Texto digital

Texto digital de Cuál es lo más en amor, el desprecio o el favor

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Salvador de la Cueva
Atribución estilometría
No es posible No concluyente
Género
Zarzuela
Procedencia
El texto procede de la transcripción automática de Nuevas escogidas.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Cuál es lo más en amor, el desprecio o el favor. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/cual-es-lo-mas-en-amor-el-desprecio-o-el-favor.

Logo BICUVE

CUÁL ES LO MÁS EN AMOR, EL DESPRECIO O EL FAVOR

En un pastor al albergue, que la guerra entre unos robles le dejó por escondido; o lo perdonó por pobre, ̱. Esos acentos, a cuya grave armonía responden los ecos, que el monte vuelve; las aguas que el campo corren, siendo nortes de mis pasos, tan crueles, como acordes, el silencio de la selva, y mi inquietud interrompen. otra vez tu atención llama lo sonoro de sus voces. Haberiguemos si es cierto mi temor; Nereya, oye. Mal herido, y bien curado to, se alberga un dichoso joven; que sin tirarle amor flechas, le coronó de favores. Ya doy crédito a mis dudas, pues me han servido de informes. estas cláusulas, que el viento trajo en sus alas beloces. a ser vocales venenos, que el pecho mío inficionen: Aquel que con alma libre solo a mis leyes se opone; su felice amor, así, fía al secreto del bosque, Medoro, que desairadas dejando mis atenciones, a la vista de mi queja, de Ángelica adora el nombre, en el rústico hospedaje, donde a entrambos los acogen, derrotado de su suerte, piedades de unos pastores, envidiados de mí viven en la firmeza conformes, ellas a mis dichas contraria, y él a mis fuerzas indócil. Mas yo haré que su discurso a mis encantos cozobre, pues según decirse, mando en sus cristalinos Orbes, y como en plantas, y en fieras puedo convertir los hombres; el humano ser desmiento con varias transformaciones: y así mi altivez no sufre, que sus victorias desdore. Medoro: Cubriré el Sol de tempestades, y horrores; porque el espanto de ver los elementos discordes, a mi Palacio le lleve errante, perdido, y torpe, su competidor celoso, a que su suerte malogre. Traeré, que al impulso mío, y a fuerza, el zafir salobre, en el bajel, que mi sabia májica astucia dispone, para que venga engañado, donde sus celos no ignore; para que al campo Francés. falte, pues en duda pone la victoria en esta guerra, si Horlando no le socorre: y para que de Medoro el fin deseado estorbe. Bien veo que para mí sería triunfo más noble, que el encanto de mi vista; y no el de mi ciencia postre, y encienda su pecho helado; pero industrias superiores. puedan, lo que no pudieron del ciego Dios los arpones. Hacia este sitio se acerca, con la beldad, que es su norte, prosiguiendo el peregrino suceso de sus amores la música. . Ya no bastan mis quejosas atenciones a escucharlo; ven conmigo; verás como aparta, y rompe mi poder la estrecha unión de aquestos dos corazones. Las venas con poca sangre, los ojos con mucha noche, le halló en el campo aquella vida; y muerte de los hombres. O qué bien al alma sueñan tan dulces repeticiones; después que el cielo por ti quiso que la vida cobre. Gracias, gallardo Medoro, debo rendir a los Dioses, de ver que por mi cuidado ya restituida, goces la salud de tus heridas en la aspereza de un monte. Desde que los dos llegasteis? a nuestra Alquería pobre, mi Coridón, mi velado, ni yo, sabemos de adonde venís; ni quien sois. Ya entrambos. en gran confusión nos pone; pero haced que mi deseo, y el de Laureta se logre, sin esta duda, y sepamos de las peregrinaciones, y de las andanzas buenas el origen. . A tan nobles beneficios, como en entrambos nuestro afecto reconoce, ningún temor se recata ningún secreto se esconde. Del Príncipe de Memidia hijo soy, segundo en orden, y así es fuerza que las armas por patrimonio me toquen. Con este sin contra el César Francés, y contra los Doce, que le defienden, seguí los Africanos pendones. Potentado del Catay es mi padre, dima donde tiene su primera cuna el mayor farol del Orbe. Émula a un tiempo de Cintía me vio el Oriente en sus montes, y desdeñando la caza por lobelicos horrores, en favor de Carlos vine, por ganar fama, y renombre, a compañada de HOrlando, que a seguirme se dispone, apreciando mis despegos, cotejando mis rigores. Para el general encuentro formaron sus bataliones los dos campos, y abanzando mi tropa en el primer choque, algunas de las contrarias. puso en confuso desorden. Yo estaba entre las escuadras, que su gente descompone, cubierta de la visera, esgrimiendo el fuerte estoque, con tan varoniles señas, que me duda, y desconoce la misma naturaleza: Y viendo que me socorren en tal riesgo muchos pechos, pero pocos corazones, de una montaña al abrigo me fui retirando entonces. Siguen algunos su alcance, pues mujer no la suponen, como el fiero orgullo muestra, y el dulce semblante esconde. Defiéndese, aunque no hay nube, que tantos globos arroje de cristal, como el acero graniza a su yelmo golpes, que repetidos en él, mallas cortan, muelles rompen, hasta que roto, y desecho, la beldad que encubre expone. Viéndola en el suelo, estorbo que la ofendan, y aprisionen, por mirarla, sobre hermosa, tan fuerte, que en duda pone si a su espada, o a su vista las heridas reconocen; o porque me pareció, al descubrir los albores, que impedia la celada, rosa, cuando sus prisiones la quita el botón, y sale a ser Venus de las flores; o perla, cuando la concha, abriendo sus tornasoles, la da la primer licencia de que los ojos la gocen. Horlando en defensa suya llegó a este tiempo, y volviose con su presencia a encender la lid de nuestros furores. Él la libra, y yo la pierdo, crece el riesgo, el coral corre; unos huyen, otros vencen, y a la voz del hueco bronce, porque muere el día, todos a su cuartel se recojen, y a mí solo en la campaña, y herido, me halló la noche. otros, que por conquistar mi desdén, competidores eran de Horlando, sintiendo que de socorrerme logre la acción, deslucirle intentan: Y él de que así le ocasionen se ofende, con que remiren a las manos las razones. El Magno Carlos culpó que los empeños feroces de Marte, duelos de amor los turben, y desconformen, y a mí, porque soy la causa, que deje sus pabellones me manda, con tal presieza, que antes que las cumbres dore el Sol, sobre un veloz bruto tome la senda de un bosque. A pocos pasos escucho triste queja, y suspendiome, por ver cuan a nueva luz, que ya dejá que me informe, que el dueño de aquel acento es Medoro, y que las flores tiñe, y anega su sangre, reclinado al pie de un roble. Pareció que mis afectos. me decían, no es desorden, que valgas hoy compasiva, al que ayer te obligó noble. Dejo el caballo, y me acerco, por aliviar sus dolores, extrañándome piadosa, blanda; agradecida, y dócil. Burló amor mis confianzas, pues con señas exteriores de compasión, la pasión entró en mi traidora, y doble. Con hierbas a mis heridas, y con lástimas socerre, aunque se ríe el amor de que sus finezas llore, aunque los celos se agravien, y aunque la envidia se enoje, viendo que en un corazón, que fue con otros de bronce, mal herido, y bien curado, se alberga un dichoso joven. Las lazadas que prendían mi pelo, a cuyos colores; en vano espiraron tantos, despeñados Faetontes, por vendas allí le aplico; que aunque yo su pecho ignore, y culpen que así le premie, sin que experiencias le apoyen, cegando con las piedades, no vi las desatenciones, ni temí que pudo haber, quien por ligereza note, que sin tirarle amor flechas, le corono de favores. Entonces por ellas playas, que al vecino mar se oponen, Coridón en una yegua pasó, que en las persuasiones. de Ángelica, como huido. me puso en ella, y del bosque saliendo, a su habitación nos trajo, en cuyas mansiones, la que mi pecho ha librado de los mortales temores, a herirle volvió con filos mas incurables, y atroces. Y así a un tiempo a vivo, y muerto en las señas corresponde; qué mucho, si con efectos encontrados, y discordes, se halló en el campo aquella vida, y muerte de los hombres. Contentos la soledad vivimos de este Horizonte, aguardando algún bajel, que el pasaje nos otorgue para el Catay, donde ordeno, que Medoro el premio logre de mi mano, y entretanto los decentes galardones, que la estimación dispensa, le doy, para que conorte la mal sufrida esperanza, con ellos sus dilaciones. Y mi amor desvanecido de dichas tan superiores, las escribe en esos troncos, para que ninguno ignore, que Ángelica es de Medoro la esfera, el centro, y el móvil. Laminas son sus cortezas de diversas impresiones, no hay verde fresno sin letra, ni blanco chopo sin mote; hasta las propias paredes, de nuestro albergue padrones, Ya pisamos la tierra deseada, que es común madre, aunque también airada, el temporal furioso no mejora. Como madrasta nos recibe agora, De bonanza no vemos seña alguna. Un día a correr bienes fortuna, Orlando, en mar, y en tierra. Un elemento a otro se hace guerra; mas ya el cielo serena su semblante, y su furor aplaca. . Estrabagante, y prodigioso en todo, de nuestra emboscación ha sido el modo: y como yo dormido vine por lastre del bajel, te pido me digas si veniste más despierto, son de mi ventura. Huyamos de la tempestad. . Recoge, Ergasto, el ganado. Amaina, antes que la Nave choque! en las peñas. . De improviso se cubrió el aire de horrores, Y parece que a la tierra borrascoso el mar se sorbe. Hacia allí los ecos sueñan de amedrentados pastores, que huyen del riesgo. . Y aquí de navegantes las voces, que en esa playa peligran. Rayos flecha abrasadores el cielo. . Sigue mis pasos. . Aunque el aire se encapote de oscuridades, tus luces me guían. No sé por donde voy, pues me ciegan las sombras. Mirad no caigáis de un monte, mujer; pero no aigáis miedo, que aunque os despeñéis me ahorque quien nos trajo a este Puerto, sin que el flete paguemos, y sin matalotaje, pues no habemos comido, ni cenado? . Inquieto, y desvelado, mi pecho la pasada noche estaba, como ausente de Ángelica se hallaba, que amor, y sueño mal se han convenido: y cual suele, si está del Sol herido, de un vaso de agua el trémulo reflejo, es de un movible espejo, andar por la techumbre de una estancia con veloz inconstancia: Así bago, y violento, andaba sin parar mi pensamiento, ajeno, pues, de alibio, y de reposo; una voz escuché, que presuroso me lleva hasta la playa, diciéndome, que vaya siguiendo de mi Ángelica el destino: Y de ti acompañada me encamino, pisando sombras mudas, y atropellando dudas, a la ribera fría del mar, donde el acento que nos guía, en el bajel, que hallamos ancorado, nos ánima a embarcar; y aunque admirado a su voz me sujeto, no veo quien pronuncia aquel decreto. Luego que hizo con ligero empeño cargo a las hondas el jarciado leño, del peso de los dos, que le ocupamos, a surcar esos golfos comenzamos, sin ver quien en la aguja le desvela, o quien alza la vela: Sin Marineros corre, y sin Piloto el bajel, señoreando el mar, y el Noto, que le soplaba manso, cuando el cansancio me entregó al descanso, que imposible hasta entonces había sido: y también como tú me hallé rendido de opresión soñolienta, que imágenes de amor me representa. Soñé que veia gruta dilatada, que de silvestre vid entapizada, y vestida de yedras parecia, que labrado se había, de una pena a la falda, de un cóncabo pedazo de esmeralda. Allí en infancia hermosa, estaba el Dios de Amor de su copiosa familia acompañado, pues tenía a su lado la vista, que le engendra, y le asistia la alagueña esperanza que le cría. El favor poseido sin desvelos, siguiéndole los celos, el gusto, y el pesar junto a él miro; la queja, y el suspiro, el ocio torpe, y blando, y el deseo solícito templando, para que no le ofenda, su propio fuego con su propia venda. En la frondosa gruta, la belleza de Ángelica absoluta, veo también el sueño venturoso, que al tormento de ausencia riguroso, dulce tregua pusiste, que breve, y corto fuiste: a los pies del amor yace postrada, y él la flecha dorada contra su pecho mueve, a batallas, de amor, campo de nieve. Yo al mirar prisionera de amor en la bandera, a aquella, mas que los escollos dura, imposible hermosura, cobré aliento, pensando, si entre los muchos que le están amando, fui yo el que merecía rendir de sus desdenes la porfía: Al imperio amoroso, y al preguntar quien era tan dichoso Quién será el dueño invisible, Conde. Horlando, de tan nueva maravilla, que a estos campos nos trae? . Absorto me deja el suceso: Sabes dónde estamos? No sé qué tierra es la que piso. Brunelo; pero supuesto que cesa la tempestad rigurosa, a ver si descubro senda, que nos guie a la noticia: por esa tuda maleza entraré, aunque algún peligro se embosque en su verde greña. li Tente, y desconfía. a Fía. Tu osar desacierta: . Acierta. Al temor te preven. . Ven. Un daño te encuentra. . Entra. Dos voces contrarias oigo, una a que pase me alienta adelante, y me detiene desperté, y en dudosas confusiones troque tan agradables ilusiones, y la calma en tormenta; pues con la tez del cielo macilenta, el golfo se enmarana; verdinegra se ve su azul campaña. Ya con las olas, que en la nave entran, las que salen se encuentran, y pareciendo movediza roca, ya las arenas toca, y ya návega el viento, corriendo de elemento en elemento, hasta que habiendo dado fondo en esta ribera el embreado promontorio de pino, nos echó en tierra, y con veloz camino, volviendo a resistir del mar enojos, se desapareció de nuestros ojos. otra, que de la primera parece eco. . Hay más prodigios! notable andanza es la nuestra! Oráculos desconformes, mal mi discurso interpreta; porque a dos resoluciones me aconsejáis tan diversas? Esta es la selva fatal, a penetrar no te atrevas sus escondidos distritos, que el riesgo común encierra, por un mentiroso bien, que amor te promete en ella. Los estandartes que sigues, puestos en el trance dejas, huye de este ameno engaño, donde al que no se cautela, un encubierto peligro en cada rama le acecha. Dudar debo, pues me dice, que la fatal selva es esta, y volverme a las escuadras, pues más lo bizarro pesa. que lo amante; pero es ir sin Ángelica mengua, y no buscarla, animado de aquella soñada idea. Tu error no se apoye. . Oye. Que te desespera. . Espera. La guerra te llama. Ama. Amor te convenza. . Venza. El crédito allí me arrastra, y el amor aquí me esfuerza, con unas dichas en ecos, para que las juzgue inciertas, pues taparé los oídos, como el Griego a la Sirena, huyendo de aquestos bosques. Ángelica. Pero apenas lo que ya escucho apartarme de sus confines me deja, a entrar en sus laberintos, a reconocer me empeña quien la llama afectuoso. Necedad es que no creas la voz bien intencionada, que a huir de aquí te aconseja. Sígueme por el boscaje enmarañado, y no temas, Prunelo, pues vas conmigos pero aguarda, pues aumenta mi cuidado lo que miro de este tronco en la corteza: Pues suspendiendo mis pasos, dice en bien distintas letras, Ángelica estuvo aquí; ya para mi mal concuerda este indicio con el otro! Y también que entrambos mientan es muy posible. . Pues dime, quien puede; ser el que en estas soledades la llamaba, sino alguno que posea su amor? . Algún guarda dama del Catay, que en busca de ella debe de andar, cimarrón galopeando la selva. No me enoje tu locura, y examina mi sospecha, atendiendo a lo que es cierto, en está encina se muestra. Ángelica estuvo aquí, de Galasión hija bella, y aquí tomó: Receloso de que confirmen mi ofensa, voy leyendo otros renglones. Bien puede ser que refieran, aquí tomó chocólate, que es el jamón, y frasquera con que caminan las damas. Déjame leer lo que resta, aunque el alma por los ojos mortales tosigos beba. Y aquí tomó con Medoro del Alquería la senda, después de haberle otorgado los favores, que a otros niega. Y así entrambos igualmente al Sol, y a sus Astros ruegan, que este ameno sitio alumbren siempre con grande influencia, Cielos, que leo? ya son los caracteres, que selló el rudo tronco, puñales, que el corazón me penetran? Ángelica, y injusta Dafne, fugitiva, falsa Elena, que la troya de mi pecho con fieros incendios quemás, quién es el vanaglorioso, que sus dichas por ti obstenta, que y que las goza arriesgadas, pues no las tiene secretas, pues consiste en publicarlas, que los culpe quien las sepa? Quién es este que hace culpas de su dama las finezas? de ti en él he de vengarme, y de la loca licencia con que se confiesa humana, pues tus favores rebela. Y estos arbores también, gigantes de la floresta, he de castigar, pues fueron contestes de mis ofensas. Sus bejetativas vidas los quitará mi violencia, porque del últraje mío broncos archivos no sean. Pues estorbando que nunca sus verdores crecer puedan, estorbo que mi tormento escrito en ellos crezca. Mayor destrozo haré en todos, aunque se armen de durezas, que el Austro, cuando violento hojas quita, y ramos quiebra. No ha de quedar en el monte árbol que al fuelo no venga, y rama que yo no corte. Señor, qué locura es esta? con las encinas te enojas? mas, pues han sido parleras paguen su error. . Sin mí voy y en el pecho llevo un erna; socorro, que arde la casa donde el alma se aposenta. Tu harás el fuego mayor, pues que vas cortando leña; tan crueles cuchilladas va tirando, que cualquiera toreador las tomaria para deshacer con ellas algún duelo de la plaza. Ten la espada, y no me ofendas, Herido a sus golpes uno de los troncos, que se queja parece; sin duda son encantadas estas Selvas. Voz tiene más que espantada, no es mucho que troncos vea que parezcan hombres, si hay hombres que troncos parezcan Tan fuera de si va Horlando, que este asombro no le enfrena; pero yo por los dos temo, y más ahora, que abiertas de aquella planta que habló las arrugadas cortezas, veo salir de su centro un hombre, que a mí se acerca. No te asombres, aunque has visto que del tronco que me encierra te salgo al paso. Quién eres me di, ya que el tronco dejas, aunque no dudo que tú de algún miserable seas el espíritu, pues cabes en posada tan estrecha? Astolfo soy, a quien dieron las Rosas de Inglaterra timbre Real, primo de Horlando, blasón de la lid Francesa, volviendo de las Provincias del Norte, donde mi adversa suerte me hizo prisionero en una naval refriega. Alcina, que en ese Alcazar es otra Medea, porque de Carlos no siga las belicosas banderas, en la bejetal prisión de ese tronco me encárcela; en cuyo cuerpo silvestre mi forma troqué primera: Mis plantas eran raices, y mis brazos ramas eran, hasta que hHorlando ha podido restituirme las señas. racionales, por alguna v irtud, o fuerza secreta, que trae contra los encantos, o porque el término cesa hoy del que yo he padecido. Pero dime que impaciencia es la que a Horlando ocasiona a discurrir con tan ciega desatención estos campos? Temed todos mis fierezas. Guarda el loco. Huye Silvano. Este alboroto que sueña te lo dirá, y él también, que ya a nuestra vista llega. Cuanto encuentre ha de abrasar mi rabia, que ya se venga en todo ese villanaje. Ya has perdido en la pelea espada, banda, y sombrero, y aún el juicio. . No meadviertas nada, que te haré pedazos. Que está aquí no consideras ya desencantado Astolfo? Horlando. Mi muerte es cierta. A tu deudo desconoces, Cónde, que pasión te ciega? Los Condes, y más furiosos negaron deudos, y deudas. Ya he comprobado mi agravio con más claras evidencias, llegando al traidor albergue, que fue cómplice en mis penas, cuyas paredes no mudas mis celos me manifiestan: Pues de Ángelica, y Medoro cifras publican diversas, aunque ofendido ponía la boca en el nombre de ella, y en el de Medoro airado el acero, y la violencia, a las letras, que a cuchillo fuego despiden las piedras; que de glorias de un dichoso saca un celoso centellas. Logré en la ruda morada, de mi pesar medianera, lo que no pude en sus dueños, porque la encontré desierta. Unidos cuantos villanos esas caserias pueblan, del estrago alborotados, que los turba, y amedrenta, a mis furores se oponen en armadas resistencias. Rompí el rústico escuadrón, que impetuoso me cerca, y aunque me faltó la espada, no me han faltado las fuerzas para seguirle. . No hagas tal, que no hay guarda Tudesea como un tropel de villanos. De mi indignación sanerienta no han de librarse, aunque el miedo los calza de ligerezas, pues forja rayos mi enojo, y no habrá en el monte cueva, ni centro, donde no busque a mi enemigo. . Flaqueza tu resolución celosa es, aunque valor parezca. Apartaos de mí los dos, porque soy furia, que engendra el infierno de mis iras. Pobre Horlando, a la cabeca los celos se le han subido. Nadie agora me detenga, que voy de prisa a cazar desesperaciones fieras, y los perros de los celos, que el campo del alma alterán, han levantado la caza. De zarandajas diversas es suceso, holla podrida. Penando entre duras peñas el alma de Horlando soy. Pues eres alma muy necia, porque ya las almas de otros mas acomodadas penan. Bolemos. Vuelve en tu acuerdo. . No acá- Es boba empresa volar desfavorecidos, que sin favor nadie vuela. Pues no tienes plumas? . Sí, pero hay plumas que no medran, aunque trabajan. Pues yo iré por esas esferas a mi Ángelica buscando. . Vamos siguiendo su tema, y sus pasos . Al remedio sangre, y amistad me empeñan; sintiendo voy su desdicha! A esto de tirar piedras, unos celos le han traído, los que hoy picáis ojo alerta. Venga norabuena al centro feliz de Alcina la bella, Medoro el gentil. Las dichas mayores le aguardan aquí, del ciego con alas, que es lince sutil. Posea estos campos, en cuyo matiz. el tiempo le ofrece eterno el Abril. La Venus segunda de aqueste páis en él le recibe, y dentro de sí. Ufana su imperio (bas? sale a rendir, su rico Palacio, su ameno pensil. Vera en su belleza de rosa; y jazmín, al Sol alumbrar, y al Alba reír. Aunque perdido llegué aquí con la tempestad, pues gano el ver tu deidad, que me perdí no diré. De los cielos la inclemencia, propicia para mi ha sido, no cruel, pues me ha traído al puerto de tu presencia. Sabré si en su olvido ha obrado el encanto de esta suerte, y no dejaste al perderte en el monte algún cuidado. Con imperiosa atención, que apoya más tu victoria, nada reina en mi memoria, y a, si no esta obligación. Pero en tan nueva extraneza mi discurso no alcanzó, cual fue quien más me rindió, tu agasajo, o tu belleza? No sé hallar la explicación del nuevo afecto que siento, parece agradecimiento con señas de adoración? Será de tu noble pecho, Medoro, prueba cortés, y porque del mío estés mas seguro, y satisfecho, y conozcas mi poder, de mi Alcazan la riqueza, verás de cuya grandeza dueño, mas que yo, has de ser. Ven a gozar repetidas tus venturas. . Soy tu esclavo. La facilidad alabo con que tu Ángelica olvidas: Hoy os apartó el rigor del cielo, y ya tu fineza falta. . Es pensión la tibieza de un favorecido amor. Pues mudas sus pensamientos, bien de su ciencia te vales. Afectos son naturales, aunque con medios violentos, pues de Ángelica admitido, puede helarse, aunque abrasado, que también de un confiado se hace un desagradecido. Pero aunque pasión no sea suya; si no en cuanto mío, sujete yo su albedrío, porque mi pena se vea de Ángelica vencedora. Pues tu agrado así me obliga, vamos, Alcina, y prosiga vuestra aclamación sonora. Venga norabuena al centro feliz de Alcina la bella, Medoro el gentil. De Alcina; y del encanto, castillo en que se asegura soy, aunque en abreviatura un grandísimo criado. Chisme es mi nombre, y no espante verme tan chico, y tan vano, que el chisme comienza enano, y en poco tiempo es gigante, El Palacio es mi morada, el hablar mi habilidad, lenguas soy todo, y verdad, con mentira entrevelada: Y pues que de rama en rama, que viene Ángelica infiero buscando a Medoro, quiero cumplir aquí con mi ama, y con mi oficio. En buscarle. por la Floresta me empeño, ya que pudo el negro ceño de aquel nublado apartarle de mí. . Pícar su cuidado pretendo; con qué destino vais las dos por un camino, tan solo, y tan desusado? queréis que os sirva de guía, y os acompañe? mandad. Para tan gran soledad es muy chica compañía. Buscando un joven, que viste su Abril ardiente, y lozano, del galán traje Africano, vénimos; si del supiste, que nos lo digas te ruego. El que buscas peregrina, con la bellísima Alcina le hallarás. . Cielos, que llego a oír? . Perdido en el monte, entre la borrasca fiera, le halló Alcina, y como impera en todo aqueste Horizonte, y acoge afable, y humana a cuantos su verde espacio pisan, a su gran Palacio le ha llevado, donde ufana, con prodiga voluntad, a hospedarle se previene, en un cuarto, que contiene riqueza, y comodidad. Pueblan albajas curiosas sus cuadras, y galerias, y del pincel fantasías, y fábulas amorosas. Sus ventanas eminentes a un frondoso jardín miran, donde a sus bascones tiran lanzas de cristal las fuentes. Ay de trofeos de amor varias estatuas en él, allí está Dapne en laurel, y también Narciso en flor. Tiene de Ninfas servido este cuarto en sus distancias, si para el gusto abundancias, delicias para el oído. En cuyo sitio el dichoso, por quien tu preguntas ya, muy bien hallado estará, pues con favor generoso Alcina le rinde cuanto su gran poder avasalla: y aún hay quien sospeche. Calla, que no quiero saber tanto. Pues de oírme airada estás, aunque es novedad en mí, ya callo, y me voy de aquí, por no decir lo demás. Alma, ya en tan grave caso mas os queda que dudar; qué mal hice en no apurar toda la ponzoña al vaso! Pero yo peno en sospechas, y temo de amor mudanzas, dándole mis confianzas mas victorias, que sus flechas, Mi nombre mal se podr a borrar con otra impresión, sin romper el corazón adonde estampado está. No confien tus intentos, pues tiene amor vanidades, que muchas seguridades suelen morir de escarmientos, Pero si desengañarte quieres, y ver si es ingrato Medoro, no está muy lejos el Templo del Desengaño, y más para quien le busca. Bien has advertido, vamos a consultar su divino Oráculo. A los sagrados umbrales del Templo ya, Ángelica, hemos llegado. Deidad grande, y prodigiosa del Desengaño, que a tantos milagrosa restituyes la luz que pierden errados. Antídoto universal contra los peligros varios, que son confusos venenos del entendimiento humano a invocar los resplandores vengo de tus puros rayos, para que libre de aquellos recelos, que la cegaron, vea el alma si Medoro la fe de amor ha violado. Tus afemosos ruegos admito, pues nunca falto al favor de quien se vale. de mi poder soberano: Por mí esa voz te responde, atiende, pues, a su labio, que intérprete armonioso. es de mi concepto sacro Escucha el desnudo aviso de la voz del desengaño, vtil para la razón, y para el oído amargo. Armada de presunciones, no averigues tu cuidado, pues irás más defendida, temiendo, que confiando. No se confie la hermosura, no, que también cabe el olvido en su adoracin. Aunque Medoro te ofende, oprimido del encanto, ardor que nació violento, suele crecer voluntario, y no será consecuencia, para no temerle ingrato, que el beneficio le obligue, si el gusto no le ha obligado: pues mal podrás persuadirle, que tiene seguros lazos el preso en la obligación, si es cárcel que rompen tantos: De cautiverios de amor no fies tu orgullo vano, que sabe limar la ausencia los hierros del más esclavo. Para que tu amante huya de Alcina, el májico engaño, la virtud de aqueste anillo desentorpezca tus pasos. Y en obrando por si propio; despierto de aquel letargo, harás mejón la experiencia de lo mismo que has dudado. Y si da satisfacciones, tu pecho las crea cauto, pues con visos de fineza suele apoyarse un agravio. No se confie la hermosura, no, que también cabe el olvido en su adoración Ángelica; parte luego, y lleva por tu resguardo esos avisos, que el mal es menor premeditado. Mi discurso, aunque le instruye tu voz con preceptos sabios, a examinar la sospecha cobarde se va acercando. Yo de tus aras supremas los auxilios, nunca escasos, busco, y las altas piedades, para Horlando, que postrado a freneticos furores, cual fiera habita estos campos. Pues tú, que me sostituyes tu músico, y dulce alago, con suave imperio traiga aquí al impaciente Horlando, para volverle en su acuerdo, de su error desengañado. Y yo las luces retiro de mi presencia, entretanto que llega en fin de accidentes, y de sucesos tan varios. Ven Horlando a mi voz, pues a cobrar te llamo del noble entendimiento los resplandores claros. Acentos, que me corriges con freno suave, y blando, siendo tregua a mi furor, has sido ley a mis pasos. Mira de aquella cueva el centro dilatado, lóbrega habitación, y albergue del engaño. Allí de su cautela verás tiranizados los discursos perdidos, por errores extraños, y hallarás entre todos el que a ti te quitaron, averiguados celos, y públicos agravios. Cuiado de tu advertencia, y casi ya recobrado, con tu melodia miro, de la cueva en los espacios, asombros, a cuyo efecto, parece que recordando va la razón poco a poco, de aquel tenebroso caos. Los juicios allí se ven, que quitó el engaño a tantos, por tan diversos caminos, y por captichos tan vanos. De la cueva en lo más hondo voces sueñan. Pues oigamos. Yo cantando. . Yo sintiendo. Yo riendo. . Yo llorando. Todos locos estamos, unos mal contentos, y otros bien hallados. Estos desvaríos son en las pasiones contrarios, Ya prosiguen. Por si explican sus temas, quiero escucharlos. Ay, que disculpa mi dulce locura amor, confiando! y así satisfecho, y alegre celebro la dicha que alcanzo. Ay, que me tiene loco una gloria, que en sombras aguardo, (do, pues vivo creyendo la falta esperan- y espero sus plazos! Ay, que de ver penar a los otros me río, engañando, pues peno también; y el mal de que muero con risa disfrazo! Ay, que mi amor a un bello imposible boló temerario! y así me eloquecen, ajeno de alivio, la queja, y el llanto. Yo cantando. . Yo sintiendo. Yo riendo . Yo llorando. Todos locos estamos, unos mal contentos, y otros bien hallados. El más loco de estos, es el que está de amor lisiado, y se ríe de los otros, que de lo mismo enfermaron. Mil modos de frenesies noto diversos, y extraños. Y están como famillares en redomas. . Consultando un espejo la hermosura; se ve loca por lo vano. Su inconstante seso tienen allí las que despreciaron, al que después admitieron. El amor esos milagros. no los ha hecho conmigo. Del que se muele pleiteando veo el juicio asido al pleito de un dudoso mayorazgo. Del que festeja por señas, miro el discurso colgado de la reja de un terrero, y de los que a mal echaron su dinero, el seso envuelto en un vestido de talcos. Allí está el de quien se casa; mas al dote, que a la mano, atento, sin ver que elige lado para muchos anos. Qué de juicios hay perdidos de celos? . Por señalarlos. están en vidrios azules; mas ya he visto el de mi amo. Pues aunque hallarle he podido, la ocasión considerando, por quien le pierdo, y la fuerza dé mis celosos agravios, para volver mperderle; me parece que le hallo; Cobraré el entendimiento, siendo estorbo tan contrario, la memoria, no es posible. Vuelva a enfrenarle tu canto, pues vuelve a su tema. . Esto es hacer merced a orlando de cuerdo, con retención de orate, y curalle en falso. Tus atenciones logran advertimientos sabios, que remedian oídos de la razón tontrarios. Sígueme, pues te llevan decretos soberanos, dónde tus mismas sombra te dejen ver los rayos. y Irás a ver tus celos, de Ángelica vengados, pues los que ya la ofender serán tu desagravio. La que de cera ha sido para otro cuidado, no te agravia, aunque sea para el tuyo de mármol; que vencer corazones, de cuyo amor triunfaron otros deseos antes, es deslucido aplauso. Mas suspensos mis sentidos, cuanto menos ofuscados, se sigue, voz prodigiosa, del divino simulacro, que se rige, a cuyas aras, y a mi escarmiento consagro. Confiada en la Deidad, y de su voz advertida, de temores ofendida; viene mi seguridad. Pero en esta lid conmigo, u. a todos os quiero ya; sentidos míos que está presente nuestro enemigo. di La causa es la que allí veo de mi primero cuidado; mas de Alcina avasallado; en vano hablarla deseo. Quisiera darla el aviso, de que otra nueva afición la roba la posesión de mi fe; pero remiso el corazón, y neutral ya se resuelve, y ya tarda, que una fuerza le acobarda secreta, y accidental: Pues me ha visto; y se detiene en llegar, mi daño es cierto: Si la fuerza del hechizo le habrá mudado, o el nuevo empleo de su pasión? Lo peor es lo que infiero, la verdad descubrirá este anillo, que del Templo trajen Patallando estoy con dos contrarios afectos, uno es huir de sus ojos, y otro no apartarme de ellos: quiero aún mismo tiempo irme, y quedarme. Medoro. Pero este acento puede más. Medoro, espera. Surco un mar de opuestos vientos. Qué aguardas, que no me sigues? Alcina, mayor imperio tiene en mi albedrío. . Buel cortés, ya que no sujeto y a mi voz deten los pasos, ingratos, como ligeros. Tu mudable? pero aquí no es lo que extraña mi pecho; que llegue a ver tus mudanzas, sino que a sentirlas llego. Vano tu alevoso amor estará, de que en el hielo de mi altivez invencible ha introducido los celos, que al labio causan mayor marti lo que al pecho, pues padezco en confesarlos mucho más que en padecerlos. Tan presto; qué villania! has olvidado, tan presto, que te entregó la fortuna a mi piedad casi muerto: Y que miré por tu vida, mas que por mi fama, haciendo triunfos de tus esperanzas de Horlando los rendimientos. Pero no acierto en quejarme de tu traición, pues me arriesgo a que tu desdén agora no haga de mi queja aprecio. Solo alejarme de ti, y de tu memoria intento, y en señal da que te intimo, guerra de enojos, te vuelvo ede anillo, que es el mismo, que me diste, con pretejto de que los nupciales lazos habíán de hacer eterno nuestro amor de esta cautela, para dariese pretendo vaierme yvuelva a tus manos, que yo nevarle no quiero conmigo, por prenda tuya. Ténate el retrato. Si en tomarle te obedezco, no lo teuso, sus quejas molestas, y ociosas fueron, la Deidad de Alcina sigo; Mas ya que las leyes quiebro de amor, y de obligación, como así a las del respeto falto, agraviando a quien tuvo altar en mis pensamientos? Parece que ahora el alma, cobrando en conocimiento, sale de un sueño, ofendida, Ángélica; por su acento, te reconozco a ti sola, mi amor, mi fe, mi deseo. Si estando fuera de mí, y con los sentidos ciegos, no entendí que te ofendía, claro está que no te ofendo: Y si en lisonja de Alcina pronunció mi errado afecto, palabras, que los amantes llaman encarecimientos, perdona, Ángelica, al sabio, que a ti te las dejó el cielo. No olvido que cuando diste a mis heridas aliento, la muerte huyó de tu mano, aún más que no del remedio. Tuyo me confieso aquí, desaprisionado, y suelto, de aquellos tiranos lazos, que me oprimian violentos. Para allegurarme ya hazo el anillo su efecto: pues sígueme. . Es menester cautelarnos, porque temo aquesta nueva Medea. No quisiera mi recelo, que los que llamas temores, Medoro, fuesen respetos. Desconfías? . De la voz del desengaño lo apruebo. Pues diré a voces, que el alma te rindo. Y yo que la acepto. Porque Alcina. Porque Horlando. Sepa que Ángelica es dueño de mi libertad. . En tienda, que está Medoro en mi pecho. Ya de Medoro las dichas las siente Horlando más cuerdo. Ya Alcina agraviada escucha de Ángelica los trofeos. Con, la venida de Horlando aguardo algún grave empeño. Delante delo que ama, el esfuerzo, es más esfuerzo. No me tray aquí la llama, que me abrasó en otro tiempo, porque sería seguir la que a otro viene siguiendo; querer regirse mi gusto de los despojos anejos, aunque debiera encargar mi dese nojo al acero. Ya el valor, que en tantos trances me dio renombres eternos, de Minerva en la estacada, y no en la de Marte, intento, que lidiando discursivos nuestra pasión despuremos, pesados en dos balanzas de contrarios argumentos. Yo desdeñado, y Medoro prefiriendo; él poseyendo, yo penando; él con discurso, y yo fuera de mi acuerdo: Cual fue más loco de entrambos, ha de argüir el ingenio; y así en forma de problema, de la música el sujeto. Díspuse la competencia, cual es más loco en amor, el desprecio; o el favor? de suerte, que la questión del certamen, que has propuesto, es, cual fue mayor locura, la de aquel, que los desprecios. le hacen loco, o la de aquel, que está admitido, aludiendo de Medoro a la fortuna? . Sí. Pues yo argüirte quiero, por la parte que me toca. Y yo en defender me empeño su opinión. . Yo la de Horlando? apadrino, mientras tengo de Medoro otra venganza: deslucirle así deseo. Nuestras réplicas concluya del desengañó el acento. Pues el rema nos repitan, dando principio a este duelo, que la voluntad quejosa remite al entendimiento. Dispure la competencia, cual es más loco en amor, el desprecio, o el savor? El que sabe que le paga, desagradecido dueño en ofensas, y rigores, fino amor, y largo tiempo, en loquece con disculpa. Ese la merece menos, pues no pierde ningún bien para llegar a ese extremo, por estar hecho a los males siempre. . Y no ha de hacer eseto un sentimiento noble, un continuo agravio? Cuerdo debe llamarse quien pierde con tanta razón el seso. Si ve el disfavor tan claro, en loquecerá de necio. Para no sentirle, volverse loco, mal remedio parece, pero no hay otro. Pues ya que aqueste principio he fundado, probar quiero, que el preferido adolece de mayor locura. . Enmedio de su suerte, no es posible, que le sujete a tel riesgo ningún temor. A mi prueba, más fuerza añades con eso, que de la felicidad nace el desvanecimiento. Pues si las desventuras. desvanecieron el más cuerdo con ellas, puede no serlo? De enseñado a conseguir, vendrá a confiar, que es yerro, en que la razón peligra Y puede ser indiscreto frenesí la confianza, cuando fue con fundamento? Sí, pues por el gusto de hoy, da el de manana, por cierto. No es delito sin tiempo ser confiados, pues blasonan de dichas, que aún no llegaron Que ofende el favorecido a quien debe el favor vemos, descuido haciendo el cuidado, ingratitud el afecto, que es demostración más loca. No lo será en el concepto de la Dama, que a nosotras, nada nos parece exceso, en aquel que preferimos. Muchos de industria ofendiero, para probar a quien aman. Por buena industria no tengo pasarse a la grosería, amor, desde el valimiento. Loco fue quien las almas probó a desaires, que el amor a estas pruebas suele quebrarse. Pues si alcanza el galardón, y no le tiene secreto, mas fuera de si estará. No acreditán a sus dueños triunfos, que no se publican. ̱. Perjuicio fue del sujeto amado, manifestar los favores. Cuando fueron bien merecidos, apoyo es de su conocimiento. Para quien los hace, fuera mayor decoro el silencio. no callar es locara licencias de amor, que en la voz son hierros, y en el pecho no. Pues concluyendo el problema, se declare que argumento ha vencido. . El de Medoro, que muchos enloquecieron de alegría, y fue más cuerda la suya . Y el desacierto que le motivó a escribir en los olmos; y en los fresnos. sus fortunas, fue cordura. Quien ha logrado el empleó que yo, en tener más discurso, perderle con el contento de holar ayal esfera, A mi desdenes, y celos me hicieron loco, mas tú lo has querido ser sin ellos. Al dichoso condeno, no al desvalido, que uno es loco por fuerza, y otro de vicio. Ventajoso en esta lid, Horlando queda, supuesto que la voz del Desengaño le ha dado el laurel, y el premio, Dadme ahora todos oído atentos, porque los errores paren en aciertos, pues desengañados, quedáis menos ciegos: Quiero que llevéis la luz, que os dispenso, id luego por ellos, que son mis efectos. Repartir las luces del entendimiento, con cuyos resplandores; que vencáis pretendo contrarias fortunas, y casos adversos. Traed las antorchas, con cuyos reflejos la verdad descubro, y el engaño enmiendo. Cómo sostitura del orden eterno, intento alumbraros, porque huyáis del riesgo. Y con esa llama, que os reparto espero, desde la tormenta, guiaros al Puerto. Solo me falta ofrecer este triunfo, que merezco a su deidad. De tus desengaños ya la luz traemos. Y promptos seguimos todos tu precepto. Pues tú con Medoro, que vuelvas ordeno al Caray, adonde os junte Himineo. Así su amor pago. Mi suerte con eso llega, donde apenas llegó el pensamiento. Horlando, pues cobra su primer acuerdo, rémoto de amante, vuelva a ser guerrero. Trocaré, guiado de la luz que llevo, en lauros de Palas; prisiones de Venus. Alcina deponga sus encantos fieros. Este claro norte me preserva de ellos. Siga Astolfo a horlando. Y diré que debo a tu voz la dicha del llevarle cuerdo. Yo lejos de Alcina buscaré otro centro. Los dos al Caray con Medoro iremos. Porque nos júvile allá de testeros. Yo voy de mi amo los gajes siguiendo. Yo a otro Palacio iré a ser parlero Ya que estáis conformes, que celebre intento festín agradable los aplausos vuestros. Pues adonde acaba la pluma sus hierros, empiecen sonoros graves instrumentos.