Texto digital de Donde hay agravio hay venganza
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Luis Córdoba y Cueva
- Atribución estilometría
- No es posible No concluyente
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto ha sido corregido por Alicia Barajas Delgado, Mario Fernández Lázaro y Elena Toral Martín.
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Barajas Delgado, Alicia, Mario Fernández Lázaro y Elena Toral Martín. Texto digital de Donde hay agravio hay venganza. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/donde-hay-agravio-hay-venganza.

DONDE HAY AGRAVIO HAY VENGANZA
JORNADA PRIMERA
En esta hermosa Quinta, a donde Flora todo el año pinta, amante, y cuidadosa, contra el Invierno la encarnada rosa pasaré divertido, pues que del Duque, mi señor, he sido (a quien doy la obediencia, Gran Duque de Florencia) requerido y mandado, aguarde el orden, sin pasar osado de la Quinta que veo a Florencia su Corte, a quien deseo, después de tanta ausencia, besar su mano, honrándome Florencia. Su embajador he sido en España, y al grande esclarecido Monarca Cuarto Godo, que todo lo avasalla, si bien todo se opone a su cuchilla, amparada del brazo de Castilla, en tan forzoso empeño, le ofrecí rendimientos de mi dueño. Pero esto no es del caso, aquí detengo a su obediencia el paso a donde divertido, mirando dilatado lo florido de este País hermoso, pasaré lo obediente y lo dudoso. Dejadme sola: ¡ay de mí, soledades, cuanto menos me alivias de lo que dicen que a los tristes sois recreo! Aquí de Florencia ausente lloro agravios, siento celos, porque Ricardo, ay, Ricardo, poco en mis ansias te debo. Pensé, por ser primo mío, hacerte, ay, cielos, mi dueño, pero razones de estado estorbar quieren el serlo. Cuando amor entre los dos dispensa en el parentesco, en aquestas soledades hoy de mi padre obedezco el orden: ¡oh, cuánto pueden los paternales preceptos! Hacia aquí siento ruido, ya mi sobresalto es menos, porque es mujer la que miro; pero, oh, qué mal que lo advierto, que ser mujer es lo más, por los peligros que tengo en verla, o en que me vea, pues de sus ojos ya temo que en avenida de rayos aneguen mi atrevimiento, y de los míos que rindan tanto orgullo a tanto objeto. Quiero en este verde sitio, mientras su ardor pasa Febo, descansar, que el ejercicio de la caza por inquieto, cansa, aunque tanto divierte, si es por entretenimiento. Ociosa estoy, ya reparo que la ociosidad ha puesto a la quietud más constante en precipitados riesgos. Entre esta verde lisonja, cuyo hermoso fruto bello flores son, que borda Flora, para que las gaste el tiempo, me recato a su hermosura, que, aunque me la encubre el velo es nube, y aunque del Sol, obscurece rayos bellos. En lo tosco del volante remata manojos crespos, hebras que se ostentan rayos, rayos que mienten cabellos, bien que cabellos y rayos, todo es más, y nada es menos. Una flor ofrece el prado con que podrá mi deseo entretenerse, notando en sus hojas, y leyendo de la juventud florida los fugitivos progresos. Con ella quiero gastar mis halagos, mis requiebros, ya que a Ricardo, a pesar de mis congojas, no puedo, y sola esta flor merece, por lo humilde, y por lo bello oír afectos del alma, hijos hidalgos del pecho: ay, cómo espinan las flores, bien a mi costa lo siento. Si os hirió la flor, también herido estoy dese aliento. Primero te haré pedazos, que dese triunfo te ufanes. ¡Qué crueles ademanes preparando están tus brazos! Ociosos son embarazos esos que eriges valiente: más propio era de tu Oriente rayos de luz fulminar, que no en el arco asestar las flechas. Hombre, detente. Resuelta está mi osadía si acaso te descomides, que aquesa tierra que mides sea tu bóveda fría: no fíe tu demasía en verme sola, y mujer, que en mí reina tal poder, tan mío, que valeroso arriesgará su reposo, por conservarme mujer. Encanto de mi sentido, admiración de mis ojos, villanos son los enojos estando a tus pies rendido: la espada ofrezco, que ha sido de todo el mundo terror, cambio es que hace el amor, pues en acción descuidada, por una hoja de espada, me da unas hojas de flor. Acción del descuido fue, y de susto el arrojar esa flor, que es mi pesar, porque en tus manos se ve. Favor la sustentaré para aplacar mi cuidado. No es favor lo violentado. Pues flecha el tirano arpó, y pásame el corazón. Si haré si estás porfiado. En este encuentro fiel, que registro temeroso, me va empeñando lo hermoso al paso de lo cruel. Ya grosero, ya infiel a cortés obligación estáis, y esa inclinación a mucho riesgo se pone. Ya el corazón se dispone a declarar su pasión. Deidad, que en golfo de amores surcaste en precioso barco, si flores, ¿para qué arco? Si arco, ¿para qué flores? El cubrirte de inferiores velos, te arguye sospecha, pero el disfraz te aprovecha, pues conoce mi rigor, que halagas con una flor, y matas con una flecha. Vano saldrá el tiro, pues por los Cielos soberanos que vivo muerto a tus manos, y muero vivo a tus pies: oposición juzgo que es entre el hielo, y el ardor, lo que le inquieta a mi amor, pues siente, en prisión estrecha, hojas de nieve a la flecha, punta de fuego a la flor. Mi inquietud, señora, fuiste, pues con ademán sereno diste a la flecha veneno, y a la flor encanto diste: sentí cuando cruel fuiste, hermosa airada homicida, deshecha el alma, y herida, mas sabe tanto mi amor, que me cura con la flor de la flecha la herida. Y, aunque lo enfresco oloroso de la flor llama mi pecho el saludable provecho, lo recibe temeroso: y aqueste empeño amoroso, porque el alma con ventura viva, me asusta, y apura, pues veo en esta demanda, que lleva una flor tan blanda por fruto flecha tan dura. Mira como en mal tan fuerte podré hallar buena acogida, si en lo que busco a la vida, a encontrar vengo a la muerte: no pensé yo que del verte saliera el alma deshecha, mas ya nada me aprovecha en el presente dolor, pues me muerde en esta flor el áspid de aquesa flecha. Ya estrella, ya flor te admira esta que más campeaba, estrella, cuando en ti estaba, y flor, cuando en mí se mira: de ti misma se retira, avergonzada, y no en vano, llorando su fin temprano, pues se vio, siendo tan bella, correr de tu cielo estrella, y pasar flor en mi mano. Por favor, me la prometo, aunque falte tu intención, que engañando mi pasión, quiero parecer discreto tanto a tus pies me sujeto de la flecha por temor, y de la flor por amor, que se mirará en mi herida siempre la flecha florida siempre flechada la flor. A todo cuanto has hablado, a todo cuanto has sentido en mi encuentro divertido, repentino enamorado, no siente el alma cuidado, no tengo que responderte, porque en malograda suerte tu temprano amor alcanza, en la flor seca esperanza, y en la flecha triste muerte. Y con este desengaño, idos. ¡Qué dulces rigores! Mirad que tienen las flores lenguas para vuestro daño. Por ti el rigor más extraño me será dulce cortejo. Idos, qué importa. Si dejo el alma, podré conmigo. Idos, y del enemigo tomad el primer consejo. ¿Vos mi enemigo? Está claro, pues ofendéis a mi honor cuando me habláis con amor. Hicisteis justo reparo; ¡oh, quién dese cielo claro hubiera sido dichoso! Envidia al que valeroso ha podido mereceros. Ya son lances lisonjeros. No es fino afecto amoroso: ¿hasme conocido? No. No me conoces, mas di, ¿oíste mi pena? Sí. ¿Puedes remediarla? No. ¿No podré quererte yo? A mucho te has de poner. ¿Quieres darte a conocer? Te está mal. ¿De qué manera? Incluye un alma de cera este pecho de mujer. Vete, que ofendes mi honor. Aunque confieso que quiero, vuestro honor es lo primero, muera en la cuna mi amor, pues basta este desfavor para más adversa suerte, y quiero por no ofenderte, mira si esto es estimarte, morirme por no enojarte, si es mejor obedecerte. Volvedme la flor. Extraño vuestro rigor que esta flor que os importa, si a mi amor, después dese desengaño. Pues llevad por desengaño, si es que la flor aprovecha, a esa tormenta deshecha, que corre de amor el barco, que siempre ha de estar el arco disparando aquesta flecha. ¡Bravo rigor! Soy mujer. Ese nombre os contradice en el valor. ¿No desdice bajo ser a noble ser? A mí me habéis de temer, no a las mujeres vulgares. No hablo por ejemplares, ya sé lo que en vos contemplo. Idos, que aquí no hay ejemplo. Adiós. Adiós. ¡Qué pelares! Mas que, ¿no es esta la quinta, según desgraciados somos? No tengo nada en los lomos, ni en toda la impertininta, que no se sienta cansada de los saltos del bridón, válgate la maldición por salida, y por entrada. ¡Oh, qué bien, señor, hiciste en mandar que los caballos se quedasen a pensallos! Parece que vienes triste, ¿qué tienes? ¿Estás cansado? Claro está, pues lo estoy yo. Pues, si tú lo estás, yo no, que es distinto mi cuidado. Hasta este puesto, señor, no hemos podido encontrar el recién que ha de llegar, don fulano Embajador. Sabrá Enrico, si ha venido, de la Ciudad, y de mí, que a recibirle salí, de mi amistad prevenido. Vendrá Enrico, caso es llano, hecho del Español centro, por de fuera, y por de dentro, un puntoso Cortesano. Hinchado a lo Montañés, a lo Castellano ocioso, a lo Extremeño oficioso, y grave a lo Portugués. A lo de Andaluz galán, y tosco a lo Galiciano, mirlado a lo Valenciano, y fiero a lo Catalán. Confuso a lo de Navarra, y a lo Manchego resuelto, de espalda ancho, de pies suelto, y gran tirador de barra. Gallardo a lo Aragonés, y terco a lo de Canaria, siendo de vida voltaria, y bravo a lo Leonés. Cerrado a lo Vizcaíno, pero famoso escribano, sin pluma nunca la mano, la bota siempre con vino. Y para llegar al fin de tan extraño crisol, fondo rizo de Español en raso de Florentín. Con que fíes de esta maraña con su venda tendremos más delicados extremos que tiene una telaraña. Tanto disparate deja, y advierte que no es razón, antes de ver la ocasión, prevenirte de la queja. ¿A dónde vas por aquí? Anda, y calla, que yo sé la pena mía. ¿Pues qué? ¡Ay, cuidadico! Ay de mí, mil sustos concibe el pecho, mil penas mi amor recela, no sé, todo me desvela, nada me trae satisfecho. Isabela, en esta ausencia, mal podrá mi corazón encubrir tanta razón, sufrir tan grande violencia. Cercado de mis enojos, ya vuelvo constante, ufano, a ganarme por tu mano lo que perdí por tus ojos. Pienso que te has elevado, ay, ¿amor es? Claro está, que eres hombrecito ya, y andarás acatarrado: bien haya yo. Pues, ¿qué tienes tú, que te das bendiciones? No tengo esas suspensiones de favores, ni desdenes. Pues, ¿tú te quieres poner con hombres de nuestro porte? Pues no, ¿si es todo de un corte el humano parecer? ¿Por qué te pones tan justo mirando este chapitel? ¿Está en esta quinta el pleguete tan de tu gusto? Porque tiene dos el viejo rapazas Angelicales, por sus hijas, y son tales en el garbo, y el despejo, que, en poco, o nada te estimas si no las quieres muy bien, si no es que reparas en que en las dos tienes dos primas. Mas en los nobles no son montañas de inconvenientes, que en grado de más parientes no falta dispensación. ¿Si estará ya recogida Isabela? Descuidada estará de mi llegada como al fin no prevenida. Parece, según te cuclas por aquesta quinta, que es, señor, la tuya, ¿no ves que es el viejo un sacamuelas? Sin que seas conocido, mira si puedes entrar, Fabio, para preguntar; pero pasos he sentido, mil inquietudes me turban. Aguarda, que pienso que es una humana mariposa, que quiere en la luz arder de mi amor, porque se enciende en mis deseos tal vez. Aquí estaré retirado, habla tú. Sí, hablaré. Pensiones de toda dicha son los embozados. Ce. Es la C. pequeña letra para podella entender; pero quiero responderle, para que me entienda, De. Es la D. grande letrón, que por grande no alcancé; y así habla, niña, más bajo, sin herir, que mi A.B.C. solo de letras vocales compone su redondez. Y así, señora Madona, pues encontrado me habéis, a mí, y a mi compañero dadnos. (El criado es de Ricardo, que ha venido tan pícaro como fue. Si este es Fabio, claro está que el otro Ricardo es, a que mal tiempo ha venido, no le quiero hablar, ni ver, pues de mí se ha recatado, y por no decirle que esta quinta de Isabela su prima, hoy espera ser, según su padre lo ha dicho, tálamo de su vejez, pues a ella la ha traído, para casalla después. ¿Pero qué importa el secreto?) Señor Fabio, entre vuested, ¿qué se está escrupuleando, cuando esta casa a sus pies está convidando a boda, conque estará a su placer? ¿Pues casaste, ingrata Laura, sin qué, ni para qué? Yo casarme, ¿por tan zurda me tiene? Yo había de ser yunque de un necio, en edad que todavía me ve brillar desde dieciocho, que poco atrás me dejé, hasta que los veinticinco amplia comisión me den para poder ordenarme de los grados de mujer. Cásese una cincuentona, que ya sin edad se ve de aplaudida, y apetezca un novio a más no poder. Y cásese una señora, que ha nacido sin tener libre albedrío, y es fuerza casar sin tiempo con quien eligiere el mayorazgo, aunque lo llore después. Mas yo que puedo elegir con quién lazarme, sin que haya padre que me fuerce, ni otro mayor interés, no me caso tan a rienda suelta, ni lo pienso hacer, si no es muy enamorada. Aquí estoy yo, cásate. ¿Pues cómo sabe el cuitado que yo le he querido bien? ¿Pues lo que antaño dijiste hoy lo niegas? ¡Qué simple es! ¿Pues qué mujer dijo antaño; no digo antaño, habrá un mes; no digo un mes, habrá un día, que guardó a algún hombre fe que hoy la guarde, ni se acuerde de aquello que pudo ser? ¿Cómo quiere que me dure un año el quererle bien, si no hay mujer que se acuerde de los empeños de ayer? Ven vuestedes lo que dice, pues el Evangelio es. Sospechoso en tus razones, y ciego, no he dicho bien; muerto de escucharte estoy, ahora mejor diré que quien ama sospechoso, y quien escucha el desdén de una adorada lisonja, que en mi pecho viene a ser un tanto monta de cuanto contiene ese azul vergel de tachonados diamantes, tanta su hermosura es, muere en pesar que le olvida, y así quisiera saber: ¿qué boda? ¿Cómo? ¿Qué has dicho? Ay, Laura, declárate. Correo de malas nuevas en mi vida pienso ser: mas ya viene mi señora, que os informará más bien. La congoja no me deja alzar los ojos a ver lo que por mi mal conozco: cuando me voy a esconder al más oculto rincón de la quinta, para que se me alivie tanta pena, mayor aquí la encontré. Ya que se ve mi atención, se van rindiendo despojos a las glorias de los ojos las penas del corazón: dime, nevada ocasión del fuego en que voy ardiendo, ¿viviendo estoy, o muriendo? Mas ya voy considerando, que pues tú me estás mirando, claro está que estoy viviendo. Dime, pues ves que me quemo en las ansias que suspiro, ya que es verdad lo que miro, si es mentira lo que temo: en mi ardentísimo extremo un recelo me condena, creeré mi dudosa pena, porque será tiranía, al buscarte como mía, encontrarte como ajena. Ojalá yo te hallara, fuera mejor tu belleza, hermosa por tu firmeza, y no hermosa por tu cara: mil gustos mi amor ganara al mirarte en mi favor, mas ya advierte mi dolor, por tu silencio, y mi ciencia que va afeando la ausencia cuanto hermosea el amor. Quisiera, señor Ricardo; ¡mas qué grave desvarío! Quisiera, Ricardo mío, decir que en tus llamas ardo: ¿mas cómo, ay de mí, no guardo mi respeto, y le defiendo de mí, que ciega le ofendo? Mas ay, que en mi aliento blando no sé lo que voy hablando, y sé lo que estoy sintiendo. Una altiva crueldad, movida de un brazo injusto, puede perturbar al gusto, pero no a la libertad: lo que está en mi voluntad, en que a todo amante excedo, ofrezco a tus pies sin miedo, y en constante ardiente fe con voluntad te amaré, porque con gusto no puedo. Isabela, dueño mío, escucha, espera y advierte, dime, ¿cómo me das muerte? ¿De qué nace este desvío? Mi padre, ay de mí. ¿Mi tío te obliga a tanto rigor? Hoy me casa. Hoy mi dolor será mi propio homicida. Hoy quiere entregar mi vida a un tirano. ¡Ciego amor! Como mis desdichas ves, y lince en tantos enojos, ¿la venda que ata tus ojos rota no cae a tus pies? Dime, Isabela, ¿y quién es quien tan dichoso se ve? ¿No me respondes? No sé, en esta quinta le espero, el Duque es el fiel tercero. Di tirano a tanta fe. Aquí vine, aquí me dio nuevas de tanto pesar mi padre, aquí he de aguardar a un dueño extraño: ¿quién vio tal sujeción? ¿Quién nació con más infeliz estrella? Yo, por mi padre, o por ella, sujeta a tanto vaivén de la fortuna. Di, ¿quién fue dichosa, si fue bella? ¿Mas qué rumor es aqueste? Hermana, ¿qué es esto? Ahora que el Duque con don Enrico tu esposo la Quinta honra estás con Ricardo. Ay cielos, ¿qué dices? ¡Qué rigurosa muerte, Serafina, prima, has pronunciado a las locas esperanzas, que murieron, cuando en más hermosa pompa fueron ejemplo de amantes, y hacen caducas sombras! ¿Quién es Enrico? Tu esposo, que para esta ocasión sola, mi padre en aquesta quinta nos retira: más la tropa de criados de su Alteza. Hoy mi desdicha es forzosa; ¡Oh, pensión de quien nació sin libertad! ¿Cuán a costa del libertado albedrío nacen las que en suntuosas propiedades de riquezas vieron su primera Aurora, pues ha de ser conveniencia de sus padres, y mejoras de su casa el casamiento suyo, y no voluntad propia! ¿Enrico mi esposo? ¿Quién es Enrico? Quien te logra es Enrico; quien te pierde es Ricardo. ¿Tú blasonas también en darme la muerte? La mía es más rigurosa, pues me dejas entregado a desabrida ponzoña de celos, goza de Enrico, que de la Corte Española vuelve a darme tantas penas. Ay, Ricardo, ¡cómo doblas las mías! Pero ya llegan, disimula. Soy de roca. Otra vez me dad los brazos. Con tales favores logra mi lealtad mayores fuerzas, y ante tus plantas las postra. (Pues que no sabe Isabela que el Duque amante me ronda, no lo sepa, porque es grande su nombre, y no es bien conozca que en mí sus manos no alcanzan lo que en él su intento toca.) (Así a Serafina miro, mucho mi pena amorosa me arrastra, mas Serafina mis tiernos suspiros oiga; ¿para qué es tanto poder, si amor mis acciones postra?) Llegad, que el Duque os ha visto. Confusa voy. Yo medrosa: denos los pies vuestra Alteza. No es bien que un Sol, y una Aurora estén ante mí postrados, que me cegarán hermosas vuestras luces, si no es que me matan mis vanaglorias. Por esclavas vuestras somos de tal bien merecedoras. Mas ay, cielos, ¿no es aquel el forastero que logra la flor que cayó a mis pies, cuando intenté, vengadora de su carmín, dar al arco la flecha? Él es, que me asombra; ¿si es Enrico? ¡Oh, cómo amor trocó una flecha por otra! ¡Que nunca faltan a España guerras! Envídianla todas las Naciones, y pretenden contrastarla belicosas; pero todas tristemente sienten su fuerza briosa. Mucho valor tiene España, y ha dado muestras notorias, que prudencia, y valentía caben en sangre Española. Solo al Rey de España diera vasallaje mi corona de voluntad, y me holgara que en ocasión belicosa me ocupara, por lucir el amor que me ocasiona a servirle, siendo el riesgo por su Majestad lisonja. De tu parte le ofrecí tu Estado, con tu persona, señor, como mandaste, no olvidando la forzosa obligación que conoces de su Majestad heroica, por la deuda de la sangre, y por generosas obras de ayudarle a cuantas lides su mano va poderosa. Date el agradecimiento, señor, y que por ahora su ejército está lucido, aunque las pérdidas nota de tantos encuentros que en el África le arrojan. En los Estados le inquietan, en las Indias le alborotan, le injurian en Portugal, le irritan en Barcelona, y en Francia, que sin razón, villanamente le enojan, sin que ninguno se rinda, por más que le descomponga. Díjele lo que mandaste con el recato que importa, a que dio atención prudente, agradecida y gustosa. Diome para ti este pliego, en que con afectuosa correspondencia responde al amor que le provocas. Después en esto allá fuera hablaré, que el corazón me acusa la dilación en el favor que os espera. Y porque veáis si estoy de lo que me habéis servido sumamente agradecido, intento premiaros hoy. Conmigo os quiero tener, la guerra habéis de dejar, de aquí podéis animar hoy, don Enrico a vencer. Mi Camarero mayor sois, ya corta dignidad para vuestra lealtad de mi agradecido amor. Y así, pues, con Isabela, hija de Marcelo, quiero casaros, seréis Lucero de un Alba, que al Sol desvela. De mi afecto aconsejado, muchos días ha que intento este vuestro casamiento, que tengo por acertado. Para esto solo mandé que no entraseis en Florencia, porque tanta conveniencia diese en esta quinta fe de lo mucho que os estimo, porque antes de haber llegado entréis honrado, y casado. ¿Cómo tal dolor reprimo? Lo que vuestra Alteza intente sea, que a sus pies rendido, de mi amor agradecido, podrá ver en lo obediente. Daos las manos, que su Alteza aguardando está. ¡Qué pena! De fastos el alma llena, en sus temores tropieza. Mucho su fe me acobarda, si aquesto que el Duque dice, Isabel no contradice. Mirad que su Alteza aguarda. (¿Yo casarme, cuando adoro a Ricardo? Antes me maten las ansias que me combaten, y los suspiros que lloro. Pero decir que a mi primo estimo, en vano me aliento, que es fácil impedimento la ciega pasión de un primo.) El traje, el aire, el aseo dicen que es la que encontré en el bosque, ya topé el mismo bien que deseo. La flecha que amenazaba yace a su respecto rota. Ya la flor el nácar brota, que su rigor ya marchitaba. Un alma os doy, satisfecha, señora, en menos rigor, de que goce en paz la flor, sin amagos de la flecha. Esta es mi mano. ¿Hay dolor como el mío? Ya deshecha está a vuestros pies la flecha, ya sois dueño de la flor. Ya todo el bien he perdido. Lo que os prometí cumplí. Siempre de vos entendí ser de vos favorecido. Y puesto que vuestra Alteza comienza a hacerme favor, otro le pide mi honor en grado igual de nobleza. Hijo de mi primo hermano es Ricardo, en él podéis emplear, pues que tenéis, señor, tan de vuestra mano el favor. ¡Que temo, cielos! A Serafina, aunque son primos, la dispensación asegurará recelos. Oh, ruego a amor que conceda el Duque a mi padre el sí. ¿Cuándo amparándome a mí estuvo fortuna queda? A Ricardo he menester ahora desocupado en la mar, y, si casado está, mal podrá atender Ricardo a su obligación: (¡qué presto sombra atrevida turbar pretendió a mi vida su amorosa ardiente acción! Sé que ingrata Serafina, olvidada de mi amor, me huye, y que su favor, no a mí, a Ricardo se inclina. Mas yo impediré, ay de mí, deseos, que envanecidos, pretenden a mis sentidos turbar la luz que les di. A Laura tengo avisada, que cuando esté más segura, una noche a mi ventura pueda guiarme embozada. Porque Serafina vea de un alma puesta en desvelos ya los rigores de celos, ya el amor que la desea. Luego, sin más dilación, a Isabela sacaré de esta quinta, y llevaré con debida ostentación a su casa, porque intento servir de padrino yo. ¿Quién tal dicha mereció? ¿Quién padeció tal tormento? ¿Quién como yo, si lo advierto, gozó más fuertes rigores? ¿Quién sin malograr las flores tomó en la esperanza puerto como yo? (¿Quién como yo perdió un bien, y al parecer, otro halló, sin ser mujer, que porque le halló olvidó? Mas ya que mi suerte ha sido tal, no fue poco favor el comenzar por amor el que entra a ser mi marido.) (¡Oh, lo que ingrata retira Serafina, de mis ojos los suyos por darme enojos!) Mira que el Duque te mira. Ya lo sé, aunque no lo veo, pero en aquesta grandeza me suspende una extrañeza, y me perturba un deseo. Laura, esta noche. Señor, ya entiendo. Corre el cuidado por mi cuenta. Ya he pensado cómo servirte mejor. Contra rebeldes intentos, poder, busquemos victorias. Amor, a celebrar glorias. Alma, a padecer tormentos. Pasión, dejadme olvidar. Celos, templad el rigor. Todo es cautelas, amor, cautelas me han de ayudar. Venid. ¡Ay, vana sospecha! ¡Ay, mal logrado favor! Ahora os vuelvo la flor. Ahora os rindo la flecha.
JORNADA SEGUNDA
Embozado, y dentro en casa, ¿y seguirme tan atento? De casar es, nuestro intento sin ejecución se pasa. A la calle salir quiero, a donde podré, advertido para no ser conocido, retirarme. Ah, caballero, ¿oye? ¡Jesús! Hasta el suelo me va ocasionando enojos: ¿no bastaba que a mis ojos niegue sus luces el Cielo? Mas que me detengo, cuando veo huir a mi enemigo encubierto, y, ¿no le sigo? Ayúdame, honor, volando. La nochecilla es obscura, con haber poco que es noche, si yo naciera con coche, viniera con más ventura. Vámonos con tientos mil y estemos bien en el caso, que es peligroso este paso, pasándolo sin candil. Esta es mi casa, bendito Dios, que seguro he llegado: ruido siento hacia este lado, vamos pisando quedito. Ya he pasado del zaguán. ¡Oh, lo que el Duque se tarda! (Pero aquí Laura, ¿qué aguarda? Mas, ¿si tiene otro galán? Pues embózome, por ver con toda curiosidad, si va saliendo verdad lo que yo voy a creer.) Laura. Gran tiempo ha que he estado, señor, aguardando aquí. ¿Sin dormirte? Señor, sí. Eres moza de cuidado. Entra, que ahora hay lugar, y podrás seguramente parlar lo que te contente. ¿No he de hacer más que parlar? Bueno, si tu la procuras, en mirando la ocasión, lógrala de repelón. ¿Y habemos de estar a oscuras? Muchas preguntas me haces, de gorja, señor, estás. Allá dentro lo verás: (¡ah, infame, qué cruel naces, que has herido; qué dolor! ¡A un alma, qué desconsuelos! Parece que tengo celos antes de tener amor. ¿Matárela? Voy errado, que en el lance que he cogido no he de obrar como marido, sino como amartelado. Y así, con esta pretina, que en hierros nuevos está, por los suyos llevará una negra disciplina.) ¿No andas? Ya ando, que voy disponiendo en que pagarte tanto bien. Deja eso aparte: (Rica de esta noche soy.) ¿Se habrá recogido Fabio? Ya debe estar recogido, durmiendo lo que ha bebido. (Quien pregunta oye su agravio,) ¿por qué hablas de Fabio así? Porque es loco de invención, muy metido a discreción hablando al zaquizamí. Lacayo preguntador, y muy amigo de coche, pero en llegando la noche, perdónalo tú, Señor. (Di más, que todo lo escucha callando la pretinilla, pues yo, con esta flemilla, disfrazo cólera mucha.) Dígolo porque es valiente Fabio, y, si me encuentra así, nos perderemos aquí. Con un golpe solamente me apostaba yo a tendello; ¿qué es golpe? Con un soplillo cayera de colodrillo; no debes de conocello, pues valiente lo imaginas: quédate en este aposento, que yo volveré al momento. Laura, si algunas pretinas hay, me las puedes traer. Pues di, ¿Para qué las quieres? No se metan las mujeres en más que en obedecer. ¿Habremos quedado buenos, honor? ¿Qué haremos ahora, que de injurias la señora nos ha dejado rellenos? Paciencia, hasta después que nos vengue la pretina: mas, ¿qué cubre esta cortina? Una cama pienso que es, no mala: mas, ¿cuándo a mí nada me parece mal? Ahora bien, yo estoy tal, que no puedo estar así. Bueno será desnudarme, pues al fin lo he de hacer; bravo susto ha de tener doña Laura al registrarme. Escápeme de aquel que con cuidado me seguía, y me pesa de no haberle aguardado; pero con recato amor profesa de que se precia el mío, quise, aunque en contra de mi heroico brío, mirando la opinión de Serafina, a quien amor me inclina, obrar, porque fue entonces importante: No como poderoso, como amante. ¿Si me estará aguardando Laura? Aunque no estará Enrico recogido: abierta está la puerta, iréme entrando que quiero aquí, atrevido, segunda vez fiarme a la fortuna, quizá de dos acertaré la una. ¡Oh, ruego a amor favorecerme quiera!, aquesta es la escalera, que a una espaciosa cuadra se termina, que al cuarto pasa allí de Serafina, de todo me dio cuenta la criada: quiero entrar, y, si airada la suerte me siguiere, y en fin me descubriere, apelaré al poder, que en tal fatiga más lo severo que lo tierno obliga. Ligeros pasos siento, ya mi advertido aliento recatado me tiene, ¡oh, fuese Serafina la que viene! Todo causa atención a mi desvelo; en este sitio, que es de mi consuelo, escuché pasos; ¿si será Ricardo? que ha mucho que le aguardo; que como Enrico siempre tarde viene, por la asistencia que en Palacio tiene, tengo lugar para engañar la pena de contemplarme en su poder ajena, con Ricardo, a quien amo tiernamente, sin que pase mi amor de lo decente. ¿Es Ricardo? (Isabela, me parece esta que se me ofrece; ¿más que querrá a Ricardo? pero que, ¿me acobardo en responder que sí?) Sí, mi señora. ¿En qué te has detenido? Enrico no ha venido, y hay poco tiempo para hablar ahora; Serafina aguardando está, y estoy de prisa. (¿Yo dudando me confundo? Isabela es la tercera, porque yo ciego muera, de Ricardo, y hallada en sus amores, pues dice está aguardando Serafina; pues, ¿para qué mi corazón se inclina a conservar dolores, pudiendo, o por violencia, o por grado verse desenfadado? Pero en esta ocasión será más bueno descubrir a Isabela lo que peno por Serafina, y ella es tan discreta que acudirá solícita, y secreta al remedio que aguardo.) ¡No respondes, Ricardo! No es Ricardo. Ay de mí. El que se halla en tu presencia, Isabel, sino el Duque de Florencia. Pues como vos, señor, aquí turbada siento a mi lengua, y en prisión helada. Señora, hablemos claro: yo he sabido que es Ricardo de ti favorecido en su empresa amorosa, que tú le solicitas cuidadosa los ratos de consuelo. ¿Qué es lo que escucho? Mucho mal recelo. Yo, pues, a ti rendido. ¡Qué sin razón! Te pido, si no quieres que pruebe los rigores Ricardo de mis celos. ¡Qué crueldad! Que me escuches mis amores. Mortal estoy. Que en fúnebres desvelos ha padecido el pecho enamorado rigor de amante, y pena de callado. Señor, vuestras razones me turban. ¿Ya me pones dificultades? Mira que sujeto estaré a tu precepto, y a tus pies mi corona, mi atrevimiento pertinaz perdona. A Fabio. Ay de mí, que es mi esposo, ¿qué he de hacer? ¡Oh, qué lance riguroso! No estás conmigo, ¿qué te da cuidado? ¡Oh, cómo habláis, señor, de confiado! Retiraos a esta parte diligente. Por ser gusto vuestro me retiro, que mi altivo valor no lo consiente. De congoja suspiro, mas aliento osadía, que el corazón me dice que aún soy mía. Dos penas padeciendo, desdichada, estoy. La una, en verme conquistada, y del Duque querida, según me encareció celoso amante; la otra, que me asusta más la vida, en que mi amor constante sabe el Duque. Amparadme, santos cielos, que en vuestras luces pongo mis consuelos. SALE SERAFINA Y UN CRIADO CON LUZ QUE PONE EN UN BUFETE. Isabel, ¿tú retirada? Ya iba a verte, y darte quejas de tu voluntad ingrata. He estado, hermana, indispuesta y por eso no te he visto; mas mi amor constante llega a tus brazos, deseoso de las glorias que le esperan. De esta vez, mi voluntad más fina amante campea ya que la tuya. ¿La mía merece tanta fineza? (Por apriesa que anduve, no pudo mi diligencia conocer de aquella sombra al alma que la gobierna. Consuelo me den los cielos, aunque nunca se consuela hombre que vive asustado de recelosas sospechas.) ¿Habéis visto al Duque hoy? No, señor. Saber quisiera, ¿por qué excusa el casamiento, que tanto todos desean, de Ricardo y Serafina? Quiere el Duque que en la guerra (ya lo dijo), en mi lugar, haga Ricardo asistencia y no lo quiere casado, para que más libre pueda aventurarle soldado, que casado, será fuerza que el amor de su mujer divertido le detenga. En esto hablé con Ricardo ayer y dio por respuesta que solo al gusto del Duque reduce sus obediencias. Demás, que mejor está en la militar esfera a Ricardo el estar libre, porque bastaba la ausencia de su mujer, para que el alma, de penas llenas, asustada en sus temores, peligrase en sus sospechas, porque la ausencia al amor, villanos sustos fomenta. Otra vez tengo de hablar al Duque. (Las diligencias de mi padre contra mí, van en mis celos envueltas: oh, ruego a amor no se logren.) (Parece, según ordena mi padre mis gustos, que le estoy hablando en mi pena: Oh, ruego a amor que consiga con el duque lo que intenta.) Temerosa el alma noble, ¡oh, cómo prudente acierta! Casar quiere a Serafina, para que corra por cuenta de su esposo ya su honor, que a mi corazón desvela, y como está desvelado, que mucho que atento vea embozados, ¡qué atrevidos mi noble casa pasean! ¡O como bien dijo, quien dijo, que los hijos eran cuidados! Hoy en mis hijas lo notan mis advertencias. Señor, pues que vos gustáis, de que mi pecho se alegra de este casamiento, vamos, hablaremos a su Alteza, y yo como interesado, haré instancia no pequeña con el Duque, hasta que lo que pido nos conceda. (Déjame imaginación, que atrevida me desvelas;) Isabela, escucha a parte. (Turbada el alma se llega.) Ya sabes que vengo tarde a casa, por la asistencia que tengo siempre en Palacio. Ya lo sé. Pues yo quisiera, aunque conozco de ti, que en todo procede cuerda, y que miras por tu casa. (Un susto a otro susto engendra.) Quisiera, perdona. Di, que a tus plantas estoy puesta: (¡qué angustia!) (¡Qué pesadumbre!) Que antes que te recogieras visitaras tus criadas, porque puede ser que sean, no porque lo sepa yo, a tu respeto y decencia poco atentas, y no es bien que en tu casa esto se entienda. Cumpliré lo que me mandas. Con recatada advertencia. (Ya entiendo: si de haber visto Enrico, ¿al Duque recela?) (Con este aviso, mi pecho algo sosegado queda, aunque prevenido siempre:) vamos. (Confusa me deja.) Holgaré que el Duque cumpla lo que nuestro amor intenta. (¡Qué presurosos, qué atentos para mi mal se parean!) (La venida de los gustos es siempre, ¡qué soñolienta!) Aquí están las dos, bien puede llegar, señor, vuestra Alteza, que no estorbará la hermana. (Si tan presto no viniera, Laura, es aquesta la hora que durmiendo a pierna suelta estuviera en su camilla. Dios te lo perdone, dueña, que tal sueño me quitaste; medrosa mi planta llega y confuso mi caletre. ¿Yo Alteza? Que linda arteza para poner a Laurilla encima de la cabeza y darles a los muchachos cien pares de berenjenas.) (En mucho cuidado estoy; si Serafina se fuera para que saliera el Duque, que tantos sustos me cuesta.) (El intento de Laurilla es mi Dios en hora buena, que el Duque a lo socarrón se huelgue con una de esta; pues, ¿qué vengo yo a perder si aquí me huelgo con ella?) Un hombre está allí embozado. ¿Qué ilusiones son aquestas? Hermana, el pecho medroso, aún mirarlas no me deja. (Enrico no puede ser, que ahora por esta puerta salió, y Marcelo con él, Ricardo será, que intenta siempre burlarme los gustos; celosa el alma se inquieta.) (Ánimo, apetito mío, pues me da su cabellera la ocasión, pero, ¿qué copa de sombrera brujulea? Mi riesgo es mucho, mi brío poco, el remedio cojea, pues válgame la invención ya que no pueden las fuerzas; mataré la luz, y luego me agarraré de Laureta, que ella es taimada y tendrá amada su talanqueta. Bueno pulso.) La luz ha muerto, ¡qué penosa y civil guerra padeciendo está mi honor! La prevención me aprovecha, porque en llegando la noche, todas las gatas son prietas. Mas, ¿quién me toca y destoca? ¡Qué miedo tengo! Agárrela. (Con mi turbación, ay cielos, no puedo hallar la escalera que me encamine a mi cuarto; pero ya he dado con ella, temerosa voy del daño que esta noche nos espera.) Ponme en salvo, mira que soy menos de lo que piensas, y te puedo hacer más mal, que, si el labio se despliega, diré a voces que me entraste aquí pensando que era yo el gran Duque, y Fabio soy. Perdida soy, ya se acerca mi fin, calla y ven tras mí. (Miren si fue mala treta.) (Ya la planta, ya la voz, al moverlas se me hielan.) (Arrojarme al embozado, es una acción poco cuerda, que en mi daño puede ser; demás, que es grande imprudencia escandalizar la casa; mejor es salirme afuera quietamente y aguardarlo en la calle, donde sienta de mis celosos impulsos las siempre valientes fuerzas.) Serafina, Laura, Laura, ya se fueron; ¡oh, qué pena! Sola estoy y en mucho riesgo aquesta vez estoy puesta. Hombre, que ciego en tu embozo vas procurando mi ofensa, mira que mi noble honor padece con inocencia. ¿Qué pretendes en mi casa? Por aquí, ¿a dónde te llevan tus pasos tan atrevidos? ¿No das alguna respuesta? (¡Válgame Dios! ¿Sí se fue o fue ilusión de la idea?) Voces oigo de mi esposa y parece que se queja; claro está que de los males que a mi corazón enferman. Quiero más cerca llegarme, para oír si por mis penas se ha de acabar en desdichas lo que se comienza en quejas. (¡Qué sola siento la cuadra! ¡Y de temores, qué llena! A esta parte está el retiro, en que por mi mala estrella escondí al Duque. ¡Oh, qué injustas formará contra mí ofensas!) (Todo es para confundirme cuanto el pensamiento ordena; pues, si es el no alborotar la casa cuerda modestia, el dejar la dama es cobarde acción que condena a mi amor, por poco fino, pues en las manos la deja de mi enemigo, y más cuando se tiene tanta sospecha. Pues estar aquí sin que dé de que estoy aquí muestras, mi cólera no querrá regirse por mi paciencia.) (Cautamente, pues me ayudan las favorables tinieblas, atenderé si mi esposa en su honor pone defensa.) (Toda la cuadra espaciosa registrará mi advertencia, que en mi amor las confianzas de quien soy mucho me alientan; y así la espada en la mano.) ENCUÉNTRANSE EL DUQUE Y EL EMBAJADOR. Conmigo un bulto se encuentra. (Ya no puedo resistir la cólera que me empeña.) Oh, si pudiera mi espada satisfacer mis sospechas. ¡Qué enojo! (¡Qué atrevimiento! y en casa extraña.) ¡Qué pena! Mirad que mi honor padece. (Ya mi alma se lamenta.) (Mucha desgracia me dice esta confusa pendencia, a tanta descompostura, ¿qué arrogancias os despeñan?) (Ya la voz de mi contrario a castigarle me apresta.) Saca luces, ¿cuchilladas en mi casa? Serán sastres, que cortarán de vestir, caritativos de balde, y también ojalarán de algún pobrete las carnes. Pero ya las luces son registro de las verdades. ¿Qué atrevimiento en mi casa os ciega? Ténganse a Marte. (¡La voz de Ricardo vino a qué buen tiempo a alentarme! ¡Y Marcelo a qué mal tiempo mi ardiente impulso deshace!) (Marcelo está aquí. Si puedo, haré mucho en reportarme, pero verá el atrevido riguroso mi semblante.) A señores pendencistas, a ver las caras y talles; (¡qué mala la tiene el Duque y que peor me la hace! De aquesta vez son mis pies perinolas en los aires.) (Lo que pensaron mis celos bien las luces satisfacen, pues aquí a Ricardo miro.) ¡Cielos, que el Duque me agravie! (¡En presencia de Isabela, sangrientas enemistades! ¿Entre el Duque y Enrique? Mucha inquietud me combate.) (¿El Duque airado y Enrico triste? ¿Isabela delante? Mucho de imprudente tengo si no infiero mis pesares.) ¿Embozadico en la sala? Y espadicas en el aire; que me maten si no son burlas de participantes para comer laticinios las damas y los galanes. (Pues no puedo de mis penas, huiré de un severo padre, de un marido receloso y de un asustado amante.) (Ah, Isabela, que sospecho en tu retiro mis males.) (A Serafina no veo. ¡Duro empeño, fuerte lance! En que en tanta pesadumbre Enrico a su esposa hallase sola, con que las sospechas contra mí se persuaden, en desdoro de Isabela, que ofendida ha de postrarse. Mucho lo siento.) Señor, ¿qué pesadumbre os distrae de vuestra soberanía? Decidle que, aunque la sangre se hiela torpe en las venas, sabrá por vos remozarse, para castigar valiente al que os enoja cobarde, porque no puedo ser hombre de prendas el que arrogante se os atreviere, decid ¿quién causa vuestros pesares, para que mi brazo fuerte le castigue con matarle? (Oh, viejo lleno de azogue, el diablo te lo demande.) Por confuso en cuestión tanta se ve el discurso ignorante. O avergonzado el gran Duque o colérico en tal lance, no alcanza razón alguna, mas, ¿qué mucho no alcance si no la sigue? (Reviente ya mi pecho aqueste Áspid, y muerda el atrevimiento que me hace tanto ultraje.) Bien pudiera, bien pudiera aquí, Ricardo, matarte, ciego, ignorante, atrevido, loco por lo que tú sabes. Mas quiero darte la vida, para más congoja darte: y estimara mucho que midiéramos igualdades, para que supieras como no es quien valiente me hace ser gran Duque y señor tuyo, sino mi valor constante, heredado y adquirido en las batallas Marciales, como bien sabéis los tres, siempre glorioso, triunfante. Desterrado de Florencia, salid. Señor. Suplicarme es en vano, y considera que este castigo, a lo grande, aún no iguala de tu culpa: aunque esta evidencia os hable, Enrico, en lo sucedido, está Isabela inculpable, rigor de un acaso fue, si os disgusté, perdonadme, porque en las luces del Sol asiento tiene inviolable vuestro honor, seguro siempre: perdí, Serafina, el lance. ¿Qué has hecho, Ricardo, al Duque? (¡Ay de mí! Sin duda sabe el estado de mi amor, que me dio muchas señales de que también he entendido que en las propias llamas arde.) (Lo colérico en Ricardo quebró el Duque al consolarme.) No sé lo que me sucede, mas dudosa el alma parte, si serán por Serafina estas del Duque señales de amor, ¿más que de Isabela? Pudo ser celos infames, dejadme, no me matéis, yo basto para matarme. De Isabela, Enrique, puedes creer las seguridades de tu honor, que a Serafina haré que a un convento pase, porque no te dé recelos, porque dudas no te cause. Y así pues, ronda del Duque al pensamiento y, si hallares deseos, que envanecidos al limpio cristal empañe de tu honor, límpialo, Enrique, noblemente con la sangre del atrevimiento que oscurecerte intentaré. Aguardad, que me dejáis en ciega y confusa cárcel al alma, Marcelo, amigo, que necio andáis en dejarme sospechas, que al corazón tristemente me maltraten. Pues también la ofensa os toca, ¿por qué os eximís cobarde de la venganza? ¿Por qué, pues hay ocasión bastante, no hacéis de vuestra nobleza; Marcelo y Ricardo, alarde? ¡Ah, Isabela, como en dote trajiste muchos pesares! ¿Celos, y de mujer propia? ¡Ay de mí, qué pensión grande a todas las dichas que un buen casamiento trae! Y donde más a peligro la cordura está, que en lances como aquestos, el descuidado y el cuidado son iguales ofensores del honor, pues ocasiona lo infame el descuido y el cuidado lo granjea vigilante. Olvidar la honra propia es, ¡qué bajeza notable! ¡Qué error ajársela un hombre! Solicitarla cobarde con diligencias contrarias, ¡Oh, qué desdicha! Portarse con igualdad, ¡qué valor! Pero rato miserable. Puede el amor hacer muerte, los celos infierno hacen; los casados se comparan a las palomas amantes, ¡qué propia comparación! O porque son tan iguales, o mejor, porque sin duda, siendo la más mansa esta ave, las más celosa es de todas que miden el cuerpo al aire. Que es ver un triste palomo, cuando de ver carearse al otro, al comer del trigo su dulce conforte fácil; y quizás atenta al grano, acosada de la hambre, no divertida al amor, ¿tiene celosos combates? Tristemente, pensativo, ya comienza a pasearse, apresura la carrera, da vueltas. ¡Oh, cómo barre con las alentadas alas el suelo, como estandartes! ¡Cómo ensangrienta los ojos! ¡Oh, qué de enconos mortales derrama al pico! ¡Qué altivo eriza el blando plumaje! ¡Qué enojado que le encrespa! No son alas las que esparce, arcos parece que flecha en las plumas que reparte. Arpones dirige al otro al corazón que le late, traslada todo lo azul que riza el cuello constante. Ya intenta, ya se detiene sin poder determinarse: entre amoroso y terrible, ¡qué enroncos quejidos salen de su pecho! ¡Cómo envuelve lo triste de sus pesares en lo sordo del arrullo! ¡Oh, cómo el pico arrogante, colérico presuroso, amuela en los pedernales! ¿Qué tienes, palomo? ¿Qué inquietudes te distraen, sincero ánima? ¿Qué miedos te perturban, cándida ave? En fe, di, ¿de qué violencia de la inocencia pasaste al furor? ¿A lo terrible de lo manso? ¿Y das vagante ocasión al pensamiento de precipicios fatales? ¿Qué tienes? ¿Qué ha de tener? Tiene celos, que es bastante causa para que peligre la cordura menos frágil. Una pasión le posee, que en los torpes animales halla obediencia: ¡oh, pasión de tormento intolerable! Ya estoy casado, ya es fuerza, pues lo quiso el hado errante, atender cuerdo a mi casa, mirar quien entra o quien sale. Reparar que Serafina puede ser común achaque de que a mi honor excusaste, procedan enfermedades, que según los accidentes o le estraguen o le maten. Solo el Duque es quien me ofende; el Duque es solo el que trae escándalos a mi gente y embozos a mis umbrales. Vigilante centinela tengo de ser en mi calle, y, si el Duque, permanente, se halla en sus ceguedades contra mi honor, de mis celos acompañado, he de darle vil muerte, aunque me lo noten por traiciones lealtades, que a quien me quita el honor no es bien que lealtad le guarde.
JORNADA TERCERA
¿Qué me puedes tú decir que llegue importante a ser en tu favor? Me has de oír, que intento satisfacer a tu loco discurrir. ¿Querrás ahora negar que el Duque fue el embozado? Dame, Ricardo, lugar a que el corazón cansado tenga alivio con hablar. Aquella cuadra pisé apenas, cuando sentí pasos de medroso pie, yo si eras tú pregunté, y un bulto me dijo sí. Como te aguarda mi amor en su deseo ofuscado, creyó al embozado error, que siempre cree el cuidado lo que es más en su favor. Hablé amante, como quien pensó que hablaba contigo, y a mi encubierto enemigo dije mi mal, y mi bien, de que es por mi mal testigo. Ya colérico impaciente, y ya tierno enamorado, me propone lo que siente un amoroso accidente en un celoso cuidado. Sentí a mi esposo, y porque conmigo allí no le viera, y peligrara mi fe, advertida le rogué, que en mis penas se escondiera. Solo digo, que atender debes a que cuando estaba a mi cuenta, en el poder del Duque, que recusaba mi noble pecho ofender. Y, si tierna alguna vez di muestras de agradecida, fue cautela prevenida, porque quiso mi altivez ganarse humilde perdida. El Duque va procurando tus aumentos, y yo entiendo, que advertido va labrando, porque yo viva muriendo, su amor en tu pecho blando. Él me tiene desterrado de Florencia, y claro está, ya mi amor lo ha sospechado, que este destierro será para lograr mi cuidado. Mas vive Dios, que primero que se resuelva arrogante a lograr su amor constante, ha de sentir en mi acero golpe de primo, y de amante. Que ya el amor, ya el honor, tal seguro, tal valor, me darán por ti, que puedo matar al Duque sin miedo del renombre de traidor. En casa puedes estar escondido, y podrás ver como sabré contrastar del Duque altivo el poder, que me intenta derribar. Ah, Isabela, como siento un accidente atrevido, que en confuso movimiento me va quitando el sentido, y dejando el sentimiento. Ya ha tanto tiempo que estoy en una esperanza vana, y consolándome voy en las pesadumbres de hoy, con el quizá de mañana. Quita señora al deseo prisiones de la esperanza, que como tarda el empleo, ya lo siento, ya lo veo, acusando la tardanza. De lástima puedes dar, cuando no quieras de amor, remedios a mi penar, que en mi fe cansa el dolor ya de tanto atormentar. Mucho, Ricardo, me pides, mucho, Ricardo, pretendes, ¡oh, qué poco te defiendes!, pues constante no te impides, cuando imprudente te ofendes. Aunque me miro rendida al ciego, y dorado arpón, no estoy, Ricardo, caída, que me tiene la razón del entendimiento asida. Yo te amo, y advertido está el pecho sospechoso, porque juntos han vivido lo amante, y lo receloso, lo dichoso, y lo temido. Si de aquesta extraña fuerte procedes en tu desvío tan a mi costa, has de verte al impulso ardiente mío, padecer contraria fuerte. No alces la voz. ¿Por qué no, si estoy muriendo? Sospecho que viene gente. Pues yo me voy, mira, que en mi pecho amor sus flechas quebró. (¡Ay de mí, y qué descontento pasa el triste que examina la causa de su tormento! ¡Oh, cómo su pensamiento es su más fuerte ruina! Pero aquí a mi esposa miro, mal podrá mi corazón, aunque de mí le retiro, encubrir de su pasión la congoja que suspiro.) (Por las suspensiones pienso que triste tiene mi esposo, que es mi dolor más inmenso, porque un marido suspenso da indicios de receloso. Y así, porque satisfechas queden las dudas que tiene contra mi pundonor hechas, mentir halagos conviene, para desmentir sospechas.) Señor, ¿qué desasosiego tan extraño se os atreve, pues, cuándo en mi blando ruego os buscan mis ojos fuego, y os hallan mis brazos nieve? Todo es una elevación confusa del pensamiento, que en triste demostración, aunque me turba el contento, no me inquieta el corazón. Nada contigo ha podido mi amor, pues has excusado en tu intento divertido, de que sepa mi cuidado lo que siente mi sentido. (Aunque más en su intención ponga su solicitud, no la dirá mi atención, que de aquesta suspensión procede de su inquietud.) Cuidados son que en España me afligían. Ya los siento: (¡Oh, cómo en tu pena extraña, me veo por fundamento, y conozco que me engaña!) ¡Quejosa estoy! ¿Pues de qué? De tu desvío. Es error. De mi suerte. Es disfavor. De tu fe. Firme es mi fe. De tu amor. Firme es mi amor. Pues, ¿por qué eres tan extraño conmigo si eres tan mío? Porque a un pensamiento engaño, que con aqueste desvío, me va dilatando un daño. Infeliz soy. Yo también. No te merezco. Eso no. Que mi amor siempre estimó en tu sangre, por su bien, lo que por bien conoció. De ti me puedo quejar. De ti me puedo sentir, pues no me quieres decir tu cuidado. ¿Y si es pesar? Te lo sabré divertir. Pues digo que mi desvelo: mira que estás obligada a darme fiel consuelo. Yo lo ofrezco. (Quiera el cielo,) pues prosigo. (Estoy turbada.) Ronda a mi corazón enamorado un embozo, en sus fuerzas presumido, muy grosero; ¡ay de mí! Para admitido y muy notable para desdeñado. Pertinaz siento, en modo de cuidado, una pasión, que deja a mi sentido temores, de que pueda lo atrevido a mi pecho dejar contaminado. Voy a decir el mal de mi tormento, padece el pecho, y enmudece el labio, gime el discurso; y túrbase el contento. Porque este mal que te recato sabio, en mi silencio por temor lo siento, pero en mi voz lo lloro por agravio. (Aunque ha embozado su mal, atenta le he penetrado, ¿qué he de hacer? Estoy mortal:) siempre mi amor fue leal, señor, y a tu gusto ha estado. Y si el Duque. Ya he sabido que el Duque siempre ha de honrarme. Mía la desgracia ha sido, y vos. (A espacio sentido, que escucho para matarme.) Y vos, si en vuestros enojos ciegamente divertido, por fantásticos antojos, visteis libres a mis ojos, o divertido al oído, siempre humilde me he de ver a vuestros pies, y rendida, aguardando a padecer castigos. Calla mujer, que te quitaré la vida. Muerta estoy. ¿Tú, desatenta al noble honor que te di? ¿Qué dices? ¿Estás en ti? ¿Yo he de ver en ti mi afrenta sin que la castigue en mí? ¿Qué es ver? Ni aún imaginar sospechas he de poder contra tu fe singular, mira cómo podré ver, si aún puedo no sospechar. Si tuviera, escrupuloso, celos de ti mi cuidado, diera mi aliento animoso a inquietudes de celoso, reportaciones de honrado. Y en un mismo tiempo, advierte lo que te dice mi honor, fuéramos, en triste suerte, tú muerta de mi dolor, y yo vivo de tu muerte. Y aún más te dice mi labio en la condición que sigo para todo desagravio, pues antes que en mí tu agravio, cayera en ti mi castigo. Y esto con tanta inclemencia, que por mi honor sin segundo castigará mi impaciencia al gran Duque de Florencia, y al Emperador del mundo. Pero yo conozco, atento de tu honesto, y noble trato, que es ajustado tu aliento, apacible tu recato, y cuerdo tu pensamiento. Tu hermosura milagrosa me dice que estás compuesta de honestidad misteriosa, y no fueras tan hermosa, si no fueses tan honesta. Y así, si te ha parecido que es demasiado este arrojo, no me culpes de atrevido, que este impulso bien sentido, más es cariño que enojo. Y pues nada te provoca, repórtate en tu razón, y advierte en tu atención poca, que a veces dice la boca lo que siente el corazón. (¡Mucho, ay de mí, le he temido, más que mucho si brioso junto en una acción partido resolución de celoso a cordura de marido!) (Mucho se arrojó mi pecho, ciegamente he procedido, que este recelo admitido, mientras no está satisfecho, no es más que para el sentido.) Si en tu honor hablé imprudente, señor, satisfacción cobra, porque el honor excelente, si se quiebra de una obra, de una palabra se siente. En mis brazos has de ver al corazón que te doy. (Turbada y suspensa estoy.) (¡Oh, quiera el cielo poner paz a la lid que me doy!) (¡Oh, qué de sustos, Ricardo, ya me cuesta nuestro ardor!) Enrique. Señor, Ricardo, decidme vos: ¿qué ocasión habéis dado al Duque, que enojado os desterró? No sé. ¿Pues no hay causa alguna? Él la sabe, que yo no: (ojalá no la supiera, pues a costa es de mi amor.) (El destierro ya mi pecho siente de mi corazón; ¡ay, amor, siempre del gusto avaro poseedor!) Muy indignado le vemos. Yo me obligo a alcanzar hoy perdón del Duque, con tal que no toque en pundonor suyo aqueste enojo, y haga duelo su reputación. Seguro de mi lealtad estaréis, que por quien soy juro, que no he dado causa que me estorbe a la atención que debo a vasallo suyo. Pues vamos. Id luego vos, que yo le veré después, porque voy a Miraflor, ahora, que me avisaron, que en impensado rumor, ha alborotado a la Villa, y a saber qué ha sido voy; breve la ausencia será, quédate, Isabela, adiós, y repara, que aunque breve, la siente mi corazón. Pues en el mío vivís, conoceréis el dolor que me causa vuestra ausencia. (Pliega a Dios, no sea ficción, que la está temiendo el alma.) ¿Queréis que vaya con vos? No, señor, que antes que el día de mañana su fulgor enlute, estaré de vuelta. Pues quedaos, adiós, que yo por tratar de este negocio, voy a Palacio. (Yo estoy temiendo vengan mis penas con el ausencia del Sol: en la mía, que fingida ya la acredita mi honor, duerme segura mi casa, yo, porque me importa, no. Ánimo, corazón mío, que a honrada preparación están dispuestas mis manos, aniquílese el temor, y en nobles arrojamientos dé la determinación asaltos a la corona que desatenta mi honor.) Hermana, ¿qué te parece del poderoso rigor con que a Ricardo persigue el Duque? Cierto que yo juzgo que tales rigores (según desgraciada soy) ocasiona mi fortuna, para la perturbación de mi casamiento, pues cuando todos a una voz, y a un deseo lo festejan, y apellidan, un rencor del Duque dilatar puede tan bien deseada unión. No sé, hermana, solo sé (Ya padeciéndolo estoy) que aguardo la enhorabuena de lograr vuestra afición. (Para ver si en las ausencias es el amante traidor, de mi cuidado instruida, solos dejaré a los dos, y detrás de esa cortina oiré la conversación, con que cumplo con mis celos, a petición de mi amor.) (¿Qué novedades son estas de Isabela? ¿Oh, qué atención de tu amor, pues que me deja, y con tal competidor?) Piedra en el cuerpo parece: ¿qué accidentes suspensión te pueden causar, Ricardo? (La voz sale con temor:) señora, las suspensiones de los disgustos que hoy están pasando por mí. Callad, Ricardo, por Dios, que ahora el tratar disgustos es malograr la ocasión que nos ha puesto la suerte; ¿no es conversación mejor tratar de cosas que dieron gloria a la imaginación? ¿Representar una queja? ¿O pedir un galardón? Mejor es, mas como nunca mi corazón conoció favorable a vuestro aspecto, fácil vuestra condición a las llamas de mi pecho, a las quejas de mi voz, no he querido intentar más disgustaros, aunque yo padeciera de secreto ardentísimo rigor. Pues, Ricardo, en un instante se muda la condición humana, y más de mujer, que hoy es, si lo que ayer no. Pues también, señora mía, con ser de mejor valor la condición de los hombres, se muda, y su estimación ponen en quien agradable, sin que peligre el honor, la admite, y la galardona, y ya la ocasión llegó para contaros las quejas, que desde entonces de vos guardadas tengo en el pecho, que, aunque el amor se borró, no se borró el sentimiento: Águila de vuestro Sol, mariposa en vuestro fuego, fue amante mi corazón, tan continuo al galanteo, tan atento a vuestra acción, que el menor descuido vuestro fue en mi cuidado mayor. ¡Vos entonces, qué contenta! Me veáis desde el balcón trágicamente postrado al ardiente pasador que en vuestros ojos dispuso el vendado niño Dios. ¡Qué ufana! Cuando en la iglesia no en pasos de devoción, sino en pasos de mis penas, mi diligencia os miró pasar las cuentas, sin cuenta del dolor que me pasó. ¡Ah, condición de la que sabe que hermosa nació! ¡Qué soberbia! ¡Qué tirana muestra su disposición al amante, que rendido dichoso al suelo llamó, donde ella puso la planta, y reverente besó, la tierra, porque fue amante de tan celeste candor! ¡Oh, cómo califiqué por verdadera! ¡Español dicho, que son desgraciadas las verdades en amor! ¡Oh, qué corrido está el mío de lo que en una veló! Basta, basta, que me ofende la libre desatención de vuestra lengua. (Porque no llegue a satisfacción, que puede ser este enojo, a impedirla saldré yo.) Hermana, Ricardo, ¿qué voces descompuestas son las que arrojas? ¿qué ha pasado? (Pues tan a tiempo salió, todo lo ha oído Isabela, prevenido lo advirtió mi amor, que lo cauteloso siempre en la mujer vivió.) Si pensáis que liviandad que obscurece a mi opinión, mudar mi pecho ha podido, os engañáis, vive Dios, que tan dura, tan constante estoy en mi condición como al principio, y tan lejos siempre de haceros favor estaré, que al extranjero de la más baja nación daré mi alma en mi mano;, con que se verán mejor empleadas, sí, que en quien con altiva presunción desdeñoso le concede a lo que no mereció. Isabela, puede ser que te acuerdes, mas ay, Dios, que es Enrico muy galán, y yo desdichado soy. Después Ricardo, hablaremos. Con esa esperanza voy, mas volveré. Cuando vuelvas declararé mi pasión. El que no porfía amando, nació con poco valor. En estos pasos que dan mis plantas a su destino, aunque van por su camino, fuera de camino van, y a dónde quieren están, y aunque más con su calor me engañe, y deleite amor, conozco por mi disgusto, que estos pasos de mi gusto, dejan cansado a mi honor. ¡Oh, qué lástima sería, cuando se mira cansado mi honor, se hallará ultrajado a pasos de mi porfía! En esta ciega osadía en que me voy a poner, me he menester socorrer, que si ayer por mi pesar, fue desgracia el resbalar, hoy será infamia el caer. ¡Ay de mí! Que en esta acción cobarde, y ciega me veo, pues, si me arroja un deseo, me detiene una atención: ya me acerco a la ocasión, en que he de dar por mi gusto a mi amor empeño injusto, y no sé qué hará mi acuerdo, pues si me quedo, me pierdo, y si me voy, me disgusto. ¡Oh, cómo entre mis dolores conocen ya mis deseos, que de aquellos galanteos nacen estos disfavores! Repórtese en sus temores mi pecho, y vea advertido, que es mal menos conocido tener en cierto cuidado al marido desdeñado, que al galán favorecido. ¿Qué dices? Desatinado a ver a Isabel pasó. Mucho Ricardo intentó. Poco intentó enamorado. Si, pero ¿entrar de repente? Ay, que su disculpa toco, no es amante, luego ¿es loco? Que no hay amante prudente. Pues si es loco por lo amante, piérdase como me pierdo, no es amante si está cuerdo en ocasión semejante. No hay marido que esté ausente, si es la mujer de opinión. Agrádame esta razón cuando está el honor presente. Pero cuando amor altera el honor, aunque es primero, ¿es el padre compañero que se queda siempre afuera? Como ignoras lo que ha habido hablas con tanto sosiego. ¿Qué ha habido? Han tocado a fuego los celos. Iglesia pido, que si ya celoso está, muy poco de él me aseguro. Aqueso yo te lo juro. ¿Celos lleva? Volverá. Anda, no seas cobarde. Laura, aunque más me lo adviertas no he de morir entre puertas: trae luz, así Dios te guarde, no quiero que me halle a oscuras contigo. Qué gran lebrón que eres. No tienes razón. Pues ¿por qué no te aseguras? Que, aunque trae la vista osca, tratado, alegre le escucho. No hay que confiarse mucho de marido que trae mosca. Porque en tanto por lo honrudo, vive a lo disimulado, y cuanto más sazonado, le tengo yo por más crudo. ¿Qué ha de hacer cuando te vea conmigo? Sin intervalo, me hará dar cincuenta palos, y es muy bellaca presea. No quiero buey con cencerro. ¿Y si nos casa, truhan, es malo comer su pan? Este será pan de perro. Gallina come, mas vaya; ¿no estoy a riesgo mayor si me descubre la flor? Tú eres embuste con saya, a donde siempre hallarán disculpa a un delito nueva, que toda mujer es Eva, y cualquier hombre es Adán. ¿Pues qué ha de hacer cuando quiera averiguar mi malicia? Por alcahueta novicia te hará echar en la galera. Laura, o enciendes la luz, o me voy. Bravo es tu miedo. Miedo, o no miedo, no puedo, jurado a Dios, y a esta Cruz, más conmigo. Pues a oscuras aquí te pienso dejar. Oye. Ten valor. Andar, desconocerme procuras. Bien entiendo esa receta. Oh, qué gentil chilindrina. Confiese use lo gallina, pues confieso lo alcahueta. ¿Laura, te fuiste? Ah, Laurilla, no responde, ah, doña Laura; ella se fue, y me dejó a oscuras, aquesta sala he visto muy pocas veces; perderé me, es cosa llana. Vigilante centinela soy, ay de mí, de mi casa; una luz oculta traigo, y una pistola preñada, cuyo aborto ha de salir a ser Iris de mi fama. (Parece que siento gente, o mi recelo me engaña: ¿mas cuándo el miedo no fue inventor de pataratas?) Isabela, si constante te resistieres honrada como la otra noche, al ruego del Duque que me maltrata, yo te libraré del golpe, que por eso preparada traigo luz para guiar este rayo a quien me agravia. (O yo cargué delantero esta noche en mi posada, o no acierto con la puerta, poco a poco he de buscarla.) Mas, si fácil te concedes, vive Dios, que, despojada de la vida, con tu amante habéis de estar a mis plantas. (Hacia aquí pienso que está.) O me engaño, o son pisadas las que siento. (¿Si es aquesta?) ¿Quién es? (Yo he dado en la trampa;) Fabio soy. Mal se lograron, con este encuentro mis ansias, habla paso, y no te inquietes. Este es Enrique, cerrada la hicimos Ricardo, y yo: Laura. No llames a Laura. Es porque vaya a avisar que estás aquí. Es excusada diligencia. Pues yo iré. Tampoco. ¿Ni otra criada? No importa. ¿Ni Serafina? No le toca a mi cuñada. Pues a mí me toca. Tente. (Bendito Ángel de mi guarda.) (¡En qué confusión estoy! Si le escuchan, y me hallan aquí, mi sospecha torpe sin que me vengue, me infama. Si me vuelvo, este criado me conoció, y nunca callan los criados lo que importa, antes lo que importa hablan. Si le mato, el mismo riesgo corre mi honor; una traza se me ofrece, con que absuelvo la más leve circunstancia, que es disimular con él:) ¿Ricardo, Fabio, está en casa? (No estoy en mí, ¿qué diré?) Adiós, y a ventura vaya, en su cuarto lo dejé. Vete, y no le digas nada, que el dar la vuelta tan presto me importó. De buena gana. Vete pues. ¿Cómo está a oscuras esta sala? ¿En qué reparas? En no acertar con la puerta. Esta es. Doy te las gracias; bien pueden aderezar conmigo guantes de algalia. ¡Qué receloso camino! No sé qué me dice el alma, pues no hay señas de que el Duque esté en mi casa, y es llana la sospecha; ¡ay, ciego amor! Porque Fabio no pasara a mi cuarto, si estuviera en él el Duque; ¡oh, qué vanas son las sospechas del hombre! ¡Cuánto los celos engañan! ¡Qué necia resolución has tomado, y qué tirana, cuando mi amor mal sufrido de tus desvíos se cansa! ¡Válgame el cielo! ¿Qué escucho? La luz en aquella cuadra mataron, y voces siento. La mano del brazo aparta, que te la haré mil pedazos, que es resolución villana querer por un apetito a la razón huir la cara; no la ausencia de mi esposo me ha de dar livianas alas para temerarios vuelos. Ea, rigor, que me llama a la venganza el honor: muera el aleve que causa en mi esposa tanto enojo, en mi pecho inquietud tanta. ¡Ay de mí! ¡Ay de mí triste! Ya está el alma sosegada, aunque inquietas turbaciones pretenden embarazarla; mi esposa también cayó, ¿si la maté? ¡Qué desgracia! ¡Qué horrores da imaginarlo! ¿Si estará Ricardo en casa? Ricardo, Ricardo, torpe la lengua como la planta en mis alientos se hiela, en sus orgullos se enlaza. Acudid, como Marcelo cuando vengo a vuestra casa. Avisé al Duque, mas pienso que tardó el aviso. Bastan honor tantas confusiones. Enrique. Señor, turbada el alma. ¿Pues cómo aquí? ¿Tan breve fue la jornada? Hoy atento, mi cuidado os busca. ¿Qué tienes? Habla. Mirad lo que allí se oculta. Sucedió como pensaba. ¿Ricardo muerto? Ay de mí. E Isabela desmayada. Cielo, cuando busca al Duque mi honor, ¿a Ricardo halla? Secretos son todos vuestros, que mis sentidos no alcanzan. ¿Qué dices de esto Isabela? La voz se heló en la garganta. Yo, señor; ¡qué triste lance! Sintiendo la ausencia estaba de mi esposo (¿mas qué digo?) cuando sentí en esta cuadra: ¿mas para qué son rodeos cuando los cielos nos hablan, que a su cuenta tomar saben justificadas venganzas? Ricardo, que en sus deseos amante me idolatraba, se arrojó (¡qué ceguedad!), esta noche (¡qué arrogancia!) a desgajar de mis brazos el fruto de su esperanza. Yo resisto sus intentos, cuando Enrico en fuego abrasa de deseos tan injustos resolución tan infausta; el brazo dispuso Dios, y él alcanzó la venganza. Disimular es forzoso, mucho siento esta desgracia. A Serafina he querido bien, y si ha sido el amarla causa de alguna sospecha, presunción ha sido errada. Yo, señor, a vuestros pies pido el castigo. Levanta, Enrique. En quien lo merece hizo el castigo la Parca. Pedid perdón a Isabela, que ella vuestro honor restaura. Y yo le pido al Senado, pues nos sufre tantas faltas.
