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Texto digital de Engañar con la verdad

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Engañar con la verdad. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/enganar-con-la-verdad.

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ENGAÑAR CON LA VERDAD

JORNADA PRIMERA

Quedén frustradas de la muerte fiera, las duras armas, y el mortal estrago, con que ensanchar sus límites espera, yeran sus filos sobre el viento vago: suspenda su rigor, pues hoy pudiera, volver los campos en sangriento lago, y en Nápoles, Ferrara, Urbino, Ungría, Imperar con soberbia, y tiranía. Pero cortando el hilo al fiero hado, porque se borre tan amarga historia, de igual prudencia, y fortaleza armado: tu Carlos vencedor llevas la gloria; pues a la muerte a un tiempo le has quitado de las terribles manos la victoria, y al duro Marte la sangrienta espada, sobre inocentes cuellos levantada. Fisberto noble, si la paz amable, blancas banderas tremolando al viento, ha ya trocado en amistad estable el rigor, la venganza, y el intento que amenazó tragedia lamentable; no por eso es menor el vencimiento, que a mí se me dará tanta más gloria, cuanto es mayor sin sangre la victoria. Ya en distintas Provincias retumbando el belico atambor, y la trompeta anduvo bien, si al enemigo bando, mi espada con partidos se sujeta; ya Leopoldo me ha visto entrar triunfando; ya mis servicios Nápoles aceta, y entre grandes victorias que recibe del Duque, Carlos la memoria escribe. Amplios poderes de Leopoldo tengo para tratar por él en paz, o en guerra, lo que a su Reino importe: y hoy prevengo a las glorias, que Nápoles encierra, juntar otra mayor, pues cuando vengo con poderoso ejército; y la tierra pudiera humedecer con sangre y llanto, bajas las armas, la victoria canto. Hoy Nápoles podrá dichosamente ensanchar su poder, y Monarquía; y con nueva Corona honrar la frente a su Rey; pues Ferrara con Ungría conforme viene, aunque envidiosa siente, en que ya la hermosísima María, su digna esposa de Leopoldo sea, y Nápoles por Reina la posea. Decid Fisberto, pues a la Duquesa, como a besar sus pies he ya venido; y a firmar los conciertos, que esta empresa a solo mi lealtad se ha concedido Vuestro valor en todo la profesa, temo que ha de enojarse: yo he salido Carlos, no os ofendáis de que os lo diga, y que la Duquesa ha sido quien me obliga. A que os obliga, hablad, cielo piadoso. Después, señor, de prometer honraros el Estado de Urbino generoso, y el favor que le hacéis remuneraros: la Duquesa responde, que es forzoso por justas causas excusar de hablaros. De hablarme a mí? Su voluntad es esta; y en fin remite a Claudia la respuesta, Como a Claudia, Pisberto? No ha entendido su pensamiento, hablarle disfrazada la Duquesa pretende. Yo he venido a que me de respuesta una criada, a Claudia está Fisverto remitido el responderme a mí. Esta ordendada tiene a Claudia, y a mí. Poco profesa. Claudia piensa que es, Gentil despacho. 1. Extremado. 2. Honrado recibimiento. De Fisberto, el Parlamento es lo que más me ha agradado, con la de rengo le dio, después de haber referido el hazaña que ha emprendido la victoria, que alcanzó, o viejo, que bien cubierta la pildora le traía! Pues la Duquesa María le niega a Carlos la puerta, cuando a su cabeza ofrezco de Nápoles la Corona, con mis desprecios blasona, que hablarla yo no merezco, vive Dios. Paso, señor, que no es buena ocasión esta, oye a Claudia la respuesta, y aconséjate mejor. Dejadme solo. Enojado, y solo quieres quedarte. Vete. No hay que replicarte, bien habemos negociado. Ya imagino a Vueselencia, colérico, y impaciente, que en un soldado valiente no halla lugar la paciencia. Tome V. Excelencia silla. Pues no sale la Duquesa. Pide el caso menos priesa; yo Carlos vengo a servilla. Pues que causa. Sentaos pues, que yo a darosla me obligo; tomad silla, y sed conmigo mas galán, y más cortés; que aunque en inferior estado, a la mujer por favor, la cortesía señor, el primer lugar le ha dado. Perdone vuestra hermosura, si humilde como es razón, no le ofrezco ya el blasón que en las almas asegura: que a ser galán no he venido. Aunque a serlo no vengáis, es bien que lo parezcáis, porque noble habéis nacido. Confieso que necio anduve; mas ya vuestra discreción toma la satisfacción de la inocencia que tuve: a vuestra clemencia aquí hermosa Claudia me ofrezco, por humilde la merezco, si por necio me perdí. Despejos son de soldado, yo os perdono, levantad. Qué encanto es este. Escuchad, pues que ya os habéis sentado. La Duquesa mi señora, honor y gloria de Uibino, no menos agradecida que de vos servida ha sido; firmando las condiciones, y acetando los partidos. después de daros las gracias, me manda Duque advertiros, que si venís a mostrarle los poderes, los escritos, que vuestro Rey os ha dado de su amor claros indicios, que los tiene por seguros, y que ya los da por vistos; porque imaginar traición de un pecho noble es delito; que sabe que el Rey os trata como deudo, y como amigo: y que por vos se estendieron de Nápoles los distritos; y que si también queréis, porque ha de ser su ma rido, las grandezas, las victorias, los hechos esclarecidos, la gala, y la gentileza, el talle, y bizarros bríos: referirle de Leopoldo, que os avisa que ese oficio os ha ya hurtado la fama; porque ella mismale ha dicho que escribe en broce sus glorias opuestas siempre al olvido: y al fin dice la Duquesa, que a vos por méritos dignos, cómo por su esposo al Rey, os estima, por vos mismo: pero que no ha derogado la ley, que inviolable hizo, de que a Rey, ni Embajados, llegue a darle atento oído, hasta que casada esté, Qué intrincado laberinto de dudas, y de sospechas, leyes se entienden conmigo, que represento a su esposo, y aquí en su nombre confirmo de antiguas enemistades, paces para eternos siglos. Duque, su respuesta es esta. La resolución admiro. que puesto que las virtudes con que enriquecerla quiso el Cielo, son tan notorias, que es un milagro sucinto: de todas las gracias juntas quisiera yo ser testigo de la dicha que a mi Rey le aguarda habiéndola visto. Poco os debe la Duquesa, pues habiendo ella creído por fe vuestras alabanzas, vos incrédulo, y remiso: no dejáis que la fe goce sus atributos divinos; pues Carlos la fe ha de ser la que con afectos vivos ha de conquistar las glorias de la Duquesa de Urbinos por fe Leopoldo ha de amarla sin que puedan ser testigos, ni vos de verla presente, ni el pincel de que ha esculpido en estampa de lisonja de su rostro el cristal limpio, que aún hasta en pinceles necios. la adulación se ha escondido. Ni verla, ni retratarla. Cansala solo el decillo, porque a los retratos llama engaños agradecidos. y por no cánsaros Carlos, que quedan dice, advertildo, las paces firmes, y enteras, y el casamiento indeciso. . Que tenemos de respuesta; que es lo que Claudia te ha dicho? la verdad, ha te agradado; han tocado a tus oídos aquellas dulces razones de su ingenio peregrino? acabemos, que me dices, aún duran los parasismos? Tomas, nunza se han hallado tan confusos mis sentidos, tan lejos de mí el consejo, los temores tan vecinos, tan esclava la razón, mi valor tan oprimido, tan suspensa la memoria, tan turbado el albedrío. otro tan, falta. Cuáles? Tan fuera de ti el juicio, estos tanes son de Claudia. No cabe en el pecho mío otro amor que el de Isabela, siempre suya el alma ha sido; poder me ha dado Leopoldo para casarle, el principio temo que habemos errado. Ansime lo ha parecido, acaba de declararte. El Rey me mandó, y previno, que antes que del casamiento diese a la Duquesa indicios su retrato le envíase. r Y no lo has hecho? Ya has visto lo que pasa, apresurando. mis celosos desvaríos el casarle, y confiado en lo que la fama ha dicho de su hermosura me he puesto en tan notorio peligro. Lien has hecho, tú le has dado. al Rey lo que ha merecido. Cómo? Porque no hay locura que tan digna de castigo sea como el dar poder para casarse un marido, pues ya si el tal poder trae un suegro, un cuñado, un tío; y llega a darle la mano a la triste, que ha tres siglos que aguarda un novio de azucar pienso que quedan corridos allí, no solo la dama; pero el Cura, y los testigos. Temo que el Rey aunque intenta casarse (tormento esquivo!) ama en secreto a Isabela. No es nada lo que me has dicho Esto, y el no penetrar los intentos escondidos de la Duquesa me ofende. ̱. Yo que escuche cuanto ha dicho Claudia, lo he penetrado. Pues di lo que sientes. n. Digo, que en España hay dos maneras de cuentas: una es gua rismo, y otra en Castellano: escrita la Castellana en distintos numeros, se va con tando, uno, dos, tres, cuarro, cinco, la guarisina si le advierte tiene los diablos corsigo. porque con un dos, y un tres, dos ceros, y otros dos cincos, monta dos cuentos, y treinta mil cabezas de novillos: quinientas mil y cincuenta arrobas de agua, y de vino. Hay en España también (perdona si soy prolijo) dos generos de mujeres; unas, que por uso antiguo han de andar siempre tapadas: y otras por lo hermoso, y lindo, descubiertas para todos: aquí mis cuentas aplico, de las descubiertas, claros los números se han leido, que en casa del mercader las ojean como a libros: las tapadas, Dios nos libre, estas salen en guarismo: y haciendo ceros los mantos, descubren catorce cincos, que montan años setenta, con setenta mil delitos; y pues es de las tapadas, la Duquesa, harto te he dicho. Siempre tus discursos vienen a parar en desatinos; lo cierto es que la Duquesa compite con el Sol mismo en la luz, y en la hermosura; y que a su ingenio es debido por parte noble del alma el más noble sacrificio: casarase el Rey, que en esto no solamente le sirvo: pero en la hermosa María a su Reino le adjudico, virtudes, honras, grandezas, y el premio de amor más rico. Mal año para el poder, cayó el Rey en el garlito: yo lo que conozco, y veo, cuanto es más fácil lo estimo, porque jamás me ha causado, la privación apetito. Ha soldado. A mí diréis. Seis vos de Carlos criado? Y de quien más se ha fiado, de priesa estoy, que queréis. Que cuentas eran aquellas que es tabais haciendo aquí? Escuchasteislo vos? Sí Contabamos las Estrellas. Matemáticos extremos, Estrellas contáis? Lo mismo pienso que es contar guarismo, nuevos cuidados tenemos. Y aquellas damas tapadas a que numero han llegado? Si vos lo habéis escuchado son preguntas excusadas. Dices bien, y en fin qué dice. Carlos, de que la Duquesa no le hablasle? Aunque le pesa de su valor, no desdice, porque con el Sol la iguala en belleza; y resplandor. Tiene el Duque gran valor. Y amor sus flechas señala en vos. Carlos quiere bien? No lo dije yo: no he sido. curioso en haber sabido. quien es la dama. Esta bien: y dícese si el Rey ama a la Duquesa María? Vaya a sabello a Turquía; lo que escudriña esta daña, más me preguntas que sé. Y cuando Carlos se irá? Ya de partida estará, y yo hacer falta podré. Cómo te llamas? Tomas. De que nación? Español, Toma, y vete. Como el Sol, oro engendras, y oro das. . Eisberto, dejo de ser? Claudia, y vuelvome aouquesa. A quien como yo profesa. en su servicio ofrec por vuestra Alteza la vida; no declararse es agravio. Ya es fuerza Fisberto Sabio que yo consejo te pida, que le auré bien menester: la transformación que he hecho nos ha de ser de provecho para lo que intento hacer: a dvierte que estoy, dudosa, y que no me detérmino, aunque a Leopoldo me inclino, a ser Fisberto su esposa, hasta llegar a saber si es conveniencia de estado el casamiento tratado; que si la paz viene a ser, quien los conciertos ha hecho, y no amor, no he de casarme; yo misma quiero informarme de lo oculto de su pecho. Pues qué pretendes? Vivir en su Corte, en su Palacio, saber Fisberto despacio, para no me arrepentir depriesa, si amor concierta las bodas, que si el no ha sido quien trata de este partido saldrá su esperanza incierta: Estoy Fisverto informada; que adorando en otros ojos va trazando mis enojos, no es bien casarme engañada: con nombre de Claudia, quiero ver al Rey, dificultoso es este plesto de esposo, confultarele primero. . Pensamiento malogrado, consuélate con mi pena; pues el fiero amor ordena, que callando mi cuidado viva siempre atormentado en el porto del rigor, y que solo halle valor para penar, y sufrir, cuando es forzoso el morir, o publicar el dolor, Combatido entendimiento abre a la razón la puerta, que en desdicha que es tan cierta poco importa el sufrimiento, no conseguirás tu intento, si de ti mismo consías, que ya con dobles espías, el campo reconociendo va el contrario descubriendo las pequeñas fuerzas mías. Qué batalla va formando dentro de sí vuestra Alteza, que de su misma grandeza; temiendo, y desconfiando, está al enemigo dando el vencimiento, y la gloria; quien aflige tu memoria con discursos de dolor, o quien de tu gran valor merece alcanzar victoria. Ruperto tú estás aquí. Y tan cuidadoso estoy, que llego a conocer hoy lo poco que merecí con tu Alteza, pues de mí, este secreto no fías, que aunque encubrirle porfías, de las razones se advierte, que es amor quien te divierte con sus locas fantasías. Engañaste, que el cuidado de la guerra, solo ha sido, quien aquí me ha divertido, que como a Carlos le he dado, en guerra, y paz de mi Estado, sin limite mi poder; puedo llegara temer, olaisol no de tu valor constante, más de fortuna inconstante, que suele el curso torcer. Si de la merced que haces a Carlos, claro se advierte, A que por más prudente, y fuerte del solo te satisfaces. i cuando se trata de paces, que tienes que recelar, ni temer que ha de alcanzar tu suerte mudanza alguna; pues a tus pies la fortuna rendida viene a quedar. Ruperto la pena mía, cautelosa, y encubierta, con fllaca mano concierta darme muerte a sangre fría: solo en su traición confía por el mando que la di, tomar venganza de mí, y por poderla tomar su traición quiere lograr, y a solas matarme aquí. De todos huyendo va para encubrir su delito, y yo también solicito que nadie la alcance va: que como hecho el daño está a padecer me sujeto de mi pena el duro efecto, sin decir quien la causo; porque solo el cielo, y yo sabemos este secreto. Pues a mi lealtad señor, no le ha de ser manifiesta, pena que tanto te cuesta, siendo efectos del dolor hacer la causa mayor cuando no se comúnica. Tu lealtad remedio áplica, y mi pena lo rehusa; pero ya el alma no excusa decir lo que amor pública: Ruperto yo amo a Isabela, sin que ella entienda mi amor, y está es la pena mayor que me aflige, y me desvela. Pues quitarle a la cautela. el disfraz, no es más cordura. No, que su honor me asegura, que no la podré vencer; y puesto que no ha de ser mi esposa, será locura, sirve en Palacio a mi hermana, y Elvira dentro en Palacio, da en mi pecho más espacio a esta pasión inhumana. Dincultades allana, y como Rey. Mi cuidado Ruperto te he declarado, no para que en él me dejes, más para que me aconsejes, que voy en seguirle errado. Isabela viene aquí, y yo señor te aconsejo, que de su vista el reflejo, no aguardes. Triste de mí, que si en su luz me perdí: y estoy por verla tan ciego; ya es mayor desasosiego. de su vista carecer; porque dejarla de ver; es anadir fuego al fuego. Menos daño padeciera, si como estoy de ti ausente, de mi memoria presente, estar ausente pudiera; porque como siempre estás, asida del pensamiento, podrá matarme el tormento si dura esta ausencia más. Cuya es la carta Isabela? De, señor. Proseguid pues, leed. De mi padre es, en mi daño se desvela. amor. Podrela yo ver. Ay de mí, si vos gustáis. Cuando cortés me la dais, dejáralo yo de ser dejándola de tomar; más volvedla a recibir, que os la he llegado a pedir para volverosla a dar. que es curiosidad injusta condenada entre discretos, leer ajenos secretos, si el dueño de ello no gusta; y aunque lícito me fuera, uno la leyera por Dios, sino es dandomela vos, antes que yolos la pidiera. Si como a Rey soberano, justo el ámaros no fuera, de justicia se os debiera, por galán, y cortesano. Y porque te amo también, me debieras estimar. No des gran señor lugar, al cuidado, que no es bien; advierte que vas errado. Oyes, no has de aconsejarme cuando no puedo emendarme, y está en su centro el cuidado. Ay Cielos, de Carlos era la carta, dichosa he sido. Carlos señor ha venido. Yo a recibirle saliera para mostrarle mi amor, si fuera lícito hacerlo, como llega amerecerlo su lealtad, y su valor. Ven Ruperto donde esté mas sin ella, y más en mí, que estando Isabela aquí a nadie escuchar podré. Vino el Duque? Ahora llegó. O esperanzas ya cumplidas, aunque tú no me las pidas las albricias te doy yo. Dele amor a tu hermosura gloria que a glorias aumente. Deme a Carlos solamente, que esta es la mayor ventura. Ea temores de amor, recelos mal advertidos, dad lugar a los sentidos, ocupados del dolor: dejad que pueda llevaros del gozo que siento en mí, que viene Carlos aquí, y han de hablar todos con Carlos que aunque amorosas pasiones callando se muestran bien, es menester hoy también mostrarlas con las razones: pero pasados enojos quien declararlos podrá, que la lengua callará, por dar lugar a los ojos. Buen encuentro. Dicha ha sido hallarte Isábela aquí, y amor lo previno ansí; de mis penas condolido: que el deseo ya por verte desuerte se adelantó, que antes que llegara yo pudo matarme, y perderte: si hay mayor mal que el morir; sin duda que es el ausencia, que en la muerte halla clemencia quien penas sabe sentir: nunca pensé que tuviera conmigo tanto poder, que me llegara a vencer sin que yo me resistiera. Juzgaba el ausencia yo antes de verla la cara, como el tiempo, que hoy declara, lo que mañana olvidó. Juzgabala que podría será los principios fuerte, que tendría rostro de muerte, y que luego amansaria: pero ya Ilábela digo, hablando por experiencia, que es mayor mal el ausencia, que no es pasión, ni es castigo, que no es pena, ni es dolor, que con el tiempo se cura, sino una muerte que dura, y con el tiempo es mayor. Digo, que es la fragua ardiente, de sospechas, y recelos, donde el fuego de los celos esfuerza más su accidente; y en fin, que el verdugo es de los tormentos de amor, y el instrumento mayor con que atormenta después: que como en ella retrata la dulce pasada historia, presenta viva la gloria, y como está muerta, mata. Carlos no he de consentir aunque es gloria de mi amor, que quedes tu vencedor en el penar, y el sentir: porque si suelen decir, que en la pena, y el cuidado, la ventaja se le ha dado, aquel que viene a quedar, a mí se me debe dar, porque sin alma he quedado; y si con ella partiste dejándome a mí sin ella, se ha de entender que con ella tú las penas padeciste: desde el punto que te fuiste, las penas que allá tenías, no eran tuyas, si no mías, que aunque lo niegues aquí, mi alma que estaba en ti sentía, y tú no sentías. No Isábela, tu argumento mismo te lla de confundir; porque sin alma vivir solo es encarecimiento: no has fundado bien tu intento pues cuando pudiera ser ausente el alma tener: tú que sin ella quedabas, a los sentidos negabas el sentir, y el padecer: y ansí cuando estaba en mí era para darme vida, que mi alma agradecida. las penas le quitó allí: yo solo las padecí, tu llábela no sentías, que antes testigo serías de verlas alli crecer; pues me viste padecer, con tus penas, y las mías. Gran bachiller es amor: hay más penas que sentir, este modo de decir nunca le imites señor; ya no se usa, que los gustos con el tiempo se han mudado, y solamente han quedado unos refranes injustos. Cómo? Como el decir mal está tan introducido, que ya el gusto no ha comido buen plato sin esta sal: Do ya son necios los discretos, y ya son imperfecciones las más fundadas razones, los más subidos concetos; todo es mofa, todo es risa, y estará discreto todo, si una pulla, y otro apodo lo perficiona, y lo guisa. Pues dices tu mal también Yo no pero digo en fin, que no habiendo un retintín de mal, nada suena bien: maldicientes, que rigor! que estén vertiendo veneno, y que el malo ha de ser bueno, y que le escuche el señor, Calla necio. Que es callar, cuando sale una comedia con dos jornadas y media. de satiras sin parar: y es esto tan general, que hay ya Poetas también; que porque el vitor les den escriben dos veces mal. Ese es mal por accidente. Y que es grave mal confieso, que unos enferman por eso, y otros muere de repente. Honrarle en público quiero. Es prueba de tu valor. A los cuidados de amor los que son de honor prefiero: pero no se fue lsabela? Con el Duque hablando está. Al cuidado vuelvo ya Ruperto, que me desvela: no puedo echarle de mí, quien duda que sin temor solicite su favor, que la sirva el Duque aquí: y que ella le estime ya, porque puede ser su esposo: o Carlos tu ventutoso, mi muerte en tu dicha está, Señor. Qué dices. Que adviertas. Ya del todo apoderado hacho señor el cuidado cierra a la razón las puertas; basta llegar a temer, sus fuerzas amor limita, y en los celos deposita todo el rigor, y el poder. en verle ansi divertido a Carlos, ha descubierto lo que puede amor, Ruperto. El Rey Licencia te pido. Yo te la doy, mas mi amor ha de vencer. Tu hermosura es quien vence. Qué locura de argumento, habla señor al Rey. Toda el alma estaba. en Isabela. El cuidado su semblante ha declarado con que aquí Isabela hablaba. Sin calla temes. No puede ser sin causa mi temor, porque este nuevo dolor de alguna causa procede. Deme los pies vuestra Alteza. Oye, la razón aquí está volviendo por mí; y dice que fue llaneza, hablar a Isabela Carlos; que entro, que la vio, y habló, y ella cortés le escucho: y así no debo culparlos; porque el estar divertido, llegando a ver su hermosura, no es culpa, que antes locura el no estarlo hubiera sido; esto la razón me advierte; pero el temor, y los celos hacen ya con mis desvelos otro argumento más fuerte, y es que Isábela escuchó que Carlos había llegado, y aquí con nuevo cuidado, le aguardó, y le recibio, y cuando verse pudieron las almas que se aguardaban, porque ellas callando hablruan, las lenguas enmudecieron. Lo que veo estoy dudando, si es Poeta el Rey también, de los que no hablan, ni ven; consonantes va buscando. Cielos! Qué hacemos aquí, el Rey callo, malo ya. Mira que deslustras ya señor tu grandeza ansí; habla a Carlos que ha llegado a tus pies, y le tendrás cuidadoso. Mucho más por su ocasión lo he yo estado, Duque bien venido seas. No puede ser bien venido quien es tan mal recibido de su Rey. Carlos no creas que dejo yo de estimarte; advierte que no he querido recibirte divertido, sino advertido escucharte: a honrarte Carlos salí, y tan suspenso te hallé, que me aparte, y aguardé a que volvieses en ti: y así si tarde en hablarte, fue porque otra vez adviertas, que no es bien que te diviertas, cuando sale un Rey a honrarte. Levanta, llega a mis brazos, porque solo el divertirte pudo Carlos impedirte estos honrosos abrazos. Era tiempo, pesia tal, que mal rato nos has dado. Él no haber señor llegado a tu presencia Real, fue, porque no imaginé que estabas aquí. Tu culpa mas se agrava en la disculpa; pues de ella inferir podré, que no me estimas ausente, y el vasallo noble es ley, que ha de tener a su Rey como a Dios siempre presente. Eso señor ya es dudar de lalcaltad que hay en mí; y es lo que os escucho aquí no advertir, si no culpar. Ausente, y presente vos, de mi siempre obedecido fuistes, porque os he servido no como a Rey, como a Dios: y aunque mi lealtad no abona negarle a Dios lo que debo, mas que a vos, a Dios me atrevo, porque se que me perdona. Si el no haber antes llegado a vuestros pies yerro ha sido, ya quedo bien advertido, y aún quedo bien castigado, Carlos, nunca yo dudé de tu valor, y lealtad, prueba de amor, y amistad, lo que te he advertido fue. Sin esta pena, y castigo, puede vuestra Alteza honrarme, Vuelve otra vez a abrazarmo yo te estimo como amigo, levántate, y dame cuenta de los conciertos que has hecho Agora es ello. En mi pecho su fuego amor alimenta, Que confusión. Tu cuidado públicas señor a voces. Ay Ruperto, mal conoces el extremo a que he llegado. Qué es esto. Di. Vuestra Alteza por cartas ha ya sabido, que a la paz se ha reducido el rigor, y la fiereza con que amenazaba Marte a tres Reinos. Tu valor reparó el daño mayor. Solo no te he dado parte del mayor bien que te he dado, y en lo más que te he servido; mas y a las albricias pido de haverte señor casado. Escucha, agora advertí, que aquella carta Ruperto era de Carlos, y es cierto, pues cuando se la pedí a Isábela se turbó. Sutileza de amor es, oye a Carlos, que después podrás. Morir podré yo, prosigue. Válgame el Cielo! que es lo que al Rey le divierte: Digo señor, que la fuerte mayor que dio el cielo al suelo gozas, y que estás casado con la Duquesa María. Qué dices? Hay suerte mía! Casado estoy. A tu estado, tantos bienes junta amor, que podrá el mundo envidiarlos. Espera, que dices Carlos? Que estás casado señor. Pues Carlos yo te mande. que me casases a mí? mal haya el poder que di, pues amorir me obligué. Agora estamos en eso. Señor, no por el poder me pudiera yo atrever a hacer semejante exceso, si de la merced fiado que me has hecho no estuviera, y como el casarte era tan importante a tu estado; y siempre deél el aumento has confiado de mí, que le aumentaba creí haciendo este casamiento. Pues Carlos, razón no fuera que me avisaras primero. Señor. Del concierto infiero. Oye lo que pasa, espera. Disculpa me quieres dar. Vive Dios que estos engaños encubren mayores danos. Salió el casamiento azar. Tu pasión has declarado. Si me atormentan los celos. que mucho que mis desvelos haya a voces confesado. Profeta fuiste. Desvía villano. Pues tengo yo la culpa. Aquién sucedio desdicha como la mía! un Rey que me supo honrar, y a quien yo supe servir, ansí me ha de recibir? ansí me ha de despreciar Qué es esto piadoso Cielo, el Rey de ti enajenado, de mí el Rey desconfiado, mayor desdicha recelo! . Por Carlos conozco yo del que a otro casa el afan, cuantos con el Rey dirán, mal haya quien me caso.

JORNADA SEGUNDA

Considerando la culpa, sin la pasión que me ofende, la razón que le defiende firve a Carlos de disculpa, que en el dicho, o en el hecho solo quedara culpado el que la ofensa ha pensado, y sabe que el yerro ha hecho: la disculpa facilito sin agraviar la justicia si en la ofensa la malicia, no es cómplice del delito. Y el que ansí pierde la gracia del Rey. No debe temer, porque esto no es ofender, si no servir con desgracia. Pues siendo seño, ansí, que Carlos no te ha ofendido, porque tu gracia ha perdido, cuando halla disculpa en ti? Ya he dicho que la razón le disculpa, y le defiende: pero esto solo se entiende dando lugar mi pasión, que mientras ella me aflige atormentándome el alma, queda la razón en calma y es la pasión quien me rige, mi amor, y mis celos son causa de este desconcierto, que amor, y celos Ruperto, nunca admitieron razón, Mas son desvelos que celos los que te ofenden aquí. Zelos, y desvelos di, que sin celos no hay desvelos. Quise decirte señor, que sin ocasión los tienes La causa que a ignorar vienes, advirtieras si el rigor sintieras con que me tratan; porque cuando los efectos quedan al mal tan sujetos, que sin resistencia matan: y huye del remedio el mal de poderosa ocasión: procede aquella pasión, cuyo accidente es mortal, desuerte, que aunque estuviera dudosa la causa aquí, por los efectos en mí se viera, y se conociera. Y en que efectos tu pasión ha fundado este argumento. En tres; aborrecimiento, inquietud, y obstinación: el primero, es el que da causa poderosa al fuego, que es aquel desasosiego, que dentro del alma está. El segundo viene a ser la rabia, el odio, y la furia; que en venganza de la injuria llega siempre a aborrecer, aquien piensa que le ofende; pues libre va la pasión dentro en la imaginación su muerte busca; y pretende. El último de los tres, y el más poderoso efecto; es aquel torpe de efecto que los dos causan después; porque el amante obstinado. con la pena, y el rigor, viendo que el daño es mayor, por verse desengañado, sale a recibir la flecha, sin quererla resistir, hasta que llega a morir a manos de la sospecha: y ansi yo también siguiendo los daños que he publicado. en alta mar engolfado. voy tormenta padeciendo: pues sin poder defenderme. de estos confusos abismos, en mis pensamientos mismos; anegado llego a verme, y de mi sosiego huyendo; con mi sospecha luchando, voy desengaños buscando, y a Carlos a borreciendo. Y si tu sospecha es cierta. Si yo tal desdicha veo pondré límite al deseo, viendo la esperanza muerta. Esa la ocasión ha sido. Esta ha sido la ocasión. Conociendo la intención con que Carlos le ha se ruido, no podrá en el Rey durar el enojo. Haste engañado, que el disgusto de un casado es difícil de acabar. No es tan pequeño el delito, si en ello bien se repara, que satira aquí encajada un Poeta de poquito. No es menester, ay de mí! al desengaño buscar, que ya él me sale a matar. no has visto a lsabelaallí? Sí señor: Y aquel no es Tomas de Carlos criado? Tus celos has declarado; y es bien que advertido estés, que Tomas por lo ingenioso llega con todos a hablar. Y no es más fácil pensar, que es contrario cauteloso, y que Carlos le ha enviado. Qué a la Duquesa no hablo? Que es hablarla, ni aún la vio: en notable extremo has dado. Y en fin Claudia es muy hermosa Sola tu puedes ser más. Poco la alabas Tomas. Si oyerás su dulce prosa, junto con ierla, dijeras, que tenía buen gusto yo, Ya Carlos no le agradó? Antes en eso pudieras su firmeza conocer; pues yo de Claudia entendí, que le miro bien allí. Todo Tomas puede ser. Fábricas quimeras va? Y el también la miraria. Claro esta, que ojos tenía, Claudia en fin se quedo allá, y a Carlos tienes aquí: Solo de Claudia te digo, que hablando después conmigo mil preguntas me hizo allí: y este diamante me dio, sin que Carlos lo supiese. Qué Carlos no lo entendiese es lo que más dudo muestra a ver. Verle, y no más. Pues no te fías de mí. Casi que no porque aquí alabármele podrás; y yo soy tan ignorante que note le ofreceré. Es muy bueno. Ya lo sé. Qué es lo que le dio? Un diamante. Ya no tengo que dudar: que dices Ruperto agora? No me le alabes señora, que no te le pienso dar. Es por extremo. Extremado. Y en fin Claudia te le dio para Carlos? Eso no, que para mí me le ha dado: si es que me le has de pedir dándome en oro primero lo que dijere un platero, con el te quiero servir: aunque hay platero también de piedras apreciador, que como un empedrador las entiende. Dices bien. Buena es la piedra Tomas. Si señor. Confusa quedo. No vi Rey pisar más quedo, ni que se aparezca más. Prenda es de más digno dueño Dueño tiene en mi importante dame señora el diamante, que ni le vendo, ni empeño. Bien sé yo que si merece estimación por ser bueno, que no estará de ella ajeno por el dueño que osle ofrece. Su dueño es este criado. Pues cuando otro dueño tenga qué importara? Linda atenga. Aquí Tomas me le ha dado. No le volváis estimade. Que gracioso desverío: Vive Dios señor que es mío, y que no se da debalde. Pues siendo Tomas ansí yo también le quiero ver. La desdicha que a temer llegué pude ver aquí, prenda Isabela le da al Rey. Ya le estimo yo porque a vos os agradó. Peor que en mí dedo está. En vos su valor aumenta. Este podéis vos traer en mi nombre. Eso es hacer sin la huéspeda la cuenta. Recibiole. Óyeme, advierte. Aquesta la causa ha sido, porque hal é al Rey divertido, Isábela le divierte. Por vuestro le estimare. El trueco ha sido extremado, señora si te has burlado, basta, di que me le dé, o que me le pague aquí. No perderás su valor. Qué dices Tomas? Señor, que soy yo quien te le di. Tú me le has dado? Y te advierto, que no le vendo fiado. Bien los dos se han concertado, haz lugo pagar Ruperto, este diamante a Tomas. Alguna eterna libranza, me darán, cuya cobranza es para siempre jamás. Si Carlos se le ha enviado, ciertos saldrán tus recelos. Aquí, Ruperto, mis celos el primer paso han ya dado. En él el Sol se retrata. Eso me debes a mí; pero cobrare de ti si la paga se dilata. Y yo me obligo a pagarte, cuando se haya dilatado. Que linda traza he pensado, señora escúchame a parte, dos veces le he de cobrar. Qué hablarán los dos aquí? El secreto fío de ti. Bien me le puedes fiar. Mas porque otra prueba intento, si en lo que he visto reparo, que en agravio que es tan claro, ya es afrenta el sufrimiento. Claudia, para él me le dio, por si lo sabe después, con otro que tú me des, cumplire con Carlos yo. Quién tal engaño creyera, o traidor! Traza extremeda. No digas a Carlos nada. No dirá Ifábela espera que yo lo he escuchado aquí. Señor. Quita. Escucha, advierte. Vete, u dárete la muerte, no estes delante de mí. Ay desdicha semejante. Señor. Vete luego. Cielos. que polbareda de celos ha levantado un diamante. . Isabela. Es excusado. Aguarda pues. Suelta. Hafiera. Qué es lo que tu engaño espera, Carlos si lo has escuchado. Sirena, cuyas palabras disfrazan mortal veneno, que con voces engañosas, dulcemente hiere el pecho. Remo ya que ha detenido, mi confuso entendimiento, en un abismo de agravios, sin dejarle ver el puerto. No busco disculpas tuyas, satisfacciones no espero, que quien de ofender se precia, no las dará en ningún tiempo. Tus sinrazones he oído, escuchado he mi desprecio, ya te vi ofrecerfavores, ya vi el engañoso trueco. De dónde mi desengaño, un fácil discurso ha hecho, y es que toda tu firnieza, en los diamantes la has puesto. Y en ellos también mi muerte, puntas de diamante fueron, que me has arrojado al alma: y ansi no aguardo remedio: a Isabela, quien creyera que en los dos se hallara ejemplo, en ti de rigor tan fuerte, y en mi de agravios tan nuevos: levantaronme tus brazos hasta el favor de tu cielo; y arrojaronme en un punto al olvido de los muertos: no sé si despierto lloro, o si en mis desdichas sueño: que tanto mal no es posible, venir en tan corto tiempo: ayer te vieron mis ojos, cuando los tuyos me vieron, vertiendo amorosas risas, y glorias de amor vertiendo: hoy parece que la muerte, aposentada en mi pecho, levanta contra mi vida el duro brazo violento: que pensamiento ha mudado ingrata tu pensamiento: las firmezas de tu fe quien las derribó tan presto? mas no es posible enemiga, que tu amor fue verdadero; nunca más firmezatuvo que la que hoy he descubierto: siempre escondiste mudanzas, siempre fáciles deseos; los favores que me hiciste fingidos alagos fueron: cierta señal que querías, como el traidor encubierto, en público asegurarme, para matarme en secreto: pero no es un daño solo el que tu mudanza ha hecho, que en las afrentas que sufro, y en los agravios que siento, el mayor es que a mi Rey, siendo soberano dueño, aquien adoro, y estimo, mi lealtad se le haya opuesto, sin saber que le ofendía, que tú te guardaste de esto porque mi valor rendido te diese mayor trofeo: por ti no se casa el Rey, que el que ha llegado indiscreto a fiarse de tus ojos, llora con mis daños luego: por ti mi opinión se pierde, y mi honor en duda puesto, a las lenguas de la envidia que da rendido, y sujeto. Por ti Leopoldo me afrenta; y por ti también su Reino volverá a trocar la paz en muertes, guerras, y incendios? Mira que de males causas, mira que agravios diversos proceden de tus engaños: pero sin causa te afrento; que solo de tu hermosura nacen tan tristes efectos; que aunque el alma los padecen no tiene arrepentimiento. Aguarda Carlos, escucha. No te escucho, porque temo que has de volver a engañarme, y ya escarmentado quedo. Oyeme Carlos, advierte. Si has trazado engaños nuevos tarde llegaras tirana, que hasta aquí disculpas tengo, por no haberlos conocido: pero ya cuando padezco tales danos no podré decir que a ignorarlos vengo, Deja enemigo de hacer sofísticos argumentos, pues cuantos aquí propones van de la razón tan lejos, que cuando verdades fueran, nunca cupo en nobles pechos venganza de las injurias con rigores tan violentos: y el que de amante se precia, hace mayores extremos por estimar lo que adora, aunque le maten desvelos. Calla, que son ya disculpas, y las verdades que creo podrán quedar desmentidas si a tus disculpas me acerco, que quiere amor que las oiga, y el alma admítelas luego, porque disculpas de amor olvidan agravios presto. Daré voces. No las des, no se escuche ni aún el eco que inficionas con las voces, y matas con los acentos. Reprime en ti las palabras, vuelvelas ingrata al pecho; que si en tu pecho se ahogan podrán ser los daños menos. A traidor! de mis palabras vas con alma ingrata huyendo, no porque engaños esconden, que siempre verdades fueron; mas porque no hallas disculpa que en tu causa pueda serlo: y aquí con mis propias quejas me quieres dejar muriendo: vuelve a examinar agravios, engaños examinemos, verás que te adoro yo, cuando me estás ofendiendo. De la Duquesa dicen que es criada, y que a Sicilia pasa y va a casarse. Y amí me quiere hablar? Hablarte quiere. Su nombre? Claudia. Cuidadoso quedo, todo me o fende ya, llega una silla, y decid que entre Claudia. 1. . No parece que está contento el Rey del casamiento. 2. . Por eso dicen que aborrece a Carlos. 1. . Si le ha casado al fin con poder suyo, porque al Duqué culpó? a. . No sé la causa. a difícil emp ésate treviste. c Imposible la industria facilita. Mándome la Duquesa mi señora, que para prósperar más bien la suerte que en Sicilia me ofrece, y guarda el cielo, besase aquí los pies a vuestra Alteza. Levantad, tomad silla, gran belleza. Estas sus cartas son. Glorioso premio gozará el que merezca ser su esposo. Eisberto, y Claudia aquí, válgame el Cielo! No hamentido la fama en cunato dice de Leopoldo. La gala, y gentileza en el quiso esmetar natura eza. En esta carta señora, no escribe más la Duquesa de que os estime, y os honre como a su persona mesma: y que a su servicio importa que yo en Napoles os tenga, hasta que otra cosa avise: fuerza será obedecerla, pues me manda que la sirva en lo que tanto interesa mi Corte, como es gozar de tan soberana prenda. Ruperto a la Infanta avisa. de esta dicha, porque sepa, como la señora Claudia hoy en su cuarto se hóspeda. La majestad, y hermosura. en ella iguales se muestran. Voy a avisar. Entrad pues. Perdóneme V. Alteza; y oígame primero a mí, que aunque la cláusula sea de la carta tan sucinta, en solo mi nombre encierra. muchas causas, y razones, remitidas a la lengua; porque entre ilustres mujeres, nunca señor se profesa tratar de su casamiento. por palabra, ni por letra: y ansi la Duquesa calla. lo que yo diré por ella; y puesto que a mí en su nombre me honráis, como ya se muestra. en la merced que me hacéis, digo señor, que pudiera culpar vuestra cortesía, y agraviar vuestra prudencia, si estás virtudes tan claras en vos no se conocieran. Porque Claudia. Porque ha sido, perdonad, inadvertencia mostraros tan olvidado de la causa que es primera. Pues de qué me olvido yo? De preguntar como queda la Duquesa mi señora. Pues Claudia, no quedó buena? Si señor, mas fuera justo que antes que yo lo dijera. me lo preguntaráis vos; pero habláisme tan depriesa, que pienso que os excusáis de hablar, y de tratar de ella; y aquello de que no se habla, o se olvida, o se desprecia. Yo la estimo. Por quién es, solamente es justa deuda que os obliguéis a servirla, sin que otra causa intervenga: y si el valor ignoráis que sus virtudes engendran, a duertid, que seis Coronas no inferiores a la vuestra en grandeza, dignamente se ofrecen a su cabeza. Que es la Imperial de Alemanía la de Ungría, y de Boemia; con los tres ricos Estados Milan, Ferrara, y Florencia: cuyos Príncipes, y Reyes la escriben como a su Reina; y porque sé que sabéis, que solo ha de merecerla el que sin ver su hermosura mostrare más su firmeza en servirla, hame pesado de no ver grandes finezas en vos, siendo aquien más toca por más digno aquesta empresa. Cuando yo Claudia pensara merecer a la Duquesa, y tratara de casarme, esas finezas hiciera; pero de Carlos ha sido excusada diligencia; y nunca tuvo orden mía; porque yo no me atreviera a proponerlo: entrad pues, que más despacio a esas quejas responderé. No pretendo escuchar otra respuesta, que la que aqui me habéis dado en ella; pues satisfechas quedarán las quejas mías, pues basta a satisfacerlas el no pretender casaros; y que sin licencia vuestra lo tratase el Duque, ay cielos! no castiguéis mi soberbia: mas pues vos os declaráis, es bien señor, que os advierta, que temiendo estos engaños; y con la misma sospecha de que Carlos la engañaba, la Duquesa con cautela a Nápoles me ha enviado porque esta verdad supiera; más pues de vos la escuché, agradecida y contenta del breve despacho, os pido, para volverme licencia, que la Duquesa no trata de casarse, antes desea el desengaño que llevo; y está aguardando estás nuevas: Solo la traición de Carlos con justa causa condena; pero sabrá castigarle aunque vuestro amparo tenga. Ya no basta el lutrimiento, ya no puede la paciencia sentir callando estos daños, ni sufrir tales afrentas. Poderoso Rey; qué aguardas cuando mis desdichas llegan a declararse conmigo, y contigo se aconsejan: que aguardas que no ejecutas en mí la venganza fiera, que tu rigor solicita: mas la vida que me dejas, es la venganza mayor, que no hay castigo, ni hay pena, como vivir el que es noble, con desprecio, y con afrenta, tú que al mundo diste causa, para que me conociera, cuando no por mi valor, por las honras, y grandezas que he recibido de ti, dejando memoria eterna de mi nombre, y de mis hechos, la fama que es pregonera. Tú que a mi lealtad fiaste, no solo honrosas empresas, no solo el poder, y mando de Nápoles, y sus fuerzas, sino que la voluntad, con ser rebelde potencia, que al mismo que la ha criado, el hombre aún no la sujeta. No usando de ella quisiste, que yo el primer móvil fuera, de todos los pensamientos, que en sus afectos se engendran. Tú que para honrarme más en ocasiones diversas, me dijiste tantas veces, que quisieras que naciera sin valor, pobre, y humilde, para que más bien pudiera; engrandecer mi humildad, y en noblecer mi bajeza. Palabras son estas tuyas, que a no ser de un Rey, pudiera decir que fueron lisonjas, que me engañabas con ellas. Tú que estas honras me hacías, permites que ansi las pierda, tú que me amparas me agravias, tú que me hon raste me afrentas? Yo traidor a tus oídos, u y que la atrevida lengua, an de una mujer este nombre de a Carlos! Quien tal creyera, que lo oyerás, y callaras, más de qué sirven mis quejas, si tanto se ofende Dios, del hombre que en otro espera. En mi desdicha señor, si bien a adnertir lo llegas, lo que más sentir podre, es ver que aunque en ella muera, no quedas tu disculpado; porque la fama parlera, dirá a voces mis delitos; y también de ti indiscreta, murmurará la elección, que de mi hiciste, pues fuera justo, que antes de estimarme examen seguro hicieras de méritos, y virtudes, para que no escurecieran mis vicios después tus glorias, y tu Reino destruyeran. Pues si clama mi lealtad, y en mí la traición no es cierta, también tu justicia ofendes, también sin disculpa quedas: pues los que después siguieren; mi desdicha en mi tragedia, verán el último premio, que sus servicios esperan. Sola una disculpa hallo, en tu favor que lo sea; pero esta callaba el alma, que no es bien que otro la sepa. Bastante causa has tenido, grande señor es la fuerza, que te obliga a perseguirme: más hay cielos! que es mi estrella. Acábese ya la vida; Claudia dile a la Duquesa, no que soy traidor, mas dile que trace mimuerte apriesa. . Guardas, prendelde, matalde; pero prendelde, y no muera, que por sentir sus agravios, ninguno merece pena. . ! Vey. Oh engañosa confianza que bien castigada estás, hoy tirano amor podrás tomar ya de mi venganza; yo soy la que desprecié, tu poder, más tu rigor conmigo ha sido mayor en el desprecio que hallé. Siempre del caso temí tan triste arrepentimiento. Ay Fisverto, lo que siento es no arrepentirme aquí, libre de amor, y cuidado mostré esquiva condición, hasta que haciendo elección, forzada a tomar estado, a Leopoldo me incliné; y cuando yo imaginaba que él en mi amor se abrasaba, y verle determiné; he hallado mi pensamiento tan burlado como has visto, pues solo penas conquisto, dando esperanzas al viento. Y al fin perdida podrás, valerte del desengaño? No fuera tan grave el daño a poder volver atras: bien pensé yo retirarme en viendo tal ocasión; mas ya todo es confusión, y sin defensa entregarme a morir, y a padecer; con tu desprecio me abraso, que ya no puedo dar paso que no sea para querer. La Infanta, y el Rey señora os esperan. Ay de mí! disimular quiero aquí las penas que el alma llora: Y mandó a Carlos prender el Rey? Mas piadoso está; este Palacio le da por cárcel. Hasta saber por quien Leopoldo me olvida he de morir, y callar. Tus danos vas a aumentar. Lo menos es ya la vida. . Claudia en Napoles, Tomas, y el Duque parte no ha sido para que ella haya venido. En notable engaño das; escucha así Dios te guarde, oye la disculpa aquí; espera. Sí a Claudia vi, tus disculpas llegan tarde. No es posible deshacer mi enredo, no hay concertarlos, ni ella me escucha, ni a Carlos le puedo satisfacer. No hables en suabono aquí. Óyeme por Dios. Ay Cielos! bastaba para mis celos darte ella el diamante a ti. Sabes que pienso señore, que por no me le pagar no me quieres escuchar. Que agravios el alma llora; si a Carlos viene siguiendo Claudia, que podrás decirme, que deje de persuadirme a la verdad que estoy viendo. Solo te quiero advertir, pues no me quieres creer, que suele danoso ser no dejarse persuadir con razones el discreto: pero señora, que intentas, si en medio de sus tormentas pones en mayor aprieto al Duque, no es ocasión esta de enojo, nicelos, porque podrán tus desvelos causar mayor confusión: cuando le ves perseguido, y en desgracia de su Rey, guardas al rigor la ley: duélete de un afligido; llegue a consolar su pena tu soberano favor, habla al Duque mi señor, mira que acaso condena, ya tu amor por inconstante: y muy posible sería fabricar señora mía del trueque de aquel diamante alguna sospecha fiera; que lo demás es engaño: Bien dorado traes el daño de tu lengua lisonjera; que bien Carlos te ha inducido. en sus engaños. Advierte: Vete luego. De mi muerte mi lengua la espada ha sido: más Carlos viene, y podrá responderte: Ay Duque ingrato, quien borrara ya el retrato, que dentro del alma está. Piadosa me escucha; pues cruel respondes a las quejas mías, que los nientos rompena No vengo Isabela, F 01 ay que dulce nombre, cuando amor tenía trato menos doble. No vengo enemiga a que tus rigores pierdan la venganza, sus crueldades gocen. Ni tampoco vengo (tus ojos perdonen) a que con sus rayos templen mis pasiones. No vengo a decirte penas, ni rigores, pasados engaños, presentes traiciones. Vengo solamente, a que el alma donde pudieron caber tantas sinrazones: sea capaz de oír: pues se queja a voces la razón que ofendes, y entre hierros pones, No sea esclava siempre la señora noble; oye a la razón lo que te propone. Si a mí me desprecias para que coronen Reyes tu hermosura, que sirvan, y adoren. Elección tan justa no es bien que la estorbe; antes a ayudarte mi amor se dispone. Calidad, y hacienda. hacen rico dote: yo quiero Isabela para que a un Rey honres, siendo esposa suya, que mi Estado goces: En ti le renuncio, con tal que perdonen; tus ojos hermosos, mis altos blasones. No quiero señora, quí mi Rey desdore mis claras hazañas, ni mis glorias borre. Deja que se case, esconde tus soles! donde no den causa que los vea, y adore: que otros Reyes hay a quien almas roben, y aquien con sus rayos matarás de amores. Deja que Leopoldo su libertad goce; pero es cautiverio de eternas prisiones: el que tiene amor, que aunque prende entonces, no puede después soltar corazones. Por la fe te ruego que mi pecho esconde, con que te he adorado, pues tú la conoces: y por tu hermosura, que es bien que la logres; causa de estos daños, que este bien me otorgues yo me iré a vivir a extrañas Naciones; donde tú me faltes, y desdichas sobren. Oyendo tus quejas, sintiendo las mías, confusiones hallo que amorir obligan. Cuando yo enemigo, soberbia, y altiva desprecié tu estado de anterés vencida? Cuando de Leopoldo la Corota rica, prometía mi frente de él favorecida? Cuando yo he estorbado que se case, y viva siglos venturosos, sin vejez prolija? Yo afrento tus glorias? tú a mis ojos fías tan torpes empleos, que tu honor impidan? No te entiendo Carlos, aunque bien podría, si ha venido Claudia a robar mis dichas. Culpas mi firmeza, tu amor calificas, porque yo me olvide de que tú me olvidas. De estos desengaños, la verdad confirma Claudia, que te sigue, cuando tú la obligas. Yo no busco Estados, Reinos que autorizan, porque el alma solo sigue lo que estima. Que a nacer tu pobre, fuera yo más rica, pues amor me diera glorias que me quita. Mis desprecios lloras, tus celos públicas, cuando en tus desprecios muero aborrecida. Troquemos las penas, si es que amor te obliga; dame tus agravios, toma mis desdichas: Pero no querrás, que el alma te avisa que podrán vengarme si en tu pecho habitán. La sospecha injusta que del Rey fábricas es por desmentir las que al alma incitan. Este es el diamante que yo en cortesía recibí del Rey con alma sencilla. Pero no es la causa ver que le reciba, si no que llevase el que tanto estimas. Y si en mis ofensas rebelde porfías, la ocasión te lleva, al dedo la aplica. Muéstrale a Leopoldo; di que mi fe limpia, te le ha dado en precio de otra fe rompida. Aa señor, ya no hay paciencia para sufrimiento tanto: de mí ha nacido este encanto; yo traje esta pestilencia: llevara el diablo el diamante, nunca te le diera yo. Que aguarda quien esto oyó. Tu prudencia es importante. Bien temí, cierta ha salido mi sospecha, que pesar! el valor llega a faltar, a mi pasión me he rendido: matarele; pero no, quédese aquí mi locura; goce Carlos su hermosura, vivan ellos, muera yo. Carlos, Isabela. Ay Cielo! No os turbéis, dalde la mano al Duque. Es dicha que gano. Carlos, llegad sin recelo, vuestra esposa es ya Isabela. Sí señor. No hay que aguardar, hoy os habéis de casar. Entrad. El alma recela. Venid. Boda con azar. Tu valor has descubierto. Tal desengaño Ruperto, la vida me ha de costar.

JORNADA TERCERA

Advierte señor, que ya de estos extremos murmuran. Si mis daños tanto duran, la causa se acabará presto, no daré ocasión a que murmuren de mí que la pena que escogí volverá por mi opinión. porque siendo mi homicida responderá con mi muerte, que fue resistencia fuerte no perder luego la vida. Si tú a Carlos has casado, y con gusto tuyo ha sido, porque estás de esto ofendido? Con mi gusto, haste engañado Nunca de un enfermo oíste, frenetico del dolor, que llevado del furor a sus daños no resiste; y ajeno ya del sentido, procura precipitarse, y al fuego, o al mar echarse? pues esto me ha sucedido: que cuando a Isabela vi, que a Carlos favorecía, y a su amor satisfacia, dándole mi prenda allí: Yo frenetico de amor, con mis propios daños ciego, me quise arrojar al fuego siguiendo el daño mayor: Caselos, imagine templar mi doloransí: pero más fuego encendí, mayor confusión hallé: y lo que más me desveía, es, que no me determino a enfrenar mi desatino, ni a que lo sepa! sabela. Si sabe, que es ya señor, tan público tu cuidado, que imagino que ha llegado. Carlos a entender tu amor: y hay quien diga, que en el crece la sospecha de talmodo, que ya se ofende de todo, lo y que a Iábela aborrece, sin que dél se conociera; que después de estar casado, le haya una mano tocado. Ojalá que verdad fuera. Y que esta melancolía de tu amor le ha procedido. Padezca, pues parte ha sido también de la pena mía. Señor, los daños advierte, y que es remedio importante quitar la causa delante. Auséntalos. Mayor muerte: si sabes que no he querido, que de Palacio llabela saliese; porque recela el alma, que si ha salido tras ella, se ha de partir al cuerpo desamparando: Como sin alma quedando ausente podré vivir? Mas de donde tú has sabido que isábela a entender llega modano mi pasión? De qué es tan ciega que todos la an conocido; o Isabela con cautela no se da por entendida. Pues yo he de perder la vida, o de he gozar dell sabela; traza tú el remedio amigo. aira Viviendo Carlos, no sé como dártele podré. Muera. Carlos mi enemigo, y viva yo, que respondes? Que muera pues tú lo mandas. Si al paso de mi amorandas Ruperto, no correspondes. como vastallo leal, que amor manda como injusto; y aunque veas que me das gusto, nunca me aconsejes mal Ve luego; y a Carlos di que ha de comer hoy conmigo, hara que tu feas testigo que estaba fuera de mí, cuando imagine matarle: ve presto. A avisarle voy. Aborreciéndole estoy por más que me esfuerzo a honrarle Tomas, dilatar quisiera el remedio que pretendo, si el mal de que estoy muriendo algún espacio me diera: otras veces he querido descubrirte mi dolor; pero es tanto su rigor. que aún este bien me ha impedido: Tu conoces la ocasión que a mi muerte darla puede, di de donde le procede a Carlos tan gran pasión, porque aborrecerme llega, Carlos, porque con rigores corresponde a mis favores, y el premio a mi amor le niega: Si como el alma imagina, es Claudia quien le divierte, que estimo su vida advierte; y que ya se determina mi amor a padecer tanto, que por no le darpesar, sabré mis penas callar, consumiendo el alma en llanto. Fasta señora, por Dios, que me enterneces, y haré pucheros: como piodré concertaros a los dos; pues cuando a Carlos adoras, tu misno amor te condena, del favor nace la pena, que a él le aflige, y que tu lloras Pues cómo, cánsale ya la posesión del favor? Antes por tenerte amor, en tan loco extremo da, no es Claudia no, tu hermosura estos daños ha causado. Del Rey conozco el cuidado, y mi grande desventura temo, porque su poder puede afligir, y turbar a Carlos, no con pensar que yo le podré ofender; pero con solo el temor de que es Rey, y que podría con violencia, y tiranía querer conquistar mi amor. Esa sospecha cruel la causa ha sido. Ay de mí como si causa no di, es tan poderosa en él? Y yo de eso mismo infiero, que esta pasión rigurosa viene a ser tan poderosa, como en la Corte el dinero. Cómo? Sí a advertirlo vienes, hallarás que son iguales la sospecha en causar males, y el dinero en causar bienes. Gran dinero, gran poder: pinta un hombre sordo, mudo, tan ignorante, y tan rudo, que venga afaltarle el ser: el cuerpo de un alcornoque, estevado, cambo, cojo, zurdo, de ambos, o el un ojo que esté apuntando un bodo que: pintaleflaco muy seco, larga nariz, brevefrente, y que tenga finalmente de hombre vivo solo el eco: píntale un gordo, que asiento no toma sin que le sientan, porque al sentarse revientan, mil tempestades de viento. Y porque más te abomines, pinta un capón, o un mulato, que calce un buey por capato, y que no gaste escárpines. Que si le ampara el dinero, será en extremo dichoso, discreto, galán airoso, cortesano, y caballero. Isabela. Esposo amado. Sabes que el Rey mi señor, para aumentar el favor que me hace, hoy me ha mandado que coma con él. Merece. tan gran merced tu lealtad. Hónrame su Majestad, mas que yo pido me ofrece, dame licencia señora, para que hoy coma sin ti. No hay más gusto esposo en mí, que el tuyo, siempre le adora el alma; y de suerte siento verte sin él, que comprara, si con mi vida se hallara, todo tu gusto, y contento. Mis disgustos Isabela, nacen de no ver casado al Rey: ay que otro cuidado es el que al alma desvela! El Rey, pues también le está, no dilatara el casarse. Mientras ha determinarse no llega, pena me da. Tu pena siento señor. Gran desdicha estoy temiendo. Vete con Dios. Si te ofendo, iré allorar mi dolor. Duqué Carlos, señor mío, quien turba tu entendimiento, que extremos de sentimiento son estos? Mi pena fío, de mi prudencia, y valor, y engañame mi paciencia, que no basta mi prudencia, a encubrir tan gran dolor: porque cuando más le estrecho, sin dejarle que halle puerta, como a postema encubierta revienta dentro del pecho, ven acá, solo de ti quiero mis daños fiar. Mi fe se puede agraviar, de que me niegues aquí, secreto que no me digas. Posible es que no has llegado a conocer mi cuidado? Con esa merced me obligas, a decirte sin temor, cuál es la herida, y la flecha. Y cuál es. il e ecese De tu honor. ere Calla, que es tan delicado ese nombre, que podrá el eco de tu voz, ya dejarle excuro, y manchado. Nombra a la sospecha aquí, y no mientes al honor, que al cuerpo ocupa un temblor, frío después que te oí: squito mas que calidad, Tomas, das tú a la sospecha mía? lo Tu engañosa fantasía C la engenora. obr Engañado estás; porque esá es común sosp y algún remedio admitio: pero la que tengo yo, de ninguno se aprovecha. En el favor solamente, se desvela cautelosa, que me ofende rigurosa, con lo que otro alivio siente. De ver que el Rey me casó, tan de prisa, y tan turbado, y que habiéndome casado, disgusto, y pesar mostro. Varios discursos he hecho, y aunque llamo a la razón, todos cuantos hago son, vívoras que encierra el pecho: casarme de aquella suerte, mandar que en Palacio viva! Señor. Ha sospecha esquiva, acaba de darme muerte. No se que halles que dudar, en la merced que un Rey hace, pues con ella jatisface, a lo que te debe honrar, ni sus disgustos señor te deben entristecer: pues todos pueden nacer, de otra causa, y de otro amor, no trates con tal crueldad, tuinocetente, y casta esposa, laurel, y corona honrosa, de virtud, y honestidad. Contempla aquella belleza, ocupada en tus favores, diciéndote siempre amores, nacidos de su firmeza. Mira la sospecha mía, templa ya de amor la llama: porque cuando amor me illama, huye honor, y se desvía. De cierta dama se cuenta, que estando ausente el marido, cogió aquel tiempo perdido, corriendo su honor tormento. Pero llegando a temer su yerro, como culpada, imaginose preñada, al galán lo hizo saber: previno el daño, y trazó jaraves, purgas, sangrías, mas como no era de días, nunca la criatura echó; sin bastar las diligencias, iba creciendo el preñado tan mal acondicionado, que todo era impertinencias. Antoje sele una vez comer de Francia un melón, pepinitos del lapón, y manzanitas de Fez. Que pasaría el triste padre, en contentarla, y servirla, que costó la canastilla, y el prevenir la comadre. Cuatro veces en un día a gran priesa la llamaron, y más de diez trasnocharon, pensando que pariría. Pero el preñado pesado, quince meses la duró, y al fin de ellos no pario; porque no estaba preñada. Ya se que Isábela ha sido, quien le causa al Rey desvelos, y yo abrasada con celos, adorando estoy su olvido: pero mi industria sabrá, remediarlo, y ausentarlos, Tomas deja solo a Carlos, Vete. Solos quedáis ya. En esta carta su daño, y mi dicha escribe amor, mi pena será menor, si hoy con la verdad le engaño. Quién menos los danos ama. más presto viene a encontrarlos tu irás a la sierra Carlos, si el Rey te sopla la dama. . que me madas Claudia hermosa Que leas lo que me escribe la Duquesa. Ya recibe pena amor de cualquier cosa. Los disgustos del Rey nacen de Carlos; y mientras en Palacio Carlos vive; y de su lado; y Corte no se ausenta, no ha de casarse el Rey: lei mi afrenta. Qué dices Carlos a esto. Del favor que el Rey me hace, la sospecha infame nace en que mi honoranda puesto. Honor; y amor, que queréis, dejadme de atormentar, que si me habéis de matar bastante ocasión tenéis. El consejo que me da esta carta, seguir quiero, que suyendo del Rey, espero que mihonor se salvara. Duque Carlos. Qué rigor Causa a sus desvelos di. Hy cielos, siempre temí la sospecha en el favor. Como no me respondéis, Carlos como no me habláis? pues respuesta no me dais, la carta es bien que me deis. Tenga amor de mi piedad, su sospecha aumentaré, y a Carlos, y al Rey sabré engañar con la verdad. Al potro del honor el cuerpo atado, las vueltas dan al alma del tormento, verdugo viene a ser el pensamiento, el recelo juez, pleito el cuidado. Las cuerdas del rigor han apretado, la fuerza desfallece al sufrimiento: Confiesa lo que sabes al momento? no sé que confesar verdugo airado. Aflon pensamiento, que la culpa mi sospecha dirá, pues la confiesa; escriba entendimiento su deshonra, Mientes no digo tal, gentil disculpa: aprieten e el cordel, aprieta apriesa, que aunque me mates morite con honra, Digo Fisberto, que amor se ha declarado conmigo; y que viene a ser testigo del desprecio, y del rigor con que Leopoldo me trata. En fin el quiere a Isabela? Y ella con sagaz cautela, ni le corresponde ingrata, ni amante le favorece; mostrando que no ha entendido su amor de dónde ha nacido, la esperanza que en mi crece; y así yo por excusarle al Rey de que vea presente la causa, y porque la ausente a Carlos, quise mostrarle aquella fingida carta, que sin duda obligará a que de Nápoles ya con Isábela se parta; y ella ausente, al Rey contemplo tan dócil, que ha de olvidar su pasión, y ha de estimar mi amor de firmeza ejemplo. Y si desprecia tufe. Corrida del desatino que emprendí, volviendo a Uibino mis desdichas lloraré. El Rey viene. o De su amor me vendrá a dar parte a mí. Vete Fisberto de aquí. Claudia. Qué fiero rigor! dejáis ya veros, y hablaros señor, Cuando para ti ha faltado gusto en mí de verte. Temo enojaros, que en vuestra melancolía, no hay calidad, ni exceción de personas, que es pasión que no admite cortesía: dícenme que al más amigo la entrada se le defiende. Eso con todos se entiende: pero no Claudia contigo: Qué te escribe la Duquesa? Nuevas quejas. Pues qué dice. Tus intentos contradice, manda que me vaya apriesa; que como solo he venido a ser encubierta espía, y sin diligencia mía la verdad he conocido: Hela escrito. Qué escribiste. Tu tristeza, y desamor ya sabe. Ciego rigor! La causa porque estás triste, (como si presente a quí la Duquesa mi señora estuviera) sabe agora. Burlando te estás de mí: es engaño. Si lo ha sido con la verdad te engañé. Tu inconstancia culparé, tu Claudia me has prometido el secreto. Verdad es; pero como mi lealtad: le ha de negar la verdad si ha de saberlo después, que de mi podrá ofenderse. Ay Claudia, tu discreción me divierte, y mi pasión puede también suspenderse contemplando en tu hermosura; bien se que me has engañado, y que no la has avisado, de este accidente, o locura a la Duquesa; y pues va le has llegado a conocer, no se le des a entender, que algún remedio tendrá. El que tiene mi esperanza; pues si me manda partir, que la puedo yo escribir. Tu ingenio todo lo alcanza, escribela que la adoro. Mintiendo? Verdad será, si mi pasión lugar da. Vedlas desdichas que lloro! Si escapo de este cuidado, yo premeto Claudia mía, quererla solo en un día, cuanto de amarla he dejado. Y es a mi lealtad decente, prometer que sanará, un gusto que enfermo está, y un amor convaleciente? Bien lo puedes prometer. Si el alma se asegurara, aunque muriera esperara, por verme de ti querer: pero aquí sale a aumentarme Isábela mis desvelos. Hacelda piadosa cielos, mirad que viene a matarme. No llego a mala ocasión; pues viniendo a suplicarte, que una merced me concedas, podrá Claudia apadrinarme, que importa mucho al que ruega, hallar quien haga sus partes, y ver con semblante alegre, al que las mercedes hace. Y si la presencia hermosa. de Claudia contigo vale, no es posible señor mío, que de mi ruego te canses. Mas me ofendo de que pienses, que ansí podrás obligarme, Isábela pues tu dudas, de lo que yo sé estimarte, tú con migo has de valerte, de padrinos ni ayudarte, de más favor que tus ojos, para que todo lo alcanzes? Pide el mayor imposible, que te juro de enojarme, si me llegas a pedir cosa que pueda ser fácil. De esta palabra fiada me atreveré. No dilates la causa. Escúchame pues, que es fuerza que se dilate. Desde aquella tierna edad, en que las flechas mortales, de amor alcanzan victoria, de quien su poder no sabe. Via Carlos, y el alma luego quiso amor que le entregase, y que de mi libertad antes él, que yo gozase. Pero no fue amor ingrato, en unir las voluntades, que con una misna flecha, dos almas hizo juntarse. Curó nuestro limpio amor creciendo, sin que dejase, que el uno al otro se dierle ventaja de más constante. Hasta que tú, que su duda piadolo de penas tales, casándonos permitiste, que dos vidas no acabasen. Celebre tu nombre el mundo, vivas felices edades, que en dos almas de unafe, tan dulce prisión echaste. Hoy pues que con el estado, de este lazo inseparable, crecen las obligaciones: amor quiere adelantarse, no a temer, a prevenir algunas dificultades, que solo prevenir puede, el que se precia de amante, Carlos mi esposo que siempre con pensamientos leales, en tu servicio ha mostrado, o cuidado vigilante. Desuerte llega a sentir, que tristezas te acompañen, y que gustos no te sobren, que pienso que han de matarle tus mismas melancolías; porque imaginan que es parte, el no acertar a servirte, como lo supo hacer antes estos temores en él, siempre podrán aumentarse, mientras que tú como el Sol sin eclipse de pesares no alumbras claro, y sereno, que infunden las majestades, en los vasallos tan firmes, y a los bienes, y a los males. Alegra tu Reino pues, trata señor de casarte, que digna esposa te aguarda, deja efetos desiguales de tu valor, y prudencia; porque con esto se acaben, en ti tristezas injustas, y en Carlos penas tan grandes. No sabes lo que has pedido, o mujer la más constante, en querer a mi enemigo, y en saber tormentos darme. Esta pues es la merced, que tu señor me otorgaste, y que tu Reino desea, por lo que viene a importarte, Hy cielos, sin duda ha sido prevención para excusarse, que si sabe que la adoro; con esto quiere avisarme, que no ha de estimar mi amor: pero bien podré engañarme, ven acá Isabela, Carlos a tu amor no satisface con igual correspondencia? ha llegado a despreciarte? Nunca el marido prudente, aunque méritos no halle en su esposa la desprecia, como su fama no manche, ni tan poco se permite, a mujeres principales, quejarse de sus agravios, sino al mismo que los hace: Carlos me estima, y me quiere. Dichoso el que ve premiarse! y quieres tu mucho a Carlos? No sabré yo declararte en lo que el alma le estima, mas si pudiera trocarse la suerte de ser su esposa; y sin conocer sus partes, naciera yo solamente para ser de los mortales, señora que a todo el suelo, diera leyes inviolables: quisiera sin tener ser, que los alientos vitales no hubiera gozado el cuerpo, ni que saliera a admiararse de esta máquina del mundo, compuesto de variedades, causándole pasmo a el alma, agua, fuego, tierra, y aire, todo señor lo perdiera, por no perder un instante, la dicha que en Carlluenabo, la gloria que hallo en amarle. Quien esto escucha que aguarda; pero más se enciende, y arde el pecho en celosa envidia, viendo su fe tan constante, mas a un Rey todo es posible, Isabela? ay pena grave! Que me mandas. Qué haces bien de quererle, y de adorarle. Las tristezas de Leopoldo solo de tus oíos nacen siempre te mí tu hermosura, o isábela, disculparse puede el Rey, que el que ha llegado a verte es fuerza entregarte, el alma, que tú le tienes sin que espere hallar rescate. Claudia, culpa a mi desdicha que mi hermosura no es parte, y no respondo a tus quejas, porque mi honor las deshace. Si eres tú quien se lo estorba, en vano le persuades a que cobre los sentidos, y a que te olvide, y se case. O Dónde el remedio de mi mal espero, hallo nuevas desdichas, y temores; sufro el dolor, y callo los rigores con que me aflige mi tormento fiero. Digo que vivo, y tristemente muero; cojo desprecios, cuando siembro amores, de Carlos me prometo los favores, y el me aborrece al paso que le quiero. Pero por más que el daño de mi pena el alma triste disfrazar intente, no podrá en mi durar el sufrimiento. Que soy como el que canta en la cadena, que parece que alivio entonces siente, mas luego vuelve al llanto, y al tormento. Que os retiréis han mandado, honor mío alto a marchar, que no es cordura aguardar a que nos mate el cuidado: la guerra se ha declarado, el contrario es poderoso, huirle el rostro es forzoso; que será poca prudencia quererle hacer resistencia, si ha de salir victorioso. Huyamos de su rigor, porque la sospecha fiera, faltando la causa muera, y vos quedéis vivo honor: no habéis perdido el valor, si con tiempo os retiráis, porque con esto mostráis, que antes de ser ofendido el daño habéis prevenido sin que la opinión perdáis. Hay soberanos despojos, mas que no al sueño al dolor entregados, y al rigor con que os tratan mis enojos: perdonad hermosos ojos si dejo con mis cuidados vuestros rayos eclipsados; que aunque culpa no tengáis, por la muerte que me dais es bien que estéis enlutados. Perdonad, si no me veis mas que otras veces contento, que no es mi menor tormento veros que tristes estéis; si mi pena conocéis disculpa tiene mi error, que aunque me muero de amor por veros, y contemplaros; no puedo alegre miraros, que me lo estorba el honor. Sin causa padezco, ay Cielos! mi pena es ya mi homicida, ríndase al dolor la vida, y acaben tantos desvelos, Rey. Hy cielo soberano. Carlos. Durmiendo Isabela, se resiste, y se desvela, y al Rey llama, no es en vano. Rey. O sospecha enemiga, hasta aquí me has perseguido, si el poder se le ha atrevido, y a extremos tales la obliga; pero es sueño, que crueldad! u se honor? Cario Ay de mí! no pases sueño de aquí, que nunca dices verdad. Gente, criados esposo, que me ahogan, que me matan; ay Carlos, tus manos tratan castigo tan riguroso, cuando huyendo yo de mí me retiré a este aposento, cuando mi propio tormento me estaba matando aquí; cuando una congoja fiera, cuando un desmayo mortal rinde el aliento vital; tú me ayudas a que muera: tus manos me dan la muerte; Carlos tu airado conmigo, tu esposo, eres mi enemigo, en que llegué yo a ofenderte, dime en que pude agraviarte, y acaba mi vida aquí, mas pienso Carlos que en mí es ya ofensa el adorarte, si en esto mi culpa está, advierte que este rigor, ni se le debe a mi amor, ni mi honor le sufrirá. Cuál me dejas honor de pena el alma, cual me tienes amor de fuego el pecho; no se cual de los dos con más derecho pretende con mi muerte ganar palma. Que honor de amor las penas deja en calma; y amor de honorlos daños ha deshecho; prueba a matarme honor, y a su despecho amor la herida con veneno ensalma. Si alguna vez en el teson pesado, treguas haciendo a ser llegan amigos, no por eso mi pena es mepos fuerte. Porque hallo la sospecha luego allado, vuelven a batallar, A un abismo de tormentos ciego el sentido entregué; hiciste lo que mandé. Sin penetrar tus intentos te he servido, este señor es el retrato. Y en él se descubre, que el pincel de Apeles no fue mejor. Es en todo semejante al divino original. Para divertir mi mal no hallo remedio importante. Si amas señor a Isabela, porque el retrato has pedido. de Claudia. No has entendido lo que ya el alma recela: presto verás el efecto para que te le pedí; y advierte Ruperto aquí, que has de guardar el secreto. Claudia sale. Tu opinión importa más. Si la vida, ya está a la causarendida, discúlpeme mi pasión. Pues Claudia hasla ya avisado a la Duquesa María del cuidado, y pena mía? De tu parte la he engañado, escribila como ordena tu Alteza, que en su hermosura adoras confe segura, y que es causa de tu pena. Que escribiste bien advierte, no la engañaste. Eso fuera. os a darme muerte. . si yo señor no supiera la pasión que te divierte, y quien la causa. Engañada estás, que ninguno puede decir de donde procede mi pasión. Traza extremada, pues a mí también señor, me pretendes engañar. Presto te haré confesar que no entiendes mi dolor. Ya no basta el sufrimiento, ojos publicad llorando mis desdichas. Disfrazando la causa, y el pensamiento pedirle al Rey determino licencia, y partirme luego. Tu esposa señor. Ya llegó al último desatino: a que aurá venido aquí. Ilábela vos lloráis, vos a mis pies derramáis perlas: alzad. Ay de mí! Cuando otra vez a tus pies te publiqué mi dolor, pensé que le conocieras; y que más piadoso hoy a mis quejas te mostraras; que el que es discreto señor, nunca dilata el remedio aquien de él necesito: ya no vengo a suplicarte que diviertas tu pasión, porque aquien le causan glorias, alivio las penas son. acompaña a tus tristezas; sigue tu engaño, que yo Sé bien que te ha de pesar; si a escuchar llegas la voz del prudente desengaño, que otras veces te avisó, que solo sirven tus penas. de escurecer tu valor. Ya no pido que te cases, que este estado es mue rteatroz a que se obligan las almas, si el gusto no precedio: solo te pido licencia para quitar la ocasión de que Carlos que es mi vida, muera a manos del dolor, tus penas le han de matar: y ansí previniendo voy que no llegue a esta des dicha, ni yo a ver este rigor: pienso señor que ha de ser? de su vida redención, enajenarse de verte, carecer de tu favor; porque estando en tu presencia, siempre que a verte llegó, tus mismas penas le tiran saetas al corazón; y no viéndote presente me facilita mi amor que ha de cobrar el contento que en tus tristezas perdió; el campo alegra, y divierte;, y el rústico labrador ofrece allí sin lisonjas, sabrosa conversación: allí viveré con él, dondé podremos los dos; sin ocupar la memo ría con otra imaginación, salia conformes, y alegres. a ver madrugar al Sol, y haver despertar las aves, que entonan dulce canción: tal vez el monte cercando, rompiendo el viento veloz, alcanzarán nuestras flechas al suelto corzo que huyó. Esto a Carlos le conviene: tu soberano señor nos da licencia, y nos manda salir de Napoles hoy. Esta merced me concede, si mi llanto te obligó que estorbas la muerte a Carlos y aumentas vida a los dos. Oh gloria de amor, o ejemplo raro de firmeza, y fe: la fama inmortal te dé digno blasón en su templo: De solo aqueste vestido, mi pensamiento entendio. Qué logro aquí se perdió un usurero marido. Confusa el alma ha quedados vuelva mi valor por mí, Carlos de camino aquí; ved los daños que he causado el sentir vos mi dolor, y el quereros ausentar, no tienen igual lugar: más que amistad es rigor; que el que se precia de amigo, no ha de ir del amigo huyendo, sino estar siempre asistiendo, siendo al bien, y al mal testigo; mas si puede mi cuidado disculpa con vos tener, aquí podéis conocer la causa que me le ha dadó: conocéis esta pintura. Qué es esto. Aquien le parece. El original ofrece presente ya su hermosura, Y quién es. Claudia. Ella ha sido, Carlos causa de mi mal, y antes que el original viera, me turbo el sentido, este bosquejo, y en él, sin que a nadie parte diese, ni a su dueño conociese, cifré mi pena cruel, hasta que a su esfera el fuego allego, y ver merecí a Claudia, creciendo allí mi mortal desesosiego. Rey en fin discreto, y sabio, Prudente cautela ha sido. Con esta industria he querido satisfacer a su agravio; vive tu Carlos que ya mi pena, y dolor murio. Ya el alma descanso halló. Y Claudia también podrá pues ella este daño ha hecho agradecida a mi amor con la Duquesa, mi error disculpar, que ya en mi pecho vive, y el alma la adora. Habla Fisberto por mí. La Duquesa mi señora es Claudia. Cielo piadoso. Si es sueño, ay cielos! De amor son extremos. Y es favor que a un Rey puede hacer dichoso Temiendo encubiertos daños que en semejante ocasión, si se hyerrá la elección disfrazan torpes engaños; quise yo misma inquirir la dicha que he de gozar, si bien la llegué a dudar. Dulce engaño. Si advertir se llega, con la verdad te engañé, siempre de mí bastantes señas te di con segura voluntad. Di que es el laurel, y pala, que se debe a mi firmeza. Esclava soy de tu Alteza. La mano te doy, y el alma. Conocer pudiera en ti esta encubierta deidad. Danos tus pies. Levantad mis brazos, honrada quí. Vuestra Alteza satisfaga mi deuda. No te han pagado. La libranza han aceptado, mas no se ha hecho la paga. Qué es la deuda? Tu diamante vendí al Rey. A valer viene, mas si tal dueño en vos tiene, no hay paga que sea bastante, seis mil ducados Tomas mando que te den por él. En dinero, o en papel. En oro. Como Rey das, que libranzas de señores, nunca llegan a pagarlas, sin primero cercenarlas, Tesotero, y Contadores. Carlos si de tu cuidado, de mi desprecio, y tu oívido, Leopoldo la causa ha sido, ya ceso, ya está casodo. Premio es digno a mi lealtad. Ya pues de verás termé, dando fin también diré, que engañe con la verdad.