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Texto digital de El duelo contra su dama

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Atribución tradicional
Francisco Antonio de Bances Candamo
Atribución estilometría
Francisco Antonio de Bances Candamo Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la transcripción automática de la edición en la Parte XLVIII de Nuevas escogidas (1704).

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El duelo contra su dama. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/duelo-contra-su-dama-el.

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EL DUELO CONTRA SU DAMA

JORNADA PRIMERA

Trujiste la escala? Sí, y en las Almenas más bajas de ese Jardín, que al Castillo le sirven de Barbacana, queda ya puesta. Fortuna, si atrevimientos ampatas, ninguno es mayor que el mío, muestre esta vez tu inconstancia, que de las temeridades, aún los riesgos se acobardan. Terrible resolución es la tuya, y temo, Nada me aconsejes, que aunque veo mil dificultades, anda huyendo de mi discurso mi pasión, por ignorarlas. Con una mujer, señor, de tan altiva arrogancia, que toda es ira, y furor; y es tal, que aún no sé si basta lo dulce de su hermosura, a confitarle las rabias; te expones a tal peligro, como entrar por una escala, sin más motivo, que el vil interés de una criada, a quien retórico el oro persuadió con eficacía? plegue a Dios, que tu locura no pare en tragedia, y Calla, que en tan terribles empresas, que tocan en temerarias, acobardan los discursos; porque es experiencia clara, que de un temerario intento, aún la fortuna se espanta, y de lo que no esperó subitamente turbada, no distingue, si echa mano, de la dicha, o la desgracia, y ella es tan opuesta mía, que les negará a mis ansias cualquiera dicha, si yo le doy tiempo de pensarla. Dirás tú, que Margarita, fiera me aborece, y pasa su severa condición de desdeñosa, a inhumana. Dirás, que tiene su ceño una altivez tan extraña, que en ella el ser tan hermosa, aún no es lo más de ser vana. Dirás, que siendo su padre, gran General de las Armas de los Duques de horena, en Guerras tan frecuentadas, como mantiene un dominio, que es en iguales balanzas, árbitro entre las Potencias del Imperio, y de la Francia, con aquella siempre fiera ferocidad Alemana, la crió, siempre al arrullo, de las Trompas, y las Cajas, hasta llevarla consigo, siendo Embajador a España. Dirás, que en aquellos bandos, que estás desiertas Campañas, poblaron solo de horrores entre su Casa, y mi Casa, muerto su padre, ella sola defendió altiva, y bizarra, este soberbio Castillo; a donde la ilustre anciana memoria de su ascendencia se coronó de murallas, hasta que muriendo el mío, y advirtiendo, que quedaban cabezas de estas facciones, si yo Joven, ella Dama, en cuya ofensa estuvieran nobles iras desairadas; dejé las hostilidades, y a este bosque retirada, se ejercita en el heroico ocioso afán de la caza. Dirás, que apenas del viento en la diáfana Campaña, pájaro extranjero cruza, ave peregrina pasa, o ya en los Tornos Ginete, o ya en los Bordos Pirata, que esté en el Cielo segura de sus iras, si despara un rayo, a cuyas centellas cadáver de pluma baja. Todo esto dirás, y todo sirve solo de que añada en tus necias advertencias, por más materia a mi llama, si un pesar, al discurrirlas, un mérito, al despreciarlas. No hay delito que una hermosa perdone de mala gana, si nace de amor; porque si ella ocasiona mis ansias, cuanto es mayor el efecto, se acrédita más la causa. Y a ninguna la ha pesado, al mirar las más extrañas locuras, saber en ellas cuanto su poder alcanza; pues ninguna hay que no crea, que ha podido ocasionarlas. Lo que en tres años no pudo conseguir, la continuada porfía de mis afectos, consiga el despecho, y haga la desesperación; mas, que ha cabido en la esperanza. Ven conmigo, siempre atento, a oír si Laureta canta, que es la seña de que ya Margarita sola baja al jardín. Aunque venimos a guardarte las espaldas, según es su condición, yo diré a los camaradas, que si por escala subes, te aguarden por la ventana. Ven dando vuelta al Castillo. (tas Llega esa luz, que aunque tan- veces le he leido, vuelvo a leerle; porque halladas de mi afecto estás caricias, y estás ternísimas anhas, nuevamente las repite, cuantas veces las repara. Ay volsillo, en que peligro me he de ver hoy por ni causa! Mi bien, mi dueño, mi es- Ay Laureta, esta palabra (posa: vierte en el alma dulzura, de que no es capaz el alma, y el corazón en el pecho batiendo intrépidas alas, hecho a tres años de pena, del susto se sobresalta. La eternidad de tres años, que duró ausencia tan largas viste eternidad, Laureta, tan fielmente ponderada? Tendrá término esta noche? Bueno es esto, cuando aguarda Lothario la seña mía; Hay mujen más desgraciada! Pidiendo licencia en esta retirada de Pampaña, para componer algunas dependiencias de mi casa, partí a Nann por la pasta; donde llegué esta mañana, para volar esta, noche a tu quinta: Aoma descansa, y no de una vez se apuren dichas, que de gusto matan. Acaba por Dios, señora, no vayas leyendo a pausas, que curiosos mis oídos, tienen una sed, que rabian. Viste enfermo, a cuyo ardor dan la bebida tasada, que pareciéndole poca al incendio de su llama, antes que el labio humedezca, los ojos en ella baña; y porque dure el alivio, tan poco a poco la gasta, que entreteniendo la sed, el alivio se dilata? Pues yo así: viendo que es breve el papel, voy con templanza entreteniendo el deseo; y aunque la empecé con ansia, me detiene con temor, el susto de que se acaba. Señores, de los oídos la vida tengo colgada, y al aire de lo que lee, se me bambólea el alma. De secreto voy, porque un criado, que me acompaña, no te conoce, que yo le recibi en Alemanía, donde mataron a Floro. Perdiose muy buena alhaja: veamos el criado nuevo, qué talle tiene, y qué traza: no prosigues? Queda poco, y temo apurar el agua. Muriéndome estoy de miedo. Leos Por la puerta falsa del jardín, como solias, me puedes abrir. Ya escampa. Y la seña, de que está la familiar sosegada, será el oír, que Laureta, como que es acaso, canta. Cayose la casa acuestas: tiemblo como una azogada, que la misma seña tiene también Lotario; o mal haya mi memoria, que no pudo acordarse, de que usaba Enrique está misma seña! Poco te debo, pues callas, y no me pides albricias. Yo no soy interesada, las que me aguardan después diera yo de buena gana: hay volsillo, en qué me has puesto! Por qué suspiras? No es nada. La venida de mi primo te disgusta? Sí se habla verdad, yo no me he alegrado. Cómo atrevida, villana? Tente, señora, que temo, según eres manilarga, que me derrames las muelas, o me lembres las quijadas; y no te admires, porque nosotras, si lo reparas, nunca gustamos de pobre, que sea tan señor de casa: es Enrique desabrido, y altivo, y Ea, basta; y a su venida agradece, que te concede mi saña el indulto de la vida. Por tomarle la palabra estoy; si de esto se ofende, qué será de lo que falta? Ya está la casa en, silencio, y pues a la verde estancia, a donde la noche tantos Astros de púrpura apaga, hasta que en tibios albores los vaya encendiendo el Alba, como que es a divertirme, de ti bajé acompañada. Deja, Laureta, las luces en el nicho de esa estatua, que será a nuestras finezas, entre materias contrarias, de cera, pues las escucha, y de mármol, pues las calla. De qué sirve aquí la luz? mira, si alguna palabra, yendo tentando el oído, por los ojos se te ensarta? Necia, quieres que una noche esté, sin verle la cara, sobre tres años de ausencia? Que al lance no le quedara, ni aún el antiguo recurso de ser a escuras. Acaba, y dando al aire la voz, llama a Enrique. Eso me mandas? no me has visto, en la voz ronca, perdida de acatarrada? Qué importará que lo estés? Yo no puedo echar el habla; Jesús, qué tos, que mie ahogo! Siempre con tu voz nos cansas, y ahora que lo mando yo, me buscas excusas vanas? Qué Músico no es así? no hay cosa tan mal mandada como el gusto: hal quien supiera hacer bien la patarata de algún mal de corazón, gran socorredor de Damas; porque no anda bien ninguna, sino dan lumbre las trazas, sin pataletas de muelle, y éxtasis de filigrana: Ay! ay! Ay! ay! Qué te ha dado? Un flato, ay Dios, que me tapa toda la respiración. Flatos tienes? Qué, te espantas? si anda este mal tan valido, que todas las Damas, rabian por entrar en esta moda: Ay! ay! De burlarte tratas? por vida de Enrique. Tente, que cantaré, aunque exhalara la vida en la voz: sospechas, no nos hagamos culpadas, aunque camine mi muerte en mis pasos de garganta: o si Lotario entendiese la seña, y se retirara. Fuentecilla bulliciosa, que con trabesura incauta, abejuela de cristal, libando las flores pasas; para, risueña, para, que bulles, que saltas, y Bandido sediento, un arroyo te bebe la vida, y te roba la plata. A la seña de la voz, por esas vecinas tapias me arrojé. Ya de la llave prevenida estás, no llama; si habrá ya llegado al sitio? Sí mi suerte. Ya está echada la mía. Cielos, qué miro? de mis delirios fantasma, sombra de mi fantasía, pues a ser hombre, no entraras en claustro, cuyo retiro, el aire apenas profana. Quién eres? que yo (ay de mí!) quien creerá que estoy turbada, y con todo mi valor, aún la sombra me acobarda del delito, cuando a Enrique espero. Yo soy, tirana. En mi casa mi enemigo? Qué, lo admiras? qué, lo extrañas? si solo en este despecho mi vida tengo librada, yo te adoro, y Tente, tente, y retírate a esa sala, en tanto que registramos, si está ya quieta la casa. Válgame la industria mía, que yo te doy la palabra de escucharte muy despacio, en viéndome asegurada. Eso me prometes? Sí. Ya tiene fin mi desgracia, valor de mujer en fin; miren ahora en que paran sus tiras. Éntrate presto. Qué intentas, señora? Aparta, y déjame echar la llave, para que de aquí no salga. No adviertes, que siendo esta una Galeria baja, con vidrieras al jardín, y abriéndose las ventanas, por adentro, los cristales a salir no le embarazan, si los rompe? A eso se había de resolver en mi casa? demás, de que yo otro medio no encuentro en tan apretada ocasión; y si no es bueno, es al fin el que se halla. Yo de aquí retiraré a Enrique; y cuando se vaya, sabré por su atrevimiento quitarle el amor, y el alma. Prosigue otra vez la letra, que juzgo, que Enrique tarda; o fortuna! quién creyera, que con brevedades tantas, espero con susto ahora, lo que desee con ansia. Pues en líquida armonía, al murmúreo de tus aguas, sirven de trastes undosos, guijas, que en tus ondas labas: para, risueña, para,. Mira que llaman. Pues voy a abrir la puerta; en las plantas, llevo por suelas dos montes, que mi movimiento atajan. Corazón, disimulemos, que el sulto que me acobarda, no cabe dentro del pecho, y me rebosa a la cara. Abierto está ya. Roberto, con los Caballos aguarda en esa umbrosa espesura; porque esos hombres, que andaba paseándose aquí, y por quien no llegué a la puerta falsa hasta ahora, no te vean: A mí miedo se lo encarga, que sabrá esconderse de ellos: las postas ya están atadas, aunque temo, que la mía, por más que veloz me traiga, no podrá volverme. Cómo? Porque a fuer de puñaladas de hueso, con que me ha herido, para aumentarle la carga, llevo ahora de retorno muchos bollos en las ancas. Vete, y calla. Y qué? he de irme sin ver aquesta Madama, si quiera por conocerla? Tiempo habrá. Pues hasta el Alba a Dios, que está mi seor sueño llamándome con guiñadas. Ay amor! con cuanto gusto este antiguo umbral pisara, si un nuevo afecto no hiciera en mi ausencia dilatada, que estuviese Margarita tan extranjera del alma. Era hora, mi bien, mi esposo, era hora de que llegaras de la noche de la ausencia a amanecer mi esperanza? qué mal encuentro el cariño, . entre amante, y asustada! Qué tibiamente me suenan sobre mi olvido sus ansias! Yo pudiera decir eso; pues para que apresurara mi amor este instante al tiempo, quisiera asirle las alas. Mucho tarda Margarita, y entre abriendo esta ventana, por estos cristales quiero ver si viene. Han sido tantas, mi bien, mi señor. Qué escucho? Qué es lo que tienes? qué hablas con susto. Es poco el de verte? Susto es verme? Sí, pues se halla mi amor hecho a los disgustos, y a tantas penas pasadas, que dichas que no se esperan, aún más asustan, que agradan. Esto es muy de otra materia; y vive Dios, que es infamia, que cómplices de mis celos, mis ojos, y oídos haga: y esconderme para esto, es desprecio. Aquí te aparta, (no veo la hora de llevarle de aquí) que en esta cercana fuente sentarnos podemos. Ya, a qué mis iras aguardan? rompa ese diáfano estorbo. Descubriose la maraña. Qué es aquello? Muerta estoy. Vidrios, miren que muralla le fue a poner a un celoso, Para esto, dime tirana, aquí engañado me escondes? y para esto la palabra diste de oírme, en estando la familia sosegada? Era está la turbación con que la dicha asustaba? Vive Dios, que no soy hombre a quien da lugar la saña a ser testigo a mis celos! Si impaciencia tan bizarra, aún oculta, no los sufre, qué haré yo? a quien cara a cara se dan, sino trasladar toda la voz a la espada. Ay infeliz! quién creyera, que a un acaso tan postrada esté toda mi altivez? Tente, Enrique. Tú le amparas? Espera Lotario. Tú le defiendes? Que se matan. Acudid, acudid todos, que allí se oye ruido de armas, Ay infeliz! muerto soy. . Miren si yo no cobrara primero el volsillo, Qué has hecho? Traidora, falsa, vengar lo que en ti no puedo, en él. En mí; pues qué causa he dado a tu atrevimiento? Bueno fuera que negaras lo que tan claro te ha dicho ese amante, cuya rara impaciencia generosa, su pena, y su vida acaba: escondido le tenías, hasta que yo me ausentara, pera oírle muy despacio; y añades a ofensa tanta, sobre el delito de hacerla, la osadía de negarla. Vive Dios! mas para qué intenta sentir mi saña, lo que debe agradecerte? Quédate, quédate ingrata, a nunca más verme; y porqué no puedas quedar tan vana del despecho, que me lleva, has de morir, como matas. Por cumplimiento aquí vine, quizá solo a ver si hallaba ocasión para honestar tu desprecio, y mi mudanza. Ciego estoy, no sé qué digo; y así mi despecho, pasa la línea de tu decoro, mas admiración causara, que en pecho noble pudiesen caber celos, y templanza. Quédate, digo, otra vez, que vuelvo donde me llama, la hermosura de Matilde; o que mal hice en nombrarla Mas cuando una pasión tuvo el dominio en sus palabras: la hermosura de Matilde; que nuevo imán de mis ansias, con dulcísima violencia, mucho más que inclina, arrastra. . Aguarda. Hacia aquí fue el ruido; Señora. Dame la espada de ese cadáver. Quién, yo? que llegue el diablo a tomarla, Pues apártate. Qué intentas? Dejar bien puesta mi fama. Pues está abierta esta puerta, entrad a ver. Qué os espanta? a cualquiera que atrevido este sagrado profana, sabe castigar así mi ira, mi ceño, y mi rabia; Si venís a socorrerle, llevadle, donde lograda vean mi venganza todos; pues no era bien se contara, que entró aquí con osadía, y salió de aquí con alma. Ay Lotario, si creyeses en mi aviso, tu amenaza! mas pues no tiene remedio, nuestra cordura nos valga, llevándole, donde vea, si el poco aliento restaura. . Señora, qué es lo que has hecho? Es, cuando Enrique me agravia, borrar contra él el indicio, dejando mi altivez vana, en mi amor, y mi decoro, curiosamente culpada. Y si esto te escandaliza, qué hará (ay de mí!) lo que falta, que añadir, al siempre infausto volumén de mis desgracias? Escándalo a la fortuna ha de ser; pues si cesaran los acasos peregrinos, y las novelas extrañas en el Mundo, de qué había de alimentarse la fama? Las mujeres como yo, solamente una vez aman; yo amé a Enrique, y perdí a Enrí- este suceso mañana (que: se sabrás viendo por él las iras resucitadas, entre los bandos antiguos, alborotarse la Alsacía. Aquí no hay más que perder, y supuesto, que criada en militaros manejos, y entre el horror de las armas, está el sejo en mi viciento; ven conmigo a la más rara empresa de amor, que dio nobles triunfes a su aljaba: Sea locura, sea capricho, sea ira, y sean cuantas cosas fueren, como no sea, el quedarme burlada, de un traidor, que con mi culpa quiere encubrir su mudanza: y pues ya sé su designio, y que es Matilde la causa de su fuga; y mi desprecio, veamos iras!, penas, ansias, riesgos, fortunas, desdichas, si en tan desecha borrasca, perdiéndose lo que queda, lo que se perdió, se gana. Astro purpúreo de nacar, Reina de todo Vergel, enciende el aire la rosa en ascuas de rosicler. A vuestras plantas heroicas. A vuestros invictos pies. Tenéis humilde, y rendido. Mas elevado tenéis. A un Príncipe de Bearne. A un Infante Portugués. Príncipes, vuestras Altezas, no así a mis plantas estén. Dónde, señora, mejor pudiera nuestra altivez de la humildad coronarse, sino a donde más se ven, al vacio de las plantas tantas flores suceder? pues en el contacto hermoso, su nieve encendió tal vez. , . Astro porpúreo de nácar, Reina de todo el Vergel. Adónde mejor podía, que a tus plantas, por tener tal basa, tal simulacro, colocarnos nuestra fes pues en el templo de amor el Idolo sois, a quien mil votivos corazones, anfiosos sabemarder, Dígalo el mirar, señora, que sen un partido clavel, mil Primaveras habláis, en las voces que vertéis; pues cuando el carmín del labio vuestra voz llega a romper, Enciende el aire la rosa en alevas de rosicler, De los Montes de Gascuña, pardos gigantes, a quien de nevada ancianidad, vio el Ivierno encanecer, y supo mal el Verano, en lo más ardiente de él, o sus canas destilar, o su edad desvanecer. En vuestro obsequio; señora, a solo no merecer vengo, que es mayor fineza el negarme yo cortés, aún la dicha del acaso, que aguardar a que me den su sentencia la fortuna, árbitro del mal, y el, bien; pues no solo el conseguir, pero aún me privó el creer, que es el fantástico alivio de algún infeliz tal vez, A las Playas dé Lisboa, donde al Occeano, ven tal vez lamer sus arenas, y tal sus rocas morder, llegó la fama, señora, de que venciendo también, en más floridas Auroras vuestra perfección, aquel siempre tierno, siempre dulce defecto, de la niñez. De la Corte de Alemanía, donde os criasteis, volvéis a Flandes a gobernar estos Paises, por ser hija al fin de Balduino, Varón glorioso, que fue ceñido en Constantinopla con el Césareo Laurel. Heredando, pues, su Estado, a daros el parabién, el Rey Don Dionis mi hermano, en muestra de su poder, entre los muchos, que aspiran en toda la Europa, a ser asunto a vuestra elección, que quien, cómo, yo, se ve tan indigno de ella, solo venir pudiera también a daros, que desechar, no a ofreceros, que escoger. Príncipes, con bien vengáis, estores cuanto a agradecer vuestras jornadas, y en cuanto al intento que traéis, el menor rigor, que puedo T usar, es no responder, aunque de esas pretensiones, no negará mi esquivez, que ignorándolas sé mucho, puesto que ignorarlas sé: Id a descansar: Adolfo, a los Príncipes, haced prevenir el hospe daje. Voy, señora, a obecer. . En agravio de mis ojos, con vuestra licencia iré a descansar de cegar, para tolerar el ver. A hurto de mi pasión, señora, procuraré de la ausencia en mi mamoria, vuestra beldad esconder. Ay Fabio! De qué suspiras? De ver, que vino mi fe, a donde no es el morir; camino del merecer, Ay Libio! De qué te quejas? De que ya experimenté en Matilde los rigores, que hurtar no supo el pincel. . Parece, que disgustada te dejan? No sé de qué; y porque lo veas, Porcia, harás, que manden poner las Carrozas, que hoy al bosque tengo de salir a ver en la diáfana Región tanto animado Bajel, a los Piratas de pluma, con que el viento infestaré, o apresadas, irse a pique; o heridas, dar al través. Voy, señora, a dar el orde. . Qué ay, señora, que te dé disgusto, en los rendimientos de uno, y otro amante fiel, que anhelando al adorar, no aspiran al pretender, y más, cuando aún no ha venido el Infante Aragonés? Para descansar contigo, no en vano a solas quedé. Ausentose Balduino, mi padre, y señor, a ser César de Constantinopla, en el mismo tiempo, que fue mi tío por Monarca jurado en Jerusalem, quedando yo niña en Flandes, en la Corte me crié del Gran César de Alemanía Enrique, que también es mi tío; porque mi Casa, a un mismo tiempo se ve ceñida del Oriental, y el Occidental laurel. Una tarde en su Palacio, por divertirme, bajé a sus hermosos jardines, en la estación fría, en que a mariposas de nieve, helados copos se ven quajar por hojas del sabee, por agallas del ciprés. Estaba un copioso estanque cuajado en el Parque, a quien por quitarle el mormurar, le quitó el Alba el correr, y a lágrimas d el Aurora, mordaza el rocío fue. Yo, que acompañada de otras de mí misma edad, vi en él un tríneo, o carro, donde suelen sentadas tal vez en las ondas resvalar, su breve Trono ocupé, La llaneza del Páis pudo dar licencia, a que por allí anduviese Enrique de Lorena, que cortés, a no estorbar mis solaces, se supo cerca esconder: apenas un breve espacio, por el nevado Vergél, cuanto en los aires corrí, en las ondas resvalé, cuando del peso oprimido, se empezó luego a romper de aquel rostro de Neptuno la mal congelada tez. Quién vio crujir los cristales, y en uno, y otro baibén, las tablas de agua, ha pedazos; rechinar, y estremecer? Yo en fin me iba a pique; cuando al clamar de aquel tropel de mis meninas, Enrique, entre dudar, y temer, de la verde celosía, dejó el frondoso cancel, y a las losas de cristal apenas ofrece el pie, cuando empezó a caducar el pavimento, y a ser piélago, lo que fue mármol, cristal, lo que roca fue. A nado Enrique llegó a mí, y asiéndome de él (porque no dio lo piadoso mas lugar a lo cortés) a tierra salí en sus brazos; y no fue la intrepidez de su arrojo, y mi defensa, lo que le llegué a deber: que un rústico, que llegara, lo mismo hiciera también; el no blasonarlo, sí; porque llegando a temer el enojo de mí tío, que callase le mandé. F estando tan desvalido del César, supo tan fiel este secreto guardar que no se valió su fe de acordarle a la fortuna lo que supo merecer, Esta bizarra hidalguía primero consideré, poco a poco encarecí; y en fin la estimé después, aunque es de Casa tan grande, como es pobre, no se ve en paraje de aspirar, a conquistar mi desdén; bien, que no me debe más, que el llegar a conocer, que no le iguala ningune, de cuantos al parecer de aquel cristal de mi mana, tienen hidrópica sed. Si yo. Ya están las Carrozas prevenidas. Vamos, pues; pero qué ibas a decir? Iba a decir, que está bien Enrique en el imposible, que sigue amante; pues de él, si no se acuerda tu amor, ya se olvida tu esquivez. Quien huye de una mujer, y quien se acerca a su amor, mucho corre. Sí, señor, más corre, que un alquiler. En Brúselas no he de entrar con el día, y detérmino en ese bosque vecino, de la posta descansar. Yo de la mía, mal trato descansar; porque sospecho, que todo un cordón me ha hechó los huesos del espinazo. Esta mi posta importuna, inútilmente la alabas, porque ella es soga de tabas, y no hace carne ninguna. Pero que fuese tan fiera, tu saña, señor, que no me permitieses, que yo esta Dama conociera? Si en nombrarla te me opones, allá en lo más escondido, procurarás de mi cido esconder bien tus razones; que solo el pecho procura; que mis afectos rendidos beban siempre los sentidos, de Matilde la hermosura, que en amoroses desvelos, a nueva pasión rendido, el primer amante he sido, que ha agradecido sus celos. Yo solo, señor, procuro el que salgamos de aquí, porque en el camino oí, que no está el bosque seguro. Qué temes? . Unos ladrones, que a un par de troncos de aquestos, nos dejen atados, puestos por cogotes los talones. Esa vil gente bandida, tiene cobardes aceros, Yo los temo, y Caballeros, venga el dinero, o la vida. Quién creyera, dura Estrella! ladrones en los caminos a la Corte tan vecinos? Pues no los hay dentro de ella? Ea Hidalgos, partiremos, aunque es bolsa de Soldado, por no llegar desairado a donde voy. No queremos. A tan grande grosería, solo esta respuesta hallo. Si no me apretara un callo, hoy vierais, mi valentía, Para, para, y pues llegamos hoy al número inferior, soc orrerá mi valor. Pues acude gente, hubamos, No los sigáis. Solo a vos debo en desigual batalla: mas qué miro! Enrique, calla, dejadnos, solos los dos, Venid, que cuando yo riño, iras este brazo ofrece, Gran gallina me parece, Astrólogo es, el lampiño. Enrique, ya me conoces, ya sabes, que mi soberbio espíritu siempre altivo, aún no se vence a sí mismo. Del acaso de una noche amor sabe, que no tango culpa, y aunque amor lo sabe, no se lo ha dicho a los celos. Dejo a parte, si anduviste, o no, como Caballero, en dejarme allí un cadáver, y venirte de mi huyendo; y aún paso, a que sea el furor disculpa del desacierto. El indicio, que tu hallaste, que fue terrible confieso, que no hay más disculpa, que es que soy quien soy, y te quiero. Yo te he de seguir, Enrique; pues siendo quien soy, no puedo contra mí misma olvidar, lo que una vez llamé afecto, No prosigas, Margarita, que un tan indecente exceso, tiene en mis obligaciones muy mal padrino; supuesto, que está a vista de la ofensa, infamándome el deseo. Esa fineza te estimo, pero no estoy satisfecho; y pues no puedo casarme contigo, saben los Cielos, cortesanías de amor, el noble engaño esforzemos: con cuanto pesar lo digo! con cuanto dolor lo siento! qué quieres que haga por ti, que cuanto intentes prometo, fuera de esto; pues no dudo, que me querrás, como creo, que muchas veces dijiste mas que desairado, muerto. Ea astucias de mujer, finjamos, disimulemos, y escondamos el valor, . con la mascara del miedo Enrique, ya que mi amor tan desgraciada me ha hecho, contigo, viven mis iras, que aunque a fingír me resuelvo, de fingira tanta humildad, aún entre mí me abergüenzo; desde aquí por no cansarte a nunca más verte vuelvo A nunca más ver, qué dices? qué hiciera Divinos Cielos esta voz en la que adoro, si asusta en la que aborrezco? no llores. Yo lloro? Sí. Te engañas, porque no es eso, sino sudar por los ojos el rabioso ardor del pecho: mas no harás por mí una cosa? Por la fe de Cabanero, que exceptuando lo que he dicho, cuanto me pidas prometo. No has de exceptuar otra? No, y solo el oírla espero: quien pudiera, Cielos Santos, echarla de si más presto! . No solo mano, y palabra me has de dar. Así lo ofrezco. Antes de oírme, Aí verás, lo que servirte deseo; y al verás, con cuanta prisa . echarte de mi apezezco. No solo mano, y palabra me has de dar, si no hacer luego pleito omenaje, de que porque cerrar no podemos a la fortuna aquel vario eslabón de los sucesos, V mientras no mudo de traje; por mi honor, y mi respeto, no has de revelar a alguno en público, ni en secreto, claro, ni oculto, que soy mujer. rto Pues di, para eso no fías de mi palabra? No, Enrique, que como vuelvo a mi patria despechada, para consolarme quiero ocultar mi deshonor, al conjuro del silencio: esto, señor, te suplico. Notables son tus intentos pero como ahora yo de mí la arroje, no acierto a discurrir, que esto tenga fin contra mí, yo lo ofrezco, y una mano entre las tuyas, y otra en la cruz de mi acero con todas las ceremonías, lo afirmo, juro, y prometo Lo has jurado? Sí. Ay de ti! que no sabes lo que has hecho. Si sé, pues sé que de ti jurándolo s libre quedo. No tanto, que Ay infelice! Acudid, acudid, presto, porque a Matilde el caballo despeña. Valedme Cielos! Matilde dijo, esta es la causa de mi desprecio. Señor. Señor. A una Dama desbocado un bruto fiero, a despeñarla volando la trae, hasta aquí corriendo. Y así a todas las Princesas de Comedia, pedir quiero borren del mundo estás cazas, que paran en su despeño. Qué aguardo, que a socorrerla no me arrojo? Y yo qué espero, que no voy a que no logre de la fineza el efecto? Vamos a nuestros caballos, porque no intenten lo mismo, Honra eres de los lácayos. Alentad prodigio bello, que en mis brazos: mas qué miro! Eso fuera a no estar viendo yo mi ofensa. Quita. Tú, en tus brazos, a otro dueño? vive Dios: ya me conoces, no obligues a que este acero, borre lo que le ha quedado a mi imagen en tu pecho. Nada le ha quedado. Aparta, . que yo usurparte pretendo, de los brazos tanta gloria. Ay de mí! Calla, que ha vuelto. Hacia aquí corrió el caballo. Qué voces son? más qué veo! Señora. Señora. Oh cuanto ha estado torpe el deseo en su alcance! Oh cuanto más corrió el bruto, que mi anhelo? En brazos de dos me miro, a cual la vida le debo? A mí, empiece aquí mi rabia a ir sembrando su veneno, válida de una noticia, que se ha ofrecido a mi ingenio; y ninguno habrá, señora, . tan vano, o tan desatento, que de fineza tan mía, quiera vestir sus obsequios, que aunque extranjero a esta Patria, apenas la planta ofrezco, hombres, como yo, no son en Patria alguna extranjeros. Don Fadrique de Aragón, soy, Infante de aquel Reino, y Maestre de Sántiago, en Castilla, donde oyendo a la fama, que de vos, aún no nos dijo lo menos, vengo a desmentir la fama con los ojos, pues solo ellos de soberanas Deidades, son el encarecimiento. En las Dunas di a la costa con naufragio tan deshecho, que solo a mí, y a un criado reservó; con que no puedo, hasta tanto que de España, venga, señora, el Correo, carta de creencia daros de mi hermano el Rey Pedró, de mi Religión la insignia, porque aún esto no dejemos, al reparo del curioso, oculta traigo en el pecho. Pues llegando derrotado, no juzgué, que fuera acierto ser conocido, hasta estar con pompa, y con lucimtento: a tiempo llegué a este bosque, que en el precipicio vuestro, ya que no de la amenaza, os pude librar del riesgo: fuera de él estabáis, cuando llegando ese Caballero, a quien pudo disculpar su poco conocimiento. Claro está, pues, que no había de atreverse a no ser esto, me dijo, esos brazos yo solamente los merezco; respóndile lo que había menester, que ahora no quiero, pues ya puse bien mi honor, blasonar de su ajamiento. Mi ajamiento, cuando? Enrique, mucho me admira el suceso; pues no habéis menester vos, si es que os acordáis, teniendo tantos lucimientos propios, vestiros de los ajenos. Yo, señora? Bien está: o cuanto, Lisarda, siento, que a mi peligro llegase otro socorro primero! Luego al Irfante veré, que aunque es tanto el parentesco, jamás nos vimos los dos. Que él no meditar con tiempo lo que jurava, me ponga en tan desairado extremo! Señora, mi adoración. Oh pesar! que esto esté oyendo? Basta Enrique, y vos seáis. Ni a hablar, ni ha callar acierto. Bien venido a estos Palses, donde ha días, que os espero por cartas de vuestro hermano, el Invicto Rey Don Pedro, que dice, que os enviaria, que yo, porque no me siento del susto bien reparada, volver a Palacio quiero. Lleguen las Carrozas. Ya, con nuevo contrario temo, que sea esta fineza más, en mí otro mérito menos. Amor, ya hay otro contrario; dame fortuna algún medio, de que pueda en mí la industria sufrir el merecimiento. Dime aleve, dime ingrata, la palabra, para esto me pediste, de que había de callar yo en mi desprecio? Vive Dios! Traidor, villano, quejas me das, cuando muero, de que delante de mí, con amantes rendimientos a otra Dama; mas por qué apela mi sufrimiento a la queja, cuando el traje me puso a mano este acero, con quien me deja llevar de la rabia de mis celos? Muere. Tente, o vive Dios. Qué es esto, señor? Qué es esto? Vive Dios! que con mi amo, es muy grande atrevimiento, Quita, pícaro. Eso no, señor, qué le tienes miedo? Pues tu pagarás mis iras. Volved a ver que es aquello, Señor no me dejes solo, que aprietan. De ti me ausento, porque mi furor quizá no me obligue a algún despecho. Qué es esto Enrique? pues co- así retirar os veo, (mo cuando aún en vuestro criado no cupo esa acción? Teneos. Jamás me he tenido yo, cuando hay quien se ponga en me- Yo retirarme, señora? (dío, Que me perdonéis os ruego y a vuestra presencia puede. agradecer, que resuelto, no diese a un tiempo mi enojo, el castigo, y escarmiento: o quién de vuestro decoro habló con poco respeto. Vos de mi decoro? Yo? Muy mal hicieráis, sabiendo, que hay en mí, quien os castigue. Y hay en mí, quien ponga freno a tan libres osadías? Si a otro responder no puedo, a vosotros esta espada. Pues cómo, decid, grosero, en mi presencia pasáis, de lo tibio, a lo resuelto? Yo sí. Príncipes venid. Ya os seguimos; advirtiendo Que no dicen bien Enrique, aquel temor; y este es fuerzo. Que el hablar mal es muy mala inscripción de un Caballero, Yo os responderé a los dos. Ay Lisarda! voy muriendo; quien creyera, que podía andar Enrique tan necio? Yo, que lo he visto, dichoso, y es camino para serlo. Dejarme ansi reñir solo, saben ustedes que pienso, en que mi amo es gallina, o mal me han de andar los dedos; Ah tirana Margarita! en qué desaires me has puesto! o hermosura! si en la varia República de tu Imperio, hidras produce el Amor, qué producirán los celos? . JONADA SEGUNDA

JORNADA SEGUNDA

Oye, no se escape amigo, echemos por esta Calle. Pues dónde vamos? Al campo. Y a qué me lleva? A matarle. Y a eso me convida usted, si quiera sin preguntarme si estoy de humor de reñir? Es un pícaro cobarde. Yo lo concedo, usted riña allá con quien lo negare. Con los hombres, como yo, donde se estila negarles todo aquello que preguntan? A donde no hay quien aguarde, sino es tinto en Señoria, a un lácayo preguntante. L. Pues yo le pregunto más de todo aquello que sabe? Lo que no sé te dijera, solo porque me dejases, hombre; y si a matar me llevas, no sea con armas tales, o mátame, y no preguntes; y si preguntas, no mates. Yo de mi amo no sé nada, y en sabiéndolo, es constante, que cuando no por chismoso, por criado lo declare; y así. Oye el mequetrefe, cuanto aquí supiere, parle; porque ya en el Campo, uno de los dos ha de quedarse. Uno ha de quedarse? Sí. No hay remedio? No. Pues Jaque, si uno es fuerza que se quedé, y ya no hay salida al lance, usted será el que se quede, y yo seré el que me escape. El Infante de Aragón, en la Galeria que cae al Campo, se está vistiendo; y viendo por sus cristales a los dos, de parte suya, me ha dado orde de que os llame. A mí el Infante? esto es hecho, él, viendo con el coraje, con que a mi amo defendí, me ha llamado para honrarme; él es Gran Señor en fin, máteme Dios con Infantes. Vive Dios que soy valiente, que el valor por sus señales, es un duende revoltoso, que anda bullendo en la sangre; y si ellos se lo han creído, yo con poner de mi parte el contar cuatro pendencias, hecho tengo lo bastante. Mi amo huyó, yo resistí; pues qué más para graduarme? y si el Infante lo cree, máteme Dios con Infantes. Vamos, y agradeced vos, que a este tiempo me estorbasen. Robertillo es gran gallina, y pues no pude sacarle, de cuanto me encargó mi ama, cosa que sea importante, vamos a hacer la desecha, vistiéndola entre Reales aparatos, a merced de las joyas, y diamantes, que a esta jornada trujimos; que aunque mi ama se vale de noticias, que en España adquirió, cuando su padre fue Embajador de los Duques; y aunque a todos los engañe con ser Infante, y Maestre, es imposible que tarde en haber quien la conozca, o en estar muy presto en Flandes el Infante de Aragón, que de Matilde es amante; y ay de ti Laureta cuando todo se desenmarañe: pero entre tanto, campemos. Decid, que otra letra canten mas triste, porque mis penas sus cláusulas acompañan. 1. Infelice aumenta Dido a su fugitivo amante, las ondas, con lo que llora, y con lo que gime, el aire. Diciendo entre quiebros de dulces compases, ráfagas te sepulten, ondas te traguen. Vuela la Nave, y las voces revocan en lo distante de los vientos los bramidos, de las ondas los embates. Diciendo entre quiebros, La bellísima Africana, con mil angustias mortales, anega en el Mar los ojos, por ir siguiendo la Nave. Diciendo, Callad, callad, que no quiero oír quejas lamentables de despreciada hermosura. 1. Qué furor pudo obligarte? Ay amor! cuando hallaré un alivio, en que me falten memorias de mis desdichas, recuerdos de mis pesares. No quiero saber que hay hombres de tan bárbaro dictamen, que desprecien hermosuras; y débanme las beldades esta atención, que no quiero, que aún en letras las desairen: no cantéis más. Aí está el Criado que llamaste. Supiste de él algo? No, porque el hombre, o no lo sabe, o es el Criado primero de pobre, que sirva, y calle, Entre. Entrad. Dios sea conmigo: ahora quiero encapotarme, por solapar de valiente el coleto del semblante. Deme, señor, vuestra Alteza a besar los pies. Notable traza de pícaro tiene. O lo que hace de mirarme! yo apostaré, que entre sí, al ver mis ojos mortales, de rufianes, y los hombros, desplomandóseme el talle, dice, de aqueste zoquete se cortaron los Roldanes. Alzad, no servís a Enrique? Como él, señor, es un Ángel, yo le sirvo cada día de estorbar que me le maten. Quién quiere matarle? Muchos, porque viven ignorantes de que mi brazo. El espejo. Le asiste. Bravo Gigante. El Enriquillo, señor, no está diestro, pero harase. Qué, tan valiente sois vos? A lo menos lo bastante, si se os ofrecen algunos, que al otro Mundo despache; y sino, señor, decidme, cuando la espada sacasteis con mi amo, y cuando él iba echando atrás los compases, mirad quien se os retiró, y quien se os puso delante. Que esto de Enrique se diga? Pónesle tú en el desaire, y lo sientes? Sí, que yo quiero con su Dama ajarle, mas con otros, ni en mi amor, ni en lo que le quiero, cabe; decídeme, no sabéis vos? si sabréis, como fue un lance, que Enrique tuvo en Lorena con un embozado amante, a quien mató? Ven aquí, porque no puede esmerarse nunca un Criado de bien en hazañas memorables; riñe un hombre, mata, y hiere, y luego el amo lo hace. Pues quién le mató? Quién, yo. Y vuestro amo? Al mismo instante le dio un mal de corazón, que creí, que le volase. Y ellos, puantos eran? Diez. El dice mil disparates. Raro valor! Pues aún no conocéis estos pulgares. Y era la Dama, decidme, hermosa? Ay, señor, un Áspid. La daga. Un demonio, un tigre, un troglodita, y un cafre. Hombre, que te clavas. Lindo, máteme Dios con Infantes. Pero es posible, que Enrique anduviese tan cobarde? Señor, es poquita cosa, yo hablo la verdad. Los guantes. Y en fin, qué mandáis, es cosa de que yo os desembarace el Mundo de algunos hombres? Solo tengo que encargarte. Qué? Pícaro, que en tu vida, de Damas de tu amo hables mal, ni de tu amo tampoco, donde yo pueda escucharte, que Criados como tú, de esta suerte han de tratarse. Ay. Seo Valiente, esos son de la matanza los gajes. . Ay desdichado de mí! de guapo vine a graduarme, y el grado en el frontispicio me han pintado con almagre. Plegue a Dios, Príncipe injusto, que en toda tu vida barbes, máteme Dios con Doctores, primero que con Infantes. Rapaz de tanta osadía, a mi amo voy a quejarme, aunque en el Palacio mismo con la Condesa le halle; y no tanto de la herida, que aunque fuese penetrante, como al fin mi sangre es vino, se me lava con mi sangre, cuanto del atrevimiento de introducir ejemplares, siendo el Príncipe primero, que no gusta al levantarse de oír a murmuradores, y vestirse con truhanes. Los casos dificultosos, y con razón envidiados, empiezanlos los osados, y acábanlos los dichosos. Oh cuanto la pena mía, dice el acento veloz, parece, que fue la voz eco de la fantasía. Enrique pretendería, bien claro está, el haber sido quién me hubiese socorrido, y el que pudo ser dichoso, llegó por más presuroso, y no por más atrevido. Y supuesto, que el acento, con dulcísima armonía, es a tanta duda mía vago oráculo del viento, diga otra vez el concento en ecos armoniosos. , . Los casos, Astro en verde firmamento, la rosa, que es presumida, a los soplos encendida, ascua fragante del viento, bien pública su contento, al veros hollar, señora, este jardín, donde ahora, entre risueños verdores, vais enjugando a las flores las lágrimas del Aurora. Que ignorabáis vos creyera, que yo estaba aquí. Por qué? Porque el saber que bajé a ocupar su verde esfera, mas causa a no entraros diera, que a entrar. Si hiciera, si el viento disculpa a mi atrevimiento, no diese la voz sonora. Cómo? Cómo sé, señora, que habla conmigo su acento; yo algún peligro intenté, y aunque dichoso me vi, solo no lo consegul, porque no lo blasoné; en el primero callé, y olvidasteis mi ventura, ya mi silencio me apura; y si el segundo no callo. Cuál segundo? El del Caballo. Aún dais en esa locura? Locura pienso que ha sido; pues si se llega a entender, qué más locura, que hacer locuras un desvalido? Mal un Joven atrevido puede competirme a mí. Por qué? Porque no creí, que hay igualdad en los dos. Ni yo creyerá de vos, que de otro hablaseis así: Lisarda, siendo entendido, . como en este hombre se ve, tal novedad? Nunca fue mas discreto un admitido. Bien lo que yo he respondido, señora, os descifraré, si escucháis. Yo escucharé. Ansias locas, donde vais, si hablar no podéis. No habláis? Atended, y os lo diré: yo. No ha de entrar. Si así pasa, de su Alteza, tengo de ir al estrado, por decir, que hay sangre mía en su Casa. Qué es esto? Que me traspasa de parte a parte la vida, y así es fuerza, que yo os pida justicia contra un malvado, Infante que ha vinculado en mi cabeza esta herida. Roberto, qué es eso? Nada; pues imaginas que es chasco la calabaza del casco, trae menos una tajada. Quién te dio? Quien más te enfada; pues ese Infante, infernal Aragonés, porque mal de mi hablar se satisfizo juntos los sesos, me hizo en tu nombre esta señal. Pues qué le dijiste? Allí, yo no sé los que pasó, él solo me sacudió, porque hablaba bien de ti. Si no te vengangas así, es una grande maldad, que a ti te ofende en verdad, quien tus criados maltrata; y de este chirlo, pro rata, te toca a ti la mitad. Vete, infame. No cruel amenaces mi cabeza; que he de quejarme a su Alteza, pues no te atreves con él. Cómo traidor? cómo infiel? El otro medio inhumano, y tú más duro, y tirano, me amagas con otro zas, y aún no ha pasado lo más, qué ahora falta el Cirujano. . Esto, Enrique. Ay ansias mías. Os deja tan reportado? Qué tibio el Enrique ha estado. Tienen los valientes días. Ay, si tantas fantasías se llegaran a entender. Pues decid. No puede ser. No me veis dispuesta a oír? No lo puedo yo decir. Ni yo lo quiero saber. . Quién creerá, Cielos Divinos, sino es que en las penas mías, se ponga a fingir novelas de artificiosas mentiras. Quién creerá lo que en mis penas hoy la fortuna examina, haciéndolas verdaderas, mayores que las fingidas. No ignoro yo, que en el Mundo otra novela está vista, de que otra Dama, también despechada, y ofendida, en habito varonil, a un hombre ofenda, y persiga, hasta dejar en su rostro, de la mano cristalina, las cinco letras de nieve, vergonzosamente escritas, que las tragedias de amor, por mucho que se distingan en el todo, como hermanas, en algo son parecidas; pues aún la naturaleza, con dibujar cada día tantos rostros, en el uno facciones del otro pinta, y nadie dirá por eso, que son una cosa misma; pues pudo allí aquel amante mostrar a cuantos le miran, la candidez de la mano, dando a entender, que las iras de blancas manos ofenden, menos de lo que lastiman: pero yo sufro desaires de esta aleve, esta enemiga, sin poder decir quien es; pues a callarlo me obliga, con el jurado homenaje, la palabra prometida, no faltará quien replique, que obligarme no podía palabra contra mí, en lance, a donde mi honor peligra. Pero esto dejando aparte, ser dudoso, y que no admitan lances de honor en un noble, despura, o sofisteria, pues lo debe mirar antes: no es solo lo que más insta el secreto, sino que es mi deuda Margarita. Y ya que por su altivez, no es posible corregirla; pues por amarme, no es bien, que yo la quite la vida, qué bien puesto está mi honor, si sus locuras pública, estando tan enlazada su estimación en la mía? A esto añado, que si yo digo quién es, fe concita contra mí, de deudos suyos, la numerosa Familia. Y no habiendo de casarme con ella, porque fería, sobre declarados celos, acción de mi sangre indigna. Dejar mal puesta a una Dama, es villana grosería; y tal, que aún mi entendimiento se corte de discurrirla: cosa contra su decoro, no he de decir, que de altivas hermosuras, Caballeros, cualquiera acción poco digna, o la ignoran, o la saben, para callarla, o sentirla. Estar sufriendo desaires de la Condesa a la vista, si es valor de la paciencia, es temor de la osadía. Cualquiera discurso falta; pues si de aquí se retira mi amor, creyendo que es hombre esta tirana, confirman con mi ausencia, mi temor: si aquí prosigo, peligran mi punto, y su honor; pues donde discurso hallaré salida? Pero en tan extraños lances, donde la razón delira, es gran artifice el tiempo, él lo calle, o él lo diga. Habiendo te visto, aunque te estorbe la compañía de tu soledad, y aunque en soliloquios impida aquellas mudas ideas, que oyes a tu fantasía; pues estás solo, no quiero dejar de hablarte. Enemiga, tirana, cruel, aleve, no basta que me persigas, desairando mis finezas, sino es que también valida de lo que juré, en tu obsequio; mi honor ajes, no podías dejar libre mi opinión del tosigo de tu envidia; qué es tu intento? No dejar, que queja tan mal nacida, a costa de lo que agravia, a la que me ofende, sirva. Tú no me agraviaste? No. Yo no lo escuché? Es mentira. Quién afirma tu verdad? Solo mi verdad la afirma. Testigo una vez tachado, no hace prueba. No prosigas, o pide a tu sentimiento alguna frase más digua, que yo sufriré tus quejas, pero no tus demasías. Desde aqueste mirador, a quien tanta entretejida confusión de yedras, labra mil frondosas celosías, y a quien el sútil aliento, del céfiro, con activa, fresca impaciencia rebuja la gualda de sus cortinas, veré si Enrique ha dejado el jardín. Si no ser vista quieres, retírate un poco, que allí Enrique, se divisa con el de Aragón, hablando. Si tu discurso, una tibia satisfacción, aún no encuentra para cegar la infinita perspicacia de unos celos, que para penas creídas, mas allá de lo que van transciende lo que imaginan; y más, cuando el pecho mío el logro te facilita, cegando yo mis discursos de parte de tus mentiras; qué intentas? Guárdate un poco, porque en esta Galeria, el fresco viento, que al verte, en estas hojas suspira, sopla algo recio, y las hebras de tu cabello esparcidas, a brácanes de oro forman, de Ofir tempestades ricas. Aire hace, pero no importa; porque hasta que se dividan los dos, de quien temo lance, no me he de quitar. No finjas, ni para mudanzas tuyas, imagines culpas mías. Una cinta voló al aire, yo no lo previne. Mira, que a Matilde he visto, y de ella, en sus rayos encendida, Yris listado de nácar, corona el viento, una cinta, y en el suelo. Ella mirando . está el favor, suelta. Quita. Mal haya el acaso, ven, no te vean, Ya me obligas a un despecho. Qué despecho? Oyendo vuestra porfía. Viendo vuestra competencia. Mi ardimiento determina. Detérmina mi valor, con heroica bizarría. Cobrarla luego de aquel, que de los dos la consiga. Saber, viendo quien la gana, a quien tengo de pedirla. Esto es ya de otra materia: toma Enrique, que sería poco garbo desairarte yo, cuando hay quien te compita. De Enrique habéis de cobrarla, advirtiendo, que si aspira a eso alguno, yo a su lado tengo de perder la vida. Poco ha mostrasteis tanto odio, y ahora tanta hidalguía? Sí, y pues en otra ocasión, dije, que respondería de los dos a la arrogancia, ved donde queréis que os siga; Venid pues. Venid conmigo. Porque la cinta. Qué cinta? Ninguna, señora, Ahora disponga mi industria altiva, que el favor vuelva a su mano, por lo que Enrique peligra, y aún por lo que yo lo siento. Estando yo divertida en ese balcón, cayó una cinta, entenderian que era tuya, y la pretenden. Supongo yo, que a ser mía, nadie la alzara del suelo; pues fuera muy atrevida licencia, un despojo mío, llevar, ni aún para reliquia. Pero porque de mis Damas, lo que el viento desperdicia, no por alhaja del viento, a esperanzas se permita: quién tiene la prenda? Yo. Dadmela. Mi fe os suplica, no mandéis eso. Por qué? Porque yo no aspiraría, señora, a llevar descuidos de tan alta jerarquía: del suelo la alzé obsequioso, solo por restituirla; pero no me atrevo, cuando sé que hay otros que la pidan: y así habéis de perdonarme, que en esta ocasión, no implica, que pase mi inobediencia plaza de cortesanía. Eso no permito yo, que si entonces la cedia, . fue solo, porque a su dueño vuestro afecto la destina; pero ahora sabré cobrarla. A mí lo mismo me dicta mi valor. Y a mí. Pues eso, . también hay quien lo resista. Quién? Yo, que a su lado siempre me habéis de hallar; qué querías, traidor, quedarte con ella? Si os escucho suspendida, es, porque dudar procuro, si esto sucede a mi vista: Enrique, dadme esa prenda; pues como vuestra osadía contra mi gusto? Señora, P sustan vuestras iras, DIRRO que el corazón en el pecho, cuando sus alas ventila, en los temores que late, mudos respectos palpita. Tomadla, pero advirtiendo, que no es fácil que se rinda a otro que vos, esta prenda; y quien a cobrarla aspira, aún tiene en pie la ocasión, si advierte su bizarría, que quien me quita la prenda, la vanidad no me quita. . Qué altivez tan rara! Qué soberbia tan desabrida! Porcia, da esa cinta al fuego, porque no vuelva a mi vista; y al haja que fue del aire al aire vuelva en cenizas. Solo eso pudo estorbar, bien, que el empeño cesase, que mi valor intentase su soberbia escarmentar. Por ese respeto cedo, remitiendo a otra ocasión tomar la satisfación. Caballeros, quedo, quedo, y supuesto que yo oí lo que los dos resolvéis, mirad a donde queréis tomarla de él, y de mí. De vos, por qué? Porque yo no he de faltar de su lado. Si en el empeño pasado, tanto a Enrique desairó vuestro ardimiento, qué os va en quererio defender? Eso, yo lo puedo hacer; pero ninguno lo hará. Siendo los respetos míos, de primo, a vuestro rigor, siempre ha debido mi amor, Fadrique muchos desvíos; qué motivo os empeñó por Enrique en responder? Porque nadie puede hacer todo lo que hiciere yo. Lo que hacéis, es evidencia que hará otro. Con él, no, porque no soy hombre yo, que hago a otro consecuencia. Esa es arrogancia loca, que ofende nuestro poder. Y eso es quereros meter vos, en lo que a vos, no os toca. Pues porque acortando vamos questión, que superflva es, detrás del Parque, a las tres, Enrique, y yo os esperamos. Allá estaremos los dos. Pues allá a los dos espero. Y en tanto que habla el acero, quedad con Dios. Id con Dios. Príncipe, estás tan cabal, y también lo sabes ser, que aún la vista ha menester antojos de memorial; para mirarte, señora; pero más habiendo dado en ser tan embelesado galán de Palacio ahora; que estás entre nobles miedos bebiendo idolatra enojos, escuchando con los ojos, suspirando con los dedos. Has visto a Enrique? Severo queda con muchas pasiones, bebiéndose los balcones. Pues dile, que aquí le espero, y que es fuerza hablarle. A mí? Qué temes? Que su ira ciega vengue en mí, por Dama lega, lo que no ha podido en ti. Anda, necia. Voy. Amor, como me podré entender, si hallo, que este aborrecer, solo es querer con furor? Aunque a Enrique ha desairado mi fino amor ofendido, le pretende aborrecido, pero no le quiere ajado: y solo mi pena fundo, en que de Enrique la fama, le malquiste, con su Dama, solo, más no con el Mundo. Qué es lo que quieres, que aunque de mí vive aborrecido tu semblante, que otro tiempo llamé dulcísimo hechizo, oyendo que me llamabas, vengo, porque no he podido olvidar en mí lo atento, cuanto he olvidado lo fino. Laureta, apártate un poco. Ya tenemos secreticos? mas que hay mal de corazón, si hay palabras al oído. Enrique, atiéndeme un poco, pues de tu honor no me olvido, y toda mi razón haga treguas, una vez conmigo. Fernando de Portugal, y Gastón de For, altivos, a ti, y a mi nos aguardan en el frondoso Retiro de esos alamos, que al Parque doseles tejen floridos: este es el sitio, la hora las tres, y así te lo aviso, para que vamos los dos. Qué dices? Lo que has oído. Qué es lo que quieres de mí, di, mujer? hah pretendido la bárbara Anothomia de tu curioso capricho, examinar, cuanto pueda, el ánimo más invicto de un hombre, apurar el raro empeño de un desvarío? Pues qué hay aquí que te ofenda? Pues como cabe en mi brío, ni que riñas a mi lado, ni que otro riña contigo? No conoces mis alientos? Ya conozco tus delirios, y sé, que mi entendimiento, o mi valor, o mí juicio, ya no son, por Dios, bastantes a enmendarlos, ni a sufrirlos. Mira, que estás ya muy necio. No estoy, si no muy perdido; qué dijera de mi el Mundo, pues tarde, o temprano, es fijo, que ha de revelar el tiempo, el extrañó, el nunca visto, traidor, despechado, injusto, enredo de tu artificio? Qué dijera de mi el Mundo; en sabiendo, que he salido con dos Príncipes tan Grandes; a esgrimir airados filos, de que llévase a mi lado Dama, que mi Dama ha sido? y tan mi Dama, que Esto, pues están ya prevenidos, no tiene remedio. No me obligues, que vengativo, perdiéndome en ti el respeto, que yo me debo a mí mismo, llevado de la apariencia del exterior adoptivo traje, te dé muerte. Eso, no es tan fácil de cumplirlo, que yo nada temo, puesto, que ya te dejo instruido de hora, y sitio, a Dios te queda, que en él, mostrar detérmino mi valor, y cumpliré con decir, que te lo he dicho: Laureta, a Enrique no pierdas de vista, dándome aviso de donde quiera que vaya. . A observarle me retiro de lejos todos los pasos. Hados crueles, o impíos, habéis de agorar en mí todo el influjo maligno de tantos Astros, ardientes lunares de esos zafiros? Entre cuantos la fortuna, artificiosa ha tejido aquel lazo, eslabonado de sucesos peregrinos, habrá hombre tan desdichado, a quien le haya sucedido lance tan terrible, como ser segundo, o ser padrino de su misma Dama? trance de público desafío; mayormente, cuando ella saldrá, y si yo no la asisto, la dejo al riesgo de entrambos, Si a salir me detérmino, como he de consentir, que ella riñendo esté al lado mío, ni que otro rifia con ella; y más sabiendo; que ha sido todo el duelo por mi causa: qué he de hacer, Cielos Divin que hidras mis discursos hallan un abismo, en otro abismo. Enrique? Qué se os ofrece? loco estoy. Ya os habrá dicho el Infante de Aragón, como hoy quedó prevenido cierto lance. Ya lo sé; ya se cerró este camino, aunque quisiera negarlo. Pues habiendo ahora oído, que está tarde la Condesa sale al Campo, he discurrido, que siendo el paseo del Parque su más frecuentado, sitio; y siendo este el mismo, que para el cómbate elegimos, ha de haber muchos estorbos; y así habiéndoos aquí visto primero, que al de Aragón, me pareció, preveniros, que otra palestra elijamos menos pública. Imagino, que a mi duda ha descubierto ese acaso algún alivio: bien me parece el reparo, y podemos encubrirnos mas bien de los pasajeros en este bosque vecino hacia el camino de Gante; pero llevad advertido. Qué? Que yo os elijo a vos. Yo la elección os estimo, la hora será la misma, avisad a vuestro amigo, por que no perdamos tiempo, que yo le avisaré al mío. . Ea corazón, alentemos, que de otro semblante vino ya el lance; porque sin darle a Margarita el aviso de esta novedad, pues ella ha de acudir a otro sitio, al Príncipe de Bearne, con este propio motivo citaré a otra hora; y en este puesto; con que detérmino, teniéndolos de esta suerte a todos tres divididos, que esté libre esta tirana, y los dos riñan conmigo. El Príncipe este os envía. Esperad, qué mal me ánimo! porque temo, que este acaso, desbarate mis di ignios. La Condesa baja al Parque, y así, como desafiado, elijo, que nos mudemos al bosque de Gan- te; pues el reparo está tan ala vis- ta. Advirtiendo, que tengo mu- chas causas para elegiros a vos mas que a Fadrique, a quien da- réis este avíso, como yo al de Portugal: Decidle a Gastón, que yo le obedezco. . Papelicos de los dos, para los dos, y otras cosas, que yo he visto, yo daré el aviso luegó a quien procure impedirlo, . Ya se cerró a mi fortuna, aún aquel breve reiquicio de claridad: quien creerá, que el uno hubiese elegido el mismo sitio, y la hora misma, que el otro previno? mas quien no lo creerá, viendo que contra un pecho afligido, conforman en los acasos, los discursos desunidos; qué he de hacer, ya que los dos juntos a una hor a, es preciso, que esperen, con que no puedo en dos puestos dividirlos; ir a reñir con entrambos, es ir ya de conocido, a no reñir con ninguno, demás, que por mi enemigo escogí yo al Portugués, y a mi Gastón me ha escogido; pero como Margarita no esté allí, de qué me aflijo salir a reñir con dos? en fin, ya es caso más visto; a quien podrá prevenir alguna salida el brío? y en fin este es de dos males, tosigo el menos nocivo; yo voy al sitio, en que aguardan yerrre, o no yerre, el capricho, cumpla yo mi obligación, y haga fortuna su oficio. Esto a Enrique le previne. Yo por un papel lo mismo le avisé, habiéndome amí ese reparo ocurrido; pero Fadrique. Y a él le habrá dado el propio aviso; bien que en Fadrique reparo, que siendo cercanos primos los dos, y en los intereses de la patria tan unidos, o sea porque a los Flamencos mas inclinados ha visto a mí, o por ser de Matilde pariente tan conocido, por la Casa de Borgoña, que ya el pueblo antojadizo me llama Conde de Flandes, ha usado tantos desvíos con migo, que si pudiera persuadirme a un desatino, lo hiciera. Y qué es? Que no es Fadrique. Extraño del irio! En esto de los retratos no hay que creer, porque he visto a industria de los Pinceles, sin quitar lo parecido, quitar lo feo a un retrato; y si señas averiguo de algunos suyos en Flandes, y en Portugal esparcidos, solo le dan aquel aire, de lo joven, y lo lindo, mas hasta al Correo de España (me. disimular determino. Si he tardado, perdonad. Supuesto que a Enrique sigo, y aquí le dejo, a mi ama, voy a avisar en dos brincos. . Hombres, como vos, no tarda, aunque al siempre heroico invicto valor de vuestro ardimiento, tarde le haya parecido, Cómo el Infante no viene? Como solo está en mi arbitrio, venir donde soy llamado, con mi persona he cumplido. Aunque tanto en ella viene, aguardar será preciso al Infante. Para qué? yo convidado no he sido a aguardar, sino a reñir; y pues están deslucidos frente a frente, y en el campo ociosos dos enemigos, tome después lo que hallare el que no hubiere venido. Eso sabré yo estorbar, que Fadrique es hombre digno de hacer mucha cuenta de él, para cualquiera partido, que elijamos, demás de eso estamos dos. Ya lo miro; pero supuesto que yo a traerle no me obligo, y del campo no me puedo volver sin haber reñido. lidie el uno, y toque al otro ser Juez. Yo no lo resisto, y más tocándome a mí, pues vos me habéis elegido, reñir con vos, que no puede lidiar Fadrique conmigo. Es verdad, y así a las manos. Deteneos, que yo lo impido con más causa; se os acuerda, que en el papel que os he escrito os elejí yo? No puedo desmentir ese testigo, Yo os he proyocado a vos? Vos a mí, y debéis cumplirlo; pues para elegirme a mí, suponéis algún motivo. Bien decís, Fernando, mas a vuestra razón me inclino. La mía. La mía. Tened. A qué mal tiempo ha venido; ya no hallo salida al lance, corra a cuenta del destino. Aunque quejarme pudiera, de quien con doble artificio burla mi valor, mudando, sin que yo lo sepa, el sitio: dejaré para después, de este desaire, el castigo. Yo a Enrique previne, que os avisase. Y lo mismo, yo en un papel le prevengo. Ya sé, que es traidor amigo, mas primero es nuestro lance. Apenas, Cielos, respiro, porque me está el corazón rompiendo el pecho a latidos. Vamos, pues. Teneos, señor, o cuán sin aliento finjo! Qué queréis? No nos cansemos; yo no sé lo que me digo, que vos no habéis de reñir. Parece que estáis sin juicio, a mí esa proposición? Ese parece designio de estorbar el lance todos; pues nos lo arguye, el indicio, de venir primero solo, y ahora querer impedirnos, Que esto pase por mi! Vamos. Que os reportéis os suplico, que vos no habéis de reñir a mi lado, ni conmigo; y mirad, que. Quita. Aparta. Pues el que fuere atrevido a ofender a su persona, pasará por estos filos. Yo riño con mi contrario. Yo hasta encontrar con el mío, con quien se pone delante. Yo al lado de Enrique riño. Ea fortuna, pues no pude estorbar su precipicio, muera yo, antes que la ofendan. Hacia allí se escucha el ruido. Gente llega. Solo en eso anduvo el hado propicio. Caballeros, deteneos. Déjenles, que por mi alivio, al Príncipe de la daga, le den si quiera otro chirlo. Que bien hice en avisar. Mi ama anda en estos pasitos, quizá la hará escarmentar el aceite de aparicio. La Condeia, Enrique, os llama, conmigo venid. Qué he oído? sin nosotros, no va Enrique, Si todos comprendidos somos, por qué él solo? Porque a Madama ha parecido, que en él, como en su Escudero, pueden tener más dominio sus ordenes. Deteneos, que son tan ejecutivos los preceptos de Madama, que sin ellos no hay arbitrio, para obedecerlos, qué será para resistirlos? ̱. Pues si vais preso, quien duda, si es de todos el delito, que todos con vos iremos. Solo el orden que he traído, es para Enriques vosotros, lo que más fueréis servidos podéis hacer. Vamos. . Vamos. Cruel fortuna! Hado impío! Cuando de tantos pesares? Cuánto de tantos martirios? Saldré, en este debaneo? Saldré, en este laberinto? Dónde cada aliento, aguarda el último paralismo. JORNADA TERCERA

JORNADA TERCERA

Ya Enrique está aquí. A tus plantas, rendido estoy, aunque siente mi lealtad, que lo atractivo, a casi violento suene, quitando en lo precisado, el mérito a lo obediente. Y todos con él venimos; pues de culpa, que merece vuestras dulces iras, todos intentan ser delincuentes. Y pues un decreto vuestro, a todos nos favorece, Y pues un mismo delito nuestra osadía comete. Si a todos alcanza el orden, todos señora obedecen. Alzad, Enrique, del suelo, y no por tan imprudente me juzguéis, que imaginase, que en vos ejercer pudiese mas dominio, que el dominio común de mis altiveces; que aunque la fortuna escasa, altos estados os niegue, a lo mucho que nacisteis, tratamiento igual se debe, que el de cuantos soberanos, desde su primero oriente, a merecer lo que nacen, nacieron lo que merecen. Hecha a todos esta salva, para que ninguno piense, que en lo irritado le quito, circunstancia a lo decente; Qué cosa es, que habiendo dicho yo, que vuestro duelo cese, vuestro duelo se prosiga? y más por prenda; que fuese desperdicio de mis Damas? Agradeced, que no quiere acordarse mi rigor, de que yo os mandé prudente, que cesase el duelo, mas baste, para que me vengue, por más que el castigo olvide, que del delito me acuerde. Hijo, señora, he nacido, aunque segundo naciese, de Gofredo de Lorena, legítimo descendiente de Godofre de Eulión, vuestro tío, en cuyas sienes, el laurel de Palestina, aún más que ciñe, florece. En fe de vuestro escudero, desde mis tiernas niñeces serví al Cesar vuestro tío en tantas guerras crueles, contra los Lombardos libres, y los Ungaros rebeldes. Que aún escudero mandéis prender, qué violencia tiene, para que en lo cortesano, lo Soberano se honeste? Que no cometí delito es claro; pues no hay quien niegue, que retado un noble, nunca excusar el duelo puede, y más noble, como yo, a quien vieron tantas veces, las Águilas Imperiales, de sus Tropas a la frente, de tantas rebeldes vidas, dejar cansada la muerte. Todo esto, señora, he dicho, porque si tal vez hubiese mostrado alguna templanza, habrá sin duda accidente, que a ello obligue, y solo el tiempo ha de ser quien lo revele, que aunque este lo sabe todo, hasta sus plazos no suele estar de humor de decirlo; y es, porque a los hombres quiere, que cada noticia suya, un poco de vida queste. Ya Porcia, está Enrique airoso, Príncipes si algo pudiere con vos mi ruego, ha de ser, que cualquiera duelo quede, o suspenso, o concluido; porque impropio me parece. que Príncipes, que han venido, a tener mi Corte alegre, tengan mi Corte confusa, de sus facciones pendiente. Todos venimos, señora, a hacer con todos solemne aquel término dichoso, que gobernar os concede vuestro Estado. Haciendo solo, que nuestro afecto festeje vuestra edad, que el tiempo ufano la dilate, y no la cuente. Pero ay, señora, unas cosas, que tan sin pensar suceden, que desde la discreción judiciaria apenas puede o verlas el prevenido, o evitarlas el prudente. Con todos mi amo se tira; pero vive Dios, que teme el rapagón de la daga, ahora conozco, que tiene en aquel que las recoge, su alguácil cada valiente. Guardeos Dios, que me retiro, porque mi Consejo viene a una consulta. s , Los Cielos vuestras Auroras prosperen. Ved Enrique, en que os servimos, puesto que esfuerza que queden vueltros afectos tan unos. . Ved Fadrique, que aunque fueseis tan ingrato a mi cariño, seré vuestro, o quien pudiese con el Correo salir de esta duda! Cuando deje a Enrique, os buscaré Infante. El Cielo con bien os lleve. Dejadnos solos vosotros. Pues nuestro duelo pendiente dejó, venga a concuirle. Hombre, o demonio, o quien déjame, que en la cabeza (eres, tengo un costurón de a jeme, porque un Cirujano a puntos la cabeza me remienda; y doy palabra de que despierto, y dormido sueñe, al Príncipe de la daga, machacador de mis liendres, Amor, pasemos a intentar un medio, antes de usar del último remedio, adondo sea, si el valor me apura, escándalo del mundo, mi locura, Estarás, Margarita, ya cansada, de perseguir cruel, y despechada, mi opinión, y valor, di, qué es tu intento? pensarás más locuras? Oye atento: pensaré, mi señor, mi bien, mi esposo, perdóname si oyeres desdeñoso, al dulcísimo nombre; que le he dado, que como el labio está tan enseñado, a decirlo, sin ver, que a ti te agravio, rebosa el corazón el nombre al labio. Pensaré en suplicarte, que repares quien soy, quien eres, que mi honor ampares, pues sabe Amor, que en nada soy culpada, pero mal digo en nada, en mucho fui culpada, si se advierte, que mi mayor delito, fue quererte. Por ti perdí la patria, y por ti he dado, un escándalo tal; por ti he dejado al vulgo mi opinión, fiero enemigo, y es la mayor crueldad, que hice conmigo: adónde volveré yo despreciada? qué haré desamparada, mísera, y afligida? si he de ir ha donde soy tan conocida, como en mi Patria bella? ni qué haré peregrina, fuera de ella? y lo que siento, con dolor extraño, es, que se llegue a conocer mi engaño. Pues de Matilde; amante, a Flandes de Aragón, vendrá el Infante, que por tener de España aqueste aviso mi astucia entonces, quiso valerse de su nombre, habiendo sido el Infante de mí, bien conocido: cuando mi padre en Aragón enviado, de Godofre a su Rey dejó alistado, para la liga de la guerra santa, que llora Egipto, y que la Iglesia canta. Mi vida, y mi opinión tengo perdida, duélate mi opinión, y no mi vida, antes Enrique ingrato, que tu vil proceder, tu falso trato, me obliguen a emprender otra locura, en que librada tengo mi ventura, y será la mayor, que hayas oído; pues mi honor ofendido, si llega a despeñarse, solo en tu mismo honor ha de vengarse. Qué violenta, que estaba la blandura en ti, que forastera la cordura; pues lágrimas que éxhala tu belleza, equivocan la ira, y la terneza. La palabra te dide ser tu esposo; pero tu trato falso, y alevoso, de ese vínculo pudo exonerarme, pues celoso no tengo de casarme, y acreditar tu amor, poco aprovecha, cuando no desvaneces mi sospecha; sospecha dije? inadvertencia rara! mejor dijera, mi evidencia clara. En dejar tú, tu casa, es asentado, que ni cómplice fui, ni fui culpado; y en cuanto de ese traje a la indecencia, aún es acreedora mi paciencia, cuando tantos ultrajes te he sufrido; siendo así, en qué he faltado a lo debido? cuando lo que juré, que no debía, tengo observado, tan a costa mía, ni puedo reprimirte, ni mi cordura pudo corregirte, ni yo debo matarte, con que en nada a tu ruina he sido parte, y en nada de servirte me desvió; para que salgas de este desvarío, como no sea en pretender mi mano, que por el alto Cielo soberano, que me ofendo, me irrito, me apasiono, me enojo, y precipito, de que tu astucia intente, que otro favorecido. Enrique, tente: ea valor arrogante, ya que no hay otro remedio, del último nos valgamos, pues ya pensado le tengo. Viven los Cielos Divinos, villano, mal Caballero, que has de saber que hay valor en los feméniles pechos, para castigar traidores; empiece el último esfuerzo; a donde lo oiga Madama: muere villano. Qué es estó que haces, aleve? Matarte, saca traidor el acero; y no vistas al temor de tibiezas del respeto; porque si no, vive Dios; que te dé muerte indefenso; Mira. Traidor, nada miro. Pues ya con el escarmiento, de que otra vez mi templanza se vio indiciada de miedo, la sacaré por defensa; bien, que a mi valor protesto, que solo intento templarte. Y yo arrancarte del pecho la falsedad, con el alma. No te acerques. Ved, qué es eso? Qué es esto? teneos Enrique. Qué es esto? Infante teneos. Qué es esto, Príncipes? como repetido aquí el empeño, más allá de mi decoro llegó vuestro atrevimiento? Serénísima Matilde, a quien los hados hicieron; de Flandes, y de Bravante Condesa, y Duquesa a un tiempo, Hija del Gran Balduino, Emperador siempre excelso de la gran Constantinopla; y sobrina del Supremo Enrique, Rey de Romanos; porque en el linaje vuestro; el que es término del Mundo; aún no lo sea de su Imperio. alustre Gastón de Foj, gloriosísimo heredero de Bearne, aquel antiguo padrón de los Pirineos. Fernando de Portugal, hijo de Sancho el Primero, y de Enrique de Borgoña; dignísimo heroico nieto; todos me escuchad, que a todos os he menester atentos. Don Fadrique de Aragón, los demás títulos dejo, pues donde es preciso, mas que la grandeza, el esfuerzo, fuerza es, que de lo Señor, se aparte lo Caballero; hecha a todos esta salva, delante de todos reto de villano, y de traidor a Enrique. Llegó el despecho. al último grado. Y pues vuestra grandeza os ha hecho, Soberana en los estados, sin dar reconocimiento. a potestades humanas, de dependencia, o de feudo; y es ley de los Soberanos, que concedan campo abierto, y seguro, al agraviado, que llega a valerse de ellos. La causa que doy, señora, para nuestra lid, supuesto, que como árbitro del Campo, fuerza es saberla primero, es, que Enrique, ha quebrantado, contra quien es procediendo, un a palabra;, y pues es, si a los estilos, volvemos del duelo, uno de los casos, mas rigurosos del duelo; campo pido contra Enriques, y pues los grandes sucesos de las Cortes se celebran, por regocijar el Pueblo, con las fiestas militares de justas, y de torneos; porque no haya acción en mí; que no pare en vuestro, obsequio, regocijar vuestra Corte, con su tragedia pretendo, a cuyo fin ese día, ante vuestros ojos puesto; vistiendo el pecho por gala, duras laminas de acero; rigiendo el Bridón furioso a la suavidad del tiento; y a la violencia del pulso, blandiendo el errado fresno (nor, su infamia a un tiempo, y mi ho- publicante defiendo, Oíd, esperad. Decid, que si nuestro parentesco me obliga, a que de padrino vaya al Infante sirviendo, bien podré en su nombre oíros, y en su nombre responder os, No tengo yo que decir, que a él pudiera, a vos no puedo, a nada que preguntaréis responder, si no en el puesto. Pues hasta ese día, a Dios, que voy a ofrecerme luego a Fadrique; qué palabra será, la de tanto empeño? . Pues os dejan solo, Enrique, sin que vos lo mandéis, debo asistir, como padrino: esta palabra no entiendo. . Si algo, señora, con vos pudiere mi rendimiento, y los servicios, que a vuestras Cesareas Casas, he hecho, ha de ser: Cielos, qué mal contra el corazón me es fuerzo, costando a mi turbación mil sollozos cada aliento! ha de ser (yo estoy sin mí!) que no concedáis (yo muero!) el campo al Infante. Enrique, pues como me pedis eso, cuando tan de la venganza juzgaba vuestro ardimiento, V que los cormiños legales. os recusase el deseo? Cómo hay en eso, señora, tanto que decir, que creo, por más que es pasmo el callarlo, que será horror el saberlo. Siempre en enigmas confusos me habláis? descifraos. No puedo. No puede dar paso este hombre, sin márgenes, y comento. Ni yo olros, pues alcanzo, le tocó a mi Parlamento, examinada la causa, el negarlo, o concederlo: Solo advertiréis, Enrique, que en lances de honor, como estos, si bien como Dama, yo, esa facultad no entiendo, para en público no valen los enigmas del secreto. Para en público no valen los enigmas del secreto; mil veces en mis fortunas, me he preguntado a mí mesmo, si habrá avido otro algún hombre; reducido a tan estrechos lances, con su misma Dama? Pero ahora, ay infeliz! veo, con cuanta mayor razón preguntar a todos puedo, si habrá sucedido a algún amante caso tan fiero, como verse precisado, o saliendo, o no saliendo, a perder siempre el honor con todo el Mundo? si advierto, que no saliendo, con todos habré de quedar mal puesto, y también saliendo; pues ha de descubrir el tiempo, que esta tirana enemiga, es mujer; aparte dejó ser mi Dama, alegue solo el inviolable respeto, que deben tener los hombres a lo inviolable del sejo. Con que esta traidora, falsa, me reduce a tal extremo, que ya su duelo rehuse, o ya responda a su duelo; ni remedio hay a su agravio, ni hay a mi opinión remedio. Diga alguno, si ha tenido noticia de algún suceso tan apretado, que yo daré a mi angustia consuelo, con hallar en los mortales el alivio del ejemplo. Salir al duelo, es infamia; no salir, será desprecio; ausentarme, es cobardía; y si a dar la muerte apelo a esta fiera, que no fuera muy extraño en sus sucesos. Una vez desafiado, me expongo a que diga el Pueblo, que por evitar el lance, la di la muerte en secreto. No hay para mí una salida? qué te he hecho, qué te he hecho, fortuna? que en mis congojas, aún no me das aquel fiero, aquel doloroso alivio, de escoger del mal el menos. Aún no bien convalecido de aquel infeliz reencuentro, en que celoso, y herido, dos veces quedé por muerto, informado, de que Enrique, a Margarita trayendo, la vuelta de Flandes marcha, la vuelta de Flandes vengo; de ella en Brúselas no hallo noticia, de él, me dijeron, que estaba en Palacio, aunque no es apropósito el puesto para llamarle, no importa: sabréis decir, Caballero, si por aquí; mas qué miro? Proseguid, pues; mas qué veo? Lo que tan ansioso busco, me, das fortuna tan presto? A un empeño me socorres Fortuna, con otro empeño. Yo, Enrique, os vengo buscando, para dejar satisfecho, de aquella pasada herida, el acaso, no el esfuerzo, que en lances de armas, la dicha, no quita merecimiento; si está a cuenta del valor el arrojo, no el suceso, Pero antes que remitamos las razones al acero, no por vos, si por la Dama, que pues la traéis, es cierto, que será para casaros, pretendo satisfaceros; pues en hombres como yo, las Damas son lo primero, que pues hemos de reñir, cuando yo no excuso el riesgo, dejar bien puesta a una Dama, es dejarme a mi bien puesto. Mi enemiga, Margarita, siempre fue tanto, que viendo, que en su obstinación pasaba lo decoroso a protervo; de Laureta su criada me valla, con que poniendo una escala a los jardines, me hallé a pocos lances dentro, Ella turbada, quizá de esperaros tan al mismo punto, en una Galeria me introdujo, con intento de que no me vieseis, coro, que no guardaron mis celos, y más, cuando unos cristales, eran solo impedimento. a mis sospechas, graduando mi agravio, fueron creciendo. La criada es buen testigo, y toda Nansí, a quien fueron públicos, y aún mormurados, mis ansias, y sus desprecios: esto en cuanto a ella; y en cuante a mí, ahora. Deteneos; pues habiendo dicho antes, que solo venís resuelto a vengaros, el seguiros me toca, Venid. Qué es este? Vando parece, y las puertas de Palacio ocupa el Pueblo, a ver un cartel, que en ellas han fijado. Pues miremos (ansias de espacio) que dice. A Entique vengo siguiendo, por ver si el despecho mío le ha obligado a algún convenio. Cielos ya llegó este golpe. Y ya lidiar no podemos. Cómo? No es este Lotario? Cómo ese cartel leyendo, no puedo con tal contrario olvidarme, de que debo con las dos obligaciones de vuestro paisano, y deudo, a todo trance asistiros; y así mi enojo suspendo, hasta que por vuestro honor volváis. Y yo lo agradezco; ya que es estilo sabido, que no pueda Caballero, teniendo un duelo aceptado, aceptar otro. Pues veo, testigo de mi honor vivo, al que imagina muerto, en él vengaré mi saña, a Enrique satisfaciendo. Hh falsa! otro lance, mas disimular intento; qué me manda V. Alteza? Cielos, es verdad, o sueño, Alteza dijo. Sabed. Buscándoos, Infante, vengo. A buscaros vengo, Enrique. Infante dijo, qué es esto? Porque ha concedido el Campo a los dos, el Parlamento. Y así a elegir día, y armas, es fuerza que nos juntemos. Cuanto al día, el de mañana, que no hay plazo, cómo luego: cuanto a las armas, de gala habemos de entrar, al fuero, de Caballeros notorios, donde puedan conocernos por rostros, y por divisas, que yo prevenidas llevo a los dos, armas iguales, en temple, medida, y peso. No es eso a lo que venía, mas yo lo diré a su tiempo. A no irme el Príncipe honrando, que a vos os cansara, es cierto, Lotario. Vamos, Infante. Ya fortuna, por lo menos, con la muerte de Lotario, le satisfago, y me vengo. Ya por lo menos fortuna, me ha dado el discurso un medio para salir de este lance, con que celebrada, espero, ver al Mundo la agudeza, que pudo enseñarme el riesgo; o necesidad, y cuanto te debe el humano ingenio! Príncipe, Infante, y Alteza, muchos Príncipes son estos; y más cuando en aquel rostro, todas las señas advierto de Margarita, si ella vino con Enrique huyendo, como sin él, contra él, su propio traje depuesto está, como le ha retado, y como él acepta el duelo? cómo es Infante? Discurso, aquí sin duda hay misterio, o no es ella, que mil veces en nuestro siglo se vieron, quizá para grandes casos, parecidos dos sujetos; (ma: mas no, hasta la habla es la mis- pero Enrique es tan grosero, que había de lidiar con ella, si alguno viera el suceso, y esta fuera Margarita, dijera, que estaba suelto todo, declarando yo, que es mujer, con que el empeño cesaba, pues no por mí, no ha de saberse el secretos lo primero, porque yo a decirlo no me atrevo, por si no es ella, que fuera creyéndome de ligero, quedar con todos corrido, en lance tan manifiesto. Lo segundo, por si es ella; porque quien será tan necio, que en lance tan impensado, tan exquisito, y tan nuevo, no quita ver la salida, que Enrique da, y así pienso, porque busque la fortuna otra clave a tal secreto, la luz que da a mi noticia, apagarla en mi silencio? Lotario, si una infelice. Siguiendo a Laureta, vuelvo, por ver si habla con Lotario, que de su inquietud recelo, que le busca. Pues Laureta, tú en este traje, qué es esto? Eso no es de aquí, pues solo lo que es de mi ama, sabiendo, que aquí quedas, asustada, y aún mal viva, te prevengo, que pues sabes, que por ti me atreví a tal desacierto, como arrojarte la escala, para introducirte dentro del jardín, sin que mi ama, no solo cómplice en ello; pero aún sin tener malicia de mi lealtad, y mi afecto, en premio de este servicio, que no lo digas te ruego; pues si ella, o Enrique llegan a penetrar el enredo, aún con la vida no pago, ya conoces su despecho; Caballero eres Lotario, obra como Caballero. Aguarda, detente, espera; pero yo en su seguimiento batiré mis esperanzas de las alas del deseo. Amor, ya con este acaso voy en todo satisfecho del honor de Margarita, por si no hay otro remedio, No vienes, señor, cansado? Pues del golfo embrabecido en España fui sorbido, y en Inglaterra arrojado; luego su canal pasé, y al tocar la opuesta banda, por las Provincias de olanda, el Bravante atravesé, como hizo el Mar dilatado mi viaje deseoso, de ver Pais tan hermoso, de toda Europa envidiado oculto quise llegar a Brúselas, por poder todas sus grandezas ver, sus maravillas notar, en tanto, que a ostentación llega por el Mar mi gente, con el sequito decente a un Infante de Aragón; y más cuando, es caso llano, que aquí la venida mía, esperaban cada día por cartas del Rey mi hermano; y al ver tanta ostentación entre belicos despojos, puedo decir, que en los ojos vive aquí la admiración. Pues si novedades viendo hemos de ir, ver determina un cartel, que en esta esquina están mil hombres leyendo. Qué contendra? Dice así: Don Fadrique de Aragón, Cómo? Extraña admiracio! por Dios que te nombra a ti, si como te has detenido, por la borrasca cruel, en Flandes este cartel te pregona por perdido. Don Fadrique de Ara- gon, Infante de Aragón, Señor de Cardona, Maestre de Sántiago, ante la serenísima señora Mada- ma Juana Matilde, Condesa Pa- latina de Borgoña, y Flandes, Duquesa de Bravante, con la autoridad del Supremo Ma- gistrado de esta Corte, en la Pla- za de su Palacio, mantendrá a En- rique de Lorena, Conde de Cle- mon, en el día que el señalare de este mes de Julio, del año del Se- ñor de la16. con las armas que él eligieres que es perjuro, y mal Caballero por haberle faltado con- tra su fe a una palabra; y porque a noticia, No leo más, que una traición , - me está en golpes repetidos, dentro del pecho a latidos, avisando el corazón. Quién será, Cielos, el hombre, que en el empeño que arguyo, para valor que es tan suyo, se ha válido de mi nombre? Alguna invención extraña mi valor apurar piensa, pues sin ser mía la ofensa, lo ha parecido la hazasía; que es esto Ricardo? Yo no puedo de eso saber; pero alguno hubo de haber, que tu nombre se pegó, Yo sabré el día aplazado para el duelo, y pues llegue en páblico, dejaré el engaño averiguado; ya que el uno por mi honor, si el otro por su castigo, han de hacer campo conmigo el retado, y retador. Y porque a Flandes asombre mi valor ensurecido, si mi nombre está ofendido, yo volveré por mi nombre. Háganme a mí mil regalos, aquí para entre los dos, y a mi nombre, vive Dios, que más que le harten de palos. Ya que soy Juez de este campo, en que solo vuestra Alteza puede presidir; pues siendo causa de Príncipes esta, a potestad soberana, su decisión se reserva. Y ya que a mi cuenta está cuanto en esta lid suceda; pues el Parlamento en mí su autoridad subdelega: Licencia, señora, aguardan las partes que se presentan, por mí, ante vos, dad lugar, que en vuestro juicio parezcan. Aunque por mi reusara, ser testigo a la contienda, no pudiendo al arbitraje excusarse mi presencia; cumplid con las ceremonías de vuestro oficio. Pues vengan las partes, y sus padrinos, en tal forma, que dar pueda yo fe, de que son los mismos, con las caras descubiertas, desarmadas las personas, (. y desnudas las cabezas. - A vos es esta llamada. Pues responda mi obediencia; ea valor, hasta aquí duró la vana sospecha, de que perseguido Enrique, se rindiese a mis finezas. ya que ha aceptado la lid, ninguna esperanza queda; pues lo que empezó el caprichó, proseguirá la fiereza: Y pues la opinión perdida, es bien que la vida pierda, quede ahora a la venganza, lo que falta a la tragedia. Ya nos llama. . Si el capricho, que me ha ofrecido la idea, en fe del cual, con mi Dama, el duelo mi honor acepta, no se logra, ay de mi fama! al público trance expuesta. Memento, mi cuchillada, pues a ti te dio la media el Príncipe de la daga, descosedor de cabezas. Don Fadrique de Aragón, a vuestras plantas excelsas. A vuestras heroicas plantas, por mí, Enrique de Lorena. 2. Para presentarse, piden, señora, vuestra licencia. Por mí, su Alteza, os la otorgas y para que el Mundo sepa, Fadrique, vuestra demanda, es preciso proponerla. El concurso de la Plaza, hasta ahora no me deja llegar a apurar mi duda. Haced, pues, relación de ella. Don Fadrique de Aragón. Esperad, por vida vuestra, que habiendo oído mi nombre, una pretensión como esta, solo proponerla toca, a quien toca defenderla. Cielos, este es el Infante, penas, se añaden a penas, Augustísima Matilde, apenas la primer huella de mi peregrina planta, comuniqué a tus arenas, cuando en carteles distintos, oí que a mi nombre intenta, no sé quien, añadir juntas, una hazaña, y una ofensa. Don Fadrique de Ar agon soy, yo solo, si las señas, o en retratos esparcidas, o en noticias manifiestas, cuando del Rey no me valga, una carta de creencia de esta verdad, no os informan, puede informarlo ella misma, que siendo mía, en el Mundo, no puede haber quien se atreva, no digo yo a disuadirla, mas tampoco a no creerla. A mi nombre le habéis dado campo, mi nombre le acepta; lo primero, contra Enrique, pues es fuerza que mantenga cuerpo a cuerpo mi persona, lo que mi nombre le reta; pues cartel, que por el Mundo, en hombros el viento llleva, si la fama en tantas trompas, la noticia en tantas lenguas, que me ofendió habrá esparcido, y a mi honor mal estuviera, en quien la ofensa ha sabido, que el desagravio no sepa. Y en el segundo lugar, mi honor defender intenta al que ha usurpado mi nombre, que es indigno de nobleza, mal Caballero, y villano; pues no es posible que tenga alguna nobleza suya, quien ha menester la ajena. Cielos, este es otro lance, que ya ha días, que recela mi confusión: ansias mías, cuando acabarán mis penas? La extrañeza de este lance, tan fuera de mí me deja, que entre ella, entre mí, y Enrique, no sé a lo que me resuelva. Cielos, aquí hay dos Fadriques, y cuando a servirle en esta ocasión mi obligación, y parentesco me lleva, dudoso en ella, no sé a cual sirva, a cual ofenda. Notable engaño! Esto importa averiguar, con cautela. Que siempre me pareció, que el tal Infantico era embustero. A mí, no en vano me cansaba la soberbia de este presumido joven: Si os ha admirado suspensa mi neutralidad, ha sido por una duda tan nueva, que en los estilos del duelo, hasta ahora no se acuerda de leerla mi memoria, de mirarla mi experiencia, quién es, pues, Fadrique? Yo. Aún es mi duda la misma. Quién será este Joven, Cielos, que de su rostro las señas he visto, y estoy dudando, a donde le vi, y quien sea; yo soy Fadrique, y a quien lo dude, o no lo conceda, sabrá este acero. Teneos. Y si la verdad es esa, sabré al lado del Infante, castigar a quien pretenda engañarme con su nombre, Habiendo Noble que vea a dos contra un hombre solo, ponerse a su lado es fuerza. Quién os dijo, que está solo si es mi obligación primera defender a mi enemigo? Ni quién os dijo, que quiera yo vuestro socorro, cuando lo que tarda mi fiereza en mataros, va mi ira acusando mi paciencia? a Ni quien a todos os dijo, que a cualquiera que se atreva a no estar en todo al juicio, de tan heroica Princesa, como a él asiste, no haré que respete su presencia? A mí me toca morir, antes que en duelo consienta, que otro con mi nombre lidie, y yo nombrado lo vea? Y yo lo defiendo, pues días ha, que mis sospechas este engaño me avisaron. Y a mí me toca, que tenga el que me ha desafiado, seguridad; y aunque fuera otro su nombre, no es circunstancia esa que altera, Librémosla de Fadrique, . y lo que viniere venga, que conmigo es otra cosa. A todos nos toque es fuerza hacer bueno el campo. Todos Armas; y voces suspendan, que el que fuere contra el bando del que no esté a la sentencia que diere mi autoridad, por vida de la Condesa, mi señora, que hallará en fe de su inobediencia, contra si todas las Armas, de la gente, que nos cerca. Pues cual la sentencia es que dais en la causa? Esta: El campo de la Batalla le ha concedido su Alteza a lo Real de la persona, no del nombre a la apariencia. De una ofensa se ha quejado, la cual Enrique no niega, pues si el reo, y el actor, en las personas concuerdan, no es esencial circunstancia, del nombre la diferencia. Lidien los dos, bien que a salvo su derecho se reserva a este Caballero; para ventilar después su ofensa con el que quedare vivo, y quien replicare sepa, que de la Condesa ofende a la autoridad suprema, pues de la sentencia suya para su piedad apelan. Pues siendo así, a su persona ofrecí yo mi asistencia; protestando, que el que fuere, Fadrique ha de hallar expuesta a su venganza mi vida. También mi valor protesta, que pues no hay apelación al que quede vivo espera mi valor. Cielos, ya vuelve todo el empeño a su fuerza, pues con Margarita lidio, Cielos, ya el lance se trueca; ea honor, a la venganza, todas mis iras despierta. otra vez vuelve el empeño a la confusión primera; yo he de ver lo que hace Enrique, como no lidie con ella, que antes hallará mi vida a su dictamen opuesta. Enrique, elegid las armas, que a vos os toca traerlas, y a mí, el verlas, y el pesarlas. Ahora la industria entra, en el ardid va el honor; fortuna, mi honor te duela. Los Caballeros que lidian, y el pecho vestir intentan, de laminas aceradas, que ha congelado por venas la cóncaba contejtura, del embrión de la tierra, en tanto el valor desnudan, cuanto visten la desensa. Al hombre crió desnudo, provida naturaleza, ni armado el pecho de escamas, de conchas, ni de cortezas, quitándole tan del todo los instrumentos de guerra, que el hierro, y acero quiso que a su cólera escondiera la ciega profundidad de las ocultas cabernas. Con una espada de marca lidiaremos, sin que tenga la desensa más reparo, que el que diere la destreza, no solo sin armas; pero para que ninguno entienda, que la ropa las oculta, o que el adorno las cela, el pecho todo desnudo ha de estar, y por decencia de los soberanos ojos, que asisten a la contienda, dos túnicas, tan sutiles, vestiremos, que parezca, que en transparentes vapores, en la trama se congelan, siendo ilusiones de lino, y siendo de gasa, niebla. Y pues están prevenidas, una llevad a la Tienda de mi contrario; y en tanto, que al cómbate se prevenga, llenará el aire el estruendo de las cajas, y trompetas. Bizarra resolución. Gallardia, como vuestra. Ay infelice de mí, que entre angustias, y entre penas, la misma respiración ha dado un nudo a la lengua. Con la gala del nadar, el diablo de mi amo mezcla hoy la gala de reñir, (ta Yo he de verme en esta afien Entendióselas Enrique, Vive el Cielo, que me deja admirado, pues no puede reñir con una indecencia tan pública Margarita; pues llegando el caso, es fuerza, que en su desnudez conozcan, que por mujer la respeta, la mayor salida ha sido, que pudo hallar la agudeza. Venid pues, Desnuda yo? Pues qué suspensión es esa? Que me haya puesto mi arrojo en tan pública vergüenza? Qué hacéis? Pensando estoy, que es muy indecente pelea de Bárbaros Gladiatores, que lidian hombres, y fieras, la desnudez, y que yo. Eso no es de vuestra cuenta; pues aquel que desafía, al arbitrio se sujeta del retado, sin que haya privilegio que le absuelva. Yo? Ea, no hay que replicar. Ved, que parece ribieza la resistencia, por Dios. En fiero lance está puesta. No hay remedio? No hay remedio. Pues antes que yo me vea en pública confusión, sabré, postrándome en tierra, con lágrimas, que en arroyos, mis suspiros humedezcan, dándome, en fin, por vencida, suplicarte, que te duelas de mi honor, y vida, Enrique, que yo (ay de mí!) que no aciertan del corazón a los ojos, aún las lágrimas, la senda. Cielos, Margárita llora! Descubriose la cautela. Lagrimitas? este guapo, nos ha salido vadea. Eso es querer, que yo ahora satisfacerme pretenda, de que a su lado me saque, quien tan desairado vuelva. Y yo que ahora castigue vuestro engaño. Y que yo pueda, como falso acusador, dar al delito la pena. Y que yo a su lado puesto lo estorbe. Yo. Brava gresca. Tened, que yo quiero a todos, pues que mi rendido queda, dejar bien puestos, y airosos. Cómo? De aquesta manera. - así no digo quien eres; dilo tú, pues consideras lo que importa. Antes pretendo hacer, que Lotario. Cesa, que a no estar yo satisfecho, de ningún modo te diera la mano, Pues para todos, qué satisfacción es esa? Que llora, y le doy la mano, con que respondido queda a todos pues mi calor, desaires no le sufriera, si no a quien llorar pudiese; y a ninguno duelo resta, con quien me ha dado esta mano, que es tan blanca, como bella; de tal suerte, que la mía, es difícil, que consienta a ninguno en su decoro, réplica, duda, o respuesta. Y pues no solo sabéis, que es mujer la que sustenta el duelo, sino mujer de un Enrique de Lorena; Yo a su lado. Deteneos, que con esa especie nueva, acordando de su rostro a la memoria las señas, no solo sé desde España, quién es, y que no me deja lance; pero celebrando lo agudo de su cabiela, estaré, siempre a su lado. Y yo, señor, pues ya es fuerza ser vos Fadrique, os ayudo. Contra quien, si no hay quien mas, que dar de su ventura (quiera, a Enrique la enhorabuena; y porque en mi Corte cesen escándalos, y tragedias; pues en mi no hay elección, yo haré, que presto resuelva mi consejo, cual de todos, por Conde de Flandes queda. Esta ama me traes a casa? señor, ajustemos cuenta, que no quiero cada día quebraderos de cabeza. No haré, si callares tú, dando sin a la Comedia del Duelo contra su Dama, perdón, o aplauso merezca,