Texto digital de El defensor del Peñón
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Juan Bautista Diamante
- Atribución estilometría
- Juan Bautista Diamante Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto, modernizado con posterioridad, procede de TESO.
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Velasco, Adrián. Texto digital de El defensor del Peñón. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/defensor-del-penon-el.

EL DEFENSOR DEL PEÑÓN
JORNADA PRIMERA
Esta es famoso Avenzayde de Vélez de la Gomera la infeliz reliquia, esta es del Peñón la fortaleza. Y añade, que esta es, o Tarfe violenta caja de aquella perla, de África, y del mundo, cárcel de la Primavera, engace de todo el Sol, nácar de la Aurora bella, que mereciendo a Jarifa, aunque violentada sea, es caja, prisión, y engace de Sol, de Aurora, y de perla. Y si permitir Mahoma descubrirnos centinelas, para mí estar el infierno, que me remper el cabeza. A que adelantados, pues de tus Moriscas hileras, fiado de mi amistad, y de tu valor, intentas, que al Peñón te acerque, y ya que registras sus almenas con la poca claridad, que la escasa luz dispensa, porque mudo en la intención no me participas de ella. Ay Tarfe amigo, que como es de tan rara extrañeza el suceso de mi mal, no admiro que no le entiendas. Pero lo que extraño Tarfe, es, que no te diesen señas de ser de amor mis tormentos, aunque no de amor mis quejas; porque soy tan infeliz, que al paso que se le estrecha a mi alivio la esperanza, no puedo quejarme de ella. Ni te entiendo, ni presumo que aquí a propósito venga la conversación de amor. Antes que Cristianos legas enviarnos a noramalas, andamos a norabuenas. Porque no presumas Tarfe, que es liviandad, y no deuda la de mi venida, haré que fácilmente lo entiendas. Yo amigo a las largas marcho, que oíste a mi diligencia, desde Alcasagran, mi patria, cuya Ascaydia es mi herencia. Llegué a vista del Peñón con diez mil Moros de guerra infantes, y cuatro mil jinetes, cuyas soberbias yeguas, si las que son vientos merecen nombres de yeguas. Con tanto dominio pisan el suelo cuando le huellan, que parece que avasallan el distrito que pasean. Tan presumidas de nobles, que atendiendo a su limpieza, porque el polvo, que ocasionan no les manche la pureza. Si sus clines le levantan, con sus espumas le anegan. Con tu gente incorporadas, como sabes, en la sierra de Raban hicieron alto hoy mis lunadas banderas, que mi intento es destruir esta defendida fuerza de desnudos tigres de hombres con semejanza de fieras. No es dudable, más lo es el motivo que me alienta a su ruina infelice, pues aunque bastante sea el del odio natural, que en nuestras naciones reina, y a este añadido después el de ver que se sustenta a pesar de África toda esta injuria de la seta Mahometana, este lunar de la Morisca belleza: no es ninguna de estas causas, aunque tan forzosas eran la que me mueve animoso, la que osado me violenta, la que noble me convida, y la que me obliga ciega. Mas poder tiene, mayor dominio, ay Tarfe! granjea la razón que me apasiona, y el dolor que me atormenta. Y supuesto que lo ignoras, oye, para que lo sepas, y salva tú la objeción de hablar en estas materias en lugar tan peligroso, con saber que no se acuerda el amor de los peligros; pues no hay quien ame, que tema. Desde mis más tiernos años alistado en las opuestas banderas de amor, y Marte curse las varias escuelas de rendimientos, y horrores, de halagos, y de violencias, reduciendo a una opinión las dos discordes sentencias de que haya ternura airada, y enamorada fiereza. En Alcasagran vi un día, y no te digo que fuera mejor, no haber visto Tarfe, que es muy cobarde de penas quien preferir quiere amando a su amor su conveniencia, porque hay penas tan divinas, que es culpa no padecerlas. Vi al Sol, pero vi a Jarifa, que para decir cuál sea su divina perfección no hay más frase que ella misma. Rendido a su cielo, en fin, por ir zanjando molestas digresiones de suspiros, de llantos, y diligencia, que unas despreciadas, y otras admitidas, todas cesan en saber que le reducen a glorias de amor las penas. Pasare, hay de mí! infelice a la mayor la más fiera angustia, el más grave mal, que los rigores acuerdan, pues no igualan mis tormentos, aunque los suyos padezcan, Tántalo a la boca el agua, Sísifo al hombro la peña. Era ya Jarifa mía, porque lo decía ella. que no hay más seguridad en las mujeres de prendas. Era ya mi esposa, hay triste! no sé cómo lo refiera que se pasman la palabras entre el afecto, y la lengua. Cuando acabamos desdichas, que no hay razón de que sea al resistiros de bronce, y al pronunciaros de cera! Cuando una tarde Tarifa, con algunas Moras bellas de ese vecino castillo, a quien su padre gobierna; salió al campo disfrazada, y divertida en la fiesta se apartó tanto del muro, que dio en las manos soberbias de unos Cristianos, que entonces iban a correr la tierra: esclavo hicieron al día, y fue tanta la terneza de ver padecer al Sol, que lloraron las estrellas. Vistióse el cielo de luto, fuera sentimiento, o fuera sujetarse a padecer los eclipses de la tierra. Tuve la nueva infelice de esta infelice tragedia en Alcasagran, adonde lloraba entonces su ausencia. Déjote de encarecer, temiendo que no lo creas, mi dolor, porque sentir adversidad como esta, y tener vida, parece imposible que suceda; pues no todos saben, Tarfe, que de la propia manera que un gusto quita la vida, un disgusto la alimenta, que hay venenos tan crueles, que por no perder la esencia de su efecto, en no matar logran su naturaleza. Bien parecerá, que cuando la fortuna, tan severa se muestra en mis ultrajes, no permitiría fiera, ni un resquicio de consuelo para reparar mis quejas: pero no fue así, pues dando a su curso toda entera la vuelta de su voluble, de su nunca fija rueda, con el extremo infelice de su adversidad molesta, de la divina Jarifa, llegó a la esclavitud bella. Y como era preciso, que desde la cumbre excelsa de la desdicha, bajando hacia la ventura fuera declinó la suerte ingrata, en que ya que prisionera fue Jarifa como esclava, como dama no lo fuera. Porque el varonil adorno, que entonces su disfraz era, aunque no su esclavitud, fingió su naturaleza. Dirásme, que este recurso es frágil en tan inmensa tropelía de desgracias, y responder será fuerza: que si el filo de una espada ase el triste que se anega, y por reparo le tiene, no será mucho que tenga yo por consuelo el ahorro de mis celos; pues si viera el más bárbaro a Jarifa, y su beldad conociera, era preciso adorarla; y también por consecuencia forzoso matarme a mí, pues bastara a mi fineza, que otro amor la deseara, para que yo me muriera. Con este afán, y el discurso de ver cuán humilde fuera la intención de rescatarla a valor que no tuviera mi sangre en su estimación, pues no basta cuanto encierra el mar, cuanto engendra el Sol, ni cuanto esconde la tierra en pardas grutas, en blancas conchas, y en doradas venas, para apreciar la menor perfección de su belleza, si donde todo es tan mucho, hay algo que menos sea, sabiendo que era el Peñón de su luz humilde esfera, custodia de su albedrío, prisión de su gentileza. Con enamoradas ansias, y con piadosas ternezas, junté cuanto Moro ciñe alfanje, y lance maneja, y a ti entre todos, o Tarfe, para que instrumento seas de restituir al mundo las luces que le hermosean a las rosas la fragancia, la vida a las azucenas, el matiz a los claveles, la perfección a las perlas, el ámbar a los jazmines, el candor a las mosquetas, risa a las sonoras fuentes, voz a las aves parleras, y a mí el alma que me anima, y la vida que me alienta. Arda, pues, el Peñón, ardan al incendio que congelan mis penas enamoradas sus defendidas almenas. Y pues solo de saber te falta, cual Tarfe sea la intención de adelantarme de mi gente es la fineza de mi amor, con dos intentos, el primero, de que vean mis tristes cansados ojos, las paredes que rodean el simulacro que adoro, y consolarme con ellas; y es el segundo advertir en la muralla soberbia por donde pueda asaltar su temida fortaleza. Esta es Tarfe valeroso la razón que me violenta, la causa que me ocasiona, y el empeño que me fuerza. Tú, pues eres noble, allá contigo, mira si es deuda para obligación tan grande, demostración tan pequeña. Si eres amante, discurre lo que el amor aconseja: pues eres valiente, nota lo que el pundonor ordena, mientras yo resuelto, firme. amante, y rendido, en muestra de mi obligación, consagro al dueño que la sustenta desvelos, cuidados, ansias, riesgos, peligros, ofensas, temores, sustos, desmayos, osadías, y violencias; pues a pesar de Mahoma, si en estorbarlo se empeña, o he de librar a Jarifa, o morir en la contienda. Quien sin saber la razón de tu empeño, con tan ciega obediencia se dispuso al peligro de tu empresa. Claro está, que averiguando Avenzayde, cuanto sea precisa tu obligación, no podrá faltarte a ella. Pero también es verdad, que si te aventuras yerras, no solo el fin de librar a Jarifa de la fiera esclavitud que la oprime, sino la esperanza misma, pues tu perdido, no hay como su libertad forma tenga. Y así soy de parecer, que en sola esta noche arriesgas el precio de muchos logros. Bien veo que me aconsejas la verdad, pero es Jarifa mi vida, y estoy sin ella. Echamos corer sonior, que me parece que lega mucho gentes Cristianilie. Como puede ser que ceda del intento de adorar estas paredes, si en ellas está el templo de Jarifa, pues creo que me dijera el alma a verme volver, sin reverenciar si quiera el lugar que la merece divina, aunque prisionera. La sin ventura, Jarifa, hija del noble Zulema, olvidada de Avenzayde, gime amante, y llora presa. No hagas Poca Ropa ruido, que quiero desde más cerca ver si entiendo lo que hablan estos Moros. Pues no fuera mejor ir descalabrando? Muy valiente estás, sosiega, que tiempo habrá para todo. De cuándo acá usté con flema? En una injusta prisión dos veces cautiva, pena ofensas de su fortuna, y agravios de su fineza. Ay Tarfe! quién podrá oír, a quién, hay de mí! se queja tan tiernamente, que a un tiempo agasaja, y atormenta. Como? Como aquella voz es de Jarifa, no creas dulce acento, que me acusas en mi constancia tibieza, cree en mi ventura desgracia; pero no en mi amor ofensa, tú tienes presa la vida, y yo tengo el alma presa; de hierro son tus prisiones, de desdichas mis cadenas, mi bien oye a quien te adora. Cómo es posible que pueda tanto una pasión, que olvide a un hombre de tu prudencia de la razón? Con saber que aquí es razón no tenerla. Mira Avenzaide. Ay de mí! déjame morir de aquella voz, que injustamente agravia lo mismo que lisonjea: pues cuando de oírla vivo, muero de saber que sea, donde quejosa la escucho, añadiéndose a mis penas sus desconfianza, pues dice cuando se lamenta. La sin ventura Jarifa, hija del noble Zulema, olvidada de Avenzaide gime amante, y llora presa. Y supuesto que ya sobran a vista de esta inclemencia de amor, prevenciones sabias, y sagaces advertencias, pues donde obra la cordura, se aventura la fineza. Parte Tarfe valeroso, y conduce mis hileras mientras con sombras la noche tiene las luces suspensas, que yo en este propio sitio te aguardaré, porque vea el Sol en su hermoso Oriente la satisfacción entera, que da mi amor de mi amor. Y pues ya no hay donde quepan sabios consejos, o Tarfe, no hay para que te detengas, parte en las veloces alas de mi corazón ya llegas, ya mis Moros acaudillas, ya con sus tropas te acercas, ya la fortaleza asalto, ya corono sus almenas, ya llego a la injusta cárcel, ya saco a mi dueño de ella, ya en sus brazos me recibe, ya me abraso en sus estrellas, ya mis ternezas la obligan, ya sus halagos me templan, y ya Tarfe estoy sin alma de ver que esto no sucede. A resolución tan grande responderte será fuerza, que donde tú te perdieres no importa que yo me pierda. Sígueme Amete, que quiero, dando a este muro la vuelta ver, si quiere mi fortuna, que al dueño de esta voz vea. No poder andar de miedo. Mira que se van. Espera, que pues volver por aquí es preciso, y en mi es deuda guardar este puesto, cuando den Poca ropa la vuelta. Si no lo remedia Dios los pondrá de vuelta, y media. Oyó lo que hablaban? No, aunque algunas voces tiernas, que comenzando en palabras, se remataban en quejas, pudieron darme a entender, que era de amor la contienda y sentiré si es así, porque sé lo que atormenta, amor darles más castigo del que tienen en su pena, aunque no hallo en el Peñón cautiva que les merezca el peligro en que se ponen. Mire, estos son unas bestias, que no miran gollorías; y en buena fe, si se acuerda, que aquel morillo cantor tiene una cara de perlas, una boca de alfeñique, y unas manos de manteca. Y qué tenemos con eso? Que puede ser que no sea Moro. Sino qué? Morillo de la propia chimenea de la cocina de amor, donde las almas se tuestan. El Moro que se apartó no vuelve? Y de eso le pesa, mejor no nos avendremos con dos, que con tres? Que tenga un hombre de bien tan poco valor, que al número atienda de diez Moros masa menos. Y que tantas experiencias como ha tenido de mí el recelo, no le venzan, cuando sabe que si Dios, como pudo hacer hiciera de las arenas que piso armados Moros de guerra, sobre sus rojos bonetes, aunque innumerables fueran los pies estampara, como los estampo en las arenas. Mire, obras de Dios son todas, Iván Gómez. De qué manera? Dios que cría los leones, cría también las ovejas. Y yo que no soy soberbio, hablando verdad, quisiera de etos dos Moros el humo, porque me tuviera cuenta con estos calzones, pues cada mañana me cuestan cuatro horas para ajustar el lugar de cada pieza. Saber cuál es el envés, o el haz, que aunque en esta ciencia estudio todos los días, nunca acabo de saberla. Y para tanto trabajo no te parece que fuera mejor tener dos? Si amigo, pues a menos les cupiera. Pues ahí están esos Moros, no hay sino con gentileza llegar, y apresarlos, puesto que la ocasión los presenta. Mira Iván Gómez? Señor Poca Ropa, la llaneza parece bien entre iguales, sírvale esto de advertencia, y cada oveja, pues sabe, que lo es, aunque mejor fuera no haberlo sabido, trate igualdad con su pareja, que a mí no me habla de tú, notando la diferencia que hay de mi valor a todos, sino la hermosa Marcela a quien me rindió el amor emboscando las estrellas de sus ojos, en el bosque de sus pestañas esperas. Este fue amor de la patria: Pues enmienda la terneza. Fue descuido. Pues tened cuidado. Fuese la lengua. Pues atarla. Fue equivoco. Pues no sea mal Poeta. Enojado estás, por vida. Si has de decir de Marcela, porque en tampoco no empeñes nombre de tal reverencia, trátame como gustares, y no jures su belleza. Bendito sea Dios, que sé por adonde te vadeas: mas ola, el otro en campaña. Si la oscuridad hiciera algo, palabra no hables, que parece que se acerca, creyendo que soy el otro. Esta es la parte misma donde le dejé, y este es Avenzayde Llega, llega, y habla quedo, que he sentido Cristianos por aquí cerca. Pues sabe, que atento Audalla a tu amor, con diligencia movió en seguimiento tuyo el campo, y esta tan cerca, que puedes oír si escuchas las pisadas de las yeguas, con que podrá asaltar, pues tanto el amor te empeña, como deseas, la plaza al instante que amanezca. Asaltar la plaza, aquí ha de hacer más la cautela, que el valor, pues los ardides son el alma de la guerra. Háblale en Moro. Qué dices? Amigo, que al punto vuelves, y que la digas a Audalla, que quiero hacer experiencia, si la gente que traemos es para tan grave empresa a propósito, y que así si oyere ruido sepa, que soy yo quien le ocasiona, porque cuidado no tenga, y que se sosiegue el campo, hasta que yo dé la vuelta. Aunque no te entiendo sé que obedecerte es mi deuda. Creyólo, y volvió. Importóle porque si no, no volviera. Y ahora qué haremos? Ahora partir tú con diligencia, y llevarle esta noticia a Don Francisco de Leyva mi Gobernador; y dile cuánto importa que acometa a los Moros esta noche, pues por eso usé de aquella estratagema que diste; pues tengo por cosa cierta, que si el asalto resiste del Peñón la fortaleza, se habrá de rendir al sitio, falta de cuanto convenga para sustentarse, pues aunque en su defensa tenga al famoso Don García de Toledo, gloria nuestra, y al valeroso Don Lope, que libres de la tormenta que hoy corrió toda la armado, tomaron puerto en su arena: esto no es más que añadir a la desgracia materia, mientras no se sabe el rumbo, que la Real Armada lleva: y mientras no vuelve parte, y encárgale que resuelva lo que digo, y dile más, que yo quedo aquí a otra empresa; pero que esté sin cuidado, que no faltaré a la fiesta. Y si me hallan estos Moros? Ir por donde no te vean. Voy, pues. Así Poca Ropa? Qué falta? Dile a Marcela, que le ruego que no salga de la plaza, y que me tenga si quiera esta vez sin susto su temeridad resuelta. Yo si haré, más ya tú sabes, que es pedirle al olmo peras, decirle a ella que no salga, y más estando tú fuera. Yo sé que me hará merced. La otra, bonita es ella. O noche en tu tez oscura, si mi valor no se engaña lograr espero le hazaña más feliz de mi ventura. Este Moro a quien espero es dueño de esta facción, y se asegura el Peñón si le hago mi prisionero. Se me esta vez oportuna fortuna, y pondré por clavo a tu rueda, en este esclavo el eje de mi fortuna. Pero pues tarda yo intento buscarle, pues en rigor, sino fuere más valor, será menos sufrimiento. Por esta senda a encontrarle me resuelvo más aprisa, que si el rebato me avisa, pierdo la ocasión de hallarle. Ea, pues, ciega ilusión de la humana idolatría, pues pongo yo la osadía, disponme tú la ocasión. A dónde vamos mujer con tan grande obscuridad? mira que es temeridad. Mal sabes lo que es querer, tocóle a Iván Gómez hoy ser del campo centinela, y como tu amante soy, su desvelo me desvela, y a divertírsele voy. No extrañes verme exceder mi ser, ni menos te espante que se dejasen vencer los indicios de mujer de las pasiones de amante. Y porque juzgues mejor, que no soy yo, considera esta que ves sin temor, pues soy una mensajera del cuidado de mi amor. Y esa es prevención si quiera por si llegare a cogerte algún Moro de galera, para que puedan valerte las leyes de mensajera? Moro a mí? estás sin juicio? Moro a Marcela, no sabes, que es mi corazón, espejo del aliento de mi amante; y que cuando en él se mira le imprime valor tan grande, que infundiéndome su ser, me deja su semejante: que más dijeras a una de estas que llaman deidades, la hipocresía de amor? Entre estufillas, y guantes empanada de una cosa, que ni es pescado, ni carne, quinta esencia de mujer, almita de escaparate, trasto de su tocador, clavo de su guarda infante, tan hazañera, que sopla la espuma del chocolate, qué más dijeras? Ni aún tanto. Pero pues el amor sabe hacer cobardes valientes, y hacer valientes cobardes, como el mío no sabido mudar nunca de semblante, pues tengo ahora el propio mando, que me dejaron mis padres? Pues amas tú? Mi poquito. Y a quién? Es sujeto grave, y espera tomar estado, con que es fuerza recatarle. Y te corresponde? No. Como? Como no lo sabe. Pues que esperas? Ocasión Pues cómo puede faltarte amando, y siendo mujer, sin que la busques, y la halles? Ay Poca Ropa! A ese quieres? Quedo, no lo sepa nadie. Qué lindo gusto! Famoso. Dejemos los disparates, y sin perder tiempo vamos, que el corazón se me parte hablando acá en nuestro estilo por ver a mi luan. Tomates; y a mí la propia asadura se me arranca del gaznate, por hallar a mi andrajoso, que en materia de buscarle, como mi piedra en el rollo, tengo en mi alma mis carnes. Pero este es el sitio, hay triste! y en él no diviso a nadie. Cómo a nadie, pues no oyes hablar hacia aquella parte? Dices bien. Pues son sin duda el uno, y el otro Marte, de la una, y otra Venus. Vamos, que pretendo darle un poco de pesadumbre por la que me cuesta hallarle. Aquí donde oí el acento vuelvo otra vez a buscarle, y a ver si puedo inquirir Amete, de dónde sale. No acerques tanto al muralla, quedarnos con algo. No hables, porque puedan los oídos hacer mejor el examen. Durmióse la centinela, que gusta de que le cante al acento doloroso de la voz de mis pesares; y yo entre tanto pretendo, amparada de este traje, que aquí ignorada me tiene. Ay infeliz! consolarme, si hay consuelo en mis desdichas: con mirar hacia la parte, que fue Oriente de mi vida, y es memoria de mis males. Ay Avenzayde olvidado de quien por ti muere amante! llévale, o noche mis quejas, cuéntale amor mis ultrajes: ay infelice de mí! Sino fue engaño del aire, o prevención del deseo, voz escuché lamentable, quién será? Algún centinela, que estarte muriendo de hambre. Vuelve a callar. Ay de mí! Otra vez volvió a quejarse: quién es? y yo determino saberlo, porque me late el corazón en el pecho con movimientos tan grandes, que parece que me avisa de lo que debo informarme: acerquémonos. Acerquemos. Ay adorado Avenzayde! Voz, que me nombras, cuya eres, pero no me desengañes, si eres ilusión, que adoro el engaño que me haces. Qué es esto que oigo, fortuna, eco, que me persuades a una dicha, no desmientas tu semejanza agradable. Eres de Jarifa voz? Acento eres de Avenzayde? Respóndante mis suspiros. Dígantelo mis pesares. Marchen en orden. Ay cielos! la ronda es esta que sale de la plaza, y si te encuentran han de prenderte, o matarte: retírate hacia el abrigo de ese primer baluarte, donde te hablaré segura de sobresalto tan grande. Pues como Jarifa quieres, que a tu vista sea cobarde. Como quien me trae la vida no ha de venir a matarme. En orden. Vamos huir, que aquí no saberlo nadie. Qué haces, pues? Obedecerte, protestando que me hace mayor fuerza tu precepto, que los peligros más grandes. Apriesa. Andamos señor. Por si quiere que le hallen mi desdicha, esperaré a que desde aquí le amparen mis ruegos, diciendo a voces quién es, porque no le maten. Que quisiese Vuecelencia salido apenas del trance de una tormenta terrible, sin descansar un instante, hallarse en esta ocasión? Tiene cosas muy notables, ay mi pierna! Nunca olvidan los peligros de la sangre. Así a mí se me olvidara este dolor, que me hace merced, como hay muchos nobles, que se olvidan de sus padres. Don Lope de Figueroa? Señor Don García. Calle Vueseñoria no sea satírico. Mira el Ángel. Otro es el rumbo que toman; y pues ya no hay que me espante; vamos con una alegría a olvidar muchos pesares. Y digo, este Iván Rodríguez, o Iván Gómez, que le hace al señor Gobernador salir a esta hora, se sabe si es hombre que entiende de esto? Es el hombre más notable, que sirve al Rey, si tuviera como él dos mil infantes, conquistara todo el mundo. Encarecimiento grande: Es valiente sin embuste, y discreto con donaire. Y es enamorado? Mucho. Ese es el mejor esmalte, que yo no creo en valientes, que no tienen ese achaque. Pues vos según eso. Quedo, que pues Vuecelencia sabe, que sé del pie que cojea, no hay para que hable de nadie. Esa es buena. Y esa linda. Diga Sargento que marchen al abrigo de esas peñas. Si es lejos, habrá de darme alguien que acuestas me lleve, porque este dolor infame de este diablo de esta pierna no me deja menearme. Pues vuélvase por mi vida Don Lope. Eso es olvidarse de que en oyendo las cajas se me ensordecen los males. Soy de parecer, señores, que nos acerquemos, antes que el día se nos descubra. Y será muy importante: brava alborada, Don Lope? Aquí pienso desquitarme de los enfados del mar. Con cuidado estoy notable de la armada. Con el día sabremos de todo. Marchen, pase la palabra. Escucha soldado. No me desgarre. Tan manido está de ropa? Tanto, que aunque más la salen no aprovechará. Por qué? Porque no habrá donde aten un grano de salen todo mi vestido miserable. Humor gasta. Y Vueseñoria le tiene. De qué lo sabe? De ese dolor de esa pierna. Cómo se llama? No mande que se lo diga. Por qué? Porque eso a la luz le atañe. A la luz? Sí, porque en viendo mi vestido, en las señales adivinara mi nombre, sin que se le diga nadie. Vamos Iván Pobre. No es ese. Poca Ropa vamos. Ya le adivinó Vueseoría. Lléguese a mí. No se cargue. No puedo, que peso mucho. Pues venga al Peñón a estarse media docena de días, y se pondrá como un naipe. Vamos, que se alejan. Vamos. Pues ande amigo. Pues ande. Ya no haber nadie. Aunque siento que no haya venido Tarfe le encontraré en el camino. Porque no nos encontrasen gastamos en el rodeo mucho tiempo. Fue importante; pero aquí están todavía. A mi parecer, que hablarle mucho de gente Cristianos. Moro no seas cobarde, que estás conmigo, y estoy favorecido. No pasen, que hacia acá vienen. No harán: quién va no responde nadie? Estar gente Cristianilia, dejamos por Dios pasarle. Petro, qué dices? Marcela Moros son. Que importa darles muchísimas cuchilladas. Sin pasar más adelante rindan las armas los perros. Cristianos no será fácil. A este que me toca a mí trataré de despacharle, Santiago, y Poca Ropa. Rendíos Moros al instante, o perderéis con las vidas las soberbias libertades. Cristianos, vuestra desdicha os ha puesto en este lance. Ahorremos de palabras. O quien ahora estar Fraile Cristianilio por Mahoma, que no me romper turbante. Cómo Moro no te rindes? Confiésote que es notable tu valor. Ríndete perro. Ya estar rendido, dejarme. Arma, arma, Santiago Que es esto nuevos pesares! el Cristiano hizo salida, según escucho, y si a darle no voy calor a mi gente, recelo algún daño grave, y pues remediarlo importa: así ha de ser. Ha cobarde no huyas. Estate quedo. No huyo de ti. Quiero ararle. Sino de mi suerte aleve. No apretar tanto, que ahogarme. Moro vuelve. Pues escucho, que se comenzó el combate, y no he encontrado a este Moro. Vamos donde no le falte en que ocuparse al valor. Pues vuelves, no eres cobarde. Quien va? Pues ahora preguntas? Marcela? Iván Gómez. Dame los brazos. Qué querer diablo? En albricias de encontrarte, y vuélvete por tus ojos. Qué gracioso disparate, cuando un Moro, y no gallina huyó de mí no ha un instante. Y cuando yo prendí un pollo. Siempre tus temeridades me tienen inquieta el alma. Eso merece quien sale a aventurarse por ti. Aunque tu fineza es grande, tu resolución es más. Yo te adoro, no te canses. Y yo te quiero, Marcela, que no gasto el tiempo en frases, mas que a mi alma; y mi vida: ninguno amigos, se escape. Jenízaros valerosos aquí tenéis a Avenzayde: volved amigos. Santiago. No es tiempo de que embaraces mi valor. Pues puede el mío Iván Gómez embarazarte? Vuélvete por vida mía. Yo no tengo de apartarme de tu lado. Pues estás resuelta, y faltar del trance no me es posible, a tus ojos hazañas haré inmortales. Y yo a tu vista daré memorias a los Anales. Qué hermosa estás, y qué fiera! Tú qué valiente, y qué amante. Ven como perro de ciego. Estar verdugo que ahorcarme. África tiembla. Arma, arma, guerra, guerra. De mis ojos no te apartes. Ni tú faltes de los míos. África, tu estrago sale. De Venus en la hermosura. En los enojos de Marte.
JORNADA SEGUNDA
Que nos carga todo el grueso Ya no hay cómo resistir. Hijos matar, y morir. Hijos no os metáis en eso. Valerosos Africanos no perdamos la ocasión, que cuatro desnudos son. Volved valientes Cristianos. Mal nacidos Españoles volved los ojos a ver el valor de una mujer. Nunca yo pierdo tus soles. No nos cansemos, señor, que os habéis de retirar. Don Lope eso es porfiar. Y es ser esclavo mejor. Descubrióse con el día tanto enjambre de canalla, que no sé yo si se halla más en toda Berbería. Y por eso aquí os aparto, y aun si aquí nos detenemos, confianza en Dios iremos los dos a majar esparto. Y qué dirán si desmayo las lenguas escrupulosas? Vive Dios, que en estas cosas no podéis andar sin hayo: dirán que esto fue razón, sin tener más que argüir, porque morir por morir solo es desesperación. Vamos, que va despertando este dolor, pese a mí, mal haya la pierna, y mal haya mi maña, cuando por vericuetos, y cerros, sabiendo que me embaraza no se la he puesto por maza a uno de tantos perros. Don Lope. Por vida mía qué me aconsejéis. Paciencia. Y se ríe Vuecelencia? Pues llora Vueseñoría. El día es nuestro Africanos No es sino nuestro canalla, que aún está Iván Gómez vivo. Hacia acá viene la danza. Y qué hemos de hacer ahora? Defender a cuchilladas este puesto, porque tengan los pocos que se desmandan hacia la plaza, por él segura la retirada. Y eso se hace sin peligro? No, pero son cosas varias, que el riesgo se venga a mí, o que yo al riesgo me vaya, que dado que un hombre deba no ir a buscar su desgracia, si su desgracia le busca, está obligado a esperarla. Pues hartos Moros se acerca. Pues espaldas con espaldas señor Don García, y llueva Dios alfanjes, y azagayas. Duele ahora la pierna? No. Porque esté desocupada esta senda, me aparté por fuerza de la batalla, y porque perdí a Marcela, y aquí presumo encontrarla. Soldado pase en buen hora si se retira a la plaza. Nunca me retiro yo, dejando desabrigadas, tan en manos del peligro, vidas de tanta importancia. Pues qué hacéis en tales casos? Defenderlas, guardarlas contra granizo de flechas, y torbellino de lanzas. Oiga el diablo del mozuelo. Por Dios que tiene arrogancia, sois vos un Iván? Sí señor. Pues sin oír más palabra sabéis ya por quién pregunto? Sí, porque es cosa muy llana, que habiendo de preguntar por alguien en estas playas, todo un hombre como vos solo por mí preguntara. Pues no hay otros tan valientes? A esto responder me holgara con las obras, pero en tanto si han de servir las palabras, afirmo, que en el Peñón no podréis hallar espada como esta, sino es otra que tengo colgada por trofeo de mi honra en la pared de mi cama. Con todo eso no es razón, que un hombre tan de bien haga alarde de sí Qué importa, si es en ocasión que se halla quien por mi dijera presto todo lo que yo callara. Pues quién pudiera? Esos Moros, de quien se oye la algazara. Cristianos son, no se libren. Muchos son. Qué importa? Nada. Con todo eso, siendo muchos mucho peligro amenazan. Señor Iván Gómez? Señor. A más Moros, más ganancia. Retiraos, y por mi cuenta. Estáis loco? Os retirarais vos? Yo no por cierto. Pues cómo pretendéis que hagan don García de Toledo, honra del valor de España, y Lope de Figueroa, remedo de sus hazañas, lo que Iván Gómez no hiciera? Pues sino apretar las palmas, que bien será menester. A ellos Moros, que se escapan. Mentís perros. Ay de mí! Iván Gómez. Qué escucha el alma Marcela? Que voy cautiva. Ay infeliz! Allí os llaman. Y es una dama que adoro. Pues qué hacéis, pese a mi alma que no vais a socorrerla? Es tan cruel mi desgracia, que me estorba quien me anima. Aquí no os detiene nada. Vuestro riesgo. No es ninguno. Iván Gómez. Mirad qué os llama. Será infamia. No por cierto. Quien lo afirma? Los dos. Basta. La dama es antes que todo. Pues en esa confianza perdonadme, si del vuestro otro peligro me aparta, pues sé, de vos advertido, que antes que todo es la dama. A no ser por Vuecelencia, por Dios que le acompañara. Pues id D. Lope en buen hora que aquí Don García basta. Bueno fuera, más a fe, que me tiene inquieta el alma un no sé qué en este mozo, que el verle me sobresalta. Son parientes los valores Muchísima flema gastan estos perros. No os admire que no es la tierra tan llana, que puedan correr por ella; pero si en flema se habla, no es la nuestra muy pequeña. No pero muy necesaria, mas gracias a Dios. Qué ha sido? Que llegan ya. Lindas gracias. Marcela. Rendíos, Cristianos, que granjean vuestras canas esta piedad con mi esfuerzo. Y es piedad muy cortesana cautivarnos, señor mío, cuidado con las espaldas. No os rendís Cristianos? No Moros Extraña arrogancia! pues porque en tanto peligro? Porque no tenemos gana. Y tú que has callado, dices lo propio? Soy camarada de mi camarada Moro, y si en algo discrepara fuera. En qué por vida mía Don Lope? En que callen barbas, y hablen cartas. Enhorabuena. Presto veréis castigada vuestra soberbia, matadlos. No hoy más de matadlos, Ala cómo va? Famosamente. No les tiréis cuchilladas, que se pierde mucho tiempo: mirad. Mahoma me valga que me has muerto. Valga, y lleve. Cuidado. No olvido nada. Marcela, perdí su voz, vuelvo por si todo parla quedo a este sitio, Marcela; pero aquí está esta canalla, Don Lope, y Don García; apretados de mi rabia, y de mi valor, a un tiempo serán ruina, y venganza; perros huid. Del infierno parece furia su espada. Muerto soy. Ay! Que me ha muerto. Este informe por mí os habla, caballeros mirad bien si os engañó mi alabanza. Señor, qué fue aquello? Un rayo, que en la prisa con que pasa destruyendo cuanto encuentra, no tiene otra semejanza. mirad los Moros que huyen, mirad los que descalabra, Mirale cómo se arriesga, hijo, hijo, aguarda, aguarda, que yo a tu lado. Qué es eso? Una pasión, que me arrastra con fuerza tan poderosa, con violencia tan extraña, que presumo que es envidia, en que no puedo templarla. Ven Luisa poquito a poco, que ya toda la campaña está segura. Ese es miedo. Quién va? Dimos en las brasas No, que son Cristianos bobo. Hablaras para mañana, quién va? quien ha de ir, el diablo si sois Moros, haced plaza, o yo haré carnicería. No veis bien por las mañanas. La mucha cólera suele servirme de cataratas. Quedan soldados atrás? Los postreros que quedan somos yo, y esta pobreta, que atendiendo a su ganancia pasó a moza de soldado, desde moza de soldada. Cómo os retiráis tan tarde? Descansé de la batalla, que estoy hecho mil pedazos. Y el vestido lo declara. Han muerto algunos Cristianos Como acá no hay ensaladas de tomates, y pepinos, y como melones faltan, viven los Cristianos tanto, que los sacristanes rabian. No es eso lo que os preguntan, sino si de la pasada refriega murieron muchos Cristianos. Como yo andaba ocupado en buenas obras no lo vi. En qué os ocupabais? Ayudaba a bien morir a los Moros. Cosa rara: cómo? Al que estaba más muerto le daba dos tarascadas, y despachándole aprisa, a bien morir le ayudaba. Sois de los de amor, o muerto. que me inclinase yo a un mandria, y sobre mandria embustero; cierto que somos extrañas las mujeres, las más veces lo más malo nos agrada. Sabéis si se señaló alguien en esta batalla más que los demás? Y como. Quien fue? Yo, que por desgracia desde una peña caí, y me señalé la cara. De gorja estáis Poca Ropa. Si me conoce, que extraña Vueseñoria, duele mucho la pierna? Duele, que rabia. Pues búscate quien le ayude a volver. Si te amparara toda África, y todo el mundo, no solo te despojara del alivio que me estorbas, sino en tu sangre lavara la mancha de mi dolor, si sangre vil quita manchas. No le mates por mi vida Iván Gómez. Eso le valga. Sonior? Ha fortuna aleve! Moro no digas palabra, que si por ti me conocen, tengo de sacarte el alma. No xablar, callar Xamete. Qué dice el podenco? No habla? Hijo Juan Gómez. Señor. Llegad. Bien desempeñadas dejáis las proposiciones. Es muchacho de esperanzas. Para lo que suele hacer, lo que habéis visto no es nada. Algo más habemos visto. Huélgome. A lo menos da mas vos tenéis famoso gusto. Mejor me le acreditarais, si le vierais hecho espín de saetas, y de lanzas, tan encendido en su enojo, que parece que arrojaba rayos de cólera ardiente contra los que le robaban su media vida, que soy yo, siendo él mi media alma. Penetrar un escuadrón, con presunción tan bizarra, con fineza tan amante, y tan valiente constancia, que a pesar de cuantos Moros mi esclavitud procuraban, y de ese entre ellos, por más brioso, digno de fama, de entre todos me sacó, humillando la arrogancia de quien miró su semblante, sin atreverse a su espada. Si le vierais en un mar de sangre, que derramaba a cada golpe que hería. Pasar en golfos de nácar la que fue campal pelea, a marítima batalla. Si le vierais finalmente, después de ahuyentar escuadras sin destemplar el aliento; que el cansancio procuraba hacer duelo singular, con ese Moro, que esclava solamente pudo hacerme con fuerza, aunque cortesana, y si le vierais rendirle, yo sé que no os admirarais, ni de que él me mereciera, ni de que yo le adorara, porque es Iván Gómez, Marcela. Hombre de mucha importancia Si es, a fe de Caballero; pero ya suenan las cajas, a recoger, y ya es hora de retirarnos, no hablas Moro? No tengo qué hablar. Callar, que Ametillo calla. Pareces hombre de bien? Las apariencias engañan, que no soy Moro de suerte, y bien se ve en mi desgracia. Quién eres en fin? Un hombre, que en las huestes alistaba de Avenzayde. Y Auenzayde quién es? Un Moro de fama, que la perdió en este encuentro Cómo? Muriendo. Te engañas, que morir aquí, no acorta la opinión, sino la ensancha. Murió huyendo? No huyó nunca: se desesperó. Zarazas. Desesperarse en un Moro es tan pequeña desgracia, que lo mismo fuera de él si no se desesperara. La caja vuelve a llamar. Y esta pierna excomulgada vuelve a doler, habrá quien quiera ayudarme a llevarla. Yo, que a mis hombros seréis muy apetecible carga. Y esa es piedad, o cariño. No sé. Lo mismo me Pasa a mí con vos, que aunque sé que hacia acá dentro me habla de vos un afecto extraño, no sé averiguar la causa. Arrimaos a mí. Si haré. Marcela? Iván? No te abraza mi amor, por los que lo miran. A mí lo mismo me pasa. Venid señora conmigo. Y a mí nadie me acompaña? Yo que vuestro esclavo soy. Y a mí. yo soy vuestra esclava pero a mí quien? Yo soniora. Fortuna, aunque estés contraria al parecer, con mi vida, muy piadosa está tu saña; pues si a Jarifa me llevas me premias lo que me ultrajas. Llena de un medroso llanto, cuya violenta porfía es piadosa compañía de mi amoroso quebranto, desde que a placarse vi con la risueña mañana, el rumor de la campaña, me busco, y no me hallo en mí, o amor, que poco segura fue la dicha de ayer, cuando hoy me la está amenazando una eterna desventura. Vi de mi amante el amor, escuché su voz amada para ser más desdichada: sin duda justo temor; mas si el riesgo en que le oí: cuando de mí se apartó, a su vida se atrevió, sabré yo atreverme a mí; ay Avenzayde será tan infelice mi suerte, que haya de llorar tu muerte; mas si es mía claro está, puede ser, sí, pero no, que fuera ley muy severa de la crueldad, que muriera mi vida y viviera yo. Desde aquí infelice veo los que se van retirando; y en sus semblantes notando voy las señas del trofeo. Allí ven los ojos míos esclavos que hizo el rigor, noble imperio es del valor mandar en los albedríos. De este primero sabré, pues se encamina hacia aquí, de Avenzayde, aunque hay de mí! no sé si me atreveré: esclavo infeliz, más cielos! qué es lo que ve mi desdicha! Jarifa, qué ve mi dicha! Lo que lloran mis desvelos! tu Auenzayde? Un desdichado de nada debe admirar? Esclavo tú qué pesar! Esclavo, pero ignorado, que a este fin me adelanté para advertir a tu amor. Y si ahora tu favor no logra mi amante fe, es porque veo llegar quien estorba mi pasión: y así hasta otra ocasión Jarifa disimular. Sea así, y este rigor temple mi dolor esquivo, pues aunque te veo cautivo temí desdicha mayor. De esa manera pasó? Así señor fue el engaño. Caso feliz cuanto extraño! Para que le llore yo. Dese un socorro al instante, que lo merecen soldados tan leales, y esforzados. Justo es, que la fama cante de quien tanto la acrisola. Cante una, y otra dulzaina, cante la trompa pitayna, y cante la farandola; mas yo a quien toca decirlo quisiera señor saber de dónde han de socorrer. De dónde? de este bolsillo? Cuerpo tiene. Que donaire. Pues pudísteislo dudar? Por lo que me ha de tocar pensé que era cosa de aire. Reparta Iván Gómez. Quién? Iván Gómez. Este Sargento está de mi mal contento. Qué dice? Que está muy bien. No está tal, porque me quita con el cargo que le dio un alivio que hallé yo para esta pierna maldita. Si a favor tan singular replicar puede un Soldado, que me deis por excusado os tengo de suplicar. Yo esto mal visto señor, según habréis entendido, y por más favorecido, no quiero estarlo peor. y si el favor no consiento con que aquí me adelantáis, es porque no discurráis culpa de mi mal talento, porque tiene el repartir semejanza de premiar, y quien no sabe igualar, menos sabrá preferir. si doy la quemas merece, mas obrando con razón, me expongo a la indignación del que su fama oscurece: ay tantos que hacen testigos de su ruindad indecente, que podré muy fácilmente tener muchos enemigos. y aunque puedo despreciarlos, me pesará merecerlos; pues sino siento tenerlos, siento mucho ocasionarlos. Reparta el señor Sargento, que sabrá hacerlo muy bien, pues en esta plaza es quien no hará ningún descontento; pues aunque quiera culparle, quien todo lo considera, obra siempre de manera, que a nadie da que envidiarle. Pues yo siempre. Mi rey, con tiento, que aquí no hay que replicar, o tratemos de callar, o llevará el seo Sargento. tu Marcela? Me enamora. Pues no lo sabes? Habló con Marcela? Pienso yo que sí. Pues si le desvela mi amor, para mi cocina, que en África hay ocasión, mate cada día un león, que yo no como gallina. Y ella habló? Sin embarazos, pero que se te da a ti. Si no estuvieran aquí los hiciera mil pedazos. Siempre me tratas con ira, y nunca tienes razón. Ay, que el Sargento, es bufón. Mujer, mira que te mira; desventurada de ti. Vióme hablar? Según se inquieta pienso que sí. Pues dieta habrá de amor para mí. Y es malo el entendimiento? No, que bien ha reparado. Quien como este soldado tuviera si quiera ciento. Mas dígame Vuecelencia en cuanto a su petición no toma resolución? Quiero hacer otra experiencia Qué es? Notad como reparte esta corta cantidad. A fe que es dificultad, que ha menester mucho arte. Iván Gómez, aunque sea justa la excusa aquí a su entender, mucho más justo es hacer lo que mi deseo gusta. Tome, y obedezca luego lo que manda el General, y el soldado, pese a tal, sirva con discurso ciego. Vuestro olvidado cariño siento más, que presumís. Como? Como me reñís. Anda, señor, que no os riño. Podráse quejar ninguno, pues Vuecelencia lo quiere, si yo a cada uno le diere lo que merece cada uno? No, que no tendrá razón. Y no es esto que se ha dado para los que hayan obrado mejor en esta ocasión? Así es. Pues vive Dios, que en los dos lo he de emplear, que yo no vi pelear a nadie, más que a los dos; no como dádiva mía, porque no parezca baja, recibáis esta ventaja, que os da vuestra valentía: y hará suplir la indecencia del corto don como espero, con saber que fue primero dádiva de Vuecelencia. Que cuantos oyendo están esta acertada elección, cumpliendo su obligación, lo mismo que yo dirán, pues cualquiera en conveniencia obrara de la amistad contra su comodidad, mas no contra su conciencia: no los tomáis? Sí señor, y yo los repartiré, con que enseñaros podré a obedecerme mejor. Esa es respuesta inhumana aquí para entre los dos. Veis que riñe, pues por Dios que lo hago de mala gana; pero por no celebrarle Don Lope, afecto el reñirle, que aquí solo el aplaudirle servirá de malquistarle. Pienso que os parece bien su bizarría, y su trato. Contemplo en él un reto De quién? De quién dice quién. Parécese a mi? Y no poco! En qué? En el garuo, y la cara. Por Dios que no me pesara Anda señor, que estáis loco qué es eso? Señor, que un Moro, de quien me vi en el ren cuen pasado, esclavo, me envía a vos como mensajero: dice que Tarfe se llama, y que os suplica primero con ruegos, que le envíes, pues son vuestros prisioneros a Jarifa, y Avenzayde, con que volverá contento, y retirará su gente, dejando al Person sin riesgo: y que si no es prevengáis al duro prolijo asedio de quince mil Africanos, que le siguen, todos fieros, todos osados, y todos con él a morir resueltos, hasta demoler la plaza, librando de cautiverio a Jarifa, y Avenzayde, y que la respondáis luego con un Moro, o que tendrá por despreciado su ruego. Aunque lo sé al escucharlo, nueva mente me estremezco. Solo así pudiera Tarfe dorar el pasado yerro. Y a mí no pedirme? Ca. Que al Moro responderme que es bellaco plato un sitio para los que están hambrientos. Esta Jarifa quien es: Que se engaña considero, porque aquí no hay tal esclava. Al disfraz se lo agradezco. Mas quién es este Avenzayde? Según un esclavo de estos bárbaro, y osado hoy se dio la muerte él mismo. Con saber que no es así pierdo al oírlo el aliento. Ya importó mi prevención para zanjar este riesgo. Respóndase antes que todo Al moro No trataremos antes de todo, señor, de ir tomando ese dinero? Qué salva es esta? Señor, que he llegado salvamento toda la armada. A Dios gracias, ya que responder tenemos Señores? Que por mi vida. Que sitie al Peñón, que puesto que en su distrito no haya cárcel para tantos presos, los que en la plaza sobraren los echaremos al remo. y ahora entre vos, y vos partid como compañeros esta cantidad, que si antes no os di albricias, fue mancebo, porque esa nueva sin esta traía el diablo en el cuerpo. Pero pues esta hizo buena esotra, justo es que demos olvidados de lo malo, satisfacción a lo bueno. Y en qué quedamos nosotros? En que desembarquen luego la cantidad necesaria, para que se dé el refresco de dos pagas, que así iguales quedará no según sus sueldos todos, y gustoso yo de no dejar descontentos, que si Iván Gómez los teme, muy bien puedo yo temerlos. A embarcar señor Don Lope, si nos dejan estos perros. Primero que se compongan nos darán bastante tiempo. Bravo Santiago les dimos. Gobernador, con todo eso no le suceda otra vez creerse tan de ligero, ni desamparar la plaza. Y advierta, que estos sucesos si una vez suceden bien, suelen suceder mal ciento. Señor, aquí cada día es el estilo hacer esto. Pues aquí, y en cualquier parte será cada año mal hecho. Quedo advertido. Eso importa, pero no entiendan que en esto hemos hablado, yo haré, escribiéndolo al Consejo conocida su lealtad, su vigilancia, y esfuerzo. No dilatemos Don Lope, que se socorra al momento de lo que trae el armada, aunque otro fuese el intento, esta fuerza, pues llegó su socorro a tan buen tiempo. Y pues quiso Dios guiarnos por un temporal deshecho a defender el Peñón, no dilatarlo resuelvo. Don Francisco cuidará de disponer los pertrechos a la muralla importantes, dando orden con aprieto de que soldado ninguno salga del muro, que puesto que son pocos, no hay razón para que los arriesguemos. Luego encerrados quedamos? Es forzoso. Aunque lo siento con no poder excusarlo solamente me consuelo. Lo sentís mucho? Sí a fe. Pues sabed que yo me alegro por ir seguro De qué? De que vos quedáis sin riesgo Pues yo qué os importo? Yo me holgara harto de saberlo. Vamos señor. señor vamos. Seguirme intenta. En hacerlo consiste mi vida. Pues por ella los dos mi remos. Solo por tuya la estimo. Aguarde señor Sargento. Qué quiere Iván? Señor Iván. me llamo yo. Ya lo veo, mas como somos amigos. Perdone sino lo creo, que no puede ser mi amigo un gallina Hable más quedo por quien nos oye, que soy oficial. Y yo Maestro: pero direle quedito, por ver si en mandarle puedo, que es un. Muy servidor suyo. No sino un pataratero, y que si vuelve a mirar esa mujer que me dieron para corma mis desdichas, le he de poner en el suelo la cabeza, porque baje los ojos, y los deseos. Yo haré lo que Iván me pide, si te replico, soy muerto. Así lo creo de usted. A Dios seo Juan hasta luego. A más ver Sargento amigo. Pues con aquellos requiebros tomara el Sargento Alcuza estar ahora en Marruecos. Tener miedo. Pero mucho. Estar gallina. Y conejo. Y pues, señora Marcela? Y pues, señor Iván? Qué es eso? No lo ve usted, lo que esotro Y qué es eso otro? Lo mismo En cuanto a haberse explicado no hay más que decir por cierto. Huélgome de haber sabido su buen gusto. Y yo me huelgo de haber sabido también sus hidalgos pensamientos. Eso sí, neguilla hermana. Cólera, pese a mi abuelo, que tenemos mil razones. Ha menester Cirineo Señor Poca Ropa el señor Iván Gómez? Ello es muy cierto, que usted habló con Alcucilla. Y este sopapo es incierto Pese al alma que me hizo. Dejar, que se entender ellos. Y era la cólera esa? Pues no basta. No por cierto. Porque? Porque yo te adoro. Yo Marcela solo veo, que importe, o no importe tratas de disgustarme. Te quiero más que a luz de mis ojos. Hombre, si no comes de esto, tienes hecho el paladar a limaduras de hierro? Antes esto le destruye, que sois todos tan perversos, que os ensancháis en rogándoos. Y eso Luisilla es bien hecho, que en nosotros es primor, lo que en vosotras defecto. Ea Iván. Ea Juanillo. Mira que ofendes el precio de mi amor, y mi fineza. Y sino atiende a los riesgos que he padecido por ti, con este traje encubriendo las ofensas que me hago, y la atención que me debo. Ola, que esto va de veras. Pues oigamos, y callemos. Callar, callar. Bien te acuerdas. De todo cuanto hay me acuerdo, que a los hombres como yo no los mudan los sucesos; mas tiene me tan cobarde tu condición, y el desprecio con que tratas mi cuidado, que de las veces que creo tu amor, por tu condición casi todas me arrepiento, que es hablar con nadie, que es darme, antes que diga celos he menester acordarme Marcela de tu respecto, porque el ruido solamente de su antojadizo ceño me tiene tal, que no sé si pronuncio, o si reviento. Una mujer como tú Señor Iván Gómez quedo, que infames desconfianzas, y villanos pensamientos, solo tienen el desquite de no oírlas, ni atenderlos. Eso es lo más acertado. Mira si se va? Corriendo Se va? Eso sí, muy apriesa. Pues aunque morir me siento no he de volver. Qué es volver? Pues aunque muera no tengo de mirarla. Que es mirarla. Porque así sus devaneos reprenda. Por allá. Porque así enmendar pretendo su condición. Por acá. Sin alma voy. Voy muriendo. Siga a Marcela. Y él vaya noramala. Me convengo. Cómo quedamos? Reñidos, porque hagamos lo que vemos. Cada uno andar por su parte. Cada uno andar por su parte. A Dios tienda de maulero. A Dios manga de Parroquia. A más ver. A más no vernos.
JORNADA TERCERA
En este mal cultivado pensil de flores, y abrojos, donde el riego de mis ojos suple el verdor agostado. En esta inculta ladera, a cuyo espacio sombrío paga el tierno llanto mío culpas de la primavera. Obedeciendo el rigor de la aleve suerte mía. Sufriendo la tiranía de mi amoroso dolor. Mi propio alivio condeno. Solo mis males no ignoro. Pues siempre penando lloro. Pues siempre llorando peno Mas resistamos desdichas. Pero suframos tormentos. Que así pasan los contentos. Que no viven más las dichas. Aprended flores de mí lo que va de ayer a hoy, que ayer maravilla fui, y hoy sombra mía aun no soy. Allí siente otro infelice. Allí otro infelice llora. Pues es queja, aunque sonora la que lamentando dice. Aprended flores de mí lo que va de ayer a hoy, que ayer maravilla fui, y hoy sombra mía aun no soy. Dirá como yo, que siento cuando os estoy cultivando, y en mi fortuna llorando tanto forzoso escarmiento, que no atreváis vuestro aliento al costoso frenesí que yo infeliz le atreví, reprimid vuestros verdores, escarmentad en mi flores, aprended flores de mí. Dirá el que os cultiva, y llora como yo, su desventura, que la dicha más segura dura menos de una Aurora; y dirá bien, sino ignora las advertencias que os doy, en lo que fui, y lo que soy, pues triste hoy, y alegre ayer, os enseño a conocer lo que va de ayer a hoy. Encoged la pompa verde de vuestra fragancia hermosa antes que la peligrosa necesidad os lo acuerde, todo el imperio se pierde flores, que os corono aquí, mirad lo que presumí ayer, viendo lo que hoy soy, sin que os engañe ver hoy, que ayer maravilla fui. Sol fue ayer la confianza de mi amada libertad, cuya incierta claridad anocheció a mi esperanza, luna fui en la semejanza, que ayer creció, y mengua hoy; flores, harto ejemplo os doy, pues en mi infeliz esfera, ayer sol, y luna era, y hoy sombra mía aun no soy. Ay infelice de mí! Ay de mi infelice. Quién como yo llora también? Quién mi llanto mira aquí? Jarifa? Avenzayde? Sí, yo soy. Y yo. Qué aflicción! Qué sientes? Una traición. De qué? De hallar advertido, que el trueno hirió en el oído, y el rayo en el corazón. Tú en tan infeliz estado! Tú en fuerte tan inferior! O qué desdichado amor! Qué afecto tan desdichado! Trabajen pese a sus almas, sin tanta conversación. Porque de alguna sospecha, no nos aparte el rigor; a la tarea volvamos. Volvamos mi bien, más no mires a la tierra, o llora si la miras, porque al sol de tus ojos, no endurezca su rebelde corazón, debe una vez a tu llanto, que te haga el afán menor. Llorando daré a la tierra los ojos, no por favor, que de su dureza espere, ay infeliz! sino por no verte en el estado de tan mísero baldón. Aquí esta. Mucho atrever. Una hidalga compasión sobre un corazón constante, no se acuerda del temor, callaras tú? Aunque quemarme. Pues está con atención, y si alguien llega a este sitio me avisaras. Sí sonior. Avencayde. Quién me llama? Ay de mí infelice! No Jarifa te sobresaltes. Como si nombrarte oyó mi susto, cuándo recatas tu nombre? Como oyes hoy que me nombra la amistad, temiendo lo del rigor. Menos lo entiendo. Si oís, saldréis de la confusión. Prosigue Tarfe. Ya es más mi pena, si Tarfe sois, pues vos cautivo, se acaba la esperanza de los dos. Y ya habiéndoos visto, es en mí el empeño mayor, que añade vuestra hermosura deudas a mi obligación. Estás cautivo? No. Pues cómo aquí llegaste? Yo de la duda os sacaré. Esconder Tarfes por Dios, que venir Cristianos, prisa. Volvamos a la labor nosotros, y tú entretanto detrás de la población de esos mirtos te retira. Yo lograré la ocasión. Trabajar beros barachos, que sino quitar ración, y andamos luego regar cantándolo como yo. Andarse sonior Mahoma, que lo llama zancarrón, casa de mecha, ahorcarlo, porque no comer lechón. En este sitio me han puesto Marcela de guardia hoy, por ser la parte más flaca. de la fuerza del Peñón. Y porque hoy por aquí entra la forzosa munición de que necesita, para su seguridad mayor. Pues aunque yo siento tanto no ejercitar mi valor en estos perros, que tienen con soberbia, presunción. Sitiado el Cristiano esfuerzo, me consuelo con que soy, sino el conto, a lo menos el preferido en la acción. Viendo que de mí se fía, lo que el riesgo amenazó, que es esta indefensa puerta. Y mondo nísperos yo, que esto reventando aquí por matar al mismo sol. Al mismo sol? Claro está. Los que matan como yo, al sol matan comúnmente. Por qué? Porque ven mejor. Luego no matas a oscuras. Bien pudiera, pero no tengo el tiento tan seguro; pues cuando tras uno voy se me embosca otro enemigo, y se pierde la ocasión. Y con qué armas peleas? Con un poco de razón: y si me enojo tal vez, porque colérico soy, con las manos, con las uñas. Con eso te irá mejor. Pues cómo Marcela no hablas? Porque calla Iván, no habló Marcela, y porque ha sentido que te disguste el favor, que a la fortuna le debe mi medroso corazón, pues estar conmigo aquí sientes tú, y estimo yo. No tienes razón, por vida de tu cielo. Cómo no? pues no se ven en tu semblante cuando callara tu voz, que a casa de mis martirios andáis tú, y tu condición. Yo te martirizo? Pues lo ignoras. Marcela yo? Pues di, hay día que no cueste tu común indignación plegarias a mi cuidado, y sustos a mi temor. Si yo hubiera de cumplir con atenta devoción las novenas que ha ofrecido en tus peligros mi voz, a todos los santuarios, que la angustia me acordó, no hubiera bastante tiempo para acabar la oración, aunque viviera los años que Matusalén vivió? Es más de un susto mi alma cada vez que sale el sol, y otra cada vez que esconde en el mar su resplandor? Ay hora en que haya cesado mi enamorado clamor, desde el punto que rendí al tuyo mi corazón. Pues porque extrañas que sienta, cuando permite el amor treguas a los sobresaltos? que siempre llorando estoy, ver que te disguste a ti lo que alivia mi dolor; hallándote tan ajeno de mi amante obligación, que es el amor tu descuido, y el peligro tu ambición, tu desconsuelo el halago, y tu regalo el furor, tu espada, tu dama, y solo sino con tu pundonor, ni de mi te acuerdas, ni haces aprecio de mi pasión, ni mi fineza te obliga, ni te mueve mi atención, ni nada es bastante en fin a sacarte del error de querer hacer lo amante esclavo de lo feroz. Que hermosa estas, no te dejes de quejar mi bien, por Dios, que nunca he visto en tu cielo tan cabal la perfección. Quéjate tú, podrá ser que estés hermosa. Yo no quiero encargar mi conciencia por la hermosura mayor, pues tú tienes a los riesgos tan poquísima afición, que ni me das, ni me has dado nunca el cuidado menor. Es un hombre amante, o fiera! Señor Iván Gómez, ni soy de las mujeres que buscan afeites a su razón, ni de las que el modo ignoran de encaminarla a la voz. satisfágame a la queja, que necio me ocasionó, y deje de reparar en sí estoy hermosa, o no; pues tal cual esta hermosura es como Dios me la dio sin que el espejo me deba, como a muchas, la atención de comunicarle el modo que parecerá mejor. Pues yo he conocido alguna, que en amaneciendo Dios hace a su espejo más gestos, que a una purga hiciera yo. Y por parecerle un día que le hacía perfección a dormir los ojos, tanto en adormecerlos dio, que con quien la visitaba roncaba en conversación. Doy fe de conocer otra, que porque un día tosió, y le agrado en el espejo, ha un año que tiene tos. Oye, las mujeres pueden hablar de si propias, no los barbados, que es en ellas la que suena acusación, envidia tal vez, y en ellos delito, y desatención. Quedo, señora Luisilla. advertido desde hoy. Marcela con tu hermosura me rindió el tirano amor. Tirano? Sí, por qué dice él lo que quisiera hacer yo, todo su injusto poder a mi deseo añadió. Injusto? Sí, porque puso cuidado en mi sujeción, cruel me obligó a mirarte, y a quererte me obligó. Cruel? Sí, pues el afecto quiso hacer obligación, púsote traidor, adonde cegaste deberte yo. Traidor. Sí, porque alumbrar para cegar, es traición; quejoso cuanto feliz, con tu vista me dejó. Quejoso? Sí, pues no me hizo más digno de tu sabor: rindióme de amor la fuerza tu hermosa perfección. La fuerza? Sí, que no tiene defensa quien te miró: pero tu trato alevoso maltrata mi fino ardor. Alevoso? Sí, pues finges culpas de mi adoración. Pues qué quieres que te diga, si llamas por mí al amor tirano, injusto cruel, aleve, astuto, y traidor? Quiero que te persuadas a la entera jurisdicción; que tienes en mi albedrío, pues discurrido en razón, cuando no eres tú el cristal adonde me templo yo. Cuántas veces me he negado por sosegar tu temor a lances, donde pudiera perder la reputación? Eso no, con tu licencia, que aunque te idolatro, no tan vilmente, que tu vida prefiera a tu pundonor: porque es mi amor tan honrado, tan hidalga mi pasión, que si en dos peligros viera, si pudiera ser en dos, tu pundonor, y tu vida, aunque me muriera yo, contra tu vida, me hallara a su lado tu opinión. Cómo no te he de adorar si tienes ese valor? Ea, ven, dame un abrazo. Toca, que eres un león de la leonera de Venus. Quítese allá el hablador, que no gusto de gallinas. Pienso que me conoció. Como yo, ni más, ni menos. Que en cualquier parte que este me conozcan luego al punto. traigo escrito acaso yo, que tengo miedo en la frente? No sino en el corazón, Que hasta el alivio de hablar niegue a mi pena el amor! Que este embarazo le quite el consuelo a mi pasión! Esto es, que ha desembarcado el valeroso Español Don García de Toledo. honra de nuestra nación. Acerquemonos, si gustas Marcela, a ese Bastión, que quiero ver si Don Lope de Figueroa saltó a tierra. Y di que te importa? Téngole una inclinación tan rara, que no la entiendo. Y no sería mejor, que dobláramos? Por quién? Por quién? por el colador. Mas digo so Iván? Qué falta? Hay piñata para hoy? Señor Poca Ropa, nunca falta la merced de Dios. A mí me dejó el socorro A oscuras. Cómo? Perdió a los dados las dos pagas. Y diga, con quién jugó? Con un fullero. Fullero? y cómo le consintió que le ganase? Jugando. No le digo eso. Pues yo como no hice otra cosa, no sé dar otra razón. Conocerále? Y muy bien. Pues no perdió. Cómo no? Como yo haré que le vuelva todo lo que le gano. O Iván, tan caritativo como él mismo Iván de Dios. o Iván, con quien son menguados el Preste Iván, y el Mogor. o Iván, que a Ivanes pudieras de acero darle lición. o Iván, por quien Iván Soldado es ya Iván de Espera en Dios. o Iván. Sobre no hablar poco habla muy mal. Eso no, que yo de nadie mormuro. Pero es muy necio hablador. Paro. Topo. Más a doce. Reparo. Eso no hice yo, pues perdí con vuesesté. Cuál de aquellos le ganó? El que no ha soltado el dado desde que me desolló. Y el que al son de los suspiros de todo el tahúr montón, está tocando en la caja a recoger el vellón. Venga, pero aguarde; Moro Cómo te va? Bien señor. Y si te va mal, tú tienes la culpa. Pues en qué yo? En no querernos decir quien eres. Quien digo soy. Mal podré yo persuadirme a creerte, porque no cabe tu noble ardimento en humilde corazón. Suele la naturaleza hacer monstros, y en rigor uno de ellos eres tú; pues según la información, que de ti tengo, no eres más que un soldado inferior; y siendo humilde, pareces noble con tal perfección, que de mil sangres ilustres tienes tú solo el valor. Luego si tú, que me haces ventaja tan superior, puedes ser, como lo eres, humilde, no hallo razón para que tú en mí no creas, lo que de ti creo yo. Filósofo es el mastín. Todos estos Moros son grandísimos herbolarios. Tu discurso hace mayor mi duda. Entiéndesle? Si. Esa es otra conclusión de mi argumento. Di cómo? Como quien a ti te dio discurso para entenderme en ese humilde blasón, también en mi bajo ser pudo darme explicación. Yo no sé quién soy, y tú sabes quién eres? Si no sabes quién eres, también nos parecemos los dos en eso, pues yo tampoco, según me mudó el rigor de la fortuna cruel, pasándome la traición de librea esclavo, sé mas de que un triste esclavo soy. No te quiero porfiar. Eres discreto. En fin hoy a este trabajo te echaron? Sí señora. Compasión me das. Pues no me la tengas. Por qué? Porque no es razón, que haciéndome la merced, que confieso a tu favor deba tu piedad sentir lo que no he sentido yo. Pues no sientes este ultraje? Es mi alivio este baldón. Cómo? Como a él le debo verme en la presencia hoy, que olvida mi esclavitud, y logra mi adoración. Y no solo yo señora contento, y alegre estoy, sino ese Moro también. Engañaste, porque yo aunque la presencia estimo, que mi afecto deseó ver ultrajado, a quien quiero ver con aquel galardón que a su mérito le deben las prendas de su valor, es sentimiento, que en mí pasa a desesperación. Mucho te estimo el afecto. Poco me debes señor, que no hago nada por ti en cuanto diciendo estoy. Ya sé que por mí lo dices. Mucho le debo a tu amor. Mi amores señora tanto, que mi cortedad creyó no haber dicho por ti nada, en cuanto aquí pronunció. Hablan en algarabía estos Moros? Que sé soy, aunque no es dificultosa de adivinar su intención. Pues qué es si tú la adivinas? Que aquel Morillo cantor, alcorza del dios Machín, a Marcela se inclinó. Y esto otro Morazo, cara de esportillo de carbón, le tiene a Iván un pedazo de maldita inclinación. Un hombre a otro animal. Los Moros bonitos son, cuánto va que le requiebra. Qué majadero estás hoy. Ha de andarse un hombre, gracioso sin ocasión? Siéntalo como te digo; mas si en la distribución me tocas al mismo instante, te ofrezco sin dilación la libertad, que ahora, Moro, por no poder no te doy. Esa palabra te tomo. Yo hablaré al Gobernador para que mande ponerte en más blanda ocupación. Harásme mucha merced. Y pagaráselo Dios. Vamos Marcela a buscar a Don Lope, pues sonó can cerca la caja. Vamos. Y mi dinero? Por Dios que se me había olvidado Poca Ropa, pero no tenga cuidado, que presto le pondré en su posesión. Que miras? Que eres galán. Y tú divina Y tú, y yo? Tu amigo la flor del berro. Y tú el berro sin la flor. En fin tendrás libertad aprisa? Cómo sin ti? Gobernándote por mí. Es deuda de mi amistad. Puedo hablar ya? Bien poder. que todo estar sosegado. Ten Ametillo cuidado. Yo avisar si menester. Yo vengo a librarte. Vienes? Di cómo? Sin dilación, que se pierde la ocasión si un punto más te detienes. Pues cómo se ha de lograr? Cómo se ha de conseguir? Atreviéndose a salir, como yo me atreví a entrar, no cerré todo el cordón como debí, y pude hacer, solamente por poder ejecutar mi intención. y hoy que vi desembarcar a la plaza bastimento, para que mi fi el intento pudiese disimular, este vestido tomé. y advertido de los modos, y mezclándome entre todos bizcocho en la plaza entré, esclavos, y Moros son cuantos entran de galera; pues nos da lisonjera la fortuna esta ocasión, estos costales partamos, ponte este grillo, y cadena: y pues la suerte lo ordena juntos con ellos salgamos, que si no se logra al cabo nuestra intención deseada, pues te estás esclavo, nada pierdes en quedarte esclavo. Yo por Jarifa. Es locura, saca el pie, y librarme espera. No será la vez primera que me prende tu hermosura; y dime a Jarifa bella no pudiéramos llevar? No, que su luz singular hará reparar en ella. Parte tu mi bien, más parte sin olvidar mi dolor. Pues librárame mi amor, si no fuera por librarte, haré a los cielos testigos, dándote satisfacción de mi amante indignación en todos tus enemigos, animaré mis soldados a libertar tu hermosura. Como yo salir procura, pues vuelven ya los forzados sin susto. Advertido estoy. Despacio perros, y quedo. En tinieblas sin ti quedo. Ciego sin tus ojos voy, fortuna ampara un amante intento que estriba en ti. Amor duélete de mí. Ea canalla, adelante. Pícaros, no solo a él, sino a cuantos le procuren defender haré pedazos. Muerto soy. Pues no se cure. que esto en un cuerpo de guardia con tal desvergüénzase usé? Gallina, yo hago usos nuevos para que hiles tú. Sacude Ivanillo, que vale cada sopapo doce Pirues. Ay, qué me ha muerto! Pues vaya. a acompañar al que pudre. Iván tente. Iván. No hay más Iván, que ir hilvanando capuces. Traición, traición. Mentís todos. Quién causa estas inquietudes? Quién estos tumultos causa? Antes que nadie divulgue mi delito, u mi razón, quiero que de mí lo escuches. Luego tú has hecho esa muerte? Y a mí, porque le detuve dentro del cuerpo de guardia me ha herido señor. No acuse Sargentillo sino vaya a cuidar de que le curen. Oye, y eso es lo más sano, o no irá, si algo más gruñe. Vaya seo alcuza, que aquí no han menester sacabuches. Severo está Don García. Fuerza será que ejecute aquí por el escarmiento algo, aunque más me disguste, Don Lope. Qué es escarmiento? pues vale cuanto descubre el Sol, lo que este muchacho puede haber culpa que asuste en su mayor gravedad. a su menor pesadumbre? anda señor. Qué tal diga un hombre, que bien discurre? pues puedo negarme yo, aunque más lo disimule, a castigarse, que hiciera Vueseñoria. Si arguye de ese modo Vuecelencia, no es posible hallar vislumbre de librarle Pues decidme como, para que lo busque. Mirando primeramente el valor, que le descubre la nobleza que ignoramos, y luego con mansedumbre reparando en que por él no estamos sacando azufre en las minas de Marruecos, que esto no hay cómo se dude. Y añadid a esas también la calidad de más lustre. Cuál es? Parecerse a vos Vuecelencia no se burle, y acuérdese de que todos hemos tenido inquietudes. Y en eso, qué os va? No. Cuanto este afecto descubre averiguar determino, pues la ocasión lo introduce, dad la espada. A quién señor? Menester será que excuse yo aquí un nuevo precipicio, a mí. Aunque en darla aventure la vida, a vuestro respeto no hallo como me rehúse; Ya señor estáis servido. De vuestra soberbia inútil al mundo daré escarmiento. Inmortal sudor me cubre. Mas que le prensa el garguero Ola. Señor. No te turbes. Hagan diez arcabuceros blanco de los arcabuces a ese hombre, sin dilación. El negocio ha dado lumbre. Mirad. Nadie me replique que esto es bien que se ejecute, pues a debito tan grave, como añadir inquietudes en una sitiada plaza, aunque la piedad lo excuse. es razón que lo castigue quien no halla en que lo disculpe. Ay infelice de mí! qué viva yo, y esto escuche! Ya de tu rueda fortuna Se afijó el curso voluble. Sobresaltado me siento. De su semblante se arguye su amor, apretemos más, por ver si algo más descubre: ea, qué aguardáis? Señor Se valen con vos. Excuse por vida suya, señora, lo que introducir presume, que pedirme a mí una dama lo que es fuerza que rehúse, siendo quien soy, es lo propio, que darme una pesadumbre. Pues yo a Vuecelencia ruego. Ya es justo que me disguste. Que en fin tengo de morir? Pues eso habrá quien lo dude? Pues primero, gran señor, que las fatales segures del plomo ardiente, mi vida en el olvido sepulten: y primero que las parcas, con su alevosa costumbre, este viviente edificio reduzcan a polvo inútil, sin cansarse a Vuecelencia le suplico que me escuche, porque ya que de mi aliento la trama se desañude, no muera también mi fama, si acaso la crueldad sufre, que quien triunfa de mi vida, de mis hazañas no triunfe. Nací en la hermosa Ciudad, a quien el Betis sacude el polvo de las murallas, con la plata que las cubre. En Sevilla digo, aquella agradable muchedumbre; aquel laberinto afable de hermosuras, y de lustres, de algún delito de amor, porque nada de mi oculte, debió de ser, pues nací, y de quien nací no supe. Bien, que no puedo dudar que mi madre fuese ilustre, pues recatar los errores no es de mujeres comunes. En Triana me crio con amor, y servidumbre una honrada labradora, de quien solo saber pude, que un Caballero soldado le mandó que de mi cuide, dejándole por indicio, que mi nobleza descubre, en ropa, dinero, y joyas, testigos que la aseguren. Llamábase Alonso Gómez su marido, y porque oculte mi apellido aquella culpa primera, o la disimule, Iván Gómez me llamó a mí, haciendo que se divulgue ser hijo suyo, aunque en todo lo negaban mis costumbres. Aquella primera edad, que en el hombre se introduce, a crepúsculo, mezclando confusas sombras, y luces pasé en Triana, y llegué a la segunda, en que pulen los usos de la razón todo aquello que descubre; pero apenas los umbrales forastero de las lumbres de la advertencia, pisé libre de aquella lúgubre torpe ignorancia, que todo lo declara, y lo confunde. Cuando impaciente de ver, que con imperio circunden en mi tan pocas paredes, tanto vulgo de inquietudes, sin más consejo que el mío, porque de nadie le sufre la resolución, y más cuando tiene quien la acuse. Deje a Triana, llevando conmigo; porque me ayude al intento de pasar a honradas solicitudes, mi propio valor, que ya, porque seguro le use, noble comenzaba a darme de que era mío, vislumbres. Viví en Sevilla ignorado de los propios que me acuden, cuanto corrido, de que por hijo suyo me juzguen, donde adelantado en todas las ocasiones que pude: coloqué mi estimación sobre la más alta nube: cuatro honrados desafíos en poco término tuve, llamado en todos, porque en todos los lances puse cuidado de no tener que hacer más, porque es inútil en mi opinión el suceso, que con mucha mansedumbre le acaba el que le comienza, sin dejar porque le busquen. Muertes, pendencias, y heridas dejaré a que las pronuncien otros por mí, pues son tan tas, que aunque en contarlas a juste todo el término que tengo, no cabrán en su volumen, si bien no será delito, pues es verdad, que asegure, que de cuantos me hayan dado ocasión que me disguste, no habrá muchos que lo cuenten y caso que lo procuren no habrá quien quiera escucharlos y hará muy bien quien lo excuse que conversación de muertos no es para que de ella gusten. En esta arriesgada vida, sin que su riesgo me asuste, sin que su temor me quiete, ni su peligro me mude: corrí parte de mi edad, tan libre, como se induce de un corazón, que apostaba a soberbia con las cumbres, a incultura con los montes, y a presunción con las nubes. Cuando ofendido el amor de averiguar, que presume de mí a mi libertad, viendo que el yugo sacuden mis altiveces soberbias de sus amarguras dulces, esa dama me enseñó, que aunque más la desfigure el susto de mi peligro, y su perfección oculte, bastante beldad le deja para que yo me disculpe. Mírela, y rendíme, dando al vendado Dios más lustre mi difícil rendimiento, que cuantos su altar incluye, soberbio quedó el amor, y engañado, si presume que fue a él el sacrificio de mis amantes perfumes, pues debiera conocer, porque presunciones burle, que hieren menos sus flechas, que matan aquellas luces. Amante en fin padecí, por excusar las comunes ponderaciones, las blandas penas, que el amor produce, y en ellas constante, y fino, cuanto venturoso supe, que era admitido, debajo de aquel pretexto, que une, y se promete tan fácil, cuanto difícil se cumple. Enamoraba a Marcela, sin que por esto la culpe, que hay hombres tan porfiados, que neciamente presumen, que los favorecen más, cuando más los destituyen. Enamorábala un hombre de estos de concepto dulce, Narciso de su belleza, mucha prosa, y poco fuste, su pelo, y matéle, aquí serán razón que insinué un extraño sentimiento; pues a la verdad le tuve no de matarle, sino de lo que le descompuse. Por este caso mandó a justicia, que me busquen sus Ministros, y me prendan, y me maten, que aquí suple la inobediencia el estilo de que la ley lo promulgue. Vime en este estado, y vi, que aunque no hay porque me turbe, si el prenderme, ni el matarme, cuando no hay que me atribule, con todo eso tuve siempre por razón, y por costumbre tal respeto a la justicia, que huir su enojo dispuse, sin que a mi osadía esto ningún defecto acomule, que temor, que la atención, y no el recelo le infunde, es cobarde quien le espera, y valiente quien le huye. Resolví dejar mi Patria, y porque el amor me induce a no dejar en Marcela el aliento que me influye, añadiendo culpa a culpa, aunque su opinión lo excuse; me mandaron mis afectos, que a su familia la hurte. Llegué a Málaga con ella, y como no se aseguran mis riesgos, a un bergantín que daba las rojas Cruces de dos banderas al viento, fié nuestras inquietudes; y descubriendo el Peñón, porque más mares no surque Marcela al Patrón pedí, que el bergantín desocupe de los dos en esas peñas, que las espumas sacuden. Juzgueme, aunque libre, preso, notando que me descubre seguridad, y peligro, el temor que me conduce; pues huyendo una prisión a otra cárcel me reduce, dándome un presidio donde de una prisión me asegure. Seis años ha que en su estrecha clausura, mi vida sufre tantas descomodidades, cuantas la razón presume, en cuyo espacio sirviendo con lealtad indisoluble tantos Alarbes he muerto, que el número se confunde; pues si no lo hace la muerte, no habrá pluma que los sume. Diez valientes Africanos he muerto, Moros ilustres; y entre ellos al más que todos valiente Alcaide de Túnez. No hay Moro en estas comarcas tan atrevido, que escuche mi nombre, sin que el color se le pierda, o se le turbe. Y últimamente me llaman todos, o ajuste, o no ajuste a la verdad el sonido, o ya se crea, o se dude, el Defensor del Peñón, porque en mis hombros sostuve su ruina, cuantas veces a su ruina me opuse. Testigos sois vos señor de que no ha mucho que puse por libraros de un peligro, sin mirar su muchedumbre, todo un ejército en fuga. Y no porque me conmute Vuecelencia la sentencia lo digo, aunque lo pronuncie, sino porque considere, si en mi delito discurre, que fue matar a un ladrón, y que no es bien que aventure, por lo que importa tan poco, lo que tanto importa, dure gran señor en esta mano la espada, que al Moro turbe, dure en esta vida el nombre, que temores introduce. Pero si está Vuecelencia resuelto, que no lo excuse, solo le suplico, pues sin que el peligro me inmute, sin que el recelo me pasme, ni la desdicha me asuste, osado, valiente, y firme, con la animosa costumbre, con el intrépido aliento, que mi espíritu produce, daré al corazón valiente yo propio los arcabuces, quitándoles con mi mano el trabajo de que apunten. Que quien nunca rehusó morir en las multitudes de ocasiones, que le han dado fama inmortal con que triunfe a vista de Vuecelencia, no es bien que ahora lo rehúse. Qué decís de esto? Colijo que le habéis de perdonar. Bien. Señor no hay que cansar. Porque? Porque este es mi hijo. Señor Don Lope, por Dios que os compadezcáis de mí. Veis que os importa a vos? Si Pues más me importa que a vos Mirad no sea piedad? Por vida de Vuecelencia que es cierto, tú la diligencia lo declara, escuchad: no nació en Sevilla? Si. Y en Triana se crió? Tar. Pues pudiera yo, engañarme contra mí. Llamábase Ivana aquella a quien debió su crianza? Sí señor, Ivana de hayanza. No hay que cansarnos, que es ella No fue en fin noble su madre, y cómo? Yo lo colijo. Del mismo modo es mi hijo que yo hijo de mi padre. Dentro del rastrillo ya Los Alarbes han entrado. Señor, ved que nos perdemos, y que ya de aliento falto no puedo resistir más; pues con el alma en los labios voy a acabar de pagar lo que de mi ha confiado mi Rey; seguidme Españoles. Ea nobles Africanos. Cuidad de ese hombre Sargento. Mejor fuera maniatarlo. Y vamos a resistir este asalto, Santiago. Quedad sin susto hijo mío. No os entiendo. Yo más claro hablaré, aprisa Sargento, téngame con él cuidado. Cuidado con esa pierna. Mas que se la lleve el diablo. Viva España. África viva. Dentro del Peñón entrando Van los Moros. Seo Sargento Ruégole que me dé plazo para ir a la defensa de la plaza, que le hago pleito homenaje, que al punto me volveré. No me allano. Hágalo, por si su dicha, su valor hacen algo con que perdonado quede. señor Sargento menguado, pues no da pan, dé siquiera callejuela. No me allano. Pues allánese el gallina, toma tu espada. San Pablo, Muerto soy. Mientes, que a nadie han muerto dos veces asno. A Don Lope socorred amigos, que peligrando está su vida. Qué escucho! Iván, a socorrerle vamos. Nunca te he debido más. Vamos, que es un viejo honrado Vamos Poca Ropa. Ven, me verás hacer milagros. Por la plaza discurriendo. Guiada del sobresalto. Jarifa? Avenzayde mío? Sígueme, pues quiso el hado que te encontrase. Alentad, pues tenéis a vuestro lado a Iván Gómez, valeroso D. Lope. Moros huyamos. Perros esperad. Ha cielos que van allí desmayando lo míos, sígueme presto. Moro, que pensaste osado volver, habiendo yo visto por donde habías entrado, quién eres? No me conoces? Con el acero en la mano no conozco a nadie. Pues infórmate de mi brazo. Si haré Mas perdí el acero. Ahora Moro te acabo de conocer, pues rendido estás, con señas de esclavo. A retirar nos obliga su furor. Tened cuidado de este Moro, y advertid, que soy yo quien os le encargo, mientras yo acabo de echar del Peñón este embarazo. No hayas miedo que se vaya. Perdíme otra vez. Sintamos ojos esta desventura. Por aquí estar solto el diablo. Auenzayde es muerto, Moros a retirar. Huid galgos. Huid podencos. Vitoria. Al cielo le agradezcamos este favor. Y a mi hijo. No hay cómo poder negarlo. Quién es señor vuestro hijo? Vos, señor dadme los brazos sin hacerme más preguntas. A vuestros pies humillado me tenéis. Y tú valiente Español, que has cautivado segunda vez a Avenzayde, los tuyos me da, y si acaso debe valer para mí palabra que vale tanto, cúmpleme la tuya, y dame libertad, pues soy tu esclavo. Yo señor os lo suplico si estoy de vos perdonado. Si estáis, y aun obedecido, pero ajustad vos los pactos después, sabed ahora, porque habiéndose librado volvió al peligro? Por ese sol, señor, que disfrazado en la nube, que le oculta, es la luz que yo idolatro. Luego es mujer? Sí señor. Pues a honor de mis aplausos quedas libre tú también; y pues esto está acabado señor Don Lope, y Sicilia aguarda, al punto partamos. Como no honráis a mi hijo No penséis que me he olvidado el Gobernador murió, gobierne Don Iván en tanto que a su Majestad suplico que le honre con mayor cargo. Y yo señor? Eso a mí me toca, dale la mano Don Iván, si tu sangre iguala. Con hacerlo satisfago tu duda, y mi obligación. Dame Jarifa los brazos. Feliz mi amor, que te logra. Venturosos mis trabajos. Yo estar libre. Y tú, y yo nos casaremos más de espacio. Con que tendrá fin dichoso si supo conseguir tanto el Defensor del Peñón, que mereciese agradaros.
