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Texto digital de La condesa perseguida y el capuchino escocés

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Atribución tradicional
Félix de Adsaneta
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No es posible No concluyente
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la transcripción automática de una suelta (Valencia, Viuda de Josef de Orga, 1762).

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La condesa perseguida y el capuchino escocés. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/condesa-perseguida-y-el-capuchino-escoces-la.

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LA CONDESA PERSEGUIDA Y EL CAPUCHINO ESCOCÉS

JORNADA PRIMERA

Vere a mis manos, traidora. Detente, Conde, detente. Ay de mí! Conde alevoso: muerta soy: Jesús, valedme. Déjame, Floro, no estorbes la ejecución de su muerte. Señor, reprime tu enojo, y no ensangrentar intentes tu limpio acero en la sangre de la Condesa inocente. Vive el Cielo, que he de ver su villania rebelde castigada con rigor, ya que no le di la muerte. Hay duendes en esta casa? qué estruendo ruidoso es este? Sin duda, que están borrachos los que a tal hora se meten en pendencias dentro casa: deténganse, impertinentes, que no nos dejan dormir con sus dimes, y diretes. Señor mira que tu esposa padece eclipses de muerte, poseida de un desmayo. Ojalá en él feneciese; y el deliquio ejecutase, lo que este acero luciente por ti ejecutar no pudo. Qué diablo de enredo es este? mi ama allí desmayada, mi amo aquí tan valiente: juro a Dios, que algún rufian se ha metido, en el retrete; pero no, que es una santa la Condesa, y con tal gente no dice su calidad, ni su honestidad consiente aún la más leve sospecha de trato menos decente. Ay Jesús! . Alzad, señora. Valedme, Cielos, valedme. Atadle, Floro, las manos a esa traidora rebelde, y a la Torre de mi Quinta presa la llevad; ponedle allí grillos, y cadenas, para que el hierro sujete su indomita voluntad, ya que rendirse no quiere con blandura a la ley santa de Calvino. . Conde aleve, no llames santa la ley, que profesas ciegamente; porque es error de Calvino todo cuanto ella contiene. Por la ley fue la pendencia, según se ve: de estas leyes se originan cada día mil pleitos y remoquetes entre el Conde y la Condesa; y es disparate solemne querer contra toda ley mover pleito por las leyes. Floro, al punto ejecutad lo que os mando. . No consiente, señor mi compasión tierna, que te obedezca; ni pueden poner por obra mis manos lo que mandas. . Pues advierte, que pagarás con la vida, si persistes renitente en no ejecutar el orden que te doy. . Obedecerte será forzoso, pues veo que otro remedio no tiene. Vive Dios, que el buen Florillo tiene temor a la muerte. Perdonad, noble señora, que aunque el corazón lo siente, he de ejecutar por fuerza lo que me mandan. . Bien puedes atarme, Floro las manos, ya que el Conde así lo quiere; pues por la Fe de la Iglesia, que profeso, alegremente padeceré las prisiones. Aprieta. bien los cordeles, que no es digna de piedad la que así obstinadamente sigue los Rómanos dogmas, y el Calvinismo aborrece. Conde, no me aprietes tanto, que no es bien que así atormentes de una mujer infelice las manos, que diligentes te sirvieron como a esposo. Señor, quieres que reviente la sangre por las muñecas? corazón de Tigre tienes: si a tu esposa así maltratas, qué harías si me cogieses en falso latín a mí? Floro, al instante, obediente ejecutad lo que os mando: ponedla en prisiones fuertes, y mirad que os va la vida, en que asegurada quede en la cárcel su persona. Ya es fuerza el obedecerte: vamos, señora, a la cárcel, que pues el Conde lo quiere, habréis de ser prisionera, aunque seáis inocente. Si por Católica el Conde obstinado me aborrece, como Católica yo padeceré hasta la muerte grillos, cadenas, prisio y cuantas penas intente ejecutar contra mí, fiero, cruel, inclemente. Vive Dios, que a no temer, como Florillo, a la muerte, quitara al Conde la vida, por librar a esta inocente. El Conde es hombre inhumano, que por defectillos leves impone penas atroces: a mi suele muchas veces ponerme en un calabozo, y allí sin comer me tiene las doce y las veinte y cuatro, y más, si bien le parece. Menos padece un esclavo entre Agarenos crueles, que yo en la casa del Conde; y soy tan gran baduleque, que no dejo de servirle, tratándome malamente: podrá ser, si no se enmienda, que sin Golondro se quede. . Acaba, bella Rosaura, no me tengas más suspenso. Ay, que mi pena, señor, la voz ahoga en el pecho: y al querer articular con la lengua los acentos, se me añuda la garganta, a fuerza del sentimiento. Con ansia deseo ya, que de tu pena, y tormento expliques en algún modo el motivo, y fundamento. Sabrás, pues, que el Conde Forbes de cólera, y furor ciego, a tu hermana Margarita (qué dolor!) con gran denuedo, después de haberla ultrajado con tiranos vilipendios, en la Torre de su Quinta, cargada de duros hierros, la tiene presa. . Qué escucho! Y es tan malo el tratamiento, que da a su noble persona, que aún el preciso sustento le niega, a fin de que muera; el y si Floro no le acudiera piadoso con lo necesario, es cierto, que de hambre, y sed oprimida; rindiera el último aliento. Esa noticia, Rosaura, me causa tal sentimiento, que de pena el corazón sus alas está batiendo con tal ansia, y sobresalto, que no me cabe en el pecho. Margárita prisionera, cargada de duros hierros, sin poder yo socorrerla, ni otro alguno de sus deudos? Margárita en una cárcel, y yo librarla no puedo? Margarita en tal conflicto, sin alivio, sin consuelo, y no puedo yo librarla en sus penas y tormentos? no sé como con la vida no acaba el dolor que siento! Rosaura, en lance tan triste me hallo falto de consejo; pues si a librarla me aplico, su vida, y la mía arriesgo: porque si los Calvinistas, y el Conde Forbes con ellos, llegan a saber quien soy, me han de coger prisionero, y la vida han de quitarme los Hereges sin remedio. Tú ya sabes como yo soy Religioso profeso Sacerdote Jesuita, que con Católico celo ejército disfrazado de Misionista el empleo en este secular traje, de que es preciso valernos los Capuchinos, nosotros, y los demás Misioneros, para convertir las almas de este desdichado Reino. Si llegan pues, los Hereges a tener indicio de ello, han de matarme sin duda, frustrando así mis intentos, de aprovechar a las armas con Católicos desvelos. Yo, Rosaura, por ahora no hallo camino, ni medio. para librar a mi hermana; pero tir del Carcelero puedes valerte; y si acaso él inclinado a tus ruegos, se resolviere librarla, me darás aviso de ello, para que yo con industria la deposite en secreto en lugar donde no pueda hallarla el Conde soberbio. Aplicaré cuidadosa, para tan piadoso efecto, todos los medios posibles. Dios te asista. Quiera el Cielo, que de tan penosa cárcel a la Condesa libremos. Aprended, flores, de mí, lo que va de ayer a hoy, que ayer maravilla fui, y hoy sombra mía aún no soy. Aprended, flores de mí, Flores, que en pompa, y belleza a deidades aspiráis, ved cuan sujetas estáis del ultraje a la fiereza: No os engañe la grandeza en que os veis, que es frenesí, porque yo en mayor me vi: y pues en flor tan sin par tenéis tan cierto ejemplar: , . Aprended, flores, de mí. A la que ayer tan ufana la visteis entronizada; hoy la miráis ultrajada, como si fuera villana: Con tiranía inhumana presa en esta Torre estoy; todo lo fui, nada soy: con que entender podéis ya, que de un extremo a otro va: , . Lo que va de ayer a hoy. Con ojos de llanto llenos advertiréis, que al compás, que ayer me admiré en lo más, hoy ya me extraño en lo menos: Puesta en los lóbregos senos de esta cárcel, noto en mí; que de cuanto ayer me vi; solo quedará en mi historia, a bien librar, la memoria: , . Que ayer maravilla fui. Los Reales lucimientos, que brillaron en mi cuna, ya los trocó la fortuna en viles abatimientos: Oprimida de tormentos en esta cárcel estoy; flores, escarmiento os doy, pues brillante estrella ayer me visteis resplandecer: , . Y hoy sombra mía aún no soy. Aprended, flores, de mí, Es imposible, Rosaura, lo que pides; y no puedo, sin peligro de la vida; condescender a tus ruegos. Si a Margarita libramos, luego el Conde ha de saberlo; y sabiéndolo, ha de darme la muerte, como ya él mismo me lo tiene así jurado; y de su natural fiero, no dudo que ha de llegar a ejecutarlo así mismo. Pues, Floro, si no es posible por ahora el que logremos la libertad deseada de la Condesa, esperemos ocasión más oportuna para lograr nuestro intento. Si esa ocasión se ofreciere, yo, Rosaura, te prometo aplicarme a que se logre con felicidad, y acierto. Y entre tanto a Margarita daré el posible consuelo en la cárcel, aunque el Conde insta con cruel desvelo, en que la aflija, y maltrate; pero no cabe en mi pecho crueldad tan inhumana. Bien sabe Dios cuanto siento sus penas, sus aflicciones, sus congojas, y lamentos; y cuanto de los trabajos piadoso me compadezco. Pues, Floro, de tu piedad confío: guárdete el Cielo. Aunque pese al Conde ingrato, se ha de lograr nuestro intento. . Ahora me has de decir, Golondro, por qué motivo te quieres ir de mi casa? Pues por dónde lo has sabido, si yo no lo he dicho a nadie? Yo sé muy bien que lo has dicho. A muchos, en varias partes; si que es verdad que lo he dicho, que eso no es decirlo a nadie, antes bien eso es decirlo. Luego lo dijiste? . Sí que lo dije, y que lo digo, y que lo diré también. Pues dime, por qué motivo quieres dejarme Golondro? Te enojaré si lo digo? No me enojaré, bien puedes con seguridad decirlo. Pues si no te has de enojar, empiezo ya a referirlo. Años hace que yo estoy empleado en tu servicio, y no me has dado una blanca; antes bien he recibido, en vez de paga, golpazos, y pesares repetidos. Qué dices, necio ignorante? Si te enojas, no prosigo. Ve diciendo. . Digo, pues, que hartos años he sufrido de tu mala condición los furiosos desatinos. Estás loco? . No por cierto. Pues no es verdad, señor mío, todo cuanto voy diciendo? Vive Dios:: . Y vive Cristo, que callaré si te enojas. Pues no dijiste al principio, que no habías de enojarte? Me pesa de haberlo dicho; pero prosigue, Colondro; que de tu raro capricho, para divertir mis penas he de escuchar desatinos. Digo, pues, que eres un hombre tan cruel, y tan maldito, que tus hechos son de fiera; y si no, atención conmigo. No puede en un pecho humano caber con cruel desvío tan atroz maltratamiento, repudió tan atrevido, y tan insolente acción, como en tu pecho ha cabido contra tu inocente esposa: luego quedas convencido con mi argumento de fiera, de cruel, y de maldito. Qué esto sufra de un villano! Pues no va mal discurrido. Es sobrada desvergüenza, bárbaro, vil, fementido: . Quedo, más quedo, señor. Tu atrevimiento castigo. . Váyanle a decir verdades a este perro: voto a Cristo, que esta tan ciego, y borracho con la fecta de Calvino, que juzga hazañas gloriosas sus bárbaros desatinos. A dónde, triste, errante, y fugitiva, de la saña del Conde vengativa podré evitar los bárbaros rigores? A donde de sus iras, y furores, esconderé mi cuerpo de manera, que no me pueda hallar su saña fiera? Pues libre de prisiones, y cadenas, he podido escapar de tantas penas, fatigas, y trabajos: pero a donde, huyendo del furor ciego del Conde, he llegado? Qué es esto? qué solitario Valle, y qué funesto! en donde el Sol bostezo amaneciendo, llega a ser parasismo seneciendo: las aves en las ramas silenciosas, parece que no cantan de medrosas: la noche va tendiendo el negro manto, y con sus pardas sombras causa espanto. Yo, triste, y afligida, llena de horror me veo aquí perdida; y en la breñuda falda de este monte, cuya cumbre me sirve de Horizonte, he de pasar la noche tristemente, de su rigor sufriendo lo inclemente, hasta que la de Febo amante hermana, con la luz dé principio a la mañana, y pueda proseguir yo mi camino, buscando nuevo rumbo a mi destino. Por qué me llamas, Rosaura, con tanta prisa a estas horas? Te llamo para decirte el triste lance que ignoras. Sabrás, como el Carcelero de la cárcel tenebrosa sacó ayer a Margarita por divertirla, y a solas fueron los dos a una fuente, distante una media hora de la Quinta se durmió el Carcelero a la sombra de un alto, y frondoso roble; y ella entonces presurosa, dejándosele dormido, se escapó (triste congoja!) Noticioso de esto el Conde, de cólera no reposa, en ira cruel se abrasa; y con indignación loca ha mandado a sus criados, que la busquen, y la cojan, y muerta, o viva la traigan: con que ya es precisa cosa, que los criados, o el Conde le han de dar muerte horrorosa. Válgame Dios, qué desdicha! Qué haremos, Rosaura, ahora? socorrerla no es posible; librarla difícil cosa: solo implorar el auxilio del Señor, que la socorra en tan apretado lance, y ocasión tan peligrosa, será oportuno remedio Oh Margárita infelice! que ya mis ojos te lloran, o despojo de la muerte, o blanco de iras furiosas. Triste, sola, afligida, y sin consuelo, pidiendo voy socorro al alto Cielo: cansada de trepar espesas breñas, hollando rocas y pisando peñas, he llegado a este prado delicioso, esmaltado de flores; y es forzoso, que me sirvan las hierbas de alimento, pues desfallezco a falta de sustento; y no tengo manjar más regalado, que la silvestre hierba de este prado. Pero hay triste! que viene presuroso, sobre un bruto alazán, fuerte, y brioso, un hombre bien armado, y del caballo ahora se ha apeado. Estragos a mi vida le fulmina, pues aquí se encamina con la espada en la mano (lance fuerte!) sin duda, que vendrá a darme la muerte. Para poder librarme, de estas matas pretendo yo ampararme: quiera Dios, que en sus ramas escondida evite los peligros de la vida. Por estas soledades fatigada descubrí una mujer muy bien tratada; perdida va sin duda, que en tal traje no fuera sola así por tal paraje, a no hallarse perdida, o con peligro grave de la vida. A buscarla he venido, y discurro, que al verme se ha escondido: Si acaso, noble Dama, te esconde en este sitio alguna rama, bien puedes descubrirte sin recelo, que hallarás el amparo, y el consuelo en este hidalgo pecho, que te llama, pues soy de los Gordonios noble rama. Cielos, qué escucho! Don Rodrigo es este: ya sin recelo es bien me manifieste, pues logro en su venida inopinada la libertad de mí tan deseada. Hy primo de mi alma, que a mi tormenta anuncias dulce calma! A tanto asombro el corazón palpita: No eres tú la Condesa Margarita? Tu prima soy, Rodrigo, no te espantes, que estos son los báibenes inconstantes de la fortuna, a giros de su rueda, que no sabe un instante estarse queda: mis tragedias, que el alma siente, y llora, no puedo referirlas por ahora. Vamos, primo, a tu Quinta con presteza, para que se recobre mi flaqueza, que allí te daré cuenta de mi pena, tragedia, mal, y afrenta. Registrad esas matas con cuidado. No quede mata alguna de ese prado, que no la examinéis para buscarla, pues tanto nos importa el encontrarla. Ay Rodrigo! que aquella vocería en tristeza convierte mi alegría. Del Conde son sin duda los criados, que vienen a prenderme bien armados. No temas, Margarita, ni te espantes, que todos para mí no son bastantes; y si prenderte intentan con arrojo, han de ser de mi acero vil despojo. Si a Margárita no hallamos en este prado florido, si presa no la llevamos a la cárcel, soy perdido, porque el Conde ha de matarme. Pues buen remedio, Florillo, escápate tú también, que yo entiendo hacer lo mismo. Floro, allí está la Condesa. Allí está; mas vive Cristo, que tiene ya quien la guarde. Aquí de Dios, Floro amigo, si la habemos de prender, será a golpes de cuchillo. No me meto en cuchilladas, que fuera gran desatino, por prender a una mujer, meterse un hombre en peligro. Desenvainad las espadas, y con alentado brío, valientes, y generosos pelead los dos conmigo. Vuestra temeraria empresa con este mi acero limpio . hallará en fatal ruina su más sangriento castigo. Muera este arrogante. Muera. Mátele Dios, que le hizo. Es poco vuestro valor para mi valiente brío. Ven a pelear, Golondro. Venid vosotros conmigo, que para quedar con vida, este es el mejor camino. Su valor es sin igual. Retirarnos es preciso. Huid, si no queréis ser estrago del furor mío. Mi libertad se asegura con el valor de Rodrigo, pues con esto quedo libre de todo riesgo, y peligro. Ya, Margarita, estás libre de este penoso conflicto; vamos ahora a mi Quinta, donde quedarás conmigo amparada, y defendida de tu esposo, y tu enemigo. A tu generoso aliento, vida, y alma sacrifico: vamos, Rodrigo, a la Quinta, para dar algún alivio a las penas, y congojas, que afligen el pecho mío. Quiera el Cielo, que las ansias, que tanto te han afligido, se lleguen a terminar en placer, y regocijo. Oh Dios omipotente, cuya Fe soberana, brillante luz de Religión Cristiana, Farol resplandeciente es de los corazones, que brilla, y luce en todas las naciones; pues no hay remota gente en cuanto el Orbe encierra, ni nación hay tan barbará en la tierra que abundante, y frecuente, (llas. con altas glorias bellas, no triunfe en tu Ciudad, patria de estre- El extraño vecino del Rodopeo extremo, alado vino desde el Tracio Hemo. También el Sarmatino, que con hambre sedienta la sangre del caballo le alimenta. Y el que bebe en las olas, y primeras vertientes del encontrado Nilo las corrientes. Los Arabes llegaron con inquietos deseos; madrugaron veloces los Sabeos. Ya que se bañaron con lluvia propicia de su alegre azafrán los de Silicia. Los Sicambros vinieron, de fiero aspecto rudo, prendidos los cabellos con un ñudo. También se condujeron los de Etiopia y todo prendidos los cabellos de otro modo. Una, y otra voz clama; mas sin distancia alguna es siempre de las gentes la voz una, cuando feliz te aclama el propio, y extranjero por Padre de la Patria verdadero. Pero Escocia infelice, que fue tan ilustrada con la luz de la Fe siempre sagrada, ya de lo que fue desdice, siguiendo de Calvino los errores con mísero destino. Y habiendo abandonado la Religión Cristiana, contra tu Fe Católica Romana; así se ha conspirado lo noble, y lo plebeo, que es lamentable estrago cuanto veo. Tu nombre es perseguido, tu Ley desamparada, y tu Fe está vilmente despreciada; pues tanto se ha perdido la Religión Cristiana, que solo es Ley aquí la Calviniana. Al que seguir intenta tu Celestia la crueldad inhumana le destina; con impiedad sangrienta, o al último suplicio, o a ser de la ignominia sacrificio, De mi padre, y hermanos la sangre derramada quedará por blasón eternizada, con lauros soberanos de todos los Gordonios, a pesar del infierno, y los demonios, Mi hermana Margarita, que triste, y sin consuelo padece por tu Fe con tanto anhelo, en altas voces grita, tu favor implorando, pues en llanto se está siempre anegando. Y ahora fugitiva del fuerte calabozo, es el blanco de las iras de su esposo, a cuya saña activa la inocente cordera padecerá sin duda muerte fiera, si vos, divino Amante, con poderosa mano no la libráis piadoso del tirano, que con fiero semblante su muerte solicita. Librad, Señor, del Lobo a la Ovejita, cuyos tiernos bálidos a lástima provocan, y en lamentables ecos siempre tocan a tus sacros oídos, buscando en tus piedades consuelo en su aflicción, y adversidades. Aunque enojado me tienen, Golondro, tus cobardías, nuevos empeños me obligan a rogarte que me asistas. Señor, en servicio tuyo deseo perder la vida: (aquesta va de lisonja, que, vive Dios, es mentira) y si emplearme quisieres, verás en mi valentías; gallo has de verme arrogante, aunque me juzgues gallina. Después que mi ingrata esposa la Torre de mi Quinta se escapó por culpa vuestra, he tenido la noticia, que en la Granja de su primo, donde retirada habita, dio a luz un hermoso niño, que es prenda del alma mía. Mi pretensión es ahora robársele a Margarita; pues si queda en su poder ella me le hará Papista. Para lograr este intento la industria será precisa, apelando a las cautelas engañosas, y fingidas: a cuyo fin he pensado ir disfrazado a la Quinta de Rodrigo, y que tu vengas, Golondro, en mi compañía, a ejecutar este lance, que pretende mi osadía. Dices bien, vamos volando, que te prometo a fe mía, si tú sigues mi dictamen en el robo, que imaginas, hacerte dueño del niño, quitándole a Margarita. Pues no quedarás sin premio; como el efecto se siga. Fortuna infiel, que traidora siempre a ser otra te inclinas; pues solo para ser mala quieres ser fortuna mía: si es tu ser el ser mudable, y tu aplauso el no ser fija; nunca más eres la propia, que cuando no eres la misma. Quitas lo que das violenta: o, felice entre tus dichas quien te quita con dejarlas la gloria de que las quitas. Entre aquel oscuro polvo de tu rueda fugitiva me alumbra, que ya me abates la luz con que me sublimas. Si el triste te espera afable, y el feliz te teme inicua, desdichadas las venturas, venturosas las desdichas. La ocasión es oportuna, pues ya en el jardín estamos, y si el intento logramos, es próspera mi fortuna: No tiene duda ninguna, señor, que lo lograremos, pues para el caso tenemos lo más difícil vencido. Debes estar advertido, Golondro, para este lance, que si te dieran alcance cuando ya el niño tuvieres, nada aguardes, nada esperes, escapa con diligencia. Por Dios, qué es linda advertencia? eso yo ya me lo sé; en pillando escaparé, que en huir soy diligente. Pues si la vista no miente, allí veo a Margarita. Ya mi corazón pálpita, y el miedo me va cogiendo. Ella es y está durmiendo con el niño en su regazo: llegaré con lento paso a quitarle el tierno infante. Voy poco a poco al instante; y si despierta al tomarle? Tu procura el no dejarle, que despierte, o no despierte. Pero no le des la muerte a la Condesa, señor. No pretende mi furor quitarle ahora la vida; porque viviendo afligida le fuera alivio la muerte. Vive Dios, que es lance fuerte; pero voy a ejecutarlo. No pensaba yo lograrlo con tanta facilidad. Deteneos, esperad, no me robéis (ay de mí!) este niño, que parí para alivio de mis males; (ay dolor!) penas fatales; volvedme el hijo, traidores, no acrecentéis mis dolores con un robo tan cruel, dejadme vivir con él. Si le quieres recobrar, a piernas me has de alcanzar. . No le han de ver más tus ojos en los días de tu vida. Lloraré, pues, afligida raudales de sangre rojos, que serán tiernos despojos de mi esperanza perdida, hasta que el alma rendida a la fuerza de la pena, toda de amarguras llena, Fénix de su ausente amor, muera Cisne del dolor, o del llanto Filomena. Hijo de mis entrañas, que a mis ojos te ocultas, vuelve a tu triste madre, que perdido te llora con angustia. Flor bella, entre las flores la más hermosa, y pura; estrella de mi alma, que sombras de la ausencia te sepultan. Dulce cordero mío, que te robó la astucia de aquel sangriento lobo, para ser vil ultraje de su furia. Inocente avecilla, que las rapantes uñas de un cruel Jerifalte te arrebatan del nido de tu cuna. Ay, lumbre de mis ojos, que en tanta desventura, del corazón pedazos derrama el pecho en succesiva lluvia. Adiós, infante bello, que a pena tan aguda la respiración cesa, y el aliento en el pecho se añuda. En tu ausencia, bien mío, mi corazón se enluta, y la esfera del gusto en esfera del llanto se conmuta. Te lloraré perdido, buscando mi amargura a tanto desconsuelo los retirados senos de una gruta. O montes, selvas, ríos, o tierra, fuego y viento, oíd lamentos míos, notad mi sentimiento; y si cabe en vosotros la ternura, ayudadme a llorar mi desventura. ea talcas tas talta taltas cratas SEGUNDA JORP

JORNADA SEGUNDA

Don Juan, la ocasión de hablarte ansioso he solicitado; y pues aquí la he logrado, puedes ahora explicarte. Es mi pena tan crecida, tan activo mi dolor, que ya casi a su rigor me va faltando la vida. Y así, mi lengua explicar no podrá con sus acentos las causas, y fundamentos de mi congoja, y pesar. Pues, señor, ya que no puedes decirlo de un rasgo todo, veslo diciendo de modo, que sin decirlo no quedes. Yo seré tu consueta, que sé muy bien de memoria lo que contiene tu historia, y soy de mente discreta. De tu pena, y aflicción el alivio has de buscar, llegando a comunicar lo que siente el corazón. Pues empiezo a referir la causa de mis pasiones, si en mis voces, y razones mi mal se ha de divertir. Ya sabéis como mi madre la Condesa Margarita ha padecido, y padece por la cruel tiranía de mi padre el Conde Forbes, con afrentosa ignominia, persecuciones, destierros, y ultrajes tan sin medida, que en veinte años no ha tenido siquiera un alegre día. Yo, ignorante de sus penas, alegremente vivía, tan ajeno de pensar sus trabajos, y fatigas, que la juzgaba difunta; y quién tal no pensaria, viendo casado a mi padre con la que es madrastra mía? Recibí en meses pasados una carta, cuya firma, que era de mi amada madre, me aseguró que vivía; y en sus cláusulas hallé un resumen de su vida, compendio de tantas penas, breve mapa de ignominias. Quedé tan enternecido, que al paso que la leía, el papel dejé bañado en lágrimas que vertía; trocado mi corazón con la eficaz persuasiva de cláusulas, y razones que la carta contenía, que resolví desde entonces abjurar las heregias, detestando los errores de los ciegos Calvinistas. Puselo en ejecución (cómo sabéis) cierto día, para mí el más venturoso que yo desear podía; pues con él logré felice, con imponderable dicha, de la Fe los desengaños, y de la gracia perdida la posesión en el alma, que es la alma del alma mía. Conoció luego mi padre por operaciones mías, que la luz de la verdad ya en mi corazón ardía; y con industrias sagaces pervertirme solicita astuto, disimulando sus enojos, y sus iras. A instancias de un Caballero de noble sangre, y familia, a cuya lealtad mi padre todos sus secretos fía, tomó la resolución de casarme con su hija, juzgando que por ser ella acerrima Calvinista, me traerá con hálagos a la pérsida heregia. Esto procura su amor, esto busca, y solicita, sin que pueda sosegar un punto la noble niña en su amoroso desvelo, y en sus amantes caricias. Mirad si es fuerte el combate en que me veo pues lidia un escuadrón de bellezas contra la constancia mía. Combate Aurora mi fe con diligencias tan vivas, que asalta mi voluntad, y temo que ha de rendirla, por más que ella generosa al asalto se resista. La resistencia es difícil, porque ya en civil porfía la república del alma está toda confundida, oponiéndose a combates las potencias enemigas. Contra la razón unidos los deseos se amorinan; y es la ocasión la campaña a donde sus armas lidian. Toca el apetito al arma; la voluntad se conspira contra el discurso, y le arrastra, aunque del error le avisa. Es poderoso su imperio: él resiste, ella porfía; él mira el riesgo cobarde; ella es ciega, y nada mira; y entre tan varios combates va la razón de vencida. El amor, y la hermosura los asaltos multiplican; la Religión, y la Fe resisten con valentía; los aentidos, y potencias confusamente vacilan: y en tan sangrienta batalla va mi alma tan perdida, que ya trata de entregarse confesándose rendida. Por eso vengo, señor, a pedirte que me asistas con tus prudentes consejos, rogándote que me digas de qué modo he de librarme de tan sangrienta porfía, de tan furioso combate, y de tan fuerte enemiga. Solo es remedio, Don Juan, para el riesgo que me pintas, el escapar fugitivo; pues de otra suerte peligra tu alma, y tu libertad: huye, pues, y tendrás vida. Es imposible ese medio. Pues quién lo imposibilita? La rémora de mi amor, y el peligro de la vida. Ese peligro, y amor has de procurar vencer, para poder merecer de la Gloria el explendor: Atropella con valor entrambas dificultades; no temas adversidades, pon en Dios tu confianza; y con próspera bonanza saldrás de esas tempestades. Que Dios me puede librar de toda tribulación, y de toda tentación puede mi alma preservar, nadie lo debe dudar; pero es mi pasión tan fuerte, que aunque su peligro advierte, busca en Aurora mi amor la dulzura del dolor, hasta llegar a la muerte. Es Aurora bello encanto, de cuyos ojos al fuego me abraso, cuando me anego de su cristal en el llanto: No admires que busque tanto aquella agua que me anega, y aquella luz que me ciega; pues soy en mi fe amorosa hidrópico, y mariposa, que al agua, y fuego se entrega. Don Juan, la hermosura grata de la mujer más famosa, es una fábrica hermosa, que la vejez desbarata: El oro convierte en plata, y en violetas el clavel, porque su belleza infiel del tiempo no se asegura; solo en Dios hay hermosura, que eterna ha de ser en él. Cualquiera mortal belleza de Dios su principio tiene, y derivando se viene a nuestra naturaleza: En Aurora su grandeza tanta perfección ha unido, que no parece ha podido caber en sujeto humano de aquel pincel soberano más copioso colorido. Dime, pues, si he merecido por desgracia, o por ventura adorar esta hermosura, que imagen de Dios ha sido; he de poner en olvido, como bruto irracional, belleza tan celestial, que me obliga con su amor? eso fuera grande error, y delito sin igual. Si tan bella esa criatura se le propone a tu amor, cual será del Criador la belleza? Conjetura con dictamen de fe pura, Don Juan, qué distancia habrá, si es que tu razón podrá por conjeturas medir, lo que nunca discernir tu entendimiento sabrá. De Dios se origina y nace toda la belleza humana; pero como flor temprana al momento se deshace: Es breve y no satisface, porque es cosa temporal; pero Dios es inmortal, e infinita la hermosura: mira, pues, si a la criatura hará exceso sin igual. Tan honesta, como hermosa, es Aurora; porque fuera, si honestidad no tuviera, fea su beldad vistosa: Su belleza es ventajosa por su modestia, y cordura; tan honesta es, como pura, y amo yo con igualdad en ella su honestidad, y por esta su hermosura. Don Juan, reprime tu amor, refrena tu voluntad, mira que es gran necedad poner en caduca flor ese afecto, que al Señor debes siempre encaminar: No quieras ciego trocar de tu afición el objeto; guíala al centro perfecto, que en él solo ha de parar. Fuera de él no has de buscar el término de tu amor; porque solo en el Criador le puede bien terminar: No quieras tu amor gastar en hermosuras mundanas, porque son todas muy vanas, aparentes, y engañosas, y suelen las más hermosas blasonar de más tiranas. Son las bellezas humanas engañosos embelesos, que ocasionan mil tropiezos con sus ilusiones vanas: Sirven cuanto más ufanas de más fatal detrimento; quien busca su rendimiento, recibe mayor herida, porque una beldad rendida hace estrago más sangriento. Aquel que logra su intento en tan loca pretensión, bebe en dulce confección el veneno más cruento: Muriendo vive, y contento, gustoso, y atormentado; con que el hombre que ha logrado de una beldad rendimientos, o muere en dulces tormentos, o vive desesperado. Como un martir he callado; . quiero dar mi parecer, aunque de gran bachiller sea por ello notado. Saben lo que yo he pensado, que Don Juan lo llorará si deja a Aurora, y se va; y así digo por ahora, que se case con Aurora, que después Dios proveerá. Callad, que sois ignorante. Qué no te cuadra mi dicho? Pues bien saldrá mi capricho verdadero en adelante. Aunque perdido de amante me contemplo, y considero, en Dios confío, y espero, que mi alma ha de ilustrar, para que pueda lograr el descanso verdadero. También yo descansar quiero; y por eso me casara, si para casarme hallara una mujer tan hermosa, tan discreta, tan garbosa, y tan bella como Aurora: vamos, que es linda señora, y te ama finamente. No seas impertinente, que ya me causas enfado. Pues a Dios, ya se ha acabado; mas yo te juro, a fe mía, que has de llorar algún día el no tomar mi consejo. Si por Dios a Aurora dejo, seré de él favorecido; y en hallándome afligido, buscaré en él mi consuelo, que el Señor de tierra, y Cielo será mi consolación. En esa resolución has de persistir constante, ve si eres de siempre serás venturoso: No te acobarden medroso esos peligros temidos, y los premios prometidos en tu corazón describe. En vano un Cristiano vive, Dios mío, si cada hora en tu amor no se mejora, y nueva vida concibe. En vano su alma recibe aquel que la tiene ociosa; y es ingratitud dañosa no seguir tus llamamientos, por no dejar los contentos de esta vida peligrosa. Según pinta ya la cosa con sus vislumbres, y lejos, un segundo San Alejos hemos de tener aquí; pues yo tengo para mí que Don Juan se ha de ausentar, y a su esposa ha de dejar; y el dejársela sería grandísima bobería: pero él se la dejará, y lo que peor será, que yo le habré de seguir sin poderme escabullir. De pensarlo me atolondro, porque siendo yo Golondro, me habré de hacer Golondrino, buscando, a lo que imagino, en prolongados viajes, nuevas tierras y parajes. Quiera Dios, que su dictamen mude Don Juan, amen, amen. Hermosas Damas, y bellas; pero entre todas Aurora. Qué dirás, que he sido ahora un Sol entre las Estrellas? Diré, que en ti, más que en ellas, lo hermoso, Aurora, campea. Rosaura me lisonjea. No es lisonja ni mentira; pues quien sin envidia mira lo heroico de tu beldad, confesará ser verdad lo que digo. . No me alabes, pues la hermosura ya sabes, que es de la imagen Divina una copia peregrina, un retrato, y un bosquejo, o rayo, que en el espejo de frágil naturaleza resulta, sin más firmeza que la que puede adquirir, habiendo de subsistir en tan débil fundamento. Extraño tu pensamiento. De tus razones me admiro. Esto digo, porque miro con atenta reflexión a la luz de la razón, que es toda hermosura humana falaz, aparente y vana. Mas ahora me suspendes. Será porque tú no entiendes esta sélida verdad. Es porque de tu beldad en la bella gentileza, el Cielo armó de belleza los peligros de tu cara. Detente, Celia, repara, que es de tu juicio engaño: beldad, peligros, y daño adviertes en mi semblante? Sí; que lo diga tu amante, y verás como confiesa, que halla su tierna fineza, con apacible crueldad, peligros en tu beldad, y daños en tu belleza. La buena conversación que entre las tres considero, me alegra tanto, que espero celebrar esta ocasión. Proseguid de qué tratáis? Si eso, señor, preguntáis, del amor honesto hablamos. En esa materia estamos todos ahora empleados. Si fueramos ya casados todos los que aquí asistimos, fuera así, pero vivimos aún los más sin casamiento; y al menor consentimiento, en plática semejante, mudará Amor de semblante, dejando de ser honesto. Qué decís? . No es verdad esto? Las almas puras, que son de Dios imágenes bellas, como brillantes estrellas gozan en toda ocasión del Sol los rayos supremos; y así, los hombres debemos comunicarnos con ellas. Quién son ellas, las mujeres? Si ellas son, es peligroso, aún para el más virtuoso, el tratarlas. . Necio eres. Necio soy? porque tú quieres, que en mí sea necedad, lo que en si es pura verdad. No eres del todo ignorante; que aunque puede darse amante con afecto intenso, y puro, no es eso lo más seguro. Luego el no amar es mejor? Amar solo al Criador, y por él a la criatura, es, Celia, lo que asegura la pureza del amor. Y en ti observa ese primor el afecto? . Quién lo ignora? yo te amo, querida Aurora, de este modo, y me arrebata el alma verdad tan grata, que en tu beldad considero la de Dios, y en verdadero amor que a Dios se encamina, en la hermosura divina hallo la tuya, que adoro. Yo dudo, pues, porque ignoro tan nuevo modo de amar. No lo puedes alcanzar sin luz sobrenatural. Esa luz para mi mal deslumbra tu entendimiento, y en ese deslumbramiento sospecha mi fantasía gran doblez . Aurora mía, no dudes de mi querer, tu amante esposo he de ser; dame de esposo la mano. Ay mi Dios! que amor tirano me arrebata el corazón. Extraña resolución. Dadme la mano os suplico, que así mi amor significo. Antes quiero preveniros, si esta acción admite engaños, no se dupliquen mis daños después con tiernos suspiros. Cómo, si llego a pediros mano, y palabra de esposa, os mostráis tan recelosa, ofendiendo mi fineza? Mi recelo no es tibieza, Don Juan, ni falta de amor; porque nace mi temor de motivos, que no entiendo. Pues si en mí estás conociendo volcán de amor tan crecido, como dudar has podido de mi constante firmeza? como cabe en tu belleza tal rigor, tal esquivez? pido tu mano otra vez. La mano te doy de esposa. Como la púrpura rosa se quedó al darle la mano. El carmín más soberano, de sus venas desprendido, su bello rostro ha teñido con un modesto rubor. Es honesta, y tiene amor. Tuya es ya mi libertad. Seguiré tu voluntad obediente a tu querer. Aurora es ya tu mujer, dadme el parabién a mí. Aunque yo no merecí lograr tan divina esposa, de mi suerte venturosa el parabién solicito. Yo te le doy. . Yo le admito. Tuya es Aurora, Don Juan. Esposo tienes galán: hermana, albricias te doy. Yo, que aquí callando estoy, reviento de regocijo; pues podré, según colijo, a toda satisfacción llenar muy bien mi gergón de comidas regaladas, pollos, costillas asadas, payos, falsanes, perdices, pichones, y codornices, conejos, liebres, cabritos, gallinas, y corderitos, ternera, vaca, carnero, y del mejor Pastelero bien guisados pastelones; blancos, morcillas, capones, que no me acordaba de ellos, y quisiera ya tenerlos en el plato sazonados: pues de vinos regalados me he de poner como un cuero; que si bebo cuanto quiero, como discurro lo haré, a paternal pasaré, porque pirrí, o tirri es poco. Calla, Golondro estás loco? No sé tal; mas puede ser, que el vino que he de beber me turbe ya la cabeza; o será tal vez flaqueza, señor, de las tripas mías; pues las tengo tan vacías, que pueden a tres molinos de viento mis intestinos darles aire suficiente por levante por poniente, por el norte, y medio día. Pues tanta es la dicha mía en tan feliz desposorio, sirva de festivo emporio el ámbito de esta sala. Vaya de fiesta, y de gala, sea todo regocijo en aplauso de mi hijo, y de su querida Aurora. Dancen ustedes ahora, que yo me voy a beber, hasta que me llegue a ver pirtí tirrí, o paternal. Es mi dicha sin igual, sin semejante mi gozo. Logrando yo tal esposo, no tengo ya que envidiar. Empecemos a danzar, que de placer no reposo. En las felices bodas de la Aurora más bella, que de Don Juan esposa es amorosa, y tierna: vaya de regocijo, vaya, vaya de fiesta. . Del indisoluble lazo la duración sea eterna, pues mi dicha se asegura en su estable permanencia. Viva Don Juan. . Viva Aurora. Y el Cielo mil dichas llueva sobre tan dulces coyundas, que su vínculo establezcan. . Oh desventurado día! triste, y desdichada hora; en que a mis oídos llega una nueva tan penosa! Es posible, que Don Juan se desposó con Aurora? Que Don Juan se desposó es cosa cierta, señora. Pues él perderá la Fe a los ruegos de su esposa, malogrando infaustamente de su vocación piadosa los auxilios obtenidos con tanta misericordia. Oh joven inadvertido a las falaces lisonjas! ya prisionero de amor, la luz de tu Fe zozobra en el golfo peligroso de los Anglicanos dogmas. Iuspiraciones divinas ilustraron densas sombras, cuando errores abjuraste hereticales; y ahora las ceguedades de amante precipitado te arrojan a tan evidente riesgo de perder la Fe que logras. Qué importa el haber la región tenebrosa del Calvinismo, si vuelves de la estancia luminosa otra vez a las tinieblas con ignominia afrentosa? Ay, que solo de pensarlo estoy llena de congoja! Si vuelves a la heregia, será mi muerte forzosa; pues ya casi estoy sin vida, tan solo con la memoria de tan evidente riesgo, y ocasión tan peligrosa. Pero, ay dolor! que es en vano el lamentarme yo ahora, pues mis voces, y lamentos no llegan a su persona. O, si pudiera yo hablarle, y expresarle querellosa de mi pena, y sentimiento los motivos que él ignora! Reprendiera su inconstancia, trayéndole a la memoria los blasones de mi Casa, que él desatento abandona; olvidado de la sangre con que la Casa Cordonia, en defensa de la Fe, dio a su nobleza más gloria, ofreciéndose a la muerte en oblaciones preciosas los Católicos Gordonios, que hoy toda Escocia los llora. Mas ya que no puedo yo reprender acción tan loca, ni atajar tan grave daño, a que imprudente se arroja en esta ocasión mi hijo, como madre cariñosa lloraré su perdición; y con ansias dolorosas pediré favor al Cielo, porque benigno socorra con la luz de sus auxilios, al que miro en densas sombras. . Para poderme librar de ocasión tan peligrosa, dejo a mi querida esposa esar; pues solo al considerar cuan afligida se queda, me enternezco, sin que pueda reprimir el sentimiento: ella llora, mas yo siento la amargura más aceda. Dejar a mi Aurora bella no es en mi falta de amor, que un impulso superior me obliga a ausentarme de ella: De su amorosa quererla quedo yo tan afligido, que extraño el haber podido tolerar dolor tan fuerte, sin que al rigor de la muerte mi alma se haya rendido. Adiós he de obedecer, venciéndome con valor, pues siendo grande mi amor, gran valor he menester, cuando me he de desprender de mi tierna enamorada: Ay esposa regalada, que siento mucho el dejarte! será imposible olvidarte, aunque estés de mi apartada. No imagines, que ofendido me aparto de tu belleza, pues de tu amante fineza me veo correspondido: A tu hermosura rendido mi albedrío sujetara, si la Fe no lo estorbara; pues si Carólica fueras, para esposo me tuvieras, y contigo me quedara. Apacentando el ganado por aqueste prado ameno, a esta floresta he llegado, donde está el pasto más bueno. Un Pastor viene hacia aquí, de Dios sin duda guiado, capote lleva, y cayado; no es malo que venga así. Allí se descubre un hombre en traje de Caballero, casaca, espada, y sombrero lleva. . Pastor, no te asombre el verme con este traje a tal hora, en tal paraje. Yo he venido presuroso tan de mañana a este prado, porque intento disfrazado volverme luego de embozo. Estamos de regocijo por ocasión de unas bodas, do asisten las Damas todas; y por darles chasco, elijó ir en traje de Pastor, y meterme en el festín, solo con intento, y fin de hacer la fiesta mayor. Déjame, pues, tu vestido para unrato de bureo, que en este traje yo creo, que no he de ser conocido. Por Pastor me han de tener, y todos se han de admirar; yo sabré disimular, y no me han de conocer: y cuando más admirados en mi disfraz les veré, allí me descubriré, y se han de quedar pasmados. Si en eso os he de dar gusto, tomad, señor el vestido, que pues lo habéis elegido, a vuestro querer me ajusto. Con este pastoril traje bien se logrará mi intento; yo me partiré al momento, prosiguiendo mi viaje, y hallaré franco pasaje, pobre así, y desconocido, solo de Dios asistido, para el mundo despreciado, de los hombres olvidado, del Cielo favorecido. Pues yo vuelvo a mi ganado, hasta tanto que vengáis; y por si acaso tardáis, esperaré en este prado. Pastor el Cielo te asista. Jesucristo os encamine. Él te guíe, y te ilumine. Pues a Dios, hasta la vista. Ya del ornato precioso la vanidad he dejado, las galas he abandonado, dejando el traje curioso por huir lo delicioso, que apetece el mundo vano; en traje así de Villano proseguiré mi camino, siguiendo el sacro destino de un impulso soberano. Pero ya Golondro viene, sin duda debe buscarme; él se cansó de esperarme, que poca paciencia tiene. Mucho Don Juan se detiene; ya cansado de esperarle, vengo por aquí a buscarle. Si acaso me le han pillado, no quedo yo acomodado? Mil palos quisiera darle. Golondro, qué vas diciendo? Quién va allá? No me conoces? Si te acercas daré voces, que el miedo me va escurriendo: mal olor estoy sintiendo, solteme al ver tal visión: esto es alguna ilusión? yo no conozco tal hombre. Será fuerza que me nombre: mira que yo soy Don Juan. Pues si te dejé galán, como en traje de pastor te me apareces, señor? no ves que me has asustado? Con un Pastor he trocado. el vestido que traía. Yo también le trocaria, por ir más disimulado; mas no será menester, pues visto tan pobremente; bien conocerá la gente, que no tengo que perder. Ea, pues, Colondro, vamos, que a Dios propicio tendremos; su asistencia lograremos, si siumpre en él confabios. Pardiez, que al pues en tan largo camino, si nos falta pan, y vino, discurro que ayunaremos. No te acobardes tan presto, pon en Dios tu confianza. Como esté llena la panza siempre estaré de buen gesto: pero en habiendo gazuza, ya me falta la paciencia, pues para mí la abstinencia es terrible escaramuza. Ea, sobrino Leonardo, la diligencia es precisa; has de partir al instante, y Floro en tu compañía, buscando por todas partes a Don Juan: id luego aprisa, llamad gente, amigos míos, y criados que os asistan; no paréis hasta encontrarle, porque depende mi vida del hallazgo de mi hijo: que yo tomo a cuenta mía, para vengar esta injuria, el dar muerte a Margarita, que sin duda ha sido causa. de tan desatenta huida. Muera esta aleve traidora, muera esta infame Papista. El hallazgo de Don Juan corre ya por cuenta mía. Pues la muerte de mi esposa ha de templar hoy mis iras: Yo le volveré a tu casa. Yo vengaré la injusticia. Para que tengas consuelo. . Para que acción tan inicua castigada con rigor, de escarmiento a todos sirva. . Solo siento en este lance la muerte de Margarita. Ya la afligida Condesa, Rosaura, te está esperando, y con ansias deseando afectos en tu fineza. De su amor correspondida en todo tiempo me veo, solo servirla deseo, y es el fin de mi venida no apartarme ya en mi vida de su compañía amable. Llena de gozo inefable la dejará tu presencia; pues según llora tu ausencia, te tiene entrañable amor. No hay que extrañarlo, señor, pues desde la edad primera soy su amiga verdadera, y siempre juntas vivimos; y así, con la edad crecimos en la fina estimación, creciendo nuestra afición al paso que nuestra edad. Pues vamos con brevedad a darle tanto consuelo. Vamos presto, y quiera el Cielo, qué mi vista deseada hoy la deje consolada; logrando en mi compañía aquella antigua alegría de nuestra vida pasada. No se os escape, prendedle. Detente, perro homicida. Ay que me matan, Dios mío! Valedme, Virgen María! Si no te rindes, villano, aquí perderás la vida. Yo, señor, rendido estoy. Pues dime, y no te resistas; por qué medio has adquirido esas vestiduras ricas, tan impropias a tu estado? Señor, la verdad que diga, yo me confieso engañado, pues las trocó con las mías un gallardo Caballero, diciendo que volvería. Eso es falso. . No señor; la verdad digo a fe mía: dijo, que estaba de bodas, y de esta suerte quería a todas las convidadas darles con la entretenida. Bien muestra decir verdad con su narración sencilla. Preso he de llevarte al Conde; pues juzgo, que tu codicia te arrojó precipitado a ser ladrón, y homicida. Yo nada de eso sospecho de este joven. . Mi desdicha es solamente la causa de verme en esta pretina. En mí no hay doblez, ni engaño, señor, como tu imaginas. Vamos al Conde de Forbes a ver lo que determina. Ay pobrecito de mí! grande será mi desdicha si me meten en la cárcel: a Diós, pobres ovejitas. . Ay infelice de mí, que viene el Conde a matarme! Ni el huir, ni el esconderme puede ahora aprovecharme: pues si huyo ha de prenderme; si me escondo ha de encontrarme: qué haré, Dios mío, qué haré en conflicto femejante? Hoy has de morir traidora, sin que puedas escaparte, a los filos de este acero. Cielos, Cielos, amparadme! . Hoy, rebelde Margarita, bañada en tu propia sangre, has de dar fin a tu vida, porque en tu muerte se acaben tus audaces pertinacias, y mis furiosos debates: con tu sangre derramada mi furor ha de templarse; y con tu muerte mi vida llegará a tranquilizarse. Don Rodrigo, socorredme. No puedes por más que clames, librarte ya de mis manos: muerte cruel he de darte. Don Rodrigo Don Rodrigo, ven, primo, ven al instante, que soy muerta sin remedio, si no acudes a librarme. A dónde estás, Margarita? Aquí vine a refugiarme. huyendo el furor del Conde. Detente, Condé, al instante, si no quieres que mi acero aquí con tu vida acabe. O, maldita mi fortuna, que ya no puedo vengarme de mi cruel enemiga! Vive Dios, Conde cobarde, que has de morir a mis manos, si das un paso adelante. Ya el retirarme es preciso, a pesar de mi coraje. Vete, traidor alevoso, que si pudiera alcanzarte te hiciera dos mil pedazos. Dicha ha sido en mi notable el escapar de sus manos. Margarita, no desmayes; no temas, prima y procura luego al punto retirarte, que Rosaura está en la Quinta, y yo me parto al instante en busca del Conde Forbes, a ver si puedo alcanzarle, para quitarle la vida. Debes, primo, reportarte; templa tu enojo, y advierte, que si llegas a matarle, resultarán de su muerte sangrientas enemistades. Ya sabes con qué rigor despojaron a mis padres del Marquesado de Undé, y con inicuas crueldades los Herejes Calvinistas derramaron con ultraje de tantos nobles Gordonios la más generosa sangre. Dieron muerte a mis hermanos, quedando viuda mi madre, hecha blanco de ignominias, sin tener quien la amparase. Nos crió a Laura, con trabajó, y que una madre con dos hijas de poca edad, ya se sabe los afanes con que vive; y más si llega a juntarse la pobreza, y hermosura con lo noble del linaje. Concurrian en nosotras estas circunstancias graves; pues siendo nobles, y hermosas nos vimos en tal paraje, que confiscados los bienes por los Ministros Reales, de la pobreza mayor padecimos los ultrajes: pero con el buen ejemplo de nuestra devota madre, tolerabamos alegres con paciencia tantos males, siempre en la Fe de la Iglesia con gran firmeza constantes. Como la Casa de Forbes, siempre en odios capitales, cruel enemiga ha sido de los Gordonios leales; siendo la causa, y origen de aquestas enemistades la Fe santa en los Gordonios, que profesan siempre amantes, y el error de los de Forbes en dogmas hereticales: los Caballeros de Escocia procuraron aplicarse en unir las dos familias tan nobles, y principales; y juzgando ser buen medio, para que esto se lograse, casarme a mí con el Conde, fueron las instancias tales, que este casamiento vino muy en breve a ejecutarse. Mas no se logró con él el efecto de las paces, antes de han resultado mayores hostilidades, escándalos insolentes, y desdichas tan fatales como toda Escocia siente, y lo publican mis males; el Conde pues de las ir he sido, y soy vil ultraje, objeto de sus rencores, y blanco de sus crueldades. Me repudió con afrenta; y para más injuriarme, se casó con otra Dama: no casó, fue amancebarse, que es manceba la que tiene, y esto no puede dudarse. Supo el mayor de mis hijos este insulto de su padre, y no pudiendo sufrir insolencia tan notable, tomando con buen pretexto su licencia, pasó a Flandes; y después de haber seguido las Vanderas Militares de España por algún tiempo, se recogió a los Reales del Alferez de la Iglesia, que es San Francisco mi Padre. Al Escuadrón Capuchino humilde pidió agregarfe, en donde quedó admitido con nombre de Fray Arcángel. He sabido, que murió en el Convento de Gante cantando el Divino Oficio; porque del Coro volase, según piadosa imagino, a ser en el Cielo un Ángel. Él otro hijo que me queda, casó, a instancias de su padre, con la hija del de Grais, como tú muy bien lo sabes; pero cual segundo Alejos se dejó su esposa amante la noche del desposorio con resolución constante. Furioso el Conde imagina, que soy causa de este lance, y para vengarse en mí, ha venido aquí a matarme. Él se engaña, porque yo de todo estaba ignorante; y cuando supe el suceso, fue después de ejecutarse. Librome Dios de sus manos con providencia inefable, como en otras ocasiones se ha servido de librarme. Si Dios quiere, Don Rodrigo, con tantas adversidades ejercitar mi paciencia, es preciso sujetarme a su divino querer; pues su Majestad ya sabe, que en todo quiero y deseo bendecirle, y alabarle. Por lo tanto, te suplico, que no imagines vengarte de mi esposo el Conde Forbes; antes debes perdonarle, pues solo al supremo Juez pertenece el castigarle, en cuyas manos divinas debe esta causa dejarse; hágase su voluntad en tiempo, y eternidades. Tu paciencia, Margarita, y tu resignación grande, al paso que me suspenden, me obligan a perdonarle. El amor con que perdonas a tu enemigo, es bastante para templar mis enojos: yo perdono, pues te place. . En llanto tierno anegado, soy infeliz prisionero, de duros hierros cargado, rendido al dolor más fiero. En llanto tierno anegado, Sin alivio, y sin consuelo lamento mi desventura en esta cárcel oscura, pidiendo favor al Cielo. Con trabajoso desvelo, en tinieblas sepultado, de hambre, y de sed fatigado, tólero con grave pena el peso de esta cadena: , . En llanto tierno anegado. De toda humana piedad me hallo aquí destiruido, angustiado, y afligido, con fiera inhumanidad: En la oscura soledad de esta cárcel vivo y muero; pues con rigor tan severo, sin delito, o culpa mía, por las sospechas de espía: , . Soy infeliz prisionero. En el seno tenebroso de tan acerba prisión, del llanto la inundación no da lugar al reposo: Triste, afligido, lloroso, abatido, y despreciado, de la libertad privado, de todos desconocido, aquí me veo oprimido: , . De duros hierros cargado. Pero en vano me lamento, sabiendo que mi fortuna, antes de verme en la cuna, me puso ya en el tormento: Si con rigor tan sangriento ya en el albergue primero me dio tan infausto agüero, no extraño en esta ocasión el vermé en tanta aflicción: , . Rendido al dolor más fiero. En llanto tierno anegado, Prisionero aquí me tienen sin causa, ni fundamento, pues siendo un pobre inocente, injustamente padezco. Yo no sé con qué conciencia quieren estos majaderos, sin tener culpa ninguna, castigarme como a reo. Hay más linda gerigonza, que porque lo quieren ellos, ha de ser Golondro malo, siendo Golondro tan bueno? Parece cosa de chanza, y no es chanza según veo; porque así, burla burlando, yo de hambre estoy pereciendo. Por Soldado fugitivo dicen unos, que estoy preso; otros, que por ser espía: miren qué gracioso cuento! No soy Soldado, ni espía, ni tuve tal pensamiento; y con ser así verdad, no hay remedio de creerlo: antes bien a troche, y moche intentan por varios medios, obligarme a que confiese, que soy culpado, sin serlo. Pues por vida de Golondro, que no han de lograr su intento; sepan, que aunque son Soldados, ni me espantan, ni les temo. Parece que oigo a Golondro. Al calabozo me acerco donde está el pobre Don Juan afligido, y sin consuelo. Quién se acerca por aquí? Señor, no me tengas miedo, que aunque parezco alma en pena, no soy alma del Infierno. Cómo lo pasas, Golondro? Si no lo dices tan presto, ahora mismo quería preguntarte yo lo mismo. Yo, con el favor de Dios, voy pasando mi tormento. Pues yo lo paso muy mal, y con poco sufrimiento. Procura tener paciencia, y espera de Dios el premio. El premio que nos aguarda, según que yo me recelo, será morir en el aire. Qué eso digas? . Y lo creo, porque yo entre los Soldados he percibido unos ecos, que no me dan buen sonido. Pues sin culpa moriremos? Qué importa no tener culpa, si nos pringan el gargüero? Fía en Dios, que es nuestro padre, y puede de todo riesgo con facilidad librarnos. Que Dios puede, no lo niego; pero si se tarda mucho, y vendrá para el entierro. Mucho temes el morir. No es el caso para menos. Pues yo confío, Golondro, que del riesgo escaparemos con la asistencia de Dios. Quiera el Señor que escapemos; pero de hallarnos así buena culpa nos tenemos: ya pronosticaba yo todos estos contratiempos antes de salir de Escocia. Ah señor! que ha sido yerro dejar nuestras conveniencias, nuestra patria, y nuestros deudos, y venir desconocidos a vivir entre Flamencos. Allá todo nos sobraba, de todo aquí carecemos; tú estabas allá estimado de nobles, y Caballeros, honrado como a señor, y legítimo heredero del gran Condado de Forbes; y aquí te ves como un perro atado en una cadena, sin que te tengan respeto, ni Soldados, ni criados, ni los grandes, ni pequeños. El Cristiano que desea imitar a su Maestro, encuentra su mayor honra en el mismo abatimiento. Si el abatimiento es honra, de honra estamos hasta el cuello; pero por más que me digas, yo tal honra no apetezco. Es honra, por vida tuya, el estar con vilipendio, por la sospecha de espías, padeciendo mil denuedos? Honra tuya hubiera sido, y para mi gran consuelo, quedarte allá con Aurora, con aquel Ángel tan bello, que debe llorar tu ausencia. No aumentes mi sentimiento con su memoria (ay de mí!) que ya reprimir no puedo. . las lágrimas, y sollozos cuando de Aurora me acuerdo, cuando triste, y angustiada la imagino, y considero. esposa de mi vida! A mi bien, mi adorado dueño, dulce imán de mis cariños, y blanco de mis afectos; mas siento la aflicción tuya, que mis penas y tormentos. Basta, señor, que me afliges cuando así llorar te veo. Déjame llorar, Golondro, pues solo en mi llanto puedo darle al corazón alivio con los cristales que vierto. Si las lágrimas alivian, has elegido buen medio; pero yo tales alivios a nadie los aconsejo: quédate con Dios, y llora, si llorando estás contento. Bella Aurora de mis ojos, y dulce imán de mi afecto, de cuyo garbo perfecto son mis potencias despojos: aunque pude darte enojos por haberte así dejado, no me imagines culpado, que en tu ausencia, sin consuelo, vivo con triste desvelo: , . En llanto tierno anegado. Si te quejas, dueño mío, culpándome de inconstante, pues blasonando de amante te dejé con tal desvío: lo que en mi fue desvarío, será en ti rigor severo; porque es mi amor verdadero, y por impulso divino, persistiendo amante fino: , . Soy infeliz prisionero. Cuando blanco me imagino de tu justa indignación, se me dobla la aflicción, lamentando mi destino: el espejo cristalino, que por mis ojos licuado me retrata enamorado, también con suerte fatal me descubre en su cristal: , . De duros hierros cargado. Si me oprimen las cadenas en esta cárcel oscura, mas me aflige tu hermosura, y causa mayores penas: pues cómo ingrata condenas a un amante verdadero, tan constante que primero ha de quedar mi valor, por no faltar a tu amor: , . Rendido al dolor más fiero. En llanto tierno anegado, ca

JORNADA TERCERA

El Cielo te guarde, Aurora. Qué es esto bella Rosaura? tú en el jardín del de Forbes? Si esto admiración te causa, sabe, Aurora, que he venido solo por verte, enviada. Enviada a verme vienes? Sí. Pues novedad extraña me ocasiona tu venida, y más por la circunstancia: Quién te envía? . Margarita. Margárita? cosa rara! Qué pretende Margarita ahora en esta embajada, si contra mí siempre ha sido tan cruel como tirana? Si eso imaginas, Aurora, digo que estás engañada; porque Doña Margarita es tan benigna, y humana, como sabrás algún día llegando a comunicarla. Comunicarla? qué dices? No te admires, pues la causa de mi venida, es, Aurora, por entregarte una carta, que es de Don Juan. Ay bien mío! Y porque más enterada quedes de todas las cosas, te suplico, que mañana te veas con la Condesa. Si lo haré; dame la carta. Toma, y antes de leerla, ven conmigo, que te aguarda el Padre Jacobo fuera del jardín. . No imaginaba hablar al Padre Jacobo; pero no sé qué mudanza en mi corazón percibo, que ya me veo inclinada a solicitar con gusto su amistad: vamos, Rosaura. O mi Dios! aquí propicio con las luces de la gracia, os implora con afecto mi devoción logre esta alma, por medio de vuestro siervo, quedar con la Fe ilustrada. . Ya me tenéis aquí, noble señora, y aunque ignoro el motivo por ahora de haberme así llamado, no dejo de venir sobresaltado; pues siendo yo extranjero, el llamarme será, si mal no infiero, por dependencia grave, y muy pesada, que eso indica el estar sobresaltada: pero por fuerte que el empeño sea, si mi nobleza en tu favor se emplea; te prometo asistir en cualquier lance, hasta perder la vida en todo trance: Oh Caballero noble, y generoso! no es el lance tan grave, y peligroso como lo habéis pensado; que a serlo, no os pusiera en tal cuidado, pues aunque vivo triste, y afligida, no pusiera en peligro vuestra vida para librarme yo de aquesta suerte, aunque me amenazara a mí la muerte. Solo os suplico, y ruego, que pues a lo que entiendo os partís luego de Escocia para Flandes, libréis a esta mujer de penas grandes, en que adversa, y contraria la fortuna me tiene puesta ya desde la cuna; pues apenas me vi recién nacida, cuando ya empecé a verme perseguida, creciendo así los implacables daños en la infausta carrera de mis años, que hasta ahora mi vida toda ha sido una aflicción, un llanto, y un gemido. Cómo Español que soy, os aseguro, noble señora, con afecto puro, que aunque en eso la vida aventurara, gustoso os asistiera, y amparara. Si queréis para Flandes embarcaros, en mi nave os ofrezco yo llevaros; pues el lograr tan buena compañía será gran fortuna, y dicha mía. Yo, noble Capitán, logré felice en tu piedad, que lauros eternice, la suerte, que a mis trágicos sucesos dará fin, y principio a los progresos de una quietud dichosa cual me prometo ya, pues venturosa, llevando tan buen norte mi esperanza, navegaré con próspera bonanza, y en Flandes hallaré puerto tranquiso, donde espero encontrar seguro asilo. Este es sin duda el Convento de los Padres Capuchinos: llama, Floro, que deseo ver a mi querido primo. Ya toco la campanilla. . Quiera Dios, pues he venido de Escocia por él a Flandes, se logre en él mi designio. Deo gracias. Adiós sean dadas. Dígame usted, Padre mío, hay en casa un Religioso::- Uno dice? y más de cinco. Hermano, tenga paciencia, y atienda a lo que le digo. Diga usted, que ya le escucho. Por. un Religioso os pido, que es de nación Escocés. Aquí estoy a su servicio. No es usted a quien yo busco. Es Golondro? . Oh Golondrino: son por ventura Escoceses? Si lo somos y venimos a ver a Don Juan de Forbes, que somos sus compatricios. Pues no le llaman Don Juas, que los Frailes Capuchinos dejan en la Religión el nombre, y el apellido. Pues cómo se llama ahora? Su nombre, señores míos, es Fray Arcángel de Escocia. Puede, Hermano, darle aviso como queremos hablarle. Pues voy al instante mismo. . Este es Golondro, señor, el criado de tu primo. Aunque llegué a sospecharlo, no le había conocido. Conde de Cinat Leonardo, mi siempre estimado primo, celebro tu bienvenida. Ay! que pierdo los sentidos, me falta el vital aliento . a la fuerza de un deliquio. Vamos por el Oleo Santo, que este hombre está amortecido. Leonardo. . Señor. Ay Cielos! Qué accidente repentino, con inopinado asalto, así te ha sobrevenido? La causa de mi desmayo única, y total ha sido verte, primo, en ese traje tan pobre, vil, y abatido. Eres tu Don Juan de Forbes, del Conde de Forbes hijo, nieto del Marqués de Undé, tan noble, opulento, y rico, que es sin segundo en Escocía tu patrimonio crecido? Eres tú aquel Caballero, que fuiste un tiempo el hechizo de las Damas en Escocia, cuyo garbo peregrino te hizo de todas amado, y de todas pretendido? Si eres tú, quien te ha engañado, para que así mal vestido, con ese saco grosero, pongas tu sangre en olvido? Quién trastornó tus potencias? Quién ofuscó tu juicio, para que así ciegamente con tan loco desvarío abandones de tu Casa los blasones tan antiguos? Vuelve sobre ti, Don Juan, y mira, que yo he venido enviado de tu padre, que llora siempre afligido, desde que tú te ausentaste de tu casa fugitivo. Mira, que tu amada esposa, entre llantos, y gemidos, se lamenta querellosa de tu ingratitud, y olvido; siendo tales sus congojas, ansias, penas, y suspiros, que bastan a enternecer las peñas, y duros riscos. No sea tu corazón; por insensible, y esquivo, más duro que los peñascos, y más fuerte que los riscos. No blasones de inhumano, ni quieras ser tan iniquo, que a tu padre, y a tu esposa les quites a un tiempo mismo, a fuer de sangrienta fiera, con furor tan inaudito, aquella vida, que entrambos te ofrecen por sacrificio, él en paternos afectos, y ella en amantes cariños. Noble Conde de Cinat, Caballero esclarecido por los timbres de tu Casa tan heroicos, como antiguos, escúchame atento un rato, para que sepas, que ha sido mi elección tan acertada, como feliz mi destino. No ignoras tú, que mi padre, después de haber perseguido ínicuamente a mi madre, fieramente vengativo intentó por varios medios con sagaces artificios darle la muerte alevosa, sin más causa, ni motivo, que el que pudo sujerirle su error o su desvarío. Cierto día disfrazado pudo en un jardín florido, donde la encontró dormida, cortar de su vida él y el no ejecutarlo así, fue sin duda porque quiso darle en prolongadas penas más dilatado martirio; pues aumentando su augustia, ansias, llantos, y gemidos, me arrebató dé sus brazos, quedando yo sin sentido, privado de los maternos dulces piadosos cariños, en poder de un padre Herege, que con cuidado exquisito procuró instruir mi infancia en los dogmas de Calvino. Tenía entonces yo un año, según después he sabido; y cuando llegué a los siete me hallé ya bien instruido: mal dije, me hallé ofuscado en sombras del Calvinismo; en cuyos ciegos errores (que detesto, y abomino) estuve hasta los quince años sepultado, y sumergido. Pero al tiempo que me hallaba en el denso laberinto de infaustas sombras de errores tristemente poseído, la admirable providencia de aquel gran Dios infinito, que a la salud de las almas atiende siempre benigno, me sacó de las tinieblas, ilustrando Sol divino las potencias de mi alma con la luz de sus auxilios. En breve tuvo mi padre de mi conversión indicios, y procuró astutamente contrastar mi pecho invicto, valiéndose para ello de un poderoso artificio, como fue buscarme esposa; pensando, a lo que imagino, que la hermosura de Aurora sería eficaz hechizo para entorpecer mi alma, y trastornar mi juicio. Propusome el casamiento, disfrazando los motivos con diferentes pretextos de dictámenes fingidos, que por más disimulados, fueron de mi conocidos. Y apoyando sus razones, me finga amante tan fino, que pudo quedar mi padre desde entonces persuadido, a que el amor me tenía rendido, preso, y cautivo. Seguí, pues mis galanteos tan cortesano, y cumplido, tan generoso, y bizarro, que llegué a ser aplaudido por muy celebre en el arte de la escuela de Cupido; sirviendo a mi noble Dama tan obediente, y rendido, que no discrepé jamás en los amantes estilos. juegos, danzas y saraos, pasatiempos repetidos, eran de día, y de noche familiares ejercicios, que somentaban mi amor, alegrando mis sentidos. Quién creyera, noble Conde, que estos fingimientos míos habían de ocasionarme tantos riesgos, y peligros? No hay burlas con el amor; porque como es ciego y niño, entre los mismos juguetes suele flechar atrevido los arpones de su aljaba, y al corazón más esquivo dejarlo impensadamente atravesado, y herido. Puede ser de esta verdad mi corazón fiel testigo, que halló entre sus fingimientos, cuando menos advertido de la flamante saeta, sin que percibiese el tiro, la cicatriz penetrante, que aviva en su dolor mismo las ansias de nuevas penas; y los deseos más vivos de lograr con sus tormentos para sus males alivio. Incautamente me hallé tan ajeno de mi arbitrio, que estaba sin saber como sin libertad mi albedrío; pues con violenta dulzur: eficazmente atraído, buscaba imán voluntario en Aurora, norte fijo. Libremente la adoraba, porque quería yo mismo, holocausto de sus aras, sacrificarme rendido. Y me veia obligado de tal fuerte al sacrificio, que al parecer no era libre en actual ejercicio, porque para lo contrario me conocía impedido. Libre a un tiempo, y necesario, era mi amor; libre digo, porque queriendo yo amar, amaba por gusto mío: era también necesario, porque aunque hubiera querido entonces dejar de amar, me hallaba tan compelido de la hermosura de Aurora. para amarla, que lo mismo fuera suspender mi amor, que morir yo dé improviso. A tal extremo llegó de mi amor el desvarío, que hallaba el gusto en la pena, y en el tormento el alivio. Cierto día, entre otros muchos, a la diversión salimos con las Damas a una Quinta, dispuestos, y prevenidos con famosa montería, y Jerifaltes altivos, estos piratas del aire, y aquellos cosarios finos de las selvas: cuando ya por el campo divididos estaban los cazadores, y por el aire esparcidos. oces los v una Garza de improviso se descubrió, que altanera, surcando la esfera a giros, tanto remontaba el vuelo, que de la vista el sentido pudo dudar si era Garza, o átomo leve, que quiso, ya por atracción del Sol, ya del viento compelido, manchar de la hermosa Luna el espejo cristalino. Seguiala un Jerifalte; y cuando la Carza vido que la iba a los alcances aquelprapante enemigo, se desprendió de la esfera, rayo de plumas vestido, tan impetuosamente, que en un instante la vimos ya en las nubes emboscada, ya blanco de nuestros tiros; de cuyo estruendo espantada, tan ligera como vino, empezo a subir de nuevo; y a la metad del camino, encontrando el Jerifalte que la busca enfurecido, rompió de su curso el vuelo; gira al través, forma un circo, dale asalto el Jerifalte, y sobre su espalda asido, cuando pensó entre sus uñas, como acerados cuchillos, despedazarla furioso, la Garzas le dio codillo, y de sus sangrientas zarpas se escapó, dejando asidos en ellas tantos despojos, que por el aire esparcidos, aunque plumas, fueron lenguas, que en confusos torbellinos, por esa vaga región divulgaron, que rendido de la Garza el Jerifalte quedó burlado, y corrido. Esto mirabamos todos con gran gusto divertidos, cuando de una verde mata un Lebrel bien advertido sacó un ligero Venado, y luego empezó a seguirlo con velocidad tan grande, que apenas salir le vimos, cuando ya, por la distancia, de la vista le perdimos. Siguen todos la carrera, unos de otros divididos; cruzan, corren, acometen, buscan, llaman, y dan gritos, tiran, disparan, combaten, se oyen voces, suenan tiros; Perros, Monteros, Lebreles. derramados y esparcidos, de breñas, matas, jarales, robles, encinas, y pinos, o se hallaron atajados, o se vieron impedidos, pues dentro de breve rato quedaron todos perdidos; sin descubrir en el bosque senda, trocha, ni camino. Yo, que sobre un alazán, hijo del Boreas altivo, corría más velozmente tras el Ciervo fugitivo; me hallé apartado de todos en la aspereza metido de un valle, que era en lo denso intríncado laberinto. Viéndome así en tal paraje solo, triste, y afligido, desmonté de mi caballo, y me puse pensativo sobre un frondoso repecho; cuando luego de improviso vi, cruzando la ladera de aquel solitario sitio, una procesión copiosa de personajes, vestidos con Avitos penitentes, mantos cortos, y ceñidos los sacos con unas cuerdas de cáñamo retorcido; capuchos piramidales al mismo saco cosidos llevaban, y unas fandalías en sus pies por defensivo más del a que de la escarcha y el frío. A una visión tan extraña quedé absorto y los sentidos no quedando enajenados, quedaron casi abstrardos. Esta visión que yo entonces no comprendí, fue el motivo que con alta providencia dio en mi vocación principio. Luego, pues, que feneció la visión que he referido, monté a caballo otra vez sobre el alazán castizo, que con superior acierto, a su natural instinto, me condujo brevemente a la Quinta de tu primo. Proseguí con disimulo, bien que más tibio, y remiso, en aparentes finezas, los galanteos fingidos: y al fin llegué a desposarme con regocijos festivos, que aquella noche trocó mi fuga en tristes gemidos; pues dejándome la esposa con un cendal, y un anillo, rompí generosamente las cadenas y los grillos con que el amor me tenía aprisionado, y cautivo. Caminé toda la noche, de mi casa fugitivo; y a la mañana encontré en el monte un Pastorcillo, y con sagaz fingimiento troqué con él mis vestidos; y así, en traje de Villano me embarqué desconocido para Flandes, donde un día encontrando en el camino un escuadrón dé Españoles, por Soldado fugitivo me prendieron al instante; dándoles causa, y motivo para sospecharlo así, las medias, que por olvido no troqué con el Pastor cuando tomé su vestido: el cual por no ser conforme al color de nácar fino, que era en las medias de seda de mi disfraz el indicio, fue bastante fundamento para que yo en el Castillo de Noondan aprisionado, y con hierros oprimido, me viese en un calabozo maltratado y afligido. Tres años fui prisionero, hasta que compadecido de mi trabajo el Alcaide, solicitó compasivo mi libertad; y saliendo libre ya de aquel Castillo, vine a la Ciudad de Anveres, donde al ver los Capuchinos, entendí de la visión todo el misterio escondido; pues viéndoles conocí ser estos aquellos mismos, que allá se me aparecieron en el solitario sitio: y de tal suerte me hallé inclinado, o compelido a esta Religión sagrada, que sin poder diferirlo un instante, fui al Convento, y pedí ser admitido para Religioso Lego; mas habiendo conocido mi complejión delicada, prudentes como advertidos, me aconsejaron los Padres con un acuerdo benigno, que eran para mí más propios del Coro los ejercicios. Ajústeme a su dictamen, y me apliqué con ahinco a aprender Latinidad aquello que fue preciso; y después entré en la Orden, donde tan contento vivo como si fuera Monarca, a cuyo imperio, y dominio todo el orbe se mirara avasallado, y rendido; o en el mundo tan alto, opulento, y rico, a quien ventajosamente no exceda el estado mío. No imagines, pues, Leonardo, que es a mi nobleza indigno el estado que profeso; ni me tengas por inquo contra mi padre, y esposa, cuando el dejarles ha sido por impulso soberano del Espíritu Divino. Y pues tan piadoso el Cielo me sacó del Calvinismo, dándome conocimiento de las verdades que sigo; con encarecido afecto, noble Conde, te suplico, que dejando la heregia, abraces la Fe de Cristo, para que así felizmente seas compañero mío en el bien que te deseo, como deudo, y como amigo. Absorto estoy y pasmado de lo que me has referido, viendo el modo tan extraño con que Dios te ha conducido, según dices, al estado tan humilde en que te miro. Yo venero tu dictamen, en que prudente has seguido esa vocación tan rara; y al mismo tiempo me admiro de verte así tan contento con ese tosco cilicio, con ese saco grosero, que a mi ver es claro indicio de la rígida aspereza, con que por modo excesivo ese penitente estado es prosongado martirio. Tiene usted mucha razón en decir que es un martirio muy penoso, y prolongado la vida de un Gapuchino; porque todo viene a ser un continuado ejercicio de penitentes tareas, sin treguas, y sin alivio: los ayunos son frecuentes, las disciplinas lo mismo, la Oración es un asombro: pues de mi confieso, y digo, que de puro meditar, ya casi estoy aturdido. Pero el trabajo más fuerte, que me tiene ya molido, es el haber de saltar de la cama, mal dormido, a los Maitines de noche, sin bastar para omitirlo ni rigores del Invierno, ni calores del Estío. En fin, no tiene remedio, aunque lo sienta el asnillo, habrá de llevar la carga, suspirando, o con gemidos. otra vez, primo Leonardo, vivamente te suplico, que abandones la heregia, y sigas la Fe de Cristo, porque no puedes salvarte sin dejar el Calvinismo; pues la Católica Fe es el único camino de la Gloria, sin la cual, el que camina sin tino, poseído de tinieblas, viene a dar en los abismos. Yo por ahora me hallo aún todabia indeciso, bien que ya muy inclinado, o ya casi convencido, para seguir tu dictamen. Quiera Dios, que convertido. en los Católicos dogmas, llegue a verte yo instruido. . Ya el buen Conde de Cinar está medio convertido: él dejará los errores pestilentes de Calvino, de aquel apostata infame, que, por Dios, estoy corrido. por haber en algún tiempo seguido sus desatinos, siendo un perro condenado de maliciosos caprichos, que estará por sus maldades en los infiernos metido, rabiando, desesperado, por sus culpas, y delitos. . Oíd, mi Dios, escuchad en siempre humildes acentos, ayes, que traslada el labio del original del pecho, cuya copia, por más limpia, la paso a mis ojos, siendo, si en mi ruda lengua voz, hoy en mis lágrimas eco. En ese Leño sagrado embarcado os considero, pues os miro en él surcando un gran golfo de tormentos. Navegando estáis dos mares con el mismo rumbo a un tiempo, el Mar Negro de mis culpas, y de sangre el Mar Bermejo. La Nave está en Cruz y en ella, tus divinos brazos remos, bogan gran playa de penas, para cruzar grande estrecho. Los pies fijados a un palo, que previnieron mis yerros, son el lastre, que asegura el cargo de tanto peso. En esa. Cruz, Dueño mío, sois volcán de amor ardiendo, pues cuanto lleváis a sangre, lo lleváis a sangre y fuego. Cielos, qué es esto! Mi hermana está con tiernos lamentos llorando penas, y ultrajes del difunto Nazareno? Sin duda abrazó su Ley, pues con tanto sufrimiento expresa estar compasiva de sus crueles tormentos. En ese duro suplicio del sacrosanto. Madero (planta donde se sazonan los más rebeldes afectos) miro que estáis enlazando lo posible con lo inmenso; tal pues de mortal, e in trabáis distantes extremos. Siendo hermoso entre los hombres, os miro de ultrajes feo: quién vio jamás hermanarse lo horroroso con lo bello? Toda una selva de espinas en tu cabeza contemplo, dolor que sembró mi culpa, y coge tu sufrimiento. Tu pelo undoso le ofrece, en tormenta de desprecios, flámula roja a la Nave, que furca ese Mar Bermejo. Los juncos, la espina, y lanza, el tronco y martillo fueron espeso bosque, donde eran las malezas mis despeños. Suspensa, absorta, y pasmada me tienen los tristes ecos de tus voces querellosas; pues ya por ellas infiero, que sigues como Papista, a ese pobre Galileo. Ay Celia! que en esta efigie miro reparo y contemplo una copia lamentable de aquel humanado Verbo, que por él bien de las almas se sujetó a lo sangriento de las penas más atroces, con que el pérfido Idumeo ofuscó con vil ultraje la hermosura de los Cielos; cuya Fe santa, que adoro, oscurece el error ciego de la reforma Anglicana, con que Calvino, y Lutero en sombras hereticales mancharon lo puro y terso de aquella santa doctrina, con que el Divino Maestro plantó su Iglesia Romana, árbol fecundo, que al riego de tanta inocente sangre, le tributa en todo tiempo los más sazonados frutos de santidad para el Cielo. Campo fértil, que produce con su divino incremento las más celestiales plantas para su jardín eterno Huerto ameno, y delicioso, que es un florido bosquejo del celestial Paraiso, tan fragrante, como bello. Las almas, que son dichosas en este divino huerto, flores de virtud fragrantes con mil colores diversos, subirán después a ser en el Paraiso ameno de la Gloria eternas luces, y brillantes ornamentos. Yo, Celia, logré felice, sin llegar a merecerlo, el ser flor de este jardín; pues ya con Fe viva creo de este Divino Señor los soberanos Misterios. Una carta de Don Juan fue el celestial instrumento, que en caracteres de luz desvaneció lo funesto de las sombras, que ofuscaban con su error mi entendimiento; y a las plantas de Jacobo, Ministro del Evángelio, abjuré las heregias, que abomino, y aborrezco. Católica soy, hermana, y por la Fe, que profeso, daré gustosa la vida a los filos del acero. No sé qué luz en mi alma percibo; no sé qué incendio abrasa mi corazón, que de tu voz a los ecos arde ya en mi voluntad, y brilla en mi entendimiento, Oh Celia! sigue esa luz, que es inspiración del Cielo, y entrega tu voluntad a la llama de ese fuego. Mira, que esa luz es rayo de este Sol, aunque funesto le adviertes aquí eclipsado entre sombras de desprecios, no impiden estas tinieblas sus divinos lucimientos. Mira que ese fuego es llama, que del volcán de su pecho despide este Dios amante, sin que impida su ardimiento la funesta palidez con que le divisas muerto. Este Señor es, hermana, el que da en tu tierno pecho, con lenguas de luz brillantes, ardientes voces de fuego. Así lo discurro, Aurora, pues ya resistir no puedo a tanto brillante ardor como percibo en mi pecho. Buscaré al Padre Jacobo, y a sus pies, con rendimiento, abjurando los errores, lloraré mis desaciertos. Fijado al bronco suplicio, y pendiente de tres hierros, ostentas, Divino amante, finas divisas de preso. No enclavado, detenido te considera mi afecto, para esperarme: mas ay, qué perezosa me llego! Abierto el sacro costado, descubre aún lo más interno; porque solo un Dios supiera abrirle ventana al pecho. Si será herida? Si es llaga la de tan Divino centro? nada de eso es, si no puerta, para entrar sin cumplimientos. Abriola a bote de lanza ciego un Longinos soberbio: si a un Dios el costado le abre, ya se ve que estaba ciego. Sangre, y agua, ya difunto, dio el corazón por el pecho; Sacramento fue, pues fue manantial de Sacramentos. Cinco heridas penetrantes harto inhumanas te hicieron mis sentidos, que fue hacerte otros tantos sentimientos. Copiosas fuentes divinas en vuestros raudales bebo, herida cierva, clemencias, desmayada cierva, alientos. Fénix Aurora, en la pira de los pies del Sacro Dueño, al sudar sus ojos agua, éxhala su pecho incendios. Rendida al dolor está, mirando a jesús sangriento, asunto de las miserias, y blanco de los tormentos. Herida Garza, a violencias del tiro de amor inmenso, cristales halla en el cauce del más abrasado pecho. Llega del raudal al pie, y equivoco en lo sediento, con el dolor bebe en ansias cuanto anhelaba en deseos. A tus pies, Señor, contrita llego, y ansiosa deseo, . que de mis lágrimas sean tus misericordias lienzo; fiada en que por palabra del Paterno Entendimiento eres voz, cuya piedad pasa a mi pecho los ecos. Deshaga tu gran clemencia de mi conciencia el funesto cúmulo de iniquidades, montaña de desaciertos. Desterrad con vuestra luz de mis tinieblas lo denso, y de hereticales sombras despejad mi entendimiento. Brille en mi alma tu Fe, arda tu amor en mi pecho, y llegue mi voluntad a poseer lo que espero. Y pues vuestro amor, Dios mío, es único movimiento en manto empeño de Cruz, y de sangre en tanto empeño; arrojad en esa fragua mis culpas, porque con eso, o se volverán en humo, o en sombra de lo que fueron. Y para inclinaros más, al pie de esta Cruz me quedo, viva en mi fiel esperanza, muerta en mi arrepentimiento. Muera el traidor alevoso. Ahora veréis, cobardes, si contra todos vosotros tengo yo valor bastante. Qué estruendo es este, Dios mío! Aurora, no te amedrantes; retírate aquí conmigo; porque en sangriento combate entran riñendo unos hombres en este florido Parque. Ay! que soy muerto. Jesús, qué fatalidad tan grande! . Hoy vengaré con tu muerte los insultos, y crueldades, con que temerariamente has ultrajado mi sangre. Hoy has de ser vil despojo de mi sangriento coraje, muriendo trágicamente en este jardín fragrante. Conde. . Rodrigo. Teneos. Qué es esto? . Cosa admirable! Tú, Aurora, con esta efigie? Tú, Jacobo, en este Parque? No te admires, noble Conde. Don Rodrigo, no te espantes. Porque ya feliz venero las Católicas verdades. Porque el celo de las almas me hace despreciar constante los peligros de la vida, que pueden amenazarme. Es posible, Aurora bella, que dejaste el Calvinismo para dar en un abismo. tenebroso, donde huella a la más brillante estrella de la reforma Ánglicana, la superstición Romana, tan vana, como arrogante, incurriendo de inconstante la nota, como villana? No te acredites de vana, de imprudente, y de discreta: permanece firme, y quieta como noble cortesana en la ley, que siempre ufana desde niña profesaste: y pues tanto blasonaste de su leal profesora, no desprecies hoy, Aurora, la ley que ayer abrazaste. Oh Conde, qué mal hablaste, llamando arrogante, y vana a una ley tan soberana, cuyo explendor ultrajaste, cuando abismo la llamaste audazmente tenebroso! Luz brillante, y Sol hermoso es la Católica Fe; y el Calvinismo se ve, que es laberinto horroroso. Llámale supersticioso a ese Calvínico error; pues le conviene mejor ese apellido afrentoso, propio por ignominioso de la fecta de Calvino; mas no ultrajes lo Divino de la Católica Ley, cuya generosa grey es del Cielo explendor fino. Y pues con feliz destino, dejada la falsedad, sigo ya de la verdad el más seguro camino: no juzgues que es desatino, o imprudente discreción, abrazar la Religión sagrada del Cristianismo dejando del Calvinismo, la vana superstición. Aurora tiene razón en lo que dice, y alega, que es torpe, indiscreta, y ciega, y vana esa Religión, por ser una agregación de engaños y falsedades, fomento de iniquidades, como en ti, Conde, se ha visto, ejecutando mal quisto con tu esposa mil maldades. Cuando tan grandes crueldades ejecutó el Barbarismo, como el torpe Calvinismo ejecuta hostilidades? Tus mismas bárbaridades dan testimonio evidente de ser tu ley insolente, cruel, ínicua, y tirana, cosa que en mi triste hermana se ve, se llora, y se siente. Qué ley permite, o consiente repudio tan arrojado, como tú has ejecutado con la Condesa inocente? Qué Pueblos, Nación, o gente tan sangrienta, y depravada, a crueldad tan desusada negara la compasión, mirando tan sin razón a Margarita ultrajada? Triste, afligida, angustiada, al son del llanto, y gemido, para Flandes se ha partido la pobre desamparada: deja su Patria afrentada, de Escocia se va corrida la Condesa Perseguida, causando lástima y pena, que a tal destierro condena tu furor su triste vida. De mi furia desmedida ya los desórdenes siento; cruel he sido y sangriento contra mi esposa querida: Oh Margarita afligida. yo confieso tu inocencia, y de tu rara paciencia quedo atonito, y pasmado, pues invicta has tolerado mi cruelísima insolencia. Ahora lloro tu ausencia con irreparable daño; yo padecí torpe engaño, cuando sin ley ni conciencia, tu fe, lealtad, y prudencia ultrajé con tal rigor: Yo, como aleve, y traidor, sin reparar tu nobleza, te repudié con vileza, y afrentoso deshonor. Sea, pues, ya mi dolor del alma inmortal cadena, y a mi corazón la pena sírvale de torcedor: Muera este aleve agresor a manos de su despecho, y quede en polvos deshecho un corazón inhumano, que se portó tan tirano con el más hidalgo pecho. sea el tosco barbecho, a quien despojó el arado, la tumba de un desdichado, que con tan infausta estrella de la flor más pura y bella ha quedado despojado! Y pues ya desesperado lamento mi desventura, buscaré mi sepultura en lo oculto, y retirado del valle más despoblado, en cuyos senos sombríos quedarán mis desvaríos en olvido sempiterno, sirviendo de duro infierno, que castigue mi fiereza, de los montes la aspereza, para un escarmiento eterno. . Triste, compasivo, y tierno mi corazón ha quedado: oh Conde desventurado! que buscas tu perdición en la ciega obstinación, que a tu alma precipita: Ya lloras a Margarita, confesando su inocencia, y de tu mala conciencia sientes el remordimiento, que agobía tu entendimiento, trastornando tu juicio. Ya diste en el precipicio de la desesperación, llevándote la pasión con estímulo cruel, para dar con el bajel de tu alma racional en el escollo fatal de la última ruina, que al naufragio la destina con irreparable mal. Oh desdicha sin igual! Oh desgracia lamentable! Oh ceguedad detestable! Que así tan infaustamente esté el Conde impenitente! Que conociendo su error, cierre la puerta al dolor! Que pudiéndose salvar, se quiera desesperar! Oh formidable castigo! que servirá de testigo, de asombro miedo, y espanto, para los que abusan tanto de la Divina piedad, que ostentan por vanidad sus insultos, y maldades; pues de sus inquidades el castigo merecido, será poner en olvido a la Divina clemencia, con final impenitencia, para que desesperados se lleven de condenados la formidable sentencia. . Oh Jesús! cuya inocencia. fue atrozmente castigada, cuya sangre derramada fue con ínicua violencia; porque la mala conciencia del pecador insolente quedase perfectamente aseada, limpia, y pura de su inmundicia, y horrura, que la afea torpemente. Como tu piedad consiente, Señor, que el Conde obstinado, conociendo su pecado, permanezca impenitente? Mas ya tu respuesta siente mi alma con mudas voces, que son sus culpas atroces la causa de su dureza; pues su crueldad, y fiereza es tanta, como conoces. Tú, mi Dios, bien reconoces vores cuanto anhelo tus amores, porque en mi alma te goces: Suenen con ecos veloces mis querellas, y gemidos en tus piadosos oídos, para que al Conde, y a mí la gracia nos des aquí, y después gozos cumplidos. . Ya, noble Conde Leonardo, se llegó el felice día, que a tantos años de penas dará fin con su alegría. Ya mis ansias, y deseos gozarán quietud tranquila, logrando la posesión de aquel bien que solicitan; pues al inefable gozo, que recibe el alma mía de haber abjurado tú el error de la heregia, se le añade el regocijo, con la plausible noticia, de que ya mi amada madre estas cercanias pisa, pues ha llegado de Escocia, y al Convento se encamina; con ansia, y filial afecto he salido a recibirla: que como no la conozco, ni pude verla en mi vida, después que mi ingrato padre me robó con tiranía, con el deseo de verla las ansias me martirizan. Mas (ay Cielos!) si vendrá con aquella comitiva, que hacia aquí se va acercando? Allí viene Margarita, aquella santa señora, que tantó a mí me quería: yo la serví muchos años, y con mis chocorrerías, en sus penas, y trabajos procuraba divertirla. Gracias a Dios, que llega con prosperidad benigna, después de tantos trabajos, a la quietud pretendida. Ya vencidas felizmente del Mar las furiosas iras, logramos tranquilo puerto en esta estancia florida. Aquella es, primo, tu madre la Condesa Margarita. Ya en efectos naturales la sangre por simpatia pulsando en el corazón, le anticipó la noticia. Estará cerca el Convento en donde Don Juan habita? No está lejos. . Lo pregunto, porque ya en dulce porfía mis afectos en el alma con maternas ansias lidian, como que están percibiendo de Don Juan la cercania. Y no te engañan, señora, pues le tienes a la vista. Allí viene con Leonardo. Ya nos vieron, pues nos miran: acerquémonos allá, y no lloren, ni se rían, porque el llorar es flaqueza, y el reír truhanería. Hijo mío de mi alma? . Madre mía de mi vida? Es tanto el placer que tengo::- Es tan grande mi alegría::- Que mi corazón desmaya. Que mi lengua enmudecida, para articular palabras se me queda entorpecida. Es posible, hijo querido, que ya mis ojos te miran? Que ya llego a conocerte, dulcísima madre mía? Te lloré querido mío, desde aquel infausto día, que de mi tierno regazo te arrebataron las iras de tu padre el Conde Forbes: y han sido en mí tan continuas las lágrimas desde entonces, que en corriente succesiva el campo de mis mejillas. Pues yo también he llorado, porque me he visto en pretina metido en un calabozo, padeciendo hambre canina. De tus penas, y trabajos tuve yo larga noticia, y han sido mis sentimientos al compás de tus fatigas. Vamos, pues, hacia el Convento, Ya tengo yo prevenida para mi madre una casa donde esté con su familia, que el Gobernador de Anveres lo dispone, y determina de esta fuerte, señalando la renta que necesita para vivir con decencia, según pide su hidalguía. Agradezco su piedad. Estaréis bien asistida, y viviréis consolada. Oh Providencia Divina! que liberal me franqueas en este extranjero clima, lo que me negó en mi patria la ingrata y cruel perfidia. . Pues ya venturoso logro la quietud que deseé, ríndole al Cielo mil gracias por tan singular merced. Yo confío firmemente; que en obsequio de la Fe, víctima de amor divino, mis días acabaré. Ya, señor, estamos libres de aquel cautiverio infiel, de aquella opresión inicua, de aquella tirana ley, de aquel Calvinismo aleve, que oprime el hado cruel a todo el Reino de Escocia; y pues para nuestro bien nos hemos venido a Flandes, donde lo noble, y cortés de la Flamenca Nobleza se empeña en favorecer a los que tan desválidos estamos por nuestra ley; olvidemos nuestra Patria, pues que tan ingrata fue, y en este Pais extraño podemos permanecer en paz, quietud, y sosiego; pues con providencia fiel nos condujo a esta Ciudad el alto y supremo Rey. En esta Ciudad de Anveres está mi hermana también: vámonos, Rodrigo, a verla, que tuve noticia ayer por un Soldado Flamenco, que en el camino encontré, que se halla bien asistida con sueldo que le da el Rey: y según noticia tengo; aquí cerca ha de tener su habitación, y morada. Mucho la deseo ver. Templad, Rosaura, la pena, no os aflijáis, no lloréis, que si os falta Margarita, padre, y madre en mi tendréis. Mi pena, dolor, y llanto no puede dejar de ser en este lance crecido, pues me faltó tanto bien. Señor, aquel Caballero el Conde de Cinar es. Y la mujer es Rosaura. Golondro va allí también. Cerca debe estar la casa de mi hermana. . Cierto es. Dime, Rosaura, qué intentas? dime qué quieres hacer? Yo, Leonardo, determino dejar el vano tropel de mundanas dependencias, y me quiero recoger al estado Religioso. Harás, Rosaura, muy bien en hacerte Religiosa; yo también abandoné las vanidades del siglo, vistiéndome, como ves, aco penitente; y tanto me adelanté en virtud, y perfección, que una vez me arrebaté a la fuerza de un licor, sin saber cómo, o por qué. Mucho siento que me dejes, Rosaura; pero bien sé, que siendo tu Religiosa me podrás favorecer mejor con tus oraciones, para que el Señor me dé constante perseverancia. Gustoso me privaré de tu amable compañía, porque tú al supremo Rey te consagres totalmente. En los Claustros lograré quietud, sosiego y retiro, donde en paz acabaré la carrera de mi vida; pero nunca olvidaré a la noble Margarita. . Con mucho gusto y placer llego a encontraros, Leonardo, y a vos, Rosaura, también. Qué es esto, Padre Jacobo? Mi venida no extrañéis, pues vengo a ver a mi hermana. Rosaura, no declaréis . lo que pasa; por ahora disimulad. . Qué tenéis, Rosaura, que estáis llorando? Disimulad si podéis. . El motivo de mi llanto presto, señor, lo sabréis. Está Rosaura afligida, y por eso la saqué a que divierta su pena. Eso me parece bien. En dónde vive mi hermana? Suponis falsum; porque::- Calla, necio. Pues ya callo; pero es falso suponer, que un difunto tenga vida. Entremos, que aquesta es la casa de nuestra hermana. Gracias a Dios, que llegu a lograr en esta entrada lo que tanto deeseé. Allá dentro lo verás, que aunque la llegues a ver, no será como deseas, ni será, ni puede ser. Venid, delicadas flores, dejando de florecer; pues ya marchita, y ajada la flor más bella se ve, que es rosa, azucena, jazmín, y clavel. Rosa sois, dulce Jesús, teñida en el rosicler que los hizo cruel perfidia copiosamente verter. Rosa ufana eres, María, que en el humano vergel pisaste duras espinas, sin ensangrentarte el pie. Venid, rosas, celebrad. a la difunta más fiel, con acentos de carmín, que os lleguen a suspender; pues ya marchita, y ajada, Azucena de los valles en esta Cruz parecéis, hermosa entre las espinas, que os afligen por mi bien. Blanca azucena, esmaltada en los campos de la Fe, que al oro de vuestros granos, divina resplandecéis. Venid, blancas azucenas, y con vuestra candidez aplaudid la gran pureza de tan heroica mujer; pues ya marchita, y ajada, Cándido jazmín, que ofreces tanta copia al florecer, siendo jesús Nazareno, jesús florido has de ser. Cándido jazmín, que esparces fragrancia al amanecer, qué mucho, si la esparcias. al concibirte también enid, nevados jazmines, y a Margárita ofreced aplausos de su grandeza, con suave pequeñez; pues ya marchita, y ajada, Clavel divino, encarnado en el más puro vergel, si el candor te dio una Virgen, la Cruz te da el rosicler. Clavel del más puro labio, que lograste al primer ser, con la original pureza, la púrpura del gran Rey. Venid, claveles hermosos, formadle Regio dosel a la que en su real sangre dio gran lustre a nuestra Fe; pues ya marchita, y ajada, Mudo teatro, infausto laberinto, que das motivo al más amargo llanto, al ver un Sol de luces tan extinto, que infunde al pecho hielo, horror, y espanto, eclipsado, con tan adversa suerte entre sombras, y espantos de la muerte. Ay infelice! a quién ha sucedido mayor angustia, más fatal tormento? mi llanto acabe en ansias del sentido la vida con su noble sentimiento, al rigor de la parca inejorable. Difunta yace mi querida hermana en esta tumba: oh pena inevitable! Llegó la Margárita soberana. al término fatal de su carrera, en que tantos Caribdis había hallado; pero si Cloto la fatal tigera en el hilo vital ha ensangrentado, al eco de su vida se percibe, que ella viviendo muere, y muerta vive. No muere cuando vive, antes mejora. de vida Esposo, gustos, y riqueza; pues libre de los riesgos de viadora, del Olimpo se encumbra a la firmeza, donde renace celestial Aurora, para ser semejante en la belleza al Sol, que eterno, y fino le eterniza, y entre sus resplandores la entroniza. Venid, delicadas flores, dejando de florecer, En profesión Religiosa las pisadas seguiré de Celia, que dejó el mundo, y para este fin se fue a la gran Ciudad de Roma, donde en un sacro vergel de azucenas virginales cándida azucena es. En el jardín más florido, cuyo deleitoso seno mantiene su campo ameno todo de flores tegido, sois en vivo colorido, Virgen, bella clavelina, por lo fino peregrina, por lo peregrino hermosa; siendo por tan prodigiosa vuestra fragrancia divina. Estrella brillante, y fina es mi madre en luz flamante, que si fue Planeta errante, Luna, Diana, o Proserpina, ya fija luz la destina en la Corte Celestial a ser glorioso faval, altamente entronizada, con refulgencia adecuada de su pureza al cristal. La Capilla Ángelical, sus virtudes aplaudiendo, las alturas suspendiendo con música sin igual, celebra la celestial constancia de esta señora; y aunque difunta la llora nuestra tierna compasión, su gloria, timbre, y blasón en los Cielos se mejora. ( Dueño mío, Asistidme, (bella Aurora, porque llegue a merecer, con un vivir inculpable, un dichoso fenecer. Venid, delicadas flores, dejando de florecer, Ya la Condesa de Forbes, ciñendo el sacro laurel, logra en el Cielo la palma, que se llegó a merecer, peleando valerosa en defensa de la Fe. Ya en el eterno descanso feliz llega a poseer, en premio de sus trabajos, glorioso solio, y dosel. Adiós le suplico, y ruego, pues fuente de luces es, que ilumine al Conde Forbes con los rayos de la Fe. Y con esto la Comedia se llega ya a fenecer, la Condesa Perseguida, y el Capuchino Escoces.