Texto digital de Cuánto se estima el honor
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- Atribución tradicional
- Guillén de Castro y Bellvís
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- Guillén de Castro y Bellvís Segura
- Género
- Comedia
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Cita sugerida
De la Rosa, Javier, Álvaro Cuéllar y Jörg Lehmann. Texto digital de Cuánto se estima el honor. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/cuanto-se-estima-el-honor.

CUÁNTO SE ESTIMA EL HONOR
JORNADA PRIMERA
La saya en el verdugado ¿Está bien? Señora, sí, Bien afrenta. Pone el espejo en el suelo. ese espejo, deste lado tira más. Honran el suelo como plateadas lunas las basas de tus colunas, que Atlantes son de tu cielo. Mejor dijeras chapines muestra. El rizo del cabello ¿Está bien? Y el rostro bello como cien mil serafines. Añade más cantidades, más lisonjera, Teodora, que el espejo estás. Señora, ¿Lisonjas son las verdades? No me agradas que el hacer la lisonja del consejo es oficio en el espejo, pero en ti no lo ha de ser, porque en mi gusto se engañan, si es que dármele desean criadas que lisonjean, y espejos que desengañan. ¿A sienta bien el tocado? Y luce con propriedad. nunca en tu curiosidad he visto mayor cuidado. En público la princesa sale hoy, y me mandó que la acompañase yo, y he de hacello, aunque me pesa, que es un ángel, y va a ver Ju injusto esposo, y a dar mayor causa a su pesar en la casa de placer, donde su ciega pasión dilata tan largos días, que ya sus melancolías fábulas del mundo son. ¿Y sabes de sus fatigas la cierta causa, señora? Sí sé, y por eso, Teodora, no quiero que me la digas las veces que has intentado decírmela, y te prevengo que calles. Lástima tengo a un príncipe enamorado, tanto que muere de amores. Necia estás, si muere o no, para que lo sepa yo, no quiero que tú lo llores. Perdona. A mí solamente has de hablarme en los despojos del que está siempre a mis ojos, aunque este dellos ausente. en mi primo, que es señor, en mi Alejandro, que es dueño deste mundo, aunque pequeño, más constante que el mayor. ¿Quiéresle mucho? De suerte que le adoro. En fin, ¿será esposo tuyo. Si ya no le estorbase la muerte. ¿No adviertes que anuncian daños en primos los casamientos? Son tan locos pensamientos, aunque admitidos engaños, antes midiendo el compás del gusto con la fortuna, la sangre que en dos es una si se mezcla, yerbe más. ¡Ay, mi Alejandro! Nacida eres para ser su esposa. ¿Mi señora? Aunque llorosa, se gostanza bien venida. ¿Qué tienes? Un hijo impío, tanto, que porque ha llegado a tener mejor estado, tiene por afrenta el mío, y me trara mal, señora, pues fui yo, aunque siendo esclana, la que podía y privaba con tu madre y mi señora, pues me cristianó, y después me caso cuanto me aflijo con el padre deste hijo, que dice que no lo es, pues los primeros abrazos te di yo cuando te vi nacer, ya que no de mí, en mis faldas y en mis brazos. Pues cuando el cielo llevó tu madre, yo te servía, te criaba y merecía nombre de tu madre yo. Del cautiverio segundo en que mi hijo me tiene, me libra, porque a ser viene el más pesado del mundo, corrigiendo el desatino de su trato. Así será, pues hoy lo espero, verá que es hijo tuyo Aurelino. Darele tal reprehensión, que imagine, pues le toca, siendo amenaza en mi boca, que es rayo en su corazón. Suyo y mío este engañoso trato fue y logrose bien. los cielos justos te den. A mi primo por esposo. Mi hijo viene. Vete y deja por mi cuenta tu cuidado. No es atrevido el llamado. De ti tengo justa queja. Al cargo, si me le pones, satisfare. Los honrados no por mudar los estados, niegan las obligaciones. ¿No te acuerdas que es gostanza tu madre? Y que ser merece tuya? ¿Tanto desvaneos aunque injusta una privanza, Después de saber quién soy, por lo que la quiero bien, pues sabes que yo también nombre de madre la doy, conservando la costumbre de mi niñez, porque vil tu desprecio, haces cebil su maternal pesadumbre? no te mueve a manso efecto tu misma naturaleza? de su llanto la terneza, y arrimarse a mi respeto ¿No te obliga? No advertido, ignore el estar quejosa; pero el verte tan piadosa me anima a ser atrevido. ¿En qué? Escucha, en suplicarte que remedies mayor mal. ¿Cúyo? Deste memorial podrás mejor informarte. ¿Eres traidor? Son crueles tus entrañas. Con razones ya dos veces las traiciones castigue destos papeles. y otras tantas te mande, para que no te atrevises, que en mi casa no pusieses el pensamiento ni el pie. hasta que ahora obligada de tu madre, pude dar por tercera vez lugar a tu desvergüenza osada, que es ya tal, y son tan malos tus tratos, que no les doy menguas solas; pero estoy por hacer matarte a palos. No, no, por Dios, que sería muy contra mi gusto. Venza tu piedad. ¿Qué desvergüenza tan insolente… Es la mía. Mas pues veo que has llegado, ¡Mal haya tiempo tan poco! cuerdo, de fingido loco, a verdadero privado; los palos que quise darte, quiero, por mayores daños, que lleves en desengaños al príncipe de mi parte, excusando el ser liviana, si es que mi casa alboroto. La comutación del voto admito de buena gana. Vete. Huyendo de tus furias. pero con trazas mejores procuraré tus favores, y vengaré mis injurias. Celia prima, señora. ¿Qué hay, primo? Envez de palma traigo en la boca el alma. Dime la causa. Ahora oye... ¿Qué tienes? Siento, sóbrame el gusto y fáltame el aliento. Mas ya cobrando brío, lleno de alegre llanto, digo que el Padre santo por el tuyo y mi tío, dispenso (soy dichoso) en que yo sea tu querido esposo. ¡Cómo loco me lleva este bien que me han hecho, y palpitando el pecho, a quien me dio esta nueva, lágrimas de alegría le he dado por albricias, Celia mía. y con ella en la boca, entre tiernos despojos, a cobrar de tus ojos la parte que te toca vine. Págame en perlas, llegaré por cobrarlas a cogerlas. Mi Alejandro, de suerte me dispone el extremo de esa nueva, que temo en su gloria mi muerte, pues tan sin mí la gozo, que aun llorar no me deja su alborozo. Con fuerza se mejante hace en el alma mía congoja el alegría, que abierto y palpitante el corazón, al pecho tiene, arrogante, por lugar estrecho. Tan veloz se provoca, tanto las alas bate, que me obliga a que trate de cerrarle la boca, por temer que si hallara lugar por quien saliera que volara. Señora, cuando atento ohí el bien que alcanzaba, viendo que reventaba en mí mismo el contento, por no morir, venía a darte la mitad de mi alegría. Mas el mirar el modo con que tú le percibes, celebras y recibes, le colma tan del todo, que ya no tengo brío de que quepa en mil pechos como el mío Tú, pues, con falsas señas desmaya el bien que animas, dime que no me estimas, finge que me desdeñas; o busca mejor medio, que te dé a ti piedad y a mi remedio. Celia, mi cielo hermoso, no por ser superiores me maten tus favores, que el morir de dichoso alegre y confiado, sería ser del todo desdichado. Engáñaste, no adviertes que a su lealtad constantes en dos tiernos amantes ¿No hay más dichosas muertes? pues que dichas mayores que amar sin celos y morir de amores? ¡Con qué fáciles verás apuraste ese punto, si el fino contrapunto del amor entendieras que es, hubieras sabido dicha el morir de muy favorecido. Confieso mis errores, causa de tus enojos, vuelve, vuelve los ojos a matarme de amores. pues si he sido ignorante, falso legislador, ¿soy fino amante? Justa causa me diste de poder enojarme. Eso fuera matarme. Como tú me dijiste. Eso sí, estuve muerto. Quise fingir desdenes, y no acierto. ¡Ay, dulce dueño mío! ¡Ay alma de mi vida! Ya espera apercebida la carroza. ¿Y mi tío? Espera. Luego iremos. Donde vea un amor lleno de extremos, ya que no como amante, Dame como escudero la mano... No, no quiero. Perdona, y no te espante el ver que te la huya, porque la estimes más cuando sea tuya. Dejadme solo, andad, dejad que vea en mi confusa idea contrapuestos contrarios, iguales en rigor, en gusto varios, cuya fuerza atrevida me tiene sin el alma y con la vida. ¿Qué es esto? ¿Qué influencias me han vencido? ¿Yo amar aborrecido? yo aborrecer amado? tal estoy de afligido y de turbado, que no hallo ni siento como entender mi proprio entendimiento. Vencer la obligación con el deseo, ¡Qué loco devaneo! que ciego desvarío negar la libertad al albedrío! y que esta poca dicha casi es común en todos. ¿Qué desdicha que de Celia, en quien busco ajenos bienes, adore unos desdenes tan llenos de rigores, y huya en la princesa unos favores tan amables, tan píos, todos llenos de amor y todos míos! y que de esta verdad, de este escarmiento tenga conocimiento, y tras esto no pueda volver los ojos, deshacer la rueda, y animando el despecho. mudar el alma, aunque reviente el pecho? ¡Oh, frágiles humanas ceguedades, o escureced verdades en la pasión que admito, porque de mi poder a mi apetito, o con valor más fuerte sufrid que le resista con mi muerte. ¿Señor? ¿Señor? ¿Aurelino? ¿Qué hacías tan elevado? Procuraba mi cuidado remedio a mi desatino. Para tu amor le procura el mío, y sería extraño a merecer el engaño lo que niega la ventura. ¿Diste mi papel? Lugar faltó. Mi desgracia admira. No es culpable una mentira, cuando excusa algún pesar. Pues ¿en qué emplear quisieras tu engaño? Decillo tengo, que pues tal vez te entretengo mezclando burlas con veras, Bien puedo ahora decirte que he deseado engañaste. ¿De qué suerte? Por curarte del mal de amor, con fingirte que eras bien correspondido de Celia, y de lance en lance, que eras por último trance de sus brazos admitido, y trazarlo de manera que ascuras pudiera ser que tratando otra mujer, pensarás que Celia era, ¿No fuera remedio extraño? Extremado hubiera sido, si ser hubiera podido que durara, siendo engaño. Durará más que tu amor con solo durar un día. ¡Bueno es eso, ay Celia mía! muero por ella. Señor, el amor, aunque infinito sea, cuando la pasión le niega la obligación, y le aplica al apetito, ten por segura verdad, que en arribando al empleo de logrársele el deseo, acaba la voluntad, pues como la causa cesa, cesa el efecto también. Casi en todos. Dices bien, regla general es esa, pero en mi excepción tuviera, porque yo no solo empleo en Celia ardiente deseo, sino inclinación severa. Eso ahora que te engañas te parece, y diferente fuera después... Es valiente su hermosura en mis entrañas. Desde que cierta casada me contó lo que diré, esta opinión confirmé, que, aunque es común, no te agrada. Díjome que su marido a ella la despreciaba cebilmente, porque estaba por otra mujer perdido, y era desdeñado della. tanto que su pensamiento hecho brasa daba al viento como tú. ¡Infelice estrella! Viéndole, pues, los cuidados tan a su costa perdidos, ya con papeles fingidos, o ya con falsos recados, dio traza, por remediar sus amorosas locuras, de llamalle, donde a escuras se pusiese en su lugar. Con él estuvo, y pues tal industria empleo, no dudo que ella hizo cuanto pudo para parecerle mal, Salió con su intento, pues puso, el marido engañado, como en el gusto el enfado, la ligereza en los pies. y la misma noche dio indicios de su escarmiento, pues hecho un sol su aposento, con su mujer se acostó. Alabó su cama y fue con boz tierna y fe segura, alabando su hermosura desde la cabeza al pie, refiriéndole el suceso de la pasada ocasión, y pidiéndole perdón de la ofensa y del exceso. Con mil cruces que se hacía, la diferencia notaba de la mujer que gozaba a la que gozado había. habiendo sido, aunque no en el tratar, en el ser una misma la mujer que gozaba y que gozó, tal fuerza lo imaginado alcanza, y más si el empleo donde se logra el deseo deja sin alma el cuidado. ¡Ay, Aurelino! En mi suerte no hay emienda. Iré a servirte, que ahora por divertirte he querido entretenerte. Celia, tu cielo ha de ser, porque de alegrarte trates, pues si a tus tiernos combates es piedra, siendo mujer, con una cautela extraña será tuya. ¿Qué cautela? Quien te anima te consuela. Quien me consuela me engaña. Hijo, príncipe, ¿qué hacéis? Señor, morir sin que medio humano me dé remedio. ¿Qué os aflige? ¿Qué tenéis? melancolías que os quitan el cumplir obligaciones, o previenenen sinrazones, y desgracias solicitan, y la más grande y expresa en vuestra esposa una santa, que de Nápoles fue infanta, y es de Sicilia princesa, no queriendo consumar su matrimonio, ha de ser cosa, pues da que temer, que dé a todos que llorar. Mirad que este casamiento tratamos su padre y yo, porque con él se excusó de la guerra el fin sangriento, fundado en la pretensión que el de Nápoles tenía a este reino, a quien envía amenazas, con razón, pues siendo tan dignamente su hija vuestra esposa, es más basa de vuestros pies, que laurel de vuestra frente. Por Dios, hijo, que me digas tus accidentes, que extraños serán, pues viendo los daños, al remedio no te obligas, como padre y como amigo entre los dos. Solo el cielo pide a mi piedad consuelo. trata tus cosas conmigo. Padre, aunque en mis ojos ciegos las tiernas lágrimas mires, en quien mi vergüenza excusa lo que tu terneza pide, discúlpalas, pues en mí el parecer mujeriles, no es flaqueza que las llora, sino amor que las derrite. Yo, señor, cuando en razón de estado tan convenible, fundaste este casamiento tan a mi costa infelice. Aunque con disgusto mío me casaba, como libre me vi, por obedecerte, excusé el contradecirte y aquellas letras firmé, aquellos poderes hice, que ya en mi cuello son lazos, de apretados, insufribles, porque después siendo largas, para que ansí fueran tristes, las forzosas dilaciones, que tales conciertos piden. Saliendo yo, ¡ay padre mío!, más descuidado que triste, a ver cómo alegre el sol hacía el tiempo felice la mañana de San Juan, cuando piensan, cuando dicen con más propriedad que el alba, de alegría llora y ríe por ver en la fértil tierra que brotan mayos y abriles, tan presumidas las plantas, que parece que reviven para no morir jamás, y unas con otras compiten, mirando a esta mano el mar, y a esta viendo los jardines, que con humildes paredes piadosas ondas resisten, iba, cuando de uno dellos, que imitaba los de Chipre, vi salir unas mujeres, que atributos tan humildes les he dado. Mal he dicho, mejor dijera, a decirte que vi un escuadrón bizarro de celestes serafines. Admirome, retireme, y tras un monte escondime, en quien fue, por ser de arena, mi defensa poco firme. Vi desde allí, que inquiriendo que solo el cielo las mire, a la soledad fiaron sus acciones juveniles, más gallardas que traviesas, y más compuestas que libres. Llevaban por las espaldas sueltas las hebras sutiles del cabello, coronado de rosas y de jazmines. Pero entre todas, a una mire y con vista de lince. vi que hermoseando extremos, facilitaba imposibles. Esta, ¡ay cielo!, que a las otras pudo obligar a que imiten, donaire que en ella sola hubiera sido posible. comenzó con varios modos, donairosos y apacibles, a lisonjear el día por tantas causas insigne. Ya buscando blancas conchas, que de azules aguas hinchen, para que sabrosos celos unas a otras se tiren. Ya chinas tirando al mar, que de sus manos admite, y parece que a sus pies las que le vuelve le pide. Ya dando al viento puñados de arena, que los recibe por sus átomos el sol, de avergonzado, insufrible. Ya esperando que las ondas a su centro se retiren, por seguillas cuando amansan, y huillas cuando envisten. Esto hizo algunas veces. más la postrera, aunque humilde, como con celos, el mar de ver que el arena pisen aquellos pies y sus aguas no los mojen, pues los siguen; volvió tan presto a la orilla, que ella entonces por huille, no mojándose las sayas, la dejó con los chapines. Al hacer esto, alumbró hasta la mitad visibles, sobre dos pequeñas basas, dos colunas tan gentiles, que cuanto ostenta la tierra, hunde el mar y el cielo ciñe, diera yo por ser su Atlante, diera yo por ser su alcides. pero riendo el donaire, acreditando el melindre, y dando plantas veloces a las arenas sutiles, a su jardín se volvió con las demás que la siguen, y yo quede llena el alma de admiraciones sublimes, que fueron después memorias, atrevidas, ansias tristes, cuando en su amor y en mi pena vanas diligencias hice. siguiose a esto el llegar la princesa, vila y vime entre obligación y agrado, ya vencido, ya invencible, porque viendo en la princesa la autoridad tan sublime, tan honesta la hermosura, el trato tan apacible, tan vigilante el recato, la grandeza tan humilde, tan discreta la pasión, y el sufrimiento tan firme, esfuerzo mi voluntad, que a su estimación se rinde. mas las sombras de aquel sol que me huyen y me siguen, me arrebatan los sentidos, haciendo que me desvíe de la razón, y después que con fuerza inresistible aquella divina imagen en mis ideas imprimen, me parece que mi esposa es en el semblante un tigre. en las manos un león, en la persona una esfinge; un basilisco en los ojos. y con esto, aunque la aplique a la obligación amable, es al gusto aborrecible. Temblando llego a miralla, y así, como no rendirme puedo a su agrado, y tampoco a mi persuación se rinde la cruel que me aborrece, cuyo nombre no te dije por ser a su honor y al mío el secreto convenible, estoy tal, que entre suspiros que a los cielos se dirigen, por quien arde el manso viento, y el mar proceloso gime. doy centellas al cuidado, a la esperanza imposibles, a la salud accidentes, a la vergüenza matices, muerte a la vida y a ti disculpas, con que te piden enternecidas piedades mis obediencias humildes. Hijo, si el darte consuelo consistiese... Pero ahora Falta lugar. Mi señora la princesa, y todo el cielo de la tierra, de quien quiso escoger los serafines, viene haciendo estos jardines, y esta casa un paraíso. Los dos... ¿Viene Celia? Sí, señor. disimula. Estoy turbado, que el amor disimulado ¡Ay de mí! No es fino amor. En los ojos se te vio el contento. No he podido callarle. Que humano ha sido tan dichoso? Sola yo. Deme, deme Vuestra Alteza la mano. No es más razón que yo, ¡ay cielo!, rey. ¡Qué pasión! ¡Qué desdicha! Princí. ¡Qué belleza! Démela. ¡Ay, mi Celia bella! señora? No excuse el dalla, no más de para besalla, que no para merecella. Vuestra Alteza va tratando de correrme, ¡qué pesar!, Dejaré de porfiar, por no cansar porfiando. Hija, a vos no os comprehenden las dudas de ese temor. Los desdichados, Señor, con lo que agradan ofenden. Vuestra Alteza, ya estará mejor con esta visita. El mal que me solicita suspendido ahora esta. ya veo el cielo más claro, y no menos ofendido. Rey, ¿Princesa aquí? Pues ¿ha sido de su luz hermosa avaro. Príncipe, ¿cómo te sientes? Aumentando la inquietud, porque son en mi salud los remedios accidentes. Alivio, ya que no fin, no da a tu melancolía. la verde, hermosa alegría deste florido jardín? Princi. Por ser su consuelo mudo, me alivia tal vez su empleo. El modo saber deseo, que por ignorante dudo. Cuando los ojos aplico a sus plantas y a sus flores, con cuyos mansos favores blandas querellas publico, atrevome a presumir que me quieren consolar, con animarse a callar lo que les doy a sentir. y como el mudo desvelo las miro y pienso, engañado, que las entiendo el cuidado, admítoles el consuelo. Aunque tú a mi confianza tus querellas no le das, ni yo de flor tengo más que una marchita esperanza, imitar a ejemplos suyos, más es entre mis enojos, el lenguaje de mis ojos mal entendido en los tuyos, y no me atrevo, dudando en si te sirvo y te ofendo, por no ofenderte sirviendo a consolarte callando; pero si muriendo fuera que a consolarte alcanzara, hasta el alma me matara, si el alma morir pudiera. Señora, quisiera ahora, Apar. ¡Ay Celia! ¡Infelice suerte quisiera con responderte corresponderte, señora, pero mis ciegos antojos me impiden lo que me toca. porque me cierra la boca, la que me lleva los ojos mis fáciles accidentes. me aprietan. Desdichas son. Palpitando el corazón tengo el alma entre los dientes. Notable melancolía tiene el príncipe Celia. En mi primo, con tiernos ojos estimo una esperanza que es mía. ¿Quién vio dichas semejantes en tan hermosos orientes? ¡Qué extremos tan diferentes esto y viendo en dos amantes! ¡Qué ventura! ¡Qué crueldad! Celia. Sumo bien. Dolor profundo. Ríe la metad del mundo, y llora la otra metad. Vamos, príncipe, y mejor veréis, así acompañado, que os da el jardín al cuidado, un consuelo en cada flor, y en vos enfados menores, será posible que crea la princesa, cuando vea vuestras penas entre flores. Verá en ellas la mudanza del tiempo. Veré si veo, en las verdes mi deseo, y en las secas mi esperanza. ¡Ay, mi Alejandro, qué linda la poseo y que segura. ¡Ay, mi Celia! A tu hermosura ¿qué flor hay que no se rinda? Mi rey, mi príncipe, rey. Alzad. Pues que tan dichoso he sido, que os halle juntos los dos, con más aplauso os suplico. ¿Qué pedís, duque? Licencia para casar mi sobrino con mi hija. ¡Muerto soy! que, pues de hermano tan mío, Alejandro es hijo, yo que estoy sin él, determino dar a mi sangre mi hacienda, y a mi casa mi apellido. Cosa muy justa por cierto. Duque, ¿con quién habéis dicho ¿Que casáis a Celia? ¡Ay cielo! Con Alejandro. ¿A qué obligo mis sentimientos ahora, ¿Qué haré? ¿Qué diré? Perdido, y cobrado ha mil colores. Que de congojas resisto. a Celia con Alejandro? Sí, señor. Tan divertido me tiene mi mal, que hace de mis penas paracismos, y me impide el responderos. Perdonad. ¡Príncipe hijo! presto he sabido la causa. de su amor. Tarde he sabido. mi desdicha. Mi sospecha bien a mi costa averigno. Confusa estoy de ofendida. De turbado estoy corrido. Estoy loco. Por instantes el secreto y el juicio acabó. Con la mayor diligencia que se ha visto llegó esta carta. Importante. debe de ser... Ya imagino lo que será, triste yo. Con un poder excesivo, que fía del mar salado viene el de Nápoles, digno efecto de su valor; pero saldré a recebillo con la gente que levanto, y la armada que apercibo. y vos, duque, iréis a ser no menos que aliento mío, y con cargo de Almirante irá Alejandro. Recibo esa merced, aunque muero. por mi Celia. Nunca ha sido este acero perezoso en mi mano y en mi brío. El Príncipe, pues le falta salud para el ejercicio de la guerra, en el gobierno de Sicilia le imagino otro numa, desta suerte este casamiento impido. Renacen mis esperanzas. Todos. Que aunque es tan justo, es mi hijo quien muere y quizá después, si esta dilación le aplico, será en su pena remedio, lo que ahora es desatino. Ya ¿qué más quieres, señor? Fue inconstante el hado esquivo. Causa soy de esta desdicha. con cuánta razón me aflijo. ¡Ay de mí! ¿Qué ausencia y celos son traidores enemigos. Mi agravio temo en mi ausencia, pero de Celia confío mi honra... Brava ocasión a la mano se te vino. ¿Cómo os sentís? cobre aliento, pues no pienso, ya que bibo, a mi esperanza abrazado, morir a mi amor rendido.
JORNADA SEGUNDA
Entre Leonato. A llamalle fueron... Que pues estas cartas de mi padre y de mi primo vinieron, por no ser largas, a su boca remitidas, fuera esperar la mañana, quitar el sueño a la noche, dando pena a la esperanza. Señora, a tus pies... Leonato, no te detengas, levanta, Di lo que hay. ¿Qué se suspende la guerra, aunque no se acaba. tenían opreso el mar, dudoso el viento, sin alma el sol, con lástima el cielo las dos pujantes armadas. Y aunque menos poderosa era la nuestra, ya estaban empleando la inclemencia para darse la batalla. mas tuvo tanta piedad de la princesa una carta con su padre y con su suegro, que suspendieron las armas. Y para que con la enmienda del Príncipe lo que tratan tenga fin dichoso, envían a tu padre el Duque. Tanta reputación mereció con los dos reyes, honrada con el valor de su acero, y el respeto de sus canas. ¿Y Alejandro? Con él viene, pues las dudosas palabras que vio de tu mano escritas, en su sospecha apuradas, con motivo de que hacía en la guerra poca falta, mientras concertadas treguas fuertes aceros envainan. Porfío en pedir licencia, diósela el Rey, y mañana llegaran, si no lo impide el tiempo, pues esperaba solo instrucciones del rey el Duque, cuando me manda que estos avisos te dé, y estos consuelos te traiga. Grandes albricias mereces, pero este diamante llama. lo más que te debo. Beso lo que pisaron tus plantas. Vete ahora a descansar. Quien más sirve más descansa, cuando agradecidos dueños con estimaciones pagan. Teodora, ya mis recelos se pierden, si no se acaban. ya tienen fuerzas mayores mis resistencias honradas, ya mi amor con mi firmeza previene mi confïanza. Ya viene quien me dio el ser, ya viene a quien debo el alma. tras las nubes viene el sol, tras tempestades bonanzas. ¿Y vendrá, si no te acuestas, tras las tinieblas el alba. Cuando me halle vestida, hallárame consolada. A quí desnudar me quiero, pues la calor tan pesada es que hace diferencia de un aposento a una sala. Quítame esta ropa, ten. ¡Oh, qué dicha tan extraña es venir a tan buen tiempo. mis dos cielos? ¿Mis dos almas? que manteo tan pesado... Nunca tan costosas galas se han usado como ahora, pues las hacen tan pesadas, que cuestan más al traellas, que costaron al pagallas. Destrenzareme el cabello, que con las trenzas se gasta, y acomodaré estos risos, que si se esparcen, enfadan. ¿Tan de espacio estás? El sueño me deja, y por ser la causa tal, se lo agradezco yo. ¡Gran fineza! ¡Justa paga! ¿Los alfileres arrojas? Quien al quitallos los guarda, tiene melindrosa flema, o curiosidad avara. Hablemos en Alejandro, y no en otra cosa. Vaya, hasta el día. Cuando llegue a mis ojos, y entre brasas amorosas, les de aliento a sus discretas palabras. qué respuesta le daré, que me aliente y satisfaga? como le diré contenta el extremo de mis ausias? la pena de su partida? y el gusto de su llegada? negándole los abrazos que le diera, si no hallara en mi honra presumida mi vergüenza recatada. No sé cómo, que los brazos en semejantes jornadas le suplen, con pocas fuerzas, ala lengua muchas faltas. ¡Mueran, mueran los traidores! que se atreven a esta casa. ¿Tal ruido y a estas oras? ¡Ay, Teodora, mucho espante! Teneos, que el Príncipe soy. Contra el Príncipe no pasa la defensa a deslealtad, Perdone el Duque. ¡Ay cuitada! más lazos tengo en los pies que ñudos en la garganta. ¡Tente! En tus rigores pon más piedad. Eres tirano. ¿Quién en tan dichosa mano vio tan hermosa ocasión? perdóname, que no son rigores, pues ángel bello vi tu vuelo. Detenello quise y fue, a mi amor igual, al viento, más liberal que tu mano, tu cabello. Sosiégate. Justo es, pues fue turbado temor no fiar de mi valor lo que fiaba a mis pies. ¿No ves, príncipe, no ves? ¿No ves quién soy? Mi grandeza ¿No ves en ti? Y tu extrañeza en mí no ves? Ciego estás. ¿Qué he de ver, no viendo más mis ojos, que a tu belleza... Y quien, aunque amando, pene en la belleza que admira, aunque no vea, no mira el alma de quien la tiene. y si la ve que no viene en su gusto, no procura retirarse, cuando apura que en la ceguedad mayor el desprecio de un amor hace fea una hermosura. Dices bien, mas te prevengo que eso mismo solicita tu piedad, porque acredita en mí el amor que te tengo, fiendo yo solo el que vengo con discursos menos sabios, contento a ver en tus labios el desamor que me tienes, porque estimo tus desdenes, porque adoro tus agravios. Y eso no pudiera ser aun siendo con más porfía, con menos ofensa mía? Soy por ventura mujer, en quien humano poder hace leve resistencia? ¡Qué descortés advertencia pretender en mis amores con publicidad favores, y piedades con violencia. Y si después de haber dado, para merecer tu empleo, con la fuerza del deseo la diligencia al cuidado, si después de haber tentado los imposibles mayores para merecer favores, contando con las estrellas en mi paciencia centellas, y en mi esperanza temores, te halle como inyesta roca, te halle como ingrata palma. siempre con pecho sin alma, siempre con ojos sin boca, y con clemencia tan poca, brotando rayos tus cielos, en vez de darme consuelos que aliviaran mis cuidados, con rigores declarados, me diste mortales celos. fue mucho desesperada el alma atrever la vida? Y sobre ser atrevida, es la voluntad forzada admitida ni estimada de la amorosa piedad? No, Celia, dices verdad, pero abónala el saber que tal vez se suele hacer de la fuerza voluntad, ¡Ay Celia! ¡Ay de mí! Consuela el alma a quien no la tiene. La vejación me conviene redimir con la cautela. Señor, reporta, desvela con más cuerdo atrevimiento tu amoroso pensamiento, pues tanto cuanto más sabio, no hagas público mi agravio, obligas mi sufrimiento. Deja ahora esta ocasión, sino en mi gusto, en mis manos, pues demás de ser villanos los que la ven, muchos son, que otra vez tu pretención, con peligro menos fuerte tendrá más lugar, advierte bien que ahora el no infamarme solo podría obligarme después a favorecerte. Esto te suplico, pues es mejor con lengua muda fiarme tu gusto en duda, por aumentalle después, cuando, rendida a tus pies, sin ofender ni forzar, puedas, viéndome, mirar por viriles mis entrañas. Aunque veo que me engañas, quiero dejarme engañar, pues el modo con que mides llanto y belleza y añades a las ternezas piedades, para esforzar lo que pides, es tal que en mi pecho impides el intento que traya; y también, porque podría ser posible que tu amor de no rendirse al rigor, se rinda a la cortesía. Ya a tu pecho generoso le perdono, con fe amiga, por lo que cortés obliga, lo que ofendió riguroso. ¿Qué dicha, mi cielo hermoso, será en tus glorias el ser. Libertad fue el prometer favores, mas siendo tales los peligros de dos males, el menor se ha de escoger. ¿Qué te ha tenido, señora, suspensa? No lo diré, porque si lo digo, sé que no te irás. Vete ahora, Vete. Ireme a ver la aurora con más rosado color, si se le presta mi amor, Adiós. Adiós. Voy dudando mis dichas... Iré volando donde asegure mi honor. Sobrado, señora mía, madrugas... Porque la queja con que la noche me deja, deseo decille al día en dándome algún resquicio, señas suyas, me levanto. ¿Lloras, señora? Es mi llanto mi consuelo y mi ejercicio. Porque descansar no dejas tan bellos ojos y das a tu príncipe, con más valor, atrevidas quejas? para que, ardiendo en tu labio, suban al cielo después. Porque mi cordura es más valiente que mi agravio; y tanto mi pena advierte, que en mi ejemplo viendo estoy la disculpa que le doy al príncipe. ¿De qué suerte? Cuando las tibiezas miro, con que de mi amor se enfada, y que yo, estando obligada, a olvidalle, no le olvido; antes con mayor pasión, y voluntad más entera le adoro, como si fuera el agravio obligación. Considero que es crüel, porque le sucede así a él con Celia, como a mí me ha sucedido con él, y le disculpo por ver en mí el fuego con que el lidia. ¿No tienes celos? ¡Envidia es la que puedo tener de ver en Celia la estrella con que nació su hermosura. Celos no, pues me asegura el valor que advierto en ella. ¿Señora? Algún mal sospecho. desta suerte y a esta ora? Celia, ¿a qué vienes? Señora, a estar segura en tu pecho, ya sé que para eximirse de culpas no averiguadas, las resistencias honradas han de hacerse y no decirse. mas cuando el peligro dellas obliga, mal las resiste quien las calla, pues consiste en decillas, el hacellas. El príncipe, mi señor, a que tenga me ha obligado tu respeto por sagrado, por defensa tu valor. la causa verás, si al miedo con que vengo la atribuyes. ¡Dichosa tú, pues que huyes lo que yo alcanzar no puedo. ¡Ay, Celia!, pues tu ventura no puedes darme, dispuesta mal en ti; el modo me presta con que animas tu hermosura; dime el secreto en que escondes esa dicha a que no aspiras. ¿Cómo al Príncipe le miras, le escuchas y le respondes? con que le tienes tan loco, que nunca yo pude atalle? Señora, con no miralle, ni responderle tampoco. ¡Ay no, Celia, que es extraño ese proceder en ti. y más crüel para mí fuera el remedio que el daño. El Príncipe viene. ¡Ay, cielo! Éntrate. Vendrá enojado. A mí me deja el cuidado, con que te lleva el recelo. Tan desatinado amor no ha tenido humano pecho. Mucha novedad me ha hecho tan grande merced, señor, ¿Vos aquí? ¡Dichosa soy! No eres tal, pues te prevengo que del saber a qué vengo, verás que sin seso estoy. ¿Qué tienes, que con tan graves penas te afliges? Princí. No sé. Ya veo, ¡ay Princesa!, que me preguntas lo que sabes. Mas pues me obligas, ¡ay cielos!, servirá el decillo. Di. De disculpas para ti, y para mí de consuelos. Princesa, cuando tus bellas partes estoy contemplando, parece que estoy mirando un cielo que llueve estrellas; porque la pena que siento aunque tan ciego el sentido me ha dejado, no ha podido quitarme el conocimiento; y así en mí tu amor llegara a ser nueva adoración, si como sé que es razón adorarte, te adorara; pero no puedo, aunque el brío esfuerzo con la verdad, porque no es la voluntad potencia del albedrío. Y aunque resistir podría su ejecución, satisfago con decirte que la hago loco ya sin culpa mía; con que merezco perdón, si por consolar contigo desdichas mías, te digo ofensas que tuyas son. Princesa este devaneo de esta Celia, llego a ser tal, que yo con el poder quise lograr el deseo. Entre en su casa, ¡oh amor!, ciego. Donde ella asaltada con la resistencia honrada hizo atrevido el valor. hasta que prevista al daño, con cautelosa mudanza, me dilato la esperanza, y me previno el engaño; pues apenas la deje, cuando supe que venía a tu amparo, que haría yo entonces? ¿Y qué haré? quede loco, imaginada en su discreta traición una perdida ocasión, y una esperanza burlada. Desesperome tan necia pasión tanto, que sin ser, y sin Dios venía a ser Tarquino de esta Lucrecia. Pero en tan ciega locura me dio horror tu autoridad, tu mansedumbre piedad, y tu respeto cordura. perdona y déjame ir, excusando tu pesar, pues no acabo de penar donde acabe de morir. Escucha, si es que merezco decirte, con tierno labio, que te perdono el agravio, y el respeto te agradezco, y que siento tu dolor, de suerte que tu tercera fuera, si no lo impidiera mi cristiandad y mi honor, Mas si yo... Mas no me digas si de matarme no tratas, porque tanto más me matas, cuanto sé que más me obligas, que es poner impedimentos a mi gusto. Tu pesar me dejas. Y voy a dar congojas a sentimientos. ¿Oíste al Príncipe, amiga? Y advertí sus procederes. ¡Ay Celia, qué honrada eres! pues aquello no te obliga. El pretender ofendiendo obligación puede ser? Ofensa llamas al ver, que por ti vive muriendo? ¿No digo yo que tu labio haga aplauso de su amor, porque pedir su favor sería querer mi agravio, mas no le desdeñes tanto, lástima, por Dios, le ten, de que helado en tu desdén pueda abrasarse en su llanto. entretén su pena loca con palabras no crüeles, ya escritas en tus papeles o ya oídas en tu boca. mira que en peligro pones su vida al mundo tan cara. Mis ofensas te culpara a no ver tus intenciones, Mujer soy yo, que aunque arde vea la tierra en que estoy, he de fingir que no soy lo que sé que debo set? tú más bien desta verdad reconoces la pureza; pero pruebas mi firmeza, o ejercitas tu piedad. Estoy más ciega de enojos yo, que el príncipe de amores, mas para ver tus valores, doy al alma muchos ojos. ¡Ay, señora, extraño susto! sumo bien. Sosiega ahora. Llegan a un tiempo, señora, el sobresalto y el gusto. ¿Duque? Deme Vuestra Alteza la mano... ¿Alejandro? Estoy a tus pies. Alzad. Ya soy aliento de su belleza, ya el vil recelo perdí con que venía. Que diera Celia besa la mano a su padre. por hablarle! Si no viera lo que veo en lo que vi cuando a mi casa llegué, temiera la desventura. de Celia, aunque en su cordura no dudara, pues la sé; pero como fiel testigo de su libertad escasa, en no hallándola en mi casa creí que estaba contigo. mas salvando tu respeto, la causa temo, pues ya sospecho que no será tan buena como el efecto. pues cuando Celia ha tenido a verte? ¿Tan sin cuidado el adorno del tocado, y el aseo del vestido? y cuando, alentando en ojos, si el recebir me le toca, pone en mi mano la boca con lágrimas en los ojos? De mí la sabréis mejor, Duque, oíd, llegad. Ya llego. a oír que tocan a fuego, porque se abrasa mi honor. ¿Mi Alejandro? ¿Quién creyera ¡Ay mi Celia! De mi suerte que recién venido a verte, con sobresalto te viera, Notables son las mudanzas del tiempo! Alejandro. ¡Ay cielos! ¿Qué tienes? No, Celia, celos, porque tengo confianzas más de un ciego poderoso, y amante que tus favores procura el tener temores, aunque es culpable, es forzoso. Si los tienes de mi amor, enmienda tu ligereza, porque dudar mi firmeza, es ofender mi valor, y así, pues al resistir lo más que puede emplear el poder es el matar, y estoy dispuesta a morir, cuando temas, siendo yo vida de tu mismo ser, mi muerte puedes temer, pero mi mudanzano... ¿Y eso no es desdicha? ¡Ay Dios! No, pues empleando extremos, abrazados moriremos a una firmeza los dos. Celia, el alma que te doy, respuesta por mí te dé. Duque, cuerdo sois. En fe de tus palabras lo soy. Audiencia publicado ha el Príncipe, y aquí envía por Celia. No es hija mía ¿Celia? ¡Ay cielo, qué será! ¿Hay quien por su justicia pide a Celia, y el proceder jurídico puede hacer llamalla. ¿Y tan mal se mide? Duque, oíd. Reputaciones perdidas por mal miradas, fino desnudan espadas, alborotan corazones. ¡Alejandro! Pues no ignora Su Alteza la calidad de mi casa y sangre. Andad, que ya va Celia. ¿Señora? ¿Señora? Si doy ventura al ingenio, daré pies al enredo. Mujer es ¿Celia? Mi paciencia apura. ¿Mujer es? Soy desdichada. ¿Qué a pública audiencia va? Vamos, que conmigo irá tan públicamente honrada, que le añada calidad, si en la suya puede ser. Por norte pienso tener tu valor de mi lealtad. ¿Mi bien? mi gloria, el cuidado pierde que por ti, aunque muera, seré de acero y de cera. Soy dichoso y desdichado. Escucha, y eso es verdad. Pareceralo, señor, favorecida. ¡Ay, amor! ¡Qué crüel es tu piedad! En cuanto te dije ten advertencia y tu esperanza lograré. Sí; mas gostanza engáñame a mí también, porque acción tan rigurosa me parezca menos fea. Es en quien ama y desea hasta la traición hermosa. Dices bien, sigue tu engaño, pues en mi ciega locura de aquel ángel la hermosura hará disculpable el daño. Señor, Celia viene. ¡Ay cielos! Mas vendrán también con ella su padre y su primo. Estrella infelice, amargos celos, cuando supe que venido habían, a este cuyo dado, por verme desesperado, me determine atrevido. ¿Estás bien en todo aquello ¿Qué has de hacer? Pienso que sí, pues es el estar sin mí de importancia para hacerlo. ¿Princesa? A Celia obligada, le sirvo de compañía, donde venir no podía menos bien acompañada. ¡Sentaos! ¡Extraño favor! En ese lugar no haré. el que a Celia se le dé tendré yo por el mejor, donde este, aunque arrodillada este, pondré la rodilla. Pues denle a Celia una silla, si no basta una almohada. y será menos siniestro inconviniente igualar con el vuestro su lugar, que no con el suyo el vuestro, Cuando mi sangre, aunque fría, está ardiendo en mi valor; porque en tus venas, señor, yerbe la que tienes mía. porque mandaste llamar mi hija, con fe tan varia, como mujer ordinaria, a tan público lugar? ¿Esto yo te merecí? Eso, Duque, no os aflija, pues no es Celia vuestra hija. ¿Cómo? ¿Qué es esto? ¡Ay de mí! Secreta averiguación ¡ay dello! Y para que fuese que en ninguno pareciese lo que es justicia pasión, que viesen esta verdad el origen que ha tenido, públicamente he querido averigualla. Escuchad. Mi señora la duquesa, cuán do el Duque, mi señor, ejercitaba el valor en una famosa empresa, parió una niña, y de suerte nos limito el alegría, que interpuso solo un día del nacimiento a la muerte. Sucedió haber yo parido otra niña antes un mes, que del cabello a los pies era sin benda un Cupido, mi señora, porque así excusaba el sentimiento del Duque, o por otro intento, que no me lo dijo a mí. Habiendo hecho ocultar su muerta hija, dispuso el secreto con que puso a la mía en su lugar. Esta fue, Celia, criada, muerta tu esposa, en mi vida, y en mis brazos... Y nacida para ser tan desdichada. ¿Qué paciencia ha de sufrir? Duque, detened el labio. ¡Jesús! ¿Quién con este agravio ¿no ha de matar y morir? Yo, que esta verdad sabía, años ha, aunque me obligaba mi conciencia, lo callaba, porque pobreza tenía. Mas después que mi pobreza convirtió con su favor el Príncipe, mi señor, en ventura y en riqueza, secreta averiguación pude hacer, con abonados testigos, pues son criados. ¿Míos? Y sabrás quién son a su tiempo, y no te aflija, pues pienso haberte obligado con no querer que tu estado érede quien no es tu hija. Mi mujer, cuyo valor era un extremo. De enojo reviento. A tan vil antojo, se rendiera? No, señor. y cuando esas invenciones fueran verdades, lugar Vuestra Alteza había de dar a tales informaciones, sin que yo, siendo quien soy, volver por mi honra pueda? Para eso tiempo queda, y desde ahora os le doy, quedando depositada ¡Celia! En mi casa no está segura? Prince. Y si no estará en mi pecho... A pasionada mi señora la princesa es por Celia. Poderoso es el Duque. Y riguroso es mi agravio. A míme pesa, mas otro lugar le den, donde Celia pueda estar. Y Celia, en que otro lugar podré estar, que le esté bien? Si vuestra alteza me escucha, hablaré yo. En ora buena. ¡Señor! Decid. con la pena el atrevimiento lucha, supuesto que sea, indigno. pensamiento, vil confianza, Celia, hija de Gostanza, Celia, hermana de Aurelino, si yo, que soy su eredero, del Duque, en llegando a ver que ella lo deja de ser, su sombra adoro. La quiero tanto que casi, señor, vella en estado quisiera tan humilde, porque viera que es tan constante mi amor, sin otra prueba, me allano para salir desta calma, a darle de nuevo el alma, por merecella la mano, y consiste un casamiento en solas dos voluntades, sin averiguar verdades de tan poco fundamento. Cesar puede la porfía de quién es Celia o quién fue, que yo me contentare con solo saber que es mis. Alejandro alzad, pariente sois mío; en celos me abrazo. y porque os caséis, no paso tan ciega y tan bajamente. Señor, de mi libertad soy dueño. No me apuréis tanto, andad, que no os caséis con Celia quiero. Es crueldad, es injusticia. Sobrino ser leal. Estoy furioso. El pesar tengo piadoso. Ciego tengo el desatino. Yo, que hasta aquí, a pesar de mi paciencia, aunque en mi pena loca, di el silencio a la boca, dando la libertad a la obediencia, quiero decir verdades, pues ya no libertades serán, cuando revientan en mis labios publicar con mis quejas mis agravios. Sepa la tierra cómo el cielo sabe que el Príncipe atrevido, habiendo pretendido mi amor, yo, atenta a su persona grave, su primero accidente resistí cuerdamente, por huír de mis menguas y sus daños, dándole entre corduras desengaños. Después tanto alentó su atrevimiento, que viendo en mis cuidados mil medios mal logrados. puertas abrió en mi casa, que el violento poder todo lo alcanza. pero yo su esperanza. burle, viendo en su fuerza ejecuciones, pidiendo con engaños dilaciones, y ahora, viendo en mí que mi cuidado dio, apurando el recelo, como con libre vuelo, furia a su enojo y a mi honor sagrado, sin que horrores lo espanten, hace que me levanten testimonios, poniendo en su malicia riguridad con capa de justicia. ¿Cómo, pues, oh valientes sicilianos, sabiendo estas verdades, pues heroicas lealtades no obligan a sufrir reyes tiranos. no reprimís la furia desta común injuria, si hombres sois, o si no injustos poderes remitiré al valor de las mujeres. ¡Oh, si a nadie obligasen mis enojos, será a su tiranía cada lágrima mía una flecha que salga de mis ojos, o más ardiente el brío, cada cabello mío será arrancado, con mi enojo ciego, un rayo, y no de sol, sino de fuego. Será llamas mi aliento en mis afanes, siendo mi fe una roca, será un Volcán mi boca, y será mi razón muchos volcanes. aunque cosa más cierta ¡ay triste! el quedar muerta será, haciendo mi agravio venturoso, en brazos de mi padre y de mi esposo. Más con celos me incita. Estos asombros de ingratitud han sido tuyos? Yo he merecido que tu reino apoye sobre mis hombros? de tu mano esta injuria? Ya es terneza mi furia, de mi lealtad ahora reprimida. Hecha un mar de piedad tengo la vida. Duque, advertid, pues ya negar no puedo mi amoroso cuidado, que me estáis obligado, pues cuando vi con tan confuso enredo, que por Celia moría para que fuese mía. sin vuestra afrenta averigue primero que no era vuestra. En fin, por ella muero. Entregalda a Gostanza y a Aurelino, que su madre y hermano son, pues remedio en vano de otra suerte mi loco desatino, sin replicar ninguno que es mi mal importuno; y haber nacido rey, ¿de qué sirviera si el poder me animara y yo muriera? ¡Oh, cielo! ¡Oh, bien nacido pensamiento! ¡Ay, señora! ¡Ay amiga! Pues el ver tu fatiga señor hace incapaz mi sentimiento. a Celia te dedico, y solo te suplico que yo, al dejar de vella hable solo con ella un rato. Eso te otorgo. Tus pies beso. ¡Notable ceguedad! ¡Quédanse solos el Duque y Celia! Llegado habemos los dos al más riguroso trance, que a la luz del cuarto cielo han visto las tres edades. Este mancebo que sigue. tan injusto disparate, hijo es de mi rey, que obliga con respetos a lealtades. ¿Tú eres mi hija? Pues no; aunque embelecos engañen. declarados testimonios deslumbran claras verdades; si le hago resistencia que es para mí cosa fácil en Sicilia, soy traidor, si le sufro el afrentarme en tu honor, ¿qué vendré a ser? Estas confusiones parten un corazón y un cabello en el pecho y en el aire, remediar esta desdicha pudiera con ausentarte a ti, que la causa eres. Y a no prevenirlo tarde, pero ¡quién pensara tal! te llevará por los aires, te escondiera entre los montes. Pero ya para apartarte de sus ojos, ¿qué he de hacer? Sabe, pero ya lo sabes, escucha, ¡qué tierno estoy! que los hombres principales estiman más el honor que la vida, porque vale, aunque les pese a los tiempos, una infinidad notable. Según esto, pues tú estás de suerte que han de quitarte o la vida o el honor, Si de mi valor te vales, más bien te estará morir. porque bibir, siendo infame, Ya lo ves. Yo, pues, temblando lo digo; toda mi sangre se recoge al corazón. y en la que a mis ojos sabe, este acero se enternece. ¡Hija, hija! Padre, padre, con más acuerdo lo mira. ¿Qué quieres hacer? ¡Matarte! pues no es presunción valiente la que ofendida no hace de soberbios pundonores cristianas gentilidades. Oye, el ánimo me falta. que es la vida tan amable, como espantosa la muerte. señor, no puede fiarse de mi resistencia honrada mi honor? Duque. No. Desdichas grandes. Que el honor en la mujer es reliquia entre cristales; que en perdiéndola el respeto, tiene resistencia fácil. Y el matar una innocente ¿No es cosa fuerte? Duque. ¿Qué parte mil corazones. ¡Ay hija! bien sé yo que han de matarme heridas tuyas. Primero te abrazaré. No me abraces, porque matarme después ¿Cómo podrás? Sacáranme el rigor y la terneza, contrarios que me combaten, de mí mesmo; y desta suerte, podré después arrojarme a la más heroica acción que vieron los cielos. los brazos. ¡Ay, padre, espera! crueles son tus piedades. Ya, hija, salí de mí, ya no es posible que basten a excusarte estas heridas. las resistencias que haces. ¡Válgame Dios, muerta soy! Tu muerte ahora me mate. Llegad presto. ¡Jesús mío! Princi. De yelo soy. A quí acabe mi vida. Príncipe así, porque conozcas tu sangre en mi hija, la saque de su frente, porque manche la hermosura que apeteces. y porque veas, pues hace un vasallo estas hazañas, y estos rigores un padre, cuanto se estima el honor, que no muere cuando nace. ¿Alejandro? Muerto estoy, Celia. Antes que me muera, dame la mano. Para que a mí penas y celos me acaben, ¡Bive Dios que de mi mano! ¡Ay, príncipe! No me mates tantas veces. Señor, tente. ¿Qué he de hacer cuando me salen pedazos de las entrañas por la boca, sino helarme entre brasas. Llevad preso al Duque. Y para curarse, si es posible. Estas heridas de Celia, con vigilantes remedios a mí me toca. ¡Cruel! ¡Prendelde, matalde! Espada tengo. ¡Alejandro! Muera en ella causa infame de mis celos, y después muera yo entre tantos males, adonde, sino mis penas, mis propias manos me maten. ¿Señor?
JORNADA TERCERA
Aurelino, llega. Temblando a tus ojos llego, desde que ha que tus favores indignaciones ha hecho mi desgracia, no mi culpa. Aurelino, tu buen celo de remediar mi cuidado, disculpa tu mal consejo. Señor, pues me das lugar con menos cólera ciego, con más paciencia afligido, tomareme atrevimiento para decirte el estado de tus cosas. Ve diciendo... Está tu reino, después del infelice suceso, entre confuso y quejoso, alborotado y suspenso. a la acción del Duque llaman valor algunos. Exceso otros; mas conformes todos tienen por injusto extremo el tenerle tú en prisión tan estrecha, per siguiendo con rigor tan excesivo, con cuidado tan inquieto. a su sobrino Alejandro. y ya sabidores desto, admirados los dos reyes, segunda vez suspendieron las armas. Viene enojado tu padre, a poner remedio en estos males. Advierte, señor, que es rey justiciero; y no el ser padre piadoso le sacara de su centro. Si yo esperara piedad, dijeras bien, mas espero rigor que acabe una vida, a quien falta sufrimiento. Y si piadoso no soy en tener al Duque preso, es porque la misma causa que puede obligarme a serlo, que es el ser padre de Celia, me obliga con más extremos a ser riguroso, pues es el mismo quien la ha muerto. Y si a Alejnadro persigo, no puedo más, pues confieso que ningún remedio humano fuera en mí tan buen remedio como bañarme en su sangre, pues como le considero causa de que fuese yo desdeñado, le aborrezco tanto, que como si fuera ¡Viva Celia! ¡Ay Celia! Tengo desesperadas envidias, y desalumbrados celos. Pero dejémoslo, y dime como murió, como fueron sus partes a honrar la tierra, siendo milagros del cielo. Isabela me conto, que la princesa en secreto, dando fuerza a sus cuidados, dio a sus heridas remedios, que fueron della admitidos. dando al dolor sufrimiento. desconfïanza a la vida, paciencia a la muerte, acuerdo a la congoja, perdón al agravio, queja al tiempo, desprecios a la hermosura, y a la providencia ejemplos, hasta que, rindiendo el alma, feneció en sus ojos bellos la luz que alumbraba al sol, y el sol que invidiaba el cielo. No digas más, que me matas. pero di que morir quiero a las manos del dolor ya, ingrato, pues no me ha muerto. Mi señora la princesa ocultamente su entierro mandó hacer, bien advertida, y justamente temiendo que en su favor la piedad, y contra ti el sentimiento, se levantaran las piedras por querellarse a los cielos. ¡Pluguiera a Dios que cayeran sobre mí o a herir mi pecho, más rayos que anima el sol, bajaran rayos de fuego, bien merecido castigo, y bien empleado ejemplo. Mi señora la princesa pienso que viene. A buen tiempo, pues con ser verdad que yo para esposa la aborrezco. su estimación es en mí tal, que solos sus consejos sirven de alivio a mis penas, y son de mis furias freno. tanto puede en mi piedad su cordura y su respeto. Vete, no te vea. Voyme. ¡Notable cosa! ¡Qué extremo se vio jamás como el mío? pues asisten en mi pecho dos contrarios, que están siempre conformes y contrapuestos. ¿Príncipe? ¿Princesa mía? Con dichoso nombre quedo. ¿Cómo estás, señor? No puedo bibir y morir querría. ¿Qué haré, cuando considero tan sin remedio mi pena? ¡Ay de mí!, que me condena a que no viva y no muero. Esa consideración hacer más valiente, y luego con discurso menos ciego poner el alma en razón. ¿De qué suerte? Desta suerte. Después de considerar que es flaqueza el desear rendido al dolor la muerte. advertir que el que ha fundado en su esperanza su estrella, tiene dos males, que en ella son, sentimiento y cuidado. Pero el que con fin violento perdió la esperanza, y viene a bibir fin ella, tiene sin cuidado sentimiento. que aunque suele ser mortal, como veneno en saeta, cuando riguroso aprieta, en efecto es solo un mal. y es un mal, que si consiente un breve espacio de vida, y como violenta herida, si no mata velozmente, se remedia persuadido, quien le imagina curioso de que el tiempo es tan piado que a nadie niega su olvido; y así, aunque el dolor dilata, animado con pensar que al fin fin se ha de acabar, se consuela y no se mata. Tanto tu crédito alcanza, que me persuade el ser menor daño el no tener de remediarle esperanza; y pues solo me ha quedado el sentimiento, así fuera si yo mi asombro no viera en lugar de mi cuidado. y que la pasión despierta cuando la vista rodeo, por cualquiera parte veo por mi culpa a Celia muerta; y estoy tal, que siempre así el alma tengo bañada en la sangre desdichada, que la sacaron por mí. y así en tal punto se halla mi piedad, que ya por vella biva, trocará el tenella, aunque muriera, al dejalla. como pues daré lugar, aunque dilato el bivir, al poderme persuadir que he de podella olvidar? cuando el tiempo habiendo sí tan crüel, que de sí sale, de mil memorias se vale para negarme un olvido. Húyeselas tú, y podrás dar más fuerza a mis verdades, dejando las soledades con que en esta casa estás. Ve a tu corte, habla tu gente, que tu proceder te afea; que aunque ahora eso te sea más pesado inconveniente; quizá después poco a poco te será remedio cierto. Princesa de no estar muerto, es sin duda que estoy loco; y menores desventuras será el dar, pues son feroces, a estos desiertos mis boces, a estos montes mis locuras; pues para ocultar mis menguas, dan a quejas y a gemidos, atenciones sin oídos, y tienen bocas sin lenguas. Y así, ¡ay Princesa!, aunque huya de escucharte, a mi despecho, pues ya no son de provecho los consuelos de la tuya. Perdona y déjame ir donde quizá con pensar que no me puedo matar, podré acabar de morir. Ya sé de ti que no es posible obligarte más; mas llévate, pues te vas; este consuelo. ¿Cuál es? que en no dando a breve olvido el mal que tu amor te dio, te daré un remedio yo, con mi llanto prevenido, que yo sé que lo ha de ser, aunque el alma me destruya. Porque sé qué industria es tuya, no le procuro saber. Cuando, por ser rigurosa, da la suerte en ser villana, en vano la industria humana procura hacella piadosa. Ya se fue, llega. ¿Quién es ¿Celia? ¡Celia! ¡Cielo soberano deja que bese tu mano, o lo que pisan tus pies. Alza, aumenta tu hermosura este traje, linda estás. En mí se conforman más la humildad y la ventura. Bien lo hace el labrador que te aposenta en su casa. Para ver yo que se pasa a la labranza el valor. Y tú, Celia, no has tenido, para no ser conocida, de no ser vista ni oída ¿Gran cuidado? Extremo ha sido siempre el cuidado que llevo. Porque más bivo le lleves, Mira, amiga, que me debes la vida... El alma te debo. Y en cambio desto, te fío el guardarme este secreto, en quien consiste el efecto de tu remedio y el mío, pues con lograr este intento tendrán fin nuestros enojos. Solo del sol a los ojos, solo a las habrás del viento me fío, cuando a ver voy mi padre, como tú sabes, a cuyas desdichas graves humildes consuelos doy, porque entre cadenas llora soledades y fatigas. A él tampoco le digas que estas biva. No, señora. Con todo, es bien que te advierta de Alejandro, que has sabido. Del Príncipe perseguido, pensando que yo soy muerta, ¿Quién duda que estará muerto en un monte? Y yo de suerte soy cruel que con su muerte aun a matarme no acierto. Adiós, señora. Ten buena esperanza. Voy. ¡Ay cielos! tal, que esperar tus consuelos ¿no me consiente mi pena? Ve con más ánimo. ¡Ay triste! es mi sentimiento amargo. Mil veces, Celia, te encargo la palabra que me diste. Moriré primero en calma que falte a lo que prometo, para que salga el secreto después de salir el alma. Más lástima pongo en ti que en mi proprio corazón. Licencia da la ocasión. Arnesto levanta y di. Viéronse tu padre y suegro dos veces, y como reyes cristianos, pusieron leyes al enojo. El alma alegro. Y aunque en el alma sintieron una desdicha tan cierta, con saber que Celia es muerta, cierta esperanza tuvieron de que el Príncipe pondrá enmienda en su proceder, dando más causa el saber que tan apacible está contigo, que en ti previene su consuelo. Esto admiro, y el de Sicilia partió. pero sospecho que viene con enojo tan despierto, que de su hijo enemigo, por inclinarse al castigo, no se inclinara al concierto. Y con esta me obligó a volar por el camino tu padre. Al caso imagino que importa... Verela yo, y pondré en ejecución lo que se me ordena en ella. Modere tu injusta estrella tus desdichas. Muchas son. A graviada lealtad, en fe segura, larga esperanza en tiempo limitado, en clara sinrazón cárcel obscura, y en decrépita edad hierro pesado. ¿Qué ser no rinden? ¿Qué valor no apura un ofendido preso y olvidado? Mas ¿cuándo, ¡ay cielo!, la prisión no ha sido albergue proprio del ingrato olvido? ¿Cuándo, como pariente tan cercano, privaba con el Rey que su corona pendía de mi aliento y de mi mano. desde la helada hasta la ardiente zona volaba mi opinión, con soberano respeto honraban todos mi persona, y ya con el más proprio, menos cierto, lo mismo soy que si estuviera muerto. Ejemplo raro, desventura extraña. mas debieron tener por cruel exceso lo que yo hice como heroica hazaña, valor fue de gentil, yo lo confieso, matar mi hija, cuya sangre baña mis canas con mi llanto, y carga el peso de mi edad, mas con todo no desmiente, que fue en mi honor resolución valiente. ¡Ay santo honor! ¡Qué bien te llama santo quien tus milagros valeroso advierte. cuanto debe estimarte, cuanto, cuanto, quien llega por tratarte, a conocerte. tanto testimo yo, a quien cuestas tanto, que con dar sentimientos a la muerte de Celia, tan de padre, no he podido estar de avella muerto arrepentido. Quien sinrazones padece entre hierros de cadenas, el valor que dio a la espada debe dar a la paciencia. ¡Válgame Dios! Ya tres veces ha llegado, como llega, al cimiento de esta torre la que me avisa y consuela cantando la propria boz tiene de mi hija Celia cuando a su labor cantaba entre sus mujeres hecha, hecha un sol, y pareciendo la luna entre las estrellas. Ella, pues, no puede ser. mas como esta en mis ideas, cuantas cosas oigo y veo todas me parecen ella. Ya buen duque viene el rey, mañana dicen que llega. animaos, que la verdad, aunque adelgaza, no quiebra. Padre es el rey, pero es rey. da valor a la experiencia. poder tiene la justicia, y la razón tiene fuerza. Oye, ¿quién eres? Escucha, que esta vez lugar me deja la soledad para hablarte, ya que verte, ¡ay Dios!, no pueda, por ser la distancia larga, o por ser la vista incierta, en quien mi llanto y mi edad no consienten que te vea, hija responde... Yo, Duque, vuestra hija? Guarda fuera. ¿Por qué no lo quieres ser? ¿Tan buena opinión os queda de buen padre? Duque. ¡Ay, cielo mío! Después de haber muerto aqula innocente, que crueldad fue el matalla? Quí sé vella sin vida y no sin honor, en poder de quien opresa me la tuvo. Y una honrada defenderse no pudiera dél, aunque la diera un monte, la garganta de una cueva? Sí pudiera... Pero ¿quién la viera meter en ella entre el poder soberano y la mujeril flaqueza, mas el rendirse pensara que el defenderse creyera, y como el honor consiste en opinión y la fuerza fue en público el haber sido en secreto la defensa, su virtud acrisolara para con Dios, pero fuera imposible con el mundo excusarse de la afrenta. Tan fuertes son tus razones, que aunque yo fuera la muerta, te perdonara la culpa, y te aliviara la pena. Ya tu hija quiero ser, Llámame hija, mas piensa que de veras no lo soy. porque si te dan quimeras de que voy entre estos montes con seguridad pequeña, pienso que me harás matar. y yo tengo por más buena la defensa que me doy. que la muerte que me dieras. ¡Hija, hija! ¡Padre, padre! ¡Ay de mí, si fuese Celia! Dime quién eres, por Dios. Recelo que me enternezca, para romper la palabra que le he dado a la Princesa. Después volveré, que agora pasos siento. Si pudiera romper estos hierros, creo que me arrojara a la tierra que pisas... Perdona, Duque. Pues mi fortuna atropella mis consuelos, iré donde muera a manos de mis penas. Y yo escondereme en parte, donde, aunque medrosa, vea quien emplea lentos pasos por lo espeso de esta selva. ¡Ay, muerta esperanza mía! ¿Dónde me llevas sin mí? ¿No es Alejandro? Sí, sí. ¿Quién no acaba, si porfía? ¡Qué no pensada alegría me da el velle, aunque me espanto de velle tal. ¡Cielo santo! sin Celia? Rigor terrible. sin alma. ¿Cómo es posible penar tanto y bibir tanto? ¿Cómo, si el alma provoco, ya que mi Celia perdida, no pierdo aprisa la vida, pierdo elseso poco a poco? si la debo el morir, loco de dolor, como no advierto. que en sentimiento tan cierto me importa, al ser lo que soy, que piense que loco estoy quien viere que no estoy muerto. ¡Qué fortuna tan esquiva! ¡Y qué pena tan avara! ¡Ay Dios! ¿Quién le consolara con decille que estoy viva. Mi llanto el suelo reciba. Mas no puedo. Si animarme quiero a morir y enojarne con el cielo, no podré que esta Celia en él. ¿Qué haré? ya que no muero, matarme. Falga este acero. Llegar quiero... temeraria empresa, pero justa... La Princesa me está obligando a callar, mas dejaréle matar Gritando. Alejandro. ¿Quién me nombra? ¿Quién me detiene y me asombra? Mas quizá porque no pene me anima, y no me detiene, ya en mí es sol lo que era sombra. ya conozco que nací para morir por la muerte de Celia... ¡Infelice suerte! Pues matareme. Alzando la boz. ¡Válgame el cielo! ¿Qué ohí? ¿Esta es su boz? ¿Dónde estás ¿Celia? Escondereme más. Mas ¿qué busco, pues sospecho que me salieron del pecho estas boces que me das, tú me adviertes, y yo espero, aunque mi muerte dilaten, que tus memorias me maten con más dolor que mi acero con ellas matar me quiero, prendas tuyas quiero ver, pero cayendo ha de ser. la tierra quiero medir para que tenga el morir adelantado el caer. Éste fue el primer favor, con que alegres ojos bellos me dio esta cinta y cabellos, dando envidia al mismo amor? ¡Ay qué apacible dolor! En los últimos papeles me apellidan sus pinceles, aquí, primo, y aquí esposo. ¡Ay qué llanto tan sabroso! ¡Ay que dichas tan crüeles, ya viendo su imagen, trato muerto el bello original, de que en mí sea inmortal el dolor con que me mató. ¡Oh, mil veces tiempo ingrato! o mil veces hado esquivo. ¡Ay, que de gloria recibo! puede haber gusto más cierto que el ver que le lloran muerto? un amante que está vivo? ¡Ay gloria que el cielo encierra! ¡Ay quién pudiera llegar! Pues no me puede matar a fuego y sangre una guerra contra la vida, la tierra para que a tragarme acierte quiero oprimir desta suerte o rendirme al sueño así, porque dos veces en mí se imagen de la muerte. ¡Válgame Dios, qué habrá sido! rendido del todo está a la pena, si estará desmayado o se ha dormid, ¡Oh, qué amor tan bien nacido, pues aún no le da lugar, para dormir sin llorar. como llegando a miralle tal, pudiendo consolalle, con hablarle, ¿he de callar? no es justicia, no es razón, aunque se funde en virtud, el dar tanta ingratitud a tan grande obligación, las alas del corazón, para resistirme empleo, cuanto más cerca le veo, perdóneme la princesa, mas su desdicha me pesa, más me aprieta mi deseo, desculpada, y harto estoy, cuando en ocasión tan cierta, pagara con quedar muerta el decir que viva soy. determinándome voy, encargarele el secreto, pues desta duda el efecto, en trance tan apretado, más que pundonor honrado es melindroso respeto. Yo llego. Mas, ¡ay quién viene! con tal rigor se abalanzan mis desdichas que se alcanzan una a otra, que esto ordene el tiempo? ¿Huir me conviene? Tras mi loco devaneo, la vida del alma empleo, hasta el eco me responde tibiamente, ¿dónde, dónde, voy sin mí. Pero ¿qué veo? ¿No es Alejandro? Y dichoso si le han muerto sus amores, rodeado de favores de su dama, que invidioso me tiene! ¡Y qué riguroso! el alma doy a los celos. por este Alejandro, ¡ay cielos!, quede yo sin confïanza, mal lograda mi esperanza, y perdidos mis desvelos. y pues tanto mal me ha hecho, ya ciego, ya loco, trato de clavalle este retrato con esta daga en el pecho, vil hazaña injusto hecho, mas mi venganza procuro, y a ser crüel me aventuro. ¡Ay, si le quiere matar veré desde este lugar por más alto más seguro. Príncipe deté la mano. recuerda, recuérdate Alejandro. ¿Qué escuché? ¿Qué oí? ¡Cielo soberano! ¿Quién me detiene la mano? ¿Es Celia? ¿Es Celia? ¿Porfías ¿Príncipe? ¿En qué fantasías el alma confusa empeño, ilusiones son del sueño, si no son desdichas mías. sombras, no me persigáis. ¿Escondedme, pies ligeros? ¡Ay, prodigiosos agüeros! sin aliento me dejáis? pero no me detengáis, pues aunque sois tan feroces, irán mis pies tras mis boces a ver si es sombra o si es fiera la que por el monte. Espera, mueve las plantas veloces. Hicistes las diligencias ¿Qué os ordené? Sí, señor, no faltándole al rigor requisitos y advertencias. Aquí Aurelino y Gostanza están. Haceldos entrar. la justicia he de lograr, pues no logré la esperanza. es mi enojo tan severo, y estoy tan sin mí con él, que recelo el ser cruel, pasando de justiciero. ¡Ay de mí! ¡Con qué temor vengo. Si decís verdad, misericordia, esperad; o si no, temed rigor, porque quiero, aunque la sé, vella en los dos. Yo prometo decilla... Pues tu respeto me obliga, yo la diré. Pues esperad, apartados, que a mejor tiempo ha de ser. Sí, señor. ¿En qué mujer ¿Hay secretos bien guardados? Miraldo bien. Señor, ya El Duque ha llegado ahora, y llégata mi señora, Vase Arnesto, por el Duque. la princesa. Bien está. Entre el Duque, pues comi enzo por la piedad el rigor veré si con el valor la naturaleza venzo. Señor, deme Vuestra Alteza la mano. Duque, ¿qué hacéis? que os dividan, no teméis de los hombros la cabeza? matar a celia, escuchad, y en mi casa, no fue efecto en mí de poco respeto, y en vos de mucha crueldad? yo os aplicara un castigo que os diera ejemplares penas, pero canas y cadenas, pueden mucho en vos conmigo. O yeme, pues ya, señor, por disculparme me aflijo a ser menos que tu hijo, quien me quitara mi honor. yo con mi hija no fuera, siendo inocente, cruel; mas supuesto que era él, y siendo quien soy, yo era el que afrentaba podía conservar yo tu respeto, señor, con más propio efecto, que a costa de sangre mía? Pues el quedar sin honor por ser un hijo del Rey el que le quita, no hay ley que a tal obligue, señor, rey. ¡Bueno está! Disculpa tiene vuestra culpa, menos pesa. Mi señora la princesa para acreditarla viene. ¿Padre? ¿Señor? ¿Hija? Ahora tendrán fuerza mis verdades. Iris destas tempestades es vuestro agrado, señora. pero esta vez no ha de ser de los castigos templanza. Más bien lograda esperanza en los daños ha de haber. Llegad. Cuando a buscar fuimos a Alejandro, ansí venía. Así mandado lo había el Príncipe, obedecimos. ¡Válgame Dios! Se piadoso. manda, señor, que la muerte me den. Duque. ¡Infelice suerte! ¡Mal hijo! ¡Culpado esposo! Si es culpa el ser desdichado, ninguno mayor la tiene Que yo... ¿El Príncipe no viene? Dícelo al oído de Isabela y vase Isabela dentro. Esta advertida. Ya llega. Verán sus culpas sus ojos. Rey, ya veo en tus enojos que la cólera te ciega. Modérala, advierte, mira que eres padre, y no es razón provocarte el corazón con la piedad a la ira. Rabiando voy. El respeto que debo a mi padre, impida ¡Plegue a Dios este furor que es hijo desta desdicha. El cielo me dé. ¡Señor! Valor para que resista mi justo enojo, y también... ¡Padre! ¡Rey! La terneza es mía. ¿Por qué airado me recibes? Alzad. Porque me desvías los ojos? Porque la mano me niegas? Porque me incita la razón. Príncipe, oíd, desvíaos. Bueno sería tratar como hijo yo quien deroga y tiraniza con fuerza leyes humanas, sin temor leyes divinas? Llegad, Gostanza, Aurelino, y advertid que en la mentira o en la verdad tenéis puesta los dos la muerte o la vida. ¿Quién os indujo, decid, a probar que no era hija ¿Celia del Duque? Señor, como el príncipe moría por ella... Por darle yo gusto y remedio; sabida su voluntad, me atreví señor, mi buen celo admita por disculpa Vuestra Alteza de aquellas cautelas mías. Es digna hazaña el tener por tercera a la justicia de sus injustos deseos los reyes que la administran? y tras haber resultado dello aquella muerte impía de la que era el mismo honor, siendo la innocencia misma, presentarme por testigos. estas canas ofendidas con cadenas, y estas manos con ataduras indignas atadas, siendo leales, y esta hermosura afligida con desprecios, siendo tal, que a adoraciones obliga. esas cadenas y lazos romped. Y porque no digan que yo quiero introducir otro tirano en Sicilia, Id preso, príncipe. ¿Yo? ¿Yo preso? Vos. Y por vida de un rey, ya juez, no padre, que he de cortar a la vista del pueblo vuestra cabeza. Esa crueldad será dicha para quien morir desea. Vuestra Alteza me permita esta licencia. Respetos de Vuestra Alteza me obligan. Pues el peso de la culpa que tiene el príncipe, estriba en que por su causa fue Celia muerta, Celia es viva. Y ésta a tus pies, porque fueron de su padre las heridas, y yo, después de curallas, tuve su muerte escondida, por probar si con el tiempo el Príncipe olvidaría su amor, estimando el mío. pero pues él me averigua que por ser yo desdichada, ni me quiere, ni la olvida, pudiendo en su pecho más ella muerta que yo viva. Y es Celia tan principal, que tiene tu sangre misma. Hazla su esposa, señor, que yo, para que no impidan mis desposorios sus bodas, y sus dichas mis desdichas, me pondré en un monasterio, contenta de que redima con mi libertad la suya, y su vida con la mía. Antes que nadie responda, que yo hable me permita Vuestra Alteza. Decid. Aunque el respeto me impida, Digo, pues, que si Alejandro, después que fueron mis dichas por su causa soberanas, y sin su culpa perdidas, cuando Aurelino probana, cuando testigos decían ante el Príncipe que yo era de Gostanza hija, molido de su terneza, excusando mi desdicha, y estimando mi humildad, por su esposa me quería, aunque yo no le quisiera. como la luz a los días, fuera cosa bien mirada, fuera hazaña bien nacida el dejarle ahora yo con ingratitud precisa por un rey, aunque tuviera más estados, más provincias, que un reino levanta almenas, y que un mundo alienta envidias? mi Alejandro ha de ser mío, aunque mi muerte fingida hagan por el verdadera la impaciencia o la injusticia. ¿Quién ha visto en dos mujeres diversamente ofendidas, tal piedad y talfir meza? Tanto ya mi alma estima la firmeza de la una, como la piedad me obliga de la otra. ¡Oh razón clara! así en las humanas vistas alumbras las ceguedades, y las pasiones alivias. como cuando el sol deshace las nubes, o cuando quita del mar las borrascas fieras, la serenidad tranquila. Nuevo ser tengo, y así quiero que su fin consigan Alejandro y Celia. Soy dichosa. La causa diga lo que soy. Dame los brazos, Duque. Y los pies a todos. Sirvan para todos de respuesta mi terneza y mi alegría. Desde luego serás rey, por mi heredero en Sicilia. Tu hijo obediente soy, y yo a la princesa mía adoraré hasta que muera, y serviré mientras viva. ¡Bivas más años que el tiempo! para que en mi pecho bibas. Y en la Princesa y el Duque el sin de esta historia diga, cuanto alcanza el sufrimiento, y cuanto el honor se estima.
