Texto digital de Entre los sueltos caballos
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Álvaro Cubillo de Aragón
- Atribución estilometría
- Álvaro Cubillo de Aragón Probable
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto ha sido corregido por Génesis Aquino Berroa, Sandra Laguna García y Marta Vaquero Herrero.
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Aquino Berroa, Génesis, Sandra Laguna García y Marta Vaquero Herrero. Texto digital de Entre los sueltos caballos. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/entre-los-sueltos-caballos.

ENTRE LOS SUELTOS CABALLOS
JORNADA PRIMERA
Gracias a Dios que me veo donde tanto deseé: ya patria al fin te dejé. Extraordinario deseo. ¿Tan bien, Galindo, me ha ido para no quejarme aquí? ¿A quién el alma le di no me condenó a su olvido? ¿Un amigo, si es que alcanza quien ofende este lugar, no me provocó a tomar con las armas la venganza? Y en aquesta civil guerra Rey justo, y dama perdida a quien adoré me olvida; y a quien serví me destierra. De haber mi patria dejado alegre y contento estoy pues en ella siempre soy perseguido, y envidiado. Adiós España, que ya en la Africana región, ni envidia, ni emulación mis acciones modera. El primer eres quien dio muestras señor, de alegría por hallarse en Berbería trucar la suerte yo con el lugar más cuidado que en la Mancha se gobierna donde una y otra taberna juegan al visto, y trocado. ¿Eso es lo que te lastima? Me lastima y aún me mata. Galindo, la patria ingrata que a sus hijos desestima, lo más sano es huir de ella: y estoy tan escarmentado, que aunque vengo aquí forzado, gracias le doy no querarla. Si la envidia se mantiene de la virtud que laurel la iguala, pobre de aquel señor, que envidias no tiene. Esa es de aquel más ingrata fortuna, y menos ventura, que ni el pueblo le murmura, ni la envidia le maltrata. Aqui estoy en la ocasión, que Oran es presidio adonde a la virtud corresponde la honra y la estimación. Quién de ti España se priva, poco le debe a su fe. Por lo menos estaré donde celdso no viva. ¿Quién viene aquí que esto sepa? ¿hay campo más desdichado? En cuanto hemos andado no he descubierto una cepa. De como habiten personas aquesta tierra me espanto, y si bien de esto no tanto como de que haya Monas. ¿Monas aquí? Cuatro viejos: lo cierto es que en Tetuán sí hay algunas las traerán de San Martín, y Alaejos. A Dios patria España a Dios que quien de ti se destierra morir quiere en esta tierra De romadizo y de tos. En llegando a la ciudad veré al General Galindo. Y yo, si hay con que, le brindo desde aquí a su Majestad. En las manos de la muerte Dio mi desdicha conmigo. ¿Qué es esto? Del enemigo vista la primera suerte. Vive Dios que es una tropa de Moros. ¡Qué confusión! Aquestos los brindis son, Y está la primera sopa ¿Cuál diablo en esto me mete? Pierde villano el temor. Tan buenas caras, señor, ¿tienen Zulema y Hamete? Solo un hombre determinó Que despreciando el temor Lleno de honroso valor Defiende a un ángel divino. Siempre temí estos rebaros. Por Dios que es la dama hermosa; ¡Qué ocasión tan venturosa! Esa aventura a sus gatos. Salen don Nuño viejo y Leonor da- ma, y acuchillándoles Ceilan Moro, y otros Moros. ¿Qué te defiendes, que intentas, miserable, defenderte? Es menos fiera la muerte para mí que tus afrentas. Pues morirás siendo tuya la victoria contra ti Salen. Eso no, que estoy yo aquí perres en defensa suya. ¿Quién eres Cristiano altivo? Quién hará tu arrogancia cuando juzgues por ganancia el dejarte volver vivo. Mal conoces el valor de los Cenotes leones. Galindo, estas ocasiones Huirles es lo mejor. Que puesto que no es mi dama, ni conozco a esta mujer, quien me mete en responder adonde nadie me llama. En esta cueva me escondo mientras que pasa el estruendo, que como Moros no entiendo palabra, no le respondo. ¡Qué valor! ¡Qué valentía! No vi tan valiente espada. Ya me confieso obligada a tan bizarra hidalguía. Valiente eres español. Moro tu valor me admira. Con la vida te retira, y con ese humano sol que valiente has defendido; porque ya llega mi gente: y puesto que yo lo intente, de tus partes convencido, no te he podido librar. El aviso te agradezco, si bien la propia te ofrezco, pues ya se oyen relinchar los caballos de los míos, que te siguen con valor. Para otra ocasión mayor reserva Español los bríos. Sí haré, porque más la deber a las balas que miro en ti. Todavía están aquí Galindo vuelta a la cueva. Vale; que en peligro estas de cautiverio o de muerte; y la genera del vencerte, que es para mí no más. Yo te buscaré algún día, Porque acreditar intento La gloria del vencimiento; No ajena acción, ni no mía. Adiós Español Gallardo. Adiós, Moro caballero. Solo en la ocasión te espero. Solo en la ocasión te aguardo. Ya podréis libres, recelo, señores, volver a Orán; puesto que siempre lo están partes que son tan del cielo. Si agradecimiento humano Caballero puedo hacer Qué baste a satisfacer Vuestro valor soberano, Ese por siglos, y edades Hallaréis, dando ocasiones que aprenda satisfacciones para apagar amistades. Están todos mis sentidos y las potencias del alma con la turbación en calma, con el temor suspendidos. Mas vuestra valentía espada dejo en acción tan honrosa una libertad dudosa, al beneficio obligada. Con que al fin vuestro valor, que tiene en el alma imperio, nos libra de un cautiverio, y nos pone otro mayor. Señora no atribuyáis a valer la suerte mía cuando con tal cortesía vidas y almas cautiváis. Que lo haya quedado yo ni lo niego ni lo ignoro, librarme puedo del Moro mas de vuestros ojos no. Pues entre celajes rojos de esos cielos soberanos muertes despiden manos, rayos fulminan los ojos. Y siendo así, llego a ver que fue suyo el vencimiento, pues al mayor ardimiento no le dejaron que hacer. Valor divino alabo, pues le sirve agradecido vencido el Moro, y vencido quien ya os obedece esclavo. Caballero no gastemos el tiempo en satisfacciones, abreviemos de razones, porque a Orán la vuelta demos. Donde será mi posada la vuestra, y seréis servido con ánimo agradecido, con voluntad obligada. Viváis mil años, que así a quién sois correspondéis. Ojos mirad que os podéis y me vais perdiendo a mí. Mirad cuerdos contemplando que con escasa ventura caísteis de una hermosura y en otra os vais despeñando Galindo. ¿Quién? Un criado Mío a quien estimo, y quiero Por amigo, y compañero; ¿mas si me le han cautivado? ¡Qué descuido! Estoy corrido. La misma pena me alcanza, ¿hermano que es de Constanza? Notable descuido ha sido. Si es criada, iré por ella, que esta es traición conocida del Moro. No es vuestra, vida prenda que habéis de ofrecerle por tan pequeña ocasión. ¡Qué el Árabe me engañase, y que a los dos se llevase con tal cautela, y traición! Vive Dios que he de ofrecerme el peligroso; aunque estén cautivos en Tremecén liberarlos tengo, perderme. No es cordura aventurarse a tal acción, más locura que es más lo que se aventura que lo que puede ganarse. Con menos peligro espero Librarlos a entrambos yo, pues nuca el Moro negó el rescate por dinero. ¡Qué hermosura tan extraña! Que bizarra valentía. En felicísimo día Pase a la África de España. Pero temed la inconstancia deseos de una mujer, pues de amar a padecer hay tan pequeña distancia. Vamos. Ay, amor, tu ingrata condición me comprende; quien me da vida, me mata. Ea, ea alargue el paso, que tiene mucho que andar. Déjame cruel cenar la desdicha en que me abraso. El bien mayor mal perdido, y él su esclava también de un moro Matusalén, de un rigor envejecido. ¿Pues creyó la perra nueva que a regalarla venía? Aún hay Moros todavía, Galinde vuelta a la cueva. Mas desde aquí alcanzo a ver que no hay mas en todo el coso que un Moro viejo, y tiñoso que se lleva una mujer. No tenga yo condición de resuelto, y atrevido; que a estar el Moro dormido aún no era buena ocasión. Pero en mi cueva me encierro, que se va acercando acá; si se duerme llevará el perrazo para el perro. De las campañas el sol no cesa; y llego a temer que ha de ser esta mujer causa de mi perdición. Si el podenco se la lleva escurto al volver la espalda. Entre aquí perra de falda, perra erase entre en la cueva. Ay de mí, ¿Qué intentas Moro? ¿Sabes quién Cristiana soy? No temas que pierdas hoy a tu recato el decoro. Aquí has de quedar atada mientras yo vuelvo por ti. Mayor mal que presumí me ofrece la edad cansada. La espada en el suelo ha puesto y atando está a la mujer; bueno será acometer pues seguro envido el resto. Con la espadilla, y es llano que al lebrel envejecido las presas se le han caído, de la boca, y de la mano. Un Santiago le doy; todo es ardid es la guerra: Santiago España cierra. Ya estoy libre. Muerto soy. Aperro, con tal despejo a caza de Gangas sale ¿no echa de ver que no vale para nada un perro viejo? La edad la razón se agravia de velle con tal barreno; desde luego le condeno a que se digan que rabia. Ea mañana resollar. Quedo, no le des Hamete. ¿Quién por detrás me acomete? Quién te pretende engañar. Oh, perro, ¿trampa conmigo? El Moro las ha liado. La del zonzo me ha pegado; sígueme. Tus pasos sigo. ___ Vendrás contando desdichas. ___ Que mucho si en mi afición tan innumerables son que apenas pueden ser dichas. Pensé divina Aureliana (a no estorbarlo mi suerte) una cristiana ofrecerte, digo un sol en la Cristiana. Porque en su hermoso arrebol, y en mas superior esfera esclavo te obedeciera injuriosamente el sol. ¿Tanta belleza tenía? Nunca en diluvios de flores abrevió rayos mayores la precursora del día. De sus mejillas serenas puesto que las hago agravios, claveles copian los labios, y las manos azucenas. porque en competencia hermosas puesto que iguales imperios, para sus dos hemisferios eligió sabia dos rosas. Tributos paga su boca en nieve el cristal deshecho, cristal de roca es su pecho, y su honor de cristal roca. Al fin. Basta, basta Moro; que necio, que inadvertido. ¿Te he ofendido? Has ofendido al respeto y al decoro que debe un hombre tener (sin que haya ley que esto abone) cuando alabanzas propone delante de otra mujer. Si tu esclava la he llamado, sin causa ofendida estás, pues a ti te alaba más la alabanza que la he dado. Confiesa que valor tiene el ya vencido, es razón de estado, que a la opinión del vencedor le conviene. Pues cuanto más superior nombre el que vencido alcanza, tanto es mayor la alabanza, y gloria del vencedor. Y así en aquesta ocasión la viene a hacer mi pintura esclava de tu hermosura, sombra de tu perfección. De que no alcance me admira tu corta capacidad que el alabarla es verdad, y el ser esclava es mentira. Puesto que no he de vencerte, y que me precio de tuyo, cualquier argumento excluyo; solo quiero obedecerte, que es lo que me está mejor. Basta que amor me condenan ap. a que la labanza ajena despierte en mi pecho amor. Llegué a Oran. Que muerto estás por referirme al suceso. Que fue extraño te confieso; mas si licencia no das. Ya con diferentes ojos miro a Ceilan, que hasta aquí que me haya picado a mí lo que pudo darme enojos, ¿dices? Que adviertas te ruego que no hay más afecto en mí del que abrasado por ti me comunica tu fuego. Ya se que estás deseoso de decirme (cose es llana) el cuento de la Cristiana ¿mas que mucho si es gustoso? Puesto que dan mis obras bastante indicio de que solo a tu servicio todas dirigidas van. Dijo, que habiendo tomado las veredas más inciertas, y hasta los campos y huertas de Oran libremente han entrado en una que acreditar pudiera la fabulosa historia de aquella diosa que fue engendrada en el mar. Una débil barbatana fuerzas de amor impelía con que en vano defendía aquella luna Cristiana; rayos despidiendo más beldad propia, y luz serena, que mendiga de la ajena. AU Otra vez, perdido estás. Ya en tu rigor ofendido quieres perturbar mi gloria, sino ocupas mi memoria muera en tu perpetún olvido. Y eso es burlando defenderme cuando te adoro de verás. ¿Te digo yo que me quieras, o dejas de quererme? Gracioos estás. No presumo que a tal dicha haya llegado. Qué me haya amor abrasado ap. mas que con fuego, con humo. ¿No prosigues? En mi vida trataré del caso más, puesto señora que estás disgustada, y ofendida. Quédate a Dios, y procura cuando otra vez te suceda hacer que el pincel no exceda de lo justo en la pintura. Yo procurare saber por lo menos no enojarte. Estudia Ceilan el arte de pintar sin ofender. Remitiré por no errar el pincel a tu hermosura. La Cristiana se asegura más belleza que imitar. Ya por lo menos les debo este eneojo a mis errores. Sí pues con nuevos colores pintado, Ceilan, te llevo. Luego bien mi amor se emplea. Si olvidas vanos antojos. ¿Cómo quedamos de enojos? Como tú quisieras sea. ¡Ay tal mujer! Vive el cielo que a mi alabanza envidiosa se ha descubierto celosa la que fue imagen de hielo. A mujeres bien mostráis vuestra inconstancia en mí queje pues seguir a quien os deja, y a quien os sigue dejáis. Pero al fin si quien desea como yo alcanza favor sea milagro, y digo amor como tú quisiereis esa. Según es su ligereza será imposible alcanzarlos. Quédense aquí los esclavos para entrar a esta maleza, por si algún Moro escondido se ha quedado entre estas matas. Tu fama señor dilatas contra el rigor del olvido. Parece que del camino gente hacia esta parte viene. Por si algún peligro tiene a su defensa me inclino. Ya llegan. Belleza extraña. ¡No es Leonor! ¡Qué confusión! Doña Leonar de Aragón ha salido a la campaña. El Virrey, señor don Pedro, digo el General de Oran. Si así mis sucesos van, dichas no esperadas medro. Don Nuño, Leonor ¿qué es esto? Señor, cosas de la aguerra; que quien vive en esta tierra a todas está dispuesto. Salimos a una heredad yo y Leonor esta mañana, cuando la fuerte Africana con su ordinaria impiedad, al rigor multaba extremos, lo demás de esta ocasión diga don Pedro Girón a quien la vida debemos. El alma nunca se engaña, brazos y atención prevengo don Pedro a tan nueva hazaña. Muy de Vuexcelencia vengo. Aviso tengo de España de vuestra venida, y se algo de vuestra prisión; pero mejor relación, por ser vuestra apelaré. Si os gusto de Vuexcelencia puesto que agravios pasados vuelven a ofender contados, deme su atención audiencia. En la más insigne villa que incluye la noble España, Corte antigua de los Reyes. silla croica de sus casas; en Madrid, que es bien señor con su nombre señalarla, puesto que de sus grandezas es la mayor alabanza. Vivaseis años sirviendo al más prudente Monarca severo terror del Belga, duro espanto del pirata. Servile; y si ya no emplea la división ordinaria, con el cuerpo serví al Rey, y con el alma a una dama. Si era hermosa bien lo dicen tantas veces afrentadas las hebras del sol con uno de los rayos de su cara. Oblíguela con finezas, enamórela con galas, persuádela con suspiros, enternécela con ansias. Al fin, si honestos favores enloquecen; y si abrasan colocados pensamientos en esferas de esperanzas. Favorecido, abrasado, perdido, y loco, entregaba si a su cielo mis deseos, mis suspiros a sus Aras. Vestí en fiestas los colores, cifré su nombre en la adarga, a cuyo respeto huían desvanecí las cañas. Tome en su nombre el rejón, y a vista de sus ventanas: mas que mucho si me veía ¿Quién fieras despedazara? Alborotada la plebe con aplausos y alabanzas me daban mil parabienes, de quien envidioso estaba el mismo amor, que es amor quién más envidioso agravia. Bien lo dicen los efectos pues cuando más en su gracia, cuando más favorecido, cuando menos temor tuve de agravios, o de mudanzas, o por la desdicha mía, o por naturales causas que secretamente inclinan, eficazmente contrastan. Conocí en su amor tibieza, vi desprecio en sus palabras menos afecto en sus obras, y más licencia en su casa. Entré en consulta conmigo, regulé dichas pasadas con disfavores presentes, requiebros con amenazas, inquietudes con olvidos. Cuidados con inconstancias. Y al fin vine a averiguar con inquisiciones tantas, o la que la cansaba el mío, o que de otro amor gustaba. Mas como ya en mí tenía tanta parte conquitada; apenas me persuadía con evidencias tan claras. Me resolví a no fiar de presunciones villanas, agravios que tanto ofenden ofensas que tanto agravian. Y remiten a experiencias mis sospechas temerarias, fue centinela el deseo, fiscal la desconfianza cautelando sus esquinas, y acechando sus ventanas: hasta que al fin por mi mal (mas que me quejo sin causa pues quien busca su desdicha no es mucho que venga a hallarla) A don Tello de Meneses hallé una noche en su casa; digo, ¿mas por qué lo encubro? bien digo en su casa estaba, que, callando el nombre, solo justifico mi desgracia. Yo determinado y loco, sabe Dios que me pesaba, y que quisiera más ver mi muerte que su inconstancia, dije, si el que es caballero las cortesías estraga, a la urbanidad se niega, al justo respeto falta. En vano obstenta nobleza la verde cruz que le esmalta pues con villanos deseos hidalgo nombre defrauda. Mal caballero quien busca lugar en casa ocupada; bajeza es poner los ojos donde otro tiene el alma. Pero si honrados castigos desvanecen temerarias presunciones, y corrigen inestabilidades tantas, yo os enseñaré don Tello cortesías ignoradas, respetos atropellados, correspondencias hidalgas. Porque sepáis que soy yo guarda, y dueño de esta casa, bizarro sin responderme lacó don Tello la espada; que tienen fuerza de injurias con razón tales palabras. Mas yo que ya no tenía ni aun de vivir esperanzas, por hacer mal a mí mismo, por dar pesar a la ingrata que ofendido aborrecía, y que celoso adoraba no sé por dónde (que miente quien en pendencias trabadas primores refiere, o fincas) le herí de una estocada en el pecho, que, aunque armado rompió de un jaco mallas. Confesión a voces pide, y piadoso a su demanda sobre mis brazos le pongo, hiero el cuerpo, y curo el alma. Confesó al fin, y otro día la pendencia averiguada, en una torre me ponen con prisiones, y con guardas. Mas la que fue (luz hermosa) de mis acciones la causa, abreviada en un convento dio a mi amor tinieblas largas. Favorecido don Tello con papeles y con cartas sanó de aquella herida, que amores mayores las sana. Mas quedaron en los dos para conseguir venganzas en él, bien curados bríos; en mis ofensas mal curadas; en mi dueño odios de honor; en el pueblo incierta fama, y en el Rey grave y severo castigos que me amenazan. Al fin por quietarlo todo riguroso ordena y manda que de la Corte y del Reino desterrado y muerto salga. Y que a mí costa seis años sirva en Oran con tres lanzas, No apelé de la sentencia, ni a la piedad suplicara aunque mandara entregar al cuchillo mi garganta. Dejé la prisión, dejé la Corte dejé mi patria; y dando al mar mis sucesos, di al viento mis esperanzas. Salté esta mañana en tierra cuando de Oran las campañas avisaban el peligro de las Africanas lanzas. Quiso Dios que fuese en parte donde pude dicha extraña esta vida que me queda tan justamente emplearla. Un Bencerraje valiente a doña Leonor juzgan triunfo de su vencimiento, tropeo de su arrogancia. Pero respeto cortés la deidad que profanaba victoria fue de sus ojos, no ardimiento de mi espada. Esta, señor, es mi historia; si os ha cansado por larga perdonad, que el afligido con las desdichas descansa. Don Pedro vuestro valor no necesita alabanzas, que vuestras obras son tales que por si mismas se elevan. Con buena mano, y buen pie llegaste a Oran, ya aguardan medios y fines dichosos principios con tal hazaña. Confieso que os tengo envidia, y que por ella trocara la plaza de General. Una excelencia se adelante en honrarme como a deudo de su generosa caía. Fuerza es que Nuño y Leono: agradezcan esa es clara, tan aventajada acción, y fineza tan bizarra. Gloria llorada tan bien, y pena tan bien contada, aplauso y memoria pide. Oh quién a tiempo llegará para ofreceros más vidas que mi amor tiene esperanzas. Valiente ocasión perdí; no hay valor si dicha falta. Ay de mí, que de las partes de don Pedro ya obligada, haberme librado ignoro si fue ventura, o desgracia. Referido has con exceso perfecciones de su dama: mucho su memoria ocupa; gran parte tiene en su alma, y en su estimación también pues nos la vende tan cara. Confiesa lo que me debes aunque me entrampes la paga, porque vengar beneficios es ingratitud Costanza. Deudora soy de usted, no me mate. ¿Quién te mata? Mas, ay Dios, señora mía. Galindillo. Linda traza: o linda cuenta por Dios das de criado, y criada. ¿Dónde estuviste? Oh que bueno cuando dejo cercenadas siete cabezas de Moros, que he de poner en mis armas. Advierte que estás delante de su Excelencia. A sus plantas pondré mis nuevas victorias. Y yo me ofrezco a premiarlas. Oh ilustre Marqués de Cortes tu dicha iguale a tu fama. Cuando embestiste señor. Galindo, sin matarlas, mira que estás en la guerra, Pues dónde mejor se cuajan? en la guerra es donde puede mentir un hombre con gala; tomar una alforza al miedo, y al valor dar una ensancha. En efecto. Me envistieron siete lebreles de Irlanda, que el menor de ellos pudiera engullirse al perro de Alba. Mas sacando la mohosa a un Mero zambo de cara, que fue el que me hallé más cerca, le di tan gran cuchillada que le corté todo el brazo dereche, con el adorga. ¿El derecho? no. Era zurdo: vive Cristo que me agarras si acaso no hay Moros zurdos; quien creyera que en las faltas viniera a hallar providencia. Galindo, sin pataratas. Luego que este vi caído ensarte de una estocada al segundo, y al tercero, y prosiguiendo en la sarta, le corte de un altibajo al cuarto Moro tres gambas. Gambas, ¿qué son gambas? Piernas. En eso dudoso estaba; ¿pues hay Moros con tres piernas? Era la una prestada del Moro que se seguía. Galindo, mucho te alargas. El quinto estaba en un pie cuando sentí de una lanza el duro hierro en mi pacho, volví al caballo las ancas. ¿Qué caballo? Las soletas; no puedo hablar en metáfora, todo ha de ser literal estas que rocín las llama el Virgilio Cordovés. Hirióte al fin. Eso estaba excusado, pues no tengo para tan fieras lanzadas bálsamos de Fierabrás, ni sortijas encantadas. Pues quién te libó. Un soslayo. milagro a quien tiene dadas más facultades la muerte que a los sepulcros mortajas, Ahora cinco son los muertos, y las cabezas cortadas: has dicho que fueron siete, de cinco a siete dos faltan. Huélgame que sepas tanto de cuenta; esas dos se pasan a vueltas de otras cinco, que es Retórica bizarra tomar por la parte el todo; y esta figura se llama Sinedo que. Entretenido es el criado. Humor gasta. Lo restante de la historia podrá referir Costanza, qué pues la libré de un Moro injustamente lo calla. Ahora bien, vamos don Pedro, porque os señale posada. Vuestra excelencia ha de servirse de que la tenga en mi casa. Si vos gustáis, asi sea. Amor, pues ocasionada con tanta razón me tienes tu eterno poder me valga. Deseos si habéis de ser perdidos por mala paga excusad nuevos empleos, tantos escarmientos bastan. Costanza, pues soy tu huésped ocasiones tendrás hartas para pagarme el rescate. Yo procuraré en la paga parecer agradecida, ¿Te parece bien? No espantas por formidable Galindo, ni menos por lindo matas, De suerte, que vengo a ser en tu estimación? Templada droga en botica de amor, que ni bien hiela, ni abrasa. Bueno, en la razón te has puesto: me has de querer? Con templanza. el señor Micer Cupido: Oh, qué templada señora, si así mis finezas pagas, de hoy más me aplico a gaitero para templarte la gaita.
JORNADA SEGUNDA
Amor, si de tus engaños ninguno librarse pudo; en mi perdición que dudo? qué dificulto en mis daños? si en caminos tan extraños tú me guías lince, y ciego? quién duda, que a verme llegó en el peligro mayor. pues me llevaras amor a las llamas de tu fuego. De un amor en otro amor siempre achacosos vivimos, y cuanto más del huimos es el peligro mayor: con alas vuela el temor, pero mojadas están; que según las cosas van creo de su astucia extraña que fue el echarnos de España cautivarnos en Orán. Galindo. Señora mía, estaba ahora diciendo que no hay tierra como Orán. Y si aqueste es el destierro que a los caballeros dan, no es castigo, sino premio. Bueno es eso, cuando yo se que llorando tu dueño vivas memorias de España con amorosos desvelos. con suspiros, y con ansias pierde la vida y el seso, y con razón, con razón. No digo yo que anda suelto ap. señora, siempre tenemos los criados mala fama en esto de los secretos; y en verdad que hay excepción, que no han de ser todos necios. De este he de saber el nombre de la dama. Yo a lo menos no he sabido de mi amo cosa que importe un cabello en materia de amor digo; que el siempre fue más travieso que amante. Por vida mía. Al diablo; es un hombre muy diestro. Dale tú que se acuchille, que con muy finos aceros) pronunciara cuchilladas más airoso que requiebros: en su vida tuvo amor. ¿Nunca, nunca? Te prometo que para mí en cuanto amor (aunque brioso en extremo) está virgen en el gusto. Mientes Galindo. ¿Yo miento? Sí, tú mientes. Tú lo dices, y responderte no puedo. ¿Piensas que no lo sé todo? Ya sé qué hirió a don Tello de Meneses, provocado de unos declarados celos. Se la historia de su amor; la hermosura del sujeto, y todo lo sé. Pues, ¿quién te lo ha dicho a ti? Don Pedro. Mi seño. Tú señor pues. Pues en el alma me huelgo, que en eso no me toca la obligación del secreto. Todo lo se, y como está en Madrid en un convento doña, doña. Estefania, Así, ¿ves como primero mentiste? Mentí mil veces; y que me llamó confieso Mentís; y Mentís fue el nombre de mi padre, y mis abuelos; y el lugar donde nací se llamaba el Mentidero. Eso creo yo muy bien que te viene de abolengo el mentir, y más si cuentas de la guerra algún suceso. A quien te viera otra vez en poder del Moro viejo para ver si yo mentía. Señora si gustas de ello Mentís digo que es mi nombre, y que en cuanto digo miento. Pues confirmate Galindo. Que una verdad de ti espero. Y a cuanto sé te diré con puntualidad, que es yerro habiendo el dicho lo más, querer yo callar lo menos. Dime, ¿es doña Estefanía muy hermosa? No por cierto. Ya empezamos a mentir No me dirás por lo menos que yo niego beneficios. Ni yo tampoco los niego. La verdad, la verdad. Digo, que no reconocí extremos en su hermosura; unos ojos algo grandes; pero negros, no eran verdes, ni pintados. No son peores por eso. Unas cejillas en arco, y un encrespado cabello ni bien negro, ni bien rubio. ¿Así castaño? Mal pelo. No muy malo, que es al uso; y más si dices que es crespo. No habrá poeta que pueda llamarlo de oro en sus versos. La nariz indiferente. ¿Cómo es eso? Que no entiendo Apuntada con lo romo, reñida con lo aguileño. Buena boca. Buena, y grande; si todo lo grande es bueno. ¿Muy blanca? No,no es muy blanca, más le debe a lo trigueño. Las manos tiene blanquillas, y unos dedillos parejos, mas son pequeños. No es hablar. Aquí tiene unos hoyuelos, que para mí son barrancos. Bueno. ¿Para qué es aquello? Vive Dios, señora mía, que vale más tu despejo que cien mujeres como ella. Galindo sabes que veo que nos la has pintado hermosa con colores de desprecio. Pues yo sé que hay en Orán quien sienta lo que yo siento. Oh lo dirás por tu amo. A mí me ha dicho lo mismo; pero yo sé que es mentira. Mal conoces a don Pedro, desde que nació ha mentido; ni puede, porque naciendo estaba la mar en calma, y la luna en crecimiento. Moro que en tal Signo nace no puede mentir. Sospecho que los moros y cristianos somos iguales en esto ¿Lugarcitos me acomodas? ¿Quién la mete a buste en eso? ¿Son suyos estos lugares? Más que caiga un rayo en ellos. Tendrá don Pedro, sí hará, el retrato hermoso y bello de Estefania, quién duda. No hiciera mucho en tenerle, más lo cierto es que no hay tal; porque cuando estuvo preso enojado le envió el retrato, y seis lenzuelos, una aliga, medio guante;5 un rosario de coyuelos, una banda de abalorio, dos trenzas de sus cabellos; y ciento veinte papeles escritos a un solo intento. ¡Jesús, Jesús, qué de trastos! Despojos son todos estos que los amantes ofrecen como victorias al templo. ¿Y ella qué le envió? Un naipe. ¿Un naipe? Buen desempeño. Estaba en el retratado mi amo. Luego con eso quedaron en paz. Y echaron pelillos a la mano. Bueno. Y pregunto las memorias de aquellos pasados tiempos las palabras, los favores que están en el alma impresos, y no pueden enviarse. Todo eso quedó deshecho con el enojo que sabes. Y más con el nuevo empleo, que ahora en Orán. ¡Qué dices! Nada, nada. Yo me entiendo. Alegre, y agradecido las manos os beso, señora por la merced que me hacéis. Bueno es que el señor don Pedro divierta melancolías, y aligere pensamientos. ¡Yo, señora! Que no estoy melancólico os prometo. Memorias del bien pasado nunca se olvidan tan presto; y más siendo mi señora doña Estefanía el sujeto. Galindo, anda por aquí. ¿Qué me mira? Si él lo ha hecho. Al fin, señor, ¿cómo va de memorias? Poco debo a la memoria, si está presente lo que deseo Oh que bien. Que no es así, bien sabéis vos que no miento. ¡Yo sé tal! Antes se cosas. Que no serán estoy cierto en parte, ni a tiempo adonde puedan señora ofenderos. Ven acá, ¿qué has dicho? ¡Yo! No falta ya más de aquesto; has dicho tú lo que pasa descubriendo tu secreto, y vendré a pagarlo yo. Villano, ya por lo menos sé qué has dicho. Tú lo has dicho: ¿dije yo lo de don Tello, la herida; y la prisión, los agravios, y los celos? ¿Y el nombre de mi enemiga, villano? ¡Jesús por eso tanto enojo! Sí señora; que aunque a su dueño aborrezco, no es nobleza difamarla, y callar su nombre debo. No es eso, si no que vos temiendo que en el correo alguien cogiese las cartas que esperáis de vuestro dueño quisistes callar su nombre. Pues no tengáis de eso miedo, que no hay aquí a quien le pase por el pensamiento hacerlo. ¿Esto has dicho? ¿Yo, señor? Plegue a Cristo que al primer rebato encuentre conmigo la lanza de un Moro izquierdo si tal he dicho señora discúlpame. Aquesto es hecho; don Pedro a buen tiempo estamos, antes que levante el fuego llamas que más nos abrasen males con menos remedio. Suplico dejéis mi casa, no quiero el daño tan cierto, que quien ama los peligros, sin duda perece en ellos. Idos con Dios a otra parte, que ya de miraros tiemblo: y yo sé que vos también gustaréis prudente y cuerdo de estar libre, para hacer las obsequias, el entierro, las honras, el cauto daño de vuestro amor recién muerto; y si es tino para hacer lo que importe al gusto vuestro. Señora, puesto que a mí me toque el obedeceros por tantas razones digo que a mi pesar obedezco; porque a salir de mi casa no hay respuesta en el derecho. Lo cierto es, que no pensé de mis amantes deseos, hallar en vuestra piedad tan corto agradecimiento. Pero yo soy desgraciado, siempre mis obras se hicieron en pecado; y siendo así nunca merecen más premio. Galindo sacá mi ropa, que en aquel campo quiero dar venganza a mi fortuna con bárbaro alojamiento. Ven Galindo, y tu podrás siempre que quieras hacerlo, salir y entrar en mi casa; mas tu amo ni por pienso. Constanza toma esta vuelta de cadena; que aunque debo mayor premio a tus servicios, para pagarlos me quedo en Orán, y en cualquier parte que me aloje te prometo ser muy tuyo, y del criado de esta casa más pequeño; que no han de poder hacerme ingrato a mí sus desprecios. Vive Dios que está llorando. Piensa pues eres discreto que es amor cuánto te ha dicho. Vamos, señora, dejemos disgustos a quien los quiera. Galindo no sirven ruegos. Necio, no seas enfadoso. No ves que el señor don Pedro gusta de irse. Bien sabré morirme por gusto vuestro. Y yo sabré padecer sin confesar que padezco Lanzas tiene el enemigo. Y reelosión un convento. Pues yo haré. Pues yo también. ¡Qué esto sufro! ¡Qué esto espero! Lárgate el diablo el amor, esto me parece aquello del duende del cortesano; podré acomodar un cuento que viene como nacido. ¿No dices? Yo lo diré con tal de que amigos quedemos. Por ti haré cualquier cosa. Pues con eso va de cuento. Deja villano los cuentos, y saca mi ropa, acaba. Pues porque no gusta de ello lo has de decir. Que me place, oye: sal quiere este bueno. Va de cuento: había en Madrid un cortesano discreto a quien daba malos ratos un duende en su casa, y viendo que exorcismos ni conjuros no eran bastante remedio. Como entonces se mudase la Corte, acordó resuelto mudarse a Valladolid. Y estando hecho el apresto, toda la ropa vieja, cargados todos los tercios, vio bajar por la escalera un frailecillo, pequeño con las alforjas al hombro. Y el espantado de verlo (si bien conoció quien era) le dijo: padre, qué es esto; donde bueno es el viaje! Y respondió el frailezuelo: ¡Pues no nos mudamos! Voy siguiendo al hato, y siguiendo la Corte a Valladolid. Admirado el caballero suspendió de su viaje el ya comenzado intento, diciendo: si con nosotros se va el padre reverendo duende acá, duende allá, en Madrid sufrirlo quiero. Este duende es el amor, salimos de España huyendo del duende a Orán, y en Orán hallamos el duende mismo. Quisiste salir de aquí, y que te estés te aconsejo, pues si te vas a Turquía allá nos ha de ir siguiendo el duende; y así es mejor que de camino ahorremos duende acá duende allá. Por mejor tengo al preseo con la voz muy rigurosa, y con los ojos muy tiernos. Yo, Galindo, soy mandado. Señora valgan mis ruegos. Por ti haré cualquier cosa. Pues yo desde luego absuelvo de estas culpas veniales con tal que amigos quedemos. Señora, el general viene con mi señor. Presto, presto abrazaos. Mira desde al Costanza si llegan. ¡Oh,qué compuesto que estás! Llámale señora. ¿Yo? Mas que suban primero. Ya han entrado en el zaguán. A Galindo le agradezco este favor y amistades. El Duende anda de por medio. Ya están en el corredor. Más que estencas de mi abuelo, que ya están hechos amigos los amantes de los hornachuelos. Tenemos clara evidencia de vuestra dicha en Orán. Con la gloria que me dan las honras de vuestra excelencia. ¿Quién duda señor que sea dichoso? ¿Quién ha dudado haber vuestra excelencia honrado al que en servicio se emplea? Dio vuestro brazo valiente muestras de su bigarria en Orán el primer día. Y aunque valerosamente libraste del Bencerraje a Leonor, fue tal victoria un amago de la gloria. de tan dichoso hospedaje. Honra señor vuestra excelencia está su casa, en quien ya como vinculado está el favor con la experiencia. ¿Cómo estáis bella Leonor? Como quien alegre vive donde (aunque indigua) recibe tantas honras y favor. Si el Marqués necio porfía (a̱p̱. en su pasada afición, ya temo ver mi opinión muerta en la desdicha mía. De Tremecén he sabido que prevenidos están para acometer a Orán del Bencerraje atrevido. La escuadra de los cenotes en señalarse ambiciosos valientes como animosos, bizarros como jinetes. Sus atrevimientos dan fama al belicoso estruendo, pues la gracia ha entrado corriendo hasta los muros de Orán. Pero en cualquiera ocasión hallará en mí vuestra excelencia tres lanzas a su obediencia, y un brazo a la ejecución. Otra guerra mayor es la que ahora me atormenta; oída parte. Qué intenta apasionado el Marqués. Don Pedro, si sois mi amigo mostrarlo ahora podéis. Que os debo servir sabéis, y que de nuevo me obligo a perder con mucho gusto la vida por vos señor. El imperio del amor laurel no perdonó augusto. Yo quiero a Leonor, y estoy de su belleza obligado, tan perdido, o tan ganado que el serlo es lo más que soy. Pues vos en su casa estáis sed buen amigo, y tercero; que si su favor adquiero confesaré que me dais el cielo que miro allí, y que no hay que darme más. ¿A quién sucedió jamás lo qué me sucede a mí? ¿Qué decís? Que vuestra excelencia justamente enamorado, sus deseos ha fiado de mi precisa obediencia. Yo hablaré a Leonor y haré. cuanto de mi parte pueda. Ya por vuestra cuenta queda, con que seguro estaré de hallarme favorecido. ¿Ha tenido algún favor vuestra excelencia? Aunque mi amor le he dicho un mármol ha sido. Señor y si rigurosa se enojase contra mí porque solícito así su fama haces sospechosa. ¿Qué le diré? La más grave, y más segura disculpa es echarme a mí la culpa. Y si su hermano lo sabe, y viendo que a tal me inclino, ¿se enoja contra los dos? No prevengáis tanto vos, que el tiempo abre camino. Esta visita don Pedro a Leonor le agradece. Ya se que tanta merced como huésped suyo medro. El honrarnos vuestra excelencia no es cosa nueva señor. Soy vuestro deudo Leonor, y ahora dadme licencia para volver a palacio: don Pedro, de vos me fío. Ya verá el cuidado mío vuestra excelencia más despacio. Quedaros, y haced lo que digo. Yo os he de ir a acompañar. No tenéis que replicar, quedaros. Tu gusto sigo. Señor, ¿de qué es la tristeza? ¿Tenemos desdichas? Cosa nueva. No, que en mí eso es ya naturaleza. ¿En qué estamos? ¿Has sacado mi ropa? Lindas quimeras. ¡Oh si sacádola hubieras de que me hubieras librado! De qué inhumanos castigos; que aún la crueldad los ignora. Eso tenemos ahora después de hechos amigos. Luego no he de proseguir el cuento atrás comenzado. Ya, Galindo, me han contado las horas que he de vivir. Ya la agitadora especula del más claro desengaño quitó la venda al engaño, la máscara a la cautela. ¡Oh qué culpa tan mortal ¡Y que ajena de disculpa! Yo apostaré que es la culpa que me quiere el General. Cuerpo de Dios, ¿y eso es vano? Sin fundamento es mi queja, por su tercero me deja. Pues paciencia, y ande el carro. ¿Quién de su muerte escuchó la sentencia ya que espera? Pues de que el Marqués me quiera, ¿tengo alguna culpa yo? A quien jamás se condena, o donde lo has visto escrito por el ajeno delito, ¿por la voluntad ajena? Es contra mi grave culpa haber querido en España, tanto mar, y tierra en medio; ¿y no quieres que sea causa para que me ofenda yo ver que el General te ama? No porque importa muy poco que él me quiera si no hay correspondencia en mi amor. Ha dicho como una santa; porque donde uno no quiere dicen que dos no barajan. Pues si en ley de cortesía y como Virrey me manda que haga contigo sus partes. ¡Hay más que vacilar! ¿Qué aguardas? Haz cuenta, que ya me has dicho que me quiere, y que me ama; y que en su nombre me pides que me dé por obligada, y le favorezca; es esto. Sí. Pues desapasionado te respondo, que no quiero. No es nada toda la Sala ha dado sentencia en contra. Y si conmigo hace instancia, ¿qué respuesta le daré? Entretenerlo en palabras. Mientras ensillo a Babieda, y aplicó al ristre una lanza. ¡Y al fin! Saldrá de este engaño. ¿Y yo? Nunca de mi alma. ¿Será cierto? Si no hay celos. ¿De quién? Del cielo de España No hay más cielo que tus ojos hermosísima Africana, pues con unos rayos mismos favorecen y amenazan. Hamete, pues que la edad ya de mentiras te excusa, dime una sola verdad. Tiene gran dificultad decir lo que no se usa. Dime, cuando fuiste a Orán viste la púrpura rosa de aquella Cristiana hermosa a quien cautivó Ceilán: ¿Viste los rubios cabellos al aire libre entregados, y en su presencia afrentados los rayos del sol con ellos? En su rostro celestial, ¿viste cifrado al Abril, un desprecio del marfil y un desmayo del coral? Si es burla, basta Aurelian, que en mí, no pequeña ha sido. Pues poco te he encarecido las partes de la Cristiana. Que, como Ceilán las cuenta, son mucho más superiores. También mienten los mejores, luego el mentir no es afrenta. ¿Cómo mentis? ¿Pues no es cierto que a una dama cautivó? Quién la cautivó fui yo, y lo demás es incierto. Y si él ha dicho otra cosa será fingido, y me admira que el cautivarla es mentira, y mentira el ser hermosa. Pero siempre si decir señora, que que quien no miente no viene de buena gente ya es calidad el mentir. A pedir temblando llego licencia para partirme. Si no te es molesto oírme, que oigas mi piedad te ruego. Qué tendrá en tanta porfía con Hamete. Escuchar quiero. Mentir, y estar sin dinero superior caballería. Luego me quieres negar que en belleza es extremada. Puesto que no miento en nada yo te la quiero pintar. Cerdas eran los cabellos, y entre la frente y hocico un ojo grande, otro chico. Y en medio la nariz de ellos tan espaciosa, y tan rara en magnitud y largueza, que aunque se ve donde empieza, no se sabe dónde para. Pero ya los que la ven, puesto que ella lo señala, dicen que cosa tan mala no puede parar en bien. Y es bizarra conjetura, puesto que su extremo toca en la boca, y es su boca una abierta sepultura. ¿Qué es esto, hermosa Aureliana? ¿De quién es la relación? Partes excelentes son de aquella hermosa Cristiana, quien con pincel no leve pintaste perdido y ciego bebiendo rayos de fuego en una esfera de nieve. Que dije verdad recelo sin ofensa, y no te asombre, que si es mundo breve el hombre las mujeres breve cielo. Y este bárbaro se atreve villanamente a ofender a quien ya por ser mujer respeto justo se debe. Y porque dudosa estás, y mi amor no lo merece precisa ocasión se ofrece en que mi verdad verás. Que antes que toque tu mano, confieso, favor dichoso, podrá hacerme victorioso del más valiente Cristiano. Quiero, hermoso dueño mío, hallarme desobligado de un desafío aplazado, del plazo de un desafío. Qué dejé acerado y hecho con el Cristiano aquel día, cuya sangre e hidalguía muestra la cruz de su pecho. Entrar quiero en la batalla sin que tu mano me aliente, pues para vencer valiente basta el esperar gozarla. Que si en mí haces empleo de tu favor soberano, podrá decir el Cristiano que con ventaja peleo. Y no es bien que se atribuya a tu favor la victoria; que aunque es tuya la gloria, será la disculpa suya. La Cristiana te traeré que este perro desalaba para que te sirva esclava la que hermosa te alabe. Si a mi dirigidas van victorias de tu enemigo, no has menester ya conmigo acreditarse Ceilán. Tu valor conozco, y se que se pública en España una y otra tuya hazaña que te conocen por fe. Pues los que a Orán han venido, y te han visto pelear, te saben allá pintar en las tablas del oído. Cuyos valientes pinceles retóricos anticipo al pórfido de Lisipo, y a las holandas de Apeles. Y así sin el favor mío bizarro, airoso, y valiente acabarás felizmente el campo del desafío. Mas si quieres excúsalo que airoso quedas recelo, pues no hay rigor en el duelo que le obligue a anticiparlo. Si ya no es que para ver aquella Cristiana bella tantas cosas atropella tu bizarro proceder. CEY. Con esa opinión destruyes la fama de mi opinión, pues lo que es reputación a amor lascivo atribuyes. Hasta la primera correría quedó aplazado el combate; y no hay enemigo que acose, suerte lanza en Berbería que hoy no salga; ¿qué dirán los que vieren que me quedo? Dirán que es la causa el miedo, y no el amor de Ceilán. Salir tengo aunque revuelva el mundo mi amor en vano, que yo te daré la mano cuando victorioso vuelva. Esperar puedes ufana verme volverá tus ojos, trayéndote por despojos al Cristiano, y la Cristiana. Amor, en lo que hoy has hecho conmigo, llego a entender que usas de todo el poder para conquistar mi pecho. Mas pues tirano y violento me oprimes, con modo extraño pagarme tienes el daño con favorecer mi intento. Veré a la Cristiana hermosa. llegando a Orán disfrazada, celosa, y enamorada, vengativa, y rigurosa. Y porque de mi amor presumas las finezas que he de hacer, plumas entraré a vender: que es bien que armada de plumas entre en batallas de amor alas de sus dulces flechas. Porque vuelen mis sospechas al desengaño mayor. Dame licencia; ay de mí. ¿Qué,al fin te vas? Es forzoso. Hágate Alá venturoso. ¿Cómo si te dejo a ti? De Mi entereza me espanto. ¡Ay, nunca vistos enojos! a̱p̱. Mucho le debo a tus ojos. Poco le debo a mi llanto. V̱ete,Auria. No lloréis cielo abreviado, que aunque el sol ciega al cogerlas, en un diluvio de perlas quedará el mundo anegado. Vamos, ¿qué aguardas Ceilán? El cielo fulmina rayos para introducir desmayos en los Cristianos de Orán. Alarma cenetes míos, que en virtud de aqueste llanto habéis de causar espanto a los Españoles bríos. Del cielo mismo es el brazo que os ayuda, y con destreza cada suspiro una pieza, cada lágrima un balazo. Vamos, gozad de esta gloria, triunfad de tantos despojos, que yo en nombre de estos ojos os prometo la victoria. Ya de Orán juzgo el distrito sangriento, y mortal estrago; contra el nombre de Santiago el de Aureliana repito,vete. Vamos, valiente Africano, tus pasos quiero seguir, mas por tener que mentir que por matar al Cristiano. Que al que brioso y valiente me acomete por su daño, le cautivo con mi engaño, y le mató civilmente. Vete. Quiero ver lo que habéis hecho por mí, que es amargo estado vivir mi amor transformado don Pedro en ajeno pecho. Que os favorece Leonor no hay duda. Muy corta está. Dice, señor, que no da mayor licencia su honor: mas que estima a vuestra excelencia. Mal lo muestra en limitarse, que bien sabe amor tomarse, cuando él quiere más licencia. Esta es, señor, la ventana por donde os tiene de hablar. Por fuerza he de confesar lo que por vos mi amor gana. Galindo. Ay, ¿tales qué meras? Entrá en casa; usted a Leonor, que está aquí el Gobernador, que estás burlas ya son verás dile. Ay, ¿tan ciegos amores? No acabo de santiguarme. Dile que podrá matarme sino templa los favores. El diablo nos trajo a Orán. Presto presto. Voy volando.Vete. Don Pedro, ¿sabéis vos cuando, las ventanas se abrirán? Llegue vuestra excelencia, y llame con la espada. Hacerlo quiero. Que venga yo a ser tercero de la prenda que más amé. No es este engaño el primero con que amor tu nombre infamo, teniendo en casa a quien amo salgo a ver a quien no quiero. Solo tu pudieras ser coronista de esta historia. Cuando el cielo abre su gloria mercedes nos quiere hacer. Leonor mía perdonad de mi estilo la bajeza; que no ama bien quien no empieza con alguna necedad. Señor, la mayor que veo es la que yo vengo a hacer, pues deseando querer se queda en cosa el deseo. Eso no entiendo Leonor. Me espantó que lo ignore quien sabe que es bien que adore las recatos de mi honor. Amor los montes allana, e imposibles vencer sabe. Y como en casa no cabe se sale por la ventana. Si eso, Leonor, fuera así dichosa mi suerte fuera. Pues quién si no amor pudiera sacarme, señor, aquí. Con ese favor me obligo a perder Leonor, el miedo. Bien sabe amor que no puedo decir más de lo que digo. De equívocos se previene. Tanto favor no merezco. La pena que yo padezco es la que quien me oye tiene. Don Pedro amigo estoy loco; vive Dios que de Leonor he conocido el favor, las mismas estrellas toco. Conozca vuestra excelencia con cuánto amor le he servido. Estoy tan reconocido como dirá la experiencia. Mi amo dice, que es mucha su paciencia, y sus temores; que moderes los favores siquiera porque lo escucha. Que es grande su confusión. Dice Galindo que atienda a mis razones, y entienda que en su favor todas son. Y para que se consuele dale este papel. Adiós. Ya es fuerza que por los dos cuidadoso me desvele. Llegad don Pedro llegad, y decidla, que aligere mis esperanzas. Espere vuestra excelencia. ¡Qué amistad, qué discreción, que hidalguía! No tiene el mundo caudal para un amigo tan leal. Leonor. ¿Quién es? Quien si a vuestras razones turbado de amor, de envidia, y de celos. Si son injustos desvelos bien lo dice mi cuidado. Con saber con certeza quién sois. Vanas presunciones, entendiste mis razones. Y pondré la guedeja de equivocados favores con que siempre respondiste. Huélgome que me entendiste. Señor, finezas mayores. De ver mi fe desconfía. ¿Quién eres? No me conoces. Pues no puedo hablarte a voces, aqueste papel te envía Leonor. ¡Oh extraña mujer cuanto a todas te prefieres! Linterna traigo, si quieres aquí lo puedes leer. Alumbra que mi afición piadoso remedio espera; y al pasa que es verdadera no consiente dilación. Ay, señores, que le he dado el papel al General. El amor me tiene tal que no hay tregua en mi cuidado, Échelo a perder, no tiene remedio, temblando estoy. Puesto que sabe quien soy, tener paciencia conviene. Con tal esperanza yo aguardaré un siglo entero. Algún traidor fue el primero que el andar no tengo uso. Y pues correspondo igual. Aquí es ello. Sin reparo ya por vuestra me declaro, aunque pese tal. Pese a tal. ¿Qué fue? Quémeme una mano que no hay quien sufra señor el fuego. Solo el de amor con ser divino es humano. Pese a la linterna, y pese al traidor que aquí me trajo, no lo conociera un brujo. Que aquesto te sucediese, tú nos has dejado a oscuras. ¿Qué es aquesto? ¿Qué ha de ser echarlo todo a perder? Lo creo de tus locuras. Un papel que te traía lo de Aragón. Di al Marqués. ¡Ah, vil criado! Hallé el tablero trucado, no toda la culpa es mía. ¿Y qué decía? Que se yo. Traidor, ¿cómo no te mato? Ese es el mayor barato que en tu juego me alcanzó. Leonor, ya tantos favores prometen a mi victoria un entretanto de gloria con esperanzas mayores. Vi el papel, y cuando estaba leyendo con más cuidado dejó caer el criado la luz con que me alumbraba. Mas cuando culparlo intente, mi culpa fue la primera que a vuestros rayos pudiera leer más seguramente. ¿No es este el Marqués qué dudo? Galindo le dio el papel; pero no iba cosa en él, por donde entenderme pudo. Pésame que haya el criado malicioso, o divertido a su obligación mentido, y algún disgusto causado. Ya no hay disgusto Leonor. No hay disculpa que te abone. Vuestra excelencia me perdone, que es ya muy tarde, señor. Adiós, Don Pedro esto es hecho; a tantas obligaciones solo pretendo ocesiones en que conozcáis mi pecho. Deseo serviros, señor, Buenos los embustes van. Al fin viniste a Orán a conquistarme a Leonor. Ama a Leonor y yo estoy por su ocasión desvelado; que malas noches de amor a toda la casa alcanza. Mientras duerme mi señor guardo y velo aquesta sala; y en tanto que yo le asisto Leonor al Marqués engaña. Se van. Costanza. Señora mía. ¿No solenizas la traza con qué divierto al Marqués? El amor todo lo alcanza. ¿Dejaste la puerta abierta porque pueda entrar en casa dejándole don Pedro? Sí, señora. Pues aparta esa luz, y ten cuidado. ¡Oh, cuánto vela quien ama! ¡Oh cuánto finge! Pudieras decir mejor. Mira, y calla, pues todo al amor se debe. que tiene imperio en las almas. Gracias a Dios que ha llegado después de tantas borrascas mi naufragante bajel al puerto de mi esperanza. ¿Mi bien que tenéis? Un monte que sobre mis hombros carga, preciándome del aliento, respetos que me amenazan. ¿No estáis conmigo? Ay, Leonor, que entre confusiones fantas cuando hablabas al Marqués eran todas tus palabras si en él regalos fingidos, en mÍ verdaderas balas. ¿Qué he de hacer? Que es insufrible tormento. Ten confianza que has de salir bien de todo. ¿Y aquel papel? No llevaba cosa que ofender pudiese: no temas. Cuando le falta que temer al desdichado. No quiero que temas nada, yo te adoro, si me quieres; yo te estimo, si me amas. Tuya soy, tuya he de ser, si a contrastarlo bajarán rayos fulminando al mundo, las estrellas animadas. Ay, divino dueño mío, después de penas tan largas bien es menester que apliques a mi dolor tus palabras. Pues soy tuya, aunque extrañes; que ya mis brazos te aguardan. Oh que mil veces dichoso. Que dónde quiera descansa. ¿Qué es esto? Ay de mí ¿Qué es esto? Repórtate, no era nada. No fue reva Fue un antojo. Ah, fortuna conjurada TOCAN. contra mí. Leonor no adviertes el tumulto de las cajas, el rumor de las trompetas. Que no mi bien, que te engañas; cierta Costanza esas puertas. Que no las cierres Costanza, que a las de mi honor escucho insufribles aldabadas. Vamos señor, ¿no has oído el rebato? Calla, calla, que siempre rebatos tienen los que desdichados aman. No reparas que ya cubre esas calles, ¿y esa plaza la caballería de Orán, donde solamente aguardan a que valiente los guíes, y a qué valeroso salgas? Tus soldados te echan menos, tus amigos no te hallan, y el General te desea. Sal porque diga la fama: Servía en Orán al Rey un Español con tres lanzas. Y no prosigues la historia? Di, di lo que de ella falta: y con el alma y la vida a una gallarda Africana. Prosigue cruel, prosigue; di, pues diciendo me matas, Tan noble como hermosa, tan amante como dama. Y si acabarme deseas di también; hay suerte amarga: Con ella estaba una noche cuando tocaron el arma. Ay, Leonor! Ay cruel fortuna con qué rigor me agravias. Trescientos Zenetes son de este rebato la causa, que los rayos de la luna descubrieron las adargas. Las adargas avisaron a las mudas atalayas, las atalayas los fuegos, los fuegos a las campañas. Y ellas a mí sin ventura, que en los brazos de mi alma el el belicoso estruendo de las trompas y las cajas. Espuelas de amor me pican, y frenos de amor me paran; no salir es cobardía, ingratitud es dejarla. Salí al campo señor mío, mi llanto bañe esta sala, que ella me será sin vos duro campo de batalla. Armaos, y salid apriesa que el General os aguarda; yo os hago a vos mucha sobra, y vos le haces mucha falta. Más bien podéis ir desnudo pues mi llanto no os ablanda; de acero tenéis el pecho, y no habéis menester armas. Bien mío, Leonor, señora tan dulce como enojada, porque con honra y amor yo me quede, cumpla, y vaya: vaya a los Moros el cuerpo, y quede con vos el alma. Concededme dueño mío licencia para que salga al rebaño en vuestro nombre, y en vuestro nombre combata Ea señor, que es muy tarde. Adiós, Leonor; mal se apartan almas que tan juntas viven. Dios os libre Amor os traiga, si victorioso del Mero, triunfador de una Cristiana. Muerto voy. Sin vida quedo. Favor, cielo. Amor venganza de las crueldades de honor, martirio de tantas almas.
JORNADA TERCERA
Ah perro, otra vez caisteis en el lazo; ya no hay trazas: yo os convidaré a zarazas por la burla que me hicisteis. Ah, valeroso Cristiano atiende a lo que te digo. y verás que soy tu amigo. Moro, te cansas en vano; y advierte que te prevengo para quitarte la vida. Será crueldad conocida, porque en estado no vengo. ¿Qué estado? Pues, ¿te concede tu ley de estado mejora? No puede llegar la hora de ser Cristiano. Sí puede. Pues esa hora no ha llegado. La aguarda por la estafeta, pues al infierno via reta por lo que la has dilatado. Quería el Moro pie de gallo tener hora conocida y habiendo toda su vida. vivida como un caballo. Ahora viejo y desecho venir sus manos lavadas bautizarse,y acabadas cuentas al cielo derecho. Pues no ha de ser de esa suerte, que ha de pagar el pagano sin llegar a ser Cristiano en la vida, y en la muerte. Si así tu rigor la ordena llevarás la peor parte, que mi alma ha de espantarte todas las noches en pena. Cuerpo de Dios, todavía dura aquesta polvareda. Ah, huélgome que me queda esperanza, y es de día. Si te maté tu caballo, el mío es justo que deje; porque no quiero Cristiane, ventajas para vencerte. Moro ores valiente, y noble; que te defiendas conviene: que yo solo importo más que mis trescientos Zenetes. Siempre he sido amigo yo de reñir muy apartado. Siempre un valor retirado mayores victorias dió. Para reñir sin vergüenza esta bota que traía me ha de infundir valentía, Y pues toda lid comienza al son de trompas y cajas la verdadera trompeta para que un hombre acometa es esta: haciéndome rajas. estoy. Pues deme una hora; que aunque es grande mi furor, quiero infundir más valor. No hay olarín como una bota: tome, y beba. Gran bebida; ya con más valor estamos los dos riñamos. Riñamos; mas con tiento por su vida, que nos puede suceder una desgracia a los dos. Gran fuerza. Aguarde por Dios; más valor he menester Yo también. Pues bebamos. Bebamos,y descansemos; porque después reñiremos, Mejor será, que durmamos. Pues él se echa, yo me escurro. Hola. Moro, ya no quieres ser Cristiabo? LNo ha llegado la hora de resolverme. ¿Te vas? Hay mucho que hacer; yo avisaré cuando llegue. Aguarda perro no huyas, que yo te haré que me sueñes. Cristiano,a tus duros golpes en vano quiere oponerse mi valor. Ríndete Moro. A mi pesar obedecen mi esfuerzo,y mi desventura a tu valor, y a tu suerte; pero quítame la vida para que a mi dueño lleguen antes que de tu victoria tristes nuevas de mi muerte. Escapóseme el Morillo, que quien huye al viento excede. Pero esto está en buen estado. Levanta Moro, y advierte que cobras dueño piadoso cuando desdichado pierdes la libertad. Bien me animas para que tus plantas bese, mas no para que en la vida de llorar desdichas deje. Toma Galindo estas armas. Vencedor te aclamen siempre a pesar de la fortuna con inmortales laureles, Sin caballo estoy. Galindo; y pues ocasión se ofrece, de entre los sueltos caballos de los vencidos Zenetes, que en el campo solicitan entre la sangre lo verde; para que nos vuelva a Orán un suelto caballo prende. Búscalo presto, y que sea si a conocerlo te atreves, por los relinchos lozano, y por las semejas fuerte, Voy a servirte, señor. Si la libertad que pierdes Moro te aflige no dudes, que por tu valor y mereces las honras del vencedor. Con tal nobleza procedes que en misdesdicha es consuelo ser esclavo eternamente, No pensé que la fortuna cruel pudiera ofenderme cuando atrevimientos míos a ayudarme la convencen. Pero por mayor castigo en mi daño permanecen siempre los bienes mudables, y los males firmes siempre. Es crisol de la virtud la constancia, porque quie que el ánimo generoso en la adversidad se muestre. Ven, y ocuparás las ancas, puesto que nobleza tienes, de mi caballo, que ya Galiado nos lo previene. A tu sangre y tu calor mucho, Capitán, se debe; pues como valiente tiñes, y como Príncipe vences. Arrima, Galindo. Aquí tu estribos y rienda tienes. Brioso el Moro se arroja en la cadera que ofrece el bruto, cuyos alientos crecen tanto, que parece de cuatro espuelas herido, que cuatro vientos le mueven. Triste camina el Alarbe, y lo más bajo que puede ardientes suspiros lanza, y tiernas lágrimas vierte. La vuelta toman de Orán, no perderlos me conviene: ve a Costanza, que Galindo vencedor del Moro vuelve. N MOROS HUYENDO. 1 Los Zenetes se han perdido. a Huye Alí 3 Abraín huyamos. Y NUÑO. Pues sin Pedro llegamos, infeliz jornada ha sido. Será igualmente llorada del ejército su ausencia. Justamente Vuecelencia siente el faltar tal espada. A Hran caballeros, cielos; don Pedro se ha vuelto a Orán: que a estas evidencias dan causa esta vez mis recelos. Porque de espacio leido aquel confuso papel, hallo razones en él que tienen mar de un sentido. Y asegurando juicios temerarios en mi amor, he descubierto en mi honor más evidencias que indicios. Tanto entre los Moros fieros se metió, que le perdimos. Todos su falta sentimos. Yo espero que esos aceros, si es que está preso sabrán darle libertad, y ahora pues de buscarle no es hora; toca recoger, y a Orán. Cuando la causa es tan grave, y la ocasión tan urgente; no es ignorancia admirarse, ni preguntando se excede. Tus lágrimas y suspiros. Moro admirado me tienen viendo en ánimo tan noble, viendo en pecho tan valiente, que tan tiernamente llore quien tan duramente hiere. No te aflijas, ni te espante verte en mi poder, que tienes en mi voluntad más parte de la que tú comprendes. En mi piedad confiado y en tu valor decir puedes de tus suspiros la causa, si la causa lo consiente. Valiente eres Español, y cortés, como valiente, con el trato y con las armas me has cautivado dos veces. Preguntado me has la causa de mis suspiros ardientes: para decirlo bastaba ser yo noble solamente. Y aunque no lo fuera yo, bastaba que tú lo fueses; mira tú cómo podré negarte lo que pretendes. Por ti, y por mí; aunque mis males contándoles se renueven, si te lo debo decir por quien soy, y por quién eres. En los Geles nací el año que os perdisteis en los Geles, de una Berberisca noble, y de un Turco Matasiete. En Tremecén me crié con mi padre y mis parientes: después que murió mi padre Corsario de seis bajeles Desde mi primera edad quiso amor que yo añadiese el número a sus rendidos, y fue tan precisamente, que el arpón para mi pecho; la ocasión para mi muerte, la flecha para matarme, y el lazo para prenderme. junto a mi casa vivía porque más cerca muriese, rayo fue contra mi pecho, sin perdonarle por débil. Ardor para mis tibiezas, para mis incendios nieve, y objeto en fin de mi amor por su hermosura; o mi suerte, Una Mora del linaje de los nobles Melioneses, extremo de las hermosas cuando no de las crueles. Y al fin de estas arenas engendradoras de sierpes, en sus dos hermosos ojos dos luceros amanecen. En su tez la blanca aurora se retrata, y aún se excede la púrpura en sus mejillas se confundió con la nieve. Vergonzosamente casta, y encendida castamente sus manos son dos jazmines, sus primaveras breves. Sus dientes menudo aljófar, clavel su boca elocuente; cada vez que yo la miro me sale el sol en su frente de tantos rayos ceñido cuantos cabellos contiene. Cada vez que ella me mira desde sus ojos me ofende el amor con tantas puntas como ellos pestañas tienen. Y cada vez que la escucho sus palabras dulcemente son retóricos arpones, librados de dos claveles. Ambos nos criamos juntos; y con engendrarse siempre la voluntad con el trato en las almas más rebeldes. Fue tan al revés mi dicha, que amor en nuestras niñeces hirió nuestros corazones con arpones diferentes. Labró el oro en mis entrañas dulces lazos, tiernas redes y el plomo labró en las suyas libertades, y desdenes. Mas ya, o porque siempre amor lo más imposible vence, o porque me dio mi dicha solo el bien para perderle. Su desdén a mis porfías vi rendido felizmente: que postra el amor cual rayo a los que más se defienden, billo de Aragón. Mas apenas vi trocada su dureza de esta suerte, cuando tú me cautivaste, cuando tú me diste muerte, cuando empezaron mis males, cuando acabaron mis bienes; y para decirlo todo; cuando empecé a estar ausente, viéndome favorecido; mira si está bien que me queje. Esta es la causa Español de mis suspiros ardientes; mira si es justo que llore en tanto mal tantos bienes. Gallardo y valiente Moro de manera el alma siente tus amorosas pasiones que he llegado a enternecerme. Pero no es justo que llores, que si adoras cual refieres, y si como dices amas, dichosamente padeces. Quién pudiera imaginar viendo tus golpes crueles, cupiera un alma tan tierna en pecho tan duro y fuerte, Si eres del amor cautivo desde aquí puedes volverte, que me pedirán por hurto lo que entendí fuera suerte. No quiero por tu rescate que a mi dama le presentes ni las alfombras más finas, ni las granas más alegres. Premio es mío el liberarte, porque los que un mal padece, o una facultad estudian fácilmente se convienen. Por mi devoción te libro, no quiera amor que yo apremie por delito que es tan mío, por deuda que el alma debe. Vete con Dios, sufre, y ama; y vivirás si lo hicieres, con tal que en viendo a tu dama hayas de volver a verme. Que quiero que se confirme, aunque en leyes diferentes, nuestra amistad con el trato que tu hidalguía merece. ¡Oh gloria de los Girones! quién sino tú vencer puede con armas, y cortesía al corazón más rebelde. El Moro postrado en tierra la boca a sus pies ofrece. y él le recibe en sus brazos, que a los de Alejandro exceden. Contento vivas mil años noble Capitán valiente, pues ganas más con librarme que ganaste con prenderme. Y aunque licencia me das para que pueda volverme, las leyes de agradecido no me dejan que lo acepte. Entraré en Otán contigo para que en Orán celebren los que te vieron salir, la victoria con que vuelves. Sepa el mundo tu valor, y por tu esclavo me cuente. pues con cadenas más graves cuando me libras, me prendes. Iré, y besaré los pies a quien tú la mano beses; que si es dueño de tu alma todo a su beldad se debe. Ven, pues, que ya de tu gusto seguiré los pareceres mas por hacer lo que dices que por propios intereses. Galindo lleva el caballo. En bronce inmortal venere el tiempo tan noble hazaña, digna de eternos pinceles. No me consueles Costanza, deja a la imaginación afligir al corazón, dar garrote a la esperanza. Deja que verdugo sea el inquieto pensamiento que entre el cordel y el aliento con la memoria pelea. Bien merecido rigor de quien libre se ha entregado al cautivario pesado. y a las mazmorras de amor. De tus injustos temores pudieras causa tener justamente, a no saber que de peligros mayores don Pedro airoso y valiente ha salido. Y has hallado que el peligro ya pasado asegura del presente. Pues ten mucha confianza que ha de volver vencedor. No temo yo su valor. sino mi dicha Costanza. Que como yo misma soy quien de consuelo me privo, yo las heridas recibo, y yo las heridas doy. Señora a la puerta está una Mora. Tristezas. Quiere hablarte, y vende plumas. Di que entre. Y vendo barato, que aunque son finas mis plumas, sin ventura vuelan bajas. Bellísima es la Cristiana, en justos celos me abraso: sin duda alguna es Zcilan de aquella belleza esclavo. Todo mi caudal es plamas. Sí señora, que pensando ganar hice mis empleos en pensamientos villanos. Qué es esto, ay cielo santo, si viviese en las ondas de mi llanto cualquier voz de trompeta resucita el temor del alma inquieta. Don Pedro vencedor del enemigo triunfando vuelve a Orán. ¿Qué dices? Digo, que a tu dueño selice todo el pueblo le alaba, y le bendice; su valor le incita: grita la plebe y la nobleza grita, ocupando por darle enhorabuenas las puertas, las ventanas, las almenas serafines humanos. que bien lo pueden ser siendo Africanos. Sin alma estoy, lo que el temor no pudo hizo el contento, en mis venturas dudo. Ya se ofrece a tus ojos coronado de bárbaros despojos. Quién o Leonor hermosa, acubara victoria tan famosa, sino es quien ha sido sin mérito de vos favorecido; bien mi suerte lo muestra: vuestra es la gloria, y la victoria es vues Llega Moro valiente, y ofrece culto religiosamente al ídolo sagrado por cuyo amor la libertad te he dado; que si la adoras Moro, yo con alma gentil tan bien la adoro. A vuestros divinos pies me confieso humilde escado, de quien arrogante y necio prometí volver triunfando, de Aragón Yo soy, señora, quien dio en el pasado rebato al cielo de vuestros ojos, sino lágrimas cuidados. Pero inadvertido al fin mis atrevimientos pago, que quien deidades ofende tiene por premio su llanto. Costanza, ahora estamos todos: ¿Qué hay de nuevo? Que pensamos que ya en Tremecen Galindo estabas majando esparto. Mis sospechas son ya menos con aqueste desengaño; amor cautivo le quiero; no le quiero enamorado. Si tales glorias conquistó, si tanto favor alcanzó, no yace seguro en Meca el fabuloso milagro. Llegue a ver de mi sospecha el más claro desengaño, tan bien premiada victoria, don Pedro quien la ha gozado perdone el laurel de César, y los triunfos de Alejandro. Perdidos somos, señor. Tuvisternos con cuidado; pero al fin piadoso el cielo dio a luz a nublados tantos. Mucho debéis a Leonor. Puesto, señor, que consagró a su valor mis venturas; cuanto soy, y cuanto valgo hoy a vuestros pies ofrezco. ¿Qué Moro es este? Es esclavo de Vuestra excelencia; y tan noble, tan valiente, y tan bizarro que pudiéndose volver libremente desde el campo, quiso besar vuestros pies Ya, si los merezco, aguardo de rodillas la licencia. La acción estimo, y alabo. Ya no hay que temer desdicha don Pedro pues os hallamos. En vuestros brazos señor a la fortuna contrasto. Vuelvo con vuestra licencia a besar la hermosa mano del dueño a quien obedezco y a quien reverencio esclavo. Si nos estorbáis la venta, mejor será que nos vamos: dejad de besar ahora. ¿Yo os estorbo? No está claro, si vengo a vender mis plumas, y atravesáis triunfos tantos? No os enojéis. Bien pudiera, pues ocasión me habéis dado tantas veces. Yo, ¿con qué? Sois gran pintor de retratos, y de besar muy devoto el original copiado. Cielos, esta voz conozco, y estas palabras han dado a mi vida dulce aliento, y al corazón sobresaltos: ¿me conocéis? Por mi mal. ¿Soy vos mi bien? Soy mi agravio. ¿Qué agravio? El que ahora miro, ¿Cómo viniste? Buscando a mi mayor enemigo. Todo mi bien paró en llanto. ¿Y vuestro honor? No hay honor; esclava soy si tu esclavo. Sepan todos, sepa el mundo que sabe Amor soberano. dios hacer vasallos Reyes, y Reyes hacer vasallos. Aureliana, soy que vengo herida de amor volando en las plumas de mis celos, al peligro de mis daños. Ceilán, señora, es mi esposo; por él, señores, me abraso: servir quiero donde él sirve donde él vive, morir trato, padeciendo sus desdichas, y llorando sus regalos. Extraña fuerza de amor. ¡Oh nunca vistos milagros de aquel invencible Dios! Aureliana, si el gallardo viejo de Ceilán ánima la hermosura que en vos halla, ¿quién le ha de poder vencer? Libre está con libres pasos os podéis volver con él: que tanta fe, y amor tanto bien merece tal piedad. Y tal piedad que mis labios sellen el suelo que pisa. Y pues con ejemplos varios vemos cuán mal se dividen almas que amor ha juntado; vos don Pedro, y vos Leonor por mi cuenta daos las manos: que yo sé que no os exceden Ceilán y Aureliana a entrambos. Cómo soy, señor, discreto, y como discreto, sabio; con obediencia os respondo. Yo os obedezco, aceptando. Yo apruebo vuestra elección. Yo pido; que de barato, y aún de justicia también me de Costanza la mano. Tuya es Costanza. Y aquí den fin los Sueltos caballos, y aquel Español de Orán. Perdonad errores tantos.
