Texto digital de La constante Griselda
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La constante Griselda. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/constante-griselda-la.

LA CONSTANTE GRISELDA
JORNADA PRIMERA
ACTO PRIMERO. Tanto complace a Tesalia toda, el fatal precipicio de una Reina? Gran Señor, debería tu peligro hacerte más cauto: El nombre de Reina, que has producido mal correspondo a Criselda, cuando del bosque nativo la llamaste al regio trono, y en esta ocasión lo mismo, pues la razón, o su estrella la humillan a su principio, volviendo a ser Ciudadana de los prados, y los riscos. Ay, Señor, estas reliquias de piedad que en ti examino denotan que aún en tu pecho arde aquel incendio vivo. No sé negarlo: pasar de un tierno afecto rendido a indiferencia, o desdén, es muy difícil camino. Y como se puede odiar sin razón? Ser enemigo del objeto que más se ama? Este cruel sacrificio no es virtud, no, que es un acto de ingratitud muy indigno. Te justisica bastante todo el Pueblo commovido de Tesalia. Y, y que ha se atreve a imponer el vulgo impío leyes a su Soberano? o. No solo el vulgo imagino, pero aún los Grandes. Los Grandes también son vasallos míos. Sí; más fuertes, poderosos, resueltos, y vengativos. Amenazan tal vez? . Yo no sé a que término fijo guiarán sus sentimientos: cansados los examino de ver la amistad del trono con su infamia poscido de una mujer vil, y oscura. Y porque hasta hoy sumisos callaron? Porque hastá hoy pudo tu respeto reprimirlos. Con que ahora, según de muestras, ya el respeto me han perdido? No gran Señor: tus vasallos te aman leales, y finos, y están prontos a verter su sangre por tu servicio. Solo el celo del honor de la diadema; el peligro de que algún día recaiga en succesor menos digno, desveló sus atenciones. altivo Le falta a ese pueblo suecesor que los gobierne? Everardo es hijo mío. Sí Señor, mas juntamente de humilde mujer es hijo. Bien puede heredar del padre derechos al Trono invicto, pero de la madre siempre conservará oscurecido nacimiento: tu bien sabes la sangre que en tus ministros, y en tus grandes se atesora, y cuanto duro, y eaquivo parece el yugo más suave si le impone brazos indigno. Bien: te comprendo: desean un Rey cruel? yo te afirmo que lo seré a mi pesar. No les basta el sacrificio que de mi primera hija hice al Ídolo mentido de su ambición? qué, pretenden vierta la sangre de un hijo, y que despedace el pecho siempre leal, siempre fino de una tierna esposa? . Nunca Señor, fue en su designio: no pretende la Tesalia examen tan peregrino de tu valor: bástale el repudió prometido de Griselda, por el cual quede esclava del dominio, y al derecho del Real Trono inhábil su propio hijo. Así será: verán presto donde llega de mi altivo corazón la virtud. Mas piense antes el vulgo iniquo no sé haya de arrepentir de ruego tan atrevido. Pero (perdona Señor que furor intempestivo agita, tu heroico pecho? no demostraste benigno dar tu asenso a este repudió? tú, Señor, has elegido la nueva esposa que aguardas. Hoy es el día propicio que debe llegar Oronta; y podrá tardar sucintos instantes: así recives su hermosura? Bien has dicho: vendrá Oronta: la paz solo de ella espera el Reino mío, y la logrará: Criselda condúzcase a aqueste sitio; lleguen los nobles: y todo ese Pueblo reunido presencie el grande acto: hoy quiero dar leyes a mi albedrío, sojuzgar una pasión, y vencerme yo a mí mismo. Voy Señor a ejecutar tus ordenes: ya vecinos al regio salón se advierten los Grandes, y los Ministros. Vendrá Griselda, y el Pueblo prontamente: al cielo rindo gra gracias de que tu razón venza en ti el afecto antiguo. Ya florece mi esperanza venturosa: si consigo el repudio de Grisalda, también lograré su echizo. Gonocerá esta soberbia gente, verá este malquisto Pueblo cual sea la nueva esposa que yo he fingido elegir: o cuán estraño será a sus ojos impíos el feliz descubrimiento de este arcano! En tanto, invieto corazón, arma tu esfuerzo de constancia, y de desvíos, y cautolando el enojo que involuntario reprimo, venga al crisol la virtud que en Griselda siempre admiro. Ya llegan estos aleves vasallos: el trono altivo dé a mi autoridad realce, y rubor a sus delitos. Estiende ahora la vista: ve ese Este, oh, Pueblo es el día en que recive de vosotros la ley, quien es Rey Alto principio! vuestro: os ruboriza ver que ocupe el Trono, que ciña la diadema, y rija el cetro una mujer, que acostumbró en la selva rústico arado a su continuo empleo: tal pudo complacer Griselda hermosa a mis ojos: tal pudo mereceros el odio que mostráis: yo, en fin, procuro mirarla con aquellos ojos mesmos que la miráis vosotros; y cualquiera amor, que a la razón conozca opues, to, confundirle en el caos del olvido: ya decreté el repudio, y ya estáis siendo Jueces, y eseciadores del grande acto. Y cuando la reduzco a los paternos bosques de donde amor pudo extraer la, con vuestro amor corrijo el de mí pecho. Ved Señor, vuestra más humil- de esclava obediente, y sumisa al real precepto. Oye Griselda: el fin a que te llama tu Rey, apenas el albor primero del día luce, es más que juzgas gra- Pendiente vive el alma de tú acento. Ocupa el Trono. A obedecerte aspiro. . Estiende ahora la vista: ve ese pueblo reunido a tus pies: en tu pretencia debes tu referir cuantos sucesos a nuestro tierno amor, y a nuestro enlace desde el primer suspiro precedieron. Diles cual fui, y cual fuiste. Alto principio! Yo nací en real cabaña, tú en real lecho: mis adornos tejía inculta lana, a los tuyos dio el oro lucimiento. A mi reposo en el paterno bosque daba es caso lugar pagizo asiento; 4p tu sobre leve pluma delicada disfrutabas solaces de Morfeo. La clara fuentecilla, el huerto ajres. te inocentes bebidas, alimentos frugales a mi labio tributaban; a ti en mesa real, preciosos, tiernos delicados manjares te servían. Criada, y compañera a un mismo tiempo de mi padre, y servida de él, aex pensas de recíproco afán creció el sustento, que nuestras propias manos agrega. ban. Tu rodeado del vulgo placentero, de numerosos cortesanos; Solo de una seña te sirves por precepto. Inocente república de humildes recentales guiaba en los desiertos yo; tú desde el Solio gobernabas hastas Provincias, dilatados Pueblos. Déviles flores que tributa el prado son mis extraordinarios ornamentos en tejidas guirnaldas: oro, y perlas ciñen tu sien, círculan tu cabello. Sobre la blanda hierba humedecida a la sombra de un olmo lisonjero, era mi trono un césped, entrerudas zagalas; tú, ocupando altivo asiento, dictabas leyes entre augustas tropas de togados, ministros, y guerreres. Yo mísera, tu Rey; Criselda obs- cura; de clara estirpe el inmortal Gualtero; tales fuimos los dos cuando a los ojos usurpó las imágenes el pecho. Tu txando, Señor, las regias luces en mi rostro agradable aunque gro- sero, no desdeñarte amarme, y yo a la ex- celsa Majestad que admiraba entí,bo viendo una mirada humilde, te amé,a fuerza, no sé si del amor, o del respeto. Ve aquí el origen del amor de en- trambos. Ya lo escuchas Señor; ya lo oyes Pueblo. Os parece a vosotros estrañeza que de sí un Rey descienda en tanto extremo como elevar a una Pastora humilde? y tú te arrepentiste Rey supremo, de haber dado el renombre de tu es- posa a una mujer de oscuro nacimiento? no respondes Señor? calláis vosotros? a qué fin me llamasteis? a que efecto quisistéis renovar estas memorias? ya quien fui dije sin remordimiento; gozo de ser quien soy, mas sin or- gullo, y sin rubor, seré cual fui primero. (Oh virtud sin igual!) y en tal estado no pudo deslumbrarte el rayo excel. So de la regía corona? A los culpados causa el diadema real, asombro, y miedo, que al inocente su fulgor consuela. Con que del bos que inculto al Solio regio ascendiste. Fue inmensa bondad tuya elevar desde el triste oscuro centro de su humildad a una mujer que amabas; mas sobre el mis mo trono el pensa samiento no sé elevó a mi ser: resplandecía. yo, mas solo eran tuyos mis reflejo; así como lo son los de la nube del Sol, que reverbera entre sus ve- Dime, no haces recuerdo de una hija primera prenda del enlace nuestro, que robo ignoto impulso de la cu- na? Ah, memoria cruel! ah, sentí miento! fui madre apenas, cuando (no sé como perdí de nuestro amor el fruto be- llo; oh, cuantos dolorosos tristes ayes desde aquel fatal día envío al Cie- lo! Pues oye, y horrorízate: de esa hija que inútilmente lloras, yo fui a un tiempo. inhumano verdugo, y cruel padre. Tú:: Mas si era la sangro de tú pecho, derramarla pudiste a tu albedrío. No lloraré jamás su hado funosto sabiendo que de su hado el autor fuiste. Se que nunca pudiste obrar sin recto consejo; y si venciste la ternura que es natural a un padre, algún se- creto que no debo saber te habrá obligado. Y me amas todabía aunque san- griento, y cruel? No podré dejar de amarte si destruyes la vida con que aliento. Griselda, tu virtud te ostanta digna del amor de un Monarca: tal te creo, y tal te conocía de cuanto hice no me aterra el rubor: testigo el Cielo; mas ya es forzoso auprimir mis do- nes. un Rey, sin que le exima el sacro fuero, tal vez debe servir a sus vasallos, y para conservar dominio, y cetro, ser tirano de sí, y de sus pasiones. La Tesalia revsa mi gobierno, y se atreve a negarme la obediencia, y la lealtad: sus penetrantes ecos claman que con hacerte esposa mía he tenvilecido el tálamo supremo, y no admiten un Rey, originario del bosque donde fue tu nacimiento. Este pueblo leal, que por tres lustros. su Reina me aufrió: solo hoy so berbio se atreve a desdeñarme? Involuntario sufre el yugo, Gricelda, ha mucho tiempo: yo a la razón de estado mi amada hijo sacrsiqué inflerible: con este hecho, pude calmar el odio, no extinguir. se, mas naciendo Everardo ardió de nue: yo. Pues si Everardo rompe los suaves nudos de amor, también:: Sagrados Cielos! Ah, no! muera la madre, y viva el hijo: yo que tu esposa soy:: Calla: el silencio ahogue tal voz: tú no eres ya mí esposa. Pues que, aún me privará tama bien de serlo? Un cueceror el Reino solicita digno del trono Auguno: yo me en cuentro precisado a elegir de sangre regía nueva esposa: por ti se mira en ries. go el que tanto te ano: que, no hay constancia en ti pala formar ni paza Que es esto? i. Al l no e verique que por causa mía veas turbado tu sosiego. Se afrentan al mirar mi sien ceñida de la sacra diadema? la desprecio: ve aquí que me despojo voluntaría de tu envidiado adorno, y se la vuelvo a la explendida mano, que algún día gusto de orlar con ella mi cabello. Con las inignias reales aún el nom- bre , uto anejo al majestuoso grado se concede: mas por piedad, Señor, del nombre tierno de esposa no me prives: dulce aman. te, por aquellos abrazós placenteros con que uniste a tu seño castamente la candidez de mi inocente pecho; por aquel amor suave, por aquella constancia que estrechó nuestros afectos mutua, y ablida siempre, no le usurpes al siel corazón mío este consuelo. Sobre el paterno solio tus vasallos podrán tener acaso algún derecho; mas sobre el corazón, sobre el cariño tuyo, que predominio se adquirie, con? Mi bien, no me abandones a tu ol. vido; mira otra vez en este triste objeto a tu inocente esposa: ay infelice de mí si tú me faltas! cómo puedo sin tu vista vivir, esposo mío, si en tus ojos mi vida, y mi alma dejo? acabó de agradarte ya Griselda? Corazón, fortaleza, y sufri- miento. Si agradarme pretendes, vete, y calla. Que calle, y que me ausente? ah, que precepto tan cruel! toda mi alma se estre- mece al escuchar su intimación. Primero haz, Señor, que yo escuche de tus labios mis últimos destinos, y te ofrezco obedecer al punto. Griselda, oye: vacila el corazón, desmaya el pe- cho. Ya te escucho. Señor, las Griegas Naves deseadas, se abrigan ya en el Puerto, ha descendido la Real Oronta, y a Palacio dirige el pie ligero. Saldré yo a recivirla. Así me dejas Señor? Ya tus sus piros son molestos. Pero antes de partir dad solo, vuelve la vista, y mírame a lo me, nos. Demasiado me pides. De esta suerte te vas? Griselda, adiós. Ve aquí el momento en que mi corazón de una gran mues. muestra de sí mismo. Ve aquí el feliz tiempo de que mi amor arrastre su fortuna. Si vestí sin orgullo adornos re- gios distintos de mi origen despreciable, al primer nada sin vileza vuelvo. Si resiente el ultraje, no es posible que la venganza excuse. Vea mi dueño una prueba mayor de mi constancia. Dame osadía, amor; dame ar- dimiento. Veame siempre amante aunque me olvide. Tu infelice destino compadezco gran Señora, y conozco cuan en vano aspiras vez segunda al solio excelso: si no te determinas: Qué importuno! No es peres ver ceñido tu cabello del diadema otra vez: no ostante el hado aún no te destituye de algún medio; y si tú le permites, Oron basta a rendir a tus pies corona, y cetro. Quién a mis sienes quita el cer? co de oro un don suyo recobra como dueño: si ha perdido mi frente las reales insignias soberanas; a mi pecho Concideras, Señora, cuanto pier- su corazón le queda todabía. Y como sufrirás el vituperio de ver que otra te usurpe una corona debida a ti? Corona de más precio es la inocencia para una alma. Suele oscurecer también el sufrimiento a la inocencia opresa. Sí; a los ojos de los hombres cerá, no a los del Cielo. Todavia congervas see a un in- grato? Otón, vete. Pues que miras con redio la piedad, que me causan tus desdi- chas? Esa piedad qpuerta a los intendos de mi Rey, para mí es muy despre- ciable: Es gurto de mi erporo esta contento con, que yo sea infeliz? el dolor mis mo me servirá en mis penas de recreo. Demasiada constancia que te ex- pone a un vergonzoio ulguje. Cabrá el negro borrón de la vergüenza en quen por ciega pasión decordenada prendió el fuego del tumulto: ya, Otón, me entien- des avete, y estorbaste. Desprecias el supremo nombre de Reina, e imperiosa mandas? El que manda es mi honor: el en mi pecho tiene un aolio Real, donde preside, sin que haya quien derogue sus de- cretos. Concideras, Señora, cuanto pier- des hoy en este repudio. Y di, qué pierdo? . Reino. Que no era! mío. Una grandeza Que siempre para mi fue in- digno objeto. . Un esposo: Qué siempre está conmigo retratado en el alma aunque violento. A no permitas que ribal in- justa te usurpe tanto honor, tantos trofeos. Una sola mirada de tus ojos da temple a los rigores de este acero, y este acero de un golpe solo, puede tus peligros cortar, vencer tu riesgo. Calla traidor; no sab, no Criselda comprar soberanías al vil precio de una culpa tan vil: mi fe me in- porta mas que el saveto mentido, el don incierto de una ciega fortuna, Aprende in justo de mi aquella vitud que tu infel pecho no conoce: respeta a tu Monarca, bien como yo ejecuto a esposo, y dueño; y esta seguro, en fia que por la tenda de la traición, por el indigno medio del engaño, y la culpa, no se ade quiere sino baldón, injuria, y vituperio. . Baraun acortumbrala al regio orgullo, no permite Griselda mis deseos: mas una vez depuesta la corona, humillará su altivo pensamiento, y entre los patrios bosques tendrá acaso piedad de los sus piros que la ofrezco. Yo, con esta esperanza he conmo vido a tal conspiración al débil Pueblo, y la he quitado un trono por hacerla capaz del amor mío: Rey supremo, perdona si desato a pesar tuyo la coyunda feliz de tu himeneo. Perdóname, Griselda: tu hermosura me pudo hacer amante, humilde, y tierno, mas tu rigor me quiere hacer tirano. Mi ventura, mis paces, mi sosiego no le puedo esperar si no te logro, ni te puedo lograr si no te ofendo. . Hermano mío, espera mientras vuelvo en la placida ribera con la luz soberana de Oronta; que en amor es nuestra hermana si en sangre no lo es, que al Real Gualtero debo llegar ahora yo el primero, Ah! si amar su hermosura me prohibe cruel mi desventura Siendo ya esposa de otro (ay penas mías! porque aquí la abandonas? tanto fías de mi virtud? Breve démora tiene un instante. . Y después? Después conviene seguir del hado la forzosa huella. Hado injusto, y cruel! Bárbara estrella! Consolaos, que en tanto puede tener remedio nuestro llanto. Quizá el Cielo al oiros atiende con piedad vuestros suspiros. Gualtero es justo Rey: mostrad no ostante en las desdichas ánimo constante. . Ya eres felice amada Oronta bella; esta que ves es la Tesalia: aquella real fábrica el Palacio en cuyo altivo espacio espera (entre mis lágrimas me inundo, ley de tus ojos quien la impone al mundo. Ah, Roberto! . Suspiras? Involuntar:a tu grandeza miras? Yo eligiera, bien mío, voluntaría sufrir el ceño de la suerte varia lejos de esta grandeza, y de este impío fausto por ser tu esposa. Ah, Ídolo mío! Una impresión afable de tus ojos aprecio más, mi bien, que los des- pojos de la mayor grandeza. Ah, que solo un relámpago ligero que fulmine a tu vista el lisonjero brillo del cetro augusto, te pintará mi amor humilde injusto, y ceñida a tu frente la corona te hará olvidar mi nombre, y mí Antes que para siempre me despida persona. Tú dulce bien, mi corazón posces, y tan mal le conoces? no me crees? a todo el Cielo juro:: Tente, no amor tu labio haga perjuro con el grado se trueca el pensamiento, la idea, la costumbre, y sentimiento. Toma, mi bien; y en ella: Desde este instante vamos Injusta estrella! Bella Oronta, serena tu sema donde quieras. De aqueste huyamos donde haya menos susto, y más so t riego: contigo iré: toda a tu amor me en trego. No, no: Reina en el mundo como en el alma mía. A obedecerte aspiro. Oronta hermosa? Gran Señor? (Ah, desdichas rigurosa! No es tan vil mi pasión, no es tan impía que a descender del trono te obligase, ni te amara, si a precio tal te amase. Repara cuidadoso, que una vez en los brazos de otro esposo, honor, y fe me impedirán amarte, y amor tendrá en mi amor la menor parte. Lo conozco, y lo miro: pero a tu gloria, y no a mi bien aspiro. Después, en vano culparás la suerte. Aunque llore perderte, siempre confesaré que tu belleza mas que este amor, merece esa grandeza. Te amaré Reina, y pasión constante de vasallo será, si no de amante. Y deberé mirarte sin que pueda llamarte Ídolo mío. La ley del hado impío lo quiere así. . Bárbara ley tirana! Ah, destino cruel Suerte inhumana! Antes que para siempre me despida de ti, dueñó adorado de mi vida, solo un dulce mirar da por consuelo! a quien vive a influencias de tu cielo: primero que esa hermosa, y blanca mano llegue a ceñir el cetro soberano permite una impresión al labio mío, en quien te doy la ley de mi albedrío, Toma, mi bien; y en ella: más Conrado, y sel Rey:: Injusta estrella! Bella Oronta, serena tu sema blante, y nocreceles tu joven amante mi furor: compadezco la costumbre de vuestro afecto con la edad crecido: (reserva tú; en el caos del olvido hasta que me asegure del efecto Conrado, la razón de igual secreto.) A obedecerte aspiro. Oronta hermosa? Gran Señor? (Ah, desdichas rigurosa! Que afectos resucitan en mí (r to pecho, cuando en mis brazos dulce Oronta estrecho el busto sirgular de tu belleza hijos de amor, de agrado, y de terneza. Señor, de tus bondades sorprendida el alma absorta siente enmudecida, y el interior afán de mis afectos mas que el labio descubre sus secretos. Sufre corazón triste! Ven; mi vida, donde mi amor divida con tu mano aquel cetro soberano que el Cielo destinó para tu mano. Ven tú también, o Príncipe valiente bien digno de reinar: y la eminente Corté mía, de ti reciva iguales nuevos blasones, honras inmortales. Mío el honor sería, pero es fuerza el partir. Ah suerte impía! Por que escusas, si yo te le con- oncedó, de un Monarca el favor? Porque no puedo disfentarle quedándome gustoso. Pues faltán en mi Reino poderoso peregrinas delicias qué para complacerte sean propicias? Antes, Señor, tu Reino desde ahora la delicia mayor en si atesora. Pues quédate a gozarla. No es posible, ri ess inutil propuesta es admisible. Por qué? Porque es en vano mi desvelo; porque me quiere desdichado el Cielo. Ya expresa su pasión, incauto el labio. Un excesivo amor jamás fue sa- bio. Ea, pues, no te ausentes; supera por ahora tus vehementes deseos; que yo sio que algún día mi mis ma mano forme tu alegría. Vamos; Oronta bella. Ya mi pie, sigue el norte de tú huella. Pero tan rigurosa con el noble Roberto? a su amorosa vista te usurpas, sin decirle afable un solo a Dios, cortés, cuando no amable? Señor, no convendría. Y tú, cuando a tus ojos se desvía, dejas partir a Oronta sin mirarla? Temiera con mi vista profanarla, y ofender el respeto majestuoso. Por qué tan temeroso? porque tan reflejivo? aquella hoguera que en vosotros ardió su edad primera, no pretendo extinguir violentamente: este golpe sería harto inclemente para vosotros: basta, según creo, que con moderación arda el deseo. Príncipe a Dios, yo parto. Yo me quedo, pero sin corazón. Hablar no puedo. Conrado, guía al Príncipe: tú amada Oronta, ven conmigo, y reciguada, serena el rostro hermoso macilento: templa el llanto, y aplaca el sentí- miento. Adiós Roberto. Adiós, o cuan costoso es un a Dios a un corazón celoso! Cuánta piedad me causan! . Si debía perder a mi adorada Oronta un día, porque me permitiste con engaños amar su luz desde mis tiernos años, dando a mi pecho injusta confianza? po. porque lisónjeaste mi esperanza? Los sucesos humanos se rigen por los Cielos soberanos. aufre con fortaleza su alto querer: modera la tristeza; se complacen los númenes divinos de abrir a nuestros gozos los caminos por medio de la pena. Qué me estás adulando? el labio enfrena Oronta es sola el gozo, y la alegría de mi fiel corazón, del alma mía: otro bien no me queda, y este no es fácil que esperarle pueda. Sufre hermano, y confía que espire tu dolor antes que el día. . Celos qué haréí, doy cedio? promesa en que toda mi vida se interesa? ah, la perdida mía, ya es tan clara que en dudarla un momento me en gañara. D manado echizo da por dolor mío a la regia atención belleza, y brío, de mí adorada Oronta: hay suerte impía! y a quien su perfección no echizaría? lisonjearme quisiera de una ficción dudosa, y placentera que me hace creer felice. Pero mi corazón bien claró dice que a mi pena tirana toda esperanza lisonjera es vana. . Dónde está mi esposo? donde mi a lorado hijo? no puedo, a pesar de mi destino, perder los dos nombres bellos de esposa, y de madre: sí: entre los bosques paternos donde vuelves a arrojarme, demasiado cruel dueño, también seré tu consorte, Mi esposo viene. bo ya nombrarlo así. Mi Rey llega a estrellas compadeceos de que está última vez le hallen más humano mis lamentos. . Bella semejanza, cuanto placer mueves en mi pecho! Sí habla de mí? llegaré: Señor? . Griselda, qué es esto? aún no partiste? . Señor, a los patrios bosques vuelvo, pero antes, quise adular con tu vista mis tormentos. Semejante hermosura, cuanto admirable es tu cotejo! De qué habla de mí, no ostante mi pesar, me lisonjeo: gran Señor, si a tu benigno agrado tal me presento, no es tan altiva Griselda que espere la ames de nuevo. Me amaste, fue tu bondad, mas no mi merecimiento: con que ya desengañada, y obediente a tu precepto, solo la última impreión de tus ojos apetezco. Qué, hablas de mí? yo creía que al contemplar su embeleso, mi nueva esposa, y tu Reina te ocupaba el pensamiento. La he visto: la hablé: que dulce mirar! qué rostro tan bello! créeme: aún tú la amarías Griselda. . Y amarla debo; pues quien de tu afecto es digno es apreciable a mi afecto. En su retrato amoroso embelesado contemplo aquella beldad que ha herido mi corazón. Qué tormento! Señor, la delicia tuya presta a mi dolor consuelo. Mira si digo verdad. Santos númenes, qué veo? qué semblante es este? . No es adorable aún su diseño? Yo admiro en este retrato una copia de ti mismo: la misma luz de tus ojos cifrada en lo suyos veo, sino que estos no se muestran a mi dolor tan severos. En esta frente, la tuya conozco, pero sin ceño; y en este rostro diviso el tuyo, mas no tan fiero. Yo perdono la inocencia que me arroja de tu pecho: bien merece tu hermosura de un Monarca los afectos, y no debe la infelice Griselda tu esposa un tiempo, disputarla un corazón que halla en ella mejor centro. Luego ta parece hermosa? Y a ti semcjante: ah Cielos! Seré feliz en su amor. Dilates siglos eternos el Cielo vuestras edades, sean dichosos tus Reinos; dulces frutos de su alago solemnicen tu recreo, y sus inocentes gracias diviertan tus pensamientos. Pero en tan fausto destino, tal vez, Rey, Señor, y dueño, a tu constante Griselda permite un solo recuerdo. Constancia corazón mío. No pretende más tu ruego? Que la piedad que me niegas uses con nuestro hijo tierno; y antes (si no es demasiado lo que rendida pretendo permíteme que en su rortro ímprima el labio, materno un signo de amor: soy madre; solo este bien apetezco. Mi sangre tiene Everardo, la tuya lato en su pecho; resérvamele piadoso, y dame a mí este consuelo. Hola; guiese Everardo a Griselda. Oh, qué contento! felice mil veces yo si abrazarle otra vez llego. Griselda, la nueva esposa me aguarda. Destino adverso! sí; ve, Señor, y perdona a mi amor el corto tiempo que lejos de su presencia mis ayes te detuvieron. No más: vuelve al bos que: si habla mucho de mi valor, temo:: Qué prodigio es este? yo puedo perder: a mi dueño sin omorir? mi dolor tiene en mí tan escaso Imperio? laeribal mueve a piedades mi amor más pronto que a celos? esta es virtud, oh ignorancia? deidades es favor vuestro? pero ya llega Everardo: ven hijo mío, ven tierno fruto de mi amor: ya en ti logro estrechar a mi pecho una parte de mi vida; y ya en tu rostro sereno abrazo la dulce imagen de un falso esposo que pierdo. Feliz tú, que en los puerdes años, resistes sufriendo la impiedad de tu destino sin llegar a comprenderlo. Cuanta compasión moviera tú triste madre en tu seño, y cuantas lágrimas tristes vertieran tus ojos bellos Esgrata, luego no quieres cacompañando tus quejas al compás de mis lamentos si conocieras la infausta situación en que me veo! hijo infeliz, por mi causa serás privado de un cotro, bien que hijo de un Soberano; tu heredaste de mí el negro estado de servidumbre; mas sí nutriste en tu pecho la constancia que me influye, poco te importará un Reino, despreciaras a la suerte, y ostentarás sufrimiento. Ven con tu madre, bien mío; tu servirás de consuelo a mi pena; y tendré siempre en ti un retrato perfecto que al mi memoria repita la imagen que reverencio. Ven a clas selvas. Y quién terdió rel libre: privilegio de disponer de tu hijo? Su augusto Padre mi dueño. Antes su Padre te manda que a mí me le entregues luego. Cómo? por qué? . Porque no quiere darte en tus tormentos consuelo tan excesivo. Ah, tan cruel no lo creo. Mal le conoces: la misma crueldad se nutre en su pecho; y tú no ostante le adoras. Le adoraré si tu acero vertiera toda mi sangre para exterminar mi aliento. Pues yo, que de tus desgracias, Griselda me compadezco, te doy el hijo a pesar de tu esposo. . No lo acepto. Esgrata, luego no quieres a tú mis mo hijó? . Le quiero mas que a mi vida. . Pues cómo revisas mi ofrecimiento? Porque yo contra el querer suyo, nada querer puedo. Lo ignorará el Rey: no dudes: yo te entrego un hijo a precio de que tus ojos atiendan con piedad mis rendimientos. A precio tan vil no compro un hijo; antes le detesto. . Madresin piedad! ve, guía a Everardo a mi aposento; y pues lo quieres? del Rey observaré los preceptos. Hijo infelice, hijo mío! ya volverte a ver no espero. Pierdes un Reino, y no sabes perder tu orgullo soberbio? Perdí aquel Reino; y qué importa si este corazón conservo? Sabes que en mi amor ultrajas de un Príncipe el digno afecto? Sé que es el mío una deuda a que es acreedor Gualtero. Gualtero cruel, que olvida tu beldad por otro objeto? Si ya no fuere su esposa, seré su esclava a lo menos. Perdiste el nombre de madre, y el de esposa al mismo tiempo. Si me quedó la constancia, y el honor, nada aperezco Pues bien; vuelve a ser inculta z. zágala de esos desertos. Siendo rústica habitante de sus intrincados senos, siempre tendré un corazón mayor que mis sentimientos. Ya, por! no sufrir tu vista, de aquí me separo huyendo; cuando no por observar de mi Señor los decretos; sepulta esos frenesíes, terpes, viles, y groseros en la mansión del olvido, ai en el caos del silencio; que antes que pueda canviar mi corazón sus afectos, retrocederá su curso esa antorcha de los Cielos. Nací en las selvas; reiné en los Palacios Supremos y al rigor de la fortuna desde hoy a las selvas vuelvo; pero en el Reino, en el bosque, en el Solio, en los desiertos, entre el oro, entrer las pieles, ya rija cayado, ocetro; el precio de la inocencia, siempre fue en mí el mayor precio. . c. Inútiles las lisonjas, y el alago considero: desde aquí las amenazas han de darme el vencimiento: Fien como las crespas olas cobran violencia al encuentro del escollo combatido; el amor, que arde en mi pecho, al eco de su repulsa duplica llamas, e incendios; de que sirve mi valor si la inconstancia no venzo de una soberbia mujer? pero aunque exceda al extremo su orgullo vanaglorioso, confío rendirle, haciendo su pecho; y tu voluntad esclavos de mis deseos; o perderá de una vez fama, vida, esposo, y Reino. ACTO SEGUNDO.
JORNADA SEGUNDA
Amades selvas, ya a vosotras vuelvo plantas amigas, auras deleitables, ya en vuestro abrigo estoy: ve allí la sombra, y el solitario horror que en mis afanes me dio alegre reposo: ya distingo desde aquí la cabaña despreciable donde tuve mi oriente. Ay Dios! en ella estará por ventura mi buen padre, aquel que despreciando heroicamente a la varia fortuna, y sus instables dones, no quiso abandonar conmigo su antiguo alberge, aunque inten- te obligarle. Y que dirá de aquesta desdichada hija suya? hay memorias nunca errantes de mi perdido bien! no vengáis alloa entre estas selvas a turbar mis pacas. Ay Dios! Gualtero, esposo; hijo, Everardo; dulces nombres que nunca han de borrarse de mí triste memoria combatida: Sí; vosotros haréis menos constante mi corazón: vuestra ilusión tan solo hará mis sentimientos incapaces de reposo: mas quién es este anciano, que trémulo, y tardió; miserable destrozo de la edad, a un bastón rudo fía el peso caduco, y a esta parte parece que dirige el lento paso. Ay Santos Cielos justos! si es mí Padre? no me burles deseo: él es sin duda: que alegría despierta en mí el mirarle. Que bella la hyerbecilla tierna despunta en el prado al renovar suecesivas las estaciones el año! como refrigera el suave Sol con los primeros rayos de Aries! todo yo me siento vigorizar mis cansados miembros torpes; y a pesar de la edad, voy recobrando a mi entender el valor de mis juveniles años. Ve aquí el fruto de una vida moderada, ajena de altos pensamientos, deseosa de poco, libre de engaños, y contenta de sí misma. No sé si hubiera logrado igual suerte en la Ciudad, donde entre inútiles faustos juzgó mi hija conducirme. Hoy creo que ha destinado venir a este bosque a caza el Rey su consorte: acaso pudiera venir con él mi amada Griselda: o, cuanto me regocijara el verte hija mía entre mis brazos! Aquí está vuestra Griselda: satisfeced Padre amado, los deseos de abrazarla. Santo Dios, que estoy mirando? es sombra? . No conocéis a vuestra sangre? agitado el corazón, debería daros ferantes, que mi labio. Salirse quiere del pecho con impulsó cextra ordinario; pero demasiadas veces miente el corazón humano, si el deseo le estimula. que alegría despierta en mí el mirarle. No, no es su concepto errado ahora: yo soy, Padre mío, Griselda. . Mas cómo: cuando: el traje:: el cabello:: puede: mil cosas sobresaltado quiero preguntarte aún tiempo, y por donde empezar no hallo. Yo los las diré, pero temo dar motivo a vuestro llanto. Motivo de llanto a mí? tú no conoces a Atandro. No caería de mis ojos en lágrimas destilado el más leve humor, si viera hacerse el mundo pedazos. De qué sirve el llorar? sienta el corazón traspasado, pero no sirvan los ojos de interpretes al quebranto. Vuestra constancia me anima. Ya no soy Reina; el Sagrado Trono, Cetro, hijo, consorte, y cuanto bien me había dado la suerte, lo perdí todo. Por qué razón? . Porque ingrato me repudía el Rey, me arroja, indigna me ha declarado del tálamo de himeneo, y rompe el conyugal lazo. Cómo puede? y quién ha sido el vil autor temerario de esa iniqua ley? . La plebo de Tesalia. . Y vive esclavo un Rey de su mismo Pueblo? luego en mi libertad me hallo yo más feliz que un Monarca: pero dime que atentado, que acción indigna te pudo agregar desprecio tanto? Señor, así hablas a una hija tuya? me crees acaso capaz de una acción infame? Pues qué causa. . Ser un caos las cortes: mi humilde origen excitó a uno desden tirano los corazones soberbios. Y esa es bastante a que falso te arroje de sí un esposo? Solo esta. . Yo me persuado que el corazón de los hombres es cera, en quien sin trabajo se imprime cualquiera imagen, y se borra al mismo paso. Pero, hija mía, no sientas los infortunios del hado; más bien da gracias al Cielo, que tus virtudes premiando, te conduce a donde vivas más feliz:: si no has borrado las memorias del paterno albergue, sabrás hallarlo todavía: mírale: aquel es, que terminando está esa angosta vereda: ve, y descansa en él un rato, que yo ahora voy a avisar de tu venida a mis caros compañeros los Pastores. Hija mía, tú mis años rejuveneces:o, Cielos, cuantas gracias debo daros! quien más felice que yo en todo el mundo! hija, parto; vuelvo al punto: el regocijo arribata mis conatos. Si la memoria del bien que perdido estoy llorando no viniese a turbar mi alma, aquí hallaría descanso donde con el dulce nombre de mi esposo idolatrado en los árboles impreso al timpulso de mis manos, todas mis felicidades me estuvieran acordando: pero ahora al volver a veros, oh patrias selvas, mirando en vosotras el origen de mi amor, crece el quebranto mío: vamos! pues Griselda a reparar el cansancio sobre algún pajizo lecho; en cuyo albergue, olvidando sino el nombre de mi esposo, las majestades, y el fausto; al silencio, y a la paz se vaya el alma entregando. Detén la planta Griselda. Qué busca este temerario Todavía un fiel amante vuelve a pretender tu agrado. Traidor, delante de mí mueves el indigno labio segunda vez en mi ofensa? Te ruego algún don villano de quien proceda sun delito? hoy te ves libre de un lazo que rompió el repudio: yo nuevo enlace te preparo tan puro, y más verdadero. Aún entre rústicos campos, aún entre oscuros adornos, repudiada, despreciado tu valor, y tu hermosura; pretendo tu blanca mano; y si no adorna mis sienes el real círculo, a mi aplauso puede agregar los blasones de regios antepasados. Otón, basta. Tente, y antes mira a tu hijo: hola; Everardo se conduzca. . Aychijo mío: dulce bien; mejor pedazo de mi corazón on; tú, de infeliz madre, y de ingrato pa- padre cruel, inocente fruto, ven, y entre mis brazos: Aguarda, que tanto bien, Griselda, esperas en vano mientras a mi amor resistes. Quién puede impedir osado que en mi pecho estreche a un hijo? Quién de ese hijo, que amas tanto puede derramar la sangre. Hola, en ese desarmado pecho clava ese puñal. Ejecutor inhumano de tan bárbara sentencia, no podrás conseguir bajo mis ojos matarme un hijo: ve a otra parte, monstruo airado, a ostentar tu corazón cruel: y tú, temerario, mira cuan en balde aguardas ser objeto de mi agrado. No sabe ceder Griselda a la impiedad de los hados tan vilmente. Repudiada, triste, y llena de quebranto; para mi querido esposo el mismo corazón guardo. Qué arrogancia! o condesciende a mis amantes halagos o a tu vista muere tu hijo: que si un cobarde Soldado, si un brazo débil te rinde, yerro que forió mi agravio, le dará muerte mi espada. Ah, traidor! deten el brazo. Estas son las vanaglorias de un alma ilustre? villano, a donde aprendiste tanta crueldad? muévate mi llanto. Dame a mi hijo. . Si haré; pero cadáver inanimado. Ay Otón! ay hijo! an infames ap almas! qué discurro? qué hago? seré inconstante a mi esposo? ah! que lo pretendo en vano? en igual peligro veo mi fe, y mi amor fluctuando, Dame a mi hijo por piedad. Primero admite mi mano, y después al hijo tuyo. Mano cruel, que excitando horror a mi corazón, inunda mi alma de espanto? Mira Griselda, cuan bello es tu querido Everardo: él fue tu delicia, y quieres verle morir? mira cuanto soy más piadoso que tú: yo permito que tus labios, antes de que muera, imprimas, cruel madre, en su rostro. Infausto fruto de un pecho infeliz, por usurparte a tu airado destino, es fuerza que sea infiel: venciste: mi mano es tuya. . Dichas, qué escucho? Pero yo estoy delirando. Antes fui esposa que madre. Viva en mi pecho gallardo la fe que debo a mi esposo. Ve, sacía cruel, villano, esa impía sed de sangre. Ve, y a tus soberbios faustos junta la enorme alabanza de haber muerto en el regazo de su madre a un hijo tierno. Hijo infelice, hijo amado, mejor parte de mi vida, recive el último abrazo. Oh, Dios! el alma me siento arrancar con demasiado dolor: quien te dio la vida hoy por su honor va tus pasos conduciendo hasta la muerte: alma mía, hijo adorado, para siempre te abandono: y que aguardas, Otón villano? mira que ya espera el golpe ese pecho resignado. Atreve el feroz impulso: si no anelas otro lauro que el de derramar su sangre: ve, hieré, y mata, inhumano. Y si no basta ese acero que tu crueldad ha irritado, ahí tienes otro: qué esperas? pides su muerte, o mi mano: viva fiel su madre, y muera el hijo por su honor claro. Pero un día esa inocente sangre logrará clamando venganza sobre ti: el Cielo satisfará con tu infausto suplicio las dolorosas fatigas, el triste llanto de una? madre desdichada. Adiós para siempre, amado hijo mío: otra vez vuelvo a estrecharte entre mis brazos. Vuelve a juntar con los míos esos inocentes labios: mi bien, perdona a tu madre, muere por su honor, y en tanto, queda en poder del más fiero bárbaro, y cruel tirano. Ni lisonjas, ni amenazas vencen su pecho de mármol, mas triunfará la violencia. Ingrata mujer, osado sabré robarte: si el Rey la aborrece, no la agravio, antes la sirvo: tú, mientras a este efecto me preparo con el resto de los míos, conduce el niño a Palacio, y guarda secreto. Hoy debo por un ardid temerario, u conseguir a Gricelda, o morir de desdichado. s Es flaqueza de los miembros, o es del corazón deliquio este que ahora os oprime desdichados ojos míos? sueño no es, que cuando siente el corazón afligido, tarde acostumbráis vosotros ni respirar, ni dormiros; mas sea deliquio, o sueño, mal a sostenerme aspiro. En esta peña me siento: a lo menos por sucinto espacio, sombras funestas, no conturbéis mis sentidos estorbando mi reposo con aparentes delirios. Cuantas veces descansaron aquí mis miembros rendidos, sin acostumbrar la pluma. Entonces, este su recinto me parecía más bello. Suerte infiel cruel destino! duermese, en tanto que el Rey discurro las selvas, yo me retiro cansada a cobrar aliento a esta parte. . Tus divinos ojos igualmente ilustran los Palacios, y los riscos. Déjame aquí sola, y donde sueñan voces, y latidos de ventores, y monteros vuelve al Rey. . Porque motivo si en acompañarte, el Rey me da a entender que le sirvo, y aún me lo ha mandado? Ah, que él no no entiende nuestro peligro. Mi honor lógrara vencerle. Pues sé que no me es debido esperar piedad del hado; gozaré el nombre que estimo, si no de tu amante, al menos de tu vasallo rendido: y aunque nos miramos solos en este inculto recinto, mi lealtad sabrá librarte de mi amoroso delirio. Ay, que de tanta virtud no es capaz el pecho mío. Que; acaso en tu corazón vive de aquel encendido fuego alguna descuidada pavesa? Ay hermoro echizo! si así fuese yo también. Reflejiona más tranquilo quien soy ya. . Cambiaste el agrado, pero no el rostro divino: tú eres hoy el mismo numen que ayer fue el ídolo mío. Cómo? tan presto olvidaste la lealtad que has prometido? Ay de mí triste! perdona de los labios el estilo. Esperé mayor constancia de mi valor, mas ya miro para misultraje, que al vista de tus ojos peregrinos, ni me asiste la razón, ni me ilumina el sentido. Aunque te ausentes de mí no quedo sola, afligido tierno amante, pues en mi alma tu retrato está tan fijo, que por más que te separes te juzgo siempre conmigo. Quiero reposar: mas que veo? una mujer registro que sentada duerme, y llora. Como entre el rústico aliño resaltan de su hermosura mas que regulares brillos. Siento en mi alma un movimiente tan fuerte cuando la miro, que no sé: La sangre enciende mi rostro, y de haberla visto, no entiendo que me presagía el corazón ha latidos. Ven. . Los brazos me abre, y tierna me convida a recivirlos. Una violencia interior a ella me impele. Resisto en vano. . Hija de mi vida: pero ay de mí! qué delirio! No temas, gentil Zagala, en sus ojos peregrinos lo mejor de su hermosura ha descubierto. . Oh dormidos todavía están mis ojos, o el Cielo abulta prodigios. Qué atenta me mira! . El aire, y el rostro me dan indicios de ser la misma:A que dentro del corazón oprimido bastante fija quedó su bella imagen. . Te pido que desvanezcas tu asombro. Cual fue el placido destino, Dama real (que tal te creo) que te condujo a este sitio! Algún reposo buscaba cansada del ejercicio de la caza en que seguía al Rey mi esposo querido. En este albergue Señora, no hallaréis sino conflictos, y penas. . Para consuelo de la tuya habrá venido quizá Oronta. . Ese es tu nombre? Sí. . Tenía el nombre mismo, y tu bella semejanza Ca 2o la tierna hija que he perdido. Triste madre! . Y di, tu esposo quién dices que es? . El invicto Rey de Tesalia. . Bien digna eres de su amor: ah impío sueño! cuan traidor tu engaño que abrace a la ribal quiso, cuando juzgué que estrechaba mi dulce hija al pecho mío. Qué sueño? . Me parecía que entre dolientes deliquios abrazaba a mi muerta hija durmiendo. . Son ilusivos rasgos de la fantasía. Y como en modos distintos con aparentes lisonjas tejen engaños al viso de la razón cuando duerme! no murió tu hija? . El iniquo rigor de un hado fatal cortó los más tiernos hilos de su vida; y tu Oronta eres; tú tienes en mi matrimonio no poca parte, y con todo, noceres tú por quien suspiro. Bella Oronta, de la luz de tus ojos, es indigno aqueste rústico bosque. La hermosura le da brillos de quien le habira. . Aún aquí. a ecormentarme has venido mujes? . Perdonad, Señor: no soy culpada: mi antiguo, y pobre albergue es aqueste. Bien sabéis que en este sitio: Calla soberbia, no intentes emponzoñar mis sentidos con recuerdo tan odioso. Si mis ruegos fuesen dignos de tu favor: . Solo Oronta manda, y reina en mi albedrío. Pues haced que se conduzca esta Zagala conmigo, Pero tú sabes acaso quién es? . Si el rústico aliño la demuestra vil, su rostro la enoblece, y su atractivo. Esta es aquella que un tiempo fue mi esposa, y al invicto Solio elevada por mí, para eterno rubor mío. Justo Dios! . Aquella a quien todo el orbe ha conocido por su vileza, y mi amor. Qué escucho, Cielos divinos! Sea vil, sea pobre, un secreto impulso que no adivino, me induce a amarla. Jamás a tus deseos resisto, Para mayor tolerancia disponte corazón mío. Avisado gran Señor de un disimulado amigo de Otón, pero fiel vasallo vuestro, de que a este recinto debía volver con gente armada, quisé advertido, unir vuestras guardias reales, por esi ordenáis reprimirlo. Otón, armado? a qué fin? Es su bárbaro designio robar a Griselda. . Cómo? a Griselda? . Y al iniquo intento el paso apresura. Esto más, hado enemigo! Castíguese al temerario por exceso tan impío. Dejadle llegar: y acaso, decidme, que habré perdido cuando la aparte de mí? Mas Señor, tanto desvío con el infelice? . Yo:: Tú abándónala al destino. Ah, demasiada crueldad tus a tu Señor, contigo. Ya lo veo; ay de mí triate! jus. justo Rey, Señor benigno por piedada no me abandones a tan bárbaro peligro. Si mi muerte solicitas, rompan mi corazón fino más presto tus propias manos. Tú con tu llanto has creído mover mi pecho a piedad: pero nace el placer mío de tu dolor: sirve al hado con tu sentimiento mismo para conducir a un fin tus penas, y mis designios. . Qué haré, infeliz? Ya veo llegar gente por la selva; el tropel cerca se siente ya: sola, y desarmada, que defensa podré esperar? o, desventura in- mensa! ve aquí el traidor que se adelanta a harme: oh temerario! si podré ocultarme? dónde huyo? dónde corro? Ay Dios! que es vano el huir, y el correr. Hado inhumano. Qué refugio buscaré a tan dura ofensa? pero este dardo sirva a mi defensa. Porque buscas defensa, airada, y ciega contra quién no te ofende? Impío, llega: pasa el pecho a la madre, ya que hi- ciste vícuma a tu furor del hio vive. Sigue mi planta. Bárbaro, primero las huellas de la muerte seguir quiero. Pues qué piensas hacer? Cuanto prescribe un corazón que despechado vive! o matarte, o morir. . Veraslo ahora. Aparta, o esta flecha voladora me dará la venganza en tu castigo. Mas duras flechas a sufrir me obligo. No es tan débil mi brazó como piensas. O. Más conmigo son vanas tus defensas. Tente. Ven, o de injusto me acredito. No me hagas reo de mayor delito. El menor mal que temo es tu ira impía. Ot. Teme pues la velemente pasión mía, conducidla Soldados. . Dura pena! Mi precepto cumplid que el Rey lo ordena. Lo ordena el Rey? alabo suma- mente tu gran lealtad: te excedes de obediente. El Rey: suerte cruel! Albricias Cielos! Son de un leal vasallo los desvelos de intentar que proceda la ejecución a la orden: porque pueda servicios tan súblimes ver premiados; a Otón sirvan de escolta mis Soldados hasta entrar en la Corte; y pues en ella nadie su paz impide, ni atropella, en vano ciñe Otón aquella espada; quede desde hoy en mi depositada. Hado infeliz! ya a tus pies, Se- ñor la entrego. Qué gracias podré daros cuando llego:: No a mi piedad le debes esas gracias que a darme a mí te mueves, si de Oronta al favor: No han sido parte mi clemencia, y tu mérito a librarte, sino el ruego de Oronta: ya vecina la ves. Tus gratitudes a ella inclina. Esta infelice vida que hoy contigo por ti; a emplearla para ti me obligo. Cumplid Señor el don, iuevaos mi ruego, y Griselda conmigo venga luego. Dónde Reina vivio? donde fue esposa? Esto Señor, desea el alma ansiosa. Vendrás Griselda en fín; mas ya lo oíste: deberás olvidar quien antes fuiste: a Oronta has de servir. La débil mano acostumbrada al cetro Soberano has de ofrecer gustosa al ministro más vil: y porque nunca el hemisferio donde asista de Oronta la belleza participe el dolor de tu tristeza, no expreses tu quebranto, calla la queja, y disimula el llanto. Aquesta ley te impone, quien tu esposo fue un tiempo, y ya tu Rey. Qué riguroso! Y sufrirás Señora, (oh pena esquiva!) que a tan bárbara ley sujeta viva? Ven; conmigo estarás; y en cualquier parte por mí sabrá Gualtero respetarte, y en un trance tan fuerte, tal vez la mía enmendará tu suerte. . Tus plantas seguiré: quiere el destino que tirva a quien me usurpa el amor sino de un esposo cruel: seré ingultada de todos, oprimida, y despreciada. Mas qué discurro? vamos, y al destino sirvamos, que aún no está fenecida la fábula horrorosa de mi vida. Señora, el Rey me ordeja conduciros al punto a la Ciudad, Debó seguiros: muy grata es para mí esa escolta: pero perdona que primero de mi buen Padre despedirme es justo. Licito es permitiros ese guato. Dónde está? Yo lo ignoro; mas debía volver muy presto, y si la fantasía no me miente, paréceme que llega. Es tal vez, ese anciano, que sé entrega de la colina al valle? Él es; oh, cuanto temo en mi ausencia ocasionar llanto. Hija, ya los Pastores:: mas qué veo? acaso es este el Rey? No: mas le creo del Rey valido. Y trae a nuestra selva la peste de la Corte? haz que se vuelva, y quedemos en paz a vivir nuevo. Sé irá; mas yo también seguirlo debo. Cómo? qué es lo que dices? Que a la Corte debo volver con él, que ella es mí norte. Tú deliras Griselda? . No deliro. Cielos dadme valor para un sus piro. Hija; si me abándonas despechado terminaré mis días. . Cielo airado! tu morir despechado? Ay Dios! mas esto contigo quedaré. . Trance funesto! Mi dulce amor; contigo mi alegría no acabará jamás. . Oh infausto día! Griselda, ahora es forzoso que te acuerdes del mándato del Rey: mira que pierdes el mérito hasta ahora granjeado, si dejas su decreto desairado. Dices bien: vamos luego: Padre mío no puedo detenerme. Y tu hombre impío, quién eres, que con saña tan prolija del corazón de un Padre arrancas la hija? así, cruel a la naturaleza e. ofendes? no conmueve tu terneza de un anciano afligido el triste llanto? infelice, que haré? . Sigue a tu hija. No, no es posible que ese me. dio elija. Morir de dolor quiero entre estas breñas, antes que ver la Corte, ni aún sus señas. Tan enemigo de las Cortes eres? Erradamente infieres: no lo soy de las Cortes, de sus vicios sí. . Si tus interiores son propicios a la virtud, y sigues sus empleos, puedes ser justo en medio de los reos. Fácilmente el contagio prender sab. De todo error te libra tu edad grave. Tal vez rejuvenece el más anciano. No el que es sabio cual tú. No fío en vano de mí; la verde selva me asegura. Pues sígueme Griselda. Suerte dura! Padre, fuerza es dejarte. Pues para siempre a Dios: Grisel- dal parte. Para siempre? volverte a ver espera mi amor muy brevemente. Lisonjera esperanza! mis años dan a mi vida triates desengaños, y el pesar los agrava de tal suerte, que mi esperanza solo está en la muerte. De ti cuidará el Cielo. Sí, hija mía! parte, y en mí no pienses: fatal día! Pues por qué? ay infeliz! Porque muy presto Hija:: oh, Dios! . Adiós Padre querido. , . moriré yo. Señor, si escucháis esto . como podré partir? infeliz suerte? No siempre da la muerte un intenso dolor: sobre sí mismo volverá, y moderado el parsismo hará de su razón uso prudente. No es la primera vez; aunque hoy lo siente que de él te separaste: cese la pena: el sentimiento baste. Adiós Padre adorado. Todo lo entiendo: en fin; te han encantado lisonjas cortesanas: ve: qué esperas? Qué dices? qué imaginas? ansias fieras! Nada imagino, ve. Mas si enojado has de quedar conmigo, Padre amado, cómo podré partir? . Griselda, tardas gran tiempo en resolver: si más aguar- das me iré, y diré a Gualtero: Gualtero? Ay dulce nombre aun- que severo que a obedecer me obliga! Padre mío, perdona mi desvió si cruel te parece. Un tierno esposó me espera; por mi clama un hijo hermoso: de ti la vida he recivido: es fijo; pero yo se la he dado luego aún hijo; sígueme pues sí quieres: mas si la selva a todo bien prefieres, queda en paz, que yo fío volverte a ver muy presto Padre mío; y en tanto a mi hijo vuelo en quien aguardo todo mi consuelo; si vivo, a disfrutar sus luces claras, y si muerto, a llorar sobre sus aras. ADios: una mirada afable pido, Padre. Hija:: oh, Dios! . Adiós Padre querido. , . Ven, oh, muerte, qué tardas? todavía no cortas el torpe hilo a la edad mía? viví alegre hasta hoy, mas hoy parece, según mi pena con mis años crece, un continuo morir, el vivir mío. Padece un temerario desvarío quien ser feliz espera en la patria del llanto verdadera; solamente es dichoso el peregrino cuando al término llega del camino. Desde que se hizo esclava la humanidad del vicio, mal se alaba de poder gozar paces en la tierra: mísero Atandro; al menos muerto hu- vieses hayer, que hoy no es porible padecieses mayormal, que el trastorno de una vida pero es forzoso respetar la herida en quien el Santo Cielo se complace: Llorando el hombre nace, y así es justo también que en igual suerte viva el hombre llorando hasta la muerte. ACTO TERCERO
JORNADA TERCERA
Conducid luegó a Otón de sus cadenas a mi vista: partid: quien tan impío destino sufrió nunca en igual suerte? de que sirve el Reinar? de que el do- minio si he de vivir sujeto a mis vasallos? ni aún puedo amar aquel objeto mismo que es tan grato a mi alma: se me im- pide estrechar a mi pecho enternecido el Ídolo que adoro: me violentan a ser cruel con lo que más estimo; y por cumplir de una razón tirana de estado los preceptos ilusivos, veo llorar a Griselda, mas no puedo consolar su dolor, templar el mío; soy ingrato, y soy fiel, piadoso, y fiero, y por ajena culpa cruel conmigo. Que aunque pudiera el rayo de mis iras a ese inconstante Pueblo reducirlo a su deber, haciendo que Griselda desde el Trono díctase su castigo; no intento que le deba a la violencia, el triunfo que en su mérito imagino; sino que en el crisol de las desdichas su virtud se acrédite, y confundido vea el Pueblo cuan digna fue Griselda de renunciar en su solio, y mi cariño. Amor, dame socorro: a mi Mo- narca humildemente mi obediencia inclino. Otón, antes de hablar, piensa que suelen parecer menos graves los delitos confesados; quien niega un crimen, nuevo atentado comete, y menos digno le hace su falsedad de la clemencia; declara la verdad, y a tu atrevido error, más fácil el perdón prometo: fue robar a Griselda tu designio? Vos lo vistéis Señor. Donde intentabas robada conducirla? A inculto sitio lejos de estas riberas, donde nunca recobrarla pudiese tu cariño. A qué fin? Gran Señor, piedad. Levanta: declarate. Cuando en el Trono invicto se ostentaba tu esposa, y Reina mía, miraron a Griselda, mis sumisos ojos como vasallo. Sabe el Cielo si a más mi pensamiento se ha atrevido io d , chas en mi pecho piedad, y a este incentivo sucedió el del amor. Cielos, qué escucho? adoras a Griselda? . Amor ha sido quién me indujo a robarla: y que no puede dentro de un corazón enardecido la violencia de amor? Pero robarla? en el humilde estado a que el destino la condujo pudiera despreciarte? Prové en vano diversos artificios; el ruego, la amenaza, la lisonja, pero inutilizó su esfuerzo él mío. Dulce es posal y robarla proyec. y taste. Para lograrla ignoro otro camino. No temiste el rigor de la ira mía? De tu ira gran Señor? Porque motivo? en que delito incurro, si cuando amo a Griselda, solo amo un desperdicio de tu desdén, o de tu amor. Amando a quien odio te hiciste mi enemigo. Luego no la amas? erré, Señor, no puedo negarlo, pero advierte que delitos de amor son disculpables. A los nobles méritos que contemplo succesivos de tus predecesores en ti, debes el perdón. Las piedades que examino en tu amor, heroe justo, reverencio. Mas como sufrir puedes Rey invicto, que quien un tiempo Reina fue, y tu esposa viva hoy en desamparo tan indigno? Qué pretendes decir? Que vos pudierais ensalzar la virtud, y ese desevido. de vuestro amor, no abandonar. Yo hice lo que mi Reino, y tu consejo quiso. Y así te hiciste amable a tus va- Sallos: mas si a Griselda odiaban vengativos en el Solio, no piden que Griselda sufra en el bosque la ira del destino, Y que debo yo hacer? Señor, permite su mano a mis lealtades: su martirio tendrá asi recompensa. Otón, ya entiendo. Venga Griselda al punto. Dios, que he ohido? Conoce Otón si te amo: yo te juré que Griselda se rinda a tu caristo, cuando yo me desposé con Oronta. Oh, dicha singular! beso rendido tu planta, y del favor:: No: antes, espera que la merced se cumpla, y después fino me rendirás las gracias: ve, que en breves instantes, has de ver Oton cumplidos tus hados. Gran Señor: quien más felice canbiar la suerte en un momento ha visto? Cielos, que ohí? Oton fue quien lisonjero me acontis el repudo, y ahora del msimo: amante de Grieelda se declara? ah que este fue el origen del iniquo tumulto: este traidor probó arrojarla del trono, por lograr su intento in- digno. Cielos, no me ocultís lo verdadero, porque a vista del orbe discursivo, logre Griselda el premio a sus vir. tudes, y este aleve en perderla su castigó. Cuan gozosa, o Señor, lle- go a tus plantas. Siempre más adorable la examino. Griselda, en este albergue fuiste un tiempo Reina; hoy debes servir en su recinto: cumple tu nuevo cargo. Y que me ordenas? cimpón: luego serás obedecido, menos en el precepto de no amarte. Ya se avecina la hora en que conmigo debo guiar la nueva esposa al trono. Dispón la regia pompa que apercivo; dirige tu familia, y servidumbre: haz recuerdo del día en que al dominio ascendiste, y exceda el aparato cuanto la nueva Reina te ha exce- dido. Me excede Oronta en dicha, en belleza, mas no en fidelidad. Que has presumido decir? Que cual lo fui, seré fiel siempre, y que a cumplir tus órdenes me obligo. Aún todo eso no basta; ve a mí esposa, y hablala de mi amor. Di que has oído estas tiernas palabras en mi labio: tú eres el alma mía: en ti confío la paz del corazón: en tu hermosura veo el astro que reina en mi destino. Ídolo de mi vida; Si me vieses el corazón de penas combatido; te moviera a piedad. Y conmigo habla Gualtero de esta suerte? A Oronta digo. o , o s, e el engaño alqqe me dsndeaddl aldobemio Dile en mi nombre: querida esposa, tu eres sola el imán de mi albedrío: juro morir primero que dejarte de amar: ah, demasiado tus echizos encantan mis potencias! en el fuego de tu hermosura salamandra vivo. Alma mía Griselda: . A mí? Griselda, así explicarla debes mi cariño a Oronta. Ay de mí triste! y que me mandas? yo he de ser tan cruel, Señor, con migo? yo le debo llevar a otro el concuelo, y darme a mí la muerte? ah, Rey ninvieto qué dura ley es esta? . Tú lo dices: es la ley que imponerte tu Rey quiso, El decreto Real cumplo. Demasiado funestan tus lamentos repetidos el júbilo comun a serena el rostró, y ahoga dentro del alma los suspiros. Tenga tu corazón, aunque se abrase, a tus penas un término prescripio; no suspires, no llores, ni demuestres tus ojos a la vista humedecidos; no mires a la esposa sin agrado, no la hables con rigor, ira, o desvío; sírvela, y ten constancia: hay triate esposa! cuanto dolor me cuesta tu martirio! . Aún en mi pena, en mi tormento fiero me impiden el quejarme, y es preciso sentir el rayo, y cautelar la herida. Demasiado cruel, astro enemigo, eres, si el llanto niegas todabía a quien pide favor, piedad, y auxilio. Pero ya desespero de uno, y otro, ya ya entre tantos pesares me imagino al umbral de la muerte: mas si puedo he de dejar en mi postrer conflicto una prueba mayor de mi constancia para eterna memoria de los siglos. . He resuelto hermano: debo partir: mas no me detengas. juzgas que esa idea nace de constancia, y es vileza. Y que deberé quedarme para baldón, para afrenta de un destino cruel? . No es tan cruel? como tu piensas. Que más cruel, me quita el alma en Oronta bella? privas Tú eres quien de ella te si de sus ojos te ausentas. Y si persevero, di? No pierdes una serena esperanza de improviso. A! ya no me lisonjean esas vanas esperanzas. He resuelto: aDios. . Espera: y partirás sin mirar a Oronta? . Sí; porque al verla se aumentará mi dolor. Y querrás dar a su pena más causa? quieres que ingrato te llamo? . Y dirás que deba esperar mirarla en brazos de otro esposo? . Hasta eso espera; y parte después. . Ah, Cielos! tú, hermano, matarme intentas, Oronta sale: ella puede darte vida: sija en ella tus ojos, y si albedrío para dejarla te queda, déjala, y vete. Oronta es: ay Dios! partiré sin verla. Príncipe, aguarda: inhumano así huyes, casí te ausentas, aunque el corazón me dejes cuando tú el mío te llevas? sin verme quieres partir? quién tu ingratitud creyera ah, Cieloz.! No te juzgué capaz de tanta fiereza. Oronta, una digna esposa de un gran Monarca, una Reina, que puede querer de mí? ver mi llanto? oír mis quejas? Honor tirano! enemigo cruel de naturaleza, con cuanto rigor me oprimes! dices, bien Roberto: vuela, apártate, de mis ojos; mas sabe para tu pena, o para tu gozo, que podrá ser de otro dueño está mano, pero siempre tuyo mi corazón. . Por clemencia no mézames, o no lo digas, paraque en la duda acerba más presuroso, sino mas libre mis pie se mueva para alejarse: sería demasiado lisonjera tal fe, a su tardanza. . Ve, Roberto, no te detengas: yo apresuro tu partida: ve, pues, que en la negligencia peligra mucho mi pecho. Si haré; al bárbara estrella! mas cuando lejos de ti a este triste amante breas, que dirás? qué harás mi bien? Lágrimas, suspiros, quejas enviaré del corazón; tu memoria, de mi idea será el objeto más vivo. Y tú mi bien cuando sepas que tu amada es de otro dueño, que pensarás? . Cesa, cesa, moriré desesperado. Ba Ah inhumana suerte adversa! Bárbaro amor; tú que has cido el móvil de nuestras penas, no me separes de Oronta, o haz que a sus ojos fallezca. Escucha mis tiernos votos: . amor injusto, o eternamente enlaza aquestas manos, o a tus impiedades muera. Para ciempre amor piadoso aceptando ambas ofertas enlace vuestros destinos. Ay de mi Cielos! . Griselda: Con tan dulce afecto asciendes al Real tálamo, Princesa, y tú, Roberto, al Palacio de un Monarca que te osequia llegas con ese respeto? con esa lealtad? Es esta de une himeneo la pura intacta fe? la suprema ley de la hospitalidad de aquesta suerte se observa? en el día de sus bodas, dentro de su casa regía no amas a un esposo? . a un Rey. No temes cuando le afrentas? . oh indignos afectos! villanas correspondencias! Mísera: . Qué diré? . Sabe, más advertida, o Griselda, que mi amor es inocente. Y no presumas que ofenda con afecto indecoroso del Monarca la grandeza. Y los suspiros? y el llanto? no tiene la esposa honesta, ni corazón en el pecho, ni discursos en la idea, ni palabras en el labio que por su esposo no sean. En ese silencio Mancha su cándido honor aún la sombra más ligera, Ah inhumana suerte adversa! Bárbaro amor; tú que has cido un pasajero deseo, una insinuación incierta. No, no; mi celo no debe amor injusto, o eternamente callarle al Rey sus ofensas: le ultraja quien sus agravios disimula, y no los venga. Criselda, piedad: lo juro a los Cielos, y a la tierra: es inocente mi amor, y en mi afecto no hay bajeza. Oh, escandalosos pretextos de los amantes! di, eran actos de virtud, y honor los álagos, y ternezas? dos jovenes en la edad de su gentil primavera hablando de amor, y debo creer que influya la inocencia sus coloquios? No : comprendo el arcano que resueña vuestro corazón, y es justo que también el Rey le sepa. Griselda? . OhDios! Tu irritada, y vosotros, almas bellas en tal confusión? Por qué? Y habré de doblar sus penas declarando su delito? Hablad. No me hagáis violencia invicto Señor, a que diga lo que no quisiera haber visto. . Pues qué has visto? habla Oronta; no enmudezcas: Roberto da valor al labio; todavía perseveras consuso? En ese silencio su delito considera. Será capaz de delito aquel corazón? . Diversas veces engaña a la vista, Señor, la exterior modestía, de un semblante, como suele el áspid entre la hierba. . Qué culpa. Amor es su culpa; ya quie los ohs yo misma discurrir en! sus ipasiones. Y por qué se amén te alteras? El celo de tu honor pudo: Vil mujer, como demuestras ser nacida entre los bosques! tu ingratitud te condena. Te sacó de tu cabaña infelice Oronta bella para que velases sobre sus accionos? no te acuerdas de que debes venerarla como a mi esposa, y tu Reina? olvida tu antiguo ser, y al presente te sujeta. Mas mi obligación Señor:: Obedeciendo la observas. El respeto: . Se le debes a mi esposa. . Mas pudiera por el honor tuyo:? . Y quién te elige para que seas guardíia del tálamo Real? que te importa a ti que tenga Oronta más dosun rendido idólatra, de sus prendas, que sus afectos divida, y ame, según le parezca, a Roberto, o a su esposo? A me Señor, cuanto quiera, que si es gustoso mi Rey, yo quedo muy satisfecha. Qué escucho Cielos benignos? Qué más gozo mi alma espera? Ohiste? . Si ohí Señor; pero es forzoso que adviertas que las acciones de un Rey son leyes: que al vulgo enseñan: demásiado miserable es ya por naturaleza el mundo,sin que se agregue a sus costumbres perversas el ejemplo de un Monarca: y si estes inulto desprecias; verás en muy poco tiempo robar las espsoas tiernas, los tálamos profanados, la fe conyugal disuelta, olvidados los respetos, y los delitos sin rienda. Mucho has dicho, y demasiado, rústica mujer grosera, ofendes con tus discursos la honestidad, y belleza de mi amada: reflejiona su estado sublime. . Es Reina. Considera el tuyo. . Soy quien hoy a servirla empieza. Y sí por distinto objeto la ves arder:: . Seré ciega. Si la oyes hablar de amor: Enmudecerá mi lengua, si no ensordece mi oído. Y si a tu vista de muestra sus pasiones a Roberto, no quiebres la ley impuesta. Sirve, y calla. . tus preceptos venerara mi obediencia sirviendo, y callando; y cual tú lo eres, haré que sean ciegos, mis ojos, y torpes mis oídos: vuelva, vuelva, felicísimos amantes, a encenderse vuestra hoguera: no temáis de mí, que cuando el Rey quiere protejerla dando somento a su llama, no la extinguirá Griselda. Señor, de mi decoro el esmalte: . Si mi ausencia que voluntario ejecuta:: Tened, que más me ofende esa intempestiva disculpa, que vuestra pasión: aprueba el Cielo vuestro cariño. 1a Tu Oronta terharías area, si no amaras a Roberto. Tu Roberto delinquieras separándote des Oronta. Y así, mi fer os aconseja que prosigáis en amaros sin que el temor os suspenda. Y que pues no me ofendéis, ni vuestro, amor en mi engendra la ponzoña de los celos; si os reprime mi presencia, partiré amados a donde haceros felices pueda.e. Me engaño? . Es sueño? El Rey mismo sopiarro. es quien suspende mi ausencia? Mi esposo es quien me insinua que en adorarte. no ceda? Sí; pero, ah no me aseguro. También mi pecho recela. Qué resuelves tú, bien mío? Tú, mi amor, que me aconsejas? Quedarme es delito, y riesgo. Quererte es riesgo, y ofensa. Pero si el Rey me asegura: Mas si mi esposo me ordena que te ame: . Por qué me escuso? El obedecerle es fuerza. Y ruego al Cielo piadoso Ídolo mío, que vierta t . sue ira en mi pecho la muerte antes que mi pasión ceda, ni a la razón de los hados, ni al influjo de la estrella. Ve, aquí, Príncipe el fatal De tanto amor, de una fe tan constante, y verdadera A este sitio el Rey nos llama siga también yo el ejemplo: bien podrá la suerte adverza extinguir mi vida, pero no la llama que en mi alienta. Mas qué profieres? a donde tus frenesíes tes llevan inconsiderada Oronta? tu hacer tan indigna ofensa al respeto conyugal siendo ya consorte, ey Reina, aunque lo permita el hado, y aunque el amor lo pretenda? mas tú podrás, encendida de juna llama tan violenta abandonar a tu objeto! leyes tiranas, y acerbas de amor, y deber, vosotras abanderizáis mis penas, y no sabe el corazón darme consejo que pueda llevar a puerto seguro mi decoro, o mi fineza; que en golfos de pensamientos corriendo suerte desecha, Mi esposo es quien me insinua a pesar de la razón, vacilan, dudan, y tiemblan. Ministros, apresurad la Real pompa: tan alegre día exalten los vasallos; y sirva más diligente y júbilosa a su dueño familia, nobleza, y plebe, mientras se inunda Griselda en su llanto interiormente. Mas aquí Oronta, y Roberto se acercan: cumplo las leyes que me impusó el Rey: me aparto paraque en libertad queden. Ve, aquí, Príncipe el fatal momento en qué para siempre te debo perder: y aúne te amo a despecho de la suerte. A este sitio el Rey nos llama porque unidos en él quiere vernos: mas por qué? el arcano yo no llego a compreenderle; pero a pesar del destino seré tuyo eternamente. Y yo he de morir mi bien, o vivir contigo: en este trance infiel que me avecina al paso? que el alma teme, aún la esperanza me adula. Es ilusión de un ardiente deseo: nuestro peligro mas distante nos parece tal vez cuando más cercano. Este es el trono: el Rey viene; ya, Oronta, mía no eres mas permíteme una mano, en cuya esfera del nieve grave mi labio la prenda de una fe que nunca muere. Mano en! quien fijé mis dichas, en fin, habré de perderte? Cruel destino! . Fatall sinrazón! . Injuria fuerte! el Rey los ve, y no sé enoja: divinos Cielos, que quiere decir sobre tanto amor, prudencia tan indecente? Más Griselda. . No temáis: no, no os alteréis de verme, que soy sorda, y ciega. . El Rey. tiócil Ya mi esperanza fallece. Ah Griselda está pronto cuanto de tu cuidado depende? Solo falta el soberano Cielos! que será? Imperio tuyo. . Impaciente es mi amor. . También Griselda de ti amada llegó a verse. Su bajeza extinguió el fuego, Y en ellas busca mi vida des esa llama. . Eternamente Levanta: Griselda escucha. Mi objeto es obedecerte. Demasiado hasta hoy sufriste arda por la nueva esposa: pero gran Señor, no intentes exigir de eila el ejemplo que en mi tolerancia tiene. Yo, desgraciada mujer, acostumbrada a una suerte oscura, y sin tangre Real, puedo sufrir cuanto quieres; mas ella hija, de un Monarca, nacida entre explendideces de une trono, mal sufriría desprecio, afrenta, y desdenes. Ah; qué virtud! . Qué bondad? El corazón se enternece. Qué más aguardas Señor? Aguardo más evidente prueba de su heroicidad, y su valor: que Otón llegue. Obedezco, pero mira . Señor, que infinitas veces no se estraña que en las pruebas, espada, y cristal se quiebren. En el bello corazón de Griselda, cuerdamente . confío? posible! es que jamás he de ver alegre de Oronta, y Roberto el rostro? ha turbado nuevamente Griselda vuestros solaces? Y porqué debo oponerme a lo que mi dueño ordena? No hablas Roberto? Es tan fuerte mi: afán, que me hiela el labio. Y tú también enmudeces? Mis dudas no le permiten al pecho voz con que aliente. Dentro de un instante, creo que afanes, y dudas cesen. Cielos! que será? Oton llega a tus plantas obediente. Y en ellas busca mi vida el sagrado que apetece. Levanta: Griselda escucha. Mi objeto es obedecerte. Demasiado hasta hoy sufriste mus mujer! gran premio merece tu constancia, y tu valor mi real ánimo conmueve. Desde hoy no será Griselda Pastora en el bosque agreste, ninoscura Dama en la Corte que solo en servir se emplee; desde hoy debe ser:: . Qué? Esposa de Otón. Deidades valedme! Dichas, que escucho? Yo esposa de Otón? Sí; que te suspende? él es el más digno apoyo de mi cetro, y su amor puede contrapesar, tus desdichas. Yo esposa de quien aleve en la sangre de un tierno hijo manchó su acero inclemente? Hola. . . Qué veo? . Aquí está vivo Everardo: qué temes? Ay hijo! ay dulce consuelo de mi alma! . Solo debes a Otón tu apreciable vida. Él debió darle la muerte; porque te amó demasiado no lo hizo, y supo esconderle: justo es que tu mano ahora sus nobles piedades premie. Si los ruegos de un amante Griselda, no te convencen, cede al precepto del Rey. Señor, mirada . Obedece. Mi Rey, mi deidad, mi numen, y por destinos crueles mi esposo un tiempo; tú sabes si del precepto más leve que tus labios expresaron hice a mi albedrío leyes, o dilo tu Pueblo llustre de Tesalia que me atiendes. Tú me arrojaste del trono, y no he llorado el perderle; el destierro me impusirte, y en él supe contenerme; vuelvo a los Bosqués Pastora, y no he culpado a la suerte, Me conducen a la Corte, y en ella sufro obediente penas, sustos, vituperios, desprecio, afrenta, y desdenes, todo, todo lo he sufrido sin culpar tus esquiveces, sin calumniarte de ingrato, sin llamarte infiel, ni aleve, y aún sufriria por ti mas, si más sufrirte puede: pero qué de Otones a esposa? que a otro mi albedrió entregua mi corazón? la fe mía? ah, perdona, Señor, que este es el dulce, y solo bien que de tu imperio inclemente para mí me, he reservado, y le defenderé, siempre. Vivi tuya, y tuya debo morir aunque a ti te pese, Sin que triunfen de mi amor, Sin que mi constancia truequen lisonja, ruego, amenaza, injuria, desdicha, y muerte. Lágrimas, no declaréis mis sentimientos: resuelve: dale la mano, o morir. Ah, Señor, morir mil veces: Soldados, nuevos tormentos contra mi vida se inventen para hacer mi muerte horrible. No hay quien a la gloria anhele de lograr el primer golpe que mi corazón penetre? Otón, llega, si ya no hay mas impío ministro entre todos; traspasa mi pecho, y en su candidez aprende como se le guarda fe al Soberano: crueles, todos por mucha piedad conmigo sois inclementes. Esposo mío, esa mano que pudo formar m suerte, acabe mi triste vida, Si: quien al golpe fallece de la mano que idolatra puede decirse que muere. Señor, no te compadezcas de mi vida: solamente de mi tierno hijo Everardo ten la compasión que debes; de aquel hijo en cuyas! venas también tu sangre se enciende, que si nació de vil madre por ten desgraciada suerte, por su venturos a estrella, de heroico padre procede. Este es el que te encomiendos perdónale un inocente delito; adiós Everardo; a Dios, adios para siompre. Yo espero, sí, que algún día llorarás! amargamente al escuchar los sucesos que hoy insensible no entiendes de tu madre infeliz: llega Señor; en qué te detienes? esgrime el templado acero, mi leal corazón hiere, no retardes el estrago; que antes que a recibir llegue la vida de ajeno impulsa, pido a tu mano la muerte. No, corazón mío: basta; ven a mi pecho: tu eres mi digna esposa. Qué escucho! deidades, que me sucede? Señor: Pueblo de Tesalia que hoy te ves reo inclemente contra el Cielo, y contra e oponiéndote a ambas leyes; mira, para tu rubor, que Reina supe ofrecerte, y a que esposa di la mano. la virtud, no el accidente de la grandeza, y la sangre hizo gloriosas sus sienes dignas de la Rcal diadema: coneced ingratas gentes a que grado de virtud la infeliz Criselda asciende. Fingí con ella rigores, a fin de que descubriereis vosotros mismos el velo del engaño que os pasce, Arrepentios, impías almas del orror presente, y rendid a tu constancia, la justicia que se dobe. Mas si algún traidor vasallo, presuntuoso, y robelde a mis preceptos se excusa, de su dominio se ofende, y ante la imagen que adoro doblar la rodilla siente, yo sabré hacer, por ejemplo de atrevimientos aleves, que su cerviz destrozada eirva a sus pies de tapete. En el silencio demuestran la confusión que sorprende sus animos. Y Otón? Yo la verdad os declaro: publico tamulto ha sido una culpa que en mí tiene su origen: yo fui, Señor, quien movido a una vehemente fuerza de amor, incité al Reino distintas veces a la ira: sobre las almas vulgares, mucho ascendiente las dádivas se adquirieron, y en los nobles pudo hacerse culpa el ejemplo: a tus pies arrepentido me tienes: pague mi vida tu injuria. Me hasta que la confieses, y te perdono. Mas tú, Griselda el labio no mueves, y a tu felice destino apenas muestras alegre el bello rostro? tal vez a tu ventura no eres, o aún no es completo tu gozo? Perdona que no lo niegue: siento la pena de Oronta: digna era de ti, y te pierde. Mas, Griselda, una hija mía cómo ser mi esposa puede? Qué dices, Señor? Conrado, (si aún lo dudas) te revele el suceso. Sí, Cricelda: tus pesares se consuelen; aquella hija que llorasto muerta, es la que ves presente. Ay hija! Oh, madre! Esperanza feliz a renacer vuelve. Esta es la que me confín en las fajas inocentea el Rey la primera vez que se amotinó, la plebe. Vio cuanto era su peligro; fingió haberla dado muerte, y manda que al Soberano de Sicilia se la entregue en su nombre: con Roberto suedad, y su pasión crecen, y ahora al pecho de su amada, verdadera madre vuelve. El corazón me predijo tal dicha, más comprenderle no puede: dulce hija mía, ven al mi pecho mil veces. Madre amada, su contacto mis humildades consuele. En fin, Roberto, llegó la ocasión de que se premie tu amante fe: te concedo la mano de Oronta, Oh suerte feliz! mano, y corazón mi bien, a tus pies se ofrecen. Yo acepto don tan precioso: tros felicidades cuente mi fortuna, pues el Cielo en un día me concede un padre, una madre, un tierno esposo que adoré siempre. Ven, cara Griselda a un trono que hoy más que nunca ser debe a tu constancia, y virtud. ven, y a su esfera eminente conduce al tierno hijo tuyo en quien Tesalia venere un digno succesor mío; y si alguno se resiente columniando mi elección, ahora declararse puede. Todos la aprueban Señor. l . Fescien mis placeres el corazón de una esposa, y el de una madre igualmente. Vengo a resarcir mis daños con la gloria que me adquieren. Y advierta el mundo en mi ejemplo l . que no es grande ni excelente quien tal nació, sino quien por sí mismo se engrandece, que este es noble por virtud, pero aquel por accidente.
