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Texto digital de El defensor del Peñón

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Juan Bautista Diamante
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Juan Bautista Diamante Segura
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Comedia
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Cita sugerida

Velasco, Adrián. Texto digital de El defensor del Peñón. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/defensor-del-penon-el.

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EL DEFENSOR DEL PEÑÓN

JORNADA PRIMERA

Esta es famoso Avenzayde  de Vélez de la Gomera  la infeliz reliquia, esta es  del Peñón la fortaleza. Y añade, que esta es, o Tarfe  violenta caja de aquella  perla, de África, y del mundo,  cárcel de la Primavera,  engace de todo el Sol,  nácar de la Aurora bella,  que mereciendo a Jarifa,  aunque violentada sea,  es caja, prisión, y engace  de Sol, de Aurora, y de perla. Y si permitir Mahoma  descubrirnos centinelas,  para mí estar el infierno,  que me remper el cabeza. A que adelantados, pues  de tus Moriscas hileras,  fiado de mi amistad,  y de tu valor, intentas,  que al Peñón te acerque, y ya  que registras sus almenas   con la poca claridad,  que la escasa luz dispensa,  porque mudo en la intención  no me participas de ella. Ay Tarfe amigo, que como  es de tan rara extrañeza  el suceso de mi mal,  no admiro que no le entiendas.  Pero lo que extraño Tarfe,  es, que no te diesen señas  de ser de amor mis tormentos,  aunque no de amor mis quejas;  porque soy tan infeliz,  que al paso que se le estrecha  a mi alivio la esperanza,  no puedo quejarme de ella. Ni te entiendo, ni presumo  que aquí a propósito venga  la conversación de amor. Antes que Cristianos legas  enviarnos a noramalas,  andamos a norabuenas. Porque no presumas Tarfe,  que es liviandad, y no deuda  la de mi venida, haré   que fácilmente lo entiendas.  Yo amigo a las largas marcho,  que oíste a mi diligencia,  desde Alcasagran, mi patria,  cuya Ascaydia es mi herencia.  Llegué a vista del Peñón  con diez mil Moros de guerra  infantes, y cuatro mil  jinetes, cuyas soberbias  yeguas, si las que son vientos  merecen nombres de yeguas.  Con tanto dominio pisan  el suelo cuando le huellan,  que parece que avasallan  el distrito que pasean.  Tan presumidas de nobles,  que atendiendo a su limpieza,  porque el polvo, que ocasionan  no les manche la pureza.  Si sus clines le levantan,  con sus espumas le anegan.  Con tu gente incorporadas,  como sabes, en la sierra  de Raban hicieron alto  hoy mis lunadas banderas,   que mi intento es destruir  esta defendida fuerza  de desnudos tigres de hombres  con semejanza de fieras.  No es dudable, más lo es  el motivo que me alienta  a su ruina infelice,  pues aunque bastante sea  el del odio natural,  que en nuestras naciones reina,  y a este añadido después  el de ver que se sustenta  a pesar de África toda  esta injuria de la seta  Mahometana, este lunar  de la Morisca belleza:  no es ninguna de estas causas,  aunque tan forzosas eran  la que me mueve animoso,  la que osado me violenta,  la que noble me convida,  y la que me obliga ciega.  Mas poder tiene, mayor  dominio, ay Tarfe! granjea  la razón que me apasiona,   y el dolor que me atormenta.  Y supuesto que lo ignoras,  oye, para que lo sepas,  y salva tú la objeción  de hablar en estas materias  en lugar tan peligroso,  con saber que no se acuerda  el amor de los peligros;  pues no hay quien ame, que tema.  Desde mis más tiernos años  alistado en las opuestas  banderas de amor, y Marte  curse las varias escuelas  de rendimientos, y horrores,  de halagos, y de violencias,  reduciendo a una opinión  las dos discordes sentencias  de que haya ternura airada,  y enamorada fiereza.  En Alcasagran vi un día,  y no te digo que fuera  mejor, no haber visto Tarfe,  que es muy cobarde de penas  quien preferir quiere amando  a su amor su conveniencia,   porque hay penas tan divinas,  que es culpa no padecerlas.  Vi al Sol, pero vi a Jarifa,  que para decir cuál sea  su divina perfección  no hay más frase que ella misma.  Rendido a su cielo, en fin,  por ir zanjando molestas  digresiones de suspiros,  de llantos, y diligencia,  que unas despreciadas, y otras  admitidas, todas cesan  en saber que le reducen  a glorias de amor las penas.  Pasare, hay de mí! infelice  a la mayor la más fiera  angustia, el más grave mal,  que los rigores acuerdan,  pues no igualan mis tormentos,  aunque los suyos padezcan,  Tántalo a la boca el agua,  Sísifo al hombro la peña.  Era ya Jarifa mía,  porque lo decía ella.  que no hay más seguridad   en las mujeres de prendas.  Era ya mi esposa, hay triste!  no sé cómo lo refiera  que se pasman la palabras  entre el afecto, y la lengua.  Cuando acabamos desdichas,  que no hay razón de que sea  al resistiros de bronce,  y al pronunciaros de cera!  Cuando una tarde Tarifa,  con algunas Moras bellas  de ese vecino castillo,  a quien su padre gobierna;  salió al campo disfrazada,  y divertida en la fiesta  se apartó tanto del muro,  que dio en las manos soberbias  de unos Cristianos, que entonces  iban a correr la tierra:  esclavo hicieron al día,  y fue tanta la terneza  de ver padecer al Sol,  que lloraron las estrellas.  Vistióse el cielo de luto,  fuera sentimiento, o fuera   sujetarse a padecer  los eclipses de la tierra.  Tuve la nueva infelice  de esta infelice tragedia  en Alcasagran, adonde  lloraba entonces su ausencia.  Déjote de encarecer,  temiendo que no lo creas,  mi dolor, porque sentir  adversidad como esta,  y tener vida, parece  imposible que suceda;  pues no todos saben, Tarfe,  que de la propia manera  que un gusto quita la vida,  un disgusto la alimenta,  que hay venenos tan crueles,  que por no perder la esencia  de su efecto, en no matar  logran su naturaleza.  Bien parecerá, que cuando  la fortuna, tan severa  se muestra en mis ultrajes,  no permitiría fiera,  ni un resquicio de consuelo   para reparar mis quejas:  pero no fue así, pues dando  a su curso toda entera  la vuelta de su voluble,  de su nunca fija rueda,  con el extremo infelice  de su adversidad molesta,  de la divina Jarifa,  llegó a la esclavitud bella.  Y como era preciso,  que desde la cumbre excelsa  de la desdicha, bajando  hacia la ventura fuera  declinó la suerte ingrata,  en que ya que prisionera  fue Jarifa como esclava,  como dama no lo fuera.  Porque el varonil adorno,  que entonces su disfraz era,  aunque no su esclavitud,  fingió su naturaleza.  Dirásme, que este recurso  es frágil en tan inmensa  tropelía de desgracias,  y responder será fuerza:   que si el filo de una espada  ase el triste que se anega,  y por reparo le tiene,  no será mucho que tenga  yo por consuelo el ahorro  de mis celos; pues si viera  el más bárbaro a Jarifa,  y su beldad conociera,  era preciso adorarla;  y también por consecuencia  forzoso matarme a mí,  pues bastara a mi fineza,  que otro amor la deseara,  para que yo me muriera.  Con este afán, y el discurso  de ver cuán humilde fuera  la intención de rescatarla  a valor que no tuviera  mi sangre en su estimación,  pues no basta cuanto encierra  el mar, cuanto engendra el Sol,  ni cuanto esconde la tierra  en pardas grutas, en blancas  conchas, y en doradas venas,  para apreciar la menor   perfección de su belleza,  si donde todo es tan mucho,  hay algo que menos sea,  sabiendo que era el Peñón  de su luz humilde esfera,  custodia de su albedrío,  prisión de su gentileza.  Con enamoradas ansias,  y con piadosas ternezas,  junté cuanto Moro ciñe  alfanje, y lance maneja,  y a ti entre todos, o Tarfe,  para que instrumento seas  de restituir al mundo  las luces que le hermosean  a las rosas la fragancia,  la vida a las azucenas,  el matiz a los claveles,  la perfección a las perlas,  el ámbar a los jazmines,  el candor a las mosquetas,  risa a las sonoras fuentes,  voz a las aves parleras,  y a mí el alma que me anima,  y la vida que me alienta.   Arda, pues, el Peñón, ardan  al incendio que congelan  mis penas enamoradas  sus defendidas almenas.  Y pues solo de saber  te falta, cual Tarfe sea  la intención de adelantarme  de mi gente es la fineza  de mi amor, con dos intentos,  el primero, de que vean  mis tristes cansados ojos,  las paredes que rodean  el simulacro que adoro,  y consolarme con ellas;  y es el segundo advertir  en la muralla soberbia  por donde pueda asaltar  su temida fortaleza.  Esta es Tarfe valeroso  la razón que me violenta,  la causa que me ocasiona,  y el empeño que me fuerza.  Tú, pues eres noble, allá  contigo, mira si es deuda  para obligación tan grande,   demostración tan pequeña.  Si eres amante, discurre  lo que el amor aconseja:  pues eres valiente, nota  lo que el pundonor ordena,  mientras yo resuelto, firme.  amante, y rendido, en muestra  de mi obligación, consagro  al dueño que la sustenta  desvelos, cuidados, ansias,  riesgos, peligros, ofensas,  temores, sustos, desmayos,  osadías, y violencias;  pues a pesar de Mahoma,  si en estorbarlo se empeña,  o he de librar a Jarifa,  o morir en la contienda. Quien sin saber la razón  de tu empeño, con tan ciega  obediencia se dispuso  al peligro de tu empresa.  Claro está, que averiguando  Avenzayde, cuanto sea  precisa tu obligación,  no podrá faltarte a ella.   Pero también es verdad,  que si te aventuras yerras,  no solo el fin de librar  a Jarifa de la fiera  esclavitud que la oprime,  sino la esperanza misma,  pues tu perdido, no hay como  su libertad forma tenga.  Y así soy de parecer,  que en sola esta noche arriesgas  el precio de muchos logros. Bien veo que me aconsejas  la verdad, pero es Jarifa  mi vida, y estoy sin ella. Echamos corer sonior,  que me parece que lega  mucho gentes Cristianilie. Como puede ser que ceda  del intento de adorar  estas paredes, si en ellas  está el templo de Jarifa,  pues creo que me dijera  el alma a verme volver,  sin reverenciar si quiera  el lugar que la merece   divina, aunque prisionera. La sin ventura, Jarifa,  hija del noble Zulema,  olvidada de Avenzayde,  gime amante, y llora presa. No hagas Poca Ropa ruido,  que quiero desde más cerca  ver si entiendo lo que hablan  estos Moros.                               Pues no fuera  mejor ir descalabrando? Muy valiente estás, sosiega,  que tiempo habrá para todo. De cuándo acá usté con flema? En una injusta prisión  dos veces cautiva, pena  ofensas de su fortuna,  y agravios de su fineza. Ay Tarfe! quién podrá oír,  a quién, hay de mí! se queja  tan tiernamente, que a un tiempo  agasaja, y atormenta. Como?                               Como aquella voz  es de Jarifa, no creas   dulce acento, que me acusas  en mi constancia tibieza,  cree en mi ventura desgracia;  pero no en mi amor ofensa,  tú tienes presa la vida,  y yo tengo el alma presa;  de hierro son tus prisiones,  de desdichas mis cadenas,  mi bien oye a quien te adora. Cómo es posible que pueda  tanto una pasión, que olvide  a un hombre de tu prudencia  de la razón?                               Con saber  que aquí es razón no tenerla. Mira Avenzaide.                               Ay de mí!  déjame morir de aquella  voz, que injustamente agravia  lo mismo que lisonjea:  pues cuando de oírla vivo,  muero de saber que sea,  donde quejosa la escucho,  añadiéndose a mis penas  sus desconfianza, pues   dice cuando se lamenta. La sin ventura Jarifa,  hija del noble Zulema,  olvidada de Avenzaide  gime amante, y llora presa. Y supuesto que ya sobran  a vista de esta inclemencia  de amor, prevenciones sabias,  y sagaces advertencias,  pues donde obra la cordura,  se aventura la fineza.  Parte Tarfe valeroso,  y conduce mis hileras  mientras con sombras la noche  tiene las luces suspensas,  que yo en este propio sitio  te aguardaré, porque vea  el Sol en su hermoso Oriente  la satisfacción entera,  que da mi amor de mi amor.  Y pues ya no hay donde quepan  sabios consejos, o Tarfe,  no hay para que te detengas,  parte en las veloces alas  de mi corazón ya llegas,   ya mis Moros acaudillas,  ya con sus tropas te acercas,  ya la fortaleza asalto,  ya corono sus almenas,  ya llego a la injusta cárcel,  ya saco a mi dueño de ella,  ya en sus brazos me recibe,  ya me abraso en sus estrellas,  ya mis ternezas la obligan,  ya sus halagos me templan,  y ya Tarfe estoy sin alma  de ver que esto no sucede. A resolución tan grande  responderte será fuerza,  que donde tú te perdieres  no importa que yo me pierda. Sígueme Amete, que quiero,  dando a este muro la vuelta  ver, si quiere mi fortuna,  que al dueño de esta voz vea. No poder andar de miedo. Mira que se van. Espera, que pues volver por aquí  es preciso, y en mi es deuda  guardar este puesto, cuando   den Poca ropa la vuelta. Si no lo remedia Dios  los pondrá de vuelta, y media.  Oyó lo que hablaban?                               No,  aunque algunas voces tiernas,  que comenzando en palabras,  se remataban en quejas,  pudieron darme a entender,  que era de amor la contienda  y sentiré si es así,  porque sé lo que atormenta,  amor darles más castigo  del que tienen en su pena,  aunque no hallo en el Peñón  cautiva que les merezca  el peligro en que se ponen. Mire, estos son unas bestias,  que no miran gollorías;  y en buena fe, si se acuerda,  que aquel morillo cantor  tiene una cara de perlas,  una boca de alfeñique,  y unas manos de manteca. Y qué tenemos con eso?  Que puede ser que no sea  Moro.                     Sino qué?                               Morillo  de la propia chimenea  de la cocina de amor,  donde las almas se tuestan. El Moro que se apartó  no vuelve?                               Y de eso le pesa,  mejor no nos avendremos  con dos, que con tres? Que tenga  un hombre de bien tan poco  valor, que al número atienda  de diez Moros masa menos.  Y que tantas experiencias  como ha tenido de mí  el recelo, no le venzan,  cuando sabe que si Dios,  como pudo hacer hiciera  de las arenas que piso  armados Moros de guerra,  sobre sus rojos bonetes,  aunque innumerables fueran   los pies estampara, como  los estampo en las arenas. Mire, obras de Dios  son todas, Iván Gómez. De qué manera? Dios que cría los leones,  cría también las ovejas.  Y yo que no soy soberbio,  hablando verdad, quisiera  de etos dos Moros el humo,  porque me tuviera cuenta  con estos calzones, pues  cada mañana me cuestan  cuatro horas para ajustar  el lugar de cada pieza.  Saber cuál es el envés,  o el haz, que aunque en esta ciencia  estudio todos los días,  nunca acabo de saberla. Y para tanto trabajo  no te parece que fuera  mejor tener dos?                               Si amigo,  pues a menos les cupiera. Pues ahí están esos Moros,   no hay sino con gentileza  llegar, y apresarlos, puesto  que la ocasión los presenta. Mira Iván Gómez? Señor Poca Ropa, la llaneza  parece bien entre iguales,  sírvale esto de advertencia,  y cada oveja, pues sabe,  que lo es, aunque mejor fuera  no haberlo sabido, trate  igualdad con su pareja,  que a mí no me habla de tú,  notando la diferencia  que hay de mi valor a todos,  sino la hermosa Marcela  a quien me rindió el amor  emboscando las estrellas  de sus ojos, en el bosque  de sus pestañas esperas. Este fue amor de la patria: Pues enmienda la terneza. Fue descuido. Pues tened cuidado. Fuese la lengua. Pues atarla.  Fue equivoco. Pues no sea mal Poeta. Enojado estás, por vida. Si has de decir de Marcela,  porque en tampoco no empeñes  nombre de tal reverencia,  trátame como gustares,  y no jures su belleza. Bendito sea Dios, que sé  por adonde te vadeas:  mas ola, el otro en campaña. Si la oscuridad hiciera  algo, palabra no hables,  que parece que se acerca,  creyendo que soy el otro. Esta es la parte misma  donde le dejé, y este es  Avenzayde                               Llega, llega,  y habla quedo, que he sentido  Cristianos por aquí cerca. Pues sabe, que atento Audalla  a tu amor, con diligencia  movió en seguimiento tuyo  el campo, y esta tan cerca,   que puedes oír si escuchas  las pisadas de las yeguas,  con que podrá asaltar,  pues tanto el amor te empeña,  como deseas, la plaza  al instante que amanezca. Asaltar la plaza, aquí                                                              ha de hacer más la cautela,  que el valor, pues los ardides  son el alma de la guerra. Háblale en Moro.                               Qué dices? Amigo, que al punto vuelves,  y que la digas a Audalla,  que quiero hacer experiencia,  si la gente que traemos  es para tan grave empresa  a propósito, y que así si oyere ruido sepa,  que soy yo quien le ocasiona,  porque cuidado no tenga,  y que se sosiegue el campo,  hasta que yo dé la vuelta. Aunque no te entiendo sé  que obedecerte es mi deuda.  Creyólo, y volvió.                               Importóle  porque si no, no volviera. Y ahora qué haremos?                               Ahora  partir tú con diligencia,  y llevarle esta noticia  a Don Francisco de Leyva  mi Gobernador; y dile  cuánto importa que acometa  a los Moros esta noche,  pues por eso usé de aquella  estratagema que diste;  pues tengo por cosa cierta,  que si el asalto resiste  del Peñón la fortaleza,  se habrá de rendir al sitio,  falta de cuanto convenga  para sustentarse, pues  aunque en su defensa tenga  al famoso Don García  de Toledo, gloria nuestra,  y al valeroso Don Lope,  que libres de la tormenta  que hoy corrió toda la armado,   tomaron puerto en su arena:  esto no es más que añadir  a la desgracia materia,  mientras no se sabe el rumbo,  que la Real Armada lleva:  y mientras no vuelve parte,  y encárgale que resuelva  lo que digo, y dile más,  que yo quedo aquí a otra empresa;  pero que esté sin cuidado,  que no faltaré a la fiesta. Y si me hallan estos Moros? Ir por donde no te vean. Voy, pues.                               Así Poca Ropa? Qué falta?                               Dile a Marcela,  que le ruego que no salga  de la plaza, y que me tenga  si quiera esta vez sin susto  su temeridad resuelta. Yo si haré, más ya tú sabes,  que es pedirle al olmo peras,  decirle a ella que no salga,  y más estando tú fuera.  Yo sé que me hará merced. La otra, bonita es ella. O noche en tu tez oscura,  si mi valor no se engaña  lograr espero le hazaña  más feliz de mi ventura.  Este Moro a quien espero  es dueño de esta facción,  y se asegura el Peñón  si le hago mi prisionero.  Se me esta vez oportuna  fortuna, y pondré por clavo  a tu rueda, en este esclavo  el eje de mi fortuna.  Pero pues tarda yo intento  buscarle, pues en rigor,  sino fuere más valor,  será menos sufrimiento.  Por esta senda a encontrarle  me resuelvo más aprisa,  que si el rebato me avisa,  pierdo la ocasión de hallarle.  Ea, pues, ciega ilusión  de la humana idolatría,  pues pongo yo la osadía,   disponme tú la ocasión. A dónde vamos mujer  con tan grande obscuridad?  mira que es temeridad. Mal sabes lo que es querer,  tocóle a Iván Gómez hoy  ser del campo centinela,  y como tu amante soy,  su desvelo me desvela,  y a divertírsele voy.  No extrañes verme exceder  mi ser, ni menos te espante  que se dejasen vencer  los indicios de mujer  de las pasiones de amante.  Y porque juzgues mejor,  que no soy yo, considera  esta que ves sin temor,  pues soy una mensajera  del cuidado de mi amor. Y esa es prevención si quiera  por si llegare a cogerte  algún Moro de galera,  para que puedan valerte  las leyes de mensajera?  Moro a mí? estás sin juicio?  Moro a Marcela, no sabes,  que es mi corazón, espejo  del aliento de mi amante;  y que cuando en él se mira  le imprime valor tan grande,  que infundiéndome su ser,  me deja su semejante:  que más dijeras a una  de estas que llaman deidades,  la hipocresía de amor?  Entre estufillas, y guantes  empanada de una cosa,  que ni es pescado, ni carne,  quinta esencia de mujer,  almita de escaparate,  trasto de su tocador,  clavo de su guarda infante,  tan hazañera, que sopla  la espuma del chocolate,  qué más dijeras? Ni aún tanto.  Pero pues el amor sabe  hacer cobardes valientes,  y hacer valientes cobardes,   como el mío no sabido  mudar nunca de semblante,  pues tengo ahora el propio mando,  que me dejaron mis padres? Pues amas tú? Mi poquito.                               Y a quién? Es sujeto grave,  y espera tomar estado,  con que es fuerza recatarle. Y te corresponde? No.                               Como? Como no lo sabe. Pues que esperas?                               Ocasión Pues cómo puede faltarte  amando, y siendo mujer,  sin que la busques, y la halles? Ay Poca Ropa! A ese quieres? Quedo, no lo sepa nadie. Qué lindo gusto!                               Famoso. Dejemos los disparates,   y sin perder tiempo vamos,  que el corazón se me parte  hablando acá en nuestro estilo  por ver a mi luan.                               Tomates;  y a mí la propia asadura  se me arranca del gaznate,  por hallar a mi andrajoso,  que en materia de buscarle,  como mi piedra en el rollo,  tengo en mi alma mis carnes. Pero este es el sitio, hay triste!  y en él no diviso a nadie. Cómo a nadie, pues no oyes  hablar hacia aquella parte? Dices bien. Pues son sin duda  el uno, y el otro Marte,  de la una, y otra Venus. Vamos, que pretendo darle  un poco de pesadumbre  por la que me cuesta hallarle. Aquí donde oí el acento  vuelvo otra vez a buscarle,  y a ver si puedo inquirir   Amete, de dónde sale. No acerques tanto al muralla,  quedarnos con algo. No hables,  porque puedan los oídos  hacer mejor el examen. Durmióse la centinela,  que gusta de que le cante  al acento doloroso  de la voz de mis pesares;  y yo entre tanto pretendo,  amparada de este traje,  que aquí ignorada me tiene.  Ay infeliz! consolarme,  si hay consuelo en mis desdichas:  con mirar hacia la parte,  que fue Oriente de mi vida,  y es memoria de mis males.  Ay Avenzayde olvidado  de quien por ti muere amante!  llévale, o noche mis quejas,  cuéntale amor mis ultrajes:  ay infelice de mí! Sino fue engaño del aire,  o prevención del deseo,   voz escuché lamentable,  quién será?                               Algún centinela,  que estarte muriendo de hambre. Vuelve a callar. Ay de mí! Otra vez volvió a quejarse:  quién es? y yo determino  saberlo, porque me late  el corazón en el pecho  con movimientos tan grandes,  que parece que me avisa  de lo que debo informarme:  acerquémonos. Acerquemos. Ay adorado Avenzayde! Voz, que me nombras, cuya eres,  pero no me desengañes,  si eres ilusión, que adoro  el engaño que me haces. Qué es esto que oigo, fortuna,  eco, que me persuades  a una dicha, no desmientas  tu semejanza agradable. Eres de Jarifa voz?  Acento eres de Avenzayde? Respóndante mis suspiros. Dígantelo mis pesares. Marchen en orden. Ay cielos!  la ronda es esta que sale  de la plaza, y si te encuentran  han de prenderte, o matarte:  retírate hacia el abrigo  de ese primer baluarte,  donde te hablaré segura  de sobresalto tan grande. Pues como Jarifa quieres,  que a tu vista sea cobarde. Como quien me trae la vida  no ha de venir a matarme. En orden.                               Vamos huir,  que aquí no saberlo nadie. Qué haces, pues? Obedecerte,  protestando que me hace  mayor fuerza tu precepto,  que los peligros más grandes. Apriesa.  Andamos señor. Por si quiere que le hallen  mi desdicha, esperaré  a que desde aquí le amparen  mis ruegos, diciendo a voces  quién es, porque no le maten. Que quisiese Vuecelencia salido apenas del trance  de una tormenta terrible,  sin descansar un instante,  hallarse en esta ocasión? Tiene cosas muy notables,  ay mi pierna! Nunca olvidan  los peligros de la sangre. Así a mí se me olvidara  este dolor, que me hace  merced, como hay muchos nobles,  que se olvidan de sus padres. Don Lope de Figueroa? Señor Don García. Calle Vueseñoria  no sea satírico. Mira el Ángel. Otro es el rumbo que toman;   y pues ya no hay que me espante;  vamos con una alegría  a olvidar muchos pesares. Y digo, este Iván Rodríguez,  o Iván Gómez, que le hace  al señor Gobernador  salir a esta hora, se sabe  si es hombre que entiende de esto? Es el hombre más notable,  que sirve al Rey, si tuviera  como él dos mil infantes,  conquistara todo el mundo. Encarecimiento grande: Es valiente sin embuste,  y discreto con donaire. Y es enamorado? Mucho. Ese es el mejor esmalte,  que yo no creo en valientes,  que no tienen ese achaque. Pues vos según eso. Quedo,  que pues Vuecelencia sabe,  que sé del pie que cojea,  no hay para que hable de nadie.  Esa es buena. Y esa linda. Diga Sargento que marchen  al abrigo de esas peñas. Si es lejos, habrá de darme  alguien que acuestas me lleve,  porque este dolor infame  de este diablo de esta pierna  no me deja menearme. Pues vuélvase  por mi vida Don Lope. Eso es olvidarse  de que en oyendo las cajas  se me ensordecen los males. Soy de parecer, señores,  que nos acerquemos, antes  que el día se nos descubra. Y será muy importante:  brava alborada, Don Lope? Aquí pienso desquitarme  de los enfados del mar. Con cuidado  estoy notable de la armada. Con el día sabremos de todo. Marchen, pase la palabra.  Escucha soldado. No me desgarre. Tan manido está de ropa? Tanto, que aunque más la salen  no aprovechará.                               Por qué? Porque no habrá donde aten  un grano de salen todo  mi vestido miserable. Humor gasta. Y Vueseñoria le tiene. De qué lo sabe? De ese dolor de esa pierna. Cómo se llama? No mande que se lo diga. Por qué? Porque eso a la luz le atañe. A la luz? Sí, porque en viendo  mi vestido, en las señales  adivinara mi nombre,  sin que se le diga nadie. Vamos Iván Pobre. No es ese. Poca Ropa vamos.  Ya le adivinó Vueseoría. Lléguese a mí. No se cargue. No puedo, que peso mucho. Pues venga al Peñón a estarse  media docena de días,  y se pondrá como un naipe. Vamos, que se alejan. Vamos. Pues ande amigo. Pues ande. Ya no haber nadie. Aunque siento  que no haya venido Tarfe  le encontraré en el camino. Porque no nos encontrasen  gastamos en el rodeo  mucho tiempo. Fue importante;  pero aquí están todavía. A mi parecer, que hablarle  mucho de gente Cristianos. Moro no seas cobarde,  que estás conmigo, y estoy  favorecido.  No pasen,  que hacia acá vienen. No harán:  quién va no responde nadie? Estar gente Cristianilia,  dejamos por Dios pasarle. Petro, qué dices? Marcela  Moros son. Que importa darles  muchísimas cuchilladas.  Sin pasar más adelante  rindan las armas los perros. Cristianos no será fácil. A este que me toca a mí  trataré de despacharle,  Santiago, y Poca Ropa. Rendíos Moros al instante,  o perderéis con las vidas  las soberbias libertades. Cristianos, vuestra desdicha  os ha puesto en este lance. Ahorremos de palabras. O quien ahora estar Fraile  Cristianilio por Mahoma,   que no me romper turbante. Cómo Moro no te rindes? Confiésote que es notable  tu valor. Ríndete perro. Ya estar rendido, dejarme. Arma, arma, Santiago Que es esto nuevos pesares!  el Cristiano hizo salida,  según escucho, y si a darle  no voy calor a mi gente,  recelo algún daño grave,  y pues remediarlo importa:  así ha de ser. Ha cobarde  no huyas.                               Estate quedo. No huyo de ti. Quiero ararle. Sino de mi suerte aleve. No apretar tanto, que ahogarme. Moro vuelve. Pues escucho,  que se comenzó el combate,  y no he encontrado a este Moro.   Vamos donde no le falte  en que ocuparse al valor. Pues vuelves, no eres cobarde.                               Quien va? Pues ahora preguntas? Marcela?                               Iván Gómez. Dame  los brazos. Qué querer diablo? En albricias de encontrarte,  y vuélvete por tus ojos. Qué gracioso disparate,  cuando un Moro, y no gallina  huyó de mí no ha un instante. Y cuando yo prendí un pollo. Siempre tus temeridades  me tienen inquieta el alma. Eso merece quien sale  a aventurarse por ti. Aunque tu fineza es grande,  tu resolución es más. Yo te adoro, no te canses. Y yo te quiero, Marcela,  que no gasto el tiempo en frases,   mas que a mi alma; y mi vida: ninguno amigos, se escape. Jenízaros valerosos  aquí tenéis a Avenzayde:  volved amigos. Santiago. No es tiempo de que embaraces  mi valor. Pues puede el mío Iván Gómez embarazarte? Vuélvete por vida mía. Yo no tengo de apartarme  de tu lado. Pues estás  resuelta, y faltar del trance  no me es posible, a tus ojos  hazañas haré inmortales. Y yo a tu vista daré  memorias a los Anales. Qué hermosa estás, y qué fiera! Tú qué valiente, y qué amante. Ven como perro de ciego. Estar verdugo que ahorcarme. África tiembla. Arma, arma, guerra, guerra.  De mis ojos no te apartes. Ni tú faltes de los míos. África, tu estrago sale. De Venus en la hermosura. En los enojos de Marte.

JORNADA SEGUNDA

Que nos carga todo el grueso Ya no hay cómo resistir. Hijos matar, y morir. Hijos no os metáis en eso. Valerosos Africanos  no perdamos la ocasión,  que cuatro desnudos son. Volved valientes Cristianos. Mal nacidos Españoles  volved los ojos a ver  el valor de una mujer. Nunca yo pierdo tus soles. No nos cansemos, señor,  que os habéis de retirar. Don Lope eso es porfiar. Y es ser esclavo mejor.  Descubrióse con el día  tanto enjambre de canalla,  que no sé yo si se halla  más en toda Berbería.  Y por eso aquí os aparto,  y aun si aquí nos detenemos,  confianza en Dios iremos  los dos a majar esparto.  Y qué dirán si desmayo  las lenguas escrupulosas? Vive Dios, que en estas cosas  no podéis andar sin hayo:  dirán que esto fue razón,  sin tener más que argüir,  porque morir por morir  solo es desesperación.  Vamos, que va despertando  este dolor, pese a mí,  mal haya la pierna, y  mal haya mi maña, cuando  por vericuetos, y cerros,  sabiendo que me embaraza  no se la he puesto por maza  a uno de tantos perros. Don Lope. Por vida mía  qué me aconsejéis. Paciencia. Y se ríe Vuecelencia? Pues llora Vueseñoría. El día es nuestro Africanos No es sino nuestro canalla,  que aún está Iván Gómez vivo.  Hacia acá viene la danza. Y qué hemos de hacer ahora? Defender a cuchilladas  este puesto, porque tengan  los pocos que se desmandan  hacia la plaza, por él  segura la retirada. Y eso se hace sin peligro? No, pero son cosas varias,  que el riesgo se venga a mí,  o que yo al riesgo me vaya,  que dado que un hombre deba  no ir a buscar su desgracia,  si su desgracia le busca,  está obligado a esperarla. Pues hartos Moros se acerca. Pues espaldas con espaldas  señor Don García, y llueva  Dios alfanjes, y azagayas. Duele ahora la pierna? No. Porque esté desocupada  esta senda, me aparté  por fuerza de la batalla,  y porque perdí a Marcela,   y aquí presumo encontrarla. Soldado pase en buen hora  si se retira a la plaza. Nunca me retiro yo,  dejando desabrigadas,  tan en manos del peligro,  vidas de tanta importancia. Pues qué hacéis en tales casos? Defenderlas, guardarlas  contra granizo de flechas,  y torbellino de lanzas. Oiga el diablo del mozuelo. Por Dios que tiene arrogancia,  sois vos un Iván?                               Sí señor. Pues sin oír más palabra  sabéis ya por quién pregunto? Sí, porque es cosa muy llana,  que habiendo de preguntar  por alguien en estas playas,  todo un hombre como vos  solo por mí preguntara. Pues no hay otros tan valientes? A esto responder me holgara  con las obras, pero en tanto   si han de servir las palabras,  afirmo, que en el Peñón  no podréis hallar espada  como esta, sino es  otra que tengo colgada  por trofeo de mi honra  en la pared de mi cama. Con todo eso no es razón,  que un hombre tan de bien haga  alarde de sí                               Qué importa,  si es en ocasión que se halla  quien por mi dijera presto  todo lo que yo callara. Pues quién pudiera? Esos Moros,  de quien se oye la algazara. Cristianos son, no se libren. Muchos son. Qué importa?                               Nada. Con todo eso, siendo muchos  mucho peligro amenazan. Señor Iván Gómez? Señor.  A más Moros, más ganancia. Retiraos, y por mi cuenta. Estáis loco? Os retirarais  vos? Yo no por cierto.                               Pues  cómo pretendéis que hagan  don García de Toledo,  honra del valor de España,  y Lope de Figueroa,  remedo de sus hazañas,  lo que Iván Gómez no hiciera? Pues sino apretar las palmas,  que bien será menester. A ellos Moros, que se escapan. Mentís perros. Ay de mí!  Iván Gómez. Qué escucha el alma  Marcela? Que voy cautiva. Ay infeliz!                               Allí os llaman. Y es una dama que adoro.  Pues qué hacéis, pese a mi alma  que no vais a socorrerla? Es tan cruel mi desgracia,  que me estorba quien me anima. Aquí no os detiene nada. Vuestro riesgo. No es ninguno. Iván Gómez. Mirad qué os llama. Será infamia. No por cierto. Quien lo afirma? Los dos.                               Basta. La dama es antes que todo. Pues en esa confianza  perdonadme, si del vuestro  otro peligro me aparta,  pues sé, de vos advertido,  que antes que todo es la dama. A no ser por Vuecelencia,  por Dios que le acompañara. Pues id D. Lope en buen hora  que aquí Don García basta. Bueno fuera, más a fe,   que me tiene inquieta el alma  un no sé qué en este mozo,  que el verle me sobresalta. Son parientes los valores Muchísima flema gastan  estos perros.                               No os admire  que no es la tierra tan llana,  que puedan correr por ella;  pero si en flema se habla,  no es la nuestra muy pequeña. No pero muy necesaria,  mas gracias a Dios. Qué ha sido? Que llegan ya. Lindas gracias. Marcela. Rendíos, Cristianos,  que granjean vuestras canas  esta piedad con mi esfuerzo. Y es piedad muy cortesana  cautivarnos, señor mío,  cuidado con las espaldas. No os rendís Cristianos? No   Moros                               Extraña arrogancia!  pues porque en tanto peligro? Porque no tenemos gana. Y tú que has callado, dices  lo propio? Soy camarada  de mi camarada Moro,  y si en algo discrepara  fuera. En qué por vida mía  Don Lope? En que callen barbas,  y hablen cartas. Enhorabuena. Presto veréis castigada  vuestra soberbia, matadlos. No hoy más de matadlos, Ala  cómo va?                               Famosamente. No les tiréis cuchilladas,  que se pierde mucho tiempo:  mirad.                               Mahoma me valga  que me has muerto.  Valga, y lleve.                               Cuidado. No olvido nada. Marcela, perdí su voz,  vuelvo por si todo parla  quedo a este sitio, Marcela;  pero aquí está esta canalla, Don Lope, y Don García;  apretados de mi rabia,  y de mi valor, a un tiempo  serán ruina, y venganza;  perros huid.                               Del infierno  parece furia su espada. Muerto soy.                               Ay! Que me ha muerto. Este informe por mí os habla,  caballeros mirad bien  si os engañó mi alabanza. Señor, qué fue aquello? Un rayo,  que en la prisa con que pasa  destruyendo cuanto encuentra,  no tiene otra semejanza.   mirad los Moros que huyen,  mirad los que descalabra,  Mirale cómo se arriesga,  hijo, hijo, aguarda, aguarda,  que yo a tu lado.                               Qué es eso? Una pasión, que me arrastra  con fuerza tan poderosa,  con violencia tan extraña,  que presumo que es envidia,  en que no puedo templarla. Ven Luisa poquito a poco,  que ya toda la campaña  está segura.                               Ese es miedo. Quién va?                               Dimos en las brasas No, que son Cristianos bobo. Hablaras para mañana,  quién va? quien ha de ir, el diablo  si sois Moros, haced plaza,  o yo haré carnicería. No veis bien por las mañanas. La mucha cólera suele  servirme de cataratas.  Quedan soldados atrás? Los postreros que quedan  somos yo, y esta pobreta,  que atendiendo a su ganancia  pasó a moza de soldado,  desde moza de soldada. Cómo os retiráis tan tarde? Descansé de la batalla,  que estoy hecho mil pedazos. Y el vestido lo declara. Han muerto algunos Cristianos Como acá no hay ensaladas  de tomates, y pepinos,  y como melones faltan,  viven los Cristianos tanto,  que los sacristanes rabian. No es eso lo que os preguntan,  sino si de la pasada  refriega murieron muchos  Cristianos. Como yo andaba  ocupado en buenas obras  no lo vi. En qué os ocupabais? Ayudaba a bien morir   a los Moros. Cosa rara:  cómo?                               Al que estaba más muerto  le daba dos tarascadas,  y despachándole aprisa,  a bien morir le ayudaba. Sois de los de amor, o muerto. que me inclinase yo a un mandria,  y sobre mandria embustero;  cierto que somos extrañas  las mujeres, las más veces  lo más malo nos agrada. Sabéis si se señaló  alguien en esta batalla  más que los demás? Y como.                               Quien fue? Yo, que por desgracia  desde una peña caí,  y me señalé la cara. De gorja estáis Poca Ropa. Si me conoce, que extraña  Vueseñoria, duele mucho  la pierna?                               Duele, que rabia. Pues búscate quien le ayude  a volver.                               Si te amparara  toda África, y todo el mundo,  no solo te despojara  del alivio que me estorbas,  sino en tu sangre lavara  la mancha de mi dolor,  si sangre vil quita manchas. No le mates por mi vida  Iván Gómez.                               Eso le valga. Sonior? Ha fortuna aleve!  Moro no digas palabra,  que si por ti me conocen,  tengo de sacarte el alma. No xablar, callar Xamete. Qué dice el podenco? No habla?                               Hijo Juan Gómez. Señor.                               Llegad. Bien desempeñadas   dejáis las proposiciones. Es muchacho de esperanzas. Para lo que suele hacer,  lo que habéis visto no es nada. Algo más habemos visto. Huélgome. A lo menos da mas  vos tenéis famoso gusto. Mejor me le acreditarais,  si le vierais hecho espín  de saetas, y de lanzas,  tan encendido en su enojo,  que parece que arrojaba  rayos de cólera ardiente  contra los que le robaban  su media vida, que soy  yo, siendo él mi media alma.  Penetrar un escuadrón,  con presunción tan bizarra,  con fineza tan amante,  y tan valiente constancia,  que a pesar de cuantos Moros  mi esclavitud procuraban,  y de ese entre ellos, por más  brioso, digno de fama,   de entre todos me sacó,  humillando la arrogancia  de quien miró su semblante,  sin atreverse a su espada.  Si le vierais en un mar  de sangre, que derramaba  a cada golpe que hería.  Pasar en golfos de nácar  la que fue campal pelea,  a marítima batalla.  Si le vierais finalmente,  después de ahuyentar escuadras  sin destemplar el aliento;  que el cansancio procuraba  hacer duelo singular,  con ese Moro, que esclava  solamente pudo hacerme  con fuerza, aunque cortesana,  y si le vierais rendirle,  yo sé que no os admirarais,  ni de que él me mereciera,  ni de que yo le adorara,  porque es Iván Gómez, Marcela. Hombre de mucha importancia  Si es, a fe de Caballero; pero ya suenan las cajas,  a recoger, y ya es hora  de retirarnos, no hablas  Moro?                               No tengo qué hablar. Callar, que Ametillo calla. Pareces hombre de bien?  Las apariencias engañan,  que no soy Moro de suerte,  y bien se ve en mi desgracia. Quién eres en fin? Un hombre,  que en las huestes alistaba  de Avenzayde.                               Y Auenzayde  quién es?                               Un Moro de fama,  que la perdió en este encuentro Cómo?                               Muriendo. Te engañas,  que morir aquí, no acorta  la opinión, sino la ensancha. Murió huyendo?  No huyó nunca:  se desesperó.                               Zarazas. Desesperarse en un Moro  es tan pequeña desgracia,  que lo mismo fuera de él  si no se desesperara. La caja vuelve a llamar. Y esta pierna excomulgada  vuelve a doler, habrá quien  quiera ayudarme a llevarla. Yo, que a mis hombros seréis  muy apetecible carga. Y esa es piedad, o cariño. No sé.                               Lo mismo me Pasa  a mí con vos, que aunque sé  que hacia acá dentro me habla  de vos un afecto extraño,  no sé averiguar la causa. Arrimaos a mí.                               Si haré. Marcela?                               Iván? No te abraza   mi amor, por los que lo miran. A mí lo mismo me pasa. Venid señora conmigo. Y a mí nadie me acompaña? Yo que vuestro esclavo soy. Y a mí.                               yo soy vuestra esclava  pero a mí quien?                               Yo soniora. Fortuna, aunque estés contraria  al parecer, con mi vida,  muy piadosa está tu saña;  pues si a Jarifa me llevas  me premias lo que me ultrajas. Llena de un medroso llanto,  cuya violenta porfía  es piadosa compañía  de mi amoroso quebranto,  desde que a placarse vi  con la risueña mañana,  el rumor de la campaña,  me busco, y no me hallo en mí,  o amor, que poco segura  fue la dicha de ayer, cuando  hoy me la está amenazando   una eterna desventura.  Vi de mi amante el amor,  escuché su voz amada  para ser más desdichada:  sin duda justo temor;  mas si el riesgo en que le oí:  cuando de mí se apartó,  a su vida se atrevió,  sabré yo atreverme a mí;  ay Avenzayde será  tan infelice mi suerte,  que haya de llorar tu muerte;  mas si es mía claro está,  puede ser, sí, pero no,  que fuera ley muy severa  de la crueldad, que muriera  mi vida y viviera yo.  Desde aquí infelice veo  los que se van retirando;  y en sus semblantes notando  voy las señas del trofeo.  Allí ven los ojos míos  esclavos que hizo el rigor,  noble imperio es del valor  mandar en los albedríos.   De este primero sabré,  pues se encamina hacia aquí,  de Avenzayde, aunque hay de mí!  no sé si me atreveré:  esclavo infeliz, más cielos! qué es lo que ve mi desdicha! Jarifa, qué ve mi dicha! Lo que lloran mis desvelos!  tu Auenzayde?                               Un desdichado  de nada debe admirar? Esclavo tú qué pesar! Esclavo, pero ignorado,  que a este fin me adelanté  para advertir a tu amor.  Y si ahora tu favor  no logra mi amante fe,  es porque veo llegar  quien estorba mi pasión:  y así hasta otra ocasión Jarifa disimular. Sea así, y este rigor  temple mi dolor esquivo,  pues aunque te veo cautivo  temí desdicha mayor.  De esa manera pasó? Así señor fue el engaño. Caso feliz cuanto extraño! Para que le llore yo. Dese un socorro al instante,  que lo merecen soldados  tan leales, y esforzados. Justo es, que la fama cante  de quien tanto la acrisola. Cante una, y otra dulzaina,  cante la trompa pitayna,  y cante la farandola;  mas yo a quien toca decirlo  quisiera señor saber  de dónde han de socorrer. De dónde? de este bolsillo? Cuerpo tiene. Que donaire. Pues pudísteislo dudar? Por lo que me ha de tocar  pensé que era cosa de aire. Reparta Iván Gómez. Quién?                               Iván Gómez. Este Sargento   está de mi mal contento. Qué dice? Que está muy bien. No está tal, porque me quita  con el cargo que le dio  un alivio que hallé yo  para esta pierna maldita. Si a favor tan singular  replicar puede un Soldado,  que me deis por excusado  os tengo de suplicar.  Yo esto mal visto señor,  según habréis entendido,  y por más favorecido,  no quiero estarlo peor.  y si el favor no consiento  con que aquí me adelantáis,  es porque no discurráis  culpa de mi mal talento,  porque tiene el repartir  semejanza de premiar,  y quien no sabe igualar,  menos sabrá preferir.  si doy la quemas merece,  mas obrando con razón,   me expongo a la indignación  del que su fama oscurece:  ay tantos que hacen testigos  de su ruindad indecente,  que podré muy fácilmente  tener muchos enemigos.  y aunque puedo despreciarlos,  me pesará merecerlos;  pues sino siento tenerlos,  siento mucho ocasionarlos.  Reparta el señor Sargento,  que sabrá hacerlo muy bien,  pues en esta plaza es quien  no hará ningún descontento;  pues aunque quiera culparle,  quien todo lo considera,  obra siempre de manera,  que a nadie da que envidiarle. Pues yo siempre. Mi rey, con tiento,  que aquí no hay que replicar,  o tratemos de callar,  o llevará el seo Sargento. tu Marcela?                               Me enamora.  Pues no lo sabes?                               Habló  con Marcela?                               Pienso yo  que sí.                               Pues si le desvela  mi amor, para mi cocina,  que en África hay ocasión,  mate cada día un león,  que yo no como gallina. Y ella habló? Sin embarazos,  pero que se te da a ti. Si no estuvieran aquí  los hiciera mil pedazos. Siempre me tratas con ira,  y nunca tienes razón. Ay, que el Sargento, es bufón. Mujer, mira que te mira;  desventurada de ti. Vióme hablar? Según se inquieta  pienso que sí. Pues dieta  habrá de amor para mí.  Y es malo el entendimiento? No, que bien ha reparado. Quien como este soldado  tuviera si quiera ciento.  Mas dígame Vuecelencia  en cuanto a su petición  no toma resolución? Quiero hacer otra experiencia Qué es? Notad como reparte  esta corta cantidad. A fe que es dificultad,  que ha menester mucho arte. Iván Gómez, aunque sea justa  la excusa aquí a su entender,  mucho más justo es hacer  lo que mi deseo gusta. Tome, y obedezca luego  lo que manda el General,  y el soldado, pese a tal,  sirva con discurso ciego. Vuestro olvidado cariño  siento más, que presumís. Como?                               Como me reñís.  Anda, señor, que no os riño. Podráse quejar ninguno,  pues Vuecelencia lo quiere,  si yo a cada uno le diere  lo que merece cada uno? No, que no tendrá razón. Y no es esto que se ha dado  para los que hayan obrado  mejor en esta ocasión? Así es.                               Pues vive Dios,  que en los dos lo he de emplear,  que yo no vi pelear  a nadie, más que a los dos;  no como dádiva mía,  porque no parezca baja,  recibáis esta ventaja,  que os da vuestra valentía:  y hará suplir la indecencia  del corto don como espero,  con saber que fue primero  dádiva de Vuecelencia.  Que cuantos oyendo están  esta acertada elección,  cumpliendo su obligación,   lo mismo que yo dirán,  pues cualquiera en conveniencia  obrara de la amistad  contra su comodidad,  mas no contra su conciencia:  no los tomáis?                               Sí señor,  y yo los repartiré,  con que enseñaros podré  a obedecerme mejor. Esa es respuesta inhumana  aquí para entre los dos. Veis que riñe, pues por Dios  que lo hago de mala gana;  pero por no celebrarle  Don Lope, afecto el reñirle,  que aquí solo el aplaudirle  servirá de malquistarle. Pienso que os parece bien  su bizarría, y su trato. Contemplo en él un reto De quién? De quién dice quién. Parécese a mi? Y no poco!                               En qué? En el garuo, y la cara. Por Dios que no me pesara Anda señor, que estáis loco  qué es eso? Señor, que un Moro,  de quien me vi en el ren cuen  pasado, esclavo, me envía  a vos como mensajero:  dice que Tarfe se llama,  y que os suplica primero  con ruegos, que le envíes,  pues son vuestros prisioneros  a Jarifa, y Avenzayde,  con que volverá contento,  y retirará su gente,  dejando al Person sin riesgo:  y que si no es prevengáis  al duro prolijo asedio  de quince mil Africanos,  que le siguen, todos fieros,  todos osados, y todos  con él a morir resueltos,  hasta demoler la plaza,  librando de cautiverio   a Jarifa, y Avenzayde,  y que la respondáis luego  con un Moro, o que tendrá  por despreciado su ruego. Aunque lo sé al escucharlo,  nueva mente me estremezco. Solo así pudiera Tarfe  dorar el pasado yerro. Y a mí no pedirme?                               Ca. Que al Moro responderme  que es bellaco plato un sitio  para los que están hambrientos. Esta Jarifa quien es:  Que se engaña considero,  porque aquí no hay tal esclava. Al disfraz se lo agradezco. Mas quién es este Avenzayde?  Según un esclavo de estos  bárbaro, y osado  hoy se dio la muerte él mismo. Con saber que no es así pierdo al oírlo el aliento. Ya importó mi prevención  para zanjar este riesgo.  Respóndase antes que todo  Al moro                               No trataremos  antes de todo, señor,  de ir tomando ese dinero? Qué salva es esta? Señor,  que he llegado salvamento  toda la armada. A Dios gracias,  ya que responder tenemos  Señores?                               Que por mi vida. Que sitie al Peñón, que puesto  que en su distrito no haya  cárcel para tantos presos,  los que en la plaza sobraren  los echaremos al remo.  y ahora entre vos, y vos  partid como compañeros  esta cantidad, que si antes  no os di albricias, fue mancebo,  porque esa nueva sin esta  traía el diablo en el cuerpo.  Pero pues esta hizo buena   esotra, justo es que demos  olvidados de lo malo,  satisfacción a lo bueno. Y en qué quedamos nosotros? En que desembarquen luego  la cantidad necesaria,  para que se dé el refresco  de dos pagas, que así iguales  quedará no según sus sueldos  todos, y gustoso yo  de no dejar descontentos,  que si Iván Gómez los teme,  muy bien puedo yo temerlos.  A embarcar señor Don Lope,  si nos dejan estos perros. Primero que se compongan  nos darán bastante tiempo. Bravo Santiago les dimos. Gobernador, con todo eso  no le suceda otra vez  creerse tan de ligero,  ni desamparar la plaza.  Y advierta, que estos sucesos  si una vez suceden bien,  suelen suceder mal ciento.  Señor, aquí cada día  es el estilo hacer esto. Pues aquí, y en cualquier parte  será cada año mal hecho. Quedo advertido. Eso importa,  pero no entiendan que en esto  hemos hablado, yo haré,  escribiéndolo al Consejo  conocida su lealtad,  su vigilancia, y esfuerzo.  No dilatemos Don Lope,  que se socorra al momento  de lo que trae el armada,  aunque otro fuese el intento,  esta fuerza, pues llegó  su socorro a tan buen tiempo.  Y pues quiso Dios guiarnos  por un temporal deshecho  a defender el Peñón,  no dilatarlo resuelvo.  Don Francisco cuidará  de disponer los pertrechos  a la muralla importantes,  dando orden con aprieto   de que soldado ninguno  salga del muro, que puesto  que son pocos, no hay razón  para que los arriesguemos. Luego encerrados quedamos? Es forzoso.                               Aunque lo siento  con no poder excusarlo  solamente me consuelo. Lo sentís mucho?                               Sí a fe. Pues sabed que yo me alegro  por ir seguro                               De qué? De que vos quedáis sin riesgo Pues yo qué os importo? Yo  me holgara harto de saberlo. Vamos señor. señor vamos. Seguirme intenta. En hacerlo  consiste mi vida.                               Pues  por ella los dos mi remos.  Solo por tuya la estimo. Aguarde señor Sargento. Qué quiere Iván? Señor Iván.  me llamo yo.                               Ya lo veo,  mas como somos amigos. Perdone sino lo creo,  que no puede ser mi amigo  un gallina                               Hable más quedo  por quien nos oye, que soy  oficial.                               Y yo Maestro:  pero direle quedito,  por ver si en mandarle puedo,  que es un. Muy servidor suyo. No sino un pataratero,  y que si vuelve a mirar  esa mujer que me dieron  para corma mis desdichas,  le he de poner en el suelo  la cabeza, porque baje  los ojos, y los deseos.  Yo haré lo que Iván me pide,  si te replico, soy muerto. Así lo creo de usted. A Dios seo Juan hasta luego. A más ver Sargento amigo. Pues con aquellos requiebros  tomara el Sargento Alcuza  estar ahora en Marruecos. Tener miedo. Pero mucho. Estar gallina.                               Y conejo. Y pues, señora Marcela? Y pues, señor Iván? Qué es eso? No lo ve usted, lo que esotro Y qué es eso otro?                               Lo mismo En cuanto a haberse explicado  no hay más que decir por cierto. Huélgome de haber sabido  su buen gusto. Y yo me huelgo  de haber sabido también  sus hidalgos pensamientos.  Eso sí, neguilla hermana. Cólera, pese a mi abuelo,  que tenemos mil razones. Ha menester Cirineo  Señor Poca Ropa el señor  Iván Gómez? Ello es muy cierto,  que usted habló con Alcucilla. Y este sopapo es incierto Pese al alma que me hizo. Dejar, que se entender ellos. Y era la cólera esa? Pues no basta. No por cierto.                               Porque? Porque yo te adoro. Yo Marcela solo veo,  que importe, o no importe tratas  de disgustarme. Te quiero  más que a luz de mis ojos. Hombre, si no comes de esto,  tienes hecho el paladar  a limaduras de hierro? Antes esto le destruye,   que sois todos tan perversos,  que os ensancháis en rogándoos. Y eso Luisilla es bien hecho,  que en nosotros es primor,  lo que en vosotras defecto. Ea Iván.                               Ea Juanillo. Mira que ofendes el precio  de mi amor, y mi fineza.  Y sino atiende a los riesgos  que he padecido por ti,  con este traje encubriendo  las ofensas que me hago,  y la atención que me debo. Ola, que esto va de veras. Pues oigamos, y callemos. Callar, callar. Bien te acuerdas. De todo cuanto hay me acuerdo,  que a los hombres como yo  no los mudan los sucesos;  mas tiene me tan cobarde  tu condición, y el desprecio  con que tratas mi cuidado,  que de las veces que creo   tu amor, por tu condición  casi todas me arrepiento,  que es hablar con nadie, que es  darme, antes que diga celos  he menester acordarme  Marcela de tu respecto,  porque el ruido solamente  de su antojadizo ceño  me tiene tal, que no sé  si pronuncio, o si reviento.  Una mujer como tú  Señor Iván Gómez quedo,  que infames desconfianzas,  y villanos pensamientos,  solo tienen el desquite  de no oírlas, ni atenderlos. Eso es lo más acertado. Mira si se va? Corriendo                               Se va? Eso sí, muy apriesa. Pues aunque morir me siento  no he de volver. Qué es volver?  Pues aunque muera no tengo  de mirarla. Que es mirarla. Porque así sus devaneos  reprenda.                               Por allá. Porque así enmendar pretendo  su condición.                               Por acá. Sin alma voy. Voy muriendo. Siga a Marcela. Y él vaya  noramala.                               Me convengo. Cómo quedamos? Reñidos,  porque hagamos lo que vemos. Cada uno andar por su parte. Cada uno andar por su parte. A Dios tienda de maulero. A Dios manga de Parroquia. A más ver. A más no vernos.

JORNADA TERCERA

En este mal cultivado  pensil de flores, y abrojos,  donde el riego de mis ojos  suple el verdor agostado. En esta inculta ladera,  a cuyo espacio sombrío  paga el tierno llanto mío culpas de la primavera. Obedeciendo el rigor  de la aleve suerte mía. Sufriendo la tiranía  de mi amoroso dolor. Mi propio alivio condeno. Solo mis males no ignoro. Pues siempre penando lloro. Pues siempre llorando peno Mas resistamos desdichas. Pero suframos tormentos. Que así pasan los contentos. Que no viven más las dichas. Aprended flores de mí  lo que va de ayer a hoy,  que ayer maravilla fui,  y hoy sombra mía aun no soy.  Allí siente otro infelice. Allí otro infelice llora. Pues es queja, aunque sonora  la que lamentando dice. Aprended flores de mí lo que va de ayer a hoy,  que ayer maravilla fui,  y hoy sombra mía aun no soy. Dirá como yo, que siento  cuando os estoy cultivando,  y en mi fortuna llorando  tanto forzoso escarmiento,  que no atreváis vuestro aliento  al costoso frenesí  que yo infeliz le atreví,  reprimid vuestros verdores,  escarmentad en mi flores,  aprended flores de mí. Dirá el que os cultiva, y llora  como yo, su desventura,  que la dicha más segura  dura menos de una Aurora;  y dirá bien, sino ignora  las advertencias que os doy,  en lo que fui, y lo que soy,   pues triste hoy, y alegre ayer,  os enseño a conocer  lo que va de ayer a hoy. Encoged la pompa verde  de vuestra fragancia hermosa  antes que la peligrosa  necesidad os lo acuerde,  todo el imperio se pierde  flores, que os corono aquí,  mirad lo que presumí  ayer, viendo lo que hoy soy,  sin que os engañe ver hoy,  que ayer maravilla fui. Sol fue ayer la confianza  de mi amada libertad,  cuya incierta claridad  anocheció a mi esperanza,  luna fui en la semejanza,  que ayer creció, y mengua hoy;  flores, harto ejemplo os doy,  pues en mi infeliz esfera,  ayer sol, y luna era,  y hoy sombra mía aun no soy. Ay infelice de mí! Ay de mi infelice.                               Quién  como yo llora también? Quién mi llanto mira aquí? Jarifa?                               Avenzayde? Sí, yo soy.                               Y yo. Qué aflicción!                               Qué sientes? Una traición.                               De qué? De hallar advertido,  que el trueno hirió en el oído,  y el rayo en el corazón.  Tú en tan infeliz estado! Tú en fuerte tan inferior! O qué desdichado amor! Qué afecto tan desdichado! Trabajen pese a sus almas,  sin tanta conversación. Porque de alguna sospecha,  no nos aparte el rigor;  a la tarea volvamos. Volvamos mi bien, más no   mires a la tierra, o llora  si la miras, porque al sol  de tus ojos, no endurezca  su rebelde corazón,  debe una vez a tu llanto,  que te haga el afán menor. Llorando daré a la tierra  los ojos, no por favor,  que de su dureza espere,  ay infeliz! sino  por no verte en el estado  de tan mísero baldón. Aquí esta.                               Mucho atrever. Una hidalga compasión  sobre un corazón constante,  no se acuerda del temor,  callaras tú? Aunque quemarme. Pues está con atención,  y si alguien llega a este sitio  me avisaras.                               Sí sonior. Avencayde. Quién me llama?  Ay de mí infelice!                               No  Jarifa te sobresaltes. Como si nombrarte oyó  mi susto, cuándo recatas  tu nombre?                               Como oyes hoy  que me nombra la amistad,  temiendo lo del rigor. Menos lo entiendo.                               Si oís,  saldréis de la confusión. Prosigue Tarfe.                               Ya es más  mi pena, si Tarfe sois,  pues vos cautivo, se acaba  la esperanza de los dos. Y ya habiéndoos visto, es  en mí el empeño mayor,  que añade vuestra hermosura  deudas a mi obligación. Estás cautivo?                               No. Pues cómo aquí llegaste?  Yo de la duda os sacaré. Esconder Tarfes por Dios,  que venir Cristianos, prisa. Volvamos a la labor  nosotros, y tú entretanto  detrás de la población  de esos mirtos te retira. Yo lograré la ocasión. Trabajar beros barachos,  que sino quitar ración,  y andamos luego regar  cantándolo como yo.  Andarse sonior Mahoma,  que lo llama zancarrón,  casa de mecha, ahorcarlo,  porque no comer lechón. En este sitio me han puesto  Marcela de guardia hoy,  por ser la parte más flaca.  de la fuerza del Peñón.  Y porque hoy por aquí entra  la forzosa munición  de que necesita, para  su seguridad mayor.   Pues aunque yo siento tanto  no ejercitar mi valor  en estos perros, que tienen  con soberbia, presunción.  Sitiado el Cristiano esfuerzo,  me consuelo con que soy,  sino el conto, a lo menos  el preferido en la acción.  Viendo que de mí se fía,  lo que el riesgo amenazó,  que es esta indefensa puerta. Y mondo nísperos yo,  que esto reventando aquí  por matar al mismo sol. Al mismo sol?                               Claro está.  Los que matan como yo,  al sol matan comúnmente. Por qué? Porque ven mejor. Luego no matas a oscuras. Bien pudiera, pero no  tengo el tiento tan seguro;  pues cuando tras uno voy  se me embosca otro enemigo,   y se pierde la ocasión. Y con qué armas peleas? Con un poco de razón:  y si me enojo tal vez,  porque colérico soy,  con las manos, con las uñas. Con eso te irá mejor. Pues cómo Marcela no hablas? Porque calla Iván, no habló  Marcela, y porque ha sentido  que te disguste el favor,  que a la fortuna le debe  mi medroso corazón,  pues estar conmigo aquí  sientes tú, y estimo yo. No tienes razón, por vida  de tu cielo.                               Cómo no?  pues no se ven en tu semblante  cuando callara tu voz,  que a casa de mis martirios  andáis tú, y tu condición. Yo te martirizo? Pues lo ignoras.                               Marcela yo? Pues di, hay día que no cueste  tu común indignación  plegarias a mi cuidado,  y sustos a mi temor.  Si yo hubiera de cumplir  con atenta devoción  las novenas que ha ofrecido  en tus peligros mi voz,  a todos los santuarios,  que la angustia me acordó,  no hubiera bastante tiempo  para acabar la oración,  aunque viviera los años  que Matusalén vivió?  Es más de un susto mi alma  cada vez que sale el sol,  y otra cada vez que esconde  en el mar su resplandor?  Ay hora en que haya cesado  mi enamorado clamor,  desde el punto que rendí  al tuyo mi corazón.  Pues porque extrañas que sienta,  cuando permite el amor   treguas a los sobresaltos?  que siempre llorando estoy,  ver que te disguste a ti  lo que alivia mi dolor;  hallándote tan ajeno  de mi amante obligación,  que es el amor tu descuido,  y el peligro tu ambición,  tu desconsuelo el halago,  y tu regalo el furor,  tu espada, tu dama, y solo  sino con tu pundonor,  ni de mi te acuerdas, ni haces  aprecio de mi pasión,  ni mi fineza te obliga,  ni te mueve mi atención,  ni nada es bastante en fin  a sacarte del error  de querer hacer lo amante  esclavo de lo feroz. Que hermosa estas, no te dejes  de quejar mi bien, por Dios,  que nunca he visto en tu cielo  tan cabal la perfección. Quéjate tú, podrá ser   que estés hermosa. Yo no  quiero encargar mi conciencia  por la hermosura mayor,  pues tú tienes a los riesgos  tan poquísima afición,  que ni me das, ni me has dado  nunca el cuidado menor. Es un hombre amante, o fiera! Señor Iván Gómez, ni soy  de las mujeres que buscan  afeites a su razón,  ni de las que el modo ignoran  de encaminarla a la voz.  satisfágame a la queja,  que necio me ocasionó,  y deje de reparar  en sí estoy hermosa, o no;  pues tal cual esta hermosura  es como Dios me la dio  sin que el espejo me deba,  como a muchas, la atención  de comunicarle el modo  que parecerá mejor.  Pues yo he conocido alguna,   que en amaneciendo Dios  hace a su espejo más gestos,  que a una purga hiciera yo.  Y por parecerle un día  que le hacía perfección  a dormir los ojos, tanto  en adormecerlos dio,  que con quien la visitaba  roncaba en conversación. Doy fe de conocer otra,  que porque un día tosió,  y le agrado en el espejo,  ha un año que tiene tos. Oye, las mujeres pueden  hablar de si propias, no  los barbados, que es en ellas  la que suena acusación,  envidia tal vez, y en ellos  delito, y desatención. Quedo, señora Luisilla.  advertido desde hoy. Marcela con tu hermosura  me rindió el tirano amor. Tirano?                               Sí, por qué dice él   lo que quisiera hacer yo,  todo su injusto poder  a mi deseo añadió. Injusto? Sí, porque puso  cuidado en mi sujeción,  cruel me obligó a mirarte,  y a quererte me obligó. Cruel? Sí, pues el afecto  quiso hacer obligación,  púsote traidor, adonde  cegaste deberte yo. Traidor. Sí, porque alumbrar  para cegar, es traición;  quejoso cuanto feliz,  con tu vista me dejó. Quejoso? Sí, pues no me hizo  más digno de tu sabor:  rindióme de amor la fuerza  tu hermosa perfección. La fuerza? Sí, que no tiene   defensa quien te miró:  pero tu trato alevoso  maltrata mi fino ardor. Alevoso? Sí, pues finges  culpas de mi adoración. Pues qué quieres que te diga,  si llamas por mí al amor  tirano, injusto cruel,  aleve, astuto, y traidor? Quiero que te persuadas  a la entera jurisdicción;  que tienes en mi albedrío,  pues discurrido en razón,  cuando no eres tú el cristal  adonde me templo yo.  Cuántas veces me he negado  por sosegar tu temor  a lances, donde pudiera  perder la reputación? Eso no, con tu licencia,  que aunque te idolatro, no  tan vilmente, que tu vida  prefiera a tu pundonor:  porque es mi amor tan honrado,   tan hidalga mi pasión,  que si en dos peligros viera,  si pudiera ser en dos,  tu pundonor, y tu vida,  aunque me muriera yo,  contra tu vida, me hallara  a su lado tu opinión. Cómo no te he de adorar  si tienes ese valor?  Ea, ven, dame un abrazo. Toca, que eres un león  de la leonera de Venus. Quítese allá el hablador,  que no gusto de gallinas. Pienso que me conoció. Como yo, ni más, ni menos. Que en cualquier parte que este  me conozcan luego al punto.  traigo escrito acaso yo,  que tengo miedo en la frente? No sino en el corazón, Que hasta el alivio de hablar  niegue a mi pena el amor! Que este embarazo le quite  el consuelo a mi pasión!  Esto es, que ha desembarcado  el valeroso Español  Don García de Toledo.  honra de nuestra nación.  Acerquemonos, si gustas  Marcela, a ese Bastión,  que quiero ver si Don Lope  de Figueroa saltó a tierra. Y di que te importa? Téngole una inclinación  tan rara, que no la entiendo. Y no sería mejor,  que dobláramos?                               Por quién? Por quién? por el colador.  Mas digo so Iván?                               Qué falta? Hay piñata para hoy? Señor Poca Ropa, nunca  falta la merced de Dios. A mí me dejó el socorro  A oscuras.                     Cómo?                               Perdió   a los dados las dos pagas. Y diga, con quién jugó? Con un fullero.                               Fullero?  y cómo le consintió  que le ganase?                               Jugando. No le digo eso.                               Pues yo  como no hice otra cosa,  no sé dar otra razón. Conocerále?                               Y muy bien. Pues no perdió.                               Cómo no? Como yo haré que le vuelva  todo lo que le gano. O Iván, tan caritativo  como él mismo Iván de Dios.  o Iván, con quien son menguados  el Preste Iván, y el Mogor.  o Iván, que a Ivanes pudieras  de acero darle lición.  o Iván, por quien Iván Soldado  es ya Iván de Espera en Dios.   o Iván. Sobre no hablar poco  habla muy mal.                               Eso no,  que yo de nadie mormuro. Pero es muy necio hablador. Paro.                               Topo. Más a doce.                               Reparo. Eso no hice yo,  pues perdí con vuesesté. Cuál de aquellos le ganó? El que no ha soltado el dado  desde que me desolló.  Y el que al son de los suspiros  de todo el tahúr montón,  está tocando en la caja  a recoger el vellón. Venga, pero aguarde; Moro  Cómo te va? Bien señor. Y si te va mal, tú tienes  la culpa. Pues en qué yo?  En no querernos decir  quien eres. Quien digo soy. Mal podré yo persuadirme  a creerte, porque no  cabe tu noble ardimento  en humilde corazón. Suele la naturaleza  hacer monstros, y en rigor  uno de ellos eres tú;  pues según la información,  que de ti tengo, no eres  más que un soldado inferior;  y siendo humilde, pareces  noble con tal perfección,  que de mil sangres ilustres  tienes tú solo el valor.  Luego si tú, que me haces  ventaja tan superior,  puedes ser, como lo eres,  humilde, no hallo razón  para que tú en mí no creas,  lo que de ti creo yo. Filósofo es el mastín. Todos estos Moros son   grandísimos herbolarios. Tu discurso hace mayor  mi duda. Entiéndesle?                               Si. Esa es otra conclusión  de mi argumento. Di cómo? Como quien a ti te dio  discurso para entenderme  en ese humilde blasón,  también en mi bajo ser  pudo darme explicación. Yo no sé quién soy, y tú  sabes quién eres?                               Si no  sabes quién eres, también  nos parecemos los dos  en eso, pues yo tampoco,  según me mudó el rigor  de la fortuna cruel,  pasándome la traición  de librea esclavo, sé mas  de que un triste esclavo soy. No te quiero porfiar.  Eres discreto.                               En fin hoy  a este trabajo te echaron? Sí señora. Compasión me das. Pues no me la tengas. Por qué? Porque no es razón,  que haciéndome la merced,  que confieso a tu favor  deba tu piedad sentir  lo que no he sentido yo. Pues no sientes este ultraje? Es mi alivio este baldón. Cómo? Como a él le debo  verme en la presencia hoy,  que olvida mi esclavitud,  y logra mi adoración.  Y no solo yo señora  contento, y alegre estoy,  sino ese Moro también. Engañaste, porque yo  aunque la presencia estimo,   que mi afecto deseó  ver ultrajado, a quien quiero  ver con aquel galardón  que a su mérito le deben  las prendas de su valor,  es sentimiento, que en mí pasa a desesperación. Mucho te estimo el afecto. Poco me debes señor,  que no hago nada por ti  en cuanto diciendo estoy. Ya sé que por mí lo dices. Mucho le debo a tu amor. Mi amores señora tanto,  que mi cortedad creyó  no haber dicho por ti nada,  en cuanto aquí pronunció. Hablan en algarabía estos Moros? Que sé soy, aunque no es dificultosa  de adivinar su intención. Pues qué es si tú la adivinas? Que aquel Morillo cantor,  alcorza del dios Machín,   a Marcela se inclinó.  Y esto otro Morazo, cara  de esportillo de carbón,  le tiene a Iván un pedazo  de maldita inclinación. Un hombre a otro animal. Los Moros bonitos son,  cuánto va que le requiebra. Qué majadero estás hoy. Ha de andarse un hombre,  gracioso sin ocasión? Siéntalo como te digo;  mas si en la distribución  me tocas al mismo instante,  te ofrezco sin dilación  la libertad, que ahora, Moro,  por no poder no te doy. Esa palabra te tomo. Yo hablaré al Gobernador  para que mande ponerte  en más blanda ocupación. Harásme mucha merced. Y pagaráselo Dios. Vamos Marcela a buscar  a Don Lope, pues sonó   can cerca la caja. Vamos.                               Y mi dinero? Por Dios  que se me había olvidado  Poca Ropa, pero no  tenga cuidado, que presto  le pondré en su posesión.  Que miras?                               Que eres galán. Y tú divina                               Y tú, y yo? Tu amigo la flor del berro. Y tú el berro sin la flor. En fin tendrás libertad aprisa?                               Cómo sin ti? Gobernándote por mí. Es deuda de mi amistad. Puedo hablar ya? Bien poder.  que todo estar sosegado. Ten Ametillo cuidado. Yo avisar si menester. Yo vengo a librarte.  Vienes?                               Di cómo? Sin dilación,  que se pierde la ocasión si un punto más te detienes. Pues cómo se ha de lograr? Cómo se ha de conseguir? Atreviéndose a salir,  como yo me atreví a entrar,  no cerré todo el cordón  como debí, y pude hacer,  solamente por poder  ejecutar mi intención.  y hoy que vi desembarcar  a la plaza bastimento,  para que mi fi el intento  pudiese disimular,  este vestido tomé.  y advertido de los modos,  y mezclándome entre todos  bizcocho en la plaza entré,  esclavos, y Moros son  cuantos entran de galera;  pues nos da lisonjera  la fortuna esta ocasión,   estos costales partamos,  ponte este grillo, y cadena:  y pues la suerte lo ordena  juntos con ellos salgamos,  que si no se logra al cabo  nuestra intención deseada,  pues te estás esclavo, nada  pierdes en quedarte esclavo. Yo por Jarifa. Es locura,  saca el pie, y librarme espera. No será la vez primera  que me prende tu hermosura;  y dime a Jarifa bella  no pudiéramos llevar? No, que su luz singular  hará reparar en ella. Parte tu mi bien, más parte  sin olvidar mi dolor. Pues librárame mi amor,  si no fuera por librarte,  haré a los cielos testigos,  dándote satisfacción  de mi amante indignación  en todos tus enemigos,   animaré mis soldados  a libertar tu hermosura. Como yo salir procura,  pues vuelven ya los forzados  sin susto. Advertido estoy. Despacio perros, y quedo. En tinieblas sin ti quedo. Ciego sin tus ojos voy,  fortuna ampara un amante  intento que estriba en ti. Amor duélete de mí. Ea canalla, adelante. Pícaros, no solo a él,  sino a cuantos le procuren  defender haré pedazos. Muerto soy. Pues no se cure. que esto en un cuerpo de guardia  con tal desvergüénzase usé? Gallina, yo hago usos nuevos  para que hiles tú. Sacude Ivanillo, que vale cada  sopapo doce Pirues. Ay, qué me ha muerto!  Pues vaya.  a acompañar al que pudre. Iván tente.                               Iván. No hay más Iván,  que ir hilvanando capuces. Traición, traición. Mentís todos. Quién causa estas inquietudes? Quién estos tumultos causa? Antes que nadie divulgue  mi delito, u mi razón,  quiero que de mí lo escuches. Luego tú has hecho esa muerte? Y a mí, porque le detuve  dentro del cuerpo de guardia  me ha herido señor.                               No acuse  Sargentillo sino vaya  a cuidar de que le curen. Oye, y eso es lo más sano,  o no irá, si algo más gruñe. Vaya seo alcuza, que aquí  no han menester sacabuches. Severo está Don García.  Fuerza será que ejecute  aquí por el escarmiento  algo, aunque más me disguste,  Don Lope. Qué es escarmiento?  pues vale cuanto descubre  el Sol, lo que este muchacho  puede haber culpa que asuste  en su mayor gravedad.  a su menor pesadumbre?  anda señor. Qué tal diga  un hombre, que bien discurre?  pues puedo negarme yo,  aunque más lo disimule,  a castigarse, que hiciera  Vueseñoria. Si arguye  de ese modo Vuecelencia,  no es posible hallar vislumbre  de librarle Pues decidme  como, para que lo busque. Mirando primeramente  el valor, que le descubre   la nobleza que ignoramos,  y luego con mansedumbre  reparando en que por él  no estamos sacando azufre  en las minas de Marruecos,  que esto no hay cómo se dude. Y añadid a esas también  la calidad de más lustre. Cuál es?                               Parecerse a vos Vuecelencia no se burle,  y acuérdese de que todos  hemos tenido inquietudes. Y en eso, qué os va?                               No. Cuanto este afecto descubre  averiguar determino,  pues la ocasión lo introduce,  dad la espada.                               A quién señor? Menester será que excuse  yo aquí un nuevo precipicio,  a mí. Aunque en darla aventure  la vida, a vuestro respeto   no hallo como me rehúse; Ya señor estáis servido. De vuestra soberbia inútil  al mundo daré escarmiento. Inmortal sudor me cubre. Mas que le prensa el garguero Ola.                               Señor. No te turbes. Hagan diez arcabuceros  blanco de los arcabuces  a ese hombre, sin dilación. El negocio ha dado lumbre. Mirad.                               Nadie me replique  que esto es bien que se ejecute,  pues a debito tan grave,  como añadir inquietudes  en una sitiada plaza,  aunque la piedad lo excuse.  es razón que lo castigue  quien no halla en que lo disculpe. Ay infelice de mí!  qué viva yo, y esto escuche!  Ya de tu rueda fortuna  Se afijó el curso voluble. Sobresaltado me siento. De su semblante se arguye  su amor, apretemos más,  por ver si algo más descubre:  ea, qué aguardáis? Señor  Se valen con vos.                               Excuse  por vida suya, señora,  lo que introducir presume,  que pedirme a mí una dama  lo que es fuerza que rehúse,  siendo quien soy, es lo propio,  que darme una pesadumbre. Pues yo a Vuecelencia ruego. Ya es justo que me disguste. Que en fin tengo de morir? Pues eso habrá quien lo dude? Pues primero, gran señor,  que las fatales segures  del plomo ardiente, mi vida  en el olvido sepulten:  y primero que las parcas,  con su alevosa costumbre,   este viviente edificio  reduzcan a polvo inútil,  sin cansarse a Vuecelencia  le suplico que me escuche,  porque ya que de mi aliento  la trama se desañude,  no muera también mi fama,  si acaso la crueldad sufre,  que quien triunfa de mi vida,  de mis hazañas no triunfe.  Nací en la hermosa Ciudad,  a quien el Betis sacude  el polvo de las murallas,  con la plata que las cubre.  En Sevilla digo, aquella  agradable muchedumbre;  aquel laberinto afable  de hermosuras, y de lustres,  de algún delito de amor,  porque nada de mi oculte,  debió de ser, pues nací,  y de quien nací no supe.  Bien, que no puedo dudar  que mi madre fuese ilustre,  pues recatar los errores   no es de mujeres comunes.  En Triana me crio  con amor, y servidumbre  una honrada labradora,  de quien solo saber pude,  que un Caballero soldado  le mandó que de mi cuide,  dejándole por indicio,  que mi nobleza descubre,  en ropa, dinero, y joyas,  testigos que la aseguren.  Llamábase Alonso Gómez  su marido, y porque oculte  mi apellido aquella culpa  primera, o la disimule,  Iván Gómez me llamó a mí,  haciendo que se divulgue  ser hijo suyo, aunque en todo  lo negaban mis costumbres.  Aquella primera edad,  que en el hombre se introduce,  a crepúsculo, mezclando  confusas sombras, y luces  pasé en Triana, y llegué  a la segunda, en que pulen   los usos de la razón  todo aquello que descubre;  pero apenas los umbrales  forastero de las lumbres  de la advertencia, pisé  libre de aquella lúgubre  torpe ignorancia, que todo  lo declara, y lo confunde.  Cuando impaciente de ver,  que con imperio circunden  en mi tan pocas paredes,  tanto vulgo de inquietudes,  sin más consejo que el mío,  porque de nadie le sufre  la resolución, y más  cuando tiene quien la acuse.  Deje a Triana, llevando  conmigo; porque me ayude  al intento de pasar  a honradas solicitudes,  mi propio valor, que ya,  porque seguro le use,  noble comenzaba a darme  de que era mío, vislumbres.  Viví en Sevilla ignorado   de los propios que me acuden,  cuanto corrido, de que  por hijo suyo me juzguen,  donde adelantado en todas  las ocasiones que pude:  coloqué mi estimación  sobre la más alta nube:  cuatro honrados desafíos  en poco término tuve,  llamado en todos, porque  en todos los lances puse  cuidado de no tener  que hacer más, porque es inútil  en mi opinión el suceso,  que con mucha mansedumbre  le acaba el que le comienza,  sin dejar porque le busquen.  Muertes, pendencias, y heridas  dejaré a que las pronuncien  otros por mí, pues son tan tas,  que aunque en contarlas a juste  todo el término que tengo,  no cabrán en su volumen,  si bien no será delito,  pues es verdad, que asegure,   que de cuantos me hayan dado  ocasión que me disguste,  no habrá muchos que lo cuenten  y caso que lo procuren  no habrá quien quiera escucharlos  y hará muy bien quien lo excuse  que conversación de muertos  no es para que de ella gusten.  En esta arriesgada vida,  sin que su riesgo me asuste,  sin que su temor me quiete,  ni su peligro me mude:  corrí parte de mi edad,  tan libre, como se induce  de un corazón, que apostaba  a soberbia con las cumbres,  a incultura con los montes,  y a presunción con las nubes.  Cuando ofendido el amor  de averiguar, que presume  de mí a mi libertad,  viendo que el yugo sacuden  mis altiveces soberbias  de sus amarguras dulces,  esa dama me enseñó,   que aunque más la desfigure  el susto de mi peligro,  y su perfección oculte,  bastante beldad le deja  para que yo me disculpe.  Mírela, y rendíme, dando  al vendado Dios más lustre  mi difícil rendimiento,  que cuantos su altar incluye,  soberbio quedó el amor,  y engañado, si presume  que fue a él el sacrificio  de mis amantes perfumes,  pues debiera conocer,  porque presunciones burle,  que hieren menos sus flechas,  que matan aquellas luces.  Amante en fin padecí,  por excusar las comunes  ponderaciones, las blandas  penas, que el amor produce,  y en ellas constante, y fino,  cuanto venturoso supe,  que era admitido, debajo  de aquel pretexto, que une,   y se promete tan fácil,  cuanto difícil se cumple.  Enamoraba a Marcela,  sin que por esto la culpe,  que hay hombres tan porfiados,  que neciamente presumen,  que los favorecen más,  cuando más los destituyen.  Enamorábala un hombre  de estos de concepto dulce,  Narciso de su belleza,  mucha prosa, y poco fuste,  su pelo, y matéle, aquí  serán razón que insinué  un extraño sentimiento;  pues a la verdad le tuve  no de matarle, sino  de lo que le descompuse.  Por este caso mandó  a justicia, que me busquen  sus Ministros, y me prendan,  y me maten, que aquí suple  la inobediencia el estilo  de que la ley lo promulgue.  Vime en este estado, y vi,   que aunque no hay porque me turbe,  si el prenderme, ni el matarme,  cuando no hay que me atribule,  con todo eso tuve siempre  por razón, y por costumbre  tal respeto a la justicia,  que huir su enojo dispuse,  sin que a mi osadía esto  ningún defecto acomule,  que temor, que la atención,  y no el recelo le infunde,  es cobarde quien le espera,  y valiente quien le huye.  Resolví dejar mi Patria,  y porque el amor me induce  a no dejar en Marcela  el aliento que me influye,  añadiendo culpa a culpa,  aunque su opinión lo excuse;  me mandaron mis afectos,  que a su familia la hurte.  Llegué a Málaga con ella,  y como no se aseguran  mis riesgos, a un bergantín  que daba las rojas Cruces   de dos banderas al viento,  fié nuestras inquietudes;  y descubriendo el Peñón,  porque más mares no surque  Marcela al Patrón pedí,  que el bergantín desocupe  de los dos en esas peñas,  que las espumas sacuden.  Juzgueme, aunque libre, preso,  notando que me descubre  seguridad, y peligro,  el temor que me conduce;  pues huyendo una prisión  a otra cárcel me reduce,  dándome un presidio donde  de una prisión me asegure.  Seis años ha que en su estrecha  clausura, mi vida sufre  tantas descomodidades,  cuantas la razón presume,  en cuyo espacio sirviendo  con lealtad indisoluble  tantos Alarbes he muerto,  que el número se confunde;  pues si no lo hace la muerte,   no habrá pluma que los sume.  Diez valientes Africanos  he muerto, Moros ilustres;  y entre ellos al más que todos  valiente Alcaide de Túnez.  No hay Moro en estas comarcas  tan atrevido, que escuche  mi nombre, sin que el color  se le pierda, o se le turbe.  Y últimamente me llaman  todos, o ajuste, o no ajuste  a la verdad el sonido,  o ya se crea, o se dude,  el Defensor del Peñón,  porque en mis hombros sostuve  su ruina, cuantas veces  a su ruina me opuse.  Testigos sois vos señor  de que no ha mucho que puse  por libraros de un peligro,  sin mirar su muchedumbre,  todo un ejército en fuga.  Y no porque me conmute  Vuecelencia la sentencia  lo digo, aunque lo pronuncie,   sino porque considere,  si en mi delito discurre,  que fue matar a un ladrón,  y que no es bien que aventure,  por lo que importa tan poco,  lo que tanto importa, dure  gran señor en esta mano  la espada, que al Moro turbe,  dure en esta vida el nombre,  que temores introduce.  Pero si está Vuecelencia  resuelto, que no lo excuse,  solo le suplico, pues  sin que el peligro me inmute,  sin que el recelo me pasme,  ni la desdicha me asuste,  osado, valiente, y firme,  con la animosa costumbre,  con el intrépido aliento,  que mi espíritu produce,  daré al corazón valiente  yo propio los arcabuces,  quitándoles con mi mano  el trabajo de que apunten.  Que quien nunca rehusó   morir en las multitudes  de ocasiones, que le han dado  fama inmortal con que triunfe  a vista de Vuecelencia,  no es bien que ahora lo rehúse. Qué decís de esto? Colijo que le habéis de perdonar. Bien. Señor no hay que cansar. Porque? Porque este es mi hijo. Señor Don Lope, por Dios  que os compadezcáis de mí. Veis que os importa a vos?                               Si Pues más me importa que a vos Mirad no sea piedad? Por vida de Vuecelencia  que es cierto, tú la diligencia  lo declara, escuchad:  no nació en Sevilla?                               Si. Y en Triana se crió?                               Tar.  Pues pudiera yo,  engañarme contra mí.  Llamábase Ivana aquella  a quien debió su crianza? Sí señor, Ivana de hayanza. No hay que cansarnos, que es ella  No fue en fin noble su madre,  y cómo?                               Yo lo colijo. Del mismo modo es mi hijo  que yo hijo de mi padre. Dentro del rastrillo ya  Los Alarbes han entrado. Señor, ved que nos perdemos,  y que ya de aliento falto  no puedo resistir más;  pues con el alma en los labios  voy a acabar de pagar  lo que de mi ha confiado  mi Rey; seguidme Españoles. Ea nobles Africanos. Cuidad de ese hombre Sargento. Mejor fuera maniatarlo. Y vamos a resistir  este asalto, Santiago.  Quedad sin susto hijo mío. No os entiendo. Yo más claro  hablaré, aprisa Sargento,  téngame con él cuidado. Cuidado con esa pierna. Mas que se la lleve el diablo. Viva España. África viva. Dentro del Peñón entrando  Van los Moros.                               Seo Sargento  Ruégole que me dé plazo  para ir a la defensa  de la plaza, que le hago  pleito homenaje, que al punto  me volveré.                               No me allano. Hágalo, por si su dicha,  su valor hacen algo con que perdonado quede.  señor Sargento menguado,  pues no da pan, dé siquiera  callejuela.                               No me allano.  Pues allánese el gallina,  toma tu espada.                               San Pablo, Muerto soy. Mientes, que a nadie  han muerto dos veces asno. A Don Lope socorred  amigos, que peligrando  está su vida.                               Qué escucho! Iván, a socorrerle vamos. Nunca te he debido más. Vamos, que es un viejo honrado Vamos Poca Ropa.                               Ven,  me verás hacer milagros. Por la plaza discurriendo. Guiada del sobresalto. Jarifa?                               Avenzayde mío? Sígueme, pues quiso el hado  que te encontrase. Alentad,  pues tenéis a vuestro lado  a Iván Gómez, valeroso   D. Lope.                               Moros huyamos. Perros esperad.                               Ha cielos  que van allí desmayando  lo míos, sígueme presto. Moro, que pensaste osado  volver, habiendo yo visto  por donde habías entrado,  quién eres?                               No me conoces? Con el acero en la mano  no conozco a nadie.                               Pues  infórmate de mi brazo.                               Si haré Mas perdí el acero. Ahora Moro te acabo  de conocer, pues rendido  estás, con señas de esclavo.  A retirar nos obliga  su furor.                               Tened cuidado  de este Moro, y advertid,  que soy yo quien os le encargo,   mientras yo acabo de echar  del Peñón este embarazo. No hayas miedo que se vaya. Perdíme otra vez.  Sintamos  ojos esta desventura. Por aquí estar solto el diablo. Auenzayde es muerto, Moros  a retirar.  Huid galgos. Huid podencos. Vitoria. Al cielo le agradezcamos  este favor.  Y a mi hijo. No hay cómo poder negarlo. Quién es señor vuestro hijo? Vos, señor dadme los brazos  sin hacerme más preguntas. A vuestros pies humillado  me tenéis. Y tú valiente  Español, que has cautivado  segunda vez a Avenzayde,  los tuyos me da, y si acaso  debe valer para mí  palabra que vale tanto,  cúmpleme la tuya, y dame  libertad, pues soy tu esclavo. Yo señor os lo suplico  si estoy de vos perdonado. Si estáis, y aun obedecido,  pero ajustad vos los pactos  después, sabed ahora,  porque habiéndose librado  volvió al peligro? Por ese  sol, señor, que disfrazado  en la nube, que le oculta,  es la luz que yo idolatro. Luego es mujer?                               Sí señor. Pues a honor de mis aplausos  quedas libre tú también;  y pues esto está acabado  señor Don Lope, y Sicilia  aguarda, al punto partamos. Como no honráis a mi hijo No penséis que me he olvidado  el Gobernador murió,   gobierne Don Iván en tanto  que a su Majestad suplico  que le honre con mayor cargo. Y yo señor? Eso a mí  me toca, dale la mano  Don Iván, si tu sangre iguala. Con hacerlo satisfago  tu duda, y mi obligación. Dame Jarifa los brazos. Feliz mi amor, que te logra. Venturosos mis trabajos. Yo estar libre. Y tú, y yo nos  casaremos más de espacio. Con que tendrá fin dichoso  si supo conseguir tanto  el Defensor del Peñón,  que mereciese agradaros.