Texto digital

Texto digital de La dama muda

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Francisco Benegasi y Luján
Atribución estilometría
No es posible No concluyente
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la transcripción automática de una suelta (Barcelona, Carlos Sapera, 1770).

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La dama muda. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/dama-muda-la.

Logo BICUVE

LA DAMA MUDA

JORNADA PRIMERA

Que haya de ser tan sutil el falso hilo de mi suerte, que descubriendo su hilaza, a todo vaiven se quiebre, sin que por saganz, ni astuto pueda afianzar el eje de esa rueda, que usa de bajos, y altos procederes, fundando en el ser instable, ser Dama, y ser Dama Duende! Pues a mí, que bien hallado (aunque sin mi muchas veces) en este nuevo ejercicio de ese Diosecillo en cierne, que de bastagos ceñido, con tanto imperio parece, que aún al más robusto Ingenio hace perturbar la mente. En fin, Baco, quien dispuso que a Caravanchel viniese, a ser de su Regimiento el Sargento más valiente, que pudo hallarse, pues soy, quien por servirle, y quererle, sin restañar el aliento, hasta los vientos le bebe. P Híceme, pues, guarda-viña lio por pasar e ta corrie nte vida con algún descanso, sin que la saña pudiese calumniarme; pues es cierto, que si al adagio se atiende, quien a buen árbol se arrima, logra descanso si duerme. Pero enmedio de esta dicha, dispuso el hado inclemente, que encontrase con un amo tan descuidado, que siempre por olvido no me paga, y de balde me consiente. Mas yo, que a mi sufrimiento consulté, sobre qué hacerme, fue servido resolver en su buen juicio prudente, que para aliviar mis males, hiciese embargo a sus bienes. Y así este manto, y basquiña, despachando los corchetes de mis manos, se ha embargado con depósito tan fuerte, que hacer mandamiento en cont en su Concejo no puede, y si había desembargo, no paga lo que me debe: con que un paso detrás de otro a Madrid mi afán se viene, donde un ropero hace feria, sin que la venta le apremie, que son fieros Domingueros, festivamente absuelven. Y ya que de San Damaso piso la estancia, que fértil a orilla de Manzanares logra su amante corriente, quiero, por fin de cansancio, echar cebo a mi mosquete. Y así esta bota (que guarda la pólvora más ardiente, que refinó del otoño la actividad más perenne) quiero sacar: mas qué es esto? Ay de mí! Cielos, valedme. Enemigo hay en campaña: tacos, y a ellos, que es fuerte. No huyáis, haciéndoos cobardes, puesto que os preciáis de aleves. Hola, aciacá se encaminan, y así fuerte quiero hacerme con mi mosquete colado a esa sombra firme siempre, desde donde siendo Argos, esgrimiré ojos de puente. En tanto, prodigio hermoso, que a castigar voy la siempre ingrata mano, que quiso, despejándote, ofenderte, recuperando la joya, que su ambición locamente usurpó del noble trono de tu hermoso pecho, a este retirado verde sitio, que ya es Imperio de Ceres, pues colmo de frutos antes, que la esperanza tuviese, os entrego, suponiendo, que solo a ello me mueve advertiros agraviada, que es una razón tan fuerte, siendo Dama, que ya obliga por lo mismo que ennoblece. Qué es aquesto, Socarrón? dime lo que te sucede. Pudiera, a pedir de boca, a ningún hombre ofrecerse, por tentación, tal empeño, como el que a ti te acontece? No por cierto, pues es Dama, y Dama, que pisa verde, está cerca de tomarle, la que no se niega aleve. Ahora va, yo me persigno, y en tanto que el galán vuelve, quiero que ella me perdone, si en la tentación cayese. Hermosura, que tapada a pares galanes vences, qué dejas para ser vista, si así no siendo los prendes? Lo que hace ser buenos mozos! con qué presteza se mueve a pagar con su finura mis rendimientos corteses! Válgame el Cielo! quién sois? Válgame a mí! quién tú eres? que yo soy aquí el que hago, por tú la que padeces. Qué Enrique así me dejase, y sin desear conocerme se ausentase, cuando acaso, saliendo a este sitio verde, no obstante el haber sabido de mi padre (ay Dios!) la muerte, me encuentra en el peligroso hazar de un fiero accidente, y no me habla! (qué tormento!) mas sin que otro agravio aumente, probará de mis rigores los esquivos ceños crueles. No hay más hablar, Reina mía? Ella se va lindamente, como si Socarrón fuera algún triste mequetrefe. Mas entremos, aquí en cuenta: si ahora el galán volviese, y no hallase aquí a la Dama, no hubiera, sí, Capiteles, y Montescas, siendo el blanco yo de todos sus arneses? Claro está; pues buen remedio, un chasco es bien que le intente, para que su frenesí, si es iracundo, se temple. Con este manto, y basquiña me he de vestir; mas ya viene, y si no despacho presto, todo el intento se pierde. Válgame aquí la paciencia de todos los pretendientes, con cuya virtud consiguen que la cámara frecuenten. Válgame la ligereza con que un Cochero los Jueves amuela, porque si dan las doce, la cena pierde, como si la carne en ellos acriminara las leyes, cuando todo lindo come, por flaqueza, carne en Viernes. Después que de la cobarde profuga turba insolente, restauré de aquesta Dama la joya, a que la acepte vuelvo pero aquí rendida del desmayo, aún no parece, que restaurada a su aliento a su ser antiguo vuelve. Y así, acercándome más a su beldad reverente, (perdone el respeto) quiero descubrir el cielo breve de su rostro; pero no, que quien, como yo mantiene en el pecho las memorias de Cintia, no es bien intente en su desdoro: pero esto, qué la agravia? qué la ofende? nada; pues veamos quien es quien a curioso me mueve. Ay de mí! qué fantasmón Perded el recelo, cuando soy yo el que es sirve fielmente, y quien por medios rendidos ver vuestro cielo pretende. Ay qué gracia! tenéis Bula? Pues qué a preguntarlo os mueve? El miraros tan rendido a una abstinencia, que tiene gran parte de laticinios; pues si hoy a mi ser atiende, pecaráis si me mascaráis, cuando Bula no tuvieseis. Dejad enigmas, señora, que mi cortedad suspenden, y permitid de ese sol vea los rayos ardientes. Perdido soy y así quiero de un nuevo arbitrio valerme, pues como no me descubra, nada del chasco se pierde. Señor mío porque importa que nadie a conocer llegue quien soy, es este recato, además del que se debe al ser honrada Doncella de quince años solamente; mas porque sus cortesías con debido premio queden, esperadme en este sitio, que yo volveré. Detente, y aquesta joya brillante:: mas ya se fue; qué he de hacerme? que aunque es verdad que esta joya queda en mi mano, se advierte una grande impropiedad en mandarme que me quede; pues si pretende obligada premiar mi acción diligente, bastaba a mi vanidad, que hoy por servida se diese, sin que me ofreciese el premio, a costa de que sospeche, en una acción liberal, una pasión imprudente. Si es, porque ya de mi mano a la suya no volviese esta prenda, haciendo alarde de la cosa si se ofrece a mayor premio volviendo otra en todo diferente? El seguirla, es imposible, aguardarla, no conviene al alma, que de otro objeto tiene el aliento pendiente; y más cuando malogrando la esquiva tirana suerte, mi dicha yace confusa con tan raros accidentes: qué? Sentado estaba Perrole, Hércules aquel valiente, sin ver, que solo una rueca a su asiento pertenece. Sin duda algún pasajero así el camino divierte. Escándalo de los siglos fue aquel que mataba sierpes, cuando rendido a una Dama, fue pasmo de las mujeres. Quién está aquí? Deteneos. Señor mío, qué se ofrece? Con este he de divertirme en tanto que el día abrevie su curso, y yo con la noche alguna esperanza encuentre. Y bien, qué decís? Deseo saber, sin que esto os moleste, esa letra, de qué Autor discreto el origen tiene? Que fuese yo tan borracho, que sin la joya me fuese, sabiendo que él la tenía! o mal haya mi caletre! Mas yo se la haré purgar, aunque otro enredo me cueste. Responded a mi pregunta, o decid lo que os suspende. Señor me pareció impropio, viendo esa joya luciente, que a quien tiene tantas piedras, razón de un canto le diese. Gracioso sois. Es la gracia muy propia en los inocentes. Pues vos no lo parecéis. Quién es hoy lo que parece? Tan aficionado estoy de tu humor, que si pretendes un amo, que bien te estime, en mi hallarás lo que quieres. Pues a buen tiempo has llegado, que desalquilados tienes estos cuartos, como pagues tu puntual los alquileres. Eso será muy preciso, cumpliendo tu diligencia; y ahora en tanto que vamos a la Corte, contar puedes de venir así la causa. Empezar a obedecerte es mi primera señal: vaya de cuento, y atiende. Nací en Motril, como todos, a imitación de las gentes, muy preciado de varón, de paciencia tan solemne, que por más que me obligaron a perderla muchas veces, tuve tan gran sufrimiento, que a nadie enseñé los dientes. Crecí, y mi madre gozosa, sin más motivo, que verme tan rollizo me inclinó a que pinitos hiciese, aunque tuvo en esta parte gran licencia, si se advierte, que por salir con su gusto me dio papilla mil veces. Mas para no ser molesto, mi infancia pasaré breve, que no es bueno entre barbados hacer caso de niñeces. Siendo ya de edad crecida, me puse a ser matasiete, sirviendo yo entre las Damas de correo, sin que fuese hombre de porte jamás, porque ellas no lo consienten; hasta que sobre un papel perdí tanto mis papeles, que hasta la Fe de Bautismo hizo papel en perderse; pues el nombre de Chapín troqué en Socarrón, alegre, con que de nuestra contienda salí así más libremente. Dejé a Motril, y me vine a esta Corte, donde siempre pasé plaza de criado, como si todos no viesen, que para llegar a grande, fue el criarme conveniente. Serví a un amo lo primero, que hablando como se debe, (sin quitarle su concepto) con perdón de los oyentes, era Poeta, del cual aprendí a ser abstinente, porque su usanza, señor, según los Ritos que tiene, no les consiente humanarse a posesiones terrestres; y así hechos Camaleones, solo de aire se mantienen. Yo, que algo travieso era, con su doctrina frecuente, también me quise meter a fantasma, porque viese, que esto de querer ser loco lo logra todo el que quiere. un día, sobre que yo le dije atrevidamente, que sus versos los hacía Juan Hidalgo más contestes, se picó de tal manera, que llamando de repente mas Dioses que hay en su Cielo, (pues son tantos, que parece, que en el guarismo no caben, aunque su teatro tienen) se conjuró contra mí hecho exhalación viviente, diciendo, que acá en la tierra no hay justicia que le fuerce, que solo Apolo es el Juez que dominio sobre él tiene; y así, que de su presencia me destierra para siempre, hasta que Saturno venga, y de sus carnes se cebe. Yo viendo sus disparates, que idolatrias parecen, pues de unos Dioses fingidos sigue fabulosas leyes, le dejé y con él su Musa descomunal, que contiene en cuatro letras más yerros, que tiene el Alcorán Cees. Pasé a servir a un Doctor, que con medicina quiere, que todos sus individuos hagan un cuerpo aparente, tomando por desayuno a Galeno, que es muy leve; y luego en medio del día que pasen a Nicomedes, al Philósofo a la tarde, y con Niseno se acuesten; con que salí tan agudo dentro de tan pocos meses, que para punzón de un Sastre tomé partido en ojetes. Mas ciñendo de mi historia tantos servicios, que pueden hacer una relación delante de los tres Reyes, aunque plaza de Camello para ir a Belén me diesen; paso, a que un día yo, que estaba confusamente al Sol de Enero quitando unas puntadas vivientes, que como hilvanes, al cuello servían de contrapliegues, llegó un anciano, y me dijo: qué como con tanta gente no me hacía Capitán Y respondí: Bien parece, que entre el hacer, y el criar la difinición no entiende. Quedó gustoso de oírme, y tanto, que me promete su casa para que sirva, la cual, por no detenerme, mas, que no de conveniencia, fue (por ser impertinente) de mi ruina, pues tenía una hija este vejete, que por consejo del padre me hacía beber las hieles, aunque endulzaba lo hermoso parte de las esquiveces. Por lo cual, desengañado de sus dimes, y diretes, quise volverme a Motril, cansado ya de sirviente. Y en el camino (qué pena!) me robaron inclementes el vestido que llevaba, y con estos arambeles, que ciertos Víllegas finos me dieron allí por fieles, volví hasta Caravanchel, donde me puse, por verme propio espantajo de viña, a guardar una tres meses; y no pagándome el amo, a Madrid mi afán se viene, a tan buen tiempo, que logra serviros por alta suerte. Esta, señor, es mi vida, que si a toda ella atiendes, hallarás contradicciones para el logro de los bienes; pues el ser correvedile, solo alcanza de presente una paliza entre puertas si no la juega de fuerte. Servir a un Poeta, andar viviendo de idea siempre; a un Doctor, desubstanciando hasta el calor que en sí tienes a un Sastre, sobre la sisa andar a cual más la ejerce, y sobre el casco sentar las costuras como suelen; a un viejo con una hija, estar entre vida, y muerte hecho parentesís fijo, que repare sus vaibenes: con un heredero, solo vive uno el tiempo que bebe, sacando de todos juntos el salario cabalmente. Ahora sepa yo a quien sirvo, señor, porque me consuele sacar bien la consecuencia con tales antecedentes. Feliz tú, que las desdichas, que en tu bajo ser padeces, a asustarte el corazón aún ser capaces no pueden! Oye, pues de un fino pecho, de un constante amor, la suerte feliz, y infeliz supuesto, que en extremos diferentes surca el pecho, lidia el alma, y los sentidos perecen. Enamorado. Jesús! lástima debe tenerte el que usare de razón: prosigue, señor. Atiende: De aquella estación, que en verdes plantas, y fragrantes flores al primor de Abril, hermosos varios adornos compone, el primer albor apenas, de aquese esférico orden, era en su grado ofreciendo en propicias dimensiones, la estancia a la primavera; cuando al armónico acorde cántico, que al ver la Aurora, canoro el pájaro rompe. Salí un día por el nuevo, y vistoso Prado, en donde logré ver a un mismo tiempo el Aurora con dos Soles; pues no ya aquel, que en el Cielo dilata en rayos, y ardores imperios en cuanto alumbra, como más triunfos supone otro Planeta, que oculto de un cendal al arte noble en una Dama venía, que el Sol en el diurno móvil de su giro encuentre sustos, y en los espacios que corre tropieza un León con rugidos, y un Toro con puntas toque, opuestos signos, que intenten borrar (aunque nunca borren) tanto teforo de luces, y que el denso vapor torpe de una niebla, que ya nube se vio en las altas Regiones, le usurpe en los bellos rayos los lucimientos mayores. No es maravilla, más ver, que toda esta luz sofoque la sutil delgada tela de un velo, con presunciones de celaje, y que consiga ocultar sus esplendores, eclipsando sus reflejos? Estas son ya confusiones, que solo amor las descifra, él lo haga, y yo me cobre. Encubierto, pues, el nuevo asombro a mis atenciones, por la umbrosa fértil margen de esa corriente (perdone de mi alabanza esta vez Manzanares los loores que hasta que de sus raudales las líquidas municiones de plata, a la tersa riza espumosa onda transporte, jamás dejará de ser rico Arroyo, y Río pobre) paseaba con brío, dando de su honestidad informes, tantos donaires compuestos de tan modestos primores, que aún siendo objeto de amor, a quien le rinde en pasiones cultos debidos cualquiera que el capaz discurso logre, solo permitió al deseo, por más incendio que aborte, que él ame, sí, más que sea el respeto quien adore. La belleza de su cielo, porque la tierra la logre, al ver que en amenidades, con álticas de flores, matizados transportines frondosamente dispone. Vi sentarse, a cuyo tiempo con aquellas condiciones de amor y respeto: Yo, tal vez resuelto, y tal torpe, llegué y mal animado de las retóricas voces, (que impide el temor villano, y el amor persuade noble) la obligué, amante y rendido, con corteses persuasiones, a descubrir de aquel cielo los soberanos albores. No has visto tal vez la oscura parda sombra de la noche fallecer tan de improviso, cuanto la Aurora socorre al día en claros reflejos, y encarnados arreboles? pues así me pareció. No tan brillante descoge el Sol la rubia madeja; ni el Prado entre sus verdores desplegar pudo el más bello botón de cuantos esconden en púrpura de claveles la pureza de las flores, como su hermosura ufana de rendir los corazones, haciendo alarde la rara perfección de sus facciones al Sol, y al Prado por obra, no tan peregrina entonces pudo acusarles las nunca halladas imperfecciones: Esclavo a tanta hermosura, pretendí de sus favores, las que ninguno logró, palabras, y direcciones. Supe, pues, como era Cintía rica, y de estirpe tan noble, como hoy a Castilla ilustran los siempre heroicos Girones, todo esto de una criada, que llegó avisar que el coche la aguardaba; con que yo hallando ocasión conforme a mi designio (respeto de estar fuera de la Corte su padre, haciendo unas pruebas) entablé mis pretensiones para galantearla, hallando al principio en sus rigores, con airado ceño, varias mis justas adoraciones. Pero como la constancia es de amor el firme toque, y sus desprecios hallaron escudo en mis sumisiones, depuesto lo exquivo, dio asunto a premios mayores, permitiendo, que a u la hallase todas las noches, de donde, tal vez, de día pasé a su cuarto: Ahora oye la más insigne fineza, que flecharon los arpones de amor, tan en favor mío, que escúlpida en cera, y bronce de mi firmeza, y mi pecho, no solo eterna supone la memoria, mas también afirman las posesiones. Un día, pues, que en su casa, dispensando a mis honores las licencias el recato, (sin que nada le malogre) la vi peinando a un espejo el crespo undoso desorden de su cabello, que al Sol:: Mas dejo estas digresiones por no repetirlas luego. En fin, afable mandome, que pues tanto aseguraba mi amor las ponderaciones de su belleza, un retrato hiciese de ella; turbose todo mi ingenio al empeño, mas como el amor socorre a los que de verás aman, invocando de Caliope la influencia en un Soneto, obedeciendo su orden, del empeño me excusé; este es el Soneto, oye: Si quien ha de pintaros, ha de veros, y no es posible sin cegar miraros; quién será poderoso a retrataros, sin ofender su vista, y ofenderos? En nieve, y rosas quise floreceros, más fuera honrar las rosas, y agraviaros; dos luceros por ojos quise daros: mas cuando lo soñaron los luceros? Conocí el imposible en el bosquejo, mas vuestro espejo a vuestra lumbre propia aseguió el acierto en su reflejo. Podráos él retratar sin luz impropia, siendo vos, de vos misma, en el espejo Original, Fintor, Pincel, y Copia? Agradecida al respeto de mis debidos remores correspondió; y prosiguiendo mis ansias las locuciones de varios papeles, pudo un triste impensado golpe de fortuna dividirnos; y fue, que la parca indócil triunfando de un tío mío, me privilegió con doce mil ducados, que a mi arbitrio un Mayorazgo dispone en Cadiz, siendo preciso por esto dejar la Corte, y a tomar la posesión partir, con que en dilaciones de todo un mes he tardado. Vuelvo, en fin y aquella noche, juzgando yo que en la reja fuesen las señas el Norte, que al Puerto me guiasen, siendo Cintia quien saliese; hallose lo de mi valor turbado viendo que nadie responde: Vuelvo de día y no encuentro indicio alguno, que informe mi cuidado; y temeroso de que así mi amor zozobre, girasol de sus paredes el tiempo me reconoce, hasta que hoy, por divertir del pecho las opresiones, salí aqueste sitio, a tiempo, que las lastimosas voces de una Dama (reducida a dar a unos agresores, por librar su honor, la rica brillante prenda de un broche) apellidaba socorro. Llegué, y sacando el estoque, a pesar suyo, la joya me restituyeron, donde al irla a dar a la Dama, vi, que con aliento torpe volvió de un desmayo huyendo mi vista; y como en el choque de una desesperación lidio amante, y sufro dócil, no quise seguirla, puesto que tan inmensos dolores, no dejando a mi albedrío el uso de las acciones, en nada hallarán remedio, hasta que el dolor me ahogue. Admirado te he escuchado, si bien hoy a tus pasiones yo solo he de dar alivio: Dime, señor, no conoces al padre de Cintia? No. . Pues yo sí, señor. Cómo? . Oye. El padre de aquesa Cintía fue uno de los señores amos a quien yo serví. Este, señor, es un hombre tan cerrado, que en su casa, ni de día, ni de noche se abre postigo, ni puerta; cuatro Cerrajeros comen todo el año por hacerle cerrojos, y picaportes: cosa que se abra en su casa no ha de haber; y ha dado orden, que no reciban criadas doncellas, ni aún por el nombre: quiere entrar Monja a su hija, y él también hacerse Monje, para mejor encerrarse; con que todo esto supone, que mientras ha estado fuera, alcanzaste los favores de Cintia, y que habrá venido, y ventanas, y balcones habrá vuelto como antes. Aunque eso viene conforme con mi duda, y tu experiencia, en qué el alivio dispones de mi tormento? . En que yo puedo entrar, pues me conocen en su casa y suplicando, que a su servicio me tornen, ladrón de casa, sabré los más ocultos rincones del estado de tu amor. Y yo, agradecido al coste de tus servicios, sabré corresponder. . Habrá toque? Todo cuanto tu quisieres. Pues vamos, señor, adonde mude este traje. . Bien dices. Yo haré que tu amor se logre. Eres mi amigo? Soy fino. . Tienes valor? Soy un bronce. . Eres leal! Nací en Motril. Tu suavizas mis rigores. Es, que desciendo de aquella dulce sangre de pilones. Cuando con nuevo tormento mi triste pecho batalla, pronto a recibir se halla otro mayor sentimiento: la muerte de un padre siento, y al carecer de su vida, de otra me juzgué asistida, que amante me procuró, pero ya se declaró esta asistencia perdida. Mi padre ausente fallece, mi amante me agravia aquí, y cuanto al dolor fingí, lo propio es de que carece. Muere la esperanza, y crece la pena (rigor fatal!) pues cuando al dolor igual era el remedio, hoy la suerte de un agravio, y de una muerte viste el aumento a mi mal. Enrique (ay de mí!) me deja? pues claro está que me vio, y aunque la vida me dio, sola me dejó en la queja; de mi peligro se aleja. Pues quien duda, que esto fue falta de amor? bien se ve; y solo aliviarme infiero, le obligó lo Caballero, mas no le obligó la fe. Agravio fue; quien lo ignora? Pues pruebe con mi desdén otros agravios también este ingrato desde ahora: solo la venganza dora una ofensa; y pues que vi con su desprecio (ay de mí!) la evidencia en mi rigor, llore él mi propio dolor: Pues quién se ha entrado aquí? Yo, señora. . Qué queréis? Volver a besar humilde de vuestro cielo, señora, los atlantes polivises. Quién sois? Ya no os acordáis del pobre Socarrón triste, aquel que vuestro criado fue mucho tiempo. . Qué decís? Tú eres Socarrón? El mismo. Y qué pretendes? Servirte a ti, y mi señor, porque hoy por mi pueda decirse: Pan perdido, vuelve a casa, si es que mi hado infelice, entre mis desdichas crueles, una dicha me permite. Ay Socarrón, qué a mal tiempo, y qué a buen tiempo veniste! A malo, y a bueno? . Sí. Que esa duda me descifres te suplico. . Pues sabrás, ya que a mal tiempo te dije que venías, que este es hallar la novedad triste, de que ya es muerto mi padre. Qué desgracia! qué lo dije al entrar por el portal! Pues en el portal, qué viste? Abiertas todas las puertas, y era señal infalible, porque en su vida, ninguna pudo cerrarse, ni abrirse: qué pena! yo he de llorar hasta que me despepite; Pobre Caballero! Ea, ahora falta de decirme, señora, templando el llanto, el buen tiempo a que yo vine. Ese es, que estando yo sola, puedo recibirte, por la confianza que tengo de tu lealtad. El que alivies tu dolor solo deseo, y he de hacer por divertirte cuanto pueda, pues ya sabes el buen humor que me asiste. Ay Socarrón que dos penas hoy el corazón me afligen, tan fuertes, que a un diamante resistirlas no es posible! Serán sin duda, señora, según mi mente concibe, la una algún flato, y la otra mucha parte de lombrices. Deja esas chanzas. Pues ahora, para que el dolor alivies, cuéntame esas nuevas causas que te atormentan. Ya oíste, que murió mi padre. . Sí, y de eso es bien que yo indicie es la una pena. No tanta, como la que ha de añadirse, si antes no doy con mi muerte el asunto a que se evite. Don Sancho Giron mi tío, que hoy en Sevilla reside, adonde murió mi padre, quedando (según escribe) padre de mi honor, resuelve a aquesta Corte venirse, para que con él (qué pena!) a Sevilla determine pasarme yo, donde tiene prevenido (hado terrible!) darme estado conveniente a lo noble de mi estirpe. Mas yo, que dejar mi Patria lo advierto casi imposible, con lágrimas noche, y día lo explico: Ah cruel Enrique, cuan fácilmente apagaste la infiel llama que encendiste, sin ver, que de mi tormento eres la causa insufrible! Viven los Cielos, señora, que estoy absorto de oírte; si viene este tío, nada mi astucia a mi amo le sirve, pero el tiempo es el Doctor curalo todo: Y dime, a ese Don Sancho tu tío, le conoces? . No, que al irse a Sevilla, me dejó de muy tierna edad. Servirme podré con esta advertencia, si hiciere al caso: prosigue. Qué he de proseguir? no bastan aún a pechos varoniles, tanto tropel de congojas, a que el aliento terminen? Es verdad; pero me queda que saber, según dijiste, la segunda fiera pena que te angustia, y que te oprime: la meteré bien los dedos, por si acaso se resiste, a bomitar el cuidado de los amores de Enrique. No es fácil la explicación, siendo el motivo imposible. Es cierto, pero bien cabe un buen medio entre los fines. No le hallo, que es sin fin la pena que al medio impide. Es de herida, que amorosa tiene ausente quien la aplique el remedio. . No es amor, que es tormento más terrible. Serán celos. Atrevido, eso es suponer que quise, y está bien para sentirlo, no para que se publique. Pues qué sientes? De un tirano lloro un agravio. Pues dile, que yo tomaré a mi cuenta el castigo que le apliques. Yendo yo pues, ayer tarde al paseo a divertirme de mi pena, distraida dejé el bullicio, y salime donde en soledad pudiese alentar algo más, libre de la objeción del curioso, en que era fácil argüirme, habiendo muerto mi padre, cuan poco el dolor me asiste, en ocasión, que mi amante pasó de un linde a otro linde de aquel Imperio, en que Tetis Diadema de aljófar ciñe, siendo trono Manzanares, porque más su lustre brille. Mas yo que en aquel paraje no ser conocida quise, no me dispuse a llamarle, concediéndome a seguirle; mas llegando unos aleves a este tiempo me prohiben la fiel determinación, que impidiendo ver a Enrique: ya le nombré, no hay remedio, amor lo hizo, ya lo dije. Vive Dios, que Cintia fue la de la joya: qué oíste, Socarrón? con esto espero hacer enredos increibles. Quitáronme, en fin, la joya que traía, y no te admires que con luto la trajese, que era un Agnus, y no impide a la devoción la pena; al arbitrio de los viles agresores me rendía el temor, cuando compite un desmayo, que el aliento improvisamente oprime. Llegó Enrique a socorrerme, y en sus brazos varoniles me recibió, y con el susto no previno el descubrirme, o no quiso; y sin mirar en el punto de quien sirve con pecho noble a una Dama, me dejó que no es posible, si no que Enrique no fuese en esta ocasión Enrique. Esto me tiene tan muerta, que para que resucite, solo su muerte en mi rabia nuevamente hará que anime; muera un ingrato, que ciego depuso la causa firme por otra, que el accidente tal vez pudo deslucirle. Tú estás ofendida de él, y con razón; pero dime, no será bien averiguar, antes que te determines a olvidarle, si su amor es verdadero, o le finge? Cómo ha de ser? De esta suerte: aquí mi enredo principie. Un hermano que yo tengo, tan otro yo, que ya dicen somos los dos uno mismo, por la semejanza, sirve a Don Enrique, señora, y sin que nada me implique, yo he de apurar si te quiere, pero tú has de reducirte a lo que yo dispusiere, sin andar en tiquis miquis. Pues qué intentas? Que unos días, sin dejar de verle, ni oírle, no le has de hablar. De qué manera? Desde hoy muda has de fingirte, y por señas, lo que tú quisieres, has de decirle. Y qué he de averiguar con eso? Cuerpo de Dios, son anises las Damas Mudas, que todos con defecto tan terrible las han de querer? con esto logras, si amante prosigue, saber, que a ti solo quiere, pues quien con tal falta insiste a amar, no tiene otro amor. Es tan fácil lo que dices, y a mi entender tan seguro, que es bien que esta noche aplique el remedio, si a la reja viniese. . Yo iré a decirle a mi hermano que le traiga, y tú lo demás no imagines impedimiento, que a todo he de dar con mis ardides salida: y ha mucho tiempo que en la reja no le oíste? Un mes, que en Cadiz ha estado, y aunque de él volvió, oírle, ni verle pude estos días, por ser los que no permite el duelo salir, donde con nadie se comunique. Ya he averiguado con esto lo que a mí me dijo Enrique: pues señora, ya la noche de negras sombras se viste, vete a la reja, y a Dios. De tu ingenio es bien confíe. Voy a avisarle de todo a mi amo, mas sin decirle, que ella fue la de la joya, que esta es solo bien se aplique para mí; como tampoco que ser ella muda finge, que importa; mas de este tío los pasos es bien registre, que si me lleva la Dama, acabaranse los cristes. Ay amor, y como truecas fáciles los imposibles! Pruebe Enrique los rigores de un silencio, hasta que averigue si es cierta la ofensa, y luego a la venganza se apliquen de mi agravio el noble impulso de las iras que me irriten, despreciando a ceños todas las finezas que le rinden, porque advierta su cautela, porque sus traiciones miren, que hay venganzas nobles, donde pudo haber agravios viles. Lo que digo es cierto. Déjame, Socarrón, que tú me has muerto. La muerte de su padre fue la herida, que a Cintia hará callar toda su vida. Muda Cintia? qué pena! Cualquier mujer que es muda, siempre es buena: de eso la pena infiere? así estuvieran todas las mujeres. Y pues te he declarado todo lo que ha pasado, no ya te desconsueles, pues podrás escucharla por papeles este noche a la reja. Nunca podrá aliviarse aquesta queja. Esa es acción penosa. Dime, y estaba Cintia muy her- mosa? Eso es cosa probada, porque tuvo la boca muy cerr Defecto, aunque la abra, en ella in- fieres? Tienen en ella el Diablo las mu- geres; mas llega, que ya ruido en la reja he sentido, y que es Cintra no niego. Sin alma, y vida a su presencia llego. De risa estoy perdido, como una criatura se lo ha creído. No al retórico idioma de la queja la voz fallezca aprisionando el labio, porque será el silencio menos sabio, si sujetarse de un dolor se deja al alma mía, que de vos no aleja; la justa adoración se le hace agravio, sin que la comunique el desagravio: mudo el lenguaje, que la acción hosqueja, padezca, si el que sentiros viere de un padre, en quien la parca fue homicida, la muerte; mas creyendo vos que os quiere amor, a este dolor lo cruel impida, que quien si vos muriendo con vos muere, cobrando vida vos cobrará vida. Pues la noche no deja hacerle señas, vea, pues, mi queja reducida a la suma expresión, que veloz formó la pluma. Ay de mí! que su cielo huyendo de mi vista a mi desvelo, a la perenne pena del triste infausto Abismo me condena. No ves que es intratable querer, cuando está muda, que te hable? Un papel me ha dejado. Pues en él se verá lo que te hablado. Ven a leer de mi suerte esta sentencia de su vida, o muerte. Vamos, que es bien que acuda al bello criste de la Dama Muda. RNA DA SEGUNDA

JORNADA SEGUNDA

Enrique quedaba ya tan muerto con tu papel, que sin que haya culpa en él, llorando su pena está. Todo es rabia, todo es susto, no hay alivio a su aflicción, ya está con el candilón, en el Hospital del gusto; y si mi hermano imagina dar alivio a su dolor, muy humano con su amor apela a Cintia divina: pierde por puntos el juicio, y si de punto es su pena, por punto su alivio ordena con un puntual beneficio; púndonosa imagina, que es el puntillo lo más; y si hablarle al punto vas, serás puntal de esta ruina. Cómo ir a verle? primero (ay Enrique!) consintiera que a mi presencia volviera muerto, puesto que yo muero. Tan muerto le tienes ya, que es lástima, y compasión, échale tu bendición, quizás resucitará: baste un desprecio, señora, para prueba de su amor, que ya le sobra el dolor, y se le llega su hora. No espere de mi bonanza, que es ya su queja perdida; si a mí me falta la vida, qué le queda de esperanza? Pojimo contemplo el día de mi partida infelice; si mi labio su mal dice, qué bien deja a su porfía? Mi tío (ay de mí!) es preciso que pronto a la Corte llegue, y de la ausencia me entregue toda una muerte en aviso. Templa, señora, el enojo, que si a morir te convienes, cierras el ojo a los bienes, y él abrirá tanto ojo. Por una carta he sabido, que en medio de su partida está (por una caída) en Cordoba detenido, que como lince examino las veredas de su amor, soy valiente salteador, y al atajo me encamino. Alienta, señora, y mira, que hay remedio para todo. Como darás vital modo a quien apenas respira? Cómo. Linda gracia, cierto, cuando hay humor que ha sabido, siéndole correspondido, resucitar al ya muerto! Cuál es ese? Él de la flema, que es medio muy oportuno para no morirse uno, y reventar la postema. Eso a ti solo te pasa, que no sientes mi cuidado; como estará sosegado un corazón que se abrasa? Dándole materia al fuego, que es hidrópico, y creed, que saciándole la sed, templará el incendio luego. Y como es dable hallar luz para mi remedio aquí? Cómo? Negándose a sí, y cargando con la Cruz. Qué más Cruz por testimonio buscas, que el tormento mío? Que huyendo de la del tío, sigas la del Matrimonio. Eso no será negarme, que antes será condenarme. Acabaras de entenderme, ya que yo no de explicarme. Di, Socarrón qué, tan fino está Enrique, que le ha hecho mi desprecio a su fiel pecho perder de cuerdo el camino? Que tal está su alma bella en eso no pongas duda: Quien, viendo una mujer muda, no pierde el juicio por ella? Tal vez dicen, que a porfía forma batalla consigo, diciendo, que es su enemigo, y se venga en fantasía. No me basta lo que siento en tanto golpe fatal, sin que para mayor mal se me añada otro tormento? Esto, señora, no tiene mas que un remedio, a mi ver. Cuál es? Si es que le has de hacer, en irle a ver se contiene, hablándole, que con eso, (aunque su incendio es atroz) con el aire de tu voz desahogará su exceso. Pues deponiendo el cuidado de mi tío, determino (pintándole tú tan fino) corresponder a su agrado; y al mismo tiempo, que sienta mi rigor, y mi desdén en concederme a su bien, y negarle lo que intenta; mi voz no escuche jamás, que es la causa de su pena; sienta, pues que me condena a desconfiar, que es más; temple yo, sí, su rigor con mi presencia, porque si está rendida su fe, bien es la ensalce mi amor ya me detérmino a ir a verle, de fiel movida, no he de ir a darle la vida, si antes a verle morir. Lindamente lo ha creído mi buena Cintia! aunque airada, tan bella es para casada, como él es para marido. Ahora me importa mirar el como he de urdir la trama, que la joya de esta dama, mía se llegue a nombrar; y hoy día no lo condeno tal modo de proceder, porque es muy fácil hacer propio caudal del ajeno; pero ya lo he discurrido, manos, y a ello, que es tarde para ir sin que nada aguarde a parir lo concevido; no se pierda la ocasión, que hoy con el astuto acecho, si el parto viene derecho, tiene joya Socarrón. Se postró del todo al cruel ingrato tirano esquivo rigor, aquella esperanza, que labrada a los principios al búril de una constancia, el elevado edificio formó de mi amor, hollando los capitales altivos de los favores, el sumo dulce soberano impíreo de aquella deidad, que cultos de ansias, y de suspiros, son holocaustos que admite por más propios sacrificios. Díganlo de este vibrado Dardo, que con el nocivo celoso veneno esgrime el desprecio, y no el camino de Cintia las letras, siendo al amante pecho mío algunas puntas que hieren aún el aliento que animo. Celosa, en fin, por haber sin duda alguna sabido, que en San Damaso a una Dama libré, según averiguo, se muestra (válgame amor!) Pues qué ofensas? qué delito? En desdoro suyo fue, que yo cumpliese advertido cómo Caballero? Mas adelantando el juicio por su papel, no es ya tanto el agravio que imagino por esto, cuanto porque con la joya (qué delito!) me quedé: Pero si Cintía fabricó de estos indicios el agravio, porqué noble no conoció los motivos, que en mi disculpa se ofrecen, antes de dar con altivo voraz impulso la muerte a mi amor en el olvido? Porque así mi adversa suerte para mi dolor lo quiso. Si acaso el dueño de aquesta joya a Cintia se lo ha dicho conociéndola? Bien cabe; pues ahora me determino a enviarla a Cintia la prenda, porque advierta, que no ha habido en mi más intención, que la que el acaso previno. Y así con Socarrón::: mas Cielos, qué es esto que miro! Vive Dios que esta es la Dama, según el traje, y vestido, de la joya. Don Enrique? Qué mandáis, señora? Oídlo: conoceisme? Aunque pudiera el tormento en que yo vivo olvidarme de un acaso, habiendo, señora, visto otra vez aquese traje en San Damaso:: . Quédito hablad, que temo que escuche. Quién ha de escuchar? El lindo espectáculo de amor, de quien amante y rendido vivió: Ay joya del alma a lo que obligas! Qué he oído? Cintia, aquella Muda Dama. No me engañaron mis juicios en que ambas se conocían. Yo vengo, en fin, señor mío, por mi joya, que no quiero ir añadiendo motivos a mis desprecios, que bastan los que por ella he sentido, a pique de que mi hermano, (yo no sé lo que me digo) sabiendo que os adoraba, indignado, y vengativo me quiera por vos matar. Cielos qué escucho! Y es fijo que lo hubiera hecho, a no haber resuéltose mi cariño a olvidaros, porque sois un necio, un mal nacido, un descortés, pues oyendo el precepto que os previno una Dama, de guardarla, vos, muy puerco, y presumido, haciendo mucho de joya, sin respetar lo que os dijo, la dejasteis, y os venisteis; y estos son buenos estilos para las que sin vergüenza andan por aí, con designios, de que compren sus favores hoy los hijos de vecino: para Damas de mi porte no (bastante os he dicho) y haréis muy mal de pensar que yo soy del baratillo. Señora::: . Venga mi joya. Escuchad. Nada he de oíros. Ni yo he de daros la joya, hasta saber muy distinto quien sois, y como sabéis que amante de Cintia fino idólatro su silencio. Vive Dios que soy perdido, . si antes que venga Cintía no me da la joya; digo, que no os detengáis en eso: (lindamente me ha ocurrido) . puesto que os podrá estar mal. A mi mal? Por qué motivo? Porque si Cintia celosa, solo por haber sabido que tenéis mi joya, está; qué hará cuando llegue a su oído, qué dármela no queréis, prosiguiendo inadvertido en queterme descubrir? y no puedo permitirlo, porque Cintia es mi sobrina. Ay más lindo laberinto! Si con aquestas noticias darla la joya resisto, es aumentar el agravio, que ya de mí ha presumido Cintia; y no es el estado hoy de mi amor tan propicio, que si añado estás sospechas, dejen de ser más esquivos sus celos; y si las dos se comunican, es fijo, que está ha de decir a Cintía lo que aquí pasa conmigo: pues ahora bien, Cintia sepa, por aquel propio camino, que juzgo el delito cierto, como no es cierto el delito. Señora, a vuestras razones he quedado suspendido; mas no para obedeceros; y pues ya que no consigo ver vuestro rostro tampoco por lo mismo que habéis dicho, intento añadir recelos al tirano dueño mío. Tirano dije, es verdad, y vos no extrañéis oírlo; si tan por extenso todo hasta aquí lo habéis sabido; y puesto que no presumo ofenderos con deciros, que adoro a Cintia, esta es vuestra joya, la que ha sido bastante estorbo a mi amor, y rémora a sus cariños: Tomadla, y ni vos, ni yo demos a Cintia motivo a su enojo; más decidla, (si es que a verla vais) lo fino que por ella ando, pues viendo delante de mí un prodigio de belleza (que claro es lo seréis vos) no he querido por entrambas, mas que vean el modo con que yo sirvo. Clavose: yo os agradezco, y muy muchísimo estimo el garbo. Qué veo, Cielos! Con que aquí:: Ah fementido! Restituis la joya? Ah falso! Qué cortés, y qué rendido. se muestra! mas si las iras no me confunden el juicio, aquella es mi joya. S la tomo, porque imagino, que el tomarla yo, sea el Iris que temple. Qué es lo que he oído? La tormenta de los Celos. Qué aguardo con lo que he visto, que no me vengo? y más cuando joya, que al adorno mío sirvió, la dé este traidor a otra? Qué es lo que miro! Vive Dios, que aquesta es Cintía: malogrose mi designio; pero antes que ella irritada me descubra, he discurrido un nuevo ardid, que de entrambos me vengue a un tiempo mismo. Señoras, mirad. Enrique, estos desaires conmigo permitís? pero muy presto quedaréis arrepentido. Aguardad, porque si Cintía: no la sigo, no la sigo, porque ya no importa nada; antes, que hayas venido en esta ocasión, me alegro. Qué esto oiga! llamas respiro! Qué te irritas? aún no están tus errores convencidos con tan grande desengaño? Pues qué ignoras lo que has visto? Pues dime, ingrata, esta joya, por quien tú a mí me has escrito tantos desprecios, no vistes que a su dueño (que es el mismo que ahora salió de aquí) se la daba? Dilo, dilo. Ay mayores confusiones! Si es mía, como me ha dicho qué es de aquella Dama, Cielos? Que no es suya? Ay laberinto mayor! Pues ingrata, dime, puedes negarme, que es fijo que es tu tía aquesta Dama? y que de ella tú has sabido el lance de San Damaso; de qué has tomado motivo para culpar a mi amor, y aún de ella, según me dijo? Admírate, que es mentira también el que ella ha venido por satisfacerte a ti, y desvanecer los juicios, a pedirme la volviese la joya, sin que haya visto yo hasta ahora su rostro? Y en fin, si todo es fingido cuanto he dicho en tu concepto, creeré, que el premio a que aspiro de tu amor, mas le embaraza mi suerte, que mi delito. Qué es esto que por mí pasa? . o él se hace desentendido de la verdad, o él ignora, que la Dama, a quien muy tibio vio en San Damaso, soy yo; pero este confuso abismo de dudas padezca el alma, mas sea sin el perjuicio, que la vista de este aleve causa al dolor con que vivo. Detente, Cintia; pues como en tan fiero laberinto de penas dejas mi fe? Mira que el pecho en que animo, al aire de tus desprecios, el alma de mis suspiros ha de faltar, si prosigues los rigores excesivos; no he de dejarte salir, hasta que creas, que es fijo cuanto yo te he asegurado: Cintia, mi bien, dueño mío. Señor. . No es Socarrón? . Mas no, que según él dijo, será su hermano, que es todo a él muy parecido. Don Sancho Girón, en fin, pretende hablarte. Qué he oído! Hay más sobresaltos, Cielos! Quién sea yo imagino este Don Sancho Girón. Señor, dice que es el tío de Cintia. . Menos ahora lo entiendo, ni sé el motivo que le mueva a verme a mí: Di que entre, y tú en el retiro está de esa alcoba, en tanto que averiguo su designio. Esto me faltaba ahora: Cielos, si él habrá sabido que en casa de Enrique estoy? Hay más raro laberinto! Mas como este hombre ha llegado sin que yo lo haya sabido? Cintia, mi bien, no te excuses a ocultarte, que es preciso, pues se arriesga tu decoro, hallar en tu ausencia alivio. Confusa estoy, no sin causa, cuando en su venida miro mi voluntad malograda, y expuesta a tanto peligro. El cielo hermoso de Cintía parece que suspendido, haciendo lenguas las luces de sus dos astros benignos, explica confusamente su admiración al oírlo. Pedro Urdímalas me asista en enredo tan no visto, que si hoy la joya no es mía, no lo ha de ser en los siglos. Señor Don Enrique, estáis en casa, que muy erugido viene de presente un hombre, que paso de Barbilindo, y es pera de Barbacana, renacer para serviros. En mí tenéis un criado tan fino, como rendido, a quien podéis sin zozobra mandar: Cielos, yo no he visto tal aspecto, ni escuchado hasta ahora tan raro estilo; aquí el asiento tenéis. Lindamente lo ha creído: . sentaos vos. No puede ser. Ya os obedezco. Ya os sigo: qué visita será esta? Va, pues, de chasco, y aplico, para blandear este pecho, algunos madurativos: Tenéis alguno de mí? No más, que el haberme dicho ese criado, que sois Don Sancho Girón. El mismo. Pues ved lo que me mandáis, por si serviros consigo. Estamos solos? que importa. Muy bien podréis descubriros, que en mi casa no hallaréis más oídos que los míos. Qué bien se clava el pobrete! Pues sabed, como he venido a ser Argos de mi honor desde Sevilla en un brinco. Él viene capaz de todo, aunque incapaz le examino. Pues llegando a mi noticia, como vos fuisteis el mismo que en San Damaso librasteis a Cintia (de quien soy tío) de unos ladrones, cobrando una joya que malignos se la llevan. Qué escucho! luego Cintia fue el prodigio, que hizo en su pena, por suerte, dichoso el afecto mío? No puede ser; más es fuerza suspender ahora el juicio, que es acreditar sospechas, si en algo su voz replico. Es cierto, señor Don Sancho, que hasta aquí me habéis tenido suspenso, mas ya conozco ser lo que juzgué distinto: proseguid. Pues no ignoráis, como es muy mal parecido, que vos tengáis una alhaja que en mi sobrina se ha visto? Ya le voy dando la purga. Y así resuelto he venido tes de ir a ver a Cintía) a cobrarla, que me irrito: Vive Dios, siendo quien soy, solo al llegar a decirlo: Si salgo bien de este enredo, . será milagro exquisito. Siento en el alma, señor, que vengáis mal persuadido, pues no para en mí ese broche que decís, y así os suplico, que no paséis adelante sobre el caso. . Aqueso es lindo: ahora me queréis negar, que vos fuisteis aquel mismo que la libró, y se quedó con la joya? Somos Indios? Sosegaos señor Don Sancho. Soy un diablo si me irrito: venga mi joya. . Escuchad. Si no la dais, no he de oíros. Cielos, qué es esto? mil dudas combaten el pecho mío! Si es de la tía la joya, cómo es de Cintía? pues dijo, que ella en San Damaso fue la que se halló en el peligro: Y claro es que fue su tía, porque Cintía en el conflicto de su padre, como había de salir al campo? Es fijo; pero aunque finja Don Sancho que es su sobrina, es preciso negar que yo fui, supuesto que en entrambas Damas miro el agraviar a Don Sancho como hermano, o como tío. Cierto que me parecéis un grandísimo pollino. Por qué, señor? (qué grosero!) Porque no habéis respondido sí, ni no, que son palabras que saben decir los niños. Pues porque vos no juzguéis que a vuestra razón no asisto, oíd mis disculpas, que yo:: Deteneos, que no admito más razón, que dar la joya en mi mano; o vive Cristo, que a estocadas haré yo . que hagáis todo lo que os digo: como tan mal pleito tengo, a barato lo he metido. Suspended vuestros enojos, pues no puedo competiros. Claro está, que soy Girón; y harto con esto os he dicho: pero a reportarme a mí no basta el que estéis rendido, sino el que me deis la joya, antes que os pegue los chirlos. Fuerte empeño! Y si Don Sancho, antes hubiera venido que las Damas, con la joya templara yo su delirio. Qué decís? Qué responderos no puedo descomedido: el respeto me detiene, pues en él es en quien fío, habiendo muerto su padre, lograr de Cintia el prodigio. Sacad el acero. . Ya lo hago, para rendirlo a vuestros pies, que esas canas suspenden el valor mío. No hay más canas que la joya, no os andéis ahora en pelillos, que os paso como una breva del primer bote, por Cristo. Pues la ocasión de esta lucha hoy con esta acción la evito, más vale perder la joya, saliendo de este peligro, que no ver lidiar así un amante con un río. Qué intenta Cintía? Qué es esto? pero allí mi joya miro. Desde luego dije yo, como os miré mozalvito, (no me espanto) que sin duda se la darías muy fino a alguna Dama; ya veo que la mocedad lo hizo, que estos son comunes casos en pocos años precisos. Ya logré lo que quería, lo demás se me da un pito: quedad con Dios, y otra vez a hombres como yo, confío, que los despachéis más presto si os veis en otro conflicto. Salió mi industria también como la idea previno: oh mámola, señor Enrique, que yo soy Socarroncillo. Confuso he quedado aquí, y al mismo tiempo, corrido de ver, que Don Sancho lleve de mí tan malos indicios, viendo una Dama encubierta, que está oculta en mi retiro. Y ver a Cintia obligada a tal acción me ha tenido casi sin mí; pero a esto sea el silencio el alivio, cuando es forzoso que pase con la obligación de fino, a ver si Cintia peligra en la indignación del tío. En el dilatado golfo confuso piélago inmenso, por donde inconstante surca el bajel de mis deseos, al soplo iracundo altivo voraz de tanto tormento, encrespando de sus ondas los torbellinos soberbios de tantas penas, y tantas dudas, solo yo navego, expuesta al cruel vengativo airado impulso soberbio de mi tío, que en el mar de tanto impensado ceño de desdichas, es la fiera cruda borrasca que temo. No les bastaba a mis ansias amorosas, el desprecio de un agravio que lloraban, sin añadirlas un miedo? No bastaba a mi dolor zozobrar al sentimiento de tanta duda en que vive, sin que ahora tema otro riesgo? No bastaba haber oído a un falso amante halagüeño tanta mentida disculpa, sin un peligro tan cierto? Como saber, que mi tío, apenas llegó, cuando hecho capaz de todo mi amor, (sin saber quien de todo esto pudo darle parte: ay triste!) a Enrique busca primero, para que la joya (ay Dios!) (ahora el repetirlo tiemblo) le volviese? Mas por qué en lo que vi me detengo, cuando si viene mi tío, que me dé la muerte temo? Qué haré? Pero en este caso de otro valerme no puedo, que de Enrique: mas qué digo? Yo le nombro? Yo me acuerdo de él, cuando con sus agravios tantas ofensas me ha hecho? Pero a quién he de acudir? porque si busco el remedio en otro, a mi amor, yo misma aquí, por mí misma, ofendo; y aunque a mí me agravie Enrique, agraviarle yo no debo, ya que no por él, por mí; y así, en tal terrible empeño, ceda mi queja al amante pundonoroso deseo, y para que venga ahora, un papel escribir quiero a Enrique. Si alguna vez se vio con el pensamiento volar la planta, hoy en esta pudo lograr mi afecto. Cintia está aquí, y un papel divertida está escribiendo, no es tiempo que se detenga, cuando un peligro violento la espera. Cintia, señora, admite ahora (deponiendo las quejas, hasta que de ellas pueda asegurarte el tiempo) el que me ofrezca a servirte. Yo, mi bien, vengo resuelto a librarte del rigor de Don Sancho, pues es cierto, que contigo ha de mostrar su enojo, cuando el recelo, que tiene de nuestro amor, (por mi parte decir debo, que por la suya no sé: ay de mí! si deba creerlo?) podrá obligarlo; y así, conmigo ven, porque intento dejarte en seguro, dando lugar a Don Sancho en esto para que temple las iras, que después al rendimiento con que intento persuadirle, pidiéndote por mi dueño, se convencerá. Qué escucho! Ya con nueva vida aliento; bastante satisfacción me ha dado, no más silencio: Mas qué digo? ya a la Dama, que en su cuarto mismo vieron mis ojos, por quien fingió tantas ficciones de enredos, no puede ser que la quiera? Sí; pues hablarle no quiero. Porqué a la imaginación dilatas, señora, el tiempo? No temes tanto peligro? O que sea no merezco Atlante firme mi amor de tu soberano cielo? No respondes. Que ya lo hace, dice, en lo que va escribiendo. Enrique, voy a valerme de ti, como Caballero en este empeño, y lo estorba el sesaire de otro empeño: Viven los Cielos, que harás que pierda el entendimiento. Porqué? Porque no he de creer que fueses tú (el juicio pierdo!) la Dama, que en San Damaso me dejó la joya, puesto, que aunque al socorro de un manto apeló su rostro, dieron bastantes señas que no eras su talle, y su entendimiento: Qué quién era? (ay más desdicha!) Pues tú con tus ojos mismos no la vistes en mi cuarto? No sabéis quién es? Es bueno, cuando es tu tía carnal. Qué dirán de este embeleco mis oyentes. En verdad, que yo la joya me tengo, que era lo que más deseaba; que mi amo de amores muerto es el blanco de los chascos; que Cintia con su silencio apura el amor de Enrique, encontrando nuevos celos a cada paso; y que yo soy la causa de todo esto, haciendo a los dos amantes a uno mudo, y a otro ciego: Y que si viene este tío que yo me finjo, es bien cierto que me han de matar a palos: pues ahora bien, yo no quiero aguardar tan mala paga, pudiendo tener buen premio. Yo cojo todas las cartas, que vienen por el Correo, de Don Sancho, con que sé que se está el pobre muriendo en Cordova; y si se muere se ha de saber y mi enredo se descubre, y también que todas las cartas leo, y las guardo para Cintia, yo la voy entreteniendo, con decir que no hay ninguna; con que para acabar presto toda esta máquina, solo falta discurrir un medio, con que hacer que Cintia hable, que hablando, está descubierto a favor de Enrique todo, y él agradecido, espero que me ha de premiar; pues ea, Socarrón, donde el ingenio está? Mas no es fuerte cosa, que cuando otros buscan cuerdos remedios para que callen las Damas, yo sea tan necio, que para hacerlas hablar, porque importa, no le encuentro? Mas ya le hallé, y el más raro discurso que ha visto el tiempo, para hacer, aunque no quiera, que hable Cintia, donde oyendo Enrique lo esté; y pues miro, que allí están los dos, empiezo: Señor, señora. . Qué traes? Ay de mí, que vengo muerto! Don Sancho Girón tu tío, está a la puerta. Yo muero. Nada temas, que yo estoy a defenderte resuelto. Que le diga que entre? Sí: voy a obedecerte. Fiero lance! Que me esconda dices? No es mejor que aquí acabemos de una vez con tantos sustos, sobresaltos y recelos? Vea Don Sancho, que yo valerosamente cuerdo, lo que adquiero como amante, como esposo lo defiendo. Qué lloras mi bien? advierte, que no se evita este riesgo con esconderme, mas ya, por no darte sentimiento, te obedeceré; ay sollozos de amante beldad, que tiernos poderosos dueños sois de los imperios del pecho! En esta cuadra me escondo. Qué es lo que me pasa, Cielos! si me habla mi tío, es fuerza que le responda; y si oyendo está Enrique, se descubre aquí todo el fingimiento; si no le hablo, será darle motivo con mi silencio, a que la que trae sospecha, sea ya cuidado cierto: Y si le hablo, aunque de Enrique la admiración sea lo menos, habenturo no averiguar por ahora tan claros celos; pues qué he de hacer? mas ya llega. Si ahora no habla, volaberun Cintia: sobrina, lloráis? Es este el recibimiento que me hacéis? bueno a la fe. Ea, hablad, no tengáis miedo, que aunque ya de vuestros pasos muy bien informado vengo, no importa, si no se cae, el que haya algunos tropiezos: Vive Dios que no resuella. Qué tosco que es, y qué necio! No respondéis? Estáis muda? Él no debe de saberlo. Yo os tengo un novio admirable; ni aún a novio? malo es esto! mas la he de apretar: el llanto suspended, y dadme luego los brazos. . Esto ha de ser, si no yo:: Pues qué, tenemos desmayo? Voto a Cristo, que esto va de diestro a diestro: mire lo que son mujeres! Aay más lance! hay más aprieto. Pero no la ha de valer; y pues fingido le creo este desmayo, con otra ficción ha de volver presto: Con este puñal, infame, has de morir. Deteneos, que antes que a ella deis la muerte, me habéis de matar primero. Ay de mí! sin alma estoy! Un empeño en otro empeño se enlaza. Embozaditos en mi casa? Bueno es esto: por eso callabáis tanto. No doy por mi vida un bledo, habiéndose perdido este lance: Caballero, que de noche y embozado (yo estoy temblando de miedo) os hallo en mi casa, a qué habéis entrado aquí dentro? Eso lo sabréis después si me seguis: Asi intento sacarle fuera de aquí, que en el Campo mejor puedo asegurarle quien soy; y aún de esta suerte remedio el que con Cintia se quede, pues llevándole, doy tiempo para que se ponga en salvo, ya que Socarrón atento en casa está. Vamos, pues: este es de salir el miedo de aquí, pero no a reñir, que yo no soy para ello. Agradeced, sobrínica, al desafío que acepto, no poneros como un pulpo; esto os digo, y Laus Deo: Vamos, pues. Ay Cintia mía, qué contrario el hado adverso impide con tantos sustos de nuestro amor los aciertos! Ya se fueron (ay de mí!) ya es preciso en tanto riesgo poner en salvo mi vida, si es que no lo estorba el Cielo. JORNADA TERCERA

JORNADA TERCERA

Si no es posible que el pecho, que noble sangre mantiene, jamás de una vil acción consienta dejar vencerse: como Don Sancho a este lustre de la sangre, tanto ofende en esta ocasión cobarde? pues burlando infamemente mi atención, cuando juzgué que al campo conmigo fuese, desapareció: mucho es que la vergüenza me deje repetirlo, pero de esto saco otro daño evidente, pues él sin duda habrá vuelto a su casa, donde teme mi amor, que Cintia peligre, porque el tiempo ha sido breve, desde que juntos los dos salimos, con que pendiente el riesgo de Cintia a todo trance, arrestado ya vuelve mi valor para sacarla. , l Caballero, si es que os mueve el peligro de una triste mujer, a que noblemente ejercitéis en su amparo vuestro valor, a él confiese mi desdicha esta fineza, llevándome donde quede libre de las crueles iras de un hermano: equivóqueme; pero no importa. Señora: ahora este estorbo sucede, para que aquí mi valor de acudir a Cintia deje. Qué decís? Que aunque el acaso de otro suceso como este llamando mi obligación está, no podrá abstenerme de serviros, y más cuando tan cerca de aquí mi albergue tengo, que dista no más de dos puertas. . Es mi suerte tan fatal, que por ahora ningún reparo consiente. Quién será esta Dama? Vamos. . Seguidme. Hados crueles: pero como de mi tío me libre, adonde fuere, no debo temer más daño. Mi cuarto, señora, es este, y aunque oscuro, en él podréis estar en tanto que viene mi criado, o que yo vuelvo, pues sabéis, que detenerme no puedo, cuando un cuidado me tiene el alma pendiente. Válgame Dios! dónde estoy? Que hubo mi hado inclemente de dar con un hombre, Cielos, a quien también sucediese con otra Dama otro empeño, para que sola me deje en las tenebrosas tristes oscuridades de aqueste cuarto, ignorando yo el dueño que le posee! Pero de aquella puerta, para abrir la llave mueven: quién será? Que haya salvajes, que por refur cabalmente un desafío, se maten! Me admira, cuando se puede quedar bien y sin reñir, como yo ahora de presente hice con mi amo; pues él, creyendo que yo siguiese sus pasos, iba delante más tieso que un reguílete; pero al volver de una esquina ya de seguirle enfademe, y en lo oscuro de un zaguán, sin que él notar lo pudiese, me metí considerando en esta ocasión prudente, que era locura matarse ascuras, y sin que viesen el valor de mi persona. En fin, a mi amo dejele con este engaño burlado, y me vengo lindamente a casa a ser Socarrón, libre ya de que me cueste el ser Don Sancho, muy buenos palos. . Cielos valedme! No es mi tío a quien habrá sucedido (lance fuerte!) tal desdicha! como pudo saber, que yo aquí viniese, si con Enrique salió? Que hubiese de ser mi suerte tan fatal, que al mismo sitio donde él venga me trajese! Si este cuarto es de mi tío, y aquel que a favorecerme llegó, es algún criado suyo? más serlo no puede, según lo que al irse dijo; y aunque en esto haber pudiese algún engaño, como ahora del desafío se vuelve tan presto, y trayendo luz? Pero qué hay que detenerse en juicios, si a cada juicio mas las confusiones crecen? Ya se llega: ay de mi triste! Lo que enfadado me tiene, y muy mucho, es esta Cintia, por ver que adelante lleve la tema de estar de muda, no más de porque ella quiere: Y vive Dios:: . Qué temor! sin duda a matarme viene; y primero que a sus iras el último aliento aliente mi vida, ha de dilatarla la industria lo que pudiere. Mas yo la haré hablar, y ahora quiero sobre este bufete poner la luz: mas qué es esto? Jesús. Jesús! Aquí hay duende. Vive Dios que a cada paso nuevos sustos me suceden: quién está aquí? no responde? Sin duda Don Sancho es este, que habrá muerto, y a tomar satisfacción de mí viene, porque me finjo ser él; ya me agarra los juanetes: Ay que me llevan los Diablos! Mas como mi valor teme de una ilusión, Duendecillo? haca, o Fantasma, o lo que eres, esperame, mientras voy a ver si esta luz me enciende un vecino Tabernero, porque es oficio, que siempre cierra muy tarde la tienda, que ya vuelvo como un cohete. Ya no se escucha del eco, en que prorrumpió impaciente las voces: mas qué he de hacer si otra vez mi tío vuelve? Ay suerte más desdichada! O si tan feliz yo fuese, que hallase la puerta! Oh cómo jamás el hado inclemente, con una adversidad sola al que persigue le hiere! Dígalo yo, que entre tantas, como ya el alma padece, se añade la de no hallar a Cintia, ni el menor leve indicio, que luz conceda adonde ocultar se puede; si bien Socarrón quien duda habrá en esto diligente andado y vendrá a avisarme? Y ser esto así, se advierte, de que no ha venido hasta ahora, y así quiero mientras viene, poner en salvo la Dama, que aquí aguarda, adonde encuentre el acaso, porque yo, ni sé por donde la lleve, ni a qué parte, donde libre, de quien la amenaza, quede. Pasos escucho: ay de mí! Señora. . Si será este el que me ampara? quién es? El que a serviros se ofrece. Pues como me habéis traído, Caballero, donde aumente mas mis desdichas? Qué es esto? Mi hermano: aquesto conviene . decirle, cuando ya él, mi hermano a mi tío cree: Digo, pues, que en esta cuadra entró airado a darme muerte, trayendo luz. Vuestro hermano! Mi hermano. A quién suceden lances como a mí? qué escucho, señora! Como aquí puede vuestro hermano haber venido, si yo vivo solamente en esta casa, y un criado mío, quien solo tiene llave para entrar? En eso no dudéis, pues claramente le vi. En tal confusión el juicio temo perderle. Mi hermano, en fin, os conoce, puesto que tan libremente en vuestra casa se ha entrado. Aunque pueda conocerme, no tengo, señora, yo amigos, que a esta hora se entren tan sin reparo en mi casa; y así porque no sospeche mas dudas, decid su nombre. En decirlo, nada pierde mi honor: Don Sancho Girón, que ha dos días solamente . que de Sevilla llegó. Qué oigo! Cielos valedme: hay más extraño suceso! ya el apurar me conviene quién es esta Dama. En qué os detenéis? No es muy leve, entre los cuidados míos, el nuevo que me suspende. Decid, ese Caballero, no es el mismo que ahora viene, tío de Cintía, a llevaría a Sevilla. . Quién será este hombre, que todo lo sabe El mismo es, mas qué os detiene, cuando a peligro mi vida está, si el tiempo se pierde, en apurar lo que ahora, ni a vos, ni a mi importar puede? Sacadme de aquí por Dios, o haréis que de vos sospeche, que en lugar de darme vida, queréis que me den la muerte. Mal en mi sangre cupieran acciones tan indecentes; y porque no presumáis lo que decís, que atropelle es bien por todas mis dudas; mas solo saber pretende mi cuidado, si sois vos:: Acabad: empeño fuerte! Tía de Cintia también? Seré lo que vos quisiereis. Vamos por Dios. Quién ignora, que esta es, según se atiende de sus razones, la Dama de la joya? y ya me advierte la memoria, que es verdad; pues cuando resueltamente vino a pedirme la joya, me dijo, como las crueles iras de un hermano suyo padecía, injustamente, por mí, su inocencia; mas sobre esto a mí se me ofrecen mil dudas, porque Don Sancho, cuando sucedió este lance, aún no había llegado; y aunque a esto llegado hubiese, como Don Sancho, al pedirme que a él le restituyese la joya, solo por Cintía a tal empeño se mueve, y no por su hermana, a quien por el mismo caso ofende: Cielos, quien ha de entender laberinto como este? Sacadme, por Dios, de aquí. Adónde queréis que os lleve? Donde gusteis. Ahora bien, por si mis dudas fenecen, en casa de Cintia quiero llevarla, donde pretende mi valor el aguardar a que este Don Sancho entre; . y si acaso les negare a mis razones corteses de Cintia la posesión, probará de mis ardientes iras la justa venganza, que a su indiscreción se debe: Venid, señora. Y adonde me lleváis? Donde me mueve otra obligación también. Pues qué, no puede saberse la casa. . Es la de vuestra sobrina. . Qué me sucede! mirad:: . Segura venís. Que yo:: el aliento fallece! No temáis. No puedo. Donde te escondes, diablo de duende? Qué miro! Fatal desgracia! Que el diablo a mí me metiese en ser tío, o ser demonio! Pero ya mi susto cese, pues aquella es Cintia; y quien mató la luz. No es él Enrique? sin duda fue estorbo de conocerle, hablar embozado. . Cómo? Don Sancho (no sé qué hacerme) en mi casa. . Qué os admira? queréis que diversas leyes tengamos? pues es muy bueno, que yo en mi casa os encuentre con mi sobrina? y es malo que yo en la vuestra me entre? Yo en vuestra casa? Excusaos. Como pudo conocerme si el embozo me encubrió? Yo sé muy bien que echáis redes para cazar mi sobrina, y a estorbarlo se resuelve mi valor. . Mal se conoce, y me admira justamente (ya que allí me conocisteis) que de mi valor:: Qué? . Huyeseis. Qué es huir? vive Saturno, que es Dios de la rabia siempre, que vos fuisteis el que huyó; mas no es bien el detenerme en eso, si no saber quién es esa Dama: Advierte que me ha de quita cuando a saber qu do a Esa prevención es vana. Don Sancho, el valor no puede remediar lo que un acaso le desdora muchas veces: a esta señora me toca (pues de mí llegó a valerse) ampararla; pero así que puesta en salvo la deje, si vos me esperáis aquí, yo volveré. Que le acepte es fuerza, porque en tratando del honor de las mujeres, todas mis iras se apagan; pero no podrá saberse de quién huye? De un hermano. Gracias muy devotamente doy al Cielo, porque solo quedé después de la muerte de mi hermano, sin quedarme hermano, que me maree. Qué oigo! Pues como dice, hermana alguna no tiene, si lo es esta Dama. . Ya el encubrir me conviene quien soy, hasta con Enrique, aunque en tal caso me lleve a mi casa, que supuesto que ya quedarse aquí quiere mi tío, yo dispondré que a reñir los dos no lleguen. bien soy llegu Ea, llevad esa Dama, Enrique, donde quisiereis, que aquí os aguardo, y no hagáis lo que habéis hecho otras veces. Vive Dios, que yo:: Ea, andad, y no de cosas tan leves os atuféis. Vive el Cielo, que sus necias altiveces he de castigar, y aquí, por si escaparse pretende, le he de dejar encerrado; pero ahora se me ofrece otro empeño, y es, qué como he de poder resolverme a llevar aquesta Dama en casa de Cintia, si este se queda aquí, y yo no es fácil que allá con ella me quede, ni tampoco hay allá nadie con quién segura la deje? Qué no vais? Ya os obedezco; veré lo que ella resuelve: Vamos, señora. Ya os sigo. A quién, si no a mí, suceden tantos de desdichas juntos, confusos varios tropeles? y cerró la puerta: Ya se fu cual quedaría el camarada, viendo que la hizo cerrada, para que yo la haga abierta: mas ya mi seguro ensancho si desde aquí, y sin ficción me vuelvo a ser Socarrón, dejando de ser Don Sancho; pues con mi amo fingiré, que Don Sancho, al entrar yo, iracundo me pegó muchos palos, y se fue; estos juicios no son malos, yo la verdad apetezco; qué importa, si los merezco, que me achaque yo estos palos? nada, no hay que reparar. Y ya que solo he quedado, para no andar tan barbado, yo mismo me he de afeitar: vaya, y sin el dolor fiero, a que un hombre se dispone la vez fatal que se pone en las manos del Barbero: hombres de conciencia infana son, porque llevan sin tasa, de nuestra carme a su casa para toda la semana. Estas viejas fantasías vayan fuera, yo las dejo, porque aquesto de ser viejo lo han de hacer años y días; que no hace al Monje el vestido, dicen y es falsa opinión, pues siendo yo Socarrón, por Don Sancho me han tenido: mas ya que desnudo estoy, y ser Socarrón ordena el caso, en esta lacena guardando mis trastos voy, vayan adonde está el manto, y la basquiña en reposo, hasta que sea forzoso que ellos hagan otro tanto; mas va de la noche el buz, a boqueadas va espirando; y pues el día aclarando viene, mato aquesta luz, ya mi amo, y yo en esta andanza, cada uno por su interés, él, el Don Quíjote es, y yo soy su Sancho Panza. Pero qué miro! subiendo viene ya por la escalera, y un lindo chasco le espera, para cuyo fin me tiendo como un atún, de contado en medio de aqueste suelo, pues de mi chiste al anzuelo ya le miro yo pescado: lástima es ver como anda Enrique en sus boberías, pues cuando él busca solías, en mi hallará zarabanda. Cómo, habiendo yo cerrado este cuarto, le halló abierto Don Sancho? Pero qué miro! tú eres? Sí, y estoy muerto. Hay más dudas! y Don Sancho le has visto? Pluviera el Cielo no le hubiera visto. Cómo? Porque entrando yo aquí dentro le hallé, y sacando la espada, me ha dado, señor, tan fieros palos, que me ha quebrantado (ay de mí!) todos los huesos. Y se fue? No sino pabas. Habrá más raro suceso! adónde le podré hallar? El dijo, que iba al momento en casa de Cintía. Y dime, adonde has llevado al dueño de mi vida? Que aunque yo a su socorro acudiendo (así que Don Sancho huyó del desafío) bien presto volví a su casa a librarla, no la hallé, y de ti creo, que pues con ella quedaste, la librarias del riesgo. Esta es otra droga, y tanto, que ni la sé, ni la entiendo; pero ya hallé la disculpa. No respondes? Dudas eso como había de faltar mi valor? la cogí luego, y la llevé con su tía. Hombre, qué dices? qué es esto? con su tía? cuando yo ahora de dejarla vengo asegurada en la casa de una parienta temiendo las locuras de Don Sancho su hermano. Pues esto es cierto. Yo he de perder el sentido. Yo no, porque no le tengo; señor, no me queréis creer, que con su tía la dejo? Qué tía? Doña Patricia, aquel prodigio encubierto de la joya, la cual dice, que unas quejas en secreto tiene que darte, y vendrá a darlas dentro de un credo. Qué es esto que me sucede? si acaso delirio, o sueño. hablas de veras? Y tanto, que has de quedar satisfecho, si te aguardas a que venga. Cómo el aguardarme puedo, cuando buscar a Don Sancho es en mi honor lo primero, y apurar tan raras dudas. No es la menor la que tengo de esta tía: aquí entro yo, . por si sacarle algo puedo para mí. Pues qué notaste? Yo, señor, decirlo siento, pero es fuerza. Dilo, acaba. Pues lo mandas, obedezco: Díjome allí al recibir a Cintia, que ya sus medios eran muy cortos porque:: y dejando así suspenso el discurso, yo la dije: Don Enrique es Caballero, que sabrá quedar muy bien. Tal acción extrañar debo en una Dama como ella. Yo no, y tengo fundamento. Cuál es? El haber venido con tanta prisa pidiendo su joya, que aún hay la duda de si es suya. Apurar eso no me conviene, porque cada vez más duda encuentro. Pues qué has de hacer? Aún no tanto, por lo que dices, pretendo restaurar mi obligación con este anillo, que el precio es de ducientos doblones; como porque en ningún tiempo me llegue hablar de la joya: entrétenla mientras vuelvo. Ea, fortuna, en campaña un rico anilio tenemos; pues alto a la lid, basquiña, y manto me fecir presto, y seamos tía, que tío ya lo hemos sido harto tiempo: Pero ya yo al auditorio le oigo que me está diciendo, que es una impropiedad grande fabricar ahora este enredo; pues mi amo ha de querer ver esta tía, y más teniendo el motivo, de que Cintía está en su casa, y el nuevo de querer darla el anillo, y pareciera muy necio dársele, sin obligarla que se descubra primero; pero a todo tengo yo muy pronto el contrabeneno, y es, que a él le enfada esta tía, por cuyo motivo creo, que no la ha de rogar mucho, viendo que no quiere hacerlo. Lo otro, que si por la a de si será, o no, perplejo en dar el anillo está, porque en el conocimiento venga de Doña Patricia (además de ser el mismo este traje que ya vio) para eso la joya tengo, y le diré, que Don Sancho mi hermano, fino, y atento me la dio, y es imposible, que tan claras señas viendo, deje de caer ratoncillo en la trampa de mi ingenio. En esta casa vecina, a persuasión de mis ruegos, me dejó Enrique, salvando la disculpa del empeño, en que quedaba la falta de no quedar prosiguiendo mi asistencia, y muy confuso (sin permitir al deseo la curiosidad de verme sentado, que por el eco conocerme no podía, si muda me está creyendo) se vino donde mi tío le esperaba (qué tormento!) a reñir con él; mas yo resuelta a estorbarlo vengo con hablar (pero qué miro!) este no es el cuarto, Cielos, de Enrique. Como no están, ni uno, ni otro en él, y advierto una mujer (ay de mí!) Quién será? Mas yo he de verlo. Esta es la joya, que envuelta en esta carta del viejo Don Sancho, que yo cogí, está. . Qué es esto que veo? No es mi joya. Sí, la misma; mucho es que el juicio no pierdo, como si mi tío:: mas para qué ahora me detengo en dudas? suelta, traidora. Quién anda aquí? Mas qué es esto? no es Socarrón? Cintia es, di fin a mis embelecos, y muy mal. Cómo, villano, en este traje? Yo muero: señora, con quién habláis? Contigo hablo. No os entiendo, que yo no soy Socarrón. Pues quién eres? Grande aprieto! z0. soy Camusquina su hermano. Verdad puede ser, supuesto que tanto son semejantes; y aún otra vez, si me acuerdo, tuve esta duda: mas dime, ya que su hermano te creo, quien te ha dado aquesta joya? A responderla no acierto. . Acaba, villano, dilo. Quién da tantas voces? pero qué asombro! Jesus mil veces! Ya me oyó. Quedamos buenos. Ya con tantas confusiones, hasta el aliento del pecho se impide, para que el alma exhale el último aliento; como tú en aqueste traje, Socarrón? Luego es cierto, que este es Socarrón? Albricias, alma: Mi bien, dudas eso? pues quién ha de ser? más deja esa duda, y al consuelo solo de mi vida atiende, que pendiente de tu acento, al imán de tus palabras, es el yerro más discreto: como, Cintía, ha restaurado del torpe mudo silencio, la lengua a la dulce clara suave armonía del eco? Primero he de saber yo de aquesta joya el enredo. Advierte:: Cómo traidor, resistes a su precepto la obediencia? Ae de hablar claro. Qué dudas? Pues de ti, señora, espero, que intercedas con mi amo me perdone, pues es cierto, que todo es en favor suyo. Yo de hacerlo te prometo. Pues leed esa carta. Dice así: Sobrina, en Cordova me detiene enfer- mo de cuidado una caída, que di en el camino, y teniendo quebrada una pierna, no podré pasar a esa Corte en muchos días. Dios te guarde. Qué es esto? Que yo he sido vuestro tío. Y qué te ha movido el serlo? El querer que aquesta joya fuese para mí, fingiendo ser yo la Dama también de San Damaso, y para eso con este manto, y basquiña te engañé a ti en el paseo. Qué dices? con que ahora saco, que la Dama que primero se desmayó:: Era yo, quien restaurado el aliento, me vi en la tosca presencia de un villano. Aquese mismo soy yo, que viendo que Cintía (a quien el rostro encubierto no conocí) se ausentaba:: Juzgando yo por desprecio el que me dejases:: Quise ocupar su mismo puesto; y en fin entrando a servir a Cintia por tu precepto. Entre los dos dispusimos, para averiguar mis celos, que yo me fingiese muda. Y ya no hay de que tenerlos, pues yo los daba, y los quito. Con que asegurada quedo, que no fue agravio ya aquel, sino antes merecimiento. No, porque si allí no pude conocerte, prosiguiendo a recuperar tu prenda, mal en mi daño cupieron tus sospechas; mas la Dama, que tapada entré aquí dentro, quien me dijo que era hermana de Don Sancho, tú no siendo, quién pudo ser? Yo. Ay más dicha! Que por temor de mi riesgo salí de casa, buscando quien me socorriese, a tiempo que tu (según ahora saco) con estos mismos recelos ibas en mi busca, donde sobresaltada del miedo, en lugar de decir tío, dije hermano. En fin, viniendo contigo hasta aqueste cuarto, no logré el conocimiento tuyo, hasta que Socarrón con luz a este sitio mismo volvió. Ay más raros lances! Y pues quedan satisfechos los enredos, solo falta del tío el conocimiento, para que os caséis los dos. Nunca pudo ese recelo acobardar a mi amor; y pues con otro no quedo, venga mi tío; pero halle a Enrique ya como dueño de mi vida: esta es mi mano. Yo con el alma la acepto: felice soy. Yo dichosa. Yo el desdichado a ser vengo, pues sin joya, y sin anillo me salgo de aqueste cuento. Toma la joya. Y también el anillo. Pues con eso todos quedamos muy bien, solo falta ponernos los bello Auditorio discreto e la L Porque rdone los