Texto digital de Darles con la entretenida
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Luis de Belmonte Bermúdez
- Atribución estilometría
- Luis de Belmonte Bermúdez Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la transcripción automática (corregida con posterioridad) de la edición en la Parte XXXI de Diferentes autores (1638).
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Cita sugerida
Matila Cortezón, Rut, Paula Salas Durántez y Paula Castro Herrero. Texto digital de Darles con la entretenida. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/darles-con-la-entretenida.

DARLES CON LA ENTRETENIDA
JORNADA PRIMERA
Carlos, ¿Qué intentas? Morir. El mejor; porque no puede el dolor ni templarse, ni sentir, pues vida que ya no siente, pues dolor que no se mengua, corto instrumento es la lengua, para que el dolor reviente. Y así como en vano espero que el dolor se ha de templar, quiero morir por no hallar las razones porque muero. ¿No las sabes? Quiero desmentir el mal, ¡oh loco acuerdo!, que cada vez que me acuerdo, pienso que vuelvo a morir; pero si ha de ser doblado tanto dolor repetido, de una vez muera el sentido, con decir que te has casado. Eso es decir, que quieres que conozca el veneno mortal de las fieras entrañas con el que has querido matarme. Pues, ¿yo he tenido la culpa? Porcia, condeno tu elección, hija de tu gusto fue el rico y poderoso Don César, y por ese gusto ambicioso olvidaste la fe. De Milán viene a casarse, y es lo que más he sentido, que tu rigor ha querido vengarse de mi inocencia. Siendo César el amigo mayor que tengo en Nápoles, donde mi muerte prevengo a manos de tu castigo. Vete por Dios. ¿Tanto amor olvidas? No está en mi mano. Será tu desdén tirano más venganza que temor, me pediste sin razón celos sin averiguarlos, que celos sin ocasión es tomarla para darlos. Escucha. Ya son afrentas las voces que me detienen. Tu padre y tu esposo vienen. Pues hoy se verán sangrientas las paredes y las losas de tu casa. Carlos, mira mi honor. La furia y la ira ya son disculpas honrosas en desprecio semejante. Carlos, ¿en mi casa? Sí. Mátame primero a mí pues, me quitarás delante de la afrenta que me espera, si viva me llega a ver mi padre. Mujer fiera, en la crueldad lisonjera, apacible en el valor, amorosa en el desprecio, y piadosa en el temor. Me voy, porque ufana escribes, cuando trates de mi muerte, que gusto de que me mates. ¡Ay cielos! Esto permite vuestra piedad, si no fueran vuestras luces albedríos, ¿cómo permitiríais violencias en la libertad precisa del alma, que la respetan luces y cielos? Señora, sin remedio te aconsejas con llanto y dolor. Desde aquí verán mis ojos tragedias de mi honesto amor, si primero no me anegan de lágrimas, que vierten de piedad o de vergüenza. Julia, avisa a tu señora, para que luego prevenga de las galas que aperciben las venturas que la esperan. Padre injusto, podrás decir desdichas. La obediencia que te debemos, me obliga a dar tan dichosas nuevas a mi señora. No he visto criada tan palabrera, ¿han visto los revoltillos con que obedece? Pudiera pedirme albricias el Sol, si en envidias no las trueca de ver que gozo más luces que las que en doradas trenzas se peina el alba. Sentaos, mientras Porcia sale a recibiros tan alegre y contenta. Pues le escuchaste tan cerca. (echarás de ver que ya las excusas son ofensas.) Julia, el dolor tiene cuchillos. Si la muerte apelas, es locura y no remedio. Don César, quisiera saber, quién es este caballero. Pues quien me acompaña fuera, que me entendáis que viene a honrarme. Bien claro dicen que la muestra el valor de su persona. No me permitáis que os deba más favores. Es soldado y español. Tendrá en la guerra de Italia, un lugar honroso. Con española modestia lo encubre, pues me ha callado su nombre. En una pequeña aldea, en la que hicimos noche ayer, fue la primera vez que nos vimos. Le pregunté el nombre, mas con discretas excusas templó el deseo de conocerle, que es necia la pregunta repetida, si la respuesta es callada. Dice que a Nápoles viene secreto a una diligencia, que le importa, y entretanto, señor Octavio, quisiera que en vuestra casa... Es forzoso que le sirvamos en ella todo el tiempo que estuviere en Nápoles. No es la prisa que traigo para aguardar como estorbos, no se ofrezcan más de un día, y ya agradezco el favor, sólo a las fiestas de vuestras bodas podré asistir hoy, que la guerra que prosigue en Milán, no me ha dado más licencia. Nuevas desdichas se aguardan. ¿Quiere una palabra, reina? Diga como no me enfade. ¡Oh, qué prevención tan necia!) Carlos de Lannoy, virrey de Nápoles, es quien lleva general de Carlos Quinto, orden para hacer la guerra en Milán, hasta entregarla a su Duque. ¿La defensa es grande? Ya he referido que es mi amo, y que la lengua no puede alargarse a más. Pues si tan mudo la enfrenta, sin decir como se llama, su amo tenga paciencia, que eternamente ha de ver favor, palabra, ni prenda de estos ojos, ni de estas manos. ¿Hay violencia más pícara? ¿Quieres, curiosa y resuelta, cuanto ha callado mi amo, que yo lo desperdicie? Curiosamente me empeñas, o lo dices o no hay favores. Pues mil secretos se pierdan. Del rey Francisco, se dice que baja a Italia. La empresa será más dificultosa de lo que él presume y piensa. Mi amo se llama... ¡Acaba! Perdone toda obediencia, Diego García Paredes. El que los aplausos lleva de la fama, ¿es temerario o es valiente? El mismo. Crea, que le estoy aficionada. ¿A mí o a Paredes? Venga, cuando se ofrezca ocasión, y verá que no le pesa servirme y regalarme. ¿Y si me pesa? Aún hoy tiembla el mundo cuando se refiere, entre lástimas y quejas, al saqueo de Roma. Pudo la bárbara desvergüenza, de soldados insolentes, levantar contra la Iglesia sangrienta espada el caudillo, que sus victorias le ciegan, perdió en el primer asalto la vida, para que se vea, que Dios le quiso castigar, para que los hombres le teman. Dicen que de Carlos Quinto llevaba órdenes expresas, para que se acercara a Roma. Él dice: "Serán las lenguas de blasfemos enemigos, porque no tiene la Iglesia más generosa columna que la que sustenta Carlos con su honor y con su riesgo, con su sangre y con su hacienda. Porque en los Príncipes de Austria, es tan católica deuda, tan ilustre obligación y tan generosa empresa, que si por ellos, la temen y la respetan desde el Austrio al Ostriones, desde la margen flamenca del Rin, hasta el rojo albergue del alba que la despiertan del Ganjes cristales puros, que aromas calientes besan. Así lo conoce el mundo pero, ¿cómo las banderas españolas saquearon a Roma con tanta ofensa del Papa, siendo vasallos de tan católico César? Mucho me apura mi huésped, y si apura la materia, me he de enfadar. Juro a Dios que gasto poca flema.) Muchos capitanes fueron que hicieron su fama eterna, y uno solo se excusó, que para lo que se cuenta de su valor dio ocasiones a que pudieran murmurar, diciendo que las excusas fueron cobardes y atentas a mirar por su salud. ¿Era español? Sí. ¿Y quién era? Diego García Paredes. Mandadme esas berenjenas. Ya he dicho que el soldado debe obedecer al General en la guerra, y también dice que fue un insolente desacato contra la Iglesia, digno de inmortales penas. Y por eso se quedó Paredes, y los que piensan que se quedó de cobarde, mienten voto a Dios y crean... que es Paredes tan valiente; que si Nápoles no fuera de su rey, lo saqueara él solo, aunque a su defensa se le opusieran los diablos. Y quiero también que entienda que empezara por su casa y por su novia, y le diera tan mortales pesadumbres, que fuera a llevar a las nuevas de Paredes al infierno; y porque las lleve ciertas, sepa que yo soy Paredes. Yo también soy Don César. Caballero por mis canas... (que en Nápoles se respetan) También pudo siendo ofensa de los hombres como yo, Don César, Julio César y Pompeyo, ¿voto a Dios? Mas salgamos allá fuera o aquí, que soy muy breve, donde verá como ruedan los amos y los criados, las mulas y las maletas. ¡Y qué arrogancia española! presto veréis la experiencia de quien soy.) Hijo, por mí... pues que veis lo que se arriesga) habéis de templar la furia, entrad conmigo. Esta fuerza permite vuestro respeto, pero que Paredes entienda. Que nos veremos después. Yo os buscaré. De su puerta, no me he de apartar un punto que gastaré que me vea muy despacio. Yo os suplico, que no salgáis. Con las dueñas puedes vuestra merced gastar ese ruego, pero crea, que en su casa templaré el enfado que me deja su descortés desposado. Forzoso es que os agradezca tanto sabor. Los demonios parece que le rodean. Te has hecho ya alborotador de bodas. Si conciertan, los cielos mis dichas. Vamos Ostión. Grosería y clemencia en vuestro bizarro valor, señor español. Pudiera suspenderse en vuestros ruegos el dios que inventó la guerra, ¿sois la hermosa Porcia? Soy la que desdichas espera, hasta las últimas líneas de la muerte. Esa es fineza del amor, ¿aún está vivo vuestro esposo? De mis penas ignoráis toda la causa, y como vuestra clemencia me ampare os diré señor, que pongo en vuestra defensa mi vida, que un padre injusto quiere hoy casarme por la fuerza. Don César es caballero y rico, pero su estrella se opone a mi inclinación, pues quiere que le aborrezca con todo el alma y de modo, que si en mi pecho cupieran mil vidas. Mujer notable, las arriesgaría, y perdería por no verme en su poder.) ¡Hay enigma tan revuelto que decís! ¿No me entendéis? Sí entiendo, pero quisiera saber con resolución. Mujer que una vez se empeña en lance tan apretado, ya tiene el alma resuelta para librarse o morir. Pues, ¿qué os gusta que le deba al peligro y al valor? En hombre de menos prendas fue el riesgo conocido, pero en vos, que os lisonjea la fama con los olvidos de las victorias ajenas, porque sobre plumas de oro no lleva más que las vuestras, no es empeño, ni es peligro. Cuando en mí no los hubiera, temo el vuestro, pero ya que ofendida y poco cuerda hacéis tan injusta resistencia a padres y a deudos, yo haré cuanto me pedís. Seré vuestra eterna esclava, como yo pueda vivir sin dar la mano a Don César. Ya os entiendo. Juro a Dios que, aunque a dárosla trajera media Italia, que esta vez se ha de casar con Ginebra, si quiere que no lo estorbe, porque junte a la pendencia la ocasión de no casaros, que pienso que no es pequeña. Si es hombre de bien, mirad que he de dar luego la vuelta para que nadie... Señor, con tan defensa bizarra tendrá el alma desahogos, albedrío sus potencias, el corazón libertad, y la lengua desempeños. Pues adiós. También querría: ocúpame la vergüenza y no me atrono, señor. ¿Es acaso alguna voluntad honesta de algún galán, que vuestros ojos le premian con deseos de marido? Amor dos almas concierta medrosas en el peligro cobardes en la licencia. Si bien el dueño que miran mis ojos, le envidian prendas los caballeros más nobles de Nápoles, y quisiera pues, señor, tanto me honráis, que Italia, a mi dicha atenta. Pues ve que, manchado en sangre, quitáis al quinto planeta el laurel bañado en oro cuando más feroz pelea. Vea que también sabéis, cuando el muro lo defienda, coronar al amor por mí, que con humilde molestia, sin duda, os aguardaba, para dar con esta empresa más laureles a sus triunfos y a mi temor, más licencia. Ya una vez empeñado, fuera cobarde flaqueza si os quito el aborrecido de no daros al que os granjea. Volveré como os he dicho, a cumpliros la promesa. Mil años os guarde el cielo, aunque mi vida se pierda Julia, ha de ser dueño mío Carlos. Tus esperanzas son necias. Oye, mira. ¿Qué dices? Si no temiera la extorsión de una puñada, que sueles a buena cuenta darme al coger diez o doce; sin ser las puñaladas peras, te diría que estás loco. Vienes comprando la prisa a un reloj, porque las horas (pendiente suyo) las vuelas por buscar a tu enemigo en Nápoles, y te apeas de la cólera que es tuya, embarazado en la lengua, cuando no te importa un clavo. Pues, ¿qué importa que se pierda un día, por el gusto de una dama? ¿Basta? Haz cuenta que descubro a mi enemigo y, alentando en su defensa, le mato de bueno a bueno, y dando luego la vuelta a la casa donde estamos, quito el amor a Don César a cuchilladas, y hago que se den en mi presencia, las manos esta señora y su amante; Y con la prisa que nos veníamos, nos volvemos para proseguir la guerra. Juro a Cristo que eres hombre, que ejecutas cuando sueñas, y aún sueñas poco. Villano, juro a Cristo que te diera con esta daga. ¡Jesús! A tener menos paciencia. A eso llamaron los griegos enfadarse. Pues espera, que yo llamaré al criado: ¿Gentil hombre? ¡A mi reina! Diga que su amo volverá luego. Lo de dentro a fuera volverá a esta casa. ¿Tanto? ¡Oh, de qué poco se queja! ¿Cómo te llamas? Ostión. ¿Ostión? Tú serás mi perla, y vivirás abrigada entre mis conchas. ¡Qué negras las tendrá el picaronazo! Para una perla trigueña, le basta un ostión de luto, ya que los nácares que enseñan los buzos del mar del sur, son los que los rayos celebran del alba en su hermoso claustro volviendo su risa en perlas. ¿Qué es lo que habláis? ¿Yo, señora? Hablábamos, no os de pena. ¿De qué? De una perlesía que le han dado a esta doncella, y quiere que yo la cure. Adiós señora perlera, quinta esencia de mis conchas, que luego damos la vuelta. Julia, esto es hecho al instante, saca los mantos. ¿Qué intentas? Quieres verme desdichada antes de que Paredes vuelva, yo no sabré desistirme a la bárbara violencia de mi padre, y entretanto, pues no es agravio ni ofensa de mi honor, quiero que vayamos, pues es esta calle misma la de Yolita, mi prima. ¿A qué? A ampararme con ella de la violencia tirana de mi padre. Formas quejas de Yolita hasta tener celos Carlos y de ella y, ¿ahora la visitas? Es forzoso. ¿Y cuando vuelva de tus porfías llamando Diego García? A la reja estará quien le descubra. Ruego a Dios que te suceda de suerte, que burles tantos riesgos y los desmientas. Puede aventurarse más que la vida en la defensa de un amor tan oprimido. Pues vengan peligros, vengan, atropéllese la muerte en sus mismas advertencias, y sóbrenle basiliscos cuando sus ojos me vean morir, voy de dichosa a arriesgarme y voy de atenta. Poco amor es el mío, pues al tiempo le fío todas las vanas esperanzas del remedio cuando está un imposible de por medio. Muere el fénix caduco, en leños de oloroso calambuco consagrado al incendio, donde yace la muerta vida, que después renace, y cuando fama adquiere su ceniza los vientos vive, el que en los fuegos muere, que el mismo bien que prenden lo recibe, que se abrasan las plumas, plumas viven; pero en el fuego, que matar me ordena, nace mi muerte de la dicha ajena, sin penas ni embarazos, gozará ya de tus brazos, Porcia, tu alegre esposo, o César más dichoso, que el romano monarca cuando venció naufragios en la barca del pescador Amiclas. Más, ¡qué veo! hace el alma lisonjas al deseo. Carlos, ¿sois mi amigo? ¡Siempre lo he sido! Ha casarme he venido. Pues, ¿ya no estáis casados? Pudo estorbar mis dichas un enfado... Ya esperanzas mías, proseguid el soborno de los días con nuevas dilaciones, y a vuestros miedos los llamaré blasones. ¿Con quién fue la ocasión? Con un soldado valiente y arrojado; dije sin conocerle que decía a peligrar de constante, y a escarmentarme de cuerda... el vulgo. Proseguid. Que no tenía el valor del que tanto blasonaba. ¿Qué más? Que en la ocasión acobardaba... ¿Y qué respondió entonces? Que mentía cualquiera que llamase cobardía, lo que fue acción prudente. Pues el vulgo, y no vos es el que miente, si vos se lo dijisteis de advertido por ofensa, vos sois el desmentido; porque si a la intención responde el labio, la respuesta contraria es el agravio. Sin intención lo dije, vive el cielo. Pues libre estáis de la opinión del duelo. Sí, pero no estoy libre de enfado, y le he desafiado. Esa es obligación, yo os lo condeno. Mirad ahora en qué os puedo servir. Si viene solo, vos estáis sobrado; pero por si viene acompañado... ¡Pues aquí me tenéis! Voy a buscarle, que poco espacio tardaré en hallarle, porque él también me busca. Aquí os espero. Sintiendo estoy más vida cuando muero, hubo lance más fuerte, mi ventura divierte el riesgo de mi amor, con riesgo nuevo. Por mi amigo le debo la defensa a Don César, y es forzosa cuando el alma celosa, despeñarlo quisiera en la muerte más fiera que ejecutó la envidia de un amante. Pero yo veo delante otro lance mayor para mi empeño, sino es envidia que velando sueño. Doña Hipólita es esta, o quien pudiera excusar que me viese. No es tan fiera Carlos en la montaña furiosa, tigre que los campos baña de espuma y sangre del venablo herida, como tu condición contra mi vida. ¿Qué quieres? Que me matas cuando con ruegos de obligar me tratas, déjame ya por dios. Escucha un poco, si no te vuelven imposibles loco: Don César ha venido, considera aún marido en dulce posesión del bien que pierdes, porque si quiera de mi amor te acuerdes. Conozco lo que dices, pero son tus porfías infelices; déjame que primero, entre feroces sierpes de Libia... Carlos, no des voces por mi opinión siquiera, que estamos en la calle. Pues, ¿qué espera tu discreta hermosura, pudiendo merecer mayor ventura? Entra en mi casa, que si inútil veo mi imposible deseo, un solar te pondrás con mi desdicha, que a quien falta la dicha, hallar podrá entre sombras tan oscuras consuelo en las ajenas desventuras. Presumo, que estás loca, ¿yo en tu casa? N PORCIA Y CON MANTOS. El alma se me abrasa, Julia, con un mortal desasosiego. No es mucho si (te) vas llegando al fuego. ¿Qué dices? ¡Ay de mí! Porque me dejes, te escucharé donde mejor te quejes. No es mi casa un penoso laberinto del que no puedes salir. Menos distinto, más penoso y oscuro es en el que mis desdichas aseguro, pero advierte. Jamás podré obligarle, porque no nos escuchen en la calle quiero hablarte en mi casa, ven conmigo. Mas que tus pasos, mis desdichas sigo. Pero saldré al instante... de César por amigo, y por amante. La esperanza se rindió al desengaño, pero será la venganza de Carlos (quien lo duda) en mis agravios muda, en mis ahogos ciega, como aquel que sin timón navega me detengo y me arrojo despeñada al enojo, convencida en el miedo y a todas mis desdichas me concedo faltando de mi casa. Se aventura el honor, obediente de mi clausura. Si visito a Hipólita, hallo entre mis agravios su delito. ¿Qué haré Julia? ¿Qué haré? Mas, ¿qué consulto?, cuando mi fuego vive oculto y revienta como víbora. Hipólita sabrá. ¡Qué intento ciego! ¿A dónde vas señora? ¿Quieres romper ahora los preceptos que debes a tu fama? Mas, ¿no es aquel Paredes? Ya me llama. Nuevo temor, que si me ve en la calle jurará con razón, que el no esperarle en mi casa fue desconfianza de su valor, que apele mi venganza al silencio medroso. Cúbrete, Julia. El lance es peligroso. Si el viejo no está en su casa, ni Don César, ¿qué aguardamos? ¿Esta no es su misma calle? Sí. Pues desde ella, le guardo su casa a Porcia. ¿Qué dices? Que ya Porcia habrá avisado a su amante y, en viniendo, haré que se den las manos. ¿No más? ¿Qué más he de hacer? No vi en mi vida vicario más colérico. Detente, que he visto... Y si no me engaño, lo he visto yo mismo: vive Dios, que es tu contrario, el que has venido buscando desde Milán. Será el campo esta calle, que me importa guardarla por el amparo de Porcia. Vencida estoy de mis temores. Don Carlos fue la dilación, hasta veros. Pues ya tenemos espacio. Ha habido mayor desdicha, señor Paredes, si tanto me honráis, mirad que reñís con mi esposo. ¿Quién? Don Carlos, es por quien os empeñáis en mi defensa. ¿Burlaos? Juro a Dios. ¡Qué enigma es esta! ¿Porcia aquí? Más empeñado... estoy de lo que quisiera) y no sé cómo trazarlo sin cólera; esto ha de ser, los dos hasta cierto plazo hemos de ser muy amigos. Ponga día, mes y año, ¿escritura de pendencia, quién la ha visto? Hasta que le deis la mano a esta señora, que pudo tanto conmigo su llanto (la ocasión la sabréis después.) Que si lo estorba el diablo, habéis de ser su marido, que luego aquí o en el campo, nos daremos de estocadas. Firmen la escritura entre ambos. Como a quien me da la vida podré ofender, no es agravio el nuestro, y cuando lo hubiera de mi parte es caso llano; que por esta bizarría, este favor, este amparo, contra el tropel de las desdichas que ya me van despeñando, os perdonará mi injuria. Vuestro amigo soy sin plazo, porque sólo el de la muerte ha de poder estorbarlo. ¿A dicho? Sí. Pues no quiero. Bonito es, irá mi amo a buscar una pendencia a un Convento de Descalzos. Pues seguiré vuestro gusto. Ve a Porcia y concertaos sobre el modo que ha de haber, pues me tenéis de resguardo. Este es milagro de amor, Porcia mía. Ingrato Carlos, ya me pesa que hayáis visto en mi honor y en mi recato, finezas no merecidas en recompensa de agravios. ¿Tú con Hipólita? ¿Advierte? ¿Escucha? Es Marqués del Basto, ¿está en Nápoles señor? ¿Qué dices? ¿Cuánto he hablado? Ya sabes que es el general. Ya sé que tiene a su cargo la caballería. Dicen que parte mañana al campo para reforzar el sitio de Milán con los caballos, que en Nápoles ha ofrecido. Ya ves que será su enfado forzoso y justo, si llega a ver que un maestre de campo como tú, deja la guerra en lance tan apretado, como tiene Italia. Nunca te he visto tan ajustado al buen discurso. Confieso, que me pesara encontrarlo supuesto que he de excusarme de verle, pero hasta tanto, no podré volver al campo. Por lo que importa a mi honor, te doy crédito. Deja que mis labios toquen mil veces el más hermoso milagro de los cielos, pues la nieve, se ve desatada en rayos. ¿Se han concertado ya? Vuestro favor esperamos. Pues entremos. Advertid. Advertid pues, ¿yo me caso? ¿Me echo algo yo en la bolsa? Llegando a recelaros del peligro, no os caséis y me excusaréis el trabajo, pues sin irme ni venirme, pongo de casa las manos y lo que hiciere con ellas. Por el interés que gano, es forzoso obedeceros. Vamos Porcia. Vamos Carlos, quien vio en el riesgo la dicha, en el temor el descanso, en el acierto la duda y en las disculpas el cargo. Ya está conocido el riesgo, Don César viene. Apartaos, que yo le haré que se vuelva, que estamos desafiados y llega buena ocasión. Viene con él. Venga el diablo. El Marqués del Basto. ¿Quién? Digo que el Marqués del Basto. Voto a Dios, él me perdone, que si hará, que he peleado por defenderle su Iglesia, no también como San Pablo, pero como hombre de bien. Esto pide más espacio, como veis señora Porcia, vuélvase a su casa en tanto, que despacho con don César, y también se vuelva Carlos, que a la noche nos veremos. Ostión, tú, con el cuidado que sabes. Yo no sé nada. Di a don César que le aguardo, y esto sea sin dilación, en el muelle. ¿Hay más extraño laberinto? No lo sepa el Marqués, porque si acaso lo entiende, te he de quitar mil vidas. Con una hay harto. Porcia mía este es peligro, como has visto, no excusado. Pues has de aguardar a César. En la calle se ha parado con el Marqués. Es mi amigo, sólo trato de su riesgo que le excuse. Pues, ¿qué intentas? ¿Qué he de intentar? Remediarlo solo, con que te vea. Más penas y más cuidados me das tú, que el riesgo mío. Mira que viene. Hasta cuando serán dueños los temores de un corazón desdichado, donde se labran venturas, dando el buril desengaños. ¿Qué es esto? ¡Cielos! Presumo que voy pisando los campos de Circe. César mi amigo es, el que ha desafiado a Paredes, y le espero porque he de ir acompañarlo. Paredes riñe con él por mi causa. ¿Qué sagrado buscará el alma confusa ciega entre tantos peligros? Yo ya sé lo que he de hacer, aunque entre mujer y palos dé al través con el aviso. Estimo haberse logrado la ocasión en que podéis ver la amistad que a Alejandro, vuestro padre, tuve siempre. De ser vuestros nos honramos, y así que querido señor, pues tan buena dicha alcanzo de que en Nápoles estéis, que sepan cuando me caso, por bien que tenéis de honrarme. De los mayores cuidados me excusará por serviros. Mi amo le está esperando. solo con espada y capa en el muelle.) Hay más extraño lance. que le diese cuenta yo al Marqués, para el amparo que me ofrece inadvertido del desafío desplazado con Paredes. De qué suerte podré ahora remediarlo por no empeñar al Marqués.) Señor, como hoy he llegado de Milán, será forzoso estar en mi casa falto de prevenciones honrosas y así quiero suplicaros, que dejéis para mañana los favores que han logrado mis esperanzas. Es justo no causaros embarazo hasta que vos me aviséis. Iré pues hasta palacio a serviros. No paséis de aquí. Es forzoso. Quedaos. Debo siempre obedeceros. Aquí os he estado esperando. Pues ya no sois menester, porque me aguarda en el campo solo mi contrario. Basta. Vuestra señoría, si acaso suele estorbar desafíos, escuche. Decid. Los pasos, le he de seguir a don César.) porque, aunque me ofende tanto el estorbo de su vida, siento que llegue a matarlo Paredes, que en causa propia venganza ajena es agravio, y matar con la intención, fue siempre de pechos bajos. ¿Qué decís? No me ha entendido. Dudo que el maestre de campo, Diego García, esté ausente de Milán. Y muy despacio se anda a la flor de las pendencias, como del berro; está esperando a Don César. ¿A quién? A Don César para echarlo de este mundo a cuchilladas, si se tarde en remediarlo. Y esto no salga de aquí, pues ya conoce a mi amo. ¿Dónde le espera? En el muelle. ¿Con quién fue? Con el diablo. Es Paredes muy resuelto, vamos señores soldados. A quien echaré yo, mas yo me he de poner al paso y de he echar al desafío a cuanto fieles cristianos encuentre, pues de este modo, embarazado de tantos, repartiéndose el aviso, se olvidará de mis palos.
JORNADA SEGUNDA
Digo que estáis satisfecho solo con haber venido, como si hubierais reñido, y que he de poner el pecho a todo trance, antes que el señor Diego García por ser vuestra causa mía a su cólera le dé lugar, y he de conformaros aquí. ¿Y estaos bien a vos que no riña? Juro a Dios que estaba por no casaros.) No me está bien, que el favor que me hacéis sea con la espada. Tiene tan acreditada vuestra persona el valor, que por que se aumente el mío, aunque satisfecho estoy he querido salir hoy con vos a este desafío. Porque decir que mentían. No hablé con vos vive Dios. Y claro está, porque vos dijisteis que lo decían, más porque se entienda bien si alguna intención tuvisteis, digo que si lo creísteis lo dije por vos también, porque se deja entender, y así lo debo sentir, que lo llega a decir el que lo llega a creer. Ya os he dicho. Bueno está, vos habeis quedado bien, y yo lo quedo también, y ahora quien le podrá "estotuar" que no se case.) Yo (cuando vos no queráis) porque quiero que entendáis, que habiendo fuego que abrase si es ilustre el corazón donde su llama se enciende competir al sol pretende en su dorada estación, y me holgará que veáis los riesgos a que me arrojo, porque después vuestro enojo, que tanto lo acreditáis, con venir desde Milán a buscarme. Eché de ver, que os sabré satisfacer, si de vuestra parte están más blasones que la fama coronada de victorias, le ofrece al bronce memorias sobre la luciente llama del sol que los siglos mide con rayos de su corona. Mucho el valor os abona; pero una palabra impide dada a Porcia, que no os diga lo que después he de hacer. Don César, yo he menester que cierta ocasión me obliga, que ha esta parte me esperéis, porque le tengo que hablar a Paredes.) Obligar con nuevo empeño queréis mi amistad, si es causa mía, y tiene satisfacción, ¿qué intentáis? Otra ocasión, y fundada en cortesía pide el secreto que veis. Pues hablad, que yo os espero. Rendiros las gracias quiero de la merced que me hacéis. De casarme, y obligarme, pero responde el valor, que me está mucho mejor reñir antes de casarme. Porque ahora que los celos entre furias mal sufridas llevan quejas repetidas, hasta lastimar los cielos. Puedo decir vive Dios, que tendré sin recelar valor para pelear, con don César y con vos. Pero después de casado con los regalos de amor, que parece que el valor, si no muero está olvidado. En los enojos más fieros, y aun siendo desprecios claros pienso que en vez de incitaros llegaré a satisfaceros. Si me pidierais consejos os daría el que vos tomáis; ea pues, ¿a qué aguardáis? de mi tardanza me quejo, pero, ¿a buen tiempo he llegado? ¡Qué poca dicha es la mía! ¿Don César? ¿Diego García? ¿Quién pudo haberle avisado? ¿Qué me mira? ¿No es muy lindo? Ya he visto claro, que fueron las excusas que me distesis, por no excusaros al riesgo. Advierta vuestra señoría. Villano, ¿este fue el secreto, que te encargué?) ¿Pues qué dije? el Marqués encareciendo, no me acuerdo en que ocasión, las partes, valor y esfuerzo de don César; dije yo: es tan valiente, y tan diestro, que con el mismo Paredes reñirá pared en medio. Pues si no es con vos, ¿con quién? si a vos en el campo os veo con Paredes. El disgusto, que fue conmigo os prometo. ¿Con vos? ¿Que ha dicho don Carlos?) El Marqués aunque severo es soldado, y si conoce, que santificarme debo. Lo tendrá por bien, y así he de contarle el suceso, que a Paredes obligó a buscarme tan resuelto. En Nápoles yo, señor, pues la verdad os confieso, también diré la ocasión: Carlos, soy cercano pariente de Francisco Esforcia Duque de Milán, cuyos sucesos dan a la fortuna asombros, pues se escandaliza en ellos. Perdió en Milán como sabe vuestra señoría, y resuelto, el ejército imperial de volver a hacerle dueño del Estado. Puso el sitio al promontorio soberbio de edificios, cuyas torres, dan en asaltos diversos. Noticia a la artillería de mal fundados cimientos. Salí de Nápoles yo para servir en el puesto, que el General me ordenase, me dio una jineta, viendo que la sangre, y el valor alienta merecimientos. Llegó pues de un nuevo asalto el día, a cuyos empeños, el sol desató mas luces por hornarlos, o por verlos. Fue el asalto a escala vista, donde escándalos sangrientos arrancaron las memorias a los registros del tiempo. Pues olvidando la fama hechos romanos y griegos por campear más bizarra comenzó a escribir los nuestros. Mas antes de arremeter dijo enfadado, o resuelto, Paredes, que no era bien, que lances de tanto riesgo. Los bisoños capitanes se arrojaron los primeros a donde experiencias hacen más heroicos efectos. Yo, entonces, en la presencia de tan grandes caballeros, de príncipes, y señores españoles y flamencos. Respondí, que cuando nace el valor en nobles pechos, le basta su misma sangre sin otros merecimientos. Para suplir experiencias en los mayores, empeños de fosos, y baluartes, aunque los guarde el infierno. Que el valor no necesita, hable el mundo, y hable el tiempo del ejercicio, ni el arte para ser valor supremo. Coronado de victorias, y ceñido de trofeos, que entre las dormidas paces siendo el regalo el beleño. Y entre el ocio cortesano con afectado silencio los hombres honrados nacen: dígalo su mismo aliento. Con tantas obligaciones, con tan ilustre desuelo, que en Italia, España y Flandes, y en el más remoto imperio, al que más se bizarree en los oficios y puestos, campeando su fortuna entre marciales sucesos, se le igualará de modo en los peligros sangrientos, y por ventura le halló viendo su heroico ardimiento. Mas bisoño esta experiencia, que a él le dio experiencia en el tiempo, yo lo dije, y fue bien dicho, se pusieron de por medio los oficiales del campo, pero Paredes, sintiendo el modo con el que lo dije me desafió, y el empeño, estorbó la guerra entonces por ser conocido yerro, que enojos particulares embaracen los desuelos. De una facción militar se dio el asalto en efecto defendiendo y peleando con tanta furia, que pienso, que Marte bañado en sangre bajó desde el quinto cielo a aprender temeridades, y a pregonar escarmientos. Dos banderas españolas sobre los muros se vieron en hombros de capitanes, pero la fama sintiendo, que la águilas de Carlos llevasen tan corto vuelo cuando el sol que nace y muere desde su primer incendio, las llena siempre por todo atropellando cielos, tanto que viendo una nube turbar lucientes reflejos del sol. Los bárbaros indios de los climas contrapuestos dicen de asombro vestidos sobre nuestros canjes vemos. Pendón de España, que el sol viene medroso, y cubierto. la fama pues advertida volvió a rebatir al suelo. Banderas y capitanes, dando aquel blasón pequeño a los franceses bizarros, que tiranizado el pueblo, piensan defender sus muros por defendidos soberbios, a vuestra señoría aguarda nuestro campo. Pues en viendo la caballería es fuerza, reducir al más estrecho punto el sitio de Milán. Yo pues en este intermedio, por la herencia de un hermano, volví a Nápoles a tiempo. Que pueda Diego García quedar más bien satisfecho, pues ha venido a buscarme. Señor Marqués a esto vengo, vuestra señoría apadrine nuestras armas, cuerpo a cuerpo. Ha de conocer Paredes, que lo que digo sustento, la opinión que sigo abono, la razón que doy defiendo, con el valor, con la espada, con la sangre, con el riesgo, con la vida, que la honra la tiene el valor por centro. Pues ¿quién habrá que se agravie como se precie de cuerdo y soldado? Porque fuera, o muy cobarde, o muy necio, quien dijera que la guerra entre sus lances sangrientos da el valor y no la sangre naciendo de ella el esfuerzo, que la guerra lo acrisola, que lo examina el manejo, que lo desenvuelve el arte, que lo autorizan los riesgos, y lo coronan los trances. Es verdad también, y puedo culpar a Diego García, si en lo tan gran caballero, y tan valiente soldado, que llegue a tener sobre esto pesadumbre con don Carlos. Lo que él ha dicho, confieso, del pundonor soberano, que se descubre naciendo, y va creciendo en quilates al paso de los empeños. Mas lo dijo con modillo tan áspero, que sospecho, pero no sospecho nada, porque tengo el sufrimiento tan vidrioso, que al mismo General. Basta, yo he puesto mi autoridad y mi nombre para quedar satisfecho el mayor señor de Italia. Yo, señor Marqués, lo quedo, amigo soy de don Carlos. Y yo soy amigo vuestro. ¿Hay suceso más dichoso? Pues ahora que tenemos, ¿habéis de aclararos? Sí. ¿De qué suerte? Ignoro el medio. ¿Soy yo menester? Y mucho, que se ha templado el encuentro, que me ha negado el favor. Pues tracemos que sea luego, que estoy de prisa. Ya digo, que cuanto decís, lo creo, y que fue la excusa honrada calificando el acierto de haber venido a estorbarlos. Este señor fue mi intento. Pues mirad cuando gustáis casaros, que yo me ofrezco a apadrinar vuestras bodas. Quisiera que fuesen luego si vos gustáis. Vamos pues. ¿Qúe decís? Que ya lo entiendo. Pues, ¿qué remedio ha de haber si está el Marqués de por medio? Hacer que no nos estorbe. ¿Cómo? Siempre lo que pienso viene cuando lo ejecuto, en poniéndome en el riesgo pensaré lo que he de hacer. Señor Marqués, este pliego es para vuestra señoría: Deprisa viene el correo. ¿Quíen escribe? El General. Pensaré que me detengo con remisión descuidada cuando al valor no le debo el menos cuidado mío. Todos estamos suspensos. El sitio se prosigue tibiamente por la mucha falta que nos hace la caballería para estorbar el socorro a los cercados, vuestra señoría marche a toda diligencia, para que se prosiguen las baterías antes que entre el invierno, García de Paredes me pidió licencia para tres días, y ha doce que falta del campo, puede juzgarse a delito en hombre de sus prendas. Dicen que fue la vuelta de Nápoles, si vueseñoría le viere, le obligue a que se vuelva, procediendo con el rigor que pide tan libertado exceso. Guarde Dios a V.S. Después veré la segunda pues acerté a ver primero la que me importa, esto me escribe, y no es Paredes bien hecho, que por intereses propios desamparéis vuestro tercio en tan urgente ocasión. Yo mismo me reprendo, porque sé que en esta parte falto al valor que me debo, que la obediencia es valor en la milicia. Mas puedo cansarme (si vive Dios) de que se arroje tan presto a lo puntual conmigo, que de dos meses, más o menos, no es falta, si yo la suplo llegando con mi tercio a las puertas de Milán. ¡Qué español arrojamiento! Pues con este desenfado suelo yo meterme dentro de un lugar puertas. Y todo, y reservando los templos no le deja casa en pie. Yo iré al campo, y por lo menoss le daré al señor General quejas del orden severo, con que ha enviado a buscarme, y más justas si le muestro su misma carta. Tomad, porque le digáis que he hecho tan puntual diligencia, que os ordeno que os vais preso a vuestra posada, y de ella no salgáis, hasta poneros a caballo, que habéis de ir conmigo, porque me temo de vuestras resoluciones. Vamos Don César, que el tiempo me niega, aun breves espacios por tan justos sentimientos de mi dañosa tardanza. Dejaros casado quiero esta noche, que al romper de la luz los rojos lienzos a donde se peina el alba entre medrosos luceros, he de partirme Don Carlos si en concluyendo los pleitos de vuestra herencia gustáis. Pues el Duque es vuestros deudo servir al emperador en esta guerra os prometo serviros, como merece vuestro valor. No hay más premio, que iros sirviendo señor, pero ignoro los sucesos de causas mías. Y así es fuerza dejar al tiempo la merced que me ofrecéis. Sois cortesano discreto, quedaos. La obediencia es justa. Mirad que no me prometo buenas dichas si faltáis de honrarme. Quedando preso Paredes, no será justo dejarle, yo os agradezco el favor, gocéis mil años a vuestra esposa. Los cielos parece que llueven dichas en cortos merecimientos. No hay más bien que el que me aguarda, más dicha que la que espero. A Dios, que aguarda el Marqués. Y yo aguardaré mis celos, porque cobardes me abrasen, porque me maten secretos. Amigo, ¿qué suspensión es la vuestra?) Estoy temiendo mi propio discurso. Estoy, mas que he de estar, si estoy preso, por vida de los diablos, que el señor Marqués. ¿Muy severo anduvo con vos, no más, que ya me revienta el pecho, que severo, y con un hombre como yo? Pues si yo dejo la obediencia en esta playa, y el respeto en el infierno al señor Marqués del Basto, pero que pueda un precepto militar. Estoy de modo conmigo, mas no gastemos en vanas temeridades el oro preciso al tiempo. Ya veis el empeño mío, ya veis el ahogo vuestro, pues ¿qué hemos de hacer? Tendréis, no el valor, que os considero en cualquier acción bizarro, valiente en cualquier suceso industria no más os pido. No es mejor romper silencios al decoro, y arrojarme entre los padre, y deudos de la novia, y desposado, y como el espín sangriento, que vengativo se arroja entre venablos y perros. Eso es mío, y no es de aquí sino de allá, y para hecho, porque suelen las consulltas helar los atrevimientos, cuando os importe lo haréis a mi lado, que sospecho, que con dos hombres de bien arrojados, y resueltos tendrán que hacer seis familias. Sol ahora os encominedo, que os vayáis a casa de Porcia, y estéis en ella secreto mientras se llega la noche. ¿Y vos? Cuidado tendremos, que quiero mientras os vais templar unos pensamientos, que la cólera abrasada me está brindando con ellos. Y si los pongo por obra no estoy seguro yo mismo. Mirad que la prisa importa para que lleguéis primero, porque don César no os vea. Pues adiós. Os guarde el cielo. ¿Hay tal callar de criado? Bendito sea Dios, que puedo hacer una vasalla. Señor, señor, ¿qué tenemos? sí no respondes, escucha, óyeme por Dios te ruego también las paredes oyen. ¿Qúe quieres? déjame necio, ¿preso a mi? ¿y en ocasión tan fuerte? ¿pero qué es esto? El Marqués trocó la carta, más que cuidado, fue yerro, pues me dio la que no ha visto. Aunque es delito, la leo, porque hay Paredes también, al principio, y me está a cuento, ver si hay orden más sencilla. Ruego a Dios no la doblemos. Después que escribí la que va en este pliego, en razón de la ausencia de García de Paredes, me dieron un aviso secreto de que dos hombres pagados, del campo del enemigo, van con orden de matar a vuestra señoría. A todos nos toca guardar su persona, y a mí juntamente repetir la necesidad que tenemos de ella. Guarde Dios a vuestra señoría. ¿Son sueños? ¿o son enigmas? Vive Dios, que estoy temiendo el peligro del Marqués. Ostión vamos al remedio. Pues ¿yo que he de remediar? pobre de mí, que estoy muerto, solo de pensar que vienen a dar a otor. ¿Pierde el miedo? Pues como dijiste, vamos. Yo soy Ostión sin provecho, déjame echar en la mar, que yo me estaré allá dentro sin que pescador humano me encuentre, aunque eche más plomos y corchos, que tienen diez almadrabas. Primero es la vida del Marqués. asegurarle pretendo la defensa, por si acaso quisieran acometerlo de noche, lo que has de hacer. ¿Qué señor? Buscarme luego dos rodelas. ¿Para qué son dos? Que yo me defiendo ligeramente, y procuro, cuando tengo algún encuentro almorzar unos libianos. ¿Para reñir de vencejo dos rodelas? buscaré (ya que no hay otro remedio) una, y unas alpargatas. A cobarde, ya te entiendo. dos has de buscar. ¿Adónde? Si ya no es que yo me quedo por prendas de alquiler, lo tomo de buen concierto. Mira que te aguardo. ¿Adónde? En casa de Porcia. Cielos a la caza de pesadumbres, como si fueran conejos anda mi amo, y procura llevarme por su podenco. Prima seas bienvenida. Pudiera estar corrida de no haberme avisado mayor es mi cuidado en venirte a servir, que los que tienes te deben de cansar los parabienes. Hipólita, hasta ahora, aun mis sucesos propios los ignora el alma que se engolfa en penas mías, quédate por mi huéspeda estos días descansaré contigo. ¡Oh, celos fieros! Quisiera averiguaros sin teneros.) Venir sin avisarla, pero tiene obligación por deuda. Mas si viene como en las bodas se hallan los amigos de la dicha testigos por ver a Carlos. ¿Dónde vuelas loca imaginaciós? ¿Qué te devela? Cuando oprimida aguardas, siendo desdichada mis feroces guardas perdidos escarmientos de un deseo, ni viene Carlos, ni a Paredes veo. Melancólica estás, y es ya forzoso pensar. Di. Que aborreces a tu esposo. Hipólita, ¿qué dices? ¿necia vienes? tan mal concepto de mi gusto tienes, fue elección de mi padre, y gusto mío dueño de mi albedrío. Es mi esposo tan noble, tan discreto en el todo, y en sus partes tan perfecto, que en pensar en mis dichas me acobardo, y yo misma me envidio el bien que aguardo, así desvelo sus sospechas fieras. Si albricias me pidieras te diera el alma que te oyó dichosa. Sabrás (oh, Porcia hermosa), pero la voz el sentimiento enferma. Prosigue, que mi pena no te puede ofender, mi amor la ignora. Sabrás que el alma tiernamente adora a Carlos. ¡Ay de mí!¡Qué fiero ensayo! El centro soy, adonde para el rayo. La nube se rasgó que le encubría mostrando el fuego, que sin humor ardía, mucho me alegro Hipólita, que quieras a Carlos tan de veras, que publique tu amor. Porque me ayudes sin que favores dudes te declaro mi amor. Carlos, señora, turbado como amante he entrado agotado.) ¿Adónde? En tu aposento. Subo, ¡más peligroso atrevimiento! Pidió que le encubriese hasta. Prosigue. Que llegar pudiese su amigo el español Diego García. Ya luchan a porfía el daño, y el remedio. ¿Qué haré cielos? A esta parte peligrosa, y a esta celos. Otra vez tu sosiego se enajena, deben de ser resueltas de tu pena. Señora don César viene. ¿Y viene con él mi padre? Si señor, y mucha gente los acompaña. (PORCIA APARTE: Ya es tarde para prevenir desdichas. Pues no hay remedio que basten, Entra Hipólita conmigo, que quiero comunicarte aquel dolor ignorado, porque te asombres, y calles.) Confusa te voy siguiendo. Discreta es. Por otra parte llevo a Hipólita a su cuarto para que no se encontrase con Carlos. Siempre ha de honrarme vuestra señoría, traed luces. Debo yo a su padre de Don César en Milán conocidas amistades, y si es que servir las puedo quiero empezar a pagarle, en que vos me conozcáis por muy vuestro. Es obligarme señor, a mayores deudas, llama a Porcia. No has de darle lugar a que se prevenga, que el disgusto de esta tarde le tuvo la prevención. ¿Pues será justo, que aguarde el Marqués? Voy a avisarla. Con bien los cielos me saquen de esta calle, mucho pido, tomo que me descalabren, me envíen enhorabuena con que me paguen los parches. A conocerme llegaron unos hombres en la calle, si fuesen los que han seguido al Marqués para matarle no ha de ser malo el empeño, que hay circunstancias notables. Paredes, ¿qué es esto? ¿aquí? ¿no os ordene? No se espante vuestra señoría. ¿No os dije, que tuviera por cárcel vuestra casa? Sí, señor, pero aquí llegué a apearme, y estos caballeros son mis huéspedes, y me hacen tanto favor, que la llamo mi casa desde esta tarde. Y es merced que recibimos. Que no era bien quebrantarse orden de vuestra señoría. Disculpa ha sido bastante. mas, ¿tan armado? Sin duda, que venís a acuchillarme, porque os prendí. Éramos muy amigos. Es cobarde el respeto, y la obediencia, y en mi tendrá, sin que nadie a su respeto se atreva. Quién le defienda y le guarde.) Mucho se tarda don Carlos, si yo hubiera de casarme, ya estuviera alborotado el cortijo. En mis pesares se ve confusa la muerte, mas para llegar no es tarde, señor, obediente estoy, a lo que tu gusto mande.) Ser hija vuestra merece, y hermosa copia de un ángel.) Aún no aseguro mi amor hasta que Porcia se case. ¡Daos las manos! ¿Qué aguardáis? ¿Que a su misma causa falte Don Carlos? Viven los cielos, que es imposible esperarle. Dichas son no imaginadas, pues no hay valor que os iguale, ni ventura que os merezca. Ya no hay que esperar más lances, démosles con la forzosa señor Marqués, no fue en balde mi venida. Vea esta carta, que es la que me dio esta tarde, y tome esta rodela. ¿Qué decís? ¿Es disparate? Pues lea, y verá lo que es, desde aquí pase adelante. Me dieron un aviso secreto, de que dos hombres pagados del campo del enemigo, van con orden de matar a vuestra señoría. ¡Válgame el cielo! ¿Se admira? Pues juro a Dios, que en la calle quisieron reconocerme, y basta para guardarse tan declarada sospecha. Pero tales capitanes como vuestra locura imaginar estorbarles el valor. Esta rodela tome, que yo iré delante, y me entenderá con ellos. Escuchadme, ¿hay semejante suceso? Es resuelto, y va a empeñarse. Todos haremos lo mismo. Esperanzas ayudadme. César aguardad, oídme. Ya no hay respetos que guarde, que se va al riesgo Paredes. Aun me faltan más pesares. ¿Don Carlos en tu aposento? Lo que ves te desengañe para pensar que le estimo. Pues verás que sé vengarme. En esto vino a parar mi rodela. Dios me guarde mi juicio. Que apurado estaba, ya estoy tan ágil, que puedo ver la pendencia de las ventanas de un sastre. 1: Al salir le aguardaremos. 2: Hay mucha gente en la casa. 3: La noche, y armas de fuego les llevamos de ventaja. Tropa hay aquí de embozados si acaso al Marqués aguardan me han de pagar el intento, que para traidores basta un enfado de los míos. 1: Un hombre salió, y se para. 2:¿Si es temor? 3: Valor parece. Presumo que se acobardan pues no llegan. Caballeros, ¿por qué no desembarazan la calle? 1: ¿Quién lo pregunta? ¿Y con tan loca arrogancia? El Marqués del Basto. 2: Tira, que ya tiene la jornada el efecto que esperamos. 2: Mucho ha de hacer si escapa. Escopetas traemos. Pues miren, que si les falta, son pocos dos mil traidores. Ahora entro yo canalla , voto a Dios que han de llevar las nuevas. Consuela el alma, porque han de dejar el cuerpo por prendas. 1: Si se desatan negras furias. Muerto soy. Póngase una telaraña. ¿A dónde estará el Marqués? que por ser blasón de Italia debemos guardar su vida, allí sueña estruendo de armas, ya es forzoso socorrerle. Este me queda. Mas vaya, no se quejen los demás. ¿Sí es este de ellos, que guardan calle, y paso a los traidores? Juro a Dios que es buena espada, y que tiene lindo pulso. Si los que la muerte trazan al Marqués, son tan valientes llorará su muerte España. Lindos hígados por Dios. Que tanto un traidor me aguarda. Aguarden que poco falta. ¿Hay más peligroso engaño? ¿Hay más traidores? ¿No bastan? Este solo me ha quedado. Pues muera. No con las armas, cuando le espera un verdugo. Sin duda que sueña el alma. Déjenme hablar a Paredes a solas una palabra. No me hablan a mi traidores, llévenle. Pónganle guardias, en el castillo, sabremos quién a tan bárbara hazaña le envía. ¿Que yo no pueda descubrirme por si falta Porcia de su casa? ¡A cielos! a señor Paredes. Vaya el traidor. Pues vengan juntas desdichas no imaginadas, porque en casándose Porcia todas muriendo se acaban. ¿Estáis herido? No sé, lo veré por la mañana.
JORNADA TERCERA
¿Que no te obligo a nada? ¿Que para ser Julia seas tan helada? O dura anajarrete Abajarte contigo fue un mollete estamos por huéspedes hasta que concluyamos las bodas de tu ama y si la mía te hace una dulce armonía, dándole cuatro higas a la tierra me voy a quedar por hongo en esta tierra. Hemos vernos despacio. ¿Sacaste ella razón del cartapacio? Traigo sospecha. ¿Dónde? Que aprovecha dentro del alma. Quién fuera sospecha pero tan poco te sacarán jugo, que la tienes más dura que un mendrugo. Estás en otra parte enamorado. Jesús, no me ha pasado por la imaginería, que tú sola no eres más que mi arpía. ¡Más que me deberías cansar por majadero! Más me cansaré yo si persevero. ¿Cómo estás señor? ¿Pues qué ha tenido? ¿No quedaste anoche herido? ¡Qué piadosa novela! una astilla saltó de la rodela con tan medroso daño que aún no pasó los términos de araño. Que gran desdicha sería Bajar más la bala. Aunque le diera en mitad de la frente, que para eso es valiente. ¿Qué es tan bizarro? Sí, que anda conmigo. Pues tú que has hecho. Yo nunca lo digo, porque no deben creerlo. Por lo menos sabrás encarecerlo, que quien lo vende ya por no creído poco escrúpulo hará de lo mentido. ¿Mentira yo? ni bella, ni soñaba, no se la diré jamás por no pensarla, traigo muy holgazán mi entendimiento tan puntual es siempre lo que cuento, porque ninguno desmentir me pueda, que lo digo aún primero que suceda; Oye un bravo suceso de una bala primero que te vayas noramala? Mi amo viene. Qué importa, Yo soy de casa. Imagina, que si te ve hablar conmigo lo han de pagar tus costillas. ¿De esa suerte tú también abras de llevar paliza?, que si mis costillas buscan tu saliste de una mía, y hasta que topen con ella harán las tuyas astillas. Dices bien, que mi señor es Nerón con su familia en términos del honor, porque es su nobleza antigua. Ya, yo sé que tu señor tiene su piedra en la orina, que es el rollo de los viejos, voy a la caballería. ¿Esto es posible? Señor, tu honor pide que te diga la verdad; Carlos Esforcia la pretende, y solicita, esta es la verdad señor. tu desuelo estima. No le diré, que encerrado en su cuarto le tienta, porque es fuerza remediarlo con casarlos, y a mis dichas les quito las esperanzas.) Mucho Hipólita me obligas, agradezco tu cuidado. aunque está ya de partida el Marqués del Basto, iré a darle luego la noticia de lo que Carlos intenta, para que estorbe, y reprima sus atrevidos deseos, mas ya las aventuras mías.) ¿Qué tal intente Carlos? vive el cielo, que su necio desuelo de su villana pretensión causado ha de hallar escarmientos en mi enfado, ¿cuándo Porcia se case solicita ofensas de su padre? Qué marchita te has quedado de vermelten la paciencia, ¿adónde vas? A darte con la ausencia. No me pienso quejar eternamente, aunque me des con ella a manteniente. Parece que el Marqués se ha divertido, después que el viejo le escarbó el oído con algunas razones mal peinadas, buenas fueron señor las cuchilladas que aseguran, que el Marqués viene con Diego García a hacerme el favor que siempre. Si hoy se desposan, se libra el alma de tanto fuego, como mis celos (lo) publican. Ya escuché cuanto dijiste, es piedad, es cortesía, ¿qué le digas a su padre? Calla necia, no se envidia de mis celos cuidadosos, sino (de) obligar a mi prima a que a su padre obedezca; pues con esto califica su opinión, y su respeto, muertas esperanzas mías, dadles a mis celos valor, y os daré el alma en albricias. Dudosa miro la empresa amagos tiene de enigma amagos ruego a Dios no la declare alguna nueva desdicha. De anoche. El no mataros fue ventura. También tienen sazón, y coyuntura las puntas, y las balas. Prontamente el temor cobardes alas a los traidores. Hoy el que está preso dirá obligado de su mal suceso, quien le obligó a tan fiera alevosía. Escuchadme señor Diego García, Sabiendo que don César es tan mío intenta semejante desvarío Carlos, viven los cielos. Esto es sueño, ¿la hemos hecho buena? en lindo empe anoche nos hallamos. ¿Paredes qué decís? Qué peleamos por nuestra devoción, ¿Cómo? Que el preso es Carlos. ¿Qué decís, estáis sin seso? ¿He de echar un por vida de mi madre? ¿Pues cómo fue? No hay cosa que le cuadre todo lo dificulta; llegaría a buscarme, yo iría el estruendo de voces, y de espadas me hiciera pedazos a estocadas a no ser yo quien soy señor hidalgo, yo voy luego por él. Tened: ¿Hay algo en qué dificultar? Hay al presente un grave inconveniente; Vaya señor soldado, y diga que ya voy, que está enojado el Marqués. Sois terrible. Guardaos el cielo. ¿Y pues? Será imposible, que salga por ahora. Por Dios que me enamora. ¿Adónde vais? No puedo ya sufrirlo a traerme a Don Carlos, y al castillo. Siempre sois temerario, yo he sabido, que a Porcia ha pretendido, y es bien que se esté preso hasta que ella se case; Pues por esto ha de salir ahora. No os entiendo, Declararme pretendo. Pues a que ha de salir, si no ha de ser bella. A casarse con ella. Vive Dios, que advertid que yo he empeñado mi palabra. Yo he dado mi palabra también, y hasta ahora no me la han vuelto, esto es por si lo ignora. ¿Pues vos queréis conmigo? Poco a poco, que si por temerario me provoco, aunque estoy a sus órdenes sujeto borraré con la cólera el respeto. Yo soy tan caballero, y tan soldado, que a Carlos Quinto mi señor le he dado las victorias que sabe Lombardía si ha dado su palabra, yo la mía, ventaja en el oficio, eso es fortuna, o se han de cumplir ambas, o ninguna. Ya yo estoy aguardando, que me desafiéis. Temblará Orlando si se viera contigo en la campaña, que eres blasón de Italia, honor de España. Mi cólera sabéis pero fundado en justicia, y razón, si le habéis dado a César la palabra, hay en la mía una ventaja grande, que sería inhumano rigor el posponerla. Si César quiere a Porcia, no quiere ella, que se muere por Carlos juro a Cristo, porque ella me lo ha dicho, y yo lo he visto; pues no será justicia liberarla de un padre socarrón que por casarla con hacienda abundante, bárbaro oprime un corazón amante, que aunque ansiosa en dolor tan inclemente sujeta lo abrasado a lo obediente: esta es causa señor más abonada. ¿Pues yo qué puedo hacer? Que no hagáis nada, dejadme a mí el suceso, que yo lo haré. Pues vayan por el preso, con esta seña es llano, que lo dará al instante el Castellano. Ostión hazlo, ¿entendido? Bueno estoy para andarme divirtiendo, Toma pues. Voy volando. Y dile que le estamos aguardando, ¿Y ahora, si me esperan para darse las manos? Mal pudieran conformarse dos almas tan distantes, no hemos de ser bastantes a darles con la misma entretenida, un cuento lo ha de hacer de una reñida batalla de las nuestras. Habéis dado en el punto García, es acertado tan buena voluntad; pero yo quisiera, que el suceso no fuera de los que he visto yo por admirarlo. Pues uno tengo yo que ha de asombrarlo. Cuál. Él del puente. Fue notable, anduvisteis muy valiente, Es oleado prevenga, de estirar hasta que venga porque lo veo El ejército enemigo, poderoso en la campaña, que eternamente nos buscan sino es con muchas ventajas. Ganó sin defensa el puente, cuyos dos extremos lava el Garellano que riega por mucho cristal sus playas, Por ellas, ¡qué hermosa vista!. El campo enemigo marcha burlando nuestras banderas, que de esta parte le aguardan. Mas fue su orgullo cobarde, pues con fingida arrogancia por no venir a las manos, se valió de puente, y agua. Una la defiende el bronce, otra sus riberas anchas freno de nuestro ardimiento suspensión de nuestras armas. Como en la Africana selva dueño de sus grutas pardas. espín coronado a puntas pasa burlando amenazas: Que le descubren los perros, y con la furiosa rabia, o presos de la traílla laten, muerden, bufan, ladran. Así nuestros Españoles desde la risa del alba hasta ver al Sol difunto en monumentos de plata, Queriendo tragarse el puente los estorbos despedazan, e hidrópicos de las hondas quieren beberse las playas. El gran Capitán entonces a que señoría aguardan. Disimule viendo el riesgo de quedarse en la campaña A la boca del invierno nuestro campo, y que resguardan muchos casares, y aldeas las enemigas escuadras: Dijo confuso, y dudoso con tan heroicas palabras, que aún la misma cobardía le escucho vendiendo hazañas. Nuestra empresa es imposible, que no hay para el agua barcas, el vado no se descubre el bastimento nos falta. El enemigo se excusa con estratagemas claras para que nos venza el tiempo con nuestra propia desgracia. Capitanes solo el puente está brindando las armas Españolas, pero tiene a nuestro campo metidas Más piezas, que tengo dudas, más fuerzas que yo palabras, más defensas que yo ardides, mas miedos que yo esperanzas. Solo el puente es el estorbo para darle la batalla al enemigo. ¿No fue Para confusión de Italia, esa la rota sangrienta del Garellano, que a España dio tanto blasón? La misma. Un hijo mío contaba, Que se halló en ella notables sucesos, y que en el alma me alegro siempre que escucho tan valientes hazañas: Llevo con la entretenida el viejo si no se cansa proseguiré, que el Marqués tiene gusto de escucharla. Aún no le encarezco el mío. Yo era Capitán, y estaba huyendo al Córdoba ilustre, ya dificultades tantas De ganar el puente, dije, ¿pues hay más si no ganarla? quién ha de ganarla? yo (le respondí),¿pues no basta? Págueme en risa el valor, y escuché que murmuraban, diciendo, no hay quien le sufra locuras tan temerarias. Corrí , y dejé la tienda, y llegando hecho vías brasas al cuartel de mis soldados, dije si en honra de España Vieran hoy vuestras mercedes en una empresa bizarra empeñado al Capitán, ¿qué hicieran? darle las almas, Porque a la suya podría juntar el valor de tantas. Pues con silencio, y descuido vayan a la tropa Siguiéndome vengo, y tomo un capote de campaña, y un montante, y parto al puerto, y habiendo una seña blanca Con un lienzo me responden con la misma darme entrada conociendo que voy solo les propongo cuatro chanzas en razón de ciertas treguas, tomando siempre a la larga, el paseo de manera, que cada vez les ganaba un buen trecho, hasta las bocas de las piezas, y con tanta industria, que inadvertidos en respuestas, y demandas me traje a los Coroneles a donde ellos me guardaran de su misma artillería. Pues queriendo dispararla viendo mi desenvoltura era fuerza que volarán al País del otro mundo prestando el plomo las alas, viendo el lance a bola vista, doy a entender, que me enfadan las condiciones que piden, y desmintiendo la vaina sacó el montante, y descubro el peto fuerte, que honraba como a globo de sus luces, el Sol que en el mar descansa que es Alejandro, que es Pirro si de las urnas heladas pudieran ver a Paredes le dijeran a la fama, que los dejará salir para seguir mis estampas, o volviera a resolverlos en los abismos de nada Por abonar a la envidia. Hombres que dejaron tantas, ¿no se ha visto igual destrozo?. ¡Poder de Dios! cual estaba. La cólera, y el valor Marte en su dorada estancia. Manchado de sangre, y polvo, viéndome dar cuchilladas aprueba de corazas, dicen blandiendo una lanza, que dijo (yo no lo oí). Si este me ve en la campaña Me ha de atropellar también, pues dejémosle que salga con su intento pues mi estrella en viéndole se acobarda, será la primera victoria, que sin mi ayuda se alcanza. mis soldados viendo el caso, Suspensa está la esperanza hasta que vuestra señoría entre a honrar la desposada. Aguarde vuestra merced, que muy poco es lo que falta como me cercaron tantos, seis, o ocho de ello se abrazan conmigo, y como si fueran (si por Dios) hechos de pasta acercándome al pretil del puente arrojó al agua los tres que cayendo a plomo, aún hasta ahora me aguardan Para vengarse del susto entre las arenas pardas. Llegaron a tan buen tiempo mis soldados, que ganada (¿Gran suerte?) la artillería el paso desembarazan al ejército Imperial. el gran Capitán, que estaba A la vista, dijo a voces: Ea Españoles, al arma a socorrer a Paredes, para que logre la hazaña mayor, que la fama, y tiempo en hojas de bronce guardan. Yo me hallé en el capo entonces, y fue la mayor batalla, que vio el Sol bañado en oro sobre los campos de Italia. Cayó el pecador por Dios, que es mucho lo que se tarda, Y está boqueando el cuento. No quisiera Señor Marqués hacer falta a un negocio muy preciso. ¿Y en qué paró la batalla? En que se cayeron muertos sin que se escapase un alma. Aguardad Diego García, que vuestra persona basta para dar honra a estas bodas. Vuestra merced es de casa huésped nuestro, y no es razón hacer tan notoria falta al favor que nos ofrece. Mi palabra está empeñada señores, y es imposible dejar de ir. Aunque tardará de aquí a mañana Paredes, aguardaré hasta mañana si gustáis. De aquí a la noche será mi mayor tardanza, que vendrán a ser dos horas: que bien sigue la pavana ¿el Marqués?) Con mucho gusto, si es que el Marqués no se cansa aguardaremos. Estimo el vuestro. Entre las templadas lisonjas, con que el Favonio regala flores, y plantas del jardín aguardaremos. Solo la prisa es la paga con que pagaré el favor: ¿Hay locura más extraña?, ¿de que manera pensáis Salir de este empeño? Vaya vuestra señoría con Dios, que sin que a nadie le salga gota de sangre, ha de ver con el gusto que se casan; Por Dios que os quedo temiendo. ¿En qué ha de parar la danza? ¿Qué digo?¿ va divertido? dónde va el buen Español? A ponerme como el Sol en las hondas de tu olvido. Julia mía. Tarde vienes, no hay humana resistencia para tan grande violencia. Desdichada estrella tienes, será el plazo un breve instante, para que se den las manos. Qué tormentos inhumanos como el que mira delante mi amor se habrá de igualar, cielos, si venció el poder, no hay desdichas ve temer, ni esperanzas que lograr. Mucho tarda en la visita él feo Carlos. Ya pudiera Salir; pero considera, que aunque a la ocasión le quita parte de lo sazonado. Un hombre sale señor, ¿Es Paredes? ¿Hay rigor? ¿qué traéis? Vengo abrasado. ¿Pues cómo? Porque me dan, mirad si el remedio es fuerte desengaños en la muerte, Paredes vuelta a Milan. ¿Qué decís? Que a una criada hoy mi muerte notoria, y ya la habrá ejecutado el fiero desdén de Porcia, esta reja sale al cuarto de mi enemiga, ya logra Don César sus esperanzas, y mis sentidos se ahogan. ¿Queréis veros en sus brazos? Todas las fuerzas son pocas de los peligros que aguardo, que no las destruya, y rompa mi amor. Pues si este es su cuarto, hallaos con toda la boda encerrado en su aposento, mientras yo (que basta, y sobra) con lindo desembarazo ordeno lo que os importa. Por donde he de entrar, si veis, que prevenciones lo estorban. ¿Entraréis si os doy lugar? ¡Que mi valor no conozca vuestra experiencia!, al abismo si hallará en la tierra boca entrará: Diego García. Esta es menos peligrosa, Entrad, y no os dé cuidado, aunque el infierno se oponga. Este es prodigio, no hazaña, Paredes a vuestra sombra, ah de terneza en bronce la fama a Carlos Esforcia. ¿Ostión? Señor de mis ojos. Cortada tenemos obra, entra, y verás maravillas. Por siete cuentan las otras, y no se si han de querer meter entre sus historias maravillas de albañil, y yo peón de sus obras. Ya tarda Diego García. Por lo que esperáis, lo siento. Vive Dios, que estoy dudoso, hasta saber el empeño en que me ha puesto obligado de tan forzosos respetos, que es imposible excusarme por más que ignoro el remedio.) Perdonadme si he tardado; Pero para todo hay tiempo. Iré por la desposada; encerrada en su aposento la deje, porque no estorben mis venturas sus deseos.) ¿Qué es lo que habéis prevenido?, y siendo el lance postrero he de quedar desairado. Bien pudiera conoceros, ya vuestras temeridades Lo que ha de ser ya está hecho. ¿Cielos quién pudo en el mundo?. Padre y señor, en el pecho traigo muerto el corazón en los oscuros silencios, donde me encerró mi padre, no sé con que pensamiento sentí pasos, y unas voces, que con mas formados ecos me llamaban, y a mis brazos Sentí llegar otro dueño, si fue ilusión, si fue engaño, fácil tenéis el remedio para que yo me asegure. Hay semejante suceso, mostrad esa luz. Yo soy. ¿Pues qué ha de importar el serlo para no mataros yo? A Paredes. Pues sea luego si os atrevéis a matarme. ¿Ya me perdéis el respeto? De dolor pierdo el sentido. Aunque es tan mío el empeño, Habéis de considerar, que encerrado en su aposento un hombre con Porcia. Sois honrado como discreto, y yo os lo quise decir, que aún el hombre más plebeyo fuera afrentoso el casarse. Lo mismo deciros puedo. Señor Octavio queréis por tan loco atrevimiento, ¿que lo mate? ¿No advertís, que en su muerte no remedio el claro honor de mi casa? Nunca os he visto tan dueño de vuestras mismas acciones, yo os quise decir lo mismo. ¿Pues qué hemos de hacer ahora? Por mí, mas que los casemos. Tomad la mano. Dejadme, y veréis si lo remedio: señor don Carlos paciencia en tan loco atrevimiento, solo la muerte podía estorbar locos deseos, voto a Dios que ha de casarse, y dar al mundo escarmientos De lo que cuesta el entrar en aposentos ajenos, ¿qué se detiene? ¿qué aguarda? Mi atrevimiento confieso, pues vencido de un amor, aunque fue mi amor honesto perdí el respeto a esta casa. Si yo remediar lo puedo, os pido que permitáis señor Octavio, que luego de la mano Porcia a Carlos. Pues no ha de parar en eso, que pues hay tanta igualdad ha de hacer el casamiento con Hipólita Don César. Yo soy quien más interesa después de mi bien perdido. Gracias le doy a los cielos de tan no pensadas dichas. Las gozo, y no las merezco. Con prendas de nuevo amor pongo en olvido mis celos. Después que nací no he visto más rodados casamientos. ¿Cuándo ha de rodar el mío? Vendrá a rodar en cayendo. ¿Ahora no? Ni por lumbre. ¿Hay más que hacer caballeros? Que aderecen una reja con dos pelladas de yeso, que se ha quedado en la calle, ya ustedes no es mi intento darles con la entretenida, que les cuesta su dinero.
