Texto digital de El conde de Saldaña (primera parte)
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- Álvaro Cubillo de Aragón
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- Álvaro Cubillo de Aragón Segura
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El conde de Saldaña (primera parte). BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/conde-de-saldana-el-primera-parte.

EL CONDE DE SALDAÑA (PRIMERA PARTE)
JORNADA PRIMERA
Oí, que la Aldea has dejado donde intratable has vivido, a Corte te has venido: oí, que en Palacio has entrado, y el Rey honra con mercedes a tu Padre, y mi señor, para lucirte mejor, ceñirte la espada puedes; que aunque te vi muchos días en la montaña en que estabas, que las fieras sujetabas, y sin armas las vencias, no perdonando ambicioso, terror de aquesta maleza, del Ciervo la ligereza, la ferocidad del Oso, en tu edad, y aquí está mal sin espada un Caballero. Sin que mi Padre primero lo permita, no haré tal: hoy le pediré licencia, y con su gusto lo haré, pues que es mi Padre, y que se le debe esta obediencia. Ah cuerpo de Dios con tanta humildad! espada pido, si ya no es que has venido por Ménino de la Infanta: en tu espíritu gallardo extraño esta cortesía. Ya conocerá algún día el mundo quien es Bernardo. Tu Padre viene contento, y del Rey favorecido; la sopa te se ha caído en la mi el para tu intento: llega a hablarle, satisfecho de su amor, y tu razón. Jamás le pedí, Mozón, cosa, que por mí haya hecho. Yo lo creo, pues en duda siempre lo bueno condena, y para hacer cosa buena, aún el nombre no le ayuda: pordona, si claro, o turbio mi lenguaje no te cuadre. Mal nombre tiene mi Padre? No se llama el Conde Rubio? mi discurso no te asombre: porque en cualquiera ocasión, de perlas viene el chitón por qué decir tan mal nombre. Oh, qué mal nombre! mal año. Y tú has de llamarte así? Si ya su hijo nací, he de tomar nombre extraño? Bueno es que tras un diluvio de hazañas, que de ti espero, muy vulgar, y muy casero, te llames Bernardo Rubió: no viene bien. . A tu humor tan buena locura igualo. Ello bien puede ser malo, mas no puede ser peor. Qué estáis tratando los dos? Miren qué falso que viene. . Este hastardo me tiene enfadado, vive Dios. La soberbia, y el desdén nacieron con él (qué enfado!) pues con haberle criado, no puedo quererle bien. Que como en ofensa mía nació (digo de mi amor aunque con tanto valor la Infanta de mí se fía; de suerte en mi pecho lidia aquel antiguo pesar, que aún no he podido olvidar ni los, celos, ni la invidia. Quise a la Infanta, y atento a su amor, lloré desvelos; no me oyó, y de aquellos celos aún dura este sentimiento. Este piensa que es mi hijo, y pudiera conocer que no lo es, solo con ver que en su presencia me aflijo; porque el amor paternal jamás se pudo encubrir: mas como ha de discurrir bien el que nació tan mal? Señor, ya sé, que ofendido ñA te muestras siempre de mis mas ya en tu casa nací, sin culpa de haber nacido, Bien que culpa llegue a ser nacer con desdicha igual, porque es culpa original en los hombres el nacer. Lo que a suplicarte vengo, es, que supuesto, señor, que no me falta valor, y años suficientes tengo, permitas, y des licencia si mi aliento no te enfada) para ceñirme la espada, que en esta humilde obediencia a mi sangre satisfago, y debes reconocerla, pues pudiera yo sin ella ceñírmela, y no lo hago. Espada? pues aún no puedo sin ella, y con la razón templar vuestra presunción, y sin vergüenza, y sin miedo buscáis ocasión mayor? bien parece (estor sin mí!) que sois; mas quédome aquí. No soy tu hijo, señor? Qué gentil rapacería. pues sabed: . Fortuna escasa! Que no ha de haber en mi casa más espada que la mía. 2 Tome eso; mire si obra la purga, mire si brama, contra el hijo: él no se llama Don Rubio? pues basta, y sobra, Tan malo es tener, señor, a tu lado un hijo honrado, que puesta la espada al lado, mire por ella, y tu honor? Tan fuera va de camino ceñirme la espada yo? qué padre no se alegro, por Natural; y Divino Derecho Común, y Usado, de ver su imagen, y ver restituido su ser en el hijo que ha engendrado? Quien no quiere ver copiada su persona toda entera desde la calza a la cuera, desde el puñal a la espada? Solo tú, cuya pasión llevándote a ser ingrato, gustas de ver tu retrato con aquesa imperfección. Y dudo, cuando contrasto el ragor en que me aflijo, si soy, o no soy tu hijo, si eres padre, o si padrasto. Quien los ejercicios trueca, de su mismo ser le enfada: yo nací para la espada, como otros para la rueca. Y vive Dios: . Imprudente, baste ya, que ver no quiero en vuestra mano el acero, que se acobarde, o se afrente. Acobardar se en mi mano el acero? . Si, rapaz, que ni valiente, ni audaz puede ser el que es villano. Luego yo villano soy? Mucho aquí me descubrí; . yo puedo hablaros así. Claro está, y por eso doy a mi espínitu gallardo reportación tan felice, que a ser otro quien lo dice, se acordara de Bernardo. Mas volviendo a hacer la cueta conmigo, hallo a consolarme, que no puedes tu afrentarme, sin tener parte en la afrenta. Porque a ser de otra manera, antes que lo pronunciara, la lengua se la sacara, vive Dios, a cuya fuera. Esta arrogancia insolente pretendo yo castigar. Mal sabes, señor, llevar ana inclinación valiente. Río más caudaloso, con la maña puede ser vadeable; y el que ayer fue soberbio, hoy es piadoso. Las prohí biciones fueron causa de ímpetu mayor; débale correr, señor, por donde todos corrieron. Vadeale con descanso, que es Río, y ha de parar, como todos en el Mar; no le oprimas, he irá manso. Su desvergüenza, su mengua; de ti la pudo aprender; pero yo sabré poner una mordaza en la lengua a entrambos. . Mira, Señor: Qué castigo hay que no os cuadre? No es posible lea mi padre . quien me habla con tal rigor. Ni quien Don Rubio se llama, puede, por Cristo Sagrado, ser padre de un hombre honrado, llámese Rubia una Dama; y no sin causa me quejo, pues nadie puede dudar, que es mina de rejalgar un Don Rubio, o Don Bermejo. Me respondéis? Quién responde? Villano. . Tu hechura fui, Idos entrambos de aquí. Ya me voy. Qué es esto, Conde? con quién el disgusto ha sido? Señor: ahora me vengo. . Yo, señor; soy quien le tengo indignado, y ofendido: mi padre tiene razón de estar conmigo enojado; a sus pies: . Ya yo he llegado; y enojos, de padre son, no haya más por vida mía. Si Vuestra Alteza supiera quién es este, no le hiciera anta merced. . Conde el día que en la Corte estáis, colijo de las honras que os prevengo; que para mí, mas no tengo que saber, que es vuestro hijo. Es culpa calificada, indigna de mi obediencia, llegar a pedir licencia para ceñirme la espada. cuando en mi valor segura, en mi edad, y en mi nobleza la misma naturaleza esta falta me murmura? Si esta es gran culpa, señor; que la castiguéis espero. Conde, el noble Caballero, el que nació con valor, el que con sangre excelente los ojos al Mundo abrió, la espada con él nacio, desde la cuna es valiente. Luego aquel valor empieza, que sus pasados le dieron, porque de un parto nacieron las armas, y la nobleza. La espada es bruñido espejo del honor, cándido armiso; nunca el niño noble es niño, nunca el viejo noble es viejo. Si esto solo ocasiono, Conde, vuestro enojo, hoy quiero, armándole Caballero, ceñirle la espada yo. Deja, señor, que Bernardo la tierra que pisas bese. Callar tengo, aunque me pese, Un Caballero gallardo sin espada no ha de estar. Gocéis del Fénix la vida. Aquí, señor, prevenida la tenía. . Esto es honrar a quien lo merece tanto; llegad Bernardo, que espero, que en vuestro brazo el acero ha de ser del Moro espanto. De vuestra mano quien duda, y de vuestro nombre honrada, que si es tímida envainada, que sea invencible desnuda? Hagaos muy dichoso Dios. Conde; esto ha de ser así, yo la espuela le oeñí, calzadle la espuela vos, Esto más? viven los Cielos! . No disimula el pesar: que tenga de verme honrar quién me engendro invidia, y celos! no lo entiendo. . Aunque más ladre, ya la espada el Rey le dio. Parece que debo yo más sangre al Rey que a mi Padre. Qué pesar! a vuestra Alteza obedezco, y sirvo así. . Es debida, Conde, en mí tal honra a vuestra nobleza. Desde hoy, señor, desde hoy me sacrifico en el altar de la obediencia mía siempre rieo de amor, y siempre rico del favor, y mercedes de este día: hoy he vuelto a nacer, hoy comunico al alma nuevo ser, nueva alegría, pues dando a mi nobleza más nobleza, por ti renace, y a vivir empieza. La espada que hoy me ciñes con tu mano, será horror, será asombro, y marabilla del Alarbe Andaluz, del Africano, que en sangriento ciñe bárbara cuchilla: las márgenes verás del Occeano reducidas al centro de Castilla, sin que para cumplirlo sean estorbos salvas de lanzas, ni de alfanjes corvos. Ya me verás en las sangrientas lides. apellidar tu nombre valeroso, desde el Mar Gaditano; en quien Alcides, de un monte, y otro se labro coloso, hasta el Piríneo excelso, en quien divides del Franco Imperio el Español famoso; que yo solo he de ser, pues solo basto, quien aclame la voz de Alfonso el Casto, Este rayo de acerc, este gallardo. cometa de dos filos, este trueno ha de ser en el brazo de Bernardo azote universal del Agareno: ya en desnudarla, y esgrimirla tardo; sienta el turbante de plumajes lleno el ruidoso golpe, que amenaza al que los antes de la adarga embraza. Ya el belicoso estruendo me provoca a biscar sus murales, y almanzares, y ocioso el freno en la espumosa boca, a batir del caballo los hijares, daré al bridón esta animada roca, desbaratando Escuadras a millares, hasta poner al pie de tu fortuna cautiva, y presa la ménguate Luna. Creo de vuestro valor, Bernardo, lo que ofrecéis. Cómo vos, señor, me honréis, cuanto he dicho haré mejor. Aunque el Conde se desplace de esta bizarra braveza, crea, señor, vuestra Alteza, que es hombre que dice, y hace: Y yo no me quedo atrás, porque aunque humilde he nacido, me crié con él, y he sido de sus cambrones el zas, de sus prestezas el juego, de sus golpes el amago, el ruido de su estrago, y la chispa de su fuego: Creolo: mas qué rumor oigo? . Novedad extraña. Viva el Conde de Saldaña, victorioso, y vencedor. Sin duda el Conde ha llegado con victoria. . Gran jornada. ya de su valiente espada me reconozco obligado. Con el aplauso qué ves traen al Conde tus vasallos. Muertos dejo dos caballos hasta llegar a tus pies. Conde, a mis brazos llegad, que aunque la victoria infiero, sabedía de vos espero con mayor gusto. . Escuchad que obedecemos, señor, es imán de mi albedrío; supuesto que el valor mío nace de vuestro valor. Yace, generoso Alfonso, entre dos Sierras un Valle, un pensil entre dos montes, entre dos montes un parque, una perla entre dos conchas; así me explico más fácil, pues con almenas de nieve, siendo perla inestimable, le guardan, y le conciben sus brutescos homenajes. En este, pues, sitio alegre. que para victorias tales, palestra, y cerco dichoso previno la común madre; hallé a Ceilan, que venía tan soberbio, y arrogante, tan dueño de su fortuna, que para que conquistase, le pareció corta empresa el blasón de tu Estandarte. Traía el valiente Moro seis mil Flecheros Infantes, que al disparar todos juntos, tal vez por lisonjearle, pabellón al Sol hacían con las saetas volantes aquel espacio pequeño, que avecindaban los aires. Engrosaban su Escuadrón de Toledo seis Alcaides, a cuyo cargo venían tres milguinetes Alarbes, cuya variedad de plumas repartí a los turbantes, de Afrícanos Abestruces formaba victoso exambre, Las adargas Tunecíes, las marloras, y Turbantes, de bufano doble aquella, y estas de seda, y estambre. En las Andaluces yeguas que con relinchos, y escarces al clarín le respondían; confundidos los metales; traducian la Campaña mucho Abril, a mayor Parque, en cada nervioso brazo, ya acometa, ya amenace, blandiendo el valiente fresno; juntaba por ambas partes los dos opuestos extremos de acicalados remates. todo este vistoso alarde, de galas, lucha apacible, de armas belico certamen, que ni África menos forja, ni menos teje Levante, a las garras, y al bramido de tus Leones audaces, se vio poderoso un Lunes, y desvanecido un Martes. Este, pues, dichoso día (aunque cobardes le infamen supersticiosos agüeros de Católicos cobardes, sobre un alazan tostado, Arabigo en nombre, y sangre, Castellano en lealtad, Andaluz en lo arrogante, con humos Aragoneses, con alientos Catalanes; tan Español, en efecto, que del Betis los cristales, para examinarle hijo, le reconocieron Sacre. De crins cernejas, y cola, al moverse, y al hollarse, eran las cerdas gualdrapas, y al correr, alas que esparcen. No vio en su carrera el Sol, rascando fuego en el Ganjes, oro peinando en las nubes, nieve alegrando en los Alpes, grana bordando en las selvas, y espuma tocando en mares, alado bruto que pueda competirle, ni igualarle. La rienda ajuste, y apenas a los latines hijares llámola dorada espuela, cuando respondió con sangre, para convertirse en fuego, porque era el suyo tan grande, que relinchando centellas, las piedras que pisa, y parte, para mejorar de esfera, le vieron llamas voraces. Puse en orden mis Soldados, discurrí por todas partes, en bien conformadas haces; y al son de bastardas trompas, como destemplados parches, se travó la escaramuza entre los sangrientos bates. Duró el tesón invencible hasta las tres de la tarde, sin que de tanta fortuna el rostro se declarase. Y viendo que porfiaban los sucesos tan neutrales, la dicha tan contingente, la victoria tan durable, envidé el resto en la vida de mis sudores, y afanes: busque al General, y hallele esgrimiendo el corvo alfanje, que acosta de tantas vidas gozaba purpúreo esmalte. No así a la tímida presa el Águila caudal bate las alas, mostrando a un tiempo garra, y pico de diamante, como yo parto a embestirle, y él a recibirme parte- Chocaron pecho con pecho los Caballos, que leales titubearon, sufriendo el encuentro formidable. Tan en sí se hallaba el Moro, que después de recobrarse tiró un revés, y cortó del freno los alacranes, dejándo me sin las tiendas, como sin timón la Nave: más logrando mejor tiempo en lo preciso del lance, falseé con una punta en su pecho malla, y ante, abriendo para la muerte fuente de rojos granates. Callo del Caballo el Moro, donde con ansias mortales, en monumento de arena sirvieron a su cadaver de tumba la blanca adarga, de pura el rojo turbante. Apellidé la victoria: Viva, dije, viva en jaspe el nombre de Alfonso el Casto, viva en bronces immortales. El Sarraceno Elcuadrón, como es fuerza que desmaye todo cuerpo sin cabeza, viéndose sin ella, abate las medias Lunas, que ya eclipiadas, y menguantes, a la luz de tanto Sol, lloraron golpes fatales. Vergonzosamente huyeron; y yo siguiendo el alcance, al triunfo de esta victoria concedí el último vale. Gané cincuenta Banderas, los Cautivos, y el bagaje, negándome a la codicia, repartí a mis Capitanes, enriquecí mis Soldados, porque civiles achaques. no desluciesen mi gloria; que es el soborno más fácil de quien arriesga su vida, con lo que gano pagarle. Esta victoria te ofrezco, por mí este laurel te añades, en tanto que con tus huestes en bucesalos navales, recobrando nuevos Mundos, el Mármol Sagrado saques del cautiverio; que llora tanto Religioso Acates: que de tu valor lo espero, porque la victoria cantes, porque tiemble de ti el Mundo, porque tus Pendones Reales de ensalcen con mi valor, para que el Mundo te aclame, y porque victoria, y vida a tu grandeza consagre. Conde, otra vez, y otras muchas llegad a mis brazos. . Rasgue del libro de mi ventura esta hoja, quien la hallare doblada, porque algún día la fortuna no se canse. Óyele, por Jesucristo, que está bien dicho el romance, pero si yo le dijera, no había de poder quietarse la turba de mosqueteros en hora y media cabales. Aparta (qué bien responde!) vive Dios, que me has llevado toda el alma, por Soldado, y por valeroso; el Conde. Apenas lugar me da la invidia, que he recibido para darle el bienvenido: qué ufano, y soberbio está! Qué dignamente le dan aclamación comunmente! qué bizarro, qué valiente! qué gentil hombre, y galán. parece que él mismo ha sido su Artifice milagroso! lo robusto, con lo arroso, lo fuerte; con lo lucido. Tan iguál es, tan al gusto miro en él, que no han faltado, lo galán, por delicado, ni por feroz, lo robusto. Conde, ya con vos no puedo tener siniestra fortuna; vos sois la basa, y columna de mi Corona. . En Toledo tu silla pienso poner. Si vos desnudáis la espada, con sangre Alarbe manchada, no dudo que venga a ser. Ay, Jimena, con qué enojos vivo en cuanto verte tardo! Apenas mi amo Bernardo quita del Conde los ojos. El Cónde Don Rubio aquí? cómo la Aldea ha dejado? cómo a hablarme no ha llegado? mala señal (ay de mí!) Si mi Bernardo, a quien tiene en su poder; si mi hijo es muerto? mas qué me aflijo? nunca el mal tan sordo viene. Porque veáis lo que os quiero, y mi amor conozcáis hoy, el mayor oficio os doy de mi mayor Camarero: juradle, y servidle, Conde Vuestra Alteza así procura dar lustre a su humilde hechura, y a su grandeza responde. Ya orece mi invidia. Vive el Cielo, que me he holgado, que el oficio le haya dado, mas que si a mí me le diera. Para lo que él ha servido, no monta eso cuatro blancas. La Tenencia de Simancas está vaca, y no he querido proveerla, porque vos la hagáis, dadla a algún amigo. Bien, señor, estáis conmigo, que sois imagen de Dios, pues con valor singular, de vuestra grandeza usando, no solo dais; pero dando, también enseñáis a dar! Daré al Conde esta Alcardia. . Si el Rey su agravio supiera, menos mercedes me hiciera; pero sabralo algún día: vorme, por no estar mirando anvidioso, y desabrido, la mano del ofendido al mismo ofensor honrando. . Recorriendo estor que daros, Conde, y para que ganéis amigos, y siempre deis nueva ocasión de alabaros, permito, que podáis dar de mi Cámara dos llaves. Mercedes, señor, tan graves, quién las mereció gozar? quién son estos Caballeros? que quiero en vuestra presencia, puesto que me dais licencia, honrarlos, y obedeceros. El que a vuestro lado está es mi ahijado, y heredero del Conde. . Hoy espero dar muerte a quien me la da. Yo le he ceñido la espada, y Caballero le armé. Y yo, señor, le daré por vos la llave dorada, favor que se debe al Conde, después de ser muy amigo: y este Caballero, digo, que al oficio corresponde; que el Gentil hombre ha de ser, después de tener nobleza, galán por naturaleza. Qué aquesto he llegado a ver! Y lo es, a fe de quien los. V. Excelencia sabe honrar a sus criados. , jurad de Gentil hombre desde hoy, aunque lo contrario siento, que quien desde que nació de Gentil hombre juró, no ha menester juramento. Este si es Conde, y responde a su lustre nacimiento: va a decir ciento por ciento, del un Conde al otro Conde. Tratad, pues, de descanzar, y vedme luego. Señor, en mi descanso mayor es serviros. . Si excusar el juramento no puedo, y es preciso en mi nobleza, perdóneme vuestra Alteza, que con el Conde me quedo. El rapaz es extremado: De esta edad se me parece, que será Bernardo: hoy crece con el amor mi cuidado. Desde aquel dichoso día que al Conde se le entregué, no le he visto más, ni se mas de que el Conde le cría. En manos de Va Excelencaa hago pleito, y juramento de servir leal, y atento con todo amor, y asistencia; Basta. . Ya la mano espero, y que con ella me honréis. Mucho, señor, me debéis, desde que os vi, macho os quiero; pero hacer esto me toca, que es vuestro padre mi amigo. alzad. . No he de alzadme, digo, hasta que estampe la boca en vuestra valiente mano, honra de esta Monarcuía. Decidme, por vida mía, tenéis acaso otro hermano? No señor. . Vos sois gallardo, solo sois? . Y aún, según pasa, pienso que sobro en mi casa. Y cómo os llamáis? . Bernardo. Bernardo? y qué no tenéis otro hermano? . No señor. Y algún paje Labrador en la Aldea conocéis de vuestro nombre? . Tampoco. Este mi hijo ha de ser; y temo (ay Dios!) que el placer me mate, o me vuelva loco. Este es, señor, Bernardito, el arrojado, el travieso. Lo peor que tiene es eso. El que de de tamañito, por alentado, y brioso, con un escuadrón de perros andeba por esos cerros tras el Jabalí y el Oso. En aqueso se ocupaba; y cuando después volvía, la caza de todo el día a las zaga las la daba, sin dejar para su mesa sola una pluma, señor. Eso es de buen cazador. Y como de garra, y presa, que en la Aldea no ha dejado moza de buen parecer. Qué? . Señor. . Debe de ser herencia lo enamorado. No quieres callar? . Ya callo, Sus partes son excelentes. oh corazón! nunca mientes, no me canso de mirarlo. Por qué decís que sobráis, siendo solo, en vuestra casa? Señor, lo que en ella pasa; sin provecho averiguáis? mi padre, cuyo desdén juzgo adverdón natural, debe de quererme mal, pues que no me trata bien. Mal os trata? otro testigo . en este mal tratamiento declara, con juramento, que es verdad lo que yo digo? no tiene razón el Conde. Señor, él es un Nerón, y porque en su inclinación a su sangre corresponde, valiente, honrado, y cortés, hoy, con término inhumano, le dijo, que era villano. ̱. Villano? . Villano, pues, y muchas veces villano. Viven los Cielos, que miente: . y qué hicisteis? . Obediente le besé entonces la mano, reverenciando el castigo. Eso es lo que hacer debéis; y mientras, que así lo hacéis, seréis mi hijo, y mi amigo. Pluguiera a Dios, que aunque cuadre mal esta razón primera, si padre elegir pudiera, os eligiera por padre. Qué decís? aunque me aflijo; el corazón me ha pasado: eso dice un hombre honrado? vive Dios que sois mi hijo: un noble así corresponde? Señor. . Vos tenéis nobleza? Es muy grande su aspereza. Estimad, Bernardo, al Conde, pues como padre os crio, que esa es la mayor hazaña. Señor Conde de Saldaña vuestra hechura seré yo. Que no digo eso: si digo; . mas quiero disimular. al Conde habéis de estimar, o no habéis de ser mi amigo; y con esto, a dios, Bernardo, idos con Dios. . Vuestro soy, Si es mi hijo, por quien soy, B que que es alentado, y gallardo. Cónde? huélgome de hallaros aquí. . Siempre VAlteza me hallará tan puntual. Vuestro valor, y prudencia habéis de mostrar ahora: ya sabéis, y es cosa cierta, que no tengo succesión, ni esperanza de tenerla. Bien sé que os llaman Alfonso el Casto, por esta profesión. . Estadme atento: Mi hermana Doña Jimena es Infanta de León, y fiéndolo es mi heredera. Y dueño del alma mía. Pues ella imprudente, y necia, el casamiento rehula, que tanto estimar debiera, del Conde de Barcelona; siendo así que por la misma razón, que yo lo deseo, le aborrece, y le desprecia. Vos habéis de persuadirla con razones tan atentas, tan graves, tan eficaces, tan lucidas, y tan vuestras, que venga en ello, que a vos solo fiarse pudiera: Conde, acción tan singular, y tan difícil empresa. Ella ha de salir de aquí, primero que se prevenga, habladla, Conde, y mirad, que las más heroicas prendas de vuestros servicios grandes; todas se incluyen en esta. Señor. . No me repliquéis, ella sale, y la obediencia de hombre como vos, no admite na réplicas, ni respuestas. Cónde, qué pesar es este? Bien pregunta V. Alteza; que como ya por costumbre se van, sin dudar en ella, a mi casa las desdichas, en lugar de norabuenas; se me pregunta eso a mí, y quien lo pregunta acierta. Ya no me cogen de susto, tan hallado estoy con ellas, que pienso que he de buscarlas cuando en venir se detengan. Pues ahora que mi hermano, Dios le guarde, a hacer empieza tan tas mercedes en vos, y a daros la norabuena salgo yo, dais al semblante sobrescrito de tristeza, sabiendo que es para mí las que en vuestros ojos lea? Estamos solos? . Sí. Conde, habladodo. Mible, mi Jimena, yo fui, por mi mal, dichoso: o qué costosa experiencia he hecho de que las dichas, si son grandes no son ciertas! Cuando al sujeto se ajustan, se gozan, y se celelaran; pero cuando son mayores, o se ahogan, o se quiebran, como higas de azabache, a quien la invidia atormenta. El acordado instrumento, dulce, y regalado suena con las cuerdas, que en él caben; pero no, si sobre aquellas otras le ponen, que entonces sueña mal, y no concuerda. Todo esto, señora, he dicho, para explicar, si pudiera, la pena de ser dichoso quien no ser dichoso espera. El Rey me manda que os hables ya lo dije, el Rey me ordena (qué dolor!) que os persuada (qué tormento!) que os advierta; pero para qué me canso? casaros quiere su Alteza con el Conde. . Ya lo sé, ya lo sé, qué cosa nueva venís a decirme, Conde? el de Párcelo na intenta casar conmigo (qué engaño! mi hermano, que lo desea (qué locura!) os ha mandado que me habléis (gran diligencia!) Para asentar esa baza, el Conde pone en la mesa un Rey (gran carta) y amor en vuestra mano reserva un triunfo, que aunque es pequeño, a ganarle se arraviesa. Viene a morir a mi mano, alargo yo, con que queda tan desbaratado el juego de su parte, y de la vuestra tan seguro, que podéis, dejándolo por mi cuenta dar barato a los mirones, y al alma, que lo desea. Ay dueño del alma, y como el temor justo recela, que han de decir que he ganado con cartas falsas cohechas, baraja, que son de amor fullerias, aunque inciertas, porque cuando más la pinta, el poder las atropella. No podrán. Conde, en mi mano, Qué importa, si en mi cabeza pondrán? . Pues, Conde, adverlid que el que en su primera esfera al carro del Sol se atreve, y sobre doradas ruedas gira globos de cristal, golfos navega de Estrellas, Campaña de luz fluctua, y rumbos de Astros penetra; aunque después de dichoso rayos fulminados sienta, duros precipicios lloro, y muertes pálidas vea: la gloria de haber llegado al laurel que le despecha; mayor vida le asegura, mayor fama le reserva. Morir por mí, no es desdicha, padecer por mí no es pena, morid, Conde, pues que yo por vos muero; y no me pesa. Solo esa muerte es mi muerte. Solo ese temor me aqueja. Yo sé despreciar mi vida. Pues viva mi amor constante. Y mi fe immortal, y eterna: adiós, Conde. . Adiós, Infanta. Qué ventura! . Qué terneza! Qué te vas? . Señora, sí. Volverás a verme? . Es fuerza? Oh quién se viera tu esposa! Oh quién tu esposo se viera!
JORNADA SEGUNDA
JORNADA SEGUNDA Hoy, señor Conde, quiero, en ley de Caballero, restituir la prenda, que ha causado en vos más gusto, en mayor cuidado. No es tiepo, Conde, no, por vida mía, primero habéis de ver mi cortesía; que aunque ayer en Palacio no me disteis lugar, quiero de espacio, Conde, que conozcáis, que no me olvido del título, y blasón de agradecido. Su Alteza (que Dios guarde) haciendo ayer de su grandeza alarde, me hizo merced: quien hay que no presuma que sería de mis méritos la suma? Pero cuantos lo vieron son testigos, que darte el favor con mis amigos; y para vos, que fin hablarme os fuisteis, bien sabéis, que en aquesto me ofendisteis con noble pecho, y con manos francas reservé la Tenencia de Simancas. Después por hijo vuestro (Dios lo sabe le di a Bernardo la dorada llave, porque quedasen libres, y sin tasa, ambos oficios, Conde, en vuestra casa; y así, de entrambas siento, que me debéis igual reconocimiento; si bien, cuando mi amor, y amistad tocos aún mucho más me pareciera poco. Har tal valor! Qué dices? qué respondes? vive Dios que es el Conde de los Condes, el Protoconde, el Archiconde, digo, y aún el Tataraconde de su amigo: más llámese Don Sancho, nombre que todo el mundo le viene ancho y aún si otro mundo hubiera, en un Don Sancho pienso que cupiera: Conde, yo la merced os agradezco; mas cuando por mí mismo la merezco, no me está bien, ya, Conde, se conoce, que por ajenos méritos la goce. Nunca por mano ajena hay merced, ni Tenencia que sea buena; dádsela a otro, que ya yo tengo indicios, que mi Rey me honrará por mis servacios. Y en cuanto a la merced de Gentil hombre, que os digo, no os asombre, puesto que la merezca, que Bernardo está aquí, que os lo agradezca; que yo no me condeno a agradecer el beneficio ajeno. Señor: hay más notable desvarío! ajeno llama el beneficio mío. Amistad bien pagada: tú has nacido de un Padre por extremo agradecido; que más decir pudiera, si algún pesar el Cónde le trajera? Jamás, Conde, pensara de vos, que me volvierais a la cara las mercedes que aquí os he apacado; mas si poco os parece, que vuestra casa ya sé que más merece, para vos reservé, para vos guardo, como la de Bernardo, plaza de Gentil hombre, digno oficio de un señor como vos, con ejercicio en Palacio, sirviendo juntamente la de Simancas por algún Teniente. Vuesa condición templad extraña, que es buen amigo un Conde de Saldaña, y serviros espero. Ni eso, ni esotro, ni ninguno quiero, ni me admiréis esquivo, que merced que es de otro no recibo; pues cuando llega a mí tan otra viene, que más es de enfado, que de gusto tiene. Es posible, señor, que cuando el Conde tan noble, y tan leal te corresponde, con ingratas porfías desprecies sus mercedes, y las mías? Esa correspondencia digna de la amistad de su Excelencia? De ingrato te condenas. Vive Dios, que la sangre que en mis venas conservo tuya ahora me sacara, y por no la tener la detramira, si de ella presumiera; que hacerme ingrato alguna vez pudiera; pero no lo seré, porque te advierto con rostro descubierto, que si a ser su enemigo te a percibes y la merced por eso no recibes, de la razón llevado, me has de hallar de su parte, y a su lado, hasta perder la vida, que por él la daré por bien perdida, cuadrete, o no te cuadre, que es la razón primero que mi Padre. Bernardo, qué es aquesto? vos así descompuesto? No has andado vive Dios, en tu vida más honrado. Yo no me espanto de que así me trates, que en esos que parecen disparates, de derramar tu sangre sin rodeo, la diferencia en tu sangre veo; y así en nada me aflijo, que ni tu padre soy, ni eres mi hijo. . Cónde, amigo, esperad: yo soy perdido Déjele V. Excelencia, pues se ha ido, que él me dirá después, a fe de honrado, sino es mi padre, quien el ser me ha dado; y de que no lo sea no me pesa, que ingratitud tan bárbara como esa no puede darme calidad ni fama. Oh cuanto el noble natural le llama! . pero aqueste traidor que sabe todo mi secreto, pretende de este modo descomponerme, y acabar mi vida. Ay, bellísima Infanta, qué perdida te lloran ya mis ojos! mas que mi pena siento tus enojos. V. Excelencia llorando? qué es aquesto? vas, señor, tan humano, y tan medesto? Bernardo, de un Filósofo se cuenta, que mirando un ingrato, en quien se afrenta naturaleza toda, tiernamente lloraba, por ver si su dureza se ablandaba. Vive el Cielo, señor, que de ese llanto me he enfurecido tanto, que al que así le provoca, con las manos sangrientas, con la boca despedazar quisiera. Su misma sangre, y su valor altera: . este llanto, estas lágrimas piadosas, son en mi amor forzosas, viendo que el Cielo ha dado un hijo noble a un Padre desgraciado; a un suceso dichoso, la malicia cruel de un ambicioso; a un debido recato, la verdad más segura de un ingrato; y al fin a un delincuente, un mal vecino que le juzga ausente: Deciros más no puedo, que hay mucho que decir, y es mucho el miedo. Señor, V. Excelencia diga ahora lo que sabe de mí, cuando llora tanto hombre, tanto ser, tanta nobleza, de amor es, vive Dios, no de flaqueza. Qué sabéis vos lo que en mí puede haber? . Debo creer, que flaqueza no ha de haber en quien tanto valor vi. Hombre soy, y flaco he sido. pero fue flaqueza honrada. Eso es no decirme nada, señor, de lo que yo os pido. Podré callar? será tanta mi entereza con él? sí, que aquesto importa (ay de mí!) al pundonor de la Infanta: quedaos. Bernardo, con Dios. Confuso, al fin, me dejáis? Padre tenéis, qué os quejáis? no es el Rey mejor que vos. Confuso, y de horror lleno me deja el Conde (qué mortal veneno! mi Padre respiraba, que igualmente causaba, con desigual espanto, y ya en mis ojos, y los suyos llanto. Señor, lo que de uno, y otro infiero, es, que el Conde es honrado Caballero: de tu Padre no sé lo que me diga, porque no siempre obliga la chanza; mas conforme a lo que arguyo, me quemen si Don Rubio es Padre tuyo. Pues Padre ha de tener este Bernardo. Eso es fuerza. Y mi espíritu gallardo, mis pensamientos, y mi heroico brío me avisan de que es noble el Padre mío. Yo no sé lo que en esto me cuadre; mas por salir de un Padre, que Don Rubio se llama, me diera yo ha partido, y con el alma gustoso concertara, que hijo de la Piedra me llamara. Ven. Monzón, que del Conde los enojos me han obligado a enternecer los ojos Es por extremo bizarro. Refiérenme tantas cosas de él, que se imagina el alma, no como prenda tan propia, sino como ya perdida, y que de nuevo la cobra. Pues ya en tu presencia está. Ayúdame, Sol, ahora, que de improviso un contento mal se encubre, y se reboza. Lo que he de decir me advierte, Oblígale a que responda; háblale, Sol, por tu vida. Monzón, en tanta congoja, qué puedo hacer? . Divertirla con la Infanta mi señora, y con Doña Sol. . A un triste aún el mismo Sol le asombra. Ah, Caballero; sois vos Bernardo? . Yo sol, señora, Bernardo, y criado vuestro. Estamos cuidadosas las Damas de conoceros. Pase esta por lisonja; yo puedo costar cuidados? Y muchos. . Qué socarrona pero como el Sol sacara este Sol a cualquier hora. Dicen que sois mur brioso. La soledad ocasiona, aún en muy cortos alientos, resoluciones heroicas; porque la casa, y el monte son una abreviada copia de la guerra, y siempre en ella logré felices victorias. Mas qué mucho, mas qué mucho, si las alcanzan a todas, en fe de que a ser mayores hoy a esas plantas las ponga? Ese es estilo de amante. Vuesa Alteza no me corra, que aunque Aldeano, bien sé la obligación que me toca de reverenciar su nombre. Ay. Sol, qué mal se reboza una pasión tan del alma. Pondré en sus plantas mi boca. Galán sois? . Ya lo seré, si vuestra Alteza me abona, que es nueva naturaleza en los Príncipes las honras. Y ese es estilo de amante. Con distinción, si señora, el soberano respeto debido a vuestra persona a una parte; y el afecto amoroso en Sol a otra. Aquel es amor sagrado, que a reverencia provoca; y este es amor más humano, que abrasa, pero no asombra; que obliga, pero no espanta. Basta, Sol, que te enamora: cortesano es el rapaz, de verle el alma se goza. Si Vuesa Alteza pretende, que le refiera sus cosas, yo solo puedo, que soy coronista de su historia. No ha visto en sus pocos años más fuerte brazo la Europa: rompe en el aire una lanza, cuando blandiendo la dobla los dos opuestos extremos, que acerados hierros gozan, A la más robusta encina, que esa montaña corona, abrazado al firme tronco, la desbarata, y deshoja. Si le viera Vuesa Alteza luchar con firmeza toda la noticia del Tebaño, poctica, y fabulosa. Danza, y barla arrosamente; giradas, y cabriolas como peones las teje, Es cortés, y agradecido; sus liberales, y amplio sas manos, exceden, por Cristo, al pasmo de Macedonia. Habla bien en las ausencias; por la razón se apasiona: y al fin: . Ea, basta, necio, que alabanzas tan ociosas ofenden. . Qué sabéis, vos si hay quien con gusto las oiga? No seré yo tan dichoso. Ya por lo menos te toca hacerle, Sol, un favor. Si Vuesa Alteza me otorga la licencia, si lo haré. Llorará perlas la Aurora, celosa de ver, que el Sol en más flamante carroza, por favorecerme indigno, olvida la verde pompa de las flores, que la esperan ya coronadas de aljófar. Él es galán, y entendido. Esta banda reconozca en vuestro pecho a su dueño. Será la abrasada Zona, donde mis sentidos ardan al Sol de vuestras memorias. En él considero al Conde . tan viva su imagen propia, que ni lo amoroso miente, ni lo bizarro perdona. Gran dicha, Monzón, consigo, El Embajador, señora. Ah, pese al Embajador, y a quien su embajada apoya! Con el Rey hablando viene, y con tu padre. . Estas bodas me cansan, y por no verlas me voy; perdonad, señora. Yo también, si V. Alteza gusta de quedarse sola. Aquí un escudero aguarda. Aquí una esclava se postra. Ya no es posible callar en llegando a esta ocasión. Conde, tan grande traición el Cielo ha de castigar, y en mí lo fuera engañar al Conde de Barcelona, cuyo amor, cuya persona no merece, aunque lo intenta, que yo le invidie una afrenta, cuando espera una Corona. Supuesto que Ve Alteza resoluciones ignora, y la Infanta mi señora oye con tanta aspereza mi embajada, a su grandeza suplico, y a vos, señor, deis licencia: . Qué dolor! Poderme partir. Don Gastón:- Esto es cumplir las leyes de Embajador. Bien sabe el Cielo, que siento del Conde el pesar, y fío que ha de ser mayor el mío, que su justo sentimiento: por ahora el casamiento no es posible que asentéis; esto al Conde le diréis. El gozo apenas resisto. Siepre en vuestro pecho he visto, señor, que merced le hacéis. Querrá el Cielo que algún día: Ya, señor, es excusado que mi dueño me ha mandado deje tan justa porfía: orden expresa me envía para partir, hoy lo haré, pues yo para hacerlo, sé que me ofrece en su tristeza licencia, y mano su Alteza, y vos el invicto pie. Aquí importa, Conde amigo, la prudencia, y el engaño; gran remedio a grande daño, a gran traición gran castigo. Infanta, hermana, hoy consigo la quietud que pretendí, alegraos, no estéis así; Guarde Dios a V. Alteza; señor, más años que a mí. Pudierais haberme hablado, pues que vuestro hermano soy, y la embajada de hoy no se hubiera dilatado: conoces este firmado, y encarecido papel? . Ay Dios! muerta sor: en él, señor, mi delito veo, mi muerte; y tu enojo leo: ha traidor Cónde! ah cruel! . Qué te alteras? deja el miedo, Temo, señor, tu rigor. Suspende ahora el temor. Cómo en tu presencia puedo? Como tu hermano procedo. Como culpada te miro. De nada, Infanta, me admiro. Estor muerta, estor sin mí. Desabógate, habla, di. Oye, después de un suspiro. Valeroso Alfonso el Casio, cuyo nombre has merecido por la integridad que gozas, por la pureza que invidio. Hermano, Rey, y señor, si con el nombre te obligo de hermano, con el de Rey te solícito el castigo, con el de señor te ofendo, con el de Casto te irrito, que quien no sabe de amor, aborrece sus delirios. Pero no me atiendas Casto, herma no atención te pido, porque con menos vergüenza llegue el perdón al delito. Yo miré (terrible trance!) yo escuché (cruel martirio! yo quase (qué desconcierto! yo ame (que desvarío. a un hombre, bien digo hombre, si es cierto que entre infinitos, él solo puede ser hombre, quise al Conde, ya lo he dicho, quise al Conde de Saldaña; su persona ya la has visto, su nobleza, ya la sabes, su valor, ya es conocido, su discreción, ya es notoria, pues qué inexpugnable risco no se hunde, no se abate, si le envisten atrevidos persona, valor, nobleza, discreción, gala, y cariñio, y más cuando es el amor de estos Soldados caudillo? Yo me rendí, no sol piedra, yo me humille, no soy risco; quísele bien sol mujer: o cuánto en esto te he dicho! Bernardo, señor, Bernardo es tu sobrino, bien digo: el Conde, quien te soborna con tan heroicos servicios, yo tu hermana, y él mi esposo, cuñado, hermana, y sobrino, a tus pies piden la muerte, y yo por todos la pido, que como la más culpada, busco mayores castigos. Jimena, a mis brazos llega, que aunque sea justo el temor, soy tu hermano, y se que amor deslumbra, confunde, y ciega. Que aunque de amor no he sabido, sus misterios no he ignorado que ya, Jimena, han llegado al alma por el oído; y sé que dé sus misterios lloraron fatales días abrasadas Monarquías, y aún arruinados Imperios. A perdonaros me obligo, y al Conde he de pernonar, pues ya no puedo excusar el daño con el castigo. Que aunque tan mal corresponde su lealtad a su nobleza, he menester su cabeza; vivid vos, y viva el Conde. Retiraos, y hasta que sea vuestro esposo, como aguardo, no os dejéis ver de Bernardo, ni el Conde, Jimena, os vea, que me enojaré con vos; si sé que le habéis hablado, hasta haberse despachado. Mil años os guarde Dios. . De buen tercero fiaba reducir la voluntad de la Infanta, con qué lealtad la hablaría, cuando hablaba del Conde de Barcelona. quien duda; que allí sería, entre la suya, y la mía, preferida su persona? Ahora, Infanta, me vengo de aquel tu desdén prolijo, en ti, en el Conde, y tu hijo, Ira, y cólera prevengo. Qué pienzas hacer? Si vos, Conde, ayudáis mi esperanza, León verá en mi venganza el castigo de los dos. Y no decís del Bastardo? No, Conde, que el no nacio cupado, ni tengo yo queja alguna de Bernardo; ayudele su fortuna. Al punto haréis despachar un Correo, que a llevar parte al Castillo de Luna este aviso, y este plia go. Luego a obedecerte voy. Tan ciego en cólera estor, que aún es tarde siendo luego. El Conde viene. . Esperad, disimulad advertido. Oh, qué mal agüero ha sido de este encuentro la mitad! Conde, dos días cabales sin verme, tanto rigor no lo merece mi amor. Beso vuestros pies Reales por favor tan señalado, que para mí el daño ha sido, pues ese tiempo he perdido de vivir, que no he faltado. El Conde es noble en efecto, . yo pensé mal, ofendí su lealtad, pues presumí que revelara el secreto. Ya en efecto se partió el Cata lan despachado. Nadie a sentir ha llegado su disgusto como yo. De vuestra lealtad lo creo. Ser gusto de V. Alteza, pudo hacer en mi nobleza más afectado el deseo. Conozco vuestra intención, y estoy de vos satisfecho; y pues sabéis de mi pecho la noble resolución, y el deseo que he tenido al Caralan corresponde, aunque yo invidiaba al Conde, viéndoos, me he arrepentido. porque sé cuanto valéis, y que altivo, y cortesano me disculparéis, hermano, y Rey, me disculparéis. Partid, Conde, por mi vida, y sea con presteza tanta vuestra vuelta, que la Infanta no entienda vuestra partida, y a ella le habéis de echar toda la culpa. . Señor (aquesto es lo que a mi amor más bien le pudiera estar) iré, señor, y veréis mi mayor lealtad, sirviendo. Por vida vuestra, que entiendo eso mismo que entendéis. Dadle, Conde, porque parta, ese pliego. Gran fortuna! En el Castillo de Luna dad a su Alcarde esa carta, y pasad vuestro camino. Seré en lenguaje Español un rayo de vuestro Sol, que a Barcelona fue, y vino. . Quién lo entedido, y prudente busca, en tu valor lo vea. El mismo quiero que sea el ministro, y delincuente. Yo vengo determinado. Qué dice? . Esto conviene, quien Padre. Monzón, no tienes oficio no tenga honrado. Pues, Bernardo? . A V. Alteza llego, señor, ofendido de haber al Mando nacido con valor, y sin nobleza. El Conde Rubio, a quien yo Padre he llamado hasta aquí, enojado contra mí, que no lo es confesó. Y aunque a enojo, y sequedad puedo haberlo atribuido, en lo mal que me ha querido reconocí que es verdad. De villano me ha tratado, y ya veis que no conviene que aquel que Padre no tiene viva en Palacio afrentado. Que es molesto, e importuno, señor, a cuantos le ven, quien Padre no tiene, y quien nació hijo de ninguno. Vos me ceñisteis la espada, esa yo la guardaré, porque, en cuanto a mí yo sé, que está mur bien empleada. Mas hasta que el Mundo asombre con ella me habéis de dar licencia para dejar la plaza de Gentil hombre. O manda con soberano imperio, pues a vos vengo, que diga el Padre que tengo, o sea noble, o sea villano. El Cónde está aquí, él lo sabe, él lo pública, y lo dice; si nací tan infelice, no quiero oficio tan grave. Que no es bien dar ocasión a que un hidalgo entonado me diga que con mi lado se afrentan los que lo son: Porque cuando en esto me halle, aunque estéis presente vos, le arrojaré, vive Dios, por un balcón a la calle. Esto con muy linda gala saldrá a la calle violento, como pelota de viento despedida de la pala Qué valiente! qué discreto! lástima tengo, y dolor, este afecto del amor, y aquel de la sangre efecto Conde, hicisteis mal, por Dios, en tratar con aspereza a quien para su nobleza no os ha menester a vos. Licencia tiene, señor, quien como yo le ha criado, para mostrarle enojado severidad, y rigor, que su condición es tal, que si blandura sintiera, en desbocada carrera se precipitara al mar. No sois villano, Bernardo, que aunque al Conde no debéis el ser, nobleza tenéis de espíritu tan gallardo. Cuando os armé Caballero, y el de Saldaña os juro, ni él os conoció, ni yo supe a quien señí el acero. Ya lo se una sangre alienta la nobleza de los dos; quien os afrentare a vos, a mí, Bernardo, me afrenta. Mi sobrino sois; y así, por excusar de ese exceso, en público lo confieso, sed Gentil hombre por mí. Ninguno es en toda España más noble, estimad mejor el oficio, y el valor que os dio el Conde de Saldaña; para que la invidia necia vea, y llore de camino, que un Rey os llama sobrino, cuando hijo un Conde os desprecia, Ya, señor, que de honras tales me habilitáis cuerdo, y sabio, puesto el generoso labio sobre vuestros pies Reales, os pido, suplico, y ruego, permitáis, que sepa yo el Padre que el ser me dio. Esto no ha de ser tan luego, Mayores ansias me dang señor, mientras más aguardo; Mi sobrino sois, Bernardo, y ahora no sepáis más. Vamos, Conde: por traidor declaro al que descubriere a Bernardo, sea quien fuere, quien es su Padre. . Señor, secreto sabré guardarle. Esto a mi servicio importa. Qué sea mi dicha tan corta! No es si no larga de talle. albricias debieras dar: si ya no es que codicias ahorrarte las albricias, pues yo las he de cobrar. Qué hajo al fin no nací del Cónde Don Rubio? . No. Quién lo verifica? . Yo. Soy vuestro sobrino? . Sí. Pues lo demás que calláis, algún día lo sabré, que ilustre mi Padre fue, pues sobrino me llamáis; solo falta que la mano me deis. . Los brazos os doy, Itenmás. . Qué? Que desde hoy no le trate de villano el señor Don Rubio, pues ya será fuerza que confiese que es delito, y crimen ese de sobrino. . Bien está. Iremi pues desde este día es sobrino despadrado, haya quien tenga cuidado de su bocólica, y mía: Item:- . Har más desatinos, Monzón? . Que en el cartapació de las Damas de Palacio nos traten como sobrinos; Item:- . otra? Esta es immensa, que todo aqueste arancel guarden conmigo, y con él botilleria, y despensa. Con tanta priesa he venido, y con tanta he de pasar, que que el camino ha de dudar si he volado, o si he corrido. Pedirele alas al viento, mas serán torpes, y malas, que no he menester sus alas, si voy en mi pensamiento. Y más cuando en esta calma el Sol que ilumina el día, leves suspiros me envía por mensajeros del alma. Mas, pues no puedo excusar el poner en propia mano esta carta al Castellano de Luna, quiero llamar. Qué notable fortaleza. qué bien murado Castillo. qué desplomado rastrillo. qué homenaje! que grandeza. Qué dificultosa entrada. apenas la herida puerta se permite al Sol abierta; parece estancia, y morada del miedo, a horror me provoca, mas con regalado acento tocar oigo un instrumento no toca mal quien le roca. Contento, hacia donde está; que el Mundo todo te adora; por hallarte, quien te ignora, quien te halla, porque te vas. A quién (ay Cielos!) no espanta ver que al contento oportuno, jamás le tiene ninguno? qué bien dice, qué bien canta! Siempre el contento falto, siempre en su sombra se ofusca; quien no le tiene le busca, quien le tuyo le perdió. Forman de ti sentimiento humildes, y poderosos; si a todos tienes quejosos, por que te llaman contento? Contra ti es claro argumento, cuando caminando vas, lo incierto, que siempre estás, llorando cuando te adora, por hallarte, quien te ignora, quien te halla, porque te vas, Vive Dios, que ha suspendido mi alma esta voz! oh cuanto a la dulzura del canto se persuade el oído! Qué inconstante es la fortuna. que de por vida el pesar! mas quiero llamar, y entrar: Ah del Castillo de Luna? Quién llama? Quién irse luego pretende: abrid, Castellano, porque ponga en vuestra mano del Rey de León un pliego. Que vuestro nombre me deis espero. . Malicia extraña. el Conde soy de Saldaña. ̱̱. Suplicoos que perdonéis. Nunca el orden se condena; abrid, Alcaide, el Castillo. Ya han levantado el rastrillo, entrad, Conde, en hora buena, Voy a entrar: el corazón me dice: Jesús, qué engaño! qué discurso tan extraño! qué fantástica ilusión. Entraré, o daré la carta sin entrar? terrible puerta! o cuanto el temor despierta quien de su lealtad se aparta? Ay, Infanta de mi vida. si a verte no volveré? parece que en cada pie tengo una montaña asida. Si el Rey; mas esto es locura; mortal parece que estoy, y que por mi pieme voz entrando en la sepultura. A resolverme no acierto, temeroso, y discursivo, cuando discurro, estor vivo, cuando inmóvil, estoy muerto, Ya es fuerza que me resuelva a la obediencia importuna; entro al Castillo de Luna, plegue a Dios que a salir vuelva Con orden del Rey, sin duda, vier viene el Conde. . Qué será? Ella misma lo dirá, que obra ciega, y habla muda: salir quiero a recibirlo. Bien lo podéis excusar, Alcaide. . Hoy tiene de honrar Excelencia este Castillo. Es imposible que paso muy de priesa a Barcelona a cosas de la Corona; y como esta Fuerza es paso, me mandó el Rey, que este pliego os diese: abrirle podéis, . porque vos le ejecutéis, y porque yo parta luego; que he de volver a León tan aceleradamente. que dude, si he estado ausente, la más curiosa atención. Conde. . De qué os admiráis? De que el Rey lo que decís no escribe, y de que venís mas de espacio que pensáis. Cómo? qué pudo escribir? El Rey excuso el decillo; Soldados, echa el rastrillo, que el Conde no ha de salir: leed, Conde, esos rengiones. Primero, Alcalde (ay de mí!) con el alma los leí. Prevenid luego prisiones. Oh, qué bien agradecido os he de estar, corazón! vuestras profecias son tan ciertas como esta ha sido, Mas porque de verdadero os canonicen, y crean, lean los ojos, y vean lo que vos visteis primero. e. , Yo el Rey. Llegasteis, desdichas mías; mas no hicisteis mucho, no, si os ayudo el Rey, y yo traigo las cartas de Uriar. Prediome el Rey, bien pudiera templar conmigo el rigor; mas quien no sabe de amor, achaques tiene de fiera. De nada tanto me aflijo, aunque más penas aguardo, como de que a mi Bernardo le encubra que era mi hijo, Ah, Rey! cautelas, y engaños a tu prisión me han traído, sepultando en el olvido servicios de eternos años. Vive Dios, que me provoco. Ya, Conde, no es tiempo de eso, considerad, que estáis preso. Perdonadme, que estoy loco. A un Soldado de los dos entregad la espada luego. A vos, Alcaide, os la entrego, y harto hago en dárosla vos; y tratadme con decoro, que aunque preso, soy quien soy y en aquesta espada os doy muchas victorias del Moro, que al Rey mi señor he dado, escritas con sangre roja en el libro de una hoja de este acero desgraciado, Prevenid una cadena. . Yo os agradezco el rigor que un prisionero de amor a estos yerros se condena. Prisiones de enamorados, siempre son graves prisiones. Son de oro los eslabones, y por eso son pesados. Y que me saquéis los ojos también he de agradecer, por tener más que ofrecer al dueño de mis enojos. Ay, divina Infanta mía! los ojos mi amor te ofrece, para que mi noche empiece donde se acabó tu día. Apelad al sufrimiento, Conde, que a eso se dispone aquel que atrevido pone sobre el Sol su pensamiento. Cono Vamos ojos, al crisol de amor os he de entregar; quien al Sol pudo mirar, no vuelva a mirar al Sol. En oscuridad, y espanto quedáis; y pues para ver, ojos, no os he menester, ciegos bastáis para el llanto. Qué lástima, qué dolor! Muera así quien no recela de un sabio Rey la cautela, y la invidia de un traidor. Pero en efecto, aunque más la invidia sea contra mí, la gloria que merecí, no podré borrar jamás. Ni el Rey, ni el mundo pondrán reducir a eterno olvido lo que ya una vez ha sido, quede ciego, quede en calma quien gozo tales despojos, porque le salga a los ojos la calentura del alma. Pues ojos, dejaos cegar, que ya la fama responde: Aquí tuvo fin un Conde; qué desdicha, qué pesar!
JORNADA TERCERA
JORNADA TERCERA Agradecido os estor, Conde Don Rubio, al aplauso, y grave recibimiento, que ayer, generoso, y franco hicisteis a mi sobrino Bermudo, a quien he llamado para hacerle mi heredero: así me vengo, así trato de hacer más grave el castigo más penoso, y más pesado en mi injusta hermana. Ah sido digna elección de un Rey Casto. Verdad es que con la pena, y el enojo, atropellando la cólera a la razón, del primer furor llevado; también ofrecí lo mismo, Conde al Francés Carlo Magnos la respuesta ha diferido, no sé si querrá aceptarlo. Viendo, señor, que ya tienes heredeao, será agravio de la Nación Española. Hermana, pues causa has dado a esta acción; bien es la veas, para hacer mayor tu llanto con la elección de Bermudo, que han de jurar mis vasallos. Ya conocéis mi lealtad. En qué se ocupa Bernardo? Rompiendo lanzas está en el Parque de Palacio. Bien está, ocúpense en eso sus pensamientos bizarros. Ya la Infanta, con sus Damas, y Bermudo acompañado de la Nobleza han venido. Volved la silla, que en acto como este, quiero que sirva a mi grandeza, y su espanto, con la cortina de Asturias todo el dosel Castellano. Tomad asiento, Bermudo, Doña Jimena, sentaos. Primero, señor, primero, pues de Asturias he llegado a veros, daréis licencia para que os bese la mano. La misma licencia os pido. Ya la espero. Ya la aguardo. C. Tiempo habrá para eso, haced ahora lo que yo mando: Bien sé, Bermudo, bien sé que extrañaréis el llamaros tan apriesa, no sabiendo la causa para que os llamo. ̱. Tu carta, señor, me dieron en Cobadonga; y fue tanto mi alborozo, que partr con sola veinte hidalgos, que me estaban asistiendo, y sobre el mismo caballo, en que andaba acaza. Abrid, que para mí no hay cerrada cárcel, ni cerrada puerta. En la forma que me hallaron las nuevas de este suceso, vengo, señor, a Palacio, cansado de romper lanzas; mas no de servir cansado: hecho un erizo de puntas queda, el Faquiatres caballos he rendido, y treinta lanzas en desmentidos pedazos subieron a ser centellas entre los ardientes rayos del Sol, volviendo después pálida ceniza el campo. Volveos a sentar, Bermudo, no os alteréis, que Bernardo armado os da el parabién, y el bienvenindo os da armado: vive Dios que le ha temido. . Si acaso es este el Bastardo, por cierto que es lindo mozo, y por extremo bizarro. No me habla el tal Bermudo? pues yo tampoco le hablo: guarda esta lanza, Monzón. . Vive Cristo que han temblado, y que pensaron sin duda, que entrabas a alancearlos. Vuestra Alteza me permita, que a un hombre que importa tanto en tu presencia, eche menos: como, si aquí se han juntado para acción tan grande, falta el mayor de sus vasallos, el más noble, el más leal, el más valiente, y bizarro, el gran Cónde de Saldaña? Está ausente, y ocupado en colas de mi servicio. El Embajador del Carpio pide para entrar licencia. Entre Avenyusef. El peraazo, qué galán viene de plumas! qué soberbio, y qué hinchado! Alfonso valeroso, el Cielo guarde tu Real persona; y mayor trofeo, antes que llegue el Sol donde más arde, se corone tu frente de himeneo. Vamos al caso, Embajador, que es tarde, lo que dice tu Rey saber deseo (ento, Si no me engaña, Alfonso, el pensami- albricias me has de dar, estame atento. Amanzor, que en Toledo, y sobre el Tajo tiene su Alcázar, y su silla tiene, a quien tanto cristal sirve de espejo, que a porfía del Sol es luz perenne: salud por mí te envía; y el consejo, que por suyo, y primero te conviene toma, no pienso mal, si considero, que siendo tu enemigo es el primero. Dice, que sabe por noticias ciertas, que por guardar la castidad que guardas (no sé, señor, si en esta parte aciertas) la succesión anulas, y acobardas, y entregas, capítulas, y conciertas a Castilla al Francés, cuyas gallardas Lises convidas (qué bárbara hazaña!) a la invasión de la invencible España. Y así, de tus intentos condolido, con noble pecho, y con piedad humana, te pide, y yo, señor, por él te pido la divina hermosura de tu hermana para su esposa, puesto que vencido está el inconveniente de Cristiana, y no profesar iguales Leyes, con ejemplares muchos de otros Reyes. Si en esto vienes, si a conciertos tales te inclinas, estimando la persona de Jimena, pondre a sus pies Reales el laurel immortal de su Corona, y vinculando paces immortales, parentesco que la sangre en si eslabona, adornarán sus sienes algún día, Lorca, Murcia, Jérez, y Andalucia. Pero si ingrato su amistad desprecias, pero si entregas al Francés las llaves, a ina guerra darás dos causas necias, a un castigo darás dos culpas graves; si de Español legítimo te precias, cómo olvidarte de Pelayo sabes? como al Francés (resolución extraña! entregar quieres la indomable España? Pues primero que en ella belicoso, Carlos, de ti llamado, estampe huellas, has de ver nuestro Ejército copioso vengar a España en su mayor querelía: que bien sabrá, valiente, y animoso; quien conquistarla supo, defenderla; y a ti, después que la haya defendido, te quitará el laurel no merecido. Esto me manda mi Rey te notifique, con la paz te convida, o con la guerra, aquella acepta, o esta se publique; su amistad oye, o los oídos cierra, porque al enojo, o la piedad se aplique a perdonar, o arruinar tu tierra; que para resistir tanto enemigo, primero Alfonso ha de acabar contigo. Quiero; atento a mi decoro, . que Bernardo hable por mí: ya tu embajada entendí: Bernardo, responde al Moro. Dile a tu Rey, que se engaña, o que le engañó el traidor que impuro al Rey mi señor, que quiere entregar a España. Y que también se condena a otro engaño, en entender, que puede ser su mujer la Infanta Doña Jimena. Dos veces su engaño sienta, si necio por él suspira, que lo primero es mentira, y lo segundo es afrenta. Con esto te he respondido, y cuando hacer guerra intente, dile, que junte su gente, dile, que marche atrevido. Pero que si en Francia acaso nos juntaremos yo, y él, partiremos el laurel, impidiendo a Francia el paso, Y que seremos amigos contra la furia Francesa; pero acabada la empresa, eternamente enemigos, Porque atento a mi valor confiese España después, que la defendí al Francés; y la libré de Almanzor. Y puesto que aquí has andado arrogante, y atrevido, el castigo merecido a tus locuras no he dado, porque Embajador no ofendes, y enojado contra Francia te perdono la arrograncia, por lo que a España defiendes, Mi embajada deslucia. Vete, goza de la ley; y si pregunta tu Rey quien la respuesta te dio, di, que con pecho gallardo respondió a su desatino, del Rey Alfonso un sobrino, y que se llama Bernardo: no te vas? . Graves respuestas! Aguardas a que me enoje, y que enojado te arroje por una ventana de estas? Peso yo mucho, Bernardo, y es mi Rey muy poderoso. Huélgome, que seas brioso. Huélgome, que seas gallardo; cuando en presencia del día resplandece alguna Estrella, es señal que toca en ella del Sol la ardiente armonía, y pues tu brillando estás en presencia del Sol creo, que es conforme a su deseo la respuesta, y luz que das. No de un Sol, de muchos Soles un Español se acompaña. También los Moros de España somos, Bernardo, Españoles. Afrícanos sois, que en ella vuestro Imperio dilatasteis. Y vosotros no bajasteis de la Scitia a poseerla? aliento, espíritu, y manos nos influye un Cielo a todos? qué tuvieron más los Godos que tienen los Africanos? Ganarla al Romano arnés nuestras valientes espadas. Y nosotros a lanzadas os la quitamos después. Que fue a lanzadas conoces, mucha sangre derramando; mas yo la irerrestaurando a bofetadas, y a coces. Tira, y te responderá aquella abrasada aroma, aquel carbón de Mahoma, aquel pebete de Alá, aquel adusto rizón, o abrasante marabilla, que debelando a Castilla, a sus pies puso el León. Arrogante, Moro, estás. Toda la arrogancia es mía. Yo te buscaré algún día. En el Carpio me hallarás, que Alcaide del Carpio soy. Ya dudo que en él me esperes. Ay de ti, si al Carpio fueres! . Ay de ti, si al Carpto voy! Invencible es su valor. Perdona, si en tu presencia me he tomado esta licencia de responder a Almanzor colérico, y arrojado; porque sé por cosa llana, que ni le has de dar tu hermana, ni al Rey de Francia tu Estado; pues cuando tu hacer intentes cualquier cosa de las dos, lo estorbarán, vive Dios, tus vasallos, y parientes. Qué valor tan atrevido! Bernardo, está muy bien hecho; de vos estoy satisfecho, muy bien habéis respondido; besad ahora la mano a Bermudo, en quien espero tenga Príncipe heredero el Leonés, y Castellano. Esa es injusta elección, que toda piedad condena, viviendo Doña Jimena tu hermana, Infanta en León; a ella sí, por soberana señora, besaré el pie, obedeciendo, antes que a tu sobrino, a tu hermana, Y si por mujer perdió la acción al Reino, imagino que sobrino por sobrino, ninguno es mejor que yo. Si porque sobrino os diga. Bernardo, os desvanecéis, oídme atento, y sabréis la razón, que a eso me obliga, Pues para haber de escuchar más conforme a mi decoro, la silla que dejó el Moro bien puedo ocuparla yo, . que la merezco más bien, y estoy; como veis, armado, de romper lanzas cansado, y de estar en pie también. Ya es sobrado atrevimiento: levantaos, y estad en pie. Nunca la silla dejé, cuando una vez tomé asiento, Qué es aquesto, vil bastardo? Señor: . Mire . Alteza: Vuestra es, señor, mi nobleza, yo sol el mismo Bernardo, que habéis honrado hasta aquí, a quien Caballero armasteis, a quien sobrino llamasteis: y siendo, señor, así, mi honra está a vuestra cuenta, pues dijisteis, vive Dios: Quien os afrentare a vos, a mí, Bernardo, me afrenta. Y pues ya de vuestra boca afrentas tales oí, la mitad me toca a mí, y a vos la mitad os toca. Oh villano, mal nacido. también conmigo se iguala: prendedle. . No hay en la sala ninguno tan atrevido. Qué esto sufro! que esto aguardo. no hay ninguno que se atreva? matadle. . Nadie se mueva, cobardes, que soy Bernardo: dame esa lanza. . A ocasión la pides. . Llegad, prenderle, vasallos. . Nadie resuelle, cobardes, que soy Monzón. . Temerario atrevimiento A quién me dio este enemigo, yo le daré igual castigo: hola, llevad a un Convento a Jimena, muera en él sin ver al Sol. . Tus enojos sienten con llanto mis ojos. No es grandeza el ser cruel; mira, señor: . Quién nació mi sangre, como no siente mi agravio? Áspid reviente quien este monstruo parió. Ojos, de tristeza llenos, pedid llanto al corazón, pues de que os falta ocasión no os podéis quejar al menos, Bien, que entre tantos enojos, sin duda os podéis quejar, que sois pocos a llorar, si habéis de llorar enojos. La pena, que el alma siente, aliviarla no podéis, pues ya veo, que ofrecéis a mucho más corta fuente. Mas para males tan largos, para penas tan crecidas, para tales avenidas, ojos, convertios en argos. Quién con libre destemplanza se ofende, y me ofende a mí, pidiendo está contra sí el castigo, y la venganza. Señor. . No hay que replicar; a un tiempo habéis de partir, por allí vos a morir, por aquí vos a reinar. Justamente enojado, y ofendido, la respuesta Almanzor, de Alfonso ha oído y para castigar ya justamente, toma las armas, y convoca gente. Ya está la furia mía midiendo el tiempo, y deseando el día de verme en la Campaña con aquel su sobrino, que de España la libertad tan a su cargo toma, desprecio de Almanzor, y de Mahoma; o, arrogante Nación! o, Español brío! Jesús! Temblando llego, ciego de lengua, y de razones ciego; válgame un estornudo de Bernardo: mucho en habar a aqueste Moro tardo, qué diré, que no acierto a saludarle. Alaizalema. . Extraordinario talle! Quién eres? . Soy un paje a media rienda de un Moro: plegue a Dios, que no lo entieda; que sale desterrado de Toledo, y este papel te escribe. . Excusa el miedo; llega más. . No es, señor, si no respeto, que soy muy cortesano, y muy discreto: vive Dios, que el Demonio no intentara . resolución igual, acción tan rara. Valeroso Abenyusef, solo por darte cuenta de mis cosas, quise pasar por el Carpio, fuera de las murallas te aguardo, confiado en tu nobleza. Alá te guarde. No firma. Es discreto el amo mío. Mas parece papel de desaho; Jesús! Es muy tu amigo, de que soy buen testigo, que viene muy de paz, no lo entendiste. Qué dijiste? Perdido soy, Jesús dije, que menguas lo que en el alma está dice la lengua. Cómo se llama? Aquí me coge vivo, Don, Don: . Cómo? Mal los nombres apercibo. A tu dueño has olvidado? Soy flaco de memoria, y descuidado? más Dios me acuerde; si afirmarlo puedo; Azarque es desterrado de Toledo, que es en Azarques muy antigua maña el vivir desterrados en Ocaña. Ahora bien, dile, que entre, sea quie fuere Cómo va desterrado hablarte quiere primero. . Entre, aunque vaya desterrado, Eso será después de haberte hablado; porque también, y todo, como va desterrado, importa el modo, y el hablarte de paso, porque va desterrado. . Extraño caso, Qué hacéis en referirme este destierro? Difícil es, por Dios, cazar un perro, y más si el perro se convierte en galgo. No fuera malo preveniros algo de comer, porque estamos en ayunas los mozos, y los amos. Basta, que él es criado entretenido. Comeré como un lobo descosido; pero no has de olvidarte de que espera mi amo. . Luego voy. De esta manera de he engañado, y le aseguro. Dónde deéís que esta? Fuera del muro, no quieras dilatarlo. Mientras tú comes, me pondré a ca- ballo. Qué comer? aguarda Pablo, que por yerro vendrá a ser la comida pan de perro, cogiéndome entre puertas estos, que ahora me las dan abiertas; mientras toma el caballo se la pego, tomando las del mismo Villadiego. Cuidadoso de Monzón, arreatado a un fresno dejo el caballo, y poco a poco a las murallas me acerco por si sa le Avenvusef: el hecho más arduo intento, que acreditan las Historias de los Romanos, y Griegos; pero ya vuelve Monzón. Dame tus brazos. Qué has hecho? Avenyuses te lo diga, que al galope de un overo viene tras de mi buscando al Moro Azarque mi dueños que así te nombré, y que vienes desterrado de Toledo. Suerte dichosa he tenido. No tan dichosa, que el perro s un jayan, y no esta tan en la bolsa el suceso. Qué importa, Monzón, si yo tengo de mi parte al Cielo? Ya se apea del caballo, y a verte viene resuelto El Moro es valiente, y noble. Guardeos Alá, Caballero. Bien venido, Avenyusef: conocesme? . Tu escudero me ha dicho, que eres Azarque, y que por cierto destierro dejas tu patria, aunque tú en tu papel no hablas de esto. Pues no soy si no Bernardo, Moro, que a cumplirte vengo la palabra, y a buscarte al Carpio: yo soy el mismo que la respuesta te dio en León, y quien pretendo ahora darte a entender cuan diferentes opuestos somos Godos, y Africanos aunque nos influya un Cielo. Valiente eres, y animoso, nunca esperé lo que has hecho; porque venirte a mis manos, como al imán el acero, tan bizarro en los peligros, y tan hallado en los rresgos, es acción que me ha cogido de susto todo el aliento. El que de Español se precia, obrando más, habla menos. Si de pelear contigo lanza a lanza, y cuerpo a cuerpo, bien podrás ser más dichoso, consiguiendo el vencimiento; pero más valiente río. Si lo soi, pues solo vengo, solo a tu casa a buscarte. Toma el caballo. Haz lo mismo. Presto verás si te igualo. Presto verás si te excedo. Lástima tengo a tus años. Lo piadoso te agradezco. A un golpe de la fortuna se ha envidado todo el resto, plegue a Dios, que no perdamos, más servirá de consuelo a toda desdicha el ver que conbuen punto perdemos. Ya traban la escaramuza, ya se buscan, y cubiertos por la mitad del adarga tercían el robusto fresno. Valiente, y diestro es Bernardo! El Moro es valiente, y diestro: mas vive Dios, que el muchacho entra, y sale tan ligero, que dos tiempos ejecuta primero, que el Moro un tiempo. Ea, valor de Castilla, bravo golpe! bravo encuentro! de la silla le ha sacado, y desnudando el acero, bizarramente destroza la cabeza de aquel cuerpo. Aquesto es hecho, Monzón, ponte en el caballo mismo del Moro, y con su cabeza en el arzón, ve diciendo por el Carpió: Santiago, que del Carpio he de ser dueño. Dame esa mano, señor, que con lo que ahora has hecho, Alcides fue un matamoscas, una dueña fue Teseo, y un enano, vive Cristo, fue Aquiles, y caliar puedo. Haz, Monzón, lo que te mando. Santiago al Carpio demos, y en el caballo del Moro entraré por él diciendo, lo que allá en Francia los hijos de la Baburda dijeron: Santiago. . Viva, viva Alfonso, del Carpio dueño. . En esta antigua, y género a Villa de Luna, donde a Cortes se han juntado los Reyes de León, y de Castilla, quiero, Bermudo, que quedéis jurado. (lla Quién levanta su hechura, mas se huma mas vuestro quedo, cuando más honrado. Este Castillo anciano, cuyas piedras del tiempo envejecidas pernan hyedras, larga prisión, o sepultura ha sido del desdichado Conde de Saldaña: aquí de su traición arrepentido, ejemplo vive a la lealtad de España. Nunca más de Bernardo se ha sabido, que su soberbia presunción le engaña, Se sabe, que en el Carpio retirado, sirviendo al Moro, puede dar cuidado. Nunca a mí me lo dio; yo he sabido, que no solo a quien es Bernardo atiende, Religioso en la Fe, que ha recibido, mas que del Carpio la conquista emprendes esto, Conde, es verdad, y aunque atrevido, su libre condición tal vez me ofende, como en él sangre mía considero, cuando estoy más airado, mas le quiero? mas qué cajas son estas? Al son grave de un atambor, que los vientos inquieta, y a la voz de un pífano suave. que el contrapunto lleva a la vaqueta. Bernardo marcha. . Ya sin duda sabe la verdad, que hasta aquí le fue secreta, y que en esta prisión, viviendo muere su Padre el Conde, y librarle quiere. Retírate, señor. . Qué decís, Cónde? Yo retirarme? Mi presencia sola a Ejército mayor no corresponde? La autoridad Real, la fe Española nunca retira el rostro, ni le esconde; yo solo, vive Dios, he de esperarlo, que no hay valiente, con su Rey, vasallo? Señor, si tus pies merece quien tu disgusto ocasiona, para redimir mi culpa, te ofreceré una victoria. Al Carpio llegué, y con una extraragema dichosa, a Avenyusef, Alcaide suyo, fiero blasón de Mahoma, saqué a la campaña, adonde de la mía a su persona, le di a entender las ventajas de nuestra Nación heroica. Cuerpo a cuerpo le di muerte, escribiendo con la roja tinta de su sangre, triunfos para familia tan Goda. Con su cortada cabeza n pasé al Carpio (acción heroica! a gobernar a los suyos, descerrajé las mazmorras de los Cristianos Cautivos, y con su ayuda, aunque poca, gané al Carpio, bien lo dicen, aunque en moderada pompa, esas Banderas vencidas, que arrastradas se te postran. Y aspirando a mayor triunfo, con esa pequeña escolta de prisioneros Cristianos, alcancé feliz victoria de diez y nueve Castillos, que rendidos me sobornan, con vasa llaje, obediencia, con blasones, vanaglorias. Todo es tuyo, solo quiero, porque al olvido se oponga, el apellido del Carpio; y con Armas prodigiosas, los diez y nueve Castillos, triunfo de mi espada sola. Bernardo, sobrino, amigo, poco hace quien os perdona, cuando vos sabéis ganaros la gracia con tales obras. Dadme los brazos, y ya que sangre mía os abona; poned un León por Armas; y Castillos por la horla. . Con tal favor, Magno Alfonso, temblará el África toda. Abrazad a vuestro primo. Honréis, primo, la Corona de León, pues por vos solo tan grandes aumentos goza. Deme los pies Vuesa Alteza. Sol, habeisme suspendido: quién a Luna os ha traido? Una eclisada belleza, la más cortés humildad, la grandeza más postrada, la fe más ciega, y vendada; la más ciega libertad. Sabiendo, señor, tu intento quien le venera, y le adora, que es la Infanta mi señoras para hacer el juramento poder bastante me ha dado; y en fe de que más se humilla; el derecho de Castilla en Bermudo ha renunciado: esta es la renunciación. Sol, nunca más lo habéis sido, pues me habéis enternecido. Aquesta es buena ocasión, Señor, si mi lealtad, en parte alguna te obligas, suplícote, que me digas aquella oculta verdad, que sabes ignoro yo: cesen ya, cesen agravios, y sepa yo de tus labios el Padre, que el ser me dio; que afrentado en mis enojos, siendo Sol la luz que estimo, cuando a mirarla me animo, bajo cobarde los ojos. Ambos están a tus pies, y de ambos siento el pesar: Sol, volvedme luego a hablar, Bernardo, volved después. Que tan poco valga en ti, invicto Alfonso, mi llanto! Que en quien tiene de Dios tanto huya la piedad así. Sol hermosa, perdonad, que de el alma, si pudiera, a vos la mitad os diera, y a la Infanta otra mitad. Bernardo, en vuestros enojos parte me toca, y no poca; mas como falta en la boca, busco la lengua en los ojos. Si vos también me encubrís este secreto, qué aguardo? No puedo hablar yo, Bernardo Harto en eso me decís. Y harto hago en encubrillo. Y yo en tener sufrimiento en la sinrazón que siento. Este encantado Castillo encubre lo que buscáis, Qué decís? . No me entendéis? desencantadlo, y veréis todo lo que deseáis. Monzón, sin alma he quedado. Y yo mucho más, señor, porque a quien no da temor ver un Castillo encantado? Vive el Cielo soberano, que no ha de quedar en él piedra, cornisa, o lincel, que no registre mi mano. Sol, si esta nueva no dais, por qué tan presto os ponéis? Desencantadle, y veréis todo lo que deseáis. Ven, Monzón, que de mi llanto la serenidad es cierta. Y me quedaré a la puerta mientras vences el encanto. Qué poco estimas los gozos, que yo he de partir contigo. Nunca, señor, fui yo amigo de encantados calabozos. A En vano, Monzón, procuras quedarte, pasa adelante. De qué Caballero andante se encuentran más aventuras? Sol lo dijo, y pues lo es tanto, que deslumbra mi fortuna, entro al Castillo de Luna a descifrar este encanto. . Desdichada suerte mía, hasta cuando has de durar? Noche, acaba de pasar, llegue de mi muerte el día. Noche es la Noruega fría, de mis ojos muerte atrada, cómo eres tarda, y pesada? Mas debes de ser mujer, muerte, pues más quieres ser temida, que no rogada. Monzón? . Señor? Hasta aquí prava la luz del Sol me hal Eclípsola mi desdicha, aquí sus rayos no alcanzan. Qué oscuridad! . Ay de mí! Válgame Dios! . que encantada voz! Santa Clara bendira, si sois por Clara abogada de oscuridades, lo claro de vuestro nombre me valga. Triste de mí, sin ventura. Cadenita nos arrastra? Moro encantado tenemos. Ardientes suspiros lanza, y tristes lágrimas vierte. De esta manera lloraba aquel Cautivo en Orán, en la desierra campaña; mas aquí, señor, yo pienso, que dos mil demonios andan. Vive Dios, que he de saber quien se queja, o por qué causa. Cuando entré en este Castillo apenas tenía barbas; y ahora por mi desdicha la tengo crecida, y cana. Olvidado estor sin duda; pero del que está en desgracia de su Rey, todos se olvidan; hasta su sangre le falta. Qué bien que se ve, pues mi hijo siendo prenda tan del alma, con tanto descuido vive, con tanto olvido me agravia. Valiente me dicen que es los Monteros, y los Guardas, que dicen sus valentías, y me cuentan sus hazañas. Hacia aquí, si no me engaño, leve una voz se escuchaba. Ay, hijo del alma mía. sombra he quedado, y fantasma de estas oscuras tinieblas, de estas lóbregas moradas. Fantasma dijo, qué esperas? Quién nos mete con fantasmas? Quién eres, sombra, o visión, que atemorizas, y espantas? De qué agravio te lamentas? De qué sin razón te agravias? Quién es el que lo pregunta? Quién pisando horrores, llama a los peligros, se atreve a poner aquí las plantas de este encantado Castillo, porque le importa a su fama saber lo que en él se encierra. Si esa inclinación gallarda la tuviera un hijo mío, no fueran mis penas tantas. Haced cuenta que lo soy, y decidme lo que os falta, que vive Dios, que descienda de un riesgo en otro a la estancia del abismo, y que encadene aquel monstruo de tres caras, con los hierros que le afligen, y vuestro encanto deshaga. No estoy encantado, no; muerto sí, que es más desgracia. Muerto dijo? Aquí del miedo; aún peor está que estaba. Posible es, que no sabéis mi historia, cuando en España es tan pública, que ya hasta los niños la cantan? Que yo la ignoro confieso. Entre otras pobres alhajas ha de haber aquí una silla, sentaos, la oiréis, que es larga. Muchos años ha (que muchos son los que en prisión se pasan) que en aquestos hierros vivo, siendo otros yerros la causa, Aunque si hierros de amor se disculpan en quien ama; nunca en generosos pechos cupieron tantas venganzas. Verdad es, que de mis penas, la más crecida no iguala al mayor bien que gocé; que aunque todas las pasadas glorias parecen menores, las mías no se comparan con las demás, porque fueron mas allá de la es peranza. olé al Sol (qué atrevimiento!) llegué al Sol (que libres alas!) fui invidiado (qué peligro, cahí del Sol (qué desgracia!) Fur yo en mis años primeros muy dichoso con las damas; que era muy galán decían: ay Dios, como se engañaban. Puse los ojos en una, que por lo menos fue hermana del Rey de León el Casto: aquí la memoria acaba, perdonad, que me enternezco en tratando de la Jnfanta. Descansad, que con el llanto los afligidos se cansan. Merecí favores suyos, y resulto de esta causa un hijo, que ahora: ay de mí. con qué ingratitud me paga el ser, que le di, pues nunca se ha acordado de mis canas! Serví al Rey contra los Moros de Toledo, y Calatrava, ganando muchas victorias, venciendo muchas batallas, porque peleaba amor con el afecto, y las armas. Las mercedes que me hacía, a mis amigos las daba, para enmudecer la invidia; si hay precio que tanto valga. Vendiome, al fin, un traidor, que era el mismo que criaba mi hijo, celoso en fin, que celos lealtad no aguardan, Descubrió al Rey el secreto, y con unas falsas cartas a ese Castillo me envía, donde rigoroso manda, que en él me saquen los ojos, y que en esa prisión vaya, como el gusano de seda, con mi llanto, y con mis ansias, labrando para la vida el sepulcro, y la mortaja. Pero lo que más me aflige en penas tan dilatadas, es, que la sangre en mi hijo, ni le incita, ni le llama, ni de mi prisión se ofende, ni de mi olvido se agravia. Sobrino le llama el Rey, y pienso que esta es la causa, que le obliga a este desprecio: pues vive Dios, que se engaña, que si es noble, por mi es noble; si es valiente, de mi espada heredó la valentía: si las Luvas Africanas pone a sus pies, de mi historia son capítulos que arranca, parrafos, que deletrea, y cláusulas, que traslada. Enojado estoy, hay hijo! Perdona, si mis palabras te ofenden; y vos, señor, perdonadme, que me saca de la modestia el pesar; pero la vejez me salva. Puede ser que vuestro hijo viva en la misme ignorancia que yo, que núnca he sabido de cuanto decís palabra: cómo se llama? . No sé, yo no sé como se llama, que solo el nombre de hijo tenaz la memoria guarda. El Carpio ha ganado ahora, y fuera mejor ganancia dar libertad a su Padre, o a lo menos procurarla. Ay Padre del alma mía! . Llegó el desengaño al alma; mas hasta saber quién es, hagan los efectos pausa, y al silencio de los labios mueva el corazón las alas: podré yo saber quién sois? Notable es vuestra ignorancia, pues mi nombre no sabéis; el Conde sol de Saldaña. Deja, Padre generoso, que en su llanto le deshaga a tus pies un hijo indigno. Quién decís? Aquí se acaba mi vida, que del contento tal vez la alegría mata. Bernardo tu hijo sol, Bernardo, hijo, que el ala se me acabo de alegrar: hay hijo de mis entrañas! ya estaras hombre? . Y tan hombre, que a saber esta ignorada verdad, hubiera deshecho piedra a piedra la muralla de esta prisión, por librarte; y aunque el respeto importara, mas que del Rey tengo queja de ti, porque la callabas, cuando la sangre en mi pecho me lo dijo veces tantas. Y Monzón, también, señor, va pelechando, aunque anda a pierto con sus vigores, porque de tan mala gana salen, que barba a lo tigre, un pelo aquí, y otro en Francia Hijo, Monzón, aquí estás? Sí, señor, la mano alarga, tentarás unos bigotes sieremésinos, que aguardan un Barbero del Japón, con Indianas esperanzas; y por ello pienso que les han quemado en estatua. A deshacer este encanto entré aquí, y porque deshaga encanto, y agravio a un tiempo; hoy, a pesar de las guardas, Anquises de aquestos hombros, saldrás de prisión tan larga. No, hijo, no quiero, yo con el amor os culpaba: sin que lo consienta el Rey, ni aún la libertad me agrada, Pedídiela vos, Bernardo, que de los Reyes la gracia; con la ingratitud se pierde, y con los ruegos se gana. Señor, el Rey, Don Bermudo, Doña Sol, Don Rubio, y hachas, una procesión con otra de picas, y de alabardas, van entrando. . Ay de mí triste muerto soy, sobresaltada la vida, entre dos extremos, se apresura, y se desmaya. EL CÓNDE Retiraos, dejadme solo, y porque nadie se salga, echad, Alcaide, el rastrillo. Con que tú lo mandes basta, que para prender leales, rastrillos son las palabras de los Reyes; mayormente cuando al filo de esta espada, ni herrada puerta es defensa, ni fuerte rastrillo es guarda. Alfonso, Rey de Castilla, y de León, a quien llaman el Casto, pluguiera el Cielo, que nunca te lo llamaran, pues es virtud, que los Reyes la sucesión embaraza. Yo soy Bernardo del Carpio, y yo nací de tu hermana la Infanta Doña Jimena, y del Conde de Saldaña. Esta verdad me has negado, y aunque sobrino me llamas, no es buen parentesco aquel adonde el Padre se calla. Yo le hallé en este Castillo, a quien encantado llaman, quizá porque tú, señor, en él a mi Padre encantas, A rescate te lo pido, mira cuantas Africanas cabezas quieres por él; y si aquesto no te agrada, y en tu Reino esta moneda; por forastera, no pasa: Banderas, Villas, Castillos te ofrezco, quede asentada en tus libros la razón, que como mi Padre salga de la prisión, el valor de Bernardo la afianza. Mas si cruel me le niegas, aún bien, que a puerta cerrada nos hallamos: vive Dios, que de cuantos te acompañan no ha de quedar hombre vivo? empezando mi venganza por algún cobarde amigo, que traidor me escucha, y calla. Y cuando me haya vengado, pondré, señor, a tus plantas mi cabeza, porque veas, que a la obediencia no falta. Cese, Bernardo, el enojo, volved la espada a baina; que a daros a vuestro Padre entré aquí, y a que la Infanta sea su esposa, y vos quedéis legítimo, a fuer de España. A fuer de esclavo, señor, mi boca a tus pies se estampa: Cónde, y señor, mas qué es esto? muerto está. . Qué decís? . Basta, o que le mató el contento, o el respeto de que entrabas. Miradlo bien. Mármol frío yace en cadenas pesadas: ha buen Conde Sancho Diaz. ha buen señor de Saldaña. La mano, aún después de muerto, se la ha de dar a mi hermana, Retiraos todos, que quiero cortar prisión tan pesada con el lustre de mis glorias, o el filo de aquesta espada: Sol, vuestro esclavo es Bernardo, Sor dichosa, . Porque vaya la soga tras el caldero, yo me casaré mañana al instante. . Y el bastardo de Castilla en esto acaba. El casamiento en la muerte, el tálamo en la mortaja, y a un tiempo exequias, y bodas, que esto hace quien se casa.
