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Texto digital de La dicha por malos medios

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Atribución tradicional
Gaspar de Ávila
Atribución estilometría
Gaspar de Ávila Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la transcripción automática (corregida con posterioridad) de la edición en la Parte III de Nuevas escogidas (1653).

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La dicha por malos medios. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/dicha-por-malos-medios-la.

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LA DICHA POR MALOS MEDIOS

JORNADA PRIMERA

O soy tu criado, o no. Mi criado te confieso que eres; pero eres tras eso impertinente. Quién, yo. Pues quién lo ha de ser aquí; si tú me das atrevido consejos que no te pido helo de decir por mí. Tus necedades te infaman, porque es muy de un majadero el meterse a consejero, donde ve que no le llaman. Quien aconseja por sí, dos cosas ha de tener, autoridad, y saber, y estás dos faltan en ti: pero porque no te quejes, que culpo sin avisarte, también quiero aconsejarte, que sirvas, y no aconsejes. Yo soy criado leal; y esto viene a ser señor en quien sirve con amor, un afecto natural; no todos podemos ser bien entendidos, y graves, y si borras lo que sabes, con no saberte entender; esos pensamientos llenos de presunción dejo atras, pues de lo que sabes más, te has aprovechado menos: Y finalmente no soy amante, ni porfiado, sino un hombre acomodado a ser lo mismo que soy. Y esa culpa que me arguyes, de que nace? De querer conservar una mujer con cuyo amor te destruye. Porque aunque tiene tu amor correspondencia, no hay ley que disculpe el ser de un Rey vasallo, y competidor. Deja a Leonida en su alteza, baja a inferior jerarquía el deseo, y la osadía no compres con tu flaqueza. Tu desventura señor, que un Rey recién heredado, es un rayo desatado de la esfera de su amor. Cuando su padre vivía, y el tuyo con el privaba, algo mejor se fundaba tu alentada gallardía. Pero agora que está ausente tu padre, y Félix privado del Rey, porque se ha mostrado fácil, parcial, y obediente en el amor de su hermana. Lo mejor es recoger el deseo, y padecer los días de una semana, que trasponerte señor, a los de una eternidad; que es mozo su Majestad poderoso, y con amor, Él viene. Pues salte fuera. Tengo peste? Es indecencia que estés aquí en la presencia del Rey. Apelar quisiera a la Cristiana piedad, de Poetas, que han mezclado el más humilde criado con la mayor Majestad. Y eso dejará de ser impropiedad: No señor, cógiome con el error, y es forzoso obedecer. Pues ya me oprime el peso de este grave monte de intolerable pesadumbre, no quiero yo que la ambición suave tenga pendiente en mí su incertidumbre No el Piloto por si rige la nave, y Sisifo al descanso de la cumbre, no llega por ser solo. Pues qué pides. Los fuertes hombros de un leal Alcides. Quién duda que me elige por Atlante de este peso Imperial, o no es prudente. Solo se debe a mi valor constante de estas civiles ondas el tridente. Ah hidrópica ambición, orbe inconstante, muerte con vida de la humana gente, deleitosos principios nos presentas, y de trágicos fines te alimentas. Sube fortuna hasta que al Firmamento de Real aparato en su grandeza, tu planta reconozca. Pensamiento, y con seguros pasos de la Alteza la escala mides. Hoy al elemento de región superior a la firmeza de su prosperidad mi honor aspira, y a la esfera del Sol águila mira. En los principios de una acción se sabe cual será el fin por el discurso humano. Errar en el gobierno de la nave quien no la ha de regir, yerro es liviano; pero es en el Piloto culpa grave. Las riendas del Imperio en flaca mano, no confíes, elige con prudencia. Quién viene? Habrá un año que partí de esta Corte, o Babilonia, en cuyos muros el Sol, gigantes de piedra dora: A templar las sediciones decién pueblos, que en discordias civiles amenazaban más lástimas que hubo en Troya. Sosegados los naufragios de las políticas ondas, que vientos del ocio indócil precipitaban furiosas. quise partirme, mas como la voz llegó por la posta, de la muerte de tu padre, calmó el curso de mis cosas, quédeme a que te jurasen, ya que funestas antorchas, en Piras de humo diesen del dolor funesta copia. Tu padre al común tributo rindió la vida, que agora luz de eternidades mide. en esferas más dichosas. Veinte años fui su hechura, mas como del árbol cobra los réditos en los frutos, quien los cultiva, y los goza. Así el árbol de mi vida tributaba a su Corona, en la paz advertimientos, y en la guerra sangre roja: Que el privado que se inclina a la dulzura ambiciosa del mundo, a la verdad niega lo que rinde a la lisonja. En mí el amor de tu padre te solicita, y exhorta, a conservar tus estados, si te he excedido perdona. Y porque entre tus grandezas, cuenten futuras historias, que hay quien la ambición desprecie, adonde tantos la adoran. Dándome licencia, quiero retirarme desde agora, al descanso de una Aldea, segura, por pobre, y sola. Y allí cuando a tu servicio, importe esta vida poca, con la de Carlos te ofrezco, un designio en dos personas. Porque resignando en ti todo cuanto soy conozcas; que te asiste con el alma, quien se va cuando te enoja. Vuestros consejos he oído: Retiraos muy en buen hora, que con Félix no hará falta al Reino vuestra persona. Aunque desprecios de un Rey no ofenden, desaficionan, desafueros tan injustos, que injurian, y deshonoran. Elección de Félix hace, donde estáis, sino reforma semejante desacuerdo, no gozará la Corona con quietud. Es Rey, y puede dar con mano poderosa su gracia a inferior sujeto, sin igualdad de personas. Y este es en mi beneficio, pues su elección me coloca a menos inquieto albergue de vida más peligrosa. Lo que voluntariamente le solicité me otorga; y voy a vivir conmigo en suerte menos penosa. Y para el peso del alma, dejarle algún tiempo importa; porque este en que he de faltarle es solo el que a mí me sobra. Volviendo yo las espaldas a esta ambición congojosa, coloreando verdades, podré amortiguar lisonjas. Que los Reyes al decirlas, sino obligan, ocasionan; y es nuestra naturaleza generalmente ambiciosa. Viene a ser común agravio, que a todos nos anteponga un hombre humilde. Nosotros, supuesto que nos importa, con igual emulación, haremos que el Rey conozca, que estriba en flaca columna el peso de su corona. Vamos a decirlo al Rey. Mirad. Quien no galardona calificados servicios, los desprecia, o los ignora. No sé si te dé señor, la bien venida, o si diga, considerando tu error, que tu presencia me obliga a más pena, y más temor, a tu virtud, y experiencia se le debe dar en todo más crédito, y más licencia. Pero tal vez hierra el modo la más segura conciencia; lo que he podido juzgar de este mar tempestuoso, que empezado a fluctuar, es que el riesgo más dañoso consiste en el reprobar; y pues el común error de estos tiempos, es señor, decir, y apurar verdades, el irte a tus soledades con ellas fuera mejor, que aunque es acción natural de un vasallo que es leal, es culpa avisar del dano al Rey, cuando el desengaño se ha de recibir tan mal. No me pesa hijo a mí, el haber errado aquí, el modo sin la intención, sino el ver esa opinión tan introducida en ti diez mil ducados de renta de mis padres herede, quien sirve, y no la acrecienta, bien claramente se ve, que con su honor se contenta, ir pudiera yo medrando. mintiendo, y lisonjeando. Pero ajustado a mi suerte, voy caminando a la muerte, y todo sobra en llegando, que me hagas solamente un gusto te he de rogar. Siempre he de serte obediente. Yo te quiero acreditar Carlos por hombre prudente, y supuesto que conoces las siempre engañosas voces, de estas hambrientas arpías, al común daño valdías, alagüeñas, y feroces, que a más blanda sujección, si a Imperio más limitado recojas el corazón, y él vivira más hallado, y tú en menos sujección: Seguirasme. Señor sí; la obediencia, y el amor están compitiendo en mí, y yo a la parte mejor tengo de inclinarme aquí. Disponte luego a partir. Luego nos podremos ir. Perdona Leonida mía, que te ama el Rey; y sería ignorancia competir con su poder mi humildad. Fuese ya su Majestad? Ya se fue. Gracias a Dios, que no será entre los dos de efecto mi indignidad. Ni tu ingenio despreciado de mí, pues quiero hacer ya lo que me has aconsejado. Mi padre a vivir se va a Monferral retirado, y allí quiero recoger mis deseos, y poner en orden mis pensamientos, porque puedan mis intentos resolverse a padecer. Agora sí que podrás decir que has sabido más en tu favor, pues peleas contra aquello que deseas, y por vencerte te vas. La gala del buen nadar, consiste en saber guardar la ropa; y en el reñir se estima el no recibir mucho más que el saber dar. Ausente aunque enamorado, estar puedes tan guardado, señor de ti contra ti, que no te alcancen allí los lances de tu cuidado. Que he de dejar a Leonida. Piensas decirle tu ida? Ven, irássela a decir, que si la veo al partir no la dejaré en mi vida. Quien ama por elección puede abstenerse de hacella, yo amé por fuerza de estrella, y sigo mi inclinación. Bien puede el Rey perseguirme, que es poderoso a inquietar: pero yo siempre he de estar Julia en mis intentos firme. En toda mi vida he dado consejos a quien padece, que abajo llaman parece. Si es de Carlos el criado, entre, y ponte tú de posta, que en este mar de desvelos, son de Félix los recelos los Piratas de mi costa. Amor es Dios poderoso. y no hay poder en los Reyes contra las ardientes leyes de su Imperio licencioso. Donde está Carlos. Agora se va a casa. Sabe ya, como su padre se va a Monfertal. Sí señora, y su mal siente de suerte, que presumo yo que hallara consuelo si le trocara por el dolor de la muerte, sujeto a un mortal quebranto, y acaudalando memorias, llora sus perdidas glorias. Es su padre, no me espanto. Si su padre solo fuera quien se va, que sentiria no dudo; pero sería la adversidad más ligera; él se va también con él. Qué dices hombre, has perdido el juicio. Si haber sido resuelto, libre, y cruel, en las nuevas que te doy, es falta de entendimiento, la mala opinión consiento. Pero disculpado estoy, con ser en tales enojos su mensajero, y así por él me despido aquí, de tus bellisimos ojos, que como te quiere tanto, teme que no ha de poder dejarlos, sin deshacer los suyos en tierno llanto. Alevoso Embajador, del amante más infiel, que vengativo y cruel milita en la ley de amor. Hierba en que viene el veneno, del áspid que en esta ausencia, se dirige a mi impaciencia, de injustos rigores lleno. Voz de aquella boca ingrata, tan sin causa fementida, y diestramente omicida, que se ausenta cuando mata, Vuelve, y di, que yo confío, de su injusto proceder, que al irse me ha de volver, mi ya usurpado albedrío. Que si el supo enamorar, con la intención que se ve, que yo también la tendré, para saber olvidar. Que lo que siento no ha sido su ausencia, ni mi cuidado, que fue rigor no esperado, y por eso le he sentido. Yo le diré que te vea. Yo a ti, que no se lo digas, que poco en eso me obligas, cuando el dejarme desea; y aunque se vuelva a quedar, lo fácil del resolver, su ida no puede ser, que él lo pueda disculpar, y fuera el quedarse engaño, que en las ofensas de amor, la primera es la mayor, porque hace posible el daño, y dile que me despido, tan resuelta a no rogar, que me quisiera olvidar, del tiempo que le he querido. Señora? Si son disculpas, no las he de agradecer, que me importa aborrecer, y estoy bien ya con sus culpas. Resuelveste a no escucharme. Esto es lo que se le debe a una voluntad aleve, determinada a dejarme. Pues señora? Esto ha de ser Advierte. No hay que tratar, que en nada te he de escuchar. Resolviose, y es mujer, Que he hecho triste de mí, a que áspira mi intención, si llora ya el corazón, todo lo que he dicho aquí. Para que me enamorabas, inconstante Carlos mío, si con tan fácil desvío, dispuesto a matarme estabas. el disgusto que has tenido con Fabricio, que ha salido por esas salas agora, tan resuelto en mi porfías, que al decir que que llevaba, me dijo que no escuchaba; pues tu tampoco lo hacías, y sin volver la cabeza, se fue por no me escuchar. Su ausencia he de remediar, sin perder de mi entereza. Yo no me he de conservar, diciéndole al Rey que no, que en llegando a replicar, los mismos pasos que yo subí, volveré a bajar; y en cayendo, doy venganza a todos mis enemigos con esta fácil mudanza, confusión a mis amigos, y sin breve a mi esperanza. Félix señora está aquí. Qué hace. Hablando entre sí; ya nos ha visto. Oh Leonida, aumente el cielo tu vida. Y él te la próspere a ti, no sé desde cuando has sido hermano tan divertido. Desde que soy poderoso, pensión que paga el dichoso al estar favorecido, cuando solo conocía el corto bien que tenía, seguro en mí ser estaba, porque solo conservaba, lo que por mi poseía. Pero agora que depende mi ser de poder ajeno, mi propia sombra me ofende, y a mil daños me condeno. Qué importa, si te defiende tu virtud nunca vencida. Ha nunca hubieras nacido, con tantas partes Leonida. Que me declares te pido esta enigma no entendida. El Rey a fuera te espera Julia. Siempre he callado tus secretos. Considera, que es este para ignorado. No repliques. Voyme fuera. El Rey, hermana, he sabido, que se inclina a tu belleza, tan amante, que ha querido levantarme a su grandeza, por verse favorecido, cuando pensé que debía a mi estrella el ser dichoso, hallo, o corta suerte mía! que debo a tu rostro hermoso; lo que por mí no tenía; y en esto he considerado, que siempre estas dichas tienen algún fin interesado, cuando tan prósperas vienen, sin haberlas granjeado, que no hay seguro poder, no habiéndole merecido el que le llega a tener. Pues dime, que habrás perdido, cuando volviendo a tu ser, de mí el Rey desengañado te quite lo que te ha dado. La opinión. Ese es error, que antes la hace mayor el poder más limitado, con los que no están ajenos del caso; si ellos son buenos por sí, disculpado estás, y cuanto el poder sea más, la estimación será menos: Y así es justo renunciar esa grandeza aparente, que no puedes conservar. Hallo por inconveniente, el saber ya que es mandar, el poder, y la riqueza, se hacen naturaleza, y por virtud consentida, corazón de nuestra vida, en la mayor fortaleza. Luego pretendes que yo al Rey favorezca. No; pero que el piense, que sí en tanto que yo por mí merezca lo que él me dio, por verse favorecido, que una vez introducido por mis servicios, mejor, aunque le falte tu amor, seré del suyo admitido. Y como yo pueda hacer legítimo este poder, que hoy gozo por bastardía; tu verás la suerte mía con menos riesgo crecer. Ocasiona su esperanza con afectados favores, sin que haya en tu honor mudanza, que a este precio, a tus rigores trocaria mi privanza. Pues solo a tu devoción será fuerza resolver mi ya fingida afición; pero una cosa has de hacer para lograr tu intención. El pueblo hermano mormura, que a fin de tener segura esta suerte, has dado traza, que Carlos, porque amenaza con sus partes tu ventura, se retire a Monfertal con su padre, y yo imagino que has de introducirte mal, no dando a este desatino satisfacción liberal. Puedo yo dársela. Sí, haz que mande el Rey a Carlos, que no se ausente de aquí, y podrás desengañarlos. Voy a pedírselo así; pero al Rey has de mostrar voluntad, por conservar el favor que me concede. Haz tú que Carlos se quede, que en todo te he de ayudar. Esto es mirar con amor lo que importa a tu decoro. Advertirme en lo que ignoro no solamente es valor; pero es lealtad, y nobleza. Vuestra Majestad procura hacer una humilde hechura, indigna de su grandeza, tiene para aconsejar Félix muy poca experiencia, poco ser, y menos ciencia para instruir, y mandar: y el pueblo pide persona mas acepta en su opinión, mirando a la estimación debida a tu Real Corona; y como ve despreciada la mucha capacidad de Ludóvico, y suedad. poco acepta, y mal premiada: dice. Yo tengo que hablarte, señor. No hay aquí ocasión. Ya empieza mi confusión, bien sucedió, escucha aparte. No es tiempo, afuera esperad. Tente fortuna envidiosa, espinas tiene esta rosa, y en poco Abril, corta edad. No os vais Félix. Señor sí, no obedecerle quisiera, que no importa el irme fuera, dejándome el alma aquí. Por honra de su elección me ha de conservar a estado; más temores me has costado, que me has dado estimación. Tus siglos son un momento, y fingidos tus honores, luz de humanos resplandores, sujetos a un fácil viento. Quien menosprecia la hechura en poco el pincel estima de su pintor. Vuelvo a oír. A Ludóvico apellida el Pueblo: El leal vasallo, que al gusto del Rey aspira, en secreto le aconseja, y en público le acredita. Vulgares demostraciones, parece que solicitan conspirar contra su Rey, más que ayudarle, a que rija. Apenas hoy en el lienzo de Felix tiré una línea, cuando borrarme la intentan las manos de la malicia. Félix dicen, de mi tratan, cielos! que será si expira mi fortuna. Esto señor buen celo es, y no envidia. Veis aquí el lienzo de Félix, y aunque sea pintura mía, borrad sin decoro al dueño, lo que su ignorancia pinta. Suspenderé los pinceles, que no quiero que se diga, que con violencia convierto el gobierno en tiranía. Borrad. Pues con tu licencia borraré. Borrad. No hay dicha, que atropelle ardientes dudas, cuando temores la entibian. El que a lugares menores, no dio alcance con la vista; porque le pintas señor, lince de esta Monarquía. La dirección de esta nave a un ciego Piloto fías, y a un Médico tu salud, que ignora las medicinas. Hacer de los olvidados, conocidos tan aprisa, puede en un Rey la violencia, mas no puede la justicia. Los que nacieron humildes, aunque arrogantes se finjan, desconocen la grandeza en las medras repentinas. Las riendas de gran fortuna, no las rige la osadía, ni los medios naturales a corta edad se destinan. Y advierte, que quien merece la gracia del Rey, ministra en sus consejos al Reino, su salud, o su ruina. Y siendo así, que experiencia habrá en Félix, que resista confusas proposiciones de las que un Reino amotinan. Borrado me habéis mi hechura. Ay de aquel que solicita sacar con torpes acciones dulce miel de amargo acíbar. Ya está el Rey arrepentido. Félix. Señor cuanto pisa mi cuidado, son temores, confusión cuanto imagina. Qué cobarde es la privanza, cuando es en persona indigna. Título de Conde os doy, con un castillo, y seis villas. Tu esclavo soy. Levantad. Gigante a tus pies se mira aqueste Adán, que del polvo a imitación de Dios crías. Los que veis aquí conmigo, vuestro aumento solicitan, y agradecédselo a ellos, porque siempre que me digan de vos lo mismo que agora, su voluntad conocida en acrecéntaros yo, mostraré también la mía. Al cielo ruego señores, que les dé a Vueseñorias lo mismo que me desean. No es muy segura esa dicha, corridos están los dos, lindamente se castiga con un agradecimiento una mala tercería. A su Majestad debéis el honor con que os estima, y mirad que no perdáis el favor que os comúnica, que ha de tener en nosotros vuestra culpa cometida, la emulación, y el castigo que ella por si solicita. Cuando yo no interesara, más que él no perder de vista. la grandeza a que han llegado partes que son tan indignas. Por solo no dar venganza a los que se inclinan a descomponer mis glorias, y a desear mi caida. Siempre he de tener presentes ante el Sol de su justicia, el polvo de mis principios, y de mi fin las cenizas. Una merced, gran señor, te suplico que te sirvas de hacerme. Fácil será cualquiera que tú me pidas. Del título que me das con un castillo, y seis villas, hago retención en ti, en tanto que yo te sirva, y merezca este favor, temido de parte mía, pues no hay seguras mercedes. cuando no están merecidas. Aunque de mi voluntad parece que desconfías, depositario me hago de lo que te doy; y fía de mi mayores aumentos. Solo agradarte querría, más que el soberano Imperio de la mayor Monarquía. A besar tus Reales pies, Carlos, y yo gran señor, venimos, y a que nos des licencia. Si algún favor he de recibir después, agora puedes honrar mi humildad, con no negar uno que te he de pedir. Qué es. No dejar salir a Carlos de este lugar, que si por sus muchos años pretende el Conde asistir pacificos desengaños, el que aún tiene por vivir el discurso de sus años, no es justo que se retire, para que el mundo señor su mucha extrañeza admire, demás de que su valor, agora es justo que aspire dignamente a engrandecer su heroica posteridad, que el ya fatigado ser del Conde, es en esta edad Fénix que ha de renacer. Para vos solo tenéis la licencia que pedís. Señor. No me repliquéis, si de Carlos no impedís el aumento, que hoy veréis, como quede en mi servicio, que doy de mi voluntad, Conde un generoso indicio. Del te hace mi lealtad obediente sacrificio, y cuando más retirado, y por mi edad impedido, de ti gran señor llamado, volveré favorecido, y te serviré alentado, porque aunque empieza a faltar, por mi vejez mi salud, el deseo de obligar es segunda juventud, en quien pretende agradar, y yo, allí serás señor, como el prudente escultor con la hechura que ha labrado, que si la mira apartado, la considera mejor. Carlos. Señor. Capitán de mi guarda sois. Ya están esperando a que les des mis labios, tus Reales pies. Alma nueva infundirán en mí tan grandes favores. Cuando yo deudor no fuera de beneficios mayores, por Félix solo lo hiciera. El cielo haga inferiores, a tus católicas plantas, Reinos, y Provincias tantas, en que el Sol con más decoro ilumina rayos de oro, entre criaturas, y plantas, Ludovico está señor muy pobre. Él halló el camino de conservarse mejor. Que ha de durar imagino en su gracia, y su favor. A Ludovico se den diez mil ducados también de renta. Tu esclavo soy. Agradeced lo que os doy a Félix. Si de este bien puede ser el corazón, parte de satisfacción en él si posible fuera. Mostrarte Félix quisiera mi deseo, y mi intención, y aunque es tanta tu prudencia, al cielo hago testigo, que quisiera en esta ausencia, llevar tu vida conmigo, o dejarte mi experiencia; pero pues no puede ser, y tú, y Carlos os quedáis a servir, y a merecer, os encargo que seáis amigos, que del poder del uno, y de la lealtad del otro hará la amistad un vínculo tan estrecho, que a dos cuerpos les dé un pecho en igual conformidad; y si bien no contradigo la prudencia del Rey, digo, que ninguno hay tan dichoso, que para ser venturoso no le importe un leal amigo. En mí serán tus consejos preceptos que he de observar, cuya luz, aunque de lejos, me puede comunicar sus evidentes reflejos; que cuando más desasido de esta suerte que he tenido, a las miserias del suelo, me han de servir de consuelo los consejos que he pedido; y en señal de que ha de ser el más verdadero amigo que Félix ha de tener, hago este abrazo testigo de dos almas en un ser. Lo mismo juro, y prometo de mi parte. Agora sí, que parto menos inquieto; pues pago con esto aquí, tu obediencia, y tu respeto. Hijo, en el mayor favor del Rey, muestra tu lealtad, respeta como inferior, trátale en todo verdad, y sírvele con amor. muestra siempre agradecido, igual rostro al bien, y al mal, prudente, si persiguido, poderoso, liberal, y humilde favorecido; que el acto de más cordura es ajustar los intentos; porque no hay suerte segura si faltan mere cimientos, aunque sobre la ventura. Si Félix queda encargado de guardar, y obedecer los consejos que le has dado, yo que tomé de ti el ser, por quien vivo acreditado, por ley expresa los creo, los estimo, y los poseo. Pues Carlos a Dios que es tarde. El señor te guíe. Y guarde los años de mi deseo.

JORNADA SEGUNDA

Con el Rey están los dos, y como no puede entrar ningún criado a escuchar lo que hablan, vive Dios, que es un salón sin asientos, un desierto de Arenales de Libia, en que desiguales, y baldíos pensamientos discurren ociosamente. Siempre el esperar ha sido cansado, y poco sufrido: pero el concurso de gente, que en estas salas asiste, tiene la imaginación en confusa admiración, por lo alegre, y por lo triste. Si esto ocupado estuviera, de estatuas mudas, y ratas, que aunque a todas las hablaras, ninguna te respondiera, sentir lo ocioso podrías, pero no donde concurren tantas lenguas que discurren en varias Filosofías. Qué importa, si están poblados todo el día estos corrillos, de mil letrados sencillos, y pretendientes doblados, de hablantes historiadores, de abundancia conocida; que una historia mal sabida cria grandes habladores; y otro género de gente, que el mundo estadistas llama, adquiriendo nombre, y fama, por un modo impertinente. otros hay de esta colmena, fusurrantes avejones, que con falsas intenciones usurpan la miel ajena, siempre inútiles aquí, dándose por varios modos, de las mercedes de todos, los méritos solo así. Y otra gente más cansada ay de diferente estado, que en todo presente ha estado, sin haberse hallado en nada; y que es uno de estos sé, mientiroso tan bestial, que ha dicho que fue animal en el arca de Noe. A ese trajérale yo entre todos señalado, con un sayo agironado. vistosamente. Yo no, porque anda tan conocido, que ha hecho en su inclinación, cada mentira un jirón, del sayo que se ha vestido. Cómo de privanza va. Con la parte que me cabe, repito para hombre grave; y aún pienso que lo soy ya; que hay quien todo un día entero se anda tras mi sin dejarme, por solamente encontrarme, para quitarme el sombrero. Y estoy tan en posesión, de esta nueva autoridad, que digo una necedad, y me la hacen discreción; en que he llegado a entender, que el poderoso imperfeto, bien puede no ser discreto, pero lo ha de parecer; y yo según mi opinión, conozco que el mundo estima, por críticos de obra prima, majaderos de ramplón. Hidalgos, este lugar no es para estar ocupado, y ya los tengo avisados, que solo pueden estar en esas salas de afuera, o por esos corredores, que aquí solo los señores. asisten, y no quisiera que nadie de mí se queje. Yo soy de Félix criado. qué importa, si él me ha mandado que esta sala se despeje, porque sale agora aquí su Majestad. Irme quiero, que en Palacio es un Portero poco menos que el Sofí. Vamos, que esto se remedia. con paciencia, y corredores, ya que no somos señores, ni la cayos de Comedia. A Félix he menester solo. Hay tal desigualdad Esto mira a engrandecer contra nuestra autoridad en su gracia su poder. Cuando un hombre humilde muera, que importa. Que esperéis fuera he dicho ya. Ya nos vamos, y con Felix te dejamos. Solo señor considera, que a esfera más superior de la que mi centro mira, me levanta tu favor. A mayor alteza mira tú ser asido a mi amor; no está resuelta Leonida a quererme. Señor sí. Pues no temas tu caída, supuesto que voy por ti asegurando mi vida. Mide con su voluntad Félix, tu felicidad, y esa misma es bien que esperes; pues en lo que por mí hicieres está tu seguridad, en una misma balanza se han de estar siempre ajustando, tu ventura, y mi esperanza; la de tu temor bajando, y la de mi confianza subiendo; y así podrás, cuanto por mi hicieres más, pensar que iguales estamos; porque los dos ocupamos los dos puntos de un compas. Cada favor que Leonida me hiciere, ha de granjear una merced concedida; y entre los dos ha de estar esta ley introducida. Ha privanza; quien no hubiera empezado a conocer tu dulzura, a Dios Pluguiera que el llegarte a merecer, para no estimarte fuera. Hay honor, tened paciencia, si no hiciere resistencia en este injusto cohecho, que a no vivir satisfecho del valor, y la prudencia de mi hermana, desistiera de la mayor Monarquía del mundo si se me diera, porque en la deshonra mía un átamo consintiera. Qué dices? Que ya Leonida está señor reducida contra su misma extrañeza, a estimar tu Real grandeza de su ingratitud corrida. Puédola esta noche hablar. Si señor, mas ya que has puesto precio a su amor me has de dar una palabra. Dispuesto estoy a no te negar Félix ninguna, aunque sea pedirme, que no posea por mí el Imperio de Hungría. Cómo señor te podría pedir eso, quien desea ver dilatada al Oriente, la Corona de tu frente. y nuevos mundos criados, dignamente dedicados a tu espíritu valiente. Pues pide, y has de advertir, que aún quisiera discurrir tu gusto, sin preguntar, por excusarte con dar, la vergüenza del pedir. Primero señor que pida, has de tener conocida la voluntad de mi hermana; que entonces, ya es cosa llana, que será deuda debida, y yo me podré atrever a pedir más confiado la merced que me has de hacer. En darte yo adelantado, quiero también merecer, deja que de parte mía, pueda Félix conseguir esta airosa gallardia, que no se puede decir, que da el que no se confía, y si para darte, espero a que me obligues primero, esta parte de interés ha de hacer menor después la dádiva. Lo que quiero es un favor concedido, en tiempo que aún no ha venido; y el pedir sin ocasión, es una torpe ambición. Con eso me has convencido, pero no he de dilatar el ver a Leonida yo, que nunca quien supo amar gustosamente esperó en lo que pudo abreviar. Es hora ya. Sí señor. Vamos pues, que he de vestirme para sa ir de color. Leonida, tened vos firme, que hasta aquí todo es honor. Tan apechos has tomado el deshacer esta ausencia, que pienso que es diligencia, que nace de otro cuidado, y aunque parezco atrevida en esto, estoy disculpada. Por qué. Porque estoy cansada de hacerme desentendida. Julia por lo general te quiero satisfacer, que bien puedes tu saber, sentir bien, y culpar mal. Solicita, y recatada confieso que me has servido nueve años, y que has sido por tu lealtad estimada. Pero un secreto fiado de ajena naturaleza, cuando es de propia flaqueza, trae siempre inquieto el cuidado Y es un imprudente empeño, porque la mejor criada, tal vez pública enojada los de efectos de su dueño. Pero porque no te ofendas, y culpes mi demasía, hoy pretendo Julia mía, que mi voluntad entiendas. Carlos vive, y reina en mí con tanto imperio, que creo que es alma de mi deseo, desde el punto en que le vi. Con Fabricio me envio a decir, que de su culpa me quería dar disculpa, y contenta espero yo su disculpa en su venida, y pues que darla desea, ruego al cielo que tal sea, que me deje convencida. Pues yo os doy por concertados si tú lo quieres quedar. En nada saben hallar seguridad mis cuidados, que como está deseada la sumisión que ha de hacer, temo que no ha de saber dejarme desenojada. Mostrarase el rostro airado. Donde hay paces, no hay disgusto Y alegre. No, que no es justo dejarse yo confiado. Un crepúsculo imagino que formas señora mía en tu enojo, y tú alegría. El más seguro camino para conservar lo amado es el mediar los extremos, las que sin fraude queremos. Gente parece que ha entrado. Mira si es el, aunque ya lo ha dicho la turbación de mi inquieto corazón. Carlos es. Pues salte allá, y desde esos corredores mira si mi hermano viene, y avísame. Así conviene a tu culpa, y mis temores. Atrevéreme a llegar Julia. Quién es deseado, cerca está de perdonado, y lejos de disgustar. Llega, y pidela perdón, humilde, y arrepentido, que porfe le ha conocido su amamte imaginación. No hablas Julia conmigo, Julia me llamo, es verdad; pero está mi voluntad muy agostada contigo. Si como sé que no estoy culpado, decir pudiera lo que siento, y no sintiera lo que por disculpa doy, tan satisfecho quedara, tan disculpado, y contento, que solo en mi pensamiento el mayor consuelo hallara; pero que importa Leonida, venirte a dar mi descargo, si estas culpada en el cargo, que disculpa mi partida. Verdad es que me ausentaba; pero también es verdad, que me dio tu voluntad la ocasión que yo tomaba; porque juzgado en rigor, de sí me quiere apartar, la que me pretende dar, un Rey por competidor. Y he mirado sin pasión, parte es también de quererte, dejarte, por no perderte. Pero no es satisfacción; porque quien llegó apensar que por otro le dejaba, poco satisfecho estaba, y en poco pudo obligar: contra mi opinión fundaron tus recelos tu partida; y vengo a ser la ofendida, pues de mi desconfiaron. Carlos, con mujeres tales como yo, no ha de correr la cuenta que se ha de hacer con las que hacen generales sus gustos, y sus favores. Siempre una misma he de ser, porque no he de cometer con un alma dos errores. No tiene el Sol fulminante rayos de luz en su esfera, cuantos yo por ti supiera despreciar, firme, y constante. Y aunque mil inconvenientes me pretenden persuadir, he de ser tuya, o morir, como de mí no te ausentes. Déjame hermosa Leonida, besar tus pies, si a la boca el satisfacer le toca lo que recibe la vida. déjame humilde ofrecer, porque veas que podemos competir en los extremos de obligar, y agradecer. Si un alma que tengo, fuera capaz de infinitas vidas, todas en una ofrecidas a tus pies te las rindiera; y en fe de que desde agora soy tu esclavo, hasta la muerte; dame una mano, y advierte. Tu hermano, y el Rey señora. Qué dices? estás en ti. Tan en mí estoy, que han entrado, Buen lance habemos echado. Perdida soy, ay de mí! A tus ordenes estoy. Que te escondas solo quiero en este cuarto primero. Muriendo de celos voy. Que vuelvas en ti te pido, que si tu hermano repara en tu color, el declara la culpa del escondido, Hermana, el Rey viene aquí, la palabra que me has dado cumple, o me verás echado del cielo donde subí. Quién vio tan gran confusión. Solo me atreviera a entrar con Félix, por excusar el daros satisfacción en mi injusto atrevimiento. Vuestra Majestad, señor, levanta con tal favor mi corto merecimiento; pero de esta indignidad, su mucha piedad merece la pena, pues favorece. mi conocida humildad; aunque ha sido tan piadoso, que considerando escasa de luz esta pobre casa, con su explendor generoso la ilustra, y como con bella de sus rayos la enriquece, visita del Sol parece, pues entra a dar luz en ella. Desde aquí podré escuchar si recoges el aliento. Pienso señor, que aún el viento no me siente respirar. Nunca he llegado a creer, que en una misma excelencia se hicieran competencia la hermosura, y el saber; que aunque son causas posibles, y se pueden conformar, según la opinión vulgar, parecen incompatibles; pero guardando el decoro al ser en todo perfeta, os estimo por discreta, y por hermosa os adoro, y por vos decir podría, que sois el Sol visitado, supuesto que me habéis dado luz de lo que no sabia; y después que sé que estáis re suelta afavorecerme, de esta luz he de valerme, pues como el Sol me la dais. Mire por donde he venido a ser desdichada ya. En ti mi remedio está, sino quieres que haya sido. de este Sol de vuestra esfera el Ícaro que ha volado arrogante, y confiado, con alas de blanda cera. Pues que he de hacer más aquí Hablarle con más amor, pues ya le consta a tu honor, que favoreces por mí; y no te va hermana en esto, menos que mi propio ser, verme mandar, y poder, o abatido, y descompuesto. Parece que está encogida Leonida de verme aquí. Diciéndome estaba a mí, que está gran señor corrida de que contigo haya sido su voluntad dilatada. Desdicha tan impensada, a quien le habrá sucedido. De suerte hermosa Leonida estimo tales favores, que de pasados rigores se va olvidando mi vida. Tanta esta ventura ha sido, que puedo haber estimado el serantes despreciado, por verme favorecido. Vuestra Majestad señor, advierta que es indecencia, que admita en su Real presencia mi humildad tan gran favor. Muerta soy triste de mí! que he de hacer, si escucha agora Carlos, y mi intento ignora. Puedo temer. Señor sí, todo cabe en ser mujer; pero quien pudo llegar oyéndola a imaginar, que te podía ofender, Mi hermana hermosa Leonida por su dama os ha nombrado, y yo como interesado en ello, quiere que os pida que aceptéis esta elección. Beso a vuestra Majestad sus Reales pies. Levantad, cielo de mi inclinación; mirad que pensará el suelo, que en la esfera celestial, falta el orden natural, viendo tan postrado el cielo. Mañana quiere la Infanta ver vuestra presencia hermosa. Mañana iré venturosa a recibir merced tanta. Rendida está mi lealtad a tu generosa mano. Vive Dios que es el hermano de los buenos de esta edad. En todo veas cumplida tu esperanza. Y tú también pongas en Jerusalén tu Corte, con larga vida. Mi honor, y el tuyo te encargo Leonida. Al Cielo pluguiera, que tu ambición menos fuera, y fuera menor el cargo que yo espero. Ya se han ido. Salga a la calle primero el Rey, que aún en esto quiero no parecer atrevido. Nunca te vi tan prudente. Jesús mil veces Fabricio, quitándome está el juicio un desengaño presente. Bien será satisfacer a Carlos. Adónde vas mujer. No le digas más, que no hay más que encarecer. Bronce, animado escorpión, en lo fácil del veneno, tempestad en mar sereno, sacrílega ejecución de pecho determinado, rayo engendrado en sí mismo, conjuración del abismo, en la expulsión del pecado: adónde vas? qué me quieres? Solo que me escuches pido, Aún de verte estoy corrido, y mira ingrata cual eres, que aunque estas debiendo aquí la vergüenza de tu error, por ser la parte mejor, la padezco yo por ti; en que me ha dado a entender la bajeza de tu pecho, que aún la vergüenza del pecho no te quiere conceder. Qué daga sangrienta viste puesta a los ojos aleve, que para tiempo tan breve tantas promesas hiciste. Si te querías vengar de la intención del dejarte, fuera solo con mudarte, dejándome a mi ausentar. Oye el descargo. Eso no, que aún pienso que en la disculpa está encubierta otra culpa, para que padezca yo. Los ojos del Rey dirás que turvaron tu firmeza, por ley de naturaleza, y que no has podido más: y en esto te ha convencido, fácil enemiga, mira el saber el que venía para ser favorecido: y cuando quieras decir, que en su generosa mano tiene su vida tu hermano; muy bien pudieras cumplir con una esquivez medida, tal, que ni hubieras dejado a tu Rey desconsolado, ni a mí sin gusto; y sin vida: Y así será justo aquí, en tan grave desconcierto, que pues no huyes de un muerto que un muerto huya de ti. Carlos, oye, espera, tente. Y yo en que pequé. Esto fuera; si fueras tú la primera que pierde por inocente; hoy han de ser mis rigores contra tu sincera fama, la paga que el vulgo llama, de justos por pecadores. De aquel cuerpo que se ha ido soy sombra yo; y el va huyendo del Sol, y le voy siguiendo, a su mismo ser ha sido. Luego yo a oscuras me quedo. Procura estar siempre asida a la intención de Leonida, que tu perderas el miedo. Cuando tan públicamente son los Reyes distraídos, la ley natural consiente, que puedan ser corregidos sin que parezca indecente. No hay persona en toda Hungría, que no hable licencioso, de esta humana idolatría del Rey; y serán forzoso, si su Majestad porfía en sus viciosos extremos, que nosotros remediemos su culpa con sus enojos, quitándole de los ojos a Félix. Cómo podremos, sin que sea deslealtad, La común utitidad del Reino, por su interés, podrá disculpar después, cualquiera osada impiedad. El Rey solamente trata de conquistar a Leonida, un tiempo a su amor ingrata, y en la guerra ya ofrecida de sus contrarios, dilata el socorro que han pedido treinta pueblos comarcanos, que a su amparo han ocurrido, contra las sangrientas manos del Turco, y entretenido anda en sus torpes amores, pagando con los favores de Félix, los de su hermana: cuya inteligencia humana acredita sus errores; y como causa primera. de esta general ruina, Félix es justo que muera, y en esto se determina mi resolución postrera. Con su poder nos oprime el Otomano Amurates, y el luciente acero esgrime, sin que haya en nuestros combates, quien ya nos tema, ni estime. Porque como en la cabeza, que es de este cuerpo inferior, han conocido flaqueza, infamando nuestro honor, acreditan su altiveza. Pues alto, a Félix matemos; y a su Majestad diremos, cuando nos culpe enojado, que así habemos remediado la inquietud de sus extremos. Poco nos puede costar a nosotros el matar un hombre humilde, que ayer tuvo principio en el ser que el Rey le ha querido dar. Sí pero es en ocasión, que los dos pedido hauemos para esta guerra el bastón; y entrambos le perderemos si antes de hacer la elección le matamos. Es verdad, y me hallo convencido con esa dificultad; pero quedara corrido a torcer mi voluntad. Mátele aquel que quedare sin el bastón, y repare de todos el comun daño, proponiendo el desengaño al Rey, cuando le culpare. Así lo prometo, y juro de mi parte. Y de la mía como quien soy lo aseguro, que ya en esta Monarquía la quietud del Rey procuro, que si bien es riguroso el intento, es tan forzoso, como en la causa se advierte; y bien merece la muerte el que hace a un Rey vicioso. Él viene. A su Majestad, señor Félix le he pedido, que premiando la lealtad con que mi padre ha servido, resucite en mi suedad; dándome en esta ocasión, para servirle el bastón de General. Yo hablaré al Rey, y le informaré de tan justa pretensión. El Conde Arnesto, y yo habemos pedídole, y no queremos? que haya más contradicciones, méritos, ni intercesiones, que entre los dos; y pondremos el remedio necesario si se hiciere lo contrario. El ruego, y la intercesión considerado en razón, son un acto voluntario, que no pide más licencia, que el gusto de quien le hace, sin ajena dependencia: y en poco pienso que hace fuerza en esto la obediencia; esto es respondiendo aquí por Félix, y en cuanto a mí, como no hay en toda Ungría calidad, que de la mía exceda; en lo que pedí estará tan disculpado, el que por mi intercediere, que nadie podrá enojado culparle, cuando quisiere fundarse en su mismo enfado, hijo soy de Ludovico, Conde de Ordaz, y bisnieto del Infante Federico, que llamaron el discreto, el valeroso, y el rico; y cuando de mi ascendencia, parte del mundo ignorara el valor, y la excelencia conmigo se originara mi futura descendencia. El Conde Arnesto está aquí. Donde el Marqués Fabio está, nadie es bien que hable así. También se me deberá el mismo respeto a mí. Adviertan Vueseñorías, que a este lugar se le deben diferentes cortesías. Eso es cuando no se atreven arrogantes de masias. Lo que yo he dicho. Esperad en los términos de Hungría mi amparo. Su Majestad. A buen tiempo me cogía el disgusto, perdonad el no pasar adelante enojo, que no hay montantes, como los ojos de un Rey. Señor. Con la ley de favorecido amante, no pienso que auré cumplido, hasta que tenga pagado el favor que he recibido, tu deudor soy, obligado con lo que tengo ofrecido. Pues ya ha llegado señor el tiempo en que me has de hacer una merced, y favor; tal que pienso que ha de ser entre todos el mayor, con cien mil Turcos de guerra tiene el valiente Amurates puesta en opresión tu tierra, tan dichoso en sus combates, que en tus castillos se encierra, y ya con pecho leal, cuantos te pueden servir, con sed de fama inmortal, esperan para salir a que les des General. Qué quieres. Dar el bastón a persona de quien tengo bastante satisfacción. Sus pensamientos prevengo, el valiente corazón de Carlos quiere elegir. Mi palabra he de cumplir. Mira señor, que al que fuere, aunque a tu servicio hiciere falta, le has de dejarir. Sin excepción de persona puedes nombrar General. De la más oculta zona el escondido metal, tribute a tu Real corona. Sacadme un bastón aquí. El dichoso vengo a ser, que él lo pidio para mí, y el irme me ha de valer el despicarme de ti, falsa, y aleve Leonida, que huyendo de ti mi vida, va a otra guerra a pelear. Aquí no hay ya que esperar, nuestra opinión ofendida, Carlos es el venturoso por Félix. Pues qué haremos en caso tan afrentoso. Matarle sin que miremos, que es con el Rey poderoso, que ya la conspiración del Pueblo en su emulación, su muerte quiere aclamar, y la podremos pagar con una leve prisión, y no le sea sagrado el ser de un Rey amparado, que estás culpas todas son contra su Real opinión, y no hay lugar reservado; apenas dará el bastón, confiado, y satisfecho en su loca intercesión, cuando le busque en el pecho esta daga el corazón. Toma, y dale de tu mano, que aquí están tres pretendientes, y tales, que es caso llano, que no fueron más valientes los del Imperio Romano, electo, y constituido quedará el que tu eligieres, y desde aquí concedido el premio que prometieres nuestro contrario vencido. Federico Rey de Hungría, que mil años guarde el cielo, Conde Arnesto, Marqués Fabricio, y Carlos, oídme atento. Yo el sujeto más humilde de todos los de este Imperio, hilo de un hidalgo origen, principio de tantos buenos. Viéndome indigno en la alteza, en que mi dicha me ha puesto, me nombro, y me constituyo por General a mí mismo. Porque con esto me doy el principio que no tengo, y podré irme asegurando, como fuere mereciendo. En los tres opositores del bastón tiene este Imperio tres columnas que cualquiera es Atlante de su cielo. Quedaos a ostentar grandezas, que fuera ignorante acuerdo, que se aventure lo más, cuando hay valor en lo menos. Si el menosprecio en la vida, es parte del vencimiento, de la mía llevo ya el ir amorir resuelto. Mas granjearé vencedor, tanto cuanto yo soy menos, y vencido haré menor el dolor del sentimiento. A comprar voy con mi sangre, la que dicen que no tengo, y podré decir después, que de mí mismo deciendo. El que por otros es noble, a otros le debe el serlo, y el que por sí, a sí se debe todo lo que no le dieron A los que por su ascendencia son nobles, yo les confieso para serlo mayor causa, pero tienensa más lejos. Y si debo a la fortuna el lugar en que me ha puesto, yo también puedo poner de mi parte el merecerlo. Valientes héroes de Hungría, perdonad mi atrevimiento, considerad mi intención, y disculpad mi buen celo. Pendiente está de vosotros la estimación de este Imperio, y en no aventuraros yo, os trato con la que os debo. Y tu Magno Federico, a cuyos pies ponga el cielo, la universal obediencia de los polos contrapuestos. Dame tu licencia, y mano para que me parta luego a granjear valeroso, lo que humilde no merezco. Sin duda alguna escuchó, lo que del dijeron estos, y de la ocasión se vale, como prudente; y discreto. Falta a mi servicio harás. Ley es tu palabra, y puedo pedirte ya por justicia lo que por ella poseo. Ya te la di, y es forzoso cumplirla, pero primero que te vayas, has de hablar a Leonida en mis intentos. Yo le diré gran señor lo que la importa. Pues luego puedes prevenir la gente, y partir. Guárdete el cielo, Vueseñorías me den sus pies. Tanta fuerza han hecho en mi valeroso humilde, tu mismo conocimiento, la virtud de tus palabras, y el valor de tus deseos, que he trocado en voluntad mi injusto aborrecimiento, yo pensé que presumias en el lugar que era nuestro; pero pues te has conocido, desde hoy te respetaremos: dame los brazos. Y a mí, que el que ha sido tan discreto, que no da a nadie el bastón, digno es de honrosos premios. Unas armas quiero darte de mi armería, que fueron del primero fundador de mi casa. Y yo te quiero dar un caballo Español, tan entendido, y tan diestro, que es solo indigno de un alma por lo irracional del cuerpo. Si esto debo a mi humildad, al ser humilde agradezco las mercedes que recibo, y los favores que espero. Los hombres como nosotros somos rayos de este cielo, y buscamos para herir la fuerza de los soberbios. Amigo dame los brazos, y el parabién, de que llevo ocasión de merecer los que tú también me has hecho sirve al Rey en mi lugar, que si yo con vida vuelvo, ha de mi intercesión, si es válida, tus aumentos bien sé que el pueblo mormura de que gozo el bien que tengo culpado contra mi honor; pero ignoran mis intentos, porque algún día verán disculpándome a mí en ellos, que son honrosos sus fines, aunque son malos los medios. De suerte me han convencido tus hidalgos pensamientos, que por creer lo que dices, quiero dudar lo que has hecho. Bien puedes partir seguro, que tan en el alma tengo el bien que a mi padre hiciste; que en la lealtad de mi pecho, vivirás eternamente, sin que borrar pueda el tiempo los caracteres del alma. De tu gran valor lo creo; muy infélice es aquel, que ya que nace sujeto a enemigos, no los tiene, muy nobles, o muy discretos

JORNADA TERCERA

Despreciadora fiel de la grandeza, ocio oculto, deidad que al desengaño en orbes de cristal verdades gira, cándida soledad, rica pobreza, paz sin quiebra lisonja sin engaño, muda Sirena, engaño sin mentira. Si en tus puertas expira la adulación que rige del Firmamento humano. La eclíptica de Majestad radiante, a tu sagrado huyo, que ya aflige la cuerda del respeto (o bien tirano) al arco de mi edad siempre tirante, túmulo en ti serán contra mis daños en poca tierra muchos desengaños. Estese entre la púrpura, y el oro en frágil fundamento sustenida, la hidóprica grandeza fabulosa; y admire al ignorante su decoro, con su iluminación de luz fingida, engaño oculto en superficie hermosa. Oh imitación de rosa en tu vivir, o sueño bien apenas sensible. Al vuelo infiel de tus veloces plumas, déjame en paz gozar de este risueño curso que te murmura; oye apacible sus lenguas de cristal, labios de espumas, que en esta soledad vive el contento, murmura el agua, y lisonjea el viento Esta sí que es vida de gusto, esta si que es vida de paz. Nisida, aquí está señor. Pues vaya el baile, y cantad, quizá olvidará con esto los gustos de por allá. Esta sí que es vida de gusto, esta si que es vida de paz. Bien baila Nisida a fe. Siempre fue su Señoría inclinado a her merce al Pueblo. Por vida mía, que bailas muy bien. Yo sé, que más de cuatro bailaran pior, si a mí me enseñaran como allá en la Corte, y más si en lo vivo del compás, también me repiquearán, que acá en la aldea señor se vaila muy sin primor, puesta sola la bondad del vaile, en la honestidad. y fáltanos lo mejor, porque tanto se repara en esto, que es cosa clara, que en no vailando con tiento no se hallará un casamiento por un ojo de la cara, demás de no se casar la hija de Julio Albar, la llaman la deshonesta. Por qué. Porque en una fiesta se encorvó para bailar. Si todavía señor hay centellas en tu pecho de aquel juvenil ardor, con que pusiste en estrecho el Otomano valor, ven, y verás desde lejos en vislumbres, y reflejos la luz del Sol competida, sino es que ya resistida, hiere acerados espejos, ven, y en compuesto escuadrón verás la gente de Hungría a la militar facción, marchando con gallardía. Eso sí buen corazón, que ardientes saltos me da, otro soy de aquel que he sido, ajena es la empresa ya, quien será aquel que ha salido por General. Haci acá viene un caballero. Y tal, que en las armas, y el bastón dice que es el General. El caballo baila al son. Es un valiente animal. Ya se apea, y me parece que es Félix. Haste engañado, porque mal se compadece el ausentarse un privado, cuando el Rey le favorece. Pues compadézcase, o no, otra vez digo que es él. Ya pienso lo mismo yo. El que es amigo fiel, pocas veces se olvidó de los que son tan leales. Vueseñoría me dé sus brazos. Tan liberales, que con el alma, y la fe reciben favores tales; pues señor Félix, que es esto, que intento particular en este estado os ha puesto, que esto es querer pelear a muchos daños dispuesto. Que el privado que se inclina a la dulzura ambiciosa del mando, a la verdad niega, lo que rinde a la lisonja, le dijo Vueseñoría a su Majestad un día, y hizo tanta impresión en mi pecho esta razón, que quiero de parte mía ver si puedo merecer lo que he llegado a tener, y los consejos señor de hombres de tanto valor, por ley se han de obedecer, y agora que ya he sabido, que nuestro contrario espera cerca de aquí prevenido, acometerle quisiera de tu consejo instruido, que pues tiene mi valor del tuyo su dependencia, puesto está en razón señor, que me dicte tu experiencia, lo que le importa a mi honor, y advierte que no te pido confejos para embestir, que vengo ya persuadido, y he de vencer, o morir, sin dar, ni pedir partido: solo que me adviertas quiero lo que debo hacer, primero que puedan reconocer, que es inferior mi poder al suyo. El más verdadero consejo tiene salida por la causa conocida, y el que me pides aquí, tengo de dártele allí, donde la ocasión le pida. En los actos militares de la ocasión enseñado dispondrás lo que intentares, y lo menos acertado, será lo que más pensares: hazme Clarino sacar mis armas, y mi caballo, no digan en mi lugar, que en la ocasión no me hallo, cuando me viene a buscar. Félix tu soldado soy, contigo a la guerra voy. Pues señor, por favor tal, el bastón de General, en nombre del Rey te doy, que cuando no me le diera con esta licencia a mí, la misma elección hiciera, por calificar así el honor de la primera. Pues vos le habéis de llevar. Señor. No hay que replicar. Para que efecto ha de ser, si tengo de obedecer, y tú señor gobernar. Un soldado, y consejero soy, que os sigue agradecido, y no tan aventurero, que no tenga recibido de vos el premio primero: bien podéis Félix mandar, pues que supo granjear mi amistad vuestro poder, que también sé agradecer, si vos sabéis obligar Hago ofensa a tu opinión, si no te doy el bastón. Que no repliquéis os pido, que el seros agradecido, me basta a mi por blasón. Ya señor puedes armarte, y aún levantar estandarte, si es que vas a pelear, porque te ha de acompañar del lugar la mayor parte, que de suerte se apresura el impensado escuadrón, que aún la modestia del Cura, envuelta en su confusión, caballo, y armas procura, entra señor a quietarlos, que hasta tus mismos caballos pretenden a ti sacarte. Esto es tener de mi parte granjeados mis vasallos, haz que toquen a marchar, mientras que me voy a armar. Con decirlo lo has mandado, toca, que con tal soldado, el mundo he de conquistar. Así se han de decretar semejantes memoriales, que pretenden deshonrar, a los que siendo leales, su ser quieren aumentar, lo que a Félix le ha faltado de experiencia, de valor le sobra, y si se le ha dado el bastón nadie mejor le merece. Yo he mostrado mi buen celo en avisar del daño que puede haber. Con que se ha de comprobar. Con que nadie sin saber puede en la guerra acertar, de un hombre experimentado se había de haber confiado el fin de tan ardua empresa. O este ignora que me pesa, o es necio, y es porfiado. No se reduce el vencer al valor, cuando ha de haber experiencia para obrar, que a veces el no intentar, importa más que el hacer. Su Majestad dío el bastón a persona de quien tiene bastante satisfacción. A mí señor me conviene cumplir con mi obligación, que si se perdiese Hungría, correra por cuenta mía, lo que no hubiere avisado del riesgo, siendo soldado como soy. Mejor sería mostrarlo, que haberlo sido. Con que. Con no se quedar en la Corte a reprobar la opinión de los que hanido, es muy de hombres imprudentes, ociosos, y maldicientes, tras huir de la ocasión, borrar con falsa intención los hechos de los ausentes, y nadie que así autorice, su intención me satisface, que él mismo se contradice, porque aquel que menos hace, hace más que el que más dice. Yo sé decir, y sé hacer, sin huir de la ocasión, Hungría se ha de perder, si Félix rige el bastón. En Félix ha de tener Hungría un César Romano, un Cipión Africano, un Hércules inmortal, y un defensor Aníbal, contra el poder Otomano. Tan valeroso, y prudente ha de laurear su frente, que en estatuas inmortales han de triunfar sus Anales de la envidia maldiciente. Llama Fabricio al Portero, que en ese cancel primero asiste, daré a esta culpa sin admitirle disculpa el castigo verdadero, Si de estos se castigaran las dañadas intenciones, cada vez que mormuraran; más de dos inclinaciones se yo que se limitaran, como el que se desenfrena, no tiene parte en la pena, hace en su vil natural, vicio propio el decir mal, porque es la desdicha ajena. Qué manda Vue Señoría. Sin orden particular de su Majestad venía. Este hidalgo no ha de entrar en el Audiencia otro día, y si memorial trajere, recibidle si os le diere, y dádmele, que yo os fío que no sea muy tardío su despacho. Este se muere. Advierta Vue Señoria que soy Caballero, y soy Capitán de Infantería, Por vida del Rey que estoy, sino fuera de masía. A demasías. Qué es esto? Carlos señor descompuesto sin que diese causa yo, un memorial me rompió, en que te había propuesto los daños que se han seguido, del haber Félix salido electo por Genetal. Anduvo Carlos muy mal. Esto medra un atrevido. Qué culpa tan bien probada, que está ya calificada con su mismo atrevimiento, sin dilatar el intento pudiera estar castigada. Hola Señor. Lleven preso a este hombre. Aunque yo confieso señor, que es la culpa grave, en tu piedad también cabe, el perdonar este exceso. Félix lleva poca gente, y un soldado tan valiente, que dice que sabe hacer, y decir, allá ha de ser su persona conveniente; y por lo menos sirviendo, peleando, y padeciendo, culpará considerando, sin estar aquí culpando, lo que allá están mereciendo. Vaya a servirme. No es justo que en nada te den disgusto tus vasallos, el temor de otro castigo mayor me hace partir con gusto, agradecido me envía a servir Vue Señoria. Muy bien lo podéis estar, si es que esto os ha de excusar el murmurar otro día. Muy bien Carlos has mostrado tu buena naturaleza; porque está ha sido fineza con que a Félix has pagado, lo cual ha hecho por ti; y quedo tan satisfecho, que ha de fiarte mi pecho lo que he callado hasta aquí. Secretario te he de hacer del más venturoso empleo que ha hecho humano deseo en belleza de mujer. Por fuerza me he de fiar de un hombre, y de ti ha de ser. Falta más que padecer, fortuna en que he de parar. Que te ha dado, que has perdido el color. Nada señor, y si es algo, es el temor que me da el verte rendido. Gran lealtad. Terrible pena. Carlos, yo adoro a Leonida, y está tan correspondida mi voluntad, y tan llena mi esperanza de favores, que puedes en esta parte darme el parabién, y holgarte de mi dicha sin temores; si acaso hubiere ocasión de hablar estando yo aufente, quiero que discretamente la encarezcas mi afición. Y si el perdido color es por esto, has de advertir, que no la has de persuadir, sino acreditar mi amor; y puedes sin dar señales. de escrúpulo obedecer, porque estás vienen a ser tercerías veniales. Si tanto señor te quiere, resuélvome a procurar, desde luego acrecentar la afición que ella tuviere. La que ella tiene te pido que aumentes. Pues fía señor que en mí ha de tener su amor un cuidadoso advertido. Qué es esto desdicha mía? adonde voy despeñado tras un confuso cuidado, que nuevamente me guía. Leonida vengada estás, tras la injuria voy penando, que como me vas dejando te voy descando más. Que he de aumentar tu afición prometial Rey, y si fuera la tuya mía, cumpliera también con mi obligación, intercediendo por mí, que quien aquí ofende es él, leyendo viene un papel, esconderme quiero aquí. Así logres tu belleza como yo le pido a Dios, que leas para las dos, sin recato, ni extrañeza; la mayor parte se ya del caso, y no será justo, que le des este disgusto a quien tan pocos te da. Es posible que no puedo. Julia librarme de tí. Al confiarte de mí, quiero que pierdas el miedo. Solo mi honor me ha encargado. El estilo quiero ver. Yo escuchar. Y yo leer: por librarme de tu enfado, como ya Leonida voy logrando mi honroso intento, te despacho un pensamiento en cada paso que doy: por ti me dan lo que soy; y estando desengañado el Rey, y en ti asegurado mi honor, podremos decir; yo, que le supe adquirir, y tú que le has con servado. No es vencer tan importante cien mil Turcos yo en la guerra, como tú en su misma tierra, no rendirte a un Rey amante; defiéndete tu constante, mientras peleo atrevido, quedará el mundo advertido de que mi honor se acrecienta; tu en tu ser; yo sin afrenta, y el Rey en su error vencido. Un desengañado con la carta que has leído, un quejoso arrepentido, y un celoso enamorado; nunca de Félix creí que de su honor se olvidaba, aunque por el Rey te hablaba. Luego solo cupo en mí la injusta desconfianza de tu pensamiento. Hallé más sospecha en menos fe, y turbose mi esperanza, del agravio es la intención la mayor parte; y así no pude tener de ti ninguna satisfacción; porque como te constaba cuando al Rey favorecías el disgusto que me hacías, y que yo escuchando estaba; y la intención no excusó la pena, ni el trato injusto, cometido fue el disgusto de parte de quien le dio; y viendo clara la culpa, solo discurrí el agravio. Pues a ser amante sabio tú escucharás la disculpa; pero en esta sinrazón, quiero apresurado injusto, que me dejes por tu gusto, pero no en mala opinión. Espera, que ya estoy cierto de tu amor. Cuando vivías en mí, dijiste que huyas, porque te juzgabas muerto; pero ya que en este punto Carlos tu muerte he creído, tan vivamente he sentido, que te dejo por difunto. Espérate, así te veas contenta siempre contigo, sin el general castigo del tiempo en las sombras feas de tu proporción hermosa. Poco sabéis ayudar Julia a tener, y arrojar en una furia amorosa. Solo lo has de hacer por mí. Suelta. A tu piedad apelo. Matárete vive el cielo. Pues mátame, vesme aquí. Con tu humildad me has vencido Qué quieres? Pedir por Dios, que no hagáis caso los dos de ofensas que no lo han sido, si es que os estáis descando, cuando apartados estáis, para que os martirizáis con andaros calumniando. Ay Julia de celos muero, que en este empleo amoroso se halla el Rey tan dichoso, que me hace su tercero; y que informe me mandó de su amor, y su lealtad, mira que seguridad tendré con Leonida yo. Qué seguridad villano la que yo a mí me debía; y asegurado te había con mi fe, palabra, y mano, la que encarecí, y juré, y de mi tener pudieras, si incrédulo no incurrieras en tu mal segurafe. Soy un traidor fementido, Esto basta en su disculpa. Por no argumentar mi culpa. confieso que la he tenido; y de actor me he vuelto reo, Señora perdónale. Porfía más, y lo haré, que eso es lo que yo deseo. Señora. Qué porfiada. Mira. No me digas más Julia, o dírete que estás necia, grosera, y causada. Amor fue el desconfiar, y no hay ofensa. Oh qué bien. Pues abrevia tú también, que me canso de rogar. De esta suerte esperará mi amor de tu enojo el fin. Levanta Fray Juan Guarín, que perdonado estás ya. Y yo mensajero al lado, paraninfo del Señor, de la venda, y Dios de amor, cómo en tu gracia he quedado? No sé, Acabose, yo quedo ciego sin tu luz aquí. Pues procura asirte a mí, que tú perderás el miedo. Qué seguridad me das de que has de ser confiado La que tú me hubieres dado de que no me ofenderás. Pues porque sepas de mí, que te puedes confiar, hoy quiero desengañar al Rey delante de ti, y quiero haber incurrido la culpa por justa ley, si otra vez dijere el Rey, que se halla favorecido. Y doy por el movimiento de un descuidado favor por cometido el error en obras, y en pensamiento. Carlos, y Leonida están juntos, salios todos fuera, dejarlos solos quisiera, que de mi hablando estarán. El Rey. La trampa está puesta; voyme. Y yo escapo atontado como toro encohetado de los que acaban la fiesta. Quién mis venturas ignora, cual la debe de tener, yo aseguro que ha de ser doblado su amor agora; ya Carlos habrá sabido la inclinación de su pecho. Y por mi parte se ha hecho todo lo que se ha podido. El cielo guarde tu vida. Y a ti te la de señor, para aumento de mi honor, dichosamente cumplida; que por tu Real grandeza siempre vivo confiada, que ha de verse acrecentada mi virtud en mi nobleza. Con diferente semblante me ha recibido Leonida, debe de estar encogida, porque está Carlos delante: de Carlos he confiado los secretos de mi pecho. Vue Majestad ha hecho lo mismo que he deseado, porque un hombre tan prudente mi honor no ha de atropellar, por meterse a remediar fuegos de ajeno accidente. Malo es esto, y ya es peor de lo que llegué a entender, que en si vuelve una mujer, cuando repara en su honor. Este ha de pensar que yo desvanezco lo que digo; declárate más conmigo, Leonida, quiéresme, o no. Como a mi Rey natural. Ten, no pases adelante, no me quieres como amante. No señor, que es desigual a mi humildad tu grandeza, que como no he de aspirar a tu Real mano, es mostrar convencida mi flaqueza. De esa suerte ha sido error pensar yo que me has querido. Nunca señor he perdido de los ojos el honor; con el pretendo llegar a la mano de mi esposo; soy así me ha de ser forzoso fingir, o desengañar, Viven los cielos que he sido yo de tu hermano engañado, y que en mi privanza ha estado) falsamente introducido; de tu parte me ofrecio tus favores. No sería cómplice en la ofensa mía, quien tan sediento nacio, del honor que va adquiriendo Félix, te sirve señor, con tal lealtad, y valor, que en fe del suyo pretendo de tu generosa mano verme honrada, y defendida por él. Bien está Leonida; pero engañome tu hermano. Haz Carlos aderezar un caballo a pensamiento, que en desafíos del viento, lo suele menospreciar, y ven dispuesto a salir del lugar, que un desengaño es remedio de este daño. En todo te he de servir Leonida, tu esclavo soy, el Lauro has de merecer de la más firme mujer, loco de contento voy. Carlos tomará el bastón a tu hermano, y el vendrá, que así se averiguará mejor si ha sido traición que hizo a mi confianza, decir, que estabas Leonido enamorada, y rendida, para engañar mi esperanza. Ay de mí! perdida quedo, Carlos ausente, y mi hermano desasido de la mano del Rey; y sola yo puedo con un estilo engañoso, este daño remediar, que no es justo aventurar un hermano, y un esposo. De esta suerte he ya probado cuan poco con su lealtad, en tan fácil voluntad tiene Félix granjeado. Ver quise si ya tenían sus servicios en tu gusto adquirido el premio justo, que ellos por si merecian. Pero pues hallo señor, que no ha podido obligarte, también puedo de mi parte vivir con algún temor. Por mal camino Leonida has comprobado mi intento, que no hay agradecimiento en voluntad ofendida. Y el castigar este daño, no fuera en mi ingratitud, pues faltaba a su virtud por la parte del engaño. Pero agora que he sabido, que fue probar mi intención otro nuevo hefestión, verá el mundo siempre ha sido. a mi grandeza, y poder, tan otro yo en el mandar, que antes tengo de bajar, que Félix pueda caer. Deme vuestra Majestad los pies por tan gran favor. Crecido habrá su rigor. Si es fingida la humildad, como lo ha sido el desdén, llevar se podrá en paciencia, sin hacerle resistencia. Leonida quieresme bien. Siempre señor te he querido, como el tiempo lo dirá. Gloriosa está el alma ya de verme favorecido, que cómo te está adorando, cada favor que la das, la va deleitando más. Qué es esto, si estoy soñando. Solo desde hoy te prevengo, que quieras sin artificio. Si aquí no pierdo el juicio, es señal que no le tengo: si es demonio esta mujer, ensillado pensamiento, espera el fin de tu intento. Ya Carlos no es menester, que mi dicha está segura, y pues te toca también a ti parte de este bien, por ser mía la ventura. Ayúdame a celebrar de Leonida el firme amor, que fue fingido el rigor, con que quiso averiguar mi oculta naturaleza, y ya de contento estoy fuera de mí, en ver que soy dueño de tanta belleza, oye el fin de mi cuidado. Quiéresme bien. Ay de mí! perdida soy, Señor sí. Su honestidad la ha turbado. Un siglo es cada momento, de los que no satisfago a Carlos, y me deshago en mí mismo pensamiento. Nunca yo espere señor, menos de hombre que ha huido. culpas de desvanecido: Félix viene vencedor, todo lo que ya tenía por suyo el Turco ha cobrado, muerto, herido, y cautivado el asombro de Turquía. Este hombre ha llegado ya a granjear por amigos a sus propios enemigos, en buena opinión está. Desde un mirador señor de los altos, podrás ver venir marchando el poder de tu Cristiano valor; que en los ecos, y el estruendo de su belica armonía, gloriosos triunfos de Hungría viene el aire repitiendo. Con Leonida espera aquí, que luego al momento vuelvo Carlos, que si no resuelvo el fin, no he de estar en mí. Mil años Leonida hermosa viváis, para que gocéis el hermano que tenéis, siendo por el venturosa. Todos es justo que os demos el dichoso parabién, porque siempre en vuestro bien, y el suyo nos olgaremos. Vue Señorías tendrán dos humildes servidores en Félix, y en mí. Hay favores del Rey, quitándome están la vida, mas que tal fuera, si agora también Leonida, engañosa, y atrevida, satisfacciones me diera. Que me hubó el Rey de dejar forzosamente con ella, cuando el alma por no vella, se está negando al mirar. Quién duda que pensarás Carlos que estás ofendido, nunca más causa has tenido de decir que no lo estás: Y una cosa sola advierte, que más quiero que engañado pienses que te he despreciado, que aventurarme a perderte. Vive el cielo que imagino que ha de volverme a engañar. El Rey te quiso envíar, viendo que yo no me inclino a su amor, por General de la gente que mi hermano rige agora, y siendo llano que a todos nos esta mal, si en el vengarse quería de mí, y que yo aventuraba tu vida, si te enviaba, y la suya si el venía. Viéndole determinado? en tan riguroso intento, torcer quise el pensamiento, mas no el amor, ni el cuidado. Y todo cuanto decía al Rey, solamente ha sido disimulado, y fingido, por lo que el hacer querra: que le aborrece de suerte mi inclinación natural, que no estoy Carlos tan mal con el rigor de la muerte. Bien por Dios. Que estimo más lo menos de tu persona, que lo más de su Corona; y agora si que podrás disponer Carlos de ti, que yo por cumplir la ley de mi honor, le diré al Rey, que no me canse; ay de mí! Hola, Señor. Llama luego al Conde Arnesto. Aquí está en esta sala. Entre acá; así he de templar mi fuego, puesto Carlos en prisión he de saber la verdad de esta injusta voluntad; siempre me fue el corazón leal, desde que le vi perder el color, tenía sospechas de que sentía mi amor. Viene? Señor; sí. Qué es esto? Félix espera tu licencia para entrar. Aquí se han de comprobar dos culpas, esperen fuera todos los que con el vienen; y entre solo. Si él me ha oído muerta soy. Yo soy perdido, siempre esos fines se tienen en amores dilatados, con mujeres persuadidas a mayor poder rendidas. Qué amantes tan desdichados Que me digas solo espero una verdad. Si es señor descubrir la de mi amor; cinco años ha que quiero a Carlos, a quien pedí. la palabra que el me dio. Luego primero que yo te pretendio? Señor, sí. Pues cómo tú me has callado esta voluntad. Señor, porque es en el inferior un error desalumbrado el ponerse a competir con su Rey, y más quería padecer de parte mía, que dejarte de servir. Vuesa Majestad me dé sus pies. Detente villano, que al que tomo tanta mano, aún los pies no le daré. Señor. De suerte he sentido el ser que te di, que hiciera traidor, si posible fuera, que dejaras de haber sido: justamente te has turbado; que mal podrás disculparte, si me has pagado el honrarte con solo aberme engañado. Mire Vuesa Majestad que vengo. Antes que me digas tus victorias, ni prosigas tus hechos, de tu maldad ha de informar tu castigo. No dijiste que Leonida estaba a mi amor rendida, fingiendo el suyo conmigo. treinta lugares tenía el Turco a su devoción, puesta por el guarnición en la Corona de Hungría; y quedan ya restaurados. Por qué me engañaste, di. Cien mil Turcos embestí con cuarenta mil soldados; treinta mil herí y maté, veinte mil traigo cautivos, y los demás fugitivos pondrán en Turquía el pie. Porque si no se inclinaba diste promesas fingidas. Decir pueden once heridas que traigo, si peleaba. Desentendido se hace; y a la intención de mi pecho con los servicios que ha hecho me responde, y satisface. A lo que te estoy diciendo responde, que así lo mando. Si tú preguntas culpando, yo respondo mereciendo. Marqués Flotante. Señor. A una torre le llevad. Considera. Ya es error querer Félix defenderte; que si tú me diste a mí mal por bien, yo premio aquí tus victorias con tu muerte. Pues si ya es fuerza el morir, Vuesa Majestad detenga los pasos de su justicia, si no los de su Clemencia, La vida es lo más del hombre; y es si bien se considera, humildad desesperada el morir sin defenderla. Y pues la muerte es el fin del temor, justo es que adviertas, que el no haber más que temer es causa de que me atreva. Los favores que me hiciste, se fundaron en mi ofensa; y yo les torcí el camino, de parte de tu grandeza. Que es tuyo mi ser señor, y fuera traición que fuera una hechura de tus manos por culpa mía imperfecta. Y aún cuando te fuera ingrato, disculpa tener pudiera, que dádivas mal fundadas no es justo que se agradezcan, Generoso te confieso pero tu es justo que adviertas, que no hay si el intento es malo, beneficio que lo sea. Solo con fin de quitarme el honor, me le acrecientas; y castigué la intención con solo engañarte en ella. Y a mí lo que soy me debo, pues sirviéndote en la guerra, comberti en merecimientos lo que pudo ser bajeza. Si por mi hermana me diste el ser que agora me niegas, el conocimiento del puede correr por su cuenta; que a mí de este injusto premio solo me caben las quejas; pues ya merezco por mí lo que me diste por ella. Y vengo a morir contento a manos de tu inclemencia, porque al mundo inmortal quede la vida de mi nobleza. Mis servicios no pretendo que te obliguen, ni te muevan, mas solo áspiro a que tú para olvidarlos los sepas. Y porque es justo que ya que granjeó mi nobleza la dicha por malos medios, con buenos fines la pierda. Un testigo tiene aquí Félix, de su gran valor. Qué es esto Conde? Señor, a ser su soldado fui justamente agradecido a su pecho valeroso le seguí, y vengo envidioso de ver lo que ha merecido; y ya señor me ha contado lo que ha pasado contigo. Y qué dices. Que está digo, Félix libre, y tú culpado. Qué dices. Lo que he sentido, porque no importa señor, que te engañase en tu amor, quien en tu honor te ha servido. Tan gallardamente un día, herir, y matar le vi, que transformándome en ti, de tu parte me corría. Quita del ser que le has dado, la intención con que lo hiciste, y diremos que le diste, lo mismo que ha granjeado. Pero ya a tus pies postrado, su vida señor te pido, yo le seguí agradecido, perdónale tu obligado. Tiene tanta fuerza en sí la razón, que en su porfía conozco, que me tenía mi pasión fuera de mí. De suerte me han convencido tus honrados pensamientos, que me hallo en mis intentos avergonzado, y corrido. Malos los medios han sido, con que a este bien has llegado, supuesto Félix, que he estado engañado, y divertido. Mas pues buscaste remedios para granjearme a mí, segura ha de estar en ti, la dicha por malos medios. Tú mismo te premia agora, que cuanto poseo, esta Félix dedicado ya a tu diestra vencedora. El título que primero me diste, y he detenido, si es que ya le he merecido, agora señor le quiero para engrandecer mi honor. Conde de Silania eres, con el premio que quisieres. Servirte será el mayor. Y tú Carlos perdonado estás, y abrazarte quiero, pues siendo tu amor primero, por mi respeto has callado, dale a Leonida la mano. Y el alma señor con ella, si es que puedo merecerla. Yo soy la que en esto gano. Yo buscaré otros remedios, si mi ventura te enfada. Y acabe aquí disculpada la dicha por malos medios.