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Texto digital de La devoción del Ángel de la Guarda

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Juan de Matos Fragoso
Atribución estilometría
Juan de Matos Fragoso Segura
Género
Comedia
Procedencia
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Cita sugerida

Velasco, Adrián. Texto digital de La devoción del Ángel de la Guarda. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/devocion-del-angel-de-la-guarda-la.

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LA DEVOCIÓN DEL ÁNGEL DE LA GUARDA

JORNADA PRIMERA

El apacible viento la nave ha conducido a salvamento. Ya nos ofrece tierra el deseado puerto. Amaina, aferra. Ya que de tantos naufragios, infortunios y sucesos, escapamos con la vida; ya este dichoso puerto de Bretaña hemos llegado, derrotados y desechos; no hay que perder la esperanza. Cómo que no, pues tenemos acaso adónde albergarnos, tienes algún primo o deudo que en esta Ciudad nos dé posada? Ninguno tengo, mas basta tener valor, que para el hombre de alientos, es todo el mundo su patria, y en ninguna es extranjero. El valor solo te sirve para gastar el dinero, y quedar sin una blanca, en extraña tierra, a riesgo de no cenar y dormir, y de que nos coman perros. Material en tus discursos siempre has de estar. Sobre aqueso es mi sermón y de todo, el cargo hacer te pretendo. Mi señor don Berenguer de Moncada, cuyo esfuerzo, piedad gala y bizarría, fue de Barcelona espejo. De ella te ausentaste solo por fiar a un Caballero en cuarenta mil ducados. Fue piedad, no pude menos, pues de mi vino a ampararse. Y mientras que el plazo entero se llegaba, tú devoto, fuese vanagloria, o celo, toda tu hacienda gastaste en levantar un gran templo al santo Ángel de tu guarda, añadiendo en este empleo mil públicas alegrías de justas y de torneos; con que en púribus quedaste. Ven acá, si un verdadero amigo te hubiese dado la vida y de grandes riesgos te hubiese librado siempre; con qué finezas y extremos la obligación pagarías. He de hablar conforme al tiempo? con no hacer nada por él; que así corre en los modernos. Claro está, que aunque eso dices, a la razón reduciendo la verdad, que mostrarías un noble agradecimiento. Pues si Custodio es la guarda que nos dio al nacer el Cielo, y es siempre en todos mis pasos invisible compañero; de cuyo cuidado pende mi vida en males y riesgos, y es esta la más preciosa prenda, no fue grande exceso por un amigo tan grande gastar del caudal el resto, cuando yo por lo que es más le pago con lo que es menos. Bien está; pero reparo, que también yo parte tengo en el templo que fundaste. Qué parte saber espero: Es en la media naranja; porque tú en aquellos tiempos la ración no me pagabas. Moscón, cuando para el Cielo se dirigen las acciones, bien seguro es el empleo. Si, mas qué habemos de hacer, pues ya con obscuro ceño viene cerrando la noche. Al primer mesón guiemos. Que sin dinero es lo mismo que irnos los dos a un desierto, o ventas de Barcelona, o figones, cuyo aseo pueden dar envidia al Sol. Agora te acuerdas de eso: A todo viviente humano, se concede por derecho, que se acuerde de su patria; pero se ha de entender esto como no sea Galicia. Pero qué es esto que veo? Villanos, yo solo basto contra tan viles aceros. Cuatro hombres con uno solo riñen allí. Qué es tu intento? Darle favor, aunque arriesgue en su defensa mi esfuerzo. Quién te mete en eso? Aparta. Si haré, que al apartamiento devoción tengo en las riñas, y mucho más si hay sombreros de Castor. A vuestro lado, como noble y Caballero me tienes. Eso le libra. Vano ha sido nuestro intento. Caballero, estáis herido? No, que a vuestro heroico aliento debo el haberme librado de ese peligro y confieso que os debo la vida; pues a no llegar tan a tiempo vuestro valor, yo sin duda fuera despojo sangriento de esos cobardes traidores, que ya poco más, o menos he penetrado la causa de su loco atrevimiento. Agora, solo me falta saber quién sois, porque pienso, según modo y traje, que debéis de ser forastero. Y tanto, que en este punto llego a Bretaña. Y a tiempo, que sin posada, ni amigo a aquestas horas nos vamos. No os desazone esa pena Caballero, que para esto me dio poder la fortuna; y así ampararos pretendo. Y a qué venís a Bretaña? Yo se lo diré más presto. Venía un hombre cargado de vidrios; y un pasajero le preguntó qué llevaba, y él respondió, nada llevo si es que el pollino se cae. A los dos viene este cuento, si es que nos sucede bien, y si no a nada vendremos. De todas vuestras fortunas oír la noticia espero, que por muchas circunstancias me he inclinado al valor vuestro, Si gustáis que os la refiera, estas son, estadme atento. En Barcelona nací con astro feliz, supuesto, que de bienes de fortuna me dio mucha parte el Cielo; con que os he dicho la sangre de mi ilustre nacimiento, porque al que noble ha nacido dicha ninguna echa menos. Don Berenguer de Moncada es mi nombre, no os refiero por agora mis acciones, solo os digo, que un festejo hubo en Barcelona un día en que estriban mis sucesos. Y fue, que después de haber corrido cañas, pusieron un coronado león amarrado a un tronco, en medio de la plaza, para dar común regocijo al pueblo. El bruto, pues a las voces enfurecido, sintiendo, que el real decoro le ultrajen sin que vengase el desprecio de la prisión remachada, el fuerte ñudo rompiendo con la fuerza de sus iras sacudió el yugo soberbio, del impensado accidente: ya tropezando y cayendo unos con otros con susto se confunden los plebeyos, que es mucho más que las fieras mayor enemigo el miedo. Y al desocupar el coso, no fue el curso tan ligero, que no fuese presa un hombre del bruto feroz, al tiempo que yo me hallaba distante; y para socorrer presto al infeliz, que en sus garras, piedad pedía, resuelto de adonde estaba me arrojo casi despechado y viendo, que en tanta gente no había quien se atreviese al empeño de favorecer a un hombre que moría sin remedio. Tercio la capa y camino hacia el animal, que luego, viendo mi acero desnudo soltó la presa y el cuerpo librado en los pies azota con la parda cola el viento: la rubia melena eriza, turba el Sol, duplica el ceño. Y medio abierta la boca cruje los dientes, haciendo fatalidad la amenaza, que como Rey, bruto y fiero, quiere con solo el amago que se logre el vencimiento. Constante y firme le aguardo, la capa al furor le entrego, y tapándole la vista, hurtando a una parte el cuerpo, de una arrebatada punta pude atravesarle el pecho. Con que a bramidos el bruto su propio furor venciendo, por tres bocas, con la vida respiró el cansado aliento: Logró el aplauso de todos mi valor; pero al silencio le entrego que en boca propia pierde la alabanza el precio de tan empeñado arrojo, supuesto, que un Ángel bello, mujer, o deidad, me echase desde un balcón un pañuelo, menos blanco que su mano, pues del cambray compitiendo el blanco color, pensé en las distancias del viento, que me arrojaba la mano, y allá se quedaba el lienzo. De este favor envidioso un don Ramón de Cisneros, prudente y disimulado me fue los pasos siguiendo; y llegándose a mí, dijo: Ese favor Caballero, no está bien en vuestra mano, siendo, como soy el dueño; y muy bien podré quitarle viéndole en poder ajeno. Si, muy bien podrás quitarle le respondí, a qué efecto me le pedís, comenzad sin gastar en vano el tiempo. Esto riyendo le dije: replicó, aquese desprecio le hacéis, por haber triunfado de un león; tened por cierto, que no es tan fácil vencer fieras con entendimiento. Y para que lo veáis, seguidme, fuile siguiendo. Apenas de la Campaña sitio elegimos dispuesto, cuando el mancebo bizarro sacando el luciente acero me busca precipitado, y ventajoso, pues siento que lleva a muchos consigo quien sale a reñir con celos. Fue más dichosa mi espada, porque del primer encuentro midió la tierra a congojas con el desangrado cuerpo. Fatal destino fue el suyo, pues procurando modesto templarle, antes de reñir hizo de mi sufrimiento materia para sus iras; por cuyo vano desprecio pagó su injusta osadía con una vida no menos. Por esta causa y porque en Barcelona antes de esto en cuarenta mil ducados fie a un pobre Caballero, por sacarle de la cárcel; y porque me hizo este ruego por un amigo del alma, que siempre a mi lado tengo, bien que oculto y invisible. Tente lengua, que no quiero decir, que hice por Custodio un servicio tan pequeño con que quedó destruido mi caudal y en tanto empeño, que el castillo de Moncada, blasón antiguo que heredo, para pagar acreedores fue en público puesto en precio. Por lo cual me fue forzoso ausentarme, con intento de ir a servir a Castilla al Rey don Sancho, el que el eco de la fama llama el bravo, por sus invencibles hechos. Y para poder lograr esta acción con lucimiento, me embarqué a Cerdeña, adonde tengo algunos nobles deudos, en quien esperaba hallar socorro, que salió incierto, y navegando a Castilla, apenas del mar soberbio toqué la tranquila espuma, cuando de una nube el ceño dio principio a la borrasca mayor que ha visto el imperio de las ondas asestando desde los hombros del viento contra las gigantes olas la artillería de fuego, El bridón marino entonces, que era al inconstante leño fatigado en la carrera del mar, destrozando el freno vagaba al soplo de bóreas, desde uno en otro elemento. Ya garza de pino toca los Astros, ya de los senos del abismo, osado buzo, mide el obscuro secreto: ya vuelve a subir tan cerca de las Estrellas, que pienso, que a tener el Cielo aldabas por escaparme del riesgo pudiera quedar asido de las aldabas del Cielo. En fin quiso la fortuna, que este temporal deshecho nos condujese en dos días de esta Corte al feliz puerto, donde yo y ese criado, que siempre fue compañero, me sigue en los infortunios. Nos hallamos, dando al Cielo las gracias de haber librado la vida, que humilde ofrezco a vuestro servicio en todo lo que mandáis, pues es cierto, que sin ella nada es más, y con ella todo es menos. Atentamente escuché don Berenguer el suceso de vuestras varias fortunas; mas quien se libra del riesgo de una impensada desdicha? y quien no vive sujeto a la inclemencia inconstante de la fortuna y el tiempo? pero tened entendido, que en cuanto en aqueste suelo de Bretaña os mereciere, tendréis a vuestro precepto mis criados, mis caballos, mi mesa y cuanto poseo, porque siendo el Duque yo de Sajonia, muy bien puedo usar de mayor fineza, con hombre a quien tanto debo. Que luego al punto lo dije. Pues dime, en que conocer lo pudiste? En las botas grandes, y no imaginen que es cuento, que de un Duque de Sajonia hay una en Madrid, que pienso, que más que bota es tinaja. Vuestra Alteza me dé luego a besar sus pies. Alzad Don Berenguer, que os prometo de amparar vuestras desgracias. El grande valor y esfuerzo, con que vuestra Alteza a tantos hizo cara, indicio cierto fue de un Príncipe tan grande en lo valiente y lo diestro. Son los Duques de Sajonia bravísimos broqueleros. Pero culpo a vuestra Alteza, que ronde tan solo, a riesgo de aventurar su persona, que tanto importa. Festejo en este sitio una dama, y porque pagaros quiero la noticia que me disteis de vuestros varios sucesos, hoy de todo mi cuidado también daros parte intento. El Príncipe de Bretaña, que será inmortal al tiempo, singular por sus virtudes, y temido por sus hechos; murió dejando a Matilde hereditaria en el Reino, que por hija suya hoy goza de la corona y el cetro. Matilde, pues, sucesora de tan altos privilegios, pues también de su hermosura logra otro segundo Imperio, viendo que por uso antiguo la obliga a casar su Reino llevada de su capricho, que es de agrado y vivo ingenio: dice, no ha de dar la mano de esposa a ningún sujeto, sin que le trate, hasta ver si es digno de su deseo; por cuya causa a su Corte los Príncipes concurrieron a merecer su hermosura con finezas y trofeos; no sé si de amor movidos, o de la ambición del Cetro, Y entre todos el que más se desvela en los festejos, es el Duque de Milán mi competidor, que temo por más galán y entendido, no por más feliz, supuesto, que de mí vive envidioso: y también de quien recelo alguna doble intención, pues de esta noche el suceso me ha dado ciertas sospechas de su cauteloso pecho: Pero yo puedo engañarme, solo digo, que al terrero salí aquesta noche solo, pues por una reja suelo hablar a Porcia, que es prima de la Princesa, a quien tengo de mi parte en el abono de favorecer mi intento. Con que os he dicho sucinto sin gastar en vano el tiempo, lo que busco, lo que adoro, lo que sigo y lo que quiero. Válgame Dios! qué de cosas discurre el humano ingenio, mas quiero agora callar, que para todo hay remedio. Extraña resolución es la de Matilde. Presto es fuerza elegir esposo, porque le da priesa el pueblo; y entre el de Milán y yo, está pendiente el suceso: Berenguer venid conmigo, que con vos hacer intento atentas demostraciones de amigo el más verdadero. Vuestra alteza me perdone de que le resista en eso, que me importa estar oculto mientras doy velas al viento para Castilla, o mi patria. Pero entretanto, yo aceto, en nombre de mi señor, que es muy corto y fue su abuelo un Dotor de Medicina, que cortesano y atento, decía, no, con la boca; pero daca, con los dedos. Conmigo la cortedad es agravio. Este es un necio, quita. Hombre estás borracho? A vuestra Alteza agradezco los favores que me hace; y pedirle otro pretendo, que es que me ha de dar palabra de que ha de amparar mi ruego cuando se ofrezca ocasión. Esa palabra os empeño; y pues el venir conmigo resistís, estos quinientos escudos, que en el bolsillo me hacen embarazo y peso lleve ese criado agora. No señor. Sí señor, perro, ladrón, que es lo que querías, irte a la sopa a un Convento: el señor Duque ha ganado a la espadilla y sospecho, que esto se da de barato, y es ser necio y ser grosero, descortés y mentecato, a vista de un Duque excelso, y de un señor tan partido, querer parecer entero, mas no se le alcanza más, y así yo por ello aceto. Este, señor, es un loco. Pero parece algo fresco. Criáronme con borrajas. Seréis frío. Mucho hay de eso. Y cómo os llamáis? Moscón, señor, me llamo y por esto ando siempre tras la mosca. Berenguer dónde he de veros? Las más noches me hallará vuestra Alteza en este puesto. Y no he de veros de día? Me importa estar encubierto. De vuestra palabra fío. Cumpliré lo que prometo. Pues don Berenguer adiós. Guarde a vuestra Alteza el cielo. Bien haya quien te parió, oh Archiduque de los cielos, con quien Alejandro es un Indiano perulero, si estaba este hombre en su juicio cuando nos ha dado aquesto, lo que hemos de hacer agora, es irnos de aqueste puesto, no sea que se arrepienta, y vuelva por su dinero. Mas dime, por qué razón no acetaste el cumplimiento de ir con el Duque a su casa. Es porque una acción intento hacer, en que importa mucho vivir del Duque encubierto. Yo no entiendo tus discursos. Mirá Moscón. Qué tenemos. No pudiera intentar yo ser de estas Provincias dueño, y Príncipe de Bretaña, sirviendo a Matilde, puesto que en la elección de Matilde consiste todo el trofeo. Poder de Dios, qué locura, ahora digo, que Toledo se había de andar a caza de aquestos entendimientos, pues no hay dos horas cabales, que estabas sin un sustento, y ya Príncipe te juzgas, porque has visto compañeros de la guarda en el bolsillo. Qué galas, joyas, festejos, libreas, plumas, caballos, músicas, pompas, trofeos, tienes tú para emprender de Matilde el rendimiento. Gane yo la voluntad, que lo demás, es lo menos. Jesús, qué gran disparate, que me corten el pescuezo, sino eligiere el más rico de los amantes supuestos. En qué lo fundas? Escucha a este propósito un cuento. Tenía una santa vieja en su compañía un nieto, a quien grande amor tenía; sucedió, que cierto deudo murió, dejando a los dos por únicos herederos, y que en los dos se partiesen las alhajas por entero, quedose de nones un san Miguel de marfil bello, con un demonio a los pies de oro macizo; y queriendo repartir aquella alhaja, los albaceas, plañendo dijo la vieja: señores, yo con lo peor me contento; quede conmigo el demonio, y lleve el Ángel mi nieto. Así son todas, porque no hay mujer en estos tiempos, que no deje el Ángel pobre, y no elija el rico feo. Eso pasa en los vulgares, no en soberanos sujetos a quien no avasalla el oro, que aunque más llueva, no es precio Tu desatino me admira. Séalo, o no, ya yo tengo prevenido en mi discurso, para introducirme un medio. Lo que agora nos conviene, es señor, que descansemos, pues nos ha dado la dicha este bien, que aún no lo creo, hasta trocar en menudos este bolsillo relleno. Vamos Moscón y no culpes el imposible que emprendo, que aquí solamente importa, industria, valor y ingenio. Gran mal es el que padece quien vive con esperanza, pues si sale incierta, es muerte, y si llega, no se extraña. Quien la esperanza condena, muy poco amor le acompaña: De quién es Porcia la letra? Del de Sajonia. Es bien rara, veamos cómo prosigue, y cómo funda su causa. Quien vive desesperado, más quiere, pues se declara por incapaz y supone más perfección en su dama. Sofistería ingeniosa, mas quien en amor no halla continuamente un compuesto de calidades contrarias; dígalo yo, pues adoro un imposible, una vana ilusión, que por noticias llegó a inquietarme el alma. Al de Sajonia más debe tu amor, pues quien se declara por desesperado, tiene discreta desconfianza; y más merece el que humilde lo que ve imposible, ama. Así es verdad, mas si escuchas al de Milán en sus ansias, verás diferente afecto. Sus partes hace Lisarda. Oye señora la letra. Ya la escucho: (oh ley tirana!) Con esperar solo vivo, que es mi pasión tan extraña, que aun fuera gloria el tener esperanza de esperanza. Cortesana es la fineza, pero tiene algo de vana. Si vuestra Alteza me da licencia para explicarla, verá cómo es rendimiento lo que parece arrogancia. De lisonjera la culpo, que no la culpo de osada, primor llamáis al tener esperanza de esperanza, cuando el de Sajonia afirma, que el no tenerla, es más alta perfección en quien adora. Si es que vuestra Alteza al alma atiende de mis afectos, veré mi razón lograda. Cada cual de su fineza podrá defender la causa. Y la música provoque a la ingeniosa batalla. Dice bien, porque el fuego de dos amantes, para encenderse, quiere socorros de aire. Quien no espera en su cuidado, hace más noble la acción, que el que espera posesión, se supone interesado. El que más vive apartado de esperanza, más alcanza de mérito en su templanza, pues discreto da a entender, que es menester merecer para tener esperanza. Quien solo por el rigor de su amor triunfos previene, vano presume que tiene muy grande precio su amor, pues por él quiere el favor de lo que espera: quien deja la esperanza y más se aleja, no publica su amor loco, luego el que espera más poco, más a su dama festeja. El amante que intenta parecer fino, ha de dar la esperanza toda al olvido. Quien más ama, más merece, ya quien no tiene esperanza, por lo menos no le alcanza un dolor, que siempre crece, de el quien no espera carece, y vive alegre y contento; luego por justo argumento, quien no espera, menos ama, pues hace menor su llama, y se priva de un tormento. Antes parece tibieza no esperar el galardón, de una amorosa pasión, cuando es premio la belleza. Esperar es más fineza, pues fuera parecer necio, no aspirar a tan gran precio, que el que no espera, hace osado donaire de su cuidado, y del amor menosprecio. Quien por amar muy fino espera y teme, no hace mal, pues supone que lo merece. Príncipes ya que mi mano a la posesión os llama, del cetro y de la corona, de tantos solicitada, pues este adorno y laurel Augusto, suele en las almas por más altivo y más noble infundir más vivas ansias, con que del amor desnudo la siempre encendida llama vive con mentidas señas en el cetro equivocada. Vuestra Alteza me perdone, que atrevidamente osada, mi voz resista a la suya, pues la corona más alta, no me obligará a serviros, gran señora con fe tanta, por vuestras divinas partes, vuestra beldad soberana, de quien en pulida escuela aprende adornos el Alba, por vuestro divino ingenio vuestra presencia gallarda, vuestras ilustres acciones, se originaron mis ansias, y cuando en otra fortuna mi inclinación os hallara partiendo con vos la mía sin reparar en distancias, por Reyna de la hermosura mi fineza os coronara. Y yo también, yo si os viera en otro estado, os amara a vos misma, por vos misma, pues en vos, si se repara, está de más la grandeza, y la corona no iguala, por lo que es la menor parte del mérito que en vos halla. (Qué ajena de agradecer su fineza vive el alma) Príncipes, ya que en los dos he visto en igual balanza vuestro amor, digo escuchado, porque hay muy grande distancia desde el escuchar, al ver, y así, yo en aquesta causa, podré decir, que lo creo, sin que así lo sienta el alma, en quien jamás ha faltado la mentira cortesana, de encarecer su fineza: qué costa tiene una falsa lisonja de un entendido, para que por ella se haya de asegurar el cuidado, que toca en desconfianza, decir un afecto, es más que una voz articulada, que se explica con la boca, y se finge con la cara. Qué testigos trae consigo de verdad, si tal vez se halla, que sin que el pecho lo sepa, se deslizan las palabras, la que de ellas se asegura, no es mujer, veleta es vana, más fácilmente se mueve al aire de la alabanza. Mas supuesto, que en vos hallo razón, para acreditarla a tan repetidos triunfos, no he de parecer ingrata, con una prueba no más a mí sola reservada de vuestro amor haré examen, para la elección que aguarda Bretaña. Y todos sus pueblos, señora, os darán las gracias de aquesa resolución, que por instantes aguardan; pues los fueros de este Reino, dejaron voluntad franca a las sucesoras de él, para que la elección hagan de esposo, como el tal sea de Real y ilustre prosapia, dando a entender en aquesto, que en personas Reales, nada ha de haber de cautiverio, que la mujer que se casa por razón de estado y tiene precepto que la avasalla, da a entender en algún modo, que es su voluntad esclava. Conde Pompeyo yo intento determinar esa causa dentro de muy pocos días, y no culpéis mi tardanza, que estado que ha de durar una vida y tiene tantas dificultades y riesgos, no yerra quien le dilata. Por no embarazar, Señora, vuestro oído con mis ansias, retirarme agora quiero, que el que más lejos se aparta de aquel bien que no merece, más teme, pero más ama, que querer volar al Sol fuera una acción temeraria, cuando del mérito mío son tan pequeñas las alas. Buen motivo el de Sajonia sigue en querer contrastarla con la humildad solamente, pues es lo que más le agrada. Yo, señora, aunque propuse generosas confianzas, no las dictó mi discurso, que el amor ciego las fragua, y siendo mi pasión suya, y siendo mía su llama, supo trocar los afectos, con que confundida el alma, lo que solo en mi memoria publicó como esperanza. Oye aparte Porcia, prima estos Príncipes me cansan con su amor, pues pienso que el amor no les arrastra, sino sola la ambición de este gran Reino y con traza he de saber su intención, que presto verás lograda, con que tu Porcia me ayudes. Yo soy la que en eso gana, el de Sajonia te obliga. Qué importa, si he dado el alma solamente a una noticia. Que pueda tanto la fama de un hombre que nunca vi, que me incline a sus hazañas terrible influjo de estrellas, que de ajenas alabanzas se componga en mi sentido una pasión que me arrastra; quién habrá jamás tenido tan nueva pasión y extraña, que sujete la memoria a una sombra imaginada. Señora aquese cuidado injustamente batalla en tu discurso, si adviertes que eres deidad soberana, y primero es tu decoro, que una afición mal fundada. Dices bien, pero no es culpa, que el respeto mío ultraja, desear ver cuidadosa a un hombre que tanto alaban. El vencer tu indignación, es la acción más acertada, cuando eso es solo un delirio, que del imposible pasa. un bizarro Caballero, que llega agora de España, al Conde Pompeyo busca. A verle saldré. No salga vuestra persona de aquí; decid que entre, que me agrada de oír a los Españoles. Pues vuestra Alteza lo manda así será, tú le avisa. Y ninguno hable palabra, ni diga que soy Matilde, porque no se extrañe. Basta. Hablad con atención, pues la Princesa está delante. Bien va hasta aquí la tramoya. No he visto beldad más grande, sin duda aquella es Matilde, de ello he de hacerme ignorante; del Conde de Urgel, señor, es aquesta carta, ella hable con vuestro valor por mí. Gusto me habéis dado grande, en saber que el Conde vive, porque en efeto es mi sangre, y por muerto le tenía. Gallarda presencia y talle tiene, Porcia, el Español. Son por extremo galanes los de esta nación. Yo leo, Si como él fuera mi amante, ya estaban hechas las bodas. Sin alma estoy. Da dos ayes. A don Juan de Cardona, mi Camarero, por haberle sucedido un grave empeño, le fue forzoso dejar a Barcelona; pidiome esta carta, con deseos de servir a V.S. a quien suplícole honre en su casa, pagándole a él el afecto y a mí la confianza con que se lo suplico. Sois vos don Juan de Cardona? Sí señor. Vuestro semblante, a un tiempo con la del Conde cartas en su favor trae; venid conmigo, que luego al Conde quiero pagarle, con agasajaros mucho el beneficio que me hace, en darme en vos tal criado. Vuestro esclavo soy, no en balde publica de vos la fama, nobles generosidades. Conde Pompeyo dejad a don Juan, porque informarme quiero de él, de una noticia. Prevendrele el hospedaje. Lumbre va dando el enredo. Mi intento vino a lograrse. Don Juan. Señora. Sois vos de Barcelona? Su margen me dio la primera cuna, bien que infeliz, si a la cárcel me sujetó del servir. Según aqueso, es constante, que sabréis de un Caballero, que pienso que ha de llamarse, don Berenguer de Moncada. Turbado me hallo en el lance! Qué estáis pensando? Imagino la causa, porque informarse de él vuestro cuidado intenta. Es que una doña Violante, que ha servido a la Princesa, con tal pasión de sus partes hablaba y de sus hazañas, brío, gentileza y talle, que de su encarecimiento, cierto que vine a cansarme; y por saber si es verdad, que prendas tan singulares puedan caber en un hombre, hago de vos este examen. Y esa dama asiste aquí? No, porque a España sus padres la llevaron. Pues señora, con Don Berenguer tan grande amistad tengo, que juzgo que será imposible hallarse amigos que más se quieran; y la pasión siempre añade algo de más, con que soy sospechoso en esta parte; pero este criado mío, hombre del vulgo ignorante, os dirá desnudamente lo que de él ha visto y sabe. Aunque de vos lo confío, yo me holgaré que de él me hable, para tener más testigos. Cuanto a lo que toca al arte, nadie podrá decir de él mejor, porque fui su sastre, de cintura solamente tiene tres varas cabales, dos de espalda, una de lomos; larga clin, cuello arrogante, breve boca, ancha nariz, pie redondo, paso grave, monte veloz, si se mueve, y si se para elefante, por los relinchos lozano, y por las cernejas cafre. Que en fin aquesa es la copia de Berenguer. Perdonadme; que me divertí, pintando a un caballo que le trae, de quien compañero he sido con trato tan amigable, que mordíamos de un grano, como otros de un piñón parten. Gracioso humor. El tal hombre es sabandija. Escuchadle. Y usted monda sabandijas, pero mondara animales; pues serán de aquellas que echan leones al aire. Mas volviendo a Berenguer de Moncada, cuya sangre de los Duques de Baviera desciende, es hombre admirable, en todas las presumpciones que en un Caballero caben. Es sin presumpción valiente, tanto que si al coso sale, no dejara toro a vida con el rejón, o el alfanje. Con un león cuerpo a cuerpo combatiendo cierta tarde, fue despojo el bruto fiero de su acero en el combate. En la paz, es un Adonis, y en la campaña es un Marte, temido por su denuedo de los Moriscos turbantes. Es liberal, apacible, modesto, cortés, afable, alabador de los otros, y mormurador de nadie. Con todos blando y bien quisto, discreto, sin escucharse, airoso naturalmente, y en fin compuesto sin arte. Desde la planta al cabello, no halla el más atento examen, ni perfección que añadirle, ni defecto que quitarle. Solo con las damas dicen que es tibio y es porque amante, de ninguna se ha mostrado, pues no llega a contentarse de todas, que es melindroso, solamente en esta parte. Y común, porque a su retrato demos el último esmalte, escribe muy mala letra, que es de Caballeros grandes. Habrá algún hombre en Bretaña con quien poder compararle. Por lo menos no le he visto; quien así le da algún aire es don Juan en la estatura. La noticia siempre añade señora encarecimientos, que vistos son menos grandes. Qué Español es este, Cielos! que vino de nuevo a darme confusión a los sentidos; pues si miro su semblante, no sé qué el alma propone de alivio para mis males. Venid acá, qué fortuna goza Berenguer? Aparte vive en una quinta suya retirado. Si tan grande amistad tenéis con él, y es tan vuestro, aconsejadle que busque mayor fortuna, y que su valor no ultraje. No hay Príncipes en Europa a quien servir. Es que sabe que es limitada su estrella; si vuestra Alteza quitase. Cómo me habéis conocido? Señora el Sol no es constante, que se distingue de todas las estrellas; si uno entrase en un bello jardín, donde no hubiese puesto el pie de antes no conocerla luego por la majestad suave la Emperatriz de las flores, es consecuencia innegable, ciego entré, diome en los ojos el Sol, la rosa, el celaje de vuestra Real presencia, que naturaleza sabe hacer a un rudo tal vez Astrólogo de verdades. Claro está que las Princesas se conocen al instante como huevos de avestruz. Quien soy, no puedo negarle. Id al discurso. Decía, que supuesto que estas mares son infestadas del Turco, que vuestra Alteza dejase que Berenguer le sirviese. De qué suerte. Eso es muy fácil, con que yo le escriba, al punto vendrá a serviros constante. Pues cómo lo sabéis vos? Sé que es su valor notable. Pues don Juan, vos le escribid, y sea de vuestra parte, vos allá con él tratad esta materia, sin darme por autora de este aviso, que si empeñado en el lance Berenguer viene a servirme con puesto igual he de honrarle. Yo voy a escribirle al punto. Tiempo habrá don Juan bastante, aunque disimulo; siglos me parecen los instantes. Para despachar, señora aguardan los memoriales. Vamos Porcia. Vuestra Alteza en el tal don Juan repare, y verá cómo ninguno puede en gala aventajarle. Ya le miro y voy confusa entre mil dudas mortales. Cielos, ya el alma no es mía! qué presto una beldad sabe enajenar los sentidos. Señor mío, que me maten, si esta mujer no te quiere. De qué extrañas vanidades, se compone la fortuna, y qué presto posible hace, lo que imposible parece. Qué intentas hacer? Dejarme llevar, Moscón, del destino, que pues él me trajo, él sabe la dicha, o fin que me espera, y pues que vino a lograrse la introducción con Matilde, no he de perder por cobarde la empresa que solicito, porque la esperanza a nadie limitaron las estrellas; y siendo así en el combate, procediendo como noble, podré esperar como amante. Dices bien, porque no hay gusto, como emprender cosas grandes.

JORNADA SEGUNDA

Ya, señora deponiendo el decoro y vanidad, segura en tus intenciones, puedes hablar con don Juan, que para este efeto a todos mande atenta retirar. Por haber reconocido, secreto y capacidad en este Español, con él, sobre el Moncada galán, algunas veces he hallado, declarándome algo más; mas con tal arte y cautela, que no pueda sospechar sea amor, sino solo ociosa curiosidad. Y cuando lo sospechara, es tan discreto y capaz, que no perdiera con él, tu atención la autoridad. Con gran cuidado le alabas. Si he de decirte verdad, confieso que el Español no me ha parecido mal; digo, señora, a los ojos, porque no siempre es parcial el juicio de nuestra vista, con el de la voluntad. Di que entre. Esperando estaba, por ver si podía hablar a vuestra Alteza, en un punto que sé que la ha de enojar; pero siendo el fundamento, nacido de mi lealtad, cuando me culpe su enojo amor me disculpará. Qué puede enojarme a mí, decidlo no os detengáis. A Berenguer de Moncada del divino original de vuestra Alteza, la copia le remití, que como hay tantas, que la estampa pudo sin vuestra licencia hurtar; pero bien hizo la estampa de esparcir y duplicar vuestros retratos, pues siendo un nuevo Sol, cada cual fue justo que del Sol mismo, tomando la propiedad en todas partes alumbre vuestra divina beldad. De Berenguer, pues, apenas fue vista y con lo demás que le escribí, aconsejando viniese a servir leal a vuestra Alteza en la guerra; cuando el noble Catalán, sin esperar otro aviso con heroica voluntad, dio en alas de su deseo las esperanzas al mar. Hoy desembarca en Bretaña. Luego ya en la Corte está? Sí señora y de secreto, por cuatro días no más, hasta que llegue su gente, y venga a sacrificar el afecto de serviros. (Importa disimular el contento que me ha dado:) Viene bueno? Bueno y trae salmonudos los carrillos, como pudiera un Abad; a recibirle ha salido en un caballo alazán a la marina y me dio este bolsón, adonde habrá cien doblones. No es muy pobre Berenguer. Al liberal nunca le falta qué dé, ni al avaro qué negar. También darte algo prometo. Si es promesa volará, como premio de Certamen. Y qué es Certamen? No más que unos premios muy pulidos, de oro y plata, en peso igual que en carteles se prometen, pero a ninguno se dan; mas como hay plumas de Fénix, hay muchas de gavilán, que sino agarran primero, un verso no escribirán; pues estimémonos todos, y valga la habilidad. Obligada a la fineza, con que Berenguer mostrar quiere su aliento en servirme, dejando la natural patria, en que siempre ha vivido don Juan, menester será que logre en mi estimación cariños su voluntad; y así decid que esta noche, que es cuando aquesta Ciudad arde en vivas luminarias, por ser fiesta singular de San Ángel, que al jardín entre, que allí me hallará con Porcia, adonde las dos le podremos ver y hablar: y vos don Juan id con él. Señor mío, bueno va, mas el empeño es terrible. Todo lo allana un disfraz: Luego en noche de Custodio dejara yo de esperar, alguna impensada dicha, Moscón, sin duda aquí hay amor. Jesús, como hay viñas; así hubiera lo demás. El favor que vuestra Alteza hace a Berenguer, es tal, que a mí me le viene a hacer, que no pudiera quedar bien con él si en vos faltara la merced con que le honráis. Tengo de favorecerle, solo por desempeñar vuestra palabra con él, que no era justo pasar a servirme sin que hallase aumentos su calidad. Yo sé que ninguno espera, porque su valor es tal, que la gloria de serviros le sirve de premio igual. De otro mayor se hace digno, el que pretende obligar. A darle el aviso voy, para que venga galán a postrarse a vuestros pies, como señora ordenáis. Podremos traer broqueles, por si hay ronda? Bien podrás. Y estoques largos? También. Cota? No hay duda. Y mangual? Trae las armas que quisieres. Pregúntolo por si acá hay fantasmas de jardín, que no saldré sin llevar para empeño semejante, peto, morrión y espaldar. Porcia, prima, has reparado la grande puntualidad, con que ha venido a servirme Berenguer. Debe estimar vuestra Alteza su fineza. Qué causa le moverá a tan diligente empeño. Bien clara señora está: Lo primero, tu hermosura, pues cualquiera puede amar sin ofender, porque en esto es libre la voluntad; lo segundo, su valor, que de un aplauso mortal, es ambicioso el discreto. Si ocuparas mi lugar qué hicieras? Le prefiriera en amor a los demás, pues con ser tu prima yo, y siendo tan desigual a don Juan, no me pesara de que me amara don Juan. Muy bien te has dado a entender, mas prima a sujeto tal, no hay razón para elegir, aunque la haya para amar. Pues qué más tiene señora, el de Sajonia y Milán? Son Príncipes soberanos. Moncada es de sangre Real. De cuándo acá tan de parte de don Berenguer estás? Desde que al Español vi, que en todos es natural en el ajeno suceso, querer la disculpa hallar; pero qué clarín y estruendo; con aplauso militar turba la quietud del viento. Gran señora el de Milán ocupando la marina, con un armada a la Real, hizo salva con dos piezas, seña amigable de paz; bien que se ignora el motivo, con que agora por la mar, conduce tantos bajeles. El tumulto popular, teme algún secreto enojo de estos Príncipes, que están pendientes de la elección de vuestra Alteza, que va dilatando su esperanza, ocasiona algún pesar; la educación me ha debido vuestra Alteza y de mi edad ha de tomar el consejo que le doy, como leal. Señora, este Reino pide, que reciba esposo, ya que en la sucesión espera sus Estados conservar; tiempo es ya de resolverse a elegir, o a rehusar; mil Príncipes tiene Europa, que desean enlazar con los Bretaños laureles, su heroica felicidad: árbitro es de su fortuna vuestra Alteza, pues está de su albedrio pendiente tanta Corona Imperial. Determíneme su intento, que con aquesto dará un buen día a sus vasallos, y a todos tranquilidad. Conde Pompeyo, otras veces ya se ve, que con lealtad me habéis propuesto eso mismo, y no sé si lo acertáis; que aunque el fuero de este Reino obliga mi voluntad, la dilación no condena, que eso fuera violentar el señorío absoluto, el Imperio, la Real soberanía que gozo, por indulto natural del Cielo, que quiso hacerme distinta de las demás: No es muralla mi albedrio, que se debe conquistar con baterías de enojos, ni cercos de brevedad, y más cuando estoy creyendo, que aquesos Príncipes dan a entender con no sufrir espacios, que llevan mal, que más que amor los obliga la codicia de Reinar; y como en aquesta duda vivo confusa y neutral, al que me pretende menos juzgo que me inclino más, si con marítimos sustos imagina el de Milán, que ha de rendir mi albedrio. Señora no pienso tal, y para que vuestra Alteza hoy sepa la novedad, de esa armada que en su puerto abolla la espalda al mar, es que en Milán corrió voz: (así pienso disfrazar mi cautela) que era yo preferido a los demás, en la elección venturosa de tan alta Majestad; por cuyo motivo, muchos de mis vasallos, por dar el parabién a mis dichas, al ligústico cristal entregaron mis galeras, que en aquese puerto están, obedientes al precepto de vuestra heroica beldad; yo haré que luego se vuelvan, porque en el barrio huracán de ese salobre elemento corran tormenta fatal, que pues erraron el norte de mi dicha, sean ya trozos del mar, pues su dueño padece infelicidad; bien he fingido el descargo para lo que intento obrar. Solo con esa disculpa me pudiera asegurar de lo que pensado había. El de Sajonia, galán, y de camino entra a verte. En aquesto hay novedad, vuestra Alteza, gran señora, cuerda, prudente y sagaz, les responda agradecida, hasta que llegue a tomar resolución en su intento, que esto importa. Bien está. Señora, reconociendo los pocos méritos míos, y que extremos y finezas, ansias, ruegos y suspiros, porque han sido verdaderos, no fueron de premio dignos, o porque míos se nombran, siempre infelices han sido; para no cansaros más, a Sajonia me retiro, a donde sentiré menos desdenes, ceños, desvíos, esperanzas, dilaciones, sustos, temores, peligros, y mal fundados intentos, con que engañando el sentido, conduzgo mi confianza, que si es cierto que hay alivio para un dolor en la ausencia, vendré a escoger por partido, olvidar estas memorias, y en el retirarme os sirvo, que si había de ser otro en la elección preferido, a vos os quito un desprecio, y a mí me excuso un martirio. Duque, detened el paso, que lo mismo que habéis dicho, es tanto en aumento vuestro, como en desempeño mío, en la misma dilación de no explicar mi designio, va encubierta una fineza. En omisión y en olvido, que fineza puede haber? Muy grande. No la examino. Si la elección explicara de mi voluntad, no es fijo, que al verse el uno dichoso, quedara el otro ofendido. Así es verdad. Es constante. Luego según eso mismo favorezco al que desprecio, pues procurando su alivio, la pena del desengaño, con la dilación le quito. Es verdad; pero también ofendéis al que es más digno dilatándole la dicha, y es rigor, señora, impío, por usar una piedad, ocasionar un castigo. En cuanto vive ignorado el bien, o el mal es preciso, que a ninguno sobresalte; luego es claro silogismo, que estando entrambos dudosos ninguno vive ofendido. Yo más quiero el desengaño. Yo solo el engaño sigo, que si he de ser despreciado, el tiempo que no lo he visto me excuso del sentimiento, y con la esperanza vivo, El desengaño es más noble, que aunque el engaño enemigo dé vida con la lisonja, ya que mate con avisos, mas que su aparente halago, siempre el desengaño estimo, porque este es mal sin dolor, ya que dolor sin alivio. Pasar no quiero adelante, con argumentos prolijos, cuando estoy determinada: solo por último os digo, que mañana será el plazo en que quede difinido de la resolución mía, el estudiado motivo, adonde he de ver patente los quilates de amor finos que publicáis, advirtiendo que entrambos, entrambos mismos árbitros habéis de ser de esa causa, que así privo de un enojo al más amante, y de una ofensa al menos digno. Vamos prima y verás como de estos amantes me libro, pues ya es hora de ir a ver Porcia, aquel soldado mío, a quien por fuerza, o secreto de las estrellas me inclino. Y con él vendrá don Juan, que es señora a quien estimo. Con agudeza a los dos, de su enojo ha divertido; más que mucho, si mañana será el uno el elegido. Muy breve plazo es un día, mas pues Matilde previno disculpas, para estorbarme la ausencia que solicito, sin duda que favorece el noble intento que sigo, de ceñirme venturoso el laurel esclarecido. De que favorece más al de Sajonia, da indicios; mas para excusar el riesgo de la Corona, que aspiro hoy Matilde ha de ser mía, pues ya con doble artificio, para robarla esta noche tengo el modo prevenido; que esta noche al jardín baja, Lilarda me ha dado aviso, y entrando con mis parciales, que aseguran mi disinio; espero lograr la empresa mayor que el mundo haya visto: porque estando en mi poder una vez y siendo digno de tan ilustre Corona, nadie podrá resistirlo, pues para este intento solo esa armada he conducido; la noche ayude mi intento, pues en sus sombras me fio. Ya estamos en los jardines, y este, Moscón, es el sitio donde he de ver a Matilde. Extraños son tus caprichos, que uno se finja otro, vaya, pero fingirse a sí mismo, por sí mismo, es una cosa, que en las farsas no se ha visto, y han de tenerte por loco. Pues acaso es gran delito, cuando encubrirlo no pueda, ser por lo que soy tenido? Qué sabes tú si Matilde en su discurso ha aprendido, que eres algún Polifemo, Minotauro Hermafrodito, y de ti se desagravia. El confuso laberinto de las sombras, me da aliento. Bueno fuera un romadizo para disfrazar la voz; pero mira, habla meliflo, frunciendo un poco la boca, y recalcando el sonido de las palabras, que así suelen hablar muchos lindos; y si no toma tabaco, mucho y bueno y de contino hablarás por las narices, y serás desconocido. Es don Juan? No mi señora, que oculto está entre esos mirtos don Berenguer de Moncada, es el que está aquí conmigo. Decid que aguarde, que voy a dar a su Alteza aviso. Parece que te asustaste. Confieso, que nunca altivo tuve temor, sino agora. Qué varios son los cariños de amor, pues cuando animoso no temí fieras, me rindo a una pasión sin aliento, y a una hermosura sin brío. Fuego, fuego. Mas qué es esto? De otra cuba es este vino. Fuego, que se abrasa el Templo de San Ángel, Ya es preciso acudir yo, pues me toca, por la devoción que sigo desde mi niñez, al culto de tan alto paraninfo. Que baja ya la Princesa. Fuego. Y corre gran peligro tu honor tu fe, tu palabra, y si pierdes por remiso esta ocasión, no habrá otra, además que es bajo estilo faltar de aquí, Aparta. Mira que enojarás su cariño. No importa, piérdase todo, que este es el norte que sigo, porque primero es dejar lo humano por lo divino. Ve allá, que si te chamuscas vendrás más desconocido. Pues el Cielo me permite, que pague tan gran servicio, y por sus piedades tiene a Berenguer prometido una Corona, por mí que soy Custodio, este sitio he de ocupar en su nombre, que pues se muestra tan fino su celo, pagar intento con más alto beneficio. Ya están tomadas las puertas, y el barco está prevenido, con que no puede escaparse. Hoy se logra mi designio. Para lograr esta empresa a Berenguer en el mismo me he de transformar agora, con talle, voz, cuerpo y brío. Aquí está, señora, llega. Con temor, Porcia, he salido, es Berenguer? Si señora, y a tiempo vengo a serviros, que es fuerza mostrar agora el valor con que os obligo. En qué lo queréis mostrar. En libraros de un peligro. Qué peligro? La traición mayor que se ha conocido, El Duque de Milán, viendo señora, vuestro desvío, con su intento riguroso, envidioso, o vengativo, quiere esta noche robaros, por lograr el cetro altivo, para cuyo efecto, ya tiene los pasos cogidos; vuestra Alteza no se asuste, porque si todo el abismo contra vos se conjurara, el noble valor que animo, quedará en rojos estragos su orgullo desvanecido. Cielos, qué escucho! Señora, segura estáis del peligro, cuando a vuestro lado estoy, don Juan allí también fino me está guardando la espalda. Agora es el tiempo amigos, quien la defendiere, muera. Caballeros, este sitio, no profanado de nadie defiendo yo; y así el iros será mejor, pues con eso os excusáis el castigo de tan doble atrevimiento. Matadle. Muera. En mis bríos veréis vuestro desengaño. Cielos, qué horror! qué prodigio es aqueste! Ah de mi guarda. Más que hombre, parece risco. Berenguer soy de Moncada, y a ningún temor me rindo. Es invencible su aliento. Traición, traición. Imagino, que a Berenguer darán muerte, por haberme defendido. Retirémonos, señora. Criados, vasallos míos, no hay quien socorra? Qué es esto? A muy mal tiempo volvimos. Quedando apagado el fuego, ya nada teme mi brío. Conde don Juan. Gran señora, qué es esto que ha sucedido? Ya viste, Don Juan (qué pena!) cómo en este propio sitio, don Berenguer de Moncada, se quedó hablando conmigo, mientras que tú retirado eras atento registro de los traidores. Qué escucho! Y apenas me dio el aviso, de que robarme intentaban, cuando los traidores mismos llegaron para este efecto: mas el Catalán invicto, sacando el bizarro acero, defendió el decoro mío, con tal valor, tal aliento, que de su valiente brío, se retiraron cobardes, y él heroicamente altivo, les fue siguiendo el alcance, y dudosa, no he sabido más de Berenguer. Señora. él en aqueso ha cumplido con su obligación bizarro, yo sé que está sin peligro, y gustoso de haber hecho por vos tan grande servicio, que es dicha empezar tan bien, yo no sé lo que me digo, ni sé que traición es esta, ni quien en mi nombre quiso obrar tan nobles finezas; y así mientras lo averiguo, he de llevar la corriente, y hablar en el mismo estilo. Señores, yo estoy borracho, o los dos están sin juicio. Don Juan, escuchad aparte; de vos toda el alma fio: a don Berenguer diréis, como su valor estimo, y que ha mucho tiempo, que inclinación le he tenido por noticias, mas agora mucho más, por lo que he visto; (voz detente) y que deseo honrarle con premio, digno de su valor. Y qué más. Que eligirle determino por General de mis armas. Qué más. Que pues el motivo de servirme aquí le trujo, que entre para ser bien quisto mañana en Palacio a verme. Direle más. Sí, no digo que no digáis, sino que lo mismo que os tengo dicho. Eso sí, noble esperanza, ya mi amor no es desvarío. Haced Conde, que las guardas miren todo este distrito. A posta están tus soldados, y todo lo han discurrido. Cuando otra vez vuestra Alteza quiera bajar a este sitio, sea con aquel cuidado, que requiere el Real estilo; porque nada está seguro de una traición. Ya lo miro. Vamos Porcia, que esta noche gran dicha las dos tuvimos. El don Juan y el Berenguer, me han parecido uno mismo. que no hay quien venga a robarme Aunque se hiciera bastillo no fuera fácil. Por qué? Ello por si se está dicho, porque nadie se hiciera hombre con un robo tan maldito. El sota criado calle, que para bufón es frío. Sota mondonga tú lo eres, y tu generación ha sido, sotana, sótano y torno, y el que inventó el sotanismo, que aquí no hay más Sota, que tus huesos y tus hocicos. Oiga, venga por la alhaja, porque he gustado de oírlo. Hay más extraño suceso, aun dudo aquello que miro. Válgame Dios! quién piadoso en mi nombre, habrá querido hacer por mí una fineza, con hechos tan peregrinos, que han obligado a Matilde, tanto, que publica indicios de engrandecer mi fortuna a los rayos del Sol mismo. Sino es que sea algún duende que tenga amistad contigo, no sé que pueda ser otro. El caso me ha suspendido. Vamos Moscón. Caballero. Quién llama? Otro embozadito tenemos? yo me contento con veinte palos, un chirlo, medio jeme de cabeza; y un tanto en el colodrillo, como no me desjarreten, y muera como un cochino. Quién sois? Quien viene a avisaros de parte de un vuestro amigo a quien tenéis obligado con algunos beneficios, que desde hoy quiere pagaros; y así tened entendido, que aquel rato que faltasteis del jardín, vuestro apellido tomó y habló con Matilde, el tiempo que amante fino el de Milán con parciales, se atrevió desvanecido al robo de su hermosura, a quien este vuestro amigo se opuso tan valeroso, que echó de aquel paraíso a cuantos le acompañaban, con malicioso designio: bien es verdad, que en aquesto no obraron mucho sus bríos; porque iba de suerte armado, que no corriera peligro. Traería jubón de gropos. No me diréis, quién ha sido amigo a quien tanto debo? que si atento lo examino, ninguno en Bretaña tengo. No tengo orden de decirlo; pero presto lo sabréis, pues os ofrece propicio, de ayudaros en la empresa que solicitáis altivo; por ser el intento honesto de vuestro amor, con que os digo la fortuna que os espera, si es que sabéis advertido el conservar su amistad, como hasta aquí, atento y fino. Tened, no diréis siquiera el cuándo, o cómo me ha visto? Solo una vez os ha hablado; pero muchas conocido. Es natural, o extranjero? El Caballero que digo, en la Alemania más alta nació. Ya quién es colijo, Moscón, sin duda que el Duque de Sajonia agradecido a la acción que por él hice, cuando de aquel gran peligro le libré puesto a su lado como viste, ha pretendido con primores más bizarros desempeñarse conmigo. Decidle. Voló el criado. Del de Sajonia fue aviso, porque en Bretaña no tengo otro a quien haya servido. Pues querías tú que el otro, siendo pretendiente fino, te diese armas contra sí. Pues de quién puede haber sido? Algún Caballero andante que dio en aquese delirio. No lo alcanzo. Yo tampoco. Toda mi vida es prodigios. Alta presumpción de nieve, robusto cuanto inconstante, helado hermoso gigante, que el Cielo a escalar se atreve, encumbrado Mongibelo; pues retrato eres de aquella del Sol luz, del Cielo estrella, en la llama y en el yelo, aliente mi confianza tu altivez nunca marchita, y quien tus huellas imita, de Reinar tenga esperanza. Mas el confuso tropel de aquel clarín sonoroso, a dar viene al más dichoso, del mayor triunfo el laurel. A no estar tan ignorado de anoche el suceso grave, pues bien sé, que no se sabe: por oculto y recatado no tuviera mi paciencia valor para entrar aquí, desairado, a oír el sí de una femenil sentencia; mas pues los dispuso el hado, y mi cautela se ignora; no he de faltar de aquí agora por no parecer culpado. Cuerdamente lo ha dispuesto vuestra Alteza. En todo estoy. Con esto de los dos hoy he de saber el pretexto. (Darme por desentendida del de Milán, es mejor, pues si su yerro fue amor, no me ha dejado ofendida.) Yo Príncipes estimara la dicha que hoy a ver vengo, si del modo que una tengo de dos almas me informara; porque con igual fortuna mis deudas satisfaciera, igualmente a entrambos diera el premio de cada una, pues quedaré con más queja, dado que a escoger me arroje, si después tiene el que escoge en más precio lo que deja. Mas supuesto que es forzoso, que contra el decoro mío publico aquí el albedrio, cual ha de ser más dichoso primero la novedad, atentos oíd los dos, Conde referidla vos. Nobles del Reino escuchad. Los estatutos y fueros de aquesta Corona ordenan, que el día que se jurare Príncipe, el que entrare en ella abran un secreto archivo, que el Príncipe muerto deja para este efecto cerrado con tres llaves, que una de ellas toca al Senescal del Reino, y las otras dos, se entregan al Cancelario y al más anciano de la nobleza, que esto se hace para ver la resolución postrera de su Príncipe y cumplir lo que él ordenare en ella. Viendo, pues, esta Corona, que hoy tener Príncipe espera con la ceremonia antigua, y la debida obediencia, abrió el archivo, en el cual se halló con rara advertencia un codicilo cerrado, que dice de esta manera. Yo Manfredo de Bretaña, Príncipe absoluto en ella, declaro, que esta Corona se debe por justa deuda dar a Porcia mi sobrina, por legítima heredera, por cuanto tiranizada, estuvo hasta aquí, pues era su abuelo hermano mayor de mi padre, que por tema, o rencor que en los dos hubo se la usurpó con violencia. Esto es lo que hay, mas supuesto, que a los dos la conveniencia no os arrastra, sino solo el imán de mi belleza, publicar ahora intento el que elige mi fineza. Señora tened la voz, que es desairar la presencia de vuestro ilustre decoro, yo desisto de la empresa; ni quiero ser elegido, porque para eso, era fuerza el dar cuenta a mis vasallos, que solamente desean verme Reinar en Bretaña, pues que por mí yo lo hiciera. De vuestro amor yo lo creo, que en vos nunca hubo cautela. Yo, señora, por agora tampoco no me atreviera a agradecer el favor de tan dichosa sentencia, por cuanto en Milán me llama la nueva encendida guerra, del de Ferrara orgulloso, que entra con fatal violencia, talando todo mi Estado, y fuera error en mi diestra el tratar de boda, cuando llora mi Reino tragedias. Estos eran los amantes; oh ambición lo que atropellas! Oh fuego de Dios en todos. Duque, justa causa es esa. Vuestra Alteza gran señora, posea edades eternas esta Corona en su frente. Y al compás del Fénix, vea tantos trofeos y aplausos, que su duración exceda en dicha, en edad y en gusto. Dios guarde a vuestras Altezas: que nombre tan regalado es el de Alteza. Comienza prima a ajar su vanidad. La industria ha sido discreta. Déjame señora un rato, hacer papel de Princesa, que es gusto verse querida, aunque lisonja parezca. Viva Porcia. Aunque este Reino me tocaba por herencia, hasta que sepáis mi intento, vuestro aplauso se suspenda. Nobles de Bretaña, oíd, lo que mi voz os protesta, por cuanto Matilde hermosa gozó de aquesta diadema, en segura posesión, venerada como Reina, querida como piadosa, y amada como discreta de sus vasallos leales, con temor de que sucedan enemistades y bandos de una y de otra parte opuesta: Y por cuanto he hecho voto de Religión, sin que puedan prevertirme de este intento, libres exenciones Regias de mi espontaneo albedrio, por reconocer las prendas de Matilde y ser mi sangre, que es lo que me obliga y fuerza el derecho que me toca de Reinar, renuncio en ella; eligiendo una clausura, que es la que mi dicha espera. Viva la Reina Matilde. Humilde tus plantas besa, quien por ti vuelve a la vida, y a ser tu esclava comienza. Levanta prima a mis brazos. Mira los dos cómo quedan. Los dos se engarapiñaron. Del pecho respiro un Etna. Vive, Dios que estoy corrido. y de enojo, u de vergüenza a mirarla no me atrevo, que tan presto la dijera mi intención, qué necio anduve yo señora a vuestra Alteza; el parabién vuelvo a darle. Muy tarde el parabién llega, ni me le deis, ni os canséis más, en semejante empresa; y a Sajonia os retirad, que yo de vuestra fineza no quiero ser eligida, porque para eso era fuerza el dar cuenta a mis vasallos, que solamente desean, verme Reinar en Bretaña, pues que por mí yo lo hiciera. Esto ya toca en desprecio, y aquí mi venganza empieza. Irme quiero, por no verme desairado en su presencia. Codiciosiros me son, allá verán lo que llevan. Conde no veis, no ves Porcia, cómo su ambición fue cierta. Notable ha sido la industria. Temo que han de romper guerra con Bretaña. Nada importa, que en mi discurso, más pesa haber visto el desengaño de su interés y cautela; además que no es partido de su tirana violencia, publicar la guerra, cuando yo mesma en campaña puesta, tendré siempre en mi razón un brazo que me defienda: Llamadme a don Juan. Ya estoy señora en vuestra presencia. Porcia, agora que le miro, en él se me representa don Berenguer de Moncada, y desde anoche en mi idea batallo con esta duda. Hoy saldrás de esa sospecha. Don Juan. Señora. Habéis dicho a Berenguer que me viera en público aquesta tarde? Sí señora y de manera estimo vuestra memoria, que en carteles y tarjetas ha publicado un torneo, que desde mañana empieza, en que defiende en campaña, cuerpo a cuerpo y diestra a diestra que en Italia, ni en Sajonia, no hay Príncipe que os merezca; y que vos han más Corona que la de vuestra belleza, merecéis ser de Bretaña, y aun de todo el Orbe, Rina. Que eso ha publicado. Es cierto, y la Corte tiene inquieta la novedad del arrojo. Y saca una brava empresa en un escudo pintada. Será la empresa discreta. Es una anguila empanada, toda de laurel cubierta, y orlada con muchas flores, y dice abajo la letra: Aquesta anguila que veis, con flores que la hermosean, para uno solo es Corona, y para muchos culebra. Di que entre en buena hora a dar de su sangre y valor señas, sus bizarrías conozca Bretaña, hágase en ella amable por sus hazañas, que quizá en acción tan nueva, consistirá alguna dicha que descuidado no piensa. Válgate Dios por don Juan, qué de confusión me cuestas. Beso los pies a vuesía. Bese ustedsia tanta arenga. Cuanto intenta se le logra, es como hermosa discreta. En buen lance estás metido. Pues cómo quieres que sea, Moscón, empeños tan altos, sin gran valor no se intentan acciones y bizarrías, peligros, riesgos y finezas. Y sobre todo fortuna. Mira que a las cuatro y media hemos de estar en el puesto. Primero hagamos la cuenta de los quinientos escudos, porque en plumas y libreas se han gastado más de mil; de clarines y trompetas, que esto es contar por arrobas, escudos de oro cincuenta; más al sastre de refresco veinte escudos; al Poeta que hizo los motes seis reales de vellón. Rara es tu flema. Tened Caballero el paso, que la justicia es quien llega a hablaros. Qué mandáis, en que yo servir os pueda. Don Berenguer de Moncada no os llamáis? Sea, o no sea, a vos eso qué os importa. No más que una diligencia jurídica, que a hacer vengo, y perdonad la licencia, que en cortesía os lo pido. Esa obliga de manera a los nobles, que no puedo resistirme a la respuesta; yo soy don Berenguer. Pues según la confesión vuestra, vendréis conmigo a la cárcel. Pues por qué? Por una deuda de cuarenta mil ducados, cuya escritura es aquesta, en que obligáis la persona en cualquier Provincia, o tierra, renunciando sus indultos, y el fuero de la nobleza. Y a pedimiento de quién me prendéis? La parte mesma que os tomó por fiador os ejecuta y apremia, que es Fabricio, un mercader Inglés que tiene su hacienda en Barcelona y de paso aquí os ha visto. Hay tal pena! todo es verdad, yo me doy por convencido en la deuda. Señor mío, que te pierdes; resistencia, resistencia, porque si faltas del plazo, tu opinión y dicha arriesgas. Y Fabricio dónde está? una palabra quisiera hablarle. Yo le pondré con vos en la cárcel mesma, entre los dos se podrá ajustar esta materia: venid. Hay más raro empeño! Señor mío, resistencia. Yo no he de hacer cosa injusta, que más que todo se pierda. En vísperas de torneo, muy buena partida es esta. Venid señor con nosotros. Vamos, ah fortuna adversa! aquí acabó mi esperanza, para con Matilde bella. Ah perro Inglés! vive el Cielo que he de freírte en manteca; presos por cuarenta, apelo para las mil y quinientas.

JORNADA TERCERA

Válgame Dios, qué de embustes pasan en aqueste albergue desdichado de la cárcel. Infierno de los vivientes le llamó un sabio. Mal dio, pues mejor llamarse puede; Limbo. Por qué? Porque todos dicen, que están inocentes; vense aquí cosas notables, uno está triste, otro alegre; uno canta, otro lamenta; y por un resquicio breve, con voz sobterránea, pide limosna en tono doliente, y a un mismo tiempo con otros juega a las pintas, de suerte que los dos brazos a un tiempo, uno en la lumbrera tiene, y con el otro alza y para a cuarto y cuarto y si pierde echa un voto y lastimoso a la demanda se vuelve. Hay hombre aquí tan agudo, que él mismo en falso se prende, por una deuda su puesta, y despachando billetes a hombres caritativos, conocidos y parientes, junta su cierto peculio, y se suelta cuando quiere; con que para acomodarse se prende al año dos veces. Pero dejando esto aparte, qué intentas hacer en este escaparate, que cubren toscas y intrincadas redes, donde hay famosas alhajas, embusteros, alcahuetes, asesinos y ladrones, y entre tantos, tú solo eres el dije de más valor, pues dicen que precio tienes de cuarenta mil ducados. Mi cuidado solo es ese, pues siendo el precio excesivo, no habrá quien pueda valerme; que las piedades del mundo, solo se alargan a breves beneficios, no a tan grandes cantidades y intereses; con lo cual se hace imposible mi libertad para siempre: Demos que avise a Matilde, para que piadosamente en esta ocasión me valga; claro está que ha de saberse quién soy y pierdo por pobre aquella esperanza alegre de mi amor, pues es forzoso que su voluntad destemple, y pierda por esta causa la opinión que de mi tiene. Además, qué amante nunca, ni qué pecho noble puede sin desaire el intentar, en suceso como aqueste, valerse de la hermosura, a quien ama tiernamente, sin que se corra el valor, sin que los bríos me afrenten, sin que lo noble se ultraje, sin que el pecho se avergüence, y se infame lo bizarro. Mejor es morir mil veces, que valerse del amparo femenil, por más que pene, pues solo para adoradas han nacido las mujeres. Si al de Sajonia le pido favor, ni será tan breve, que baste a desempeñarme del lance en que estoy tan fuerte; que aunque él me ha dado palabra, Moscón, de favorecerme, siempre que de él me amparare, cómo he de dar a en tenderle, que el salir libre hoy de aquí me importa precisamente; y más cuando desde entonces nunca más le vi, no tiene mi mal remedio ninguno, yo le perdí infelizmente; porque si mañana falto al plazo, al sitio, al solene torneo que he publicado, quién habrá que no me afrente por infame y por cobarde, con que mis dichas se pierden, pues desairada Matilde a vista de tanta gente, es fuerza que trueque en odio la inclinación que me tiene: yo he perdido honor y fama. Que este Mercader viniese a Bretaña por Bretaña, cambray, holanda y manteles, y luego aquí nos topase. De futuros contingentes, quién jamás vivió seguro? nada en el mundo se mueve, sin disposición divina, esto Moscón me conviene. Para que quedes airoso un remedio se me ofrece; tú no intentabas salir encubierto? Los carteles así lo están publicando. Luego, señor, de esa suerte encubierto, no era malo que yo en tu nombre saliese. Y qué habías de hacer tú después de salir? Volverme con una gran cortesía; porque los hombres corteses nunca pueden quedar mal, pruébolo. Nada pruebes, de hombres bajos no se fían empresas tan eminentes, yo no tengo más remedio que morir déjame y vete, que a solas un desdichado se halla mejor. Tente bien. Noble Berenguer, los brazos me dad, una y muchas veces, y conoced desde hoy más un criado, que se ofrece a serviros, perdonando si en algún descuido leve os ofendió mi ignorancia cuando os prendí, que quien tiene amigos tan poderosos como vos, muy bien se infiere la calidad, que le adorna, y el caudal, que le ennoblece, pues tan grandes cantidades satisfacéis fácilmente. Este hombre viene borracho. Qué caudal, nobleza, o bienes veis en mí, que así os obliga a rendimientos corteses, si más claro no me habláis, mi discurso no os entiende. Hay unos que hablan muy claro, y hay otros que hablan clarete. Bueno es eso, mejor fuera que declararos quisieseis para que os hablara yo con la atención que se os debe, pues sois gran señor sin duda, y lo ocultáis mudamente. Menos agora os entiendo. Por aquí anda otro duende. Sabed que estáis libre ya de la deuda. De qué suerte? un generoso mancebo amigo vuestro, o pariente, cuyo aspecto publicaba ser de ilustres ascendientes, los cuarenta mil ducados pagó en moneda corriente de oro, por vos a Fabricio, y todos los adherentes, que a los gastos de justicia tocaban, tan noblemente, que a todos dejó contentos, el mandamiento es aqueste de soltura, yo he querido traérosle, porque alegre podáis salir luego al punto de la cárcel libremente. Y ha pagado a los porteros, grillos, sacres y corchetes? A todos dejó pagados. Si en carbón no se les vuelve, muy bien habrán negociado. Mi voluntad os promete agradecer la fineza con que me honráis. En mí siempre tendréis un aficionado. Válgame Dios, qué hombre es este, que en el más profundo ahogo, piadoso me favorece, y en un empeño tan grande, que casi sueño parece, tan sin dilación me libra. Si es Matilde (mas no puede ser eso) que era imposible, la confusión me suspende; si el de Sajonia, tampoco no, pero a mí quién me mete en vacilar en discursos, verdaderos, o aparentes, o si es sombra lo que toco, o ilusiones, que me vencen; yo he de seguir mi fortuna, y venga lo que viniere, que el salir de este imposible algún misterio contiene. Yo tengo de acompañaros. Vamos. Sin duda que es este el País de Terranova, por lo que en él nos sucede. Aquesta ciudad ilustre, señora, reconociendo, que el de Sajonia y Milán irritados del desprecio con que tu rigor les trata, obran algunos excesos con la nobleza y la plebe tiranamente soberbios, fiados en el poder, o en algún motín secreto, prudentemente advertido, el Senado con acuerdo propone, que vuestra Alteza los mande salir del Reino, si no quiere ver confuso un alboroto en el pueblo. Ese desengaño ya en mi semblante no vieron? Que en mi Palacio no entrasen no les dije, pues qué intento puede alentar su esperanza, si mis desaires sintieron? las dobleces cautelosas, no se castigan con menos; dejad que estén en la Corte, porque no piensen que temo su amenaza, pues en vano lograrán el desempeño, si estar desairados gustan a la vista del desprecio, mal hacen, pues mi rigor hace mayor su escarmiento, el prevenir los castillos, gente de armas y pertrechos para excusar cualquier susto, es Conde el mejor remedio; no seré yo la primera, que en campaña deponiendo los adornos femeniles, y aprisionando en el yelmo la dócil madeja, vibre de Marte el robusto acero. Apartad, nadie lo estorbe. A entrar venimos resueltos. Aunque tu rigor nos culpe, nos da aqueste atrevimiento nuestra queja, que por justa la debe atender tu pecho. No basta que de tus ojos, siendo común vituperio nuestro amor, viva abatido sin la esperanza del premio. No basta que sin rendirnos a la crueldad de tu ceño, tu imposible luz sigamos, terror sea o sea acierto, sino que para igualarnos, y desairar nuestro intento, hayas permitido entrar competidor encubierto, que asegure sus aplausos, pues si acaso le vencemos, ignorando la persona, no es triunfo de nuestro aliento. Al que señala en carteles neciamente los sujetos que desafía, le toca descubrirse, pues es cierto que se da por incapaz de competirnos, supuesto que huye la cara al desaire, de que sepamos que es menos; claro está, que menos es, mas por guardar el respeto que se debe a vuestra Alteza, por heroicos privilegios de mujer y que en su Corte asiste el tal encubierto el error le perdonamos, que a no ser este el pretexto, con más sangrientos castigos pagara su atrevimiento. La competencia ha de ser de igual a igual y aunque el duelo. que la política enseña de los públicos torneos, no nos obliga a salir, no intentamos no, valernos de este indulto, que aunque sea muy desigual el sujeto, con el que quiera de entrambos saldrá al señalado puesto; pero quiero que entendáis, que también reconocemos, que eso ha sido solamente cautela de vuestro pecho, por motivos que os obligan a dar a otro amante el premio, que quizá no le merece, pues faltando al galanteo por indigno huyó la cara en los públicos festejos. Y esto también lo confirma. Tened, que si mi silencio os ha escuchado hasta aquí, fue por ver el fundamento de vuestra queja y no hallando razón en ella, resuelvo que de mi Corte os salgáis, porque otra vez desatentos no sean tan libres cargos desdoro de mi respeto. Qué cautela puede haber en mí, si a ninguno quiero, a qué efeto ha de engañar, quien desengaña primero; libre nació mi albedrío, mas si fue motivo vuestro para haber entrado aquí a mi pesar, excediendo los límites de mi gusto, tened entrambos por cierto, que para osadas violencias hizo el valor los desprecios. Que en fin mandáis que salgamos de vuestra Corte. Eso intento. Preciso será, señora, si es gusto vuestro. Sea luego. Qué escucho, Cielos! mi envidia va con los celos creciendo. Saldremos al desafío, porque primero es el duelo; que todo precepto humano, y aquesto por vos lo hacemos, porque pueda sin desaire aquel amante en el puesto obstentar a vuestros ojos aplausos y vencimientos. Duque, ya tantos ultrajes exceden el sufrimiento, muera el villano cobarde, que motiva estos desprecios. Decís bien, en su traición nuestra venganza logremos, porque de agravio tan grande, es preciso el desempeño. No escapará con la vida este villano encubierto. Por si alcanzo su disignio, he de ir sus pasos siguiendo. Con esto he quedado libre de estos amantes. Sospecho que en Berenguer ha de hallar su altivez otro escarmiento. A don Juan, Porcia, no he visto, ni al criado, con que infiero ser cierta mi presunción. Podrá ser, mas a qué efecto siendo Berenguer, se había de fingir otro. Eso mesmo acredita su valor, pues quiere obligar primero con las finezas y hazañas, que un Caballero discreto, lo que de si desconfía, remite al merecimiento. Vaya Merlín con mi embuste mi amo se está vistiendo para el torneo y me manda, que con algún fingimiento disculpe aquí su tardanza, por si acaso le echa menos: guarde Dios a vuestra Alteza. Del criado he de saberlo cómo no viene don Juan contigo, que ha mucho tiempo que le han buscado y no le hallan. Aquí embustes, que me pierdo, porque le han desafiado, mas fue después que se dieron gran zurra de cuchilladas. Y con quién tuvo el encuentro? Con un gallardo Francés, y seis lacayos Tudescos. Fue por mujer? Sí señora, por mujer fue todo aquesto. En un balcón alto estaba una dama y por los dedos mi amo la hablaba, atiendan, porque tiene uñas el cuento: Deletreaban su amor con gran garabato, a tiempo, que entró el Francés por la calle en un bayo, cabos negros; miento, porque eran castaños. Poco importa. Importa al cuento, porque yo en mi vida supe mentir, aunque sea en un pelo; a la dama que era hermosa, el tal Francés Caballero quiso dar la paz de Francia, y junto al balcón de un vuelo hizo brincar el caballo, y le dio a la dama un beso. Al ver don Juan su osadía, sacando el bizarro acero, le desjarretó las piernas. No hubo palabras primero? No las oí, porque hablaban, por ser de noche muy quedo. Si dices que era de noche, cómo podiste ver eso, y hasta el color del caballo? Porque a un soldado Tudesco tanto le relampagueaban los ojos, que pude verlo. No escuches sus desatinos, señora. Pero qué es esto! Que toda la Corte espera que tomes el Real asiento para mirar el convite del prevenido torneo. Venid todos esta duda ya no la extraña mi pecho, solo sé, que al que la vida pone por mi causa a riesgo, la fineza he de pagarle, sea o no sea el que pienso. Quién me mete a mí en buscar mejor lugar de aquí veo cuanto pasa, ya el clarín avisa para el encuentro; ya del popular concurso se va llenando el terrero; poder de Dios, qué apretones, hacia los Ropavejeros al Sol, qué de hombres se plantan, por Dios que no son discretos, por ser cualquiera un tostado, qué arrogante y qué soberbio el de Sajonia ha salido, parece que en el sombrero lleva una selva de plumas, siendo en esparcido aseo galán bajel de las nubes, airoso pavón del viento; pues el de Milán, qué vano, con cien lacayos Gallegos, errados de pies y manos, viene la vaya inquiriendo; mi amo por otra parte ya bizarro ocupa el puesto, ya se embisten, ya se quiebran las dos lanzas pecho a pecho; ya llegan a las espadas, ya sacan de sus aceros vivas centellas los golpes; ya cae el uno en el suelo vencido, ya llega el otro, ya del otro hace lo mesmo; mi amo a los dos venció. Vítor, viva el encubierto. Pero qué es esto que miro traidor amante, sangrientos a fuer de tornear, embisten con Berenguer muchos de ellos; aquesta es alevosía. Pagarás tu alevosía villano. Aquesto es peor, bueno es guardar el pellejo. Muera, matadle, no viva, quien la esperanza me ha muerto. Detened, señor, el golpe, porque de esta suerte intento librar mi vida, yo soy don Berenguer, que resuelto os di una noche la vida, cuando mataros quisieron vilmente, unos embozados, por cuyo agradecimiento prometisteis ampararme en cualquier fortuna, o riesgo; agora que en el mayor estoy, gran señor, pues veo irritados contra mí tanta multitud de aceros; a vuestras plantas rendido, con la palabra os empeño. Muera el osado. Tened, es verdad, yo lo confieso, que la vida te he debido, y aunque el agravio que siento no me obligaba a cumplirla, mi palabra es lo primero, pues menos pesa un castigo, que el valor de que me precio huye de mí, que ofendido, si acaso otra vez te encuentro, con la muerte has de pagar tu presunción y mis celos; qué te detienes, qué aguardas? Ampare mi vida el cielo. Aunque vaya agora libre, no se ha de escapar del riesgo, que el de Milán cauteloso, le irá los pasos siguiendo, esparciendo sus parciales por la Ciudad y los puestos, por donde es fuerza que pase; y aunque el concurso del pueblo en su confusión le ofusque, no le valdrá, ni aun el viento, pues por el vestido, es fuerza que le han de conocer luego; yo he cumplido la palabra de ampararle, mas supuesto que le permití la fuga: si acaso otra vez lo veo he de lograr mi venganza, y a cuantos se opongan ciegos al festejo de Matilde, he de estorbar sus intentos, no logre otro por dichoso, lo que infeliz no merezco, no se ha de labrar su dicha de la envidia en que me quemo, guarde su elección Matilde, no ejecute sus efectos, que de sus necios desaires, este es solo el desempeño. Piadoso Labrador, pues has trocado conmigo este sayal apresurado, ponte el último adorno. Venga presto, Dios se lo pague, pues galán me ha puesto. Solo pienso escapar de esta manera. Deme el sombrero y tome la montera. Esto sin duda alguna es influjo fatal de mi fortuna. Por aquí va, seguidle con desvelo. Amigo, adiós, mi vida ampare el Cielo. Cierto que estó galán como una prata, mas no es vestido para andar a pata, mi mujer, que dirá, cuando me vea, Corte adiós, que me parto a mi aldea. Él es, muere villano. Válgame el Ángel de la Guarda. En vano escaparse intentó de mis furores. Venid todos, seguid a los traidores, que han muerto al encubierto. Deteneos, Si no queréis ser bárbaros trofeos de este riesgo fatal, que veis delante, y a Matilde decid, que si inconstante desairar pretendió mi noble intento, que ese infelice le sirva de escarmiento; que aunque no ha sido hazaña, hoy su desdicha en mi verá Bretaña. Cielos, que así me veo la edad se sujetase. Señor mío, si es que aquí mi verdad te satisface, tu criado don Juan es el que yace sobre la tierra muerto. Pues no era Berenguer el encubierto? Por sacarte, señor de aquese abismo, don Juan y Berenguer eran un mismo que por servir osado a Matilde, ese nombre disfrazado tomó y en tu servicio, con desvelo sagaz se acomodó. Válgame el Cielo! Y si le queréis ver. Tente, no toques ese asombro, ese horror, no, no provoques a más mi sentimiento; ven conmigo, que darle cuenta intento a Matilde del caso desdichado. Tan muerto como él voy de lastimado. Hombre, cuyos sentidos, no bien muertos están, ni bien dormidos, pues milagrosamente, no te ofendió del plomo el rayo ardiente, solo porque invocaste mi nombre en el peligro en que te hallaste vence la obscura sombra, de ese mortal letargo. Quién me nombra, quién es quien me llamó con favor grato? Quien es original de aquel Retrato que traes en tu pecho, por quien hoy vivo estás; y porque has hecho memoria de mi nombre, agradecido a la gran devoción que me has tenido, en lance tan violento, Dios obra con tu vida este portento. Espera, tente, aguarda, este es sin duda el Ángel de mi Guarda, con cuya Imagen siempre me acompaño, sacarele del pecho, caso extraño! para besar el celestial trofeo de su bello Retrato; mas qué veo! con él saqué dos balas abolladas, que aquí contra mi vida disparadas, al llegar de esta copia a la presencia, de su furor perdieron la violencia: oh Retrato! oh prodigio milagroso! del mayor Paraninfo, el más glorioso, celebre esta victoria, el corazón, el alma y la memoria; haré patente al mundo tu grandeza, si cabe tu alabanza en mi rudeza. Esto, señora, ha pasado, con injusta tiranía le dieron muerte a traición. De esto mi lealtad te avisa, don Berenguer yace muerto, que disfrazado encubría su nombre en don Juan. Callad, no dupliquéis la noticia, pues ya informado me habéis por menor de esta desdicha; de bronce soy, pues no muero, Cielos, cómo tengo vida para callar el dolor, que tanto el alma lastima; mas ya que al decoro debo este silencio, prosiga la entereza mi respeto, y adentro el corazón gima. Aunque Matilde de mí todo su cuidado fía, de consolarla no es tiempo, cuando recata advertida su amor, bien que agora el mío ningún remedio le alivia; pues con este desengaño, cesó la esperanza mía. Señora, no es ese el daño que vuestra Alteza advertida debe sentir, sino el riesgo en que esta Ciudad peligra; pues el de Milán, fundado en su injusta tiranía, echando en tierra su gente, poner sitio determina a esta Ciudad y le ayuda el de Sajonia, que libran el logro de su venganza, en destrozos y ruinas de este Reino, con quien guerra a fuego y sangre publican. De los castillos no está mi gente ya prevenida? Sí señora. Mas qué es esto. La gente de tu milicia, que se va juntando en tropas. De General las insignias diera yo a cualquier soldado, que con heroica osadía, se atreviera a defender el puesto de la marina, con un tercio. En eso solo todo el triunfo consistía. Para ganar ese premio, aun Berenguer tiene vida. Válgame el Cielo, qué veo! Jesús mil veces, qué miran mis ojos! Qué horror! Qué asombro! San Lesmes. Santa Rufina. El mismo soy, que no he muerto, no os asustéis, qué os admira! vivo estoy señora. Cielos, cómo es posible que vivas? Escucha, señora cómo fue todo ilusión fingida. Después que de los aceros, que contra mí se fulminan, me defendí un breve rato; quiso la fortuna mía, que entre el confuso tropel, deslumbrándoles la vista, pudiese hallar paso franco para ponerme en huida: Y no extrañes el suceso, porque tal vez confundida la cólera, cegar suele el impulso de las iras; ya pues, que del campo alegre medí la estancia florida, o prudente, o temeroso, reconociendo que irían en mi alcance los contrarios, para dar logro a su envidia, con un labrador troqué el vestido y las insignias de Caballero, a quien luego el de Milán, que siguía mis pasos, le dio la muerte, pensando por la divisa, que era yo en quien él lograba su cobarde alevosía. Yo soy Berenguer; señora, no don Juan, que mi desdicha en la ausencia de mi patria, a aqueste disfraz me obliga. Si humildades y finezas, afectos, penas, porfías, desvelos, ansias, cuidados, rendimientos y caricias, alcanzan con tu memoria el perdón que solicitan; no le niegue tu piedad, pues viendo que determinan esos Príncipes amantes, usar nuevas tiranías: Atropellando imposibles, en este traje que miras vuelvo a servirte, que el Cielo parece que me destina, a que yo en defensa tuya, pierda a mejor luz la vida; su aleve orgullo no temas, su amenaza no te rinda, pues antes que el Alba hermosa, rompiendo la azul cortina, estrellas de plata borde, sobre el rosicler del día; su vana soberbia espero poner a tus pies rendida. Por caudillo de mi gente te nombro, el bastón reciba de mi mano tu valor, que si a la presencia mía, me pones vencido, o preso uno de los dos, se obliga mi agradecimiento a darte el premio de más estima. Pues yo me atrevo a prenderlos. De qué suerte? Es cosa fija, poniéndose ellos de novias, y yo haciéndome vecina. El premio que solo espero, es señora, la alegría que tendré, si la fortuna hoy me concede esa dicha; juro por las luces bellas del Sol, luminar del día, que es jurar por vos, pues vos sois su semejanza misma, de no volver a los ojos de vuestra beldad divina, sin la empresa, o dar por ella en desempeño la vida. El Cielo te haga dichoso. Si hará, pues tu luz me anima. Pues en la paz te he servido, señora, un puesto querría que me dieses en la guerra. Cabo de Escuadra eres. Linda razón de Cabo de Escuadra: un puesto quiero de estima. Qué puesto a un bufón le toca? un puesto de nevería. Cierto que ha andado cortés, que en la boca lo tenía, no pensaba que era tan lisonjera Vueseoría. Ya parece que a los muros se acercan, según avisa el clarín, herido a soplos de la plaza haré salida, para estorbarlos el paso. Yo con un tercio a tu vista estaré, para el socorro. Con esa acción darás vida, al impulso de mi brazo. Más cada instante me obligas. Toca al arma. Al arma toca. Decid soldados, que viva Matilde. Viva. Con eso no habrá temor que me rinda. Ni a mí, pues llevo en dos Soles seguro el triunfo y la dicha. Ya Cielos, con lo que he visto murió la inclinación mía. Del asno y del puerco aquí viene la historia nacida. Vio el asno estar aquel bruto, que dio nombre a Algarrobillas, continuamente comiendo, y holgando a pierna tendida; y que el amo le bajaba salvados, berzas, pepitas, cascaritas de melón, y otras dos mil niñerías, con que engordar le intentaba: el burro entre si decía, que aqueste sin trabajar se huelgue y tenga tal vida, y a mí, que tras de no darme, sino una ración muy chica, me abren de contino a palos con un garrote de encina: oh mundo, injusto es tu trato, que un puerco logre esta dicha. Llegó el día de San Lucas, entró el amo en la pocilga, y le degolló sangriento con la desnuda cuchilla. Violo el asno y dijo, hermano si para eso te acarician, el trabajar es mejor, y vivir con su pepita; burro soy, asno me llamo, que lo demás es mentita; Berenguer va a la batalla, yo quedo acá en paz tranquila, mas la explicación del cuento se quede para otro día. Ya no es solo desdén su resistencia, sino furia y rencor, hoy la violencia se cuenta por hazaña, pues rendida a mis pies, verá Bretaña, como aquesta porfía y furor mío, no es forzar su albedrío, sino solo intentar que de su gloria otro ninguno alcance la vitoria. Pues de los dos no tuvo dicha el uno su mano, no ha de ser de otro ninguno, a la muralla, pues nos acerquemos, y sus nuevos fortines asaltemos, pruebe el desaire, reconozca el daño, quien trató nuestra fe con tanto engaño, veamos si en aqueste lance incierto tiene en defensa suya otro encubierto. Tened que desde el muro a lo más raso, un gallardo escuadrón nos sale al paso a estorbar el asalto. Qué esperamos? Ea soldados míos embistamos. Ya los dos campos se hallan frente a frete. Yo solo con mi gente basto a desbaratarlos y a vencerlos. Toca alarma. Al arma toca. A ellos. Villano, aquí morirás, sin que te ampare ninguno. Trabajo os ha de costar mi muerte, pero sois muchos y mi aliento ya se rinde. Qué es rendirse, yo te ayudo, Berenguer, tu amigo soy, vuelve que el trofeo es tuyo. Quién eres joven bizarro, que así me animas? Quien pudo librarte en mayores riesgos. Ya lo sé, mas no descubro en qué mi amistad te obliga. A que a mi memoria culto has dedicado aquel Templo. Con tu amparo voy seguro. Hayamos de este prodigio, que es invencible su orgullo. De Matilde es la vitoria. Sin duda que el cielo justo, de Berenguer favorece el brazo noble y robusto. Con que ardimiento entre todos con el acero desnudo, se señala valeroso. Ven aquí el cuento del burro. Bueno será socorrerle, para asegurar el triunfo. Vamos todos, mas qué veo! si hacia esta parte, entre muchos viene llegando a tus pies. Ya por prisionero tuyo me rindo, porque la vida no me quites. Nunca pudo en un rendido mi acero estrenar su filo agudo, vuestra Alteza, gran señora, pues ve a sus pies a Rodulfo, vengue agora sus agravios. Vengar no intento ninguno, con que dé a Porcia la mano, que este es el rescate suyo. Esta, señora, es mi mano, que en eso me haces gran gusto. Y tú Berenguer famoso, heroico Español, a cuyo valor debo esta vitoria, hoy te nombro y constituyo por Mariscal de este Reino. Yo aquese cargo renuncio. Pues Conde eres de Tirol. Tampoco aqueso procuro. Pues qué pretendes? Tu mano. Y los brazos, que es muy justo que logre de mi Corona, quien siempre en el alma estuvo. De la Guarda al Ángel debo tan soberanos indultos. Y aquí la Comedia acaba, perdonad los yerros suyos, y dé un vítor de limosna, quien fuere devoto suyo.