Texto digital de Los empeños que hace el amor
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Juan de Cabeza
- Atribución estilometría
- Juan de Cabeza Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la transcripción automática de la edición de la Parte I de Comedias del maestro Juan Cabeza (1662).
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Los empeños que hace el amor. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/empenos-que-hace-el-amor-los.

LOS EMPEÑOS QUE HACE EL AMOR
JORNADA PRIMERA
Eres mujer, o eres fiera? Eres fiera, o eres hombre? Eres del olimpo rayo? Eres rayo de ese móvil? Eres parto de esas peñas? Eres parto de esos montes? Porque te miro de suerte. Porque de suerte me coges. Qué juzgo. Que pienso al verte. Que en este vago orizonte. Que en esa esfera de nieve algunos brutos feroces. Algunas fieras crueles. Entre odoriferas flores, Entre empinados cipreses. Sin alma te hicieron hombre. Te hicieron mujer sin alma. Para que saliendo al Orbe. Para que saliendo al mundo. Por enmarañados bosques. Por tanto verde obelisco. Que son sombras de la noche. Que es del olimpo garzota. Fueras racional biforme. Fueras femenil vestiglo. Que amenazando terrores. Qué espantos amenazando. Convirtiese en rayo el monte. Convirtiese en trueno el valle. Cuyo golpe. . Cuyo chonque e Los fresnos hiciese incendio. Hiciese negros carbones, Desde los pernados sauces. Desde los copados robles. Hasta el eminente pino. Hasta el ojoso alcornoque; di, acaba, que ya te escucho. Di, pues ves mis atenciones. Tú has de decir. Tu primero. No si no tú. . Pues me oyes, obedecerte aquí intento. Sean pues mujer tus voces. Pues sea aquí tu atención. Quién aquesta vez me informe. Quién aquesta vez me escuche. Para aliviar mis dolores. Para desahogar mis penas. Ya te escucho. . Pues si oyes se monte, Al rematar el ceño de en que sirve de garzota al orizonte de torre al risco, de penacho al valle, que entreteje de ramos una calle, se despeña el Éufrates, líquido en plata, prodigo en granates. Por este pues una apacible tarde, cuando el rojo Planeta en cristal arde entre plumajes de argentada espuma, conocí (dicha grande, suerte suma) que en plata transparente, me tributó apacible la corriente. El cristal del Éufrates desatado suele hacer a su orilla un verde prado, y les sirve, por serles tan vecino, a las flores de espejo cristalino, a cuya verde orilla arrojó la corriente una cestilla. En estos mimbres con cristal tegidos, y por fuera con plata guarnecidos vine yo siendo niña, si lo notas, sobre las aguas de cristal garzotas, siendo de vidrio pluma lo que dejó de ser plateada espuma. Un anciano en la Magia doctrinado de la orilla habitaba el verde prado, el cual, mas que obligado, de piadoso, de aquel prado de flores, bosque umbroso, me llevó a su cabaña, penetrando de fresnos la maraña. Criome el noble anciano con primores, srebaños de p pues d er leche traía para mi sustento, con que pude tener vital aliento, donde mi vida labra el humor lacteo de cerdosa cabra. Cuando el mayor Planeta de ese Cielo trece años me contaba con desvelo, murió el anciano (qué fatal destino!) ojalá yo llevara aquel camino por atajar mis males, que riegan a menudo los corales. Enseñome el anciano su doctrina, que medios sabia con verdad fulmina, para los que parecen imposibles, y aunque te espantes, casos tan terribles, sin que el discurso tuerza, de la Magia verás la grande fuerza. No miras ese valle coronado por la grande espesura encapotado, que al risco sirve de apacible falda? pues del monte la Magia ser guirnalda hará, cuando pregona, que quiere valle lo que fue corona. No ves el Sol, que por lucientes giros. con pólvora de rayos hace tiros, cuando Faetonte cuidadoso aplica la diamantina espuela que salpica. las Pías, cuyo trote al compás se menea del azote? Aqueste coche, pues farol luciente, blandón del cuarto Cielo transparente, hará si le parece a mi desvelo, que choque fuerte en un peñón del Cielo, y al mirarse rompido el orbe tiemble oyendo el estallido. Ya ves el valle que ciñó succinto tanto verde de flores laberinto, y que a trechos crecidos los laureles. son en torres de ramos capiteles, cuando el olmo copado es fiesta umbrosa del ameno prado? Haré que de estos las frondosas o les sirvan de raíces sin congojas, y que sufriendo el tronco este desaire se conserve tan verde vuelto al aire, que en estos valles roncos sirvan de ramas los que fueron troncos. Estas son las verdades que público, cuando mi ciencia cuidadosa aplico, estos son los cuidados de mi aliento, cuando manda el imperio de mi acento, y aqueste mi desvelo, cuando a empeños tan grandes docta anhelo. Joven gallardo, si podré con arte remedios en tus penas aplicarte, habla, pronuncia, porque con tu boca harás se mueva la que fuere roca, en tan varia fortuna, ré parar, si gustas, a la Lu Aunque quieras aplicarlo no habrá remedio en mis penas. Dime tu dolor, pronuncia, y podrá ser que lo tengas. El daño es cosa mur grande. También es docta mi ciencia. En mis penas no hay medida. En mi ciencia no hay cautelas. Pues si eres tan docta escucha. Obligasme a que te atienda. Yace al pie de esa montaña, cuya enmarañada greña es obelisco de ramos, que el Abril, y Mayo peinan, Florencia, Ciudad ilustre, en la cual (aquí se hiela el alma para decirlo, que está tan hecha a las penas, que pasa de turbación lo que en parasismo queda) nació Lisida Moncayo, sobrina del Duque bella; cuya hermosura no pinto, porque sería bajeza oces, lo que no puede la idea; a más que ya te la pinta por circunloquios la lengua, cuando me miro rendido a su divina belleza, pues es decir que es hermosa, porque aunque no lo confiesa, basta decir que la quiero, para no decir que es fea. Lisida admitió mi amor con igual correspondencia, y sin pasar por lo tibio, a las noches por las rejas de su Palacio me hablaba, porque hay mujeres tan necias, que a costa de su cariño quieren parecer groseras, haciendo penar a un hombre, pensando necias que pecan en fáciles si se arrojan al favor; pero es quimera, porque cuando se declara la que tardó en sus finezas da a entender al que la adora, que la tardanza en sus penas, no que nació de recato, si que nació de tibieza. Mientras me duró esta dicha seis veces la Primavera dio al Mayo en su verde pompa coral por rosas deshechas, por claveles nácar fino, y plata por azucenas. Mas una noche (ay de mí) saliendo a hablarme a la reja, en que acostumbraba hablarla note en Lisida (qué penas) mas en su punto el cariño; pero al mostrarse tan tierna también miré en su semblante no sé qué oculta tristeza, que la hacía más hermosa, bien como fuente risueña, que al turbar en su corriente la plata deshecha en perlas, si la miras más arriba, donde alegre se despeña, te parece más hermosa, porque es cosa manifiesta, que aunque no crezca lo bello a vista de quien la altera, parecer suele más linda en bizarra competencia. Así yo, viendo a mi dueño, dejé a parte la tristeza, y caminé más arriba, y si antes miraba en ella una aurora en cada rayo, un lucero en cada perla, miré entonces cuidadoso todo un Sol, cuya madeja ardiendo en lucientes rayos a las blancas azucenas, que estaran en sus megillas, convirtió apacible, y lenta en dos brasas de coral, en cuyo incendio se advierta, que no pasaron de brasas, porque ardiendo se conservan, Yo la novedad notando, le preguntó el alma atenta: Lisida, que penas pueden dar dolor a esa belleza, eclipsar aquese Sol, y añadir penas a penas? Respondió entonces: Don Luis grandes pesares te esperan, contra mi gusto me casa el gran Duque de Florencia con Enrique de Viamont, que ayer llegó de la guerra, dando al viento en plumas galas, y en triunfos doce banderas. Pero no ha de ser así, porque primero la selva se verá ser de los montes de rosa, y clavel diadema, que con Enrique me case; pero quien, mujer, creyera que sucedió de otro modo, pues esta falsa Medea le dio la mano gustosa, y en una Quinta que cerca el pabellón de esos ramos con Enrique está; que penas podrán medirse, mujer, con las que a mí me atormentan? Por esta causa me miras en este traje, por esta con tanto dolor sin muerte, con tantas penas sin penas, con tanta vida sin alma, con tormento sin ofensas, con tal disgusto sin gusto, con tal traje sin cautelas conn tanta fe sín cariños, con tanto amor sin finezas, con los brutos, sin ser bruto, con las fieras, sin ser fiera, con las flores, sin ser flor, y esta es mujer la tibieza del imposible que adoro, porque todo el mundo sepa, que nunca faltó el amor en quien halló resistencia. Remedio tiene tu mal. Ay mujer, si tu pudieras remediar este dolor. Tú no dices que está cerca en una Quinta tu dama? Eso la lengua confiesa. Lo mejor es conquistarla, que yo con mi docta ciencia te ayudaré. . Darás vida a quien tiene el alma muerta. Y para poder hablarla fingiré docta, y atenta un fuego, por cuya causa. puedas entrar. Bien lo ordenas. Pues camina hacia la Quinta. Ir hacia mi centro es fuerza. Sigo tus plantas veloz. Vamos, que en aquesa selva está esperando el criado. El seguirá nuestras sendas. . Pesares, qué me queréis? penas, que me atormentáis? si de una voz me matáis, cómo a mi dolor volvéis? Las lágrimas que vertía la aurora por la campaña, del Sol a los rayos claros las iba enjugando el alba. No te espantes, Nise, no de mi confusa tristeza, porque nace mi tibieza de un dolor que me mató. El Duque me caso ufano con Enrique sin mi gusto, y sin alma por el susto admití ciega su mano. Por Enrique estoy sin dicha, por Don Luis estoy corrida, por el Duque estoy sin vida, y por mí estoy con desdicha. Mas hay señora que fuego nos cerca en llamas atroces. Mejor será demos voces, porque ya se acerca ciego. Ya ese voraz elemento en sus rayos transparente nos cierra el paso luciente. Qué dolor! . Y qué tormento! Del valle ufanos pastores. Labradores de la selva. No hay quién a piedad se vuelva? no hay remedio a mis dolores? Sí, mientras yo con desvelo conserve esta vida solo, y seré Atlántico Polo, pues vos Lisida sois Cielo. También te habré de llevar, y no sé si con dolor, ya lo dirá mi valor; esto es pena, esto es pesar. Ya Lisida sin desmayos, podéis del dolor quietaros, porque yo vine a libraros. de aquesos activos rayos. Y yo a ti. . Tu valor vibre una lanza en la estacada. Tú no debes ser casada. Por qué? . Porque ya estás libre. Don Luis, señor, que ocasión, haciendo a mi honor ultraje te trae por este paraje, sin leí, sin fe, y sin razón? Por conocerte engañosa osa tener en tal calma, alma, no la sinrazón, razón sí, que me acompaña. Aquel fue el prometimiento, miento, que aquella palabra, labra, quien mal la revoca, boca de poca constancia. Dijo, me daría humano, mano el pecho, mas su caja, haja aquesto cruel, cuando ando loco por tu causa. Aquel el grande amor fiera, era, que en tanta desgracia, gracia hacía el disfavor, favor hacía las ansias. Con Enrique te has casado, hado cruel, que me mata, ata el amor que convida, vida que muerta me abrasa. Goza tu esposo cruel, el cariño goza ingrata, grata mil años en paz, haz que acabe quien te amaba. Se constante como un robre, obre la razón de casta, hasta que aquestos sentidos, idos sean con tal ansia. Ya no hay mujeres constantes, antes bien si las desaman, aman al que no es muy fino, y no al que las idolatra. Por estos verdes apriscos, riscos de verde esmeralda, alda del monte estaré, haré penar mi esperanza. Hasta que el rigor conviertas, viertas fe que satisfaga, haga tu crueldad esquiva, iba ya a decir mudanza. Si tengo de responderte salte Nisea la antesala, y mira si viene Enrique. Parece larga la caza que ha emprendido mi señor. Ea Nise. . Es excusada la prevención, porque viene, y ya pisa la maraña intrincada de la selva, que cerca de nuestra casa con sus ramos vejetables forma un ejército ufana. Pues todo aqueso que dice nada tiene de sustancia. Por qué razón, diga, acabe? Porque se anda por las ramas. Señor Don Luis de Mendoza, pues sois cortés con las damas, excusadme un gran pesar; entraos en aquesa cuadra, por donde el fuego voraz, o fue ilusión, o fue traza, que a responderos me empeño a los cargos que me dabáis en oportuna ocasión. Pues sigue Soplón mis plantas, Te seguiré como un perro cuando corre tras la caza. Desde un eminente risco, que en aquesa azul campaña ya es Piríneo del valle, o ya del viento atalaya, miré el voraz elemento, que con sus activas llamas. era gigante de luces, que al techo de nuestra casa, o hidrópico lo lamia, o sangriento lo quemaba. Solo fue aparente el fuego, pues ni se conoce causa, ni hizo daño. . En esta parte. me pareció que tocaba mas la llama. . Si señor, por esta parte abrasaban las centellas en los aires, o ya pavesas, o brasas. Quiero ver como imprimieron de los techos en las tablas. Así veré mis sospechas; . si son verdades, o faltas. Yo vi entrar un hombre es cierto, que no salió es cosa clara; pues si no salió, sospechas decidle cuerdas al alma, que busque, examine, y toque las verdades que la matan. Pues si por aquesta parte fueron mayores las llamas, entrar quiero a ver su efecto. Enrique, detente, aguarda. Por qué ocasión me detienes? Yo señor. . Estas turbada? Celos vamos poco a poco, no atropelléis la esperanza de tener vida, o merar bien, como enfermo que aguarda. el remedio, que ha de ser de vida, o muerte; que es tanta la estimación de la vida, que cuerdo siempre dilata el remedio, porque puede ser para su muerte causa, como puede darle vida. Así yo, cuando naufraga el alma en tantas desdichas, voy suspendiendo las ansias para vivir este tiempo, que está indiferente el alma, porque darme muerte pueden los pesares que me aguardan. Señor, si pueden mis ruegos. Qué quieres Lisida, acaba? Pedirte. . Qué? Suplicarte, que si algo contigo alcanza una mujer que te adora, no pises con esas plantas ese lugar, porque en él. Ay Lisida, como labras, . con eso mayor sospecha. Está. . Quién está? Una dama; que huyendo desde Florencia, en su valor arriesgada, se encomendó a mi cuidado, y dijo, me suplicaba; que por ser de sangre ilustre, y por ser de noble casa, no la viese otro que yo, porque podría en su causa lo que no fue deshonor, pasar ya plaza de infamia. Y así, señor, si mis penas, y así, señor, si mis ansias, y así, señor, si mi dicha, y así, si desdicha tanta pueden recabar contigo cosa que es tan ajustada, cosa de tanto valor, cosa de tanta importancia, te suplico, ruego, pido, el alma ciega, y turbada, te detengas en entrar, y donde no, aquesa daga, pues te detengo a la puerta, abra a tus plantas entrada. Si Lisida, porque es justo. A tirana, y como engañas, . a quien tu cautela entiende, a quién entiende tus trazas! Dejaré que se recoja, fingiendo me voy a caza, para dar muerte al tirano, que infame mi honor agravia. Antes bien yo te suplico que regales a esa dama, porque tendré mucho gusto. Por mi cuenta corte. . A falsa! Que aqueste es empeño mío. Aún con ocultas palabras me da a entender su vil trato. Mui bien se urdió la maraña. Y pues la noche convida, y el pesado sueño cansa, mejor será recogernos, porque antes que peine el Alba en el hueco valle aljófar, y en el monte nieve cana, he deproseguir mi empleo con volverme luego a caza del jabalí, cuyo ceño. con sus puntas aceradas al choque del plomo ardiente, virtiendo viviente nácar, el aire quema a bramidos, y cuando el coral derrama, con el fuego el viento enciende, y con el coral lo esmalta. . El alma tengo afligida. Tengan tus pesares ocio. Temo que nuestro negocio, tendrá. . Qué? Mala salida. Nos dejaron encerrados, y en caso tan singular tendrá Enrique que pensar. De qué modo? . Sus pecados. Reconozco la estacada, no está con llave la puerta. Luego se ha quedado abierta? Sin llave está, más cerrada. Es bien nuestra pena adviertas, que Enrique con su cuidado con puertas nos ha dejado por cogernos entre puertas, Si abiertas en noche parda estuvieran; ah desdicha! pues no hay guardas en tal dicha, sino un Ángel, que es de Guarda, mas huyera que tortuga, que en caso tan singular lo que mejor sé ballar. Qué sabes bailar? . La fuga; lo demás es patarata, y si otro dices, me espantas, porque con aquestas plantas, no es mejor salto de mata? Mas advierto en mi cuidado, que no sé lo que pretenden, pues cuando todos me entiende, me hace Enrique hablar cerrado. Voto a Dios que estas derrotas. Por qué votas? . No es azar; cuando trato de marchar pueden ser malas las votas? Que estos pesares me labren! Mas una llave se escucha, ya mi pena pasa a mucha. Ahora señor nos abren; Nise vendrá en tal pesar a sacarnos, que es talmada, que al cabo de la jornada. todas vienen a sacar. Hasta que la puerta se abra a retirarros aspa Yo señor no me retiro, porque guardo mi palabra. . Con esta llave, que pudo labrarme mi ciencia docta vengo a ayudar a Don Luis, por si no hay quien lo socorra. Desde que en el monstro undoso apagó febo su antorcha, y sus dorados caballos los vistió todos de conchas, lo esperé con grande pena a la puerta de mi choza, cuya portada se teje, ya de troncos, ya de hojas; mas viendo que no venía, dispuse yo cautelosa buscarlo, pero esta casa no tiene cuadra, ni alcoba, sin haberla registrado, solo ahora cuidadosa he de mirar esta parte, pues esta me falta sola. Es Don Luis el que me sigue? La qué me guía es Cleoncia? Sí, Cleoncia soy, que triste, estoy desde que tachona la Luna nuestro orizonte, trocándose en esa forma por el oro de Faetón la que es plata de Latona. Pues dime Cleoncia amiga, como pudiste industriosa penetrar los aposentos, acertar estas alcobas, entrar hasta aqueste puesto, llegar aquí sin la nota, abrir las puertas sin ruido, y hacer esas llaves sordas? Todo lo puede mi ciencia. Es fuerza confiese ahora que tu ciencia puede mucho, y que pasa de ser docta. Sigue mis pasos Don Luis, porque ahora lo que importa es la brevedad, que Enrique antes que bañe la aurora con perlas del Sol la frente, puede con fe cautelosa salirnos al paso. . Vamos, porque eres en mi derrota el Santelmo, a que me acojo, y el asilo que me abona. Ven siguiendo, que ya salgo. Mira que importa Cleoncia volver acerrar las puertas. Excusada ceremonia será dejarlas abiertas, y así pues esta nos toca, en primer lugar cerrada quedará, pues no lo estorban. A Don Luis aquí no siento, ni responde a lo que hablo, no debo de ser mal diablo, pues cae luego lo que tiento. Lo que cayó vidrio ha sido de alacena que está aquí, ya puedo decir que fui hombre que ha hecho mucho ruido, A esto el sueño me condena cuando tantas vueltas doy, con hambre insaciable estoy, aunque he llegado a laacena. Del sueño el mortal beleño grande rato me rindió, y aún su curso no paró; señores aquesto es sueño? pon Luis, señor, no conoces a Soplón, contigo estoy, mira señor que te doy, mas yo no doy si no voces. Responde a lo que te digo, mas tú por mostrarte vario, por solo verme ordinario no responderás conmigo. Pero se oye en la cerraja la llave, llegó mi muerte; Enrique es, no tengo suerte, porque este me la baraja. Grande paciencia me ciña para emprender esta azaña, que si él cierra de campaña, yo he de cerrar de campiña. Lisida quedó dormida, toda en sosiego la casa, solo yo tengo mil penas que sobresaltan el alma. Cuando Lisida despierte, juzgará que volví a caza, pues al acostarse dije, que antes que la aurora ufana. en couchas de aljófar fino diese granates al alba, volvería a este ejercicio, porque podrían ser falsas, las sospechas, que la idea algunas veces se engaña. La bugia con su vela he dejado en la antesala, que no quise entrar con luz, que hay agravios de tal data que llevan consigo mismos la luz para la venganza; y así en aquesta ocasión a mí me sirve la infamia de luz que me va guiando, me dice con sus llam (que llamas debe tener, pues el corazón me abrasa) por esta parte esta, llega, por esta parte está, acaba. Si por esta parte estoy. Me ha parecido que hablan a esta parte. . Este es Don Luis, y pues vuelve a la estacada sin luz, he de darle como, pues a mí de hambre me mata. Paso a paso he de llegarme. He de fingirme una dama, que huyendo ayer de Florencia por pesares que la ultrajan está retirada aquí; por Lisida. . Pues me agravia, muera el cobarde a mi acero, muera el traidor a mi espada. Jesús, qué es esto que topo? Por topos vaya a la balsa. . Quién os tiene en este puesto? Este es Don Luis, ya es llegada. la ocasión del fingimiento. Ciertas de mi honor desgracias, caballero, me han traído. al asilo de esta casa, si a caso sois dueño de ella amparadme, si a las damas. viéndolas en un peligro las debe amparar ufana la obligación de ser noble, y cuando en vos veo se halla: lo noble de caballero, petición es excusada. deciros que me amparéis, pues mi fortuna contraria a este estado me ha traído, porque nací desdichada. Dejad aquesa tristeza, no reguéis el rojo nacar, que se quejará el jazmín, que al lado de esas pestañas es nieve que en copos finos templa los rayos que matan de las luces de esos ojos, pues el aljófar que exhalan las niñas de aquesos nichos, que son dos fuentes del alma, pueden hacer que esa nieve quede convertida en agua. Creyolo por Jesucristo, . y su ceguedad es tanta, que rendido me requiebra, y yo estoy con tantas barbas, que sol barbado con pies, aunque en viña no me plantan. Gracias a Dios que esta vez las barbas no me embarazan, esta es la ocasión primera que no salen a la cara. La voz no me satisface, porque para ser de dama peca en algo gruesa, pues cuando en el aire se espacian, son las voces que despide, ni bien gruesas, ni delgadas. En la voz no reparéis, porque estoy acatarrada. De ese accidente sin duda la frialdad será causa. Señor mío eso es frior, porque por estás desgracias como he de ser Capuchina ahora duermo descalza. Lisida me informó bien que la que en desdichas tantas acogió, mujer se mira, yo pensé mal; Dios me valga, pues Lisida en lo que miro debe de ser una santa. Oh Don Luis finge la voz . por seguir esta maraña, como yo la sigo, o es Enrique este que me habla. Si Don Luis es, por lo mismo estos embustes me valgan, si es Enrique importa mucho proseguir la obra empezada para librarme de Enrique, que en ocasión tan extraña para librarme, aunque feo, la mía no es mala traza. Decidme noble señora (si puedo en desgracia tanta tener yo parte con vos) vuestra pena. . Es excusada aquesa petición vuestra, porque en tan grandes desgracias no tendréis parte conmigo. Por qué? . Porque soy honrada. Lo que quiero decir es, que esas penas, que en el alma ya os afligen con angustias, o ya con dolor os causan, se partan luego comingo, que penas comunicadas menos afligen sentidas, y tan apriesa no matan. Mas que se vayan al punto, si vos queréis que se partan. Yo no entiendo esta mujer, ni menos sé lo que habla, ni responde a lo que digo, solo conjetura el alma un discurso poro fino, y una razón mal limada. Por Dios que ya estoy temblando, . y por Dios tiemblo con causa, porque con verdad no sé quien es aqueste fantasma, que me rompe la cabeza si es que la rompe quien cansa. Si supiera que es Don Luis lo fingido bien dejara, pero puede ser Enrique, que al conocer la maraña, me dará quinientos palos, y no sacaré yo nada al cabo de los quinientos, si no molida la espalda. En qué andan vuestras penas? Señor mis penas no andan, porque juzgo que a estas horas se suelen estar paradas. Por otro rumbo he de darle. Pues en mí aqueso no se halla, porque yo no tengo rumbo siendo tan humilde, y santa. Gustaréis que traiga luz? mas las luces de esa cara brillantes dan la respuesta, porque sería agraviarlas cuando arden sus resplandores a porfía en la campaña de ese Cielo, que sin duda sois el Sol. . No sino el alba. Ea responded señora, porque si no me lo manda esa beldad, no quisiera grosero descontentarla, porque Lisida me dijo que en esta parte no entrara; y así si vos tenéis gusto con descanso en esas salas daréis alimento al cuerpo, y vado daréis al alma. Eso será según veo comerlas yo descansadas. Voy por luz con que salgáis. Qué ocasión tan apretada. . si es Enrique, y si es Don Luis las chanzas de burlas pasan. Determinaos ya. . No puedo. Pues decidme por qué causa? Porque en mis cosas yo nunca soy mujer determinada. A penas estuve fuera dijo Don Luis que quedaba Soplón dormido, y por eso vuelvo a sacarlo arriesgada; más cierto rumor escucho, y pues aquesta es la sala de donde saqué a Don Luis aquí estará. . Santa Eufrasía me valga en este conflicto, porque quiero que esta Santa en estos pleitos que espero me valga como advogada. Es Sopión? . Esta mujer, o se burla, o disparata. Vengo a sacarte de aquí, porque esas puertas cerradas mi ciencia las abre todas. Ya con mayor confianza juzgaré que es de mujer aquesta voz que me habla, que hasta ahora no he podido por conocerla tan varia. Yo soy Cleoncia Sopión. Pues señora, aunque empeñada estéis, a que yo no os vea, acciones son excusadas, porque puede vuestra vida peligrar en la desgracia; por luz voy. Lance apretado aquí acabó la maraña, y porque yo urdí la tela, me sacudirá con gala. Sopión no me sigues? . Quién eres tú, di, que me llamas? Cleoncia, no me conoces? O mi Reina. . Sopión cal Pues no he de decirla Reina, cuando la veo que es Maga? Sígueme, porque a librarte vengo yo. Cosa extremada, porque según la seguida saldré de estas pataratas. Sigue Soplón, no me pierdas. Cleoncia ve confiada no te perderé de vista, porque en sombras tan extrañas, casi casi no te veo, y si la idea no es falsa, aunque tengas buenos tratos, serás mujer mal mirada. Señor Enrique, ha señor, digo al que entró en esa cuadra a traer luz para verme, mire que se va la dama de la cara de jazmín, y las megillas de nacar. Soplón sígueme, que importa no te cojan en la trampa. Señores esto es encanto? Sígueme Sopión, acaba, . Oh es engaño lo que veo, o me engaña el corazón, o me turba la razón, o me suspende el deseo; o no es verdad lo que creo, o es falso lo que escuché, o es aparente mi fe, o pasa a penas la calma, o a mí me ha faltado el alma, o lo que veo no sé, No se quedó aquí una dama. muerta al rayo del dolor, cuyo activo resplandor, pasó de pavesa a llama; sus manos no fueron rama, de que el Mayo, y el Abril dieron al mejor pensil en jazmín nevada plata, para ser de la escarlata en rojo campo buril? Loco pensamiento mío aquese discurso deja, mejor es temer la queja, que aumentar un desvarío. Fantástico el albedrío. aquesta vez se engañó, pues falso no se rigio por la verdad de los ojos, que suelen ser los despojos que el discurso conquisto. Contempla, pues, pena mía, si es que puede el sufrimiento dar lugar a la razón para mitigar mis celos. Yo no vi llegar un hombre a mi casa, cuando el fuego en promontorios de llamas. era en el vago elemento, o atalaya de los valles, oh Faetón del cuarto Cielo? No vine yo cuidadoso, y apenas a cala llego, no vi a Lisida turbada? el semblante macilento? sin dos brasas las megillas? porque el sobresalto incierto por jazmín trocó la rosa, y por nieve helada el fuego? No quise ver con cautela lo que la llama en los techos, o deshizo cautelosa, oh tiyo por alimento? Y Lisida entre turbada se valió de aquel enredo. de la dama de Florencia? No examiné en el silencio de la noche esta verdad, to) y hallé un bulto (aquí estoy muer- que con las voces me hablaba, y turbaba con los ecos? No es Lisida dama hermosa? Lisida según entiendo no casó con poco gusto, cuando solo el Duque excelso hizo casa se conmigo? Pues a cuando esperáis celos a examinar estas dudas? a cuando cobarde espero a mirar estas verdades, si pudieron sus desvelos valerse para su amor de encantos, o fingimientos? Ea, válgame la industria, pues Lisida en este puesto pudo ocultar a su amante; pero miento, pero miento en las dudas que público, porque hay caso que es tan feo, que más ofenden las dudas, pues es lance manifiesto, que es mejor en tal desdicha para mejorar los riesgos saberlo para vengarlo, que ignorarlo para creerlo. He de quedarme escondido en la parte que sospecho que pudo quedar oculto para ser en lance incierto atalaya de mi honor; ea empezemos deseos, ea empezemos cuidados a mirar si en el espejo de mi honor cayeron manchas, y si halláis en los reflejos de su diáfano cristal quien los empañe violento, de Lisida con la sangre haréis que este espejo denso vuelva a lucir con ventajas, para que su infame pecho Pelícano sea triste, que viendo el honor ya muerto lo alimente con su sangre, para que así renaciendo, el que ya estuvo caído, se levante compitiendo desde el estado más bajo hasta azules paralelos. En esta parte, honor mío, en esta parte quedemos, porque si a caso dejó aquí a su amante encubierto, con título de la dama vendrá a buscarlo, aquí celos averiguaréis mi honor, porque sepa el mundo entero, que en honor sospechas bastan para aplicar el remedio,
JORNADA SEGUNDA
Apenas de aquí salí y con Soplón mi cuidado pisó en el ameno prado de las flores el rubí a don Luis no pude hablar y en tan confusa ocasión lo que me dijo Sopión me dio mucho que pensar, pues apenas nos miramos en ese fértil Páis. dijo: no viene Don Luis, allá dentro lo dejamos. Yo entonces que lo escuchaba, dije: conmigo salió. Entonces el respondió: conmigo en la Quinta hablaba. Esto me tiene sin seso, pues con verdad estoy cierta, de que se quedó a la puerta, o ya amante, o ya travieso. No hay en esa selva umbrosa, sauce, olmo, cipres, ni pino, que no mirase el destino, hasta la abrasada rosa. Mas en todo el fértil valle con sus verdes capiteles no lo encubren los laureles, ni umbrosa de fresnos calle. Vuelvo por esta ocasión, y por Don Luis cuidadosa, que me tiene sospechosa lo que me dijo Soplón. Aunque sea lo contrario no puede aquesto excusar, porque puede peligrar Don Luis en caso tan vario; y pues a Soplón saqué de aquí con peligro atroz desde aquí con baja voz a su señor llamaré. Sígueme Don Luis señor, que puede Enrique salir, y no podrás resistir el peligro. Aquí valor. C Esta es po los Lisida, que vigilante viene a buscar a su amante, no mintieron mis desvelos. Pues ya la luz apagué, y con mi fingida traza se creyó que salí a caza, así la voz fingiré. Ya te sigo, mas quisiera (así tengo de saber, si es Lisida esta mujer) saber quien eres (ah fiera) Pues señor, no covociste a quien con verdad blasona, que estima más tu persona? Aquí muero (ay de mí triste) Soy Don Luis por quien llegaste a estar en este lugar, y soy quien pudo arriesgar los peligros que miraste. Hasta este Lugar te traje sin contraste de desdicha, donde lograr una dicha bien pudiste sin ultraje. Ya viste mi voluntad, ya mi intención conociste, ya tú mi deseo viste, y ya mi noble amistad. Esta es la ocasión honor, ea honor mío examina si en agraviarme imagina Lisida, fiero dolor! pero primero que vierta su viviente rosicler, con verdad he de saber si mi deshonor concierta. Así sabré mis agravios, porque en pena tan fatal antes de curar el mal ha de salir a los labios. . Nunca creí el disfavor con que cortés no obligáis, pues rigurosa mandáis que salga de aquí mi amor. Cuando había de gozar pasados ya los desmayos de un Sol los lucidos rayos, de aquí me queréis sacar. Nunca tendré otra ocasión para tan feliz empleo, y como podrá el deseo regirse por la razón? Bien es mi pena publique, pues esa deidad tirana se muestra tan inhumana, cuando no la oprime Enrique. Aún no esos rayos lucientes alumbraron a mi amor; cuando murió su esplendor entre luces transparentes. Ven Don Luis. . Honor cuidado, pero dime en tal azar, mi bien, podrasme olvidar? será mi amor olvidado? Eso llegas a decir cuando Lisida en su empeño te pública por su dueño? Aquesto, honor, es morir. . Pero andemos más un paso, sepamos; honor, sepamos si el mal de que peligramos es mayor en el acaso. . Mas si llego a obedecer tu soberana deidad cesará esa crueldad, para que pueda volver? El juzgar otro es error, porque hay muchas ocasiones que no está Enrique. Ah pasiones, cómo aumentáis mi dolor! Que más claro he de saber en mis penas el agravio, si lo ha confesado el labio sin oprimirlo el poder? más cuidados apuremos el veneno ponzoñoso en caso tan peligroso, que ocasiona estos extremos. . Si otra ocasión sin dolor llego de este modo a estar en donde pueda gozar de tan cariñoso amor; no daréis lugar señora al contemplaros tan bella, a que amanezca una estrella en los brazos de la aurora. Sin fundamento dudáis. Matadme penas; matadme. Cuando yo quise arriesgarmes a poneros donde estáis, porque en calma tan sutil si queréis que lo publique, será, cuando falte Enrique, Lisida con vos Abril, que sin tan confusas penas dará en su cuello jazmín, en sus mejillas carmín, y en sus manos azucenas; pues si lo llego a notar faltando Enrique al empeño, cuando te confiesa dueño, quién lo llegará a estorbar? Yo tirana con mi acero labando con él mi honor. Cielo santo, aquí favor, que a manos de Don Luis muero. Qué es esto; Cielos, qué miro? . cuando venía a satar a Don Luis, sirvió de azar a mi desdicha un suspiro. Qué es esto, Cielos, que veo? o mintió la fantasía, o una falsedad creía, o tengo ciego el deseo. Qué es Cielos lo que miré? no sé como remediar lo que llegué a confesar, cuando con Enrique hablé. A Don Luis no puedo ver, solo aquí mi esposo está. Casta Lisida será, y no lo sé conocer. Estos encantos no entiendo. Con mil sobresaltos lucho. Llegó mi pesar a mucho, ignoro lo que estoy viendo. Yo lo he confesado todo, y no tiene ya remedio Este será el mejor medio, dorarelo de este modo. Señor Enrique, qué es esto? cuando mi amor satisfecho, os juzga amante en el lecho andáis tan poco modesto? así profanáis funesto en tan rerrible dolor de mi fe el constante amor, con arriesgaros villano a profanar inhumano la lei fuerte del honor? Decís, que salís al prado a caza en tan fuerte mal, ya del águila imperial, ya del león coronado; pero en tan grave cuidado a mí el volcán asestó, pues tu mano vil me hirió en la desdicha presente con el veloz plomo ardiente, que contra mi fe arrojó. Cautela fue conocida, y no fue impensado acaso Enrique mover el paso a esta parte prohibida. Esta mujer retraida es Enrique en mi asistencia, la que vivo de Florencia, pisando de aquesos prados, ya ramos enmarañados, ya riscos con resistencia. Así guardáis el decoro, así el recato guardáis a una dama que hospedáis, huyendo de su desdoro? Así precias el tesoro que aquí se vino a amparar, cuando debió de juzgar que sería con ventaja para aquesa perla caja vuestra casa sin azar? Corregid la sinrazón, no somentéis el agravio, no dejéis que salga al labio, lo que guarda el corazón. A entrambas hirió el baldón, y así puedo estar quejosa, pues la cautela engañosa ofendió, si es bien notada, a esa dama por honrada, y a mí por ser vuestra esposa. Solo el Duque me ha casado con vos (a pena fata!) si yo os pareciere mal, yo no, el Duque os ha engañado, No imitáis al verde prado, que con su verdor sutil no da quejas al Abril, aunque secos los laureles no sirvan a los claveles con sus sombras de perfil. El mayor dolor que siento, pues ya es fuerza que lo crea, es conocer que sorfea al ver ese atrevimiento. Déspida ese firmamento un rayo, que con su trueno me parta, cuando así peno, y si no, para despojos lágrimas hay en los ojos, penas hay que son veneno. . No quieras Lisida hermosa, cuando la pena se atreve, hacer que pague la nieve lo que marchita esa rosa; sin razón estás quejosa regando ese rosicler, pues piadoso vine a ver si de esta dama afligida estaba en riesgo la vida, ya por dama, o por mujer. Todo Enrique lo ha creído, pues conoce el corazón, que me da satisfacción sin agravio cometido. Bien Lisida lo ha fingido. Pero el juicio he de perder, viendo en casa esta mujer, cuando a buscar a Don Luis vine; pero que decís vos señora? Así ha de ser, he de seguir la maraña de Lisida en tal cuidado, que sin duda está informado su discurso. . Cosa extraña. Enrique, señora, engaña vuestra firme voluntad, y no es justo esa deidad, afrenta del fértil Mayo, muera de celos al rayo, padezca esa crueldad. Apenas me recogí Lisida en este lugar para poder descansar el dolor que padecí, cuando a vuestro esposo vi, que entre temeroso, y grave al yerro aplicó la llave, y al entrar tan arriesgado, dijo, vengo enamorado, mas solo el Cielo lo sabe. Yo le respondí quejosa: mal señor correspondéis a vuestra esposa, si veis todo un Cielo en vuestra esposa, aqueso es dejar la rosa por flor de menos valor. Respondiome: esto es amor. Eso es falso, sabe el Cielo Lisida que mi desvelo no intentó tal disfavor. Bien esta verdad se ve, pues por fina, y por honrada. cuando resisti turbada con el valor que cobré, cerca mi pecho miré en desdicha tan fatal un acerado puñal, con que alcanzar intentó lo que su amor no alcanzó. Penas, puede haber más mal? Habla con tales desvelos, que en lance tan conocido, antes de haberlo creído casi casi tengo celos. Son verdades estas, Cielos! cesen ya en tanto cuidado los celos, que he fomentado, pues si llego a conocerlos, yo no puedo ya tenerlos, que a Lisida los he dado. Cuándo llegaste señora aún el estoque brillaba, mas las luces que formaba las eclipsó vuestra aurora; y así pues así desdora a las damas, vuestro esposo huirá el corazón quejoso, triunfando con resistencia, no a la Ciudad de Florencia, pero si al bosque frondoso. Detened señora el paso. . Ya la veloz planta inquieta la plata de la mosqueta. Pena grande, fuerte caso! Seguirela hasta el ocaso, aunque vista en cada planta los coturnos de Atalanta, y entre enmarañadas breñas haciendo los ramos peñas lo encubra espesura tanta. . Lo que por mi pasa ignoro, ignoro lo que estoy viendo, lo que escucho me suspende, y lo fantástico creo. Tantas dudas se me ofrecen, que al ver el entendimiento estas fábulas que finjo, ya dudoso, o ya suspenso, titubea al decidirlas, porque dice en su bosquejo: si la razón no me ayuda con premisas, será yerro juzgar temerariamente, que potencias con acierto, aunque lo manden los ojos, nunca hablan sin fundamento, Pero pregunto al discurso, si con mis razones puedo juzgar aparentemente en lo que está sucediendo: yo misma no vi a Don Luis? Sí señora, y yo esos bellos etiopes, cuyas luces quiso el soberano Cielo que cuando estoy tan rendido y tu esclavo me confieso, no me comuniquen luz, cuando alumbran a dos negros. Señor Don Luis, el peligro considera en que te has puesto, que puede venir mi esposo. No hay Lisida ningún riesgo, que yo vi salir a Enrique toda el alma sin aliento, pisando la veloz planta al frondoso valle ameno los esquilmos del Abril, y del Mayo los bosquejos. Y yo lo vi, por más señas, que por lisonjear el viento echaba puntas alaire, y corría como un cierbo. Esto es verdad, prenda mía. Y yo con verdad lo apruebo, pues iba con gran vergüenza. Y conociste tú aqueso? Si que lo vi con vergüenza, pues sin que llegara a vernos, ocultándolo los ramos conocí se iba corriendo. Según eso sin peligro hablar con razón podemos, Sí señora, que un marido tiene mui famosos lejos; mas luego sin dilación esa plática empezemos, que puede Enrique venir, y como es tahur soberbio en la primera embestida podemos perder. Qué? . El tiempo. Si Lisida, sin peligro aquestas dichas contemplo. En esta ocasión estamos más seguros que Colegios de los Padres Jesuitas, Mas por ocasión del riesgo cuida Sopión de la puerta. Cuidaré como un Portero cuida de cobrar sus dietas, y en lances tan manifiestos, si a caso viniere Enrique, soplará Soplón más tieso que un avaro cuando es rico, y le piden su dinero. Acercome hacia la puerta a Lísida obedeciendo, que la Lisida por Dios es como un oro, y no yerro. Aún no bien Enrique apenas por el prado fresno a fresuo pisaba luces de nácar entre prisiones de hielo, cuando viendo la ocasión, no quise perderla, atento a gozar de tu hermosura, porque al mirarte, mi dueño, fuera querer la violencia, no aperecer ese centro. Señor Don Luis de Mendoza advertid, que es otro tiempo, y que el Duque me casó con Enrique, a quien venero por mi esposo. . Enrique viene, y tan apriesa que pienso que llega ya; a fe, que estamos apretados. . Di, que haremos Lisida en esta desdicha? Solo morir en el riesgo. Pues no podemos salir, Cleoncia me dio un espejo, en cuya diáfana Luna, si miramos, es mui cierto, que seremos invisibles, que sus encantos pudieron alcanzar estas virtudes en estos claros reflejos: mas es con tal atención, que si invisibles nos vemos tampoco podremos ver a los presentes sujetos. Venga el espejo que llega. En él señor mira luego, que yo a él en este fracaso, pues que viene a pelo, apelo, no parece cosa mala el éntremes del espejo. La invención es extremada. Ya Don Luis no puedo veros, todo el espejo lo puede. A señora, y que concepto he dejado por trillado para eso de aborreceros, porque yo en mis atenciones son casos muy manifiestos que no echo por esos trigos, y así lo trillado dejo. No bien por entre las hojas, cuyo templado instrumento, o fue citara del Boreas, o fue dulzaina del cierzo. Salí Lisida, veloz aquella mujer siguiendo, cuando se perdió a la vista, y juzgo con fundamento, o que fue olímpico rayo, o que fue del rayo trueno. Finalmente no la viste? Luego se perdió el objeto a los ojos, porque el aire, de vidrio claro elemento, o la encubrió con sus luces, o la confundió en sus senos, Pues señor Enrique, yo cierta queja de vos tengo. Saberla procura el alma. Es ignorar, con que intentos el alma toda turbada, el corazón vuelto en hielo, descaecido el sentido, el semblante macilento, la vista toda confusa, vuelto el labio, muerto el pecho, torpe la voz, falso el tacto, y finalmente los ecos, o confusos en la voz, o roncos en el aliento, dejándome poco fino, desamparando travieso el lecho más que amoroso, cuando en medio del silencio es étiope de sombras. la noche, que el claro Febo con sus rayos hizo fea, por no querer sufrir celos de la aurora cuando viene perlas, y aljófar virtiendo. No digas más, porque ya tus quejas conozco, y veo. Sabrás pues, que cuando vine. ayer, cuando el elemento era fingido vesubio, pues fue fingido su efecto, me pareció que al mirar desde ese monte pequeño, que sirve al risco de frente, y de concabo a los ecos. Conocí que por la selva que forma el pensil ameno, ya de cipreses gigantes, y ya de pinos soberbios, llegó un hombre a nuestra Quinta, que en su talle, si me acuerdo, o la idea me engañó, o pareció caballero. Llegué yo, mas tu turbada, cuando en esos aposentos quise mirar si imprimia el rojo volcán del fuego, me detienes; y yo entonces. con la espuela de los celos procuro entrar otra vez, pero tu entonces diciendo, que allí se oculta una dama, refrenaste mis intentos; mas no por esta ocasión, mas no Lisida por esto sosegaron mis sospechas, pues cuando te oprimió el sueño, dejándote poco amante, dejando celoso el lecho, con el puñal en la mano, y en mi deshonra el silencio. entré a quitarle la vida al que ocultas; pero luego que conocí ser mujer, cesó el celoso ardimiento. Por esta ocasión entré quebrantando tus preceptos, al lugar en que me viste, más perdóname si llego a confesarte a ti misma, que inconstante tuve celos, pues conocerás así, pues conocerás con esto, que es fina mi voluntad cuando amante te contemplo, porque dicen comunmente, y yo ahora lo confieso, que en las aras del amor, amor, no es amor sin celos. Pues mi amor la queja oyó, yo volveré la respuesta, esta; si bien se midió, dio en la razón de compuesta? puesta en verdad que alcanzó. Que llegues con tus recelos, celos a tener cruela el nombre ofende a los Cielos, helos escuchado infiel, fiel no muero a los desvelos. Puedo yo sin que me asombre, hombre otro querer así, si imitando tu renombre, nombre de inconstante en ti, y en mí de constante nombre? Bien puede el sobresaltado, hado, dar al corazón, razón para mi cuidado, dado al infame baldón, don que tu fe me ha granjeado. Esos celos enmendad, dad en confiar en mí, y al corazón imitad, mitad, que si me medí, di a vuestra gran crueldad. Ya conozco Lisi hermosa, que cuando causo tu pena, puedes estar muy quejosa, pues que excedes a la rosa, y a la cándida azucena. De aquesta satisfacción que Lisida llegó a dar sin alma está el corazón, no sé que pueda juzgar, si es desprecio, o a tención! Ya señor casi a cansar me viene el estrecho lazo de este espejo singular. Tenlo Soplón. . Es azar, pues no lo puede mi brazo. Pero mil figuras veo, que pasan por su reflejo, y si te lleva el deseo, lo que pasa en el espejo te diré, que aún no lo creo. Mi conjetura no es falsa, aunque así tú la desprecias, pues la cazuela me embalsa, enviándome estas especias para que haga esta salsa. En una vieja repara que los dientes en su cara son de una vara cabal, su talle es de liberal, mas sus dientes son de a vara. Luego una coja se ve, pues en esto nada callo, que a rogar fue con gran fe a un Santo, y yendo a caballo, yo sé, que fue por su pie. otra vieja de las vanas, que con el peine descuelga mil canas por las mañanas miro, no sé si se huelga, mas se quita muchas canas. otra se sigue, y no para, que su galán lo maltrata, porque en color no es avará y con ser cara barata, siempre le parece cara. Una gorrona atrevida que el otro día seguí se divisa muy erguida, ella me parece, si ella es, según la seguida. Darle quiero, en furor ardo, dos coces con gallardía, ea démosle, que aguardo, pues sobre comprarle un cardo; después de pencas se hacía. Qué has hecho Sopló? . Señor el espejo se cayó, porque no pude excusarlo con la cólera, y furor; por otra parte, este caso la ocasión lo permitió, pues al mirar la gorrona como me tentó su amor, quiso también el espejo caer en la tentación. Es ilusión lo que miro? Lo que miro es ilusión? Don Luis soy, de qué os turbáis? De qué os turbáis? Soplón soy. En furor ardo, ea celos. En penas ardo; ea amor. Verteré su sangre infame. Ay de mí, sin alma estoy. Señor Don Luis, yo no espero que me deis satisfacción de estar oculto en mi casa; porque ese fuera un error que suponia el agravio, porque aquí mi discreción en sus remedios intenta imitar al buen Doctor que antes de llegar el daño por la señal exterior pone el remedio, atajando el daño que no llegó. Yo así, que en mi casa os miro, veo señal, ay dolor! del daño de mi deshonra; con que habré de hacer con vos lo que esta experiencia muestra; siendo en mí estoque el furor remedio que ataje el mal, si en tan cruel sinrazón no paso de los señales, porque en tal caso el honor sanará más brevemente del daño que amenazó. Pues si os juzgáis agraviado, y apeláis luego al valor de vuestro estoque, también he de hacer lo mismo yo, mas no sé en tanta desdicha, mas ignoro en tal dolor cual llevará con ventaja de su parte la razón. Ea venganza, a qué aguardas? brille el cambiante esplendor del acero; que en sus luces en mi mano ha de ser hoy volcán que despida rayos de acero, esfera veloz. Ea valor, a que espero, que este luminoso arpón no lo convierto en rubí, porque así con su color pase plaza de coral lo que en acero quedó? . Quieres señor que te ayude. No lo he menester Soplón, que yo basto con mi acero. Yo sé, que en peligro atroz, mas de cuatro se holgarían de mi buen lado. . Ah traidor, herido estoy de tu acero. Pues si herido estáis, cesó mi brazo de defenderse, porque soy Don Luis, y soy muy caballero en mis tratos. En esta mano llegó a herirme tu acero. . Baste, que aunque estés herido, yo castigare su osadía, vengaré su vil baldón. Dame bien mío esa espada, Enrique suelta; traidor esgrime el villano acero; que quiere mi pundonor castigar tu atrevimiento, dar venganza a tu traición. Señora Lisida. . Acaba, que aunque a Enrique le faltó el un brazo; quedó sano la mitad de su valor. Esgrime el brillante acero para que se turbe el Sol a los rayos que fulmino. 1. Lisida, señora, yo? Si traidor, la espada esgrime. Sería arrojada acción. Finalmente eres cobarde. Mi boca lo confesó, es miro que con ventaja tienes para tu favor todo un Cielo en esa cara, y es muy temeraría acción ponerme a riesgo de que esa plata, o arrebol arroje rayos de luces, que con su suave ardor, o me priven de la vida, o engendren en mi temor. Ya por cobarde te dejo. Qué te parece Soplón de tan infausta fortuna? Que aquí Lisida triunfó, mas no te sacó la espada, porque en juego de tu amor te la reservaste fino. Señor Don Luis, pues me hirió de vuestro acero la punta, suplico a vuestro valor me dé lugar de curarme, para que después los dos a nuestro encuentro volvamos. Aquí espero yo. . Y yo no? Avisaré al Duque luego, . pues es Don Luis quien mató a su sobrino, con que conseguirá el pundonor la venganza con su agravio. A curarme Don Luis voy, luego me parto a Florencia, . y antes que en su coche el Sol deje de lucir brillante lo tendrá el Duque en prisión. La puerta cierra, y se va. Luego la puerta cerró? Tres vueltas dio con la llave, mal Enrique plegue a Dios, que des, pues sabes dar vueltas, las vueltas a San Antón. El mayor pesar que tengo es de que Lisida habló con poco amor, y cariño, cuando mi fe idolatró su soberana deidad, muerto a su activo esplendor. Con una llave Don Luis, que mi piedad reservó, vengo yo a darte la vida, porque Enrique en un bridón se partió a Florencia apriesa. para avisar (ha que error) al Duque para que venga a prenderte (ha que traición) por la muerte de Fernando: libra la vida señor. Don Luis la puerta está abierta, pisa el campo flor a flor, pisa el valle fresno a fresno, porque amenaza el arpón de la muerte aquesa vida. Agradézcole a tu amor Lisida aquese agasajo, Lisida esa prevención, mas será en vano el prenderme, Dime pues, por qué razón? No quiere el Duque prenderme. para que el verdugo atroz me quite infame la vida? Eso busca su dolor. Pues si eso pretende el Duque. vendrá a muy mala ocasión, porque antes que el Duque llegue. estaré sin vida yo. Cómo será, o de que suer Porque si muriendo estoy herido de tu belleza, sola esta ocasión faltó, para que arrojando rayos tus ojos, a fuer de Sol, sirvan de agudas saetas, que pasando el corazón, hagan dos puertas al alma que el amor contigo unió, y pues sabes esto ya, sacá tú la conclusión. Señora mía, no es más de que la vida perdió, y con eso dio en ser ruin. En ser ruín, porque ocasión? Porque perdiendo la vida, es ya hombre en tal dolor que no tiene que perder. Obedece pues mi voz, pero pasos siento, ay Cielo! si será Enrique, hay temor! Don Luis llégate a esta parte. Ponte a esta parte Soplón. Aunque cerré la una puerta abierta la otra quedó, y apenas salí de casa hizo el juicio reflejión, y al conocer que tenía Lisida llave, volvió el cuidado; ya encerrado quedará, sin atención de que Lisida ejercite su piedad, pues conoció el discurso que no tiene llave a esta puerta, y pues son mis penas tan sin medida, pues Lisida no me vio, saldreme sin que me vea. . Por Dios que Enrique cerró la otra puer Así es verdad. A que aguarda el corazón, que a tantos dolores juntos, que a tanto rayo veloz, no perece? aquí Don Luis mi triste vida acabó, aquí murió mi esperanza, aquí dio fin el valor, aquí llegó mi desdicha, aquí mi dicha faltó, aquí empezará mi pena, y aquí ya la suspensión hará que quede sin alma, sin articular la voz. Pues quién Lisida esos rayos, que son afrenta del Sol, o torpe los oscurece, o sin alma los turbó? De aquesa puerta que Enrique ha cerrado por temor de que yo no libertase tu vida (aquí se formó mi pesar) no tengo llave, y así es fuerza en tal dolor que Enrique me halle, que pena contigo; sin vida estoy! y hallándome; fuerte caso! me dé muerte con razón, pues será hacer evidencia lo que en sospecha quedó. Deja Lisida la pena, no temas Lisida, no, que es en vano el sobresalto. Pues cómo podré señor tener vida en el peligro. No estoy a tu lado yo? no tengo brillante acero? no tengo también valor, y cuando todo faltare como mi amor repitió al ultrajarme tu lengua, no eres tu Lisida Sol, que arrojarás de ese Cielo, pues fino siempre brilló, dos rayos en cada luz, que a su activo resplandor dejarán turbado a Enrique, y muerto a la turbación? pues si esto tienes, qué temes? pues si esto tu femiró, para que alimentas penas? para que aquese arrebol engastas con el aljófar, si el valor se contempló empeñado en defenderte? Mucho ha podido tu amor Lisida, pues por quererte casi casi se vendió. Pues cómo? Ya está empeñado, solo le falta un favor, con que rematado esté que a empeñado ya llegó. Vuelva el clavel a tu cara, no quiera hacer el dolor veces del rígido Enero, y en florida oposición robe del labio las rosas; y de la frente el candor. Ya conozco yo su achaque, que el natural me formó Doctor de ocultis. . Di pues lo que entendieres Soplón. Si no me engaña el discurso, después que Enrique cerró está Lisida sin duda con dolor de corazón. Moriré firme en el riesgo. n . Que es morir Lisida, no hará este brazo valiente antes que esté yo en prisión, que tanto cardeno lirio, que tanta fragante flor quede vuelta en rosicler, virtiendo mí estoque atroz (po, de Enrique, y del Duque aún tien- vuelto ya en rojo color el humor vejetativo? Pero aquí duda Soplón como hará tu valentía sino los coge de humor. Mas si podemos violentos esas puertas que formó el arte, romper, Don Luis. no lo excuse el vil temor. Que cosa es romper las puertas, no consiento, vive Dios, que yo he de esperar a Enrique, y en la primera invasión he de cercenarle un brazo. Y con eso que alcanzó aquí tu espada? . Hacer que Enrique con esta acción pelce a brazo partido. Vamos pues Lisida, y yo. desencajaré las puertas. bien así, como Sansón cuando de los Filisteos no por ser cobarde huyó. Seguirate mi desdicha. No ampararte fuera error. En grande peligro estamos. Con mi valor se midio. Vamos, mas si no podemos. Cuando no podamos, yo soy asilo de tu vida. Vamos, no haya dilación, Vamos por si viene Enrique. Y en este lance de hoy. Verá el que quisiere amar. Verá el que amor alcanzó. Lo que puede el querer bien. Los empeños que hace amor. Ya e
JORNADA TERCERA
echar es sola Pi que de ese azul pa arranque cuantas estrellas reciben copiosos rayos de la lampara Febea. Pide que en el mes de Enero, cuando los aires bosqueja cono a copo tanta plata, y después sirve a la hierba de ríbete en campo verde, que de las remotas selvas, cuyos troncos son después gala de la Primavera, te traiga un clavel sangriento, que al lado de la azucena se le mostró tan amante, que al ver la mano violenta cortar esta nieve ufana, sintió tanto sus ofensas, que aunque no lo hirió el cuchillo lo volvió en coral la pena. Pide, que del mar te traiga todas las preciosas perlas, que en sus conchas de márfil suelen servir a la arena de cristalinos espejos, cuando en visos reflejean. No quiero empeñarte yo en tan difícil empresa. Solo obedecerte espero. Lo que es eso en la obediencia ninguna Monja Novicia tan profesa. Pues Don Luis, a suplicarte mi amor, mi voluntad llega, que por aquesa ventana, que registra la eminencia, de aquese risco eminente te arrojes, porque la fuerza del Duque te ha de prender. Mas que su fuerza me prenda si, yo moriré contento, muriendo por tu belleza. Eso que pide no es nada, cuando en el riesgo lo empeña, diciéndole que se arroje; más es cosa manifiesta, que lo echa por la ventana para no echarlo por puertas, Esto Don Luis te suplico, si a caso pueden mis penas algo contigo alcanzar obedece a mis finezas. Yo de sueño ando alcanzado, no es malo pedirle treguas echándome en esta parte, que si el Ministro me pesca, yo haré con una sortija, que mi cautela reserva, que luego al punto me suelte, pues a aqueste en sus cautelas, aunque blasone de santo, le dirá aquesta presea: ponga en su dedo esta alhaja, y pues sol prenda, no prenda, Fuera error no obedecerte, mas no parece fineza huir del peligro y quedar tú sin defensa. Más estimo yo tu vida. Ya mi amor Lisida intenta obedecerte, mas es fiado en la sutileza de cierta Maga que habita lo intrincado de la selva, esta reserva unas llaves, con cuyo yerro franquea las cerraduras más fuertes, y las más cerradas puertas; saldrá a buscarla el valor, porque antes que Enrique venga, salgas de aquese peligro, que si no, como pudiera dejarte yo en ese riesgo sin que primero las penas, u de tibio me acusaran, o por infame me dieran? Sea luego fin tardanza. Luego sin tardanza sea; a Dios Lisida, que yo volveré con diligencia, que como el alma me tienes, solo tu pecho me alienta. Subo a la ventana, y luego, pues a sus paredes besa un álamo, en él me pongo, y por las ramas que cuelgan bajaré al tronco, y del tronco hasta un cuadro de azucenas. . Parece que mis desdichas hallan para su tormenta un Piloto que las rija, dando a la bonanza velas. Si las llaves trae Don Luis, aunque Enrique después venga, no conocerá que yo anduve tan descompuesta. Pero si viene, hay pesar! pero si viniere, hay penas! antes que Don Luis; qué es esto! amante, y gustoso vuelva, qué podré decirle a Enrique? qué al gran Duque de Florencia? Señora mía al gran Duque tocarle la españoleta. Durmiendo Soplón está, y me parece que sueña. Quiero dejarlo, que a un triste, aunque nunca lo consuela ver en otros alegría, en esta ocasión es fuerza no parecer envidiosa, por no parecer grosera. Las puertas abren, que bien se conoce en la presteza que obra Don Luis como amante, Aquí podrá V. Excelencia prender a Don Luis, que es estor Enrique, y el Duque eran. Dolor, qué pesar es este? . penas que desdicha es esta? Lisida estar encerrada, tener el alma sospechas, faltar Don Luis de este puesto, estar cerradas las puertas, irme de aquí confiado, dejar yo a Lisida fuera, cerrar las puertas yo mismo, llegar veloz a Florencia, avisar ufano al Duque, venir los dos con presteza; Cielos, son estos encantos? no, porque sus apariencias ya las conoce el discurso, y no las finge la idea. Qué podré decir al Duque? Venga con bien V. Excelencia. Lisida, tan encerrada, poco debe tu entereza a Enrique, pues que confía tan poco cuando se ausenta. No es malo que las mujeres, y principalmente en estas cosas de campo, que tienen por sus vecinos las selvas, estén de este modo. . Enrique donde tiene tu cautela a Don Luis? . Yo soy perdido, santos Cielos, que respuesta dar puedo al Duque? si digo que en aquesta parte misma lo encerró mi cobardía, pasa la verdad a ofensa, pues halla a Lisida aquí donde lo dejó mi pena. Si digo que se fue, doy a entender poca fineza con su sangre, pues al reo que la vertió de las venas de su sobrino, lo dejo huir por poca asistencia. No sé qué responda, hay triste! Cómo Enrique no me dejas prender a Don Luis? . Señor, aquí se turba la lengua, desfallece la razón, y se ofuscan las potencias. Pues Enrique se ha turbado, aquí mi cautela intenta engañar al Duque así, pues con aquesta cautela en mi aumento la virtud, y Enrique se desempeña. Yo por Enrique respondo atiéndame V. Excelencia. Después que dejó encerrado aquí mi esposo a Don Luis, y por el fértil Páis fue a Florencia su cuidado, rogió mi honor arriesgado, ya con pasos menos graves de aquesas puertas dos llaves, y con esperanzas ciertas. Dirás que abriste las puertas? Óyeme, pues eso sabes. A vista de agravio tal recojo el femenil brío, en la venganza confío, obra el valor no neutral. Entro ya, pues ves el mal, sin ninguna suspensión, solo atento el corazón; gran Duque, aquí considera lo que una mujer hiciera con agravio, y con pasión. Hallé durmiendo al villano, poco en su azar cuidadoso, el valor menos medroso, pero suspensa la mano. Parece que estaba ufano, el traidor, el fementido, pues estando sin sentido se juzgaba ya triunfante, no en las victorias de amante, pues en eso fue el vencido. En fin, honrada, y valiente, si de esto una mujer goza, maté a Don Luis de Mendoza en su púrpura caliente. Miradlo, que está patente, y ya está postrado en tierra al que de amor en la guerra, ya por loco, o atrevido mató a su aljaba Cupido con las saetas que encierra. Después las puertas cerré, para que sepa mi esposo, que no puede estar quejoso, pues yo misma lo vengué. Con que se ha visto mi fe, con que conozca mi amor, con que mire mi dolor, y con que al verme arrogante, verá que le soy constante, vengándole un disfavor. Señores, que es lo que escucho? . que yo he de pasar por muerto, y que me vengan ahora a la boca los bostezos? No me atrevo a respirar, este es el lance primero, que se habrá visto valiente, que le falten los alientos. Posible es que no se vayan, levantarme será acierto, mas no, que al ver que respiro va con el Diablo el enredo, y al conocer que soy vivo, me darán algunos muertos. Mucho debo a la virtud de Lisida. . Estoy suspenso al conocer el valor de mi sobrina. . Y es cierto, pues Lisida tiene llaves de estas puertas, como luego yo lo sospeché al partirme. Si lo saben, aquí muero. Solo lo que importa ahora es, que el cadáver sangriento se envuelva en una mortaja para el sepulcro. . Con esto, aunque quiera no podré llegar a ser desenvuelto. Temo no venga Don Luis. A moverme no me atrevo, porque el caso no conozcan y en tan difícil empeño, yo bien puedo ser piadoso, pero bien poco me muevo. Volverme quiero a Florencia, pues que conozco, pues veo que Don Luis está sin vida, cuando aquí tu esposa ha hecho dos venganzas de un castigo, y en dos hyerros un acierto. Yo serviré a V. Excelencia hasta Florencia volviendo. No he de permitirlo Enrique, y ya el procurarlo es yerro, Pues he de salir señor hasta la calle de Fresnos, que divide nuestra Quinta del florido prado ameno. Para eso os daré licencia, mas será con presupuesto de que os volváis en llegando de ramas al verde ceño! mirad que tenéis mujer hermosa, y en tales puestos nunca ha de dejarse sola, porque al mirarse en el riesgo, aunque no quiera ser mala, la podrá vencer el miedo, y no hay valor para siempre que emprenda tales empeños, que no todos los amantes suelen cogerse durmiendo. Que aquesto me diga el Duque, vive el saberano Cielo, que a Lisida he de dar muerte. Gracias a Dios que se fueron. Ya te puedes levantar, mas has de salirte luego, porque vuelve luego Enrique, que el Duque ha querido atento, que no llegase a Florencia. Que aquí está Lisida temo. Este es Don Luis vive Dios. Soplón amigo, qué es eso? tan turbado, dime donde estuviste? En el inf Tu respondes de esta suerte? Dime, pues será de nuevo que en el infierno haya estado. el que ha pasado por muerto? Vete Don Luis, porque importa al que forme fingimiento, para librarme de Enrique, y del Duque. . Santos Cielos, que sea mi dicha tal! Mira Don Luis que con eso. pasarás placa de fino. Señor, tú serás un necio sino esperares a Enrique, porque según estoy viendo, si los dos de aquí nos vamos, va con el diablo el enredo. Señor, si mi amor estimas. Por ser fino te obedezco, a Dios Lisida. Él te guarde. Jesús que tierno lo ha vuelto. Pero es imposible ya: por el encuentro que veo Enrique viene, y muicerca. Ya pronostiqué yo el riesgo. A ti mirándote amante, abrasado de los celos te se comerá sin duda. Por qué, di? . Porque estás tierno. Don Luis vivo, aquesto miro! Enrique aquí, aquesto veo! Lisida, Don Luis es este, a quien dices que el acero, o lo privó de la vida, o lo dejó sin aliento? Responda señor por mí con suspensión el silencio, Yo respondo, y digo, que a este pobre Caballero, cuando entraste por la puerta, como es un poco achaquiento le dio mal de corazón. y como te fuiste ha vuelto. Tú me has de echar a perder, Solo digo lo que siento. Son enredos, y patrañas. Digo señor que estás bueno, Señor Enrique es posible, que cuando sois Caballero, y me dejáis encerrado. para cumplir nuestro duelo, al Duque traigas con vos, para que a mi justiciero me ponga en una prisión, y en un suplicio sangriento, con la vida pague triste? Aquesos son dignos hechos de vuestra sangre, y nobleza? Todo lo escuché (aquí quiero hacer constante valor lo que ha comenzado riesgo) porque al oíros estuve en esa parte encubierto con esos largos tapices; y así, pues yo tanto tiempo os esperé, a la pelea volvamos (en que si puedo . le daré muerte, porque si con vida queda, temo que a Lisida ha de quitarla) Seguiré ya en este empeño a Don Luis, porque mi esposo que me dará muerte es cierto. Vive Dios que he de matarla, . y que ha de vibrar mi acero mas rayos en mi venganza que aquese cerúleo espejo, cuando arroja tenebroso desde su olímpico seno. centellas en el Verano, y copos en el Invierno. Vengareme con su muerte de sus infames intentos. Y yo he de tomar venganza? Si te agravio es manifiesto. Yo no me quiero vengar, y así solo a ti te dejo. Pues por qué te vas? . Señor yo me voy porque no vengo. Ese cargo que me hacéis no es Don Luis de algún provecho, pues yo no di de cobarde aviso al Duque, que luego vino a prenderos, que fue ese de mi pecho efecto, porque quise que murierais en un cadahalso sangriento, y esto lo conoceréis, pues no tieneharto mi pecho con esa vida, que es poco, pues estando ya vos muerto hace en Lisida lo mismo. Aque aguarda tu ardimiento, que no sacas esa espada, y con varonil esfuerzo le guarneces el vestido con esas puntas de acero? Sigo Sopión tu dictamen. Y yo hago también lo mismo. Aunque no seas tahur. Qué he de hacer? Echar el resto. Sigue Lisida mi parte. Ya te sigo, porque temo que Enrique me ha de dar muerte. Tu valor voy conociendo. Está ausencia de Don Luis, me tiene ya cuidadosa, si algún peligro lo oprime, porque ha que falta seis horas de aquesta intrincada gruta, de esta casa, cuya alfombra con el Abril se hermosca, y el Mayo la perfeciona. Mala fortuna recelo, porque es cosa peligrosa ponerse a riesgo tan grande, y más cuando Enrique nota de Lisida el poco amor, de Don Luis la vanagloria, de Lisida la osadía, y de Don Luis la derrota; cuya desgracia, y fortuna lo alienta más, y ocasiona, para que riesgos emprenda, para que busque victorias del amor, cuyos empeños con su mucho amor se apoyan. Pero ya veo a Don Luis por entre las verdes hojas, que tejidas con las ramas una celosía forman. Aquí puedes descansar sin riesgo Lisida hermosa, en donde restituirá el veloz susto las joyas, que te ha quitado infeliz, pues ladrón de mucha monta robó a tu labio el rubí, y a tu mejilla la rosa. Sin alma estoy del pesar, sin vida estoy de congojas. Lisida no tengas pena, porque ya Enrique colora las flores de aquese prado con su sangre, y cuando aborta su aliento aquestos desmayos, es cierto que lo despoja de la vida su desdicha, pues cayó a la venenosa punta de mi espada herido. Ea, Lisida, señora deja las penas aparte, el dolor al alma borra, que Don Luis es caballero, y puedes ya ser su esposa. Solo ese consuelo queda a mi pena, a mis congojas. No es Lisida en tal desdicha . buena para mujer propia, y así cuando el aire vistan tantas de azabache sombras salpicaré con su sangre aquesa campestre choza. Según eso has de casarte En otra cosa con Lisida? piensa Soplón mi discurso. Señor mi consejo toma, tú no te cases con ella, renuncia, porque es gran costa, que pues ya triunfaste, es cierto que a ti las vazas te sobran, y aunque cobarde renuncies en cautela tan penosa, sino eres tahur gallina has de llevarte la polla. Seguiré lo que me dices, pero será en otra forma. Cansado estarás bien mío. Jesús, que molesta cosa . es una mujer rendida. No es posible cuando sola tu hermosura me ha guiado. Aquí pronuncia la boca . lo que el corazón no siente, porque después que la nota el alma, no como ajena, toda aquella se amorosa en hielo se ha convertido, porque la voluntad loca parece al luciente rayo, cuya antorcha luminosa cuando dispara en centellas, no hiere donde no topa resistencia; así mi amor mirando a Lisida esposa de Enrique, la apetecía vivamente, más ahora que la puedo conseguir deja de lucir la han torcha de aquella ardiente afición, que suele haber muchas cosas que tienen por ser ajenas lo que pierden por ser propias. Luego a Lisida aborreces? No sé lo que te responda, porque el ánimo confuso en desdicha tan notoria desdeñoso me refrena, y cauteloso me arroja. Pues eso has de responder cuando la pobre señora se va tras ti enamorada, ya por el Sol, ya por sombras, ya por prados, ya por valles, ya por montes, ya por chozas, y ya por el verde soto, cómo si ella fuera sota? Mira señor lo que haces en cosa tan peligrosa, porque si tú te arrepientes, ella queda pecadora. Señor Don Luis tal silencio? Ya me enfadan las lisonjas de esta mujer, vive Dios, pues después que entre la umbrosa selva intrincada gocé de su hermosura, es tan otra para mi amor, que caricias me enfadan, y desazonan. Si dais licencia señores que mientras la rubia antorcha no mitigare los rayos goce la apacible sombra de esta casa, estaré aquí, porque está lejos la choza donde suelo trabajar el carbón. . Es justa cosa, descansad buen hombre aquí. Imposible es me conozcan en este traje, pues piensan que volví la tierra roja con mi sangre, más es falso; porque armado de una cota la punta no me pasó, aunque no fue acción impropia caer al impulso fuerte. Morirá aquesta alevosa, y Don Luis también con ella, ya en Florencia el Duque ahora sabrá que Don Luis es vivo, porque la persona propia del que me dio este vestido, fue a avisarle, que en persona venga a prenderlo a este puesto, pero si tarda una hora esta daga con su punta vengará acción tan traidora. Pues murió Enrique a tu espada yo alagüeña, y cariñosa haré ahora con el Duque te perdone, y sin zozobras nos casaremos después. Dejaré que le responda. Lisida de esos intentos podéis luego desistir, porque el casarme es pidir que estén parados los vientos; no me faltan fundamentos, que mi fe no es engañosa; y así no estaréis quejosa, porque al mirar vuestra fama; sois mui buena para dama, mas no buena para esposa. Acaso cabe en razón que yo arriesgado me case, y al ser vuestro esposo pase. cuidados el corazón? Estas las razones son, estas las causas que veis, y porque no lo ignoréis en amor tan poco estable, pienso que por ser mudable siempre la misma seréis. Esto supuesto, señora, dadme ya vuestra licencia, porque he de hacer de aquí ausencia antes que llore la aurora. Vuestra suerte se mejora, pues haciendo este partido podéis escoger marido, que sin tantos ademanes, cuando escondáis los galanes, también peque en ser sufrido. Por mí ha dicho lo que ha dicho, vive el Cielo soberano que si tarda el Duque un poco con este yerro acerado he de travesarle el pecho. En fin señor, que el casaros en vos no ha de conseguirse? Eso es cansaros en vanza Pues si es cansar el discurso con quien es aleve, y falso, rayos tiene ese zafir, que en su seno de alabastro entre cenizas se guardan, y cuando ven un tirano, rompiendo giros de nieve abren los espejos claros, para dar muerte a un aleve, para vengar un agravio, para dar consuelo a un triste, y cuando falten los rayos, dos ojos tengo que lloren, porque a falta de los labios son lenguas del corazón, que siempre en ecos más blandos mueven al pecho más duro, pues en tan tristes fracasos los labios mueven a voces, pero los ojos llorando. Mas las lágrimas me enfadan, no me sirven de agasajo. Mira que Lisida riega ya las plantas con sus plantos. Decidme noble señora que tenéis con ese hidalgo, qué os cuesta tantos pesares? Curiósito es el villano. Déjalo Soplón amigo. Señora, que es un porcazo; porque no laba esa cara? cómo viene tan tiznado? entre inocentes se cría, bien puede labar las manos. De este modo esperaré a que el gran Duque avisado venga a prender a Don Luis. Diga, que está murmurando? Pienso en mi baja fortuna. Ya nos sirve de embarazo, proseguir puede el camino. Estor señor muy cansado, y el Sol quema con exceso, Ya que es causado notamos, pero cuando hiere el Sol son gran ventaja sus rayos, pues quien anda con calor, anda más, mas con trabajo. Decidme ya vuestras penas, sepa yo vuestros cuidados. Sola puedo yo sentirlos, no podéis vos aliviarlos. Podrá ser que yo los sienta, y con tanto sobresalto como vos, que algunos suelen traer consigo tal amago, que llevan en si el dolor, y hieren al pronunciarlos. Pues un cárbonero humilde llegará a ser tan humano que sienta penas ajenas? No puede eso en este caso suceder, pues son tan propias, y soy tan interesado, que no puedo serlo más. Vos interesado tanto, no sé lo que habláis, mirad que soy sobrina de Carlos el gran Duque de Florencia. Con razón puedo afirmarlo, pues claramente conozco que sois Lisida Moncayo. Mi nombre sabe, qué es esto? No veis Lisida estas manos que dio color de carbón el trabajo de mis brazos? pues estas manos pudieron unir el márfil nevado con su azabache; mas esto mejor me estará callarlo. Qué decís? . Qué he de sentir como tan apasionado vuestras desdichas presentes. Vos cómo podéis estarlo? Porque siendo parte yo, que con esos rubios rayos hago con unión un todo, fuera ya lance excusado sentir esa parte el mal, y no sentir yo el trabajo, No sé qué habláis carbonero? Yo sé muy bien lo que hablo. Declaraos más, porque yo aún no llego a penetrarlo. Pues si dais esa licencia así, quiero hablaros claro. Noble, Lisida, nací, pues que a decirlo me empeñas, y aunque me miráis así hacer carbón entre peñas, sangre noble conocí. Cautivome esa hermosura, pero fue poca cordura sin tener ningún remedio, que me sirviese de medio que ablandara esa fe dura. Con esto desesperado, con voluntad tan entera me partí a la guerra honrado, donde rogué me partiera un cañón de plomo armado. Volví triunfante, y glorioso, el corazón animoso, mas cuando llegué a Florencia, luego os casó su Excelencia, mas no con más noble esposo. Mi amor, que si no se vio, quiso probar su ventura, mas cuando se conoció, mi triste dicha se aguo, porque no fue esa fe pura. Desesperado a esta acción vine loco amante al monte, en donde con atención mi oficio es hacer carbón, quejándome al orizonte. Vos me tenéis de esta suerte, y en este pesar tan fuerte sentiréis vos el rigor, pues sintiendo yo el dolor mi dolor os dará muerte. O sois loco, o no os entiendo. No señora, no soy loco, que solo dice la lengua las verdades que conozco. Luego vuestras penas mismas al sentirlas con ahogo me darán muerte sin duda. Antes del límite corto de dos horas, y aún de menos, conoceréis que propongo verdades, y que este traje es de mi persona impropio. Señor hidalgo, ya es hora, pues el Sol con rayos de oro desmaya en su curso errante; proseguid, porque nosotros somos muy poco sufridos, y cuando blando os exhorto, no quisiera me obligaráis a descomponerme. . Solo si sois caballero os digo, que con damas el desdoro parece mal, que hay maridos que el no vengar el oprobio, no es por no tener valor, sino porque buscan modos, con que lo que es evidente, pueda quedar sospechoso. El cárbonero, aunque es lego, esto que dice es de coro. Ahora le he de dar muerte, . porque ya tardanza noto en el Duque, y la ocasión se me ha ofrecido a los ojos. Ya os podéis ir, que aguardáis? que sois retórico poco para dar consejos, basta que por villano os perdono. El vestido es de buen gusto, airosos están los hombros, solo le talta una cosa. Qué falta? parece loco, Solo estar acuchilleado, y juzgo con mi buen modo que podré yo acuchillearlo, y antes de término poco veréis picado ese pecho. (do Qué decís? Que me acomo. a vuestro gusto; ya es tiempo de matar a un alevoso. Muere tirano a mi acero. Sin alma estoy, no conozco, en que he podido agraviarte. Yo soy de Lisida esposo. Y tu tirana también con la vida por despojos pagarás tantos agravios. Qué es esto Cielo piadoso, Enrique es este que miro! válgame de aquellos troncos. la espesura. Caballero deteneos, porque es desdoro afligir así a las damas. Lo mismo hiciera de todos, sino llegara este hombre. Pero qué miran mis ojos! un hombre está muerto en tierra, a este con la daga noto que fue sangriento instrumento; pues a que aguardo, que pronto no ejecuto la sentencia del Duque, que cuidadoso me envía para dar muerte al que en el concabo sordo de esta cueva hallase? Dos se han mirado, mas los ojos me dicen que este es el malo, pues sin que tuviera otro oelito, aqueste bastaba para ser yo riguroso. Ya está el paraje cercado con cien hombres, que del plomo harán rayos si se ofrece, por si acaso cauteloso. se hiciese fuerte este reo defendiéndose en contorno, Pasole el pecho el aleve. Que es mal mirado no ignoro, pues al travesarle el pecho con ese puñal mooso. dio en mirarlo travesado con tener tan buenos ojos. Orden traigo yo del Duque para que en aquese soto, que de ramas viste el aire. entre los espesos troncos, os haga quitar la vida. Mirad que debe ser otro. Indicios tengo muy grandes. de que podéis ser vos solo, pues el Duque me mandó que en este lugar umbroso prendiese un hombre que había, y con razón reconozco que sois vos, pues cuando llego de un hombre en supiros roncos. pasáis el pecho atrevido, cuyo hecho tan poco heroico, aunque no tuvierais culpa merecía tal ahogo. Y traéis orden expreso, para que tan riguroso luego me quitéis la vida? Si no viene el Duque propio no podréis ser perdonado. Pues yo mismo me perdono, que soy Enrique sobrino de su Excelencia. . Estáis loco? vos Enrique, cuando sois un cárbonero alevoso que por aquestos parajes andáis haciendo mil robos? Andad, y decid al Duque, que ya mi brazo famoso ha vengado los agravios de Don Luis, y que a esos ojos le quite la vida infame. Señor hidalgo, eso es otro, el orden se ha de seguir del Duque, y así en el soto os han de quitar la vida. No le han de valer sobornos . de delirios, y locuras. Pues si estáis vos tan remoto de que soy Enrique, vamos a Florencia, y de ese modo verá el Duque la verdad. Aunque pareciere estorbo a la obediencia, direle, que con paso lento, y sordo vamos a Florencia, pero en esos verdes escollos de ramos le darán muerte, y obedezco al Duque heroico. Vamos hidalgo a Florencia De esta suerte me acomodo a seguir vuestro dictamen, cuando a seguiros me arrojo. Y a penetran la espesura, ya se salieron los dos, a Florencia Enrique va, donde del Duque el dolor sabrá todas mis desdichas, ojalá en curso veloz se dispare de esas nubes un ignifero vapor, que lo parta antes que llegue, señor se ejecutó la sentencia que mandasteis, y fue con tanto rigor, porque el cadáver que miras a mis ojos padeció por sus manos muerte. . Cielos no es Don Luis (esta es traición) el que yace muerto? No es Lisida la que el color, o lo trocó por jazmín, o por márfil lo trocó? Tío, y señor, Duque excelso, si mereciere perdón una mujer desdichada, antes que la torpe voz os informe del delito, perdonad tío, y señor a Lisida, que llorando os informa del dolor, de su desdicha, y su pena. Pues que delito, que acción ha cometido tu pecho? Hoy por mí el verdugo atroz dio muerte a Enrique mi esposo. No crea tal tu atención, pues el que murió al cuchillo fue un cárbonero traidor, que mató a ese caballero, y te informarás mejor viendo el cadáver sangriento que cerca este pabellón, verde obelisco de ramos. Enrique es, que se fingió cárbonero rudo, y tosco, y lo verás si mi amor le quitare de la cara el polvo, que matizó su rostro para fingirlo. Parece contraria acción. Ella le sacude el polvo, Bien claro conozco yo que Enrique yace sin vida. Yo la sentencia señor ejecuté firme, y fuerte del modo que lo mandó Excelencia. . Yo no culpo a quien firme obedeció. Lisida a Florencia vamos, para que en tan triste acción te dé sepulcro un Convento. Y aquí dará fin soplón a la Comedia, y será con tal ardid, y color, que ha de parar en casarse, Allá en la Quinta quedó una Nise, que me cabe, pedirele por favor que allá se case conmigo; porque Nise es como un Sol, y solo obligarme pueden los empeños que hace amor.
