Texto digital

Texto digital de La cosaria catalana

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Juan de Matos Fragoso
Atribución estilometría
Luis Vélez de Guevara Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por María Magdalena García Pérez, Isabel Garrido Rivas y Daniel Sánchez Loma.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

García Pérez, María Magdalena, Isabel Garrido Rivas y Daniel Sánchez Loma. Texto digital de La cosaria catalana. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/cosaria-catalana-la.

Logo BICUVE

LA COSARIA CATALANA

JORNADA PRIMERA

Oye escucha. ¿Qué me quieres? Significarte, Leonarda, lo que me debes, aguarda. Hombre de imposibles eres. ¿Eso es amar? No es amar, querer tu ciega pasión, con mi desestimación, tus gustos acreditar. Que no es querer bien, querer lo que a mí me está tan mal: si eres hombre principal, y sabes que soy mujer de las prendas que pregona con tan soberbio blasón, mi nobleza en Aragón, mi crédito en Barcelona. ¿Qué premisas de ofenderte, ansias tan nobles te dan? Escucha atento, Don Juan, que quiero satisfacerte. Deseos de asegurar quien tu Mayorazgo pueda heredar, como es ya en todos costumbre, y naturaleza, Don Juan, te inclino a casar, haciendo desde Valencia, patria tuya, la elección para ese efecto, tan cuerda, en Narcisa, prima tuya, de cuya rara belleza, como se ve en el retrato, que para tu norte llevas, quiso hacer dichosa patria el cielo a Mallorca, y de esta, Colcos amante Jasón, llegar al efecto intentas, luego que el Breve tuviste de Roma, y en otra nave, Argos para el fin que adoras, al mar le pediste treguas. Pero como siempre el mar, o de envidia o de soberbia, suele ser tirano estorbo de enamordas empresas, a Barcelona derrota con tu Nave de manera, que te fue forzoso estar esperando tiempo en tierra; y en cas de estos deudos tuyos, que por estas diferencias que sabes, depositada del Virrey, me hallaste en ella. Confieso que desde entonces te he pagado algunas deudas, unas con amor debidas, y otras a tu gentileza: pero con tanto recato a tanta amorosa muestra, que no se ha fiado el alma de los ojos a la lengua, que esta ventaja llevamos con valerosa excelencia las mujeres a los hombres, cuando hay razón, cuando es fuerza. Pues no lo fuera, Don Juan, que de mujer de mis prendas, y de mi sangre, intentaras a tu amor correspondencia, cuando para tus mudanzas el viento en favor esperas, y por entretenimiento eres huésped de esta empresa. Goza a tu prima los años que has menester, y deseas, que ella merece ser sola dueño de tantas finezas. Esto he querido decirte, Don Juan, porque no pretendas buscar ociosos engaños a mis cuerdas advertencias. Sosieguen tus presunciones, hablen verdad tus promesas, tras fingimientos descansen, satisfáganse tus quejas, desiste a vanas conquistas; porque no es justo que quieras tantos dueños para un alma, que es de la Ley que profesas. Leonarda, si te parecen las causas que representas estorbos para mi dicha, fácilmente saldré de ellas, dejando lo que no he visto por lo que el alma desea con tantos rayos, de quien han sido los ojos puerta. Narcisa solo en retratos, fantasmas de amor me enseña la belleza que no he visto, y quiere que a mi fe deba. La tuya me abrasa el alma, presente, y vista, y la fuerza mayor de su parte ha puesto el trato, a cuya experiencia pocas veces se ha escapado la libertad, tú eres de esta dueño, desde que miré esas hermosas estrellas. Y porque entiendas que digo lo que siento, y lo que esperan idolatrar mis cuidados, y proseguir mis finezas; el retrato de Narcisa, que es este, quiero que veas hecho pedazos, pues solo el tuyo en el alma reina. Y ahora que sin disculpa estas, quiero que merezcan mis finezas quejas tuyas, si los favores me niegas, que olvidado, y desvalido pienso adorarte, aunque seas eternamente en mis ansias un imposible de piedra. Que me has sabido obligar, Don Juan, confieso, y que fuera ingratitud no acudir a pagarte tantas deudas. Más puesto que esta verdad en mí tan segura tengas, de algunas dificultades tengo que vencer empresas. ¿Cuáles pueden ser, después de vencidas las primeras, si no son desdichas mías, porque obligada te pierda? Ya sabes que de la casa de mi padre, que en nobleza, y en hacienda se aventaja a muchas, soy la heredera, y que en Barcelona he sido solicitada de prendas bien importantes, a causa de mi nobleza, y hacienda; y que esto ha dado ocasión para que algunos pretendan mi casamiento con falsos intentos, y estratagemas, obligando a la Justicia del Virrey, y de la Iglesia, a depositarme aquí, hasta tanto que se sepa la verdad, porque mi padre casarme, Don Juan, intenta con Teodoro, un deudo suyo, que el mismo apellido hereda, porque quede en pie su casa, cuyas antiguas proezas a Barcelona ilustraron, y ganaron tantas tierras a sus Reyes, y a sus Condes. Y puesto, Don Juan, que seas tan noble como se sabe, y tan rico, ha de ser esta toda la dificultad de nuestras correspondiencias, y aún ha de ser imposible, que por bien mi padre quiera, ni mis deudos, que contigo efecto este gusto tenga, sino es usando, Don Juan, del brazo de la violencia, poniendo con esa Nave mar en medio, y tanta tierra como hay de Valencia aquí, pues lo mejor de Valencia son tus deudos, y podrás tener segura defensa de las armas de los míos, que el tiempo después es fuerza, que lo sosiegue, y lo acabe todo, pues de otra manera es imposible que efecto nuestras voluntades tengan; aunque no sé de la tuya si a tantos quilates llega de amor, que podrá emprender resoluciones como estas. ¿Con esa desconfianza has de hablar de la más nueva fe, que en amante se ha visto? ¿Qué peligros? ¿qué soberbias cumbres de dificultades no deshace, no atropella, quien llega a amar como yo? Si por ti se me ofreciera, como el Músico de Tracia, vencer la oscura tiniebla, adonde del Sol los rayos, ni pueden, ni se atrevieran llegar, no fuera a mi amor difícil mi grande empresa. Tuyo soy, Leonarda mía, que los pies te bese deja, en albricias de mis glorias, que rico de tu belleza, ni a Barcelona, ni al mundo, ni al mar, que cristal espera ser de tus ojos divinos, ni a la fortuna soberbia pienso temer. Yo soy tuya, y en fe de lo que confiesa el alma, te doy mi mano. En esta nieve pudiera arder la que yo te doy, Troya de mi amor eterna. Yo soy tu esposo, y tu esclavo, que con sola tu belleza estoy dichoso, estoy rico, que no es tan corta en Valencia mi hacienda, que no nos baste a los dos, ni que nos pueda hacer falta por ahora lo que de tu padre heredas. Lo que importa es, que al efecto con brevedad te resuelvas, que suele la dilación al peligro estar sujeta; no porque yo desconfíe de tu amor, de tu firmeza, sino porque no hay amante, que si quiere bien no tema. Si de esta noche no pasa, ¿será dilación? Con esa resolución me acabaste de cautivar. Pues apresta para esta noche, Don Juan, la Nave. Estará de vergas en alto, antes que las aves pasar a las Indias vean al Sol; y antes que otra Aurora reciban, verán sus velas los Alfaques de Tortosa, que al viento en favor alienta la ambición del mar ufano, que de otra Europa más bella ha de ser Toro esta Nave, que por Narciso te lleva de sus cristales. Don Juan, perdóname la respuesta, que están llenos de alborozo el corazón, y la lengua, y es todo cifras el alma; y para que me prevenga, dame licencia, y a Dios, que te guarde, y que me quiera dar vida para gozarte. Loco, Leonarda, me dejas de envidioso de mis dichas. Más loca voy yo, y más cuerda. VASE, Y SALE CLARIN VESTIDO A LO HORDO Ya llegué a desconfiar de encontrarte, que te niegas, casi a ti mismo, después que estamos en esta tierra, y entramos en esta casa encantada; ¿qué Medea es esta Doña Leonarda, que trae esa cabeza como un cascabel, Don Juan? Clarín, son notables hierbas las de unos hermosos ojos. Y Mallorca, si te acuerdas, ¿a qué mano cae? que pienso, sin encargar mi conciencia, que a estas horas para ti no está en el Mapa, aunque sea de las Islas que llamaron Valeares los Poetas. No hay más para mí, Clarín, que Barcelona, aunque tengan los Cosmógrafos el mundo por la mar, y por la tierra dividido en cuatro partes, si fueron tres la primera; perdone Abrahan Ortelio, y Estrabón, que no hay esfera para mí, si no es Leonarda. Mejor fuera que dijeras, perdone Dios a Narcisa, que está en tu memoria muerta, que parece que enviudaste por poder. Palabras deja, Clarín, y vamos al caso. ¿Qué mandas? Con diligencia, y con secreto al mar parte. ¿Secreto quieres que tenga un Clarín? Esta vez sí, que mudar naturaleza puede un Clarín racional: guárdate, para que puedas después hacer en el mar salva a mis dichas. ¿Qué ordenas al fin? que te doy palabra, por servirte, que parezca en el silencio un casado de diez años de galeras, con mujer celosa, y sana, vecina por línea recta de la vida perdurable, que nunca pare, ni enferma. Parte al mar, al fin, y manda, que para antes que anochezca esté de vergas en alto la Nave, y que dentro de ella queden todos mis criados embarcados, de manera, que en llegando yo, podamos zarpar, y entregar las velas a la preñez de los aires, porque Valencia me deba el más hermoso milagro, que las celestes ideas, para confusión del Sol, presentaron a la tierra; y miente Paris, si dice, que de más hermosa Elena fue enamorado Pirata. Mienta muy enhorabuena, y la dilación no ha sido culpa suya, porque el mar no le habrá dado lugar; que viniendo a ser marido, y dueño de beldad tanta, la fe que te debe afrentas. Ahora si que me alientas, Merencia. Señora. Cantad, si el instrumento está ahí, alguna cosa con que, o suspendáis esta fe, o la divirtáis; y así, poco a poco nos lleguemos a este corredor, que sale al mar, adonde se vale mi amor de tantos extremos, no perdiendo una ocasión, desde que el Sol muere, y nace, por ver si alguna vez hace caso la imaginación. Ya está el instrumento aquí, vence tu melancolía. Canten por tu vida, y mía, y ve siguiéndome así. En soledades de ausencia sin salud vive Amarilis, porque quien la tiene ausente, ni sabe de amor, ni es firme. Cuanto escucho, y cuanto veo son sombras de mis temores. Nunca por agüeros llores penas de ajeno deseo. Quién como yo llega a amar, cualquiera tiene por suya: prosigan por vida tuya, que ya nos escucha el mar. Su ausencia sienten los campos, porque como no los pisen, ni brotan flores al Alba, ni de colores se visten. Prosiga, hasta que mi pena divertir, o suspender pueda, porque llega a ser del mar que miro, Sirena. Allá se parte su dueño a las Indias, donde dicen, que nace la plata, y oro: ¡qué más oro que Amarilis! No ha sido resolución poco cuerda el esperar en tierra, que amanse el mar su soberbia condición, que en esta cala aferrada la nave está a cualquier viento segura, y el mar violento no puede ofenderla en nada. No promete el temporal durar mucho, que al romper del Alba, a mi parecer, hemos de tener Maestral, que nos ponga su violencia en discurso más veloz, o a vista de Vinaroz, o sobre el Grao de Valencia. Antes, a mi parecer, le espero yo, que esa nube, que a cubrir la Luna sube, viento de tierra ha de ser. Descansad en ella los dos hasta que os demos aviso, que es del mayor paraiso de esta playa, y quiera Dios, que tengamos buen viaje, y mil años os gocéis. ¿Al mar, al fin, os volvéis? Esa es ley del marinaje, que ya os dejamos fijado en la tierra un pabellón, donde sin contradicción del viento, y del mar airado, podáis gozaros, que el tiempo templado del Mayo hermoso, en tierra ayuda al dichoso, de amor dulce pasatiempo. Guardeos Dios, que me tenéis obligado. Logre el Cielo vuestras dichas sin recelo de la fortuna, pues veis el fin que habéis deseado, sin que pueda tener fin. Adiós, amigos; Clarín, ¿cómo va de mareado? Bellacamente por Dios; mal haya quien se condena, sin ser Delfín, ni Ballena, a esta bestia, que con dos caras corresponde a quien de sus lisonjas se fía. Parece, Leonarda mía, ¿que venís triste también? si solo el mar lo ha causado, tendré consuelo. De verte, Don Juan, de la misma suerte, vengo con algún cuidado, que andas; después que eres mío, con no sé qué intercadencias, entre cuyas diferencias, como mujer, desconfío. Nunca el humano semblante puede estar, Leonarda mía, siempre igual. No prometía quien era tan firme amante, desigualdad, la esperanza siempre alienta el corazón, que esto de la posesión luego huele a la mudanza. En dando en desconfiar, no ha de poderse vivir. Daré en callar, y sufrir. Remite a mejor lugar esas quejas, que allá quiero satisfacerlas, Leonarda. Allí quien te adora aguarda vencer por más verdadero, con su amor el tuyo. Ya desnudo te voy siguiendo, donde a finezas pretendo desmentir lo que te está desconfiando. Ya voy con deseos de no ser, Don Juan, la que he de vencer, puesto que tan firme soy. ENTRASE ¿Qué es esto? ¡Ay Clarin! no sé, en el más dudoso estado tengo metido al cuidado, que vivo sin mí. ¿Por qué? Si decirte la ocasión supiera yo, no supiera poco Clarín, y entendiera a mi loca confusión. Ah Don Juan, ya te he entendido, cuanto estás sintiendo son achaques de posesión, y dolores de marido. Algo de eso debe ser; y añádeme a este dolor sospechas, que en el honor tienen tan grande poder, de quien siendo capitán yo mismo, guerra me doy. ¿De qué suerte, que te estoy oyendo enigmas, Don Juan? La facilidad, Clarín, de Leonarda me acobarda, donde infiero, que Leonarda sacó engañarme por fin. Habla más claro. He pensado, que a mi poder no vendría Leonarda como debía. Ese es punto muy delgado, y en cuyo abisino se rinde cualquier norte, cualquier senda, que no hay ciencia que lo entienda, ni lince que lo deslinde. De eso de duendes, y leguas dijo lindamente un Sabio, que no hay seguro Astrolabio, la Fe sola pone treguas entre el miedo, y la opinión, que es un ser, que sin ser viene, y un no sé qué, que le tiene solo en la imaginación. Y si está en ti miedos labra, consuélete que no has sido hasta ahora su marido, sino es sobre tu palabra, con la cual puedes también entretenerla, hasta tanto, que a ese sospechoso espanto algunas treguas le den el tiempo, o tu desengaño, y las vistas que llevabas para Narcisa, le acabas de dar, que entonces el daño será mayor, cuando estés de gusto, y galas gastado. Leonarda anda con cuidado de verme triste; después, Clarín, en esto hablaremos, que puede estarnos ahora escuchando. Ella te adora con más que humanos extremos, y es imposible pensar lo que sospechas. No sé; sin gusto estoy. Éntrate con Leonarda a descansar, y de esas melancolías en la fe de su opinión libra al recelo, que son de las mudanzas espías. Quédate, Clarín, aquí de guarda, a dormir, y adiós. Ponga el Cielo entre los dos más gusto. Yo voy sin mí. ¡Ah como es propia pensión en el humano contento, ser del arrepentimiento vísperas la posesión! ¡Pobres mujeres culpadas en las ocasiones todas, olvidadas en las bodas, y en los amores burladas! ¿Cómo nunca escarmentáis en las desdichas que veis, fáciles cuando queréis, ingratas cuando olvidáis? Si os recatáis perseguidas, si os obligáis despreciadas, firmes cuando despreciadas, flacas cuando aborrecidas. Los bienes vuestros son males, pesar el mayor placer, que sois se echa bien de ver imperfectos animales. ¿No es sinrazón que se aflija, si esto ve toda una casa, cuando por sus puertas pasa mala noche, y parir hija? Y tras este desconsuelo, que la desdicha os ha dado, mal haya yo si ha criado más dulce regalo el Cielo. Pero en las sardinas fundo vuestro símil, que si hubiera menos pesca de ellas, fuera el mejor manjar del mundo. Las siete cabrillas van llevando al carro tras sí, quiero reclinarme aquí donde me mandó Don Juan. ¡Ah tierra del alma mía! en tus brazos me recoge, pues nací de ti, y despoje el mar cuanta perla cría para el avaro deseo, que tus céspedes adoro más que cuanta plata, y oro encierra el Naval trofeo de sus abismos, que obligas mi amor al ser que me dio tu solar, y muera yo donde nacen las ortigas. Que mullido que está el suelo a quien del mar ha salido, o al sueño está agradecido, durmamos, y ruego al Cielo, que sueñe que estoy casado, para que cuando despierte, alcance Clarín a verte libre de tanto cuidado, porque es el mayor empeño de la libertad humana. Adiós, pues, hastá mañana, que es parto derecho el sueño. Sospechas, que habéis movido civiles guerras al alma, hoy salís con la victoria, aunque parezcáis ingratas. Leonarda perdone, y duerma, porque a su desconfianza supla el sueño con las treguas, que hoy son de su ofensa causa; que si va a decir verdad, desde Mallorca me abrasa la memoria de Narcisa, por no vista, deseada, que oscurece su hermosura la belleza de Leonarda, en la diferencia que hay de posesión a esperanza. El mar convida, y al día parece que llama el Alba, y para mis pretensiones me rinden campos de plata. Aquí esta Clarín: Clarín, Clarín, Clarín. ¿Quién me llama? Levanta. ¿Quién es? Yo soy. Don Juan, ¿mi señor? Levanta. ¿Qué tenemos? Mucho día, viento en favor, y bonanza en el mar, y pretender zarpar. Dios de tanta zarpa me saque a la polvareda de Don Beltrán, porque salga a ser mosquito en el vino, de ser atún en el agua. Vamos, que es tarde, Clarín. ¿Y mi señora? Ya aguarda en la Nave. Vamos, pues. ¡Ay Narcisa! hoy te consagra el alma nuevos deseos. Ruego a Dios mar, que me traiga el Cielo al tiempo que pueda mirar tus espumas canas desde lejos, y hacer voto de castidad de tus aguas. Adiós, que no puedo más con mis sospechas, Leonarda, que el nuevo amor de Narcisa de tus ojos me arrebata. Mi bien, esposo, Don Juan, dadme esos brazos, que el alma está fuera de su centro cuando entre ellos no se enlaza. ¿Esquivo estáis, dueño mío; qué ingratitud, qué mudanza trueca en desdenes, y olvidos amor, y finezas tantas? ¡No os vais, aguardad mi bien, mirad que a voces os llaman las mismas obligaciones vuestras, cuando no mis ansias, Jesús, qué pesado sueño! ¿Don Juan, dormís? en la cama pienso que no está tampoco. ¡Ah Don Juan, Don Juan, qué vanas parece que son mis voces! Pero, ¿qué es esto? ¿si zarpa la Nave, y verdades son mis sueños? que esta bastarda tompeta ¡no puede ser imaginación! Ya el Alba con las lisonjas del día a la noche desengaña. Receloso corazón, pues nadie amando descansa, dejad el reposo, y lleno de ojos, y desconfianzas, salid a hacer del recelo experiencias a la Playa. Otra vez tocan, y aquellas, si no son sombras heladas, que por el mar del Sol huyen, velas son que el viento engaña, como el amor, mi fineza, y el que las lleva por alas, monstruo de bosques de espuman el mismo leño, la ingrata Nave del tirano Enéas, que no dejándome espada, para más castigo quiere que falte muerte a mis ansias. ¡Ah ciertos recelos míos, como aún en sueños me daban vuestras centinelas mudas avisos de mis desgracias! Esto es verdad, yo no estoy durmiendo, que por mí pasan, como vanas ilusiones, estas quimeras soñadas. Mas ¡ay, que los desengaños de mis locas esperanzas me están abriendo los ojos, me están despertando el alma! Leonarda, no duermas, vuelve los ojos a las saladas sierras del mar, y naveguen tus suspiros sus montañas, teman sus olas la guerra de tus lágrimas amargas; y mares de fuego sean, cuando piensen que son aguas, Desdichada Olimpa nueva, que de la Nave tirana de tu enemigo Vireno eres amante atalaya; ¿Cómo no sirven tus quejas de rémora a sus mudanzas, o a tus lastimosas velas el mismo viento no amaina? Que me llevan el alma, socorro, Cielos; mas mi queja es vana, si le dan para hacer mayor camino, agua mis ojos, viento mis suspiros, Plegue a Dios, leño enemigo de ese cobarde Pirata, marino Belerofonte, hipogrifo de las aguas, que sobré el primer escollo que se te ponga en la plaza de ese coso, donde corre fortuna desdichas tantas, desbocado des, y muestres como Ticio las entrañas, y abortes cuantos en ella, haciéndome ofensa amparas, sobre la selva que dio para la máquina extraña de tu fábrica madera, ¡de tantas desdichas causa! No llueva jamás el Cielo, y sobre las secas ramas, en vez de blanco rocío, aljófar de fuego caiga. El campó qué creció el lino para tus velas, de amargas tragedias cosechas lleve, siendo campo de batalla. Fuego corran los arroyos, para que cenizas nazcan por flores, y fruto, a quien fértil esquilmo esperaba. Que me llevan el alma. Aquí son las voces. Ya no hay vida. Tente, Cristiana; ¿qué quieres hacer? Echarme al mar. ¿A belleza tanta puede atreverse desdicha, que esté a ese fin destinada? Y es corta satisfacción a la que el honor me agravia, y el gusto: déjame ahora morir, pues tengo la causa de mi mal tan a los ojos. ¿Cuál es, Cristiana gallarda? ¿No ves sobre el mar aquel monte de velas, y jarcías, aquella torre de plumas, aquel caballo con alas, aquel escuadrón de nubes, aquel cometa del agua, aquel escollo que vuela, aquella sierpe que nada? Pues dentro un villano huye, que se me va con el alma, y como miras, me deja quejosa, y desesperada. No han llegado mis Bajeles a tan mal tiempo, Cristiana, que no te den, como intentas, de tu enemigo venganza. Yo soy Arnaute Mamí, temido por mis hazañas, desde la Andaluz ribera, hasta las Cruces de Malta. Rayo del mar me apellida el mundo, y sangrienta espada. de Mahoma, y todo junto, Cristiana, estará a tus plantas, si sabes de tu fortuna aprovecharte, y de esclava pasarás a ser señora de este brazo, y de esta escuadra. Obligarte quiero ahora con la venganza que aguardas de tu enemigo, aunque lleve en las velas, y en las aguas de su parte a la forruna, que a estos seis Bajeles llamas águilas del mar. Mujer, que se confiesa agraviada, o todo se determina, pues la desdicha no acaba en solo un mal, cuando empieza, que hará por verse vengada una mujer imposibles. Pues embarca, y zarpa. Zarpa. Que me llevan el alma, socorro Cielos, mas mi queja es vana, si le dan para hacer mayor camino, agua mis ojos, viento mis suspiros.

JORNADA SEGUNDA

Fondo, fondo, remos, leva: Ea, canalla Cristiana, Zalema la Capitana, que el Sol del África lleva. Salid, hermosa Celima, a favorecer el mar, que no siempre habéis de estar como el Sol en otro Clima. No siempre habéis de tener vuestros rayos escondidos, ni estén tanto mis sentidos sin veros amanecer. Advertid, Celima mía, que se podrá con razón ofender mi estimación de vuestra melancolía. Goce el mar, y mire el Cielo vuestros soberanos soles, que no es bien, siendo Españoles, que al mundo tengan recelo, que por la vida del Rey de Argel, que el África doma, que me da celos Mahoma, después que soy de su ley. Arnaute, bien sabe Alá, que con el alma, y la vida correspondo agradecida a tantas finezas ya, que pues hizo la postrera por obligarte, que fue dejar mi Ley, de la fe que te debo verdadera, no tienes que recelar. Pero la memoria ingrata de aquel tirano me mata, a quien el viento, y el mar escaparon de mi furia, que amas alivio alcanza una mujer sin venganza, quedando viva la injuria. Fía de la dil gencia de mi valor, que ha de dar por ti Troyas desde el mar, a Mallorca, y a Valencia. Y entre tanto, esa victoria del Sol, y el Abril serena, que no es bien que esté la pena siendo huésped de la gloria: ocupa, Celima, mía, ese estrado, que hace ultrajes al Mayo, que de balajes le has de pisar algún día, y de planetas lucientes, pues son los tuyos, Celima, lisonjas de más estima, y prodigios más ardientes. Y si vida el Sol me da, que en tus Orientes asoma, sobre el trono de Mahoma te he de poner, por Alá. Permite, que entre tus rojos rayos aposente el alma, mientras el mar está en calma; para cristal de tus ojos, que cubiertos de esta cala no se ha de escapar Bajel Cristiano, aunque venga en él el mismo Marte Cigala. De la nieve de tu mano haz dulce esfera mi boca, volverase el alma loca en su cristal soberano. Es otra, Celima mía, dé valor a la que ves, que hasta puesto el mar a tus pies donde nace, y muere el día, que para quien con profundo valor ser dueño se atreve, de estos dos rayos de nieve corta victoria es el mundo. ¿Qué es aquello? Tu Patrona un Vergantín ha tomado, que de la tierra abrigado pasaba de Barcelona a Valencia. Quién venía en aquese Vergantín, infórmate, pues, Celín. Dicen que una compañía. ¿De Infanteria Española? Arráez no; pienso que es de representantes. Pues lleguen, y no les quiten, hola, Celín, a ninguno de ellos, una filaciga al fin, porque a Celima, Celín, quiero divertir con ellos. Ya Mudayfar los envía, Capitán de tu Patrona. De tu bizarra persona, para divertirme, fía valeroso Arnaute, mas que de cuanto encierra el suelo. Eres de mis ojos cielo, y haciéndome eterno estás. Llegad: este es el Autor. Danos los pies. Levantad. A vuestros pies nos dejad. Celima os hace favor, levantaos. El Cielo os guarde. ¿Cómo te llamas, Cristiano? Juan. ¡Qué nombre tan villano! Pues bien suele hacer alarde de regocijos el día de su Santo, vuestra ley. Todas las quita el que es Rey tirano en ofensa mía: ¿Dónde pasabáis ahora? De Barcelona a Valencia, seguros de esta violencia. ¿Qué hay de nuevo allá? Señora, solo el suceso escuchamos referir de una señora principal, que robó ahora, cuando nosotros entramos a representar allí, un Caballero a Valencia en una Nave, imprudencia de mujer moza, aunque oí, que los dos eran iguales en calidad; si bien, ella era muy rica doncella. Mas que de bienes, de males: mira, Arnaute, si mi histora está pública. No aumentes, Celima, más accidentes a tu mal con la memoria; ya es hecho, y parece ofensa a mi amor, y mi valor, no haber hallado en mi amor tu fe alguna recompensa. Bien sabe Alá, que te adoro, porque no es falta de amor, sino sobra de valor, cuando mis agravios lloro. Pero yo te doy palabra, Arnaute, que en semejante materia, de hoy adelante grosera los labios abra, que no es bien que con tristezas tantos favores estrague, ni con sentimientos pague la fe de tantas finezas. Y yo te la doy, Celima, que aunque mi secta consiente más mujeres, solamente seas la que el alma estima. Y si en mi amor no es cruel de la fortuna la rueda, ya que del mundo no pueda, hacerte Reina de Argel. El padre al fin... No prosigas en ese suceso más. Cómo preguntando estás nuevas... Esas no me digas, porque no son para mí de gusto. Tienes razón. Hazme de ti relación. Pregunta mandando, di, haré lo que tú quisieres. ¿Qué comedias traes? Famosas, de las plumas milagrosas de España, si escuchar quieres los títulos, estos son. Di algunos. Estoy contento de que a tu divertimiento importase esta ocasión. La bizarra Arminda, que es del Ingenioso Cervantes; los dos Confusos Amantes, el Conde Partinuplés, la Española de Cepeda, un Ingenio Sevillano, el Secreto, el Cortesano, la Melancólica Alfreda, Leandro, la Renegada de Valladolid. Espera, si es historia verdadera, esa Comedia me agrada. Hacedme un particular, como vosotros decís, y entre tanto que os vestís pueden salir a cantar, que sobre el mar no os concierta teatro tan desigual la popa de la Real Capitana de Biserta. Con las guitarras venían, por agradarte, en las manos. Ea, comenzad, Cristianos, que parece que os envían para que me divirtáis, a Celima, Alá, y Mahoma, y al Sol que en su Aurora asoma, aves seréis, que cantáis. Amarrado a un duro banco de una galera Turquesca, ambas manos en el remo, y ambos ojos en la tierra, un forzado de Dragud, en la playa de Marbella, se quejaba al ronco son del remo, y de la cadena. ¡Oh sagrado mar de España! ¡o playa dulce, y serena! teatro donde se han hecho dos mil navales tragedias: dame nuevas de mi esposa, y dime si han sido ciertas las lágrimas, y suspiros, que me escribe por sus letras. ¡Qué dulcemente el Cristiano. en la música se queja! Estaba ausente, y amaba: proseguid toda la letra. Mirando estoy desde el mar, sin poder saltar en tierra, las murallas de mi patria, coronadas, y soberbias. En esto se descubrieron de la Religión seis velas. Velas de la Religión. ¿Cuántas? Seis. Fueron Profetas sin duda los que cantaban. ¿Hacia qué parte navegan? Hacia el Poniente, y parece que a boga arrancada reman sobre esta cala. Sin duda nos han descubierto; ea, canalla, zarpa, y arranca: perros, boga, y ropa fuera. ¿Qué intentas hacer? Celima, no esperar, que estas galeras son hijas de la fortuna, y hace el Bautista por ellas prodigios, que es su Patrón. Pues a Biserta. A Biserta. Este es Arnaute Mami de las Cristianas riberas, y del más fiero Corsario, que seis Bajeles gobierna, el Calabrés Renegado de la guarda de Biserta. Caballeros, no perdamos la ocasión, que esta es empresa de la Cruz de Malta; al arma, que poco espacio nos lleva de ventaja, y hasta ahora el viento es nuestro, y las velas refuerzan en nuestro favor. No le dejemos que pueda hacer que las atalayas de Argel nos descubran; ea, caza, caza, que la espuma de la roja parlamenta de los Bajeles contrarios va salpicando la nuestra. Ya los ecos escuchamos de las Moriscas jabebas, y nos va afeitando el humo de las Turcas escopetas. Páguese en plomo esta salva, que es en la misma moneda, que nos la han hecho a nosotros: Malta, San Juan, cierra, cierra. El viento nos han ganado, y se nos escapan, deja la caza, y amaina. Amaina. Y pues están descubiertas nuestras galeras de Argel, cia. Cia. A Denia. A Denia. Yo muero, que esta es, Celima, del Cielo fatal sentencia, que en las Galeras de Malta se embarcó mi muerte. En ella rayos el Cielo granice, y áspides el aire llueva. Para esta ocasión guardaba el fin de tantas proezas la fortuna; no temía en vano estas seis saetas, de Alá estos seis basíliscos, del mar estas seis culebras, del viento estos seis prodigios, de Malta estas seis cabezas del cuerpo de estos Cruzados. Arnaute, sola la fuerza de mi desdicha me mata, porque con tu vida pierda la vida, y las esperanzas de otro bien. Celima bella, no llores, que esta desdicha es natural, esta deuda es forzosa, peleando como quien soy, muero en esta popa, que temieron tantos leños, y costas, hoy entra la muerte a triunfar del brazo más valiente, que la tierra, ni el mar conoció, ni fama, juntando hazañas a arenas. A los Querquenes lo intima, si a los Jelves se lo acuerda, hoy de la muerte a las plantas, que tantos Imperios besan, se rinde todo, y no saco de tanta heroica proeza, sino es desengaños; dame esos brazos, que ya llega la postrera ejecución de la vida; estas Galeras te encargo, hasta dar, Celima, con ellas vuelta a Biserta. Y mando a mis Capitanes, que como a mí te obedezcan, y Alá te guarde, que está llamándome muy apriesa la enemiga de la vida. Y a Dios, que falta a la lengua el aliento, y puede Malta alabarse que dio en tierra con el valor Africano, y que queda su defensa rendida, que yo: Ya dio a Mahoma el alma, el que era valor del África, y Asia. Y yo la vida con ella. ¡Lamentable cosa ha sido! Llore tan triste tragedia todo el Imperio Otomano: Mas ya que son las endechas, y las lágrimas de poca importancia, el valor vuelva los ojos a la venganza, las manos a la inclemencia, tiñendo de la Cristiana sangre las espumas fieras de los dos mares, y siendo de las calientes arenas de sus Puertos, y sus Playas furi. Africana sedienta de sus alevosas vidas. Que con estas seis Galeras espanto he de ser de Europa, y del África defensa, hasta que de dos agravios pueda quedar satisfecha, que son esta muerte, y luego mi deshonra; y haced cuenta, con el valor que hay en mí, que no falta Arnaute en ellas. Que con el traje Africano varonil, y la fiereza del nombre de hijo suyo, haré que el mundo me tema; pues estos Bajeles fueron suyos, por valor, y por herencia, aunque, con ellos servía a la guarda de Biserta; y así, desde hoy no me llamo Celima, porque me alientan a más altas esperanzas amor, y naturaleza. Celimo Arráez Mami me llamo, su nombre heredan, como su valor mis brazos; y a Alá, y al santo Profeta nuestro, juramento hago, que hasta que de mis ofensas vengada pueda llamarme, no desnudarme la negra almalafa, ni vestirme gala, que negra no sea, ni comer jamás de día, ni dormir jamás en tierra, ni dar Cristiano a rescate, ni ver juegos, ni hacer fiestas, ni escuchar música, en tanto que estás causas fin no tengan. Y guárdense de mi Malta, y España, que van sobre ellas mis brazos, demos ahora tierra al cuerpo que la tierra, y el mar temió, y con marciales sentimientos, las Banderas besen el centro, y las cajas roncas, como las trompetas destempladas, acompañen tan merecidas tristezas. Boga a cuárteles, y vaya tan baja la parlamenta, que añada más armonía al funeral, mientras lleva el contrapunto mi llanto: Zarpa a Biserta. A Biserta. No ha hecho el Cielo, Clarín, de mas dicha hombre en el suelo. Da muchas gracias al Cielo, que ves de tu gusto el fin, pues de estas calañas son dichosos los casamientos, porque hay muy pocos contentos después de la posesión. No hay dicha como llegar, Clarín, un casado a ser el galán de su mujer. Eso dicen que es estar en el Cielo, pues no hay vida como la de dos casados conformes, y enamorados, al Cielo tan parecida. ¡Mal haya quien dice mal a montón del casamiento, más antiguo Sacramento, que la culpa original! No hay gusto, ni bien mayor, que un conforme matrimonio; ¡qué infierno para el demonio! ¡qué gloria para el amor! No tiene el mundo segundo bien, al que gozáis los dos; donde se ve que fue Dios el primer Cura del mundo. Son las partes de Narcisa, Clarín, para enamorar a quien no supiera amar con el llanto, con la risa, durmiendo, hablando, mirando, con todos los movimientos me abrasa los pensamientos, y el alma me está hechizando. Tanto la llego a querer, que recelo imaginar, si este bien me ha de faltar. Al amar sigue el temer: A un discreto que enviudó en breve tiempo dos veces de dos mujeres, pareces, que un necio le preguntó, ¿que de qué hechizos, y estrellas para enviudar se ayudaba? y él respondió, que no hallaba más ocasión que quererlas. En llegando a aborrecer de su estado aborrecido a su mujer un marido, hace eterna a su mujer. Enviudar nadie pretenda, y cualquiera que aspiró a ese fin, que se casó con Matusalén entienda, que una mujer es demonio, que del requiescat in pace dos siglos huyendo, se hace moma con el matrimonio, Será insufrible tormento, Clarín. Échelo de ver en la pasada mujer tú mismo arrepentimiento, con no llegar a haber sido si no es tenuta no más. No me vi, Clarín, jamás tan cansado, tan rendido: mi prima nació, Clarín, solo para ser mi dueño, todo lo demás fue sueño, y ciego apetito al fin. ¿Qué te parece que habrá hecho Dios de esa mujer? Mudando de parecer, se habrá consolado ya, y de su facilidad. Se podría pensar, que luego pagaría a otro más ciego amante, su voluntad, puesto que en mí nunca fue, si no apetito. Por Dios, qué fuerais ricos los dos. No sabes lo que yo sé de semejantes herencias, en llegando a violentarse. Para poder disculparse, ¡qué de vanas apariencias siempre el que aborrece halla! Si en el mayorazgo había cláusula con que podía el padre desheredarla, si se casaba a disgusto suyo, ¿parécete a ti, que es disculpa? Si es así, ¿cómo pretendió tu gusto tanto el suyo granjear? Porque el apetito es ciego, y en nada repara luego, hasta después de gozar. Pero dejemos ahora de hablar en esa mujer, que me cansa. Yo he de hacer tu gusto, y a mi señora goces mil años, y veas, como es razón, como es justo, en Valencia, con el gusto, que tú mismo te deseas; que esperan en competencia del Mayo hermoso, y gentil, a su soberano Abril, los jardines de Valencia. Con brevedad vendrá a ser, si quiere el Cielo. Así, escucha, mi olvido, o mi flema es mucha, ¿De qué suerte? He de tener aquí un pliego, que me han dado para ti de Barcelona. Muestra: ¡notable persona eres! Ando enamorado, y eso me trae divertido. De un muy grande amigo es. Aviso será. Después que de aquí os fuisteis, no he sido tan dichoso, que saber adónde arribasteis pude. Y porque jamás no dude vuestra fe, Don Juan, de ser la que me debe hasta aquí, luego que mi dicha quiso, que lo supiese, os aviso de lo que hay, para que así dispongáis a vuestro gusto de vos, y Leonarda, dando la vuelta a Valencia, cuando os pareciere, que es justo, que ya vuestro suegro está dosegado, y juntamente pasa a Italia con la gente, que para el socorro va de Saboya, en las Galeras de Génova, que le ha hecho el Rey, premiando su pecho, Cabo de treinta Banderas, que es honra que no ha podido excusar, aunque esta viejo, que su valor, y consejo, como sabio ha conocido. Teodoro no pareció después que salió a buscar su prima, o le sorbió el mar, oh Arnaute le cautivó, que estas Costas ha abrasado: y el señor Laurencio, al fin, ha muerto ahora. ¿Es Clarín el dueño de este recado? porque a quien es tan galán, y siempre de amor enfermo, en Mallorca, ni en un yermo damas no le faltarán. Suelta, mi bien, que son celos sin propósito, pues sabes que son tus ojos las llaves de mi vida, y de los Cielos, Tengo de leerle. Espera, oye, escucha: Es por demás, que en la resistencia estás indiciado, de manera, que he de poner a cuestión de tormento el papel. Antes le haré pedazos, que espantes con él la imaginación, que con mil sentidos quiero, y con mil almas adoro. Querer perderme el decoro desde ofensor a grosero, es ocasión para hacerme perder el seso también. ¡Mal haya la carta amén! Jamás el demonio duerme. Tenla Merencia: Clarín. Señora. Aparta alcahuete, que te haré pedazos. Clarín. Vete con Bercébil. Fuese al fin: Narcisa, mi bien, señora, espera, yo voy tras ella, que celosa está más bella, y de nuevo me enamora. ¿Tú también te vas, mi bien? Alcahuete de su amo, ni bien, ni suya me llamo. Por siempre jamás amén. Mire, que le notifico, que no me mire de hoy más a la cara. Brava estás, Ninfa de Tolu. Borrico, con espada, y con sombrero; sabe que soy yo. Por vida de la más que relamida, que le haga el gesto un arnero. Ah de ser de esta manera. Vive Dios, que es digo, y hago. Soy mujer, que nunca amago. Pues pararla desde afuera: pero a Valencia remito de este agravio la venganza, ¿Cómo? Será mi mudanza castigo de tu delito, y dirá el cartel al fin, hoy representa el rigor la Fregona con amor, nunca vista de Clarín. La confianza me ha dado bravo desvanecimiento. ¿Pues viviera yo contento, sino fuera confiado? Surcando el salado campo, que el Dios Neptuno gobierna, y el lugar amargo adonde están las marinas Deas. Va el fuerte Arnaute Mami en una fustilla nueva, que por su valor la llaman Capitana de Biserta. Lleva la popa dorada, medio pardas las entenas, proa, y espolón azul, con la parlamenta negra. ¿Quién es, contra el gusto mío, este Cristiano, que canta, y las memorias me acuerda de Arnaute, tristes, y amargas? Un esclavo, que en la proa de tu heroica Capitana es tercerol, imagino. Echadlo al mar. Lo que mandas se pondrá en ejecución al punto. Celín, aguarda. ¿Qué ordenas? Tráemele aquí, que esa voz me ha dado el alma, que la conozco. Yo voy por él. El alfanje. Extraña majestad, y valor muestra. El bonete, y la almalafa. Toma. Mostrad. ¡Qué valor! Llega, Cristiano, Tus plantas me da a besar. ¿Eres tú el que cantaba? Cantaba por espantar mis desdichas. Si con eso se espantaran, qué válida que estuviera la música. Los que cantan así divierten sus penas. Llégate más, que en la cara pareces a un hombre mucho, que tiene mi sangre. Bastan esas prendas para ser desdichado. ¿No quedabas en Barcelona? La noche que sucedió tu desgracia, (perdona que así lo diga) seguir quise en una Barca tu Nave, loco de celos; y antes de alcanzar el Alba, ni tu fugitivo leño, di en las manos de la parca del mar, que era Arnaute entonces, y sin hablarte palabra, después que él te cautivó, siempre te escondo la cara, temiendo tu indignación. Bien has hecho, y no te ampara poco tu firmeza hoy, para no morir, que basta haber sido tu firmeza de tu cautiverio causa, y hallarse en tan pocos hombres. Guárdete el Cielo. Hoy me guarda para vengarme del mundo, que todo el mundo me agravia. Ven acá, ¿sintió mi padre mucho mi ausencia? Fue tanta la pena que le causó, que imagino, y no me engaña el corazón, que le ha dado la muerte. ¡Notables ansias me dan, siempre que me acuerdo de su vejez desdichada! Pienso que lloro: Celín, hola. ¿Qué es lo que me mandas, valeroso Arráez? Pon este Cristiano en la espalda de otro Bajel, que no quiero que quede en mi Capitana quien quiere espantar sus penas, cuando del remo descansa, acordándome las mías. Y mira que de Leonarda, como de mí, no te acuerdes, que te haré de la más alta entena colgar. Seré una roca, que no gastan, ni las mudanzas del tiempo, ni el curso eterno del agua. Vamos, Cristiano, al esquife a costa. ¡Pienso que pasan como sueños estas cosas! por mi notables mudanzas representa la fortuna en mi vida, ¡pues no acaba un papel, cuando otro empieza, y en tragedias todos paran! Bajeles. ¿Cuántos? Dos. ¿Son de remos? Velas cuadradas me parecen, y Bajeles redondos. ¿A dónde pasan? Del Poniente al Mediodía, Presa ha de ser de importancia. Hiza la borda sobre ellos, arranca, arranca canalla, apriesa perros salid. ¡Ah chusma infame Cristiana! boga, boga, escurre, escurre: ha Comitre, a palos mata esos perros, y revienta con los remos, caza, caza. Ya en media luna coronan tus seis Galeras las blancas velas de los dos Bajeles. ¡Cuál mete la vigilancia, y mi Patrona las proas por las espumosas aguas a las quillas enemigas! Bravamente se aventaja a la fortuna el Neblí. La Luna un Bajel alcanza, no pretenden pelear, que se rinden; pues amainan las velas, aborda. Aborda. Leva los remos; canalla. Celimo Arráez Mami viva. Viva. No se iguala ninguna cosa al vencer. Ya ponen en una Barca los más lucidos Cautivos, y Celín con ellos zarpa a la Capitana. Todos, Dragud, dan a mi venganza pequeña satisfacción, hasta que roja la blanca Cruz Maltesa a mis pies vea, que contra las fieras valas, rayos, que arrojan mis ojos, que son áspides del agua, no ha de valerles, si puedo, a su mar ni a sus murallas, que escupa veneno en plomo el basilisco de Malta. Ya los Cristianos ocupan tu popa, por esta escala, que les han hecho. Lleguen. Cristianos, besad las plantas de nuestro Arráez Celimo, en los hechos y en la fama de Arnaute retrato, y hijo. Fortuna ingrata descansa, pues has llegado al extremo conmigo de tus desgracias. ¿Pero qué es esto? parece que este Corsario retrata en el rostro, ¿y las acciones, mas que a su padre a Leonarda? Hizo la naturaleza milagro en la semejanza de los dos: ¡válgame el Cielo! Y no te admiras sin causa. ¿La imaginación parece que ha hecho caso, o me engaña el deseo, o estoy viendo a mi enemigo? ¡Ay ingrata fortuna! Celín. Señor. ¿Dónde estas Naves pasaban? A Valencia de Mallorca. Muestra la sangre Africana noble que heredaste, Arráez, del gran Arnaute, si tratas de parecer hijo suyo, en la clemencia que aguardan de tu valeroso pecho los nuestros, que si alcanzara tu mocedad a saber que es amar, pues es humana deuda general de todos, como la muerte, ampararas dos tiernos amantes, que hoy pone la fortuna varia en tus manos vencedoras, que desposados pasaban, para celebrar sus bodas, a Valencia, que es mi Patria. Hombre de rescate soy, y si a los dos nos amparas, como quien eres, será poco hacerte de oro, y plata la popa de esta Galera, y el fanal. ¿Cómo te llamas? Don Juan Ladrón. No te dieron el apellido sin causa. ¿Por qué Arráez? Porque sois los Cristianos de las famas, y de las honras ladrones. No te entiendo. Mi venganza a las manos me han traído los Cielos: y tú, Cristiana, ¿cómo te llamas? Narcisa, Arráez, más desdichada, por ver cautivo a mi dueño, que por ver que soy tu esclava, que sabe el Cielo que diera, porque él libertad gozara, aunque quedara sin vida, tantas vidas, tantas almas, como tiene el mar arenas; y siendo más, no igualaran a mis ardientes deseos, a mis amorosas ansias. ¿Tanto os queréis? No es posible que reducirte a palabras pueda el amor de los dos: lo que cuentan de Cleopatra, de Dido, Píramo, y Tisbe, es punto, es átomo, es nada. Echando estoy basiliscos por los ojos, desde el alma, y no le mato, por darle la muerte más dilatada: Celín, pon a este Cristiano, porque es tan firme, en la Plaza del Bogabante, y tú, hermosa Mallorquina, de estas aguas, como Narcisa, Narciso, dame esa mano, que abrasa a la nieve, con la nieve, que beldad, tan soberana nadie es justo que la goce, si no soy yo. ¡Qué venganza, Cielos, tan injusta es esta! Dame esa mano, Cristiana, que yo soy tu dueño. ¿Qué importa, si no eres dueño del alma? El alma también es mía, sella esta boca, que causa al cristal admiración: ¡oh cómo hielas, y abrasas! Loco estoy: ¡Cielos, qué es esto! Primero, Arráez, me mata, que yo este agravio consienta, que soy noble. Dragud, tapa a ese Cristiano la boca, y a una cadena le amarra. Que me abrasa el alma, socorro Cielos: mas mi queja es vana, si junta por matarme el Cielo impío, amor de un Moro, a celos de un marido. Llevad a ese perro, y todos los demás por las dos bandas repartid: y aquel que está detrás de ese perro, vaya al mismo banco también por espaldar. Merced tanta yo la doy por recibida: cinco mil veces mal haya quien se embarca, habiendo mulas de alquiler, ni quien se casa en Islas, habiendo tierra firme, sin pasar por agua. A Mallorca por mujer va un Cristiano, ¿habiendo tantas sobradas en las Asturias, en Galicia, y en la Mancha? Paciencia, Clarín, que ya seréis trompeta bastarda de las selvas de Mahoma. Honren, hermosa Cristiana, de mi cámara de popa tus soles, luces del alma, los tapetes Tunecíes, que mi valor solo alcanza a gozar tanta hermosura. Tú con ella también baja, Cristiana, a ser Camarera del Sol, porque envidie el Alba, viéndome en los brazos suyos, mi dicha. Como tu esclava iré a obedecerte. Y yo, antes que ofendas la clara sangre de Don Juan, mil veces me daré la muerte. Acaba, que estás grosera conmigo. Aguarda, tirano, aguarda, mátame, y no me deshonres, que si con honra me matas, mayor victoria es la tuya, que está tu valor agravia. Narcisa. Don Juan. Mi bien, mira, advierte: Que en el alma te llevo, no hay que advertirme. Eres mujer. Soy honrada. Soy yo desdichado. Y yo soy firme. Acabad, Cristianas, entrad. Plegue a Dios, que el mar levante al Cielo montañas de sal, y espuma. Celín, ese perro a palos mata. Ropa fuera, perro, y ven al remo. A linda ensalada le convidan. De esta suerte mi agravio toma venganza. VASE Matadme, que estoy sin seso, y sin honor. Perro, calla, y a la cadena camina, y toda aquesta Cristiana canalla. ¿Quién dice menos? Rayos de celos me abrasan: que me roban el alma, socorro, Cielos; mas mi queja es vana, si junta por matarme el Cielo impío amor de Moro a celos de un marido.

JORNADA TERCERA

Agua me mandan hacer, ojos, volved a llorar, pues así soléis aguar cualquiera humano placer. Llorad hasta ver, que ver no podáis, que de esta suerte podéis llegar a la muerte sin ver vuestro deshonor; mas suele ser su dolor imaginado más fuerte. Celos, rabia del sentido, furias, que el alma abrasáis, si a un amante muerte dais, ¿qué dejáis para un marido? De un Renegado ofendido, y de mi imaginación, que tan poderosos son, vengo a hacer mi daño eterno, que como es mal del infierno, no les hallo redención. Vamos, ojos, a llorar; vamos, desdicha, a sufrir; vida, vamos a morir; celos, vamos a penar; agravios, vamos a dar venganzas vamos memorias a discurrir en las glorias pasadas; vamos: honor, a dar armas al furor, y a la experiencia victorias. ¡Maldiga el Cielo el oficio, y quien en él me metió, estando viviendo yo en más seguro ejercicio! Como Isaac al sacrificio vengo, de leña cargado, mal comido, y mal cenado, mal calzado, y mal vestido; y lo peor, mal bebido, que estoy del vino castrado, Arroz, barbado Clarín, y esto por grande regalo, agua de barril, y palo por vino de San Martín; dos, o tres onzas, al fin, de bizcocho con carcoma, y gusanazo que asoma a ayudármele a comer; no estáis dos dedos de ser cortesano de Mahoma. ¿Qué ay, Clarín? No sé, Don Juan, bórrico de leñador soy por tu amor, y es rigor que me va oliendo Alcorán, que estos perros no nos dan tan regaladas rosquillas para tripas, y costillas, que: ¿Pues qué dices? Entiendo, que me está, Don Juan, haciendo el almalafa cosquillas. ¿Eso has de decir villano? Eso tengo de decir, aunque imagino morir cuarenta veces Cristiano, porque el furor inhumano de este Corsario cruel me tiene sin mí. Por él quiso el Cielo dar venganza a Leonarda, porque alcanza verse retratada en él; que como quien rabia, veo de su rostro en el cristal, quien es causa de mi mal, y agravio de mi deseo. Tu tiranizado empleo, y la causa, ingrata mía, pienso, que de la crujía hacen eclíptica de oro. Aunque ofendido la adoro. Goza el mar, y mira al día, que hermoso parece en él. Ay Merencia, noche oscura es para mí la hermosura del Sol, y del mar cruel; ¡pluguiera al Cielo, que de él fuera despojo naval, antes que de tanto mal la ocasión llegara a ver, donde la pena ha de ser para el remedio inmortal! Ah Narcisa. ¿Quién me nombra? Ya estoy en tan grande olvido, que mi voz no has conocido. ¿Don Juan? No soy, si no sombra de lo que fui; ¿qué te asombra el escucharme, y mirarme? que como has llegado a darme la muerte, y mi agravio es cierto, huyes de hablar con un muerto, que pudo el mar sepultarme. Que para quien tan ajena está de mi amargo llanto, soy un prodigio, que espanto, soy un alma, que anda en pena, a quien el Cielo condena a eterno infierno de males, tan nuevos, tan desiguales, que ofrecen mortales calmas al alma, con ser las almas espíritus inmortales. ¡Ay Narcisa, ajena, y mía de obligación natural, para sentir solo el mal de mi celosa porfía! ¿Con la nueva compañía cómo te va? Está contento ese bárbaro sediento de mi furia, ¿y mi pasión, después de la posesión, o muestra arrepentimiento? Pero no, que tu beldad descubrirá más trofeos, más abismos de deseos, de amor más eternidad. Tiénesle ya voluntad, ¿y menos esquiva intentas finezas con mis afrentas? ¿Das más estrechos los lazos a los labios, y a los brazos, cuando a cuenta suya alientas? ¿Reciprocando ternezas, dícesle nuevos favores? hácesle dulces amores, y ¿competís a finezas las bizarras gentilezas? De amor pasan ya al temor, que es quinta esencia de amor satisfacer, con recelos. ¿Ay de los suspiros celos? ¿Ay mi dueño? ¿hay mi señor? ¿Hay juramentos? Detente, que me estás dando, Don Juan, mil muertes. Las que me dan tus celos ingratamente; el alma, como las siente, aún no las puede decir, que las piensa remitir al tribunal de mi honor, donde su mismo rigor me ha condenado a morir. Escucha, mi bien. Y tú, a quien mi fe hizo zaloma, galeota de Mahoma, donde reme Bercebú, que en el golfo de Corsú de mi cuidado navegas, ¿a qué extremo de amor llegas con el perro, que me agravia, de quien mordido con rabia agotará seis bodegas? ¿Tendrás por lo camarera camarero renegado, que de lo que yo he sembrado coger la colecha espera, y darate en la galera mero, y mixto imperio ya? Tanto, que en mi mano está hacerte dar una ayuda de costa, donde se suda, y no algalia. Por Alá: ¿Qué es eso? Sonando estaba que era Alcaide en Melilla, y tú la Mora Chacona. Todo es sueño cuanto acaba el tiempo, nadie se alabe de sus mudanzas. Al fin, ¿ya murió en tu amor Clarín? Como si nunca naciera. Pues Ninfa de Talavera, ¿es más galán Don Celín? Paso, paso, galeote. Con la carga te has echado. Nunca el celoso cuidado, Don Juan, tanto te alborote, que en mí tu recelo note falta de firmeza alguna, ni tu sospecha importuna juzgue lo que no ha de ser, pues nunca tuvo poder en las almas la fortuna. Primero, Don Juan, perdiera mil vidas, y aventurara mil almas, que te agraviara, y a Dios, que es más, ofendiera: que más recelo tuviera de ti, que ofendiendo estás mi fe mudable jamás, porque una firme mujer suele como el Ángel ser, que nunca se vuelve atrás. De más, que Celimo intenta ese imposible, Don Juan, tan cortés, y tan galán, que no corriera tu afrenta peligro, cuando a mi cuenta no pusiera amor tu honor, y la obligación mayor, que esa es yo quien la guardaba. No está, ingrata, quien le alaba lejos de hacerle favor. No te disculpes conmigo mas, pues quieres intentar con ellas deslumbrar mi venganza, y tu castigo. Y para que mi enemigo no tengoce, hoy te condena a muerte de esta cadena mi honor, de tu error juez, porque acaben de una vez su amor, tu culpa, y mi pena. Detente, dueño querido, no me mates sin razón, No admiten apelación los agravios de un marido. ¿Qué es esto, perro atrevido, al dueño ofendes, que adoro? Estoy por la fe de Moro por matarle: hola, Dragud, pues su celosa inquietud llega a perder el decoro a la beldad que idolatro, y a mí el respeto también, haz que mil palos le den, que presto ha de verse a cuatro galeras, en el teatro del mar, mil pedazos hecho, y yo apenas satisfecho, representar la naval fiera tragedia mortal de su enamorado pecho. Valiente Arráez, famoso Celimo, si a tu valor debo algún cortés amor, menos fiero, y más piadoso, con un amante celoso, con un esclavo rendido, te muestra, que es mi marido al fin, que hierros de celos, con los hombres, con los Cielos mayor disculpa han tenido. Que si a querer has llegado, disculpará tu experiencia esta atrevida impaciencia, este amor desatinado. Basta el celoso cuidado por castigo, que no es poco, cuando a furor le provoco con ellos, teniendo honor, que para pesar mayor, no le han muerto, o vuelto loco. Bebiendo veneno estoy, que este amor, y celos, Cielos, me están matando de celos, y pienso vengarlos hoy. Alza, Narcisa, que soy, tan tuyo, que por ti quiero perdonarle. Hacerte espero en el alma estatuas. Mas, Narcisa, celos me das, cuando más de celos muero. Es mi esposo, es mi marido, y con la verdad mayor de fe, y de constante amor, nos hemos correspondido. ¡Pierdo oyéndolo el sentido! Nació para mi cuidado. ¿No puede haberte engañado? En aquella fe invencible, y en la mía, es imposible. ¿Qué bien que os habéis pagado? loca estoy; pero yo sé por suceso verdadero, que supo engañar primero otra más ardiente fe. Persuadirme que eso fue, será también imposible, que siempre a mi fe invencible estuvo correspondiendo, su firme amor. Hoy empienzo una venganza terrible: ven acá, Cristiano. Aquí me tienes a tus pies. Mira atentamente esta casa, y esa playa, donde asidas están de mis seis Galeras las proas, que a estas orillas no he venido sin misterio. Si tanto mal no me quita la memoria, Catalanas Costas son. ¿Por qué suspiras? Porque mi patria no está lejos de aquí. ¿Ya te olvidas de una mujer que dejasto en aquesta playa misma burlada, sin esperanza, y sin venganza ofendida? Cielos, ¿qué es esto? No tienes que negar lo que averiguan verdaderas relaciones, y estas peñas, que rendidas a sus lástimas quedaron. Responde, que esta desdicha la sé de ella propia. El Cielo parece que me castiga, o algún espíritu habla en este Moro. ¿Qué cisma de desdichas se levanta nueva contra mí? Publicas tu delito, pues que callas, y a la venganza me obliga ser hecho a mujer. No en vano de su retrato temía la espantosa semejanza, si esta no es Leonarda misma. ¿Qué es esto, Don Juan? No sé. Hola, Dragud, a Narcisa, y a esa mujer pon en tierra con un esquife, que a vista de las Galeras, partiendo a boga arrancada, encima de esos peñascos, procuro, que como a Dido, y a Olimpa, ese Cristiano la vea; porque con la pena misma que ofendió, muera de pena, que esto toca a la justicia de mi celosa venganza: ¿qué aguardas, Dragud? Camina, Cristiana, y tú, perra. Estaba por darle a Dragud albricias. Celimo, ¿qué es lo que intentas? De esta manera, Narcisa, de tus celos, y desdenes tomo venganza, que enfría mucho una mujer gozada el gusto, cuando no olvida por lo más lo menos. Cielos, ¿qué es esto? ¿cómo graniza contra mí vuestra inclemencia basiliscos? Tus mentiras siento más, que tus crueldades. Llévalos, Dragud, aprisa, y zarpa la Capitana, y la Patrona reciba a Dragud, Vamos, Cristianas. Antes que pise la orilla, Don Juan, llegaré sin alma. Y a mí la enojosa vida me sobrará hacerme immortal en las desdichas. Caminad. Adiós, Don Juan, que puesto que esté ofendida de tus celos, sin mí voy, porque te dejo. Narcisa, adiós, aunque verdad sean las ofensas, que están dichas por boca de quien me agravia, que ofensora, y enemiga te adoro, y no puedo más. Ya las últimas reliquias de los acentos me lleva el viento, que solicita llevarse mis esperanzas; y las olas enemigas montes van poniendo en medio. Plegue a Dios; que embravecidas con un lebeche, este leño escupan al Cielo, y tiñan de verde, y negro salitre los ojos del Sol, y sirva, cuando a los abismos vuelva de mayor árbol la quilla, para que pedazos hecho, pueda con el alma, y sin vida salir a gozar del bien, ¡que me roba mi desdicha! Perro, al bogavante presto, Descansa, fiero homicida de mi honor en los agravios. La cólera vengativa, de una mujer agraviada, con menos no se pedía satisfacer, busca ahora finezas agradecidas, con que obligadas mis quejas, se encaminen a tus dichas. Mis sospechas, mis recelos, sus palabras acreditan, esta es Leonarda, o no soy desdichado, a nuevas iras de la fortuna me entregan mis males. Cristiano, arrima al remo el pecho, y los brazos. Matadme, o cansaos, desdichas. Vuelve, Merencia, y mira como las seis galeras se alejan de esta playa, y a la muerte me acercan. Mis suspiros parece, que ayudan a las velas, a las olas mi llanto, a los remos mis quejas. Mira como la espuma argenta las entenas con la fuerza que hace la roja palamenta. Ya parecen volando, en medio del mar peñas, y ya tan breves nubes, que las diviso apenas. Plegue a Dios, enemigos, pájaros de madera, para mi mal con alas, para mi bien sin ellas, que antes que vencedoras, los muros de Biserta saludéis desde el agua, beséis desde la arena, os encuentre la espada del valor de los Leivas, que la famosa escuadra de Sicilia gobierna, quitándoos de las manos el bien que se me aleja, el Sol que se me pone, ¡la luz que se me ausenta! O plegue a Dios, que en medio de la veloz carrera, caballos desbocados, con alas, y sin riendas, los Alpes se os opongan, cuyas peñas soberbias os aguarden al paso, ¡porque paréis sobre ellas! Salgan a recibiros sirtes de escollos hechas, al golfo de Narbona, ¡las Pomas de Marsella! En tu ofensa, señora, parece que deseas. Déjame, que estoy loca. No hay quien negarte pueda, que la ocasión es mucha. No me queda, Merencia, más remedio a mis males, que la muerte, postrera línea de las desdichas: al mar de estas peñas seré precipitada, de Nápoles Sirena. Detente, que la vida libra con la paciencia en el tiempo esperanzas, que todo mal remedian. Si no me engaño, mira, ¿no parecen galeras las que doblan el cabo de esa punta soberbia, atalaya del campo de la batalla fiera de mis celos, y agravios? Y son Cristianas velas, que he visto en los garceses Cruces, y en las banderas de los estanteroles. Tan cerca van de tierra, que besan con las palas de los remos la arena. Parece que han venido, por la Piedad Eterna, de los Cielos guiadas. Lleguémonos más cerca del mar a darles voces, para que alguna venga a socorrernos. ¿Vamos? si a voces que no llegan alcanzar esperanzas, que de la vista vuelan, no las anega el agua, el viento no las lleva. Amaina, y a tierra vaya el esquife, Capitán, por dos mujeres, que están dando voces en la playa, para que las socorramos, que de algún roto bajel dieron al través, que en él la vida a dos vidas damos: y es de la humana piedad obligación, y más cuando ay padres que están llorando de esta misma calidad alguna desdicha. Entiendo, que ya las ha socorrido el esquife. No han tenido poca dicha, que viniendo de Cartagena, pudieran las galeras navegar golfo lanzando, y pasar tan lejos, que no las dieran el socorro que han hallado; mas todo lo traza el Cielo, cuando al mayor desconsuelo las desdichas han llegado. Este es el Cabo, llegad, señoras, y agradeced esta piadosa merced, esta debida piedad. Danos tus manos. Señoras, os guarde Dios: ¡bella mujer! moza, y noble al parecer, y sin dicha. ¿De qué lloras? Repaso con tu presencia una memoria, que al llanto me ha obligado. No me espanto, que en mí ha puesto la inclemencia del cielo un ejemplo triste de las desventuras todas, pues mi viudez, y mis bodas casi a un tiempo vi. ¿Tuviste esta desdicha en la mar? El mar ocasión ha sido de haber mi dueño perdido, y más que el mar, el amar. ¿De adónde pasabas? Soy de Mallorca, y a Valencia, seguros de su inclemencia, iba con mi esposo. Estoy escuchando con terneza tu suceso lastimoso. Al fin, el hijo furioso de Arnaute, cuya fiereza con seis bajeles destruye las riberas españolas, y por sagrado a las olas del mar del África huye, nos cautivó en el través del golfo de Barcelona: y poniendo la persona de mi marido a los pies de la fortuna en un remo, a la suerte desdichada, de mi hermosura inclinada la suya, con tanto extremo mi ofensa solicitó, que hallando en mí a su violencia la debida resistencia, hoy en tierra me dejó sola con esta criada, que mi desdicha ha corrido también; porque mi marido con muerte desesperada fin diese a su triste vida cuando se viese sin mí, y yo sin él, viese allí la que me queda perdida, hasta que vuestras galeras llegaron, y voces dimos, porque en las insignias vimos que eran Cristianas banderas. ¡Triste suceso! decid, ¿cómo, señora, os llamáis? Narcisa, porque veáis que esta impropio el nombre en mí. Y al fin, ¿es vuestro marido de Valencia natural? Y de lo más principal, que hay allí. ¿De qué apellido? porque conozco yo allí cualquiera noble blasón. Su nombre es Don Juan Ladrón. ¿Don Juan Ladrón? Señor, sí. Este lo ha sido primero de una hija que he engendrado; y cuando verle casado con ella en Italia espero, hallo que es vuestro marido; debió de dar a mi hija la muerte. Con que me afija darme de nuevo ha querido el cielo ocasión; no en vano me hablaba siempre Celimo en lo mismo. Hoy me lastimo de nuevo ¡ay Ladrón tirano de mi vida! ¡Peregrino suceso! ¡Notable caso! ¡En nuevos celos me abraso! Los Bajeles determino de ese Corsario seguir hasta Biserta, hasta Argel, y de ese ladrón cruel, que me intentó destruir de honor, y vida, el suceso saber de mi nueva afrenta, y tomarle estrecha cuenta de mi hija. ¡Pierdo el seso! de nuevo me abraso, ¡y rabio de celos! . Soldados, hoy os debo mi honor, yo voy a satisfacer mi agravio; este Corsario busquemos, haciendo como Españoles, pues sois de la Europa Soles. G Deja excusados extremos, y parte a vengar tu honor, que de Biserta, de Argel, y el mundo; aqueste Bajel puede salir vencedor con tu valor solamente; porque ya por nuestra cuenta corre, aunque es tuya la afrenta, pues a tu brazo valiente España debe este honor, cuando no vinieras aquí por nuestro cabo. Sin mí estoy de celos, y amor, solicitando venganzas, que soy la ofendida yo también. ¿Donde encamina pensamientos, y esperanzas ese corsario insolente, ese bárbaro arrogante? Las proas puso al levante, y mis dichas al poniente. Zarpa, que aunque más navegue en hipogrifos del mar, primero le has de alcanzar, que al golfo de Rosas llegue. Zarpa, y a boga arrancada venced del mar el furor, que en alcances de su honor va Don Carlos de Moncada. ¡Oscura, y medrosa noche! No sin causa en esta cala has dado fondo, que el cielo imagino, que amenaza al mar con tormenta. Y todo cuanto en la tierra, y el agua miro, parece que aborta asombros; no sé qué extraña nueva tristeza, Celín, me discurre por el alma, ¡que me cansa cuanto veo, que cuanto miro me espanta! Aquel Catalán Cristiano, que le llevaste a la espalda de la Patrona, Celín, ¿qué se ha hecho? ¿Esta mañana no me mandaste volverle a la Capitana? Basta. Al Valenciano quité la alena. ¿Por qué causa? ¿No me lo mandaste tú? Pienso que sí, más ya estaba de otro parecer ahora; mira: ¡Notables mudanzas! Mucho rigor fue poner en tierra aquellas Cristianas, pues ninguna en mis ofensas, Celín, estaba culpada. No fue pequeño rigor. Si fue, pues a quien me agravia, lo que no es muerte, es pequeño castigo; ¿qué dices? Nada; sino que tu gusto es justo; contradicciones extrañas. Celín. ¿Qué mandas? Parece que por esa popa entraba mi padre. ¿Tu padre? ¿cómo? Pienso que en mí, Celín; habla el alma como entre sueños: ven acá. ¿Qué es lo que mandas? Llámame a Don Juan. ¿Quién es Don Juan? ¿Quién? toda la causa de mi desdicha: ¿eso ignoras ahora? De mi ignorancia es la ocasión el respeto. Llámale, pues; mas aguarda, que con Teodoro es mejor comunicar de mis ansias los extremos, que en efecto es mi sangre: Celín, llama a Teodoro; pero deja que descanse, si descansan los que con pesares viven. Y no fuera de importancia poca que te recogieras también, que ya las heladas sombras de la noche llegan a la mitad, que las altas estrellas lo están diciendo, pues que tantos Argos guardan a tus Bajeles, y a ti. Celín, dame una almohada, y déjame un poco a solas, ¿qué me harás lisonja? Tanta aversión, ¿qué podrá ser? ¿de qué nacerán tan varias desigualdades? aquí tienes la almohada. Vaya el Cielo contigo ahora. Tanta novedad me espanta: . Guárdete Alá. ¿Por qué abismo de confusiones, Leonarda, navegan tus pensamientos, y corren tus esperanzas? ¿Qué laberinto es este, donde vives encerrada; que ni aciertas la salida, ni te acuerdas de la entrada? ¿Qué sueño es este que duermes? ¿qué encanto es este, en que pasan tus años, como las sombras? ¿tus dichas, como las aguas? ¿Qué modorra es la que tienes, tan mortalmente pensada, que ni sientes lo que dices, ni escuchas lo que te hablan? ¿Adónde vamos? ¿qué es esto; falsas glorias, sombras vanas, locos gustos; cuerdos miedos, sordas horas, ciegas ansias? ¿Qué letargo os entretiene? ¿qué móvil os arrebata? ¿qué mentiras os suspenden? ¿qué apariencias os engañan? Asomaos, humano engaño, a las ventanas del alma; abridlas bien, que el entierro del gran Saladino pasa; y por rica herencia deja lo que en vida alegre, y larga, después de haberlas sumado, montaron victorias tantas. ¡Extraña música, y letra! ¿qué voz es esta que canta, sin determinar adonde? parece Sirena humana. Del rojo mar en cadenas, del roto orgullo de Francia, de la saqueada de Egipto, de tanta empresa, y hazaña, esta pobre mortaja sola del mundo Saladino saca ¿Quién eres, fiera ilusión, que mis sentidos espantas? ¿sombra, o prodigio, quién eres? VIS. El desengaño; ¿no hablan por mí estas empresas todas qué miras? cuenta mis canas, cuando no puedas mis ojos; y mira atrás con qué cara doy carta de pago al mundo. ¿Dónde caminas? VIS. Al agua del olvido, al pozo eterno de la muerte, donde aguarda tomar esta Nave puerto, en quien la vida se embarca, para atravesar el golfo de esotro hemisferio. ¿Pasas alguna mercaduria? VIS. Y no de poca importancia. ¿Qué llevas? VIS. Coronas, Cetros, Laureles, Mitras, Tiaras, Bastones, tridentes, plumas, ingenios, bellezas raras. ¿De qué sirve ese instrumento, que al hombro llevas? VIS. De aldaba, para llamar a la puerta, como miras, de esta casa, adonde la muerte vive. Ya la tengo abierta, baja conmigo, y verás ejemplos de esta verdad dentro; acaba, dame esa mano. Espantosa visión, suelta, que me abrasas, que me hielas, que me tienes sin vida, aliento, y sin alma. Suelta, suelta perro; ¿qué es esto que de nuevo me espanta la vista? sangrienta sombra, ¿qué más fiera me amenazas, quién eres? ¿No me conoces? Ya te conozco; ¿qué extraña ocasión te trae a verme? Altos secretos me sacan de donde estoy a tus ojos. ¿Qué región vives, helada sombra? ¿sangrienta figura? El clima que nunca baña la luz del Sol, ni conoce los rayos de la esperanza. ¿Qué quieres de mí? Que veas donde me tiene la errada senda que seguí, que el Cielo a esto me obliga, por causas de su secreta justicia. A muerte estas condenada. Hola, Celín, Dragud, Muza, Tarfe, Zaide, Hamete, Audarla, Teodoro, Don Juan. ¿Qué es esto? Hola. ¿Qué dices? ¿qué mandas? ¿No habéis encontrado todos salir con sangrienta cara de esta popa a Arnaute ahora? Soñando sin duda estabas, y alguna ilusión sería, que te representa al alma la adusta sangre. Sin duda; Celín, Dragud, que soñaba: ¡qué medroso sueño, ay Cielos! Pero, o los ojos me engañan, o yo lo vi con los ojos. De esas apariencias vanas suele valerse el temor. Famoso Arráez, ¿qué aguardas, que sobre ti tienes doce velas bastardas Cristianas, pólvora escupiendo, y plomo? Corta los ferros, y arranca. Ya no se puede excusar de pelear, que la escuadra enemiga, en media luna, casi de esta estrecha cala nos ha ganado la boca. Para ocasiones tan arduas es el valor: arma, amigos. Santiago, y cierra España. Boga, que somos perdidos. Al Neblí, y la Vigilancia, y a tu Capitana embisten. Aferra a la Capitana de Biserta. En su defensa ganar pienso eterna fama. Detén la espada sangrienta, heroica gloria de España, no me acabes de matar, que soy... ¿Quién? Tu desdichada hija. ¿Quién? Leonarda soy. Tened, tened las espadas. Déjame que a tus pies muera. ¿Qué es esto, hija? En tu airada mano me castiga el Cielo, que mi inobediencia ingrata ha querido que castigue tu misma sangrienta espada, quien me dio vida, permite que me la quite. Levanta a mis brazos. Ya no puedo, que la sangre que me falta ya quitando de la vida, para el remedio del alma: que no sin causa los Cielos con avisos me llamaban para esta ocasión, que quieren predestinarme por trazas, y diferentes rodeos, que los sentidos no alcanzan humanos: vengan Don Juan, y Teodoro, el uno causa de esta desdicha dichosa, y el otro de culpas tantas, como tengo cometidas, testigo de vista, y vayan sustanciándome el proceso de mi muerte. Hija amada, ¡quién pudiera darte vida! Padre, esas honradas canas no bañéis en llanto, viendo que mi sangre os da venganza, porque mi muerte es dichosa, siendo con la confianza de que he de alcanzar perdón del Cielo: Don Juan, acaba, llega, que si la presencia de mi padre te acobarda, hoy quiero que te perdone, pues que debo a tus mudanzas; y ciegas ingratitudes, toda la dicha del alma. Que quizá pudiera ser de tu firmeza pagada, soberbia para tu honor, o libre para tu infamia, que estos son altos secretos, que se esconden a la humana vista: perdóname todas las ofensas, que en venganza de mi furia has recibido de mi mano. Una palabra apenas responder puedo. Y a todos cuantos agravian mis errores, y locuras, pido perdón. Tu desgracia a llanto a todos obliga. Del Cielo he de ser Corsaria, que pues la Piedad inmensa al pecador busca, y ama al que se convierte; yo, como el Ciervo, que las aguas, solicita le deseo, ya son suyas mis entrañas. Salid, esposo ofendido, a recibir esta esclava, de vuestro amor fugitiva, y de sus culpas errada. Esta ovejuela perdida, que buscaste entre tantas, acoged, que ya llorosa por vuestros apriscos bala. Toda soy fuego de amor, toda Fe, toda esperanza; por Vos se me arbrasa el pecho, por Vos se me arranca el alma. Bien sé, Señor, que es mayor vuestra clemencia, que cuantas culpas hay, si arenas fueran. Y vos, Virgen Soberana, Madre de Dios, amparad en este trance mi alma: Padre, vuestra bendición me das, que mi Esposo aguarda ya con los brazos abiertos: Jesús, Jesús. Él te valga, en ti murió mi alegría, aunque me deja esperanza de mejor vida. Y a todos tan venturosa mudanza con ejemplo, y con envidia. GARL. Remolcando las Cristianas Galeras a las vencidas, en heroico honor de España, para dar sepulcro al cuerpo, que según la Fe, las altas luces su espíritu pisa: zarpa a Marsella de Francia. Zarpa. Zarpa. Dando fin con esto a la Corsaria Catalana, donde pide Matos perdón de las faltas. Que no digo menos yo: demás, que en Troya, ni en Grecia tuve pariente jamás. Cuando son menester verás, Clarín, parecen pesadas todas las burlas. Hago cuenta, que estoy en el muelle ya. Parte, y pide de estas nuevas albricias al mar. Deme un tiburón en arena empañado. ¿Para qué tiene corales, y perlas, sino es para esta ocasión? Se le han alzado con ellas los Romances, y ha quedado pidiendo de puerta en puerta a las estrellas limosna: Ea, Clarín, que se acerca al ocaso el Sol, y es tarde cualquiera tiempo en que espera alguna dicha un amante. Al fin, ¿a Leonarda lleva a Valencia por Narcisa? ¿No te parece que trueca bien la fortuna conmigo? La ventaja que hay en esta, es haberla visto ya, que esa otra está en contigencia de que mienta como Paris el retrato; y en bellezas, mejores son las tratadas, que las retratadas. Piensas con el amor que me anima, y el gusto que me aconseja: Ruego al Cielo que la goces muchos años, si la encuentras, como lo has imaginado, que hay melón de estos, que enseña buena portada en el carro, y encalándose es badea. Responderéis al señor Don Carlos, que me he alegrado del buen suceso, y que ha dado a esta casa el mismo honor, y gusto que ha recibido la suya, y parto a buscarle alborozado. En la calle, con el que ha de ser marido de Leonarda, me parece, que le encontraréis, que ya encaminaban acá. Mi voluntad le merece toda la merced que me hace. Yo me voy. Adiós: aquí está Don Juan. Para mí el sol de Leonarda nace; desengáñese Teodoro. Sobrino. Señor, ya creo; que salió con su deseo Don Carlos. Cuesta un tesoro el pleito, pero en efecto, los testigos han tachado, y a Doña Leonarda han dado por libre, y con un decreto del Obispo, pienso que se desposará esta noche con Teodoro, y luego un coche, que a punto ordena que esté, los sacan de Barcelona a sus Lugares. ¡Ay Cielo! en tanta prisa, recelo algún desmán. La persona de Don Carlos, es razón que vamos a acompañar. Luego te sigo. Aguarda; no es justo a más dilación; y avisa, Don Juan, que esté apercibida tu tía con Leonarda. ¡Ay prenda mía! hoy te pierdo, si la fe de tu amor no desbarata los temores que resisto, aunque mujer no se ha visto, una vez resuelta, ingrata. Ya recelos no os escucho, que Leonarda ha de ser mía; pero quien ama, y confía, quiere poco, o ignora mucho. Receloso estoy, y el Sol pienso que ha pasado el mar, y a la noche dejó entrar por el ocaso Español. ¡Ah fortuna! si a Teodoro quitas el bien que deseo, te prometo por trofeo una hermosa Europa de oro. Y a ti, ¡o mar de Barcelona! si te debo este milagro, al mismo Sol te consagro por piedra de tu Corona. ¿Don Juan? ¿Quién me llama? Yo. ¿Quién eres? Sígueme. Aguarda. Seguro vas con Leonarda. Recelo el traje me dio, que no te esperan en él. Para esta ocasión ha sido a propósito el vestido, y dicha hallarme con él, que fue despojo de cierta máscara, que la ventura para este efecto procura guardar sin duda. No acierta el sentimiento a mostrar con palabras el favor de mis dichas. El amor, Don Juan, puede a esto obligar: vamos antes que tengamos algún estorbo al salir. Con lisonjas de zafir el mar te aguarda: partamos, que la noche favorece nuestros pensamientos. Guía al mar. ¡Ay Leonarda mía! tu fe mil almas merece. De la tuya solamente quiero ser dueño. Leonarda. ¿Qué es lo que dices? Aguarda, que en el zaguán sueña gente. Lo más está aventurado, que no temo al mundo ya contigo. Este pecho está, como tan vuestro, obligado siempre a serviros, señor Don Carlos: esto es así. A mi sobrino, y a mí nos debéis ese favor. Deuda de mi dicha es ya. Mi padre, y Teodoro son; ¡qué notable confusión! Vente tras mí. ¿Quién va? Un criado vuestro, a quien le ha tocado, como a vos, señor Don Carlos, (si por Dios) tanta parte en vuestro bien: y la enhorabuena os doy a vos, y al señor Teodoro. Mi sobrino es. Nunca ignoro en la obligación que estoy. Y yo las manos os beso por la merced que me hacéis. De la dicha que podéis tener en este suceso, creed que me alcanza a mí, como a vuestro servidor. Toda esa merced, y honor nos debéis. Lo pienso así: y ahora dadme licencia, porque me importa llegar hasta el Puerto, a sosegar una leve diferencia, que entre algunos Marineros de mi Nave ha sucedido, que yo volveré advertido, siempre a honrarme, y a deberos. Os guarde Dios, que os esperamos, para que a todos honréis. ¿Quién va con vos? ¿No lo veis? Clarín. Adiós. Clarín, vamos. Hachas, hola, siempre fueron, cuanto más son los criados prevenidos, descuidados. Con esa pensión nacieron los que los han menester. Enemigos en efecto no excusados. Yo os prometo, que suele entre ellos haber algunos, que hacen, Laurencio, ventaja al mejor amigo. Hola, luces, ¿a quién digo? con qué notable silencio están estas salas solas. Señor. ¿Estabáis dormidos? ¿como quedando advertidos, está sin luces, y sola esta casa? No pensamos que esto tan temprano fuera. Ni será la vez primera, que sobre lo que os mandamos, os pongáis a discurrir. Hoy, señor Laurencio, es día en que puede mi alegría cualquiera falta suplir. Avisad a Doña Clara, que salga con mi señora Doña Leonarda. Ya es hora, que el sol de la hermosa cara de mi prima, a la Noruega de esperanza tan tardía, descubra el dorado día, que hasta hoy a mis ojos niega. Sabe, aunque te escandalices, que en toda la casa ahora no parece mi señora Doña Leonarda. ¿Qué dices? Mi señora está sin seso, y criados, y criadas espantados, y turbadas con tan notable suceso: y este billete cerrado. de su letra para ti, según puedes ver aquí, en su cama hemos hallado. Muestra (¡ah fortuna!) la copia, ¡dentro de él mi deshonor! A Don Carlos, mi señor, y mi padre, en mano propia: ¡qué parte podrá gozar de esta desdicha mi agravio! ¡De afrentosos celos rabio! ¡Este es notable pesar! A Teodoro aborrecí siempre, aunque fue tu elección, que jamás la inclinación no se ha de forzar; y así. excusa la diligencia de saber adonde estoy, porque con Don Juan me voy, que es mi marido, a Valencia. ¡Notable resolución! ¡Desdicha notable ha sido! ¡De celos pierdo el sentido! ¡Ah Laurencio! esta ocasión dio el hospedaje. Acudamos al mar a poner remedio antes que él le ponga en medio, al intento que llevemos, que yo he de ser el primero que le mate, vive Dios. Eso, Laurencio, a los dos tocas que aún este acero con el valor que ha mostrado en tantos casos de guerra, por el mar, y por la tierra. Ya habrá la Nave zarpado: busquemos en que seguilla, en el muelle algún Bajel. Plegue a Dios, hija cruel, que antes que pises la orilla del Grao, el Cielo ofendido permita, que te cautive un Corsario, y que te prive del dueño que has elegido; pues contra la voluntad de tu padre pretendiste, dándome vejez tan triste, cumplir la tuya. Dejad, señor Don Carlos, ahora las lágrimas, y partamos tras esa Nave, que estamos gastando el tiempo. Ah traidora hija, que has desbaratado la esperanza que tenía, y de la nobleza mía el timbre antiguo has borrado; que aunque para mis desvelos es Don Juan tan bien nacido, has borrado el apellido del blasón de tus abuelos. La misma ofensa me toca, pues a mi sobrina deja con la misma ingrata queja: y a tal furor me provoca por estas dos ocasiones, que la sangre determina beber de tan vil sobrino, pues con tantas sinrazones me agradece el hospedaje. No le goces, ruego al Cielo, villana, sin el recelo de muerte, o Pirata ultraje, seis días, y ruego a Dios, que mi maldición te caiga, o a tal desdicha te traiga, que os aborrezcáis los dos, que es la cosa más pesada de un matrimonio. A mí solo me detiene aquí mi desdicha, de esta espada, y de este brazo quejosa: porque basta haber venido con título de marido, aunque no ha sido mi esposa, para quedar afrentado. Yo voy al mar a morir, o a volver para vivir en Barcelona vengado. SE VA Yo, Teodoro, también sigo tus pasos, que si te alcanza por marido la venganza, a mí por padre el castigo. Y a mí también, pues estoy de este agravio interesado, que por huésped mal pagado, tras el caminante voy. Deja, Merencia, de darme vanos consuelos, no intentes, con fingidos accidentes, tantos recelos quitarme. Cuando se viene a casar Don Juan, y el gusto pregona, ¿tanto tiempo en Barcelona puede detenerle el mar? ¡Ay, Merencia, esta jornada no me da pocos desvelos! Bien te previenes de celos para cuando estés casada: deja, si vivir procuras, mientras libertad gozares, adelantados pesares, y anticipadas locuras; y no teman tus recelos, que ha de faltarle ocasión, que los casamientos son fértiles siempre de celos. ¡Ay, Merencia, si tu amaras como yo llego a querer, qué poco, a mi parecer, de esos consejos usaras! No sabes tú, que es llegar a estar como yo esperando dueño, a quien prevengo amando, tanto que desconfiar. Por relación no previno mujer tan necio cuidado, porque te has enamorado con término ultramarino. Y me espanto, cuando fragua en ti tan nuevo rigor, que pueda abrasarte amor, que es tan pasado por agua. Demás de que puede ser, que el original desdiga el retrato que te obliga tan temprano a agradecer, y halles después de llegado un hombre tan diferente, que de tenerle presente te haya mil veces pesado. Y puesto que venga a dar todo el fruto con sazón el pincel, la condición no se puede retratar, que suele un infierno ser. No desanimes, Merencia, mi esperanza, y mi paciencia. Esto, señora, es querer divertirte, que Don Juan mi señor sabrá estimarte como quien es, y adorarte como discreto, y galán.