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Texto digital de Darlo todo y no dar nada (Burlesca)

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Pedro Lanini y Sagredo
Atribución estilometría
Sin resultados estilométricos disponibles
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de Carmen Pinillos Salvador.

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Cita sugerida

Pinillos Salvador, Carmen. Texto digital de Darlo todo y no dar nada (Burlesca). BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/darlo-todo-y-no-dar-nada-burlesca.

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DARLO TODO Y NO DAR NADA (BURLESCA)

¡El grande Alejandro viva! ¡Viva el príncipe mostrenco! Cuyos callos… Cuyos bultos siempre grandes… …siempre puercos… A voces van diciendo: que un zapato de quince le es estrecho con calzarse picado en el invierno. Haga el ejército alto, aunque sea muy pequeño, en aqueste campo verde, porque se le den los nuestros. Hagan repetida salva los músicos, confundiendo aquí los capones vanos y allí los pífanos huecos. Alto, y pase la palabra. Sea a voces con silencio, diciendo todos en su pensamiento: si Alejandro regüelda, Dominus tecum. ¡Qué diversa variedad de músicos, o cencerros, se escuchan tan bien templados que suenan como panderos!, y el cóncavo penetrando deste albergue, deste lecho, adonde de San Antón podía habitar el puerco, y adonde, rey de mí mismo, por una porfía reino, espárrago del Retiro o anacoreta del yermo; pero qué me importa a mí en dudarlo o en saberlo, hecho vecino o arroyo, ya murmurando, o royendo los huesos de aquestas voces, si las voces tienen huesos. Pues todo una patochada era, pues dijo el acento: «Que un zapato de quince es estrecho con calzarse picado en el invierno.» Aquí la Fuente del Cura me dijo que era un barbero, que entiende muy bien de fuentes harto mejor que Galeno; pues antes quisiera hallarme que aquí dentro del infierno de la plaza de Madrid, que, ¡vive Dios!, que es un cielo, pues está allí San Martín, la Membrilla y Alaejos; pero aquesta sed, ¿qué dudo, aunque en la lengua la tengo, de venir marchando a Grecia con bota y sin vino griego, dispensa que busque el agua, pues desbautizado vengo, que me dicen que es tan clara que puede beberla un muerto? Pero hacia allí a un viejo miro; preguntárselo pretendo: ¿Sabéis vos adónde hay agua? En cas de los taberneros, con que matan a traición la sed por nuestro dinero. Pero yo os llevaré donde halléis el agua. Lo mesmo sucedió a los del tesoro del correo de Toledo, que después de haber cavado, se halló lo que no quisieron. Con este instrumento voy yo por ella. Pues con eso bailará el agua adelante, si es que van con instrumento. ¿Pues no ven? Aqueste jarro habla con entendimiento. ¿Habla el jarro? Tiene un pico, que habla cierto como un muerto. En esas razones hallo, como en lo sucio y lo puerco, que sois filósofo vos. No lo soy, mas lo es mi nieto. ¿Y eso viene a ser lo mismo? Sí, señor, que yo le heredo. ¿Y si os morís antes vos? Un filósofo es eterno. Sí, que los locos no tienen día de juicio, mas quiero preguntaros ¿cómo vos, cuando este valle está lleno de regocijos y fiestas, os estáis hecho un pandero sin ir a verlas? ¿Pues qué hay que ver allá? ¡Cierto bueno! Pues cuando no fuera más que ver volver un ejército más triunfante que no un carro del Corpus, con más trofeos que las mujeres mundanas adquieren por malos medios, en que traen presas las hijas del rey persa, cuyos negros ojos traen luto por la muerte del basurero, ¿el ver a Alejandro solo no bastaba?, cuyo aliento, bostezando a San Martín y a Ribadavia escupiendo, puede dar vida a un candil, y apagarle con lo mesmo, cuando viene vencedor, según dicen esos ecos. «Que un zapato de quince le es estrecho, con calzarle picado en el invierno.» Pues, necio, dime ¿en qué has visto que soy amigo de cuentos? Es más que un hombre Alejandro por no ser dos, tan soberbio, que llora arrope de moras hilo a hilo de contento, porque tan solo hay un mundo, para conquistarle, habiendo francés que pregona a voces: «¿Quieren ver el Mundi nuevo?»… Pero esto no es para ti. ¿Por qué? Porque eres bermejo; mas ya a la fuente llegamos y solo ofrecerte puedo este jarro. ¿Y eso es barro? Empegado por lo menos: tómale. No le he menester: beber con la mano quiero, pues será el agua de yema la que llegare a los dedos; ¡agua va! digo a las tripas, que mueran de susto temo. La mano para beber sirve también; ahora veo que no hay loco que no enseñe a comer a un hombre sesos. El jarro arrojo. ¿Qué haces? Dar con el suelo en el suelo, pues tengo para beber esta mano de mortero, porque en esta vida nada ha de haber de más, ni menos. Y porque veas que no se me da del mundo un bledo, di a Alejandro, de mi parte, que Diógenes, cierto viejo, más pobre que Dios te dé y mísero que un gallego, por no verle al tiempo que viene atravesando el Templo de Gordio, que siendo bizco no es dificultoso hacerlo, huyendo va de su vista, y añade que si él es dueño del mundo, que yo soy dueña, según lo atestigua el texto de feminis, y ungis, que… ¿Y qué quiere decir esto? Que las hembras y los machos, si se juntan son lo mesmo. Gentil mentecato es este, filósofo majadero. ¿Pero qué ruido es aqueste que se oye al umbral del templo? Sin duda que las vestales vírgenes se están rompiendo a porrazos. Oye, advierte. ¿Qué he de advertir? El agüero. ¿Soy yo Mendoza, ignorante, para temer como ellos, si es que por descuido dan en tierra con el salero? Pues oiga tu Majestad dos palabras en secreto, y después, su alma en su palma. ¿Y sabéis vos si yo quiero? Pues ¿por qué no habéis de oírme? Por aquesto, y por aquello. Dos dedos estáis de oírme. Pues dicid, si no está lejos, pero no me canséis mucho. Yo siempre despacho presto. ¿Habéisme entendido? Sí. Pues no diréis que os he muerto. No, porque no estoy al cabo. Pues atended. Ya me duermo. Grecia, esa parte del Asia, cuyo dilatado imperio abastece generosa de pez griega a los boteros, se halló sin rey una tarde que los gobernase, y viendo que a una baraja le sobra lo que les faltaba a ellos, a la estatua consultaron de Júpiter, que es un leño, y ella por boca de ganso dijo diesen el gobierno aquel que en el monte hallasen echando por esos cerros, o al que entendiese mejor de parva materia. Quedo, ¿entendéis esa materia? Yo de filis nada entiendo. ¿Sabéis si quiebra el ayuno almorzar veïnte huevos? ¿Tenéis bula? No la tomo. Pues bien se deja ver cierto. ¿Qué se deja ver? Decid. Lo que es allá lo veremos; en fin, dijo que al que hallasen la tierra dura rompiendo, que tendría dos novillos blancos en el yugo puestos. Fueron, y hallaron a Gordio, un mozo como un tudesco, con más fuerzas que un jayán y carnes que un pastelero. Juráronle en fin por rey con votos y con reniegos, pero apenas los novillos, que eran bravos como sendos maridos de los de Asia, a su dueño rey le vieron, cuando con muy lindo juicio al yugo le sacudieron el polvo, echando de sí lo que huele a casamiento, y rompiendo las coyundas dél, aqueste nudo hicieron, tan ciego, que aprendió al punto oraciones en guineo. Ninguno desenredarle pudo jamás, y acudiendo al oráculo otra vez, respondió como un becerro, que el que deshiciese el nudo, no solo del Asia, pero triunfando de la espadilla, ganaría al mundo entero a tajadas, mejor que Monroy el bodegonero. Intentaron deshacerle muchos que se deshicieron, con tanta desdicha, que murieron de puro viejos. Y así, por vida de tal, que en esto que ahora te advierto hagas tú lo que quisieres y que tomes mi consejo. Calla, calla, sella el labio, que de escucharte estoy hecho un vinagre: dice más, que el que deshiciese el ciego nudo, ¿ganaría al mundo con juego tendido? Ergo, si yo le desato, ¿es fácil que lo consiga? Concedo. Pues vele aquí desatado. ¿Qué has hecho, señor? Romperlo. No lo hiciera eso un tullido, que lo dije ¡vive el cielo! ¿Tú sabes cuantas son cinco? No lo sé, pero sabrélo. Pues lo tienes tan a mano, haz la cuenta con los dedos. ¿Y eso qué quiere decir? Que Júpiter quiera inmenso, que cumplas con su parroquia esta Cuaresma. ¿A qué efecto? Porque del mundo te hagas el pagote. Yo lo espero, pues apenas cobrará mi ejército algún aliento, cuando vaya por el orbe a darles con la de Rengo, pues todo para Alejandro es el mundo. Bueno es eso para un recado que traigo de un viejo. Oírle no quiero, que no me pago de chismes, aunque rabio por saberlo; pero ¿qué es lo que te dijo? ¡Lo que pregunta un bermejo! Dijo que no se le daba a él de tu poder un pelo. Aquese desprecio es calvo, cometido a mi respeto, y con un rey como yo es muy grande atrevimiento; haréle descomulgar al punto por el bureo. Que era más rico que tú dijo también. No lo creo. Es que hereda a Zamarrilla. ¿Quién es? Un esportillero, y que por no verte a ti, antojos, señor, se ha puesto. Eso viene a ser peor, mas no ha de valerle al viejo el olio, pues al toparnos, fuerza es que nos encontremos; llévame a su casa tú. No hagas, señor, tal exceso, que es indecencia en un rey visitar a nadie. Necio, diré que soy el Refugio, y que un socorro le llevo. ¡Ah, palabras de los reyes, que matáis con el regüeldo! Mas Efestión… ¿Es a mí? Con vos hablo, majadero; mas ¿qué hacéis con estas cartas? Ver si aquí el rey brujuleo. Mas vuestros pies a besar me dad. No es malo eso, yo no gusto que me roigan los zancajos. ¿Qué hay de nuevo? Que es la divina Rojana tuya, y de todo tu pueblo. Propiedad es muy galante ser generosa en extremo; mas decid, hombre del diablo, ¿yo casado? Ya está hecho. ¿Y cómo queda mi esposa? Muerta por verte la dejo. Hablaras para mañana, que ya al susto está perplejo. Tu retrato me ha pedido. Yo se le prometo en verso. No, señor, que estos te traigo, que están pintados en griego. Dad acá, que, aunque soy zurdo, un poquito desto entiendo; este no se me parece porque le falta el defecto deste ojo de besugo, que es lo mejor que yo tengo, y ninguno ha de mentir al rey, ni aun por el correo, y así lleva al hospital este retrato. ¿A qué efecto? Está muy malo. ¿Qué tiene? Lisonjas en el celebro. Para eso es el diaquilón. ¿Por qué? Resuelve en extremo. Pero este es mucho peor, y me holgara ser por cierto don Quijote de la Mancha, para deshacer el tuerto, que este pintor, cara, a cara me hace diciendo el defecto mío, y es gran desvergüenza hablar al rey descubierto; en castigo, este retrato, pónganle luego a cochero. ¿Por qué? Por desvergonzado merece muy bien el serlo. Blas de Ruedo no es posible que se pudiera más reto. Aquí Apeles trae el suyo. Temblando de frío llego. De carne soy, llegaté. ¿No sois vigilia? Es bien cierto. Pues ved aquí lo que sois. A este sí que me parezco en todo pintiparado, parece que soy el mesmo, que la cara me cortaron, por él juzgo que patento, y tiene mi condición. ¿En qué? En que está haciendo gestos. De cámara mi pintor sea Apeles, solo él quiero que sea mi pintamonas. Vivas, señor, más que un ciervo, y se te cuenten los años como a él. Denle al momento, para quitarse la barba, cuatro cuartos en dinero. ¿Sabes qué son cuatro cuartos? No. Son tres cuartos y medio. Pues denle otros cuatro más. Eso es dar con mucho exceso. Los valientes cuando damos nos preciamos mucho dello. Otra mercé he de pedirte. Mucho lilao es ya eso. Es que dejes que a mi tierra vaya por mi casa. ¿Es lejos? Ducientas leguas de aquí. ¿Y ha de traerla el arriero? No, señor, el ordinario. Id in pace. Volaverunt. Ven, Efestión, a escribir a Rojana aquellos versos. ¿En qué metro has de escribirla? Me parece que en guineo. ¿Por qué así? Porque me trate ella también como a un negro; ¡ah!, Chinchón, luego hemos de ir a buscar aquel jumento; oyes, Apeles. ¿Qué mandas? ¿Te has ido ya? No lo creo. ¿Luego te vas sin servirle? No, señor, que harto lo siento. ¿Y todo entero te vas? Pues ¿cómo es posible menos? Si te partes, ¿no era fácil que quedases acá medio? No es posible por ahora. Pues mañana nos veremos. Pues porque el César se ahorque den todos voces diciendo: ¡El grande Alejandro viva, viva el príncipe mostrenco! Mira que soy su criado. No es posible, aunque yo quiera. Acordársete debiera de aquel buen tiempo pasado. Por Dios, que me desatina que tal digas. Buena historia si has perdido la memoria; toma aquí esta anacardina, que soy tu criado, y mucho más. En puridad, yo bien sé que no es verdad, pero juzgo que es así. Pues abrázame sin tacha; que me huelgo verte es llano, como si viera un hermano. ¿Qué hermano? El de la Capacha, porque servirte es gran vicio, y así admite esta lealtad. Pues tiene necesidad, ya te admito en mi servicio. A pintor quiero tornar. ¿Qué ganas en ser pintor? Porque soy tahúr, señor, y así deseo pintar. Templar instrumentos varios, juzgo que quieren allí, ¿quién serán? Si templan, di, ¿quién han de ser?: los templarios; mas Estatira es quizás, la infanta, que prisionera está en aquesa leonera, por ser tíguere no más. Oye, que a cantar empieza. ¡Vive Dios! ¿Vas a empuñar? ¿Pues qué? ¿Hemos de dejar que nos rompan la cabeza? A tener paciencia prueba, ve que es la voz tal y cual. No era malo su metal para la moneda nueva. Las recetas del amor por cosa evidente dicen que con unto mejicano se curan los imposibles; ¡ay de aquella que vive, donde no se da perro y se recibe! ¡Ay de aquella que vive, donde no se da perro y se recibe! ¿A quién quitas, decid vos, el sombrero tan agudo? A esta que canta saludo, porque rabia, vive Dios. Teneos, cobardes, traidores, ¡ay de mí! Mira qué es esto. Prendedla, o matalda presto. ¿Sois soldados o doctores? Allí, porque más me aburran, maltratan a una mujer. Muere, o déjate prender. Vive Cristo que la zurras. ¿Qué es matar? Aunque te sombres, canalla infame, has de ver que puede cualquier mujer sujetar a muchos hombres. A defenderla iré osado, del argamandijo dueño. ¿No la ves que tiene empeño? Pues entraré por un lado. Tente, hombre de Bercebú. Mataré aquesos corchetes. Dime, ¿para qué te metes en revolver caldos tú? De honrados pierden las palmas en maltratarla tiranos. Si es que la ponen las manos, por eso la traen en palmas. A matar por maravilla los voy valiente. Estás ciego: ¿y si te matan? ¿Luego me han de dar por la tetilla? A razón no se sujeta esta cólera que ves. Sin duda no sabes que es la trementina de veta. ¿Si la matan? No son tiernas las damas, pero rodando del monte viene bajando a tus pies, echando piernas. ¡Válgame el Cielo! ¿A qué espero sin irla ya a socorrer? ¡Lo que ha hecho esta mujer por tener despeñadero! Joven, en tanto rigor ampárame a tu pesar. Yo no te puedo amparar, que no soy embajador. El temor todo lo piensa, que yo juzgaba que sí como con armas te vi. Pero no tengo despensa, mas mi valor que te ama me pone a tu vista airado, porque estoy enamorado de aquella ¿cómo se llama? Ya yo entiendo aquesa historia de mi hermosura. Es verdad, mas mira, mi voluntad es muy flaca de memoria, y en aquesto a que me atrevo me abrase… Fuego… En los dos. Y al miraros tierna a vos, todo me derrito. Sebo. Pues empieza a defender mi persona en tal pesar. Mi valor te ha de ayudar. ¿A qué, joven?, di. A correr. ¿Pues qué consigue en correr en tal lance tu valor? Que así tu beldad mejor alcanzarla he de poder. Ahora, en tan gran desgracia, ¿valerte de fuerza infieres? ¿Qué es de fuerza? Si tú quieres lo harás de tu bella gracia. Prendedla. […] O matadla, si intentare resistirse. El que llegare ha de llevar para peras. También a él le matad, pues defiende una insolente. Si me matan ciertamente perderemos la amistad. Uñas abajo inhumano tírele nuestro rigor. Esa de uñas mejor la darán, si hay escribano. El mozo tiene pujanza. Pues muera a la zambullida. Muerto soy. ¡Ay!, que la herida atraviesa a Sancho Panza. Que le habéis muerto, villanos, y así yo le he de vengar. Pues mira que has de llevar. Pues no juguemos de manos. Muere tú a aqueste revés. En eso tendréis destreza. Va este tajo a la cabeza. Ella pega como pez. Si quieres salir de buena, el huir es lo más cierto. ¿Cómo hablas, si estás muerto? Es que hablo en ánima en pena. Yo he de salir. No es razón. Suéltame. Tu mal recelo. Yo he de salir, vive el cielo, sin decirte la ocasión. ¿Tal insolencia se ve? ¿Cómo a una mujer, villanos, así la ponéis las manos? Es que ella ha hecho porqué. Dejadla, y ved si mortal está ese cadáver yerto. Ya de todo punto ha muerto. Pues mirad si se ha hecho mal. Lo que se ve en su quietud, que nada siente. ¿Qué escucho? Que muriese no fue mucho, que él andaba sin salud. Si estáis herida, al momento mirad vos. No lo presumo: yo tomo tabaco de humo y estoy buena que es contento. Aquí fue el ruido. No abones que fue aquí. Pues apostemos. Por la suerte lo veremos. ¿Qué dices, pares o nones? Mas… Estatira… ¡Hay tal tema! ¿Ahora venís encubierto? ¿Cuando aquí hay un hombre muerto os estáis con esa flema? Pues mi grandeza ¿qué saca de que muriese de tos? [] Buena justicia es por Dios, ¿sois emperador o haca? ¿Pues vos aqueste pesar me lo podéis referir? [] Vuesasté lo ha de decir. Vuesasté lo ha de contar, pero retirad al punto aquese cadáver vos. Mas ¿qué miro? ¡Ira de Dios, que se levanta el difunto! Pues oíd mi sentimiento. Que soy sordo os declaro. [] Yo pretendo hablar tan claro, que he de decir lo que siento. No porque soy prisionera dejo, gran señor, de ser, por mí propia, una mujer como puede ser cualquiera; pues siendo así a mi entender, es rigor que por capricho si quiera no hayais dicho: «Marica, ¿quieres querer?», y por eso este soldado el respecto me ha perdido, y hasta aquí no ha parecido con haberle pregonado, pues esta mujer avara ajaron en mi presencia. Es porque hizo resistencia. Pues ¿queríais que os rogara? Porque no se meta a bulla, a vuestras quejas aquí responderé, porque en mí halléis bien quien os las mulla. Culpáisme que prisionera os tengo, y que no me veis: ¡buena es esa!, ¿pues queréis el que yo libre os tuviera? También que poco galán no os he sido, mas estrecho: es verdad que no lo he hecho solo por el qué dirán. ¿Qué dijeran las extrañas naciones? Aqueso no; dijeran luego que yo os enseñé a malas mañas. Y ya satisfecho el mal vengaros aquí quisiera: lleven luego a la galera del Hospital General al que esta mujer ajó. [] Ved que con grande ademán la que ves a un capitán vivo airado le mató. Y decid, ¿fue a sangre fría? No, sino a sangre caliente. Pues despáchenle patente y denle su compañía. Yo os contaré su trabajo. Que eso a mí me toca ved, y perdóneme usted que la palabra le atajo. ¿Me escucháis? Ya fuerzas saca de flaqueza mi atención. Pues vaya de relación. Pero no nos deis matraca. Invictísimo Alejandro, cuyas generosas partes tienen séquito en la envidia, que aquesto va en la comadre. El que me escuches te pido, no piadoso, porque antes te quisiera echando chispas, que es mi culpa tan loable, que aunque mandes al verdugo que a la vergüenza me saque y me ponga en una argolla, donde vean embocarme, como en silencio el pregón diga que «el castigo se hace a esta mujer porque estuvo enamorada de un sastre», –culpas que son en la honra unos pecados mortales, que para gastar tan malos humores han de purgarse–; mas que me castigues luego aunque se ensucie mi sangre, que con la tierra de Esquivias dicen que las manchas salen. Mas si no sabes primero quien Calleja o Campaspe, sabe que de Timoclea que soy hija, es muy constante; (pero alabarme no quiero: Dios sabe quién fue mi padre; murióse el pobre de un susto, y la honrada de mi madre se fue a llorar su viudez a un colegio de estudiantes, hombres de mala conciencia, que en Cuaresma comen carne) pero tan dada a la caza, que no hay fiera, bruto o ave, que si yo la flecha vibro, o el venablo empuño errante, de hambre no se haya muerto, aunque yo nunca los mate, que esto de los cazadores quiere maña, y Dios delante, y de las pieles y plumas adornando mis umbrales, parece de curtidor mi casa con tanto enjambre, con que en este vicio siempre me he criado, sin que baste a convertirme a ser buena aquí ortigas, ni carceles, con que amor nunca he sabido que es más que un ciego, un orate, que vende por calendarios las fiestas de los amantes, y las vigilias también que ayunan los más. Mas baste, que dirás que estas noticias son de más; pero repare tu caletre, si le tienes, que a un delito es importante para castigarle bien, revestirse uno de alcalde, y saber sin tropezar en la persona que cae, pero volviendo a coger el hilo a los disparates, voy a que, habiendo tu gente descansado en este valle de Grecia, que es una venta, como es Alcalá de Henares, una gurullada de estos soldaditos o farsantes, que representan servicios que son necesidades, a mi alquería llegó, y, por no andar en debates, el gallo con las gomarras quisieron, señor, llevarse. Mas mis jayanes, porque las gallinas nos dejasen y que se saliesen presto, empezaron a cascarles. Llegué yo en esta ocasión, y uno de tus capitanes viéndome así algo qué, más rendido que arrogante, me hizo cortés la eme, y yo también le hice el hache. Retiró su gente él, y yo la mía al instante, y nos quedamos solitos como los primeros padres, pero como la mujer del lado del hombre sale, escurrí luego la bola y díle con la del martes, que no hay fiar en los hombres, que da perro el más galante, que la conciencia no muerde aunque una mujer los ladre. Retíreme, al fin, y al son de unos ciertos cristales me quedé dormida, que esto en un abrir se hace de ojos, cuando desvelada sentí acá, con ruido grande, que el corazón me decía «abre el ojo que asan carne». Desperté y, no de la vista, del olfato el informarme quise, y hallé junto a mí aquel hombre, aquel orate, que en flores ya me había dicho muchísimas necedades. Quedamos los dos al vernos como suelen los amantes cuando les da madrugón la justicia, tan neutrales, que al articular las voces, como era cosa de aire, nos pasmaron de tal suerte que tiritaba lo amante, mas él, al fuego encendido de su deseo insaciable, hallándome tan entera, empezó a requebrarme con tan amantes ternezas, que pudieran ablandarse la dureza empedernida de Lucrecia y de Anajarte, mas yo de hoz y de coz, por hablar con falsedades, viendo que me hacía cosquillas le envié al infierno a rascarse, y él burlándose de mí, la mano intentó tomarme, que como me vió enojada, quiso hacer las amistades; pero metiendo yo el basto, la espada pude sacarle, y viéndole de paleta, le di tan soberbio cabe, que hice que con condiciones dos ofensas me pagase. Cayóse, en fin, de maduro, derramando tanta sangre, que me pareció, por Dios, vertiendo tantos granates, que regar quería la tierra porque naciesen tomates. Llegó entonces su cuadrilla, todos a embestirme infames, mas yo sacando los pies de las alforjas, galante, me fui retirando airosa, haciendo reparos tales, que en el pelo de la ropa ninguno llegó a tocarme, hasta que hallando un mancebo que sacando el estandarte, hizo tanto estrago en ellos, que vinieron a estragarse, pues metiendo morcilleras en el pobre los bergantes, le excusaron que muriese el triste de mal de madre. Conque aquestos dos entierros he dado a los sacristanes, quitándolo a los dotores, y haciéndome yo el tu autem delicuente, así a tus pies te pido por Dios que mandes que me hagan cuartos, porque por moneda nueva pase, que un presumido me quiera, que me galantee un paje tan pobre, que me sustente solamente con potaje, que me adore un zurdo, y que por el vicario me saque, que es la desdicha mayor en mujeres de mis partes, aunque lo sienta la enclusa, aunque lo llore el desastre, aunque lo murmure el tiempo y lo culpen las edades; que en mujeres, señor, de mi coraje, el castigo mayor es el casarse. Tu llanto y dolor a un tiempo han llegado a enamorarme, de suerte que estoy, por Dios, para meterme a comadre. ¿Por qué? Si te dan dolores, porque envíes a llamarme. Yo me acordaré de vos cuando me halle en ese lance. Prended a estos soldados, porque sepan que en vengarme un Héctor soy. A mí no, que he de ir a una parte. Déjenle por el refrán del buey suelto bien se lame; y porque otros soldados segunda vez a Campaspe no cojan en el garlito, vaya a dormir, si gustare, a una posada esta noche, y denla lo que costare. Vivas más que dos mil suegros, que ya yo tengo posada a dos con limpio pagada en la calle de los Negros. Yo confieso que es virtud el dormir con compañía. Esa siempre fue la mía, mas yo lo hago por salud. Aunque rinde tu hermosura, yo más tu discurso amo, y de todo tienes ramo. Mas es ramo de locura, pero harás, señor, que apoque mi humildad tu grandeza. Yo ya adoro tu belleza; y ¿tú me quieres? Yo quoque. ¿Lo has visto bien? Con las niñas. ¿Me estimas? Haréte salva. ¿Es verdad? No, sino el alba. ¿Lo puedo creer? Como hay viñas. ¿Serás firme? Soy escollo. ¿Gustas dello? Es mucha medra. ¿Serás fina? Tengo piedra. Yo también. ¿Dónde? En el rollo. Ya sufrir esto es bajeza, a mis ojos, tan amantes, y así yo me quiero ir antes que den en una flaqueza. Ven, Efestión, dime algo. Sí haré, mas ¿qué me darás? ¿Sacarme de más a más?, pues vete a espulgar un galgo, pues no me quieres hablar. Yo desisto desa empresa, que si se suelta una presa, dime ¿quién la ha de parar? Mi vergüenza no baraja, que tengo amor tan ardiente. Pues si gustas ser corriente, toma aquí un polvo, y encaja. Vámonos sin que se entienda, pues todos están tocados de amor, y están asomados cada lobo por su senda. ¿Que me quieres? ¿Hay tal flema? ¿Creerlo puedo? Eso va en ti. ¿Y te podré lograr? Sí. Eres fácil. Ya eso es tema. ¿Gustarás? Si lo mereces. ¿Y tú, señor? No lo apoyes, será así Campaspe, ¿oyes? Será así, Alejandro, ¿entiendes? Dame una mano. Hela ahí, señor, pero salvo el guante, me haces cosquillas amante. ¿Que aún te las tienes ahí? ¡Fuego de Dios, cómo encajas! La amistad que es apretada ha de ser así. ¿No es nada? Ya yo te adoro. ¿Y yo pajas? Esa es gloria de los dos, de amor estoy casi loco. También deso tengo un poco. Pues encomendarlo a Dios. Pues ¿qué?, ¿te vas? ¿No lo ves? Pues afufón, camarada. Mas, oyes… ¿Qué dices? Nada. Pues veámonos después. ¿Que con Estatira bella Campaspe anoche durmió? Aqueso no lo sé yo, pero quedóse con ella. ¿Agravio como este hayle? ¡Ah, ingrata! Pues fue rigor, ¿no hubiera sido mejor?… El quedarse con un fraile. No es pecado, a mi entender, el que cometió venial. Pues no es sino muy mortal el hablar a una mujer. Antes te ha hecho gran lisonja, y así hablarla has de lograr. Mejor la pudiera hablar si Campaspe fuera monja. Toda mi impaciencia labras; ¿cómo lo has de conseguir? Llegándome a ella, y decir: «usted ¿quiere dos palabras?»; ¿no se obligará al llegar rendido a pedirlo yo? Pregunto, ¿es casada? No. Pues bien se puede obligar. Lograré con una traza asaltar su fortaleza. ¿Si defiende su belleza? Atacar luego la plaza. De soldado tienes nombre. Al rey serví embajador. ¿Al rey un emperador? Eso fue jugando al hombre. Mas aguarda. ¿Qué te da? ¿Adónde vamos así? Cierto no lo sé por mí. Anda, que allá se verá. A Diógenes con cautela buscamos por esta cruz. ¿Y llevas acaso luz? No, sino un cabo de vela. Mas dinos dónde estará. Pregúntalo a quien lo sepa. ¿No es hombre de buena cepa? En la tinaja estará. ¿Un sabio había de tener tan mecánica vivienda? ¿Pues no sabe más el vino y en tinajas se conserva? No lo creo, vive Dios, aunque un sastre lo dijera, que es gente que la verdad, porque amarga, no la prueba. Pues yo creo que la traga esta terrestre ballena. ¡Ah de casa! ¿Quién va allá, que despertar no me deja con el ruido? ¿Pues dormís? He tomado adormideras para despertar temprano; mas ¿qué queréis, buena pieza? El grande Alejandro viene a veros por la estafeta. ¿En persona? Sí, en persona. Pues decid que acá se vuelva después, porque no he almorzado. ¿Qué importa esa diligencia? No querer ver en ayunas un tuerto. ¿Que aquesto puedas sufrir de un viejo? Peor fuera decirlo una dueña. Mirad que yo vengo a veros. ¿Quién le manda a usted que venga? Salí acá. No estoy en casa. Miradlo bien. ¡Hay tal tema! ¿Y sabéis dónde habéis ido? A las siete chimeneas. ¿Pues a qué? A sacar de pila la ropa de lavandera. Adiós, si no estáis en casa. Vaya usted muy norabuena, mas aguardad, que ya el sol me parece que calienta. ¿Qué calienta? Los riñones. Almorcémoslos apriesa; mas ya sale. [] Buenos días y entradas de cuarentenas tengáis, Alejandro invicto. Diógenes, requiem eternam. ¿Qué se ofrece por acá? Ahí es nada, leed aquesa. «A Águeda de Bolaños». ¿Sois vos? Esa fue mi abuela. «Al licenciado Almorrana, posa junto a la trasera»; tampoco. Perdí la carta. Buena comisión es esta, ¿qué decía? De un recado que me enviasteis respuesta. ¿Yo un recado a vos?; porque aunque sois una bestia, jamás paja ni cebada os ha echado mi conciencia. No me dejará mentir Chichón. Pues no se me acuerda. ¿Vos no decís que más rico sois que yo más de una tercia? Es así. Pues como iguales os viene a ver mi grandeza. Pues como iguales y amigos aquesta visita sea; acomode cada cual las antífonas en tierra, o arrastro una silla. Estamos. muy bien de cualquier manera. Y en cuanto a lo que decís, salva in omnibus licencia, digo que lo dicho, dicho. No dijera más Pateta. ¿Y aqueso en qué lo fundáis? En aquesto verse deja: a este carro que compone tu codicia y mi flaqueza te tira el mundo a ti solo, y a mí la carne me lleva, con que en aquesto se ve, en contrarias diferencias, que yo hallo que despreciar lo que tú mismo deseas, pues el demonio y la carne son quien el mundo gobierna. Digo que me concluís; mas puesto que mi grandeza te puede dar para libros como si tu tía fuera, pídeme que haga por ti algo bueno. Norabuena: va una apuesta que no haces una flor tú como aquesta. ¿No bastara la mitad para ganarte la apuesta? Claro está. Pues ves aquí la mitá en una floreta. Eso no un Emperador, un danzante se lo hiciera. Pídeme cuanto quisieres. Que no me quites quisiera lo que no me puedes dar. ¿Cuánto va que son las muelas? No, sino el sol, que va andando como una devanadera. Al sol como caracol sacar quieres lo que pesa. Siempre quien con soles anda tiene su mal de cabeza. Pasa a ser pasa de sol, pues ya a arrugarte empiezas. ¿Que en fin el ser rico fundas en tener un hombre letras? Sí, señor, que es buen caudal por si bajan la moneda. Pues apostemos que no sabes con toda tu ciencia a lo que el embajador del turco vino a esta tierra. A volverse otra vez moro, y a llevarse mucha hacienda. Dices bien. Porque mejor conozcas qué es tener dieta, va a qué antes se ha menester una libra de camuesas. Tiene mala condición esa fruta. ¿En qué manera? Porque se pudre al instante. Lo mesmo pasa en las hembras que fijas dan en guardar: se pudrirán mas apriesa, pues, adiós, Alejandrillo. Adiós, Diógenes cigüeña. Adiós, seor cuentagarbanzos. Pues a Dios, señor Beteta. Pues cansados… Pues molidos… Los sentidos… Las potencias… Tu vanidad, figura… Tu miseria… Aturdida me deja la cabeza. Parece que te has quedado como espada ginovesa. Yo no soy de repelón. ¡Al valle, al monte, a la selva! Pero ¿qué voces dan estos, que me aturden las orejas? Es Estatira, y Campaspe, que a fatigar la ribera con dos perros que las dieron salen a caza de fieras. Mal han hecho, que en palacio podían correr las dueñas; pero denme aquí un caballo, pues salir quiero con ellas, pues la caza por agosto es imagen de la guerra. En todo aciertas, señor. El que yerra es un albéitar, y yo emperador me juzgo; vamos. ¡Al monte, a la selva! [] A caza habemos salido de lobos por una tema, y antes que al monte, el buscarlos es mejor en la taberna, que es donde a razones la razón se niega, y diablos borrachos las paredes tientan, mas de aquel joven me acuerdo, que amante de mi belleza un zurdo le dio una herida y amor le puso la venda, y dándole muerte, sus ansias postreras, siendo yo su amante el habla me niega. Su valor me arrebató los sentidos y potencias, porque a los lindos se inclinan tan solamente las viejas, que como a ser niñas los años las fuerzan, tienen mucho gusto de envolver muñecas. Mas ¿qué ruido es el que embarga, hecho alguacil, estas quejas, que me salen de acá dentro, como si otra cosa fuera?, y al oír las voces estoy tan perpleja, que al caldo de zorra, que está frío y quema… Valedme, dioses. Campaspe, si de bizarra te precias, ayuda a Alejandro. ¿A qué? A caer, que se despeña, pues midiendo el monte, sin freno, ni rienda, le trae un caballo de las covachuelas. Pues a socorrerle parte mi lealtad a la ligera, y por llegar más apriesa iré con botas y espuelas, pues solo en pensar que a ampararle llega, correré tan vana, que llegue ligera. Veloz como un rayo escurre, y cercenándole diestra los dos brazos al caballo, le excusa de que eche piernas; envidia del lance su valor me deja, porque el tener brío es propio en las feas. Ya, gran señor, estás libre, y pues saliste de aquesta, sin duda alguna oración rezaste. Campaspe bella, si es que la vida te debo, ya te tengo dadas prendas que lo valgan. ¿Cuáles son? Los sentidos y potencias. Muy buenas alhajas son para salir de miseria. Hoy, gran señor, has nacido. Aqueso muy bien se echa de ver, pues que tamañico el susto infeliz me deja. Mas pedirte cierta cosa quiero desto en recompensa, y es que a descansar te vayas como una canilla. Aquesa diligencia haré al instante; vamos pues. No te detengas. Yo estoy muy bueno del pecho, y así nunca gasto flemas. Mucho debes a Campaspe. Yo le ajustaré la cuenta, quedaos. Yo he de acompañaros. No he de dar esa licencia. Sacaréla yo si gustas por el vicario a mi cuenta; cortés es como un tudesco. Más bizarra es que una dueña. Sola, y no de mi cuidado, he quedado en esta selva, y por si me coge el sueño, quiero tender bien la pierna. Ya comienzo a bostezar, y la boca se despliega de suerte que la asadura se me ve desde una legua, pues sin ser sentido entra como galán que no da… mas ya rindo mis potencias. Enamorado de zanga, porque soy postre en el juego, salgo al monte a caza ciego por ver si topo una ganga. Por si es que divierto salvo este error, este desvelo, haciendo algo para el pelo, puesto que mi amor es calvo. Yo quisiera de antuvión hallarlo, porque se peca más en hilar a la rueca el hilo de la razón. Mas aquí una dama está echando roncas soberbias; a ella llego, que parece que en eso no está despierta. Hermosísimo imposible, permíteme que en la hoguera de tu hermosura me abrase. Aguárdate que me encienda. Entre sueños su discurso ha respondido a mis quejas. Quien se hace con poco juego, siempre lleva una respuesta. Dormidas sus bellas niñas, de su cielo son estrellas. Siempre los ojos dormidos son los que más se celebran. Deja que toque tu mano. No estoy templada de veras. Para que armonía hagas, ya veo que no hay terceras, mas la fuerza de mi encanto te hará armonía siquiera. ¿Cómo vencerte podré? Entra dando, que es destreza, porque a una estocada franca, aun Carranza se rindiera. Dar, y pegar, todo es uno, y así ¡toma! ¿Quién altera mi discurso, y este sueño procura que se me pierda? Mas, amor, ¿qué es lo que miro?, ¿no es aquesta dama aquella? Mas, amor, ¿no es éste aquel que murió por una apuesta? Dulce imán de mis sentidos, rémora de mis potencias, que me llevas no sé como y toda el alma me llevas. Fantástico cuerpo, que eres alta ilusión de mi idea, ¿ahora de la otra vida vienes con esa receta? Engañado dueño mío, ve que estoy vivo de veras. Míralo bien, que te engañas. Digo que vivo ¡por esta! ¿Pues no has estado enterrado? Es verdad, mas fue en las fiestas de la plaza de Madrid. Yo una boleta te diera, mas ¿muerto no te dejé de una herida? ¡Brava es esa! Curóme la matadura por ensalmo cierto albéitar. ¿Y estás ya bueno del todo? Solo una señal me queda, para poderme acordar. ¿De lo de marras? No; que era tu esclavo, aunque no por yerro, pero mira no me vendas. Yo soy firme como roca. Eso es ser como una piedra, y yo con bula te quiero blanda como una manteca. Tuya soy, si tú me quieres. No, si me abraso en la hoguera de esa luz de garabato. Pues sopla, si es que te quemas. Mas dichoso soy que un tuerto. Yo más feliz que una fea. ¿Que me quieres? Un poquito. ¿Que me adoras? Muy de veras. ¿Te olvidarás? No soy flaca de memoria, por más señas. ¿Te mudarás? En pagando lo que debo a la esfera. ¿Querrás a otro? ¿Pues querías que holgazana me estuviera, opilándoseme el gusto sin que yo ejercicio hiciera? ¿Tú qué harás? Lo que pudiere. ¡Qué lisonja! ¡Qué fineza! Este es amor. Este es gusto. Esta es gloria. Esta es siesta. Digo que suena aquí gente. Si es que suena, será cuerda; mas ¿qué quiere decir eso? Que mi decoro se arriesga, que te vayas o te escondas. ¿Yo esconderme? ¡Hay tal bajeza! Mira que pierdo mi honor, y mi honra te lo ruega. Eso me mueve a escurrir el lazo. Mira que llegan. ¿Te olvidarás? No es posible, que buena memoria dejas; vete volando y perdona. Ya aguardo. No te detengas, anda con dos mil demonios. ¡Lo que una mujer molesta cuando da en querer a un hombre, aunque no sea de veras! Mi amo es, como hay viñas, que aunque están algo turbadas, si se ven alborotadas, no pueden mentir las niñas; señor. Aparta, villano. No tu rabia me despida, que aunque te la vea cocida, no te comeré la mano. No hablo quien así se queda, y tiene tales ensanchas. Yo fui a sacar unas manchas a la calle de la Greda, ¿y no me pagas, señor, lo que herido hice por ti? Pues tú ¿qué has hecho por mí? Te fui a llamar el dotor, y al mirar los alguaciles en encuentros tan fatales, que andaban muy criminales aunque obraban muy civiles, como vi sus malos tratos y que hacían sinrazones, fui por veinte mil ratones para divertir los gatos. Y a un escribano mi espada, con una presteza suma, le hizo una mejilla pluma, pues la llevó bien cortada. De escuchar tan gran valor es preciso que me asombre. No hagas tal, que allí fui hombre y triunfé de matador. ¿Que preso no te llevaron, obrando de esa manera? Es que me fui de carrera, y a ellos los atajaron. Haciendo tan lindo sol, señor, ¿a qué vas al Prado? A mirar si le han regado, y a correr un caracol. ¿Y a qué más? A ver si veo a Campaspe por aquí. ¿Ella no se ha ido? Sí. Pues si no viene, laus Deo; además, si no se pierde, yo sé que ella tornará. Sí, pero entonces vendrá harta de tomar el verde. Escucha, señor. No tantas pataratas hagas. Ves, ¿hacia allá han movido pies? Pues mas que muevan las plantas. Apeles es, ¡ah, muchacho! ¿Qué dices, Apeles es? Sí, señor, pues ¿no le ves? ¡Apeles! ¿Estás borracho? ¿Que lo llamas en persona, o lo preguntas? Yo a ti no llamo tal. Pues así no ofendes a mi persona. ¡Apeles! ¿Quién me ha llamado? El rey es en condición. Di que hago colación porque como de pescado, y así que aguarde acá fuera. ¿Pues el rey ha de aguardar? Dices bien, ahí puede estar en pie, o de cualquier manera. Apeles. Señor, vasallos somos tuyos los que ves, y si aquí nos das los pies, nos hartaremos de callos. Ahora no estoy para eso porque están desazonados de puro andar. Pues guisados sabrán bien, con ajoqueso. Aunque de lo que has tardado tengo la nariz carbunca, más vale tarde que nunca. supuesto que ya has llegado. Tu amistad me pone grillos. Oyes, llevarás un cabe, si algo dices, pues no sabe que después me fui a novillos. Eso será hacerme tuertos los ojos hoy, sin querer, cuando yo no puedo ver tan sacudidos los muertos. Hoy, Apeles, mi corona te ha menester. ¿En qué, di? Un retrato para mí has de hacer de una persona. ¿De vos, o de vuestro suegro? De Campaspe ha de ser. Palo. ¿Qué dices? Que será malo, porque gasta mucho negro. ¿Hay lienzos? Que es maravilla, pues para aquesta ocasión ha traído Efestión treinta toldos de la villa. Pues sin pinceles groseros te la pondré acicalada, mas que lo estuvo la espada de Albayaldos, ni Oliveros. ¿Qué es lo que dices, Apeles? Que así de servirte trato. Pues denle para un retrato una tabla de manteles; tú di a Campaspe volando que voy a mi camarín. ¿Dónde estará? En el jardín la toparás espulgando, que aunque es mujer, y doncella, no se te recatará: llévale a Apeles allá a divertirse con ella. Justo es que te obedezcamos, venid, porque yo aperciba algunos ramos de oliva para el Domingo de Ramos. No a lo que te mando reces; repetid, que tu garganta, por la letra y quien la canta, me ha enfadado muchas veces. [] Los que se mueren de aquello, ha sido la causa el otro, porque enferman no sé cuando para sanar no sé cómo. Esperad por vida vuestra, llegaré a llamar al torno: Deo gracias. ¿Han respondido? Estarán rezando un poco, que las monjas desta casa viven con mucho decoro. ¿Quién es quién se ha entrado así sin ver? Quien no tiene antojos. Señal que andaréis a pie. ¿De qué lo sacáis? Lo noto de que no tendréis caballo. ¿Si tengo el caballo de oros guardado con la malilla? ¿Y pretendéis darme todo? Esa es la orden que traigo, y así cumplirla es forzoso. ¿Pues quién se acuerda de mí? Es que nunca falta un roto para un descosido. Vos sois un panarra en lo docto. Pero ¿quién es? Alejandro. Pues ¿qué me quiere ese mono? Cocarte para que dejes que Apeles, pintor modorro, que está aquí fuera aguardando, juegue a las pintas el rostro de Campaspe, porque quiere Alejandro, tahúr loco, pararle todo tu amor en viéndola. Aqueso solo era lo que me faltaba, y dos hebras de hilo gordo para hacer unas calcetas. ¿Para quién? Para […] Pero decid que entre Apeles. Señora, de cualquier modo veréis, aunque no me humillo, cómo a vuestros pies me postro porque os los quiero besar, aunque sean largos y gordos y aunque huelan a escarpines, y aunque estén sudando arroyos, que bien sé que no son ranas, y diré con esto a todos, que sois la que habéis dicho: «punto en boca», y con gran gozo veréis cómo os sirvo luego, que me tiene el veros loco, aunque yo medo era antes, porque tenéis lindo rostro, y aseguro más mi forma con haberos visto. ¿Cómo? Como he de errar el retrato. ¿Es mula? No, sino hongo. Cortesano sois, pintor. No lo soy de ningún modo. Pues sed lo que vos quisiéreis. Eso me tiene más pronto. Si fuera la del retrato os enviara un par de pollos. ¿En cáscara? Y unas nueces. ¿De ballesta? Y sobre todo, porque sé que son del tiempo, cien perdigones. ¿De plomo? Luego no sois vos. No, amigo, que es moza de más meollo, y de menos perejil, aunque de más tomo y lomo. Como sea descargado, es un bocado famoso. Por eso es gusto que sale de las costillas. No pongo hoy con vos en argumentos mi ciencia. Aguardad todos, os enviaré aquí la dama, más hermosa que un palomo, y vosotros por mi gusto repetí otra vez el tono. [] Los que se mueren de aquello, ha sido la causa el otro, porque enferman no sé cuando para sanar no sé cómo. Fuerza es tras ella no vaya, aunque es su ingenio el que adoro: no tengáis, Apeles, miedo, que con luz nos deje solos, y si es mal son el canario, amigo, bailad el propio. Pues antes que me dejéis, pretendo escurrir el trompo. ¿Adónde con tanta priesa? Al punto veréis que torno, porque al horno de la Mata voy a cocer unos bollos. Id en paz. Irme no puedo. ¿No? ¿Pues por qué razón? Porque ya viene Chichón. En fin, ¿no os vais? No, me quedo. Gracias a Dios que te hallé; aquí junto, señor, tienes para pintar a Campaspe el recado competente. Ponlo hacia aquí, que está a escuras, y avisad vos que, si quiere, bien puede salir la dama. Voy a mondarme los dientes. ¿Cómo te has tardado tanto? Como un ratoneras fuelles iba vendiendo rastrillos. Tu disculpa es bien que acepte. Muy bien puedes, que no es letra. Pues para cuando lo fuere… mas ¿qué es esto que has traído? Ese señor, caballete, que a una maestra de niñas, que tenía ciento y veinte, se le quité. Si había tantos, poca falta hacerle puede. Esta, señor, es paleta, que la quité en un trinquete, en prendas de dos baratos que me ganaron el jueves. Esta caña de pescar para que la moza pesques, y puede servir también de tiento, porque la tientes. En aqueste botijón traigo un ochavo de aceite, menos lo que la tendera ha querido que trujese, que no ha de valerte el olio, aunque hagas lo que quisieres. Estos, señor, aunque dices te advierto que son pinceles con que pintaron la casa del Gran Turco matasiete. ¿Los colores? No entendí que menester los hubiese. ¿Por qué razón, mentecato? Ave tonta, porque viene vertiendo dos mil colores Campaspe por el retrete. ¿Cuál es? La que viene allí acepillando un zoquete. ¿Qué miro, no es esta, cielos, la que hizo que me diesen en el monte de los piojos? La nariz traigo pendiente hasta ver lo qué retrato. ¿Sois vos pintor? De claveles, que yo siempre pinto flores. El que miráis es Apeles. ¡Válgame un adobasillas! ¿Qué es lo que miro? ¿No es este al que dieron por mi causa golpe en bola? No os altere, señora; yo soy el mismo y soy el que a copiar viene el libro del despensero, por si la cuenta se pierde. No os entiendo. Yo tampoco. Arrastrad un taburete, y sentáos en este suelo. Haré lo que yo quisiere. Pues hacedme un estofado. Mejor es carnero verde. Yo no reparo en colores, ponéos aquí porque empiece hacer el primer araño. ¿Y si acaso me doliese? Por eso es bueno tomar por la mañana aguardiente. ¿Que hago yo aquí, mientras tú haces esos borrajetes? Quedo, que os estoy sacando los ojos. Aguarda, tente. Ponéos bien y estáos quedita. ¿Que esté de asiento pretendes? Sí, que solo entre los artes no admite mudanzas éste. Muy malo es para danzante. Ponéos bien, para que llegue a coger más fijo el aire. ¿El aire coger se puede? Y encerrarse en una bota. O vete a soltarlo o muele. ¿Y qué muele? Las colores. ¿No era mejor que moliese cacao para chocolate, pues que sabe que se bebe? Valiente español de Orán, toma tu caballo y vete. ¿Dónde? Al peso de la harina, o la calle de la Sierpe. En tanto que vos pintáis, voy a llevar dos papeles al Licenciado Ana Ortiz, Canónigo de Brunete. Pues solos hemos quedado delante de tanta gente, por vida tuya, Campaspe, bailemos un zarambeque. Parece que somos negros. Esto es cumplir con las leyes. La copia de Campaspe todos la temen, pues que para el rosario les dará muerte. ¿Es posible, dueño ingrato, que hablo recio y no me entiendes? ¿Para qué das tantos gritos? Porque hay poder que me fuerce. ¿Por qué no pides tu honra? ¿A quién? A cualquier teniente. Hagámoslo luego. Calla, que nos miran las paredes. [] Que el cabello es tan poco, es evidente, supuesto que no hay día que no se enrede. ¡Que te ofrezca a ti Alejandro como si tú suya fueses! Pues sin haberme rezado, ¿cómo pretende ofrecerme? Él dice que tu retrato en el campo ha de ponerle para añagaza de zorras, porque la vida te debe. [] Es la fuente parlera, pues dice siempre que es muy fresco el verano beber con nieve. Solo le maté un caballo. Cosa es que suceder suele en una fiesta de toros; mas él ahora pretende que, sin ser testigo falso, te retraten mis pinceles. [] Arcos son sus dos cejas, con que el rey suele salir por las mañanas a matar sierpes. ¡Qué bien has hecho en decir, que Alejandro me pretende! ¿Por qué? Porque me enviara algunas pollas de leche. ¿Piensas que el otro es gallina? No, sino es el ave Fénix, porque es eterna su fama. Asado podrás comerle. [] Baratillos sus ojos son, pues se venden veinte y cinco al ochavo, como alfileres. Digo, ¿te ha dado Alejandro algo que a mí me trujeses? Una baraja de naipes. ¿Para qué? Para que juegues. La dádiva es como suya. ¿No te envía cuatro reyes? Y también cuatro caballos. Ponerlos al coche puedes. [] Quien quisiere vestirlo, y andar caliente, bayeta sus mejillas son de Meléndez. Si ese es dádiva, pintor, a mí no me lo parece, que mejor fuera enviarme un cuarto para alfileres, hiciera con eso cuenta me había prendido siempre. Es verdad, mas, ¡ay de mí, que pienso que he de perderte! Pues haced que me pregonen. Parecerá… ¿Cómo quieres, si no hay cosa más perdida que la mujer que se pierde? ¡Mal haya mi habilidad! Pues tú, ¿qué habilidad tienes? Para que cueza la olla, saber soplar unos fuelles. [] Si son muy parecidos al sol sus dientes, es solo en que se quitan y ponen siempre. ¿Y esa gracia te lastima? Sí, porque me mancho siempre. ¡Mal haya mi habilidad, digo otra vez y otras trece, pues, siendo bella, Campaspe, te he de perder yo dos veces! ¿Dos veces? Sí. ¿De qué modo? Adúltera y penitente. Si eso es darme diciplina, ¿de qué suerte? Desta suerte: mírate, para que veas que estás hecha un Holofernes. [] ¡Oh, qué lindo retrato que ha hecho Apeles!, pero se le olvidaron los perendengues. ¿Qué es lo que miro? ¿Es por dicha algún niño de dos meses el que me ponéis delante, que tanto se me parece? ¿Es el trompeta del Prado cuando hinche los mofletes? ¿Son acaso por ventura los dos ojos de la puente? ¿Y son aquellos carrillos de los pozos de la nieve? Decid; mas no digas nada que si allí callar me viesen, dirán que viene a que vos hoy la muda me pusieseis. ¿Es posible que tengáis un arte tan excelente y no andéis sacando niños de la Inclusa? Sois aleve. Con lo mesmo que me matas, con eso mesmo me hieres: mira que he sido mandado. ¿Quién a ti mandarte puede? Los que hacen testamento pueden mandarme sus bienes. Eso es mentira. Es verdad. Eres un borracho. Mientes. Nunca agravian los pintores. ¿Por qué? Porque les dan siempre a las razones que dicen el color que les parece. Gente viene a nuestras voces. Pues dime lo que pretendes. Que cese aquí la jornada; entra en el mesón si quieres. ¿Habrá camas? Como chinches. ¿Y sin piojos? Como liendres. Pues vete sola, Campaspe. Pues entra conmigo, Apeles. Este soneto en romance hoy a Campaspe la he escrito, en consonantes agudos, porque yerran sus sentidos: Es, Campaspe, mi amor de tal jaez que a esperanzas no vive, pues sagaz es de golpe y quisiera luego faz, y pegarse al cariño como pez. Que aunque noble he nacido yo en Jerez, me aficiona de Francia aquella paz porque es bueno el hablarse por el haz y no andarse queriendo por envez. Y si gustas así que te haga el buz, zape no, diga a mi cariño miz y gozarte permite y no des coz. Que yo darte prometo luego luz si en tus brazos me llego a ver feliz, y si desto no gustas, niña, arroz. Dime, ¿qué quiere Alejandro a un hombre tan mal vestido? Anda que estás mal parado, cuando te aguarda advertido. ¿Qué me quiere? ¿Qué? Decirte dos palabras al oído o intenta echarte a la oreja un secreto del perrillo. Aquí está, dame a besar las plantas de regadío. ¿De regadío?, ¿qué dices? Por lo que crecen lo digo. Levanta. ¿Algún testimonio? No, del suelo. Eso es lo mismo que levantarme a mayores. Cúbrete. Ya has conseguido hacerme Grande. Borracho. ¿Qué hay de nuevo? Un garrotillo, con que pegan los dotores unos muertos al abismo. No digo sino de Apeles ¿qué hay?, supuesto que me han dicho que del cuarto en que vivía ya se le ha mudado el juicio. Hacia la calle del Lobo dicen que a vivir se ha ido, porque está calamocano y es tanto su desvarío, que por gastar tantas flores es cuanto dice delirios. ¿No le hacen remedios? Cuantos la medecina ha adquirido, pues a jeringas le engaita las más noches un vecino, y por tener juicio, come tantos sesos que es prodigio. Diera por verle ya sano, cuatro reales y un cuartillo. Llámale aquí porque quiero preguntarle de hito en hito si a comer alguna dama le dio sesos de borrico. Espera que voy volando. Yo lo haré como un indio. Pues el comerlos, ¿qué obra? Rebuznar como un pollino. Yo rebuzno que es de ver, y jamás los he comido. Yo a Diógenes he llamado por si acaso, a desatinos, filósofo [a] Apeles puede hacerle volver el juicio. Sí hará, que es cuarto menguante un viejo, mas ya los miro, por este camino aquel y este fuera de camino. [] ¡Que me convide Alejandro un día que estoy ahíto! ¡Que Alejandro a mí me busque cuando ve que estoy perdido! Pero, señor, ¿qué me mandas? Mas, señor, ¿en qué te sirvo? Escúchame tú primero, que luego estaré contigo. ¿Ya te acuerdas de la apuesta que en un bodegón hicimos? Que tuvimos bien me acuerdo entonces, de picadillo, cuál se había menester antes la apuesta colijo. Así es verdad, pero yo me doy aquí por vencido; tú me has de saber el mal de aqueste mozo lampiño por arte mágica. ¿Cómo será posible inquirillo si nunca he echado las habas, ni una oración he sabido, cosa que en Madrid lo hacen las damas del baratillo? Pero de mi buen caletre del todo no desconfío, anda a hablarle, y no te des en algo por entendido, que con este antojo quiero conocerle el humorcillo. ¿Antojo de larga vista se ha menester? ¿No es preciso, si está lejos de saberlo valerse deste artificio? Es verdad, más dime, Apeles, ¿dónde vienes tan contrito? De dar al viento vestidas unas quejas de amarillo. ¿Pues estás desesperado? Sí, señor, porque he perdido con una gorda fullera la mitad de mi albedrío. ¿Y a qué jugaste? A la taba. ¿Y hizo carnes? Que era vicio. ¿Y lloras? Es que de ojos soy tierno, que me derrito. Aquesta es melancolía, pues según Galeno dijo, el que llora por los ojos no llora por los tobillos. Dime tu mal y descansa. No puedo, que estoy rendido. Dime qué tienes por señas. Es mi mal desconocido. ¿Quieres algo? Sí, la muerte. ¿Para quién? Para un vecino que viendo vidas ajenas aquí vive dos mil siglos. Esta es desesperación, y según dijo Virgilio, son cuantos se desesperan de colgaduras amigos. Dime sobre una prenda tu pena. Yo a nadie fío, y más cuando de mi amor son los extremos tan vivos. Sin duda ha comido este hombre unos pasteles hechizos, o le han dado algún bocado, pues de rabia está mordido. Declárame tu pasión. Es un ciego desvarío que sin sentido se engendra de un deseo consentido. Este es amor, que es un dios, que ya se ve que es Cupido. ¿No hay remedio? No hay remedio, porque depende mi alivio de un amor que para el aire haciendo me está abanicos. Celos son, porque del aire los tiene el más presumido. De tantas cosas la puerta de tu ingenio fue registro. Sí, señor, que este es pañal o metedor. ¿En qué has visto que es amor? En los extremos, porque son diamantes finos. Pero, señor, no me apures aqueste vaso de vino, que emborracha la razón embriagando los sentidos porque he de callar mi pena aunque me lo mande a gritos todo tu poder. Porque solo el silencio testigo ha de ser de mi tormento. Ya aquesa voz te lo dijo que habla por boca de ganso, pues es mi mal tan podrido, tan asquerosa mi pena, deste achaque envejecido que aun no cabe lo que siento en todo lo que no digo. Vuelvo a afirmarme, señor. ¿En qué dices? En mi dicho. No te retrate después Apeles por mal testigo, pero sábeme tú ahora lo que tu antojo no ha visto. Sí lo haré, aunque el medio es delicado como un vidrio. Pues vamos, porque este loco puede echar por esos trigos. Sí lo hará, pues abrasado ya su agosto le ha venido. No has de saber este mal, pues el secreto escondido lo dejaré por tesoro entre estas peñas y riscos, cavando la tierra el azadón de mi delito. Y es que Alejandro a Campaspe la idolatra, y yo la estimo, y desojado por ella, tan ciegamente me miro, que olvidarla no es posible, y quererla es desatino, pues ¿qué remedio?… Morir es cosa del otro siglo. Buen oráculo es aqueste para mi suegra. Contigo moriré yo. De hambre solo lo hago yo, si no he comido. Pues tienes tantas orejas, no me niegues los oídos. Soy sorda y no he de escucharte. Óyeme, bello prodigio, que yo la voz alzaré. ¿Pues te se había caído? Mas ¿qué veo? Este es Apeles. Campaspe es, ya yo lo he dicho. ¿Por qué, divina Campaspe, has dado en aqueste vicio de no hacerte de rogar, cuando me ves tan rendido? Porque es pensión de las feas caer luego en el garlito. Qué como entendida caes en cualquier cosa al proviso. Al verlos rayos arrojo; sí, ¡ por Júpiter divino! Como galán que no da, Apeles está marchito. Todo mi albedrío está pendiente de tu albedrío. En la horca de tu gusto está colgado de un hilo. Y es mi verdugo mi deseo. Siempre el deseo lo ha sido, porque le tomen a cuestas. Yo viendo mi honor perdido soy el que saco la lengua. Cortada estoy cuando miro favorecerme. Y yo estoy para dar un estallido. Yo me voy, porque esta gente ha de dar en algún vicio, y para no ver mi ofensa es bueno verlo escondido. Está, Apeles, a la mira por si ves alguien. A tiro estaré, pues que me apuntas poniéndome dos colmillos. ¿Que en fin te mueres por mí? ¿No me ves cómo me fino? ¿Y es amor? No, sino huevos. ¿Y es verdad? Sí, voto a Cristo. ¿Que esto sufro y no me pase a Francia con un cuchillo?; mas bueno es morir de enojos, no digan que los he visto. Blanda estoy como una cera. Y yo estoy como un pabilo. Pues para encender la luz fuego da cuanto decimos. Esto va ya de remate y así yo salgo a impedirlo. Mira que Estatira viene. Voy a atajarla el camino. ¿Cómo, dueño ingrato, aleve, me das lo que no te pido? Porque con darte unos celos aun me vienes a pedirlos. ¿Celos a mí que los vendo, y no acabo de decirlo? Mas para ofensas tan claras como agua de Leganitos hay desvíos, hay garrotes y así para siempre digo que no me has de ver si estamos sin un candil encendido. Enojado dueño, aguarda, que satisfacerte elijo. Haces bien, porque unos celos tienen hambre de continuo. Alejandro… No le nombres. Es que su gracia te digo. ¿Me quiere? Como una pava. Mas mi honor… Está perdido. ¿Y a ti? Honrarme pretende. ¿Me adora? Yo lo confirmo. Mas su poder… ¿Le codicias? Le desprecio. Como a un rico. Porque es mi fe… De escribano. Y es mi amor… Recién nacido. Y te doy así… Papilla. Es engaño. Es barbarismo. Es verdad, dueño del alma. Como ahora llueven pepinos; mas venga un abrazo. Toma este lazo escurrido. Yo a Estatira no he topado; mas, honor, ¿qué es lo que miro?; ¿que por probarle la fuerza luchan a brazo partido? No los quiero embarazar por no ser entremetido. Yo te adoro. Yo soy tuya. Ya en mi decoro es delito su desvergüenza, y a ser mi cabeza está a peligro. Escollo armado de hiedra, yo te conocí edificio. Estatira es. Mala mano. Y Alejandro. Pardiez, lindo modo de entrar sin hablar. Vuelvo otra vez a deciros que desbautizado estoy por vos, Campaspe, en el limbo pues gloria ni pena tengo. Pues yo una pena recibo, que es una gloria al mirarte. Y yo también por fin digo que te adoro. Eso dijiste, y ahí parece al repetirlo… Ejemplo de lo que acaba la carrera de los siglos. Vete, que Estatira viene. Luego al punto por ti envío dos corchetes. ¿Pues intentas prenderme? Será preciso: la cárcel de la Corona te previene mi dominio. ¿Soy yo acaso sacerdote? Sí, ordenaréte al proviso. ¿Qué te parece de aquesto? Nunca es voto un entendido. Ya la agudeza voló puesto que según te miro… De lo que fuistes primero estás tan desconocido. ¿Qué mucho, si con sus cosas hoy me tienes tan ahíto? Que de mí mismo olvidado no me acuerdo de mí mismo. Escóndete, que a Estatira entre estas hiedras he visto. Para las fuentes que tengo la hiedra es remedio lindo. [] ¿Tú en la soledad, Campaspe? A la Vitoria he venido que doy a mis penas. ¿Cómo? Dándolas campo partido. ¿Tú tienes penas? Algunas traigo en aqueste bolsico. ¿Para qué? Para mi gasto, mas la memoria es cuchillo de mi casa. ¿Pues qué dejas en ella para sentillo? Yo dejo allá cierta cosa y así licencia te pido para partirme. ¿En qué vas? En un coche de camino. ¿Y habrá fraile y mula rucia? Y lo demás si yo asisto. Vete, pues, pero con armas vienen unos soldadillos, haciendo como con cazos o sartenes algún ruido. ¿Qué es aquesto? Ahí es nada, que por Campaspe venimos. Presa estoy, mas poco importa, por mí la Rubilla dijo. Malo es esto. ¿Qué es prenderla? ¿Sois soldados o ministros? ¿Por qué lo dices? Por ver si lo ajusta el dinerillo. Nosotros no semos brujas para untarnos. Ni cochinos, doy yo nunca; y así nadie por oculto, ni escondido me defienda, y así, vamos. Pues hagamos nuestro oficio: asidla. [] Espera, Campaspe, aguarda. ¿Qué es lo que miro? Que pues la gente es corriente, moliente hacerla imagino a palos. ¿Adónde vas? A quitar a aquese río de corchete esa presa. No intentes tal desatino. Nado bien, porque en el Tajo zambullida he aprendido. ¿Pues qué te va en que la lleven agarrada los ministros? No quiero yo que villanos me prendan lo que yo estimo. Pobre Apeles, que de todas en este punto te ha sido. Aqueste del dios Machín está tocado un poquito: ya no es posible alcanzarla, porque volando se ha ido con la gente de la pluma. ¿Qué es esto, cielos divinos? Que me abraso, que me quemo. ¿Por qué arrojas los vestidos? Es que el fuego a quemarropa ha disparado su tiro: toca a fuego, que me abraso. Las jeringas han venido de la Villa. No echen agua, que la sed apago en vino. Él está loco, yo voy a llamar un adivino por si es que llega a saber el que le ha quitado el juicio. Yo bien lo sé y a Alejandro voy al instante a decirlo, no sea que se me olvide porque tengo mal capricho. Yo mis vestidos recojo no sea que por perdidos el Refugio al Hospital los lleve por malos vicios. ¿Qué es esto? ¿Te has desnudado para pasar este río? Sí, porque no se mojasen al agua de mis suspiros. ¿Pues llueves agua llorando? Es agua de San Isidro. ¿Por qué? Sana al que la bebe de calenturas de vino; pero, Chichón, ¿a Campaspe has visto? Yo no la he visto. Vamos a buscarla aprisa. ¿Adónde?, di. A San Basilio, porque en la cárcel está de los tudescos. ¿Qué has dicho? ¿Es de la Guarda? No, mas la preeminencia ha tenido. ¿De qué? De traer ella el coleto muy afligido. Pues vamos antes, señor, que nos la pongan los grillos. ¿Qué grillos? Los de la vieja. Vamos, que de gusto brinco. Esta la Audiencia ha de ser en que te juzgue el rigor. Llámame un procurador para que le dé poder. ¿Y letrado? El más barbado me llama, que es cierta cosa, que el que hablare con Barbosa será muy buen abogado; mas ¿por qué a tan exquisitas visitas rigor me llamas? Dime, ¿no comen las damas las más de tener visitas? Luego el tenerlas no es tacha. Ya mi honor es satisfecho. ¿Visitas son de provechos? De señores de garnacha. Campaspe, la que me ladra aquí está como condesa. ¿Qué haces aquí? Yo estoy presa, señor, sobre mi palabra. ¿A mucho ya te condena la Justicia, tal y cual? Como me ven puerta real me han de echar una cadena. Si es de hierro, es gran recado, y favor muy peregrino. Solo por ser vizcaíno es el hierro tan pesado. Desa hermosura excelente preso yo también estoy. ¿Cuándo te prendieron? Hoy. Pues págame la patente. Pues por aqueso se quiebra en cobrarla tu talento. Si no pagas al momento te han de dar una culebra. No te muestres tan huraña con mi afecto, ni tan hosca que quiero pescar tu mosca. San Jorge, mata la araña. Dame, pues, sin que me gruñas, dese cielo soberano por favor tuyo una mano que es como un sol. Mas con uñas. Deja que bese el ajuar de tu mano aquí de paso. Pues dime, ¿es mi mano acaso reliquia para besar? Mira este amor paternal que es muy tuyo. Es mi enemigo y si se encuentra conmigo nos hemos de parar mal. Quita a tu vista el imán pues son tus ojos luceros Durandarte y Oliveros con el paladín Roldán. Pues si es que los Pares ves que son mis luces, u antojos, guárdate tú de mis ojos no te peguen mal francés. Nunca repara en los males el que ha de gozar las dichas. Ni yo temo las desdichas sabiendo que hay hospitales. Suple así mis entrevalos pues tientas con testimonios. ¿Pues son mis ojos demonios? Sí, que tientan por ser malos. Corresponderte no trato. Yo he de lograr este empleo. ¿Y en qué tienes tu deseo? Colgado en un garabato. Deseo tan detenido estar podrido es forzoso. Es fresco por caprichoso y solo está algo sentido. Nada en mí has de conseguir. Yo te ofrezco regalar: un vestido te he de dar. Ya me empiezas a embestir. No tu beldad se alborote cuando te adoro postrado. ¿Quieres hacer por forzado a mi gusto galeote? Él lo ha de ser. ¡Qué desvelo! No te canses. ¡Qué rigor! Ved que muero. ¡Qué dolor! ¿Y así despacha? ¿Es buñuelo? Yo lo intento. Eres […]. Tengo fuerza. Es reservada. ¿Quién te ayuda? Aquesta espada. ¿Si te falta? Un boticario. Todo es nada. Si esto es poco remedio pido al furor. Ese pídele al doctor. Mentís todos. Guarda el loco. Yo he de entrar todo de un golpe. ¿Qué es aquesto? ¡Ah de la guarda! ¿Llamas la amarilla? No, la de calzas atacadas. ¿Qué es esto? [] Apeles, señor, y Diógenes, dos fantasmas: uno que hablarte pretende y otro que te niega el habla. Decidle a los dos que entren, tú retírate a esta cuadra, por si de mi amor el hierro le templa en aquesta fragua. Yo soy la que sopla el fuego, mas se enciende y no se apaga. [] Dame albricias. No las tengo, pero prometo pagarlas. ¿En qué?, di. En paja el agosto. Aun mejor fuera en cebada. Pues ya el mal de Apeles sé, sin quitarle una miaja. Pues dime qué es. Tiene bubas, puesto que babeando anda. En la capacha esos males con la unción dicen que sanan. ¿Quién es la dama? Campaspe. ¿Qué dices, hombre? ¿Qué hablas? porque tus voces buidas me han pasado toda el alma. A mí me ha dejado el aire de aqueste soplo pasmada. ¿A Campaspe quieres? Sí, como si fuera su dama. ¿Qué he de hacer? Ahorcarte luego. Eso es perder la esperanza, y yo en ella, en él, y en ti he de tomar la venganza. En ella por esto, y esto y en él por otras mil causas, y en ti porque aquestas nuevas me trujistes tan bizarras, darte un hábito de coces con las pruebas en patadas. El premiar de hoz y de coz es muy propio de las Parcas, y de no andar mi codicia recibiendo, está opilada. Pues toma de mi furor el acero en esta daga. ¿Qué haces, señor? ¿Qué he de hacer? Deste peligro una vaina. Detente. Espera siquiera el que testamento haga. Lo que me mandas acepto. Oye lo que te mandaba. Yo he de darle por mi gusto. Tente, espera. Escucha, aguarda, deja que desbuche y dame después tantas puñaladas, que a brindis un sacristán doble por mí seis semanas. Pues que la purga no obra, échala con las entrañas. Vaya, que meto los dedos. ¿Tú a Campaspe no idolatras? ¿No te ofende? Como hay cielos. ¿No eres reto? No soy rana. Pues ¿para qué es la ocasión? Amigo, para gozarla, pero ¿qué dirá la plebe? El que la hiciste cerrada, con que castigas de Apeles la causa, si es que la casas con él después. Y eso ¿es fácil? La consecuencia está clara: ¿no eres Alejandro el grande? Sí. Pues podrás alcanzarla. Sal aquí, Campaspe. ¿Es perro? No, aunque ahora la citaba. ¿Quieres ser mía? No puedo. ¿Por qué?, dime. Estoy tomada para palacio. ¿Qué dices? Del vino. Pues ¿te emborrachas? De alegría algunas veces suelo poner luminarias. Yo allá he de entrar. Guarda el loco. Apeles. Campaspe, aguarda. Triste de mí. Escóndete. ¿Qué extremo es este? Mis ansias. ¿Qué tienes? Sarna, señor. ¿Para qué? Para rascarla. Ya sé que a Campaspe quieres. ¿Quién dijo esa patarata? Yo en persona se lo dije. Aqueso es meter cizaña, que antes moriré que intente ofenderte en una paja, pues no es bien que ofenda un hombre a nadie en cosas livianas. Yo lo sé, y te has de casar con ella de zanga y manga por palabras de presente. Yo presente no he de darla porque mi amor acaricia pero a ninguno regala. ¿Te haces de rogar? Yo no, mas temo mucho la carga. ¿Cuál? La de la cabeza, porque es carga muy pesada. Para que te valgas della, yo te he de dar a mi ama. La dádiva no es muy buena. Cuantas cosas doy espantan; Campaspe. [] Señor. La mano dale a Apeles. Pues ¿soy zanga? Dale una mano. ¿De azotes? Dala, pues. (Yo he de negarla, porque así saber pretende si quiere Apeles mi rabia.) Yo a Apeles no le he dar la libertad de mi alma, a los roperos de viejo vaya a buscar otra maula, porque estoy ahíta, y tengo toda mi honra manchada, a los moros por dinero y a los cristianos de gracia. Y si en dar tu dama juzgas que eres liberal, te engañas, que una coroza antes ponen al que da en aquesa gracia. Y así casarme no quiero, que es tonta la que se casa, porque aunque venda al marido siempre es la mujer esclava. Bonita resolución, cuando estás echando brasas; ruégaselo tú. Sí haré. Mas ¿qué bulla es la que anda en mi campo? Es Estatira, que de su rescate trata. Ya no tiene redención y así voy a desahuciarla. A estos, Diógenes, ajusta la golilla y no te vayas. ¿Cómo de mi voluntad niegas deuda tan cercana? Como no es parienta mía tu pasión, ni aun de mi casa. ¿Qué dices? Que chiste fue, que yo te quiero que es plaga. Es verdad, porque son secas tus caricias. Tú te engañas, que portuguesa en lo tierno soy, por esta cruz jurada. Para ser de mí te hicieron en Alcorcón. Cosa es clara, para servir de olla hoy y cobertera mañana. ¡Qué linda guerra es amor!, pero son fieras las armas. Pero ya Alejandro viene. No quiero que tú te vayas, porque para muchos días te quiero, pues ya casada está Campaspe por mí. Que lo dije, ¿hay tal desgracia? ¿Mas siendo tu dama?… Yo la doy a Apeles prestada. Haces bien, porque se diga con justa razón mañana, prestándosela sin prenda, Darlo todo y no dar nada. ¿Se ajustó ya aquello? Ya pretendo echarte las cabras y así toma de papel aquesa mano. Cortada. Tuya soy. Como de todos. En todo es muy cortesana. Yo también con Estatira me caso, para sacarla a volar. Tuya soy luego, pues que me das tantas alas. ¿Nosotros? Esta es mi mano de amistad para las Pascuas. Y Diógenes, ¿qué ha de hacer? ¿Qué? Meterse a guardadamas. Con que acaba la comedia Darlo todo y no dar nada, que un don Pedro la escribió, cuando otro la disparata. Diciendo al que le dijere que sus chanzas son muy malas: Reviente el mismo demonio, muera Argel y viva España.