Texto digital de El desposado por fuerza
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Luis de Belmonte Bermúdez
- Atribución estilometría
- Luis de Belmonte Bermúdez Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la transcripción automática (corregida con posterioridad) de una suelta sin datos de imprenta (Sevilla. Biblioteca de la Universidad: A 250/208[05]).
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Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de El desposado por fuerza. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/desposado-por-fuerza-el.

EL DESPOSADO POR FUERZA
JORNADA PRIMERA
¡Bizarro acompañamiento! Con tanta luz, ¿qué será? Entierro. De humor está el que tiene sufrimiento de oírte; no hay quien te espere. ¿De noche entierro? Apurar, pues ¿no se puede enterrar un muerto cuando quisiere? ¿Cómo, por curiosidad?, a ese hombre pregúntale qué gente es esta. Sé haré. Hidalgo, por caridad me decid, ¿adónde va un escuadrón tan honrado y rico? Es un desposado a quien esperando está la boda. ¿Y adónde espera? En esa casa de enfrente. Dios os haga mi pariente a la pregunta primera. ¡Desposado! ¡Lindo agüero! ¿De España a casarte vienes? ¡Alegres señales tienes! Verte con tu esposa espero mañana. Vamos, Fernando, a preguntar por tu padre. No hay cosa que más me cuadre que ver... Si estás deseando el verte en los brazos bellos de tu esposa y has llegado a Nápoles, que has dudado el gozar por los cabellos la ocasión... Belleza tanta como tiene esta ciudad quiero verla. Sí, en verdad, retablo en semana santa será si la quieres ver de noche. ¿Y la desposada de ahora ha de estar tapada, Castaño? Pues ¿qué has de hacer? Entrar a verla. ¿Hay tal hombre? Curioso gusto Español tienes. Dicen que es un sol mi esposa y su fama y nombre suspende a Italia, pues quiero ver si es bella esta mujer y servirá entrarla a ver acreditar nuestro agüero, Ya sé del pie que cojeas, todas te parecen bien. Algunas habrá también que las descarte por feas. Yo no te he de acompañar a ver novias. Pues espera, que al punto salgo. Quisiera, ya que merecí llegar a la ciudad más hermosa que vio la lámpara eterna, agregarme a una taberna, que la juventud ociosa parece peligro. Al paso me han salido enrodelados unos pocos de embozados, mas ¿si estos fuesen acaso merchantes de capas? ¡Dado al diablo estoy! Si perdiera mil vidas, acometiera la empresa; estoy empeñado. ¡Vive Dios que han de saber el valor de don Fernando y que le están aguardando con hacienda y con mujer su padre y deudos! Advierte que es empresa peligrosa. Horacio, y, si se desposa, ¿habré echado buena suerte? Si ha entrado el conde Ursino a ser de Alejandra esposo, no es acometer furioso, el valor abre el camino. En el peligro mayor ya Alejandra está avisada porque la casan forzada y tiene a mi primo amor, que, aunque no se han visto, suele ser la fama buen tercero, robarla esta noche espero aunque Italia se desvele en mi agravio y su venganza. Mucho te debe el ausente Fernando. Es nuestro pariente y por las prendas que alcanza de valor, sangre y nobleza merece todo favor, que, pues nos presta el valor su padre, que es la cabeza de nuestra casa, es muy justo que por él nos arriesguemos. Muchas consultas tenemos. ¡Vive Dios que es grande el susto que me dan!, que echo de ver que atrás hay bultos feroces, aquí han de molerme a coces salvo mejor parecer. Fernando, aunque yo también te conozco por la fama, tu sangre y valor me llama, que no pareciera bien, cuando a Nápoles llegaras y entre tus deudos te vieras, que esta afrenta recibieras primero que la vengaras. Hecha hallarás la venganza antes que el agravio veas. Pues que vengarle deseas, anima tu confianza. ¡Por Dios que por esperar me he visto —en salud se cuente— a pique de delincuente! ¿Cómo se podrá copiar su incomparable belleza para hacer retratos fieles si no presta sus pinceles la misma naturaleza? No he visto —después que veo— tan hermosa admiración del sentido. En conclusión, refocilaste el deseo. ¿Qué hay de novia? ¿Qué ha de haber? Paciencia en mi desatino, pues quise emprender camino para abrasarme por ver. ¿Es posible que por vella a tal estado me trajo mi desdicha? Este es influjo de alguna enemiga estrella. ¿No tiene el suelo español peregrinas perfecciones?, pues todas son escalones para que subiese el sol. Pasaba por cuantas vía con una afición templada, mas esta hermosa casada turba al sol y vence al día y, así, es inmenso el amor: la primera vez que llego a verla, no amor, es fuego con otra fuerza mayor. ¿Tan bella esa novia está? ¿Viste, entre cándidas luces, en los campos andaluces —que fueron Elíseos ya—, jugar al templado abril, galán, vestido a colores, manso truhan de las flores; soplo de él habrá sutil? ¿Viste con rosadas huellas en carroza de rubíes sobre nubes carmesíes pasar abollando estrellas el alba y, con tierno lloro, la boca bañada en risa, del lirio a la manutisa que ciñe en púrpura y oro vestir de granos nevados, formando, del sol seguras, salvillas de perlas puras en las mesas de los prados? ¿Viste, Castaño —¡ay de mí!—, botón de tierno clavel que es a la vista pincel retocado en carmesí? ¿Viste la ampollada rosa que ostenta al peinarse el día blasones de Alejandría entre soberbia y hermosa? Pues con la mujer que vi, tirana de mi albedrío, el sol, el alba y rocío, rosa, clavel y rubí, celajes, púrpura y oro, auras, estrellas y luces es sombra, si lo reduces al imposible que adoro. ¿Viste un mozo a lo tudesco que hacia el toro se adelanta y en el cuerno lo levanta por los pliegues del gregüesco? ¿Viste un pelón marquesote desde el jueves en ayunas que, entrando a las aceitunas queda a pagar el escote? ¿Viste, queriendo enmendar un preso el pasado yerro, que, apelando del destierro, le condenan a azotar? Pues marquosote en ayunas vendiendo el oro y el moro, mozo en los cuernos del toro azotado y aceitunas —sin lo más que no refiero por solo no darte enfado—, todo es sombra, comparado a un amante majadero. ¡Necio estás! Es elección hecha por discurso mío, poder tiene en mi albedrío, suyos mis afectos son. Pluguiera a Dios y esta fuera la que mi esposa ha de ser. Pues, señor, ¿qué hemos de hacer de Alejandra? ¿No es quimera tu amoroso pensamiento? Cuando ya a casarte vienes, ¿ajena mujer previenes al turbado entendimiento? Preguntemos por tu padre, que alma y mujer te percibe. Aunque la fama me escribe, no hay belleza que me cuadre después que vi esta mujer. Mueran todos. ¡Vejigazo! Señor, ya ha llegado el plazo para enseñarme a correr, por un solo Dios te ruego que no nos coja el edito. Cuando es ajeno el delito ha de turbarse el sosiego. ¿No estás conmigo? No sé, ni aun en mí pienso que estoy. Rayo de sus vidas soy. Señor, en Adán pequé y, aunque yo no lo comí, sospecho que hablan conmigo, yo las olivas bendigo y en poltrona paz nací. ¿No hay defensa que me ampare ni valor que me defienda? Cielos, ¡socorredme ahora! De mujer son estas quejas, escucha. Un hombre descubro, ruego a Dios que tenga prendas de hombre noble. Caballero que para mí bien lo seas, una mujer desdichada a tu valor se encomienda si acaso ajenas desdichas mueven tu pecho a clemencia. Huyendo vengo de mí porque en mi pecho se encuentran peligros que me amenazan, desdichas que me cercan. El tálamo adonde estaba en monumento se trueca y las luces de mis bodas van descubriendo tragedias. Confieso que soy culpada y que merezco más penas, si acaso no me disculpan las que se casan por fuerza. Galán es el conde Ursino, tiene conocidas prendas de nobleza y de valor —toda Italia lo confiesa—, mas la provincia del gusto por otra ley se gobierna. Ciega es su razón de estado, lo que otros aman desprecia, por librarme de sus brazos algunos nobles se arriesgan, que entre los deudos del conde heridas y muertes prueban. Esta es mi trágica historia, si has conocido por ella quién soy, tu valor me ampare por que la vida te deba. (¿Hubo suerte más dichosa en las que soñadas cuentan fábulas encarecidas?) Señora, no te den pena los peligros que encareces, que hasta que a tus pies me veas revuelto en mi sangre misma he de buscar tu defensa. Las obras serán testigos porque en los nobles la lengua vive muda en los agravios. Nuestra victoria es la ausencia. Tu nombre saber deseo. (Encubrirme importa, Celia,) Me llamo, de ti me fío, (hasta saber su nobleza; no ha de saber que me llamo Alejandra.) ¡Mueran, mueran! Huye por aquí, señora. Tras ti voy. ¿Quién tal creyera? Villano, ¡viven los cielos que aquí me holgara que fueras alguna abrasada imagen de aquellas que el sol calienta en su rosado camino por que los hombres me vieran sobre montes de venganzas subir asombrando estrellas! Dime, ¿adónde está mi esposa? ¿Quién de mis brazos la lleva cuando me daba los suyos después de amantes promesas? Si no te vence el dolor de ver perdida tu prenda, sabrás quién es tu enemigo. ¿Quién es? Liseno, que espera al español don Fernando. ¿Es de quien Nápoles cuenta encarecidos trofeos hecha en su alabanza lenguas, que es Mendoza por su nombre y que por su padre hereda el blasón de los Colonas? El mismo, y a quien respetan sus deudos por su valor. Prometiéronle en ausencia a Alejandra por esposa y ahora en estas galeras que han llegado se esperaba y, viendo que la promesa tu casamiento la impide, con la pasión que le ciega de ver, Liseno, rompida su palabra, nos dio cuenta a los que con él venimos y, acometiendo la empresa que ha parecido imposible, fue el causador de tu afrenta; dándonos, por conocernos, el nombre, como en la guerra a la casa donde iba, que también es fortaleza, que el mar considera humilde de esa montaña pequeña que de Pompeyo Colona, caballero de altas prendas y padre de don Fernando, el que la robó la lleva. Esta es la verdad y advierte que el temor no me venciera si la piedad no obligara a considerar tu afrenta. Vete en paz, que a quien pregona que le da mi agravio pena más que su peligro mismo hecha tiene ya experiencia de que sabrá en la ocasión dar silencios a la lengua por no morir confesando. Quiera el cielo que poseas tu robada prenda, conde, que tu valor y nobleza hasta enemigos obliga. Fabio, más nuevas quimeras descubro en su confusión, a otro blanco se enderezan las sospechas de mi agravio. El rey —ni aun las piedras quisiera que me escucharan— solicitó la belleza de Alejandra —yo lo he visto— y, si a la casa la llevan de Pompeyo, es orden suya, porque retirarse en ella Pompeyo en esta ocasión da más fuerza a una sospecha. que sola una majestad pudiera tomar licencia para quitarme el honor. Advierte que es fama cierta de que espera a don Fernando Pompeyo Colona. Sea tan verdadera la fama como es notoria mi afrenta. Yo sé que es orden del rey. Y, cuando del rey lo sea, ¿cómo se ha de presumir, si ahora el Colona espera a su hijo, que a su casa lleve tu robada prenda para el rey cuando la guarda para don Fernando? Ciega con la pasión y el enojo tienes el alma. Tu aumentas mi sospechosa verdad, pero, si rayos engendra el cielo en ofensa mía, he de ver si es fortaleza la casa de mi enemigo. Veré si valientes peñas alzan coronados muros que de mi rigor defiendan al vil tercero del rey, pues obligaciones niega. El que seguirme quisiere de mis deudos esta ofensa la notifico por suya. ¿Dónde vas? Adonde vea el mar que le bañó en sangre cuantos peñascos se afeitan en el cristal de sus ondas. Como tuya, es nuestra deuda. Pues ¡a la montaña, amigos, y muera mi agravio, muera! ¿Las galeras ya en el puerto y mi hijo aun no ha llegado, sabiendo que se ha embarcado? Cielos, ¿si en el mar se ha muerto? ¡Nuevo pesar!, mas ¿si acaso, en llegando, le avisaron cómo a Alejandra casaron anoche? Volviendo el paso, dio la vuelta por no ver su afrenta y también la mía. Mirarlo más bien podía el conde Ursino y saber cómo era prenda guardada para mi hijo Fernando. De pena y dolor temblando estoy, de ver empeñada mi familia con la suya, no fuera la vez primera que Italia en bandos se viera por más que estos lances huya. Ya abre sangrientos caminos mi desdicha, quiera Dios que no imitemos los dos a Güelfos y Gebelinos. Esta casa de placer, de donde el mar considero, llamarla desde hoy espero sepulcro, en ella he de ver perdido el sosiego mío con la vida. Gente viene, ¿si acaso noticia tiene de Fernando? Aunque confío del respeto que te debe Italia, entre bandoleros hay atrevimientos fieros, el más cobarde se atreve a la crueldad más feroz. ¿Por qué lo dices, Leonido? La montañuela ha subido con prisa y paso veloz gente y da que sospechar porque el rostro traen cubierto. Suele servilles de puerto la aspereza del lugar a delincuentes. Señor, que te retires te pido. Cuerdo tu consejo ha sido, que, si alguien quiere favor, podrá en mi casa pedillo, pues siempre a todos le ofrezco. Padre del yermo parezco en la hambre, un panecillo, aunque lo trajera un cuervo, viniera de molde ahora. ¿Qué dices? Digo, señora, que en tales casos reservo fiambre alguna porción y que por no haber cenado anoche nos ha faltado la congrua sustentación. Caminar y sin cenar y en ayunas verme el sol prueba es de buen español. Pues ¿de eso te has de espantar? ¿El ángel que me acompaña no ha hecho el mismo camino? Señor, no hay ángel divino que suba a pie una montaña; yo sí, que soy pecador, porque ellos volando van. Si le dijo Dios a Adán «comerás de tu sudor», ¿cómo yo vengo sudando y no tengo qué comer? Bien sabes encarecer. No el vivo. Estoy deseando, señora, que me digáis el seguro que tenéis, siquiera por que gocéis el descanso que os negáis. ¡Que en tan dichosos trofeos feliz fuera haber tenido un alma!, que, como ha sido capaz de vuestros deseos, le fuera del dulce peso que de vuestro cuerpo hermoso goza este monte dichoso, ufano con el suceso de tantas venturas mías. Si el peso aliviar queréis, el que más grave hallaréis lo causan melancolías, mas de suerte a mis sentidos la pena y dolor templáis que dulcemente alegráis el alma por los oídos. A medida de mis penas os hizo discreto el cielo y es de manera el consuelo que las considero ajenas. Al fin, obligada estoy entre mi piadoso lloro a conocer que el decoro habéis guardado a quien soy, que no he menester saber la nobleza que heredáis, sino saber que guardáis el respeto a una mujer y os doy palabra, señor, que tan honrada amistad la estime con voluntad y la pague con amor, que no está el alma muy lejos de borrar ciertas memorias. ¿Y son de pasadas glorias? El sol mostró unos reflejos de luz, pero estuvo ausente y lo que no ven los ojos ni da gloria ni enojos y más si la luz presente tiene la fuerza que veo. Pues ¿qué fuerza halláis en ella? Las memorias atropella de algún ausente deseo y tanto que, si viniera y de nuevo conquistara, tan bordadas las hallara que aun yo no las conociera. (Perdona, ausente español, pero, si jamás te he visto, no te ofendo si conquisto nueva luz, presen el sol.) ¿Así te dejas vencer?, pero nunca es nuevo en ti. Si nunca a Alejandra vi, ¿en qué la llego a ofender? ¿Puede la imaginación formar tan hermoso objeto que no lo deje sujeto con hermosa admiración el que la vista percibe? Siempre fue noble sentido más la vista, que al oído, la fama que a voces escribe y engaña; por fama oí una ausente perfección, otra he visto y es razón que me agrade lo que vi. No está muy lejos, señora, la casa, si es la que veis, donde segura tenéis la vida del que os adora, que, como mi vida estriba en que vos segura estéis, es bien que vos os guardéis por que yo seguro viva. Buen retruécano. Esperad, que he visto acercarse gente y es el temor tan valiente que ha hallado capacidad para turbar mis sentidos. Cielos, ¿si es gente del conde? Bien negocia el que se esconde. Los rayos del sol vencidos dejan con hojas y ramas los árboles que miráis y os guardaré, si gustáis, porque amparar a las damas fue siempre mi profesión, Bien dice, mas vos también que os encubráis os suplico. Jamás el ánimo aplico al temor. ¿Sabremos quién son los que vienen subiendo? ¡Qué bien por amor te empeñas! Estos árboles y peñas irán vuestra luz cubriendo, señora, y nada os dé pena mientras sustento la vida. Partiré de amor vencida como de congojas llena. Valor, empeñaos aquí. Si piensas que campo y monte han de valerte, disponte para defenderte aquí de quien te concede apenas lugar de arrepentimiento. Siempre vi llevarse el viento palabras de injurias llenas, pues tienes desnudo acero, hombre vil serás si hablares, demás que mientras callares te juzgaré caballero, aunque ninguno hasta hoy, como se precie de honrado, acometió acompañado. Yo por disculpa te doy que, cuando salgo a reñir, me precio de aventurar, mas, cuando importa el ganar, salgo a matar y a rendir. Esa mujer que te sigue es para una prenda mía, mira si la cortesía será razón que me obligue, cuando la vengo a cobrar, que riña a lo caballero. Pues, si en el campo no muero, tarde la podrás llevar. Lisenio, a tu alcance llega el conde con más criados. Pues ya estamos empeñados, cúbrete el rostro. ¡Qué ciega es la fortuna! Más gente para mi desdicha envía. No atribuye a cobardía el capitán, si es prudente, retirarse en ocasión si no han de valer las manos. ¿A un hombre solo, villanos? Esperar no es discreción, Lisenio. El consejo es sabio. Villanos, ¿cómo huis? Si en mi defensa venís, ¿quién ha de buscar mi agravio?, que a vuestra valiente espada tiembla el monte que miráis. Mirad, señor, que agraviáis vuestra resistencia honrada, que, si no vieran valor en vos, muy poco importara que yo a serviros llegara. Dejad que estime el favor con publicar mientras viva que de vuestra mano fue. Yo vuestro valor haré que en bronces el tiempo escriba, que, aunque estos son bandoleros sin honrada obligación, sus caudillos siempre son agraviados caballeros que enseñan solo a matar. Quién soy sabréis algún día, que ahora una empresa mía no me concede lugar. En la casa que miráis para serviros espero. Ya de vuestra priesa infiero que con pesadumbre vais y será estimarme en poco no admitirme en la ocasión. Vengo siguiendo un ladrón y de manera provoco la furia del pecho mío que, si le encuentran mis brazos, pienso hacerle más pedazos que tiene este monte frío peñas y árboles. Yo estoy tan obligado a serviros que por fuerza he de seguiros. Y yo satisfecho voy del favor que me ofrecéis. pero esperadme a la puerta mientras mi dicha concierta el bien que espero. Hallaréis a quien serviros procura, ya no hay temor de enemigo, que con tan valiente amigo tendré la empresa segura. Caballero, si venís del temor de bandoleros al amparo de mi casa, el favor lo tenéis cierto, que la sangre y mi piedad mueven de suerte mi pecho que con el alma recibo los que en mi casa defiendo. No sin causa a vos me guían los dichosos pensamientos de una prenda a quien adoro y, aunque es acción de mancebos el amor y a vuestras canas se debe honesto respeto, quiero deciros la causa por que disculpéis mi yerro, mas ella os dirá mejor la justa razón que tengo de adoralla y de servilla. (¡Válgame el piadoso cielo! ¿No es esta Alejandra? Sí.) Señor, al amparo vuestro, donde el honor y la vida descubren seguro puerto, viene la desdicha mía: una mujer que en los riesgos se atrevió a buscar discursos para investigar remedios. Yo soy... Aun diciendo el nombre, dudo el poder conoceros, que desvanecen verdades sombras de infames sucesos. ¿No sois esposa del conde? ¿No os lo dan por justo dueño el honor y el matrimonio? Pues ¿cómo pierden respetos prendas de nobles mujeres si para afrentarlas vemos a las tinieblas con ojos y con lenguas al silencio? ¡Vive Dios que, a no mezclarse piedades y atrevimientos, que yo mismo os entregara a quien os hiciera ejemplo de castigada hermosura!, para que se olvide el tiempo de maridos que reciben prendas que una vez perdieron. Señor. (Esta es Alejandra.) Caballero, ya os presento la ocasión en que podéis favorecer mis intentos. Esta es la prenda que busco y a vuestro lado me atrevo a no temer escuadrones de enemigos contrapuestos. (¡Qué de peligros me cercan!) ¿El conde es este? Al estremo de mi desdicha he llegado. (¿Ha visto jamás el tiempo tan apretada ocasión?) ¿A qué aguardáis?, pues ¿tan presto no me reconocéis servicios? ¿No puse al peligro el pecho para salvaros la vida?, pues ¿cómo con tal silencio pagáis deudas conocidas? Que os debo amistad confieso, pero escuchadme a esta parte. Señor, si los escarmientos has de darlos con mi vida, ya me tiene muerta el miedo y, si piedades te obligan, sírvame de privilegio tu casa. Mira que el conde por agraviado y soberbio ha de vengar con mi sangre tan conocidos desprecios. (¡Confusiones y peligros me ofrecen dudas y miedos! ¿Qué he de hacer para guardarla?, que, aunque culpada la veo en los desprecios del conde y en negarse al casamiento de mi hijo, miro, al fin, que es mujer.) Al mismo viento hoy has de vencer, Leonido, que a mi cargo queda el premio de tu cuidado. A Alejandra la has de llevar donde el cielo sirva de testigo solo. Seguro será un convento. No es seguro porque el conde podrá perdelle el respeto, que el furor y la venganza se atreven a sacrilegios. A casa de mi sobrina Celia, si el mudo silencio guarda el respeto a la lengua, puedes llevarla. Yo te ofrezco la diligencia y cuidado. Parte, pues. Permita el cielo que tanto favor os pague. ¿Qué importa que estéis resuelto? Conde, yo también lo estoy y soy también caballero como vos y en esta casa, aunque no merezco al dueño, tienen sagrado seguro los que, pregonando miedos, saben que en ella se amparan después que yo los defiendo, porque no he de permitir que le perdáis el respeto a una mujer. Si mis canas pueden servir de terceros para templar vuestro enojo, conde, de mi parte os ruego que miréis más bien la causa del agravio que os han hecho. Ya sé de dónde procede, que no hubiera atrevimientos en vuestra casa conmigo, sino resultara el fuego de esfera más levantada, mas, ya que agravios contemplo donde hay causas superiores, volveré con más acuerdo por mi honor donde le cobre. Sabrá el mundo, por lo menos, que de su lascivo amor os hizo el rey instrumento y vos, que tan presumido venís a reino estranjero a ser defensor de damas, si como de tan soberbio de caballero os preciáis, yo os daré a entender que puedo... Yo no he de entenderlo aquí y, por que ahorremos tiempo mal gastado con palabras, decid dónde podré veros. No es razón que yo permita que desnudéis el acero cuando lo puedo impedir con mis criados y deudos. Templad la indiscreta furia y dadle lugar al tiempo, que es quien ofensas olvida. No la olvidarán mis celos hasta que muera. Español, yo veré si tan soberbio blasonas estando solo. Solo en el campo os espero. Vedme en palacio esta tarde, adonde concertaremos plazo y campo. El cielo os guarde. Y también os guarde el cielo. Pompeyo, mirad que soy de Alejandra el justo dueño y que obediencias del rey, nacidas de mi desprecio, habrán de costar más vidas que sobre este monte vemos peñascos que le coronan. Esperad. Esto os advierto y que favores injustos no han de alcanzar privilegios para asegurar las vidas donde hay infames conciertos. ¿Qué enigmas son las del conde? Que soy del rey vil tercero en sus amores me dijo, ni lo alcanzo ni lo entiendo, palabra fue deslumbrada. Señor, pues lograrse veo mis esperanzas dichosas, gozó el alma justo premio con la prenda que guardáis. Fuera yo muy loco y necio si en ocasión semejante que está amenazando riesgos a mí causa una venganza, quisiera aumentar el fuego con entregaros la causa. Yo la guardo porque espero que vuelva a poder del conde, pues todo lo vence el tiempo y no hay agravios de honor, demás que, si no sabemos quién sois, ¿por qué he de entregaros una mujer que es ejemplo de nobleza en nuestra Italia? Respeto os guardo por viejo para no cobrar por fuerza lo que vos después con ruegos me habéis de ofrecer humilde, que, aunque os parezco extranjero y español, Nápoles tiene ya de mis padres y abuelos noticia por sus blasones porque mi padre es Pompeyo Colona, a quien guarda Italia reconocidos respetos y, cuando por mi valor me niegue mi prenda el cielo, sabrá cobrarla mi padre. Hijo, espera por consuelo de tu padre. Este es mi hijo, seguidle, que es el espejo en que mis ojos se miran. El viejo ha perdido el seso.
JORNADA SEGUNDA
¿Quién se atreverá a decirle al rey que se desposó Alejandra anoche? Yo. Buen modo de divertirlo para que olvide el amor en que está perdido y ciego. Antes, por que temple el fuego, será avisarle mejor. Liseno, oye, por tu vida, ¿viste tú mismo escribir el papel? (¿Qué he de decir si fue la historia fingida para templarle su fuego? ¡Oh, nunca entrara en palacio a servir!) Dime despacio si al dichoso puerto llego de un amor tan bien nacido, que, aunque lo dice el papel, quedar puede el dueño de él quejoso y arrepentido y, así, quisiera saber si Alejandra lo escribió en tu presencia. Pues ¿yo para qué lo había de ver? ¿No basta que lo escribiera y el secreto me encargara? Necio, ¡qué poco repara tu discurso! Si pidiera la pluma para escribir, como estuvieras presente, vieras en su hermosa frente si sabe amar y fingir. (Siempre es la primer mentira de las demás escalón y es —metido en la ocasión— cobarde el que se retira.) Por parecer circunstancia que no era importante aquí callé que escribirla vi. Es la de más importancia y el más seguro favor que esperar puede el deseo. Contenta escribió. No creo tanto bien. Loco es amor. Celia, señor, viene a hablarte. Celia, ¿qué nuevos cuidados pueden ser los que te obligan a visitar mi palacio? Cuidados son de mi honor, que porque está a vuestro cargo no tomo yo la venganza al paso de mis agravios. Palabra de honrarme distes y es vuestro descuido tanto que os la he venido a pedir cuando es sin remedio el daño, pues vuestros abuelos digan en los sepulcros dorados entre bárbaros pendones de vencidos africanos —que bien los difuntos reyes entre piras de alabastro con venerable silencio saben honrar sus vasallos— si parte de su grandeza la deben a mis pasados, en cuyos valientes hombros halló su opinión descanso, que costas del mar Triteno no vieron moriscos vasos pasar mendigando puertos entre amarillos espantos y el bravo rey de Sicilia, que con el nombre de Bravo vistió de asombros a Italia sobre sus latinos campos. ¿Cuántas veces —diga el mundo— mis mayores le encerraron peinando con sus bajeles de sus puertos los peñascos? Y aquel temeroso día que con doce mil caballos y cuarenta mil infantes, señaló postreros plazos para acabar diferencias y toda Europa temblando le dio vuestro abuelo al mío el bastón por más soldado y en las abrasadas faldas del Mongibelo, tocando las trompetas como César sobre los emarios campos, a cuyo medroso estruendo en sus quiebras resonaron Pindo y el feroz Panjeo, vestidos de huesos blancos, a quien, imitando entonces, disformes ecos doblaron el Paquino y el Peloro, trágicos anfiteatros de los soldados vencidos, pues mi abuelo acaudillando los nuestros no halló en tres horas sin heridas un contrario. La hermosa fuente Aretusa de Sicilia, en cuyos brazos descansa el amante Alfeo, vio sus cristales manchados, tanto que el sagrado río tuvo a la corriente el paso por no mezclar con sus aguas la sangre que vio en el campo. Esta y las demás vitorias conserva en archivos claros el tiempo, que en sus memorias me da privilegios tantos. Para mí fueron sus triunfos, para mí los conquistaron, porque las mujeres nobles los sustentan con gozarlos. Los varones excelentes mueren por su rey lidiando para que lleguen los premios a las hijas que dejaron. Yo para aumentar mi honor le di la palabra y mano al ingrato conde Ursino, que entre juramentos falsos quebrantó la suya al cielo, dejando en peligro tanto mi honor que por la opinión puede ya quedar manchado. Visitó mi casa el conde, que atropellando recatos dio más vida a la sospecha y desenfrenó los labios. «Si no se casan», decía libre el vulgo temerario, «bueno está el honor de Celia». ¿Qué dirá ahora, infamando mi nombre, cuando supiere que está ya el conde casado diciendo la fama a voces que pudo verlo en mis brazos? Anoche a darme el aviso partió a la posta un criado a mi casa de placer, si puede haberlo en agravios, y yo con la misma prisa, como Faetón despeñado, di la vuelta a una carroza, reventando los caballos. No quise entrar en mi casa hasta darte en tu palacio quejas de que no has cumplido la palabra que me has dado: que no se atreviera el conde sin tu licencia a intentarlo. Casose con orden tuya, vengando enojos pasados que con mi padre tuviste. Sírvaos de ejemplo, criados de Alfonso, la ofensa mía, pues, su palabra quebrando, deja sin honor mi casa mientras yo resuelta en llanto voy abreviando las horas para la muerte que aguardo, que, aunque no sirven las quejas de remediar los agravios, podrán servir de que el mundo te llame a voces ingrato. No te echaré maldiciones, que eres mi rey soberano, demás que tales venganzas se engendran en pechos bajos; quejas sí daré a los cielos para que esconda los rayos el sol al turbado aliento que el pecho despide en vano, que no es justicia que el sol caliente con rayos mansos a un rey que hace injusticias, que está permitiendo agravios, que está olvidando servicios, que está acreditando engaños, que da a la lisonja oídos y cierra al favor los labios. Celia, ¿qué decís? ¿No adviertes que son mis blasones claros más porque guardo justicia que por enojos que guardo? Hoy verás escarmentados atrevimientos del conde, mas dime, ¿sabré acaso con quién se ha casado? En eso nació también desdichado mi amor, mi mayor amiga le dio de esposa la mano, pero ya con la esperanza que me dais de castigarlo se podrá templar mi pena, se podrá enjugar mi llanto por que Alejandra no goce del traidor conde los brazos. ¿Qué escucho? ¡Válgame el cielo! Julio, ¿qué es esto? (Ya aguardo la muerte en su indignación.) ¿Cómo con tan nuevo engaño la verdad me has encubierto? Señor. Ya se desataron en imágenes de furias mis venganzas. ¡Oh, qué avaros fueron los cielos contigo! ¿No te hicieran hombre claro con la sangre y el poder para no darle a mi brazo, al deshacerte, vergüenza? ¿Cómo al castigarte enfado?, pero pagará mi enojo, si acaso puede templarlo, el más bárbaro castigo, este conde, este villano, que, cuando no por amante, si bien en celos me abraso, castigaré como juez severo haberse casado sin licencia de su rey, vengando el celoso agravio con la capa del castigo. Aunque en mortales espantos amenazasen mi cuello sentencia, cuchillo y brazo, le diré que es rey injusto, pues de mi casa y mi lado mandó robar a mi esposa. ¡Que por que yo prive tanto con Alfonso me murmuren que para su gusto guardo la injusta prenda del conde! ¡Vive Dios que es menoscabo del claro honor que sustento y que ha de ver desengaños de que su privanza escuso! El alma está vacilando. ¿Cómo vengaré mis celos? Pompeyo, dadme los brazos, seáis del campo bien venido. (Propios son estos regalos de haber sido su tercero, quiero llegar a afrentarlo con mi vista y a quejarme a la causa de mi agravio.) Decid, ¿cómo no me habláis? (Las injurias han cerrado el paso a la voz.) Señor, si se precian de cristianos los reyes...No os disculpéis Mirad... Ya está bien mirado, salid de Nápoles luego, tres horas os doy de plazo mientras prevengo el castigo. Venid, que tengo qué hablaros, Pompeyo. (¡Oh, privanza injusta!) ¿Hubo en ejemplos tiranos otro que se iguale al mío? Por escusar embarazos de mis justísima quejas me destierra de palacio y de la ciudad. ¡Ah, cielos!, si yo os ofendo, vengaos en mi vida, no en mi honor, y tú, consejero sabio, privado del rey, ¿no miras quién soy?, que, si por privado te atreves al conde Ursino, se verá el suelo italiano con la sangre tuya. Conde, si tan arrogante y bravo te has pintado con un viejo porque le faltan las manos, a Nápoles ha venido ya de España don Fernando mi hijo, a buscarle voy para que vengue mi agravio en tu vida antes que el rey. Parte, Colona, a buscarlo, si pretendes verle muerto. Estimo haberos hallado, conde. (Mi hijo es aquel. El amor está luchando para decirle quién soy, pero no es bien que en palacio, que es sagrado de los reyes, le incite con mis agravios para que los vengue ahora.) Tendréis desengaños tantos de quién soy y de que puedo, como lo veréis, quitaros, no la mujer, pues no es vuestra, que antes de daros la mano, porque os aborrece, quiso, huyendo, desengañaros de que sus deudos por fuerza quisieron casarla cuando pretensiones diferentes la obligan... Vamos al caso. Digo, pues, soberbio conde, que en la plaza y en el campo os quitaré, cuerpo a cuerpo, aunque blasonéis bizarro, pues no ha habido posesión de prenda, palabra y mano, hasta la esperanza misma, si la tenéis de casaros. ¿Esto mi valor permite? ¡Y que le sirva el palacio de escudo para ofenderme! Que así se empeñe Fernando sin ver el lugar que pisa solo puede remediarlo el rey. A avisarle voy. Alientos desesperados son, por ventura, los míos y para matarte aguardo, loco español, a saber, ¿con qué fuerza, con qué brazo, con qué promesa, con qué seguro, con qué mandato hiciste el mayor delito que bárbaros intentaron? Conde, si me conocieras, juzgaras que otros agravios —que este no lo puede ser— más que en el gusto han librado la ejecución en mi aliento y la vitoria en mi brazo. Luego, ¿sin más intención que la tuya? Ya me canso de villanas presunciones. La prenda que estimas tanto yo la saqué y la libré de los eternos enfados que la dieras, siendo tuya, porque para mí la guardo, que yo solo la merezco con más ventajas. Villano, aunque te defienda el sol... ¿Qué es esto? No son agravios de honor, por leve disgusto tuvieron, señor, entrambos esta diferencia ahora. Cualquiera es en mi palacio grave delito y, pues saben que lo es y han quebrantado el respeto y el decoro que estranjeros y vasallos a las casas de los reyes guardan siempre, es caso llano que no por causa ligera, como decís, se empeñaron. Yo he de saber la verdad. (Castigo mayor aguardo, que a medida de su gusto pinta el rey mi desacato para salir con su intento.) Señor, en no haberos dado cuenta... Decid. (Si la muerte no llega a estorbarme el paso, ¡vive Dios que ha de saber este conde temerario que puedo en su casa misma entrar yo solo a matarlo!) Por Alejandra, señor, es la contienda. Admirado me dejáis. (No ha de saber que es mi hijo don Fernando ni que a Alejandra pretende por que me descubra claros sus pensamientos el rey, que, si —como ha publicado el conde— la solicita, podré avisar a Fernando que no se case con ella, que fuera afrentoso caso venir de España a casarse con quien pudiera haber dado prendas de su honor al rey.) Digo, señor, que, llegando aquel bizarro español donde pudo anoche acaso oír espadas y voces, esperó el suceso cuando salió turbada y medrosa Alejandra y, animado el español con su vista y la piedad, pues llorando le contó que la casaban con el conde con forzado gusto y que diera mil vidas antes de darle la mano, la llevó para guardalla en mi quinta cuando, armados el conde y criados suyos, al coronarse de rayos el sol en su primer cuna, al español alcanzaron cerca de mi casa misma, donde quisieron matarlo si mis canas no estorbaran su intento, mas, declarando que ni a la dama conoce ni la guardó por agravio del conde ni que en su vida volverá a verla, dudando de estas verdades, el conde remitió su ofensa al campo, adonde solos se viesen, mas, como ahora en palacio se han visto, volvió el enojo tan sin respeto a empeñarlos. (¿Hubo más feliz suceso?) ¿Que no se han dado las manos? No, señor. ¿Y adónde está Alejandra? Con recato y silencio. (¿Hay mayor dicha?) La envié con un criado a casa de mi sobrina Celia. (Parecen encantos de fábulas bien tejidas. Hoy veré mi amor premiado y castigaré del conde, sin que llegue a imaginarlo, mis celos.) Cuando destierro por las causas que habéis dado, ¿a mis enojos volvéis para irritarme con cargos de nuevos delitos, conde, pretendiendo en mi palacio ofender a un estranjero de quien estoy informado que os iguala en sangre y nombre? Pues ¡vive Dios que los plazos de vuestra vida se abrevian! ¿Cómo no le dais la mano a Celia, a quien ofendéis con desprecios tan villanos?, que su honor publica el vulgo que vive ya a vuestro cargo. Señor, advertid que yo... Esto ha de ser. No hay espantos en la muerte, en hierro y fuego que cubran blasones claros de mi sangre. (¡Vive Dios que ha de verme el sol vengado de cuantos mi ofensa buscan y que he de verme en los brazos de Alejandra, si lo estorban con mortales embarazos celos del rey encubiertos que son en mi amor agravios!) Español. Ya os he entendido, creed que sabré buscaros. Hallareisme siempre. El mundo sabe cómo no dilato la satisfacción que busco. Pues salid mañana al campo. ¿[Y] solo? Solo, que solo os espero. Y yo os aguardo. (Por tan buen suceso mío ha de quedar hoy premiado este bizarro español, pues pudo su espada y brazo —sin pensar que me servía— librar al mayor milagro de la belleza de un hombre que le da su nombre enfado.) ¿Español sois? Sí, señor. Ya yo estoy bien informado de la ocasión que os dio el conde, mas ¿vos conocéis acaso quién eran los que a esa dama con tanto riesgo libraron del conde hasta que ella pudo ponerse en la calle en salvo para que hallaran en vos dulce puerto sus agravios? Sospecho que deudos suyos, según me dijo, informados de la fuerza que padece; de ella misma supe el caso. Venid conmigo. A servirte iré. Ven tras mí, Castaño. Pésame de haber venido si Celia en su quinta está. Señora, no tardará. ¡Válgame Dios! ¿Qué te espantas, Celia, de verme te admiras? Pues ¿no me he de suspender cuando llego a conocer que solo a mi afrenta aspiras? ¿Vienes del mal que me has hecho a disculparte conmigo?, pues yo, Alejandra, te digo que no ha de hallar en mi pecho lugar tu falsa amistad y ruega a Dios que algún día no dé la desdicha mía muestras de alguna crueldad, que una mujer agraviada —pues eres también mujer— bien sabes que suele hacer de su mismo agravio espada. A la casa de mi aldea me he de volver por no verte, mas tratarante de suerte que tu regalo se vea, que, aunque el corazón se abrasa en fuego de mis enojos, verás rigor en mis ojos, pero regalo en mi casa. ¿Hubo mayor confusión? Celia, ¿qué dices? Espera. Seré desatada fiera con tan justa indignación. Mira que me dejas muerta solo en juzgarme culpada. Pues dime, ¿no estás casada? Tantas desdichas concierta la fortuna en daño mío que esa lo pudiera ser, mas no he llegado a perder el gusto ni el albedrío. Pues ¿no le diste la mano al conde Ursino? Yo, no. Luego ¿la fama mintió? Fuera enemigo tirano en lugar de esposo. El cielo me libró de su poder y me he venido a valer, medrosa entre fuego y yelo, de tu casa y tu favor. Si por negarlo te enfadas, de mujeres desdichadas seré el ejemplo mayor. Cuando anoche, Celia mía —la fama en algo acertó—, a darme el conde llegó la mano, la nieve fría de la francesa región de los Alpes se afrentara, Celia, si a tocar llegara a mi helado corazón. Triste, confusa, turbada, muda, llorosa, afligida, del grave dolor vencida como en el gusto forzada, ya con el alma en los labios por vergüenza o por temor, esperaba por señor al dueño de mis agravios. Llegaron, ¡dichosa suerte!... (Confusos temores fríos, oíd.) ...unos deudos míos y del poder de la muerte más que ella misma feroces, pues tal hazaña emprendieron, librarme anoche pudieron entre cuchillas y voces. La obscura ausencia del sol dio aliento a mi muerta vida, salí, al fin, y defendida de un generoso español, a cuyo valor consagro dulces esperanzas mías, que en tal peligro podías llamar su favor milagro. Dame los brazos, que son lazos de nuestra amistad, ya es tuya mi voluntad con más firme obligación. La vida que he de vivir o la luz que he de gozar, la dicha que he de esperar y el bien que he de conseguir te debo, Alejandra mía. Ya mi confuso temor podrá discurrir mejor, estando en mi compañía. Quejeme al rey y sospecho que al conde ha de castigar. Pues volverasle a informar, supuesto que se ha deshecho mi casamiento forzado. Con tu venida, mi amor muestra con menos temor discursos a mi cuidado. Todo amor es cauteloso en hallando la ocasión. Suyos los engaños son hasta salir vitorioso. Pues, Alejandra, quisiera —aun no lo sé disponer—... Mucho es para ser mujer. .que a verme el conde viniera, pero, como me aborrece, lo juzgo por imposible. Todo al amor es posible, que con los engaños crece. ¿No estoy en tu casa? Sí. ¿Por los efectos no enseña que celoso se despeña en mi amor? Eso entendí de tu voz y de la fama. Pues envíale a llamar —por poderlo asegurar— con mi nombre, que quien ama despreciado —no te asombre— tiene en los engaños fe. ¿Cómo llamarle podré? Con un papel en mi nombre, que yo también he fingido él tuyo. ¿Y en qué ocasión? Anoche en la confusión de mi turbado sentido, que, como no conocía al hombre que me llevaba, como mi honor le fiaba, decir mi nombre temía, temí su riesgo también, pues, llegando a preguntar qué mujer pudo librar, no supiese decir quién. Para con él, Celia soy, mientras fortuna responde a mi amor. Tú para el conde, pues tu bien trazando voy, serás Alejandra. Fío mi amor de tu pecho fiel. Quiero escribir el papel, pues ha de ir en nombre mío. Entra en ese camarín; Julia, tú le has de llevar, en palacio le has de hallar. Tenga venturoso fin tu deseo. Aun el temor no lo he llegado a perder y me quiere amor hacer tercera de ajeno amor. Mira cómo el sol deshace, vistiendo de luz los cielos, las nubes de tantos celos. De ellos mi esperanza nace. Venga el conde, aunque engañado en su mal fundado amor, que en mis celos hay valor para ver mi amor pagado. ¿Para qué somos llamados? ¿Qué hombre es este? ¿Qué se espantan? ¿Tengo alguna cosa nueva más que los otros? La casa es esta, pues a la puerta me trajo un hombre que hablaba por seis tordos y me dijo, en aquella sala baja de mano izquierda, le espera para hablarle cierta dama que le conoce muy bien. Si el conocimiento es chanza, y porque soy español, las damas napolitanas quieren apodito y fisga, habrá también manotada que hable de misterio y pueda entrar también en la danza con un oso colmenero. La resolución me agrada. ¿Quién sois? Soy Adelantado. Es título de importancia. ¿De qué parte? De un rocín Hablara para mañana. Amigo, seas bienvenido. ¡Vive Dios que ya yo estaba como perro forastero brujuleando una tranca! En casa seguro estás. Ya despaché a la criada con el papel, a las once le escribí que le aguardaba. Y yo avisaré a mi tío, que con gente de su casa venga a obligarle por fuerza a que cumpla la palabra. ¿Adónde está tu señor? Pienso que está en la posada pagando ciento por ciento de lo que cuesta en la plaza. Y dime, ¿cómo se llama tu señor? (Aquí me pierdo. ¡Qué pena de su desgracia! Me mandó callar el nombre, mas vaya una patarata.) Don Atanasio de Esquivies. Buen nombre. Hónrale la lama por él, como por sus hechos. Mía ha sido la desgracia, señora, encontrando al conde, yendo a sacar de la manga el papel, no le hallé. ¿A una moza mentecata le dan recado que lleve? Mas como sé la sustancia de lo que el papel decía, le encarecí con palabras cuanto le avisas por él para que en el lazo caiga. Mostró luego por los ojos la alegría y la esperanza. Hará cuanto ordenas. (Siento que no viese de Alejandra letra y firma.) Tus descuidos siempre han de hacer estas faltas. ¿El papel se te cayó? Y se le caerá la casa si la envían otra vez, pues para mi santiguada que, a ser papel de color, que yo sé que lo guardara mejor que una fiesta. Amigo, dile a tu señor... A maula me huelen estos papeles. Todo por su bien se traza; que venga a hablarme esta noche. ¿No es mejor por la mañana? Pues ¿mi recato no miras? No miro más de mi capa. Pues ¿de qué tienes temor? Temo que no se me caiga riñendo y que me la truequen y me den dos cuchilladas encima, pero vendremos como a las once sin falta.
JORNADA TERCERA
Cubre esa luz. Ya la cubro. Vete a la esquina a esperar. ¿No me mandan retirar? Pues ¿por qué? Porque descubro gente y, si ahora te dejo, llorarás después mi ausencia. Vete, pues te doy licencia. No repruebes mi consejo, mira que estando a tu lado... Solo me importa quedar. Pues yo no te he de dejar. ¿Sabes lo que he imaginado?, que tú no te vas de miedo y me aconsejas a mí lo que te está bien a ti. Por Dios que entablar no puedo, por más que pendencias cuente, esta negra valentía, que ando haciendo cada día caravanas de valiente y que no acierto ninguna. Quédate, que ya lo entiendo. Tu peligro estoy temiendo. ¿Podré esperar la fortuna próspera esta noche? Sí, más bella que el sol te espera. ¡Ay, Celia!, otra nueva esfera del sol en tus ojos vi. Dijo el rey que en esta calle le aguardase, estoy confuso, pero, si amor lo dispuso, será forzoso esperalle. Dice que saldrá al balcón, pero es menester que esperes. Bárbaro, ¿enseñarme quieres a conservar la opinión de la que ha de ser mi esposa? Yo sé cuándo la he de hablar. Cierta sombra viene a dar con nosotros y es forzosa la cirujía, mi parte no la doy por seis heridas si no es que tú te comidas. ¡Lindo rato pienso darte si con el bulto me dejas! ¿Sabes ya lo que has de hacer? Callando, esperar y ver. A lo monja me aconsejas. Señor, sola está la calle. Un hombre pienso que he visto. Sabe Dios por qué no embisto. Es mío. ¿Y podrás fiarle mi secreto? Bien podré, que he visto que es fiel criado, en negocios de cuidado nunca mayor le tendré. (No me atrevo a preguntalle al rey, sin que él me dé cuenta, de lo que esta noche intenta, pero ¿traerme a esta calle adonde mi dueño vive y esperalle seis criados más que encubiertos armados? Dudas el alma recibe. ¡Vive Dios que estoy medroso de algún temerario intento!) Fernando, mi pensamiento te descubro por celoso. (Gloria a Dios que ya he salido del esperar y el temer, que Celia no puede ser porque yo de ayer venido mal pudiera darle celos.) Yo quiero bien a una dama que la atribuye la fama la luz que viste los cielos. Cáusame estorbos un hombre noble y que tiene valor, yo soy rey y tengo amor y no hay venganza que asombre al vulgo cuando la intenta un rey si se ve ofendido por celos; pierdo el sentido porque el desdén los alienta. Que venga le han avisado esta noche para hablar a quien sabe despreciar firmezas de mi cuidado. Ella a avisarle envió. (¡Válgame el cielo! ¿Qué escucho? ¿Con viles sospechas lucho? A mí venir me mandó Celia. ¿Si mi suerte quiso que a matarme el rey viniese para que a un tiempo cayese con la venganza el aviso? ¿Qué podrá hacer mi lealtad si al rey le ciega el furor? Hoy he de gozar mi amor, que sola una majestad merece tan alto empleo. Esta es su calle, Fernando. Tu gusto estoy aguardando. Presto cumpliré el deseo, que para eso te he traído. Bien claro a entender se da. Solo en ti consiste ya la vida que a amor le pido. Tú me has de dar la venganza para que logre mi amor. (Declarose.) ¿Yo, señor? ¡Ay, bien nacida esperanza, y cómo en flor os perdéis! Las dos esquinas tomadas y personas embozadas en la calle, bien tenéis en qué emplear el valor, corazón jamás vencido, envidia y celos han sido las causas de mi temor. Hacia la pared pretendo llegarme para escuchar lo que me pueda importar. Solo a tu brazo encomiendo esta acción. Es causa mía, señor, la que os toca a vos. Ha de morir, ¡vive Dios! Pues, señor, saber querría quién es la dama que amáis, por estar más informado de lo que me habéis mandado. (Noble valor, ¿qué os turbáis? Si un hombre quieren matar, pondreme a su lado yo.) Alejandra es quien me dio bellezas que desear y celos que padecer. (Sea muy en hora buena, que ya se templó mi pena.) (Desdichas, ¿quién puede ser este hombre que celoso dice que a Alejandra adora y que ha de morir ahora quién lo impida? Estoy furioso y me quisiera empeñar por podellos conocer; el español vendrá a ser, que amor no le da lugar a que conserve amistades aunque el rey las haya hecho. Muera el conde, que mi pecho con amor todo es crueldades. ¿«Muera el conde»?, y se aconseja con quien le viene a ayudar. Él ha mandado guardar la calle, apenas me deja lugar para ser cobarde si acaso quiero huir, pero, pues he de morir, para vengarme no es tarde, que antes que rinda la vida ha de saber quien me ofende que un imposible pretende. (¿Yo con traición homicida? ¡Y que esto me mande el rey en lugar de honrarme! ¡Ah, cielos, cómo quebrantan los celos la más acertada ley!) (¿Y sabéis si le enviaron a llamar? Por un papel. Porque es venganza cruel, si al dársele se engañaron, en un mismo tiempo el conde... (¿Querer a los dos? Yo pierdo el sentido.) Si eres cuerdo, este papel te responde, que de su letra y su firma para el conde se escribió porque el sobrescrito habló que mi sospecha confirma, demás que es pública historia el suceso de los dos. Basta confirmarlo vos. Y para hacer más notoria mi razón y mi verdad donde haya luz hemos de ir. Presto la podré pedir. (Servirá su claridad a mi industria, siempre fueron en los hombres bien nacidos los peligros atrevidos.) Pues ¿sin llamarme se fueron? Pienso que en pie te dormías, trae la luz. Ya yo la llevo. Muestra. (No hay peligro nuevo para las desdichas mías.) Como tratabas de amor, traje esa luz encubierta, por que, si acaso despierta con celos y con valor el desprecio a algún amante, le podamos conocer. Pues ¿quién se podrá atrever? Siempre es amor ignorante. ¡Por Dios que se lo agradezco!, que en el sueño que me apura ya estaba puesto a figura; dormiré como un tudesco. Alumbra. (Mi atrevimiento esta noche ha de servir para un honroso morir, conocer quién son intento, pues que tan bien lo trazó mi buena o mi mala suerte, y después venga la muerte donde el valor me empeñó.) ¿Ves el sobrescrito? Sí. Cayósele a una criada de Alejandra. (¡Ah, suerte airada!) Pienso que no estás en ti. (El rey y Fernando son, ya es sin remedio mi daño.) ¿Vienes borracho, Castaño?, pues, sin haber ocasión, ¿se te cayó de las manos la luz? Descuido sería. Esa sí es borrachería y son defensivos vanos. ¿Dóysela y cáesele a él y échame la culpa a mí? Yo, porque siervo nací en una estrella cruel, descuidos y necedades, jarros y vidros quebrados se achacan a los criados, que los amos son deidades. En oyendo en casa el triz, dicen, sin averiguar: «nadie lo pudo quebrar, sino Gonzalo o Ruiz.» Digo, que perdáis cuidado porque yo lo pongo al mío. De tu heroico esfuerzo fío. Desdenes me han abrasado. Llegar podéis al balcón a hablar, que, si aviso tiene el conde y al puesto viene, he de lograr mi intención. Mi amor corre por tu cuenta Volverme no es cobardía, pero, si en mi agravio cría el que una traición alienta con la fuerza del poder armas que el paso han cerrado habré de morir honrado cuando no pueda vencer. No se atribuya al amor la industria ni la cautela porque también se desvela en cautelas el honor. ¡Vive Dios que, aunque aventure la vida, que he de librar al conde sin dar lugar a que el mundo me murmure por hazaña tan cruel de que se ofenden los cielos!, que yo después de mis celos me podré matar con él. Dando a entender que es el conde, quiero al rey volver a hablar Si nos hemos de acostar, tiempo es de saber adónde. Conde, ya os he conocido. Si nadie nos causa estorbo, quiero hablaros a esta parte; soy hidalgo y vengo solo y sin que saquéis la espada, aunque por fama conozco vuestro valor, os prometo de no ejecutar mi enojo. (Fernando viene engañado y, pues lleva por lo honroso la muerte de mi enemigo, quiero oírle, con que logro sin riesgo el saber su intento.) (Mi trato honroso le abone por que sosegado escuche, que, si causando alborotos llegara, forzoso fuera descubrirse.) Ya es notorio el blasón de los Colonas, la fama lleva en los hombros timbres de su antigua casa porque sus hechos famosos han aumentado coronas y yo, que de España cobro sangre ilustre por mi madre, soy la fama de este tronco. Fernando Colona soy, tan hecho a hechos heroicos que ni conozco bajezas ni tratos viles conozco... (Cielos, ¿con quién está hablando? Su engaño o cautela ignoro.) .y pienso que las traiciones son ejemplos fabulosos porque la sangre, si es noble, aunque llegue con rebozo, la traición jamás la admite, cáusale su nombre asombro. Un amigo me encargó que os matase y yo antepongo mi honrada sangre a sus celos y mi piedad a su enojo, que yo le tengo por hombre, que, cuando menos furioso —que amor con celos es furia, y aun sin tenerlos es loco— advierta lo que me encarga, aunque se contemple solo, se ofenderá de sí mismo por corrido y vergonzoso y, entonces, el desengaño, si bien lo conocen pocos, le dirá, que acciones tales deben encargarse a otros. (¡Oh, nobleza, y cuánto puedes!) Aunque estoy de amor tan ciego, a ver claramente llego que darme consejo puedes, si bien entre la esperanza, aunque la afligen desvelos, quisiera templar los celos con mi amorosa venganza, mas para su ejecución —bien me avisó don Fernando— es necio el que va buscando hombres de honrada opinión. Venganza y traición infiel fiarla es mejor partido de un hombre bajo, atrevido y de un cobarde cruel. Si mi venganza dispones, amor, aunque al mundo asombre, afiarla iré del hombre de menos obligaciones. ¿Conoceisme, caballero? No os conozco. El conde soy. Quejoso de vos estoy y aquesta ocasión espero, ya que en el campo no pude, porque el rey tomó la mano, vuestra defensa es en vano si en vuestro favor no acude el cielo. Veníos conmigo, veréis que sé castigar a quien pisa este lugar. (Cielos, ¿ausencias de amigo no fueron las que escuché?) (Si en sus celos persevera el rey, la muerte le espera al conde y claro se ve su riesgo, que el rey sospecho que va a prevenir la gente, mas con esfuerzo valiente pondré en su defensa el pecho contra cobardes espadas, que por crueles lo son, no perdamos ocasión, pues son las causas honradas. Seguidme. (De aquesta suerte le he de librar de la calle.) (¿Cómo podré yo matalle cuando él escusa mi muerte?, pero ya sé lo que ordena, que es noble, aunque está ofendido, y no querrá de corrido vengarse por mano ajena.) Vamos, que siguiéndoos voy bien seguro y confiado. Pues acercaos a mi lado, ya que yo de vos lo estoy. Oye, Castaño, si el ángel que mis sentidos adoran saliere al balcón, dirasle que al punto vuelvo. Pues vas a reñir y he de quedarme con la cólera en el cuerpo, que no habrá quién me la saque en diez años. Esto importa. ¡Ah, obediencia, y lo que vales! Quédome, pues tú lo mandas; aunque no me lo mandase, soy campaña de La Queda aunque riñan por la tarde. Noche, que entre sombras pardas bordas de eternos diamantes la capa con que el amor emprende temeridades; con las tinieblas hermosa, con los silencios amable, en los engaños dichosa, segura en las mocedades; si me libras de este abismo, si me sacas de esta cárcel, adonde el alma padece entre penas inmortales, daré a las sombras que pisas, si ya te sirven de altares, cuantos holocaustos puros rinde a tu confusa imagen el indio que espera el sol que tiene por cuna el Ganges. Si no lo finge el deseo, un hombre he visto en la calle. ¿Si es el español o el conde? Cielos piadosos, sacadme de esta duda y de este riesgo. Ya llegó al balcón. ¡Brillante está la ventana misma! ¡Ah de arriba! ¿Quién es? Hablen por su antigüedad, señoras, como suelen las ciudades en cortes porque hay en casa damas de varios quilates y las hemos de ir tocando en la voz hasta que paren en la que hemos menester. Tu nombre será bastante para decirte quién soy. En los montes suele hallarse. ¿Acaso llamaste palma? Pues ¿quiere pedirme dátiles? Fruta más bruta es la mía y suelen, por que no salte, mordella, echándola al fuego. Castaño, ¿qué nuevas traes de tu señor? Que ya viene. Pues oye, amigo, dirasle que, por los inconvenientes que pudieran ser mortales, si con el celoso conde llegaran a averiguarse sus sospechas y mi amor, y tu señor declarase con el valor que sustenta —como de español amante—, mi nombre, quise fingir el de Celia. ¿Hay disparate más grueso? Es mi prima y dueño de esta casa y, si le vale su industria amorosa, el conde ha de venir donde pague honradas obligaciones. Pues ¿cómo ha de hacer el lance si se descubre el anzuelo? Con mi nombre ha de picarse. ¿Cuál es? Alejandra. Solo mujeres o satanases jugaran a la trocada con este par de bausanes, pues ha de advertir que yo con razones tan bastantes como las suyas, y aun más, le troqué por si tronase también el nombre a mi amo, que solo es bien que se llame don Atanasio un figura que trae por agosto guantes. ¿Cómo se llama? Sabraslo después. ¿Es bien que me engañes? Con la suya la respondo. Querida prima, ¿qué haces? Hablando con el criado de mi español. Dicha grande si en lazo seguro alcanza lo que merecen sus partes. Castaño, ¿ha de venir luego tu señor? ¿Y estoy de balde aquí? Esperándole estoy, al rey, porque somos grandes amigos. ¿Qué dices? Digo que el rey, celoso y amante —no sé de quién ni por quién—, estuvo ahora en tu calle y se fue para volver. Apenas puedo librarme de un aborrecido conde, porfía para matarme un rey poderoso; prima, si acaso remedio sabes por discreta, por piadosa y porque tienes mi sangre y eres mujer, te suplico... Sosiégate, que es muy fácil. ¿No te arrojaste animosa para que el cielo te ampare donde tu español valiente, vencido de las piedades que tu riesgo le descubren, se empeñó para librarte? Pues él mismo puede ahora, supuesto que son más grandes las obligaciones suyas, con menos riesgo llevarte donde celebre tus bodas amor con seguras paces. Dices bien, bien me aconsejas. Castaño, ¿acaso escuchaste lo que hablamos? Ni una tilde se perdió, que cojo el aire mejor que un podenco. Dile. Esto de «dile», «dirasle», «dijístele» me abochorna. Ya lo entiendo y sin que nadie nos estorbe el madrugón te llevaremos a Flandes por muñeca y, si por dicha quiere desencuadernarse alguna moza de casa, también hay quién la acompañe con el regalo posible; llevarela, si gustare, yo mismo sobre las niñas de la dotrina. A esta parte parece que viene gente. Encúbrete hasta que pasen. Pues ¿para qué, si no hacer de las mías? Empeñarte no es justo, que está mi honor de por medio. No me aplaque nadie, que ya estoy resuelto. Pues ¿qué has de hacer? Arrimarme para que pasen sin verme. A la boca de esta calle nos mandó esperar el rey para que ninguno pase, aunque sea el conde Ursino, sin conocerle o matarle. ¡Vive Dios que se me yelan los sentidos visuales y que se levantan sombras!, pues eso me dijo el sastre que era miedo. ¿Si es verdad? Muchachos son, el hablarles importa por desmentir mis confusiones cobardes. ¡Válganme seis calendarios! Ya vuelve a helarse la sangre, pero ¿el sastre ha de mentir? No, por cierto, y es más fácil el pensar que estos muchachos van a la tienda y que hacen ruido con las alcuzas, como lo dije. ¡Ah, rapaces!, ¿dónde vais? Este hombre es loco y no fuera malo darle un tanto por que nos deje desocupada la calle. Yo le daré. ¡Ah, rapacillos!, pues ¿no echáis de ver que es tarde y están cerradas las tiendas? Los que aquí vienen las abren, aunque sean las cabezas. ¡Voto a dos que miente el sastre!, que, como no ha de vestillos, dice que son chicos. Nadie deja ya de conocer las obligaciones grandes que os tengo. No por eso, supuesto que sois amante, caballero y ofendido —según decís—, será parte mi cortesía a templaros, pues con eso me estorbasteis a que no cobre por fuerza, aunque las vuestras la guarden, la prenda que ha de ser mía. De los que guardan la calle, repartidos a las bocas, os libré por no afrentarme yo mismo, si permitiera que alevosamente os maten. Ya estamos solos los dos, donde podrá averiguarse a vista del sol de Celia quién por valor y por sangre la merece, que es locura insufrible que en dos partes pongáis el amor, viniendo —si no es, conde, que os engañe—, cuando os abrasáis por Celia, a hablar a Alejandra. En balde, bizarro español, queremos competir. Quiero acercarme, pues dio mi amo la vuelta para que se desengañe de que no es Celia su dama. ¿Qué decís de Celia? Habladme con claridad. ¡Ah, señor! ¿Qué quieres? Escucha aparte. Aguarda. Ya digo, conde, si os divertís, escuchadme, que Celia paga mi amor y con finezas tan grandes que al mismo rey despreciara no más de por solo honrarme. (¿Hubo mayor carambola? ¡Que así un cristiano se engañe por el nombre!) Dos mil siglos la gocéis y, si soy parte, aunque aventure la vida, para que con vos se case, a vuestro servicio ofrezco lo que mi persona vale, que yo viviré contento sin que a mis dichas iguale ni aun el sol con mi Alejandra. Generoso conde, dadme los brazos y cante el mundo nuestras firmes amistades. Entremos, pues, por que luego, sin que el rey lo entienda, trate nuestro amor del bien que espera. Bien decís. ¿He de cansarme en lo que a vusted le importa? ¿Qué dices? Oiga y acabe de entender que es un idiota. Pues ¿qué quieres? Que le aparte, no nos oiga el conde. (Este es, aunque ha podido engañarse, criado del español.) No hay quien nuestra dicha iguale. ¡Ah, conde!, la puerta abrieron. Pues entrad por que no falte a la ocasión el cabello. Óyeme, señor, ¿qué haces? Digo que salió al balcón tu dama. (Aquí es importante el fingir.) Pues ¿qué te dijo? Que por que te asegurases del conde y él no entendiese que amabas por agraviarle a la misma que robaron la noche que iba a casarse dijo que su nombre es Celia su prima, pero los lances, supuesto que ya han llegado al último, es bien que paren en desengañar intentos como en descubrir verdades, que su nombre es Alejandra, más liberal en amarte, pues que te da el corazón que el griego que dio a Campaspe... ¿Qué dices, hombre? Los cielos se juntan a castigarme con inmortales tormentos. Digo que quiere fiarse de tu valor esta noche y que quiere que la saques como pelota aunque hagas falta en el mundo. Más facil me será morir primero que aguardar a que me maten de este arrogante español celos y agravios. Verame la obscura noche más ciego que las tinieblas que esparce para que Alejandra vea que sé morir y vengarme. No me repliques, que el sol ha de cogerme en la calle hasta que vengue mis celos. Un hombre viene. ¿Qué alarbe, que aun a las fieras no temo, no tendrá por buen achaque para turbarse la toma de estas esquinas? El ángel que al lado de los leones llenó al profeta me saque de este palenque y me lleve a donde se le antojare. ¿Si me dejarán pasar? ¿Quién va? Un hombre miserable. ¿Qué busca? Un gran caballero. ¿Grande de cuerpo? Y de sangres. Busco al señor Holofernes. Otro loco. Pues cascalle. Si es alguno de vustedes, me lo diga. Pues ¿tan grandes os parecemos? ¡Qué bien! No se desminuya nadie por humildad, que ya sé que vustedes tienen gajes de filisteos. ¡Por Dios que el hombrecillo es notable! ¿Quién eres? Soy el de marras, si es que hay alguno que marre cuando tira. Soy criado de don Fernando. Pues hable, cuerpo de [Dios]. ¿Dónde queda? Aguardando que le saquen de las minas del azogue y yo, como hago las partes, estoy templando por él. Engaños y falsedades darán venganza a mis celos. Miren si les dan de balde el azogue. ¿Adónde suenan las voces? Donde trazaste vengarte del conde, en casa de Celia; y, por que se agravie tu amor, es el conde mismo el que loco y arrogante quebranta ahora el respeto de casas tan principales porque en la voz le conozco. ¡Oh, celos o amor, dejadme matarle ahora yo mismo! Mira, señor... ¿Dónde vais? A defender tu persona. Los tres guardad esta calle por que no se escape el conde. Aunque es la obediencia grave por su peligro, es forzoso callar y no replicarle. ¡Que así permitan los cielos que en nuestra casa se maten dos caballeros! Desaten furias mis ardientes celos. Verás si engaños castigan atrevimientos villanos. En pudiendo hablar las manos, conde, las voces obligan a desmentir el valor. Reñid, si sois caballero, donde quitaros espero la arrogancia y el amor. Señores, el rey ha entrado en mi casa y con la espada desnuda viene. Turbada tengo el alma, no hay sagrado que de su vista me guarde. Conde. Cielos, ¿qué he de hacer? Aquí os podéis esconder. Villano conde, ya es tarde. ¡Viven los cielos que yo, sin ver ni considerar que soy rey, te he de matar donde tu voz me ofendió! Señor... Poderoso Alfonso, rey de Nápoles, que a siglos se dilate vuestro nombre, hasta los bárbaros indios, el conde Ursino es mi esposo, que ya sabéis que os he dicho la obligación que me tiene. Si acaso se ha divertido con otro amor vuestra vista que le sirve de castigo, enfrenará sus deseos, pues no han llegado a delitos. Dadme, por favor, su vida, pues sabéis que en ella libro mi honor. Conde, ¿qué decís? Invicto señor, yo digo, (cielos, redimir importa la vida de este peligro) digo, señor, que es mi esposa Celia. Pues lo que habéis dicho cumplid con darle la mano. Y con ella solicito vuestra gracia. Yo os perdono. ¡Que en tan claros laberintos se descubra claro el sol!, pero son de amor prodigios. Alejandra. Gran señor, al descompuesto ruïdo de las espadas y voces, desvelado en el servicio vuestro, Pompeyo Colona ha entrado para serviros con el valor que le ofrece su lealtad. Más cuerdo miro los desatinos de amor, que, aunque mozo rey, corrijo en sus canas mis deseos y en su virtud mi apetito. Avergonzado le espero, que esos pasos son indignos de un rey cristiano, y que en ellos le vea un hombre tan limpio que da sin propio interés al rey cristianos avisos. Gran señor, vuestro cuidado prudente es el que previno este daño, pues de noche para remediar delitos ronda la ciudad. (Qué modos tan nuevos y peregrinos por no ofenderme ha buscado; no es lisonja, si no aviso, alabar con lo contrario cuando es público el delito.) Colona, bien sabe el mundo lo mucho que yo os estimo, si bien para lo que os debo cortos los premios han sido y quiero para pagaros dar a mi favor principio. Pues, señor... Pedid, Pompeyo. Que don Fernando mi hijo con Alejandra se case. Yo su voluntad confirmo, si ella gusta. Gran señor, si gozan libre albedrío las almas, no es causa justa que por ajenos desinios fuerce yo mi libertad. Confieso que con su hijo se trató mi casamiento y que ausente le he querido por su valor y su fama, mas los pensamientos míos a otra esfera se levantan, con presente amor le olvido, si acaso le amaba ausente. Dueño tengo, Alfonso invicto, que puedan reyes preciarse de tenerle en su servicio. ¿Tan poco, Alejandra ingrata, prendas mías han podido obligar tu voluntad? Pierdo de enojo el sentido. ¿Y dónde está vuestro esposo?, que las partes que habéis dicho merecen estimación. Aquí está para serviros. Cielos, ¿qué advierten mis ojos? Alejandra, este es mi hijo. Y este el que ha de ser mi esposo Señor, el perdón os pido de mi loco atrevimiento, mas los engaños admiro del nombre de Celia. Yo quiero ser hoy el padrino del conde y de don Fernando. Favor será repetido en bronces mientras el tiempo se coronare de archivos. Donde con humildes versos tosca pluma, rudo estilo ha descubierto el poeta en tejidos laberintos que puede olvidar amando amar un sujeto mismo.
