Texto digital

Texto digital de Dama fregona

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Desconocido
Atribución estilometría
Miguel Sánchez Probable
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido corregido por Toquero Pascual y Manrique Balmori a partir de un manuscrito de la BNE.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Toquero Pascual y Manrique Balmori. Texto digital de Dama fregona. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/dama-fregona.

Logo BICUVE

DAMA FREGONA

JORNADA PRIMERA

Melancolía tan grande, Fernán, en temor me pone. No hay disculpa que lo abone ni razón que tal te mande. Aunque sí habrá, que sin ella nunca muda humor el sabio, mas si la hay será en mi agravio. Eso no, Lupercia bella. Con evidencia te arguyo. Esta mi melancolía síguese a imprudencia mía, Lupercia, y no a agravio tuyo; que es mal conforme a verdad ser la tristeza que siento falta del entendimiento, que no de la voluntad. Y tras esta verdad piensa que abonas mal mi juicio, pues fuera el mayor indicio de no tenerle tu ofensa. Algo estoy triste y sospecho que es que no me siento bueno, pero fía que está ajena de esta enfermedad el pecho. Más me pesaría de eso muestra. ¿Sabes de pulso algo? Que para médico valgo un tesoro. Yo lo confieso: sola esta falta tuvieras que ningún pulso tocaras do calentura no hallaras que sin haberla la hicieras. Aquí falta esa experiencia, que aún no hallo pulso. ¡Señal que debo de estar mortal! Encubierta es la dolencia, que aquí no hay de eso señales sino un pulso manso y frío. ¿Qué señales del mal mío puedes hallar más mortales si tocándome tu mano no me abraso? No estoy muerto no está claro. No, por cierto, sino demasiado sano, pues lo que a otro abrasara, como has dicho, no te ofende. Adonde el fuego no enciende ni el hielo sufrió, declara no está el natural al perfecto ni estará compuesto bien, mas sano el sujeto en quien pierden las cosas su efecto. Para decir la verdad, te he hallado de tal suerte que si traes señal de muerte es de muerta voluntad, que en lo demás dasme aquí señal de enfermedad poca, pues ni aun tu pecho me toca; quizá por fuga de mí. Para médico acertado, del efecto no acertaste el principio, pues culpaste lo que te ha más obligado. ¡Fía de mi pecho sano, que tal gloria aquí sintió que en sí el pulso recogió por no espantarte la mano! Tan acostumbrado y XXXX tienes a esto mi pecho que quieres que no haga efecto en él algún alborozo. ¡A fe que quedo corrido! Tú has querido, gloria mía: ¡calle mi melancolía la ocasión que no ha tenido!. Sí la debe de tener, pero no te dan tormento; que otro lugar de contento debe por allá de haber, y enojos de por allá quieres que los pague yo. Mas lo que allá se gozó no lo lloremos acá, que aquesta traza no es buena ni a mí ni a ti satisface; que el mejor consuelo nace de adonde nació la pena. Porque entiendo esa verdad te vengo a buscar a ti. ¿Pena nacida de mí? De ti y de la enfermedad, que ella sola no bastara a entristecer mi memoria. Si no me dieras tu gloria, que la muerte me quitará, ¡la muerte vengo a sentir, pues por ella he de perderte! ¡Que te vuelves a la muerte! ¡Que te vuelves tú a reír! ¡Sí, porque aquesta ocasión ha tu pulso asegurado! Mira que no me has tomado el pulso del corazón. ¡Ríete de mi querella y de mi muerte escondida, y cree que en toda mi vida no me vi tan cerca de ella! ¡Ay, Dios! ¡Ay, triste de mí! ¿Qué es lo que tanto te escucho? ¡Mira que me dices mucho para decírmelo así! Fernando, pues no te burlas, declárateme mejor: ¿qué mal es este, señor? ¡Dejemos aparte burlas! Osa darme de ello parte, pues tengo con limpia fe de aconsejarte, si sé, y si puedo de ayudarte con quien es, si es desafío. Con un contrario tan fuerte que está segura mi muerte; ¡que es contra mí el valor mío! ¡Sin mi valor, confiado no voy, pues puedo decir que está más cierto el morir cuanto fuere más honrado! ¿Cómo podré hallarme, di, consuelos a mi temor, si mi nobleza y dolor tienen de ser contra mí? ¿Desafío puede haber donde tu valor te ofenda? Yo no sé cómo lo entienda si no es que lo has con mujer. ¿Tú, temeroso de ese arte? Pues tanto tu furia abaja, armas traerá de ventaja quien sale a desafiarte. Mira si aciertas la historia y si ventaja tendrá, pues las armas que traerá tienen de ser tu memoria. Tiénesme en tal confusión y dudando en tal extremo, que ni tu peligro temo ni siento tu sinrazón. ¿Quieres leerme esta sentencia? ¿Que no lo aciertas primero? Un enemigo tan fiero, ¿quién puede ser sino ausencia? ¡Llámanme desde mi tierra! Mira si es la ocasión tal, pues el mismo general manda que deje la guerra. ¡Está mi padre a la muerte y esme forzoso partir! ¡Procura, señor, huir, que viene Tiberio a verte! ¡Ya a buen tiempo, porque ataje el triste paso en que estoy; que si de mármol no soy, ¡mal sufriré este lenguaje! ¿Aquí tan de espacio estás? Pues nos faltan a los dos tiempo y palabras, ¡adiós, por si no te viere más! Aquesto que aquí pasó, ¿fue sueño, fue fantasía? ¿Fue Fernando el que aquí veía? ¿Soy Lupercia acaso yo? ¡No es posible! Que a ser él, no se fuera, y si se fuera yo no se lo consintiera. ¡Ni él fue fiel ni yo fui fiel! ¡Cobarde de mí! ¿Dó estaba cuando partir le dejé y con él no me abracé, pues tal traición intentaba? ¡Ay de mí! ¿Cómo ir le dejo? ¿Cómo no estorbé su engaño? Pero, ¿cuándo tan gran daño dejó camino al consejo? ¡Traidor! Pues aún no te ves libre de mí en esta, mengua: ¡que si me falta la lengua, no me faltarán los pies! Lupercia, ¿qué tienes, qué has? ¿Cómo estás de aquesa suerte? ¡Véome casi a la muerte! ¿Lo que sientes no dirás? ¡Siento que el alma perdida de mí se aparta y me dejo! ¡Siento que de mí se aleja a mucha furia la vida! ¡Yo me muero, padre mío! ¿No dirás de qué te vino un daño tan repentino? Ponzoña en el alma crío: ¡tengo el pecho apostemado! ¿De qué le tienes así? De un golpe que en él me di en un mármol duro helado. ¿Dónde los ojos tenías? ¿Tan mal te guían y rigen? ¡En el que se fue, origen de las desventuras mías! Más culpa tendrá la boca que los ojos han tenido. Algo es que habrás comido. ¡A todo la culpa toca! Si yo la boca guardara, ¡no viniera a tanto daño! Mas, a un tan dorado engaño, ¿quién la entrada le negara? ¡Ven, procura reposar! Llamar he a quien te cure. Cura no se me procure, que ya no se podrá hallar. De la ciudad se partió quien a curarme se atreve. Será aquella ausencia breve. ¡Tal bien no me prometió! Siempre los médicos van por muy breve tiempo fuera. ¿Aquese quién es? El que era ya tarde me le hallarán. ¿Quién es? No le conocías; no era médico ordinario, sino solo necesario para enfermedades mías. Era en palabras tan fuerte que me curaba con ellas: ¡que parecía que en ellas tenía la vida y muerte! Tuve con él tanta fe que en él solo confiaba, y así, lo que hoy más me acaba es el pensar que se fue. ¡Dime dónde se ausentó, que le tengo de traer! ¡Lo más cierto habrá de ser haberlo de buscar yo! ¡Sería aquello locura! Él vendrá bien fácilmente, que es siempre una pobre este la que por ensalmo cura. ¿De quién es mejor relación, que yo te le haré llamar? Quiérola así consolar, ya que dio en esta opinión. ¡Ven, Lupercia! ¡Traidor, piensa que verte en tu tierra espero, y ya no porque te quiero, sino por vengar mi ofensa! ¡Gracias a Dios que no quiso llevarme esta vez de aquí, que a fe que dejara en ti harta cordura y aviso! Si antes de verme acabado tratabas de esta manera y tan sin orden que fuera, ¡después de haberme enterrado ya despendías, gastabas como señor absoluto! ¡Galas hacías: fue el luto que a mi muerte aparejabas! ¿Posible es que mi hijo eres y viéndome cual me vi hubiese fuerzas en ti para tratar de placeres? ¿Es hacienda vanidades! No lloro que todo es fuego, ¡sino lloro un hijo ciego que no ve tantas verdades! ¡Buena guarda de hacienda en ti a tu hermano escogía! ¡En muy buen seso ponía sus bienes en encomienda! Pero él vendrá, pues que tiene con qué vivir en su tierra, y tú te irás a la guerra, ¡que es a quien más le conviene! ¡Venga muy enhorabuena, que en esa misma me iré, y días aquello sé y en ninguno me dio pena! De su mayorazgo gocé y de su gracia y favor; que aqueste es el bien mayor que en él mi envidia conoce. ¡Goce su patria y contentos, que yo buscaré la vida sin que ello me impida ni aun debidos alimentos! La bendición y la mano me da, ¡que ya estoy resuelto! ¡Haré cuenta que eres muerto y que ya heredó mi hermano! Quien con tanta libertad procede, ¿bendición pide? Con tu precepto se mide mi gusto y mi voluntad. ¡Albricias, señor! Fernando, mi señor, es ya llegado. ¿Qué es de él? Ahora se ha apeado en casa. ¡Yo te las mando! ¡Verte y es disposición, tan bueno es el bien doblado! ¡Seas, Fernando, bien llegado; dichas mías todas son! ¡Abrázame bien! Que a fe que no imaginé llegar a te ver ni a te abrazar. ¡Más piadoso el Cielo fue! Hermano, ¿qué es de los brazos que a recibirme no vienen? Ocupados esos tienen otros más dichosos brazos. Mi vez esperando estoy. ¡Tras de aquellos es la tuya! No hayas miedo que los huya, pues su misma sangre soy. ¡Tú seas muy bienvenido! Tú en hora dichosa has hallado como señor levantado. ¡Milagro del cielo ha sido! Que cuando te envié a llamar, ¡bien imaginé no verte! ¿Cómo te sientes? Muy fuerte, pues me atreví a levantar. Fue una enfermedad aguda que en breve despachado pasa. ¡Miró Dios por esta casa! Obra fue suya, sin duda. ¿Cómo estáis, Laurencio, vos? Por ahora salud tengo. Y vos, ¿cómo venís? Vengo con ella, gracias a Dios. Seas muy bien levantado y para infinitos años. ¡No me desees tantos daños! Seas, Claudio, bien llegado. Escapé, mas ningún viejo larga vida se prometa. ¿Has guardado la maleta? Todo al recaudo lo dejo. Señor, ¿qué tiene mi hermano que ha tanto enmudecido? Habemos acá reñido, que es un perdido y un vano. Es mozo y no hay que espantar; hase esta edad de sufrir. Pienso que se quiere ir y seríame pesar. Con él, Fernando, te queda y como que nada dije; le reporta y le corrige y la partida le veda. Yo lo procuraré hacer y que lo podré imagino. Quítate eso de camino, Fernando, y vuélveme a ver, ¡que ya con deseo quedo de oír de Aragón hablar! Traigo tanto que contar que lo he de decir con miedo, que para guerra casera tenido ha notables cosas, y en todas las más famosas Aragón fue la primera; que en el término español y obediencia de su rey es la de más buena ley que en el mundo mira el Sol. ¿Cómo en Aragón te hallaste? Como en Zaragoza bella. ¿Cuánto ha que partiste de ella? Seis días. ¡Bien caminaste! Ahora haz lo que te digo; después hablaremos largo. ¡Y acude a lo que te encargo! ¡Pierde cuidado conmigo! Hermano, ¿qué término es este que conmigo se usa? Yo no adivino, que es cosa de aquesta tibieza de él o de la venida mía. A sentir disgusto vienes o algún pesar grande tienes que te impide la alegría. Si esa sospecha en que das pudiera yo adivinar, aunque tuviera pesar disimulárale más; que es tan necio sentimiento ese que a mi cargo echas, que aun solo puesto en sospechas ofende mi entendimiento. En mí había de caber pesar de verte venido. Si de eso hubiera nacido no lo pudiera tener, pues no pudiera agraviarme de lo que estoy agraviado, pues fuera en razón fundado quien pretendiera culparme. Declárate, hermano, claro, que a entenderte nada vengo y yo de soldado tengo hablar y responder claro. Por vida mía, ¿qué es? Una nueva que a oro cobro: ¡dícenme que en casa sobro después que en ella te ves; dicen que te echo a mal la hacienda y soy quien no debía ser, y así pretendo poner a mis desórdenes rienda! Tú que tienes de comer, ¡goza tu patria y tu tierra y váyame yo a la guerra, que buscarlo he menester! Mi padre, al fin, como tal, me advirtió de este consejo, y olvidado no le dejo, pues sé que no me está mal. ¿Cómo que esa niñería te tenga de esa manera y funde en ti esa quimera? ¡Lo que burlando diría…! Muy más cuerdo entendí que eras. Tanto la razón obliga que, aunque burlando se diga, siempre trae fuerza de veras. Con tu opinión no concuerdo, ni habrá alguna con que cuadre; que las injurias del padre son corona al hijo cuerdo. Padre e hijo es un honor y una persona, y así el corregirse uno así, que es la cordura mayor. Nadie de hacienda te priva, pues por tuya no recibe mientras nuestro padre vive, ¡que muy largos años viva! Después, más es tu provecho: que es mayor obligación la que se funda en razón que la que estriba en derecho. El mayorazgo que hallo será, habiéndole heredado, mío en la guarda y cuidado pero tuyo en el gozarlo. Esa tu nobleza pago con que la creo y confieso. ¡Pero tuyo es decir eso y mío el hacer lo que hago! Ahora bien, Laurencio, ven, ¡deja ese parecer loco! Hablaré a mi padre un poco y tú le hablarás también, y luego me llevarás a ver un rato el lugar, que le deseo mirar. ¿Tanto a qué fin es el tal? Habla más bajo, si puedes, y a contar mi mal comienza; mira que tengo vergüenza de que lo oigan las paredes. ¡Lupercia, tal desatino…! Sin duda, señor, se fue. ¿Tienes sospechas? ¿Por qué siguió tan loco camino? A un loco de un soldadillo pasear esta calle vi, mas ni este daño temí ni pudiera presumirlo, porque nunca le vi hablar ni vi en casa algún mal trato. Quizá fue que con recato nos quiso así asegurar. Solo lo que pude ver es que por tarde y mañana habló con una gitana en mucho secreto ayer, que sería la tercera, y hallo que hoy no parece. ¡A mi deshonra se ofrece buen medio de esa manera! ¿Sabe alguno este secreto? No más de solo tú y yo. Ya que este mal sucedió, vamos, Gerardo, con seso: mulas a punto procura, a Castilla caminemos, que allí sin duda hallaremos rastro de mi desventura. Yo diré, y tú también di, que el hábito va a tomar Lupercia, y a profesar en un monasterio allí, que yo la llevo conmigo y que es con tanto secreto porque mejor tenga efecto el gusto que sigue y digo; que si acaso a hallarla vengo verdad haré esta ficción, y con aquesta opinión mi desventura entretengo. Y aun si secreto guardamos, aunque sea que no la hallemos algún lugar fingiremos donde monja la dejamos, y por monja pasará de esta arte toda la vida. ¡No esté la honra perdida ya que la hija lo está! En esa traza quedas como deshonrado discreto, ¡y fía de mi secreto! Pues yo la sigo, ¡no hay más! Aquesta ocasión, sin mí te la supiste escoger. Ella se vino a ofrecer: ¡mira cuán dichoso fui! Pues que yo me la busqué, mía será la ventura. Aún no la tengo segura, ni cúya es aquesta sé. Pues, ¿de qué esa duda nace? Quizá se burla mi hermano de verme a mí tan ufano con la XXXX que a él se le hace. ¡No la debéis de estimar! ¿Cuál sabe mi corazón? Pues negar la obligación no es por quererla pagar, y porque no os disculpéis con que ignoráis, fía de mí: que desde el punto que os vi esta deuda me debéis. Fernando, paréceme que te valdrás sin padrino. ¡Adiós! ¡Mira que imagino que te pesa! ¿A mí por qué? ¡Laurencio, claro aquí hablemos! Mira si es negocio tuyo o si la conoces cúyo a quién despecho debemos. Dame de ello aviso ahora, ¡que tiene tiempo la enmienda! Nada de eso hay que yo entienda; ¡goza tu suerte en buena hora! Yo no debo más. ¡Ni aun tanto! ¿Y a quién quiso en Zaragoza? ¡Por mi fe, una bella moza! ¿Hala olvidado? Algún tanto. Pues mi Claudio, ¿en qué depones? ¿En qué causa te examinan? Sobre lo que ya adivinan. ¡Acá son cuatro razones! Ved de eso que allá se os dice, que tengo aquí que escuchar. Al fin queréis castigar la grosería que hice en hablar acá los dos! Mas esta disculpa siento, que ha sido de vos el cuento. También el de acá es de vos. Proseguid el vuestro allá y acá el nuestro seguiremos. ¡Ambos juntos los hablemos! Y quizá el mismo será. ¡Hoy lo creo! Que, ¿quién duda que habláis siempre de la empresa de la hermosa aragonesa? ¿Dasme, Claudio, aquesa ayuda? ¡Nunca en más dificultades me tengas por enemigo! Lo que me preguntan digo y en todo ello las verdades. En que tu contrario fue en contar el buen empleo en que tienes tu deseo. ¡Celosa, celosa! ¿De qué o por qué? ¿Tengo yo por qué impedirle el gusto de su albedrío? ¿O téngole por tan mío que celos pueda pedirle? ¿Cuán, si más lo de casta aquí no corre por cuenta mía? Pues de aquí adelante fía que hallarás firmeza en mí. ¿Y Lupercia? ¡Ahí te volviste! Téngome yo de matar; así me quiero curar. Lo más en quererlo hiciste. Bien podrá el marido entender de este mi acaecimiento; lo que puede un sentimiento en una honrada mujer. Deshonrada hice esta soltura que es de pensamientos buenos. ¿Cuándo se ven ir a menos venir a dar en locura? ¡Y está en que voy divertida! Con mi honra se acomoda; que he de aventurarla toda por restaurar la perdida. ¡Ya estamos en Burgos! Mira lo que aquí habemos de hacer. Solo, Ariadne, coger a un mentiroso en mentira. Quizá será que cojamos en verdad a un verdadero. Yo sin dicha al lisonjero tarde este bien esperamos. ¡Pues sí tenemos de hallar, que lo anuncia mi deseo! Esta deuda en que me veo… ¿cuándo la podré pagar? ¿Con qué pagaré el traerme con tal cordura y secreto? Más hacer por ti prometo si en más quisieres ponerme. ¡Cuando a ver el mundo salgo, hallo por verdad no vana verdad en una gitana y mentira en un hidalgo! Dilo, Lupercia, de veras, ¡pues a ver tal has venido! ¡Ay, cuitada! ¿Qué has sentido? ¿Aqueste es el fin que esperas? ¡Ah, traidor! ¿Qué es lo que ves? ¡Mira si acierto mi mal, pues está en tan breve tal! ¡Fernando…! ¿Cuál de estos es? ¿Cuál de aquestos puede ser sino el que en mi agravio está? Según aquello será el que habla con la mujer; por lo menos este rato no está en ti su pensamiento, que le veo muy atento. ¡Que le veo y no me mato! ¿Qué haremos de este suceso? ¿Qué he de hacer sino morir? No era menester venir tantas leguas para eso; ¡más fácil fuera de haber la muerte que ese señor! ¡Más fácil fuera y mejor, mas no supe yo escoger! Ahora, ¡adiós! Ya ventura yo quiero llegar y hallar. Procura disimular. ¡No sé si tendré cordura! ¡Gracia grande! ¿Estás loco? Eso fue decir mucho. Bueno es, ¿tú qué haces? Escucho aquí a Claudio. ¡No haces poco! Danos una limosnica, caballero gentilhombre, que es muy famoso tu nombre y no es tu ventura chica. Habla tú, encubre el dolor. ¡Conocerame en hablar! Antes en verte callar te conocerá mejor. ¡Ah caballero, ah galán generoso, danos algo, que tienes cara de hidalgo! Mas las obras lo dirán: ¡muéstrate aquí principal! De ti mismo acuerdo ten: que una te quiso bien y tú la pagaste mal. ¿Oyes aquello? Ya escucho, y en ser por ti no me pesa. Tú hiciste una promesa que duró poco en tu pecho. ¡Pero sal ya como quien eres, por esa cara graciosa y por vida de esa hermosa a quien con el alma quieres! ¡Por la verdad y el conjuro dale algo, Claudio! Si das con tanta pasión, de hoy más no pedirte es más seguro. Aún no me sé asegurar. ¡Verdad es premio, señora! Pues si yo la dije ahora, ¡no la sabes tú tratar! Como lo que hablas no miras, ¡toma! Aqueste premio añado mejor que premias verdades. ¿He yo premiado mentiras? Poco dice que le has dado, Claudio; mira lo que escucho. Según la estima tu pecho hase la verdad pagado. Danos algo tú, señor robador de corazones. ¡Dios te libre de traidores! Sí que trae cerca un traidor. Traidor dice que traigo cerca; saco mi blanca. ¿Y quién es? ¿Eso tú no te lo ves? ¡Ved que mucho se os acerca, y suele no haber segura bolsa a veinte pasos de estas! ¡Más gentiles manos que estas es la fingida hermosura! Si tú y yo a este caballero nos llegamos, ¡sabe Dios cuál se llega de las dos más sedienta del dinero! ¿Qué son el unto y las penas con que el rostro martirizas sino unas llaves hechizas para abrir bolsas ajenas? ¿Pues por vida de quién soy muy desvergonzada? ¡Paso! ¿Cómo de aquesto hacéis caso? Llegue; ¡verá cuál estoy! ¡Graciosa pendencia hase! Y déos, hermana, con Dios. ¡Callad, cocinero, vos, y mirad que os lo diré! ¡Calla, Claudio! Que una de estas dirá en qué día naciste y qué camisa vestiste primera que estaste a cuestas. ¡Pues no es mi vida tampoco buena para andar en danza! Procura tener templanza y óyete, que vas perdida. Enojada sois graciosa. ¿Tal podéis sufrir y oír? ¿Cómo puedo yo sufrir y muéstrase ella quejosa? Ahora bien, llégate acá; dime la buena ventura. ¿Y qué ventura segura en mano tal se hallará? Decir la verdad procuro aunque alguno descalabre, y en mano que mucho se abre nadie tiene bien seguro. ¡Ningún rato a éste se iguala! ¡Decir mi ventura os ordena! ¿Por qué la ha de tener buena el que la sabe dar mala? Toma la mano, y di esto, ¡y de enojo no haya más! ¡No la quiero! Que la das para quitarla muy presto. ¡Dásela de casamiento a la perdida ramera! ¿Y dársela a una ramera fuera mejor pensamiento? ¿Que no me quieres dejar que la dé de chapinazos? ¡Ricarda! ¡Harela pedazos! ¡Venga, dejadla llegar! Para aquesto tienes flema; ¡o la envía o la castiga! ¿Vos queréis que os lo diga? ¡Contigo tiene la flema! Haz lo que manda el señor. ¿Quieres que me pierda aquí? ¡Hazlo por amor de mí! ¡Tú se lo dirás mejor! ¿Quién cual tú hablar ha podido? ¿Sabe de esto? De manera que dirá tu vida entera como que te la haya oído. ¿Entenderaslo si vieres la mano? No es señal poca; que en la mano y en la boca se ha conocido quién eres. Pues toma y di. Muestra, y fía que en tu dicha no haré error; que la acertaré mejor que tú acertaste la mía. ) Tú has en Burgos nacido. Perdiste en breve tu madre pero quedaste a tu padre el mayorazgo querido. Quiérete bien, pero falta en ti con él el buen trato. En esto de ser ingrato tienes una grande falta: pagas tan mal su afición que, por enojos que hubiste, para dárselos te fuiste la jornada de Aragón, a que muchos de esta tierra os fuisteis muy emplumados para llamaros soldados a costa de poca guerra, y viose en ti, pues en ella tan poco te fatigaste que lo más que conquistaste fue el pecho de una doncella. Como si otro XXXX fueras en conquistar a la triste, bisoño no pareciste aunque en las armas lo eras. Ganaste su voluntad con mentiras que creyó, ¡que quien no la conoció nunca temió a la maldad! Jurole la lengua tuya de no volver a tu tierra sin ella, y llamarla guerra por no poder la paz suya. Mentiste la que no amabas, la que irá solo por ella. Mas engañándola a ella también la guerra engañaste, ¡que son tales tus marañas y tal tu mentira y dolo que con un engaño solo a muchas partes engañas! Mira si notorio está que a entrambas engaño pusiste, pues de la guerra partiste al primer soplo de allá. Dijiste que se moría tu padre, y si este decoro temo, vive ese tuyo gozo la muestra que traes hoy día. Pues si aquese proceder temeré yo, tú lo sabes; ¡antes que la vida acabes lo acabarás de entender! ¡Guarda! Que una fe quebrada convierte en ira el amor, ni hay enemistad mayor que la amistad agraviada. Aquesta habla con el diablo; que otro no le dijo aquello. Claudio, ¿acierta? De todo ello pintó un natural retablo. ¿Qué es aquesto, juicio loco? ¿Qué sospechas te combaten? Llega Ricarda y dirate de tu vida a ti otro poco. ¡Ay, no, que la tengo miedo! ¿No es vida muy penitente? Pues, ¿qué temes que se cuente? Sin mano decirla puedo; con el dedo se adivina sin mirar la mano toda. Esta mujer nos enloda; dádome ha extraña moina. Pues echarela de aquí. ¡Amiga, bueno está, vete! ¡No! Que he llamado alcagüete y tenéis queja de mí. ¿Quién esta cara no cruzaría? ¡Llegad, consejero! ¡Duele! Tente, que una de estas suele volver un hombre lechuza. ¿Qué hay que mi juicio ocupe? ¡Que tan tarde conocí como que a Lupercia vi y conocerla no supe! ¡Triste, que la he conocido cuando ya no la oso hablar! ¡Acábate de admirar! La verdad le ha enmudecido; ya yo sabía la amistad. ¡No hayas miedo que te arguya! ¡Ni hayqué, que para la tuya bástale su lealtad! Conforme estáis así, tú infiel y él infiel, tú darás venganza de él y él la dará de ti. ¿Tal sufres? Mucho es tu seso. ¿Da ya miedo cobrado? No te dé de eso cuidado, que no sé tanto como eso. No sé tu vida ni estrella, que no sé cualquiera vida, y una que tengo sabida me pesa harto de saberla, que cristiana soy fiel y todo aquesto que hablo no es por artes del Diablo, mas de un hombre peor que él. Fernando, no estoy celosa. Hablemos; ¡ya no haya más! ¡Qué confiada que estás! Quizá le duele otra cosa. Sin duda que esta mujer debe de haberle hechizado; ¡parece que le ha encantado! ¿Piensas que no podría ser? ¿No ves esto, Claudio? Nada más de a ti sola he mirado. Lléguese, señor soldado; consuele esta dueña honrada. Vuelva sus ojos serenos, que si otra agraviada está ella se lo pasará. ¡Escoja del mal lo menos! ¡Lupercia! ¡Tarde conoces! Menos que no en conocerme tardaste en desconocerme. ¡Mi Lupercia! ¡No des voces! No quieras por tantos modos deshonrarme. Bástate que para ti tal esté sin que lo esté para todos. Llega acá, pues me reporto, que quiero acercarte más porque conozcas que estás de vista y de lealtad corto. Que me has en fin conocido viniendo tan disfrazada, experiencia muy fundada de tu lealtad ha sido. Harto tu amor se mostró y tu constante afición, ¡pues te dijo el corazón que la gitana era yo! Di, no te hagas de rogar. Direte lo que supiere. ¿Cuál está mi amor? ¿Él quiere que le acabe de hechizar? ¡Lupercia, no hay defenderme ni tengo que responderte! Yo que no sé conocerte al menos sé conocerme. No castigues con rigor: lástima a mi suerte ten, pues no conocer el bien es la desdicha mayor. Confieso que he andado loco, mas si un bien tan verdadero le creyera de ligero, ¡mostrara estimarle en poco! También, si quieres mirarte, verás que el rostro divino el cuidado y el camino le tienen borrado en parte. ¡En eso, traidor, se ve quién eres y siempre fuiste, pues que las desconociste por ser señales de fe! Que si tú supieras ser agradecido y leal, solo por mirar mi mal me habías de conocer. ¡Y, sin que señales guarde, en viéndote en este puesto te conocí, y aunque presto, te he conocido muy tarde! ¡No me mate tu inclemencia! No tengas de eso temor; ¡que no mata el desfavor de quien no ofende la ausencia! De mí puedes desviarte, no por temor de ser muerto, mas de espanto; ¡que es más cierto espantarte que matarte! Estoy muy fea y muy brava; que el camino y el cuidado, como dices, me ha quitado las armas con que mataba. Presto mi fealdad se vio, pues que cuando en mí se emplea tu vista, ve que soy fea antes de ver que soy yo. Por eso hiciste mejor; ¡que en hermosa empleado estás! ¡Si hasta hoy la vi jamás! Muera yo en tu disfavor; ¡llegué a verla en este instante! Déjame ya de ofender, que no sé celos tener yo de mujer semejante. No me trae ese cuidado: ¡solo esta jornada he hecho para mostrarle a mi pecho cómo ha vivido engañado! Vine por un desengaño y hallele en aqueste puesto, que un desdichado halla presto si lo que busca es su daño. Y así no hay más que aguardarte; pues este punto llego, ¡pésame que tú y yo nos conozcamos tan tarde! Mi compañera se va. ¡Adiós! ¡Nunca acá volváis! ¡Hola! ¿No consideráis qué triste mi hermano está? Si has de culparme, ¿acabado quieres, Lupercia? ¡Ay de mí, mi gitana! ¡Vuelve en ti! ¿Qué es de ella? Fuese. ¿Aquesta quien vio en ti tantos enojos? ¡Mal haya tal necedad! ¿Cómo tras mi ceguedad me tapaba yo los ojos? Fernando, ¿qué has? ¡Seguirete! ¡Laurencio, por Dios, le ten! ¡Dejadme aquí! ¡Tenle bien! ¡Señor! ¡Suelta o matarete! ¡Dejadme, que se me va el alma y me deja muerto! ¡Salió lo que dije cierto: sin duda, hechizado está! ¿Estás loco? ¡Estúvelo, pues no conocí mi vida hasta que la veo perdida! ¡Pesar de quien me parió, porque me das de esa suerte! ¿Quiéresme, señor, matar? ¿Quiéresme, traidor, soltar? ¡Buscar he la vida o muerte! ¡Dejadme, que no estoy loco! ¿No lo estás y haces eso? ¡Sentir eso es tener seso! Bien puede ser, ¡pero poco! ¡Por amor de mí, señor…! Autora de mis enojos, ¡nunca te vieran mis ojos! ¡Gran mal sin duda es furor! ¡Que se fuese la hechicera que hizo tal bellaquería! ¡Mirad que es descortesía tratarme de esa manera porque vuestro error ataje! Os descubriré esta llama: ¡la gitana es una dama que me busca en aquel traje! De verme aquí estar hablando parte celosa de mí, y porque no conocí a la que estoy adorando. ¡Dejadme ir tras la gitana, que sin mí y sin ella estoy! ¿Habláralo para hoy? No, sino para mañana. Claudio, ya que le estorbamos, ¡acudémosle a buscar! Lupercia es, no hay que dudar. ¿No ves en lo que paramos? ¡Para! ¿Cómo disparate? ¡Vamos a seguirlo! Hola, os haré dejarte sola. ¿No hayas miedo que me mate? Claudio, ¿no vienes? Aguarda... ¿Qué estás mirando? ¡Ya voy! ¿Qué has? No es bueno, ¡que estoy rematado por Ricarda! ¡Ay, locura cual la mía como que tal he yo hecho! De nuevo ahora sospecho que ha sido esto hechicería. Como Ricarda tú eras, la suerte, pues como ahora quien de burlas se enamora se ha enamorado de veras. Ricarda, ¿qué gente es esta que ahora de aquí partió? ¿Qué preguntas? ¿Qué se yo? ¿Y es buena aquella respuesta? ¿Pártese de aqueste puesto y tú no sabes quién es? Dos días ha que no me ves, ¿y entras ahora con eso? ¡Muy bueno es entrar riñendo! ¡Responde y riñe tú luego! ¡Tenga ese desasosiego por el que yo estoy teniendo! ¿Aquesto qué pudo ser? Pues téngola de dejar, que se destruye en rogar el que ruega a una mujer. Alberto, ¿esto qué sería? Hase contigo enojado porque andas muy descuidado y ha de vengarse algún día. ¿Descuidado? ¿Cuándo falto a su regalo y servicio? Lo más cierto es que de vicio te ha dado este sobresalto. Porque no la viste ayer ya ella quiere hacerte celos. Si eso es, ¡disimularelos! Pues verdad vendrán a ser. ¿Visto, amiga mía, has cómo he partido contigo de lo que saqué conmigo? Que partir quisiera más de las joyas y el dinero; de esas te doy la mitad. Mas tu celo y amistad poderlo pagar no espero, que en el mundo no hay caudal que esa paga pueda hacer. Solo te serás poder, que haces como principal. ¡Páguete Dios la largueza, que poco fue mi cuidado, pues que solo ha aprovechado para ver tanta tristeza! ¿Qué quieres, quedarte aquí? Aquí me quiero quedar. ¿Y volverasle a buscar? Para siempre le perdí… ¿Aquí qué piensas hacer? Humillarme y serviré, pues tal mi desdicha fue. ¿Tú a dónde quieres volver? A Navarra volveré, adonde mi madre dejo. ¡Siento que de ti me alejo! ¡Dios buen viaje te dé! ¡Y él te dé buena ventura! ¿Has las gitanas notado? Parten lo que habrán gustado con toda aquella mesura. No es fea la de acá. No. Vamos do quiere la suerte, ¡y ojalá sea a la muerte! ¡Amiga! ¿Quién llama? ¡Yo! Toma aquesta mano y dime la buena ventura. ¿Sabes que es buena? ¡Sí! No alabes, que en buena me vi y perdime. Como aquesa mano quiera llegar a esta, la dirás buena, y aun buena la harás. ¡Para mí me la quisiera! Eres un oro, gitana. ¿Quieres ser de mí señora? ¿Eso tenemos ahora? ¡Di mi duda! ¡Salió vana! Sin fruto aquí se regala. Ya en los ojos serena dime la ventura buena. ¿Quiere que le envíe en mala? ¡Suelte! ¡Espera! ¡Suelte! ¡Ah, cruel! ¡Harele soltar con esta! ¿Armas? ¡Socórreme aquesta mejor que un traidor como él!

JORNADA SEGUNDA

Pues sígueme, Claudio, y calla: que mi rigurosa estrella se cansará de esconderla antes que yo de buscarla. ¿Qué ha quedado en la cuidad que yo no haya rodeado? Pero mal la habré encontrado si es tanta mi ceguedad. ¡Ciego de mí! ¿Dónde estuve cuando no la conocí? ¿No me avisarás tú hoy? Solo en mi mal ojos tuve. ¿Y qué? ¿No echaste de ver que era ella? Tal estaba que aun de mí no me acordaba. ¿Qué te pudo suspender? El Diablo; que otro no fue el que hacia allí me llevó. Di, acaba, ¿qué sucedió? ¿Qué quieres más que ciegue? Pues a Lupercia no vi, que estuve cual sombra vana, sin ver mujer ni aun gitana, ni aun a mí, ¡pues me perdí! ¿El cómo no me dirás? ¡Llórese el pesar presente! ¿Viste tal? No. Sí. No, ¡aguarda! En día hablada es la mujer. Ahora bien, voy a saber este enojo de Ricarda. No quieras que otro se cuente. Con eso le aumentas más. ¡Dímelo! La lengua teme… ¿Qué hiciste? Un loco exceso. ¿Mataste alguno? ¡Que era eso peor! ¿Qué fue? ¡Enamoreme! ¿Decir de quién falta hay? Yo lo diré, porque no: aunque ya te he dicho yo que a las gitanas no vi, ¡de los demás claro está quién tiene la culpa! ¡Aguarda! ¿Que quieres bien a Ricarda? ¡Estoy medio muerto ya! ¡Mira tú si ocasión fue el incendio de este fuego para tenerme allí ciego! Con harta menor cegué. ¿Y de mi mal nada dices? ¿Que tu impresa no te quitó? ¿Cómo que de tal delito, señor, no te escandalices? ¿No fuera más mi dolor? ¡Ven, que eso he de padecer o Lupercia aparecer! Ella se volvió, señor. Si se volvió, ¡seguirela! Mira que andes con cuidado de que estés siempre fundado en la propuesta cautela, y que digas que la dejo monja. Ya advertido estoy. Triste de mí, ¿dónde voy? ¿Cuál será mejor consejo donde mi honra hallaré, que esta busco y no a hija? Ella sola es quien me aguija, ¡más que sangre que engendré! En Burgos está. Si aquí no parece, no hay buscarla. ¿Digo que es su padre? ¡Calla! Ven, Gerardo. Voy tras ti. Claudio, ve en un pensamiento y sábeme del criado si han ya a Lupencia hallado, ¡pero con entendimiento! Ya yo sé lo que conviene. Cuando con él solo estés, pregunta su amo quién es y aquí a que en eso oíos bien, que podrá ser de este modo: que lo que he de hacer entables pero en Lupercia no hables. Ya estoy al cabo de todo. ¿Dónde me esperas? Aquí, y si tardares, en casa. Yo te diré lo que pasa. ¡Mira que me fío de ti! No me he podido apartar de Lupercia hasta saber qué determina hacer; que tanto la llegué a amar y al fin ha entrado a servir. ¡Ved! Del amor el provecho y el juramento hago que a nadie lo he de decir. ¡Ya de atormentar me acaba ciega imaginación vana! Mas, ¿no es esta la gitana que a Lupercia acompañaba? ¡Amiga! ¡Este es en buena hora! Sin duda no lo diré, que a Lupercia lo juré; que ya en vano el traidor llora. ¡Amiga! Una doncella que vino contigo anteayer, ¿adónde la podré ver? ¿Sabrasme dar razón de ella? No la verás ya en tu vida, y la pierdes con razón, que es tu dama la ocasión que no hoy cobrar la perdida. Poca constancia se arguye de lo que con ella hiciste: cuando te siguió la viste; cuando la sigues te huye. ¡Por un solo Dios, que digas adónde está y si la ha hallado su padre, que aquí he encontrado! ¡Si no hay para qué la siguas! Luego que partió de ti dio en su padre y la llevó, que pues sin ella ando yo. ¡Verdad te digo! ¡Ay de mí! Él mismo ha abierto el camino a esta mentira mía, que cosa yo no sabía de su padre. ¡Pago digno! Gran castigo merecí, pero grande me ha venido. ¿Quieres contar cómo ha sido la ventura que perdí, cómo Lupercia partió y cómo me vino a hablar? Yo sé qué vino a buscar a quien no la conoció. No tengo más que decir, que es confundir tu bajeza; que, quien no tiene firmeza, ¿para qué la quiere oír? Mi provecho me aconsejas, que estas pérdidas contando es estar martirizando el alma por las orejas. ¡Pues adiós! ¡Gitana amiga, haz lo que a pedirme atrevo! Cumpla yo con lo que debo a la que es ya mi enemiga, permite que como es justo te sirva. Y si otro no sé, por este camino haré a mi Lupercia algún gusto, que aunque tanto no merezca quizá en ti lo estimará. Pártome a mi tierra ya. ¡La voluntad agradezco! ¡No partirás ya este día! Ven a mi casa y darete lo poco que te promete la poca ventura mía. Ni tal mal agradece, ni me hallo en tal riqueza que desprecie la nobleza que tu ánimo me ofrece. Digo que a tu casa iré a recibir ese bien. ¿Cuándo? ¡Hoy! ¡Acuerdo ten de no faltar! ¡No haré! Pues pregunta por Fernando en casa de Vespasiano. Estaré allá más temprano que tú. ¡Yo estaré esperando! A Lupercia avisaré de que está su padre aquí. Y direla lo que oí y quizá la ablandaré. ¡Alto! Yo me determino de ir tras ti, Lupercia mía, que quizá la veré algún día. ¡Claudio! ¡Señor! ¡Al fin dio mi Lupercia con su padre, que no hay suceso que cuadre más bien con el que sé yo! ¿Hételo yo contado? Que estoy tal que no me acuerdo. Ya he sabido lo que pierdo. ¿Díjelo o haslo soñado? ¿Pues no es verdad? Verdad es, mas no sé de qué lo sabes. ¡Digo que de hablar acabes! ¿Sábeslo? ¡No! Escucha, pues. Fui tras Tiberio y llegó a San Agustín, y allí entró dentro, pero vi que fuera el criado quedó. Llegué a preguntar quién era su amo y él me lo dijo, y en las preguntas me hizo XXXX por la advertencia primera. Pregunté dónde venía, y por no hablarte lisonja, dijo que de meter monja a una hija que tenía. ¡Lupercia es monja; no tienes sino dejar esto a un cabo! ¡Que con tal suceso acabo principios de tantos bienes! Claudio, ¿que lo dices cierto? ¿Es cosa para burlar? Si pensara yo atajar en ti aquese desconcierto, necedad fuera engañarte. ¡Monja es tu Lupercia bella! ¿Y sabes cierto que es ella? No hay ya sino reportarte; ¡ella es monja! ¿Dijo a dónde? No me quiso decir eso por el pasado suceso; de aquesa suerte la ofende. En Burgos o cerca de él estará, pues monja es después que la vi. ¿Que la vi después? ¿No ves que es eso darte cordel para hacer un disparate? Esté cerca o esté lejos, ¡mudemos ya de consejos y de ella más no se trate! Dios te libre de inquietar a la que es ya religiosa, porque ninguna otra cosa suele Dios más castigar. Mejor es a estos cuentos hacer cuenta que ya es muerta, y con esto cerrar puerta a más desvanecimientos; que a nada el hombre se pone que no lo pueda acabar. Algo me sé reportar; ya eso se me perdone. Vamos, amigo, hacia casa, que la gitana me espera; que ha sido su compañera. ¿Que la has visto? ¿Qué tal pasa? Visto la he, y supe de ella cómo a su padre encontró. Luego no te miento yo. No doy de ti tal querella. Quedad en casa en buena hora, que vos sois por mi salud honrada. Por su virtud. ¿Sois de aquí o sois labradora? Ni uno ni otro soy. ¿De dónde sois? De Plasencia. ¿Qué os trae de allá? Poca herencia. ¿Y cuándo llegasteis? Hoy. ¿Cómo os llamáis? Juana. Ya no sé cómo os hallaréis, pero sí mal mudaréis. No soy, señor, tan liviana. Dígolo porque a mujeres mala casa suele ser aquella do no hay mujer. Guarda habrá do tú estuvieres. Somos en casa yo y este, y Fernando. ¿Quién, señor? Fernando. ¿Trazó el amor disparate como aqueste? ¡Que me vuelva yo a la guerra yéndome de ella alejando! ¿Pues conoces tú a Fernando? Uno conocí en mi tierra. Mal de ese acuerdo presumo. Lo que es patria tira luego. Éntrate. Cierto es el fuego, pues hay celos, que es el sumo. Huiré de aquí, mas ya es suyo. Aquí me trajo la suerte; que para buscar la muerte cualquier sitio es de provecho. Laurencio, paréceme que allá no sé cuántos días que en irte de aquí porfías y algunos te lo estorbé. Dices que te quieres ir a la guerra, que es la madre de los pobres. Soy tu padre y habrelo al fin de sentir, pero en buen entendimiento y en quien sabe qué es honor vence la honra al amor y el provecho al sentimiento; que no quiere al hijo bien y antes muestra aborrecerle aquel que por no perderle le hace que pierda el bien. Dios sabe bien si mi pecho siente aqueso como es justo, ¡pero pierda yo mi gusto antes que tú tu provecho! Míralo, que has menester de dineros y favor, y lo que te esté mejor, eso solo se ha de hacer. ¡Ay, triste, que a tiempo viene este riguroso acuerdo, cuando de amores me pierdo! ¡Qué de causas mi mal tiene! ¿Estás en lo que te digo? ¿No es lo que ruegas? ¡Di, acaba! ¡Un tiempo te lo rogaba y ahora lo contradigo! Como cuando yo y tu hermano estorbarte pretendimos, este acuerdo no pudimos mover tu pecho villano, y ahora que he visto ya lo justo, y en ello estoy, ¿ya que licencia te doy, tal respuesta se me da? Señor, deseo saber qué es lo que en mí reprehendes; mira que si bien lo entiendes no hay aquí que reprehender. No dudo de responderte por trocada voluntad, sino por la novedad en que aquí acabo de verte. Mandabas que me quedase y mandas ya que me vaya; miro qué misterio haya antes que adelante pase. Pienso si burlas de mí, tanto aqueste intento sigo. ¡Muy de veras te lo digo! Pues digo, señor, que si que con la traza quedes partiré yo muy contento aunque no sé este tu intento, como lo veo al revés. ¿En ti tan grande mudanza de quien jamás se oyó? ¿Dado habré la ocasión yo? Mas la que es no se me alcanza. ¿Dícente que vivo mal, que bajezas solicito o que he hecho algún delito? ¿Quién dice, Laurencio, tal? Pues, ¿qué ha mudado tu acuerdo? Entenderlo no te asombre, que errar en él es de hombre y el enmendarle de cuervo. Valerio está aquí, señor. Ven, hijo, y pues que te empleas en lo cierto y lo deseas, póngase en ello calor; que ya de tu acuerdo soy. ¡Ay de mí, que yo me he muerto para hacer un desconcierto y aun para muchos estoy! En casa de Fernando yo sin haber pensado tal… ¿qué promete esta señal? Venturas, al menos, no. ¡Extraña suerte que, puesta entre tan diversas gentes y casas tan diferentes, haya yo acertado en esta! El fin que esto ha de tener, no esperarle fuera error. Quizá será por mejor, pues peor no puede ser. ¿Posa aquí Fernando, amiga? Aquí posa. ¡Ay! ¿Tú no eres…? ¡Lupercia! ¿Tú aquí? ¿Qué quieres? ¿Cómo? ¡No sé qué te diga! ¿Al fin vencer te dejaste y le vienes a buscar, pues te hallo en tal lugar? Cree que no lo acertaste: no le buscó mi cuidado, que la suerte aquí me hago. No sé si lo creo. Así yo vuelva a ver mi padre amado. Pues cree que sí podrás ver, que en Burgos está. ¡Ay de mí! ¿Cuándo le viste? Hoy le vi. ¡Mucho tengo que temer! ¿Qué haré, amiga? Callar. ¿Y si me halla? ¿Qué importa? Que su espada en ti no corta; ¡no te tiene de matar! Di que sigues tu marido y acabarás el suceso. ¡Y está él muy para eso, ya que me tiene en olvido! No te tiene. Yo no lo vi. También yo lo he visto hoy, y mi palabra te doy que anda fuera de sí. ¿Que le viste? Sí. ¿Y se salió? Y me pidió compasión. ¿Dijístele mi intención y que estoy en Burgos? No; antes, que te halló tu padre y que te llevó. ¿Y creyolo? ¡Y muy creído! ¿Sintiolo? ¡Sí, por vida de mi madre! ¿Vengaraste de ese modo de no haberte conocido? Dime a mi ausencia sentido. ¡Ahí te vuelves tras todo! ¿Qué quieres? Cuéstame mucho. Mas, ¿a qué vienes? Mandome venir aquí y prometiome no sé cuánto. ¿Qué te escucho? Es por lo que te serví. Será, si bien lo entendiste. ¡Albricias de que dijiste que a mi tierra me volví! Si esas sospechas admites, ¡triste vida vivirás! ¡Pues no me las quitarás sin que la vida me quites! Pues por mí sé que te engañas. ¡Voyme; no me vea contigo que de negar como digo! Si tienes para ello entrañas… No quiero ya cual solía. ¡Ruin testigo de eso soy! ¡Él viene; ya yo me voy! Disimula, Ariadne mía. ¡Sí ha venido la gitana! No quiso hacerte esperar. Dios te libre de pesar. Estés en buena hora, hermana. Haz, Claudio, lo que te dije, y de camino sal también: que un jarro de agua me den. Dasla mucho. ¿Eso te aflige? Vete y denme el agua luego. Amiga, ¿qué te parece? ¿Más pena que esta merece hombre que estuvo tan ciego? ¿Halló a Lupercia su padre? Juntas íbamos las dos. ¿Ya es monja? ¡Válgame Dios y Santa María su madre! ¿Sabes que es aqueso cierto? ¿Cómo estamos aquí hablando? Yo me lo estuve pensando. ¡No sé cómo no estoy muerto! Saberlo cierto deseo. ¿Qué, no te fías de mí? Haz cuenta que yo lo vi. ¿Quieres más? ¡Ya yo lo creo! Aquí está el agua que pides. Muestra: ¡con gran sed estoy! ¿Cuándo entraste en casa? Hoy. ¡Vida que trazas y mides, saca del alma el nivel que traes de Lupercia bella! Y echarás de ver que es ella, que no es tu dicha fiel. Si ha dejado el monasterio, no hiciera tal liviandad. Si no fue acaso verdad, ¿por qué lo habían de decir? Si el hábito no tomara, ¡pues la cara esta es su cara! Él está para reír. Mas, ¿para qué dudo así, que segunda vez la agravio? Bien ha mostrado cuán sabio es vuestro juicio aquí, pues por mejor corregirme y culpar mi ceguedad venís con esa humildad y ese hábito a servirme. Buen camino habéis seguido, pues la mayor confusión del que ofendió sin razón la bondad del ofendido. Queréis que mi misma espada me castigue a mí, y fiad que mi misma voluntad os tiene ya bien vengada. Dejad, señora, el oficio a mí solo conveniente, pues que nací solamente dispuesto a vuestro servicio. Quitósete la sed ya. ¡Voyme! Puedo responderos que como era sed de veros, muerta con veros está, mas si os vais quedo perdido y en más sed el alma mía, que en aquesta hidropesía más sed da el haber bebido. ¿Cómo no me respondéis? ¿Pues hablas, señor, conmigo? Estáis bien vengada, digo. ¡Ya perdonarme podéis! ¿Búrlaste, señor, de mí? Antes vos de mí burláis, pues de ese arte me tratáis. ¡Gitana, llégate aquí y ayúdame a conocer a Lupercia, yo te ruego! Que me tiene por tan ciego que cree no he de saber. Lupercia, ¿qué es de ella? ¡Ay, Dios! ¿Vesla aquí? ¿Tú lo quisieras? Pensé que hablabas de veras. ¡Estáis de acuerdo las dos! Pues parécesele, a fe. No tanto me solemnices mi error. ¿De veras lo dices? ¡Mira que me moriré! Parécense, mas no tanto que puedan dado ocasión a esta tu errada opinión. Pero de ti no me espanto, que puede mucho el deseo; y tanto, que puede hacer que venga uno a enloquecer, lo que yo de ti no creo. Más visto sea, Dios te libre, venir uno de tristeza a tener en la cabeza la imaginación tan libre, y mejor si amante fuere, cual tú ahora perdiendo; ¡que todo cuanto está viendo entiende que es la que quiere! ¡Válgame Dios si estoy loco! Si lo estaré no me espanto, porque no es mi seso tanto ni el sentimiento tan poco. Mira el dolor con que luego, mi bien, no me desesperes. ¿Bébesme, señor, o quieres hacer sed hablando mucho? ¡Harta pena en pago doy de mi triste error primero! ¿Es loco este caballero? Loco pregunta si soy y sí lo debo de estar, que Lupercia, como es justo, no estaría tan de gusto que se pusiese a burlar. ¡Ay, a qué extremo has venido, triste Fernando! ¡Ay de ti! Si es sed de burlar de mí, harto, señor, has bebido. ¿Es posible que no quieras decir si de mí te burlas? ¡No me hagas loco de burlas y sal ya después de veras! ¡Deja esa imaginación! Mira aquí: si en eso das, sin duda enloquecerás. Cual está su corazón pague el desconocimiento. Ves aquí lo que pediste. Claudio, ¿ahora al entrar viste a Lupercia? Triste quedo. ¿Qué dices, señor? Ahora cuando entrabas, si notaste la criada que encontraste. ¿No es de mi alma señora? ¡Plega a Dios, que no paremos en echar piedras, señor! Deja ese pasado error y de otra cosa tratemos. La que dices monja es; hago cuenta que se murió. ¿Y si la he visto aquí yo? ¿Que es error grande no ves en que da tu fantasía? ¡Según eso, yo estoy loco! Pero venga aquí otro poco la que ahora aquí yo veía, y verás si no te engañas del modo que yo me engaño. ¡Él está loco! ¡Gran daño y desventuras extrañas! Vespasiano, mi señor, te llama. ¡Ca! ¿No la ves? ¿No es Lupercia? Sí, ella es. ¡Luego no es tanto mi error! Ella es, ¿qué hay que dudar? Pues llégaselo a decir. ¿Cómo se puede encubrir? ¡Llégaselo a preguntar! Mi señora, ¿qué es aquesto, Lupercia? Juana me llamo, y delante de su amo no hable tan descompuesto; que ni su señora soy, ni hable de esa manera. ¿Por qué tan airada y fiera? Pues amiga de eso soy, que me enojaré prometo aunque este su amo XXXX; que pues él se lo consiente no le guardaré respeto. Dígame ahora ternezas, que las escucho muy bien. ¡Baste ya! Claudio, ten; que es quebrarnos la cabeza. Toma tú para el camino y perdona no ser más. ¡Más que merezco me das! Ven, Claudio. ¿Hay tal desatino? Estos quieren acechar si nos hablamos. Ello es. No hay por qué más recia estés. ¡Yo me tengo de vengar! Si las cogemos hablando no se nos podrá encubrir. Pues no nos pueden sentir. Haz lo que te estoy rogando: ¡dime la buena ventura! Muestra Dios te la dé buena, que muy buena te la ordena si sabes tener cordura. Vespasiano por ti muere; digo buenos disparates. ¡Así es razón que los trates! Y Laurencio bien te quiere. ¿Qué es esto, Claudio? ¡No sé! ¡Ya querría no fuese ella si se ha de casar con ella mi padre! Mas, ¿si nos ve? No nos han visto, sin duda. Pues yo no sé qué me diga… Y dime una cosa, amiga, que me trae confusa y muda. Pues es tanto tu saber, veré aquí lo que me dices: Fernando, ¿en qué porfía? ¡Oh, es largo de saber! A una dama quiso mucho a quien tú parecer quieres y él entiende que tú eres. Extrañas cosas te escucho. ¿Tanto la parezco? Presto sí la pareces un poco, mas tras esto él está loco y esto junto para en esto. ¡Tanto dirán que lo estoy que al fin lo venga a creer! Cosas vengo a oír y ver que aun pienso que yo lo estoy. Ya que siendo loco el amo, ya que esa sospecha encierra… el criado, ¿por qué yerra? ¿Es loco? Traidor le llama. Aquí se está enamorado de una Ricarda. ¡Verdad! ¿Díchole has tu voluntad? En mi vida la he hablado. ¿Quién se lo pudo decir? Quien le dice lo demás. ¡Diráselo Barrabás! Calla, volvamos a oír. Como Claudio no es leal… Que te tardas mucho, mira. Voy trazando una mentira y siempre se traza mal. Claudio, como enamorado de Ricarda, témese de que si su amo le ve sin Lupercia y sin cuidado, se tiene de entretener con Ricarda, y así entiendo que se está desvaneciendo con aqueste parecer. Dice que Lupercia eres porque se entretenga acá y le deje la otra allá . Este es el mundo, ¿qué quieres? Toda la verdad te digo porque sepas entenderte y Dios te dé buena suerte. ¡Adiós! ¡Él vaya contigo! Aquesto he de averiguar. ¡Tente! ¡Has de ver, señor, si por gozar yo mi amor he tratado de engañar! Veraslo cierto esta vez. ¿Y quién ha de juzgar eso? ¡Tú! Por cierto, muy buen seso tengo para ser juez. ¡Calla, Claudio! ¡No se entienda por pública mi locura! ¿Viose mayor desventura? ¿Quien hallaré que me entienda? ¿Qué cuece de todo esto? ¿Cómo, Claudio, tú, me engañas? ¡A semejantes marañas no creas, señor, tan presto! ¡Que no es Lupercia creo ya como que estoy loco creo! Ello ha sido devaneo en que el pensamiento da a ser Lupercia. Cierto es que la hablar a la gitana de otra cosa suerte es llana. ¿Que no os pudo ver no ves, y si no adivinar que lo oigamos allí? Que otras cosas leo más oscuras de acertar. Claudio, por un solo Dios, ¡que me digas la verdad! Goza de tu voluntad y en paz quedemos los dos, y dime aquí, claramente, si es verdad que loco estoy, si este error en que doy tiene ocasión aparente. ¡Dime lo que de mí sientes como verdadero amigo! ¡Que no hagas, señor, digo preguntas impertinentes! Lupercia es, y loco fueras a no haberla conocido. Y que estoy en mi sentido, ¿qué, me lo dices de veras? Pues sabes preguntar eso, llamarte loco no quieras; que siempre el loco de veras fía mucho de su seso. ¿Óyenos? Allí está oyendo. Pues Claudio, yo me XXXX en que a Ricarda me vuelvo, pues tales fines voy viendo. Con ella me entretendré y pasaré mi dolor; que así se pasa mejor. ¡Pésame que la enojé! Pues ve y di a la Ricarda, amigo, que aquella locura infama fue hechizo de una gitana cuya fuerza ya no sigo ya que el seso me volvió. ¡A ella me vuelvo! ¡Ay, triste! ¡Ya que tú no le perdiste, quieres que le pierda yo! ¿Tan presto te has olvidado del dolor que te conté? ¿Y tan sin fuerza se ve la palabra que me has dado de no tratar a Ricarda? Por dejarme a mí sin presa, de esta suerte una promesa y una palabra se guarda. ¡No me cediste de grado esta acción y esta querella, y vesme muerto por ella, y a ti no te da cuidado! ¡Que es burla esto, y falsedad! ¡Calla, necio, que es mi intento dar a Lupercia tormento porque diga la verdad! ¿No me podías avisar sin darme ese sobresalto? Pues, ¿caías de tan alto? ¿Qué, me es menester sangrar? ¡Él se vuelve a la mujer! ¡Terrible es su falsedad y grande mi necedad, pues aquesto vine a ver! Claudio, si dejé a Ricarda fue porque a Lupercia hallé, mas no quiero guardar fe, pues ella no me la guarda. ¡A Ricarda me quiero ir! ¡Espera, Fernando, espera, que esa palabra postrera solo te quiero argüir! No el volverte a esa mujer, que eso sería sinrazón; que si te lleva afición, ¿qué te podía detener? Solo quiero que el juicio abras, pues dices que ya le cobras, y a quien no ofende con obras, ¡no la mates con palabras! ¡A la que te amó no es justo darla aquella recompensa! Más debe de ser su ofensa la falsa, ya de tu gusto. ¡Mudable llamas mujer cuando la mienta tu labio, por ser el mayor agravio que nadie la puede hacer! ¡Mira, se trata verdad, pues con ser honrada amo tanto la fe, que olvido la honra por la lealtad! Tanto la lealtad le agrada que, si el poco merecer la estorbó el ser tu mujer, ¡se humilló a ser tu criada! Solo quiero, gloria mía, que el nombre me confeséis, que la fe que encarecéis ya yo me la conocía. No voy donde estoy diciendo que hace esta falsedad, por saber esa verdad. ¡Verdades busca mintiendo! Sigues mis pasos tan bien y con tal puntual fe, que porque yo me negué, me niegas ya tú también. ¡Claudio, di nuestros conciertos! De aquese testigo huye; que poca justicia arguye presentar testigos muertos. ¡Vivo a tu servicio efecto! ¡Bien lo muestran mis enojos! Mira que tuve más ojos que habéis vosotros tenido. Para que te descubrieras se buscó aquesta ocasión. ¡No cuerdas las burlas son tan llegadas a las veras! Pero no quiero culparte, que en todo quiero vencerme. Mas, ¡cánsate de ofenderme, pues no me canso de amarte! ¡Tal bien aquí se me esconde a tal no sé responderte! ¡Que viene tu padre advierte; con las obras me responde! ¿Qué es, Fernando? ¿Vas o vienes? Un rato voy a espaciarme si no tienes qué mandarme. ¡Ve, que buena vida tienes! Y no cúrala de gozar mientras te dejan. ¡Ay dados, que estos años malogrados más se vuelven a granjear! Como andar de noche vives, goza en las horas enteras. Toma del día lo que quieras, como a lo noche lo quites. ¡Ve y recógete temprano! ¡Muy a tiempo volveré! Ya ves, señor, que se ve todo mi bien en tu mano: ¡haz que hoy a Ricarda vea si no lo quieres verme muerto, que este fue nuestro concierto! ¿Cómo quieres que esto sea? ¡Yendo tú! ¿Y atrevereme? ¿Qué peligro hay que temer? Pues con secreto ha de ser. Ahora bien, ¡murareme! ¡Cuán de pequeña importancia serán aquellas consultas y qué miradas ocultas y con cuánta vigilancia! ¡Oh, vida de mocedad! ¡Cómo de milagro vives! ¡De qué de partes recibes el daño o prosperidad! Pues se lo vine a decir! Créeme que la fuerza es mucha. Aguarda, mi bien, ¡escucha! Harto te he llegado a oír; y lo que nunca creí, ¡ni aun ahora te lo creo! Que todo aquesto que veo es hacer burla de mí. ¡Solo me oye, por tu vida! ¡Ni aun eso puedo esperar! Que la que llega a escuchar cerca está de XXXX XXXX. ¿Qué, tan grande es mi dolor que tú temas aún de oírlo? Que muy bien podrás sufrirlo; ¡que nadie muere de amor! ¡Espera, cruel! ¡No quieras que te responda tan mal! ¡Detendrete! ¡No harás tal, o quejareme de veras! Laurencio, ¿qué es esto? ¡Nada! ¡Pues a fe que ha de saberlo! Fáltame, señor, un cuello, que no es pendencia fundada. Pregunto a su criada por él y aún responderme no quiere. ¿Tanto ese cuello se quiere que haces tanto caso de él? Era el mejor que tenía y el que más gusto me dio. ¿Perdístele tú? Yo no ni sé de él, ¡por la fe mía! ¡Por la mía juraré que eres por quien se ha perdido lo que busco! Bien reñido está el cuello, ¡bástete! No es tanta mi liviandad que eso sienta de la traza; mas perder cuello amenaza pérdida de libertad… ¡aquesta pérdida siento! ¿Tal melancolía mora en ti, que darás ahora en aquese pensamiento? ¡No seas necio! Que mil males en esa sospecha oí. Salte a entretener por ahí. ¡No apliques remedios tales! Bien he visto yo estos días eso que en tu alma pasa, que es que ni sales de casa ni te alegras cual solías. Espáciate, no seas necio, que siempre en casa te miro. ¡Vete a tus gustos! Aspiro a gustos de mayor precio; ¡todo aquello es vanidad! Pues qué, ¿das ya en religión? En una nueva opinión ha dado mi voluntad, que por no apartarme de ella de casa salir no quiero. Que, si bien sufro y espero, aquí en casa podré verla. Antes, si es buscar virtud, siempre su seguro asiento es en el recogimiento. Así tenga ella salud. ¡Muchos son nuestros errores! Un hijo santo aquí hallé. Al principio imaginé que a la moza decía amores. Si es que te llama, medios haz; ¡que su nombre se alabe! Ello es lo que Dios se sabe. Ya acabemos los dos. El camino cierto es; ese del tu paso no se aleje aunque la guerra se deje y toda pretensión cese. Que en todo lo pueda te procuraré ayudar. ¿Quieres tratar de estudiar? Si quieres, aquí te queda. Estudiar he menester para saber buscar medio, y a mi pretensión, remedio. Tarde lo podrás tener. ¡Pues déjese la jornada de la guerra, que es de tierra! Que mejor está la guerra que ya tienes comenzada. Harto es peor de vencer, y de enemigo más fuerte. Tan trocado llego a verte que no lo puedo creer. ¡Alabado sea el Señor! ¡Ven, hijo, vente conmigo! Para la intención que sigo, ¡acertado fue su error!

JORNADA TERCERA

¿Que te hechizó la gitana? ¿No lo viste? Sí lo vi, ¡pero otro hechizo temí! Fue esa sospecha vana. Que era tu dama dijiste. Buen juicio yo tenía para saber qué decía. Pues, ¿cómo curado fuiste? La misma a curar me vino; que al fin se me declaró. ¿Y no la amaste? ¡No, que fuera gran desatino! ¿Cómo declararla sentiste? Solo con hacerla un fiero. ¡Pues reñir contigo quiero porque no me la trajiste a que salud me procure, que hechizada estoy también! ¿Y quién te hechizó? ¡Tú! Bien, ¡pues yo seré el que te cure! ¡Hechizada estoy, pues vengo! Esteme yo acá entre tanto, ¡y venga lo que viniere! ¡Ruin sea quien te pusiere en las manos de este santo a hablarte tras el agravio! No muevas a eso el labio, que miedo a eso te tengo. ¡Llega Claudio! ¡Aquí me abona! ¡Llega y defiéndeme aquí! ¡No me atreveré a llegar tanto! ¿Pues hechizo yo? Cada uno se escogió gitana particular. ¡Ves aquí el más honrado corazón y el más discreto que tiene hombre, te prometo! ¡Vívate tan buen criado! Muy bien merece este nombre y que yo me precie de él, que es en el pecho muy fiel y por las manos muy hombre. Y, aun a fe que debes mucho a buenos intentos suyos, que siempre le oigo loores tuyos en todo cuanto le escucho. ¡Pues celos de aqueso ten! No, que será que es leal. ¡Aquí dicen de ti mal! Pues aquí pienso yo bien. Buen Claudio, mucho me obligas, según tu amo contó. Pues no te lo dije yo para que a él se lo digas. ¿Qué importa, siendo tan fiel? Con todo eso, ¡ese hablar cese! Mas, ¿qué haría si viniese a traerte celos con él? En mí vengarías desearte los celos de la gitana, pues otra ocasión liviana así vendría a inquietarte. ¡Pues soy la mayor mujer que has visto de vengarme! ¡Claudio, yo quiero pagarme! ¡Señora! ¡Vengo a saber por tu amo, tu tercero, que te debo voluntad! A quien siempre habla verdad contradecirle no quiero. ¡Para burla, bueno está! ¡Bueno y la comienzo ahora! ¡Claudio, amigo…! Señora, ¿qué mandas? ¡Llégate acá! ¿Por qué camino se halla solo lo que viene a ser? Bien dicen que a la mujer contradecirla es rogarla. Llega y dame aquesa mano de amistad, pues me la guardas. Llega, ¿de qué te acobardas? ¡No hagas su gusto vano! Ves aquí, señora, y fía que solo lo que le falta es el no llegar tan alta que iguale a la intención mía. ¡No es tan seguro y sano como tu lengua decía! Pues, ¿qué fue? ¡Por vida mía que sabe apretar la mano! Hace lo que le pediste. No es villano, así yo viva, aunque la mano reciba, pues que la mano le diste. ¡Ea, Claudio, suelta! ¡Baste! ¿A qué quieres esperar? Quiero que mandes soltar como tomar me mandaste. Todo lo que puedo, hago. ¡Oh! Si esto fuera de veras… Quizá lo será si esperas. ¿Quéjaste de que me pago? ¿Qué es, Claudio? ¿Riñete yo el pasado atrevimiento? Antes estoy descontento, pues que a ti gusto te da. ¿Por hacer lo que mandaste lo vengo ahora a pagar? Yo sabré, galán, donar eso que por mí pasaste. ¡Pues llega y dale los brazos, galán, donarale bien! ¡Llega, pues, los brazos ten! ¡Llega por esos abrazos! Pues que me lo mandan dos y a mí no me está muy mal, ¡llegaré! Así, pese a tal, ¡favor es de todos modos! ¡Aprieta bien! ¡Como quiera! ¡Al fin aquesto me llevo! ¿Págasme? ¡Y más que te debo! ¡Mi señor está aquí fuera! No me descontenta a mí esto, pero a Carlos… ¡no sé yo! ¡Ay, cuitada si lo vio! ¡Violo, que como entró de presto…! ¿Quién es aqueste que se entra con tanta licencia y brío? ¡Criado de un deudo mío! ¡Muéleme si aquí me encuentra! Pues, Alberto, ¿dónde está tu amo? ¿Cómo no viene? Con Felicio se detiene, pero al momento entrará si puede. Pues, ¿qué ha habido para que no pueda entrar? ¡De esto le quiero avisar para que entre prevenido! ¿Cúyo es aqueste criado? De Carlos. ¿Y él a qué viene? Digo que deudo me tiene. ¿Importa habernos hallado? ¡Pésame en el alma de ello, que es celoso grandemente! Tiene ocasión suficiente aquesta vez para ello. ¡Y más, que te vio abrazada con Claudio aqueste criado! ¡Temor y pesar me ha dado! Será menester la espada. ¡Eso es todo mi temor! ¡Oh, nunca favor tuviera! ¡Estando de esa manera haces a nadie favor! ¡Sus, habremos de romper! ¿A qué dirás que has venido? Solo se halla aquí un partido; ¡no es malo, a mi parecer!Di tú que te has desposado con Claudio, y de aquese modose dorará abrazo y todo.Eso es haberme casado, ¡y no es tal mi pensamiento! ¡Costosa traza me ofreces! Bien sé yo que más mereces; burlando es el casamiento. Ni tampoco pienso yo mudar el estado hogaño hasta que abarate el año. ¿Y ha de creerlo? ¿Pues no sabremos disimular, y con aquesta invención siempre hallaré yo ocasión de poderte visitar? Si es para ganarte a ti, ¡cualquiera traza me agrada! ¡Yo digo que es estremada! ¡Yo haré lo que fuere en mí! ¡Que tal viste no lo creas! Pero, pues entrada hallaron, no en balde la negociaron. ¡Velos, si verlos deseas! ¿Qué buscan, Ricarda, aquí estos señores? Su casa. ¿Cuál es? ¡Esta! ¿Eso pasa? Sí. ¿Y a quién en casa? ¡A mí! ¿Y para qué te buscaron? No a fe, ¡para darme enojos! ¡Pues buscábante con ojos y con los brazos te hallaron! Con todo pudo buscarme, si es que hallarme procuraba: ¡en mí su mujer buscaba! Ahora quiero declararme: ¡Carlos, dame el parabién, que estoy casada! ¿Casada? ¡Como quien no dice nada! ¡Casada! ¿Y con quién? ¡Con mi Claudio, que me viva mil años! ¿Y por qué callabas y a este señor ocasión dabas? ¡No hay quien por trece reciba! Ya yo sé que sois pariente de Ricarda, ¡que buen celo engendró aquese recelo! ¡Turbástete bravamente! Causolo la novedad. ¡Muchos años os gocéis! Y en mí, vos, señor, tendréis de hoy más estrecha amistad. ¡Siempre os tengo de servir! Reconocedme, señor, de hoy por vuestro servidor. ¡A ese oficio he de asistir! Hase en mi casa criado Claudio honesto y virtuoso. Y así estoy yo muy gozoso de verle bien empleado. Es bien nacido y hacienda tiene, y tras ella, la mía. ¡Dame el suceso alegría! ¿Qué hará a mí, que hallé tal prenda? ¡Y esta ya hizo el desposorio! En breve se vino a hacer. ¡No lo pude yo saber! Ese fue yerro notorio de que después me pesó. Mas deseaba con veras y temí no lo impidieras. ¿Impedir tal cosa yo, que es lo que más deseaba? ¡Y en fe de ello a Claudio doy quinientos escudos hoy! ¡Haces cual de ti esperaba! ¡Beso tus manos, y vivas mil años! ¡Hoy los daré! ¡Grandeza tuya esta fue! ¡Hoy de nuevo me cautivas! Vos, mi bien, ¡seamos amigos! ¡Bueno está! ¡Mi corazón! Yo sé que en esta ocasión no son buenos los testigos, mas buscaré la mejor. ¡Muchos años os gocéis! ¡Mil vivas! ¡No me olvidéis! No haré. ¡Adiós, señora! ¡Él os guarde! ¿Así han pagado por un caso semejante? Es me a mí el más importante y el que más he deseado, que librarme deseaba de este cargo. ¡Mal caigo! Para eso, ¡aquí estaba yo! Pasó como me importaba, pues la podré visitar. ¿Por eso no me casaste con ella? ¿Porque notaste que no sé disimular? ¿Fuéronse ya? Ya son idos. ¡Pues baste, señor, mando! Sé serlo. ¡Y descomedido! ¡Bien logra cuentos fingidos! No disimulaba bien, mas mi trabajo me cuesta. ¿Era labor muy molesta? ¿Que más que un prestado bien? ¿Qué dices de esto, Fernando? Que fue de burlas la traza y que de veras abraza Claudio, y yo lo estoy mirando. ¿Has visto qué libre anduvo? Eso vendrá a merecer quien por haceros placer en aqueste aprieto estuvo. Tanto trabajo fue cierto ser de burlas desposado. Pues de soñarse casado, suele uno amanecer muerto. De los quinientos ducados, ¿qué piensas hacer? Guardarlos. ¿Irasme, Claudio, a cobrarlos? Y dalos ya por cobrados, mas mire que a mí se dieron. Yo de ellos testigo he sido. Diéronlos a mi marido. A Claudio no más dijeron. ¡A casa he menester ya! Ricarda, ¡adiós! ¿Qué hay que hacer? Ir a casa he menester, que tengo allá que acudir. ¡Adiós, que estoy con cuidado! ¡De eso le habré de tener! ¡Adiós, señora, mujer! ¡Adiós, mi son velado! ¿Qué dices? ¿Qué he de decir? ¡Que vivas para que enmiendes mi mal amor! De duendes me habrá aquesto de salir. ¡Calla, que han de salir ciertos estos tesoros soñados, o los quinientos ducados quedan en tu poder muertos! Mucho me debes, pues vengo por tu ocasión a esta casa. Mas, si ahora al salir pasa Lupercia, ¡buen pleito tengo! Que eso será imposible, ¿cómo es posible saberlo? Téngase recado en ello, ¡que sería error terrible! Por venir de agua cargada, oso llegar al lugar do me pudiera abrasar en la memoria pasada. ¡Mi enemiga vive aquí! Mira bien, Claudio, si pasa persona alguna de casa. ¡Lupercia! ¿Quién? ¿Vesla allí? ¡Pobre de mí, no te vea! Escóndete bien. ¡Ay, fiero! No se esconda, caballero, que no ha hecho cosa fea. ¡No se suspenda ni corte! Mire que se echa a perder; que el hidalgo no ha de hacer cosa que encubrirla importe. ¿Quieres oír mis respuestas? ¿A eso quieres ponerte? Sí las tendrás, ¡pero advierte que tengo un cántaro a cuestas y no me debe de ser ligero como en mi nuevo, y por ser esto que llevo agua que tú has de beber, pesa por ser para ti! ¡Mira si es la razón poca, pues yo doy agua a tu boca, y tu boca fuego a mí! Si esta disculpa pretende tu pecho, ¡no las recibo! Que el fuego que está bien vivo, ¡más con el agua se enciende! Por cierto, ingrato es tu celo: ¡cántaros de agua te ofrezco, y tu gracia no merezco, y un jarro merece el Cielo! ¡Con males y con enojos pagas siempre mi fe loca, y otras dan agua a tu boca, y tú, tras darla, a mis ojos! ¡Oye! ¡Cansome ya! ¡Espera! ¡No hay más pruebas que esperar! ¿Quiéresme entre agua ahogar? ¡Nunca yo aquí te trajera! Contado te he mi pesar porque en tu pecho discreto hallé consuelo secreto con quien le podré tratar, pues hará la voluntad del amor antiguo y viejo. ¡Seguro tu buen consejo y segura su amistad! Bien sabe Dios si quisiera servirte mi sano pecho en trance no tan estrecho ni ocasión de esa manera. ¡Mira qué orden quieres dar! Ese es el que yo te pido, porque tiene mi sentido turbado tanto pesar. ¿Que está en casa Vespasiano? ¿Tu hija? ¡Sin duda alguna! ¡Que en ti el rigor de fortuna tanto asentase la mano! Digo que se está leído que Fernando la traería. ¿Viose tan gran villanía, que ese traje la ha vestido? Moza de su casa es. Pues, ¡vive Dios, que ha de ser su legítima mujer! Afligido ya no estés. ¡No quedará de mí pieza o se casará con ella! ¿Sabes que vino con ella? No hay de eso alguna certeza, mas en un tiempo han faltado y están juntos. ¡Basta eso! Lo bueno de ese suceso es que no está divulgado, y si ahora se enmendase, honra perdida no habría, pues nunca se entendería la traición. Enmendarase esto; ¡asegurarte puedo! Por eso conté mi mal a un pecho tan principal y a un tan noble caballero. ¿Tu hija hate visto a ti? No, nadie sabe quién soy. De eso muy contento estoy, que importa que sea así para que no se alborote el traidor y huya la cara y el medio que yo tomara oiga y su cordura note. A su padre, de Fernando le diré que un casamiento tengo a su hijo, y muy de asiento le iremos con él tratando. Diré el linaje y la hacienda, pues su ventaja se ve, mas su nombre no diré porque el hijo no lo entienda. Direle que es de Navarra; del dote seré fiador. ¡No haya adonde tu valor ponga más lejos la barra! Como en el dote te fíe y abone tu calidad con mi fe y autoridad, no hayas miedo que porfíe, sino que a mi dicho solo crea, aunque para testigos prevendré en Navarra amigos. Y esto no es tratar de dolo, pues es lo que le diré en todo para verdad; que disfrazo su maldad. ¡En todo te seguiré! Yendo allá a hacer la boda ella irá, yo te aseguro, y lo tendrá por seguro. ¡Mi suerte así se acomoda! Que si la verdad decimos podría ser que no quiera, que sumo casé a su nuera y a riesgo grande venimos. Que, cual dices, el traidor que moza la vino a hacer no debe de pretender mirar mucho por su honor. Claudio te busca. Aqueste es un criado de Fernando. ¿Qué te quiere? ¿Está esperando? Sí. Dirételo después. ¿Piensas darle aquel dinero? ¡Necio, no se lo he de dar, pues se lo llegué a mandar! Granjear a este quiero, que es de en casa de Fernando y no es malo para amigo. ¡De importancia es grande! Digo que ya yo me voy cansando, pues a huérfanos no faltas. ¿Podrate este conocer? Sí. ¡Pues no te pueda ver! ¡Lo que gana un suplefaltas! ¿Qué engaño es este de amor? Mujer loca, ¿a dónde vas? Pues que cuanto lavas más, ¡más vas manchando tu honor! ¡Brazos, al aire salid, que pocas veces os vio! No os corráis, que el que os venció es en engaños un Cid. Pero lavemos ahora mereciendo la soldada; haré como moza sin nada, ya que no lo fui señora. ¿Tu amo está por acá? ¡No sé! Con él no me avengo después que dineros tengo. ¡Señor quiero ser yo ya! Eso fuera, a serlo de ellos. Por ahora, yo poseo. ¡Deja aquese devaneo, que estarás triste al perderlos! ¡Ves aquí, tu amo! ¡Ve! ¡Oh, nunca yo te encontrara, que me cuestas harto cara! ¿No llegas, señor? ¿A qué, a volverme a destruir? ¡Llégate, por vida mía! Que no hacerlo es grosería y a mí me importa el vivir. ¡Con condición que me des luego un fingido recaudo, diciéndome que he olvidado un negocio! ¡Así sea, pues! Señora, ¿recién casada? Ya el dote se cobró. ¿Qué, Carlos al fin pagó? ¡Sin que nos faltase nada! Fernando, aconséjame: ¿qué haré en esto? Ya que esperas, haz esta boda de veras, que otro remedio no sé. ¡Que no me quiero casar! El engaño culpará Carlos. ¡Y otro faltará para saberlo dorar! Diremos que le pidió otra a Claudio allá en su tierra que tenía en esta guerra mejor derecho que yo, y que deje el casamiento. Pues pedirate el dinero. Diré que con ello espero de otras bodas el contento. De lo que aquí llego a ver, ¿cuál es más de ponderar? ¿Volverme aqueste a engañar o volverle yo a creer? Mas di, ¿no es de reprehensión en esta mi desventura creerle a él mi locura, que engañarme su traición? Si a mi amo hallar no puedo, ¡téngome yo de matar! Ya estoy harto de buscar; ¡en este campo me quedo! Y más, si gustando de ello aquesta cara de rosa. Dígame, señora hermosa, ¿quiéreme lavar un cuello? ¿No me responde, mi estrella? ¡Si supieses a qué tiempo me traes este pasatiempo…! ¡No tiene lengua doncella! Ved lo que vengo a medrar: ¡que me haya puesto aumento tan baja, pues un pícaro es quien sola me puede hablar! ¡Ah! ¡Mi reina, mi princesa no responde a lo que digo! ¡Vete norabuena, amigo! Señora medio condesa, ¡que no te dio el Cielo estados para no traerte aquí! Que andan mantos por ahí harto más mal empleados. No tuviera el hombre un coche y un condado que te dar, porque no es tuyo el lavar más que del Sol hacer noche. ¡Ay, desventura sin tasa! ¡Lupercia me ha visto! ¡Ay, triste! ¡Ella es! ¿Qué es lo que viste? ¡La criada de mi casa, que me ha visto hablar contigo! Pues en aqueso, ¿qué va? ¡A mi padre lo dirá y estará a matar conmigo; que, en efecto, es padre viejo! Pues, ¿de eso se ha de espantar? ¡Quiero llegarla a aplacar! Será acertado consejo. ¡Cúbrete, por vida tuya, no te conozca! ¡No hará! ¡Juana mía, por acá! ¡Tarde es ya, por vida suya! Acá a mi humor me acomodo. ¡Vuélvase allá a su llama! No se enoje aquella dama; ¡que será perderlo todo! ¡Vete, amigo! ¡Ya concluyo! ¡No me quites este rato, que su término y su trato más honrado es que no el tuyo! Muy bien te puedes estar: ¿no buscas a tu albedrío tu gusto? ¡Déjame el mío! ¿Todo me lo has de quitar? ¡Allá tú, como señor, vete con esa señora, y déjanos acá ahora los de un estado y amor! ¡Vete, que te notarán de que hablas a tal mujer! ¡No harán tal, que podrá ser fregona del Preste Juan! ¡Envía ese hombre de ahí, que no tan sufrido vengo! Antes, por eso le tengo: ¡porque me guarde de ti! ¿En qué de mi punto caigo, o qué orden quiebro, o cuando viste la moza lavando sin que esté al lado el lacayo? Y en esto has disculpa hallado, que, ¿cuándo al campo o huerta salió la dama encubierta sin que el galán vaya al lado? ¡Vete! Estaremos así, cada uno en su ejercicio, ¡que quiero hacer bien mi oficio, ya que una vez le escogí! ¿Testigo para eso quieres? ¡Allá te desvía, amigo! ¡Para esto quiero testigo, y sépase quién tú eres! ¡Desvíate! ¡No te apartes! ¡Si esa licencia me das, en este brazo verás no un Marte, pero mil Martes! La mujer muere por mí: ¿do tal ventura se vio? Mas, ¡tal talle tengo yo…! ¡No temas, que estoy aquí! ¡Váyase y cuentos remate! ¿Por qué quieres, si eres cuerda, que aquí la paciencia pierda y que haga un disparate? ¿Tanto quieres que me cueste? ¡A este quiero yo querer, que agravios de tal mujer han de vengarse con este! ¡Haz aquí alguna locura con que las demás abones y mi deshonra pregones! ¿Qué es lo que tu alma procura? ¡Quiero esperar mejor suerte! Tanto a servirte me animo y tanto tu honra estimo, ¡que me voy por no perderte! ¡Mi amo se va! ¡Y sin verme! ¡La moza quiso engañar! ¿Tanto la quiere agradar? ¡Temo que de ella no enferme! Mejor es su pensamiento. ¡Adiós! ¡Quiero irme tras ellos, que está mucho tiempo en ellos este dinero violento! Voy a su casa a lo verlos antes que algo de derrame; ¡no se haga propia sangre que después no haya sacarlos! ¡Lo que se tarda en seguir que aquesto comprenda el cielo! ¿No me hablas, mi consuelo? Ya, amigo, se puede ir. ¿Qué me dices de mi brío; cómo de aquí te llevé? Y si tarda, ¡por mi fe que le hago un desafío! ¿Y qué me quieres a mí? Tan presto a mí te rendiste, alma mía, ¿en mí qué viste que tan bien te parecí? ¡Vete ya y la burla baste! ¡Mi bien…! ¡Vete, hombre, de aquí! ¿Quién te dijo mal de mí, que tan presto me olvidaste? ¡En mala hora y malos años XXXX el necio de aquí! Por mi mal te conocí, Juanica, lavando paños. No hay ya para qué lavar; ¡a casa quiero tornarme! Que aqueste no ha de dejarme, pues ha dado en porfiar, mas… ¡ay, ya enojados cielos! ¡Ay, había furiosa peste! ¡Ay, que no es por huir de este, sino que motivan celos! ¡Téngote! ¡Deje espiando, ya que emprendiste este fuego para mi desasosiego! ¡Vi yo a Juana estar lavando! Señor Carlos, lo mejor que de este negocio espero es el ser vos el tercero. Eso tiénelo peor, pero lo que os aseguro es que por seros amigo trazo el negocio que digo, que es honrado y seguro: que en los ocho mil ducados de dote la fiaré, y en el linaje yo sé que es de vos aventajado. No hay para qué con rigor mal información pretenda, pues de linaje y hacienda tengo tan buen fiador. Esto quede concluido, pero será menester que entrambos se puedan ver. ¡Es muy tuyo este partido! Y con mucha brevedad o enviaremos por ella, o iremos allá a verla. ¡Grande es aquesa amistad! Y más, que tengo poder para escrituras y todo. Luego, siendo de ese modo, ¡lo podemos fenecer! Búsquese el medio que cuadre más bien a entrambos lados. ¡Ojalá pluguiese a Dios que ya la hallase su padre! Que con este pensamiento la permito que ande fuera, porque entonces, dentro o fuera, se acabará aqueste cuento. Con todo eso, haces mal en sufrir ese ejercicio, y que ande en tal oficio mujer que es tan principal, y a por agua, y a lavar. Aquesto de razón pasa; que aun los servicios de casa podranse sobrellevar. ¿Quieres hacer que me mate arguyéndome ahora de eso? ¿No tengo perdido el seso sobre aquese disparate? ¿Cuántas veces me he ya puesto a remediarlo, y porfía, porque dice que sería luego, al punto, manifiesto que honrándola de esa suerte? ¡Dice que sospecha daba de que algo me importaba! ¡Y no mal de eso! Advierte: lo que disimula más es andar ella cual anda. De aqueste enojo la ablanda. ¡Veré, falsa, dónde vas! ¿Quieres mirar cuál me tienes? ¡Pues te vengo aquí a buscar! ¡Jesús! ¿Quiéresme matar? Di, Ricarda, ¿dónde vienes? Mi padre está aquí, ¿qué haces? ¡Salte luego como el viento! ¿No hallabas, Fernando, asiento mejor para tus solaces? ¿Quién es aquesa mujer? Mujer de Claudio. ¿Casado? A lo menos, desposado. ¿Pudiéralo yo saber? Fue arrebato el suceso; que tampoco lo entendí aunque me tocaba a mí. ¿Es disculparte con eso? La verdad digo, señor. También certifico, y digo que yo soy de eso testigo. Pues, ¡a la paz del Señor! ¡Dejémoslo ahí y ven! Enojado de mí está. Pues Ricarda, ¿cómo va? Como empleada, ¡muy bien! Yo os he, señor, de servir. ¿Qué quiere Carlos acá? No lo puedo adivinar. ¡Algo me sé reportar! Con lo que digo, ¡sea! ¡Ricarda tuya está allí viéndonos! Por vida tuya, ¡que no vea de qué arguya que vienes a verme a mí! ¡Mi bien, que a verme viniste! Dame el dinero, ¡ya corta! Disimulemos, que importa. ¿Parte de él dó te trujiste? Aquello tengo cobrado solo para emplearlo en ti como me empleé a mí. Y, estado bien empleado, ¡cadenas sean hoy mis brazos! Y fía que ya se ordena que una costosa cadena te dé gustosos abrazos. ¡Ya parece esto de veras! Importa disimular. No hay de quien nos recelemos. Como de estas. ¿Qué esperas? ¡Corazón, sosiégate! Pues ves este desengaño, ¡ya no más de aqueste daño temerosa el alma esté! ¡Gocéis, Claudio, de la prenda por muchos años y buenos! A tu servicio al menos huelgo que mi bien se entienda. Vos, señora, me tened muy por servidora vuestra. ¡Dete Dios suerte muy diestra! ¡Señor Fernando, volved! ¡Ya veo mi sinrazón! Pero una celosa culpa tiene fácil la disculpa, ¡y así lo será el perdón! ¿Para qué quieres hablar con un aleve como yo? Ya aquese error se acabó; ¡acábese de culpar! No te había yo contado de todo esto lo que ha sido. Quien no debe ser oído, ¡no merece ser hablado! ¡Seamos amigos! Ea, mi Fernando, ¡no haya más, que yo callaré de hoy mal aunque mil sospechas vea! Las paces no vienen bien ahora en este lugar, que las quiero celebrar cuando provecho me den. Y, ¡ay quien mis brazos impida, que están presentes testigos! Pues, ¿no quedamos amigos? ¡Quedas por bien de mi vida! Pues voyme, que está aquí aquella. Ya que llevo quieto el pecho, y ya que yo no sospecho, no es bien que sospeche ella. En todo tienes cordura si no es en ser celosa. En casa moza hermosa tampoco es cosa segura. Seralo donde tú estás. ¿Qué era lo que tanto hablaba? Quién eras me preguntaba, y sobre esto, mucho más. ¿Llegas a considerar, de aquestas trazas que mueves, cuánto es lo que me debes? Ambos tengo de escuchar. Veré qué es lo que se trata tan despacio, si es la fiesta de la boda. ¡Oído presta un poco al mal que me mata! Esperaba que en ti tuviera algún agradecimiento, ya que tu conocimiento esta plática moviera; que te estaba a ti mejor que no a mí, por ser mujer, y al fin vienes a vencer tu tibieza y mi dolor. ¿Ves a lo que me he dispuesto llevada de tu afición, pues la honra y la opinión tan al tablero la he puesto? ¡A mis parientes engaño! ¡Mis pretensiones olvido por no tenerte perdido, que es para mí el mayor daño! Mi Fernando, si esto ves, ¿es posible en tal historia que algún poco de memoria a tantas prendas no des? ¿Qué respondes? Que te pago como puedo, y te prometo, pues por tu amor y respeto, más de lo posible hago. Lleva, Claudio, esta mujer; no sea, ¡triste de mí!, que por remediarte a ti me venga a echar a perder. ¿Aún esa mano me das con toda aquesa escaseza? Vuelve, Claudio, la cabeza; tenme siempre cuenta atrás. ¿De qué cuidado recibes si tan fielmente me tratas? ¿Por qué ocasión te recatas si tan santamente vives? Oh, ¡qué presto te cansaste de verme un poco segura, pues a mayor desventura en un punto me tornaste! ¡Un poco mi mal se ausenta para volver todo junto, que no quieres que esté un punto aunque engañada, contenta! De todo me has dado lumbre: ya con esto el sello echas, ¡que hasta aquí fueron sospechas y ya es ahora certidumbre! ¡Señora, oye! ¡Calla, infiel a tu misma honra, alevoso, que te es tu daño gustoso por tener yo parte en él! Quítate de mi presencia, de do no te vean gentes, y pues aquesto consientes, ¡préstame a mí tu paciencia, que con ella pasará mi vida cualquier suceso! ¡Qué paciencia! Quien sufre eso, ¿qué daño no sufrirá? La mujer del tu criado te trata de esa manera, y a lo menos no fuera no estando el marido al lado. ¡Ese tu pecho traidor tales traiciones enseña que, con no ser muy pequeña, es la mía menor! ¿Cómo? ¡Que sufráis aquesto…! Qué, ¿hay por qué me amenacen? Pues, ¿súfrente lo que tú haces y no me sufrirán esto? ¿Quieres saber lo que ha sido? Que, ¿hay paciencia que a esto baste? ¡Sufre tú, pues que tomaste marido también sufrido! ¿Llegar a ella me deja? ¡Pues muy sin temor te espero! Que la mujer del carnero, ¿qué puede ser sino oveja? ¡Burla todos de mí hacéis, pero yo la haré de alguno! ¡No tiene culpa ninguno! ¡Señora, no os agraviéis! Juana, ¿qué voces son estas? ¡Una traición brava y fiera! ¿Por qué de aquesta manera a una mujer molestas? ¿Qué te ha podido hacer para darle esta pasión? ¡Por Dios, que no es discreción ni prudente parecer! ¡Pues hallarasme muy bueno para sufrirles locuras! ¡Déjame mis desventuras, que ya no hay ponerlas freno! ¡A la ocasión agradece! Que, quizá, si otra fuera, de otra suerte respondiera, mas un temor me enmudece. ¡Yo supiera responder a todo lo que dijeras; que en esto, aunque el mayor fueras, no quisiera obedecer! Ahora bien, ¡dejémoslo! ¡Laurencio, siempre entendí lo mucho que te debía y mi alma lo agradecía! Quería darte a entender, para que fueses tratada, que en ti no manda criada sino respeto a mujer; que lo tienes de ser mía, ¡y para que lo pretenda hoy la vida y la hacienda! ¡Esto encubierto tenía! No quiero más encubrir lo que por fuerza ha de ser. ¡Dejaré de padecer y dejarás de servir! En público me declaro porque veas qué me debes. Amigo, ¡por mí te atreves poco! Te cuesta muy caro precio tus intentos buenos, y el galardón liberas; que alguno me debe más y me sabe pagar menos. Mas, tan bueno eres como él, ¡bien sufrirás tú su falta! ¿A quién paciencia no falta en un trance tan cruel? Cruel, ¿qué quieres hacer? ¿Estás, Fernando, en tu seso? ¡Bueno es que digas eso tras saber que es mi mujer y lo será aunque mi padre me venga a desheredar! Que no me podrá quitar él la hacienda de mi madre. Yo no reparo en hacienda, sino en fe sencilla y pura. ¡Ni sé si tengo soltura ni si al dolor suelte rienda si digo quién es a llano su casamiento y mi mal! Pues viendo que es principal, ¡la casarán con mi hermano! Disimular es mejor; ¡mi padre lo estorbará! Fernando, tú hallaste ya otra ventaja mayor, y yo la hallé en voluntad, pues sin conocerme me ama; y tú sabes mi honra y fama y me tratas falsedad. Esta no la hallas en mí, ¡que bien claro aquí te hablé! Ni tampoco la tendré para el que ya escogí. Hayas errado o acertado, ¿ya que habemos de hacer? ¡Ya es hecho! ¿Qué es esto que en un momento ha sucedido por mí? ¡Ah, Lupercia! ¿Qué es de ti y qué es de tu juramento? ¿Si fue burla por vengarse? Mas… ¡ay, no, que fue en mi daño! ¡Qué mucho que aqueste daño pudo de ella recelarse con mi hermano, que estos días se encerraba siempre en casa! ¡Aqueste fuego le abrasa! Ciertas son desdichas mías: están de conformidad, ¡y ahora aquesta invención de Lupercia fue ocasión para dorar su maldad! Que hablarte tengo, Fernando. ¡Y yo que contarte a ti la mayor maldad que vi! Con miedo estoy escuchando… ¿qué ha sido? ¡Este hijo tuyo, aqueste Laurencio, trata amores con esta ingrata cuyo nombre aún temo, y huyo con esta suya! ¡Calla, que es error por mi salud, pero es más de la virtud, ser todo en murmullo! A saber su santidad dejarás esa opinión: quiere entrar en religión, que mal sabes la verdad. Si no le estorbas su intento, ¡con ella se casará! ¿Y aún el otro pobre está con aquese pensamiento? Es un alma del Señor; que ya ni trata de guerra ni de cosas de la tierra, sino de solo Su amor. Sábete que lo sé bien, que lo tengo examinado. Y yo que aquí lo he escuchado podrelo saber tan bien. ¡Si el mal que está hecho ya cura y no consejo quiere, al daño que te dijere remedio piadoso da! No quiero tenerte en calma, sino al momento decir que yo te vengo a pedir remedio del cuerpo y alma. No vengo a que me aconsejes, que es ya tarde para mí, sino que consuelo a ti y a mi licencia pareces. Conformémonos los dos; que si replica tu labio a mí me ganas agravio y muy grande ofensa a Dios. Él me ha dado ya mujer que a mi alma satisfizo, y no es bien que lo que Él hizo lo vengas tú a deshacer. No te he querido encubrir más presto aquesta celada, porque en mujer tan honrada no es término de sufrir. También me quise ausentar, pero hallo por mi cuenta que aquel que del Juez se ausenta ya se comienza a culpar. No hay medio que a ti no cuadre como que a ti me presente, pues que yo vengo inocente y el Juez viene a ser Padre. ¡Fiad de esta religión! No me quejo yo del daño, ¡mas quéjome del engaño que me hizo su corazón! ¡Erraste el recogimiento que profesabas, traidor; era aqueste el nuevo rumor y el continuo encerramiento! ¡Verdad en todo te dije! Nuevo intento y nueva vida es la que tengo escogida, pues otra alma ya me rige. Verdad es que me encerré, pues en casa está escondida y verdad mi nueva vida, ¡pues digo que me casé! ¿Con quién? Juana es mi mujer. ¿Con tu criada, traidor? ¿Conoces qué es el honor? Cumplir o no prometer: aquesto es lo que sé yo que es lo que más honra labra, y más cuando la palabra a honrada mujer se dio. Cuanto más que ya en conciencia yo no lo puedo dejar, ¡y deséome salvar! ¿Tal oigo y tengo paciencia? Pues, ¿qué obligación la tienes? ¡La que la puedo tener! ¿Que tal vienes a saber y a mirar mi cara vienes? ¡No te mando que la dejes, que más que tú temo a Dios! ¡Allá os avenís los dos! Mando que de mí alejes! ¡Acábanse a la pasión! ¡En mi vida he más de verte, ni a la hora de la muerte! ¿Viose tan grande traición, oídos, que sois testigos de tal? Pues, ¡no he de contar quién es ella, que era dar placer a mis enemigos! ¡Yo acabaré mi querella si lo acabare conmigo, que en mujer mayor castigo es el no hacer caso de ella! ¿Aquí estás, tirano? ¡Vete! ¡Sí! ¡Calla! ¡No me aconseje tu alma que a Juana deje, que en todo obedecerete! Bien hice en fingirme el cargo, que el negocio es sin remedio; porque tomar otro medio fuera negocio muy largo. ¿Qué dices de aqueste santo? Si me quieres contentar, ¡no hemos en esto de hablar! ¡Yo te pidiera otro tanto! Lo que diré en un momento es que, ya que un hijo ha errado y a mi pesar se ha casado, ¡cásese otro a mi contento! Ya yo te tengo, Fernando, casado. ¡Sumo placer! No es, señor, menester irme el negocio contando si es cosa que te da gusto. Séase la que se fuere, ¡pobre, rica, hermosa o fea, de casarme luego gusto! ¡Gócete infinitos años! ¡Como siempre, el Cielo envía tras el pesar la alegría y los bienes tras los daños, y tras aquel hijo ciego un hijo cual tú, obediente! Es rica medianamente, y hermosa… ¡verasla luego! Que me acaban de avisar que la puedes ir a ver. ¡Iré con mucho placer! ¡Presto me puedo vengar, ingrata! Si te has casado, ¡también me casa a mí el cielo! Esta venganza y consuelo, ¡a qué buen tiempo ha llegado! Hijo, pues resuelto estás, ¡vamos y no estemos tristes! Y mira cómo te vistes: advierte que a vistas vas. Claudio, ¿sabes la mudanza? Todo lo tengo entendido, ¡y más que eso he yo sabido que te puede ser venganza! Lupercia, arrepentida de haberte ofendido así porque tenía de mí ya tu disculpa sabida, que la dije la intención de haber tú a Ricarda hablado y que era haberla engañado, y todo por mi ocasión, confusa salió de casa y a buscar su padre fue. Fui tras ella y la hallé; ¡en su poder esto pasa! ¿Con su padre está? ¡Ha querido huir de tu hermano! ¿Ahora cómo puede la traidora huir ya de su marido? ¡Hale su honra entregado y en las manos se la deja! ¡Cuerdamente se aconseja! ¡Eso Laurencio ha intentado porque no se contradiga el casamiento! No hay tal de mujer tan principal; ¡tal bajeza no se diga! ¡Habló con desenvoltura: fue colérica y celosa! Mas, no ha pasado otra cosa, ¡y ya llora su locura! ¡Pues tarde la llora ya! ¿No estoy ya, Claudio, casado? ¿Qué dices? ¡Lo que ha pasado! Te iré contando: ¡anda acá! Aquí verás, falsa y fiera, lo que amor de padre abrasa, ¡pues tal llegando a mi casa te trato de esta manera! Tratarte quiero de este arte, sin mostrarme riguroso, que en tal delito es forzoso el perdonarte o matarte. Matarte no lo haré porque tengo al Cielo miedo, y pues matarte no puedo, pues puedo perdonarte. Ya busco tu buena andanza y aquello que más te cuadre, que agravios de hijo a padre piden cura y no venganza. ¡Mira cuán ligero paso por tu delito pasado, pues este día te he hallado y aqueste día te caso! Vuestro pecho es, señor, tanto, y tan grande amor declara, ¡que por poco celebrara vuestra terneza con llanto! Ya Lupercia se sujeta a vuestro gusto y acuerdo; que hija de padre tan cuerdo por fuerza ha de ser discreta. Rendida está, como es justo, a vuestro honrado partido, y sé que la dais marido que será muy de su gusto. ¿Cómo, si a Fernando dejo? ¡Que te pierdo, mi Fernando! ¿Cómo no me vas buscando, ya que yo de ti me alejo? ¡Pero la palabra dada tenla, Fernando, por cierta, que antes me verás muerta que no con otro casada! Vespasiano espera aquí. ¡Entre! Estate tú a ese lado con tu hija descuidado y déjame hacer a mí. Nunca espero bien menor desde esta casa. Esperad de ella todo lo que valga ella y aun deseo harto mayor. ¡Gocéis mucho enhorabuena, Fernando, el dichoso estado! ¡Seralo, pues por ti es dado y tu gusto me lo ordena! ¿Es posible que me caso, mi Lupercia, y que te olvido? A buen tiempo hemos venido; ¡detened un poco el paso! ¿Ves, Fernando, allí, tu prenda? ¡Mírala despacio, bien! ¡Dámelo, porque esto bien alabe, mire y entienda! ¿No es esta Lupercia mía? ¡Sí, que su padre es aquel! ¡Ah! ¿Qué esta es? ¿Traición cruel o no pensada alegría? ¡Fernando y su padre son! ¿Qué pudo aquesto haber sido? Este ha de ser tu marido. ¡Mírale con atención! ¿Mi marido? ¡Oh bien extraño, tanto que ha de recelarse! ¿Si mi padre, por vengarse, le ha traído por engaño? ¿No es aquesta mi criada? Tu criada es, Vespasiano, y la que yo de mi mano a tu hijo tengo dada. A tu casa no viniera si la dejara tu hijo; mas, aunque ser criada dijo, ¡muy bien puede ser tu nuera! Hija de Tiberio es, que está presente, de quien yo te conté tanto bien de que dudoso no estés. Si Fernando me dejara mi hija en mi casa a mí, ¡no te rogara yo a ti; que él fuera quien me rogara! Señor, todo esto es verdad. A esta dama que está aquí fe de marido la di, y antes en la voluntad. Por bien, pues eres cuerdo, ten: que de aquesta fe no tuerza, pues que cuando fuera fuerza a mí me estaba más bien. Lupercia vino tras mí de Zaragoza a su casa, y todo lo demás que pasa podrás inferir de aquí. ¡Solo ocasión esperaba para pedirte este gozo! Comencelo como mozo; como cristiano lo acaba. Esto ya tú lo ordenaste; a tu orden no replico, que esto que yo te suplico es lo que tú me mandaste. ¿Qué haré yo en este estrecho? Yo, señor, os confieso que de este extraño suceso es mío todo el provecho, y así, no lo conocer fuera muy gran desvarío, pero… ¡dice otro hijo mío que es Lupercia su mujer! Yo sé que dijo mi hermano aqueso por engañarte, que en este pleito no es parte. ¡Todo el cuento sé yo llano, y Laurencio no es tan razón porque impida aqueste hecho; que ni él tiene derecho ni Lupercia obligación! ¡Qué de traiciones descubro! ¡Lo que fiel Lupercia diga! ¿Qué es esto, hija enemiga? ¡Yo engaño ninguno encubro! A Fernando yo le di la fe como esposo mío. ¡Lo demás es desvarío! ¡Yo confieso que fue así! Lo demás todo había sido engaños y mocedades. Estas solas son verdades y verdad lo prometido; que del dote y el linaje, ¡yo digo soy fiador! ¡Mira si quieres, señor, que esta contienda se ataje! Mal haré contradicción si el dichoso venga a ser. ¡Gózate con tu mujer y tengas mi bendición! ¡Tanto agradecer no puedo! ¡Abracémonos los dos! ¡Oh seas bendito, Dios, que salimos de este enredo! ¿Osaré pedir los brazos o soy todavía culpado? ¡Ya mi pecho se ha soldado de aquellos celosos lazos! ¡Yo seré la temerosa que os enoje! ¡Y a pago vuestro esposo soy! ¡Y yo vuestra mujer venturosa! ¿Qué tiranía es aquesta? ¿Quién me tiene a mi mujer? Mi padre, ¿qué puede ser? ¿Qué venida ha sido esta? ¿A dónde vas, traidor? ¿A dónde? ¡Por mi mujer! Está aquí. ¿Vesla, por ventura? ¡Sí, que el disfraz no me la esconde! ¡Juana…! ¡Mira lo que dices, que yo Lupercia me llamo! ¡Traidor! ¿Cómo no te infamo, pues de mi fama desdices? ¿A la mujer de tu hermano tratas de aquesa manera? ¿Mujer de mi hermano? ¡Espera! ¿Y con quién estoy ufano? ¡Di aquí quién es tu marido! Fernando, ¡viva mil años! ¿Hallas ya sobre esto engaños? ¡Puede esto ser impedido! Tienes tu mayor acción en que fundes tu justicia. ¡Tendrá sola su malicia! ¡Tengo una loca afición! ¡No tengo que pretender que mi acción desapareció, como solo se fundó en palabras de mujer, de que fuiste tú testigo! ¿Oite estas? ¡Solo aquellas! Pues aquello eran querellas de un enojuelo conmigo. ¡Miren con cuánto reposo esta boda se me encierra! ¡Sus, yo me voy a la guerra o me meto religioso! ¡Calla! Tu boca no abras. ¡No haya más! ¿Por qué culparle? ¡Sí habrá, que es razón que calle quien tan mal medra en palabras! ¡Digo que ocupado está! ¿Por qué porfías a entrar? ¡Hele menester hablar! ¡Ricarda, por acá! ¡A ti te vengo buscando, que te he de hablar un momento! Hallarasme muy contento y desposado a Fernando. ¿Pésaos ahora de verla? ¡Ya esa pasión se murió! Ya sé su ventura yo. ¡Muchos años os gocéis! Para servirte me hallaste casado con la gitana. ¿No es Juana? ¡También es Juana! ¡Hartas mujeres tomaste! Carlos, de ti recibí una XXXX que me pusiste y como a Claudio la diste quiere burlarse de mí. ¡Manda que aquellos ducados me los dé, pues míos son! Yo los di con intención de que a entrambos eran dados. ¿Claudio no es tu marido? ¡Si él los tiene, tú los tienes! ¿Con quejas ahora vienes? Todo ello un engaño ha sido. ¡Yo no me quiero casar! ¿Estás, Ricarda, en tu seso? ¿Ahora sales con eso? ¡Aquí ya no hay trastornar lo que ya una vez dijimos! ¡Aparejemos paciencia! ¿Es ello, acaso, pendencia? ¡Diga ello que pretendimos, diga él si habemos sido nunca de tal parecer! ¡Dicho has que eres mi mujer y que yo soy tu marido! Solo esto puedo decir. Fernando, ¡solo te ruego que declares este enredo! ¡Por nadie he yo de mentir! Yo XXXX tu bien, marido, esposo y amigo. De lo mismo soy testigo. ¡Oído se lo he también! Las demás traiciones todas de esto eran ya tan dispuestos. ¡Con menos testigos que estos había para diez bodas! ¿Ya qué se puede hacer a semejante traición? Yo perderé mi opinión si lo que es doy a entender, pues, ¡para quedar perdida mejor es quedar casada! Si es que vienes enojada, ¡no haya más, por tu vida! Da la mano a tu velado; no haya más donde yo estoy. De su mujer se la doy, que hasta aquí no se la he dado. ¡Yo por mujer y señora os recibo! ¡Muchos años os gocéis, porque entre engaños muchas veces el bien mora! ¿Es posible que he de hallar aquesta mi gitanica? ¿Cómo estás galana y rica? ¡Acábome de casar! ¡Oh! ¡Sea muy en buena hora! ¡Un siglo entero os gocéis! ¿Qué es lo que sé yo o sabéis? He llegado en esta hora, que ya ves que nuestra vida toda es peregrinar. ¡Esta debió de ayudar al disparate y venida! ¡A esta debo gran parte de la dicha que poseo! ¿Por qué traza y qué rodeo el Cielo vino a ayudarte? ¡En mí tendrás un amigo que nunca te ha de faltar! Yo me quería casar. ¡Cásala, señor, conmigo! ¿Tan presto te has contentado? ¡Qué resuelto parecer! No tengo ahora qué hacer; ¡con esto estaré ocupado! Es para eso temprano; hartas bodas hay ahora. ¿Quieres tú? ¡En buena hora sea! ¡Dame aquesa mano! ¡De aquí nos vamos al cura! Que es tan fácil de hacer y malo de deshacer… No hay ninguna locura. ¡Sea, si ello está de Dios! ¡Qué presto se han concertado! ¿Es casamiento acertado? ¡Para en uno son los dos! ¡La boda ha estado elegante! ¡Yo sí, que tuve más seso! Este es, Senado, el suceso de la Lupercia Constante.