Texto digital de Del cielo viene el buen rey
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Rodrigo de Herrera y Ribera
- Atribución estilometría
- Sin resultados estilométricos disponibles
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto (preparado por Germán Vega) procede de Dramáticos contemporáneos a Lope de Vega.
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Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Del cielo viene el buen rey. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/del-cielo-viene-el-buen-rey.

DEL CIELO VIENE EL BUEN REY
JORNADA PRIMERA
Sueño pesado y fuerte, imagen fea de la misma muerte; ¿Cómo te has atrevido Al blasón de mi nombre esclarecido? Cómo tu obscura llama Podrá eclipsar las luces de mi fama? ¿Tú con ciegos enojos Piensas turbar los rayos de mis ojos? ¿No ves que, si me irrito, Aun esa gloria al cielo no permito? En vano a mi persona Quitarás de Sicilia la corona; aunque el presagio triste siempre en los medios de mi dicha asiste. También sabrán mis huellas Dominar en los cielos las estrellas, Y aun sus sagrados muros De mi noble valor no están seguros; Pues con ligeras alas Sabré poner al firmamento escalas.— Hola, criados míos, Escuchad, atended; ¡qué desvaríos! ¿Qué pena... ¿Qué desastre... ¿Qué cuidado... Te aflige? Te obligó? Lisandro, Moscón, Duque ¡estoy perdido! Una Ilusión no más fue del sentido. Pues ¿cómo, gran señor? Dinos la causa. Y en contar la ilusión no pongas pausa; Que también en palacio a los bufones Nos toca examinar las ilusiones. Referiré a los tres lo que ha pasado, Y no por dar alivio a mi cuidado, Sino por hacer burla de esta suerte Del sueño, del temor y de la muerte. A ese jardín de palacio Esta mañana, contento, Como acostumbro otras veces, Salí a escuchar los parleros Ruiseñores, que, trinando Dulces y amantes requiebros, Rémoras son de las aguas Y sirena de los vientos; Y contemplando en los cuadros, De varias flores cubiertos, Vi que galán el favonio, Blandamente lisonjero, A las más recién nacidas iba arrullando y meciendo En sus verdes cunas, donde Prisiones breves tuvieron. Y acercándome a la fuente Que de Cupido y de Venus Brotan dos estatuas vivas De alabastro tan perfecto, Que puede naturaleza Rendir al arte su ingenio; La imaginación llevada De las caricias del sueño, En un éxtasis suspensa Dejó el alma, recogiendo Mis potencias y sentidos En las prisiones del cuerpo; Cuando la idea confusa En aquel mortal beleño Me representó a la vista Lo que diré, estadme atentos. Pareciome que bajaba De lo más alto del cielo Un pájaro hermoso, en quien Eran tantos los reflejos Despedidos de sus alas, Que creí que estaba viendo El iris, que en las tormentas Muestra colores diversos Y en giros tornasolados da la paz al hemisferio; Y haciendo puntas y tornos Sobre mi corona, abriendo El pico tenaz, entonces Dijo en humanos acentos Estas razones: «Tirano Rey de Sicilia, a quien dieron Hircanas tigres, sin duda, La substancia de sus pechos, di, cruel, te atreves, desvanecido y soberbio, A profanar el decoro De los divinos preceptos? Cómo no guardas justicia, Permitiendo que en tu reino Descubierto el rigor ande Y esté el buen celo encubierto; Que el pobre padezca injurias, Que el rico logre trofeos, Perdón el facineroso, Y el obediente desprecios? ¿No adviertes que tu grandeza Es frágil arista al viento, Torre a la furia del rayo, Flor a las iras del cierzo? ¿Cómo dices de constante, Cómo blasonas de eterno, Seca arista, frágil torre, Si a los primeros encuentros Has de ser burla del aire, Y de la tierra escarmiento? Si eres águila caudal, ¿Cómo abates tanto el vuelo, Cómo remontas tan poco Tus altivos pensamientos? En lo noble de mis puntas Toma generoso ejemplo, Pues constante, cara a cara, Al sol los rayos le bebo. No pierdas, no, por bastardo, Tu legítimo derecho; Y pues ciego en las porfías Deslustras tu nacimiento, De la corona real De la púrpura y el cetro Pienso despojarte ahora.» Y con el pico sangriento La corona me llevó De la cabeza, tan presto, Que, aunque defenderla quise, No pude estorbar su intento; Y con vuelo arrebatado Cortó las nubes ligero, Siendo en el golfo del aire Viva imitación del leño, Que, sacudido del Noto, Que, castigado del Euro, Abollando montes de agua, Vuela con alas de lienzo; Hasta que en un laberinto De nubes quedó encubierto, Sin que pudiesen mis ojos Volver otra vez a verlo, Por más que del laberinto Procuraron ser Teseos. De la visión asustado, Despertó mi pensamiento, Y llamando a los sentidos, Sobre el caso discurrieron; Pero, como a la razón Se debe lugar primero La razón me ha aconsejado Que no le niegue a mi esfuerzo Hacer caso de ilusiones; Pues, cuando fuera decreto Celestial este que he oído (Lo que en un sueño no apruebo), Es tanta la bizarría De mi corazón, que pienso Que contra el decreto mismo Se opusieran mis alientos. A mi funestas visiones? A mí presagios funestos! ¡Vivo yo, que estoy corrido, Aunque no hago caso de ellos! (Por burlas de sus amagos, Saber de los tres deseo Si en lo que he visto haber puede Encubierto algún misterio.) A ti, Lisandro, te toca, Por la experiencia de viejo, Aconsejarme.—A ti, Duque, Por mi privado y mi deudo.— Tú , Moscón, por lo jocoso, Siempre murmuras grosero Las acciones de palacio; Y así, que digas pretendo En esta ocasión la también Tu burlesco sentimiento, Para que a un tiempo los cuatro Del presagio nos burlemos; Para que la envidia vea, Para que conozca el tiempo Que no temo a las desdichas, Ni a sus amagos no temo; Y que, a pesar de amenazas, Reinar en Sicilia espero, Sin presagios, sin asombros, Sin ilusiones, sin miedos, Sin azares, sin temores, Sin prodigios, sin portentos; Porque de mi gran valor, De mi majestad e imperio, No puede temerse más Ni puede esperarse menos. Gran soberbia! Presunción Extraña! Saber pretendo De los tres las intenciones. Responda el Duque primero A la propuesta. Si digo Que este presagio es severo, Será fuerza que se enoje, Y desterrándome, temo Perder a Laura, a quien amo; Esta vez de lisonjero Me he de vestir. Decid, Duque. ¡Qué brava la estoy urdiendo! Claro se advierte, Señor, Que el pájaro que ligero Te arrebató la corona, Es la fama, cuyo vuelo, Tal vez licenciosa, llega A lo más alto y supremo De las esferas; y es claro El ser la fama, supuesto Que, siendo también deidad, Envidiosa de tus hechos, Te quiere usurpar la gloria. Y en subir al cielo luego Tu corona, dio a entender Que Solo merece el cielo Guardar joya tan sagrada, Porque sean sus luceros El esmalte que la adorne. Este es el feliz portento, Si no me engaño, que has visto, Donde claramente vemos Cuánto a los cielos agrada La constancia de tu reino, Pues gustan que se coloque Entre los astros más bellos. Bien discurre. (Quiero al Rey Pagarle con la de rengo; Que, si no lisonjeamos En palacio, no comemos.) Yo digo que el pajarote Es el amor, que, aunque ciego, También le pintan con alas Los antiguos y modernos. Este, viendo que, amoroso, Como atrevido y severo, A un tiempo eres fiel amante Y eres valeroso a un tiempo, Conociendo que le usurpas El ser valiente y ser tierno, A quitarte la corona Vino en forma de mochuelo, Quizá para dedicarla A Vulcano, que, aunque herrero, Es en efecto su padre; Porque es propio de los necios Querer ostentar linajes, Aunque en las malvas nacieron; Si no es que se la llevó Para coronar a Venus En los jardines de Chipre Por reina de tus deseos. El que discurre tan bien Merece, aunque es corto premio, Esta cadena. Será Rico blasón de mi cuello, ¿Es toda de oro? ¿Quién duda? Vivas más años que un cuervo. (Lo que vale la lisonja! Aprended, mirones, de esto.) Di, Lisandro, si has mirado Con tu discurso y prudencia De este sueño la sentencia Y de este engaño el cuidado; Que para que con verdad Burle la deidad más alta, Solo tu consejo falta, Solo falta tu piedad. Si hay conocimiento en ti De la verdad, gran señor, Podrás saberla mejor De ti propio que de mí. No pide otro documento o la verdad o el engaño, Sino un propio desengaño Y un propio conocimiento; Y así, entiendo que, aunque han dado Su parecer los demás, Al fin, Señor, quedarás Por ti más desengañado. ¿Te excusas de responder A mi gusto? Sí me excuso; Que estoy dudoso y confuso Si agradarte he de saber; Pues proponiendo tu gusto, Y no sola la verdad, No me deja libertad De responder lo que es justo. (Ya la discordancia siento Que mis voces han de hacer, llegándose a entremeter Entre las de este instrumento; Y aunque el alma las celebre Y alabe la suavidad, No ha de haber dificultad En que la cuerda se quiebre.) Jamás pretendí con arte, Oh gran monarca, decirte Lo que puede divertirte, Mas solo desengañarte; Y ahora más, cuando es cierto Algún venidero daño, Advierto tu desengaño, Y tu gran peligro advierto. El sol tus años numere Con los días de su vida, Y el ave propia homicida, Que vive al punto que muere; Tus hazañas solemnicen Las más remotas regiones, Y tus insignes blasones Los mármoles eternicen. No juzgues que es ilusión El sueño, oh Rey, que profanas; Antes por lisonjas vanas Conoce las que lo son; Que hay una deidad suprema, Digna que la adore el hombre, Que por su justicia asombre Y por su poder se tema. Juzga los tiempos pasados, Quita la máscara al vicio; Verás el gran desperdicio De los años mal gastados. Acuérdate que hay Deidad, Que a tus acciones asiste, A quien ni engañar pudiste Ni negarle la verdad; Que vive y que está presente; Disimula, espera, aguarda; Con que parece que tarda, Y parece que consiente. A Baltasar la inclemencia Sufre el cielo y no prohíbe, Hasta que una mano escribe De su muerte la sentencia. Aquel rayo que vestía El iris de plumas bellas, Que arrojaban las estrellas O que el fuego despedía; Aquel ave que, rompiendo Lo que ocupa el aire vano, Robó el laurel soberano Mientras estabas durmiendo, Es el aviso divino, Que a tu grande obstinación, O el castigo o el perdón, Como piadosa, previno. Amenaza es de quitarte El reino; no quiera el cielo Que se cumpla mi recelo, Pues creo que has de emendarte. Calla. No podrá callar. Sin duda debe estar loco. Pocas veces vi hablar poco Quien se ha excusado de hablar. Y así, Señor... Basta ya; ¿Qué brazo tan fuerte habría, Que a mí ofenderme podría, Y a quitarme el reino va? Viva yo, que por escalas Del aire, de cielo en cielo, Llegue al empíreo mi vuelo, Llegue a las etéreas salas, Donde, si hay deidad que asombra, Y que a un rey soberbio humilla, El sol ha de ser mi silla, La luna ha de ser mi alfombra. Y allí le harás a Moscón Algún sino extraordinario, No siendo el Aries ni Acuario, Ni el Cáncer ni el Escorpión; La Libra, vaya con Dios, Por lo que enseña a hurtar; Y el Can, porque en adular Nos parecemos los dos. No estés más en mi presencia, Vete luego de Palermo; Predica a peñas de un yermo, Y dente fieras audiencia. No por traidor me destierras, No por culpas me castigas; Por verdades, sí, me obligas Al albergue de unas sierras, A la rústica campaña De unos brutos, de unas fieras, Que, por no ser lisonjeras, Menos su amistad me daña. No tan lejos has de estar De la corte; que he advertido, Que, viendo lo que has perdido, Te causará más pesar. La aldea que junto al baño Adonde a bañarme voy Está, por cárcel le doy A tu fiero desengaño. Al piadoso cielo ruego Que mitigue sus enojos. ¡Que no te maten mis ojos! Que no te abrase mi fuego! Vete. Con gusto me voy, Pues es el tuyo la ley. Sabes que siempre soy rey. Tú, que fiel vasallo soy. Señor... No hay que replicar. Que, pues no miré al decoro de su hija, a quien adoro, No me queda qué mirar.) Hanme dado algún cuidado De mi Laura los enojos. Mas bien gozarás sus ojos No estando el padre a su lado. Y yo en perpetuo disgusto Podré más presto acabar, Si es forzoso renunciar En un tirano mi gusto. Los cazadores prevén; Que con los halcones quiero Olvidar a ese grosero. Harás, gran señor, muy bien; Y de camino podrás Gozar del baño templado; Que el calor es extremado. Prevenido lo tendrás. A ponerlo por efeto Mi voluntad se sujeta. Aquel pájaro me inquieta. No a mí, que soy con respeto, Cuando mis gracias ensayo, Al pájaro semejante En lo picudo y rapante; Mas dé donde diere el rayo. Mejor que yo alcanzarás, Laura, su perdón ahora. Ya conocerás, señora, Que de mí segura estás. Vivas los años, Señor, Que quien es tuya desea. Y esos mismos años vea, Reina y señora, tu amor. (¡Que disimule mis celos, Temiendo una tiranía, Cuando en una dama mía Conozco en el Rey desvelos!) A tus pies, Señor, te ruego Vuelva Lisandro a la corte. Es el castigo mi norte, La venganza es mi sosiego. Mira, bien que su advertencia Se ajusta con la razón, Porque estos amagos son Del cielo. Ha sido imprudencia, Y la debo castigar. Antes fue consejo fiel. ¿Venisme a rogar por él, o venisme a predicar? Llega tú, Laura, y suplica Para tu padre el perdón. Aunque es mucha mi razón, Eso a la razón implica. Perdóneme la lealtad Que a un rey se debe tener, Pues no tiene qué perder Quien pierde la libertad. Llega tú, Laura. Por Verla Solo pedirme y rogarme, Me parece que he acertado En desterrar a su padre. Los servicios que en tu casa, Siempre leal y constante, Lisandro, Señor, te ha hecho, Referirlos es cansarte; Mas cuando nace el olvido De ignorancia, no de achaque, Si de venganza o de enojo, El decirlos no es culpable; Pues es de razón tan fuerte, Cuando la forman verdades, Que, a pesar de los enojos, Causa recuerdos bastantes. Apenas hubo en Sicilia, Cuando victorioso entraste Por las puertas de Palermo pesar del vulgo infame), quien aclamase tu nombre; Porque fue el temor bastante Hacer que todos temiesen Y tu poder recelasen; Cuando la espada en su diestra, El enojo en su semblante, La razón en lo prudente, Y los premios en lo afable, Volvió en amor los temores, Lo aborrecible en lo amable, Dejando en todo tu reino Llanas las dificultades. El de Nápoles, vencido, Quiso el pasaje estorbarte Por el mar, con treinta velas, Del cerúleo golfo ultraje; Y cuando faltó en tu reino Quien rompiese, quien cortase, Vengativo y animoso, Esos montes inconstantes, Con solos cuatro navíos, Que, opugnando tempestades, Si no fueron del mar peces, Eran de sus ondas aves, Echó a pique diez bajeles, Hizo estremecer los mares, Y haciendo en todos su presa, Obligó a su rey besase La tierra donde sus plantas Procuraban humillarte. Treinta heridas ennoblecen Aquel pecho de diamante, Y adornan por él tu alcázar Cincuenta y cuatro estandartes. ¿Quién te ha servido más firme? Quién te asistió más constante? Quién te aconsejó más sabio Ni te sirvió menos fácil? Y hoy, cuando esperaba el premio De trabajos tan leales, ¿Quieres pagarle en desprecios, Quieres en destierro darle El premio de sus victorias Y el precio de sus verdades? Mira, Señor, que si intentas De esta suerte castigarle, Mas le premias que castigas, Si el mundo la causa sabe; Pues los más remotos reinos, Del suceso no ignorantes, Dirán que le has castigado Porque no quiso adularte. Si esta razón no te obliga, Si estas causas no te valen A que, piadoso, revoques La sentencia que firmaste, Dame licencia, Señor, Que su destierro acompañe, Para que estorbe mi ausencia Que digan lenguas mordaces Lo que a tu deidad desdice, Lo que en tu pecho no cabe. Demás de que es menos fuerte Una bala, un baluarte, Que a pretensiones mi pecho; Pues soy, si mujer, bastante Para resistir promesas, Para no oír libertades, Para defender honores Y para ilustrar linajes. Esto te he dicho, Señor, Para que el vulgo inconstante, O los que en palacio asisten, De ti con recato hablen; Que eres mi rey, en efecto, Y a los vasallos leales Siempre los reyes han sido En las tormentas la nave, En los peligros el puerto, En la pérdida el rescate, En los daños el remedio, En las penas el Acates, En los riesgos el asilo, Y todo el bien en los males. ¿Si es fingido? ¿Si pretende Divertirme? ¿Si engañarme Quiere de nuevo? ¡Ah traidora! Con qué gloriosos esmaltes doró el hierro de mi amor! No es tiempo ahora, verdades. Basta, Laura, no haya más. (Por quien soy, que tus enojos Me llevan tras ti los ojos.) ¿La licencia no me das? Lo que Laura me ha pedido, Es solo que la conceda Que dejar la corte pueda, Y esto a vuestra alteza pido; Y así, en querer ausentarse, Por ver a su padre ausente, Muestra que, estando presente, Ha de gustar de quedarse. Lo que tu ruego no alcanza, Por imposible o injusto, No conseguirá otro gusto Ni gozará otra esperanza, (Perdona, Laura, el desvío Con que tus soles me ven; Dígale amor que el desdén Es fingido, que no es mío.) - Volverá Lisandro presto Del destierro a que le obligo; Que es siempre Lisandro amigo Y en quien mi defensa he puesto. Beso tus pies, confiada En tu palabra. Perdona; Que el ave que mi corona Llevó, avarienta y osada, Me desvela, hasta que pueda - Darla entre los aires muerte. Espero, volviendo a verte, Saber que sin vida queda. Laura, cesen los enojos; Que el perdón no será tarde. El cielo tu vida guarde. Para gozar de tus ojos. (Bien a la Reina he engañado.) ¿Si Laura me ha divertido? Sin pulsos llevo el sentido. Celos, con mayor cuidado, Pues que sufro su rigor, Andemos de aquí adelante. Ya que soy de Laura amante, Sabré si es firme su amor. Ya llegó, Sicilia, el día Donde en consuelos presentes Se muden penas pasadas, A pesar de un rey que tienes. Ya llegó, pueblo oprimido, A ese monstruo que te ofende, O la piedad si se enmienda, O el castigo si es rebelde. Aquella deidad suprema, Cuyo fiat obedecen, El bruto, aunque no discurre, Y la planta, aunque no siente, A mí, que soy su ministro, La licencia me concede Para derribar la estatua Que a las estrellas se atreve; Pues de la suerte que cuando Parece que se estremecen Los más levantados montes O se desunen los ejes Del cielo, porque en las nubes Rompe el aire, que le ofende, Sale el fuego, que le oprime, Suena el trueno, que le hiere, Cuando perece el ganado, Cuando el ave no parece, Y se humillan por el suelo Los alcázares más fuertes; Si después de la tormenta El día claro amanece, Ahuyenta el sol negras nubes, Y en su esplendor las convierte; Así de justicia el sol Saldrá al mundo tan alegre, Que, a pesar de tanta noche Y de tempestad tan fuerte, Pise los montes más altos, Los valles humildes huelle Entre al soberano alcázar, Y goce el rústico albergue. Vuestro rey seré entre tanto, Y corrigiendo las leyes De este tirano, que el gusto En lugar de la ley tiene, Gobernaré vuestro reino, Dando lugar a que aliente. Hoy, que ha de entrar en el baño, Cuando el real vestido deje, Tomaré su forma y traje, Y perderá él la que tiene; Quedando en rostro y facciones Tan otro, tan diferente, Que ninguno le conozca, Siendo fábula a las gentes, De los varones desprecio Y de los niños juguete. Un gabán rústico y pobre Traeré del pajizo albergue De un villano de esa quinta; Que, aunque tanto a Dios ofende El pecador, nunca Dios Deja de acordarse siempre De su abrigo; pero ya Hacia el baño con su gente El Rey camina, después De fatigar los celestes Distritos con los neblíes, Que licenciosos se atreven A penetrar las esferas Con espíritu valiente, Hasta que a la altiva garza El coral líquido beben; Porque es tanta su crueldad, Y su codicia tan fuerte, Que, después de haber quitado Honras y haciendas, pretende También que las simples aves Su misma sangre le pechen. Mas hoy, dichosa Palermo, Verán tus campos alegres Deshecho todo el encanto De esta venenosa sierpe, De este falso cocodrilo, De esta fiera hiena, de este Centro de toda maldad, Golfo de todo deleite. Yo soy el pájaro altivo Que le usurpé de las sienes La corona, porque en ellas Descansaba injustamente. Albricias, Sicilia, albricias! Que estar muy contenta puedes, Pues ya se acaban tus males Y se principian tus bienes.— Y tú , Federico ingrato, Rubricada en las paredes De tu palacio verás La sentencia de tu muerte, Si la piel no renovares, Como la sabia serpiente.
JORNADA SEGUNDA
Sígueme, Laura; que intento En este jardín florido Divertir vanas memorias, Que me afligen los sentidos. Fortuna, ¿qué suspensiones Son las que en la Reina miro? Direla mi pensamiento, Pues la máscara me quito. Mil novedades, Señora, Después que el Rey se ha partido A caza, veo en tu rostro; ¿De qué, Señora, ha nacido Que, más que otras veces, hoy Arrojas tantos suspiros, Dando a entender que tu pecho Es de penas un abismo, Un piélago de tormentos Y de pesares un río? Si puedes manifestarlos, Comunícalos conmigo; Que males comunicados Siempre menores han sido, Y de mi lealtad bien sabes Que es de lealtades prodigio. Antes no tendré sosiego, Si no te los comunico. ¡Ay, Laura! Tanto favor , Pienso que te he merecido. Escucha; que, pues estamos Entre flores, que narcisos Son del cristal de esa fuente, Mas me darán el motivo Para declarar mis penas. (Mis celos hubiera dicho Mejor, pero no conviene Confesar tal desatino; Que las personas reales - No los tienen del sol mismo.) Responderé con enojo Si se declara conmigo, Atropellando recatos - De mi honor por solo indicios. Discurriendo por el prado De líquida plata un hilo, Una trenza de cristal, Una culebra de vidrio, Hace en detrimento suyo Provechosos desperdicios, Porque presuma la selva Que es fineza lo que oficio; Y así, a pagar se dispone , El humor que ha recibido, Dando en cada planta un mayo, Y en todas un paraíso, Para ofrecerle al arroyo La amenidad de su sitio; Que hasta la floresta quiere Satisfacer un cariño, Siendo cítara de pluma Un músico pajarillo, Y hace en la copa frondosa De un chopo, sauce o aliso, Desde donde escucha tierno Si su amante da un quejido, Para pagarle en motetes Lo que ha cobrado en suspiros; Que hasta un pájaro sonoro Sabe ser agradecido. En la falda de un peñasco Tiene la hiedra principio, Y como ve que ella sola Está exenta del dominio Del tiempo, se desvanece Para enamorar al risco. Sube a abrazarle amorosa; Y él, amante agradecido, Correspondiendo al favor, No mirando al desvarío, En pago de sus finezas, Le ofrece cortés arrimo; Que usar de correspondencia Hasta una peña ha sabido. Laura, si el agradecer Es fuero de amor preciso, De quien no se escapa el ave, La selva ni el edificio, No es mucho que esté dudosa Si amor ha hecho lo mismo En tu pecho (estoy mortal); Perdóname si lo digo, Pues son tantos los ahogos Que en mi pecho reprimidos Estuvieron hasta ahora, Que ya, sin poder sufrirlos, Es fuerza que al labio salgan Todos los afectos míos. Yo no digo que eres, Laura, La causa de estos principios, Aunque tantos efectos Bien pudiera colegirlo; Solo advierto que, después Que a palacio te han traído, Veo muy poco gustoso A mi esposo Federico, Olvidando las finezas Y abrazando los desvíos, En tus pensamientos, Laura, Solamente enternecido. No ignoro, Laura, no ignoro Que es tu honor más claro y limpio Que aquel que Febo luciente Ostenta en dorados giros, Y que a las olas de amor Has sido constante risco. No te pongo a ti la culpa, Que fuera en mí desvarío; Solo pretendo que adviertas Que, teniéndote conmigo, Es aplicarme yo propia A mi garganta el cuchillo. Quitar, Laura, la ocasión El mejor remedio ha sido, Así en los fueros humanos Como en los fueros divinos. Solas estamos las dos, Atiende a lo que te digo, Advirtiendo que mi intento A tu bien va dirigido. A ti te festeja el Duque Con el casto y noble estilo Que en los palacios reales Justamente es permitido; Que a las deidades más puras Hace amor sus sacrificios. Del duque Alejandro sabes La casa y solar antiguo, Lo acendrado de su sangre, De sus estados lo rico; Mas, como esto es tan notorio, Ello por sí se está dicho. Tú has de ser su esposa, Laura; El modo deja a mi arbitrio; Que yo haré que el Rey le honre Con nuevos cargos y oficios, Y que del destierro venga Tu padre, a quien tanto estimo. No como reina te mando, Como amiga te suplico Que tengas de mí piedad, Pues mientras el casto hechizo De tus ojos viere el Rey, No ha de olvidar sus designios. Laura mía, hermosa Laura, Perdona mis desvaríos, Y advierte que el darte al Duque Es lisonja, y no castigo. Así se midan tus años Con lo eterno de los siglos, Y tengas, Laura, en tus bodas Mas dichas que yo he tenido; Sáqueme tu lealtad De tan ciego laberinto. A la primera propuesta No responder es preciso, Cuando vuestra alteza sabe, Cuando todo el mundo ha visto Lo constante de mi honor, Y de mi lealtad lo invicto; Mas solamente diré Que cuando el rey Federico, Con los fueros de tirano, Intentara algún delirio (Perdóneme que le dé De tirano el apellido, Pues sabe que en todo el orbe Lo dice la fama a gritos); Vuelvo a decir que si hiciera Algún desaire conmigo, Y obligado de mis ojos, Como vuestra alteza dijo, Pensando algún desacato, Se atreviera al honor mío, Que me sacara los ojos Yo misma. ¡Qué heroicos bríos! Yo misma, porque no fueran Causa de su precipicio; Y aun hiciera... Pero no En más empeños me afirmo; Que es mi rey, y aunque es cruel, A deslealtades no aspiro. A lo segundo respondo... Mi vida pende de un hilo. Que en darme, Señora, al Duque. La mayor merced recibo, Pues mi nobleza no hallara Más a su gusto marido. Albricias, vanos recelos; Que el encanto se deshizo. Pero como la obediencia Es tan precisa en los hijos, Darele cuenta a mi padre; Que no es mío mi albedrío, Si su licencia me falta. (Cielos, si se ha arrepentido ) Eso no te dé cuidado; Verás cómo facilito Que venga luego a la corte, Donde lo que propusimos Efecto dichoso tenga. En tu gusto me resigno, Como lo quiera mi padre Yo, Laura, a ello me obligo. ¿Estás contenta? A mis brazos Llega, no visto prodigio Del honor y la lealtad. A vuestras plantas me humillo. ¿Cumplirasme la palabra? ¿Quién lo duda? Mucho estimo, Laura, tan noble fineza. ¿Hay más extraño capricho? Parece que viene gente. Volvamos a mi retiro; Que no quisiera que alguna Dama nos hubiera oído, Y le diera de esto parte A mi esposo Federico. Vamos apriesa, y advierte Que en tu palabra confío. Como mi padre lo quiera, Señora, lo dicho dicho. Amor, vencí. Tantas dudas - Ya parecen desvaríos. Soltadle a los neblíes las pihuelas; Que el recelo a la garza pone espuelas. En columbrando el Rey al pajarote, Quitadle luego al sacre el capirote. Diversas aves se han volado. Extrañas. Las grutas de estas ásperas montañas, En vez de fieras, estas aves crían, Que hasta las nubes penetrar porfían. Aquel ave o prodigio se me esconde, Sin que sepa el lugar, sin saber dónde Sus polluelos sustenta, el nido tiene, Ni en qué parte del aire se entretiene. Sin duda que amenaza tu desastre El pájaro a quien Plinio llama sastre; Si no fuera cernícalo o milano, Debió de ser el pájaro escribano, Que con su pluma vuela por los aires; Y si acaso te enfadan mis donaires, Diré que ha sido un pájaro casero, Que llaman en palacio despensero. Cansado estoy de la volatería. Y yo del tropezón del haca mía; Que quien corre la tierra y mira al cielo, Es milagro no ruede por el suelo. Al baño, gran señor, hemos llegado. Es el baño del Cisne muy nombrado. Entrad conmigo, Duque, a desnudarme Que intento divertirme con bañarme. La hora llegó ya de su castigo, O de la justa emienda a que le obligo; A mudarle la forma voy mandado Del que es quien es, y nunca se ha mudado. Pues que tan solo, en efeto, Os dejan, señor Moscón, vos tenéis linda ocasión Para decir un soneto; Mas si esta heroica poesía No es de ingenio tan grosero, Murmurar un rato quiero Del Rey, pues me da osadía El ser yo del Rey criado. Lograr pienso la ocasión; Mas quedo, señor Moscón; Que anda el mar alborotado, Y es infamia el murmurar. Lengua mía, callar puedes; Que, aunque no hay aquí paredes Que te puedan escuchar, Nunca el silencio dio enojos, Y para darte congojas, Tienen los árboles hojas, Que tal vez les sirven de ojos. Los plebeyos no han de ser Registro a las majestades; Mas saben bien las verdades, Y las sabrán defender. De ser leal se destierra Aquel que al rey no perdona, Pues no pulen la corona Los buriles de la tierra; Y si mi rey no previene Honor a las justas leyes, Para enseñar a los reyes Ministros el cielo tiene. Ya el Rey se queda bañando, Y manda que aquí le aguarde Hasta que avise. La tarde Está a bañar convidando. ¿Qué hará Lisandro, Moscón, en esta cercana aldea? A quien soledad desea, Palacios los campos son; Demás que el sabio, el prudente, Nunca más acompañado Que cuando está retirado Del comercio de la gente. Dices bien; que aquellas flores Aun no fingen lisonjeras, Colores son verdaderas Sus naturales colores. Aquí las aves cantar Suelen al amanecer, Solo por entretener, Y no por lisonjear. Cuando los arroyos bellos Son despeñados Faetontes, Besan los pies a los montes, Pero no murmuran de ellos. En tanto que el Rey se baña, Entretengamos el tiempo. Dices bien. ¿Tienes amor? No le he tenido ni tengo. Eso ¿cómo puede ser, Siendo galán y mancebo? Has preguntado muy bien; Escucha mi pensamiento : Yo, según mi natural, . Amar quisiera, esto es cierto, Pero el amar se me acaba Al punto que considero Que, como mula sin tacha, No hallo mujer sin defecto; Mas esto se ha de entender Hablando de lo plebeyo, No de hermosuras que tocan En lo noble y lo supremo. Muy bien has hecho la salva. (Oírle con gusto pienso; Que, si va a decir verdad, Aún tiene gracia en lo necio.) Prosigue, Moscón, prosigue; Que me holgaré. Oye atento : Si es moza, se hace de pencas, Diciendo: «No trato de eso.» Si es pasante, busca unciones Con que teñirse el cabello, Y si se repara bien, No es ámbar fino su aliento. Si es flaca, ¿quién puede haber Que enamore un esqueleto? Si es gorda, sin ser verano, Abochorna y quita el sueño; Si es alta, parece azul, Como la miren de lejos; Si es enana, es menester Humillarse por el suelo, O ponerse de cuclillas, Para decirla un secreto. Pues si tiene buenas manos, Dios nos libre del exceso Con que a puras manotadas Acicala y pule un cuento; Si buenos dientes, los labios Arregaza haciendo un gesto, Y a cualquiera chanza trae La risa por los cabellos; Si es discreta, ya se sabe Que no la falta lo feo; Si hermosa, el ser una tonta Le compete de derecho; Mas todo lo referido, En mi opinión, es lo menos; Que estos son, si bien se mira, Particulares defectos, Que no a todas comprehenden, Pues muchas se hallan sin ellos. Vamos a las generales Trazas, tramoyas y enredos De las mujeres. ¿Quién hay Que sufra los embelecos De rizos, guedejas, moños, Que están diciendo memento, Calva, que ayer fuiste raso, Aunque hoy eres terciopelo? Quién habrá, digo otra vez, Que lleve con sufrimiento Las infusiones, las mudas, Los badulaques y ungüentos Que hacen algunas mujeres Para pintarse de nuevo? Pocas son las que se lavan Con agua clara de enero; Todo es solimán y todo Arrebol, claras de huevos, Albayalde, piedra-lumbre, Baholas, miel y espejuelos, Y otras seis mil porquerías, Que duran en sus pellejos Lo que al sudor se le antoja O lo que permite el lienzo. Si bajamos pues abajo, Muy entablillado vemos Al talle, como si fuera Brazo con un desconcierto, Que si en un brazo le dan, Resuena el cartón a hueco. Luego están los guarda-infantes, Los faldellines, los ruedos, las enaguas, las polleras, Que, garlitos del infierno, Engañan a un hombre honrado Con el cebo que está dentro. Pero lo esencial olvido, De lo mejor no me acuerdo; ¿Qué mujer hay que no pida? ¿Quién no ha de quedarse muerto A un «dame» desvergonzado, A un «envíame» grosero? No, mi Duque; ¿yo querer? Yo enamorar? ni por pienso, Cuando en muchas de las hembras Tantos excesos contemplo, Condiciones depravadas, Tantas maulas y embelecos, Y que sobre todo, piden, Con que pienso que eché el resto. Muy bien me has entretenido; Toma esta sortija en premio. Matusalén de los duques Te vean mis herederos. Pienso que su majestad Sale del baño, y no sé Cómo tan presto; sabré Si hay alguna novedad. Vamos; que ya me he bañado. Señor, ¿qué razón ha habido De haberte a solas vestido, Sin que nos hayas llamado? Yo propio quise vestirme; Que, para bien acertar A gobernar y mandar, Tal vez conviene el servirme; Que, aunque rey tan recto me hallo, Porque el pueblo no se queje, No es justicia que le deje Toda la carga al vasallo. A fe, que es esta razón Nueva en un rey tan tirano. Aun todavía es temprano, Que apenas las cuatro son. No importa, a Palermo vamos; Que entonces no será vicio Todo el honesto ejercicio, Cuando bien le moderamos. Gran prudencia! Gran mudanza! Él ha trocado el pellejo; Que no es suyo este consejo Ni tampoco esta alabanza. De Dios es bien que veáis El poder, rey atrevido, Donde vos, desconocido De todos, os conozcáis. Es de Dios orden y ley Que de este que le enemista Tome forma y traje vista, Con traje y forma del Rey. Saldrá del baño desnudo, Y no hallando su vestido, Se vestirá mal sufrido Aquel, que es de un pastor rudo; Con que vestidos los dos, En la soberbia en que está, El tino conocerá Lo que puede y sabe Dios. Sospecho que se ha quedado El Rey, Moscón, divertido. Vamos pues. Él ha salido Del baño en otro trocado. Si es de algún sueño ilusión? be nuevo admirarme quiero. Él ha salido cordero, Habiendo entrado león. Si la vista no me miente, Y no es del deseo engaño, Sin duda dejó en el baño El pellejo de serpiente. Duque!— Criados— Moscón!— Compañeros, hola, hola! ¿Mi persona dejáis sola, más en esta ocasión? ¿No me venís a vestir? ¿Qué es esto? ¿Nadie responde? ¿Dónde estáis, villanos, dónde? Qué! ¿No me queréis oír? Hola, Duque! por quien soy, Que a todos mande matar, Y aun no se podrá templar El enojo con que estoy. Un Monjibelo es mi pecho, Que me enciende y que me abrasa; ¿Si esto acaso en sueños pasa? Que ha sido ilusión sospecho; Que sueño no puede ser, Pues que estoy despierto; veo Ser engaño, y traición creo De quien me quiso ofender. Esta es la puerta del baño, Este es campo, y monte aquel, Este arroyo, aquel vergel; Luego no es del sueño engaño. Mas sin duda que estoy loco, O la memoria he perdido, Pues en sombras del olvido, Dudas piso, incendios toco. El vestido me han llevado; ¡Que esto sufro, pesia al cielo! Que no pueda yo de un vuelo Llegar al cielo estrellado, Y en lugar de la escarlata Que mi persona ha lucido, Cortar ahora un vestido De sus estrellas de plata Al mismo Dios me opondré, Y si quisiere estorbarme, Con él pretendo igualarme. Calla, blasfemo, sin fe. ¿Qué voz entre aquestas ramas A mi decoro se atreve? A más cólera me mueve; Abrasaré con mis llamas Todo el monte; pero no, Registraré su maleza...— ¿Quién se atreve a mi grandeza? Quién la ha profanado? Yo. Dime, ¿quién eres? Un niño, Con el valor de gigante. ¡No vi rapaz semejante! Vestido de blanco armiño, Al alba envidia le da Y al mismo sol desafía. ¿Cómo has tenido osadía? Cómo un átomo podrá Oponerse a todo el sol? O no debes de saber Que soy el Rey. Podrá ser; Pero ningún arrebol De su grandeza en ti veo. El Rey en palacio está, Yo le dejo ahora allá. No lo creo, no lo creo Si tú la fe no conoces, ¿Cómo puedes tener fe? Bien esta duda escuché De lo altivo de sus voces Y de su soberbia vana, De su loca fantasía; Que la gloria de este día Será un infierno mañana. No ofendas al cielo más, Trata de enmendarte pío; Que la vida humana es río, Que volver no puede atrás. Acuérdese su merced De Goliat el gigante, Que un pastorcillo ignorante Le puso en el cuello el pie. ¿Cómo el temor no le incita la estatua de aquel Nabuco, Pues, cual si fuera un trabuco, La derribó una chinita? Niño sabio, disfrazado Con el traje de pastor, No conoces mi valor, Pues sin temor me has hablado; El rey Federico soy, Aunque desnudo me ves; Arrodíllate a mis pies. Mejor levantado estoy; No le haré tal ceremonia, Aunque me haga más cariños; Que soy uno de los niños Del horno de Babilonia. ¿Cómo de Escritura sabes, Si la experiencia te falta? En la Alemania más alta Aprendí cosas muy graves, Y de modo concebí Las ciencias, sin estudiar, Que es imposible olvidar Lo que una vez aprendí. Sin duda que es hechicero.— Vete al momento, rapaz. Tengamos la fiesta en paz, Serenado caballero. No podrá. Mas qué grave suspensión Me acobarda el corazón Temblando en mi pecho está. Aunque me ve rapaz tierno, A otro pastor muy rehecho Le hice yo rodar el trecho Que hay desde el cielo al infierno; Y aun ahora, si se sube A mayores, con un pie Tan alto le arrojaré, Que le clave en una nube. Vete ya de mi presencia; Que no sé qué miro en ti, Que de mis culpas aquí Hoy me acusa tu inocencia. Ahora sí que me voy, Pues me empieza a tener miedo. Mover las plantas no puedo; Sin duda hechizado estoy. Voyme, pues de mí se espanta, Diciendo aquesta letrilla: «Dios levanta al que se humilla, Y humilla al que se levanta.» Esto que por mí ha pasado, A nadie habrá sucedido. ¿Que no tenga yo un vestido Ni venga ningún criado? Pero un rústico vaquero Piadosa me da la tierra, Cuando el cielo me hace guerra, Porque hacerle guerra espero. Quiero abrigarme con él, Pues mi mal lo quiere así; Y no porque me honre a mí, Mas por darle honor a él. Pues se fue a Palermo el Rey, Cantando me daré priesa A buscar por la dehesa El novillejo y el buey. Novillejo perdido, Quizá por engañado, Cómo dejas el prado, De flores guarnecido, y por fragosas breñas Buscas el vil sustento entre las peñas? Amado novillejo, Y mil veces amado, Como al fin te he criado, Perdido no te dejo. Vuélvete a la querencia; Que, como buen pastor, siento tu ausencia. Con las voces que he oído De estos pastores, siento No sé qué movimiento, Apenas entendido; Que soy fiera perdida, Y oigo un pastor que dio por mí la vida. ¿Cómo te engalanara De flores, si te viera Yo en tu rescate diera El alhaja más cara. Alabaré tu nombre; Mas esto es conocer que yo soy hombre. ¿Ah, pastor? ¿Quién llama? Yo. habéis acaso sabido de un novillejo perdido? ¿Tú no sabes quién soy? No. ¿No me conoces, villano? El Rey soy. ¡Linda fegura! Humillarte a mí procura. ¿Yo humillarme? Será en vano. ¿Quién eres? El Rey. Mamola! Lindo rey mos ha venido! El loco es entretenido. Por Dios que te mate. Hola, Si dos ripios arrebato, Le he de abollar la mollera. Qué ridícula quimera! Yo soy el Rey. Yo soy Bato. Poco el ser rey se le encaja, Aunque yo le he visto ogaño Lindo como flor de antaño. Adónde? En una baraja. ¡A qué furias me provoco! Mas ay! ¿No es este el vaquero Que me faltó, dominguero? Sin duda le hurtó este loco; Él es.—Sois lindo ladrón, El vaquero habéis de dar, O entended que hemos de andar Entrambos al mojicón. ¿Criados, Duque? ¿llamáis Otros tales como vos? Soltá el vaquero, o por Dios, Que mis manos conozcáis. Aparta. ¿Qué es esto, Bato? Qué te ha hecho este pastor? Se finge loco, Señor, Y es mayor ladrón que un gato; Dice que es el Rey, y el sayo Que trae puesto me le hurtó. Lisandro, el Rey no soy yo? ¡Oh qué linda fror de mayo ¿Tú eres el Rey? ¿No me ves? Porque te veo lo digo. ¿También tú eres mi enemigo? Si no lo soy yo, ¿quién es? El que yo ahora encontré Hacia Palermo. ¿Es posible? ¿Viose golpe más terrible? Dime, ¿no te desterré? Miren qué lindos regalos! Si fuera Lisandro yo, Porque el tal le desterró Le diera cuatro mil palos. Lindo loco hemos hallado, Fiesta ha de haber en la aldea; Venga mi vaquero, y sea Rey o loco. Ah cielo airado! Déjale; que, aunque no es Rey, por lo que representa No se le ha de hacer afrenta. Yo le cobraré después. Yo os daré otro vaquero. Con aquesto, callaré. Pues, Lisandro, ¿esa es la fe De vasallo y caballero? ¿Así a tu rey desconoces? No eres al Rey parecido En el rostro ni el vestido. Mientes; que bien me conoces. ¿Qué le trujo por aquí, Señor mueso amo? Buscar En qué poder olvidar Los enojos que hay en mí. Quise ver esos sembrados, Como está cerca la aldea. Si ir a palacio desea, Señor Rey, aquí hay criados. Ir a Palermo deseo, Y veréis el desengaño. El Duque, si no me engaño, Viene, la posta corriendo. Huélgome de su venida, Porque mi verdad veréis. Lisandro, en buen hora estéis. Guarde el cielo vuestra vida. De lejos os conocí, Y así el camino he torcido; En albricias, solo os pido brazos. Veislos aquí. El Rey os alza el destierro, Y que a Palermo vengáis Manda. Donde vos estáis, Que haya más privado es yerro. Tened, Lisandro, por llano Su favor, porque hoy le vemos Tan trocado, que tenemos Rey santo por rey tirano. En Palermo entrar no quiso Sin que os viniese a llamar. Le habrá querido trocar Del cielo aquel santo aviso. ¿Que rey a Lisandro llama, si yo soy el Rey? — ¿No veis Que aquí vuestro rey tenéis, Que os defiende, quiere y ama? Así el Duque lo dirá. ¿Hay tan raro frenesí? ¿Cómo os partisteis sin mí? En esa locura da. No estoy loco; que es engaño. No os acordáis que esta tarde... El cielo mi juicio guarde. Conmigo fuistes al baño? Es verdad que al baño fui Con mi rey y mi señor; Pero, loco labrador, Yo no te conozco a ti. ¡Que este negarme procura! Llevarte al Rey bien será. Y es cierto que gustará De su graciosa locura. Él quiere, pues no replica; No vaya, Rey, muy despacio, Pues con él habrá en palacio De todo, como en botica. Lisandro, si de vasallo Os preciáis, ahora es bien Que de los vuestros me den Al punto el mejor caballo. Otra vez le vuelve el mal. Hágase luego mi gusto, Que ir a la corte no es justo A pie mi grandeza real; Que allá pretende mi brío Al rey que el nombre me ha hurtado Retarle a caballo armado, Y matarle en desafío. Mal la maraña penetra, Señor rey de paramento, Porque esta jornada intento Que vaya al pie de la letra. Antes, por el pundonor, Un caballo le he dar. Yo le pienso acompañar. ¡Qué lástima! ¡Qué dolor! Señor Rey, téngase a buenas, No haga locos desatinos; Que hay en la corte pepinos, Naranjas y berenjenas. Vamos, porque el Rey espera. Vamos, Duque. Esta ocasión, Para lograr mi afición, Mas viva ser no pudiera; A Laura le pediré, Pues el Rey tan otro está. Amor, vuela, pues que ya Te lo merece mi fe. Mentido rey, allá voy; Espérame, reino ingrato; Que no te saldrá barato El creer que loco estoy; Porque mi brazo, recelo Que ha de ser en dura guerra Escándalo de la tierra Y asombro de todo el cielo.
JORNADA TERCERA
Mientras que el rey Federico Con Lisandro dando está Audiencia, y Moscón me avisa Que ya quiere comenzar La fiesta, adonde Palermo Hoy confirma su lealtad; Pues que Laura me ha avisado Que en un balcón estará De los que caen al terrero, Contento quiero llegar; Que no profana el decoro, No, de palacio un galán , Cuando, como yo, pretende, Sin esperanza, obligar. Demás, que al rey Federico Veo tan trocado ya, Que él y la Reina sin duda De Lisandro alcanzarán El sí que esperando estoy. Permite, oh ciego rapaz, Que llegue el dichoso día De tanta felicidad. Al Duque avisé viniese Al terrero, que culpar Le intento de que en dos días No me haya visto; mas ya Mira al balcón cuidadoso Y se pasea galán. La seña haré. Laura es; Bien lo muestra la señal De aquel ondeado lienzo, Que es mi bandera de paz.— ¿Cuándo mereció mi afecto, Aunque siempre fue leal, Cuidadosas asistencias De tan suprema beldad? Por la tarde de un balcón haceis oriente? Será Por equivocar al mundo De Febo el curso solar. Ved que dos soles a un tiempo El mundo abrasar podrán, Si bien uno, de corrido, Ya se va corriendo al mar. Duque, ¿sin verme dos días? Si mientras de mí te alejas, Que soy tu vida, y me dejas Muriendo, ¿cómo vivías? O ausente, en mi amor ardías, Fénix, cuyo fuego soy, Que, como me exhalas, voy Llegando a mi fin, y cuando La vida me estés quitando, Vida con morir te doy. Contémplome aquella fuente, Cuya desatada plata, Si viva a una antorcha mata En su golfo trasparente, Muera por el consiguiente, La enciende tierno y esquivo Fuego, y como te percibo En mí, y en ti me convierto, Vives de achaque de muerto, Mueres de achaque de vivo. Mas yo, Duque, te imagino Fuente del sol, que es un hielo, Cuando la mitad del cielo Borda su esplendor divino; Y en saliendo el vespertino Lucero, a sus orbes rojos Tributa ardientes despojos; Así es fuego tu violencia A la noche de mi ausencia, Y nieve al sol de mis ojos. Amar es un desear, Que el dorado arpón esmalta, Con que si el deseo falta, El amor ha de faltar; Y así, te puede culpar Mi fe, pues faltar arguyes; Si de tu vista la excluyes, No ocasiones su querella, Porque cuanto huyeres de ella, Tanto de quien eres huyes. Si deseo el amor fuera, En cumpliéndose cesara, Porque nadie deseara Lo mismo que poseyera; Desea el bien quien le espera, Y no quien le ha conseguido, Amando correspondido; Y así, nació destinado, Al deseo lo esperado, Y al amor lo poseído. Luego mi feliz trofeo No arguye contradicción, Pues la misma posesión Que aún no poseéis poseo; Y en el desearla veo Que jamás estar ocioso Puede el afecto amoroso, Pues siendo el acto inconstante, Implica que viva amante Quien no vive deseoso. Aunque es tiempo de avisarle, No le pretendo avisar, Pues tan fino en el terrero Hablando con Laura está. Lo que le toca a mi oficio Es ver si puedo escuchar Los requiebros que la dice, Y los que ella le dirá, Por ver si algo se me pega De amor; mas es por demás. ¿Quién solicita y procura que me hagáis tanto favor? Amor. Y a empresa tan superior ¿Quién me alienta y apresura? Ventura. ¿Y cuál será en tal altura El premio de mi ardimiento? Contento. Ya pues con mayor aumento De mi fineza os obligo; Pues en serviros consigo Amor, ventura y contento. Si fue cruel mi hermosura, ¿Quién incita vuestro ardor? Amor. Cuando él despida el rigor, Vuestra fe ¿qué me asegura? Ventura. ¿Y si en mí el afecto dura igual con el rendimiento? Contento. Pues yo con mayor aliento Aumento mi amor, por ver Qué tengo ahora en tener Amor, ventura y contento. Tiene un amante en tener Amor crecido y robusto, Gusto; Faltando el desdén injusto, Se le acrecienta el querer Placer; Y el verse corresponder, Va adquiriendo cada día Alegría. Dejad pues la cobardía, Y amor juntos frecuentemos, Porque con esto tendremos Gusto, placer y alegría. Confieso que habrá en querer, Sin género de disgusto, Gusto; Y que tener será justo, Viéndose corresponder, Placer; Pero está tan al perder A cualquiera niñería La alegría, Que yo, en tan necia porfía Llegando a considerar, No quiero con tanto azar Gusto, placer ni alegría. Este belicoso acento Me avisa que es tiempo ya De ir a la fiesta. ¿Quién vio Que una fiesta dé un pesar? adiós, mi Laura. - Esa banda En mi nombre llevarás, Y no extrañes el color, Que en el color verde-mar Hay esperanzas, que en ondas Te ofrece tranquilidad. De buena esperanza el puerto Sin duda habré de tocar Con tal favor. Vuecelencia No enamore un punto más; Que ya los duques y condes, Marqueses otro que tal, Para correr las sortijas Juntos en la plaza están De palacio, aunque me han dicho Que el Rey no se quiere hallar En la tal fiesta; no entiendo De este rey el natural: Ayer aturdía el mundo, Y hoy en aturdirse da. Vamos apriesa. Sin duda Con favor tan singular, Que has de llevar de codillo Los premios a los demás. Que acompañe a aqueste loco Me ha sopricado mi amo. No es mala la comezón! No podría hacer el diabro Vestido de tan buen gusto Como es un loco aforrado De lo mismo; porque yo Diz que tengo lindos cascos. Frio debo ser sin duda, Pues me aforran de verano. No es natural, no es posible Lo que está por mí pasando; Superior causa sin duda Es causa de mis agravios. ¡Qué figuras que está haciendo! Atento lo estó mirando; A la he, que si se emperra, No do por mi vida un cuarto. Si creyera que era el cielo origen de tantos daños, No estuviera, no, seguro El más luciente topacio Que en su cámara de estrellas Guarda el firmamento avaro. Poco es esto, el mismo Dios. No lo estuviera. ¡San Pabro! A hereje este rey de locos Va por sus pasos contados, Ven acá. ¿No es esto así? Señor, yo so mal cristiano, Mas buen católico, y creo Que solo de Dios el brazo Es el todopoderoso; Y en esa fe confiado, Le dejo para quien es, Aunque me dé más trabajos. En fin, eres de la tierra El más humilde gusano; Estaba por arrojarte Desde ese balcón abajo, Y si no, en aquel estanque, Foso que guarda a palacio. ¿Soy yo Leandro? So Flor, de quien me dijon angaño, Y afirman los fabuleros, que, como huevos entrambos, Ella se murió en tortilla Y él fue por agua pasado? En estanco echarme a mí? ¿Soy yo por dicha tabaco? ¿Arrojarme de un balcón?, ¿Soy yo basura? Villano, Vete al momento. San Lesmes! ¿Aun te detienes? ¡San Mauro! ¿Eres sordo? ¡San Panuncio! ¿No respondes? ¡San Macario! No te vas? (¡Válgame el Credo! Excepto el Poncio Pilato.) Ya se irán; que no son bestias; Y aun se irán por todos cabos, Sin que sea menester; Mas adviértele entre tanto Que se ha de estar cepos quedos, Mi rey, porque un soldado Tudesco, como un gigante, Está esa puerta guardando; Que es un frasco con bigotes, Y con guardainfante un jarro. A una legión de demonios No temo, ¿y quieres, villano, Que tema solo a un tudesco, Que es fuerza que esté borracho? Tal me sucediera a mí; Mas aconséjole, hermano, Que no se llegue a la puerta, Porque le ha de hacer, y es craro, Muy vecino de Moguer, Que está cerquita de Palos. Vete, grosero, de aquí; - Que vivo yo... - Estó tembrando. Que de un puntapié te arroje Mas allá del otro cabo Del mundo! y muy poco he dicho. Él tien pulsos temerarios; Corriendo vo, y a este loco Que le guarden dos mil diabros. Ahora, ahora, discursos; Ahora, ahora, cuidados; Razón , entremos en cuenta, Pues que solo me han dejado. Cuando al campo salí ayer, Me hizo Palermo el aplauso Que a su rey natural debe; Y cuando estuve en el campo, Me respetaron por rey Cazadores criados. Entré en el baño; ojalá No hubiera en el baño entrado, Pues fue golfo de veneno, Si no de ponzoña lago, Adonde nueva Medea introdujo sus encantos. rey Federico entré en él, Pues todos lo confirmaron; Pero cuando del salí, - A mis criados llamando, No pareció mi vestido Ni tampoco mis criados. Doy voces, nadie responde, Irriteme, blasfemando Del mismo Dios; cuando un niño, Que salió de entre unos ramos, Me reprehende severo. Pero ¿para qué me canso En traer a la memoria Los desprecios de Lisandro, Las sinrazones del Duque, Las necedades de Bato, Afirmando que soy loco, Siendo su rey soberano? En fin, yo entré por las puertas De Palermo, en un caballo, Sin que nobles y plebeyos Me hiciesen el agasajo Y cortés acatamiento Que a su rey debe un vasallo. Llego a palacio, y sabiendo La Reina cómo he llegado, No me sale a recibir, Ni Laura, aquel dueño ingrato; Que de todas mis desdichas Ninguna he sentido tanto. Pues cuando la mujer propia Desprecia a su esposo, y cuando La dama tributa olvidos A su mismo rey, son casos, Que, a no afirmar que estoy loco Después que salí del baño, Dijera bien que ellos solos La locura me han causado. Mandar luego que no entre, Aunque lo intenté, en mi cuarto, Cerrarme todos las puertas, Dejarme por guarda a Bato, Un rústico labrador, Todos son indicios claros De que, ya cansado el cielo, Me ha dejado de su mano, Y que aquel prolijo sueño Fue verdadero, y no falso; Si bien yo no he de creerlo Hasta que Dios, más templado Conmigo, lo manifieste En un prodigio o milagro; Aunque su verdad, sin duda, Me dice en avisos tantos. Pero, con todo, yo mismo He de ver mi desengaño. Aquí ha de estar un espejo De armar, cristalino y claro, Donde me vi muchas veces; Miraré si estoy trocado Mi rostro en él, si mi talle No es tan perfecto y bizarro Como solía, siquiera Por desmentir tantos labios Venenosos, que me están El decoro inficionando; Porque solo esta experiencia A mis dudas le ha faltado; Mas antes que, sumiller, De su cristal y sus marcos Llegue a correr la cortina, Le he de informar de mi agravio. Y pues verdad siempre dice, De lisonjas no me valgo En esta ocasión, aunque Tanto de ellas me he pagado; Porque a quien verdad observa, La lisonja es desacato. Solo al cristal pediré, En sus verdades fundado, En sus rectitudes cierto, Que antes que pronuncie el fallo De mi muerte o de mi vida, Mire con piedad mis años, Con decoro mi corona, Con atención este caso; Porque acabe de creer Mis dudosos embarazos, Que no soy ya Federico Y que estoy de juicio falto. Lámina breve, en quien mi pecho intenta Ver la sentencia de mi vida o muerte; Golfo dudoso, adonde, si se advierte, He de hallar mi bonanza o mi tormenta. Cristalina verdad, que representa Al hombre en el teatro de la suerte Una y otra fortuna, y se convierte Toda en el hombre, de lisonja exenta. Tengo aliento y temor y extraño espanto, Pues ver mi mal o bien en ti es preciso, Por descifrar las dudas de un engaño. Manifiéstale ya tu claro aviso, Y sea más piadoso el desengaño Que el que en otro cristal lloró Narciso. Pero ¿qué es esto, cielos inhumanos? No han sido ¡ay triste! mis recelos vanos. ¿Qué rostro es el que veo; pálido , flaco, macilento y feo? ¡Qué horrible ceño! qué vision extraña Ya digo que Palermo no se engaña ; Ya disculpo ay de mí! los que decían Que a mi rostro y mi voz no conocían. En bruto trasformado Me tiene mi desdicha o mi pecado; Iba a decirlo, más callarlo quiero, Que no es bien que lo crea, aunque lo infiero. Cristal que la verdad a todos dices, Esta vez, por mi mal, te contradices; Yo soy el rey, el mundo bien lo sabe; Pues ¿cómo ahora de mi aspecto grave Las facciones desmientes? Cómo la verdad callas? Mientes, mientes. ¿Así intentas que yo tu verdad crea? Dispón que en ella a mi contrario vea ; Si no, diré, si aquí no te provoco, Que soy el cuerdo yo, y tú eres el loco. ¡Oh, cuánto un pecador le cuesta, oh cuánto, A Dios piadoso, justiciero y santo Pues el cristal contempla divertido, Y en él se ha visto ya desconocido; Con insignias de rey pretendo ahora Que así se vea en mí, ya que se ignora; En el cristal intento estar visible, Pero en las demás partes invisible. ¿Quién es el robador de mi corona, sustituto civil de mi persona, A quien Palermo aclama, Usurpándome el nombre, honor y fama? Ahora le verás, que paso a paso Cerca de ti me voy. Terrible caso Mas ay cielo! ¿qué miro? Ya su retrato en el cristal admiro! Ahora sí, cristal, puedo llamarte Verdadero. Retírome a esta parte. Mi forma me usurpó, ¡qué tropelía Vuelvo a mirarle. Poco la alegría En mi pecho ha durado; Sin duda que este espejo está encantado; Ya no parece en él, ni en esta sala Hay más que yo; ¡qué desventura iguala A la mía volverá verlo intento, Sabré si fue ilusión del pensamiento. Pero segunda vez vuelvo a mirarle Con mi rostro, corona, brío y talle.— Encantador tirano, espera un poco.— No hay duda; cielos, yo me vuelvo loco! ¡Oh, quién pudiera unirse con sus brazos, Y hacerle entre los míos mil pedazos ¡Que fortuna me dé, siempre envidiosa, desdicha real, la dicha mentirosa! Mas, pues constante, no hace movimiento, Desafiarle intento; Porque, aunque en sombra veo mi contrario, Nunca será juicio temerario, Que yo le rete aquí, pues mi desvelo Cumple con esto con la ley del duelo, Supuesto que a mi agravio de esta suerte No puedo hallarle para darle muerte. Pues me usurpaste la corona y brío, Hoy te reto y te llamo a desafío; Mentido Rey, responde si le aceptas, Pues tanto me fatigas y me inquietas; Que sí con la cabeza has respondido; ¿Cumplirás lo que aquí me has prometido? Ya también con la seña lo asegura. Pues vete ahora, y defender procura Tu corona de mí. Ya no parece; Al paso de la duda el temor crece. Una joya en el pecho me ha quedado, Que de tantas fortunas me han dejado; Sobre ella haré me preste algún vasallo Espada y banda, armas y caballo.— Ulises burlador, espera, espera Que baje un rayo de la quinta esfera, Y si tu brazo Dios no mueve, en vano Te escaparás de mi invencible mano; Pues ya conozco que si Dios te ampara, Aun no podré mirarte cara a cara. Ya parece que tratas de enmendarte. Tenga yo, cielos, en su enmienda parte, Al desafío he de salir; que infiero Que ha de ser este el medio verdadero Para que reconozca su pecado Cuando a mis pies se vea derribado; Y si el perdón aclama arrepentido, Quedará vencedor, siendo vencido. Esta música me advierte Que ya esta fiesta acabaron; Pasaré desde esta cuadra Al salón grande, y dejando Estas insignias de rey, Les podré salir al paso. ¡Viva Federico! ¡Viva! Viva el rey de sicilianos, Pues, cual Fénix, entre aromas Las plumas ha renovado. Decid que viva mi esposo Felices y largos años. Leales vasallos míos, Mucho agradezco el aplauso Que me hacéis, mucho el festejo; Yo os prometo de premiaros; Pero si de mi gobierno Estáis satisfechos tanto, Cuanto de mis sinrazones Estuvisteis agraviados, Désele al cielo la gloria, Mas no a mí, fieles vasallos, Pues un rey agradecido Supo hacer de un rey ingrato. Esposo, Señor, ¿qué es esto? ¿Ahora tan retirado, Cuando Palermo os aclama En festivos aparatos? Federico invicto, ahora Que os está el pueblo aclamando Salomón de nuestros tiempos, ¿Os estáis en vuestro cuarto? Señor, ¿tan grande retiro? Señor, ¿desprecio tan raro? No ocultéis vuestra persona. No ostentéis tanto recato. No malogréis sus designios. No ofendáis sus agasajos. Ved que un rey agradecido Es del pueblo espejo claro. Ved que un rey es sol que ilustra Todo un reino con sus rayos. El sol de Sicilia sois, Y alma de todos sus campos. Ved que a su reino es un rey Lo que a un paje hambriento un plato lo que a una dueña un monjil, Y a un poeta muchos cuartos. Esposa, reina y señora, Laura, Lisandro, admiraros No es justo de mi retiro, Porque aunque juzgáis que he estado Ausente, siempre presente, Vuestros afectos mirando Estoy, y de todo el reino, Sin que me cause embarazo La distancia; que el amor Que dentro en mi pecho guardo A las ciencias que aprendí, Eso me han facilitado; Ya sé, Laura, que esta tarde Al Duque estuviste hablando Desde un balcón del terrero, Y que la Reina y Lisandro Tratan de tu casamiento Con el Duque, y no me espanto, Si hoy será su esposa Laura; Porque ya en mí se acabaron Todas aquellas finezas, Que viste en tiempos pasados. ¡Señor (¿Quién se lo habrá dicho?) No, no tenéis que asustaros.— Esposa, Lisandro amigo, Hoy dará Laura la mano Al Duque. Tus plantas beso. Merezca, esposo, tus brazos. Vuestro soy y lo he de ser; Que el amor que me enseñaron Es en carácter impreso; Y así, no puedo borrarlo. Si el buen rey del cielo viene, Este del cielo ha bajado. De un ángel sin duda es todo Cuanto ha dicho y cuanto ha hablado. Hoy se ha vuelto zahorí El que ayer fue topo malo; Yo apostaré que las tripas, Hígado, bofes y bazo Me está penetrando ahora; Pero ¿qué temo? qué aguardo? Hablarle intento. ¿Moscón? Gran señor, muy olvidado Vuestra majestad me tiene, Pues ya en los nidos de hogaño No hay pájaros; ¿qué se han hecho, Señor, tantos favorazos Como solías hacerme? Ya estoy en otro trocado. ¿A mí, que al juego del hombre Siempre te seguí de ganso, Me tratas de esa manera? De bufones no me pago. Yo, que fui perro ventor De amor en la caza y galgo, Que las perdices y liebres Te las traía a la mano, posible que merezca esos desvíos? Bellaco, Calla los errores míos, Pues que yo los tuyos callo.— Denle una ración, y aprenda Algún oficio entre tanto; Pero, si no le aprendiere, Vaya a galeras. (San Franco De Sena sea conmigo, Pues el comer me han quitado.) Aprended, flores, de mí; Bufones, con todos hablo. Federico generoso, Nunca he entendido hasta aquí, Viendo triunfo tan glorioso, Lo que es el ser rey; y así, Hoy te juzgo el más dichoso, Hoy con exceso se abona Lo grande de tu corona; Desde hoy temerán tu espada Desde la Alemania helada Hasta la Tórrida Zona; El oro, a quien avarienta Guarda en sus cofres la tierra, Siendo de sí misma afrenta, Por no hacer al mundo guerra, Hoy a tus pies se presenta; Los diamantes, que centellas Son o pedazos de estrellas, Hijos bizarros del sol, Por ilustrar su arrebol, Hoy son alfombra a tus huellas; Lo que más llegué a admirar Fue tanto monte de abeto Que en sus hombros sufre el mar, Y a quien tienen tan sujeto, Que aún no se puede quejar; Caballos son de madera, Pues cada cual (si se altera Neptuno, que en ondas crece) Domado bruto parece Castigado en la carrera; Y aunque del Euro y el Noto Se ven tal vez oprimidos, Despreciado el alboroto, Siempre guardan entendidos Las ideas del piloto; Las galeras, que suaves Son a las ondas más graves, Tan veloces discurrían, Que a la vista parecían Del mar voladoras aves; Los pintados gallardetes, Que eran del viento copetes, Formaban entre arreboles Fatigados tornasoles, Volátiles ramilletes; Asustaba de manera El estruendo de los tiros, Que asombraba la ribera; El fuego en ardientes giros Asaltó la cuarta esfera; Los príncipes y señores De Sicilia, los mayores Que en la sortija se hallaron, En la destreza mostraron De su sangre los primores; El que más diestro lució, De toda jactancia falto, Y los premios se llevó, Fue el gran duque de Montalto, Príncipe de Paternó; Sobre el sombrero llevaba Toda una selva de plumas, Que al viento lisonjeaba, En un bruto que nadaba Por el mar de sus espumas; Y el caballo, cuya piel La de un tigre parecía, En lo brioso y lo fiel Parece que conocía Quién iba montado en él; Pues castigado del arte, Tanto el freno le sujeta, Tanto lo diestro reparte, Que es un monte si se quieta, Y es un rayo cuando parte; Como se templa y se irrita, Equivocado parece, En la destreza, que imita, Que la espuela le entorpece y el bocado le agilita; Pues tan a compás corvetas Formaba el bruto al estruendo De las cajas y trompetas, Que me pareció que haciendo Iba en el aire floretas; Con tal destreza blandía Su heroica mano la lanza, Que de ella un círculo hacía, Dando el pueblo en su alabanza Mil vítores de alegría; Su hijo, Adonis galán, Que es conde de Cartagena, A quien el lauro le dan, Salió airoso a la jineta En un tostado alazán; Era el bruto ardiente rayo, Parto del Andalucía, En la firmeza Moncayo, Y su frente parecía De plumajes todo un mayo. Tan atento discurrió El Conde, que con verdad Muy bien puedo decir yo Que más de una voluntad Con la sortija llevó; Quedaron absortos todos De ver en tan pocos años Todo el valor de los godos; Y así, los propios y extraños Le aclaman por varios modos; No hay príncipe más lucido, Más afable y más querido, Más liberal y cortés; Que en efecto en todo es A su padre parecido; El de Terranova vi, Bizarro, fuerte español, En un bayo, que creí Que, a ser codicioso el sol, Le quisiera para sí; Pero anduvo desgraciado, Porque al pasar la carrera, El caballo, alborotado, Hizo que a la breve esfera No tocase el fresno herrado; De Castilla el almirante, Señor de Módica, fue El que lucido y triunfante Mostró la lealtad y fe Que a su rey tiene constante; En un picazo, que al viento Parece que desafía, Entró bizarro y contento El bruto, porque tenía El nombre de pensamiento; Lo demás, por no cansarte, En silencio dejaré; Solo digo en esta parte Que cada cual de ellos fue Hijo de Palas y Marte; Callarlo es consejo sabio, Porque no les hago agravio, Pues puede su relación Caber en la admiración, Mas no caber en el labio. De vestidos y bordados No te alabo los primores, Pues advierten mis cuidados Que en ser de tales señores, Ellos se están alabados; En fin, bien puedes tener En tu reino confianza Desde ahora, pues el ver En ti, Señor, tal mudanza, Su mudanza viene a ser. Estimo la relación, Y Palermo no se admire Que a su aplauso me retire, Y más en esta ocasión; Porque de un buen rey arguyo, En el pesar o el placer, Para todos ha de ser, Pero nunca ha de ser suyo; Nadie tiene menos parte En sí que un rey. Es así. Pues todo fuera de sí, Sin saber de sí se parte; Por lo cual alabo yo A una entendida persona Que, viendo la real corona En el suelo, no la alzó, Diciendo: «Aquel te levante Que tu peso no conoce.» Tal príncipe el reino goce Por tiempo que al tiempo espante. No entiendo el estilo avaro Del Rey, aunque lo procuro: Con los demás habla oscuro Pero conmigo muy claro; Y no es este desatino, Pues que pretende quitarme El comer, y esto es hablarme Pan por pan, vino por vino. Guarda el loco. Al desafío. Guarda el loco, que va al duelo. Mas ¿qué es esto? Qué rumor Es el que embaraza el viento En el patio de palacio? A saber lo voy. Teneos; Que la causa ya la sé. ¡Que ya la sabe tan presto! Aunque este rey me ha entendido, Por Cristo, que no le entiendo. Tiéneme desafiado Cierto príncipe encubierto. Yo apostaré que es el loco Que de la aldea trajeron. Linda fiesta! Y me es forzoso Cumplir con la ley del duelo; Que, aunque afirman que está loco, Me quiere quitar el reino. Dame un peto y espaldar, Que en esa cuadra de adentro Le hallaréis. Ya voy por él. Esposo, Señor, ¿qué es esto? ¿Vos batalla con un loco? No discurría de vos eso. ¿Qué es esto? ¿Vos desafío? No temo, Laura, los riesgos. Por vos saldré a la batalla. ¿Qué batalla o qué embeleco? Que es un pobre mal trapillo. Eso no es de caballeros, Pues fuera gran cobardía El no reñir por mi mesmo. Aquí están, Señor, las armas; Mas siento que a tanto empeño Pueda obligaros un loco. Duque, no puede ser menos; La causa sabrás después. Armadme, Duque, y sea presto; Que el rumor se va acercando. ¿Es posible que no puedo disuadiros? No es posible Que pueda obedeceros; Que hay en este desafío Oculto un grande misterio. Federico es todo enigmas. Que no le alcanzo confieso. Desde esa ventana baja, Que está cercana al terrero, Veréis, Señora, con Laura, de esta batalla el suceso, Que será feliz sin duda. Así del cielo lo espero. Vamos, Laura. Ya te sigo; Alguna desdicha temo. ¡Que haya venido este loco A estorbar mi casamiento! Algún prodigio se aguarda. Sin duda no la merezco. Si gusta tu majestad, Los dos padrinos seremos. No he menester más padrinos Que la justicia que tengo. Entrad; que por esta puerta Salimos luego al terrero. Palermo está alborotada, Y ya a mi contrario veo, Que hacia nosotros se viene; Hoy se ha de ver un portento. Ya descubro en la palestra A mi esposo. Y todo el pueblo Ha concurrido, admirado De ver tan nuevo suceso. Ya llega. Bizarro viene. Permitid, Autor supremo, Que este Luzbel atrevido Pida perdón de sus yerros. Rey intruso, rey fantasma, Que te precias de hechicero, Pues tu persona no he visto Sino es en sombras o en sueños; Tirano de mis acciones, Ladrón de mis pensamientos, Usurpador de mi honra Y escándalo de mi reino; Tú, que, gerifalte altivo, Siendo gavilán ratero, Mi corona arrebataste Con rapantes instrumentos, Oye mi verdad ahora, Y advierte que no pretendo Declararte con palabras, Sino con obras, mis hechos; Ya sabes que en la palestra Cristalina de un espejo, Breve campaña de luces, Corto espacio de reflejos, Te llamé noble y valiente, Y te persuadí severo A este campal desafío, Como se ve, cuerpo a cuerpo; Por señas el sí me diste, Y ya veo que fue cierto, Pues con tan bizarros bríos En la palestra te veo; Confieso que desde ahora Mayor envidia te tengo, Pues muy bien ser rey merece Quien sabe cumplir un duelo; Previénete a la batalla, Pues que ya permite el tiempo Que se descubran engaños De fingidos devaneos, En cuyo circo sin duda Entrambos a dos veremos, Yo, si es mío tu valor, Tú, si el mío es tuyo mesmo; Segunda vez te provoco Y con verdad te prometo, Que al ver real tu persona, He tenido algún recelo; Y a ser capaz de temor Mi siempre invencible pecho, Dijera en esta ocasión Que me has infundido miedo. Y por Dios, a quien parece Que ya humilde reverencio, Después que un cuerpo te admiro, Que enfrenara mis intentos, Si no creyera que el mundo, Si no viera que mi reino Me ha de imputar de cobarde Después de tantos trofeos; Y fuera gran cobardía, Si con valeroso esfuerzo Lo confirmara mi lengua, No lo afirmara mi acero. Desmonta ya del caballo; Que, aunque tu estilo agradezco, También veo que te importa Que este duelo no dejemos. Tenme el caballo. Sin duda Que este loco es del infierno, Ya que estás abigarradas Me han matado, y no me han muerto. Veloz desmonta. Su brío No es, no, de humilde sujeto. Mi vida de un hilo pende. Y la mía de un cabello. Gran cortesía ha mostrado. Yo por loco no le tengo; Que alabar al enemigo, Parece malo y es bueno. Pues en la estacada estamos, Suene el bélico instrumento. Saca la espada, que ya La mía también prevengo, Y guárdate de mi furia. Eso a ti te lo aconsejo. Gran pulso: ¡Valiente brazo! En vano herirle pretendo. Airosamente batallan! ¡Qué bien riñen! ¡Por extremo! Valor el loco ha mostrado. ¡Ay, Laura! a mi esposo temo. Herirme intentas en vano. ¿Qué será, que, aunque lo intento, no puede hallarle mi espada, Y solo acuchillo el viento? Mas ay de mí, que he caído! Para que sea tu cuello El alfombra de mis pies, «¿Quién como Dios?» di, soberbio. Piedad, campeón valiente, Piedad, heroico mancebo; Porque no sé qué en ti admiro, No sé qué en tu espada advierto, Que rayos ardientes vibra Contra mí. ¿Qué sientes de eso? Siento que el brazo de Dios, A quien, perjuro y blasfemo, Negué tantas veces, es El que me castigó; y siento Que eres tú ministro suyo. Pídele perdón, que es cierto; Que pues te ha sufrido malo, También sabrá hacerte bueno. Si hasta aquí no le adoré, Ahora le adoro y creo, Y en su defensa y verdad Perderé mi vida y reino. Sus preceptos guardaré, Reedificaré sus templos, Que por mi culpa han estado Profanados y deshechos. ¿Así lo prometes? Sí. (Y yo, que lince penetro Su corazón, reconozco Que es verdadero su efecto.) Levanta ahora a mis brazos. — Sicilianos, caballeros, Príncipes, grandes, señores, Senadores y plebeyos, El arcángel Miguel soy, Que, por divino decreto Del que es Motor soberano, Bajé a ejercer el gobierno De Sicilia, lastimado Su amor de ver los excesos, Las injusticias, los daños De Federico soberbio. Mudé su forma en el baño, La suya tomé, queriendo Dios mostrarle de esta suerte De su gran poder lo inmenso. Lo que ha pasado habéis visto, Ahora admirad de nuevo Lo que veréis; a su forma Ya segunda vez le he vuelto; Quitadle ahora las armas. Gran prodigio! ¡Gran portento! Este es vuestro rey, y este Gobernará el reino vuestro, Tan otro de aquí adelante, Que a los demás sea ejemplo. Besadle todos la mano, Y reconoced atentos Que en los mayores conflictos El buen rey viene del cielo. Esposo. Reina y señora, Vasallos y compañeros. Ya todos te veneramos. Ya todos te obedecemos. Yo pienso que estó dormido. Yo que estoy soñando pienso. Quedad en paz, sicilianos; Porque al alcázar supremo Me vuelvo del Trino y Uno; Y aunque me voy, no me ausento; Que con vos siempre estaré, Porque veáis en mi ejemplo Que el buen rey del cielo viene. Así todos lo creemos. Como un pájaro voló. Ya surca el golfo del viento Gran día! Felice suerte! Sepa el mundo este suceso. Laura, tu esposo es el Duque. Soy tu esclava. Tus pies beso. Mi camarero mayor, Levantad. ¡Qué lindo es esto Y a mi privado Lisandro Yo le daré muchos premios. Laura, por mi cuenta corren De hoy más tus muchos aumentos. Yo me voy a mi alquería A colgar estos greguescos, Para que sirvan a Judas Los jueves del prendimiento. Yo me voy a meter fraile; Que en fin allí comeremos. Decid que mi esposo viva. Viva por siglos eternos. Teniendo aquí fin dichoso Este caso verdadero.
