias, y de Lucrecias! Bárbaro, atrevido, necio, que solamente el horror es tu común alimento: fiera obstinada, que ciega en tu precipicio mismo, lisonjeas el delito a el horror de lo sangriento: tú eres hijo mío? tú debiste el ser a mi aliento? Miente la voz, miente el labio, y miento yo si lo pienso; porque no pudo engendrar humano ser un concepto, que miente lo racional en la impiedad de sus hechos. Qué tigre hircana, qué tronco, que pedernal duro, y fiero te alimento en sus entrañas, dio ser a tus desafueros? Posible es, que no le basta a tu indomito desvelo tanta abominable culpa, y tanto escándalo feo, como la fama pregona de tu indomable despeño! Qué solicitan tus furias? que pretenden tus deseos, si aún lo humilde no perdonas, ni perdonas lo soberbio? Acaba, acaba con todo, cébele el rigor severo de tu crueldad, en tanto ejecutado portento. Fluctue en mares de sangre todo el Orbe, y a tu aliento, de esa luminar antorcha se apague todo el incendio; que yo huyendo de tu vista me volveré, previniendo, que lo que no la piedad, enmiende el rigor severo. Quién pudiera, Astros Divinos, en dos hermanos opuestos con la virtud de una hija corregir un hijo fiero. Es posible, que no venza esa furia tu despecho? y qué sea el natural ruina de tu entendimiento, Posible es, que no repares, que eres, señor, heredero de Normandia, en quien todos te han de atender como a ejemplo? La lástima de tu padre, es posible, que a tu pecho no compadezca, y sus canas no sean a tus furias freno? Déjame, que vive Dios, que vengativo, y soberbio, lo que no pude en mi padre, castigue en tu loco exceso: ven, Flora. . Él se la lleva, y vive Dios, que me huelgo, aunque sea mi mujer, pues conocera bien presto si es alhaja de codicia. Advierte, señor, primero, que es delito. Pues por ser solo delito, le emprendo; y si otro hubiera mayor, mayor le hiciera. . Si eso solicita tu cuidado, es muy fácil el remedio. Y cuál es? Dejar a Flora, y galantear al viejo. Qué necedad! vamos, pues. Mira. . A nada atiendo. Que disgustas a tu padre. Solo mi gusto es primero. Que a este Pueblo escandalizas. Qué le me da a mí del Pueblo? Y yo, por amor de mí marido, humilde te ruego, que me dejes, aunque huela a ingratitud, o desprecio. Pues por mí, mas que la lleves, que ella es tal, que en todo tiempo a cualquiera que la quiera se la daré a muy buen precio. Dejadme todos, dejadme, no imitéis mi sufrimiento, sino queréis que mis iras fulinien su justo incendio. Pues ya que el amor de un padre, y el aviso de un Muestro no te obligan, vive Dios, que ha de obligarte el apremio; y primero que cometas tal delito, has de ver hecho pedazos mi corazón; y los ya cansados miembros, en átamos divididos por esa esfera del viento, siendo ya el fácil vigor de mis brazos, el opuesto rebellín, que de los tuyos se oponga al tirano empleo. Huye, Flora. Qué llama huir? no haya miedo, que ella no siente la fuerza, sino que no la haya hecho. Ahora verás, caduco, vano, impertinente viejo, como mi valor castiga tan osado atrevimiento. Metelos en paz, Crispín. No, Flora, ponte tú en medio. Suelta, aleve. . Sí haré, por huir del fiero obstinado rigor tuyo, cuyo irracional despeño es imposible enmendarle, sino le enmiendan los Cielos. , ée No te has de librar de mí, aunque te esconda ese centro del abismo. Muerto soy. Dichoso hombre, que por lo menos ha muerto, sin consulta de Avicena, ni recetas de Galeno. Ay, Crispín, qué hemos de haje Irnos mañana a su entierro. Ya tu loca impertinencia ha castigado este acero; y pues al mar de mis iras los rumbos surco sangrientos, he de buscar a la sed de mi venganza los medios más crueles, más horribles, en cuyo indomito empleo satisfaga esta nativa inclinación de mi pecho. Escándalo vengativo he de ser del Orbe, haciendo atrocidades, venganzas, homicidios, y despechos, para que me tiemble el mundo, para que pasme el infierno, y mis inquietudes sean los motivos del sosiego. Buenos habemos quedado. Yo voy a la Aldea luego a dar cuenta de este caso. Pues yo también voy siguiendo de Roberto las pisadas, que en efecto, que en efecto, me veré libre de ti, que es todo cuanto deseo. y . No dirá tu cuidado el motivo que tiene, a qué apartado de tu gente, a este monte me trasladar, pisando el Horizonte las horrorosas breñas penetrando los riscos, y las peñas Oye, Lidoro amigo Ya sabes, Lidoro amigo, mi calidad, y nobleza, mis Estados, mis Imperios, mis tesoros, y riquezas; y que en fe de mi poder, amante de la belleza de Julia, Deidad en quien toda la naturaleza de sus altas perfecciones depósito la eminencia. A el Emperador su padre la pedí, para que fuera en un amoroso lazo nuestra voluntad eterna. Mas ay, amigo Lidoro, quien pensara, quien creyera, que mi pretensión lograse el desprecio, la indecencia de no admitir, honestando su vigor con la cautela de aquella inhabilidad, que a Julia en la voz le niega el uso de las palabras; pues torpe, o muda la lengua le ha usurpado a las palabras lo que añadio a la belleza, con que ofendido mi amor, arritada mi paciencia, ofendido mi decoro, y toda mi pasión ciega; con la gente, que me sigue, en bien formadas hileras, las militares escuadras, y las marciales banderas, vine a conquistar por armas esta hermosura, esta idea, a donde los pensamientos todo su cuidado encierran, para que lo que no pudo en tan soberana empresa conquistar el rendimiento, llegue a conquistar la fuerza; que como fíe en penas desiguales has de saber mis bie y pues mi sentimie con el motivoso te sacó a la atiende Ya enes, y mis males: ento, olo de este intento espesura, a un mal que logra una ventura. a mi atención te escucha, porque enmiende el hado tus fatigas. . Pues atiende. es atiendo pero sabiendo esta tarde, por una espía secreta, que su padre determina devotamente traerla. a esa Casa del Oreto, Concha de la mejor perla, para que la intercesión de la soberana Reina, que en su Omenaje se guarda; y en sus Aras se venera, alcanzase, que la infanta rompa aquel estorbo, aquella injusta causa, que a el labio embaraza la elocuencia. Con cuya noticia yo he dispuesto la cautela de salir hoy con algunas tropas de mi gente a aquesa falda del monte, y robarla; pues conseguida la empresa, veré logrado mi amor sin los sustos de la guerra. Para esto, amigo Lidoro, te he traído; porque pueda ayudarme tu valor, y avisarme tu prudencia. Bien merece mi amistad la confianza discreta, que hoy haces de mi cariño, pues mi voluntad atenta solo a servirte aspira, solo obedecer desea; y pues las resoluciones, que los alientos somentan, peligran en la tardanza, o en la dilación se arriesgan, será justo, que algún trozo de Caballeria ligera vaya tomando los pasos. Eso intento; pero espera, que ruido de armas se escucha en la intrincada maleza de este monte. Y por la inculta población de ramas llega un hombre, y una mujer retirándose, de fiera escuadra de hombres, sin dada bandoleros, por las señas. Cobardes, en mi valor habéis de hallar resistencia a vuestro despecho, pues nunca ha sido consecuencia las canas, para que el brío su claro esfuerzo suspenda. No quede vivo ninguno, Soldados, al filo mueran de vuestro rigor Primero en vuestra ruina sangrienta hallaréis vuestro escarmiento. Mueran, pues, Tiberio. Mueran. Sin duda el Cielo ha querido amparar nuestra inocencia. Ahora veréis mi furia. Bueno es esto: cuanto apuestan, que hemos venido por lana, y trasquilados nos dejan? La máscara de mi rostro se ha caído; mas no pierda mi denuedo sus asombros, aunque la máscara pierda. Qué miro! valedme, Cielos! no sé si dude, o si crea, que es este Roberto mi hijo. O la atención titubea, o este es Roberto mi hermano. Grandísima dicha fuera el que ahora me robasen, pues sería bandolera. De su púrpura teñid toda esa florida selva. Para matizar sus campos darán la sangre tus venas. Caballeros, suspended los aceros, y no sean ruina de una vida, que está mi muerte en que muera. Quién eres tú, que suspende a las iras la violencia? Yo soy, bárbaro, y inviel, monstruo, que a estas asperezas heredaste lo cruel; pues en su silvestre escuela estudiaste el documento de tus incultas durezas. Yo soy el Duque tu padre, vuelvo a decir, porque puedan al atender mis blasones confundirse tus ofensas, siendo freno a tu crueldad, los timbres de tu Nobleza. Válgame el Cielo! qué escucho? Toda la atención suspensa está con tan raro caso. Si viniera a predicar el padre, la hiciera buena: que aún aquí no he de librarme, Florilla, de ti? Vadea, quien te ha hecho, siendo tan caco, con humos de Julio César? Si a tanto dolor no acaba todo mi aliento, a qué espera? Qué te suspendes, cruel? a qué aguardas? llega, llega, y tu impiedad dé la muerte a un padre, cuya inocencia solo cometió el delito de darte el ser: a qué esperas? satisface tus rencores, bebiendo tu sangre misma. No pienses, que es piedad el que mi furia sangrienta tu caduco ser ahora en atamos no disuelva; pues mi destino cruel, pues mi nativa fiereza, de crueldades se habilita, y de horrores se alimenta. Por no sé que interior causa, que mis impulsos gobierna, te dejo, porque tu propio tu mayor verdugo seas: Venid, Soldados, al monte, seguidme todos. Oh quiera el Cielo, que tus asombros, tu precipicio no sean! Luego dirán, que es un hijo, que a tu padre no respeta. Permitid, que aqueste brazo cantigue su inobediencia. Dejadle, señor, que el Cielo entigara estas ofensas. Ya que debió a vuestro impulso nuestro amparo la defensa, debaos, señor, mi ruego, que ahora vuestra clemencia no le liga, que aunque ofende su delito la grandeza de mi padre, puede tanto de la sangre la violencia, que a mi piedad ejecuta con más excesiva fuerza el parentesco de hermano, que de agresor la soberbia. Siendo vos interesada, o en la fuga, o en la queja, era preciso, señora, no faltar a la obediencia; pero cuando fuera yo el ofendido, ofreciera por víctima a vuestras aras la remisión de la ofensa. Lidoro, en tu vida has visto hermosura más modesta? Sus dos bellísimos soles alumbran con lo que ciegan. Vuestra vida augmente el Cielo, que en lo cortesano augmenta los créditos al valor, méritos a la Nobleza. No extrañaréis, Caballeros, que de un padre, la clemencia, aún más que de la venganza, de lo compasivo sea; y para que pueda yo saber a quien la fineza de haberme favorecido. debe mí atanción, quisiera obligaros, con deciros quien soy, pues de esta manera es preciso, que ejecute igual la correspondencia. Aubertsoy, de Normandia Duque, a quien la influencia rigorosa de los Astros tan infeliz me sujeta, que la sinrazón de un hijo, a todo mi poder niega el natural rendimiento, que enseño naturaleza a los troncos, a las aves, a los riscos, y a las fieras. Procuré en la educación corregirle en docta escuela, sin que bastase el aviso, ni el ejemplo a su soberbia. Dio la muerte a su Maestro con sañuda inadvertencia, y yo juez, y padre a un tiempo, le busqué, para que fuera la prisión el más seguro aviso, que le venciera; pero soberbio, atrevido, a los que le buscan, deja a unos muertos a sus iras, y a otros sin ojos deja. Huyo al monte; midió valles, piso riscos, surco selvas, y Capitán de Vándidos, no hay crueldad, no hay indecencia, que su rigor no ejecute, que no apure su inclemencia; y viendo con cuanto horrible castigo en mí el Cielo emplea sus rigores, por vencer los influjos de mi estrella, a la piedad apelé, con humilde reverencia, del hermoso simulacro de esa hermosa copia bella de MARÍA, que en Hreto divinamente se hóspeda. Acompañado de Irene mi hija; llegué a esta tierra, asistido de bastante gente para la defensa, cuando una escuadra alevosa de los bandidos; que encierra esa montaña, me enviste, y a la primer resiltencia. me dejaron mis criados; con que así, señor, fue fuerza valerme de mi valor, por defender la pureza de Irene (cuya virtud granjeó la providencia) sin duda, que de los dos nos amparen vuestras diestras. Y puesto, que lo demás lo sabéis por la experiencia, no os cansaré en referirlo: y solamente quisiera saber quien sois, por poder satisfacer tanta deuda. Gran Duque de Normandia, dé los brazos vuestra Alteza a el Almirante Tiberio. Señor, así vuestra Alteza? y a agradezco la desgracia a el caso, pues que en ella he logrado tanta dicha. Y a Lidoro, no neguéis las plantas. . Lidoro, seas a mis brazos bien llegado. Divina Irene, suspenda el temor vuestra hermosura, no eclipséis vuestras estrellas, que impresiones peregrinas no ofenden a las bellezas. Preciso es, señor, que estén mis atenciones suspensas, viendo, que tantos favores, viendo, que tantas finezas nunca he de poder pagarlas, sino es en reconocerlas. Pues ya, señor, que mi gente se mira de aquí tan cerca, venid, donde reparéis el susto de la tragedia; y cuando fuereis servido de partir a la promesa, mi gente os ira sirviendo. Guarde Dios a vuestra Altezas y supuesto, que es preciso valernos de esa fineza, iré a desfrutar la dicha, añadiendo deuda a deuda. Ven, Irene. Santos Cielos, no sé lo que al alma altera, que lo dudo, como alivio, y lo creo, como ofensa. Cómo yo esté sin Crispín, mas que vamos a Ginebra Venid, pues: vamos, Lidoro. Mi veneración confiesa, que a Irene le diera el si Julia no la tuviera. Muere, cobarde, 1. . Inhumanos han sido tus procederes. Qué mayor fortuna quieres, que el haber muerto a mis manos? Y es verdad, pues tu rigor con él su piedad explica, pues le libro de botica, y le excuso de Doctor: mas si no traía caudal, por qué le mataste fiero? Yo no mato por dinero, que mato por hacer mal; y con esta sinrazón, o sea justo, o injusto, le doy riendas a mi gusto, siguiendo mi inclinación. Así tu crédito entablo, pues es tanta tu virtud, que el vulgo, por tu inquietud, te llama Roberto el Diablo. Y aún es poco, si se advierte, según el furor me altera, pues al Diablo, si pudiera, también le diera la muerte. Y con eso temerario tu tirano proceder, también pudiera poner esa muerte a tu Rosario. Mas dime (esto considero) no es notable bobería, que un Duque de Normandia guste de ser bandolero? En estos espacios broncos todos me ofrecen tributos, pues se me rinden los brutos, y me obedecen los troncos. Aquí soy Rey sin temor, en cuya capacidad, es mi imperio la crueldad, y mi Reino es mi rigor. Aquí donde el odio irrito vasallos me siguen, pues, algunos Soldados, que es su obediencia su delito; y de piedades ajenos me siguen sin intérvalos, pues lo que tienen de malos, es lo que tienen de buenos. Mi nombre aquí se hace eterno. Tu grandeza es sin compás, y de esta suerte, te irás muy deréchito al infierno. Vive Dios. Señor, tente, que esto de burlas ha sido. Oye, escucha, que el ruido avisa, que viene gente. Prevéngase, pues, la ira, y crezca la indignación; pero hasta saber quien son a esta parte te retira. Haced alto en el ribete de ese verde monte altivo, mientras Julia convalece en este valle florido la fatiga del cansancio de tan pesado camino. Siéntate, Julia, y divierte en el apacible sitio tus fatigas; pues te ofrece este ameno laberinto de flores, lo lisonjero de tus adornos nativos. No has reparado, Crispín, en ese hermoso prodigio, que siendo inquietud del alma, es imán de los sentidos? Cuanto va, que ya tu pecho se esta armando de Tarquino? Si aquesta ocasión malogio, de que me sirve haber sido escándalo de los Orbes, admiración de los siglos? Vamos a juntar la gente, que si esta dicha consigo, la perfección de la causa hará mejor el delito. Julia, hija, no te alegra aquese armonioso ruido de las aves? de ese arroyo las cristales fugitivos no te suspenden sonoros? no te lisonjean finos? no te entretienen suaves? no te arrullan cristalinos? De esta inculta amenidad la bruta aspereza al sitio, no se hace agradable con lo horroroso, y lo tejido? Qué sientes? qué sobresalta tu sosiego, cuando unidos monte, prado, flores, aves, arroyos, troncos, y riscos, te saludan armoniosos, te lisonjean benignos. Aha, Aba, Ahá, Aha. Qué siente tu pecho esquivo? Soberanos santos Cielos, sed a mi ruego propicios, y logre en vuestra piedad mi afecto lo compasivo. De esta inocente belleza os doled, y compasivos, restituid a su voz el acento, que os suplico. A buena ocasión, Lidoro, llegamos: ay, dueño mío! perdona, cuando te ofendo en la acción, que determino, pues que tanto atrevimiento de tanto amor solo es hijo. Haz, Lidoro, que mi gente se ponga al paso preciso de la suya, porque impida, a su socorro el designio, para que los dos podamos lograr la dicha, que aspiro. Ya su obediencia a tu gusto anticipo los motivos. Pues a qué espera el ardiente incendio de mis suspiros? . Llega, Lidoro, y atlante sé de ese Cielo divino. Qué es esto, aleves, cobardes, revidos s, y at profanáis de mi poder el siempre valor invicto? Aa de mi guarda, Soldados, castigad: pero qué miro. que en su precisa defensa. facilitan mi peligro. Pero qué importa? villanos, a vuestro impulso atrevido, sabrá solo mi valor dar rigoroso castigo. Ya no temo tus rigores, ni ya tu amenaza estimo, que esta de mi parte el Cielo, pues en mis hombros le miro. Ahá, Aba, Aba, Ahá. Primero que vuestra infamia logre su impulso atrevido, habéis de dejar mi pecho. en atamos dividido; si antes el fuego, que exhala el corazón vengativo, en pavesas no disuelve vuestro infame precipicio. Al monte, Lidoro. Al monte. Al risco, Lidoro. Al risco. No ha de poder vuestra fuga impedir vuestro peligro, pues aunque a los pies la edad. me puso pesados grillos, con las voces del aliento os seguiran mis suspiros. En vano impedir procuras la dicha que he conseguido, si el Cielo en defensa tuya no se desquicia en zafiros. Lidoro, huyamos. . Huyamos. Primero a mi ardiente filo habéis de rendir la vida, pues en la cuchilla esgrimo, a cada golpe un asombro, a cada amago un prodigio. Sin duda propicio el Cielo favorecerme ha querido: mueran. . Mueran. La espesura sea nuestro fiel asilo. No quede vivo ninguno, mueran todos. A la espesura; famosa ocasión perdimos. Qué buena que anda la fiesta! por Dios, que es famoso vicio el no ser en este lance, ni Guelfo, ni Gebelino. Pero si yo no me engaño, los ladrones de poquito han ya dejado la presa, y huyen como unos coritos, y pues que ya se ha acabado la pendencia, entre mi brío a socorrer a mi amo, que esto es ser criado fino. Ahá Abá, Abá Ahá. Deidad hermosa, no huyas, suspende el temor esquivo, que ya cedió a tu cuidado el horroroso peligro. Tus defensas a mi brazo debieron lo compasivo, pues por qué ha de ser lo hermosa ingrato a los beneficios? Advierte, hermoso portento, que desdoras lo divino, pues siempre fue en las Deidades. defectuoso lo esquivo. Ahá, Aba, Aba, Ahá. Si lo molesto del susto a tu acento ha entorpecido, lo que allá embargó el dolor, restituya aquí el alivio. Julia, hija, tus dos soles, hermosamente benignos, iluminen mis deseos, amanezcan mis sentidos. l Haba, haba. En vano el dolor resisto: bello idolatrado dueño, no augmentes el dolor mío, pues padeciendo tú el mal, padezco yo los martirios. Den, Julia mía, tus brazos nuevo ser al pecho mío, pues ha permitido el Cielo, sabiamente compasivo, el que te vean mis ojos estempla de aquel peligro. Y no menos se le debe de tan alto benencio, menor parte, a este noble Caballero, a quien le rindo gracias por tanto favor. Quién, mi amo? es un bendito. No tenéis que agradecerme el haberos defendido, pues más que por vos lo he hecho por mí. Nunca lo he dudado, porque el corazón invicto de un pecho siempre bizarro, siempre, señor, ha tenido por mayor satisfacción el hacer el beneficio. No os lo digo por eso. p El viejo no lo ha en tendido, que mi amo entró la polla por llevarla de codillo; y si no dígalo él. Que os declaréis os suplico; pues mi persona, mi ser, mi caudal, y cuanto animo, a vuestras plantas lo pongo, y todo os lo sacrifico. Nada de aqueso pretendo, porque solo solicito que sepáis, que haber librado a esta Dama, solo ha sido fineza de mi pasión, y de mi amor sacrificio; y puesto que la he librado, como veis, de este peligro, ha de ser mía. que os ofendéis a vos mismo, pues hacer una fineza, y ofender a un tiempo mi sino, es querer, que lo tirano desvanezca el beneficio. Duelaos de mi vejez los ya dilatados siglos, y mis canas ejecuten la piedad que solicito. No borréis con lo cruel el blasón de compasivo; o arrojado a vuestras plantas, humilde, tierno, y rendido, he de pedir. . Deteneos: qué impulsos, Cielos Divinos, . de mi natural rigor vence el indomito estilo! Venza una vez la razón, y valga yo más que yo mismo, y ríndanse a lo piadoso los fueros del apetito. A mi amo pide piedad? por Dios gentil desatiño! Esto ha de ser: Caballero, proseguid vuestro camino; y si para aseguraros habéis menester mi auxilio, mis Soldados os irán convoyando. Cielo impío, a cuenta de mis maldades esta piedad sacrifico. Guárdete el Cielo, y él quiera, que llegue tiempo, en que fino te agradezca la fineza, y te pague el beneficio. Plegue a sus divinas luces; mas no hará poco, averiguo, si en tantas atrocidades me libra a mí de mí mismo. Habrá en el mundó quien crea un caso tan peregrino? no se cansen, que mi amo es un santo Capuchino. JORNADA SEGUNDA

JORNADA SEGUNDA

A donde vamos, señor, no ven tus temeridades, el peligro a que te expones, si aquí llegan a encontrarte? Yendo mi valor conmigo, no hay riesgo que me amenace. A mí sí, y yo no quisiera, si acaso nos encontraren, que los delitos, que has hecho, los pagase mi gaznate. Hasta cuando ha de durar, Crispinillo, el ser cobarde. Hasta que muera, y presumo, que mi miedo inexorable ha de pasar más allá de los Requiescantín paces. Pero pregunto, señor, no me dirás, por sacarme de una duda, a qué venimos a esta Quinta, cuando sabes, que está tan cerca de Roma, y es tu peligro notable? Para quien ama, Crispín, no hay riesgo, que le contraste, no hay peligro, que le asuste, ni hay temor que le avasalle. Yo vi a Julia, ya te acuerdas, en el monte, aquella tarde en que mi rigor se supo vencer de mis impiedades: y aunque ignoré, por entonces, quien fuese, a su hermosa imagen le fabricó el corazón organizados altares; en cuyas aras el alma con reverentes afanes, por víctima de su incendio los sacrífico volcanes: y habiendo sabido, que en la amenidad suave de aquesta apacible Quinta lisonjea los pesares de aquella injusta fatiga de su continuado achaque, después que desde el Hreto cumplió el devoto viaje; en cuyo centro encontrando a mi hermana, y a mi padre, estrechó amorosamente. un lazo a dos amistades, con un vínculo tan tierno, que para hacerle durable, se quedo mi hermana en Roma con Julia, y hoy juntas hacen en la hermosa amenidad de aqueste sitio, agradable diversión con lo apacible, y hermoso con lo suave; por cuya causa he venido venciendo dificultades, a arder fina mariposa en los ardientes celajes de las dos luces de Julia, penetrando acción tan grande en la precisa ocasión de ver a Irene, si es dable, que los afectos de hermano disimulen los de amante. Y si la hermandad, señor, entre puertas nos pescase, y nos diese un pan de perro, qué haremos? Calla, cobarde. Pues si la vista no miente, ya tu hermana, y Julia salen dando matiz a las flores, y dando asunto a las aves. Mejor dijeras el Sol, pues son divinos celajes, a mejor ser restituyen las verdes amenidades de este vistoso Horizonte, en cuyo hermoso paraje todo alienta, y solono muero a sus rayos suaves; y para que nuestra vista su quietud no sobresalte, lo espeño de aquestas ramas nos encubran. Dios nos saque con bien de este laberinto. A darle vida a las Flores la beldad de Julia sale, y en sus Abriles estudian los claveles sus esmaltes. Divierte, divina Julia, de tu tormento lo grave, en la dulce diversión de este pensil agradable, pues lisonjeras las flores te confiesan vasallaje, ya en aromas, ya en matices, que tiernamente fragrantes te lisonjean alegres: y en consonancia las aves, te saludan en gorjeos, te tributan en pasajes. Alégrate, que el jardín se entristece al ver que sales con esas melancolías, por vestirse de tu traje. Pero aquí tu padre llega. Julia, Irene, Flora, ya de que el florido homenaje pisabais de este jardín, me había dicho lo suave del aliento de las rosas, pues en sabeos quilates, mejores humos tributan en las fragrancias que esparcen. Yo pienso, señor, que el viejo ha de dar con todo al traste. Todos los sentidos, solo a la atención persuaden. La lisonja, gran señor, es justo, que por la parte, que a mi toca, os agradezca. Y aún yo también, no quitando lo presenrte. No se escape: ninguno, certad la Quinta, y a quien lo impida matadle. Qué nuevo rumor es este, qué profana estos parajes? Aa de mi guarda, Soldados, no hay quien de esta duda saque a mi confusión? Traición, traición. Algún fiero trance teme el corazón. . Allá lo veredes; dijo Agrajes. Como vuestro atrevimiento, traidoramente cobarde, a profanar se ha atrevido el sagrado inviolable de esta estancia? Porque amor no guarda respecto a nadie: y por cortesano quise con la atención obligarte, de pedir por dulce dueño a quien di el alma constante, y tú, injusto, me la niegas, no te espante, no te espante, que las furias de mi amor añada incendio a el desaire; y pues para mi venganza, y mi carlño, le hace la costa, y a lo imposible de tu resistencia, ganen mis deseos la fortuna de no malograr el lance, y así, a pesar de tus iras; he de robar el diamante de Julia divina, a quien previene mi pecho altares. Cúbrete el rostro, Crispín, y sígueme. Dios delante. Primero, infames, veréis con mi sangre, o vuestra sangre, salpicadas esas flores. En vano se persuaden tus ya cansados alientos a la oposición. Infames, el valor no tiene edad. Santos Cielos, amparadme. Favor, favor. Virgen pura, vuestras clemencias me amparen. Cielos, qué asombro! qué hablado con la fuerza inexhorable del dolor, en el peligro; que le amenaza a su padre. Traidores, a vuestra aleve injusta traición cobarde, le sabrán dar escarmiento las ilas de mi coraje. Huid, que se ha desatado todo un vulgo de Roldanes. Sin duda en amparo mío muestra el Cielo sus piedades. El impulso muera. Mueran cuantos sacrílegos manchen la imnunidad reverente de la majestad. Un áspid en cada aliento respiro. A ellos, nadie se escape. Si la ocasión malogró nuestro intento, en este lance, no se pierda aquí la de poder volver a lograrle. Ay de mí! que al desafirse la torpe voz de la cárcel del pecho, parece que de aquel centro donde yace, se ha arrancado el corazón. Cómo qué, la muda habla? pero quien no ha de espantarse de que sea una mujer picotera, cuando saben cuantas ay, que todas ellas lo son a nativítate? Feliz, Julia, ha sido el riesgo, que pudo sobresaltarte, pues a su rigor debiste la dicha de que lograses restituida la voz a tus alientos vitales. Y hay quien diga, que son buenos corta picos, y callares? Pues tan mala es una muda? Para la cara, admirable; pero dígame, por vida de la máscara, que hace, que no va a ayudar al amo en los riesgos del combare? Seora Flora, yo me guardo para ocasiones más grandes. Pues me conoce? Y muy bien. Y quién es usted? No es nadie, el gran Miramamolín soy todo de parte a parte. Ahora lo veremos. Dimos con todo el embuste al traste. Qué es eso Flora? Ay de mí! Crispín, señora, que hace para las Carnestolendas máscara de sus disfraces. Caballero, sepa yo, en un empeño tan grande, a quien debo la fineza del socorro. . Mis lealtades, más premio no solicitan, que el haber llegado al lance en que pudiese serviros. Sin duda es mi hermano: grave empeño! si es conocido, es su peligro notable; disimularé quien es: o si yo pudiera hablarle! Padre, señor. Cielo santo, es acción de tus piedades, o es ficción de mi deseo? Julia mía. Padre, padre. Qué novedad, qué prodigio es este, que entre mis males le dudo, como imposible, y le creo cómo fácil? Dichas, qué es esto que admiro, que en felicidad tan grande, al primor de su hermosura nueva confusión me añade! El riesgo, señor, o el susto pudo tanto en los afanes del peligro, que rompió todo el estorbo a las fauces, que impedian a la voz la acción del articularse. Albricias, alma: ven, Julia, donde en festivos realces celebren todos tal dicha: y vos, Caballero, dedme el gozo de que yo llegue con vos a desempeñarme. Ya lo estáis, pues quien se obliga el mérito satisface con el reconocimiento; y pues que ya mi valor logro sus felicidades en serviros, permitid, que a vuestra presencia falte; ven, Crispín. Ya te sigo. Crispín, si acaso es Roberto el que acompañas, dirasle, que me vea, porque importa, que busque ocasión de hablarme. Oíd, esperad, tened el paso, porque es desaire ofrecerle al beneficio, y a la estimación negarse. a El Cielo dará ocasión, señor, en que me lo pagues. Él lo permita; y supuesto, que mis ansias, mis afanes, han merecido la dicha de haber llegado a mirarte sin la obstinada fatiga de tu habitual achaque, no dilatemos el gozo a los vasallos leales; que lloraron tu desgracia: venid todos. Vamos todos: señoras mías, andares. Cielos, no sé qué imagine de vuestras inmunidades, al conocer, que mis dichas se somentan de pesares. Oh como lograra el pozo, si ahora no se atravesase la pensión de que mi hermano no reduzga sus crueldades! A mi prenderme mi padre? viven esas luces claras, que en vuestra aleve osadía hoy se ha de cebar mi saña, sin que de mi furor pueda librarse vuestra arrogancia; y aún de mi enojo, no sé si estarán libres tus canas. Recojome acá, que llueve: bravo hato de cuchilladas anda en el monte, y mi amo las reparte a mano franca. Pero qué miro! buen viejo, andáis por ventura a caza de milagros, por aqueste, adonde solo se hallan por conejos sacrilegios, y por perdices desgracias? Esa, hermano mío, es una moneda, que pasa en este caduco liglo. Y es buena para trocada? Todo el mundo la apetece, aún con ser moneda falsa: pero dígame, de quien hacia aquí se retiraba con tanta priesa? De un amo, que si el juicio no se en gaña; pienso que me le dio el diablo. Tan malo es? No hay amo bueno; pero aqueste se aventaja a ser el peor de todos; pues no hay crueldad, sacrilegio, no hay homicidio, o venganza, que su delito no empienda, que no ejecute su sana. La divina providencia de aquel Divino Monarca le hará bueno. Puede ser; mas no lleva buena traza. Es más su misericordia, que no tu desconfianza. Si le conocieras, tú mis verdades apoyaras. No hiciera tal, pues es cierto, que quien le hizo de nada, también hacerle podrá de malo bueno. No acabas de conocer, que Roberto por aquestos montes anda aprendiendo para diablo, y estudiando para diabla. Tan escandaloso monstruo se hóspeda en estas montanas? Mejor si le conocieras lo dirías, pues es tanta su fiereza, que a ninguno perdona su destemplanza. A siete Hermitaños, solo porque reduéir trataban sus alevosos despechos, les dio la muerte tirana, y a ti también te la diera, si acaso aquí te encontrara. No culpara su rigor, pues solo a mí me culpara, atribuyendo, a que solo fueran mis culpas la causa. Huid, cobardes traidores, pues el filo de mi espada hoy ha de inundar en sangre toda esa verde campaña, siendo cada golpe un riesgo, cada amago una borrasca. Suspended, señor, la ira, pues ya ninguno os asalta, y el perdonar siempre ha sido la más discreta venganca. Con sermoncitos se viene el Padre; mas que le paga el sermón, con sacudirle e en el lomo algunas tarjas. Qué es perdonar? vive Dios, que con mi fuego abrasara a todo el Cielo, si el Cielo me ofendiera, y le arrancara a sus hermosos luceros todas sus flamantes llamas. Volved en vos, sosegaos,) no la pasión destemplada de vuestro enojo, arrebate las conveniencias del alma. Mi conveniencia mayor es satisfacer mi rabia. Atended, por vida vuestra, que hay fin, aquesa arrogancia, que tanto os incita hoy, quizá no será mañana, pues antes que en el Ocaso te extinga mi ardiente llama, haré yo pavesa el Orbe. Y aquí a tu vejez cansada daré la muerte, porque escarmiente tu amenaza. Tente, señor, no le mates. Tú me detienes? aparta. No ves, que ya su vejez se lo trae muerto de casa? huid, Padre. El Cielo quiera corregir tus destemplanzas. Aparta, Crispín, no estorbes este delito a mi saña. El Padre Predicador. Al monte, al llano, a la selva, Melampo, Barsino, ataja. Qué escucho? sin duda, que el Emperador a caza hoy ha salido, y le viene alzando a el monte la falda. Iré a avisar a mi amo, que huya; pero allí baja una mujer, esconderme solícito entre estas ramas: y haya aquí también lo de escondido, y la tapada. Perdime de los Monteros, siguiendo el curso a una garza, que de la esfera del viento furca las regiones vagas; y sin que la senda informe algún aviso a mi planta, naufraga el conocimiento en tanto golfo de ramas. Aunque te esconda la tierra, te ha de encontrar mi venganza. Lo extraño de aquesta voz a mayor susto me llama: quién será? válgame el Cielo. Espera, caduco: hermana! Roberto! qué sinrazón tus impulsos arrebata? Que sé yo. . Yo si lo sé, pues esa furia obstinada, ese escandaloso asombro de tu inclinación tirana, aún más que de tu destino, proceden de mayor causa. De mayor causa? Sí, hermano. No tengas suspensa el alma, descifra aquese prodigio, ese asombro desenlaza, y sepa yo de mí mismo el enigma que recatas. Para saber todo el cuento tomé famosa ventana. Pues ya que aquesta ocasión me han ofrecido las altas providencias, o ya sea para que tu enmienda nazca, o para que tus delitos no apelen a la ignorancia, escúchame. . Ya suspensa está de tu voz el alma. Mi madre, y tu madre, que ya en esferas más sagradas, adornada de explendores, ardientes piropos calza; pasados algunos años, que con amorosas ansias, unieron a un tierno lazo la voluntad de dos almas, sin lograr a su cariño el fruto, que deseaban en la sucesión de un hijo; por cuya impaciente causa todo el amor, que en mi padre fue fineza, fue constancia, fue halago, fue estimación, se mudo en horror, en rabia, en despego, en inquietud, como si ella fuese causa de que el Cielo no le diese la sucesión a su casa. Mi madre, que a su marido honestamente adoraba, para excusar a el sosiego el horror que le embaraza, previno la más inorme, la más horrorosa hazaña, que aún en la imaginación pudo el discurso idearla; pues al verse aborrecida de quien tiernamente amaba, siendo la esterelidad de tanto escándalo causa; de los diabólicos pactos se valió, ofreciendo, ingrata, por esclavo del demonio a el hijo, si en sus entranas le llegase a concebir por el medio que intentaba. Concibiose, en fin, y naciste, dando en tu tierna crianza indicios de tu desdicha, señales de tu desgracia, anunciando con asombros todo el Cielo tu tirana esclavitud, pues el Orbe con tempestades se empaña: titubeando los montes en las deshechas borrascas. Creciste, en fin, siendo asombro de todas estas comarcas, siendo escándalo del Mundo, y de los Cielos tirana densa aborrecida nube, pues tanto a su luz se empaña. Esto eres, en fin, ahora consulta, advierte, repara, si extrañará tus portentos quien supiere tu desgracia. 1. Lo intrincado de ese monte penetrad, que siene falta. Esta es mi gente, y peligra tu persona, si te halla, queda a Dios, y en ti consulta los riesgos, que te amenazan. Oye, liene, espera, escucha, no te ausentes, tente, aguarda. Válgame el Cielo! qué he oído? Todo mi valor me valga; pues de mi respiración aún el aliento me agravia, Esto soy! aquesto he sido! y con el dolor, que exhala el corazón en el pecho, la hoguera vital no apaga! Qué es esto? (ay de mí!) qué es esto? yo en esclavitud tirana del demonio! yo vasallo de su monarquía infausta! Como solo al pronunciarlo no titubea la clara majestad de esas esferas? Y como sus luces sacras no se enlutan en zafiros? y en piadosas consonancias a las cláusulas del llanto introducen lo que abrasan? Por Dios, que ha quedado alegre con el cuento de la hermana. Que bueno fuera, que hubiese, por algunas circunstancias, en el mundo, quien a muchos sus principios les contara! Señor? Ay de mí! Qué tienes? Todo el aliento desmaya, y en la oficina del pecho el uso de las palabras, o balbuciente se anuda, o confundido se pasma. A señor, estás en ti? no me escuchas? Luces claras, altos montes, verdes prados, dulces aves, tiernas plantas, cómo no sentís mi pena? is mi intamia? A señor, das en Poeta? haces alguna jornada de Comedia clandestina, entre rucia, y entre baya? Que tarde (ay de mí!) qué ta los sustos, que me contrastan llegan al conocimiento! Adonde podrán mis ansias huir, sin llevar consigo la vil cadena, que arrastra? Roberto, acá estamos todos. Dejadme, dejadme, ingratas fieras imaginaciones. Es Soneto, o es Canción? Calla, calla, Crispín, que el dolor el corazón me traspasa. Toma un polvo, que el tabao dicen, que todo lo sana. Segunda vez a este puesto no sé qué fuerza me llama; pero allí a Roberto miro, huir quiero de su saña. Oye, Padre, espera, escucha: porqué de mi (pena rara!) huyes? . No por temor de la muerte me ausentaba, sino porque tus delitos a la cadena tirana de tus culpas, no añadiesen el torpe eslabón; que falta, quizá para que tu ruina se ejecute; pues es clara providencia que en llegando al cumplimiento la extraña sinrazón de sus maldades, el castigo se declara de la justicia de Dios, cuya rigorosa espada ejecuta con el golpe, si avisa con la amenaza. Ay de mí, Padre, ay de mí! que son las ofensas tantas, que contra mi Dios ha obrado, que imagina mi desgracia, que aún a toda su clemencia he de tener irritada. Qué dice, hijo? Albricias, Cioo no cabe de gozo el alma. Pues como así desconfía hoy de aquella oberana Misericordia insmita, cuando con ardientes ansias el cariño soberano de su fineza le llama? Si es Dios Juez, también es Padre, y en dos iguales balanzas, mas que de lo justiciero, de lo piadoso se esmalta; aunque la culpa le ofende, lisonjea a su templanza, pues hace con el perdón, que su piedad sobresalga. Cuantas culpas, cuantos hierros pueda cometer un alma, con un arrepentimiento todos sus defectos lava. Ya de su Misericordia conozco la soberana. clemencia; pero mis culpas tienen otra circunstancia, tan horrorosa, tan fiera, tan sacrílega, y extraña, que sin haber cometido el delito de la causa, es preciso que me alcance. el castigo. . Cosa rara. Si mi amo diese en ser lanto, aquí la hiciera trocada. Para Dios no hay imposibles, su Omnipotencia sagrada de nada lo hizo todo; pues porqué tu temeraría confusión, aquí ha de darle mas a la desconfianza, que a su infinito poder? ap Dios mío, encended la escarcha de este helado corazón. Qué ha de hacer, quien aún estando en las maternas entranas, por esclavo del Demonio le sello la voz errada del propio seno, que ingrato en su ceno me formaba. Mi madre, en fin, me ofreció a la cadena tirana del Demonio, que hoy injustas mis confusiones arrastran. No se desconsuele, hermano, venga a mi cueva, en su estancia hará confesión de todos sus delitos; y esperanza tenga en Dios, de que sus culpas se han de mirar perdonadas; y después partiendo a Roma, arrojándose a las plantas del Pontifice, podrá lograr la quietud del alma. Vamos, Padre, que allá espero, después de tantas borrascas, encontrar seguro puerto, hallar felice bonanza. Esto es hecho, yo me voy a ser padre a la Capacha, y a hacer por estos pueblos unos milagros de a vara. De Julia los aplausos en glorias soberanas, el viento las repitu en dulces consonancias. 1. Guerra, guerra, arma, arma, y ejercítese el valor con la venganza. Cielos, qué estruendo estorbó de la música el aliento? quien de aqueste desconcierto podrá aquí informarme? V Crispín, pues qué novedad, o con cuidado, o descuido, ahora te ha conducido desde el monte a la Ciudad? Esto, amiga Flora, es el recogerme a sagrado, que en efecto estoy cansado de ser ya gato montés: es estar arrepentido, por morderme la conciencia, y para hacer penitencia, me vuelvo a ser tu marido. Santo tú? me causa espanto, y no lo puedo creer. Pues no lo dudes, mujer, voto a Cristo, que soy santo. Y haces milagros? Sin tasa, mas son de los chiquitillos, pues solo hago misagrillos para el gasto de mi casa. Por embustero te dejo, y a aquesta opinión me acojo. Cuanto va, que si me enojo, que te convierto en conejo? Ya yo tu embuste condenó. Demonio, sin intérbalo, pues has creído lo malo, porqué no crees lo bueno? Y tu amo Roberto? . Fiel es de la virtud retablo; y en fin, está dando al diablo a quien pregunta por él. Ya, en mí, se convirtió con gran constancia, y gran fe y solo reniega de la perra que le parió. Y por qué, ya que eso dices, tu riesgo a Roma te asoma? Tú me traes, pues no hay más Roma adonde están tus narices. Tu malicioso pensar castigare con espanto. Mujer, no toques al Santo, que quedas irregular. Flora, con quién dabas voces? Con este aleve picaño de Crispín, que tengo por marido de tres al cuarto. Crispín? . Señora, a tus plantas llega un mísero gusano, para que le des el pie, que tú vieres más a mano. Qué hay de Roberto? . Roberto, ya, señora, se ha mudado a ser traslado de un Ángel, de la copia de un diablos. Qué dices, Crispín, qué dices? Que desde el punto menguado en que tú allá le dijiste, no sé qué secreto rancio, quedo absorto, quedó hierto, quedó confuso, y pasmado. Enterneció con suspiros los troncos, y los peñascos, y sus ojos naufragaban en Occeanos del llant a cuya lástima, el celo de un venerable Hermitaño, acudió, dando a sus penas remedios, y desengaños. re Llévole, en fin, a su cueva, y allí todos sus pecados, con mucho arrepentimiento, confesó luego de plano. Y después el natural vieras de aquel Tigre Hircano salie reducido a un puro Cordero manso. Ya sus Soldados, que antes les persuadia a desgarros. a adulterios, y homicidios, ya les predica postrado; penitencia, como si fuese ya Fraile descalzo. A Roma vino, a arrojarse a los pies del Padre Santo; y desde entonces, no sé que se ha hecho, donde ha parado Con que yo viéndome solo, a buscar vine tu amparo; y el de Flora, que en efecto, a falta de otros, casado estoy con ella, aunque siempre marido de contrabando. Crispín, es verdad lo que refiriendo estás? Y tanto, que si es menester, traeré una fe del Escribaño. Es posible, que le creas tal embuste? Pues no es claro, que a no haberme convertido, te hubiera ya muerto a palos? Apenas de gozo el alma cabe en todos los espacios del pecho, y el corazón, con alegre sobresalto, asomándose a los ojos, en acentos mal formados, explica sus alegrías con los idiomas del llanto. Irene? Señora mía? Qué inquietud, que sobresalto a tus afectos le roba el sosiego? El más extraño, el más felice suceso, que a mis deseos pudieron fabricar los desengaños. Partícipe también yo de esa dicha, que has logrado, porque no será atención de un estilo cortelano, que quien te supo ayudar a sentir los sobresaltos, no goce de los alivios para poder celebrarlos. Ni mi amor a tus finezas pudiera ya dilatarlo. Ese criado, señora, que lo ha lido de mi hermano, refiriéndome aquí estaba, como aquel pecho obstinado, que con su horror dio materia a repetidos agravios, reducido a la razón, atento, y desengañado, del camino verdadero sigue los seguíos pasos; penitente dice, que llora ya sus culpas tanto, que el que escándalo fue ayer, es ya ejemplo en lo Cristirno. Y si prosigue, muy presto le veréis canonizado. A pedradas, como se le entreguen a los muchachos. No se (ay Irene!) no sé; cuando tus dichas alcanzo, y las mías considero, a cual deba mis cuidados asistir primero, pues el Cielo soberano al restituir mi voz obró el felice milagro, robó a mis veneraciones toda la atención, y cuando el prodigio considero, que refieres de tu hermano, se embarga todo mi aliento de un asombro tan extraño; de suerte, que confundida la atención en los dos casos, se embaraza en cada uno, por ir a asistir a entrambos. Y es verdad, pues desde el día, que mi honor, y vida osado libró de una tiranía, el afecto me ha robado. En día que se celebra justamente el soberano suceso, en que concedió formado acento a tu labio, era preciso, señora, que encontrasen mis cuidados repetidos los placeres, y los gozos duplicados. Tu padre viene. Ay de mí! Qué temes? Temo el mirarlo, que con los Emperadores siempre tengo mala mano. Julia, Irene? Gran señor? Qué pocas veces la dicha se gozo sin sobresalto! pues hoy, que tus mejorías celebraban mis vasallos con alegres regocijos en repetidos laraos, ese tirano Tiberio, vengativo, o irritado; porque mi razón no quiso darle a su afecto tu mano, de los umbrales de Roma altera los verdes campos en Marciales batallones, que le siguen, de Soldados, que ha conducido la envidia de algunos confederados, que le asisten, quizá atentos al obrar con el estrago de fines particulares, algunos motivos vanos; pues aunque de mi descuido su atrevimiento ha labrado, con la poca infantería, que me sigue, sabré osado escarmentar la altivez de sus alientos tiranos, estorbando sus designios; pues aquestos Cielos altos nan de ayudar mi verdad, y han de castigar su engaño. Para tan cortas empresas, aún sobra, señor, tu brazo. Antes, señor, que el impulsó, los ha de vencer tu amago. Venid, pues, a proseguir los feltejos comenzados, que no es justo, que su orgullo piense, que me da cuidado. Qué es cuidado? aquí estoy yo, que a todos esos menguados los volveré en lagartijas. Y con qué? Con un milagro, Altos soberanos Cielos. Divinos hermosos Astros. Vuestros rayos. Vuestras luces. Den a mi pasión descanso. Den alivio a mi deseo. Y en Roberto. Y en mi hermano. Mis decentes esperanzas vean sus fines logrados. El conocimiento en miende lo que las culpas erraron. Pues, Florilla? Pues, Crispín? Por este mes? Por este año, ya que la contraria estrella. Ya que lo injusto del hado. Me vuelve a hacer tu mujer. Me vuelve a hacer tu velado. No hay si no tener paciencia. No hay si no tener cuidado: vamos, misa Doña Flora. Mi seor Don Crispín, vamos.

JORNADA TERCERA

JORNADA TERCERA Segunda vez a mis brazos llega, o amado Roberto, y tus fatigas descansen en el catre de mi pecho. En tus plantas, Padre mío, logro todo mi consuelo, pues de la barquilla errante de mi vida, tus consejos, fueron la segunda playa, fueron el felice puerto; pues debió a tus desengaños seguridades su riesgo. Después (oh Crisanto!) que me aparte de ti, deshecho en lágrimas mi dolor, y en suspiros mis alientos, partí a Roma, y a el Piloto de la Nave de San Pedro, con repetidos sollozos dejé mis culpas; y viendo en mis bien sentidas ansias mi cierto arrepentimiento, me absolvio; y por suave satisfacción de mis hierros, me mandó, que en los Palacios del Emperador supremo, desconocido, y humilde asistiese; y mi sustento fuese solo la porción, que a los escasos fraciientos de sus canes les sobrase de su continuo alimento. Aquí ha dos años, que vivo pobre, y alegre, advirtiendo, que es bien, que entre perros ande el que vivió como perro. Ignorado aquí de todos estoy tanto, que aún el mismo criado, que de mis culpas fue testigo en otro tiempo, no ha llegado a conocerme; siendo él, quien a esos caseros animales, cada día les reparte el refrigerio del pan. Sin duda, hijo mío, las providencias del Cielo benignas, han de premiar tan rendido abatimiento, dando a tu conformidad toda una Gloria por premio. Vive con sengra fe, de que tus delitos feos se han de mirar perdonados por el sacro Consistorio por soberano decreto. En su alta misericordia confío, de que a mis hierros los ha de limar mi llanto; y que a su rebaño inmenso aquesta oveja perdida ha de volver. Yo lo espero: más gente, si no me engaño, baja al jardín, yo me aviento: los brazos me vuelve a dar, y a diós, hijo, que muy presto volveré a verte. Adiós, Padre, y a vuestia caridad ruego, que en sus oraciones pida por mí adiós. Yo lo prometo. Irene mía, suspende a tu pasión el tormento, que entregarse al padecer con tan continuado exceso, solo es querer anadirle fuerzas al desasosiego. Ay, Julia! ay, señora mía! que el pesar, que asusta el pecho, al ir a olvidar la pena, me la acuerda el pensamiento, de ver, que cuando a mi hermano reducido le contemplo, a la noticia le oculte tanto, que aún el más pequeño indicio no se ha encontrado de su persona, y el miedo, ni bien le imagina vivo, ni bien le presume muerto. No pequeña parte, Irene, cabe a mis desasosiegos de tu dolor, pues el alma, mal hallada allá en su centro, se persuade a un alivio, y se condena a un desvelo. De qué nace tu dolor? De verte a ti padecerlo. Tormento, que se padece por fineza, no es tormento. Entre el padecer, o el ver padacer, dijo un discreto, que no hay distancia; y así, es preciso, que mi afecto, al verte sentir, se vista el traje de tus extremos. No miráis, qué divertido, qué confuso, y qué suspenso esta mirando a las flores aquel sota jardinero? A buen hombre, no miráis, que está aquí su Alteza? Cielos, prestadle a mi resistencia valor para tanto empeño. No respondes? A buen hombre? Si fue delito grosero de mi inadvertencia, estar a vista de sus reflejos, esta culpa del acaso enmendaré ahora huyendo de su vista. A dónde vais? A ocultarme de vos, puesto, que si el veros fue delito, le disculpo, o por lo menos, sino le enmiendo del todo, le vendré hacer más pequeño. Y en qué consiste esa culpa, qué decís? En mi respeto, porque sería, señora, muy sobrado atrevimiento, mirar los rayos del Sol, sin quedar a su luz ciego. Con discreciones se viene el señor galán trapero ahora? mas le valiera a su dircurso, que el tiempo, que gasta en frases, gastara en echarse algún remiendo. Cuidáis vos de este jardín? Tal vez, señora, me empleo en cuidar de su cultura, y tal vez en sus hojas leo desengaños a mi vida, y a mis acciones ejemplo, De qué forma? Contemplando en su matizado aseo, la breve estabilidad de nuestro ser; pues es cierto, que no hay rosa, que no hay flor, que no sea un escarmiento; la más fragrante beldad del rojo clavel más bello, nace apenas, cuando encuentra en su botón monumento. El blanco jazmín, que es poma de olores sabeos, apenas respira, cuando yace deshojado al cierzo: todos, en fin, son señora, un hermoso documento, donde la verdad estudia avisos para lo eterno. Jardinero, o Hermitaño, oh Predicador del yermo, parece, que tus sermones los fábrica tu escarmiento? Es verdad, y agradecido al lozano documento de esas flores, les consagro estas lágrimas, que vierto. Lloras? Sí, pues cada planta es un aviso, un recuerdo de mi ser, que al torpe engaño siempre ha vivido sujeto. Quién eres, hombre, quien eres, que al pronunciar tus acentos las palabras, cada voz me va penetrando el pecho? Quién soy, no sabré decirte, quien fui, sí, pues considero, que solo en esta memoria está mi conocimiento. Luego has sido más? No sé, y lo que más decir puedo, es, que el mentiroso engaño de este mortal embeleso, fingia a la vanidad fantásticos debaneos en lisonjeros aplausos, hasta que el conocimiento, de la razón persuadido, llegó a conocer su yerro. Hombre, enigma, o confusión, que a añadir desasosiegos has venido a mis pesares, declárate, que sospecho, que la evidencia que dudo, es verdad de lo que temo. Puede ocasionar mi pena inquietud a vuestro pecho? Cuando no por vueltros, pued, causar mi desabrimiento, por traer a la memoria lo extraño de otros sucesos, que le roban al cuidado la atención; pues es muy cierto, que en cuanto a daños, los daña todos tienen parentesco. No sé que me dice el alma al oír los míseros ecos, que aqueste infelice hombre; pero no, que es debaneo. Si yo juzgase, señora, que pudiesen ofenderos mis voces, las ocultara allá en los cóncabos senos del corazón, donde fuesen ignoradas aún del viento. Ay, hermano de mi vida! ay, infelice Roberto. Señora, hermana? Qué dices? Arrebatose mi afecto de mi cariño; forzoso será huir de tanto riesgo; y pues el Cielo dispone, que en tan extraños sucesos nadie pueda conocerme, será un error manifiesto, que yo quiera descubrir lo que no descubre el Cielo. Si yo no me engaño, el aprendiz de jardinero, entre sus filososías, o es muy santo, o embustero. Irene, Julia, Florilla, en el jardín, tanto tiempo? cuanto va, que los claveles están entre si diciendo, que no han menester más Mayos que vuestros ojos serenos? Pero qué miro acá está este racional sabueso, que a la ración de mis canes les sirve de contrapeso? Sin duda salís a caza las tres, y para el efecto, os lleváis atraillado a aqueste hermano podenco. Salga de aquí el perrigalgo, o con la solfa de un leño haré, que vaya a buscar conversación con los perros. Ya mi humildad te obedece: Soberano Dios invenso, a tu piedad sacrifico el dolor de este desprecio! Por qué con tanto rigor le tratas? Porque no es bueno el que asista entre vosotras un hombre tan dado a perros, entre ellos duerme, y come, y tanto priva con ellos, que lo obedecen; pues cuando del pan la ración les llevo, el mejor zóquete dejan a su hermano compañero; y con ser todos tan brayos, voraces, y carmiceros, en su presencia se están mansos, como unos corderos. Ellos le abrigan, y lamen, y le tienen tal respeto, que hace él más con una voz, que no yo con todo un leño. En esta humildad se encierra, sin duda, mayor misterio. No hay acaso, que no acuerde de mi hermano los sucesos. Para él los caniculares serán siempre en mejor tiempo. Pero qué estruendo fatiga la vaga región del viento? Tu padre nos sacara de la duda, que tenemos. Dejadme todos, ninguno osadamente grosero, con vanas disculpas quiera disculpar su infame miedo. Mis Estandartes vencidos de un traidor! Divinos Cielos, por qué vuestra providencia en tan fatales desprecios, si me condena al castigo, no me ofrece el sufrimiento Pedre, señor, pues así tu Majestad descompuesto? quién ocasiono tu ira? El horror que considero, mi desgracia, Julia mía, da motivo a mis despechos; pues la tirana invasión de ese alevoso Tiberio ha roto mis batallones, y cobardes, y deshechos vuelven a Roma vencidos con tanto oprobio, que ciegos buscan la seguridad de sus vidas en su miedo. No, padre, y señor, se rinda tu valor a un sentimiento: vuélvanse a juntar tus tropas, y reforzados los tercios con nuevas reclutas, salgan a la campaña, y al fiero opósito de ese aleve injusto traidor Tiberio, nueva Belona Romana, empuñando el limpio acero, otro Ejército formando con mis Damas, te prometo el castigar su osadía; y que el impulso sangriento de mis iras le fulmine tan evidentes sus riesgos, que al ir a buscar el triunfo, solo encuentre el escarmiento. Y todas en la defensa de tu razón, prometemos de vencer, o de morir, sin que para tanto empeño embarace el ser mujeres; pues ya el mundo, para ejemplo, con el buril de la historia talló los gloriosos hechos de tanta Amazona, y de Semíramis alientos, Por Dios, que se enmarimachan las dos, y si esto es cierto, a un amago de hermosura, no habrá quien no quede muerto. Salgamos a la campaña, que en ella, a diestro, y siniestro he de matar, si me pongo el duro morrión, y peto. Nunca vuestras bizarrías dudó mi agradecimiento, bien, que para castigar el alevoso despeño de aquese traidor, sobrara el menor amago vuestro; pero sería vencer a mucha costa, supuesto, que le daríáis más gloria con el triunfo de vencerlo. Volveré a juntar mis Tropas, y legiones, añadiendo al número de mis huestes, haré en el último esfuerzo, que la desesperación enmiende el borrón severo de haber vuelto a mi presencia mis Estandartes huyendo: Tocad al arma, y solo el eco de las cajas, y clarines pueble la región del viento. A tu lado me ha de hallar a todo trance el suceso. Ea, Julia valerosa, vea el mundo, que sabemos, si vencer con la hermosura, conquistar con el acero. Crispín, y tú no acompañas a la lid? . Yo, ni pienso, no voy por ese camino. Y por qué? . Porque no Pues yo voy a matar hombres Y que has de matar, prometoe mas que una albarda mal hecha d éncima de un asno viejo. Soberano Dios mío, en quien descansa todo mi albedrío, una, y mil veces mi postrado aliento, con amante contento consagrar solicita a tu gloria infinita gracias, que el corazón en su quebranto, pública con las voces de mi llanto; pues en tanto conflicto, aún es más piedad, que mi delito. Qué hacen aquí, Don Cito, tus porfías, descendiente del perro de Tobías? cuya rara quimera, te condeno in perpetuo a perrera: qué va, que sin mencilla. te planto una trailla, para que más te cuadre, donde tu impertinencia gruna, o ladre? Al jardín te has venido tan temprano? el perro quiere ser del hortesano sin duda tu porfía; mas yo haré, que de aquí a tu perrería te vuelvas con empeño, saludando tus lomos con un leño; vete a echar, sal aquí? hay mayor pena! yo te pondré de hoy más a la cadena. De tú alta providencia alabo (oh Dios supremo!) la clemencia; pues me dan tus agrados en que merecer puedan mis pecados; y si aquesta humildad, que me serena de mis culpas, Señor, a la cadena rompe los eslabones; vengan oprobrios, pues, vengan baldones Ya la gente prevenida solo tu decreto está esperando . No lo dudo, de su mucha lealtad, y hoy con su valor espero ver castigado el afán de ese alevoso Tiberio, de ese traidor Capitán. Qué haces, Crispín? . Sal aquí. No le maltrates: por qué tus iras aquí le dan tal castigo? . Porque es perro de tanta comodidad, que a los jardines se viene a divertir. . Bien está, no le ofenda tu osadía, que a estos parajes quizá, a cultivar de esas flores la fecunda amenidad, le enviará el jardinero. Cómo, señor, enviar? si es un dogo, que a tus perros, con grande serenidad, todos los días les come la mayor ración de pan; con ellos duerme, y habita, y tan sujetos le están, que sin su orden, ninguno aún no se atreve a ladrar. Extraño caso! quién eres, hombre, que en miseria tal, con la apariencia de bruto desmiente lo racional? Soy un humilde gusano de la tierra, que leal, hoy a tus plantas se rinde obediente. . Levantad, amigo, y decid quien sois. Quién soy os he dicho ya. pues mi principio, mi ser, mi esfera, mi calidad, se encierra todo en el ser solo un gusano, no más. Y de dónde eres? . El centro, que ocupa la humanidad de este miserable cuerpo, es mi patria, y mi caudal es solo el conocimiento de esta infalible verdad. Sin duda, que de este hombre, en la profunda humildad, mayor misterio se encierra del que yo puedo pensar. Pretender, que el disimulo, sea de tu ser disfraz, es procurar que peligre en su informe tu verdad. Cuanto pudiera decir, de honras, de autoridad, de puestos, y de grandezas, de fausto, y de majestad, todo, señora, es mentira, y esto solo realidad. No sé, que siente al oírle el corazón, que me da mayor indicio de un bien la miseria de su mal! Hay más ridícula tema, que todabía se esta, en que se ha de ser gusano? Ya su porfía es tal, que temo que ha de salirse con aquesta necedad. Toca al arma, guerra, guerra. Aqueste accento Marcial, nos llama, acudamos presto, que en la divina piedad de los Cielos, hoy espero de mis contrarios triunfar. Ea, Belonas invictas, a la lid. . Apelear. A vencer, porque con Flora va el aliento de un Roldán. A esconderse, seo Crispín, que es embuste lo demás. Qué gozosa, que vive el alma en esta quieta humildad! mas qué mucho (oh Dios inmenso!) si es doctrina celestial, que enseñasteis vos al mundo, cuando de la eternidad de vuestra inmensa grandeza bajasteis a la incapaz miseria; que os ofreció el pesebre de un porral? Roberto, que mal sosiega mi cariño, y mi amistad, dejar, un punto de verte! cómo, hermano mío, estás? Con los continuos favores de la liberalidad de Dios, precilo es, que alegre esté mi conformidad. Ya el Cielo (oh Joven dichoso!) en el alto Tribunal de su justicia, parece, que firmó tu libertad; ya los altos juicios suyos han dispuelto, que el afán del continuado desprecio, que pudeces cese ya; supuelto, que determina, por juicio particular, dejes el Palacio, y salgas a esa batalla campal; y en nombre de Dios la venzas, valiéndote del disfraz, para no ser conocido; y castigado verás el alevoso designio de Tiberio, a quien darás, para que logre la enmienda, la vida, y la libertad: y en habiendo conseguido el triunfo, que alcanzarás, desconocido, te vuelve al Palacio, a donde tendrán tus penitencias el logro, que merecieron, pues vas restituido al honor, de tu mucha caridad, de tu Estado, y de tus tierras, puesto, que tu padre ya, Roberto, en mejor esfera, goza más segura paz: obedece al Cielo, y mira cuando en la tranquilidad restituido te vieres, no le vuelvas a enojar. Esto me ha ordenado el Cielo, que te diga: ve a triunfar, apelear, a vencer, y a vencerte, que es lo más. Qué es es esto, Roberto, lloras? Ay, Crilanto mío! ay! istinguir, que si el llanto, que viendo estás, es de dolor, o placer, pues lu líquido cristal, sin conocer el efecto, corre la neutralidad; de gozo, por ver, que el Cielo, por su divana bondad, ha perdonado mis culpas; y del susto, por mirar, que haya pagado mi padre el tributo general, sin haber yo conseguido el perdón de su piedad. Dispolición fue divina, no hay, hermano, que apurar a sus soberanos juicios los motivos, si no es dar infinitas gracias siempre a su eterna Majestad. Dame los brazos, y a diós, pues ya llamándole están los triunfos de la victoria, en la batalla campal. Vaya, pues, no se detenga, que esto importa, que quizá, para mayor dicha suya, el Cielo lo dispondrá. Padre, adiós, y no me dejes de la memoria jamás, pidiendo en tus oraciones, que no me llegue a dejar Dios de su mano, que en ella pongo, con toda humildad, mis acciones, mi albedrío, mi ser, y mi libertad. Adiós, Roberto. . Adiós, y él me quiera dar lugar para que te vuelva a ver. Él así lo dispondra, si conviniere: el cariño tras sus afectos se va. Apenas mis torpes plantas pueden moverse, al dejar tan amable compañía: mas decreto celestial lo dispone así, es preciso obedecer, y callar. Mucha es tu temeridad, tu fiero enojo, qué intenta? Hoy a mi furia sangrienta se ha de abrasar la Ciudad, en mis impulsos crueles han de admirar su escarmiento, siendo escándalo del viento sus torres, y capiteles: vea el mundo confundido, con la saña del pesar, a donde puede llegar el rigor de un ofendido. Sepa aquese Emperador, en su riesgo conocido, que si ayer rogué rendido, hoy le mando vencedor. . Pero qué estruendo embaraza este dictamen que sigo? Sin duda, que el enemigo salida hace de la Plaza. Pues por si es, que su porfía facción inténtare acaso, amigo Lidoro, el paso corte la Caballeria, mientras yo, para vencerlos, prevengo los batallones. Ea, valientes Leones, al arma toquen, y a ellos. Ya, Dios mío, mi obediencia me ha sacado a la campaña, adonde para serviros ha de ser rayo mi espada: o si supiera vencer, como a la soberbia saña del enemigo, la furia de mis pasiones tiranas! Mas ya del Emperador las Militares Escuadras envisten, y resistidos del Almirante, embaraza el triunfo, que le prometen sus invaciones bizarras. Ea, valientes Soldados, no desmaye vuestra saña, y en vuestro valor se exciten los alientos de la fama. La trabada escaramuza, en una neutral balanza se disputa, sin ceder al valor a la constancia es, que iguales de las se embisten, y se amenazan. Pero qué miro? la furia de una Tropa desmandada de Caballeria, fuerza, a que la gente asaltada, del Emperador, sin orden se retire, y la manguardía derrotada ya, o deshecha, da a la fuga sa arrogancia. Ea, valor, ahora es tiempo de mostrar, el que mi espada, aunque es impulsó del Cielo, es mi aliento quien la manda. Volved, Soldados, volved, toca al arma, al arma toca. Viva Tiberio, victoria por sus invencibles armas. Villanos, aún no tenéis logrado al triunfo la palma, mientras este acero esgrimo, cuya sangrienta amenaza, ha de ser de vuestra ruina la más eminente causa. Muera, muera. . Deteneos, y supuesto, que ya es vana cualquier defensa, podéis vuelto el acero a la vaina, entregaros a prisión; pues mi furia, pues mi saña, solo a la conquista aspira de la Deidad soberana de Julia. . Traidor, aleve, cuando, di, fue acción bizarra; conquistar una hermosura con la fuerza de las armas? El amor con rendimientos vence, no con amenazas, que quita el merecimiento, lo que le da a la errogancia. Y si juzga tu traición en ocasión tan tirana, porque ha rendido mi gente, el rendirme a mí, se engaña; porque atrevida, resuelta, constante siempre, y bizarra, han de hallar tus osadías resistencia en mis constancias, Eso sí, sea el desprecio castigo de su ignorancia. Pues ya que ni el rendimiento, ni la atención cortesana vence vuestra obstinación, haga su oficio la hazaña: daos todos aprisión, y rendid luego las armas. Si no es con la vida, no rinde nunca mi valor la espada. Mueran, prendedlos, Soldados. Ay quien defienda su causa: inorid, cobardes, aleves, que ahora veréis postrada vuestra mal nacida furia. Qué nueva ira desata el Cielo contra nosotros! Guerra, guerra, arma, arma. Con este socorro, miro nuestra gente recobrada, y con mayores alientos se dispone a la batalla. Ya Tiberio retirando sus alevosas escuadras, a el impulso de las nuestras ya volviendo las espaldas. Y el valeroso Garzón; que dio gloria a esta batalla, vence, rinde, y atropella todas las huestes contrarias. Ya lograron la victoria las nuestras: fortuna rara. Y ya el Joven, con mi padre, hacia esta parté baja: no sé que nueva alegría, al verle, me dice alma! Caballero, sepa yo en una gloria tan alta a quien debo el triunfo. . Al Cielo. Injustamente recata vuestro valor la fineza, que os han debido mis armas; y pues es preciso estar en deuda, obligación tanta, no vuestros merecimientos borren nuestras alabanzas. Oíd, esperad, parece, si la vista no me engaña, que estáis herido. . Son señas, señora, de la batalla. Pues lisoniee, por mía, vuestra herida, aquesa banda. A tanto favor, señora, a tan excesiva paga, aún fuera pequeño triunfo poner el mundo a tus plantas; y pues ya queda servido vuestro padre de mi espada, a dios os quedad, supuesto, que ya a mi obligación llama otro empeño. Oye, espera. . Tente, aguada A su retiro parece, que el viento le presta alas. Viva nuestro Emperador, viva Roma. . Luces altas,e que enigma de vuestro ingenio es este, pues me adelanta la fineza del favor, y el impulso me recata? Ay, Irene, que no sé, que es lo que siento en el alma, que lo que escribe el agrado, borra la desconfianza. También yo, Julia divina, acá en mis confusas ansias, de la propia confusión, habilito la esperanza. Volvamos, hijas, a Roma, a dar de este triunfo gracias, y publiquese en mi Reino un bando, que a la bizarra osadía, del que supo vencer aquesta batalla, la mano de mi hija Julia le doy, por felice paga, si es noble; y si es plebeyo, riquezas le daré tantas, que aunque es grande el benefido sus deseos satisfaga. , . Sa Qué tienes, Crispín? Qué he de tener? Pesia el al que a perrero me metió. Qué sientes? . Una desga Sabe, que aquel perrihombre, se ha soltado de la jaula, y ha tres días, que no sé donde asiste, o donde para. Eso ignoras? se habrá ido, sin duda, a caza de gangas. Victoria por nuestro Invicto, y siempre Augusto Monarca. Victoria, dijo? sin duda, que han vencido nuestras armas. Salgamos a recibirles: ven, mujer. . Marido, anda. Gracias (oh Divinos Cielos!) os doy por mércedes tantas, pues me habéis logrado un triunfo, cuando un desprecio esperaba. d . Locos pensamientos míos, dejadme, dejadme ansias, que sois muchos enemigos contra un pecho, que se abrasa. Qué tienes, Julia? . No sé. Qué cuando gloriosa alcanzan tus banderas la victoria, tanto tu pasión te arrastra? qué sientes? . Ay de mí, Irene! que es mi pena tan tirana, que no llegara a sentirla, si yo supiera explicarla. Albricias, señor, albricias. Albricias me da, y tus patas. Flora, Crispín, a mis brazos llegad. . Yo de buena gana, pues ya pareció el podenco, que ha tres días que faltaba de la cadena, y hoy vino, por señas, de que esta banda . se ha traído de camino. Muestra, a ver: qué miro, ansias! esta sin duda es la propia, que yo ledí en la campaña a aquel encubierto Joben, que conquisto la batalla. Aquí misterio se encierra, que mi discurso no alcanza: traedle luego a mi presencia. Ya, señor, a vuestras plantas está un esclavo feliz, pues que mereció besarlas. Quién eres, hombre (oh prodigio! que en confusión tan extraña, desmiente lo racional, con la forma que disfrazas? Yo soy, invicto Señor, un enigma, que en tu casa, aplacar supo obediente del Cielo la justa faña. Roberto de Normandia soy, en fin, a quien la fama, por sus estragos, y insultos hizo horrible a las extrañas Provincias del Orbe: aquel, cuya rigorosa espada fue escándalo de esos montes, fue horror de aquestas comarcas, y a quien la alta providencia del Soberano Manarca, al mejor conocimiento redujo sus furias vanas; pues con fingular auxilio, puso freno a la obstinada carrera de mis delitos, cuya furia desbocada, paro en mi arrepentimiento, en cuya segura estancia, para satisfacer, tanto daño, culpa tanta, por soberano decreto, ha cuatro años, que en la escasa mansión, donde vuestros canes habitan, es mi morada; su sustento ha sido siempre mi alimento, sin que haya dado más alivio al cuerpo, que el que ellos me mostraban. Aquí he vivido, hasta que mandó el Cieló, que a tus armas asistiese mi persona, en cuya empresa lograda, has mirado la victoria al impulso de mi espada. Yo soy aquel, que en el monte, cuando el furor te asaltaba de Tiberio; mi valor castigó allí su arrogancia. Y en la Quinta también fui quien pudo a la furia osada del Almirante alevoso, borrar la intención villana. Y en efecto, señor, soy quien hoy rendido a tus plantas logra en haberte servido el mayor premio a sus ansias. Llegue a mis brazos tu Alteza, pues ya le consagra el alma inejor lugar en el pecho. Roberto, hermano, qué aguardas, que tanto a mis alegrías el contento le dilatas? Albricias, penas, albricias, pues ya cesaron mis ansias, que reincita el placer, a influjos de la esperanza. Vuesta Alteza, Gran Señora, de su mano, a quien consagra, con justa veneración, de un rendimiento la palma. Vuestra Alteza, no esté así, que es impropiedad muy llana postrarle, quien en el pecho el mejor lugar alcanza. Vive Dios, que el tal podenco es perro de más de marca. De no haberos conocido en miseria tan extraña, perdón os pide mi amor: y hoy, para que satisfaga, la mano de mi hija Jalia sea merecida paga. Para agradecer, señor, fineza tan soberana, es preciso, que aún le falten las voces a las palabras; y para remunerar tal fortuna, dicha tanta, desea a poner preso a el Almirante a tus plantas. No es menester, pues rendido a ellas, señor, se consagra el arrepentido engaño de una pasión mal fundada. Alzad, Tiberio, del suelo, que no es bien, que la venganza prevalezca, en tiempo, que todo es dichas, todo gracias. Cuánmihí, & vobís prastare falto para que acabara en cláusula de Sermón. Nadie me niegue la entrada, que yo he de hablar a Roberto. Qué es eso? . No es casinada, un Hermitaño, que se entra acá muy luengo de barba. Roberto. . Padre, los bra te doy, y en ellos el alma. Feliz día, pues ya ves tus fatigas coronadas! Roberto, dadle la mano a Julia. . En sus bellas aras, abralada mariposa, sacribco la esperanza: esta es mi mano. . Y la mía tiernamente os consagra, de un bien merecido afecto, muchas reprimidas ansias. Pues ya que Tiberio vino a tiempo en que mi constanti manifieste su rigor, para castigar su saña, le he de premiar con la mano de Irene. . Dicha tan alta, solo, señor, el silencio pudiera manifestarla. Y yo para agradeceros esa atención cortesana, quisiera poder ser mía, pues mi voluntad se allana solo al gusto de mi hermano, a quien hoy por padre aclama mi atención, después que el nue en mejor siglo descansa. En dar la mano a Tiberio seguro blasón alcanzas: dale la mano. . Y las bodas con alegres circunstancias de ambos a dos se celebren. Pues espérense, que falta, puesto que se casan todos, y la Comedia se acaba, que me descasen a mí de esta Florilla menguada, y con esta novedad podrá dar fin la jornada. Y aquí (oh Senado glorioso!) después que de tantas faltas os pide perdón su Autor, da fin a su historia extraña: La Libertad más Gloriosa, y Esclavitud más Tirana.