Texto digital de La duquesa constante
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Francisco Agustín Tárrega
- Atribución estilometría
- Francisco Agustín Tárrega Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto (preparado por Germán Vega) procede de Dramáticos contemporáneos a Lope de Vega.
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Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La duquesa constante. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/duquesa-constante-la.

LA DUQUESA CONSTANTE
JORNADA PRIMERA
No sé qué triste sino o qué planeta Pobre predominó en mi nacimiento, Cuya influencia me forjó poeta. Algo mejor tomara el pensamiento, Señor Apolo, y bien os perdonara Este regalo y entretenimiento. Rociásteme de tierna edad la cara Mercedes grandes, para mi excusadas De aquella fuente cabalina clara. Gentiles babas para otras quijadas; Desde que en ellas se desayunaron, Ando yo con las mías trasijadas. Las musas juraré que se mearon Al tiempo que cogistes de su fuente Las aguas, que aun de sed no me mataron. De mi vi huir y vi mofar la gente; Por donde juzgo yo que les hedía A pobre, necio, loco, impertinente, Estos perfumes de la poesía, El apolíneo lauro y sacra venda; Pero escuchad la dulce victoria mía. Comienzo a desplegar y abrir mi tienda, Y cual merchante nuevo a hacer barato, Y va a las damas mi primera ofrenda. Llamo, convido, ruego y hago plato, Pues ninguna me quiere ni me llama, Y de sus gracias y beldades trato. Miento bien largo en su valor y fama; Digo, y con gran verdad, que estoy perdido, Hecho carbón, ceniza, fuego y llama. Hábloles en estilo muy subido, Uso de unos conceptos remontados, Tales, que aun yo jamás los he entendido. De esos cabellos de oro sortijados Forjó, señoras, el amor cadenas, Con que lleva a sus siervos amarrados. Los lindos ojos, causa de mis penas, Tiran rayos, que abrasan corazones, Haciendo helar la sangre de las venas. Hielo nos vuelven vuestras sinrazones, Y aunque helados, estamos siempre ardiendo Los que de amor seguimos los pendones. ¡Que viva quien con tino está muriendo, Y que se hiele quien se está abrasando! O es tormento infernal, o no lo entiendo. «No quiera porfiar tan mal cantado Galán, y cure su cabeza vana, Que de flaqueza está devaneando,» Me dijo una señora cortesana, Que se preciaba mucho de discreta, Y en ser por tal tenida estaba ufana. «¿Qué tan poco mi musa se respeta? Le dije yo; pues bien sé cuándo estaba, Señora, embebecida en un poeta; Sus romances y coplas le alababa. —; Oh- qué gentil concepto! — le decía. —¡Qué bueno y qué excelente!— replicaba. —Era el señor Fulano, y venía Con un par de capones el criado. ¿Paréscele si es buena la poesía? Venga su musa con tan buen recado, Aunque escupa otras tantas necedades, Diré que está excelente en sumo grado.» Dijo; y con todas mis habilitadas, Me envió para mano de mortero, A que probase nuevas voluntades. Yo me encamino luego a un caballero, Gentil hombre, galán y cortesano, Discreto y bien sobrado de dinero. Preséntole mis versos, pero en vano, Parte no entiende, parte son posados; «Y para coplas, las de don Fulano.» Voyme de allí a dolores y a letrados; Menos ganancia; hay muchos del oficio, De sus borrones muy enamorados. Los mercaderes oficiales, vicio Llaman a este deporte regalado, De holgazanes y vanos ejercicios. Pues sobre coplas no hallaréis fiado El vino, el pan, la carne ni el vestido, Mucho menos dinero de contado. Tras esto, ¿qué rincón jamás ha habido Sin tizne de los humos de poesía? Todos los bodegones ha corrido. Quien la trata con menos cortesía Son algunos señores estudiantes; Estos abaten la mercaduría. Bisoños, mas osados y arrogantes, Semejantes en fuerzas a pigmeos, En orgullo y bravezas, a gigantes. Todo lo contaminan sus deseos, Hasta las damas usurpar pretenden, Y para servidores son muy feos. Barato su trovar los tales venden; Aunque no sé quién dice que es dislate De los que de la feria el punto entienden. De balde es caro lo de su quilate, Y por darse a entender que todo es uno, Es muerto para todos Mecenate. Por esto yo, sin ser vigilia, ayuno. Pues nadie os quiere ya volver la cara, Y mi Parnaso nunca fue importuno. Si mi laceria Dios no remediara, Quizá aun moliera en seco mi molino; Mas su bondad un monte me depara. Un monte claro, que A esta tierra vino; Y si es posible que se mude un monte, ¿Qué mucho que se mude mi destino? Mudose, por serviros, Claramonte; Y en todo cuanto a contentaros toca, Procura que su fama se remonte. En esta parte no hay más firme roca; En otras ocasiones lo ha mostrado, Y agora os lo denuncia por mi boca, Pidiéndoos el silencio acostumbrado. Hagan alto esas banderas. — Este, Duque, es el lugar, Y estas son las tres galeras, Que te puedo asegurar Que son fuertes y veleras. Darán contigo en España Con una presteza extraña. Para la vuelta querría Esa diligencia. Fía De tu suerte y de tu maña; Que el Rey te llama con celo De más favor y amistad. Quiéralo, Torcato, el cielo; Aunque, a decirte verdad, Parto con mucho recelo; Que envidiosos y traidores De mis prendas y favores, Sospecho que allá me traman Cosas, por donde me llaman. Esos son vanos-temores. Alégrale. ¿Cómo puedo, Dejando así mi alegría, A Flaminia? Si en el miedo De perderos ¡oh alma mía! Con tantas ansias me enredo, Las certezas ¿qué serán Mas, que mis ojos podrán Veros en poder ajeno, Y que el dulce amado seno Otros brazos ceñirán? No, no; que si la ventura Se me atreve, yo confío Del poder que me asegura. ¿Desvarías? Desvarío, Aunque a sobras de cordura. De esa te debes valer, Y confía en tu mujer, La cual tendrá en esta calma, Donde tú fueres, el alma, Y el cuerpo acá en mi poder. Eso descuenta la pena Mayor que fuera conmigo. Es mi ventura, que ordena Que por ti quede, o contigo, Con fortuna mala o buena. En entrambas te aseguro De mi fe, por la cual juro Lo que ya tengo ofrecido. Por esta mano te pido, Por esa fe le conjuro, Que Ia celes y regales; Que las dos cosas harás, Aunque son bien desiguales, Reparando en lo que es más Y no topando en señales. Hazle cuantas fiestas puedas Y sigue tras sus veredas, Y cuanto guste provea Tu mano, porque se vea Que con mi mano te quedas. Y este cerrado papel Guardarás como la vida, Hasta verlo que hay en él, Cuando mi suerte lo pida, Si me fuere tan cruel; Que será cuando entendieres De mi parte que no esperes Buen suceso en mi jornada. De fe tan cierta y jurada No receles, por quien eres. Verás un gran desvarío, Que es hijo de mi afición; Mas eres discreto, y fío Que pesando la razón Con mi amor y con mi brío, Cumplirás mi voluntad Con nueva seguridad. Y en juramento lo digo, Y el cielo, que es fiel testigo, Lo será de esta verdad. ¿Qué Clarín es este? Acude La gente que ha de embarcar. Solo embarquen la que ayude, A servirme y a bogar. ¿Y la demás? No se mude. ¿No quieres llevar soldados? Ciento y cincuenta. Aprestados Los tengo yo desde ayer, De mil, que son a escoger, Bizarros y bien armados. ¿Quién es aqueste galán Con los penachos azules? Es Fabricio, el capitán. Embarquen esos baúles. Oh Fabricio, ¿partirán Las galeras? El mar prueba Tu opinión. Toquen a leva. Dame tu un abrazo, amigo, Y estotro lleva contigo A quien sin alma me lleva. Dame una seña. Este anillo, Que es bien conocida prenda. Amor asista al pedirlo, Y mi llama ardiente encienda Aquel hielo al recebirlo, Aquel hielo endurecido De Flaminia, que ha venido, De muy antiguo y muy duro, A tornar un cristal puro . Que es espejo de su olvido. Ah Duque, de mi enemiga El amigo más amado, Alas diste a mi fatiga; No serán, pues me he quedado, Las de la atrevida hormiga. ¿Qué pienso ganarme yo? Hola, Otavio, ¿no dejó Este su esposa y su estado A buen árbol arrimado? Quizá sí. Mas quizá no. Sabiendo tú mi afición, ¿Dudas ahora? He dudado; Que una grande obligación Fuerza a veces a un honrado A que mude de opinión. Hora bien, déjate de eso, Y esforcemos el suceso De mi amorosa porfía; Que si de antes la sentía, La siento con más exceso. Vaya volando Mucio, y de mi parte Prevenga en la ciudad una gran fiesta, Que dure cuatro días con sus noches: - Entapicen las calles, y en las tiendas Pongan los mercaderes y oficiales Todas las cosas de mayor estima, Que de las cuatro partes de la tierra, En esta, que es tan rica y tan dichosa Concurren para adorno y para trato, Donde las damas pueden a mi cuenta Tomar a discreción cuanto quisieren; Y a las que no lo son, si son hermosas, Les doy el mismo crédito y libranza; Den también para máscaras licencia, Y premios ricos para entrambas cosas; Mostrarás este sello a mi tiniente, Y dirás que obedezca y no replique; Toma una posta y parte., así lo hago. Gasto será de dos millones este. Que lo sea de mil; el Duque ordena Que regale a su esposa. Bien comienzas; No bastará el tesoro de la China Si prosigues así. Si no aprovechan Estas, que son livianas baterías. Para entrar aquel fuerte de Flaminia, Con otras de mayor quilate y fuerza Emprenderé la guerra; que no es justo Que en tierra que yo tengo tan a cargo Sufra tirano tan exento en mengua Del Duque, mi señor, que el mar salado Lo lleve al puerto de la España dulce, Donde, si no me engañan los indicios, Quedará por las costas del proceso; Que así lo tengo prevenido todo. Hágalo Dios; mas antes de su esfera Derribe tus alientos engreídos . Traidor. ¿Qué estás diciendo? Que es muy justo Que cada cual esfuerce sus alientos. Pues en llegando quiero que me pongas Con treinta mil ducados, una tienda, Adonde pueda yo, con una máscara, Hablar a la Duquesa en mis negocios. Si quisiere salir. Saldrá; que el Duque Lo manda así. Y tu mujer Lucrecia ¿Lo sufrirá muy bien? Que no lo sufra; Marchen a la ciudad esas banderas Y entren mañana en orden, v nosotros Tomemos sendas postas, y esta noche En terrero juguemos alcancías, Cañas mañana, justa esotro día, Y torneo después. Bien comenzamos. Dennos volando postas, vamos. Vamos. Ya perdimos las galeras De vista-en el mirador; Dios te guíe; y el favor Te dé como tú le quieras. ■ Triste, Lucrecia, me siento; No me dejes. ¿Quies hablarme? Pero tú, en vez de ayudarme, Das por volverme al tormento Con esa mohína tuya. Que no sé de adó te viene... Cada cual, Duquesa, tiene ■ La suya y llora la suya. Si es por el Duque, tu primo, ■ Lloraremos a concierto, Por él es, aunque no es cierto Tanto por lo que le estimo, Cuanto por un negro afán Que con su ausencia me deja. ¿Es necesidad? Es queja? Entrambas cosas serán. Pues dilas; que te prometo De serte muy buena prima. Tu fe, Duquesa, me anima, Y me acobarda el respeto. Conmigo . prima, no dudes En decir cuanto quisieres; No te aflijas, no te alteres, No llores, no te demudes. ¿Estás mal con tu marido? . Que yo lo haré todo llano. Darle el favor de tu mano Es contra el bien que yo pido. Su rigor y su desdén Me tienen, Flaminia, tal; Yo le quiero mal, y es mal Que nace de querer bien. Mas le enredas y acobardas, O yo me enredo y me ciego. No conocerás mi fuego Hasta que en mis llamas ardas. ¿Son de amor? Si me dijeras De desamor, acertaras. Prima, si no te declaras, Yo no sé entender quimeras. Pues no lo son, mas tú huyes El cuerpo por no entenderlas ¿Ruégote yo por saberlas, Y le huyo? mal concluyes. Declárate sin vergüenza. ¿Si te enojo? Es excusado; . Ya me pones en cuidado. Pues yo comienzo. Comienza. ¿No has probado un accidente, De veras o por ensayo, Mas peligroso que un rayo. Mas bravo que una serpiente; Un monstruo que no hace miedo Con ser de mucho rigor, Nieto del injusto amor, Nacido del justo miedo; Un torbellino . una furia, Que entre iguales y no iguales. Hace injurias desiguales, Que es muy deudo de la injuria? ¿Sabes qué son celos? Sí. ¿Sabes sus efetos? No. Pues por saber de ellos yo, Sé tan poquito de mí. Extraña filosofía; ¿Esto aprenden las celosas? Ya te burlas de mis cosas? No, prima, por vida mía; Antes he de saber quién Te da pena, y repararlo; Dilo por tu vida. Callo Por decírtelo roas bien. Será de gran calidad La que celosa le lleva. Como tú. Cosa es muy nueva. ¿Hay otra yo en la ciudad? No. Pues yo soy. Esta vez Tengo licencia, Señora, Para decirlo. En buen hora Al cabo de mi vejez. Pero son celos, y es llano Que jamás siguen razón: Mas temor sin ocasión, ¿No sabes que es temor vano? ¿Doyla yo? Dala Toréalo. Pues como yo no la dé, Te importa poco. Ya sé Tu valor, punto y recato; Y así, dije que eran celos, Y no certeza, mi mal. Hora bien, pues él es tal, Que penetra hasta los cielos, Quiero tomar bien, amiga. Lo que no tomara bien, Y pues es Flaminia quien Con celillos le fatiga, Esa Flaminia, con sello, Te perdona y te asegura; Días ha que esa locura Sin acatarme atropello. Digo la de mi marido; Que soy tan mujer del mío, Que con más talle y más brío Luchara a brazo partido. Por él y por mi te beso Los pies y pido perdón. Yo lo doy, con condición De que acredites mi seso; Que por segunda no puedo Mi paciencia asegurar. Solo Dios puede quitar De las almas este miedo. (Despintado me has señales, Mas no borrado el tormento.) ¿Qué ruido es este? Siento Trompetillas y atabales. Paréceme que es pregón. ¿Pregón? Y ¿de qué será? Él mismo se lo dirá; Salgámonos a un balcón.- «Por parte del duque Valentino y por aquel del gobernador Torcato, se notifica que a cualesquier personas que quisieren tornear, parar tiendas de inmenso valor, sacar invenciones, más caras y otros cualesquier géneros de juegos, se da licencia para ello; para lo cual se entapizará la sala dorada de palacio; y porque venga a noticia de todos, se manda publicar el presente para seis de hebrero.—El gobernador, Torcato.-Y por mandado de su señoría ilustrísima, Urban, secretario.» ¿Has el pregón entendido? . Aunque mal y por mal cabo, Ya, Señora, estoy al Cabo Del seso de mi marido. A buen santo Valentino Encomendó sus cabellos; Mas ¿qué fieltros son aquellos Que asoman por el camino? . Postas parecen. • Si son; Postas del Duque serán . Que con la nueva vendrán De allá de la embarcación. Entrémonos a la sala. ¿Saldrás a las fiestas? Sí. Que el Duque lo mandó así. Y ¿tú? Yo no, que estoy mala. Quedaos adiós, importunas Escuelas, por cuatro días, Atahonas de porfías. Que de vos salen ayunas. Y dejadme, aventurero. Que buscando el lugar corra Tras una loca modorra O algún modorro dinero. Desta vez es bien que allane - Los capuchos de mi moza; Dame una ropa, Mendoza. ¿De magnífico o de zane? No me nombres ese traje, . Que le tengo aborrecido; • De levantarte la pido, Y un sombrero con plumaje. ¡Oh señor Julio! Oh, don Juan! ¿Hacemos algo? Ya voy, Disfrazado como estoy. Haces bien; eres galán. Con una máscara sola, Con el hábito que llevo, Piensan que soy otro, y pruebo La libertad española. Es discreta libertad; Yo te imito y te acompaño. Sígueme, que para un año Hay que ver en la ciudad. Arrebozados aparta; Ponte la máscara presto- Y conocerás con esto Lo que son sospechas, Marta. A la Duquesa he mentido, Diciendo que no quería Salir, y en tu compañía Desta manera he venido. He de seguir, he de ver Los discursos de Torcato; Pues no sabes . por un rato Se disfraza en mercader., ¿Mercader? ¿De qué manera? Negocio tratan fundado. Sé de Otavio que ha comprado, Cuando menos, una esfera, Que diez mil ducados cuesta, Y un pistolete por tres, Por cinco un reloj inglés. ¡Hombre es este, vida es esta! Y que disfrazado quiere Aguardar en una tienda A su dama. ,i- No se venda Ella por lo que él le diere. Esta mujer me asigura. Sí, pero mienten señales. ¡Ay Dios, si viérades cuáles Las hizo y con qué locura Cuando vino con la nueva Del marido, estando allí! Y no sé qué me entendí, Que con más ansia me lleva, Que le dijo allá entre dientes Que le dejaba de dar Por mi causa. No hay dudar; Razón es que lo escarmientes. Trátalo de esta manera. De buen pelo es la de acá. La otra es vieja, y será Pareja de verdulera. Santa gloria tenga el alma De Gil Sánchez de Inojosa, Que, como a corza medrosa, Lo metía así en la palma. Estos locos mozalbetes Son muy malos de enfrenar, Que os piensan atropellar Con sus randas y copetes. Muéstrales cara de hierro; Que él es villano, y tu hidalga. Vamos pues, porque le salga Lo que del soñar al perro. Jesús, cómo anticiparon El disfrazarse estos dos! Por veros, mi Reina, a vos. Con mala reina encontraron. ¿Qué reina? Tan mal humor. Hay en la reina que veis, Que por eso do querréis Serle vasallo. El amor Lo puede ser de sus ojos. ¿Que tan lindos le parecen? Tan lindos son, que merecen Mas peregrinos despojos Que los de un pobre llagado. Como yo, por su belleza. ¿Ya nos predica pobreza? No le pedimos prestado. Yo doy, Señora, y no presto. Y ¿qué suele dar? La vida. No habrá dama que le pida Que entré en juego con más resto. No le quiero, Jugador es arriscado. ; Vive Dios, que te han dejado! Hecho un grande majadero. Qué desenfado tan rico! Mas ¡qué despedir tan cuerdo! Sigámoslas; que me pierdo Por mujeres de buen pico. ¿Has ya la tienda pagado? Treinta mil ducados cuesta. Mas que costara el estado Del Duque, ocasión es esta Que fuera bien empleado. No lo diera su señor. i Oh falso! Oh doblado amor! ¡Qué de agridulces me das! Fino mercader estás. Sí, pero trato en dolor. ¿Que no quiera aquella ingrata Doblarse por los enojos De quien sacrifica y mata En las aras de sus ojos Las veras con que la trata? Notaste ayer el desdén Con que me escuchó? - Muy bien Lo notaba y lo sentía. Plegue Dios que en algún día Te lo pague el cielo. Amén. Si í pagará, que es muy justo; Pero estando allí Lucrecia, Mal pudiera darte gusto. Esta celosa, esta necia Me hace vivir con disgusto. Mas ya sin ella he de ver Do allega el aborrecer Desta fiera. Pues aguarda; Que esta es la tienda, y se tarda En abrilla el mercadee ¡Ah de casa! ¡Oh caballero! Unos tapetes colgaba, Que lucen como el lucero. Brava está la tienda. ¡Brava! No he sacado mi dinero, Por esta alma. Yo lo fío, Porque me ha sacado el mío. Miremos el inventario. Miremos. No es necesario; De vos, Señor, lo confío. Sois caballero en efeto; Adiós. Adiós. Yo me embarco. Oh cómo anduve discreto! Desta vez, señor Sancharco, Pongo tu feria en aprieto. Plaza. La Duquesa es esta. Si, sus escuderos son, Y ella viene muy compuesta, Aunque embozada. ¡Oh visión Del cielo, que el cielo cuesta! Yo, que no soy necesario, En cas de este boticario Me entraré, porque es mi amigo. El amor quede conmigo, Pues las he con su contrario. Curiosa está la ciudad; No pensé que era tan rica. Toda la curiosidad En esta tienda se pica, Que hay cosas de calidad. ¿Quieres ver la lista? Empieza. Dada vendo esta cabeza De rubís, que es mi retrato. Aunque es dado, no es barato; No quiero tan mala pieza. Esto es ello, es menester Que sepas disimular; Hágannos tanto placer. Que nos dejen escuchar Aquí, que hay mucho que ver. Después justarán su tanda.— Joyero, ¿vendes holanda? Sola una poca entretengo, Que para mortaja tengo. ¿Para mortaja y tan blanda? Di más. Una esfera doy, En vez de mis pensamientos, Y este reloj, donde estoy Contando por sus momentos Las de la muerte, a do voy, Y este pistolete fiel. Para matarte con él Le tomara, a ser con balas. Y este dragón con sus alas. Eso para san Miguel. Y este diamante sin di, Que sin él dice por mí, Amante No compro amantes. Tomadlo pues. Llevo guantes. Amor los pasa. Es así. Mas no pasará los míos, Porque son de malla. ¡Ah malla, Que tanto esfuerza sus bríos! ; Ah malla, porque en amalla Se olvide de sus desvíos! Pero aquí tengo unas puntas, que por malla jacerina entrarán. Bien contra puntas; Mas no quiero, que mohína Estoy con los que hacen puntas. Pues ¿hágolas yo? Un traidor Hace punta a su señor En cosas de calidad. Lo que es bien, lo que es verdad. Lo que es fe, lo que es amor, Lo que es puro rendimiento be mil finezas fraguado . ¿Llamáis traición? No consiento. Un hombre tan abonado Con tan poco fingimiento, ¿Dónde está, porque conquiste Lo que se aguarda y resiste? Si no lo dijo su fama. Dígaoslo esta piedra, dama. ¿Qué nombre tiene? Amatiste. ¿De quién lo dice? De mí; Que piedras por mí publican Lo que yo callo por ti. Bien se entienden, bien se pican. ¿Eso ha de pasar así? . Ya el toque de la paciencia Ha probado en mi presencia, Mercader falso y doblado, El oro falsificado Que me vendes en ausencia. Ya no más; por no ver más, Todo lo tengo entendido. Mujer, engañada vas. Ya, traidor, lo he conocido; Mas tú me conocerás. Mujeres de calidad; Sigámoslas. Gran maldad Es seguir a una mujer, Por conocerla, sin ver Que gusta. Dices verdad Enviad la tienda, amigo, A esa dama, por disculpa De lo que va mal conmigo. Pero yo tuve la culpa; Y así, me daré el castigo.— Venid vosotros acá. Señora, Señora.— Ya Traspuso por esa esquina. : Ah mujer falsa y malina! Por Dios, que la pagará. Don Juan, ¿qué toros son esos? Ensalada es principal De abrazados y de honestos; Mas déjalos con su mal, Que esto enseñan los Digestos. Nunca fue aquel mercader; Y la otra es su mujer, Y la segunda es su amiga; ¿Quieres, don Juan, que los siga, Y sabré quién pueden ser? Déjalos; que cosa es llana Que no será está vez sola La que el mundo pierde y gana. ¡Oh cerimonia española! Mas ¡oh codicia italiana! Pues yo barrunto que son. No tienes, Julio, razón De contar los pensamientos. Espantado me han tus cuentos; Busquemos otra ocasión. ¿Estás cansado, Torcato, De poner en aventura Mi persona y mi recato? ¿No es indigna esa locura de tu cargo y de mi trato? ¿Qué piensas nuevo tener? O ¿qué puedo yo perder, Que por una liviandad Se ponga mi autoridad En lengua de tu mujer? No pienso representarle Las razones que ya sabes, Sino solo aconsejarte, Como tu amiga, que acabes De ofenderme y de causarte, Que es batir en hierro frío; Y de mi valor y brío Me harás acordar en hora Que te pese. Mi señora, Que este nombre es tuyo y mío En sazón de tanto enfado No quiero pedir mercedes Ni quedar aconsejado; Solo pido lo que puedes, Que es lo que el Duque me ha dado Y es el abrazo, que espero Que con amor verdadero Dado en mí, tal bien liará, Que los resabios podrá Quitar del amor grosero. Con esto acabo y concluyo, Y si por dicha mi fe No merece lo que es suyo, El del Duque te daré, Si tú no me das el tuyo. Extraña imaginación. Con aquesta división No se ofenden esos brazos. ¿Quién vio partir los abrazos. Siendo fruta de afición? Pero si, como tú juras, Y si, como tú lo pides, Me aseguro y te aseguras, Y si con el Duque mides Lo que a su cuenta procuras, ¿Qué te puedo negar yo? Toma el abrazo, aunque no, No sé qué mal me adevino; Has pienso que Valentino, Que es mi esposo, me abrazó. ; Oh más que divinos brazos! Si me parten a pedazos, No me apartaré de vos. Aquí del Duque y de Dios; Abrazos, traidora, abrazos. : Estas son las majestades? Estos los comedimientos. Las pruebas y las verdades. Solapados pensamientos Con aforros de maldades? No trates de esa manera Mi punto, Lucrecia, espera, Y saldremos de este enfado; Que es abrazo el que le he dado Que en esas calles le diera. Él diga si de su parte Del gran Duque me lo dio; Que sin él, ¿quién fuera parte? En una cosa se erró, Y fue, amiga, en no llamarte. De ti creo, y de ese ingrato, Que sin vergüenza y recato Buscaréis esa ocasión; Mas ¿con qué negra invención Me vino al cabo de rato? Si al Duque no respetara, Grosera, necia y ruin, Tan de veras lo tomara, Que fuera poco un chapín Para romperte en la cara. ¿Chapín a mi sangre y punto? Pues con este. Vete al punto, Y no me provoques más. Ni con tu mando podrás, Ni con todo el mundo junto. A pesar de entrambos puedo Quedarme; ¿no me conoces? ¿Que ya me pierdes el miedo? Pues yo quiero ver si a coces Te haré perder el denuedo. ; Ay! ay! ¿Qué es esto, Torcato? ¿Tan poco modo y recato Tienes delante de mí? Con tus alas y por ti. Se atreve el villano ingrato Hora bien, mejor será Retirarme; que algún día Esta verdad se sabrá, Si hay lugar en tu acedia Que admita verdades ya.. Mas verdad de la que veo, Ni la espero ni la creo. ¿Qué discuento o qué verdad Despintará la maldad De un caso tan torpe y feo? Pero yo me vengaré De entrambos. Al cielo juro Que si hablas, romperé Esa fuerza, ese siguro, Solo con un puntapié.— ¡Ah de la guarda! Llamad, Otavio. Con brevedad Cumpliré tu mandamiento. Mientras que ya sé tu intento, Saldraste de la ciudad. • Estarás allá en mi aldea, Que el mar Tireno la bate, Sin que tu envidia se vea, Batiendo con quién combate Con resina, esparto y brea. Sobre sus riberas puedes Engreírte, y no me vedes Lo que es respeto y honor. Allí, falso, allí, Traidor, Tenderé mejor mis redes. Ya viene Otavio a buscarte. Apercibe una litera, Y coa esta mujer parte Al jardín de la ribera, Que el mar de la tierra parte, Ya sabes dónde le digo. Sí, Señor., Irán contigo Dos escuderos no más; Y a Coridón le dirás, Aquel pescador mi amigo, Que mire mucho por ella, Y no la deje venir Sin mi licencia. Atropella, Falso, a quien ha de seguir Tus maldades y su estrella. Señor, ¿qué cosas son estas? Bueno estoy para respuestas; Llevadla presto, marchad; Y tú manda en la ciudad Que no se hagan más fiestas.
JORNADA SEGUNDA
Digo que de cada día Se esmera en aborrecerte. ¡Oh ciega y loca acedía! Oh castillo, hecho más fuerte Por hambre y por batería! Y ¿que te arrojó el papel? Promete, ciega y cruel, Un infierno a quien le va Con tus cosas. ¿Quién será Tan dichoso, que entre en él? Entre muy enhorabuena El que se hallare con brío; También me dio la cadena. ;Oh locura! Oh desvarío Mal ajustado a mi pena! Oh demonio! Oh fiera ingrata! Ella hará, si así me trata, Que mi noble intento tuerza. ¿Cómo? Gozando por fuerza La que sin fuerzas me mata. ¿Yo no mando esta ciudad? ¿La Duquesa no está en ella? ¿Ya no he visto cuánto es bella? ¿No supo mi voluntad? Pues de voluntad forzada, Con imperio acompañada, Si espera respeto o ley, Es querella dar al Rey. ¡Oh furia desenfrenada! Oh mando en poder de amante, Espada en manos de loco, Llámate bravo, arrogante, Porque en ti puede tan poco Tu mujer que no es bastante Para recabar licencia De volverá tu presencia! Con mis contrarios se aviene, Poca lástima me tiene; Ya está dada la sentencia. No hay lugar, un enemigo Me ahorro el estar sin ella. ¿Qué corneta es esta, amigo? Un correo es, que atropella La casa por el postigo. Cartas del Duque serán. A buen tiempo allegarán. Si el corazón no me engaña. ¿De dónde vienes? De España. ¿Cuyo es el pliego? De Urban. ¿No es el secretario? Sí. Reconoce, Otavio, aparte, Y este váyase de aquí. Ves, amigo, a desnudarte; Que allá curarán de ti. «or orden del Duque, mi señor, que por tener su persona presa en un castillo, no ha visto aun la de su majestad, remito a usía esta, por la cual «entenderá el riesgo de sus negocios y vida, que la ponen en contingencia si nuestras informaciones, qué prevalecen donde su verdad se oye poco. Dios, que es autor de ella, le valga, y guarde a usía. De Barcelona, el 1º de julio de 1330. — El secretario, Urban. Bravamente hicieron obra Mis trazas allá en España. Donde la cautela sobra, Ni la justicia acompaña, Ni la razón fuerzas cobra; Lástima tengo en verdad A su floreciente edad. Déjale de esas quimeras; A pensar que hablas de veras, Lloraras tu necedad. ¿Tú no ves que es ironía? Agora es tiempo de ver Esta carta, que tenia Muy cerrada en mi poder, Que ya, de antigua, se abría . Dejómela encarecida A par del alma y la vida. Cosa importante será. La carta nos lo dirá. Que es breve para leída. Si los negocios que a España me llevan, amigo Torcato, llegaren a términos que pongan en contingencia mi vida, quitarás al momento con veneno la suya a mi querida esposa lamia ¡a, sin que ella lo sepa, en sazón que sus santos y ordinarios votos de virtud prometan buen camino para su alma. Para esto te acuerdo de la fe que me debes, repetida con tantos juramentos. El ejemplo de Herodes con .Mariano . su mujer, disculpará >mis celos, pues por ellos me excuso a pena que llevaría dejando su belleza a merced de ajenas manos, y a ti te relevará la culpa el hacer esto por mandado de tu señor y deudo. El duque Valentino. ¡Santo Dios! extraña cosa. Juro por el cielo santo Que es la más nueva y odiosa Que ha visto el mundo. Eslo tanto, Que llega a ser monstruosa. ¿Este es gentil o es cristiano, O esta letra es de su mano? De su mano es esta letra. ¡Oh lo que en maldad penetra Un loco humano inhumano! Grande golpe de afición. Pero grande desconcierto. Mas aguarda; una invención Se me ofrece, y es muy cierto Que saldré con mi intención. No más, ello es acertado; Tenme un veneno aprestado, Que mate dentro de un hora. ¿Para qué? Déjate agora De eso, y halla este recado; Y esta noche en mi aposento Lo tendrás apercebido. ¡Oh falso tirano exento! Ya te alcanzo, ya he tenido Rastro de tu pensamiento; Pero no permita Dios Que muráis, Ha minia, vos Por lo que premio se os debe. Voyme, que es negocio breve, Y nos importa a los dos. Contraía feroz hidra el brazo y clava Que hasta en los reinos de Plutón vencían Alados, por mostrar cuánto podían, Con extraño poder ejecutaba; Y cuando más rendida la juzgaba Y a su rigor las fuerzas suspendían, Siete cabezas nuevas le nacían, Por una que de un cuello le cortaba. Tal es la fiera que en mi pensamiento Pelea con la vida que suspendo Injustamente para tal combate; Que cuando masía venzo y me defiendo- Tantos martirios saco de un tormento, Que es mejor que me ofrezca a que me mate. Agora podéis, memoria, Sobre tal contemplación Vagar por aquella gloria Que con tan leve ocasión Os despintó la Vitoria; Mas, oh triste, ¿no he corrido Por estos pasos, que han sido Los que a la muerte me llevan? Sí, pues que memorias prueban El adormirse el sentido. Estas voces, estos sones, Que asordan el fresco viento, ¿No son fúnebres pregones, Que del agravio que siento Publican las sinrazones? No he visto al rico Nereo, Que a lograrse en mi deseo Va de placeres cebado, Favorecido y honrado Con las glorias de mi empleo? ¿Ya Tirsia no se acomoda Con él, pues sorda a mi queja, Alegre espera su boda?* Pues ¿qué parte en si me deja, Si al marido se da toda? Déjame también el suelo, Y pues no me acude el cielo, De su rigor da señal; Solo vos, bien de mi mal Quedáis para mi consuelo. Vos, lazo, que sois herencia De sujetos mal pagados. Que las armas y la ciencia Rindieron atropellados Del golpe de una inclemencia; Vos rematad con la vida Esta unión tan mal unida, Que de agravios se alimenta, De un cuerpo lleno de afrenta Y de una alma aborrecida. Ganimedes, ¿qué locura Es esta, que así atropella Tu valor, seso y cordura? Déjame, Lucrecia, en ella Rematar con mi ventura; Tu discreción me permita, Mientras el dolor me incita, Que con la vida me pierda; No me quites una cuerda, Que mil locuras me quita. Esta vez quiero enojarte, Porque importa a tu provecho, Y con un lazo enlazarte Que es más fuerte y más estrecho Y más digno de añudarte. Si es, como dices, más fuerte Por él le dejo, y advierte Que la palabra te pido. Solo puede ser rompido Por justa ley o por muerte. Los brazos de Tirsia son, Que como esposo te aguardan, Deshechos por mi ocasión Los hielos que te acobardan : Tanto puede una afición. ¿Quiesme dar, Lucrecia amiga, Muerte con mayor fatiga Que la que agora me diera? ¿Cómo? Y ¿tengo yo manera De serte tan enemiga? ¿No sabes mi voluntad? Bien la sé. Pues oye un poco; ¿Dónde llega mi amistad? Acaba pues, que estoy loco, Aun dudando en tu verdad. Creyendo que entre vosotros La codicia no reinaba, Que en cada palacio nuestro Tiene la mejor estancia, Te aconsejé, oh Ganimedes, Que pusieses en batalla Tu discreción contra el oro, Que al rico enemigo ensalza. Perdiste, porque esta fiera, De alguna fiesta cargada, De avarientos mercaderes Se habrá pasado a las barcas, Que la comida os ministran Y os dan lícitas ganancias; Súpelo, llegué a la choza, Que de juncia y espadañas Cubierto el tálamo alegre, A los novios aguardaba; Hablé con Tirsia y sus deudos, Que entre pobreza topaban, Y como vide que hacían De la voluntad balanza, Y que esta se inclina siempre Donde más peso la cargan. Tanto de tu parte puse (Y cumpliré mi palabra), Que pesaba más con ellos Que tu contrarío pesaba, Al cual despidieron luego Con buen término y crianza; Que riqueza sobre ciencias Es oro en campo de nácar. Dame, Lucrecia, esa mano, Que sola pudiera ser Causa del cielo que gano; Besarela, por perder Todo resabio de humano. Quisiera, para pagarte, Que en mí pudieras trocarte, Y yo me trocara en ti. Bien puedes pagarme a mí Sin mudarme y sin mudarte; Y aunque parece que quiero Que me pagues de contado, Eres discreto, y espero Que, por el mal que has pasado Juzgando el mal de que muero, Me darás favor y ayuda, Cuanto quisieres sin duda Puedes pedirme, aunque sea Esta gloria que me arrea, Pues por tu causa me muda; Mas ¿qué sangre o calidad Puede, Señora, ofrecerme Útil a tu voluntad? Solo pretendo valerme De la mucha habilidad En favor de una querella, Que, como sabes, por ella Me desterró mi marido. Ya las causas he sabido De tu mal, Lucrecia bella; Y para el reparo de él, Si mi vida es importante, La perderé. Pues tan fiel Te muestras y tan bastante Cuanto mi dicha es cruel, A mí me importa que vayas, Dejando un poco estas playas, A la provincia de Alcides, Vencedor de tantas lides, Puso las últimas rayas, ¿Conoces a Valentino, El que gobierna este suelo? Bien le conozco. Imagino Que ya por ti el justo cielo Favorece a mi destino. Pues por la fe que me has dado, Quiero que en haber logrado Sus primeras alegrías, Partas dentro pocos días A España con un recado, Por el cual el buque entienda La gran traición de su esposa; Que no es bien que acá me encienda De desdeñada y celosa, Y ella se logre en mi prenda; Y si de veras pagarme Quieres, puedes ayudarme Con que de tu casa pongas Algo con que lo dispongas A creerme y a vengarme; Porque extender la verdad No es mentir. En iodo quiero, Dispuesto a tu voluntad, Agradarte. Así lo espero De tu favor y amistad. Cod un hábito fingido. Pues del no soy conocido, Partiré volando a España, Y allá verás la maraña Que le enredo a tu marido. Vamos pues, y en el camino Sabrás la hacienda que tienes. Bien que de tu mano vino, Por lo que sé de tus bienes, Sin más verme lo imagino. No pudiera en otro aprieto Hacer mi industria su efeto; Un buen amigo acomodo, Y me vengo de este modo; Que puede mucho un discreto. Este veneno es aquel Que mandaste aparejar. ¿Y es muy fuerte? Es tan cruel, Que a Luzbel puede matar, Si puede morir Luzbel. No más; allá te retira, Y cierra tu boca y mira- Que te importa el ser discreto Si esta vez no la sujeto Por bien, por miedo y por ira Ya no espero otra ocasión. Señor, la Duquesa viene A buscarte. Y con razón Viene a mí la que me tiene La llave del corazón. Toma, Señora, esta silla. Triste dama, gran mancilla Tengo del rato que espera, Y que no tuve manera De avisarla o escribirla. Mas tal anda, de curioso, Este demonio visible. Duquesa, ya receloso, Y hablando afable y sufrible, Ya manso, ya vergonzoso, Ya con temor y recato, Cuando te mostré el retrato, Y cuando el original De mi agradecido mal, Y de tu desvío ingrato, Todo por ver si pudiera Obligarte a remediarme, Y tú, más cruda y más fiera, Perseveras en matarme, Pues tu desdén persevera. Ya no puedo sufrir más; Avísote que me das La muerte, cuyo dolor Camina por mi rigor Con tu desdén a un compás. Mira esta razón, y advierte Que si la hormiga cobarde Procura excusar su muerte, Que no es justo que la guarde, Como yo, quien es más fuerte. Esto le quise advertir. ¿Quién puede callar y oír Una tan grande insolencia? Si tuve ¡oh falso! paciencia Para callar y sufrir, No pienses que es cobardía; Que aunque ausente de mi esposo, Con el favor que me envía, A ser tú más orgulloso, Venciera tu tiranía. Gana fue de perdonarle, Por si daba en otra parte Esta tu soberbia loca. Mas ya quiero, pues me toca, Disponerme a castigarte. ¡Rara virtud! Yo te digo Que me reiré de gana. De temor de ese castigo, Flaminia, si no le humana El ver que las has conmigo. Dime, por tu vida, agora, ¿En qué te fundas, Señora, Cuando te muestras cruel? En que soy mujer de aquel Que desde España me adora; Dejado aparte lo más, Que es Dios y mi obligación. ¡Oh cuán engañada vas! Yo espero que la opinión Y el enojo perderás. Porque sepas una hazaña Del que te adora en España, Mira esta caria, y penetra Sus amores por su letra. ¡Oh sembrador de cizaña! Dos cosas te represento : Su apasionada locura, Y mi grande rendimiento; Que él la muerte te procura, Yo te doy vida en descuento. Al que tanto de ti abusa, Y al que tanto mal te excusa, ¿Qué le debes? Haz la cuenta, Y mejora y escarmienta. Suspensa queda y confusa. ¡Cuánto puede una maldad! ¡Oh Duque, y qué mal te has hecho! Pues si mi mucha verdad Y mi fe le han satisfecho De toda seguridad... Si tu marido es muy cierto Que ya debe de ser muerto, Como lo reza este aviso, Viendo cuánto poco quiso, Y lo que a quererte acierto, Con dar la muerte a mi esposa Haremos un casamiento, De quien la fama envidiosa No publicara el contento, Y esta envidia es provechosa, Digo, para tu secreto. ¡Oh, cómo temo el efecto De esta recia batería! Pues por los ojos envía Mil avisos de su aprieto. Mas ya quiere responder; ¡Cuánto mi aviso importara! Natural es el temer, Y más reina y más repara El miedo en una mujer. Esto me ha suspendido; Mas si de mujer ha sido Mi temor, doy le este nombre; En darte respuesta de hombre Descontaré lo perdido. Si fuera aborrecimiento, Si malicia fuere clara Este odioso pensamiento, Sábete que no mellara Los aceros de mi intento. Pues siendo amor justo y fino, Aunque por nuevo camino, Mira si me obliga en él El Duque a serle más fiel, Cuanto más amor le atino. La nueva de su prisión Es lo que me da cuidado. ; Oh terrible obstinación! ¡Oh pecho fuerte y probado Con tan grande obligación! No creo de tu cordura Que, siguiendo esa locura, Pondrás en tal contingencia La dulce vida a sentencia De la muerte, que es muy dura. Muda de opinión, y advierte Lo que te importa mudarla. Cuando me atreví a ser fuerte, Ya vencí en igual batalla Los temores de la muerte. Dámela cuando quisieres, Y no me humillo a quien eres; Por este papel me humillo, Pues el Duque, al escribido, Me sujeta a lo que hicieres. Regalo será el morir Si él no vive; y si no es muerto, Tampoco quiero vivir, Pues sobre a que esto es muy cierto, Que no se puede sufrir. Tu querrás a cada lance Darme con miedos alcance, Pues sé que tienes poder; Yo estoy sola y soy mujer, Y es la muerte un recio trance. Agora, que Dios me ayuda, Y arma de valor mi pecho, Me puedes matar. Sin duda Que no es de mujer tal hecho. Ap. Ni llora ni se demuda.) Leona, que en sangre bañas , De tus venas tus hazañas; Sierpe, que arrastra a la muerte; Tigre, que el furor convierte Contra sus propias entrañas; Y más que todo, mujer Obstinada en no querer Lo más cierto y lo más bueno, ¿Sabes qué es esto? Veneno Que ese tuyo ha de romper. Resuélvete, que ya es tema Eso, más que fe y verdad. Contra la corriente rema. Como es oro la bondad, Fuego la apura y no quema. Y así, cuanto más harás, Menos ganas, y me das Mas corona de virtud. Por ver si tu juventud Del falso error en que estás, Sobre acuerdo te retira, Éntrate en ese retrete, Y dentro de una hora, mira La muerte que te promete Quien por tu muerte suspira, Y al fin tu bien y tu daño.— ¿Dónde vas? ¡Hola! . . Acompaño Al retrete a mi señora. Quédate conmigo agora. (Este me va sobre engaño.) Todo malo es receloso. Pero si yo lo barrunto... ¡Oh, cómo anduve medroso! ¿No la avisara en un punto? Ni tengo paz ni reposo. ¿Qué estás pensando? Imagino Cómo el duque Valentino Ha de tomar esta muerte, Si en la carta no lo advierte. Digo que soy adevino. (Quiero hacer el juego maña; Que este me vende o me engaña. ) Por tu daño contrapuntas, Otavio, muy bien preguntas; Mas si el Duque desde España No se declaró mejor, Fue porque yo lo entendía. Pues me escuchas bien, Señor, Solo una cosa querría Por descargo de tu honor: Que aguardes otro correo; Que en el pasado no veo Que te dé tal facultad. Dices muy grande verdad; Yo cumpliré tu deseo. Señor, a la puerta queda Un mensajero aguardando. Pues ¿quién la entrada le veda? De España vengo volando, Porque albricias me conceda La Duquesa, mi señora. Yo te las mando; ¿que agora No puedes hablar con ella. ¿Dónde está el Duque? En Marsella, Libre y contento. En buen hora; Mas daña cuanto más tarda. No lo publiques, y aguarda.— Mira, Otavio, ese papel, Dirasme lo que hay en él.— Y haz tú que junten la guarda. ( Si no muere esta mujer, Me descubre a su marido; Si vive Otavio, ha de ser Causa del mayor ruido ■ Que me puede suceder. Muera ya quien me embaraza, Que al Duque su misma traza . Por disculpa darle puedo, Y muera Otavio, y mi enredo No puede salir a plaza. ■ Este acuerdo es el más sano.) ¿Con qué empezó este correo? En ese papel es llano Me dice el Duque, y lo creo, Que vitorioso y ufano Viene luego y no me pesa; ¿No es esto? No escribe así? Sí, Señor, pero no a ti. Pues ¿a quién? A la Duquesa. ¿A la Duquesa más daño? Y abrirla porque te sigo. Yo anduve recio y extraño Con él, con ella y contigo; Pero ya me desengaño. Yo quiero hacer amistad Ya fuera de la ciudad; ¿Sabes la viña o jardín Que compré del Florentín Por tan grande cantidad? Bien la sé. Pues ve al momento, Y aparéjanos allá. Con tu usado cumplimiento, Una cena, que será Dulce postre de mi intento; Que allá pienso llevar A la Duquesa en un coche. Por albricias quiero entrar. Yo te las daré esta noche; Que estas a mí se han de dar. Y no cuentes la venida Del Duque, porque sabida De mi boca por su gente, Alguna saña descuente Que me tiene concebida. así lo haré. Ya he juntado La guarda, como has mandado. Entre el capitán Orfeo, Y no se vaya el correo, Y esté la puerta a recado. ¿Qué es lo que mandas, Señor? Quiero emplear, Capitán, Tu secreto y tu valor En negocios que nos van Al Duque y a mí el honor. Y porque es el caso breve, Si a matar un falso aleve Te atreves, direte el nombre. No es fiel vasallo, no es hombre Quien por su rey no se atreve. Tu injusto dudar no quiera Hacer a mi ese agravio. Pues el que importa que muera Es ese traidor Otavio; ¿Qué te turbas? Qué te altera? Natural mudanza ha sido; Porque ha días que rompido Ando con él por amores. Pues si sois competidores, Seguro está mi partido. Traigan volando una copa; Después sabrás en qué topa La verdad de aqueste caso. Has de llevar este vaso; Al mayor traidor de Europa; A Otavio digo, que espera En mi jardín deleitoso, Y quiera el falso o no quiera, Este veneno rabioso Le harás beber y que muera. Probará si es acertado, Y su cuerpo ya finado, Pondreisle donde se encubra; Que porque no se descubra, De la ciudad le he sacado. Tomarás la compañía Necesaria, y si porfía, Matareisle a puñaladas. Estas son de las jornadas Que mi brazo apetecía. Serás al punto servido; Mas, ¿por qué partes. Señor, Ese veneno? He sabido Que es de más fuerza y mejor Cuando esté más repartido. Vete, y entre ese correo. Con mucho gusto y deseo La paga esperando estoy. Esta es la paga que doy. ; Ay que muero! Así lo creo. ¡Ah de la guarda! Arrojad Este difunto en un silo Sin mucha publicidad. ¡Oh pobre!,, Qué hiciste? Dilo. Alguna grande bondad. Para llagas enconadas El aplicar es gran yerro Medicinas delicadas, Cuando con fuego o con hierro Solo pueden ser curadas; Y así rompo y atropello Mí mal, pues me puso en ello Esta fiera ingrata y dura, Que está más brava y segura, Tiniendo el agua hasta el cuello. Tanto por salirme de él, Cuanto por vengarme de ella, Me quiero mostrar cruel; Mas ya viene la centella Que me hace un Mongibel. ¡Oh pertinacia! Oh rigor, Digno efeto del furor De una mujer apremiada! Ya del todo asigurada Del ordinario temor, Vengo, Torcato, a morir, Si a matarme te dispones, Movida de unas razones, Que te las quiero decir. Mi esposo manda que muera, Es mi señor natural; La razón más principal Selo estriba en que quiera. Yo no puedo tener gusto, Quizá el Duque está sin vida, Quedo sola y afligida Y en poder de un hombre injusto. La vida es jornada incierta, La muerte más general, Y quizá con otro mal Me aguarda en aquella puerta. En mi se acaba el linaje, Que en Italia florecía, A cuya sombra podía Vivir sin temor de ultraje. Yo muero leda y sin culpa. Mi pecho llevo siguro; Y pues yo no lo procuro. La fuerza doy por disculpa. Por Dios y por él también, Por si volviere a su estado, Ni quede al mundo obligado, Ni algunos culpa le den. Yo te ofrezco de fingir Que muero de otro acídenle; Dame el veneno. ¡Oh inclemente, Que aborreces el vivir! Moviérame a compasión Tu juventud mal lograda; Pero mí saña, incitada De tu recia obstinación, Del arbitrio que tenia Para dilatar tu muerte No quiero usar; pero advierte Que ni es santa esa porfía. Ni a Dios le parece bien Corazón tan pertinaz; Porque el cielo todo es paz, Y es guerra odiosa un desdén . ¡Toma el veneno en la mano! ¿No le teme? No le temo. Esta locura es extremo De un corazón inhumano. Junta al labio, no hayas miedo; ¡Qué! ¿no le temes? Muy poco. Bebe de él; aguarda un poco; Matarle quiero y no puedo. Pero si de tu locura No me resulta otra cosa Que una muerte rigurosa Y una enemiga tan dura, ¿Qué piedad puedo aguardar De quien de sí no la tiene? Una vez erré, y conviene Que persevere en errar. En odio grande ha trocado Los enredos del amor, Bien es suyo este rigor, Dese tu pecho obstinado. Bebe; que en tu pertinacia Me das ejemplo a la mía, Y acaba tu rebeldía, Y acábese mi desgracia. Ya parece que aliviada Me siento, amigo, y más fuerte, Desde que siento la muerte En mi pecho aposentada. Voyme a dar razón de mí, Que al fin he de morir luego, Y por Dios te pido y ruego, Si pueden ruegos en ti, Que le relates fielmente, Si aporta acá mi marido, Este poco que le he s do Fiel, amiga y obediente. Y mira por mis criadas, De quien fui muy bien servida; Que por ser corta mi vida, Quedan mal galardonadas. Y Dios le perdone, amigo; Que yo por mi le perdono. Mal hallarás ese abono En tu mayor enemigo. Afligido me han dejado Tu locura y tu desdén; Mas yo te juro que es bien Poner cosas a recado. Una que mucho me importa Me reparas en fingir Tu manera de morir, ¡Oh mujer soberbia y corta! Amaina, amaina, presto ayuda, ayuda. Echen al mar la ropa y obras muertas; Acuda cada cual, acuda, acuda, Cierren las puertas que verán abiertas. Al esquife, Señor; que ya sin duda La muerte se va entrando por las puertas Ayúdanos, Santelmo, en este aprieto; Y vos, sagrada Virgen de Loreto. Gracias te doy, Uno y Trino; Que, aunque roto j destrozado, Me das por fin del camino • La costa de mi ducado, Que es esta, a lo que imagino, Libre de las ondas fieras, Que han sorbido mis galeras, Sin que de ellas escapase Uno solo que pisase A mi lado esas riberas. Mas aunque pude librarme, Y he surgido en este suelo. Que tanto bien ha de darme, Combato con un recelo, Que es imposible alegrarme. Allá me nació en España, Y desde allá me acompaña, Y engendrole en mi dolor Torcato el gobernador, Que sospecho que me engaña. Tengo asomos de que él fue La ocasión de mi jornada, Y recelo de su fe Por una carta cerrada Que al partirme le dejé, Que me da las manos llenas De temores y de penas; ¡Ah mocedades perdidas! Y ¡cómo sois conocidas Mejor en tierras ajenas! Mas pues esta adversidad Tan a cuenta me ha venido Para saber la verdad, Quiero buscar un vestido Y entrarme por la ciudad. Entre aquestos pescadores. Que, libres de mis temores, Alegres pasan la vida, Pienso hallarle, y la guarida, Que es mejor que las mejores. Estas son de las hazañas Que el mar hace cada día. ¡Qué de cosas, y qué extrañas De cuantas la tierra cría Ha escondido en sus entrañas! Y las gentes miserables Dan por sus aguas mudables, A merced de un frágil leño, Hatos al gusto y al sueño, Como si fueran tratables. Díganlo esas tres galeras, Que agora quedan sumidas, Y tanto, que en vano esperas Que algunas gentes perdidas Aporten a estas riberas; Que todas se han anegado, Y tú ya rico y velado, ¿Quieres al mar ofrecerte Y tentar la misma suerte Que por estas ha pasado? No sabes tú la verdad De mi historia. Bien la sé. ¿No has sabido la amistad de Lucrecia? Por mi fe, Que fue ejemplo de bondad. Si quedo rico por ella, Y si de Tirsia la bella Me dio la mano perdida. Por quien me ganó la vida ¿Será locura perderla? Haces bien, que es grande arreo De la virtud el ser grato; Mas ¿qué ha sido de Nereo? Ya por amigo le trato, Y en festejarle me empleo. Que, por ser rico, me ha dado Mil favores y su lado. Dios quiera que no te cueste; Mas ¡ay! ¿qué extranjero es este, Tan desnudo y tan mojado? O yo duermo o desatino, O es el duque Valentino. Disimular me conviene; Que si es él, del cielo viene A excusarme este camino. Si vuestras chozas amadas Albergan los extranjeros, Como están acreditadas, Y si de los marineros Son reparos y moradas, Por Dios, Señores, os ruego Que a vestido, mesa y fuego Un marinero acojáis, Que del furor que miráis Escapa. Tened sosiego; Que presto seréis servido Con fuego, mesa y vestido, Dado con limpias entrañas, Porque son estas cabañas Tales como siempre han sido. ¿De dónde sois? Calabrés. ¿Y las galeras perdidas? Del general ginovés. Que venían dirigidas Al socorro del francés. (Este es el Duque sin duda. Tu fe, Lucrecia, me ayuda; Yo quiero favorecerla, Y entablar sin ti por ella Una invención muy aguda.) Nadie sabe, forastero, Los reveses de esta ingrata Mejor que el que es marinero, Como aquel que juega y trata Sus suertes en su tablero. Y así, no quiero deciros Lo que puedo divertiros, Sino llevaros, Señor, A parte donde mejor Pueda hablaros y serviros. Que es una choza vuestra, Tan rica de voluntad, Como pobre por ser nuestra. Yo serviré la amistad, Y en fe delta os doy mi diestra. (Vanse el Duque y Lamo.) ¡Oh Lucrecia, qué invención Llevo en la imaginación! Traidor seré, mas no importa; Que bien es amistad corta La que repara en traición. [Entrase, y se acaba la segunda jornada. )
JORNADA TERCERA
Esta piedra levantad, Y en esa fuesa enterrad Al señor Otavio, al lado De aquese gentil, que honrado Dejó la gentilidad. ¿Cómo se llamaba? Tito, Dice el letrero, que está Despintado o mal escrito. Mucho pesa. Pesará, Porque es de jaspe infinito. Huesos quedan todavía. Este agujero querría Cerrar con un recio canto. Déjalo, no importa tanto, Por si respira algún día Otavio. También podrán Entrar por aquí lagartos, Que su cuerpo comerán. Si, que tiene buenos cuartos. Tan buenos como el buen pan. Vamos a palacio presto, Y callad, y esperad de esto Mercedes muy principales. No las quiero; si son tales, Yo me dejo con mi resto. Pon, Tirsia, la mesa presto En las riberas del mar, Que el huésped quiero alegrar, Y pienso alegrarle en esto. ¿Qué dos tienes para cena? Tres maneras de pescados En vivas ascuas asados, Y una ensalada muy buena. No tendrá falta de sal. Pues de tus manos ha sido. A placer, señor marido, Y no me trate tan mal; Que no fue mala ensalada La que le dieron ayer; Muy bien la supo comer, No la dejó por salada, Que como en frescos pimpollos, La tierna rosada estaba, Y el verde nuevo pintaba Los primerizos cogollos. Pues ¿niego yo la ternura? Toda la vida durara. Yo estoy cierta que repara En esa vuestra ventura; Todos al pan de la boda Corréis con grande apetito, Y en leyendo el sobreescrito, Arrojáis la carta toda. Antes yo toda mi vida Pienso ser recién casado. Brava mesa has adrezado, Limpia, copiosa y florida. Ya viene el huésped. Oh amigo, Tu alegre vida y curiosa De mi patria y de mi esposa Me olvidó, estando contigo. Tirsia quiere regalarte; Échalo todo a su cuenta. Pues ¿tu esposa no se sienta? Tirsia, bien puedes sentarte. Serviré de mayordomo, De paje y de mastresala. Mereciera tanta gala Un huésped de mayor tomo. Desde agora me imagino Que soy vuestro duque. Quiero Teneros por tal, y espero Trataros por Valentino. ¿Qué se dice de su estada? No llegan acá esas nuevas, Que son manjares y pruebas De la corte entronizada; Allá todo en ellos cabe, Y ténganlo en hora buena, Pues quizá que en esta cena Hay quien un secreto sabe; Pero... Huésped, ¿qué secreto Sabéis vos? ' Cosa es muy alta. ¿Es alguno sobra? Es falta De bondad y de respeto. (Saltos me da el corazón.) De extranjeros es querer Todas las cosas saber Ajenas de su nación; Y así, os ruego por mi vida Lo digáis. Será maldad; Que es deshonor. Negra bondad, Negro honor, negra comida. Sin duda que a mí me toca. Huésped, ¿de qué os suspendéis, Que una jornada ponéis Desde el plato hasta la boca? Enójome en todo efeto Con vos. ¿Sobre tanta paz? Sí, pues me hacéis incapaz De guardaros un secreto. Lo que al duque Valentino Le importa, ¿qué os toca a vos? ; Oh justo azote de Dios! ¿De qué os ponéis tan mohíno? Digo, Señor, que reviento De veros de esa manera. Sálgase Tirsia allá afuera; Que yo os quiero dar contento. Voyme, que ya los entiendo; Soy parlera. Sois mujer. Tenednos fresco el beber. Para el fuego en que me enciendo. Extraña curiosidad Es la vuestra. Soy curioso. Pues, por el Dios poderoso Que nos gobierna, jurad Que lo callaréis. Sí juro. Pues sabed que esotro día, A la que el alba reía Llegué de palacio al muro. ¿A cuál? ¿Al de Valentino? No hay en corte otro palacio; Pero comamos despacio, Que no estamos de camino. ' ¡Ay mi honor! Es que quería Una nación de pescados Vender, por ser estimados, Y al tiempo que amanecía... ¿Direlo? Vide una escala, Por la cual bajaba un hombre, Que es mejor callar el nombre; Bajaba desde una sala. ¿De palacio? Y de la estancia De la Duquesa. ¡Oh traidor! ¿Quién era? Basta, Señor; Que era varón de importancia. (No más: mi honor es perdido.) Por un solo Dios te ruego Que no me atices el fuego En que me ves consumido. Pues has comenzado, acaba. Como si os tocase a vos Os apasionáis; por Dios, Que es brava esa pena. Es brava. ¿Quién era el hombre? Torcato. ¿Y la dama? Digo que era Flaminia. Desa manera Con razón me aflijo y mato. Como tiene aquí una aldea. Es de mí muy conocido; Sentile y no fui sentido; Vile, y porque no me vea Me alargué con una rama, Y a no sé quién, que allí estaba, Le conté lo que dejaba . Caminando con su dama. ¡Ay de mí! Porque salía Reventando a borbollones, Lances, glorias y ocasiones, Que hay que contar para un día. Ya estáis, huésped, satisfecho. Gentil consuelo me das. Y esto no salga jamás De mi pecho y de tu pecho; Y estimemos nuestra vida, Pues es lo que puede ser. Señores, ¿usa el beber Por dicha en esta comida? Ponzoña la llamo yo. ¿Qué le habéis contado, hermano, Al huésped, que tan temprano Con nosotros se enojó? No es enojo, Tirsia bella; Una tristeza es que suele Venirme, y así me duele. Que habré de morirme de ella; Y porque el manjar me daña, Y el paseo me divierte, Quedaos a Dios de esta suerte Se ha de emprender una hazaña. ¡Oh choza del conde Orlando! Quisiera su furor ciego Para abrasarte en el fuego En que me voy abrasando; Pero mejor es guardar Contra mi casa su furia, Que un honrado y con injuria Con seso se ha de vengar. ¡Ay Dios, qué furioso parte! Herido va de una flecha, Que ni remedio aprovecha, Ni será consuelo parte. A fe que lo he de saber. SI, pero en otra ocasión. ¡Oh Lucrecia! ¡Oh Coridón! ¿Tanta merced puede ser? ¿Qué se hizo un extranjero, Que Lauso dijo que estaba Contigo? Agora cenaba Muy alegre y placentero, Y enfermo o loco de veras, De nosotros se ha partido. Pensamos que habrá salido Libre de aquellas galeras; Que son infaliblemente Las del duque Valentino, Que al remate del camino Se ha perdido con su gente. Avisé al Gobernador De su naufragio, y quería de uno de su compañía Saber cómo fue mejor. Él me dijo que era inglés, Y de Génova la armada. Fue mentira, y mal pensada; Mas yo volveré después. Recoge, Tirsia, la mesa. Vente, Lucrecia, conmigo, Que te fui muy buen amigo, Ya te cumplí la promesa; Que es el duque Valentino El que buscáis. ¿Cómo ha sido? Del modo que lo he sabido Lo sabrás en el camino. De justo luto, Capitán, se viste Toda nuestra ciudad alborotada. ¿Que al fin murió Flaminia? Como viste, Acabó la Duquesa su jomada. Este son de campanas largo y triste, Que asombra mi ciudad tiranizada, Me hiere en las entrañas y me altera. Su muerte fue, Señor, de esta manera. Estos cuentan la causa de este llanto; Pues voy bien disfrazado, saber quiero La causa de él. Apenas su gran manto Mostró la noche antigua al hemisfero, Cuando de nuevo y no pensado espanto, Causado por un eco lastimero De mujeriles voces desiguales. Se hincheron de palacio los umbrales. Palacio dijo; cosa es que me toca. Corrimos pues al mujeril estruendo, Y con un rostro que a llorar provoca Las peñas, muchas lágrimas vertiendo, Mil perlas derramando por la boca, Hallamos a Flaminia, que muriendo... ¡Flaminia! ¡ay triste! Ya se despedía De la postrera luz, y así decía: « Un repentino mal apoderado De mis débiles fuerzas, recio y fuerte, Ya, como veis, amigos, me ha llegado A la temprana. Aunque esperada, muerte. Al Duque os encomiendo, si ha quedado Libre en España de esta misma suerte. Pues ¿cómo no ha llegado mi correo? Con más dolor, con más temor peleo. Dijo; y trocando aquel matiz de grana En pardo claro y amarillo escuro, Tal como flor marchita, que temprana Se rinde al hado presuroso y duro, Pagó el cuerpo gentil la deuda humana, Y el alma pura por el aire puro Subió a gozar de la inmortal belleza, Dejándonos aquí duda y tristeza. ¿Duda? y ¿de qué? De ver cuán repentina Y sin externa causa fue su muerte; Que ni el doctor Cardano lo adevina, Ni dice cosa que a razón concierte; Mas lo que se murmura y se imagina Dirételo al oído. De esa suerte No hay que espantar, y aun yo bien podría Confirmar tu razón con otra mía. Todo en mi daño es esto cuanto veo; Crece mi enfermedad de punto en punto. Sí quieres ver con imperial arreo Un cuerpo muy honroso, aunque difunto, Que en esa sala yace. Allá el deseo Me lleva donde está mi hacienda, junto De mi vida ya muerta, ¡oh suerte ingrata! Que ni me da reposo ni me mata. ¿Cuándo la entierran? Pienso que mañana; Que el doctor manda que se esté dos días Sin enterrar. ¡Oh ciencia incierta y vana, Que matas y rematas y porfías! Torcato viene, que en cerrar se afana. ¡Cómo sabe el traidor de hipocresías! Yo me voy a poner mi luto en talle. Yo me quiero quedar, porque he de hablarle. Y a Corindón le dirás Que estimo en tanto la nueva Cuanto por esta verás: Vete, y la carta le lleva. ¡Oh Capitán! ¿Aquí estas?, Pues ¿hízose bien aquello? Bastaba entender en ello Mi mano por tu mandado. Y ¿dónde quedó enterrado? Donde nadie podrá verlo. Bien me has servido; yo quiero Comenzar a levantarte; Mira este papel primero. Dios, que los estados parte, Cuya voluntad es fuero, Me da los de Valentino Por un extraño camino; Pues él con sus tres galeras Se ha perdido en las riberas De su ducado, al cual vino De España con su intención, Como dice ese papel. Si fue cierta su prisión, ¿Quién asegura que es él? ¡Extraña imaginación! (A no tener el correo Segundo, ya mi deseo Colmara su vela hinchada.) Ella es cosa averiguada Que el Duque es muerto. Y lo creo. La Duquesa es ya difunta, Y mi Lucrecia heredera, Como deuda más conjunta; Solo Marcelo pudiera Hacernos alguna punta, Mas está viejo y tullido. Y en una cama tendido El tío del Duque. Sí. Ese viejo, sobre mí, Que no mengüe tu partido, No le temas, que ni tiene Amistad que buena sea, Ni deudo alguno. Conviene, Mientras el lugar se emplea En este entierro solene Y estas bayetas despido, Que partas apercebido Por Lucrecia, y me la ablandes. Haré, Señor, cuanto mandes. así lo tengo entendido. De parte de Coridón Está un pescador afuera. Hazle entrar; este varón He ha servido de manera Que merece galardón. De la pasada tormenta Un hombre solo, y de cuenta, Sabemos que se ha librado, Que a la ciudad ha llegado Y en la ciudad se aposenta. Coridón le avisa de esto. Porque lo mandes buscar. Capitán, conviene presto Hallarle por el lugar, Que en gran confusión me ha puesto. Mas no; que si el Duque fuera, A sus palacios viniera; Mas, servirá por testigo De su muerte el cielo amigo. En mi nombre alzo bandera. Señor, por lo que debes a tu cargo, A la antigua amistad y parentesco, Al mundo, al cielo, al tiempo, a la fortuna, Y filialmente a ti, que acudas presto A la sala dorada de palacio, Que el humo negro de las hachas tristes, Que forman un teatro lastimoso Para el difunto cuerpo de Flaminia, La tiene calorosa y despintada, Y allí verás un caso extraño y nuevo, Digno igualmente de tristeza y gozo. No lo encarezcas más, cuéntalo presto. Has de saber que el duque Valentino Ha llegado a su casa. ¿Quién? ¿El Duque? El duque nuestro, y yo mismo lo he visto. ¡Oh grave mal, oh pensamientos míos, Nacidos y acabados en un punto! Llegó, rompiendo guardas y defensas, En hábito de un pobre marinero, Hasta el difunto cuerpo de su esposa. Verdad nos dijo el pescador sin duda. Pues ¿qué? ¿Mienten allá como en palacio? Y mirándole allí, sin conocerle, Muchos que por señor le conocimos, Le vimos suspendido una gran pieza, Mostrando con acciones desiguales Ira y dolor, tristeza y alegría, Un fogoso apetito de venganza Y una lástima tierna de amor puro; Todo en un hombre, todo en un instante, Y todo tan distinto y conocido, Que se echaban de ver como si fueran Conceptos declarados por la boca. Veis aquí derribado el edificio, Que este desvanecido fabricaba. Su mucha suspensión, que con la nuestra Corría un paso y una suerte misma, Se acabó en arrancar un puñal limpio, Que con la diestra mano sacó el Duque. Y ¿matose con él? No, pero quiso Sepultarlo en los pechos de su esposa; Aquí puso el dolor toda su fuerza, Y aquí el amor cargó todas las suyas, Y aquí la admiración y la terneza En él y en los presentes se miraban, Ajenos de pensar que era locura; Que el seso se mostraba por sus venas. ¡Oh prodigioso cuento, oh nueva triste, Oh mal no prevenido, que me ciega A la razón los ojos y al discurso! Venció el amor; y al tiempo que ya iba Bajar el hierro vengativo y fuerte Del pecho el odio y el furor del brazo, De la mano el puñal, y al fin la vida Le quitó por un rato; que sin ella Estuvo sobre el cuerpo de Flaminia Llorando, y conocido por nosotros. ¿Tornó después en sí? Pero tan triste, Que ni admite consuelo ni consejos, Ni sabemos cuál es la causa de esto, Ni él la quiere decir; solo pregunta Por Torcato. ¡Ay dolor, algún enredo Me ha tramado Lucrecia allá en España! Perdido soy si el ánimo y cordura Me fallan; si vivieran los difuntos. ¿Quién pudiera librarme de la muerte? Esta daga, Señor, es buen testigo De la verdad, Señor, que te refiero; Que es la misma que al Duque le ha caído, El cual ni quiso componer de luto Su cuerpo, ni mirar el de su esposa; Mas aquí viene el triste. Vete, amigo, Y dile a Coridón esto que pasa, Y que tenga a Lucrecia a buen recado. Ley será tu querer y tu mandado. Salíos vosotros afuera. No llegues, falso, a besarme La mano; que si no fuera Bastante para vengarme, Del brazo la dividiera. Ya que mi suerte ha querido Que errase en haber seguido Un miedo que me avergüenza, Pues por las obras comienza Todo príncipe ofendido, Entiende, ingrato, que sé La gran traición que me has hecho; Pero ya te arrancaré Por ella el alma del pecho. ¿Yo traición? Yo ingrato? ¿En qué? Si te debo un pensamiento Que te agravie o que te incite, El justo cielo, en descuento, La injusta vida me quite Por tu gusto y mi escarmiento. Pues ¿quién me priva, Señor, De tu gracia y tu favor, Cuando esperaba mercedes? Traidor, si piensas que puedes Ser, como siempre, traidor, Bien haces en abonarte; Pero si sabes que sé Tus cosas parte por parte, En vano abonas tu fe Y en vano quiero escucharte. ¡Oh Lucrecia! Si viviera Esta alevosa, esta fiera, Que tu muerte acompañara, Ella tu culpa acusara Y ella tu culpa siguiera. (Sin duda que me ha vendido Lucrecia; importa fingir, Aunque tengo mal partido ) Muy bien pudiera vivir Flaminia, si hubiera sido Yo tan fiel a su bondad, Como fui a tu voluntad Solo por obedecerte, Y no quebrara en su muerte Las leyes de mi piedad. Matela por tu mandado. Con el orden que me diste. Si eso queda averiguado, Yo quedaré menos triste, Y tú más acreditado; Pero temo que es ficción. Bastante prueba y razón Te puedo dar. De este modo Ni fuiste malo del todo. Ni es tan grave mi pasión. Prueba he dicho; ya no acierto; Confuso estoy. ¿Quién podrá Decirlo si Otavio es muerto? Pero mi dicha será Lo más firme y lo más cierto. (Si este quisiera a mi esposa, Es llano, es muy cierta cosa, Que la muerte le excusara, Pues ¿cómo el otro jurara una maldad tan odiosa? Un simple, sin conocerme, ¿Qué ganaba en ofenderme? Suspenso estoy. Ven acá, A ti te importa (y quizá Que me importa el no perderme) Que me des algún testigo Que ratifique contigo Lo que dices; ¿qué te alteras? Que tú solo no pudieras Hacerlo. Señor, yo digo... Yo digo... (Turbado estoy.) Que Otavio lo sabe todo. (¿Otavio dije? Yo soy Perdido de aqueste modo.) ¿Dónde está Otavio? Ya voy A buscarle. Aguarda . espera. ¡Ah de la guarda! Llamad A Otavio. Estoy de manera. Que esta grande adversidad Me será alivio, aunque fuera Cumplida mi voluntad. Cuéntame cómo ha pasado. Llegó tu primer correo (¿Primero dije? Ya veo Que me confunde el pecado); Digo primero en respeto De un otro que llegó tarde, Y como vide tu aprieto, Bien que medroso y cobarde, Puse la muerte en efeto De la Duquesa en sazón Que me dieron ocasión Un vaso con que bebía, Y un veneno que tenia Para cierta pretensión. Y Otavio ¿estuvo presente? Él mismo te lo dirá. Ni en casa ni entre tu gente Parece Otavio, ni está En la ciudad. ¿Si está ausente? Dame licencia, Señor, Para buscarle. ¡Oh traidor! Nuevo cuidado me das. En una torre podrás. Hallar a Otavio mejor. De allí disculpar te puedes, Sin que yo le dé lugar A que más trames o enredes. Id vosotros a buscar A Otavio, y haré mercedes Al que le hallare. De balde Será el buscarle. Llevadle Vos, Capitán, y mandad Que con gran seguridad Le tenga preso el alcaide. Vamos; que el cielo será Vengador de esta injusticia. Cuanto más te ayudara, ' Mirando por tu justicia, Mas por mi honor mirara. He de procurar valerte, No por excusar tu muerte, Sino a cuenta de mi honor, Estimando por favor Lo que es rigor de mi suerte; Que bien lo será si entiendo Que, libre de toda culpa, Pagó mi esposa, muriendo, La pena que te disculpa Pero, pues ganó perdiendo, Piérdase el gusto y la vida Como no quede perdida Mi fama, que es lo mejor. Mas ¡ay triste! al pescador No puedo darle salida; ¿Qué malicia le moviera A un varón tan apartado De la corte, y si estuviera Con enojo o sobornado, Sin conocerme dijera Un caso de la ciudad? Su mucha rusticidad Le abona, no hay que dudar; Mas ya lo mandé llamar, Y sabré de él la verdad. Si del luto común de que se viste Tu pueblo, con razón alborotado, Bien que sin ocasión lloroso y triste, No traigo el cuerpo, oh Príncipe, adornado; Cuerpo, que de tu sangre está compuesto, Y a vuelta de tu sangre fue agraviado; Sabrás que la razón y causa de esto Es la misma que lleva a tus vasallos Con llanto injusto a mi congoja puesto. Dejaste en tu lugar, para ordenarlos, Un desorden común, un apetito De acabar su persona y de acabados. Este traidor Torcato, este maldito, Que el villano solar de adó deciende Lleva en las obras y en la frente escrito; Esta brasa infernal que el fuego enciende De tu deshonra sin ningún respeto, Pues solo a su maldad sigue y atiende; No contento de haber puesto en efeto Un millón de locuras en tu daño, Sin orden, sin gobierno, sin respeto; No con fuerza y rigor, no con engaño (No sé, primo y señor, cómo te cuente Un caso tan enorme y tan extraño, Mas porque todo malo se escarmiente, Te lo quiero decir), alzó bandera Contra tu honor y a vista de tu gente. Venció la fuerza de él, como si fuera De mucha calidad su batería, Y el homenaje y muros blanda cera. ¡Oh traidor alevoso! Bien decía El pescador. No tanto con mis penas El soberbio villano me afligía, Y no con derramar a manos llenas Tus riquezas, Señor, para su intento. Ganando con tus joyas tus almenas, Ni su desordenado atrevimiento Llegó a poder en mi dolor la parte Que de Flaminia pudo el sufrimiento; Flaminia, al fin, resuelta en agraviarte, A vista de mis ojos dio acogida A su lascivo amor, sin respetarte. Si pudiera infundirle nueva vida, Diera, para privarte luego de ella, Falsa, la que por ti queda ofendida; Mas, ya que por tu bien estas sin ella. En tu cuerpo alevoso haré venganza, Si en tu cuerpo difunto puede haberla. Tu dolor y tu honor pongo en balanza, Ya recelosa de este sentimiento, Y cargo la razón con más pujanza. Otavio dirá parte de este cuento, Que procuro estorbarle como bueno. Bien que no supo más que el pensamiento. ya bañado en dolor el triste seno. En destierro aguardaba tu llegada, Penando en él lo que al presente peno. Pues mi deshonra queda averiguada, Bien es que pase la venganza de ella Por los delgados Ríos de mi espada. ¿Tiene salud Marcelo? Está sin ella, Tullido, como sabes. Ese quiero Que emprenda por mi honor esta querella. Es sangre nuestra al fin, es caballero. Ojalá que por mi ocupara el puesto Que luego con mi muerte darle espero. ¿Hay allá fuera un paje? Corre presto, Y haz venir a Marcelo como pueda . Y dile que me va la vida en esto. En una cárcel muy segura queda Torcato, tan guardado y defendido, Que la habla y la pluma se le veda. Y Otavio ¿pareció? No ha parecido. (¡Oh cuán fiel soy, Torcato, a tu mandado!) Quizá que lo habrá muerto o escondido. En las dos cosas juntas ha acertado; Demonio es esta. Capitán, ve presto, . Y haz armar en la plaza un gran tablado, De la manera propia y en el puesto Que para degollar un caballero Se suele hacer. Torcato, malo es esto. En tanto, prima, que a Marcelo espero, Entrad por esa casa desdichada ( Que ya ni verla ni mandarla quiero), Y no quede criado ni criada Con luto, y quitaréis la pompa injusta De que esa vil mujer está adornada. Así lo haré; venganza es esta justa De un villano del polvo levantado, Y de un desdén soberbio que os disgusta. { Muy bien, oh Ganimedes, has probado.) El cielo justo ha querido darme castigo en aquello Que más guardado he tenido, Pues en guardarlo y quererlo Como gentil me he regido. Turbó a esotro la historia Mi discurso y mi memoria; Seguila, y erré la suerte, Y agora será mi muerte Remate para mi gloria; Que es imposible tener Vida sin honra, y privado De aquel ser que me dio ser, Que, con haberme agraviado, Siempre mi gloria ha de ser: ¡Oh traidor! ¿en qué me has puesto? Marcelo, aunque mal dispuesto, Viene ya. Tío querido, Para los gustos me olvido De vos, y os ocupo en esto; Pero vuestra discreción Perdone mi poco seso. Sobrino, los viejos son Un peso de mucho peso; Mas en cualquiera ocasión Me hallaréis a vuestro lado, Útil y desagraviado; Pésame de vuestra suerte, Y de Flaminia la muerte, Por ser buena, me ha pesado; Y espantome de que estéis Sin luto en esta ocasión. Marcelo, no os espantéis, Y de mi mal la ocasión Sabed, si no la sabéis. Partime a España, y dejando Mis veces, mi esposa y mando Al vil Torcato, que ha sido Traidor a mi honor querido, Sus justas leyes quebrando, Deshonrome en todo efeto, Hallando en Flaminia vado. Este, Duque, es un secreto Que andaba muy murmurado Por las gentes sin respeto. Allá me llegó a mi cama, Y atendiendo a nuestra fama, Supe con mis diligencias Mil honradas resistencias Que el traidor hizo a esa dama, Y lo que de sí me espanta. ¿Estáis bien seguro de ello? No fuera mi pena tanta, No me viera, a no saberlo, Con la muerte a la garganta. Torcato está en la prisión, Y ha de pagar su traición Con la vida, y esa ingrata Muriera como me mata, Si viviera. Y con razón. Mas pues un derecho establece Que cuando muere el culpado Sin pagar lo que merece, Le saquen muerto al tablado, Donde su culpa parece; Quiero, siguiendo esta traza, Que en uno que está en la plaza Los mandéis degollar luego; Que yo, por hallar sosiego, Me quiero salir a caza. Y esto me habéis de ofrecer Que se cumplirá sin duda. Dejadme, sobrino, hacer; Que ni quiero vuestra ayuda, Ni de vos he menester. Denme volando un cuartago. ¿Solo queréis ir? Bien hago, Pues a la muerte camino. Pensad en vivir, sobrino, Y veréis cómo los pago. Por vida de mi salud, Que habernos de ir a ciudad, Si quisieres mi amistad. Eso es obra de virtud; Tras haberte referido Lo que debiera callar. Das agora en porfiar; ¿No sabes que si he mentido Fue por pagar a Lucrecia Lo que entrambos le debemos? No paga en esos extremos El que de honrado se precia. Es acto la gratitud Que en lo posible consiste; Pero dime, ¿adónde viste Imposible y con virtud? Que si no es vicio, es locura, Que de la virtud desdice. Bien dices; pero yo hice Poco en esta coyuntura. Erró Flaminia, y de modo Que se sabe por verdad; No fingir yo su maldad, Solo me alargué en el modo. Y ¿quién te asegura de eso? Lucrecia. Bien te aseguras; No has sentido las locuras, Las rabias con todo exceso Que levanta una celosa; Y así, quiero que nos vamos, Y a nuestro duque digamos La verdad. Si ya su esposa Murió, ¿qué celo nos llama? Qué premios o qué mercedes? ¿No sabes tú, Ganimedes, Que nunca muere la fama? Esa vive, y ofendida Por tu causa, y es razón Que le tornes la opinión Con que le manchas la vida. Ganimedes, Valentino Manda que vayas volando A la ciudad. Ya marchando Nos hallas en el camino. Yo hice mi obligación. Pues yo cumpliré la mía. Es muy cierto que le había De salir de esta invención Algún enredo, aunque yo Te aseguro, confiada De una palabra acertada Que nuestro duque me dio, De una merced que me hacía, Que entonces no la estimé, Y con alas de esta fe A la ciudad le traía. ¿Qué miras embelesado? Estoy mirando este escrito, Que fue en las eras de Tito, Monarca tan afamado. ¡Que despintadas que están Las letras! y aun he notado Que yace aquí sepultado Do famoso capitán, Que venció muchas batallas. Pues bien. Con grande razón Se encarece la lección De monedas y antiguallas. Vamos; que tengo ya miedo De alguna fantasma. Calla. Quédate solo a esperarla. Ven; que a tu lado bien puedo. ¡Ay Dios! ¿no sientes ruido? Déjate de esas quimeras. Si en las ansias postrimeras Un hombre solo, afligido, Hombres, os mueve a piedad, Alzad esa piedra dura. Que es en vida sepultura De mi cuerpo y mi verdad. Otavio soy. ¡Santo cielo! Corre más, Tirsia, si puedes No me atajes, Ganimedes; Que yo no corro, mas vuelo. Busquemos gente que acuda. No temáis, que no soy muerto; Tened, amigos, por cierto Que, en pago de vuestra ayuda, Si sois amigos, tendréis Un amigo en mí muy bueno; Y si sois los del veneno, Sacadme, y me acabaréis Mas presto con una espada. Mas ya se fueron de miedo. ¡Oh piedra ingrata! No puedo Levantarte, de pesada. Así me habré de morir; Que ya, de hambre y espanto, Ni el laso cuerpo levanto, Ni puedo hablar ni vivir. No sé cómo llevo yo Mi pensamiento cruel, Si a mí por venir con él Mi caballo me dejó. A pie y cansado le sigo, De mil penas alcanzado, Haciendo al bosque pintado De mis suspiros testigo. Junto de esta sepultura Me quiero un rato acostar, Pues aquí podré envidiar Mejor la ajena ventura. ¡Oh tú, que en ella reposas. Ya libre de ser celoso! Si turbare tu reposo La relación de mis cosas, Perdona; que Valentino, Por remate de esta guerra, Quiere dejar a su tierra Memorias de su destino; Valentino, cuyo honor Padeció tal detrimento Por un ciego atrevimiento De una ingrata y de un traidor. ¡Oh Torcato aleve, injusto! Mas ¡oh Flaminia cruel! ¿Qué bienes hallaste en él? O ¿en qué te dieron disgusto Mis acciones ocupadas En solo ofrecerme a ti? Perdí mi estado, y perdí De tus memorias borradas El asiento, que ofendido Le lloro de puro amor, Y tú perdiste el honor, Y al fin la vida has perdido, Y perderás en la plaza La fama públicamente Entre mi confusa gente, que ya ejecuta mi traza, ya quedo para perderme, Mas si no pierdo la vida, Y pues la gano perdida, Y es dar a logro el perderme, Con justa razón acuerdo De matarme con mi mano; Pero no, que soy cristiano; Mas sí, que soy noble y cuerdo. Ponte, daga rigurosa, De suerte que al primer lance Que a la cristiana dé alcance La justa memoria honrosa, Hagas más presto el efeto, Y déjame discurrir. ¿Así, Duque, ha de morir Un hombre sabio y discreto? ¿Quién me tiene el brazo asido? Suelta, visión, y procura Gozar en tu sepultura De tu reposo querido. Duque, no soy lo que piensas; Vivo estoy y soy Otavio, Testigo fiel de tu agravio Y de tus penas inmensas. En la voz te reconozco, Mas temo que eres visión; Ya he sabido, oh fiel varón, Que lo fuiste, y yo conozco Que muerto, quiere que acudas El cielo a mi llanto esquivo. Vivo estoy. ¿Cómo estás vivo Y enterrado? Si me ayudas A levantar este peso . Yo te haré ledo y contento. Sal pues de tu monumento, Y no me saques de seso. Tócame, no soy visión, Y escucha tu alegre historia; Quizá medirá tu gloria Con tu espanto y con razón. Del ciego apetito injusto Del tirano niño arquero, Torcato todo ocupado, Hecho apetito del seso, Emprendió a tu fiel esposa. Gastando con mucho exceso, Luchando con sus designios Y agonizando en su esfuerzo; Desengañado y perdido, Abrió, Señor, aquel pliego, Y con tu mismo rigor Y con tus propios extremos Dio mil tientos a Flaminia, Inútiles, pero recios; Mandome al fin que aprestase Para matarla un veneno. Yo, por excusar su muerte, Saqué con mucho dinero Una bebida que deja Muchas horas como muerto Un hombre, sin pulso alguno Y retirado el aliento, A fin de que si llegaba A dar remate a su intento, Sacaría a tu Flaminia Con vida del monumento, A parte donde estuviese Hasta darte aviso de ello. ¡Extraña fidelidad! Mucho me obligaste, amigo. Pues oye aún; que no te digo Lo medio de su maldad. Con este licor ungido Se fue donde estaba aquella, Que de Lucrecia famosa Venció la fama en la prueba, Y con miedos rigurosos Y con afables promesas No pudo ablandar su pecho, Bien que ablandara una peña; Al fin, resuelta en morir, La quitó de su presencia, Mientras que de tu venida Trajo una posta la nueva; Mostrose alegrar Torcato . Mandome que en una huerta Les tuviese aparejada Una muy cumplida cena; Y estando allí, sin temor De su maldad y sus fuerzas, Yo temo que por tu causa Me hicieron beber por fuerza Un veneno, que pensaba Que era veneno de veras, Y debió de ser el mío, Y bebió de él la Duquesa, Y lo aseguro sin duda, Pues tú dijiste que es muerta; Debes a su voluntad Los favores que le niegas, Que, como testigo fiel, Te aseguro que es a prueba. Dame, Otavio, un tierno abrazo; Que, pues no finges, querría Darte de esta vida mía La mitad en cada brazo. Solo me queda un recelo, Que te diré en el camino; Pero vamos, que imagino Que guarda con vida el cielo A mi Flaminia sin duda, Pues dices que no está muerta. Por un mal que se concierta Y aprisa pide mi ayuda. Así lo pienso hacer, amigo Julio. ¿Es verdad lo que dicen de palacio? Y ¿cómo si es verdad? Vive Flaminia, Con grande admiración de los presentes; Habla y responde cosas que enternecen Los mármoles y bronces de palacio. Pues ¿cómo? Desque supo la venida, El enojo y sentencia de su esposo, Ya vos podéis pensar cuáles extremos Pasarán por la triste el verse viva, El desmayo, el placer de la llegada De su querido y enojado esposo, Y luego por su ausencia la tristeza, Y tras ella, el rigor de la sentencia; Que se puede decir que nace y muere En un instante. ¡Triste! y más sabiendo Que está sin culpa. Así lo piensan todos; Solo Marcelo, el viejo alborotado, Diciendo que, pues muerta quiso el Duque Que pague su traición, que viva quiere Que la pague también; hecho un ayunque. Ni lo mellan suspiros ni ternezas, Que son más fuertes golpes que de hierro; Y así, manda sacar por una parle A la Duquesa triste y a Torcato. ¿Qué dicen de su muerte?, Mil ficciones Dice el señor doctor potro o caballo, Diciendo que él creyó que estaba viva, Y otras tantas mentiras dice el vulgo. Quisiera, esposa querida, Daros más de lo que os doy, Pues más vuestro esclavo soy Agora que fui en mi vida; Yo os adoro, asegurado De cuanto pude temer, Y vos me habéis de querer Por amante y por honrado. Mil gracias demos al cielo, Que por camino tan raro De vuestra vida fue amparo, Y alivio de mi recelo. Y tú, fiel Otavio, puedes. Con Tirsia y con Ganimedes, Pretender el mayor puesto, Por lo pasado y por esto. De mi gracia y mis mercedes. No puedo más que miraros, Señor, para responderos; Pues la que supo estimaros Ha de llegar, de quereros, Al extremo de adoraros. La vida os pido, Señor, De Lucrecia, que su amor La disculpa, como injusto. Haced de ella a vuestro gusto. En mucho estimo el favor. Yo no quiero otro interés Por lo bien que habré servido, Sino que, Señor, me des A mi mandado y partido Las personas de estos tres; De estos y su capitán, Que tan suspensos están. Llevadlos enhorabuena. Esta, amigo, es mala estrena. Los duendes se os llevarán., Ojalá que fueran duendes. Después le diré, Señor, Lo que al presente no entiendes; Que este Orfeo es un traidor, Y es muy justo que lo enmiendes. Yo pienso disculpa dar Bastante para excusar Los cargos que nos haréis. Si es bastante, me hallaréis Con gana de perdonar. Vamos a la plaza agora, Y en aquel mismo tablado Donde estuviera, Señora, Tu cuerpo más infamado, Por la bondad que en ti mora. Quiero, a voz de pregonero, Perdiendo esotro primero, Por su gran traición la vida, Que de tu fama perdida Se rehaga por entero. ¿No es posible, oh Valentino, Que viva Torcato? No. Vamos allá; que imagino, Si puedo contigo yo, De alcanzarlo en el camino. No será el mundo bastante Para que el falso arrogante Gane tierra en mi memoria. Aquí se acaba la historia De La Duquesa constante.
